Tierra Adentro
Clarice Lispector por Maureen Bisilliat en agosto de 1969. Creative Commons Attribution-Share Alike 4.0 International.

Estaba solo. Estaba abandonado, feliz, cerca del salvaje corazón de la vida.

James Joyce

PRIMERA PARTE

 

El padre…

 

La máquina de papá golpeaba tac-tac… tac-tac-tac… En el reloj sonó un din-don sin fuerza. El silencio se arrastró zzzzzz. ¿Qué decía el ropero?, ropa-ropa-ropa. No, no. Entre el reloj, la máquina y el silencio había una oreja que escuchaba, grande, rosada y muerta. Los tres sonidos estaban unidos por la luz del día y por el crujir de las hojas del árbol que se frotaban radiantes unas con las otras.

Con la cabeza apoyada en la ventana brillante y fría miraba el patio del vecino, el gran mundo de las gallinas-que-no-sabían-que-morirían. Como si estuviera cerca de su nariz podía sentir la tierra caliente, dura, tan olorosa y seca, donde bien sabía, bien sabía que uno que otro gusano se estiraba antes de ser comido por la gallina que las personas se comerían.

Hubo un momento grande, detenido, sin nada dentro. Dilató los ojos, esperó. No vio nada. Blanco. Pero de repente en un estremecimiento dieron cuerda al día y todo volvió a funcionar, la máquina trotando, el cigarro del padre humeando, el silencio, las hojas, los pollos desplumados, la claridad, las cosas reviviendo llenas deprisa como una tetera hirviendo. Sólo faltaba el dindón del reloj que tanto adornaba. Cerró los ojos, fingió escucharlo y al son de la música inexistente y ritmada se alzó en la punta de los pies. Dio tres pasos de baile muy leves, alados.

Entonces, súbitamente lo vio todo con disgusto, como si hubiera comido demasiado de aquella mezcolanza. “Ay, ay, ay…”, gimió bajito, cansada y luego pensó: ¿qué va a ocurrir ahora ahora ahora? Siempre en la siguiente gota del tiempo nada ocurría si ella seguía a la espera de lo que iba a ocurrir, ¿entiendes? Apartó ese pensamiento difícil distrayéndose con un movimiento del pie descalzo en el piso de madera polvoso. Frotó el pie espiando con el rabillo del ojo a su padre, esperando su mirada impaciente y nerviosa. Nada, sin embargo. Nada. Es difícil aspirar a las personas como la aspiradora de polvo.

—Papá, inventé una poesía.

—¿Cómo se llama?

—Yo y el sol. —Sin esperar mucho recitó—: “Las gallinas que están en el patio se han comido dos lombrices, pero no las vi”.

—¿Sí? ¿Qué es lo que tú y el sol tienen que ver con la poesía? —Ella lo miró un segundo. Él no había entendido…

—El sol está encima de las lombrices, papá, y yo hice la poesía y no vi las lombrices… —Pausa—. Puedo inventar otra ahora mismo: “Oh sol, ven a jugar conmigo”. Otra más grande: “Vi una nube pequeña pobre del gusano creo que no la vio”.

—Lindas, pequeña, muy lindas. ¿Cómo se hace una poesía tan bonita?

—No es difícil, sólo hay que ir diciéndola.

Ha vestido a la muñeca, la ha desvestido, la ha imaginado yendo a una fiesta donde brillaba entre todas las otras jovencitas. Un carro azul atropellaba el cuerpo de Arlete, la mataba. Después venía el hada y la hija vivía de nuevo. La hija, el hada, el carro azul no eran sino Joana, de lo contrario todo sería un fastidio. Siempre encontraba una manera de colocarse en el papel principal exactamente cuando los acontecimientos iluminaban a uno u otro personaje. Trabajaba seria, callada, los brazos a lo largo del cuerpo. No necesitaba acercarse a Arlete para jugar con ella. Incluso de lejos poseía las cosas.

Se divertía con los cartones. Los miraba un instante y cada cartón era un alumno. Joana era la profesora. Uno de ellos era bueno y el otro malo. Sí, sí, ¿y luego? ¿Y ahora ahora ahora? Y como siempre nada pasaba si ella… listo.

Inventó un hombrecito del tamaño de su dedo índice, de pantalones largos y corbata de moño. Ella lo llevaba en el bolsillo de la falda del colegio. El hombrecito era una perla del bien, una perla para la corbata, tenía una voz gruesa y decía desde el interior del bolsillo: “Majestad Joana, ¿podéis escucharme un minuto, sólo un minuto podéis interrumpiros en vuestra permanente ocupación?” Y declaraba después: “Soy vuestro siervo, princesa. Ordene lo que sea que yo lo haré”.

—Papá, ¿qué hago?

—Ve a estudiar.

—Ya estudié.

—Ve a jugar.

—Ya jugué.

—Entonces no molestes.

Echó una carrerita y se detuvo, espiando sin curiosidad las paredes y el techo que giraban y se desvanecían. Anduvo de puntitas, pisando sólo las tablas oscuras. Cerró los ojos y caminó, las manos extendidas, hasta topar con un mueble. Entre ella y los objetos había algo más, cuando agarraba esa cosa en la mano, como una mosca, y después espiaba —incluso teniendo cuidado para que nada escapara— sólo encontraba la propia mano, rosada y desilusionada. Sí, lo sé, ¡el aire, el aire! Pero de nada servía, no explicaba nada. Ése era uno de sus secretos. Nunca se permitiría contar, ni siquiera a papá, que no lograba agarrar “la cosa”. Todo lo que más valía, exactamente eso, ella no podía contarlo. Sólo decía tonterías con las demás personas. Cuando le decía a Rute, por ejemplo, algunos secretos, más tarde sentía rabia hacia Rute. Lo mejor era callar. Otra cosa: si tenía algún dolor y si mientras dolía ella miraba las agujas del reloj, entonces veía que los minutos contados en el reloj iban pasando y el dolor seguía doliendo. O si no, incluso cuando no le dolía nada, se quedaba frente al reloj espiando, y lo que ella no estaba sintiendo también era mayor que los minutos contados en el reloj. Ahora bien, cuando ocurría una alegría o una rabieta, corría hasta el reloj y observaba los segundos en vano.

Fue a la ventana, marcó una cruz en el pretil y escupió hacia afuera en línea recta. Si escupiera una vez más —ahora sólo podría hacerlo en la noche— el desastre no ocurriría y Dios sería tan amigo de ella, pero tan amigo que… ¿que qué?

—Papá, ¿qué hago?

—¡Ya te dije: ve a jugar y déjame en paz!

—Pero ya jugué, lo juro.

Papá rio:

—Pero el juego nunca termina…

—Sí termina.

—Inventa otro juego.

—No quiero jugar ni estudiar.

—¿Entonces qué quieres hacer?

Joana meditó:

—Nada de lo que sé…

—¿Quieres volar? —pregunta papá distraído.

—No —responde Joana. Pausa—. ¿Qué hago?

Esta vez papá explota:

—¡Date de topes con la pared!

Ella se aleja haciéndose una trencita en los cabellos lacios. Nunca nunca nunca sí sí, canta bajito. Uno de esos días aprendió a trenzarse el cabello. Va a la mesita de los libros, juega con ellos mirándolos desde lejos. Ama de casa marido hijos, verde es hombre, blanco es mujer, rojo puede ser hijo o hija.

¿“Nunca” es hombre o mujer? ¿Por qué “nunca” no es hijo ni hija? ¿Y “sí”? Oh, había muchas cosas completamente imposibles. Podía quedarse tardes enteras pensando. Por ejemplo: ¿quién dijo por primera vez esto: nunca?

Papá termina el trabajo y la encuentra sentada, llorando.

—Pero ¿qué es esto, hijita? —La toma en sus brazos, mira sin temor la carita ardiente y triste—. ¿Qué es esto?

—No tengo nada que hacer.

Nunca nunca sí sí. Todo era como el rumor del tranvía antes de adormecerse, hasta que se siente un poco de miedo y se duerme. La boca de la máquina se cerró como la boca de una vieja, pero venía aquello que apretaba su corazón como el rumor del tranvía, pero ella no iba a adormecerse. Era el abrazo de papá. Papá medita un instante. Pero nadie puede hacer nada por los demás, se justifica. La niña anda tan suelta, tan flaquita y precoz… Respira agitado, mueve la cabeza. Un huevito, eso es, un huevito vivo. ¿Qué va a ser de Joana?

 

 

 

El día de Joana

Es cierto que estoy hecha para el mal, pensaba Joana.

Si no, ¿qué sería aquella sensación de fuerza contenida, lista para reventar con violencia, aquella sed de usarla con los ojos cerrados, entera, con la seguridad irreflexiva de una fiera? ¿No era sólo en el mal donde alguien podía respirar sin miedo, aceptando el aire y los pulmones? Ni el placer me daría tanto placer como el mal, pensaba ella asombrada. Sentía dentro de sí un animal perfecto, lleno de inconsecuencias, de egoísmo y vitalidad.

Se acordó de su esposo, quien probablemente la desconocería en esa idea. Intentó recordar la imagen de Otávio. Mal, sin embargo. Sentía que, en cuanto él salía de casa, ella se transformaba, se concentraba en sí misma y, como si sólo hubiera sido interrumpida por él, seguía viviendo lentamente al filo de la infancia, lo olvidaba y se movía por los aposentos profundamente sola. Del barrio quieto, de las casas lejanas, no llegaban ruidos. Y, libre, ni ella misma sabía lo que pensaba.

Sí, ella sentía dentro de sí un animal perfecto. Le repugnaba tener que dejarlo suelto algún día. Por miedo tal vez a la falta de estética. O por el recelo de alguna revelación… No, no —se repetía—, es necesario no tener miedo de crear. A fin de cuentas, probablemente el animal le repugnaba porque aún existía en ella el deseo de agradar y de ser amada por alguien poderoso como la tía muerta. Para que después, sin embargo, la pisara, la repudiara sin contemplaciones. Porque la mejor frase, incluso desde muy joven, era: “la bondad me da ganas de vomitar”. La bondad era tibia y suave, olía a carne cruda guardada desde hacía mucho tiempo. Sin pudrirse por completo a pesar de todo. La refrescaban de vez en cuando, le echaban un poco de condimento, lo suficiente para conservarla como un pedazo de carne tibia y quieta.

Un día, antes de casarse, cuando aún vivía su tía, había visto a un hombre comiendo con gula. Había espiado sus ojos abiertos, brillantes y estúpidos, intentando no perderse ni el más mínimo sabor del alimento. Y las manos, las manos. Una de ellas agarrando el tenedor que atravesaba un pedazo de carne sanguinolenta —no tibia y quieta, sino vivísima, irónica, inmoral—, la otra crispada en la servilleta, arrugándola nerviosa con ansia por comer un nuevo bocado. Las piernas bajo la mesa marcaban el compás de una música inaudible, la música del diablo, de pura e incontenida violencia. La ferocidad, la riqueza de su color… Enrojecida en los labios y en la base de la nariz, pálida y azulosa bajo los ojos de niño. Joana se había estremecido horrorizada frente a su pobre café. Pero no sabría después si había sido por repugnancia o por fascinación y voluptuosidad. Por ambas seguramente. Sabía que el hombre era una fuerza. No se sentía capaz de comer como él, era sobria por naturaleza, pero esa demostración la perturbaba. La emocionaba también leer las historias terribles de los dramas donde la maldad era fría e intensa como un baño de hielo. Como si viera a alguien que bebe agua y descubriera que tenía sed, sed profunda y vieja. Tal vez sólo fuera falta de vida: estaba viviendo menos de lo que podía e imaginaba su sed pidiendo inundaciones. Tal vez sólo algunos tragos… Ah, he aquí una lección, he aquí una lección, diría la tía: nunca adelantarse, nunca robar antes de saber si lo que quieres robar existe en alguna parte, honestamente reservado para ti. ¿O no? Robar vuelve todo más valioso. El gusto del mal —masticar rojo, tragar fuego endulzado—.

No acusarme. Buscar la base del egoísmo: todo lo que no soy no puede interesarme, es la imposibilidad de ser más allá de lo que se es —sin embargo, yo me excedo incluso sin el delirio, soy más de lo que yo, casi normalmente—; tengo un cuerpo y todo lo que yo haga es continuación de mi comienzo; si la civilización de los mayas no me interesa es porque no hay nada dentro de mí que pueda unirse a sus bajorrelieves; acepto todo lo que viene de mí porque no tengo conocimiento de las causas y es posible que esté pisando lo vital sin saberlo; ésa es mi mayor humildad, suponía ella.

Lo peor es que ella podría marcar todo lo que pensara. Sus pensamientos eran, después de erigidos, estatuas en el jardín, y ella pasaba por el jardín mirando y siguiendo su camino.

Estaba alegre ese día, también bonita. Un poco de fiebre también. ¿Por qué ese romanticismo: un poco de fiebre? Pero la verdad es que yo tengo lo mismo: ojos brillantes, esa fuerza y esa debilidad, latidos desordenados del corazón. Cuando la brisa suave, la brisa de verano, golpeaba su cuerpo, todo él se estremecía de frío y de calor. Y entonces ella pensaba con mucha rapidez, sin poder parar de inventar. Es porque soy muy joven aún y siempre que me tocan o no me tocan, siento —reflexionaba—. Pensar ahora, por ejemplo, en estanques rubios. Precisamente porque no existen estanques rubios, ¿me entiende?, así se huye. Sí, pero los dorados por el sol, son rubios en cierto modo… Es decir, que en realidad no lo imaginé. Siempre la misma caída: ni el mal ni la imaginación. En el principio, en el centro final, la sensación simple y sin adjetivos, tan ciega como una piedra rodando. En la imaginación, que ella sólo tiene a fuerza del mal, sólo la visión engrandecida y transformada: debajo de ella la verdad impasible. Se miente y cae en la verdad. Incluso en la libertad, cuando escogía alegre nuevas veredas, las reconocía después. Ser libre era perseguirse hasta el final, y encontrar ahí de nuevo el camino trazado. Ella sólo vería lo que ya poseía dentro de sí. Perdido por el gusto de imaginar. ¿Y el día en que lloré? —había también cierto deseo de mentir—, estudiaba matemáticas y súbitamente sentí la imposibilidad tremenda y fría del milagro. Veo por esa ventana y la única verdad, la verdad que no podría decir a aquel hombre, abordándolo, sin que él huyera de mí, la única verdad es que vivo. Sinceramente, vivo. ¿Quién soy? Bueno, eso ya es demasiado. Recuerdo un estudio cromático de Bach y pierdo la inteligencia. Él es frío y puro como el hielo, sin embargo, se puede dormir sobre él. Pierdo la conciencia, pero no me importa, pues encuentro la mayor serenidad en la alucinación. Es curioso que no sepa decir quién soy. Quiero decirlo, lo sé, pero no puedo decirlo. Sobre todo, tengo miedo de decir, porque en el momento en que intento hablar no sólo no expreso lo que siento, sino que lo que siento se transforma lentamente en lo que digo. O bien, lo que me hace actuar no es lo que siento, sino lo que digo. Siento quien soy y la impresión queda alojada en la parte alta del cerebro, en los labios —principalmente en la lengua—, en la superficie de los brazos y también corriendo dentro, muy dentro de mi cuerpo, pero dónde, dónde incluso no sé decirlo. El sabor es gris, un poco enrojecido, en los pedazos viejos un poco azulado, y se mueve como gelatina, lentamente. A veces le sale punta y me hiere, clavándose en mí. Muy bien, ahora a pensar en el cielo azul, por ejemplo. Pero, sobre todo, ¿de dónde viene esa certeza de estar viviendo? No, no estoy bien. Pues nadie se hace estas preguntas y yo… Y es que basta con callar para sólo mirar, debajo de todas las realidades, la única irreductible, la de la existencia. Y debajo de todas las dudas —el estudio cromático— sé que todo es perfecto, porque siguió de una escala a otra el camino fatal en relación consigo mismo. Nada escapa a la perfección de las cosas, ésa es la historia de todo. Pero eso no explica por qué me emociono cuando Otávio tose y se lleva la mano al pecho, así. O bien, cuando fuma, y la ceniza le cae en la barba, sin que se dé cuenta. Ah, es piedad lo que siento entonces. La piedad es mi forma de amar. De odiar y de comunicar. Es lo que me sustenta contra el mundo, así como hay quien vive por el deseo o por el miedo. Piedad de las cosas que suceden sin que yo lo sepa. Pero estoy cansada, a pesar de mi alegría de hoy, alegría que no se sabe de dónde viene, como la de la manzanita de verano. ¡Estoy cansada, ahora extremadamente! Vamos a llorar juntos, bajito. Por haber sufrido y continuar tan dulcemente. El dolor cansado en una simple lágrima. Pero ahora ya es deseo de poesía, eso lo confieso, Dios. Durmamos tomados de la mano. El mundo gira y en alguna parte hay cosas que no conozco. Durmamos sobre Dios y el misterio, nave quieta y frágil flotando sobre el mar, éste es el sueño.

¿Por qué ella estaba tan ardiente y ligera, como el aire que viene del fuego que se desata? El día había sido igual a los otros y tal vez de ahí viniera la acumulación de la vida. Había despertado llena de la luz del día, invadida. Aún en la cama, había pensado en arena, el mar, en beber agua del mar en casa de la tía muerta, en sentir, sobre todo sentir. Esperó algunos segundos sobre la cama y, como no ocurría nada, vivió un día común. Aún no se liberaba del deseo-poder-milagro, desde pequeña. La fórmula se realizaba tantas veces: sentir la cosa sin poseerla. Sólo era preciso que todo la ayudara, que la dejara ligera y pura, en ayuno para recibir la imaginación. Difícil como volar y, sin apoyo para los pies, recibir en los brazos algo extremadamente precioso, un niño, por ejemplo. Pero sólo en un punto determinado del juego perdía la sensación de que estaba mintiendo —y tenía miedo de no estar presente en todos sus pensamientos—. Quiso el mar y sintió las sábanas de la cama. El día continuó y la dejó atrás, sola.

Incluso acostada, se había quedado silenciosa, casi sin pensar, como le ocurría a veces. Observaba ligeramente la casa llena de sol a aquella hora, los vitrales altivos y brillantes como si ellos mismos fueran la misma luz. Otávio había salido. Nadie en casa. Y de alguna manera, nadie dentro de sí misma, que podía tener los pensamientos más disociados de la realidad, si así lo quisiera. Si yo me viera en la Tierra desde las estrellas, cuidaría sólo de mí. No era de noche, no había estrellas, imposible mirarse a esa distancia. Distraída, recordó entonces a alguien —grandes dientes separados, ojos sin pestañas—, hablando muy seguro de su originalidad, además de sincero: mi vida es tremendamente nocturna. Después de decirlo, ese alguien se quedaba parado, quieto como un buey por la noche; de vez en cuando movía la cabeza, en un gesto sin lógica ni finalidad, para después volver a concentrarse en la estupidez. Llenaba todo el mundo de espanto. Ah, sí, conocía al hombre desde su infancia y junto a su recuerdo estaba un ramo húmedo de grandes violetas, temblorosas por exuberantes… En ese instante ya más despierta, si lo quisiera, con un poco más de abandono, Joana podría revivir toda su infancia… El breve tiempo de vida junto a su papá, la mudanza a casa de su tía, el profesor enseñándole a vivir, la pubertad elevándose misteriosa, el internado… el matrimonio con Otávio… Pero todo eso era mucho más breve, una simple mirada sorprendida agotaría todos esos hechos.

Era un poco de fiebre, sí. Si existiera el pecado, ella habría pecado. Toda su vida había sido un error, irrelevante. ¿Dónde estaba la mujer de la voz?

¿Dónde estaban las mujeres sólo hembras? ¿Y la continuación de lo que ella había iniciado cuando fue niña? Todo era sólo un poco de fiebre. Resultado de aquellos días en que vagaba de un lado a otro, repudiando y amando mil veces las mismas cosas. Resultado también de aquellas noches que vivían oscuras y silenciosas, con las pequeñas estrellas parpadeando en lo alto. La niña extendida sobre la cama, con un ojo vigilante en las sombras. La cama blanquecina nadando en la oscuridad. El cansancio avanzando en su cuerpo, la lucidez huyendo hacia el polvo. Sueños raídos, comienzos de visiones. Otávio viviendo en otro cuarto. Y de repente toda la languidez de la espera concentrándose en un movimiento nervioso y rápido del cuerpo, el grito mudo. Frío después, y sueño.

 

Nota: Agradecemos al FCE (Fondo de Cultura Económica) por facilitarnos este adelanto de dos capítulos del próximo libro a publicarse de Clarice Lispector titulado “Cerca del corazón salvaje”.

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