Hubo muchas cosas que no entendí de Interstellar (Nolan, 2014), pero la que más me molestó fue cuando Cooper, en la escena del teserac, habla todo el tiempo.
Son ya siete años desde que un colectivo desfachatado radicado en Buenos Aires decidiera darle una vuelta total a distintos ritmos urbanos y catapultarlos hacia el futuro.
Esta columna se llama De teatro y cosas peores por una razón: lo que pasa antes de que haya teatro y después de que lo hay es —en muchos casos— algo parecido a lo que sucede en las peores tragedias, y más en las shakespereanas donde todos acaban muertos, enojados, frustrados, locos… será que hemos leído tantas obras de este tipo que ya sabemos cómo acaba el héroe y nos las repetimos sin cesar.
El actor da media vuelta y el público descubre el corte en el pantalón, un rectángulo de tamaño suficiente para que en las últimas filas también vean las nalgas peludas.