A estas alturas de la pandemia, parece cada vez más difícil imaginar otros escenarios que no incluyan el miedo cotidiano a perder seres queridos, a ser una agente infecciosa. Poco a poco la memoria se desliza hacia algún rincón de la casa, aquel donde se van dejando los recuerdos de los años anteriores, de las visitas sin cubrebocas, las fotografías en diversos paisajes, de los besos dados a extrañas en las noches interminable y los secretos que se despliegan fuera de la vida compartida antes de la tercera semana de marzo del 2020. Los correlatos y las narrativas interminables de la vida adentro integran una memoria poco nítida, una opacidad que no visibiliza lo que ocurre sin las salidas descaradas, sin el sentido de la multitud y el roce con sus cuerpos. ¿Qué imágenes integran la memoria de esta pandemia? La escritura de millones sugiere el sentido de proximidad ante la muerte, pero no una imagen clara de lo que sucede en el interior de la vida, ahora trastocada por una experiencia mundial que, sin embargo, no termina por hacernos conscientes del sentido de la experiencia vital.
Dice Natalia Ginzburg que “el miedo nos pone la mirada oscura y nos hace hacer pequeños gestos tajantes”. ¿Cómo traduciríamos esos gestos? Las cifras lo envuelven todo, hemos tenido que contar millones de muertos, camas que se cambian y sanitizan a la brevedad, miles de pacientes que por días olvidan cómo se sentía su cuerpo antes de la llegada del virus. Hasta ahora nadie ha sabido describir la profundidad del miedo y del dolor que, en cada despertar, incluso de manera secreta, nos unen en la primera respiración y luego se desvanece como el vaho sobre el vidrio mientras llueve. ¿Cuál podría ser la imagen que develaría nuestros secretos en esta época? ¿Cuál es el trabajo de la memoria ante la propia devastación?
Durante la segunda mitad del siglo veinte, el sentido humano comenzó a desdibujarse. Con el rescate de los archivos en los campos de concentración, sucedió el cambio de narrativa en prácticamente toda la industria cultural del resto del siglo: la reproducción del cuerpo devenido cadáver.1 La masificación de la muerte sostuvo la pérdida de cualquier gesto de humanidad, pero es el sentido del anonimato —refrendado de manera explícita en cada mirada otorgada a las fotografías que develan montañas de cuerpos sin vida— lo que ha dejado de ser relato y ha encarnado finalmente en lo informe: el horror y lo grotesco. Vale la pena señalar que igualmente es el sentido de vacuidad —aquello que se escapa del encuadre— el punto de veracidad sobre aquella narrativa que engendró la política del terror. El secreto que queda en el corte de la imagen es aquello que no podemos interpretar de otra forma que no sea en el silencio; como un hoyo negro, succiona cada escena que no puede siquiera nombrarse ¿Qué clase de ser humano haría eso? Lo único que se nombra en la memoria es un dato, un número aproximado, los cuerpos amontonados sin vida, pero los minutos antes no pueden ser relatados, como en el judaísmo no puede existir la imagen de dios.
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Todavía en la época de las redes sociales, los discursos contemporáneos sobre la auto estimación de la cuerpa y el amor propio no se reproducen con la misma eficacia en los millones de publicaciones que en este momento se suben. No todo puede ser visto. El sentido de realidad frente al cuerpo-red tiene una resonancia directa con las corporalidades aceptadas: que nadie ose mostrarse de cara a la lente —y a su vez a cientos de miradas— si acaso no cumple con la regla. Se piensa que todo puede ser arreglado, en esta época donde la forma elegante del trabajo informal se nombra, de manera complaciente, “emprendimiento”, no hay duda de que, si la cuerpa provoca malestar, de acuerdo con la lógica del capital no pasa nada, algo podrá hacerse: repararse, vaciarse, llenarse, restirar cada centímetro donde el pasado ha tatuado su camino. ¿Cuántas oquedades hay que llenar —o vaciar— para sentirse completa? Un año antes de su suicidio, Diane Arbus en alguna de las clases que daba en Nueva York sostenía el hecho de que “nuestro aspecto está dado como un signo al mundo”. Este último discurso sería capturado en el documental que lleva su nombre como una prueba de lo que la lente de Arbus había roto: el orden de la mirada.
La herida más lacerante es la silente. Aun ante el sufrimiento, la libertad se encuentra en el silencio, llega el momento en que no es necesario emitir un grito, el resto de la cuerpa ya lo hace: los ojos logran emitir el mensaje, ya sea que adentro no se sufre más o que tal vez la piel se siente de manera distinta, abriéndose un lugar en el mundo. Si acaso se es consciente de que el trauma se ha hecho visible desde nuestro nacimiento, que la impronta no será disuelta, lo propio es hacerse cargo de ella, vivir bajo su signo. Diane no podía saber desde el principio que su herida era más profunda. Nacida el 14 de marzo de 1923, en Manhattan, Nueva York, su infancia y adolescencia transcurrieron en una comunidad judía de clase alta dedicada al comercio textil y la venta de pieles. Su trabajo comenzó con la fotografía para revistas de moda de la mano de su esposo Allan Arbus, con quién contrajo matrimonio a los 18 años: fue Allan quién le mostró el trabajo fotográfico y así comenzaron a hacer portadas para revistas como Vogue, así como para catálogos para la propia tienda del padre de Diane.
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El momento crucial para el trabajo de Diane ocurre cuando por primera vez observa la película de culto, Freaks, de Tod Browning. En el filme de 1932, encontró lo que representa lo prohibido en la sociedad de clase media y alta occidental: la falla, estructura esperpéntica que suele ser escondida como signo de vergüenza. En un mundo donde todo funciona de acuerdo con el nivel socioeconómico, la fisiología distinta se encuentra desde el principio desplazada de lo que a todxs nos corresponde: el derecho a ser vistxs, nombradxs, amadxs. Como su biógrafa y amiga Patricia Bosworth lo menciona, desde muy pequeña tuvo la instrucción de no mirar a las personas que presentaban alguna diferencia, incluida, desde luego, la comunidad afrodescendiente.2
La otredad siempre ha estado desterrada de la tierra donde las fantasías se materializan. La idea de belleza dentro de las máquinas deseantes sostiene discursos donde los ideales de bondad y belleza únicamente pueden ser vividos, encarnados y reproducidos por quienes generan el capital y sus adhesiones simbólicas. La blanquitud, la jovialidad, incluso los maniqueísmos con los que se formó la cultura occidental mantuvieron hasta los últimos instantes el orden visual. Pienso en el hecho de que fue hasta que elementos como la aparición de las imágenes de los crímenes de lesa humanidad, así como la percepción de la otredad, donde emergen estas narrativas compulsivas que derivan entre el horror, lo grotesco y la seriedad que el espacio de lo artístico, incluso académico, le dan a la aparición de lxs otrxs dentro de la historia del arte moderno, incluida la producción de Arbus. Como lo menciona José Luis Barrios:
Así pues, el horror y la fascinación adquieren un significado inédito, significado que por lo demás será determinante en la redefinición que se hará del sentido de representación en la cultura visual del siglo XX y que abrirá un nuevo territorio de explotación al mundo del arte. Las relaciones entre el orden masivo de la imagen, la estética del horror inscrita en el cuerpo, la condición ideológica que se desprende de la manipulación de la imagen y la condición de objetividad de estas imágenes tendrán un impacto innegable en la configuración axiológica y simbólica en la cultura y el arte del siglo XX. A partir de ello nace una nueva dimensión de lo grotesco: lo serio, y una nueva consideración sobre el cuerpo: el horror.
Sin embargo, de manera cotidiana, las derivas del extrañamiento de la mirada de Arbus, y con éstas del cuerpo extraño, nacen con la idea de la urbe. En la necesidad de deambular de un extremo a otro por las grandes ciudades, el registro de las personas que se encontraban fuera del canon no sólo nace sociológico, sino que dentro de las tramas del pensamiento moderno condensarán junto con la imagen nuevas direcciones para pensar en las grandes ciudades como Nueva York, presentada como el escenario ideal desde donde emergen los secretos de la sociedad. De esta forma, los parias que deambulan como figuras residuales, fantasmas que enfrentan a la memoria y a la reproducción del capital, emergen al orden de la mirada como una condensación de aquello que había quedado oculto, silente, pero sobre todo fuera de cualquier discurso, político o estético. No es casual que la fotografía haya sustentado este cambio de orden, ella misma es el puente entre la reproducción del capital y la cultura, entre la sensibilidad y la mercancía. Ya Benjamin lo había admitido, pero sobre todo refrendado, que detrás de la objetividad al ser un aparato de producción puede cambiar igualmente las narrativas, incluso hacia el espacio de lo político. Además, dichas reproducciones no pueden escapar dentro de este orden a convertirse en un objeto de disfrute.3
Ciertamente, dentro del ciclo de producción, todo lo que se produce en el capital regresa al capital; en ese sentido, Diane, mediante sus múltiples registros por las calles de Nueva York, crea no sólo una producción vasta, sino que le concede becas y un respeto dentro de la comunidad artística. Aunque que dentro de su práctica existiera un lazo entre sus modelos y ella más allá de la fascinación, ciertamente entre las décadas de 1960 y 1970, Arbus conduce la mirada de la sociedad hacia las capas que la forman atravesada por sus propias revoluciones culturales como el feminismo, el movimiento de las Panteras negras y la lucha en contra del aparato belicista y la Guerra de Vietnam. La revolución que se daba dentro del mundo occidental y la cultura norteamericana planteaba igualmente otras sensibilidades más allá del angular snob y su condición extractivista. Susan Sontag sostiene que “el fotógrafo saquea y preserva, denuncia y consagra a la vez”, quizá en el instante en el que el diafragma hace lo propio, al obturar se ha eternizado un momento; sin embargo, al “capturar” —de nuevo las metáforas colonialistas— este instante donde una persona dobla la estatura de sus padres y no puede erguirse porque el techo impone el límite, o las imágenes donde las parejas de lesbianas saltan del orden y posan, sin duda, Arbus planteaba su propia idea del mundo, su obsesión sobre lo que no podía —¿puede?— hablarse.
Como lo reconoce Sontag, Arbus y su maestra, Lisette Model, no solamente revelaban sus obsesiones, sino también la de sus modelos. La propia Arbus hablaba sobre el hecho de que podía tardarse todo un día en una sesión, hasta que la confianza construyera un lazo que le permitiera entrar hasta obtener la imagen que representaría la verdad de esa historia. En su técnica se introduce la intimidad como el mecanismo que crea las fotografías de nudistas o actores de circo —todavía vistos como freaks—, así como transeúntes en los barrios peligrosos de la gran ciudad. El registro de intimidad es el elemento que logra transformar no sólo la imagen o la persona que posa, sino la técnica fotográfica, lo que hace única la producción de Diane Arbus.
En ese sentido, su mirada contrarresta de alguna forma la masificación de la metáfora de la muerta constituida: el cadáver, una forma con órganos, extremidades, pero sin gesto, sin humanidad. Cada fotografía cargada de su obsesión, pero también de humanidad en cada modelo, es lo que por instantes rompe con la lógica de uniformar e integrar el sentido del horror; la operación radica en visibilizar las diversas corporalidades, en ser vistos, en fijar nuestra mirada y ver mediante los ojos de Arbus la humanidad sin filtros ni matices, y con ello romper con lo que la ley —moralista y depredadora— ordenaba.
Este año se ha cumplido medio siglo desde su último aliento. Quizá si aquel 26 de julio de 1971, Diane no hubiera encarnado la idea de tomar barbitúricos y, para estar segura, cortarse las venas, los arquetipos de belleza hubieran sido quienes en los imaginarios posmodernos se volvieran los extraños. Los últimos meses se han sentido como un tiempo aparte, ya no hay espacio en la intimidad que procure algún secreto. Mientras fijo mi mirada en el hombre con acondroplasia que desborda sensualidad entre las sábanas, pienso que la única extrañeza es la falta de cubrebocas: afuera, entre nosotros, ya hemos perdido el gesto.
Uno aprende las cosas a fuerza de desobedecer a sus padres.
El primer día que toqué el teclado de la computadora de la casa, mi madre se me acercó llevando en la cara un gesto de preocupación genuina. Palpó mis hombros con la resignación de quien anticipa una desgracia. Me dijo:
─El uso de una computadora también es una responsabilidad, ¿sabes? No puedes andar por ahí como si nada, dando clicks con toda la confianza del mundo. En serio: hay sitios que no deberías ver. Ten cuidado con eso, ¿okay?
La miré sin encontrarle pertinencia a su consejo. Mi padre, escuchando desde la oscuridad del pasillo, dio un par de pasos aclaratorios:
─Tu mamá quiso decir que en internet hay mucho porno, hijo. Demasiado, de hecho. Más del que podrías ver en toda tu vida incluso si no te dedicaras a otra cosa.
Luego los dos se alejaron del escritorio, como si tras su espalda se acabara de inaugurar una segunda crianza que ya no les correspondía.
Desde luego, a mí me faltaban años y a ellos les sobraban cosas de qué preocuparse.
Supongo que no me costó trabajo olvidar la charla.
Dediqué mi pubertad a lastimarme las conexiones neuronales. Abrí perfiles de redes sociales de los que ahora me avergüenzo y, sin piedad ni escrúpulos, consumí las leyendas urbanas y los memes que hoy en día pueblan a mis ensayos y mis cuentos. Como les ocurre a las langostas hervidas en una olla, el progreso gradual de mi desgracia no me permitió alarmarme a tiempo.
Habituado a inaugurar cuentas, cometí el error de hacerme un perfil de Tumblr. Me gusta pensar que inicialmente lo hice por el arte compartido en el sitio, pero no tardé en darme cuenta de que el contenido era más pornográfico que cualquier otra cosa. Había mamadas varias, baños multitudinarios, desnudos artísticos. Muchos pies.
Navegando por ahí me encontré con el perfil de un ilustrador anónimo que se encargaba de dibujar personajes ficticios por comisión. El rostro bidimensional de una chica de anime (quién sabe si Misato Katsuragi o Faye Valentine; ya ni siquiera importa) me convenció de conocer el resto del trabajo del autor.
Bajé y atestigüé que los pixeles que componían a cada nueva imagen gozaban de una excentricidad más preocupante que la de las anteriores.
Estuve preguntándome qué desgracia íntima orillaría a alguien a masturbarse viendo deformaciones eróticas de su caricatura favorita de la infancia. En algún punto de la tarde se me pasmó el rostro en una mueca de horror, iluminada por la silueta amarilla de un minion.
Un minion, regordete y cíclope, siendo penetrado por Shrek.
II
Antes de que te desboques en cancelarme, probable usuario de Twitter, me adelanto a aclararte que soy un adulto que no consume pornografía ni productos similares. Acaté las normas del progresismo en turno y ejercí las practicas necesarias para lograr mi deconstrublah, blah, blah.
Ahora que tienes la consciencia tranquila, podemos proseguir.
III
Las fantasías acortan a los pliegues que nos separan de la realidad. Casi nunca satisfechos en el mundo, vivimos inventándole escenarios que sean capaces de compensar el aburrimiento y la ignominia del día a día.
Fantasear también es un intento humilde de apropiarnos de lo que no nos pertenece.
Hay en el cuerpo ─en alguno de sus recovecos incomprensibles─ un impulso caprichoso que asocia ciertos rostros, ciertos temas, ciertos sonidos, con el placer. Si repasáramos el compendio absoluto de los fetiches que han visto la luz del sol nos toparíamos con gente que se excita frotando látex, escuchando sirenas de policía o comiendo pollo frito.
La erotización de personajes ha existido históricamente con fines más picarescos que sexuales. Incluso dejando de lado a las caricaturas y las películas, resulta obvio que algunos lugares comunes de los juegos y las vestimentas sexys se basan en la asimilación estética de ciertos animales y profesiones. Rara vez miramos con extrañeza a las conejitas en leotardo o a los bomberos sin camisa.
Desde el siglo pasado se producen relatos eróticos y películas pornográficas que parodian figuras centrales de la cultura popular, como los monstruos y los superhéroes. La mayoría de la gente consumía las obras sin mucha seriedad de por medio.
Junto con la pluralización del internet y de las plataformas de blogueo, muchos creadores de contenido tuvieron la posibilidad de compartirle al mundo fan arts de sus personajes y actores favoritos. Muerto Dios, nada les impidió retratarlos de las formas más retorcidas imaginables.
Las dos reglas del internet empleadas como epígrafe de este texto demuestran que la pornificación del mundo virtual se balancea entre dos fines: la satisfacción de fantasías incumplidas y la mera desacralización de nombres y figuras. Por lo anterior, no sorprende que, cuando un personaje se ve envuelto en la Rule 34, se dice que ha sido profanado.
En diversas redes sociales hay microlebridades que se dedican a satisfacer las exigencias de profanación de sus seguidores. Ellos, con referencia en mano, se limitan a expresarle al artista: I have a request.
Tanto por las manos de ilustradores necesitados de dinero como por las de cineastas excéntricos (igualmente necesitados de dinero) ha pasado la producción de obras que sexualizan a todo objeto, material y abstracto. Habrá quien diga que esta actividad económica (con derramas que bien podrían contarse en millones de dólares anuales) es tan digna y lícita como hornear pan o litigar herencias.
Las cancelaciones a los artistas de Rule 34 son el pan de cada día en ese patio de sanatorio mental llamado Twitter. Cientos de usuarios, ad infinitum, se levantan a diario con la convicción de repetir la misma perorata en pro o en contra del trabajo de los profanadores de internet. Ahora, mientras lees, hay una feminista llamada Pan de zarzamora radical uwu discutiendo el tema con un sujeto llamado Agustín B. Peterson Shapiro.
Simultáneamente, habrá también un quinceañero perturbado pidiendo un dibujo de Shinji Ikari, triste pero con la verga enhiesta y cogiéndose a Maribel Guardia.
René Ballivián firmando los acuerdos de Bretton Woods. Autor: Sromerobolivia, Creative Commons Attribution-Share Alike 4.0 International.
El 15 de agosto se cumplen 50 años del fin del respaldo estadounidense al sistema monetario internacional emanado de la Segunda Posguerra, también llamado de Bretton Woods, por el lugar de celebración (New Hampshire-Estados Unidos) de la Conferencia Monetaria y Financiera de Naciones Unidas celebrada entre el 1 y el 22 de julio de 1944, en pleno fin de la última gran guerra.
No obstante, antes de conocer sus alcances en aquellos tiempos así como sus actuales reverberaciones, es preciso hacer un recorrido puntual sobre las condiciones previas que llevaron al desarrollo de dicha conferencia, que tendría como resultado uno de los primeros órdenes internacionales funcionales de la era moderna, de carácter económico y de gobernanza1, y que junto con el establecimiento y entrada en vigor de la ONU marcarían el auge e inicio de las relaciones internacionales 2 contemporáneas como las conocemos y estudiamos hoy en día.
Contra el imperialismo y expansionismo capitalista, los orígenes del sistema de B. Woods
A principios del S. XX, la mayoría de las naciones europeas se encontraban plenamente industrializadas (Reino Unido, Francia, Alemania, Rusia/URSS) y otras fuera del área como Estados Unidos y Japón, y en el caso de las primeras (con excepción de Alemania) el imperialismo colonial3contribuyó en buena medida a su despunte económico e industrial.
De forma paralela, el sistema económico mundial comenzaba a transitar del capitalismo mercantilista4 a uno de carácter imperial monopólico 5 que al cabo de unos años abarcaría a gran parte de los países y territorios independientes del mundo, y cuyo culmen estaría representado por los imperios británico y francés.
Sin embargo, naciones como Alemania, Italia, Japón y Estados Unidos comenzaron a pujar de manera cada vez más directa por la apertura de los mercados coloniales dominados por Francia e Inglaterra, de la mano aquello con una política de militarismo expansionista6, alianzas entre otros países (como la Triple Entente y la Triple Alianza de principios de 1900) y un nacionalismo exacerbado llevarían a dichos Estados a un enfrentamiento directo entre 1914 y 1918 conocido como Primer Guerra Mundial.
Las naciones como Alemania, Italia, Japón y Estados Unidos comenzaron a pujar de manera cada vez más directa por la apertura de los mercados coloniales dominados por Francia e Inglaterra, de la mano aquello con una política de militarismo expansionista7, alianzas entre otros países (como la Triple Entente y la Triple Alianza de principios de 1900) y un nacionalismo exacerbado llevarían a dichos Estados a un enfrentamiento directo entre 1914 y 1918 conocido como Primer Guerra Mundial.
La cual tendría como consecuencia, entre muchas otras, el desmembramiento parcial o total de imperios como el Austrohúngaro, el Otomano y el Ruso para desligar de su control aquellos mercados y ser ocupados por las naciones vencedoras (Estados Unidos, Inglaterra y Francia) por medio del ya mencionado capitalismo monopólico.
Desafortunadamente, las políticas internacionales ejercidas contra los vencidos de la primera posguerra (1918-1939), junto a un rechazo estadounidense indirecto de fungir como árbitro mundial para el equilibrio de poderes en Europa y el mundo habría de ocasionar que, con el advenimiento del nazismo en Alemania, el expansionismo capital-militarista se cerniera de nuevo como amenaza destructiva en el globo.
Alentado por una ideología más radical que la precedente, el Estado Nazi (1933-1945) o Tercer Reich se valdría de las teorías raciales y de dominio imperial por medio del Lebensraum (espacio vital), elaboradas y elevadas a la máxima categoría por Adolfo Hitler tendrían su primer efecto material con la anexión de Austria y la invasión de Checoslovaquia (1938). Para agravar el panorama, en el Pacífico, el expansionismo japonés colisionaría de manera frontal con las aspiraciones de potencia mundial y marítima en crecimiento de Estados Unidos.
Con la eventual invasión de Polonia en 1939, la maquinaria bélica de todas las naciones europeas se pondría en marcha para librar un cruel enfrentamiento que habría de durar más que el anterior, y cuya huella de horror y muerte llega hasta nuestros días, y ello, de nuevo, en gran medida gracias a la desmedida ambición de controlar nuevos territorios para obtener un mejor lugar dentro del sistema económico capitalista.
Como bien sabemos, las intenciones nazis y japonesas fueron derrotadas con no pocos costes humanos, materiales y económicos, no obstante, al término de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), el gobierno de Washington tomaría medidas de carácter más coherente para prevenir futuros enfrentamientos tan directos y masivos.
Para ello, y en la esfera de la política internacional, diseñó una nueva organización internacional que agrupara al mayor número posible de países para dirimir controversias políticas, económicas y sociales de manera concertada, y evitar que aquellas cobraran un matiz bélico de mayores proporciones, aquel organismo fue la Organización de las Naciones Unidas (26 de junio de 1945).
Sea como fuere, y a pesar de los claroscuros que posee dicha institución, o las críticas que pudiesen hacerse respecto a su funcionamiento en ese entonces y actualmente, la ONU ha probado ser un mecanismo efectivo, aunque no reactivo por desgracia, para intervenir en numerosos conflictos que ha experimentado la sociedad internacional desde 1945 y lograr en algunos casos su resolución, o al menos aminorar el sufrimiento de las partes civiles involucradas.
En el ámbito económico, buena parte de las naciones europeas en 1945 se encontraban devastadas en términos productivos, financieros y humanitarios, es así como Estados Unidos decidió también dar un paso definitivo para volverse la potencia económica y militar predominante en todo el mundo occidental, por un lado transfirió 12 billones de dólares (114 en precios de 2020) por medio de planes de recuperación económica (también llamado Plan Marshall) para reconstruir el aparato productivo de las naciones del oeste europeo, pero también ello le permitió detener el avance del comunismo y su propia estrategia de desarrollo y crecimiento económico opuesto y visto como amenaza al capitalismo democrático ya asumido como ideología de Estado por parte de Estados Unidos.
Adicionalmente, también generaría una conferencia económica con diversos representantes de naciones europeas y economistas prominentes (como John Maynard Keynes), para diseñar y poner en marcha un nuevo esquema económico, financiero y comercial que tendría efectos universales más allá de dichos campos y que veremos más adelante.
El Sistema de Bretton Woods (1945-1971)
Hacia el fin de la Segunda Guerra Mundial, tanto Estados Unidos como Gran Bretaña, los países con la mayor infraestructura y desarrollo de las redes comerciales internacionales, se reunieron junto con 730 representantes de 44 naciones aliadas para deliberar respecto al futuro del sistema mundial financiero y de intercambio de la 2ª posguerra, de ahí se realizó la conferencia de Bretton Woods en el Mount Washington Hotel, en la cual se acordó como punto principal el establecer un tipo de cambio fijo y ajustable por el gobierno nacional, de acuerdo a intervenciones directas del Estado en el mercado financiero para evitar grandes fluctuaciones de la moneda nacional respecto al dólar estadounidense, el cual se convertiría en el patrón de referencia y convertibilidad a oro8 de las demás monedas involucradas en el comercio internacional.
Esto último con el propósito de evitar la consecución de los vicios previos a la llegada del Sistema de Bretton Woods (SBW), centrados en un proteccionismo financiero y comercial agresivo por parte de los Estados mundiales, que los orillara a un enfrentamiento directo por el control de mercados, y que previamente explicamos como gran fuente de ambas guerras mundiales.
Sin embargo, el anclaje al patrón dólar/oro por generaría, como vemos en la actualidad una dependencia extrema de todo el intercambio hecho por entidades públicas y privadas hacia el exterior, que generaría problemas a los pocos años de iniciado el SBW y cuyos efectos seguimos experimentando, pues hoy en día el porcentaje de total las transacciones comerciales (compra y venta) que se hacen en el mundo están dominadas en un 80% (de 200 pues se suman 100 de cada acción) por el dólar estadounidense.
De manera sustancial al objetivo del patrón fijo, tres organizaciones internacionales se crearon para ayudar a que ello se cumpliera en la realidad de manera concertada y fuera de los límites estatales, éstas serían el Fondo Monetario Internacional (FMI); el Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento (BIRF que hoy conocemos por Banco Mundial), y el Acuerdo General de Aranceles Aduaneros y Comercio (GATT que hoy conocemos como la Organización Mundial de Comercio).
En el caso del FMI, se creó para fomentar la cooperación monetaria internacional para el crecimiento del comercio mundial, y el desarrollo de las economías internas (por medio de préstamos principalmente), sin embargo, también adquirió funciones de consulta, colaboración y en diversos casos —generalmente cuando se condicionaron créditos para la reducción de las desigualdades de la balanza comercial9 y el crecimiento económico— de regulación pues el organismo debía ser plenamente informado cuando la devaluación fija sobrepasaba el 10%, así como la libre convertibilidad de sus monedas10. Para el caso del BIRF-BM, su acción quedó orientada hacia la concesión de préstamos a organismos gubernamentales nacionales, o instituciones privadas de los países miembros con previas garantías de los gobiernos11.
Finalmente, el AGAAC-OMC 12, aunque no formó parte del acuerdo de Bretton Woods, es imposible considerar el impacto y desarrollo del propio SBW sin dicha herramienta de carácter normativa, orientada a generar condiciones favorables que permitan el crecimiento del comercio internacional, ello a partir de principios como el de la nación más favorecida (no discriminación de ninguna mercancía extranjera y mismo trato a todo el comercio con el exterior), la limitación exclusiva de protección productiva nacional reducida a la imposición de aranceles, y de manera más extensa, la promoción del fin último del libre comercio mundial.
Gracias a los instrumentos previamente mencionados, y junto a un capitalismo estatal 13 y Estado Benefactor 14 adoptado por numerosos países, el comercio internacional alcanzó niveles nunca antes vistos, el PIB mundial tuvo una marcada expansión, las condiciones de vida y desarrollo de muchas personas en el mundo, y poco a poco se sentaban las bases del último periodo de la globalización como fenómeno, económico, tecnológico, político, que cumpliría su meta primordial totalizadora hasta algunos años después del final del SBW.
Desafortunadamente, en el propio crecimiento del SBW vendría su eventual perdición, pues cumplió su función de fomentar el desarrollo de todas las economías europeas y mundiales de posguerra pero con una excesiva dependencia, al menos en términos financieros de los dólares que pudiera proporcionar EEUU, de su propia balanza comercial que comenzaría a sufrir los mismos problemas deficitarios y de liquidez de dólares fincados en patrón oro que eran más escasos frente a la creciente actividad comercial, que muchos países de la época también enfrentarían como competidores en pleno auge y disputa por el poder económico hacia la década de los 60 como Japón, Alemania occidental, Francia y en un campo opuesto la URSS, o como economías nacionales en vías de desarrollo e inserción a la dinámica comercial de la segunda mitad del S. XX.
Durante el periodo previamente mencionado, la situación económica internacional no era la única que experimentaría nuevos confines de complejidad derivados de su boyante recuperación desde 1945, la Guerra Fría (1945-1991) entraba en una nueva etapa de reactivación conflictiva entre múltiples puntos del planeta, pasando por el teatro africano en plena independencia y descolonización (1960-1970 principalmente) , así como algunos países de Asia, el caribe latinoamericano, Oceanía, y sin mencionar el sinfín de conflictos y guerras de poder alimentadas por Washington y Moscú en todo el mundo, con el propósito de demostrar la superioridad ideológica y política de un enemigo sobre otro.
Con la problemática anteriormente expuesta, tanto dentro del SBW como fuera de él, el 15 de agosto de 1971, y frente a una inflación15 en escalada derivado de la excesiva impresión de dólares para financiar las políticas nacionales y exteriores en plena guerra fría se optó por terminar la libre convertibilidad del dólar a oro, y este tipo de patrón como de tipo de cambio fijo asociado a ello terminaría al cabo de unos años en aquel país y muchos otros (incluido México hacia finales de los 70).
Por lo que ahora, toda moneda nacional quedaba respaldada por la economía y gobierno del país representante y su tipo de cambio quedaría a merced de las fluctuaciones del mercado financiero internacional, y así el SBW que ayudó a recuperar a varias generaciones, tocaba a su fin, no sin iniciarse uno nuevo dentro de la política económica internacional, que generaría efectos hasta la fecha cuestionados y ampliamente debatidos por todos los sectores del espectro político universal.
Después de Bretton Woods: 1971 en adelante
Entre 1970 y 1980, diversos gobiernos, especialmente en América Latina y otros países en vías de desarrollo, trataron de mantener esto junto con el mejoramiento de las condiciones de vida de la población por medio de endeudamiento público por medio de bancos gubernamentales y préstamos otorgados por parte de las instituciones emanadas del SBW, el FMI y el BM, y de Estados Unidos de manera directa o por medio de programas administrados por agencias como USAID, el departamento de Estado entre otras.
Sin embargo, cuando las presiones económicas como el fin del SBW junto con problemas de crecimiento por parte de los gobiernos más desarrollados se enfrentarían a las primeras crisis mundiales desde 1929, éstas serían ocasionadas en parte por los shocks petroleros de 1973 y 1979, pero también por el estancamiento general aunado a la inflación en distintas naciones.
En respuesta a ello, ya entrada la década de 1980, Estados Unidos y Reino Unido desarrollarían una nueva corriente económica, y la harían extensiva a todo el mundo como la “receta del éxito” encargada de superar la crisis por medio de la reconversión de los desarrollos estatales en la economía, la sociedad y la política que en su momento llegó a generar el SBW, concentrados ellos en lo que ahora conocemos por Neoliberalismo16.
Es así como medidas concretas relacionadas a la privatización de la mayor parte posible de empresas públicas o estatales, la desregulación de la economía, la liberalización de la economía, las reducciones masivas de impuestos (especialmente a grandes empresas), el mantenimiento de la inflación en límites considerables a expensas de otras condiciones como el desempleo, la reducción del gobierno en funciones e intervenciones, la expansión de los mercados internacionales y la remoción de trabas para el flujo de mercancías y capitales se volverían la norma en los países desarrollados, y posterior a la caída del bloque socialista una norma en aquellos gobiernos que desearan formar parte de las naciones (neo)liberales de la ola democratizadora de 1990.
No obstante, y a modo de no ahondar respecto a debates sobre el valor de los impactos que ha tenido aquella política económica internacional, nos gustaría hacer un último recuento de lo que a nuestro parecer constituyen los mayores resultados del orden posterior al SBW, los cuales no hubieran sido posibles sin su aparición y desarrollo entre 1945 y 1971.
En primer lugar se encuentra la internacionalización masiva del comercio y las finanzas, lo cual ayudó a establecer un orden productivo internacional entre países con economías orientadas a la producción de materias primas, y a aquellos que eventualmente transitaron del periodo manufacturero a uno de mayor especialización productiva y por lo tanto de crecimiento económico mayor, y cuyo resultado podemos ver hoy con la diversidad y valor agregado que existe entre economías nacionales muy complejas y variadas, y aquellas que poseen un menor nivel de sofisticación, pero que no por ello en su momento se vieron rezagadas en el aprovechamiento de dicho crecimiento.
De manera conjunta a lo anterior, esta intensa actividad económica mundial dio pie al fenómeno que hoy conocemos como globalización, el cual, en términos amplios, representa la interconexión e interdependencia de Estados y sociedades a lo largo del globo en términos económicos, políticos, sociales, culturales, de consumo y de manera más reciente de comunicación e interacción en el mundo digital.
En segundo término, y ello no hubiera sido posible sin lo mencionado en el primer punto, hacia finales de la década de los 90, comenzó una revolución científico-tecnológica sin precedentes en la historia de la humanidad, sustentada en el dinamismo económico-comercial, y en el uso de los ordenadores y el internet para facilitarnos la vida, comunicarnos, hacer análisis, cuantificaciones, estudios y demás cuestiones benéficas que hoy nos permiten disfrutar mejores oportunidades de salud, entretenimiento, y hasta la libertad y capacidad de verter opiniones infinitas, e incluidas las mismas que apelan a este fenómeno como la “perdición del futuro humano frente al avance tecnológico”.
Conclusión: rescatar la esencia del SBW
Actualmente, y antes de la llegada del shock pandémico, numerosas economías nacionales, incluida la estadounidense y china, motores de la economía mundial, se encontraban en el umbral de la desaceleración tendiente al estancamiento y al enfrentamiento por el eventual desplazamiento de una por la otra en la pirámide de las potencias económicas internacionales, lo cual pintaba un futuro nada promisorio para el resto de los demás.
Por otro lado, la dinámica iniciada por el SBW de comercio internacional y flujo de divisas de manera irrestricta ha generado crisis más recurrentes para todas las economías nacionales, e incrementadas aquellas por el actual estado de interdependencia económica que existe entre todas ellas, esto sin mencionar el desbalance comercial nacional que se ha generado y en algunos casos parece ser asumido como condición de normalidad.
Lo anterior irremediablemente ha fomentado a construir un orden económico internacional contemporáneo de comportamiento incierto, asimétrico y fuertemente influenciado por grandes empresas transnacionales que hoy poseen las ganancias y capacidad de influencia similares a Estados nacionales e incluso mayores.
Por lo tanto, es necesario elaborar un nuevo programa, concertado con las economías más importantes de nuestro tiempo, incluidas las de China y EEUU, que generen un nuevo acuerdo económico internacional para reformar el sistema financiero y de comercio, ello para generar un nuevo panorama de crecimiento y desarrollo general más equilibrado, sostenible, y que impida (como en tiempos de Bretton Woods), repetir condiciones de inestabilidad y enfrentamiento que resuciten viejas prácticas imperiales y militares de los Estados, para hacer valer sus intereses económicos, pues los resultados, como ya bien sabemos y no debemos olvidar, pueden ser sumamente desastrosos.
Fuentes Consultadas
Teunissen Jan Joost y Akkerman Age, Eds., Global Imbalances and Developing Countries: Remedies for a Failing International Financial System, FONDAD, Países Bajos, 2007.
Jones, R.J. Barry, Routledge Encyclopedia of International Political Economy, Routledge, Reino Unido, 2001.
Steger, Manfred B. Steger, Globalization A Very Short Introduction, Oxford, Reino Unido, 2020.
Annemarie Heinrich (1912-2005), Portrait of Pablo Neruda, Wikimedia commons
Cuenta algún memorioso de la Ciudad de México, de aquellos que todavía caminan sin saberlo entre nosotros, vestido con el último anticuado traje que llevó puesto y con un cigarrillo en los labios —seguramente impelido por los anuncios del Buen Tono, aquella cigarrera que fundara Ernesto Pugibet—, que existió alguna vez un establecimiento que llevaba por gracia “La flor castellana” y que había nacido tres años antes de la muerte del Duque Job. Al principio, en el lugar se vendían víveres y bebestibles boticarios hasta que algunos lustros más tarde su oficio se decantó por el santo aroma del licor: una sagrada cantina. El sitio se enquistaba en la esquina de Ramón Guzmán y Artes, en el centro de la Ciudad, calles que hoy en día se reconocen como Insurgentes Centro y Antonio Caso, pero que llevaban esos otros nombres en los días anteriores a estos en donde podemos ver “cómo […] se ha[n] llenado de bancos donde la aritmética sólo sabe de números de usura, de plazas mercantiles enfrente de cuyos aparadores deslloran los tejados a contramano de Dios”,1 como escribiera Marco Antonio Campos, o como la llamaba el traductor Nacho Quirarte: “In-south-people”.
Cuenta nuestro intruso, también, que el martes 29 de septiembre de 1942, dos poetas, uno chileno y el otro mexicano, se reunieron en ese mismo lugar —ahora llamado solamente “La Castellana”— para preparar una lectura en el Teatro del Sindicato Mexicano de Electricistas —que estaba en Artes 45, ahora Maestro Antonio Caso 50— a manera de homenaje a los defensores de Stalingrado, con un costo de cincuenta centavos por persona para el fondo de ayuda de la URSS. El primero de ellos leyó “Canto de amor a Stalingrado”; el segundo, “Stalingrado en pie”. Algunas horas antes de la cita en el teatro —que era a las ocho de la noche y que contaba entre sus oradores a Roberto Ocampo González, Juan Manuel Elizondo y José Mancisidor—, al amparo de mesas y botellas, corrigieron los poemas.
Cuenta, en fin, el indiscreto, que veinte años después, en esa misma mesa, dos jóvenes poetas, estudiantes de la carrera de Lengua y Literaturas Hispánicas de la UNAM, se empeñaron en hablar con el dueño de la cantina para que les permitiera, en un acto de ebria justicia poética, colocar una placa que diera cuenta al “canto ronco de los hombres del vino” del encuentro entre Pablo Neruda y Efraín Huerta. Como escribe la poeta Raquel Huerta-Nava:
Ese día, [Efraín] Huerta comentó en su columna de El Popular, el retiro de las librerías de la ciudad de México de los ejemplares de Mi lucha, de Hitler impresos por los nazis en la Argentina, y el fallido intento del general Von Ribbentrop de minimizar la derrota nazi frente a Stalingrado, echando “una cortina de humo” sobre el asunto.2
La amistad entre El Gran Cocodrilo y Pablo Neruda data de mediados de 1940, cuando Neruda llega a México con el cargo de Cónsul General de Chile. Huerta cuenta, en 1972, que “el primer ensayo que leí sobre su obra apareció en […] Revista Hispánica Moderna, y lo firmaba Concha Meléndez”.3 En dicho artículo, la poeta y crítica puertorriqueña escribe, a propósito de Residencia en la Tierra:
Es indudable que Neruda está en su extremo imperio de terrestre poesía; poesía de dos caras, dominadora del surrealismo y la infrarrealidad. Tiene treinta y dos años; aún le quedan posibles imperios de sus ansias. Nadie en Hispanoamérica se expresó antes con igual pasión, más heridamente […] Nadie mejor que Neruda […] podría hacer suyas con más derecho las palabras de Apollinaire: “Piedad para los que combatimos siempre en las fronteras de los ilimitado y del porvenir”.4
Con sus —apenas— treinta y dos años a cuestas, Neruda era ya un poeta necesario en el imaginario artístico de Hispanoamérica, en parte, por el periplo diplomático en el que se embarcó desde muy joven y que influenciaría decididamente su poesía, en aquel viaje que inició en un día de junio de 1927 en el que se embarcó hacia Buenos Aires, para partir desde ahí hacia Rangún, en Birmania, y que lo llevaría a Ceilán, Batavia, Singapur, Barcelona, Madrid, París y México en tan sólo dos décadas.
Algunos años antes, sin embargo, un joven Pablo Neruda hizo el viaje —uno de los primeros de “el viajero inmóvil”, como lo llamara Emir Rodríguez Monegal— de su ciudad natal hacia Santiago para seguir con sus estudios “provisto de un baúl de hojalata, con el indispensable traje negro del poeta, delgadísimo y afilado como un cuchillo”.5 Llegó a la calle Maruri, número 513, del que decía el poeta: “no olvido este número por ninguna razón. Olvido todas las fechas y hasta los años, pero ese número […] se me quedó galvanizado en la cabeza […] por temor de no llegar nunca a esa pensión y extraviarme en la capital grandiosa y desconocida […] Escribí mucho más que hasta entonces, pero comí mucho menos”.6
Neruda, de apenas dieciséis años, llegaba a Santiago, la capital, desde Temuco, donde había sido corresponsal de la revista Claridad, órgano de la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile, y que contaba entre sus redactores a Alberto Rojas Jiménez, poeta a quien Neruda dedica “Alberto Rojas viene volando” —publicado en Revista de Occidente en la d, y a Juan Gandulfo, quien, en palabras de Neruda, “grabó en madera la portada y todas las ilustraciones de Crepusculario, mi primer libro, grabados impresionantes hechos por un hombre que nadie relaciona nunca con la creación artística”.7 La postura política que había comenzado en Temuco se había visto robustecida con el asalto, el 21 de julio de 1920, al local de la Federación de Estudiantes, por parte de la “juventud dorada” durante “La guerra de don Ladislao”. A propósito, Neruda escribió que “la justicia, que desde la colonia hasta el presente ha estado al servicio de los ricos, no encarceló a los asaltantes sino a los asaltados. Domingo Gómez Rojas, joven esperanza de la poesía chilena, enloqueció y murió torturado en un calabozo”.8
A partir de ese instante, la vida de Pablo Neruda correría por dos ríos paralelos que se entrecruzarían definitivamente en 1936 —año en que la guerra civil española hizo su funesta intromisión en el concierto mundial—: la poesía y la política, entendida ésta última en su prístino sentido aristotélico. Antes, a los diecinueve años había publicado, con una edición pagada por él, su primer libro, el citado Crepusculario, y al que Neruda consideraba un “libro infantil”.
Ya iba dejando atrás Crepusculario. Tremendas inquietudes movían mi poesía. En 1923 […] había vuelto a Temuco. Era más de medianoche […] El cielo me deslumbró. Todo el cielo vivía poblado por una multitud pululante de estrellas. La noche estaba recién lavada […] Me embargó una embriaguez de estrellas, celeste, cósmica. Corrí a mi mesa y escribí de manera delirante, como si recibiera un dictado, el primer poema de un libro que tendría muchos nombres y que finalmente se llamaría El hondero entusiasta.9
Dicho libro terminaría con la mayor parte de sus poemas rasgados entre las manos del poeta que había visto en ellos una influencia demasiado perceptible del poeta uruguayo Carlos Sabat Ercasty. “Debía desconfiar de la inspiración […] Tenía que aprender a ser modesto”.10 Abandonó ese poemario —los poemas que sobrevivieron de esa época se publicarían, con el mismo título, diez años después—y comenzó la escritura de Veinte poemas de amor y una canción desesperada, que se editó un año después de Crepusculario, en 1924, en la editorial Nascimento, de Carlos George-Nascimento —la misma que también había publicado en 1922 la edición chilena de Desolación, de la egregia Gabriela Mistral—. La naturaleza de Temuco, el amor febril de la primera juventud, la vida en la ciudad ajena, la universidad y la cofradía cómplice y noctívaga, la contemplación del yo y la melancolía del Werther están en estos dos primeros libros, cuyos versos —alguno— han sobrevivido cien años y todavía se repiten en escuelas y conversaciones. Baste recordar “Farewell” de Crepusculario:
Ya no se encantarán mis ojos en tus ojos,
ya no se endulzará junto a ti mi dolor.
Pero hacia donde vaya llevaré tu mirada
y hacia donde camines llevarás mi dolor.
Fui tuyo, fuiste mía. Qué más? Juntos hicimos
un recodo en la ruta donde el amor pasó.
Fui tuyo, fuiste mía. Tu serás del que te ame,
del que corte en tu huerto lo que he sembrado yo.
Yo me voy. Estoy triste: pero siempre estoy triste.
O este fragmento del poema XVIII de los Veinte poemas…
Aquí te amo y en vano te oculta el horizonte.
Te estoy amando aún entre estas frías cosas.
A veces van mis besos en esos barcos graves,
que corren por el mar hacia donde no llegan.
Ya me veo olvidado como estas viejas anclas.
Son más tristes los muelles cuando atraca la tarde.
Se fatiga mi vida inútilmente hambrienta.
Amo lo que no tengo. Estás tú tan distante.
Mi hastío forcejea con los lentos crepúsculos.
Pero la noche llega y comienza a cantarme.
La luna hace girar su rodaje de sueño.
Me miran con tus ojos las estrellas más grandes.
Y como yo te amo, los pinos en el viento, quieren cantar tu nombre con sus hojas de alambre.12
Estos versos de melífera andadura podrán ser leídos, en nuestro triste y fustigante siglo, bajo la piedad del contexto. No obstante, es ineludible que en su apuesta estética conviven estas líneas, todavía demasiado cercanas a un modernismo desfalleciente, con poemas que preludian la adjetivación insólita y la profunda inquietud por el destino del ser:
Maestranzas de noche
Fierro negro que duerme, fierro negro que gime
por cada poro un grito de desconsolación.
Las cenizas ardidas sobre la tierra triste,
los caldos en que el bronce derritió su dolor.
Aves de qué lejano país desventurado
graznaron en la noche dolorosa y sin fin?
Y el grito se me crispa como un nervio enroscado
o como la cuerda rota de un violín.
Cada máquina tiene una pupila abierta
para mirarme a mí.
En las paredes cuelgan las interrogaciones,
florece en las bigornias el alma de los bronces
y hay un temblor de pasos en los cuartos desiertos.
La búsqueda y la consciencia, la ardorosa construcción juvenil y la voz que madura —quemadura, a la manera de Villaurrutia—, la vida íntima del poeta como creador pero también como sujeto histórico, el siglo que se despierta decimonónico pero que en su infancia se torna moderno con los conflictos bélicos y la escisión del mundo: todo lo construye el poeta, y sus dos primeros libros —escritos entre los catorce y los diecinueve años— son los primeros escarceos con universo que no dejará de conformarse.
En la época en que estos libros se publicaron, el mundo, y la vida en Chile, cambiaban. Arturo Alessandri llegó a la presidencia con el apoyo del movimiento popular chileno, con una “oratoria flamígera y amenazante”. Neruda, fiel a sí mismo, escribiría a propósito de Alessandri:
A pesar de su extraordinaria personalidad, pronto, en el poder, se convirtió en el clásico gobernante de nuestra América; el sector dominante de la oligarquía, que él combatió, abrió las fauces y se tragó sus discursos revolucionarios.14
Pablo Neruda escribía semanalmente en la revista Claridad, y los periódicos obreros, las organizaciones sindicales y los líderes populares se manifestaban y eran reprimidos constantemente. Así comenzaba el poeta a transitar entre dos aguas. “No era posible cerrar la puerta a la calle dentro de mis poemas, así como no era posible tampoco cerrar la puerta al amor, a la vida, a la alegría o a la tristeza en mi corazón de joven poeta”.15 Un premio literario estudiantil, una cierta popularidad de sus libros y su capa lo llevaron a Rangún, como diplomático; en el viaje a aquella ignota tierra, comenzaría a pergeñar los versos de Residencia en la tierra; sin embargo, antes de su publicación, cabe señalar tres libros que se editaron entre 1926 y 1933, año de publicación del citado poemario: Tentativa del hombre infinito, El habitante y su esperanza y El hondero entusiasta. De su labor diplomática habría mucho que escribir y está documentado profusamente en Confieso que he vivido y Para nacer he nacido, por ejemplo. En ambos libros, Neruda reniega de la supuesta influencia que su estadía en Extremo Oriente tuvo en Residencia en la tierra. “No creo, pues, que mi poesía de entonces haya reflejado otra cosa que la soledad de un forastero trasplantado a un mundo violento y extraño”.16 En el barrio de Wellawatta, en Colombo, ciudad de la antes llamada Ceilán, ahora Sri Lanka, Neruda termina de escribir el poemario que señalaría una nueva posibilidad léxica de construcción, sin dejar la febril vena de sus versos. En “Tango del viudo”, escrito en Calcuta, en noviembre de 1928, escribe a propósito de su rompimiento con Josie Bliss, quien “me perdió porque en su sangre crepitaba sin descanso el volcán de la cólera”:17
Tango del viudo (fragmento)
Maligna, la verdad, qué noche tan grande, qué tierra tan sola!
He llegado otra vez a los dormitorios solitarios,
a almorzar en los restaurantes comida fría, y otra vez
tiro al suelo los pantalones y las camisas,
no hay perchas en mi habitación, ni retratos de nadie en las paredes.
Cuánta sombra de la que hay en mi alma daría por recobrarte,
y qué amenazadores me parecen los nombres de los meses,
y la palabra invierno qué sonido de tambor lúgubre tiene.18
La voz poética decantada canta de nuevo a la soledad, pero vestida con un tamiz obtenido por el viaje y la incomunicación que mantuvo durante esos años por las limitaciones obvias, por las carencias y el mundo colonizado que se le presentó ante sus ojos. Después de la larga andadura por el ajeno Oriente regresa a Chile en 1932, para volver a partir, esta vez, hacia Buenos Aires. En la capital argentina, conoció a Federico García Lorca, en quien encontró un talante afín al suyo y a quien admiró sinceramente. El 20 de noviembre de 1933, en un banquete que se les ofrecía en el PEN Club, ambos poetas esgrimieron un discurso al alimón, en palabras de Lorca:
Dos toreros pueden torear al mismo tiempo el mismo toro y con un único capote. Ésta es una de las pruebas más peligrosas del arte taurino. Por eso se ve muy pocas veces. No más de dos o tres veces en un siglo y sólo pueden hacerlo dos toreros que sean hermanos o que, por lo menos, tengan sangre común. Esto es lo que se llama torear al alimón. Y esto es lo que haremos en un discurso.19
En la conocida alocución, Neruda y Lorca preconizan a Rubén Darío, que en esa época había sido un tanto olvidado por los vanguardistas, nombrándolo el “gran poeta de nicaragüense, chileno, argentino y español”.20 Esa sería una de tantas complicidades entre los dos poetas. En otra ocasión, Lorca escribe junto a Pablo Neruda Paloma por dentro o sea la mano de vidrio, “ejemplar único hecho en honor de Doña Sara Tornú de Rojas Paz”,21 que se compone de siete poemas de Neruda ilustrados por Lorca. El último dibujo lleva un lúgubre pie: “Cabezas cortadas de Federico García Lorca y Pablo Neruda autores de este libro de poemas”22 De esta aventura bonaerense, además de la complicidad de García Lorca y de Neruda, resalta la publicación, en la revista Poesía, de poemas que son parte de libros fundacionales de la literatura hispanoamericana: Residencia en la tierra y Poeta en Nueva York. Poco después, en 1934, Neruda fue trasladado a Barcelona, bajo el mando de Tulio Maqueira, el cónsul general, quien lo envió a Madrid, para cumplir con su encomienda diplomática.
En la capital española, Neruda viviría intensamente tanto en la poesía como en la Política. Sus relaciones con Lorca, Rafael Alberti, Miguel Hernández, Manuel Altolaguirre, José Bergamín, Luis Cernuda y Vicente Aleixandre, entre muchos otros, quedaron registradas en, por ejemplo, Caballo verde. El cariño o ternura que le provocaba el autor de El rayo que no cesa hizo que Neruda escribiera a propósito de él: “Su rostro era el rostro de España. Cortado por la luz, arrugado como una sementera, con algo rotundo de pan y tierra. Sus ojos quemantes, ardiendo dentro de esa superficie quemada y endurecida al viento, eran dos rayos de fuerza y de ternura”.23
Rafael Alberti, por su parte, recordaría cómo, después de la publicación de Residencia en la tierra, de Cantos materiales y de “tanto lirismo delirante de hombre solo y atormentado […] me trajiste tu primer poema desgarrado, y ya ‘comprometido hasta la médula’, para aquella terrible guerra que tú ya estabas viviendo. Era el ‘Canto a las madres de los milicianos muertos’, que Louis Aragon saludaría en Francia ‘como la introducción más gigantesca a la literatura moderna de nuestro tiempo”:24
Canto a las madres de los milicianos muertos (fragmento)
Pero
más que la maldición a las hienas sedientas, al estertor
bestial
que aúlla desde el África sus patentes inmundas,
más que la cólera, más que el desprecio, más que el llanto,
madres atravesadas por la angustia y la muerte,
mirad el corazón del noble día que nace,
y sabed que vuestros muertos sonríen desde la tierra
La guerra civil española dejaría a Neruda sin García Lorca y sin Miguel Hernández, y con “un millón de muertos [e] incontables y oscuras prisiones”. Por su participación en la defensa de la República, el gobierno chileno destituyó a Neruda del cargo consular, por lo que se trasladó a París, en donde organizó congresos en contra del fascismo, trabajó en una asociación de defensa de la cultura y organizó, después de acabada la guerra y de un furtivo regreso a su tierra, un viaje en el barco Winnipeg, que trasladaría a tres mil españoles exiliados en París hacia Chile, puesto que la segunda guerra mundial era inminente, comisionado, nuevamente, por el gobierno chileno, que había cambiado y ahora, 1939, era dirigido por el Frente Popular de Chile.
La vida accidentada lo llevó durante la guerra de Europa hacia América, cumplió con su encargo de ofrecer su patria como exilio y en 1940 lo enviaron a México, “con su nopal y su serpiente; México florido y espinudo, seco y huracanado, violento de dibujo y de color, violento de erupción y creación”. 26 Efraín Huerta escribe:
Una noche de verano de 1940, Octavio Paz me llamó por teléfono: “Estamos con Pablo Neruda en el bar Alfonso, en Motolinía y Cinco de Mayo. Te esperamos”. Después, otros bares y más poetas. Nos regíamos, naturalmente, por el Estatuto del vino. Y hacíamos la revista Taller. Después no hicimos nada, como no fuera entregarnos en cuerpo y alma a la causa de las naciones libres. 27
En esa reunión estuvieron, además de Huerta y Neruda, Carlos Pellicer, Paz, Andrés Henestrosa y Silvestre Revueltas, quien moriría pocos días después de su encuentro. La devoción que los artistas mexicanos le profesaban a Neruda era por su poesía, sí, pero también por su activismo. Y era recíproca, la amistad que lo unió a la familia Revueltas, la admiración por Ramón López Velarde y la calidez de la despedida del país en 1943 son testigos de ello. En el panteón francés, Neruda leyó su “Oratorio menor a la muerte de Silvestre Revueltas”:
Tu corazón de catedral nos cubre en este instante, como el firmamento
y tu canto grande y grandioso, tu ternura volcánica,
llena toda la altura como una estatua ardiendo.
¿Por qué has derramado la vida? ¿Por qué has vertido
en cada copa tu sangre?
¿Por qué has buscado como un ángel ciego,
golpeándose contra las puertas oscuras?
Ah, pero de tu nombre sale música
y de tu música, como de un mercado,
salen coronas de laurel fragante
y manzanas de olor y simetría.
En este día solemne de despedida eres tú el despedido,
La vida le depararía todavía dos décadas de funambulismo al poeta Neruda, cientos de páginas que se publicaron copiosamente y que hacen casi inabarcable su conocimiento y varias luchas que terminarían en Isla Negra en 1973, algunos días después del asesinato del presidente Salvador Allende por la oligarquía y que instauraría un régimen militar de angustiantes años. Es, quizás por esos días, que los dos jóvenes poetas, embargados por la tristeza del golpe militar y la muerte de Neruda y arrastrados por el “potro del alcohol”, quisieron convencer al propietario de aquel brevísimo homenaje a ambos escritores. Evidentemente, fueron rechazados, y dirigieron sus ansias etílicas hacia Nonoalco, en donde declararon su odio a la ciudad hasta que el sueño los venció y quedaron al amparo del puente que se erguía sobre ellos. En sus sueños, quizás, dos poetas oficiaban nuevamente el amoroso rito de escribir juntos —frente a un par de botellas, en la cantina La Castellana, en la esquina de Ramón Guzmán y Artes, a propósito de Stalingrado—: San Efraín Aseteado y Pablo Neruda, residente en la tierra.
Hagamos un viaje en el tiempo. Desplacémonos hasta el año Trece Hierba, Matlactiyei Mallinalli, según el xiuhpohualli, uno de los calendarios utilizados en ese entonces por los tenochcas —que vendría a corresponder con el 1518 de la era común implementada desde el occidente europeo—. Podemos pararnos a los pies del Templo Mayor y desde ahí recorrer la ciudad, nada nos impide hacerlo, pero, mejor entremos a ella como hubiera entrado cualquiera entonces a la ciudad del lago. Tenemos entonces cuatro opciones para arribar, una puede ser en barca e ingresar en los múltiples puertos con los que cuenta, aunque el lago no es de gran profundidad permite la navegación de barcas; muchas de las mercancías para el mercado y de los tributos hacían su fase final hacia Tenochtitlan por este medio.
Se embarcaría, por decir algo, en Texcoco, en la parte oriental del lado. Mientras cruzamos el lago veremos elevarse en la distancia, hacia el poniente, cihuatlampa lo llaman los nahuatlatos, la ciudad. Pasaríamos cerca del Tepetzinco, el actual Cerro del Peñón de los Baños —el remero nos llevaría sobre las actuales pistas del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México—. En este viaje también cruzaríamos el dique de Nezahualcoyotl, obra que el príncipe texcocano levantó para que las aguas dulces y saladas del lago no se mezclaran y evitar las inundaciones de las ciudades insulares. Desembarcaríamos en el puerto de Texcoco, que se encontraba en lo que hoy es la Terminal de Autobuses de Pasajeros del Oriente (Tapo). Desde aquí se podría llegar a pie al centro de la ciudad, al recinto sagrado. La espalda de la mole del Templo Mayor es visible, a nuestra derecha, al norte, el barrio de Atzacualco; a la izquierda, al sur, Zoquiapan; dos de los tres barrios en los que se dividía la ciudad; sin tomar en cuenta a Tlatelolco. Mientras avanzamos por la ciudad la pirámide de cuatro cuerpos sobrepuestos se ve más y más grande, su encalado resplandece al sol. Cruzamos un par de puentes que están sobre los canales que atraviesan la ciudad. Los palacios tienen almenas cocidas y coloridas, con las formas de diferentes glifos; es una ciudad blanca en la que no veremos basura alguna en el suelo, un servicio de limpieza constante se asegura de ello. También del recogido en los hogares de desperdicios que puedan ser utilizados en las chinampas que bordean a la ciudad y algunos canales. Antes de alcanzar la espalda del recinto sagrado hemos de pasar por dos edificios de importancia: uno es el Tepochcalli y el otro es la Casa de las Aves. El primero es la escuela para el pueblo llano, los macehuales. Tenochtitlan ofrecía educación para toda su población, no sólo para la élite —aunque ésta tenía sus propias escuelas: el Calmecac—.
El Tepochcalli era el sitio donde los hijos de los macehuales adquirían conocimientos básicos de la religión estatal, regida desde el Templo Mayor, pero también los templos de cada barrio; también era el lugar donde se les instruía lo necesario para el campo de batalla; como parte de la ciudad todos tenían la obligación de participar en las guerras en las que se enfrascaba la Excan Tlatoloyan, la Triple Alianza; así mismo, la actividad bélica era una de los pocas vías que los macehuales tenían para la movilidad social, si lograban hacerse de cautivos (el número o la calidad de los mismos era determinante para su ascenso).
La Casa de las Aves era un aviario en el que se resguardaban pájaros de diversos orígenes, rapaces como águilas, quebrantahuesos o cuervos, hasta más exóticas como el quetzal. Para ello, al interior de ese edificio se recrearon algunos de los ambientes de los cuales procedían, una pileta con flora lacustre para patos, gansos, pelícanos y demás aves acuáticas.
Una vez que se dejaron esos dos edificios a la espalda hemos arribado al Templo Mayor, a su espalda. Hay algunos templos que rodean la espalda, pequeñas capillas que con su colorido rojo contrasta con el edificio que domina el panorama. La mole blanca de cuatro estructuras superpuestas se eleva frente a nosotros. Pero todavía no hemos llegado. Caminemos hacia la izquierda, le daremos la vuelta a la pirámide, al sur, detrás de otros templos, en la esquina del recinto sagrado está la residencia del tlahtoani, el palacio de Moctezuma —sobre él se habrá de elevar el palacio virreinal, hoy Palacio Nacional—.
II
Cem anahuac yolloco, el corazón de todo el mundo. El Templo Mayor era visto como un Axis mundi, el centro del universo, donde coincidían los cuatro rumbos, los nueve inframundos y los trece cielos. En un sentido menos simbólico lo era, hacia 1519 la ciudad de la isla controlaba el valle de México y exigía tributo en lugares tan alejados como el Soconusco, al sur, en la Huasteca, al norte y en la costad del Golfo y del Pacífico.
Tenochtitlan fue diseñada expresamente para representar espacialmente al cosmos en su arquitectura urbana. Las cuatro calzadas que la dividían marcaban los cuatro rumbos del mundo; cada rumbo vinculado con una divinidad: Xipe Totec al oriente, su color era el rojo, y estaba relacionado al sol naciente y a la regeneración; Tláloc al norte, el mundo del frío y de la muerte, su color era el negro; Quetzalcóatl al poniente, su color era el blanco, el rumbo de las mujeres —quienes morían en su primer parto acompañaban al sol desde el cenit hasta su puesta, del mismo modo en el que los guerreros caídos en batalla lo hacían desde el amanecer hasta que el sol alcanzaba su cenit— y Huitzilopochtli al sur, el lugar de la vegetación, de la abundancia.
De haber sido una isla tributaria de los Azcapotzalcas hasta que se convirtieron en el centro político y económico del Valle de México pasaron dos siglos. En esos dos siglos, los isleños aprendieron a desarrollar complejas tecnologías que les permitieron aprovechar el poco espacio a su disposición (tanto las chinampas como la construcción con pilotes que les permitió aumentar el tamaño original de las islas). Pasaron, así mismo, de ser mercenarios a disposición de Azcapotzalco a negociar su propia alianza, que a la postre terminaron controlando. Hacia 1520 Tenochtitlan y Tlatelolco albergaban entre 250 000 y 50 000 habitantes —Camilla Townsend, siguiendo a Susan Toby Evans se decanta por las cifras más bajas dada la densidad demográfica necesaria para albergar el cuarto de millón de personas en el espacio que ocupaba Tenochtitlan y Tlatelolco—; incluso en las estimaciones más conservadoras siguen haciéndola una de las ciudades más pobladas del mundo hacia principios del siglo XVI.
III
Para llegar por las calzadas tenemos tres opciones: desde el norte tomar la calzada de Tepeyac —que actualmente se corresponde con la Calzada de los Remedios—, desde el poniente sería la calzada de Tlacopan —en la moderna Ciudad de México es una vía que tiene muchos nombres: Tacuba, avenida Hidalgo, Rivera de San Cosme, calzada México-Tacuba— y por último por el Sur, la calzada de Iztapalapa —que se correspondería con la Calzada de Tlalpan, San Antonio Abad y Pino Suárez; gran parte de la línea 2 del metro sigue el trayecto tanto de la calzada sur y poniente—. Primero partiremos desde el norte; detrás de nosotros está Ehecatepec, cerro del que se extraía piedra para muchas de las esculturas monumentales que se labraron y erigieron en Tenochtitlan.
Al cruzar el lago primero llegaremos a la ciudad hermana de Tenochtitlan, Tlatelolco, con la cual mantuvo en ciertos momentos de su historia una relación tirante; cuando se conformó la Excan Tlaltoloyan no se alió a Tenochtitlan contra Azcapotzalco, aunque sí lo hizo después, en 1473 Axayacatl se enfrentó al tlatoani tlatelolca, Moquihuix, el recinto sagrado de Tlatelolco fue desacralizado y el mercado pasó de ser periódico a permanente, bajo el control tenochca. Este mercado era uno de los más grandes del Altiplano, tenía mercancías de todos los territorios que habían sido sometidos y de lugares aún más alejados. Había jueces designados por el Cihuacoatl de Tenochtitlan quienes dirimían conflictos y garantizaban pesos, así como el orden y buen concierto del mercado. Ese orden maravilló a los españoles a su llegada, tanto Cortés como Bernal Díaz del Castillo dejan constancia de la fascinación que les produjo; así, como ejemplo, este extracto del capítulo LXXXV de la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España:
¿Para que gasto yo tantas palabras de lo que vendían en aquella gran plaza? […] Pues pescaderas y otros que vendían unos panecillos que hacen de uno como lama que cogen de aquella gran laguna, que se cuaja y hacen panes de ello, que tiene un sabor a manera de queso; y vendían hachas de latón, cobre y estaño, y jícaras, y unos jarros pintados, hechos de madera. Ya querría haber acabado de decir todas las cosas que allí se vendían, porque eran tantas de diversas calidades, que para que lo acabáramos de ver e inquirir, como la gran plaza estaba llena de gente y toda cercada de portales, en dos días no se viera todo.
Nosotros podemos tomarnos todo el tiempo que queramos recorriendo el mercado, el cual estaba estrechamente vinculado con las expansiones de la Excan Tlatoloyan. Los mercaderes jugaban un papel determinante, en sus viajes en busca de mercancías servían a Tenochtitlan como espías, tanto así que se les llegaba a nombrar ratoncitos del tlatoani; a su regreso a la ciudad traían informes de las mercancías que las comunidades tenían, pero también de las defensas y la resistencia que pudieran ofrecer en caso de ataque.
IV
La Excan Tlatoloyan, la Triple Alianza, era una confederación conformada por Tlacopan, Texcoco y Tenochtitlan en la cual en teoría las tres ciudades tenían el mismo estatus y la misma capacidad de negociación y de proponer avances en nuevos territorios. Pero ya para el reinado de Moctezuma Xocoyotzin fue evidente que el poder procedía de una de las tres ciudades e incluso el poder de las tres no fue equitativo desde mucho antes de eso, Tlacopan fue desplazada muy pronto de la toma de decisiones casi apenas se conformó la alianza.
La Excan Tlatoloyan se conformó para enfrentarse a Maxtla, el tlatoani de Azcapotzalco, la ciudad a la que eran tributarias la mayoría de las ciudades del Valle de México en 1427. En esa revuelta reconfiguró el equilibrio de fuerzas entre las diferentes ciudades y Tenochtitlan, encabezada por Izcoatl como tlatoani y su sobrino Tlacaelel como Cihuacoatl —era un título pero también una divinidad cuya traducción lo mismo puede ser mujer serpiente o gemela—, estuvo en posición de pasar de ser una isla de tributarios y mercenarios a exigir tributo para sí. Ese cambio es visible en los estratos arqueológicos (la Etapa III del Templo Mayor se corresponde a este periodo). Los avances de los ejércitos tenochcas comenzaron.
Se ha discutido el tipo de entidad política que era la Excan Tlatoloyan, si es válida la consideración de imperio e incluso se ha llegado a decir que esa consideración fue una exageración deliberada de los españoles para justificar su conquista y darle más realce a sus hazañas. Ciertamente no se trató de un imperio colonialista, pero sí era una entidad que, aunque no exigía un control absoluto sobre las comunidades que sometía sí exigía tributos en función de las materias y bienes que cada región produjera. Así, por ejemplo, la Matricula de los tributos —obra que se realizó entre 1522 o 1530 basada en una pieza previa a la conquista— señala cuánto y qué habrán de tributar los diversos pueblos sometidos a Tenochtitlan. En ese sentido sería más parecida a la Roma republicana previa a las guerras púnicas, cuando, según Mary Beard en SPQR, la expansión militar de la ciudad del Lacio era exclusivamente con fines tributarios.
V
La calzada poniente comenzaba en Tlacopan, la actual Tacuba, y terminaba a los pies del Templo Mayor, más exactamente a los pies de la escalinata sur del mismo, la de Huitzilopochtli. Estamos imaginando este viaje antes de que ningún español conozca la ciudad, así que el 30 de junio de 1520 aún está por venir y todavía no ocurre la huida que realizan por esta calzada luego de ser expulsados por los tenochcas.
Antes de entrar a la ciudad al norte podemos contemplar la isla de Nonoalco que como el resto de las islas originales forman parte de una unidad urbana hecha de canales, calles y obras que han permitido ganar terreno al lago.
Mientras caminamos por la calzada podemos contemplar el acueducto de Chapultepec, una de las entradas de agua dulce que tenía la ciudad. Al entrar en Tenochtitlan nos reciben los adoratorios que bordeaban los cruces de caminos, pequeños templos en los que la efigie de una Cihuateteo es adorada y a cuyos pies se dejaban ofrendas de comida —es una escultura de una mujer con el pecho descubierto, un par de serpientes anudadas en su cintura hacen las veces de cinturón, los ojos están cerrados indicando que la figura representada ha muerto; se trata de la divinización de las mujeres que murieron en el primer parto, las guerreras que acompañaban al sol en su recorrido desde el mediodía hasta la puesta—.
Al entrar tenemos al norte de nosotros el barrio de Cuepopan y al sur el de Moyotlan. El panorama de la isla es dominado por el Templo Mayor con su doble adoratorio en la cúspide, otros templos del recinto sagrado sobresalen también de las casas y mansiones que componen el paisaje urbano —la mayoría de las construcciones son de una sola planta, aunque no eran infrecuentes las de dos plantas—. La ciudad es blanca, al menos la que da su cara a las calzadas, las chozas de los macehuales, de juncos o de adobe sin enjarrar, se encuentran en la orilla de la isla. Aquí las mansiones son blancas con acabados en rojo, adornadas con cenefas de grecas o motivos más complejos, como mariposas, flores u otros glifos, así mismo algunas son coronadas por almenas que comparten el colorido de los motivos que adornan las paredes bajo ellas.
Podemos dejar un poco la calzada y caminar unos pasos al sur —digamos la distancia que hay hoy entre el Palacio de Correos y la Torre Latinoamericana— para visitar la Casa de las Fieras. Un palacio en el que se resguardaban algunos de los carnívoros que los tenochcas apreciaban no sólo por su capacidad de caza sino por su vinculo con las divinidades. Así el jaguar y el ocelote, que tenían su espacio en ese primer zoológico, avant la lettre—aunque se sabe que al menos en Texcoco y Chapultepec había recintos análogos— estaban vinculados con la noche y el Tezcatlipoca negro; el culto a estos animales en el México Antiguo está atestiguado desde el periodo olmeca, dos mil años anterior a los mexicas, por su capacidad de camuflaje y, se creía, de ingresar en el inframundo por medio de las cuevas. En la casa de las fieras también había lobos, coyotes, pumas, linces e incluso osos y búfalos. También se contaba con un reptilario en el que se mantenían serpientes de múltiples especies: las más apreciadas eran las cascabeles; así como tortugas, cocodrilos y caimanes. Este espacio era de uso exclusivo de los pipiltin, los nobles; se ha argumentado también que algunos de estos animales servían para algunas ceremonias en los que era necesario hacer sacrificios de determinados animales en función de su relación con alguna divinidad en determinadas fechas.
Antes de dejar la Casa de las Fieras, admiremos las vigas y los dinteles de madera labrada de las puertas, un arte del que hoy apenas quedan vestigios dadas las condiciones del Valle de México poco propicias para la preservación de este tipo de materiales —así como textiles o plumarios, artes que los españoles admiraron a su llegada pero que se perdieron o fueron transformadas con la conquista—. Serpientes emplumadas, aves de diversa índole, grecas recorren la madera.
Volvamos pues a la calzada. Crucemos la Coatepantli, la muralla de serpientes, aunque en strictu sensu no es una muralla, sí es una plataforma que separa la ciudad del Recinto Sagrado. Hemos llegado al centro del mundo, este espacio es habitado por los nobles que dirigen la ciudad y la Excan Tlatoloyan. Fray Bernardino de Sahagún, en su Historia general de las Cosas de la Nueva España señala que había setenta y ocho edificios en este espacio. Nosotros podemos ver al norte el Calmecac, la escuela para los hijos de los pipiltin —hoy podemos visitar parte de ella en el sótano Centro Cultural España en México—; en esta escuela aprendían a utilizar las diversas armas que los guerreros portaban en batalla, desde la maza-espada macahuitl con afilada obsidiana, hasta el lanzadardos, así mismo aprendían la compleja religión mexica y los rudimentos de la lectura de los glifos.
Entre los edificios están palacios que pertenecieron a otros gobernantes ya fallecidos, como el de Axayacatl, que está al poniente, a un lado de donde hemos llegado. Ahí podemos ver algunos templos, el de Tonatiuh, el sol, que nos da la espalda pues su entrada principal apunta al oriente, como lo hace también el redondo de Ehecatl. También es posible observar el juego de pelota, aunque desde nuestra perspectiva a nivel de calle es difícil ver su característica forma de I latina. Ahí está también el Tzompantli, la muralla de cabellos —para los nahuas en el cabello residía la fuerza de la persona, de ahí que decir que alguien fue prendido de los cabellos era una forma de decir que lo habían hecho cautivo; aunque se suele traducir como muro de cráneos por ser el atributo más visible de esta estructura—, en ella, en estacas horizontales se colocaban los cráneos de sacrificados en determinadas ceremonias, había varios tzompantlis en el Recinto Sagrado, algunas en las que los cráneos estaban esculpidos en piedra.
En este espacio se reflejaba lo imbricado que estaba la vida religiosa, militar y política en Tenochtitlan. Así los dos principales grupos guerreros que conformaban las fuerzas de la ciudad tenían sus templos a los costados del Templo Mayor. Al norte la Casa de las Águilas, donde los guerreros águila se consagraban y eran preparados para la batalla; se ha especulado que parte de las ceremonias para la entronización del nuevo tlatoani se llevaran a cabo aquí. Al sur estaba la Casa de los Jaguares, un espacio análogo al anterior, pero dedicado a los guerreros jaguar, estos se ataviaban como el felino en la batalla y, a diferencia de los guerreros águila, estaban conformados por macehuales que habían logrado hacer prisioneros en la batalla.
Por fin estamos al pie de la gran ku, como la llamaron los españoles a su llegada. Nos contemplan serpientes enormes policromadas. El Templo Mayor es dos templos, está consagrado a dos fuerzas, la norte a Tláloc, la sur a Huitzilopochtli. La parte norte tiene figuras de ranas y motivos acuáticos que evocan su condición de Tonocatepetl, literalmente el cerro de nuestra carne, pero traducido más frecuentemente como el Cerro de los Mantenimientos, la montaña donde se resguardan todos los alimentos, el sitio del que Quetzalcóatl robó el maíz para hacer a los seres humanos y para darnos alimento. El sur era conocido como Coatepec, el cerro de la serpiente, el sitio según el cual nació ya armado Huitzilopochtli, donde tuvo el enfrentamiento con las fuerzas de la noche, encarnadas en su hermana Coyolxauhqui y los cuatrocientos del sur, los huitznahua, a quienes derrotó con su arma la Xiuhcoatl, serpiente de fuego, una metaforización del primer rayo del sol; a Coyolxauhqui la desmembró y la lanzó ladera abajo del Coatepec; así podemos ver una escultura de la mujer desmembrada a los pies de la escalinata sur; el triunfo de Huitzilopochtli sobre su hermana, el triunfo del día sobre las fuerzas de la noche.
Arriba están los cuatro adoratorios, desde esta cumbre podemos contemplar toda la ciudad y desde aquí los sacerdotes dirigen muchas de las fiestas que se celebran en el recinto sagrado. Aquí se llevaban a cabo los sacrificios humanos que los españoles pronto se dedicaron a exagerar.
VI
Los mexicas a la llegada de los españoles no los consideraron dioses. Camilla Townsend en Burying the white gods demuestra que en las fuentes indígenas esta consideración no se consolida sino hasta treinta o cuarenta años después del contacto, cuando los hijos de los nobles mexicas (pero también texcocanos y de otros sitios del valle) sabían del poderío de sus ancestros y necesitaban una forma de justificar la traumática derrota que sufrieron en 1521. Para Townsend así surgió el mito del dios que vendría, un mito que no existía en el mundo del México Antiguo pero que sí era común en la Europa premoderna.
Townsend, tanto en el ensayo mencionado como en Fifth Sun, explica que a los españoles se les llamó teotl —teule como lo castellanizaron— porque en el mundo nahua a las personas se les nombraba en función del lugar del que procedían, pero los recién llegados carecían de un lugar de procedencia, pues nadie hasta ese momento había escuchado hablar de ninguna Castilla o ninguna España —Caxtitlan sería la forma posterior en que en náhuatl se referirían a la península—, así que les dieron el nombre que se les daba a los dioses, pero también a lo indefinido. Aunque teotl puede ser traducido como divinidad, o lo que tiene atributos divinos, también puede ser traducido como terrible, desconocido o sin definición clara.
No deja de llamar la atención que Bernal Díaz del Castillo recuerde más de cuatro décadas después del suceso quien desmintió su propia divinidad y señaló que era un mortal como el resto de las personas fue Moctezuma no Cortés:
Y luego Moctezuma riendo […]: “Malinche [así se referían tanto a doña Marina como a Cortés]; bien sé que te han dicho esos de Tlaxcala, con quien tanta amistad habéis tomado, que soy como dios o teul, y cuanto hay en mis casas es todo oro y plata y piedras ricas; bien tengo conocido como sois entendidos, que no lo creeríais y lo tendríais por burla; lo que ahora señor Malinche, veis mi cuerpo de hueso y carne como los vuestros, mis casas de piedra, madera y cal: de señor, yo gran rey sí soy y tener riquezas de mis ancestros sí tengo, mas no las locuras y mentiras que de mí os han dicho; así que lo tendréis por burla, como yo tengo vuestros truenos y relámpagos.”
Por desgracia los truenos y relámpagos, así como las alianzas que Cortés realizó con los enemigos de la Excan Tlatoloyan —y con los grupos desplazados del poder dentro de ella, como Ixtlilxochitl en Texcoco—, no eran ninguna broma. Moctezuma murió en la revuelta que siguió a la masacre del Templo Mayor en junio de 1520, no ha sido claro si en manos de los españoles o por una pedrada de sus súbditos, como las fuentes hispánicas han establecido. Tenochtitlan fue abandonada a la carrera por los conquistadores y sus aliados el 30 de junio de 1520 y casi perecen en el cruce de la calzada de Tlacopan. Cortés reunió sus huestes y se refugió en Tlaxcala, donde le fue necesario recuperar fuerzas por meses antes de empezar el contrataque con el que sitió la ciudad y la conquistó por fin el 13 de agosto de 1521.
VII
Nos queda entrar por la calzada sur, la más larga. La misma por la que entraron los españoles el 8 de noviembre de 1519, la que los asombró porque no se curvaba “ni poco ni mucho”. Venimos de la parte más fértil del valle, detrás de nosotros está Coyoacán y Xochimilco, dos de los primeros lugares que los tenochcas de Itzcoatl sometieron una vez derrotaron a Azcapotzalco y que, dada la alta producción de alimentos de la región, permitieron aumentar la población de la ciudad insular, que en comenzaba a dejar su condición insular para convertirse en la potencia que llegaría a ser. Fueron los xochimilcas, una vez derrotados, quienes construyeron esta calzada que permitió la expansión hacia el sur, las primeras expansiones fuera del Valle, así se hicieron los tenochcas con Cuauhnahuac —la actual Cuernavaca—.
A nuestro arribo a la ciudad, del lado oriente tenemos el barrio de Zoquiapan, aunque por un tramo del lado poniente no veremos más que agua, si acaso algunas chinampas. En el barro oriental habremos de encontrar, a la vera del camino un adoratorio a Ehecatl —y que fue encontrado en las labores de construcción de la Línea 2 del metro de la ciudad en 1969, desde entonces puede visitarse en la estación Pino Suárez—.
A nuestra izquierda encontraremos el barrio de Moyotlan, donde un mercado de menores dimensiones que el de Tlatelolco está en funcionamiento.
Volvemos a cruzar el Coatepantli, volvemos al Recinto Sagrado, ahí sigue el Templo Mayor y su doble adoratorio, el copal sigue ardiendo en los incensarios y el amate con la sangre que los sacerdotes se han sacado también arde. El sol ha sido alimentado, el mundo sigue existiendo.
VIII
La conquista significó la destrucción de las ciudades gemelas de las islas, Tenochtitlan y Tlatelolco fueron demolidas, aún durante el sitio. Cuando Cuauhtémoc se entregó a Cortés —y le ofreció el cuchillo para que lo sacrificara— no quedaba de la ciudad más que ruinas. Cortés decidió construir la capital de la Nueva España sobre esas ruinas, así, fue como se levantó la Ciudad de México sobre lo que había sido Tenochtitlan.
Así, Francisco de Aguilar, uno de los conquistadores que participaron con Cortés en la conquista, uno de los pocos que dejó constancia de la conquista —junto con el propio Cortés, Bernal Díaz del Castillo, Juan Díaz, Andrés de Tapia y Bernardino Vázquez fueron de los pocos testigos que escribieron sobre la caída de Tenochtitlan— escribió años después, ya como fraile dominico, en su Breve relación de la conquista de la Nueva España:
En México han quedado muy poquitos indios en comparación a los muchos que solía haber.
Para quienes estén interesados en ahondar en Tenochtitlan pueden acudir a las obras de las que me serví para realizar este trabajo: La historia verdadera verdadera de la conquista de la Nueva España de Bernal Díaz del Castillo y Las Cartas de relación de Hernán Cortés —en ambos casos me he servido de las ediciones de editorial Porrúa—; Historia general de las cosas de la Nueva España de Fray Bernardino de Sahagún (tomos I y II), en la edición de Juan Carlos Temprano para Crónicas de América; de esta misma colección, La conquista de Tenochtitlan de J. Díaz, A. de Tapia, B. Vázquez y F. de Aguilar, en la edición de Germán Vázquez Chamorro. La matrícula de tributos, en la edición facsimilar realizada por Arqueología mexicana. En cuanto obras más contemporáneas remito Tenochtitlan de Eduardo Matos Moctezuma, editada por el Fondo de Cultura Económica y el COLMEX, del mismo autor y editada también por el FCE Vida y muerte en el Templo Mayor. De la historiadora Camilla Townsend Malintzin, una mujer indígena en la Conquista de México, editado por Era; Burying the White Gods: New Perspectives in the Conquest of Mexico, aparecido el 3 de junio de 2003 en el American History Review, y Fifth Sun: A New History of the Aztecs, editado por Oxford University Press
Hoy vamos a tener el privilegio de escuchar las voces del pasado. Voces que fueron protagonistas de los sucesos que llevaron a la admiración y destrucción de una de las grandes ciudades mesoamericanas: Tenochtitlan. Corría el mes de agosto de 1521. Después de un asedio de tres meses de la ciudad mexica y su vecina Tlatelolco por parte de las fuerzas peninsulares y sus aliados indígenas, caía en su poder la otrora orgullosa Tenochtitlan, cuyo solo nombre hacía temblar a sus múltiples vasallos y que ahora, soportando hambrunas y desventuras, era presa de sus enemigos.
Una vez lograda la conquista militar, daría comienzo la conquista del espíritu. La tarea la emprendió la Iglesia por medio de las primeras tres órdenes religiosas llegadas a tierras mesoamericanas: franciscanos, dominicos y agustinos. Fueron varios años de imposición por una parte y de resistencia por la otra. Sin embargo, de los escritos de los cronistas nos ha quedado un rico y variado legado que nos refiere. múltiples facetas de lo que fue la ciudad mexica, desde su nacimiento hasta su destrucción. A través de las siguientes páginas vamos a aproximarnos a tres aspectos importantes:
1. La descripción, no exenta de admiración, que de la ciudad de Tenochtitlan hacen cronistas soldados como Hernán Cortés y Bernal Díaz del Castillo. La ciudad vivía momentos de grandeza que no pasan inadvertidos ante los ojos, absortos, de los recién llegados que todo lo escudriñan, lo ven, lo perciben y lo comparan con lo que les es propio.
2. La voz indígena, anónima, que a través de fray Bernardino de Sahagún nos relata aspectos esenciales de la vida interna de la sociedad que habitaba en ella. Allí veremos los diversos especialistas que laboraban a diario múltiples productos. Entraremos a la casa del hombre del pueblo para escuchar el consejo íntimo que el padre prodiga al hijo como parte fundamental de la educación casera, cotidiana. La vieja palabra llega hasta nosotros por el artilugio del lenguaje indígena escrito con caracteres castellanos que, más que decirnos, cantan a la razón.
3. La voz del soldado triunfador que relata, paso a paso, los combates, la estrategia y la muerte. También oiremos el canto anónimo del vencido que clama su bravura en la guerra. Tres relatos vienen al caso: el de Bernal Díaz, que nos habla de algunos de los combates, y el del capitán Cortés, cuando informa al monarca español, en su tercera carta de relación, sobre los combates y la captura del joven Cuauhtémoc. El último —y con él terminan los relatos y el libro—corresponde a un autor anónimo de Tlatelolco, quien escribió en náhuatl su versión de la conquista, en 1528, siete años después de la caída de Tenochtitlan y Tlatelolco.
En esta tríada se encierra la Vida, pasión y muerte de Tenochtitlan. Bien supo cantar Alfonso Reyes, en su Visión de Anáhuac, el paisaje y el latido de la urbe asombrosa. Qué mejor preámbulo a las palabras que fueron —y son— que las expresadas por don Alfonso en 1915:
En aquel paisaje, no desprovisto de cierta aristocrática esterilidad, por donde los ojos yerran con discernimiento, la mente descifra cada línea y acaricia cada ondulación; bajo aquel fulgurar del aire y en su general frescura y placidez, pasearon aquellos hombres ignotos la amplia y meditabunda mirada espiritual. Extáticos ante el nopal del águila y de la serpiente —compendio feliz de nuestro campo— oyeron la voz del ave agorera que les prometía seguro asilo sobre aquellos lagos hospitalarios. Más tarde, de aquel palafito había brotado una ciudad, repoblada por las incursiones de los mitológicos caballeros que llegaban de las Siete Cuevas —cuna de las siete familias derramadas por nuestro suelo. Más tarde, la ciudad se había dilatado en imperio, y el ruido de una civilización ciclópea, como la de Babilonia y Egipto, se prolongaba, fatigado, hasta los infaustos días de Moctezuma el doliente. Y fue entonces cuando, en envidiable hora de asombro, traspuestos los volcanes nevados, los hombres de Cortés (“polvo, sudor y hierro”) se asomaron sobre aquel orbe de sonoridad y fulgores —espacioso circo de montañas. A sus pies, en un espejismo de cristales, se extendía la pintoresca ciudad, emanada toda ella del templo, por manera que sus calles radiantes prolongaban las aristas de la pirámide.
VIDA…
Hernán Cortés, “Segunda carta de relación”, en Cartas de
relación de la conquista de América, Ed. Nueva España,
México, s. f.
Porque para dar cuenta, muy poderoso señor, a vuestra real excelencia de la grandeza, extrañas y maravillosas cosas desta gran ciudad de Temixtitan, y del señorío y servicio deste Muteczuma, señor della, y de los ritos y costumbres que esta gente tiene, y de la orden que en la gobernación, así desta ciudad como de las otras que eran deste señor, hay, sería menester mucho tiempo, y ser muchos relatores y muy expertos: no podré yo decir de cien partes una de las que dellas se podrían decir; mas como pudiere, diré algunas cosas de las que vi, que aunque mal dichas, bien sé que serán de tanta admiración, que no se podrán creer, porque los que acá con nuestros propios ojos las vemos, no las podemos con el entendimiento comprender. Pero puede vuestra majestad ser cierto que si alguna falta en mi relación hubiere, que será antes por corto que por largo, así en esto como en todo lo demás de que diere cuenta a vuestra alteza, porque me parecía justo a mi príncipe y señor decir muy claramente la verdad, sin interponer cosas que la disminuyan ni acrecienten.
Antes que comience a relatar las cosas desta gran ciudad y las otras que en este otro capítulo dije, me parece, para que mejor se puedan entender, que débese decir de la manera de Méjico, que es donde esta ciudad y algunas de las otras que he fecho relación están fundadas, y donde está el principal señorío deste Muteczuma. La cual dicha provincia es redonda y está toda cercada de muy altas y ásperas sierras, y lo llano della terná en torno fasta setenta lenguas, y en el dicho llano hay dos lagunas que casi lo ocupan todo, porque tienen ambas en torno más de cincuenta leguas, E la una destas dos lagunas es de agua dulce, y la otra, que es mayor, es de agua salada. Divídelas por una parte una cordillera pequeña de cerros muy altos que están en medio desta llanura, y al cabo se van a juntar las dichas lagunas en un estrecho de llano que entre estos cerros y las sierras altas se hace; el cual estrecho terná un tiro de ballesta, e por entre la una laguna y la otra, e las ciudades y otras poblaciones que están en las dichas lagunas, contratan las unas con las otras en sus canoas por el agua, sin haber necesidad de ir por la tierra. E porque esta laguna salada grande crece y mengua por sus mareas según hace la mar, todas las crecientes corre el agua della a la otra dulce, tan recio como si fuese caudaloso río, y por consiguiente a las menguantes va la dulce a la salada.
Esta gran ciudad de Temixtitan está fundada en esta laguna salada, y desde la tierra firme hasta el cuerpo de la dicha ciudad, por cualquiera parte que quisieren entrar a ella, hay dos leguas. Tiene cuatro entradas, todas de calzada hecha a mano, tan ancha como dos lanzas jinetas. Es tan grande la ciudad como Sevilla y Córdoba. Son las calles della, digo las principales, muy anchas y muy derechas, y algunas destas y todas las demás son la mitad de tierra, y por la otra mitad es agua, por la cual andan en sus canoas, y todas las calles de trecho a trecho están abiertas por do atraviese el agua de las unas a las otras, e en todas estas aberturas, que algunas son muy anchas, hay sus puentes de muy anchas y muy grandes vigas juntas y recias y bien labradas; y tales, que por muchas dellas pueden pasar diez de caballo juntos a la par. E viendo que si los naturales desta ciudad quisiesen hacer alguna traición, tenían para ello mucho aparejo, por ser la dicha ciudad edificada de la manera que digo, y que quitadas las puentes de las entradas y salidas, nos podrían dejar morir de hambre sin que pudiésemos salir a la tierra, luego que entré en la dicha ciudad dí mucha priesa a facer cuatro bergantines, y los fice en muy breve tiempo, tales que podían echar trecientos hombres en la tierra y llevar los caballos cada vez que quisiésemos. Tiene esta ciudad muchas plazas, donde hay continuos mercados y trato de comprar y vender.
Tiene otra plaza tan grande como dos veces la de la ciudad de Salamanca, toda cercada de portales alrededor, donde hay cotidianamente arriba de sesenta mil ánimas comprando y vendiendo; donde hay todos los géneros de mercadurías que en todas las tierras se hallan, así de mantenimientos como de vituallas, joyas de oro y de plata, de plomo, de latón, de cobre, de estaño, de piedras, de huesos, de conchas, de caracoles y de plumas; véndese tal piedra labrada y por labrar, adobes, ladrillos, madera labrada y por labrar de diversas maneras. Hay calle de caza donde venden todos los linajes de aves que hay en la tierra, así como gallinas, perdices, codornices, lavancos, dorales, zarcetas, tórtolas, palomas, pajaritos en cañuela, papagayos, búharos, águilas, falcones, gavilanes y cernícalos, y de algunas aves destas de rapiña venden los cueros con su pluma y cabezas y pico y uñas. Venden conejos, liebres, venados y perros pequeños, que crían para comer castrados. Hay calle de herbolarios, donde hay todas las raíces y yerbas medicinales que en la tierra se hallan. Hay casas como de boticarios donde se venden las medicinas hechas, así potables como ungüentos emplastos. Hay casas de barberos, donde lavan y rapan las cabezas. Hay casas donde dan de comer y beber por precio. Hay hombres como los que llaman en Castilla ganapanes, para traer cargas. Hay mucha leña, carbón, braseros de barro y esteras de muchas maneras para camas, y otras más delgadas para asiento y para esterar salas y cámaras.
Hay todas las maneras de verduras que se fallan, especialmente cebollas, puerros, ajos, mastuerzo, berros, borrajas, acederas y cardos y tagarninas. Hay frutas de muchas maneras, en que hay cerezas y ciruelas que son semejables a las de España. Venden miel de abejas y cera y miel de cañas de maíz, que son tan melosas y dulces como las de azúcar, y miel de unas plantas que llaman en las otras y estas maguey, que es muy mejor que arrope; y destas plantas facen azúcar y vino, que asimismo venden. Hay a vender muchas maneras de filado de algodón de todas colores en sus madejicas, que parece propriamente alcaicería de Granada en las sedas, aunque esto otro es en mucha más cantidad. Venden colores para pintores cuantas se pueden hallar en España, y de tan excelentes matices cuanto pueden ser. Venden cueros de venado con pelo y sin él, teñidos, blancos y de diversas colores. Venden mucha loza, en gran manera muy buena, venden muchas vasijas de tinajas grandes y pequeñas, jarros, ollas, ladrillos y otras infinitas maneras de vasijas, todas de singular barro, todas o las más vedriadas y pintadas. Venden maíz en grano y en pan, lo cual hace mucha ventaja, así en el grano como en el sabor, a todo lo de las otras islas y tierra firme. Venden pasteles de aves y empanadas de pescado. Venden mucho pescado fresco y salado, crudo y guisado. Venden huevos de gallinas y de ánsares y de todas las otras aves que he dicho en gran cantidad, venden tortillas de huevos fechas.
Finalmente, que en los dichos mercados se venden todas cuantas cosas se hallan en toda la tierra, que demás de las que he dicho, son tantas y de tantas calidades, que por la prolijidad y por no me ocurrir tantas a la memoria, y aun por no saber poner los nombres, no las expreso. Cada género de mercaduría se vende en su calle, sin que entremetan otra mercaduría ninguna, y en esto tienen mucha orden. Todo lo venden por cuenta y medida, excepto que fasta agora no se ha visto vender cosa alguna por peso. Hay en esta gran plaza una muy buena casa como de audiencia, donde están siempre sentados diez o doce personas, que son jueces y libran todos los casos y cosas que en el dicho mercado acaecen, y mandan castigar los delincuentes. Hay en la dicha plaza otras personas que andan continuo entre la gente mirando lo que se vende y las medidas con que miden lo que venden, y se ha visto quebrar alguna que estaba falsa.
Nota: agradecemos al FCE por mandarnos una probada VIDA, PASIÓN Y MUERTE DE TENOCHTITLAN. Si les gustó el libro acá lo pueden conseguir completo.
La conquista de Tenochtitlan, de autor desconocido.
La “conquista de México” se nos presenta como una de las más grandes hazañas militares de la historia, puesto que 400 o 1000 valientes y su esforzado capitán sojuzgaron a un poderoso y floreciente imperio. Se nos ofrece como un triunfo de la modernidad sobre el atraso, pues fueron las armas modernas, la ciencia, la forma de pensar y la cultura política moderna las que permitieron esa asombrosa victoria. Ante nuestros ojos aparece como un momento clave en la historia de la civilización, por cuanto entraña la primera mundialización del capitalismo y da origen a la modernidad.
También se nos presenta como un brutal genocidio. Se nos presenta como una empresa abocada a destruir una alta cultura que resulta mucho más humana y armónica que la occidental, en una cadena de acciones perpetradas por mero afán de lucro y dominio. En fin, se erige ante nuestra vista como el traumático origen de la nación mexicana y de nuestro ser mestizo, pletórico de insuficiencias, accidental.
¿Es cierto todo eso? En realidad, casi ninguna de esas afirmaciones se sustenta en los sucesos políticos, militares, sociales y epidemiológicos ocurridos en una parte de lo que hoy es México en los años que van de 1519 a 1521. De hecho, trataremos de mostrar que hasta el término “conquista de México” es discutible.
¿Cómo lo mostraré? ¿Cómo discutiré con quienes han escrito antes esta historia? Puedes, lectora o lector amigo, empezar a leer este libro por la parte V, “Discusiones y definiciones” (también puedes proceder de ese modo si quieres aclarar algunas nociones sobre “España” y “Mesoamérica”, o precisar las ideas que se tenían acerca de la guerra, así como de las armas y formas de luchar), o, en cambio, entrar en la historia misma y acompañarme a Guanahaní, Cuba y Champotón, antes de llegar al Anáhuac, en esta relación de la batalla por Tenochtitlan, que viene a ser una parte pequeña pero muy intensa dentro del conjunto integrado por la irrupción española y las guerras mesoamericanas.
1. ENCUENTROS
1. CHAMPOTÓN
La civilización azteca no concluyó a consecuencia
de su edad senil, sino asesinada
trágicamente. Sucumbió con heroísmo espartano,
cortada como una bella y tardía
flor de otoño, y para ello bastaron […] un
par de malos cañones, algunas carabelas y
un centenar de arcabuces.
SALVADOR TOSCANO
Según las explicaciones tradicionales, uno de los elementos fundamentales —quizá el decisivo— para la derrota de México-Tenochtitlan fue la confrontación entre modernidad y atraso, en materia de pensamiento militar y de desarrollo tecnológico. Dichas versiones hacen patente que las armas de fuego y acero, los caballos y una estrategia político-militar dirigida a la derrota y la dominación fueron claramente superiores a la tecnología y la mentalidad nahuas, y se impusieron sobre ellas.
Nos han contado que el Códice Florentino es una de las principales “fuentes indígenas” (a partir de aquí las llamaremos “cuasiindígenas” o “de tradición indígena”, por razones que puedes hallar en el capítulo 38). ¿Qué dice esta obra sobre ello? Cuenta que cuando los mensajeros que había enviado a Veracruz para entrevistarse con Cortés le entregaron sus informes, a Moctezuma.
También mucho espanto le causó el oír cómo estalla el cañón […] y cómo se desmaya uno; se le aturden a uno los oídos. Y cuando cae el tiro, una como bola de piedra sale de sus entrañas; va lloviendo fuego, va destilando chispas […] Pues si va a dar contra un cerro, como que lo hiende, lo resquebraja, y si da contra un árbol, lo destroza hecho astillas […] Sus aderezos de guerra son todos de hierro: hierro se visten, hierro ponen como capacete a sus cabezas, hierro son sus espadas, hierro sus arcos, hierro sus escudos, hierro sus lanzas. Los soportan en sus lomos sus “venados”. Tan altos están como los techos.
Los relatos están llenos de las escenas de terror y espanto que causan las armas de fuego, los caballos, los perros y hasta el aspecto de los castellanos. Y así ha llegado a nosotros la historia. Esas narraciones también ponen de relieve el grado en que ha cundido la “superstición” entre los nativos, que ven “dioses” en los hombres “rubios” cubiertos de hierro: “Solamente aparecen sus caras”, continúa el Códice Florentino. Asimismo, insisten en el azoro que causan los efectos de estas armas y la aparición de los caballos sobre los mayas y tlaxcaltecas en 1519 y sobre los mexicas en 1520. No abundemos de momento en el hecho de que la guerra contra los mexicas inició muchos meses después de las batallas de Tlaxcala, lo que elimina el supuesto efecto sorpresivo de los instrumentos de guerra y de los equinos para el caso mexica. Pensemos que hacía al menos una generación que en Mesoamérica se conocía la existencia de los españoles. Empecemos a contar la historia.
Todos sabemos que, en 1492, el almirante Cristóbal Colón llegó a la isla de Guanahaní y, a partir de entonces, los europeos empezaron a navegar el Caribe y a ocupar sus islas y costas. Y, aunque ninguna de las altas culturas mesoamericanas tenía un puerto ni una flota (vivían de espaldas al mar ardiente y tempestuoso; a diferencia del Mediterráneo, el Caribe no conectaba civilizaciones, por no hablar de la escasez, la virtual inexistencia de puertos naturales en el Golfo de México), sí había pueblos pesqueros en contacto con los distintos puntos de dicho mar. De este modo, aunque se desentendieran de éste, no pudieron sustraerse a su radical y rapidísima transformación, que así cuenta Germán Arciniegas:
Cuando llegaron las naves de Colón, el Caribe pasó, de súbito, a ser cruce de todos los caminos. Por primera vez los pueblos de este hemisferio se vieron las caras. Y se las vieron las de todo el mundo. De Europa llegaron los que venían a hacer su historia, a soltar al viento una poesía nueva. El Caribe empezó a ensancharse y a ser el mar del Nuevo Mundo.
Y entre todas las historias de navegantes que surcan y nombran las tierras para ellos nuevas, ninguna le parece a Arciniegas más espectacular y atractiva que la de Américo Vespucci, quien de adolescente vivía en el mismo solar que Simonetta Vespucci. Uno daría su nombre a las nuevas tierras; la otra, su imagen a la representación gráfica de la nueva era: El nacimiento de Venus, de Sandro Botticelli. El Renacimiento. Y Américo Vespucci viene a cuento porque en 1497 costeó 370 leguas de Honduras a La Florida y recaló en lo que hoy es el puerto de Veracruz. Exploró la isla de Sacrificios y la desembocadura del Pánuco, entrando en contacto con sus habitantes 20 años antes de la expedición de Francisco Hernández de Córdoba.
En 1511 un navío cargado de esclavos que hacía el recorrido de Darién a La Española naufragó cerca de Yucatán. Ocho supervivientes llegaron a la costa. Dos de ellos seguían vivos cuando apareció por ahí Hernán Cortés: Gonzalo Guerrero y Jerónimo de Aguilar, quien le habría narrado los hechos a Cervantes de Salazar en estos términos:
[…] saltando de la barca los que quedaron vivos, toparon luego con indios, uno de los cuales con una macana hendió la cabeza a uno de los nuestros, cuyo nombre calló; y que yendo aturdido, apretándose con las dos manos la cabeza, se metió en una espesura do topó con una mujer, la cual, apretándole la cabeza, le dexó sano, con una señal tan honda que cabía la mano en ella. Quedó como tonto; nunca quiso estar en poblado, y de noche venía por la comida a las casas de los indios, los cuales no le hacían mal, porque tenían entendido que sus dioses le habían curado, paresciéndoles que herida tan espantosa no podía curarse sino por mano de alguno de sus dioses. Holgábanse con él, porque era gracioso y sin perjuicio vivió en esta vida tres años hasta que murió.
Ya reencontraremos a ambos personajes. Por lo pronto, vale establecer que los contactos, los avistamientos, existían al menos desde 20 años antes de que algunos vecinos de Cuba decidieran hacer una expedición de rescate a las costas de lo que hoy es México. Antonio García de León define magistralmente ese tipo de expediciones:
La expedición de rescate era en ese momento una empresa de la memoria, una apropiación verbal del litoral, era como ir soltando piedras de colores en un fondo transparente y así iluminar el camino de regreso, como si bautizando los nuevos ríos, los ancones, las lagunas, las montañas se fuera dejando una huella definitiva, útil para arraigar a los españoles a estas nuevas tierras “descubiertas”. Si en el principio del mundo fue el Verbo, éste era ahora un referente disperso en expresiones sueltas, en donde nunca antes la palabra había dado tal seguridad, en nombres de santos o de los capitanes y soldados más próximos, referencias al mundo conocido del norte de África, jirones de la España musulmana, animales y plantas de las Antillas, piezas de un vocabulario que tendría que quedar para siempre en las cartas de marear, en las coordenadas náuticas de un mundo futuro.
Esta expedición en particular fue financiada por “hombres pobres”, salvo tres, que corrieron con los mayores gastos, entre ellos quien sería su capitán, Francisco Hernández de Córdoba. Los objetivos eran lo suficientemente imprecisos para que fueran todo lo amplios que se pudiera. Donde también encontramos una inmejorable acepción del verbo “rescatar” es en la Relación de las cosas de Yucatán de fray Diego de Landa: “Que el año de 1517, por cuaresma, salió den Santiago de Cuba Francisco Hernández de Córdoba con tres navíos a rescatar esclavos para las minas, ya que en Cuba se iba apocando la gente”.
Por sugerencia del piloto Antón de Alaminos, la expedición partió directamente hacia el oeste, en busca de aquellos indígenas “más civilizados” a los que Colón había encontrado en su cuarto viaje. Tras varios días de navegación, llegaron a Isla Mujeres o Cozumel. ¿Cómo se cuenta el primer encuentro entre la su prioridad moderna y el atraso? Marzo de 1517: en las cercanías de Cabo Catoche, actual estado de Quintana Roo, desembarcó a las órdenes de Francisco Hernández de Córdoba un centenar de españoles con 15 ballestas y 10 escopetas.
Yendo de esta manera, cerca de unos montes breñosos, comenzó a dar voces el cacique para que saliesen a nosotros unos escuadrones de indios de guerra que tenía en celada para matarnos; y a las voces que dio, los escuadrones vinieron con gran furia y presteza y nos comenzaron a flechar de arte que de la primera rociada de flechas nos hirieron quince soldados […] Luego, tras las flechas, se vinieron a juntar con nosotros pie con pie y con las lanzas a manteniente nos hacían mucho mal. Mas quiso Dios que luego les hicimos huir, como conocieron el buen cortar de nuestras espadas, y las ballestas y las escopetas; por manera que quedaron muertos quince de ellos.
Terminado el “rebato”, los españoles tornaron a los barcos y siguieron costeando hacia occidente. Varios días después, en Champotón tuvieron varios enfrentamientos con los indios. Viendo nuestro capitán que no bastaba nuestro buen pelear […] y nosotros todos heridos a dos y a tres flechazos, y tres sol dados atravesados los gaznates de lanzadas, y el capitán corriendo sangre de muchas partes, ya nos habían muerto sobre cincuenta soldados, y viendo que no teníamos fuerzas para sustentarnos ni pelear contra ellos, acordamos con corazones muy fuertes romper por medio sus batallones y acogernos a los bateles que teníamos en la costa, que estaban muy a mano. Lo que cuenta Bernal Díaz del Castillo es, sin disfraz, una fuga desesperada: “Y con mucho trabajo quiso Dios que escapamos con las vidas de poder de aquellas gentes”. Aunque no todos, pues ya en los navíos “hallamos que faltaban sobre cincuenta soldados”. Dice Alonso de Zorita:
Fueron a Champotón, pueblo muy grande, llamábase el señor Mochocoboc, hombre guerrero y esforzado, y no los dejó rescatar ni saltar en tierra para tomar agua y mandaron soltar la artillería de los navíos y los indios se admiraron de ver el fuego y el humo, mas no huyeron, y con buen orden y gran grita arremetieron a los españoles tirándoles piedras y varas y saetas, los españoles movieron para ellos a paso contado y en siendo cerca dispararon las ballestas y con ellas y a estoca das mataron muchos indios y como estaban sin armas defensivas y desnudos cortábanles brazos y piernas y a otros rendían por medio y aunque nunca habían visto tan fi eras heridas dura ron en la pelea viendo la presencia y ánimo de su capitán y señor […] y los españoles se retiraron a los navíos y al embarcar mataron veinte de ellos e hirieron más de cincuenta y prendieron dos y después los sacrificaron a sus ídolos y Francisco Hernández quedó con treinta y tres heridas y a gran prisa se embarcaron […] y con gran tristeza y destruidos llegaron a Santiago de Cuba.
Derrota sin cortapisas ni atenuantes que, sin embargo, tendría enormes consecuencias, como relata fray Diego de Landa:
Pero el señor animó tanto [a los indios] que hicieron retirar a los españoles y que mataron a veinte, hirieron a cincuenta y prendieron dos vivos que después sacrificaron. Y que Francisco Hernández salió con treinta y tres heridas y que así volvió triste a Cuba, donde publicó que la tierra era muy buena y rica por el oro que halló en la Isla de Mujeres.
Tierra buena y rica en oro. Lo confirma Antonio de Solís:
Y aunque fue poco dichosa esta jornada, y no se pudo lograr entonces la conquista porque murieron valerosamente en ella el capitán y la mayor parte de su gente, se logró por lo menos la evidencia de aquellas regiones, y los soldados que iban llegando a esta sazón, aunque heridos y derrotados, traían tan poco escarmentado el valor, que entre los mismos encarecimientos de lo que habían padecido se les conocía el ánimo de volver a la empresa.
Eso atraería las dos siguientes expediciones, al mando de Juan de Grijalva una y de Hernán Cortés la otra. Pero, entretanto, quedémonos con la de Hernández de Córdoba. Dice Serge Gruzinski:
Expedición chapucera, incursión con pocos medios, fracaso en toda la línea: para haber sido un ensayo fue un verdadero desastre; casi una pesadilla que contradice la imagen que durante mucho tiempo se han hecho de los indios de México, dizque paralizados por la extrañeza y por las armas de sus visitantes. Su resistencia tenaz sólo la iguala su capacidad para difundir la nueva y hacer sonar la alarma en las costas. No es un azar que los españoles sean recibidos en Campeche, su segunda etapa, al grito de “¡Castilan, Castilan!”, como si ya se hubiese oído hablar mucho de ellos.
En marzo de 1517, los indígenas de un altépetl que no tenía comparación posible con México-Tenochtitlan enfrentaron exitosamente a los españoles y su armamento. La mitad de cuantos salieron de Cuba murió en la expedición, y los demás, con una sola excepción, regresaron heridos. Pero la expedición de Hernández de Córdoba no llevaba caballos, o no suficientes para su uso militar. Aun cuando las fuentes sobre dichos animales llegan a divinizarlos, el estudio cuidadoso de los relatos concretos lleva a Guy Rozat a esta conclusión:
Desde un simple punto de vista militar, nos parece evidente que los indios de la costa, después los de Tlaxcala y finalmente Motecuhzoma, sabían muy bien a qué atenerse respecto a esos animales, aun si los textos del encuentro continúan presentándolos como seres extraños, más o menos parecidos a monturas divinas. Siempre desde el punto de vista militar, está claro que los indios percibieron con rapidez las ventajas del caballo, puesto que permite cierta movilidad sobre terreno apropiado y proporciona una innegable ventaja militar y táctica. Lo proba ron muy pronto cuando quisieron aniquilar esta ventaja española construyendo defensas, trampas contra estos animales y adoptando una técnica específica de combate contra la caballería.
No obstante, de pronto parece que lo de Champotón nunca ocurrió, que nadie gritaba “¡Castilan, castilan!”, porque…
2. PRESAGIOS
Por sí sola ardió la casa del diablo Uitzilopochtli,
se inflamó enormemente. Nadie la
encendió, por sí sola ardió en llamas.
Códice Florentino, versión de DIANA MAGALONI
No tenemos ningún relato indígena ni cuasiindígena de las expediciones de Hernández de Córdoba y Juan de Grijalva. Nuestras primeras fuentes de la reacción frente a la irrupción española son las tlatelolco-franciscanas, las del pasmo y la sorpresa del capítulo anterior… como si los españoles hubieran aparecido de la nada. Y con esos relatos nos hemos quedado. Pero antes del pasmo están los “presagios”, que lo justifican. Según las fuentes cuasiindígenas retomadas por los frailes de los siglos XVI al XVIII, antes de conocer la existencia física de los españoles, los mesoamericanos y especialmente los mexicas, muy particularmente Moctezuma, tuvieron “presagios” de su llegada. Y esa idea se repite en la historiografía, en la mitología y en la literatura. Los informantes de Sahagún hacen el recuento de ocho “presagios funestos”. El cronista tlaxcalteca Diego Muñoz Camargo coincide con ellos. Van desde un cometa hasta incendios sin causa aparente; desde rayos que caen en el Templo hasta agua que hierve sin explicación… una mujer que lloraba por sus hijos, un ave con espejo.
¿Qué hacemos con los presagios?: ¿los ignoramos por inverosímiles?, ¿los consideramos una explicación de lo inexplicable construida posfacto por “mentes primitivas”? Esos presagios, esa “superstición”, resultan particularmente poderosos, porque impactan de manera decisiva a Moctezuma, el “afeminado”, “cobarde”, “supersticioso” gobernante “todopoderoso”. Así lo describe Lucas Alamán, haciendo suya la versión dominante:
El príncipe que ocupaba a la sazón el trono de Mégico, guerrero en su juventud, se había dejado afeminar por los placeres del poder absoluto, siendo la poligamia uno de los derechos de la soberanía. Su espíritu además estaba poseído de funestas supersticiones, y una predicción, generalmente recibida, de la venida de unas gentes extrañas de Oriente, que habían de destruir su imperio, le preparaba á temer su cumplimiento en sus días.
Esta forma de ver a Moctezuma quizá no valide los “presagios”, pero sí un fatalismo histórico que, en el caso de este autor, verá como providencial y salvífica (porque “trajo” la“verdadera religión”) la llegada de los españoles e, incluso, convertirá a Cortés en el fundador de la nación. Pero sigamos: “presagios”, cosas maravillosas que ocurrieron y que hacían temer el retorno de Quetzalcóatl, de sus enviados o de sus descendientes. Jaime Montell los explica así:
Los cronistas españoles del siglo XVI interpretaron estos fenómenos naturales como avisos enviados por la misericordia de Dios a los indígenas para que se arrepintieran a tiempo de sus pecados. Todavía en la segunda mitad del siglo XVIII, el jesuita Francisco Javier Clavijero, si bien admitía que podía tratarse de avisos divinos, opinaba que la creencia generalizada en Mesoamérica sobre el regreso de Quetzalcóatl […] también podía ser interpretada como una injerencia diabólica: Satanás, consciente de los progresos europeos […] pudo “fácilmente conjeturar” que esto los llevaría a descubrir y conquistar América, “y no es inverosímil que lo predijese a la nación consagrada a su culto.
Porque para los españoles de los siglos XVI y XVII, e incluso para muchos criollos ilustrados del siglo XVIII, Mesoamérica era el reino del Diablo. Así lo concibe fray Juan de Torquemada, el más acucioso historiador del siglo XVII, poseedor de una amplísima cultura histórica y del más refinado método de la época, que dice que escribió por [s]er yo tan aficionado a esta pobre gente indiana y querer excusarlos, ya que no totalmente de sus errores, y cegueras, al menos en parte, y sacar a luz todas las cosas con que se conservaron en sus repúblicas gentilicias que los excusa del título de Bestial que nuestros españoles les habían dado.
Donde “Bestial” con mayúscula refiere a La Bestia, el diablo. Pues aunque el franciscano intenta de manera permanente comprender la cultura indígena y reivindicarla frente a los europeos, no deja de ser, no puede dejar de ser quien es ni pertenecer a un tiempo concreto y a una concepción del mundo particular según la cual la historia es resultado de la Divina Providencia, y los indígenas mesoamericanos pasan por adoradores del diablo. Joseph de Acosta, hablando de los presagios, observa:
He dicho todo esto tan de propósito, para que nadie desprecie lo que refieren las historias y anales de los indios, acerca de los prodigios extraños y pronósticos que tuvieron de acabarse su reino, y el reino del demonio, a quien ellos adoraban juntamente; los cuales, así por haber pasado en tiempos muy cercanos, cuya memoria está fresca, como por ser muy conforme a buena razón, que de una tan gran mudanza el demonio sagaz se recelase y lamentase, y Dios junto con esto, comenzase a castigar a idólatras tan crueles y abominables, digo que me parecen dignos de crédito, y por tales los tengo y refiero aquí.
Durante tres siglos ésa fue la idea imperante. Por ello, el nacionalista criollo Servando Teresa de Mier buscaría darle la vuelta y argumentar que la Virgen María ya se había aparecido, y que Quetzalcóatl era santo Tomás. La idea del Diablo, presente desde Hernán Cortés y durante tres siglos, nos permite regresar a la visión de la “conquista” como oposición entre “modernidad” y “atraso”. Vayamos a los “presagios”. De entrada, ningún historiador pone en duda que existieran, o que la mentalidad primitiva de los indígenas los hubiera construido. Y aparecen en todas las fuentes de tradición indígena: desde el Códice Florentino hasta el tlaxcalteca Muñoz Camargo y el texcocano Alva Ixtlilxóchitl.
Y, sin embargo, estos sucesos, que para muchos historiadores modernos reflejan la mentalidad “primitiva” de los mesoamericanos, son muy parecidos a los que se “vieron” en Europa en vísperas del Milenio. Guy Rozat cita a los grandes historiadores medievalistas Jacques Le Goff y Georges Duby, que muestran cómo por toda Europa se reportó la presencia de “cometas, lluvia de lodo, estrellas fugaces, temblores, maremotos”, en fin, “prodigios” que auguran “cualquier cosa asombrosa y terrible”. Ese tipo de prodigios sigue apareciendo en Europa en los siglos XVI y XVII. Con base en estos “hechos”, Guy Rozat propone que, en lo tocante a los “presagios” que en este caso nos importan, “existe una relación entre esas construcciones simbólicas y la presencia occidental”. Es decir, quienes hablan de esos prodigios “jamás son los indígenas”.
Al analizar cuidadosamente estos fenómenos en las tradiciones grecolatina y judeocristiana, Rozat va en pos de un modelo escatológico (donde por escatología entendemos las creencias religiosas sobre el fin último o la vida de ultratumba) que los cronistas de Indias y las fuentes llamadas “de tradición indígena” —para Rozat son, más que otra cosa, franciscanas y medievales— utilizaron para narrar la destrucción de México-Tenochtitlan. Y Rozat encuentra el modelo en la destrucción simbólica y real de Jerusalén:
Para el mito cristiano, en este aniquilamiento de la Jerusalén judía, más que la destrucción física de una ciudad poderosa, rica y opulenta, está la voluntad de Dios de marcar con una señal históricamente visible, para convencer a los simples y a los escépticos de que un tiempo está definitivamente consumido.
Sin la destrucción física de Jerusalén, no puede venir el Mesías. No hay salvación. Y de ahí se pasa a Tenochtitlan:
No es suficiente […] notar las similitudes formales en los hechos históricos para poder afirmarlo. Es necesario darse cuenta de que la caída de Tenochtitlan significa, de una manera mística, el progreso de la enseñanza del Cristo, el desarrollo de la religión cristiana entre los indios […] Las fuentes “indígenas” y españolas nos permiten ver cómo ese esquema fue utilizado como ordenador discursivo para la redacción de los hechos “históricos” y militares que contienen los relatos de la conquista.
Y, sostiene más adelante Rozat, en La guerra de los judíos, de Flavio Josefo, libro muy usado y leído por los monjes y teólogos de la Edad Media, hay un capítulo, “el XXXI del libro VI”, que informa de los “signos y predicciones de las desgracias acaecidas a los judíos”. En él se encuentran, casi textualmente, ¡siete de los ocho “presagios” que en las fuentes indígenas anuncian la destrucción de Tenochtitlan! Y, por si fuera poco, los ocho presagios aparecen también, de manera casi textual, en las fuentes latinas ¡sobre la destrucción de Roma! El cuadro comparativo que hace Rozat en las páginas 201-204 de su libro resulta lapidario e irrebatible. Lo que sigue es rizar el rizo: por ejemplo, mostrar a Moctezuma como profeta a semejanza del profeta Daniel, o detenerse en los caballos, los perros, los “truenos”…
Moctezuma el profeta. Si estamos de acuerdo con Luis Fernando Granados o Guy Rozat en que los textos “indígenas” y los signos allí aludidos remiten a una simbología cristiana y occidental, encontramos que el retrato de Moctezuma también pertenece a ella. La tradición historiográfica medieval pone gran énfasis en la vida y los hechos de los “grandes personajes” cuyas acciones y decisiones impactan decisivamente a los pueblos y naciones. Si además repetimos la idea que hace de Moctezuma un tirano todopoderoso (definición que no resiste el análisis de los hechos), resulta entonces decisivo el papel de Moctezuma (recordemos que la “cobardía” de éste es la primera de las cuatro causas concurrentes que hace Todorov de las explicaciones tradicionales sobre la derrota de los mexicas).
En ese sentido, que Moctezuma sea el único que pueda ver o entender los “presagios” se inscribe de lleno en la tradición bíblica, en la que gran cantidad de jefes y dirigentes israelíes está investida con el don de la profecía. Naturalmente, la historiografía moderna (“científica”) rechaza los elementos mágicos o proféticos del relato, pero, como señala Guy Rozat, al hacerlo:
Toma prestados, sin darse cuenta, elementos del “mito” anterior, al que pretende haber superado en su fundamento y en su práctica. Esta ilusión epistemológica la obliga entonces a inventar “la fragilidad de las estructuras”, “una atmósfera de superstición y terror”, y a recurrir a los esquemas más bajos de la mentalidad primitiva sin jamás nombrarla.
La historiografía científica, todavía vigente, construye un mito nuevo. ¿Cómo lo hace? En las fuentes “cuasiindígenas” Moctezuma es el único vidente. Sólo él ve. Y lo que ve está aún oculto. Así, según Alvarado Tezozómoc, manda llamar adivinos, pero éstos no resuelven su angustia. Busca a su alrededor sin encontrar respuestas. Los “informantes de Sahagún” y Muñoz Camargo lo repiten: “Sólo Motecuhzoma está marcado con el sello de la videncia, con el sello de Dios”.
¿Qué dice el discurso histórico contemporáneo? Atribuye gran peso a dichas profecías en la desorganización que sigue al avance español y busca reconstruirlas como hecho histórico, sin notar que lo principal aquí no está en el suceso, sino en la coherencia del mito “(si admitimos lo dicho sobre la analogía Tenochtitlan / Jerusalén)”. El modelo exige la presencia de profetas… y, por supuesto, del mito de Quetzalcóatl, citando Rozat como ejemplo a Pierre Chaunu:
La asimilación paralizante está probada por los textos en náhuatl y por el ceremonial de la entrega de regalos a los jefes de la expedición: todos los atributos de Quetzalcóatl, desde la serpiente incrustada de turquesa hasta la peluca de plumas de quetzal […] y de garza. El símbolo fue suficientemente claro para que Cortés, informado sin duda por la Malinche, comprendiera inmediatamente el sentido de tal entrega y le sacara partido.
Pero si se releen los textos con atención, dice Rozat, no sólo están los presentes que deben ofrecerse a Quetzalcóatl: también se hallan los atavíos de Tezcatlipoca y Tláloc. El Moctezuma del mito se despoja desde la primera embajada (según los “informantes de Sahagún”) de los símbolos de su autoridad, las “insignias divinas”. Hay en él una “pasividad” y un “entreguismo teológico”, a partir de lo cual algunos autores han concluido que “traicionó a su pueblo porque —piensan— se acobardó frente a la estrepitosa demostración de agresividad de los españoles y ante el recuerdo de antiguas profecías”. Pero los textos jamás lo presentan de manera peyorativa, sino como un alma desorientada frente a la terrible prueba de fuego, a la ineluctable destrucción que él sabía que debía ocurrir”.
Sigue Rozat: el desconcierto y la angustia de Moctezuma se inscriben en una retórica apocalíptica: cuando se acerca el fi n de los tiempos, la mayoría de los hombres pierde la sed y el hambre, no sabe dónde refugiarse… se hinca y suplica. De acuerdo con los relatos “indígenas” de las dos embajadas enviadas a Cortés, cuando Moctezuma se convence al fin (los textos reproducidos en la Visión de los vencidos de León Portilla son totalmente apocalípticos, insiste Rozat), cuando admite el retorno de Quetzalcóatl, toma conciencia de que vienen grandes males para él y su reino. Y se generaliza un ambiente “de pánico y zozobra, tanto en Motecuhzoma como en los demás indios”. Se pone en marcha “de manera ineluctable la realización escatológica del destino mexica”. Y poco a poco el espectro del mito se amplía a todo el mundo indígena: el miedo alcanza al pueblo (y una vez más, los relatos son apocalípticos).
Al saber que los españoles preguntaban por él, dice el relato español del Códice Florentino, “pensó en huir o esconderse […] en alguna cueva, o salirse de este mundo y irse al Infierno o el paraíso Terrenal o cualquier otra parte secreta”. Todo pertenece al imaginario occidental. De cualquier manera, no es una huida terrenal, sino metafísica.
Moctezuma intenta no apurar la amarga copa que, sabe, le toca, y como no puede cambiar la historia, intenta modificar el espacio: ordena cambiar los caminos para desviar a Cortés hacia Texcoco. ¿Para qué sembrar magueyes? Para que se pierdan las orientaciones espaciales. Puede parecer pueril y no faltan autores que lo interpretan como un último intento producido por la mentalidad mágica “en la que viven los primitivos”.
Este “primitivismo”, “¿es una referencia occidental a la relación ambigua que entretejían los europeos con la naturaleza salvaje y los hombres desnudos, en los confines de la cultura?, ¿una referencia al conjunto de los textos de las epopeyas medievales en busca de ciudades encantadas?”, o ¿es un elemento histórico real perteneciente a algo prehispánico que, a pesar de todo, aparece bajo la escritura occidental? Todo en vano: Cortés llega al valle de México.
Diana Magaloni, una autora que, siguiendo a León Portilla, ve en el Códice Florentino la versión indígena, también señala en su estudio sobre las “profecías” la reiteración del relato bíblico y de las fuentes “clásicas” grecolatinas y el carácter escatológico: “Este patrón en el que el principio y el fin se encuentran como una serpiente que muerde su cola también estructura el relato mítico de la Conquista: narra la re novación de la creación tras la caída del cielo bajo la luz de los relatos bíblicos del Génesis y del Apocalipsis”.
Hasta aquí Rozat y Magaloni. Repitamos la pregunta: ¿qué hacemos con los “presagios”? Si la explicación es que ello apunta hacia una “mentalidad primitiva”, ésta se debe atribuir en pareja medida al humanismo franciscano del siglo XVI. Una “idea primitiva” aceptada durante casi tres siglos, como aceptado era pensar que Huitzilopochtli era una advocación o representación de Satanás todavía en el siglo XVIII.
Sin duda, tal como los muestran los informantes de Sahagún y tantas otras fuentes, esos augurios constituyen una explicación fatalista de la caída de Tenochtitlan: la ciudad en medio del lago tenía que caer porque así lo dictaba la Divina Providencia, porque así lo había previsto Quetzalcóatl…
En el siglo XIX ese fatalismo religioso fue sustituido por un fatalismo “racional”, “histórico”, que persiste hasta nuestros días: Tenochtitlan tenía que ser avasallada porque así lo dictaban las “leyes de la historia”, la “modernidad”. Dice Lucas Alamán que, si a la falta de unidad política de América y la ausencia de grandes cuadrúpedos se agrega la ignorancia de todos los inventos que habían hecho una revolución en el arte de la guerra en Europa, y de todos los adelantos que había habido en las ciencias y consiguientemente en las artes, se verá que el nuevo mundo no estaba en manera alguna en estado de entrar en lucha con el antiguo; que su descubrimiento no sería más que la señal de su dependencia, y que había de ser necesariamente la presa de la primera nación de Europa que tuviera conocimiento de su existencia.
Créeme, lectora o lector amigo, que versiones ligeramente más actualizadas de este fatalismo, llamémoslo “tecnológico” o “ideológico”, aparecen reiteradamente a lo largo del siglo y medio de pensamiento historiográfico que sigue a don Lucas Alamán. Y, más aún, ambos fatalismos se superponen. Un siglo después de Alamán, Salvador Toscano escribió:
Que Moctezuma y su Imperio identificaban a los advenedizos como los hijos de Quetzalcóatl o Quetzalcóatl mismo está fuera de toda duda; que dentro del error de este mito enviara ricos presentes es, igualmente, materia comprobada. En la mentalidad indígena no cabía duda de que las profecías habían llegado a su término: Moctezuma, por lo mismo, debió callar y llorar amargamente, como su Imperio todo.
Nota: agradecemos al FCE por mandarnos una probada LA BATALLA POR TENOCHTITLAN. Si les gustó el libro acá lo pueden conseguir completo.