Tierra Adentro

La poesía implica ruptura del lenguaje y, por lo tanto, violencia. Sin embargo, me pareció extraño encontrar un libro de poemas que incorporara violencia de una realidad explícita de una forma natural, sin caer en lo panfletario o en lugares comunes. Y Tianguis de Rodrigo Flores Sánchez (Distrito Federal, 1977), hace un ajuste de cuentas de la forma más honesta que existe: se somete a aquella violencia que sólo el autor puede ejercer contra sí mismo. Recientemente publicado en la colección de poesía de Almadía, este volumen consta de 132 páginas y, al igual que todos los libros de esta editorial, viene acompañado con ilustraciones de Alejandro Magallanes.

Tianguis es un libro que va más allá de lo que el título podría sugerir, como textos polifónicos, desordenados o irregulares. Se trata de un ejercicio donde el autor se arroja contra todo cuanto pueda herirle, desde la región sin ley que es Latinoamérica, hasta su concepción de la poesía.

Este libro está formado por cinco partes. ‘Bella epístola a manera de presentación’ es un poema de amor de un desollado: en el abrazo lleva la penitencia. La segunda parte del libro, ‘Cameraman’, tiene una tipografía diferente a la del resto del libro. Una fuente de la familia tipográfica American Typewriter nos hace sentir que empezaremos a leer un diario cuya noticia principal es el primer avistamiento de la muerte. “Documento mi muerte y la registro”, afirma el autor. Y luego sentencia: “Mirar es morir”. Además esta parte es una crítica frontal a las habilidades de comunicación tan apreciadas por los medios. Sintaxis, expresividad, retórica y prosodia aquí no son más que armas de dos filos que emiten el mensaje pero a su vez arremeten contra el emisor.

‘Testimonio flaviano’ es un ejercicio que Rodrigo llama contrabiográfico. En un contexto urbano, vacío o bien lleno de cascajo, el autor confronta al poema, que “es y no es una experiencia verbal […] A menos que experiencia verbal represente lo que queda o lo que se extingue en referencia a esta escritura”. Y es aquí, en este dilema, donde la voz poética hace escarnio de sí misma y encontramos el humor. “Si te dijera que mi nombre es inodoro, ¿me querrías?”

‘eSPAsMo’, es un conjuro contra el amor. Es el erotismo de un cuerpo extrañado de sí mismo, y del otro: “Habrá algo que te destruya amor hay dos cuerpos confundidos”. Y es en esta parte donde aparece una apología del poema: “Escribir es olvidarte sucio amor casi digo tu nombre”.

‘Donppelgänger’ es quizá la parte más dolorosa de Tianguis, en donde se afirma: “El silencio es la traducción precaria de una ojiva: nos fuimos”. ‘Dos epístolas concluyentes donde se explica el fundamento de la primera ley de la termodinámica’ es el testimonio terminante de un estado de sitio, ése donde la violencia no se crea ni se destruye, sólo se transforma. ‘Apostillas o la poda’ cierra el libro con dos preguntas luminosas: “¿para qué / diseminas el hipo y la rabia?, / ¿escuchas / estrellarse las dársenas, / al desplazarse tus muecas, / entre boquetes y hendiduras, / donde nunca, nada, nadie / estuvo?”

Como todo gran mercado, en éste hay música, fotografía y carne. Viva y muerta. En Tianguis entran varios ejercicios poéticos disímiles entre sí pero cuyo hilo conductor es claro: una voz genuina. Rodrigo Flores Sánchez nos muestra un tianguis desde una azotea, donde los toldos reflejan el sol con una violencia uniforme, democrática. Una violencia para todos. Y para todos es muy afortunado cuando se trata de poesía.


Autores
(Guadalajara, 1982) es poeta. Su libro más reciente, Jaws [Tiburón], obtuvo el Premio Nacional de Poesía Ignacio Manuel Altamirano en 2015.
Motel Bates. Yussel Dardón

El 17 de noviembre de 1957 en Plainfield, Wisconsin, Estados Unidos, desapareció Bernice Worden, empleada de una ferretería. La policía arrestó a un hombre llamado Ed Gein, pues éste había sido el último cliente consignado en la bitácora de ventas. Al entrar a casa de Gein, los agentes hallaron el cuerpo de la desaparecida colgado de los tobillos, decapitado y abierto por el torso. Además hallaron diez cabezas de mujer, sillas hechas con piel humana, cuencos hechos con cráneos, un collar de labios humanos y una caja de zapatos con nueve vaginas. La historia no termina ahí: en el mismo estado de Wisconsin, a sólo treinta y cinco millas del lugar donde la policía encontró el cuerpo de Bernice, un escritor llamado Robert Bloch publicaba dos años después su sexta novela, a la que tituló Psycho. Norman Bates, el personaje principal en esa historia, es un joven desequilibrado incapaz de asimilar la muerte de su madre. Su actividad principal es administrar el motel que lleva el nombre de la familia: Motel Bates.

Desde su aparición, Psycho causó revuelo en los lectores. Tanto que llamó la atención de Alfred Hitchcock, quien al año siguiente (1960) estrenaba una película basada en la novela de Bloch. Dicen los que saben que aunque existía la posibilidad de realizarla en colores, Hitchcock prefirió hacerla en blanco y negro para atenuar la escena en que Marion Crane es apuñalada en la ducha, pues de otro modo no hubiese pasado la censura. Es importante destacar que Psycho no es el relato de los crímenes de Gein, sino una reconstrucción artística libre. Para contarnos la muerte de Marion, Hitchcock armó un complejo rompecabezas en el que nada falta y nada sobra: ni los primeros planos de la regadera vista desde abajo y de perfil, ni la veladura misteriosa de la cortina de baño que nos impide identificar al asesino, ni la sangre que corre en remolinos por el desagüe. Debido a esta compleja y bien pensada disposición de elementos, no fueron los crímenes de Ed Gein, sino el calculado simulacro del director británico lo que desencadenó una secuencia de creaciones artísticas que llega hasta nuestros días: películas, novelas, anuncios, canciones y hasta videojuegos. El eslabón más reciente en la cadena es quizá Motel Bates, Premio Nacional de Cuento Breve Julio Torri (2012), de Yussel Dardón.

Antes de abordar el libro, bien vale un comentario: es de aplaudirse que el año pasado la Secretaría de Cultura de Coahuila, dirigida por Ana Sofía García Camil, haya decidido convocar nuevamente al Premio Nacional de Cuento Julio Torri. Se trata de un premio de mucha tradición. Creado en 1994 como un premio estatal que buscaba estimular la narrativa escrita por coahuilenses, permaneció seis años en ese ámbito. La convocatoria contemplaba el envío de un solo cuento. Los ganadores de entonces son nombres bien conocidos en el mundo de las letras de ese estado: José Luis Herrera, Gerardo Segura, Yolanda Natera, Fernando Martínez Sánchez. En 2001, el premio adquirió categoría nacional y cambió las características de la convocatoria: sólo podían participar jóvenes menores de treinta y cinco años, era necesario enviar un libro de cuentos, y como parte del premio, se obtenía la publicación del mismo en el Fondo Editorial Tierra Adentro. En esta época resultaron ganadores, entre otros, libros memorables como En el jardín de los cautivos, de Maritza M. Buendía, Dejaré esta calle, de Antonio Ramos Revillas, Murania, de Alejandro Pérez Cervantes y Aquello que nos resta, de Liliana Pedroza.

Hoy el premio vive su mejor momento, no sólo porque se aumentó el monto del estímulo, además porque se acotó la participación al género que Torri cultivaba: el cuento breve. (Recordemos que para Torri la brevedad era la más alta de las virtudes que podía tener un escritor: “El horror por las explicaciones y las amplificaciones me parece la más preciosa de las virtudes literarias”, nos dice en un texto titulado “El ensayo corto”.)

Como mencioné, el ganador más reciente es Motel Bates, libro que retoma el ambiente del Psycho de Hitchcock. No estamos, sin embargo, frente al enésimo remake de la cinta. Aparecen, sí, la chica desnuda, los violines que rasgan la atmósfera, el cuchillo agresor, la sangre que escapa en remolinos por el desagüe. Pero el autor sabe que a fuerza de repetirse, los motivos brillantes se convierten en lugares comunes. Sabe que cuando una mano corre la cortina para asesinar a Marion, las generaciones jóvenes ya no sienten el espanto que embargó a nuestros abuelos, sino señalan divertidas que el cuchillo asesino nunca se mancha de sangre, o que es evidente que el cuerpo que atisbamos no es el de Janeth Leigh, sino el de una desnudista a la que Hitchcock le pagó quinientos dólares para que hiciera la escena. Es ahí, en el paso del horror a la ironía, que Yussel Dardón llena sus cuentos de bombas y granadas y pirañas y ametralladoras, de personajes que se vuelan los dientes con un revólver, que se sacan las vísceras, que cavan túneles en su pecho, que incurren en casi todos los finales que en otro tiempo significaron tragedia y hoy son soluciones fáciles a las que el narrador recurre en clave de burla, “como si la vida fuese un filme de bajo presupuesto” (p. 15). La pregunta es por qué lo hace.

Para intentar una respuesta hay que señalar que la estructura de Motel Bates funciona más como novela que como un volumen de relatos independientes. Al hablar de novela pienso en obras como La feria, de Juan José Arreola. Explico: el libro del maestro de Zapotlán está compuesto por 288 fragmentos que se ofrecen al lector sin orden aparente. Pero eso no significa que los segmentos no estén relacionados entre sí: por el contrario, una vez que el lector ha completado la lectura de todos los relatos es capaz de identificar una estructura mayor. Arreola sacrifica la linealidad para obligarnos a buscar lazos de otra clase entre los relatos. Así, conforme pasan las páginas identificamos la repetición de algunas voces o la recurrencia de ciertos temas. Yussel Dardón hace lo mismo en Motel Bates. Para contar las historias que conforman el libro, utiliza una variedad de herramientas (epígrafes, narradores omniscientes, narradores en primera persona, avisos cuyo discurso evoca el impersonal estilo de una hipotética gerencia del motel). Pero estas herramientas no están dispuestas para potenciar la efectividad de los relatos en forma aislada, sino como un gran texto que debe ser leído entero para captar el sentido final del libro. Se trata, en cierta forma, del armado de un rompecabezas muy inteligente: lo que hoy parece absurdo podría cobrar sentido más adelante. Eso explica los “atentos avisos” que se envían al lector, previniéndole de que en el motel (en el libro) lo que priva es la incertidumbre. Y explica también por qué los finales de algunos relatos como “La habitación del equívoco”, o “La habitación del prestidigitador” son lugares comunes tan evidentes que llevan al lector al desconcierto: porque en realidad lo que Yussel Dardón pretende es sacrificar la eficacia individual de sus relatos en un intento por lograr una forma más amplia que represente las dificultades del proceso creativo. Así, quienes tienen el valor para permanecer en el motel encuentran que este arrojo resulta ampliamente recompensado por un libro muy bien planeado que, al final, revela un profundo sentido de lo literario.

En Motel Bates la estructura y el discurso llegan a ser tan importantes que parecen anular las historias que se cuentan. Poco nos importa que muera un personaje. Sabemos que, como en las películas de bajo presupuesto, al final morirán todos. Tampoco importa la forma en que se les conducirá a la muerte. Lo que en verdad importa es de qué manera todas esas muertes aparecen contadas ante nosotros. Como Hitchcock, Dardón apuesta por el blanco y negro (en su caso la tinta y el papel). Al hacerlo convierte a la forma en su personaje principal: en Motel Bates todo parece subordinado a la estructura: los personajes, las acciones y el lenguaje mismo están dispuestos para recordarnos que estamos leyendo un libro. Como advierte Terry Eagleton, cuando los textos hacen destacar el proceso mismo de su producción, lo hacen “para que no se les tome por una verdad absoluta, para que el lector se encuentre estimulado a reflexionar críticamente sobre las maneras parciales y específicas en que se construye la realidad y de esta manera reconozca que todo pudo haber ocurrido de manera diferente”. Al usar el tono irónico, Yussel Dardón se inscribe en una tradición que en nuestro país fue cultivada con maestría por plumas como Julio Torri y Juan José Arreola.

Del primero basta recordar “De fusilamientos” o “El coleccionista de ataúdes”. Publicados en la primera mitad del siglo XX, llegan a nosotros contados por voces en las que advertimos una mueca de sorna que nos mueve a dudar de lo que dice el narrador. (Por supuesto el tono irónico y el humor negro no son una invención de nuestra época. La lista de autores que han echado mano del recurso es muy larga, y se remonta muchos años atrás. Basta echar mano a las obras de Bernard Shaw, Mark Twain, Thomas de Quincey, Jonathan Swift… Torri mismo reconocía abiertamente la influencia del francés Auguste Villiers de L’Isle-Adam, que en 1883 publicó sus Cuentos crueles, donde la exageración y la violencia son los ingredientes principales.)

La aparición de libros como Motel Bates es muy oportuna en un momento en que la crítica señala que entre los narradores latinoamericanos contemporáneos existe una predilección de la “fiebre por contar” sobre el uso de estructuras complejas y juegos formales, pues se advierte una tendencia a equilibrar contenido y continente. Cabe esperar de este escritor más libros en los que historia, estructura y discurso estén ligados de tal modo que lleguen a parecer indisociables. En la sencillez reside el nuevo reto. En contar historias complejas de un modo que se antoje natural. Libros de escritura difícil y lectura fácil, libros plenos de historias que como Motel Bates sean, al mismo tiempo, lúcidas reflexiones sobre el arte de narrar.


Autores
es narrador. Ha sido becario de la Fundación para las Letras Mexicanas. Con Partitura para mujer muerta (2008) obtuvo el Premio Nacional de Novela Policíaca.

Todos los días son viaje y su casa misma

es viaje.

Bashō

 

Libro de coordenadas y colocaciones, Dársena de Arcadio Leos es, sobre todo, un libro de horas. Un diario de viaje donde el hablante asiste al gran espectáculo del mundo. Podría decirse que es la libreta de notas de un arqueólogo de lo residual y del instante. Todo desde un sosegado estado de alerta de quien mira, como el paseante de Rousseau, e indaga en las cosas de mayor profundidad desde rastros y restos que hay en el camino.

Quien viaja sabe que lo experimentado es fragmentario, que el recuerdo que vuelve es más una ficción entreverada a la realidad que el concreto aparentemente real de un monumento. Dársena por ello es también una lectura de los sitios y las experiencias vividas que se abre a lo desconocido, que no acepta ataduras. Por su propia fuerza natural, el tránsito, el eterno espacio de quien viaja, de quien en la travesía aprende y desaprende, abre siempre lugar al destello. Y es esa ráfaga de visiones que el poeta atrapa cual cazador de relámpagos: un momento, un instante, al más puro estilo de un guerrero japonés que, en movimientos exactos y breves, acierta en la frente del enemigo. Mucho le debe este libro a la más pura tradición del haikai, enarbolando el árbol genealógico Matsuo Bashō con esa “conciencia de la fragilidad y precariedad de la existencia, conciencia de aquel que se sabe suspendido entre un abismo y otro”, como dijera Octavio Paz. Sin embargo, la mirada de Leos está movida del espectro de la naturaleza, su mirada está poblada por la urbe, por las ciudades y su vértigo. Así pasa por Huesca, Zaragoza, Madrid y Barcelona, recorre Tijuana, Rosarito, San Diego, le canta a la Sagrada Familia: “tus patos huelen a podredumbre / tu lago a lama empantanada / se pudren / se mierdan sobrecogidos / mientras observan la belleza de ese lirio / mientras miles de ramas muertas”, nos dice el autor. Dársena es también por momentos una evocación a los corridos pero en una versión de posmodernidad líquida, como en el siguiente poema, “manifiesto esto preso sexo en la frontera¡ en la carretera en la base de la onda longitudinal / borders trolleys order little creatures borders borders orders inside / él y tú y todos locos vamos recontentos reculeros recurrentes recolectar / la vida tranza traza no traza alguna línea mierda / es sólo contexto contengo contento contigo mismo contención / la regla desespera pero da tranquilidad / mantengo recto este expreso honesto para el que quiera rocanrolear / comba a la deriva la herida dirimida con exceso de fuerza policial / y quien contiene la cordura preguntaba buda una noche prenupcial / nada es sólo rama barca tantra nada es sólo azar / aire en los pulmones trotes armonía ruego algo por respirar / damas / caballeros / vuestras señorías / nada de esto es alegría / nada de esto hará llorar.” Es también una voz que va de lo coloquial y lo brutal a imágenes cristalinas y de contundentes trazos como el paisaje nórdico, de belleza opaca y solar, donde lo sublime se ve atravesado por un animal herido o muerto en un coto de caza de ciervos. Así, en “noticias de Juárez”, el autor nos lanza, “flores mecían ese día / sus rostros inexpresivos con otras hierbas / dorándose en el semidesierto veraniego / bajo un árbol en segundo plano / los forenses”. El autor observa la ciudad como una piel primera desde la cual se vive contemporáneamente, se enfrasca en sus laberintos en francas travesías que lo llevan desde la decadencia de los bares y el submundo del alcohol hasta la exaltación de lo nimio. Instantes y momentos de observación donde el enclave es la urbe y el protagonista es el hombre desnudo ante ella. La sección más amplia es la dedicada a Monterrey, ciudad natal del autor, brevedad certera en poemas como “ampolleta”: “destila mi sangre destila / la luz destila la libra de luz finísima de la luz destila”. La sección dedicada a Nueva York es una apuesta de quien mira por la cámara, por la ventana, por un ángulo reservado para la melancolía, cito: “cerveza en el suelo como pétalos de una flor / envases de cerveza como pétalos perdidos / alguien observa en las botellas / alguien piensa cómo describir esa flor:”, para continuar en el siguiente poema con “la flor del árbol / plena hace tres días / se vuelve polvo”. Por último, la sección de “Underground” cierra el planteamiento conceptual de todo el libro, trazo y decisión, significados y humor de una suerte de caminante en vagabundeo que pone la mirada en la cima de una roca bañada por la luna, aunque esta roca esté en medio del tráfico, de los vendedores ambulantes, de las trocas y del mundo cosmopolita de las ciudades de hoy.


Autores
es poeta. Sus libros más recientes son: Tiento>/em> (2010), Gramática del nudo. Poesía 2000-2010 (2011), Amérique/Urbana (2011) y El ocre de la tierra (2011), entre otros.

“La poesía es la palafrenera de la Música.” Era una de las frases favoritas de Guillermo, la decía embebido, poseído, flotante entre la orquesta invisible de su charla que seguía los trazos llanos del humo de cigarro y la orquesta real de sus afectos apoderándose de la casa, la madriguera de Guillermo, por ejemplo Jessye Norman, por ejemplo el místico estonio Arvo Pärt. La Música, origen del éxtasis.

Podría afirmar que la poesía que más amó Guillermo en el siglo XX fue la de Luis Cernuda y en el XXI la de Antonio Gamoneda, el Señor de las Tormentas. Cernuda es luminoso —mitad alba, mitad ocaso— el instrumento de una música formalmente impecable y en sustancia honda, volátil, abismal, ética, lección de vida (en que la vida se llama, por supuesto, amor), realidad y deseo in-diso- lu-ble. “Libertad no conozco sino la libertad de estar preso en alguien / cuyo nombre no puedo oír sin escalofrío.” Mientras que en Gamoneda hay iluminaciones ásperas, heridas de muerte, se respira la montaña imponente, tétrica en su reflejo, en su atisbo (el ser), arduo y vedado, es la terrible música del perecimiento. “Entre el estiércol y el relámpago escucho el grito del pastor. Aún hay luz sobre las alas del gavilán y yo desciendo a las hogueras húmedas. He oído la campana de la nieve, he visto el hongo de la pureza, he creado el olvido.”

En Arca (2010), reunión de 23 textos poéticos, inestables, de tema amoroso, que cunden y se esconden, Guillermo Fernández puso a prueba toda su poética, del lirismo tan natural, del magisterio rítmico de libros como La palabra a solas (1965) o La hora y el sitio (1973), de una poesía formalmente plena, firme y clásica, inscrita en nuestra mejor tradición, da paso a un último libro que contrasta, es un golpe de timón, necesariamente ¿fallido? A contraluz, Arca tiene las virtudes de un antihéroe. Aunque este librito casi silente, parco, raro, el que más desdeñaba en vida Guillermo, nombra el conjunto de su obra, en la compilación que hizo hace dos años para la colección Clásicos Jaliscienses. Quiero decir que algo hay ahí, ese puerto existe.

Arca no es un libro fácil, es un libro de amor imaginado e inconcluso, fatal, por siempre abierto, sin respuesta, ese es el sentido del epígrafe de Antonio Gamoneda: “Yo no tengo esperanza sino una pasión/cuyo nombre tú no vas a decirme.” Es un largo autorretrato del enamoramiento, confesional, punzante, irónico. También un autorretrato contradictorio, lo habita un yo lírico en combate contra el amor mismo,da todos los argumentos para no enamorarse, para no rendirse, el yo lírico deviene en yo racional, resiste, se multiplica, se llena de rostros, de anécdotas, de atmósferas, de glosas librescas, de humor (a veces muy negro), de clichés donde el amador intenta huir, se fragmenta.

Arca es una alegoría exacta, identificable, quizá más parecida a un enigma renacentista, donde se transfigura lo que se ama, se eleva a símbolo, se condensa. El símbolo es obviamente el arca (el resguardo de las cosas más preciadas para sobrevivir) y el diluvio bíblico, una lluvia permanente, primero en el goteo estético de los poemas que se convertirán en mudo estruendo, luego en la atmósfera, atroz y cinematográfica, cuando el mundo se vuelve acuario y un remolino arrastra, tritura al amador: “Sigue lloviendo / afuera y dentro del acuario / Sin saber qué más decir limpiamos nuestros lentes / náufragos de nosotros mismos / nos arrastra un mismo remolino.”

Arca es un híbrido de prosa, verso y aforismo. A primera vista, Gamoneda está a la sombra de este dulce nuevo estilo, pero están, por igual Ungaretti, Bartolo Cattafi, Sandro Penna, Leonardo y Miguel Ángel, la famiglia italiana de Guillermo. Este género híbrido es el principal eje del auto-escarnio, ya había mencionado que el paso de un yo lírico a un yo racional, ponía en marcha en el ver-se-de-fuera de ese yo todo el conflicto amoroso de Arca. Y vuelvo al sendero (hamletiano) de Cernuda, ¿la realidad y el deseo? En Arca hay Deseo versus Realidad.

La ironía, el auto-escarnio, también va por lo libresco, lo erudito de cierta filosofía, ciertos autores:

Lucrecio, Leonardo, los presocráticos que contrastan con la vida y los lugares comunes de la publicidad, así se promedia el tono: “Los oriundos químicamente sanos y puros /como tú / que no beben / ni fuman / ni hablan / ni ríen / ni se entristecen / o todo con medida porque quién sabe qué van a pensar de uno / Desde las cumbres de sus respectivas importancias.” O casi al final: “De pronto alza el vuelo / no sé si gavilán o paloma / pero sin rama de olivo / sin siquiera un cardo / deshecho por el diluvio / y la voracidad de las liendres.” Un enjuague a la grandilocuencia, a la afectación académica a través del auto-escarnio, nada más penoso para el amador que descubrirse quejoso y ridículo, nada más anticlimático que en el discurso amoroso caiga como guillotina un “Todo con medida” o se caricaturice al sujeto lírico como pobre tonto, ingenuo y charlatán que fue paloma por etcétera.

En la introducción a Cinismos, Michel Onfray, habla de su pasión por Lucrecio. Me parece importante compartir el juicio del filósofo francés, que sin duda podría haber suscrito el propio Guillermo: “En él descubrí un pensamiento materialista ateo, una ética pragmática, una manera eficaz de poner en evidencia la falsedad y un claro desdén por la condena eterna y el pecado, la falta y la mortificación, el infierno y la culpabilidad. Lucrecio enseña una moral de la pacificación consigo mismo y el reencuentro con la propia sustancia atómica.”

Lo entrañable en Arca es el sustrato real, o la implantación verosímil del amor en la reelaboración poética, cuando lo anecdótico nombra al cuerpo, las dolencias del cuerpo, y habita los objetos de todos los días: una sala, lámpara, ventana, el monitor. Lo mismo que el espacio o escenario se vuelve un elemento de asfixia, de impotencia. Dos ejemplos: “Esos tres metros que siempre nos apartan son tres años luz / y otros tantos de tácitos teoremas y entelequias con verrugas. / ¿Acaso se ensimisma en alguna aporía del eleata / o se hunde en la negación del movimiento / o encarna la piedra filosofal / junto a la lámpara que alumbra / al inmóvil matorral de su silencio?” Y: “Entre tú y yo has puesto veneno para ratas/abismos a un palmo de las manos / En los ojos se hielan las miradas y el cloro de las lágrimas / Por lerdo que puedas ser no ignoras que la sangre se resiste a tascar / el freno /cada vez que nos miramos / No quiero que veas en mis ojos la centella del hambre ni sepas nada / del día que los caballos aprendieron a llorar.”

Arca en su gesto, hondura y apasionamiento cobra en mi gusto un sitio dilecto, en esa forma —tristemente epitafio— casi glosa brevísima, metáfora incesante de alguien arrojado a amar, a vivir en el tamiz de la mejor libertad cernudiana, el retrato de Guillermo se agiganta, valiente, incorruptible.


Autores
(Toluca, 1981) Publicó Mi nombre de guerra es albión (2010), Muerte del dandysmo a quemarropa (2012), La czarigüeya escribe (2014), en coautoría con Diana Garza Islas, Obras Cumbres (2014), Brazuca (2015), Quienquiera que seas (2015), Máquina portadora de cabezas (edición digital, 2018). Tradujo del portugués Bruno Brum a ritmo de aventura de Bruno Brum (2017); Droguería de éter y de sombra (2014) de Luís Aranha; Voy a moler tu cerebro (2010), Paranoia (2013) y Oda a Fernando Pessoa (2017) de Roberto Piva; la antología de poetas brasileños nacidos en los ochenta Escuela Brasileña de Antropofagia (2011). Tradujo del inglés con Diana Garza Islas, Una noche, senté a Donald J. Trump en mis rodillas/Y otras teorías estéticas del siglo XXI (2017), a partir de un ejercicio de Chris Rodley. Imparte los talleres de poesía latinoamericana Periferia de Escribidores Forasteros en la Ciudad de México y Toluca. Trabaja en la librería Mi Primer Día en el Salón de la Fama.

Una palabra, con todo su verde,
Vuelve sobre sí, se trasplanta,

Síguela.

Paul Celan

 

Hay la poesía que uno encuentra en librerías. En libros retractilados —en la mesa de novedades, empolvados— en Donceles. En “El burro culto”. Poesía que uno escucha en lecturas. Que uno lee en revistas. Que uno lee por sugerencia de otro lector. La hecha por otros y para otros en muchas ocasiones. Y hay la poesía escrita para uno y encontrada en el instante justo, único. Como al azar

Así encontré Voluntad de la luz, hace ya varios años, en un altero de libros en una casa de Chetumal, Quintana Roo. Muy cerca del agua, del malecón. Me llamó la atención el sello. Años después supe que con ese título iniciaba una de las propuestas poéticas y editoriales más sostenidas en los últimos años en nuestro país. Por ello esas dos facetas de Luis Armenta Malpica (ciudad de México, 1960), que tiene desde hace tiempo su centro de acción en Guadalajara, son indisolubles: nacieron juntas y juntas siguen dejando marca indeleble en los lectores.

El agua recobrada. Antología poética de Luis Armenta Malpica, publicado en 2012 por Vaso Roto Poesía, con prólogo de Eduardo Moga y selección de Luis Aguilar, es un libro significativo por al menos dos razones: 1. Muestra una visión completa de uno de los poetas más consolidados de su generación, y 2. Nos permite ver que la acepción “antología” no se mueve únicamente dentro de los parámetros de la temporalidad. El poeta Luis Aguilar realizó una lectura personal y lúcida de una obra en proceso que, ahora que la leemos así, adquiere otros horizontes. Y desde el ángulo que se le vea esta poesía alumbra.  Los fragmentos de libros y los títulos que conforman este gran total, obedecen a un planteamiento de lector y no a los rigores secuenciales  del tiempo. Así, El agua recobrada es un libro nuevo a partir de una visión que confirma los elementos sostenidos en el quehacer de Armenta Malpica, pero organizados de tal forma que cada conjunto es un guiño que se atiende según transcurren las trescientas veinte páginas. Para quienes conozcan la obra de este poeta, traductor y editor naturalizado tapatío, esta es una oportunidad inmejorable de recorrer sus obsesiones, sus recurrencias temáticas y la frescura contundente de quien maneja con acierto notable el verso corto y el versículo. El mundo primordial de Armenta Malpica, que comienza significativamente con la creación, abarca un panorama que comprende la música (la ópera, en primer sitio), la poesía, la amistad, el amor,  las lejanías; todos esos senderos espirituales que en su voz vuelven de nuevo a nacer a través de una lente de gran alcance, y cuyas palabras, en busca del lenguaje puntual, se cristalizan en su concepción más pura.

El agua recobrada nos recuerda que la biografía de un poeta está en sus libros. De tal suerte que los títulos publicados forman un rompecabezas que a través de los años fue esparciendo sus piezas al parecer de una manera inconsciente. No es así. Pues entre los muchos aciertos del trabajo poético de Luis Armenta Malpica, sobresalen la coherencia, la unidad, la conciencia de las formas.

Este libro es también una oportunidad de apreciar el minucioso trabajo de orfebre de un autor que no desdeña la ironía, los juegos de palabras, los riesgos que implica la devastación de las formas, y que apuesta por la sonoridad, por las imágenes tan refulgentes por naturales y por la transparencia, ese recurso que muestra lo mejor de sí cuando el poeta tiene claro, en su percepción emocional, el objetivo de su discurso.

“Mi corazón es la ciudad más grande que conozco”. Es el verso con el que inicia el libro. Y allí comienza la aventura. Una aventura en la que los vaivenes naturales de su concepción frecuenta y reaviva tópicos que fraguan la marca de fuego delo indeleble, es decir, la poesía y sus misterios de orden altísimo. No es frecuente que un autor debute con un libro como Voluntad de la luz. Y no es frecuente tampoco, que una primera muestra antológica conserve la solidez y la frescura de una voz amorosa que no calla su nombre y que se hace y conforma con paciencia, con el oficio que da la paciencia y con la madurez que dan las lecturas. Los epígrafes signan el linaje de Armenta Malpica: Jaime Gil de Biedma, Gonzalo Rojas, Eugenio Montejo, David Huerta, son algunos de los poetas que acompañan sus poemas. Eduardo Moga, en un prólogo sensible y lúcido, afirma (y coincido con él) que: “El agua recobrada luce una coherencia fluida, muy natural, fruto de una cosmovisión tan depurada como reconocible, que ha emergido de los poemas sin el armazón, quizá, de los huesos, pero con la nitidez con que se imprimen los músculos en la piel que los alberga”.

De acuerdo a la disposición asumida por el antologador, no se puede prescindir de señalar algunos poemas donde los recursos de Armenta Malpica son utilizados con evidente maestría: “Solo para unos ojos”, “Oficio celestial de los dominios”, “Can mayor”, “Tango de la primera herida”, son algunos de ellos, y que juntos, estructuran este libro que se encarga de destacarlo en una generación que incluye a Tedi López Mills, María Baranda, Ernesto Lumbreras, Jeremías Marquines, Jorge Fernández Granados y Javier España, entre otros.

Armenta Malpica ha publicado, entre otros, Voluntad de la luz (1996), Ebriedad de Dios (2000), Luz de los otros (2002), Ciertos milagros laicos (2002), Mundo nuevo, mar siguiente (2004), Sangrial (2005), y El cielo más líquido (2006). Es un autor que sabe que el mejor reconocimiento es el que le dan sus lectores. Y que sin duda este libro traerá los suyos.

Como la lluvia trae sus nostalgias, como el agua trae consigo su cantar florido, que ya lo escribió el

poeta:

 Pudiera no ser agua lo que digo

 

pero agua es lo que queda.


Autores
es poeta, editor y traductor. Fundados de Ediciones Monte Carmelo. Autor de varios libros de poesía, entre los que se encuentran: Habitar donde fantasmas (1995), Antorchas (1999), Maitines (1999) y Barra de panteones (2003).
Fotografía por Pixabay

Tengo las manos ardiendo
arden porque en ellas escriben mis muertos
Con 7 muertes escribo un gato en mis vísceras
soplo y el gato salta de mi vientre para arañar la casa
Un gato tiene 7 muertes por eso sus ojos siempre están en otra dimensión
por eso sus patas en otros ritmos
7 muertos hacen un gato
que salta hacia mi cabeza para comerse al sol y dejarme ciego
Voy sobre un gato hacia otra dimensión donde correré desnudo
el gato dice “entra en mí y te vomitaré renovado”
el gato abre su vientre luces neón corren en él
Carreteras de los muertos
Me dice entra y saldrás renovado
hay que nacer de nuevo
para seguir en el camino
Entro por su estómago
coso su vientre
habito otro mundo
lleno de vísceras y luces
tengo máscaras de muertos
gritos de muerte
comienzo a comer las pequeñas luces que lo habitan
luces en mi cuerpo
gritos de muertos
máscaras de muertos
un gato renacido


Autores
es poeta. Tiene publicados los libros: Canto de mi árbol en el incendio (2012) y Animalito Rockero (2013).

Lejos quedó aquel México nacionalista que se imaginaba a sí mismo como una interminable película del Indio Fernández y se complacía viéndose en el espejo de sus propios mitos. Era un México de cantinas, sombrerudos y bigotones; de nopaleras, cañadas y cielos infinitos, como los de Figueroa; pero lo más importante, era un México de Josés, Juanes y Pedros, un país de nombres decentes. Hoy, en cambio, como resultado del más perverso colonialismo, no es dificil encontrarse con individuos que se hacen llamar Paul Jonathan o Brandón Michél [sic]. Sin embargo, a pesar de sus cacofonías imagino que estos personajes a diario conocen gente nueva, realizan trámites, pasan lista y, en fin, van por estas calles de Dios, sin necesidad de interrogatorios, como si fueran Pedro y Juan. En cambio, si uno se llama Anuar las cosas son muy diferentes.

“El nombre no sólo designa sino que designia”, escribe Hugo de Sanctis. Únicamente alguien con un nombre extravagante puede conocer la verdad de ese verso. Ignoro cuáles fueron las razones de mis padres para bautizarme así. Quizás el significado de mi nombre devele el mal momento por el que atravesaban y las esperanzas que querían proyectar en su primogénito, pues Anuar significa ‘el que da luz’ —era el sexenio de Miguel de la Madrid. Quizás es sólo una condición generacional,  una moda de “nombres raros”, pero llevada al extremo al añadir dos apellidos de extracción árabe y judía, respectivamente: Jalife y Jacobo. Llamarse así lo lleva a uno a la alienación social más radical.

Recuerdo que cuando era niño siempre me detenía en los calendarios a buscar mi santo. Como todos imaginarán, nunca lo encontré. No entendía por qué. Además, como mi familia no era católica el misterio se volvía doble. ¿A ciencia cierta, qué carajo era un santo? Trato de hacer memoria y recordar qué imaginaba cuando mis amigos festejaban el suyo. Creo que para mí era exactamente igual a un cumpleaños, pero aburrido.

Mención aparte merecen todas las interacciones burocráticas que he tenido en mi vida, desde que ingresé a la primaria. Recuerdo que cada inicio de curso despertaba en mí la incógnita de cómo pronunciaría mi nombre la profesora en turno. Ambar, Omar, Yanuar fueron algunas de mis identidades provisorias. Con el apellido paterno se inauguraba otra lista: Felipe, Jelipe, Califa. Finalmente, con el apellido de mi madre, el problema no pasaba de que se comieran una “o” y me dijeran: Jacob.

Sin embargo, una vez superadas las dificultades fonéticas, iniciaban las estructurales. ¿Cuál era el nombre?, ¿cuál el apellido? Para cuando las cosas quedaban aclaradas faltaban dos días para que el año escolar terminara. Por un tiempo creí que estos equívocos se debían a esa especie de incomunicabilidad en la que permanecemos durante la infancia. Salí del error cuando el último día de la preparatoria, mi mejor amigo, al ver mi certificado preguntó atónito: “¿A poco sí te llamas Jalife? Yo pensé que era tu apodo”. “Es mi apellido”, le aclaré. Remató con simpleza: “¿Qué no era Anuar?”

Así, entre el desfile de nombres que se repetían año con año, nunca tuve la experiencia de encontrarme con un tocayo —palabra casi mágica, que me despertaba un sentimiento ambiguo de orgullo y envidia—. Fue hasta sexto de primaria que me enteré, como quien descubre que tiene un hermano gemelo, de la llegada de un Anuar al sexto C. Por semanas —quizá sólo fueron un par de días— esa presencia inusitada me quitó el sueño. Pero lo que más me intrigaba era la indolencia de mis compañeros. Si por años me habían martirizado con sesiones inquisitoriales

sobre mis orígenes y los periplos fantásticos de mi familia —supongo que nos imaginaban con turbante y camellos llegando desde el Sahara al puerto de Veracruz— por qué ahora que la “extrañeza” se duplicaba permanecían impávidos. Unos pocos me preguntaban si lo conocía, si ya lo había visto, si éramos primos, si pertenecíamos a la misma secta. A todas esas preguntas respondía estoico que no. Sin embargo, la verdad era que no me había atrevido a verle la cara al tal Anuar. Un día, no recuerdo por qué, finalmente nos encontramos frente a frente, como en un spaghetti western:

—Tú también te llamas Anuar, ¿verdad?
—Sí
—Anuar ¿qué?
—Anuar Yolotzin Pérez Pérez
—Tú sí estás jodido —pensé. Regresé a casa decepcionado.

El sábado de esa misma semana les pedí a mis padres ir a Mesones y Uruguay a comprar arracadas de ajonjolí y jocoque, como para festejar mi renovada identidad. Siempre me gustó ir a esa parte del Centro porque en esas calles mi padre evocaba su infancia casi mítica en Correo Mayor, adonde mi abuelo había llegado de Líbano. Y es que he mentido al principio de este ensayo porque, en realidad, Freud y yo tenemos muy claras las razones de mi nombre. El mío, el de mis hermanos y el de algunos primos: Anuar, Said, Hamed, Amir, Fadua, Faruk, constituyen un prolongado homenaje a mi abuelo, don José Jalife Rezek, verdadero personaje de la mitología familiar, quien merece un ensayo aparte y entre cuyas hazañas se cuenta la de haber rechazado un trabajo con Lázaro Cárdenas, por no verle futuro político al michoacano, y haber estado a punto de atropellar, trompeta en mano, a Dámaso Pérez Prado y dos de sus músicos.

¿Cuál será la verdad detrás de este personaje en tinieblas que siempre tenía una Coca Cola de litro y un puro en la mano? No lo sé. No tengo otro recuerdo suyo más que el de sus relatos real-maravillosos. Por metonimia a su personalidad, en mi familia, Jalife es sinónimo de mal carácter, necedad e impaciencia; sin embargo, lo solemos usar en frases orgullosas como “Entonces, que me sale lo Jalife” o en denominal “Me ajalifé” como para decir que se puso uno muy cabrón. A veces me pregunto si sus hijos realmente lo homenajean bautizándonos así, o más bien buscan una última y única forma de contradecirlo, de ajalifarse. Si no, por qué entonces él mismo bautizo a los suyos con nombres que poco o nada tenían que ver con su terruño, José, Jorge, Arturo, Elvira, Ivonne y Odette. Quizás sólo quiso ahorrarles equívocos en el pase de lista los primeros días de clase.


Autores
es narrador. Dirigió la revista literaria Los perros del alba. Colaboró en el libro Camera nocturna. Ensayos sobre Salvador Elizondo (2011).

Los teléfonos celulares son también vehículos para conservar nuestra memoria y, desde luego, para transmitir conocimiento. Ojo voz es una aplicación desarrollada por Eugenio Tisselli, quien ha trabajado proyectos de arte social en distintos lugares del mundo. Esta es la memoria de dos poblaciones de la Sierra Mixe, en el corazón del estado de Oaxaca, de su vida cotidiana, su lengua y sus cultivos, que se hace presente en el sitio web: http://ojosdelamilpa.net.

“Así es el trabajo, va uno de poco a poco, no aprende uno de golpe sino que es de a como vayamos trabajando, y pues así es como vamos aprendiendo, así es como desarrollamos nuestro trabajo aquí”. 10 de abril de 2012. Rancho Juquila, Santa María Tlahuitoltepec, Sierra Mixe, Oaxaca. Fragmento de una conversación grabada. 

Encuentro en estas palabras dichas en la milpa la riqueza de lo simple, que se parece mucho a la riqueza de lo complejo. Y contrapongo ambas a la medianía gris del lenguaje cotidiano, tan lleno de automatismos, tan vacío a la vez. El proyecto Los ojos de la milpa es una memoria comunitaria creada por familias de los ranchos Juquila y Santa Ana, en la comunidad de Santa María Tlahuitoltepec, ubicada en el corazón de la Sierra Mixe de Oaxaca. Es un sitio web que se despliega como la memoria, hay imágenes y voces, capturadas a través de teléfonos celulares usados por los pobladores de la Sierra Mixe, quienes narran con sus propias voces en  sus propias palabras y eligen de acuerdo a su propio parecer, imágenes que documentan lo que sucede en las milpas y sus alrededores. Así, vemos que allí crecen maíz, frijol y calabaza, y también árboles frutales: duraznos y manzanos, que juegan un papel muy especial. En Tlahui, como lo nombran afectuosamente los que están familiarizados con el paisaje, casi todas las milpas se siembran en laderas, y por ello son vulnerables a la erosión causada por las lluvias, que suelen caer con fuerza. Los árboles, plantados en hileras, forman lo que se conoce como “barrera viva”, que ayuda a detener los escurrimientos y protege la tierra.

Los duraznos y los manzanos ayudan también a capturar carbono de la atmósfera. Y, si se cuidan bien, dan sus frutos cada temporada. ¿Por qué usar teléfonos para documentar todo esto? Porque plantar árboles en la milpa es algo nuevo, y hay que aprender cómo hacerlo bien. Hay que probar y observar. Hay que podar, hay que hacer el raleo. Este conjunto de técnicas, conocido como MIAF (Milpa Intercalada con Árboles Frutales), fue desarrollado por agrónomos del Colegio de Posgraduados,  en Chapingo. Desde hace algunos años se propuso a la comunidad de Tlahui, y algunas familias decidieron adoptarlo. Los ojos de la milpa es un testimonio de cómo se trabajan estas nuevas técnicas, de cómo se aprenden. Es una forma de dar ojos y voz a quienes, desde la milpa, nos cuentan su quehacer.

“Aquí estamos trabajando. Así lo requieren los duraznales, hay que estar aflojándoles la tierra y revisarlos, trabajar constantemente. Sólo así los duraznos se darán bien y sólo así podremos obtener dinero de ellos. Ha quedado constancia (por medio de la fotografía) para que todos trabajemos así, aunque esté haciendo calor; ¿qué podemos hacerle?” 21 de febrero de 2012. Transcripción de un mensaje grabado en Rancho Juquila.

Ante el auge de la agricultura industrial, los pequeños productores no pueden competir contra la mecanización de la producción de alimentos a gran escala, razón por la que muchas veces se ven forzados a migrar, a abandonar sus tierras y a ver cómo se desintegran sus comunidades. No cabría todo lo que hay que decir al respecto en este artículo, pero creo que estas terribles externalidades sociales y económicas, que algún día pagaremos, son motivo suficiente para querer acercarse a la tierra, a la raíz de nuestro alimento, y a las manos que saben hacerlo crecer. Acercarse pues, para juntar nuestras fuerzas y defender.

Durante un año y medio, en Los ojos de la milpa se capturaron imágenes y grabaciones que narran la siembra, la fertilización, las podas de invierno y de verano. Encontramos trabajo, problemas, plagas, remedios, cosechas y, sobre todo, un conocimiento vivo que crece fuera de los “centros del saber”. No podemos ignorar los saberes de aquellos que han trabajado y cuidado la tierra durante generaciones. No es lícito seguir pensando que la única fuente legítima de conocimiento son los sabios y sus aparatos: la mujer y el hombre común también tienen derecho a entablar un diálogo directo con el mundo. Desde Tlahui, este diálogo se escucha y se lee en lengua mixe. Para preparar la página web de Los ojos de la milpa se hizo un gran esfuerzo por transcribir y traducir las grabaciones hechas por la gente de Juquila y Santa Ana. Lo considero un logro importante de los lingüistas del colmix y, a pesar de que aún no se establece como institución, el Colegio Mixe congrega a personas que, con su trabajo diario, estudian y documentan la lengua mixe.

Lo que nos muestran los participantes de Los ojos de la milpa es la tensión silenciosa que hay entre una cultura ligada a la tierra y la llegada intempestiva de lo moderno, en forma de tecnologías como fertilizantes o pesticidas químicos. O el propio teléfono celular. No se trata de rechazar estas tecnologías, sino de usarlas de manera recíproca con el antiguo conocimiento, ser críticos ante su uso. Tener los ojos bien abiertos ante lo que llega y, si es necesario, resistírsele. Existir es resistir, y se existe de diferentes maneras. Los ojos de la milpa es también una forma de existir de cara a un mundo conectado, y de darle a conocer lo que crece en las tierras altas de la región mixe.

“…que el maíz germine y se dé bien, que las condiciones climáticas sean favorables para el crecimiento del maíz; esto es lo que yo pido, hermanos, hermanas, compadres, reciban este tepache. ¡Salud! … hemos venido a darles nuestras manos y nuestros pies, en la medida en la que el Dador y Creador de vida nos lo permite, y así le pedimos que nos brinde su ayuda y su protección…” 3 de abril de 2012. Fragmentos de la ceremonia de la siembra, transcripción de una ceremonia grabada en Rancho Juquila.


Autores
es poeta y programador. Publicó el ensayo “Sobre la poesía fluida”, en el libro Literatura e Internet: nuevos textos, nuevos lectores (2011).