Tierra Adentro
Ilustraciones: Christian Cázares a.k.a. Dokkaso

Desperté. Estaba sola. Me sentí ultrajada, débil, confundida. Poco a poco el mareo cedía, pero mis pies seguían en la ingravidez. No sentía mis piernas; si las golpeaba no había dolor, si intentaba levantarme caía como una masa inerte, como la cola de una sirena.

Los recuerdos brotaron para dibujar en mi mente distorsionadas escenas de la catástrofe: una cabina rodante de cráneos y vértebras estrellándose mientras la sangre salpicaba por doquier. Gritos. Oscuridad total de la noche. Flashazos de rostros desconocidos. Pasé días enteros bajo los influjos de la dosis de morfina hasta que al fin me dieron de alta y algunos familiares compadecidos me llevaron a casa montada sobre una silla de ruedas.

Entré a la habitación. Me pareció tan amplia, infausta, con tan poca luz. Las paredes, el techo, los pisos de un blanco absoluto por donde antes escalaban los rayos del sol, ahora eran un sitio desconsolador, mortífero, una copia fidedigna de mi cuarto de hospital, la prolongación de mi tortura en otra cámara que bien podría empujarme cualquier día a la locura.

Los parientes me dejaron aquí sin ninguna delicadeza. Llenaron la alacena con despensa, me compraron ropa y pusieron dinero en la mesa. Como si el día de mañana pudiera estrenar un traje y salir a comprar al súper lo que me hiciera falta. Estúpidos. Desde entonces no los veo ni hablo con ellos. No los necesito.

Una sensación de horror deformó mis facciones ante la nueva y desquiciante realidad. Lloré, desgarré mi garganta en gritos, lancé objetos hacia todas direcciones. Tenía ganas de escupirle al mundo. Si tan sólo reventara en pedazos y embarrara las paredes con mi sangre, con mis vísceras. Un llanto amargo comenzó a derramarse, me arrojé a los suelos, repté como una larva y, como pude, me recosté sobre el tapete color chocolate de la sala. Meditabunda, cerré los ojos. En mi mente se agitaba la orgía de imágenes que siguen provocándome vértigo, terror, náusea de oler la sangre que todavía parece salpicar y correr.

Un accidente, el karma tal vez, una desgracia que me alcanzó llevándose consigo los movimientos bajo mi cintura. ¡Qué locura!, qué realidad tan ajena a la de apenas hace unos días cuando todo parecía tan pleno, tan estable y, en un pestañeo, estaba sumida en la mayor desgracia, sin poder acostumbrarme a mi destierro, comprendiendo con terror que nunca más volvería a escuchar su voz, su ronca voz, el sonido de sus cuerdas vocales que susurraban en mi oído para electrizarme, para impregnar el aire, para aniquilar este silencio blanco y sofocante.

Los pensamientos me agotaron; me cansé de mirar al techo y giré. Justo frente a mí observé en un rincón, descansando patas arriba, los cadáveres en gris de tres insectos cochinillas. Sus pequeñas muertes me resultaron conmovedoras. Pasé horas reflexionando acerca de esa escena, hasta que al anochecer llegué a la dolorosa conclusión de que sólo los insectos, unos vivos y otros muertos, me acompañaban a celebrar la vida que todavía quedaba en mí. Al menos ellos estaban juntos en el momento en que sus diminutos cuerpos expiraron. En cambio, yo me retuerzo en este cubo blanco sin compañía, entre ecos que sólo rebotan como relámpagos. Una envidia desproporcional a su tamaño me invadió.

Cuando llegamos a vivir aquí, no reparé en la solitud flotante que reinaría sin él, en esta atmósfera recién decorada con efigies de tristeza. No esperé, ni imaginé, las horas que pasaría ante el espejo frío contemplando mi silueta sólo para sentirme acompañada. Pero el reflejo nunca satisface, es rígido, insensible, indiferente.

Algunas noches sufro insomnio. Yo estoy alerta mientras los demás duermen y por instantes todo se aquieta de una forma misteriosa. Intenté asesinar el silencio antes de que él terminara por aniquilarme, así que empecé a consultar con mi sombra cuestiones varias. Pero el ente lo ignoraba todo, no contestó jamás mis interrogantes ni opinó. Esa charla sin respuesta me orilló a iniciar diálogos con los únicos que me rodeaban: los insectos.

Tanta soledad y ocio me obligaron a ir más allá para iniciarme en artes minúsculas y seductoras, como la observación minuciosa de estas criaturas que se ocultan de día y fluyen por las noches, esos bellísimos y distinguidos seres que traían puestos siempre magníficos abrigos. Me dediqué a captar sus murmullos, las músicas distintas que ejecutan, los cantos que a cada segundo iban poblando mi universo.

Sonidos vibrantes que recorrían la inmovilidad de mi cuerpo por las noches, arrullándome con su dulzura.

Así comencé a contemplar y a escuchar con placer absoluto esas vidas, el proceso divino, la metamorfosis grandiosa de esos gigantes de los átomos. Empecé a recolectarlos por los rincones, entre las plantas, coloqué trampas por las rendijas y luego empecé a clasificar cada especie. He nadado por los suelos perdiéndome por horas, buscando simbologías sagradas en los colores intensos y brillantes de sus tegumentos, consagrada por entero a la contemplación de estos seres, que han acaparado mi soledad y mi delirio.

Con mi pequeña pero célebre comunidad he formado un círculo amistoso. Después de escuchar sus zumbidos, contar el número de pasos dados o comentar aspectos de velocidad, ritmo y coordinación, les doy de comer hojitas verdes, arrojo tierra seca, cáscaras de fruta o restos de la comida que de vez en cuando algún vecino preocupado me trae, cosa que yo les agradezco más por ellos que por mí, y me gusta ese quehacer de atender los cuerpecillos de moscas, cochinillas, cucarachas, arañas, ciempiés, grillos y escarabajos, escurridizos huéspedes que un buen día maduran y se mudan de sus tegumentos oxidados, secretas pieles de las que se despojan para que su dios les brinde una nueva prenda, tal y como quisiera hacerlo yo misma. Este ejercicio me distrae, me apasiona y me libera de mí cada día.

En un comedor miniatura que improvisé con cajas de cerillos (pues la comunidad ha ido en aumento), sirvo el desayuno o la cena, siempre hojitas verdes, cáscaras descompuestas o el cadáver de alguno de los caídos para los insectívoros. Otras veces dejo que repten sobre mi piel tan abandonada. Siento sus patitas como un cosquilleo ascendiendo por mis brazos. Pero ni ellos, ni mi sombra infiel me aman, se esfuman todos al primer destello de luz solar y me dejan enredada en una tela de araña gigantesca.

Me he bebido un café con hilos transparentes y he fumado un cigarrillo rancio que encontré mientras hurgaba por los suelos. Bebí las últimas gotas recostada sobre el tapete color chocolate. Acomodé las anatomías rígidas de los caídos del día en un micro ataúd estilo caja de cerillos y mi sombra hizo lo mismo. Los sepulté en una maceta y oré por ellos como lo hago siempre, en cada ceremonia fúnebre. Luego me sepulto yo, entre zarapes, almohadones y uno que otro vestido marchito.

Ahora todos, los vivos, los muertos y yo, estamos ocultos de los astros, del mundo y de todo lo que está allá afuera, mientras aquí, en este gran hueco que es mi casa, me dejo arropar por una noche más de bocas mudas, oídos sordos, grillos que cada noche ejecutan tonadas tristes en esta cápsula, donde tanta falta hace su risa, sus murmullos, sus besos y sus pésimos pasos de baile.

Duermo mucho desde que me acomodé sobre esta alfombra de pieles secas, exoesqueletos olvidados que amontonados han formado la cama fúnebre de artrópodos que me han traído de vuelta el sueño.

Cuando empiezo a ponerme triste, me consuela la idea de saber que si un día ya no despierto, no moriré sola, me convertiré en uno de ellos. Mi cadáver será alimento para la comunidad, nos acompañaremos siempre, compartiremos el dolor pero también la dicha, el placer de engendrar nuevos ciclos de vida, microclimas, cámaras secretas, raíces, fisuras, brotes de vidas nuevas, microcosmos…

Con la ayuda de los escasos y destrozados muebles, al fin lo han armado: Capullo intrincado, doscientas divisiones para albergar cada especie. Lo merecen. Inteligencias supremas, vampiros chiquitos, criaturas de otra frecuencia, nocturnas ninfas, adoradores de la oscuridad, portadores de melancolía que han venido a cohabitar mi mundo y que sin importar su calma, su lentitud, sé que desterrarán mi dolor, devorarán mi soledad y, sin descanso, hasta la extinción, masticarán con sus micromandíbulas toda la inmundicia, causándome dosis de alivio a cada minuto del día.

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Ilustración realizada por Iurhi Peña
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