Ilustrador
Ludmila Abril
(Metepec, 1992). Ilustradora, performer, pintora y escritora. Licenciada en Arte Digital (Facultad de Artes de la Universidad Autónoma del Estado de México). Becaria del Centro de Actividades Artísticas (CEAC) de la UAEMéx en donde se especializó en pintura al óleo (2003). Becaria del FONCA Jóvenes Creadores (2018). Ganadora del Programa de Apoyo a la Producción e Investigación en Arte, Medios y Discapacidad (PAPIAM-D, 2019). Por sus conocimientos en el diseño de ilustraciones, ha colaborado en algunas revistas de carácter literario, como La Colmena (UAEMéx, 2016), Dislexia Mundial (2016) y Revista de la Universidad de México (2020).
Ilustración realizada por Mariana Martínez
En alguna parte, en algún rincón de mi ser, siento desapego.
Siempre he sentido desapego (en parte). Siempre.
“Proyecto para un viaje a China”, Susan Sontag
Con mirada fija hacia la Matlalcueye amanece Xicohténcatl Axayacatzin. La oscura estatua del guerrero —rodeada por tres manos de concreto— está fija en el centro de Tizatlán, uno de los Cuatro Señoríos que conformaban la antigua federación de Tlaxcallan. Algunas réplicas se han colocado en lugares específicos alrededor de la ciudad, en sitios concurridos como glorietas o parques. A la llegada de los españoles, y luego de su conversión al cristianismo, los representantes de cada uno de los Cuatro Señoríos se encargaron de proveer a los invasores de lo necesario para derrotar a sus enemigos mexicas y lograr, mediante la unión, la caída de la Gran Tenochtitlan. Pero antes de llegar a ese punto, el guerrero Xicohténcatl se enfrentó a los conquistadores en varias ocasiones. Razón por la cual hoy en día su imagen en piedra o bronce es la figura de bienvenida a la actual ciudad de Tlaxcala, parece que ahí, desde lo alto, recuerda el honor de un sitio que, antes de su alianza, dio gran batalla al enemigo.
Contemplar la vista panorámica que me ofrece el Altiplano a los pies de Xicohténcatl me trae siempre a esta historia. Sin embargo, pese a tener en mente unos cuantos datos históricos, en realidad desconozco en parte mi ciudad de origen. No sé, por ejemplo, cuál es el nombre de los cerros que rodean el centro de la ciudad, aunque sí se que detrás de ellos, hacia el suroeste, está la casa de mi madre. Mi intención actual es hacerme de nuevos datos históricos, visitar los lugares que me recuerdan los acontecimientos importantes, resulta factible, teniendo en cuenta que se trata del estado más pequeño de la República Mexicana.
Es por esto mismo que acepto la invitación a una ceremonia de temazcal. En un principio, sin la ilusión exotizada de volver a mis raíces indígenas, más bien con el ansia de aumentar ese puñado de datos regionales. La invitación llega por parte de uno de mis mejores amigos, es la forma en la que celebra su vuelta al sol. La idea me atrajo de inmediato porque admiro sus conocimientos, que en los últimos años tomaron un vuelco hacia los orígenes de la tierra en la que ambos nacimos. El punto de reunión: La Maquinita, en el municipio de Apizaco. La hora: 8 am. Llegamos cerca de quince personas, algunos son viejos amigos. Subimos a una camioneta y después de varios kilómetros llegamos a la comunidad de Tetla; luego avanzamos unos minutos entre caminos pedregosos para llegar al centro ecoturístico.
Antes de dar inicio al baño de temazcal, acompañados por los sonidos del panhuehuetl, formamos un círculo alrededor de una ofrenda. Nos dirigimos cada tanto hacia los cuatro puntos cardinales, pero sin deshacer el círculo, girando sobre nuestro propio eje. En la cosmogonía nahua, figuras como la espiral son símbolos sagrados para proyectar la energía de un ciclo que se cierra a la par que otro se abre. Por ello, hay que tener presente esta imagen a lo largo de la ceremonia. Tres personas están a cargo: dos abuelitas (guardianas de la tierra) y un abuelo fuego (honrador y preservador de este elemento). Los tres emanan una tranquilidad envidiable. Los tres nos preguntan si hemos estado en un temazcal antes.
Una vez dentro nos explican que lo ideal es resistir a las cuatro puertas que lo conforman. No se sabe con precisión cuánto durará cada una de ellas, el tiempo lo define el calor de las piedras que se introducen en cuatro momentos diferentes a lo largo del día. Numeración que recuerda los cuatro puntos cardinales, los cuatro elementos de la naturaleza y las cuatro estaciones del año. Esa es la única medida del tiempo a partir de ahora. Nuestra estancia en el útero temazcal será nuestro renacimiento, dicen, nuestra vuelta a la vida.
Primera puerta
Se introducen las primeras piedras al centro del domo y se les rocía agua, se cubre la entrada y quedamos a merced de la negrura. La claustrofobia no se hace esperar. El hijo pequeño de una amiga llora, grita, dice que quiere salir; tiene un miedo profundo a la oscuridad y las piedras incandescentes, emanando un vapor sonoro, alimentan su pánico. El resto de los adultos somos testigos de su pataleo aunque se ha prendido una velita para apaciguar su miedo. Nadie esperaba un inicio tan caótico. Las abuelas dirigentes, quienes controlan el vapor de las rocas volcánicas a través del agua de hierbas, no se molestan, continúan el baño ritual como si nada. Nos mencionan los beneficios y al mismo tiempo nos recalcan la importancia de no perder nuestra conexión con la naturaleza. Nos preguntan nuestro nombre y nos invitan a pedir un deseo profundo en silencio.
Segunda puerta
Tenemos unos instantes para retener el aire que se cuela desde la entrada. La tarea de introducir las piedras al centro de la casita circular está a cargo del abuelito fuego, que en realidad es un joven de no más de cuarenta años. Mi amigo me explica que un abuelo fuego es considerado un guerrero por su vida llena de sacrificios y por las experiencias que carga consigo: el fuego quema, hiere; pero también representa la calidez del corazón que sabe amar y proteger. Para mí es difícil verlo como un abuelo, prefiero verlo como el Joven Fuego. Es él quien sale y va por las piedras que llevan horas y horas calentándose en medio de la leña, las carga con un horquillo y las introduce con cuidado al centro del temazcal. Al terminar su tarea vuelve a cerrar la puerta y nos priva de la frescura.
El calor aumenta. Nuestros cuerpos sudan. Sabemos nuestros nombres ahora, somos hermanos porque compartimos el útero como compartimos la Tierra. En cuestión de segundos el vapor comienza a ser insoportable. Algunos no resisten y salen, entre ellos el pequeño. No sabemos cuánto tiempo ha pasado, pero seguro que no mucho. Yo también quiero salir, pero resisto. Esto apenas inicia, lo tomo como un reto personal, como ofrenda al desarraigo, por la brevedad de mis visitas en los últimos años, por el desconocimiento de mis raíces.
Es difícil ignorar el sopor, es difícil que el cuerpo pueda concentrarse en algo más allá de lo corporal. Sin embargo, conforme pasa el tiempo, el sitio me invita a pensar en los esfuerzos de la permanencia. Lo primero que viene a mi mente es la negación. Desde pequeña, la ilusión del viaje y el cambio me han sido atractivos imperantes. Salir de casa se convirtió muy pronto en mi actividad predilecta. Interrumpo mis cavilaciones cuando noto que en todo este tiempo se han pronunciado palabras en lengua náhuatl que desconozco, pero no me es difícil pronunciar. Es la lengua en la que se comunicaban los habitantes del Altiplano central, la lengua que se va extinguiendo poco a poco, pero sobrevive todavía en los nombres de algunos de nosotros. De ahí mismo proviene mi apellido materno: Ahuatzin; que, según me han ayudado a interpretar, puede tener dos posibles traducciones: “reverenciado u honorable encino” y “espinita”.
Tercera puerta
Para resistir el nuevo calor pienso en el encino; pienso en la imagen de los árboles con la que despertaba todas las mañanas de mi infancia. No sé de qué tipo eran, tal vez alguno de ellos fuera un roble. Me viene el nombre de una de mis novelas favoritas: Árboles o apuntes de viaje, en la que su autora, Rosario Sanmiguel, narra la travesía de una mujer en busca de su historia familiar. No por elección totalmente propia, pues Andrea, la protagonista, ha estado evitando a toda costa el encuentro con el pasado de su madre. Atraigo a mi mente la frase con la que termina la novela corta, las palabras de reconciliación que la mujer le ofrece a su hija olvidada, “Tú también recuerda esto. Que una tarde de San Juan, o una tarde de viento, o una tarde cualquiera, amarré el corazón al corazón de un árbol”. Si pudiera exaltar alguna cualidad del significado de mi apellido materno no sería la dureza del roble, sino la ligereza de su pequeño fruto; el corazoncito hueco que se desprende de él en cada bellota.
¿Cuánto tiempo falta para que termine la tercera puerta? Me obligo a atraer la frescura de los árboles en un rinconcito, acerco mi nariz a la pared curvada para percibir esa suerte de petricor del ambiente húmedo. Mi cuerpo quiere salir, recordar lo que es el frío; no sabe permanecer, no sabe estarse quieto. Tengo suficiente tiempo para reconocer que el motivo principal de huida es siempre el tedio. En mi vida, mi ciudad de origen es un paisaje que mi memoria no logra asir del todo. Es como esta bruma que siento ahora: agota, pero al mismo tiempo contiene sustancias benéficas para el cuerpo; es una imagen borrosa de sueño y a veces hasta de pesadilla. Un diseño en acuarela que limita sus bordes según la fecha en que se dibuja.
El calor hace que la mente deambule de un lado a otro, de la inestabilidad a la búsqueda de la permanencia, de la sustancia líquida al vapor con olor a hierbas, de la solidez del temazcal al intangible recuerdo de nuestras historias favoritas. Entonces me es inevitable volver al tema de la escritura de Rosario Sanmiguel, a su noción del territorio blando, a la construcción de sus personajes desarraigados o autoexiliados, a la puesta en duda del “sentido de pertenencia” en cada uno de sus cuentos y recuerdo que para ella el concepto de Identidad simula un pretexto para hablar de los lugares que no tienen cuerpo salvo en la memoria.
Cuarta puerta
Desconozco de quién es el cuerpo que está a mi lado, desconozco los cantos que enuncian las abuelitas, quiero llorar, el sudor escurre por mis ojos y su sal me irrita. Mis extremidades poco a poco se vuelven más pesadas, pero la idea de huir del sitio ya no me seduce. No puedo rendirme después de tantos esfuerzos. Las abuelitas nos animan, ya falta poco para nuestro alumbramiento.
Me fatiga estar aquí, mi única manera de soportarlo es imaginar que estoy en otra parte. Imaginar que paseo con mi familia, vamos a la Laguna de Acuitlapilco o a la zona arqueológica de Cacaxtla; subo hasta el último peldaño de la Pirámide de las Flores, extiendo los brazos pero no logro asir el aire fresco de la altitud golpeando mis mejillas; reconozco mi linaje, en la cumbre de Xochitécatl. Respiro y veo a lo lejos, entre nubarrones grisáceos, al Iztaccíhuatl y al Popocatépetl.
La cuarta puerta es una pasividad absoluta donde impera el bochorno. Varios cuerpos se fueron y no regresaron y aún así es casi imposible respirar. Las abuelitas nos dicen que en esta puerta aparecen los espíritus de otros abuelos, seres que despiertan en una sombra oscurísima y se posan cerca del que más lo necesita. Traen un mensaje que no se transmite a través de la boca sino del tacto. Nos hablan de fantasmas pero ya nadie tiene miedo, comprendemos que en este mundo existe una visión distinta de la muerte y que es obligatorio honrarla tanto como a la vida misma. El ciclo interminable de la espiral.
La abuela mayor hace un último esfuerzo, ha llegado el momento de bendecir a cada uno. Será ella la intermediaria para que se cumpla nuestro deseo. El mío es simple, tiene que ver con la culpa, el desarraigo y el centro. La abuela toma su ramillete de hierbas y lo pasa sobre mi cuerpo, de la cabeza a los pies y luego de vuelta. Pronuncia el deseo y yo pronuncio mi nombre. El sufijo tzin que articulo al terminar me lo recuerda: pertenezco aquí, soy de la ciudad de la tortilla de maíz, pero también de esos otros lugares donde me han acogido. Un suave perfume se me impregna al cuerpo y siento que las hierbas surten su efecto en mis pulmones.
Aunque ya hemos pasado por todas las etapas del temazcal todavía no es recomendable salir. Hay que esperar unos minutos para apaciguar el contraste de temperaturas. Alguien despliega los sarapes que cubren la entrada. No es bueno mirar hacia el resplandor, hay que agachar la cabeza y tomar la salida con precaución. Durante estos últimos minutos siento ahora que mi casa es esa ciudad imaginaria oculta entre volcanes, a veces incluso esa oscuridad y esa calidez casi asfixiante que despierta las ansias de salir corriendo cuando se abren las puertas. Ya no me preocupo por acumular datos geográficos o históricos, apenas si tengo fuerzas para resguardarlos en la mente, quizá lo más propicio sea no introducirlos en la cabeza, sino buscarles un espacio donde el cuerpo pueda rememorarlos.
Ha llegado el momento. La sensación de ir hacia afuera es extraña. No lo parece, pero hemos permanecido aquí más de cinco horas. Se sugiere que nos tomemos nuestro tiempo y que en el momento preciso, cuando nos “nazca”, salgamos. Entonces elijo el fragmento literario con el que quiero iniciar esta salida. En Memoria del fuego II , Eduardo Galeano recomienda que, “Si se te pierde el alma en un descuido”, regreses al lugar donde sucedió aquello y emprendas una cuidadosa búsqueda para hallar algo tan frágil y errante como el alma perdida. El relato me viene a cuenta en medio del adormecimiento y la falta de energía. Estoy lista para salir, inclino mi cabeza y me arrastro ligeramente hacia el umbral de la puertecita, al mismo tiempo que pronuncio las palabras de profundo agradecimiento: Tlazocamati. Mis pies se llenan de polvo y me enfrento al desconcierto de mirar como por vez primera la luz del exterior.
Autores
Angélica Ahuatzin es Licenciada en Lengua y Literatura Hispánicas(UV), ha sido becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de ensayo y del PECDA en la especialidad de Crónica.
Ilustración realizada por Mariana González
Los brazos de Gerardo Álvarez, quien prefiere usar este seudónimo comienzan a tensarse, aquel par de troncos enmarcan un aura intimidante; pero la sonrisa con la que saluda disipa cualquier señal de agresividad. Incluso la tristeza que escapa de sus ojos se difumina con el tono enérgico de su voz al enunciar la consigna que aprendió en sus operaciones durante la guerra contra el narcotráfico: “la canción hablaba de matar malandros”.
Es inevitable concluir que Gerardo está repleto de contrastes, en especial cuando se sienta frente a la mesa, nervioso como un niño pese a haber demostrado un porte imperturbable. Con un movimiento veloz, que bien pudo ser un zarpazo, toma una servilleta, y se alista para lo que está a punto de revivir.
“Entre el fervor de tantas voces se te hace un hábito convivir la muerte violenta”. En cuanto termina la oración, golpea la mesa con su dedo índice, mantiene el repiqueteo; quizá así evoca mejor las marchas de las fuerzas especiales, donde fue entrenado y escuchó a diario relatos de enfrentamientos armados contra sicarios.
“¿Cuándo me tocará a mí estar en un enfrentamiento?”, eran las palabras que permanecían tras las historias. Las bromas de tiroteos o torturas a manos del narco tenían doble utilidad, entretener a los superiores de los novatos y normalizar los horrores de la guerra, pues en una situación real solo queda piel quemada y los chistes insensibilizan a los soldados.
Los mensajes de un pueblo fantasma
Debes estar alerta, observa a tu alrededor, identifica vehículos extraños, lleva tu arma lista para disparar y no salgas del batallón. Instrucciones básicas que salvaron vidas en Ciudad Mier, Tamaulipas, donde tuvo lugar la batalla entre carteles rivales que arrasó con el pueblo.
Gerardo tenía 22 años cuando, en 2012, fue enviado a esa tierra desolada y adversa. “Era uno de los estados más feos en ese entonces, porque ya habían quitado a la policía”. Los rumores sobre lo que pasaba con los militares advertían de un conflicto sin tregua, “supe de un soldado que salió del batallón un fin de semana; el lunes lo aventaron cubierto con bolsas”. Fue un mensaje del crimen organizado.
“Cuando llegas allí, te das cuenta de que es como en las películas. Conduces en la carretera y ves cruces. Kilómetros de pueblo desértico”. La gente no sabía a qué ha venido el ejército, tenían miedo de hablar con los soldados. Después los superiores de Gerardo averiguaron que los cárteles en disputa por las plazas mantienen amenazados a los habitantes.
Desde 2010, al menos 200 familias huyeron de Ciudad Mier, conforme a la nota “Amenazas de muerte de zetas hacen de Mier, Tamaulipas, pueblo fantasma ”, publicada en el diario La Jornada , y firmada por Gustavo Castillo. Entre el 2011 y 2012, el 40% de la población restante escapó del territorio, de acuerdo con el artículo de El País , “La violencia provoca casi nueve millones de desplazados en México desde 2011 ”, escrito por Elena Reina.
“Escuchas a tus compañeros de otras cedulas decir que han visto un enfrentamiento o que algún conocido falleció; entonces sabes que es real”. La mayoría de los enfrentamientos eran después de las seis de la tarde, el exsoldado recuerda que desde esa hora comenzaba un toque de queda implícito. “Las pocas horas que descansas, tienes tu arma y chaleco contigo”.
Después de días sin dormir, la adrenalina evitaba que el cuerpo sienta desgaste; “hasta que ves los cuerpos o autos baleados, eso te empieza a afectar más”. En muchas ocasiones, los rastros de las ejecuciones indicaban que sucedieron minutos antes del patrullaje; entonces solo un pensamiento importaba: “pude haber sido yo”.
Pronto Gerardo entendió que el miedo era para la noche, cuando una sombra sin nombre destrozaba plantíos, comunidades y cuerpos. Dejaba mensajes monstruosos tras su paso: cuando aparecía un dedo amputado, “significaba que alguien había acusado a un grupo delictivo; la lengua, que una persona habló de más”. De nuevo, el exsoldado mostró su rostro endurecido por el dolor y sentencia que con el tiempo “eso te empieza a deshumanizar”.
Esa oscuridad hundió a los adinerados en sus mansiones baleadas, al igual que los agricultores en sus cabañas. Niños y ancianos han estado a la deriva hasta que en algún lugar se unieron a las tinieblas que cada vez consumen más vidas. “Piensas que tu trabajo hará una diferencia, pero con el tiempo te das cuenta de que no es así”.
Gerardo conoció a algunas de esas personas, los marcados por la violencia. En un patrullaje con camionetas, identificó a un niño de corta estatura, quien sentado en un banco fijó su atención en los vehículos. De regreso de la operación, el niño entró a su casa y se asomaba varias veces, como si contara las camionetas.
El chico con indicios de desnutrición a sus 10 años mantenía con vida a su abuela convaleciente, ganaba mil dólares al mes y trabajaba con una radio desde su casa en ruinas. Él era un halcón, sujetos prescindibles a los ojos del narco, cuya misión es informar el número de soldados en cada transporte.
“Sabíamos que nos veían antes de ir a cualquier lugar, teníamos una radio intervenida. A las camionetas Cheyene les decían rapiditas; a los Mercedes, gusanos. De pronto escuchábamos: ‘ahí vienen tantas rapiditas con tantos gusanos’. Pero no veíamos a nadie”. Una vez que encontraron al halcón, solo confiscaron su radio.
La vida del niño corría mayor peligro que la del exsoldado, se decían auténticos horrores sobre lo que el crimen organizado hacía con los halcones. El chico actuó por desesperación, Gerardo lo entendía y fue lo último que pensó antes de dejar la casa en ruinas sin mirar atrás. Nunca volvió a ver a ese niño.
A partir del 2006, los menores de edad han sido la carne de cañón del crimen organizado. Los testimonios de estos niños rotos estremecieron al país, como la entrevista entre Luis Guillermo Hernández y el sicario de 16 años, apodado “El Lágrimas”.
En 2013, se registraron 75 mil niños forzados a abandonar los juegos por la esclavitud en los sembradíos de amapola, o que fueron obligados a cambiar los colores por navajas y pistolas, conforme el artículo de la BBC , “¿Por qué el narco recluta a miles de menores en México? ”, escrito por Alberto Nájar.
El camino que recorrió estuvo poblado de personas evanescentes, incluso él pudo haberse sumado a ellos. Una noche formó parte de una patrulla de emboscada, la operación tuvo lugar en un puente, donde algunos elementos se esconderían para detener a quienes llevaban tiempo espiándolos.
Gerardo aguardó durante horas la señal, lo acompañaban pocos soldados. A lo lejos divisó 15 luces, se aproximaban los autos, entonces supo que la emboscada comenzaría. “No la vayan a cagar”, escuchó a su sargento. El número de adversarios era mayor a lo que habían previsto, 10 u ocho sicarios por camioneta aseguraban una masacre.
Aunque esa noche Gerardo evadió un final cruento, no estuvo a salvo por mucho tiempo. Cazar a un depredador invisible, llevó al límite a sus compañeros. Con la luz de la luna nadie distinguía más allá de cinco metros freten a sus pies, pero debían recorrer un maizal hasta una brecha, en ese punto se reunirían con otro equipo.
A veces tanto silencio puede enloquecer, pasaron horas en ese mutismo espectral. “¡Chiapaneco!”, el grito terminó con la desesperación, Gerardo respiró hondo y se disponía a saludar al otro equipo. Se detuvo cuando vio a un grupo de personas armadas sin vestimenta militar.
La sorpresa fue breve para ambos bandos, Gerardo perdió el aliento luego de sentir un golpe fuerte en el pecho. “Me sentó”, escuchar esas palabras de un hombre musculoso de 90 kilos y 1.90 metros de alto, esboza una idea clara sobre el poder de un impacto de bala.
Los disparos zumbaban encima de sus orejas. “Lo primero que hice fue tirarme y comenzar a repeler la agresión”. En la oscuridad hubo resplandores al fin, y al extinguirse se llevaban a alguien. Gerardo distinguió que había cuerpos en el suelo, se cercioró que era seguro irse y de nuevo no quiso mirar atrás.
“Nunca había visto ese nivel de violencia más que en las películas”. En la actualidad aún es increíble. El pueblo fantasma, que bien podría llamarse ciudad mutilada, se halla bajo las balas de 50 líderes narcotraficantes que buscan hacerse con Tamaulipas, de acuerdo con la nota de Milenio , “Detectan a 50 líderes del narco en la disputa por Tamaulipas ”, firmada por José Antonio Belmont.
Los registros también simbolizan testimonios de un pueblo abandonado, cuyos habitantes aún expresan mensajes desde el infierno. Gerardo carga en su espalda algunos de estos fantasmas, aunque no quiera voltear a verlos, en algunos momentos parece que escucha sus historias crueles y lo hacen cuestionarse: “puede morir, y no sé si hacía lo correcto después de ver casos parecidos al del niño halcón”.
Nunca volver
Regresar a casa se convierte en proceso tortuoso. Las consecuencias psicológicas de Ciudad Mier persiguen a Gerardo, quizá ese ha sido el precio a pagar durante la guerra, como plantea Eduardo Antonio Parra , en su obra Laberinto (Random House, 2019). La novela toma inspiración de la batalla de Ciudad Mier, y el autor aborda la destrucción psicológica de los personajes .
Los soldados disponen de cuatro días para estar son sus familias y estabilizarse; pero “no estás bien, comienzas a presentir que los vehículos te siguen. Se vuelve común beber para conciliar el sueño”. Gerardo recuerda que ni siquiera con alcohol sus compañeros duermen mejor; ellos “sollozan o saltan. Al volver aquí, yo comienzo a hacer lo mismo”.
El tiempo que Gerardo pasa despierto, está alerta cuando escucha un ruido fuerte, su respiración se acelera o intenta cubrirse. “En una ocasión vi pasar una camioneta con tubos de construcción, y me cubro porque pensé que era una escopeta. Después de cinco o cuatro despliegues quedas así” en su tono hay resignación.
La indiferencia es la peor de las consecuencias, de pronto las muertes alrededor dejan de importar. Gerardo celebraba con sus compañeros el hecho de haber sobrevivido, pero algunos de sus amigos fallecieron por los excesos. “Uno falleció por congestión alcohólica, yo tenía lagunas mentales, no comía y estrellé un carro por tomar demasiado”.
Ni siquiera en el núcleo familiar, el exsoldado sale de la guerra. “Me hablaban mis padres, yo respondía mientras analizaba mis errores en los enfrentamientos”. Sin salir de casa, admite que sin su arma se siente nervioso en la calle.
Las afectaciones metales de Gerardo son el vestigio de dos años de fuego y sangre. “Yo no quería tener la mirada de cien metros”, dice rápido, como quien evita detenerse a pensar en la gravedad de sus palabras. “Esa mirada la tienen quienes han matado y entre más cerca tengas a alguien, jamás olvidarás ese rostro”, agrega con un semblante rígido.
La mirada de Gerardo cambia, adopta un matiz de odio. Reconoce que esa apariencia es permanente al regresar a casa. “Mi pareja solía decir que mi corazón late diferente, como si no fuera mío”, y es cierto, los contrastes del exsoldado llegan a una faceta que se muestra constante está desbordada por el pesar.
“Uno dispara porque no hay tiempo de detenerse a preguntar si se trata de un migrante forzado a ser un sicario, o si es un niño o una mujer. En ese momento tuve que responder la agresión”, asoma la impotencia en su voz.
Admite que la mirada de cien metros empieza como un mito se vuelve realidad. “Si quería seguir en operaciones, tendría que vivir con la mirada de cien metros; así que me salí”. Gerardo abandonó las fuerzas especiales en 2014, sin reparar en las repercusiones en su carrera militar.
“Elegí cambiar mi vida, ahora me siento más tranquilo”, por segunda vez desborda su sonrisa honesta, en la que convergen paz y melancolía. Quizá son las emociones que colman su vida fragmentada, “algunos de sus amigos ya fallecieron”, dice y se percata de que solo quedan pequeñas boronas de la servilleta que tomó al inicio de su relato.
“Asistí año y medio a terapia, también me ayuda socializar con las personas”. Después de cuatro años, Gerardo considera que pudo retomar su vida; se detiene en lo último y recapacita, “nunca vuelves a ser la persona que eras”. La pesadumbre de mirar sobre sus pasos enardece la promesa que él y los desplazados guardan con aquel pueblo fantasma, repleto de horrores: nunca volver.
Autores
Diego Durán nació en la CDMX en 1996. Egresado de la licenciatura en Ciencias de la Comunicación y Periodismo, en la Facultad de Estudios Superiores Aragón (UNAM). Ha colaborado en medios de comunicación periodísticos y culturales como Chilango, Tierra Adentro, Fondo de Cultura Económica, Grupo Expansión e Infobae.
En la parte trasera de un camión de fletes aparece el Rey Neptuno lanzando un rayo que apunta directo sobre el trasero de Don Cangrejo (Mr. Krabs); a un lado, sin ninguna explicación, el elefante Dumbo acompaña el conjunto con una leyenda en la parte superior donde se lee di no al bulling. El camión se aleja mientras corro tras él para sacarle una fotografía. Su conductor, visiblemente extrañado, me observa desde el espejo retrovisor.
Fotografía de Juan Pablo Ramos
Las líneas descoyuntadas de este ensayo intentan ahondar en el extraño encanto del bootleg , el rótulo callejero de personajes de caricatura que decora la cotidianeidad de la vida urbana. El resultado es algunas veces fiel al original; otras, las mejores, en extremo alejados de él, haciendo del fracaso de la representación, de la imitación fallida, su principal atractivo. La cultura visual urbana convive continuamente con el bootleg , basta con aguzar la vista y acecharle.
Salones de fiestas infantiles, guarderías, tiendas de abarrotes, puestos de comida, ferias. Quizá el paraíso del bootleg por excelencia sean las fiestas infantiles. Con tal de recrear con mayor fidelidad la fantasía del niñe, se explota hasta las últimas consecuencias el núcleo temático, a veces incurriendo en la combinatoria inevitable de elementos originales y copias: el mantel de plástico y las invitaciones del personaje admirado coexisten con el pastel y los recuerditos elaborados ex profeso para la ocasión. Idealmente no se debe prestar atención a las diferencias, el bootleg suple el lugar de una fantasía pictórica que no pudo ser cabalmente realizada .
Foto de Juan Pablo Ramos
El bootleg o rótulo callejero ¿se busca o solo llega? En mi caso, cuando me propongo salir en su búsqueda, no logro encontrarlo. La simple idea de cazarle es absurda, inútil, cae en el riesgo de convertirse en un safari de la ironía (regresaré más adelante a este tema). Para llegar a él, es crucial permanecer alerta. Mantener la mirada activa, husmeando entre los signos de la ciudad. Su hallazgo tiene mucho que ver con la suerte.
La revaloración del bootleg parte de la fotografía. Quien toma la foto no necesariamente clama poder autoral sobre la imagen, sino que hace vago alarde del descubrimiento —idealmente sin descaro—, asemejando su labor con la del anticuario, o inclusive con la del filatelista. Su persecución, por cierto, requiere las habilidades del paseante callejero, del flâneur .
¿Cómo insertar el bootleg en una tradición de la cultura visual en México? ¿En dónde albergar a estas imágenes huérfanas y cómo articularlas en relación a su entorno? Tras su surgimiento a mediados de los años ochenta, la pregunta que plantearon los estudios visuales en tanto rama disciplinaria en la academia anglosajona, fue el de qué imágenes se estudiarían y cuáles no: incómodo dilema de expandir el canon (recordemos el desprecio de Rosalind Krauss a la interdisciplina y la cultura visual: ¿acaso ahora deberían inventarse los everything studies ?). ¿Por qué no? ¿Será el bootleg excluido para siempre por los estudios formales de la imagen? ¿Qué metodología emplear para leer o decodificar estas imágenes anónimas? El bootleg impone —y merece— su propia disciplina: Pikachu studies .
Sería petulante llamarle “arte” a este fenómeno (esa maldita palabra), pero lo sería aún más negar el valor artístico detrás de dichas creaciones. Hay un mérito compositivo en ellas, una “factura”. Hay bootleg bien logrado y mal logrado (distinción que no hace mejor a uno sobre el otro, o viceversa). En ambos casos se manifiesta una misma jovialidad, una cursilería valiente, cierta preferencia por materiales nobles. No es casualidad que el bootleg , cuando ornamenta algún puesto o negocio, emerja la mayoría de las veces en contextos de notoria hostilidad. El bootleg incita a la sonrisa en medio del desastre.
Sobrevive un orgullo, una seña particular del temperamento mexicano detrás de estas caricaturas pintadas por rotulistas. Tal vez sea el orgullo de haberse salido con la suya. De no haber solicitado permiso para apropiarse de la imagen.
Fotografía de Pedro Zenteno
En el bootleg hay un gesto terriblemente mexicano, el cual implica una relación familiar con la piratería, aceptada ya como parte de una economía informal y una forma de subsistencia. Es la experiencia barroca de convivir entre la falluca, de mimetizarse entre los simulacros, e inscribiéndolos sobre el espacio público. Aún más, persiste el afán de pintar una imagen con tal de reafirmar la voluntad y el gusto individual (“por mis huevos”). El bootleg es una demostración del ingenio donde se caricaturiza lo que ya viene caricaturizado a través de un habla globalizada (llantera “Bart” ). El contexto hace a la imagen en su totalidad y no al revés.
Aunque se presenta en múltiples regiones (pienso en los afiches cinematográficos pintados a mano en Ghana, así como en el bootleg de guardería en Estados Unidos), existe bootleg innegablemente mexicano. La Catrina de José Guadalupe Posada es un ejemplo temprano. La piñata es, por supuesto, la culminación de la plástica bootleg . También lo son otras derivaciones de la manualidad o la artesanía, como el mexican curius , cerámicas de personajes de la cultura popular y que se comercializaban en el paso fronterizo entre Tijuana y EE. UU. ¿Es posible considerar al bootleg bidimensional como un trayecto natural del muralismo?
La historia del muralismo, de acuerdo Shifra Goldman, se ensancha más allá de los confines del movimiento mexicano posrevolucionario. Su resonancia y pertinencia está sujeta a una constante actualización hasta las últimas décadas del siglo XX, en sus formas expandidas (uso de materiales industriales, en el caso de Felguérez desde los sesentas), hasta la radicalización y activación política del uso de espectaculares en el muralismo chicano, o inclusive en el uso de la tecnología y los medios masivos, como evidencia la obra de Alfredo Jaar. Cito a Goldman: “En latín, ‘murallis’, y en francés, ‘muraille’, se refiere a pinturas ejecutadas sobre una pared (o techo), especialmente como parte de un esquema decorativo […] La noción básica es la de pertenecer, o adherirse en cierto modo, a una pared”. ¿Por qué no pensar el bootleg como un posmuralismo ?
¿El bootleg homenajea o imita? La mayoría de las veces se conforma con asemejarse al modelo original, lo cual no se consigue por completo, en primer lugar, debido al contexto donde la imagen es insertada. Segundo, porque no se desea engañar con la originalidad de la imagen, sino obtener una breve ilusión de apariencia . En su ornamentación exprés e improvisada, el bootleg pretende imitar la imitación: simulacro del simulacro: copia de la copia. La alteración busca conmover sin innovar. Si en un principio busca ser fiel a la imagen original, no descarta el accidente: lo inacabado, lo incompleto, lo mediocre, lo cutre, lo chafa.
Fotografía de Daniloween
No hay que confundir la ternura con la condescendencia. ¿Cómo apreciar el bootleg sin ironía? El bootleg resiste a la sobreinterpretación porque su única intención era adornar , y paraliza nuestros juicios de valor porque, a diferencia de los anuncios publicitarios, no nos agrede (el menosprecio del rótulo de caricatura como un fenómeno visual de ínfima calidad mantiene el statu quo del gusto y su aburguesamiento en una obcecada jerarquía de las imágenes que bastante daño nos ha hecho). Mirar el bootleg con ironía es adoptar una postura clasista.
El bootleg malogrado plantea sugerentes variaciones que hacen más entretenida su apreciación. Juegos anatómicos distorsionan al personaje original, ora amorfo y disforme, grotesco, en su versión feísta pero entrañable. Encanto de la nobleza inacabada y amateur, detona la melancolía de aquello que no convence adecuarse a su modelo original, y en esa imposibilidad de equipararse, en ese error, en ese patetismo, en esa humillación de no ser como se hubiera deseado, se redime.
Archivar el bootleg como evidencia del sincretismo visual y la idiosincrasia mexicana. Avatares que se repiten sin cesar y que, gracias a sus cualidades emotivas, no consiguen hartarnos. Buen ejemplo de ello es Pikachu Studies (2020) de Fer Gress, joven pintor hidalguense que, desde su habitación en Atotonilco el Grande, gestiona bexpo10, proyecto semidigital y cuasifísico que alberga el trabajo de artistas nacides en la segunda mitad de la década de los noventa. El tipo de arte que producen y consumen aquelles que crecieron con caricaturas del canal 5 y pasan más de diez horas frente a la pantalla del celular.
El espíritu del bootleg se replica y emparenta con prácticas artísticas actuales. Invité a diferentes artistas de varios estados del país para reflexionar de forma contrapunteada en torno a su significado.
Cortesía de Fer Gress
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La obra de Cristian Franco (Tecate, 1980) se caracteriza por su combinación irreverente de materiales provenientes de la historia, la política y la escena contracultural. Su humor corrosivo le permite distorsionar, a veces en montajes desconcertantes, el gesto grandilocuente de figuras tiránicas, remitiendo en ocasiones a episodios escabrosos de la cultura occidental. No faltó quien se sorprendiera cuando, en el marco de la exposición Murió el rancho grande (2021) realizada en Guadalajara y curada por Mayra Vineya y Yuriko Cortés, Franco montó sobre un muro del espacio de exhibición un sencillo rótulo de un Garfield sonriente con el nombre de la capital, a manera de anuncio turístico.
Oriundo de Baja California, Cristian Franco se desplaza continuamente a Guadalajara, donde actualmente vive y produce. Sin embargo, hubo una época en su infancia en la que la capital jalisciense era tan solo una un paraíso metropolitano que se imaginaba a partir de las anécdotas de sus familiares. La imagen del Garfield que escogió para su instalación a modo de rótulo proviene de una colección personal de playeras vintage que conserva desde la juventud. Resulta disparatada la combinación, ¿por qué alguien asociaría al célebre gato con la capital de Jalisco? El sinsentido de la relación imagen-texto detona diversas teorías. Acaso, piensa Franco, porque en algún momento Jalisco fue un epicentro de migración, y esa nostalgia del migrante se replica en los souvenirs con caricaturas norteamericanas. Sea como fuere, Franco concibe el traslado de la playera al muro como “material de archivo personal expuesto crudamente”.
Sin hacerlo explícito, el Garfield reinterpretado por Franco homenajea a los rotulistas con los que se formó en sus inicios, sirviendo de crónica personal de su formación o educación gráfica. En su excesiva literalidad, la imagen es —paradójicamente— muy ambigua. Esa ambigüedad sirve como punto de partida para llegar a temas. Podría hablarse de economías informales y de trueque, de la circulación de las mercancías en mercados de pulgas, así como del periodo de bonanza e ilusión de Guadalajara en los años ochenta, con un modo de vida donde modernidad y la tradición entran en choque. La cursilería de la clase media jalisciense tal como la representó Jaime Humberto Hermosillo en Doña Herlinda y su hijo (1985), con una escena contracultural soterrada pero latente (en aquel filme, por cierto, hizo un cameo la banda Madres y Comadres, después conocida como La Maldita Vecindad). A propósito de estas relaciones con la contracultura, Franco acompañó la pieza con una canción de la banda punk ochentera Sedición, donde se repite la consigna anarcopublicitaria: ¡Pepsi ES LO DE HOY! ¡Pepsi ES LO DE HOY!
El bootleg, con su enigmática asociación de imagen y texto, nos recuerda, sostiene Franco, “cuando algo no funciona como nos dijeron que tenía que funcionar”. Cristian Franco recurre al bootleg para celebrar la identidad mutante de una ciudad mexicana.
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Desde el año 2017, Jesh Martin (Morelia, 1996) ha trabajado una especie de bootleg queer a partir de los logotipos de marcas y personajes de caricatura. El resultado, que en primera instancia circula por redes sociales, posteriormente se decanta en experimentos físicos o materiales, como playeras, fanzines o banderas. En el año 2019 editó con la imprenta tipográfica Sara “Mickey Mouse Bootleg Club”, publicación en colectivo que reúne varias de sus creaciones híbridas, Kitty, Sailor Moon y Pikachu han sido desviados y portan orejas de Mickey Mouse. Vemos a Bart Simpson en la pose de “eat my shorts” con las orejas de Mickey Mouse y el rostro del ratón en el trasero, confiriéndole al personaje un gesto amanerado, sassy .
Imagen por Jesh Martin
Las imágenes de Jesh nos recuerdan constantemente la condición híbrida de la vida gay: juegos de palabras, chistes, motes, disfraces, ocultamientos. Al combinar las identidades de dos personajes en uno solo, los personajes bootleg de Jesh engañan al ojo, de la misma manera en la que durante la pubertad, en el rito que conduce a la salida del clóset, el homosexual se siente obligado a pasar desapercibido, a negar sus inclinaciones asegurando que es otra cosa, quizá bi, negociando, modulando y reprimiendo los tics que le traicionan. El fallo de la representación del bootleg se vuelve el símil ideal del homosexual intentando camuflarse en una sociedad opresiva.
Regresar a estos personajes implica regresar a un periodo de la infancia de desdichas. Vemos a My Little Pony como estandarte de lo cursi aberrante, personaje vilipendiado por su delicadeza. “Me daba pena [de niñx] ver ciertos programas… Era evidente que me gustaban cosas muy diferentes”, afirma Jesh. La reapropiación de las ficciones y fantasías de aquellas caricaturas que no eran socialmente aceptables por ser “afeminadas” sirve de embestida al heterocispatriarcado. Sin duda, la identificación con los personajes de caricatura sirve como válvula de escape frente a la represión sexual. Judith Halberstam ha subrayado el carácter disruptivo de SpongeBob Squarepants como un personaje queer que, al igual que Babe el puerquito o Dory de Finding Nemo , exalta el sinsentido, la espontaneidad y la estupidez, planteando un modo de vida alternativo.
Imagen por Jesh Martin
En los últimos dos años la práctica de Jesh ha adoptado una postura política al apropiarse de los logotipos de las marcas y corporativos que absorben las dinámicas de “pink washing” o “rainbow capitalism” durante el mes del orgullo LGBBTIQ+. Así, la leche condensada Carnation se convierte en Queer nation; Gatorade, en Gay Power; Burger King, en Burger Queer (ironías de la vida, la franquicia no tardó en apropiarse de la apropiación). Las imágenes desobedientes de Jesh Martin producen incomodidad y reclaman la visibilidad de la disidencia sexual. El bootleg se vuelve un potente ejercicio de resiliencia y resistencia.
Imagen por Jesh Martin
Imagen por Jesh Martin
Imagen por Jesh Martin
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Tras un viaje al interior del país durante el año 2020, los artistas yucatecos César Rendón (1997) y Alejandro Manzanero (1995) emprendieron el proyecto en colaboración Mayami Boyz, una ficción compartida donde la obra de cada uno se conjunta a través de sus puntos en común: la creación de instalaciones, ensamblajes, arte objeto y, ante todo, gestos performativos que ahondan en cuestiones identitarias asociadas a su región. El trabajo a manera de pos-colectivo permite que las ideas fluctúen de un proceso personal a otro, sin chocar o perder su valor individual.
En la obra de Mayami Boyz, lo yucateco es una invención arraigada en procesos neocoloniales, un relato forjado por el mestizaje blanco que suprime o instrumentaliza lo “maya”. Pero ¿qué es lo maya en la actualidad? Ofrecer una definición sería, por supuesto, incurrir en el tipo de esencialismos propios de la antropología y etnología del período posrevolucionario. El dilema del prefijo configura este cuerpo de obra: Manzanero y Rendón han adoptado el término neo-neomaya para sus creaciones, diferenciándose, a su vez, del neomaya, estilo arquitectónico moderno que propuso una mezcolanza de elementos vernáculos y vanguardistas. Lo neo-neomaya debe, pues, entenderse como una construcción espacial e inclusive corporal donde choca la tradición con la modernidad: es la imagen del campesino que porta chanclas duramil y consume Coca Cola. Y es en lo neo-neomaya donde el bootleg juega un papel primordial.
Asumirse como artista desde la periferia suena a un lugar común, casi un tropo que el sistema de distribución del arte ha empleado para la fetichización. Es innegable que generaciones artísticas recientes han tratado genuinamente de desentrañar el significado de venir de la periferia desmontando las construcciones visuales del paisaje de origen. Mediante derivas y caminatas, Rendón y Manzanero han encontrado en el bootleg una manera de relatar la experiencia visual de la periferia yucateca para tratar de comprenderlo como parte integral de su escenario cotidiano, tanto como las pirámides y los edificios coloniales. El acto de deambular por la capital y los pueblos yucatecos les induce a leer el bootleg como una alegoría del sureste mexicano.
Las fotografías de un expendio de agua purificada llamado “Los picapiedra” (el agua más pura desde la prehistoria ) o de un tendejón con un techado de palma típico recubierto de la embotelladora regional y Coca Cola en un pueblo se convierten en el registro de las ruinas de la sociedad yucateca contemporánea. Para Manzanero, encontrar el bootleg requiere un “acercamiento consensuado”, en el que su catalogación amerita una preocupación por su autor y sus intenciones al momento de pintarlo. Etiquetarle como arte sería un acto colonizador, extractivista, precisamente porque su virtud es “el anonimato, su funcionalismo y el nulo grado mercantil que tiene”. Asimismo, el bootleg en rótulo es profundamente anacrónico, atemporal: no es street art ni intervención. Son imágenes escurridizas producidas en aquellos contextos donde el “original” tarda en llegar o simplemente jamás llega.
La obra de Mayami Boyz es un posrotulismo neo-neosureño que integra personajes animados y elementos nativos a través del formato .PNG como un rótulo computarizado. Los collages digitales de Manzanero muestran a caricaturas norteamericanas en su versión bootleg de cholo junto con deidades precolombinas, reflejando una profunda crisis de los códigos culturales del sureste, un descoyuntamiento entre lo que el oficialismo dicta y lo que el paisaje muestra a través de operaciones de montaje, choque y tensión de elementos regionales. A su vez, los trabajos de Rendón funcionan como adherencias sobre el paisaje, lonas con impresiones de artefactos nos obligan a pensar sobre la industrialización del paisaje sureño mexicano, o bien como piedras fosilizadas con inscripciones del paisaje yucateco en su disonancia permanente.
Para Mayami Boyz, detrás de la mirada amable y homogénea del bootleg se esconde una relación incómoda con la identidad yucateca, sin por ello perder de vista el respeto hacia el oficio del rotulista, ni por su capacidad de improvisación, su instinto de supervivencia y su genio creativo.
Imagen de Alejandro Manzanero
Imagen de Alejandro Manzanero
Foto por Alejandro Manzanero
Foto por Alejandro Manzanero
Imagen de César Rendón
Imagen de César Rendón
Foto por Alejandro Manzanero
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Más que como un colectivo, RRD puede ser denominado un grupo de trabajadorxs de la cultura. Aunque su labor se pueda confundir como un enfoque puramente editorial, se diría, más bien, que imprime ideas artísticas , siendo el papel, el lenguaje y la imagen sus motores principales. De ahí se desprenden diversos trabajos de arte objetual, fanzines, piratería, rótulos, pinturas, carteles, instalaciones, mail art y otras estrategias derivadas de la neovanguardia. La autoría siempre es fluctuante. Sus integrantes emprenden proyectos que, aún al operar dentro de los márgenes del colectivo, difumina la firma individual en pro de una manufactura comunitaria, libre, open source.
En el año 2017, Alberto Vivar, Nicolás Franky y Joel Castro Ramos, integrantes de RRD, emprendieron el Taller de Letras (TDL), grupo de estudios de semiótica y análisis tipográfico que abarca desde la morfología de las letras del abecedario hasta la revisión de los diseños gráficos distintivos de la modernidad, como es el caso del trabajo de Lace Wyman. Para conferir una identidad reconocible al proyecto, Ramos y Vivar se apropiaron del logotipo de las baterías automotrices LTH, invento, curiosamente, de un mexicano. La apropiación pone en tela de juicio la originalidad y el genio autoral, y aboga por una imagen pirata de una marca preexistente, afín a la práctica del shanzhai, la cual, según Byung-Chul Han “visualiza un tipo singular de creatividad”, donde “las marcas establecidas se modifican sin cesar. Adidas se convierte en Adidos, Adadas, Adadis, Adis, etcétera”. Se trata, para el filósofo surcoreano, de un “juego dadaísta” que conlleva un “efecto paródico o subversivo frente al poder económico y los monopolios”.
La batería de TDL podría entenderse como la metáfora de una máquina del lenguaje que derrocha imágenes y letras en un archivo en constante expansión que contiene rótulos encontrados, folletos, bocetos y diseños originales (inclusive aparece un personaje bautizado como Tedelesito). El imaginario automotriz se repite, por cierto, en otros ejercicios de RRD, ya sea el carrito miniatura elaborado para su más reciente exhibición en el Museo de Arte Carrillo Gil o en la iconografía camionera de las pinturas de Joel Castro Ramos.
Repertorio decididamente urbano, el ejercicio de TDL se gesta a través de “derivas” y errabundeos callejeros afines al ejercicio lúdico-crítico que propuso el situacionismo francés en la segunda mitad del siglo XX, donde “lo racional y lo irracional, lo consciente y lo inconsciente” hallan un punto de encuentro. TDL nos recuerda que en esta ciudad somos lecto-paseantes permanentes, y que el bootleg puede ser un método de escritura que se amolda a la sintaxis caótica de la metrópolis.
Cortesía de RRD
Cortesía de RRD
ʕ´•ᴥ•`ʔ
La obra de Wendy Cabrera Rubio (Edomex, 1993) devela la ambigüedad de los personajes animados, sus vínculos soterrados con la historia y la política. En un oscuro ejercicio de bootleg , la artista reinterpreta en trabajos en fieltro a personajes como Pancho Pistolas y José Carioca de The Three Caballeros (1943). El fieltro, a su vez, remite a otros imaginarios: economías domésticas, trabajo manual, pedagogía. Ya sea como bastidores, instalaciones escenográficas o marionetas, la artista somete a una activación y teatralización a las imágenes animadas que han sido previamente instrumentalizadas por el estado en países occidentalizados (no olvidemos que The Three Caballeros es un alucinante número musical de diplomacia cultural y estereotipos sudamericanos). Si las caricaturas han sido títeres de intereses imperialistas, la obra se transforma, literalmente , en un gran teatro didáctico, exuberante y barroco, donde el trasfondo acarrea un torrente explicativo de episodios históricos, conceptos y fechas, como un rizoma cute y tropical.
Cortesía de Wendy Cabrera Rubio
El tratamiento hacia la imagen original es respetuosa, ambivalente mas no benevolente. Para Wendy, personajes como Mickey Mouse se adecúan para la autorrepresentación gracias a que son fáciles de identificar, no poseen una identidad delimitada y su silueta es también el ícono de su marca. Agrega que su obra “trata de conservar elementos muy específicos para que puedan ser leídos de manera diferente, sobre todo desde la materialidad”. El fieltro le sirve como estrategia de extrañamiento. Los personajes nos resultan en extremo familiares, nos enternecen, pero están sometidos a una lectura metareferencial que nos desvían hacia terrenos discursivos ideológicamente conflictivos.
La perspectiva del fan es palpable: la fantasía de la caricatura siempre sirve como válvula de escape. En efecto, la obra de Wendy está atravesada, más allá de la grieta que divide alta y baja cultura, por otros tipos de consumo cultural: el fanart y el fanfic , dos formas de comunidad que expanden el universo dentro de un cómic o serie televisiva. Su obra nos incita a revisar el pasado histórico y a reflexionar en torno a dinámicas de opresión y violencia racial. En La historia la escriben los vencedores (2017), Cabrera exploró los foros virtuales de la extrema derecha estadounidense, la cual usó a Pepe The Frog como estandarte a la par del advenimiento de Donald Trump como presidente y del ascenso del republicanismo y sus retóricas virulentas. Desde la metareferencialidad y el humor negro, Pepe se transforma en la libertadora de la patria, un personaje inofensivo y perverso a la vez.
El bootleg como proyecto emancipador: una vía para reconquistar el repertorio del poder para producir nuevos significados desde el margen. Escondiendo tras sí el drama de las vidas precarias, el bootleg se enfrenta una y otra vez a la adversidad.
La exposición de RRD en “Tiempo compartido” estará en el Museo de Arte Carrillo Gil hasta el 25 de julio
Ciudad de México, 30 de junio del 2021
Autores
(Ciudad de México, 1993) es narrador y ensayista. Maestro en Letras Españolas por la UNAM, es autor de
Emerson en Tijuana (Máquina de Aplausos, 2019) y
La mítika mákina de karaoke (FCE, 2022). Sus textos se han publicado en
Letras Libres ,
Tierra Adentro y
Nexos . Ha colaborado en Montez Press Radio, House of Vans y Dover Street Market París. Ha sido beneficiario del Sistema de Apoyos a la Creación y Proyectos Culturales en el área de Ensayo Creativo (2023-2024).
Ilustración realizada por Eduardo Ramón Trejo
A la memoria de Enrique Servín
En 2005, en un café del centro de Chihuahua, escuchaba a Enrique Servín; los cafés se nos enfriaban mientras toda nuestra atención estaba en su voz y las imágenes que recreaba. Acababa de relatarnos la escena en la que Adriano se convierte en emperador, en una conversación que imitaba las inflexiones del estilo de la Yourcenar, algunos detalles pertenecían a otros episodios de la novela —que, por lo demás, entonces no había leído—, pero era capaz de compartirnos la voz que una escritora belga-francesa había logrado dar a un emperador romano.
Fue en aquel café, en una de las primeras pláticas que tuve con Enrique, en las que escuché por primera vez el título de Memorias de Adriano . Yo acababa de entrar a la facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Chihuahua y, habiendo crecido en un ejido, mi cultura general, a pesar de mis pretensiones, era muy pobre. Enrique, generoso como era, compartía los textos que amaba para que los demás también pudiéramos amarlos. Así supe por primera vez de esa obra que, entonces, apenas acababa de cumplir medio siglo de publicada, pero que ya cargaba sobre sí el cariz de una obra clásica.
En aquellas conversaciones de café él también nos contó de su viaje a Italia, de su pasó por el Panteón, una de las muchas construcciones que Adriano erigió y han llegado hasta nuestros días. Nos contó de aquel busto del emperador que vio en un museo romano y al que, mientras nadie veía, se atrevió a tocarle la marmórea barba.
Así fui introducido al círculo de seguidores de Adriano, no sólo de la figura de aquel emperador que vivió entre el primer y el segundo siglo de nuestra era, que recibió el imperio en su momento de mayor extensión; sino del Adriano que Margarite Yourcenar nos legó, al que ella dotó de voz y de pensamiento a ese Publio Elio Adriano. A través de una novela que es unas memorias, que es una recapitulación vital, un tratado filosófico —vitalista, cercano al epicureísmo—, pero, sobre todo, el retrato de un hombre, hecho por sí mismo, con sus dobleces, las mentiras que a sí mismo se dice y que además de haber sido dueño de la mitad del mundo, fue un amante, fue un pensador, un soldado, poeta y aprendiz de filósofo. Todos ellos circulan por las páginas de la novela de la Yourcenar, pero no por capricho de ella sino por su amor a la verdad y a la fidelidad histórica.
Me di cuenta muy pronto de que estaba escribiendo la vida de un gran hombre. por tanto, más respaldo por la verdad, más cuidado, y, en cuanto a mí, más silencio . Escribió en sus Notas a Memorias de Adriano, para señalar que aunque la obra era suya, era una operación de recuperación del rostro de un hombre, casi una operación espiritisa.
Grosería de los que dicen “Adriano es usted”. Grosería quizá mayor de los que se sorprenden de que yo haya elegido un tema tan lejano y extraño. El hechicero que practica una incisión en su pulgar en el momento de evocar las sombras, sabe que ellas no sólo obedecerán esa llamada porque van a beber a su propia sangre. Sabe también, o debería saber, que las voces que le hablan son más sabías y más dignas de atención que sus propios gritos .
Pero, ¿por qué Marguerite Yourcenar se empeñó en buscar esas sombras, en convocar esos espíritus? La respuesta es sencilla y muy compleja. La respuesta sencilla es para que esos espíritus dieran forma a una sola sombra: la de Adriano.
Si ese hombre no hubiera mantenido la paz del mundo y no hubiera renovado la economía del imperio, sus venturas y desventuras personales interesarían menos .
Publio Elio Adriano nació en Itálica, ciudad de la provincia de Hispania Beatica, el 24 de enero de 76 y murió en Bayas, en la Campania, el 10 de julio de 138. A su nacimiento lejos estaba de imaginar que llegaría a vestir la púrpura imperial, pero la deslumbrante carrera militar de su tío (primo de su padre) de Marco Ulpio Trajano. Nerva eligió como su sucesor a Trajano quien se convirtió en emperador en 98 y gobernó hasta su muerte en 117, consiguió la mayor expansión territorial del imperio y fue sucedido por Adriano. Su reinado se extendió por veintiún años y a lo largo de los cuales mantuvo la paz, mejoró la legislación y la economía, así como dio un impulso decisivo a la construcción de edificios, tanto al interior de Roma como fuera de ésta, muchos de los cuales están en pie hasta nuestros días: como el Panteón, su Mausoleo (hoy Castell Sant’Angelo), la villa Adriana en Tívoli, las murallas que llevan su nombre en Inglaterra, en la capital griega el Olimpión o la puerta Adriana. Cada piedra era la extraña concreción de una voluntad, de un recuerdo, a veces de un desafío. Cada edificio era el plano de un sueño .
A lo anterior se suma la tragedia que marca su legado, la muerte de su joven amante Antínoo, cuya efigie es la más representada de la antigüedad. Un joven bitinio que acompañó al emperador entre 124 y 129, cuando murió en el Nilo en condiciones poco claras. En su duelo Adriano fundó en el sitio de la muerte del joven una ciudad Antínoe y creo un culto imperial en su memoria, la apoteosis de alguien que fue amado.
Antes de morir eligió a un senador como su sucesor, Tito Aurelio Fulvo Boyonio Antonino —quien pasó a la historia, por su bondad, como Antoninio Pio— y, a su vez, hizo que adoptara a dos jóvenes que serían sus sucesores: Lucio Aurelio Vero y Marco Aurelio Antonino, el emperador filósofo.
Fue parte de la dinastía Antonina, uno de los cinco emperadores buenos , como los llamó Maquiavelo. La época más feliz de la historia de la humanidad , como consideró a ese periodo el historiador inglés Edward Gibbon.
A los hechos históricos de ese hombre se suman los de la leyenda. Se decía que tenía dotes adivinatorios y que frecuentaba oráculos y adivinos; que era capaz de memorizar cualquier libre con sólo leerlo una vez; en vida se supone que publicó sus propias memorias bajo la firma de su liberto Flegón, obra que se ha perdido, pero de la cual abrevaron Dion Casio y Elio Esparciano para escribir sobre él.
A mediados de la década de 1920 una joven veinteañera se sintió atraída por ese hombre, por la impresionante figura de ese emperador cuya sombra llegaba hasta sus días —hasta nuestros días—. La joven nació en 1903 en uno de los confines del imperio de aquel hombre, en Bruselas, y tuvo una educación que priorizaba el estudio de los clásicos en sus lenguas. Así empezó la intención de aquella joven de escribir una obra sobre ese hombre de la que la separaban dieciocho siglos, por tres décadas y dos continentes mantuvo aquella intención, a lo largo de ese tiempo y ese tiempo, llevó consigo notas y apuntes que, finalmente tomaron la forma de Memorias de Adriano . Obra que empezó a publicar en la revista La Table Ronde en julio de 1951, en el número 43 donde apareció la primera parte Animula vagula blandula ; en los dos siguientes números aparecieron Varius multiplex multiformis , en el 44, y Tellus stabilita . Recibió tan buena acogida que la novela completa fue editada en Francia por la editorial Plon que la puso a la venta el 5 de diciembre de ese mismo 1951.
La obra tuvo una gran acogida, tanta que para 1955 la editorial Sudamericana publicó la versión al español, nada menos que en traducción de Julio Cortázar; una traducción aclamada y que se mantiene muy cercana al estilo de la Yourcenar.
Podría decirse que comenzó un culto, el culto a Adriano. Pero el hombre que recapitula su vida en la epístola que es unas memorias, que es una novela no exige culto, sino comprensión, mantenerse en contacto con el mundo que está a punto de dejar. Sus lectores no somos sus súbditos, sino sus amigos. Me guío por una de las notas de la misma Marguerite sobre la carta que Arriano le dirige al emperador […] ese mundo, raro en cualquier época, y que habría de desaparecer por completo después de Marco Aurelio, en el cual, por sutiles que fueran los matices del protocolo y el respeto, el letrado y el administrador se dirigían aun al príncipe como a un amigo .
Esa es la magia de Yourcenar —magia que podemos disfrutar los hablantes de español gracias al también mago Cortázar—: hacernos partícipes de la vida de Adriano, amistarnos con él, padecer sus sufrimientos y congratularnos con sus logros. Me complací en hacer y rehacer el retrato de un hombre que casi llega a la sabiduría . Y con cuanta sabiduría construyó ese retrato.
El tiempo no cuenta. Siempre me sorprende que mis contemporáneos, que creen haber conquistado y transformado el espacio, ignoren que la distancia de los siglos puede reducirse a nuestro antojo . Si alguien tiene esa capacidad es Yourcenar, abole el tiempo y la distancia y nos da, en su propia voz, la vida de Elio Adriano, el viejo emperador, cansado de mandar, de vivir, pero satisfecho de esa vida, de los errores que la atravesaron.
El paisaje de mis días parece estar compuesto, como las regiones montañosas, de materiales diversos amontonados sin orden alguno. Veo allí mi naturaleza, ya compleja, formada a partes iguales de instinto y cultura. Aquí y allá afloran los granitos de lo inevitable por doquier, los desmoronamientos del azar. Trato de recorrer nuevamente mi vida en busca de un plan, seguir una vena de plomo o de oro, o el fluir de un río subterráneo, pero este plan ficticio no es más que una ilusión óptica del recuerdo . Así describe su propia vida en Animula vagula blandula .
Ese hombre que, a confesión propia, se mide con los muertos nos habla, nos da sus memorias. Las intrépidas aventuras de un joven romano, que por un lado se divierte en los brazos de las matronas de la capital y por otro se hace de un nombre en el ejército; la carrera política a la sombra de Trajano y la incertidumbre ante su elección —aquí es oportuno señalar la inteligencia de la autora y una de sus notas: Todo se nos escapa, y todos, y hasta nosotros mismos. La vida de mi padre me es tan desconocida como la de Adriano. […] Ingeniármelas para que las lagunas de nuestros textos, en lo que concierne a la vida de Adriano, coincidan con lo que hubieran podido ser sus propios olvidos . —; su reinado, sus construcciones; las revueltas que enfrentó. Todo lo anterior, aunque conforma parte de la vida de ese emperador, de lo que se sabe de él y ha sobrevivido los siglos, no lo diferencia en gran medida de otros emperadores; Nerva alcanzó la púrpura en la vejez, gracias a su condición senatorial y a negociaciones con el ejército; Trajano, no supo que ascendería al principado hasta una edad avanzada, conquistó Dalmacia, construyó el foro y la columna que llevan su nombre; ahí están sólo tres emperadores, de su misma dinastía, que comparten con él muchas de sus circunstancias. Pero, es cierto, la forma en que las vivió Adriano fueron particulares a él, tanto que la sombra de esos actos se extendió por siglos —incluso un detalle superfluo como su uso de la barba se impuso por decenios en la moda romana—. Sin embargo, de todas las particularidades que configuraron su vida, y que la Yourcenar tan bien desarrolla en su novela, su relación con Antínoo es quizá la más singular de todas.
Seaculum Aureum , el capítulo dedicado al joven bitinio y a la relación que el emperador sostuvo con él logra transmitir el amor, la pasión que arrobó a Adriano por aquel muchacho: Aquel hermoso lebrel ávido de caricias y de órdenes se tendió sobre mi vida . Marguerite Yourcenar transmuta en palabras, no exenta de poesía, la belleza del mármol que permanece en museos a lo largo de Europa: […] una cabeza inclinada bajo una caballera nocturna, ojos que el alargamiento de los párpados hacía parecer oblicuos, una cara joven y ancha. Aquel cuerpo delicado se modificó continuamente, a la manera de una planta, y algunas de sus alteraciones son imputables al tiempo . […] Las piernas algo pesadas del potrillo se alargaron; la mejilla perdió su delicada redondez infantil, ahondándose un poco bajo el pómulo saliente; el tórax henchido de aire del joven corredor asumió las curvas lisas y pulidas de una garganta de bacante. El mohín petulante de los labios se cargó de una ardiente amargura, de una triste saciedad .
Marguerite Yourcenar logra que compartamos con el viejo que recuerda aquel amor que lo apabulló la nostalgia por ese momento. La pasión colmada posee su inocencia, casi tan frágil como las otras; el resto de la belleza humana pasaba a ser espectáculo, no era ya la presa que yo había perseguido como cazador. Aquella aventura, tan trivial en su comienzo, enriquecía, pero también simplificaba mi vida; el porvenir ya no me importaba .
Y aquel amor se transfiguró, nada menos, que por la muerte del joven. Como siempre. Antínoo iba y venía silenciosamente de la habitación; nunca sabré en qué momento aquel hermoso lebrel se alejó de mi vida . El hombre más poderoso de su mundo frente a la muerte es impotente. Todo se venía abajo; todo pareció apagarse. Derrumbóse el Zeus Olímpico, el Amo del Todo, el Salvador del Mundo, y sólo quedó un hombre de cabellos grises sollozando en el puente de una barca .
En su duelo no le queda más que rendirle homenajes al muerto, mandar esculpir sus efigies, fundar ciudades con su nombre; darle sepultura. Lo dejamos solo. Entraba en esa duración sin aire, sin luz, sin estaciones y sin fin, frente a la cual toda vida parece efímera; había alcanzado la estabilidad, quizá la calma. Los siglos contenidos en el seno opaco del tiempo pasarían por millares sobre esa tumba sin devolverle la existencia, pero sin agregar nada a la muerte, sin poder impedir que un día hubiera sido .
Seaculum Aureum está al centro de la novela, es su corazón y en cierto sentido lo fue de la vida de Adriano. Queda la vejez, el desgaste, el fin. La meditación de la muerte no enseña a morir y no facilita la partida; pero ya no es facilidad lo que busco. […] Puede ser después de todo que la muerte esté hecha de la misma materia fugitiva y confusa que la vida .
El emperador, cansado, con la muerte sobre el hombro, antes de terminar las líneas de su carta, que son sus memorias —que es la novela escrita por Marguerite Yourcenar—, hace un recuento de sus allegados, de su círculo, para quienes sería una traición si él decidiera acabar por propia mano con su vida; a ese círculo ya pertenecemos quienes leemos la novela, esas memorias, esa carta dirigida a Marco Aurelio.
En una de las Notas a Memorias de Adriano se puede leer: Sentimiento de pertenecer a una especie de Gens Elia, de formar parte del conjunto de secretarios del gran hombre, de participar en el relevo de la guardia imperial que montan los humanistas y poetas relevándose en torno a un gran recuerdo. Así […], un círculo de espíritus vinculados por las mismas simpatías y las mismas inquietudes se forma a través del tiempo .
En ese relevo Marguerite Yourcenar nos legó Memorias de Adriano; en ese relevo Enrique Servín me legó tanto el apreció por ese emperador del siglo II como la novela de la Yourcenar. Ahora, como uno de esos cercanos, uno de los amigos del emperador, me toca a mí compartir mi amor por esa obra y por el hombre que en esa obra habita.
Autores
(Cuauhtémoc, Chihuahua, 1984) es autor de
Gloria mundi. El nuevo Liber Pontificalis , ganador del Premio Nacional de Cuento Breve Julio Torri 2015.
Foto subida por RV1864 en Flickr.com
Después de disparar cinco tiros en la espalda de John Lennon, Mark Chapman se quitó el abrigo y el sombrero y permaneció parado, impávido, en la banqueta de la avenida 72 en el centro de Nueva York. Lennon se desangraba en la entrada de su edificio y el portero, tratando de tapar la sangre que salía a borbotones, le gritó a Chapman: “¿Sabes lo que acabas de hacer?” El joven de 25 años, muy tranquilo, respondió: “Acabo de dispararle a John Lennon.”
Chapman dejó el revólver calibre .38 en el suelo y esperó dos minutos a que llegara la policía. Cuando lo detuvieron, no opuso ninguna resistencia. Levantó las manos tranquilamente mostrando una copia de The Catcher in the Rye (El guardián entre el centeno ) de J.D. Salinger que acababa de comprar en una librería. En las primeras páginas escribió: “Este es mi legado.”
Cuando sus abogados preparaban el juicio, Chapman explicó que quería que todos leyeran la novela de Salinger y que, a través de esta lectura, entenderían su acto. El asesinato de un ícono se convertía en una manera de mostrarle al mundo la verdad de Holden Caulfield, protagonista de la novela.
Años después, en una entrevista con Larry King, Chapman dijo que, en el momento del asesinato, estaba totalmente inmerso en la novela de Salinger. Literalmente, dijo, “vivía en esa pequeña edición de bolsillo.” Y estas declaraciones se sumaron a los encarnizados esfuerzos de censurar The Catcher in the Rye desde su publicación, en 1951, para darle a la novela un halo infame.
Muchos todavía recuerdan el libro por esta fama difusa, peligrosa, tentadora. Pocos todavía lo leen. Muchos menos lo leen por gusto.
Ahora que la novela cumple 70 años de existencia, es interesante preguntarse por su impacto cultural. Cómo fue vista con desconfianza por la derecha conservadora de los años cincuenta, cómo creó un estatuto de culto, cómo prefiguró una rebeldía y cómo, finalmente, terminó siendo parte de un canon literario que se enseña en secundarias.
Hoy en día parece difícil que un joven adolescente conecte como sus abuelos con la novela seminal de Salinger. Esa rebeldía parece ser parte de otra generación, parece emanar de olvidadas opresiones, circunstancias pasadas y añejos deseos de libertad. Leer The Catcher in the Rye hoy en día es descubrir también un devenir cultural, un cambio generacional y la construcción de un imaginario estadounidense. En ese sentido, esta novela ha crecido con el tiempo y ahora dice más que sus páginas.
The Catcher in the Rye es la rebeldía de nuestros padres, el horror de Mark Chapman, y el legado de una cultura paranoica, misógina, y confundida en el devenir de la segunda mitad del siglo XX. La novela de Salinger, de alguna forma, forjó nuestro presente y tiene algo que decir sobre nuestro futuro.
I
Cuenta la leyenda que Salinger llevó consigo una máquina de escribir durante las cinco campañas en las que participó durante la Segunda Guerra Mundial. Ahí, al final de la guerra, después de presenciar el desembarco en Normandía y algunas de las batallas más cruentas del conflicto, empezó a escribir The Catcher in the Rye .
Para 1946, cuando regresó a casa después de un colapso mental, el escritor tenía una primera versión de la novela. Era una versión corta, de apenas 90 páginas en donde ya se perfilaba el personaje de Holden Caulfield. Sin embargo, antes de que pudiera ser publicada, Salinger se retiró del acuerdo de publicación. Nadie supo por qué hizo esto, pero tendrían que pasar otros cinco años para que llegara la versión definitiva de The Catcher in the Rye a las imprentas de Little, Brown and Company.
Contrariamente a lo que pueda pensarse, la primera recepción de la novela fue tibia. Hubo, por supuesto, reseñas entusiastas por parte de revistas como The New Yorker (en donde Salinger llevaba años publicando historias) y periódicos como The New York Times . También famosas reseñas negativas en medios de comunicación de derecha conservadora y religiosa como The New Republic, The Christian Science Monitor, y Catholic World que se indignó por “el uso formidablemente excesivo de obscenidades amateur y lenguaje vulgar.” Pero las ventas, a pesar de ser buenas, no fueron fenomenales.
El verdadero éxito de The Catcher in the Rye llegó con la creación de los llamados “paperback”, libros que utilizaban las técnicas de impresión con pegamento de las revistas pulp en vez de la tradicional encuadernación de costuras. Esto abarataba considerablemente el precio de publicación y permitía un alcance masivo.
Pronto, la novela de Salinger se convirtió en un éxito arrasador que vende más de 250 mil unidades al año. En el mundo, se han publicado 65 millones de copias en decenas de idiomas. Y, sobre todo, el paperback permitió que toda una generación de adolescentes creciera alimentándose de las enseñanzas titubeantes de Holden Caulfield.
The Catcher in the Rye es una novela introspectiva narrada como un flujo de consciencia incesante. Holden Caulfield, un adolescente de 17 años, recuerda en un sanatorio los eventos que llevaron a su colapso mental meses antes. Cómo abandonó su privilegiado internado escolar privado a las afueras de Manhattan. Cómo se peleó con su compañero de cuarto, agarró un tren nocturno para la ciudad, contrató a una prostituta adolescente que le robó dinero, se embriagó en salidas frustrantes, casi muere de hipotermia en un parque y terminó al nicho caluroso de la familia.
Lo interesante de esta historia está, más allá de la anécdota, en la forma de contarla. La primera persona de The Catcher in the Rye está cargada de una necesidad neurótica de precisión y de constantes apuntes emocionales del protagonista. No se trata meramente de una descripción de eventos desde un punto de vista más o menos reconocible, sino del comentario íntimo de esos momentos. La narración de esta novela es una narración de terapia psicoanalítica; una narración en la que todo lo recordado lleva a una respuesta sentimental del personaje.
Holden Caulfield se revela a nosotros completamente, sin tapujos, en un esfuerzo real por decir su verdad. Esto pasa de manera diferente a la escritura autobiográfica, una escritura en la que siempre se relaciona al narrador del pasado con la figura del escritor presente y, por supuesto, con su persona física. Rousseau no admite abiertamente su gusto sexual por las nalgadas en Les Confessions porque decir su verdad también implica mitigar o atenuar los rasgos más vergonzosos en ella.
Pero esto no se debe nada más al carácter ficticio del personaje. Caulfield quiere ser sincero. Quiere, que creamos en la realidad transparente de su narración. Algo así como la obsesión de verdad de Isamel en Moby Dick . La gran novela de Melville, recordemos, tiene descripciones absolutamente neuróticas que, una y otra vez, buscan convencernos de la veracidad del relato. La idea de Ismael, como narrador, y de Melville, como autor, es convencernos de que esta historia realmente ocurrió o pudo ocurrir. Al contar obsesivamente la labor y vida de los balleneros, la aparición fantasmal, casi fantástica y demoníaca, de la ballena blanca no deja de parecer una invención del narrador o una excusa alegórica del autor.
Para Caulfield como para Ismael, es una cuestión de vida o muerte que se crea en la realidad de los hechos que narra y, más aún, de las emociones que en él despertaron. La interpelación con un interlocutor que no podemos ver es constante. Después de tantas confesiones, Caulfield termina con la misma fórmula que insiste en la veracidad de su relato y de sus emociones: “it really is”, “it really was”, “to tell you the truth”. Esto no nada más funciona para transparentar un siempre sospechoso relato en primera persona, sino que fundamenta todo un sistema de pensamiento.
II
Uno de los aspectos más memorables de The Catcher in the Rye es la fuerza rebelde, arrogante, asertiva del pensamiento de Caulfield. Para él no hay medias tintas y el universo está concebido de cierta forma.
En esta visión romántica y adolescente, el mundo se divide en dos. Está el bando de la pureza y la creatividad, de la poesía, la verdad y lo interesante; y el bando de lo “phony”, de la falsedad, el mundo habitado por adultos, por fórmulas de cortesía, por instituciones académicas, obsesionado con la idea de éxito, con los romances pasajeros y los matrimonios infelices. El mundo de las narraciones reales, íntimas que se opone a los grandes romances y épicas de Hollywood. El mundo en el que habitaba Allie, su hermano recientemente fallecido que escribía poemas en su manopla de beisbol para leerlos mientras esperaba jugar, y el mundo que se obsesiona por los partidos de fútbol americano colegial sin sentido, símbolo inequívoco de la competencia estadounidense.
Holden vive en el estrato más privilegiado, blanco, influyente, rico, de la vida social americana. Las escuelas a las que asiste y de las que sistemáticamente lo expulsan son el paso natural que debe tomar para asegurar su entrada a una gran universidad de Ivy League. Su futuro está trazado, solamente debe aceptar participar en el sistema. Pero Holden odia este sistema y sabe que, para triunfar en lo que le exigen, necesita ser una persona detestable, llena de falsedad y desprecio por los demás.
Cuando su hermano más grande, D.B., deja de escribir cuentos cortos, íntimos, de gran valor literario, para mudarse a California, Holden pierde a un referente. Alguien que admiraba por su veracidad transparente se prostituyó para tener un coche llamativo y dinero y mujeres hermosas. La leucemia le quitó a un hermano lleno de realidad, a una buena persona que estaba en el lado correcto del mundo. La sociedad le quitó a otro hermano lleno de promesas verídicas vendiéndole la falsedad del sueño americano.
De ahí que, al entender la función social que le piden cumplir en estas escuelas de paga, Holden se rebela. Crecer es, para él, decidir entrar en el bando de la falsedad del mundo adulto, en la dinámica de las conversaciones de elevador. Significa intercambiar sus sueños por estabilidad financiera y una vida cómoda, pero inconsecuente, llena de mentiras. Por eso detesta ver a un niño bailando con un adulto. Por eso un graffiti que dice “Fuck you” en la primaria de su hermana le parece tan violento y asqueroso como las situaciones de acoso sexual que ha vivido en manos de adultos. No hay nada peor que estas intromisiones violentas del mundo maligno de la falsedad en la inocencia verdadera de la niñez.
De ahí también que, en esta rebelión, Holden sea tan protector de su hermana Phoebe. Como sus dos otros hermanos, Phoebe, la más chica de la familia, escribe. Sus relatos de aventura son interminables cuentos llenos de esperanza y fantasía infantil. Phoebe cree que puede provocarse fiebre si se concentra lo suficiente en una posición de loto y evoca cosas calientes. Todo eso le fascina a Holden porque Phoebe sigue siendo real, porque la vida no le ha quitado la capacidad de fantasía, de invención y la verdad de su locura inspirada.
En ese sentido, The Catcher in the Rye es una novela de aprendizaje donde el protagonista se niega a ser el protagonista de una novela de aprendizaje. La estructura normal de estos relatos adolescentes pasa por el cambio y Holden se niega a cambiar. Por eso admira los dioramas del Museo de Historia Natural: no importa qué suceda en su vida, siempre puede regresar a ver al mismo esquimal pescando los mismos peces, a la misma parvada de pájaros migrando al sur, a la misma cazadora prehistórica de escote prominente. La vida ahí está detenida, protegida por un cristal, idealizada en su verdad intocable.
Holden mira fascinado a un niño que camina en el borde de la calle, cerca de los coches, sin subirse a la banqueta, tarareando una canción. Esa es la rebelión pura, la imagen misma del que no se conforma, del mundo verdadero e inocente. Holden sueña, al verlo, que es el guardián en un campo de centeno junto al abismo, aquél que impide que los niños caigan, perdidos en su juego, al barranco de la falsedad.
Al ver a su hermana tratando de tocar un anillo dorado suspendido en la altura de un carrusel, Holden no interviene. Sabe que es peligroso, pero que Phoebe debe intentarlo a su manera. Holden quiere pensar que otro desarrollo es posible, que hay otro camino fuera de la falsedad de la vida a la que lo condenó su nacimiento privilegiado. Holden piensa que deberían existir otras formas de relacionarse con el mundo. Así, termina derrotado emocionalmente, en un sanatorio mental, extrañando una vida que, a pesar de todos sus esfuerzos, sigue cambiando. El mundo se mueve como el arcoiris que forma la gasolina en un charco.
III
Nunca leí The Catcher in the Rye como adolescente. Leer el libro de adulto da otra perspectiva. En primer lugar, entiendo con distancia cómo pudo convertirse en un libro tan importante para tantas personas. Entiendo cómo se leyeron estos dos días en la vida de Holden Caulfield como una confesión sin tapujos. Entiendo cómo una generación creció atesorándolo como una reveladora invitación a la rebeldía.
También, de cierta forma, entiendo por qué es un libro que ya no impresiona a los adolescentes estadounidenses. Numerosos maestros de escuelas secundarias en Estados Unidos han observado que los adolescentes de hoy en día no pueden identificarse con Holden Caulfield. El portal Electric Literature considera que esto se debe a una cuestión de identificación. Para ellos, sólo una persona blanca, heterosexual y rica puede sentir afinidad con la novela de Salinger. Una opinión absolutamente limitada considerando el impacto que ha tenido la novela en el mundo. Tampoco creo que esta caída de gracia de Caulfield tenga que ver con las diferencias puntuales entre su mundo y el mundo actual. Más bien, creo que el misticismo de la novela ha cambiado y que la rebelión que pregonaba terminó enraizandose en la cultura americana.
Hace algunos años, en pleno desconcierto por la presidencia de Donald Trump, Kurt Andersen publicó un artículo en The Atlantic sobre cómo Estados Unidos dejó de creer en la realidad. La idea detrás del largo ensayo de Andersen es que el triunfo de Trump en 2015 no fue un hecho aislado sino el epítome de un pensamiento que lleva fraguándose desde hace décadas.
En breve, su idea es que el excepcionalismo estadounidense de libertad individual se mezcló con la cultura new age de la era hippie y el pensamiento post-estructuralista en los años sesenta y setenta para crear un caldo de cultivo perfecto de paranoia y conspiracionismo. El hecho de ser estadounidense, de pronto, justificó el hecho de creer en tu propia realidad. Por supuesto, todo esto se reforzó cuando, a principios de los años noventa se decretó el fin de la “Fairness Doctrine” que impedía a los medios tener una clara ideología sin mediar una cierta objetividad. Así nació a una prensa completamente balcanizada que, con la llegada de internet, exacerbó las cámaras de eco: todo mundo podía informarse en medios ideológicamente sesgados para escuchar, solamente, opiniones con las que de entrada estaba de acuerdo.
“Mezcla el individualismo épico con la religión extremista; mezcla el negocio del espectáculo con todo lo demás; déjalo fermentar unos siglos; luego pásalo por la idea de que todo vale de los años sesenta y de la era de internet. El resultado es Estados Unidos hoy en día, un lugar en el que la realidad y la fantasía están extrañamente entrelazadas y confundidas.”
Y hay algo de eso también en The Catcher in the Rye . No puedo dejar de pensar que la generación que creció pensando en la rebeldía de Holden es también la generación que dio vida a la locura de Donald Trump.
En la novela de Salinger se retrata una viva desconfianza por la sociedad del espectáculo, por la falsedad de las promesas de éxito, por el sistema completamente perverso de privilegios y falsedad que gobierna la vida estadounidense. El mundo de Holden parece prefigurar el pensamiento maniqueo de la política estadounidense de Trump en el que hay un pantano de viejos tecnócratas aliados a la falsedad apoyado por el establecimiento pérfido de los medios de comunicación y las mentiras de Hollywood. Holden, finalmente, es el campeón de la idea de verdad sin tapujos, de una honestidad que derriba todas las barreras sociales de un sistema tramposo para decir las cosas como son. Y esa es la bandera del trumpismo.
Con esto no quiero decir que Donald Trump sea el heredero directo de los delirios de Holden. En lo absoluto. Pero la rebeldía que pregonó alguna vez la novela de Salinger se fue enraizando en la cultura y dejó de ser algo excepcional. Como el crítico Alfred Kazin señaló , la novela de Salinger sirvió de inspiración a “un vasto número de personas que crecieron en nuestra sociedad pensando en sí mismos como infinitamente sensibles, espiritualmente solitarios y talentosos, y cuyos sufrimientos se encuentran en la conciencia tormentosa de sí mismos.”
Este individualismo a rajatabla es exactamente lo que señaló Andersen en su ensayo. También es lo que otros académicos comentaron sobre la novela:
“El crítico Leerom Medovoi describió como un nuevo canon de la guerra fría apareció, un canon en el que obras del Renacimiento Americano como Moby Dick y Las aventuras de Huckleberry Finn entraban en una `tradición coherente que dramatizaba el auge de la libertad estadounidense como un ideal literario, luchando desde siempre una lucha heroica contra un totalitarismo prefigurado.’ Provocativamente, Medovoi describe cómo The Catcher in the Rye se unió a estos trabajos y cómo todos ellos, leídos como alegorías nacionales, localizaron la esencia misma de lo estadounidense como un principio de disidencia mientras que, al mismo tiempo, el MaCartismo lo pintaba de antipatriótico.”
Muy a pesar de Holden, la rebeldía con la que crecieron los adolescentes que lo leyeron se convirtió rápidamente en una forma de pensamiento anquilosado que separaba el mundo en verdadero y falso. Un pensamiento que, pregonando la máxima libertad del individualismo, creó una cultura de la paranoia y la conspiración en donde todos podían tener, como Holden, una verdad asertiva.
Creo que la novela de Salinger está profundamente enraizada en esta conformación cultural Pero también creo que es injusto solamente pensarla desde este aspecto de rebeldía institucionalizada. Porque Holden es mucho más que el pensamiento maniqueo adolescente de un mundo bueno y real enfrentado a las opresiones de la falsedad. Sobre todo porque esta rebeldía no es un capricho. Sobre todo porque esta rebeldía sin causa, tiene una causa.
Tal vez el libro de Salinger ha perdido importancia entre los lectores jóvenes porque ha sido absorbido por el canon: la rebelión que promulgaba ahora lleva a políticos al poder; la censura que le imponían por miedo cedió y ahora es un libro que se estudia en todas las secundarias. The Catcher in the Rye perdió su mística peligrosa porque su lectura se volvió evidente, institucionalizada. Pero es, justamente, en esta normalización de la novela, que se pierden ciertos detalles importantes.
Algo que pocos entendieron en el momento de su publicación -y en varias lecturas actuales- es que Holden no se sale con la suya. Holden no vence a un sistema y lo doblega a su capricho. Esta es la historia, más bien, de una derrota; una derrota que no es trágica; la derrota de una cierta idea del hombre fuerte y valiente que está por encima de los problemas de salud mental.
La rebeldía de Holden nace del duelo. La muerte de su hermano menor lo impacta profundamente y es en la realización tan temprana, a los catorce años, de la muerte inminente, de la injusticia de la enfermedad y la decadencia, que Holden no soporta más las mentiras del mundo.
Después de la muerte de su hermano, Holden se encierra en un garaje y empieza a romper todas las ventanas con los puños. Cuando trata de romper también las ventanas de los coches, su mano está demasiado herida para reventarlas. A partir de ahí, no puede cerrar el puño. Su desplante lo conduce al hospital y, por eso, se pierde el funeral. La culpa lo carcome por todos lados y el pensamiento insoprtable de su hermano en un féretro mientras llueve, encerrado para siempre entre muertos lo tortura.
¿Por qué un tipo tan bueno y puro tuvo que morir tan joven mientras tantas personas malas viven y triunfan? ¿Por qué su hermano mayor, pudiendo mantener vivo el recuerdo de Allie, prefiere venderse a Hollywood y abandonarlo? ¿Por qué nadie quiere hablar de eso?
Holden está solo y aislado en su duelo. Y no puede confrontar las secuelas de este trauma. Sus padres, destrozados, lo regañan por su comportamiento y lo cambian de escuela cada vez que lo expulsan, pero no mencionan al elefante en el cuarto. La única persona a la que le importa ese guante de Allie garabateado de poemas es a Jane. De ahí también nace su afinidad por ella y un amor platónico. Pero Jane cae bajo las falsas pretensiones de su compañero de cuarto y cede a esa parte podrida del mundo. El mismo compañero que ridiculiza la composición de Holden sobre el guante de Allie. El mismo compañero que termina agarrándose a puñetazos con un Holden lleno de ira reprimida, soledad y frustración.
Los pensamientos suicidas constantes de Holden, lo no-dicho de su trauma muestran un perfil mucho más complejo de la rebeldía que enarbola. Y muestran también algo evidente en el impacto cultural de la novela: las mismas personas que institucionalizaron esa rebeldía se niegan a leer la novela de Salinger en la clave de un grito de ayuda. Como bien apuntó Jessie Thompson en el hermoso ensayo que escribió para Penguin :
“Comparan constantemente The Catcher in the Rye con The Bell Jar , la primera y única novela de Sylvia Plath. Pero, mientras las personas no tienen ningún problema en leer esta última novela como un estudio de problemas de salud mental -incluso olvidando las cualidades literarias del libro a favor de una lectura autobiográfica histérica- la conversación sobre la vulnerabilidad masculina está completamente ausente cuando se habla de Holden Caulfield, ese hombre mimado, joven, demasiado sensible. Esto traiciona evidentemente nuestro sesgo de género en la lectura.”
La misma generación de concreto que institucionalizó la rebeldía de Holden, le negó lo que más quería discutir: sus problemas de salud mental, su tristeza, su duelo, su vulnerabilidad. La confesión de Holden, la manera de relatar una verdad transparente, sensible, sobre los eventos que lo llevaron a una crisis mental, se convirtió en un cuento de un adolescente que se enfrentó a un sistema y ganó.
Pero Holden nunca ganó, Holden siempre se dejó vencer. Por eso creo que The Catcher in the Rye merece nuevas lecturas, más allá de la evidencia de su importancia cultural, para entender la profundidad de los motivos de Holden y su grito de ayuda. Tal vez, al escucharlo, como no lo hicieron nuestros padres y abuelos, podamos aprender algo sobre una generación que se negó a cuidar su salud mental para favorecer una idea de hombría, una rebeldía sorda y la construcción de una realidad que, ahora, ya no nos corresponde.
Autores
Nicolás Ruiz (Ciudad de México, 1987) es maestro en literatura comparada por la UNAM. Desde hace casi 10 años se dedica al periodismo cultural y ha publicado en revistas y blogs de cine, política y cultura como Nexos, Televisa.News, Dónde Ir y Correspondencias. Actualmente, es editor y conductor en Código Espagueti, Ibero 90.9, Noticieros Televisa y FOROtv.