Tierra Adentro

Si lo que buscas es una hoja de vida con una suerte de ruptura, tanto en lo público como en lo privado, quédate. En Tierra Adentro tuvimos el placer de entrevistar a El David Aguilar, cantautor y poeta que ha grabado canciones con artistas como Mon Laferte y Natalia Lafourcade; además, te compartimos un motivo para adentrarte en su lírica. Su canción Causa perdida será una gran acompañante mientras te quedas a leer esta entrevista que, amablemente, David y, el editor de Olbios, Alejandro Michan aceptaron darnos.

David: Antes que nada, muchas gracias por el tiempo, el espacio, estamos muy felices y emocionados con la presentación y salida de este libro. Creo que va para largo, estamos viendo… yo al menos descubriendo de qué se trata, es mi primer libro y, bueno, gracias, gracias nuevamente por el espacio.

TA: Esta pregunta es tanto para David como Alejandro y es ¿Cómo nace este libro, Afuerismos del interior? ¿Cómo nace esta idea? ¿Cómo se gesta primero en la cabeza del artista? y por otro lado ¿Cómo fue la aproximación de editorial Orbios a esta obra?

David: Estuve reuniendo estas frases a partir del 2015 más o menos, porque vengo twitteando como desde 2010, en algún momento dentro de la industria de cantautores, me di cuenta de que muchos de ellos, sobre todo en España, empezaron a hacer publicaciones alternativas a sus trayectorias como músicos y empezaron a publicar sus poemarios y sus libros en general. Yo en México ya venía gestando la idea de hacer algo así con mis tweets. Ale Higareda, que fue quien presentó mi libro en Galera dijo en tono de broma: “Cómo ven lo cínico que es David que viene a vendernos un libro de frases que ya están publicadas en la red”, y un poco mi respuesta a esto es “Pues sí, pero a ver, encuéntralas”, porque pues se van, ¿no? Y un poco lo hice para mí, para tener un recordatorio de esas frases que para mí son importantes, las fui juntando, surgió la posibilidad de hacer un libro y nos acercamos con Alejandro, si quieres tú cuéntales.

Alejandro: Pues justo como menciona David, en cuanto nos acercamos con él nos presenta el proyecto, inmediatamente, desde la parte de Orbios pensamos que hacer un libro de este tipo, de Aforismos, requiere toda una implementación muy interesante de ambas partes, porque es un género donde muchas de las fronteras de los géneros están ahí diluidas, el título mismo del libro hace una especie de autorretrato, medio autobiográfico de parte de David, de cómo surgieron estas pequeñas frases que al final, me gusta mucho como lo dice David “Hay una relación muy cercana entre lo que puede ser la frase, el epigrama, el mismo tweet”; la idea era romper esos límites un poco más rígidos de la literatura tradicional y hacer un registro de la literatura que está ahí en el tweet.

TA: Hablando de romper con lo tradicional, David, en una entrevista mencionas que varios de sus discos en realidad son antiálbumes, ¿qué ruptura buscaste con tu libro respecto a lo tradicional y a ti mismo?

David: Yo siento que de entrada hay una suerte de ruptura porque creo que el aforismo o la brevedad no es algo que esté tanto en el portapapeles del colectivo actualmente. El otro día estaba leyendo un libro que me prestó Alejandro, precisamente de aforismos y pensé “Claro, debe ser uno de los formatos menos usados ahorita”. Mis amigos y gente cercana tienden a consumir más cosas como poesía, verso libre, etc., pero el aforismo siento que conlleva en sí mismo cierto tipo de ruptura porque no lo siento tan presente. Más allá de eso no sé qué ruptura pueda implicar; personalmente sí, un poco, porque es mi primer libro y, además, ha sido una revelación para mí el darme cuenta de que el aforismo es mi formato favorito, la brevedad, la idea, es conciso. Trabajando con Afuerismos del interior me di cuenta de que es muy íntimo y es confesional, sin habérmelo propuesto sí tiene un sentido de confesión. Creo que alguien que siga mi trabajo y le pudiese importar en lo que ando yo y eso, el libro puede dar algo de norte.

TA: Justamente en este contexto donde aparece este libro, en el que estamos en la era de la inmediatez, ¿cuál es el reto como editor para enfrentarse a una recopilación de este tipo para presentarla a los lectores?

Alejandro: Estoy muy convencido que en el ciclo de la literatura el círculo no acaba de cumplirse hasta que llega a los ojos de algún lector y en este o esta lectora hay una reacción; en ese sentido me parece que el ciclo de la literatura dentro de la inmediatez es muy distinto, hay una relación mucho más directa con lo que todo el tiempo se puede leer. ¿Por qué generar una compilación de frases que ya están allá? Nos es lo mismo leer desde un muro en redes sociales que generar un libro a partir de ese cumplimiento del círculo de la lectura. Es como condensar la fórmula de la aspirina en una pastilla literaria para que el libro te haga efecto en menos tiempo.

TA: En cuestión de estilo ¿Cuál fue tu criterio de selección al momento de recopilar eso?

David: Cuando me empecé a proponer reunirlos, lo que hice fue pedir el archivo y buscar en la timeline hasta llegar al principio de cuando empecé a usar Twitter, luego reuní las frases que más me gustaban, iban descartándose naturalmente. Y respecto al estilo, creo que su estilo es no tenerlo, los textos están reunidos por mera intuición. En cierto momento consideramos la posibilidad de separar las frases en ciertas temáticas, pero al final se tomó la decisión de no hacerlo, y me agrada eso porque ahorita como decían, en mis antiálbumes justo se cumple eso, una canción puede ser acá una cumbia, la otra un bolero medio melancólico y la siguiente algo medio psicodélico; no tiene hilo conductor el tipo de álbum al que quiero estar recurriendo, y creo que esta última característica se cumple en el libro.

Alejandro: Un poco siguiendo la línea de romper con lo establecido y resquebrajar esta idea de lo firme, creímos que lo mejor era que el tema posible en el cual pueden estar decantados estos aforismos, es que precisamente tienden a la incertidumbre, hay tantos ángulos desde donde se puedan leer que clasificarlos no hubiera abonado nada al lector. Lo que menos hay ahí son respuestas, más bien son exploraciones íntimas de David.

David: Y también hay algo que creo que es en parte producto de la era de la inmediatez; en mis antiálbumes, el universo último a perseguir es el track, no el álbum, el álbum es lo que reúne esos universos últimos, y siento que el libro cumple con esa carga.  En cuanto termina la frase concluye la pretensión de cualquier cosa.

TA: ¿Cómo llegaron a ese título y la portada? ¿Por qué se eligió al final esa opción?

David: No sabía que título ponerle, quería que fuera un título amable, gentil, que no se le diera muchas vueltas, que rindiera cierto tributo a la espontaneidad. En algún momento en el chat estábamos planeando títulos, yo planeaba originalmente ponerle “libro de aforismos”, siguiendo la línea de mis antiálbumes. Luego, una de las opciones era “Garbanzos de Libro”, pero cuando propuse “Afuerismos del Interior” a mí inmediatamente me conectó porque me parecía que dibujaba una especie de puente, de sentido vial. Además, el juego de palabras afuerismos de afuera, pero que son del interior; ese humor del absurdo que propician las características naturales de las palabras siempre me ha gustado.

Alejandro: Justo como cuenta David, las propuestas de título que dio, eran muy buenas todas, pero volviendo al tema de que creemos que el aforismo es una exploración muy profunda de aquellos que lo hacen, consideramos que Afuerismos del interior era atinadísimo y muy claro para eso. Y respecto a la portada, estuvimos deconstruyendo muchos conceptos para poder llegar a este; fue un proceso muy exhaustivo, estuvimos revisando muchas propuestas de Dulce Ledesma, la diseñadora que estuvo trabajando con los diseños. Llegamos al final a este concepto de nubes, pájaros, etc. que no sugería nada realmente y creímos que iba mucho con el juego de los aforismos y la idea que traíamos de lo que podría ser la portada.

TA: ¿Cómo se relacionó tu carrera musical con esta nueva exploración lírica que haces en tu libro?

David: El camino de la composición musical en mi caso me ayudó a conocer a muchos escritores, sobre todo poetas, al inicio de la década de 2000 en Ciudad de México, en algún momento conocí al poeta Ricardo Yáñez en un taller y lo seguí frecuentando, hicimos un disco con textos de él y por él empecé a relacionarme más con el universo literario mexicano, ese es mi contacto de manera personal. En cuanto al trabajo, algunas letras de canciones resultan tener características similares a las de la poesía, también algunos formatos como la décima, se prestan mucho a ser musicalizados; entonces hay un vínculo natural entre la poesía y la canción. En los aforismos es donde precisamente hay menos relación desde la forma, pero sí la hay desde el fondo, desde el hecho de que una canción, aunque pueda llegar a contemplarse como algo largo, en realidad es algo cortito, esos 4 minutos, 2 minutos y medio, desde la mente de un cancionista es algo muy breve en lo que debe comprimirse toda una idea, entonces quizá en eso hay un paralelismo con las frases. Creo que vivir con la antena encendida a la búsqueda de frases me ha dado mucho como cantautor. Yo creo que lo que ha salido ganando ha sido la canción, de hecho, muchos de los tweets terminaron en canciones, como el de “Fortuna es que te toque picar cebolla estando triste”.

TA: Como editores, nos toca mucho el tema de la reescritura; dado el sentido de la inmediatez y los tweets, ¿hubo un proceso editorial en ese sentido? ¿se llegaron a reescribir algunas frases?

Alejandro: Sí hubo un proceso en el que estuvimos trabajando, la diferencia entre las formas breves como el haikú, el tanka, que pueden ser producto más de una intención estética, el aforismo es una mezcla de muchas cosas, donde al fin y al cabo había una relación muy directa con lo que estaba diciendo y preguntándose David. Y por otro lado se buscó la posibilidad de que el lector pudiera entenderlo de esa forma, por ese lado si hubo muchísimo diálogo y trabajo respecto a elementos que cambiaban y podían cambiar las intenciones del texto

David: Sí, fue un diálogo muy cercano, estuvimos por ahí rebotando ideas, peleando terrenos, pero muy bien, incluso algo bien bonito es que me di cuenta de algo ortográfico; yo pensaba que el “qué” se acentuaba cuando había un sentido imperativo, por ejemplo “tienes qué venir”, y ahí me tienes en un montón de frases, diciendo “oye, le falta acento aquí y aquí”.

TA: Últimamente se ha estado dando en Latinoamérica se está gestando un fenómeno muy grande de autopublicación y editoriales independientes por parte de artistas jóvenes, ustedes como editor y artista ¿qué consejo le darían a esta juventud?

David: Que sean valientes, que se avienten a hacer eso, es sabido que sobre la marcha se hace callo en el pie, todo esto de la autogestión lo veo también mucho en el mundo de los cancionistas, empiezan a dar conciertos en casas o lugares así a falta de espacios. Mi consejo es no esperar a que se abran puertas quién sabe dónde, la fabricación de puertas propias conlleva a que eventualmente se llegue a lugares más adecuados. Soy un gran partidario de la autogestión y de encontrar grupos afines.

Alejandro: Estoy de acuerdo contigo, David, no quiero ser disruptivo, pero sí haría un llamado al mundo editorial, de los concursos, las instituciones, las becas, a que dejaran de ser tan jerárquicos y abrieran sus espacios. En el caso de Olbios recibimos manuscritos todo el tiempo y nos vamos al cien con las propuestas que nos llegan, artistas jóvenes, sigan haciéndolo, la literatura tiene fuerza, creen redes y abran caminos de redes de unión y solidaridad.

 

Si gustas encontrar Afuerismos del interior y asistir a las presentaciones, te invitamos a seguir las redes sociales de El David Aguilar y la editorial Olbios para que estés atentx a las fechas y lugares.

Ilustración realizada por Axel Rangel

Dambudzo Marechera dijo que lo que Walt Whitman hizo por la literatura de Estados Unidos fue haber creado una sensibilidad individual, testaruda y desmesurada –que podemos imaginar encarnada en la figura de un joven poeta, pálido, pero varonil.1 Esta desmesura, dice el novelista y dramaturgo zimbabuense, reflejaba un dilema nacional ante el cual esa figura de poeta se convirtió en el ideal.2 Whitman redactó Hojas de hierba cuando Estados Unidos estaba al borde de la Guerra Civil, para expresar su convicción respecto a las ideas de democracia y nación, aunadas a la creencia en la existencia de una identidad individual y libre, que era capaz de resguardarse contra cualquier influencia o intoxicación del exterior, y al mismo tiempo identificarse con la multiplicidad de individualidades que habitan el mundo.3

Para alguien que se considera un extranjero respecto a su propia vida y la historia de su país, dice el novelista de Rusape, es natural responder con horror a cualquier literatura que exprese este tipo de ideas: «el inquisidor que habita el corazón humano y se niega a creer en Dios en términos humanitarios es conocido entre quienes han experimentado la guerra».4 Y aunque Whitman fue testigo de la guerra, de sus atroces antecedentes y consecuencias, no dejó de creer que el conflicto era necesario para resolver las tensiones dentro del país y éste pudiera alcanzar su fin de volverse una nación democrática y unida.5

El zimbabuense nacido en 1952 no cae en la trampa de este tipo de literatura, independientemente de dónde provenga. Por ejemplo, identifica el nacimiento de la sensibilidad individual, testaruda y desmesurada de Whitman en Europa, en Las penas del joven Werther, de Goethe. Marechera considera sospechosa esta literatura porque implica, en primer lugar, su clasificación según su cultura, idioma o país de origen, lo cual Marechera se niega a hacer; más bien, concibe a la literatura como un universo ideal y alternativo al nuestro, como una tarea que requiere que el escritor aprenda a ver. Si bien el autor cuenta que su crianza fue nefasta dentro del gueto y que desde entonces ha tratado de negar la realidad dolorosa de la historia concreta,6 su escritura hace visible lo invisible y, con ello, subvierte lo que la sociedad y los individuos dan por hecho.

Por ello, Marechera despreció el realismo y prefirió tomar «las venas del modernismo, el simbolismo, el futurismo que se habían desarrollado en la poesía»7 para transferirlos al lenguaje de la prosa. Y aunque siempre escribió en inglés, nunca dejó de señalar el tipo de encarcelamiento que significaba éste por ser la lengua impuesta: «aunque me enseñaron francés y latín en la escuela, he sido lo suficientemente anglicanizado para insistir neciamente en que un extranjero es alguien que no sabe inglés y cuyo idioma no vale la pena conocer».8

La traducción le ofreció a Marechera una forma de escapar de la literatura inglesa y acceder a la literatura europea de otros países que, según el novelista, ha beneficiado a la literatura africana más que perjudicarla, si se considera a la literatura como un solo universo. Habiendo resuelto antes diferentes problemas relacionados con la estructura narrativa, la literatura europea sirvió como un modo de formación para otras literaturas. Por eso encuentra obsoleto hablar de literatura africana, por una parte, y literatura europea, por otra.

El escritor tiene que aprender a ver; pero esto, afirma Marechera, implica un proceso, el cual a su vez requiere de tiempo. Por lo tanto, el escritor está sujeto a innumerables transmutaciones y su percepción de la realidad será siempre provisional. Así, la identidad de Whitman, la cual es capaz de evitar las influencias del exterior se vuelve imposible. Lo anterior también explica que Marechera haya optado por el modernismo, el simbolismo y el futurismo, pues ante el constante proceso de transmutación concluye que la fantasía es la única verdad posible.9

Pero Marechera señala algo más respecto a la metamorfosis: algo hizo que dejara de ser un mito para convertirse en una pesadilla histórica: «somos refugiados huyendo de los excesos de nuestros padres»10 y estamos atrapados en un terrible punto medio de la transformación. Este es, para Marechera, el único aspecto que une a la literatura africana y a la europea.

Ante esta pesadilla histórica, Marechera apuesta por la categoría narrativa “manipea”, retomada del crítico soviético de Mijaíl Bajtín, cuyo centro es una actitud “carnavalesca” hacia el mundo. El universo de las novelas bajo esta categoría es complejo e inestable, fantástico y poético. Ahí, «el paraíso y el infierno nos son cercanos y podemos visitarlos» y «se exploran la locura, los sueños, las ensoñaciones, los estados anormales de la mente y todo tipo de inclinaciones erráticas».11

Tal es el universo de la primera novela de Marechera, La casa del hambre, cuya premiación en 1979 con el Guardian de ficción causó tanto críticas como elogios, a lo que Marechera respondió destrozando los candelabros durante la ceremonia de premiación.12 En La casa del hambre, Marechera describe al Zimbabue de los sesenta, en ese entonces Rodesia del Sur, antes de independizarse y cuando era gobernado por el primer ministro Ian Douglas Smith. Describe así los terrores de la vida en el gueto derivados de la Declaración Unilateral de la Independencia (DUI), proclamada por Smith el 11 de noviembre de 1965.

Esta proclamación fue posible gracias a que Smith convenció al gobernador de Rodesia, Sir Humphrey Gibbs, de firmar una declaración de estado de emergencia, después de haberlo convencido de que no se trataba de un preámbulo a la DUI. Smith esperaba así que la controversia internacional por esta declaración fuera pasajera, pero el descontento entre los nacionalistas africanos de Rodesia y los miembros de la Organización para la Unidad Africana, la Mancomunidad de Naciones y las Naciones Unidas, además de la intrusión de la Guerra Fría en la política africana, generaron una serie de sanciones económicas, una guerra de guerrillas y actitudes políticas volátiles de Estados Unidos y Sudáfrica hacia el país. Esta situación rebasó al régimen de la minoría blanca, la cual no resistió la transición al gobierno de la mayoría negra.13

Además de este evento histórico, Marechera hace referencia a otro, que también implica un engaño y permitió el asentamiento europeo: la celebración de La Concesión Rudd entre el rey Lobengula de Matabelelandia y los representantes del colonizador británico Cecil J. Rhodes y su Compañía Británica de Sudáfrica (BSAC) en octubre de 1888, en la que Lobengula les cedió a los británicos los derechos exclusivos de explotación minera en Matabelelandia, Mashonalandia y otros territorios del actual Zimbabue. Esto le permitió a la BSAC obtener una carta real del imperio en 1889, que autorizaba a la Columna pionera (una fuerza levantada por Rhodes y su BSAC) a ocupar Mashonalandia.14

Para lograr esta firma, J. S. Moffat, un comisionado asistente de Bechuanalandia, convenció a Lobengula de firmar un tratado de amistad con el imperio británico, en el que el rey aceptaba no tener negociaciones diplomáticas con otros interesados en sus territorios ni venderles ninguna parte de Matabelelandia o Mashonalandia. Moffat le aseguró que el documento no permitiría la venta ni cesión de ninguno de sus territorios sin el conocimiento y acuerdo previo del Alto Comisionado Británico para África del Sur.15

De esta forma, Moffat, en cuanto llegó en 1888 con Lobengula se aprovechó de que éste no sabía inglés y del complejo proceso de traducción necesario para preparar los textos que antecedieron a la concesión. En este proceso, los blancos instalados en el kraal primero transcribían al inglés o neerlandés lo que Lobengula les dictaba en shona. Después, el texto era traducido por escrito al shona para que Lobengula verificara la traducción fiel de lo que había dictado. El texto era traducido nuevamente al inglés y una vez que Lobengula estuviera satisfecho, tanto él como los blancos firmaban el documento y él lo sellaba.16

La firma de Lobengula de La Concesión Rudd marcó al país con un profundo resentimiento hacia los ndebele y el rey Lobengula, que aún resuena en expresiones que los describen como los «invasores que diezman cualquier cosa que tocan».17 En La casa del hambre, Marechera se refiere al evento con un poco de sarcasmo, pues afirma que al menos eso evitó que los shona fueran esclavizados por los ndebele: «por supuesto que tú y yo seríamos amahole, esclavos, si el pobre tipo hubiera sobrevivido».18

En esta obra aparece también Ian Smith, como una efigie colgada de un pico de carnicero, en la casa de una bailarina, a la que lleva a rastras al protagonista, un poeta. Ante la visión de la efigie, la bailarina le pregunta al poeta «¿quieres olvidar?» y al responder que no, es deslumbrado «por todas las luces que había conocido en su vida».19 Así, la escritura de Marechera describe de forma fragmentaria, en frases que aparecen como luces deslumbrantes o pequeñas astillas de vidrio que invaden la mente del poeta, el sentimiento de desposesión primordial, de los individuos respecto a sus propias vidas y la historia de su país.20

Por ello, Marechera fue un escritor incómodo para Zimbabue. Incluso una vez que se el país se independizó, fue censurado por cuestionar la nueva idea de nación que se pretendía construir. Este es el riesgo de aprender a ver: ser expulsado de la sociedad por señalar aquello que ocultan las narrativas con tal de establecerse como la verdad histórica.

En el caso de Whitman y el contexto en el que escribe, la Guerra Civil, Ta-Nehisi Coates señala que la narrativa en torno a este evento es que esta dejó un legado: la supuesta reconciliación de las diferencias entre la gente blanca de Estados Unidos. Sin embargo, para que esta narrativa funcione es necesario ocultar una verdad histórica: que un grupo de estadounidenses quiso fundar un país sobre la idea de que los negros eran de su propiedad, y otro grupo de estadounidenses, incluyendo negros, impidieron que lo hicieran.21

Esta perspectiva sobre la tarea del escritor es apenas uno de los aportes de la literatura de Marechera que, a pesar de ser relativamente breve, su revisión completa podría tomar años de estudio. Flora Veit-Wild, quien mantuvo una intensa relación íntima con Marechera y quien después de la muerte del poeta se encargó de recopilar, difundir y enseñar su obra, cuenta que alguna vez alguien dijo de Marechera que era incapaz de escribir una sola frase aburrida, y ella está de acuerdo: «su maestría, su ingenio estaba más que nada en el nivel de las unidades más pequeñas de texto; una línea, una oración, una imagen, un párrafo, un poema…».22

 

 

Bibliografía

Benson, E., & Conolly, L. (2005). Encyclopedia of Post-Colonial Literatures in English. Londres y Nueva York: Routledge, Taylor & Francis Group.

Coates, T.-N. Why Do So Few Blacks Study the Civil War? Recuperado el 4 de junio de 2020, de https://www.theatlantic.com/magazine/archive/2012/02/why-do-so-few-blacks-study-the-civil-war/308831/

Davidson, A. (1984). Cecil Rhodes and His Time. Moscú: Progress Publishers.

Greenidge, K. (2016). The Doppelgänger Is the One Who Disturbs: A Conversation with Flora Veit-Wild. The Scofield, 26-31.

Marechera, D. (1978). The House of Hunger. Estados Unidos: Waveland Press, Inc.

Marechera, D. (1987). The African writer’s experience of European literature. Zambezia, 99-111.

Muponde, R. (2004). The worm and the hoe: Cultural politics and reconciliation after the Third Chimurenga. In B. y. Raftopoulos, Zimbabwe, Injustice and Political Reconciliation (pp. 176-192). Ciudad del Cabo: Institute for Justice and Reconciliation.

Peña, L. L. (2014). Dressing uncivil neighbor(hood)s. Walt Whitman’s adhesive democracy in “Calamus” and “Drum-taps”. Lectora: revista de dones i textualitat, 61-80.

Peter Watts, C. (2012). Rhodesia’s Unilateral Declaration of Independence: An International History. Nueva York: Palgrave MacMillan.

Were Lobengula and the amaNdebele tricked by the Rudd concession? Recuperado el 04 de junio de 2021, de: https://zimfieldguide.com/bulawayo/were-lobengula-and-amandebele-tricked-rudd-concession

Why Lobengula sent envoys to Queen Victoria in the late nineteenth century. Recuperado el 04 de junio de 2021, de: https://zimfieldguide.com/bulawayo/why-lobengula-sent-envoys-queen-victoria-late-nineteenth-century


Autores
Estudió Filosofía en la Universidad Iberoamericana, y es traductora de textos especializados desde hace 14 años. Cursó el Diplomado de en Formación de Traductores Literarios de la UNAM y es cofundadora de Nauta Traducción y Cultura.
Ilustración por Julissa Montiel

Lo llamaban “El Rey del Monte”, y era un árbol legendario cuya historia era deslizada de boca en boca hasta parecer una aseveración de la geografía y no una historia para niños inquietos. Se encontraba, decían en los pueblos de alrededor, en el Monte Tzinac, escondido entre la floresta, alimentándose de los cadáveres de árboles caídos y animales muertos. Decían que era tan grande como el mismo monte, o incluso más, y que en las mañanas de otoño su copa sobresalía mucho más allá de la neblina, de las nubes más bajas. El árbol, por cierto, no estaba solo; cuando se hablaba del Rey del Monte también se solían mencionar a las brujas, a la Corte del Bosque, al Ensamble del Rostro Marrón. Había escuchado todas las historias; de niña me quedaba levantada en secreto a espiar las charlas de los mayores, deslizándome bajo la mesa, quedándome recogida en un escalón donde no me vieran tan fácilmente, tratando así de escuchar sobre los fantasmas del pueblo, de mi familia, de las aparecidas bajo las cruces señalando distintos caminos, los trenes que emergían de pronto en la estación y así como se hacían corpóreos volvían a desaparecer. A veces, por lo mismo, tenía pesadillas. Valía la pena. Por ello estaba segura de que nunca había escuchado de las Flores de Brujas, de la botánica convertida en cohorte regia. La primera vez que escuché hablar de las Aglaophotis, acerqué mis labios y mi lengua a los de una mujer, una mujer que, estaba segura, era una bruja.

Una vez entendí lo que eran estas flores, la necesidad imperiosa de encontrar al Rey del Monte se convirtió en un montón de briznas soltadas al viento. Sin embargo, yo me equivocaba. No era una competencia entre seres misteriosos escondidos en los bosques. Las aglaophotis tenían una relación muy estrecha con el Rey del Monte. El enorme árbol, aunque gigantesco, según las leyendas, no era más que una distracción para hallar lo verdaderamente importante, el secreto dentro de la penumbra: las flores negras utilizadas por las brujas. Pocos las conocían, pues pertenecen a un género oculto dentro de las tradiciones mistéricas de la región. Con ellas puedes invocar a los poderes de sombra, con ellas puedes hablar con los muertos.

En Santa Águeda las mujeres suelen hablar de la luna y de los hijos en el vientre, del color de la tierra y de la tonalidad de las uñas en invierno. Sus voces conforman una riada dulce o violenta que cubre los campos e inunda las iglesias, los templetes donde las fiestas y las demandas se levantan con las fechas ya signadas o con los eventos sin presagio. Mi madre es una de las mujeres vociferantes. Con ello no me refiero a que gaste saliva construyendo monumentos dedicados a la burla y el jolgorio infértil. Madre habla con la fuerza atronadora de una tormenta como otras mujeres son avalanchas y terremotos y rugidos de mil animales salvajes. Sin embargo, no escuchamos a las mujeres por su fuerza, sino por lo que trae el agua, el barro o el fuego. Lo que dicen nos llena y nos da consejo, aunque duela como el aguijón de una avispa tierna o el golpe dado por accidente contra el azadón. Madre no ve con buenos ojos las historias sobre el Rey del Monte, el Árbol Regente, ni mucho menos sobre sus compañeras botánicas. Ella no ha utilizado el nombre que le han dado las brujas, aglaophotis, sino la designación simple de “flores de hechicera”.

Me dijo que me mantuviera alejada, que no pronunciara en voz alta el nombre de esas flores ni de ese árbol. Su advertencia me dio risa, ¿qué tenía de malo hablar de una leyenda que todos los niños de Santa Águeda aprenden desde que están en el vientre? Una bofetada descentrando mi cabeza por toda respuesta. ¿Y por qué habrías de seguir el actuar de cada habitante de este pueblo guarecido por la floresta y las montañas? ¿Soy lo mismo que todos, una planta más, un hongo que repite el mismo patrón dentro del bosque? Soy un árbol, quise responderle, y entonces otra cachetada, ya sin centrarme la columna ni el cuello ni nada, sólo la confusión. Las mujeres de aquí no somos árboles. También tenemos un nombre secreto, no el mismo que el de las viejas oscuras, que el de las jóvenes desnudas bajo la luna. Miré por un momento a madre, sin poder resistirme, y ella vio el peligro de los rescoldos cayendo muy cerca de la hierba reseca. Si no tenía cuidado, el incendio podría consumirme, a mí, pero también a las demás, a Santa Águeda. Con la mirada baja y un suspiro de mi madre, escuché el nombre para nosotras, para las enemigas de las hijas de la oscuridad. A nosotras no nos importan los Reyes de los árboles, si no las Reinas de las Herbas.

La palabra conmigo varias noches: Herbas, hasta que quedara grabado debajo de mi lengua. Herbas, en las pupilas, en las puntas de los dedos, en el sexo y en el vello de las piernas. Herbas.

El Rey del Monte, el Rey de los Árboles, era un mito, nada más. La “verdadera”, que existía ahí dentro de la floresta, cerca del Tzinac, creciendo hasta los cielos, y aun así oculta a la vista de los profanos, es el árbol hembra extendiéndose como una enredadera sujeta por el viento y el polen arrastrado por él.

Madre de todos los horrores, te prometo volver a escuchar tu voz. He sido desterrada por el Trono de Santa Águeda, por el pueblo, por mi propia madre. Me he convertido en una hereje, aunque nadie lo sepa, aunque no me atreva a decírselo a nadie, ni a mis sueños. Debajo de la piel está marcado el símbolo del tridente, el viejo signo que designaba, siglos ha, a Santa Águeda, cuando el pueblo no tenía el nombre de ninguna santa, sino el de danzantes paganas que se arrastraban por la hierba durante la luna llena. El nombre original lo hemos perdido, quizá porque nosotros, quienes fundamos el pueblo, no vivíamos aquí cerca, sino que trajimos el estigma de la piel blanca y los dioses crucificados a cuestas.

Madre de todos los horrores, el nombre de la Santa Águeda, la santa crucificada y convertida en llamas, lo siento, pero es un símbolo de la oscuridad. Madre de todos los horrores, ¿a quién has querido engañar? Las mujeres en el pueblo hacen caso a las voces de sus abuelas, tías y madres. Obedecen y callan y aprenden los designios entretejidos de las tradiciones occidentales y éstas. ¿Cuál es la posición geográfica del pueblo, de la vieja Santa Águeda, con respecto al mundo? Al occidente se levantan los montes, el sagrado Monte Tzinac, donde por las noches vuelan enormes murciélagos buscando fruta y moscos y, de vez en cuando, lo aseguran los supersticiosos, sangre. No me extraña que sea así, el nombre elegido para el pueblo es el de una mujer martirizada, cubierta de sangre menstrual, la suya, y la de su piel lacerada, pero también la de sus amigas, con quienes, se decía, acudía al llamado nocturno del bosque y perseguía bajo la luna creciente la panza de una cabra o la silueta de un marrano para aparearse. El testimonio ha sido falseado a través de siglos de hagiografías y odio cerval convertido en consigna. Santa Águeda fue acusada de brujería, y la cubrieron con la sangre de sus compañeras, para después crucificarla y prenderla en llamas, que la hoguera de su carne fuera un ejemplo para el pueblo y una guía para las fuerzas celestiales.

¿A cuántas mujeres se les ha dado el “privilegio” de morir en la cruz? Mamá recuerda a Santa Librada, una santa que también debería ser nuestra protectora, pues su castigo se debió a su rechazo al casamiento, al sufrimiento a través de la vida obligada con un hombre. En el pueblo las mujeres no son obligadas a casarse con nadie. El vínculo que una pareja desee crear es sagrado, pero puede romperse, y la voz de la mujer no es la de una niña emberrinchada. Otra vez, la riada atronadora de nuestro pecho.

¿Alguna de las santas, de las compañeras de la santa, algún ángel, un poder superior, uno de los viejos dioses, tendría compasión de mí? La curiosidad sigue siendo uno de los males que nos adjudican a las de nuestro género. Tienen razón, el mundo es un despliegue de formas y tonalidades, sabores y aromas, y cómo una debería pararse ante la delicia y lo aborrecible. No deberían castigar a quienes se atreven a pisar con las plantas desnudas el sendero de la sombra.

Me descalcé y seguí el sendero oculto entre la maleza. Había tenido un sueño, no me parecía más que una curiosidad llena de figuras y colores, rostros de seres que jamás he visto y animales que pacían tranquilos en campos lilas bajo cielos escarlatas. El sueño, sin embargo, comenzó a repetirse. La constancia de sus figuras me hizo entender que no era una premonición sino un mandato. El bosque, siempre el bosque, iluminado por una luz morada proveniente de alguna luna escondida para mí. Me adentraba en él sin nadie que me siguiera, sin ropa que cubriera mi silueta. Los árboles eran enormes y delgados, algunos ni siquiera tenían hojas, así que me parecían más esqueletos, costillares, que miembros de un ejército vegetal. Sentía en la piel el llamado de un cántico antiguo. Mi sueño solía terminar conmigo encontrando un claro atiborrado de hongos, donde yo bailaba una música dulce hecha por flautas y tambores atemperados por la lejanía. La ilusión continuó esta vez, llevándome más profundamente dentro de la floresta. En algún punto supe que me encontraba en los montes cercanos al Tzinac. Había pensado en el Rey del Monte como una presencia diurna que se escondía cuando el sol mordía el horizonte. ¿Cómo sería su cuerpo inmenso en la oscuridad, rodeado por animales rastreros y mamíferos pequeños y aves de colores apagados? La sombra y la niebla, aunque no el frío. Sentí algo parecido a la melancolía. El bosque no era el que siempre veía en sueños ni tampoco el que rodea Santa Águeda, pero era mío, estaba destinado a mis pasos. Por eso la excitación en la punta de los dedos, el vello erizado y mis pies veloces.

La ensoñación comenzó a abrirse a un mundo tenebroso y sugestivo. Los espacios se abrían a mis manos y pies, extendiendo la neblina hacia otras regiones donde los hongos negros y rojos parecían respirar con gran regocijo. Ninguna luna, mas la luz violeta hacía que todo relumbrara en una sombra platinada y también de ese color tan cercano al rojo, el fuego nocturno del morado.

Otros cuerpos, femeninos como el mío, y de formas híbridas entre lo vegetal, lo animal y lo demoníaco. Sabía que había hallado el camino hacia el secreto. Lo que estaba frente a mí era un grupo de brujas, el aquelarre, la reunión de viejas locas, la danza macabra, las sabias de la noche. Me acerqué lo suficiente para escuchar la música de sus voces y pasos. Quería hablar, romper el ritmo, preguntar cualquier cosa, pero de mi boca no brotaron sino suspiros. No era con palabras como me comunicaría con ellas. Sería con música… y danza.

Una de las criaturas híbridas, entre lobo, cacto y fresno, con rostro de una mujer negra y ojos redondos y profundos, extendió su mano-rama hacia mí y yo la tomé entusiasmada, sabiendo que algo ocurriría cuando mis vellos respondieron a los suyos y la electricidad recorrió mi cuerpo hasta asentarse en el suelo. Me moví entonces junto con ella; así la escuché.

Brujas, viejas sabias, damas volantes, seguidoras todas ellas de Las Hermanas. ¿Quiénes son Las Hermanas? Son tres, me susurraron con sus pasos de baile, y pronto aparecerán aquí con nosotras. Ya casi es hora.

Las Hermanas, Las Hermanas, Las Hermanas. La claridad del día apenas repuntando en mis párpados me hizo emborronar las imágenes del sueño, pero antes de abrir los ojos vi a mis pies flores negras y de aspecto satinado brotando del suelo. Mis pies, más que otra cosa, percibieron la extrañeza de esos seres vegetales, de cuatro pétalos cada una, con pistilos amarillos o morados, y una forma como de capullo recién abierto. Antes de despertar por completo tuve dos certezas: los pétalos de aquellas flores negras podían alargarse y cobrar la forma que quisieran, y que Las Hermanas aquellas no eran otra cosa que Las Herbas de las que me había hablado mamá.

Para sentir a una bruja es necesario tener cerrados los ojos y abierto el pecho. El sueño no me pareció una coincidencia, una imagen suelta de mis ansias oníricas. Era un llamado, y como tal, respondí buscando con el olfato entre los matorrales, al pie de los árboles. Madre me pidió que no me alejara mucho porque ya llegaba octubre y me necesitaba para las labores tradicionales de Santa Águeda. Nunca he huido al trabajo, y las fiestas de otoño me encandilan la mirada, pero era necesario rastrear las pisadas de aquellos pies descalzos, el claro donde habían brotado aquellas flores nocturnas.

Dirigí mi mirada hacia los montes mientras buscaba en los registros de Santa Águeda, en la biblioteca del municipio, alguna alusión a las brujas, a hermanas acusadas de hechicería, a flores utilizadas para conjuros, incluso enfermedades extrañas que pudieran haber sido ligadas a la brujería. Raíz de tannis, mandrágora, amanita muscaria, estramonio, datura ferox, amapola. Pocas declaraciones, ninguna acusación. La brujería en Santa Águeda parecía estar más relacionada con las curanderas o con los chamanes. Debía existir, en esos pocos datos, alguna mención que me llevara hasta nuestras historias, al Rey del Monte, al origen de las leyendas. Una familia se mencionaba, quien fue acusada, hacia la mitad del siglo pasado, de cultivar plantas alucinógenas, “plantas impuras que brillan en la oscuridad”. La familia era una de las fundadoras de Santa Águeda, tanto que incluso varias mujeres de su rama han llevado el nombre de la santa crucificada.

Tenía que adentrarme en la floresta, lo sentía como un mandato en la sangre, pero necesitaba un poco más de información, saber qué buscaba, porque el bosque es profundo y el monte peligroso. Si no lograba saber un poco más sobre las flores de brujas o las herbas, o lo que fuera, encontraría un lecho de hongos, y nada más.

La casa de los Romero es una de las más antiguas, aún con paredes inmensas y vigas de manera sobresaliendo de los techos en dos aguas. La construcción solemne aún responde a las formas de la Colonia: un cuadro inmenso donde las habitaciones y bodegas y cocinas rodean el patio central adornado con una gran fuente y plantas y enredaderas creciendo al lado de arbustos y árboles frutales. Algunas veces había entrado a la casa de los Romero con motivo de alguna fiesta. Lo que más me gustaba del edificio era su puerta señorial de hojas enormes y sólidas, tachonadas con hierro y bronce. La puerta me hacía pensar en monasterios perdidos en montañas asiáticas, dispuestos a enfrentar la ira de una horda de los bárbaros. Y, sin embargo, una hoja siempre estaba abierta por las tardes, invitando a cualquiera que tuviera la más mínima relación con los Romero a saludarlos. No se necesitaba invitación, y yo, por supuesto, tampoco la tenía.

No sabía quién dirigirme, a qué Romero preguntar, ¿a los más jóvenes, a los ancianos? Sin embargo, no fue necesario urdir ninguna triquiñuela. Nada más atravesar el umbral de la casa, apareció Dalia, vestida de negro y violeta, con el cabello cepillado y reluciente cayendo como una cascada hasta su espalda baja, rozando sus nalgas con las puntas. No había hablado gran cosa con Dalia, ni habíamos sido compañeras ni nuestras familias tenían una relación especial, pero al verme sonrió y me tomó de las manos para preguntarme cómo me había ido, qué necesitaba. No éramos nosotras en ese momento, sino un fotograma de alguna película vieja perdida en el sótano de un cine decrépito. Tal vez ella sería Mina o Lucy, o una combinación de ambas, y yo apenas una intrusa queriendo preguntar por una flor que las brujas conocen bien y hacen crecer en medio de los bosques.

No hablé primero de la flor ni de mis sueños, sino del árbol. ¿Lo conoces?, le pregunté, sé que lo has visto, y no sólo en sueños: el Rey del Monte, el árbol cuyas ramas rozan las estrellas. ¿Dónde está, qué olor tiene? Dalia abrió la boca como para pronunciar un discurso o un rezo, pero en lugar de ello soltó una carcajada. Me impelió a contar más, a hacer más preguntas, a contarle todo lo que sucedía en mi cabeza. No sabía si se estaba burlando de mí, aunque así me pareció. No es el árbol a quien buscas, sino a lo que crece alrededor. Haces bien, me miró mientras hablaba, al creer en ellas, en sus sortilegios y sus danzas y su lengua. Hacen bajar serpientes de los cielos, y cuando uno quiere asir su cabeza, tocar sus escamas, se retraen hasta esconderse en las nubes. Ellas conocen todo lo que acontece en el cielo porque son capaces de alzarse, un pie sobre otro, a través de las ramas de los árboles, hasta danzar allá arriba, invocando tormentas y animales imposibles. Lo único a lo que temen es al tronar de la campana y a las trompetas bendecidas por siete curas.

Como pude, también sonreí y respondí el gesto, pero no sabía cómo empezar, atravesar las construcciones tan frágiles, aunque bellas, que Dalia colocaba frente a mí a modo de barrera.

No es en los cielos donde poso mi mirada. No soy oteadora, sino rastreadora. Sigo el aroma y el sonido de las patas en estampida, y haciéndolo hallé un ritmo que era más que simple música, tampoco era un accidente. Había en el tam-tam un llamado o una invocación. Y respondí a él. Entre sueños, claro, ¿pero no es en ese mundo donde se descubren las ciudades más espléndidas?, así que seguí el rastro hasta dar con ellas, mujeres y criaturas híbridas, animales y… flores. Flores que sólo crecen en ciertos lugares ocultos, donde ellas danzan y gritan y vuelan. Flores que brotan del suelo, de pétalos negros y pistilos amarillos o morados. Como ves, no es el árbol, el Rey, a quien busco, sino a sus hijas pequeñas en el bosque.

Dalia abrió entonces los brazos y me respondió que tenía razón, en todo, incluso al mencionar primero al Rey del Monte, pues es con él, a su sombra, muy cerca, donde yace una tierra especial, llena de nutrientes particulares. El Rey del Monte es un tejo, una especie autóctona, y sus raíces se extienden por el monte, tanto como sus ramas por las nubes. La combinación especial, única, permite que el golpeteo, la danza de las mujeres, compacte la tierra y permita el nacimiento de cierto tipo de planta. Las flores de la noche, de ellas hemos escuchado bastante en Santa Águeda y alrededores. Flores de Brujas, sí, pero Dalia conocía su nombre, con el que las invocan ciertas mujeres de ciertas zonas de la región. ¿Brujas? Sí, de cierta manera, aunque no estén acostumbradas al nombre, aunque sea peyorativo y los hombres les tengan miedo y huyan y toquen las campanas rompiendo la invocación, el rito. Las flores, me dijo Dalia, se llaman Aglaophotis, son hierbas que brotan en la noche, y cuyas flores son negras, aunque eso no les impide brillar en la oscuridad. Aglaophotis significa “luz brillante”, y son un faro, una cama, un alivio y medicina, un ingrediente poderoso, y el alimento para el vuelo. Dalia remojó sus labios con la lengua, como si hubiera quedado agotada después de revelar el secreto. Se acercó a mí y sin dejar de sonreír me besó. En su aliento percibí moras y menta, y también miel, de la que sorbí como si yo también estuviera sedienta. Lo estaba, desde muchos años antes, sólo que no lo sabía.

Aglaophotis, el nombre resuena en mi cabeza mientras convierto algo de ropa y víveres en un atado que coloco en una mochila amplia. Agua, una navaja y un cuchillo que me regaló mamá hace tiempo y que había pertenecido a mi abuela. No le pregunté nada, pero estaba segura de que le había servido como herramienta ritual.

Esa mañana el horizonte se levantaba como un incendio que estuviera consumiendo al mundo. Haría frío, por eso iba preparada por si mi corto viaje se transformaba en días perdida entre los montes. Dejé una carta en la cocina, en un lugar donde sabía que mamá la encontraría.

Me encaminé hacia los archivos de Santa Águeda. A esa hora no habría nadie, y botar el seguro con mi cuchillo no me costaría nada. Necesitaba un herbolario que había visto de pasada y que no creí que fuera a servirme hasta que escuché a Dalia hablar de las Flores de Brujas. Aglaophotis, la palabra seguía en mi lengua y en mi paladar como un bocado exquisito que no quisiera abandonar. Aun así, formaba con la saliva y la lengua y los dientes y la glotis los sonidos de aquella hierba bruja. Lo pronuncié en voz baja mientras entraba a los archivos municipales, como si los fonemas fueran un encantamiento para abrir puertas cerradas.

El sol aún no se levantaba del horizonte cuando abandoné Santa Águeda y pisé las veredas que me llevarían hasta el Monte Tzinac. Sabía que no encontraría al Rey del Monte hasta pasadas muchas horas, quizá hasta la noche, pero me esforcé en atisbar alguna señal del enorme árbol. La neblina se levantó tan rápido como el ataque de una serpiente, y el frío se atoró entre mis huesos. No quise ponerme algo demasiado voluminoso porque así corría el riesgo de sudar si mantenía ese paso, por lo que decidí apresurarme, casi correr para que mis músculos no sintieran las lamidas de la neblina helada.

No sé cuántas horas pasaron porque la neblina no se levantó del todo y el monte se hizo tan frondoso como para encerrarme entre capas de vegetación. No había silencio, por lo que estaba tranquila: las aves gorjeaban, piaban o soltaban un graznido de improviso mientras una rama caía o una liebre atravesaba el umbral. Otros animales siguieron mi camino: zorros y gatos monteses, alguna gallina salvaje, conejos y ardillas, un tlacuache y serpientes que no se dignaban a levantar sus cabezas para verme. El bosque, de cierta manera me intuía y aceptaba.

Me detuve hacia el mediodía para comer algo. Estaba cansada, pero necesitaba seguir. Mi visión no alcanzaba a atravesar los árboles, y apenas podía distinguir si eran nogales o sauces o pinos. El aroma de la madera, sin embargo, variaba con el ondular del viento. Es un bosque mixto, las coníferas dan paso a árboles frutales y otras especies que no deberían estar aquí, pero aun así se arremolinan, como si quisieran rendir tributo a una fuerza inmensa y ancestral: el fresno y el olmo, el ginkgo y el durazno, el limonar y la morera.

La humedad en el aire se pegaba a mi piel. El agua que llevaba no sería suficiente. Me levanté para seguir mi camino, pensando en reabastecerme de líquido cuando estuviera más cerca del Rey del Monte, o al menos en las lindes del Monte Tzinac.

No recuerdo demasiado del tiempo que me llevó alcanzar la región donde debía levantarse el Rey del Monte. La luz se transfiguraba con la oscuridad del bosque y la densidad de la neblina que no había dejado de acompañarme durante todo el trayecto. El cambio se produjo cuando de mis pies brotó un sonido como el de huesos reventados. Bajo las hojas rotas se ocultaba algo. De inmediato, una serie de aromas llegaron hasta mí, produciéndome imágenes de danzas, hogueras inmensas y árboles añejos recibiendo el sudor de cuerpos enfebrecidos. También, debajo del acre y el picor, emergieron las fragancias azuladas de las moras y frambuesas, de las manzanas ácidas y verdes, de las hojas húmedas y aromáticas escondidas en arbustos repletos de espinas. Las hierbas de las brujas y su danza. Los colores comenzaron a transformarse, y entonces me di cuenta de que todo el bosque había cambiado. Me quité los zapatos para percibir las sensaciones que se mezclaban con otros sentidos. Al tocar la tierra y la hierba húmeda, mis pies percibieron la fragancia del caldo a punto de hervor, el color de una tarde de invierno entre los árboles, el sonido de un árbol delgado al caer en un claro apenas habitado por hongos venenosos.

Debía estar intoxicándome, pensé, pero ya era demasiado tarde si esa era la causa de mis sentidos excitados. Alargué los brazos, con los dedos extendidos, y rocé un velo invisible. Estaba en el umbral que me permitiría ver la naturaleza verdadera del bosque. Allí habitaba el Monte Tzinac, su rey, y sus hijas. Así que di un paso y luego otro, para así poder respirar por primera vez.

Mamá era una mujer dura. No concebía que en el mundo existieran regalos, dones. Todo debía costar, todo debía doler. En parte siempre tuvo razón. Cuando me oyó hablar de las brujas de Santa Águeda, del Rey de los Árboles, Rey del Monte, y todas las demás “fantasías” que pululaban en el pueblo, no se rio de mí, sino que me compadeció. Iba a caminar por el sendero más estrecho, el más peligroso. Las espinas se pegarían a mis vestidos, las ramas me lacerarían las piernas una vez me hubiera despojado del pantalón y del abrigo. Y no había garantía de alcanzar el otro lado. Bien podría quedarme a medias, convertida en una planta más, en un hongo que surge sin estaciones que lo rijan.

Para compensar las dificultades, y sabiendo que rechazaría cada una de las prohibiciones que me impusiera, mamá me enseñó a usar el cuchillo y el azadón, los pies y los dedos en la tierra, las voces para hacer crecer a las plantas y la agilidad al momento de sacar el jugo y los frutos para curar el cuerpo, y a veces también el alma.

Desde niña había visto a mamá manipulando el cuchillo que ella aseguraba no era para uso ritual, sino para alcanzar las raíces más profundas, el tubérculo encallado en el corazón de otra hierba. Mamá era bruja sin que yo lo supiera, y sin que ella quisiera decírmelo. No hacía falta, sabía que en algún momento lo comprendería, cuando estuviera siguiendo mi sendero y los pies se me cansaran y los dedos rasgaran el velo de la última frontera.

Estando en las profundidades de la floresta, recordé a mamá despierta a media noche. Debían ser las dos o tres de la mañana, y ella parecía tan plácida como si lo que estuviera haciendo no fuera sino un ejercicio de relajación. Papá todavía estaba con nosotras, pero al abrir los ojos y percibir la mirada de mamá, supe que él estaba muy dormido. Papá nunca fue un hombre valiente ni independiente ni nada. Gastaba su fuerza caminando de un lado para el otro sin concentrarse, era una cabra loca. Lo bueno de sus andares erráticos y de su necesidad de atención era que cuando su rostro tocaba la almohada, caía en un sueño profundo del que no despertaba hasta la mañana siguiente.

Espié a mamá porque se fue hacia la cocina, tomó algunas macetas donde sus hierbas y algunos chiles crecían junto a la ventana, y hundió sus dedos en la tierra. Cuando los sacó no se limpió ni nada, sino que tomó el cuchillo del cajón, el cuchillo especial y se fue con él hasta la puerta; la atravesó mientras en mi cabeza sonaba un murmullo rítmico de una escala infinita, circular.

Me había levantado de la cama sin ponerme pantuflas ni nada que pudiera delatar mis pasos. Con cuidado seguí a mamá por su deambular en la casa, hasta que su andar la llevó hasta la puerta, de la que salió como una centella en medio del aire.

Abrí la puerta temiendo que el rechinar de la madera me delatara, mas ningún ruido me acompañó al atravesar el umbral. Seguí las huellas frescas, que iban casi en zigzag. Un animalito errante, como papá, pensé, y me inundó una alegría tan profunda como para habitar el planeta entero. Las huellas seguían y seguían y se adentraban en el bosque, no demasiado, hasta un claro inundado por los hongos, ninguno de ellos venenoso.

Detrás de un árbol nudoso vi a mamá agacharse en la tierra, colocarse en cuclillas y soltar un suspiro que terminó en un canto bajito que iba elevándose y luego volvía a su volumen inicial. ¿Mamá era también una bruja? No lo creía, no de ella, así que entendí que algo debía hacer con las plantas, pues clavó el cuchillo en medio del claro mientras su voz seguía con el cántico, y su otra mano parecía navegar con las ondas del aire. ¿No era eso, después de todo, el acto brujeril, la raíz de las viejas escondidas en toda hembra?

No es hembra, no es hierba, no es árbol. No hay ningún rey de los árboles, hija, lo que hay es la Reina de las Herbas.

En el suelo había algo, una raíz o un tubérculo. Costó sacarlo. Los movimientos de las muñecas de mamá parecían complicados. Círculos y cortes en zigzag, casi como formando letras en la tierra, escarbando muy profundo hasta que el cuchillo no fue más que una asta señalando el descubrimiento, y sus manos se enterraron para extraer un bulbo blanco y brillante. De aquel tubérculo con forma de capullo emergía un resplandor blanquecino y azulado que, sin embargo, parecía profundamente oscuro, una luz espectral y contradictoria. Los ojos, por alguna razón, comenzaron a lagrimearme. Mamá empezó a levantarse, y yo corrí ya sin preocuparme por el ruido o los movimientos o cualquier otra cosa que pudiera delatarme. Tan solo tuve cuidado de no mojar mis pies y limpiarlos antes de entrar a casa, tiritando y sintiendo en el pecho una alegría tan honda que me costaba dejarla adentro de mi pecho.

Cuando mamá se asomó por la puerta, ya había controlado mi respiración y trataba de parecer una niña sumida en un sueño profundo y tranquilo.

No supe qué hizo mamá con el bulbo. Busqué en las plantas, en las macetas, teniendo cuidado de no lastimar ninguna cactácea ni planta ni flor. Mis dedos aprendieron a deslizarse en la tierra húmeda o reseca, mas el bulbo me fue negado. Donde hubiera permanecido sería para mí un secreto.

No volví a pensar en ello, hasta mucho después, cuando comprendí a qué planta pertenecía esa raíz, y lo que significaba. Al momento de hallarme tan cerca del Tzinac y del Rey del Monte, pensé en lo que había hecho mamá tantos años atrás, aunque no lo comprendí del todo. Recordé los movimientos que había hecho, y segura, deslizando los dedos en el aire, atravesé aquel umbral para conocer a las mujeres de las que había hablado mamá, a las brujas, a las herbas.

El bosque estaba atiborrado de luces. Algunas luminiscencias pertenecían a millares de insectos que flotaban o volaban por doquier, sin que por ello nos molestaran. Otras eran farolas colgadas en los árboles, hasta quinqués de petróleo. No había oscuridad en aquel lugar, y por eso podía ver las diferencias entre los troncos, los animales que pasaban de improviso por los claros, las tonalidades de los hongos y de las hierbas creciendo junto a los árboles, y las formas de los pies y las piernas y las caderas y pechos y rostros y cabelleras de las mujeres que bailaban tan cerca de un monolito que al principio creí de piedra: un vestigio de otra época, un símbolo que Santa Águeda hubiera olvidado. Al acercarme me di cuenta de que no era piedra ni artificio alguno, el “material” de aquel monolito no era otro que la madera. Era un árbol. Entonces alcé la mirada y me estiré para encontrar la copa, las ramas que, según decían, nacían en el tronco, pero se extendían hasta las estrellas. Así debía ser, ¿cuántos de nosotros no habíamos escuchado esas canciones junto a la hoguera cuando éramos niños? El árbol cósmico, el Rey del Monte.

A algunas de las mujeres que bailaban nunca las había visto; otras me parecieron familiares; entre ellas encontré a vecinas a quienes podía llamar por su nombre: Brenda, Xóchitl, Alondra, Marta, Citlalli, Aya. Madres, hijas y hasta abuelas, revoloteando con el viento y con el ritmo de tambores y flautas y voces convertidas en una música tan rítmica como emocional, y por tiempos espectral. Ahí, dando giros sobre sí misma, hallé el cabello, el aroma y los labios de Dalia.

Cuando captó mi mirada sonrió y se me acercó para invitarme a bailar. Otra vez, el sueño. Aquí no valían las palabras, ya lo sabía, así que respondí a la invitación, y empecé a mover mis pies, tratando de adecuar mi ritmo interno con el de ella y las demás mujeres.

Debieron pasar horas de música y baile antes de que percibiera una vibración cada vez más intensa en el suelo. Las ondas penetraban en nosotras a través de nuestras plantas, y nos cimbraban hasta las caderas y los pechos. Había algo, algo vivo que respondía a nuestro ritmo, a la invocación junto al fuego en una noche convertida en aquelarre. Las herbas, las herbas. Flotaba sobre la vegetación, sintiendo cada vez más una fuerza y un jolgorio en mis extremidades y en mi boca. Algo nacía, no de nuestro vientre individual, sino del de todas, el que compartimos con la raíz misma del bosque, más profunda y antigua que Santa Águeda o la región o el país… tan vieja como el mundo.

Un resplandor llenó nuestros ojos, y aunque los cubriéramos con nuestras manos, la luz las traspasaba. Ningún velo o barrera podría con esa luz. Del suelo brotaban tubérculos que, supe, eran los centenares de flores, Flores de Brujas. Ante nosotras, nacían las Aglaophotis, hermosas princesas de la luz y de la oscuridad, emisarias de lo fantástico, de la imposibilidad. Los tallos y sus ramitas se extendieron por doquier, llenando los claros con sus presencias. Los bulbos brillaban, pero cuando las flores nacieron, lo que brotó fue pura negrura, satín oscuro acariciando nuestros dedos y pantorrillas. Hojas con forma de espadas y corazones y círculos y flechas. Flores negras extendiéndose hasta cubrir el monte y a su rey, y a nosotras, sus hijas, sus hijas de carne.

Todas nosotras tenemos una labor. La aceptamos. La ponemos sobre nuestras piernas y tarareamos las canciones de nuestras abuelas. Algunas, quienes así lo quieren, se las enseñan a sus hijas y nietas y bisnietas. Hay quienes preferimos seguir cantándole al bosque y a las hierbas.

Esa noche yací con Dalia. Me envolví con su perfume y sus pétalos. Le di tanto placer como para convertirla en una cascada y luego en un lago plácido extendiéndose por el valle. Sus ojos llameaban cuando miraba mis labios, cuando se posaban en mis lóbulos o sobre mi cabello. “Esta eres”, repetía una y otra vez, como si no pudiera creerlo. “Esta eres y aquí naces.” Aprendí de ella cantos e historias, formas y sapiencia sobre las plantas. Sus hermanas la habían instruido y ellas también tenían palabras y voces para mí. Dalia utilizó su cuerpo y sus besos, y con ella permanecí hasta la lección final de aquella noche, cuando todo parecía al fin aquietarse y dormir de nuevo con la salida del sol. La planta, la flor de brujas, Aglaophotis, la de luz brillante, crece solo bajo circunstancias especiales. La danza, además de la noche, los cuidados y los rezos, es necesaria. Y sólo brota con la danza de las mujeres que siguen la senda de las hierbas y del bosque. “Nos han llamado brujas durante toda la vida, pero nosotras tenemos otra forma de hacerlo: herbas, hijas de la yerba y de los árboles, hembras de la vegetación.”

Dalia también me reveló que el árbol que crece en el Tzinac no es macho, sino hembra. Es la Reina de las Herbas, nuestra madre erecta.

Después, continuó la lección.

Pienso en la madre y en Dalia, en Santa Águeda y en la danza, que se repitió otras tantas veces, al igual que mis encuentros esporádicos con Dalia. Abandoné Santa Águeda sin olvidar sus danzas, sus cantos, la magia. Salí del pueblo para estudiar y terminé encontrando a un hombre del que intenté embarazarme, no porque yo lo quisiera ni porque fuera una ilusión escondida tras los pliegues de mi ropa, sino porque así debía ser. Y luego sufrí el engaño, el abandono, porque él quería tener hijos y yo jamás podría dárselos. Todo eso lo sabía, y a pesar de todo lloré algunas noches. Mi vientre, sin embargo, tenía otro destino.

Mamá se quedó con el bulto, el tubérculo aquel que una noche vi cómo era extraído por sus manos. Era, sí, una Aglaophotis. Mamá la escondió en el jardín, junto a un árbol de durazno, donde yo jamás podría verlo, aunque estuviera destinado para mí. Cuando me fui de Santa Águeda ella me lo dio y no tuvo que explicarme más, pues Dalia ya me había dicho todo.

Las herbas estamos unidas a la tierra, pero también, como nuestra Madre, nos extendemos hacia el cielo, pretendiendo que con nuestros dedos extendidos podremos tocar las estrellas. Así ha llegado la noche, esta noche, en la que me muerdo los labios mientras espero a que la raíz de Aglaophotis se asiente en mi vientre después haberla colocado sobre mi ombligo. La absorción ha sido lenta e indolora. El cosquilleo, ese sí, es inevitable. Puedo ver en mis brazos y piernas cómo se mueven los pétalos oscuros que, sin embargo, brillan. La luz negra emerge de las puntas de mis dedos, y me siento como un manojo de nervios a punto de ser desatado. Eso es lo que hace la Flor de Brujas, pues absorbida en nuestros vientres, es capaz de darnos algo que nada más puede otorgarnos. Ella tiene la propiedad de elevarnos. ¿Qué sería de una bruja si no pudiera reclamar también los cielos y cantarle algunos versos a la luna creciente? La Aglaophotis ilumina mi interior. Es el momento, así que salgo de casa y miro el jardín que pronto ha de ser sembrado con estos retoños que yo misma haré nacer de la tierra. La hierba cosquillea en mis plantas cuando doy un paso, y luego otro. Las plantas de mis pies ya no reciben el frescor de la tierra, sino del aire. En mi vientre una convulsión, es una risa con forma de canto o voces que hablan del aire y de las nubes. Extiendo mis brazos hacia el cielo, y estoy segura de que, si me esfuerzo un poco, podré rozar el halo de la luna con mis dedos.


Autores
(Tlaxcala, 1988) es egresado de la licenciatura en relaciones internacionales de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (upaep). Ha colaborado en medios físicos y digitales como Ágora, Letrarte y Momento. Parte de su obra se incluye en las antologías Seamos Insolentes (2011) y Sampler (2014). Ha sido becario del Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico (PECDA; 2013, 2018), del Fondo para la Cultura y las Artes (Fonca, 2016) y de Interfaz (2018). Asimismo, obtuvo el Premio Estatal Dolores Castro de Poesía 2016, el Premio Tlaxcala de Narrativa 2017 y una mención honorífica en el XXXIV Premio Nacional de Cuento Fantástico y de Ciencia Ficción (2018).
Ilustración realizada por Zauriel Martínez

Yo Rodolfo guzman dedica este presente

por que en mi travajo como luchador me a alludado

pues lla gane el cinturon mundial de lucha libre,

no me lesionado y no me an quitado mi Mascara. 

“El Santo enmascarado de Plata”

Mexico a 19 de abril de 1968

Exvoto

 

Muchísimo esfuerzo de por medio, la escena que logramos recordar es la siguiente: justo por el centro de la angosta fila de butacas, un sujeto absolutamente teñido de rojo camina hacia el camerino con una maletita colgando de las garras, el torso desnudo y engrasado —cada uno de sus músculos marcados por la tinta y la gimnasia. Gronda es un demonio espantoso, pero, enfundado en la incógnita luciferina de su rostro, esta noche favorece al bando de los técnicos y en la función estelar se enfrenta a un toro mitológico: Psicosis, rudísimo de cinco estrellas. En un rombo de batalla de seis por seis: mano a mano, espectacular a dos de tres caídas, sin empate, sin indulto, sin límite de tiempo. Suena la campana en el entarimado de la Arena Azteca, axis mundi de un bodegón en la colonia San Marcos, Torreón, finales de 2019.

 

***

El catch, wrestling, pororesu o lucha libre es una coreografía, un deporte de representación y, particularmente en nuestra sociedad mexicana, un espectáculo que funda su mitología encima y abajo del encordado. Hermanada con las academias olímpica y grecorromana, las artes marciales y las escuelas de combate, la lucha libre también escenifica un arquetipo entre doce cuerdas elásticas: la incógnita de las máscaras, el maniqueísmo de la batalla, la función coral del público, el histrionismo del luchador profesional. Cuenta la leyenda cuenta que La Bola se entretenía en la Arena en tiempos revolucionarios, y que la lucha libre llegó a nuestro país en los baúles atascados del circo Atayde y del Orrín.

 

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El ring de la Arena Olímpico Laguna, hundido entre las butacas de una suerte de palenque, se percibe pegajoso desde las primeras filas. Es nochevieja y todavía hace calor en Gómez Palacio, a medio camino de Torreón a Lerdo. Tres ciudades, dos estados. Se trata, ni más ni menos, que del epicentro de la lucha libre en la Comarca Lagunera. Blue Panther y Último Guerrero despiden el año con una clínica de llaves y candados, combate a ras de lona, lucha de maestros. De pronto, un mono baja a los niños del entarimado; otro trapea la baba, el sudor, también los mocos que empalagan la lona. Ya va a comenzar, lo sabemos, cuando el morro de la música detiene la última cumbia de Tropicalísimo Apache. Enseguida, los aplausos y la batería, los coros de Freddie Mercury en “We Will Rock You”, canto de batalla del último del clan guerrero —malla negra, vivos blancos, faldilla de cuero estampado. Ahora las sogas del cuadrilátero tiemblan a ritmo de acordeón, bajo sexto y saxofón: “La puerta negra” de los Tigres del Norte es la entrada oficial de la pantera lagunera—calzoncillo blanco, malla azul, chamarra clásica de luchador.

 

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Elementos de una función de lucha libre mexicana

Arena: palenque, rodeo o plaza de toros; sillas blancas o butacas, cheve y fritanga; palomitas, cheve, burritos de hielera; lámparas de tungsteno encima de un cuadrilátero —aunque en algunas funciones estelares aparece el hexadrilátero, más espectacular.

 

Ring: mano a mano, en relevos sencillos, australianos (3×3) o atómicos (4×4); la Atlántida, la cavernaria, el tirabuzón, la quebradora, la mística, el martinete, la hurracarrana, un candado al cuello o unas patadas voladoras; escenario y templo.

 

Luchador: actor y atleta, rudo o técnico, con máscara o de larga cabellera; en overol corto, calzoncillo o mallas, a veces capa; ellas casi siempre en leotardo; de los exóticos, el ritmo, la técnica de coqueteo y el flirteo, la chaquira; mi presentación favorita: en monito de poliuretano, ocho y medio centímetros, acabado artesanal, pintado a mano.

 

Réferi: tercero sobre el encordado, héroe y villano, autoridad del ring; tres palmadas, espalda plana, rendición; enemigo natural del público, carrillento por naturaleza, ágil aunque casi siempre panzón.

 

Público: indispensable; niños y niñas, a veces familias enteras; grupos de apoyo, pedorros, borrachos; señoras gritonas, mudos que les hacen un dos, ciegos que solo escuchan; cerveceros, vendedores, camilleros; yo siempre voy con mi papá.

 

Autoluchas: no es lo mismo.

 

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Por fuera y de día, la Arena México es en absoluto espectacular: luce como un cine abandonado, motel de mala muerte, okupa. Alrededor, la verbena popular de la colonia Doctores: fotografías, camisetas, gorras, juguetes, miniaturas, todas las máscaras que pude imaginar de niño. Hoy llegamos temprano con una misión en particular: mi papá quiere comer en los “Arroces del Baby Face”. La historia es la siguiente: Baby Face, antigua gloria del pancracio nacional, se trajo la receta de una gira en Japón y, en Doctor Carmona y Valle 17, mezcló el surimi, el camarón y el pescado con la garnacha mexicana. Un éxito total. Los platillos —todos con arroz al vapor—, desde luego llevan nombres de luchadores: a la Místico (sábana de pollo o de carne y salchicha), a la Blue Demon Jr. (sábanas completas de pollo y de carne y un omelette con champiñones), a la Latin Lover (sábana de pollo, salmón, camarón, callo de hacha, surimi y champiñones). Pedimos los que se llaman como nuestros luchadores favoritos: yo elijo el arroz a la Stuka, light, puro pollito, anticolitis; mi jefe se zampa un Apestoso Especial, el más bañado y también el más caro, servido al ritmo de la cumbia villera de Mr. Niebla, rey del guaguancó: camarón, surimi, carne, salchicha, nopales, pimiento morrón, ocho claras de huevo y champiñones.

 

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La playlist de la lucha libre mexicana es heterogéneo y ambiguo. En una arena local conocí la redova, el fara fara, la polca, el corrido; el pasito duranguense, la banda, el mariachi; las cumbias colombiana, texana y lagunera; desde luego, toda la música norteña que ahora canto de memoria. Ahí también escuché por primera vez “Thriller”, “Bad medicine”, “Seek & Destroy”, “Personal Jesus”, “Jump”, “Welcome to the Jungle”, “Kickstart My Heart”, “Bad To The Bone”, “Touch And Go”, “Cowboys Form Hell” … Tienen su lugar especial dos canciones de Rocky Balboa: una se escucha mientras sube las escalinatas del Museo de Arte de Filadelfia; la otra, durante la épica pelea vs Iván Drago en Rocky IV. Chicos de Barrio compuso una cumbia para una serie animada de Cartoon Network: ¡Mucha Lucha! Mención aparte, solo una. Originalmente escrita por Pedro Ocadiz en 1984 —e interpretada por el Conjunto África—, su versión más conocida es de la Sonora Santanera: “La arena estaba de bote en bote / la gente loca de la emoción / en el ring luchaban los cuatro rudos / ídolos de la afición” …

 

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Vimos “La lucha de la década” al mismo tiempo, PPV, en diferentes ciudades. 26/08/17, Arena Ciudad de México, Trimplemanía XXV. En el evento principal, máscara vs máscara entre Dr. Wagner Jr., leyenda lagunera, y Psycho Clown, de estirpe y tradición luchística en nuestro país. El video oficial en el canal de Lucha Libre AAA, en YouTube, dura exactamente 16:54 y, a pesar de las apuestas, la mafia y el chantaje, cada vez que lo reproduzco espero un resultado diferente, pero no. Al final siempre pierde Dr. Wagner Jr., revela la incógnita y dice ser originario de Torreón, más de treinta años de legado. No importa: los luchadores laguneros siempre perdemos la máscara: la Sombra y Último Guerrero vs Atlantis, Blue Panther vs Villano V, Black Warrior vs Místico, Black Tiger vs L.A. Park, Fishman vs Máscara Sagrada. Quizá por eso todos los cubrebocas que usa mi papá son una miniatura perfecta de máscaras de luchadores, costura del barrio en el que soñó debutar algún día en la Plaza de Toros Torreón.

 

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Doctor Lavista 189, colonia Doctores, CDMX, 2016. Muchas funciones  después de que la lucha libre saliera del circo, un viernes de marzo llevé a mi padre a conocer la Arena México. Su emoción era la misma de Maradona saludando a Chespirito. Encima de nosotros, el mural que pintó Miguel Valverde para conmemorar el octogésimo aniversario del Consejo Mundial de Lucha Libre (CMLL): 30.5 metros de largo por 2.44 metros de alto, en él se observan las principales figuras del pancracio nacional y todas las máscaras que han caído en la Arena México desde los años treinta. Alrededor de nosotros, la gente, el olor y las emociones desmedidas de la lucha libre. Vinimos a ver al Stuka Jr., incluso hay una fotografía: los tres salimos abrazados, mi papá en medio, yo con una remera del Santos Laguna, sonrío. De niño, él me fotografiaba el jueves en la Arena Olímpico, el viernes en la Vicente Guerrero, el sábado en la Plaza de Toros, el domingo en la Aviación. Sin embargo, entre su afición y la mía hay una gran diferencia: yo nunca quise ser luchador pero, cómo mi papá, siempre quiero ir a una arena de lucha libre.

Al resto del mundo pronto podremos salir sin máscara.

 

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Autores
(Torreón, 1994), hispanista por la UNAM y lector. Literaturas contemporáneas y de ciencia ficción, crítica literaria, escritura creativa y archivo. Escribo en la aldea global desde el western y la distopía. Posnorteño. Doppelgänger: @lagunauta.
Las cosas como son y otras fantasías, Edición Anagrama

En la actual esfera pública el juicio moral ha ganado terreno y penetrado en la autonomía artística mientras el arte se ha replegando a ser el espejo transparente de las virtudes de ciudadanos de bien. Si el ciudadano obra mal, aunque haga arte edificante o bello, inmediatamente pasará a ser una obra cancelada por trasmitir la moral reprobable de su autor; en el mismo sentido, si la obra de arte representa atrocidades su autor es un desviado y pervertido.

Así se han censurado a Balthus, Nabokov,  Hermann Nitsch, J.K. Rowling, Nick Land y un largo etcétera. Quien escribe ahora no está para abogar o condenar a éstos u otros sujetos morales. Pero lo cierto es que algo se pierde en la mera condena y el escarnio público. No estamos para decir si una obra puede excusar a un ciudadano indeseable o si una persona, a pesar de ser condenable, puede crear belleza. Ni una ni otra, sino parte y parte de una manera compleja y reflexiva.

Pau Luque con Las cosas como son y otras fantasías: Moral, imaginación y arte narrativo, merecedor del 48º Premio Anagrama de Ensayo en 2020, parece contestar este y otros asuntos sobre la tensa relación entre moral y ficción en virtud del complejo arte de la imaginación.

Es extraño, pero justo y necesario, que un libro como éste gane el Premio Anagrama de Ensayo ya que no son comunes los libros sobre moral o que se vendan como tal. Además de la tétrica Economía moral de Andrés Manuel López Obrador, no abundan las reflexiones sobre la moral. Ésta pertenece más al statu quo y quizá ahí está el problema y la necesidad del libro de Pau Luque. Rousseau está olvidado, algún despistado con ánimos de superación personal lee a Séneca, pero la moralidad que enjuicia las obras de arte es una idea etérea que se da como sentido común: “obrar bien, decir la verdad” sin parámetros claros.

El libro de Luque, aunque parte y es plenamente sobre moral, desborda y complejiza nuestra relación como sujetos morales con los artefactos ficticios que a veces aparecen como novelas o películas o canciones. No se trata de negar que exista arte inmoral o infame y que el buen arte deba ser norma. Tampoco que las fabulitas en forma de películas adolescentes encaucen nuestra vida moral, sino que desde la razón se pueda diferenciar unas y otras y que nuestra vida moral es más compleja que las polaridades.

En este punto vale la pena preguntarse de qué trata el libro Las cosas como son y otras fantasías. Aunque nos encontramos frente a algunos problemas. Porque trata de sí mismo: la filosofía de la imaginación moral de Pau Luque.

Hay obras que sólo son en sí mismas: se dan en su completud y complejidad, otras que uno puede explicar: tienen objetivos claros y una línea concreta. La de Luque es de las primeras. Para acercarse sólo se puede o por sus ejemplos -la materia de sus reflexiones, o sobre sus temas, los problemas que trata, sus desvíos, los señalamientos humorísticos y las anécdotas. Pero lo real es que el libro, y ahí radica lo brillante de la mente de Pau: es el intersticio. Lo que no es la sola exégesis de obras de arte ni filosofía moral dura. Sino las virtudes imperfectas de la imaginación del sujeto moral en un mundo complejo y metafórico.

Las cosas como son y otras fantasías: Moral, imaginación y arte narrativo (2020) promete mucho. Por el título uno sospecharía que es un tratado sobre cosas universales como lo real tal cual se manifiesta y lo es en algún sentido, pero también no lo es. Está estructurado desde tres obras que fungen como pilares para desplegar una teoría de lo real, la filosofía práctica y la ficción. Esos ejes son: Nick Cave, Lolita de Nabokov y El mar, el mar, de Iris Murdoch. A no ser que a uno personalmente le interese o inquiete alguno de los tres parecería que no habría razón clara de leer el libro. Pero, como fue mi caso, una vez superado el prejuicio de un gran músico pero que no es mi estilo, una novela que ha caído en una serie de lugares comunes y ciertos tabús en la cultura de masas y una novela de la que en mi vida había oído hablar, el libro repara en la lucidez filosófica y da mucho más de lo que promete. Sin sobreponerse a las novelas y canciones, ni hacerla menos, sino que al mismo ritmo la obra analizada y la reflexión filosófica de Luque danzan juntas en pro del pensamiento complejo que es una teoría del arte narrativo por qué no, universal.

Por ejemplo, en el caso de Lolita de Nabokov que quizá sea el que más interese por su lugar como categoría y prototipo en la cultura de masas y la vida cotidiana, Pau Luque le da un vuelco importante a lo que se cree es Lolita en la novela. El sentido común que hasta cierto punto está aceptado y por lo que es reprochable su lectura, es que Nabokov escribió una apología de la pedofilia al narrar como atractiva, provocadora y apetecible a una menor de edad. En este sentido, su personaje Humbert, quien es víctima, no sería el pervertido sino su autor, Vladimir Nabokov por celebrarlo y Lolita pasará a la historia como el estereotipo de las nenas malas que seducen a los pobres hombres maduros.

Cualquiera que haya leído Lolita con atención, dice Pau Luque, sabe que esto es falso. La lolita del sentido común y la cultura popular no es la Lolita de la novela escrita por Nabokov. Luque desarrolla su argumento contrapunteando con artículos doctrinales sobre la novela. La confusión que lleva a condenar a Nabokov y lo hace parecer un desviado es que en la novela su personaje Humbert intenta emanciparse y tiene pensamientos propios que mal leídos podrían parecer los del autor. Nabokov, en cambio, lo que estaría haciendo es poner al lector en la posibilidad de imaginarse a sí mismo intentado justificar acciones viles encarnadas en un personaje que tiene agencia de imaginar. Leerlo como un defensor de la pedofilia es leerse a sí mismo como alguien a quien la narración lo convenció y quizá él sí legitime esas acciones atroces, no Nabokov. En lo que él pecaría, en todo caso, es en hacernos saber que con las palabras correctas cualquier vileza puede ser una seducción aceptable. Ahí reside el poder de las narraciones, en hacer comestible lo atroz y peor: hacerlo digno de antojo. Mediante una prosa bella y un lenguaje quirúrgico hacer pasar una relación de abuso por amor y expone a la sociedad que juzgará su novela. Es la exposición de los mecanismos que nos rigen a todos: falta moral y justificación. A través del poder de la seducción de un hombre y su exposición con un lenguaje embelesado.

Para ilustrar y exponer sus ideas desfilan casos incómodos o dignos de pensarse como la película Joker, la reciente novela El funeral de Lolita de Luna Miguel, Temporada de huracanes de Fernanda Melchor y la firma de no fumador contra la prohibición del tabaco del filólogo Francisco Rico y una serie de eventos culturales y anécdotas para escarbar en la tensión de la imaginación y los sujetos morales que la produce y ven. Los acompañantes de Luque en su descenso al infierno de la moral contemporánea son Ferlosio y Bernard Williams.

La exégesis de la literatura en la academia suele caer en el formalismo y la prensa periodística en datos y el mero anecdotario. Algunas veces la reflexión llega a puntos filosóficos serios. Pero más allá de buscar “la filosofía” de tal o cual novela cual mantra, Pau Luque acierta cuando afirma que sobrepasando “los intereses filosóficos que las novelas pueden despertarnos, lo que es indudable es que todos tenemos una vida moral y por eso sucede el reconocimiento con las historias o fabulitas”. La de este libro, es una teoría para el ser humano que existe en sociedad. Los ejes son claros, pero eso no lo aleja de reflexionar o abrir el paso para pensar cualquier dispositivo narrativo que le haya afectado en la vida al lector en turno.

La categoría que el libro de Pau Luque propone es el arte himenóptero que anida la teoría del arte panal* y panal **. La primera es la narración cuyo motor y miel es la imaginación y en ciertos casos se apoya y completa los espacios con datos reales. El segundo es cuando se parte y estructura con eventos reales y lo que sabemos de facto no alcanza para encadenar el relato, se usa la imaginación para rellenar.

Al inicio del libro afirma, según una plática con un físico que tuvo, que el cosmos se formó tras un espasmo, una contingencia, que hizo que Luque y todo lo que existe esté en su lugar y no en otro. Por ejemplo, que él en lugar de vivir en México y España viviera en Vilafranca del Penedes o ustedes y yo, en lugar de leer español leyéramos esta reseña en checo y en otro espacio distinto. Esa teoría del espasmo del universo dice que no es que ese otro escenario no existe, sino que es posible que exista. Lo que hay entre uno y otro espacio, ese intersticio es la miel del espasmo, la rebaba que diferencia esta vida como la conocemos y otra distinta si el espasmo hubiera arrojado hechos distintos. Es entre uno y otro un espacio invisible del que se nutre la imaginación y el arte.

Los artistas himenópteros median y cuidan esos campos mientras empujan la imaginación hacia todos esos yoes y mundos posibles que no aparecen como actuales. Murdoch, según Luque, no imitaría en la estructura de su novela una vida, sino al mismo movimiento del espasmo. Por eso en El mar, el mar no hay mucha justificación en algunos eventos y tampoco importaría tanto siendo que la imaginación es lo que estructura y mueve. Es una concatenación de escenarios artificiales cuyo hilo es la mera imaginación. En muchos sentidos sería arte autónomo: el arte por el arte. Pero por su trama uno siente la necesidad de enjuiciar moralmente a sus personajes.

Esa idea, la del arte himenóptero es una buena herramienta para navegar en la cultura contemporánea. Permite ver de otra forma los fundamentos y posicionamientos de los autores frente a la obra y la realidad. Pienso que ahí radica la importancia de una obra de arte, una novela, un tratado filosófico o una canción: en cambiar y expandir la mirada de quien se adentró ahí. Al principio, cuando enumeré los vicios del statu quo respecto a la moral yo me incluía. No sé en realidad si se lea sobre moral –yo no lo hago –pero después del libro de Pau Luque mi mirada y consciencia respecto a mi vida moral y su relación con la cultura cambió. También me veo tentado a releer lolita y buscar a Iris Murdoch. A Cave lo he escuchado diario desde entonces.

El libro genera nuevos intereses y hacer ver distinto. Impulsa a generar un juicio razonado y complejo en pro de esa golosina que es la miel del espasmo del universo. Velado, pero a través de todas sus páginas y con un último y feroz alegato, es un manifiesto a la formación política que incluya la complejidad y las virtudes imperfectas de la imaginación para un tiempo en que el arte político complejice y no adoctrine y las fábulas no produzcan empatía ni reconocimiento sino potenciales conocimientos políticos de la otredad.


Autores
M.S.Yániz. Crítico y ensayista especulativo. Cursa estudios de filosofía crítica en The New Centre for Research & Practice. Escribe sobre formas discursivas tanto materiales como poéticas que tensionen lo político. Textos suyos han aparecido en FILME, Terremoto Contemporary Art in the Americas, FalsoRecord (colombia), PICS del Centro de la imagen, entre otras. Coeditó los Ensayos Completos de Tomás Segovia en Ediciones sin Nombre. Tradujo el libro inédito de Mark Fisher, Comunismo ácido publicado en Herring Publisher con ilustraciones de Diana Cantarey.
Ilustración por Zauriel

No leí a Simone De Beauvior en la preparatoria, ni tampoco en la universidad. Estuve en área dos, y luego estudié una ingeniería. Me acerqué a ella, a su obra, sin la consciencia de que era feminista, ni la idea de fortalecer mi postura a través de ella. Solo quería leer La mujer rota y pasar a otra lectura.

Claro que no pude hacerlo así de simple. Pasó mucho tiempo entre La mujer rota y El segundo sexo. A este último llegué hace apenas unos cuatro o cinco años, buscando reafirmarme, reconstruirme y establecer mi propia ética relacional. También fue por accidente que me enteré de que en Wikipedia hay una referencia que indica que Simone De Beauvior y Jean Paul Sartré son, quizá, la pareja poliamorosa más conocida de los últimos tiempos.

Escribí Ojos de gato en 2015. En ella cuento la historia de un triángulo amoroso. Pero más que un triángulo, es la exploración de la manera como se desarrolla y evoluciona el amor de una mujer hacia dos hombres. No lo supe mientras escribía, pero quizá esa novela empezó a gestarse dentro de mí en la secundaria, hace veintidós años, cuando me gustaron unos hermanos gemelos y toda la convivencia era confusa porque me parecía que también yo les gustaba a los dos. En su momento, pensé que esto se debía a que eran idénticos, a que mirarlos juntos era confuso y a veces no podía identificar quién era quién. Pero con el tiempo, mediante las interacciones y el conocimiento mutuo me di cuenta de que eran distintos, y de que esas diferencias que no eran físicas hacían que me gustaran más. Los dos. Jaime y Fernando. Jaime me escribía cartas que yo le respondía, las intercambiábamos a diario antes de empezar las clases, copiábamos poemas de los libros baratos que vendían en el metro. Fernando se sentaba a platicar conmigo por horas o me hablaba por teléfono cuando los celulares no se habían popularizado. Ninguno fue mi novio, con ninguno tuve avances hacia mis primeras experiencias sexuales, ni siquiera besos. Ahora los dos están casados y tienen sus propios hijos. Hace años que no hablo con ellos, y si me entero de sus vidas es porque en mi muro de facebook aparecen las fotos que suben cada tanto. Aún ahora me pregunto cómo habría sido establecer y mantener una relación con ambos, con plena consciencia de ambos, pero supongo que no lo hubieran aceptado, y que fue mejor cómo terminaron las cosas para cada quien.

De Beauvior y Sartré se conocieron en los veintes y entablaron una relación que terminó solo cuando él murió. Al mismo tiempo, tanto ella como él se relacionaron con otras personas, con una ética específica que la mayoría de las personas se brincan. En la comunidad poliamorosa es popular Ética promiscua, el libro de Dossie Easton y Janet W. Hardy. Es el más fácil de conseguir, el menos complejo en cuanto a terminología, en el que la mayoría de las personas que se salen de la monogamia entran para comprender de qué va la ética del poliamor. Después de este término nacieron otro montón de modelos relacionales: relaciones jerárquicas, triejas, anarquía relacional. Personalmente me siento más cómoda dentro de la etiqueta de no monógama, aunque otras personas que conocen del tema me definen en una relación jerárquica.

Cuando leí aquel encabezado de los poliamorosos más conocidos de la historia, no pude evitar preguntarme qué tanto tenía en común con Simone De Beauvior. Lo obvio: ambas somos feministas, yo avanzo para construirme un nombre y un prestigio en el mundo literario, así como ella lo hizo. En La plenitud de la vida, en tanto ella reflexiona sobre lo más cotidiano de su vida, Sartré aparece en casi cada momento, no como protagonista sino como compañero, como una extensión de la existencia de ella. Eso mismo me sucede con Javier. En otras anécdotas que he podido leer sobre ella se habla de sus demás relaciones, y yo pienso en esas otras relaciones que he tenido desde que me casé, las que han terminado, las que aún existen, las que se construyen desde ahora y también terminarás, o las que no. Me pregunto qué tanto le contaba Simone a Jean Paul y pienso en esa intimidad que comparto con Javier, la que me obliga a contarle de esa persona que comienza a gustarme, o de por qué terminé con alguien más, y de inmediato eso me lleva a la intimidad que construyo con los otros y otras, que no son mi esposo pero a quienes también les debo una intimidad que no puedo compartir con Javier. Los alcances y los límites en un mismo nivel.

A los trece años y a escondidas de mis papás, vi por primera y única vez Henry & June, la película que retrata una parte de la vida de Anais Nin. Creí que había algo prohibido en esa relación rara y poco convencional. Por un lado, estaba esta atracción entre Henry y Anais. Por el otro, la sensualidad compartida con June. Comprendo lo que ella alcanzaba a ver en uno y en otra, de qué manera se conectaba con ella y con él, qué veía de sí misma en cada quien. Ahora puedo afirmar muchas cosas, pero a los trece años lo único que me provocó ver esa película fueron dudas que no supe acomodar dentro o fuera de mi cabeza. Esta duda sobre la exclusividad permaneció, y más adelante me gustó Mario al mismo tiempo que Diego, luego Víctor al mismo tiempo que Maribel. Muchas personas me llenaron los ojos en los dos años y medio que duró mi primer noviazgo, y luego tuve que renunciar a las relaciones formales para interactuar con todas las personas por quienes me sentí atraída durante la universidad, incluido un maestro mucho mayor y César, con quien tuve mi primera relación libre y duradera. Luego conocí a Javier y casi de inmediato supe que quería vivir con él. Es decir, quería compartir todo de mi vida con él. Nos conocimos una noche y no volvimos a separarnos. A los seis meses le propuse matrimonio, y con la ceremonia y el contrato civil, adopté todo lo asociado con la costumbre: el rol de esposa, la palabra “señora” antes de mi nombre, el apéndice “de Tovar” en reemplazo de mi apellido materno, la posibilidad de los hijos o hijas sin plena consciencia, la exclusividad. Por un tiempo fue suficiente, hasta que conocí al siguiente don Juan que me movió el tapete. Nunca pude hacer nada con él porque la culpa anticipada no me lo permitió, pero viví todos esos años con la culpa y la frustración en conflicto permanente. Pensaba mucho en Anais, en Henry y en June.

Luego fue como si todo se acomodara para que Javier y yo pudiéramos abandonar juntos el modelo monógamo. Conocimos a una pareja, amigos muy importantes para nosotros, con quienes hubo una chispa, algo espontáneo que nos permitió entablar confianza. Con ella y él aprendimos de qué se trataban las relaciones abiertas, que fue nuestro siguiente peldaño. Luego llegó Simone De Beauvior. Y luego llegó Federico. Supongo que fue la manera como me trataba lo que hizo que me enamorara de él. Que decidiera iniciar una relación monógama y formal con alguien más hizo que me desenamorara. Que quisiera meterme en el estereotipo de “la amante” hizo que no pudiera terminar bien aquella relación. 

Después de esa experiencia aprendí dos cosas: la primera, que lo que había sentido por él no imitaba o reducía lo que llevaba años sintiendo por Javier; la segunda, que por mucho que me creyera fuera de la monogamia y lejos de todos los yugos que siempre ha tenido este modelo, de una u otra forma seguía en riesgo de padecerlos. Durante el duelo por la pérdida de esa relación me pregunté si Anais o Simone se habían visto envueltas en situaciones similares, si se habían sentido traicionadas o usadas, si habían brincado alguna creencia o convicción en nombre de los sentimientos que al final no fueron recíprocos. Si se habrían sentido burladas o metidas a la fuerza en ese estereotipo horrible de la amante, que en todas las latitudes significa lo mismo: la mujer que se conforma con las sobras, con poco tiempo y poco cariño, que se queda callada para no importunar, cuyas emociones fastidian. Ya había estado ahí antes, y nunca me gustó. Soy de naturaleza bastante más exigente, siempre creo que lo merezco todo y lo exijo. Pensé que no, ellas tan dignas, tan libres, seguramente también habían exigido todo desde el principio. No necesité leer Ética promiscua para entender que necesitaba definir mi manera de relacionarme.

Luego encontré una comunidad. Resultó que de ahí me llegó la recomendación de Ética promiscua, y yo compartí a Anais y a Simone, los diarios amorosos y el segundo sexo, y entre las mujeres que salen de la monogamia hay muchas que entran en el feminismo, y otras tantas se acercan a las letras. Los hombres también. Porque resulta que deconstruir el mito del amor romántico es, de alguna manera, empoderante y liberador, exige autoconocimiento, honestidad y muchos tipos de responsabilidad. Seguramente no me hubiera relacionado con tantas personas sin ética si hubiera aprendido antes que es posible querer de tantas maneras, vincularse de forma genuina, amar sin anteponer una relación romántica, terminar relaciones de forma sana, sin dramas. 

En el siglo veintiuno tenemos mayor visibilización del tema. Hay contenidos audiovisuales que lo abordan desde diferentes narrativas, hay quienes escribimos al respecto. Hablar al respecto es un gran paso para empezar a normalizar este modo de vida. Quizá en el futuro las personas que intentamos vincularnos de manera profunda estemos menos expuestas a la cantidad enorme de monógamos y monógamas seriales que van por la vida presentándose como poliamorosxs, pero perpetuando las conductas hirientes que permean la doble moral y hacen espacio para lxs polifakes.


Autores
Xóchitl Olivera Lagunes (Ciudad de México, 1985) estudió la carrera de ingeniería agrícola en la UNAM. Ha tomado diferentes talleres de creación literaria. Estudió el diplomado en escritura literaria en Literaria-Centro Mexicano de Escritores. Ha publicado en la revista digital Cronopio y en El Universal. Su primera novela corta, Ojos de gato, se publicó en 2016. Es cofundadora de la revista digital Semillas de Sauce, donde escribe y edita. En 2020 ganó el premio nacional de novela joven José Revueltas.

El próximo 29 de julio, se cumple un siglo desde que los miembros del Partido Nacional Socialista1 de Trabajadores de Alemania (NSDAP- Nationalsozialistische Deutsche Arbeiterpartei) eligieron por voto avasallador a Adolfo2 Hitler (1889-1945).

Es a partir de este momento, que el camino hacia el poder de este personaje iniciaría, no obstante, ni este hecho como los subsecuentes pueden ser considerados como una contingencia inesperada en la historia de Alemania y el occidente europeo, sino que a partir de ello se desarrolló un plan mucho más elaborado de gobierno y Estado en dicha nación, que incluso (siguiendo uno de los argumentos primordiales de Raúl Hilberg3) contempló uno de los episodios más sombríos de la humanidad, el Holocausto.

Por lo tanto, en este texto trataremos de exponer el porqué, dicho evento constituyó antes y después del hecho conmemorado, un plan desarrollado y ejecutado por Hitler para asirse del poder en Alemania y cómo ello en la actualidad puede tener posibles repeticiones en diferentes lugares del mundo.

Antes del Liderazgo en el NSDAP (1919-1921)

Al término de la Primera Guerra Mundial (1914-1918), Hitler fungió como soldado en el regimiento 16vo del ejército de reserva bávaro, experimentó poca acción militar (siendo herido en la batalla del Somme), empero, también sufrió la derrota ante las potencias aliadas—a pesar de él ser ciudadano austriaco—orquestada por el liderazgo político alemán infiltrado por “marxistas y judíos”, dentro de la llamada “leyenda de la puñalada en la espalda”.

De igual forma, presenció las negociaciones postconflicto estipuladas en el Tratado de Versalles, en el cual Alemania perdería varios territorios y desmilitarizaba los mismos como Renania, dictaminaba de responsable casi pleno al Imperio Alemán de la guerra y lo obligaba en el futuro a prescindir de un ejército permanente, y al pago de onerosas reparaciones bélicas a las potencias participantes, especialmente a Francia, la cual en su momento llegaría a ocupar regiones como el Ruhr con sus tropas para demandar el pago de la deuda.

Esto último sería visto por gran parte de las cúpulas militares y civiles políticas como una humillación al país y sería uno de los principales ejes de lucha de Hitler para adherirse de aliados individuales y grupales.

Entre 1919 y 1920, Hitler comenzaría su carrera política dentro del Partido de los Trabajadores alemanes (DAP- Deutsche Arbeiterpartei), que poco después se transformaría en el NSDAP, ahí, los líderes partidarios comenzarían a notar la facilidad con la cual podía interactuar con la audiencia en los Salones de cerveza (Brauhaus), lugares donde la gente común solía reunirse para beber cerveza y discutir sobre política y el destino de su país después de la guerra.

Durante este mismo periodo, Hitler entraría en contacto con otra asociación nacionalista y antisemita llamada “Sociedad Thule4“ la cual reafirmaría sus ideas principales que formarían parte de su corolario político hasta el fin de su mandato: antisemitismo, nacionalismo y resurgimiento de Alemania libre de cualquier acuerdo previo (incluido el de Versalles), como una potencia política y racial mesiánica destinada a la grandeza en Europa y el mundo, ello a partir de un expansionismo basado en el “espacio vital“ (Lebensraum5) de este nuevo Estado alemán.

Es también durante este lapso, e incluso desde que Alemania se encontraba inmersa en la primer gran guerra, que Hitler notó el ejercicio del poder por medio de la coerción y la violencia como un método válido para cumplir objetivos políticos.

Lo anterior también fue reforzado por las luchas civiles encabezadas por Eugen Lévine y Max Levien, quienes desde 1914 organizaron un movimiento militar destinado a establecer un gobierno bolchevique en Múnich y como última medida en toda Alemania, con el apoyo de Lenin quien a la postre se convertiría en líder de la Revolución Rusa (1917-1923) y de la URSS (1922-1991), aunque ello no duraría demasiado, pues para finales de 1918 el movimiento había sido derrotado por las armas gracias a un movimiento “Blanco“ o contrarrevolucionario, constituido por diversos agentes militares libres que servirían como milicias privadas, ante una república (de Weimar) con controles derivados del acuerdo de Versalles incapaz de hacerles frente de manera verdadera.

A partir de lo anterior, Hitler tomaría nota de manera seria al respecto, y una vez encumbrado en el liderazgo del NSDAP, lo llevaría a la práctica de una manera no lineal, con diversas bifurcaciones en la sociedad y en la política, y con diversos altibajos. Todo ello al contrario de narrativas oficiales que determinan la llegada al poder de dicho personaje como un hecho imparable y no previsible a la luz del análisis histórico.

El camino hacia el poder: Hitler como líder del NSDAP (1921-1933)

El 29 de julio de 1921, luego de una lucha interna por el mandato del partido, Hitler reemplazó a Anton Drexler (1920-1921) como presidente del partido y cuya plataforma le serviría para cristalizar sus ideas políticas.

Una de las primeras medidas al respecto fue la creación de la mano de Ernst Röhm (1887-1934) de un cuerpo paramilitar aliado al partido6, y luego guardia personal del mismo con Hitler ya en calidad de Canciller, éste se llamaría en primer lugar “División Relámpago” (SA- Sturmabteilung), y luego de constituido el régimen nazi sería nombrado “Escuadrón de Protección” (SS- Schutzstaffel).

Dicho cuerpo junto con las primeras conexiones que diversos mandos militares y políticos regionales por medio del SA, pero también gracias a la ya desarrollada capacidad de oratoria y convencimiento de Hitler en público y privado, se convertirían en la columna vertebral inicial del NSDAP en plena incursión política regional y nacional.

Entre 1921 y 1923, la visión de Hitler y del partido era emular las acciones hechas por Mussolini en Italia para asirse del poder en Alemania, recreando su propia marcha de “camisas cafés/ negras italianas” (color distintivo del SA) trató de tomar por la fuerza el control de diversos pueblos en el suroeste del país, teniendo éxitos pobres y una fría respuesta por parte de la población, en contraste con los mítines organizados por el partido en los cuales amalgamaba de manera genial hechos con eventos cotidianos nacionales, de manera que despertara el resentimiento y el odio de las masas apostadas y dispuestas a escuchar su discurso7.

A la par de lo anterior, la visión de toma del poder violenta por parte de Hitler llegó a adquirir un papel tan predominante, que lo orillaría a causar por poco la destrucción de su partido y movimiento, pues en 1923 decidió colaborar en un golpe de Estado contra el gobierno el 8 y 9 de noviembre del mismo año para tomar el control del gobierno de Múnich y a partir de ello organizar un levantamiento en todo el territorio nacional, confiado de su apoyo cupular y popular llamado “el golpe de Estado del salón de cerveza”.

Después de dicho evento, gran parte del liderazgo nazi fue arrestado, incluido Hitler, enjuiciado y encarcelado, evitando la pena de muerte bajo el supuesto de insurrección y sedición por las dificultades políticas (cumplimiento de obligaciones bélicas con los aliados, reactivación y reconstrucción económica, políticas sociales entre otras) que en ese entonces atravesaba la República de Weimar, y también en buena medida gracias a las simpatías que ya este personaje y el partido gozaban, dentro del cuerpo jurídico local y nacional, por las afinidades conservadoras y nacionalistas que ellos encontraban coincidentes con aquella corriente política.

En contraste, el golpe le serviría al propio Hitler y la dirigencia libre del partido para reorientar sus objetivos y desarrollar un plano de acción más elaborado para tomar el poder en Alemania, de forma puntual, esto se realizó con el establecimiento de nuevas oficinas y entramado burocrático administrativo del NSDAP a lo largo y ancho del territorio, el planeamiento y ejecución de un programa ideológico encabezado por un lado por Joseph Goebbels, que dotara de identidad al partido y generara empatía con los alemanes, y por otro, mediante la sublimación de los ideales del movimiento en un panegírico propagandístico producto de los años de encarcelamiento de Hitler, y que poco después se convertiría en un libro de consumo y compra en cada hogar de la Alemania Nazi, nos referimos a “Mi Lucha” (Mein Kampf– 1925).

Toda vez que los líderes nazis fueron excarcelados, Hitler decidió continuar un camino político más orientado dentro de los cauces político-institucionales que la República de Weimar ofrecía, pero sin prescindir del todo de hechos de violencia que fueran requeridos para mantener a raya a grupos rivales como los socialistas alemanes, y quienes desde ese entonces veían como una sería amenaza en ciernes al movimiento nazi para el país y toda Europa.

Parte de este renovado impulso dentro del partido, desde 1925 se centró en la expansión de los sectores poblacionales a los cuales podía apelar a su convencimiento y eventual apoyo, como el agrícola junto a una reestructuración y funcionamiento regional más coordinado a nivel nacional.

Y también a una gradual adhesión de legitimidades individuales de la mayoría de los alemanes para hacerse del poder de manera legítima a través de las votaciones regionales y nacionales.

Ello tuvo resultados mixtos, pues en las elecciones legislativas de 1924, el partido obtuvo 1,907,000 votos, o el 6.5% del total de los asientos8 (472 en ese periodo) en el Reichstag (órgano supremo legislativo), sin embargo, para la segunda elección del mismo año, se desplomó su número a la mitad aproximadamente (907,000 votos), y en 1928 continuaría su descenso.

Lo cual significaba que el proyecto nazi, a pesar de los constantes esfuerzos de sus líderes y miembros por hacerse relevante en el panorama nacional político serio estaba resultando más difícil de lo pensado, no obstante, y aquí sí es posible afirmar cierto grado de azar y contingencia histórica, la influencia directa de los sucesos mundiales para conformar los futuros de diversos países (no solamente Alemania) que jugarían un papel preponderante en el devenir de la Historia internacional.

Hacia fines de 1928 pero ya de manera concreta en otoño de 1929, una gran crisis económica mundial cimbraría los fundamentos económicos de todos los países en plena expansión capitalista de mercado, y cuya cabeza, Estados Unidos, experimentaría una fuerte contracción en su producción y disponibilidad de recursos financieros en el exterior, que impactarían de manera frontal a todos los países de Europa en reconstrucción de primera posguerra, y en creciente dependencia hacia los dólares americanos para mantener su conexión con el comercio internacional a través del Plan Dawes9.

Desempleo, declive en los servicios públicos de las grandes ciudades, hambre, crimen y una acrecentada violencia se volvieron la norma en Alemania10 y en otros países de Europa y Norteamérica, pero para proyectos arribistas y demagógicos de solución inmediata a los problemas cotidianos como el nazi, se presentó la oportunidad única e irrepetible de acceder al sueño deseado del poder de manera fácil y rápida.

Uno de los sectores más azotados en la crisis en Alemania y varios países de Europa fue el agrícola (junto con el industrial, manufacturero y constructor), en el caso primero, el declive en los precios de los alimentos devastó la capacidad de mantener la producción y obtener ganancias de ello, con esto, los nazis absorbieron la atención de este sector de manera favorable, al apostar como plataforma política un gobierno de corte autárquico (autosuficiente) y que protegiera el intercambio comercial de los productos nacionales por medio de aranceles a importaciones, y sobre todo, una política internacional agresiva y expansionista.

En términos más generales y simbólicos, el desempleo generado por la crisis de 1929 minó seriamente la moral social de los alemanes11, acostumbrados a una cultura e incluso ideología religiosa centrada en el trabajo, dejándolos así en una suerte de crisis extensiva de identidad individual y colectiva, que a la postre del establecimiento del Tercer Reich ocuparía su lugar.

En el campo nacional, la República de Weimar enfrentaría la última prueba que entre 1930 y 1932 sabría enfrentar de manera efectiva en términos económicos, encabezada por Heinrich Brüning como canciller, pero con altos costes políticos y sociales que desgraciadamente fortalecerían electoralmente al partido nazi, pues ya para la elección del Reichstag de septiembre de 1930, se volvería la 2ª fuerza política por abajo del SPD (Partido Social Democrático de Alemania-Sozialdemokratische Partei Deutschlands) con el 18.3%12 (107 lugares) de asientos congresionales.

Este último resultado, por un lado mostraba—unto con la participación de Hitler como candidato presidencial contra Hindenburg en marzo de 1932—una insatisfacción clara por parte del electorado con el trabajo de partidos tradicionales como el SPD,  pero también era un ejemplo claro del papel real que había alcanzado el partido nazi como actor necesario, para el establecimiento de coaliciones que sustentaran el gobierno del Canciller alemán, pues en las elecciones de 1932 (julio y noviembre), aquella formación política alcanzaría el lugar número 1 en la lista de participantes del Reichstag con poco más del 30% de su control.

Por si fuera poco, y a pesar del triunfo de Hindenburg, entre 1932 y 1933, una serie de intrigas y luchas internas entre la administración presidencial y la cancillería, debilitarían aún más el entramado de la República y con la dimisión dentro de ello de Franz von Papen (1930-1932) y de Kurt von Schleicher, Hitler se encontraba muy cerca del poder.

Con un Schleicher debilitado de salud, un envejecido Hindenburg, una economía en apuros y la situación social deteriorada, ofendida por los aliados, y con rumores fuertes sobre la inquietud del ejército de entrar a participar en la política de manera extra institucional y legal por medio de un golpe de Estado, llevó a aquellas dos figuras mencionadas a considerar la transición del poder de Canciller hacia Hitler.

Finalmente el 20 de enero de 1933, tras la renuncia de Schleicher, Adolfo Hitler era ungido como Canciller de Alemania.

El Tercer Reich (1933-1945)

Una vez designado en el puesto, Hitler pudo al fin cimentar el advenimiento de un nuevo orden político y social, comenzando en primera instancia por suprimir cualquier disidencia política contraria al nazismo, bajo el pretexto del incendio del Reichstag a mediados de 1933, suprimió política y violentamente la oposición socialista y comunista y prohibió la creación de partidos políticos a futuro.

Y con la muerte de Hindenburg en 1934 el nudo se cerraba alrededor de la República de Weimar pues en agosto del mismo año Hitler unificaría las oficinas de presidente y Canciller para crear la figura de Líder y Canciller Imperial (Führer und Reichskanzler).

Curiosamente, para 1934 surgiría una oposición dentro de los recién asentadas cúpulas nazis, específicamente las militares, que demandaban por una transformación más acelerada del Estado y la sociedad (especialmente la redistribución de la riqueza), que llevaría al episodio conocido como la “Noche de los Cuchillos Largos” (junio 30-julio 2 de 1934) en la que una serie de purgas de dirigentes militares (Röhm13) y políticos (Schleicher y Gregor Strasser14) eliminarían los últimos reductos opositores, y a partir de ello el ejercicio del poder de Hitler sería omnímodo hasta abril de 1945.

El último punto que definiría gran parte del curso legal y material del Estado nazi, como Estado racial, sería codificado en septiembre de 1935, con la publicación de las “Leyes de Nuremberg”, destinadas principalmente a “mejorar la superioridad de la raza alemana mediante la prevención del cruzamiento de razas”15 por matrimonio con razas inferiores, totalmente desposeídas de todo derecho de ciudadanía, y la posterior identificación de ellas con símbolos distintivos, como tal fue el caso de los judíos y el uso público de brazaletes o parches con la estrella de David.

Lo anterior junto con el establecimiento de un capitalismo de Estado, aliado con buena parte de las comunidades no judías empresariales e industriales de Alemania, así como una políica extensiva orientada al crecimiento económico mediante la promoción de obras públicas y una reactivada política exitosa de rearme vendrían a convertir al Tercer Reich en una de las potencias militares de la época, y que junto a la ideología del Lebensraum junto con el código ideológico racial hitleriano anteriormente mencionado, encauzarían a Alemania a ser artífice de la mayor calamidad militar y social en el siglo XX: la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) y el Holocausto (1941-1945).

Como hoy podemos firmemente relatar y constatar, dicho proyecto político parecía llevar el triunfo bélico continental en Europa entre 1939 y 1941, sin embargo, gracias al sacrificio humano, social y militar de la URSS en el frente oriental y la entrada de EEUU como actor decisivo en la esfera económica y militar para los aliados franceses e ingleses, los planes de expansión irrestricta del Tercer Reich comenzarían a sucumbir a mediados de 1941, y se estrellarían fatalmente para principios de 1945, gracias a los precedentes triunfos clave aliados en Stalingrado (1942-1943), Kursk (1943) y Normandía (1944).

Posterior al triunfo aliado, y con Hitler muerto por mano propia, se establecerían los tribunales de Nuremberg, orientados a juzgar y condenar a toda la cúpula nazi que seguía viva por las atrocidades cometidas en la guerra, y en el genocidio perpetrado de manera sistemática por su gobierno.

Conclusión: ¿es posible algo así en este siglo?

El trauma generacional nacional e internacional generado por los efectos del nazismo marcó buena parte del siglo XX, desafortunadamente, a pocos años de iniciado el nuevo siglo, y bajo los efectos de la globalización como corriente económica incluyente en la interconexión e interdependencia de Estados y comunidades en términos económicos y comerciales, pero jerarquizadora y excluyente en términos de acceso a mejores oportunidades de desarrollo económico, político y social para muchos pueblos y comunidades, por lo que la migración internacional se incrementó desde países en desarrollo, y muchas veces con conflictos internos, hacia el sueño Europeo y Estadounidense.

Por medio del anterior fenómeno expuesto, numerosas plataformas de derecha y extrema derecha, incluyendo algunas de corte neo nazi abiertamente como amanecer dorado en Grecia, o Svoboda (Libertad) en Ucrania, con antiguos miembros del gobierno en la pasada administración presidencial, o algunos simpatizantes del partido español Vox que abiertamente apoyan al Franquismo, antiguo aliado de la Alemania nazi y la Italia fascista.

De igual manera, otros proyectos de orientación menos radical han jugado en numerosas ocasiones con este papel migratorio, para revivir el discurso político de la lucha “civilizatoria” entre pueblos y comunidades excluyentes (cristianismo vs islam, libertad vs dogmatismo religioso etc.), y ello reforzado con las oleadas de terrorismo causado por el radicalismo islámico desde los eventos del 11 de septiembre de 200116, los cuales hoy en día sirven como un argumento bastante atractivo para aquellos sectores poblacionales que pudieran ver un peligro real (o generado mediante discurso) en la migración como sustitución de su modo de vida, prácticas y empleo futuro.

Más allá de ello, mientras existan grandes desigualdades y problemas que afecten a buena parte de la población en una entidad política determinada, ello será campo fértil para la aparición de figuras radicales y demagógicas que pretendan ofrecer soluciones simples y rápidas en el corto plazo a costa de la denuncia y explotación constante de dichas desigualdades para perpetuar su propia visión e ideología, así como el mantenimiento en el poder para evitar solucionar directamente cualquier cuestión mediante cauces institucionales, bajo pretextos de enemigos fantasmagóricos, y jamás asumir una postura definitoria, responsable y coherente que abone realmente a la rendición de cuentas de gobernantes y gobernados, y a la solución directa de los problemas más apremiantes de un país.

 

Fuentes consultadas

Hilberg, Raúl. La Destrucción de los Judíos en Europa, España: Akal, 2005.

Evans, Richard J. The Coming of the Third Reich, Reino Unido: Penguin Books, 2003.

Toland John. Adolf Hitler,  EEUU: Anchor Books, 1992.

Kolb, Eberhard. The Weimar Republic, Reino Unido: Routledge, 2005.

Housden, Martin. Hitler Study of a Revolutionary?, Reino Unido: Routledge, 2000.


Autores
Internacionalista por la UNAM-FCPyS. Interesado y en constante estudio de temas del Espacio Post Soviético y Política Internacional.
Ilustración realizada por Eduardo Ramón Trejo

Cuando hablamos de poesía en tsotsil nos referimos a la escritura de los poemas en esta lengua. Es una creación poética, una búsqueda de significaciones. Es, a decir de José Gorostiza, la “especulación, un juego de espejos, en el que las palabras, puestas unas frente a otras, se reflejan unas en otras hasta el infinito y se recomponen en un mundo de puras imágenes donde el poeta se adueña de los poderes escondidos del hombre y establece contacto con aquel o aquello que está más allá” (Poesía, 1964: 11).

La poesía escrita en tsotsil exige niveles de lectura, un ojo que avizora las ventanas de entrada, las puertas de escape. El idioma es la envoltura y la desenvoltura del lenguaje. Leer en tsotsil es leer otro mundo. Hay que entender también que cada obra es un mundo en sí mismo. Ese es el valor de cada libro, el tipo de mundo que representa. Como lo ha expresado Antonio Ortuño, leer es adentrarse en esa cosmovisión creada por el autor, “entender de alguna manera el universo mediante el lenguaje y parte de esa comprensión del universo que viene a través de la música” (Entrevista hecha por Gabriel Rimachi Sialer).

En la lengua tsotsil, el idioma de los murciélagos, existen varios escritores y escritoras que cultivan la poesía, como Manuel Bolom Pale, Ruperta Bautista y Alberto Gómez Pérez, por mencionar a algunos de sus representantes. Es común encontrar libros en versión bilingüe tsotsil-castellano. Este es el formato publicable y vendible. Algunos más, como el caso de Ruperta Bautista, son traducidos al italiano, al francés y al inglés. Los poemas entonces son arropados en otro idioma, el papel los lleva a otros continentes para ser leídos por otras miradas y pensamientos.

La literatura en lenguas mexicanas, maya, náhuatl o tsotsil, nos remite siempre a su condición bilingüe. Incluyendo a los propios hablantes de alguna de estas lenguas, es más probable que se lea en la versión castellana. Es extraño entonces hablar de un libro o de un autor que no traduzca su obra, que escriba únicamente en su idioma. Esta condición de lo extraño no se refiere por el hecho de no hacerlo, sino por ir en contra del propio sistema de difusión literaria y de la capacidad del autor para traducirse.

En 2008 adquirí el libro Snich tsantselav (CELALI, 2007) de Raymundo Díaz Gómez con la intención de mejorar mi lectura en tsotsil, incluso para aprender cómo se escribe mi idioma. En aquel momento lo leí sin ninguna mirada crítica ni emití juicios de valor. Mi propósito fue simplemente didáctico. Es el único libro que he leído hasta la fecha en versión monolingüe. Lo que sí me extraña ahora es que no conozco al autor. Incluso he llegado a pensar en su retiro en la literatura, pues desde 2007 no ha publicado otro trabajo. A diferencia de autores que se les ve, se les escucha en innumerables actividades culturales y literarias, Díaz Gómez ha preferido el anonimato. Se sabe, sin embargo, que vive en su paraje en San Cayetano, Chiapas, que es maestro de primaria, pero no se mueve en la ciudad, no hace vida cultural y literaria. No significa, ni lo estoy afirmando, que ya no escriba. El silencio puede ser simplemente una percepción de los lectores.

Como alguna vez coincidimos con el escritor y académico José Alfredo López Jiménez, Snich tsantselav es una de las bellas obras escritas en tsotsil por su manejo natural de las imágenes, las metáforas, el ritmo y el tono alto en momentos, digno de evocar poemarios en otras lenguas como Hojas de hierba de Walt Withman o El matrimonio del cielo y del infierno de William Blake. Es una lástima que no tuviera la difusión suficiente para convertirse en un paradigma poético en nuestra lengua. Era y es una pena también que su lectura estuviera vedada y encerrada solamente en tsotsil, pues estábamos seguros que pocos lectores, incluyendo a los que dictaminaron la obra en el certamen, la hemos apreciado. En ese sentido, ha sido una fortuna para el libro, no sé para el autor, el hecho de haber sido reconocido por el premio Pat O’tan en 2005, convocado por el CELALI.

El libro, sin embargo, no se encuentra en antologías tanto a nivel regional como nacional. Es más, como sucede con la mayoría de los libros publicados por el CELALI, no se consigue en ninguna feria de libros ni en librerías locales. Esta es una de las contradicciones que adolece una obra publicada en un solo idioma. ¿O no debería de traducirse? ¿Cuál es la intención literaria, cultural y política de no traducir una obra?

Snich tsantselav es accesible para el lector común y corriente en tsotsil, no usa un lenguaje ni una forma compleja, a diferencia de obras como el Ulises o Finnegans wake de James Joyce. Pero el autor, al parecer, no tuvo la misma experiencia de autotraducción que la mayoría hemos referido con nuestros trabajos. De acuerdo con Nicolás Huet Bautista, quien fue el responsable de la edición y publicación de la obra, había la intención de hacer una edición bilingüe. Pero la traducción que el propio autor hacía no alcanzaba la calidad y la fuerza logradas en tsotsil. Por tal motivo, el autor decidió suspender la traducción y así publicarla únicamente en tsotsil. Estamos entonces ante un caso de autotraducción fallida, que hasta la fecha poco se ha reflexionado en el ámbito literario, las frustraciones que enfrentan los autores que se autotraducen fuera de cualquier postura política, cultural o ética. Díaz Gómez es un ejemplo de ellos. No hablamos de un libro intraducible sino de la imposibilidad de traducirse a sí mismo.

A continuación, analizo algunos poemas que contienen una gran fuerza, o al menos así me parece a mí, pues cada vez que los leo remueven algo en mi interior que no había podido explicar. Este ensayo además sirva para acercar a los lectores a la obra con una traducción personal al castellano.

Snich tsantselav (2007) se compone por cuatro secciones: “Sba vok’ol: Stoyel ch’ul osil balumil”, “Xcha’vok’ol: Patob o’ontonil”, “Yoxvok’ol: Sat yelov jme’tik balumil” y, por último, “Xchanvok’ol: Smalel k’ak’al kuxlejal”. Si revisamos bien esta organización de la obra, los cuatro apartados están basados en la estructura de un discurso oral tsotsil denominado riox.

Retomando del escritor, traductor, promotor cultural y ensayista Enrique Pérez López, “el [riox] es una guía, en tsotsil expresa: ja’ chalbe skotol ti boch’o xkuchoj ti abtele, ‘es una serie de indicaciones para quien tiene la responsabilidad de portar el cargo’” (Riox: discurso ceremonial tsotsil de Chenalhó, 2017: 29). El riox, por lo tanto, es una especie de discurso “espiritual, religioso, moral, filosófico y psicológico, dedicado a seres terrenales, es decir, a los hombres y mujeres portadores de cargos” (Pérez López, 2017: 30). De manera formal, la estructura del riox es “una manifestación oral de lo cíclico y helicoidal que es el tiempo, tiene un principio y a partir de ahí se construye, avanza, repite momentos y vuelve a comenzar en un punto, con otros actores que se van eslabonando; se repite la estructura cíclica no sólo de la palabra sino del tiempo y del pensamiento” (Pérez López, 16). Lo interesante aquí, vista la estructura del poemario de Díaz Gómez desde la forma del riox, es que forma y fondo es poesía.

El riox, entonces, es un tipo de saludo que emite una persona a su sustituto en un cargo, “se refiere en el mismo sentido a las preocupaciones, obligaciones y preparativos previos a pasar el cargo, así como a la condición de numinosidad en que se encuentran durante esos días, y obligaciones que debe cumplir después del cargo” (Pérez López, 15). Por lo tanto, al tener una función de saludo y guía, el riox también es un discurso de despedida. Una persona con un cargo religioso o civil recibe a su sustituto con una bienvenida para despedirse. Entre estos dos polos, que no son de oposición sino de continuidad, está en juego la incertidumbre, el momento de reflexión sobre la delicadeza y efímera duración de la vida humana. La posibilidad de fallar, de cometer errores, de morir, siempre está latente.

Bajo la lógica descrita del riox, Snich tsantselav de Díaz Gómez es una expresión de saludo y despedida. En esa condición de numinosidad, la voz poética dialoga con los seres de la naturaleza, les expresa respeto, los enaltece. Esto lo leemos en el primer apartado “Stoyel ch’ul osil balumil / Enaltecimiento de la naturaleza”, con poemas como “Yav jteklum” o “Xabil k’ok’” que funcionan como una abertura al canto, describiendo el lugar de origen del autor.

En particular, llama la atención el poema “Tsantselav” por contener una doble expresión:

CH’UL YOLOB BANKILAL, SANTO HERMANO TRUENO
xleblun sk’ak’al avo’nton, arden las llamas de tu corazón
ta xchankajal vinajel, en la cuarta dimensión del cielo,
ta xchanjechel balumil. en las cuatro esquinas de la tierra.
Ko’ol xchi’uk k’ak’al chon, Al igual que una serpiente de fuego,
chatilesbe sat ch’ul balumil vinajel, enciendes los ojos del sagrado cielo,
chavijesbe ya’lel sat toketik ta balumil, haces que las nubes suelten sus lágrimas,
chak’asanbe yakan te’etik quiebras los troncos de los árboles
ta avip ta aju’el. con la potencia de tu fuerza.
Ch’ul tsantselav, Sagrado trueno,
mu me xavulesun ta balumil, no me vayas a desaparecer de la tierra,
ma’uk to sk’ak’alil no es todavía el momento
xavik’ muyel jch’ulel, para que te lleves mi espíritu,
manchuk me tsinil t’anal kuxulun. aunque mi vida esté llena de carencias.
Mu xatijbe svayel kalab jnich’nab, No despiertes el sueño de mis hijos,
mu xachik’an komel jts’unub kovol, no quemes mis semillas y siembras,
ja’ noj me yip sju’el ko’nton (25-26). es todo lo que alimenta mi corazón.

 

El tsantselav como trueno es uno de los elementos de la naturaleza que contiene en sí mismo una carga electrizante, capaz de derribar y matar a un árbol de un sablazo. Pero la voz poética se refiere al trueno como algo sagrado comparándolo con la serpiente, otro ser numinoso para los tsotsiles que cuida y vigila las cuevas, puertas que conducen al inframundo: “Ko’ol xchi’uk k’ak’al chon, / chatilesbe sat ch’ul balumil vinajel, / chavijesbe ya’lel sat toketik ta balumil, / chak’asanbe yakan te’etik / ta avip ta aju’el (Al igual que una serpiente de fuego, / alumbras los ojos del sagrado cielo, / haces que las nubes suelten sus lágrimas, / quiebras los troncos de los árboles / con la potencia de tu fuerza)” (25). El fragmento citado expresa vida y destrucción al mismo tiempo. Después la voz poética se torna en súplica al comprender su forma diminuta ante el enorme y monstruoso trueno: “Ch’ul tsantselav, / mu me xavulesun ta balumil, / ma’uk to sk’ak’alil / xavik’ muyel jch’ulel, / manchuk me tsinil t’anal kuxulun (Sagrado trueno, / no me vayas a desaparecer de la tierra, / no es todavía el momento / para que te lleves mi espíritu, / aunque mi vida esté llena de carencias)” (25).

El poema es una expresión de respeto y miedo. La voz poética se pliega a su condición humana, frágil y desnuda. La primera parte del libro se posiciona frente a ese universo dotado de misterio, que da vida y la quita, que alimenta y mata. Pero es en el segundo apartado “Patob O’ontonil = Saludos al corazón” que el poemario se aleja del diálogo con la naturaleza y se centra en lo estrictamente humano. El ritmo entonces cambia de lo numinoso a lo terrenal, a lo cotidiano. De hecho, el título del apartado se apega aún más a la función del riox, el saludo y el encuentro con el otro, no un otro divino sino el complemento del ser y de la existencia. A modo de un discurso metatextual, en el primer poema “Sme’ nichimal k’op” la voz poética se dirige a una mujer como la madre que origina la poesía:

ANTS: MUJER:
Jo’ot sme’ot vok’ebal kuxlejal, Eres madre originadora de vida
nichimtik avo’nton stanijeb lekilal, con un corazón que desprende plenitud,
chi-och ta avaj-abtel sts’unel nichim k’op, hazme tu escribiente para sembrar poesía,
manchuk me xabonun ta tsitsel aunque me destiñas la piel
ta svach’il ak’obtak, con las varas de tus manos,
me xachukun ta yech’al stsotsil ajol. aunque me ates con el eco de tu cabellera.
Ants: Mujer:
Ko’ol xchu’uk jch’ulme’tik asat, Tu rostro se asemeja a la luz de la luna,
japoj chixanav ta ak’ubal, con él alumbro mi camino,
ya’lel ach’ue jpoxta-o con la sabia de tus pechos
syayijemal jbek’tal ko’nton. cicatrizo las heridas de mi corazón.
Ants: Mujer:
¡K’ucha’alvan kich’oj ma’satil! ¡Por qué la ceguera me dominaba!
Mu xkil to’ox sk’upilal snats’il abek’tal, No veía la hermosura de tus collares,
xchi’uk k’upil sba yutsilal ti ak’eoje, ni escuchaba la dulzura de tus cantos,
ak’unil bek’tale tu carne íntima
pasbil ta chanul pom k’abal (31-32). está hecha con manos de abeja.

 

Hay una decisión del sujeto lírico de entregarse al servicio de la poesía, convertirse en la voz y los ojos de la misma, consciente del sufrimiento que puede recibir como recompensa, pero es una decisión vital: “manchuk me xa bonun ta tsitsel, / ta svach’il ak’ob, / me xachukun ta yech’al stsotsil ajol (aunque me destiñas la piel / con las varas de tus manos, / aunque me ates con el eco de tu cabellera)” (31). Aquí nos enfrentamos ante una suerte de contradicción. La poesía es luz que alumbra el camino, luna que despeja la oscuridad, su lectura cicatriza heridas del corazón, abre los ojos al mundo, quita la ceguera, pero al mismo tiempo la poesía aprisiona, irreverente y cruel, al poeta. Hay una conciencia del sujeto en su quehacer poético, el lenguaje deja de ser tan sólo su herramienta y lo convierte en sus ojos, en sus oídos, en sus manos.

Pero con la poesía el poeta no solamente descubre la hermosura de una mujer, su delicadeza, sino también aprende a ver su debilidad, la forma en que entrega su cuerpo a cambio de unas monedas. En este segundo apartado sobresale un poema acerca de una mujer que se deshace de la condición moral que la ata y la enviste de “normal”. En “Antsil chon” vemos a un ser animalesco que es capaz de embaucar con sus encantos a los hombres mediante el lenguaje del deseo:

TA NAIL UCH’BAJEL LA JKOJTAKINOT, TE CONOCÍ UNA TARDE EN UN BAR,
chotolot ta naklej, sentada en una silla,
sakjit’an stanal ave, con tus dientes amarillentos,
ts’ijil avo’onton. sin ninguna preocupación.
Xtal xbat yol asat chak’elvan, Tus ojos se movían de un lado a otro,
xtil xleblajet snats’il abek’tal, tus collares brillaban,
te ul bik’taj ko’on ta atojolal, mi corazón se apiadó de ti,
lok’ ta ke jti’ sna’el abi, de mi boca brotó el eco de tu nombre,
sna’el ti alumale. los recuerdos de tu pueblo.
Uts jinaki xi’el k’exlal ta ajol avo’onton, Hasta que el miedo entró en tu corazón,
ti yip sju’el jsate k’ot ta yut abek’tal avo’nton. la fuerza de mis ojos tocó tu piel y tu razón.
Xch’ich’elot sakil ixim, Eres sangre de maíz blanco,
xch’ich’elot tsajal ik’al chenek’, eres sangre de frijol negro y rojo,
¿k’ucha’al chap’olmalin abek’tal? ¿por qué vendes tu cuerpo?
Jo’ot xch’ulelot jch’ulme’tik, Eres espíritu de la luna,
jo’ot j-ak’ ch’iel kuxlejal. la que puede dar vida.
Lok’an ech’el ta ik’al ak’ubal, Escápate en la oscuridad de la noche,
tiluk akuxlejal, enciende tu existencia,
jo’on chajpojot lok’el, yo estaré ahí para salvarte
ta xchukvanabil lo’loel lajebal. de las ataduras del inframundo.
Sat vinajel ants, Mujer ojos de cielo,
la nikesbun ko’on, removiste mi corazón,
la k’ixnabun jch’ich’el, entibiaste mi sangre,
la julavebtasbun jch’ulel. despertaste mis deseos.
La javelk’anbe yip ko’on, Te adueñaste de mis latidos,
mu xka’ijba me kuxulun, no sé si vivo,
mu xka’ijba me chivi’naj, no sé si tengo hambre,
mu xka’ijba me buch’uun. no sé quién soy.
Ti ave ati’e snio’al chamebal, En tus labios brota la muerte,
ti atube sme’ lajebal, tu saliva es veneno,
sme’ot Antsil Chon (38-39). señora Mujer Serpiente.

 

Este poema sigue cumpliendo la función del riox, ya que el discurso “no es dirigido sólo para los hombres portadores de cargos, sino también para las mujeres” (Pérez López, 15). En este caso, no habla de una mujer con un cargo religioso, sino de una mujer que carga un estigma social, de una mujer que lleva encima la mirada quemante por su oficio, la prostitución. El sujeto que le canta sabe que arriesga su vida, es un encuentro con la mujer reptiliana, semidiosa que encanta con su apariencia. El poema es un riox órfico pronunciado por un poeta que se arriesga a bajar al inframundo, pidiéndole a la mujer que se escape en la oscuridad de la noche, el camino dantesco del Xibalba.

La voz poética se enamora de ella. Se compadece, cree salvarla de ese estigma, de esa vida para convertirla en suya: “Xch’ich’elot sakil ixim, / xch’ich’elot tsajal ik’al chenek’, / ¿k’ucha’al chap’olmalin abek’tal? / Jo’ot xch’ulelot jch’ulme’tik, / jo’ot j-ak’ ch’iel kuxlejal (Eres sangre de maíz blanco, / eres sangre de frijol negro y rojo, / ¿por qué vendes tu cuerpo? / Eres espíritu de la luna, / la que puede dar vida)” (38). El poema cobra mucha fuerza en este sentido ya que no se dirige a una mujer común sino a alguien que rompe con las reglas sociales, a una que vive las bajas pasiones humanas. El poeta no la justifica.

El tercer apartado “Sat yelov jme’tik balumil = Rostro de la tierra”, vuelve a conectarse con el primero, lo cual confirma su sentido formal con el riox. Lo cíclico y helicoidal, el movimiento de rotación y traslación de dos elementos en un mismo eje, hacen que el tercer apartado vuelva a unirse con elementos de la naturaleza, a las aves, a la lluvia, a la tormenta, que usualmente dan y conservan la vida, pero en ese mismo acto de conservar también la pueden destruir. Los poemas que integran este apartado no superan en calidad y belleza que los del primero.

Lo interesante viene en el cuarto apartado “Smalel k’ak’al kuxlejal = Atardeceres”. Esta sección, como complemento del ciclo, es una continuidad del discurso desarrollado en la sección “Patob O’ontonil”, la segunda. La voz poética cambia nuevamente de objeto, dirigiéndose a los seres humanos, a los hombres y a las mujeres terrenales y su relación con la naturaleza, con las aves, pero no de manera armónica. Los versos sostienen un tono laudatorio hacia el lado animalesco del ser humano, lo numinoso entrelazado a un temor del hombre hacia el propio hombre.

Si bien el riox es un discurso de preparación para la persona que está apunto de recibir un cargo, también lo es para quien está apunto de dejar dicho cargo. Pero acto de dejar adquiero otro sentido, ahora se refiere a la persona que deja la vida, el riox es un discurso que prepara el espíritu en el camino hacia el otro mundo, el lajebal = inframundo.

En primer lugar, en medio del encuentro y despedida buscado por el riox, sobresale el sentimiento de incertidumbre, lo cual coloca a la persona en un punto débil de la vida. Pero a veces ese sentimiento es creado por otro canto que inocula el miedo a la muerte. En el poema “Jlabtavanej mut” se aprecia ese discurso enviado por otra persona mediante un ave:

 

KUXKUX: LECHUZA:
Ts’anal xojobal jch’ulme’tik ta asat, en tus ojos se inunda la luz de la luna,
meybilot ta xojobal muk’ta k’anal abrazada al reflejo de una gran estrella
chak’eojinta svok’ebal ach’ k’ak’al. cantas el nacimiento de un nuevo día.
Xk’ataj ta juts’uj yov osil ti ya’lel asate, Cada lágrima se convierte en una semilla,
xch’alet chanav ta te’tik yets’al ak’eoj, el eco de tu canto atraviesa el bosque,
stakojot talel yajval ak’ubal, te ha enviado el señor de la noche,
stakojot talel yajval xabetik, te ha enviado el señor de los abismos,
stakojot talel yajval lajebal, te ha enviado el señor del inframundo,
javich’oj talel spatobil ko’nton. traes un saludo para mi corazón.
Kuxkux: Lechuza:
Ti avi ak’ubale chak’eojinta jlajel, Esta noche cantas mi muerte,
chap’ijubtasbun jol ko’onton preparas mi corazón porque
yu’un chixpix ta stsotsil sjol ti me’ ik’alo’e, la tormenta me envolverá con su cabellera,
yu’un chixjach’un ta balumil ti me’ k’inabale, la llovizna guiará mis resbaladizos pasos,
yu’un oy buch’u chvil muyel el espíritu de una persona
xch’ulel ta vinajel ti ok’ob cha’eje. volará al cielo a partir de mañana.
Kuxkux: Lechuza:
Chavij komel xch’ich’el lajelal xchi’uk ti ak’eoje Tu canto fúnebre riega sangre de muerte.(64-65).

 

El poema se convierte así en el riox por naturaleza, la preparación del espíritu hacia la muerte. El discurso como curación no precisamente evitará el conjuro ni cambiará el comportamiento del otro, pero sí puede fortalecer el espíritu en el transcurso del nuevo camino que emprenderá. El riox es alimento del ch’ulel, como sucede en “Jchukel ch’ulelal = Espíritu aprisionado”, que habla de una mujer que reza hincada en la tierra: “Sk’anbe muk’ta vokol / ak’o koltabatuk talel xch’ulel / jun jchamel kerem vinik: / chukul yok sk’ob ta ti’val chon, / pak’al xch’ulel ta ik’pulan nail ch’en, / ts’ujem ochel ta ye ik’al xab, / mukijem ta ya’lel sat muk’ta uk’um, / jochbil yalel ta sne muk’ta nab (Suplica un gran favor / que libere el nagual / de un joven enfermo: / tiene las manos y los pies amarrados por un animal que lo devora, / su nagual está sujeto en la pared de una cueva oscura, / su cuerpo se deshace a gotas en un abismo / se ahoga en el llanto de un río, / poco a poco el mar se lo lleva” (60).

Esta preparación la vemos incluso en el poema “Xch’ich’el ak’ubal = La noche sangra” o en “Muknomal = Entierro”, ambos discursos se dirigen a un hombre muerto, asesinado por otro hombre, un vecino o un hermano. Tal es la intención del autor, que cierra el libro con un poema dedicado a su padre en donde expresa la decepción y la pobreza en la que vivió. El escenario es un sueño, ambos sujetos se encuentran, se saludan y dialogan acerca de la muerte, del camino al inframundo.

El poema cumple con la estructura cíclica de la obra y de la vida. El sujeto, al final del poemario, exclama: “Ja yu’un ta jk’eojinta, / bak’in xtup’ sk’ak’al korail, / ta jk’an xkich’ mukel ta nopol, / bu mukul sjol sbakil ti jmoltote” (Por eso es mi canto, / cuando se apague la luz de mi tiempo, / pido que se me entierre cerca, / del lugar donde yacen enterrados los huesos de mi padre)” (73). El encuentro con el padre en el sueño también es una preparación al encuentro con la muerte del hijo, el que es igual de vulnerable, el que sabe pecar y gozar la vida. El lamento del padre es un lamento del hijo, sabiendo que en cualquier momento se acabará todo, que la luz se apaga y deviene oscuridad.

 

Entrevista a Antonio Ortuño en https://circulodelectores.pe/antonio-ortuno-entrevista-olinka-mexico


Autores
(Chiapas, México, 1985) posee la maestría en Literatura Hispanoamericana Contemporánea y la licenciatura en Lengua y Literatura Hispanoamericana. Es autor del libro de cuentos Los hijos errantes (2014); coautor del poemario Ts’unun, Los sueños del colibrí (2017) y Luna Ardiente (2009); ha sido antologado en la edición trilingüe Chiapas maya awakening (2017), El cuento en Chiapas (1913-2015) (2017), I Antología de narrativa chiapaneca (2017) y Silencio sin frontera (2011). Ha publicado en el suplemento "Ojarasca" de La Jornada; en las revistas Documentos Lingüísticos y Literarios (2018), Punto de Partida (2016) y Diáspora (No. 3). Fue becario en la categoría de Jóvenes Creadores del PECDA (Chiapas, 2016) y del FONCA (2010-2011 y 2017-2018).