Tierra Adentro
Ilustrado por Israel Urmeer

al recuerdo fugaz de lgp

Entre más pienso en torno al kitsch, menos sé cómo acomodarlo en palabras. Término escurridizo, sus definiciones varían entre perspectivas sociohistóricas a lecturas que lo reducen a un fenómeno estrictamente estético o moral. Tan cambiante como es el gusto a través de las épocas, también lo es el “kitsch”. Por lo común sirve como etiqueta para designar productos culturales inferiores que por su calidad de manufactura o discurso resultan ridículos, irrisorios, inferiores, carentes de valor artístico. En lo kitsch se combina un efecto predeterminado (a la ternura, la emoción y la cursilería), un repertorio bastante simple (niños, animalitos, ángeles, payasos) y un modelo de producción específico (seriado, masificado) determinado por una sociedad industrializada.

Debido al desdén al que se enfrenta ante una élite cultural, lo kitsch se vincula a expresiones desde los márgenes, a enunciaciones culturales no-oficiales y periféricas. Su reapropiación entra en sintonía con el ímpetu de renovación, provocación y ruptura de las vanguardias artísticas del siglo XX. Aunque lo kitsch se ha intentado separar del arte de vanguardia desde la década de los treinta, su recuperación en el arte es en sí una estrategia de vanguardia. Pero hablar de “kitsch” puede sonar anacrónico. Como ha señalado Andreas Huyssen, en la era posmoderna se empalman y desdibujan nociones de arte alto y bajo.1 En el contexto mexicano, los intentos de Clement Greenberg o de la escuela de Frankfurt por oponer kitsch y vanguardia resultan inoperantes. Quizá porque nuestra vanguardia siempre tuvo algo de kitsch.2 Aun así persisten dinámicas de gusto y distinción de clase que se resisten a legitimar producciones culturales donde se reformula aquello que se considera de “mal gusto” bajo un sistema de vigilancia y esnobismo.

Lo anterior es un buen punto de partida porque la recuperación de elementos asociados al kitsch adquiere nuevos matices en el presente, más allá de la parodia o el pastiche. El arte mexicano actual (el que se ve en Instagram, no en los museos) nutre su repertorio con la cultura popular que antes se miraba con condescendencia. Jóvenes artistas retoman fuentes tan diversas como el reguetón, memes o programas de comedia de los años noventa como La hora pico (el artista e ilustrador de Michoacán Diego Vieyra “Gusano Local” se apropia del logotipo del programa mezclándolo con la distopía de Akira re-imaginada desde un escenario pos-COVID). Este ejercicio puede devenir parodia, lugar común chocante o, en el mejor de los casos, una arqueología consciente en torno a la educación sentimental y la identidad personal.

Ilustrado por Gusano Local

Ilustrado por Gusano Local

De acuerdo con Tomas Kulka, en el kitsch hay diversos motivos y temas recurrentes que desde su simpleza conllevan una carga emocional: muñecas, cachorros de varias razas, payasos tristes, paisajes emotivos, playas, etc.3 Pero la personificación ingenua de un animal en apariencia inofensivo puede alcanzar connotaciones confrontativas. Desde el año 2018, Lourdes Martínez (Guadalajara, 1985) ha plasmado un leit motiv ansiolítico: los patos.

La serie, que subraya el conflicto detrás del proceso creativo por encima del resultado objetual, remite, sin querer, a todo un imaginario del arte folclórico estadounidense del siglo XIX, el duck decoy, y que en su culto de coleccionismo es el anhelado artefacto ornamental kitsch por excelencia en las casas de subastas.4 Pero los patos de Martínez están desprovistos de bucolismo; por lo contrario, confrontan discursos de poder y negocian con el trauma. Desde su aparente fugacidad, la “pintura de patos” es una plasta pictórica que cuestiona una historia del arte nacional monolítica y excluyente. Habría que leerla como una vía para reflexionar sobre lo “para-pictórico”, donde cabe todo el kitsch de la pintura occidental, como la célebre serie Perros jugando al póker (1903) de Cassius Marcellus Coolidge. Pintura de patos no transmite la serenidad inocente que Kulka detecta en el kitsch del romanticismo tardío. Por el contrario, su estilo naif colérico especula, inclusive, en torno al coito entre patos, violento y doloroso para las hembras. Transformado, el kitsch siempre es despojado de su inocencia.

Ilustrado por Lourdes Martinez

Ilustrado por Lourdes Martinez

Sin la intención de ofrecer una panorámica exhaustiva, y consciente de las omisiones, propongo revisar planteamientos que reformulan lo kitsch (algunos más evidentes que otros) en la obra de artistas mexicanxs nacidos en los ochenta y noventas. Más que un ensayo, un View-Master, una entrada de diario, un collage de clichés y frases románticas, una carta de amor no correspondido que llega demasiado tarde a un buzón en la colonia Roma, un collage lleno de fotografías familiares, calcomanías y brillantina.

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La producción de Israel Urmeer (CDMX) podría venir acompañada de dos sellos: exceso de azúcares y exceso de calorías. Su gramática chiclosa reflexiona en torno a la historia de las imágenes en México, su flujo y circulación, así como a los vínculos entre la cultura pop y el paisajismo nacional. Para Urmeer, “nuestro sistema está azucarado”.5 Su educación sensible se asume marcada por los medios digitales, de ahí que en su aproximación al kitsch se entrecruzan la tecnología, la animación, la ciencia ficción, la comida chatarra y el animé. Las categorías del arte, sus períodos y puntos álgidos (como sucede específicamente con el periodo moderno mexicano) se tornan ambiguas, gelatinosas: es una historia del arte mexicano hecho Duvalín.

Ilustrado por Israel Urmeer

Ilustrado por Israel Urmeer

 

 

En la video-instalación Popoop! La montaña humeante (2020), exhibida para la exposición Art Attack! en SOMA, Urmeer plantea tres momentos cumbre de la iconografía nacional del Popocatépetl, casi como si el volcán atravesara una crisis identitaria y de representación: de los calendarios de Jesús de la Helguera a las empresas paisajísticas del Dr. Atl, culminando en la videovigilancia web a través de YouTube. Los tres episodios son distorsionados en un tríptico de dibujo digital y animación con remanentes escultóricos. El colorismo fulgurante hace de la lava del Popocatépetl un chorro de Fanta o Kool Aid cítrico e incandescente; el tótem geológico se convierte en el heroico personaje de una caricatura.

El momento iconográfico cumbre que inaugura la videoinstalación es la leyenda de los volcanes eternizada por Jesús de la Helguera, imagen emblemática de calendarios masificados y ejemplo paradigmático del kitsch mexicano. Por efecto de anamorfosis, el dibujo animado hace del calendario un ser mutante con piernas que va transformándose, ora en playera, ora en taza, satirizando la dinámica de souvenir detrás de aquella mítica estampa.

El tratamiento es ante todo lúdico. ¿Podría tratarse de un homenaje a Helguera? Tal vez. Es peculiar la posición del ilustrador chihuahuense frente a la vanguardia mexicana. Diríase que Helguera, aún si fue considerado arte inferior, llegó allí adonde no pudo llegar el muralismo: a las casas de la clase obrera por medio de un calendario.6 A diferencia de la imagen de Helguera, los cuerpos en Popoop! emergen cebados, desgarbados, desprovistos de la vigorosidad atlética en la ilustración original: curioso viraje de la grandilocuencia nacionalista a lo cute edulcorado. El remix de la Leyenda de los volcanes realizado por Israel Urmeer es un hiperkitsch digital donde el Popo se vuelve estrella pop.

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“Voy en el camión a las seis de la tarde, a la hora en la que baja el sol. La radio está encendida a todo volumen con canciones bien dolidas (sic). Y veo cómo la gente hace cosas mientras me peino, me saco selfies, me acomodo mis lentes. Y las veo hacer cosas raras, como sacarse el moco. Y pienso: ¡Qué padre vivir en este lugar!” En la obra de Edrey Cortés (Guadalajara, 1994), lo kitsch y la cursilería se experimentan a diario, como un ethos “cursiliento” donde lo cursi lo permea todo. En pos de una cursilería militante, Cortés se ha propuesto desde el 2014 realizar una serie artística diferente cada año para celebrar el día de San Valentín.

Ilustración por Edrey Cortes

Ilustración por Edrey Cortes

Las fotografías de Cortés se guían por las dinámicas del paseante a la búsqueda de cursilería urbana accidental o provocada (esta última sería lo “fru-frú”, una forma de cursilería teatralizada hasta la exageración). La tarde del 14 de febrero del 2019, salió de paseo para producir la serie de San Valentín titulada Lo que se da no se quita. Su travesía arrancó en “La estación”, un sitio de encuentros en Guadalajara donde alguna vez trabajó como consejero de salud sexual. En efecto, la primera foto de la serie retrata un columpio sexual desamparado (al fondo, a la izquierda, se alcanza a vislumbrar una lata de cerveza que alguien usó para fumar piedra).

Otras fotos muestran el horror vacui de las tiendas jaliscienses de recuerditos y regalitos, así como el fanatismo consumista del día de San Valentín (no podemos pasar por alto la gran asociación entre kitsch y fanatismo, ya que una de las formas en las que lo kitsch se erige es por medio de la acumulación y la devoción ante los objetos). Pero, aun siendo de globos y peluches, las fotografías no transmiten vitalidad ni alegría. “Ese día iba a tener una cita y me dijeron: no me vayas a odiar, voy a tener que cancelarte”, relata Cortés.7 La cursilería exaltada de los amoríos efímeros detona una investigación visual en torno a las economías del amor y la amistad y el consumo desenfrenado de cuerpos.

Ilustración por Edrey Cortes

Ilustración por Edrey Cortes

Para Matei Calinescu, el kitsch es la estética del engaño y el autoengaño.8 Yo agregaría que es la estética del desengaño amoroso. Un cuadro de Daniloween (CDMX, 1996) ilustra mejor mi idea. Juventud entusiasta y febril (2019) es un retrato de Ralph Wiggum en un episodio de The Simpsons, cabizbajo al no recibir una tarjeta postal el 14 de febrero.9 Más allá de ser una metáfora del amor no correspondido, el cuadro del pintor radicado en Iztapalapa revierte la intención del producto original (causar ternura) a la modificación crítica y la connotación “racializada” al modificar la pigmentación de la piel y el uniforme escolar del personaje, en una clara alusión al blanqueamiento y discriminación en nuestro país.

Ilustrado por Daniloween

Ilustrado por Daniloween

 

 

Habría que preguntarse en torno a las implicaciones de reciclar materiales asociados al kitsch desde nuestro continente. En su libro Kitsch tropical, Lidia Santos advierte que “en América Latina, donde la red de museos, bibliotecas y otras instituciones que albergan la alta cultura son precarias y de funcionamiento inestable, lo kitsch es muchas veces transformado en sucedáneo del arte”.10 Edrey Cortés y Daniloween hacen del kitsch de San Valentín una industria ridícula o una postal desde la otredad.

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¿Y qué podría ser más kitsch que un arreglo floral en forma de perrito? Durante un viaje a Oaxaca en el año 2019, la artista multidisciplinaria Jimena Montemayor (CDMX, 1990) realizó una exploración fotográfica en los mercados de la región. Su objetivo era desarrollar una serie a manera de bodegón con elementos tradicionales evocativos y constitutivos de un mercado en nuestro país el día de muertos. Diferentes composiciones de la cotidianeidad le sirvieron de modelo: unos bancos de plástico apilados, una cubeta con unas escobas y un perrito de flores. Montemayor, cuya formación proviene del periodismo visual y el diseño gráfico, reinterpreta dichas fotografías en estridentes dibujos de vector art.

En Perrito floral de pie (2020), Montemayor atomiza la morfología del objeto kitsch original descomponiendo su silueta a través de líneas conectadas en distintos ángulos sobre una superficie púrpura y metálica que evoca las tonalidades chirriantes de las calcomanías de Lisa Frank. El resultado final genera un choque de impresiones: el patrón caótico de líneas nos tensa, a la vez que el imaginario juvenil que homenajea nos reconforta. La pieza se sitúa en algún punto entre la crudeza y la ternura.

Ilustración por  Jimena Montemayor

Ilustración por Jimena Montemayor

Para Montemayor, las líneas son trazos de energía donde se intersecan sentimientos a veces contradictorios y anécdotas personales. “Si agarras un lápiz y haces un trazo, sueltas algo. Yo creo, energía.”11 La electricidad cursi que irradia su dibujo parte de la abstracción como estrategia de desplazamiento de la imagen original, al grado de vaciarla de su identidad. Elegía y despedida: antes de que las flores se marchiten y la transitoriedad del perrito se consuma, el dibujo inscribirá su corta existencia para la eternidad.

La serie de Jimena Montemayor genera nuevas maneras de ver y apreciar lo kitsch, dislocando desde la abstracción sus modos de representación, los cuales, según Kulka, son rápidos y fácilmente reconocibles.12 El perrito de flores acaba inmortalizado, no solo en la obra, sino en el ámbito de las galerías de arte, donde probablemente bajo otras circunstancias nunca habría llegado, recordándonos que lo kitsch se infiltra y empapa todo tipo de estratos culturales.13 Lo kitsch no se crea ni se destruye, solo se transforma.

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“Lo malo de ser payaso es q siempre ases (sic) feliz a las personas, pero nunca eres feliz tu (sic)”, reza Status, tristes (2020) video de Eustaquio el Plagio (CDMX, 1993). La pieza nos sumerge en un ambiente sombrío, donde los ads (ofertas de autoayuda y promesas de felicidad) se deforman hasta la desesperación. El espectador recorre un laberinto oscuro de imágenes pre-meméticas asociadas a la tristeza, imágenes que pueden hallarse en el grupo familiar de WhatsApp, pero que también, anacrónicamente, se derivan de la subcultura “emo” cuyo auge se remonta a principios de los dos miles. Escondido entre la saturación visual, aparece el rostro del artista maquillado como payaso. La narrativa es en exceso alegórica. Santos insiste en que “los detalles de la producción kitsch, tales como la acumulación de símbolos, alegorías y metáforas, evidencian la inseguridad de lo kitsch, que echa mano a todos los artificios posibles para asegurar la continuidad del disfrute que se sabe fugaz”.14

Eustaquio el Plagio poetiza con pesimismo en torno a su identidad. Su proyecto visual surgió tras una ruptura amorosa y le sirvió como una forma para canalizar mediante un alter ego sentimientos de humillación e inseguridad. Desde entonces, su producción se expande a través de videos, gifs, imágenes de Instagram y animaciones en 2D y 3D. Su primera exposición fue realizada en un local de la Friki Plaza, en colaboración con el lugar no-lugar Antesdecrist0. Para la ocasión presentó un letrero de feria donde el espectador podía tomarse una foto suplantando su propio rostro.

Ilustración por Eustaquio

Ilustración por Eustaquio

De lo personal a lo generacional, destaca un interés particular por el internet añejo de principios de los dos miles, en específico el período macabro que abarca del 2004 al 2007, donde coexistieron Diego Santoy “el asesino de Cumbres”, el “chismógrafo” escolar online lajaula.net y el fotolog de trastornos alimenticios “Ana y Mía”. En esos años nacieron Hi5, Metroflog, Fotolog y Myspace, redes sociales que han caído en desuso. Ese panteón digital hoy produce más vergüenza ajena (cringe) que nostalgia, pero vale la pena revisarlo por su inconfundible estética cuyo epítome fue Blingee, una forma de estetización del yo por medio de collages en formato gif cargados de glitter, logotipos e imágenes de celebridades. Un kitsch hipersaturado que llegó a su fin con la muerte de Adobe Flash. In memoriam.

Si la actualización de un software aniquila ciertos imaginarios que preferimos olvidar, conviene preguntarse para qué profanar la tumba de aquel internet putrefacto. Para el artista, estos procesos de extinción obedecen a un borramiento gradual de nuestra memoria colectiva. Despojadas de su procedencia original, Eustaquio genera un montaje-réquiem sobrepoblado de imágenes huérfanas, negadas, aborrecidas. Imágenes turbias que se decantan por el patetismo y lo grotesco, por el internet marginal desdeñado por el clasismo y el “buen gusto”. Es un intento por preservar la memoria como una lúgubre urna digital. Los tropos asociados al llanto y sufrimiento en la obra de Eustaquio el Plagio adquieren tintes nostálgicos a través de la figura kitsch del payaso triste y melancólico.

Ilustración por Eustaquio

Ilustración por Eustaquio

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La obra de Lila Pesadilla (CDMX, 1996) empieza con recuerdos. Recuerdos de la casa de su abuelo paterno, atrapada en el tiempo, llena de regalitos de fiestas infantiles, cachivaches y objetos de porcelana. Recuerdos personales que se combinan con ajenos. Las expediciones en el tianguis de Las Torres ayudan a conseguir el material necesario para sus ensamblajes, diseños de moda e intervenciones textiles. Estampados coloridos obtenidos de la paca, juguetes antiguos, chácharas, joyería, ropita infantil, miniaturas, lentejuelas: nada le es inservible.

Ilustración por Lila Pesadilla

Ilustración por Lila Pesadilla

 

 

Es un mundo artificioso y alucinante de múltiples inspiraciones: las vestimentas de los personajes de Dragon Ball Z y Ojamajo Doremi, las pelucas en Hannah Montana, el futurismo eurodance de Kabah, las revistas de manualidades en foamy, las muñecas de trapo de la serie canadiense The Big Comfy Couch. El bordado unifica el cuerpo de obra: resalta la labor manual y la recolección de retazos, parches y fragmentos. Lila, que desde el 2018 colabora en el proyecto de diseño Kashé y Shirotta, usa Instagram para exhibir y hacer performances con sus confecciones. Su producción individual establece un híbrido entre vestimenta, dibujo digital y análogo, collages de sí misma que conforman una fantasía de la autorrepresentación. Sin embargo, para Lila “la fantasía no tiene que ser algo feliz”.15

En un texto sobre la exposición Nuevo barroco popular (2020), la curadora Roselin Espinosa ha señalado con acierto que la dinámica de producción de Lila es sintomática de las economías informales.16 Sin embargo, me parece que aún hay bastante por ahondar en torno a la relación afectiva con sus materiales recolectados. En otras palabras, Lila realiza una búsqueda sentimental de objetos kitsch, que viajan como Peter y Wendy hacia un universo alterno. Si su obra fuera un cuento, la trama sería sobre el retorno al mundo infantil, una isla de la antigüedad que se hundió como el Atlantis. Ese arraigo en un imaginario infantil es también una posición política y de resistencia frente a una sociedad adulta, heteropatriarcal y opresiva.

En Las flores no van en florero (2020) vemos a dos personajes. El grande extiende su elástico brazo limitando el paso al menor (apreciado de cerca, se vislumbran las huellas de la mano de la artista como rastros de la dedicación sobre el papel). Una escena cotidiana de una madre protegiendo a su hijo al cruzar la calle inspiró el dibujo. La imagen opera en un plano simbólico: nos invita a reflexionar sobre el cuidado de lxs otrxs; cómo ese cuidado se manifiesta en gestos pequeños y amorosos. Después de todo, quizá la ternura detrás del kitsch, tan despreciada por los defensores de la sofisticación y la mística del arte, siempre tendrá la potencia suficiente para remover nuestras emociones.

Ilustrado por Lila Pesadilla

Ilustrado por Lila Pesadilla

Ciudad de México, 14/2/2021


Autores
(Ciudad de México, 1993) es narrador y ensayista. Maestro en Letras Españolas por la UNAM, es autor de Emerson en Tijuana (Máquina de Aplausos, 2019) y La mítika mákina de karaoke (FCE, 2022). Sus textos se han publicado en Letras Libres, Tierra Adentro y Nexos. Ha colaborado en Montez Press Radio, House of Vans y Dover Street Market París. Ha sido beneficiario del Sistema de Apoyos a la Creación y Proyectos Culturales en el área de Ensayo Creativo (2023-2024).

Ilustrador
Gusano Local, Lourdes Martínez, Israel Urmeer, Edrey Cortes, Daniloween, Jimena Montemayor, Eustaquio y Lila Pesadilla
Ilustración por Maricarmen Zapatero

Para Gustavo González

Tomar cerveza directamente de la botella es, por lo menos, un acto grosero. Es tanto como vaciarla a la panza cual si fuera poco más que un líquido hediondo. Lo peor de esta forma de tomar cerveza es que nos perdemos la oportunidad de despertar sus aromas y gases. Nos privamos de ver su color, de provocar sus rosarios y, oh, su prodigiosa espuma.

Crear espuma es un arte excelso que va desde hacer una burbuja solitaria hasta acumular miríadas de ellas que servirán como vehículo transmutador de materia. Como cuando las claras de huevo se hacen nieve, el chocolate un postre vaporoso o cuando convertimos la leche en terciopelo. La espuma es una recompensa que solo se consigue con servilismo hacia algunos ingredientes: a masas ingobernables, líquidos necios, y solo en condiciones especiales: pureza extrema, temperatura exacta, insistencia inquebrantable. Otras recetas implican hacerse aliados de las burbujas, atraparlas y fosilizarlas para ser disfrutadas en forma de pan esponjoso o en laberintos caprichosos de algunos quesos. La espuma se posa en lo alto de tazas y vasos como corona de lo exquisito y otras veces invade por completo cuerpos líquidos con su alegre fiesta vertical.

Otra espuma vital, aunque muy lejana a la de los alimentos, es la que emerge de los detergentes. La presencia de espuma profusa y casi infinita nos confiere confianza, se convierte en evidencia indiscutible de su acción limpiadora y de su poder expiatorio de las mugres más osadas. En cambio, su ausencia nos sumirá en la desesperanza. Un jabón que “no hace” espuma, se debe a tres razones irrefutables: mala calidad de este, suciedad extrema en la superficie a lavar o utilizar agua dura. Cualquiera de éstas nos orilla a la acción febril de añadir más y más jabón hasta conseguir la ansiada y prodigiosa espuma. Sólo entonces tendremos la certeza de que el equilibrio del mundo existió por un momento en nuestras manos.

Como todas las cosas simples la espuma significa y representa lo que no podemos explicar. Como cuando queremos decir que alguien vive en su mundo sin darse cuenta del cataclismo que lo rodea, cuando el éxito de algo crece de forma acelerada o cuando queremos ejemplificar lo volátil de una situación insostenible. Las burbujas, unidades de la espuma, se asocian con el juego, con la niñez, con tardes en la plaza, con vinos lujosos, derroche, fiestas exóticas, bodas cursis, trucos de magia, metáforas, conceptos físicos. Solo somos un montón de espuma propensos al derramamiento.

Claro que no todas las espumas son paradisíacas, en ciertas circunstancias su presencia revela condiciones funestas: acidez, putrefacción, descomposición. Maldiciones naturales que corrompen alimentos y seres vivos por igual. Ahí las burbujas, evidencias del tiempo, acumulan calamidades. Es espuma atroz la del vómito, la diarrea, la de los hocicos de animales virulentos. En las bocas humanas denota enfermedad, envenenamiento, colapso del sistema nervioso, aparece trágica en las convulsiones de gran mal. Si bien en la naturaleza hay espumas fértiles, también las encontraremos como evidencia de acciones humanas egoístas, como en los ríos contaminados y las playas ultrajadas con químicos y detergentes que asfixian a la espuma del mar. En otras ocasiones la espuma sirve de imagen para explicar cóleras incontenibles que hierven en los órganos internos o para describir cómo aquella ira salía de la boca del iracundo.

La naturaleza dicotómica de la espuma nos lleva del manjar a lo pútrido, del lujo a la escasez, de la limpieza a la suciedad, de la salud a la enfermedad, y puede trasladarnos por caminos encantadores como abandonarnos en callejones sucísimos e infectos. Pero en el centro de estos extremos hay una especie de purgatorio, un puente entre ambos: la fermentación.

Descrita por Luis Pasteur como “la vida sin aire”, la fermentación es alquimia pura, pues transfigura caldos y aguas diversas en manjares. Esta putrefacción controlada se debe a la acción de organismos pertenecientes a reinos biológicos ajenos al nuestro, reunidos en dichas categorías más porque no hemos podido descifrar sus enigmas que por una verdadera comprensión de su naturaleza. La fermentación se manifiesta en burbujas y espumas transmutadoras; su aparición confirma que está teniendo lugar un proceso prodigioso de caos molecular. Por eso la energía química se desprende de las mezclas fermentadas, no podía ser distinto, pues la magia está ocurriendo ante nosotros.

La espuma limpia es impalpable, etérea, sobre todo si deseas poseerla. También es necia e indomable, sobre todo si deseas que desaparezca. Las burbujas jabonosas con sus iridiscencias de arcoíris provocan el griterío en el jardín y el triunfo de la ropa impoluta. Es cierto que ha habido burbujas que se han posado en la punta de un dedo maravillado por contener un milagro que, como todos, dura solo una fracción de segundo y luego da paso al curso de la vida vulgar. En cambio, la espuma sucia nos contamina con su viscosidad, nos asusta su hervor aciago, nos sorprende en el estornudo cuando explota grosera y en algunos casos hasta emite vapores y olores repugnantes e inolvidables.

Un apunte final: no se ha puesto nombre a la acción de desperdiciar espuma limpia; la del champán en una copa que se rehúsa a brindar, la de la nieve de claras o el musse que se dejó reposar más tiempo de lo debido, la del capuchino olvidado en una plática catastrófica, la del merengue horneado por un cocinero holgazán, o la de las olas que revientan en playas infestadas de humanos.


Autores
(Guadalajara, Jalisco, 1979) Articulista en Hipertextual. Autora de la columna Reflexiones Apátridas en Notas Sin Pauta. Escribe ensayos en vonnelara.com y edita el folletín Soflama, gabinete de ensayos.
Ilustración por Maricarmen Zapatero

“mi padre se murió sin que yo supiera quién era ese hombre que tanto quise que me quisiera –la peor forma del amor–”

-María Fernanda Ampuero, Pelea de gallos.

 

I

Cuando papá se fue, todas las luces se quedaron encendidas, por si alguna vez a su sombra se le ocurría darse una vuelta. Cuando papá se fue, dejó en el cajón los regalos que le habíamos dado, porque ya no eran importantes. Nuestros vínculos también se quedaron en ese cajón. Yo me adueñé de él, poco a poco fui llenándolo con mis cosas, sin reemplazar las cosas de papá. Así empecé a fumar.

Primero fue por usar sus encendedores, para no desperdiciar todos los que había dejado por los rincones de la casa. Después porque extrañaba su tos nocturna, nunca le dije que me dormía escuchando el ritmo de su respiración interrumpida.

Al poco tiempo, empecé a adoptar sus gestos, la manera en la que colocaba el cigarro entre sus dedos, el sacudir de la ceniza y la sonrisa ladeada al soltar el humo. Cada cigarro me acercaba un  poquito más a papá. Si alguna vez llegábamos a reunirnos, por mero trámite familiar, yo ocultaba mi nuevo vicio. Nadie podía saber de mi ritual mimético, mucho menos papá, aunque me parecía que la gente empezaba a sospechar de mi ligera metamorfosis.

Todo empeoró cuando encontré las fotos. Papá se fue y dejó en casa una vida en ruinas. Al principio, silencio; después, los excesos de la memoria. Un pasaporte viejo: papá a los 13 años, mi cara en 1980. Intenté negarlo, pero ya no había vuelta atrás. Poco a poco, las caras desdibujadas en el álbum dejaron de ser reconocibles. Mi primera comunión: primavera del 77. Mi bautizo: verano del 96. El humo de los recuerdos había invadido la casa, bocanadas que desdoblaban el tiempo.

De nuestro vínculo fracturado, me resonaba la frase “todavía no se puede estar en dos lugares a la vez, hijita”. Eso, papá, también era una mentira. Lo supe cuando miré las fotos. Tú y yo, gestos que se repetían siempre en dos lugares a la vez. Te fuiste y te duplicaste en la ausencia.

II

Aunque intenté que mi nuevo vicio permaneciera oculto, la transformación era cada vez más evidente: los brazos abiertos al caminar, el mismo ruido a la hora de comer y nuestros pasos de baile descoordinados. Mi cuerpo: la copia degradada de tu recuerdo. La casa: una repetición de imágenes descentradas.

Antes de irte, nos sentaste en el sofá para decir que volverías. ¿Era eso lo peor del amor? No, lo peor del amor era no poder dejar de ser tú. Vaciaste los armarios, pero te quedaste inmortalizado en el espejo. Cuando dijiste adiós, ¿a quién saludabas? Yo saludaba a tu rastro, acuerpaba tus manías y me desapropiaba de nuestras diferencias.

Luego empezó la pérdida. Abro los ojos. Una ventana en las escaleras, puertas abiertas que no dan a ninguna parte. ¿Dónde estamos, papá? Sin respuesta. Mis ojos, que todavía no son los tuyos, no reconocen el espacio, pero nuestras manos sí. Tú y yo, un mapa corporal de la memoria. Cada voz que te llama se dirige a mí, habitamos el cuerpo de una foto: la evocación de un presente que deja de serlo.

Ceniceros vacíos que había que llenar para cubrir tu desaparición. La gente no me pregunta por ti, me llama por tu nombre. Papá se fue y mi cuerpo reemplazó al suyo. Papá se fue y su falta hizo combustión.

 

III

Papá, siempre le tuve miedo a los incendios. Tu coche en llamas en medio de la carretera, cigarro en mano y lágrimas inútiles. ¿Qué sientes cuando me escuchas gritar? Sin respuesta. Tú y yo, un poema sobre la risa y el llanto. Después el fuego, consumir tu rastro en el cuerpo: fragmentos de mí que te pertenecían. Sangre de tu sangre, genética podrida.

Cada foto se convirtió en polvo, pero tú no terminabas de irte. Una ventana en las escaleras es un hueco en el tiempo, un cajón vacío es un agujero en el espacio. Me senté en el sofá, miré los rastros de nuestros cuerpos consumidos y encendí el último cigarro. Los dedos, el movimiento, la sonrisa ladeada: metamorfosis terminada. Una casa que se abandona es una casa en llamas.

Cuando me fui, todas las luces se apagaron para que a mi sombra no se le ocurriera darse una vuelta. Cuando me fui, vacíe el cajón, que nunca tuvo nada importante. No había más vínculos en ese cajón. Sin nadie que se adueñara de él, poco a poco se fue cubriendo de cenizas que reemplazaron mis cosas. Cuando me fui, ya no quedaba ningún encendedor, así que dejé fumar.


Autores
Ana Belén Pérez Barreiro es Licenciada en Literatura Latinoamericana por la Universidad Iberoamericana Ciudad de México y Maestra en Literatura Comparada: Estudios Literarios y Culturales por la Universidad Autónoma de Barcelona, donde actualmente cursa el Doctorado en Filosofía. Sus líneas de investigación giran en torno al problema de la enunciación del dolor en la literatura latinoamericana contemporánea escrita por mujeres.

Ilustrador
Maricarmen Zapatero
Foto tomada por Eleane Carolina Herrera

Una noche antes de la marcha ya circulaban de manera viral fotografías sobre las vallas convertidas en altar. Algunas reporteras informaron, en uno de los tantos chats, que al ir a Zócalo para hacer su propio registro se habían topado con que el paso estaba cerrado, al igual que las calles aledañas.

« ¿Será que nos tienen miedo?»

La noche previa a la marcha, circuló un llamado a cambiar en Google maps el nombre de la Plaza de la Constitución (Zócalo) por “Antimonumenta Víctimas de feminicidio”, a modo de recordatorio permanente. 1

Foto tomada por Eleane Carolina

Foto tomada por Eleane Carolina Herrera

 

 

Unas horas antes de salir rumbo a la marcha me llegó el tuitazo y los mensajes del chat de reporteras feministas: «Fueron 4 compañeras fotógrafas las que agredieron los granaderos que no son granaderos: Graciela López, cuartoscuro; Sashenka Gutierrez, EFE; Gabriela Esquivel, 24hrs; Leslie Pérez de El Heraldo »

Mientras, en el otro chat que tenía abierto para coordinarme con una amiga: « Mi amiga me mandó esto… [¡Cerraron el Zócalo! ¡Es una trampa!] No sé si es verdad. Ella ya no quiere ir. Yo sí voy pero no me voy a quedar a los madrazos». Y yo con estrés por sacar la nota del día para llegar al encuentro a tiempo.

Foto tomada por Eleane Carolina Herrera

Foto tomada por Eleane Carolina Herrera

Por suerte tengo amigas que me ayudaron a conseguir las entrevistas que pidió el editor. Por teléfono, platiqué con la artista visual Julieta Gil sobre las vallas que puso el gobierno en Palacio Nacional y otros edificios:

Me contaba Ana Kateri Becerra Pérez (restauradora) que independientemente de todo no se pueden quedar ahí porque el centro es una zona con valor histórico, en teoría no se puede alterar de manera permanente la imagen o “estética”, ¿cómo crees que se debería preservar esta obra de arte colectiva?

Julieta comentó que entre las posibles soluciones para preservar el altar está la técnica de fotogrametría, que tanto ella en su trabajo artístico como las Restauradoras utilizan, pues es una forma de registrar la obra en 3D y guardar, no sólo la información gráfica, sino la volumétrica.

Recibí por mensaje una foto de las pintas en el monumento a la Revolución y vistas desde lo alto me recordaron a las intervenciones que el poeta Raúl Zurita realizara cavando en el desierto de Atacama [Ni pena ni miedo] y con humo blanco en el cielo de Nueva York [Mi dios es carroña]2 Le escribí a la profesora del departamento de Letras que más guerra me dio en mis años universitarios.

«Por supuesto que es un ejercicio artístico y específicamente poético por dos razones: lo estético tiene intrínsecamente una dimensión ética y política -hoy ya sabemos que las formas de expresión en las que aterrizamos lo que queremos representar son políticas-; y específicamente es una cuestión de transformación y re-significación», me dijo la dra. Michelle de Gama Leyva.

Foto tomada por Eleane Carolina Herrera

Foto tomada por Eleane Carolina Herrera

Además de investigadora en literatura es la titular del Comité de Atención a la Violencia de Género de la universidad, y explicó que al cambiar la representación de las vallas que demuestran el poder estatal –recordemos que dentro de la teoría feminista es un poder fálico-, éstas mismas vallas se vuelven un espacio digno, en el que se interviene desde el arte, con colores y flores, para llevarlo de la violencia a la revolución de los afectos.

«Ahí está la potencia poética en estas intervenciones. El asunto feminista es por supuesto lucha, pero también sororidad, amor, afecto, baile y encuentro», me recordó.

« Yo personalmente fui víctima de violencia sexual cuando era menor de edad. Fui a la marcha porque fui víctima de violencia psicológica con mi primer novio; porque abusaron sexualmente de mi abuela cuando era niña; porque a mi mamá un hombre le enseñó su pene cuando tenía 10 años; porque abusaron sexualmente de mi amiga Laura; porque el ex novio de la prima de María la mató y nunca pisó la cárcel; porque tengo sobrinas, primas, amigas, tías, hermanas, y no quiero que les pase esto JAMAS», Miranda Schulenburg, 26 años.

Llegué a las 15h33 al Monumento a la Revolución. Mi amiga ya estaba ahí y esperamos a otra compañera. Sentí algo extraño respecto a la organización de este año, y parece ser que ella también. Quizás nos acostumbramos a una organización perfecta por parte de las colectivas, o quizás estamos medio adormecidas por pasar tanto tiempo en casa.

En 2020, el 8M reunió alrededor de 80 mil personas. Por la pandemia, este año no esperábamos que hubiera tanta gente y, sin embargo, dentro del contingente se siente como si fuéramos muchísimas. De acuerdo con un par de periódicos, esta vez asistieron alrededor de 20mil personas, aunque no mencionan de dónde sacaron las cifras.

Nos fuimos tranquilas coreando consignas y festejando la lucha junto a los lomitos que nos acompañaron hasta Bellas Artes, donde comenzaban las vallas. Me sentí provocada, pero solamente iba a tomar fotos. En la antimonumenta había una tela roja simulando un río de sangre sobre el cual se acostaron unas jóvenes. Hasta aquí, performance. Al dar la vuelta para dirigirnos al Zócalo las encapuchadas golpeaban las cercas de metal [No habrá nunca vallas tan altas que mujeres organizadas no puedan derrumbrar, rezaba una de las cercas] y muchas que no iban con el “bloque negro” se salieron de los contingentes para empujar. Parecía que se iban a caer, pero no… Todavía no.

« ¡Fuimos todas! »

Perdí a mis compañeras, así que me fui por una calle lateral a la de la marcha. Aproveché el respiro para sacar el celular.

« Vi que tiraron las vallas en Palacio».

Encontré a mis amigas varias veces a lo largo del camino gracias a un Husky aliade que sirvió de referencia, les dije que me adelantaba al Zócalo porque habían tirado unas vallas y no las volví a ver hasta después del gas.

Foto tomada por Eleane Carolina

Foto tomada por Eleane Carolina Herrera

«En la causa de los animales late una potente redefinición de la masculinidad, una evolución fundamental que permitiría un salto cualitativo de la humanidad y que conecta con el ecofeminismo. Porque la igualdad de género puede ser comprendida y concretada de dos maneras. La primera, androcéntrica, como inclusión de las mujeres en el modelo patriarcal, exige el abandono de la conexión emocional, la empatía y los valores del cuidado y la compasión por parte de las mujeres. La segunda, resultado de una conciencia crítica ecofeminista animalista, implica el desarrollo de esa conexión y esos valores por parte de todos los seres humanos independientemente de su sexo-género. Esta es una de las razones por las que veo con claridad un lazo profundo entre feminismo y animalismo, a pesar de todos los desencuentros e incomprensiones mutuas que aún los separan. Este vínculo me parece uno de los temas fundamentales del ecofeminismo en tanto redefinición de nuestra especie y de sus relaciones con las demás». – Alicia H. Puleo.3

En Palacio Nacional, en efecto, ya habían tirado un par de vallas. Había espuma en el suelo, y alcancé a ver un par de chorros lanzados por quienes se ocultaban detrás de las barricadas. « La policía no me cuida, me cuidan mis amigas», oí gritar. Al principio estaban algunas encapuchadas forcejeando contra los metales que seguían en pie, pintando a través de las rendijas, y las policías sirviendo de barrera sin que nadie comprendiera por qué defendían los muros de una institución que también a ellas las violenta cotidianamente.

Foto tomada por Eleane Carolina

Foto tomada por Eleane Carolina Herrera

Me acerqué para tener una mejor perspectiva. Un par de encapuchadas en Palacio Nacional, del lado de la Catedral, usaban encendedores para prender fuego a la pintura y apuntaban por las rendijas de las vallas. Me sentí ajena a su rabia y me alejé de ahí. Hacia las puertas principales del Palacio había una confusión de humo y gente donde habían quitado el cerco de metal; un poco más allá, hacia el lado de Pino Suárez, algunas mujeres –encapuchadas o no- lanzaban flores y botellas de agua vacías por encima de las bardas. Otras pocas pateaban los muros que no se movían porque los sostenían desde adentro.

« ¿Por qué lo defienden?»,  « ¿Y si mañana les pasa a sus hijas?».

La primera vez que salió el humo y cayó un petardo me alejé por sentido común, pero no suficientemente rápido. Me ardieron los ojos, aunque el cubrebocas mitigó el efecto en las vías respiratorias. Tardé en entender lo que estaba pasando. Estaba cerca de una tienda de campaña donde entre varias personas depositaron a una chica. No alcancé a ver qué le había ocurrido, empecé a decir groserías y a buscar la botella de agua en mi mochila. Alguien se me acercó, no supe quién, y me ofreció enjuagarme. Me quité todo y alcé la cámara para que no le chorreara agua. El ardor amainó. Muchas gracias.

Incrédula, con los lentes sucios, pregunté a alguien ¿eso es gas?

Sí -respondieron-

Foto tomada por Eleane Carolina

Foto tomada por Eleane Carolina Herrera

Pero si donde yo estaba parada no había nadie agrediendo. ¿Realmente consideran que un par de chicas pateando con sus tennis una valla de metal –sostenida a su vez por personas completamente equipadas con trajes, gafas de protección y escudos- amerita una rociada? ¿Por qué sostienen las vallas?

Vi que unas encapuchadas tomaban una valla y la usaban al estilo Pípila para acercarse al lugar donde anteriormente la habían quitado. Vi que otras tomaban escudos arrebatados a la policía para tapar las rendijas por donde salía el gas.

Intenté ser cautelosa con mi siguiente aproximación, pero había mucho humo o gas, se esparcía rápido en el viento e incluso a la distancia comenzó a arder. Esta vez supe reaccionar. Cuando me vio enjuagándome los ojos, una chica que a todas luces se mantenía lejos del confrontamiento se acercó a ayudarme. Sentí cariño. Después, otro grupo de muchachas y un bombero se acercaron a ofrecer ayuda y consejos.4

Foto tomada por Eleane Carolina

Foto tomada por Eleane Carolina Herrera

«Todo bien, ya voy de salida», respondí.

Me alejé de « la acción» para tomar agua y encontrar a las amigas con las que había iniciado la marcha. En la explanada muchas disfrutaban estar reunidas, se sentían seguras lejos de la policía. La gente sacaba fotos, pintaba frases en el suelo, observaban desde lejos. Se vendían y compraban chayotes hervidos; elotes; sangrías en vaso escarchado; papitas con salsa; pequeños melones partidos a la mitad y rellenos de helado.

«No me quiero ir sin sacar una foto del gas», le dije a mi amiga. No agregué que, más que un registro para la nota, era una cuestión personal. Necesitaba una prueba para mí, para el día siguiente. Para que valieran la pena el ardor y la confusión.

Otra vez cerca intenté ser cautelosa, pero no entendí bien los criterios bajo los cuales se lanzaba el gas. Un petardo cayó cerca mientras estaba recargada sobre mi rodilla, supuestamente alejada de donde las encapuchadas hacían «desmanes y vandalismo». Me alcé para correr, ya iba a ser la tercera vez que tendría que enjuagarme la cara y todavía me ardía la nariz.

Se denomina gas -palabra inventada sobre el latín chaos, a su vez del griego kháos– al estado de agregación de la materia en el cual, bajo ciertas condiciones de temperatura y presión, sus moléculas interaccionan débilmente entre sí. 5

Mi amiga no quiso regresar por el camino de la marcha, tuvo miedo de que los granaderos que no son granaderos nos encontraran solas, o de salir a Bellas Artes y encontrarnos en medio de una confrontación violenta. Me ardía la cara y me pareció una consideración sensata, aunque una parte de mí pensaba que era mala idea experimentar con las rutas después de una manifestación.

Foto tomada por Eleane Carolina

Foto tomada por Eleane Carolina Herrera

Caminamos más de una hora para salir del rango de calles cerradas hasta llegar a la ciudadela. En el camino un señor nos dijo un par de cosas sin sentido que incluían referencias del estilo «sigan caminando hasta Televisa»  y «AMLO ya va a renunciar gracias a su marcha». Mi amiga pidió un coche que le canceló, le reasignaron otro que tardaría mucho, la tarifa estaba carísima  y comenzaba a oscurecer. Nos debatíamos sobre usar transporte público por el tema de la pandemia y le comenté que en mi casa el encierro y las medidas sanitarias han sido bastante estrictas. Seguimos caminando hasta la calle Liverpool esquina con Dinamarca. Finalmente, cada una pidió un taxi privado desde el celular.

-La gente andaba muy ciscada con lo de la marcha, pero no hubo tráfico hoy. Ya la gente está aprendiendo que cuando hay cosas así no deben salir en coche propio-, compartió el conductor.

-¿Y subió la demanda en la aplicación?

-No, todo tranquilo, sólo no hubo tráfico.

Foto tomada por Eleane Carolina Herrera

Foto tomada por Eleane Carolina Herrera


Autores
Es licenciada en Literatura Latinoamericana por la Universidad Iberoamericana. Ha colaborado en la revista digital C de Cultura. Actualmente es reportera en el periódico La Crónica de hoy, así como miembro del Consejo Editorial de Mexicana de Arte.
Ilustración por Mariana Martínez

Mi casa hecha de mujeres
Herida de manicomio
El grito de un labio encomio
La huida de tu mentira

Mi casa hecha de mujeres
Morada de cielo vivo
Tu maternal nicho abriga
Locura de sangre viva

Morada hecha de mujeres
¿Qué heridas guarda tu savia?
¿Qué manos rompen tu guardia?
¿Qué lástimas te calcinan?

Mi casa hecha de mujeres
¿Qué olvidos tuyos construyes?
¿Qué máscaras te destruyen?
¿Qué triste mensaje archivas?

Mi casa hecha de mujeres
Mil veces llorada has sido
Mil veces contada has reído
Mil veces tomada sigues

Mi casa hecha de mujeres
Amarga pasión aguardas
Profunda alabanza cargas
Filoso deseo reprimes

Mi casa hecha de mujeres
Tu médula buscó muerte
Tu prole eructó la rabia
Tu vida una mano esquiva

Mi casa hecha de mujeres
Le debo a tu seno vivo
El libre albedrío de un niño
El libre rumiar de un crío

Mi casa hecha de mujeres
Tu error está en tu cimiento
Mil veces se ha repetido
La hoguera de tu objetivo

Morada hecha de mujeres
Tu amor se levanta grato
Tu olvido me prende el tacto
Tu grito ya es recibido

Mi casa hecha de mujeres
Por fin te liberas viva
Historia de furia antigua
Altiva tu frente mira

Mi casa hecha de mujeres
Seas mil veces redimida
Y mil veces más querida
Mi cuna sana tu herida

Nota: Sobre la red de mujeres en la que crecí y habité. Sobre Mónica, María, Martha, Martha Jr., Karen, María Fernanda, Lucero, Ofelia, Vicky, María Luisa, y Liru. Sobre sus gritos y el origen de sus gritos. Sobre su arrojo y su vitalidad. Sobre sus heridas, sus miedos, y sus guardias. Sobre su capacidad de reír y asimilar el mundo riendo. Sobre sus deseos reprimidos y sobre la falta de ganas de vivir. Sobre sus cuidados y crianza. Sobre repetir historias y la posibilidad de no repetirlas, de sanar heridas.


Autores
Diana Gavaldón Sánchez estudió la licenciatura filosofía en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Actualmente es estudiante asociada del Instituto de Investigaciones Filosóficas de la UNAM y su tema principal de investigación es el concepto de libertad desde la filosofía de Hegel

Ilustrador
Mariana Martínez
(Ciudad de México, 1996). Novelista y editora. Egresada de la Universidad del Claustro de Sor Juana en la carrera de Escritura Creativa y Literatura
Imagen tomada de la base de datos de Google

     El Internet es una extensión de la misoginia. Quien desconozca este principio es demasiado joven o demasiado ingenuo.

     Poco antes de la llegada del 2008, varios sitos habían procurado la estandarización de las Reglas de Internet. La tarea fue más o menos exitosa, cristalizando algunos aforismos que no variaron su acomodo en las enumeraciones que se divulgaron posteriormente. Alrededor de la regla treinta gravita todo un entramado de elipses, coincidentes y coordinadas: No hay chicas en el internet.

     Este breve dardo se había pensado como una advertencia. Antes de suponer siquiera la aparición de Facebook ─no se diga la de plataformas que priorizan el performance audiovisual, dando pie a la interacción directa con el usuario─, la convivencia virtual mediante ordenadores era apenas concebida a través de foros y salas de chat pobremente programadas. Las limitaciones de interfaz y funcionamiento se volvieron una excusa para el anonimato: desdoblado, el internauta podía pasearse entre rincones oscuros de la web sin necesidad de entregar datos de su vida o pixeles de su rostro. Es decir: la adolescente cachonda que te refería por mensajes lo mucho que te deseaba era, muy probablemente, un cincuentón secuestrado por la alopecia y el tiempo libre. Saber el peligro del catfishing te otorgaba la ventaja de masturbarte ante la imagen idealizada de una mujer hermosa sin tener que someterte al riesgo de que dejara de hablarte minutos después de que le depositaras el dinero que te pidió prestado.

     La no-existencia de mujeres, primero teorética y después pragmática, fue adoptada como una condición ecológica por los usuarios de 4Chan y de tablones similares. El joven promedio que frecuentaba dichos sitios ─digamos blanco, suburbano y clasemediero─ compartía con sus hermanos la marca del resentimiento y la apatía; alejado de la preparatoria y de sus bullies, podía desbocarse en los insultos que no era capaz de pronunciar en persona: maldecir a los negros de mierda, a las putas mujeres, etcétera. Su sitio web favorito era, pues, un descanso simbólico del acoso de los chicos que lo sometían y las chicas que lo humillaban.

     Los foros sombríos se perpetraron con una discreción sectaria. Por su parte, los normies y las mujeres fueron acogidos por el seno de las redes sociales contemporáneas. Refugiados en una campana de eco, los radicalizados se fermentaron en su alienación.

     Para el internet subterráneo, la misoginia se convirtió en una norma comportamental: como hombre, la manera en la que te posicionas ante las mujeres resulta un parámetro de tu valía, del peldaño que te corresponde en una escala. El Chad, el alfa, sabe bien que las mujeres no merecen una fracción mínimamente relevante de su tiempo y su dinero. Un simp, en su condición de beta, opina exactamente lo contrario.

     El término “simp” se había acuñado como un neologismo americano para adjetivar al hombre simplón (simpleton) durante mediados del siglo XX. Algunos raperos, ya en los noventa, se valieron de la palabra para jugar con su anteposición con pimp (proxeneta). Three 6 Mafia, entre los alardeos de Sippin ‘on Some Syrup, dice de sí mismo: “I’m trill, working the wheel, a pimp, not a simp”.

     Alguien, en algún punto de la década pasada, terminó de darle a simp el sentido que posee hoy en día, volviéndolo un acrónimo de Sucker Idolizing Mediocre Pussy: Idiota que Idolatra Vaginas Mediocres. Así, el simp cobró la dignidad lingüística de un adjetivo sustantivado. Pasó a ser una entidad concreta, encarnada en un individuo con nombre y apellido, en lugar de ser una mera característica: ya no se era simp, se era un simp.

     Grosso modo, un simp es un hombre que le ofrece su devoción, tiempo y dinero a una mujer que no le da nada a cambio. Entiéndase “coito” por “nada a cambio”. En ese sentido, simp es apenas una variación de pagafantas, magnificada en su incorrección política por el acrónimo del que se compone.

     Todos los días hay una legión de adolescentes ─hombres, para variar─ discutiendo la legitimidad de la palabra simp en alguna caja de comentarios. Al ser un término que se define en su relación a la percepción de la feminidad de una mujer ─la calidad de su vulva, de su lealtad como compañera─, habrá quienes tendrán requerimientos más laxos o más estrictos para otorgar la designación.

     El simp se somete a la humillación cotidiana de comentar fotos y desear los buenos días sin recibir respuesta. Cuando tiene el privilegio de la cercanía, se desvive en responder historias y pronunciar halagos bochornosos. No duda en hacer tareas y solucionar exámenes ajenos a cambio de un “gracias” y un emoji. Como perro entregado al semi abandono, se alegra de las palmaditas ocasionales en la cabeza. A streamers les regala el dinero conseguido con su sudor o el de sus padres, en busca de saludos y menciones en vivo.

     En los últimos meses, entre la comunidad memera hispanohablante se popularizaron páginas hermanadas temáticamente por su nombre, como Ok, SIMP y Comentarios de simps. El fin de las mismas es exponer, mediante capturas de pantalla, chats y publicaciones de hombres cuya conducta esté inscrita en la circunferencia del simpismo. Por ahí ronda el pantallazo de un TikTok de Ari Gameplays en el que presume el interior de un carro de lujo recién comprado. Uno de sus suscriptores comenta: “Ahí se fueron todas mis estrellas y bits?”. Ella le responde, seguido de un emoji sonrojado: “Sí, muchas gracias por el apoyo”.

     Lo cierto es que simp ha muerto, como todo lo que cae en las manos de los normies. La palabra, tramada por los adolescentes que desconocen la salud mental, ha sido reivindicada por la cultura de los memes y los TikToks. Chicas y chicos, sin distinción, se refieren al acto de admirar o querer a alguien como simpear. Muchos, en pro de su fama de aliados, se reconocen a sí mismos como simps de la chica que les gusta.

     El significado de simp varía de teclado en teclado y lo seguirá haciendo hasta que otra palabra, igual de maleable y quizá más misógina, la reemplace. De momento, puedes tener la seguridad de que en algún recoveco de internet hay dos personas teniendo un intercambio similar a este:

>Ayer fue cumpleaños de mi mamá y le regalé un ramo de rosas!!!

>Jajajajajajaja, simp.


Autores
Nació el 16 de octubre de 2000, en Guadalajara. Es narrador, ensayista y divulgador científico. Ha sido ganador de los concursos “Creadores Literarios FIL Joven” (en las categorías de cuento y microcuento), “Luvina Joven” (en las categorías de cuento y ensayo) y del Premio Nacional de Ensayo Carlos Fuentes, que otorga la Universidad Veracruzana. Algunos de sus textos han sido publicados en las revistas Luvina, Punto de Partida, Pirocromo, Vaivén, Catálisis y GATA QUE LADRA.
Diseño de forro: Teresa Guzmán Romero

Anda, Peláez, ve diciendo cómo te ha ido con Brígida.

Alfonso Reyes, “Sobre la traducción”.

A finales del siglo IV, Eusebio Hierónimo, por órdenes del papa Dámaso I, comenzó la labor de llevar el Antiguo testamento, escrito en hebreo, al latín. Este trabajo —que había sido precedido por la revisión de la versión latina del Nuevo testamento en el año 382— fue terminado en los primeros años del siglo V y daría como resultado la Vulgata, el texto que sería declarado en la cuarta sesión del Concilio de Trento, el 8 de abril de 1546, como la versión aceptada por la Iglesia.

Algunos siglos después de que el que sería conocido a la postre como San Jerónimo hubiera terminado su tarea, entre finales del IX y principios del XI, del santo oficio del copista nacieron ciertos comentarios en los márgenes de un códice que daban cuenta de que el latín comenzaba a transformarse. Estos comentarios, conocidos como glosas Emilianenses y Silenses —éstas por haberse encontrado en el monasterio de Santo Domingo de Silos, aquéllas por haber sido forjadas en el monasterio de San Millán de la Cogolla—, y junto a los Cartularios de Valpuesta, son el testimonio de que el otrora prístino latín se había oscurecido entre las tenebras del tiempo y de los muros monacales. Por ello, en el primer tercio del siglo XII, ya podían leerse los conocidos versos de Gonzalo de Berceo: “Quiero fer una prosa en roman paladino, /En qual suele el pueblo fablar a su veçino, /Ca non so tan letrado por fer otro latino: /Bien valdrá, conmo creo, un vaso de bon vino”.

Ambos paradigmas —Jerónimo de Estridón, el patrono de los traductores, y las glosas— parten de un mismo principio: la interpretación, y si como escribiera Umberto Eco, “ningún texto puede ser interpretado según la utopía de un sentido autorizado definido, original y final”,1 es justo decir que, al ser necesario que la Biblia estuviera escrita en la lengua del Imperio, el latín, y que éste, a su vez, algunos siglos más tarde enfrentara su ocaso, y con ello naciera la necesidad de reconfigurar el mundo occidental conocido hasta ese momento, la historia ha transcurrido alrededor de lo que George Steiner llamaría el “centro de gravedad”, aquello que “se encuentra del todo implícit[o] en el más rudimentario acto de la comunicación [y] se manifiesta en la coexistencia y el contacto mutuo de las miles de lenguas que se hablan en la Tierra”2: la traducción.

Desde los múltiples exégetas bíblicos que discutían las traducciones anteriores y comentaban sus distintas interpretaciones, hasta la traducción intersemiótica —el llevar, por ejemplo, una novela al cine o un poema a un cuadro— o la traductología que incluye conceptos como equivalencia, adherencia, skopos, fidelidad o iniciativa del traductor, la traducción ha sido una disciplina que, al ser parte de la interpretación de un texto, ha tenido un desarrollo que ha tomado distintos caminos de acuerdo con su época y contexto. Baste recordar a personajes como Anne Darcie, que publicó en 1712 Sobre las causas de la corrupción del gusto y que junto a Pierre-Daniel Huet y Jacques-Bénigne Bossuet “supervisó una serie de textos griegos y latinos abreviados y expurgados para el uso del […] primogénito del rey de Francia [por lo que] ad sum delphini se convirtió en una expresión habitual para designar un libro expurgado”.3

Del mismo modo, en la historia de la literatura se tienen ejemplos como el de Baudelaire como uno de los primeros traductores de Poe, las dificultades de traducir a Joyce —dificultades que, como lectores, quizás no hayamos percibido— o a Cintio Vitier como traductor de Rimbaud. Así, a nuestra mente quizás lleguen los nombres de nuestros traductores preferidos, o quizás se recuerde el nombre del traductor de nuestros libros de cabecera. ¿Cómo olvidar a Raúl Ortiz y Ortiz, quien tradujo excepcionalmente Bajo el volcán, de Malcolm Lowry? ¿O el caso de Julio Cortázar como traductor, también, de Poe? Tal vez en un raudo recorrido por nuestras lecturas encontremos la línea “[…] It is a tale /Told by an idiot, /full of sound and fury, /Signifying nothing”, que Macbeth espeta en el acto cinco de la obra “maldita” de Shakespeare y de donde saliera el título de la novela de Faulkner, y que puede encontrarse indistintamente como El ruido y la furia o El sonido y la furia, y hasta terminar el libro uno puede saber que esa línea encierra la visión de Benjy. En mi caso, recuerdo a Salvador Reyes Nevares, quien tradujo Los tres mosqueteros, ¿pero cuántos han quedado olvidados, innombrables, en esta historia? Tal vez haya un poco de justicia poética en olvidar aquellos nombres que en nuestra juventud nos inundaron los ojos de “anagramés” y que nos hicieron presenciar cómo los personajes “follaban” después de haberse quitado las “bragas”, por mencionar sólo las menos cacofónicas. Como escribiera en un “Inventario” José Emilio Pacheco, él mismo traductor, a propósito de la invaluable labor de Sergio Pitol y que gracias a la Universidad Veracruzana y a Rodolfo Mendoza podemos conocer:

La literatura es un mar nutrido por todas las corrientes de la Tierra. Solo mediante las traducciones se mantienen en circulación las aguas. Sin ellas volveríamos a una Babel incomunicable, a una isla desértica y ahogada de sed en que nada podría florecer. 4

En este mismo texto, José Emilio también elogia, con la generosidad intelectual que siempre le caracterizó, el oficio de traducción de Rubén Bonifaz Nuño, Tomás Segovia y a Selma Ancira. Y uno puede seguir con esa lista tanto como la memoria lo permita. Por mi parte, en mis labios brotan los nombres de Francisco Cervantes, el entrañable Vampiro, y Eduardo Langagne como traductores del portugués; Guillermo Fernández —asesinado cobardemente el 31 de marzo de 2012—, del italiano; Javier García Galiano, del alemán; Bernardo Ruiz, del inglés y además de gótica inclinación. En mares más cercanos podríamos nombrar a Paula Abramo, Lorel Manzano, Elisa Díaz Castelo, Robin Myers, Hernán Bravo Varela, Rodrigo García Bonillas o José Miguel Barajas; todos ellos de doble creación, la propia y la que fluctúa en esa nostalgia de Babel que traslucía Steiner. En este bosquejo las literaturas alemana, portuguesa, francesa e inglesa confluyen en esas aguas de las que hablaba Pacheco; pero la memoria es corta e injustamente olvido a otros que se han enquistado en mis huesos.

Alfonso Reyes afirmaba que “en punto a traducción es arriesgado hacer afirmaciones generales. Todo está en el balancín del gusto. Y si este elemento de creación, incomunicable y difícil de legislar, no entrara en juego, la traducción no hubiera tentado nunca a los grandes escritores”.5 Y es justamente ese “balancín del gusto” —que a nuestros ojos del siglo veintiuno pareciera una mala traducción de un “subibaja”— el que ha dirigido una discusión centuria entre la literalidad de una traducción o la construcción perifrástica. Aquí no mencionaré el lugar común de “traduttore, traditore”, en su lugar recurriré a un viejo chiste: “las traducciones son como las parejas: las fieles no son buenas, y las buenas, no son fieles”. Amén de que el desocupado lector descubra el pudor que encierra mi modo de enunciarlo, pongo a su consideración la metáfora a la que echa mano Bonifaz para hablar de la traducción:

[…] se acostumbra, en música, hacer, para el piano, transcripciones de partituras orquestales. Se consigue, así, un modo de esquema fiel correspondiente a un múltiple universo sonoro. Los violines, las violas, los violoncello, los contrabajos, las maderas, los metales, las percusiones, reducen allí sus voces a las que producen los macillos al golpear el cordaje del piano. Empobrecida de tal manera, proporcionan, no obstante, una idea capaz de sugerir la idea vertebral del universo que esquematizan.6

“La idea vertebral del universo” es una idea, si se lee con detenimiento, devastadora y, si se me permite el oxímoron, esperanzadora. En ella está contenida la idea añeja, pero no por eso menos cierta, de que cada texto es la manifestación de un momento histórico, de una cultura, de un mundo que quizás contenga todos los mundos, y que, por lo mismo, es irrepetible. Convengamos, entonces, que una primera idea de la traducción es que el replicar ese momentum es utópico, como lo llamó Ortega y Gasset. El filósofo español escribió a propósito de la traducción:

Escribir bien consiste en hacer continuamente pequeñas erosiones a la gramática, al uso establecido, a la norma vigente de la lengua. Es un acto de rebeldía permanente contra el contorno social, una subversión. Escribir bien implica cierto radical denuedo. Ahora bien; el traductor suele ser un personaje apocado. Por timidez ha escogido tal ocupación, la mínima. Se encuentra ante el enorme aparato policíaco que son la gramática y el uso mostrenco. ¿Qué hará con el texto rebelde? ¿No es pedirle demasiado que lo sea él también y por cuenta ajena? Vencerá en él la pusilanimidad y en vez de contravenir los bandos gramaticales hará todo lo contrario: meterá al escritor traducido en la prisión del lenguaje normal.7

No es extraño que en el título del artículo de Ortega y Gasset esté la palabra “miseria”, porque al leer el fragmento anterior pareciera que el traductor tiene ante sí una tarea absurda, y por tanto, carente de todo sentido. Sin embargo, en contraposición podemos citar a Jorge Luis Borges, quien creía que, en esencia, la traducción era una “infidelidad creadora y feliz”, y al mismo tiempo, que “el original es infiel a la traducción”.8 Recordemos que Borges publicó en El País del 25 de junio de 1910, antes de cumplir once años, una versión de “El príncipe feliz”, de Wilde, por lo que esa infidelidad estaba germinando precozmente, hasta llegar a ser Pierre Menard.

Entre las demasiadas opciones que tiene un traductor para enfrentar un texto —un mundo—, no debe olvidarse que todas son, a fin de cuentas y como escribiera Eco, una “negociación”. Ésta nos lleva a saber —como lectores, autores o traductores— que hay algo que siempre se perderá en la traducción, pero que siempre está la posibilidad de que en ese nuevo universo se devele algo que en la lengua original no estaba. ¿Cómo podríamos traducir —para citar un verso bonifaciano— “ni mujer en qué caerse muerto”? El verso, del libro Fuego de pobres, de 1961, hace referencia a “no tener en qué caerse muerto”, un dicho que, cuando menos en el contexto nuestro (mexicano) habla de la pobreza material de alguien. Si cada cultura o lengua tiene su símil —así como el inglés “it’s raining cats and dogs” pudiera traducirse como “llueve a cántaros” o “se está cayendo el cielo”, en lugar de “están lloviendo perros y gatos”, por lo demás sin significado para cualquier hablante de español—9 , ¿qué sería lo más prudente para un traductor extranjero? ¿Traducir palabra por palabra el verso repleto de soledumbre de Bonifaz o encontrar el símil en la propia lengua? Al final, y para seguir a Eco, todo se reduce a tres circunstancias: significado, interpretación y negociación, y en ellas se dan pérdidas y compensaciones. Escribe Eco:

Hay algunas pérdidas que podríamos definir absolutas. Son los casos en los que no es posible traducir: cuando se dan casos de este tipo, pongamos, en el curso de una novela, el traductor recurre a la ultima ratio, la de poner una nota a pie de página (nota que ratifica su derrota). 10

La derrota —y aquí pensará el temerario lector que ha llegado hasta aquí que he pospuesto el tema central de este texto por pudor, asaz por imposibilidad— está en la negociación con el texto y con uno mismo. Las pérdidas y compensaciones se dan, en el mejor de los casos, en aquellos lugares en donde el traductor, con alevosía y ventaja, pero también con plena consciencia, quiere que se den; están en los dispositivos lingüísticos que tiene a su alcance y que pone al servicio de la intención del texto.

Para Borges, la traducción es mucho más ardua que la creación, puesto que ésta nace de la libertad, y aquélla tiene por fuerza que ceñirse al mundo que el texto original concibió. Y es en esta labor en donde el ritmo, el léxico, el contexto y el conocimiento profundo de la propia lengua se vuelven decisivos en la interpretación del texto, como escribiera Bonifaz, es decir “de otro modo lo mismo”.

Si un lector avezado se enfrenta a un texto traducido puede saber si éste tiene o no un valor estético, más allá de reconocer la fidelidad al texto primigenio; del mismo modo, este lector intuirá cuando la traducción no sólo no lo tenga, sino que además haya fallado en su objetivo en interpretar lo que se quería transmitir en primera instancia. Si retomamos la traducción “intersemiótica”, al doblar una película, por ejemplo, las inflexiones, las pausas y la respiración del actor original, que son parte de la construcción de un personaje, se perderán irremediablemente, aunque quizás pueda encontrar un nuevo derrotero con una nueva construcción; baste pensar en el personaje de Benito Bodoque, de Don Gato y su pandilla, cuya reinterpretación al español resultó ser un hallazgo emotivo y entrañable, al menos para el público latinoamericano. En literatura, sin embargo, el mismo proceso puede resultar no sólo más arduo, sino quizás, imposible. Pedro C. Tapia, a quien se le debe una versión rítmica de La Odisea, publicada por la UNAM en 2013, a propósito de la traducción de la Ilíada de Bonifaz escribe que el traductor se enfrenta:

[…] al escollo de la divina Caribdis […], a su continuo sobre y vomitar el agua: la echa afuera tres veces al día, y tres veces la absorbe […] ninguna lectura es idéntica a otra, y ni siquiera el mismo lector entiende lo mismo en distintos momentos: cosas que antes, después de algunos tanteos, parecían geniales, me resultan torpes, y lo que ayer me estaba mucho, luego me agrada menos.11

Así, la continua lucha con el texto parte de las pérdidas ya descritas, pero también con el temple y la contención a las que el traductor tiene que recurrir para evitar ponerse encima de la obra original y de la intención del texto es ineludible. 

Hasta aquí se han mencionado distintas posturas históricas de la milenaria labor de traducir, de interpretar. He retomado ejemplos paradigmáticos de la literatura y la semiótica para explicarme a mí mismo mi labor. Antes de emprender la travesía por las páginas de una novela, el traductor tiene que considerar los distintos caminos que puede tomar, pero que deben llevar al mismo punto, en mi caso el contar una historia, la de Panna María, la historia de una ciudad, Nueva York, la construcción de su identidad y de un sistema político que fue cimentado por los inmigrantes. El conocer la propia lengua y la propia historia pueden ser un punto de partida para el viaje, para verse en un espejo distinto, de un reflejo quizás distorsionado, pero en el cual uno puede reconocerse.

Si cada libro encuentra a su lector ideal en el momento indicado, quisiera pensar que también el traductor halla el texto idóneo en el cual verter la febril tarea de interpretar. Panna María es la historia de una ciudad, es una historia de amor y es una reconstrucción minuciosa de la vida de sus calles en el siglo XIX en donde se atisba el devenir político y social de un micro universo. Si el misericordioso lector me disculpa, quisiera contar que mi propio oficio de narrador se cimienta en la ciudad, en su historia y en la amorosa búsqueda. El siglo XIX mexicano ha sido, desde mi adolescencia, mi obsesión; el incorporarlo a mis intentos de ficciones son mi búsqueda diaria y el tratar de entablar un diálogo con sus escritores son mi ostinato. Sólo por eso apelé a la paciencia lectora, para poder mostrar cómo al encontrar la historia de Stefan Wilde y de Panna María encontré también el eco y el estruendo. La configuración de los partidos republicano y demócrata, la vida de los inmigrantes, los laberínticos pasillos de un edificio destinado a la prostitución y al juego, los amores que se dan entre el lecho compartido mil y un veces, la violencia de la marginación, los intereses, las guerras civiles, la modernidad en los albores del siglo XX y una historia de amor trágica llenaron mis libretas y mis labios por varios meses. Al principio, la historia era fascinante y el pretexto estaba dado, pero, ¿cómo podría emprender semejante labor?

Los primeros esbozos tuvieron que ser acompañados de las armas usuales: un par de diccionarios, varias libretas, algunos lápices. En las primeras cuartillas me di cuenta que el arsenal tenía que ser mayor por tres detalles: el primero, que mucho del léxico era una reconstrucción del inglés del siglo XIX; el segundo, que la novela estaba erigida sobre la cotidianidad de la comunidad inmigrante de Nueva York: polacos e irlandeses, principalmente, y, finalmente, que muchos de los sucesos estaban dados a través del conocimiento de la historia no sólo de la ciudad, sino del país mismo. Así que a la par de los fusiles con los que había cargado en primera instancia tuve que recurrir a diccionarios históricos y a libros de historia de los Estados Unidos. Sin embargo, ¡oh, fatalidad!, me faltaba el entender de manera decisiva la atmósfera de la novela, ver la obra negra debajo de todo el edificio, conocer las costumbres, el léxico y el carácter de los personajes principales de ella, porque eran inmigrantes polacos. Jerome Charyn, autor de Panna María —autor de más de cuarenta novelas y de ensayos que versan de DiMaggio a Emiliy Dickinson y a Hemingway— había erigido las paredes esta magna obra que es Panna María con un aire polaco, inmigrante, que se entremezclaba con el inglés de Nueva York y la historia de la ciudad. Ahí estaba, en palabras de Paul Cauer:

[…] la envoltura alrededor del pensamiento […] lo esencial, algo que, con frecuencia, es la parte decisiva de los pensamientos mismos, esos que estaban vivos en el espíritu del escritor, de un escritor que sólo y justamente los creó en el momento en que los plasmó en una forma escrita […] percibimos un aliento de esa operación creativa justa y solamente cuando nos enfrentamos a su forma lingüística, a fin de recuperar lo que ahí se oculta.12

En este punto acudí a dos directrices: la derrota absoluta de la que Eco hablaba —la nota al pie de página— y al instinto. Con la primera apelo al lector y traté de sembrar vocablos polacos que se repiten incesantemente en el texto, las primeras veces explicados, y que después, indistintamente, traduje algunos y dejé otros, como en el texto original, para salvar un poco de aquella magistral atmósfera de Charyn; con la segunda tuve como premisa no agregar nada al texto y tratar de perder lo menos. Si mi versión lo consiguió, sólo el puntilloso lector podrá decidirlo. No hablo más de las decisiones a propósito de neologismos, topónimos o nombres, tampoco de la decisión de elidir elementos propios del español mexicano en aras de neutralidad.

Quizás he sido un infiel, pero que conste en este texto que esta infidelidad ha sido amorosa y minuciosa; que todas las horas en las que pacientemente José Francisco Conde Ortega, mi padre, y la ensayista Fabiola Eunice, mi compañera, me escucharon hablar incesantemente de Panna María y de sus laberintos no fueron vanas, y que mi gratitud por la generosidad del Fondo de Cultura Económica que es infinita. El lector tendrá la última palabra sobre mi versión de Panna María, que ofrezco, como escribiera Alfonso Reyes: “en prenda de mi buena fe […] que es confesar del modo más explícito que yo también tengo de vidrio el tejado”.13

 

 

 


Autores
Estudió la licenciatura en Lengua y Literaturas Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Fue becario de la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de Narrativa en las generaciones 2009 - 2010 y 2010 - 2011, y dos veces becario del programa Jóvenes Creadores del Fonca en los periodos 2014 - 2015 y 2017 - 2018, ambos en la especialidad de cuento. Ha publicado cuento, ensayo, reseña y crítica literaria en Laberinto, Confabulario, Este país, Molino de letras, Siembra y Tinta Seca, entre otros. Aparece en las antologías Cofradía de coyotes (La Coyotera Ediciones, 2007); Fantasiofrenia II. Antología del cuento dañado (Ediciones Libera, 2007); Ardiente coyotera (La Coyotera Ediciones, 2008) y Bragas de la noche (Colectivo Entrópico, 2008). Es autor del libro de cuentos Campanario de luz, (UAM, 2013), y de La espantosa y maravillosa vida de Roberto el Diablo (UAM, 2019). Es editor de la revista Casa del Tiempo de la UAM.
Ilustración por Jal Reed

 

Para Iván, Valeria, Pani y Hernán, que lo vimos juntos.

El último cuadro religioso de Goya – y, según los críticos, el mejor- es “La última comunión de san José de Calasanz” (1819), que retrata al pedagogo aragonés a los 92 años, a poco de morir, recibiendo la comunión de manos de un presbítero que más bien parece Dios mismo extendiéndole el cielo abierto al santo. Calasanz murió muy viejo, cumpliendo la bienaventuranza del libro de los Proverbios: “La vejez es la corona del justo” (Pr 16, 31), no sin antes haber padecido la suspensión como superior de la orden e incluso la disolución de la misma, víctima de las envidias de los romanos que veían en el proyecto educativo de José la defensa de ideas contrarias a lo que competía a un sacerdote de la época: que todo el mundo, pobre o rico, cristiano o judío, tenía derecho a la educación.

 

En el cuadro de Goya se retrata una Iglesia oscurísima, y la única luz que hay en él proviene de lo alto, de fuera de la Iglesia, entra desde un lugar otro, el lugar divino. Se trata, pues, de una declaración de principios, un panegírico de la fe sin institución, casi contrapuesta a ella. Al lado de Calasanz, en la zona baja del cuadro, se agolpan todos los que acompañan y admiran al santo; una reminiscencia, para mí, del icono ortodoxo que representa la Entrada de Jesús a Jerusalén, adorado por los niños descalzos, pobres e indefensos reivindicados por su Mesías.

 

Esta composición se ha repetido en la historia de la Iglesia entre sus más insignes miembros una y otra vez: el santo exiliado de la paroikía, encarnando la residencia en el exilio que su madre se había resistido a encarnar. Su última representación la llevó a cabo Ernesto Cardenal, yaciendo en una cama de hospital, ataviado con su ornamento litúrgico ordinario, anciano y rebosante de alegría. El papa Francisco le había levantado la excomunión a la que lo habían sometido al alimón los dos pontífices que le precedieron por defender una doctrina considerada herética y llevar a cabo encargos de carácter político siendo un clérigo, como si la descarga anticomunista de Wojtyla y la persecución de quienes denunciaban la mafia pederasta dentro de las esferas más altas de la Curia no hubiera significado una acción política, con efectos por demás perniciosos en el orden temporal. Quienes esto saben, que son cada vez más, reconocerán que Cardenal supo situarse del lado correcto de la Historia, es decir, a la vera de la Historia, en la periferia de ella, por donde la Historia no pasaba y se vio obligada a pasar, y que quienes lo quisieron silenciar, expulsar de la comunión de la Iglesia, más bien le abrieron la puerta para ejercer la comunión en libertad, para ampliar la comunidad entre los desposeídos, entre aquellos para los cuales el Espíritu de la liturgia de Guardini resultaba irrealizable porque ni incensario, ni ostensorio ni salones para celebrar la liturgia renovada.

 

 

*

 

En el seminario, donde teníamos prohibido leer a Nietzsche o a Sartre, sí encontré, en cambio, un compendio de los Salmos comentado por el cardenal Gianfranco Ravasi. Dos o tres tomos dedicados a la interpretación y exégesis de la poesía bíblica más excelsa, al lado del Shir Ha Shirim, el Cantar de los Cantares. Junto a la referencia a muchos otros exegetas, Ravasi había incluido una breve mención y un par de citas de los “Salmos” de Ernesto Cardenal, quien había revisitado en clave marxista y poesía beat los 150 poemas del maestro de coro, David. Recuerdo, entre otros, la mención del Salmo 1:

Bienaventurado el hombre que no sigue las consignas del Partido
ni asiste a sus mítines
ni se sienta en la mesa con los gangsters
ni con los Generales en el Consejo de Guerra
Bienaventurado el hombre que no espía a su hermano
ni delata a su compañero de colegio
Bienaventurado el hombre que no lee los anuncios comerciales
ni escucha sus radios
ni cree en sus eslogans.

Será como un árbol plantado junto a una fuente.

 

En ese entonces me impresionó la lectura que Cardenal hizo de un salmo que otros teólogos, contemporáneos suyos o de generaciones posteriores incluso, habían usado para leer en él, en su remisión a los “impíos, que son como la paja que se lleva el viento”, la repulsión de Dios por los homosexuales, las mujeres que hacían un uso de su sexualidad que contravenía la moral cristiana, los comunistas ateos, los que pugnaban por un mundo más justo, en el que tenía más rostro de Cristo el que padecía hambre que el apologeta que maldecía a las sectas protestantes desde la silla giratoria de su empresa extractivista. Me impresionó que fuera posible releer en una clave tal los Salmos y que, siguiendo el precepto de Cristo – “El que tenga oídos para oír, que oiga” (Mc 4, 23)- lograra entrever en esa interpretación una cercanía indiscutible con la naturaleza de los salmos, mucho más que la prédica estéril y ocultista.

 

Algo así como lo que experimentó Marx al leer la Primera Epístola de Pablo a los Corintios, detrás de cuya referencia a la segunda venida de Cristo, en la que los cristianos ejercerían una Klésis, una vocación, en la que todo lo que se hace y se es carece de importancia, fuera del ser llamados al Reino e impeler la llegada del Reino a la Tierra (los que están desposados vivan, estándolo, como si no lo estuvieran; los que trabajan, como si no trabajaran, etc. (1 Cor 7, 29-31) ), Marx entrevió el surgimiento de una casta descastada, una clase, un Stand, que representaba la escisión entre el individuo y su figura social y que, por lo tanto, en palabras de Agamben, era “la única que podía abolir la división misma en clases para emanciparse a un tiempo a sí misma y a la sociedad entera”. ¿Con qué lentes hay que ver para que, haciéndole justicia al texto sacro, de allí se detone una revolución, una recomposición del mundo? ¿No decía Isaías eso? La palabra de Dios es como la lluvia que cae sobre la Tierra y no vuelve a él sin haberla fecundado y rendido sus frutos (Is 55, 10-13). La lectura canónica multisecular no llegó a esas interpretaciones o al menos las constriñó. Había que estar a la vera del camino, marginado, para ver lo que nadie vio. Para no formar parte de la condena evangélica de los que viendo no vieron, y oyendo, no llegaron a entender.

 

Justo ése es el enorme valor que tiene un poeta como Cardenal. Para un público que pertenecía al ala más conservadora de la sociedad, obcecada con la doctrina farisaica, los católicos de cepa, Cardenal estrecha un puente por el cual transitar, desde la imaginería, la lógica cristiana, hacia el mundo secular, hacia la realidad misma a la que es imposible voltear cuando se te dice desde el púlpito que todo lo que no esté motivado por la Revelación debe descalificarse a priori. El no dialogar con el diablo, como interpreta la Iglesia el gesto de Jesús en el desierto en medio de las tres tentaciones, consiste precisamente en ni siquiera poner a discusión los estamentos de la fe con quien no la reivindique. La escolástica, que es una clausura en sí misma y que se recrea en la circularidad perfecta de su necedad, sigue siendo operante y recomendada en la Iglesia dogmática que rige las comunidades de fe que profesan fidelidad absoluta a Roma. En el seminario me estaba prohibido leer a Nietzsche, porque, como me confesó alguna tarde el arzobispo de la diócesis a la que estaba suscrito, lo último que le interesaba en los primeros años de formación de los chicos, era que los seminaristas pensaran. No exagero en mi afirmación. Porque pensar siempre conlleva un peligro, un periculum, es decir, un intento, un riesgo, un ir a la ventura. Como caminar en la periferia.  Me estaba prohibido leer a Nietzsche, decía, a Marx. Pero a Cardenal no.

 

*

 

Después de convencerme de la no-existencia de Dios en la Amazonía peruana, viendo a gente morir de hambre, mujeres golpeadas hasta casi desangrarse, un niño caído a un pozo y reclamado por su mamá de trece años cuatro días después de haber muerto por hallarse ella en otra isla a tantos días de distancia, la lectura de Cardenal me dotó de una clave de interpretación de la realidad, todavía religiosa, todavía centralmente cristiana, donde los aniwin, los pobres predilectos de Dios, elegidos por él para ser el pueblo separado de entre todos los pueblos y levantado del polvo, tenían cabida, eran ellos el rostro mismo de Cristo y los agentes de su propia historia, los verdaderos Siervos de JHWH, los ungidos. Y donde, para entender a cabalidad el evangelio, era indispensable situarse en el Sitz im Leben del pueblo al que Dios se revelaba.

 

El Sitz im Leben que, según los teólogos de la liberación, en América Latina es y había sido siempre el martirio. No pudo conmigo Romano Guardini, ni siquiera Jacques Maritain y Raissa, que habían decidido suicidarse si en unos cuantos meses no hallaban nadie que les convenciera de lo contrario hasta que llegaron a Husserl -aunque alguna luz me dieron-. La poesía de Cardenal es afirmativa, bendice, cual pobre de Asís, lo creado, maldice lo que destruye la creación de Dios y anuncia incluso, contra la fatalidad posmoderna europea, un hombre nuevo, la resurrección final, un mundo en el que ya no reinará el caos y la confusión, la “alfombra fétida / de detergentes coca-cola ketchup / shampoos kellog / chile Tabasco frascos bolsas plásticas / bolsas bolsas / pasta Colgate crema Gillette llantas / envases vacíos / Agua de Colonia latas abiertas / Listerine caja de / kleenex pedazo de zapato gato / muerto trapos kotex / platos de cartón potes de pintura / juguetes florero / roto… / todo flotante / en el suave vaivén del/ agua”.

 

*

Ernesto Cardenal nació en el año de 1925, uno después de que Vallejo fuera internado de una hemorragia intestinal, cuyas horas describiría como “más, acaso, mucho más siniestras y tremendas que la propia tumba”, el trauma que detonaría su genial escritura, arrastrando la lengua castellana contra el sentido; uno antes de que naciera mi adorada abuela, quien -viuda a los 46, con once hijos y una enfermedad mental- ya antes se había rebelado contra la traditio -la había traicionado-, cambiándose el apellido de su padre putativo que la llamaba negra cambuja y, sin dejarla vivir en su casa, la obligaba a ir por el mandado de madrugada con su madre todos los días; la misma que, tras infructuosos intentos de su madre por disuadirla de casarse con un cantante bohemio e inestable -y con un oído prodigioso y una voluntad de afrontar la vida con su voz y la tercera guitarra de un trío- se rebeló de nuevo y formó una extensísima familia en la que el espíritu bohemio e inestable se multiplicó junto a la voluntad vital.

 

Casi cuarenta años después, el año en que Cardenal fue ordenado sacerdote, 1965, se publicó la “Oración por Marilyn Monroe”, en la que el poeta hace una defensa de la estrella y sex symbol muerta tres años antes, tras consumir una sobredosis de Nembutal, teléfono en mano, como si estuviera llamando a alguien, Amy Winehouse de su tiempo. La interpretación de Cardenal, vista hoy por hoy por uno que otro poeta como paternalista y hasta misógina, es que a quien Marilyn llamaba era a Dios mismo esperando que le tomara la llamada.

La angustia que en un religioso provoca la última hora cuando se carece de la extremaunción, Cardenal la resolvió como, ya no un grito, sino una plegaria de auxilio de quien había padecido el peso de la opresión de una sociedad materialista, falocéntrica e hipersexuada y que no había podido reposar jamás más que en ese sillón en el que extendió su cuerpo. La llama reiteradas veces “empleadita de tienda”, una que, como todas ellas, “soñó con ser estrella de cine” y en este diminutivo ven, quienes quieren, un desdén, un ninguneo de la vida común y el oficio agotador y honesto que encarna hasta hoy ese esclavismo por todo el globo terráqueo. A mí el diminutivo me suena cariñoso, lleno de afecto y desde su primera lectura me recuerda más bien al empleo que hace Juan de él en su primera carta: “Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos ante el Padre, a Jesucristo, el justo” (1 Jn 2, 1). No me parecería del todo descabellado que el mismo Ernesto haya pensado en este pasaje cuando escribió el poema, poniendo el cuerpo para preservar el de ella, para guardarle su honra, diciendo:

 

Perdónala, Señor, y perdónanos a nosotros

por nuestra 20th Century

por esa Colosal Super-Producción en la que todos hemos trabajado.

 

Ella tenía hambre de amor y le ofrecimos tranquilizantes.

 

Más allá de la discutibilidad de la fe cristiana y sus esperanzas, Cardenal puso a disposición del poema lo mejor que tenía: el perdón vicario, la justificación inmaculada y la promesa de una vida beata más allá de los reflectores y la fama. ¿Dónde se hallaba, otra vez, el discurso institucional para aquellos años? Todavía a principio de siglo, la Iglesia se negaba a celebrar las exequias de quien hubiera muerto por la vía del suicidio – ¿qué no es ése el asunto principal del Despertar de primavera de Frank Wedekind?- condenándolo a priori no solo al infierno -que eso nadie podrá probar- sino a la maledicencia de su nombre entre quienes quedaran en el mundo. Además, para el año de la aparición de ese poema, todavía estaba vigente – le restaba un año- el Index librorum prohibitorum, que dividía el mundo entre herejes y fieles, entre creyentes y blasfemos, entre hombres y mujeres. Aunque del papel de la mujer en la Iglesia de entonces ni hablar, ni del modelo que se les endilgaba y cuyas contradicciones contemporáneas debían asumir con el escarnio y la satanización desde el púlpito. El lugar donde se sitúa Ernesto Cardenal -lamento contrariar a quienes no leen la historia con las claves de su tiempo-, está diametralmente opuesto al que ocupaba la iglesia-institución, cuanto más al respecto de una mujer que había decidido no someterse, con éxito o sin él, a las órdenes de sus jefes.  No hay una celebración de la belleza de Marilyn en el poema, sino más bien un intento por entender los motivos de su muerte, el vía crucis que recorrió sin que alguien se detuviera a considerarlo. No hay una negación del viático, sino más bien un reconocimiento de la culpa propia y la colectiva, de la construcción de una sociedad que resultó irrespirable para una mujer, célebre como era. Tras el via crucis de la vida de mi abuela, carente de fuerzas para rebelarse siempre, sospecho qué habría escrito Cardenal, de qué lado habría estado. Creo que no está mal pensarlo así.

 

*

“La poesía debe hablar de la vida, en el lenguaje del pueblo, no debe ser una poesía hermética, sino que se entienda y que transmita y que pueda explicar algo de lo que sienta el poeta. Y no debe eludir la política, menos en países de algunos de nosotros con problemas graves, con dictaduras militares, torturas, destierros, asesinatos. No se puede. Si uno quiere hablar de la vida tiene que hablar de la política”. Estas fueron las palabras que le escuché decir a Cardenal hace precisamente un año cuando la secretaría de Relaciones Exteriores lo trajo a México a celebrar sus noventa y cinco años, como una admonición de su pronta muerte. Lo paseaban en una silla de ruedas, con un poncho castaño que recordaba a los gauchos y a mí, en particular, a Mercedes Sosa, anunciando con su sola presencia los tiempos nuevos que él había avizorado y frente a los cuales mantenía su dignidad y su moral incólume, enemigo en sus últimos años del régimen que él había apoyado, inhóspito en su propia casa, y, sin embargo, profeta del advenimiento con el poder de salvar y condenar, no por sí mismo, sino por la vida que conservaba en sí, inagotable. Nos sentaron frente a él, ocho o diez poetas jóvenes, un par de autoridades, Cardenal con dificultades para oír, pero con una lucidez absoluta. Es decir, absuelta. Es decir, libre.

 

 

*

Cuando volví del seminario, estando todavía repensando mi decisión de regresar a la vida religiosa, fui a hospedarme cinco días en el monasterio benedictino de Nuestra Señora de los Ángeles, escondido, como el Misterio, en un bosque empinado y frondoso, en cuya cima se encontraba una capilla desde la que mañana, tarde y noche se escucharían, como de otro universo, las alabanzas que rompían el voto de silencio de los monjes en honor a Cristo, su esposo, que los había separado para sí. Es por todos sabido que la liturgia benedictina es de una belleza sin par, pero experimentar, escucharla y verla en vivo es inconteniblemente asombroso y conmovedor. Uno puede creer que Dios abandonó el mundo hasta que se levanta a las tres de la mañana y los escucha cantar. Uno entre ellos había compartido el monasterio con Cardenal, antes de Lemercier, y se había mudado años después, cuando el monasterio otro se vino abajo, a este monasterio. Habría cantado junto a él, pensé en esos días, y presenciado lo que detonó en Cardenal los versos siguientes:

 

Todo el bosque resuena con el canto

y solo ellas -las cigarras- en todo el bosque no los oyen.

¿Para quién cantan los machos?

¿Y por qué cantan tanto? ¿Y qué cantan?

Cantan como trapenses en el coro

Delante de sus salterios y antifonarios

Cantando el invitatorio de la Resurrección

 

Me recuerdo ahora, antes del clarear del alba, en la cima del bosque, pensando en las cigarras, en Cardenal cantando como una cigarra que no canta para una hembra porque es sorda, y que pasado el tiempo de pascua deja de cantar. Pienso en lo absurdo que es cantar para un Dios ausente, que abandonó la Historia, que suspendió su intervención por lo menos desde la última destrucción del Templo. Imagino a Cardenal escribiendo sobre la resurrección incluso en sus últimos días, proclamándola. Un trapense, un benedictino, sin hábito, pero rehabilitado, creyendo en la verdad que lo enamoró y el río, el fluyente de voces que emanaron de ella. Pienso en Tertuliano y en su credo quia absurdum. Y eso que dijo el poeta, a la vera del camino, al final de sus días:

 

Pero

Si el universo

Tuvo comienzo

No es eterno

Y eso

Es muy bueno

Porque nacerá algo nuevo

Aunque esto

Nuevo

Es un misterio.

 

 

 


Autores
(Wolfsburg, Alemania, 1990). Ha publicado Parusía de los muertos (edición digital) y Metáfora del sol ilustre (Proyecto literal, 2017), así como diversos textos en las revistas Opción, Crítica y Casa del tiempo, y en el suplemento Laberinto, entre otras. También forma parte de la antología Poetas parricidas (generación entre siglos) (Cuardivio Ediciones, 2014). De 2016 a 2017 fue becario del Programa Jóvenes Creadores del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (Fonca).

Ilustrador
Jal Reed
Alex Rosas (Jal Reed), es un ilustrador nacido en la ciudad de México en 1993. Egresado de la licenciatura de Diseño y Comunicación Visual en la Facultad de Estudios Superiores, Cuautitlán de la UNAM. Ha participado en exposiciones colectivas en diversas galerías de la Ciudad de México y el Museo de la Cancillería. En 2019 fue segundo lugar en el concurso de ilustración ALAS DE LA LIBERTAD, de grupo Salinas, seleccionado en PORTFOLIO DOMESTIKA – Talento joven, y ganador del Abierto Lumen en la categoría de ilustración. Sus principales influencias vienen de las plantas, la ciencia ficción, el horror de la cotidianidad y la música, por lo que busca generar escenarios ajenos a este mundo, con temáticas oscuras y paletas de colores frescas.