Tierra Adentro
Retrato de Carlos Pellicer tomado del archivo del Instituto Nacional de Bellas Artes.
Retrato de Carlos Pellicer tomado del archivo del Instituto Nacional de Bellas Artes.

De oro pálido, el alba misiva acogió entre su cetrino continente plumas y pinceles que configuraron la primera modernidad del México del siglo veinte. O para decirlo más claramente: la cerveza Carta Blanca —aquella que por fortuna podemos encontrar todavía en las calles de la Ciudad de México y que con su ligera palidez alivia el desamparo feroz de la cruda—, con la idea de hacerse publicidad, publicó en la década de los treinta el Boletín mensual Carta Blanca, que presentaba la obra de un pintor junto a una nota crítica encomendada a un especialista. Entre las páginas de la publicación, figuraron nombres como los de Xavier Villaurrutia, Jorge Cuesta, José Gorostiza, Antonio Castro Leal y Enrique Fernández Ledesma —el de la prodigiosa Galería de fantasmas— y pintores como Roberto Montenegro, David Alfaro Siqueiros, Carlos Mérida y Carlos Orozco Romero; estos últimos figuraron como los directores del folletín. Incluso, Antonin Artaud contribuyó con un par de textos en el poco más de un lustro de vida del Boletín. Entre 1934 y 1939 se editaron alrededor de cincuenta números, y la primera época llevó por nombre “Galería de pintores modernos mexicanos”; la segunda, “El arte en México. Pintura colonial”, y para el tercer año, 1936, anunciaron que:

Hemos tenido tan buena acogida que nos sentimos alentados para proseguir este esfuerzo. Con verdadero placer anunciamos a nuestros lectores que ya está en preparación una nueva serie de Suplementos Artísticos que llevará como título: Boletín Mensual Carta Blanca. El arte en México. La nueva colección se compondrá de 10 reproducciones perfectas (fotografía directa, a colores) de las más bellas obras que existen en nuestro país de los grandes pintores europeos de la época renacentista y posteriores.1

Esta labor editorial y publicitaria se le debe a Salvador Novo quien, a instancias de Villaurrutia, crea la publicación en su faceta como publicista de la cervecería Cuauhtémoc. Si bien Capistrán consigna que el Boletín se hizo cuando Novo era socio de la agencia de Augusto Díaz Riquelme —despacho publicitario que hasta nuestros días se mantiene vigente—, lo cierto es que ésta se crea hasta 1944, años después de que la publicación llegara a su fin. También es necesario destacar que aunque se le da la paternidad de a Novo y a Villaurrutia, la cervecería ya había abierto una galería de arte en la Ciudad de México a principios de la década de los treinta, la Galería Carta Blanca, en la calle de Madero, cuya inauguración estuvo enmarcada con la muestra de ocho pintores —Carlos Mérida, Carlos Orozco Romero, Agustín Lazo, Fermín Revueltas, Jean Charlot, Tamiji Kitagawa, Roberto Montenegro y David Alfaro Siqueiros—, organizada por Carlos Orozco Romero y Carlos Mérida, quienes dos años antes, entre 1929 y 1930, habían estado a cargo de la galería del Teatro Nacional, es decir, el ahora Palacio Bellas Artes.

La caterva de nombres que colaboraron en el Boletín mensual Carta Blanca —reconocibles por lo demás para cualquier lector medianamente atento a la literatura mexicana del siglo pasado— lleva a pensar, de manera inmediata, en dos revistas imprescindibles de nuestra historia: Contemporáneos y Examen, y al fijar la vista en ellas, también es ineludible pensar en el vasconcelismo y su industria cultural, cuya mayor insignia, quizás, sea la edición de aquellos clásicos de pasta verde.

Si se piensa en los inicios del convulso siglo veinte mexicano, en los años posteriores a la Decena Trágica, en el Maximato y en la sangre que se derramó por la silla presidencial —los golpistas y miserables siempre han sido dolorosa parte de nuestra historia—, encontramos que el arte se revolvía febril y encontraba múltiples caminos por los cuales diseminarse. Del nacionalismo que sucedió al porfiriato a la estridencia del grupo formado por quienes hicieron la revista Horizonte y el individualismo del “Grupo sin grupo” se conformaron voces y estéticas que en contrapunto unas con otras dieron vida al arte mexicano; la Guerra Civil Española uniría a escritores de todo el mundo en una lucha antifascista y el nuevo orden que dejaría la Segunda Guerra Mundial terminaría por codificar el convulso medio siglo. Sin embargo, en esas primeras cinco décadas puede encontrarse un hilo conductor: la idea de crear un patrimonio cultural propio, en el que convergieran la “alta cultura” y el “arte popular”; por ello, entre el ritmo de la negritud de Silvestre Revueltas, el “mole de guajalote” de los estridentistas; el arraigambre de la tierra de Carlos Chávez y la microtonalidad de Julián Carrillo, así como el ya citado muralismo y la ruptura de una generación la cultura mexicana, se suscitaron productos culturales que preludiaron el mass media. Como señala Roberto Aceves Ávila:

Para Esther Gabara, un ejemplo emblemático de estos objetos culturales híbridos en los que se combina la reflexión crítica con el uso de las reproducciones fotográficas y el diseño gráfico lo constituye precisamente el Boletín Mensual Carta Blanca. Gabara también ha señalado que en México los movimientos literarios de vanguardia participaron activamente en las versiones tempranas de los medios de comunicación masiva y contribuyeron con ello a la representación de una cultura urbana y nacionalista de masas.2

En medio de estas representaciones, en el tercer año del Boletín, 1937, aparece una nota crítica a la obra Cabeza, de Guido Reni, pintor boloñés del siglo XVII, y que pertenecía a la colección de Genaro Estrada. El autor, quien como Dante estaba “nel mezzo del cammin di nostra vita”, había nacido cuarenta años antes, en San Juan Bautista —hoy Villahermosa—, Tabasco. Hijo del coronel obregonista Carlos Pellicer y de Deifilia Cámara, el poeta Carlos Pelliscer Cámara  se había hecho poeta en 1912, a los quince años, al escuchar al poeta oficial del gobierno maderista, José Santos Chocano:

Chocano llegó invitado por un poeta mediocre, pero hombre de excelentes cualidades, el Vicepresidente Pino Suárez. Escuché al vate peruano de Odas salvajes y de Alma América en dos grandes recitales. En el Teatro Arbeu, cuando fue presentado por ese magnífico orador, el licenciado Jesús Urueta, y poco después, en el Anfiteatro de la Escuela Preparatoria, presentado por don Alfonso Reyes. Aquella noche, Chocano recitó treinta y cuatro poemas. La imagen de América se dibujó en mi alma sacudida por el verbo emotivo y vigoroso de Chocano.3

Ese encuentro marcaría el derrotero de Pellicer, no sólo en el oficio, sino también en su estética. Sus primeros años los vivió en su ciudad natal, la exuberante Villa Hermosa de San Juan Bautista, y la corriente del río Grijalva se quedaría en su pluma, con el cauce resonando en su oído y dejando la impronta de la música del modernismo, de aquella armonía de caprichos que lo haría una voz única y precoz. En 1917, a los veinte años, junto a Luis Enrique Erro y Octavio G. Barreda, funda la revista de breve existencia Gladios:

Somos un grupo de estudiantes jóvenes y artistas que llevamos nuestros corazones rebosantes de ensueños y esperanzas; que consagramos estos momentos de nuestras vidas y los mejores años de nuestra juventud a una labor noble y sacrosanta […] Nosotros aceptaremos todo trabajo literario pues no tenemos bandera que nos señale; se estamparán en nuestras páginas siempre que sean blasones de belleza.4

A esta odisea le sucedería la revista San-ev-ank, de 1918, semanario que llegaría a las veinte ediciones y que junto a Gladios son una muestra temprana de la labor del poeta que compartiría sus estudios de preparatoria con Bernardo Ortiz de Montellano y Jaime Torres Bodet. Sea quizás por la cercanía con estos poetas que se suele identificar a Pellicer, indiscriminadamente, ya sea por ignorancia o pereza, al grupo de Contemporáneos, aunque su discurso intimista y su plástica del paisaje, así como su catolicismo o su evocación del amor ausente, sean más cercanos al citado Chocano, a Leopoldo Lugones, Rubén Darío o a Nervo que al cisne de González Rojo; incluso mostró su descontento a propósito de la Antología de poetas modernos de México, de Jorge Cuesta. Y aun más allá, si Xavier Villaurrutia proclamaba un “viaje alrededor de la alcoba”, como escribiera Xavier de Maistre —el autor de Canto a la primavera no llegaría más allá de New Heaven—, para Pellicer Cámara el mundo no le fue ni tan ancho ni tan ajeno.

Entre 1918 y 1920, Carlos Pellicer fue designado delegado la Federación de Estudiantes Mexicanos, y por ello viajó a Colombia, en donde vivió varios meses, antes de conocer Venezuela y, a su vez, residir ahí. Es en esta época en que el joven poeta decide publicar su primer libro Colores en el mar y otros poemas, de 1921, en donde con una fuerte estética modernista escribe con el asombro en la mirada que no lo abandonará jamás.

El mar a azules ímpetus voltea su engranaje

y el juego de dobleces libérrimo se orea;

el faro como un cíclope deslumbra el homenaje

de un gesto de distancia, plateando la marea.5

En los siguientes años publica Piedra de sacrificios, Odas de junio, 6,7 poemas y Hora y 20, libros necesarios para comprender la poesía pelliceriana y su constante cambio. La búsqueda del vocablo inusitado sin perder la musicalidad modernista son elementos que lo alejan del “paisajismo” en el que se le ha encasillado. A Carlos Pellicer se le tiene que leer siempre con una nueva mirada, con el oído atento y la certeza de que a lo largo de sus seis décadas como poeta nunca se quedó estático.

Nocturno (Fragmento)

No tengo tiempo de mirar las cosas

Como yo lo deseo.

Se me escurren sobre la mirada

Y todo lo que veo

Son esquinas profundas rotuladas con radio

Donde leo la ciudad para no perder tiempo.6

En el talante del poeta confluirían lo mismo el canto general de América de Santos Chocano y el bolivarismo que la fascinación por la División del Norte. Su apoyo decidido al vasconcelismo y a la lucha obrera —sin llamarse por ello socialista—, así como su viaje en 1937 hacia España para participar en el Congreso Internacional de Escritores Antifascistas, junto a artistas como Octavio Paz, Elena Garro, Juan de la Cabada, José Chávez Morado, Silvestre Revueltas, Luisa Vera, Pablo Neruda, Alejo Carpentier, entre muchos otros, forjaron el carácter de Carlos Pellicer, de quien escribe el extraordinario Eliseo Diego:

Siempre recordaré la jovial vitalidad de don Carlos, su porte casi ascéticamente militar, la armonía entre su persona y la arena blanquísima, el agua transparente, el oro y el azul del Caribe, como si la playa hubiera sido hecha para él en previsión de su posible advenimiento. 7

Este recuerdo, escrito a propósito de un viaje a La Habana organizado por la Casa de las Américas para conmemorar el cincuentenario de la muerte de Rubén Darío, tiene también una muestra del temperamento de Carlos Pellicer. Al escuchar diatribas en contra de la estilística del cisne nicaragüense, Eliseo Diego cuenta:

La desdicha me tenía preso en un asiento de las primeras filas.

¿Qué hacer? De pronto sentí a mi espalda un estruendo de sillas apartadas con violencia y me volví para ver la alta figura militar de don Carlos abriéndose paso iracundo hacia la salida. Farfullaba cóleras sofocadas y se le veía ciego y lívido. […] Recordaré siempre con gratitud que don Carlos fuese capaz de verme a través del velo de su ira. “Me marcho”, me dijo. Después de una pausa, mirando a lo lejos, “Estoy harto de sandeces”.8

Si bien Pellicer siguió escribiendo, es con Hora de junio, poemario de una continuidad formal deslumbrante, de 1937 con el que llega a su madurez poética. Con el endecasílabo desenvainado, la comunión de la voz poética con su entorno se desarrolla conforme se avanza en su lectura, como en este fragmento:

Dúos marinos (Fragmento)

 

En una mano tengo el mar de noche.

En otra mano tengo el mar de día.

La angustia de estar solo un solo día

abre los ojos para mí en la noche.

El mar nocturno traigo en una mano.

Premio al número par deste mareo.

La voz a nado sube a su deseo.

El mar diurno en la palma de la mano.

Mar de día y de noche,

abierto de noche y de día,

de perfil y de frente,

sangre al costo, poema y poesía.9

El mar, la voz y la sangre al costo son parte del poeta, que se ha forjado entre múltiples oficios. Su padre, militar retirado, se había mudado con su familia a la colonia Guerrero para abrir una farmacia, pero la sangre castrense siguió corriendo por las venas del hijo. El 5 de febrero de 1930, Pascual Ortiz Rubio, quien había sido declarado vencedor en las elecciones extraordinarias de 1929 sobre el otro candidato, el rector José Vasconcelos, sufrió un atentado, y en represalia, la persecución contra los vasconcelistas se volvió temible. Escribe Pellicer sobre esos años:

Siendo un vasconcelista convencido, decidí abandonar París para venir a luchar, como ciudadano de México, por la candidatura para presidente de la república del licenciado José Vasconcelos. […] El 9 de febrero de 1930 […] fui conducido en una motocicleta con side car a mi prisión e internado en la ‘sala de banderas’, a donde llegaban, momentos después, el general Eulogio Ortiz y el diputado Manuel Riva Palacio. Este último se me acercó melosamente y, palpando una de las solapas del abrigo, dijo: ‘Este es de los finos’. El general Eulogio Ortiz, mirándome duramente, explicó: ‘Usted es el que organizó el complot para asesinar a mis generales Calles y Amaro, así como al licenciado Portes [Gil] y al señor presidente Ortiz. […] Esta noche lo vamos a tronar.10

Se dice que fue la intervención de Genaro Estrada lo que lo salvó de ser fusilado; también se cuenta que entre los reos estaba un jovencito de apenas quince años, que llevaba por nombre José Revueltas, sólo que no había quién hablara por él y lo recluyeron, por vez primera, en las Islas Marías. El Partido Nacional Revolucionario comenzaba así una historia que duraría setenta años de fraudes y matanzas. Tal vez haya sido el recuerdo de esa malograda campaña y los años posteriores de exilio voluntario los que hicieron que, en 1976, un año antes de su muerte, Carlos Pellicer fuera elegido senador por el mismo partido que los persiguió. A propósito, el egregio poeta y traductor Guillermo Fernández, en una plática con Armando Oviedo:

Pellicer tenía ciertos tics dannunzianos, que son los del héroe. […] Se afeitaba la cabeza como D’Annunzio […] Yo mee preguntó por qué chingados aceptó la senaduría. Después de mi regreso a México se lo pregunté: “Maestro, ¿cómo aceptó la senaduría?, y él me dijo: “Profesor, ser senador no es la gran cosa, pero es un poquito de poder” […] Pellicer no se quedaría callado ahora. Escribiría contra el fundamentalismo económico, contras las ivasiones armadas, contra las pruebas nucleares, contra el imperialismo, a favor de los indígenas. […] Se conoce, y está escrito, que detuvieron a Pellicer y a José Carlos Becerra porque andaban repartiendo volantes frente a la embajada norteamericana […] Y tenía más de sesenta años. Estamos ante un hombre en todo el sentido de la palabra.11

El poeta, el hombre, el crítico de arte, el católico, el de los amores secretos compartidos como Villaurrutia, Nandino y Novo publicó más de una cuarentena de libros, algunos antológicos, otros con poemas nuevos mezclados con poemas anteriores. Más de cuatrocientas revistas bajo el brazo. De la “Balada del crepúsculo”, poema escrito en 1912 en una tarjeta postal, a Cuerdas, percusión y aliento, de 1976, Pellicer ahondó en los secretos de la naturaleza interior, del estoicismo franciscano que admiraba, de la verdad del arte y del poema. Escribió lo mismo de pintura que del trópico, del amor y del alma. De aquellas notas perdidas en un pasquín publicitario de una cerveza bienhechora quizás no quede nada, tan sólo un asombro de luz, asaz un asombro de asombros o, como él mismo escribiera en Hora de junio de 1937, “el primero de todos los recuerdos del olvido”.


Autores
Estudió la licenciatura en Lengua y Literaturas Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Fue becario de la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de Narrativa en las generaciones 2009 - 2010 y 2010 - 2011, y dos veces becario del programa Jóvenes Creadores del Fonca en los periodos 2014 - 2015 y 2017 - 2018, ambos en la especialidad de cuento. Ha publicado cuento, ensayo, reseña y crítica literaria en Laberinto, Confabulario, Este país, Molino de letras, Siembra y Tinta Seca, entre otros. Aparece en las antologías Cofradía de coyotes (La Coyotera Ediciones, 2007); Fantasiofrenia II. Antología del cuento dañado (Ediciones Libera, 2007); Ardiente coyotera (La Coyotera Ediciones, 2008) y Bragas de la noche (Colectivo Entrópico, 2008). Es autor del libro de cuentos Campanario de luz, (UAM, 2013), y de La espantosa y maravillosa vida de Roberto el Diablo (UAM, 2019). Es editor de la revista Casa del Tiempo de la UAM.
Portada de Su cuerpo y otras fiestas, Editorial Anagrama

En 2019 una amiga me recomendó Su cuerpo y otras fiestas (2017) y en cuanto tuve la oportunidad, corrí a la librería a buscarlo. Leí la contraportada y pensé que definitivamente se veía como algo que podría gustarme. Lo compré y lo agregué a la pila de libros por leer. Como era de esperarse, lo empecé como un año después. El primer cuento, “The husband stitch” (lo pongo en inglés, no por mamona, sino porque lo leí en inglés y no sé cómo se llaman los cuentos en español, ggg), me dejó impactadísima. Primero me sorprendió lo bella que me pareció la voz narrativa, sus destellos poéticos y carácter envolvente. Luego me perdí totalmente en la historia, tuve que empezar a cruzar las piernas y me arrepentí de estarlo leyendo en el metro (el que entendió, entendió). Solté varias risitas, comencé a inquietarme, se me hizo un nudito en el estómago. El final me golpeó como un piano sobre la cabeza, sentí una mezcla de horror y repulsión, quizá un poquito de miedo. Tuve una pequeña epifanía, después me agüité. Creo que así podría describir mi experiencia completa con el debut de Carmen Maria Machado.

Las anécdotas de la colección de cuentos son… variadas. Melancólicas, a veces macabras o estrafalarias. Un inventario de experiencias sexuales en un mundo apocalíptico; la historia de dos madres que tienen (o no) un bebé; mujeres que se evaporan en el aire y se vuelven espectros; mucho autoodio y cirugía bariátrica; una reinterpretación de la Ley y el Orden (sí, la serie) llena de doppelgängers y niñas fantasmas; una escritora que se está deschavetando; y una chica que escucha los pensamientos de los actores porno. Su cuerpo y otras fiestas es una mezcla extrañísima de cuentos de hadas perversos, distopías sci-fi grotescas, amor que se asoma por las rendijas, fantasmas melancólicos, personajes que te dan muchas ganas de abrazar, sexo, sexo, sexo y revelaciones horrorosas.

Los ocho cuentos de Machado abordan lo que es ser mujer, cuerpo y deseo en un mundo como el nuestro. Cuestiones dolorosas, pues. Es una obra un poco tétrica, divertida, asfixiante por ratos, rabiosa e increíblemente erótica y lacerante que enuncia —y denuncia—, pero que también está llena de ternura.

Tengo que admitir que después de lo intenso que fue el primer relato para mí, los otros siete cuentos me resultaron anticlimáticos en comparación. EN COMPARACIÓN, dije. Mis favoritos fueron “The husband stitch”, “Inventory”, “Mothers”, Eight bites” y “Difficult at parties”. Husmeando por el interné di con algunas críticas (en español) del libro y no me sorprendió verlo englobado en el “new weird” o relacionado con esta corriente de letras latinoamericanas “femeninas” (entre paréntesis porque no estoy en paz con ese adjetivo, nadie dice “literatura masculina”, pero esa es otra historia) que mezclan el terror, lo oscuro, lo escalofriante y lo raro. Su cuerpo y otras fiestas definitivamente comparte estos tópicos (con sus claras diferencias, naturalmente, porque Machado, aunque hija de migrantes, es gringa) y puede dialogar bastante bien con las autoras latinoamericanas.

“Inquietante”, “extraña”, “fantástica” y “perturbadora” son algunas descripciones que se han vuelto populares cuando se habla de cierta literatura, escrita por mujeres latinoamericanas, que ha ido cobrando relevancia a lo largo de ya varias décadas. Horror, erotismo, cuerpo y crueldad son algunos de los temas que más se asocian a esta oleada de narradoras que han partido de los lugares más oscuros y recónditos de la condición humana para hablar, no solo de las implicaciones de las cotidianidades femeninas, sino de realidades torcidas, desdibujadas, a veces quiméricas y perversas, pero que también pueden ser extrañamente luminosas y estar salpicadas de amor.

Terror, ciencia ficción y una atmósfera un tanto siniestra en general pueblan la narrativa breve de estas voces que han sido catalogadas como “new weird” (igual que la prosa de Machado). Se me vienen a la cabeza autoras como Samanta Schweblin, Mariana Enríquez, Liliana Colanzi, Mónica Ojeda, María Fernanda Ampuero, Guadalupe Nettel y, yéndonos mucho (mucho) más atrás, Inés Arredondo, Amparo Dávila, María Luisa Bombal, etc.

Cuando se vive en Latinoamérica (México, en este caso) definitivamente no se puede ser ajena a lo extravagante, a los colores alienígenas que vemos todos los días, a que casi cualquier cosa puede ocurrir en este país surreal y lleno de cadáveres y a una realidad tan profundamente violenta que es casi irreal, valga la redundancia. Muchas veces los géneros ya mencionados se han utilizado para abordar temas como la pobreza, el machismo, el racismo, el clasismo, el crimen, los feminicidios y muchas otras problemáticas particularmente latinoamericanas que están tan normalizadas que ya no nos damos cuenta del todo de lo espeluznantes que son o que vivimos en una distopía horrorosa y que el apocalipsis está a la vuelta de la esquina.

Las autoras del “new weird”, por llamar de alguna manera a esta corriente, retratan mundos internos, emocionales y anímicos increíblemente vastos y complejos desde una mirada no patriarcal y cero condescendiente. En este sentido, los cuentos de Machado me parecen cercanos y atrevidos. Para mí, este libro es como el monstruo de Frankenstein: vísceras y partes sanguinolentas mezcladas con retazos de deseo y una necesidad voraz de intimidad, cariño y sí, sexo salvaje. Una fiesta medio macabra de humor ácido, tristeza, rabia y mucha ternura. Si les gustan los monstruitos, definitivamente deberían leerlo.


Autores
(Ciudad de México, 1997) Estudió Escritura Creativa y Literatura en la Universidad del Claustro de Sor Juana. En 2018 participó en el programa de escritura Elipsis organizado por el British Council y, al año siguiente, fue parte del Women’s Creative Mentorship Project de la Universidad de Iowa. Es autora de Sapos en la lluvia (2021), colección de cuentos publicada por el Fondo de Cultura Económica en colaboración con el Fondo Editorial Tierra Adentro. Ha publicado en revistas como Sin Embargo, Este País, Armas y Letras y la Revista de la Universidad de México. Actualmente es becaria del Programa de Jóvenes Creadores del Fonca.
Ilustración realizada por Mildreth Reyes
Ilustración realizada por Mildreth Reyes

Según la mitología griega, Venus tuvo un hijo que recibió el nombre de Eros y le fue conferido el título de dios del amor y del deseo como una especie de sincretismo entre los valores que encarnaban su padre y madre. . Cada pensador ha concedido diferentes características a Eros según la naturaleza del dios de quien desciende. Así tenemos una versión del dios del deseo sexual y la lujuria, otra del amor deleitoso y suave, y una última del amor incontrolable y espontáneo. En diversas formas de expresión artística, Eros ha sido representado como un niño, un querubín desnudo que porta un arco y dos tipos de flechas, unas doradas con plumas de paloma y otras de plomo con plumas de búho. Las primeras conceden el amor, y las segundas, el olvido y la indiferencia. Esto, además, va de la mano con la propia naturaleza ambivalente de Eros, que en cada versión depende en gran medida de su padre.

El mito de Cupido incluye también a Psique, cuya belleza era tal que la mismísima Venus sintió envidia y envió a su hijo a dirigirle la flecha dorada con plumas de paloma para obligarla a enamorarse del mortal más feo. Algunas versiones cuentan que Eros, al ver a Psique por primera vez, sin necesidad del efecto de alguna de sus flechas, se enamora de ella. Sin embargo, en otras versiones ni siquiera necesita verla para que Psique despierte su interés, por eso se le representa con los ojos vendados.

De este imaginario colectivo se han nutrido las películas, series y telenovelas que las personas hemos consumido desde que los medios de comunicación se inventaron. Pero incluso antes de la televisión y las plataformas de streaming estuvo la radio, con emisiones semanales de guiones escritos con el mismo corte que las telenovelas actuales. Y antes de la radio estuvieron los libros, en cuyas páginas se contaron historias hijas de la tragedia de Romeo y Julieta.

En este clásico, Shakespeare nos presenta el cuento de dos adolescentes que se enamoran a causa de lo que parece ser un flechazo del travieso querubín, contra toda lógica y a pesar de cualquier circunstancia; viven un intenso romance de tres días y se suicidan. No es de extrañar que hayamos normalizado durante tanto tiempo un espectro tan corto en lo que a opciones amorosas-afectivas se refiere.

Analicemos un poco.

Primero, tenemos este mito que nos ha repetido hasta el cansancio que la atracción que sentimos hacia las personas no depende de nosotros o nosotras, sino que nace de alguna fuente externa y mágica, que nos baña y nos abraza sin que podamos hacer algo al respecto y que, además, siempre existe la opción de que desaparezca de la misma forma espontánea y misteriosa de su llegada. ¿En dónde nos ha dejado a través del tiempo esta manera de enamorarnos/querer/gustar de otras personas? Hasta cierto punto nos hemos limitado en asumir las responsabilidades que vienen ante una decisión de ese tamaño. Me faltan dedos en las manos para contar las veces que alguien me ha dicho algo como: “nadie elige de quién se enamora”. Incluso algún par de listillos ha citado a Julio Cortázar con aquella frase que suena tan romántica y tan irresponsable al mismo tiempo sobre que el amor es como un rayo que nos parte sin que podamos evitarlo.

¿Cómo hemos llegado a dejar tan a la deriva la experiencia de amar? ¿Cómo hemos normalizado tanto el no tomar consciencia ni responsabilidad en algo tan íntimo y al tiempo tan universal? Claro que es mucho más sencillo evadirnos en el momento de establecer relaciones erótico-afectivas, porque así resulta más natural no hacernos cargo de todo lo que implica. En el momento de un rompimiento podemos culpar al otro o la otra, podemos echarle encima a alguien más cualquier emoción que experimentemos. ¿Quién no ha usado el pretexto por excelencia: “es que todo lo hice por ti”?

Ahora, a raíz de toda esta mitología que rodea el acto de amar, tenemos una construcción que ha evolucionado a paso lento a través de siglos y siglos. Los contenidos que consumimos en pleno 2022 siguen replicando estereotipos y cuentos de hadas: la damisela que necesita ser rescatada o extraída de un contexto desfavorecido, por un hombre privilegiado que puede. Desde las canciones pop de los noventas, las telenovelas y series juveniles de los dosmiles hasta las comedias románticas de los últimos veinte años. Mi generación no es la única que ha sufrido los estragos de estas representaciones de lo que una relación debe ser. Y si hay un deber ser para una entidad que reconocemos como nosotros, por supuesto que en esta se contienen dos deber ser individuales. Es decir, si como sociedad esperamos dinámicas, comportamientos, actitudes y apariencias de una pareja, en lo individual también se lleva una carga.

Esperaba un comportamiento específico de mi padre y mi madre, mismo que nunca tuvieron. Por eso no supe adaptarme a las dinámicas que se esperaban de mí en aquellas primeras relaciones que intenté establecer. Me sentí insuficiente y cargué por muchos años con el conflicto permanente entre lo que sería valorado en mí si alguna vez alguien me elegía como novia, y cargué con la culpa cuando otros y yo nos dimos cuenta de que definitivamente nunca cumpliría con la expectativa. Varias veces escuché la infame comparación: ¿qué no ves que ella es más femenina que tú?, ¿No ves que es más cariñosa que tú? Ella me dice “mi amor” y tú no. Ella se maquilla y se ve más guapa que tú. Ella sabe disimular sus ojos y su nariz. Entonces me enojaba con mi nariz y con mis ojos, con mi cara que sudaba cuando hacía trabajo físico porque de eso iban mi carrera y mis trabajos; me enojaba conmigo porque no estaba en posibilidades de comprar maquillaje de mejor calidad; me enojaba con mi papá por haberme quedado con sus ojos rasgados y su nariz chata, y con mi mamá por no haberme enseñado cómo ser femenina. Algo muy inconveniente es que vivimos de manera aislada las inseguridades, porque además es difícil decirle a alguien más que algo que somos nos desagrada. Una vez me quejé con una amiga porque los niños que me gustaban nunca me correspondían. Supongo que sus palabras llevaban su mejor intención cuando dijo: “No te preocupes, amiga, no eres tan fea, si no andas tanto en el sol se te puede aclarar la piel, y tus dientes no se ven tan mal, algún día le vas a gustar a alguien”. Me lo dijo tan segura que durante mucho tiempo creí que, en efecto, el color de mi piel, mis dientes chuecos y todo lo que ya odiaba de mí era algo a pesar de lo que tendrían que quererme. Fue la misma amiga que a los pocos meses de haber entrado a la preparatoria se desmayó en un pasillo, cuando íbamos de inglés a matemáticas, porque se mataba de hambre para no subir de peso.

Cuando entendemos el acto de amar de esta forma, es normal que vivamos agradecidas o agradecidos de que alguien omita todo eso que nos desagrada o nos molesta, y que no podemos cambiar, y se deje llevar por Eros/Cupido, que lanzó su flecha a ojos vendados y atinó.

Creo que una de las reflexiones más largas, complejas y cansadas de mi vida, ha sido la de entender que el amor no es acto espontáneo e incontrolable, sino una decisión, quizá la más consciente de todas ―o la que requiere más consciencia―, porque hay que romper tantos paradigmas que el mito alimenta, que es posible que nunca termine.

El amor no es ciego: hay que tener los ojos bien abiertos para saber a quién amamos, por quién nos atrevemos a dar ese salto de fe indispensable. El amor no es incontrolable: la intuición, cuando la sentimos y comprendemos, nos ayuda a decidir, a dar un paso más porque es el camino correcto, o a retroceder para ponernos a salvo. El amor no nos baña desde fuera como una fuerza mística e incomprensible: es acción, se expresa con pequeños actos que distan mucho de las serenatas y los arreglos de flores.

Por supuesto que, en el acto de amar cabe la ternura, pero es motivada, precisamente, por esta decisión que se convierte en acción. Una pareja ―o las personas que se quieren dentro de cualquier modelo relacional― no se alimenta de eso mágico que es el amor: amar se convierte en algo único porque dos personas no aman de la misma forma.

Esta manera de establecer vínculos se convierte en algo más peligroso cuando se toma en cuenta la forma como el sexo se concibe, se percibe y se ejecuta. Aunado al mito de Cupido, nos envuelve esta creencia-práctica de que hay un juego de poder inmiscuido en las relaciones. Desde el inconsciente colectivo existe la idea de que es el hombre quien posee y la mujer quien es tomada. ¿De qué madera se puede establecer una relación en igualdad de circunstancias si en el acto más primitivo y gobernado por las emociones más esenciales, no hay de otra más que tomar o ser tomada?

Quizá vamos por buen camino en la ruptura de estos paradigmas. Quizá estamos en un buen momento para replantearnos las formas en las que establecemos vínculos. Quizá este es el mejor momento para, de una vez por todas, mandar a la chingada a Cupido, con todo lo que ello implica.


Autores
Xóchitl Olivera Lagunes (Ciudad de México, 1985) estudió la carrera de ingeniería agrícola en la UNAM. Ha tomado diferentes talleres de creación literaria. Estudió el diplomado en escritura literaria en Literaria-Centro Mexicano de Escritores. Ha publicado en la revista digital Cronopio y en El Universal. Su primera novela corta, Ojos de gato, se publicó en 2016. Es cofundadora de la revista digital Semillas de Sauce, donde escribe y edita. En 2020 ganó el premio nacional de novela joven José Revueltas.

Ilustrador
Mildreth Reyes
(Martínez de la Torre, 1999) Estudió la Licenciatura en Arte y Diseño en la Escuela Nacional de Estudios Superiores, UNAM campus Morelia. Dicha formación le ha permitido reflexionar sobre distintos aspectos de la comunicación visual. Ilustra y escribe para anclar vivencias, pensamientos y convicciones a su mente, tenerlas presentes en su propio proceso y guardarlas a través de la forma.
Ilustración realizada por Mariana Martínez

Dentro de un cuarto solitario hay un banco de madera, ensombrecido por la silueta de un lento ventilador de techo. A pasos lentos, se acerca Alberto Laiseca (1941-2016, Argentina) un hombre gigantesco con bigote ancho y amarillo. Una vez instalado en el asiento, enciende un cigarro mientras anuncia el título del cuento que narrará con voz cavernosa, el epítome de su presencia tan inquietante como un cura junto a la silla eléctrica.

La atmósfera adquiere un aire expresionista con la interpretación de Laiseca, el guardián del relato que mira a cámara con demencia, melancolía o cólera, según lo exija la historia que construye en el programa de televisión “Cuentos de terror”, emitido del 2002 al 2005 por el canal de cable I-Sat.

En el espacio televisivo, Laiseca rescata el relato oral. Una tradición que aprendió durante su infancia, a la vuelta de su casa en Camilo Aldo (Córdoba, Argentina); donde unas ancianas se reunían por las noches y contaban historias espantosas: gente enterrada viva, sirvientas enloquecidas que metían al niño de la familia en el horno, y demás “historias verídicas”, según las viejas, que recuerda el escritor en el prólogo de Cuentos de terror (2013, Interzona).

El joven Laiseca comienza a interesarse en la literatura tras estas narraciones, y años después crearía obras aclamadas en algunos círculos literarios, pero desconocidas durante décadas por el público. Un enorme universo en el cual se filtra la locura que el autor descubrió en los relatos de aquellas ancianas.

El realismo delirante, la frontera del humor y la hipérbole  

Los cuentos y novelas laisequeanas no solo se inspiraron en episodios biográficos del autor, sino que representaban para él una suerte filtro con la que comprendía la disputa de la crueldad y el amor en el mundo; el Ser contra el Antiser, según definió el autor esta dialéctica en su consagrada novela de mil 400 páginas, Los Sorias (1998, Simurg).

La cosmovisión dual como la que planteaba Laiseca, surgió de la constante migración en varios momentos de su vida. Nacido el 11 de febrero de 1941 en Rosario, Argentina, y pasó su infancia en Camilo Aldo (Córdoba, Argentina). Después del fallecimiento de su madre, el escritor creció bajo el yugo de su padre, a quien describía como alguien “bastante loco” por haberle impuesto una vida destinada a la destrucción, en palabras del autor.

En cuanto Laiseca terminó la secundaria inició sus estudios ingeniería química, carrera que abandonó a los 23 años. Consiguió un empleo en el campo, luego trabajó en conserjería hasta que su tía, quien laboraba en Teléfonos del Estado, lo ayudó a convertirse en empleado telefónico. Su vocación por la lectura lo llevó al diario La Razón, de Buenos Aires, donde fue corrector de pruebas. Después, desempeñó el cargo de asesor de la editorial Letra Buena.

Laiseca escribió más de 20 libros de ficción, poesía y ensayo desde 1976 al 2014. Obsesionado con la imaginación, desarrolló un mundo excéntrico, en el que convergían la ciencia, astrología, historia universal y la demencia de la guerra. Las ficciones guiaron al escritor hacia “un espacio de poder” ante una vida de dificultades materiales y vagabundeo.

Una existencia al filo que la navaja que se impregna en los personajes de sus cuentos, incluso en los basados en hechos reales: “Las gordas también viajan en internet”, del libro En sueños he llorado (2001), se basó en una nota publicada en El Clarín, que informa el asesinato de una mujer gracias a sus mensajes en los que buscaba ser torturada sexualmente.

“La cabeza de mi padre”, del tomo Cuentos completos (2001), fue escrito a partir del parricidio cometido en España. Laiseca se enfocó en el perfil psicológico del joven asesino que fue recluido en un sanatorio. La demencia y el sexo en ambas narraciones solo funcionaban de forma introductoria para abordar la vida en los márgenes de las sociedades modernas.

En Matando enanos a garrotazos (1989), el primer libro de cuentos que Laiseca publicó, se perfilaba el potencial de su universo. Con egiptólogos asesinados por la momia viviente de Motzart, hasta la conversación metadiegética entre Mayoresmio y Crk Iseka, los narradores de algunos cuentos sobre máquinas para viajar dentro de un tornado y conspiraciones alrededor del Monitor1, se establecen las bases del “realismo delirante”: la hipérbole, locura y parodia.

El alma del subgénero que Laiseca creó es la locura, originada de una circunstancia trivial y amplifica para abarcar desde los detalles microscópicos hasta la totalidad. Dentro de este calidoscopio, hay un sinfín de temas que en Gracias Chanchúbelo (2000), el autor se atrevió a explorar.

Algunos relatos respecto a las dictaduras aparecieron en este libro. “El tanque”, es la historia de una ciudad-tanque, cuya estructura se describe de forma realista por el autor. El pueblo dentro del monstruo metálico encuentra refugio con El Monitor, quien se congratula de la distopía que preside, pues solo en su gobierno podría existir una comunidad encorazada en un tanque.

El autor brinda un panorama general de las civilizaciones que inventó, coloca su lupa hiperbólica sobre los tiranos en su imaginario, y el combate con su imaginación desbordada, que en términos de su propia narrativa, es un atributo del Ser, al igual que el humor.

El alma del subgénero que Laiseca creó es la locura, originada de una circunstancia trivial y amplifica para abarcar desde los detalles microscópicos hasta la totalidad. Dentro de este calidoscopio, hay un sinfín de temas que en Gracias Chanchúbelo (2000), el autor se atrevió a explorar.

En Gracias Chanchúbelo, el autor también se permitió replicar con parodias a la crítica de Borges, sobre el libro Matando enanos a garrotazos. Según la anécdota, Borges afirmó que jamás leería un libro que tuviera un gerundio en su título. La respuesta de Laiseca fue “Indudablemente, horriblemente ferozmente”, cuento escrito en gerundio, adverbios, frases germanizadas y comas antes del verbo.

Aunque en la nota antes del relato, el escritor asegura que el detonante del cuento fue el rechazo hacia uno de los libros de su amigo, que inicia en gerundio: “¿Qué se puede esperar de un tipo que empieza en gerundio el título de su obra?”2

Sin embargo, la parodia a Borges vuelve en Gracias Chanchúbelo, con “Jack el Olvidador”, que narra las desventuras de un escritor cuyo crimen era tergiversar y olvidar pasajes de obras ilustres, en especial Ulises (1920).

Cometía sus fechorías ante mujeres solitarias, y enviaba notas a la comisaría de York-shire en las que detallaba los pormenores de sus crímenes, al estilo de la infame carta Desde el infierno, escrita por Jack el Destripador. Desde luego, el carácter distraído de Jack es una burla a “Funes, el memorioso”, personaje de Borges, condenado a recordar cualquier memoria.

Laiseca mantenía una actitud combativa con su realismo delirante, el arma con la que se enfrentaba a la alta cultura argentina, al entorno militarizado y al mito de ser un plebeyo ascendido a escritor de culto. El resultado de los constantes conflictos en ámbitos distintos de su vida, se reflejaron en sus ficciones, atravesadas por la guerra.

 

Los Sorias

Así cierro yo también mi cruz

y mi mortaja de palabras

bajo las que esperaré mi resurrección,

como Lázaro, cuando oiga tu voz clara

y poderosa, lector.

Mircea Cărtărescu, Nostalgia

 

En Sinfonía para un Monstruo: Aproximaciones a la obra de Alberto Laiseca (2021), Agustín Conde De Boeck examina el mito del origen de Los Sorias. Jorge Dorio, editor de Babel y Martín Caparrós, recuerda a Laiseca en las pizzerías de Corrientes, él pedía el papel sobre el que sirven la pizza porque lo ocupaba para escribir. El primer manuscrito de Los Sorias era un fardo gigante de papeles distintos atados con hilo.

Una vez algunos colegas de los bares en Buenos Aires comentaron que se deberían eliminar algunos capítulos para que alguna editorial acepte publicarla. De inmediato, Laiseca se pone de pie y gritaba: ¡mercenarios, son mercenarios igual que todos!

Laiseca paseaba por la ciudad con los kilos del manuscrito que escribo en 10 años y tardó casi 20 para publicarlo. La obra cumbre ensaya respecto al poder absoluto y las posibilidades de humanizarlo, una noción utópica en cualquier contexto. El surgimiento de la novela no solo se debe a los elogios que recibió de sus colegas escritores como Piglia, sino a los vivencias antes de convertirse en escritor.

La primera escena de Los sorias, la primera novela que escribió Alberto Laiseca (…), ficcionaliza un episodio biográfico que su autor ha contado en numerosas entrevistas: el momento en que decidió abandonar su trabajo de peón de limpieza en algún momento de los años sesenta, y con él la vida proletaria que llevaba por convicción, y entró a trabajar a la compañía telefónica del Estado. Laiseca escenifica allí el origen de su escritura alrededor de esta pregunta: ¿cómo construir una obra en el mundo del trabajo?3

La apertura de la novela presenta a Personaje Iseka, el protagonista que al igual que Liaseca es un escritor en búsqueda de su alma creativa. Despierta en la habitación que comparte con los hermanos Juan Carlos y Luis Soria, empleados de un lavadero de coches al que quisieran arrastrar a Iseka, peón de limpieza.

El personaje principal siente hartazgo de la ciudad Soria donde vive, así que se dispone a volver a la Tecnocracia, aunque fue expulsado años atrás. Sortea el fuego cruzado entre Soria y la Tecnocracia en la frontera, la única forma de entra en el país de forma clandestina. De vuelta en casa, contempla el enfrentamiento de las tres potencias: La unión soviética, Soria y Tecnocracia.

El enfrentamiento bélico es solo la punta del iceberg de los campos de guerra, e Iseka lo descubre al atestiguar batallas a nivel cósmico, animales fantásticos usados como armas, bombas temporales con capacidad destructiva de mil 200 horas que borran generaciones enteras, y máquinas del tiempo para viajar a nivel astral.

Los Sorias perfecciona el sistema de magia que Laiseca esboza en las civilizaciones de otras obras. En la novela Su turno para morir (1976) se acerca la fundación de la Tecnocracia; en Aventuras de un novelista atonal (1982), historia de trabajo y consagración de un autor, irrumpe una visión radical de la guerra. El jardín de las máquinas parlantes (1993), aparecen elementos fundacionales en Los sorias:

El funcionamiento de la magia en el mundo laisequeano, los bandos que se distribuyen entre las fuerzas del Ser y el Anti-Ser, el bestiario de criaturas sobrenaturales que la guerra utiliza como armamento fundamental, las formas de concebir el arte y su función en un régimen que, como remisión a la figura siniestra del Hitler, sintetiza dictador y artista en una misma figura4.

 

El aspecto que resalta es la guerra a nivel cósmico de Los Sorias, pues representa la lucha entre el amor y el odio: el Ser y el Antiser. La primera facción preserva la vida, la felicidad y la humanidad en el mundo; por otro lado siniestro, el Antiser es el enemigo de la especie humana, la causa de la crueldad de las personas.

La batalla es disputada en las sociedades de Sorias y la Tecnocracia, sin que la gente sea consciente de su participación en el enfrentamiento, y solo los magos son capaces de percibirlo con sus saberes astrales al servicio de El Monitor, amo de la Tecnocracia, o El Soriator, líder de Soria.

La violencia contra el amor y la vida ante la muerte, conforman el diálogo dialéctico que Laiseca busca en su ópera prima, protagonizada por dos civilizaciones contrarias con formas opuestas de concebir el mundo y la influencia del estado en la vida de las personas.

El giro final de la epopeya la hace memorable. El narrador hace evidente que los acontecimientos leídos son un documental que se quema. Los capítulos sirven de testimonio, imágenes de una cultura alguna vez viva, filmada en una película que está apunto de arder por la sobreexposición del proyector.

La conclusión de Los Sorias no se queda en ficción, ejecuta un salto metaficticio, porque la obra ya había sido consagrada entre escritores antes de que lograra ver la luz. La publicación llega en 1998; la reedición, en 2014, pero Laiseca termina de escribirla desde 1982.

Quien lee la épica siente que ha descubierto los restos de una cultura perdida, vestigios que aguardan su resurgimiento al escuchar la voz tempestuosa de un lector, y así los viajes en el tiempo de la novela se cumplirán de alguna forma. Con cada nueva lectura, la historia cobrará vida una vez más hacia su consumación en llamas.

 

El Ser de Alberto Laiseca

Cuando el guardián del relato termina de narrar el cuento de terror en el programa televisivo de I-Sat, el corte siguiente es la semblanza del autor original. En una capsula, Laiseca tiene la oportunidad de contar un fragmento de Los Sorias. Al finalizar, la audiencia lee una semblanza suya, igual de modesta que la publicada en la noticia de su fallecimiento, el 22 de diciembre de 2016.

Un año antes, publica el cuento ilustrado, La partida / La madre y la muerte (2015, FCE), con Alberto Chimal. La obra se basa en una leyenda alemana en la que una madre supera varios obstáculos para recuperar a su hijo secuestrado por la muerte.

Uno de sus últimos libros, lanzado en 2012 se titula iluSORIAS. El tomo reúne el trabajo de 168 artistas visuales, entre ellos su hija, Julieta Laiseca. La antología está inspirada en el universo de Los Sorias, y algunos apuntes del escritor durante el año que terminó la novela.

Tiempo antes de su muerte, Laiseca reflexiona sobre el Ser y el Antiser, a través de su mitología trata de explicarse las motivaciones del escritor, las metas que debía perseguir. Aunque en entrevistas expresa su preocupación por traducir sus obras a otras lenguas, y de esa forma acceder a más públicos, formula una última lección para sus lectores.

Leer o no leer, ese es el problema (…) sin imaginación yo no hubiese sobrevivido a mi infancia terrible y tampoco a los años que vinieron después. Esto que me salvó sin duda salvará a otros5.

La creatividad en tiempos difíciles también son pulsiones del Ser, de acuerdo a la mitología laisequeana, impulsos que usa en la creación de Los cuentos de la negra Tomasa (2003), una colección de cinco relatos en los que la empleada del hogar, Tomasa, narra historias aterradoras a Virgilio, el niño cruel de la casa que pasaba la noche en vela por el miedo.

A lo largo de los cuentos, Virgilio aprende a ser gentil con la mujer, no por lástima o debido a la educación que recibe de sus padres; lo hace porque las historias de Tomasa humanizan al pequeño. Un efecto que Laiseca consigue con sus historias, abren puertas en el alma de quien las lee.

 

Fuentes y referencias:

Conde De Boeck, José Agustín. Los Sorias y la escritura como guerra: temporalidad y mundos posibles en la poética de Alberto Laiseca. La Palabra, (28), 103-124. Año, 2016. Disponible en: http://www.scielo.org.co/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0121-85302016000100008

Herzovich, Guido. Sinfonía para un Monstruo: Aproximaciones a la obra de Alberto Laiseca. Eduvim, 2021.

Laiseca, Alberto. Cuentos completos. Editorial Simurg, 2011. Buenos Aires, Aregentina. Pp, 149.

Laiseca, Alberto. El compromiso del escritor. Blog de Laiseca, 31 de junio de 2008. Disponible en: http://albertolaiseca.blogspot.com/2008/07/el-compromiso-del-escritor.html

Laiseca, Alberto. Los Sorias. Editorial Simurg, 2014. Buenos Aires, Aregentina.

https://cerac.unlpam.edu.ar/index.php/anclajes/article/view/6150/7029

http://2010.cil.filo.uba.ar/sites/2010.cil.filo.uba.ar/files/253.D%C3%ADaz%20Gavier.pdf


Autores
Diego Durán nació en la CDMX en 1996. Egresado de la licenciatura en Ciencias de la Comunicación y Periodismo, en la Facultad de Estudios Superiores Aragón (UNAM). Ha colaborado en medios de comunicación periodísticos y culturales como Chilango, Tierra Adentro, Fondo de Cultura Económica, Grupo Expansión e Infobae.

Ilustrador
Mariana Martínez
Ilustración de Pinchi Necro

Serían insuficientes cientos de prólogos para presentar a Macedonio Fernández (Buenos Aires, 1 de junio de 1874 – 10 de febrero de 1952) y su extrañísima obra filosófica y literaria. Pero si tuviera que señalar el “origen” de mi obsesión con Macedonio, diría que todo comenzó con la nada. Con un chiste que no tiene nada de chistoso, pero que me recordó a otro chiste que juega con la nada. De esos dos chistes, se deriva una poética de la nada y un proyecto filosófico y literario sin precedentes. El humorismo de la nada de un escritor que se postuló para la presidencia.

El sublime anónimo

Una “chica extraviada le pregunta a un transeúnte: ‘¿No vio pasar una señora que no iba con una chica como yo?’ (Sublime chiste anónimo)”. En Cuadernos de todo y nada, Macedonio Fernández anota este chiste que se convirtió en una de mis frases favoritas. La lógica de la frase es sorprendente y el chiste va a perder la gracia una vez intente explicarlo, pero vale la pena desgranar su función para valorar cómo es que Macedonio Fernández es quizás el filósofo de “la nada” más potente en América Latina.

El chiste juega con la negación: la mujer sólo puede reconocerse por lo que no la acompaña, es decir, la chica, que en realidad es una pura ausencia. El chiste trae a la luz la ausencia presente de la chica, pues materializa (en primera persona) lo que de otro modo no se puede nombrar: la nada. La chica extraviada solo es sin señora. Está extraviada solamente por estar sin una señora. Pero esto tiene otro nivel más allá del evidente en el que se desarrolla, es decir, la forma tácita de la pregunta: “¿no vio?”. Este uso coloquial del “no” al empezar una pregunta enmarca, así, una doble negación. ¿No vio pasar una señora que no iba con una chica como yo? La chica necesita desdoblar su ausencia en una “chica como yo” para poder afirmar el no ver a una señora. Se trata de dos tipos de ausencias, dos tipos de nada.

Ahora bien, no basta con decir que la frase es un chiste y explicar su lógica verbal. Hay que destacar que lo crucial es el vínculo entre la chica extraviada y la señora que se articula en una suerte de banda de Moebius, que revela que el lazo perdido entre ambas es lo que posibilita que concuerden en esta lógica del chiste. También es lo que provoca que este vínculo aparezca como algo al producir un corto circuito entre ambos elementos. Se sostiene la posible articulación de lo imposible mediante la negación.

El del café

La lógica de la chica extraviada sin señora me recordó inmediatamente a un chiste repetido hasta el cansancio en los muchos libros de Slavoj Žižek, Alenka Zupančič y Mladen Dolar, los filósofos de la escuela eslovena que se plagian mutuamente para ilustrar estructuras específicas. Cada vez que le cuento el chiste a mi mejor amiga, me reitera lo nada gracioso que es el chiste, pero lo cuento para mostrar cómo funciona la nada en este caso paralelo: “Un hombre entra a un restaurante y le dice al mesero: ‘Joven, ¿me da un café sin crema por favor? El mesero le responde: ‘Disculpe señor, se nos terminó la crema, ¿se lo puedo ofrecer sin leche?’”1 Lo que el mesero le responde al comensal introduce una paradoja que se le suma a la dimensión misma de la negatividad. La respuesta presupone que el “sin” algo en realidad significa “con la falta de algo” o, incluso, con-sin algo. No se trata solamente de una ausencia, café sin crema, café sin leche, sino de café con-sin leche, con-sin crema. El chiste, desde mi sentido del humor torcido, es graciosísimo, y es el paralelo perfecto de la chica con-sin señora que el transeúnte no vio.

El de Macedonio

De la vida de Macedonio Fernández no hay sino anécdotas. Como diría Geraldine, Macedonio es un ser anecdótico que quería ser inédito, quería convertirse en anécdota. A setenta años de su muerte, no nos quedan más que anécdotas sobre su vida. En realidad, se sabe muy poco a ciencia cierta acerca del enigmático y mágico Macedonio y cualquier intento de escribir una biografía con datos certeros sobre su existencia implicaría traicionar sus propios principios.

Entre las muchas anécdotas sobre Macedonio, se cuenta que en el año 1920 Macedonio fundó una comuna anarquista spenceriana en una isla selvática en Paraguay. Que no le gustaba darle la mano a nadie. Que guardaba alfajores viejos debajo de su cama. Que siempre tenía algún dicho ingenioso para cualquier situación. Que olvidaba sus escritos en los armarios de las pensiones en las que vivía por temporadas. Que era mejor conversador que escritor. Lo cierto, es que Macedonio llenó su vida de pistas falsas, ocultó hechos y también destacó otros, le sugirió a otros el retrato que escribieron, llenando su obra de señuelos autobiográficos.

El mejor ejemplo de esto es cuando Macedonio se postuló para ser presidente de la República Argentina, queriendo insinuarse en la mente del público “de manera sutil y enigmática”. La lógica detrás de su postulación era la siguiente: si un hombre quiere vender cigarrillos, como hay tantos hombres que se proponen trabajar en cigarrerías, no le irá bien. Ahora, si un hombre se postula como candidato a presidente, siendo que no hay demasiados candidatos que se postulen al supremo cargo ejecutivo, probablemente le vaya bien. Se dice que entre 1921 y 1922 Macedonio y sus amigos planearon una serie de acciones colectivas para introducir la ficción en la realidad. Macedonio y sus amigos regalaban o dejaban extraviadas en tranvías, salas de cine o en la calle, tarjetas y libros con anotaciones de propaganda pro-Macedonio. Lo esencial, según dice Borges, no era llegar a la presidencia, sino la difusión de su nombre. Que su nombre se insertara en el juego de la realidad, como un chiste compartido. Se puede añadir que el programa político-electoral de Macedonio eventualmente se desplazó hacia un programa estético-metafísico, legándonos una de las obras literarias más extrañas del siglo XX.

El de las gemelas

En la obra de Macedonio Fernández la nada es uno de los temas fundamentales y frecuentemente le atribuye a la nada una lógica, una forma y una dinámica.

En la década de 1920 Macedonio Fernández comenzó la escritura de uno de sus proyectos literarios más importantes, las novelas gemelas: Adriana Buenos Aires (Última novela mala) y Museo de la Novela de la Eterna (Primera novela buena).2 Macedonio nunca deja de esgrimir su ironía y nos dice que escribió las novelas gemelas de forma simultánea: “escribía por día una página de cada, y no sabía tal página a cuál correspondía; nada me auxiliaba porque la numeración era la misma, la calidad de papel y tinta, igual la calidad de ideas”. Para que las novelas gemelas no se pelearan, tenía que esforzarse y procuraba darles la misma atención. Así, nadie sería capaz de distinguir cuál de las dos era la favorita del autor. Macedonio intenta valorar ambas novelas por igual. Aunque su última novela carga el epíteto de ser “mala” y la primera novela el de “buena”, las gemelas son parte de su programa pedagógico y, según el autor quería, se debían de vender al dos por uno, en un solo libro.

En “la última novela mala” una mujer se enamora y la melosa historia intenta hacernos sentir la tragedia del amor imposible y no correspondido. Adriana Buenos Aires, usa la “alucinación” para “hacer participar al lector en las alegrías y penas de personaje”, lo que resulta “irremediablemente pueril”. Es decir, usa las técnicas de la novela realista y nos muestra un mal ejemplo de cómo el lector se puede involucrar demasiado en la trama de la novela, prestándole toda su atención a asuntos triviales, románticos y efímeros. Es una novela llena de verosimilitud, “el deforme intruso del Arte, la Autenticidad”. Lo que Macedonio repudia en su ejemplo de las malas novelas es la ilusión de un lector (el tipo de lector que llama “lector de vidriera” o “lector continuo”) que se “pierde” en la trama, en el enredo novelesco, y comienza a creer que lo que lee es verdadero porque le parece verosímil, auténtico, una representación fidedigna de la realidad.

En contraste, Museo de la Novela de la Eterna es una obra maestra que es una novela sin novela y sin elementos novelescos, en donde no hay trama. La línea temporal está llena de interrupciones, y nunca llega a comenzar, pues su objetivo es “una conmoción total de la conciencia”. Le dedica la novela al “lector salteado”, figura ideal que rompe con su técnica la continuidad de la ilusión novelesca. Museo está compuesta casi enteramente de prólogos. Al final, hay una breve sección de la “novela” en donde no sucede nada y se pospone la acción. En Museo, por cierto, uno de los personajes principales es el “Presidente”.

Museo de la Novela de la Eterna es una “novela a cuyo comienzo no ha precedido la nada”. La precede Adriana Buenos Aires, que no es la nada, sino que es una novela con-sin novela, con conciencia de ser la última novela mala.

El de la vieja hendida Nada

“Todo se ha escrito, todo se ha dicho, todo se ha hecho, oyó Dios que le decían y aún no había creado el mundo, todavía no había nada. También eso ya me lo han dicho, repuso quizá desde la vieja hendida Nada. Y comenzó. Una frase de música del pueblo me cantó una rumana y luego la he hallado diez veces en distintas obras y autores de los últimos cuatrocientos años. Es indudable que las cosas no comienzan cuando se las inventa. O el mundo fue inventado antiguo.” Este prólogo del Museo de la Novela de la Eterna es un manifiesto en contra de los que creen tener nuevas ideas, un manifiesto en contra de la vanguardia y el valor de la “novedad”, a favor de la vieja hendida Nada. Ahí, comienza el legado de Macedonio Fernández, a favor del plagio, de la comunidad, de la anécdota, de enriquecer la realidad con sus extraños personajes conceptuales. Lo que encontramos en distintas obras de distintas épocas, el añadir-se, sumarse a lo que ya hay en la realidad, en la tradición. No empezar desde cero, desde el balbuceo del bebé, desde un nuevo comienzo, sino desde un recomienzo, la vieja hendida Nada, el bostezo de la Nada.

El mundo fue inventado antiguo, quizás, y a eso quiere llegar Macedonio con su filosofía de la nada: “cuando quiero pensar en la nada ¿surge en mi mente alguna imagen sobre la cual recaiga ese pensar? Si la hay, pienso en algo y no en nada; si no la hay, no pienso. Tenemos, es cierto, la palabra nada que a algo alude: es una negación condicionada, o parcial de existencia condicionada: el no haber tal cosa o sentir en tal lugar o tiempo, es decir junto a tales determinaciones de otras cosas: no hay nada sobre esa mesa; el no haber en percepción lo que hay en imágenes: no haber en mi casa los manjares en que pienso. Nada carece de otro sentido”.

A través de su peculiar humor, el anecdótico Macedonio alude una y otra vez a la negación condicionada, la chica sin señora, el café sin leche, la vida sin biografía, la novela sin novela. Desde esa vieja hendida Nada hoy leemos a Macedonio, quien carece de otro sentido.


Autores
(Ciudad de México, 1989), doctora en literatura latinoamericana por Cornell University. Psicoanalista en formación. Ha publicado múltiples textos académicos y crónicas en revistas nacionales e internacionales. Su libro Curaçao: costa de cemento pueblo de prisión (FETA: 2019) fue ganador del Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay 2019.

Ilustrador
Pinchi Necro
Francisco Javier de la Torre Cordero “PINCHI NECRO” Francisco Javier de la Torre Cordero nace en Zacatecas, México el 29 de octubre 1988 Inicia su carrera artística en 2016 con su primera ilustración en portada e ilustraciones de anexo para el libro “Juntos diablo carne y mundo” para Taberna Libraria Editores en Zacatecas. Lo que dio lugar a un impulso considerable del que a partir de entonces se ha presentado en numerosas convenciones, exposiciones colectivas y conferencias bajo el seudónimo “PINCHI NECRO”, destacando la exposición individual "secuencias, 2019"en la cinética de Zacatecas donde exploró la animación a partir de dibujos individuales, así como el uso de la pluma 3d con enfoque artístico (siendo el primero en usar dicho material en Zacatecas con tal finalidad) participando además en la revista punto de partida por parte de UNAM y portadas para la editorial Texere (Zacatecas)
Ilustración de Mildreth Reyes

…hay gente que observa los pájaros,

gente que observa las estrellas,

y hay gente como yo

que observa a los demás…

Diario de un voyeur

La última vez que me hospedé en un hotel de carretera fue en un Baymont Inn & Suites en el 4210 de la IH-35 South, en San Marcos, TX. La habitación era una doble del segundo piso, tenía una lámina con el 227 en la puerta y daba directamente al parking. En la recepción, un sujeto hindú atendía el teléfono y tecleaba en la computadora, rellenaba la cafetera y aspiraba la sala de espera, a veces, todo al mismo tiempo. El piso interior estaba cubierto por una moqueta esconde polvo y había máquinas expendedoras de refrescos y hielo, una cafetera, pan de caja y cestos para cubrebocas. Una alberca, casi un lujo, empañaba el cristal que dividía la recepción en dos, comedor y balneario, pero nadie comía ni se bañaba. Era de noche y hacía frío en Texas.

Había dos maneras de ingresar a la zona de recámaras: una era por un corredor que salía en medio de la entrada de la alberca y el cuarto de servicio; la otra, a la Hitchcock, desde el estacionamiento, directamente del coche a la cama. Luego de introducir la tarjeta magnética en la puerta del edificio del hotel, una escalera de peldaños grasosos. En el pasillo central, habitaciones idénticas a cada lado, extintores, lenguaje covid por doquier. Todo normal, muy roadtrip, hasta cozy. Si no fuera por la retorcida crónica que Gay Talese escribiera sobre el Manor House, seguramente no habría revisado tan minuciosamente cada aspecto de mi habitación con vista al Whataburger, camas twin, ducha con bañera y mesita de estudio con biblia encuadernada en piel. No me sentía en el Bates Motel, sino en The Voyeur’s Motel.

Aquel invierno de principios de década, Gay Talese recibió en su casa de Nueva York una carta escrita a mano, enviada por correo exprés y sin firma, fechada el 7 de enero de 1980, en la que un tal Gerald Foos confesaba lo siguiente: “Compré este motel para satisfacer mis tendencias de voyeur y mi irresistible interés por todas las fases de la vida de la gente, tanto social como sexualmente, y para responder a la antiquísima pregunta de «cómo la gente se comporta sexualmente en la intimidad de su dormitorio»”. Hablaba de un pequeño motel de 21 habitaciones ubicado en la zona metropolitana de Denver: el Manor House en el 12700 de la avenida East Colfax de Aurora, Colorado.

You have to be there: físicamente, in situ, y corroborar vis-a-vis la historia, al menos, en las bases del Nuevo Periodismo que instaurara Gay Talese como dominante en el journalism norteamericano durante la segunda parte del siglo XX. El cronista insistía en utilizar nombres auténticos, situaciones verificables en tiempo y espacio, datos reales. Esta poética de la no ficción no imagina nada, sino que obtiene la información directamente de sus fuentes: Talese, según sus propias palabras, no oculta nada a sus lectores. En caso contrario, no hay historia.

Esta fijación por la veracidad del relato lo llevaría, unas cuantas semanas después, al edificio de ladrillo verde y puertas de color naranja que regentaba Foos, y en cuyo tejado a dos aguas mantenía un «laboratorio de observación», plenamente consciente del fisgoneo y la invasión a la privacidad de sus huéspedes. Gay Talese entonces viajó de Manhattan al desván privado del Manor House para comprobar la efectividad del método que el voyeur tardó casi un año en perfeccionar: de las 21 habitaciones del motel, en 12 había instalado falsos conductos de ventilación —una rejilla de celosía de 15 por 35 centímetros con una docena de listones—, personalmente diseñados y colocados por Foos, además, con la absoluta aprobación y apoyo de Donna, su primera esposa.

Una historia por lo menos morbosa y, detalles adelante, un tanto obscena y hasta ilegal. Gerald Foos se compromete a enviar el Diario de un voyeur a Gay Talese, siempre y cuando éste preserve el anonimato del mirón y el estatus saludable del motel. En Voyeur, el documental producido en 2017 por Josh Koury y Myles Kane basado en el libro de Talese, se pueden observar en la oficina del escritor neoyorquino decenas de cajas, cada una con su archivo personal, notas, cuadernos, recortes de periódicos y revistas, apuntes inéditos. En la etiquetada como «The Voyeur» hay más de 30 años de cartas, entrevistas y fotografías concernientes al Manor House y su perturbado dueño.

A diferencia de Norman Bates, Talese no describe a Gerald Foos como un sujeto clínicamente desquiciado, sino como un norteamericano cualquiera, poco fiable, es verdad, pero no lo trata como un perturbado sino como un «investigador social». Foos considera que su experimento cuenta incluso con mayor validez que los de cualquier institución académica enfocada en el sexo, pues sus «informantes» no solo desconocen su rol como conejillos de indias, sino que proporcionan información en vivo y en directo, justo a 2 metros de la cama de su habitación. El voyeur observó y documentó en varios volúmenes durante más de 15 años a miles de personas que alquilaron una habitación en el Manor House y siempre se mantuvo orgulloso de su secreto. Hasta que acudió a Gay Talese, quien recientemente había publicado Thy Neighbor’s Wife, historias de primera mano que el cronista convierte en un descomunal compendio de las costumbres sexuales en Estados Unidos, y del que Foos tenía noticia por el Denver Post.

En la primavera de 2013, después de poco más de 3 décadas de correspondencia, Gerald Foos llamó por teléfono a Gay Talese y le informó que por fin estaba preparado para dar a conocer su historia al público. Donna había muerto en 1985 y ahora su nueva esposa, Anita Clark, lo ayudaba con su «laboratorio de observación». Sí, ella también estuvo de acuerdo e, incluso, entre los dos adquirieron el Motel Riviera, en el 9100 también de la avenida East Colfax de Aurora, muy cerca del Manor House. Foos creía que, en el más apetitoso de sus sueños, merecía cuando menos difusión y hasta cierto reconocimiento por su labor. En las páginas del Diario de un voyeur había descripciones explícitas —que van desde lo escatológico hasta lo genital—, juicios de valor, opiniones políticas y, desde luego, confesiones comprometedoras. El voyeur confiaba que la ley de prescripción lo protegería de las demandas de violación de la intimidad que pudieran presentar antiguos huéspedes.

Objetos de su deseo, los personajes reales del voyeur eran también personas normales: comían pollo frito y embadurnaban las sábanas, no siempre cogían, muchas veces solo veían la tele, también eran víctimas del tedio, se masturbaban, dormían. En su bitácora, Gerald Foos describe cuerpos, extraños fetiches, impotencias, curiosidades generales y asquerosidades de la clase media norteamericana. Hay grupos swinger, interracial, incesto; prostitutas, dílers, gígolos; burócratas, profesoras de escuela, monjas; veteranos, tullidos, deformes; menores de edad, sugar daddies y cougars. Desde luego, también una gran cantidad de manifestaciones del sexo, acompañada de robos, violaciones, golpes, daño psicológico, hasta un asesinato impune que Foos presenció el 10 de noviembre de 1977 a través de la rendija de la habitación número 10 del Manor House y del que no informó en su momento a las autoridades.

Ilustración realizada por Julissa Montiel.

Ilustración realizada por Julissa Montiel.

La historia de Gerald Foos puso en entredicho el prestigio literario de Gay Talese, por un lado, y cuestionó los mecanismos del periodista, por otro, sobre todo en los sentidos ético y legal. Paul Farhi, en su entrada del 8 de abril de 2016 en el Washington Post, no solo apuntaló el espeluznante recuento de las actividades del voyeur, sino la responsabilidad del periodista frente a actos evidentemente criminales. ¿Eran, en todo caso, cómplices de un asesinato? ¿Hasta dónde se implicaba el autor en su historia? ¿Consideraba fidedignas las fuentes? Porque el gran error de Talese fue confiar en un único informante truculento, un tanto cínico, que resultó caer en algunas incoherencias temporales y narrativas en su relato, resueltas en la última edición de The Voyeur’s Motel con una «Nota del autor», suerte de fe de erratas que busca enmendar ciertas carencias en la trama del fisgón del Manor House.

En Google Street View, todavía hoy, se puede visitar una parcela llana de 30 por 86 metros en el lugar donde estaba el «laboratorio de observación» del voyeur, en el 12700 de la East Colfax Av. de Aurora, Colorado. El Manor House fue demolido en la primavera de 2015, mientras que la columna de Gay Talese en The New Yorker apareció en abril del siguiente año, unos días antes que la entrada de Paulo Farhi. The Voyeur’s Motel se publicó un poco después y podría considerarse como uno de los textos más polémicos del periodista norteamericano, no solo por el tabú, sino por la inconsistencia y, hasta cierto punto, por poner en escena las grandes carencias del Nuevo Periodismo: mientras que Foos, el voyeur, se escapa de los límites de la no ficción, Talese, el cronista, peca de crédulo y curioso. Ambos, para variar, con un fuerte tufo patriarcal y machista, hasta mesiánico, que confunde la realidad con la pornografía.

Para Gay Talese, Gerald Foos fue un narrador inexacto y poco confiable, pero sin duda un voyeur épico, aparentemente indultado en pos de la curiosidad. Mientras que el Motel Bates, The Overlook o The Grand Budapest Hotel son mitos instalados en el imaginario colectivo debido a la ficción, el Manor House y su mirón existieron efectivamente pero, ¿a quién le gustaría ser observado mientras come, caga o coge, sin aviso, remuneración o beneficio? Habrá quienes, seguramente.

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Autores
(Torreón, 1994), hispanista por la UNAM y lector. Literaturas contemporáneas y de ciencia ficción, crítica literaria, escritura creativa y archivo. Escribo en la aldea global desde el western y la distopía. Posnorteño. Doppelgänger: @lagunauta.

Ilustrador
Mildreth Reyes
(Martínez de la Torre, 1999) Estudió la Licenciatura en Arte y Diseño en la Escuela Nacional de Estudios Superiores, UNAM campus Morelia. Dicha formación le ha permitido reflexionar sobre distintos aspectos de la comunicación visual. Ilustra y escribe para anclar vivencias, pensamientos y convicciones a su mente, tenerlas presentes en su propio proceso y guardarlas a través de la forma.
Imagen tomada de Pixabay.

A casi una década de su lanzamiento, Rick and Morty se ha constituido ya como un referente de la animación. Con cinco temporadas en el aire, y una sexta que sus espectadores en todo el mundo esperan con ansias, las aventuras del científico nihilista, Rick, y su aturdido nieto, Morty, se han vuelto un bálsamo de ciencia ficción, existencialismo, literatura y distopía que, capítulo a capítulo, nos presenta personajes cada vez más entrañables, dolorosamente cercanos a pesar de su carácter alienado y estrafalario. Notable resulta, también, el nivel de profundidad que algunos de sus capítulos alcanzan: por aquí uno se encuentra una referencia inmediata a los grandes problemas geopolíticos contemporáneos; por allá, personajes de la literatura se entremezclan con los protagonistas en circunstancias absurdas; no pocas veces, también, resalta la reconstrucción personajes e historias de la cultura contemporánea.

Muchas son las anécdotas o cualidades de este programa que merecen especial atención. Para este texto, no obstante, me dedicaré a analizar sólo un fragmento que muestra con gran pericia el empleo de los mitos en la construcción de anécdotas y, por otro lado, la profunda conexión que esta serie tiene con la literatura universal.

 

Las aguas de la existencia

En la segunda temporada, durante el episodio “Mortynight Run” —especialmente famoso por introducir la canción “Goodnight Moonmen”—, Rick y Morty llegan a un centro interestelar de videojuegos: Blips and Chitz. Los personajes discuten acaloradamente: Rick acaba de venderle armas a un asesino a sueldo y el dinero adquirido se empleará en pasar una tarde de diversión familiar. En medio de esta argumentación ética, Rick coloca un casco en la cabeza de Morty y lo obliga a jugar un videojuego llamado Roy: Una vida bien vivida. Cuando se activa, el escenario cambia por completo y nos encontramos en pantalla con un niño de unos ocho años que acaba de despertar sobresaltado.

“Tuve una pesadilla. Estaba con un viejo; puso un casco en mi cabeza”, cuenta el pequeño Roy a su madre, quien lo tranquiliza diciéndole que sólo es un mal sueño producido por la fiebre. A partir de entonces, los guionistas nos sumergen en una nueva historia: durante el siguiente minuto, presenciamos la vida escolar de Roy, su paso por la preparatoria, su momento de gloria deportiva en la juventud, su primer amor, matrimonio y paternidad, la renuncia de los sueños juveniles con la llegada a la madurez, la apertura de una tienda de alfombras, la amenaza del cáncer, las batallas con las quimioterapias, la ansiada curación… toda una vida, la vida de Roy hasta llegar al momento de su muerte a los 55 años.

Roy muere al caer de una escalera —¿se trata acaso de un guiño al Finnegan’s Wake, de James Joyce?, y su historia se ve interrumpida por la infame pantalla de Game Over. Morty regresa a su realidad, y se ve nuevamente en Blips and Chitz, junto a una máquina que indica sus estadísticas: “55 años, nada mal, Morty. Aunque creo que desperdiciaste tus treintas con esa fase de observar pájaros”, dice Rick, quien ha sido espectador durante los minutos que Morty ha estado conectado al videojuego.

La escena no tiene ninguna relevancia para la trama del capítulo, tampoco clara influencia en el desarrollo de los personajes o en la conclusión de la aventura; sin embargo, tiene tal impacto en la mente de Morty, que durante el resto del episodio recordará en varias ocasiones su vida como Roy. No se trata de un hecho arbitrario, ni mucho menos de un divertimento. Antes bien, en mi opinión, el pequeño episodio es una de las escenas más memorables de la temporada (y bien podría decir “de la serie”), pues retoma uno de los mitos más relevantes de la tradición hindú: el misterio de la māyā.

En su libro, Mitos y símbolos de la India, un tratado sobre la cosmología y el ordenamiento teológico hindú, el indólogo y lingüista alemán Heinrich Zimmer definió la māyā como un truco, artificio, sueño o engaño de la vista. Al mismo tiempo, está relacionada con la realidad misma: “Māyā es la Existencia: el mundo que conocemos y nosotros, contenidos en el entorno en constante crecimiento y disolución, creciendo y disolviéndonos a la vez”; el autor resalta el carácter mágico de la Māyā como un atributo de los dioses para crear ilusiones que sustituyan la realidad empírica. El filólogo Fernando Tola, célebre por sus diversos estudios de filosofía de la India, resalta este poder mágico al designar la māyā como “ilusión mágica”, un espejismo, el sueño que habitamos y en el que nos desenvolvemos mientras vivimos en las aguas de la existencia. Dicho de otra forma: la māyā es la vida en su totalidad, la ilusión de todo lo que ha sido y todo lo que será.

Si bien comprender los misterios de la māyā es el gran deseo de todos los sabios y hombres de fe en los mitos hindúes, lo cierto es que sus secretos están vedados a los mortales. Para ejemplificar esta imposibilidad, Zimmer refiere una anécdota fascinante que toma como personaje principal al asceta Nārada. Cuenta Zimmer que Viṣṇu, como premio a la ferviente devoción que demostraba Nārada, ofreció satisfacerle un deseo, cualquiera que éste fuera. El eremita, asombrado por los favores del dios, le pidió que le permitiera conocer el secreto de su māyā, pues era su más grande anhelo luego de dedicar su vida al dios. Conmovido, Viṣṇu le da la oportunidad de acercarse a su māyā, no sin antes advertirle que “jamás habrá nadie que penetre su secreto”.

Cito el fragmento de Zimmer por su riqueza narrativa, la cual difícilmente podría parafrasear. Habla Viṣṇu:

Entonces, aunque le advertí que no indagara en el secreto de mi Māyā, insistió lo mismo que tú. Y le dije: ‘Sumérgete en aquella agua y experimentarás el secreto de mi Māyā’. Se sumergió Nārada en la charca, y salió… en forma de una muchacha.

Nārada salió del agua como Suśīlā, la Virtuosa, hija del rey de Benarés. Poco después, cuando estuvo en la flor de la juventud, su padre la dio en matrimonio al hijo del vecino rey de Vidarbha. El santo profeta y asceta, en forma de muchacha, experimentó plenamente los placeres del amor. Más tarde, llegado el momento, murió el viejo rey de Vidarbha y el marido de Suśīlā le sucedió en el trono. La hermosa reina tuvo muchos hijos y nietos, y fue incomparablemente feliz.

Sin embargo, al cabo de mucho tiempo, surgió la disensión entre el padre de Suśīlā y su marido; disensión que poco después se convirtió en guerra violenta. En una sola y cruenta batalla murieron muchos de sus hijos y nietos, así como su padre y su marido. Cuando le llegó la noticia del holocausto, salió afligida de la capital y se dirigió al campo de batalla para elevar allí su solemne lamento. Mandó erigir una pira gigantesca y colocó en ella los cadáveres de su familia: de sus hermanos, sus hijos, sus sobrinos y sus nietos; luego, juntos, los cuerpos de su marido y de su padre. Con su propia mano aplicó una antorcha a la pira. Y cuando ascendieron las llamas, exclamó: ‘¡Hijo mío, hijo mío!’. Y cuando las llamas comenzaron a rugir, se arrojó a la hoguera. Al punto, el fuego se enfrió y se disipó. La pira se convirtió en charca; y en medio de las aguas Suśīlā se reconoció a sí misma… pero otra vez como el santo Nārada. Y el dios Viṣṇu, cogiendo al santo de la mano, lo sacó de la charca cristalina.

Cuando el dios y el santo llegaron a la orilla, Viṣṇu preguntó con sonrisa burlona:

‘¿Quién es ese hijo cuya muerte llorabas?’ Nārada se sintió confundido y avergonzado. El dios prosiguió: ‘Ése es el aspecto de mi Māyā: doloroso, sombrío, desventurado’.

 

En ambos relatos, un personaje vive un proceso de iniciación espiritual, guiado por una existencia superior: Rick, que es representado como un ente transdimensional y, frecuentemente, referido como el ser más inteligente de todos los universos posibles, es cercano a la omnisciencia de Viṣṇu, conocedor de los misterios del cosmos. Morty, como Nārada, es un discípulo hambriento por penetrar en estos misterios: ambos se sumergen a las aguas de la existencia y padecen, en un instante, la experiencia de la māyā al vestir “el ropaje de otra vida”. La relación entre las dos historias es clara.

Hay en la literatura de Asia múltiples textos que se insertan en la misma tradición del relato de Nārada. Especialmente notable es, por ejemplo, el cuento chino “El gobernador de Nanke”, recuperado en Japón bajo el título “Junu Fun” en el kaidan zensho [怪談全書], colección de “relatos extraños” compilados por el filósofo Hayashi Razan en el siglo XVII. En éste, un hombre llamado Junu Fun se emborracha con unos amigos y se queda dormido junto a las raíces de una gran pagoda. En su sueño, un mensajero llega por él y lo conduce al castillo del reino de Kaian. Ahí es acicalado por el emperador, e incluso contrae nupcias con la princesa; posteriormente, se convierte en un próspero señor feudal y gobierna una de las extensiones de tierra recibidas como dote matrimonial. Luego de veinte años, su mujer perece de una enfermedad y el rey decide enviarlo de regreso a donde pertenece.

Junu Fun despierta junto al árbol para darse cuenta de que toda aquella aventura no ha sido más que un sueño:

Fun despertó del sueño y vio a un jovencito sosteniendo una escoba y barriendo el jardín; junto a él, sus amigos seguían sentados en sus bancos de madera. El sol todavía estaba en lo alto del cielo. Fun les pidió que lo acompañaran a revisar la pagoda, y encontraron en las raíces de ésta un solo agujero. Era bastante grande, y en su excitación Fun vio que tenía el tamaño suficiente para que un hombre pasara a través de él.

Dentro del agujero había varias raíces que estaban posicionadas de manera que semejaban una fortaleza y un palacio. Ahí encontraron innumerables hormigas. Una de las hormigas era grande y tenía blancas alas y cabeza roja. Era el rey de Kaian.

Había una rama que apuntaba al sur y que pasaba a través de otro agujero, ahí había también muchas hormigas. Éste debía ser el distrito del sur [que él había gobernado].

Enredado en torno a esta raíz había algo que semejaba una serpiente. Era un montículo de tierra de unos treinta centímetros. Aquella debía de ser la colina Hanryō [donde había sepultado a su esposa]. Fun, pensando que esto era de lo más siniestro, pronto cubrió el agujero. Aquella noche se desató una gran tormenta en la ciudad. Al amanecer, revisó el agujero y vio que todas las hormigas habían desaparecido. Jamás volvieron a verlas.

 

(Por cierto, el cuento de Junu Fun fue reescrito casi tres siglos más tarde como “El sueño de Akinosuke”, en una versión que el autor Koizumi Yakumo [Lafcadio Hearn] describiera en su popular colección de relatos kaidan. Notable para este tema resulta también el texto “La carpa de mis sueños”, del magnífico Ueda Akinari.)

En todas estas historias, es notable el tratamiento de la ilusión como una especie de portal hacia otras formas de la existencia. Fascinante, también, es el hecho de que sólo la muerte (de Roy, de Suśīlā, o de la familia hormiga de Junu Fun) logra despertar a los protagonistas a su antigua realidad: la muerte se exhibe como un despertar supremo de la conciencia —y probablemente lo sea—. El casco que se coloca Morty en el área de juegos de Blips and Chitz no es sino una versión moderna del lago primordial de Viṣṇu, o del árbol donde se quedó dormido Junu Fun. En cada caso, los personajes iniciados renuncian a su ser para experimentar “el ropaje de otra vida”. Sin embargo, el paseo tiene un alto costo para ellos pues, si lo que acaban de pasar fue sólo un simulacro de amor, de tragedia, de muerte, cabe preguntarse ¿qué tan real es la vida real?

¿En verdad vivimos todos en la ilusión de la māyā?

Como un modesto corolario, recupero otro fragmento del mismo relato de Zimmer que, a mi parecer, expresa con mucho sentido la visión de la existencia —o de las existencias infinitas— que plantea Rick y Morty. En este caso, habla el príncipe Kāmadamana a su padre, después de que éste lo urja a conseguir una esposa. El príncipe se niega a casarse pues, para él, la felicidad del matrimonio no es sino una trampa más de la ilusión.

 

—Querido padre —dijo el joven—, he pasado por más de mil vidas. He sufrido la muerte y la vejez centenares de veces. He conocido la unión con esposas, y la pérdida de éstas. He existido como yerba y como arbusto, como planta trepadora y como árbol. He caminado con el ganado y con los animales de presa. He sido brahmán, hombre y mujer centenares de veces. He participado de la felicidad de las mansiones celestiales de Śiva; he vivido entre los inmortales. Verdaderamente, no hay variedad de ser sobrehumano cuya forma no haya tomado yo más de una vez: he sido demonio, duende, guardián de tesoros terrenales: he sido espíritu de las aguas de los ríos; he sido damisela celestial; también he sido rey entre los demonios serpiente. Cada vez que el cosmos se ha disuelto yo también; y cuando el universo se ha vuelto a desplegar, he vuelto yo también a incorporarme a la existencia para vivir otra serie de renacimientos. Una y otra vez he caído víctima de la ilusión de la existencia… y siempre por haber contraído nupcias.

 

¿No parece esta lista de vidas y realidades una sinopsis de lo que ha sido la vida de Rick Sánchez o, para ser más acorde con la serie, del ejército infinito de Rick Sánchez que se nos ha mostrado? El príncipe Kāmadamana bien podría enumerar sus múltiples existencias como nuestro científico favorito ha hecho: Fisher Rick, Afro Rick, el memorable Pickle Rick, Tiny Rick, Simple Rick, Aqua Rick, Hammer Rick, Cat Rick, Cronenberg Rick, Cyclops Rick, Dandy Rick, Eye Patch Rick, Flat top Rick, Beard Rick, Fascist Rick, Shrimp Rick, Toxic Rick y un larguísimo etcétera porque la lista de Ricks es infinita, en todo el sentido matemático del término. Si bien no me atrevería a afirmar que la filosofía de la India es fundamento para construir el mundo narrativo de la serie, me parece a estas alturas que la relación entre ambas visiones de la realidad queda claramente establecida.

Al concluir el turno de Morty en el videojuego, Rick toma el casco y lo reta, diciendo que “hará pedazos su récord” en Roy. Con esto, Rick hace gala de su superioridad óntica —algo que ocurre regularmente en la serie—, y reitera su papel como un ser supremo capaz de vivir la vida de Roy una y otra vez sin afectaciones, pues, para Rick, el misterio de la māyā está claro. En este final episódico se esconde un cuestionamiento profundamente humano, que tiene que ver con la concepción de nuestro lugar en el mundo: si la vida es ilusión, ¿vale la pena buscarle un significado? Y, retomando las palabras del célebre sacerdote de Madrid: si toda la vida es sueño (o un videojuego), ¿tiene algún valor nuestra existencia?


Autores
(Zapotlán el Grande, México, 1988) es narrador, artista y profesor de literatura. Actualmente estudia el Doctorado en Humanidades de la Universidad de Guadalajara. Es licenciado en Letras Hispánicas por la Universidad de Guadalajara e Ingeniero Ambiental por el Instituto Tecnológico de Ciudad Guzmán, además de maestro en Estudios de Asia y África por El Colegio de México. Ha sido becario del Programa de Estímulos a la Creación y al Desarrollo Artístico en Jalisco en la categoría Jóvenes Creadores en 2006 y 2019 y becario del FONCA en la categoría Jóvenes Creadores en 2021. Ganador del Premio Nacional de Narrativa Mariano Azuela, en 2016, del Premio Nacional de Cuento Joven Comala, en 2018, del Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay y el Premio Nacional de Cuento José Alvarado, en 2020, y del Premio Nacional de Cuento Agustín Yáñez, en 2021. Ha publicado los libros de cuentos El espectador (2013), Me negarás tres veces (2017), La noche sin nombre (2018), Padres sin hijos (2021) y el libro de crónicas Los niños del agua (2021).
Ilustración de Maricarmen Zapatero

Neymar intentó toda la noche remontar un marcador ante el Paris Saint-Germain que parecía imposible: corrió, pidió balones, dribleó, defendió a Messi, aventó a Thiago Silva por querer consolarlo, no reclamó demás, si le pegaban se levantaba de inmediato. A su lado estaban Messi, Suarez e Iniesta, sin embargo, el brasileño fue el que más intensidad desbordó esa noche.

Minuto 86 y el Barcelona casi está eliminado, sí el equipo quiere pasar de fase, necesitan meter tres goles y la desesperación empieza a inundar a quien sea que vista de blaugrana. Minuto 87 y el brasileño provoca una falta sobre él, agarra el balón, lo acomoda apenas afuera del área y perfilado con su pierna derecha conecta el balón sutilmente haciéndolo girar 360 grados. Marcó un hermoso gol de tiro libre que no se festeja porque el tiempo se acaba.

Minuto 90+1, Marquinhos derriba a Suarez provocando un penal que el uruguayo le sede casi de inmediato a Neymar, ni siquiera Messi duda que el 11 está on fire. Nuevamente acomoda el balón Adidas lleno de estrellas y el requisito está hecho, están a solo un gol de que el milagro suceda.

En la banca se ve al técnico Luis Enrique dar indicaciones, pero nadie parece hacerle caso. Último minuto del agregado y hasta el portero Ter Stegen está en el área del PSG tratando de anotar, un rechace hace que el balón casi llegue al medio campo, Neymar va por él, lo conduce y con una finta de tiro deja atrás a Verrati, para después bombear un centro suave que llega a Sergi Roberto que solo empuja el balón a la red.

Esa noche el festejo en Barcelona fue casi igual a cuando ganaron la Champions League, remontar cuatro goles no es cosa menor, pero lo que más se recuerda de esa gesta, fue que Neymar demostró que, a sus 25 años, podía estar a la altura de Messi y Cristiano Ronaldo.

 

Desde que se retiró Pelé (según algunos periodistas deportivos, el mejor futbolista de todos los tiempos) a finales de los años setenta, Brasil ha estado ávido de volver a tener a un jugador de ese tamaño, que se le consideré el mejor futbolista de toda una era. Sin embargo, el país sudamericano se ha quedado muy lejos de esa disputa, y si bien ha habido casos excepcionales, como Zico, Romario, Ronaldo, Kaká o Ronaldinho, los años de reinado que han tenido han sido muy pocos, y casi nada, si los comparamos con los dos mejores futbolistas de la actualidad, Messi y CR7, que han estado en la elite por más de 10 años, cosa que ningún futbolista, ya no digamos brasileño, ha hecho en las últimas tres décadas.

Quizás por eso, cada que un jugador joven destaca en las ligas juveniles de Brasil o debuta a muy temprana edad, siempre se le busca comparar o nombrar como el nuevo Pelé. Ejemplos hay muchos, desde Ronaldo, Adriano y Robinho, hasta el propio Neymar, por mencionar a los más famosos. Pero esto más que un halago, suele ser una carga que muchos futbolistas jóvenes no logran soportar, haciéndolos quedar en las sombras con retiros casi inmediatos, o con carreras que se quedan muy lejos de lo que se vislumbraban.

Y es que ser un futbolista en Brasil, un país con más del 30% de su población viviendo en la pobreza (y cada vez aumentando más), significa salir de todo eso casi de inmediato. El Propio Neymar finca gran parte de su deseo de ser una superestrella en esas carencias que tuvo de pequeño, compartiendo algunas anécdotas de eso, como en una entrevista que tuvo con el youtuber brasileño Thiago Nigro, recordando cuando vivía en casa de sus abuelos, con sus tías y primos en una casa de tres cuartos pequeños, donde todos dormían a la misma hora y en el mismo espacio. “Siempre tuvimos dificultades, pero nunca nos faltó nada básico, tipo comida. Recuerdo decir a mi madre que quería comer una galleta pero que no tenía dinero para comprarla. Ella intentó consolarme. Yo le dije: ‘Voy a ser rico y voy a comprar una fábrica de galletas‘, a veces ella todavía habla de esto y llora”.

Sin embargo, llegar al debut no es sencillo y menos aún en un país en el que según datos, hay por lo menos 30 millones de personas que lo practican. Neymar lo ha contado en diversas entrevistas, “El proceso para ser futbolista es muy doloroso y complicado, te tienes que enfrentar a muchas cosas. Tenía un millón de amigos con más talento que yo y no han conseguido llegar”. Y es que clubes importantes como el Flamengo, dicen que por lo menos al año pueden ver hasta 20,000 aspirantes a su cantera.

Quizás por eso, lo que ha logrado Neymar es de respetarse. De niño rápidamente llamo la atención de muchos, jugando en la calle, en la playa o en el futsal, aunque siempre hubo esa duda en algunos de sus técnicos que no creían que llegaría muy lejos por su complexión delgada, ya que daba la primera impresión de que era débil y que no podría competir ante la fuerza de niños más grandes. No obstante, Neymar era habilidoso, rápido e inteligente para moverse con y sin balón, además de que según sus entrenadores, Neymar jugaba tan rítmico como los cantos de los estadios de futbol.

En algunas entrevistas Ney confiesa que una de sus principales virtudes fue comenzar a jugar futbol de salón (muy popular en Brasil), que lo llevo a dominar los regates y fintas en espacios muy cortos, habilidades que sobre todo, vimos en el primer Neymar, ese que jugaba en el Santos de su país, donde hacia sombreritos, bicicletas o gambetas imposibles que escondían el balón a los defensas contrarios y que lo han hecho acreedor a patadas y faltas arteras, salidas de la impotencia de sus rivales que no lo pueden parar.

Con 11 años fichó con el Santos FC para jugar en las categorías infantiles del club. Con 14 años fue a probarse a España con el Real Madrid, en donde todo estaba listo para que jugara en las juveniles del club blanco, sin embargo, Neymar no quiso quedarse en España y le pidió a su padre volver a Brasil a pesar de que, en ese entonces, Beckham, Zidane, Roberto Carlos y todos los galácticos, eran las figuras a las que se quería igualar. Regreso al Santos y rápidamente destacó y empezó a tener un mejor sueldo que ayudó a él y a su familia a estabilizarse y creer que podían vivir del futbol

En el 2009 debutó con solo 17 años entrando de cambio, aunque tuvo que esperar a meter su primer gol una semana más tarde. Esa primera temporada se ganó rápidamente la posición de extremo izquierdo y anotó 14 goles en 48 partidos. Sin embargo, la explosión vendría un año más tarde en donde fue elegido el mejor jugador del campeonato brasileño y las comparaciones con Robinho y Pelé comenzaron a llegar.

Para el 2011 las comparaciones con O´Rei parecían tener un sustento, y con Neymar y Paulo Ganso como puntas, Santos FC ganó la Copa Libertadores por primera vez en 48 años, siendo la última en 1963, justo de la mano de Pelé. Ese mismo año Ney ganaría el premio al Futbolista del Año de Sudamérica y el premio Puskas al mejor gol cuando en un partido contra el Flamengo, el 11 recibió el balón adelante del medio campo, escondiéndolo y driblando a un par de contrarios, corriendo hacia el centro de la cancha rumbo a la portería para después pasar la pelota y recibirla nuevamente con una pared de su compañero Borges; ya de frente al área, aguantaría algunos jalones de un rival y justo para entrar al área chica, le pasaría el balón por el costado derecho de un defensor con una gran finta, punteando la pelota con su pierna derecha hacia la red, para resistir una barrida que lo derribaría en el área: golazo.

Con goles, asistencias y grandes actuaciones, su carrera deportiva fue ascendiendo. Como coincidencia, el 5 de febrero de 2012, día de su cumpleaños, Neymar anotó su gol 100 con la camiseta del Santos y en ese mismo año, Neymar se convirtió en la joven promesa en la que Brasil fincaría todas sus ilusiones para lograr cosas grandes. Los comerciales, patrocinios, entrevistas en todo tipo de programas, apariciones en revistas de chismes y deportivas comenzaron a ser parte de su día a día: la fama lo había alcanzado, era el futbolista más querido y protegido de todo Brasil.

Ya con las competiciones sudamericanas y brasileñas ganadas, los mismos brasileños empezaron a pedir la salida de Ney a Europa, si él los llevaría ganar una nueva Copa del Mundo, era el momento de emigrar a una de las mejores ligas. El FC Barcelona acabó fichándolo en el verano de 2013 y a pesar de que su primer año no fue bueno, esa adaptación le ayudó a firmar una segunda temporada magnifica en donde logró hacer un tridente histórico a lado de Lionel Messi y Luis Suárez a base de goles y de un gran juego, logrando obtener el segundo triplete en la historia del club blaugrana que consistió en ganar la Copa del Rey, la Liga Española y finalmente la Champions League.

En su búsqueda por volverse el mejor del mundo, Neymar decidió salir de Barcelona y encabezar el proyecto del Paris Saint-Germain para convertir al club en uno de los más importantes de Europa. Sin embargo, ha estado muy lejos de lograrlo y el click que tuvo con la afición parisina cuando llegó, se ha ido desvaneciendo, más aún cuando ha tenido lesiones graves que no le han permitido rendir lo que se esperaba de él. Pero también ha estado envuelto en la polémica al supuestamente, inventar lesiones o enfermedades para poder festejar cumpleaños propios o de familiares y amigos perdiéndose partidos clave. De igual manera, ha hecho fiestas previas a partidos, se ha peleado con compañeros de equipo, dividió al vestuario y hasta ha roto los protocolos sanitarios cuando se supone que está prohibido por la pandemia. Todo esto lo ha hecho perder mucha de la fe que el pueblo brasileño tenía en él para convertirse en el mejor del mundo y llevar a su selección a cosas grandes.

Neymar ha mencionado en los últimos años que nunca dejara de ir a fiestas porque dedicarse por completo al futbol agrava su salud mental. De hecho, hace no mucho mencionó que quizás el Mundial de Qatar será la última oportunidad que tenga de darle una nueva Copa del Mundo a su país, porque no está seguro de seguir aguantando la presión que se ha ejercido en él durante todos estos años que lleva como profesional. Y de cierta manera puede que tenga razón, la presión puede volverse una locura más aún cuando no se está preparado, de igual manera, en el último documental que hizo Netflix de él (y que produjo LeBron James), podemos ver a un Neymar infantilizado que hace lo que quiere, con un padre que le exige perfección y una madre que sentencia la frase de “al que se le da mucho se le debe exigir más”.

Y es que con un salario anual de 30 millones de euros que le da el PSG más todos sus patrocinios como el reciente firmado con Puma de 25 millones de Euros, es notorio que Neymar se ha quedado corto con todo lo que se esperaba de él. Más aún cuando siempre ha dicho que él no juega por todo el dinero que gana, sino por querer ser el mejor, aunque si pudiera, no le gustaría ser tan famoso como lo es.

Algo que de cierta manera ha hecho bien fue que, con la ayuda de su padre, crearon su propia empresa y el nombre de Neymar Jr. ya es una marca propia que aspira a consolidarse con cada año que pasa y una vez que se retire, como lo han hecho deportistas de la talla de Michael Jordan o David Beckham. De igual manera, su empresa fundó en el 2014 con su madre como presidenta, el Instituto Projeto Neymar Jr. en su ciudad natal Praia Grande, que ayuda a familias y niños necesitados en el barrio Jardim Glória. Actualmente tiene 2.154 niños inscritos a los que se les enseñan diversas actividades educativas y deportivas como el estudio de idiomas, clases de artes, música, fútbol, ​​natación, baloncesto, entre otras, así como a sus familias quienes participan en los diferentes cursos profesionales que dan como clases de música, alfabetización, informática, matemáticas, inglés básico o español.

En el mundial del 2014 Neymar salió lesionado por un rodillazo canchero sobre su espalda por parte del colombiano Juan Zuñiga, detonando tal vez en el ánimo de su equipo que fue vapuleado un partido después por Alemania. En los Juegos Olímpicos de Rio fue el capitán de su selección y logró ayudar a Brasil a ganar por primera vez medalla de oro frente a los alemanes. Dos años más tarde y apenas recuperado de una grave lesión, en el Mundial de Rusia poco pudo hacer para ayudar a su selección perdiendo en cuartos frente a Bélgica. Es evidente que Neymar ha estado siempre ahí compitiendo, es de los pocos jugadores que ha ganado los torneos más importantes de clubes como la Champions y la Libertadores, nada sencillo. Incluso es el segundo máximo goleador de su selección a solo siete goles de Pelé, y verlo jugar siempre es sinónimo de espectacularidad, sea por lo bueno o por lo malo que haga. Después de una escasez de talento en la selección de Brasil, la llegada de Neymar hizo que pensáramos que el jogo bonito podía resurgir.

A los 30 años Pelé ya había ganado su tercera Copa del Mundo; Maradona estaba en la mejor etapa de su carrera con el Napoli; Romario regresaba a Brasil con el Fla; Ronaldo jugaba para el Real Madrid y recién había ganado el Mundial de Alemania; Messi ganaba su cuarto Balón de Oro y Ronaldo su quinta Bota de Oro. Neymar está ante el año más importante de su vida, ese que puede encumbrar su carrera y volverlo un mito viviente. Puede ganar su segunda Champions a mediados de año a lado de su amigo Messi y darles a los parisinos la gloria que tanto buscan, pero sobre todo, puede ganar la Copa del Mundo a finales de año con su selección y demostrarles a todos que, eso que se esperó de él, siempre fue real y solo había que dejar que el tiempo pasara para que Neymar madurara y lograra lo que el destino le tenía preparado, no ser el nuevo Pelé, sino Neymar Jr. el Nuevo Rey brasileño.


Autores
(Ciudad de México, 1985). Es narrador y periodista. Escribe sobre música, futbol, terror y literatura en diversos medios impresos y digitales. Fue becario del FONCA (2015-2016) y del PECDA del Estado de México (2014-2015), en ambas como joven creador en letras con especialidad en cuento. Estudió la Licenciatura en Creación Literaria en la UACM y la Maestría en Letras Modernas por la Universidad Iberoamericana. Actualmente da clases de periodismo y de escritura creativa.