Tierra Adentro

“El hombre de campo mira pasar el río. / El hombre de ciudad mira pasar el tren. / Ambos reflexionan sobre el pequeño mecanismo / de los acontecimientos.” De estos versos pertenecientes al poema “Oda”, proviene el título de una antología que desde hace tiempo se merecían los lectores mexicanos. Gracias a la selección de Hernán Bravo Varela, al fin podemos acercarnos al trabajo de Fabián Casas (Buenos Aires, 1965), uno de los poetas más sobresalientes en el panorama actual latinoamericano y que, paradójicamente, era poco conocido en México. Con una voz pulcra y certera, Casas confecciona poemas que tienen la virtud de parecer fotografías instantáneas del mundo cotidiano, construidas con un lenguaje falsamente sencillo. Es de reconocerse que poemas que ya eran clásicos entre la última poesía en español, como “Sin llaves y a oscuras”, finalmente puedan leerse en un solo volumen en nuestro país.


Autores
(nació en la ciudad de México, en 1988) es autor de los poemarios Singles (RDLPS, 2008) y La radio en el pecho (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2010). Ha colaborado en revistas como Luvina, Punto de Partida y Literal, entre otras. Estudia Lengua y Literaturas Hispánicas en la UNAM. En 2013 fue acreedor del Premio Punto de Partida de Poesía. Ha sido becario del FONCA.

 

Existe en torno al libro una especie de aura mágica, misteriosa, que produce una especie de ilusión, de efecto óptico. “Si de libros se trata, algo bueno ha de haber”, “no hay libro malo”, “si le gustan los libros, debe ser bueno”, “no hay trabajo más noble que el que involucra a un libro”. Ella es bibliófila, él es bibliógrafo, aquella es bibliotecaria, nadie sabe tanto de libros como aquél. Personas valiosas, sin duda.

“La bibliofilia es un padecimiento progresivo y mortal”, suele decir un tío mío, librero de ocasión, cuya pasión libresca, arraigada fuertemente en la primera infancia, lo ha llevado al extremo de vivir de, por, para, con y, literalmente, entre sus libros. Incapaz de dejar pasar una buena oferta, con la brújula dispuesta hacia el negocio, de colmillo largo y visión de lince, habituado a respirar el polvo de las librerías de viejo desde el momento en el que nació, utiliza su tiempo libre para visitar librerías, tianguis, mercados de pulgas, subastas, bibliotecas públicas y particulares en busca de aquellos ejemplares que hacen falta en sus múltiples colecciones personales. Sus viajes nunca dejan pasar la visita a la biblioteca, librería o sección del museo dedicada a los libros. Coleccionista de papel antiguo, papel de guardas, separadores de libros, ex libris, tarjetas de librerías, sellos de encuadernadores; colecciona también recortes de obras de arte, fotografías y dibujos siempre y cuando exista entre sus imágenes un libro retratado. Una de sus primeras colecciones fue, por supuesto, la de libros que hablan sobre libros.

El bibliófilo lleva consigo una acumulación desmesurada, bibliotecas de por lo menos cinco mil ejemplares, toneladas de papel que sólo sirven en su conjunto a él mismo. Una biblioteca personal es intransferible; imposible de heredarse, tiene el fatal destino de la disgregación posterior a la muerte del propietario. Si la colección tiene la suerte de quedar resguardada como un legado público, sirve de retrato y santuario dedicado a su antiguo propietario. Así son los libros. Los adoramos, los acumulamos y con el tiempo, las preguntas acerca de esta venerable afición acosan al propietario y a sus cercanos: tanto dinero invertido, tanto tiempo ocupado, tanto espacio destinado a papeles y papeles que a veces se abren solamente una vez durante una vida.

En Los habitantes del libro, Lobsang Castañeda hace un retrato de prosa enjoyada a distintas personalidades que encaran al libro, personas de oficio o apasionados desmedidos. Comienza con los bibliófilos y termina con los quijotes: del amor a la locura. Entre el catálogo de personajes están las de oficio libresco: libreros, impresores, correctores, diseñadores, antólogos, editores, reseñistas, críticos, bibliotecarios, encuadernadores, ilustradores, prologuistas; sigue con una lista de apasionados. Al lector iniciado le pueden suceder algunas de estas rarezas, amén de convertir su afición en un auténtico amor al libro (bibliófilo): idolatrar a los libros, convertirlos en un dios irrefutable (bibliólatras); estudiarlos por su forma y materiales como un zoólogo estudia a los animales (bibliólogos); ocultarlos a la mirada ajena, o en el extremo, sepultarlos (bibliótafos), destruirlos, quemarlos, borrar sus ideas (biblioclastas); engutirlos con avidez para obtener su sabiduría (bibliófagos); indexarlos sistemáticamente, enlistarlos (bibliógrafos); pedirlos prestados sin la intención de devolverlo (bibliocleptos); escribirlos sin remedio (bibliopeas); juntarlos sin medida para presumir el volumen de la biblioteca —y jamás leerlos— (bibliólatas); practicar la bibliomancia, o adivinación a partir de la lectura de una página abierta al azar (esticomantes); poseerlos, acumularlos con la imposible idea de reunir todos los libros del mundo (bibliómanos); buscarlos afanosamente, aficionados al hallazgo en las librerías de viejo (bouquineurs); despreciarlos con odioso desdén (bibliófobos); transformarse en el libro mismo, en un homo-biblios (büchermenschen).

Ay de aquél que se involucre con los libros deforma profunda. Lector de Manguel, Torri, Reyes, Iguíniz, De Bury, Dahal, Teixidor, Benjamin, Jitrik, Steiner, Icazbalceta, Eco, Vindel, y Borges, por supuesto, Castañeda describe con gustosa erudición y citas afortunadas las virtudes y defectos de las tipologías de los personajes librescos que describe. Pero cuidado: ninguno sale bien librado. Elija usted, lector, a cuál o cuáles de estas patologías mortales padece. Si de algo hay que morir…

Los habitantes del libro tiene un gusto por lo anquilosado, paladeo a viejo que amarilla las palabras, afición por la taxonomía, descripción y acumulación. Una visión romántica e idealizada que probablemente dista de las relaciones que las personas —lectores, escritores, diseñadores, impresores, libreros— establecen con sus ejemplares en la actualidad. Es curioso que en estos días de información virtual (que se asemeja a los tiempos posteriores a la invención de la máquina de escritura artificial de Gutenberg), revivan viejas tradiciones como las ediciones de autor, libros de cortos tirajes: nuevamente el libro ha tomado su antigua posición de objeto preciado, tangible y hermoso.

Pecado libresco. Los habitantes del libro, de Libros Magenta es uno de los elegidos por la Secretaría de Cultura del Distrito Federal para la serie Biblioteca de la Ciudad. En la portada, mal diseñada, obvia, complaciente, un dibujo de E. J. Meeker: un lector duerme rodeado de tomos tirados por el suelo en desorden. Se extraña que un libro dedicado al libro no tenga en su tipografía, diseño y concepción excelente cuidado y calidad. Un buen diseñador lo logra, aunque se trate de un libro de bajo costo. Sería una lástima que ante su pobre factura, cualquiera de estos habitantes retratados pase de largo sin detenerse a mirarlo en las estanterías.


Autores
es bibliófila, tipógrafa, diseñadora y editora de Ediciones Acapulco. Su perfil amplísimo puede leerse completo aquí: http://selvahernandez.tumblr.com/

 

John Gerassi, conversaciones con Sartre “editado por Sexto piso (2009)”, se conforma de una serie de entrevistas realizadas por el periodista y editor de la revista Time entre los años de 1970 y 1974. El autor es hijo de uno de los amigos más íntimos de Jean-Paul Sartre: el pintor español Fernando Gerassi. Gracias a este lazo no es de extrañar que ambos artistas mantuvieron una larga amistad a lo largo sus vidas; el detective en cuestión, goce de la confianza y respeto del filósofo francés.

En las primeras conversaciones Gerassi retoma la niñez sartriana, de “espíritu profundo”, ya que indaga sobre la posibilidad de encontrar los primeros brotes existencialistas de esa curiosidad que desbordará el resto de sus días. Las preguntas son lanzadas como flechazos de clarividencia, una a una, de manera suave y delicada, con el fin de viajar en el tiempo y rescatar esa vivencia.

Una de las sentencias más fuertes develadas en la fase “niña” de Sartre fulminará en la traición maternal que desgarró su espíritu, cuando su madre elige el matrimonio por segunda ocasión: “Ella me había traicionado. Se había casado con un hombre que no me gustaba”. Es aquí donde quizás empiezan las caídas, las pérdidas de aureolas, las preguntas existenciales y ese afán por querer explicar ese dolor a partir de sus primeras reflexiones.

En vista de ello, el niño Sartre —ese niño mimado del profesor de literatura en la Rochelle— no duda en refugiarse en la sabiduría de su abuelo Charles Schweitzer, personaje clave en su amor por la literatura, quien tuvo la osadía de alentarlo y leerlo desde sus primeras creaciones. Sartre amaba y admiraba a su abuelo; sin embargo, también experimentaba una fractura tras el robo de dinero a su madre para comprar caramelos a sus amigos, ello con la finalidad de ser aceptado en el grupo: “Mi madre no sólo me pilló, sino que cuando Charles vino a pasar una temporada con nosotros, se lo contó. Él lo entenderá se pondrá de mi parte”, pensaba Sartre, porque estaba seguro de la confianza y cariño del niño a su abuelo, pero desafortunadamente las cosas se presentaron al revés: “Tú no puedes tocar dinero honrado —me dijo—, porque te has convertido en un ladrón”. Ante este suceso, Sartre relató que nunca más lo admiró ni trató de imitarlo. En estas circunstancias, podemos deletrear algunos brotes sintomatológicos del pensamiento sartriano, sobre todo aquellos de índole nauseabunda y existencialista.

Estas conversaciones evitan preguntas metafísicas. No obstante, una de las preguntas más atrevidas o fuera de lugar podría ser esta: ¿Ya no lo acosaban los cangrejos ni la depresión? A lo que el filósofo responde cómo después de consumir anfetaminas veía cangrejos por todas partes, y pensaba enloquecer hasta que cierto día solicitó ayuda a Lacan, y juntos, interpretaron el fenómeno logrando erradicarlo.

Sin duda, Castor (Simone de Beauvoir), aparece interlineada de vez en cuando en las conversaciones. Más allá del cliché de su relación abierta, lo que se percibe es cierta sincronicidad serena para moverse en el mundo, por ejemplo, cuando les pregunta Gerassi por su relación con el dinero, cierto desapego taoísta es algo latente: “Castor y yo, nunca nos preocupábamos por el dinero”.

Por otra parte, es importante mencionar que este libro es un texto con una carga más inclinada hacia el lado de las experiencias de los años de Sartre en la militancia del partido comunista, revelando el entusiasmo, las experiencias y las amistades de esa época. Asimismo, en las entrevistas posteriores, las preguntas y reflexiones se cargan más hacia las ideas políticas de Sartre y su militancia en el Partido Comunista, las reflexiones sobre la Guerra Civil española, la Segunda Guerra mundial y la desintegración del colonialismo, entre otros temas.

Finalmente, pienso que lo importante y revelador de este texto es la voz del filósofo francés después de años de una vida vertiginosa y laberíntica, como todo espíritu curioso en la búsqueda por comprender y nombrar el mundo, de manera que no le aterra darle el lado opuesto a su famosa frase “el infierno son los otros” por “el paraíso son los otros”.


Autores
es directora y editora de eSpiral, revista electrónica de cultura y pensamiento contemporáneo.

 

Algo sucede en Puebla. Es predecible, incluso, pensarlo, porque desde hace años la escritura de los autores que viven en Puebla es visible como antes no lo era. Hay una camada, no sé si con lazos comunicantes o no, pero sin duda acompañada, que escribe bien en ese estado; escribe tan bien que la frase anterior es un mero formulismo y no alcanza a definir por completo la diversidad de las miradas de los escritores poblanos.

Y aquí me enredo. ¿Pueden ser estos escritores definidos sólo como autores poblanos o ya es hora de abandonar los regionalismos? No lo sé, ellos lo dirán. Lo cierto es que al ser poblanos o no, hay una literatura escrita en ese lugar que aguijonea. Si en Coahuila se habla de la golden age del desierto, ¿cómo se podría nombrar a la golden age de Puebla? Que ellos se definan.

Aunque el tema de este texto no es tanto la producción literaria en Puebla a principios del siglo XXI, sino una conversación a partir del libro de cuentos Despertar con alacranes, ópera prima de Javier Caravantes (Atlixco, 1985) y publicado por el Fondo Editorial Tierra Adentro, me sirve como pretexto para hacer un rápido repaso de muchos de los recientes escritores poblanos que han despuntado con su obra literaria y que son oriundos o se han avecindado a la ciudad de los ángeles.

La lista, que no es completa, incluye a Jaime Mesa y su novela Rabia; Gabriel Wolfson y su estupendo libro de cuentos Ballenas; el guerrerense pero poblano por adopción, Federico Vite y sus Fisuras en el continente literario; Ojos que no ven, corazón desierto, de Iris García Cuevas, acapulqueña que vivió varios años en Puebla; Luis Felipe Gómez Lomelí cuyo libro Todos santos California es, creo yo, uno de los mejores libros de cuento de mi generación; sin olvidar, por supuesto, la obra de Iván Farías, Judith Castañeda, Yussel Dardon, reciente ganador del Premio Nacional de Cuento Julio Torri; Eduardo Sabugal, la estupenda novela de Eduardo Montagner, Toda esa gran verdad, la obra de Alejandro Badillo y no puedo omitir Pisot, los dígitos violentos, de Isaí Moreno ni por supuesto el sensacional proyecto literario de José Luis Zárate, Gerardo Porcayo y Beatriz Meyer.

En este rico marco de referentes incluyo Despertar con alacranes, de Javier Caravantes. Desde la dedicatoria se intuye uno de los temas centrales de la obra: “Los alacranes son para mis padres”.

Para Caravantes los padres son una mezcla de esperanza, abuso, responsabilidad, ausencia, cobardía y violencia. En el primer cuento del libro, “San Cristóbal”, un chico y sus padres salen de Honduras para huir a los Estados Unidos. Después de mucho sufrir llegan a Córdoba donde se quedan a vivir por una temporada en una casa para indocumentados. Siempre está presente en los sueños de la familia la llegada al “otro lado”, pero también la protección divina del san Cristóbal, santito familiar. Al final del viaje ni siquiera la protección divina de san Cristóbal logrará cuidarlos. Primer strike donde fallan los padres.

El segundo cuento, “No supimos buscar”, es la historia de un par de jóvenes que entran a un retiro espiritual con la esperanza de coger con las chicas guapas que asisten a él. Muy pronto descubren que la aventura no saldrá con los lances que esperan, pero que los conectará con su familia, con los pasados grises de su vida. ¿Qué es la adolescencia sino un llenarse de grisura, descubrir que somos grises, comunes y corrientes? Al final de cuento el personaje principal recibe una carta de su padre donde éste le dice cuánto lo ama. Como lector uno podría sentir que está ante un cuento con cierta dosis de ternura, con personajes que se encuentran de golpe ante una incierta suavidad, pero rápido caemos en la trampa. Al final de la historia ni el personaje se siente comprendido. Segundo strike para los padres.

Esta ausencia de los padres se palpa con más claridad en el quinto relato del volumen, “La oportunidad”. Santiago es un niño que sólo desea jugar futbol, pero se ve en medio de la guerra de sus padres quienes anhelan para él una exitosa carrera como niño-actor de comerciales. Santiago es sólo una herramienta para que los padres consigan dinero o para que mediante el éxito del niño logren cierto color en su opaca existencia. En este cuento finalmente los hijos se rebelan, como genialmente lo describe Caravantes en las últimas líneas del relato. Primer hit para los hijos y que se replica en el cuento “24/02/2010”, donde un hijo está tenso porque debe visitar a su madre, pero no quiere verla.

Hay otro aspecto interesante en la narrativa de Caravantes. Sabe iniciar los cuentos con frases contundentes, pero también los cierra con atmósferas inesperadas. Los finales de Despertar con alacranes son abruptos y sorprendentes, pero no al estilo impuesto por Horacio Quiroga que ha terminado con la diversidad cuentística de tantos escritores que por seguir su decálogo olvidan su intuición narrativa. En “Sí o no” el cuento termina con el inicio de una huida; en “Te quedas”, un joven, después de rondar a una chica, accede a un secreto terrible de la madre de ésta y lo mismo ocurre en “Las Armas”, cuento donde un adolescente descubre en la última línea lo que significa pasarse de los límites.

Cuentos sobre la paternidad, sobre la adolescencia, retratos grises; no me gustaría ser un personaje de Javier Caravantes. Los trata muy mal. Les da esperanzas, pero en la última línea los sacude para que exprimirles esa belleza de la desesperación, ese punto donde la ficción se vuelve real porque empata en nuestras propias grisuras. Lo logra gracias a una prosa limpia, práctica y a respetar la historia.

Quien lea este libro pensará en la relación que tienen sus padres. No sé de dónde vendrán los piquetes del alacrán, si de ellos hacia nosotros o viceversa, pero hay en este libro una mirada de incierta comprensión de la paternidad que reconforta y también de la incomprensión del mundo que nos rodea. Entonces ocurre el tercer strike del libro. Estamos fuera. Nos picaron los escorpiones en el momento que cualquiera de estos cuentos nos hacen pensar en el veneno propio.


Autores
es narrador. Sus libros son: Todos los días atrás, Dejaré esta calle, Sola no puedo, Habitaciones calladas, y las novelas infantiles Los cazadores de pájaros, Reptiles bajo mi cama e Ixel.

 

Un día de marzo de 2005, después de intentar independizarme —sin éxito— de la casa de mis padres, y habiendo regresado con el peso del fracaso a cuestas, mi padre nos sorprendió con la noticia de que una vez más no le habían pagado en su trabajo, y había tomado la resolución de irse de la casa. Así que, de la noche a la mañana, en mi hogar nos quedamos con una mano atrás y otra adelante. Tenía veinticinco años, sabía un poco de francés, pero no había acabado la prepa. Ese día me fui a la calle con algunas monedas y la esperanza de encontrar un trabajo urgentemente. Unos días después recibí la llamada de alguien que me ofrecía un empleo de editor, acepté de inmediato, no me importaba si el sueldo era mucho o poco; desde la miseria las cosas cambian de dimensión. Sin embargo, las horas de aquellos días, mientras rondaba sin lo suficiente para comer, fueron las más largas de toda mi vida. Los pensamientos que tuve durante esa pobreza tenían un sabor acre. También corría adrenalina por el cuerpo, hay quien no la soporta y se consume rápidamente.

La ley del silencio (2011) rezuma estos mismos efluvios angustiantes como muy pocas obras en el siglo XX: por lo demás, su historia es tan cotidiana que casi parecería vulgar: un líder sindical charro, Johnny Friendly (Juanito Cuatachón), se aprovecha de los estibadores agremiados para esquilmarlos al amparo de los demás funcionarios corruptos. Un medio que funciona con préstamos forzados, extorsión, venta de puestos para desembarcar los cargueros que llegan de Europa y poder así cobrar el salario, del cual ya se adeuda un porcentaje. Los estibadores que no entran en el juego, están obligados a merodear las calles durante todo un día, un día sin pan.

Con base en una investigación real, a la manera del periodismo gonzo (el escritor encubierto que investiga y recopila testimonios), esta obra representa el mundo de los estibadores que sobrevivían en los muelles del Hudson de los años 50. Este ámbito está retratado por un testigo que se metió a la boca del lobo fingiendo ser un entrenador de boxeo. Charlando con los matones en un bar frente a una cerveza o bajo las nubes de los cigarrillos, Budd pudo constatar la coerción que vivían aquellos trabajadores. Dejó de lado su corona de príncipe hollywoodense, que le venía por herencia, y se ensució la camisa para conocer las dinámicas de explotación y extorsión en boga por parte de los leguleyos al uso.

Hay que decir que, aunque fue concebido primero como un filme —a la manera de El tercer hombre (1949) de Greene, que primero fue un guión y después se le dio la forma de una novela—, Schulberg realizó otros tratamientos a esta investigación antes de darle la forma de una novela. Comenzó con un ensayo para una revista de izquierda cristiana, una pieza larga para Saturday Evening Post, unos ensayos para New York Times Magazine, a lo cual siguió el guión de la celebérrima película On the waterfront (1954), la cual fue dirigida por Elia Kazan, musicalizada por Leonard Bernstein, actuada por Marlo Brando y premiada por la Academia con varios Oscares. Posteriormente, Schulberg emprendió el encuentro con las cuatrocientas páginas debido a la inquietud que le causaba tomar a algunos personajes y profundizar dramáticamente rasgos que no había podido imprimir; como él mismo declara en el prólogo: “El cine funciona mejor cuando se concentra en un solo personaje. Cuenta soberbiamente El delator. En las ramificaciones de Guerra y paz tiende a perderse. No tiene tiempo para lo que yo llamo digresiones esenciales: la ‘digresión’ del personaje complejo y contradictorio; la del trasfondo social”. Para esto le sirvió la información que recopiló de los movimientos sociales del Brasil, los sacerdotes obreros franceses, pero sobre todo fue un hombre del muelle, el Padre John Corridan, quien abasteciera al personaje ficticio del padre Barry.

Día y noche yo escuchaba atentamente al padre John, cuyo lenguaje era una mezcla inigualable de argot de Hell’s Kitchen, jerga de béisbol, conocimiento enciclopédico de las economía de la zona portuaria y un ataque contra la inhumanidad del hombre con el hombre, basado en las enseñanzas de Cristo tal como las actualizaban las encíclicas papales sobre la reconstrucción del orden social.

Podemos encontrar varios cambios del filme a la novela al punto que podríamos hablar de que hay una independencia que sorprenderá a los que hayan gustado del filme. Incluso se efectúa un reposicionamiento de escenas, los personajes son distintos y, tal como lo planeaba Schulberg, el monólogo interior está mejor desarrollado y dimensiona a los personajes. Puedo pensar en el acierto que consiste en transmitir nítidamente la diferencia de dos soledades entre los personajes principales: Terry y el padre Barry, la del primero como la de un hombre pedestre, sin espíritu, y la del segundo que goza de una vida espiritual así como la suficiente cultura para no estar jamás desolado cuando las cosas se ponen en su contra. Para el lector que disfrute de discernir sutilezas en lo que lee, poder paladear este contraste será una recompensa.

Por lo demás, la obra trata —en el sentido de abordar teóricamente— uno de los asuntos más vigentes de nuestra sociedad, la cuestión de poder cambiar las cosas en una sociedad donde la corrupción está tan arraigada que ya ha copado desde el escalafón más bajo hasta el más alto de la escala social. Debido a que se lleva a cabo un asesinato, que intenta atajar el paso de un cambio en los muelles, podríamos decir que el héroe muere asesinado al inicio de la historia dejando así a todos los demás villanos en una encrucijada: ¿seguir siendo corruptos o reformarse? En esta disyuntiva Terry un exboxeador cercano a Johnny Friendly —pues su hermano trabaja para el mafioso— se sentirá impelido a dejar de actuar con base en su simple necesidad o empezar a hacer caso a una voz tenue que va creciendo en él: una conciencia moral de las cosas. Por su parte, el sacerdote de la comunidad, el antes mentado padre Barry, necesita que la hermana del joven asesinado le espete una de las frases más citables de la novela:

—Siempre que me necesites me encontrarás en la iglesia —repitió Katie en tal tono que el padre Barry se estremeció—. ¿Hubo algún santo que se escondiera en la iglesia?

De tal suerte que la novela lleva un movimiento pendular entre las conciencias y las dignidades que empiezan a nacer y la realidad de una comunidad donde las dinámicas de explotación que se llevaban a cabo en el siglo XIX se siguen practicando: El voto era tan ciento por ciento legal como falso, porque los delegados a las convenciones están elegidos a dedo, con la sola y esporádica oposición de algún escandaloso irrefrenable como Rusty Nolano o un joven parlamentario serio como Joey Doyle.

También hay que señalar que, a pesar de que La ley del silencio es una obra donde hay bastante rudeza y su tema inflige al lector la sensación de estar todo el tiempo con la bota en el cuello, (“—Katie, dobla en la esquina, sal a River Street y estarás en América. Eso es una jungla, una tierra de nadie. El archivo cuenta la historia.”) tiene diferencias marcadas con algunas obras con las que se le ha comparado como Germinal (1885) de Émile Zola. Me refiero particularmente a que el sentido del humor en los diálogos de los estibadores nos muestra el tono que ha resultado de la combinación de inmigrantes los irlandeses, los italianos y los negros. Aún resuena el humor de uno de los estibadores más divertidos, Runty, quien no dudaba en reírse en la cara del diablo mismo o confesarle al padre Runty que él tampoco era una perita en dulce.

Runty le dijo que había algo más profundo que el simple miedo. En la ribera todo el mundo estaba forrado de alguna culpa: desde el asesinato o el robo al por mayor hasta el pequeño y habitual hurto de whisky, perfume, café, bistecs o cazadoras de aviador. Él mismo, admitió Runty, tenía la habitación llena del producto de años de saqueo. Cuando se veían las carretadas de que se apropiaban los tíos de arriba, lo de uno no parecía robo. Estaba todo tirado por ahí pidiendo que alguien lo recogiese.

Asimismo, esta obra conmueve en algunas ocasiones al lector con la sutileza de las emociones imprescindibles que debe tener una obra valiosa. Ésta es una de las características que gana fuerza poética y verosimilitud en la novela y que en parte la película descuidó. Ahora recuerdo esa escena larguísima del filme donde Terry Malloy (Marlon Brando) se enfrenta con Johnny (Lee J. Cobb) en el muelle, y que a medida que pasa el tiempo es cada vez más ilógica y más tediosa, pero que en el libro fue suprimida por un muy buen desenlace. Schulberg era un autor que sabía finalizar sus novelas muy bien. Como pocos, va preparando hasta el más mínimo detalle para que las historias se intensifiquen en un vórtice. Del mismo modo que en El desencantado o Peor será la caída, en La ley del silencio el desenlace exhibe un cierre insuperable que viene totalmente coherente al ritmo interno y a la lógica de la obra, Budd cierra como el boxeador experto que ha llevado durante toda la pelea un ritmo parsimonioso, con pasos certeros, y que pulveriza a su oponente en el momento exacto con un upper-cut que le deja las piernas blandengues en el último round.

 


Autores
es escritor y colabora en varias publicaciones. Coordinó y prologó La escritura poliédrica. Ensayos sobre Daniel Sada (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2012).

Por principio

Me interesan los libros que escapan a la taxonomía y que no pueden ser agotados en una reseña argumental. Esquivos, híbridos, que problematizan las nociones mismas de lo literario e incluso, sin ponernos metafísicos, de lo real. Justamente eso es lo que hace una serie de obras de reciente publicación que podríamos agrupar bajo el término autoficción, en tanto que en todas ellas se lleva a cabo una búsqueda de la trama dentro de la biografía de los propios autores. Son verdaderas exploraciones contemporáneas sobre las posibilidades narrativas del yo. Esto ha hecho decir a más de un crítico que se trata de una especie de movimiento o corriente, pero bastaría pensar en los últimos libros de Pitol, o en París no se acaba nunca de Vila-Matas, publicados hace ya varios años, para desechar esta teoría. Además, ¿lo que hace surgir una corriente, una generación son, efectivamente, elementos compartidos en un contexto específico —el Zeitgeist— o tendrá que ver con cuestiones más inaprehensibles como el gusto, las afinidades, una visión de mercado (véase el Boom) o simplemente una línea editorial? De cualquier modo, habríamos de pensar qué hace que un puñado de novelas se parezcan tanto y al mismo tiempo resulten originales.

Alejandro Zambra, Formas de volver a casa, Anagrama, Barcelona, 2011.

Alejandro Zambra, Formas de volver a casa, Anagrama, Barcelona, 2011.

 

Autobiografías precoces

En la década de los sesenta, Rafael Giménez Siles y Emmanuel Carballo encargaron a un grupo de escritores jóvenes —entre los que se encontraban Pitol, García Ponce, Elizondo y Monsiváis— que escribieran sus memorias prematuras, sus autobiografías precoces. En septiembre del año 2009 la revista Letras Libres emuló la empresa. En ese número aparecieron textos de distinta factura, sin duda entre los más notables estaban “Mamá Leucemia”, de Julián Herbert (que crecería hasta convertirse en Canción de tumba) y “El cuerpo en que nací”, germen de la novela homónima de Guadalupe Nettel. El chileno Alejandro Zambra, según una declaración de la propia Nettel, también fue invitado a colaborar en dicha edición, pero declinó. Probablemente lo hizo porque prefirió mantener inédita la novela en la que estaba trabajando: Formas de volver a casa.

Guadalupe Nettel, El cuerpo en que nací, Anagrama, Barcelona, 2011.

Guadalupe Nettel, El cuerpo en que nací, Anagrama, Barcelona, 2011.

La literatura de los hijos

Los hijos son los detectives de los padres, que los arrojan al mundo para que un día regresen a ellos para contarles su historia y, de esa manera, puedan comprenderla. No son sus jueces, puesto que no pueden juzgar con verdadera imparcialidad a padres a quienes se lo deben todo, incluida la vida, pero sí pueden intentar poner orden en su historia, restituir el sentido que los acontecimientos más o menos pueriles de la vida y su acumulación parecen haberle arrebetado, y luego proteger esa historia y perpetuarla en la memoria.

Julián Herbert, Canción de tumba, Random House Mondadori, Barcelona, 2011.

Julián Herbert, Canción de tumba, Random House Mondadori, Barcelona, 2011.

Esta cita extraída del inicio de esa especie de ficción documental que es El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia, de Patricio Pron, sintetiza lo que hacen los libros a los que me refiero, donde se han importado los mecanismos del género policial al ámbito familiar, íntimo. El investigador es ahora el hijo, que indaga en el pasado para saber quiénes eran los padres, para explicar o, mejor, explicarse, también, quiénes son ellos que escriben e incluso, y esto es quizá lo más interesante, desde dónde escriben y por qué lo hacen. (Jonathan Safran Foer, solamente para nombrar a alguien fuera de la tradición hispanoamericana, hace esto en Everything Is Illuminated y, de manera más marcada, en Extremely Loud & Incredibly Close.) La mirada, que antes estaba puesta en lo público, ha pasado a enfocar lo privado; en términos historiográficos podría decirse que es un movimiento homólogo al que va de hacer historia a microhistoria. Marcos Giralt Torrente —autor de Tiempo de vida, obra sobre la relación con su padre a la que ha denominado como una “ficción sin invención”, y miembro del jurado que le otorgó a Canción de tumba el premio Jaén de novela— ha dicho, para explicar este viraje en el punto de vista, que “la familia es como una reducción del mundo a pequeña escala; todas las relaciones se dan de manera más extrema y agudizada, casi como si fuera una mesa de laboratorio”.

Patricio Pron, El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia, Mondadori, Barcelona, 2011.

Patricio Pron, El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia, Mondadori, Barcelona, 2011.

Esto se podría interpretar como el repliegue natural de cierto tipo de literatura. La novela de la dictadura, por ejemplo, se enfocó en grandes periodos históricos cuando no en la figura misma del dictador (Yo el Supremo, El reino de este mundo), mutó a la narración más intimista o en clave alegórica, y la reflexión sobre la posibilidad de narrar los hechos reales (Libro de navíos y borrascas, Respiración artificial) y pasó a la mirada irónica de los acontecimientos (The Brief Wondrous Life of Oscar Wao). Y cuando el tema parecía agotado surgieron estas novelas revisionistas contadas por: Guadalupe Nettel: una niña que creció entre exiliados latinoamericanos; Patricio Pron: un hijo de militantes de izquierda; Alejandro Zambra: quien vivió la dictadura de Pinochet al interior de una familia clasemediera más o menos apolítica; Julián Herbert: un hijo de puta trashumante.

No es del todo disparatado leer las obras más recientes de estos autores como novelas políticas trabajadas desde la familia. Incluso en el caso de Canción de tumba, que puede parecer la más alejada de esta zona, el narrador constantemente contrapuntea con una lucidez extraordinaria la biografía con el contexto nacional: “Yo crecí a la sombra de una vuelta de tuerca: pretender que la mía era realmente una familia”. “La única Familia bien avenida del país radica en Michoacán, es un clan del narcotráfico y sus miembros se dedican a cercenar cabezas […] La Gran Familia Mexicana se desmoronó como si fuera un montón de piedras, Pedro Páramo desliéndose bajo el cuchillo de Abundio ante los azorados ojos de Damiana”.

Me parece que es desde esta óptica de la autobiografía como documento político como se entienden mejor las siguientes líneas de Formas de volver a casa:

La novela es la novela de los padres […]. Crecimos creyendo eso, que la novela era de los padres. Maldiciéndolos y también refugiándonos en esa penumbra. Mientras los adultos mataban o eran muertos, nosotros hacíamos dibujos en un rincón. Mientras el país se caía a pedazos nosotros aprendíamos a hablar, a caminar, a doblar servilletas en forma de barcos, de aviones. Mientras la novela sucedía, nosotros jugábamos a escondernos, a desaparecer…

Al tiempo que los cuerpos de (la generación de) los padres desaparecían. Éstas son, entonces, las novelas de los hijos; trabajos de posmemoria —para usar el término de Marianne Hirsh—, de recordación no sólo personal, sino ajena: la memoria heredada de los padres.

El borrador como obra

Si el pretexto narrativo de estas novelas es la enfermedad de uno de los padres en los casos de Herbert y Pron, una anécdota de infancia en Zambra, o lo que todavía suele llamarse un defecto de nacimiento en Nettel, lo cierto es que todas tienen por lo menos dos ejes narrativos y lo más valioso de ellas es la manera en que logran combinar el nivel argumental de la narración con una serie de reflexiones sobre el oficio del escritor, convirtiendo a la estructura en tema y a la misma textualidad en parte de la obra.

El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia se construye por medio de juegos de espejo y una serie de simetrías entre las desapariciones —separadas en el tiempo— de dos hermanos. A través de un trabajo documental, la trama se devela al mismo tiempo que se escribe: el narrador y el lector la descubren al mismo tiempo, pues la parte central de la obra no es otra cosa que la transcripción (corregida) de un archivo periodístico que el narrador lee y comenta en “tiempo real”. Formas de volver a casa muestra el proceso de ficcionalización de la biografía del autor, ya que dos de sus cuatro capítulos comprenden el diario del autor o una suerte de bitácora de escritura; de este modo asistimos dos veces a los acontecimientos.

Lo que hace Julián Herbert es reunir estas dos vertientes en una prosa digresiva, eufónica, precisa y descarnada, conjugando géneros a través de los distintos fragmentos que componen la novela, misma que comienza a escribirse en la habitación del hospital donde su madre está muriendo de leucemia y termina en Coahuila, no sin pasar por un par de viajes —uno febril a La Habana y otro a Berlín—, con un Herbert ya convertido nuevamente en padre. Pero es entonces, en el presente de la escritura, cuando se llega al grado cero. Se pregunta el narrador:

¿Qué será de estas páginas si mi madre no muere? […] ¿Y si mamá no muere? ¿Valdrá la pena haber dedicado tantas horas de desvelo junto a su cama, un estricto ejercicio de memoria, no poca imaginación, cierto decoro gramatical; valdrá la pena este archivo de Word si mi madre sobrevive a la leucemia…?

Es así como, al hacer de la textualidad un proyecto narrativo, estos libros incorporan su pasado preliterario (diarios, borradores) a la obra, y se convierten en novelas que problematizan el arte de escribir novelas.

Todo es real

Resulta indiferente inquirir qué tanto es verdadero y qué tanto es invención. Se han borrado esas fronteras: son las dos cosas, oscilan entre ambos territorios y eso las enriquece. Todo es absolutamente real, en tanto que hunden la mirada en el pasado para explicar, en una sintaxis del presente, nuestra historia. Pero la memoria es una ficción en la que nos narramos nuestra propia vida. Ya lo ha dicho Julián Herbert: “Lo autobiográfico tiene esquinas difíciles”.


Autores
(Ciudad de México, 1986) es una joven promesa rota. En 2013 fue becario del FOCAEM, en 2014 de la Fundación para las Letras Mexicanas y actualmente lo es del FONCA. No ha plantado árboles, no ha tenido hijos, no ha publicado libros. Es editor de la revista Tierra Adentro.
Ilustración: Cristian Villena

 

detrás de las palabras la geografía del hambre la frontera del cuerpo partículas elementales la nuca helada una piñata fuera la carretera la línea de píldoras la ingesta para sufrir el mundo realidades concretas al abrazar los muslos neón flexibles e instantáneos la autopsia una orilla la ráfaga duda caldea el pump diametral collage en los oídos y el silencio una herramienta senhoritas from havana don´t trust anyone héctor del sentido la paz la dicha la oratoria la manera intempestiva el arma ciega en mano sin estar nunca enamorado la semántica palabras sin estar nunca enamorada restos pélvicos sin haber sido héctor el primero forma hablada dicha dada detrás la torpeza el amanecer la caída o crepúsculo para gritar calle daño lugar viajando hacia el océano alquímico al decir todo sin decir nada dentro las palabras un idioma extraño lo que no dice lo que no traduce


Autores
(Monterrey, 1979). Poeta y gestora cultural. Ha publicado los libros de poesía: Larga oda a la salvación de Osvaldo en co-autoría con Sergio Ernesto Ríos, iremos que te pienso entre las filas y el olfato pobre de un paisaje con borrachos o ahorcados y Lo mejor que damos. Antología personal. Actualmente colabora con Benjamín Moreno en el proyecto de experimentación textual, visual y tecnológico Benerva! Pertenece al Sistema Nacional de Creadores de Arte.

¿Estás bien?, preguntó Liliana. Me dolía la cabeza. Los objetos de la habitación como un dibujo sin contornos. Parpadeé varias veces en un intento de mejorar la imagen, una pantalla de televisión con mala recepción. ¿Estás bien?, insistió.

Me llevé la mano a la frente, al punto de donde provenía el dolor. No sangraba, eso era bueno. Ella aún tenía el frasco de tomates deshidratados en la mano. Traté de levantarme, salir. Liliana, desnuda, dejó de mirarme detenidamente para buscar la cajetilla de cigarros.

—Fuma.

—No quiero fumar. Me golpeaste. Me duele.

—Fuma, te va a hacer bien.

—Cómo carajos me va a hacer bien fumar.

—Ese es el problema contigo, no sabes lo que quieres ni lo que necesitas.

Te digo que fumes. Vas a prender el puto cigarro, te lo vas a fumar porque necesitas pensar. Fuma como cuando estás solo. Imagina que me estás esperando, que no quieres ver el reloj porque sabes que estoy retrasada y mejor prendes un cigarro.

—Cómo sabes cómo fumo si no estás ahí.

—Te he visto —prendió un cigarro y lo puso en mi boca—. Te quedas con los codos encima de la mesa, la mano del cigarro lejos de la boca, como si no quisieras fumártelo, luego como que lo descubres y le das una… ¿cómo le dices tú?

—¿Calada?

—Le das una calada, como si fuera otra cosa, porque estás en otra cosa.

Eso es lo que necesitas ahora. Fuma como cuando me esperas, distraído y… ¿cómo se llama la canción que tarareas siempre, la de la estatua y los peces?

La estatua del jardín botánico.

—Esa. Fumas, te vuelves la estatua del jardín botánico. Siempre vuelves a poner los codos en la mesa, la mano del cigarro vuelve a la frente. Luego sacas el humo, como si desde siempre hubiera estado ahí, como si no te lo hubieras fumado y fuera algo tuyo, pero no lo ves, estás viendo otra cosa. Piensas.

—Liliana, vístete.

—¿Te vas a ir?

—Deja ya el frasco. Vístete. Por favor. No me voy a ir.

—Hoy. Hoy no te vas a ir, pero luego sí, ¿verdad?

—Vístete.

No sangraba, pero sentía como se agolpaba el torrente en el chichón. La cabeza era el cono de una bocina que se expandía al ritmo de mi corazón. Esa noche no iría a ningún lado. No quería fumar, pero con la primera calada descendió notablemente el golpeteo de la sangre. Quizá Liliana tenía razón. No sabía lo que necesitaba.

Siguió al acecho de mis reacciones, desnuda, sin soltar el frasco, algo del aceite escurría al piso. Parecía que ya estaba tranquila, pero no confiaba en ella, la conocía demasiado bien. De un momento a otro se pondría a llorar o volvería a golpearme, eran pocas las opciones, en todas enloquecía. No quería estar ahí cuando ocurriera, pero tampoco podía irme.

—¿En qué estás trabajando? —No se me ocurrió otra cosa, era una salida

desesperada, sin imaginación. El mundo, finalmente recuperaba sus

contornos. Tampoco podía esperar mucho de mí.

—Ya te conté, en la película. Ahorita estamos buscando patrocinios, dice el director que si cambia las locaciones pueden sacar un buen subsidio, apoyos del gobierno, podríamos filmar allá con todas las facilidades. No tendría que cambiar muchas cosas. Sí, Aguascalientes no es el Londres del Destripador, ¿siglo XVII?

—¿Cómo crees? Lo de Jack el Destripador fue en 1888.

—Bueno, pues eso, también se puede modificar, el chiste es que ocurra en Aguascalientes. Yo seguiría siendo la protagonista. ¿Te conté que Ezzio modificó el guión?

No se me hacía difícil imaginarlo. Liliana tenía ese poder: contagiar su locura. Dejé que siguiera hablando, aunque podía adivinar la historia: se había acostado con el director y ahora él no quería perderla, haría cualquier cosa por quedársela, incluso cambiar Londres por Aguascalientes. No lo podía culpar, ese es el efecto Liliana. ¿Importaba quién era él? No, daba igual, Hugo, Paco, Luis, Santiago o Ezzio, los hombres somos estúpidos.

Ahora que el departamento y todos sus objetos se recortaban nítidos al efecto de la luz, me preguntaba cómo había llegado a ese punto, por qué me había golpeado con el tarro. Me lo merecía, por supuesto que me lo merecía, había respondido a su llamado, acudí a la cita a pesar de todas las veces que me había prometido nunca más verla.

Antes del golpe me preguntó si me gustaba coger con ella. Como sabía que no le iba a bastar con decirle que mucho, elaboré. Como todas las otras veces que me había preguntado, le explique que una de las cosas qué más disfrutaba era su capacidad de entrega, su disposición.

—Te gusta que te haga cosas.

—No, no es eso. No es lo que me haces o lo que te hago, es la posibilidad, cuando lo hacemos sé que podríamos hacer cualquier cosa.

—Pero nunca me pides que te haga cosas.

—Que no es eso, es otra cosa que no sé explicar más que así, no es lo que me hagas o lo que te haga, es la posibilidad, ¿me explico?

—Era inútil, creyendo que podía satisfacer su curiosidad, sólo me enredaba más con las palabras.

—¿Entonces es como todo lo que podríamos hacer?

—Ándale, algo así —No pensé suficiente la respuesta. Me comenzó aganar la incomodidad, recordé las veces que me había prometido no volver a estar con ella porque nuestros encuentros terminaban así, enredados en explicaciones absurdas. Lo único que se me ocurrió fue buscar mi ropa. Encontré los calcetines y comencé a ponérmelos.

Por un momento creí poder deslizarme hacia el final sin pelear, pasar a otro tema de conversación mientras me vestía y ya con la ventaja de la ropa, salir a la calle. Buscaba mi pantalón cuando llegó el golpe. ¿Entonces por qué no te quedas? ¿Por qué nunca te quedas? Nunca he sido bueno para elaborar las respuestas que ella necesita, lo tengo claro. A eso achaco el caer una y otra vez en la trampa de volver a verla.

A mediodía, antes de entrar al café en que me citó, aproveché un ángulo que me ocultaba a su mirada para observarla un largo rato. La mire a través del cristal, se entretenía mordiendo la punta de un mechón de cabello para arrancarse la orzuela. Un gesto que me desespera.

¿Cómo pude estar enamorado de esa mujer? Seguí mirándola mientras me cuestionaba con toda sinceridad si en verdad valía la pena y, como las otras veces, me prometí no acostarme con ella.

Ya había perdido la cuenta de las ocasiones en que me había prometido también no atender su llamado, todas las ocasiones en que después de la locura, de sus arranques, me dije que esa sería la última. Y ahí estaba de nuevo, como las otras veces. La excusa de esta cita era el mensaje que había dejado en el buzón de voz: unas líneas de T.S. Eliot que nos pertenecían: And indeed there will be time, For the yellow smoke that slides along the street… Susurró al auricular, después su respiración, para rematar con la hora en que estaría esperándome en la cafetería.

Después de escuchar el mensaje intenté, sin éxito, ocuparme en otros asuntos, al final volvía a su voz para adivinar a través del tono la sinceridad de la urgencia, la magnitud del problema con que ahora reaparecería, los motivos que en esta ocasión la hacían llamarme. Alguna vez me recibió con un “Estoy embarazada” a manera de saludo, cuando apenas me acomodaba frente a ella. ¿Felicidades?, fue lo que pude contestar, prácticamente, lo único que dije esa noche.

Un serpentear constante: me habló de los lugares donde había estado. Yo me empeñaba en fingir desinterés para evadir el tema de sus viajes, tarde o temprano me acusaría de ser el motivo de sus escapes. Éramos repetitivos, ya antes me acusó de sus desplazamientos. Por tu culpa no puedo echar raíces en ningún lado, o cualquier otra frase igual de melodramática. Precavido intenté desarmar sus anécdotas para mostrarle que la única responsable de sus decisiones era ella. No te voy a regalar mi llanto, fue su frase de salida. La miré irse seguro de que volvería. La mesera se cansó de preguntarme si no iba a pedir otra cosa, después me llevaron la cuenta y salí de la cafetería junto con el personal de cocina.

Por la forma en que se mordía el mechón intuí que no hablaría de su embarazo, que eso no era el propósito de la cita. A veces se llevaba las manos al estómago como si, súbitamente, recordara la confesión primera, pero era un gesto tan poco natural, que de inmediato cambiaba de postura. Nos sabíamos demasiado, ese era el problema para que la conversación fluyera. Hubo en tiempo que dedicamos nuestros sentidos a conocernos, pasábamos horas tendidos en la cama escuchando las mutuas respiraciones, ella vio erizarse mis vellos del brazo ante una película, yo le olfateaba el cuello para reconocer sus miedos, confundimos eso con el amor y ahora los gestos nos revelaban. Aún así me sorprendió su propuesta. Seamos amantes, dijo, sobre una servilleta de papel trazó dos rectángulos: Tú trabajas aquí, vives acá, unió con una línea punteada, en medio está mi casa, cuando tengas ganas puedes venir, lo nuestro es coger y conversar, podemos seguir con nuestras relaciones y, sin culpa, vernos, sobre todo eso, sin culpa. Hagamos lo que mejor sabemos hacer.

No me queda claro qué contesté, pero fue algo cínico, una demostración práctica que se reducía a la disposición, ella dijo que podríamos vernos todas las veces que quisiera, sin importa el día o la hora, yo repliqué que sólo nos veríamos cuando yo tuviera ganas, atenido al mandato único de mi deseo, sin importarme el suyo. No recuerdo cómo se fue, creo que no quise mirarla, me quedé borroneando sus dibujos en la servilleta con restos de café.

Volvimos a vernos mucho después, justo cuando pensé que ya la había olvidado, mejor dicho, cuando estar entre sus piernas ya no era un pensamiento que tenía al menos una vez al día.

¿Qué pasó con tu embarazo? No encontré manera mejor de enfrentarla cuando, literalmente, me tropecé con ella. Liliana rechazó la pregunta dibujando un garabato en el aire. Prendió un cigarro, más para negociar una pausa que por antojo, prolongó la calada echando la cabeza para atrás, luego exhaló unas volutas grises, intensas, que no lograron formar los aros en que se esmeraba y en vez de ascender se deshicieron en mis hombros. Volvió al movimiento exagerado de las manos para sacudirme el humo de la ropa.

Estoy harta de ser plato de segunda mesa, me dijo con su mano sobre mi hombro. Volvió a fumar, una calada breve, intensa, con que despachó el cigarro para dejarlo caer en la banqueta. Se apoyó en mí para equilibrarse, mientras giraba la punta del zapato sobre el cigarrillo, me explicó a manera de despedida: Pudiste tenerlo todo, todo, pero te escabulles, siempre, por eso no me sirves, porque huyes.

¿Cómo pude estar enamorado de esa mujer?, pensé mientras la miraba desaparecer. Decidí entonces que esa debería ser la despedida. Sí, me deleité con la visión de su cuerpo largo abriéndose paso entre otros transeúntes, admiré el ritmo de la marcha y el desdén con que ignoraba las otras miradas que se posaban en su trasero y me sorprendió no sentir ningún deseo. La había tenido a unos centímetros y no me asaltó la reacción química de otras veces, no había sentido el impulso de abrazarla y perderme. La seguí con la mirada hasta que no fue más que borrón de colores.

Nunca tenemos las mujeres que deseamos cuando queremos, resolví con esa frase la ausencia de reacción. De tarde en tarde, cuando algo me la recordaba, en vez de ahondar en las razones por las que la había dejado ir, de inferir motivos por los que no podíamos estar juntos, me convencí del argumento vulgar de que hay un tiempo para todo. Hasta que otras rutinas la borraron por completo.

Extinguido el deseo, Liliana quedó fuera de mi sistema de evocaciones. La llamada me tomó desprevenido y la curiosidad pudo más. La miré a través del ventanal de la cafetería. Ya había descartado el amor, sobre eso no había necesidad de explicar nada. Así que me detuve en su cuerpo, expuse los sentidos al conjunto y no me dijo nada, el tiempo había hecho su trabajo, si acaso recordaba fragmentos, ráfagas de la piel de sus muslos, la curva de su axila, las manos extendidas sobre una sábana… Nada que realmente me obligara a cumplir la cita, pero recordé su mensaje, las líneas de un poema que seguramente a ella no le decía nada, para el que yo me había inventado todo. Entré a la cafetería porque imaginé el efecto de su respiración en el sosiego de su pecho, la diminuta perturbación de la piel expandiéndose, el escote, los senos, tan a la mano, esa imagen bastó para rendirme. Los hombres somos estúpidos.

Obtuve lo que imaginé, la visión de sus pechos. Bajé la guardia, no recuerdo de qué tanto habló Liliana, ni siquiera la justificación para llamarme. Estaba empeñado en comprobar que ya no había química alguna, que mi reacción ante su escote era la natural de cualquier hombre, peor aún, obstinado en demostrar que ya no había ninguna atracción me distraje imaginando el momento en que se vistió para la ocasión, haciendo historias sobre sus posibles historias. Al tercer café me dijo que tenía hambre, “Te invito a un picnic en mi departamento”.

Ya en su casa, dispuso todo lo necesario sobre el suelo. Se divertía con el acomodo, estaba contenta. A pesar del arrebato, de las prisas con que iba de un lado a otro, estaba tranquila, o eso creí. Me explicó que estaba en una fase serena de su vida, lo único que le preocupaba era que, en el fondo, algunas de las cosas que le sucedían fuera sólo por su cuerpo y no por su talento. Me reí.

—Claro que es por tu cuerpo y lo peor que podrías hacer es desperdiciarlo

—Ya había terminado la frase cuando pensé en las consecuencias; sin embargo, Liliana se lo tomó bien. Mordisqueaba un tomate deshidratado, pensativa, sin atisbo de enojo.

—Exacto, si eso me lleva a la oportunidad, bueno, pues ni modo, ¿verdad?

El chiste es probar que me lo merezco.

—Salud por eso, no lo pude haber dicho mejor.

—Así es con los hombres, ¿verdad?

—Lamentablemente, sí.

—Y entonces, ¿por qué no me has pedido que nos acostemos?

Estuve a punto de atragantarme, en verdad no lo esperaba, por eso cometí el error de retarla, creo que dije algo acerca de la química o que la magia estaba ahí, pero yo me había vuelto invulnerable. Nos quedamos escuchando los ruidos de la calle, hasta que Liliana se levantó para prender el radio y comenzó a bailar.

—Don Invulnerable —Se burló —El Señor Indestructible —Sin dejar de bailar se fue desnudando —Señor Fuerza de Voluntad —Ya sin ropa me pegó sus muslos al rostro —El Maestro Inmune. Sólo por eso no vamos a coger.

—Está bien.

—¿Cómo que está bien? –—dejó el baile para acomodarse delante de mí. Liliana sentada, con el rostro recargado sobre el hombro, una mujer Modigliani, abandonada a su belleza.

—No sé, quiero decir, a la mejor así está bien, que podamos vernos y conversar —Estuve a punto de mencionar la palabra contemplación.

—¿Ya no me quieres? Dijiste que te gustaba estar conmigo.

—Sí, pero a la mejor nos hace bien, estar así…

Repitió la pregunta: ¿te gusta coger conmigo? Lo siguiente fue el tarro de tomates deshidratados en mi cabeza, el reclamo acerca de que nunca me quedaba.

Una vez que me recuperé me llevó a la cama. Abrázame, susurró como si no me hubiera golpeado. Tomó mis manos para dirigirlas por su cuerpo. Hábil demostró lo que pensaba de mi fuerza de voluntad. La penetré con ternura. Cambiamos de posición dos veces. Se quedó dormida con sus piernas sobre las mías.

Me di cuenta de la hora cuando me acerqué a la ventana. Era inútil pensar en saltar y, sin embargo, a pesar de los cuatro pisos que me separaban de la calle, era divertido considerar la posibilidad. En el balcón Liliana tenía tres macetas donde alguna vez creció algo, ahora sólo había ramas y tierra seca, junto a ellas un bebedero vacío, quemado por el sol. Se acercó un colibrí. Sin que lo perturbara mi presencia picoteó las cuatro flores falsas del bebedero.

Liliana me había contado del colibrí. Alguna vez tuvo la intención de domesticarlo, preparaba una mezcla de agua con azúcar para llenar el bebedero. El pájaro dio varias vueltas en el aire y regresó a zambullir el pico en las flores, una tras otra, incapaz de entender que formaban parte del mismo tubo de plástico abandonado.

—Vente, ¿qué tanto ves?

—Un pájaro.

—¿Regresó el colibrí? —Saltó sobre la cama.

—No. No sé, es un pájaro, otro, no un colibrí.

—Qué lástima. Antes le preparaba alimento. Ándale, deja la ventana. Ya vente, cuéntame algo, o si quieres, yo te platico.

Me acomodé junto a ella. Traté de acordarme cómo era, quién era, cuando podía pasar toda la noche sin dejar de acariciarla, me quedé dormido. Ella hablaba.

Atardeció. Soñé con el colibrí. Fue la noche de nuevo, el sueño fue intermitente, se parecía demasiado a una pesadilla. Liliana dormía pesada a mi lado, con una de sus piernas sobre la mía. A cada intento por hacerla a un lado, me respondía cerrando sus muslos sobre los míos o echándome el brazo encima. En algún momento quedé libre y pude ir al baño. De regreso calculé las posibilidades de salir del departamento, el bulto de mi ropa seguía en la silla, eran tres o cuatro pasos de ida, otros tantos de regreso y estaría afuera. Podía bajar descalzo, vestirme en la escalera. Salir.

Me acerqué a la puerta para correr el pasador, eso me ahorraría tiempo. Tenía la llave puesta. Liliana apareció en el marco de la puerta:

—Quédate, no empecemos de nuevo.

Regresé a la recámara. Me acosté junto a ella. Cerré los ojos con la intención de no volver a soñar con el colibrí. Ya habrá tiempo, pensé, ya amanecerá.


Autores
es narrador. Su libro más reciente lleva por título Rápidas Variaciones de Naturaleza Desconocida (2010).