Tierra Adentro
Portada del libro.

¿Cómo afirma un hombre

su poder sobre otro?

Haciéndole sufrir.

 George Orwell, 1984

 

Cuando pensamos en La naranja mecánica, llegan a nosotros flashazos de la adaptación de Stanley Kubrick de 1971 que en este día, hace 50 años, fue presentada en los cines británicos. Esa rendición violenta, colorida y frenética del libro de Anthony Burgess ha plagado el imaginario colectivo mundial como un bastión del ingenio Kubrickiano desde el día de su estreno. Por siempre pensaremos en ese Alex carismático de bombín y bastón, de pestañas postizas y amor por la música clásica que, personificado por Michael McDowell, se convirtió en el hooligan por excelencia. Aun así, la adaptación y toda su maestría jamás habrían podido haber existido sin la novela publicada por Burgess en 1962 que este año celebra su 60 aniversario.

La obra original, escasamente popular antes de su adaptación a la pantalla grande, cuenta las aventuras de Alex, un joven pandillero en un futuro distópico que aterroriza las calles de una ciudad en decadencia junto con su banda de droogs. Nuestro protagonista y narrador elige consistentemente el mal y no duda en matar, violar, robar y golpear sin remordimiento.

Todo cambia cuando es traicionado por sus amigos y arrestado por el asesinato de una anciana. Así, Alex decide postularse como sujeto de prueba de la técnica Ludovico, que promete reformar a los criminales por medio de condicionarlos negativamente ante cualquier acto de violencia, a cambio de reducir su condena. La naranja mecánica explora, a través de los crímenes y castigos de Alex, la importancia del libre albedrío y lo que pasa cuando la capacidad de elegir nos es arrebatada.

 

So, what’s it going to be then, eh?
Era finales de 1960 y Anthony Burgess esperaba la muerte. Sus doctores le habían pronosticado en 1959 una esperanza de vida de poco menos de un año debido a un tumor inoperable en el cerebro. En ese tiempo, consumido por una prisa angustiante y por la necesidad de dejarle a su esposa Lynne suficientes ingresos de sus derechos de autor, escribió cinco novelas y el borrador de lo que se convertiría en su obra más conocida: La naranja mecánica, cuyo título estaba inspirado en la frase “as queer as a clockwork orange”, que Burgess había escuchado años atrás.

El manuscrito inicial, escrito usando el slang de la época, estaba inspirado en los grupos de hooligans más conocidos en ese entonces: los Teddyboys y los Mods and Rockers. Pero Burgess temía que para el momento en el que el libro pudiese ser publicado, el slang en el que había sido escrito ya estaría fuera de uso entre las pandillas de adolescentes; haciendo al libro obsoleto desde el momento de su publicación. Pero ese parecía ser un problema imposible de resolver: su último año llegaba a su fin y todo parecía indicar que La naranja mecánica no podría completarse de manera satisfactoria.

Terminó 1960, llegó 1961 y Burgess no parecía más cercano a la muerte. Viviría 33 años más de lo esperado, 33 años que dedicó a escribir sus más de 50 libros publicados, sus múltiples artículos de investigación, guiones de cine y teatro y más de 200 piezas musicales, pero en aquel año de 1961, se volcó en la reescritura de La naranja mecánica.

 

Hijo de un pianista y una bailarina, John Anthony Burgess Wilson, nacido en Mánchester el 25 de febrero de 1917, siempre había tenido una relación especial con el arte. Después de la muerte de su madre y de su hermana, su niñez transcurrió entre los abusos a los que lo sometía su madrastra y la indiferencia de su padre.

La música y la escritura fueron su refugio y pronto decidió convertirse en compositor. En la secundaria ya escribía y publicaba cuentos y poemas, a los 18 años compuso su primera sinfonía y a los 20 intentó ingresar al conservatorio. De haber sido aceptado, su vida seguramente habría sido distinta, pero fue rechazado y se decidió por estudiar literatura inglesa en la universidad de Mánchester.

Su carrera literaria empezó algunos años después, cuando una vez terminado su servicio como director musical de la unidad de servicios especiales del ejército británico durante la guerra, se postuló como oficial de educación en Brunei y Malasia donde viviría de 1954 a 1959 enseñando en las universidades. Ahí publicó sus primeras tres novelas: Time for a Tiger (1956), The Enemy in the Blanket (1958) y Beds in the East (1959). Regresó a Inglaterra en 1959, después de haber colapsado a mitad de una clase, donde le diagnosticaron el tumor cerebral que lo impulsaría a acelerar su producción literaria.

 

Malchicks y devotchkas

 

En 1961, dispuesto a terminar La naranja mecánica, viajó con su esposa Lynne a la Rusia soviética para pasar el verano. Fue ahí donde Burgess conoció a los stilyagi, los grupos de jóvenes rusos que, rebelándose contra la policía, destruían todo a su paso. Su violencia caótica le recordó la de los hooligans británicos y ese encuentro le dio la clave para resolver el problema del slang: si la jerga contemporánea se hacía obsoleta de forma casi inmediata, entonces el lenguaje del libro no podía recaer sobre ella.

Burgess, entonces, decidió crear su propio argot y situar su libro en un futuro cercano pero incierto. El nuevo lenguaje llevaría el nombre de nadsat y estaría conformado principalmente por palabras tomadas del ruso, similares a la jerga de los stilyagi y los hooligans.

Sobre su creación escribe Burgess: “Me pareció que sería una buena idea crear una clase de joven hooligan que hablara un argot compuesto por los dos lenguajes políticos más poderosos del mundo: el [inglés] anglo-americano y el ruso. La ironía de ese estilo radicaría en que nuestro héroe-narrador sería totalmente apolítico”. Así, comenzaba a perfilarse uno de los protagonistas y de los lenguajes más icónicos de la literatura distópica.

 

There was me, that is Alex

 

El libro comienza con nuestro protagonista y sus tres droogs sentados en el Korova Milkbar, un bar de leche con droga, planeando qué hacer con su velada. Lo que seguirá, será un espectáculo de ultraviolencia que dejará aturdidos a los lectores primerizos.

La narración de Alex, plagada de nadsat, tiene un efecto nebuloso en el lector. Mientras que nuestro protagonista nos traduce en ocasiones el significado de algunas de sus palabras, el slang pronto satura la página. Entonces, tenemos la opción de pasar por alto aquellas partes que no entendemos, que a veces son la mayoría, o parar y descifrar lo que Alex intenta comunicarnos. La primera opción supone una lectura extrañísima donde siempre tendremos duda de qué está pasando, pero si nos decidimos por la ruta de la decodificación, pronto nos encontraremos sumidos en el mundo de ultraviolencia de Alex. Conoceremos sus crímenes en toda su terrible extensión, pero para ese momento será demasiado tarde.

Alex, por más horribles que sean sus acciones, es un protagonista carismático y, a veces, incluso entrañable. Esto se debe a que Burgess lo ha dotado con, como él las llama, “las tres características que consideramos como atributos esenciales del hombre” estas son: su regocijo por expresarse con un lenguaje articulado y su inventiva lingüística; su amor por la belleza ejemplificado por su devoción a la música de Ludwig van, como llama cariñosamente a Beethoven y, por último, su capacidad para ejercer violencia.

Estas características de su personalidad lo convierten en un personaje complejo que, aunque decide constantemente cometer actos brutales, así como otros protagonistas más convencionales eligen la paz o la bondad, no se define completamente por ellos. David Sisk en Transformaciones del del lenguaje en las distopías modernas incluso afirma que “El lector que no suelte La naranja mecánica (por repulsión o asombro) después de haber leído las primeras páginas, generalmente llegará a simpatizar con Alex aún a pesar de sentirse culpable por demostrar afecto por un personaje tan perverso […] nuestra simpatía por él surge de nuestra admiración por su creatividad”.

Burgess no trata de ocultar la naturaleza de su protagonista. Y, más allá del velo del nadsat, no minimiza sus crímenes. Alex es un asesino, un ladrón y un violador que disfruta de ejercer violencia cada vez que una oportunidad para hacerlo se le presenta; simboliza a aquel que, teniendo la opción de decidir entre hacer el bien o el mal, escoge el mal sin remordimientos.

Así que cuando es traicionado por sus amigos y encarcelado, sabemos que merece cada uno de los años que se le han otorgado de sentencia. Pero, aun así, pese a saber que lo merece, no podemos evitar simpatizar con él y lamentar su suerte cuando es sometido a la técnica Ludovico. Sabemos, después de haber leído la primera parte de la novela, que un criminal como Alex no debería estar suelto sin alguna clase de rehabilitación, pero no podemos evitar lamentar que pierda dos de las tres cosas que lo conforman: su capacidad para la brutalidad y la música de Ludwig van.

 

A real horrorshow

 

Inspirado por 1984 de George Orwell, Un mundo feliz de Aldous Huxley y We de Yevgueni Zamiatin, La naranja mecánica respondía a las preocupaciones de Burgess por el trabajo de B.F. Skinner y otros conductistas de la época, cuyas teorías sobre el condicionamiento de la conducta chocaban con las creencias sobre el libre albedrío y la importancia de la libertad que mantenía el escritor. Además, le alarmaba que las herramientas para modificar la conducta de las personas fueran accesibles para el gobierno quienes, creía él, no dudarían en abusar de ese poder para producir ciudadanos obedientes sin capacidad de decisión propia.

De esa manera, la epopeya de Alex, dispuesta en tres partes, cada una de siete capítulos, mostraba cómo, en palabras de su autor, “es mejor ser malo por voluntad propia que bueno por medio de un lavado mental”. Burgess dotó a su protagonista de cualidades que él mismo tenía, entre ellas, su amor por el lenguaje y por la música de Beethoven y lo hizo cometer, entre sus múltiples horrores, un reflejo de un crimen vivido por su esposa en plena guerra, cuando una pandilla de soldados estadounidenses la atacaron, golpearon brutalmente y violaron.  Lynne nunca se recuperó y cayó en un alcoholismo que la llevó a su muerte por cirrosis en 1968. Así, en Alex estaban concentradas aquellas cosas que Burgess más amaba y aquello que más lamentaba.

 

Cuando el gobierno regresa a Alex a la normalidad, después de haber sido encerrado por una de sus antiguas víctimas en un departamento con la música de Beethoven a todo volumen, llevándolo a lanzarse por la ventana en un intento por escapar de lo que antes había sido su mayor placer, Burgess le da la opción de decidir dejar su vida de pandillero atrás.

En el capítulo veintiuno, faltante en las ediciones estadounidenses de la obra, según Burgess por una petición de su editor y según su editor, una decisión estilística de ambos, después de encontrarse con su antiguo amigo y droog, Pete, Alex decide dejar atrás sus días de ultraviolencia y empieza a fantasear con enamorarse, casarse y formar una familia. De esta manera, Burgess parece decir que Alex siempre pudo haber vivido de otra forma, no gracias a una rehabilitación artificial, sino a su propia libertad. Y ahora, por pura elección, podía dejar atrás su vida de horrores crímenes con tanta facilidad como antes había decidido optar por la violencia.

 

I was cured, all right

Burgess tuvo una relación de amor-odio con La naranja mecánica desde el momento en el que Kubrick hizo su adaptación, hasta el final de sus días. Ya antes de Kubrick, Andy Warhol había hecho una versión, titulada Vinyl, poco apegada a la novela que no había captado mucha atención y los Rolling Stones se habían mostrado interesados por personificar a la banda de droogs en una versión de bajo presupuesto que ellos financiarían. Aunque esa película nunca pudo ser concretada, Burgess no era ajeno a que aparecieran propuestas para adaptar las aventuras de Alex.

Pero todo cambió cuando Kubrick comenzó a trabajar en su propia versión de La naranja mecánica. Burgess, preocupado por la adaptación que el cineasta había hecho de Lolita de Nabokov, temía que al trasladar su novela a la pantalla grande, se perdieran los aspectos más importantes del libro.

Así, ansioso y preocupado, llegó al momento del estreno sin imaginarse que la película marcaría un antes y un después radical en su carrera como escritor y que lo impulsaría a la fama. Una fama que, afirmaba en entrevistas, hubiera deseado que llegara por cualquier otro de sus libros.

Mientras que después del revuelo que causó la película, fue Burgess quien salió a defenderla y con ella a su novela, pues Kubrick se rehusaba a dar entrevistas al respecto, cada vez que escribía sobre ella decía que no era su mejor obra y hablaba de lo mucho que le pesaba que ese fuera su libro más conocido.

Parte de su malestar hacia la popularidad de su obra tuvo que ver con las ganancias astronómicas que recaudó la producción, cuando a él le habían pagado muy poco por los derechos, la omisión del capítulo final del libro y la violencia explícita mostrada en pantalla. En la adaptación, la historia termina con Alex en el hospital curado y listo para regresar a su vida de violencia. Sin el final apropiado, decía Burgess, la obra no estaba completa porque el protagonista no cambiaba ni crecía.

Le había disgustado, también, que la prensa lo acusara de crear obras que glorificaran la violencia, pues le parecía que las escenas explícitas hacían que el mensaje sobre el libre albedrío terminara perdiéndose. Por último, algunos de sus biógrafos especulan que le molestaba que la obra se conociera como La naranja mecánica de Stanley Kubrick, dejando de lado su nombre por completo1.

Aun así, nunca se rehusó a hablar de ella y por más que le molestara la popularidad de la adaptación, la halagaba constantemente y quizás en el fondo sabía que pocos directores habrían podido haber hecho un trabajo tan bueno como el de Kubrick. Ahora, a 60 años de la publicación de la novela y 50 del estreno de la película, ambas obras se han entretejido tanto que es imposible imaginar un universo en el que exista solo una de ellas. Burlona, ultraviolenta y profundamente distópica, La naranja mecánica se mantiene como una de las mejores obras del siglo XX.

 

Referencias

  • Burgess, Anthony, A clockwork orange, W. W. Norton and Company, 1972.
  • ——————————————— “The Clockwork Condition”, The New Yorker, https://www.newyorker.com/magazine/2012/06/04/the-clockwork-condition.
  • ———————————————, 1985, Hutchinson and Co., 1978.
  • Sisk, David, Transformations of Language in Modern Dystopias, Praeger, 1997.
  • The International Anthony Burgess Foundation, “The Clockwork Collection: Utopia, Dystopia, Walden Two”, “A Brief Life” y “A Clockwork Orange on film”, https://www.anthonyburgess.org

 

Documentales

  • Leigh, Alexander, In Their Own Words: British Novelists. The Age of Anxiety (1945-1969), BBC, 2010.
  • Thompson, David, The Burgess Variations, BBC, 1991

Autores
(Ciudad de México, 1995) Es dramaturga y editora. Estudió Escritura Creativa y Literatura en la Universidad del Claustro de Sor Juana.
Portada Editorial Gateway

Aquí está una vez más…

Le han quitado la máscara a este superhombre,

mostrándolo como es.

Sólo… un…

La langosta se ha posado, Hawthorne Abdensen

 

Cierto día de principios de 1961, Philip K. Dick recibió una caja con libros en su casa de Point Reyes Station, en el condado de Marin, California. La enviaba su editor y dentro estaban las cinco novelas mainstream que Phil había escrito en los últimos dos años, acompañadas de otras seis de su juventud en Berkeley, cada una rechazada por todas las casas editoriales de Nueva York. Este momento fue el punto de fuga en su carrera como escritor de ciencia ficción: Dick siempre quiso crear «novelas literarias» para el «gran público», inteligente y culto, consumidor de «alta literatura». Conocía de memoria la teoría de Carl Gustav Jung, estaba obsesionado con el I Ching y el Bardo Thodol, consultaba el oráculo todas las mañanas. Únicamente consumía anfetaminas prescritas, en exceso, y nada más. Llevaba una vida familiar. Criaba ovejas.

Antes de la aparición de The Man in The High Castle en 1962, Philip K. Dick ya había publicado poco más de ochenta relatos cortos en pulps de la época y cuando menos seis o siete novelas de ciencia ficción. Por entonces estaba casado con Anne Rubenstein, extraordinaria artesana joyera, viuda del poeta Richard Rubenstein y mamá de Hatte, Jane y Tandy; acababa de nacer Laura, la primera hija de Phil. Según Emannuel Carrère, para comenzar a escribir su nueva novela, Dick consultó el I Ching, un libro oracular de sabiduría milenaria china que, a partir de sesenta y cuatro hexagramas, constituye un tratado que representa la exacta dosificación de dos principios complementarios: ying / yang en perfecto equilibrio con el Tao, justo en el momento de consultarlo. De modo que hay dos maneras de practicar el I Ching: una es como compendio de sabiduría; la otra, como manual de adivinación.

En su consulta al oráculo obtuvo el hexagrama 55. Feng (豐): la plenitud. Y Philip K. Dick decidió mudarse a Inverness y comenzó a escribir The Man in The High Castle en una Underwood de 1936 que le costó diez dólares —casi de utilería—, entre su cabaña en West Marin y el taller de joyería de su esposa, en Point Reyes Station, de enorme importancia para su nueva historia de ciencia ficción. Sí, porque la idea que Dick tomara de Bring the Jubilee (1953), una novela que él mismo recomendaba y que escribió Ward Moore, no es sino una historia alternativa que pertenece al género de la scifi: los Estados Confederados vencen en la batalla de Gettysburg y firman su independencia luego de la rendición de Estados Unidos. El Sur gana la guerra de Secesión.

Ucronía en estado puro: un punto de divergencia en alguna secuencia de hechos históricos conocidos, cuya realidad alternativa generalmente invierte las relaciones y estructuras sociales del presente. En The Man in The High Castle, Philip K. Dick introduce una variable por lo menos polémica hasta entonces en el gigantesco imperio del «What if…»: ¿qué pasaría si los Aliados hubieran perdido la Segunda Guerra Mundial? ¿Cómo sería un mundo gobernado por nazis y japoneses? ¿Viviríamos mejor? ¿Diferente? En la novela de Dick, Europa, África y el este de los Estados Unidos, hasta las Montañas Rocosas, quedan bajo el dominio del Reich y Martin Bormann, heredero del primer Führer; en cambio, Asia, el Pacífico y el oeste de Estados Unidos pertenecen al Imperio Japonés, por lo tanto en California, escenario primordial de la historia, la influencia de la cultura oriental resulta fundamental para la trama.

Phil trabajaba entre nueve y diez horas diarias en Inverness y luego volvía al taller de Anne, donde manipulaba las herramientas, reconocía los materiales y también creaba objetos de platería. Uno de ellos, manufacturado junto a su esposa, conectaba a casi todos los personajes importantes de su novela: pasaba de las manos de Robert Childan, vendedor de artesanías americanas, al matrimonio de los Kasoura y luego a Nobosuke Tagomi, burócrata del Imperio, todos ellos influidos así por el Tao que Frank Frink, judío refugiado y artesano joyero, había inoculado en un pequeño triángulo de plata. En The Man in The High Castle, el californiano promedio consulta el oráculo antes de salir de casa, y cada uno experimenta a su manera los elementos propios de esta historia alternativa de ciencia ficción.

La ucronía de Philip K. Dick presenta así una aldea global desconocida, donde la identidad y modus vivendi estadounidenses naufragan entre el influjo del I Ching, el taoísmo y el recalcitrante racismo de la doctrina nazi. Cautivado por la historia, Dick incluyó toda una intriga política que gira en torno a militares japoneses retirados y políticos arios insaciables de poder, misma que influyó de manera notable en la serie homónima que produjo Ridley Scott en 2015 para Amazon Prime Video. Diferencias narrativas aparte, Phil terminó de escribir The Man in The High Castle a finales del verano de 1961 y lo dedicó a su esposa: “A Anne, mi mujer, sin cuyo silencio este libro nunca se hubiera escrito”.

La historia de Dick, no obstante, también presenta un punto de inflexión muy destacado. Juliana Frink, antigua pareja de Frank Frink, descubre la Verdad Interior velada en un blockbuster muy popular y polémico en la Costa del Pacífico, censurado en el Este por el Reich. The Grasshopper Lies Heavy, traducida al español como La langosta se ha posado, es una novela de Hawthorne Abdensen en donde las potencias del Eje pierden la guerra y E.E.U.U. resulta la cultura dominante en Occidente. En su obra posterior, particularmente en Valis de 1981, Philip K. Dick presenta un narrador que es, a su vez, un álter ego originado en gran medida por su personalidad excéntrica y una paranoia apenas anterior al delirium tremens: Amacaballo Fat, en ese sentido, bien podría ser la identidad última de Hawthorne Abdensen, ambos, desde luego, imagen especular de un Philip K. Dick psicótico y dislocado.

Como Abdensen en The Grasshopper Lies Heavy, Dick delimita tiempo y espacio de la trama, características de los personajes, escenarios y hasta estructura argumental de The Man in The High Castle mediante el oráculo del I Ching. Reconocida tanto por críticos como por biógrafos como la primera de las obras dickianas —o phildickianas, como también se le reconoce entre el fandom—, esta novela de Philip K. Dick presenta el retrato de una lectora ideal: en esa realidad alternativa, la única que lee con atención La langosta se ha posado, y lleva su lectura hasta la última exégesis, es Juliana Frink. Ella no considera que Hawthorne ha escrito una novela de ciencia ficción, sino que contaba la realidad: “¿Qué había querido decir Abdensen? Nada acerca del mundo imaginario que él describía. ¿Y era ella, Juliana, ¿la única persona que se había dado cuenta? Sí, casi podía asegurarlo. Ningún otro había entendido realmente La langosta; todos creían haber entendido”.

Hawthorne Abdensen les hablaba del mundo en que vivían y quería que viesen cómo era en realidad. Juliana Frink lo sabía y con ese argumento busca al escritor de ciencia ficción en El Castillo, su residencia, desde donde escribe prácticamente en una fortaleza, rodeado de armas, en lo alto de una colina. De ahí el mote de «El Hombre en el Castillo», traducción al español de The Man in The High Castle. Una vez ahí, Abdensen le confiesa a Juliana que ha escrito La langosta se ha posado párrafo a párrafo en miles de consultas al oráculo, a partir de los sesenta y cuatro hexagramas: período histórico, tema, caracteres, argumento. El I Ching, además, le había anticipado a Hawthorne Abdensen el primer gran éxito de su carrera literaria con el libro que le estaba dictando.

Es ella, y no Hawthorne, quien consulta la pregunta fundamental con el I Ching: “Oráculo —dijo Juliana—, ¿por qué escribiste La langosta se ha posado? ¿Qué quisiste que supiéramos?”. Frink tira las monedas, Abdensen traza las líneas: Sun arriba, Tui abajo, Vacío en el centro. Hexagrama 61. Chung Fu (中孚): la Verdad Interior. Y Juliana Frink descubre, por fin, la realidad: Alemania y Japón perdieron la guerra, tal como en ese libro alternativo e inédito que habían imaginado Robert Childan y Freiherr Hugo Reiss, cónsul del Reich en San Francisco; raro como The Grasshopper Lies Heavy, publicado en Omaha, Nebraska, y firmado por un tal Hawthorne Abdensen. Curioso porque su propio autor ignoraba —acaso desdeñaba, también— esa verdad última que revelaba el Libro de las Mutaciones o I Ching.

Con The Man in The High Castle, Philip K. Dick obtuvo en 1963 un Hugo Award, el galardón más importante en la scifi norteamericana. Mientras que casi todas sus «novelas literarias», mainstream, permanecieron inéditas hasta después de su muerte en 1982, seguramente Phil, como sugiere Carrère, pasó muchos momentos de su vida consultando el oráculo y preguntándose si en las últimas páginas de The Grasshopper Lies Heavy, por pura casualidad, Hawthorne Abdensen hablaba de él y ahí leer, por fin, cómo su Otro se las había arreglado. O tal vez no…


Autores
(Torreón, 1994), hispanista por la UNAM y lector. Literaturas contemporáneas y de ciencia ficción, crítica literaria, escritura creativa y archivo. Escribo en la aldea global desde el western y la distopía. Posnorteño. Doppelgänger: @lagunauta.
Ilustración realizada por Mariana Martínez

I. Introducción

En el discurso científico, no importa si se trata de libros de texto, divulgación o saberes expertos, no se titubea en referirse a los descubrimientos sin mayor reparo en la metáfora que esto conforma. Lejos de resultar una inocente forma de hablar, el discurso del descubrimiento encubre una conceptualización errónea de la actividad científica. El modo de conocimiento que ocupa la ciencia no es el de la revelación, propio de la teología, sino el de la representación, la intervención y la simulación. La ciencia no descubre, la ciencia conceptualiza fenómenos técnicamente constituidos.

 

II. Usos de las metáforas y metáforas que usan

La noción de descubrimiento exige dos instancias: el ser y su apariencia; el mundo y su velo; lo secreto y lo expuesto. La ignorancia oculta, el conocimiento desnuda. Esta asociación es tan primaria que incluso podría anteceder las eras patriarcales de dioses abstractos donde el hombre penetra en los misterios de la naturaleza. Podemos suponer que, en los albores de las instancias matrísticas, tiempos de diosas madres, la metáfora dar a luz ya identificaba tanto el nacimiento de las ideas como de quien las piensa.

Pero la revelación no fue ni será la única narrativa de la que disponemos. La exploración, por ejemplo, pide otra lengua, una donde el mundo se extiende continuamente sin mayores divisiones que el que las tierras sean conocidas o ignotas. Quien explora recorre y registra, mas no descubre; encuentra e inspecciona, mas no revela.

El yerro de situar el conocimiento científico bajo el modo de la revelación es grave en tanto que ofrece una imagen desvirtuada de la actividad científica y obstaculiza el entendimiento de los propios hallazgos científicos. No importa el “descubrimiento científico” que analicemos –la insulina, las ondas gravitacionales, la plástica estructura molecular del carbono, las paredes celulares de quitina de los hongos–, en ningún caso el objeto de la ciencia se esconde tras velo alguno. Todo lo contrario, la historia de la ciencia muestra como recurrente el drama del objeto ubicuo que, no obstante, pasa inadvertido. La ciencia construye, fabrica, amplifica, tamiza, clasifica, selecciona, aísla, purifica, compone, genera e inventa. La ciencia aprende a detectar y nombrar, pero no descubre.

¿Por qué, entonces, se hizo cómoda dentro de la ciencia una forma de hablar que le resulta tan ajena? Durante el proceso de secularización, la incipiente ciencia moderna debía legitimarse, debía mostrar que era una fuente de conocimiento tan confiable como sus contrincantes. No era un reto sencillo destronar en su propio juego a las instancias teológicas de las cuales aún no se terminaba de desembarazar. Como la ciencia no podía rivalizar con las verdades reveladas, siguió una estrategia diferente, hizo de sus hallazgos nuevas y distintas revelaciones: los descubrimientos. Funcionó: no contaba con epifanías pero tenía eurekas; los cansados peregrinos del templo del hierofante podían hacer una parada en el taller del inventor o en el estudio del erudito. El problema llegó cuando, una vez afianzados, los defensores de la ciencia olvidaron que la noción de descubrimiento no era más que una metáfora estratégica. Habían abusado de la palabra al punto que su origen les resultaba irreconocible. Por supuesto, la metáfora no tuvo la culpa. Lejos de resultar indeseables, las metáforas son no solo útiles, sino también necesarias: son imágenes movilizadoras. El error fue que los artífices se dejaron caer bajo el encanto de sus propios artificios. Y tal sigue siendo el caso cuando hablamos de descubrimientos científicos, en lugar de usar el discurso, nos dejamos usar por él.

 

III. De la Naturaleza Artificial a la Naturaleza Natural

Ahora bien, si la glosa del descubrimiento alcanzó una estabilidad tan notable dentro de la ciencia fue porque sus filosofías e historiografías así se lo permitieron. En especial, la noción de revelación es cara para la filosofía de corte realista. “Cazar las causas ocultas”, “adentrarse en los mecanismos”, son maneras favoritas de hablar para el realista. Pero este no es un problema del estatus de los objetos teóricos o de ismos. Cualquier filosofía de la ciencia que en verdad se quiera manumitir de los modos de producción de conocimiento ajenos al científico debe estallar una rebelión contra la revelación, lo contrario es traición o negligencia.

Encontramos en el giro hacia la práctica de la epistemología una forma de insurgencia y en Bachelard a uno de sus caudillos. Bachelard insistió en que “nada está dado” (1938, p. 14) porque buscaba señalar que la mente científica necesita ser formada (psicoanálisis), el objeto científico tiene que ser creado (fenomenotecnia) y ambos necesitan ser mutuamente purificados en un proceso histórico (ortopsiquismo).  En otras palabras, la ciencia más que describir los fenómenos los produce y es, por tanto, “la metatécnica de una naturaleza artificial” (1931, 24).

Muy a menudo “artificial” se utiliza en su dimensión peyorativa, con Bachelard se tiene todo lo contrario. En tanto constructiva, la ciencia es un dominio asaz artificial, y está bien que lo sea, sólo una naturaleza artificial podría explicar la naturaleza natural (1932, 50). Entonces, entendiendo fenómeno bajo su acepción científica (como un proceso observable y repetible) y noúmeno como la convergencia de nociones, Bachelard fue capaz de resumir exitosamente la actividad científica, lejos del dañoso discurso del descubrimiento, como la preparación nouménica de fenómenos técnicamente constituidos (Bachelard 1949, 103).

La artificialidad de la ciencia podrá parecer obvia en algunos ejemplos (láseres, etc.), pero forzada en otros (avistamiento de aves, etc.). Las dudas se disipan cuando hacemos un recuento detallado de cualquier actividad científica. En la imagen del descubrimiento, el objeto desconocido brilla tras la remoción de su cubierta. En el proceso de purificación científica, el objeto conocido orquesta una constelación cada vez más grande y exótica de otros objetos. En lugar de recorrer linealmente el velo, la ciencia hace justamente lo opuesto: viste y reviste de técnica y conceptos sus objetos. Veámoslo en un ejemplo.

 

IV. Azúcar, Perros y Extractos

Para comprender la historia de la diabetes –hoy en día uno de los principales problemas de salud a nivel global–, es fundamental tomar en cuenta que se trata de un padecimiento sumamente complejo: se expresa sistémicamente. Las primeras descripciones se remontan al Egipto antiguo. Siglos después, los griegos le llamaron diabétes, que a su vez deriva del verbo diabaíno ‘caminar, pasar’, refiriéndose al paso ininterrumpido del agua por el cuerpo, pues el primer síntoma descrito fue la poliuria (exceso de orina). A su vez, en el siglo II, Galeno describió la diabetes enfatizando la poliuria y la polidipsia (sed). La asociación entre el azúcar y la diabetes apareció por primera vez en los Vedas por los médicos indios Susruta y Chákara en los siglos V y VI. La orina de los enfermos se describía, tal y como lo hicieron chinos, japoneses y árabes, dulce como la miel, pegajosa al tacto y atrayente para las hormigas. Esta enfermedad fue nombrada madhumeha o enfermedad de la orina dulce. Además se reconocían dos formas de la enfermedad, una que afectaba a las personas mayores y obesas, y otra a niños y jóvenes delgados que fallecían rápidamente. Las descripciones indias fueron reproducidas y validadas en el Canon de Medicina de Ibn Sena, incluyendo a las hormigas y los perros, que en este caso no eran sujetos experimentales, sino adictos al azúcar de la orina de los enfermos. La dulzura de la orina se asemejaba a la de la miel. Este rasgo fue integrado al nombre de la enfermedad por Thomas Willis en 1675 cuando agregó la palabra mellitus.

Las distintas formas de nombrar dan cuenta de la diversidad de aspectos de los fenómenos que quisieran explicar. Pero incluso las descripciones cuidadosas no escapan por sí mismas a su condición anecdótica. En la rectificación de sus ideas, la representación científica goza de una diferencia, está condicionada por las herramientas materiales y conceptuales disponibles con las que los fenómenos son intervenidos o simulados en los procesos experimentales.

En 1921 dos médicos canadienses, Frederick Banting y Charles Best (con ayuda de los químicos James Collip y John Macleod), lograron aislar la hormona insulina gracias al proceso de purificación de extractos de páncreas de ovejas. Leonard Thompson fue el primer paciente de diabetes en recibir insulina como tratamiento para la diabetes y su condición mejoró. El nombre “insulina” fue retomado del trabajo de Edward Sharpay–Shafer, quien en 1910 presentó la hipótesis de que la diabetes se producía por la deficiencia de algún producto químico elaborado en el páncreas. Esta sustancia fue llamada insulina, del latín insula, en referencia a los islotes pancreáticos descritos en 1869 por Langerhans; cúmulos de células que secretan dicha hormona. El así llamado “descubrimiento” de la insulina derivó en la generación de tratamientos efectivos para los diabéticos. Publicaron su estudio en 1922 bajo el título The internal secretion of the pancreas en The Journal of Laboratory and Clinical Medicine y un año después ambos médicos recibieron el Premio Nobel de Medicina, mismo que fue compartido con Collip y Macleod.1

Sin embargo, una serie de médicos y científicos se manifestaron en contra, pues cada uno de ellos había brindado diferentes aportes a la investigación sobre el páncreas y la diabetes, mismos que parecían haber sido pasados por alto:

George L. Zuelzer, médico alemán que trabajó con extractos de páncreas y realizó pruebas en pacientes diabéticos con éxito parcial desde 1906, aunque con la presencia de efectos adversos derivados de las impurezas de la sustancia. En 1911 patentó su extracto bajo el nombre de “acomatol”.

Ernest Lyman Scott que en 1912, durante sus estudios de maestría, experimentó con perros a los que les extraía el páncreas y observó la forma en la que sus niveles de azúcar en la sangre se elevaban. En su tesis pretendía aislar el “principio activo” para usos terapéuticos. Su trabajo fue citado por Banting y Best, pero el premio no fue compartido.

Nicolae Paulescu, médico rumano que también trabajó los extractos pancreáticos y sus efectos anti-diabéticos. Paulescu describió su uso en perros y posteriormente logró aislar una sustancia que llamó “pancreína”. Su trabajo fue publicado en 1922. Al año siguiente, escribió una carta para la Real Academia de las Ciencias de Suecia buscando ser reconocido como “descubridor”, misma que fue ignorada. Paulescu fue antisemita y participó en el holocausto rumano, razones por las que quizás las academias occidentales prefirieron negar su figura en la investigación en torno a la insulina.

La relación entre el páncreas y la diabetes, que fue el punto de partida para los científicos ya mencionados, es un hilo largo cuya trayectoria nos obliga a reconocer los trabajos en torno a la pancreatectomía en los perros, realizadas por Josef von Mering y Oskar Minkowski en 1889. En el plano experimental, observaron que la extirpación del páncreas generaba una diabetes fatal, de tal forma que se estableció la primera pista de que el páncreas jugaba un rol causal en la regulación de la glucosa en la sangre. Sin embargo, esto no habría sido posible sin los registros de Thomas Cawley, quien en 1788 observó daños en el páncreas en las necropsias a pacientes diabéticos fallecidos.

Ante este episodio de la historia de las ciencias médicas, etiquetar el trabajo de ciertos científicos y sus comunidades e instituciones como “descubrimientos” puede distraernos del carácter procesual e histórico de la investigación científica. Las rupturas y continuidades que se expresan en los resultados –siempre provisionales– de la ciencia son parte de entramados que abarcan distintas coordenadas espaciales y temporales: la ciencia siempre está situada.

El caso de la insulina es ampliamente representativo, las investigaciones científicas recorren caminos que se ramifican, existen paralelismos y a veces bucles. Que varios científicos trabajen sobre el mismo tema con independencia entre sí, es evidencia del pluralismo metodológico; la existencia de múltiples formas de enfrentarse y reaccionar a un fenómeno. El diálogo entre los científicos y sus distintas formas de practicar la ciencia teje una red epistémica, más o menos robusta, donde los nodos son aportes en relación constante con los nuevos resultados. Los investigadores como Paulescu, Scott y Zeulzer trabajaron en torno a los tejidos pancreáticos y sospecharon la existencia de un “principio activo” que en estado puro pudiese ser una herramienta terapéutica. Que llegaran a resultados contradictorios o abandonaran sus líneas de investigación demuestra que, contrario a la narrativa victoriosa del descubrimiento, el camino de la ciencia no es lineal y ascendente.

 

V. Conclusión

“Ciertamente los dioses no revelaron todas las cosas desde el principio a los hombres, sino que, mediante la investigación, llegan éstos con el tiempo a descubrir mejor” (Jenófanes en Kirk, 1983, 208). La afirmación de que la investigación descubre lo que los dioses encubren terminó por fraguar la ilusión de que la revelación era la forma del conocimiento válido. A golpe de martillo, hoy debemos terminar de romper semejante losa conceptual, lastre del proceso de secularización. No hay velos que cubren al mundo ni separan al conocimiento de la ignorancia. La realidad está expuesta y aún así no resulta del todo inteligible. La ignorancia no sólo no cede ante el conocimiento, cuanto mayor es el área de lo conocido, mayor es el perímetro de lo no-conocido. Debemos aceptar la perplejidad de que incluso a plena vista, lo visible es invisible si no se ha aprendido a verlo.

“¿La ciencia descubre o inventa?” Tanta tinta gastada en un dilema cuya primera alternativa ni siquiera existe. Descubrimiento científico es demasía; solo una mirada crítica y atenta a las prácticas científicas dejará al descubierto todos sus equívocos. La producción científica se da bajo los modos de representación, intervención y simulación, dominios lejanos a la verdad revelada ya sea por gracia divina o esfuerzo propio. El trabajo científico se realiza en laboratorios, no en oratorios. Que los teólogos imploren, los científicos exploran. La rebelión contra la revelación es ahora.

 

Referencias:

Bachelard, Gaston,

(1931) 1970 – Etudes. Paris: Vrin..

1932, Le pluralisme cohérent de la chimie moderne, Paris: Vrin.

(1938) 1969. La formation de l’esprit scientifique, Paris: Vrin, 6th edition.

(1949) 1998. Le rationalisme appliqué, Paris: Presses Universitaires de France, 3rd edition, Quadrige/PUF.

Kirk, G. S., J. E. Raven, M. Schofield, en Los Filósofos Presocráticos. Ed. Gredos. España. 1983.

Murray I. “The search for insulin”, en Scottish Medical Journal, 1969;14: 286—95


Autores
Ayamel Fernández García (Ciudad de México, 1996) Historiador egresado de la UNAM. Se ha especializado en historia ambiental y de las ciencias en México y America Latina. Le interesa la conservación ambiental y la naturaleza como problema histórico.
Ensayista y compositor. Físico por la UNAM. Luego de su Doctorado en Epistemología e Historia de la Ciencia realizó un posdoctorado en la Universidad de Cambridge sobre Pluralismo. Recientemente asistió un proyecto de restauración ecológica en la selva lacandona.
A shop assistant holds some of the first Tamagotchi electronics 1996

I

 

Se escuchó un grito desgarrador desde el fondo del autobús. Un niño lloraba desgañitado. Eran apenas las ocho de la mañana y caminé por el pasillo, como todos los demás curiosos, para ver qué había pasado. El niño que lloraba no podía ni hablar. Estaba desgarrado y sostenía algo, como un huevito, protegiéndolo entre las manos mientras se mecía de atrás para adelante sorbiendo mocos. Otro niño lo veía con una mezcla de culpa y malicia.

 

-“¿Qué pasó hijo? Háblame ¿Estás bien?”

-“Me lo mató, me mató mi Tamagotchiiiii”

 

Creo que la señora no entendió muy bien qué había pasado. Pasó mucho tiempo para que los adultos se dieran cuenta de la plaga de tristeza y duelo que cayó sobre varias generaciones durante esos brillosos años del fin del milenio.

 

La plaga había llegado de Japón. Nació de un pensamiento puramente pragmático, inteligente, mercadológico, brillante. Como todas las plagas, creció fuera de proporción antes de extinguirse como por arte de magia.

 

La plaga de furor y tristeza empezó con el Tamagotchi. Era Imposible no saber qué era un Tamagotchi si creciste en los noventa. Más allá de los Furbys, más allá de las cambiantes consolas de videojuegos, el Tamagochi fue el juguete más intensamente codiciado en los últimos cuatro años del siglo XX.

 

En noviembre de 1996, el tamagotchi salió por primera vez a la venta en Japón. Un año más tarde, la famosa marca de juguetes Bandai había vendido más de 10 millones de unidades. Para sostener la oferta ante una demanda voraz, la compañía tuvo que lograr fabricar 3 millones de unidades al mes. Era una locura. Padres acampaban afuera de las jugueterías, golpeándose, rebajándose, rogando por un Tamagotchi. Los más vivos ladrones fabricaban cupones para canjearlos por el codiciado juguete, engañando a los más ilusos y esperanzados.

 

En mayo de 1997, el Tamagotchi llegó a Estados Unidos. La legendaria tienda de juguetes FAO Swartz vendió 30 mil unidades en 3 días. Cada una de las unidades costaba entre 15 y 18 dólares. Fue una bomba. La cadena de jugueterías QVC registró, en el pico más alto de la plaga, la venta de 6 mil Tamagotchis en 5 minutos. Para junio, ya se habían comprado 3.5 millones de unidades solamente en Estados Unidos.

 

Como bien recordarán, esta era la época del muy establecido liberalismo tecnócrata en México y el TLCAN estaba en toda su gloria. No debíamos esperar años para el estreno de una película. No tendríamos que rogar para que el tío que vivía en Tijuana se cruzara a San Diego a comprar un videojuego popular. Todos los bienes de consumo inmediato en Estados Unidos empezaron a fluir a México. Así fue como nos llegó la plaga.

 

El niño sádico en el camión le quitó el tamagotchi a otro pobre niño porque quería comprobar algo que había escuchado por ahí: si volteas el Tamagotchi e insertas un clip en una pequeña ranura trasera, el juguete se reinicia. Esto puede parecer bastante inocente, pero no lo es. Reiniciar el Tamagotchi no es lo mismo que reiniciar un videojuego. Ni siquiera uno de los más crueles, como el primer Mario Bros, que no te dejaba guardar la partida. No, lo del Tamagotchi era mucho peor. Este juguete, en efecto, se moría.

 

El niño que sostenía, desconsolado, el tamagotchi muerto, no fue el único niño que perdió a su mascota virtual en la época. La plaga consumió al mundo en una fiebre irresistible de responsabilidad y duelo.

 

¿Pero qué causó todo esto? ¿Cómo nació una idea tan peculiarmente cruel? ¿Qué hicimos para merecer esta locura?

 

II

 

En Mythologies (1953), Barthes habla de la industria cambiante de los juguetes. Primero, en un argumento mucho más personal, se pregunta qué pasó con la madera. Los juguetes se hacían antes con madera. Antes no había juguetes de plástico. Con nostalgia, Barthes recuerda el tacto cálido de los juguetes geométricos, de los bloques y cubos, de los caballos y las espadas de madera.

 

El argumento emocional no se queda, por supuesto, en la nostalgia. Mythologies es un tratado semiótico sobre los mitos de la pequeña burguesía. Con mitos, Barthes se refiere a signos de segundo orden, una resignificación de un signo que se vuelve significante y que adquiere otro significado. Habla de toda clase de cosas. De las revistas que uno ojea en la peluquería, de Marlon Brando, de la lucha libre, de Elizabeth Taylor, etc.

 

Cuando habla de los juguetes, entonces, es para hablar de un cambio ideológico. Con el plástico, el juguete se convirtió en una comodidad masiva, producida en enormes cantidades, todos iguales. Y, en esta mismidad de los juguetes, se insertó la ideología pequeñoburguesa. De pronto, los juguetes no eran una invitación a la imaginación, sino todo lo contrario.

 

Los juguetes, con la producción masiva, se convirtieron en la transmisión preferida de los empleos burgueses. Los niños jugaban a ser soldados, a ser doctores, a ser constructores. Las niñas jugaban a cocinar, a ser madres, amas de casa. Una programación por género para el futuro. Los niños dejaron de ser niños para convertirse en adultos en potencia. Los adultos que una ideología imaginaba con roles perfectamente trazados.

 

Hay una enseñanza en esto. Casi cincuenta años después llegaron los Tamagotchis y se vendieron como una manera de enseñar a los niños sobre cómo cuidar a una mascota y aceptar el duelo. De alguna forma, ésta parecía ser una enseñanza segura, porque digital y abstracta, de enseñarles a los niños algo doloroso, muy real y concreto. Si lo pensamos mejor, ¿qué significa? ¿Qué es lo que verdaderamente causaba el Tamagotchi en la psique de los niños? ¿A qué costo se programa a los niños para ser adultos anticipados? ¿Para vivir el duelo desde temprana edad? ¿Era esto enseñanza o crueldad?

 

III

 

Cuenta la leyenda que Akihiro Yokoi de la empresa WiZ pensó primero en el Tamagotchi al ver un anuncio en el que un niño se iba de excursión con una tortuga. Se le ocurrió, entonces, la idea de diseñar un nuevo tipo de mascota: una mascota portable, una mascota digital. Por supuesto, ya existían algunas mascotas digitales en ese momento. Pero Yokoi quería algo más. Los softwares de mascotas eran demasiado amables con los usuarios. Según él mismo explicó, una mascota no es solamente felicidad. Su extraño cálculo era que, con una mascota, la vida es 30% de cariño y ternura y 70% de atenciones, dolor, y trabajo.

 

Entonces, junto a Aki Maita de la mítica empresa de juguetes Bandai, comenzó a pensar en un prototipo. Esta mascota digital iba a ser un huevo (tamago en japonés) alienígena depositado en la tierra. Su dueño tendría que cuidarlo, quererlo, entrenarlo y alimentarlo para que llegara a un pleno desarrollo. Para hacerlo, debía portarlo siempre consigo (gotchi es reloj en japonés). Este huevo portátil, sin embargo, no era puro refuerzo positivo. Aquí las cuestiones son de vida o muerte y hay una verdadera penalización por fallar en los cuidados de la criatura.

 

Si el dueño lo alimenta bien, lo entrena bien y lo limpia bien, el Tamagotchi crecerá sano y se desarrollará en diferentes etapas hasta que, finalmente, morirá de viejo. Si el dueño no lo alimenta, no lo limpia y no lo entrena, el Tamagotchi no se desarrollará, comenzará a enfermarse y morirá. Todo, pues, está en las manos de un niño que tiene un huevito con una cadena y tres botones para interactuar con su mascota.

 

La idea es brillante. Al menos, desde el punto de vista mercadotécnico. Piénsenlo. ¿Cuánto tiempo al día usa un juguete un niño? ¿Dos horas? ¿Cuatro? ¿Cuánto tiempo al día piensa en él, lo carga consigo, lo piensa, lo sueña, le inquieta?

 

El problema básico al que se enfrentaban las compañías de juguetes es que los niños crecen y crecen rápido. Ese es, finalmente, todo el centro del drama de Toy Story: pensar cómo los juguetes son efímeros, se desechan con rapidez, se cambian por una nueva moda. Ahora no es vaquero, ahora es astronauta. Ahora no son dinosaurios, son superhéroes.

 

Pero la creación de Yokoi y Maita exigía, a través del mismo gameplay, que el niño pensara constantemente en su juguete. Todo el día, al menos, porque durante la noche también duermen los Tamagotchis. No hay escape a la exigencia de este huevo portátil. Si el Tamagotchi suena, tienes que atenderlo. El castigo es tu propia culpa. La recompensa es verlo desarrollarse, presumir sus logros, sentirse orgulloso.

 

Recuerdo bien esos patios de primaria llenos de niños con Tamagotchis. Era una competencia cruel de la que yo no formaba parte. Por caros y adictivos, mi madre me los prohibió. Cuando vi a ese niño llorar en el camión no me sentí aliviado por no tener un Tamagotchi. Al contrario, sentí que debía tener uno. Un sueño imposible para mí, pero presente en todos los niños de mi edad.

 

A la fecha, se han vendido más de 85 millones de Tamagotchis.

 

IV

 

El Tamagotchi fue reemplazado, en la fiebre de los años noventa, por el Furby. Ese engendro espantoso que hablaba un idioma raro y te platicaba cosas fue la nueva tendencia. Era algo impresionante para los niños noventeros que tenían una fascinación primitiva y voraz por la tecnología. El Tamagotchi había muerto, larga vida al Tamagotchi.

 

En su tiempo de vida, sin embargo, el Tamagotchi tuvo un impacto real. El chamaco que lloraba en el camión no estaba llorando por las horas perdidas. Su duelo, siempre fue real. Y los repetidos duelos de toda esa generación fueron reales.

 

Cada vez que un Tamagotchi moría, aparecía su tumba y un pequeño fantasma (en la versión japonesa) o un angelito volando por los cielos (en la versión estadounidense). En todo caso, a pesar de que podías reiniciar el juego con el mecanismo trasero o apretando los botones A y C, el nuevo Tamagotchi que aparecía no era el mismo. Algo había expirado realmente, algo se había perdido.

 

Bandai, entonces, en esos años, utilizó el miedo a la culpa y el dolor del duelo como un incentivo para vender juegos y crear una dependencia en niños. Las lecciones sobre la vida, la muerte y la responsabilidad no fueron el principal enfoque en este multimillonario negocio pop. Y, por eso, funcionó maravillosamente bien.

 

V

 

Tal vez la genialidad cruel de este negocio puede informar sobre la relación que tenemos con los animales. Al recordar a los niños presumiendo sus Tamagotchis en el patio de primaria mi mente se fue a Philip K. Dick. En particular, pensé en Do Androids Dream of Electric Sheep? porque ahí hay una reflexión aguda sobre nuestra relación mercantil con los animales.

 

En la novela de Philip K. Dick, más famosa por haber dado, superficialmente, el argumento de Blade Runner (1982) -y, espiritualmente, el de la secuela de Villeneuve-, la gran mayoría de los animales en la tierra se han extinguido. Al mismo tiempo, para los habitantes maltrechos de este páramo polvoso, radioactivo y desolado, el máximo consuelo está en una nueva religión. Esta religión une a todos los humanos que quieran seguirlo, a través de consolas personales, para que sufran con él un martirio común. El mercerismo es una religión de empatía.

 

Los principios del mercerismo dictan que se cuiden los animales que quedan. Todos deben ayudar a salvarlos. Los animales, inmediatamente, por el simple hecho de un dictum religioso, se convierten en comodidad. Todos quieren tener uno para cumplir con la religión. Se compran en tiendas, se describen y valúan en catálogos. La religión pasó de sugerir un concepto empático a formar un negocio. Los más ricos tienen animales, pero los que no pueden tenerlos, optan, antes de sentirse ridículos con sus azoteas vacías, por comprar animales sintéticos.

 

Estas ovejas eléctricas son idénticas a las ovejas reales. Las empresas que las fabrican dan mantenimiento técnicos con reparadores disfrazados de veterinarios. Ni siquiera un ojo experto podría distinguir la copia de la original. Rick Deckard tiene una oveja eléctrica y sueña con un animal real. Al mismo tiempo, siente culpa porque su trabajo es eliminar androides. Hay una empatía por la oveja eléctrica como la hay por los humanos sintéticos. ¿Dónde se detiene entonces la empatía? ¿Dónde se detiene la identificación?

 

El niño que lloraba en el camión, como Deckard, sentía una identificación real por el Tamagotchi. Pero también tenía, como Deckard, una relación mercantil con su mascota. Es algo que se presume, algo que cuesta, algo que se tasa y se valúa. Es algo para mostrar en el patio o en la azotea a los vecinos.

 

El Tamagotchi, como la oveja eléctrica de Deckard muestran, más allá de las crueldades del futuro o del presente, que seguimos considerando a los animales, incluso al borde de la extinción masiva, como bienes de consumo, algo que se compra y se vende. Algo con lo que se negocia la culpa de una religión o la mercadotecnia de una compañía de juguetes.

 

Si los juguetes de la ideología contemporánea, como decía Barthes, hacen siempre del niño un adulto potencial, el Tamagotchi, en su momento, mostró que el adulto potencial también se entrena para tratar al mundo -y a todos los seres que lo habitan- como un negocio despiadado.

 


Autores
Nicolás Ruiz (Ciudad de México, 1987) es maestro en literatura comparada por la UNAM. Desde hace casi 10 años se dedica al periodismo cultural y ha publicado en revistas y blogs de cine, política y cultura como Nexos, Televisa.News, Dónde Ir y Correspondencias. Actualmente, es editor y conductor en Código Espagueti, Ibero 90.9, Noticieros Televisa y FOROtv.
Ilustración realizada por Mariana González

1

Ch’ujch’ul yaxal k’ajk’etik

ya xnoj ta ch’ulchan

    xmut’lajet sok xlemlajetnax

Jich bit’il swik’ smuts’ sba sitil.

             K’ax ch’inik

ja’ukmene yanix jtajtikla ta ilel

lemel jatsal kukayetik.

Yatonax x-och beel yejtal te ajk’ubale jich te sbabial kukayetike ya xjajchik tal ta wilel: pajalnax ya xlemet jich yilel te yilbeltonax sbaik ae. Ta sbabial ala jtebtonax a te jich ya spasik te ya yak’ ik’otikuk beel te ik’e, ja’ukmene ja’ bayel ya xjala schiknaj tal te ek’etik ta ch’ulchane, te ja’ik te bit’il ya smakik te k’inale. K’alal ta yajtalul ch’in uch sok ta yaxk’in, ta yorail te ja’ale, ya xojobaik ta spisil xujkxujk yu’un te parajee. Ma’yuk banti ma staik ta paxiatajel. Ja’nax jten te jkojt chimol chan te ma’yuk ta milele, ja’ ay ta joljo’tik te ja’niwan sch’ulelik te mach’atik jelawenikix beel te ta yan balamilale, jich ta ora to ya sjunotik te yach’il sbak’etalik te ala ch’in te ba ayike.

¿Aywan jtuluk mach’a ma smulan xkal te kukaye? Ma’uk niwan jch’un. K’alal sba ch’ool ya jtabajtik sok ae, ta jch’iniltik to, bujts’an nax k’inal ya yijk’itabetik. Ya jmulantik smailiel ta jujun mal k’al te bit’il ya jk’an ya kiltike. Ay alaletik ya xtajinik ta stsaktiklael, ya yich’ik ala bolxaetik, ya snutsutsanik ta akiltik. K’alal te ay mach’a ya stsake ya stsajta te manchuk ya st’us yu’une, swenta jich ma xtup’ a te sxojobale, jichuk ta wa’ye yawan xtup’ jxejt’ te ajk’ubale, jichwan ya stijtsaotik beel ta jun balamilal te banti ma’yuk xojobe. Ma ja’uknax te slemel jatsalul ya yak’ jmulantike, ja’ukmene ya yak’ bujts’aneuk k’inal ka’ytik yu’un ek te k’alal ya kiltike. Ya jmulan sk’abuel, jich ya jnop yu’un te sxojobale ya skoltaon ta jkuxinel, te ya yu’uninben te jxi’wel sok te jmelbil o’tane, te ya ya’yben te mukin sch’inch’unone, najt ba ya yich’bekon beel, te banti jpam lumil ma jna’be sbae ja’ukmene, ja’nax ya staj stukelik ta yutil te’tikil.

K’alal te ma x-ayinike te bitik ch’inike, ma’yukwan sk’oplalik ta ilel, jich bit’il ts’ubil tan te ta sbabi jujch’iel xbuketnax lok’el te banti ay te tilem ak’ale, te ma’ xyik’betik jch’uleltike. Ya yak’ jelonok jtaleltik yu’un a te bitik ch’ujch’ulike, jich bit’il ya spasta sok te ch’in usetike, te manchuk ja’ te chikan xjononetnax ya xtaawan ka’ytik ta jchikintike, jichwan ma jna’tik te x-ayinik ta balamilale. Ma’yuk mach’a xk’uxuba yo’tan yu’un te k’alal ya yich’ t’usele, jk’axelnax te skuxinelik te k’alal ya xlaj ta jk’abtike. Yanchuk te kukayetike ya yik’ snojpil ku’untik. ¿Aywan sitiletik xkal te ma’yuk staojik ta ilele? Ja’meto ja’wan ma sna’beik sba te mach’atik xkuxinik ta muk’ul lume, ts’usajtik ta yutil pajk’etik sok jakal yiloik te te’tikile ta banti ya xwilik te kukayetike. Ayniwan yiloik ta lok’ombailetik, jich ya snopik a te bi yilel te sbak’etale, ja’nax k’axel ma spaj a te bit’il banti jun ya xkuxinotik soke.

 

2

Ja’ yuts’ yalal sba sok te ch’ujch’ul chanetik te jk’axeliknax ta kuxinele te kukayetike. Ja’nax k’ejeltik sbaik ta ilel yu’un a te yantike, melel te yip te sxojobale k’axel jpisiltik ya jmulantik yilel. Te slemel jatsalule chikan ya xtil sok te k’alal ya yich’ik ochel ik’ ta yutil te sch’in sbak’etalike, ja’ tey ya yich’ tael ta ilel smuk’ulil a te k’alal ya xk’ax te jun ajk’ubale. K’alal ya kil te ya xwilike ya jojk’o ¿Jay ten to xojobal ya x-och xkal ta sbak’etal te kukaye? Ya jnop te utsniwan, ja’ jich ta skojtokojt jilem yu’un sp’ajtemalik te k’ax bayelix tal ja’wile, jichnix ja’ nail chiknajemik tal a te k’alal matoba sna’beik sba sok mato sbiiltesik a te winik antsetike. Ay tal sk’oplalul a te ja’iknax ya sna’ik stojol sok scholel te bit’il ay tal te skuxinelike.

Ja’ik sbal te ajk’ubale ya xk’axik joyetel ta spat xujk naetik, bebetik, sok ta akiltik, k’anuk ta ma’yuk banti ay sk’oibik yilel, ja’nax te sk’atal se’elul te swilelike ma jichuknax ya spasik, tulan sk’olal te binti ay ta sk’unil xik’ike: xojobal te ajk’ubal. Ta yorail k’alal spisil ya x-ochik ta wayel, ya xtoy moel swilelik yu’un ta sleel snujp’ik, sok yip te xojobalik te ya xpixotike. K’alal ya kiltike k’anuk ta pajaliknax yilel te bit’il ya xtilike, ja’ukmene ma ja’uk jtunel yu’unik te jsitike, ja’ ya xtun yu’un sbaik. Ja’ ya sta sbaik ta ilel stukelik. Ja’ ya sta sbaik ta ilel te bit’il ya xojobinik ta jujun kojte. Spisil ya xtilik sok stalemalik te ja’iknax jich ya xojobin ta stukelik ae. Ma’yuk banti ay cha’chajp te xojobilike. Te sk’alel te ya yak’ lok’el te state ya sta ta ilel te sme’e, jich talel bael. Te ajk’ubale ja’ yawil te yajk’otik te bit’il ya sjech tajtala sbaik ta sba ch’oole. Ya sk’abu sbaik, ya ya’ybe sba te sk’alelike, jich ya xjune yu’unik te sk’alel xojobike. Ja’ tey k’alal, sok ja’to te bit’il ya xtup’ beel te ajk’ubale, ya sjun sbaik ta wilel.

Te k’ajk’ te lemel jatsalnax ya x-ajk’otaik ya kil ta toyol k’inale, ma’yuk ya jtabe ya’yejal, te ya jk’an ya jolin sok jk’op ka’ye. Ayiknax sk’unil ta ilel, ya sk’an jk’abubetik te swilelik yu’un swenta ya jolintik a, jich bit’il ya yal Galeano, te aynix yantik te tulan ya xojibik te kuxinel yu’un te ay yipalel sbujts’ ta ilel, te ma muts’ul wik’il jsitik yu’une. Junax ta spisilik ya xojobin yu’unik te ch’ulchan ta ajk’ubaltike, jich ya xtilik ek te bit’il ya xtilik te u sok te ek’etike. Ja’ikme te sk’ajk’ te ya xpix te ajk’ubaltike. Te kukayetike ja’ikla ch’ujch’ul k’ajk’etik te ya x-ochik ta ijk’inaltike, jich ya yak’beik xojobil sbe te mach’atik ya xbenik ta slijkibal te ajk’ubale, ya skanantaik, ya stojobtes beel sbeelik. Junax ya yak’ sk’ixnalik te ja’ ya sk’ixna te ch’ulelalile.

 

3

Te bi sjelo sba sok te yantik jkuxineletik ta ajk’ubaltike, yu’un te kukayetike ja’ snujp’ sba sok stukel te ijk’inale. Ya spukanik te xojobalik yu’un jun o’tanil. Ja’ jkananetik yu’un te parajee. Te xojobale ja’ ya stsal te kaj kontrotike, ya snuk’beik schopolil te jla’tawanej te’tikil mutetik ta ajk’ubaltike. Najt ya yich’ik beel, te banti maba ya xya’ybeix sk’ayojik te mach’a ya yak’ik chameletik.

Te k’alal ay ja’ale pajalnax sok jun xojob te k’alal ya sch’ay tal koel jujun t’ul ya’lel ta ch’ulchane, jich yilel te ta jujun t’ul ja’ tey ya xtojk tal lok’el yilel a te jujun kojt kukay te ya xwil moele. Ya yik’otik ta spasel yilel te sk’inike. Te xojob jkojt kukaye jelel sok te yantike, te k’alal ya xtilike ma’yuk ba ya spaj sbaik. Manchuk tame lom k’un te bak’et yich’oike, ay yipik ta snijkesel te balamilale. Jich la yal te mamal Aluxe, te p’ijil winik ta jparaje, te k’alal mato xlaj beel ae la yal jilel te ya xk’atbuj tal sujtel ta kukay te ta yan lum k’inale. Ma’yuk mach’a ma ach’unbet te sk’op ya’yeje. Ja’nax te mach’ajtik lek a lajik beele ya xju’ xk’atbujik tal sujtel, ja’ jich ek teye.

Ay ch’ojantik ajk’ubal te jtukelnax ayon ya ka’ye, ya jtup’ te jk’ajk’e. Ya jtsak lok’el jxila ta jamalal. Ya xnaklon ta yilel te bit’il ya x-ajk’ota. Te k’alal ya kil te bit’il ya xtilike, ya jcholbe te binti ya yak’ben jmel ko’tane. Ma jkomanbaj ta yalel, te ma xka’y staon te olil ajk’ubale, ma xyijk’itaikon ek. Ya stijtsaik tal ta jtojol. Ya sjoyikon jich ya ya’ybekon stojol. Ya jnop te maniwan jtukeluk jich ya jpas ae. Ay ch’ojantik jich kilo ek te yantik ta jparajee nakajtik ta yamak’ul snaik, jich machalnax ayik. Jich la jnop te ja’iknax ay bi ya yak’ jnoptik te kukayetik, te jtebnax ya kich’betik ta muk’e: te jujun tul winik ants ja’ ya xojobaik stukelnax te sk’alele.

 

4

Ya jna’ te k’alal keremon to ae, te jtate jun ajk’ubal la stikunon beel ta abat ta sna te jtajun Jtume, k’alalto ti’ lum ay a te snae, ya xk’axotik beel ta mukenal. La jxi’ k’alal la yalben ka’y te mantale: ja’tonax sba ch’ool la stikunon lok’el jtukel ta toy ajk’ubal a. Jichniwan la stikonon beel yu’un te kich’oix lajuneb ja’wil la yil ae, te bit’il kawilal ek ja’nix jich ya xlok’ix ta paxial stukel eka. Laniwan snop te jtat te muk’onix ya yil ae, jich la stikunon beel ta abate.

La jtsak te kiloj k’ajk’e, jich la kik’ beel ek te jts’i’ Kapitane. Lok’on beel jo’tik ta na, jich mala jk’abu sujtel jpat te k’alal abenon beel jo’tike. Te sikil ajk’ubale ya sikubtesben a te kelawe, la jaxulaj ta jk’ab swenta ya jk’ixna jtebuk a. Animalnax abenon beel sok jtebuk xi’wel. Ts’akal beel ta jpat te Kapitane, k’aemix stukel ta beel a te ta ajk’ubaltike, ja’ lekil lebojom, ja’ukmene mala sjak beel sba ta jtojol a.

K’alal yakon ta beel ae, ch’ujch’ul kukayetik jajchik ta wilel, la jtijla jelawel ta kakan te k’alal k’axon beel ta akiltike. Ma’yuk ba alujchaik te k’alal la sjunikon beele. Ta akiltik, ta nanatik sok ta te’etik te batik ak’axone ay bayel stsoboj sbaik kukayetik. Bayelnax la kiltikla te ma’yuk ba jich k’axemik ta jsit ae. Lomnax kom la ka’y te beele. Kanantabilon la ka’y. Te k’alal yakon ta beel ae, yipnax ay beel ta jol a te la sk’an a sjoyinikon beel k’alalto ta sna te jtajune, sok te k’alal sujtontale. La jtup’ te kilok’ajk’e. Ja’ la kak’ xojobinuk sk’alel te ta jbeele.

K’alal la kich’ tal te bitik ak’betal jtat te jtajun Jtume, sujton tal. Ma’yuk bi la jxi’ix a k’alal te lok’on tal ta snae. La jkuy ta maba jo’on sbabi alalon a te la jtabe ta ilel te ajk’ubaltik te ay xkuxulile, melel k’alal jch’inilto la ka’yjo’tik cholel, te bitik ya x-uts’inwanike ya stsajk ta chamel yu’un te jch’uleltik tame la jtajtike. Ya jna’ te melelilnax a, ja’nax te yanix spat xan o’tanil ek te yakuk scholben xan jme’jtatjo’tik ek te bitik kuxajtik sok xojobalik te ta ajk’ubaltik te maba j-uts’inwanejetike. Jich te k’alal ya jna’tik stojole ya jna’betik xan sba ek te yanxan sit yelaw te ajk’ubale.

Ta sujtel tal k’unk’un abenon tal, lamalnax tal te ko’tane. Te Kapitane jelaw tal jich ya sujtilet ta spat te k’alal ya yil ya xjilone. Te kukayetike ya x-ajk’otaik a, ya xwilik jelawel ta jole, sok ay xan yantik te ya xwilik jelawel ta stoylejal jmuxuk’e, jich yu’un ya jtajtikla ta ilel a. Maba la kil te bit’il ak’oon ta nae. La jtejk’an jba ta ochibal, la jwalk’unba jich la kil te ala ch’ujch’ul chanetik te k’unk’un asujtik beel, la spas te ya’telik yu’un te la sjunikon tale. Te binti ak’ax ta jtojol te jun ajk’ubale k’atbu ta jun sna’ojibal ku’un te ta jch’inile. Manchuk tame maba ja’iknanix te kukayetik te ya jta ta ilel ya’tik a te bit’il wojcheje, ya kalbe sok sbujts’ k’inal te skuxinel sok te sbiile.

 

5

K’anuk ta ma’yuk xjononetik ya’el te kukayetike, maba swenta ya xuxubin sok a te yee. Lom ch’inik te xik’ik a te bit’il smuk’ul te sbak’etalike, k’anuk ta maba ya stijik yilel te ik’e, ya sp’a sbaik, te k’alal ya sta sba yu’unik te ik’e ya xuxubin yu’unik, ya spasik sutuik’, ya spasik yik’alel ja’al.

Te bit’il k’anuk ta maba xk’opojik yilel te kukayetike, te ja’ skuxinelik yilel te sch’ijan k’inale, ma’yuk ya x-altawanik bit’il ya sk’anik koltael, ja’nax a: sk’ajtilnax. Ja’ik yame xk’opojik ek, te sk’opike ma xk’ax ta jchikintik, jich ma jtajtik ta a’yel a te ik’ te ya sjujch’iik tal lok’el ta yutil sch’in pechuik, jichnix ek ma jtajtik ta a’yel te bit’il ya stijulaik te xik’ik.

¿Binti yipal xkal te ya yak’ sbaik ta ilele? Ja’niwan te bi yipal ya sk’an schol sbaike. ¿Binti yipal k’aal ya xkuxin xkal te jkojt kukaye? Ja’ mel o’tantik sba skuxinel a teye: jelawelnax te ya xk’axe. Ja’ jich yich’o tal ta stojkib a te bi xi ya xk’ax ta kuxinele, ma xyak’ik ch’ayuk k’aal a te bit’il ya smailiik te ta spajelale, melel ma xna’ba tame ya xk’otik ae. Ajk’nax te xojobike yu’un jich ya yak’ik ta na’el a te ay xan tal ya’antik a te sjo’takike, swenta jich ya spoj sbaik ta stojol a te chopol balamilal te ayik ta ajk’ubaltike, jich ya yak’bonjo’tik tebuk sxojobalike li’ ta balamilal ta banti ay chopol kuxlejalil.

Ch’ujch’u yaxal k’ajk’etik

ya snojtesik te ch’ulchane

      xmut’lajet sok xlemlajetnax

Jich bit’il swik’ smuts’ sba sitil.

 

El murmullo de las luciérnagas

 

1

Pequeñas luces verdes

inundan el cielo

    se apagan y se encienden

        como un parpadeo.

             Son tan diminutas

pero logro distinguirlas

titilantes luciérnagas.

Apenas la noche se delinea y las primeras luciérnagas emprenden su vuelo: brillan como si recién lo descubrieran. Al principio son pocas las que se dejan llevar por las corrientes del viento, pero más tardan las estrellas en aparecer en el cielo que aquellas en desbordar el espacio. Entre los meses de mayo y octubre, durante la temporada de lluvia, alumbran todos los rincones del paraje. No hay lugar donde no se avisten. Se pasean en la milpa, en los arroyos, en las ramas de los grandes árboles. Son de los pocos seres diminutos que nadie se atreve a matar, al creer que son las ánimas de aquellas personas que se han adelantado al otro mundo y que ahora nos acompañan renacidas en cuerpos diminutos.

¿Habrá alguien a quien no le guste las luciérnagas? No lo creo. Desde nuestro primer encuentro con ellas, en la infancia, nos dejan fascinados. Esperamos ansiosos la caída de la tarde para verlas. Algunos niños juegan a atraparlas, las persiguen en el campo, llevan unas bolsas. Cuando alguien las agarra, trata de no aplastarlas para no extinguir su resplandor, porque de ser así una parte de la noche dejaría de existir y nos acercaríamos más a un mundo ausente de luz. Pero no es sólo el brillo lo que nos cautiva, sino lo que nos logran transmitir y sentir al observarlas. A mí me gusta contemplarlas y pensar que el brillo atrapa mis temores y angustias. Imagino que las luciérnagas logran escuchar los murmullos que pronuncio, se los llevan lejos de mí, a un lugar que desconozco y que solamente ellas logran encontrar adentro, en las profundidades de las montañas.

Sin ellas todo lo diminuto se volvería insignificante, como los pedazos de cenizas que al primer soplo se desprenden de las últimas brasas encendidas sin causarnos conmoción alguna. Nos volveríamos indiferentes a las pequeñas cosas como sucede con los mosquitos, que de no ser por sus zumbidos incómodos, paseándose frente a nuestros oídos, no sabríamos que existen. Nadie se apiada de ellos al aplastarlos, su vida es tan efímera que se acaba al encontrarse en medio de nuestras manos. Pero las luciérnagas atrapan nuestra atención. ¿Existirán ojos que nunca las han visto? Es posible que sea una de las desgracias de quienes viven en las ciudades, enclaustrados entre paredes, lejanos a los bosques donde las luciérnagas emergen. Es posible que la gente las haya visto en las películas y haya creado una idea de su anatomía, pero nada se compara con el hecho de habitar en el mismo espacio donde ellas navegan con absoluta libertad.

 

Las luciérnagas pertenecen a la familia de lo diminuto y efímero. Se diferencian del resto de las especies pequeñas, su brillo intermitente jamás pasa inadvertido. El resplandor que crean a través de la combinación del aire que respiran y la llama interna que guardan en sus minúsculas entrañas es la prueba evidente de su existencia mayúscula en el lapso que dura la noche. Mientras las veo volar me pregunto ¿cuántos brillos distintos caben en el cuerpo de una luciérnaga? Imagino que tantos, porque cada uno es el resultado de una herencia transmitida durante cientos de años, incluso han estado en el mundo mucho antes de que los humanos pudieran verlas y nombrarlas. Tienen una historia que únicamente ellas reconocen y cuentan.

Son seres noctámbulos que deambulan entre las casas, veredas y pastizales, aparentemente sin tener un destino, pero su zigzagueante vuelo no es ingenuo, hay un fin oculto entre sus párvulas alas: encender la noche. En ese momento, justo cuando todos duermen, ellas elevan su vuelo nupcial para encontrar pareja, mediante el brillo engalanado que visten. Ante nuestros ojos parecen tener las mismas tonalidades de luz, pero no son nuestros ojos los que importan para ellas, sino las de su propia especie. Ellas logran percibir el brillo único que cada una irradia. Todas resplandecen con luz auténtica e irrepetible. No hay dos brillos iguales. El calor que desprenden los machos es reconocido por las hembras, y viceversa. La noche es la pista de baile en donde se encuentran por primera vez. Cruzan miradas, sienten el fuego que llevan dentro de sí, y el fin de resplandecer se consuma al fundir su brillo en uno solo. Desde ese momento, hasta que se apague el tiempo que dure su existencia, comparten el mismo vuelo.

Las luces parpadeantes que danzan en el aire me resultan un lenguaje indescifrable, que intento comprender a partir de mis fabulaciones. Se trata de ser sensibles, situarse en su vuelo para entender, como diría Eduardo Galeano, que arden la vida con tantas ganas que no se pueden mirarlos sin parpadear. Todas juntas irradian el cielo nocturno, brillan con la misma intensidad que la luna y las estrellas. Son el fuego que cobija la noche. Las luciérnagas son pedacitos de luz que penetran la oscuridad. Iluminan el camino de aquellos que viajan en el crepúsculo, los protegen, guían sus pasos. Juntas producen una hoguera que calienta el alma.

 

3

A diferencia de los seres que viven en la noche, las luciérnagas son el contrapeso de la oscuridad. Esparcen su luz para transmitir tranquilidad. Son los protectores del paraje. Su resplandor vence a los que consideramos nuestros enemigos, absorben los malos augurios de las aves nocturnas. Se los llevan lejos, donde nuestros oídos nunca alcancen a escuchar los sonidos que presagian desgracias.

En los días de lluvia cada brillo es equivalente a cada gota que cae del cielo, es como si por cada gota, una luciérnaga naciera de la tierra y despegara su vuelo. Hacen una fiesta a la cual nos invitan. El brillo de una es distinto al de las otras, las intensidades nunca se asemejan. A pesar de habitar en un cuerpo dócil, tienen la suficiente fuerza para hacer temblar a la tierra. Eso decía el viejo Alonso, el sabio del paraje, quien antes de morir afirmó que volvería del más allá en forma de luciérnaga. Nadie dudó de sus palabras. Sólo las ánimas buenas logran su transformación y retorno, y él es una de ellas. Ahora danza entre las luces.

Por las noches, en las veces que me siento solo, apago los focos. Tomo una silla y la llevo afuera de la casa. Me siento a observar la forma en que ondulan. Mientras las veo brillar, les cuento lo que me aflige. Hablo y hablo sin parar, sin preocuparme que me sorprenda la media noche porque ellas no me abandonan. Se acercan más hacia donde estoy. Me rodean y me escuchan. Imagino que no soy el único que lo hace. En ciertas ocasiones he visto a varios de mi paraje sentados en el corredor de su hogar y se quedan en silencio. De esa manera he aprendido que las luciérnagas nos enseñan algo que pocas veces apreciamos: que cada persona brilla con su propia luz.

 

4

Recuerdo que cierta noche, cuando era un niño, mi padre me pidió que fuera por un mandado hasta la casa de mi tío Domingo. Se encontraba al final del paraje, pasando el camposanto. Al escuchar su petición sentí temor: era la primera vez que me mandaba solo a altas horas de la noche. Supongo que lo hizo porque ya tenía 10 años, y a esa misma edad él empezó a caminar sin la compañía de un adulto. Tal vez mi padre pensó que ya era grande y que podía asumir su petición.

Tomé la linterna y llamé a mi perro Capitán. Salimos de la casa y me fui sin mirar hacia atrás. El frío de aquella noche quemaba mis mejillas, las frotaba con mis manos tratando de calentarlas. Caminé lo más rápido que pude con algo de temor. Capitán seguía mis pasos, él ya estaba acostumbrado a las caminatas nocturnas, era un buen cazador, aunque aquella vez nunca desvió su camino del mío.

Mientras avanzaba en las veredas, pequeñas luciérnagas comenzaban a volar, las despertaba al mover el pastizal con mis piernas. Dejaban de reposar para acompañarme. Había un montón de ellas en el campo, las casas y los árboles por donde pasé. Me pareció haber visto a tantas como no ha vuelto a suceder. El recorrido se me hizo corto. Me sentí protegido. Lo único que pasaba en mi cabeza mientras caminaba era que ellas estaban dispuestas a seguirme hasta la casa de mi tío y de nueva cuenta al regresar. Apagué la linterna. Dejé que su resplandor iluminara mi andar.

Después de recoger las cosas que mi tío Domingo debía entregarme, me regresé. Al salir de su casa ya no sentí temor. Pensé que no era el primer niño que descubría que la noche también tenía su encanto, porque desde pequeños nos hablan más de los seres dañinos que enferman el alma si los encontramos o escuchamos. Sé que eso es verdad, pero habría sido alentador si también nuestros padres nos hablaran de los seres de luz que hacen de la noche un lugar no malo. A partir de la experiencia es que reconocemos las otras caras de la noche.

De regreso caminé sin prisa, mi corazón estaba tranquilo. Capitán se adelantaba y luego retrocedía cuando me veía alejado de él. Las luciérnagas bailaban, algunas se elevaban encima de mi cabeza y otras volaban a la altura de mi ombligo. Sin darme cuenta había llegado a casa. Me detuve en la entrada, me di la vuelta y vi a los pequeños insectos alejarse poco a poco, habían cumplido con su labor de acompañarme. Lo sucedido en aquella noche se convirtió en uno de mis recuerdos más queridos de mi infancia. Aun cuando las luciérnagas de aquel momento no sean las mismas que ahora veo, pronuncio con alegría su nombre y existencia.

 

5

Aparentemente las luciérnagas no producen ningún sonido, su faringe no fue hecha para silbar. Sus aletas son más pequeñas que su cuerpo, tanto que no parecen alterar las corrientes del viento, de tal modo que puedan provocar un estruendo, pues el encuentro de dos corrientes es capaz de producir un silbido, un remolino, una tormenta.

La aparente mudez a la que están condenadas, incapaces de emitir ni un solo grito de auxilio, es solo eso: una apariencia. Aquellas sí emiten un sonido, su voz es inapreciable ante nuestros oídos que no alcanzan a escuchar los susurros que sueltan de su pequeño pecho, y es casi imposible oír el zumbido de su aleto.

¿Qué tanto murmuran entre ellas? Imagino que todo lo necesario que deban contarse. ¿Cuánto dura la vida de una luciérnaga? Esa es la parte triste de su existencia: su paso es efímero. Su destino prescrito las lleva a volar con intensidad desde su primer día de nacimiento. Aprovechan el tiempo sin esperar el mañana que para ellas difícilmente llegará. Brillan tan pronto como pueden para garantizar la continuidad de su especie, para ser la única armonía del mundo inicuo que emerge en la noche, para regalarnos un poco de su luz en un mundo cada vez más sombrío.

Pequeñas luces verdes

inundan el cielo

    se apagan y se encienden

como un parpadeo.


Autores
(Chiapas, 1990). Es ensayista, documentalista y académico tseltal. Doctor en Ciencias Antropológicas (UAM-I). Becario del FONCA y del PECDA-Chiapas, ambos en dos emisiones. Premio Cátedra Gonzalo Aguirre Beltrán a la Mejor Tesis Doctoral en Antropología Social y Disciplinas afines 2024, y Mención Honorífica de la Cátedra Jan de Vos a Mejor Tesis Doctoral 2025. Ganador del primer lugar en cuento del concurso Universidad es diversidad de la UAM 2021. Obtuvo menciones honoríficas de ensayo en el 53 Concurso Punto de Partida de la UNAM 2022, y en el Concurso de Estudiantes de Post-grado del Congreso ERIP-LACES-Universidad de Stanford 2022. Autor de los libros de ensayo bilingüe, tseltal y español, Te sututet ixtabil. El giro de la pelota (Coneculta, 2020) y Ch’ayet k’inal. Las formas de la ausencia (FCE, 2024).
Bandera de la República de Artsakh. From Wikimedia Commons, the free media repository

La República de Artsakh y el conflicto de Nagorno Karabakh1

 

Dentro del complejo proceso de declive y desintegración que supuso la caída de la URSS en 1991, surgieron un nuevo conjunto de estados (15) independientes con reconocimiento internacional, entre ellos Armenia y Azerbaiyán en la zona del Cáucaso2sur, los cuales no tendrían problemas para entablar lazos económicos y políticos entre sus pares regionales e internacionales.

No obstante, como es el caso del territorio y conflicto que nos atañe en este texto, dentro de estas nuevas configuraciones estatales, los movimientos étnico-políticos que impulsaron a la independencia y escisión de aquellos fuera de la URSS, comenzaron a sufrir también fuertes tensiones internas por mayor autonomía política, o simplemente rechazaron ser parte integrante del país recién inaugurado.

Uno de estos casos corresponde a la República de Nagorno-Karabakh u oficialmente llamada “República de Artsakh”, que se localiza en la región u oblast3 del mismo nombre y cuya independencia dentro del recién configurado orden político y territorial en Azerbaiyán fue declarada el 6 de enero de 1992, ello durante una plena confrontación entre Armenia por el control de este enclave y reconfiguración regional y mundial posterior al fin de la Guerra Fría.

Pero, antes de llegar a explicar un poco más al respecto de la situación de este Estado no reconocido4 y el conflicto paralelo que disputó su control, es necesario hacer un breve recuento histórico que nos permita comprender de manera más clara dichas cuestiones.

 

Nagorno-Karabakh antes de Rusia y la URSS

 

Es preciso hacer aquí énfasis, pues de ello depende la correcta comprensión del desarrollo histórico y político de las Tres actuales repúblicas del Cáucaso Sur (Georgia, Armenia y Azerbaiyán), pues en tiempos pre-cristianos, éstos territorios fueron ocupados por un lado, tribus de Grecia y el suroeste de Europa (Georgia y Armenia), mientras que en el caso Azerí, su población se nutrió principalmente de pueblos provenientes de Asia Central, como Persas, Medas o Escitas.

Al momento de diseminarse el cristianismo y sufrir su primer gran cisma (S. XI) entre la Iglesia Católica con sede en Roma, tanto Georgia como Armenia pasaron a ser parte de la Iglesia Ortodoxa con sede en Constantinopla, esto es de suma importancia, pues dados los orígenes sociales remotos de ambos países, la afinidad religiosa fue un punto de suma importancia para desarrollar sus concepciones religiosas que a la fecha conservan. Y más allá de ello, esta división religiosa-cultural entre Armenia y Azerbaiyán constituirían el primer punto de distinción y tensión para relacionarse y desarrollar a la postre el problema sobre Nagorno Karabakh5.

Sin embargo, para el caso de Azerbaiyán, y dados también sus orígenes sociales y a la influencia ya en ese entonces del Islam y el Imperio Otomano en la región, su religión oficial se fincó en los preceptos musulmanes tras un breve período de creencias basadas en el Zoroastrismo6.

Por otro lado, dentro de Nagorno Karabakh (NK de ahora en adelante) ya existía una mayor presencia de etnia armenia con su propia dinámica social y cultural, esto a pesar de las múltiples influencias de adscripción islámica y no islámica como el Imperio Sasánida (S. III-VII), los califatos Rashidún, Omeya y Abasí (S. VII-XVI) y el imperio persa Safávida (S. XVI-XVIII).

 

Nagorno Karabakh bajo el control Ruso: Siglo XIX-XX     

 

Con el declive de los poderes no europeos en Asia Central y la sostenida expansión del Imperio Ruso en toda Eurasia a partir del S. XIX, la región de NK pasó a formar parte de un nuevo administrador, pero aquella de manera conjunta con todas las naciones del Cáucaso Sur a manera de protectorados, los cuales en 1828 pasaron a formar parte del control directo de Moscú a expensas de un debilitado Imperio Otomano.

A principios del S. XX, el Imperio ruso comenzó a sufrir los costos de la expansión sin industrialización que habían seguido las naciones del occidente europeo, y con el advenimiento de la Primera Guerra Mundial (1914-1918) y la Revolución y Guerra Civil Rusa (1917-1923), las naciones circundantes a NK disfrutaron de un breve periodo de independencia (1918-1922), aunque ello no estuvo exento de enfrentamientos.

Con la declaración de independencia Armenia, Georgia y Azerbaiyán en 1918, ante el vacío dejado por la desintegración parcial del Imperio Ruso en plena transición a la URSS, otros poderes regionales (Turquía)  y mundiales (Inglaterra en pleno apogeo y triunfo militar post Primera Guerra Mundial) buscaron absorber aquellos nuevos países dentro de su órbita a partir de las negociaciones separadas con cada uno de los gobiernos y con la promesa de reconocer sus disputas territoriales, específicamente entre las administraciones de Bakú y Erevan.

Como es de suponerse, NK no sería la excepción dentro de este breve pero complejo proceso de enfrentamiento entre Armenia y Azerbaiyán, pues entre 1919 y marzo-abril de 1920, y ante fallidas negociaciones entre los armenios de NK, se desató un movimiento nacionalista en la zona apoyado por Armenia que tuvo que ser violentamente reprimido por el gobierno azerí7.

Pero, y para fortuna de los pueblos habitantes de NK y fuera de ellos, el asunto no escaló a mayores dimensiones y gracias al acercamiento armenio con el gobierno bolchevique de Rusia en 1920 y su posterior transformación junto con Azerbaiyán y Georgia en Repúblicas Socialistas Soviéticas; y a la actuación disuasiva e ideológica de figuras como Sergo Ordzhonikidze y el propio José Stalin, los gobiernos locales pasarían a incorporarse como repúblicas unitarias dentro del tratado constitutivo de la URSS en 1922, y así, un periodo de crecimiento y relativa calma comenzaría.

Bajo control efectivo de la URSS hasta 1991, NK disfrutó la condición de Oblast autónomo8 dentro del territorio de la República Unitaria Socialista Soviética de Azerbaiyán, y esto posterior al fallido intento de unificación de los tres países del Cáucaso Sur dentro de la República Federativa Socialista Soviética Transcaucásica (1922-1936), esto en primer término como uno de los múltiples intentos por resolver el “problema de las nacionalidades”9  en la URSS que jamás pudo encontrar un método efectivo para hacer coexistir la gran cantidad de etnias (específicamente en el Cáucaso y la parte europea de la Rusia Soviética) y pueblos sujetos al mandato directo de Moscú, por lo que solamente se limitó a gravitar entre la permisividad de las expresiones culturales10  y en cierto grado (como el caso de los Oblasts) administrativa; y entre la represión total de ciertos grupos étnicos, como el caso de las deportaciones masivas hechas durante el régimen de Stalin (1927-1953).

A pesar de ello, el periodo soviético incluyó una total industrialización de las naciones parte, la colectivización masiva de la agricultura, la rotación de trabajo entre el campo y la ciudad industrial, así como la estandarización e institucionalización de esquemas educativos, de salud y de servicios sociales en beneficio de toda la población11.

Entrada la década de 1970, el sistema soviético comenzó a tener serios problemas de crecimiento económico, mientras que de manera paralela las demandas económicas de mejora y apertura política se acumulaban a lo largo del territorio, y que debido a la inhabilidad de los envejecidos líderes soviéticos a partir de Brezhnev hasta Constantino Chernenko (1973-1985) de hacerle frente, la situación se tornó poco a poco más apremiante.

Asumido el cargo de Secretario General del PCUS, Mikhail Gorbachov (1985-1991) trató de revitalizar el sistema de manera poco exitosa a partir de la política de glasnost y perestroika  (apertura y restructura), las cuales (en específico la primera) intentaron hacer más receptivo a la crítica al entramado político-estatal soviético por medio de la aceptación de peticiones de todos los confines del territorio para hacer un programa intensivo y general de reforma, pero también para demostrar a los opositores a este movimiento (renuentes al cambio) el apoyo social que en realidad existía atrás del proyecto de reacomodo impulsado por Gorbachov.

Como resultado, Moscú se vio inundado con un aluvión de críticas y peticiones al gobierno desde diversos puntos territoriales, sin poder hacer frente de manera verdadera a su atención y solución12.

También se suscitaron por vez primera en muchos decenios, numerosos connatos de violencia en las Repúblicas Soviéticas que no pudieron contenerse más que por medios coercitivos y que rápidamente minó la legitimidad del régimen de Gorbachov en los últimos años de existencia de la URSS.

Ante la total incapacidad del gobierno de hacer frente a tantas demandas y problemáticas, y junto a los sucesos ya conocidos de agosto de 199113, las Repúblicas Unitarias, incluidas las del Cáucaso Sur, experimentaron un despertar político y radicalización que les permitirían demandar más autonomía política pero que también acelerarían el proceso de implosión estatal soviética y se reavivarían nuevos conflictos étnico-políticos sobre enclaves territoriales, de los cuales NK sería uno de los numerosos casos.

 

Nagorno Karabakh en Guerra: 1989-2020

 

El conflicto militar en NK iniciado en 1989, en pleno proceso de desintegración soviético, no solamente tuvo un alto coste humano y militar para Armenia y Azerbaiyán, sino que también sus sistemas productivos y económicos terminaron de atrofiarse debido a los esfuerzos bélicos y ello dificultaría su posterior inserción dentro del mercado regional a internacional para asegurar su futuro desarrollo.

Lo anterior sin mencionar los múltiples abusos cometidos por ambos lados hacia la población civil, que consistieron desde asesinatos extrajudiciales hasta episodios de violencia interétnica extrema que desafortunadamente dejaron miles de muertos.

De manera sucinta, este primer conflicto por el control efectivo de NK consistió en una serie de enfrentamientos abiertos y escaramuzas entre fuerzas militares regulares armenias y azerís, y milicias armenias en la región en disputa14 y alrededor de ella en territorio de Azerbaiyán, esto junto con el bloqueo económico hacia Ereván, generó miles de desplazados fuera de la zona hacia otros países recién independizados en la esfera post-soviética.

Gracias a la mejor organización y capacidad militar Armenia, junto con el liderazgo de Levon Ter-Petrosyan (1991-1998), la ofensiva pudo mantener el control no solamente de NK, sino de buena parte del territorio suroeste de Azerbaiyán, sin embargo, el bloqueo de éstos últimos sobre la economía nacional armenia niveló en cierta medida las pérdidas en el conflicto.

Finalmente, luego de una fallida ofensiva azerí contra fuerzas armenias en NK que dejaría 8,000 muertos del gobierno de Bakú, con una Rusia un tanto más reacomodada posterior al shock de 1991, y ante una OSCE (Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa) ignorante de la situación e incapaz de entablar una negociación seria entre ambas partes más que para adjudicarse posición en el espacio post-soviético ante el vacío de poder dejado por la URSS, en mayo de 1994, con el apoyo de la Comunidad de Estados Independientes (sucesor tentativo de la URSS en términos de cooperación regional en Eurasia) pero principalmente gracias a la presencia militar efectiva de pacificación enviada por Moscú, se logró firmar el Protocolo de Bishkek que aseguraba el cese de las hostilidades entre ambos países y el retiro de tropas de NK y provincias aledañas en Azerbaiyán.

 

Picture1

El área coloreada con café oscuro muestra los avances que hizo el ejército armenio fuera de NK y que se mantuvieron así hasta 2020.

 

 

Posterior a este primer enfrentamiento por NK, Armenia retuvo el control efectivo no solamente de dicha área, sino también de otros territorios dentro de Azerbaiyán, y esto, junto con ningún esfuerzo serio para terminar de manera definitiva el enfrentamiento dados los puntos diametralmente opuestos y radicales entre las partes involucradas, denominó al problema uno de carácter congelado15, lo cual de igual manera permitió que cada actor involucrado se recuperara de lo perdido, creciera económicamente, pero desgraciadamente también iniciara una nueva carrera armamentista para lograr en algún punto resolver el problema por la vía armada.

Es así como hasta 27 años después de iniciado el conflicto, y con un Azerbaiyán mejor desarrollado económica y militarmente gracias a sus reservas energéticas, que nuevos enfrentamientos considerables surgieron entre el 1 y el 5 de abril de 2016, cuando en una nueva ofensiva en contra de NK ambos lados clamaron victoria aunque en la realidad, con la pérdida de territorio en el norte y al este del enclave, se vislumbraba el desenlace este conflicto por vez primera a favor del régimen de Ilham Aliyev (2003-), hijo del dictador Heydar Aliyev (1993-2003).

Para finales de 2020, entre el 27 de septiembre y el 10 de noviembre, una nueva ofensiva orquestada por el lado azerí sobre la frontera este de NK rápidamente recobró los territorios perdidos en 1994 y capturó el sur (incluida la ciudad principal de Shusha, baluarte religioso para armenios dentro y fuera de NK) gracias al empleo de nueva tecnología militar aérea basada en drones de ataque que por diferencias de presupuesto y económicas, Armenia no supo contrarrestar.

Ante una mayor pérdida territorial y el peligro en ciernes de perder la totalidad del territorio de NK, Rusia tuvo que arbitrar de nueva cuenta un cese al fuego para salvaguardar no sólo los intereses de Armenia en la región, sino evitar una mayor catástrofe en su contra en el plano regional ante una mayor actividad de reposicionamiento en Turquía que apoya plenamente a Azerbaiyán.

Así, el 9 de noviembre de 2020, el Primer Ministro de Armenia, Nikol Pashinian, Ilham Aliyev y Vladimir Putin, firmaron un cese al fuego que cimentaba el triunfo de Bakú en este tercer y definitorio enfrentamiento sobre este enclave, pues el gobierno de Erevan tuvo que renunciar a todos los territorios ocupados desde 1994, incluida la parte sureña de NK, así como asegurar un corredor de seguridad entre su territorio y la región azerí de Nakhchiván (colindante con la frontera noreste turca); todo lo anterior a cambio de conservar la conexión con NK en la región de Lachin asegurada por 2,000 elementos de mantenimiento de la paz pertenecientes a Rusia.

Adicionalmente, salvo por el carácter dictatorial y represivo de todo disenso por parte del régimen en Azerbaiyán, numerosas protestas se realizaron en contra del gobierno de Pashinian para poner fin al conflicto, lo cual hizo apresurar a su gabinete a encontrar una solución pronta al problema en el sentido de evitar mayores problemas al interior del país, los cuales a la fecha siguen siendo motivo de amargas disputas por la “derrota” armenia sufrida a manos de sus rivales históricos, y ello frente a una crisis económica, social y sanitaria derivada de la pandemia de COVID-19.

Las áreas marcadas con verde claro delimitan todas las ganancias hechas por Azerbaiyán durante este último conflicto, como puede verse, se cambió totalmente el control del área hacia un nuevo actor.

Las áreas marcadas con verde claro delimitan todas las ganancias hechas por Azerbaiyán durante este último conflicto, como puede verse, se cambió totalmente el control del área hacia un nuevo actor.

 

 

Conclusión: el destino de Nagorno Karabakh y la región

 

Con los recientes acontecimientos en NK, y la mejor posición económico-militar de Azerbaiyán, parece ser cuestión de tiempo para que éste caiga por la fuerza en una nueva ofensiva orquestada por el régimen de Aliyev, esto con el objetivo de cimentar su legitimidad, sin embargo, y para fortuna de Ereván, el peso que sigue teniendo Moscú como árbitro regional, supone su mejor protección a largo plazo ante cualquier agresión extra por el control total de NK.

Por otro lado, la naturaleza no democrática real del régimen azerí, le ha permitido asirse de otros aliados fuera de la región como la UE o Estados Unidos, que le brinden el apoyo de legitimidad internacional para poder reclamar la unidad efectiva de todo su territorio, incluyendo NK, lo cual en cierta medida sí ha logrado hacer Armenia, sobre todo por la construcción narrativa derivada del Genocidio perpetrado en su contra por Estambul (1915-1917) que ha logrado la solidaridad de numerosos gobiernos extranjeros, incluido el israelí, y también ha construido su propia concepción histórico ideológica de pueblo perseguido y diaspórico para tratar de legitimar las aspiraciones de control sobre NK.

Desafortunadamente, y espero que con la exposición de los elementos previos, hemos de notar que independientemente de los reclamos políticos y étnicos que tengan muchos pueblos para cristalizar su independencia administrativa de otros, el militar sigue siendo el método más efectivo para resolver disputas de carácter territorial, y muchas veces la interferencia de actores internacionales que suponen tener mejores herramientas para entablar diálogos y prevenir conflictos, tienen que hacer uso de sus facultades disuasivas duras para lograr periodos de paz verdaderamente efectivos.

 

Fuentes Consultadas 

Guekjian, Ohannes, Ethnicity, Nationalism and Conflict in the South Caucasus: Nagorno-Karabakh and the Legacy of Soviet Nationalities Policy, Ashgate, Reino Unido y Estados Unidos, 2012.

Curtis, E. Glenn Ed., Armenia, Azerbaijan, and Georgia: country studies, Library of Congress, Estados Unidos, 1995.

Babayev, Azer, Et. Al. Eds., The Nagorno-Karabakh deadlock: Insights from successful conflict settlements, Springer VS, Alemania, 2020.

Saparov, Arsène, From Conflict to Autonomy in the Caucasus: The Soviet Union and the making of Abkhazia, South Ossetia and Nagorno Karabakh, Routledge, Estados Unidos y Reino Unido, 2015.


Autores
Internacionalista por la UNAM-FCPyS. Interesado y en constante estudio de temas del Espacio Post Soviético y Política Internacional.
Ilustración realizada por Jal Reed
Ilustración realizada por Jal Reed

Abarbanel, Farías o Pinedo,

arrojados de España por impía

persecución, conservan todavía

la llave de una casa de Toledo.

 

Libres ahora de esperanza y miedo,

miran la llave al declinar el día

en el bronce hay ayeres, lejanía,

cansado brillo y sufrimiento quedo.

Jorge Luis Borges

Isaac Abravanel, o Abarbanel que de ambas formas de su nombre se le conoce, a pesar de sus setenta y un años, y del sopor veraniego de la laguna, sigue acudiendo al Palacio Ducal Veneciano. Recorre el Gran Canal desde el Ghetto Novissimo al norte de la ciudad, donde fueron a residir los judíos que el Edito de Granada expulsó de España en 1492, hasta el centro de Venecia, ahí está la plaza de San Marcos y al fondo la catedral dedicada al mismo santo. El quehacer de la corte no le es ajeno, ni desconocido, ha formado parte de las cortes de al menos cuatro reyes, los juegos de poder ha buen tiempo que dejaron de apasionarlo, salvo que le atañan directamente a él y a s los suyos. Así tuvo que dejar Portugal a la muerte de Alfonso V, sabía que no podía esperar benevolencia del rey Juan II; así llegó a Castilla, la tierra de sus ancestros y por su amistad con Abraham Seneor también entró a la corte, hasta que pasó lo que pasó.

Las discusiones en la corte no le interesan particularmente. Sabe que su encuentro con la muerte está cercano, que ese encuentro que intentamos aplazar lo más posible en su caso no se computa en años sino en meses, o incluso en semanas. Se lo dice el aire que se le acaba, el agotamiento cada vez mayor. Podría aguardar en su casa que sus asuntos en la corte fueran resueltos por sus hijos, por sus socios, pero siente la obligación de acudir, que en el momento en el que ceda será el momento de su renuncia, de la aceptación de la partida. Pero, y eso es lo cierto, la posibilidad de una guerra con el Santo Padre lo tiene sin cuidado; sabe que aquel asunto le atañe porque, dada su fortuna, parte de los recursos para esa guerra habrán de ser sufragados por él y sus amigos. Pero en aquella rica ciudad ni él ni sus correligionarios son los únicos banqueros, sin ir más lejos lo son la familia del Dogo, los Laterano.

Su cercanía a las cortes se la debe a su fortuna, tanto a las arcas que heredó —su abuelo fue tesorero de los reyes castellanos Enrique II y Juan I— como a esa figura pagana con la que se quiere encarnar al azar. Ha sido esa segunda fortuna la que le ha permitido conservar sus caudales y aún multiplicarlos. No renegado nunca de su suerte, aunque no pocas veces ha estado tentado a hacerlo, sabe que el Altísimo ha estado de su parte; de ahí que siempre que le ha sido posible ha ayudado a los suyos. Piensa en aquel aciago verano de 1492, los reyes, doña Isabel y don Fernando, le permitieron salir de sus reinos con todo su oro, don que agradeció sobre manera, mientras que por su propia cuenta corrió la ayuda para que los más pobres de entre su gente, que, como él y su familia, habían elegido el exilio.

Dieciséis años ha, piensa, piensa en la gente, su gente, que cargaba con cuanto les fuera posible, en las familias apartadas, en los bienes malbaratados. Dieciséis años en los que no ha vuelto a pisar la península. Desde entonces ha recorrido el Mare Nostrum, con el prestigio de su nombre y de su fortuna. Nápoles, Siracusa, Monopoli, Corfú, Venecia son sólo algunos de los nombres de las ciudades donde sus pasos de exiliado lo han llevado. Y está ahí, en el palacio del Dogo, en esa ciudad en medio de la laguna que sabe será la última ciudad que lo acogerá.

¿Qué son para un anciano los atabales de la guerra? Poca cosa, se dice, sin embargo, el Dogo tiene su misma edad y ese ritmo bélico no le es indiferente. Pero, se dice, él tiene una ciudad que defender, un pueblo por el que luchar. Yo también lo tengo, se dice. Y piensa en sus vecinos del Ghetto Novissimo a quienes los venecianos desprecian doblemente por ser judíos y españoles.  Recuerda aquellos infructuosos cabildeos que él y su amigo Abraham Seneor hicieron con los reyes para que dieran marcha atrás al edicto que signaba el fin del judaísmo en Sefarad, en España. Aquellas discusiones que se prolongaban por horas entre él y su amigo para ver cómo evitar ese edicto, cómo resolver aquella cuestión.

Aquel amigo que pudo haber sido su padre para él seguía siendo Abraham Seneor, aunque hubiese tomado el nombre de Herrán Núñez Coronel. Fue en aquellas discusiones en las que, mientras no encontraban una solución que pudiese convencer a los reyes, que su amigo confesó que elegiría la conversión. Pero él no podía elegir aquel camino, no sabiendo cuántos de los suyos preferían el exilio. Además, habiendo crecido bajo la sombra de las persecuciones de 1391, que obligaron a su familia a dejar Sevilla e instalarse en Lisboa, sabía que le aguardaba la persecución por parte de la Inquisición, la hostigadora del Edicto de Granada.

Aquel hombre que había ayudado a doña Isabel a llegar al poder, que había financiado su guerra contra el último reino moro de la península —ayuda en la que él mismo también había colaborado—, que, a su lado, habían impulsado el proyecto del genovés de cruzar la mar océano había dejado este mundo hacía mucho tiempo; ni siquiera un año vivió como cristiano. Isaac piensa que él pronto también dejará este mundo. La reina ha muerto y el infame inquisidor que propició su expulsión también. Don Fernando sigue reinando. Mientras los suyos, su gente que sigue la ley de Moisés, ha sido desperdigada por todo el Mediterráneo y los reinos vecinos de España. Muchos de ellos con la esperanza de volver.

 

II

1492 es el año parteaguas en el reinado de Isabel I de Castilla (1451-1504) y Fernando II de Aragón (1452-1516), que unos años después recibirán del papa Alejandro VI (1431-1503) el apelativo por el que son conocidos: católicos, justamente por los acontecimientos que tuvieron lugar en ese año. El 6 de enero recibieron las llaves de Granada y Boabdil dejó la península terminando con ocho siglos de dominación islámica. El 31 de marzo firmaron el Edicto de Granada en el que ordenaban la expulsión de los judíos de sus reinos, terminando con la presencia de esta minoría religiosa de más de quince siglos. A principios de agosto salieron del puerto de Palos las carabelas que expandirían sus dominios; mientras los judíos expulsados se embarcaban fuera de sus reinos.

En 1492 la población judía de Castilla y Aragón era a todas luces minoritaria —de acuerdo con Joseph Pérez para ese momento representaba apenas el 2 % de la población ambos reinos, si se acepta la estimación de 200 mil personas; mientras que Henry Kamen es mucho más cauto en sus cálculos estima que la población conjunta no excedía las 80 mil personas; los autores coinciden en que la población de judíos aragonesa es mucho menor a la castellana—. La mitad de esa población eligió el exilio antes que la conversión, entre 40 mil y 100 mil personas que seguían siendo judíos abandonaron los territorios de los Reyes Católicos. La religión judía quedó proscrita a partir de agosto de 1492; aún así mucha gente eligió regresar y convertirse, sobre todo aquellos que emigraron a las costas norafricanas, debido a los malos tratos que recibieron.

El judaísmo en la península ibérica había existido por lo menos desde el siglo I de nuestra era, sobre todo a partir de la destrucción del Templo de Jerusalén en el año 70. Fueron una minoría que empezó a ser perseguida durante el reino visigodo, sobre todo a partir de la conversión al catolicismo del rey Recadero (559-601), que incluyó algunos intentos de expulsión, hasta que en 711 comenzó la dominación musulmana de la península y el fin del reino visigodo. La población judía vio mejorada su situación dado que se les consideraba, al igual que los cristianos, gente del libro; de ahí que se les permitiese profesar su religión a condición de pagar una serie de impuestos especiales por ello.

A ese respecto Joseph Pérez, en Los judíos en España lo plantea en estos términos —contrarios a cierto mito con respecto a la tolerancia andaluza—:

“En relación con las falsas religiones, los árabes practicaron, en efecto, la tolerancia, pero en el sentido que se le daba entonces a la palabra y que se le sigue dando hasta una fecha muy reciente: no se respetaba a los judíos, ni se les reconocían derechos: lo que se toleraba no era en ningún modo un derecho; simplemente, no se les perseguía ni se les expulsaba porque se pensaba que su presencia podía ser útil; además, los monarcas no se sentían todavía lo suficientemente fuertes como para prohibir las falsas religiones.”

La situación de la península, al interior del al-Ándalus y de los reinos cristianos que comenzaban a crecer, la tolerancia no era entendida como hoy la reconocemos, en su aspecto positivo, sino en el sentido negativo del término: se toleraba porque no quedaba de otra. Por su parte, en La inquisición española, Henry Kamen lo plantea así:

“La práctica de la «tolerancia» en el sentido de permitir a la gente discrepar por supuesto que no existía en ningún lugar de la Europa cristiana del siglo XVI, y no surgiría hasta varios siglos después, cuando algunos estados concedieran derechos legales a las minorías religiosas. Pero las sociedades fronterizas en contacto con otras culturas, como sucedía en el Mediterráneo y en el este de Europa, pertenecían a una categoría especial. Como ellas, España fue una sociedad plural (y por lo tanto en cierto sentido indulgente) mucho antes de que la tolerancia se convirtiera en una cuestión filosófica. […] La tolerancia era posible socialmente, aunque no fuera aceptable ideológicamente: era un rasgo que España compartía con otros estados europeos en los que había minorías culturales.”

A pesar de lo cual las comunidades judías pudieron prosperar y algunos de sus miembros alcanzar posiciones de importancia, sobre todo a partir del reinado de Abd al-Rahman III (912-961). Este monarca llegó a encomendar misiones diplomáticas a uno de sus médicos judíos Hasday ibn Sharprut (915-975), así como la traducción de un códice de la obra de Discórides que el emperador Cosntantino VII envío a Abd al-Rahman III —con lo que inició el proceso de traducción, que tuvo unos siglos más tarde su cúspide con la escuela de Toledo—. A Hasday también se atribuye el propiciar la así llamada era de oro del judaísmo en España —en la cual las ciencias y artes hechas por judíos florecieron e incluyó a un judío, poeta y filósofo, fuera nombrado visir de Granada y gobernara de facto el califato: Semuel ibn Nagrella (993-1055). Temporada de florecimiento que terminó cuando se dio la invasión almorávide en 1086 de los reinos de los taifas, que orilló a la población judía a emigrar al norte, a los reinos cristianos, donde vivieron una segunda edad de oro, o la edad de plata del judaísmo en España.

Así figuras como los citados Hasday y Negrella destacaron con sus obras filosóficas y poéticas, a quienes se suman los poetas Dunash ben Labrat (920-990), Yehudah Halevi (1070-1141), Solomón ibn Gabirol (1021-1058), quien fue conocido entre los cristianos Avicebrón, Abraham ibn Ezra (1092-1167), Menahem ben Saruq (¿910?-970), Moses ibn Ezra (¿1055?-1138), entre otros; así como de Moisés ben Maimón (1138-1204), más conocido como Maimónides, se convirtió en vida un referente en los estudios talmúdicos y como científico y filósofo no sólo en los ámbitos hebreos sino para cristianos y musulmanes.

Algunos autores recomiendan prudencia al hablar de estos momentos de desarrollo como edades de oro. Joseph Pérez así lo plantea: “La edad de oro del judaísmo español en al-Andalus pertenece, pues, a la leyenda, una leyenda forjada después de que terminara la dominación musulmana en la Península.” Además, este historiador llama a considerar que el desarrollo artístico, científico y cultural no se dio de manera autónoma y no benefició al conjunto de la población judía:

“La España medieval no conoció más que dos culturas dominantes y dominadoras, primero la musulmana, luego la cristiana; los judíos se incorporaron a la una y después a la otra, pero cultura judía como tal no la hubo, a no ser que se quiera nombrar así, en un sentido restringido, el conjunto de normas religiosas y espirituales por las que se regían las aljamas. Los judíos siguieron siendo judíos en al-Ándalus desde el punto de vista religioso, pero en todo lo demás adoptaron los modelos culturales dominantes; en primer lugar, la lengua árabe que les permitía acceder a un caudal literario, filosófico y científico de extraordinaria riqueza. Asimilaron perfectamente la cultura árabe y en esto estriba su éxito y su prestigio en al-Ándalus, un prestigio intelectual que no coincide ni mucho menos con una mejora sustancial de las condiciones de vida de la masa del pueblo hebreo.”

El fin del califato de Córdova y la invasión de los reinos de los Taifas significó la persecución a los judíos en los territorios dominados por los musulmanes, debido al celo religioso de los almorávides y los almohades. Aunque las poblaciones hebreas no desaparecieron por completo de al-Ándalus, su presencia fue mínima.

Mientras que los reinos cristianos se expandían, por una parte, tenían que aceptar a los judíos que habitaban en los territorios conquistados y por otra, a los que dejaron al-Ándalus. Los judíos fueron considerados propiedad del rey, lo fueron hasta el momento de la expulsión y gozaron de un trato relativamente benigno por parte de las autoridades. En La historia de los judíos en España se anota:

“El hito más importante y significativo en ese sentido es la Carta inter Christianos et Judaeos promulgada por el rey de Castilla Alfonso VI en 1090. En este documento se prometía dar un trato similar a cristianos y judíos; además, se declaraba que los jueces judíos gozarían de los mismos derechos que los cristianos. La Carta viene a ser, pues, como un fuero específico que se otorgaba a los judíos; como tal, es un documento original que no tiene equivalentes en el resto de la Europa cristiana.”

Así, por ejemplo, el rey Fernando III “el Santo” (1199-1252), al conquistar Sevilla se proclamaba emperador de las tres religiones. Su hijo Alfonso X “el Sabio” (1221-1284) promovió la Escuela de Traductores de Toledo, en la que sabios hebreos colaboraban con cristianos y musulmanes en labores de traducción, labores que seguían vigentes cuatro siglos después, como atestigua Cervantes en el capítulo IX de la primera parte del Quijote, donde señala que en Toledo encontró quien le tradujese la historia del árabe al castellano, “[…] pues aunque le buscare de otra mejor y más antigua lengua le hallara”, en referencia al hebreo.

Al respecto Henry Kamen apunta:

“En España, como en otras civilizaciones mediterráneas, y a unos niveles raramente alcanzados en la Europa septentrional, se haría inevitable la filtración de las distintas formas de pensar y de comportarse de otras gentes.”

Sin embargo, el historiador hispanista apunta que estas relaciones se dieron cifradas por el conflicto, las minorías religiosas sabían que su situación frente a comunidades más numerosas de una religión que no era la suya era precaria y podía cambiar en cualquier momento:

“La capacidad de las minorías de aguantar siglos y siglos de represión esporádica y de sobrevivir hasta comienzos de la modernidad en condiciones de enorme desigualdad se basaría en un largo aprendizaje.”

En el caso de la población hebrea en los reinos cristianos se trata de un antijudaísmo que, siguiendo a Joseph Pérez, era enseñado desde los púlpitos, siguiendo a Jules Isaac y su «pedagogía del desprecio». Pérez insiste que se tiene que no es posible hablar de discriminación racial para la España tardomedieval porque la idea de raza no nace sino hasta el siglo XVIII, él señala que lo que hay es una discriminación religiosa, contra los judíos por profesar una religión que no era el cristianismo, a lo que se sumaron toda una serie de prejuicios:

“Lo que hubo en la Edad Media, en España como en toda la cristiandad, no fue antisemitismo, sino antijudaísmo; un antijudaísmo constantemente reivindicado por la Iglesia católica desde los orígenes del cristianismo.”

Pérez va más allá:

“[…] hay que abandonar la idea de que el viejo usurero del gueto haya sido un precursor del capitalismo y que la incomprensión del catolicismo ante los asuntos económicos y la expulsión y persecución de los judíos a partir de ciertas fechas hayan sido la causa de la decadencia de España. Es excesivo e inexacto pretender que la historia de España se ha alzado sobre la base de una economía judaica. Los trabajos más recientes sobre la historia de Castilla durante la Edad Media y principios de la Moderna demuestran todo lo contrario.”

La élite judía era la que prestaba dinero y la que llegó a ocupar algunas posiciones en la recaudación, además, como las aljamas dependían directamente del rey en los conflictos se aliaban a éste. La primera situación fue utilizada por los nobles que no querían un poder real más centralizado y por los frailes mendicantes para azuzar el antijudaísmo que estalló en 1391 y ocasionó asaltos y miles de muertes de judíos tanto en Castilla como en Aragón, donde la presencia judía casi desapareció. Así mismo provocó que miles de personas se convirtieran al cristianismo por temor a ser agredidos. Joseph Pérez apunta que pudieron ser hasta 100 mil las personas que se convirtieron.

Los conversos trajeron nuevos problemas, mientras que a los judíos se les prohibía el acceso a ciertos puestos, para los conversos, en tanto que como cristianos estaban en igualdad que el resto de los cristianos, ese veto desaparecía y pasaban a ocupar lugares prominentes de la sociedad, tanto en la administración de las ciudades, real, como al interior de la jerarquía eclesiástica. Lo que ocasionaba desconfianza entre los cristianos viejos; esta desconfianza fue explotada por Enrique de Trastámara (1334-1379) como arma política contra su hermano, Pedro I (1334-1369), durante la guerra civil que lo llevó al poder. A lo anterior se sumaba que muchos de ellos sólo habían aceptado la conversión en razón del peligro que sus personas y bienes corrieron por las revueltas de 1391 y el movimiento antijudío que se mantuvo hasta 1415, éste encabezado sobre todo por Vicente Ferrer (1350-1419).

Durante el siglo XV el antijudaísmo siguió siendo alimentado y era un motivo que las guerras civiles se utilizaba contra los oponentes, amigos de judíos.

En 1469 Isabel de Castilla se casó con el heredero de la corona de Aragón, Fernando. En 1474 fueron jurados reyes de Castilla y en 1479 Fernando accedió al trono de Aragón, del cual ella permaneció como consorte. A ambos les interesaba centralizar el poder real, asentar sobre cualquier otra autoridad —ya fuese la de las cortes, eclesiástica o cualquier señor—. Se trata de la materialización de uno de los primeros estados modernos.

En ese ambiente es que se crea la Inquisición Española, institución creada para mantener la ortodoxia en materia de religión, pero que los reyes católicos lograron hacer, merced a su destacado papel diplomático en Roma, para centralizar el poder eclesiástico en torno a la figura real. El inquisidor sería nombrado por los reyes y ningún obispo tendrá autoridad sobre él. En 1478 el dominico Tomás de Torquemada (1420-1498), en la visita que la reina realizó a Sevilla, la convenció de la necesidad de implantar la inquisición para perseguir a los conversos judaizantes —marranos, como se les llama, término que parece proceder de marrar, volver al error—. Así se consiguió la bula que permitió operar a la Inquisición española, que en un primer momento sólo lo hizo en la región de Sevilla, para extenderse a toda Castilla en 1480 y que una nueva bula papal permitió crear la inquisición en los reinos aragoneses. En 1483 Torquemada fue nombrado inquisidor general, posición que mantuvo hasta su muerte y desde la que sentó las bases del quehacer inquisitorial.

Ni la reina Isabel, ni el rey Fernando eran antijudíos, tenían entre sus colaboradores judíos, como a Abraham Seneor o Isaac Abravanel —sin contar a los colabores conversos—, la expedición colombina se realizó gracias en parte a las inversiones judías. Pérez dice:

“No anda descaminado Luis Suárez Fernández al escribir que, si Fernando e Isabel hubieran muerto en 1491, la fama que aún les rodea en las juderías del mundo entero sería completamente distinta.”

Pero la labor inquisitorial había comenzado. La inquisición señalaba que los conversos tendían a judaizar por la cercanía con los judíos, de ahí que a partir de 1480 se empiezan a aplicar leyes para garantizar una segregación. Los barrios judíos en España nunca habían estado divididos por muros y se podía circular libremente dentro y fuera de ellos, no pocos cristianos habitaban en su interior, al igual que había muchos judíos que no los habitaban. La aljama no era un espacio físico, sino una institución, un gobierno paralelo al cristiano para los judíos, con sus propias autoridades, sinagogas y escuelas. Lo cual cambió con las disposiciones reales de 1480 que ordenaron construir muros que separaran las juderías del resto de la población, encaminados a crear lo que en Italia fueron los guetos. Los conflictos que ocasionaron esas disposiciones todavía se seguían dirimiendo en el momento de la expulsión.

La presión de la inquisición, así como el interés por mantener la unidad, una sola religión, un solo príncipe fueron lo que llevó, en 1492, una vez que dominaron el reino de Granada a los Reyes Católicos a declarar la expulsión. La intención era orillar a que la población judía de sus reinos abrazara el cristianismo, sin embargo, sólo la mitad de los judíos lo hizo, el resto prefirió el exilio.

 

III

En la actualidad el judeoespañol es hablado por aproximadamente 150 mil personas, la mayoría de ellas radicadas en Israel —el segundo país con mayor número de hablantes es Turquía con 15 mil—. Aunque esas cifras podrían llevar a creer que el número de sefarditas se ha mantenido más o menos constante, pasan por alto la aculturación que muchas comunidades sefarditas sufrieron en el siglo XIX y XX, así como la violencia de la Segunda Guerra Mundial que acabó con la vida de miles de sefarditas.

La imagen de los exiliados que conservan una llave de una casa ancestral es un tópico que Joseph Pérez despacha por carecer de un sustento, su fuerza (y persistencia) radica en el simbolismo que implica —como en el poema de Borges—. En 1492 miles de judíos abandonaron España con la esperanza de volver, muchos lo hicieron y aceptaron convertirse —la inquisición se encargó de erradicar en ellos las prácticas judaizantes, sobre todo en los primeros treinta años posteriores a la expulsión y en las primeras décadas del siglo XVII—. Muchos emigraron a Portugal donde en 1498 se les obligó a convertirse, a diferencia de en España ahí pudieron mantener una vida de criptojudaísmo sin la persecución inquisitorial, lo que hizo que, para 1580 cuando se unen las coronas portuguesa y española, muchos de ellos volvieran a la tierra de sus ancestros —siguiendo el camino que un siglo antes había llevado Isaac Abravanel—, ellos fueron quienes propiciaron que muchos de los descendientes de conversos judaizaran. Muchos de los portugueses emigraron al norte, sobre todo a los Países Bajos, donde en Ámsterdam floreció la comunidad judía hasta el grado de llamarla a principios del siglo XVII la Nueva Jerusalén. Ahí nació y desarrolló su labor el filósofo Baruch Spinoza (1632-1677), quien, para Joseph Pérez, no es improbable que sea heredero de cierto pensamiento escéptico que surgió entre las élites judías (y cristianas) en el siglo XV de España.

Fue el Imperio Otomano el que más judíos recibió, muchos de los que emigraron al norte africano y la convulsa Italia terminaron como súbditos del gran sultán. Uno de los casos más destacados, y quien propició el desarrollo de las comunidades sefarditas en el Imperio Otomano y en especial en el Levante fue Gracia Naci (1510-1569), hija de un rico banquero de origen castellano, se casó joven con otro banquero Diego Mendes, quien pronto la dejó viuda. Con su fortuna ayudó a las redes de marranos dentro y fuera de Portugal y cuando la inquisición puso sus ojos sobre ella fue recibida por el sultán. Su yerno, Juan Minques, llegó a ser uno de los hombres de confianza del sultán, quien lo nombró duque de Naxos. Las comunidades sefarditas mantuvieron la religión de sus padres, lazos de ayuda entre ellos y la lengua y cultura de España.

Fueron una de las primeras víctimas de un proyecto de nación, que buscaba la uniformidad de sus miembros —lejos estaban los Reyes Católicos al declinar el siglo XV de la idea de ciudadanos—. Proceso que ha costado tantas vidas a lo largo de los últimos cinco siglos y que, espero, sea cosa del pasado.

 

Bibliografía

Sam Aronow, YouTube: The Sephardic Golden Age (756-1066), 8 de enero de 2021, https://youtu.be/CHj4g0SEVDA

Sam Aronow, YouTube: Maimonides, the Great Eagle (1138-1204), 5 de marzo de 2021, https://youtu.be/0ZKk81bts88

Sam Aronow, YouTube: The Sephardic Silver Age (1204-1391), 7 de mayo de 2021, https://youtu.be/gcrDfFe7tUY

Sam Aronow, YouTube: The Alhambra Decree (1391-1492), 21 de mayo de 2021, https://youtu.be/PxGtD_SqLwo

Henry Kamen, La inquisición española, Crítica, Barcelona, 2013

Vernice Grajeda, Nacionalismo y la expulsión de los judíos de España en 1492, Palibrio, EUA, 2011

Juan Carlos Lara Olmo, Historia de los judíos en Europa, Raíces, Madrid, 2013

Joseph Pérez, Los Judíos en España, Marcial Pons, España, 2005


Autores
(Cuauhtémoc, Chihuahua, 1984) es autor de Gloria mundi. El nuevo Liber Pontificalis, ganador del Premio Nacional de Cuento Breve Julio Torri 2015.
ilustración por Maricarmen Zapatero
ilustración por Maricarmen Zapatero

Comprar un pez me pareció la mejor idea: no requieren de mucho cuidado ni pueden recorrer las casas. Me resultaban más que nada decorativos. Recuerdo que la última vez que tuve uno fue porque los regalaban como centros de mesa en una primera comunión a la que fui en la primaria. Murió un mes después a causa del frío y no me afectó en lo absoluto, creo que siempre lo vi como “el pez de la fiesta”.

 

Pensándolo bien, no sé por qué escogí un pez. Se me ocurrió que me haría sentir por lo menos acompañada. No sé si la decisión fue una especie de intento desesperado por compañía ante el momento tan incierto por el que estaba pasando.

 

Al llegar al acuario, lo elegí por sus colores y porque sobresalía del resto de los frasquitos. Un ejemplar único, entre rosa y lila con franjas azul metálico, como si fuera una sirena o un ajolote de los que brillan con realidad aumentada en los billetes de cincuenta pesos. No lo pensé mucho, y sin tener ninguna relación con el objeto, le puse Maraca.

 

Los primeros días observaba los cambios de sus tornasoles y lo veía nadar con la preocupación de alguien que está perdido. Sentía su angustia porque vivía con las agallas (que eran de color negro) inflamadas, me imagino que por la desesperación.

 

 

*

 

 

Uno de los rituales era cambiarle el agua de su pequeña pecera —o gran frasco de cristal— . Lo tenía que hacer cada semana según me dijeron en el acuario. Era una tarea difícil, el pececillo escapaba de la red con grandes habilidades. Cuando por fin lograba atraparlo lo colocaba en un tupper chiquito. Se podía ver la imagen del animal más agitado de todos los tiempos chocando por las paredes.

 

De pronto, un día, ocurrió lo impensable: se fueron apagando sus movimientos y comenzó a quedarse en el fondo del recipiente. Lo primero que se me ocurrió fue agitarlo para que reaccionara —tonto de mi parte, porque el pez estaba lejos de ser un humano quedándose dormido—. Le supliqué haciendo uso de todas mis capacidades de interlocución que no bromeara conmigo. Tener algo que se muere entre las manos, por más pequeño que sea, se siente como perder todo al mismo tiempo sin posibilidades de recuperarlo. Segundos después se quedó totalmente inmóvil en el fondo de su frasco. Empecé a llorar, se había muerto Maraca porque no lo supe cuidar bien. Después lloré por todo lo demás.

 

No supe cómo manejar la soledad. Ya estaba sola, sí, pero antes tenía a las sombras de la gente pasando por la ventana de la casa.  Era una adulta joven cuando todo esto pasó. Tenía apenas un par de meses cuidando de mí misma, viviendo en constantes y grandes cambios, tal vez sobreviviendo es la palabra que busco, cuando nos tuvimos que recluir. Me trataba como a un objeto frágil, a punto de romperse, nunca tuve las ganas de ver a alguien más desbaratándose junto a mí.

 

 

 

*

 

 

Como un milagro que no supe cómo explicar, Maraca sobrevivió. Cuando levanté el traste para disponer de su cuerpo dio una voltereta y comenzó a nadar de nuevo, como si se hubiera reiniciado. Momento sorprendente o broma cruel, todavía no lo decido. Empecé a medir el tiempo con la pecera, se volvió parte del ritual para abrir y cerrar el día. En la mañana le espolvoreaba sus hojuelas de colores —cuyos ingredientes incluían extracto de pescado—, y en la noche lo salpimentaba de bolitas rojas, que al parecer eran sus favoritas. Después de pensar que había muerto le puse mayor cuidado y lo llevé a vivir a mi escritorio. Lo checaba cada cierto tiempo para cerciorarme de que estuviera nadando y de que los movimientos correspondientes de su boca al “respirar” eran los adecuados.

 

Unos meses más tarde llegué a sentir alivio al verlo mientras trabajaba de sol a sol en aquella silla oficinil. Encontrar de pronto sus ojitos negros y sentir que me miraba de regreso me alejaba unos segundos de la eterna pantalla. Le ponía el dedo en diferentes lados del frasco de cristal, y me emocionaba cuando sentía que era capaz de seguir mis movimientos.

 

Los momentos más difíciles del aislamiento llegaron y la información que nos daban por todos lados me ponía los nervios de cristal. El miedo torturaba mi existencia. Miles de muertes sabidas y desconocidas se hacían presentes al leer las noticias mientras me mordía los labios, que sin querer me empezaban a sangrar, aunque ahora pienso que pudo haber sido un reflejo para confirmar que aún sentía el intenso sabor a metal en la lengua. Los peores días del mundo actual.

 

Maraca estaba ahí, sin saber nada, pero sus colores de alguna manera me lograban mantener fuera de mis pensamientos. Era un pequeño ser que acompañaba a otro, y nunca pensé que un animal de piel helada pudiera brindar tanto consuelo.

 

 

*

 

 

En la bitácora de la vida de su última temporada llegaron las buenas nuevas, la humanidad tuvo una segunda oportunidad. Yo sólo me preocupaba esperando que la cura llegara a tiempo, ya casi se me terminaba la comida del pez.

 

A punto de recibir el remedio, un par de años después del día cero, la realidad se volvió a fracturar: Maraca ya no se podía mantener a flote en su recipiente de cristal. Cada vez le costaba más trabajo nadar y podía percibir su miedo a ¿morir? Los movimientos bruscos que hacía para mantenerse de manera horizontal me hicieron sentir sin fuerza para salvar esa diminuta vida una vez más.

 

Esa noche nos fuimos a dormir, y al despertar tuve la certeza de la inmovilidad del pequeño cuerpo, estaba blanco y como una moneda al fondo de una fuente. Al crecer Maraca perdió toda semejanza con los ajolotes, pero aún brillaba cuando estaba feliz. Sus aletas se mantuvieron resplandecientes y metálicas hasta el final.

 

 

*

 

 

Pequeño pez:

 

El mundo en el que me quedé sigue jodido y la incertidumbre es permanente. A veces siento que no me puedo ir a acostar sin antes espolvorear tu pecera, pero sé que son los reflejos de la melancolía.

 

Tu pérdida me ha dolido más de lo que pensé. He llorado un par de veces al no encontrar consuelo en nada. Ahora hay flores en tu casa de cristal, en el mismo sitio del escritorio. Espero que sea la mejor manera para honrar tus colores.

 

Te extraño cada día y pensar en que te quise y te cuidé me da fuerzas. Espero que hayas sido feliz mientras me acompañabas.


Autores
(Ciudad Guzmán, Jalisco, 1996). Editora y licenciada en Literatura Latinoamericana por la Universidad Iberoamericana. En 2019 impartió el Taller de Lectura en la Asociación Pro Personas Con Parálisis Cerebral. En el mismo año entró como editora y dictaminadora a Dharma Books + Publishing, donde ha sido parte de la edición y selección del catálogo en los últimos dos años. Tenía un pez que se llamaba Maraca y vivía en su escritorio.