De oro pálido, el alba misiva acogió entre su cetrino continente plumas y pinceles que configuraron la primera modernidad del México del siglo veinte. O para decirlo más claramente: la cerveza Carta Blanca —aquella que por fortuna podemos encontrar todavía en las calles de la Ciudad de México y que con su ligera palidez alivia el desamparo feroz de la cruda—, con la idea de hacerse publicidad, publicó en la década de los treinta el Boletín mensual Carta Blanca, que presentaba la obra de un pintor junto a una nota crítica encomendada a un especialista. Entre las páginas de la publicación, figuraron nombres como los de Xavier Villaurrutia, Jorge Cuesta, José Gorostiza, Antonio Castro Leal y Enrique Fernández Ledesma —el de la prodigiosa Galería de fantasmas— y pintores como Roberto Montenegro, David Alfaro Siqueiros, Carlos Mérida y Carlos Orozco Romero; estos últimos figuraron como los directores del folletín. Incluso, Antonin Artaud contribuyó con un par de textos en el poco más de un lustro de vida del Boletín. Entre 1934 y 1939 se editaron alrededor de cincuenta números, y la primera época llevó por nombre “Galería de pintores modernos mexicanos”; la segunda, “El arte en México. Pintura colonial”, y para el tercer año, 1936, anunciaron que:
Hemos tenido tan buena acogida que nos sentimos alentados para proseguir este esfuerzo. Con verdadero placer anunciamos a nuestros lectores que ya está en preparación una nueva serie de Suplementos Artísticos que llevará como título: Boletín Mensual Carta Blanca. El arte en México. La nueva colección se compondrá de 10 reproducciones perfectas (fotografía directa, a colores) de las más bellas obras que existen en nuestro país de los grandes pintores europeos de la época renacentista y posteriores.1
Esta labor editorial y publicitaria se le debe a Salvador Novo quien, a instancias de Villaurrutia, crea la publicación en su faceta como publicista de la cervecería Cuauhtémoc. Si bien Capistrán consigna que el Boletín se hizo cuando Novo era socio de la agencia de Augusto Díaz Riquelme —despacho publicitario que hasta nuestros días se mantiene vigente—, lo cierto es que ésta se crea hasta 1944, años después de que la publicación llegara a su fin. También es necesario destacar que aunque se le da la paternidad de a Novo y a Villaurrutia, la cervecería ya había abierto una galería de arte en la Ciudad de México a principios de la década de los treinta, la Galería Carta Blanca, en la calle de Madero, cuya inauguración estuvo enmarcada con la muestra de ocho pintores —Carlos Mérida, Carlos Orozco Romero, Agustín Lazo, Fermín Revueltas, Jean Charlot, Tamiji Kitagawa, Roberto Montenegro y David Alfaro Siqueiros—, organizada por Carlos Orozco Romero y Carlos Mérida, quienes dos años antes, entre 1929 y 1930, habían estado a cargo de la galería del Teatro Nacional, es decir, el ahora Palacio Bellas Artes.
La caterva de nombres que colaboraron en el Boletín mensual Carta Blanca —reconocibles por lo demás para cualquier lector medianamente atento a la literatura mexicana del siglo pasado— lleva a pensar, de manera inmediata, en dos revistas imprescindibles de nuestra historia: Contemporáneos y Examen, y al fijar la vista en ellas, también es ineludible pensar en el vasconcelismo y su industria cultural, cuya mayor insignia, quizás, sea la edición de aquellos clásicos de pasta verde.
Si se piensa en los inicios del convulso siglo veinte mexicano, en los años posteriores a la Decena Trágica, en el Maximato y en la sangre que se derramó por la silla presidencial —los golpistas y miserables siempre han sido dolorosa parte de nuestra historia—, encontramos que el arte se revolvía febril y encontraba múltiples caminos por los cuales diseminarse. Del nacionalismo que sucedió al porfiriato a la estridencia del grupo formado por quienes hicieron la revista Horizonte y el individualismo del “Grupo sin grupo” se conformaron voces y estéticas que en contrapunto unas con otras dieron vida al arte mexicano; la Guerra Civil Española uniría a escritores de todo el mundo en una lucha antifascista y el nuevo orden que dejaría la Segunda Guerra Mundial terminaría por codificar el convulso medio siglo. Sin embargo, en esas primeras cinco décadas puede encontrarse un hilo conductor: la idea de crear un patrimonio cultural propio, en el que convergieran la “alta cultura” y el “arte popular”; por ello, entre el ritmo de la negritud de Silvestre Revueltas, el “mole de guajalote” de los estridentistas; el arraigambre de la tierra de Carlos Chávez y la microtonalidad de Julián Carrillo, así como el ya citado muralismo y la ruptura de una generación la cultura mexicana, se suscitaron productos culturales que preludiaron el mass media. Como señala Roberto Aceves Ávila:
Para Esther Gabara, un ejemplo emblemático de estos objetos culturales híbridos en los que se combina la reflexión crítica con el uso de las reproducciones fotográficas y el diseño gráfico lo constituye precisamente el Boletín Mensual Carta Blanca. Gabara también ha señalado que en México los movimientos literarios de vanguardia participaron activamente en las versiones tempranas de los medios de comunicación masiva y contribuyeron con ello a la representación de una cultura urbana y nacionalista de masas.2
En medio de estas representaciones, en el tercer año del Boletín, 1937, aparece una nota crítica a la obra Cabeza, de Guido Reni, pintor boloñés del siglo XVII, y que pertenecía a la colección de Genaro Estrada. El autor, quien como Dante estaba “nel mezzo del cammin di nostra vita”, había nacido cuarenta años antes, en San Juan Bautista —hoy Villahermosa—, Tabasco. Hijo del coronel obregonista Carlos Pellicer y de Deifilia Cámara, el poeta Carlos Pelliscer Cámara se había hecho poeta en 1912, a los quince años, al escuchar al poeta oficial del gobierno maderista, José Santos Chocano:
Chocano llegó invitado por un poeta mediocre, pero hombre de excelentes cualidades, el Vicepresidente Pino Suárez. Escuché al vate peruano de Odas salvajes y de Alma América en dos grandes recitales. En el Teatro Arbeu, cuando fue presentado por ese magnífico orador, el licenciado Jesús Urueta, y poco después, en el Anfiteatro de la Escuela Preparatoria, presentado por don Alfonso Reyes. Aquella noche, Chocano recitó treinta y cuatro poemas. La imagen de América se dibujó en mi alma sacudida por el verbo emotivo y vigoroso de Chocano.3
Ese encuentro marcaría el derrotero de Pellicer, no sólo en el oficio, sino también en su estética. Sus primeros años los vivió en su ciudad natal, la exuberante Villa Hermosa de San Juan Bautista, y la corriente del río Grijalva se quedaría en su pluma, con el cauce resonando en su oído y dejando la impronta de la música del modernismo, de aquella armonía de caprichos que lo haría una voz única y precoz. En 1917, a los veinte años, junto a Luis Enrique Erro y Octavio G. Barreda, funda la revista de breve existencia Gladios:
Somos un grupo de estudiantes jóvenes y artistas que llevamos nuestros corazones rebosantes de ensueños y esperanzas; que consagramos estos momentos de nuestras vidas y los mejores años de nuestra juventud a una labor noble y sacrosanta […] Nosotros aceptaremos todo trabajo literario pues no tenemos bandera que nos señale; se estamparán en nuestras páginas siempre que sean blasones de belleza.4
A esta odisea le sucedería la revista San-ev-ank, de 1918, semanario que llegaría a las veinte ediciones y que junto a Gladios son una muestra temprana de la labor del poeta que compartiría sus estudios de preparatoria con Bernardo Ortiz de Montellano y Jaime Torres Bodet. Sea quizás por la cercanía con estos poetas que se suele identificar a Pellicer, indiscriminadamente, ya sea por ignorancia o pereza, al grupo de Contemporáneos, aunque su discurso intimista y su plástica del paisaje, así como su catolicismo o su evocación del amor ausente, sean más cercanos al citado Chocano, a Leopoldo Lugones, Rubén Darío o a Nervo que al cisne de González Rojo; incluso mostró su descontento a propósito de la Antología de poetas modernos de México, de Jorge Cuesta. Y aun más allá, si Xavier Villaurrutia proclamaba un “viaje alrededor de la alcoba”, como escribiera Xavier de Maistre —el autor de Canto a la primavera no llegaría más allá de New Heaven—, para Pellicer Cámara el mundo no le fue ni tan ancho ni tan ajeno.
Entre 1918 y 1920, Carlos Pellicer fue designado delegado la Federación de Estudiantes Mexicanos, y por ello viajó a Colombia, en donde vivió varios meses, antes de conocer Venezuela y, a su vez, residir ahí. Es en esta época en que el joven poeta decide publicar su primer libro Colores en el mar y otros poemas, de 1921, en donde con una fuerte estética modernista escribe con el asombro en la mirada que no lo abandonará jamás.
En los siguientes años publica Piedra de sacrificios, Odas de junio, 6,7 poemas y Hora y 20, libros necesarios para comprender la poesía pelliceriana y su constante cambio. La búsqueda del vocablo inusitado sin perder la musicalidad modernista son elementos que lo alejan del “paisajismo” en el que se le ha encasillado. A Carlos Pellicer se le tiene que leer siempre con una nueva mirada, con el oído atento y la certeza de que a lo largo de sus seis décadas como poeta nunca se quedó estático.
En el talante del poeta confluirían lo mismo el canto general de América de Santos Chocano y el bolivarismo que la fascinación por la División del Norte. Su apoyo decidido al vasconcelismo y a la lucha obrera —sin llamarse por ello socialista—, así como su viaje en 1937 hacia España para participar en el Congreso Internacional de Escritores Antifascistas, junto a artistas como Octavio Paz, Elena Garro, Juan de la Cabada, José Chávez Morado, Silvestre Revueltas, Luisa Vera, Pablo Neruda, Alejo Carpentier, entre muchos otros, forjaron el carácter de Carlos Pellicer, de quien escribe el extraordinario Eliseo Diego:
Siempre recordaré la jovial vitalidad de don Carlos, su porte casi ascéticamente militar, la armonía entre su persona y la arena blanquísima, el agua transparente, el oro y el azul del Caribe, como si la playa hubiera sido hecha para él en previsión de su posible advenimiento. 7
Este recuerdo, escrito a propósito de un viaje a La Habana organizado por la Casa de las Américas para conmemorar el cincuentenario de la muerte de Rubén Darío, tiene también una muestra del temperamento de Carlos Pellicer. Al escuchar diatribas en contra de la estilística del cisne nicaragüense, Eliseo Diego cuenta:
La desdicha me tenía preso en un asiento de las primeras filas.
¿Qué hacer? De pronto sentí a mi espalda un estruendo de sillas apartadas con violencia y me volví para ver la alta figura militar de don Carlos abriéndose paso iracundo hacia la salida. Farfullaba cóleras sofocadas y se le veía ciego y lívido. […] Recordaré siempre con gratitud que don Carlos fuese capaz de verme a través del velo de su ira. “Me marcho”, me dijo. Después de una pausa, mirando a lo lejos, “Estoy harto de sandeces”.8
Si bien Pellicer siguió escribiendo, es con Hora de junio, poemario de una continuidad formal deslumbrante, de 1937 con el que llega a su madurez poética. Con el endecasílabo desenvainado, la comunión de la voz poética con su entorno se desarrolla conforme se avanza en su lectura, como en este fragmento:
El mar, la voz y la sangre al costo son parte del poeta, que se ha forjado entre múltiples oficios. Su padre, militar retirado, se había mudado con su familia a la colonia Guerrero para abrir una farmacia, pero la sangre castrense siguió corriendo por las venas del hijo. El 5 de febrero de 1930, Pascual Ortiz Rubio, quien había sido declarado vencedor en las elecciones extraordinarias de 1929 sobre el otro candidato, el rector José Vasconcelos, sufrió un atentado, y en represalia, la persecución contra los vasconcelistas se volvió temible. Escribe Pellicer sobre esos años:
Siendo un vasconcelista convencido, decidí abandonar París para venir a luchar, como ciudadano de México, por la candidatura para presidente de la república del licenciado José Vasconcelos. […] El 9 de febrero de 1930 […] fui conducido en una motocicleta con side car a mi prisión e internado en la ‘sala de banderas’, a donde llegaban, momentos después, el general Eulogio Ortiz y el diputado Manuel Riva Palacio. Este último se me acercó melosamente y, palpando una de las solapas del abrigo, dijo: ‘Este es de los finos’. El general Eulogio Ortiz, mirándome duramente, explicó: ‘Usted es el que organizó el complot para asesinar a mis generales Calles y Amaro, así como al licenciado Portes [Gil] y al señor presidente Ortiz. […] Esta noche lo vamos a tronar.10
Se dice que fue la intervención de Genaro Estrada lo que lo salvó de ser fusilado; también se cuenta que entre los reos estaba un jovencito de apenas quince años, que llevaba por nombre José Revueltas, sólo que no había quién hablara por él y lo recluyeron, por vez primera, en las Islas Marías. El Partido Nacional Revolucionario comenzaba así una historia que duraría setenta años de fraudes y matanzas. Tal vez haya sido el recuerdo de esa malograda campaña y los años posteriores de exilio voluntario los que hicieron que, en 1976, un año antes de su muerte, Carlos Pellicer fuera elegido senador por el mismo partido que los persiguió. A propósito, el egregio poeta y traductor Guillermo Fernández, en una plática con Armando Oviedo:
Pellicer tenía ciertos tics dannunzianos, que son los del héroe. […] Se afeitaba la cabeza como D’Annunzio […] Yo mee preguntó por qué chingados aceptó la senaduría. Después de mi regreso a México se lo pregunté: “Maestro, ¿cómo aceptó la senaduría?, y él me dijo: “Profesor, ser senador no es la gran cosa, pero es un poquito de poder” […] Pellicer no se quedaría callado ahora. Escribiría contra el fundamentalismo económico, contras las ivasiones armadas, contra las pruebas nucleares, contra el imperialismo, a favor de los indígenas. […] Se conoce, y está escrito, que detuvieron a Pellicer y a José Carlos Becerra porque andaban repartiendo volantes frente a la embajada norteamericana […] Y tenía más de sesenta años. Estamos ante un hombre en todo el sentido de la palabra.11
El poeta, el hombre, el crítico de arte, el católico, el de los amores secretos compartidos como Villaurrutia, Nandino y Novo publicó más de una cuarentena de libros, algunos antológicos, otros con poemas nuevos mezclados con poemas anteriores. Más de cuatrocientas revistas bajo el brazo. De la “Balada del crepúsculo”, poema escrito en 1912 en una tarjeta postal, a Cuerdas, percusión y aliento, de 1976, Pellicer ahondó en los secretos de la naturaleza interior, del estoicismo franciscano que admiraba, de la verdad del arte y del poema. Escribió lo mismo de pintura que del trópico, del amor y del alma. De aquellas notas perdidas en un pasquín publicitario de una cerveza bienhechora quizás no quede nada, tan sólo un asombro de luz, asaz un asombro de asombros o, como él mismo escribiera en Hora de junio de 1937, “el primero de todos los recuerdos del olvido”.
Portada de Su cuerpo y otras fiestas, Editorial Anagrama
En 2019 una amiga me recomendó Su cuerpo y otras fiestas (2017) y en cuanto tuve la oportunidad, corrí a la librería a buscarlo. Leí la contraportada y pensé que definitivamente se veía como algo que podría gustarme. Lo compré y lo agregué a la pila de libros por leer. Como era de esperarse, lo empecé como un año después. El primer cuento, “The husband stitch” (lo pongo en inglés, no por mamona, sino porque lo leí en inglés y no sé cómo se llaman los cuentos en español, ggg), me dejó impactadísima. Primero me sorprendió lo bella que me pareció la voz narrativa, sus destellos poéticos y carácter envolvente. Luego me perdí totalmente en la historia, tuve que empezar a cruzar las piernas y me arrepentí de estarlo leyendo en el metro (el que entendió, entendió). Solté varias risitas, comencé a inquietarme, se me hizo un nudito en el estómago. El final me golpeó como un piano sobre la cabeza, sentí una mezcla de horror y repulsión, quizá un poquito de miedo. Tuve una pequeña epifanía, después me agüité. Creo que así podría describir mi experiencia completa con el debut de Carmen Maria Machado.
Las anécdotas de la colección de cuentos son… variadas. Melancólicas, a veces macabras o estrafalarias. Un inventario de experiencias sexuales en un mundo apocalíptico; la historia de dos madres que tienen (o no) un bebé; mujeres que se evaporan en el aire y se vuelven espectros; mucho autoodio y cirugía bariátrica; una reinterpretación de la Ley y el Orden (sí, la serie) llena de doppelgängers y niñas fantasmas; una escritora que se está deschavetando; y una chica que escucha los pensamientos de los actores porno. Su cuerpo y otras fiestas es una mezcla extrañísima de cuentos de hadas perversos, distopías sci-fi grotescas, amor que se asoma por las rendijas, fantasmas melancólicos, personajes que te dan muchas ganas de abrazar, sexo, sexo, sexo y revelaciones horrorosas.
Los ocho cuentos de Machado abordan lo que es ser mujer, cuerpo y deseo en un mundo como el nuestro. Cuestiones dolorosas, pues. Es una obra un poco tétrica, divertida, asfixiante por ratos, rabiosa e increíblemente erótica y lacerante que enuncia —y denuncia—, pero que también está llena de ternura.
Tengo que admitir que después de lo intenso que fue el primer relato para mí, los otros siete cuentos me resultaron anticlimáticos en comparación. EN COMPARACIÓN, dije. Mis favoritos fueron “The husband stitch”, “Inventory”, “Mothers”, Eight bites” y “Difficult at parties”. Husmeando por el interné di con algunas críticas (en español) del libro y no me sorprendió verlo englobado en el “new weird” o relacionado con esta corriente de letras latinoamericanas “femeninas” (entre paréntesis porque no estoy en paz con ese adjetivo, nadie dice “literatura masculina”, pero esa es otra historia) que mezclan el terror, lo oscuro, lo escalofriante y lo raro. Su cuerpo y otras fiestas definitivamente comparte estos tópicos (con sus claras diferencias, naturalmente, porque Machado, aunque hija de migrantes, es gringa) y puede dialogar bastante bien con las autoras latinoamericanas.
“Inquietante”, “extraña”, “fantástica” y “perturbadora” son algunas descripciones que se han vuelto populares cuando se habla de cierta literatura, escrita por mujeres latinoamericanas, que ha ido cobrando relevancia a lo largo de ya varias décadas. Horror, erotismo, cuerpo y crueldad son algunos de los temas que más se asocian a esta oleada de narradoras que han partido de los lugares más oscuros y recónditos de la condición humana para hablar, no solo de las implicaciones de las cotidianidades femeninas, sino de realidades torcidas, desdibujadas, a veces quiméricas y perversas, pero que también pueden ser extrañamente luminosas y estar salpicadas de amor.
Terror, ciencia ficción y una atmósfera un tanto siniestra en general pueblan la narrativa breve de estas voces que han sido catalogadas como “new weird” (igual que la prosa de Machado). Se me vienen a la cabeza autoras como Samanta Schweblin, Mariana Enríquez, Liliana Colanzi, Mónica Ojeda, María Fernanda Ampuero, Guadalupe Nettel y, yéndonos mucho (mucho) más atrás, Inés Arredondo, Amparo Dávila, María Luisa Bombal, etc.
Cuando se vive en Latinoamérica (México, en este caso) definitivamente no se puede ser ajena a lo extravagante, a los colores alienígenas que vemos todos los días, a que casi cualquier cosa puede ocurrir en este país surreal y lleno de cadáveres y a una realidad tan profundamente violenta que es casi irreal, valga la redundancia. Muchas veces los géneros ya mencionados se han utilizado para abordar temas como la pobreza, el machismo, el racismo, el clasismo, el crimen, los feminicidios y muchas otras problemáticas particularmente latinoamericanas que están tan normalizadas que ya no nos damos cuenta del todo de lo espeluznantes que son o que vivimos en una distopía horrorosa y que el apocalipsis está a la vuelta de la esquina.
Las autoras del “new weird”, por llamar de alguna manera a esta corriente, retratan mundos internos, emocionales y anímicos increíblemente vastos y complejos desde una mirada no patriarcal y cero condescendiente. En este sentido, los cuentos de Machado me parecen cercanos y atrevidos. Para mí, este libro es como el monstruo de Frankenstein: vísceras y partes sanguinolentas mezcladas con retazos de deseo y una necesidad voraz de intimidad, cariño y sí, sexo salvaje. Una fiesta medio macabra de humor ácido, tristeza, rabia y mucha ternura. Si les gustan los monstruitos, definitivamente deberían leerlo.
Según la mitología griega, Venus tuvo un hijo que recibió el nombre de Eros y le fue conferido el título de dios del amor y del deseo como una especie de sincretismo entre los valores que encarnaban su padre y madre. . Cada pensador ha concedido diferentes características a Eros según la naturaleza del dios de quien desciende. Así tenemos una versión del dios del deseo sexual y la lujuria, otra del amor deleitoso y suave, y una última del amor incontrolable y espontáneo. En diversas formas de expresión artística, Eros ha sido representado como un niño, un querubín desnudo que porta un arco y dos tipos de flechas, unas doradas con plumas de paloma y otras de plomo con plumas de búho. Las primeras conceden el amor, y las segundas, el olvido y la indiferencia. Esto, además, va de la mano con la propia naturaleza ambivalente de Eros, que en cada versión depende en gran medida de su padre.
El mito de Cupido incluye también a Psique, cuya belleza era tal que la mismísima Venus sintió envidia y envió a su hijo a dirigirle la flecha dorada con plumas de paloma para obligarla a enamorarse del mortal más feo. Algunas versiones cuentan que Eros, al ver a Psique por primera vez, sin necesidad del efecto de alguna de sus flechas, se enamora de ella. Sin embargo, en otras versiones ni siquiera necesita verla para que Psique despierte su interés, por eso se le representa con los ojos vendados.
De este imaginario colectivo se han nutrido las películas, series y telenovelas que las personas hemos consumido desde que los medios de comunicación se inventaron. Pero incluso antes de la televisión y las plataformas de streaming estuvo la radio, con emisiones semanales de guiones escritos con el mismo corte que las telenovelas actuales. Y antes de la radio estuvieron los libros, en cuyas páginas se contaron historias hijas de la tragedia de Romeo y Julieta.
En este clásico, Shakespeare nos presenta el cuento de dos adolescentes que se enamoran a causa de lo que parece ser un flechazo del travieso querubín, contra toda lógica y a pesar de cualquier circunstancia; viven un intenso romance de tres días y se suicidan. No es de extrañar que hayamos normalizado durante tanto tiempo un espectro tan corto en lo que a opciones amorosas-afectivas se refiere.
Analicemos un poco.
Primero, tenemos este mito que nos ha repetido hasta el cansancio que la atracción que sentimos hacia las personas no depende de nosotros o nosotras, sino que nace de alguna fuente externa y mágica, que nos baña y nos abraza sin que podamos hacer algo al respecto y que, además, siempre existe la opción de que desaparezca de la misma forma espontánea y misteriosa de su llegada. ¿En dónde nos ha dejado a través del tiempo esta manera de enamorarnos/querer/gustar de otras personas? Hasta cierto punto nos hemos limitado en asumir las responsabilidades que vienen ante una decisión de ese tamaño. Me faltan dedos en las manos para contar las veces que alguien me ha dicho algo como: “nadie elige de quién se enamora”. Incluso algún par de listillos ha citado a Julio Cortázar con aquella frase que suena tan romántica y tan irresponsable al mismo tiempo sobre que el amor es como un rayo que nos parte sin que podamos evitarlo.
¿Cómo hemos llegado a dejar tan a la deriva la experiencia de amar? ¿Cómo hemos normalizado tanto el no tomar consciencia ni responsabilidad en algo tan íntimo y al tiempo tan universal? Claro que es mucho más sencillo evadirnos en el momento de establecer relaciones erótico-afectivas, porque así resulta más natural no hacernos cargo de todo lo que implica. En el momento de un rompimiento podemos culpar al otro o la otra, podemos echarle encima a alguien más cualquier emoción que experimentemos. ¿Quién no ha usado el pretexto por excelencia: “es que todo lo hice por ti”?
Ahora, a raíz de toda esta mitología que rodea el acto de amar, tenemos una construcción que ha evolucionado a paso lento a través de siglos y siglos. Los contenidos que consumimos en pleno 2022 siguen replicando estereotipos y cuentos de hadas: la damisela que necesita ser rescatada o extraída de un contexto desfavorecido, por un hombre privilegiado que puede. Desde las canciones pop de los noventas, las telenovelas y series juveniles de los dosmiles hasta las comedias románticas de los últimos veinte años. Mi generación no es la única que ha sufrido los estragos de estas representaciones de lo que una relación debe ser. Y si hay un deber ser para una entidad que reconocemos como nosotros, por supuesto que en esta se contienen dos deber ser individuales. Es decir, si como sociedad esperamos dinámicas, comportamientos, actitudes y apariencias de una pareja, en lo individual también se lleva una carga.
Esperaba un comportamiento específico de mi padre y mi madre, mismo que nunca tuvieron. Por eso no supe adaptarme a las dinámicas que se esperaban de mí en aquellas primeras relaciones que intenté establecer. Me sentí insuficiente y cargué por muchos años con el conflicto permanente entre lo que sería valorado en mí si alguna vez alguien me elegía como novia, y cargué con la culpa cuando otros y yo nos dimos cuenta de que definitivamente nunca cumpliría con la expectativa. Varias veces escuché la infame comparación: ¿qué no ves que ella es más femenina que tú?, ¿No ves que es más cariñosa que tú? Ella me dice “mi amor” y tú no. Ella se maquilla y se ve más guapa que tú. Ella sabe disimular sus ojos y su nariz. Entonces me enojaba con mi nariz y con mis ojos, con mi cara que sudaba cuando hacía trabajo físico porque de eso iban mi carrera y mis trabajos; me enojaba conmigo porque no estaba en posibilidades de comprar maquillaje de mejor calidad; me enojaba con mi papá por haberme quedado con sus ojos rasgados y su nariz chata, y con mi mamá por no haberme enseñado cómo ser femenina. Algo muy inconveniente es que vivimos de manera aislada las inseguridades, porque además es difícil decirle a alguien más que algo que somos nos desagrada. Una vez me quejé con una amiga porque los niños que me gustaban nunca me correspondían. Supongo que sus palabras llevaban su mejor intención cuando dijo: “No te preocupes, amiga, no eres tan fea, si no andas tanto en el sol se te puede aclarar la piel, y tus dientes no se ven tan mal, algún día le vas a gustar a alguien”. Me lo dijo tan segura que durante mucho tiempo creí que, en efecto, el color de mi piel, mis dientes chuecos y todo lo que ya odiaba de mí era algo a pesar de lo que tendrían que quererme. Fue la misma amiga que a los pocos meses de haber entrado a la preparatoria se desmayó en un pasillo, cuando íbamos de inglés a matemáticas, porque se mataba de hambre para no subir de peso.
Cuando entendemos el acto de amar de esta forma, es normal que vivamos agradecidas o agradecidos de que alguien omita todo eso que nos desagrada o nos molesta, y que no podemos cambiar, y se deje llevar por Eros/Cupido, que lanzó su flecha a ojos vendados y atinó.
Creo que una de las reflexiones más largas, complejas y cansadas de mi vida, ha sido la de entender que el amor no es acto espontáneo e incontrolable, sino una decisión, quizá la más consciente de todas ―o la que requiere más consciencia―, porque hay que romper tantos paradigmas que el mito alimenta, que es posible que nunca termine.
El amor no es ciego: hay que tener los ojos bien abiertos para saber a quién amamos, por quién nos atrevemos a dar ese salto de fe indispensable. El amor no es incontrolable: la intuición, cuando la sentimos y comprendemos, nos ayuda a decidir, a dar un paso más porque es el camino correcto, o a retroceder para ponernos a salvo. El amor no nos baña desde fuera como una fuerza mística e incomprensible: es acción, se expresa con pequeños actos que distan mucho de las serenatas y los arreglos de flores.
Por supuesto que, en el acto de amar cabe la ternura, pero es motivada, precisamente, por esta decisión que se convierte en acción. Una pareja ―o las personas que se quieren dentro de cualquier modelo relacional― no se alimenta de eso mágico que es el amor: amar se convierte en algo único porque dos personas no aman de la misma forma.
Esta manera de establecer vínculos se convierte en algo más peligroso cuando se toma en cuenta la forma como el sexo se concibe, se percibe y se ejecuta. Aunado al mito de Cupido, nos envuelve esta creencia-práctica de que hay un juego de poder inmiscuido en las relaciones. Desde el inconsciente colectivo existe la idea de que es el hombre quien posee y la mujer quien es tomada. ¿De qué madera se puede establecer una relación en igualdad de circunstancias si en el acto más primitivo y gobernado por las emociones más esenciales, no hay de otra más que tomar o ser tomada?
Quizá vamos por buen camino en la ruptura de estos paradigmas. Quizá estamos en un buen momento para replantearnos las formas en las que establecemos vínculos. Quizá este es el mejor momento para, de una vez por todas, mandar a la chingada a Cupido, con todo lo que ello implica.