Tierra Adentro
Imagen tomada de la base de datos de Google

     El Internet es una extensión de la misoginia. Quien desconozca este principio es demasiado joven o demasiado ingenuo.

     Poco antes de la llegada del 2008, varios sitos habían procurado la estandarización de las Reglas de Internet. La tarea fue más o menos exitosa, cristalizando algunos aforismos que no variaron su acomodo en las enumeraciones que se divulgaron posteriormente. Alrededor de la regla treinta gravita todo un entramado de elipses, coincidentes y coordinadas: No hay chicas en el internet.

     Este breve dardo se había pensado como una advertencia. Antes de suponer siquiera la aparición de Facebook ─no se diga la de plataformas que priorizan el performance audiovisual, dando pie a la interacción directa con el usuario─, la convivencia virtual mediante ordenadores era apenas concebida a través de foros y salas de chat pobremente programadas. Las limitaciones de interfaz y funcionamiento se volvieron una excusa para el anonimato: desdoblado, el internauta podía pasearse entre rincones oscuros de la web sin necesidad de entregar datos de su vida o pixeles de su rostro. Es decir: la adolescente cachonda que te refería por mensajes lo mucho que te deseaba era, muy probablemente, un cincuentón secuestrado por la alopecia y el tiempo libre. Saber el peligro del catfishing te otorgaba la ventaja de masturbarte ante la imagen idealizada de una mujer hermosa sin tener que someterte al riesgo de que dejara de hablarte minutos después de que le depositaras el dinero que te pidió prestado.

     La no-existencia de mujeres, primero teorética y después pragmática, fue adoptada como una condición ecológica por los usuarios de 4Chan y de tablones similares. El joven promedio que frecuentaba dichos sitios ─digamos blanco, suburbano y clasemediero─ compartía con sus hermanos la marca del resentimiento y la apatía; alejado de la preparatoria y de sus bullies, podía desbocarse en los insultos que no era capaz de pronunciar en persona: maldecir a los negros de mierda, a las putas mujeres, etcétera. Su sitio web favorito era, pues, un descanso simbólico del acoso de los chicos que lo sometían y las chicas que lo humillaban.

     Los foros sombríos se perpetraron con una discreción sectaria. Por su parte, los normies y las mujeres fueron acogidos por el seno de las redes sociales contemporáneas. Refugiados en una campana de eco, los radicalizados se fermentaron en su alienación.

     Para el internet subterráneo, la misoginia se convirtió en una norma comportamental: como hombre, la manera en la que te posicionas ante las mujeres resulta un parámetro de tu valía, del peldaño que te corresponde en una escala. El Chad, el alfa, sabe bien que las mujeres no merecen una fracción mínimamente relevante de su tiempo y su dinero. Un simp, en su condición de beta, opina exactamente lo contrario.

     El término “simp” se había acuñado como un neologismo americano para adjetivar al hombre simplón (simpleton) durante mediados del siglo XX. Algunos raperos, ya en los noventa, se valieron de la palabra para jugar con su anteposición con pimp (proxeneta). Three 6 Mafia, entre los alardeos de Sippin ‘on Some Syrup, dice de sí mismo: “I’m trill, working the wheel, a pimp, not a simp”.

     Alguien, en algún punto de la década pasada, terminó de darle a simp el sentido que posee hoy en día, volviéndolo un acrónimo de Sucker Idolizing Mediocre Pussy: Idiota que Idolatra Vaginas Mediocres. Así, el simp cobró la dignidad lingüística de un adjetivo sustantivado. Pasó a ser una entidad concreta, encarnada en un individuo con nombre y apellido, en lugar de ser una mera característica: ya no se era simp, se era un simp.

     Grosso modo, un simp es un hombre que le ofrece su devoción, tiempo y dinero a una mujer que no le da nada a cambio. Entiéndase “coito” por “nada a cambio”. En ese sentido, simp es apenas una variación de pagafantas, magnificada en su incorrección política por el acrónimo del que se compone.

     Todos los días hay una legión de adolescentes ─hombres, para variar─ discutiendo la legitimidad de la palabra simp en alguna caja de comentarios. Al ser un término que se define en su relación a la percepción de la feminidad de una mujer ─la calidad de su vulva, de su lealtad como compañera─, habrá quienes tendrán requerimientos más laxos o más estrictos para otorgar la designación.

     El simp se somete a la humillación cotidiana de comentar fotos y desear los buenos días sin recibir respuesta. Cuando tiene el privilegio de la cercanía, se desvive en responder historias y pronunciar halagos bochornosos. No duda en hacer tareas y solucionar exámenes ajenos a cambio de un “gracias” y un emoji. Como perro entregado al semi abandono, se alegra de las palmaditas ocasionales en la cabeza. A streamers les regala el dinero conseguido con su sudor o el de sus padres, en busca de saludos y menciones en vivo.

     En los últimos meses, entre la comunidad memera hispanohablante se popularizaron páginas hermanadas temáticamente por su nombre, como Ok, SIMP y Comentarios de simps. El fin de las mismas es exponer, mediante capturas de pantalla, chats y publicaciones de hombres cuya conducta esté inscrita en la circunferencia del simpismo. Por ahí ronda el pantallazo de un TikTok de Ari Gameplays en el que presume el interior de un carro de lujo recién comprado. Uno de sus suscriptores comenta: “Ahí se fueron todas mis estrellas y bits?”. Ella le responde, seguido de un emoji sonrojado: “Sí, muchas gracias por el apoyo”.

     Lo cierto es que simp ha muerto, como todo lo que cae en las manos de los normies. La palabra, tramada por los adolescentes que desconocen la salud mental, ha sido reivindicada por la cultura de los memes y los TikToks. Chicas y chicos, sin distinción, se refieren al acto de admirar o querer a alguien como simpear. Muchos, en pro de su fama de aliados, se reconocen a sí mismos como simps de la chica que les gusta.

     El significado de simp varía de teclado en teclado y lo seguirá haciendo hasta que otra palabra, igual de maleable y quizá más misógina, la reemplace. De momento, puedes tener la seguridad de que en algún recoveco de internet hay dos personas teniendo un intercambio similar a este:

>Ayer fue cumpleaños de mi mamá y le regalé un ramo de rosas!!!

>Jajajajajajaja, simp.