Los gatos se restriegan en escombros para enseñarte cómo se hace. Nosotros lo hacemos para olvidar cuánto tiempo nos toma destruir la pista de baile abarrotada, que nos atrae a vivir la aventura de nuestras vidas. Nuestras vidas nos sueñan para que podamos existir. Nos quebramos para existir en el calor del verano. ¿Qué te hace sentir joven y fuerte? Lo que a todos nos hace sentir jóvenes y fuertes. Lo que hace a cualquiera amar la sensación de ser joven y fuerte tan dentro de la poderosa canción el poder de hacernos sentir jóvenes y fuertes. Medusa bebé de la agonía del tiempo donde la agonía es el tiempo es la agonía en el tiempo hay agonía en el tiempo porque el tiempo es la raíz de nuestra agonía. El problema de la agonía es el problema del tiempo, y el problema del tiempo se desata por el sueño donde hay tiempo de ser amada por la profesora que ha desperdiciado su tiempo intentando saber algo que no vale la pena saber. El problema del tiempo es el problema de que tú y yo ya no queramos coger. Me arranqué tres mechones de canas de la cabeza. Golpearte la cabeza contra la pared para deshacerte del tiempo es el problema del tiempo donde nosotros somos el problema de un día desperdiciado el problema de haber desperdiciado años con amantes que te desdibujan con tinta y vestidos desgarrados es el problema de sobrevivir el tiempo y cómo sobrevivir el tiempo resulta tan cansado. Soy sobreviviente del tiempo y no estoy viva. Lo que te hace joven es tu experiencia del tiempo. Así como “eres” todo el tiempo, estás hecha de él, o el tiempo es la cosa que tiraniza tu vida. Sueño sobrevivir el tiempo. Sueño ser amada y corro en círculos porque tengo miedo. Sueño leer un libro sin tener que leer el libro sino que cortando el libro leo el libro. El problema del papel es el problema de la planta que tenías en el jardín. Una flor para un funeral. Recogí los problemas y los puse en hoyos en los hoyos para problema de la calle en la que esperas el regreso de tu hermana. El problema de la hermana muerta es el problema de cuánto tiempo creerás que la casa no lo sabía y tú tampoco.
El problema de no tener zapatos se resuelve con el sueño de que te ofrezcan zapatos. No tener zapatos hace de mis pies un problema. El problema del hambre se resuelve cuando te comes el sueño, en el que hay un tipo triste y suicida caminando y sintiéndose todo intenso. El problema del suicidio es el problema de tener un ego que herir. Interesarte en la poesía. Recibir el odio de Charles Bernstein por interesarte en la poesía incorrecta, o sea no interesarte en su poesía. El problema con Charles Bernstein: no es astronauta. El problema del error es el problema de que a la gente no le valgan mierda los errores.
El problema con tener un problema es que tú te conviertes en tu problema. El problema de convertirte en tu problema es que produce un problema adicional: cómo atar tu ser al problema. El problema de ser un problema es que no puedes “ser” cuando no eres más que un problema. Por ejemplo el mosquito. El mosquito es un problema y poco más que un problema, por lo menos para nosotros. El mosquito no tiene identidad además de ser un problema. Sólo podemos conceptualizar al mosquito “siendo” un problema y no teniendo un problema. El mosquito no es un sujeto político. El problema que enfrenta el mosquito es el problema de ser pura molestia y nada de ser.
El problema del profesor es el problema de toda la gente que representa para ti, el ser que tú no eres, quieres intercambiar seres con el conocedor. El problema de ocupar espacio es el poder que organiza el espacio. El problema de las limitaciones institucionales es la creación de tabúes que generan emociones incómodas y desagradables en el salón de clases. Porque es el papi de las cinco chicas sentadas al fondo. El problema de la transferencia es el problema de ocupar espacio estratificado y sentirte obligada a interpretar su poder como erótico. Actúan como si fuera mi problema. Pero es el problema de ser convertida en un problema, como las carnes frías procesadas. Las chicas llevan el problema que le pertenece a sus papis y el problema del papi se convierte en el problema del profesor cuando las chicas con problemas con papi ven al profesor como una vía para salir del problema y luego se convierten en el problema del profesor cuando las chicas buscan rigurosamente la amabilidad y compasión de quien no puede entender el problema. “Porque es bueno conmigo”. El problema de la transferencia es la holgura de un ser que no sabe por qué se aferra a lo que se aferra, un rostro que se parece al tuyo o la fantasía de que todavía no estamos muertos y nuestra muerte no es un problema.
El problema de estar muerto es el problema de perder la capacidad de soñar. Cuando eso se acaba, se acaba la salida.
El ginecólogo dijoescucho dos corazonesdentro de su esposay mi cerebro se iluminóal instantecomo una medusa.Imaginé tardes de futboly Scrabble.Cachorroshelados, vacaciones en Disne…No está embarazadaaclaró el doctor-dinerotiene dos corazonescompletamente saludables
un milagro de la vida.Luego nos felicitó y nos fuimos a casa.
De camino la tristeza cuajó en mi pechocomo grasa fría.
No nos iríamos juntoscomo la pareja de ancianos de Titanic.Cuando uno de sus corazones murieradulce junto al míoella seguiría vivapensando en los años futuros.
Disculpe, señor. ¿Tiene un momento para hablar sobre la escritura no-creativa?
Kenneth Goldsmith tocó hoy a mi puerta.Lo vi por la ventana y me quedé quietosin hacer ningún ruido.«¡Sé que estás en casa!», gritó.
La última vez me había dado una explicación sobre el paraísode los poetas conceptuales. «En realidades un loft muy agradabletapizado con fotografías del cielo en alta resolución.Todas plagiadas».
Me aburrepero tuve que salir. «Hola, hoy vengo a hablarte sobre las bondades del reciclaje».Sí.«Y sobre Marcel Duchamp».Sí.«Y sobre el hermoso futurode internet».Sí.«Quema tus fósiles».Sí.«Hay que besarnos».Sí.
Entonces corté mi yoy lo pegué en un escenario en donde Kenneth Goldsmith no había nacido nuncay la poesía era un montón de palitos de madera.
Los próximos viernes 14 y 21 de agosto, en la Explanada del Centro de las Artes, Parque Fundidora, en Monterrey, Nuevo León, se llevará a cabo la Jornada de nuevos lectores fílmicos 2015, como explica su propio sitio: Esta vez tendremos “narradores en voz en off para reinterpretar películas del cine universal, mediante la yuxtaposición de nuevos textos y sonidos creados para cada una de las funciones con programación completamente distinta”.
Guiaré a los espectadores a través de un poema en prosa y un jam musical, que tratará de dar una íntima revisión de aquella batalla de 1974 que devolvería el título mundial de los pesos pesados a Muhammad Ali: todo esto contado a través de la primera persona, Cassius Marcellus Clay.
César Borbolla
Un pueblo harto de todo lo que pasa, manda a juicio a su presidente; quien cree firmemente haber hecho las cosas bien. Las voces las hago yo, se incluye música, efectos de sonido y efectos visuales como estática. Mi intención es hacer un poco mofa de los medios de comunicación y criticar a los presidentes.
Esta intervención girará en torno a “1965 [que] fue un ‘año maravilloso’ para Sam Shakusky y Suzy Bishop: su verano del amor. En este ejercicio de neo-benshi, “Moonrise Kingdom” es contada a la manera de “The Wonder Years”, con todo y las rolas de Joe Cocker y The Byrds”.
Una reinterpretación del filme Querelle, de 1982, dirigido por Rainer Werner Fassbinder; filme basado en la novela Querelle de Brest, del escritor francés Jean Genet. A través de una serie de videoclips, esta reinterpretación narra la historia de Querelle, personaje que al llegar a Brest, despierta pasiones escondidas en quienes lo tratan. Querelle celebra, disfruta y experimenta su propia existencia; va complicando el argumento en el que habita, reconociéndose atractivo a la mirada del otro. Delincuente irresistible, ególatra maquiavélico e inolvidable; Querelle se presenta como un ente capaz de revelar los deseos más reprimidos en quien lo vive.
Culo vs. Culo. En la historia se han tomado malas desiciones en plena y burda sobriedad tanto como hasta el moco. En cambio mitificamos la vida destruida de las personas que consumen, otorgándoles una connotación negativa a sus desiciones: dildos en la cola como castigo divino, pobre mujer, a diferencia de las otras que sólo lo hacen por dinero. Cárcel como una mala vida, sin siquiera tratar el tema de la salud pública. Te picas el brazo, te va mal, es culpa del piquete: no de tu inteligencia, no de la sociedad, solo del piquete.
Siempre dije que era heroinómano. Podría haber inventado cualquier otra adicción, por ejemplo: el perico, que siempre me llamó la atención pero el temor a perder mi dentadura y tabique nasal me espantó lo suficiente. Y la verdad, nunca me sentí tan cómodo fingiendo otro vicio que no fuera la heroína. Creo que por eso siempre preferí a Burroughs y a Thompson sobre Hemmingway y Fitzgerald. Tampoco era escritor, aunque realmente lo intenté, o no sé.
En la espléndida Él (1952), Luis Buñuel se valió astuta, genialmente del estereotipo que había labrado Arturo de Córdova para el cine a fuerza de una presencia e indumentaria impecables y esa voz tan bien cultivada, muy probablemente inventada desde su mocedad (recordemos que era un yucateco hablando sedosamente con dejo argentino, sin olvidar esa deliciosa risa falsa con que adereza sus actuaciones), para a partir de aquél despedazar literalmente la imagen, desmontándola gradual e implacablemente, y ofrecer un retrato de la locura vía la celotipia, esa que empuja hasta los límites y lleva a cometer los peores absurdos. En su libro de memorias Mi último suspiro, Buñuel abundaba sobre esta patología poniendo de ejemplo la historia del marido deseoso de saber confirmadas sus sospechas acerca de que ha sido engañado, al grado de hacerse pasar por el presunto burlador de su honra, simulando otra voz tras la puerta a fin de que la mujer caiga en la trampa y acepte así su “traición”. Una obsesión semejante lleva a Francisco a imaginar de manera automática que su mujer, Gloria, lo engaña con un hombre al que saluda porque compartió un viaje con él desde su natal Buenos Aires a México. Además de hacerle la vida imposible con cuestiones como esta, Francisco se convence de que el hipotético amante de su mujer la espía por la cerradura de la puerta, por lo que no tiene empacho en atravesar por aquélla una aguja de coser. Detrás de la puerta hay nadie, por supuesto, pero queda claro que la vesania de Francisco lo lleva a pensar que vaciarle el ojo a un mirón e incluso matarlo es irrelevante por tratarse de su mancornador. En este intenso retrato psicopático, veremos cómo el depredador sentimental de los primeros minutos de la película, ese que por obsesión más que amor conquista a la prometida de su amigo para desposarse con ella, se desmorona ante nuestros ojos mientras la locura hace de las suyas en su pobre cabeza. Ese viaje sin aparente retorno (Francisco termina como monje de clausura en algún lugar de Sudamérica) le sirve a Buñuel para mostrar al espectador cómo la demencia, en el cine, se puede mostrar gracias a un buen trabajo de edición.
Sara López
En esta apropiación del famoso clásico del cine, Holly Golightly es una investigadora posthumanista obsesionada con la trascendencia de la vida terrestre a través del viaje espacial, que estudia los diamantes por su cualidades de resistencia como posibles cápsulas de transportación de material genético, que no es bien apreciada por el medio académico por ser fashionista y que califica el amor como algo que debería estar en completa desvalorización, por su obsolescencia contemporánea.
Mi colaboración es una re interpretación de la figura romántica del desierto que Servando González desarrolla en la película. Me interesa averiguar cómo, al ser ésta una de las pocas representaciones del desierto de Altar en el cine mexicano, elaboró una serie de códigos esteticos e ideológicos sobre el desierto de los cuales hasta hoy, al parecer, es difícil desprenderse.
Presenta una propuesta lúdica de reapropiación ó remix audiovisual en tiempo real de la película Dark City (1989) dirigida por Alex Proyas, utilizando una acercamiento basado en el cine expandido y el arte electrónico, como parte de su serie en proceso “TIEMPO”.
O Brother, Where Art Thou? es una película estadounidense del año 2000 dirigida por los hermanos Coen y protagonizada por George Clooney, John Turturro y Tim Blake Nelson. La banda sonora de esta adaptación libre de la Odisea de homero ganó un Grammy en el año 2001. Esta película acercó a Mongosaurio a los géneros blues, blue grass y country, en esta ocasión haciendo tributo, Mongosaurio intentará crear su propia versión del soundtrack de esta pieza fílmica improvisando con el estilo que ha ido formando la banda con el paso del tiempo, buscaran expansionar los estados de ánimos de algunas escenas seleccionadas de esta película
Con la llegada de los teléfonos inteligentes y las tabletas a nuestra cotidianidad, también han llegado un sinfín de aplicaciones, unas pueden resultar muy útiles mientras otras sólo son para pasar las horas de ocio mientras esperamos al amigo que siempre llega tarde. Muchas de estas apps son juegos que pueden consumir nuestro tiempo, siempre exigiendo un pago para hacer más placentera nuestra experiencia, pero también hay otras que tratan de innovar y dar un giro a las tecnologías. Concretoons Cartuchera, proyecto que busca crear videojuegos con base en textos literarios, trajo al mundo digital Mammut, de Minerva Reynosa y Benjamín Moreno.
Partiendo de la idea de llevar el poema a otra plataforma, este proyecto transporta la poesía al videojuego. Mammut está hecho en 8 bits, lo que nos recuerda la época cuando debíamos soplar un cartucho de Nintendo para continuar la hazaña de salvar, con la ayuda de un hongo, a una princesa eternamente secuestrada. El objetivo del juego es montar un pequeño mamut mientras que con un arma que dispara burbujas, intentaremos atrapar toda clase de objetos que aparezcan en la pantalla para poder obtener, con cada uno, un pequeño fragmento del poema-nivel. Mientras avanzamos por cada misión, un poema se irá construyendo en el fondo, pero no será tan simple, pues unos trozos blancos intentarán evitar que el poema completo se devele ante nuestros ojos. Cada nivel terminará cuando el poema se complete.
Mammut se podrá descargar a partir de este 7 de agosto desde App Store y estará disponible para iPhone y iPad.
La ceremonia de premiación se llevará a cabo el próximo martes 28 de julio a las 13:00 horas en el Foro La Gruta del Centro Cultural Helénico.
La XV edición del Premio Nacional de Dramaturgia Joven Gerardo Mancebo del Castillo ya tiene ganador, se trata de Anaid Varela Varela, dramaturga de 24 años de edad, originaria de Torreón, Coahuila, quien se hizo acreedora del certamen con la obra De tripas, corazón. El jurado estuvo integrado por Mariana Hartasánchez, Edgar Chías y Luz Emilia Emilia Aguilar Zinser, mientras que la maestra Irma Caire Obregón, directora general del Centro Cultural Helénico y Claudia Zepeda, jefa del departamento de difusión del Programa Cultural Tierra Adentro, atestiguaron la deliberación.
Este premio es un esfuerzo de colaboración entre el Centro Cultural Helénico y el Programa Cultural Tierra Adentro, con el cual se busca promover el talento de los jóvenes dramaturgos mexicanos, así como estimular el ejercicio creativo para enriquecer el panorama teatral del país.
Como en cada edición, el certamen estuvo dividido en dos fases, una de selección de trabajos y otra, más específica, donde se realizó un taller de dramaturgia que permitió a los asistentes entregar una versión más elaborada de su trabajo; en ella participaron los finalistas Miguel del Castillo con la obra 1569, que mereció una mención honorífica, así como Ginés Cruz, con su trabajo Remedios de la sed, Uriel Mejía Vidal, con su obra El ciego y su ocaso y por supuesto, la galardonada Anaid Varela Varela, con su ópera prima De tripas, corazón; estas obras conformarán el libro Teatro de La Gruta XV.
De tripas, corazón narra la tragicomedia de Nina y el doctor, quienes buscan hacer lo mejor de sus días como empleados de una morgue olvidada en un desierto. La llegada de un nuevo compañero de trabajo viene a cuestionar el mundo que han creado para sí mismos; sus enredos invitan al espectador a encontrar belleza y buen humor en los lugares menos esperados.
El premio que será entregado en una ceremonia oficial el próximo martes 28 de julio a las 13:00 horas, consiste en $120,000 M. N., la escenificación de la obra durante el próximo año, bajo la producción del Centro Cultural Helénico, y la edición del libro por parte de la editorial Tierra Adentro.
“Lo inescribible que endurece la Lengua deja el cielo en libertad”, escribió Paul Celan, mientras iba siendo objeto de múltiples estudios (Szondi, Derrida, Bollack) que se aproximaban a su escritura como el entomólogo al insecto. Pero, ¿cómo se endurece la Lengua? ¿Será “junto a mis piedras crecidas con el llanto”, como quería el ucraniano? Para él piedra, stein, equivalía a poema. La piedra, como los versos, va proliferando y puliéndose bajo el efecto del calor y del tiempo, dos ingredientes que animan, entre otros, la poesía de Rocío Cerón (Ciudad de México, 1972), sobre todo en el Centro Cultural de España, donde instaló su Nudo Vortex 5.0, ejercicio de edición y movimiento que pareciera provenir del estar siendo, del estar existiendo, el Dasein de Heidegger y su dinámica del ser. Pero la lectura, el hecho de reestabilizar el texto, ya estabilizado en la escritura, como ella lo advierte, lo vuelve oral. Por eso a unos cuantos metros de donde tuvo lugar la trenza, el chongo del poema, fue encontrado en el año 2006 el monolito de 12 mil kilos de la Tlaltecuhtli, una deidad que dentro del programa religioso de los mexicas buscaba unificar en una sola entidad por lo menos tres diosas: la chichimeca Itzpapálotl (mariposa), la huasteca Tlazoltéotl (lujuria) y la Cihuacóatl patrona de los sangradores que se adoraba en Culhuacán.
El Mayorazgo de Nava Chávez, sitio donde por accidente un pico dio en una de las puntas de la escultura, está en la otra esquina de la cuadra donde aconteció la lectura de NV 5.0 en la fecha azteca 3 Carrizo-1 Flor-10 Agua (25.06.2015) y fue allí donde se levantaba la deidad mirando hacia la pirámide del Templo Mayor, una estructura en la que compartían espacio Tlaloc y Huitzilopochtli (colibrí zurdo). Con este último, a decir de Michel Graulich, la diosa Tlaltecuhlti tenía comercio carnal cada que se celebraban las fiestas carnestoléndicas de junio, mes en el que, hacia el 24 (día de San Juan) la Tierra vence por fin el imperio del sol. Es el primer día más corto del año. La presencia de la luz solar disminuye en el cielo y da inicio la hegemonía nocturna. Sobra decir que las víctimas de Tlaltecuhtli eran decapitadas para que la sangre brotara con más fuerza y fertilizar con ella el campo, a diferencia de las víctimas de Quetzalcóatl a las que simplemente les arrancaban el corazón.
Esa misma oscuridad de junio mana de los versos de NuVo 5.0 y dota a la poética de Rocío de un emblema: en su escritura oscila aquella primera humanidad que no podía comunicarse entre sí, según el Popol Vuh, porque “emitían voces incomprensibles”. Pero en el núcleo de los poemas o mejor dicho del poema semilla-del-verbo de Cerón, encontramos ese otro sistema, esa otra cáscara o corazón que los alemanes llamaron Kunstsprache: arte dentro de la lengua, habla concéntrica al habla. Los nahuas la designaron como nahualatolli y los mayas como bats ‘il k’op: la lengua verdadera. En nahualatolli hablaban los hechiceros precolombinos, quienes saqueaban tumbas en busca de brazos de mujeres muertas en el parto (uno de los amuletos más poderosos de la hechicería precortesiana). Por eso uno de los versos iniciales de NudV 5.0 busca “desmembrar el objeto en lenguaje hirviente”. Y es por esa lengua dentro de la lengua que podemos comprender “el alfabeto entero en una gota de sangre”. Pero, ¿de cuál sangre?, ¿de reptil o felino, de presa o predador? En respuesta a la aseveración del poeta argentino Arturo Carrera, quien preguntaba “¿padre o pared?”, Rocío reanuda: “Debajo de la palabra ‘padre’ hay sangre”. Y eso lo sabemos quienes hemos empujado el féretro paterno hacia la banda sinfín, nudo de Moebius, que conduce al útero de la pira que lo volverá un puñado de ceniza.
En “Sílabas en una Habitación” aparecerá la voz sibilina de Rocío como si brotara del cuadro de Franz von Stuck, “El pecado” (en realidad tendría que traducirse como La Pecado, porque en alemán Die Sünde, es un sustantivo femenino acaso más próximo a la idea que representa), como si ella y la serpiente de la falta original tuviesen el mismo timbre de voz. De ahí (noche dentro de la noche, a pocos metros de la Tlaltecuhtli, sobre un calmecac) sonarán los tres elementos de la deidad prehispánica, atributos que son enigma y sortilegio en el paladar de la Poeta: “cada noche transformándose, un día rana, otro felino, un día más sobrevoló la noche entera”. El batracio, ser que busca la Tierra pero no sabe respirar, se sugiere en un libro previo de Cerón, “Apuntes para sobrevivir al aire”. Si vas a sobrevivir al aire es porque no sabes respirar, pareciera decirnos en este volumen. El celacanto, que se creía extinto hace 70 millones de años, un día fue descubierto en las costas de Madagascar. Los pescadores de ahí usaban sus escamas, con consistencia de lija, para pulir las cámaras de sus bicicletas. Tienen aletas lobuladas, lo que quiere decir articuladas: codo, muñeca, aleta. Salieron del mar. Aprendieron a “sobrevivir al aire”, supieron que “todo esponsal es tumba”.
Rocío Cerón también aprendió a respirar. Pero su poesía no respira, late, vibra de un modo imperceptible. Es la fijeza del camaleón proyectando de súbito la lengua en forma de brazo y zarpa y sujetando al grillo, cuyo canto no soporta. Es una condición del vacío, de cuyos silencios -dice ella- brota la palabra. Bartrahari, poeta y gramático en sánscrito del siglo quinto d. C., decía que antes de ser dicha, la palabra forma “sfotas”, es decir producciones habladas, unidades lingüísticas dentro de un discurso coherente. Es la contraparte de la shabda o palabra primigenia que trasciende los formatos de lo hablado y escrito para hacerse conciencia de los objetos, algo así como el monumental guión bajo del tercer verso del poema “[Agujeros negros: brochazos de azul Klein sobre muro]” que al terminar, mutado ya en línea recta o semi-renglón (¿símil de la Tierra, avatar del Horizonte?) termina con “hacia la noche”. Nadie sabe qué hubo antes del vocablo “hacia”, aunque se perciba el eco, la vibración de esa cuerda del guión exagerado que es parte de un instrumento musical desconocido, no coherente sino randomizado, pulsátil como el sonido vibrafónico de un teraflop.
Pero, ¿sirve de algo la coherencia? La emoción arruina los poemas, sostiene en otro de sus versos Cerón. Y es así. Lo que resta es el eco de la luz, la música fósil, ese crepitar de lo que no ha nacido y ya es, como los haces intermitentes del videobeam proyectando infinitos dioramas donde la palabra estalla en lascas, agujas, esquirlas, pequeñas aberturas hacia noches mayores, más densas, más profundas. Cuando William Beebe, el inventor del batiscafo, descendió a la noche de los abismos marítimos en la isla de Nonsuch, dijo que hasta ese momento supo lo que es la noche y habló de esos milenios nictográficos intocados por el pensamiento o por el sueño humano. Allá reptan esos “seres de lodo que carecían de entendimiento y no se multiplicaban”, según el Popol Vuh, pero también en los bordados sobre la carne de la oficiante cuando dice (canta): “Océano, sus abismos/ Cuerpos escriben con el movimiento nuevas formas de/ escritura”, del mismo modo en que Firdusi, el poeta de Jorasán nacido en el 935, daba vueltas sobre su propio eje, lanzando versos en cada giro hasta formar, decía, una casa en la cual poderse refugiar y que es la misma casa de “Imperio” edificada en la sección Buan, cuyo significado viene del proto-indo-europeo b’uH y evoluciona desde el término convertirse hasta los conceptos crecer, aparecer, permanecer, endurecer, habitar en irlandés, noruego, sajón y protogermánico.
“La poesía se tiene que bailar”, le dijo Rocío a Nicolás Alvarado dos días antes de la puesta en hilo (¿vilo?) de NVort 5.0, y es verdad, como lo es que la lujuria, esa otra fuerza coreográfica, se convierte en manos de la diosa india Prajnaparamita en la ideal conjugación del modo y el contacto. Es la forma del vacío que Nagarjuna encontró en el no pensar actuando, porque para él “todas las cosas expresables están vacías de su propio ser”. En el Hevajra Tantra encontramos que las vocales son masculinas y las consonantes femeninas, de modo que toda palabra en la poesía de Cerón es también una cópula, entretejida por los nudos del habla, símbolo representado por el arácnido Hevajra, el de las “cejas anudadas”, que abraza a la Señora de la Vacuedad, niña del vacío, en un coito de ocho espíritus simultáneos y tres rostros acolmillados.
En “The complete book of chinese knotting” aparece el Nudo Estelar como uno de los 14 más importantes. Ese, que podría ser el “nudo donde se guarda una constelación”, del verso de Rocío, es también “el lugar del muslo”, el sitio en que convergen tantos organismos microscópicos que terminan formando un nudo, porque ahí, en ese lugar húmedo del muslo habitan micoplasmas, bacilos y anaerobios como el Corynebacterium, la Prevotella, el Proteum integrados en constelaciones donde emulsiona la vida de manera similar al caldo que formó la atmósfera respirable en que vivimos. (En esa biota de una vagina sana también prolifera la Klebsiella que produce la neumonía y corta, de súbito, la respiración). El nudo estelar “no debe apretarse demasiado porque se desbarata”. Los quipucamayoc que inventaron la escritura de nudos llamada quipu distinguían con el color de la cuerda los objetos -la materia- describible y con la forma de los nudos sus acciones o rasgos. Así la colección de trenzados de NoVort 5.0, en cuyos vórtices debemos incluir la versión líquida de ese gemido prolongado que mata momentáneamente con un nudo en la garganta y nos sorprende desnudos y sudando, se encuentra la forma del decir de la Poeta como sacerdotisa en cuya piel convergen la danza imperceptible de la boca, la lengua y el paladar al pronunciar, al nombrar el código bilingüe de un rasgueo de guitarra (cuerda, guión bajo, antepalabra), de un resplandor holográfico o de un baile proyectado, como en el espectáculo expandible de las vecindades del Mayorazgo de Nava Chávez.
Ahí, sobre el calmecac y en el perímetro de la Tlaltecuhtli debía tener lugar la ceremonia con cuerpos -el público- desmadejados sobre puffs rellenos de esferas corpusculares, puntos y aparte, doblepuntos, puntos y comas exiliados de la escritura, de la página impresa, de la hoja en que Rocío iba leyendo al tiempo que giraba sin girar, un acto dancístico que concilia lo dicho por Baudelaire: “La danza es la poesía con brazos y piernas”. Yo agregaría que la poesía de Rocío Cerón nos deja sin fémures y tibias, porque hay un lugar en el inframundo en donde solo podemos iluminarnos haciendo fogatas con nuestros propios huesos, cuerdas, líneas que forman una instalación en el mundo anómalo de Dennis Clegg, el personaje de Raph Fiennes a quien su propia madre llama “Spider”, en la cinta homónima de Cronenberg, y en el de la instalación que a propósito de Nudo Vortex 6.0 se realizó en Proyecto General León 51, consistente en un aro y múltiples mecates evocativos de la escritura inventada por Clegg y puesta en situación sobre las páginas de un cuaderno infantil, túnel y vórtice entre el adulto y el niño, mediado por el verbo esquizofrénico, aquel que niega el diálogo y se vuelve puro selfishness, atributo central de la amante de Hevajra: Dakméma, la Buda femenina.
Está vivo ese rechazo a lo viejo que Rocío consagró (fiel a los dioses y a los hombres) en un fragmento de la Catilinaria 20 de Salustio en que acaba el primer poema de “Imperio”: Contra, illis annis atque diuitiis omnia consenuerunt (para ellos todas las cosas han envejecido con los años). Tantummodo incepto opus est, cetera res expediet (Ahora solamente hay necesidad de empezar, la restante cosa vendrá). Momento en el que “pesa la palabra dicha” como pesaba la Sprachgritte (Lenguacárcel) en Paul Celan. Porque, dice Cerón: “todo nudo es una gota en espera para izarse en un peldaño”, el mismo que Lucio Sergio Catilina buscaba para restaurar el Imperio cien años antes de Cristo, porque “allí se acostumbró por vez primera el ejército del pueblo romano a hacer el amor, a beber, a admirar estatuas, cuadros, vasos tallados, a robar estas cosas privada y públicamente, a despojar templos, a profanar todas las cosas sagradas y profanas”, recuerda Salustio.
La poesía de restauración del Imperio de Rocío está hecha a base de materiales lingüísticos que cumplen con fidelidad la tarea de mantener oculto a los demás el Misterio: “Coloqué vestigios en las aguas (visibles solo a los ciegos)”. Varias capas de lenguaje recubren un núcleo duro vedado a la lógica. Desde que el pelo largo es patrimonio de la hembra humana, la factura matutina del chignon se ha vuelto para ellas un acto epifánico: es el nudo con el que comienza el día en esa “trenza odorífera y castaña” de Efrén Rebolledo, pero también en el saludo que se engancha como nudo en la mano o en la conjunción copulativa &, que entrelaza sentidos o en el dogal donde se apoya la g o en que se crucifica a la palabra México, símil del quincux con el que el arte precolombino simbolizó al ser como víctima de cuatro fuerzas que al crecer lo irán desgarrando hasta alcanzar el equilibrio del centro, del vórtice, del Nudo.
Los versos de Rocío, si es posible sintetizarlos, buscan pues anidar en forma de nudos sobre el estar siendo. Pero en sus nidos, como en los del tiburón Heterodontus, la ooteca debe ser en espiral: para que se aferren al risco y no los arrastre la marea.
Desde hace unos años el mundo ha visto a la televisión tomar el lugar que le correspondía al cine como fuente de innovación narrativa, pero en México aún estamos lejos de todo lo que rodea a la experiencia televisiva. Por eso convocamos a cinco jóvenes críticos y guionistas a discutir sobre el estado actual de la producción audiovisual y las diferentes formas que existen de escribir crítica, hacer guiones o, incluso, ver la televisión. De esta manera, Praxedis Razo nos invita a navegar la web y darnos cuenta de que el verdadero censo es cibernético; Alonso Díaz de la Vega clama por una era de la crítica democrática; Arantxa Luna se pone en el papel de lo que Virginia Woolf llama «el lector común»; Kin Navarro hace zapping y nos muestra la evolución de los formatos televisivos y, por último, Hipatia Argüero explora el mundo de las telenovelas mexicanas, la fuente de trabajo más notable de guionistas en ciernes. Complementamos esta edición con una conversación entre Jaime Muñoz de Baena y Rodrigo Ordóñez, ambos guionistas, que discuten sobre los cambios a nivel nacional del formato televisivo y el impacto que los servicios de streaming o la distribución por canales como YouTube puede tener en la forma en que se escribe cine y televisión en México. Este número de Tierra Adentro también incluye una entrevista con Jordi Carrión, con motivo del lanzamiento de la edición definitiva de Teleshakespeare, además de una crónica escrita por Diego Salas sobre el mundo de las artes marciales mixtas en Xalapa, una selección de poemas del japonés Keijiro Suga y la edición más reciente de La Ceibita. En la edición anterior, decidimos no publicar en portada el trabajo pedido ex profeso a los artistas Bef y Blumpi. Como un espacio siempre abierto al diálogo, Tierra Adentro ofrece una disculpa a los dibujantes.
Allí ardieron Poe y Lovecraft y Hawthorne y Ambrose Bierce, y todos los cuentos de miedo, de fantasía y de horror, y con ellos los cuentos del futuro.
Ray Bradbury
Apenas dieron las ocho, el niño se entregó al berrinche que, desde hacía tres meses, se repetía sin más variaciones creativas que un tango swing ocasional ─hay que decir que no era un niño muy ingenioso─. Los padres habían visto partir ya cuatro crianderos,[1] todos cansados de soportar los gritos y las patadas del pequeño bribón; con las pantorrillas amoratadas y sus cascos herméticos ─que no por ello ocultaban la orgullosa ira de sus rostros─, uno a uno salieron por la puerta del núcleo 17A.
Esta noche, sin embargo, cuando el niño comenzó su pataleta, tuvo la asombrosa idea de subirse al insecto último modelo y destrozar la sala desde el aire. Desde la puerta, la nueva niñera (una mujer rolliza de 145 años y 145 kilos) observaba los intentos fallidos de atrapar al rufián; la nodriza estudió el patrón de desplazamiento que describía el forajido y calculó la trayectoria según la sabiduría antigua del berrinche infantil; antes de que se precipitara por la puerta para conquistar el resto del núcleo, la mujer extendió sus brazos de elefanta y el chico fue a estrellarse contra la pared.
Al berrinche, se sumaron los bien ganados llantos de dolor. La niñera no se detuvo a comprobar los estragos del golpe ni atendió la histeria del padre, quien se había desmayado al ver el choque; simplemente alzó al nene con la técnica de una mujer forzuda en pista de circo y lo cargó hasta su habitación, donde le inyectó una dosis mínima de tranquilizante que, si bien no logró dormirlo, al menos lo inmovilizó lo suficiente para meterlo en el pijama.
Poco acostumbrada a los papeles de hada madrina gordinflona, intentó una voz melosa que revelaba en el fondo su rugido de leona amenazante:
─¿Me vas a decir por qué lloras?
El niño estaba paralizado, tanto por el sedante como por el terror que le producía la giganta; después del primer susto, pensó que lo más sensato era decir la verdad:
─Quiero una cama con techo ─murmuró.
─¿Una qué?
─Una cama con techo ─y aquí sacó un viejo libro de cuentos que guardaba bajo su almohada.
La matrona miró el tesoro con fascinación: aquellos libros habían desaparecido durante la migración a las colonias, hace ya más de un siglo; y no porque se consideraran peligrosos, sino por el poco espacio en los transbordadores. Las bibliotecas digitales tuvieron una suerte parecida: encerradas en los grandes servidores, esperaban la resurrección de la maleza que acabaría con las ciudades; los pocos sobrevivientes llegaron en dispositivos digitales subcutáneos. La memoria de la Tierra se había confiado a la memoria de los hombres, aunque ésta nada pudiera hacer frente al vacío que trajeron las estrellas.
Antes de que la niñera preguntara cómo había obtenido aquel libro, el niño reanudó el llanto:
─¡Quiero una cama con techo! ─no sabía leer, pero las ilustraciones alimentaban su imaginación.
La aya hojeó el volumen: The Arthur Rackham Fairy Book. Los recuerdos de su infancia en la Tierra se destilaron en una sola lágrima. Miró con lástima a aquel niño que no conocería los mares, ni el aire frío de un invierno sobre su rostro; de eso no quedaban más que diapositivas. Luego se miró las manos sebosas que sostenían el viejo libro de cuentos y sintió la necesidad de retrasar, aunque fuera unos minutos, la tristeza que le esperaba al futuro hombre.
─Esta imagen ─señaló la cama con techo─ es el cuento de una princesa que se pincha el dedo con una aguja y cae en un sueño muy profundo. Pero yo conozco otra historia que también tiene una cama así. ¿Quieres escucharla?
El niño la miró sorprendido; primero, porque nunca había escuchado un cuento y, segundo, porque la mujer se había sentado sobre su cama, elevándolo un metro; asintió tímidamente.
Mis padres solían contarme esta historia cuando era niña. Vivíamos en un pueblo de España, en una región llamada Asturias, en la Tierra.
─¿En la Tierra? ─el pequeño abrió aún más los ojos: nunca había conocido a alguien nacido en el planeta.
─Sí: yo emigré a las colonias durante los primeros vuelos. Y esta historia sucedió mucho antes del gran exterminio, en una época en la que el tiempo todavía se medía en horas.
La gente de ese pueblo recordaba que hacía muchos, muchos años ─tantos que mis padres no habían nacido aún─, un barco había anclado en el pueblo.
─¿Un barco? ─volvió a interrumpir el niño.
─Un barco es como una nave, pero no flota en el espacio sino en el agua.
La niñera miró divertida el rostro extasiado del pequeño.
Los hombres de ese barco no eran como nosotros: tenían el cabello desteñido y la piel muy pálida; los llamaban ingleses, que quiere decir insípidos. Con ellos, sólo viajaba un hombre de piel oscura; era un marino inteligente, fuerte, valiente y muy hermoso: poseía una trenza negra tan larga como anchos eran sus hombros. Nadie sabía su nombre, pero todos le decían Cuba.
Cuba estaba casado con el capitán del barco, Edgar Byrne, quien sí tenía la piel pálida y una barba muy abundante. Cuando se conocieron, Cuba no era un marinero, sino una hermosa mujer. Pero Byrne tenía gran fama de aventurero y un día se enfrentó a una bruja muy poderosa que convirtió a Cuba en varón. Byrne la amaba mucho, así que juró que encontraría la forma de revertir el hechizo. Desde entonces, viajaban juntos alrededor del mundo y siempre compartían hamaca.
─Tú ya no creciste con el miedo a lo sobrenatural; nunca oíste hablar de las brujas que pueden convertirte en piedra, de los vampiros que se alimentan de tu sangre hasta volverte viejo, de los fantasmas que sobrevivieron a la muerte a cambio de su cuerpo y por eso buscan robar los huesos de otros… Eran seres malvados en verdad. Hoy, los antiguos terrores sólo viven en la memoria de unos cuantos, pero existieron alguna vez sobre la Tierra y atemorizaron a nuestros abuelos por generaciones: antes del gran exterminio, se encontraban en los caminos, las casas viejas, el ropero, debajo de la cama, la noche y aun detrás de los espejos. Cuando se fundaron las colonias, los sabios decidieron abandonar a esos seres en la Tierra. Hay quien dice que algunos lograron sobrevivir gracias a sus poderes y que todavía están entre nosotros, esperando el momento de su venganza.
Nadie recuerda cómo supo Byrne que existían dos brujas en Asturias capaces de revertir el hechizo: las crónicas sobre las tierras primitivas son intrascendentes para las nuevas colonias. Sin embargo, apenas desembarcaron en la playa, se vieron rodeados por los nativos, quienes intentaban acariciar la trenza de Cuba.
─Los antiguos tenían la costumbre de confundir a los hombres con dioses o héroes legendarios.
Byrne disparó al aire para disipar a la multitud y pidió hablar con el tabernero.
─Un tabernero era un individuo muy poderoso que usaba pociones para controlar la voluntad de los hombres.
Cuando el tabernero se acercó, sopesó la trenza de Cuba y asintió complacido. Cuba estaba verdaderamente asqueado por su aspecto: era tuerto, muy alto ─más que yo─ y sus mejillas huesudas tenían los pelos como si una mula hubiera pastado en ellas. Byrne sacó una bolsa con veinte monedas de oro y se la ofreció a cambio de que le mostrara el camino a la posada de las brujas.
─Las posadas desaparecieron antes del gran exterminio; eran casas muy grandes donde los viajeros pagaban para pasar la noche, sorber una sopa caliente o quitarse el frío… aunque muchas veces las camas eran duras, había ratas y la sopa se hacía con cebollas. Ahora tampoco se fabrican monedas, pero tenían el mismo valor que nuestros Bitcoin.
Al oír la mención de las brujas, un escalofrío recorrió el coro de hombres reunidos en la playa: muchos eran los que habían desaparecido al intentar cruzar las montañas, y las mujeres habían dejado de dormir porque siempre soñaban con tijeras.
─Caballero: ninguno de nosotros querrá acompañarlo pero, si usted nos libera del mal que amenaza al pueblo, duplicaremos su oro.
En ese momento, un hombrecito de capa y sombrero amarillos apareció con un fuerte estornudo al lado de Cuba. Byrne sintió un escalofrío cuando el desconocido le tendió la mano; el capitán no tuvo tiempo de presentarse: el liliputense tomó la bolsa de monedas, mordió una y preguntó:
─¿Qué es lo que desea tu corazón?
─Los liliputenses eran seres pequeños, como tú. Concedían deseos a cambio de oro, pero tenían el defecto de la astucia: les gustaba hablar con acertijos para confundir a los hombres, así que era difícil confiar en sus palabras.
Seguramente, si Byrne hubiera pedido que convirtiera a Cuba en mujer, esta historia no existiría, pero sólo atinó a decir:
─Una mula para cruzar las montañas.
El duende habría estado encantado de conceder su deseo, pero no había mulas en el pueblo; además, el camino era tan estrecho y empinado que sólo cabía una persona a pie.
─Entonces dime cómo vencer a las brujas ─dijo Cuba; porque, aunque era un hombre muy valiente, hasta él tenía miedo.
─Oh, eso es muy sencillo ─palmoteó el liliputense─. Tendrás que ir solo. Cuando llegues a la posada, toca a la puerta, ignora a quien te abra, bebe la sopa que te sirvan, pide la recámara del arzobispo y lo más importante: no te duermas. Si al día siguiente no estás muerto, ellas tendrán que otorgarte lo que deseas.
Antes de que los viajeros pudieran preguntarle otra cosa, sacó una cajita de rapé
─Polvos mágicos.
y sopló una vez más para desaparecer.
Byrne y Cuba se despidieron al pie de la montaña, donde empezaba el camino; el capitán miró cómo se alejaba la silueta de su compañero: lo último que vio fue la chaqueta de marsupial, que tan bien resaltaba su robusta y bien formada figura, y, en la cintura, un par de pistolas y un machete. Cuando por fin se perdió entre los árboles, las nubes ensombrecieron el paisaje. Byrne sintió miedo.
La noche llegó y se fue; el capitán permaneció despierto, esperando que Cuba descendiera. Apenas amanecía cuando el hombrecito del sombrero apareció con un estornudo de rapé.
─Señor Byrne ─se quitó el sombrero─. Cuba está en peligro.
El capitán lo miró aterrado.
─¿Qué sucedió?
─Si se apresura, quizá pueda salvarlo. Jamás han desaparecido dos viajeros juntos.
Con más polvos de rapé, el duende se esfumó.
Byrne corrió hasta la montaña. Caminó durante horas: ya sea por su miedo a las alturas o por su falta de experiencia en tierra ─siempre fue un hombre de mar─, la noche lo sorprendió cuando apenas llevaba la mitad del recorrido. Asturias era un pueblo gris: sólo casas de piedra y montes sombríos; la noche resultaba terrible en medio de sus árboles; y para Byrne, que sólo conocía el oleaje que forman los cielos, resultaba imposible orientarse en medio de una oscuridad sin estrellas. Estaba ciego, pero el deseo de salvar a Cuba era más fuerte. A pesar de los surcos, el barro, las piedras, las ramas y el hondo abismo que se abría a sus pies, siguió subiendo. A gatas, con el viento frío helando su cara y el corazón a punto de rompérsele, logró llegar a un páramo desierto donde no había nada más que una casa que parecía flotar sobre la tierra, como un fantasma que se desliza por la noche hasta nosotros, pálido y muerto. Aquélla era la posada de las brujas.
Byrne encaminó sus pasos hacia la residencia. El viento arreció, como si intentara empujarlo al bosque y al abismo. Cuando alcanzó la puerta, una joven le abrió antes de que tocara la aldaba. Byrne no la miró. La casa, más oscura que la noche, no tenía otra luz que la de una vela. Al fondo de la habitación, divisó unas sombras: sobre el fuego de la chimenea, dos viejas revolvían el contenido de una olla negra: eran las hermanas Lucila y Herminia; las brujas.
Cuando vieron al viajero, chillaron de alegría: en los últimos meses, pocos eran los que transitaban por allí, pero las hermanas habían decidido conservar el lugar para pasar su vejez. Invitándolo a sentarse, una de ellas tomó un plato y vació una cucharada de la sopa que estaban cocinando. Byrne, quien había sufrido la noche más terrible de su vida, aceptó gustoso.
Mientras el capitán sorbía su sopa ─de cebolla─, observaba con disimulo a las dos ancianas, quienes no dejaban de chasquear la lengua ni de revolver la olla: tenían la edad en la que la vejez deja de ser frágil para volverse decrépita: eran feas, con las bocas desdentadas, las narices curvas llenas de verrugas, las mejillas hundidas y la piel amarillenta cayéndose a pedazos. Byrne se preguntó cómo era posible que esas dos ancianitas atormentaran a todo un pueblo ─a veces, los ingleses eran muy escépticos.
Tras terminar la sopa, preguntó por Cuba. Las viejas se revolvieron incómodas en sus asientos, y a Byrne le pareció que una de ellas se inflaba un poquito.
─Sí, sí: el muchacho se quedó con nosotros anoche ─dijo una─, pero salió temprano para regresar al pueblo.
─¿Él está bien?
─¡Oh, sí! ─respondió la otra─. Ese chico tenía un apetito voraz.
El capitán comprendió que mentían: si Cuba hubiera sobrevivido, no sería más un muchacho. Byrne decidió fingir para averiguar qué había pasado con él: les pidió que le indicaran el camino para continuar su marcha.
─¡Imposible! ─gritó la más vieja─. A esta hora se perderá. Lo mejor será que pase la noche con nosotras.
─Hija, prepárale una cama.
Byrne, recordando las instrucciones del liliputense, pidió la habitación del arzobispo. En todo ese tiempo, la joven que le abrió la puerta no había pronunciado una sola palabra pero, al escuchar la petición, se adelantó:
─La del arzobispo no está limpia.
Byrne la miró por primera vez: llevaba una falda larga de color negro que se abría a la mitad del muslo, y una blusa descubierta con el corazón de fuera; el cabello, suelto y húmedo, olía a lluvia; tenía una boca muy roja y un cuerpo verdaderamente voluptuoso. Byrne sintió que se mareaba cuando la joven gitana le sonrió. En ese momento, escuchó una voz que le susurraba: “Cuidado”.
─Las gitanas eran mujeres parecidas a nosotros, de piel oscura y el cabello tan negro como si la noche hubiera anidado sobre sus cabezas; la gente las odiaba porque intentaban seducir a los viajeros para robarles el corazón. Un antiguo proverbio dice “Tienen la astucia de un gato hambriento que vigila a un pájaro en una jaula o a una rata en una trampa”.
La bruja más vieja se encogió de hombros:
─Bueno, dale la que quieras.
La joven tomó la vela, dejando la sala a oscuras. El inglés se dejó conducir a un cuarto cualquiera: era una habitación sucia con olor a moho. La gitana permaneció de pie, con la vela alumbrándole el rostro; Byrne la miró sonreír. La voz repetía: “Cuidado”. El capitán tomó la vela y cerró la puerta. No escuchó los pasos de la gitana pero, cuando volvió a abrir, ya no estaba en el pasillo.
Byrne se sentó en la cama a esperar: puesto que tenía la única vela de la casa, supuso que las viejas y la gitana se acostarían pronto; había decidido buscar la habitación del arzobispo. Sin embargo, estaba tan cansado que estuvo a punto de quedarse dormido; la voz susurró desesperada: “Edgar, cuidado”. ¿Cuba? Nadie más lo llamaba por su nombre. Como un niño que sabe que va a ser castigado, Byrne sintió que las piernas le temblaban; habría perdido la conciencia de no ser por un nuevo llamado: “Edgar, por favor”. Ya no quedaba duda: la voz era idéntica a la de Cuba.
Byrne esperó a que el silencio cayera sobre la casa antes de salir a inspeccionar. Caminó por el pasillo, abriendo y cerrado puertas como un fantasma, hasta que encontró una habitación que sobresalía por su lujo, excesivo para una posada, aun para una gobernada por brujas. El marino se paseó por la estancia; las paredes estaban cubiertas de oro y plata; los muebles, aunque pocos, estaban tallados en maderas exquisitas: la mesa y la silla tenían incrustaciones de piedras preciosas; el armario, con símbolos y runas brujeriles en sus puertas, estaba construido para resguardar los mayores secretos; y la cama, ¡qué cama!: con un dosel muy alto, ricamente engalanado con cortinas de terciopelo rojo.
El niño estaba tan entretenido con la historia, que había olvidado su berrinche; pero, al escuchar la descripción, recordó la cama y se preparó para un nuevo ataque:
─¡Yo quiero una cama con techo… y terciopelo!
La nana, quien hacía mucho tiempo no contaba una historia, lo miró con los ojos entrecerrados:
─¿Estás seguro?
El pequeño nunca había sentido el miedo primitivo y visceral que engendra lo desconocido; el mundo higiénico, rodeado de vacío, lo protegía contra lo sobrenatural. Sin embargo, la voz de aquella mujer le transmitía un saber olvidado, más antiguo que las estrellas: instintivamente, se cubrió con la cobija y apartó la mano de la orilla de la cama.
Las cortinas estaban cerradas, pero Byrne podía sentir la presencia de algo que aguardaba detrás de ellas. “Edgar, por favor, no me gusta la oscuridad”. El capitán reunió todo el valor de marinero que no había dejado en los matorrales y abrió las cortinas con un sólo golpe. El cadáver de Cuba yacía en la cama.
Byrne sintió que las lágrimas lo traicionaban, y habría llorado como una viuda si no hubiese tenido miedo de alertar a las brujas de su descubrimiento. Sin poder creer lo que veía, acercó la lámpara para observar los ojos que, aunque pétreos y sin vida, conservaban la dulzura intacta; con cuidado, le arregló la trenza: la muerte había respetado la hermosura de aquel cuerpo.
Por más que buscó, no pudo encontrar heridas de cuchillo, bala ni ninguna otra arma conocida; tampoco había marcas de asfixia sobre su cuello. Sin embargo, al acercarse, notó un pequeño moretón en la frente; sólo tenía aquella marca,como el pinchazo de una aguja. ¿Qué te pasó, Cuba? ¿Qué era aquello que podía matarte sin dejar huellas?
─¿Veneno? ─murmuró el niño. Se aferraba todavía a la lógica fría que mantiene el mundo andando.
La nana ensombreció la voz:
No: Cuba se había dormido y algo que ni las puertas ni el machete ni las pistolas podrían detener lo había asesinado. Byrne sintió miedo al pensar que esa noche quizá también él moriría de forma misteriosa; al amanecer, sería un cadáver sin marcas: apenas el beso de la muerte sobre su frente. Miró a Cuba sobre la cama: aunque todavía era un hombre, parecía una doncella dormida; lo besó suavemente en los labios para despertarlo. Pero nada pasó.
Puesto que Cuba había muerto, Byrne estaba resignado a morir. Se acomodó al lado de su compañero; el atlético y varonil cuerpo del joven, que en otras noches le había hecho compañía, estaba frío. Acariciando la larga trenza, el capitán no tardó mucho tiempo en quedarse dormido. Así, no pudo percibir el movimiento de las cortinas que rodeaban el lecho. No escuchó el crujir de la madera o las palabras que las brujas susurraban a través de la puerta. Tampoco vio cómo el enorme dosel bajaba lento, lento, como la muerte, sobre ellos. Sólo despertó cuando los pesados bordes cayeron sobre la cama: una tortuga, dirían los marinos; un sarcófago, sería más preciso.
─Mi madre solía decir: Hoy en día cualquier vieja bruja soñolienta, si existiera, que tenga la fuerza suficiente para apretar un insignificante detonador podría acabar con un centenar de jóvenes de veinte años en un abrir y cerrar de ojos. En esa época no había armas nucleares ni cohetes; todo se hacía con magia. Y aun así, dos brujas podían matar a todo un pueblo, hombre por hombre. Imagina ahora lo que podríamos hacer, sobre todo con niños berrinchudos como tú.
La nodriza miró con satisfacción cómo poco a poco el terror se apoderaba del niño. Segura de que nunca más habría un berrinche por una cama, se levantó con el libro en brazos y apagó la luz.
[1] En la actualidad, nuestros diccionarios sólo reconocen el femenino: crianderas; en el futuro, la necesidad obligará a la diversificación del trabajo masculino.