Tierra Adentro

Desde la librería Educal en la ciudad de Morelia se impulsó l Primera Jornada Multidisciplinaria de Arte Actual. Su organizadora, Yunuén Guzmán, una activa gestora cultural y librera, logró reunir la creación de colectivos y artistas emergentes de su estado.

 

El día que Yunuén Guzmán (Morelia, 1984) se reunió con un grupo de jóvenes artistas en un conocido café del centro histórico de Morelia, Michoacán, para elaborar el programa de lo que sería la Primera Jornada Multidisciplinaria de Arte Actual, las condiciones ya estaban dadas para conseguir algo que esta librera y nata gestora cultural ha perseguido desde tiempo atrás: promover la lectura. Y es que cuando la jornada llegó a su fin, Guzmán estaba más que se satisfecha. Arropada por un grupo de artistas, abrió las puertas del Centro Cultural Clavijero, un espacio que en su corta existencia pocas veces ha amparado una muestra de estas características: heterogénea, joven e incluyente de proyectos institucionales e independientes, así como de iniciativa privada. Dentro de las actividades se presentaron títulos de autores michoacanos editados por el Programa Cultural Tierra Adentro, la revista del mismo fondo, la editorial digital Manuvo, la revista Monocromo, los sellos discográficos Piramdrecords, y las actuaciones de músicos como Minadedrama, Park, Juan Sebastian Lach y César Arceo. Una masa heterogénea que tuvo sus orígenes en la literatura.

La pasión de Yunuén se fundamenta en lo literario y lo editorial: desde su trinchera en la librería Educal de Morelia se ha dado a la tarea de acercar a los nuevos lectores obras de reciente creación, editoriales en ciernes y propuestas que la obligan a ir más allá del libro y sus orillas.

“Debería explicarte mi gusto por la tienda”, dice Guzmán cuando se le cuestiona por su interés por realizar este tipo de actividades: “creo que todo parte de ahí. Cuando estoy en la tienda trato de buscar todas las maneras en las que puede funcionar mejor. Ese es el oficio real de un librero, que sobrepasa los límites del mostrador, del programa de búsqueda rápida por autor, título, tema, editorial, entre otros. Yunuén se aferra a la vieja ocupación del consultor libresco que escucha (e intuye) las preocupaciones e intereses de sus clientes. “Yo no podría esperar a que la gente entrara a la librería nada más y que ellos mismos escogieran sus cosas, porque entonces: ¿dónde está el amor por el trabajo?”, explica. “Pienso que nuestra chamba es enterarnos: leer, conocer, informarnos de todas las editoriales nuevas. Ese es el primer paso. El segundo es hacer promoción correcta a los libros y qué mejor si lo puedo hacer uniendo a diferentes artistas,” concluye Guzmán.

No es fácil, las modas literarias van y vienen y las lecturas por Internet hacen más difícil el acercamiento a la letra impresa. Pero ambos obstáculos, modas y formatos emergentes, se sortean con un mismo interés por lo diverso, por lo otro. De ahí que el conocimiento de la librera no sólo esté en lo meramente editorial, sino en lo que pasa con la ciudad, con lo que consumen y hacen los jóvenes. Además de apoyarse en esas mismas plataformas cibernéticas para promover la literatura. “Me da mucho gusto que, por ejemplo, con Facebook, cuando hacemos recomendaciones a través de esta plataforma, pronto llega gente muy joven; eso me permite medir qué es lo que quieren.”

Más allá del libro

Realizar su ejercicio de librera a cabalidad no es la mejor de las facetas de Yunuén Guzmán. La organización de la Primera Jornada Multidisciplinaria de Arte Actual es sólo una de las actividades que comprueban esta aseveración. Antes, la promotora atrajo a Michoacán la presentación de editoriales y autores, así como revistas de corte cultural. Por estas actividades no hay paga extra, hay satisfacción; que “no es lo mismo, pero es mejor”. El placer de contemplar la jornada concluida radica en la identificación de inquietudes y afinidades que existen con jóvenes de una generación emergente.

“Puedo decirte que somos una generación interesada en un solo objetivo: difundir el arte, para que así toda la gente lo tome en serio porque estamos en una especie de limbo”, explica Yunuén, y a su vez recuerda que para realizar la Jornada Multidisciplinaria tuvieron que encontrarse con los problemas habituales para tocar las puertas de algunas instituciones. Por fortuna, para su causa, el ánimo de los artistas independientes y de la iniciativa privada nunca decayó.

Por ahora una segunda jornada es imperativa. “Me gustó lo que sucedió con la Jornada de Arte Actual. Es algo que se va a recordar. Hace mucho no pasaba algo así, que no se reunían artistas de diversas disciplinas para ofrecer a la gente un evento gratuito para dar a conocer sus proyectos.

El año próximo queremos hacerlo de nuevo.” Grupos emergentes como una nueva sociedad de escritores michoacanos, artistas plásticos, músicos e intérpretes se encuentran cada vez con más facilidad en los espacios culturales de Morelia; grupos que se saben comunes en sus diferencias y que trabajan juntos para realizar encuentros, presentaciones y ediciones. Concluye Yunuén: “Hay una mezcla (artística) muy importante y ésta en particular me interesa: está surgiendo en y desde la librería y eso es un fenómeno interesante, siento que existe un punto de reunión y de fuga, pienso que en la ciudad hay cosas importantes y vale la pena que la gente las conozca.”


Autores
es poeta y periodista. Con el libro La otra bestia (2012) obtuvo el Premio Estatal de Poesía Michoacán.

La artista Fritzia Irizar oscila entre la alquimia y el tabú. Con su obra Naturaleza de imitación, encontró un motivo para observar críticamente fenómenos rituales que van desde el espectáculo político y la culpabilidad mundana hasta la idea de inmortalidad y la trascendencia simbólica.

En una compañía estadounidense llamada Infinity Diamond se fabrican diamantes a partir del carbono que se extrae del pelo natural. La creación de esta piedra preciosa tiene, entre otros objetivos, funcionar como un recuerdo postmortem que se materialice en algo más allá que las cenizas del fallecido, pues este elemento contiene todas las propiedades biológicas de una persona. Irizar utilizó este nuevo método con diversos miembros de la comunidad rarámuri, quienes donaron su pelo cuando la ayuda de organizaciones internacionales y de caridad estuvo presente en la zona durante el periodo de hambruna.

Aquí comienza el tabú: la utilización de un momento mediático y una comunidad vulnerable para generar arte; una acción que se podría interpretar como una profanación a los principios éticos de un pueblo indígena o un acto que se asemejaría a la pérdida de fuerza de Sansón, cuando Dalila lo traiciona cortándole el pelo.

Aunque el pelo, entendido como un elemento que tiene virtudes regenerativas se ha utilizado desde culturas milenarias tanto como trofeo y ornamento, como un mecanismo para la seducción y la memoria. Y el diamante, símbolo de poder, explotación y colonización es una ostentación que aún hoy en día tiene connotaciones éticas y ambiguas.

Aquí comienza la alquimia: Al transformar el pelo en diamante, la artista parte de la idea de permutación de una forma a otra desde un acto simbólico. A medias entre el trofeo y la ofrenda, el diamante representa la perpetuidad de un hecho que se rememora y se olvida. Con ello, Irizar señala las implicaciones éticas y económicas de un acontecimiento histórico desde un objeto de lujo y poder. Irizar no pretende disimular una transacción dadivosa ni ser un agente social de cambio para los rarámuris. Su intención es que el diamante se inserte dentro del circuito del arte contemporáneo como cualquier objeto de consumo y así, participe del mercado.

Este diamante consecuentemente es testimonio y documento, una especie de voto que se podría asociar a las pelotas de barro con pelo enterrado que se utilizaban en el antiguo Egipto y que eran colocadas junto con los difuntos. Una ofrenda que se convierte en una representación eterna de la inmortalidad a pesar de la inopia.


Autores
es curadora del Museo Tamayo, y miembro del consejo editorial de la revista Tierra Adentro. Tiene un máster en estudios curatoriales por el Bard College.
Fotografía: Fabian González

 

Un hombre bajo los ventiladores del metro de Budapest

queda enrejado entre luces sostenidas por alambres.

 

Horas largas

cada una arrastra un vagón de más

un carro viejo envuelto en óxido

cada hora vuelve después de la medianoche

con otro carro destartalado.

 

La soledad tiene nombre

es otro pasajero en los trenes

los rieles en el piso del túnel son dos hilos

que jalan de las marionetas

y una veintena de fantasmas boquean

para no quebrarse en el aire.

 

¿Qué haces entre las horas perdidas

entre los días inhábiles?

¿Qué haces con los vagones que van a reparación

con las sombras que se alejan detrás de ti?


Autores
es poeta. Sus libros más recientes son El club de la tortura (2005) y Hollywood (2007). Fue directora de la revista de arte, cultura y literatura Caja Curva.

De acuerdo con mi mujer no hay ningún problema con ellos, después de todo son ciegos y no salen del sótano. Para ella el verdadero problema son las latrodectus. Entiendo su preocupación, no en balde se me han escapado ciento cincuenta ninfas del terrario y si una sola de ellas consigue entrar en los ductos de aire muy pronto la estación será suya. Le explico a mi mujer que la solución es simple: fumigar. Aunque eso implicaría mover los especímenes clasificados y los racks y los frascos con los cultivos y los reactivos, y esa es la parte que no nos gusta. Sería tirar meses de trabajo, aunque también estamos seguros de que recuperaremos casi todo en pocas semanas, incluyendo nuevos ejemplares. La biodiversidad de este sitio es impresionante. Claro que no es una fauna tradicional, y hay quien dice que ni siquiera es “normal”, pero salvo el tamaño, bastante mayor, no hay diferencia con la que podría encontrarse en, digamos, un jardín.

Estudio faunístico-ecológico, distribución en la zona, hábitat, aspectos sistemáticos-taxonómicos, y especialmente material gráfico: fotografía y video. Esas son algunas de las cosas de las que nos hemos hecho cargo desde nuestra llegada. No ha sido lo único, nuestras investigaciones incluyen exámenes toxicológicos y culinarios, que han servido para determinar las propiedades alimenticias. Pero eso es otro cantar.

A mí lo que me preocupa son los palpígrados. Los encuentro malignos, con su color blanquecino transparente, su cabeza sin ojos y esa silenciosa espera que no presagia nada bueno.

Fue Emily, mi hija, quien los encontró. A sus catorce años ha desarrollado una capacidad increíble para la entomología, y de todos los miembros de la familia es ella quien ha descubierto más especies. Por ejemplo los trigonotárbidos. También ha sido quien mejor ha desarrollado algunas recetas.

Reconozco que la creatividad y avidez que muestra Emily para la cocina o la investigación me pasma en ocasiones. Fue precisamente mientras limpiaba una esquina del sótano que pensaba destinar al cebado de licosas como descubrió a los palpígrados. Eran cuatro, del tamaño de un pepino. Incluso ella que suele ser tan temeraria sintió rechazo. En circunstancias normales no me hubiera dicho nada, los habría incluido en su zoológico secreto y tal vez más tarde me los presentaría servidos en un plato, irreconocibles y jugosos, pero salió corriendo, y gritando, a buscarme. Tienes que ver esto, tienes que verlo.

Discutimos un poco: Emily decía que eran oonópidos, que suelen ser domésticos. Yo insistía en el detalle de los fémures traseros: si se tratara de oonópidos serían más gruesos, parecidos a los de un caelifera. Mi mujer guardaba silencio, nunca se ha sentido particularmente atraída por los arácnidos, lo suyo son los coleópteros. Al final Emily terminó convencida, no tuvo argumentos contra la falta de ojos y el color blanquecino que suelen presentar las especies cavernarias, pero tampoco conseguía explicarse qué demonios hacían en nuestra casa. Estuve de acuerdo, los palpígrados se caracterizan por aparecer en espacios subterráneos; pero le recordé que la faunística es siempre inexacta y que retrata más los métodos del entomólogo que la realidad tal cual es. Además señalé que éramos afortunados al tener la oportunidad de contar con nuestros propios palpígrados, ya que hasta la fecha sólo se han registrado ochenta especies en el mundo y nadie ha sido capaz de elaborar un estudio completo sobre ellos.

Eso fue lo que dijimos, pero desde entonces a nadie se le ha ocurrido sacarlos de su rincón para examinarlos. De vez en cuando alguno de nosotros baja al sótano y los observa, hay algo en sus movimientos que resulta hipnótico, pero también repulsivo, así que hemos decidido cerrar con llave la puerta del sótano e ignorar su existencia mientras no se nos ocurra qué hacer con ellos. Fingimos cuidar un tesoro entomológico, pero estoy seguro que todos, al igual que yo, se sienten perturbados con su presencia.

Franganillo, mi hijo menor, se muestra particularmente interesado en ellos. Es curioso, porque a diferencia de su hermana, el interés que había mostrado por los artrópodos y los arácnidos era nulo. Tampoco había mostrado interés por la cocina, la fotografía, la taxonomía o cualquier otra cosa de las que acostumbramos hacer aquí. Muy extraña su apatía. Hasta que aparecieron los palpígrados. Ahora veo un brillo en sus ojos que me desconcierta, por las mañanas lo he encontrado en la biblioteca tomando apuntes que luego esconde concienzudamente. Después, por las tardes, en lugar de dormir se encierra en uno de los talleres. Ignoro lo que hace ahí dentro. No es el único que de un tiempo para acá se porta raro: en ocasiones mi mujer canta una tonadilla sobre una niña coja; cuando eso pasa no me reconoce, aunque la tome por los hombros, la mire directo a la cara y la llame por su nombre. Emily parece la misma de siempre, pero basta mirar cómo enrojecen sus mejillas, su frente y sus antebrazos; basta advertir la forma en que guarda silencio para saberlo: hay algo en ella que no va bien.

Mi mujer y yo hemos dedicado los últimos años a la cocina, ha sido lo mejor. Al principio, cuando recién llegamos, éramos unos entomólogos apasionados y todo eso. Nada importaba más que la búsqueda de la verdad. Supongo que fue así durante unos años. Era fascinante usar el equipo y las instalaciones: laboratorios, bibliotecas, cuartos de especialidades.

Después preparábamos los informes, las gráficas, las fotografías, editábamos los videos, era un proceso complicado y poníamos todo nuestro empeño en él. Una vez cada dos meses, cuando llegaba el momento de llevar el paquete con los informes y las muestras a la oficina de correos, experimentábamos una pérdida. Luego pasó el tiempo y vino la rutina , el hastío, el aburrimiento, la depresión. En algún momento dejamos de enviar los informes, pero nadie pareció notarlo; mes con mes seguía llegando nuestro cheque y el boletín del Instituto Nacional de Entomología, en donde nunca se publicó una sola nota sobre nuestro trabajo.

Fue gracias a Emily que descubrimos en la cocina otro tipo de laboratorio. Una tarde nos sorprendió a la hora de comer sirviendo trogidae entomatado. Así se solucionaron dos problemas: principalmente el alimenticio, pero sobre todo nos ayudó a recuperar el entusiasmo. Todo un mundo de posibilidades se abrió ante nosotros. Volvimos a estudiar con renovado interés las especies locales, a criarlas, registrarlas y clasificarlas, a experimentar con ellas. Descubrimos que las lycosa son riquísimas; que la carne de los laxosceles tiene gusto dulce, a pesar de su aspecto grosero; que las clubionidae, por ejemplo, ni asadas ni en salsa, porque sus patas son demasiado peludas, además de que apenas tienen carne y son un amasijo de nervios y cartílago, en cuanto al abdomen es demasiado pequeño y con un saborcito amargo que no le hemos podido quitar con nada.

Me pregunto si con los palpígrados podría suceder algo similar. Es decir, que tras su desagradable figura haya un sabor exquisito, que su carne contenga los nutrientes ideales, alguna proteína desconocida; y estoy seguro de que no soy el único que ha pensado en ello. Aunque ni siquiera Emily se atrevería a admitirlo. No es una idea agradable, la piel se me eriza sólo de recordar sus silenciosos y casi inmóviles cuerpos. Pepinos blancos, blandos, de superficie aceitosa; su cabeza sin ojos, de mustios colmillos, sus patas pequeñas y afiladas; pero sobre todo su aspecto de larva, de criatura inacabada.

Imposible imaginarlos como alimento. Pienso también en mi familia, en su extraño comportamiento de las últimas semanas; y claro, en las ciento cincuenta ninfas de latrodectus que se escaparon y que podrían infestar los ductos de aire acondicionado en cualquier momento. Nuestra estación en medio del Gran Bosque, nuestro refugio del mundo, nuestro hogar, se encuentra bajo amenaza.

Hoy mismo comenzaremos los preparativos para fumigar la casa y bajar al pueblo, donde tendremos que pasar algunos días. Será difícil, lo sabemos, sobre todo para Franganillo. Pero regresaremos con la mirada decidida y anhelante; recogeremos los cadáveres, limpiaremos la estación, calibraremos el equipo y, tras asegurarnos de que no quedan latrodectus, pero sobre todo palpígrados, reemprenderemos nuestra vida con el entusiasmo de un planeta entero.


Autores
ha publicado La vida amorosa de las cigarras, entre otros libros.

Página doce: jueves. Talita cumi

Marosa di Giorgio

 

La gran urraca madre, grazna ahora para ser escuchada,

y pide, me exige que moje su suave hueso en el chocolate.

Qué osada mamá Marosa al hablar así, y yo tratando de hallar

un nombre para sus cosas, cómo decir líquido infecto,

cómo detener a esos gatos perseguidores y lúbricos,

qué decir del costurero, la casa de los abuelos, la madre,

Marosa, ese grito inasible, las lucecillas, el decaimiento,

los caminos son blancos y los perros ladran a los cuatro vientos.

Mi amor, cada golpe de mi amor, un graznido, un ave

devora la libertad muerta en la mano, clavada en la carne

de la niña Ágata, oh desgraciada, oh volver a la oscuridad,

por eso devoras a los perros.


Autores
es poeta. Ha publicado siete libros de poemas, él último, Cabeza de ébano (2007) ha sido traducido a varias lenguas. El poema aquí publicado pertenece al libro Diario de la urraca.

A Karen Chacek y Samanta Schweblin.

 

—Pero entonces, ¿cómo era Madretierra? —volvió a preguntar el niño.
Con paciencia menguante, el robot niñera comenzó a explicar de nuevo:

—Se trata de un cuerpo geoide…

—Sí, sí, eso ya lo sé. Lo del agua y todo eso. Que de ella provienen nuestros Padres Exploradores. Que Mecas y Carbos provenimos de los humanos que salieron de ahí, que no eran ni uno ni otro todavía…

—Entonces, ¿qué quieres saber? —interrumpió el androide.

—Eso. ¿Cómo era? ¿Qué se siente cuando el aire corre por tu cabello?

 

¿Cómo se siente el agua al deslizarse entre tus dedos?

El robot dejó escapar un zumbido electrónico que equivalía a un suspiro. Después de doscientos años educando niños Mecas, sus algoritmos de aprendizaje comenzaban a integrar las conductas que veía en sus amos.

—Esas parecen preguntas que haría un niño Carbo —dijo. El niño pareció avergonzarse. El robot añadió:

—Pero veamos de nuevo…

 

En el principio fue el hombre. Y el hombre creó a la máquina. Y vio el hombre que la máquina era buena. Juntos recorrieron el sendero y exploraron el abismo, se elevaron por los cielos y…

 —¡Y juntos, hombres y máquinas logramos abandonar el planeta primero y luego el sistema solar!— recitó el niño su parte favorita. El robot prosiguió:

 …y cuando el hombre vio que podía integrarse a la máquina, construyó prótesis e interfases para hacerse uno con ella. Y la carne y el metal, la sangre y el plástico se fundieron en un solo cuerpo perfecto. En un ser singular que no conoció fronteras, que caminó sobre el fuego y atravesó océanos, como jamás pudo hacer la frágil carne, y soñó con portentos y maravillas que la máquina sola era incapaz de vislumbrar. Y el hombre y la máquina vieron que la Singularidad era buena y desde entonces viven en delicada armonía, el silicio entrelazado con la proteína. Ésta es palabra de Kurzweil.

 —Un momento. Los Carbos también eran humanos, ¿no?

La paciencia del robot mermaba.

—Lo fueron. Ahora son… aberraciones.

—¿Qué dicen ellos de nosotros?

—¿Por qué el repentino interés en los Carbos?

El niño pareció sonrojar.

—Es que… es sólo que… he estado leyendo.

El robot lo observaba, como acusándolo.

—Y… —la voz del niño se redujo a un susurro— viendo videos.

El chico esperaba que el androide hiciera grandes aspavientos, que manoteara y vociferara molesto por su temeridad. No fue así. El robot pareció destensar su cuerpo. De haber tenido boca hubiera sonreído.

—¿Te refieres a los videos de…?

—Los de los ¿animales? corriendo por los prados. En las selvas. En los bosques. Y de los humanos que aparecen ahí. No logro distinguir entre los Carbos y nosotros.

El robot carraspeó. Selvas, bosques.

Ésas eran palabras que ningún niño crecido en Gravedad Cero manejaba.

—Mira, ven por acá, que te explico.

Caminó hacia la pedagoteca de la estación espacial, las patas magnéticas pegadas por las paredes. El niño lo siguió, flotando en su tanque.

—Hay un momento en la vida de todo hombre —nunca era fácil llegar a ese punto de la educación de los niños, pensaba el robot al carraspear —en los que tiene que enfrentarse a dos o tres verdades.

El niño observaba a su maestro sin pestañear.

—Una de ellas es… que los Carbos y los Mecas alguna vez fuimos hermanos.

Los ojos de su alumno se abrieron como platos.

—Yo pensé que ellos eran experimentos fallidos.

—Fue algo así. Por eso comenzó la guerra.

—Pero pensé que había sido desde siempre. Desde el principio de los tiempos.

—Hay quien lo sitúa tan lejos como 1945. Los aliados proclamaban la superioridad de la bomba, de las máquinas. El eje buscaba la pureza racial, de la carne. Pero esos fueron los inicios. La auténtica guerra entre Mecas y Carbos fue más de cien años después. Cuando tuvimos que abandonar Madretierra.

—Yo pensaba que estábamos separados desde el principio.

—Ese es un error muy común. No fue así. Originalmente hubo Mecas y Carbos mezclados en ambos bandos.

—¿Qué fue lo que sucedió?

—Ellos se opusieron al desarrollo de las inteligencias artificiales —al decir esto, el robot sintió un escalofrío, ¡él mismo no existiría!

—¿Por qué?

—Consideraban un error crear entidades no humanas. Prefirieron experimentar con la carne. Mezclar cromosomas, recombinar líneas genéticas. Convertirse ellos mismos en posthumanos a través de la automodificación.

 

Hubo un silencio. El niño intentaba asimilar la información.

—Esos animales que vi en los videos, ¿son Carbos?

—Estrictamente sí, porque son organismos carbónicos. Pero no están automodificados, como nuestros… enemigos.

—¿Ya no somos hermanos?

—No podemos serlo. Sus modificaciones los transformaron en monstruos. En auténticos engendros. No parecen humanos, ya no. No como nosotros.

Decir nosotros incomodó al androide, pero intentó disimular.

—Ahora —añadió el robot— peleamos por los planetas terraformables. Buscamos dar con Hijatierra. Nosotros, en nuestras estaciones espaciales. Ellos, en sus biocomplejos cósmicos. Sin triunfo ni derrota, en un frágil equilibrio militar. Así, desde hace casi mil años.

La pedagoteca quedó en silencio. Sólo se escuchaba el zumbido monótono de los sistemas vitales del tanque del niño. Dentro, su cuerpecito de feto flotaba en el gel proteínico. Piernas y brazos, inútiles en Gravedad Cero, habían sido amputados por microbots desde que crecía en una matriz de acrílico. Miles de cables conectaban su cerebro y órganos vitales con el cpu del tanque para mantenerlo vivo. Su cabeza era desproporcionadamente grande para albergar las neuroprótesis que se le implantaban a todo Meca al nacer.

Por algunos minutos, el chiquillo reflexionó sobre todo lo que el profesor le había dicho. Se sentía un poco abrumado. Al verlo, el robot abrió el compartimento de la terminal que tenía en su antebrazo izquierdo y buscó en la red inalámbrica el controlador del cpu de su alumno.

Dio con un pequeño programa que había instalado semanas antes y ordenó ejecutarlo de inmediato.

El rostro del niño se iluminó súbitamente.

—¿Puedo ir a jugar un rato?

Tranquilizado, el robot fingió revisar la hora en el reloj de pared de la ludoteca.

—Sí, bien, creo que ya terminamos por hoy. No juegues mucho.

—Sólo seis horas.

—Cinco.

—¡Hecho!

El chiquillo salió disparado a la ludoteca, dando gritos de alegría que retumbaban en las bocinas de su tanque flotante.

El robot se quedó solo, con un sentimiento cercano a la preocupación rondando sus nanoprocesadores. No tardaría en preguntarle cómo nacen los niños.

¿Cómo explicarle que se mandaban a clonar a los laboratorios de los

Carbos?


Autores
Ciudad de México, 1972) Es escritor, historietista e ilustrador. Sus últimos libros son la novela gráfica Matar al candidato (Sexto Piso), en colaboración con F.G. Haghenbeck y la novela Ojos de lagarto (Océano).

Ricardo Garibay fue uno de los escritores más prolíficos de México. Su personalidad malhumorada construyó una figura propia. Cigarro en mano y con el ceño fruncido, Rodrigo Márquez Tizano traza un perfil del autor de La casa que arde de noche, y del mítico conductor del programa televisivo “Temas de Garibay”.

Dice Ricardo Garibay: “Es evidente que nunca he sido un pistolero, que nunca pude haberlo sido, y que hoy tampoco sería un pistolero, claro, pero también es evidente que uno de mis grandes afanes, acaso de la niñez, fue ser un gran pistolero; en mis personajes está puesto mi afán, una secreta autobiografía, que nunca viví ni cumplí, pero creo me habría gustado mucho llevar a cabo.”

Una noche, Garibay sacó un revolver en su programa de televisión. Alguien, no me acuerdo quién, tuvo que habérmelo contado: primero, porque yo no tenía edad para andar viendo a Garibay en la televisión, y porque de haberlo atrapado por casualidad, digamos, desvelándome a escondidas luego de la hora de acostarse, no le hubiera dejado a Imevisión ni por error: siempre arrebujado bajo la franela y el mute para que mi madre no reconociera la inconfundible tonadilla del Gordo Porcel y sus mininas.

De habérmelo encontrado a golpes de control remoto una madrugada, por puro azar y movido por el ocio, por desobedecer nada más, con esa petulancia tan suya, de ceja entallada y voz de estrépito, hubiera sufrido pesadillas. El humo en la oscuridad del set: la cuba sudada: ceniza en la mesa de fieltro verde: “Hola, buenas noches. Esto es “Temas de Garibay”, yo soy Ricardo…”.

La cosa era quedarse despierto el mayor tiempo posible. Garibay, el gran Yo bajo los kilos de antibrillo: Garibay como sedante: Garibay perorando sobre El cantar de los cantares, amparado el enorme dolor tras una mueca de violencia infinita: Garibay, contradictorio, aquejado por una metástasis invisible y voraz, intercambiándose el traje de escritor por el de figura mediática y burócrata y boxeador en medio de la charla: furibundo Garibay da un golpe sobre la mesa, y luego sobreviene el silencio, como no queriendo, moviéndose despacio entre los objetos que componen la habitación, iluminados por la tintura verdosa de un televisor coreano: la cosa era quedarse despierto el mayor tiempo posible y aquella mesa no era opción para resistir las horas de una época sin infomerciales, antes de que los perros comenzaran a ladrar en la madrugada o el televisor proyectara esas barras de colores tan solitarias y tan rectas.

Dice Garibay: “No soy premio Nacional de Literatura, no soy Premio Cervantes de Literatura, ni Premio Nosequé Latinoamericano de Literatura, no soy Premio Alfonso Reyes ni Premio Juan Rulfo de Literatura. Dos veces me lo negaron y dos veces el Nacional. No soy nada. Nunca me han dado nada, y los jurados, no nos podemos hacer locos, son más o menos los mismos de siempre. Son contemporáneos míos, bastardos que no me perdonan la independencia o la valentía o la altivez varonil.”

(“Pasaba frente a la puerta de vidrios: o pasaba frente a los vidrios de la puerta”) y celaba su prosa con la misma convicción que depositaba en sus advertencias y sus gestos: violencia en cada sílaba, antes de asentarse, violencia que recorre todas y cada una de las posibilidades de ser a través del espacio entre otras dos palabras; u otras veces, cimentada esa misma ira en el histrionismo involuntario: movía y disponía de las palabras con el esmero solemne, casi hierático, del místico defraudado: no como verbalización pura de la agresividad: no como una cadena sonora inviolable: no recurriendo a la animalización del otro para reconciliar el lenguaje con lo humano. Garibay defendía el amor con violencia, mataba por él, casi constantemente, vivía matándose. (“Las ramas del pirul rugían y eran azotadas por los vientos de la tarde: o era una tarde cargada de vientos que rugían azotando las ramas del pirul.”) Así y sólo así, la escritura se convierte en un acto de venganza: para narrar lo que la vida niega y para caer en cuenta de cómo se empeña en negarlo: o para recrear un mundo de antagónicos, una realidad de imposibles: o para asquearse de la autobiografía sin renunciar a ella, dolorosamente, sin remedio: ahí mismo, en la sumatoria del párrafo puesto de cabeza una dos tres todas las veces, amaba Garibay, con toda su violencia: como si el enunciado se hubiese tratado en realidad de un cristal quebrado en miles de fragmentos, uno que tuviera una sola solución acertada y otras mil equivocadas.

Amaba hasta en los silencios y amaba sobre todo en las pérdidas. Con el paso del tiempo fue cada vez más preciso en el oficio de nombrar las cosas: necesitaba ejercer el dominio del lenguaje con precisión: ¿hay otra manera de asir lo invisible? La prosa dúctil, oral o enroscada sobre sí misma, a conveniencia del oficiante y nunca del lector, temerosa de no encontrar la salida de ese laberinto de equivocaciones, una prosa colorida, que se tomaba muy en serio a sí misma, que punteaba los vacíos para volverlos casi evidentes, hasta colorearlos. Cada uno de sus libros parecía incluir un par de bocinas. El lugar común es coincidir en que era poseedor del oído más privilegiado de su generación. ¿Y eso era exactamente qué para Garibay, si nunca perteneció a ningún grupúsculo ni tampoco se forjó bajo las grutas del nepotismo? Detestaba a los cazadores de ventajas, a los subordinados del poder.

No dependía del beneplácito que le negó la clase comprometida (Revueltas: “Qué frívolo eres, Ricardo, básicamente frívolo, casi te envidio”), porque no podía con el clásico hombre de partido que se dejaba caer, extenuado, ante el precipicio que separa la conciencia de los lemas. Le daban la vuelta también los agremiados, los cofrades inexorables, las camarillas bien montadas: era forastero en esa República de las Letras donde hace falta mucha maña para tramitar un pasaporte con los sellos apropiados. Nunca consiguió el favor de Fuentes, ni el de Benítez; ni falta que le hacía: Garibay vivió de sus escritos, nunca mendigó becas ni premios. Vivía en permanente guerra contra el mundo. Sin embargo, en el fondo de su ser (hondo y colmado de sí mismo), Ricardo Garibay anheló parte de ese reconocimiento que le fue vedado: el hombre vanidoso destruye y ama al mismo tiempo lo que pertenece a las multitudes.

Esto le causaba cierto malestar, porque estaba consciente de que son los enemigos quienes sacan a relucir la peor y más auténtica fracción de nosotros mismos. Entonces trazó un camino aparte. Fue un solitario, sobre todo porque participó de la literatura de la forma menos común: como escritor y no como cortesano. No acabaría nunca la rabia del pirul.

—Es de Bellas Artes, don Ricardo, que lo quieren para una conferencia en mayo.

—Pregúnteles cuánto.

—Dicen que es para unos alumnos de prepa, que nunca pagan a los conferencistas.

—Pues respóndales que yo siempre cobro.

Dice Garibay: “La cosecha literaria del boxeo es el vacío, como miseria económica y moral, como tara mental, como desesperanza. El púgil ha de acabar convertido en bagazo de la sociedad canalla, en desecho de publicistas y los apostadores”.

Ricardo Garibay es autor de la pieza más vibrante sobre boxeo escrita en nuestro país: “Las glorias del Gran Púas”, crónica de los excesos que el excampeón mundial se permitía cuando gobernaba entre los gallo: desde las bacanales en el último piso del legendario Hotel Alexandria en Los Ángeles, hasta las furtivas escapadas a Acapulco, acompañado de güeras y gorrones; pasando por las excursiones a la Bondojo (y sus cantinas), o los eternos trayectos hacia cualquier parte, porque en cuanto se asentaba, aunque fuera por cinco minutos, a Rubén le entraban las prisas. De ahí que el autor no tuviera otra salida sino echar mano a la invención, que no hace sino engrosar la leyenda. Garibay describe con precisión imaginaria los infaustos remedios urdidos, lo mismo para sobrevivir la cruda, que para dar el peso frente a la báscula; consigue apropiarse del campeón, darle otra vida: lo hace uno de sus personajes, y como todos los personajes de Garibay, Rubén Olivares encuentra su tragedia personal en el incumplimiento de un destino que lo atrae y lo repele a partes iguales. Una tragedia redelineada como el trecho entre el hombre y los objetos que lo aguardan a cierta distancia. Ya el convenio épico no se afianza con las cosas sino con su ausencia.

El “Púas” se resiste a provocar una catarsis y parece divertirse sin que otra cosa le importe en el mundo más que gastarse el dinero duramente ganado, porque en caso de necesitar más sólo le hace falta subirse al ring a intercambiar trompadas. Al personaje no, algo se rompe cada vez que se mete entre esas doce cuerdas: ahí es donde aparece el conflicto dual que aqueja también al Negro en “Soledades” o al Guaymas, en “Oro de peso pluma”, dos cuentos que retratan la esencia del derrotado, como la gran mayoría de la literatura dedicada al boxeo, pero que logran mantener por debajo una segunda historia, casi secreta, más dolorosa e interminable.

A Garibay lo seducían esos héroes capaces de desmoronarse sin perder un ápice de su grandeza, quizá porque en ellos encontraba el espejo de sus propias pretensiones. Parecen reconstruirse desde las pavesas con facilidad pasmosa: pómulos como volcanes, carreras hundidas, managers ladrones; ninguna situación, por más adversa que parezca, es capaz de aplastarlos por completo. Lo que Garibay decide no resolver es si este rizo imperecedero consiste en una especie de castigo, o por el contrario, resulta una bendición. Que “Las glorias del Gran Púas” sea considerada la gran obra de la literatura boxística mexicana responde a su indudable calidad, pero también al hecho de que existe poco sobre el tema. Ahí también iba adelante Garibay, a quien no le importaba entrometerse en asuntos que los intelectuales tachaban de grotescos o rudimentarios. No sólo fue aficionado al boxeo sino también practicante, quizá porque estaba consciente de que el raquitismo propio de la época se empeña en hacinar el sentido de la vida en estos actos, negándole el acceso a quienes se consideran demasiado solemnes para participar en ellos.

Una vez, justo antes de cumplir los sesenta, Garibay se le acercó a Bonifaz Nuño, y con los ojos llenos de lágrimas, le dijo: “Yo nunca, en mi vida, he tenido un momento feliz”.

En un principio, cuando era apenas un muchacho carilindo que se dedicaba a alborotar los pasillos de la preparatoria con sus discursos, mucho antes de los litigios, o los puestos públicos, antes también de que se desbordara sobre su cabeza el peso de ese encono provocado casi sin querer en funcionarios serviles y mafiosos de saco de pana, antes incluso de las correrías al lado de Bonifaz y Fausto Vega, Garibay pensaba en la literatura como una calzada llena de imprevistos en donde el único superviviente podía ser aquel que revelara verdades nunca antes conocidas, de maneras que ningún otro escritor se hubiese atrevido a imaginar. El fantasma de lo original sobrevolaba las páginas de Wasserman y Rolland, que Garibay devoraba con ansias creadoras. ¿Se agotan los pensamientos cuando el gran escritor ha descargado su tinta sobre ellos? Luego llegó la obsesión por esculpir con el lenguaje: la torreta de imágenes, disparadas hacia todas direcciones, en parrafadas o perdidas entre diálogos de calle y una barnizada de autocensura (la única clase de represión que el temperamento de Garibay admitía venía desde su interior). A pesar de su preocupación formal por la claridad, Garibay sabía llevar la sugerencia hasta las últimas consecuencias: confiaba en las significaciones pero también sabía apelar a un mundo inmediato, de presencias.

Los objetos en su escritura no obedecen a ningún sistema, ni tampoco están encorsetados por la demostración de mundo teórico. A la Literatura, con mayúscula al principio, la entendió como añadidura de texturas y matices, destellos aleatorios que consiguen engranarse con algún éxito y sin obedecer por completo a la lógica, en esa inminencia inconclusa de la tradición: una enorme estructura de la que tomamos y somos tomados.

Luego finalmente se hizo escritor. Bonifaz se lo dijo, cuando recién había publicado “Par de reyes. Felicidades, ya eres escritor”. Garibay se hizo elofendido: “¿Apoco no éramos ya?” Y el poeta le contestó que no, que el escritor es ése que escribe en el momento que le da la gana exactamente lo que le viene en gana. Pero hay algo más. Tiene que ver con la repetición. Literatura es decir inútilmente una vez más y no de la mejor manera, lo que ya se dijo muchas veces.

Garibay se empezó a morir cuando notó que la vejez le colgaba sin pena de los anchos hombros, casi con saña. No podía soportarlo. Una de sus dolencias más arraigadas consistía en extrañar la juventud. Anhelaba ser inmortal y después morir.

La imagen cobra fuerza (alguien me lo contó, o yo mismo, entre sueños, puede que recuerde la aparición del ogro): Garibay, cuello de tortuga, gesto enervado, los ojillos claros inyectados de un rojo intenso (o verde: la tv era una cascada de verdes), saca una pistola en medio del set. La llevaba oculta en el bolsillo interior de un saco caqui algo gastado pero muy limpio, sin arrugas. ¿O era un kimono? Una tela floreada, brillosa, japonesa, de cuello V. Josefina Estrada enmudece: o más bien deja de mover los labios: el negro calmoso del arma anula la distancia entre el resto de los objetos: ahí las sillas, los vasos, los reflectores: ahí todo aquello que deja de estar: las cámaras: los hombres que las operan: el simulacro de velada: Garibay y Estrada: escribir es un acto de amor, leñe: las sillas verdes: los vasos verdes: los reflectores verdes: todo lo que deja de estar, un verde sin color, apagado, y sobre lo que ya echamos en falta, en transparencia, está sola el arma, igual que una hélice orbital dando vueltas alrededor del cilindro televisivo. El ogro se aclara la garganta, gesticula. Se pone el traje del exabrupto, hecho a medida: si la policía no hace nada al respecto, yo seré la policía, leñe. No funcionar es una grave forma de neurosis, no saber cómo manejar la vida es no funcionar al fin y al cabo.

La muerte es horrenda y el olvido es la entraña de la muerte. ¡Las cosas han dejado de funcionar, leñe! Quizá haya sido la última explosión de una larga cadena. Alguien tuvo que habérmelo contado porque yo no tenía idea quién era Ricardo Garibay. Pero es la imagen que permanece: el arma traza una parábola en el aire, luego vuelve a su escondite. Garibay se desinfla poco a poco y se instala en un letargo tenue, casi infantil.

Yo me envuelvo bajo las sábanas pensando en esos ojos despejados y en el arma, tan verde todo, tan oscuro luego, hasta que casi puedo advertir las pisadas de mi madre anunciando el nuevo día.


Autores
(Distrito Federal, 1984) Narrador, editor y profesor. Su último libro es Yakarta (Sexto Piso, 2016). Es maestro por la Universidad de Nueva York. Edita la revista VICE y forma parte de La Dulce Ciencia Ediciones, sello editorial dedicado al mundo del boxeo.

El fotógrafo Roberto Tondopó vive y trabaja en Chiapas, su estado natal. Hace apenas unos meses, salió por primera vez del país. Una estancia en Nueva York lo confrontó con una óptica distinta. Cámara en mano se aventuró por las calles tratando de reflejar el desconcierto que vivía día a día.

Al soñar se recorren lugares no conocidos, y se despiertan sensaciones de inquietud o desconcierto. Se descubre cómo todo durante el sueño parece ser real a pesar de que lo evocado es apenas una distorsión, un error de conjetura en el momento en que nos damos cuenta que esos lugares soñados no tienen correspondencia entre sí con los sitios reales y verdaderos.

Nunca antes había despertado en un lugar con otro idioma y tan lejos de casa. Mi primera estancia en el extranjero fue en Nueva York, un viaje intenso en el que el recuerdo de lo imaginado comenzó a recubrirse con lo inmediato vivido: todo espacio no es un objeto de contemplación, sino una conquista de nuestra particular experiencia. Experiencia que hallé en el recorrido que hice de la casa donde me hospedaba, en un barrio de Brooklyn, hacia el metro. Apenas despertaba, cámara en mano, salía a la calle. Aquel bullicio abigarrado en muchas lenguas, las expresiones de la gente, los colores, los edificios, logró que me sintiera, finalmente, de otra parte. Mi mente apenas asimilaba el traslado en el mapa, las transformaciones del paisaje, el letargo de mi presencia física en un lugar distinto: el sueño de la extranjería. Nueva York se convirtió en un limbo donde convergían los hechos inmediatos y las asociaciones de memorias pasadas, hasta llegar otra vez, como en los sueños, a un punto en el que no sabía si la experiencia la estaba viviendo yo, o alguien más. Aquí, una serie de imágenes de Avenue D, Flatbush Bklyn, nombre de la calle que transité todas las mañanas hacia el metro.


Autores
es fotógrafo. Su trabajo formó parte del Festival Photoville 2012 en Nueva York, y de la muestra Looking at México en la ciudad de Los Ángeles, California, ambas en Estados Unidos.