Escribo esto para dejar testimonio
del adverso milagro.
Adolfo Bioy Casares
Bajo los arcos, en los patios, ante los murales que albergan las paredes de Palacio de Gobierno, los jóvenes, las jóvenes, niños y niñas, maestros y maestras de la Casa de la Cultura fincábamos —a partir del canto, la danza, la palabra— nuestra identidad con los aires, con los atardeceres, con las calles, con los oficios de la ciudad; fincábamos la identidad con nuestra gente, con nosotros mismos. Es el ferial de Aguascalientes.
Sería imposible abarcar la vida, la obra y la personalidad de Víctor Sandoval en pocas palabras. Hombre de Tierra Adentro, como a él le gustaba reafirmarse, fue haciéndose a sí mismo poco a poco, a mano y de la mano de otros hombres y mujeres que compartieron sus anhelos, sus espacios, sus encuentros.
Hablar de él es hablar de quienes lo acompañaron para asumir el trabajo cultural como el mejor derrotero de sus vidas y trataron de inculcar esa visión. Hablo también de quienes llegaron de otros ámbitos, de otros paralelos, e hicieron de nuestra ciudad su ciudad, gracias al empeño con el cual se hacía y se sigue haciendo el trabajo cultural.
Aquí quiero hacer una especial reflexión hacia María de los Ángeles. La bíblica palabra “esposa” es insuficiente para aprehender, para comprender, lo que esta mujer significó en las obras y en la vida de don Víctor, como le decíamos su familia y sus amigos cercanos; como aquella mujer también le decía.
En lo entrañable nos queda su sentido del humor, suave y agudo, como su mirada cuando hablaba de poesía, cuando observaba una obra plástica que lo emocionaba. Siempre tenía la broma amable, el comentario divertido, irónico, que buscaba aligerar las durezas de la vida. Era un hombre de cultura mucho más allá de la erudición; le gustaba citar poemas, pero no como jactancia de un ejercicio memorioso, sino para conmover a quien compartía la charla y, en último caso, para conmoverse a sí mismo. No era extraño ver sus ojos humedecidos cuando hablaba de sus autores tutelares o cuando sentía nostalgia por algunos sitios.
Sin embargo, en comunión con su sensibilidad, una de las enseñanzas que nos deja es la diaria participación en los acontecimientos de una vibrante realidad. Nunca dejó de estar al tanto del mundanal transcurrir, de hablarlo con quienes lo rodeábamos y de tener una opinión muy personal, a veces sorprendente, sin lugar a dudas aplicable al día a día. Y es esta una enseñanza nodal: hacer de la política un instrumento para engrandecer a la cultura, la política al servicio de la diversidad y el desarrollo culturales; es decir: reasumir lo que debería ser uno de los dones más esenciales de la política: situarse diametralmente opuesta a la guerra, a la violencia, a todo aquello que nos enajena y nos hace sentirnos antihumanos, inhumanos. Hay que señalar algo que debe parecer una obviedad: sus emociones siempre estuvieron al lado de los desposeídos.
Le gustaba reconocerse como poeta y promotor cultural, dualidad indisoluble en él también asumía que sabía hacer política, le gustaba hacer política, hizo política y consolidó una manera de hacer política; como dije antes, poniéndola al servicio de aquello que más nos humaniza: la sensibilidad. Hombre de letras y de libros, también tenía una profunda vocación por lo que él llamaba “mística de servicio”.
Y es esta ruta, esta manera de apropiarse del servicio público, lo que nos llevó a articular una frase con la cual él se entusiasmaba: un proyecto de nación es un proyecto cultural. Y en los días que vive nuestro país, estas palabras cobran una reciedumbre insospechada.
Quienes fuimos testigos íntimos de su devenir, sabemos cómo proyectó su diario trabajar hacia otros espacios, sabemos que conocía nuestro país como pocos, muy pocos, lo conocen: por los detalles de sus culturas, por sus creadores, intérpretes, ejecutantes, promotores culturales. Sabemos que construyó un modo de hacer el trabajo cultural: con absoluto respeto hacia quienes tenían sus raíces en otras calles y bajo otros cielos. Con Víctor Sandoval celebremos la vida, la cultura. Con nuestros poetas, nuestros pintores, músicos, teatreros, bailarines que, como colectividad, con él aprendimos a hacerlos más nuestros. No hay despedida posible.
Quiero cerrar este breve tributo que le hago al padre, al amigo, al servidor público, al poeta, al promotor cultural, al político, con unos versos de él que nunca llevó al papel pero le gustaba repetir:
Si te preguntan por mí
diles que no he muerto.
Diles
que me he vuelto huizache
En el año 1957 durante la inauguración de la Librería Universitaria, un proyecto personal que realizó con Salvador Gallardo, hijo.
Tomé contacto con el poeta y promotor cultural Víctor Sandoval antes de que los entrecruces de caminos lo convirtieran primero en mi interlocutor, llamémosle intelectual, y luego en mi jefe próximo cuando ejerció la titularidad del Instituto Nacional de Bellas Artes. No hubo cambio sustancial en su trato conmigo: se mantuvo jovial, respetuoso, bromista, firme en sus convicciones, pero a la vez sencillo y muy próximo, sabedor de refranes que usaba en múltiples ocasiones y amante acérrimo de la poesía. Fue él quien me hizo, no propiamente estudiar y analizar, pero sí conocer y disfrutar de la poesía de algunos de los poetas a quienes veneraba, como Salvador Gallardo (1893-1981), que había militado en las filas del estridentismo.
Conocí simultáneamente a Víctor y a su inolvidable esposa: Gelos, como cariñosamente la llamábamos. Por primera vez hace varias décadas, cuando fui jurado en el certamen de arte aguascalentense, mismo que se convirtió en el principal foro de artistas jóvenes, manteniendo su vigencia hasta ahora. Hice función de jurado en varias ocasiones más y durante las inauguraciones recorríamos juntos los amplios espacios de esa Casa de la Cultura que es la pionera y la madre de todas. En una ocasión me prestó dinero para ir a jugar a la ruleta durante las noches de feria, dinero que perdí y que no quiso cobrarme. En Aguascalientes fue también la última vez que lo vi, asistió como público a una conferencia que yo impartía y que le dediqué con enorme cariño.
Los intereses de Víctor eran sumamente amplios y abarcaban de modo muy principal las artes plásticas. Yo acostumbraba embromarlo diciéndole que, como le interesaba la pintura y el dibujo, se parecía a Picasso, sobre todo en los ojos, en el modo de mirar. Fue a través suyo que conocí y llevé amistad con Enrique Guzmán, quien aunque nacido en Guadalajara, hizo su carrera inicial en Aguascalientes, una carrera pródiga en avatares que lo llevó a destruir con un cortador una obra suya calificada de joya de la colección allí reunida. Víctor me llamó para anunciarme el hecho y yo partí de inmediato a Aguascalientes para enfrentarme con el entonces director de esa Casa de la Cultura, el Chato Juárez. Esa obra fue después restaurada, se diría que milagrosamente, pero el que tiempo después ya no tuvo restauro posible fue el propio Enrique.
Enrique fue un gran explorador de una nostalgia conflictuada y su valía como pintor mexicano extremamente singular guarda plena vigencia.
Víctor sentía admiración y benevolencia por quienes realizábamos estudios académicos, sobre todo si proveníamos de la unam. Prestaba suma atención a lo que sucedía en otras ciudades del interior del país y él es el verdadero creador del concepto “Casa de Cultura” que se ha extendido no sólo a múltiples entidades, sino que igualmente se ha multiplicado dentro de contextos urbanos tan nutridos en Instituciones Culturales, como pueden serlo el del Distrito Federal, Guadalajara, Monterrey, Mérida, Durango, etcétera.
Con buen ojo y sensibilidad a flor de piel, sabía detectar los valores no sólo en la escritura, sino en la danza, el teatro, la música y, como atrás dije, en todas las manifestaciones de las artes visuales, incluidas la instalación. Fue en la Casa de la Cultura de Aguascalientes que vi las primeras cuando todavía no se ponían de moda ni éstas ni el “arte objeto”. Tenía paciencia, mostraba interés y sabía escuchar los méritos, reales o no tanto, que uno encontraba en las obras. A través de Víctor conocí a varios artistas que residían en Aguascalientes y Zacatecas —hasta hice pareja varios años con uno de ellos durante la década de los ochenta—.
Víctor creó también el Centro Cultural José Guadalupe Posada en la ciudad de México, centro de exposiciones, de recitales y de presentaciones de libros que cobró suma importancia durante su período de existencia. Contaba con excelentes colaboradores: Saúl Juárez entre otros, que descentralizaron los circuitos artísticos. Era un humanista don Víctor, tanto en el sentido clásico como en el contemporáneo de esa palabra. El fundó esta revista Tierra Adentro en la que de nueva cuenta me es grato, discretamente, contribuir a la celebración que su memoria merece.
Pasión, inteligencia, asertividad. Tres cualidades que definen la personalidad de uno de los hombres más importantes para la cultura mexicana de nuestros días. Pasión por la poesía, por el arte, por las culturas, por la vida; inteligencia para comprender los terrenos que pisaba y los proyectos que llovían en su imaginación; asertividad para moverse en los difíciles campos de la política y renovar a fondo las prácticas de la difusión y la promoción culturales y artísticas en prácticamente todo el país. Ese fue don Víctor Sandoval. Así como se sostiene que José Vasconcelos cambió el rostro cultural de México durante la primera mitad del siglo xx, considero que don Víctor hizo lo propio para la segunda mitad, legado que aún permanece y se incrementa a través de infinidad de instituciones, premios, encuentros, publicaciones, una cauda de artistas que apoyó y un sinfín de promotores culturales que con vehemencia orientó a lo largo y ancho del país.
En oficinas, casas, templos, museos, parques, calles, restaurantes o frente al mar, conversar con don Víctor era una lección permanente. Sus amplios conocimientos por los vericuetos de nuestra historia, su memoria asombrosa, su modestia, su alegría, su amor por lo mexicano, su habilidad para salir prudentemente victorioso en las más diversas batallas, fueron en todos y cada uno de sus días enseñanza y advertencia, ejemplo, disciplina y comprensión. Recorrer con el maestro el centro de la ciudad de México, la avenida Álvaro Obregón, Coyoacán, o las ciudades de Zacatecas, Querétaro, Puebla, Oaxaca y su natal Aguascalientes era una auténtica delicia, una forma nueva de renacer en cada uno de los rincones de la patria. José Guadalupe Posada, Manuel M. Ponce, Saturnino Herrán, Salvador Gallardo Dávalos, Desiderio Macías Silva, su inolvidable mujer María de los Ángeles, sus hijos y sus nietos, así como Saúl Juárez, Marco Antonio Campos, Hugo Gutiérrez Vega, Juan Gelman y un largo pero selectivo etcétera, eran su eterna compañía, espejos desde donde sintetizaba sus pasiones por el arte, por la cultura, por Tierra Adentro, por la amistad, por la vida. Además, como poeta, nos deja uno de los grandes poemas del siglo XX mexicano: Fraguas, donde la ciudad de su niñez y juventud se vuelve eterna.
El pasado mes de enero vi a don Víctor por última vez. Después del abrazo y de preguntarme por Marisol, por nuestros hijos y nietas, me comentó que ya era tiempo para regresar, aunque ahora solo, al modesto hotelito de siempre en las playas colimenses de Cuyutlán, como lo hacía con María de los Ángeles desde recién casados. “Voy a saludarlo” —dijo con mirada pícara y los hombros alzados—, “quizás a despedirme del mar… ¿te parece bien en septiembre o en octubre?” Quedamos de comunicarnos a finales de junio. La sorpresa de su muerte me dolió profundamente. Llevaré sus saludos al mar.
Víctor Sandoval durante
sus años de infancia en la década de los años treinta.
Fotografía: Archivo de la familia Sandoval Ávila.
Víctor Sandoval, el poeta, el promotor cultural, ya no está entre nosotros. Llueven sobre Aguascalientes los versos de la imaginaria “Fraguas”: Si naciste en Fraguas / olvídate de todo. / Fraguas es una hoja en blanco, / La memoria no existe. Con esos versos concluye “Fraguas”; el poema está terminado y el poeta sabe el origen y destino de las palabras que iluminaron su camino. El poeta ha sido sobrio y exigente. Se niega a llenar páginas con vacíos. Sólo quiere verter lo que el venero de su poesía le ha permitido volver palabra, verso, canto. El promotor cultural ha sido extenso y múltiple en su obra.
Siempre entre el “pie de verso” escrito en la página y los deberes de la oficina pública. Entre la admiración por Ramón López Velarde y la búsqueda de esa patria de todos. La tierra de nuestros mayores que es la nuestra. La que debe prepararse para los que vendrán después de nosotros. La de oportunidades de acceso a los bienes y servicios culturales para un número mayor de mexicanos que habitaban esa extensa geografía patria. Mente creativa. Una casa de cultura. Otra era su visión de las cosas. Un corredor de casas de cultura. Otra su dimensión de la patria de todos. Una Institución Estatal de Cultura. Otras las necesidades. Un corredor cultural regional para que fluyera el conocimiento de las artes. Que transitaran por ahí las obras y sus creadores. Los circuitos artísticos. Los festivales. Los encuentros entre los creadores y su público. Una revista cultural que desde el fulgor de su nombre lopezvelardeano, abarcara a los mexicanos de todas partes del país: Tierra Adentro, revista cultural nacida en Aguascalientes. El premio nacional de poesía Aguascalientes para sustituir a los juegos florales de la patria chica. Un premio nacional de arte joven para pintores de todo el país. Encuentros, festivales, infraestructura cultural. Un ir y venir por todas partes con la mente dinámica y la acción dispuesta. Si el presente demandaba acciones lúcidas e imaginativas para crear un mejor país, el pasado había legado un patrimonio artístico que nos proporcionó identidad y pertenencia, que debían proyectarse hacia el futuro. Mantener y preservar ese patrimonio no sólo era un deber, sino una obligación. Dígalo si no la intensa labor de don Víctor para crear en Aguascalientes, entre otros, el Museo José Guadalupe Posada, para promover y difundir la vida y la obra del grabador. Pionero en muchas gestiones relacionadas con la promoción cultural. Enarboló siempre la bandera de la descentralización para disminuir asimetrías buscando la igualdad de oportunidades para los estados del país. Comprendió, e hizo entender, que no se podía ver sólo al centro del país y su capital como si se mirara el todo. Érase un norte y un sur. Érase el mar al oriente y al occidente también: México, un país con sus cuatro puntos cardinales pletórico de habitantes compartiendo los mismos rasgos de identidad enriquecida por la diversidad y la pluralidad de sus regiones culturales. Rápidamente aprendí con don Víctor la regla básica: “La cultura no se lleva ni se trae, se preserva, se promueve y se difunde.” Muchas son las medallas y preseas obtenidos por don Víctor Sandoval a lo largo de toda una vida dedicada a la poesía y a la promoción cultural. Justo sería que las instituciones a las cuales sirvió con eficacia y lealtad instituyeran una con su nombre para reconocer el mérito en el campo de la promoción y gestión cultural. Esto honraría la memoria del maestro Sandoval y a las instituciones que lo otorgaran, pues con ello reconocerían en él a uno de sus mejores hombres. Un hombre de corazón amplio y reconocida vocación de servicio.
Para el Maestro, sólo estas palabras de reconocimiento y gratitud esperando lo acompañen en su viaje hacia la luz: Gracias, don Víctor. Gracias por todo.
San Pedro Garza García en Monterrey, Nuevo León, es el municipio más rico de México y América Latina. Mauricio Fernández Garza, dos veces ex alcalde de esta demarcación, es conocido por su franqueza delirante: nada más enrarecido que un político con tintes monacales. El Alcalde (2012, 80 min., Bambú TV ) es un documental que describe una etapa salvaje de un país marcado por la violencia y el desprestigio de la clase gobernante.
Polémico hasta el extremo, coleccionista tanto de opiniones lapidarias en su contra como de ardientes manifestaciones de apoyo, egocéntrico y excéntrico, rudo y directo, rebelde ante todo lo que no cuadre con las convicciones propias, dueño de una mansión que es al mismo tiempo una obra de arte y una galería ecléctica, viajero constante, millonario y bon vivant, el dos veces ex alcalde del municipio de San Pedro Garza García, Nuevo León, Mauricio Fernández Garza, hasta hace poco más de un año parecía tenerlo todo, excepto un filme sobre sí mismo, realizado no por iniciativa suya sino debido a la curiosidad periodística de los autores, donde pudiera narrar en primer plano y de viva voz su historia para someterla al juicio de los espectadores. Ya lo tiene. Se trata del documental El alcalde, dirigido por Carlos F. Rossini, Emiliapor Bambú Audiovisual, Imcine/Foprocine. En junio de 2012, durante una visita a Monterrey, al toparme con Diego Osorno, me invitó a la primera exhibición de su película en la ciudad.
Lo primero que me cruzó por la mente fue preguntarme qué sentido tenía ver un documental sobre un político, sobre todo en un momento tan cercano a las elecciones, cuando las promesas de campaña y las rencillas entre los diferentes candidatos presidenciales habían agotado mi tolerancia respecto al tema.
No obstante, en cuanto recordé algunas anécdotas sobre Mauricio, y sobre todo ciertas historias de su gestión como munícipe, acepté de buena gana. Creo que hice bien, pues uno de los parlamentos del filme que se me grabaron decía más o menos: “La gente está harta del político mentiroso, del político oportunista, del político ratero… yo no soy político, lo que me interesa es mi patria”. Palabras que parecen demasiado sobadas (incluso las de “yo no soy político”, que recuerdan a Gabriel Cuadri), pero que en boca del protagonista dejaban un poco de espacio para la duda o la aceptación. ¿Por qué? Porque es de todos sabido, por lo menos en Nuevo León, que la fortuna de Mauricio Fernández se acumuló mucho tiempo antes de que decidiera contender por la alcaldía por primera vez, porque asimismo se sabe que la gente le pidió que se postulara, porque si de algo se le ha acusado no es de mentir, sino de su exceso de franqueza, que a veces raya en tonos de brutalidad.
El alcalde es una película con un solo personaje, un largo monólogo donde los realizadores ocultan las preguntas que le hicieron al protagonista, aunque los espectadores pueden adivinarlas fácilmente; un juego sutil de acercamientos y distanciamientos al rostro de Mauricio Fernández mientras cuenta su historia, sólo interrumpido de cuando en cuando por tomas a los techos moriscos de su residencia, a Es de todos sa bido, por lo menos en Nuevo León, que la fortuna de Mauricio Fernández se ac umuló mucho tiemp o antes de que decidiera contender por la alcaldía por primera vez sus piezas de arte contemporáneo o prehispánico, a su colección de fósiles, por películas de sus cacerías y por algunas notas de noticiarios televisivos que sirven de apoyo al relato. En ella, el ex presidente municipal de San Pedro parece encarnar el más feliz estereotipo del norteño: abierto, veraz, acaso un poco pagado de sí, sincero, retador, simpático, versátil, sencillote, malhablado, alegre, satisfecho de sus logros. No importa el tema que aborde —su adolescencia, la cacería como pasión, su lucha contra el narco, sus problemas con la federación, sus posesiones— poco a poco seduce al espectador, eliminando sus opiniones preconcebidas, sus tapujos y prejuicios, hasta echárselo a la bolsa. Es fácil, por ello, darse cuenta de por qué los realizadores decidieron centrar el filme en un primer plano de su persona y el relato en sus palabras, tras eliminar el resto del material acumulado durante la investigación. Es fácil reconocer aquí el olfato periodístico de Diego Enrique Osorno, así como su instinto de narrador. Es fácil, en fin, advertir que el éxito de un documental como este iba a depender de la empatía que el ex alcalde despertara en el público. Si con cualquier otro personaje una película de tales características corría el riesgo de convertirse en un bodrio somnoliento, con Fernández Garza resulta un modo interesante, novedoso, divertido e incluso emocionante de entender la actualidad de nuestro país.
Luego de la realización de El alcalde, es seguro que las discusiones en torno a Mauricio no sólo continuarán entre los nuevoleoneses, sino que subirán de tono, ahora con información de primera mano. Y seguirán siendo discusiones apasionadas, con arranques de indignación o de ira. Sin embargo, como siempre que se habla de él y de sus acciones, no es difícil asegurar que, incluso al tratarse de sus detractores más firmes, mientras lo critican asomará en sus labios una sonrisa irónica, sí, pero también de orgullo por contar en el estado con alguien dispuesto a “agarrar el toro por los cuernos” y a no titubear si es necesario saltarse las trancas de la legalidad y de la política correcta con tal de amansarlo.
Una de las muchas fuentes del centralismo radica en la incapacidad para crear espacios de diálogo y de construcción de plataformas en aquellos sitios considerados de la periferia. Sin opciones en el horizonte lo más sensato siempre es moverse hacia las ciudades donde se encuentra aquello de lo que se carece. Ésta es una verdad universal que soporta la migración: migrar es más fácil que construir. Desde hace muchos años esta ecuación también se ha aplicado a las políticas culturales de nuestro país, específicamente las editoriales. ¿Dónde se encuentran los grandes corporativos de la edición en nuestro país y sus editores? En la ciudad de México. ¿Dónde se editan más libros, con mejor calidad y con un alcance real de lectores y de prensa? En la ciudad de México.
“Hasta ahí un problema reconocible, aceptado, digerido ya.” Un lugar común si se quiere ver. Lo inédito es que desde hace algunos años persiste un boom de editoriales independientes en nuestro país cuya base de operaciones no es ya la ciudad de México sino ciudades como Guadalajara, Oaxaca y Monterrey.
En Monterrey, desde hace algunos años ha venido ocurriendo un proceso similar de edición independiente, término que también se presta para amplia discusión, pero si lo vemos como la edición que un particular empieza sin el apoyo de una editorial trasnacional podríamos limar una primera aspereza de las muchas aristas que tiene el tópico. Durante algún tiempo, para poder ser publicado en Monterrey existían sólo dos caminos: ser editado en la Secretaría de Cultura del Estado o bien, en la Dirección de Publicaciones de la Universidad Autónoma de Nuevo León, con tirajes cortos, poca difusión (que sólo alcanzaba con hacer una presentación del libro) y peor aún, poca distribución. Los libros resultaban opacos apenas salían de la imprenta. Se presentaban por lo general una vez y después se donaban a bibliotecas cuando mejor les iba.
El sello que cambió ese panorama fue Editorial Castillo, del librero Alfonso Castillo. Su casa editora fue producto de su cadena de librerías norteñas y pronto atrajo la atención de una generación de escritores del norte. En esta casa publicaron autores como Hugo Valdés y Alfredo Espinosa, por mencionar algunos, pero lo que sorprendió fue que Castillo se hiciera con los derechos de la obra de Elena Garro, una de las autoras consagradas de la literatura mexicana aunque ya poco publicada en esos días. Cuando Castillo dejó la estafeta y se consagró a publicar literatura infantil y juvenil y libros de texto, con tan buen éxito que la editorial terminó siendo vendida al grupo McMillan, la estafeta de las ediciones independientes en Monterrey contaba ya con otros proyectos editoriales. Uno era el del grupo de escritores de la Mancuspia: Héctor Alvarado, Dulce María González, Mario Anteo y Patricia Laurent Kullick, quienes editaban el sello de los Libros de la Mancuspia de autores regiomontanos, de tiraje corto, casi de bolsillo, libros sin solapas, pero con buen papel y buena edición donde se publicaban autores noveles como Jáqueline Zúñiga, Cuitláhuac Quiroga, Luis Javier Alvarado y los mismos integrantes del grupo. Los Libros de la Mancuspia fueron quince en total.
El otro proyecto es la aún vigente Ediciones Oficio, que surgió de una revista de cultura democrática con más de veintitrés años de antigüedad y del mismo nombre. Oficio es dirigida por el poeta Arnulfo Vigil y tiene en su catálogo a escritores nuevoleoneses, de corte nacional e internacional con géneros como poesía, cuento, novela, ensayo, reportaje, entre otros. Uno de sus autores, por ejemplo, ha sido Diego Osorno. También, durante finales de los años noventa surgió el proyecto de la poeta Alexandra Botto, Homo Scriptum. Había otros proyectos aislados como Cuadernos del Topo, dirigido por el escritor Hugo Valdés. Estos libros eran editados por el Municipio de Escobedo Nuevo León; algunos títulos fueron El sol sea con nosotros, de Ramón López Castro. Similar a estos ejercicios, la poeta Minerva Reynosa, Óscar David López y Gabriela Torres Olivares contaban también con Harakiri Plaquettes, donde publicaban a autores jóvenes y donde también vieron a la luz textos suyos. En toda esta primera etapa las características principales de las ediciones regiomontanas fueron: impresiones de tiros breves, ediciones con buen cuidado editorial, cajas de texto con cierta intuición formal, pero donde el libro procuraba ser lo más barato posible para que pudiera venderse o agotarse su tiraje en las presentaciones del mismo, salvo los libros de Editorial Castillo que llamaban la atención por lo contrario: usaban un papel caro para el momento (cuché), además de invertir mucho en el diseño. Aún así, la mayoría de los escritores publicados eran locales o bien, escritores de corte “nacional” que tenían lazos con los editores regiomontanos, que no necesariamente entregaban obras “vivas”.
Cuando estas editoriales tendieron a la baja al desaparecer por el cambio de ciudad de los dirigentes de los proyectos, la vida regiomontana en torno al libro terminó volviendo a sus cauces tradicionales, las publicaciones en la unal o del Consejo para la Cultura y las Artes de Nuevo León. Sin embargo, desde hace cinco años aproximadamente han surgido en Nuevo León una serie de editoriales nuevas e independientes que se han sumado con éxito en el mundo editorial regiomontano y nacional.
Una de ellas es Posdata Editores, dirigido por el poeta José Jaime Ruiz e Iván Trejo. Posdata se enfoca en la publicación de poesía y también cuenta con una línea de relato corto o microficción, La hormiga iracunda, única en Latinoamérica, donde ha publicado a autores como Ana María Shua y Alberto Chimal. Su catálogo de poesía se concentra en poetas latinoamericanos y polacos y es, además, envidiable. Tiene entre sus autores a personalidades como Paulina Vinderman, Rafael Courtousie, Juan Gelman y Juan Manuel Roca, o el regiomontano Guillermo Meléndez. Posdata está agrupada dentro de la Asociación de Editores Mexicanos Independientes, lo que le permite llevar sus publicaciones a diversas ferias del libro en todo el país. Vaso Roto es otro sello regiomontano que también ha traspasado las fronteras. Dirigido por la poeta y traductora Jeanette L. Clariond, los alcances de Vaso Roto giran en otro engrane: cuenta con bellas portadas y un cuidado editorial profesional, en gran medida publica traducciones de poetas europeos, árabes o de otras latitudes. Tiene en su catálogo a autores como Charles Simic, Harold Bloom, Abbas Beydoun, Ledo Ivo, Adonis y el ensayista Michael Taylor. La línea editorial de Vaso Roto también contempla ensayo, narrativa y literatura infantil.
Junto con estas editoriales han surgido otras con líneas temáticas similares en cuanto al hecho de hacer más profesional la edición, impresión y diseño, sin importar el material con el que están manufacturados los libros. Me refiero a la Regia Cartonera, proyecto dirigido por Nervinson Machado y Laura Fernández. Lo primero que llama la atención de estos libros es que tienen, a diferencia de otras cartoneras, un cuidado editorial y una formación de página envidiable. El diseño de sus tapas es también de mucha calidad y no es raro encontrar obras de artistas gráficos que le dan vista al cartón. Son libros de cartón, cosidos y pegados, y también tienen una rigurosa selección de textos y cuentan entre sus autores con Raúl Zurita y Carlos Velázquez.
Existen otros proyectos editoriales interesantes en la ciudad, Editorial Acero, por ejemplo, que publica narrativa. El año pasado convocó a un premio internacional de novela que obtuvo el narrador español Manuel Luaces. Acero además es parte del grupo independiente Fractal Editores, que también publica poesía. Este proyecto lo dirige Xitlally Rivero, Norma Roffe y el escritor Felipe Montes, entre otros y tiene su salida de ventas en sitios web como Amazon, Lulu y Apple Store.
Hay otro par de noveles editoriales regiomontanas, una es Analfabeta, dirigida por Sara Sánchez, Alejandro Vázquez, Carlos Lejaim y Francisco Blando. Analfabeta realiza libros artesanales impresos bajo demanda y tienen dos líneas editoriales: Alfa, para libros de ficción o creativos y Beta, para todos los títulos de ensayo, historia o crítica. La otra editorial es Ediciones Intempestivas, dirigida por Héctor Alvarado y Livier Fernández. Ediciones Intempestivas apuesta por autores locales, con ediciones limpias, en formato casi de bolsillo y son la revisión, la versión 2.0, digamos, de los antiguos libros de la Mancuspia.
Lo que engloba a todas estas editoriales es que han subido el nivel de calidad y la apuesta por autores de otras latitudes. Vaso Roto, por ejemplo, casi no ha publicado a autores regiomontanos, salvo a la narradora Dulce María González, lo mismo que Posdata Editores que tiene un pequeño porcentaje de regiomontanos en su catálogo. También, estas editoriales han dejado de ver a Monterrey como un proyecto finito, sino como punto de partida. Sus libros se encuentran lo mismo en las principales librerías de la ciudad de México como en Madrid. Organizan concursos internacionales como Editorial Acero o bien compaginan su propuesta editorial con talleres y seminarios como es el caso de la Regia Cartonera. Han salido de las fronteras del cerro de la Silla. Hacen, buscan autores con más proyección, cada vez asisten a más ferias libreras fuera de la ciudad. Concretan redes y alianzas, aunque no necesariamente van en grupo para buscar más opciones de distribución, un punto que deberían hablar. Del lado de las instituciones, la uanl también ha dado un cambio de timón porque han hecho coediciones con editoriales como Anagrama, Destino, Praxis, Jus, Almadía. Célebre es la antología de narradores regiomontanos que esta casa editorial publicó con Anagrama. Mejores autores, mejores ediciones, un plan de distribución y difusión mucho más ambicioso han puesto a las nuevas editoriales regiomontanas en otro camino. Tal vez no se convertirán en trasnacionales, pero es seguro que lograrán conformar catálogos que sobrevivirán al tiempo. Aunque sean de una ciudad afincada en el desierto, estas editoriales son finalmente un oasis que tiende a convertirse en palabras frescas para revivir un poco en la árida estepa regiomontana donde la televisión basura y la cultura del trabajo tienen cegada, de otro modo, a la gente.
“Escribo por las mañanas”, decía don Víctor, aquí en el estudio de su casa, en 1959.
A Víctor Sandoval lo conocí luego que, gracias a sus gestiones y apoyos al frente del Consejo Regional de Bellas Artes, zona centro, que agrupaba diversas casas de cultura en 1974, se fundara en San Luis Potosí el primer taller literario dependiente del inba fuera de la capital. Mi edad, en 1975, era de veinticinco años. Fue entonces cuando un sábado, en la sala donde sesionaba dicho taller, se abrió la puerta y el arquitecto Javier Cossío, director de la institución, anunció al “maestro Víctor Sandoval”. Todos los presentes, a excepción del coordinador, Miguel Donoso Pareja, nos quedamos en nuestros asientos, acaso porque chocaba contra las ideas que creíamos comunes al grupo el mostrar respeto a lo que suponíamos autoridad o burocracia. Luego, cuando el maestro Sandoval se dirigió a nosotros sentí en su voz una mezcla de acentos que me desconcertó, pues en su hablar rápido y, no obstante, claro, había un tono que parecía perentorio y, al mismo tiempo, amistoso y solidario. Pocos meses después él decidió que las reuniones del taller, que eran quincenales, se alternaran entre las casas de cultura de San Luis Potosí y Aguascalientes.
De esta manera, en 1976, luego de la sesión vespertina de un viernes, en Aguascalientes, asistimos a una conferencia impartida por Arturo Azuela. Al finalizar se ofreció un brindis y hubo bocadillos. Con nosotros, como integrante del taller, se encontraba Alejandro, el hijo del maestro Sandoval. Y alrededor de las once de la noche sólo nos encontrábamos en el lugar algunos integrantes del taller y el coordinador, con permiso de Víctor Sandoval. El pequeño auditorio de la Casa de la Cultura estaba situado en el primer piso, con tres balcones que daban a la calle, frente a una funeraria. Las botellas de vino sobrantes se quedaron con nosotros y así se armó una borrachera generalizada. Había en el lugar un piano vertical que alguien comenzó a tocar. Sobre sus teclas se derramó vino en varias ocasiones. Se bailó. Se leyó poesía. Se cantó. Y uno de los balcones sirvió como mingitorio al aire libre, frente a la funeraria que brindaba su servicio esa noche. Muchos años después, en 2009, tuve el privilegio de participar en Aguascalientes, con Marco Antonio Campos, en la presentación del libro que reunía la obra del maestro Sandoval: Poesía reunida (Fondo de Cultura Económica, 2008). Tras la ceremonia fuimos invitados a cenar y ya en el restaurante, estando frente al maestro, le conté aquel desaguisado de 1976, bajo la creencia de que él no se había enterado. “Claro que me di cuenta”, me dijo con esa sonrisa espontánea y pícara que lo distinguía, “a ustedes no les dije nada, pero a tu maestro Donoso no le fue tan bien, le descontamos de sus honorarios la reparación del piano y yo tuve que disculparme con el dueño de la funeraria”.
Luego proseguimos relatando anécdotas relacionadas con los integrantes y coordinadores de los talleres literarios que él impulsó en diversas ciudades del país. Esa fue la última ocasión que estuve con él y lo vi reír como pocas veces, imaginando las necedades y las inocentadas de aquel grupo de muchachos que encontró su vocación y se formó en la literatura gracias a su visión y sus gestiones.
“Escribo por las mañanas”, decía don Víctor, aquí en el estudio de su casa, en 1959.
Tres acontecimientos asociados con Tierra Adentro coincidieron, curiosa o asombrosamente, en octubre de 1999: la aparición de su número 100, sus veinticinco años de vida y los setenta de su fundador, Víctor Sandoval. Yo dirigía entonces la revista y, para celebrarlos, concebimos una mirada no al cuarto de siglo transcurrido sino al futuro inminente; no a los avatares editoriales de una publicación sino a la materia que les daba sentido. Ese número de aniversario, dedicado a las nuevas generaciones y perspectivas en las artes de México, fue la contribución de Tierra Adentro a la vasta reflexión colectiva que despertó la llegada del año 2000, bajo el lema unificador “Del siglo xx al tercer milenio”. Hoy creo que ese vistazo hacia el nuevo siglo fue la mejor celebración de la labor de una revista que siempre quiso ser un observatorio, una ayudante del porvenir, y el mejor homenaje a un hombre de cultura que lo había dado todo por las nuevas generaciones, por abrir cauces, crear vasos comunicantes entre las artes y animar los espacios con los que México llegaba al fin de siglo.
En las tareas de la cultura, Víctor Sandoval es uno de los constructores del puente entre los dos siglos. Al cumplir setenta años, su labor era parte de la obra cultural del país en el siglo XX, base de la del siglo XXI. La edición especial de Tierra Adentro contiene una entrevista con él que Juan Domingo Argüelles subtituló con sobria precisión: “Medio siglo de poesía y promoción cultural”. Ahí Sandoval se reconoce el “amante de dos amantes” igualmente celosas y posesivas, difíciles de servir y, sobre todo, de complacer: la promoción cultural y la creación literaria. Su dedicación a la primera es tan visible que es común perder de vista la que concedió a la segunda. Pero basta leer el sereno recuento que hace de su vida para descubrir en él al poeta nato, a una sensibilidad precoz en busca de medios de formación y expresión de un mundo interior rico y auténtico. En medio de ese mosaico de revisiones de la novísima creación artística —de las artes plásticas a la música, del teatro al ensayo, de la danza al cine, del videoarte a la fotografía y la poesía—, en medio de la “huida del arte joven hacia el futuro” que traza el ensayo de Raquel Tibol, la remembranza de Víctor Sandoval se lee como una raíz de la que surge esa fuga, la suma intensa de los dos últimos tercios del siglo desde la experiencia de un poeta que también se supo expresar sirviendo, alentando, facilitando, la expresión de otros.
El poeta-promotor, el amante de dos amantes, se despedía del siglo y daba la bienvenida al nuevo, al que todavía pudo acompañar por algo más de una década, con estas palabras: “Se nos ha hecho tarde en este siglo lleno de prodigios y horrores esperando el nuevo milenio… A estas alturas a mí sólo me queda decir, con mi admirado Quevedo: ‘Nada me sorprende, el mundo me ha hechizado’”. Cuento entre mis privilegios su trato y haber sido parte, mínima, de los muchos proyectos y voluntades que su ejemplo y su visión movieron a lo largo de los años.
Víctor Sandoval en 1957, cuando era secretario particular del gobernador de Aguascalientes Luis Ortega y Douglas.