Tierra Adentro
Ilustración realizada por Jal Reed

¿De qué hablamos cuando hablamos de hablar?

Qué onda, amix, primero que nada, buen@s días/tardes/noches, hoy vengo a echarte choro sobre los memes, pero primero, te presento al compa Witggestein, bueno, no te lo presento porque ya se murió pero te voy a platicar poquito de él. Pues resulta que este vato empezó siendo ingeniero, pero después se interesó por la filosofía, escribiendo el Tractatus lógico-philosophicus (si, suena medio mamador, no lo menciones en una peda para ligar, te lo digo por experiencia), donde dice, palabras más, palabras menos “El lenguaje solo sirve para representar lo real y se chingó”, pero después el men repensó las cosas y escribió sus Investigaciones Filosóficas, donde, de alguna manera se retracta y ahonda en lo que él llama “El lenguaje natural”.

 

 Aguanta, aguanta, ya casi terminamos este choro mareador y pasamos a los memes;

El lenguaje natural consiste en que no solo las palabras son comunicación (lenguaje lógico), pues hay muchos factores más allá de lo hablado para interactuar con lxs demás, por ejemplo, cuando platicas con alguien, el movimiento de su cuerpo, el aroma que produce, etc, te dan más información respecto a la conversación que mantienes con esa persona. Pero la comunicación no se da solo entre personas o seres vivos, el viento al chocar contigo también ejerce comunicación, te provoca algo. Por esto se podría decir que el lenguaje lógico s parte del lenguaje natural, que es, como el universo, prácticamente infinito (o eso dicen).

Ahora sí, a lo que veníamos

Sobres, ahora sí, memes, ya con esta introducción y tomando como referencia al Witgenstein, podemos deducir que una imagen es también una forma de lenguaje. El meme, como comúnmente lo conocemos, es una imagen que mezcla texto y palabra, como este:

 

Picture2

Y podríamos dejarlo hasta ahí, el meme es la fusión de palabra e imagen y sanseacabó, pero el hecho de que el meme haya permanecido durante todo este tiempo cambiando constantemente, nos indica que es una evolución de ambas que sigue evolucionando. En el siguiente meme hecho por el usuario de Instagram @autodidakta_____, podemos ver un breve resumen de las Eras Meméticas del Internet:

 

Picture3

 

¿Hacia dónde va el meme?

Otra evolución de la palabra e imagen que se ha visto agarrar su propio camino, es el cómic, que, de manera similar al meme, comenzó siendo visto como un mero entretenimiento pero fue transformándose hasta llegar a Novelas Gráficas y grandes obras como Watchmen, Daytripper, Maus, etc.  y, es que, si se puede usar para comunicar, puede usarse para hacer arte.

 

En 2015 se publicó “Zac’s Haunted House”, una novela hecha de puros GIFs, simón, como lo leíste, puras imágenes en movimiento contándote una historia de terror. Esto fue hace seis años y hoy día podemos ver memes cada vez más elaborados, llegando a rozar con la microficción, por ejemplo, retomando al compa de Instagram:

 

Picture4

 

 

Viendo esto, no me sorprendería que de aquí a unos cuantos años se establezca el meme como una corriente literaria (¿Memeratura?)  o artística (¿Memearte?, de tu arte a mi arte…), pero bueno, mientras cambiaré mi foto de perfil a un Bob Esponja Cholo.

Cámara, bandita.

 


Autores
(San Luis de la Paz, Guanajuato, 2000). Estudia Filosofía en la Universidad de Guanajuato. Autor de Galletas para suicidas (Editorial Frenéticos Danzantes, 2019), La llaga (Premio de Literatura León, 2021, reeditado por Ediciones Come Fuego en 2023), Díganle adiós al ratón (Tierra Adentro, 2021), Imagina que en lugar de aves éramos terremoto (Grafógrafxs, 2022) Colmillo (Niño Down Editorial, 2023), entre otros libros. Dirige la editorial digital Awita de Chale.
Ilustración por Laura Velázquez

Esta noche en Viena está cantando Ella Fitzgerald

Julio Cortázar, Rayuela.

En el libro When Hitler Stole Pink Rabbit, primera parte de la trilogía autobiográfica de la autora británico-alemana Judith Kerr, Anna, alter ego de Kerr, cierra los ojos en un viaje en tren, aferrada a un conejo de peluche rosa, y se dice a sí misma que para ser artista hay que tener una vida difícil. “Vida difícil, vida difícil, vida difícil…” repite varias veces hasta que se queda dormida y comienza un periplo por la Europa devastada por la Segunda Guerra Mundial, escapando junto a sus padres y hermano y miles de miembros de la comunidad judía de la servicia del ejército nazi. Se pudiera pensar que ésta es una situación liminal —una guerra—, pero no debe olvidarse que las desigualdades históricas, el racismo, el desprecio por las minorías o la lucha de clases siempre han marcado, dolorosamente, a las infancias, y son ellas quienes resienten más estas injusticias puesto que parecieran marcar un sino.

Entre todo el vasto compendio de infamias universales en la historia, a la mente acude el recuerdo de la segregación racial en los Estados Unidos que desde la segunda mitad del siglo XIX estaba amparada en leyes estatales y locales conocidas como “Leyes Jim Crow”, y cuya vigencia no terminaría —al menos en el papel— sino hasta los estertores del siglo veinte; si bien en éste los movimientos sociales se sucedieron en las primeras décadas, personajes como Rosa Parks o Malcolm X sentaron las bases para que se discutiera abiertamente el racismo imperante en la sociedad estadounidense y en el mundo en general. Pareciera inusitado que no fuera sino hasta 1967 que se discutió la Racial Integrity Act, ¡de 1924!, que prohibía en Virginia, entre otras cosas, el matrimonio entre ciudadanos “blancos” y de “color”, entendiendo a aquéllos como cualquier persona que no tuviera trazas de ninguna otra sangre además de la caucásica.

A la segregación racial se enfrentaron, además de activistas y movimientos sociales y políticos, personas que ya fuera por convicción o por conveniencia se empeñaron en, por ejemplo, mezclar audiencias en espectáculos musicales y darles el mismo trato a los artistas, sin importar su “color de piel” y, cuando menos en el panorama artístico del medio siglo estadounidense, comenzaron a señalar las profundas injusticias. Entre ellos podría mencionarse a Frank Sinatra, quien sumó a su Rat Pack a Sammy David Jr.; a Sam Philips, el dueño de Sun Records, que antes de Elvis Presley ya había firmado a varios artistas que no pertenecían al privilegio blanco, o a Barney Josephson, quien fuera dueño del Café Society por diez años —de1938 a 1948– y que se convirtió en el primer centro nocturno en admitir tanto a afroamericanos como a blancos, a diferencia de sus contemporáneos, como el Cotton Club, que aunque presentaba a los mejores músicos afroamericanos de su época como Duke Ellington, Cab Calloway o Dorothy Dandridgr, no podían interactuar con la clientela y mucho menos asistir como espectadores. Según las crónicas de la época, los músicos tenían que entrar y salir por una puerta de servicio y nunca por la principal, hecho que compartía con otros centros de espectáculos de la época. En el Café Society, por el contrario, Billie Holiday cantó, por primera vez, Strange fruit, canción de Abel Meeropol y que habla de los linchamientos de afroamericanos.

Dentro de quienes también se opusieron a la moral imperante de esos años se cuenta a Norman Granz, un nombre que quizás pase inadvertido para la mayoría, pero a quien se le debe la creación de varias disqueras en donde grabaron músicos del calibre de Louis Amstrong, Count Basie, Dizzy Gillespie, Coleman Hawkins, Gene Krupa y Buddy Rich, entre muchos otros. Oscar Peterson, el pianista canadiense nacido en Montreal, dice a propósito de Granz:

Uno de mis primeros recuerdos de este hombre que tanto admiro fue su temeraria presentación de lo que él creía que era el jazz verdadero. Mezclaba todo, desde Italia hasta África y de Jerusalén a Canadá. Su legado musical al mundo es la ineludible sinceridad con la que presentaba a músicos de jazz verdaderamente talentosos, algunos de los cuales no hubieran alcanzado la cima de la montaña de no haber sido por su ayuda y su fe. 1

Norman Granz también fue un férreo defensor de la integración racial. Después del éxito del espectáculo Jazz at the Philarmonics, en Los Ángeles, comenzó a producir espectáculos en donde no sólo pugnaba por que en el público no hubiera distinción algunas, sino que a sus músicos se les pagara equitativamente y tuvieran el mismo trato —que entraran por la misma puerta o que tuvieran los mismos camerinos, sin importar su “color”, por mencionar algunos—. No pocas veces tuvo confrontaciones con empresarios o con policías. En 1947, se cuenta que había rechazado casi cien mil dólares de promotores que no aceptaban sus términos de integración racial. En Norman Granz. The Man Who Used Jazz for Justice, de Tad Hershorn, Granz cuenta que llegaron él y los saxofonistas Coleman Hawkins, Flip Philips, el trompetista Howard McGhee, el trombonista Bill Harris, el pianista Hank Jonás, el baterista J. C. Heard y el contrabajista Ray Brown, todos vestidos de esmoquin a un restaurante en Jackson, Michigan, a cien kilómetros de Detroit:

[…] Llegamos al restaurante alrededor de las 6:30. Estaba completamente vacío. La mujer, que llevaba un vestido común de tafetán negro, se apresuró y nos dijo:

—¿Qué puedo hacer por usted?

—Queremos comer.

—¿Tienen reservación?

—¿Aquí tienen reservaciones?

—Así es, y si no hicieron una…

—Pero no hay nadie.

—Lo siento, debe de tener una reservación.

Seguían discutiendo cuando una pareja blanca entró, y Granz les preguntó si ellos tenían una reservación.

—No, este restaurante no hace reservaciones.

—¿Ahora nos da una mesa?

—No, no tienen reservación —dijo, mientras llevaba a la pareja a una mesa.

Granz llamó al resto de los músicos y los encaminó hacia la barra. Entonces dijo:

—Ahora tiene que atendernos, por no necesitamos una reservación para la barra.

La mujer olvidó a Norman Granz y llamó a la policía. […] Cuando el oficial llegó, Granz le dijo:

—Tenemos un problema. Esta gente no nos quiere atender. Ninguno está borracho y tenemos que dar un concierto. Nos anunciaron en el periódico.

El policía dijo:

—Escuche, aquí entre nos, sí, usted tiene razón. Y puedo llevarlo a un muy buen restaurante en donde le sirven a “negros”.

—No quiero ir a un restaurante “negro” —contestó Granz—, quiero ir a un restaurante. Todos somos estadounidenses y quiero sentarme en donde elija y pajar cualquiera que sea la cuenta. Así que no iremos, de hecho, los vamos a demandar, y usted será nuestro testigo.2

El temple de Norman Granz lo llevó a producir y a ser el manager de una de las voces más privilegiadas no sólo del jazz, sino de toda la música del siglo veinte. Además, creo Verve Records en 1956 alrededor de ella, y el primer disco que lanzaron juntos, promotor y cantante, sería considerado, a la postre, como una de sus grabaciones icónicas: Ella Fitzgerald Sings the Cole Porter Song Book. Este disco inauguraría la serie de ocho “Songbooks”, cada uno dedicado a un autor del Great American Songbook, un compendio de autores clásicos o de estándares de jazz —los siguientes fueron Rodgers & Hart, Duke Ellington, Irving Berlín, George & Ira Gershwin, Harold Arlen, Jerome Kern y Johnny Mercer—, y que fueron un éxito tanto comercialmente como con la crítica.

Ella Jane Fitzgerald, quien naciera el 25 de abril de 1917, en Newport News, Virginia, vería así coronarse una carrera musical que había empezado muy joven y que por fin rendía frutos, después de una infancia que la había llevado de perder a su madre, Tempie Henry, a los quince años, hasta a un reformatorio de donde se escaparía sumida en la pobreza y en medio de la gran depresión que azotaba a los Estados Unidos. Como una gran parte de la comunidad afroamericana en estados esclavistas, Ella conoció el canto y la voz en el gospel que se entonaba en la iglesia en donde estudiaba la Biblia y realizaba trabajo comunitario. A la muerte de su madre, en 1933 se muda a Harlem, en donde sobrevive cantando canciones en la calle hasta que llega la conocida noche en la que su historia, y con ella la del mundo de la música, cambiaría.

El 21 de noviembre de 1934, se presentaría a concursar en la noche de amateurs del Teatro Apolo —creada por el reconocido entertainer Ralph Cooper— en donde cantaría “The Object of My Affection”, canción que popularizara Connie Boswell, de las Boswell Sisters, quien era la cantante preferida de aquella huérfana adolescente. La infancia difícil terminó, quizás, aquel día en que ganó los veinticinco dólares del premio y una semana de presentaciones en el Teatro Apolo —aunque Ella siempre recordaría que esa parte del premio nunca se le fue otorgada, debido tal vez, rememoraba, a su desprolija apariencia—. En menos de un año fue reclutada por la orquesta del baterista Chico Webb, con quien grabaría su primer éxito, la canción de cuna “A-Tisket A-Tasket”, en 1936. A la muerte de Chick, de apenas 34 años, la orquesta fue renombrada como Ella and Her Famous Orchestra, con quienes grabaría innumerables canciones.

A la par, grabaría también con orquestas como la de Benny Goodman, hasta su consolidación como solista con el disco, de 1950, Ella Sings Gerswhin, con Ellis Larkins al piano. Un año antes, en 1949, Ella firmaba para ser parte del citado espectáculo de Norman Granz, Jazz at the Philarmonics. Ella Fitzgerald, en los albores de la segunda mitad del siglo veinte, era ya conocida como La primera cama de la canción, también como Lady Ella. Y es por la tersura de su instrumento, su versatilidad como intérprete y su virtuosismo para improvisar lo que la llevó a grabar con músicos tan disímiles como Count Basie o Louis Amstrong, para pasar del be bop hacia música de jazz que coqueteaba con la academia, de rimas infantiles y canciones de cuna a versos ardorosos y febriles o de canciones de protesta que cuentan siglos de opresión. Aunque la voz poderosamente intensa de Ella Fitzgerald se escuchaba cada vez con más fuerza, tampoco estuvo exenta de la violencia racista. En Texas, en 1955, Ella, junto a Dizzy Gillespie, Illinois Jacqueline y el propio Norman Granz fueron arrestados, en palabras de Granz, por su insistencia de tener una audiencia sin segregación racial.

A esto, habría que sumarle los incidentes en vuelos, las protestas afuera de los lugares en donde cantaba o los insultos; sin embargo, Ella Fitzgerald cantó y viajó durante cuatro décadas con su música y su voz. Aquella infancia difícil que terminó, quizás, esa noche en que cantó en un concurso de talentos había encontrado un buen derrotero: la inmortalidad. Hace veinticinco años murió Lady Ella, hace cuarenta grabó un disco imprescindible para la historia del mundo, y quizás en cada canción de cuna que alguien entona a su hija de seis años haya un poco de su voz.

 

 


Autores
Estudió la licenciatura en Lengua y Literaturas Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Fue becario de la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de Narrativa en las generaciones 2009 - 2010 y 2010 - 2011, y dos veces becario del programa Jóvenes Creadores del Fonca en los periodos 2014 - 2015 y 2017 - 2018, ambos en la especialidad de cuento. Ha publicado cuento, ensayo, reseña y crítica literaria en Laberinto, Confabulario, Este país, Molino de letras, Siembra y Tinta Seca, entre otros. Aparece en las antologías Cofradía de coyotes (La Coyotera Ediciones, 2007); Fantasiofrenia II. Antología del cuento dañado (Ediciones Libera, 2007); Ardiente coyotera (La Coyotera Ediciones, 2008) y Bragas de la noche (Colectivo Entrópico, 2008). Es autor del libro de cuentos Campanario de luz, (UAM, 2013), y de La espantosa y maravillosa vida de Roberto el Diablo (UAM, 2019). Es editor de la revista Casa del Tiempo de la UAM.
Clarice Lispector por Maureen Bisilliat en agosto de 1969. Creative Commons Attribution-Share Alike 4.0 International.

Estaba solo. Estaba abandonado, feliz, cerca del salvaje corazón de la vida.

James Joyce

PRIMERA PARTE

 

El padre…

 

La máquina de papá golpeaba tac-tac… tac-tac-tac… En el reloj sonó un din-don sin fuerza. El silencio se arrastró zzzzzz. ¿Qué decía el ropero?, ropa-ropa-ropa. No, no. Entre el reloj, la máquina y el silencio había una oreja que escuchaba, grande, rosada y muerta. Los tres sonidos estaban unidos por la luz del día y por el crujir de las hojas del árbol que se frotaban radiantes unas con las otras.

Con la cabeza apoyada en la ventana brillante y fría miraba el patio del vecino, el gran mundo de las gallinas-que-no-sabían-que-morirían. Como si estuviera cerca de su nariz podía sentir la tierra caliente, dura, tan olorosa y seca, donde bien sabía, bien sabía que uno que otro gusano se estiraba antes de ser comido por la gallina que las personas se comerían.

Hubo un momento grande, detenido, sin nada dentro. Dilató los ojos, esperó. No vio nada. Blanco. Pero de repente en un estremecimiento dieron cuerda al día y todo volvió a funcionar, la máquina trotando, el cigarro del padre humeando, el silencio, las hojas, los pollos desplumados, la claridad, las cosas reviviendo llenas deprisa como una tetera hirviendo. Sólo faltaba el dindón del reloj que tanto adornaba. Cerró los ojos, fingió escucharlo y al son de la música inexistente y ritmada se alzó en la punta de los pies. Dio tres pasos de baile muy leves, alados.

Entonces, súbitamente lo vio todo con disgusto, como si hubiera comido demasiado de aquella mezcolanza. “Ay, ay, ay…”, gimió bajito, cansada y luego pensó: ¿qué va a ocurrir ahora ahora ahora? Siempre en la siguiente gota del tiempo nada ocurría si ella seguía a la espera de lo que iba a ocurrir, ¿entiendes? Apartó ese pensamiento difícil distrayéndose con un movimiento del pie descalzo en el piso de madera polvoso. Frotó el pie espiando con el rabillo del ojo a su padre, esperando su mirada impaciente y nerviosa. Nada, sin embargo. Nada. Es difícil aspirar a las personas como la aspiradora de polvo.

—Papá, inventé una poesía.

—¿Cómo se llama?

—Yo y el sol. —Sin esperar mucho recitó—: “Las gallinas que están en el patio se han comido dos lombrices, pero no las vi”.

—¿Sí? ¿Qué es lo que tú y el sol tienen que ver con la poesía? —Ella lo miró un segundo. Él no había entendido…

—El sol está encima de las lombrices, papá, y yo hice la poesía y no vi las lombrices… —Pausa—. Puedo inventar otra ahora mismo: “Oh sol, ven a jugar conmigo”. Otra más grande: “Vi una nube pequeña pobre del gusano creo que no la vio”.

—Lindas, pequeña, muy lindas. ¿Cómo se hace una poesía tan bonita?

—No es difícil, sólo hay que ir diciéndola.

Ha vestido a la muñeca, la ha desvestido, la ha imaginado yendo a una fiesta donde brillaba entre todas las otras jovencitas. Un carro azul atropellaba el cuerpo de Arlete, la mataba. Después venía el hada y la hija vivía de nuevo. La hija, el hada, el carro azul no eran sino Joana, de lo contrario todo sería un fastidio. Siempre encontraba una manera de colocarse en el papel principal exactamente cuando los acontecimientos iluminaban a uno u otro personaje. Trabajaba seria, callada, los brazos a lo largo del cuerpo. No necesitaba acercarse a Arlete para jugar con ella. Incluso de lejos poseía las cosas.

Se divertía con los cartones. Los miraba un instante y cada cartón era un alumno. Joana era la profesora. Uno de ellos era bueno y el otro malo. Sí, sí, ¿y luego? ¿Y ahora ahora ahora? Y como siempre nada pasaba si ella… listo.

Inventó un hombrecito del tamaño de su dedo índice, de pantalones largos y corbata de moño. Ella lo llevaba en el bolsillo de la falda del colegio. El hombrecito era una perla del bien, una perla para la corbata, tenía una voz gruesa y decía desde el interior del bolsillo: “Majestad Joana, ¿podéis escucharme un minuto, sólo un minuto podéis interrumpiros en vuestra permanente ocupación?” Y declaraba después: “Soy vuestro siervo, princesa. Ordene lo que sea que yo lo haré”.

—Papá, ¿qué hago?

—Ve a estudiar.

—Ya estudié.

—Ve a jugar.

—Ya jugué.

—Entonces no molestes.

Echó una carrerita y se detuvo, espiando sin curiosidad las paredes y el techo que giraban y se desvanecían. Anduvo de puntitas, pisando sólo las tablas oscuras. Cerró los ojos y caminó, las manos extendidas, hasta topar con un mueble. Entre ella y los objetos había algo más, cuando agarraba esa cosa en la mano, como una mosca, y después espiaba —incluso teniendo cuidado para que nada escapara— sólo encontraba la propia mano, rosada y desilusionada. Sí, lo sé, ¡el aire, el aire! Pero de nada servía, no explicaba nada. Ése era uno de sus secretos. Nunca se permitiría contar, ni siquiera a papá, que no lograba agarrar “la cosa”. Todo lo que más valía, exactamente eso, ella no podía contarlo. Sólo decía tonterías con las demás personas. Cuando le decía a Rute, por ejemplo, algunos secretos, más tarde sentía rabia hacia Rute. Lo mejor era callar. Otra cosa: si tenía algún dolor y si mientras dolía ella miraba las agujas del reloj, entonces veía que los minutos contados en el reloj iban pasando y el dolor seguía doliendo. O si no, incluso cuando no le dolía nada, se quedaba frente al reloj espiando, y lo que ella no estaba sintiendo también era mayor que los minutos contados en el reloj. Ahora bien, cuando ocurría una alegría o una rabieta, corría hasta el reloj y observaba los segundos en vano.

Fue a la ventana, marcó una cruz en el pretil y escupió hacia afuera en línea recta. Si escupiera una vez más —ahora sólo podría hacerlo en la noche— el desastre no ocurriría y Dios sería tan amigo de ella, pero tan amigo que… ¿que qué?

—Papá, ¿qué hago?

—¡Ya te dije: ve a jugar y déjame en paz!

—Pero ya jugué, lo juro.

Papá rio:

—Pero el juego nunca termina…

—Sí termina.

—Inventa otro juego.

—No quiero jugar ni estudiar.

—¿Entonces qué quieres hacer?

Joana meditó:

—Nada de lo que sé…

—¿Quieres volar? —pregunta papá distraído.

—No —responde Joana. Pausa—. ¿Qué hago?

Esta vez papá explota:

—¡Date de topes con la pared!

Ella se aleja haciéndose una trencita en los cabellos lacios. Nunca nunca nunca sí sí, canta bajito. Uno de esos días aprendió a trenzarse el cabello. Va a la mesita de los libros, juega con ellos mirándolos desde lejos. Ama de casa marido hijos, verde es hombre, blanco es mujer, rojo puede ser hijo o hija.

¿“Nunca” es hombre o mujer? ¿Por qué “nunca” no es hijo ni hija? ¿Y “sí”? Oh, había muchas cosas completamente imposibles. Podía quedarse tardes enteras pensando. Por ejemplo: ¿quién dijo por primera vez esto: nunca?

Papá termina el trabajo y la encuentra sentada, llorando.

—Pero ¿qué es esto, hijita? —La toma en sus brazos, mira sin temor la carita ardiente y triste—. ¿Qué es esto?

—No tengo nada que hacer.

Nunca nunca sí sí. Todo era como el rumor del tranvía antes de adormecerse, hasta que se siente un poco de miedo y se duerme. La boca de la máquina se cerró como la boca de una vieja, pero venía aquello que apretaba su corazón como el rumor del tranvía, pero ella no iba a adormecerse. Era el abrazo de papá. Papá medita un instante. Pero nadie puede hacer nada por los demás, se justifica. La niña anda tan suelta, tan flaquita y precoz… Respira agitado, mueve la cabeza. Un huevito, eso es, un huevito vivo. ¿Qué va a ser de Joana?

 

 

 

El día de Joana

Es cierto que estoy hecha para el mal, pensaba Joana.

Si no, ¿qué sería aquella sensación de fuerza contenida, lista para reventar con violencia, aquella sed de usarla con los ojos cerrados, entera, con la seguridad irreflexiva de una fiera? ¿No era sólo en el mal donde alguien podía respirar sin miedo, aceptando el aire y los pulmones? Ni el placer me daría tanto placer como el mal, pensaba ella asombrada. Sentía dentro de sí un animal perfecto, lleno de inconsecuencias, de egoísmo y vitalidad.

Se acordó de su esposo, quien probablemente la desconocería en esa idea. Intentó recordar la imagen de Otávio. Mal, sin embargo. Sentía que, en cuanto él salía de casa, ella se transformaba, se concentraba en sí misma y, como si sólo hubiera sido interrumpida por él, seguía viviendo lentamente al filo de la infancia, lo olvidaba y se movía por los aposentos profundamente sola. Del barrio quieto, de las casas lejanas, no llegaban ruidos. Y, libre, ni ella misma sabía lo que pensaba.

Sí, ella sentía dentro de sí un animal perfecto. Le repugnaba tener que dejarlo suelto algún día. Por miedo tal vez a la falta de estética. O por el recelo de alguna revelación… No, no —se repetía—, es necesario no tener miedo de crear. A fin de cuentas, probablemente el animal le repugnaba porque aún existía en ella el deseo de agradar y de ser amada por alguien poderoso como la tía muerta. Para que después, sin embargo, la pisara, la repudiara sin contemplaciones. Porque la mejor frase, incluso desde muy joven, era: “la bondad me da ganas de vomitar”. La bondad era tibia y suave, olía a carne cruda guardada desde hacía mucho tiempo. Sin pudrirse por completo a pesar de todo. La refrescaban de vez en cuando, le echaban un poco de condimento, lo suficiente para conservarla como un pedazo de carne tibia y quieta.

Un día, antes de casarse, cuando aún vivía su tía, había visto a un hombre comiendo con gula. Había espiado sus ojos abiertos, brillantes y estúpidos, intentando no perderse ni el más mínimo sabor del alimento. Y las manos, las manos. Una de ellas agarrando el tenedor que atravesaba un pedazo de carne sanguinolenta —no tibia y quieta, sino vivísima, irónica, inmoral—, la otra crispada en la servilleta, arrugándola nerviosa con ansia por comer un nuevo bocado. Las piernas bajo la mesa marcaban el compás de una música inaudible, la música del diablo, de pura e incontenida violencia. La ferocidad, la riqueza de su color… Enrojecida en los labios y en la base de la nariz, pálida y azulosa bajo los ojos de niño. Joana se había estremecido horrorizada frente a su pobre café. Pero no sabría después si había sido por repugnancia o por fascinación y voluptuosidad. Por ambas seguramente. Sabía que el hombre era una fuerza. No se sentía capaz de comer como él, era sobria por naturaleza, pero esa demostración la perturbaba. La emocionaba también leer las historias terribles de los dramas donde la maldad era fría e intensa como un baño de hielo. Como si viera a alguien que bebe agua y descubriera que tenía sed, sed profunda y vieja. Tal vez sólo fuera falta de vida: estaba viviendo menos de lo que podía e imaginaba su sed pidiendo inundaciones. Tal vez sólo algunos tragos… Ah, he aquí una lección, he aquí una lección, diría la tía: nunca adelantarse, nunca robar antes de saber si lo que quieres robar existe en alguna parte, honestamente reservado para ti. ¿O no? Robar vuelve todo más valioso. El gusto del mal —masticar rojo, tragar fuego endulzado—.

No acusarme. Buscar la base del egoísmo: todo lo que no soy no puede interesarme, es la imposibilidad de ser más allá de lo que se es —sin embargo, yo me excedo incluso sin el delirio, soy más de lo que yo, casi normalmente—; tengo un cuerpo y todo lo que yo haga es continuación de mi comienzo; si la civilización de los mayas no me interesa es porque no hay nada dentro de mí que pueda unirse a sus bajorrelieves; acepto todo lo que viene de mí porque no tengo conocimiento de las causas y es posible que esté pisando lo vital sin saberlo; ésa es mi mayor humildad, suponía ella.

Lo peor es que ella podría marcar todo lo que pensara. Sus pensamientos eran, después de erigidos, estatuas en el jardín, y ella pasaba por el jardín mirando y siguiendo su camino.

Estaba alegre ese día, también bonita. Un poco de fiebre también. ¿Por qué ese romanticismo: un poco de fiebre? Pero la verdad es que yo tengo lo mismo: ojos brillantes, esa fuerza y esa debilidad, latidos desordenados del corazón. Cuando la brisa suave, la brisa de verano, golpeaba su cuerpo, todo él se estremecía de frío y de calor. Y entonces ella pensaba con mucha rapidez, sin poder parar de inventar. Es porque soy muy joven aún y siempre que me tocan o no me tocan, siento —reflexionaba—. Pensar ahora, por ejemplo, en estanques rubios. Precisamente porque no existen estanques rubios, ¿me entiende?, así se huye. Sí, pero los dorados por el sol, son rubios en cierto modo… Es decir, que en realidad no lo imaginé. Siempre la misma caída: ni el mal ni la imaginación. En el principio, en el centro final, la sensación simple y sin adjetivos, tan ciega como una piedra rodando. En la imaginación, que ella sólo tiene a fuerza del mal, sólo la visión engrandecida y transformada: debajo de ella la verdad impasible. Se miente y cae en la verdad. Incluso en la libertad, cuando escogía alegre nuevas veredas, las reconocía después. Ser libre era perseguirse hasta el final, y encontrar ahí de nuevo el camino trazado. Ella sólo vería lo que ya poseía dentro de sí. Perdido por el gusto de imaginar. ¿Y el día en que lloré? —había también cierto deseo de mentir—, estudiaba matemáticas y súbitamente sentí la imposibilidad tremenda y fría del milagro. Veo por esa ventana y la única verdad, la verdad que no podría decir a aquel hombre, abordándolo, sin que él huyera de mí, la única verdad es que vivo. Sinceramente, vivo. ¿Quién soy? Bueno, eso ya es demasiado. Recuerdo un estudio cromático de Bach y pierdo la inteligencia. Él es frío y puro como el hielo, sin embargo, se puede dormir sobre él. Pierdo la conciencia, pero no me importa, pues encuentro la mayor serenidad en la alucinación. Es curioso que no sepa decir quién soy. Quiero decirlo, lo sé, pero no puedo decirlo. Sobre todo, tengo miedo de decir, porque en el momento en que intento hablar no sólo no expreso lo que siento, sino que lo que siento se transforma lentamente en lo que digo. O bien, lo que me hace actuar no es lo que siento, sino lo que digo. Siento quien soy y la impresión queda alojada en la parte alta del cerebro, en los labios —principalmente en la lengua—, en la superficie de los brazos y también corriendo dentro, muy dentro de mi cuerpo, pero dónde, dónde incluso no sé decirlo. El sabor es gris, un poco enrojecido, en los pedazos viejos un poco azulado, y se mueve como gelatina, lentamente. A veces le sale punta y me hiere, clavándose en mí. Muy bien, ahora a pensar en el cielo azul, por ejemplo. Pero, sobre todo, ¿de dónde viene esa certeza de estar viviendo? No, no estoy bien. Pues nadie se hace estas preguntas y yo… Y es que basta con callar para sólo mirar, debajo de todas las realidades, la única irreductible, la de la existencia. Y debajo de todas las dudas —el estudio cromático— sé que todo es perfecto, porque siguió de una escala a otra el camino fatal en relación consigo mismo. Nada escapa a la perfección de las cosas, ésa es la historia de todo. Pero eso no explica por qué me emociono cuando Otávio tose y se lleva la mano al pecho, así. O bien, cuando fuma, y la ceniza le cae en la barba, sin que se dé cuenta. Ah, es piedad lo que siento entonces. La piedad es mi forma de amar. De odiar y de comunicar. Es lo que me sustenta contra el mundo, así como hay quien vive por el deseo o por el miedo. Piedad de las cosas que suceden sin que yo lo sepa. Pero estoy cansada, a pesar de mi alegría de hoy, alegría que no se sabe de dónde viene, como la de la manzanita de verano. ¡Estoy cansada, ahora extremadamente! Vamos a llorar juntos, bajito. Por haber sufrido y continuar tan dulcemente. El dolor cansado en una simple lágrima. Pero ahora ya es deseo de poesía, eso lo confieso, Dios. Durmamos tomados de la mano. El mundo gira y en alguna parte hay cosas que no conozco. Durmamos sobre Dios y el misterio, nave quieta y frágil flotando sobre el mar, éste es el sueño.

¿Por qué ella estaba tan ardiente y ligera, como el aire que viene del fuego que se desata? El día había sido igual a los otros y tal vez de ahí viniera la acumulación de la vida. Había despertado llena de la luz del día, invadida. Aún en la cama, había pensado en arena, el mar, en beber agua del mar en casa de la tía muerta, en sentir, sobre todo sentir. Esperó algunos segundos sobre la cama y, como no ocurría nada, vivió un día común. Aún no se liberaba del deseo-poder-milagro, desde pequeña. La fórmula se realizaba tantas veces: sentir la cosa sin poseerla. Sólo era preciso que todo la ayudara, que la dejara ligera y pura, en ayuno para recibir la imaginación. Difícil como volar y, sin apoyo para los pies, recibir en los brazos algo extremadamente precioso, un niño, por ejemplo. Pero sólo en un punto determinado del juego perdía la sensación de que estaba mintiendo —y tenía miedo de no estar presente en todos sus pensamientos—. Quiso el mar y sintió las sábanas de la cama. El día continuó y la dejó atrás, sola.

Incluso acostada, se había quedado silenciosa, casi sin pensar, como le ocurría a veces. Observaba ligeramente la casa llena de sol a aquella hora, los vitrales altivos y brillantes como si ellos mismos fueran la misma luz. Otávio había salido. Nadie en casa. Y de alguna manera, nadie dentro de sí misma, que podía tener los pensamientos más disociados de la realidad, si así lo quisiera. Si yo me viera en la Tierra desde las estrellas, cuidaría sólo de mí. No era de noche, no había estrellas, imposible mirarse a esa distancia. Distraída, recordó entonces a alguien —grandes dientes separados, ojos sin pestañas—, hablando muy seguro de su originalidad, además de sincero: mi vida es tremendamente nocturna. Después de decirlo, ese alguien se quedaba parado, quieto como un buey por la noche; de vez en cuando movía la cabeza, en un gesto sin lógica ni finalidad, para después volver a concentrarse en la estupidez. Llenaba todo el mundo de espanto. Ah, sí, conocía al hombre desde su infancia y junto a su recuerdo estaba un ramo húmedo de grandes violetas, temblorosas por exuberantes… En ese instante ya más despierta, si lo quisiera, con un poco más de abandono, Joana podría revivir toda su infancia… El breve tiempo de vida junto a su papá, la mudanza a casa de su tía, el profesor enseñándole a vivir, la pubertad elevándose misteriosa, el internado… el matrimonio con Otávio… Pero todo eso era mucho más breve, una simple mirada sorprendida agotaría todos esos hechos.

Era un poco de fiebre, sí. Si existiera el pecado, ella habría pecado. Toda su vida había sido un error, irrelevante. ¿Dónde estaba la mujer de la voz?

¿Dónde estaban las mujeres sólo hembras? ¿Y la continuación de lo que ella había iniciado cuando fue niña? Todo era sólo un poco de fiebre. Resultado de aquellos días en que vagaba de un lado a otro, repudiando y amando mil veces las mismas cosas. Resultado también de aquellas noches que vivían oscuras y silenciosas, con las pequeñas estrellas parpadeando en lo alto. La niña extendida sobre la cama, con un ojo vigilante en las sombras. La cama blanquecina nadando en la oscuridad. El cansancio avanzando en su cuerpo, la lucidez huyendo hacia el polvo. Sueños raídos, comienzos de visiones. Otávio viviendo en otro cuarto. Y de repente toda la languidez de la espera concentrándose en un movimiento nervioso y rápido del cuerpo, el grito mudo. Frío después, y sueño.

 

Nota: Agradecemos al FCE (Fondo de Cultura Económica) por facilitarnos este adelanto de dos capítulos del próximo libro a publicarse de Clarice Lispector titulado “Cerca del corazón salvaje”.


Autores
Chaya Pinjasovna Lispector, luego llamada Clarice Lispector ( Ucrania; 10 de diciembre de 1920–Río de Janeiro, Brasil; 9 de diciembre de 1977), fue una periodista, reportera, traductora y escritora de novelas, cuentos, libros infantiles y poemas. Es considerada una de las escritoras latinoamericanas más importantes del siglo XX.
Reese Witherspoon at the 83rd Academy Awards Red Carpet IMG_1306 Autoría: Mingle MediaTV

para Dasser y Zyanya,

expertos en estilo

 

El año pasado, tras un periodo de aburrimiento, decidí pintarme el cabello por primera vez. Inspirado en Cat Power, quien se tiñó de rubia después de una relación fallida y al poco tiempo lanzó al mercado un álbum electrónico y efervescente (Sun, 2012), escribí a D., quien me corta el pelo desde hace años, para preguntarle si podía hacerme gris, acero, nada muy oscuro ni en exceso claro. Mi novia puede, me respondió. El jueves siguiente pasé nueve horas en un salón de belleza, esperando convertirme en otra persona. Al mismo tiempo, en otra parte del mundo, el cantante británico James Blake también se pintaba el cabello, ¿señal de qué?, me pregunté. Z., la novia de D., colorista, fue paciente, me dijo que se había teñido ella misma desde los dieciséis años y que, tras cambiar el color del cabello, uno no vuelve a ser el mismo. Me tomó meses comprobarlo. Ese día, sin que yo lo sospechara, comenzó el inicio de una transformación lenta, porque, debí advertirlo, el color plata es muy difícil de mantener y cuatro semanas más tarde, lo que comenzó de un tono devino en otro: el rubio oxigenado.

Durante años, como Anna Wintour, llevé el mismo corte de pelo, pero tras la universidad empecé a experimentar con todo tipo de estilos y peinados, desde el mohicano a la punk hasta el tupé a la Elvis, que disfruto hacer a pesar de que se deshaga con el viento y la lluvia. Los peinados duran poco, pero el tinte me ha durado meses. Mi terapeuta dice que mi experimentación con el cabello tiene que ver con la asimilación de pequeños cambios y crecimientos en mi vida personal; al verme llegar con el pelo rubio, se sorprendió. ¿Qué clase de mutación interna estaba ocurriendo en mí? Ya no sé quién soy, le decía yo, cada día amanezco con un tono de rubio diferente. En cuestión de días, del rubio oxigenado pasé al rubio cenizo y más tarde, cuando me agoté, compré en el supermercado un castaño claro que me apliqué yo mismo y que también, tras unas semanas, se degradó. Entre un tinte y otro, he olvidado cuál es mi color de cabello original, he sufrido una mutación química que me costará tiempo revertir. Hay que esperar a que el cabello nuevo crezca y mientras se espera, ¿qué se hace?

Se piensa, quizá, en Reese Witherspoon y su Legalmente rubia, que este año cumple veinte. Durante años, Reese Witherspoon ha mantenido el mismo tono de cabello y también el mismo tipo de personajes. Es probable que Elle Woods sea el más famoso de ellos. Una rubia estereotipada, que nadie cree capaz de entrar a Harvard a estudiar derecho después de que su novio la deja. Con ambición e inteligencia, deja a todos boquiabiertos. ¿Quién pensaría que ella se convertiría en la mejor de la clase? Hace poco alguien me dijo que Reese Witherspoon era una mala actriz. Lo dudé. Me pregunto si la lectura que se hace de su personaje en Legalmente rubia se extiende a su carrera como actriz. Si, como a Elle Woods, hay gente que no la cree capaz de encarnar personajes más complejos. Si lo rubio pesa de más. Para su papel como June Carter en Walk the Line le cambiaron el pelo a castaño y se ganó el Óscar (inmerecido, en mi opinión, porque Felicity Huffman estuvo mucho mejor en Transamerica). Me pregunto si el color de cabello determina el destino, si los procesos mentales, mi terapeuta dixit, van de la mano con el estilo, el corte y el peinado.

Cuando pienso en Witherspoon pienso en personajes ambiciosos. Antes de Elle Woods estuvo Tracy Flick (en Election de Alexander Payne, 1999). Un personaje irritante y determinado, una estudiante de preparatoria que busca ser la presidenta de la clase y le pasará por encima a todos; la actuación convence por la delirante actitud de la actriz, pero también por la elección de peinado: un rubio corto y echado hacia atrás, mostrando la cara, dando la cara frente a la competencia. Más recientemente está Madeline Martha Mckenzie, en una de mis series favoritas: Big Little Lies (Jean-Marc Vallée, 2017). La madre de familia californiana, rica, que montará a toda costa una obra en el teatro local, desafiando la moral dominante. La actriz se mantiene fiel al rubio. Nadie cree que pueda ser capaz, pero lo hace al final. ¿Qué clase de ambiciones tenía yo cuando fui rubio? Quizá ninguna. Dejé pasar la mutación como cualquier otra, como una gripe que viene y se va. Lo cierto es que, como bien dijo Z., ya no fui el mismo después del tinte y mi existencia fue otra. A menudo imaginaba que mi cabello era de color diferente, pero tras verme al espejo comprobaba que el rubio seguía ahí, haciendo efecto. Mis amigos se sorprendían. Uno incluso llegó a confesarme meses después que ese color no me quedaba nada bien, ¿habré sido tonto a sus ojos?

Estos días, tras una gran decepción en mi vida personal, he decidido no cortarme el pelo, sino dejarlo crecer. Quiero hacer un chongo y mirar Wild (también Jean-Marc Vallée, 2014), en mi opinión, el mejor papel de Witherspoon. ¿Qué puede hacer uno tras una larga decepción sino volcarse a la catarsis? En Wild, la actriz experimenta el dolor y la pérdida, atraviesa a pie, de norte a sur, los Estados Unidos. Se enfrenta a la lluvia, al aislamiento, a la deshidratación, se hiere las piernas por la caminata, fue adicta a la heroína, no puede establecer contacto con nadie, hay que llegar a la frontera con México a toda costa. Hace poco leí un artículo en donde Reese confesaba que el de Wild había sido el personaje que más le costó hacer y que la experiencia de filmar esa cinta la había cambiado, cito, “a un nivel celular”. Lejos del glamour de Legalmente rubia, la actriz se enfrenta a un personaje que se destruye a sí mismo. Y no es difícil imaginar que el pelo, en esta ocasión, no determina nada. Al recordar algunas escenas, imagino el cabello de ese personaje: sucio, desordenado; a veces es mejor no pensar en exceso, irse, olvidarse del peinado que lleva uno.

Dejar de pensar en el cabello, en su modelado y textura, implica concentrarse en un proceso interno, en algo que no se modifica con spray ni con secadora ni con cera mate, en algo que no está al alcance de las tijeras ni la navaja. En eso que no se puede cortar.

Por eso estos días voy a dejar que mi cabello tome su propia forma. Llevo ahora un tinte negro y estoy determinado a ser paciente, a que regrese mi tono original. No recuerdo ya mis días de rubio, lo olvidé todo, no recuerdo ni siquiera el mohawk. No tengo la opción de atravesar de norte a sur los Estados Unidos, aunque me gustaría. Planeo, en cuanto pueda, hacer un viaje largo con mochila y botas, entregarme, como hace años, a la experiencia del pelo graso, libre, en un país extranjero. Podría hacer cualquier cosa. Empezar a creer en la astrología. Mi signo es Capricornio y su imagen es la cabra. La cabra es obstinada, sube montañas y no se agota. Tengo una reserva de energía extra y no la ocuparé de más pensando si mi cabello se orienta hacia izquierda o derecha. Como a Reese Witherspoon, a mí los últimos años, sus ires y venires (y sus innumerables estilos, casi todos hechos gracias al talento de D. quien, juro, es el mejor para cortar cabello en esta ciudad) también me han cambiado a un nivel celular. ¿Qué tanta seguridad he ganado con el tiempo gracias a las habilidades de D. con las navajas y los peines? El cambio más grande es ese que uno no decide. En el salón de corte, llego con él y le digo: haz lo que quieras. Puedes traer a Reese Witherspoon a que me pinte el pelo, de verdad, lo que sea. Veinte años de Legalmente rubia y pienso si volveré a ser rubio, ¿cuándo será eso? Miré la película muchas veces entre los siete y los once años. Es un clásico de las chick flicks. No sé qué tanto tomé de la determinación de Elle Woods, pero al final, sin sospecharlo, tomé su cabello. Oxigenado, cenizo, los rubios son tonos para dejarse llevar.

Coda: D. y Z. hacen maravillas con el pelo. Puedo pasar su contacto en privado.


Autores
Cristian Lagunas (Metepec, 1994) es licenciado en Letras Hispánicas por la Universidad Autónoma Metropolitana. Ha recibido las becas del Fondo para la Cultura y las Artes del Estado de México (2014) y de la Fundación para las Letras Mexicanas (2018-2020), en el área de narrativa. Cursó el Programa de Escritura Creativa en la Universidad del Claustro de Sor Juana. Obtuvo el Premio Nacional de Cuento Joven Comala 2020.
Ilustración realizada por Mariana Martínez

 Se ruega ser conciso y seleccionar los datos,

convertir paisajes en direcciones

 y recuerdos confusos en fechas concretas.

 De todos los amores basta con el conyugal,

los hijos: sólo los nacidos. […]

 Escribe como si jamás hubieras dialogado contigo mismo

y hubieras impuesto entre tú y tú la debida distancia.

“Escribiendo el currículum” Wislawa Szymborska

 

Hace un tiempo un amigo mío me llamó por teléfono para contarme que había recibido una distinción literaria en Estados Unidos. No cabía de la emoción. Una mención honorífica, la publicación de un libro al que había dedicado varios años de trabajo, la distribución de sus textos en otro país. El panorama era excelente. Cuando le dio la noticia a su familia, su mamá añadió satisfecha y epigramática: “tu papá se ganó algo de dinero con dos cachitos de la lotería, yo me saqué una televisión en una rifa la semana pasada. A todos nos está yendo bien con los premios este año”. Él no pudo sino imaginarse la semblanza de sus padres con esos datos. Arturo Martínez (Rayones, 1958), suertudo de la lotería, jubilado, mantiene una colección de tazas del mundo. Magda Zúñiga (Sabinas Hidalgo, 1962), ganadora de rifas, ama de casa, especialista en flan napolitano. ¿Quién dijo que atraer la buena suerte no podía concebirse como otra forma de talento?

La semblanza, sea de quien sea, pertenece a ese género de la escritura afanado en hacer sonar cualquier cosa más importante de lo que es en realidad. Como el currículum vitae, corresponde a un oficio selectivo. Lees “se ganó tal premio”, faltaría añadirle “aunque todavía no se lo han pagado”. Lees “escribió fulano libro”, pero se oculta “aunque sigue atorado en el proceso editorial desde hace catorce meses”. Lees “estudió tal carrera”, mas nadie precisa “porque abandonó otras dos que le resultaron muy difíciles”. Quizá por la fatiga de vernos obligados a contenernos en un párrafo selfie, mostrando nuestro mejor ángulo, terminamos escribiendo lacrimosas autobiografías donde sí hay decepciones, lamentos y corajes. Todo eso que les falta a las semblanzas.

Como observar a una persona constreñida en cinco líneas me provoca una sensación de claustrofobia, he desarrollado una manía morbosa por enterarme de los otros oficios de mis conocidos; lo que nadie revela en sus cartas de presentación, pero late en su pasado. Animador de un grupo de rock católico, princesa de fiestas infantiles, profesor de chachachá: aunque practicantes de estos quehaceres, mis colegas prefieren mostrarse ante el mundo como traductores, especialistas en letras clásicas, doctores en filosofía. Mi interlocutor favorito dice que mentir en el currículum, incluso por omisión, no significa engañar sino comenzar a ser la persona que quieres. Más que una constatación, es un proyecto.

Me gusta pensar en todos los trabajos más allá de los certificados: ¿cómo serían nuestras semblanzas laborales si refiriéramos pormenorizadamente aquello por lo que hemos cobrado y no necesariamente lo que podemos comprobar1? Aunque rehúyo a la lectura de las biografías de mis autores predilectos, entiendo a los que se entusiasman al saber que Francisco Tario, además de magnífico narrador, fue portero del Club Asturias. Paradójicamente, sentimos que en la discrepancia y el absurdo se dibuja un retrato más fiel de un ser humano.

Hay quienes tratan, a mi parecer catastróficamente, de inyectar algo de vida a las semblanzas. Después del nombre, ciudad y año de nacimiento, ofrecen un apunte misceláneo: “paseante errabundo, estudió en la universidad de la calle” o “le gustan los gatos, el café, el olor del asfalto después de una tarde lluviosa2”. Conforman características que, más que preferencias íntimas, en esta época casi podrían constituir obligaciones morales. Aunque alejados del aspecto laboral, esos datos siguen inscritos en una voluntad netamente gremial, la expectativa de ser para los otros. Si en una presentación ante un auditorio es vergonzoso que el moderador lea una semblanza no actualizada3, más incómodo resulta escuchar las autocalificaciones de este tipo en voz de otro, un acto de desdoblamiento tan singular que podría considerarse en el mundo del espectáculo como digno y logrado ejemplo de ventriloquía.

Por eso sospecho que el gran problema de las semblanzas radica en que actualmente son escritas por quien las protagoniza. Apreciadas sólo en su calidad de espejos están condenadas a la indiferencia. Les falta la mirada ajena que no le tema a la observación puntual e imaginativa. Pienso, por ejemplo, en la que Borges hace de Snorri Sturluson en su ensayo sobre las kenningar: “famoso como historiador, como arqueólogo, como constructor de unas termas, como genealogista, como presidente de una asamblea, como poeta, como doble traidor, como decapitado y como fantasma”. La semblanza de invención histórica rehúye a los reflejos y, por ello, capta una imagen particularmente nítida. ¿Acaso no son eso las Vidas imaginarias de Marcel Schwob? Semblanzas transformadas en literatura: a la vez poema, cuento, biografía, mito, murmuración. Ya lo muestra su índice de relatos inclasificables: “Empédocles, supuesto dios; Heróstratos, incendiario; Clodia, matrona impúdica; Frate Dolcino, hereje; William Phips, pescador de tesoros; El mayor Stede Bonnet, pirata por capricho”. Calificar a un ser humano con dos palabras pasa de ser un ejercicio reduccionista a uno de síntesis, labor cercana a la poesía.

Me pregunto si acaso nadie está capacitado para autonombrarse, si sólo los ojos ajenos son competentes en regalar ese apelativo preciso de quien fue doble traidor, fantasma o supuesto dios. ¿Cómo nos relataríamos a nosotros mismos si hiciéramos de ese simulacro de desconocimiento una oportunidad creativa? No sé si nos es posible disociarnos a tal grado de simular una mirada después de la muerte, el deslinde absoluto. Quizá resulte necesario ver como solían hacerlo los ojos de la antigüedad, sin discriminar realidad de la ficción; con una mirada precientífica que no sólo registraba datos, sino transmitía la sensación global de una persona sublimada: “Semíramis, reina de Asiria, construyó una muralla y al morir ascendió al cielo en forma de paloma”. Ojalá, por mera justicia poética, alguien se atreviera a convertir a nuestros políticos en bestias o monstruos mitológicos en sus propias biografías.

Me reconforta pensar que incluso géneros de la vigilancia y el papeleo como la semblanza y el currículum pueden albergar un poco de imaginación. Aunque a nosotros nos esté vedado contemplar nuestra vida con una mirada global, fabricar antisemblanzas es un sano deporte, muy necesario para aligerar el peso de los mármoles, las estatuas y las estelas pomposas con las que nos tenemos que presentar ante el mundo. Errores, fracasos, malas decisiones. Después de leer cualquier retrato, uno debería de reconstruir lo no dicho como si tuviésemos ante nosotros el negativo de una fotografía. En tiempos en los que no hacemos otra cosa más que lanzarnos cartas de amor a nosotros mismos en forma de imágenes obsesivamente arregladas que circulan por la red, con instituciones voraces que exigen dedicar la vida a una sobreproducción enfermiza, parece necesario reconciliarnos con nuestro tedio y nuestro silencio; dejar a un lado la compulsión por la semblanza que parece colarse en todo espacio como una intrusa: redes sociales, primeras citas, cartas de presentación. A veces somos más un signo de interrogación que un enunciado declarativo. En un mundo obsesionado por las opiniones, se diluyen los territorios destinados a las dudas. Presiento que cuando menos nos importa ser alguien y suspendemos ese pacto diabólico que nos compromete a moldearnos una máscara a cada instante, nace el radiante germen de nuestra vida imaginaria en curso.


Autores
(Ciudad de México, 1993). Ensayista y docente. Ha sido beneficiaria de las becas de la Fundación para las Letras Mexicanas y el programa "Jóvenes creadores" del FONCA. Ha recibido diversas distinciones, una de las más recientes es el Premio Nacional de Ensayo Joven "José Luis Martínez" 2020.
Ilustración realizada por Mariana González

Los operadores de la computadora Xerox Sigma V en el Laboratorio de Investigación de Materiales de la Universidad de Illinois, Estados Unidos, asignan a un joven Michael Hart (1947-2011) la administración de una cuenta con 100 millones de dólares en tiempo de ordenador.

A partir de los recursos en el laboratorio, las 100 personas que habitan la incipiente web en 1971 esperan aportes valiosos en la historia de la informática. El 4 de julio de ese mismo año, Hart envía un mensaje de 5 kilobytes a los usuarios; un tamaño que supera el ancho ínfimo de la banda, lo que provoca una implosión en la red.

En un segundo intento, se difunden instrucciones de acceso al contenido. Había que montar un paquete de discos de cinco megabytes, de los cuales el archivo que debe descargase ocupa el dos por ciento. De esa manera, seis personas atestiguan el origen del formato que acercaría la literatura a millones de usuarios en Internet.

** Bienvenidos al mundo de los textos electrónicos sencillos y gratuitos, legibles tanto por humanos como por computadoras desde 1971. ** El eText#1 es el primer texto digital en la historia de la web. Se trata de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos, transcrita por Hart, quien, al subir una versión digital del conjunto de páginas encuadernadas, concibe la posibilidad de desplegar el libro tradicional en un clic.

Con esta idea también surgen los hipervínculos, herramientas que dirigen una lectura hacia más archivos y complementan una primera consulta; de la misma forma que se hace en las bibliotecas, luego de interpretar un texto.  Acercarse a la literatura clásica exige un vínculo estrecho con el acervo de los recintos culturales; tras 50 años del eText#1, es posible vivir una extensión de esta experiencia y construir un espacio virtual sin límites con los libros electrónicos.

Tecnología replicadora

Michael Hart asegura que ha recuperado los 100 millones de dólares del laboratorio cuando crea el eText#1. El pionero en eBook determina que el valor de las computadoras se basa en el potencial que tienen para el almacenamiento, la recuperación y la búsqueda de las obras en las estanterías.

Estas capacidades se explotan al “fomentar la creación y distribución de libros electrónicos”, como se lee en el ensayo de Hart, escrito en 1997. Desde entonces, él y los de voluntarios transcriben tomos libres de derechos de autor, según las leyes de Estados Unidos. Sobre esas bases, se erige el Proyecto Gutenberg.

Continuar la misión del Proyecto ha sido una tarea titánica; debido a la cantidad de transcripciones, se desarrollan los textos en ASCII, el código estándar estadounidense para el intercambio de datos, disponible en cualquier ordenador; pero lograr que los libros digitales llegaran a una audiencia mundial fue posible con la “Tecnología Replicadora”:

Si un texto o cualquier otro documento (imágenes o sonidos) se almacenan en una computadora, un sinfín de copias estará disponible. El eBook fue considerado por Hart un nuevo medio de comunicación, uno que podría propagar el contenido hacia nuevas fronteras y adaptarse a la lengua del lector o la obra.

Si bien el contacto con los libros en papel se ha modificado; en su lugar surge la idea del texto electrónico, el medio donde la gente transmite la literatura clásica de su comunidad y crea archivos a la espera de ser consultados por las nuevas generaciones.

Cualquier persona tiene autorización de donar los eBooks que propone y edita para las estanterías de la página; así se cumple uno de los pilares del Proyecto Gutenberg que ha inspirado a miles de participantes, pues en esta biblioteca digital, todos tienen lugar.

El tratado del voluntario

Los lectores en España y México, que representan el mayor porcentaje de visitas en el sitio junto a Estados Unidos, demuestran su interés por manifestar parte de su identidad en el Proyecto; sin embargo, el código ASCII solo contempla las características del alfabeto latino, presente en el inglés moderno.

Reproducir libros escritos en otras lenguas diferentes a la inglesa, es posible con el código UTF-8, creado para decodificar una amplia gama de idiomas; de esa forma, la audiencia en España y México escriben los caracteres multilingües que facilitan una transcripción 99% fiel a las ediciones físicas.

El UTF-8 asegura un acervo pluricultural, donde se halla la actual colección de 49 libros sobre la civilización maya, con fragmentos escritos en lengua originaria. Hasta el presente año hay una selección de seis autores dedicados a recopilar libros respecto a la cultura maya. De esta forma, el Proyecto Gutenberg permite a los voluntarios mantener vivos los relatos de este y otros pueblos.

Los esfuerzos de los participantes alrededor del mundo han derivado en 60 mil libros electrónicos gratuitos. Las lecturas se dividen en clasificaciones similares a las que un coleccionista implementaría en las secciones de una biblioteca personal. Literatura ligera, como Alicia en el país de las maravillas, o Las felices aventuras de Robín Hood, dirigida al público en general.

Literatura pesada, abarca desde la Biblia hasta Shakespeare, Moby Dick, y Ulises. Contenidos idóneos

para la audiencia madura.

Referencias, la colección de almanaques y un conjunto de

enciclopedias y diccionarios.

Las categorías aún crecen bajo la dirección de Gregory B. Newby, quien continúa con el trabajo colectivo en la edición de los eBooks. En este proceso editorial, los amantes de los libros emprenden un viaje en el cual se convierten en editores, y finaliza cuando comparten las narraciones que los apasionan, es decir, partes de sí mismos. Aquellos pasajes avanzan mediante las emociones que reviven, llegan hasta el final de una historia; pero al cerrarse el libro, se transforman en fragmentos de los lectores.

¿No es esa una de las consecuencias de acudir a los ejemplares de las bibliotecas? A través de las páginas subrayadas por usuarios anteriores, puede leerse el alma de los demás. Estas palabras resaltadas conmueven a las personas y conforman un tratado sobre la otredad; un recordatorio de que, al sumergirse en las ficciones de las estanterías, uno experimenta la complejidad del ser humano. Hart captura esta esencia en el desarrollo del Proyecto Gutenberg.

El legado de Hart también es una forma de visibilizar diversas tradiciones literarias y democratizar el registro del pasado. Representa una oportunidad para que los voluntarios reescriban la historia con los vestigios de las voces que fueron acalladas; y así concederles un eco que se repetirá eternamente, hacia el futuro

La extensión del intelecto

La trascendencia del Proyecto recae en su cercanía con la sociedad de la información, entendida como el auge tecnológico en los medios digitales de almacenamiento, enfocados a difundir, generar y procesar datos a gran escala (Ileana, Sánchez, 2016).

Una plataforma que guarda la cultura universal exige a su audiencia saltar al siguiente peldaño, pensar en qué hacer con los registros que acumulan. Quizá el mayor aporte de Hart es haber construido un portal hacia la sociedad del conocimiento, conformada por gente en búsqueda de las fuentes pertinentes para resolver los problemas en un esfuerzo colectivo (Tobón, Guzmán, Hernández, Cardona, 2015).

Depende de los lectores incluir al Proyecto en las soluciones del presente. La mejor forma de lograrlo en este contexto adverso se encuentra en la función de un libro, la extensión de las ideas que desbordan a los seres humanos.

Marshal McLuhan (1911-1980) afirma en Comprender los medios de comunicación, las extensiones del ser humano (1964), que las capacidades corpóreas se maximizan por medio de avances científicos. El resultado es un equilibro con los demás sentidos y complementos tecnológicos.

Si estas herramientas, cada vez más sofisticadas como los dispositivos inteligentes, perfeccionan las habilidades de las personas y ayudan a sortear un entorno determinado; los libros digitales son extensiones del intelecto y la naturaleza humana, pues representan herencias culturales que dan sentido a la memoria de un pueblo.

Cuando los libros físicos sean reliquias en los museos, los eBooks traerán de vuelta los relatos fundacionales de la humanidad. Las lecturas de millones de personas se unificarán bajo una versión electrónica, lista para reproducirse una y otra vez.

En 1971 un hipervínculo transformó la forma en que se leía, y al igual que entonces será suficiente seguir un enlace para acceder a distintos documentos sobre el mismo tema, estas improntas serán útiles ante un porvenir incierto y estarán disponibles en la biblioteca universal más antigua de Internet:

  El Proyecto Gutenberg.

Fuentes:

http://ru.ffyl.unam.mx/bitstream/handle/10391/5405/EPriani_IGalina_Libro_electronico_2015_2016.pdf?sequence=1&isAllowed=y

https://upload.pglaf.org/

https://www.gutenberg.org/files/20205/20205-h/20205-h.htm

https://semioticaderedes-carlon.com/wp-content/uploads/2018/04/McLuhan_Marshall__Comprender_los_medios_de_comunicacion.pdf

http://ve.scielo.org/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1011-22512015000200002

https://www.redalyc.org/pdf/421/42118502.pdf

 


Autores
Diego Durán nació en la CDMX en 1996. Egresado de la licenciatura en Ciencias de la Comunicación y Periodismo, en la Facultad de Estudios Superiores Aragón (UNAM). Ha colaborado en medios de comunicación periodísticos y culturales como Chilango, Tierra Adentro, Fondo de Cultura Económica, Grupo Expansión e Infobae.
Estatua de Marcel Proust, acostado, en el interior del castillo de Breteuil. Autor: https://commons.wikimedia.org/wiki/User:ManoSolo13241324

La memoria nos hace girar la cabeza hacia el (según nuestra construcción geopsicológica) camino recorrido, la estela dejada atrás a la que nunca volveremos, no, al menos, físicamente. Sin embargo, la memoria es engañosa y creativa, así como también lo dice Carlos Fuentes en  La gran novela latinoamericana (Alfaguara, 2011), pues señala que “releer es un acto de re-creación”. Volver a algo, el acto de lo “re”, del Regreso, de re-cordare, volver a hilar ese cordón cuya etimología lo acerca al corazón. Recordar es seguir el hilo hacia ese aparente “atrás” hasta el momento atesorado, que no se difumina aunque el lector singular, el lector aparente, tú, lector (no hipócrita, no exageremos), fantasee con los artefactos narrativos de Eternal Sunshine of the Spotless Mind (Gondry, 2004). Por supuesto, esto no significa que la memoria sea eterna, la reina triunfante que jamás se apaga. La enfermedad y la muerte pueden con ella.

Nos gusta pensar en lo imperecedero, soñamos con monumentos, con arquitecturas que atraviesen milenios. Creemos que el libro permanecerá, que la palabra en la hoja es similar a los petroglifos de milenios atrás. Nos resistimos, como especie, a dejar el pasado en la lejanía. El arte es, pues, uno de los mecanismos más certeros y delicados para re-memorar lo “ya ido”.

Marcel Proust es bien conocido por cualquier lector que se precie de andar algunos años devorando historias, versos y tramas. Esto no significa que sea leído con asiduidad, aunque su fama lo preceda. Ocurre algo similar con James Joyce, cuyo Ulysses posee los adjetivos de “difícil”, “incomprensible”, sin olvidar el “intragable”. Sin embargo, Marcel Proust no escribió libros que fueran intragables por su forma, ni tampoco por la “aparente nulidad del argumento”. Lo que hizo Proust fue devenir desde su persona hasta hacer caer en la hoja a Marcel, y a los personajes que, de una u otra manera, circundaran su magna obra, aún sin proponérselo. Todo esto, y no hay que olvidarlo, por medio de una prosa simbolista, cercana a las corrientes impresionistas, llenas de elipsis y rodeos que pueblan de manera indirecta las descripciones y la acción de personajes profundos y contradictorios.

En busca del tiempo perdido (1913-1927) es, de cierta manera el escritor Marcel Proust, y también su magno legado, aunque no fue todo lo que escribió. Algunos críticos piensan que su obra anterior, de Los placeres y los días a Contra Saint-Beuve, pasando por Jean Santeuil, parecía encaminada hacia la conformación de lo que terminarían siendo siete volúmenes editados por Grasset, y luego Gallimard; su novela vivificada, su obra convertida en exorcismo, pues para quien se enfrente a las novelas de Proust se dará cuenta de la aparente disociación entre el hombre y el escritor.

Hablar en extenso de las novelas de Proust, de la septología, es una tarea ardua, y no es esto lo que me atañe, sin embargo, hay que decirlo, todo gira alrededor de sus monumentos a la memoria, el simbolismo y el alma humana, el sueño, lo perdido y también lo nefasto, lo decadente, aunque Proust se alejara del realismo más insidioso, el heredado por Zolá. Y a todo esto, ¿hay alguna manera de hacerse con la obra de una manera más ligera, de encontrar el hilo conductor que lleve a la lectura cuasi imposible si la medimos con nuestros estándares lectores actuales?

La hay. Es una obrita compuesta por estampas, quizá cuentos, llamada Los placeres y los días, que sirve como introducción al difícil estilo de un narrador al que le pertenece el detalle, la vuelta, la espiral y la descripción monumental, así como los saltos elípticos de un lado hacia el otro, los espacios en los que el tiempo hace de las suyas. En este libro de juventud, publicado en 1896, Proust se aproxima por medio de estampas a la vida de la campiña francesa, al verano y también a las vicisitudes del amor y de la muerte. Algunas de sus obsesiones e imágenes volverán in extenso en su obra mayor, por lo que sirve como una ligera introducción al estilo que formula Proust a través de voces ensimismadas, o demasiado asidas a los detalles, la observación del mundo o de sí mismos.

¿Proust también era un cuentista? La pregunta debería competerle a un especialista, sin embargo, es una idea mía el que la especialización impide el acercamiento propio de un lector promedio (culto o no, eso ya lo dejaremos a la megalomanía de cada quién) a la escritura de determinada escritora, de determinado autor. El cuento en el siglo XIX parece estar relegado a ciertos momentos, creemos, aunque ejemplos los hay por miles. Sin embargo, el panorama está pincelado por Dostoievski y Tolstoi y Balzac y Dickens. Es obvio pensar en la novela como la estructura elegida por las grandes mentes de la narrativa. Pero, volvemos al mismo punto, expresiones puntuales, de la misma calidad y alcance, están en Maupassant como en Chéjov, en Doyle o en Dumas. El cuento es una forma de la narrativa apreciada desde la antigüedad, y el cuento moderno, iniciado con Poe, remite a ciertas estructuras que pueden ser cambiadas, reinventadas o reemplazadas. Sin embargo, la construcción de las estampas atañe más a la descripción, al detalle y el paisaje (externo o interno). Esto es lo que encontramos como lectores modernos en los “primeros relatos” de Proust.

La llegada al mercado de una edición que contiene “relatos inéditos” de Proust emociona a cualquiera, inclusive a ese hipotético lector cuyo interés lo acerca a Proust, pero la enormidad de En busca del tiempo perdido lo aleja. ¿Estos cuentos fungen entonces como otro corolario, como un inusitado prólogo a la prosa proustiana? Lamentablemente no.

La edición en español, editada por Lumen, posee ciertos incentivos que no se anuncian en un principio, como la introducción del especialista Luc Fraisse o el prólogo y la traducción de Alan Pauls. Sin embargo, esto no es lo único que se encuentra en el libro. Anexo a los relatos hallamos una sección llamada “A las fuentes de En busca del tiempo perdido”, integrado por un estudio de Fraisse sobre el arribo de Proust a su opus magna. Por último, El remitente misterioso y otros relatos inéditos también cuenta con un cuaderno iconográfico con fotografías a manuscritos, tanto de Proust como utilizados por él.

¿Qué es, entonces, lo que falla? Quizá lo engañoso de la edición, pues, a pesar de lo interesante que resulta el hallazgo de textos inéditos de Proust, no estamos hablando de cuentos terminados, de relatos construidos con toda la intención de serlo. Son, tanto “El remitente misterioso” como los otros siete textos, fragmentos, relatos empezados, diálogos y otras formas gestadas a finales del siglo XIX y principios del XX, sin nunca alcanzar lo necesario para convertirse en cuentos en plena forma. El libro no es, tampoco, un acompañamiento para Los placeres y los días, sino una serie de curiosidades para alimentar el amor hacia Proust, así como el conocimiento que se tiene hacia el autor.

De cierta manera, este libro está constituido por especialistas para hacerlo legible a cualquier lector, cosa que no se logra pues, aunque no hay demasiadas complicaciones (a excepción de un relato donde las notas señalan los cambios integrados en el manuscrito, dificultando la lectura de una manera ridícula) no se puede vislumbrar un libro ni una serie de relatos sueltos que funcionen por sí solos. Son, más bien, fragmentos, anotaciones, falsos arranques, el material que un escritor va apilando durante su proceso creativo. Y si bien esto puede resultar interesante o útil para un especialista en Proust, o para un lector curioso por su proceso escritural, para un lector promedio el libro no tiene sentido. Esto mismo es lo que se critica cuando salen a la luz fragmentos encontrados en el escritorio de tal o cual escritor o escritora. No nos hallamos ante la completitud, ni siquiera ante lo que aun así vale la pena ser leído, como las novelas incompletas de Dickens o de Musil.

Por lo mismo es necesario señalar que El remitente misterioso y otros relatos inéditos no contiene lo que se concibe comúnmente como “inédito”, sino formas escriturales, arranques, fragmentos y cuentos a medio terminar, que no alcanzan las cotas de Los placeres y los días, pero que sirven como una adición, un acercamiento a En busca del tiempo perdido.

Al último he dejado uno de los elementos que han funcionado, de manera comercial, como gancho para los lectores: el tema del deseo homosexual en la escritura de Proust. Y es que en las mismas novelas del ciclo proustiano puede hallarse, aunque de manera indirecta, la homosexualidad latente en la voz de Marcel, cuyo desdoble permite encontrar la misma en el autor, en Marcel Proust. No es nuevo el tema, aunque permanezca eludido, eclipsado, hábilmente encubierto en toda la obra del escritor francés. El ocultamiento, por obvias razones, parecía estar desvelado en algunos de sus escritos anteriores a En busca…, que aparecerían en este libro, El remitente misterioso. Sin embargo, no debe pensarse que la forma de tomar el deseo homosexual es obvia en todos los relatos. Tampoco hay aquí un erotismo claro, más propio de los decadentes, ni escenas donde la homosexualidad esté marcada con plumón. Lo que hay es una aproximación, una connotación de mostrar el deseo, la naturaleza humana del mismo Marcel Proust en textos inacabados que terminarían en el cajón, por el miedo del autor a ser mal visto, rechazado, o algo peor. Y, repito, ninguno de los textos muestra de manera obvia la homosexualidad que sí se señala en la sinopsis del libro. Así que, advertidos todos.

¿Es satisfactoria la lectura de El remitente misterioso y otros relatos inéditos? En un principio cuesta separarse de la decepción al no hallar relatos completos, textos que parecieran, incluso, estampas a la manera de Los placeres y los días. Pero, una vez entendido el acercamiento con el que se ha conformado esta edición, el interés del lector puede irse por los entresijos de una obra mayor, y esta sí completa, que es En busca del tiempo perdido. En todo caso, vale más la pena hacerse con la obra temprana de Proust, o con la misma Jean Santeuil que con este libro diseñado para estudiosos y obsesivos del gran autor francés. Para morbosos, lamento decir que será más que una decepción. Para el lector común, donde yo me cuento, la experiencia de lectura es agridulce, como cuando se saborea una golosina y ésta se cae de la boca sin haberla terminado. La decisión, por supuesto, es de ustedes.


Autores
(Tlaxcala, 1988) es egresado de la licenciatura en relaciones internacionales de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (upaep). Ha colaborado en medios físicos y digitales como Ágora, Letrarte y Momento. Parte de su obra se incluye en las antologías Seamos Insolentes (2011) y Sampler (2014). Ha sido becario del Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico (PECDA; 2013, 2018), del Fondo para la Cultura y las Artes (Fonca, 2016) y de Interfaz (2018). Asimismo, obtuvo el Premio Estatal Dolores Castro de Poesía 2016, el Premio Tlaxcala de Narrativa 2017 y una mención honorífica en el XXXIV Premio Nacional de Cuento Fantástico y de Ciencia Ficción (2018).
Ilustración realizada por Ángela Atenas Sánchez Camacho

Blessed are the legend-makers with their rhyme
of things not found within record time

J.R.R. Tolkien, “Mythopoeia”

Hay una leyenda que se ha repetido una y otra vez en un mundo lejano: el mal despierta para asolar al reino de Hyrule y un joven guerrero es llamado para vencerlo. Portador del espíritu del primer héroe en derrotar al mal, Link deberá pelear ayudado por el poder divino de la princesa Zelda, descendiente de la reencarnación de la diosa Hylia, para vencer y sellar a la fuerza maligna de una vez por todas. Pero la calamidad continuará regresando a Hyrule y con ella, en un ciclo tan antiguo como el tiempo, un héroe y una princesa serán llamados para combatirla.

Con siete años, en la ahora remota era del Game Cube, descubrí el mundo de la saga de videojuegos de The Legend of Zelda sentada en el piso de la recámara de mi hermano mayor. Creyendo que ayudaba en algo, jugaba con un control desconectado la partida en donde navegábamos junto con Link por las aguas que habían inundado el reino de Hyrule en The Legend of Zelda: Wind Waker (2007). Un mundo vibrante, caricaturesco y de una profundidad para mí solo explorada en libros de fantasía y cuentos de hadas, se nos revelaba a cada paso de la travesía. Recuerdo haberme sentido maravillada e intrigada por las posibilidades que ese océano parecía contener. Desde entonces, he regresado a Zelda muchas veces a lo largo de los años y sin importar los cambios en ambientación, estilo o dinámica de juego he continuado sintiéndome atraída a lo mismo que me impactó la primera vez que recorrí Hyrule: la perspectiva de poder explorar una tierra desconocida, compleja y llena de aventuras emocionantes.

El mundo recibió el primer vistazo de ese universo en The Legend of Zelda (1986), el videojuego creado por Shigeru Miyamoto y Takashi Tezuka y puesto a la venta para la consola Famicom Disk System de Nintendo en 1986. Al momento de su lanzamiento, Zelda era único en su clase. No solo presentaba lo más cercano a un mundo abierto que habían experimentado los jugadores de consolas de mediados de los 80, sino que lo hacía acompañado de una estética visual impecable y un soundtrack irresistible. 171entregas canónicas después, más de 120 millones de copias globales vendidas; treinta y cinco años nos separan de ese primer Zelda y la franquicia está más viva que nunca. Sin duda, lo que obtuvieron en febrero de 1986 esos primeros jugadores fue tan solo un destello del complejo universo que construiría Nintendo. Pero, ¿qué es lo que hace del universo de The Legend of Zelda un lugar tan entrañable como para que generaciones de jugadores vuelvan a él a lo largo de 35 años de entregas?, ¿qué nos hace regresar a Hyrule?

 

Mitopoeia

J.R.R Tolkien acuñó el término mitopoeia como respuesta a un comentario de C.S. Lewis. Un tarde de septiembre de 1931, mientras ambos escritores y miembros del grupo Inklings de académicos de Oxford paseaban por la universidad, el creador de Las crónicas de Narnia dijo que los mitos eran “mentiras  y por ello faltos de valor, aunque sean dichos a través de la plata”. Esto era inaceptable para Tolkien, quien creía, como muchos autores después de él lo harían, en la importancia de los mitos y arquetipos en la creación de las historias que se repetirán por siempre en nuestras sociedades.

 
Para Tolkien, los mitos, los cuentos de hadas y la fantasía formaban parte de un impulso creador único del ser humano; un instinto que llevaba al escritor a construir subcreaciones2. Es decir, pequeños universos dentro de nuestro universo. Lugares  complejos con leyes, costumbres, sistemas de creencias y mitos propios a los que solo les faltaba ser palpables para existir al mismo nivel de nuestra realidad. Así, los mitos no debían ser desestimados como mentiras hermoseadas, sino como la expresión de la creatividad humana reflejando la de Dios3. Y la mitopoeia, la creación de sistemas mitológicos artificiales4unidos a realidades complejas aunque imaginarias, como el nivel máximo de ese impulso creador.

Por muchos años, los universos mitopoeicos fueron específicos de la literatura fantástica y de ciencia ficción, trayendo a la luz lugares icónicos como la Tierra Media de Tolkien, Narnia de C.S. Lewis, Los Seis Ducados de Robin Hobb o el vasto mundo de Canción de Hielo y Fuego de George R.R. Martin. Pero la llegada de nuevos medios ha permitido no solo la creación de nuevas realidades mitopoeicas, sino la exploración de aquellas ya existentes.

El cine y la televisión abrieron la posibilidad de experimentar visualmente los mundos fantásticos antes solo accesibles por medio de ilustraciones o la imaginación del lector. Pasamos de soñar con la Tierra Media a ver las grandes planicies de Rohan a todo color e instrumentalizadas en una pantalla de cine. Hemos obtenido, además, los vastos desiertos de Tatooine, el cielo naranja de Gallifrey y otros cientos de nuevas realidades; pero una cosa es seguir a los protagonistas de un universo fantástico en una narración mientras viven y luchan por conseguir sus metas y otra es poder caminar por la Comarca en persona, entrar a una tienda en Desembarco del Rey o tomar té con el señor Tumnus. La imposibilidad de exploración de los mundos mitopoeicos, más allá de los fragmentos presentados en la narración de sus obras de origen, ha sido la última frontera a superar. ¿Podrían ser los videojuegos el siguiente paso hacia una experiencia mitopoeica más inmersiva y libre?

 

El inicio

Shigeru Miyamoto cuenta siempre que le preguntan por la inspiración detrás de ese ahora lejano primer Zelda, que la respuesta se encuentra en los años que vivió en la parte rural de Kioto. Hijo de los profesores Iijake Miyamoto y Hinako Aruha, Shigeru pasó su niñez y adolescencia temprana aventurándose en las cuevas, bosques y lagos de Sonobe, su pueblo natal. Fue ahí donde encontró el placer de la exploración del mundo que lo rodeaba y cuando años después comenzó con la creación de un nuevo videojuego para la consola Famicom de Nintendo, su objetivo era recrear ese primer anhelo de aventura.

Zelda empezó como un videojuego de creación y exploración de calabozos. Un jugador crearía su propio mundo y otro lo exploraría; pero la exploración resultó más entretenida que la creación y ese primer concepto se transformó en un mapa vasto que otorgaba la oportunidad de recorrer un mundo casi completamente sin restricciones. Lleno de acertijos, enemigos y aventuras, las primeras opiniones del prototipo de Zelda criticaban la falta de linealidad del juego, completamente opuesta a la mostrada en Super Mario Bros., donde el mundo iba guiando al jugador a los siguientes niveles en una progresión sencilla y fluida.
En lugar de cambiar la dinámica del juego, se decidió que el jugador empezaría la partida sin una espada, así, el primer acertijo sería la búsqueda de un arma para matar a los monstruos que recorrían algunas partes del mapa. Eso dio lugar no solo al momento más icónico del videojuego, en el que Link encuentra a un anciano en una cueva que le da una espada acompañada del consejo: “It’s dangerous to go alone, take this”, sino a consolidar la esencia misma de Zelda, en palabras de Miyamoto5

En lugar de hacer el juego más fácil de entender para los jugadores, decidí quitarles la espada desde el inicio. […] Lo hice porque quería desafiarlos a encontrar esa espada. Porque sabía que pensarían en esos problemas, pensarían antes de irse a dormir  o de camino al trabajo por las mañanas ‘¿cómo voy a resolver esto?’6

Con ese cambio, Zelda fue lanzado al mercado al son del soundtrack ideado por Koji Kondo, dando como resultado un éxito rotundo. No dudo que más de un jugador perdió el sueño intentando resolver los acertijos contenidos en ese mundo nuevo tal y como Miyamoto lo había deseado. Las secuelas no tardaron en llegar y con cada entrega, se ampliaba más y más el lore de la tierra de Hyrule, especificando sus orígenes, razas, religiones y culturas, al tiempo que los juegos crecían en complejidad narrativa.

A través de los años, Zelda ha mantenido a sus jugadores al filo del asiento introduciendo nuevas mecánicas de juego, hilos argumentativos, estéticas, personajes entrañables y mitos fundacionales; manteniendo fresca la historia del héroe que salva a un reino del mal, pero conservando aquel deseo de exploración de un mundo vibrante y lleno de secretos listos para ser descubiertos.

 
Hacia un nuevo formato narrativo

Cuando Miyamoto y el equipo de The Legend of Zelda comenzaron a construir la historia de Hyrule una entrega a la vez, a tejer mitos fundacionales en la leyenda de la creación del mundo por las diosas Din, Farore y Nayru y a referenciar a otras entregas de la saga como leyendas en el imaginario de los nuevos videojuegos, consolidaron un universo mitopoeico con múltiples facetas, algunas llenas de color y de vida, otras sumidas en la oscuridad más profunda, pero todas parte de ese mundo ahora plagado de potencial mítico. Cada nueva entrega de la saga se convirtió en la posibilidad de entender mejor el contexto mitológico de Hyrule.

Sin importar la versión que juguemos, nos encontraremos en un mundo cuidadosamente diseñado para agregar a la trama del videojuego una profunda sensación de inmersión. Esto se debe tanto a una decisión consciente de Nintendo por hacer de Link un personaje con el que cualquiera se pueda sentir identificado, como a un resultado propio, y quizás un poco inesperado, de la experiencia de jugar videojuegos.

A diferencia de otros medios narrativos, los videojuegos son capaces de ocasionar respuestas físicas mucho mayores que un pulso acelerado ante la acción vista en pantalla o leída en un libro. Cualquier persona que se haya movido al mismo tiempo que su coche al jugar Mario Kart o que haya gritado al ser golpeado con un proyectil en un battle royale ha experimentado de primera mano una suerte de confusión que Kristina Drzaic y Peter Rauch en “Slave Morality and Master Swords: Ludus and Padia in Zelda” describen como un estado intermediario en el que el jugador se sabe distinto del avatar que controla, pero al mismo tiempo se ve proyectado en él7. El jugador es, controla y observa al avatar al mismo tiempo en un balance entre experimentar el mundo ficticio de los videojuegos y contemplarlo desde la distancia.

En Zelda, este estado es facilitado por el carácter silencioso y casi anónimo de Link (aunque cualquier aficionado de la saga podrá descubrir las sutiles, y a veces no tanto, variaciones de carácter entre los Links que han aparecido a lo largo de la historia) y por los recientes intentos de Nintendo por “diseñar un Link mucho más neutral para que los jugadores se puedan ver representados en él”. Nuestro protagonista toma pocas decisiones por sí mismo, normalmente su voluntad queda casi totalmente en nuestras manos y su pasado, contexto familiar o anhelos personales rara vez son relevantes en la trama del juego. Link simplemente es llamado a la aventura y depende de nosotros guiarlo hacia la victoria.Claro, al jugar estamos conscientes de que no somos Link, que somos entidades8distintas, pero después de vencer un templo especialmente difícil o de explorar las montañas escarpadas de Breath of the Wild (2017), ¿realmente podemos decir que eso lo hizo Link enteramente solo? No, lo hicimos nosotros por medio de él. Esa es la inmersión que ofrecen los videojuegos: el sabernos distintos al protagonista mientras reconocemos que somos nosotros quienes hacemos avanzar la trama y quienes experimentamos el mundo mitopoeico a través de los ojos y el cuerpo de nuestros avatares. No es extraño, entonces que se le haya puesto Link al protagonista de la saga cuando, como dice Miyamoto “conecta a las personas entre sí”9 y es el enlace que nos permite explorar el mundo de Hyrule.

Esa capacidad de inmersión representa el potencial inmenso de la industria de videojuegos para la narración de historias mitopoeicas. Mientras que un libro, una serie o una película podrían ser criticados por poner demasiadas historias secundarias que desvíen la acción de la trama principal, un videojuego como Zelda puede contener todas las desviaciones que quiera. Es, finalmente, el jugador quien decide si pasa el día haciendo recados para los habitantes de una aldea, intentando lograr el puntaje más alto en un minijuego de arquería o rescatando a las vacas de una granja de ser raptadas por una amenaza extraterrestre en lugar de avanzar la historia principal. Y a la vez, todas las desviaciones ayudan a cimentar el mundo mitopoeico: le dan vida a los personajes secundarios, animan al jugador a explorar cada rincón del mapa en busca de cofres, objetos o recompensas de una side quest y por lo tanto a explorar en su totalidad un mundo creado para ellos y enriquecen la experiencia de juego.

Pero, ¿cómo vencer la barrera de la falta de corporeidad de los jugadores? No podemos oler el mundo, ni sentir el viento o tocar las cortezas de los árboles, solo experimentamos el mundo del videojuego desde lo visual y las pequeñas acciones físicas con las que movemos a Link e interactuamos con su mundo no bastan para reemplazar a nuestro olfato o tacto. Durante el desarrollo de la última entrega de la saga, Breath of the Wild, este fue el tema a solucionar10.

Lo que Nintendo decidió fue apostar por pistas auditivas y visuales que nos permitieran experimentar de una forma más completa a Hyrule. Así, los desarrolladores jugaron con la manera en la que aparecía la densidad del aire; dándole a algunas regiones la apariencia de humedad y a otras, la de calor absoluto. Perfeccionaron los sonidos del juego para que podamos escuchar mejor los cascos de los caballos sobre la tierra, la caída de la lluvia o una fogata en medio de un bosque y volvieron a llenar al mundo, como en entregas anteriores, de la brillante musicalización de Koji Kondo. El resultado fue la entrega más inmersiva que Zelda ha dado a luz en años.

 

Zelda por siempre

Lo primero que hice al inicio de la pandemia fue comprarme un Nintendo Switch. En realidad no planeaba hacerlo y en retrospectiva no fue la mejor decisión para mi bolsillo, pero conforme los días se acumulaban pensé que el encierro sería más llevadero en Hyrule. Años antes ya había jugado un poco de Breath of the Wild en una consola prestada, pero ahora estaba decidida a terminar el juego. Me encontré con un mundo tan vibrante como ese que había recorrido de niña en el océano infinito del Wind Waker, el mundo apocalíptico de Majora’s Mask o los cielos despejados de Skyward Sword. Era una experiencia familiar y aún así desconocida.

Me sentí desafiada por la realidad que se revelaba ante mí, emocionada por descubrir de qué manera este juego se acomodaba en la línea del tiempo canónica de la saga, pero más que nada me sentí conmovida. Regresar a Zelda ha sido, de alguna manera, como regresar a casa. Más allá de las reflexiones sobre la construcción mitopoeica del mundo, la jugabilidad de cada entrega o su capacidad inmersiva, debajo de todo eso, Zelda es una carta de amor a la exploración, a la curiosidad y a la resiliencia que lleva a un jugador a recorrer minuciosamente todo un mundo para exprimirle cada uno de sus secretos.

Me estoy tomando mi tiempo cazando escarabajos, trepando montañas, explorando ruinas y cocinando con todos los ingredientes que he encontrado en el juego y al hacerlo me he dado cuenta de que seguimos regresando a Zelda porque recompensa nuestra curiosidad, porque teje tramas y subtramas y las deja para ser descubiertas en ruinas lejanas o en granjas apacibles al tiempo que nos da la posibilidad de visitar los mundos fantásticos con los que soñamos pertenecer.

Miyamoto dijo en la introducción a la Hyrule Historia 11, el volumen que ordena a todas las entregas de Zelda bajo una línea del tiempo ramificada, que las aventuras de Link continuarán siempre que sigamos amando el mundo de Hyrule. Pues bien, si los últimos 35 años son una muestra de la constancia de nuestro amor, tendremos más Zelda por un largo rato.

 

Bibliografía

Adxoc, John, “Can fantasy be myth? Mythopoeia and The Lord of the Rings”, Mythic Passages, 2003, http://www.mythicjourneys.org/passages/septoct2003/newsletterp8.html

Aonuma, E., Himekawa, A., Miyamoto, S., Hyrule Historia, Dark Horse Books, 2013.

Cirilla, Anthony G., “Introduction: Zelda, Mythopoeia, and the Importance of Developing an “Inside” Perspective on Videogames”, Alicia Fox-Lenz, “Digital Mythopoeia: Exploring Modern Myth-Making in The Legend of Zelda”, David Boffa, “Take away the Sword: Teaching for Creativity and Communication with The Legend of Zelda in Art History”, Mythopoeic Narrative in The Legend of Zelda, Routlege, 2020.

Drzaic Kristina y Peter Rauch, “Slave Morality and Master Swords: Ludus and Padia in Zelda”, The Legend of Zelda and Philosophy. I Link Therefore I Am, Open Court, 2008.

Nintendo, The Legend of Zelda Breath of the Wild- Creating a Champion, Dark Horse Books, 2017.

Paumgarten, Nick, “Master of Play. The many worlds of a video-game artist”, The New Yorker, https://www.newyorker.com/magazine/2010/12/20/master-of-play

Phillips, Tom, “Eiji Aonuma explains why Zelda: Breath of the Wild’s timeline placing must remain a secret”, Eurogamer, https://www.eurogamer.net/articles/2018-11-22-eiji-aonuma-explains-why-zelda-breath-of-the-wilds-timeline-placing-must-remain-secret
Schiesel, Seth, “Nostalgia Trip With an Old Friend”, The New York Times, 2011, https://www.nytimes.com/2011/11/30/arts/video-games/the-legend-of-zelda-skyward-sword-by-nintendo-review.html?pagewanted=all&_r=0

Tolkien, J.R.R, “Mythopoeia”, “On Fairy Stories”, Tree and Leaf,

 

 

 

 

 


Autores
(Ciudad de México, 1995) Es dramaturga y editora. Estudió Escritura Creativa y Literatura en la Universidad del Claustro de Sor Juana.