Las nuevas rutas a seguir del rock mexicano reciente se bifurcan en ese sendero borgiano de lo indefinido. No hay caminos signados por lo preciso, y las guías que podamos ofrecer para intentar dar brújula del rumbo, son insuficientes.
Este mapa es apenas una sugerencia. Nos gustaría que fuera visto como treinta y cuatro diferentes aproximaciones a la música hecha hoy en México. Pero no queremos pecar de tibios. En colaboración con Tierra Adentro, Juan Carlos Hidalgo abre la conversación —siempre plural y crítica— acerca del trabajo de las bandas que aquí se presentan. Breves semblanzas armadas con el hilo conductor que es el gusto por la música expresada por jóvenes talentos menores de treinta y cinco años de edad. Postales de los diversos estilos, de las atmósferas discursivas que las bandas provocan al escuchar sus canciones.
Sólo porque la peluca está ubicada sobre la cabeza, tendemos a calificarla, injustamente, como un objeto real. Es asumida con la simpleza del esmalte para uñas o las propiedades sintéticas de la tóxina butolínica. La peluca asocia las ideas de plasticidad, ocultamiento y superficialidad. Como todo postizo es, en sus propios términos, un reemplazo, un paliativo para la carencia y también, como si la medida real del asunto fuese la dicotomía entre falso/verdadero, un constructor de realidades aparentes.
Los términos de la apariencia y la simulación no están negados a los escrutinios hechos a profundidad, no son ajenos al análisis y mucho menos escapan, aun a sabiendas de su propia falsedad, al lente del pensamiento. Este último está íntimamente ligado a la cabellera. El hombre que sistemáticamente se rasca la cabeza no necesariamente está pensando, pero la imagen de los dedos hurgando entre las hebras de pelo casi siempre evoca la duda, la contemplación y el cuestionamiento, en fin, el discurrir de las ideas.
Desconozco el número de ocasiones que Luigi Amara debió rascarse la cabeza durante la escritura del libro que ahora tengo en las manos y aunque no estoy seguro de que exista una postura correcta para pensar, considero que al escribir un ensayo uno siempre debe rascarse la cabeza. Con suerte, alguna idea quedará atrapada entre uña y carne.
El ensayo, como la cabellera, suele ser maleable y difuso. Un territorio que se recorre con los ojos del tanteo y la inquietud. De ahí que sea preferible evitar los manuales que codifican las hechuras del género ensayístico, y los instructivos diseñados para dar orden y normativa a los cuidados del cabello. Desde luego, ni el ensayo ni el cabello escapan a ciertos cuidados superficiales, necesitan su forma y brillo, y claro, es preferible que tengan cierta vitalidad y no vayan por ahí soltando caspa, manchando con suciedad los dedos de sus lectores o dando una imagen malograda resultado de frases orzuelísticas o resequedad léxica.
Amara reconoce que la labor del ensayista siempre ha sido la provocación, la mutación y el embuste; pero con ello viene también la metamorfosis del escritor en un ejercicio de ida y vuelta entre su escritura y su persona. Historia descabellada de la peluca muestra a un autor disponiendo su inteligencia, disciplina e irreverencia ante un asunto que por ser considerado baladí se permite ahondar con relativa agilidad en las prácticas de simulación y efectismo propias de la cultura occidental.
Así leemos que la peluca de Andy Warhol, más que elusiva pieza contra la calvicie, puede leerse como la perfecta maquilación de una identidad artística que es a la vez mercancía y postura; el autor además descodifica el lugar que la peluca ocupa en las cabezas de filósofos como Kant y Leibniz, argumentando que la posición de la peluca en el canon de la filosofía occidental no se reduce únicamente a una impostura de la moda, sino que se trata de «nada menos que la cabellera sofista. La cabellera sin más fundamento que la impresión que despierta. Sin raíces pero ufana de su fronda. La cabellera máscara. [Colocada] allí, en la coronilla de los más insignes filósofos».
Pero el cabello no sólo es atisbo de la identidad, también es una provocación. Como las melenas de James Dean o los Beatles, el cabello fundamenta su estilo en un espíritu transgresor porque se encuentra insatisfecho con los discursos y modelos establecidos. Luego Amara remata con la ayuda de Dusty Springfield, esa figura transgresora y a la vez establecida que «encarnó la crítica al binarismo social, a las divisiones tajantes con las que se articula la lógica de la exclusión, comenzando por la de blanco y negro, nativo y extranjero, genuino e impostado, homo y hetero», es decir, Dusty como crítica y reconsideración de la identidad.
Más que ironía, la peluca puede ser vista como una mofa, y desde esa postura –la verdaderamente falsa– se nos revela como una mentira, por lo tanto puede desafiar todo lo que entendemos como verdadero.
Los episodios recogidos aquí fluctúan entre la disertación humorística y lo fascinante de la tragedia, posiblemente porque la cultura que ha dado origen a la peluca suele comportarse de esa manera: prisionera de sus propios chistes, brutalizada por la idea de quedarse calva y, en última instancia, simulada incluso en la peor de las sequías. Me resulta inevitable recordar otro título capilar: Historia del pelo del argentino Alan Pauls, el cual desarrolla, también a partir de una fruslería tan simplona como el corte de pelo, una historia brutal, irónica y profunda sobre la época más descollante para la sociedad argentina. El pelo, más que servir de pretexto para la escritura del relato se convierte en el hilo conductor a través del cual el relato encuentra su forma.
Mención aparte merece la prosa con la cual Amara ha decidido abordar el tema del pelo. Estiliza, acicala y ondula el texto como le viene en gana. Lo cual hace de su lectura no sólo una compilación inteligente de episodios funestos sobre la falsificación, la impostura o la mentira, sino una lección precisa del ensayo como una entidad que puede leerse según la mentalidad que lo peine. Lo que Amara hace tiene poco —o realmente poco— que ver con la idea más neutralizada del ensayo como exposición de argumentos y ese rastreo, siempre inestable, de la objetividad. Sostiene otro principio, el principio de que las ideas de verticalidad y objetividad son tan ajenas al ensayo que éste podría, si así lo desea, no ocuparse de ellas, y en cambio, continuar minando las posibilidades de la escritura hacia una actitud más vital. Porque la escritura es así, más cercana a un laboratorio de la experiencia que a una ficha bibliográfica.
Historia descabellada de la peluca puede ser leído como una reconsideración de la identidad del ensayo, y en este sentido, es más que notable, es soberbio. El ensayo quizá habría de ser siempre así, difuso y ajeno a la imposición como lo hace el pelo, que lo mismo se deja mover por el viento que por la mano que lo estiliza; más que una exhibición de juicios y tesis, a ratos inconexas, una inquietud, una provocación, una postura.
Tom Brady es el mariscal de campo de los Patriotas de Nueva Inglaterra, un héroe y hoy, también, un ciudadano puesto en entredicho por la sociedad norteamericana, y por qué no, por el mundo anglosajón. El llamado DeflateGate es analizado por Manuel Dávila Galindo en un contexto de narrativas fabricadas e instituciones perfectas.
“We just need to go out there and do our jobs, just as you professionals do your jobs. No… All you guys lied. All of y’all. In a story or whatever, have lied. Should you have asterisks behind your name? All of you have lied! All of you have said something wrong, all of you have dirt. All of you. When your closet’s clean, then come clean somebody else’s. But clean yours first. “
Barry Bonds
“Una libra de cadera no es cadera,< dos libras de cadera no es cadera, tres libras de cadera no es cadera.”
Edgardo Franco
Jimmy es un chico de Illinois, jugó football en Illinois, estudió en Illinois, se hizo una leyenda en Illinois. Ser un mariscal de campo en Eastern Illinois puede no ser tan sexy como jugar en Alabama o USC, pero probablemente tiene mucho más impacto en la comunidad, en las noticias locales y por supuesto en el nombre y calificaciones que se vuelven necesarias al momento de ser considerado como un jugador elegible para el Draft. [1] A pesar de ser considerado un prospecto de tercara ronda, Jimmy Garoppolo fue elegido por los New England Patriots en la segunda ronda del Draft de 2014. Suponiendo que fueras un mariscal de campo en el Draft, ser elegido por los New England Patriots probablemente es lo peor que te puede suceder porque dormirás, calentarás, soñarás y comerás banca durante un largo tiempo. Al menos hasta que Thomas Edward Patrick Brady Jr. decida retirarse y convertirse en una de las más grandes leyendas que jamás han jugado football.
Aclaremos algo importante, detesto a Tom Brady como detesto a todos los hombres que parecen vivir el cuento de hadas que te convierte en Capitán América. Nadie es más Capitán América que Tom Brady.
En el minuto 9 con 17 segundos del segundo cuarto, abajo en el marcador por 14 puntos, D’Qwell Jackson[2] se adelanta a Rob Gronkowsky[3] en la yarda 6 de su propio campo e intercepta a Tom Brady durante la final de la Conferencia Americana el 18 de enero de 2015. Después de la intercepción Jackson entregó el balón a un miembro del staff de su equipo en la banca que inmediatamente notó que el balón no estaba propiamente inflado[4]. Los reportes sobre el análisis de los balones y sobre todo este asunto probó que los balones estaban una libra debajo del reglamento en la NFL. ¿Cuál es la ventaja deportiva que se obtiene al desinflar un balón una libra? Ninguna, en realidad lo único que permite es que en ciertos tipos de clima el mariscal de campo tenga mayor agarre al momento de lanzar, o al menos eso cree Thomas Edward Patrick Brady Jr. ¿Cuál es la importancia de si un balón en un partido, que terminó siendo una paliza a favor de los Patriots, está una libra por debajo de lo reglamentario? Nada, absolutamente nada, los Pats hubieran destrozado a los Colts con balones o melones. La realidad es que Tom Brady es uno de los mejores mariscales de campo de la historia.
Entonces, si la libra perdida no tuvo ninguna injerencia en el resultado del partido, ¿Por qué comentaristas, entrenadores, jugadores, cómicos, presidentes, trolls, tuiteros y periodistas están obsesionados con el DeflateGate? Simple: porque ocurrió en la NFL y la NFL es la narrativa cultural norteamericana por excelencia. No por nada le llaman DeflateGate en franca referencia al afamado Watergate, la relación que conservan estos dos eventos de la historia americana son por demás similares, por ridículo que esto le parezca a cualquier persona. Tom Brady es el nuevo Nixon, aunque probablemente Nixon y una buena parte de los americanos considerarían que lo que hizo Brady fue mucho peor.
¿Qué fue lo que hizo Brady? Pedirle a dos asistentes de su equipo que desinflaran una libra los balones que usarían los Pats a la ofensiva. Brady no es el primer mariscal de campo en hacer esto. Desde el año 2006 cuando la liga permitió que los equipos manipularan los balones que usarían durante el partido, distintos mariscales de campo han pedido que se inflen o desinflen conforme sus preferencias. Algunos consideran que el agarre es mejor con balones sobre inflados y otros piden que se les quite un poco de aire para poder lanzar mejor. Este es el mejor ejemplo de novela negra que se puede encontrar, porque las mejores historias negras que se pueden encontrar siempre tienen el arma a la vista de todos, aunque nadie pueda verla hasta que el desenlace sigue su camino natural.
Ahora Tom Brady está suspendido durante cuatro partidos, por “más probablemente sí que no estar enterado o haber solicitado que los asistentes desinflaran los balones”. Quien redactó estas líneas que cito es Ted Wells, fiscal de distrito y uno de los abogados más respetados en Estados Unidos. Wells ha defendido gobernadores, soplones, congresistas y corporaciones, y un buen día fue llamado por el comisionado de la NFL para hacer una investigación independiente sobre lo que ocurrió ese 18 de enero. Ted entregó un reporte de 294 páginas donde analiza a detalle declaraciones, correos electrónicos, mensajes de texto, entrevistas y todo el material posible para decidir quién tenía o no responsabilidad en el DeflateGate. ¿Millones de dólares? No quiero ser exagerado, pero un abogado como Wells y un equipo completo de investigadores pudo haber cobrado esa cantidad de dinero por la investigación, una investigación que no resuelve nada trascendente, que no aclara asesinatos o crímenes de lesa humanidad. Probablemente se ha dedicado más análisis, estudio, polémica y declaraciones al DeflateGate que a Guantánamo, izquierda y derecha norteamericana se han involucrado en este tema mucho más de lo que jamás se involucraron en Irak o Afganistán. ¿Por qué? Porque la NFL es mucho más importante para Estados Unidos que cualquier guerra, conflicto, fraude, esquema Ponzi o mentira que jamás se haya dicho, porque lastimar a la NFL es lastimar el sueño americano.
Official game balls for the NFL football Super Bowl XLIX sit in a bin before being laced and inflated at the Wilson Sporting Goods Co. in Ada, Ohio.
Tom Brady apelará la sentencia, no porque necesite el sueldo que le pagarán durante esos cuatro partidos (ocho millones dólares) o porque crea que los Patriots no pueden ganar sin él (la última vez que Tom Brady estuvo fuera los Pats ganaron 11 partidos); lo hará porque el Capitán América no puede ser puesto en entredicho. Porque todo lo que Thomas Edward Patrick Brady Jr. es depende de no ser involucrado en un escándalo como el DeflateGate, porque cuando tuvo la oportunidad de ser abierto y transparente decidió “no cooperar”[5] con la investigación y eso, ante los ojos de los espectadores y el mundo, te acerca más a ser culpable que a ser inocente. Nixon no renunció a la presidencia de los Estados Unidos por la intrusión a las oficinas del partido demócrata, renunció porque mintió a los norteamericanos y automáticamente se convirtió en el villano por excelencia. Barry Bonds no fue destrozado por haber usado esteroides, fue destrozado porque cuando tuvo la oportunidad de arrepentirse no lo hizo. Mucho se habla de que en Estados Unidos lo único mejor a tener héroes es ver a esos héroes caer. Esto es falso, a los americanos no les gusta que sus héroes caigan, les gusta que se equivoquen y después, en un acto de arrepentimiento, confiesen y puedan convertirse en el hijo pródigo que vuelve a casa después de un oscuro pasado. Desde los Amish que envían a sus hijos a vivir el mundo para hacerlos después renunciar a él, hasta Bill Clinton aclarando que no tuvo relaciones sexuales con Monica Lewinsky, la historia americana depende constantemente de los giros de tuerca narrativos que a la larga hacen que la reivindicación sea el camino más puro, más honesto.
Tom Brady lo tiene todo, la historia de haber sido una selección de séptima ronda en el Draft y llegar a convertirse en el mejor de todos los tiempos. Tiene cuatro anillos de Súper Bowl y dos más que perdió en momentos narrativos insuperables, tiene una esposa súper modelo que lo ama tanto que vive para él, juega para los Patriotas de Nueva Inglaterra, el equipo que en aquel terrible 2001 se levantó con el Súper Bowl logrando por primera vez borrar la imagen de las Torres Gemelas en la mente de los americanos, Tom, pinche, Brady es el maldito Capitán América, es la bandera en carne y hueso, es la prueba de que el sueño americano sigue vivo y que a pesar de todas las dificultades puedes cambiar el curso de la historia trabajando duro. Tom Brady es infranqueable, indestructible, ha logrado convencer a todos de lo bueno que es, porque realmente es bueno, aún a los que lo detestamos y disfrutamos cada una de sus derrotas como un grito desesperado desde la periferia social, intelectual, deportiva, lo que Brady ha logrado en la cancha es inapelable, no hay forma en la que se pueda desestimar una carrera que no sólo lo pondrá en el Salón de la Fama si no que además lo coloca en la discusión sobre “el mejor de todos los tiempos” en un deporte donde cada mes hay un nuevo héroe.
Pero a esos balones les faltaba una libra de aire. Esos balones no eran legales, no estaban en las reglas, no cumplían con el código inquebrantable de la justicia deportiva en un país que no cree muy firmemente en otro tipo de justicia. Tom Brady es corrupto, es mentiroso, es un tramposo, es la personificación de los esteroides en un deporte donde realmente no se persigue el uso de esteroides; es el que apuesta sobre sus propios partidos, es un monstruo que no debe hablar jamás con los niños, es el ciclista que después de ser el héroe del cáncer se descubre que hizo trampa en todas sus carreras. Tom Brady pende de un hilo como jamás pendió en su vida. Ni siquiera los meses que pasó en la banca detrás de Drew Bledsoe[6] pudieron ser peores, no me imagino un solo momento en su vida que pueda ser peor a este donde el mundo le exige que devuelva el escudo y cuelgue la máscara. Pero la NFL es perfecta. Es el sistema democrático social perfecto. Porque mientras Brady se prepara la batalla de su vida, un chico de Illinois suelta el brazo, esperando que esos cuatro primeros partidos de la temporada le permitan ser el próximo Capitán América.
[1] Proceso de selección de jugadores colegiales para la NFL. El peor equipo elige primero.
Este cuento está en venta. Es casi nuevo. Tiene sólo 1,055 palabras y todos los papeles en regla, pero necesito deshacerme urgentemente de él porque fue utilizado en un crimen.
Ocurrió hace poco, cuando decidí llevarlo a un taller literario en el que nadie encontró manera de echarlo a andar. Según me explicaron tiene un problema grave en la suspensión de la incredulidad, ya que nadie considera verosímil la premisa de un cuento que también es coche y que transcurre en un taller literario literal, en el que las paredes están tapizadas con recortes de revistas y calendarios con fotografías de escritores famosos en traje de baño. La idea de un calendario Alfaguara 2014 con doce fotografías de Mario Vargas Llosa enfundado en provocadores y entallados trajecitos de vaquero les pareció sencillamente absurda.
Utilicé mis mejores argumentos para defenderme pero no escucharon razones. El cuento tiene un problema irremediable con la suspensión, y para acabarla de joder también se le rompió la dirección porque nunca llega a nada y parece escrito para alargar una ocurrencia que en realidad no daba para más de un par de renglones. ¿Qué le vamos a hacer?
Uno de los miembros del taller, después de examinar mi cuento detenidamente, bajarle el volumen a La Ke Buena y acomodarse las gafas de pasta gruesa, me dijo:
—Pasa de que hay un desgaste grave en la objetivización del cuento como punto de partida para desarrollar una narrativa coherente, jefe.
Después de pedirle que me hablara en español, el susodicho me explicó que, en pocas palabras, la premisa no funcionaba porque la historia no tenía un detonador. Respondí que ese no era problema, y acto seguido extraje del bolsillo de mi chamarra un pequeño cilindro negro con un botón rojo y le pregunté si ese era el tipo de detonador del que estaba hablando. Todos los presentes entraron en pánico y se echaron al suelo.
—¡Quietos todos o volamos! —exclamé blandiendo el detonador con la mano derecha.
—¡No lo hagas! —gritó una mujer desde debajo de una mesa—. ¡Sólo estás intentando ganar tiempo mientras se te ocurre un final para el cuento y si oprimes ese botón la historia se termina!
—¡No me importa! —mentí con risa macabra.
Como efectivamente no tenía un plan maestro, decidí contarles entonces sobre mi plan de internet, y sobre el sitio de venta de armas en línea a través del cual había comprado el detonador, mientras por dentro rogaba que algún inesperado héroe entrara en acción y me detuviera a medio discurso.
—Con ese detonador no se arregla el cuento —murmuró alguien.
—Yo creo que la historia se resolvería mejor si nos dejaras ir a todos —agregó el individuo de las gafas.
Desesperado me acerqué a él y lo callé con una patada en las costillas, primero por intentarme ver la cara y después para que pasara algo en la historia, ya que no se me ocurría cómo salir de aquella incómoda e inesperada situación de rehenes en la que me había metido.
Les quité sus celulares, cerré la puerta del taller, y sin soltar el detonador de la historia me senté a pensar sobre la cubierta de un libro titulado «Pérdida total». Así pasaron cuarenta minutos, hasta que el cretino de los lentes se envalentonó y comenzó a amenazarme, utilizando como arma un gato que había levantado del suelo.
—¡Salgan todos! —les gritó a los demás empuñando el gato con ambas manos y sin quitarme la mirada de encima.
Cuando el último rehén había salido, el hombre de las gafas se acercó a la puerta con mucha precaución y antes de echarse a correr me arrojó el gato a la cara. El animal, que hasta ese momento había permanecido tranquilo y dócil a pesar de la situación, aterrizó sobre mi boca con las cuatro zarpas abiertas y entre bramidos histéricos me acuchilló con las garras hasta que finalmente logré quitármelo de encima y echarlo por la ventana con una patada.
—¡Hidráulico! —gritó su aterrado dueño al verlo caer hacia el vacío, que pronto se llenó con entrañas de gato.
—¡A que no veían venir ese giro! —grité orgulloso desde la ventana.
—¡A que tú no veías venir éste! —respondió el dueño de Hidráulico con lágrimas en los ojos, y extrayendo un rifle con mira telescópica de una caja de madera con la inscripción Deus Ex Machina S.A. de C.V.
Dos disparos pasaron zumbando a un lado de mi cara y el tercero me dio de lleno en el pecho. En ese momento caí estrepitosamente al suelo en medio de una súbita negrura, pero mientras agonizaba decidí que por ser mi cuento, al llevarme las manos al pecho y abrirme la camisa, descubriría que un chaleco antibalas me había salvado la vida.
Aprovechando el descarado uso de Deus Ex Machina de mis colegas, recordé que varios años atrás había tomado un curso para pilotear helicópteros y subí corriendo hasta el helipuerto que acababan de construir dos días antes sobre el techo del edificio.
Después de cierta dificultad con los controles, finalmente logré despegar un helicóptero artillado y lo guie hasta donde se encontraban los miembros del taller, que con miradas incrédulas y los pelos revueltos por el ventarrón, comenzaron a correr en todas direcciones.
—¡Ya nada tiene sentido! —gritó el de las gafas antes de volar por los aires con el misil que le disparé.
—¡Termina con de una vez con este sufrimiento! —dijo tirado en el suelo el dueño de Hidráulico el gato, mientras maniobraba el helicóptero y apuntaba las ametralladoras hacia él.
Cuando me di cuenta de lo que había hecho ya era demasiado tarde. Aterricé la nave junto a los ocho cadáveres quemados y cercenados de los integrantes del taller, y después de limpiar las evidencias y de cubrir mis huellas, decidí que lo mejor era hacerme de una guayabera y un sombrero Panamá, subir al helicóptero y exiliarme en una isla caribeña para vivir en el anonimato hasta que se calmaran las cosas.
Con las prisas de la huida, sin embargo, no me pude deshacer de este cuento, y ahora lo estoy ofreciendo a precio de remate, para venderlo por partes o para usarlo como vehículo de escape en caso de un crimen o de extremo aburrimiento en la oficina. Pido pago de contado y el precio se puede negociar.
El Programa Cultural Tierra Adentro lamenta profundamente el fallecimiento de la poeta Isabel Fraire (Ciudad de México, 1934), autora de Poemas en el regazo de la muerte y ganadora del Premio Xavier Villaurrutia en 1978. Además de poeta, Fraire también fue crítica literaria, traductora y ensayista.
Compartimos aquí una selección de su obra. Descanse en paz.
“El patito feo México”, Hans Christian Andersen ; trad. de Fabio Morábito ; ilus. de Veronica Ruffato. FCE, 2022
La literatura infantil lleva una etiqueta en su propia definición. El mundo editorial, el comercial y el literario la delimitan en función de ciertos rasgos y peculiaridades atribuidas a sus usuarios. Es un público amplio pero diverso, por ello siempre recurre a la segmentación para definirse.
La LIJ contemporánea tiende a poner etiquetas a las etiquetas. En un afán de ser híper específicos, aparecen acervos y colecciones editoriales divididas por edades o etapas lectoras. En el primer caso se identifican ciertos rangos de edad en los que los niños comparten habilidades, conocimientos, referentes y experiencias de vida. En el segundo se deja del lado el número y se alude a la experiencia lectora de cada niño, se intenta seguir el proceso de cada uno y darle la oportunidad de acercarse a un libro que quizá no está etiquetado para su edad, pero que por el camino que ha recorrido podría gustarle; suelen dividirse en «para los que están aprendiendo a leer», «para los que leen bien», «para los grandes lectores»[1], etc.
Categorizar por edad o por habilidades funciona como una herramienta para el mundo escolar y también como una estrategia para homogeneizar un target comercial. Estos criterios también simplifican el trabajo de los padres y maestros al momento de elegir. Existen tantas formas de catalogarlo como casas editoriales, cada empresa lo hace en función de sus propias necesidades de venta, inventario y estrategia.
Hay una categorización que me parece más natural, ésta define a una obra según su origen y/o uso. En Posmodernidad en la literatura infantil y juvenil[2], Laura Guerrero se basa en la teoría de Juan Corcuera para agrupar a la LIJ en 4 grupos:
Literatura ganada: Es la que no fue concebida para un público infantil, pero con el uso y repetición la adoptaron como propia. Son obras que tocan temas o situaciones que interesan a los niños. Tal es el caso de la tradición oral y los cuentos clásicos que se han ido transformando con el paso del tiempo y cada vez se adecuan mejor a las necesidades de un público distinto. Basta comparar las versiones originales de la Caperucita Roja con las contemporáneas para ver que hay elementos que permanecen, mientras que otros tienden a desaparecer para responder a este nuevo grupo de lectores. Los viajes de Gulliver de Jonathan Swift, La isla del tesoro de Robert Louis Stevenson y las adaptaciones de obras clásicas a formatos ilustrados son un ejemplo de este fenómeno.
Literatura para niños: Ésta fue concebida pensando en un público de niños. Es la más común y siempre parte de una definición de lo infantil. La narrativa se articula en función de temas, sentimientos y situaciones propios de esta etapa de la vida. La forma de abordar los temas siempre depende de cómo cada autor concibe a su lector. Aquí los ejemplos son más inmediatos, se puede empezar con Hans Christian Andersen, pasar por Roald Dahl, Dr. Seuss y Maurice Sendak, hasta llegar a Francisco Hinojosa o Anthony Browne. Todos ellos profesionales en la escritura para niños, todos creadores de historias que han logrado conectar exitosamente con el público al que van dirigido.
Literatura instrumental y escolarizada, ésta no es literatura en un sentido estricto, pero la llamaré así para seguir en la misma línea. Son textos que tienen como finalidad enseñar algo relacionado con la currícula escolar, pueden ser libros de ficción o no ficción, pero su intención es complementar lo aprendido en el salón de clases. Si hay algo de goce en esta lectura es ganancia, no es su objetivo. Suelen ser textos sesgados o incompletos. Aquí caben los libros de texto y los libros informativos.
Literatura escrita por niños y jóvenes, el mundo editorial no ha puesto los ojos sobre esta tercera categoría, pero considero que es la que mejor refleja el mundo infantil. Se trata de niños hablando con sus iguales, en sus propias palabras, de problemas o situaciones con las que otro se puede enganchar. Muchas veces parten de lo anecdótico y muchas otras descubren el imaginario de quien escribe. En lo que refiere a calidad narrativa, tienen problemas de escritura, ortografía y ejecución, pero puede ser reveladora en muchos otros sentidos. Quizá la mejor herramienta para construir un discurso en torno al niño es leerlos. Es un discurso que vale la pena explorar.
Casi siempre que hablamos de LIJ nos referimos al segundo tipo, a la que está escrita exclusivamente para niños. Es la que más preguntas se hace, la que teoriza, delimita su campo de acción y reflexiona sobre sí misma. La que yo mejor conozco y la que es posible estudiar porque se autodefine como tal y construye sus propias reglas. A partir de ésta se erige un canon y se establecen tendencias tanto temáticas como estéticas. Es la que define qué es lo infantil y qué no, el resto de las literaturas se fijan en función de ésta. No importa cuánto lo intente, en estos temas es imposible escapar de las etiquetas.
[1] Colección A la orilla del viento del Fondo de Cultura Económica.
[2] Guerrero Guadarrama, Laura. Posmodernidad en la literatura infantil y juvenil, México, Universidad Iberoamericana, 2012.
Velasco, Kahlo, Tamayo, Rivera, Varo y Orozco son algunos de los nombres que nos hemos acostumbrado a escuchar y a relacionar con lo mejor y más destacado de la pintura y el muralismo mexicano del último siglo. Artistas que supieron plasmar la realidad de un país atribulado, en constante evolución y que, desde sus distintas perspectivas, lograron plasmarse ellos mismos en la identidad mexicana.
Hay un nombre, sin embargo, que por azares del destino o por mala memoria ha sido injustamente olvidado por la historia del arte. Un pintor cuyo trabajo y singular visión de nuestro país ha servido para ilustrar la historia y vida cotidiana de México desde el período prehispánico hasta la época actual y que de manera silenciosa pero contundente, ha dejado huella en la imagen que incontables generaciones de mexicanos se han hecho de su país.
Desde sus cuadros costumbristas sobre culturas prehispánicas, pasando por sus murales de próceres como el ahora famoso Miguel Hidalgo anuncia la llegada del gas, hasta pinturas de aguda crítica política y social como Ernesto Zedillo pederasta, la obra de José Antonio Maldonado y Arista es considerada, por los pocos que se acuerdan de él, como un parte-aguas en la estética mexicana del siglo XX.
Fundador de la escuela «deformista libre-interpretativa», que depende de la imaginación y capacidad del espectador para reconocer figuras y rostros ambiguos que a primera vista parecen dibujados por un niño de diez años, las pinturas e ilustraciones de Maldonado marcaron una tendencia estética que prevalece hasta nuestros días. Sus trabajos, utilizados en monografías escolares, han servido para ilustrar las exposiciones y tareas de millones de niños mexicanos desde hace más de medio siglo.
Nacido en Huimilpan, Querétaro, en 1918, fue el tercer hijo del matrimonio entre Federico Maldonado y Providencia Arista, comerciantes de cierto renombre en la región. Desde temprana edad, José Antonio muestra fuerte interés por las artes y el dibujo. Con tan sólo quince años de edad, concluye su primer óleo: una representación del histórico Abrazo de Acatempan en la que Agustín de Iturbide parece estar sacando a un joven Armando Manzanero a bailar, cuadro que muestra su temprana inclinación por plasmar imágenes abiertas a la libre interpretación del espectador.
A los veinte años ingresa a la Academia de San Carlos, en donde entra en contacto con pintores de la talla de David Alfaro Siqueiros y su hermano Polyforum, con quien entabla una fuerte y duradera amistad. Junto con él y otros artistas e intelectuales de su generación, inicia un grupo conocido como Tercero A, que rechaza las convenciones culturales de la época y opta por una reinvención de la pintura y la historiografía mexicana, creando cuadros con imágenes confusas y minimalistas en esfuerzo que sólo se pueden entender por medio de textos impresos en la parte trasera. De esta manera, obras como La Batalla de Puebla (que en la pintura original de Maldonado podría estarse llevando a cabo en Cuernavaca o en Campeche y entre tropas canadienses y finlandesas) permiten al espectador interpretar la escena que tiene frente a él, para después comparar su idea con el texto explicativo.
Es también por estas épocas que inicia trabajos en una de sus obras más representativas, un mural de gigantescas proporciones que sirvió para decorar la parte trasera del restaurante de un amigo: El Pípila pierde su lente de contacto, donde, a través de alegorías y simbolismos, retrata uno de los episodios más célebres de la gesta independentista y a la vez lanza una aguda critica a la escasa visión de los historiadores oficiales.
Vilipendiado por la crítica y por muchos de sus contemporáneos más exitosos, Maldonado se autoexilia en París. En 1954 comienza a trabajar en el proyecto que marcará su carrera: una colección de retratos presidenciales conocida como Los deformes, con la que busca, de nuevo, criticar la manera en la que el gobierno manipula las biografías de personajes históricos con fines políticos. Para su sorpresa y la del resto de sus colegas, los retratos son comprados a los pocos años por el gobierno del presidente Adolfo López Mateos, quien, encantado con su propia efigie, decide utilizar los cuadros en una serie de monografías escolares para distribuir como parte del nuevo programa educativo.
A partir de ese momento, la obra de Maldonado comienza a circular y a ser conocida a nivel nacional, aunque en los círculos intelectuales es recibida con reservas y algunas risas ahogadas. La nueva relevancia de sus cuadros parece de poca importancia para el autor, quien continúa trabajando desde el exilio en su colección de presidentes y en varias acuarelas dedicadas a los Niños Héroes y su defensa del Castillo de Chapultepec en las que intenta plasmar su espíritu patrio y juvenil con trazos deliberadamente infantiles. Su cuadro del general Winfield Scott aprendiendo a usar un catalejo es el mejor ejemplo de este período.
José Antonio Maldonado y Arista permanece el resto de sus días viajando por Europa. Fallece el 23 de marzo de 1997 en Londres, enfermo, amargado, olvidado por sus colegas y compatriotas, unos cuantos días después de completar su último retrato presidencial. Nunca imagina que desde antes, su muerte, sus pinturas y su influencia estética llevan décadas recorriendo los salones de clases de la República Mexicana e ilustrando millones de trabajos escolares que, al igual que la mayoría de su obra, siempre parecerán hechos con prisa y en el último momento.
El artista no ve todo: inventa y escoge. No se ve con los ojos, se ve con un concepto de la vida. Todo el mundo tiene una cámara, pinta o escribe. Ser artista con la cámara, el pincel o la pluma es otro asunto.
Luis Cardoza y Aragón.
La semana pasada se abrió un diálogo entre los columnistas web de Tierra Adentro en el que la Redacción nos invitaba a reflexionar en torno a dos declaraciones: la realizada por Sean Penn en la entrega de los Premios Oscar y la del Papa Francisco en una carta enviada al diputado Gustavo Vera. En dicho diálogo analizamos, desde distintos puntos de vista, la forma en la que se construye «lo mexicano» desde el extranjero. Después de reflexionar sobre el tema y en una conversación privada, el escritor Davo Valdés y yo llegábamos a la conclusión de que esa definición no existe como algo tangible sino como una especie de máscara inventada que los mexicanos nos ponemos cuando nos sentimos heridos y necesitamos defendernos.
Dicha construcción de la identidad se encuentra frecuentemente en la fotografía realizada por extranjeros, porque a veces, a través de imágenes capturadas desde los ojos de la «otredad», podemos mirarnos a nosotros mismos. Ricardo Pérez Monfort explica que los artistas han tenido un papel importante en la creación de estereotipos desde su propia concepción de la mexicanidad: «Cada uno intentó hacer su retrato o descripción del México que vio. Desde las negativas visiones de Vicente Blasco Ibáñez […] hasta las apologías de Paul Strand y Anita Brenner, estas imágenes del “pueblo de México” circularon tanto en el país como en el extranjero […]».[1] Sin duda, la cultura del escritor o del fotógrafo influye en la forma en la que mira el mundo, pero también en la forma en la que asimila, entiende, describe y construye al «otro».
Un claro ejemplo de lo mencionado anteriormente es la obra del fotógrafo holandés Bob Schalkwijk (Rotterdam, 1933) expuesta actualmente en el Jardín Borda de Cuernavaca. Se trata de una serie de 22 fotografías realizadas en cuatro municipios de Morelos (Tepoztlán, Cuernavaca, Cuautla y Yautepec) entre las décadas de 1960 y 1980. Schalkwijk llegó a México en 1958, después de tomar un Curso de Ingeniería en Oleoductos en Houston, Texas. Se había enterado por medio de la revista Esquire —según comenta Gina Rodríguez Hernández— que en Ajiquix (Guadalajara) una pareja podía vivir con ciento cincuenta dólares al mes. Así fue como decidió viajar a México a bordo de un vocho.[2] Las fotografías de Schalkwijk —tanto las de Morelos como las de otros estados de la república— muestran la visión de un extranjero en México y su interpretación de la identidad nacional, mostrando así distintas caras de nuestra cultura.
Schalkwijk visitó y fotografió la ciudad de México, la Sierra Tarahumara al norte del país, Hidalgo, Chiapas y Morelos. El proyecto fotográfico Sierra Tarahumara (publicado el año pasado) presenta un total de ciento veintiocho fotografías en las que muestra a los rarámuris en su cotidianidad. No construyó imágenes tal como lo hiciera un fotógrafo que dirige su trabajo al arte o a la publicidad sino que documentó su trabajo como lo haría un fotógrafo etnográfico. Sin embargo, Sierra Tarahumara sólo muestra una realidad cultural de México de entre todas las tradiciones y culturas que coexisten en él. Schalkwijk era consciente que retratar sólo ciertas zonas no muestra una representación total del país, es decir, que estas imágenes no forman un modelo de «lo mexicano».
En una entrevista realizada para la Secretaría de Cultura de Morelos, Schalkwijk menciona que «México tiene varios países dentro del país, tiene muchas montañas, tiene una variedad increíble de culturas, paisajes, gente […]».[3] Dicha declaración muestra a un México heterogéneo visto a través de los lentes del fotógrafo holandés. Tal como lo menciona José Iturriaga en su libro recientemente publicado La identidad morelense en miradas forasteras, «Los otros nos ven y nos juzgan, unos lo hacen con pasión y otros con inteligencia, van de los elogios a la descalificación, de la angustia al temor y al gozo, sus imaginaciones nos pintan y nos despintan, nos disfrazan con atuendos que su imaginación nos viste, echan porras o rechiflas. Esa amplia literatura nos sirve para conocer mejor nuestros defectos y virtudes».[4] O en otros casos, diría yo, para hacernos con esa literatura una bandera y refugiarnos, e incluso defendernos, en esa construcción que los otros nos hicieron.
Es cierto que una parte de la población en México no usa sombrero a diario, pero el mexicano en el extranjero lo porta con orgullo en señal de su nacionalidad y de este modo el arquetipo de «lo mexicano» se exporta al mundo. Somos los primeros en apropiarnos de una identidad imaginaria cuando estamos fuera de casa. Cuando Schalkwijk se expresa sobre de los rarámuris, salen a la luz esos elogios que José Iturriaga menciona en su libro. El fotógrafo holandés dice «Son muy guapos, gente muy bien vista, chistoso, el hombre es delgado, la mujer es más bien gordita. El hombre es alto, relativamente, y la mujer es más chaparra. Nos fascinó». En esas palabras queda impresa la visión antropológica sobre una comunidad de la Sierra Tarahumara, esa visión que también parece un tanto colonialista y que expone la mirada europea observando al americano. Tiene mucho sentido que encontremos algunas fotografías de la serie Sierra Tarahumara con un tinte pintoresquista (más cercano a lo idílico y a lo romántico) con la naturaleza como marco central de la fotografía. La imagen de Shalkwijk en la que se observan los pastizales llenos de cabras es un claro ejemplo, muy similar a lo que el fotógrafo francés Desiré Charnay había venido haciendo al sureste del país desde finales del XIX.
Durante un tiempo, Schalkwijk se dedicó a realizar fotografía de murales de Diego Rivera y de algunas obras de arquitectura en México, tal como lo hiciera Tina Modotti cuando en el año de 1930 fue expulsada de México dejando pendiente el trabajo de la serie de murales en edificios públicos y que Álvarez Bravo se encargaría de continuar.[5] La exploración de Schalkwijk fue un tanto similar, primero acercándose al arte de los muralistas, luego a la arquitectura de la ciudad para continuar fotografiando a la gente en su cotidianidad sin necesidad de construir la imagen, sino esperando el momento indicado para apretar el obturador. A inicios de la segunda mitad del siglo XIX, el fotógrafo francés Desiré Charnay había llegado a México en una misión del Ministerio de Instrucción Pública de Francia para fotografiar el territorio. En 1862 —año en el que Napoleón III iniciaba la intervención en territorio mexicano— Charnay (quien había iniciado su viaje de exploración en Estados Unidos para luego continuar en México), publicó Le Mexique, obra en la que relataba sus viajes por algunos estados de la república.[6] Bob Schalkwijk por su parte, arribó a México en 1958, no tanto por una expedición o una misión del extranjero, sino por la necesidad del viaje mismo. Su llegada es un tanto similar a la de algunos otros extranjeros, que miran a México desde una perspectiva un tanto cientificista, por lo que muestran a un México a veces homogéneo, otras veces multicultural y exótico. Su mirada no se centra en los íconos pero si se enfoca en explorar a los diversos tipos de mexicano, casi todos ellos de estirpe indígena. En ese sentido, los humanos que muestra Schalkwijk se asemejan más a los «tipos populares» que el fotógrafo francés Francois Aubert o que los fotógrafos mexicanos Cruces y Campa habían retratado en la segunda mitad del siglo XIX y que evidentemente fueron parte importante de la construcción de lo mexicano.
[1] José N. Iturriaga, La identidad morelense en miradas forasteras. 240 textos de extranjeros del siglo XVI al XXI, pág. 56. [2] Entrevista realizada por la Secretaria de Cultura del Estado de Morelos. [3]Ibid. [4] José N. Iturriaga, Op. Cit., pág. 38. [5]Elena Poniatowska, El sueño es blanco y negro en Luna Córnea, No.1, pág. 34. [6] Olivier Debroise, Fuga mexicana. Un recorrido por la fotografía en México, pág. 138