El poeta y ensayista guatemalteco Alan Mills propone leer la literatura latinoamericana como un entramado ciberespacial, al que las diversas comunidades indígenas acceden en calidad de hackers, apropiándose de los códigos de acceso y transformando sus contenidos interactivos.
LITERATURAS INDÍGENAS Y HACKERS DEL CIBERESPACIO LITERARIO
William Gibson, en su legendaria novela Neuromante, definió de la siguiente manera al ciberespacio:
Es una alucinación consensual experimentada diariamente por billones de legítimos operadores, en todas las naciones […]. Una representación gráfica de la información abstraída de los bancos de todos los ordenadores del sistema humano. Una complejidad inimaginable. Líneas de luz clasificadas en el no-espacio de la mente, conglomerados y constelaciones de información. Como las luces de una ciudad que se aleja […].”
Comienzo con esta cita, pues me parece importante dejar claro que cuando este texto se refiera al ciberespacio, no se habla sólo de las computadoras, de las bases de datos, o de la tecnología que permite el establecimiento de redes virtuales de información y comunicación: el ciberespacio va más allá, es una “alucinación consensual”, es la representación holográfica de una mente colectiva. Esta definición ayuda a imaginar la literatura desde un punto de vista singular. Pensaré aquí a la literatura latinoamericana como un estamento ciberespacial, como un muy particular delirio consensual: la interconectividad virtual de lecturas y acuerdos simbólicos alrededor de las múltiples obras que componen el mapa literario de los países que alcanzaron su independencia de la Corona Española, hace más o menos doscientos años.
Los legítimos operadores de este ciberespacio utilizan el idioma español como lenguaje de navegación, y se valen también, aunque subsidiariamente, de otras lenguas occidentales (principalmente el inglés y el francés), de donde se toman valores y orientaciones de lectura. Las lenguas indígenas del continente no aparecen como canales de mediación, o negociación, o difusión de las lecturas del ciberespacio literario latinoamericano. Y del mismo modo, la producción oral no es considerada parte del corpus simbólico de dicha literatura. Al mismo tiempo, es el código letrado el que se usa para configurar una jerarquía de la producción literaria que flota en este ciberespacio. Los libros impresos funcionan como el software privilegiado para la operatividad de este sistema. Las lenguas indígenas del continente no aparecen como canales de mediación, o negociación, o de difusión de las lecturas del ciberespacio literario latinoamericano. Y del mismo modo, la producción oral no es considerada como parte del corpus simbólico de dicha literatura.
En este contexto, un autor que no ha publicado un libro impreso en idioma español y cuyas principales referencias no se encuentran en las tradiciones hispánica, francesa, portuguesa o anglosajona, no sólo se encontraría por afuera del ciberespacio literario latinoamericano, sino que además se estaría enfrentado a un sistema de código cerrado. En informática un programa es de código cerrado cuando el código fuente no se encuentra disponible para cualquier usuario, es decir, cuando no se hace público. Se le llama así en contraposición al código abierto, o software libre.
Las calificaciones requeridas para navegar en el estamento ciberespacial de la literatura latinoamericana rebasan, por mucho, las condiciones socioeconómicas y culturales en las que las comunidades indígenas del continente subsisten. De esa cuenta, una de las estrategias que los autores indígenas usan para insertarse en este sistema de código cerrado, es la de convertirse en hackers.
¿HACKERS?
Esta intervención puede parecer atrevida, o exótica, pues la identidad indígena suele estar referida, dentro del binario semiótico, a representar lo premoderno, lo arcaico, lo primitivo. Hace un par de décadas, la antropóloga norteamericana Diane Nelson hizo su primera visita a Guatemala, donde quedó fascinada por el conocimiento de los filmes de ciencia ficción en las comunidades más apartadas del Triángulo Ixil. Según nos cuenta la antropóloga en su libro Man Ch’itil. El dedo enla llaga. Cuerpos políticos y políticas del cuerpo enla Guatemala del Quinto Centenario, su nombre, Diane, fue referido a Diana, protagonista de la serie televisiva V, Invasión Extraterrestre.
Los indígenas del Ixcán, con los que comenzaría una diversidad de pesquisas, le apodaron “Diana, La Reina de los Lagartos”, como un sutil homenaje a la serie con la se entretenían por las tardes, donde los alienígenas reptilianos intentaban infiltrarse en la humanidad para conquistarla. Esta implosión de lo hipermoderno en un ambiente considerado pre-moderno llevó a la antropóloga a la formulación de la categoría del “maya-hacker”: “una articulación destinada a sugerir la yuxtaposición incongruente entre la ciencia ficción y la ciencia social de la antropología.”
Diane propone a la ciencia ficción como un ingrediente cognitivo que altera de forma radical el estudio antropológico, ayudándole a dilucidar la brecha entre la certeza de la posibilidad inmanente y los reflejos de sus interpretaciones éticas, sociales y espirituales. Para Nelson, un “maya-hacker” es aquel sujeto miembro de una colectividad indígena que adopta una serie de estrategias para quebrar el código cerrado de la modernidad capitalista y de sus aparatos estatales, insertándose en el ciberespacio de la cultura, del mismo modo en que los hackers ponen en jaque la seguridad de los parajes de la web. Dice Nelson: “un hacker no controla el sistema en el cual trabaja, pero tiene un conocimiento profundo de sus tecnologías y códigos.”
El activista indígena de derechos culturales no es para Nelson un “indio negado”, un “indio ladinizado”, o un traidor a su grupo étnico (sea porque habla español, se tituló en la universidad y conoce los vericuetos de la cultura moderna global), sino un “maya-hacker”: alguien que navega una Nación-Estado-Ciberespacial, a través del conocimiento de códigos clave que le permiten obtener información valiosa (los derechos humanos, por ejemplo), para la subsistencia de sus comunidades.
Una forma muy simple de demostrar la existencia de una Nación-Estado-Ciberespacial, se ve en la constatación de que no es necesario leer el Código Penal para evitar salir a la calle y convertirse en un asesino en serie. La alucinación consensual opera en nuestros cuerpos, introduciéndose así la ley en nuestro propio flujo sanguíneo, controlándonos de un modo biopolítico, para decirlo con Foucault. Somos nuestro propio represor y nuestro propio juez. Vivimos desde siempre en una especie de fantasía orwelliana. Del mismo modo, no hace falta leer toda la literatura latinoamericana y su crítica, para asumir una serie de convenciones y acuerdos tácitos que la regulan. Estas convenciones son las que persiguen normativizar las lecturas, establecer las jerarquías y certificar las legitimaciones, creando ese holograma ciberespacial llamado “literatura latinoamericana”.
Un delirio consensual que nos empuja, por ejemplo, a no cuestionar el uso del español en cuanto lengua oficial de dicho sistema y a considerar a los pueblos indígenas como sujetos adyacentes al mismo. El indígena, o el sujeto perteneciente a cualquiera de los grupos étnicos que transitan la cultura en términos de subalternidad, no es considerado un lector destinatario del corpus literario. A nivel de la imaginación colectiva, los pueblos indígenas son considerados sujetos pre-literarios o, en el mejor de los casos, vestigios vivientes de una literatura que ya no existe.
Es por esto que también me permito usurpar un mecanismo de la ciencia ficción para transformar esa lectura represiva que opera sobre las culturas originarias del continente, la cual los obliga a aparecer en calidad de paisaje, vestigio, o ruina. Pretendo resquebrajar esa imposición que obliga a las culturas indígenas a representar un pasado del cual escapamos a toda velocidad, trasmutando su identidad hacia la representación de un futuro post-exótico, multilingüe, y con una literatura que se socializaría a través de los más diversos soportes (incluso rituales). Entenderemos esta transformación de los autores indígenas en “hackers literarios” si imaginamos el carácter cíclico del tiempo: se viajaría tanto hacia atrás (a través del estudio de textos ancestrales, por ejemplo), que se terminaría apareciendo en algún lugar del futuro. Digamos que así completaríamos el recorrido de un círculo temporal que nos haría dar un salto cuántico, pasando a otro nivel de conciencia.
LAS ESTRATEGIAS DEL PILLAJE
El viejo binomio “liberal-conservador” ha dejado casi por completo de representar un campo de contradicciones reales, para trasladarnos al escenario de la performatividad política. La guerra actual entre el código cerrado y el software libre aparece en nuestras pantallas como una contradicción en verdad operativa. Por un primer bando, Macintosh, Microsoft y todas las empresas que desean transformar la web en un territorio donde el acceso a los servicios sea de pago y donde la circulación de la información esté controlada por quienes detentan el código. En el otro están los commoners, los activistas de CreativeCommons, los hackers y todos aquellos que luchan por un ciberespacio cuyo software sea libre, gratuito, y que además permita la posibilidad de su alteración y reformulación. Estos son lenguajes en franco conflicto. Una guerra de guerrillas virtual.
Al pensar el ciberespacio de la literatura latinoamericana, tampoco se trataría entonces de abolir la tradición crítica, ni nuestra modernidad literaria, desdeñándola y asumiendo que se podría construir una nueva lectura a partir de cero. Según la óptica lacaniana del filósofo Slavoj Zizek, en la dinámica virtual “el sujeto/interactor necesita de un conjunto de reglas sin las cuales se sumergiría en una experiencia psicótica de un universo en el cual ‘hacemos lo que nos da la gana’ y somos, paradójicamente por esa misma razón, privados de nuestra libertad, atrapados en una compulsión demoníaca”. De acuerdo con el New Hackers Dictionary, un hacker es: “una persona que explora los detalles de los sistemas de programación y cómo extender y aumentar sus capacidades, alguien que disfruta el reto de vencer o burlar creativamente las limitaciones”. Diane Nelson afirma que “hackear” quiere decir “comprender y controlar la tecnología informática y, lo que es más importante, tener la capacidad de formar redes de comunicación y de intercambio de información.
Visto así, las personas de origen indígena que han tenido acceso a estudios literarios superiores, posgrados en literatura comparada, o en lingüística, o escritura creativa, se transforman, por una suerte de operación alquímica de lectura, en hackers del sistema literario occidental.
Los poetas y escritores en lenguas indígenas que publican sus libros, interviniendo el diálogo del ciberespacio latinoamericano, se convierten asimismo en “hackers literarios”. Sus redes de conocimiento literario, sus transacciones de información intertextual retornan al saber acumulado de sus comunidades, pero al mismo tiempo alteran y modifican el código matriz de lo que llamamos “literatura latinoamericana”. Pienso, por ejemplo, en Humberto Ak’abal y su autotraducción (¿se “autohackea”?) del quiché al español, creando una lírica tan minimalista como barroca y delirante. Un poeta que puede ser leído dentro de la categoría de lo “experimental” (por su exploración onomatopéyica y sus performances varias), pero que al mismo tiempo está recubierto del vapor de lo que interpretamos como “clásico”. Pienso en Jaime Luis Huenún creando una poética radicalmente nueva en la que se puede rastrear por igual a Georg Trakl y a sus antecesores mapuches. Pienso en la poeta mapuche Roxana Miranda Rupailaf, con su danza ritual posmoderna, y no puedo dejar de imaginar que el “hacker literario” será el tejedor del holograma intersticial de las redes por donde circulará la literatura del futuro. Aquí un poema Roxana Miranda Rupailaf:
Pareja
Un caballo vuela al sur en medio de la guerra.
Un caballo sin alas montado en una nube,
me llama a la puerta de mis sueños
donde soy una potra más rubia que el sol.
Indomable como un pensamiento,
relincho mis ilusiones con olor a hierbas.
Despierto.
El caballo se cae del cielo
y me deja preñada.
HACKEO EN MÚLTIPLES DIRECCIONES
La operación de “hackeo literario” carecería de sentido si fuese restringida a otro código cerrado: el de la etnicidad. El “hackeo literario” sólo alcanzará su plena operatividad como categoría de lectura, si propicia un flujo hiperdinámico de información en múltiples vías. Así, un escritor de origen hispánico, o mestizo, o europeo, o que se asimila a sí mismo dentro de la cultura occidental, pero que al mismo tiempo aprende a decodificar el saber literario de los pueblos originarios y/o consigue leer y expresarse en una de sus lenguas, será otro espécimen valioso de hacker.
Hojeando las primeras quinientas páginas del Borges de Bioy, me llama la atención que Borges y su gran amigo hayan leído el Popol Wuj. Dice Bioy que lo habrían comentado una noche con mucha admiración. Pero la entrada en el diario de Bioy Casares es muy escueta, como si no hubiese podido evitar mencionarlo. Ese mismo día, el 23 de abril de 1953 cuenta Bioy Casares, tradujeron el cuento “Los brahmanes y el león”, del Panchatantra. Quiero imaginar que más adelante en ese libro llamado Borges, Bioy comentará alguna cosa más detallada sobre el cuento “La escritura del dios”, el único relato de Jorge Luis Borges que fue ubicado en el mundo prehispánico mesoamericano. De esta pieza de ficción extraigo este bello fragmento relatado por la voz del personaje-narrador, Tzinacán, que ayudará a comprender la categoría de “literary hacker” desde un punto de vista peculiar:
¿Qué tipo de sentencia (me pregunté) construirá una mente absoluta? Consideré que aun en los lenguajes humanos no hay proposición que no implique el universo entero; decir el tigre es decir los tigres que lo engendraron, los ciervos y tortugas que devoró, el pasto de que se alimentaron los ciervos, la tierra que fue madre del pasto, el cielo que dio luz a la tierra. Consideré que en el lenguaje de un dios, toda palabra enunciaría esa infinita concatenación de los hechos, y no de un modo implícito, sino explícito, y no de un modo progresivo, sino inmediato. Con el tiempo, la noción de una sentencia divina parecióme pueril o blasfematoria. Un dios, reflexioné, sólo debe decir una palabra y en esa palabra la plenitud. Ninguna voz articulada por él puede ser inferior al universo o menos que la suma del tiempo. Sombras o simulacros de esa voz que equivale a un lenguaje y cuanto puede comprender un lenguaje, son las ambiciosas y pobres voces humanas, todo, mundo, universo.
La descripción borgiana parecería hacer referencia a la codificación de un estamento ciberespacial. El ciberespacio, entendido también como una especie de “Gran Otro” lacaniano aparece en la imaginación de Borges en calidad de “escritura del dios”: una palabra que articularía a todas las palabras. Un tigre refiere a todos los tigres, estableciendo el hyperlink desde el nombre del animal hacia el arquetipo de la fiera y luego hacia su materialidad. Borges también sugiere una interface extraordinaria para explicar el tejido de esta red virtual de saberes que atraviesan la mente del personaje-narrador: la escritura de todo el universo, es decir, la escritura del dios, es decir, el ciberespacio, puede leerse en las redes dibujadas por las manchas de la piel del jaguar. Borges entiende a la escritura como algo que está más allá de la representación de palabras en caracteres latinos y hace la referencia a catorce palabras mágicas, o palabras clave, passwords, que nos permitirían develar el misterio de la piel del jaguar. Veamos: en la cosmogonía prehispánica mesoamericana existen trece niveles de cielo. El número 13 aparece asociado al mundo superior, al mundo de las ideas platónicas, a eso que Jung llamó el “inconsciente colectivo”. Quizá por eso, cuando el escritor argentino nos propone la cifra 14, parecería querer indicarnos que existe todavía un nivel más allá del cielo, algo más allá del inconsciente colectivo, una palabra realmente mágica que estaría más allá del ciberespacio y nos llevaría al hiperespacio. Al infinito. “Tzinacán” es el nombre de ficción escogido por Borges para nombrar al príncipe cakchiquel que protagoniza su relato, quien aparece encerrado enfrente de un jaguar, también enjaulado por el Adelantado español. Este nombre, Tzinacán, me había sonado inicialmente como algo parecido a “perro + serpiente”, pero luego descubrí, leyendo a Balderston, que en realidad significa “murciélago”.
Resulta por lo menos “curioso” que Jorge Luis Borges haya estado al tanto de este detalle tan particular como decisivo: la comunidad cakchiquel se identifica a sí misma a través del murciélago, el cual es la representación arquetípica (o sea, el nahual) de la doble polaridad luz/ oscuridad, revelación, aurora, Ak’abal, en el calendario maya Tzolkin. Esto quizá se relaciona, de forma mística y trágica, con el rol de aliada de los españoles que la etnia cakchiquel desempeñó durante la conquista. Leo “La escritura del dios” varias veces, con admiración, y me resulta maravilloso percibir que esa idea de infinito también le haya sido sugerida por este príncipe maya-cakchiquel que contempla a un jaguar, mientras reflexiona en paralelo sobre la divinidad y la inminente muerte que le será donada por el conquistador Pedro de Alvarado.
También habla Tzinacán de una rueda infinita (hecha de agua y fuego), que podría relacionarse, pienso, con Gucumatz (Quetzalcóatl) y que, a un tiempo, dejaría sugerida una primera referencia al Aleph. ¿O no sería el Aleph, acaso, la representación borgiana de ese momento en que el Corazón del Cielo crea a los cuatro primeros hombre-jaguar, quienes son capaces de verlo todo, de penetrar las cosas, de ver lo oculto y registrar el pasado, presente y futuro entremezclándose? Me atrevo a decir que Borges hizo operativa una lectura del tipo hacker alrededor del saber de los pueblos indígenas de Guatemala. Decodificó no sólo el Popol Wuj, sino que también supo descifrar el contenido arquetípico de sus intrincada metáforas y elipsis. El relato de “La escritura del dios” también denota un profundo conocimiento del entorno histórico de la conquista del reino cakchiquel en Guatemala.
A diferencia de Miguel Ángel Asturias y otros indigenistas de la época, Borges no intenta copiar una prosodia, es decir, no hace playback. El argentino intenta desentrañar el código y “hackear” la cultura para trasladar ese conocimiento al software llamado El Aleph, el libro de cuentos que circulará en el ciberespacio de la literatura argentina, latinoamericana y finalmente universal, de forma transformadora.
EL NAHUAL DEL LECTOR
Afirman los quichés, que el amanecer es el propio acto de esparcir la simiente en el firmamento. La escritura podría ser, entonces, la agricultura del vacío o de los campos celestes, y cada letra sería una estrella, semilla de luz, generando imágenes, o metáforas-constelaciones, haces luminosos que tocan el cuerpo holográfico de la página. Una letra es una partícula de polvo estelar.
La lectura es un desafío al vacío: es la forma en que nos tocamos por dentro, creando un espejo convexo al interior de la mente y el corazón del Otro. Es la verdadera continuación de nuestra privada página espiritual: un documento eléctrico que se comparte, un attachment que alteramos desde que lo vamos descargando con los ojos. Este ensayo propone la imaginación de nuevos software de lectura. Pensando la literatura como “depósito interactivo del saber vivir” (Ottmar Ette), imagino libros de código abierto que permitan una navegación intersticial de nuestra diversidad. Mientras el mundo se maravilla con los nuevos dispositivos de hardware, mientras todos caemos seducidos por el iPad, buscando quizá convertirnos en escritores cosmopolitas (que en traducción castiza quiere decir escritores europeizantes y modernólatras), me gustaría proponer un desplazamiento. Hacer un viaje en otra dirección.
Usar el Tzolkin y el Popol Wuj en su función de software transhistórico, permite la sincronía entre el pasado y el futuro, creando el axis mundi del presente eterno. Algo parecido a cavar un agujero de gusano en el tiempo. Libros ancestrales usados como un software que permitirá comprender un mundo donde la virtualidad ha sustituido a su representación material. Libros que son compuertas que se abren al mismo futuro, experimentado ahora como la sensación de un ayer imaginario. Al código cerrado de la modernidad occidental, que integra los saberes milenarios bajo la etiqueta del folclor, del newage, o de la mera antropología, hay que oponerle un código open source, donde se liberaría el acceso al conocimiento por intermedio de una operación de des-jerarquización simbólica, permitiendo la manipulación recreativa de la riquísima tradición literaria occidental, inyectándole sustancias que la catalizarían hacia un ciberespacio literario en el cual la multiplicidad arquetípica del universo se verá más fielmente reflejada.
Otra operación hacker es la de imaginar a la lectura como la capacidad de ser guiado y transformado por el propio texto. Inspirado en los gemelos héroes del Popol Wuj, quienes triunfan por la autotransformación que hicieron, imagino a la obra literaria como la tecnología que será capaz de darnos la capacidad de la mutación perenne, renovando los ciclos de la vida y la muerte día con día.
La idea del fin del mundo ha generado toda una industria que incluye literatura, películas que aluden al tema e incluso parques de diversiones. El escritor Ignacio Padilla indaga en la pulsión consumista detrás de este escenario apocalíptico.
La Historia es bastante elocuente a la hora de explicarnos por qué no han prosperado los milenarismos luminosos y apacibles: la esperanza —menos aún la que implica a toda la humanidad—, no estimula la energía pánica, la cual incluye la ira, el deseo y la venganza. La riqueza y el éxito del pensamiento apocalíptico radica en el anuncio de violencias crepusculares y cataclismos sin cuenta, acaso también la sensación de que sólo unos cuantos podrán salvarse por la fe mientras contemplan desde un palco, con sonrisa vindicativa, cómo los otros sufren horrores indecibles y merecidos. En otros momentos he señalado cómo la industria del Fin del Mundo y la explotación indiscriminada del combustible apocalíptico han prosperado sobre las bases del terror morboso y sobre la esperanza de la selectividad en la pureza de la fe.
Los datos del 2012 según los mayas, sometidos a una cirugía que los ha esperpentizado, no están a salvo de estas tendencias. Llama sin embargo la atención que este nuevo milenarismo carezca del cariz político que hasta hace una década le acompañaba irremediablemente. El 2012 es hoy, todavía y más que nunca, un negocio y un espectáculo. Hasta ahora, ningún figurón beligerante ha recurrido, como suele suceder, al discurso apocalíptico para justificar atentados, decisiones financieras o guerras. Ni siquiera los indignados europeos, tampoco así los revolucionarios árabes ni las víctimas de la crisis económica mundial han acudido hasta ahora, como podría esperarse, al milenarismo maya. Lo han hecho, en cambio, los saltimbanquis, la gente común con ansias de dejar de serlo y los productores cinematográficos.
Con el Apocalipsis del 2012, el mundo entero compra boletos para asistir sin mojarse a la tormenta del Fin del Mundo antes como ficción esotérica que como acontecimiento real. Desde antiguo, la catástrofe apocalíptica ha cargado, entre muchas otras cosas, esta vocación de espectacularidad que ahora adquiere un papel central en un triquitraque ante todo imaginativo e indoloro. No es extraño que los estadios deportivos, escenario habitual de la abotargada épica posmoderna, hayan sido también asociados con dolorosas catástrofes colectivas. En un estadio congregó Camus a los fugitivos de la peste y Pinochet a las víctimas del golpe de estado de 1973; en otro estadio debieron ser acumulados y reconocidos los muertos del terremoto que en 1985 asoló a la ciudad de México; fue en el estadio deportivo de Nueva Orleans donde se refugiaron las víctimas del huracán Catrina; y es en un estadio donde se congregan los radiados y agonizantes sobrevivientes del Apocalipsis nuclear de The DayAfter, paradigma cinematográfico de los horrores de la Guerra Fría. Hoy, ese estadio es el mundo entero, un foro que nos recuerda que también el infierno, en opinión de Dante Alighieri, tiene la forma de un anfiteatro, y que sólo algunos elegidos, como el propio poeta florentino, podrán gozar el privilegio de contemplar el sufrimiento ajeno para salir después a mirar las estrellas.
El Efecto Barnum prospera en estos tiempos como consecuencia de una pulsión apocalíptica más bien lúdica, no por ello menos intensa y fructífera. En las década de los años noventa, ciertas agencias de viajes especializadas en peregrinajes hicieron su agosto con la venta de boletos sólo de ida al Valle de Armagedón, donde los Elegidos podrían esperar en primera fila su arrebatamiento, contemplar en su ascenso la Parusía en vivo y a todo color y, sobre todo, deleitarse desde lo Alto con las primicias de la Batalla Final. Lo mismo viene ocurriendo ahora con los viajes al sureste mexicano y a Mesoamérica, en eso que hoy se denomina Turismo Apocalíptico. Desde hace tiempo, el Valle de Megido se promueve también como un estadio, un estadio que ahora, en el 2012, se transforma en parque de diversiones: hoy, en un terreno de 125 acres junto al Mar de Galilea y el Valle de Armagedón, se construye un Parque de Atracciones del Apocalipsis. El proyecto ha costado cincuenta millones de dólares y se desarrolla bajo el auspicio conjunto del gobierno israelí con grupos evangélicos estadounidenses. De acuerdo con el vocero de estos últimos, el proyecto es apoyado nada menos que por treinta millones de adeptos. El Galilee World Heritage Park[1] no está nada lejos de la Iglesia de Armagedón, la más antigua de la cristiandad, que fue desenterrada hace un par de años. Desde luego, asistir a este circo del Fin del Mundo no está al alcance de cualquiera. Pero no nos preocupemos: aquellos que no gozamos de las bendiciones de fortuna tendremos nuestro propio Fin del Mundo en el espectáculo Paradise, un show itinerante de luz y sonido que recorre el planeta desde hace algunos meses con el patronazgo de algún vivo empresario avalado por cientos de miles de devotos del horror apocalíptico.
Que en esta ocasión hayan sido los novelistas y los productores de espectáculos los más beneficiados con el 2012, ilumina facetas notables del ser ultramoderno: el desencanto generacional ante la política y la pérdida radical de la fe en los cambios revolucionarios, la consagración del carnaval y la ficción como evasiones antes que como acicates de la actividad cotidiana, la edulcoración de lo terrible, la consagración de una espiritualidad móvil y líquida con su correspondiente impulso del saber inventado y su confusión entre lo real y lo ficticio. Los vaticinios, las imágenes y los llamados a la conversión y a la Guerra Santa que hasta hace poco escuchábamos en labios de los telepredicadores y los gobernantes, son ahora capitalizados por los constructores de ficciones más desaforadas. Nunca como ahora el Apocalipsis fue el Juego del Apocalipsis. Novelas como El resurgir dela Atlántida o la Última profecía maya conviven con nuevos títulos de viejos maestros que, como Stephen King, se suman al ocus pocus apocalíptico. Aun los libros de supuesta divulgación y los documentales científicos adquieren un carácter fantasioso y ocultista cuando se trata del 2012. El apocalipsis maya, enriquecido con tradiciones de todas las latitudes, se escribe como una novela; los autores y los testigos tienen siempre algo de personajes de ficción, y sus declaraciones no son menos rimbombantes. “Los mayas —explica Daniel Pinchbeck, autor de 2012: The Returnof Quetzalcoatl— eran algo así como científicos chamánicos y estaban obsesionados con la sincronía del tiempo y la conciencia. Durante unos mil años se remontaron a las civilizaciones anteriores para tratar de elaborar un modelo que indicase cuándo se producirían estas importantes transformaciones.”
No es menos frecuente en la parafernalia del espectáculo 2012 el efecto contrario, esto es, la incorporación de auténticos datos científicos al universo de la ficción. La película 2012, superproducción de 2009, imbrica la huida del héroe por espectaculares derrumbamientos e inundaciones con explicaciones científicas bastante rigurosas sobre la actividad solar y el cambio climático. Nada se dice en este filme sobre los mayas, pero los argumentos utilizados para explicar el Fin del Mundo —la turbulencia cósmica, la hiperactividad de Yellowstone, el calentamiento global, el agujero en la capa de ozono y la intensa actividad solar— son todos aspectos científicos que han sido catapultados por el descubrimiento del calendario maya, un huevo que tiene ya demasiada gente ocupada en empollarlo. El científico que en este filme representa y esgrime todos estos argumentos padece, desde luego, la maldición de Casandra, que es también la de Noé: nadie cree en sus profecías. O casi nadie. La película en cuestión tiene un añadido que es casi un matiz: como en la película Meteoro o en el delirio de los muertos de Heaven’s Gate, también aquí hay una nave, un arca de salvación. La presencia de este vehículo, así como de algunos otros sucedáneos suyos en la realidad, requieren comentario, pues alejan al 2012 del milenarismo cristiano clásico y lo aproximan a un milenarismo veterotestamentario alternativo y más esperanzador: el Arca de Noé, según la cual, por contraste con el Apocalipsis sanjuanista, las estirpes destinadas a mil años de soledad sí que podrían tener una segunda oportunidad sobre la tierra.
[1] La referencia al Galilee World Heritage Park proviene de los programas y registros textuales que History Channel dedicó hace años al tema apocalíptico. Curiosamente, no existe hoy ninguna referencia al progreso que este parque de atracciones habría tenido desde entonces.
Con este número, después de más de veinte años de periodicidad bimestral la revista se convierte en una publicación mensual, que busca ser más económica y alcanzar una mayor presencia. Queremos que Tierra Adentro propicie y multiplique el diálogo entre los jóvenes creadores y lectores del país. México es un país eminentemente joven, y Tierra Adentro es un reflejo de ese país.
¿Es la poesía entre nosotros un arte marginal? ¿Un género literario que sólo apela a una élite? ¿Refleja el país en el que vivimos? ¿Es solemne o juguetona? ¿Qué tanto de riesgo hay en ella? Con el propósito de pensar en el sitio que la poesía ocupa en el México de hoy, Tierra Adentro invitó a conversar a cuatro destacados poetas nacidos entre 1971 y 1982 (Maricela Guerrero, Hernán Bravo Varela, Roberto Cruz Arzabal y Julián Herbert, quien con el ánimo de participar viajó desde Saltillo, Coahuila), que se reunieron el pasado 8 de julio en torno de una mesa del bar “Las Hormigas”, en la Casa del Poeta Ramón López Velarde. El cuarteto ensayó un diálogo que, si bien suele considerarse necesario, no suele practicarse públicamente. Conducido por Hernán Bravo Varela, el coloquio partió de una pregunta y generó, explícita o tácitamente, muchas otras.
(ciudad de México, 1977). Estudió letras hispánicas en la UNAM y un taller de poesía con Ernesto Lumbreras. Ha escrito y publicado obras como Desde las ramas una guacamaya (Bonobos CONACULTA, 2006); Se llaman nebulosas (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2010) y Kilimanjaro (Mano Santa, 2011). Su trabajo ha sido antologado en Efectos secundarios (Anaya, Madrid, 2004); Divino tesoro (México: Casa Vecina, 2008) y Cuatro poetas recientes de México (Black & Vermelho, Buenos Aires, 2011). En 1998 y 2000 obtuvo el primer premio en el certamen “Después del Discuros” (dentro de la “Cátedra Extraordinaria Sor Juana Inés de la Cruz). En 2008 y 2010 obtuvo la beca para Jóvenes Creadores del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes.
(México, 1982), poeta y crítico literario. Es licenciado en letras hispánicas por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Fue becario PAPITT para conclusión de estudios de licenciatura de julio de 2005 a diciembre de 2006 y para realización de tesis de enero de 2006 a diciembre de 2006. En 2010 recibió el grado de maestro por la UNAM con su trabajo “Visión y posibilidad: aproximación a la obra de Jorge Esquinca y Coral Bracho desde las poéticas visuales”. Actualmente es doctorante por la misma institución. Forma parte de los seminarios de Investigación en poesía mexicana contemporánea y Nómada de crítica y literaturas. Tabajó como trabaja como secretario académico en el CEPE/UNAM Taxco. Actualmente es profesor de las asignaturas “Iniciación a la investigación” del Colegio de letras hispánicas; “Metodología de la investigación bibliográfica” del Colegio de letras hispánicas SUA y “Cuento mexicano entre el siglo XX y XXI” en el CEPE. Ha publicado ensayos y poemas en diversas revistas.
(ciudad de México, 1979). Egresado de la licenciatura en literatura y ciencias del lenguaje en la Universidad del Claustro de Sor Juana. Ha publicado poemas, traducciones y ensayos en diversos periódicos y revistas de circulación nacional y del extranjero. Junto con Ernesto Lumbreras realizó la muestra crítica El manantial latente. Poesía mexicana desde el ahora: (1986-2002), Fondo Editorial Tierra Adentro (2002). Fue becario del programa Jóvenes Creadores del FONCA, en el área de poesía (2004-2005) y también lo ha sido de la Fundación para las Letras Mexicanas, en el área de ensayo (2005-2007). Ha traducido poemas de T. S. Eliot, Wallace Stevens, Dylan Thomas. La balada de la cárcel de Reading, de Oscar Wilde (Ácrono Ediciones, México, 2000) y, con Marco Antonio Campos, El hombre redivivo, de Gastón Mirón (Poemas y ensayos, UNAM, México, 2001). Fue letrista de la banda sonora de la película Frida (2002), ganadora del Óscar, y es virtual vocalista de Acetona, una orquesta de jazz. Obtuvo el Premio Nacional de Poesía Joven Elías Nandino, 1999. Ha publicado el libro de poemas Oficios de ciega pertenencia, Fondo Editorial Tierra Adentro, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (1999); y Nueve poemas, cuaderno de Filodecaballos (2001).
(Acapulco, México, 1971) es poeta, ensayista, novelista, cuentista; además de promotor cultural, profesor y músico. Estudió literatura española en la Universidad Autónoma de Coahuila. Desde 1980 vive en Saltillo. Debutó como escritor con el libro Soldados muertos (1993). Es autor de los libros de poemas El nombre de esta casa (Tierra Adentro, 1999). La resistencia (filodecaballos, 2003), Autorretrato a los 27 (Eloísa Cartonera, Buenos Aires, 2003) y Kubla Khan (Era, 2005). Ha publicado también la novela Un mundo infiel (Joaquín Mortiz, 2004) y el libro de cuentos Cocaína (manual de usuario) (Almuzara, España, 2006). Compiló junto a Rocío Cerón y León Plascencia Ñol el volumen El decir y el vértigo. Panorama de la poesía hispanoamericana reciente (1965-1979) (filodecaballos, 2003). En 1999 obtuvo una mención honorífica en el Premio Nacional de Poesía Joven Elías Nandino por el libro El nombre de esta casa. En 2003 ganó elPremio Nacional de Literatura Gilberto Owen. Posteriormente ganó los premios Presea Manuel Acuña (2004); Premio Nacional de Cuento Juan José Arreola 2006; Premio Nacional de Cuento Agustín Yáñez 2008 (compartido con León Plascencia Ñol); Premio de Novela Elena Poniatowska 20127 y el Premio Jaén de Novela Inédita 2011 por Canción de tumba. Es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte. Como músico ha colaborado en las bandas de rock Los Tigres de Borges y Madrastras.
El siguiente es un mensaje de Rafael Tovar y de Teresa:
Con Tierra Adentro aprendimos una lección esencial: que la literatura mexicana no era, simple y sencillamente, la literatura que se escribía en la ciudad de México sino la literatura que se escribía (y se escribe) por todos los rumbos del país. Nos descubrimos, al leerla, como una comunidad que hablaba desde entornos diferentes, pero que vivía experiencias culturales similares que la conectaban a la vez a una red de afinidades y correspondencias, de vasos comunicantes que le daban una identidad generacional tanto por sus similitudes como por sus diferencias.” Estas palabras que el poeta bajacaliforniano Gabriel Trujillo escribió hace una década, recogidas en el libro Entrecruzamientos, describen en buena medida el ánimo con el que Tierra Adentro fue creada hace casi cuarenta años por Víctor Sandoval.
Ese es nuestro ánimo hoy. Y ese ánimo nos lleva, ahora, después de más de veinte años de periodicidad bimestral, a convertir la revista en una publicación mensual, que busca ser más económica y alcanzar una mayor presencia. Queremos que Tierra Adentro propicie y multiplique el diálogo entre los jóvenes creadores y lectores del país, y que dé proyección no sólo a disciplinas ligadas a la literatura —como lo ha hecho siempre— sino a todas las expresiones culturales. México es un país eminentemente joven, y Tierra Adentro es un reflejo de ese país. En lo sucesivo, para ser más dinámica, contará con una novedosa plataforma digital que permitirá ahondar y abundar en los contenidos de la versión impresa, y poner un acento mayor en las artes visuales y sonoras.
Sentido común, simulación y paranoia, libro publicado por laeditorial oaxaqueña Sur+, estáconformado por un ensayo largoy seis artículos dedicadosa la mofa de la sociedad mexicana contemporánea. Su autorFernando Lobo decidió sacar apasear un poco las teorías sociológicasmás importantes (Weber,Gramsci, Foucault, Lipovetsky,Baudrillard, Debord, McLuhan) yquitarles el polvo que se les junta con tanto lector aburrido en las bibliotecas. El ensayo homónimo al título del libro propone lo siguiente: “He aquí mi hipótesis: no es que mi tía Engracia sea entrometida, indiscreta, exagerada e intrigante porque imite conductas televisadas. Mi tía Engracia es así porque le da la gana, y las telenovelas le otorgan la magnífica oportunidad de que su conducta sea la correcta”. Así, a lo largo del ensayo, esta visión irónica sobre lo cotidiano se perpetúa y se vuelve esencial en el texto. Otro ejemplo, el tío Mauricio, esposo de la tía Engracia, se queja de la terrible situación actual “(con la autoridad intelectual que le otorga su noche libre): Todos están coludidos: políticos, mandos policíacos, empresarios.
Si el sistema de Administración Tributaria congelara todo el dinero que lavan las mafias en la economía formal…” y al momento siguiente le marca a su proveedor de cocaína. Los temas actuales de la agenda pública mexicana son la preocupación del libro: el monopolio televisivo, la guerra con contra el narco y el Bacardí. Y al leerlo parece que es cierto, el que anda perdido no es el país, sino nosotros.
Esa es la ventaja de leer, saber que muchos más piensan como tú, pero no sólo eso. Fernando Lobo apunta que para los alternativos que buscan legalizar las drogas, así como así; y esos que se apartan de la máquinas de rayos catódicos, les hace falta reflexionar sobre a dónde han ido a parar esas alternatividades, esos zombis ¿qué es lo que buscan poniendo oposición o dejándose llevar? ¿acaso quieren que un grupo de cadenas farmaceúticas monopolizantes, como cocodrilos hambrientos, se vuelvan las dueñas de nuestra mota? Porque el autor es marihuano y más bien es “un escritor coleccionista de adicciones”. Uno de esos farmacodependientes distraídos que andan pensando en algo cuando sus tías ven las novelas y sus tíos discuten sobre el tráfico. Esa gente que da igual, sea lo que sea, que sólo piensan un pequeño segundo lo que otros dicen y les queda como salida hacer un buen chiste, pues resulta que ellos mismos participan de ese mundo que es incorrecto. Son esos cocos y marihuanos en la “lucha antinarcóticos”. Les gusta, como a la tía Engra, que los hombres sean adúlteros para luego llorar con la sobrina la desgracia.
Probablemente el problema de este libro es que se burla de todo. Y no tiene ninguna verdad que ofrecer, más que sólo mostrar esa falta que hoy día se va presentando: la irónica verdad absoluta de que el capitalismo más avanzado sigue dominándonos y nadie, ni siquiera los teóricos tienen la oportunidad de explicarnos que sus pensamientos son baratijas intercambiables en el mundo de la ideología, la inteligencia y la cultura. Podemos decir que este libro es una oportunidad nueva que apesta. Fernando Lobo sólo hizo el trabajo de ubicarnos, porque andamos muy perdidos, pensando que tenemos todas las respuestas para un mundo tan discutido.
¿Será que el sentido común nos dirige a una sociedad de consciencia? ¿Será que la simulación, ser malos y buenos a la vez, nos justifica? ¿A poco la paranoia es una respuesta?
La poesía implica ruptura del lenguaje y, por lo tanto, violencia. Sin embargo, me pareció extraño encontrar un libro de poemas que incorporara violencia de una realidad explícita de una forma natural, sin caer en lo panfletario o en lugares comunes. Y Tianguis de Rodrigo Flores Sánchez (Distrito Federal, 1977), hace un ajuste de cuentas de la forma más honesta que existe: se somete a aquella violencia que sólo el autor puede ejercer contra sí mismo. Recientemente publicado en la colección de poesía de Almadía, este volumen consta de 132 páginas y, al igual que todos los libros de esta editorial, viene acompañado con ilustraciones de Alejandro Magallanes.
Tianguis es un libro que va más allá de lo que el título podría sugerir, como textos polifónicos, desordenados o irregulares. Se trata de un ejercicio donde el autor se arroja contra todo cuanto pueda herirle, desde la región sin ley que es Latinoamérica, hasta su concepción de la poesía.
Este libro está formado por cinco partes. ‘Bella epístola a manera de presentación’ es un poema de amor de un desollado: en el abrazo lleva la penitencia. La segunda parte del libro, ‘Cameraman’, tiene una tipografía diferente a la del resto del libro. Una fuente de la familia tipográfica American Typewriter nos hace sentir que empezaremos a leer un diario cuya noticia principal es el primer avistamiento de la muerte. “Documento mi muerte y la registro”, afirma el autor. Y luego sentencia: “Mirar es morir”. Además esta parte es una crítica frontal a las habilidades de comunicación tan apreciadas por los medios. Sintaxis, expresividad, retórica y prosodia aquí no son más que armas de dos filos que emiten el mensaje pero a su vez arremeten contra el emisor.
‘Testimonio flaviano’ es un ejercicio que Rodrigo llama contrabiográfico. En un contexto urbano, vacío o bien lleno de cascajo, el autor confronta al poema, que “es y no es una experiencia verbal […] A menos que experienciaverbal represente lo que queda o lo que se extingue en referencia a esta escritura”. Y es aquí, en este dilema, donde la voz poética hace escarnio de sí misma y encontramos el humor. “Si te dijera que mi nombre es inodoro, ¿me querrías?”
‘eSPAsMo’, es un conjuro contra el amor. Es el erotismo de un cuerpo extrañado de sí mismo, y del otro: “Habrá algo que te destruya amor hay dos cuerpos confundidos”. Y es en esta parte donde aparece una apología del poema: “Escribir es olvidarte sucio amor casi digo tu nombre”.
‘Donppelgänger’ es quizá la parte más dolorosa de Tianguis, en donde se afirma: “El silencio es la traducción precaria de una ojiva: nos fuimos”. ‘Dos epístolas concluyentes donde se explica el fundamento de la primera ley de la termodinámica’ es el testimonio terminante de un estado de sitio, ése donde la violencia no se crea ni se destruye, sólo se transforma. ‘Apostillas o la poda’ cierra el libro con dos preguntas luminosas: “¿para qué / diseminas el hipo y la rabia?, / ¿escuchas / estrellarse las dársenas, / al desplazarse tus muecas, / entre boquetes y hendiduras, / donde nunca, nada, nadie / estuvo?”
Como todo gran mercado, en éste hay música, fotografía y carne. Viva y muerta. En Tianguis entran varios ejercicios poéticos disímiles entre sí pero cuyo hilo conductor es claro: una voz genuina. Rodrigo Flores Sánchez nos muestra un tianguis desde una azotea, donde los toldos reflejan el sol con una violencia uniforme, democrática. Una violencia para todos. Y para todos es muy afortunado cuando se trata de poesía.
El 17 de noviembre de 1957 en Plainfield, Wisconsin, Estados Unidos, desapareció Bernice Worden, empleada de una ferretería. La policía arrestó a un hombre llamado Ed Gein, pues éste había sido el último cliente consignado en la bitácora de ventas. Al entrar a casa de Gein, los agentes hallaron el cuerpo de la desaparecida colgado de los tobillos, decapitado y abierto por el torso. Además hallaron diez cabezas de mujer, sillas hechas con piel humana, cuencos hechos con cráneos, un collar de labios humanos y una caja de zapatos con nueve vaginas. La historia no termina ahí: en el mismo estado de Wisconsin, a sólo treinta y cinco millas del lugar donde la policía encontró el cuerpo de Bernice, un escritor llamado Robert Bloch publicaba dos años después su sexta novela, a la que tituló Psycho. Norman Bates, el personaje principal en esa historia, es un joven desequilibrado incapaz de asimilar la muerte de su madre. Su actividad principal es administrar el motel que lleva el nombre de la familia: Motel Bates.
Desde su aparición, Psycho causó revuelo en los lectores. Tanto que llamó la atención de Alfred Hitchcock, quien al año siguiente (1960) estrenaba una película basada en la novela de Bloch. Dicen los que saben que aunque existía la posibilidad de realizarla en colores, Hitchcock prefirió hacerla en blanco y negro para atenuar la escena en que Marion Crane es apuñalada en la ducha, pues de otro modo no hubiese pasado la censura. Es importante destacar que Psycho no es el relato de los crímenes de Gein, sino una reconstrucción artística libre. Para contarnos la muerte de Marion, Hitchcock armó un complejo rompecabezas en el que nada falta y nada sobra: ni los primeros planos de la regadera vista desde abajo y de perfil, ni la veladura misteriosa de la cortina de baño que nos impide identificar al asesino, ni la sangre que corre en remolinos por el desagüe. Debido a esta compleja y bien pensada disposición de elementos, no fueron los crímenes de Ed Gein, sino el calculado simulacro del director británico lo que desencadenó una secuencia de creaciones artísticas que llega hasta nuestros días: películas, novelas, anuncios, canciones y hasta videojuegos. El eslabón más reciente en la cadena es quizá Motel Bates, Premio Nacional de Cuento Breve Julio Torri (2012), de Yussel Dardón.
Antes de abordar el libro, bien vale un comentario: es de aplaudirse que el año pasado la Secretaría de Cultura de Coahuila, dirigida por Ana Sofía García Camil, haya decidido convocar nuevamente al Premio Nacional de Cuento Julio Torri. Se trata de un premio de mucha tradición. Creado en 1994 como un premio estatal que buscaba estimular la narrativa escrita por coahuilenses, permaneció seis años en ese ámbito. La convocatoria contemplaba el envío de un solo cuento. Los ganadores de entonces son nombres bien conocidos en el mundo de las letras de ese estado: José Luis Herrera, Gerardo Segura, Yolanda Natera, Fernando Martínez Sánchez. En 2001, el premio adquirió categoría nacional y cambió las características de la convocatoria: sólo podían participar jóvenes menores de treinta y cinco años, era necesario enviar un libro de cuentos, y como parte del premio, se obtenía la publicación del mismo en el Fondo Editorial Tierra Adentro. En esta época resultaron ganadores, entre otros, libros memorables como En el jardín de los cautivos, de Maritza M. Buendía, Dejaré esta calle, de Antonio Ramos Revillas, Murania, de Alejandro Pérez Cervantes y Aquello quenos resta, de Liliana Pedroza.
Hoy el premio vive su mejor momento, no sólo porque se aumentó el monto del estímulo, además porque se acotó la participación al género que Torri cultivaba: el cuento breve. (Recordemos que para Torri la brevedad era la más alta de las virtudes que podía tener un escritor: “El horror por las explicaciones y las amplificaciones me parece la más preciosa de las virtudes literarias”, nos dice en un texto titulado “El ensayo corto”.)
Como mencioné, el ganador más reciente es Motel Bates, libro que retoma el ambiente del Psycho de Hitchcock. No estamos, sin embargo, frente al enésimo remake de la cinta. Aparecen, sí, la chica desnuda, los violines que rasgan la atmósfera, el cuchillo agresor, la sangre que escapa en remolinos por el desagüe. Pero el autor sabe que a fuerza de repetirse, los motivos brillantes se convierten en lugares comunes. Sabe que cuando una mano corre la cortina para asesinar a Marion, las generaciones jóvenes ya no sienten el espanto que embargó a nuestros abuelos, sino señalan divertidas que el cuchillo asesino nunca se mancha de sangre, o que es evidente que el cuerpo que atisbamos no es el de Janeth Leigh, sino el de una desnudista a la que Hitchcock le pagó quinientos dólares para que hiciera la escena. Es ahí, en el paso del horror a la ironía, que Yussel Dardón llena sus cuentos de bombas y granadas y pirañas y ametralladoras, de personajes que se vuelan los dientes con un revólver, que se sacan las vísceras, que cavan túneles en su pecho, que incurren en casi todos los finales que en otro tiempo significaron tragedia y hoy son soluciones fáciles a las que el narrador recurre en clave de burla, “como si la vida fuese un filme de bajo presupuesto” (p. 15). La pregunta es por qué lo hace.
Para intentar una respuesta hay que señalar que la estructura de Motel Bates funciona más como novela que como un volumen de relatos independientes. Al hablar de novela pienso en obras como La feria, de Juan José Arreola. Explico: el libro del maestro de Zapotlán está compuesto por 288 fragmentos que se ofrecen al lector sin orden aparente. Pero eso no significa que los segmentos no estén relacionados entre sí: por el contrario, una vez que el lector ha completado la lectura de todos los relatos es capaz de identificar una estructura mayor. Arreola sacrifica la linealidad para obligarnos a buscar lazos de otra clase entre los relatos. Así, conforme pasan las páginas identificamos la repetición de algunas voces o la recurrencia de ciertos temas. Yussel Dardón hace lo mismo en Motel Bates. Para contar las historias que conforman el libro, utiliza una variedad de herramientas (epígrafes, narradores omniscientes, narradores en primera persona, avisos cuyo discurso evoca el impersonal estilo de una hipotética gerencia del motel). Pero estas herramientas no están dispuestas para potenciar la efectividad de los relatos en forma aislada, sino como un gran texto que debe ser leído entero para captar el sentido final del libro. Se trata, en cierta forma, del armado de un rompecabezas muy inteligente: lo que hoy parece absurdo podría cobrar sentido más adelante. Eso explica los “atentos avisos” que se envían al lector, previniéndole de que en el motel (en el libro) lo que priva es la incertidumbre. Y explica también por qué los finales de algunos relatos como “La habitación del equívoco”, o “La habitación del prestidigitador” son lugares comunes tan evidentes que llevan al lector al desconcierto: porque en realidad lo que Yussel Dardón pretende es sacrificar la eficacia individual de sus relatos en un intento por lograr una forma más amplia que represente las dificultades del proceso creativo. Así, quienes tienen el valor para permanecer en el motel encuentran que este arrojo resulta ampliamente recompensado por un libro muy bien planeado que, al final, revela un profundo sentido de lo literario.
En Motel Bates la estructura y el discurso llegan a ser tan importantes que parecen anular las historias que se cuentan. Poco nos importa que muera un personaje. Sabemos que, como en las películas de bajo presupuesto, al final morirán todos. Tampoco importa la forma en que se les conducirá a la muerte. Lo que en verdad importa es de qué manera todas esas muertes aparecen contadas ante nosotros. Como Hitchcock, Dardón apuesta por el blanco y negro (en su caso la tinta y el papel). Al hacerlo convierte a la forma en su personaje principal: en Motel Bates todo parece subordinado a la estructura: los personajes, las acciones y el lenguaje mismo están dispuestos para recordarnos que estamos leyendo un libro. Como advierte Terry Eagleton, cuando los textos hacen destacar el proceso mismo de su producción, lo hacen “para que no se les tome por una verdad absoluta, para que el lector se encuentre estimulado a reflexionar críticamente sobre las maneras parciales y específicas en que se construye la realidad y de esta manera reconozca que todo pudo haber ocurrido de manera diferente”. Al usar el tono irónico, Yussel Dardón se inscribe en una tradición que en nuestro país fue cultivada con maestría por plumas como Julio Torri y Juan José Arreola.
Del primero basta recordar “De fusilamientos” o “El coleccionista de ataúdes”. Publicados en la primera mitad del siglo XX, llegan a nosotros contados por voces en las que advertimos una mueca de sorna que nos mueve a dudar de lo que dice el narrador. (Por supuesto el tono irónico y el humor negro no son una invención de nuestra época. La lista de autores que han echado mano del recurso es muy larga, y se remonta muchos años atrás. Basta echar mano a las obras de Bernard Shaw, Mark Twain, Thomas de Quincey, Jonathan Swift… Torri mismo reconocía abiertamente la influencia del francés Auguste Villiers de L’Isle-Adam, que en 1883 publicó sus Cuentos crueles, donde la exageración y la violencia son los ingredientes principales.)
La aparición de libros como Motel Bates es muy oportuna en un momento en que la crítica señala que entre los narradores latinoamericanos contemporáneos existe una predilección de la “fiebre por contar” sobre el uso de estructuras complejas y juegos formales, pues se advierte una tendencia a equilibrar contenido y continente. Cabe esperar de este escritor más libros en los que historia, estructura y discurso estén ligados de tal modo que lleguen a parecer indisociables. En la sencillez reside el nuevo reto. En contar historias complejas de un modo que se antoje natural. Libros de escritura difícil y lectura fácil, libros plenos de historias que como Motel Bates sean, al mismo tiempo, lúcidas reflexiones sobre el arte de narrar.