Resultan interesantes los casos en los que autores foráneos se resuelven a escribir desde y acerca de la tierra que los acoge. Es el caso de Imanol Caneyada (País Vasco, 1968), quien desde hace más de dos décadas se encuentra avecindado en México, en Hermosillo, Sonora, para ser específico.
Caneyada es considerado desde hace ya algunos años uno de los más representativos narradores de la literatura sonorense. Su tiempo en Hermosillo ha sido más que suficiente para tomarle el pulso no sólo a esa ciudad sino al país mismo. Habrá que recordar su título anterior Tardarás un rato en morir (Instituto Sonorense de Cultura, 2009), novela negra que cuenta no sin crudeza la historia de un ex gobernador mexicano relacionado con la mafia y su ayudante, exiliados en Canadá para no ser encarcelados o, en el peor de los casos, asesinados por el sanguinario líder de uno de los principales cárteles mexicanos.
Ahora, sin apartarse del género, Caneyada ha publicado la novela Espectáculopara avestruces (Arlequín, 2012), en la que si bien siguen asomándose los temas que han caracterizado a la literatura del norte del país durante las últimas décadas, presenta varias voces y planos narrativos en un intrincado andamiaje estructural que logra estirar la tensión dramática de la historia y sus personajes.
Espectáculo para avestruces tiene por sede una de las tantas ciudades del país —no se sabe cuál— cuyo norte no es otra cosa que una reserva de la decadencia. Ahí se decantan tráfico humano, prostitución, peleas clandestinas, violaciones, incesto, corrupción, drogas. Sus escenarios no son otros que cantinas por donde penan personajes borrosos, habitaciones de hotel, fondas, cárceles y bodegas abandonadas. Todo a punta de bala, un reguero de casquillos percutidos.
Hay en la novela, por lo tanto, prostitutas, travestis, guaruras, capos, hermanas complacientes, líderes religiosos, políticos, estudiantes promiscuas; una gama de “dioses” entre los que destaca RQ, el protagonista, quien lleva una doble vida. Por un lado es maestro de matemáticas en una universidad católica, por otra es el antihéroe cocainómano y demiurgo de la perversión, el recolector de las “cuotas” en el barrio en busca de cualquier pretexto para accionar la Beretta 92fs Inox que lleva siempre fajada a la cintura.
Soy uno de los tantos dioses de esta ciudad desmembrada […] A mi paso, las mujerzuelas buscan las sombras de los portales mientras un escalofrío les recorre el espinazo. A mi paso, los padrotes sonríen como ancianas sin dientes y esconden el dinero que les arrebatan a sus mujeres. A mi paso, los dealers hurtan su mercancía adulterada en los cojones y practican la humildad.
La novela está dividida en 25 breves capítulos que dan cuerpo a dos partes. La primera de ellas es narrada por el mismo RQ, quien vive en un cuarto de hotel con la Muñeca, un travesti —otrora lugarteniente de un barrio al norte del norte de la ciudad— que dejó de ser Pedro Inchuasti para hacerse llamar Samanta, y Calvino, un cachorro juguetón. RQ buscaba llenar un vacío, la Muñeca, dispuesta a llenárselo, encontró en él un cómplice para compartir sus patologías y, al mismo tiempo, a la persona ideal para tomar su lugar y representarlo ante su tío, don Arnulfo, el capo de la ciudad, dueño de la plaza, quien “no podía dejar el barrio en manos de un maricón que usaba falda”.
En esta primera parte se van perfilando además los personajes que irán completando el mosaico que es Espectáculo para avestruces: Conrado Pesqueira, un aspirante a político, pedófilo y dueño de un prostíbulo; Sofía, la puta de los ojos grises que busca venganza, que es además hijastra de don Arnulfo; Celeste, la hermana de RQ, misionera de la Iglesia Metodista y con quien mantiene una relación incestuosa; y Felipe, un taxista servil que conduce a RQ a todos lados.
Con un ritmo cincelado por el influjo de símiles y metáforas, RQ va haciendo un registro permanente de la ciudad y sus actores. Con la cocaína aún reverberando en su cerebro, en la universidad les habla a sus estudiantes de los axiomas de Peano, de los teoremas de Goedel, del platonismo matemático, de Hume, Frege, Russell, Whitehead, Kant, Hilbert. Más tarde terminará masturbándose en su cubículo, pensando en los pechos de alguna de sus alumnas.
Los pasillos de la facultad son voces que a duras penas pueden articular una oración coherente […] las muchachas, con sus movimientos primaverales, anuncian que están en brama […] los chicos compiten entre ellos con la estupidez propia de los machos de cualquier especie.
Por otro lado también nos descubre el resentimiento que le guarda a sus padres, quienes son al mismo tiempo un ejemplo para la comunidad —su padre es el líder espiritual de la Iglesia Metodista en la ciudad—, y el desprecio que sienten por él sus hermanos, a excepción de Celeste, quien a pesar de expiar culpas es un personaje cargado de cinismo y abandono. Y sin embargo, RQ realiza visitas con ellos semanalmente para celebrar una comida donde conviven lo mismo desprecio que deseo.
Mi padre es un anciano que se resiste a la decadencia […] Mi madre es una anciana que lucha contra la decadencia desde la cocina […] Es gorda y torpe. Deformada por los cuatro hijos que tuvo. Uno detrás de otro. Como un conejo […] Mi hermana posee el rostro más desamparado de la creación […] Yo cargo una Beretta. Mi hermana, la integridad. Se trata de un fuego cruzado sobre la mesa a la que estamos sentados.
La primera parte de Espectáculo para avestruces tiene la habilidad de planteardos momentos climáticos que irán distendiéndoseen la parte subsecuente.Ahí es donde Caneyada usa otras vocesnarrativas y desvanece las ráfagasde símiles usadas para reforzar las imágenesen el flujo de pensamiento queva generando RQ, y que, dicho sea depaso, al lector no sólo le sirven para tenermás claro el universo del protagonista,sino para entender que la ciudady su moral trastocada juegan el mismo papel: una maldad sublimada.
Ya en la segunda parte toca el turno de hurgar en Sofía, la puta de los ojos grises; en la Muñeca, el travesti. Toca turno de trozar el tiempo e ir atando cabos en los distintos planos narrativos que Caneyada se decidió a armar en la novela. Un breve índice de las tragedias de sus protagonistas, la expiación de culpas, la venganza, el perdón y la muerte: el gran espectáculo.
Sin grandes pretensiones de lenguaje o estilo, más bien todo lo contrario, y con un final a la altura de las 167 páginas que la componen, Espectáculopara avestruces es una novela que no da tregua porque, como su nombre lo sugiere, tanto sus personajes como el lector, no pueden agachar la cabeza en ningún momento.
Yuri Herrera (1970) ha acuñado una forma de escritura que los lectores hemos privilegiado. El entusiasmo por su trabajo en la última década es prueba de que su prosa logra captar —¿crear, reproducir?— las particularidades de un escenario en perpetua crisis moral, política y económica, como el nuestro. En sus primeras dos novelas se propuso abordar los grandes temas de la agenda nacional —el funcionamiento de los cárteles de la droga en Trabajos del reino (2004), la migración en Señales que precederán al fin del mundo(2010)— y en La transmigración de los cuerpos se vislumbra entre líneas nuestra aberración más reciente: el estado de sitio del que somos víctimas desde que dio comienzo la “guerra contra el narco”. Pero esta última entrega, debido a su búsqueda y experimentalidad, descuida la fábula y el fino trabajo estilístico que tanto caracteriza a su autor.
La novela se lleva a cabo en una comunidad anónima, asolada por la epidemia que provoca un “mosquito egipcio” que parece “una bala negra”; las víctimas de su piquete comienzan a vomitar sangre tras algunas horas y mueren poco después. Debido a lo alarmante de la situación, las autoridades aconsejan a la población no salir de casa. Es en ese estado de excepción donde encontramos a Alfaqueque, personaje principal que seduce en tiempo récord a su escultural vecina, la Tres Veces Rubia. Pero muy pronto tiene que dejar de lado su luna de miel para solucionar un problema. Los Castro tienen en su poder a Romeo Fonseca, los Fonseca levantaron a la Muñe Castro como garantía de devolución; Alfaqueque debe intercambiar a los dos jóvenes. Para desgracia de todos, tanto la Muñe como Romeo han muerto en manos de sus captores –la primera víctima de la epidemia, el segundo en un accidente automovilístico–; lo único que pueden intercambiar estas familias rivales son los cuerpos –de ahí el título de la novela. Unas cuarenta y ocho horas después de iniciada la aventura el Alfaqueque cumple su misión, más o menos al mismo tiempo en que se descubre una cura para la epidemia. La gente puede volver a las calles y Alfaqueque regresa a los brazos de la Tres Veces Rubia.
He tratado de resumir el asunto, antes que nada, debido a su relevancia simbólica. Toque de queda, ejecuciones, secuestros, cadáveres…, La transmigraciónde los cuerpos conforma un trasunto de la violencia contemporánea. Sus protagonistas, no por nada, provienen de las instituciones más corruptas del país y conforman una red de impunidad y violencia: el Alfaqueque fue funcionario del Ministerio Público, el líder de los Fonseca es un antiguo agente de la pgr y los Castro, ¿son militares? Es posible, Herrera gusta de utilizar nombres parlantes –y por eso bautiza así al Alfaqueque: “Hombre que desempeñaba el oficio de redimir cautivos o libertar esclavos y prisioneros de guerra”, según la RAE. La alegoría de la guerra cobra mayor espesura al considerar la imagen de un perro negro que circula por sus páginas: el protagonista no sólo es un intermediario entre los grupos de poder, al mismo tiempo se identifica con Xólotl, el dios animal encargado de guiar a los muertos al inframundo mexica. Esta dimensión metafórica no exime a la trama de inconsistencias. De hecho hay algunos detalles que delatan cierto desdén por la construcción de la historia o apatía por la anécdota. La familia Castro, por ejemplo, en un momento se nos dice que son nuevos ricos pero páginas después resultan aristócratas con castillo y escudo de armas incluido. Todos los pasajes que involucran al perro negro no terminan de hilvanarse con el resto del discurso y lucen postizos, superpuestos. Se delinea el pasado del Alfaqueque –una mujer, un asesinato, “un momento recio”– pero en realidad el lector nunca se entera de su terrible secreto y siente que hubiera sido mejor ni siquiera sugerirlo.
Tal parece que, en el afán por no repetir y caer en la fórmula, Herrera ha ido forzando sus estrategias narrativas hacia un texto más abierto. Tanto Trabajos… como Señales… son novelas construidas con esmero, no aparecen con las rebabas que aquí señalé y, a riesgo de sonar superficial, podrían calificarse de novelas “redondas”. En Transmigración… se rompe con ese antecedente pero, en lugar de tener una obra abierta, nos enfrentamos a una obra laxa; inconsistente antes que ambigua. En los aspectos estilísticos sucede algo similar: la prosa se distancia sensiblemente del modelo de precisión y exactitud que tantos elogios recibió tras su primera novela. Ahora Herrera explora una escritura más experimental, híbrida, que tampoco termina de funcionar del todo. Si releemos Trabajosdel reino nos daremos cuenta que existe una combinación de registro culto y popular en el que radica, en buena medida, la poesía del texto:
No hubo cortesano al que negara sus dones. Compuso un corrido al gringo de planta, diestro para idear pasajes de mercancía. Este se había pegado a un hatajo de muchachitos ansiosos de mareo que cada viernes cruzaba a desmayarse de este lado del muro. Aquí está su cuidador, dijo; aquí mero, se confiaron.
Todas las palabras aquí utilizadas son corrientes, comunes en el habla de comunidades comunidades diversas; es su mezcla la que les otorga un nuevo brillo. El registro lingüístico en Transmigración…, en cambio, privilegia la jerga, el neologismo, el arcaísmo y las variaciones ortográficas que si a primera vista deslumbran, poco a poco descubrimos que carecen de la precisión melódica de sus textos previos:
Bato desterrado alias Menonita. Bato roto alias Alfaqueque. Pobre diablo solitario alias La luz de mis ojos. Pobre mujer expoliada alias Dónde andará. Venganza alias Desquitanza. El Carajo alias No se preocupe usted. Desprecio alias Quién se acuerda. Cuánto miedo alias Yo no sé nada. Cuánto miedo alias Aquí estoy bien. Un hijuelachingada cualquiera, alias Su mero padre. Esto es lo que esperaba alias Ni crean que me la pueden hacer. Verbo desbravado alias La pura verdad.
En La transmigración de los cuerpos hay también una transmigración de la escritura, pero el desplazamiento de la prosa de Herrera no es tan eficaz como el de los cadáveres que intercambia el Alfaqueque. Si bien el autor arriesga nuevamente con esta tercera novela, la laxitud del resultado nos hace echar de menos sus primeros trabajos.
Ulises Carrión, “Self-portrait”, 199. Foto: J. Liggins,
En mi nesciencia juvenil inferí que debía estudiar lo mismo que Juan García Ponce. Tamaña ocurrencia, en una ciudad como Valles (en la que ni remotamente había talleres literarios, presentaciones de libros o lecturas), era la cosa más ingenua y extravagante. La idea de que una huérfana sin un peso encima quisiera estudiar filosofía y letras para convertirse en escritora debió haber hecho reír a unos cuantos.
Tengo razones, en efecto, para quemarlo todo. Todo es un ensayo (…) apropiación, reciclaje y cita (…) toda escritura es un proceso de auto‑traducción.
Cristina Rivera Garza
Mi madre poseía un cuaderno de recetas en el que transcribía poemas místicos de san Juan de la Cruz y santa Teresa de Jesús. Meses después de su muerte, ocurrida cuando yo tenía diez años, hurgando entre sus pertenencias encontré ese cuaderno y adquirí, por imitación, el hábito de copiar los fragmentos que más me gustaban de los libros que leía, sólo que lo mío fueron entonces las hojas de rotafolio; en ellas transcribí en la adolescencia los versos que más me fascinaban de Octavio Paz, Sergio Mondragón, Thelma Nava, José Vicente Anaya, Elsa Cross, Rosario Castellanos, José Carlos Becerra y Enrique González Rojo, para tapizar las paredes de mi casa. Quería que sus palabras estuvieran a todas horas visibles, porque me provocaba plenitud la omnipresencia del lenguaje.
Que los libros fueron mis padres es un hecho verídico
Mi padre se fue de casa cuando yo tenía seis años y tras la muerte de mi madre no volvimos a verlo. No hubo en aquel momento ni después tutor o parienteque se hiciera cargo de forma cabal de mi hermana,dos años mayor que yo, y de mí. Vivíamos entoncesen Cd. Valles, S.L.P, solas, en una vivienda que mimadre nos había dejado junto con una herencia pírricaque se perdió en el fraude de las cajas populares a principios de los noventa pero que alcanzó para que pudiésemos subsistir precariamente casi tres años. No sé cómo aprobé la secundaria: faltaba todo el tiempo para quedarme en casa a leer o porque había leído toda la noche y despertaba hasta el mediodía. Cuando asistía era sólo para escaparme a la biblioteca del ISSSTE, la única en la ciudad. Íbamos dos o tres veces a la semana por seis libros cada vez. Nos devoramos, entre otras, las colecciones Sepan Cuántos y Lecturas Mexicanas. Nunca he vuelto a leer tanto como en aquellos años.
Cuando digo que la literatura salvó mi vida lo digo al pie de la letra
Fue mi hermana quien encontró, mal clasificado en lasección de historia, el tomo I de Crónica de la intervención.Nos bastó leer la frase inicial “Quiero que me cojantodo el día y toda la noche…” para saber que aquello noera historia. Hubo siempre una densidad distinta en esa novela, una mixtura de filosofía, teología, literatura, pornografía y poesía. Hubo siempre algo en sus páginas que me hizo cuestionármelo todo, convertirme en otra. Yo quiero escribir como él, pensé un día, no recuerdo cómo, yo quiero ser una escritora como él. ¿Qué fue lo que accionó el mecanismo de la aparición del impulso autoral? Supongo que el deseo de apropiarme del lenguaje del otro, el deseo de hacerlo mío. Estudiaba el bachillerato, así que pregunté a mis conocidos y maestros qué carrera debía elegirse si uno quería formarse como escritor. Nadie supo decirme. En mi nesciencia juvenil inferí que debía estudiar lo mismo que Juan García Ponce. Tamaña ocurrencia, en una ciudad como Valles (en la que ni remotamente había talleres literarios, presentaciones de libros o lecturas), era la cosa más ingenua y extravagante. La idea de que una huérfana sin un peso encima quisiera estudiar filosofía y letras para convertirse en escritora debió haber hecho reír a unos cuantos. Mi futuro era ser recepcionista o empleada de mostrador. Me lo decían incluso mis maestros, que fuera sensata y realista, que fuera inteligente. Supongo que las tantas historias y las tantas vidas vividas a través de la lectura, me hicieron pensar que por más que lo pareciera, no era insensato ni imposible que un día yo llegara a ser escritora.
Las costuras tan visibles
Mis primeros poemas hablaban de la muerte y mis primeros cuentos de detectives. Eran textos cortos que redactaba en una máquina de escribir Olivetti y que estaban signados por el autor en turno de lectura. Recuerdo que las marcas de esas influencias no me parecían en absoluto aberrantes, al contrario, me gustaba ensayar a copiar los estilos que admiraba. No aventuraba ni por asomo el imperativo de encontrar una voz propia. A los quince no tenía a quien mostrarle mis escritos para pedirle una opinión o asesoría; en mi entorno no había nadie que leyera o hablara de libros, mucho menos de escritura. El primer concurso de poesía en el que participé fue convocado por una radiodifusora local con motivo del 14 de febrero. Gané por votación, a través de llamadas del público, con un malísimo y cursi poema que, como parte del premio, fue leído por un locutor de engolada voz un sábado por la noche.
En el mar la vida es más sabrosa, en el mar te escribo mucho más
Al puerto de Tampico llegué en 1996. Cuatro años de filosofía me hicieron postergar mi propósito de escribir. Fue hasta 2002, a los 24 años, que supe de un taller literario, un diplomado en literatura y un seminario de escritores en la ciudad. Los tres eran impartidos por una doctora en filología y promotora cultural. De esa etapa proviene una formación en lecturas mexicanas e hispanoamericanas del siglo XIX y principios del XX, así como en retórica, narratología y análisis literario. Proviene también la noción y la búsqueda de una voz propia. En el taller y seminario (al que sólo se podía entrar por invitación) permanecí un par de años hasta que la doctora me corrió. Nunca le dije el gran favor que me hizo porque entendí hasta mucho más tarde que debo a ello el haber salido de esa pequeña burbuja de falsos elogios mutuos, canibalismo, mímesis perniciosa, regionalismo reduccionista y sacralización desmesurada del poeta y la poesía.
Cada palabra tuya es una lámpara encendida para verte cuando tú no estás
Este verso de Becerra era mi incipiente poética: hacer presente lo ausente. Como si las palabras, al nombrar, otorgaran una existencia duradera a lo volátil, a lo efímero. Como si el lenguaje pudiera curar un exilio original, el destierro continuo del presente. Bajo esa premisa y el signo del lirismo escribí, tras mi salida del taller en 2004, Lo que noimaginas, Palabras más palabras menos y Nunca quisedetener el tiempo; los envié a certámenes literarios que incluyeran como parte del premio la publicación, dado que en la entidad las opciones eran escasas. El premio regional y los dos premios nacionales que recibieron, respectivamente, en 2005, y gracias a los que fueron editados, surtieron un efecto contradictorio: en lugar de dar por hecho la calidad y ejercicio de mi escritura, mis dudas y cuestionamientos se avivaron. En esa época asistí a mis primeros encuentros literarios y tomé varios talleres con autores del ámbito nacional. Fue en el diálogo con escritores ajenos a mi pequeño entorno que me di cuenta de todas las lecturas contemporáneas que me hacían falta, de cuán reducida era mi visión de la poesía y de todas las posibilidades que me faltaban por explorar.
Yo testereo, tú testereas, nosotros testereamos
Lo que yo considero mi poética actual proviene de la época postfonca. Tras un proyecto fallido con el que pretendía experimentar la hibridez entre poesía y narrativa, y que no era sino un intento por indagar y fracturar mis propios límites poéticos, me sumí en una crisis durante dos años, cuyo cuestionamiento de fondo era cómo escribir algo distinto a lo que había venido escribiendo. Dos talleres impartidos por Cristina Rivera Garza en Cd. Victoria, Tamaulipas, El libro de las percepciones en 2007 y Ficción históricadesde abajo en 2009, los ejercicios de escritura documental, las recomendaciones bibliográficas, pero sobre todo las charlas de sobremesa y la conversación continuada sobre problemáticas y panoramas artísticos, literarios y culturales que emprendimos entonces con Cristina, el entrañable poeta Marco Antonio Huerta y la queridísima Claudia Castañeda, fueron el marco del surgimiento de un nuevo horizonte de comprensión escritural.
Se trataba de dar voces a otras voces. Se trataba de que no había tal cosa como La Voz, unívoca, homogénea, unidireccional, sino una multiplicidad de registros. Se trataba también de lo que apunta Foucault al inicio de El orden del discurso: de introducirse sin ser advertido en los intersticios, como una pequeña laguna en el azar de su desarrollo o como el punto de su posible desaparición. Mi ejercicio en el taller de escritura documental, que consistió en tres poemas basados en partes de sanidad del puerto de Tampico en 1888, fue detonante inmediato de Siam (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2012). Escrito a partir de cartas de amigos sobre sus hermanos, documentos, notas y bibliografía sobre los siameses Eng y Chang, reglamentos sobre box y formatos de requisitos aduanales, éste fue mi primer ensayo de hacer poesía sin buscar una voz o mi voz, sino dejando que otras voces y registros intervinieran. En 2011, a través de las traducciones que Marco hizo de sendos ensayos de Kenneth Goldsmith y Vanessa Place accedí a textos que teorizan sobre la escritura conceptual. Magnitud/e (Gusanos de la nada, 2012), a cuatro manos con Marco y traducido por el poeta John Pluecker, un díptico que disecciona alegóricamente la anatomía, naturaleza y genealogía de las moscas, al tiempo que realiza un recuento de los magnicidios políticos en nuestro país, de finales de los ochenta hasta la fecha, y AntígonaGonzález (Sur+, 2012), pieza conceptual escrita para un montaje teatral por encargo de Sandra Muñoz, actriz y directora, son respuesta dialógica a la proximidad con esta corriente estética pero también al contexto cotidiano de violencia e inseguridad derivado de la guerra contra el narcotráfico.
Lo que emerge es un loop
El plagio es el punto de partida de la actividad creadora en el arte nuevo, leo en El arte nuevo de hacer libros (Tumbona Ediciones, 2012) de Ulises Carrión,publicado por primera vez tres años antesde que yo naciera, y no puedo dejar de pensar enlas transcripciones de poesía mística que hacíami madre; en el desmontaje de mi noción impostaday purista de la voz propia y la originalidadfrente al vertiginoso panorama de las reescriturasy la curaduría del lenguaje. Lo que emerge es un loop. Apropiación radical y alegoría. Wikipedia ynota roja. Las fosas de San Fernando y la Tebas de Sófocles/ Gambaro/ Marechal/ Yourcenar/ Zambrano.Los tuits de @menosdias y el hermano desaparecidode uno de mis más queridos amigos.El granadazo en la plaza del 15 y Carroña última forma de Leónidas Lamborghini. Lo que emerge es un loop ¿Cómo reescribir en y desde el presente la poesía?
Víctor Sandoval (1929-2013) fue tanto el creador de una visión personalísima acerca de la poesía, como un incansable promotor y gestor de la cultura mexicana. Sus años de formación fueron también el inicio de una prodigiosa cooperación intelectual que dio a luz a la revista Tierra Adentro, que este 2013 cumple treinta y nueve años de vida. Sin embargo, no sólo fue este centro irradiador el que abrigó en sus páginas la ya explosiva corriente de las artes mexicanas durante la segunda mitad del siglo anterior: las casas de cultura, la bienal de arte y los premios literarios —entre ellos el más prestigioso de la poesía nacional, el Aguascalientes—, cimentaron los esfuerzos que Sandoval concibió. En este número llevamos la mirada hacia las virtudes de esa vida iluminadora, virtudes que desembocan en las palabras de sus amigos más cercanos, aquellos que crecieron con Sandoval y lograron observar los brillos de su existencia: su fortaleza y generosidad.
Los novios comenzaban a prepararse para la ronda de fotografías, así que Edith abandonó el plato de helado y descalza y con su copa de vino en la mano, corrió escaleras arriba, al entrepiso. Desde allí podía ver todo el salón: la gente charlando, los manteles cubiertos de corchos y migas y botellas vacías, los chicos que jugaban en la pista de baile. Con parsimonia y llenos de risitas cómplices, los novios posaron junto a los comensales de cada mesa. La novia sostenía la cola de su vestido con la mano derecha y de tanto en tanto se acomodaba la diadema blanca que le sujetaba el velo. Una mujer alta y flaquísima, enfundada en un vestido amarillo, la besó en la mejilla y enseguida se la limpió con una servilleta, porque la había manchado con lápiz labial. Otra mujer, vestida de rosa, le dijo algo al oído y la novia por un brevísimo instante se largó a llorar. Pero se recompuso enseguida y se dio aire con ambas manos, para que las lágrimas se secaran rápido y no se le corriera el maquillaje. Edith lo vio todo desde el entrepiso del salón de fiestas. Antes de que los flashes rebotaran sobre las sonrisas y los abrazos, antes de que el fotógrafo diera indicaciones, sugiriera que el señor de la izquierda se acercara un poco más a su esposa u obligara a los chicos a arrodillarse en la primera fila, los ojos de Edith ya habían recorrido cada una de las caras de los invitados. Cuando el fotógrafo terminó su trabajo había reducido el número de posibles candidatos a tres. Un viejo ligeramente encorvado que llevaba un clavel rojo en el ojal de su traje, un señor gordo de barba canosa y un hombrecito de saco marrón, lentes redondos y pelo escaso y engominado.
Ese es, murmuró Edith mientras señalaba al hombrecito.
Dio un último trago a su copa y bajó las escaleras levantándose el ruedo del vestido. El hombrecito de traje marrón dibujaba con una cuchara sobre los restos de helado de su plato.
Edith le tocó el hombro, sin saludarlo. ¿Vos sos el tío vidente?, le preguntó. El hombrecito levantó la vista, la miró con desinterés y, sin soltar la cuchara, hizo que no con la cabeza.
El vidente es mi cuñado, dijo y señaló al otro lado de la pista.
El gordo de barba canosa hablaba con otro hombre, fumaba y se reía. Junto a él, una esposa pequeña y de rodete gris se guardaba el centro de mesa en la cartera y dos hijos demasiado rubios perseguían a una chica de vestido azul.
Cuando Márgara le contó que se casaba, lo primero que Edith pensó fue que por fin iba a conocer al famoso tío vidente de su amiga. El tío vidente era primo de la mamá de Márgara y formaba parte de esa rama de la familia de la que todos se avergonzaban un poco, pero que estaban obligados a invitar a la fiesta. Edith sabía pocas cosas sobre él. Alguna vez Márgara había dicho que su tío vivía en un pueblo en medio del campo y que era famoso. Otra vez contó que predijo el nacimiento de un ternero de dos cabezas y la guerra del Golfo. También dijo que, de tanto en tanto, su tío salía en la televisión, en un programa del canal de Villa María. Esos datos, espaciados y escasos, sólo servían para que el mito aumentara. A veces, cuando ya no resistía más la curiosidad, Edith le preguntaba a Márgara sobre su tío vidente. Márgara cambiaba de tema, no le gustaba hablar sobre él. Y ahora allí estaba ella, Edith, aburrida en medio de la fiesta de casamiento y a punto de conocerlo.
Antes de cruzar la pista, se sirvió otra copa de vino.
El tío vidente hablaba y el humo del cigarrillo escapaba por la comisura de su boca. La barba se teñía de amarillo alrededor de sus labios. Edith se paró frente a él.
Disculpame, ¿vos sos el tío vidente?, le preguntó.
Él mismo, mucho gusto, dijo el tío vidente. ¿Qué necesitás?
Nada, dijo Edith. Quería conocerte, me da curiosidad. Márgara siempre habla de vos.
Muy bien, acá estoy, ya me conocés, dijo el tío vidente y se quedó callado. Miraba a Edith a los ojos. Se dejaba contemplar como si fuera un animal de circo.
El hombre con el que el tío vidente había estado conversando esperaba, un paso más atrás.
Edith se puso colorada y bajó la vista.
En realidad me gustaría charlar con vos, dijo. Estoy medio perdida, no sé qué hacer con mi vida y quisiera que me dieras algunas pistas sobre mi futuro. Te voy a pagar, claro.
El tío vidente se largó a reír. Se reía con toda la panza y como si tuviera un ataque de asma. El pelo de su pecho, gris y abundante, escapaba por entre los botones desprendidos del cuello de la camisa.
No funciona así, dijo mientras se secaba las lágrimas. Esto no es una cosa con bola de cristal ni nada de eso.
¿Cómo funciona entonces?, preguntó Edith.
Tengo visiones de vez en cuando, nada que pueda prever y menos sobre algo específico. Por más que quisiera tener una visión con vos, no hay manera de que yo lo decida. Está más allá de mis posibilidades. Así que ha sido un gusto, pero no te puedo ayudar, dijo el tío vidente y se dio vuelta y volvió a hablar con el otro hombre.
Edith se alejó.
A la madrugada, cuando todavía no había salido el sol y ella se iba de la fiesta, vio cómo el tío vidente cargaba unos bolsos en el baúl de un Valiant rojo estacionado frente al salón. Su mujer lo esperaba en el asiento del acompañante, la espalda bien derecha, las manos sobre la falda. Los dos hijos del tío vidente dormían en el asiento de atrás.
Edith se olvidó del asunto hasta que, un mes y medio más tarde, recibió una llamada del tío vidente.
Márgara me pasó tu número, le explicó. En realidad, se lo pedí yo.
Está bien, dijo Edith.
Después el tío vidente le contó que había tenido una visión donde ella aparecía. Detrás de su voz, en la línea del teléfono, se escuchaba a los hijos del tío vidente gritar lejos. Edith se los imaginó peleando en el patio de una casa con limonero y gallinas.
Me habrá quedado tu pregunta en el subconsciente y por eso ahora afloró, dijo el tío vidente. Nunca me había pasado una cosa así.
Edith no supo qué contestar. Había atendido el teléfono de pie junto a la cocina, con los ojos fijos en la olla llena de agua, esperando que hirviera para prepararse unos fideos. Apagó la hornalla y se sentó.
¿Qué pasaba en la visión?, preguntó.
Estabas vestida de blanco y había viento, mucho viento, dijo el tío vidente. Vos te subías a un árbol grande, una especie de sauce y el viento movía las hojas. También había un molino y brotaba agua. Un hombre corría desnudo alrededor del árbol. Vos te caías. La
visión se terminó antes de que golpearas la tierra.
¿Cómo era el hombre?, preguntó Edith.
Morocho, de piel blanca. Un tipo más o menos de tu edad.
Roberto, pensó Edith, pero no lo dijo.
¿Tenía un lunar en la espalda?, preguntó.
Si tenía, no se lo vi, respondió el tío vidente.
Edith prendió un cigarrillo.
¿Y qué significa esa visión?, dijo.
No lo sé. Se me ocurrió que tenía que contártelo y que vos le encontrarías la clave. Para eso te llamé. ¿No te sugiere nada?
La última vez que me subí a un árbol era una nena, dijo Edith aunque no era cierto.
A lo mejor es cuestión de tiempo. Si se te ocurre algo, avisame, dijo el tío vidente y le pasó su número de teléfono.
Roberto, dijo Edith para sí, cuando el tío vidente ya había cortado. Hace años que no sé nada de él.
Esa noche Edith no pensó en otra cosa que no fuera la visión: el viento, el árbol, la caída, el molino, el agua, Roberto desnudo, corriendo alrededor. No le encontraba ningún significado, pero no podía sacarla de su cabeza. El domingo, mientras charlaban en el patio de su casa nueva, a la orilla de la pileta, Márgara le preguntó si su tío se había comunicado con ella.
¿Qué quería? Me pidió tu número, me explicó que necesitaba hablar con vos.
Edith se encogió de hombros.
Ni idea, dijo. A mí no me llamó.
Durante la semana que siguió, el tío vidente telefoneó tres veces. Había tenido más visiones. El martes, Edith se le apareció convertida en una estatua de mármol y sumergida en las profundidades del mar, algas oscuras le amordazaban la boca. El jueves a la mañana, Edith desnuda y sobre la nieve, abrazada a un animal que comía de su vientre, tal vez un lobo, cubierto de sangre. El jueves por la tarde, Edith en un jardín, junto a un manantial, sus dedos tocaban
el agua y de ellos brotaban largas raíces oscuras que subían hasta su cuello y la asfixiaban.
Necesito verte, dijo el tío vidente. Necesito verte pronto. Me están volviendo loco, en vivo y en directo las voy a entender, dijo el tío vidente.
¿El hombre desnudo no volvió a aparecer?, preguntó Edith.
Ni una sola vez, dijo el tío vidente. Estás siempre sola.
Edith se largó a llorar.
No me llamés más, dijo y cortó.
Dos días después, de madrugada, el teléfono volvió a sonar. El tío vidente había tenido otra visión. Esperaba con el motor del auto encendido y una muda de ropa en un bolso de cuero negro.
Pasame tu dirección, dijo. En cinco horas estoy allá.
Dejame en paz, le respondió Edith.
Es importante que te vea. Pasame tu dirección o se la pido a Márgara, dijo el tío vidente.
En mi casa no se puede, dijo Edith. Encontrémonos en un bar.
Tiene que ser en un lugar privado y seguro. Tenemos que estar vos y yo solos, sin nadie que nos interrumpa, dijo el tío vidente.
No sé, buscá un lugar, hacé lo que quieras, a mi casa ni si te ocurra venir, dijo Edith y cortó. Apagó el velador, intentó volver a dormir pero no pudo. El árbol y las algas y Roberto y el lobo y las raíces que brotaban de sus manos. No quería pensar en eso. Las sábanas la sofocaban. Se levantó y fue a la cocina y se preparó una taza de café y se quedó mirando los azulejos. Su camisón, húmedo de sudor, se enfrió en el aire de la cocina y un espasmo le recorrió la piel.
Me tengo que ir. Me voy a ir a un lugar donde nunca más me encuentre, pensó Edith.
Su padre se despertó y ella le llevó el desayuno a la cama.
¿Quién llamó anoche, tarde?, preguntó el padre.
Número equivocado, dijo Edith.
El tío vidente le habló desde una estación de servicio, al costado de la ruta. Había tenido otra visión mientras manejaba. Edith se le había aparecido en el asiento del conductor, pálida y cubriéndose el pecho con una bolsa de consorcio.
El tío vidente le preguntó a Edith si estaba bien, si sentía algo raro.
Estoy bien, dijo Edith.
¿Estás sola? ¿Las puertas están con llave?, preguntó.
Estoy con mi papá, dijo Edith. Todo está bien, dijo Edith y miró por la ventana. Afuera amanecía. Los edificios se recortaban como moles negras y rectangulares
sobre el cielo de un naranja violento. Hacía frío. Empezaban a llegar los ruidos del tráfico de la avenida.
Al tío vidente la faltaban dos horas más de viaje. Le pidió a Edith que le reservara una habitación en algún hotel donde pudiera darse un baño y dormir la siesta. Edith no conocía ningún hotel barato. Al final le dio la dirección de uno cerca del aeropuerto donde a veces pasaba la noche con Roberto cuando él decía que estaba de viaje de negocios.
¿Cuánto sale?, preguntó el tío vidente.
Edith dijo que no era un hotel caro pero que tampoco era barato.
No sé si me va a alcanzar la plata, salí apurado, dijo el tío vidente.
Cualquier cosa yo te ayudo, dijo Edith.
Pidió un taxi, se repasó el maquillaje frente al espejo del baño y controló su peinado.
Estoy bien, estoy perfecta, se convenció a sí misma antes de salir.
Ni bien se bajó del taxi el tío vidente la tomó del brazo y la arrastró hacia el interior del hotel. Subieron en el ascensor sin decir una palabra. El tío vidente dejó que Edith entrara en la habitación y cerró con llave. El empapelado era el mismo que cinco años atrás, que treinta años atrás: grandes flores naranja sobre un fondo amarillo. Una habitación pequeña, recalentada, una heladerita disfrazada de mesa de luz, el televisor colgando de un brazo de hierro, una ventana desde la que se podía ver la parte de atrás de una fábrica de barnices y pinturas.
El tío vidente le señaló a Edith la cama.
Sentáte, ponéte cómoda, le pidió. Dame un minuto que voy al baño.
Edith se recostó y escuchó el agua correr y al tío vidente murmurar algo del otro lado de la puerta. El tío vidente salió del baño con una toalla blanca en las manos. Se secó la cara, la nuca, las orejas. Gotitas de agua temblaban sobre los pelos grises de su barba.
Ahora sí, dijo el tío vidente. Necesitaba refrescarme. Estoy sin dormir. Las visiones no paraban.
¿Alguna vez te pasó algo así?, le preguntó Edith.
Nunca, dijo el tío vidente.
Tengo miedo, dijo Edith.
Te entiendo, dijo el tío vidente y se sentó en el borde de la cama, los hombros caídos, la espalda encorvada. Edith se incorporó.
Quedate, no me molesta, dijo el tío vidente.
¿Qué es lo que viste? ¿Me voy a morir?, preguntó Edith.
No sé, dijo el tío vidente.
Sería un pecado que te pasara algo, dijo. Sos tan linda. Sos más linda personalmente que en las visiones, dijo.
Edith no respondió.
El tío vidente entrelazó las manos sobre su regazo y cerró los ojos. Se quedó muy quieto, allí, en la habitación de hotel. Las gotas tintineando en su barba. La respiración pesada, un silbido continuo que se intensificaba cada vez que el aire salía por la nariz.
¿Para esto me hiciste venir?, dijo Edith después de un rato.
Shhh, dijo el tío vidente y volvió a cerrar los ojos.
Calláte, por favor, dijo el tío vidente.
Edith se levantó de la cama y buscó una botellita de whisky en el minibar. Se la sirvió en un vaso de papel.
¿Estás teniendo una ahora mismo? ¿Qué ves?, preguntó.
Hubo una explosión, dijo el tío vidente. Astillas por todos lados. Astillas mortales, como jabalinas. Hay un incendio. El fuego te consume. Sale humo. Mucho. Se te quema la carne. No podés moverte, o no querés escaparte. La piel se te pone negra, como el papel que arde y se quiebra toda y se te ve la carne.
Edith terminó el whisky de un solo trago.
Basta, dijo. Me voy. No quiero saber más nada.
El tío vidente abrió los ojos y se quedó mirándola.
Vos no entendés, dijo. No podés irte.
¿Por qué?
Porque no, dijo el tío vidente y volvió a cerrar los ojos.
Edith caminó hasta la puerta e intentó abrirla, pero estaba trabada.
Tiré la llave al inodoro, dijo el tío vidente. No te preocupes, ya viene.
¿Ya viene qué?, dijo Edith.
Entonces oyeron la explosión y los vidrios se rompieron y una viga de madera encendida entró volando por la ventana y destrozó la cama.
Está empezando, dijo el tío vidente y sonrió.
De la fábrica de pintura brotaba una gran llamarada que se expandía rápido en el aire. Un viento cargado de éter y aguarrás ardiendo les golpeó las pupilas. Flameó hasta consumir las cortinas, el pelo de Edith, la barba del tío vidente, las flores sobre la pared.
Está empezando, dijo el tío vidente, de pie, con el fuego a su alrededor.
Benavente. Endiosamiento, lápiz, tinta y acuarela. 16 x 10 cm. 2009.
En los días que siguieron inmediatamente a la muerte de Rubén Bonifaz Nuño releí sus Calacas, que ya me habían divertido y maravillado en 2003, cuando las publicó El Colegio Nacional. Sus bravuconadas, increpaciones y burlas contra la muerte me tenían reservado, para el momento de la relectura, un valioso hallazgo: “aunque aprendí lo que es ser joven, / aburrido de morir, quisiera / que algo me tornara a dar la vida”. En otras palabras: Bonifaz Nuño, aunque viejo y enfermo, no se decía cansado de vivir, sino “aburrido de morir”, y mantenía viva la esperanza de la resurrección.
No me refiero, desde luego, ni a la esperanza teologal ni a la resurrección cristiana. Estoy hablando de un anhelo ecuménico de resurrección: el renacimiento efectivo, literal, que desea quien teme morirse para siempre. Ni más ni menos que mandar al demonio a la maldita calavera. Varios tópicos de las letras antiguas y clásicas expresan formas análogas de resistencia y lucha contra la muerte. Tanto el extendidísimo amor post mortem como el horaciano non omnis moriar, caro a Gutiérrez Nájera, ponen de manifiesto la comprensible fe de quien, rechazando las crueles evidencias de la extinción total del individuo, busca en la emoción y la belleza un refugio desesperado. En términos literarios, es en este contexto donde, más allá del significado religioso que pueda concedérsele, se inscribe la historia evangélica de Lázaro.
En plena guerra española, el 10 de noviembre de 1937, César Vallejo fechó uno de sus mejores poemas: “Masa”, recogido en España, aparta de mí este cáliz. Es el relato ejemplar de un combatiente muerto en la batalla. No habiendo resucitado ante la súplica de un hombre que le dice: “¡No mueras, te amo tanto!”, ni ante otros dos, ni ante “veinte, cien, mil, quinientos mil”, ni ante “millones de individuos”, el soldado reacciona finalmente ante la súplica común de todos y cada uno de los hombres.
Tan sólo en castellano, la lista de poetas modernos que han evocado la resurrección de Lázaro, de Jorge Guillén a Luis Cernuda, de José Ángel Valente a José Carlos Becerra, es imponente. María Victoria Atencia, en su libro titulado El coleccionista, reinterpreta el pasaje desde la perspectiva de los otros, el inmenso nosotros de todos los que no conoceremos la suerte del resucitado: “Por fiebres o despechos / o aquella agua del pozo / después de la faena, / tuvimos nuestra muerte / desde siempre aguardándonos. / Sólo tú, sacudido / del frío de la piedra, / eres confuso aquí. / Dinos en qué momento / fue la tuya, si luego / o antes del estirón / sentido en los tendones”. Por su parte, Luis Cardoza y Aragón (en cuyo nombre figuraban, ordenadas, todas las letras de la palabra Lázaro, que por lo tanto podría considerarse una especie de acrónimo) hizo del resurgimiento de la carne una conquista exclusiva de los amantes: “Contigo quiero derrocar la muerte / Con tu abrazo sin lindes / Dormida a mi lado soñando como un río / […] Codicio estar despierto / Los párpados cortarme de mis ojos abiertos”.
El interés de Cardoza y Aragón por la figura de Lázaro es, de cierto modo, el mismo de Jorge Fernández Granados, que publicó en 1995 un libro llamado Resurrección. La victoria sobre la muerte, para Fernández Granados, también es potestad intransferible de los amantes. Del “fino fermento de la luna” los enamorados destilan “una oración / que [les] da, grávidos de muerte, su pureza más atroz”.
Discípulo sutil de Bonifaz Nuño, Fernández Granados concibe una forma estrófica (en su caso, una octava de rimas asonantes y versos de diecisiete sílabas) que, dispuesta en cuatro secuencias de doce momentos cada una, le sirve para ejecutar el poemario en su conjunto. Tal vez en la métrica y la estructura general de Resurrección haya claves herméticas en espera de ser descifradas (como las hay en La flama en el espejo y As de oros, de Bonifaz). O tal vez no haya nada que descifrar y todo quepa en un puñado de palabras: “No me acompañes a la muerte, carne”.
Benavente. Linterna. Acuarela, tinta y lápiz. 15 x 9 cm. 2009.
Quienquiera que haya traducido o tratado de traducir una obra literaria sabe que algo se pierde y algo se gana en el traslado. Si escribir es difícil, a veces traducir es aún más arduo. E. M. Cioran, el célebre escritor francés de origen rumano, sentenció categórico que “se necesita más reflexión para traducir que para crear.” En el último siglo México ha tenido un buen número de notables traductores: Alfonso Reyes, Octavio Paz, José Vázquez Amaral, Jaime García Terrés, Sergio Pitol, José Emilio Pacheco, Salvador Elizondo, Selma Ancira, por nombrar sólo algunos. A ellos se suma Enrique Servín (Chihuahua, Chihuahua, 1950), en cuya persona se entreveran el escritor y el políglota que con igual solvencia escribe poemas y traduce del árabe a Ibn Arabi, a Denise Levertov del inglés, a Tadeusz Rozewicz del polaco, a Anna Ajmátova del ruso. Asimismo es un notable traductor del náhuatl, el tarahumara y otras lenguas originarias de México. Para hacer visibles asuntos que no solemos advertir quienes leemos en traducción, Alejandro Merlín lo entrevista sobre su acercamiento a otras lenguas, su labor de traductor, su relación con la poesía y el lenguaje.
Alejandro Merlín: Como poeta, ¿cuándo descubirste el amor por esta vocación?
Enrique Servín: Tuve la buena suerte de crecer junto a dos mujeres que eran grandes recitadoras: mi abuela Julia Sánchez-Pareja y su hermana mayor, Dominga. Tenían gustos diferentes, porque había entre ellas una gran diferencia de edades, casi veinte años. Mientras la tía Dominga recitaba a Amado Nervo y a Manuel de Góngora, el modernista hispano- argentino, mi abuela recitaba a Juana de Ibarbourou y a José Juan Tablada. Aprendí de memoria “Ónix” quizás a los siete u ocho años. Cuando iba a su casa y no tenía nada que hacer, mi abuela me decía: “Escribe un poema y te regalo diez pesos”. Eran unas monedas grandes, de plata. Yo me sentaba en el comedor y me ponía a garrapatear cosas horribles, muy cursis. Ella las leía y las criticaba lo más benignamente que podía, así que ese fue el primer taller literario al que asistí. Más tarde, en la preparatoria, leí a los clásicos españoles, sobre todo a Quevedo y San Juan de la Cruz, a quien descubrí en una edición pequeñita y de apariencia insignificante, en una librería de segunda. No tenía ni idea de lo que iba a encontrar en esas páginas. Allí entendí lo que es la gran poesía, el deslumbramiento, el vuelo, la transfiguración mediante la palabra.
AM: ¿Lees a autores jóvenes? ¿Qué piensas de la poesía joven mexicana? ¿Es la poesía un arte en vías de extinción?
ES: Leo lo que puedo, sin importarme la generación a la que pertenece tal o cual autor. Hojeo los libros en donde los encuentro y, si algo me gusta, los compro y los leo. Pero cada vez encuentro menos tiempo para dedicarlo a la lectura y, por fortuna para la literatura, también cada vez menos tiempo para escribir. Además coordino dos talleres literarios y eso me quita energía. No tengo armado ningún panorama de la literatura más reciente, ni siquiera de mi generación. Creo que en México estamos muy enfrascados con las poéticas vanguardistas y post-vanguardistas, seguramente debido al peso enorme que tuvieron la figura de Octavio Paz y su grupo de seguidores, y no sé si esto sea algo sano para nuestra literatura. No ocurre así en otros países, en donde la post-modernidad ha hecho convivir poéticas muy diferentes entre sí. Pienso en los Estados Unidos, donde coexisten poéticas del lenguaje y poéticas de la experiencia; donde florecen la tradición académica, el experimentalismo, la etnopoesía. Admiro y hasta releo, eso sí, a algunos poetas más o menos jóvenes, por ejemplo a Julián Herbert. Pero confieso que, debido a mi afición por los idiomas, por lo general me concentro en tratar de conseguir la obra de poetas de otras tradiciones del mundo. Hay grandes, enormes vetas allí, tanto antiguas como contemporáneas. Traduzco, como diría Manuel Bandeira, de manera bisiesta. Lo hago, con algunas excepciones, por mero placer, sin más motivación que deleitarme (y a unos cuantos) con el lenguaje. Y no, la poesía no está en vías de extinción (salvo que todo pareciera estarlo). Y no lo está porque la poesía no es una moda, ni un producto comercial, ni un desarrollo tecnológico, sino que surge de una forma particular y necesaria de la experiencia, y cristaliza en una forma necesaria y poderos de la expresión. La poesía es, a pesar de lo que parezca, necesaria. Muy pocas manifestaciones culturales se mantienen tan frescas con el paso de los siglos. Los poemas de Catulo parecen escritos ayer; los de Du Fu siguen conmoviendo, incluso a través de malas traducciones, en sociedades muy diversas, en mundos que ni siquiera existían cuando Du Fu los escribió. Esa es la magia de la poesía, del lenguaje.
Benavente. Re-Lectura, acuarela y lápiz. 16 x 7 cm. 2009
AM: Eres conocido por dominar varias lenguas y por saber tantas otras. ¿Qué significa para ti conocer una lengua?
ES: Habría, primero, que acotar enfáticamente el sentido de la expresión “dominar una lengua”, ya que nunca se llega a dominar una segunda lengua al mismo nivel, o de la misma forma, que la lengua materna. La situación es algo paradójica pues, como bien se ha dicho, el principal obstáculo para aprender una segunda lengua es nada menos que nuestra primera lengua. La lengua materna nos enseña a taxonomizar el mundo y a procesar mentalmente esa taxonomía desde un inventario específico de elementos fonológicos, silábicos, morfosintácticos, léxicos, semánticos, pragmáticos. Se ha dicho incluso que ese primer sistema de mentalización, aprendido desde la época en que comienza a forjarse nuestra psique, influye en la conformación y maduración de nuestra corteza cerebral. De modo que cualquier lengua que se aprenda después, se aprenderá necesariamente desde ese inventario, esa primera lengua que actúa, entonces, como un obstáculo, porque continuamente interfiere en todos los aspectos y dimensiones de la lengua que se intenta aprender. Un hablante nativo del castellano que hable italiano tenderá a decir simplemente “vado alla Chiesa” (y lo dirá, por lo general, con acento extranjero, sin marcar la “ele geminada” o la “ese sonora”). Pero en italiano hay una diferencia, al nivel del significado, entre “vado alla Chiesa” (“voy a tal iglesia”) o “vado in Chiesa” (“voy, como de costumbre, a la iglesia”), diferencia que en castellano, como vemos, se expresa de una manera un poco más profusa. Dicha por un hablante de castellano, “vado alla Chiesa” corre el riesgo de ser una frase ambigua o equívoca. Hablamos un segundo idioma, con frecuencia, desde los impulsos profundos de nuestra lengua materna, que yace agazapada, descansando en los estratos más oscuros de nuestra mente. De manera que los políglotas tenemos algo de fraudulento. Hecha la aclaración de que realmente uno nunca “domina” por completo una segunda, o tercera, o enésima lengua, te contesto que hasta los meros acercamientos, hasta los simples intentos de conocimiento de una o varias lenguas ajenas han sido para mí experiencias fascinantes desde muchos puntos de vista. Una lengua ajena, por supuesto, te abre universos sociales y culturales nuevos, que antes te estaban más o menos restringidos, te permite comunicarte con más personas, acercarte a otras sociedades, viajar con mayor facilidad. Pero antes que nada, como acabo de mencionar, un idioma es un sistema para concebir y procesar de determinada manera el cosmos, las sensaciones, las emociones, el cuerpo, la sociedad, el mundo físico, el imaginario colectivo, la cultura material. Cada idioma hace esto de manera diferente, y esas diferencias unas veces son sutiles y otras abismales. El ir descubriéndolas es apasionante, porque esas diferencias dicen mucho de cada cultura. Idioma y cultura son aparatos correlativos. A través de los diferentes idiomas uno descubre que el conocimiento humano es multiforme, increíblemente diverso y, con frecuencia, también relativo. Por otra parte, una lengua es también el mecanismo que la hace ser funcional, es su motor gramatical, y el panorama de las lenguas del mundo ofrece ejemplos interesantísimos: desde las fantásticas morfologías del chinook hasta las lenguas casi desnudas de morfología, que son casi solo sintaxis, como el chino. Pero además una lengua es la materia prima de un pensamiento, de una literatura, y quizás hasta de una música determinada. La traducción de textos filosóficos recurre con frecuencia a la inclusión, en el texto ya traducido, de determinados términos que se quedan en el idioma original, porque sus campos semánticos no coinciden con sus equivalentes en la lengua meta, de manera que lo mejor es dejar la palabra original y aceptarla como un préstamo indispensable. A otro nivel, es evidente que la estrofa de San Juan de la Cruz: “Mi amado, las montañas, / los valles solitarios nemorosos / las ínsulas extrañas / los ríos sonorosos / el silbo de los aires amorosos”, que imita el sonido del viento al vuelo de un ave, fue posible gracias al castellano desde el que fue escrita, y es un idioma muy rico en sonidos sibilantes, pero esa imitación (y esa estrofa) hubiera sido imposible en un idioma como el hawaiiano, que no tiene ninguna consonante de esta naturaleza. Y uno podría especular si las diferentes tradiciones musicales populares no están determinadas, o por lo menos muy influidas, por las estructuras silábicas y prosódicas de los idiomas en cuyo contexto surgen. La música popular por lo general está compuesta para cantar determinado texto, en cierto idioma; pensar en el rock, por ejemplo, como un producto en el que influyó la estructura fonológica y silábica del inglés, con su tendencia al monosilabismo y sus ritmos condensados y rápidos. Disfruto enormemente este lado material del lenguaje. Me fascinan los idiomas hasta por su mera musicalidad: la riqueza vocálica del francés; el sonido arenoso y uniforme del enlhet; la impronta, al mismo tiempo ruda y majestuosa, del georgiano, o del árabe clásico, o del tigriña. Para mí no hay lengua desagradable. Con un poco de atención descubro tal o cual aspecto que me interesa o me fascina, en el idioma que sea.
Benavente. Desacuerdo. Acuarela y tinta. 11 x 15 cm. 2009.
AM: ¿Cómo se hace para aprender tantos idiomas?
ES: Lo único que se necesita es interés, esfuerzo y el tiempo indispensable para dedicar ese esfuerzo a ese interés. Tal vez también algo de habilidad mímica y hasta mimética, porque un idioma no es sólo gramática y vocabulario, sino también pronunciación, entonación y lenguaje facial y corporal. No siempre es fácil juntar esas cuatro cosas. Es cierto que la “primera segunda lengua” que se estudia es la más intimidante y la que más difícil parece. Pero después de la tercera o la cuarta uno empieza a desarrollar cierta agilidad, además del hecho de que una segunda lengua puede constituir un apoyo mnemotécnico para aprender una tercera, si es que ambas están emparentadas. Un idioma determinado constituye una clave importante para “aprender” (insisto en la relatividad de este término, cuando se habla de segundas lenguas) otros idiomas de la misma familia lingü.stica, y esto es algo que deberían tener en cuenta los interesados en estudiar idiomas al diseñar su propio plan de estudios. Si uno estudia árabe, después le resultará mucho más fácil estudiar hebreo, arameo, ge’ez o amhárico, porque todos ellos pertenecen a la familia semítica. Si estudia polaco, después podrá estudiar con menor esfuerzo el ruso, checo, serbio, búlgaro o cualquier otro de la rama eslava. Con respecto a los métodos, creo que los mejores son los llamados “de inmersión total”, aunque tienen la desventaja de que uno debe pagar por ellos. Yo soy más bien un autodidacta. Con frecuencia, por mi interés en las literaturas, he seguido el método de las “lecturas corridas”, diseñado, o propuesto, por el gran Mauricio Swadesh, y que podría resumirse así: uno consigue un texto interesante, en la lengua que desea aprender, y al mismo tiempo una buena traducción en castellano; luego los compara y subraya las palabras y expresiones que va identificando. Después lo relee varias veces y continúa con el proceso hasta poder, después de un tiempo, leerlo más o menos de corrido. Pero hay que enfatizar el hecho general de que cada método logra desarrollar determinadas competencias lingü.sticas; el de inmersión total es útil para lograr habilidades de comunicación oral-auditivas; el de lecturas corridas sirve para lograr habilidades de lecto-escritura. ¿Qué más? Hay que ser constante, tanto en el estudio como en la práctica, hay que leer y hablar lo más que se pueda. El advenimiento del internet ha resultado una verdadera maravilla. Por lo demás, te puedo asegurar que en realidad es mucho más fácil de lo que parece, y que el prestigio que da el conocimiento de varios idiomas es inmerecido. Se basa casi únicamente en el ejercicio de la memoria, ya se sabe, es la inteligencia de los tontos.
Enrique Servín. Autorretrato.
AM: ¿Podrías narrarnos un poco tu historia personal con distintas lenguas e idiomas?
ES: El primer recuerdo que guardo relacionado con los idiomas es un ademán de mi madre. Yo tenía cinco o seis años. Ella señalaba la luna repitiendo en voz baja “moon”, con esa vocal larga y suave de la palabra en inglés. Poco después se mudaron a vivir cerca de nuestra casa unos italianos de apellido Guglielmina. Regañaban en italiano a sus hijos, quienes les contestaban indistintamente en italiano o en castellano. Un día le pregunté a mi papá que cómo era posible eso y me respondió que para ellos el italiano era “tan natural y tan entendible” como para mí el español. Quedé muy impresionado con eso. Poco después me hice amigo de esos niños y comencé a tomar notas en un cuaderno para recordar el significado de las palabras que iba aprendiendo en su casa. Así, el italiano fue mi primer “segundo idioma”. Mi madre vio mi interés y comenzó a enseñarme francés. Poco después Jean Louis Silvy, entonces director de la Alianza Francesa, me becó generosamente para tomar un par de cursos ahí, que después seguí por mi cuenta. Luego estudié ruso, a través del inglés, ya que los manuales que conseguía estaban casi todos en esta última lengua; si me encontraba con palabras o expresiones que no entendía se las preguntaba a mi abuela, que había vivido de joven en los Estados Unidos. Comencé a estudiar inglés por razones prácticas, como lengua auxiliar para estudiar otras lenguas. Descubrí que se trataba de un idioma riquísimo, flexible e inteligente, con su vocabulario exorbitante y la sutileza que le confiere su inusual sistema de modificadores verbales, que hacen que un verbo se desdoble en muchos otros, funcionando como una especie de pequeño sistema solar: move in, move out, move along, move about, move away. Empujado por la fascinación imparable que pueden provocar, siguieron otras lenguas: tarahumara, maya, árabe, alemán, persa, catalán, maltés, sueco, malayo-indonesio, portugués, swahili, polaco. Fascinación con desventajas: entre más idiomas estudies, menos profundizas en ellos. Las anécdotas van de lo trágico a lo cómico. Hace dos años el tinaco de mi casa se descompuso y los pisos de mi biblioteca (dos cuartos llenos de anaqueles y pilas de libros acomodadas por todas partes) se anegaron por completo y los libros quedaron inservibles. Me dolía tirarlos a la basura. Los dejé en la banqueta por si alguien se interesaba en ellos. Los días que siguieron vi a los transeúntes, extrañados, tratando de hojear el Kalila wa Dimna en árabe, la Egils Saga en islandés y el Ramayana de Valmiki en sánscrito, entre muchos otros libros y otros idiomas. Algo como para llorar. En otra ocasión, en los Ángeles, California, un amigo estadounidense fue a visitarme al centro comercial japonés donde yo trabajaba. Mientras platicábamos, llegaban turistas a pedir información, y yo les contestaba en francés, italiano, portugués y en otros idiomas —con errores, se entiende, pero eso no lo nota quien no los ha estudiado—. En eso llegó una pareja asiática y hablé con ellos en indonesio. “This is witchcraft!” interrumpió mi amigo, “That’s why we had the Spanish Inquisition!” (“¡Esto es brujería!: ¡Para algo existía la Inquisición Española!”). Tal vez lo más gracioso que me ha pasado con los idiomas fue una ocasión en la que descubrí una librería: “Tibet. Libros Orientales”. Con la estúpida esperanza de encontrar en este país un manual de tibetano entré a curiosear en los estantes. El dueño me preguntó qué buscaba. Le dije que un método o una gramática tibetanos. Con naturalidad me respondió: “No tenemos esa clase de libros aquí, pero le voy a dar el teléfono de un especialista en tibetano y sánscrito que vive en Chihuahua”. Sacó su libretita y en un papel me anotó los datos. Tomé el papel muy entusiasmado pero luego, para mi sorpresa, leí: “251-85-06…, Enrique Servín”. “Mire usted”, le contesté muy serio, “Este hombre es un impostor y puedo asegurarle que no sabe ni una palabra de sánscrito, mucho menos de tibetano”. “¿Lo conoce?”, “sí, señor”, le contesté, “me temo que sí lo conozco”. Como quien dice: “…Yo soy Garrick. Cambiadme la receta”.
AM: ¿Qué pesa más para el que elige estudiar una lengua, la tradición literaria o el descubrimiento de una lengua minoritaria?
ES: Para un fanático de los idiomas, pueden pesar lo mismo. Utilizas “descubrimiento” en un sentido figurado, supongo, es decir: la revelación de una lengua minoritaria. Esta revelación puede ser tan atractiva y tan poderosa como el acceso que alguno de los grandes idiomas nacionales dan a determinada tradición literaria. Sobre todo si el idioma minoritario tiene un significado particular en el panorama, más amplio, del rompecabezas lingüístico del mundo, o si tiene características únicas, de la naturaleza que sean, en ese mismo panorama.
El oficio de lingüista
AM: ¿Por qué te interesaste en la lingüística?
ES: Yo me interesé más bien en la antropología lingüística, porque nos ayuda a comprender la relación entre cultura y lenguaje, y también las razones del porqué del ascenso y la caída de los idiomas. Actualmente vivimos un acelerado proceso de erosión del patrimonio lingüístico mundial. Factores de tipo económico, demográfico, político y, sobre todo, educativo, están desplazando a la mayoría de los idiomas no nacionales del planeta y poniéndolos en riesgo de desaparición al corto o al mediano plazo. La mayoría de ellos no están lo suficientemente estudiados, y ni siquiera lo suficientemente documentados. Si esta desaparición llega a consumarse, habremos presenciado una de las peores catástrofes culturales de la historia, algo parecido a la destrucción de las civilizaciones del México Antiguo, o a la quema de las grandes bibliotecas. Un idioma, hay que repetirlo, es un sistema de pensamiento y una red de conocimiento. Y así como se dice que “dos cabezas piensan mejor que una”, así debería decirse que “dos idiomas piensan mejor que uno”, y también que “dos culturas piensan mejor que una”, ya que —y otra vez me repito— idioma y cultura son aparatos correlativos, las dos dimensiones de un mismo espejo. De manera que resulta indispensable entender cabalmente cómo operan los procesos de conflicto y desplazamiento lingüístico, si es que queremos salvar de la hoguera esas bibliotecas inmateriales que son los idiomas. En concreto, yo he estudiado las dinámicas de conflicto lingüístico en las comunidades tarahumaras urbanas, que muestran características muy interesantes. Pero se trata de procesos sociales, y los procesos sociales son, con frecuencia, sumamente complejos y muy difíciles de ser entendidos desde una sola perspectiva.
AM: ¿Podrías platicarnos qué has aprendido del estudio de las lenguas indígenas como lingüísta? ¿Y como traductor? ¿Como poeta?
ES: Como estudiante de idiomas indígenas he aprendido —por lo menos en el caso del estudio del tarahumar— a ver a mi familia al mismo tiempo más abigarrada y más horizontal. El sistema de parentesco en tarahumar es muy diferente al nuestro; he aprendido a pensar desde los verbos, no desde los sustantivos, y desde la inclinación específica de cada llanura o cada ladera, y no desde los cuatro puntos cardinales, como lo hago en castellano; he aprendido también a expresar matices semánticos complejos, que el castellano marca con diferentes verbos auxiliares, de manera muy sintética y de un solo golpe. Como traductor he participado en el ejercicio de esta disciplina, de por sí difícil, en uno de sus escenarios más arduos, más extremos, porque las asimetrías conceptuales entre un idioma indígena como el tarahumar y otro global, como el castellano, son abismales, de manera que una traducción “desde” o “hacia” un idioma indígena es casi necesariamente una adaptación, o una variación. Como poeta he presenciado el proceso fascinante por el que nace una literatura escrita, una tradición poética escrita, incluso en las peores condiciones, desde la miseria material de las comunidades tarahumaras; primero generando materiales para introducir la escritura en las escuelas, después rescatando la tradición oral y, por último, ensayando y adaptando modelos provenientes de la cultura nacional y mundial, enriqueciéndolos con la visión indígena y con la materia prima de la lengua indígena. Este último proceso me ha llevado a conocer gente extraordinaria: gobernadores tradicionales, sacerdotes del peyote, narradores que, desde aldeas llenas de carencias y problemas, son nada menos que, como quería Pound, los voceros de la tribu, los guardianes de la palabra ancestral
El oficio de traductor. La traducción de poesía
AM: ¿Qué se pierde y qué se gana cuando setraduce poesía?
ES: Es difícil contestar a esa pregunta, porque el texto original y la traducción son dos realidades diferentes, dos entidades que funcionan por separado. El espacio en el que algo se pierde y algo se gana está en el proceso mismo de la traducción, , porque la traducción es el arte del sacrificio y la compensación. Si esto es evidente en el caso de dos idiomas tan parecidos como el castellano y el portugués, la situación es más tensa en el caso de idiomas y tradiciones muy distantes la una de la otra. La traducción nos enfrenta a problemas vinculados con la sonoridad externa del texto, en prosa o en verso: asonancias, efectos determinados por motivaciones semánticas, ritmos específicos. Con frecuencia es difícil lograr equivalencias a todo esto en la lengua meta. Nos enfrenta también a decisiones vinculadas con la elección de términos, de equivalencias semánticas. Y esto se complica de múltiples maneras, ya que un significante se desdobla en múltiples niveles de signi-ficación. Para los japoneses la rana se asocia con la primavera, para los europeos con el folklore de los gnomos y las brujas. ¿Qué hacer con eso a la hora de traducir un haikú? Algo parecido ocurre con las menciones de mitos o personajes emblemáticos, que con frecuencia no se entienden fuera de sus respectivos ámbitos culturales. El traductor frecuentemente tiene que sacrificar y compensar. Esto nos da una idea de la dificultad que implica una traducción literaria, y también de la situación de injusticia a la que por lo general se enfrentan los traductores, siempre menospreciados y criticados, como lo expresa de manera proverbial el aforismo italiano: “traduttore, tradittore”. En la mayoría de los países el nombre del traductor ni siquiera aparece en las portadas de los libros, y sólo en muy pocos lugares se avanza en la construcción de una cultura literaria en la que el traductor sea apreciado como lo que en realidad es: un creador por sí mismo. Tal “traición” no existe en realidad; lo que existe son dos textos diferentes, vinculados, en una relación causa y efecto, pero diferentes por lo menos debido a tres razones esenciales: están creados por motivaciones distintas, son estructurados siguiendo estrategias diferentes y están escritos en idiomas distintos.
AM: ¿Cuál es la importancia de traducir poesía?
ES: La traducción ha generado, históricamente, tradición civilizacional. Un texto no traducido no influye más allá de su ámbito lingüístico original, en ocasiones bastante reducido. Homero, Dante, Villon, Baudelaire, Rimbaud, Holderlin, Pound, Eliot, Pessoa, Rilke, Ekelöf, han influido poderosamente en el dilatado ámbito la tradición occidental, y lo han hecho desde la traducción. Du Fu, Li Bai, Wang Wei, Li Ching Zhao, Bai Chü Yi, Matsuo Basho, han influido poderosamente en la tradición del lejano oriente, y el proceso se ha dado igualmente mediante la traducción. Creo que no es necesario decir más. La traducción es esa supuesta “traición” sin la cual no habría tradición.
AM: ¿Y cuál es la importancia de traducir de nuevo a los escritores de siempre? ¿Tiene algún sentido particular?
ES: Por supuesto que sí. No seré el primero en decir que cada generación necesita sus propias traducciones, puesto que el lenguaje cambia rápidamente. Una traducción es producto de un ámbito social y cultural específico, de un momento determinado en el devenir de una cultura. También es producto de la habilidad y la sensibilidad de un traductor, aunque abundan los malos traductores. Además cada nueva traducción de un viejo texto añade algo al corpus de una literatura. ¿Qué conocedor de Dante no disfruta comparando las diferentes traducciones de la Divina Comedia? La comparación de las traducciones de grandes textos es un ejercicio interesantísimo, porque las diferencias entre las diversas traducciones evidencian cambios en los intereses y la sensibilidad de la época que las produjo. Pienso en el conocido ensayo de Borges sobre los traductores de las Mil y una Noches, que explora, de alguna manera, este tema. En cualquier caso, los traductores seguirán traduciendo una y otra vez lo que quieran, porque, antes que nada, y como cualquier otro género de la creación artística e intelectual, la traducción es también una vocación y una pasión.
AM: ¿Cómo funcionan las técnicas poéticas en otros idiomas de otras familias lingüísticas? Esto es, técnicas como la retórica, la métrica, y formas como el soneto.
Benavente. Restos, acuarela, collage y lápiz. 13 x 16 cm. 2009
ES: Hay grandes diferencias entre un ámbito lingüístico o civilizatorio y otro, y el tema es tan vasto y tan complejo que existe una amplísima bibliografía sobre él. Nuestra prosodia, por supuesto, es principalmente acentual. Lo que se busca es construir columnas acentuales que determinen el ritmo externo, sonoro, del poema: cuarta y décima, sexta y décima, etcétera; también se han explotado en castellano otras formas de armonías sonoras no basadas en la acentuación (y está el verso libre). En el Oriente Medio, como ocurrió en Grecia y Roma, la prosodia se basa en la combinación armoniosa de sílabas largas y sílabas breves, siguiendo también patrones combinatorios tradicionales. Para quienes hablamos idiomas que no muestran oposición fonémica entre vocales largas y breves, es difícil percibir o apreciar esta prosodia (Borges se lamentaba de no poder apreciar la poesía en latín por no saber escandirla, pronunciarla según la longitud de las sílabas), pero un iraní o un iraquí corregirán enfáticamente a un estudiante que no marque lo suficientemente bien, a la hora de recitar, una sílaba larga: “laqad Sáara qálbiiqáabilan kulla súuratin / fa már’an li ghizláanin, wadáyrun li ruhbáanin / wa ká’batun táayifin / wa ‘alwáaHutawráatin / wa múSHafu qur’áanin”, (“Mi corazón se ha vuelto capaz de adoptar todas las formas / y es pasto para las gacelas y convento para los monjes / y Kaaba para los peregrinos / y las tablas de la Torah / y el manuscrito del Corán”, el inicio de una de las odas de Ibn al-Arabi). Es impresionante. En el Corán hay también versos que le ponen a uno la carne de gallina, por ejemplo en la “Azora de la Gente”, y que explican el efecto hipnótico que produjeron en los primeros conversos. El chino, siendo un idioma tonal, desarrolló esquemas de rimas tonales, que se repiten en varios versos y confieren extraordinaria musicalidad a la poesía china, algo a lo que los traductores de poesía china al castellano deben renunciar de manera definitiva. Los persas, y bajo la influencia de estos últimos, los georgianos, desarrollaron además recursos muy inusuales en otras tradiciones, como el calambur: “Mephisa mzis Thamarisa, ghaqv-badaxsh, Thma-gisherisa/ mas, ara vici, shevhk’adro shesxma xot’bisa, she, risa” (“de la Reina sol, Tamara, la de mejillas del color de rubíes, la de negros cabellos / de quien no sabré hacer la múltiple alabanza”, del “Vephxist’q’áosani”, “El Caballero con la Piel de Tigre”, de Shotha Rusthaveli). En la poesía antigua anglosajona fue común la aliteración, y poetas como Gerald Manley Hopkins intentaron revivirla. Otras tradiciones se han concentrado en la búsqueda de ritmos internos, semánticos, como es el caso de la poesía maya clásica, con su amplio desarrollo del difrasismo y el paralelismo. El guatemalteco Luis Sam-Colop, fallecido hace apenas un par de años, publicó una edición del Popol Vuh en el idioma quiché, de acuerdo al manuscrito que se guarda en la Biblioteca Newberry, disponiendo gráficamente el texto de acuerdo a estos recursos y demostrando que se trata, básicamente, de una obra en verso. Los poetas mayas contemporáneos, por ejemplo la campechana Briceida Cuevas Cob, han explorado también recursos como la aliteración, y creo que con excelentes resultados.
AM: ¿Cómo estimas la tradición de la poesía indígena?
ES: Si te refieres a obras como los Cantares de los Señores de la Nueva España, o el Popol Vuh, como monumentos literarios pertenecientes a la gran tradición universal. Si te refieres al resurgimiento contemporáneo de las literaturas escritas indígenas, como
uno de los fenómenos culturales más interesantes y significativos de los últimos cincuenta años, tanto en México, como en algunos otros países de América Latina, aunque su panorama sea todavía algo confuso y se trate de un movimiento con frecuencia frágil y vulnerable. Aunque cabría añadir que esa vulnerabilidad la comparten en buena medida con los movimientos poéticos nacionales, si hemos de ser honestos. ¿Quién lee poesía en México?
AM: ¿A qué se ciñe el concepto de poesía en el mundo indígena?
ES: Varía de cultura a cultura, pero por lo generalen el mundo indígena tradicional, rural, el conceptose limita casi por completo a la canción y a la plegaria,que no son géneros desprovistos de sofisticación. Enlos ámbitos indígenas más vinculados con las culturasnacionales, cada vez es más común el concepto depoesía como algo independiente, desvinculado de lamúsica, en donde la palabra debe conducir por sí mismahacia la experiencia estética. Los términos utilizadosen algunas lenguas son bastante significativos.En tarahumar “poesía” se dice o “wikaráliame”, quesignifica “canción”, o “amachíkiame”, que significa“rezo” o hasta “enseñanza”. En náhuatl se utiliza hastala fecha el término clásico “xochichuicatl”, “cantoflorido”. Y en maya el término más usual es “k’aayil”que también significa “canto” o “canción”.
AM: ¿Nos podrías también explicar esa palabra en otras lenguas?
ES: Es interesante. Y hay que partir del hecho de que, en griego clásico, la palabra “poíeesis” no se refería exclusivamente a lo que ahora entendemos por “poesía”, sino que abarcaba cualquier otra forma de creación, de manera que el concepto moderno es una construcción posterior. “Poíeesis” significaba simplemente “creación” o “hechura”. En árabe la palabra para poesía es “shi’r”, que es un derivado de la raíz “sh’r” (recordemos que en árabe las raíces son hipotéticas y se expresan tan sólo mediante consonantes) que significa “percibir”, “ser sensible a algo”. De manera que, literalmente, “shi’r” significaría algo así como “percepción” o incluso “sentimiento”, aunque en el lenguaje clásico y moderno se traduce simplemente como “poesía”. En chino el asunto es más complejo, porque existen diferentes términos para “poema” o “poesía” (ci, shih, fu, jintishi), segúnla forma y el contenido del texto, debiendo aclarar que en China el divorcio entre la música y la poesía se dio mucho más tardíamente que en la Civilización Occidental. El mundo es ancho y ajeno, pero debido a la enorme expansión que tuvieron las civilizaciones europea, china y árabe, muchas otras lenguas derivaron sus términos para “poesía” de estas fuentes, de manera que en japonés “poesía” se dice “shi”, en swahili se dice “ushairi”, y en malayo se dice “puisi”. Qué le vamos a hacer.
Benavente. Línea de montaje, acuarela y lápiz. 11 x 8,6 cm. 2009
…sobre las vías nevadas del tren que se aproximaun hombre y una mujer hacen el amor.
Toma en consideración, alma mía, este tejido obstinado y apacible:conforme ella asciende y desciende sobre él entre los aires,
él la desea y no la desea, la deseacon la promesa de tal plenitud.
Toma en consideración el tren que se aproximacuyo conductor toca el silbato, la campana, y grita
negándose a creer que están sordos.Toma en consideración, alma mía, la sordera,
y ese hombre, su vehículo terrenal.El tren se detiene, el conductor susurra:¡Ojalá te saques la lotería y gastes hasta el último centavo en médicos!La mujer se alisa el abrigo, y suelta la carcajada:“Uno de los dos tenía que detenerse primero, señor. Yo no podía.”
El manifiesto de los sordos
En la Plaza de Vasemblye nos ordenan sentarnos sobre las manos. Al sorprendernos firmando, nos arrestan. Nos encontramos en los baños públicos para tocarnos cuellos y gargantas, cerramos las puertas, encendemos las linternas, y firmamos. La mano sorda funciona como boca; el pulgar, como lengua; los dedos son labios.
Las prisiones de la Calle Tedna se conocen como “Centros de Fomento a la Audición de los Sordos”. Los oficiales dicen que nuestro arresto detendrá la epidemia. Sospechan que carecemos de habla; el habla, la única barrera que los separa de los animales. El colonialismo mueve la boca: a los niños se les prohíbe guardar silencio antes de que el habla les presione los labios. Ellos abren los labios. Nosotros movemos las manos. Los seres humanos necesitan el silencio, pero no lo toleran.
Estás vivo, repito a mis adentros, por lo tanto hay algo dentro de tique escucha,
algo corre por la calle cuesta abajo, se cae, no puede levantarse.Corro, etcétera, con piernas y manos, etcétera,corro por la calle Vasenka, etcétera, en sólounos minutos se conforma un hombre.