Para Margarita, Tikitzi Madre; Mundo, Claudia y Javier:
Mis cuatro puntos cardinales.
«Se había metido entre las rocas del Cuervo y ahora se encontraba exhausta en medio de aquellos peñascos. El Cuervo estaba conectado con tierra firme mediante un muelle natural muy largo formado por piedras resbaladizas. Trató de regresar a casa por aquel camino. ¿Seguiría él allí? En casa. ¡Menuda casa! Cuatro idiotas y un cadáver. Tenía que regresar y explicarlo todo. Cualquiera lo entendería…»
Cualquiera que no fuera idiota. Pero al parecer, la bahía de Fougère guardaba dentro de sí al abismo precisamente porque, al final de todas las noches, las de la Tierra y las de los hombres, removía su lengua marina para tragarse los desechos que caían sobre ella desde el acantilado conectado con aquella ciudad, tan llena de ojos, de palabras cubiertas de espuma rabiosa y estólidas babas, de manos que todo lo pueden, menos levantar una plegaria de misericordia para aquella mujer escondida en la boca marina de Ploumar, anegada entre sus pensamientos, rodeada de arena y el olor inquisitivo de un índigo acuoso que le traía noticias de su falda empapada, una madre que dio de beber esa misma noche a sus peones el agua etílica que a todos los miserables redime por un rato, pero que fue incapaz de bendecir a su propia hija, rezos disparados hacia la cúpula de una iglesia imperturbable, obstaculizando siempre la correspondencia que debería haber entre dios y sus hombres afligidos: sus rezos de mujer desamparada fueron lanzados como flechas, la iglesia nunca le permitió vislumbrar en el cielo una estrella dónde fijarlos. Y ahora que estaba ahí, tan dueña de sí y al mismo tiempo tan a merced de la bahía, las tenía todas, todas, encima de ella, de sus recuerdos, de los elementos que la rodeaban, de los cuerpos que la tocaban y le dejaban rastros de sal y lodo, de los cuerpos que la habían tocado sin reconocerla y ahora no la echaban de menos en casa, del cuerpo tibio recién mudado al éter, donde continuaba su letanía contra ella, la mujer que parió cuatro idiotas en medio de una ciudad idiota. De las memorias, las divinas y las terrenas, que dan cuenta de los infiernos y del paraíso…
Susan camina por los bordes de sus ecos, camina lentamente hasta llegar al margen de la bahía y, como sin temer el encuentro con la nada, como si ya estuviera habituada a tener en sus manos y su mente la idea del fin de los mundos, sus límites físicos, sus latidos exangües, continúa caminando hasta llegar al margen de la hoja. Abre sus brazos como si en mí hubiera visto la barquita luminosa que alguna vez su padre le contó existía en los mares buenos, los realmente dulces (no como éste), que se llevaba a marineros y sirenas de buen corazón, jamás amados, siempre emitiendo amor devocional a las aguas. Porque el mar es un amante protector si se le considera hombre, y una madre aguerrida si se la describe como mujer. Acaba de mirarme. Son las doce y veinticuatro de la noche y ella gira sobre su propio eje. Susan se detiene frente a mí. Sus ojos son de un castaño triste, como el recuerdo de las grandes glorias olvidadas de una Francia imperialista que dejó en sus vestidos el rastro de un mundo mejor, de tazas de porcelana y espejos ovales donde pudiera tomar y embellecer su propia vida…
—En verdad a ti te estaba esperando. He esperado todos estos años, Joseph no me permitió explicar nada, no hubo tiempo en realidad. Su barco partía. Era su luna de miel, creo… ¡Y Jessie estaba tan maravillosamente iluminada, como reverberando las palabras de amor desde la alcoba modesta instalada en su piel de durazno!… Las lunas de miel son lo único bueno que las mujeres como yo (¿alguna vez tú te has desposado?) llevan entre los pliegues de la falda y los ojos, cuando nos volvemos un poco ajadas, digamos rayando la treintena. Por eso nunca le reclamé nada… Es que en verdad no hubo tiempo, insisto. Yo sé cómo ha de terminar todo, bien que lo sé. Pero al menos quiero ser yo la que explique los sonidos que me fijaban el alma con alfileres de cristal que se fueron volviendo vetas de hierro en mi propia cueva, donde antes habitaba un corazón desbordante de alegría… ¿me dejarías contar, al fin, después de ciento diez años, lo que esa noche debía explicarle a los idiotas?
Tomé la hoja a medio escribir como asiento y me dispuse a oír la sinfonía. Porque al parecer esta noche no nada más sería Susan la que hablara. Yo, que tengo buen oído, los oigo venir, los oigo apostarse en mi casa a la espera de su turno. Dicen que en este siglo lo único que quedan son fragmentos sin sentido, bellísimos, llenos de una ternura horrorizada y mutilada que suplican a nuestros ojos, a nuestros labios, a nuestros oídos y a nuestras lenguas reunirlas para regresarles la vida escindida, aunque sea por instantes. A mí me gusta pensar que los fragmentos vienen a nosotros en busca del concierto perdido, de una ópera magnífica que nos viene a devolver la canción olvidada, el paraíso mutilado. Susan volvió a hacerme señas. Yo atendí a su llamado:
—¿Qué es lo que escuchas? ¿Podrías dejarlo como música de fondo, por favor?
A la fragilidad que se mueve aún con estoicismo jamás se le niega algo.
Las olas del mar. Su sonido envuelve cualquier objeto, cualquier causa, cualquier mirada. Incluso los tiempos. Miren. El agua viene por mí, acaricia mis tobillos hinchados, ceñidos por las cintas de mis botines negros de suela gastada con los que he caminado los mismos pasos hacia atrás y hacia adelante, día tras día. Porque para aguantar el trote de una casa, de quienes la llenan de su propio aire, hay que llenarse de cierto sentido del equilibrio. Yo lo hallé en el mecanismo de andar y desandar. Andar por las frutas de estación para hacer las conservas que guarezcan nuestras vidas del tedio inodoro del invierno, desandar el trayecto de la cocina hacia el pozo de agua para lavar las ollas, las cucharas, los frascos y hasta las lágrimas que impiden el correcto girar de las tapas que cierran a aquéllos, pues una lágrima es, a fin de cuentas, una gota de agua divina que se ensució en el trayecto del ojo de regreso a su propio dios; luego entonces, las lágrimas tienen derecho a ser retiradas con nueva agua, limpia, para que dejen de vivir en el umbral de la pena… Andar y desandar. Andar por la casa, levantando una y otra vez las cosas de colores tiernos, elaborados en madera talada en primavera lejana, con las que mis cuatro hijos balbucean el nombre del mundo. No puedo decir con certeza si es el mundo que mis ojos les transmite cada que los levanto por las mañanas y al momento de llevarlos a acostar, o si será el apartado mundo de su padre, que siempre levanta el sol para su propio encierro entre paredes de aire abrasador y arena infértil y se duerme cuando no hay ni una promesa para conciliar el sueño de un país, una casa, un nuevo amor con cuatro hijos llenos de virtud y juguetes construidos con madera talada en nueva primavera, porque la otra ya se está cansando de repetir que las cosas irán bien, como el trenecito chuchú que pasa todos los días a las cinco, cuando madre en desgracia, yo, paro mis labores y juego con los cuatro —aunque en verdad juego para mí— a traer desde el otro lado del mundo nuevos perfumes, esencias, elixires, sustancias vaporosas que toquen mágicamente las almas de mis cuatro frutos y los haga reírse con el tiempo acumulado en sus mejillitas rojizas de sol más que de frenesí. Desandar el trayecto de la misa y su atrio lleno de fieles de memoria chata, siempre con la bendición asentada en sus estómagos y tan digerida por sus corazones; desandar sus miradas de soslayo, sus manos ocupadas por libritos de oraciones y vigorosas piedras de fuego enviadas hasta mi posición de hija desconocida del Padre, hermana olvidada del Hijo y siempre niña a consolar por el Espíritu Santo. Las olas del mar. Su sonido mece mis recuerdos. Ahora que intenta arrastrarme hacia su seno, yo siento cómo me voy hacia atrás en los tiempos. Sí, ya voy siendo dirigida hacia atrás, lavada de cuerpo pretérito. Las olas del mar…
Cuando las oí por primera vez, quiero decir, con toda la quietud atenta que merecen estas señoras, entendí que nunca me dejarían. Tendría unos cinco años, mis padres me trajeron a mirar desde el acantilado la bahía de Fougère para admirar un amanecer de verano pleno. Era junio y era domingo, y las olas repetían incesantemente que el destino de quienes nacemos playa adentro o playa afuera, es el de guiarnos por el sonido de las aguas. Como los ciegos en ciudad firme que son guiados por los ruidos de las máquinas, el vértigo y las reglas de tránsito. Esa mañana traté de oír bien lo que decían. Era fiesta, me auguraba una fiesta. Como a todas las niñas que desean crecer y ser felices con un hombre apuesto, su propio príncipe, no importa el tono de azul con el que vengan envueltos sus modos, sus miradas, sus caricias, sus tierras. Aquí, nosotras aprendemos a amar al azul porque sí, porque es una extensión del cielo y nos hace entender desde muy jóvenes que estamos inextricablemente unidas a los tonos del cielomar, desde su plomizo gris azulado hasta su turquesa juvenil, nunca demasiado verde como para alentar al regocijo abierto y desmesurado de la vida, pero sí lo suficientemente feliz y acentuado como para decirnos que las épocas se suceden siempre sin permiso de una y con el tiempo a favor tan sólo del mismo tiempo.
El ritmo festivo de las aguas de la bahía me siguió silenciosamente en mi juventud, cuando aprendí a rezar y a cocinar lo que la tierra daba: papas, carnes del grosor de la fortuna de los años, duraznos… Me llevé el sonido de las olas en fiesta hasta París y las instalé en la repisa de la recámara que mi familia adoptiva, también bretona, me entregó como garantía de comodidad y buen futuro: “Aquí hallarás al hombre que estará a la altura de tu belleza, de tus sueños, de tu piedad”, me decían. Pero yo no hacía otra cosa más que esperar a que la rueca dejara de girar siempre tan deseosa de vida y de pequeñas aventuras, propias de una señorita que conoce la felicidad en medio del recato, el decoro y los buenos pensamientos. Yo quería que la rueca soltara su hilo, el mío, y me trajera de vuelta a las olas del mar adyacente al pueblo de Ploumar, donde todo envejece a la hora correcta y no hace aspavientos para morir, donde la carne es sólo eso y sus condimentos están asegurados por la razón de las lluvias y no tanto de la riqueza de luces extranjeras que, aburridas de no atravesar calles grandiosas, terminan atravesando los arrecifes. La rueca paró, París se volvió una fotografía en sepia que guardo (guardaba, guardé, ya no recuerdo hasta cuándo ni en dónde) por si algún día la menor de los cuatro decide despertar y preguntarme qué es la vida, el amor o el destino. No es París ni sus fotografías. Son las olas del mar.
Imagino que yo llevaba en mis zapatos las olas del mar febril, del mar encantado de sí y de mí, joven, dispuesta a danzar sobre el camino que acompaña a personas y cosas hasta su destino, y el destino para mí era Ploumar, estas rocas recién lavadas en las que estoy recargada y que se transforman en catedrales cobijadas de agua cuando la marea respira a sus anchas. Sí, debió de ser así. Jean Pierre Bacadou, el hijo de la pareja terrateniente más rica del pueblo, condecorado con laminitas doradas provenientes de un sistema que desconocía a Dios y entregaba sus virtudes a la milicia, alto, blanquísimo, de barba rojiza y ojos exultantes de poder, se acercó a mí una tarde de primavera temprana, cuando las olas callaron repentinamente dejando al aire en completa libertad para traer y llevar los sonidos de los corazones de su gente, entre ellos, el de Jean Pierre y el mío. Tardó bastante tiempo, tres meses, en anunciarle a sus padres su intención de formar conmigo una familia y de reformar los trabajos a medio hacer que desnudaban sus tierras, mismas que deseó trabajar por sí mismo y adelantándose un poco a la natural inercia de la muerte y su herencia. Sus padres, viejos acaudalados, uno cansado y artrítico, la otra siempre metida con sus ayeres y sus dolencias en la cama, no veían la hora de que regresara su único hijo para que los sustituyera en la pesada labor de cuidar y entender la tierra. Porque ella, me decía Jean Pierre, resguarda celosamente bajo su faz de quietud el fuego con el que la materia vive, crece, se descompone y luego muere. La tierra, por tanto, era de temerse, luego de adorarse y hasta el final de agradecerse. Es mentira, decía él, que ella sirva a las plantas de nuestros pies y esté atenta a darnos pan y cobijo. Somos nosotros sus esclavos. Y mi hombre, con su barba rojiza, dejaba muy en claro que servía al fuego bajo la quietud de sus terrenos, que fueron anuncio de la continuidad de la ley de la vida, como decía su padre, y también fueron testigo y regalo de bodas el día más feliz del que se tenga recuerdo en Ploumar.
Jamás se volvió a oír en las tierras de los Bacadou una música tan ligera, de aire relleno de miel y flores de azahar, como se oyó el día de nuestra boda. Parecía que el mar había lavado los pies de cada uno de los invitados, la comarca entera, y les había dado instrucciones de danzar en pos de nosotros, los recién casados, los nuevos encargados de hacer crecer el abono que menguaba en el patio de la única entrada de la casa, de que las piezas de ganado verdaderamente fueran llamadas así, ganado, opulencia, dividendos para nutrir la tierra y por tanto, los cuerpos de quienes la poseían, aunque ya sabemos que la tierra no se esclaviza porque es ella quien elige a sus esclavos. Rum, rum, y el mar mecía jueguetonamente los brazos enfundados en las chaquetas cortas que hacían juego con las botas recién lustradas de los varones, quienes caminaban junto a sus mujeres ataviadas de negro con sus cofias blancas, pequeñas palomas que daban cuenta de la alegría universal contenida en el trayecto ondulante, detrás y afuera de las colinas, que hacían de dos en dos y formando una cinta negra cuya solemnidad sería cortada de cuajo al poco tiempo, cuando los platillos se sirvieran humeantes y reverberando noticias de opulencia, amor y ganas de festejar al ritmo del eco del gaitero enfebrecido que movía sus zuecos como cuando la tierra eleva su alegría en forma de hojas cobrizas enamoradas del viento; y permanecería ahí al menos un día más, cuando la naturaleza etílica del encantamiento desvaneciera sus efectos sobre los granjeros, incluyendo los más rectos y sobrios del lugar, que yacían dormidos en el camino a Tréguier.
Ese día preferí quedarme callada, la alegría es una alhaja frágil que debe resguardarse en el terciopelo del tedio amoroso, pues bien sabido es que la vida en par es tan sólo eso, un trozo de terciopelo acomodado en una cajita de cristal a la que de vez en cuando le es saludable entonarle música proveniente de lo mejor de nosotros, si no es ya del corazón, al menos, de su memoria. Dejé que las olas hablaran por mí a lo lejos, que entraran en la boca de mi suegra, tan enjuta y rubia, tan de ojos claros, como de nube que va anunciando su desembarque en los confines de su propio mundo. Era la novia revivida del sueño de la granja, la adorada esposa del hombre de dedos retorcidos, bastón lustrado y barba recién cortada, la hija del trigo que abrió sus espigas para concebir al orgullo de su marido, de su ama, la tierra, de su propia necesidad de enmarcar la presencia de su vientre, ahora inflamado, como algo valioso que resguardó la vida. Igual que la tierra envuelve con sus raíces los frutos, casi como por inercia, pero con orgullo fiero al fin. Sin embargo, las olas, bien que lo saben ellas, bien que lo supimos mi suegra y yo, son de corta experiencia. Nunca otra igual, jamás su espesor concentrando las mismas palabras, aunque sí las mismas voluntades. Son ellas las que deciden cuándo comienza un tiempo y cuándo fenece el anterior, y eligen, para delectación propia, las manos, los pies, las bocas que han de desplazarse según su ritmo.
Eso fue lo que pasó al día siguiente. Las olas saben la diferencia entre lo antiguo y lo nuevo, lo comprobado y lo comprobable, y gustan de iniciar, como el ciclo del agua, una y otra vez la obra del hogar. Mi suegra fue puesta, digámoslo así, en el ritmo pausado de las olas viejas que, una vez emprendida la cresta, reposan hasta densificarse y decidir volver al seno de las aguas todas, las primigenias, adonde sé que vamos todos, vivamos tierra adentro o en sus litorales. Poco a poco su voz se fue acompasando al silencio de las aguas en éxodo y un día me vi yo, completamente embarazada de críos y deberes, de amores y expectativas. Se esperaba de mí la vida, su curso lógico, su naturaleza triunfante, ahora que regresaba la primavera y limpiaba las ventanas otrora grasientas por donde mi suegro veía partir, minuto a minuto, los pasos agigantados con los que sembró una centena de veces la parte de tierra a la que estuvo vendido, y los pasos de la mujer ahora convertida en el viento salado que se instalaba en sus rodillas, impeliéndolo a esperar el llamado marítimo.
Jean Pierre tomó con natural entendimiento la sustitución de la fuerza femenina, su nuevo canto, sus flores frescas en el jarrón azul dejado en prenda por su madre, como garantía de que todos nos volvemos a ver, sin importar ya los años de silencio que median entre los que vencemos y por quienes seremos vencidos. Muy pronto incluso comprendió con inusitada alegría las leyes naturales, que dan hogar a los recién llegados en el mismo lugar donde ya no caben los otros, quienes son abrigados bajo la piel de cemento que protege la crisálida subterránea, que a su vez protege el sueño de quienes han de ser llamados a juicio… O por las cadenciosas aguas de un mar iluminado, como las que nos abrían los ojos a mi hombre y a mí los primeros días. Nos levantábamos con la sensación de estar circundados por una poderosa libertad, una especie de alas enormes colocadas en cada hombro del cuerpo indivisible que éramos, pues no hay pegamento mejor que la dicha. Dicen que también las penas, pero yo creo y sé que eso no es verdad. La pena no une, arrastra. Es la dicha, sí, la que une lo impensable y zanja lo temible.
El par de gemelos sembró en Jean Pierre, que a su vez sembraba los granos de la primera cosecha, la esperanza. Un par de varones, blancos, de ojos muy negros, que pronto, decía él, serían su fuerza mayor. Mi hombre, siempre hablando en términos de milicia, veía el asunto de la vida y su crecimiento natural como la escalada hacia la condecoración mayor, el respeto, la bienaventuranza, el prestigio y el valor. La consagración de la fuerza masculina traducida en los viajes que las semillas harían desde el interior de la tierra fogosa hasta su imperturbable valentía exterior. Tal como supongo que vibra la virtud en los militares. El día se nos escapaba, él en cuidar su patrimonio, comprendido por sus tierras y nosotros tres; yo, en platicar y divulgar la gracia con la que me veía favorecida, desde la cocina, junto a mis criadas, hasta el atrio, hipocentro de las oraciones y noticias, hasta su epicentro, el mercado: verdad del cielo que no hay mejor obsequio para una mujer que verse bienaventurada con casa, vestido y sustento, más si la casa se pierde en los límites de la vista y a su alrededor crecen las plantas que alimentan a hombres y animales, si el vestido proviene de las salidas de un joven esposo, satisfecho y feliz, a los pueblos que le recibían como el príncipe vasallo de sus propias tierras, y si el sustento estaba garantizado por la alegría de dos seres nuevos. A ninguna nos gusta ser llamadas desgraciadas. Yo podía afirmar que la desgracia no era vestimenta para mí. Las olas del mar sonaban igual que las sonajas de mis niños, y cada dos o tres noches traía a mí el baile de bodas que originó tanta embriaguez de noticias bellas, apenas dibujadas en lo alto de las convicciones. Algo así como la fe.
Pero algo pasó que las aguas marinas, en su ondular caprichoso, de pronto dejaron de mecerse a mi favor cuando los días transcurrieron y mis hijos ignoraban la manera de masticar sus alimentos y erraban toda forma de juego que para cualquier otro niño sería normal. Levantar sus pequeños brazos era casi igual a elevar un mineral, aunque suave por fuera. Nada de respuesta había en sus movimientos, ninguna noticia de correspondencia entre ellos y yo, o entre ellos y la vida. Al principio pensé que sería el efecto de su abuela muerta, que quizá rondaba por ahí y los tenía en una especie de trance inexplicable, no tanto porque el miedo sea difícil de expresar, sino porque a la edad de mis pequeños era bastante difícil emitir una oración completa que llevara consigo los elementos del horror que trae como compañero el pasmo. Pero luego su abuelo, ese hombre viejo y senil, empezó a clavarme alfileres pequeños en mis venas cada vez que se refería a ellos como “los idiotas”: “Les dije que era demasiado, demasiado. Les dije que acabarían con las tierras”. Jean Pierre me contó alguna noche sobre aquel suceso, pero ambos llegamos a la conclusión que las ideas de su padre tenían más que ver con la zozobra de perder la vida en un instante de remisión y renuncia más que con la llegada de dos seres nuevos, en apariencia inocuos. Y lo eran. Demasiado, como dijo aquel hombre de cabeza plateada. La tierra se acabaría no por ambición, sino por el estancamiento de la inteligencia, madre de toda evolución natural.
Yo me negaba a escucharlo. Pensaba que era una respuesta necia ante el olvido en el que se encontraba, pues no había criada ni poder humano que lo hiciera levantarse de su lugar frente a la chimenea, ya no para asearse un poco, sino para salir a ver el espectáculo de los pájaros negros volando sobre las cabezas de mis dos hijos. “Estás podrida, estás maldita”, susurraba cada tantos minutos, pero siempre que giraba mi cabeza para espetarlo surgía algo inesperado, la cocinera preguntándome sobre cuál especia añadir, los peones pidiendo vasos de agua, los hijos gimoteando como pequeñas bestias silvestres por su comida o por la hora del sueño. Era como si el mar le susurrara a mi suegro palabras ofensivas, quedas, incluso fáciles de esconder en el aire, como cuando esconde sus gotas de agua saladísima bajo la lengua y nos hace pensar que es saliva. El mar se ponía en mi contra, ya lo oía ponerse en guardia. En ese momento era mi suegro quien atacaba con su lengua de mar, pero, ¿cuánto tiempo habría de pasar hasta que el resto de la comarca dirigiera hacia mí esas figuras retorcidas, esas llamaradas de agua hirviendo que quemaban mi alegría?
El tiempo me dio la respuesta. Debía de ser así, los hijos, una vez estando en este mundo, son los primeros en marcar el curso de los días, tal y como lo hacen las terneras y los potrillos: el mundo, su verdadera y exacta medida, se cuenta no a través de calendarios sino a través de las mutaciones de alma y cuerpo de los seres recién echados a la tierra, como pasa cuando la primavera es aventada desde el intersticio del sol azul y la piel helada de los terrenos donde habrán de pasar otra vez los ríos y las flores. Mis hijos crecieron delatando su condición de idiotas. Su verdad poco a poco fue invadiendo su cuna, que apenas y servía para callar semejante vergüenza, y nada más al momento de dormir; se extendió por la casa, la granja, el atrio y el mercado, de donde regresó una noche mi esposo, cargado de dudas. Su pregunta fue hecha tan al aire, tan de relámpago, que mi interior lo único que pudo proporcionarle fue un gemido que resonó hasta en la pocilga de los cerdos, los mejores del lugar, pero cerdos al fin. Jean Pierre los miró de reojo, casi como amacizando la pena dentro del bocado de pan con mantequilla que intentaba envolver la penosa realidad: habíamos fallado, nuestros hijos eran idiotas.
No sin intentar el buen juicio, Jean Pierre mantuvo la esperanza en lo que él consideraba debía de ser el curso lógico de la naturaleza, “así no nos saldrán todos, habrá que consultar a alguien más, pueden venir otros tantos”. Y sí… supuse. Vino un tercer varón y, ante la posibilidad de caer en igual desgracia que la anterior, mi hombre decidió prevenirse y abrazar la religión tras escuchar las razonables palabras de mi laboriosa madre. Permitió la llegada de sacerdotes a la casa, hecho que anteriormente jamás habría ocurrido (un cuervo es un ave de mal agüero, y los sacerdotes eran cuervos para Jean Pierre), les dio de beber sidra, reconvino hasta llegar a la paz entre sus ideas republicanas y la espiritualidad, con la consecuente y favorable situación política para el Marqués de Chavanes, prefecto de la comarca, fiel creyente monárquico. Mi hombre estaba convencido de que esta vez, “mi dios” nos tendría de su mano con tantos sacrificios tendidos, entre ellos, el de dejar por un buen tiempo la intención de instaurar una república donde siempre se había creído en la potestad divina.
Pero al llegar a la cuna donde dormía el recién llegado, su ánimo le hizo sacar a flote la fragmentaria porción de duda que le queda a cualquier hombre con su formación. Entrecerró los labios, como masticando una hoja de oro que le llenaba el rostro de una palidez estoica, y pudo verter sólo un poco de la esperanza acumulada. Esa noche no, el tiempo lo diría. Y dijo que el tercero también naciera idiota. Su abuelo lo supo de inmediato, cuando lo puso en sus rodillas flacas y artríticas en posición de jinete. Las rodillas eran el caballito, su lengua senil, el chasquido que alienta el paso. Pero mi tercer hijo no quiso montar nada, ni las rodillas de mi suegro ni el sueño de su padre, claramente avasallado por la circunstancia. Fijó sus ojitos negros en la esquina oculta del abismo, el mismo lugar adonde iban a dar las miradas de sus hermanos. Aquella noche pude entender que el mar se ensañaba en mi contra, cargando amargura en su vaivén, la misma que viene esta noche a visitarme, arrastrando mis tobillos hinchados hacia lo más doloroso de mis recuerdos. ¿Acaso debo decir que mi pena alcanzó un cuarto hijo más, y que no contenta con ello, también le dio el infortunio de nacer hembra?
…Vamos, aguas, no se queden quietas. Bien saben lo que digo. Ni ustedes, ni la pila bautismal, ni mi madre haciéndola de madrina de mi única hija, la menor, pueden ocultar el agravio del cielo al haberla hecho nacer tan idiota como los otros tres. ¿Para qué se calman, qué escozor buscan de mí eludir? ¿El haber nacido podrida por dentro, o el estar aquí, al borde del llanto, porque debo explicar cómo es que terminé rodeada de ustedes, olas ingratas, cuando debería estar rodeada de una casa, su hogar, su lecho, sus hijos virtuosos, su leche tibia, sus estrellas de bolsillo para ir a la pesca de algas y de historias confiadas por su progenitor? ¿O es que acaso hoy intentan anegarme para ahogar la verdad de su dolosa intención al moverse propiciando el escarnio para las mujeres futuras que sueñen con tener lo que el destino jamás les ha deparado? ¡Contesten! No me voy de aquí hasta no escucharlas… ¡Ah, ahí las tienen: tan mustias y densas. Tan crecidamente silenciosas!…
Pues sí, lo que ocurrió después es fácil de adivinar. Jean Pierre estaba herido de humillación no una, sino tres veces: por haber recibido de su mujer cuatro hijos idiotas, por haber creído en un dios que en nada le ayudó, muy a pesar de sus esfuerzos por no condenar a quienes transmiten su palabra, y por tener que mirarse, solitario, sin hijos verdaderos, heredando sus tierras a parientes lejanos. En vano maldijo día y hora a propios y ajenos, entre los que estábamos su familia, amigos y comerciantes. Más en vano resultó aún su decisión de provocar a Dios aquella noche, en la que, ebrio de dolor y de alcohol, bajó torpemente de la carreta para ir a blasfemar directamente en el atrio de la iglesia, junto al cementerio. En vano le resultó golpearme después y dejarme ovillada, arrinconada de rencor ante sus palabras espurias, como de espuma pasada, podrida, llena de melancolía por el rumor feliz de las olas que me habían abandonado. Yo, la novia feliz que viajaba radiante, trotando de un lado a otro en la carreta seguida por una procesión de hombres y mujeres engalanados para mi boda, ahora era una estatua dedicada a alimentar cuatro bocas sin conocimiento de verdad alguna, más la boca senil que en sus momentos de lucidez su ira escupía contra mi pelo, más la boca que me amó hace no mucho y ahora me echaba en cara estar maldita. En vano mi hombre hizo tanta ofensa, en vano yo recé tanto. El mar, que siempre todo lo ve y todo lo lleva y lo trae de regreso en sus pliegues de agua, anunciaba estrepitosamente el futuro estallamiento de nuestro proyecto en coágulos, piedras rodando, multiplicándose a mi lado, acompañándome en la caída. Les transmitía su inquietud a los pájaros de medianoche que cesaron de cantar, a los perros adormilados que comenzaron a ladrar hasta el cansancio, a los árboles que desnudaron sus ramas en cada reverberación de sus aguas impregnadas de ira, tristeza y miedo.
En vano. Todo fue en vano. Igual que el vaivén de esta noche, estúpidas olas cuya locura todo me ha traído. Eso… soy oídos a la locura de las olas que ponen delante de mí su fiesta ilusoria, su pasmo, su muerte, igualmente ilusoria. Eso…
Yo soy Susan, hija de los Levaille, adscrita al latifundio de los Bacadeau, y recientemente (hará no más de una hora), asesina de mi marido. Tal vez lo hice por evitarle a la naturaleza el tener que entregarme un quinto hijo en desgracia. Tal vez, porque esta noche no quería ser buscada por su cuerpo, sediento de herederos sanos más que de mi propio cuerpo, aún tibio, aún con ganas de sentir el roce de la flama que alimenta a la tierra por dentro y a las aguas cuando se agolpan en la arena, a veces fría, a veces con rastros de sol, pero siempre húmeda, expectante de nuevas caricias, también húmedas, también de agua hirviendo. Tal vez, porque en el fondo mi piel dejó su condición de armadillo y de pronto sintió la brasa hiriente de los golpes de Jean Pierre, su mano siempre extendida, lista para dejar su impronta en mi cabeza, en mis muslos, en mi espalda, en mis senos, donde fuera. Lista para imponer la herradura ardiente de su nombre… Lo cierto es que estaba harta de ser llamada “La madre de los idiotas”. Soy Susan, otrora propiedad de Jean Pierre Bacadeau y maldita. Maldita Susan Bacadeau, maldita madre de útero no inteligente, de útero idiota, fábrica de hijos muertos de toda ilusión, intrusa en la casa de los ancianos Bacadeau, hija de mujer terrateniente con algo de gitana, que no pernocta más de dos noches en una misma casa porque prefiere probar, una y otra vez, las posadas y los hostales dispuestos a lo largo del camino a Tréguier y en el propio Ploumar, pero que en el día está presta tanto para sus rezos en las iglesias como para los contratos comerciales en las calles, señora del granito y las papas, de la casa en medio de las aguas turbias, convertida en la cantina donde los peones llegan a beber el alcohol que les permite seguir aguantándola como capataz, la misma casa que esta noche no se habría quedado vacía de hombres cansados, instintivos cual animales en celo, tramposos y abandonados a la suerte del vacío y la miseria que ronda sus vidas, de no ser porque yo, Susan de nadie, llegué empapada y llena de lodo, con mi historia contenida en el sonido que agolpaba el acantilado. El de las olas del mar. Soy la hija de la señora Levaille, tres velas apagadas con premura al interior de la casa impostada en cantina, su sombrilla y rezos torpes tropezándose conmigo en la oscuridad, tan llena de maldiciones maternas como las que jamás fui capaz de proferirles a mis cuatro frutos malogrados. Que ojalá hubiera muerto de niña, que ojalá nunca hubiera crecido con esto a mis espaldas. Oh, mujer malvada, qué será de ti en la otra vida, porque vendrán por tu cabeza, te llevarán a la muerte obligada y a mí, a la censura y la humillación. Cuatro hijos idiotas es un factor menos trágico que lo que se le viene encima a ella, mi madre de rezos y papas y peones embrutecidos, mi madre recién anunciada a su condición de señalada y censurada. Soy Susan Sintecho, dice mi madre que ya no hay refugio para mí en ninguna parte, yo, la mujer de manos de tijera que de una sola embestida degolló a su hombre. Lo dudé hasta que el rezo por la misericordia se negó a venir hasta mí y rebotó en un manotazo que me hizo hundir los ojos en mi nariz y cruzar la imagen de lo bueno y claro con lo oscuro e incierto, como seguramente deben de sentir sus ojos mis cuatro retoños embrutecidos. Lo dudé nuevamente tan sólo en función del tiempo anegado entre las cosas buenas que vivimos él y yo y la tragedia vestida de rutina brutal. Lo realicé de una sola ejecución, certera, precisa, como escribiéndole en su cuello desnudo la firma de la mujer que nunca soñó con la espuma agria del mar, ni con su viento helado y su sombra negra, lunar monstruoso, núcleo de un ser acuoso, inmisericorde, que espera silenciosamente por los residuos de nuestras almas caídas. Inscribí con esas tijeras la firma de una mujer que nunca consideró ni contempló la desgracia aquellas noches de niñez en las que puse todo mi ser en el altar de la ilusión a la que todas tenemos derecho a reverenciar, pero ya se ve que muy pocas logran mantenerse de rodillas, en plena reverencia y gratitud.
No me dirán ustedes, las olas, que mis palabras están ataviadas de mentiras u omisiones. No podrán persuadirme de rendir mis palmas y decir que yo también embrutecí, a fuerza del trato diario con cuatro almas que sabrá Dios dónde han de tener su fe y el conocimiento de su creador, porque dudo que Dios lo haya hecho, a menos que conmigo él haya despertado de cuatro espantosas noches, purificando su horror a través del mío. Mañana es mi día. Mañana, sí, mañana te diré a ti, señor prefecto, señor cura, madre, suegro, ciudad en perpetua y artificial gracia, la verdad que quema los ojos y escalda la lengua: ustedes no son menos execrables que yo, y yo no soy la única mujer que ha parido idiotas. De ser así, ¿por qué estoy parada aquí y padezco de la bruma salada? ¿Qué vienen a decirme entonces ustedes, las olas, si ya todo está dicho?
—¡Pobre loca, te cortarán el cuello!
¿Eh, de dónde vienen esos rumores? ¡Oh, espeluznantes, detestables olas! Ya sabía yo que juntarían el cúmulo de voces infernales que arrastra mi alma…
—¿Por qué lo has hecho?
No, mamá, aquí ya no hay reclamo que valga. Somos las olas y yo… Y ya sabes por qué lo hice.
—¡Mujer malvada, te has convertido en mi desgracia…!
¡Y ustedes en la mía! ¿Lo oyen? ¡Malditas aguas, estúpidas voces que me abandonan y ahora me ensordecen!
¡Aaagh, tú y tus ruidos, mar. Siempre tú y tus voces…!
—Debiste haber pujado más al momento de tenerlos, deleznable nuera.
—Debiste pensar que mis olas no te auguraban una fiesta. ¿Cómo pudiste ser tan tonta, Susan? Yo te auguraba la violencia de estos tiempos. Nunca otros. Nunca esos otros en realidad lo fueron.
Adelante, atrás, vaivén loco, no lo oiré… El ritmo, su ritmo, son sólo eso, ritmos. Las olas juegan, las olas mojan. Las olas no hablan, apenas si ahogan. Pero esta noche no. Que me ahoguen mañana, yo tengo que salir de aquí.
—Cabeza de trigo. Yo pepino cabeza. Él cuello de listón rojo humedecido. Los cubos de colores saltan al paso de calcetines de queso, nena llora en silencio.
—Cielo de cristal, señor de barba de calabaza atraviesa lo.
Mis hijos no hablan, olas. ¿Acaso me creen también idiota?
—Transparente señor. Cabeza chata, lo no mismo poder haces.
¡Alto, ya!
—Oye, ten más cuidado al caer, podrías rompernos. ¿Quieres que te escoltemos varias de nosotras? ¡Haberlo dicho! ¡Chicas, rueden un poco más rápido detrás y a los costados de ella!
¡Basta, piedras, deténganse…! El Cuervo… valiente coincidencia. He estado rodeada de cuervos la última parte de mi vida. Ninguno me ha llevado sobre sus alas. ¿Podrá este cuervo sacarme de aquí? ¡El muelle, Susan, alcánzalo, deslízate! Mañana, hoy no…
—¡Susan, te vas a caer!
Tengo que volver a casa. Tengo que explicarlo todo…
—Si hasta tu madre lo sabe…
—¡Susan, te vas a acabar matando!
—¿Tienes sed? ¡Toma: toda esta agua ya no me sirve: bébetela…! Anda, corre hacia el Cuervo. ¡Cruuaac, cruuuaac! Oye cómo te llaman las piedras resbaladizas de su muelle. Corre otro poquito, quizá…
—Mich calchetines ya no huelen a quecho. Huelen como a hierro… El picho echtá mojado. Shuchan, ¿qué demonoch pacha aquí y por qué no shento mis dentech?
—Popó acariciando paredes, vuela cara nena hacia ella. Plátano…
¡Aggh, esas voces! ¿Podrían callarse en lo que llego al muelle?
—¿Adónde dices que vas?
¡Eh! ¡Te estás pasando con tus bromas, mar enloquecido!
—El mar no dice nada, Susan. Se la ha pasado oyéndote, igual que yo. El mar no habla, pobre Susan, debes estar cansada… o loca. Pero el mar, ese no. ¿Dime, adónde crees que vas? Ven aquí, Susan.
¿Quién eres?
—Yo.
¡Vete, vete si no quieres que te mate otra vez! ¡Anda ya, lárgate! ¡Vete, vete si no quieres que te mate otra vez!
Desperté con esos alaridos. Los oí unas tres o diez veces, no lo sé. Lo cierto es que había amanecido. Un día nublado, inspirador para mi cefalea, como si de alguna manera Susan hubiera agarrado un pincel mojado en tinta marina, de un gris azulado y espeso, y se pusiera a dar de pinceladas aquí y allá. El cielo estaba turbio. Nauseabundo. Jamás había visto al vértigo girar en el cielo. Podrá lanzarnos pedazos de vértigo, pero el cielo mismo serlo…
Apenas inspeccionaba la hoja, llena de los alegatos de Susan, escritos con una caligrafía navegante, en ratos escurridiza, en otras apeñuscada, como supongo que estarían los huesos de sus extremidades tratando de fijarse en las rocas para no caer a esas malditas aguas, de una tinta cuyo color vacilaba entre el índigo y el violeta, como de una piel amoratada a causa del galopar marino de una especie monstruosa de caballo gigante, tratando de ahogar a alguien más para no ser ahogado él, cuando escuché pasos ajenos. Eran pasos bamboleantes, como de un ebrio o de alguien cuyos pensamientos traspasaron el umbral de lo ilógico, lo fuera de sí. Lo idiota.
Era un hombre. Alto, guapo. Sus huesos emprendían un paso insolente, pagado de sí, para transportar el espíritu idéntico de su dueño, quien, no obstante su osadía, guardaba, a inmediación de los bolsillos de su chaqueta ocupada por sus puños cerrados y en la mirada, la cantidad de abandono, frustración y humillación que a cualquiera otro le habría servido para apelar por un mínimo de misericordia ante los dioses para menguar los asuntos de su vida. Pero no era así. He visto a hombres que, sin ser pintores, mezclan orgullo e impiedad con la tristeza no propia, sino del planeta entero, para clamar después por un puño de misericordia hasta volverse un pequeño huracán autodestructor. Pero jamás había visto a uno que mezclara la insolencia con la abnegación. Daba miedo, más que lástima, y sin embargo, al acercarse al margen de la hoja, me pareció ver en sus ojos la medida de los justos que exigen un poco piedad antes de ser condenados a muerte. Me crispé de cerebro entero, más que de las manos, que trataron de impedirle el paso. La insolencia, otra vez…
Con su paso pendular se adentró a la hoja y se instaló sobre el acantilado. Cómo llegó tan fácilmente ahí, no lo sé, pareciera que lo conocía de toda la vida. Pareciera como si en verdad hubiera estado bordeando el universo, y por lo tanto, era diestro funámbulo todoterreno: caminaba con tal seguridad y confianza por los bordes del acantilado, unido en sus formas grises con las del cielo —ahora sé de dónde viene tanta espesura instalada afuera de mi casa—, que nadie podría dudar que era la nueva versión de El Principito, pero más triste, mucho más trágico, mucho más… en fin.
No le pregunté su nombre. Imaginé quién sería. Lo que no entiendo es cómo fue que llegó hasta aquí, tan entero, y cómo de repente Susan había desaparecido, dejándonos (al hombre y a mí) un eco aterrador, agobiante. Ni tiempo me dio de responderme tantas preguntas: de pronto lo vi arrancar la última hoja de la partitura de la danza no. VII de la obra “The upper room” de Philip Glass, limpiarse con ella la barba apestosa a alcohol fermentado, preguntar por qué dejé esa cancioncilla enervante y marica toda la estúpida noche, sacar de su cabeza un papel en blanco, donde pude ver los vagos apuntes de la obertura de la obra no. 49 de Tchaikovsky. Ya lo sabía yo, El Principito Militarizado se siente más a gusto en un lugar común, digamos que entre cañonazos. En verdad me dolía la cabeza como para escribirle algo cáustico o acusador, y para hacerle honor a mi franqueza, el tipo en verdad se sentía desposeído de todo, menos del desasosiego. Jamás pensé que diría esta frase, pero “por piedad cristiana”, lo dejé adueñarse de la hoja…
¡Vete, vete si no quieres que te mate otra vez! ¡Anda ya, lárgate! ¡Vete, vete si no quieres que te mate otra vez!
¡Sshh! ¡Sshhaa! ¡Brrush! Ya, ya, señora dueña, adueñars… Cañonazos, buaaajaja… Coñazo de mujer… Piedad cretina o cristiana. ¿Todo en orden con mi pretina? Demasiado todo en orden, jajaja. Cerca, lejos, cerca, lejos. ¡Oh, esto es tan divertido: alguitas, alguitas de mar! ¿Quién es la más maldita? ¡Díganme con quién estoy! ¿Alguitas, alguitas: siguen ahí? Aaalguiiitaaas. Naaalguiiitaaas… Jejeje. Cerca, lejos, cerca, lejos… ¡Mírenme: soy la lupa del mundo! Puedo verlas, aguas tenebrosas, aguas pardas, aguas palurdas, dentro de ustedes no tienen ni una pizca de gracia. No, no hay vida dentro de ustedes. Igual que en este asqueroso piso granulado. ¡Estúpida arena, sólo serviste para hacerles castillos a los niños! Uy, sí, castillos, grandes, hermosos castillos. Yo era dueño del mejor, ¿lo recuerdan? Bah, qué se van a acordar, si ya no son las mismas arenas. No, ustedes huelen a orines… no, esperen… ¡Soy yo el que huele así! Mmmmh, vengan, arenas, olfateen mi trasero, ¡allez y olfated! Entonemos un himno a la gloriosa orina, una, dos, veinte: Allons enfants de la putette, le jour d’urine est arrivé! ¡Son increíbles! Las amo, las amo a todas ustedes, perrillas sin dueño. ¿Acaso ustedes me quieren a mí? ¿Sí? ¿Y me darían un vástago igual de fuerte que yo? ¿Tan apuesto, gallardo y simpático que yo? ¡Mah! Me conformo conque sea listo, el muy pilluelo…
Pará-papápa-papapá-pa-pá Pará-papápa-papá-pá Parrarará Papá Papá Papá… Papá. Nunca me dirán así los míos. Mis hijos idiotas. Nacieron primero dos y ¡pum! Derechazo a mi orgullo. Yo, Jean Pierre Bacadeau, ilustre príncipe vasallo de las mejores tierras asentadas en Ploumar, había engendrado dos pares de manos torpes. Pará-pará-parapa-papa-pá… Pá… Se me quedaron bajo la lengua las cenizas del nombre que yo tenía derecho a recibir cuando nació el tercero. Otro idiota. ¡Por los cristos del clavo! ¿O cómo es? Bueeno, la cosa es que pas enfants, quiero decir, buenos hijos. Porque de que los tenía, eso ni negarlo: tres rollizos idiotas. Y luego, ¿adivinen qué? Llegó una hembrita… ¡También idiota! Jajaja, una cosa de no creerse, una cosa extraordinaria… Porque todo esto estuvo fuera de lo ordinario. Lo ordinario sería que un hombre extraordinario, como yo, engendrara hijos prodigiosos. Cuatro filas de condecoraciones, un sentido del deber para mi patria, mis padres, mis tierras, lo propio era que la vida me trajera una extraordinaria mujer que me diera los frutos merecidos…
¡Susan, estás podrida por dentro! ¡Eres la manzana del árbol prohibido, engusanada en tu interior! ¡Y ni estás tan antojable por fuera! ¡Estúpida mustia de piel gelatinosa, renacuajo de ojos verdes, saltones! Te elegí por casta y pura, porque eras una imbécil sin conversación. Mujer que habla con fundamento, mujer que es macho por dentro. Tú no hablabas ni para decir que te calentaba la entrepierna mi barba rojiza, a la que tanto veías al salir de tus piadosas misas, cuando yo te rondaba, perrita hija de perra mayor, porque creí que de perra madre nacía otra igual. Calladita pero buena para revolcar, pensé. ¡Pensé! ¡Tú, nunca! Pero qué va, si a ti el verbo pensar no se te debería de mencionar. Ilústrame, me dijiste. ¡Ilustrarte! Pero si para eso estaba tu madre, mojigata… Mojigata tu madre también, santurrona de iglesia y leña vieja de hostal. Cuando te embestí la primera vez, en vez de ilustrarte, te puse a lustrarme mis zapatos… Para verte el culo, ¿para qué iba a ser? Maldita hembra cerda, sucia, si bien que te encantaba hacerte mirar por mí, te la pasabas todo el día pensando cómo complacerme, en vez de bañar de vez en cuando al vejestorio de mi padre, quien te habría abierto algo más que las puertas de su granja de no ser porque ni siquiera a él le pareciste una buena hembra. Por algo me decía que era demasiado, es que el lugar de mi madre te quedaba inmensamente grande para llenarlo con tus nalgas flácidas… ¡Mojigata! ¡Mojigata tu madre, mojigatas todas las hembras que conozco…! Mojigata la arena, estas aguas del mar: todas son iguales, ardientes por dentro pero torpes por fuera… ¿¡A quién debo reclamar!?
¡Ah, claro! ¡A Dios! ¡Bah! A ése ya le hice ver su suerte, la otra noche. El muy indolente no levantó siquiera el dedo de uno de sus santos para venir a castigarme, a partirme la crisma… mejor habría de partírsela yo a todos esos cuervos engarrotados, pederastas maricones que viven del peculio de los ingenuos. ¡Pensar que me hice pasar por uno de ellos y hasta tuve que soportar estar en medio de las torres imbéciles de “La Catedral” de nuestro salvador! Y no me refiero a las torres de cantera, no señor. Me refiero a los senos enormes, deleitables, olorosos a parafina, agua de rosas y babas varias de mi suegra y al vientre crecido de su perra hija, par de rezanderas, merolicas. ¡Ah, Dios, señor nuestro que estás en los cielos! Si de verdad existieras, deberías enviar tus arcángeles y ángeles para derribar tu sagrada iglesia y reformar las mentes de tanto feligrés en mentes de progreso. ¡Instaura la república, de una condenada vez! Pará-papápa-papapá-pa-pá… Y en lo que tú haces lo tuyo, tu deber divino, yo me voy a encargar de… Cerca, lejos, cerca, lejos… La cola de mi mujer huele feo, los hijos de mi mujer tienen cerebro de cola apestosa. Cerca, lejos, cerca, lejos… Aguas benditas del purgatorio, ¿o de dónde eran? Aguas purgadas del crematorio… Aguas bautismales del repertorio… ¡Bah!
—¡Vete, vete si no quieres que te mate otra vez! ¡Anda ya, lárgate! ¡Vete, vete si no quieres que te mate otra vez!
¡El mar me amenaza! ¡A mí! Oye, estúpido ombligo cochino de la bahía, ¿a quién crees que estás amenazando? ¡A Jean Pierre Bacadeau, ni más ni menos! El único hijo de los Bacadeau que no tiene hijos virtuosos. ¡A mí, el que habrá de heredarle sus tierras a parientes lejanos!… ¡Eso jamás!, ¿me oyeron, primos primates? ¡Los maldigo a todos ustedes! ¡Malditos sean! ¡No se quedarán con mis tierras! ¡No heredarán mis condecoraciones! ¡Chúpense a mi mujer! ¡No, esperen, tampoco a ella! ¡Ella es mía! Idiota como sus crías, mojigata como la madre terrateniente, pero mía al fin. ¡Y me dará el vástago que espero tener! ¡ Pará-papápa-papapá-pa-pá! ¡Tengan, imbéciles! ¡No hay nada para ustedes en lo que a mi granja concierne! ¿Y saben por qué? Porque voy a ponerle orden a mi pretina. Eso es: ¡Aaatención, flanco derecho: ya! ¡Aaaatención: columna por dos: ya! ¡Aaaatención: preeeparen, aaapunten! ¡Fuego!
Voy por mi fuego. ¡Ven acá, condenada perra! ¡Dame el vástago que yo he de tener!
Lo vimos las campanas de Tchaikovsky y yo dirigirse con andar serpenteante, torpe, hacia su propia casa, coronada de aves negras. Mal augurio, pensamos. Lo seguimos hasta el lugar. La entrada, pestilente a abono, resultaba acogedora si se la comparaba con el hedor que ahí adentro había. El olor a queso viejo, mierda, babas y leche agriada ambientaban penosamente el lugar. En el fondo de la habitación estaba ella, recortando las puntas de sus cabellos rubios. Era una mujer delgada, poco agraciada, en verdad. Pero era la esposa de Jean Pierre Bacadeau, y Jean Pierre Bacadeau estaba en su derecho, es más, en su obligación, de hacerla concebir un quinto hijo. Bueno, al menos eso entendimos en medio del ruido de los golpes que el republicano le profería a la madre de los idiotas, manotazos abiertos y limpios que resonaban al compás de los cañonazos de la obertura.
De pronto, lo inesperado: fuegos cruzados. Los de Jean Pierre y Susan, que se miraban con todo el odio que pueden acumular dos personas de mundos dispares, ambos contenidos en la tarja de la tragedia. Porque eso era su casa: una enorme tarja donde todos nadaban en el fango. Un golpe, un rezo disparado al cielo pero enterrado en el infierno. Otro golpe, una jaculatoria mal elaborada de una lengua mordida por sus propios dientes, que cayeron por efecto de los ojos hundidos tras el golpe en la cabeza. Un golpe más, de repente una mano izquierda amenazando con las tijeras hacia el estómago de Susan. Otro golpe, y las tijeras pasaron a la mano derecha, esta vez con el filo dirigiéndose hacia el pecho de Jean Pierre, quien abrió sus ojos espeluznantemente cálidos y tiernos. Por un momento detuvo los golpes, que no la lengua, ven y dame mi vástago, ingrata, ven aquí y dame tu calor y tu cariño.
Un jamás fue lo que se oyó decir de las tijeras, cuya voz de angelita de metal al poco tiempo se trocó en el alarido de un cervatillo ocupado por demonios de baja categoría.
El resto fue aguantar el resplandor de oro muerto que manaba desde los ojos de Jean Pierre, puestos en el umbral del tiempo, donde pasado, presente y la nada se unen. De ese resplandor escaparon los días de castillos de arena junto a emparedados de mantequilla de cacahuate y las faldas de su madre, tan rubia, tan en forma. Se mostraron también —y sin decoro— los días de servicio militar, las marchas fúnebres a los caídos, las condecoraciones, los campos verdes tornados en sepia y hoyos profundos para hacer habitar a topos y conejos, las mujeres voluptuosas, el escozor entre las piernas tras el encuentro, el regreso, los padres recibiéndolo desde sus huesos retorcidos y una cama hedionda plagada de chinches y ayeres, el abono al ras del suelo, las vacas con la carne pegada a sus costillas. Luego, el resplandor de Susan, su imagen como entre vapores turquesa y rosa, un espejo oval para la virgen que habría de convertirse en su mujer y madre de sus hijos, tan inteligentes como él, tan gustosos de sentarse en la plaza a leer las nuevas ideas de la Ilustración, echando a sus espaldas las habladurías de la gente perteneciente al credo y al feudo católico cristiano. Un tercer rayo, el más fuerte de todos, emitió el día de su boda. A orillas de ese recuerdo se dibujaba Susan. Al centro, las tierras heredadas en vida. Luego, el suelo, el cuerpo de Jean Pierre tocándolo de a poco, primero las rodillas, luego la espalda, después el cuello y al final la cabeza, que retumbó con tal gracia que los cuatro niños rieron, lanzando al aire sus cubos de madera de colores anaranjado, verde, rosa y amarillo.
Jean Pierre lució una nueva corbata, hecha de un listón rojo, delgadísimo y muy húmedo, que se acrecentaba al paso de los minutos. El resplandor se disipó para darle cabida al hedor de la casa, a la que ahora se sumaba el olor a hierro. Serían los olores bajo la luna, sería la gasificación del estado denso de las cosas en las que el mundo de esa casa se encontraba, el caso es que salió un vahído azul que al poco tiempo se fue tejiendo con el alma de las llamas de las velas que de golpe se apagaron. Un nuevo inquilino había nacido. No era vástago ni padre, tampoco era hombre.
Era el ánimo del alma de Jean Pierre, libre para desencadenar su insistencia, la incómoda imposición de su hombría, ahora convertida en la sombra que se comieron a puños abiertos tres de los hijos idiotas.
Salimos por la ventana. Las campanas (otra vez) de Tchaikovsky, Susan, el papel y yo. Detrás de nosotros iba el ánimo del alma de Jean Pierre, tan vulnerable en su nueva forma que daba terror. De pronto el papel dejó un poco confuso el punto hacia donde nos dirigíamos todos, hasta que de pronto comprendí que de nuevo íbamos al acantilado. Al llegar ahí vi, en una especie de fast forward, como se le podía hacer a las películas VHS que ya no hay, a una Susan remontando el acantilado hasta llegar a la casita en medio de las aguas, las ropas mojadas, su cara atónita, babosa, rellenos el cuerpo y la mente de materia idiota. También vi a una madre, haciéndola de cantinera de peones, que le daba la espalda, la maldecía y la enviaba fuera de todo paraíso, purgatorio e infierno existente. Decir que mirar a Susan resbalar por el acantilado me causó sopor sería una gran mentira. Yo sentía alivio por ella, pero no podía decirlo. Es más, no sé por qué lo escribo, si se supone que quien narra desde la silla de los dioses menores no debe sentir misericordia o impiedad. A lo lejos divisé unas siluetas gitanescas, marinas más que marineras, que entonaban cantos aburridos y contaban historias de fantasmas ridículos y octogenarios. Nada espeluznante. Nada extraordinario. Supuse que ese era el escenario ideal para terminar de una buena vez con una historia en donde no hay víctima ni victimario y en donde en realidad lo único existente son algunas premisas bastante claras: de la unión de un ser devoto, un creyente ciego (ignorante, pues) y uno blasfemo (según el devoto, no yo), es decir, republicano-visionario-progresista, no puede salir nada, excepto tentativas de vida, y bastante precaria; de dos generaciones superpuestas, la antigua y decimonónica y la invasora y progresista, resulta la modernidad monstruosa de un pensamiento vacío. De un pensamiento idiota.
Pero apenas iba tomando bríos, como dicen, para escribir el acto final, las aguas locas e inquisitoriales me arrebataron el papel. Y esto fue lo que resultó:
III. MAR DE LOS DESENCUENTROS
Ejem… Mmh-mmh… Esteee… Jijiji… Ay… Eeeh… Hola, mi nombre es Mar de la Bahía de Fougère de la Costa Norte Bretona de las Aguas Francesas, mejor conocida como Mar de los Desencuentros. Verdaderamente es un gusto que ustedes… A ver, no. Mmh-mmh: A ustedes los estaba esperando. Damas y caballeros, lo que están a punto de ver es la escena única del acto único de mi ópera prima, llamada “Mar de los Desencuentros”… Sí, se llama igual que yo, ¿acaso no es algo muy especial y lindo? Digo, estee, prepárense para ver lo increíble. Espero que mi mamá, el Mar Atlántico, me esté viendo también y haya prendido la videocasetera (o lo que sea que grabe, ¡sólo grábalo, madre!). En el repertorio de los personajes están:
ola no. 1
ola no. 2
ola no. 3
ola no. 4
…y así, hasta el infinito.
Piedras
Acantilado
Susan
Rostro de Jean Pierre Bacadeau (o lo que queda de él)
Seres miserables caídos en desgracia (pescadores de algas)
Pescador Millot
Sra. Levaille
Gemelo Idiota 1
Gemelo Idiota 2
Tercer idiota
Niña idiota
ESCENA ÚNICA
(Donde luchan la locura y los miedos de Susan
contra el fantasma de Jean Pierre)
Al levantarse el telón, suena un campanillazo en el recibidor. ELENA, que se encuentra sola, poniendo en orden los muebles se apresura a abrir la puerta derecha, por donde entra NORA, en traje de calle y con varios paquetes, seguida de un Mozo con un árbol de Navidad y una cesta. NORA tararea mientras coloca los paquetes sobre la mesa de la derecha. El Mozo entrega a ELENA el árbol de Navidad y la cesta.
Mar de los Desencuentros:
¡Idiota! ¿Pero qué haces?
Apuntador (Revisando sus papeles):
Estoy leyendo las acotaciones, ¿no dijiste que esa sería mi función?
Mar de los Desencuentros (Susurrando enérgicamente, al grado de escupir —¿agua salada? —):
¡Sí! Pero estás leyendo mis apuntes, de donde saqué el esquema para hacer el guión. El nuestro está al reverso, que en realidad es tu anverso… Petit con!
Apuntador (Girando la hoja):
Ah, perdón… Va de nuevo… Saloppe!
Al levantarse las olas, comienza a sonar la escena primera del segundo acto de la ópera minimalista “Satyagraha” de Philip Glass. Susan se encuentra debajo del acantilado, muy cerca de los pies de su madre, quien al escuchar que una piedra comienza a rodar, entiende que su hija está en peligro de muerte.
Sra. Levaille (Detenida en las paredes de la casa, la voz temblorosa):
¡Susan del demonio! ¿Qué haces? ¡Susan, te vas a acabar matando!
Susan (Inmóvil, de cuclillas con los ojos cerrados y acurrucada contra la superficie rocosa, muy cerca de los pies de su madre):
No me moveré de aquí, no diré nada. Que se vaya mi madre. Está tan maldita como yo, que poco o nada puede hacer…
(Un rostro familiar de ojos finos y boca abierta se hace visible en medio de la oscuridad. Susan se pone de pie de un salto, gritando. El rostro se desvanece).
Susan (Mirando fijamente en la oscuridad, donde logra ver de nuevo al rostro):
Déjame en paz. Déjame al menos permanecer sentada aquí, junto al acantilado. ¿De qué quieres hablar? ¿Acaso tienes una conversación pendiente conmigo, muerto asqueroso?
Rostro de Jean Pierre (Meciéndose al compás de la bruma marina):
Quiero que dancemos nuestro último vals.
Susan:
Vete si no quieres que lo haga otra vez.
(El rostro de Jean Pierre se bambolea de izquierda a derecha. Ella también se mueve, pero esquivándolo. El rostro de Jean Pierre de a poco comienza a adquirir un cuerpo completo. La toma de la mano y de la cintura. Comienza a bailar un vals. Susan retrocede y grita aterrorizada. Jean Pierre la toma con fuerza y acopla sus pasos a los de ella, quien se tropieza al borde del precipicio).
Susan (Con voz horrorizada):
¡Oh, no! ¡Qué horror estoy viviendo! ¿De nuevo tú aquí, cerdo asqueroso? ¡Déjame ir! ¡Los fantasmas no pueden tener progenie, entiéndelo!… ¡Dios mío, siento que voy a caer! Gritar auxilio es casi como entregarme a ese malnacido.
(Susan, al sentir bajo sus pies el desnivel, se pone a correr desesperadamente para evitar caer de cabeza).
Piedras:
¡Hey! ¡Take it easy, girl! Somos de piedra, pero también tenemos nuestro corazoncito… Si lo que quieres es compañía, haberlo dicho antes. ¡Muchachas! ¡Escóltenla detrás y a los costados hasta donde le dé la reverenda gana!
(Ruido espantoso de las piedras acompañado por los violines estridentes del minimalista Philip Glass. Los pies de Susan apenas tocan la superficie del piso que va descendiendo con ella. Al llegar al fondo, tropieza de nuevo. Susan se precipita alargando los brazos. Cae al suelo. Se pone de pie de un salto y voltea hacia atrás. Trae los puños cerrados y llenos de la arena que agarró al caer. El rostro de Jean Pierre sigue ahí, a una distancia idéntica).
Susan (Gritando):
¡Vete, vete, Jean Pierre! ¡Vete si no quieres que te mate otra vez!
(Susan corre con levedad hacia la izquierda, donde mira algo que brilla. Es un disco luminoso y ancho a cuyo alrededor bailan unas sombras).
Pescador 1:
¡Eh, tú!
(Susan lanza un chillido espantoso. Todos los pescadores se aferran a sus herramientas, llenos de terror. La mujer de uno de ellos se pone de rodillas, se santigua y empieza a rezar en voz alta. Una niña se acerca a su padre, quien detenía el quinqué, y comienza a lloriquear).
Pescador 2 (Señalando hacia el mar):
Esa cosa está adentrándose en el mar.
Pescador 3 (Preocupado y atónito):
¡Y está volviendo la marea! ¡Miren lo crecidos que están esos charcos! ¡Vamos todos arriba!
Todos:
Sí, volvamos, dejemos que esa cosa se meta en el mar.
(Se retiran todos, menos uno, el viejo Millot, quien decide, a pesar de las protestas del resto del grupo, regresar)
Millot (Arremangándose la camisa y peinando hacia atrás sus escasos cabellos canosos):
Debo saber lo que sucede. No protesten, mujeres, nada malo pasará. Eh, tú (dirigiéndose a la niña llorosa) chiquilla, no llores más. Te aseguro que volveré con noticias nuevas y tú me habrás de dar un dulce de los tuyos.
Mujer del pescador:
Viejo terco, tú no le tienes miedo a nada porque te falta creer en Dios. Esas cosas no deberían tentarte, son cosa mala. Vas a acabar mal un día de estos.
Ola no. 1:
Hacia aquí, en esta dirección, viejo Millot.
Ola no. 2:
Un poco más, acércate un poco más. Anda, con confianza… ¿O es que le temes al aliento marino, viejo pescador?
Millot:
Temerles, ¿yo? ¡Bah! Si yo he ido hasta África, origen de toda leyenda, fantasma y mito, ¿cómo podría temerles a ustedes?
Ola no. 3:
Pues entonces acércate más, que ella está ahí, agazapada. Ya nos tiene cansadas con su soliloquio, ¿podrías sacarla del Cuervo?
Susan:
…No me dirán ustedes, las olas, que mis palabras están ataviadas de mentiras u omisiones. No podrán persuadirme de rendir mis palmas y decir que yo también embrutecí, a fuerza del trato diario con cuatro almas que sabrá Dios dónde han de tener su fe y el conocimiento de su creador, porque dudo que Dios lo haya hecho, a menos que conmigo él haya despertado de cuatro espantosas noches, purificando su horror a través del mío. Mañana es mi día. Mañana, sí, mañana te diré a ti, señor prefecto, señor cura, madre, suegro, ciudad en perpetua y artificial gracia, la verdad que quema los ojos y escalda la lengua: ustedes no son menos execrables que yo, y yo no soy la única mujer que ha parido idiotas. De ser así, ¿por qué estoy parada aquí y padezco de la bruma salada? ¿Qué vienen a decirme entonces ustedes, las olas, si ya todo está dicho?
Ola no. 8:
…Y no para, la mujer…
Ola no. 22:
Habríamos de enloquecerla.
Ola no. 67:
Sí, habríamos de hacerlo. Empecemos a decirle las cosas que lleva en su conciencia. A la de una, a la de dos…
Todas las olas (En canon):
¡Pobre loca, te cortarán el cuello! ¿Por qué lo has hecho? ¡Mujer malvada, te has convertido en mi desgracia…! Ojalá hubieses muerto tú. Ojalá hubieras parido correctamente, mujer inservible. Debiste haber pujado más al momento de tenerlos, deleznable nuera. Debiste pensar que mis olas no te auguraban una fiesta. ¿Cómo pudiste ser tan tonta, Susan? Yo te auguraba la violencia de estos tiempos. Nunca otros. Nunca esos otros en realidad lo fueron. Cabeza de trigo. Yo pepino cabeza. Él cuello de listón rojo humedecido. Los cubos de colores saltan al paso de calcetines de queso, nena llora en silencio. Cielo de cristal, señor de barba de calabaza atraviesa lo. Transparente señor. Cabeza chata, lo no mismo poder haces. ¡Susan, te vas a acabar matando! ¿Tienes sed? ¡Toma: toda esta agua ya no me sirve: bébetela…! Anda, corre hacia el Cuervo. ¡Cruuaac, cruuuaac! Oye cómo te llaman las piedras resbaladizas de su muelle. Corre otro poquito, quizá…
(Susan corre desesperada. Balbucea palabras. Vuelve a toparse con Millot).
Millot (Con tono áspero):
¡Ah, por fin te encuentro! ¿Por dónde demonios has cruzado?
(Susan se sobresalta, se desestabiliza y cae. Se vuelve a levantar y corre. Millot continúa persiguiéndola).
Susan (Tratando de escalar el peñón):
¡Jamás! ¡Jamás! ¿Es que acaso no comprendes, eh? Ya no quiero nada contigo… Y tú no puedes darme nada ni tampoco recibir de mí otro hijo. Estás muerto, ¿lo oyes? ¡Muerto!
Millot:
¿Muerto yo? Anda, deja de bailotear y de parlotear, que nos tienes cansados a todos. Además, yo estoy bastante vivo…
Susan (Muerta de miedo):
¡¿Vivo?!
(El vestido negro de Susan cae como una flor abriéndose rápidamente en vertical desde el peñón del Cuervo. Millot se acerca a toda prisa y asoma la cabeza al acantilado. A muchos metros mira cómo Susan se esfuerza por nadar. Se escucha en medio de las aguas un espantoso grito de socorro, que se pierde de a poco).
INTERMEZZO
Gemelo Idiota 1:
Picos de luz, el pelo de la mujer bonita hasta arriba la cabeza de pepino para que ver la música.
Niña Idiota:
Cubos de arcoíris. Calcetas de piso frío.
Gemelo Idiota 2:
Dentros ojos y fuera. Ahora baila. Telas de perfume en las canciones.
Gemelo Idiota 1:
Guisantes. El verde, su olor a siesta.
Tercer Idiota:
Plátano y más ropas adentro, el camino. Ventana para dormirnos, papá colores afuera.
Niña Idiota:
Estambre musical. Los platos con él la bondad de lo divino.
Todos:
Divino Silencio.
IV. LA BAHÍA
Bahía adentro, habitan las razones de ustedes cuatro, idiotas. Nunca tuvieron a su alrededor a alguien que se molestara en ir por ellas, rescatarlas, limpiarlas, colocarlas en su lugar. Tal vez, si una noche común y corriente alguno de sus seres amados hubiera bajado por ellas, la historia habría sido distinta. Ustedes se habrían permitido cantarles a ellos con esas notas tan peculiares. Porque no hay en todo Ploumar ni en todo el camino hacia Tréguier voces más originales que las suyas. Metálicas, como de estrellas que aterrizaron por voluntad propia para ver si con su canción el mundo despertaba más contento. Extranjeramente dulces, suaves, si las consideramos que vienen desde Saturno, o Júpiter, o cualquier otro país del universo. Porque para ustedes los planetas son países y las estrellas, sus ciudades. Me pregunto qué serán entonces las ciudades como Ploumar, sus carreteras, sus casas… ¿Puntos? ¿Catarinas fijados con alfileres?
Imagino que debió ser un juego interesante, el tratar de hacerles entender a sus padres que ustedes tenían las partituras de toda la música del mundo en sus gargantas y que por tal motivo no era necesario hablar. Ah, el silencio. Es bello no decir nada, ¿verdad? Más bello es tener la virtud de saber identificar las cosas sin llamarlas como las llaman el resto de la gente. Yo por más que intento describirlo, no puedo: los fonemas usados por ustedes me son ajenos; sus oraciones, tan abstractas y de colores, que no encuentro la manera (ni el motivo) de transmitir su belleza a quienes les conocieron como cuatro seres sin propósito alguno en la Tierra.
Ahora que los veo caminar de un lado a otro, jugando a esconderse entre matorrales y las paredes del sol que abrasa al resto y los abraza a ustedes, tengo la sensación de que la perfección en realidad es la suya. Desconocer el bien del mal, amar lo blanco y lo negro, preguntarse los porqués de la prisa de los demás, siempre dependiendo del girar de las carretas, si el sol sale y se pone todos los días. Ayer veía a dos de ustedes (uno de los gemelos, no sé cuál, y el tercero) tomar una flor. Acariciarla despacito. Dejarla sembrada ahí, porque para eso es la tierra y para eso nacen las flores. Algo así como ustedes, que le pertenecen a la carretera que los conduce hasta el acantilado. Cualquiera pensaría que van en busca de su madre, quien una buena noche levantó la lengua del mar y se colocó debajo de ella, para guarecerse de su propio tedio. Yo sé que no es así.
Se va al acantilado a observar la simetría del mundo. A encontrar la famosa medida del phi en el movimiento de las olas. A rellenar el aire libre con la sabiduría del silencio, que no por no decir nada signifique que la nada contenga. Insisto con el silencio: igual que el blanco, el silencio es la suma de todos los sonidos del universo. Incluidos los de las estrellas. Se va al acantilado a estirarle las mejillas al sol que a su vez estira las de ustedes. Se va al acantilado a ver dormir, en el ombligo negro de la bahía, las galaxias a punto de nacer.
Pero tan pronto van a dar ahí, se olvidan del propósito y ríen con las cosas que las olas dicen y que nadie más escuchará. Como que todo irá bien, porque el curso de la arena siempre hace lo mejor para todos. O que la abuela estrenará delantal y habrá que mancharlo con tinta de arrecife. O que los cuadernos de los viajeros siempre olvidan poner sus cuatro nombres porque desconocen el alfabeto del universo, y por lo general escriben noticias burdas de lo que piensan son ustedes.
Yo vine al acantilado a escribir desde él su historia. Dice, renglones más, renglones menos, lo siguiente:
Había una vez un ombligo dentro de una bahía, donde eran resguardadas las canciones de cuatro silenciosos. No tenía nada de especial excepto que esas canciones eran verdaderas porciones de estrellas que alimentaban a algas y gaviotas, a viajeros con cuadernos a medio anotar y a los caídos en desgracia que pedían morir en el mar para ser acreedores a un pedazo de alegría marítima, tan legítima como la sustancia de la que estaba hecha: el espacio sideral. En los anales del tiempo de los cuatro silenciosos no hay aventura o anécdota archivada, ni tiempo lineal o fragmento que las comprueben: los cuatro silenciosos deambulan por su casa, que de día es carretera con músicas de fondo y de noche es la galaxia misma. Había una vez la paz de cuatro dueños de las estrellas que esperaron los tiempos del hombre para jugar un día con ellos, y mientras esperaron, rieron y jugaron a espantar a señores con prisa y ruedas girando al compás de sus ansiedades, que no servían para nada más que para llenar muchas hojas con palabras tristes, de las prohibidas por los cuatro silenciosos, quienes conservaban la salud de la materia pensando sin pensar, agradeciendo sin etiquetar, comiendo luz y bebiendo el tiempo, desplegado en su belleza por todo lo largo y ancho de otra bahía, la de un verdadero dios.
Nadie cruzó palabra alguno con ellos. A ellos nunca les hizo falta.
Espero. La mejilla derecha, pegada a la piedra fría, se me entume. Exhalo nubes blancuzcas de dióxido de carbono. Dentro de la casa, la madre deja salir un grito que me obliga a deslizar la cara hasta la ventana. Veo al padre mover sus ojos de un hijo a otro como si tratara de comparar sus rostros. Lo cierto es que los rasgos de Charles no parecen los mismos. Tengo que largarme y lo entiendo, mi resaca empeora, pero sigo plantada aquí. Los que están en el interior tampoco mueven un músculo. Charles se lleva esas manos fornidas a la garganta y se arranca todo de un solo tirón: cuello, camisa, chaleco —me hace imaginar que continuará con la carne y nos enseñará su tráquea descubierta—. Luego del breve ardor, Charley es una ruina. Su padre y Ned, el hermano menor, lo suben con gran esfuerzo por las escaleras. La madre siente mi intrusión y vuelve la mirada hacia el cristal. Ya no estoy.
—Capitán Gill, son las seis —carraspea Solomon, resucitándome, mientras los brillos groseros de la mañana revalidan lo que acaba de decir.
Algunos beben como marineros. Algunos navegamos como borrachos. La verdad es que no nos podemos llamar marineros en toda la rigidez del término. Nos conocen como «pilotos de aguas». Somos apenas compañeros del piloto eléctrico en nuestros buques. Los patrones están cerca de desecharnos como a las porquerías que llenan los mares, pero a mí me va mejor ocuparme de los problemas cuando han llegado.
Me encamino a la cubierta, repitiéndome que soy afortunada por tener un trabajo simplón que no siempre exige sobriedad. Solomon me empuja y la aspereza de sus palmas traspasa el lino de mi camisa.
—Sé andar, insolente —reclamo.
—Necesitas ir al compartimento de máquinas, cap’ —responde.
Se me tuerce una tripa. ¿Es por quedarme a dormir en un camarote?
—Si no eran horas laborables, Solomon.
Sé que si los Apse me bajan a eléctricos otra vez, requeriré al menos doce horas de sobriedad por día. Llegamos al cuartucho de máquinas, donde nos saluda un tipo flaco con dos o tres años menos que yo. Mi acompañante le toca la espalda al chico y me acerca a él de un tirón.
—Dominique Gill, electricista de oficio y capitán del Gary Apse —nunca me van a dejar olvidar que soy electricista—. Cinco años a bordo: ella es a quien puedes molestar si tienes un revés con estas cosas.
El novato presenta, orgulloso, sus credenciales. Graduado como ingeniero eléctrico en no sé cuál colegio de Port Home, generación 2085, mención honorífica en su examen. Yo no pasé por exámenes, pienso, sólo me criaron entre cables y máquinas. La jaqueca, a cien punzadas por minuto, me trae a la mente lo que vi anoche: Maggie Colchester, rota como muñeca de palo, sepultada en la turbiedad de ese río.
Hago un movimiento de testa que bien podría indicar reverencia o aburrimiento y salgo de la habitación. Puntos blancos y azules me invaden las retinas al alcanzar la cubierta del barco. Ordeno a mi escueto personal —no sin que se me escape algún hipo— revisar el pronóstico del clima y encender los radares térmicos para advertir cualquier cuerpo inconveniente en las aguas de hoy. A tropezones, asciendo al puente de mando. La basura escocesa que me tragué ayer lucha por proyectarse desde mi estómago. Aspiro una masa grande de aire salino y la retengo.
—¡Nada de nada, capitán! —grita uno de los mozos, un tal Thom, que sólo entró acá para beberse las botellas ajenas.
Libre de las cargas usuales, conecto mis audífonos al estéreo. Notas avejentadas por el arribo y partida de tantos años me salpican ambos oídos y apaciguan los dolores del alcohol. La música debe ser como el nado —me complace pensar eso, pues no conozco cuerpo acuático donde se pueda nadar sin lacerarse la piel.
Mi nave, que en realidad pertenece a la compañía Apse e Hijos, corta el oleaje de alquitrán con violencia; parece traer encima la ira de sus ancestros. Entre una secuencia de notas nacidas en un escondrijo de América y el hedor de la mar purulenta que se agita debajo, mis sesos demandan que tome un sorbo más del zumo escocés. Cuando la embarcación salta, el frasco escondido en el forro de mi saco me aporrea las costillas. Ahora no, le contesto a la sed.
A eso de las once de la mañana, el piloto automático nos impulsa rumbo al Támesis. Veo la vieja Canvey Island que se queda atrás: el faro Chapman, apagado indefinidamente, me siembra ganas de ir a repararlo, no sé para qué. Ya encauzados en el río, la peste química se agudiza; una gota roja se me escurre por la nariz. Bajo a cubierta, donde los marinos no se encuentran en mejores condiciones que yo. Los miro amontonar el metal chatarra que han recolectado.
—Casi doscientos kilos, cap’, y no ha terminado la jornada —se vanagloria Solomon.
Los tripulantes me ruegan por un descanso en Gravesend. Pero acabo de estar allí, ¿no?… Solomon me tira su pañuelo para que detenga la hemorragia. Trepo de nuevo al mando, paro el programa de pilotaje y anuncio que es hora de echar el ancla de fondeo. Por mi ventanilla los observo operar las poleas y lanzar el monstruo de hierro a la cama del río. La acrobacia del ancla me devuelve la imagen de Maggie Colchester.
Todos, hasta el electricista principiante, salimos a las carreras por el muelle. Nuestro grupo cruza una callejuela en diagonal y tres verticales. Doblando a la izquierda topamos con un pub donde ellos invaden una mesita para cuatro. Yo me instalo en el gabinete del fondo, reclino la cabeza y cubro mi vergüenza de cara con el pañuelo ensangrentado. Los oigo discutir con la mesera sobre la hora de apertura del bar. Sello los párpados y la señorita Colchester regresa, cual película en repetición.
A Maggie no la conocía bien. Baste decir que me ocupa el pensamiento por lo que la bestia hizo con ella. A la bestia sí que la conozco: es pesada, pavorosa y perfecta. La muy canalla, además, protagoniza docenas de fotografías en el museo de la Apse e Hijos; cualquiera que se dé una ronda por allá puede contemplar cuadros miniatura de la célebre asesina serial. Yo no necesito el producto de una cámara; nos hemos visto mucho en la otra Inglaterra.
Anoche —o hace unos siglos— la bestia ahogó a Maggie en el Támesis, justo a la altura de Gravesend. Fue una rabieta, supongo, porque a ese barco no le causaba gracia ser arrastrado. En un segundo reventó el pasacabos de hierro que sujetaba el cable del remolcador, haciendo la soga respingar con tal energía que se llevó varios postes de la baranda de proa.
Ned Mate y yo divisamos a Maggie en el castillo, con su bonete rojo bien puesto. Sonriente, se erguía de puntas en una de las anclas, para espiar las maniobras de los marinos. ¿Podíamos haber evitado lo que sucedió luego? Corrí detrás de Ned, quien gritaba advertencias inútiles a la muchacha. El cable metálico, un millón de veces más veloz que nosotros, se ensartó en la uña del ancla. Ésta, como encendida por un ánima perversa, se fue contra Maggie: primero la derribó y, cuando ella osó ponerse de pie, la cogió por la cintura con su uña y dio el clavado fatal por la borda, hundiendo consigo a la mujer y al gorro color rubí.
Me atrevo a declarar, pues al fin no hay nadie apto para rectificarme, que oí su columna vertebral crujir con el tirón del ancla. Cerré los ojos un instante; al abrirlos, distinguí a Charley Mate, el hermano de Ned, que saltaba tras el objeto de su adoración. Unas horas después, ya con el sol a punto de dormirse, los boteros de Gravesend hallaron el cadáver rubio de la chica; la piel se veía mordisqueada por peces y faltaba la mitad de su vestido.
—Lo más trágico —me dijo Ned en el puerto— es que casi libramos el viaje completo sin muertes; iba a ser la primera vez, ¿entiende?
Colchester, el capitán anciano de La Familia Apse —con ese nombre bautizaron a la bestia sus dueños—, había invitado a su sobrina Maggie a unirse a la tripulación en una travesía larguísima. Para el viaje, los hermanos Mate fungían como primer y tercer oficial. Hasta donde sé, Charles albergaba planes serios de casarse con la joven Colchester; pasó la excursión ostentando sus gracias de hombre de mar, seguro de que la famosa bestia tan sólo necesitaba un buen domador.
Yo aparecía en el barco de vez en cuando. Digo que aparecía porque no se me ocurren palabras más adecuadas. Las almas a bordo eran tantas que nadie pensó en preguntarme por mi origen. Ned, quien había gastado tres de sus diecinueve años navegando sobre aquel animal en calidad de aprendiz, dilapidaba sus horas libres en contarme las vilezas de la bestia. En varias ocasiones lo regañó la esposa del capitán, una señora bigotuda, repelente, que vivía de facto en los camarotes de la nave y todo el tiempo se pavoneaba con un grueso medallón dorado.
—¡Simplezas y habladurías! —pronunciaba, siempre disparando una buena dosis de saliva—. Ya no le contamines el coco a esta señorita.
El tema del barco desquiciado, como le decían, helaba la sangre de los trabajadores. En La Familia Apse reinaba una prohibición tajante de hablar de muertes y maldiciones durante los viajes, pero no se me escapó que incluso el capitán Colchester lucía temeroso ante la mole que dirigía.
A Ned Mate le encantaba, o le encanta, desobedecer el mandato de silencio.
—Debería haber visto el escándalo que se armó por construir este barco. Que si esto un poquito más fuerte, que si más grueso, que si no vendría mejor cambiar esta cosa o la otra —parloteaba el chico, tan emocionado que sus manos macilentas se sacudían al narrar—. Tabla tras tabla se dejaba ver la bestia: se convirtió en la nave más torpe y pesada para su tamaño; iba a ser la estrella de la flota Apse e Hijos y esperaban un registro de dos mil toneladas, ¡por lo menos!, así que…
—¿Y cuánto terminó pesando? —lo interrumpí.
—Usted verá, cuando por fin la pesaron, tuvo mil novecientas noventa y nueve toneladas y fracción.
Ned se quedó aguardando mi grito de sorpresa, que no tuve la educación de proferir.
—Bueno, la gente estaba pasmada, señorita —insistió—. El Señor Apse, el mayor… eh, dicen que se fue a su cama a morir de coraje.
Así, según Ned, inició la inmensa colección de asesinatos cometidos por el barco. En el momento de su estreno, una mañana de junio, la bestia se puso en marcha sola y aplastó varios remolcadores y a un infeliz carpintero. A partir de entonces, repartió terrores por doquier: en cada viaje mataba a algún pobre diablo y hundía los botes cercanos.
—Cien marinos y un capitán experto no son suficientes para entenderla, para domesticarla —aseguraba Ned, cuidándose de que la vieja Colchester no lo escuchara—. Dios sabe que lo intentan. Un día se porta como un cordero; al siguiente, ahoga a alguien. Y qué vamos a hacer, si meterse con los Apse es entrar a la lista negra.
—¿Quieres que crea que el barco está vivo, Mate? —me burlé.
—Hay humanos locos —defendió—. Y los barcos son construidos por gente. Si la locura es una falla en las fibras de nuestra cabeza, un barco loco bien puede existir… a la manera náutica, ¿no?
Yo oí cada relato de Ned con sincero placer. Por supuesto, no tenía motivos palpables para pensar que el barco estaba demente o poseído por un demonio; tampoco las tenía para tachar a los marineros de mentirosos. Lo maravilloso de mi presencia en ese sitio era el encuentro con un verdadero navío de velas —¡velas, por el amor de la reina!—; un monstruo que consumía el sudor de tripulaciones numerosas. Qué me podían importar las supersticiones homicidas, si delante de mí tenía semejante grandeza.
Todo eso, claro, hasta que vi morir a Maggie Colchester a manos de un ancla cuya cuerda se movía con la perfidia de una serpiente. Aquella tarde concluía el viaje. Abandonamos la embarcación en silencio y recorrimos quince metros antes de que el dolorido Charley hablara detrás de nosotros.
—Ned, me voy a casa.
Nos montamos en un coche de tiro, los tres. Accedí a acompañarlos por no dejar solo a Ned con la carga del hermano descompuesto, aunque este último me había mirado con recelo desde que me conoció. El más pequeño destello de mi figura era capaz de ensombrecer el ánimo de Charley, quizá sin que él supiera la razón. De cualquier modo, al final de esa odisea Charles Mate no disponía de fuerza para detestarme.
Llegamos a su hogar ya casi de madrugada. Sentí la resaca inaplazable y rehusé con balbuceos la invitación de Ned, quien me suplicó entrara tomar un descanso. Apoyé el rostro en la pared de piedra, esperando el regreso.
Estuve ahí, tanto como ahora estoy sentada en un pub que prende sus lámparas fluorescentes en pleno día. Conozco la otra Inglaterra gracias al tarro. Basta con que seis pintas de cerveza o medio litro de whisky pasen por mi garganta, para que la tapicería del mundo comience a descarapelarse y yo aterrice en un cuadro distinto. Debo estar hecha de materia volátil.
No he consultado esta volatilidad con los doctores, ni he sido así toda la vida. Lo peculiar del caso tal vez sea que, habiendo frecuentado el alcohol desde los quince años, mis visitas comenzaran hace poco; apenas el día de Las Tres Cornejas, cuando la tripulación dijo que era mi primer aniversario como piloto del Gary Apse y que «la cantina nos convocaba». A lo mejor me caería bien un trago ahora.
—Nos vamos en cuanto lo ordenes, Gill —dice Solomon, quitándome el pañuelo enrojecido.
Sin dar la orden, atravieso el pasillo de focos horrendos y abro las portezuelas que desembocan en la calle de Gravesend. Liberamos a Gary en diez minutos. Me coloco en la silla alta de la timonera y vuelvo a mi música, permitiendo que el insecto automático haga la labor de empujar el engranaje. ¿Habría obedecido la bestia a un programa electrónico? Hoy no existen barcos al nivel de La Familia Apse. Ni siquiera la flota actual de esta dinastía logra competir con ella. Los jefes de ese tiempo se morirían otra vez en los sepulcros si vieran su imperio reducido a una chatarrera del infierno.
El mapa luminoso apunta hacia Port Home. Si me preguntaran, diría que es la ciudad con el nombre más ridículo; es una zona de hoteles y sedes industriales, no de hogares. «Londres» le sentaba mejor. Empiezo a tararear un blues y el electricista nuevo me saca un susto cuando llega a mis espaldas con un plato de carne a medio cocer.
Mis molares tardan cinco minutos en deshacer cada bocado del animal —¿de veras será un animal?—. Mastico y veo el cielo. Arriba, un tercio de las nubes parecen aluminio rugoso, como si fuese a haber tormenta eléctrica; el siguiente trecho se asemeja al humo del opio; lo demás tiene un color verde vómito. No es raro que uno prefiera encerrarse en los pubs.
Si Su Majestad, la bestia, estaba realmente loca, algo sabría. Es posible que presintiera la muerte del océano. Loca a la manera náutica… ¿Por qué no? Quizá creía que su deber era asolar a esta especie; nada diabólico hay en eso. Necesitas dormir, murmura la conciencia.
La marca azul en el plano, símbolo de nuestro barco, titila en señal de cercanía con su destino. Vislumbro el muelle de Port Home. Los hombres acomodan el fierro rescatado en cajones de madera. Thom y Solomon tiran un centenar de peces muertos e inflados en contenedores para tóxicos. Me resulta chocante que la gente comiera fauna acuática hace sólo cuatro décadas. Un anciano de Sheppey me juró, seis meses atrás, que el sabor de los barbos y las carpas del Támesis era la mayor nostalgia en su paladar.
—¿Peso? —pregunto.
—Doscientos treinta kilogramos, capitán Gill —vociferan todos al unísono.
Etiquetan las cajas, se felicitan por el buen día de basura y corren a la avenida para subir a los camiones que los botarán en sus casas, fuera de Port Home. Después de revisar que la maquinaria esté apagada por completo, el muchacho de eléctricos se queda fumando a cinco metros de mí. Meto la mano al forro, extraigo la licorera y le doy un sorbo inofensivo.
La caminata del muelle al hostal donde vivo dura quince minutos. Hoy traiciono mi ruta; cruzar por el andador de vinaterías me toma media hora. La administradora de la casa conversa con un tipo gordo en el portón. Me saluda en un volumen de voz excesivo, haciendo uso de mi título —que le enorgullece más que a mí—, como siempre que tiene visita.
—¿Ya sabía, señor Richmond, que éste ha sido el hogar de varios pilotos de la Apse e Hijos?
Con mi ropa cubro bien la botella de whisky recién comprada. Devuelvo las reverencias y pido me disculpen «porque tuve una jornada terrible». Voy desempacando la bendita adquisición mientras subo los escalones. No sé si lo que quiero es ver a esa bestia o separarme por unas horas de la fetidez de mi Inglaterra; ambos prospectos son emocionantes.
Abro el cerrojo y soy recibida por una habitación helada: en mis dos días de ausencia el calefactor halló la forma de descomponerse. Muevo la perilla hasta los cuarenta grados Celsius. El aparato lanza una suerte de graznido y muere. Quito el enrejado para examinar los fusibles, pero ya no tengo frío, sino sed.
Las bocanadas ardientes, que poco entienden de gravedad, me trepan hacia las neuronas en lugar de caer al estómago. Apuro el ritmo y consigo que la recámara tiemble. El sabor es espantoso; me deja ciega. Finalmente, otro escenario.
Altamar. Mi cuerpo está inclinado sobre una baranda de popa. No es la bestia; reconozco el olor a agua alquitranada y el revestimiento de los pasamanos. Vine a parar al Gary Apse. Todos los faros de la cubierta duermen y el panorama nocturno, que tapa la suciedad en el cielo, también vela mi vista. Escucho a alguien correr por el costado del barco.
—¡Capitán Gill! —gime el intruso, asustado.
Las pupilas no me alcanzan para distinguir el perfil del hombre trémulo. Arrastro los pies en su dirección.
—¡No se acerque a nosotros!
Es el ingeniero eléctrico. Dos jadeos se unen al suyo y siento escalar una rabia mezclada con hambre. Llamo a Solomon, el oficial, entre la negritud.
—Lo ahogaste —dice uno de ellos.
—Idiotas, debería ahogarlos a ustedes —respondo—. ¡Arreglen las luces!
La tiniebla crece en espesor. Nos callamos. Luego, sometidos a mi mandato, los faros prenden con intensidad máxima. Tres marineros acobardados me observan desde la amura de babor. Thom, el más próximo, suelta improperios tartamudos contra mí pateando el piso. Deseo matarlos. Levanto el brazo derecho, pero no hay brazo: una cadena gruesa y larga que danza en el aire ocupa el sitio de la extremidad desaparecida. En la punta, un ancla gris dirige sus uñas al frente, como lista para destrozar a los tripulantes.
No les concedo tiempo de rezar. Con dos sacudidas del ancla tiro a Thom y al nuevo por el costado del barco. Guardo al tercero —el que me acusó de ahogar a Solomon— para la conclusión de mi acto. Ni intenta huir. Un gancho de mi mano férrea le coge las piernas y se contrae en torno a ellas. Los huesos de la víctima chasquean. Alzo la garra despacio, llevando al hombre fuera de la cubierta antes de zambullirlo en su tumba de sal, olas y brea.
El aullido del calefactor vuelto a la vida me perfora el cráneo. Borracha y torpe gateo a través del horno que es mi cuarto. Desconecto la clavija y abro las ventanas empañadas. Noto mis brazos, hechos otra vez de carne. Por el cristal de la botella veo los números brillantes del reloj de buró: las seis con treinta.
Atropellando a los demás peatones, doy de zancadas por las aceras. Pongo el pie en el muelle con cuarenta y cuatro minutos de retraso. Mis compañeros se asoman desde la borda; ninguno tiene pinta de haber muerto anoche. Ordeno desanclar el Gary Apse, me encierro bajo llave en el puente de mando e inicio el programa de navegación automática, que hoy contempla rodear la Isla de Wight.
Un quinto de hora transcurre y la radio náutica me saca del sopor. Llamada entrante. Cuando tomo la pieza para hablar, oigo la voz de Ned Mate.
—Charley se pasó más de veinte días sumido en una fiebre cerebral —cuenta.
—¿Qué? ¿Dónde estás? —cuestiono.
El paisaje negruzco y la ventana que me lo muestra se difuminan. Ned, vestido con un conjunto de gamuza amarillenta, está delante de mí sosteniendo el mango de un paraguas blanco. Londres, de nuevo.
—¿Se siente mal? —prorrumpe.
—Me distraje —contesto—. ¿Ha mejorado tu hermano?
—Recuperó la salud, pero no la tranquilidad. Apenas echó mano de un trabajo en la costa china —dice, cabizbajo—. No lo veremos pronto en Inglaterra.
Ned me conduce al interior de una cafetería, para la cual dudo traer ropa adecuada, y ocupamos unos bancos bajo las escaleras. El mesero anota nuestra orden sin enmascarar su molestia ante mi pantalón sucio.
—Usted querrá saber, señorita Gill, si hicieron algo después de lo de Maggie —susurra el chico, y se plancha el cuello de la camisa con los dedos—. Su tío, el capitán Colchester, se plantó en la oficina del señor Lucian Apse y dijo que no volvería a tomar el timón de esa bestia traicionera.
Ned calla mientras un camarero distinto nos sirve dos tazas de café con licor. El sujeto se va y mi amigo continúa sus murmullos:
—Ha sido un escándalo insoportable. Los Apse le rogaron al viejo que se diera un tiempo para pensar. Vaya ataque de histeria, el que le desataron. ¿Usted lo vio bien? El hombre era de cabellos grises, si lo recuerda, pero en quince días se le han puesto color nieve. La bestia está a punto de robarse otra vida, aunque el jefe haga como que no lo nota.
—¿Por qué no dejarlo ir y ya? —indago.
—¡Orgullo, señorita! Un Apse jamás va a admitir que algún barco de su armadora haya salido defectuoso…, más que defectuoso, genuinamente loco. Ahora tienen anclada a la fiera esa, en espera de que se resuelva lo del capitán.
—¿Me puedes llevar a verla?
Son necesarios muchos ruegos y empujones para convencerlo, pero terminamos yendo a Gravesend. En el espejo del Támesis flotan treinta embarcaciones más o menos grandes. A cincuenta metros del resto, La Familia Apse está presa con siete boyas de amarre, como animal feroz en exhibición.
—También atada es de temer, todos lo saben —advierte el joven.
—Ned, ya la conozco —digo, mirando el agua azulada donde la bestia arroja su sombra.
Él se torna lúgubre; en su gesto desconfiado percibo al hermano.
—No se le ocurra creerse eso —replica—. Nadie conoce a este demonio y quien piensa que lo hace no acaba bien. Yo, que zarpé en ella desde los catorce años, no puedo decir que la conozco. Aquel primer día a bordo, me puso un susto formidable: Estaban guiándola para salir y todavía ni aflojaban la cuerda que iba de la popa al muelle, cuando enfureció por un pequeño tirón que el remolcador le dio. En un instante se zarandeó con la peor violencia… No pensaría uno que algo tan grande pudiera batirse así. Rompió el calabrote que la ataba y fue a estamparse con el muelle. Todos tropezamos. Había un chico arriba, en los mástiles, quizá de mi edad; con el golpe cayó sobre la toldilla, a unos centímetros de mí, y se partió la cabeza. Podríamos haber sido buenos amigos, él y yo. Déjeme decirle: ni esperando lo peor se llega a conocer a esta bestia —agrega, en medio de un gruñido.
—¡Es irrepetible, Ned! —exclamo—. Al principio supuse que eran cuentos, pero está viva. Tiene carne y respira; no pueden mantener ese barco encadenado.
Ned Mate se aleja unos pasos, sonríe con pena y afirma que me desea suerte, pero que es mejor no volvernos a encontrar. Luego de vigilar que pare un carro y se marche a Londres, me acerco a donde mi bestia intenta descansar. Pero qué difícil debe ser el descanso cuando hay tanta energía sin usar. Lo sé: yo podría ser un verdadero capitán si en mi tiempo el pilotaje no estuviese reducido a programas de cómputo.
Debe de ser domingo. Los extraños que pasean sin rumbo cerca del río me ojean, curiosos, a la vez que acaricio uno de los amarres que aprisionan a mi bestia: mi alma en bruto. Le hablo:
—Tú sabías, ¿verdad?
Como respondiendo la pregunta, la bestia de hierro y laurel negro trepida. Los otros buques, a una distancia prudente de ella, hacen lo mismo. ¿Algo en la marea? Pero no: Volteo alrededor y todo el muelle, los caminos de carretas y los peatones se agitan de modo similar. Me voy.
El ventanal del puente de mando me da la bienvenida a mi barco automático. Nos movemos cerca de Ramsgate. Al salir hallo a la tripulación luchando con una pieza ferrosa, en forma de portezuela de camión, que se les ha atorado en las redes recolectoras. Incluso el mozo nuevo les ayuda.
—¿Quién está supervisando eléctricos? —grito.
—Hacen falta todas las manos posibles aquí, cap’ —pretexta el tipo a quien creí romperle las piernas anoche.
Resoplando, bajo al área de los camarotes y sigo por el pasillo hasta la sala de máquinas donde laboré cuatro años. Las cosas están como deben: cajas reguladoras de voltaje, bombas, tanques de lastre… Quizás el ingeniero sí entiende su trabajo.
—Hola.
La voz me obliga a girar ciento ochenta grados sobre un solo talón y casi resbalo. El irruptor se carcajea.
—Perdóneme, tengo una risa incontrolable —dice, envuelto en su vestimenta anacrónica—. Me llamo Wilmot.
—¿Eres un polizón? Te convendría más colarte en barcos de pasajeros —manifiesto.
El tal Wilmot gira los ojos y se saca el abrigo, apoyándolo en su brazo izquierdo.
—Vengo a presentarme, por mera cordialidad —declara.
—Tendrás que bajar del buque en la siguiente parada, Wilmot —informo—. Esto es propiedad de Apse e Hijos.
—Usted también lo es; sólo que aún no lo sabe —asegura.
No le toma ni dos segundos asirme por los hombros e impactarme de cara contra el generador eléctrico. Alzo un codo y le golpeo la boca del estómago. Lo oigo darse un porrazo en el suelo. Profiriendo injurias, corro hacia la cubierta.
—¡Un polizón atacó a su capitán, imbéciles! —gimo.
Los marinos, que seguían desenredando las redes, botan su faena y se apresuran a descender. Hay un chichón bajo la piel de mi frente. ¿De dónde me conoce alguien llamado Wilmot? Me siento en el castillo de popa a sobarme la lesión. Mis tripulantes regresan pasmados.
—Gill, no hay nada allí —dice Solomon.
Se quedan tensos, creyendo que los llenaré de insultos, pero monto la escalinata y vuelvo a encerrarme en la timonera. Desearía dar un trago a mi cantimplora como la gente normal —vaya que lo necesito— sin el riesgo de sufrir alucinaciones o tropezar con otras eras. Vigilo que la computadora continúe por el cauce marcado. El cielo inmundo hoy tiene una franja lechosa en el centro, si es que hay un centro.
El Gary Apse ha recogido cuatrocientos cincuenta kilogramos de chatarra para cuando terminamos de dar la vuelta a Wight. Emprendemos el retorno a Port Home, satisfechos con nuestra jornada, y desde mi cabina los oigo bromear acerca de mi locura. «Imaginándose hombres en el cuarto de las máquinas, ¿eh?», ríen, «ya debería casarse, antes de que sea fea».
Finalizado el día, dejo a los muchachos empacando los cajones de basura y salto al muelle de Port Home, ansiosa por beber en compañía. Camino por la segunda calle a la derecha y cruzo la fuente de los mendigos —como quiera que se llame en realidad— para llegar al bar de Las Tres Cornejas, en Cinnamon Street.
Dentro del bar, una tabernera gorda y anciana limpia la barra con un trapo negro que no se ha lavado en semanas. Las mesas están tomadas.
—Sólo hay lugares en la barra o en el salón, muchacha —refunfuña.
Le agradezco su amabilidad y, evitando la barra, me dirijo al salón de fumar pipas, apartado del exterior tan sólo por cristal y tablones más viejos que el polvo mismo. Antes de entrar, giro el cuello para pedirle a la mujer que me lleve una pinta de cerveza oscura. La tabernera no está allí; en su sitio hay una señorita esbelta de treinta y tantos, con pelo rizo y corsé bordado.
—¿Quieres que te sirva algo? —pregunta, enseñando la sonrisa más amplia del mundo.
Me quedo idiotizada en el acto. Miro el lugar por segunda ocasión: prácticamente vacío. Para ser una cantina se ve reluciente; los tablones del salón, que un momento atrás rebosaban de mugre, de pronto lucen un barniz nuevo. Inspecciono a la camarera.
—¿Usted quién es? —mascullo.
—Señorita Blank, me dicen —responde con un júbilo anormal—. Puedes decirme así también.
Un temor me recorre. Ni siquiera me he emborrachado y ya volví a saltar. Pongo una mano en la perilla; no sé si entrar a la sala. Una voz conocida, adentro, me corta las cavilaciones:
—Ese tipo, Wilmot, le reventó los sesos al fin. Y bien merecido que lo tenía.
¿Wilmot? La cruel declaración me paraliza, pero a la señorita Blank no consigue ni interrumpirle el bostezo.
—Oye, pasa si quieres —me invita la dama—. En el salón sólo están Jermyn, Stonor y otro señor que no conozco.
—Mejor me siento aquí —bisbiseo, señalando la mesita más cercana a esa habitación—. Sírvame una pinta, por favor.
Con el tarro enfrente escucho la conversación de los tres hombres. A través de una rendija identifico a Ned Mate. Ya no es un chico; veinte años o más lo han pisoteado y ataviado en un trajecillo de lana. ¡Cómo vuelo en el tiempo! Ned, siempre tan amante de su propia voz, relata los esperpentos de la bestia. Su tono suena casi orgulloso.
—Los Apse se agarraron al primer insensato que pudieron hallar —sigue diciendo mi antiguo camarada—. Es obvio, si lo que más les asustaba era la mala reputación que pudiera hacerse su barco endiablado. Wilmot era su segundo oficial; un tonto sin madera de navegante. Me simpatizaba, por eso me da lástima que ahora trabaje de carretero… Lo hizo caer bajo, ese desastre.
—Él fue quien perdió el barco, ¿no? —interviene alguien más.
—¡Que si lo perdió! —vitorea Ned, y luego atenúa sus palabras—. Es triste que una distracción acabe en ruina, ¿no creen? Esa noche Wilmot era el oficial en guardia y no tuvo más remedio que confesar: se distrajo con una chica y ni se acordó de revisar la brújula. ¿Y la bestia de los Apse? Descuartizada; partida en la costa.
Brinco en la silla. El bombeo de mi sangre arrecia y creo tener un motor diésel en el pecho. ¿Quién es ese asesino, Wilmot? Me levanto para abrir la puerta del salón.
—¡Si quieres entrar, tienes que ordenar algo! —gritonean desde la barra.
La señora gorda, con el trapo en la mano, me lanza una mueca impaciente. El débil muro de tablas ha recuperado sus telarañas y los borrachos de mi tiempo invaden —otra vez— el bar de Las Tres Cornejas.
—Véndame un botellón de escocés, para llevar —exijo a la vieja—. Tengo tareas inconclusas.
Bebo en el camino, extasiada con los gestos despectivos que la gente me regala. Cada adoquín del trayecto vibra como el agua sucia bajo un navío. Arribo al muelle y saludo a mi Gary Apse, tan dócil tras sus amarras. Son las nueve de la noche, hora del cambio de turno en la vigilancia; subo sin problemas e ingreso al compartimento de la maquinaria.
Los humanos siempre han encontrado cómo asesinar eso a lo que temen. El archivo del museo Apse e Hijos no describe la muerte de la bestia; igual que muchos, yo pensaba que había tenido un fallecimiento natural… ¿Existe tal cosa para un barco?
Sé qué cables romper en la caja de voltajes; sé cómo enviar una corriente desquiciada por el cuerpo de la nave; sé la forma de soltar un buque rabioso contra sus semejantes. Dicen que soy electricista, al cabo. Los aparatos arrojan humo, episódicamente, después de mis cortes y arreglos: todos protestan. Más allá del chisporroteo colérico, se empieza a oír el pulso de un monstruo recién despertado.
Regreso a cubierta; ni un asomo del vigía nocturno. Me cuelo en la timonera, enciendo desde aquí los motores y arranco el cofre del controlador automático. Las palpitaciones del barco aumentan en potencia. Hundo todo el whisky en mi esófago antes de dejar el Gary Apse.
Quiebro la botella vacía en los maderos del malecón. Observo. Cuando Gary al fin rasga el letargo, sacude su peso hasta reventar los calabrotes. Se libera. Destroza las lanchas de remos que le estorban y avanza, con el odio rugiendo en el motor, hacia sus compañeros dormidos.
Uno a uno, los miembros de la flota Apse crujen mientras mi criatura los hiere fatalmente. Castillos completos caen al agua negra. Gritos de pánico transgreden el aire. Todavía hambriento, el bruto escapa por el Támesis. Es mejor que ver fuegos artificiales: ahora podemos morir.
Las burbujas alcohólicas borran mi visión y un espasmo me avienta al piso, bocarriba. Abro los ojos y distingo las velas grises en los mástiles de la bestia. Un aguacero empantana la cubierta y nubla el panorama.
—¡Creo que se oyen rompientes por avante! —brama un marinero.
El grito queda sin respuesta, excepto por un oleaje furioso que azota el casco y me obliga a aferrar el palo de mesana.
—¡Wilmot! ¿Dónde nos metiste —insiste el mozo.
Un alarido llega del cuarto de planos; es la voz de mi atacante:
—¿Qué estás diciendo? —pregunta Wilmot.
Todos los marinos corren bajo el chubasco. De algún modo logran enfilar la gavia con el viento. La bestia, aterrada por las olas, decide poner a aletear sus velas. Inhalo despacio: las velas detienen el revoloteo. Durante medio minuto, a pesar de la tempestad que nos rodea, el barco y yo estamos perfectamente inmóviles.
—¡Demasiado cerca de las rocas!
La advertencia se acompaña de una ráfaga a traición que llena nuestras velas, enviándonos directo a los arrecifes. Primer golpe: siento cómo se me abren la espalda y la sobrequilla. Caigo, sin ver a dónde. El siguiente choque nos arrastra por la costa rocosa; me desgarra el estómago, el fondo entero. Escucho el trinquete desplomarse en la proa. No siento más dolor.
Desgajada en la cama pedregosa —en mi propio amasijo de brazos, mástiles, entrañas y castillos— pienso en la otra bestia: la vi nacer en una época de motores. Parece haber sido hace años. Entonces recuerdo, no sé cómo, que el tiempo de esa bestia apenas viene. Tendrá más hambre que yo.
Voy a empezar por el cuerpo. El cuerpo del actor cuando se deja ir. Dejarse ir cuando de pronto uno es sólo eso: Cuerpo que piensa, siente y quiere. Voy a explicarlo diferenciando las capacidades cerebrales del cuerpo en el que residen nuestros «tres» cerebros, apoyándome en el trabajo de Claudio Naranjo que comparte:
Estamos dotados de un cerebro reptiliano, que es el más primitivo y podemos llamar instintivo. Luego hemos desarrollado esa parte del cerebro llamado «cerebro medio» o sistema límbico, que hemos heredado de los mamíferos, junto a la maternidad y al amor materno; y en el amor materno podemos reconocer la raíz biológica del amor al prójimo pues se trata de una relación en que un individuo percibe al otro y se comporta hacia tal otro como hacia un otro yo más que hacia un extraño (y es a este otro que no es propiamente un otro que llamamos un «tú». (Lo que los santos y las distintas tradiciones espirituales tienen de especial, es que han logrado desarrollar esta cualidad del amor materno hasta su límite extremo, haciéndolo universal o incondicional). Por último, hay esa parte del cerebro propiamente humana: el neocortex, íntimamente asociada a la función intelectual, que nos hace homo sapiens.
El cuerpo sería ese instrumento con el cual nosotros podemos movernos; el movimiento puede estar relacionado con el lenguaje de palabras en el momento que utilizamos nuestro cuerpo para crear, estas tres partes (anteriormente descritas) trabajan de diferente manera. Así, cuando un intérprete de música ejecuta una pieza escrita a priori para ser interpretada, el cuerpo entra en resonancia con la partitura para lograr una conexión con el otro.
Clásicamente, la ejecución, interpretación y, específicamente en teatro, a la representación, son sinónimos en español de lo que inglés se nombra performance, que es distinto al nombrado performance art. Éste último es aquel arte donde el cuerpo es el principal creador, no se interpreta un texto previo y no media un director o una partitura; es sólo el instante y el cuerpo que ejecuta y piensa al mismo tiempo la acción.
Esta idea de performance art que se realiza desde hace muchas décadas y que se desarrolló dentro de las artes visuales y desde otras disciplinas —también escénicas como el trabajo de Jonh Cage—, tiene toda una historia que lo legitima. Desde el arte visual buscando salir de lo objetual para mostrar el proceso, el presente de la hechura de la obra (por decirlo de alguna manera) y los segundos dentro de las artes escénicas, también abarca su salida por completo de la estructura, del texto y del director o partitura, para desprenderse de la materialidad de la obra (o de la idea de obra) y a partir del espacio y el cuerpo busca, hasta hoy, un nuevo modelo para crear obra en presente.
A partir de esta ruptura moderna, el performance art comenzó a dialogar con todas las demás artes porque tenía la necesidad de desposeimiento, necesitaba que la mente se despojara quizá de su cerebro intelectual y se conectara con el cuerpo, y esta sensación de las pasiones —que subyacen en la pelvis y el torax— es compartida por bailarines y actores por igual. La necesidad de bajar el texto —de que las cosas vengan desde el coxis— es lo que ha llevado a la exploración de la inteligencia del cuerpo o «de la verdad» del cuerpo sobre el pensamiento. Así, sentir, desear y querer no es lo mismo que pensar, ya que a partir del movimiento se crean verdades que no son evidentes a la mente racional.
El objetivo de lo que en nuestro país se conoce como performance (no tenemos necesidad de diferenciar performance, como ejecución, de performance art, el arte de la acción), al arte que se le adjudica —por sus principios y su propia historia— la búsqueda de la libertad en la ejecución presencial. Tiene que ver con la improvisación (aunque ésta última tiene sus derivaciones como la Impro, género teatral creado a partir de ciertas reglas de estructuración dramáticas, o la improvisación con máscaras). Podríamos decir que, al menos de la forma clásica, hay una especie de texto o textualidad para la ejecución de estas ramas.
Es decir, en el momento en el que el texto deja de ser parte fundamental de la puesta en escena (alejamiento del textocentrismo) el espacio teatral toma forma de espacio para el cuerpo, y entonces sucede la libertad de creación desde una acción creadora de sentido, de signo, de lenguaje.
El cuerpo comienza su recorrido en esta búsqueda de verdad, de comunicación directa y en presente sin la mediación de un director o de un texto, es decir sin la mediación de una creación a priori que estructure la presencia del cuerpo en el espacio. A esta acción se le denomina hoy performatividad, pero ésta se da sólo cuando realmente no hay mediación, y cuando hay una exploración sobre el lenguaje del cuerpo y lo que él mismo nos puede decir sobre un concepto o idea. Es así que el teatro de presentación (o teatro posdramático) utiliza lo performativo dentro de su estética.
Lo performativo sería entonces esa libertad del actor de crear en el instante, a partir de su cuerpo e incluyendo voz, un lenguaje. La diferencia que encuentro entre el teatro y el performance art como tal, es que en el teatro la acción casi siempre va encaminada a ser parte de una estructura dramatúrgica que recrea un universo poético y que, a su vez, puede generar un concepto o una trama no necesariamente aristotélica.
El performance art no busca cánones dramáticos, es más huye de ellos para ir a otro espacio del cuerpo.
Entonces, las nuevas teatralidades tienen la posibilidad de utilizar las herramientas de los lenguajes del cuerpo como el clown, las máscaras, la comedia del arte y la improvisación, para llevar la elaboración fuera del drama hacia lo performativo y es ahí donde nos encontramos con la danza, la música y el performance art, que sin duda dota de otras búsquedas a la dramaturgia y a la teatralidad en sí misma.
Se cumplen cien años del nacimiento del autor que escribió la novela policiaca mexicana por excelencia, El complot mongol, un libro de vitalidad y posibilidades asombrosas. Hablamos de Rafael Bernal, que además de haber explorado el género policiaco trabajó textos bajo el rigor de la ciencia ficción. «Matar no es un trabajo que ocupe mucho tiempo, sobre todo desde que le estamos haciendo a la mucha ley, al mucho orden y al mucho gobierno», dice Filiberto García, protagonista de El complot mongol. Es una frase vigente, que se circunscribe a nuestros días, aunque la novela, escrita en 1966, se publicó un año después de la matanza en Tlatelolco.
Pedimos a Bef y Blumpi que adaptaran las obras clave de Bernal al cómic, y en esta conversación hablan del proceso y de su relación con el autor de Su nombre era Muerte.
Blumpi: Encontré en Bernal a un autor que sorprende, que arriesga. Desde el principio, me gustó el idiolecto de Teódulo Batanes, el protagonista de «De muerte natural», la pieza que adapté. Pero también un narrador muy evocador, para quien las descripciones no son mero escenario o adorno. Me colocó en el hospital donde falleció mi madre y supe que en un lugar así se ubicaría esta historia.
Bef: Bernal es un autor pivotal de la literatura mexicana que sin embargo ha sido poco valorado desde la alta cultura. Ello, desde luego (no es sorpresa), debido a su filiación a los subgéneros y la literatura popular. Y de éstos —ciencia ficción, noir— a los cómics sólo hay un paso. En Bernal hay resonancias de Chandler y sobre todo de Hammett, pero también de Chester Gould y Alex Raymond, contextualizado localmente.
El mérito de Bernal es haber nacionalizado al género noir. Quizá por eso mismo es ignorado por sus contemporáneos, que lo veían como autor menor. Tuvo que ser rescatado por la siguiente generación.
Me queda claro que su gran aportación está en la revaloración de la novela popular, pulp, dentro del contexto nacional, y ejecutarla con gran modernidad. La mezcla de primera y segunda persona en la voz narrativa de El complot mongol fue un recurso muy novedoso en su momento, que quizá ocupaban autores más experimentales —pienso en un temprano Fernando del Paso, quizá, o Carlos Fuentes en Aura—, pero que no se usa en este tipo de narrativa. Otra de sus herencias es darle voz al asesino, al antihéroe, el cual va desnudando las miserias y los vicios de un sistema corrupto sin ningún pudor.
Esta combinación explosiva genera textos altamente visuales, con mucha posibilidad de ser adaptados a un medio como la historieta. Hubo, de hecho, un intento fallido por hacerlo, con guión de Luis Humberto Crosthwaite e imágenes de Ricardo Peláez. Tuvieron la mala fortuna de intentar editarlo con Editorial Vid y por razones que siguen siendo un misterio para mí, el proyecto se canceló. Apenas se publicó un número de los cuatro o cinco que estaban planeados. Se rumoraba que era porque a la viuda de Bernal no le gustaba la idea de que la novela se editara en forma de pasquín.
Blumpi: No pude conseguir la adaptación al cómic de Croswaithe y Peláez en su momento. Se ha vuelto casi una leyenda urbana. Tampoco he visto la adaptación al cine. Volví a buscar el cómic cuando nos invitaron a participar con estas adaptaciones, pero no tuve suerte. Fue mejor así, pues podía llegar con una idea preconcebida de lo que se espera de una adaptación de la obra de Bernal. Y justamente lo que resultó interesante para mí es la manera de contar historias que tiene el autor, haciendo a un lado lo que representa para los subgéneros y su papel como autor de culto.
Bef: Vi la versión cinematográfica y me pareció muy pobre. De la de Croswaithe y Peláez vi el único número publicado. Una pena, era un dream team: un buen novelista trabajando con un magnífico ilustrador. Quizá se adelantaron a su época, eso debe haberse hecho alrededor del 2000. Pero me parece muy significativo: el proyecto iba hacia los puestos de periódicos, a donde ya no pudo llegar. Ahora ese tipo de cómics, las cosas que hacemos Blumpi y yo, llegan a las librerías, en mejores condiciones para sus autores, me parece. O a espacios como esta revista.
Y no puedo dejar de ver ahí un paralelismo entre el trabajo de Bernal y el de los narradores gráficos: abrevamos de fuentes populares, despreciadas por la alta cultura para deconstruir y recontextualizar en otros discursos narrativos, alejados, por ejemplo, de los superhéroes o las Sensacionales.
Blumpi: Las adaptaciones son riesgosas, aunque no dejan de ser atractivas. Son como los cóvers en la música: es muy tentador tratar de interpretar una pieza artística previamente elaborada y darle los matices propios. Pero en el caso de adaptaciones al cómic, el riesgo es muy grande. Las expectativas del lector son unas, la manera en que un narrador gráfico traduce lo que lee puede ser otra. En general, no me gustan las adaptaciones literarias al cómic, pues en mi opinión suelen ser homenajes de fan o adaptaciones al pie de la letra, más que reinterpretaciones personales.
Coincido con Bef: Rafael Bernal tiene ese halo que también persigue a los comiqueros, de literatura de bajo nivel, barata. Pero, por lo mismo, al no estar palomeada por una autoridad —o «autoridad»—, posee mucha libertad de movimiento. En El complot mongol, de fondo, pasa lo mismo en nuestros días: violencia, tráfico de drogas, negocios turbios. Nada ha cambiado, simplemente se ha puesto al día. Es el México posrevolucionario en el cual, puede decirse, seguimos viviendo, pues cargamos con las mismas desilusiones. En nuestros días la figura del sicario ganó prominencia debido a su papel en las guerras que se libran entre cárteles de las drogas. Filiberto García es ese personaje que conocemos bien: el vínculo entre los bajos fondos y la autoridad, quien hace trabajos para ambos lados porque funciona aceitando un gozne que de otra manera haría demasiado ruido. Pero también es quien camina por las mismas calles que transita todo mundo. Quiero decir que comparte espacio con los demás, formando parte del paisaje urbano. Hoy en día traería un escapulario de Malverde y tal vez no vestiría una gabardina, sino algo más estrafalario, más chaca. Pero seguiría teniendo las mismas motivaciones, trabajando para los mismos jefes.
Apenas hace unos días se anunció que Alejandro Vázquez Ortiz, con su obra Deja de decir a Dios qué hacer con sus dados, ganó el Premio Nacional de Cuento Joven Comala 2015. ¡Enhorabuena, Alejandro! Si bien con frecuencia se le reconoce por su excelente trabajo en Editorial An.alfa.beta, da el doble de orgullo saber que su obra personal también es valorada.
A propósito del galardón, revisité Artefactos, su primera colección de cuentos publicada en 2012. Los cuentos incluidos siempre me han parecido breves homenajes a la historia de la literatura. El libro nos recuerda que el cuento es un género vivo y con bondades únicas dentro de la escritura.
Una situación curiosa de Artefactos es que inicia con una nota que funciona como página de agradecimientos y a la vez como justificación del libro. «Las palabras son máquinas», inicia la nota y más adelante afirma: «La palabra hace a la Realidad y desprendido queda el silogismo contrario: únicamente la palabra puede deshacerla». Y en ese tenor de crear, descomponer, construir y destruir la Realidad se comienza a entrever el plano arquitectónico subyacente en los relatos.
El primer cuento de los once recopilados es «La mariposa», que inicia así: «Shen Kuo, teniendo únicamente un pincel y tinta para conversar, intentó saber lo que era la mariposa cabeza de serpiente». Este geólogo, astrónomo, ingeniero, cartógrafo, meteorólogo, entre otros, encuentra que para definir ese primer concepto que animó su curiosidad debe, de forma paralela, definir su contexto. Sin embargo, ese contexto es, a su vez, parte de un contexto mayor. Y así se nutren los contextos, hasta que las relaciones esenciales entre los objetos, las personas, sus pensamientos, la naturaleza, el arte y otros ámbitos quedan unidos por el efímero aleteo de una mariposa con cabeza de serpiente. El relato sirve para explicar un sinfín de fenómenos humanos: desde la empatía, el desarrollo social, la economía, hasta el estancamiento actual de la educación que se empeña en separar el tejido del mundo en asignaturas, volviendo inútil casi todo conocimiento.
En «La mariposa», Vázquez Ortiz cumple la promesa sugerida en la nota inicial acerca de la relación entre la palabra y la realidad. En el siguiente relato, «Notas póstumas de Jacob N. Heartman sobre Bartleby», cruza la frontera de la ficción tomando como punto de partida a Bartleby, el conocido personaje de Herman Melville. El legado de Bartleby abandona lo literario y salta a lo real en un par de líneas: «Aquellos que hayan quedado intrigados por el relato que publiqué bajo el seudónimo de mi íntimo, Herman Melville, en la Putnam’s Monthly Magazine de noviembre de 1853…». Así pues, el narrador sin nombre de «Bartleby, The Scrivener; A Story of Wall Street» se convierte en Jacob N. Heartman y nos seduce para creer que Bartleby en realidad existió. De esta forma, Vázquez Ortiz le pide al lector una doble suspensión de la incredulidad para primero, aceptar al Bartleby histórico de Melville y luego aceptarlo como parte de una nueva ficción creada Jacob N. Heartman a manera de un documento testimonial que el lector recibirá como cuento. Para acentuar el pase del lector a la nueva ficción y no dejarlo escapar, el texto inicia con una nota del editor explicando el origen del documento. Así, el relato cubre convincentemente los huecos que el lector podría llenar con dudas e inquietudes.
He repasado sólo dos relatos, pero la colección mantiene lo ya expuesto: enlaza realidades y ficciones con un hilo de palabras, oraciones, imágenes y estéticas, sin perder de vista la orilla de una playa habitada por la premisa establecida desde la nota inicial: las palabras son máquinas, herramientas que utilizamos para explicar y manipular el espacio y el tiempo.
El zurcido de la confección literaria en Artefactos es invisible y exacto. Los demás cuentos son universos compactos y bien realizados, que reviven ecos que remontan al lector a diversas tradiciones literarias. Por ejemplo, el relato «La máquina» está fabricado con la misma sustancia que La piel de zapa, novela decimonónica de Balzac, y en «El turista» habita un espíritu hermano al de «El guardagujas» de Juan José Arreola.
Alejandro Vázquez Ortiz posee una sensibilidad admirable para describir los espacios e imbuirlos de personalidad. La primera cuartilla de cada relato está trazada con la precisión de un francotirador. Alejandro escribe ocultando con pericia la red de intriga bajo una cama de hojas y, con el primer paso, el lector queda atrapado hasta el final.
Cuando la mesera se acercó con los tragos, Jonás tomó su whisky directo de la charola y sin detenerse a brindar o a dar las gracias lo vació de una sentada y pidió otro. Roberta, sentada frente a él, lo miró con incredulidad y le dio un tímido sorbo a su bebida; un coctel fluorescente con aspecto de algo que se puede encontrar en las entrañas de un submarino nuclear.
—¿No me acabas de decir que tienes que ir a trabajar al rato? —dijo Roberta cuando llegó el nuevo trago de Jonás.
Jonás observó a la mesera alejarse e ignorando el comentario de Roberta, desvió su mirada hacia una de las mesas colocadas sobre la banqueta, en la que cinco personas tomadas de las manos intentaban resistir las descargas eléctricas de una maquinita de toques.
—Eso que están haciendo debería ser perseguido por la ley —dijo señalando al grupo, que entre risas nerviosas y mentadas de madre le exigía al sujeto de la maquinita que aumentara la intensidad.
—¿Qué?, ¿vender toques?
—No. Pagar por ellos. De hecho, los tipos que los venden son unos genios. Cobrarle dinero a la gente por electrocutarla es algo que se tiene que respetar. ¿Quién iba a pensar que existe un mercado de personas dispuestas a pagar por sufrir? Ni siquiera virtuosos de la tortura como Tomás de Torquemada tuvieron esa visión.
—Pues es una especie de reto físico.
—Correr un triatlón es un reto físico. Aguantar una descarga eléctrica es reto de asesino serial.
—No seas amargado. Lo hacen por diversión.
—No soy amargado, sólo digo que cualquier persona dispuesta a darle su dinero a otra para que la electrocute merece que la electrocuten.
—¿A qué me dijiste que te dedicas?
—Nunca te lo dije —respondió Jonás sonriendo—. Si te lo hubiera dicho no me hubieras hecho caso.
—Con ese uniforme está difícil que no te pregunten.
Jonás se quitó la gorra roja desgastada y contempló el logotipo de ABOExpress bordado en la parte delantera. La caricatura de un plato con alas que servía de estandarte a la empresa para la que trabajaba siempre le había parecido infame.
—Soy un simple repartidor de comida —dijo con timidez, colocado la gorra sobre la mesa.
—¿Y haces entregas a estas horas de la noche?, ¿en qué restaurante trabajas?
—No es un restaurante —respondió aclarándose la garganta—. Es un servicio de comida gourmet.
—¿Comida gourmet en plena madrugada? —dijo Roberta, picada por la curiosidad y no sin cierto escepticismo.
—¿Qué quieres que te diga? Hay personas que a estas horas no se conforman con unos tacos.
—¿Como qué tipo de comida hay en su menú?
—No tenemos un menú fijo. Más bien conseguimos lo que nuestros clientes nos piden.
—¿Y consiguen lo que sea?
—Prácticamente lo que sea.
—¿Hasta exquisiteces como langosta?
—Ese no es exactamente el tipo de comida que nos piden pero sí —dijo Jonás riendo—, podríamos. Hay gente muy excéntrica.
Roberta entornó los ojos y lo observó con severidad durante unos segundos.
—Para mí que la «comida» que tú repartes es de ésa que se fuma y se inhala por la nariz —dijo finalmente.
Después de apurar otro trago de whisky, Jonás negó con la cabeza dejando escapar una carcajada. A pesar de que había sido una noche ajetreada, el hecho de que ya solamente le faltara entregar un último pedido lo había puesto de buen humor.
—No vendo drogas, si eso es lo que estás insinuando —respondió cerrándole un ojo.
—¿Repartes comida gourmet en plena madrugada y después de haber estado bebiendo?, ¿de verdad crees que soy tan ingenua?
—Bebo porque ya sólo me falta una última entrega y porque ha sido una noche especialmente cansada. No es fácil estar trabajando a estas horas en fin de semana, recorriendo la ciudad para cumplir los caprichos culinarios de la gente.
—¿Qué tipo de comida es la que repartes entonces?, ¿por qué tanto misterio?
—Porque parte de nuestro servicio es la discreción.
—Eso es exactamente lo que diría alguien que vende drogas o que regenta prostitutas. ¿estás en el negocio de la prostitución?
Jonás sonrió y miró su reloj.
—¿Cuándo has visto a un padrote uniformado y con coche de repartidor? —preguntó después de terminarse el último trago de whisky.
—Uno nunca sabe —dijo Roberta—. Puede ser uno de esos famosos startups que están tan de moda.
—Pues lamento decepcionarte —respondió Jonás poniéndose la gorra y sacando varios billetes de su cartera—. Me da mucha pena pero me tengo que irme para entregar este último pedido. ¿No me quieres acompañar y después nos vamos a algún otro lado? Así además te demuestro que mi trabajo no es lo que tú piensas.
Roberta lo miró dubitativa.
—¿Vas muy lejos?
—Aquí junto, a la Narvarte.
—¿Seguro que no estás metido en algún negocio turbio?
—¿Crees que si estuviera haciendo algo ilegal andaría con un uniforme tan llamativo y ridículo como éste?
—Supongo que no. Pero también podrías usarlo para despistar.
—Te aseguro que no soy un delincuente —dijo Jonás con una sonrisa—. Pero si te da miedo que te descuartice me conformo con que me des tu teléfono.
Roberta sonrió y aún sin decidirse comenzó a juguetear con su celular. Después de unos segundos sin respuesta, Jonás se alzó de hombros, se despidió con un guiño y comenzó a caminar hacia el coche rojo de ABOExpress que había dejado estacionado del otro lado del camellón. El tipo de la maquinita de toques seguía recorriendo las mesas del lugar y aparentemente haciéndose rico en aquella convención de pendejos. Acababa de abrir la puerta delantera del coche cuando Roberta lo alcanzó corriendo.
—¡Está bien! —dijo recuperando el aire—. Te acompaño a entregar tus drogas y si quieres de ahí me invitas a algún lado.
—¡Ya te dije que no vendo drogas!
—Lo que sea que estés repartiendo —dijo Roberta cerrándole un ojo—, te juro que por mí nadie se entera.
Jonás se echó a reír y le abrió la puerta del copiloto a Roberta. El coche arrancó y se perdió en medio de la noche. Quince minutos después se estacionaron frente a un viejo y desvencijado edificio de departamentos en medio de una calle sin iluminación. Los alrededores estaban desiertos y en completo silencio cuando bajaron del coche. Roberta comenzó a preguntarse si no había cometido un error accediendo a acompañarlo.
—Lo único que te voy a pedir es que no digas nada—le advirtió Jonás mientras entraban al vestíbulo y se dirigían hacia las escaleras—. Déjame hablar a mí.
Roberta se limitó a asentir con un imperceptible movimiento de cabeza. Al llegar al tercer piso, Jonás se detuvo frente al departamento número 303 y tocó cuatro veces a la puerta. La estruendosa música de órgano que se escuchaba adentro se detuvo de súbito.
—¿Quién? —gritó una voz desde el interior.
—¡ABOExpress servicio a domicilio! —respondió Jonás.
Del otro lado de la puerta se escucharon pasos y después el sonido de múltiples seguros y cerrojos abriéndose.
—Y a todo esto, ¿dónde está el pedido? —le preguntó Roberta a Jonás cuando se dio cuenta de que éste traía las manos vacías.
—¡Ya era hora! —exclamó un esquelético y ojeroso individuo en calzones que finalmente apareció detrás de la puerta—. Estaba apunto de marcar a la sucursal para ver qué había pasado.
—Le pido una disculpa. Nos ha estado fallando el sistema toda la noche —dijo Jonás mirando a Roberta—. Le traigo su orden: una mujer rubia, en sus veintes y de sangre tipo O+, ¿correcto?
—¡Oiga pero la pedí sin tatuajes! —respondió el hombre señalando el símbolo chino que Roberta tenía dibujado en el antebrazo.
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó Roberta alarmada— ¿A dónde me trajiste, imbécil?
Jonás revisó el ticket de compra rascándose la cabeza.
—Aquí no dice nada de tatuajes, señor. Seguro fue otro error del sistema. Si gusta se la puedo ir a cambiar pero tardaría de dos a tres horas.
—Así está bien —respondió el otro negando con la mano—. Me estoy muriendo de hambre y para cuando regreses ya habrá amanecido.
—¿Qué es esto? —gritó Roberta cada vez más alterada y dando unos pasos hacia atrás— ¡No me toquen!
—De nuevo una disculpa, señor —dijo Jonás sujetando a Roberta con firmeza— Serían cinco mil pesos. Su pago es en efectivo, ¿verdad?
—Así es —respondió el hombre sacando los billetes de su cartera—. Por cierto, tengo un cupón del 20% de descuento.
—Los cupones sólo son validos para pedidos entre semana, caballero.
—Bueno. No importa. Quédese con el cambio.
El hombre acercó entonces su cadavérico rostro al cuello de Roberta y con una tétrica sonrisa dejó asomar dos enormes colmillos manchados de sangre. Roberta gritó horrorizada e intentó alejarse corriendo hacia las escaleras, en donde fue rápidamente atajada y sometida por Jonás, que después de forcejear un poco finalmente logró controlarla y empujarla hacia adentro del departamento con un diestro movimiento.
—Le recomiendo tener cuidado porque como puede ver, su orden viene un poco caliente —dijo a manera de despedida entre alaridos de Roberta—. Espero que la comida sea de su agrado y en ABOExpress esperamos volver a verlo muy pronto. Que tenga bonita noche.
¿Existe mercado para el rock mexicano en la era del streaming? Alejandro González Castillo visita a Rafael González, Sal Toache y Hugo Coyote Millanes, los tres músicos y productores, para responder a la interrogante en un recorrido por los sellos discográficos, los visionarios y las bandas que han moldeado la escena musical independiente de los últimos años.
Grabar un disco, colocarlo en los estantes de las tiendas especializadas y conseguir promoción en estaciones de radio, revistas y televisión lucía como una hazaña sobrenatural digna de ser contada en un libro de aventuras cósmicas. Así de árido fue el rock mexicano durante décadas. Mucho tuvo que ver la criminalización del rock que hizo el gobierno a lo largo de los años setenta y al hecho de vivir en un país tropical, salsero y amante de la cumbia que, para infortunio de los fundamentalistas del rock, se encuentra alejado de la niebla londinense y del olor a gasolina de las carreteras de Estados Unidos. Sin embargo, la democratización tecnológica que arrancó con el internet permitió que muchos músicos evadieran a los grandes medios de comunicación, los altos costos de los estudios de grabación y los tratos mañosos que ofrecían los sellos discográficos para que la escenografía cambiara de facha.
Actualmente, hay artistas que graban sus discos encerrados en sus habitaciones, suben su obra a la red —con frecuencia para ser descargada gratuitamente— y en poco tiempo ésta puede escucharse en cualquier parte del mundo para ser reseñada y recomendada por expertos en el tema. Esta es una de las múltiples formas de trabajo que conoce la escena independiente (indie, dirían los avezados), donde los creadores, argumentan ellos mismos, llevan la batuta de todos los movimientos que generan alrededor de su música, desde la edición de playeras alusivas y la elaboración de contratos para presentarse en directo, hasta la producción de discos, esos platos que los aferrados siguen haciendo girar porque todavía existen sujetos que prefieren hacer las cosas a la antigua, recurrir a los viejos modelos, visitar un estudio de grabación para editar discos físicamente que los escuchas puedan presumir en las repisas de su hogar.
Varias preguntas saltan a la vista: ¿es complicado que un músico de rock independiente consiga la firma de un sello disquero?, ¿cuánto cuesta grabar un disco?, ¿qué lugar ocupan los sellos discográficos en la era del streaming?
Discos Intolerancia tiene más de veinte años de historia y su catálogo rebasa los trescientos títulos. La disquera ha proyectado a grupos como La Gusana Ciega, Yokozuna, San Pascualito Rey, Los Esquizitos, Carla Morrison y Lost Acapulco, entre otros. Sal Toache, uno de los artífices del sello, considera que el rock mexicano está relacionado con géneros musicales distantes del que popularizó Elvis, de modo que prefiere definir dicho género independiente «como una actitud ante la industria y los medios de comunicación; una alternativa». Con eso como fundamento, explica que la disquera busca firmar «proyectos que más allá de la clase de música que hagan, ofrezcan muestras claras de que creen en su arte para así comprometerse con el desarrollo de su música. Porque no nos interesa sólo poner discos a la venta, sino crecer con las bandas. Si estos objetivos se cumplen, nosotros felices».
Pero, ¿con talento y honestidad se está del otro lado, se puede hablar de que se pisa el primer peldaño hacia el éxito, tanto para el artista como para el empresario? Porque es común que los sellos firmen a creadores que prometen y que, al final, sólo traen pérdidas económicas. Rafael González Villegas, además de ser miembro de la HH Botellita de Jerez y contar con un proyecto solista bajo el apelativo de Sr. González, fue fundador de AntíDOTO, un sello discográfico que editó álbumes de Monocordio, Fratta y Dildo (hoy DLD), aunque también trabajó con otros grupos que, según el propio Rafael, «fueron un fracaso total». Y es que sucede que no basta con el talento y la honestidad. Para aclarar el punto, González desenmaraña los movimientos de billetes que tienen lugar en una operación disquera: «Tú produces un disco que te sale en X cantidad de dinero, luego lo mandas maquilar para dirigirte con un distribuidor que te compra el producto, por ejemplo, a treinta y cinco pesos; este distribuidor, a su vez, vende el disco a las tiendas al doble del precio, es decir, como a setenta pesos; finalmente, la tienda termina ofreciéndolo al público a ciento cuarenta pesos. Así que el precio se va duplicando conforme avanza la cadena».
Ilustraciones de Dr. Alderete
Con datos así de contundentes queda claro que vender discos de rock está lejos de ser un negocio redondo, sino un asunto riesgoso, un acto de fe. Rafael apunta que el caso de Ensamble Galileo (un proyecto alterno de Rita Guerrero que ejecutaba música medieval) fue «curioso, porque se trató de uno de los discos que más vendieron y mejores ganancias generaron en AntíDOTO debido a sus características, ya que dicho grupo hizo álbumes de música antigua que no pagan regalías autorales y, por otro lado, se asoman como productos alejados de cualquier moda, discos que con el paso del tiempo pueden seguir vendiéndose». El ejemplo es medular si se apunta lo que ocurre con Intolerancia y Juan Cirerol y Carla Morrison, quienes, pese a no tocar rock, cuentan con seguidores que simpatizan con dicho género. Ambos son exponentes que venden, aunque su excepcional ejemplo no ha significado que disqueras trasnacionales como Universal o Sony Music hayan bajado los brazos para cambiar de estrategia. «Los sellos grandes siguen firmando a grupos de rock en el sentido clásico del término (guitarras y bajo eléctricos, batería y distorsión), tantos como antes. Recientemente los hemos visto jalando a bandas que vienen de la independencia», advierte Sal. Ahí están Los Daniels y Comisario Pantera para certificarlo.
Para Toache, el tema de la venta de discos tiene pros y contras. Se trata de «un formato que, pese a los problemas de la piratería, está vigente y sigue siendo un modelo de negocio que eventualmente ofrece utilidades». Para ciertas empresas, vender discos es redituable gracias a la relación que los artistas sostienen con sus seguidores. Intolerancia lo pone así: «Hay artistas que tienen una relación muy fuerte con sus fans y esto permite que los formatos físicos sigan siendo importantes. Quienes no alcanzan tal grado de conexión con sus seguidores, no retribuyen la misma cantidad de utilidades en cuanto a venta de discos». González, por otro lado, advierte que las circunstancias están cambiando, pues «los músicos que acuden a las grandes trasnacionales a la caza de una firma buscan esquemas de trabajo que van más allá de sólo editar un disco, sino trabajar con la disquera a nivel de agencia de booking o como oficina de prensa. Actualmente, la música grabada forma parte de una gran campaña de promoción, ya es como un videoclip, un elemento más de venta entre muchos otros. Estamos viviendo una transición: aunque la industria desee a como dé lugar seguir ganando dinero con mecánicas de venta en la red, ese mundo, el del internet, está fuera de control y el futuro es muy claro: la música circulará de manera libre».
Entre la serie de dificultades que editar rock en México trae consigo, la piratería no se advierte amenazante, al menos en la escena independiente. Comenta Sal: «Hay pocos discos piratas del sello Intolerancia; de hecho, cuando vimos un disco de San Pascualito Rey pirata nos sorprendimos mucho, pensamos “wow, tenemos un grupo que sí le importa a la gente”. Porque la piratería va a la segura, jamás fabrica discos que no resulten lucrativos».
La realidad es que, con o sin piratería, los discos cada vez se venden menos, aunque «en México esa parte del mercado se resista a desaparecer, cada vez funciona menos como negocio. Lo que viene es la venta digital. Cada vez recibo más dinero de parte del mercado virtual, de ventas en sitios como Spotify», explica González. Desafortunadamente, el mundo virtual ofrece ganancias apenas perceptibles, pero, dice Rafael, «no es nuevo, no es algo que ocurra últimamente en internet, desde siempre las grandes empresas se han agandallado bastante. El artista ha ganado poquito en este mercado toda la vida, no importa si hablamos de discos o descargas digitales».
¿Cómo se puede sobrevivir en un campo de trabajo tan hostil? Hugo Coyote Millanes suele presentarse en diversos foros bajo el seudónimo de Postwar Reich; tiene un disco editado en vinil (Postwar 1919), álbum autofinanciado que le permitió recientemente viajar a París para presentarse en directo. Hugo invirtió alrededor de sesenta mil pesos en producir su obra, recurrió a un estudio de grabación profesional y decidió editar sus copias con un cuidado trabajo gráfico. Dice que hizo «trescientos viniles que están cerca de acabarse, pues se han vendido bien. Yo mismo entrego los discos que vendo, hago el contacto vía Facebook y me quedo de ver con el comprador en alguna estación del metro o éste viene a mi casa». Paralelamente, el disco de Postwar Reich puede encontrarse en diversas tiendas de discos de la capital del país, en pequeños locales que son visitados por sujetos que, como dice Hugo, «se atreven a comprar un formato como el del vinil porque están comprometidos con el hecho de escuchar música». En sitios como estos, Hugo se queda con 60% del costo de cada disco mientras la tienda gana el resto, de modo que las posibilidades de recuperar la inversión monetaria se encuentran muy lejos de ser palpables. «Sé que hacer un vinil es un capricho, afortunadamente tengo un trabajo que no tiene que ver con la música y gracias a esto pude darme mi lujo. Suena pretencioso, pero me gusta el concepto del amor al arte, así que jamás pensé en la posibilidad de recuperar el dinero que invertí en la grabación; para mí siempre se trató de dinero perdido».
Ilustraciones de Dr. Alderete
Caifanes, Maná y Café Tacvba pertenecen al mainstream y han conseguido vivir dignamente de hacer su música, pero en la escena independiente funciona distinto. Sal explica que «quienes estamos dentro de la industria debemos apostar más por el desarrollo de los artistas. Creo que a los grupos importantes de la escena ya todos los conocemos, son los que tienen presencia en todo el país, e incluso fuera de éste, y van a seguir ahí; pero a nosotros nos toca generar mecanismos que ayuden a la proliferación de artistas nuevos independientes». González, desde su perspectiva como creador y empresario, acepta que desde que empezó a hacer su música a nivel independiente notó que «obtenía más dinero del que había cuando estaba con Botellita de Jerez en un sello trasnacional. Ahora descubro que quizá mi música no llega a tanta gente, pero sí gano más dinero, y esto ha ocurrido en buena medida gracias al patrocinio de diversos negocios que, sin ser las grandes empresas trasnacionales, obtienen algún beneficio al aparecer como mecenas en el arte de mis discos». Hugo remata: «Nunca he andado detrás de las disqueras porque luego te ponen cláusulas extrañas o te meten a la congeladora. Alguna vez hablé con el guitarrista de Zoé y me contó que eso le pasó a su grupo con una disquera trasnacional. Pero seré sincero: si alguien llegara a ofrecerme un buen contrato no le haría el fuchi».
Toache considera que lo que hace falta para fortalecer el mercado discográfico independiente es alcanzar «un consenso general de la industria que no sólo involucre a sellos disqueros, sino a medios de comunicación, promotores y empresarios». Desde su perspectiva, el público es quien tiene la palabra final, pues éste decide «si abarrota o no los lugares donde se presentan los grupos. Yo pienso que siempre habrá gente que estará ahí, pendiente de nuevos sonidos, sólo se requiere un consenso bien planteado de hacia dónde queremos mover esta industria para así fortalecernos todos». Para González, lo importante es que los músicos afiancen sus raíces para desenvolverse eficientemente en el medio independiente, «porque uno le apuesta a la permanencia como artista, hacerse de una base de seguidores fiel, lejos de las campañas de promoción que antes existían, las cuales generaban una moda que provocaba que muchos escuchas, a la larga, no fueran fieles a sus artistas».
Es un trabajo duro el de los sellos disqueros; una tarea ardua la de lo escuchas; un oficio incierto a nivel monetario el de los músicos. Una carrera de largo aliento que no garantiza medallas a nadie, como bien sentencia González: «En realidad, apostarle a un futuro en la independencia, al menos grabando discos, significa llevar a cabo un trabajo diario cuyos dividendos se notan poco a poco, con el paso del tiempo y tras mucho esfuerzo. Es éste un trabajo de hormiguita. Y aunque es cierto que el disco dejó de ser un negocio, la música grabada no va a desaparecer porque opera como una fotografía, como un documento cuya forma, bien o mal, vive un proceso de cambio».
Cafés negros y varios kilos de carne doneraki dieron pasto a la imaginación de José Miguel Barajas (San Andrés Tuxtla, 1983) durante los días que se empeñó en producir las líneas que ahora saludamos con la publicación de Vías paralelas, su primer libro de ensayos. Cuando platiqué por primera vez con él, en octubre de 2010, dentro de la casona de Liverpool 16, en la Ciudad de México, tuvimos que tocar por inercia el tema de nuestros ensayos respectivos. Él me dijo que se proponía hacer un libro que reuniera a Jorge Luis Borges, Fernando Pessoa y Paul Valéry, y que para él esa propuesta era como hacerle una carta a los Reyes. Más tarde se unió Josefina Vicens a ese trío de escritores. Pocas semanas después Barajas comenzó a llevar las primeras incursiones de su ensayo. No tenía premura. Con pisada de felino acosaba. En el punto oportuno daba el salto y después ubicaba a la siguiente presa, según bulimia similar. Uno a uno se fueron formando los capítulos de Vías paralelas, ese opus primum et nigrum de los trabajos vitales de Barajas.
A pesar de lo que indicaría el sentido común en el caso de algún otro escritor, Borges, Pessoa y Valéry fueron bien digeridos e integrados en esta obra concisa. Y no sólo ellos: página a página se perciben núcleos poéticos e intelectuales de diversas tradiciones, de múltiples hombres. Algunas veces, estos núcleos emergen y toman cuerpo; otras, se desvanecen en el tejido de la prosa y se asimilan a la voz del autor. En todos los casos la vivencia de las ideas en diálogo, que a veces llegan a ser ideas fijas, es tan intensa que se pueden traer a cuento las palabras que György Lukács dirigió a Leo Popper desde Florencia, en octubre de 1910: «Hay, pues, vivencias que no podrían ser expresadas por ningún gesto y que, sin embargo, ansían expresión. Por todo lo dicho sabes a cuáles me refiero y de qué clase son: la intelectualidad, la conceptualidad como vivencia sentimental, como realidad inmediata, como principio espontáneo de existencia».
Alguna vez mencioné con respecto al libro de otra escritora que pocas veces tiene uno acceso a los esfuerzos con que se crea una obra ajena. El azar también, en este caso, me permitió ver el tránsito entre las diferentes regiones del autor y su asentamiento en el papel. Hace no pocos días finalmente pude leer de principio a fin el libro en que desembocaron todos aquellos afanes. En este caso, haber visto de cerca el proceso de la creación de Vías paralelas tampoco impidió sentir el asombro que Valéry, en su Introducción al curso de poética, adjudica a aquel hombre que lee, de golpe, durante unas horas, tanta fuerza verbal en el espacio de unas páginas.
Podríamos llamar, sí, autobiografía intelectual a este libro. Pero también crónica de la guerra entre lo sensorial y lo mental, o poética de los personajes del drama, o genealogía de las ideas individuales, o tratado exóterico. Y aun, si tomamos prestada la descripción que Ezequiel Martínez Estrada hizo de los Ensayos de Montaigne, este es el primer tomo que el autor compuso de la historia universal de sí mismo.
Montaigne decía que no pintaba el ser, sino el tránsito. Y que él se podía contradecir a sí mismo, pero no a la verdad. En la búsqueda de la verdad nada era tan inasible como el ser, y por eso las mil caras de la personalidad y los coloquios con el amigo muerto, Étienne de la Boètie, o con los muertos amigos, llámense Séneca o Rabelais, por decir dos cómodos extremos, exigen el diálogo, o la dialéctica, y en última instancia la duda que permite el avance, el giro que crea la espiral. Por otro lado, la inclinación de Montaigne por las naciones que vivían en «estado natural» era reflejo del deseo de presentarse sin artificios; sólo la convención le impedía mostrarse del todo desnudo. En la prosa de Barajas no sólo hay una pintura del todo entero, sino también una comunión abierta entre su personalidad y el libro. El autor sostiene al libro y el libro sostiene al autor. Y ya sabemos que, dentro de las literaturas occidentales, Montaigne es quien cumple con mayor plenitud esta paradoja.
En el prólogo de sus Ensayos, Montaigne también se refería al hecho de que el asunto de su obra era él mismo, y amonestaba sobre ese punto al lector, para que éste razonara sobre la inversión de su tiempo en asunto tan frívolo y vano. Esta modestia sospechosa, por otra parte, se enfrenta con el pasaje donde afirma que si la gente se queja de que Montaigne habla de sí mismo en exceso, él se queja de que la gente ni siquiera piensa en sí misma. Dicha opinión es, o debería ser, premisa de casi todo ensayista. Entre los compañeros que se abocan al género, hoy, en nuestras literaturas, hay varias búsquedas y diversos caminos. Algunos se dirigen hacia el tratado, otros hacia la ficción, unos más hacia el panfleto o la poesía. No creo exagerar si digo que Vías paralelas es uno de los ensayos coetáneos que con más fuerza agarra a la tradición por los cuernos. Barajas, como Montaigne esgrimía, no sólo se atreve a hablar de sí mismo (algo que la retórica clásica desaconsejaba), sino que se atreve a hablar solamente de sí. De este modo, Borges, Valéry, Pessoa y otras voces se integran a su polifonía no como ornatos de su discurso o como autoridades para reforzar su opinión, sino como hombres de ideas y de cuerpo entero que lo estimulan y que tensan esa conversación dramática que empezó hace casi 15 años, cuando una voz interior, ajena, habló por vez primera con Barajas en Chapingo, al ausentarse unos meses de la selva tuxtleca para estudiar Agronomía. Este libro son las memorias impresas de esos tácitos coloquios.