Tierra Adentro
Ilustración de Pinchi Necro

Serían insuficientes cientos de prólogos para presentar a Macedonio Fernández (Buenos Aires, 1 de junio de 1874 – 10 de febrero de 1952) y su extrañísima obra filosófica y literaria. Pero si tuviera que señalar el “origen” de mi obsesión con Macedonio, diría que todo comenzó con la nada. Con un chiste que no tiene nada de chistoso, pero que me recordó a otro chiste que juega con la nada. De esos dos chistes, se deriva una poética de la nada y un proyecto filosófico y literario sin precedentes. El humorismo de la nada de un escritor que se postuló para la presidencia.

El sublime anónimo

Una “chica extraviada le pregunta a un transeúnte: ‘¿No vio pasar una señora que no iba con una chica como yo?’ (Sublime chiste anónimo)”. En Cuadernos de todo y nada, Macedonio Fernández anota este chiste que se convirtió en una de mis frases favoritas. La lógica de la frase es sorprendente y el chiste va a perder la gracia una vez intente explicarlo, pero vale la pena desgranar su función para valorar cómo es que Macedonio Fernández es quizás el filósofo de “la nada” más potente en América Latina.

El chiste juega con la negación: la mujer sólo puede reconocerse por lo que no la acompaña, es decir, la chica, que en realidad es una pura ausencia. El chiste trae a la luz la ausencia presente de la chica, pues materializa (en primera persona) lo que de otro modo no se puede nombrar: la nada. La chica extraviada solo es sin señora. Está extraviada solamente por estar sin una señora. Pero esto tiene otro nivel más allá del evidente en el que se desarrolla, es decir, la forma tácita de la pregunta: “¿no vio?”. Este uso coloquial del “no” al empezar una pregunta enmarca, así, una doble negación. ¿No vio pasar una señora que no iba con una chica como yo? La chica necesita desdoblar su ausencia en una “chica como yo” para poder afirmar el no ver a una señora. Se trata de dos tipos de ausencias, dos tipos de nada.

Ahora bien, no basta con decir que la frase es un chiste y explicar su lógica verbal. Hay que destacar que lo crucial es el vínculo entre la chica extraviada y la señora que se articula en una suerte de banda de Moebius, que revela que el lazo perdido entre ambas es lo que posibilita que concuerden en esta lógica del chiste. También es lo que provoca que este vínculo aparezca como algo al producir un corto circuito entre ambos elementos. Se sostiene la posible articulación de lo imposible mediante la negación.

El del café

La lógica de la chica extraviada sin señora me recordó inmediatamente a un chiste repetido hasta el cansancio en los muchos libros de Slavoj Žižek, Alenka Zupančič y Mladen Dolar, los filósofos de la escuela eslovena que se plagian mutuamente para ilustrar estructuras específicas. Cada vez que le cuento el chiste a mi mejor amiga, me reitera lo nada gracioso que es el chiste, pero lo cuento para mostrar cómo funciona la nada en este caso paralelo: “Un hombre entra a un restaurante y le dice al mesero: ‘Joven, ¿me da un café sin crema por favor? El mesero le responde: ‘Disculpe señor, se nos terminó la crema, ¿se lo puedo ofrecer sin leche?’”1 Lo que el mesero le responde al comensal introduce una paradoja que se le suma a la dimensión misma de la negatividad. La respuesta presupone que el “sin” algo en realidad significa “con la falta de algo” o, incluso, con-sin algo. No se trata solamente de una ausencia, café sin crema, café sin leche, sino de café con-sin leche, con-sin crema. El chiste, desde mi sentido del humor torcido, es graciosísimo, y es el paralelo perfecto de la chica con-sin señora que el transeúnte no vio.

El de Macedonio

De la vida de Macedonio Fernández no hay sino anécdotas. Como diría Geraldine, Macedonio es un ser anecdótico que quería ser inédito, quería convertirse en anécdota. A setenta años de su muerte, no nos quedan más que anécdotas sobre su vida. En realidad, se sabe muy poco a ciencia cierta acerca del enigmático y mágico Macedonio y cualquier intento de escribir una biografía con datos certeros sobre su existencia implicaría traicionar sus propios principios.

Entre las muchas anécdotas sobre Macedonio, se cuenta que en el año 1920 Macedonio fundó una comuna anarquista spenceriana en una isla selvática en Paraguay. Que no le gustaba darle la mano a nadie. Que guardaba alfajores viejos debajo de su cama. Que siempre tenía algún dicho ingenioso para cualquier situación. Que olvidaba sus escritos en los armarios de las pensiones en las que vivía por temporadas. Que era mejor conversador que escritor. Lo cierto, es que Macedonio llenó su vida de pistas falsas, ocultó hechos y también destacó otros, le sugirió a otros el retrato que escribieron, llenando su obra de señuelos autobiográficos.

El mejor ejemplo de esto es cuando Macedonio se postuló para ser presidente de la República Argentina, queriendo insinuarse en la mente del público “de manera sutil y enigmática”. La lógica detrás de su postulación era la siguiente: si un hombre quiere vender cigarrillos, como hay tantos hombres que se proponen trabajar en cigarrerías, no le irá bien. Ahora, si un hombre se postula como candidato a presidente, siendo que no hay demasiados candidatos que se postulen al supremo cargo ejecutivo, probablemente le vaya bien. Se dice que entre 1921 y 1922 Macedonio y sus amigos planearon una serie de acciones colectivas para introducir la ficción en la realidad. Macedonio y sus amigos regalaban o dejaban extraviadas en tranvías, salas de cine o en la calle, tarjetas y libros con anotaciones de propaganda pro-Macedonio. Lo esencial, según dice Borges, no era llegar a la presidencia, sino la difusión de su nombre. Que su nombre se insertara en el juego de la realidad, como un chiste compartido. Se puede añadir que el programa político-electoral de Macedonio eventualmente se desplazó hacia un programa estético-metafísico, legándonos una de las obras literarias más extrañas del siglo XX.

El de las gemelas

En la obra de Macedonio Fernández la nada es uno de los temas fundamentales y frecuentemente le atribuye a la nada una lógica, una forma y una dinámica.

En la década de 1920 Macedonio Fernández comenzó la escritura de uno de sus proyectos literarios más importantes, las novelas gemelas: Adriana Buenos Aires (Última novela mala) y Museo de la Novela de la Eterna (Primera novela buena).2 Macedonio nunca deja de esgrimir su ironía y nos dice que escribió las novelas gemelas de forma simultánea: “escribía por día una página de cada, y no sabía tal página a cuál correspondía; nada me auxiliaba porque la numeración era la misma, la calidad de papel y tinta, igual la calidad de ideas”. Para que las novelas gemelas no se pelearan, tenía que esforzarse y procuraba darles la misma atención. Así, nadie sería capaz de distinguir cuál de las dos era la favorita del autor. Macedonio intenta valorar ambas novelas por igual. Aunque su última novela carga el epíteto de ser “mala” y la primera novela el de “buena”, las gemelas son parte de su programa pedagógico y, según el autor quería, se debían de vender al dos por uno, en un solo libro.

En “la última novela mala” una mujer se enamora y la melosa historia intenta hacernos sentir la tragedia del amor imposible y no correspondido. Adriana Buenos Aires, usa la “alucinación” para “hacer participar al lector en las alegrías y penas de personaje”, lo que resulta “irremediablemente pueril”. Es decir, usa las técnicas de la novela realista y nos muestra un mal ejemplo de cómo el lector se puede involucrar demasiado en la trama de la novela, prestándole toda su atención a asuntos triviales, románticos y efímeros. Es una novela llena de verosimilitud, “el deforme intruso del Arte, la Autenticidad”. Lo que Macedonio repudia en su ejemplo de las malas novelas es la ilusión de un lector (el tipo de lector que llama “lector de vidriera” o “lector continuo”) que se “pierde” en la trama, en el enredo novelesco, y comienza a creer que lo que lee es verdadero porque le parece verosímil, auténtico, una representación fidedigna de la realidad.

En contraste, Museo de la Novela de la Eterna es una obra maestra que es una novela sin novela y sin elementos novelescos, en donde no hay trama. La línea temporal está llena de interrupciones, y nunca llega a comenzar, pues su objetivo es “una conmoción total de la conciencia”. Le dedica la novela al “lector salteado”, figura ideal que rompe con su técnica la continuidad de la ilusión novelesca. Museo está compuesta casi enteramente de prólogos. Al final, hay una breve sección de la “novela” en donde no sucede nada y se pospone la acción. En Museo, por cierto, uno de los personajes principales es el “Presidente”.

Museo de la Novela de la Eterna es una “novela a cuyo comienzo no ha precedido la nada”. La precede Adriana Buenos Aires, que no es la nada, sino que es una novela con-sin novela, con conciencia de ser la última novela mala.

El de la vieja hendida Nada

“Todo se ha escrito, todo se ha dicho, todo se ha hecho, oyó Dios que le decían y aún no había creado el mundo, todavía no había nada. También eso ya me lo han dicho, repuso quizá desde la vieja hendida Nada. Y comenzó. Una frase de música del pueblo me cantó una rumana y luego la he hallado diez veces en distintas obras y autores de los últimos cuatrocientos años. Es indudable que las cosas no comienzan cuando se las inventa. O el mundo fue inventado antiguo.” Este prólogo del Museo de la Novela de la Eterna es un manifiesto en contra de los que creen tener nuevas ideas, un manifiesto en contra de la vanguardia y el valor de la “novedad”, a favor de la vieja hendida Nada. Ahí, comienza el legado de Macedonio Fernández, a favor del plagio, de la comunidad, de la anécdota, de enriquecer la realidad con sus extraños personajes conceptuales. Lo que encontramos en distintas obras de distintas épocas, el añadir-se, sumarse a lo que ya hay en la realidad, en la tradición. No empezar desde cero, desde el balbuceo del bebé, desde un nuevo comienzo, sino desde un recomienzo, la vieja hendida Nada, el bostezo de la Nada.

El mundo fue inventado antiguo, quizás, y a eso quiere llegar Macedonio con su filosofía de la nada: “cuando quiero pensar en la nada ¿surge en mi mente alguna imagen sobre la cual recaiga ese pensar? Si la hay, pienso en algo y no en nada; si no la hay, no pienso. Tenemos, es cierto, la palabra nada que a algo alude: es una negación condicionada, o parcial de existencia condicionada: el no haber tal cosa o sentir en tal lugar o tiempo, es decir junto a tales determinaciones de otras cosas: no hay nada sobre esa mesa; el no haber en percepción lo que hay en imágenes: no haber en mi casa los manjares en que pienso. Nada carece de otro sentido”.

A través de su peculiar humor, el anecdótico Macedonio alude una y otra vez a la negación condicionada, la chica sin señora, el café sin leche, la vida sin biografía, la novela sin novela. Desde esa vieja hendida Nada hoy leemos a Macedonio, quien carece de otro sentido.


Autores
(Ciudad de México, 1989), doctora en literatura latinoamericana por Cornell University. Psicoanalista en formación. Ha publicado múltiples textos académicos y crónicas en revistas nacionales e internacionales. Su libro Curaçao: costa de cemento pueblo de prisión (FETA: 2019) fue ganador del Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay 2019.

Ilustrador
Pinchi Necro
Francisco Javier de la Torre Cordero “PINCHI NECRO” Francisco Javier de la Torre Cordero nace en Zacatecas, México el 29 de octubre 1988 Inicia su carrera artística en 2016 con su primera ilustración en portada e ilustraciones de anexo para el libro “Juntos diablo carne y mundo” para Taberna Libraria Editores en Zacatecas. Lo que dio lugar a un impulso considerable del que a partir de entonces se ha presentado en numerosas convenciones, exposiciones colectivas y conferencias bajo el seudónimo “PINCHI NECRO”, destacando la exposición individual "secuencias, 2019"en la cinética de Zacatecas donde exploró la animación a partir de dibujos individuales, así como el uso de la pluma 3d con enfoque artístico (siendo el primero en usar dicho material en Zacatecas con tal finalidad) participando además en la revista punto de partida por parte de UNAM y portadas para la editorial Texere (Zacatecas)
Ilustración de Mildreth Reyes

…hay gente que observa los pájaros,

gente que observa las estrellas,

y hay gente como yo

que observa a los demás…

Diario de un voyeur

La última vez que me hospedé en un hotel de carretera fue en un Baymont Inn & Suites en el 4210 de la IH-35 South, en San Marcos, TX. La habitación era una doble del segundo piso, tenía una lámina con el 227 en la puerta y daba directamente al parking. En la recepción, un sujeto hindú atendía el teléfono y tecleaba en la computadora, rellenaba la cafetera y aspiraba la sala de espera, a veces, todo al mismo tiempo. El piso interior estaba cubierto por una moqueta esconde polvo y había máquinas expendedoras de refrescos y hielo, una cafetera, pan de caja y cestos para cubrebocas. Una alberca, casi un lujo, empañaba el cristal que dividía la recepción en dos, comedor y balneario, pero nadie comía ni se bañaba. Era de noche y hacía frío en Texas.

Había dos maneras de ingresar a la zona de recámaras: una era por un corredor que salía en medio de la entrada de la alberca y el cuarto de servicio; la otra, a la Hitchcock, desde el estacionamiento, directamente del coche a la cama. Luego de introducir la tarjeta magnética en la puerta del edificio del hotel, una escalera de peldaños grasosos. En el pasillo central, habitaciones idénticas a cada lado, extintores, lenguaje covid por doquier. Todo normal, muy roadtrip, hasta cozy. Si no fuera por la retorcida crónica que Gay Talese escribiera sobre el Manor House, seguramente no habría revisado tan minuciosamente cada aspecto de mi habitación con vista al Whataburger, camas twin, ducha con bañera y mesita de estudio con biblia encuadernada en piel. No me sentía en el Bates Motel, sino en The Voyeur’s Motel.

Aquel invierno de principios de década, Gay Talese recibió en su casa de Nueva York una carta escrita a mano, enviada por correo exprés y sin firma, fechada el 7 de enero de 1980, en la que un tal Gerald Foos confesaba lo siguiente: “Compré este motel para satisfacer mis tendencias de voyeur y mi irresistible interés por todas las fases de la vida de la gente, tanto social como sexualmente, y para responder a la antiquísima pregunta de «cómo la gente se comporta sexualmente en la intimidad de su dormitorio»”. Hablaba de un pequeño motel de 21 habitaciones ubicado en la zona metropolitana de Denver: el Manor House en el 12700 de la avenida East Colfax de Aurora, Colorado.

You have to be there: físicamente, in situ, y corroborar vis-a-vis la historia, al menos, en las bases del Nuevo Periodismo que instaurara Gay Talese como dominante en el journalism norteamericano durante la segunda parte del siglo XX. El cronista insistía en utilizar nombres auténticos, situaciones verificables en tiempo y espacio, datos reales. Esta poética de la no ficción no imagina nada, sino que obtiene la información directamente de sus fuentes: Talese, según sus propias palabras, no oculta nada a sus lectores. En caso contrario, no hay historia.

Esta fijación por la veracidad del relato lo llevaría, unas cuantas semanas después, al edificio de ladrillo verde y puertas de color naranja que regentaba Foos, y en cuyo tejado a dos aguas mantenía un «laboratorio de observación», plenamente consciente del fisgoneo y la invasión a la privacidad de sus huéspedes. Gay Talese entonces viajó de Manhattan al desván privado del Manor House para comprobar la efectividad del método que el voyeur tardó casi un año en perfeccionar: de las 21 habitaciones del motel, en 12 había instalado falsos conductos de ventilación —una rejilla de celosía de 15 por 35 centímetros con una docena de listones—, personalmente diseñados y colocados por Foos, además, con la absoluta aprobación y apoyo de Donna, su primera esposa.

Una historia por lo menos morbosa y, detalles adelante, un tanto obscena y hasta ilegal. Gerald Foos se compromete a enviar el Diario de un voyeur a Gay Talese, siempre y cuando éste preserve el anonimato del mirón y el estatus saludable del motel. En Voyeur, el documental producido en 2017 por Josh Koury y Myles Kane basado en el libro de Talese, se pueden observar en la oficina del escritor neoyorquino decenas de cajas, cada una con su archivo personal, notas, cuadernos, recortes de periódicos y revistas, apuntes inéditos. En la etiquetada como «The Voyeur» hay más de 30 años de cartas, entrevistas y fotografías concernientes al Manor House y su perturbado dueño.

A diferencia de Norman Bates, Talese no describe a Gerald Foos como un sujeto clínicamente desquiciado, sino como un norteamericano cualquiera, poco fiable, es verdad, pero no lo trata como un perturbado sino como un «investigador social». Foos considera que su experimento cuenta incluso con mayor validez que los de cualquier institución académica enfocada en el sexo, pues sus «informantes» no solo desconocen su rol como conejillos de indias, sino que proporcionan información en vivo y en directo, justo a 2 metros de la cama de su habitación. El voyeur observó y documentó en varios volúmenes durante más de 15 años a miles de personas que alquilaron una habitación en el Manor House y siempre se mantuvo orgulloso de su secreto. Hasta que acudió a Gay Talese, quien recientemente había publicado Thy Neighbor’s Wife, historias de primera mano que el cronista convierte en un descomunal compendio de las costumbres sexuales en Estados Unidos, y del que Foos tenía noticia por el Denver Post.

En la primavera de 2013, después de poco más de 3 décadas de correspondencia, Gerald Foos llamó por teléfono a Gay Talese y le informó que por fin estaba preparado para dar a conocer su historia al público. Donna había muerto en 1985 y ahora su nueva esposa, Anita Clark, lo ayudaba con su «laboratorio de observación». Sí, ella también estuvo de acuerdo e, incluso, entre los dos adquirieron el Motel Riviera, en el 9100 también de la avenida East Colfax de Aurora, muy cerca del Manor House. Foos creía que, en el más apetitoso de sus sueños, merecía cuando menos difusión y hasta cierto reconocimiento por su labor. En las páginas del Diario de un voyeur había descripciones explícitas —que van desde lo escatológico hasta lo genital—, juicios de valor, opiniones políticas y, desde luego, confesiones comprometedoras. El voyeur confiaba que la ley de prescripción lo protegería de las demandas de violación de la intimidad que pudieran presentar antiguos huéspedes.

Objetos de su deseo, los personajes reales del voyeur eran también personas normales: comían pollo frito y embadurnaban las sábanas, no siempre cogían, muchas veces solo veían la tele, también eran víctimas del tedio, se masturbaban, dormían. En su bitácora, Gerald Foos describe cuerpos, extraños fetiches, impotencias, curiosidades generales y asquerosidades de la clase media norteamericana. Hay grupos swinger, interracial, incesto; prostitutas, dílers, gígolos; burócratas, profesoras de escuela, monjas; veteranos, tullidos, deformes; menores de edad, sugar daddies y cougars. Desde luego, también una gran cantidad de manifestaciones del sexo, acompañada de robos, violaciones, golpes, daño psicológico, hasta un asesinato impune que Foos presenció el 10 de noviembre de 1977 a través de la rendija de la habitación número 10 del Manor House y del que no informó en su momento a las autoridades.

Ilustración realizada por Julissa Montiel.

Ilustración realizada por Julissa Montiel.

La historia de Gerald Foos puso en entredicho el prestigio literario de Gay Talese, por un lado, y cuestionó los mecanismos del periodista, por otro, sobre todo en los sentidos ético y legal. Paul Farhi, en su entrada del 8 de abril de 2016 en el Washington Post, no solo apuntaló el espeluznante recuento de las actividades del voyeur, sino la responsabilidad del periodista frente a actos evidentemente criminales. ¿Eran, en todo caso, cómplices de un asesinato? ¿Hasta dónde se implicaba el autor en su historia? ¿Consideraba fidedignas las fuentes? Porque el gran error de Talese fue confiar en un único informante truculento, un tanto cínico, que resultó caer en algunas incoherencias temporales y narrativas en su relato, resueltas en la última edición de The Voyeur’s Motel con una «Nota del autor», suerte de fe de erratas que busca enmendar ciertas carencias en la trama del fisgón del Manor House.

En Google Street View, todavía hoy, se puede visitar una parcela llana de 30 por 86 metros en el lugar donde estaba el «laboratorio de observación» del voyeur, en el 12700 de la East Colfax Av. de Aurora, Colorado. El Manor House fue demolido en la primavera de 2015, mientras que la columna de Gay Talese en The New Yorker apareció en abril del siguiente año, unos días antes que la entrada de Paulo Farhi. The Voyeur’s Motel se publicó un poco después y podría considerarse como uno de los textos más polémicos del periodista norteamericano, no solo por el tabú, sino por la inconsistencia y, hasta cierto punto, por poner en escena las grandes carencias del Nuevo Periodismo: mientras que Foos, el voyeur, se escapa de los límites de la no ficción, Talese, el cronista, peca de crédulo y curioso. Ambos, para variar, con un fuerte tufo patriarcal y machista, hasta mesiánico, que confunde la realidad con la pornografía.

Para Gay Talese, Gerald Foos fue un narrador inexacto y poco confiable, pero sin duda un voyeur épico, aparentemente indultado en pos de la curiosidad. Mientras que el Motel Bates, The Overlook o The Grand Budapest Hotel son mitos instalados en el imaginario colectivo debido a la ficción, el Manor House y su mirón existieron efectivamente pero, ¿a quién le gustaría ser observado mientras come, caga o coge, sin aviso, remuneración o beneficio? Habrá quienes, seguramente.

***


Autores
(Torreón, 1994), hispanista por la UNAM y lector. Literaturas contemporáneas y de ciencia ficción, crítica literaria, escritura creativa y archivo. Escribo en la aldea global desde el western y la distopía. Posnorteño. Doppelgänger: @lagunauta.

Ilustrador
Mildreth Reyes
(Martínez de la Torre, 1999) Estudió la Licenciatura en Arte y Diseño en la Escuela Nacional de Estudios Superiores, UNAM campus Morelia. Dicha formación le ha permitido reflexionar sobre distintos aspectos de la comunicación visual. Ilustra y escribe para anclar vivencias, pensamientos y convicciones a su mente, tenerlas presentes en su propio proceso y guardarlas a través de la forma.
Imagen tomada de Pixabay.

A casi una década de su lanzamiento, Rick and Morty se ha constituido ya como un referente de la animación. Con cinco temporadas en el aire, y una sexta que sus espectadores en todo el mundo esperan con ansias, las aventuras del científico nihilista, Rick, y su aturdido nieto, Morty, se han vuelto un bálsamo de ciencia ficción, existencialismo, literatura y distopía que, capítulo a capítulo, nos presenta personajes cada vez más entrañables, dolorosamente cercanos a pesar de su carácter alienado y estrafalario. Notable resulta, también, el nivel de profundidad que algunos de sus capítulos alcanzan: por aquí uno se encuentra una referencia inmediata a los grandes problemas geopolíticos contemporáneos; por allá, personajes de la literatura se entremezclan con los protagonistas en circunstancias absurdas; no pocas veces, también, resalta la reconstrucción personajes e historias de la cultura contemporánea.

Muchas son las anécdotas o cualidades de este programa que merecen especial atención. Para este texto, no obstante, me dedicaré a analizar sólo un fragmento que muestra con gran pericia el empleo de los mitos en la construcción de anécdotas y, por otro lado, la profunda conexión que esta serie tiene con la literatura universal.

 

Las aguas de la existencia

En la segunda temporada, durante el episodio “Mortynight Run” —especialmente famoso por introducir la canción “Goodnight Moonmen”—, Rick y Morty llegan a un centro interestelar de videojuegos: Blips and Chitz. Los personajes discuten acaloradamente: Rick acaba de venderle armas a un asesino a sueldo y el dinero adquirido se empleará en pasar una tarde de diversión familiar. En medio de esta argumentación ética, Rick coloca un casco en la cabeza de Morty y lo obliga a jugar un videojuego llamado Roy: Una vida bien vivida. Cuando se activa, el escenario cambia por completo y nos encontramos en pantalla con un niño de unos ocho años que acaba de despertar sobresaltado.

“Tuve una pesadilla. Estaba con un viejo; puso un casco en mi cabeza”, cuenta el pequeño Roy a su madre, quien lo tranquiliza diciéndole que sólo es un mal sueño producido por la fiebre. A partir de entonces, los guionistas nos sumergen en una nueva historia: durante el siguiente minuto, presenciamos la vida escolar de Roy, su paso por la preparatoria, su momento de gloria deportiva en la juventud, su primer amor, matrimonio y paternidad, la renuncia de los sueños juveniles con la llegada a la madurez, la apertura de una tienda de alfombras, la amenaza del cáncer, las batallas con las quimioterapias, la ansiada curación… toda una vida, la vida de Roy hasta llegar al momento de su muerte a los 55 años.

Roy muere al caer de una escalera —¿se trata acaso de un guiño al Finnegan’s Wake, de James Joyce?, y su historia se ve interrumpida por la infame pantalla de Game Over. Morty regresa a su realidad, y se ve nuevamente en Blips and Chitz, junto a una máquina que indica sus estadísticas: “55 años, nada mal, Morty. Aunque creo que desperdiciaste tus treintas con esa fase de observar pájaros”, dice Rick, quien ha sido espectador durante los minutos que Morty ha estado conectado al videojuego.

La escena no tiene ninguna relevancia para la trama del capítulo, tampoco clara influencia en el desarrollo de los personajes o en la conclusión de la aventura; sin embargo, tiene tal impacto en la mente de Morty, que durante el resto del episodio recordará en varias ocasiones su vida como Roy. No se trata de un hecho arbitrario, ni mucho menos de un divertimento. Antes bien, en mi opinión, el pequeño episodio es una de las escenas más memorables de la temporada (y bien podría decir “de la serie”), pues retoma uno de los mitos más relevantes de la tradición hindú: el misterio de la māyā.

En su libro, Mitos y símbolos de la India, un tratado sobre la cosmología y el ordenamiento teológico hindú, el indólogo y lingüista alemán Heinrich Zimmer definió la māyā como un truco, artificio, sueño o engaño de la vista. Al mismo tiempo, está relacionada con la realidad misma: “Māyā es la Existencia: el mundo que conocemos y nosotros, contenidos en el entorno en constante crecimiento y disolución, creciendo y disolviéndonos a la vez”; el autor resalta el carácter mágico de la Māyā como un atributo de los dioses para crear ilusiones que sustituyan la realidad empírica. El filólogo Fernando Tola, célebre por sus diversos estudios de filosofía de la India, resalta este poder mágico al designar la māyā como “ilusión mágica”, un espejismo, el sueño que habitamos y en el que nos desenvolvemos mientras vivimos en las aguas de la existencia. Dicho de otra forma: la māyā es la vida en su totalidad, la ilusión de todo lo que ha sido y todo lo que será.

Si bien comprender los misterios de la māyā es el gran deseo de todos los sabios y hombres de fe en los mitos hindúes, lo cierto es que sus secretos están vedados a los mortales. Para ejemplificar esta imposibilidad, Zimmer refiere una anécdota fascinante que toma como personaje principal al asceta Nārada. Cuenta Zimmer que Viṣṇu, como premio a la ferviente devoción que demostraba Nārada, ofreció satisfacerle un deseo, cualquiera que éste fuera. El eremita, asombrado por los favores del dios, le pidió que le permitiera conocer el secreto de su māyā, pues era su más grande anhelo luego de dedicar su vida al dios. Conmovido, Viṣṇu le da la oportunidad de acercarse a su māyā, no sin antes advertirle que “jamás habrá nadie que penetre su secreto”.

Cito el fragmento de Zimmer por su riqueza narrativa, la cual difícilmente podría parafrasear. Habla Viṣṇu:

Entonces, aunque le advertí que no indagara en el secreto de mi Māyā, insistió lo mismo que tú. Y le dije: ‘Sumérgete en aquella agua y experimentarás el secreto de mi Māyā’. Se sumergió Nārada en la charca, y salió… en forma de una muchacha.

Nārada salió del agua como Suśīlā, la Virtuosa, hija del rey de Benarés. Poco después, cuando estuvo en la flor de la juventud, su padre la dio en matrimonio al hijo del vecino rey de Vidarbha. El santo profeta y asceta, en forma de muchacha, experimentó plenamente los placeres del amor. Más tarde, llegado el momento, murió el viejo rey de Vidarbha y el marido de Suśīlā le sucedió en el trono. La hermosa reina tuvo muchos hijos y nietos, y fue incomparablemente feliz.

Sin embargo, al cabo de mucho tiempo, surgió la disensión entre el padre de Suśīlā y su marido; disensión que poco después se convirtió en guerra violenta. En una sola y cruenta batalla murieron muchos de sus hijos y nietos, así como su padre y su marido. Cuando le llegó la noticia del holocausto, salió afligida de la capital y se dirigió al campo de batalla para elevar allí su solemne lamento. Mandó erigir una pira gigantesca y colocó en ella los cadáveres de su familia: de sus hermanos, sus hijos, sus sobrinos y sus nietos; luego, juntos, los cuerpos de su marido y de su padre. Con su propia mano aplicó una antorcha a la pira. Y cuando ascendieron las llamas, exclamó: ‘¡Hijo mío, hijo mío!’. Y cuando las llamas comenzaron a rugir, se arrojó a la hoguera. Al punto, el fuego se enfrió y se disipó. La pira se convirtió en charca; y en medio de las aguas Suśīlā se reconoció a sí misma… pero otra vez como el santo Nārada. Y el dios Viṣṇu, cogiendo al santo de la mano, lo sacó de la charca cristalina.

Cuando el dios y el santo llegaron a la orilla, Viṣṇu preguntó con sonrisa burlona:

‘¿Quién es ese hijo cuya muerte llorabas?’ Nārada se sintió confundido y avergonzado. El dios prosiguió: ‘Ése es el aspecto de mi Māyā: doloroso, sombrío, desventurado’.

 

En ambos relatos, un personaje vive un proceso de iniciación espiritual, guiado por una existencia superior: Rick, que es representado como un ente transdimensional y, frecuentemente, referido como el ser más inteligente de todos los universos posibles, es cercano a la omnisciencia de Viṣṇu, conocedor de los misterios del cosmos. Morty, como Nārada, es un discípulo hambriento por penetrar en estos misterios: ambos se sumergen a las aguas de la existencia y padecen, en un instante, la experiencia de la māyā al vestir “el ropaje de otra vida”. La relación entre las dos historias es clara.

Hay en la literatura de Asia múltiples textos que se insertan en la misma tradición del relato de Nārada. Especialmente notable es, por ejemplo, el cuento chino “El gobernador de Nanke”, recuperado en Japón bajo el título “Junu Fun” en el kaidan zensho [怪談全書], colección de “relatos extraños” compilados por el filósofo Hayashi Razan en el siglo XVII. En éste, un hombre llamado Junu Fun se emborracha con unos amigos y se queda dormido junto a las raíces de una gran pagoda. En su sueño, un mensajero llega por él y lo conduce al castillo del reino de Kaian. Ahí es acicalado por el emperador, e incluso contrae nupcias con la princesa; posteriormente, se convierte en un próspero señor feudal y gobierna una de las extensiones de tierra recibidas como dote matrimonial. Luego de veinte años, su mujer perece de una enfermedad y el rey decide enviarlo de regreso a donde pertenece.

Junu Fun despierta junto al árbol para darse cuenta de que toda aquella aventura no ha sido más que un sueño:

Fun despertó del sueño y vio a un jovencito sosteniendo una escoba y barriendo el jardín; junto a él, sus amigos seguían sentados en sus bancos de madera. El sol todavía estaba en lo alto del cielo. Fun les pidió que lo acompañaran a revisar la pagoda, y encontraron en las raíces de ésta un solo agujero. Era bastante grande, y en su excitación Fun vio que tenía el tamaño suficiente para que un hombre pasara a través de él.

Dentro del agujero había varias raíces que estaban posicionadas de manera que semejaban una fortaleza y un palacio. Ahí encontraron innumerables hormigas. Una de las hormigas era grande y tenía blancas alas y cabeza roja. Era el rey de Kaian.

Había una rama que apuntaba al sur y que pasaba a través de otro agujero, ahí había también muchas hormigas. Éste debía ser el distrito del sur [que él había gobernado].

Enredado en torno a esta raíz había algo que semejaba una serpiente. Era un montículo de tierra de unos treinta centímetros. Aquella debía de ser la colina Hanryō [donde había sepultado a su esposa]. Fun, pensando que esto era de lo más siniestro, pronto cubrió el agujero. Aquella noche se desató una gran tormenta en la ciudad. Al amanecer, revisó el agujero y vio que todas las hormigas habían desaparecido. Jamás volvieron a verlas.

 

(Por cierto, el cuento de Junu Fun fue reescrito casi tres siglos más tarde como “El sueño de Akinosuke”, en una versión que el autor Koizumi Yakumo [Lafcadio Hearn] describiera en su popular colección de relatos kaidan. Notable para este tema resulta también el texto “La carpa de mis sueños”, del magnífico Ueda Akinari.)

En todas estas historias, es notable el tratamiento de la ilusión como una especie de portal hacia otras formas de la existencia. Fascinante, también, es el hecho de que sólo la muerte (de Roy, de Suśīlā, o de la familia hormiga de Junu Fun) logra despertar a los protagonistas a su antigua realidad: la muerte se exhibe como un despertar supremo de la conciencia —y probablemente lo sea—. El casco que se coloca Morty en el área de juegos de Blips and Chitz no es sino una versión moderna del lago primordial de Viṣṇu, o del árbol donde se quedó dormido Junu Fun. En cada caso, los personajes iniciados renuncian a su ser para experimentar “el ropaje de otra vida”. Sin embargo, el paseo tiene un alto costo para ellos pues, si lo que acaban de pasar fue sólo un simulacro de amor, de tragedia, de muerte, cabe preguntarse ¿qué tan real es la vida real?

¿En verdad vivimos todos en la ilusión de la māyā?

Como un modesto corolario, recupero otro fragmento del mismo relato de Zimmer que, a mi parecer, expresa con mucho sentido la visión de la existencia —o de las existencias infinitas— que plantea Rick y Morty. En este caso, habla el príncipe Kāmadamana a su padre, después de que éste lo urja a conseguir una esposa. El príncipe se niega a casarse pues, para él, la felicidad del matrimonio no es sino una trampa más de la ilusión.

 

—Querido padre —dijo el joven—, he pasado por más de mil vidas. He sufrido la muerte y la vejez centenares de veces. He conocido la unión con esposas, y la pérdida de éstas. He existido como yerba y como arbusto, como planta trepadora y como árbol. He caminado con el ganado y con los animales de presa. He sido brahmán, hombre y mujer centenares de veces. He participado de la felicidad de las mansiones celestiales de Śiva; he vivido entre los inmortales. Verdaderamente, no hay variedad de ser sobrehumano cuya forma no haya tomado yo más de una vez: he sido demonio, duende, guardián de tesoros terrenales: he sido espíritu de las aguas de los ríos; he sido damisela celestial; también he sido rey entre los demonios serpiente. Cada vez que el cosmos se ha disuelto yo también; y cuando el universo se ha vuelto a desplegar, he vuelto yo también a incorporarme a la existencia para vivir otra serie de renacimientos. Una y otra vez he caído víctima de la ilusión de la existencia… y siempre por haber contraído nupcias.

 

¿No parece esta lista de vidas y realidades una sinopsis de lo que ha sido la vida de Rick Sánchez o, para ser más acorde con la serie, del ejército infinito de Rick Sánchez que se nos ha mostrado? El príncipe Kāmadamana bien podría enumerar sus múltiples existencias como nuestro científico favorito ha hecho: Fisher Rick, Afro Rick, el memorable Pickle Rick, Tiny Rick, Simple Rick, Aqua Rick, Hammer Rick, Cat Rick, Cronenberg Rick, Cyclops Rick, Dandy Rick, Eye Patch Rick, Flat top Rick, Beard Rick, Fascist Rick, Shrimp Rick, Toxic Rick y un larguísimo etcétera porque la lista de Ricks es infinita, en todo el sentido matemático del término. Si bien no me atrevería a afirmar que la filosofía de la India es fundamento para construir el mundo narrativo de la serie, me parece a estas alturas que la relación entre ambas visiones de la realidad queda claramente establecida.

Al concluir el turno de Morty en el videojuego, Rick toma el casco y lo reta, diciendo que “hará pedazos su récord” en Roy. Con esto, Rick hace gala de su superioridad óntica —algo que ocurre regularmente en la serie—, y reitera su papel como un ser supremo capaz de vivir la vida de Roy una y otra vez sin afectaciones, pues, para Rick, el misterio de la māyā está claro. En este final episódico se esconde un cuestionamiento profundamente humano, que tiene que ver con la concepción de nuestro lugar en el mundo: si la vida es ilusión, ¿vale la pena buscarle un significado? Y, retomando las palabras del célebre sacerdote de Madrid: si toda la vida es sueño (o un videojuego), ¿tiene algún valor nuestra existencia?


Autores
(Zapotlán el Grande, México, 1988) es narrador, artista y profesor de literatura. Actualmente estudia el Doctorado en Humanidades de la Universidad de Guadalajara. Es licenciado en Letras Hispánicas por la Universidad de Guadalajara e Ingeniero Ambiental por el Instituto Tecnológico de Ciudad Guzmán, además de maestro en Estudios de Asia y África por El Colegio de México. Ha sido becario del Programa de Estímulos a la Creación y al Desarrollo Artístico en Jalisco en la categoría Jóvenes Creadores en 2006 y 2019 y becario del FONCA en la categoría Jóvenes Creadores en 2021. Ganador del Premio Nacional de Narrativa Mariano Azuela, en 2016, del Premio Nacional de Cuento Joven Comala, en 2018, del Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay y el Premio Nacional de Cuento José Alvarado, en 2020, y del Premio Nacional de Cuento Agustín Yáñez, en 2021. Ha publicado los libros de cuentos El espectador (2013), Me negarás tres veces (2017), La noche sin nombre (2018), Padres sin hijos (2021) y el libro de crónicas Los niños del agua (2021).
Ilustración de Maricarmen Zapatero

Neymar intentó toda la noche remontar un marcador ante el Paris Saint-Germain que parecía imposible: corrió, pidió balones, dribleó, defendió a Messi, aventó a Thiago Silva por querer consolarlo, no reclamó demás, si le pegaban se levantaba de inmediato. A su lado estaban Messi, Suarez e Iniesta, sin embargo, el brasileño fue el que más intensidad desbordó esa noche.

Minuto 86 y el Barcelona casi está eliminado, sí el equipo quiere pasar de fase, necesitan meter tres goles y la desesperación empieza a inundar a quien sea que vista de blaugrana. Minuto 87 y el brasileño provoca una falta sobre él, agarra el balón, lo acomoda apenas afuera del área y perfilado con su pierna derecha conecta el balón sutilmente haciéndolo girar 360 grados. Marcó un hermoso gol de tiro libre que no se festeja porque el tiempo se acaba.

Minuto 90+1, Marquinhos derriba a Suarez provocando un penal que el uruguayo le sede casi de inmediato a Neymar, ni siquiera Messi duda que el 11 está on fire. Nuevamente acomoda el balón Adidas lleno de estrellas y el requisito está hecho, están a solo un gol de que el milagro suceda.

En la banca se ve al técnico Luis Enrique dar indicaciones, pero nadie parece hacerle caso. Último minuto del agregado y hasta el portero Ter Stegen está en el área del PSG tratando de anotar, un rechace hace que el balón casi llegue al medio campo, Neymar va por él, lo conduce y con una finta de tiro deja atrás a Verrati, para después bombear un centro suave que llega a Sergi Roberto que solo empuja el balón a la red.

Esa noche el festejo en Barcelona fue casi igual a cuando ganaron la Champions League, remontar cuatro goles no es cosa menor, pero lo que más se recuerda de esa gesta, fue que Neymar demostró que, a sus 25 años, podía estar a la altura de Messi y Cristiano Ronaldo.

 

Desde que se retiró Pelé (según algunos periodistas deportivos, el mejor futbolista de todos los tiempos) a finales de los años setenta, Brasil ha estado ávido de volver a tener a un jugador de ese tamaño, que se le consideré el mejor futbolista de toda una era. Sin embargo, el país sudamericano se ha quedado muy lejos de esa disputa, y si bien ha habido casos excepcionales, como Zico, Romario, Ronaldo, Kaká o Ronaldinho, los años de reinado que han tenido han sido muy pocos, y casi nada, si los comparamos con los dos mejores futbolistas de la actualidad, Messi y CR7, que han estado en la elite por más de 10 años, cosa que ningún futbolista, ya no digamos brasileño, ha hecho en las últimas tres décadas.

Quizás por eso, cada que un jugador joven destaca en las ligas juveniles de Brasil o debuta a muy temprana edad, siempre se le busca comparar o nombrar como el nuevo Pelé. Ejemplos hay muchos, desde Ronaldo, Adriano y Robinho, hasta el propio Neymar, por mencionar a los más famosos. Pero esto más que un halago, suele ser una carga que muchos futbolistas jóvenes no logran soportar, haciéndolos quedar en las sombras con retiros casi inmediatos, o con carreras que se quedan muy lejos de lo que se vislumbraban.

Y es que ser un futbolista en Brasil, un país con más del 30% de su población viviendo en la pobreza (y cada vez aumentando más), significa salir de todo eso casi de inmediato. El Propio Neymar finca gran parte de su deseo de ser una superestrella en esas carencias que tuvo de pequeño, compartiendo algunas anécdotas de eso, como en una entrevista que tuvo con el youtuber brasileño Thiago Nigro, recordando cuando vivía en casa de sus abuelos, con sus tías y primos en una casa de tres cuartos pequeños, donde todos dormían a la misma hora y en el mismo espacio. “Siempre tuvimos dificultades, pero nunca nos faltó nada básico, tipo comida. Recuerdo decir a mi madre que quería comer una galleta pero que no tenía dinero para comprarla. Ella intentó consolarme. Yo le dije: ‘Voy a ser rico y voy a comprar una fábrica de galletas‘, a veces ella todavía habla de esto y llora”.

Sin embargo, llegar al debut no es sencillo y menos aún en un país en el que según datos, hay por lo menos 30 millones de personas que lo practican. Neymar lo ha contado en diversas entrevistas, “El proceso para ser futbolista es muy doloroso y complicado, te tienes que enfrentar a muchas cosas. Tenía un millón de amigos con más talento que yo y no han conseguido llegar”. Y es que clubes importantes como el Flamengo, dicen que por lo menos al año pueden ver hasta 20,000 aspirantes a su cantera.

Quizás por eso, lo que ha logrado Neymar es de respetarse. De niño rápidamente llamo la atención de muchos, jugando en la calle, en la playa o en el futsal, aunque siempre hubo esa duda en algunos de sus técnicos que no creían que llegaría muy lejos por su complexión delgada, ya que daba la primera impresión de que era débil y que no podría competir ante la fuerza de niños más grandes. No obstante, Neymar era habilidoso, rápido e inteligente para moverse con y sin balón, además de que según sus entrenadores, Neymar jugaba tan rítmico como los cantos de los estadios de futbol.

En algunas entrevistas Ney confiesa que una de sus principales virtudes fue comenzar a jugar futbol de salón (muy popular en Brasil), que lo llevo a dominar los regates y fintas en espacios muy cortos, habilidades que sobre todo, vimos en el primer Neymar, ese que jugaba en el Santos de su país, donde hacia sombreritos, bicicletas o gambetas imposibles que escondían el balón a los defensas contrarios y que lo han hecho acreedor a patadas y faltas arteras, salidas de la impotencia de sus rivales que no lo pueden parar.

Con 11 años fichó con el Santos FC para jugar en las categorías infantiles del club. Con 14 años fue a probarse a España con el Real Madrid, en donde todo estaba listo para que jugara en las juveniles del club blanco, sin embargo, Neymar no quiso quedarse en España y le pidió a su padre volver a Brasil a pesar de que, en ese entonces, Beckham, Zidane, Roberto Carlos y todos los galácticos, eran las figuras a las que se quería igualar. Regreso al Santos y rápidamente destacó y empezó a tener un mejor sueldo que ayudó a él y a su familia a estabilizarse y creer que podían vivir del futbol

En el 2009 debutó con solo 17 años entrando de cambio, aunque tuvo que esperar a meter su primer gol una semana más tarde. Esa primera temporada se ganó rápidamente la posición de extremo izquierdo y anotó 14 goles en 48 partidos. Sin embargo, la explosión vendría un año más tarde en donde fue elegido el mejor jugador del campeonato brasileño y las comparaciones con Robinho y Pelé comenzaron a llegar.

Para el 2011 las comparaciones con O´Rei parecían tener un sustento, y con Neymar y Paulo Ganso como puntas, Santos FC ganó la Copa Libertadores por primera vez en 48 años, siendo la última en 1963, justo de la mano de Pelé. Ese mismo año Ney ganaría el premio al Futbolista del Año de Sudamérica y el premio Puskas al mejor gol cuando en un partido contra el Flamengo, el 11 recibió el balón adelante del medio campo, escondiéndolo y driblando a un par de contrarios, corriendo hacia el centro de la cancha rumbo a la portería para después pasar la pelota y recibirla nuevamente con una pared de su compañero Borges; ya de frente al área, aguantaría algunos jalones de un rival y justo para entrar al área chica, le pasaría el balón por el costado derecho de un defensor con una gran finta, punteando la pelota con su pierna derecha hacia la red, para resistir una barrida que lo derribaría en el área: golazo.

Con goles, asistencias y grandes actuaciones, su carrera deportiva fue ascendiendo. Como coincidencia, el 5 de febrero de 2012, día de su cumpleaños, Neymar anotó su gol 100 con la camiseta del Santos y en ese mismo año, Neymar se convirtió en la joven promesa en la que Brasil fincaría todas sus ilusiones para lograr cosas grandes. Los comerciales, patrocinios, entrevistas en todo tipo de programas, apariciones en revistas de chismes y deportivas comenzaron a ser parte de su día a día: la fama lo había alcanzado, era el futbolista más querido y protegido de todo Brasil.

Ya con las competiciones sudamericanas y brasileñas ganadas, los mismos brasileños empezaron a pedir la salida de Ney a Europa, si él los llevaría ganar una nueva Copa del Mundo, era el momento de emigrar a una de las mejores ligas. El FC Barcelona acabó fichándolo en el verano de 2013 y a pesar de que su primer año no fue bueno, esa adaptación le ayudó a firmar una segunda temporada magnifica en donde logró hacer un tridente histórico a lado de Lionel Messi y Luis Suárez a base de goles y de un gran juego, logrando obtener el segundo triplete en la historia del club blaugrana que consistió en ganar la Copa del Rey, la Liga Española y finalmente la Champions League.

En su búsqueda por volverse el mejor del mundo, Neymar decidió salir de Barcelona y encabezar el proyecto del Paris Saint-Germain para convertir al club en uno de los más importantes de Europa. Sin embargo, ha estado muy lejos de lograrlo y el click que tuvo con la afición parisina cuando llegó, se ha ido desvaneciendo, más aún cuando ha tenido lesiones graves que no le han permitido rendir lo que se esperaba de él. Pero también ha estado envuelto en la polémica al supuestamente, inventar lesiones o enfermedades para poder festejar cumpleaños propios o de familiares y amigos perdiéndose partidos clave. De igual manera, ha hecho fiestas previas a partidos, se ha peleado con compañeros de equipo, dividió al vestuario y hasta ha roto los protocolos sanitarios cuando se supone que está prohibido por la pandemia. Todo esto lo ha hecho perder mucha de la fe que el pueblo brasileño tenía en él para convertirse en el mejor del mundo y llevar a su selección a cosas grandes.

Neymar ha mencionado en los últimos años que nunca dejara de ir a fiestas porque dedicarse por completo al futbol agrava su salud mental. De hecho, hace no mucho mencionó que quizás el Mundial de Qatar será la última oportunidad que tenga de darle una nueva Copa del Mundo a su país, porque no está seguro de seguir aguantando la presión que se ha ejercido en él durante todos estos años que lleva como profesional. Y de cierta manera puede que tenga razón, la presión puede volverse una locura más aún cuando no se está preparado, de igual manera, en el último documental que hizo Netflix de él (y que produjo LeBron James), podemos ver a un Neymar infantilizado que hace lo que quiere, con un padre que le exige perfección y una madre que sentencia la frase de “al que se le da mucho se le debe exigir más”.

Y es que con un salario anual de 30 millones de euros que le da el PSG más todos sus patrocinios como el reciente firmado con Puma de 25 millones de Euros, es notorio que Neymar se ha quedado corto con todo lo que se esperaba de él. Más aún cuando siempre ha dicho que él no juega por todo el dinero que gana, sino por querer ser el mejor, aunque si pudiera, no le gustaría ser tan famoso como lo es.

Algo que de cierta manera ha hecho bien fue que, con la ayuda de su padre, crearon su propia empresa y el nombre de Neymar Jr. ya es una marca propia que aspira a consolidarse con cada año que pasa y una vez que se retire, como lo han hecho deportistas de la talla de Michael Jordan o David Beckham. De igual manera, su empresa fundó en el 2014 con su madre como presidenta, el Instituto Projeto Neymar Jr. en su ciudad natal Praia Grande, que ayuda a familias y niños necesitados en el barrio Jardim Glória. Actualmente tiene 2.154 niños inscritos a los que se les enseñan diversas actividades educativas y deportivas como el estudio de idiomas, clases de artes, música, fútbol, ​​natación, baloncesto, entre otras, así como a sus familias quienes participan en los diferentes cursos profesionales que dan como clases de música, alfabetización, informática, matemáticas, inglés básico o español.

En el mundial del 2014 Neymar salió lesionado por un rodillazo canchero sobre su espalda por parte del colombiano Juan Zuñiga, detonando tal vez en el ánimo de su equipo que fue vapuleado un partido después por Alemania. En los Juegos Olímpicos de Rio fue el capitán de su selección y logró ayudar a Brasil a ganar por primera vez medalla de oro frente a los alemanes. Dos años más tarde y apenas recuperado de una grave lesión, en el Mundial de Rusia poco pudo hacer para ayudar a su selección perdiendo en cuartos frente a Bélgica. Es evidente que Neymar ha estado siempre ahí compitiendo, es de los pocos jugadores que ha ganado los torneos más importantes de clubes como la Champions y la Libertadores, nada sencillo. Incluso es el segundo máximo goleador de su selección a solo siete goles de Pelé, y verlo jugar siempre es sinónimo de espectacularidad, sea por lo bueno o por lo malo que haga. Después de una escasez de talento en la selección de Brasil, la llegada de Neymar hizo que pensáramos que el jogo bonito podía resurgir.

A los 30 años Pelé ya había ganado su tercera Copa del Mundo; Maradona estaba en la mejor etapa de su carrera con el Napoli; Romario regresaba a Brasil con el Fla; Ronaldo jugaba para el Real Madrid y recién había ganado el Mundial de Alemania; Messi ganaba su cuarto Balón de Oro y Ronaldo su quinta Bota de Oro. Neymar está ante el año más importante de su vida, ese que puede encumbrar su carrera y volverlo un mito viviente. Puede ganar su segunda Champions a mediados de año a lado de su amigo Messi y darles a los parisinos la gloria que tanto buscan, pero sobre todo, puede ganar la Copa del Mundo a finales de año con su selección y demostrarles a todos que, eso que se esperó de él, siempre fue real y solo había que dejar que el tiempo pasara para que Neymar madurara y lograra lo que el destino le tenía preparado, no ser el nuevo Pelé, sino Neymar Jr. el Nuevo Rey brasileño.


Autores
(Ciudad de México, 1985). Es narrador y periodista. Escribe sobre música, futbol, terror y literatura en diversos medios impresos y digitales. Fue becario del FONCA (2015-2016) y del PECDA del Estado de México (2014-2015), en ambas como joven creador en letras con especialidad en cuento. Estudió la Licenciatura en Creación Literaria en la UACM y la Maestría en Letras Modernas por la Universidad Iberoamericana. Actualmente da clases de periodismo y de escritura creativa.
Ilustración realizada por Axel Rangel
Ilustración realizada por Axel Rangel

¿Qué podría decir sobre el Ulises, Ulysses, la obra maestra de James Joyce, que no hayan dicho otros antes, y mejor? Leo las primeras páginas de una edición en español que he comprado no porque quisiera anticiparme a los festejos por el centenario de su publicación, sino por mera curiosidad. El Ulises me ha acompañado durante muchos años de mi vida, aunque no lo haya entendido en ninguno de mis intentos de lectura. Por más que lo he intentado, no logro recordar el momento en el que supe del libro. Quizá pocos años antes de cumplir los 18 ya sabía que existía una novela de la que se hablaba mucho pero que, en realidad, era poco leída. Un mamotreto, una burla infernal, una novela burguesa, una sarta de datos inconexos, una visión exacta del Dublín de principios del XX, una proeza de la literatura, no sólo inglesa, y un laberinto atiborrado de referencias que se han convertido en la cumbre que todo lector serio y comprometido busca alcanzar.

La verdad es que he fallado, tengo que decirlo. Vuelvo a esos años en los que pretendía leer todo el canon occidental, hasta que me di cuenta de que existía algo más que Flaubert o Víctor Hugo o Tolstoi, y que se extendía este mundo hacia el oriente, y luego daba vuelta, hasta el punto en el que yo estaba parado, y aunque lo sabía, no había tenido tiempo, ni quería hacerlo, de explorar la literatura en español. No he leído realmente el Ulises. Sería un golpe demasiado manido el decir que Él, Eso, Ella, me ha leído a mí. Lo que sí: me ha juzgado y se ha mostrado mucho más benevolente después de varios años, de Shakespeare o del Heike Monogatari o de Sir Gawain, El Mabinogion y apenas tres pinceladas de literatura irlandesa. Y, aun así, me he quedado perplejo ante una de las novelas más obscuras por su idioma y por sus referencias totales hacia un mundo que existe y que ya no al mismo tiempo.

La literatura realista es una invención creada hacia el siglo XVIII, cuando la “razón” del siglo europeo se convertía en el modo por el cual pasaban todas las cosas, del arte a la política, de la religión a la filosofía. La razón triunfará, para siempre, y el “medievalismo” al fin será superado por el progreso fundamental de la humanidad. Humanidad, hay que decirlo, conformada por la que vivía solamente en el continente europeo. Los demás éramos, tal vez seguimos siendo, invisibles. Aquella invención se vio impulsada por el siglo XIX, cuando el surgimiento de novelas inmensas, en ocasiones totalizantes, plasmaron elementos absolutos de lo que podía ser el mundo a través de algunos personajes. Dostoievski con la psicología, Tolstoi con la culpa, Melville con la infinitud de la obsesión… y lo que sigue no son más que generalidades. A lo que voy es que durante este tiempo se pretendió, otra vez, en el hemisferio occidental, que el arte novelesco podía calcar la realidad. Desde el romanticismo hasta el brutal naturalismo que se enfocaba en la enfermedad, en la pulsión de lo denigrante, en la porquería del ser humano, visto con el tamiz del privilegio, de la lejanía: vidas contempladas a través de un lente mugroso y elocuente, al menos en apariencia.

¿Para qué retratar la realidad, para qué abstraer ese mundo en seiscientas o mil páginas? Para la contemplación, quizás, o para el lucimiento del poder de descripción de un autor, para la comprensión de “nuestro mundo”. Una apuesta filosófica, pues. Y, en realidad, una estafa. Porque el realismo nunca ha existido del todo, ni siquiera en la “novela sin ficción” de la que habla Volpi, como si el novelista pudiera captar mediante la construcción narrativa de una diégesis nada más que la realidad, una forma incluso documental de captación y enmarcación de lo “real”. Mímesis. Creo que no tengo que recurrir a Auerbach o a Fuentes para decir que tal cosa no existe. El arte no es captación de la realidad, sino enmarcación, discurso, subjetividad, siempre, incluso en el documental. El realismo, lo digo de nuevo, no existe. Y los autores occidentales lo han sabido siempre, como Virginia Woolf retrataba en ese fluir una aparente consciencia de un día-vital, el de una mujer, el de la señora Dalloway quien, por supuesto, iba por unas flores. Lo sabía Melville al juntar todas las referencias y citas que pudo encontrar sobre las inmensas ballenas, el Leviatán y la serpiente del mar. Y, también, lo sabía Joyce quien no hace sino escribir a ritmos disparatados, rompiendo lo que ya ha sido roto, un velo que cubre la diégesis, el transcurrir de una jornada en la vida de un hombre clasemediero en el Dublín de 1904, pero no, por supuesto que no: no es sólo un hombre, pues además de Molly y del cartero y de Dedalus y de sus supuestos hijos, e incluso los muertos, y los sepultureros y quienes sirven una cerveza, y quienes pasean por la ciudad; es decir, es la vida de una ciudad, y de toda la humanidad resumida en su absoluta vulgaridad, en su simpleza, y en la infinitud.

El 16 de junio de 1904, Leopold Bloom decide empezar su día, y terminarlo 18 horas después, mientras un sinfín de personajes (quizá no tantos como en Vida y Destino de Grosman, pero sí muchísimos más que los exhibidos en la mayoría de las novelas contemporáneas), transitan sin realmente hacer demasiado. Lo que hace Joyce es una burla, y un estudio profundísimo sobre el tiempo y sobre la enmarcación de la realidad.

En Ulises uno también puede esperar el aburrimiento más absoluto. Por eso, y a mí, al menos a mí, me parece demasiado sorpresivo el escuchar voces que con tanta alegría y seguridad nombran a este libro como su favorito. Lo comprendería, tal vez, si uno de ellos fuera un dublinés de 1904 que reconoce a cada paso, ciertas páginas, la inmensidad de Dublín, su estado psíquico, el esparcimiento de la dolce far niente, porque el libro no es un divertimento extraordinario, una jornada de placeres, un atisbo de la belleza más absoluta como podría serlo Macbeth o incluso La señora Dalloway. En el Ulises lo que hay es religión. Un tiempo, el anecúmeno, donde los dioses siempre están, y el ecuménico, en el que se vive. Pero esta novela, lo sabe cualquiera que se adentre en ella, es nietzschiana, es husserliana, antikantiana, y muy cómica. Se subvierte el mundo, porque los humanos acceden al tiempo de Dios, y en ese Kairós se detienen, porque el movimiento que se planea desde la Odisea nunca hace más que juguetear como una ola. Aquí no hay grandes aspavientos, no hay acontecimientos propios de la novela griega, ni siquiera de la épica prima, sino de la risa, de la escritura absoluta que tanto ansiaba Flaubert, y que de cierta manera logra Joyce en su obra capital.

Lo que estoy diciendo es nada. Eso hay que aclararlo. Nada explico y nada digo porque la novela es un tremendo monumento sobre la nada. La nadería, la fruslería, la broma insípida, el sexo despellejado de todas aquellas pieles erotizadas por la poesía y hasta por el cine, de la defecación y el atragantamiento, del olor de pies, de gusanos, de culo sucio y de calle atosigada por la bosta de los caballos y por la fragancia de un jabón que se ha hecho mierda (permitan que lo diga, porque hay mucha, pero mucha, en todas partes), y también un deslumbre absoluto.

Lo que quiero decir es que la lectura del Ulises es tortuosa. Me ha llevado meses acabar una de ellas (diré algo sobre las ediciones al final, porque esto tiene final, hipócrita lector, lo prometo), y no he comprendido gran cosa, hasta darme cuenta de que de eso se trata, y de que los escritores que vienen en la solapa de esa susodicha versión tienen razón: al Ulises hay que entrar con fe, y también hay que hacerlo varias veces. Porque la novela se termina y uno está disgustado porque, ¿qué mierda ha sido todo esto? ¿Por qué ha sido tan difícil captarlo todo? Claro, hablamos de ficción contemporánea, no hay una moraleja. Pero tampoco hay resolución, no del todo, pues el clímax, y aquí ya entramos a la base en la que se sustenta, si puede llamarse así, nunca llega del todo, o tal vez sí. Pero, ¿cuál es la diferencia entre la llegada de Odiseo a Ítaca, y el final de la jornada de los Bloom, de Leopold o Molly? La revelación más absoluta: Ítaca no existe.

Era difícil, ya lo sabía. Pero, ¿cuál es el motivo? Las complicaciones abundan por diversos pasajes, y con esto quiero decir casi cada párrafo. Basta darle un vistazo al mapa estructural de la novela para comprender de manera sencilla cómo está constituida. La ascendencia del Ulises, está claro, es La Odisea. Hay referencias a ella, por supuesto, y en la diégesis se perciben las tres grandes secciones que corresponden a la obra de Homero: la Telemaquiada, la Odisea propiamente, y el Nostós, el regreso. La primera y la última parte tienen tres episodios cada una, y doce en la sección central. Además, se contemplan las partes del día en las que transcurren estos “sucederes” que no sólo se centran en uno u otro personaje, sino que alimentan con distintas técnicas narrativas y exploraciones tanto atmosféricas como filosóficas, el fundamento con el que ha sido construida cada sección.

En La Odisea el lector asiste a la épica de Telémaco, el hijo de Odiseo, en busca de su padre, y del propio Odiseo quien sufre las consecuencias de la ira de los dioses, quienes disfrutan de errar el camino de los humanos, los adoren o no, hasta regresar a su Ítaca adorada. A diferencia de lo que ocurrirá con la novela griega posterior, en la obra de Homero se aprecia un cambio, una psicología ya en los personajes. Lo que está ocurriendo en ella, es un divagar, un devenir. Por supuesto, La Odisea está lejos de las intenciones de Dostoievski o de Dickens, porque no era el designio de Homero, sea quien sea, contar algo que no interesaba en ese momento, y que al mismo tiempo es un compendio de una historia contada a través de los siglos. Otra vez, lo que ocurre con la obra de Homero es el “suceder”, cosa que subvierte James Joyce, pues sus héroes no son semidioses ni tienen linaje famoso, ni tampoco ocurre realmente nada, porque el regreso de Bloom al hogar no es el de la épica griega, no es salvaje ni a través de batallas ardorosas y sangrientas, y Penélope no es la “pobre abnegada” que siempre espera el regreso de Aquel, ni nadie es héroe, aunque lo sea. Porque lo único que deviene es la existencia misma, el transcurrir de un día enmarcado en la absoluta cotidianeidad donde, sin embargo, surge la belleza y el esplendor de la prosa, incluso más allá del monólogo de Molly, ahí en esas secciones iniciales, en la transición hacia la “odisea” de Leopold Bloom, donde se mezclan los ritos irlandeses con los ingleses, y las cartas van de un lado al otro con la infidelidad y el deseo arrastrándose como gotas de sudor en el cuerpo.

Leer el Ulises se parece al violento regreso del héroe Odiseo a Ítaca. El lector tiene que sortear palabras incomprensibles, referencias a muchísimas cosas, desde canciones hasta lugares, pasando por doctos vasos comunicantes hacia Zola o la Kabbalah judía, y luego volver, aborrecer el libro, a Joyce, a la literatura occidental, e intentarlo de nuevo. Ulises debe ser el peor libro para estos tiempos, el menos indicado, y tal vez por eso el más necesario. Un libro sobre todo, y que en realidad es un libro sobre nada. El Bouvard et Pécuchet llevado a sus últimos libros. La narración de un día a través de una estructura fractal donde todo se expande y regresa. Una nueva Mil y una noches que es sólo una. Un juego literario en el que Joyce no se burla de algún tipo de novelas, sino del lector mismo. Un libro desesperante, terrible, enfermo y sumamente divertido. Tan sólo por eso valdría la pena intentarlo y fallar, y volver con los años, revisar otra extensión y decir, no, no entiendo nada, señor Joyce, y luego reír un rato y, de manera búdica, entender que todas las cosas son insatisfactorias, incluso este monstruo deslumbrante y repelente a partes iguales.

El Ulises que he leído (sorteado, y no muy bien) ha sido la tercera edición del publicado por El Cuenco de Plata, traducido por Marcelo Zabaloy, en colaboración con Edgardo Russo. Elegí esta versión por ser una de las que más me interesaban, en gran parte por la proeza de Zabaloy, un argentino sin instrucción formal en el arte, ¿ciencia?, de la traducción, y que además posee ya cientos de anotaciones que permiten, de cierta manera, entender los momentos más complejos de la novela, o al menos los más extraños si uno no está familiarizado con la historia irlandesa, su política y folklore. ¿Qué puede conllevar a alguien a leer esta novela, y me refiero a un no angloparlante, y luego traducirla? Semejante proeza me interesa tanto como la misma obra extraña de Joyce, un placer contradictorio, porque al momento de integrarme al texto, ya lo he dicho, sufro y me aburro y me desespero e increpo contra Joyce, porque me siento, como decía Jung, un simple filisteo (y de hecho lo soy). Para más referencias, Zabaloy tradujo también el Finnegans Wake, jugando con las palabras como lo hizo Joyce, quizá salvando las distancias, al escribir su otra novela fundamental.

La preferencia de cada lector puede llevarlo a la traducción de Salas Subirat, la primera, o la de Valverde, e incluso a la posterior, recientemente editada por Edhasa, de Rolando Costa Picazo, donde incluso se atreven a decir que el Ulises es “una cumbre poética”, cosa con la que difiero, pues aquí lo que hay no es eso, sino un mar, un mar sucio y limpio, un océano incluso, embravecido y calmo, donde casi todas las naves se hunden y unos pocos restos flotan después de algunos años. 1 Acaso los invito a elegir sus propios naufragios.

 

 


Autores
(Tlaxcala, 1988) es egresado de la licenciatura en relaciones internacionales de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (upaep). Ha colaborado en medios físicos y digitales como Ágora, Letrarte y Momento. Parte de su obra se incluye en las antologías Seamos Insolentes (2011) y Sampler (2014). Ha sido becario del Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico (PECDA; 2013, 2018), del Fondo para la Cultura y las Artes (Fonca, 2016) y de Interfaz (2018). Asimismo, obtuvo el Premio Estatal Dolores Castro de Poesía 2016, el Premio Tlaxcala de Narrativa 2017 y una mención honorífica en el XXXIV Premio Nacional de Cuento Fantástico y de Ciencia Ficción (2018).
Ilustración realizada por Axel Rangel
Ilustración realizada por Axel Rangel

“He puesto tantos enigmas y acertijos que la novela mantendrá ocupados a los críticos durante siglos, discutiendo acerca de lo que quise decir. Esa es la única manera de asegurarse la inmortalidad”, profirió James Joyce a propósito de Ulises.

El primer siglo de ese vaticinio se cumple este dos de febrero de 2022, día de la Virgen Candelaria en México, tan ad hoc con el catolicismo de Joyce. Y esa inmortalidad, tan bien ganada, vaya si ha rendido sus frutos, la pasión que despierta Ulises continúa tan viva como en el tiempo posterior a su publicación. El culto alrededor la novela no hace sino acrecentarse. Sólo en nuestro idioma se han publicado cinco traducciones. Además de contar con un día mundial celebratorio: el Bloomsday. E inspirar tantas páginas dedicadas a desentrañar la novela en sí y a su autor, como Las poéticas de Joyce de Umberto Eco y El libro más peligroso. James Joyce y la batalla por Ulises, una de biografía de la novela, entre otros.

Al referirse a Ulises a menudo la primera data que salta es la reformulación (mejor dicho, la reescritura) de la Odisea. Sin embargo, esa es sólo una de las tantas premisas de las que se alimenta la novela. Joyce se propone reformarlo todo. El género, el lenguaje y la literatura inglesa (y por extensión la universal). Toma como pretexto el regreso de Homero a Ítaca para lanzar a Steephen Dedalus y a Leopold Bloom a un viaje interior que transcurre durante dieciocho horas. Ninguno es un guerrero, no pasan diez años luchando, ni diez intentando regresar a casa. Son dos hombres en apariencia comunes, con sus propias tribulaciones, que van al encuentro de sí mismos, acaso héroes de su propia circunstancia. Pero esta sencilla trama nos ha mantenido ocupados por cien años.

Ulises ostenta uno de los arranques más memorables de la literatura universal, si es que acaso no el mejor: “Solemne, el rollizo Buck Mulligan avanzó desde la salida de la escalera, llevando un cuenco de espuma de jabón, y encima, cruzados, un espejo y una navaja. La suave brisa de la mañana le sostenía levemente en alto, detrás de él, la bata amarilla, desceñida. Elevó en el aire el cuenco y entonó: —Introibo ad altare Dei.”[1] Desde su arranque se advierte que Ulises es ante todo una novela en clave. Y que cualquier interpretación cabe. Desde lo intelectual hasta lo vulgar. Y que nada escapa a su universo, ni lo académico ni lo religioso ni lo frenéticamente mundano.

Además de los juicios a los que fue sometida la novela por obscenidad, no ha escapado a la crítica por parte de los lectores al respecto de su aparente dificultad para ser leída. El respeto (y el temor) que ha infundado Ulises invita más que a leerla a estudiarla. Sin embargo, como bien apunta José María Malverde a la introducción de su traducción, argumenta que para acercarse a Ulises hay que poseer una notable memoria verbal. Y que la educación formal ha debilitado nuestra capacidad para tener una buena memoria verbal. Malverde se refiere a un tiempo anterior al smarth phone. Esa dificultad se ha exacerbado ahora por culpa de todas las gamas del gadget. Sin embargo, eso no ha impedido que el interés alrededor de la novela decaiga. Dublín continúa siendo la patria del peregrinaje literario por excelencia y cientos de lectores descubren Ulises día con día. Muchos abandonan pero también muchos se enamoran de la novela al grado de realizar lecturas comparativas entre la versión en inglés y alguna versión en español o entre las distintas traducciones en nuestra lengua. Sólo una novela excepcional provoca este tipo de fanatismo.

A pesar de las pretensiones de Joyce por confundir a los lectores, se ha teorizado mucho alrededor de Ulises, y la dualidad que atraviesa toda la trama presume que Stephen Dedalus y Leopold Bloom son Joyce de joven y Joyce de viejo. O que Stephen es la mente y Leopold el cuerpo. Y que en algún momento de esas dieciocho horas se encuentran. La unión de las dos partes es una epifanía, como tantas que suceden a lo largo de la historia. El alma vs la materia es una de las preocupaciones centrales de Ulises. Lo sagrado vs lo mundano. Y en el tercer capítulo, uno de los más hermosos del libro, en el pasaje en el que Stephen camina por la playa filosofando en Aristóteles, se devela dicha lucha, que es al mismo tiempo una conexión con Retrato de un artista adolescente: “Ineluctable modalidad de lo visible: por lo menos eso, si no más, pensado a través de mis ojos. Las signaturas de todas las cosas estoy aquí para leer, huevas y fucos marinos, la marea que se acerca, esa bota herrumbrosa. Verdemoco, platazul, herrumbre: signos coloreados. Límites de lo diáfano […]”.

“El moquero del bardo. Un nuevo color artístico para nuestros poetas irlandeses: verdemoco, casi se saborea.”, se burla Buck Mulligan en el primer capítulo. Entre el verde de los mocos de Stephen, el de la dulce madre que es el mar y los límites de lo diáfano se centra la técnica joycena. Podría aventurase que Joyce está en búsqueda de nuevos colores y nuevas formas de nombrar el mundo. Esto en contraste con su visión defectuosa. Padeció un glaucoma agresivo que casi lo deja ciego, razón que muchos le atribuyen a cierto oscurantismo de los espacios en la novela. Joyce posee una claridad para discernir el pensamiento pero no es lo suficientemente hábil para cruzar una habitación sin tropezarse con un mueble.

2022 es un año sumamente literario, con Ulises encabezándolo. También se festeja el centenario del nacimiento de Jack Kerouac. Un autor que aunque entroniza a Proust como su santo patrono, sin la influencia de Joyce no habría sido la clase de escritor que fue. Sin la técnica del flujo de pensamiento interior, jamás habría existido On the Road. El monologo interior es decisivo para la novela de Kerouac, quien cansado de cambiar la página de la hoja de máquina empleó un rollo de teletipo para no distraerse y continuar narrando sin parar.

Ulises no sólo son Stephen y Leopold, un fan de las vísceras de los animales, Mulligan y Molly, está plagada de enormes personajes. Borrachos de taberna, matronas de Burdeles, donde Leopold es convertido en cerdo por una Circe moderna. Y también relumbra por varios de los pasajes más memorables de la historia de la literatura, como el funeral de Patrick Digman. Y su influencia en nuestro idioma es riquísima. Sin Ulises no existirían Adán Buenosayres, Rayuela, José Trigo, Gran Serton (escrita en portugués) o Paradiso.

Ahora que hemos alcanzado el primer siglo de lo profetizado por Joyce, no nos queda otra cosa que volver a la novela una y otra vez, a la espera de que se cumplan los siguientes cien años.

 

 

 

 

 

 

 

[1] De la traducción de José María Valverde


Autores
(Torreón, 1978) es autor de los libros Cuco Sánchez blues (2004), La Biblia Vaquera (Fondo Editorial Tierra Adentro, FETA, 2009), La marrana negra de la literatura rosa (2010) y La efeba salvaje (2017), entre otros.
Ilustración realizada por Axel Rangel.

A Selene, mi compañera de lectura

El siglo pasado comenzó veintidós años tarde. James Joyce lo inauguró.

Europa gestó su propia modernidad como una promesa de refundación. El Estado nacional, agente político predominante, había extendido sus dedos sobre todo medio de progreso. La expansión del poderío de las potencias se logró en detrimento de la importancia social del individuo: imperios se alzaron y otros cayeron en una serie de conflictos promovidos por los ánimos patrióticos de la época. La Primera Guerra Mundial demostró los alcances sombríos de la destrucción masiva, entregando las masas a la demografía de la muerte. Al armisticio le siguió el resentimiento, el odio, la fiebre que antecede a los temblores.

     Ulysses, cumbre de cumbres, recoge la incertidumbre, las inquietudes y las frustraciones de una sociedad en formación. En un punto histórico donde la guerra y los ideales de desarrollo habían suprimido todo color y textura en el individuo, Joyce dedicó su ambición verbal a resignificarlo como nadie más lo había logrado desde Shakespeare. En las páginas de la novela se cincela la figura del ciudadano del siglo XX.

 

*

Cada tanto surge en periódicos y páginas de internet algún artículo de opinión plagado de terraplanismo literario: el autor, más con ánimos de provocación que con algo que decir, dedica párrafos a mascullar los motivos por los que considera que Ulysses no es la gran cosa o, peor, es el mayor fraude que la academia le ha vendido a los lectores del mundo. Me imagino que los sujetos que firman esa clase de textos creen, en la intimidad de su estupidez, que sus necesarias críticas lograrán mellarle a Ulysses lo que Virginia Woolf y Gertrude Stein no pudieron.

 

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En 2010, Paulo Coelho, el escritor favorito de tu coach de confianza, publicó un tuit al que le bastaron minutos para despertar odio y perplejidad en proporciones equivalentes:

 

Los autores de hoy quieren impresionar a sus pares. Uno de los libros que hizo ese mal a la humanidad fue el Ulises, que es solo estilo. No hay nada ahí. Si tú disecas el Ulises, da para un tweet.

 

Sin burlarnos de Coelho (podríamos tener un hijo así), atendamos a su argumento. Imaginemos que Ulysses no es otra cosa que puro estilo. Incluso reduciendo la hipertrofia filosófica y naturalista del libro al sencillísimo ejercicio estético de un señor con mucho tiempo libre, nos encontraríamos con la escandalosa revelación de que el estilo de la novela es, por sí solo, una presencia llena de literaturidad inabarcable.

Ulysses nace y muere frente a los ojos del lector imitando el mismo tránsito luminoso que acompaña al día (no es coincidencia que toda la trama se dilate durante las veinticuatro horas contenidas en el 16 de junio de 1904). Convulsa como todo lo que acontece entre dos amaneceres, la prosa de la novela recorre caminos que la modifican con extrema plasticidad. Los primeros capítulos se centran en el despertar cotidiano de Stephen Dedalus, joven escritor que encuentra en sus jornadas el recuerdo persistente de su madre muerta. Es en “Proteo”, el tercer capítulo, donde Stephen deambula por la villa costera de Sandymount y de golpe convierte al texto en un monólogo profundo. El lector lo escucha con intimidad caótica, asentado en los recovecos de sus reflexiones y sus preocupaciones. La materia del texto se homologa con la de las ideas, convertida en un rumor fundacional que nunca llega a adquirir forma. Precisamente, Proteo es una deidad marina cuyo nombre alude a lo primigenio. Su mayor seña es carecer de ella: cambia de aspecto con capricho incontrolable.

A lo largo de los dieciocho capítulos de Ulysses, el lector se encuentra con un libro proteico. Como las que pueden advertirse en las crestas de las olas, las formas que adquiere el caudal verbal del libro son incontables.

 

*

Leopold Bloom resulta un personaje titánico desde la arista que se prefiera observarlo. El genio de Joyce tramó a su Odiseo como un juego exquisito y estimulante. Con la inverosímil ambición que se precisa para ello, el irlandés buscaba refundar el canon de toda literatura (esa fue, acaso, la más rotunda directriz de una carrera que terminó en Finnegan’s Wake). ¿Cómo lograr tal cosa? Mediante una parodia tan genuina como compleja.

Bloom, hombre sencillo, dista en toda norma de la imagen de un rey griego que peregrina los mares en busca de su patria. Es un agente de publicidad más bien mediano y sin mucho brillo en el currículum, cornudo y comúnmente despreciado por sus pares. ¿Qué habría de interesante en él como para justificar la existencia de una novela de 267,000 palabras? Desde luego, su humanidad.

Joyce, como ya lo dije, le restituye dignidad al individuo. A través de su novela no hace otra cosa ─qué idiota suena la anterior frase leyéndola dos veces─ que fundar la épica del hombre y la mujer modernos.

Cada día, narrado desde la experiencia del cuerpo, es una Odisea.

 

*

 

Ulysses es una meditación de la palabra. Para Joyce, el lenguaje surge con la irrupción eléctrica de los rayos: al caer, ilumina. El silencio que le sigue es incluso más atronador que el impacto original.

 

*

 

Uno de los grandes temas de la novela es la distancia que existe entre la imagen propia y la imagen que los otros se han creado de uno mismo. En Ulysses, la identidad pareciera estar sometida al consenso de los otros. Durante los capítulos que protagoniza, Bloom se cuestiona constantemente cómo es que sus colegas y amigos lo perciben, como si ese juicio en la sombra fuese capaz de cincelarlo con mayor una legitimidad que la suya.

A través del curso errático del lenguaje, Joyce aluza los rincones mentales en los que moran las lentes con las que presenciamos al mundo. La conclusión de la experiencia vital de Bloom es esta: al limitar las honduras de lo que observamos, nos limitamos también a nosotros mismos.

 

*

 

No hay cantidad de páginas que basten para abarcar Ulysses. Joyce, ese megalómano genial, murió con la seguridad de que a sus lectores y a sus críticos no les alcanzarían los años para terminar de escudriñar el sentido de los trazos finos de su obra.

Es vieja la idea de que las novelas con grandes ambiciones estéticas y de extensión (llamadas maximalistas de un tiempo para acá) están tramadas como catedrales: buscan imitar la grandeza inasible de Dios. Uno no puede más que pararse debajo de sus arcos y sus ventanales sin saber dónde posar los ojos. La saturación, la presencia desbordada, es el trámite obligatorio al absoluto.

Ulysses es la muestra de que el infinito cabe en una historia.


Autores
Nació el 16 de octubre de 2000, en Guadalajara. Es narrador, ensayista y divulgador científico. Ha sido ganador de los concursos “Creadores Literarios FIL Joven” (en las categorías de cuento y microcuento), “Luvina Joven” (en las categorías de cuento y ensayo) y del Premio Nacional de Ensayo Carlos Fuentes, que otorga la Universidad Veracruzana. Algunos de sus textos han sido publicados en las revistas Luvina, Punto de Partida, Pirocromo, Vaivén, Catálisis y GATA QUE LADRA.
Mezquitic, Tego Calderon singing at the laredo coliseum, 15 November 2015

1.

En lo que a mí concierne el reggaetón desdibuja fronteras, traza un nuevo mapa. Me gusta pensar que el reggaetón es el saldo de una deuda histórica y que el perreo es la nueva punta del continente en ese futuro que se siente tan cercano cuando bailamos. Si lo pienso con detenimiento, el perreo es promesa. Entre nosotros, con todas las demás. Conozcamos al otro y a la otra o no, perrear nos hermana en el tiempo y en este espacio. Y si acepto todo esto como parte de un manifiesto, el perreo también es imaginación sobre una hoja en blanco que después se convierte en declaración de independencia.

 

2.

No tengo manera alguna de probarlo, pero Tego Calderón —que nació en Saturce, Puerto Rico el 1 de febrero de 1972— de cierta forma sabía que estaba transformando un mundo propio en el preciso instante que se plantó frente a un micrófono y con una voz rasposa, divertida de sí, entonó versos como mi propio estilo, no te sale por mas que lo ensayas. Era el año 2002.

Dicen que su familia era fanática de Ismael Rivera, un cantante puertorriqueño de salsa al que llamaban “El Sonero Mayor”; que asistió a la Escuela Libre de Música de Puerto Rico, lo que adelantaba a medias el futuro que se mostraba ante él; que él nunca se pensó como reggaetonero —al menos no al principio—, sino como alguien que rapeaba en español. Todo ello pudo influir en el gusto e interés que tiene Tego por la música de su tierra natal. Pero también pudo haberlo hecho crecer en Miami y haber formado una banda de rock, como quienes se confían adolescentes incorregibles.

Hay mucho de ritmo caribeño en la música que, inevitable, iba a confirmar a Tego Calderón como uno de los reggaetoneros clásicos, a los que una siempre vuelve veinte años después. Sin embargo, hay algo de evolución en el proceso de crear reggaetón. En su versión de La Muralla, por ejemplo, se hacen notar claras referencias a distintos estilos: metal, rock y salsa. Nada musical le es ajeno, sobre todo, nunca como algo definitivo.

Quienes estuvieron antes de Tego Calderón siguen estando ahí, no como recuerdos de los que se gastan conforme la memoria los repasa, sino como presencias fantasmagóricas que nunca se terminan de ir por completo. Hace dos décadas, El Abayarde, su primera producción discográfica, estableció un récord en ventas (cincuenta mil copias vendidas en su lanzamiento es un número generoso; las trescientas mil copias que terminó despachando, una modestia aparte); decir que fue una revolución es probable que no alcance las dimensiones que merece. Es más honesto aceptar los efectos que tuvo para las clasificaciones, ahora insuficientes, que pretendían encerrar en una caja a todo lo que fuera distinto o diverso. El Abayarde fue la llave que le abría la puerta a todes y les daba la bienvenida a este nuevo orden mundial.

Tego Calderón se hizo mientras diseñaba un sistema solar a su semejanza: latinoamericano, marginal, puertorriqueño, boricua, negro. No tiene que ser perfecto, pero tiene que ser real.

 

3.

Quien perrea lo hace sin el compromiso de establecer un vínculo político con el mundo y, sin embargo, lo hace. Porque en un mundo tan desolador, violento y cruel, en el que un baile no es más que un baile, cuando hay razones para no dejar de moverse como para reafirmar la existencia propia, desaparecen los sinsentidos que nos rodean.

 

4.

En 2003 Tego Calderón se presentó por primera vez en el Madison Square de Nueva York y fue el principio de una carrera llena de colaboraciones con artistas de la talla de Cypress Hill, Usher y Akon. Fue también el inicio de una expansión que sigue, que no ha parado y que difícilmente se detenga. Ya no solo son los mundos que conformaron aquel sistema solar de Tego, sino un cosmos completo cuyos destellos y explosiones ya no se podían no voltear a ver.

A Calderón le siguieron muchos como Héctor El Father, Daddy Yankee, Wisin & Yandel, Zion & Lennox o Bad Bunny, quienes sabían —como lo supo él en su debido momento— que ya no estarían sobreviviendo en el mercado, resistiendo a la blanquitud universal y al capital, sino entregándose por completo a seguir haciendo lo que resignifica su propia existencia y la de quienes sentimos en el reggaetón una forma de entender el mundo heterogéneo que nos rodea.


Autores
(Ciudad de México, 1994) es editora y ensayista. Fue becaria del FONCA en ensayo creativo en 2022 y ha publicado textos en la Revista de la Universidad, Este Paísy Tierra Adentro.