Tierra Adentro
Ilustración realizada por Julissa Montiel Miranda

Diría que escuché Mujer contra mujer en septiembre de mil novecientos noventa y siete. Fue Gustie quien me obligó a escucharla, igual que otras tantas canciones de Mecano. Y una sola canción podría no significar mucho, pero esa en particular hizo tres cosas para mí: la primera, me abrió un panorama musical, porque a los doce años mi repertorio se reducía a lo que sonaba en Radio Variedades y su hora de viejitas, pero bonitas; la segunda, que Mujer contra mujer no hablaba de relaciones amorosas entre hombres y mujeres, sino entre dos mujeres; la tercera, que imaginaba en colores, y que Mecano casi siempre me sonaba en rosa. Cuando una canción me gusta mucho tengo la mala costumbre de escucharla una y otra y otra vez, hasta el cansancio, hasta que aprendo la letra y por mi mente desfilan todas las posibles combinaciones de colores y la he analizado por todos lados para encontrar algo de mí misma en ella. En el noventa y siete, a los doce años, ¿qué podía hallar de mí misma en Mujer contra mujer? Nada que pudiera comprender.

Al poco tiempo, de manera natural me quedé como el elemento asexuado del grupo en el que, evidentemente, Gustie era el líder. No me molestaba, la verdad mis preocupaciones se reducían a sacar buenas calificaciones para no hacer enojar a mi mamá y estar en la casa antes de las cuatro y media de la tarde para ver Sailor Moon. Era una especie de acuerdo implícito que teníamos con Gustie y a veces con Bernie, que no era tan fan como nosotros dos, pero que también disfrutaba dibujar las historietas cuyo estilo nació de imitar los trazos y colores de Naoko Takeuchi.

Al principio usábamos a los personajes que veíamos en el canal siete a diario, pero a los pocos meses evolucionamos y empezamos a representar nuestras propias historias alternas. Muchas veces estas se dirigían a los personajes que, aunque en ese momento no los nombrábamos así, pertenecían a la comunidad LGBTTTQI+. Nuestra pareja favorita era la de Haruka y Michiru, pero muchos de nuestros dibujos representaban la relación ambivalente que nos hubiera gustado ver en pantalla si Serena hubiera decidido quedarse con Seiya y no con Darien. Usábamos tinta azul, roja, negra o un lápiz, pero podíamos colorear a nuestro gusto, o no hacerlo. Al terminar una viñeta que decidí no colorear, en la que Sailor Moon y Sailor Star Fighter, ambas mujeres, se besaban, me lo pregunté por primera vez: ¿cómo sabes cuando te gusta una mujer si también eres mujer?

Muchas cosas se piensan sin sentir la necesidad de decirlas. El tema estuvo en mi mente desde entonces, aunque no me obsesionó. Era como tener dentro del refrigerador una rebanada de flan napolitano, guardado hasta el momento preciso de sacarlo y saborearlo. Mantuve reservado ese flan durante casi tres años. Mis amigas tenían novios, terminaban con ellos, se reconciliaban o conseguían otros. A mí me gustaba Alfonso, luego Jaime, después Fernando, pero al mismo tiempo pensaba: el brasier de Liliana se ve más lleno que el mío, Luz tiene los ojos más bonitos, Norma sonríe y como sea siempre se ve guapa. No asociaba que alguna de mis amigas pudiera gustarme. ¿Cómo, si en mi casa había un papá y una mamá, y las niñas eran niñas y los niños, niños? A las niñas les gustaban los niños. A mí me gustaban los niños. Y eso pensé, hasta el día que Gustie lo dijo: me gusta Luis Manuel. Sabía quién era, un niño bonito, de pelo y ojos claros, dos años menor pero un poco más alto que ellos y que yo. Esa fue también la primera vez que me lo pregunté así, con todas sus letras: ¿cómo sé si me gusta alguna niña? Claro que una vez salida esa pregunta vinieron todas las demás: ¿Se siente igual que cuando te gusta un niño? ¿Si me gusta un niño me puede gustar una niña también? ¿Cómo te dicen cuando eso pasa? ¿Se lo tienes que decir a tu mamá y a tu papá? ¿Cómo eliges quién te gusta más? Al poco tiempo de salir de la secundaria Bernie dijo que también le gustaban los niños, pero pasaron un par de años antes de que yo me diera cuenta de que una amiga me gustaba lo suficiente como para hacérselo saber.

En mil novecientos noventa y nueve entré a tercero de secundaria. En ese mismo año se estrenó Boys don’t cry, película protagonizada por Hillary Swank que cuenta la historia de una mujer que se identifica como hombre y se enamora de otra mujer; el amarillo predomina cuando recuerdo alguna escena. En el dos mil vi por primera vez el video Marilyn, de la banda francesa Indochine, en donde la idea de femenino y masculino se entrelaza al tiempo que se difumina; contraste entre el blanco y el negro de manera permanente. Por una colaboración entre Nicola Sirkis y Bryan Molko en la canción Pink Water conocí e investigué también a Placebo un par de años después; color lila bajo el agua. Por esos años también en Dowson’s creek presentaron a Jack, el estudiante recién llegado que ponía los ojos en Joey y, después de insistir hasta que la hizo su novia, decidió salir del clóset; colores pastel. Después de pensar y repensar fue muy evidente para mí que, el que Jack confesara que se sentía atraído por los hombres, no le restaba legitimidad a lo que había sentido por Joey, y esa fue la primera representación que validó fuera de mí la bisexualidad. El azul y el rosa como extremos de un amplio abanico de colores.

Por accidente alguna vez di con la película Maurice en televisión abierta; protagonizada por Hugh Grant, esta es una adaptación muy aceptable de la novela homónima de E. M. Forster; hasta ahora mi mente se tiñe de amarillo y naranja cuando pienso en ella. Luego llegó Gravitation y todos los animes shonen ai que consumí durante la preparatoria; color fucsia, principalmente. Ellos me llevaron a los shojo ai, su contraparte, todos en rosa mexicano, y entonces entré al mundo de la comunidad de Fanfiction.net, habitada por aquellas personas que, como yo, intentaban explorar todas las posibilidades, universos paralelos, finales alternos y todos los subgéneros narrativos pertenecientes al fanfic. Yo escribía sobre Slam Dunk, mi anime favorito, y me inventaba maneras que me parecían más o menos creíbles para que se desarrollara la imposible relación entre los dos enormes jugadores de básquetbol enemistados de manera natural. Luego volví a Sailor Moon, a Haruka y Michiru y a Sailor Star Fighter.

En dos mil diez llegaron Las Aparicio, en violeta y morado, y con la pareja de Julia y Mariana y su dilema entre el poliamor y la monogamia las preguntas se me desbordaron por fin. Podría decir que fue un alivio ver fuera de mí una representación de aquello que ya había experimentado, en secreto y con algo de culpa. Nadie me dijo que eso que me sucedía también pasaba en la vida real, y sin embargo fue tan grande que tuve que dejarlo fluir. Y fluyó tanto que se convirtió en río y fue recibido y abrazado por aquella que, al hacerlo crecer, se convirtió en esa nueva primera vez. Luego llegó Lagertha, en azul cyan, que en automático me recordó a Xena, en rojo quemado. Ambas mujeres fuertes, dueñas de sí mismas, independientes. Ambas habitantes de sus cuerpos, que gritaban en la batalla y en la cama. Ambas con una compañera a quien amaban. Astrid y Gabrielle, respectivamente, que recibían la fuerza que las guerreras contenían en sus entrañas, que hacían por ellas lo que fuera necesario. Pero además, Lagertha y Xena amaban sin importar el género. Y sus cuerpos sentían porque podían, no porque estuvieran sujetos a los estímulos de los otros cuerpos, fueran de Astrid, de Gabrielle o de cualquier personaje masculino por el que se sintieran atraídas. Lagertha y Xena han sido los modelos más importantes para construir mi propia expresión de la sexualidad, de lo que hay de sensualidad en mí, de mi deseo por el otro o la otra y de mi ruptura con la culpa que tanto tiempo me coartó en el pasado.

En dos mil quince se estrenó Hotel Transylvania 2, continuación de la historia de amor de Mavis y Johny después de que nace Dennis, el niño con retraso dental. Quizá esta película transmite el mensaje más necesario para los niños y niñas del mundo. Pero quizá también este mensaje es el que los adultos y adultas no deberíamos olvidar: cada persona es única, pero también cada persona toma su propio tiempo para descubrirse única. Cada persona crea sus propios colores. Erich Fromm decía que a los seres humanos nos aterra la unicidad, propia y ajena. Que el miedo es lo que mueve nuestra crueldad, y que a través de eso justificamos una posición de ignorancia que nos lleva al rechazo de lo que no reconocemos como nuestro en el otro. Probablemente la mejor manera de asumir que la diversidad nos habita es abrirnos un poco a la historia de un vampirito con retraso dental que terminará por emparejarse con una lobita fuerte que puede defenderlo tanto como puede defenderse a sí misma. Y quizá ese no sea el límite de los colores.

 


Autores
Xóchitl Olivera Lagunes (Ciudad de México, 1985) estudió la carrera de ingeniería agrícola en la UNAM. Ha tomado diferentes talleres de creación literaria. Estudió el diplomado en escritura literaria en Literaria-Centro Mexicano de Escritores. Ha publicado en la revista digital Cronopio y en El Universal. Su primera novela corta, Ojos de gato, se publicó en 2016. Es cofundadora de la revista digital Semillas de Sauce, donde escribe y edita. En 2020 ganó el premio nacional de novela joven José Revueltas.

Ilustrador
Julissa Montiel Miranda
Edición Almadía, Furia de Clyo Mendoza

Se podría comenzar diciendo que en el imaginario de Clyo Mendoza los relatos son materiales, tan corporales como la piel, la sangre y el propio peso. Materia que se hereda. Esas historias son trasmitidas como pasiones y fantasmas: una disposición de la libido. Los fantasmas y los deseos no resueltos suelen aparecer como trauma en las personas, en las familias y en la sociedad. Lo interesante y escalofriante aquí es que el cuerpo del deseo no es sólo humano: es también perro, árbol, desierto. Objetos que toman agencia de desear. Son la materia que soporta lo real.

Ahora retrocedamos un poco. Furia (2021) es un libro escrito por la poeta Clyo Mendoza (Oaxaca, 1993). Etiquetado como novela en el sello Almadía, pero como mucha de la escritura contemporánea, tambalea su género. Es una novela si se concibe como cierta unidad de prosa narrativa pero nada más y ese es el problema al que se enfrenta esta reseña. Diegéticamente no es resumible, se puede intuir, pero el libro no se deja ceñir por su trama principal sino por los ecos de todos sus relatos. Podría decir que hace mucho tiempo nació un señor de nombre Vicente Barrera. Conoció a una mujer, cogieron y ella se embarazó. De eso surgió una familia; un error, ¡terrible error! Él se dedicó a vender hilos y que como era la costumbre de la época era un mujeriego que hirió a su familia de varias formas, pero como era también la costumbre fue sacralizado en la familia por ser hombre y viejo. En esa familia hubo quienes se fueron a la guerra, los que se quedaron, también hubo incesto, abuso sexual, infidelidad, violencia y silencios. Pero esa no es la novela, otra cosa sería.

Las historias comienzan con dos soldados, Lázaro y Juan, que han olvidado su propia vida, han matado tanto que se han asesinado a sí mismo. En el umbral entre la pérdida de identidad, el asedio de fantasmas y un paisaje con una temporalidad mítica los soldados se agarran cariño. Después Lázaro muere y Juan al ver sus cosas se encuentra una serie de fotos que no sabe si vale le pana ver. En ellas se da cuenta que Lázaro y él comparten padre y le promete a su difunto amante que matará al padre de amos que tanto daño les causó.

En el paso de las fotografías por los dedos del soldado, Mendoza despliega una espectrología familiar. Teje la genealogía de una familia que podría ser la tuya, la suya, la nuestra. En un desierto mítico sin tiempo lineal, donde el deseo es cabrón y también el peso de la herencia. Además de las fotografías como detonadores narrativos, aparece un mercader que podría ser el diablo por saber la verdad y contar buenas historias.

Entre el mito del mercader, las furias y los arquetipos yace la idea de que la realidad es interpretación. Aunque son figuras que se mantienen en el tiempo y se repiten en la historia literaria, la forma de ser narradas es lo que crea lo real de la novela en su variación.

La realidad de los relatos de Clyo tiene una forma de sabiduría mágica que se trasmite desde la forma de la oralidad de los pueblos y la suposición de que se entiende que hay cosas inexplicables, pero son aún así reales. Los relatos se sostienen en una forma cíclica del tiempo en que las historias se repiten (arquetipos) y que el pasado es eterno o sin tiempo (mitos). Entre esos dos esquemas los personajes quedan encerrados en su propia miseria.

La lectura del texto es una experiencia encaminada al extrañamiento epistémico. Aunque hay algunos relatos más mundanos como el de los soldados, hay otros, como el del viejo convertido en perro encerrado para que no haga daño, el embalsamador que queda en un triángulo amoroso con un cadáver o el señor que lleno de deseo sexual amaneció con su miembro dentro de un árbol porque creía que era una perra o una cabra o una mujer que desajustan nuestras certezas. El libro no tiene un piso sólido de realidad como el que nosotros creemos tener. Dentro de los relatos se habita el umbral de los muertos, los sueños, los traumas y los fantasmas propios, ajenos e impuestos. Como dice Mendoza: “cuando están dormidos también se convierten en lo que sueñas”.

Furia es el saldo de cuentas de una escritora que se las ve al tú por tú con el diablo y la locura. Clyo Mendoza escribe su genealogía familiar y afectiva desde lo que cree como lo más verdadero: la muerte y el deseo. En el primero es en lo que lo vivo se encuentra y lo segundo es el motor de lo existente. Desde una especie de cartografía personal y meta ficcional escribe una historia intrincada que intenta desentrañar a sus ancestros para entenderse, a la vez, ella. De los desvíos, las formas de nombrar lo real o la locura según la latitud y la creencia en la fuerza de la oralidad, Mendoza escribe una constelación fantasmal y afectiva que quiebra nuestro entendimiento de la sexualidad binaria y la locura como un mero estar fuera de sí.

Leyendo Furia pienso que la autora en verdad cree en otras formas de existir y experimentar el cuerpo. Algunas en donde uno no tiene certeza de quién es, ni si en verdad es el relato que le contaron, su nombre ni como se debe desear. En esa búsqueda no todo se puede sanar. Si la novela es una forma de saldar y redimir algo con el pasado, entonces es un conjuro para desear con, no sin, nuestros fantasmas, territorios y miedos. No es el objetivo, pero en la novela yace una fuerza más allá de lo humano que se lee en las pasiones exóticas de personas malsanas y su erotismo mítico.


Autores
M.S.Yániz. Crítico y ensayista especulativo. Cursa estudios de filosofía crítica en The New Centre for Research & Practice. Escribe sobre formas discursivas tanto materiales como poéticas que tensionen lo político. Textos suyos han aparecido en FILME, Terremoto Contemporary Art in the Americas, FalsoRecord (colombia), PICS del Centro de la imagen, entre otras. Coeditó los Ensayos Completos de Tomás Segovia en Ediciones sin Nombre. Tradujo el libro inédito de Mark Fisher, Comunismo ácido publicado en Herring Publisher con ilustraciones de Diana Cantarey.
Portada del libro La Pecera de Dios

David Alfonso Estrada escribió La Pecera de Dios, Premio Frontera de Palabras 2019, en medio de una vorágine de drogas, anexos, ataques psicóticos y libros de magia. Llegué a esta novela gracias a un amigo de David acá en Querétaro y cuando la terminé quedé fascinado por la sordidez de la historia y el entrañable estado de locura perpetua que rodea al personaje principal Natanael. No recuerdo haber leído una primera novela de algún escritor mexicano que me entusiasmara tanto, a pesar del lamento de pasar por los anexos en México y la desesperanza de vivir en un Monterrey cegado y ensimismado, La Pecera de Dios es un delirante viaje por la terrible adicción a las drogas, las relaciones, la literatura y los ideales impuestos de una sociedad sin escrúpulos. Contacté a David para platicar con él en un Zoom largo y entrañable, transcribo la charla que tuvimos para que conozcan más al autor y su libro, que, de alguna manera, por cuestiones pandémicas y algunas otras razones editoriales, ha pasado un poco desapercibida.

 

¿Cómo empieza a escribirse La Pecera de Dios?

Siempre todo es por necesidad, si no hay necesidad, nada sucede, y mi necesidad era multifactorial. No hay una piedra angular, pero sí hay dos o tres factores: El primero es que llevo escribiendo desde hace rato y me mama el cine, siempre estoy pensando en una idea a desarrollar. Cuando caigo por primera vez a un anexo en 2012 por un quiebre psicótico esquizofrénico, y luego me vuelve a pasar en el 2014, me dan trato de recaído. Llegando en la segunda ocasión, me dice el padrino: “Vas a estar aquí 8 meses a la verga y no tienes pa ́ dónde hacerte.” Y dije, cabrón, qué voy a hacer 8 meses aquí, fue ahí fue donde se me ocurrió escribir sobre esto. Antes de que me anexaran era mi momento, estaba en la punta de la fiesta, estaba en clases de teatro, viviendo con un compa, me sentía de huevos y, corte A: Me mandan a la patrulla espiritual y despierto en un anexo con puro cabrón. Comencé a escribir para matar el tiempo y la otra parte era para denunciar, porque sí están muy pasados de verga, se supone que están para ayudar y nada más están echando tierra en vez de alivianarnos. Te ponen a hacer puras pendejadas, te dan como un libro con un chingo de preguntas y yo tiré al león ese pedo y me ponía hacer poesía, a desarrollar personajes, pero a escondidas, porque si el padrino se daba cuenta de ese pedo me tiraba las hojas y me ponía un castigo, entonces todas las hojas que escribía, las doblaba, me las metía en los huevos, y luego ya en el dormitorio, encontraba la manera de seguir escribiendo, eso fue para mí lo más valioso de esos ocho meses: todo lo que escribí.

 

¿La novela es ficción, crónica o autobiografía, dónde la pondrías?

Realmente nunca fue una autobiografía, mis momentos en el anexo fueron diferentes a los momentos de mi personaje Natanael, yo luego luego me integré y andaba con los más pinches desmadrosos; pero me gustaba que mi personaje fuera más oscuro, fuera de tiempo. Está inspirado en los surrealistas, en Artaud, en Dalí, Virginia Woolf, esa psique, que en momentos la tengo. Sin embargo, todas las cosas que suceden en la novela le sucedieron a alguien que yo vi o que me contaron que pasó en otros anexos, inclusive algunas sí me sucedieron a mí. Todo ese pedo sí es real y todos los personajes son reales, a algunos ni les cambié el nombre. Por eso se siente muy real el libro, mucha gente me ha preguntado que sí es mi vida, y no es, pero sí lo bañé de elementos de la realidad tal cual.

 

Se sabe que en México los anexos son una mierda, supongo que habrá sido bastante difícil el proceso de escritura, ¿en qué momento la novela deja de ser sólo una experiencia de anexos y se convierte en una historia paralela?

Llegó un momento donde yo ya no quería que la historia fuera de anexo, cuando la estaba escribiendo sufría. Me dolía como cuando estaba ahí, al chile lo peor es estar lejos de casa y a esa madre nunca le puedes llamar casa. Quería que Natanael escapara y hubo una historia que me contaron donde se metieron a un anexo para matar a un padrino, y dije, a huevo, de ahí sale. Entonces digamos que la segunda parte del libro es sobre los grupos externos, como narcóticos anónimos, que también conozco bastante cerca. Y claro, una historia de amor y codependencia.

 

La codependencia a otras personas y no sólo a las sustancias, eso creo que es clave para entender a Natanael. Hay una parte de la novela que me llamó la atención, la de la cofradía de escritores que quiere hacer un sacrificio, me gusta la magia y esos personajes me parecen fascinantes porque también son una especie de terapia de grupo, ¿cómo te adentras en todo esto y cómo lo integras en la novela?

(Me muestra en la pantalla una iconografía satánica) Mira lo que tengo acá, para sentirme seguro en la entrevista (risas satánicas). La magia es algo real para mí, además de la voluntad que es como la magia personal, está todo el simbolismo, las teorías de conspiración, todo lo que tenga que ver con cualquier visión de la espiritualidad: son mis aficiones. Esto es lo que me gusta leer y lo que me gusta escribir. Víctor Santana, mi editor, recortó mucho este capítulo, y confié totalmente en él. Porque por más pinche mago locochón que yo me crea, eso no sustenta mi obra, mi obra se tiene que sostener por sí sola más allá de mis creencias. Y bueno, estos vatos buscan a Natanael porque creían que él era el elegido, pero después crece internamente y dice, no, no mames. De cualquier manera, todo lo que quitamos en La Pecera de Dios, lo estoy trabajando para otra novela.

 

¿Qué Mago o libro de magia te ha influenciado más?

El primer artista-mago que me pegó en la secundaria fue Salvador Dalí, de hecho, toda la relación de Natanael y Gaby es tal cual Dalí y Gala. Después en la prepa me puse a ver las pelis de Jodorowsky explicadas por él y fue donde comencé a entender qué pedo con el simbolismo. Ahí es donde el artista-mago-tarotista se manifiesta en mí. Y no sé si se considera mago, pero Antonin Artaud es el que más me marcó con su locura, al igual que el satanismo Anton LaVey, por lo menos en cuanto a filosofía, de hecho, hay unas partes de La Pecera de Dios que es tal cual la filosofía satanista. Recientemente estoy estudiando la cábala y el tarot.

 

Sin spoiler, el libro se acerca al final con un autor inesperado publicando un libro que gana un premio. Esta novela ganó el Premio Frontera de Palabras 2019…

 Aquí regreso a lo de la magia, en el libro, el personaje escribe una serie de poemas que se llama La Pecera de Dios, los manda a un concurso, gana y lo presenta en la Feria del Libro de Guadalajara, para cuando me di cuenta, estaba presentando La Pecera de Dios en la Feria del Libro de Guadalajara, eso me dio miedo. Hasta qué punto tenemos los artistas la capacidad de transformar la realidad con las cosas que escribimos, pintamos, grabamos, etc. Me di cuenta que tengo que cuidar más las cosas que estoy haciendo e invocando. El premio realmente sale en 2020, cae junto con la pandemia, por eso creo que el libro no ha salido oficialmente y ahí se quedó en un cajón para pocas personas que apenas lo han descubierto. Ojalá alguien lo encuentre en unos años y lo lea con entusiasmo, y tal vez alguien haga una serie.

 

Esperemos que regresen pronto las Ferias de Libro y la novela comience a moverse.

 Eso si no les dan prioridad a los nuevos títulos. Yo la verdad ni conocía a Tierra Adentro, acá en Monterrey nunca me he juntado con el gremio literario, la mayor parte de mi tiempo la dedico a trabajar. Siento que, si viviera en otro lado, ya hubiera agarrado mi cruz de escritor. Creo que tengo que fugarme geográficamente. Todavía a veces no me la creo, pero esto es un buen inicio.

 

 Sin duda es una gran primera novela, ¿estás escribiendo algo nuevo, me decías que también haces poesía, qué te gustaría para lo que viene?

La neta, Warpola, te agradezco que me buscaras para esta entrevista, porque me viniste a despertar otra vez. Caí al psiquiátrico en diciembre y después de que salí de ahí me medicaron de nuevo y toda esta pinche cuestión de escribir cosas nuevas me tenía atorado. Andaba en un vacío creativo, estaba escribiendo una novela a la que regresé hace poco y tengo apenas dos días que me volví a meter, porque creo que ahí tengo algo muy cabrón. Creo que es escribir es lo que mejor hago, y no porque sea bueno, sino porque soy un obsesivo. La Pecera de Dios es un trabajo de 4 años, entonces para qué me apresuro, el camino de la paciencia es el que siempre he tomado.


Autores
Horacio Warpola es autor de varios libros de poesía, los más recientes Carcass (Obelisco Records, 2019 / Fracas, 2021), La incertidumbre cuántica (Editorial Montea, 2019) y Arcanum Planetae (Obelisco Records, 2020). Ha aparecido en las antologías Todo pende de una transparencia -Muestra de poesía mexicana reciente (Vallejo & Co., Perú), Guasap -15 poetas mexicanos súper actuales (La Liga Ediciones, Chile), El autor es usuario. Antología panhispánica de escrituras digitales (Letral, España), Relatos de Música y Músicos (Alba Editorial, España), Lines In Land -A Collection of Mexican Poems (Australian Poetry), Nueva York Poetry Review (Julio - diciembre 2020), entre otras. Colabora y trabaja en proyectos de literatura electrónica, arte digital y arte contemporáneo, mantiene en Twitter el bot literario @Poesía_es_bot y tiene un programa semanal en Radio Nopal. Ha sido becario del PECDA y el FONCA.
Ilustración realizada por Julissa Montiel

La poesía de Lorca cumple su primer siglo y, lejos de envejecer, algunos poemas ganan elocuencia. Verde que te quiero verde hoy da voz a la denuncia del verde escaparate, la moda verde. Verdes ramas verde viento, no deja de sonar a la profundidad que nuestras discusiones energéticas evitan. La línea El barco sobre la mar, el caballo en la montaña, se condensa en una nueva imagen, El barco sobre la montaña: la alegoría de la modernidad.

 Verde que te quiero verde

Hoy todo es verde y lo que no es, pretende serlo. La economía, las energías y hasta la revolución han teñido su discurso de ese color. Incluso los partidos políticos antiprogresistas se pintan de verde. La intención de posicionarse frente a la crisis ambiental en distintos niveles ha derivado en un giro clorofílico. El verde es ahora el epíteto de cualquier actividad humana que pueda revestirse con las ideas de “cuidar la naturaleza” o “proteger el medioambiente”, sin importar si en verdad posee trasfondo ecológico.

El frenesí de las apariencias engendra contradicciones de falsos colores. Nombrando naturaleza al artificio terminamos con “áreas verdes” no necesariamente verdes, esto es, desprovistas de las complejas redes que se tejen en los pocos ecosistemas silvestres que aún existen. Los monocultivos, los campos agroindustriales, los bosques artificiales repletos de especies exóticas o los pastizales vacíos son prueba de ello. Como si la mera existencia de un elemento vegetal, sin importar de cuál se trata o a qué reemplaza, se autovalidara. Confundiendo restauración y reforestación, esta caracterización automática es parte de una distorsión fácil y autocomplaciente que no considera la complejidad ecológica. Este es el verde fácil.

 Verde viento, verdes ramas

 Sin embargo, existe un verde que contiene múltiples formas de vida, guarda especies y sustancias desconocidas y cuya importancia biológica desborda los límites del conocimiento: los bosques tropicales. Estos ricos espacios no solo son el resultado de millones de años de evolución, sino también de la intervención de una gran variedad de grupos humanos. Junto con muchas otras evidencias, los fragmentos de cerámica en el seno de los suelos amazónicos han revelado que la generación de la terra preta, tierra fértil como ninguna otra, fue producto de los pueblos que habitaron y habitan esta zona. Si bien parece que el desequilibrio nos es inherente, la terra preta prueba que nuestro habitar en el mundo puede no ser destructivo.

No obstante, la Amazonía es desollada. Sus frondosas selvas se convierten en cenizas a merced de la agroindustria ávida de terrenos productivos. La diversidad de los bosques y los nutrientes de los suelos fértiles se transforman en monocultivos transgénicos no sustentables. Este proceso, heredero de la conquista de lo salvaje, ha sido motivado por concepciones utilitarias de la naturaleza. Incapaces de superar las dicotomías civilizadoras, la lucha contra la selva tropical no obtiene tregua y el verde complejo queda comprometido. Hectárea por hectárea, nos toca ver cómo el verde más profundo se deslava en verdes pálidos de forma irreversible.

Incluso si uno considera que la naturaleza no tiene un valor intrínseco, que el valor sólo está dado por su servicio a la humanidad, la pérdida de especies nativas sigue siendo dolorosa. Quemar la Amazonía es incendiar el laboratorio de química orgánica terrestre más avanzado que existe. Nuevas especies son descubiertas en cada expedición, por ello sabemos que, tras rutas sintéticas complejas como eones, moléculas inverosímilmente sofisticadas se esconden en alguna parte del macizo. Ahí, entre millares de especies que aún no han sido nombradas, se encuentran compuestos químicos más poderosos que los que tenemos en el presente y que pueden conformar los medicamentos del mañana. Conservar la Amazonía equivale a salvar el botiquín del futuro.

El barco sobre la mar, el caballo en la montaña

 En el horizonte que habitamos han emergido proyectos de conocimiento y prácticas que responden al interés por representar e intervenir el mundo nacido bajo el signo de la crisis ambiental: la ecología política, la ecocrítica, la ecosofía, el ecodesarrollo y hasta el ecoturismo. Ecos que tornan ineludible la cuestión de no perder la historia de los colores ni la de sus matices. Pero ¿dónde resuenan todos estos ecos?

La conquista del nuevo mundo puede contarse como el enfrentamiento de los europeos con el trópico, que en su imaginario no era sino la fuente del caos y la bestialidad, de la enfermedad y la locura. La zona tórrida -donde reina la vida tropical- era hogar de exóticas criaturas salvajes, incluyendo a los humanos. Esta concepción fue el cimiento de las ideas que, hasta la fecha, han influido nuestra relación con los espacios tropicales. El desafío de acceder a las entrañas de la selva, conquistarla a ella y a sus nativos, fue y no deja de ser visto como un acto de aventura y valentía. Desde el inicio de la conquista, los conquistadores concibieron la selva amazónica como el corazón de una fuente inagotable de recursos y a sus ríos como el sistema circulatorio del progreso. Cuando se habla de los sacrificios humanos no se debería omitir este torso cercenado. La metáfora no es gratuita, el auge del caucho –la sangre blanca–, a finales del siglo XIX y principios del XX, cristaliza esta historia.

El barco en la montaña

 Existe un caso paradigmático para conocer la Amazonía a través del cine –una representación fílmica del mundo amazónico–, y el cine a través de la Amazonía –las implicaciones de hacer un filme en dicho espacio: Fitzcarraldo (1982). Pero antes unas palabras sobre su creador.

Werner Herzog (1942) debutó en 1968 con el largometraje Signos de vida, rodado con una cámara robada a la Escuela de Cine de Munich. Este film contiene ya la esencia de documental onírico que lo ha vuelto legendario. De alguna manera, las obras posteriores no son sino el desarrollo específico de las semillas aquí dejadas. La película tiene un particular sentido del humor combinado con una aguda visión de la condición humana. La narración se centra en la historia de tres soldados que inútilmente vigilan una base de municiones en una remota isla griega. Aburridos de muerte, matan el tiempo hasta que uno de ellos se vuelve loco. El tema no es exactamente el aburrimiento sino la locura desquiciada que se genera cuando no pasa nada en absoluto. Sensación que no está nada lejos de nuestro mundo de distancia social.

Para evitar los lugares comunes en que caen las presentaciones, quizá sea revelador contar que Herzog habría preferido titular “El Enigma de Kaspar Hauser” como “Cada uno por su cuenta y Dios contra todos”. Que fue influenciado por las etnoficciones de Jean Rouch y que el extrañísimo documental La Marcha del Ejército del Emperador Desnudo (1987) dirigido por Kazuo Hara es una de sus películas favoritas. Además de visitar cuevas y volcanes, Herzog fue al desierto del Sahara para documentar sus espejismos (Fata Morgana, 1971).

Herzog filmó Aguirre, la cólera de Dios (1972), en el Amazonas. Diez años después y también protagonizada por Klaus Kinski, Fitzcarraldo fue rodada a lo largo de tres años en distintas partes de la Amazonía peruana. Situada a principios del siglo XX, la película retrata la historia de Brian Sweeny Fitzgerald, cuyo sueño es construir una ópera en medio de la selva donde suene su ídolo Caruso. Para financiar su proyecto recurre al caucho, el gran negocio selvático. Pero la competencia es difícil y cuando todo apunta a que fracasará miserablemente, tiene un “eureka”, Fitzcarraldo puede escapar los infinitos meandros si eleva su barco a través de un istmo formado por dos ríos tributarios del Amazonas.

Las anécdotas que rodean la filmación poseen una fama equiparable a la del filme en sí, como bien muestran el documental (The burden of dreams dirigido por Les Blank) y el libro (The conquest of the useless escrito por Herzog). Nunca antes un director se había adentrado en territorio amazónico arriesgando la salud del equipo, la realización del filme y, sobre todo, la vida e integridad de los habitantes locales. Los encuentros y desencuentros entre los diversos grupos indígenas (aguarunas, shuar, etc.) y la producción, se dieron en un particular momento histórico en el que no solo varias fuerzas se disputaban el poder de los territorios amazónicos, las poblaciones indígenas, a su vez, experimentaban una lenta apertura ante el mundo occidental.

La representación del mundo amazónico en el filme se caracteriza por ser tanto la fuente de riqueza necesaria para la realización del sueño de Fitzcarraldo, como la causa de los obstáculos que lo ponen en riesgo. Tanto la materialidad de la selva, como la fuerza de sus habitantes están a la merced de quien pueda ejercer el poder suficiente para ir río arriba, a las zonas inaccesibles. Fitzcarraldo recuerda que los jíbaros vagan por la selva en busca del barco sagrado de un dios blanco y no duda en “aprovecharse del mito”. Por su parte los reticentes indígenas, a pesar de ser utilizados como bestias de carga y los múltiples riesgos que implica, aceptan la misión. Así, Fitzcarraldo colonizador logra articular todos los elementos materiales para dominar la naturaleza y a los otros humanos bajo la consigna de que “sólo los soñadores mueven montañas”.

Esta película no sólo ofrece una representación del mundo amazónico, fue una aproximación a él. Tan interesante como cuestionable, tenemos la realización de una película acerca de la irrupción en la naturaleza y la utilización de los indígenas. El caso más notorio fue justamente el transporte del barco a través de la montaña. Sobra decir que dicha secuencia no fue montada ni resuelta con efectos visuales. Dentro y fuera de la película, el barco fue transportado por la colina a manos de los indígenas locales. Es sabido que la realidad supera la ficción, bueno, aquí está el caso de una ficción que se vuelve realidad para superarse a sí misma. Por ello Herzog suele llamar a Fitzcarraldo su documental preferido. Herzog pasó cuatro años en la selva, pudo conocer de primera mano el verde amazónico que no brinda tregua alguna. La naturaleza benevolente se reveló como una narrativa donde la humanidad proyecta aquello que ha perdido o quiere encontrar:

Con la desquiciada furia de un perro que ha hincado los dientes en la pierna de un ciervo ya muerto y tira del animal caído hasta el extremo de que el cazador abandona todo intento de calmarlo, se apoderó de mí una visión: la imagen de un enorme barco de vapor en una montaña. El barco que, gracias al vapor y por su propia fuerza, remonta serpenteando una pendiente empinada en la jungla, y por encima de una naturaleza que aniquila a los quejumbrosos y a los fuertes con igual ferocidad, suena la voz de Caruso, que acalla todo dolor y todo chillido de los animales de la selva y extingue el canto de los pájaros. Mejor dicho: los gritos de los pájaros, porque en este paisaje inacabado y abandonado por Dios en un arrebato de ira, los pájaros no cantan, sino que gritan de dolor, y árboles enmarañados se pelean entre sí con sus garras de gigantes, de horizonte a horizonte, entre las brumas de una creación que no llegó a completarse. Jadeantes de niebla y agotados, los árboles se yerguen en este mundo irreal, en una miseria irreal; y yo, como en la stanza de un poema en una lengua extranjera que no entiendo, estoy allí, profundamente asustado. 1

Pero la naturaleza no admite estereotipos, los desborda. Los pájaros que gritan de Herzog no son menos antropomórficos que las usuales aves cantoras. Herzog tiene la visión de la selva como un lugar irreal, abandonado e incompleto, pero ello es locura. Obviando que la evolución es curso sin término, los bosques húmedos tropicales, justo por ser picos complejos de la biodiversidad, serían el lugar más presente, acabado y real de la Tierra.

Verdes carne, pelo verde

A diferencia de otros espacios, difícilmente se podrá filmar la selva sin que la selva misma se convierta en protagonista. Paradójicamente, la selva no se deja filmar. Para empezar, todo aquel que lo ha intentado sabe lo difícil que es retratar un árbol. Sus contornos no son definidos, sus raíces permanecen ocultas. En la selva los senderos se cierran, los árboles hacen comunión y simplemente regalan pocas caras. Parte de la dificultad radica en que la cámara es una herramienta humana, demasiada humana. Llevar la cámara a la selva es por ello tanto absurdo como fascinante. Ello explica por qué, aunque el número va in crescendo2, las producciones dentro de los bosques húmedos no sean numerosas, el terror de que lo fueran y la doble importancia de aquellas bien logradas.

Antes de la famosa green screen, hubo un tiempo heroico del cine en el que filmar el mundo era adentrarse de lleno en el mundo, rodando con todos los riesgos e imposibilidades que ello implicara. Fitzcarraldo resalta ahí como una película verde pero manchada, y de rojo. Imaginemos, solo imaginemos el prodigio ético que sería realizar, en este mismo sentido, el film: Terra Preta. En contraposición, hay algo de la confusión actual entre verdes que tiene origen en la virtualidad y las pantallas verdes. Desencajados de los ecosistemas que los sustentan, no es fácil para los miles de millones de citadinos en el mundo valorar la transformaciones del suelo que sus prácticas diarias implican.

Hume pensaba que todas las ideas tenían un correlato empírico. Aun así sospechaba que una persona podría imaginar dentro de un color un matiz que no ha visto. Preguntas semejantes fundaron la filosofía moderna y hoy sobreviven en la epistemología y las neurociencias cognitivas. La pregunta acuciante que hoy tendríamos que hacernos es por qué, aun cuando somos capaces de contrastes agudos, fallamos en salvar los matices. De nuestra respuesta depende que los desiertos verdes no acaben con la verde selva.

 

 


Autores
Ayamel Fernández García (Ciudad de México, 1996) Historiador egresado de la UNAM. Se ha especializado en historia ambiental y de las ciencias en México y America Latina. Le interesa la conservación ambiental y la naturaleza como problema histórico.
Ensayista y compositor. Físico por la UNAM. Luego de su Doctorado en Epistemología e Historia de la Ciencia realizó un posdoctorado en la Universidad de Cambridge sobre Pluralismo. Recientemente asistió un proyecto de restauración ecológica en la selva lacandona.
Ilustración realizada por Julissa Montiel Miranda.

Es la cuarta vez que intento escribir sobre esta novela, la primera lo abandoné porque la neta ni había leído el libro, la segunda no supe qué decir y esta vez la psicóloga me dijo “a ti que te late ese pedo de la escritura, quiero que te leas un libro relacionado con tu trastorno y me cuentes de él” y yo le dije “órale va”, palabras más, palabras menos. Primero pensé en releer nación Prozac, pero me laten un montón las novelas que se mezclan con poesía, y es en esto último precisamente en lo que Sylvia Plath convierte los síntomas del Trastorno Límite de personalidad (o borderline, pa la chaviza), con su novela: La Campana de Cristal.

Plath nació en 1932 y se suicidó en 1963 metiendo la cabeza en el horno, aunque mucha banda se confunde y piensa que lo hizo con este prendido, en realidad se intoxicó al dejar la llave del gas abierta; a esta forma de petatearse se le conoce como “la muerte dulce”. Su novela publicada póstumamente, nos lleva a una autobiografía disimulada (roman a cléf), como cuando le cuentas a tu compa las jaladas que le pasaron “al/a la amigx de un(a) amigx”; aquí, Esther Greenwood, una morra recién llegada a Nueva York gracias a una beca de escritura, lucha constantemente contra la desazón interna y el deterioro de su mente, casi sin darse cuenta al principio.

En ese entonces el TLP era una enfermedad bastante poco conocida y la posibilidad de que la escritora la haya padecido se ha discutido en los últimos años; y ¿en qué consiste ese rollo del borderline? pues, verás, esta enfermedad impacta, por un lado, en la autopercepción, una persona con este pedo suele cambiar muy rápidamente su identidad así como sus metas, lo cual provoca problemas para relacionarse normalmente en la vida cotidiana y a la hora de tomar decisiones a futuro; Sylvia Plath escribe en su novela respecto a la indecisión de qué camino tomar en su vida: “Me vi a mí misma sentada en la bifurcación de ese árbol de higos, muriéndome de hambre sólo porque no podía decidir cuál de los higos escoger. Quería todos y cada uno de ellos, pero elegir uno significaba perder el resto, y, mientras yo estaba allí sentada, incapaz de decidirme, los higos empezaron a arrugarse y a tornarse negros y, uno por uno, cayeron al suelo, a mis pies”.

Otros dos síntomas de este desmadre son la despersonalización y la constante idealización-decepción al percibir a las personas; en la Campana de Cristal, la protagonista varias veces tiene episodios donde se desconecta de lo que pasa a su alrededor “Entonces Constantino y la intérprete rusa y todo aquel montón de hombres negros y blancos y amarillos discutiendo allá abajo parecieron alejarse en la distancia. Vi sus bocas subir y bajar sin sonido, como si estuvieran sentados en la cubierta de un buque que partía, dejándome en medio de un enorme silencio”; Esther también manda a la berenjena a su novio después de saber que había estado con otras chicas antes y pasa de ser para ella un muchacho casto e inocente a un hipócrita.

Y, como muchos trastornos psicológicos, entre otros síntomas, topamos muy comúnmente la depresión, que sí, parece que ya se ha derrumbado ese estigma pero todavía hay raza que cree que la depre es estar llorando todo el día y se cura con un “échale ganas”; más allá de la tristeza, este padecimiento está cargado de apatía, las personas deprimidas saben que lo están pero aun así no pueden evitarlo, como si hubiera algo dentro roto que no pide que lo demás funcione bien y que nos importen las cosas; Esther nos narra en algunos de los primero capítulos: “(…) Tenía que estar tan emocionada como la mayoría de las demás chicas, pero no lograba reaccionar. Me sentía muy tranquila y muy vacía, como debe de sentirse el ojo de un tornado que se mueve con ruido sordo en medio del estrépito circundante.” y  “El silencio me deprimía. No era realmente el silencio. Era mi propio silencio. Sabía perfectamente que los coches hacían ruido y la gente que iba dentro de ellos y la que estaba detrás de las ventanas iluminadas de los edificios hacían ruido, y el ruido hacía ruido, pero yo no oía nada. La ciudad colgaba en mi ventana, chata como un cartel, brillando y titilando, pero muy bien podía no haber estado allí, por lo que a mí concernía.”

Quisiera terminar esta reseña con una reflexión constructiva, por eso de que las enfermedades mentales son un tema muy serio y blablablá, pero la neta es que, este libro, más que dejarme una enseñanza (que sí, me dejó varias, pero siento que esas serán diferentes para cada persona que lo lea), me ayudó a sentirme menos solo cuando me ponía a chillar debajo de las cobijas por no saber qué hacer con mi vida (sigo sin saberlo xd).

Y, bueno, si te sientes identificadx con alguno de estos síntomas o fragmentos de La Campana de Cristal, quizá deberías considerar la posibilidad de visitar el centro de salud más cercano y solicitar una cita para psiquiatría, son gratuitas, como los condones.


Autores
(San Luis de la Paz, Guanajuato, 2000). Estudia Filosofía en la Universidad de Guanajuato. Autor de Galletas para suicidas (Editorial Frenéticos Danzantes, 2019), La llaga (Premio de Literatura León, 2021, reeditado por Ediciones Come Fuego en 2023), Díganle adiós al ratón (Tierra Adentro, 2021), Imagina que en lugar de aves éramos terremoto (Grafógrafxs, 2022) Colmillo (Niño Down Editorial, 2023), entre otros libros. Dirige la editorial digital Awita de Chale.
Ilustración por Zauriel

Ya nadie debería sorprenderse al constatar, una vez más, ese viacrucis agotador que es el rito de la titulación. Veo que no ha pasado de moda hacer chistes al respecto. Mis conocidos esbozan una tenue compunción, cuando revelan que llevan ocho años tratando de finiquitar sus asuntos pendientes con la universidad.

Hasta Ibargüengoitia se dio cuenta de lo común de ese sufrimiento después de andar contando muy admirado a sus amigos: “Fíjate que yo me tardé más en hacer el trámite que en hacer la tesis”.

Dicho comentario sólo le reveló que su caso era miel sobre hojuelas a comparación del martirio de sus compañeros que protagonizaron “el Caso del Expediente Perdido, el de las Materias No Revalidables, el del Hombre que Siguió la Carrera Inexistente, etcétera”.

En materia de trámites institucionales, pocas cosas son más difíciles que por fin verse a uno mismo de saco en blanco y negro, aplastado por gel hasta la calvicie, feo y con orejas gigantes en la espantosa foto ovalada del título profesional.

Lo verdaderamente anómalo sería encontrar a alguien que contara su experiencia como el episodio más gozoso de su vida, como un ejemplo de armonía entre todas las partes involucradas, sin asesores que desaparecen de un día para otro, sin ventanillas cerradas, ni firmas faltantes, ni peleas de orgullo. Sin el tenía que traer dos copias, sin sinodales que mueren en el proceso, sin una eternidad gastada en filas. ¿Acaso existirá ese elegido, ese ser excepcional bendecido por el hado de la burocracia?

Si aquel animal mitológico de mis fantasías de verdad existe, imagino que logró derrotar a esa hidra de dificultades por una bendición de azar y buena suerte, pero también por no dejarse aplastar por la pesada losa del miedo.

Tengo la sospecha de que una de las principales razones por las que muchos tardamos tanto en concluir ese manuscrito final que comprueba que estudiamos una licenciatura es por una fatídica mezcla de cobardía, ignorancia e ilusión.

No puedo ni siquiera empezarla, es demasiado trabajo; cobardía. Voy a escribirla toda y después me busco un asesor; ignorancia. Me tardaré veinte años porque quiero proponer una renovación formidable de mi campo de estudio, ilusión. Combinación perfecta para procrastinar tercamente y comprobar el mayor absurdo: que incluso el no hacer absolutamente nada puede resultar extenuante.

Estudiando mi propio caso a la distancia, conjeturo que a los manuales de técnicas de investigación les hace falta una adenda: un capítulo de superación personal al más puro estilo gringo. Caldo de pollo para el alma del tesista, podría ser. ¿Quién se ha llevado mi corpus?, mucho mejor, más realista.

Porque llega un momento en el que uno no necesita saber cuáles son las fuentes primarias y secundarias, lo que verdaderamente se hace urgente es ser cacheteado con el guante de la triste realidad, la espantosa decadencia educativa de estos tiempos.

Más elocuentes resultan las palabras de Gabriel Zaid: “En el siglo XX, las universidades se burocratizaron, como casi todo en el planeta. Hoy son instituciones buscadas, ante todo, por las credenciales que otorgan”. Estudiar una licenciatura actualmente significa aspirar a eso: la credencialización. Para los que no quieren ser investigadores, la tesis es sólo un pesado y engorroso trámite.

A mí me costó trabajo aceptarlo porque además de una nerd irremediable, soy bastante ingenua ante estos temas. Sigo a ojos vendados el dogma de la educación, en la que creo como pocas cosas.  Y a veces olvido que, en muchos ámbitos, los maestros ya dejaron de ser lo que deberían (y lo que quisieran) ser para convertirse no en educadores, sino en calificadores.

Alguien me lo dijo en su momento: “piensa en la tesis como un trabajo final muy largo”, y yo desdeñé sus comentarios. Entonces no sabía que, para muchos, el mayor aprendizaje al titularse de una carrera universitaria es darse cuenta de que el cinismo es a veces un menester ineludible.

Recorro mentalmente la lista de treintañeros que recuerdo especialmente por su perpetua condena tesística, sus eternos propósitos de Año Nuevo, su ahora sí ya me titulo. Imagino qué pasaría si entre ellos formaran un programa de apoyo para vencer la adicción al ya mañana. ¿Cuáles serían los mandamientos de esa terapia para tesistas?

Uno, tenga claro su objetivo: no va a cambiar el rumbo de esta disciplina, tampoco renovará la podredumbre educativa; usted quiere ampliar las oportunidades de su vida profesional con un papel.

Dos, no se deje intimidar por la carga de trabajo: en la carrera ya escribió más de cien páginas en puras tareas finales paridas en una sola noche, la tesis equivale a cinco trabajos finales más regordetes y mejor nutridos.

Tres, no se autoengañe leyendo: debe conocer el tema, debe conocer la bibliografía, pero leer sin avanzar en la escritura es una pérdida de tiempo.

Cuatro, elija bien a su asesor: aunque el especialista en su tema lo podría ayudar mucho, seguramente estará muy ocupado en su propia vida académica; el mejor asesor es el que tiene buena disposición y puede firmarle un papel tan pronto como servicios escolares se lo exija.

Cinco, aprenda a darse ánimos: si se amilana o satura mentalmente, nada puede resultar mejor como ponerse a revisar las tesis hechas por otros; sumérjase en una plataforma y dese cuenta de que, por peores investigaciones, gente antes de usted ya se tituló. (No olvide revisar los agradecimientos: las tesis de gratitudes larguísimas suelen ser las más infames). Sólo la perentoria voz de la autoayuda tiene permiso para vociferar lo que todos sabemos, pero nadie quiere escribir.

Más allá de ese sentido práctico al que resulta difícil renunciar cuando el mundo se desmorona en analfabetismo funcional, citación parasitaria y laberintos burocráticos, pareciera más importante que nunca la urgencia de encontrar espacios donde pueda desarrollarse la imaginación crítica con rigor. ¿Dónde existe la investigación que no esté convertida en nada más un rito, una ceremonia?

Mis últimas tres experiencias con las tesis han sido: tirar a la basura cinco kilos de hojas llenas de anotaciones viejas que no quise cargar conmigo en una mudanza, verme reflejada en unos ojos amigos llenos de angustia por tener que hacer un protocolo de investigación, y reincidir.

Quizá por esto último, porque esta vez me he llevado a mí misma hasta el patíbulo por decisión propia, mi yo de hace unos años comienza a perseguirme entre sueños como el fantasma de la titulación pasada. Quisiera decir que es el cinismo lo que me ha traído aquí, pero sería deshonesta al ocultar que sigo esperando un milagro o una catástrofe en forma de objetivos, metodología y conclusiones. Que el dios de la ñoñez nos ayude a nosotros, los que necesitamos escribir para responder preguntas, los que creemos que el pensamiento original puede nacer en la lectura afanosa de los otros.


Autores
(Ciudad de México, 1993). Ensayista y docente. Ha sido beneficiaria de las becas de la Fundación para las Letras Mexicanas y el programa "Jóvenes creadores" del FONCA. Ha recibido diversas distinciones, una de las más recientes es el Premio Nacional de Ensayo Joven "José Luis Martínez" 2020.
Ilustración realizada por Laura Velázquez Hernández

PROEMIO1

 

Yo que sólo canté de la exquisita

partitura del íntimo decoro,

alzo hoy la voz a la mitad del foro,

a la manera del tenor que imita

la gutural modulación del bajo

para cortar a la epopeya un gajo.

 

Navegaré por las olas civiles

con remos que no pesan, porque van

como los brazos del correo chuan

que remaba la Mancha con fusiles.

 

Diré con una épica sordina:

la Patria es impecable y diamantina.

 

Suave Patria: permite que te envuelva

en la más honda música de selva

con que me modelaste por entero

al golpe cadencioso de las hachas,

entre risas y gritos de muchachas

y pájaros de oficio carpintero.

 

PRIMER ACTO

 

Patria: tu superficie es el maíz,

tus minas el palacio del Rey de Oros,

y tu cielo, las garzas en desliz

y el relámpago verde de los loros.

 

El Niño Dios te escrituró un establo

y los veneros del petróleo el diablo.

 

Sobre tu Capital, cada hora vuela

ojerosa y pintada, en carretela;

y en tu provincia, del reloj en vela

que rondan los palomos colipavos,

las campanadas caen como centavos.

 

Patria: tu mutilado territorio

se viste de percal y de abalorio

 

Suave Patria: tu casa todavía

es tan grande, que el tren va por la vía

como aguinaldo de juguetería.

 

Y en el barullo de las estaciones,

con tu mirada de mestiza, pones

la inmensidad sobre los corazones.

 

¿Quién, en la noche que asusta a la rana,

no miró, antes de saber del vicio,

del brazo de su novia, la galana

pólvora de los fuegos de artificio?

 

Suave Patria: en tu tórrido festín

luces policromías de delfín,

y con tu pelo rubio se desposa

el alma, equilibrista chuparrosa,

y a tus dos trenzas de tabaco sabe

ofrendar aguamiel toda mi briosa

raza de bailadores de jarabe.

 

Tu barro suena a plata, y en tu puño

su sonora miseria es alcancía;

y por las madrugadas del terruño,

en calles como espejos, se vacía

el santo olor de la panadería.

 

Cuando nacemos, nos regalas notas,

después, un paraíso de compotas,

y luego te regalas toda entera,

suave Patria, alacena y pajarera.

 

Al triste y al feliz dices que sí,

que en tu lengua de amor prueben de ti

la picadura del ajonjolí.

 

¡Y tu cielo nupcial, que cuando truena

de deleites frenéticos nos llena!

Trueno de nuestras nubes, que nos baña

de locura, enloquece a la montaña,

requiebra a la mujer, sana al lunático,

incorpora a los muertos, pide el Viático,

y al fin derrumba las madererías

de Dios, sobre las tierras labrantías.

Trueno del temporal: oigo en tus quejas

crujir los esqueletos en parejas,

oigo lo que se fue, lo que aún no toco

y la hora actual con su vientre de coco,

y oigo en el brinco de tu ida y venida,

oh trueno, la ruleta de mi vida.

 

      INTERMEDIO

CUAUHTÉMOC

 

Joven abuelo: escúchame loarte,

único héroe a la altura del arte.

 

Anacrónicamente, absurdamente,

a tu nopal inclínase el rosal;

al idioma del blanco, tú lo imantas

 

y es surtidor de católica fuente

que de responsos llena el victorial

zócalo de ceniza de tus plantas.

 

No como a César el rubor patricio

te cubre el rostro en medio del suplicio:

tu cabeza desnuda se nos queda,

hemisféricamente de moneda.

 

Moneda espiritual en que se fragua

todo lo que sufriste: la piragua

prisionera, el azoro de tus crías,

el sollozar de tus mitologías,

la Malinche, los ídolos a nado,

y por encima, haberte desatado

del pecho curvo de la emperatriz

como del pecho de una codorniz.

 

SEGUNDO ACTO

 

Suave Patria: tú vales por el río

de las virtudes de tu mujerío;

tus hijas atraviesan como hadas,

o destilando un invisible alcohol,

vestidas con las redes de tu sol,

cruzan como botellas alambradas.

 

Suave Patria: te amo no cual mito,

sino por tu verdad de pan bendito,

como a niña que asoma por la reja

con la blusa corrida hasta la oreja

y la falda bajada hasta el huesito.

 

Inaccesible al deshonor, floreces;

creeré en ti, mientras una mejicana

en su tápalo lleve los dobleces

de la tienda, a las seis de la mañana,

y al estrenar su lujo, quede lleno

el país, del aroma del estreno.

 

Como la sota moza, Patria mía,

en piso de metal, vives al día,

de milagro, como la lotería.

 

Tu imagen, el Palacio Nacional,

con tu misma grandeza y con tu igual

estatura de niño y de dedal.

 

Te dará, frente al hambre y al obús,

un higo San Felipe de Jesús.

 

Suave Patria, vendedora de chía:

quiero raptarte en la cuaresma opaca,

sobre un garañón, y con matraca,

y entre los tiros de la policía.

 

Tus entrañas no niegan un asilo

para el ave que el párvulo sepulta

en una caja de carretes de hilo,

y nuestra juventud, llorando, oculta

dentro de ti el cadáver hecho poma

de aves que hablan nuestro mismo idioma.

 

Si me ahogo en tus julios, a mí baja

desde el vergel de tu peinado denso

frescura de rebozo y de tinaja,

y si tirito, dejas que me arrope

en tu respiración azul de incienso

y en tus carnosos labios de rompope.

 

Por tu balcón de palmas bendecidas

el Domingo de Ramos, yo desfilo

lleno de sombra, porque tú trepidas.

 

Quieren morir tu ánima y tu estilo,

cual muriéndose van las cantadoras

que en las ferias, con el bravío pecho

empitonando la camisa, han hecho

la lujuria y el ritmo de las horas.

 

Patria, te doy de tu dicha la clave:

sé siempre igual, fiel a tu espejo diario;

cincuenta veces es igual el AVE

taladrada en el hilo del rosario,

y es más feliz que tú, Patria suave

 

Sé igual y fiel; pupilas de abandono;

sedienta voz; la trigarante faja

en tus pechugas al vapor; y un trono

a la intemperie, cual una sonaja:

la carreta alegórica de paja.


Autores
Ramón Modesto López Velarde Berumen (Jerez de García Salinas, Zacatecas, 15 de junio de 1888- Ciudad de México, 19 de junio de 1921) fue un poeta mexicano. Su obra suele encontrarse en el modernismo literario. En México alcanzó una gran fama, y llegó a ser considerado "el poeta nacional".
Ilustración realizada por Eduardo Ramón Trejo

A medio siglo de la famosa declaración de Nixon1en la cual “Estados Unidos designaba como el enemigo público #1 al abuso de drogas”2, la política antidrogas estadounidense daría un cambio considerable a aumentar las penas y la persecución tanto a consumidores como a traficantes, esto sin duda tendría consecuencias para todo el mundo, pues el poderío económico e internacional norteamericano impulsaría a muchos otros países a adoptar medidas similares, ello con sus respectivos resultados cuestionables en su eficacia y contradictorios en otros casos.  Sin embargo, antes de explicar todo esto es necesario hacer una breve recopilación de la historia de las drogas y su seria regulación hasta antes de la segunda mitad del S. XX.

 

Drogas y capitalismo en los siglos XIX y XX

La principal droga3 comercializada en un principio como medicamento en numerosas preparaciones (como el Láudano, tintura hecha con alcohol y opio) se basó principalmente en el empleo de la goma obtenida de los bulbos de la adormidera, al ser raspada con una navaja y la resina colectada y secada para obtener la sustancia que hoy conocemos como opio. Éste último, fue empleado desde tiempos precristianos como un eficaz analgésico, narcótico, antiemético, antidiarreico y antitusivo entre otras propiedades, no obstante, desde entonces se documentaron las propulsiones adictivas de quienes lo consumían de manera reiterada, y ello nos remite al siguiente cuestionamiento: ¿si ya se tenían identificados los efectos adictivos del opio, por qué nunca llegó a haber tal cantidad de adictos y efectos nocivos para la sociedad derivado de esta sustancia?

Esto, por lo menos desde nuestra perspectiva tiene dos respuestas, una relacionada a la tecnología y otra a la economía.  En el caso de la primera, tenemos que derivado del gran proceso científico y tecnológico ocasionado por la revolución industrial (S. XVIII-XIX), grandes avances y descubrimientos se realizaron en el campo de la química, la física, biología y otras ciencias naturales y sociales, de las cuales, dos productos fundamentales vendrían a acelerar el impacto negativo del opio en la salud pública mundial, por un lado, tendríamos la pipa y la aguja hipodérmica.

Relacionado a dichos inventos, se demostró que la potencialidad con la cual la droga actuaba sobre el organismo era mucho mayor al calentar la sustancia e inhalar los humos para absorber los alcaloides del opio vía pulmonar directo al torrente sanguíneo, y para la aguja hipodérmica, no solamente se descubrió que la droga podía entrar de manera directa al cuerpo vía sanguínea, sino que gracias a los avances hechos hasta el momento en química por dicha revolución industrial, se pudieron generar derivados del opio (llamados opioides) como la morfina y la heroína, cuyos efectos ya conocidos necesitaban de menor cantidad de sustancia para actuar sobre el cuerpo, pero también pudieron desarrollarse derivados del opio de carácter sintético (opiáceos) como la metadona, el fentanilo, la oxicodona y el carfentanilo entre muchos otros, que necesitaron inclusive mucho menos sustancia para producir un efecto. 4

Desgraciadamente, esto también tuvo repercusiones negativas en materia de salud pública en EE. UU., Europa y Asia principalmente, pues el empleo recreativo del opio y sus derivados ya fuese inhalado o inyectado generaría un aumento preocupante en el número de adictos a esta droga a inicios del S. XX. Lo anterior nos lleva al segundo punto de nuestra respuesta, el aspecto económico, para ello sirva de ejemplo el caso de las Guerras del Opio (1839-1842, 1856-1860), caso abierto del más puro imperialismo mercantilista 5ejercido por las potencias mundiales durante todo el S. XIX, y que tendría como uno de sus resultados a principios del siguiente siglo la generación de dos Guerras Mundiales que abordaremos en su momento.

Regresando al caso de las Guerras del Opio, en términos generales, Inglaterra (potencia dominante en ese entonces), comerciaba con té, jade y seda hacia su territorio, y a cambio proveía de plata a la China del Imperio Qing, pero, ello no resultaba tan favorable en términos económicos para el gobierno de la Reina Victoria, por tanto, decidieron sustituir en dicha dinámica de intercambio el opio a costa de la generación de un sinnúmero de adictos chinos.

Al ver que aquello se convertía en un azote para la salud de su pueblo, el emperador decidió clausurar todos los lugares en donde los europeos distribuían la droga, y declarar abiertamente una guerra en contra del opio en China. Ello sin duda no gustó a las potencias involucradas (Reino Unido, EE. UU.6y Francia) y decidieron forzar por medio de las armas (gracias a una superioridad militar considerable) al imperio chino a pagar reparaciones a los empresarios afectados, generar zonas especiales para el comercio irrestricto británico y europeo, y posterior al segundo enfrentamiento, la legalización en territorio chino de la venta y consumo del opio. Después de aquellos conflictos, el uso recreativo del opio y su posterior adicción fue exportado principalmente a EE. UU., pues aquel país en ese entonces se encontraba en plena expansión territorial e industrial, por lo que muchos inmigrantes europeos y asiáticos (chinos mayoritariamente) acudirían al oeste norteamericano para trabajar en la construcción de los ferrocarriles que conectarían al territorio de océano a océano.

 

El inicio del problema para Estados Unidos (y el mundo)

 Hacia principios de 1900, el problema de adicción a los opioides en EE. UU. no solamente estaba confinado al consumo en fumaderos de opio7, sino también a mujeres (ellas representaron un mayor segmento de población de esta epidemia de adicción8) que, bajo prescripción médica para dolores relacionados a la menstruación, jaquecas, dolor dental etc. Recurrieron al uso reiterado de opioides como analgésicos que a la postre derivaría en adicción.

Esto aunado al comercio desregulado mundial de opio y a una inestable situación estadounidense en Filipinas (causado en parte por una epidemia de adicción al opio), recién arrebatada a España luego de la Guerra de 1898, llevó al gobierno de Teodoro Roosevelt (1901-1909) a crear una de las primeras legislaciones orientadas a la regulación de las drogas. En 1906, se aprueba en el congreso estadounidense la “Pure Food and Drug Act” que junto a la legislación británica de 1868 (Pharmacy Act) constituyeron los primeros intentos serios de cualquier país del mundo en atender el problema en ciernes relacionado al control e información al consumidor sobre el contenido de medicamentos y alimentos9, así como para generar consciencia respecto al uso indiscriminado de drogas como el opio, el cannabis y la cocaína entre otras.

Dentro de este periodo, también es notable los primeros esfuerzos auspiciados por Washington para convocar a los países (con la 1ª y 2ª Convención del Opio en Ginebra) a firmar para inicios de 1912 un tratado orientado a regular el abuso en el consumo de opioides y cocaína, al igual que nuevas sustancias susceptibles a generar situaciones de abuso similar. Firmado por representantes de Rusia, Francia, EE. UU., Inglaterra, Italia, Japón, Holanda, Persia, Portugal, Siam y China constituyó el primer acuerdo no vinculante, pero que expresaba el interés de varios grandes productores de opio en ese entonces de atender la cuestión planteada por el gobierno estadounidense.

Paralelo a esto, en territorio norteamericano se aprobaba en 1914 (Acta Harrison) por vez primera una ley orientada a regular, la producción, distribución y tasación de la importación de opioides y cocaína, cuatro años después de esto, el congreso pasaba el Acta Volstead que para 1920 y hasta 1933 dejaría a un Estados Unidos cortado legalmente de consumir de manera libre alcohol y drogas. Los efectos no se hicieron esperar, pues ya para 1915 el precio de 1gr de heroína pasaría de costar 23¢ de dólar a 3.5$, y para el caso del alcohol queda el recuerdo popular y mediático de la mafia estadounidense comandada por grandes capos como Al Capone, los bares clandestinos o speakeasy, y la fastuosidad y el hedonismo desbordado plasmado por novelas como El Gran Gatsby de F. Scott Fitzgerald por citar solamente algunos ejemplos. Más allá de ello, el fenómeno del tráfico ilícito de drogas, junto con los efectos a la salud pública obtendrían mayor fuerza, sino también la capacidad financiera y coercitiva de grupos criminales en Estados Unidos, y el cual no solamente se vería limitado a este país, sino a muchos otros que siguieran el mismo camino de la legislación punitiva y restrictiva de control sobre las drogas.

Es preciso de igual forma notar que tanto la Primera como Segunda Guerras Mundiales (1914-1918 y 1939-1945) servirían como los campos de prueba de no solamente nuevas formas de exterminio humano, sino que se evidenciaría de manera amplia los efectos negativos del abuso de analgésicos derivados del opio, y peor aún, el desarrollo industrial farmacológico privado y gubernamental echaría ojos a la experimentación de nuevas medicinas y drogas en soldados10.Al término de aquellos conflictos y con el inicio de uno de carácter mayor que involucró a la mayor parte del mundo (Guerra Fría), EE. UU. comenzaría una política dual y en algunos casos contrapuesta, la cual por un lado se fijó en establecer controles más severos en el tráfico y producción de drogas, pero por otro lado siguió alentando el desarrollo civil y militar de medicamentos y drogas. Como uno de los grandes vencedores de la Segunda Guerra Mundial, EE. UU. no solamente contribuyó a la recuperación de las naciones devastadas con la guerra, codificó también un nuevo corpus de derecho y comercio internacional en el que tuvieran mayor participación y vinculación todos los países del mundo. Y el aspecto de las drogas no fue la excepción.

En 1946 se firmaba el Protocolo del Lago Success, con el cual la idea del fundamento prohibicionista de regulación de las drogas se haría extensivo a todo el globo, no obstante, sería hasta 1961 que convenios legales internacionales, que servirían como guías de gobernanza a los demás países miembros de la ONU, verían la luz al margen de la Convención Simple en Drogas Narcóticas, la cual el uso, producción y comercio de aquellas sustancias se limitaba a fines científicos y médicos. Mientras esto último pasaba, el mundo entero entraba en una nueva fase en el consumo de drogas, impulsado por la recuperación europea de la segunda posguerra y la crítica a los valores tradicionales hechos por los jóvenes de aquella época agrupados varios de ellos en la corriente hippie, no solamente cuestionaron el modo de actuar de sus gobiernos, sino asuntos multifactoriales como la guerra, el amor, la música y el arte por mencionar unos cuantos, empero, el problema de abuso de sustancias continuaba bajo el cobijo del tráfico ilegal internacional.

 

Los 60 y las drogas sintéticas, un añadido

La prosperidad económica experimentada en Estados Unidos, lo colocó al frente del escenario mundial como potencia dominante en términos económicos  y comerciales a partir de la segunda mitad del S. XX, sin embargo, este crecimiento vendría a ser cuestionado por su papel intervencionista en múltiples conflictos regionales como la Guerra de Corea, las dictaduras y guerrillas en Latinoamérica, el proceso de descolonización e independencia en África y el Sureste Asiático, especialmente con su participación en la Guerra de Vietnam (1955-1975), pues ello no solamente generó muerte y sufrimiento a la población local, de igual forma, miles de soldados heridos generarían una vez más adicción a los opioides, aunado a esto, millones de jóvenes de la clase media estadounidense en expansión comenzarían a encontrar nuevas formas de “protestar contra el sistema”, una de muchas sería el consumo de drogas, incluidas las de carácter sintético de desarrollo reciente como el LSD.

 

El inicio de la cruzada antidrogas:1971-2000

Hacia fines de la década de los 60, el equipo de campaña de Nixon identificó a dos opositores a la futura administración: la comunidad afroamericana y la izquierda radical anti-guerra (de Vietnam), para hacerles frente y someterlos al control judicial, Nixon empleó el uso de marihuana a la comunidad hippie y la heroína a la afroamericana con los respectivos costos legales y sociales incorporados a su declaración respecto a la “guerra contra las drogas”11.Para llevar a cabo tan ardua tarea, el gobierno de Nixon creó la Administración de Control de Drogas (DEA), dependiente del Departamento de Justicia de EE. UU. y ya no de la Administración de Drogas y Alimentos (FDA), con lo cual se daba el giro punitivo al consumo, distribución y producción de drogas en territorio estadounidense.

Aunque realmente la política antidrogas durante la presidencia de Nixon se orientó hacia la rehabilitación de los afectados y no tanto a la persecución de consumidores y productores, y con las eventuales presidencias de Gerald Ford y James Carter (1974-1981), en el plano internacional se prepararon nuevas convenciones de drogas (1971) en la que se incluían (y tomaban de la ley norteamericana) la clasificación de sustancias conforme su grado de adicción y su potencial para el abuso, esto con el propósito de tomarlo en cuenta para el eventual control de la venta y distribución por parte del gobierno hacia la sociedad. Sin embargo, durante toda la década de los 70, se gestaría un problema mayor que el propio opio en su momento, en América Latina se comenzaría a producir de manera industrial una droga ya conocida pero que a la postre resultaría una de las preferidas por el mundo del espectáculo y los mercados estadounidense y europeo: la cocaína.

Durante las administraciones de Ronald Reagan y George Bush (1981-1993) la política interna antidrogas en EE. UU. tomaría un carácter persecutorio y punitivo en su mayoría, pues encabezada por la DEA, todo traficante y consumidor de alguna sustancia prohibida sería condenado a servir penas de cárcel, así el flujo de condenados en el país aumentaría considerablemente. Mientras tanto, en el exterior el gobierno de Washington promovería una política dual respecto al tráfico de drogas, por un lado combatiría de manera abierta y encarnizada en Colombia a los cárteles de Medellín y de Cali, liderados por uno de los narcotraficantes más famosos de la historia, Pablo Escobar, lo cual también le permitiría establecer una presencia y apoyo militar en dicho país contra movimientos guerrilleros de orientación socialista (apoyados de manera encubierta por Cuba y la URSS) de carácter casi permanente, pues hoy en día la colaboración militar y de seguridad entre ambos países se mantiene.

Por otro lado, y de manera paradójica durante este periodo, EE. UU por medio de la supuesta 12participación de agencias nacionales como la CIA, orquestarían planes de financiamiento ilegal por medio de la venta mundial de cocaína y heroína para financiar grupos contrarios a todo aquel de ser sospechoso de tener tendencias de izquierda o suponer una amenaza socialista para la influencia norteamericana en el mundo, esto bajo el margen de la última recta de crudo enfrentamiento entre las dos superpotencias de la Guerra Fría: la URSS y Estados Unidos. Es así como movimientos como los Muyahidines de Afganistán (1989), los contras en Nicaragua (1979-1990), facciones de los cárteles colombianos, y hasta gobiernos nacionales como el de Manuel Antonio Noriega en Panamá (1983-1989) encontraron bajo el cobijo de la CIA una fuente de ingresos constante y elevada, pues al tener leyes prohibiendo la distribución y tráfico, el precio se mantendría alto ante una demanda en crecimiento.

Para la última década del S. XX, la política antidrogas de EE. UU durante el gobierno de William Clinton (1992-2000) a pesar de tener orientación demócrata, continuó la misma línea de captura y persecución a traficantes y consumidores de drogas, sin embargo, a pesar de todos los miles de millones de dólares invertidos en operaciones nacionales y extranjeras para combatir el problema, nuevos elementos vinieron a agregarse y agravarlo, de los cuales destaca el aumento sostenido en el desarrollo y distribución de drogas de diseñador enteramente sintéticas (que buscan emular los efectos narcóticos, estimulantes o analgésicos de sustancias tradicionales como la heroína o la cocaína), y que conllevaron un mayor riesgo a la salud de los consumidores, pues al no estar regulada su producción, cualquier sustancia, venenosa para el organismo inclusive, era empleada para aquellos procesos peligrosos de manufactura de diversas drogas, y que en la actualidad permanece como una constante ante el panorama prohibicionista imperante.

 

Actualidad de la lucha: 2000- en adelante

 Al inicio del nuevo milenio, y tras casi 60 años de lucha conjunta de distintos países del mundo encabezados por EE. UU, los resultados no eran muy esperanzadores, pues el problema del tráfico y la criminalidad aunada a ello se trasladaban en Latinoamérica de focalizarse en el sur (Colombia) a trasladarse gradualmente hacia sus propias fronteras (México), pues con la caída de los grandes capos sudamericanos, el poder de los narcotraficantes mexicanos crecía al apoderarse de las rutas y el desarrollo de una compleja red de tráfico, empezando por los  productores en los campos, hasta la corrupción de funcionarios medios y altos en la administración nacional. Todo lo anterior, junto con una renovada política militarista y de persecución criminal ejecutada por las administraciones de George Bush y Barack Obama (2000-2016) vino a inflamar todo el territorio mexicano y desatar una ola de violencia sin precedentes en el país, desbordándose aquella hacia Centroamérica y generando un nuevo proceso de flujos migratorios hacia EE. UU.

 

Mientras todo ello ocurría en el continente americano, en Europa, diversos países comenzaron a separarse de la política dictada por Washington relativa a las drogas, pues Portugal (2001) y Dinamarca (2010)13comenzarían a ejercer un nuevo método de acercamiento al problema, el cual estaría centrado principalmente en descriminalizar al consumidor y en vez de ello ofrecer tratamientos orientados a considerar el uso y abuso de drogas como un problema de salud pública y no de seguridad y justicia. En ese tenor, diversos gobiernos europeos, como Alemania (2000), Noruega (2010), República Checa (2013), Irlanda (2015) siguieron el ejemplo portugués de descriminalización y en sustitución a ello optaron por campañas de prevención de adicciones, junto con facilidades a consumidores para reducir los daños a la salud (uso de jeringas, prevención de sobredosis, programas de tratamiento etc.) individual y colectiva. Adicionalmente a ello, diversos estados de la Unión Americana han legislado de manera local para descriminalizar y legalizar en algunos casos el consumo de sustancias como la marihuana, de los cuales destacan Colorado (2012), Washington (2012), Oregon (2014), Alaska (2014), DC (2014), California (2016) e Illinois (2019). Como resultado principal, al asumir el control estatal la distribución y el consumo de dicha droga, las ganancias en materia tributaria aumentaron y ellas pueden dedicarse a proyectos de infraestructura pública, incluyendo programas de tratamiento para personas adictas.

Desafortunadamente, en muchos países (incluido México), especialmente aquellos que producen diversas drogas ilegales para consumo estadounidense o europeo, la actual política sigue centrada en un solo eje orientado al combate frontal a la producción, consumo y tráfico, lo cual a nuestro parecer contribuye a fortalecer el poderío de los grupos criminales que controlan aquella actividad pues al ser un elemento prohibido, solamente ellos tienen el monopolio para su venta con ganancias extraordinarias pues ese propio carácter ilegal dispara el precio ante una constante y creciente demanda. Con esto último me gustaría ofrecer una serie de conclusiones al respecto del control de drogas: Actualmente, es más que evidente que la estrategia de criminalización y prohibición total de las drogas está destinada al fracaso, los resultados materiales y criminales son prueba de ello. De seguir por este camino solamente podemos esperar el recrudecimiento y el perpetuo traslado de centros de narcotráfico mundial hacia distintos lugares del orbe, con sus daños colaterales derivados (violencia, diversificación criminal del narcotráfico, militarización de actividades de seguridad pública etc.) sin resultados contundentes hacia el triunfo.

Con los programas políticos ejecutados previamente por diversos países y estados de EE. UU, se tiene un laboratorio invaluable del cual pueden tomar nota otras naciones, incluidos nosotros, para recabar información que nos permita establecer nuevas formas de abordar el problema del consumo y tráfico de drogas, ello en el sentido de ofrecer una política que no tienda ni a relativizar el consumo como algo bueno y benéfico para la salud pública, pero tampoco a una que tienda a prohibirlo de manera total desde una óptica cuasi paternalista de gobierno, en su lugar, es preciso encontrar una tercera vía que establezca una especie de balance entre ambas perspectivas. Pero, y con ello me gustaría terminar, es imperativo no olvidar que cualquier solución destinada a resolver un problema tan complejo en los últimos dos siglos, debe de tener una esencia integral, pues no solamente es menester de la potestad estatal contribuir a su abordaje y solución, sino también a la sociedad como individuo y ente económico (grupal y solitario), político y social.

 

 

Bibliografía

Winter, Jerrold, Our Love Affair with Drugs: The History, the Science, the Politics, Oxford University Press, EEUU, 2020.

 

Gahlinger, Paul M., Illegal drugs: a complete guide to their history, chemistry, use, and abuse, Plume, EEUU, 2004.

 

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Escohotado, Antonio, Historia General de las Drogas, Espasa, España, 1989.

 

Porter Roy y Teich Mikuláš, Eds., Drugs and Narcotics in History, Cambridge University Press, Reino Unido, 1995.

 

 

 

 

 


Autores
Internacionalista por la UNAM-FCPyS. Interesado y en constante estudio de temas del Espacio Post Soviético y Política Internacional.