En lo más profundo de la zona maya de Quintana Roo, el hip-hop es una apuesta por mantener vivo un lenguaje y una forma de ver el mundo. Lejos de los grandes hoteles, del turismo masivo, y de la burbuja de la moda de Playa del Carmen y del ruido del spring break, los jóvenes de Felipe Carrillo Puerto hacen hip-hop en su lengua, con su ritmo, con el que reflejan sus costumbres, su historia y cosmogonía.
GUERREROS DE LA PALABRA
En una población mayoritariamente maya, donde más del ochenta por ciento son bilingües, Pat Boy, Dj Joe, Cima y Zamorajhobick son algunos de los muchos jóvenes hiphoperos, todos entre los diecisiete y los veinticuatro años de edad, que narran el mundo desde su lengua, como mayas vivos y no como piezas etnográficas. Si se refieren al 2012 lo hacen porque viven en este año, si hablan de clases sociales lo hacen desde el macehual y no desde las ideas del mundo contemporáneo. Las canciones de estos jóvenes son invitaciones a descubrir el mundo prehispánico vivo, las costumbres de los quintanarroenses fundadores, sus tradiciones, su forma de vida y sus comunidades.
Jesús Pat es conocido en el mundo del hip-hop en maya como Patboy, tiene veinte años y sus canciones son muestra de la vida en el centro del estado de Quintana Roo. Jesús vive a treinta kilómetros de Carrillo Puerto, enclavado en la zona maya, de la que ha heredado una historia profunda y un rostro indígena. De diecisiete años, Roger Cima ha decidido que su apellido sea su nick y así, es “El Cima”; Miguel Zamora se convierte detrás del micrófono en ZamoraJhobick, una mezcla entre su apellido y lo que “yo vi”; mientras que Joel David Tuz Kauil, de veinticuatro años, es parte del colectivo MayanPoetry bajo el nombre de Dj Joe. Todos ellos escriben canciones desde su concepción del mundo, en maya y en español.
En las calles de Felipe Carrillo Puerto las bicicletas son un medio de transporte común y el silencio de la siesta es casi una obligación después de la comida. En los portales de las casas encaladas, de una sola planta, las mujeres visten el hipil tradicional y platican en maya. Aquí las raíces no son de oropel ni impuestas, la zona maya de Quintana Roo, a poco más de una hora de la famosa zona turística de Tulum, está viva en sus costumbres y tradiciones.
En este lugar, llamado así por el “apóstol de la raza de bronce”, Felipe Carrillo Puerto, los camiones sólo se detienen cuando van de paso hacia Chetumal o hacia Valladolid. Pocos llegan, menos se quedan, la vida no cambia mucho en sus más de ochenta poblaciones de menos de cinco mil habitantes, y eso es lo que cuentan los guerreros de la palabra en su hip-hop: desde la historia de la cruz parlante (fundacional de este municipio en la guerra de castas), hasta la vida de una juventud que está orgullosa de su pasado y que lo vive cada día, que entienden el mundo a través de la cotidianidad de la zona y que abordan, desde sus peculiares puntos de vista, temáticas recurrentes de nuestra sociedad: el maltrato, el poder, el dinero, la desigualdad, el pandillerismo, la violencia, el amor, el respeto a las tradiciones, las problemáticas, la falta de espacios, la competencia, la vida, la muerte, los abundantes embarazos no deseados entre adolescentes quintanarroenses, la sociedad y sus prejuicios, la intolerancia y el racismo. Temas que “voltean”, es decir, que traducen al maya o al español, dependiendo del caso, del gusto y de la necesidad.
Los hiphoperos de Carrillo Puerto concuerdan en que rimar en maya no condiciona, aunque reconocen que cada lenguaje tiene su nivel de dificultad; para ellos, el maya tiene palabras cortas que riman a gran velocidad y lo comparan con el inglés. Patboy afirma que hacer hip-hop en esa lengua resulta más fácil, porque la conjugación de verbos da una velocidad de rima que el español no, y por ello, coincide Dj Joe, se producen frases con un ritmo vertiginoso.
HERRAMIENTAS DIGITALES EN MAYA
La tecnología es sin duda una puerta para todos estos jóvenes, no sólo como medio de difusión, sino de creación. Gracias al acceso a computadoras personales y teléfonos de última generación, los hiphoperos graban canciones, editan, distribuyen en mp3 y suben a YouTube el registro de sus presentaciones.
Patboy está a punto de grabar su primer disco oficial, lo hará en Xalapa, Veracruz, con el productor Manuel Monforte, quien se interesó en su propuesta por dos razones: por ser actual y por ser en maya. Mientras que el colectivo MayanPoetry ha editado dos discos, producidos por ellos mismos en su pequeño y humilde estudio enclavado en Carrillo Puerto. Los integrantes de MayanPoetry han estado juntos más de siete años haciendo hip- hop en maya, originalmente eran cuatro integrantes, ahora son un trío, dos hombres y una mujer. En este largo recorrido han logrado buena aceptación en la península de Yucatán, pero fuera de ella las posibilidades de escucha son menores, reconoce Dj Joe.
Por su parte, “El Cima” y Zamorajohbick producen sus canciones en estudios caseros. La tecnología les permite a todos gestionar sus proyectos, sin depender de las decisiones de otros y darlos a conocer a través de Internet. Y en esta plataforma, a través de las redes sociales, estos jóvenes se comunican en maya y así difunden sus canciones.
Los hiphoperos de Felipe Carrillo Puerto afirman que hacen falta espacios, que aunque a nivel casas de cultura municipales se les brindan lugares para cantar, no hay una infraestructura que les permita mostrar su hip-hop maya a nivel nacional. A pesar de ello, todos coinciden en que se les abren más puertas por hacer hip-hop en maya, que si lo hicieran en español.
En el caso de Felipe Carrillo Puerto, el Sistema de Radio Indigenista Xenka, les ha permitido grabar en su estudio, lo que ha redituado en mejor calidad de sonido, mejor mezcla y en la difusión a través de un espacio radiofónico comunitario. Aunque para estos hiphoperos no sólo es cuestión de espacios, sino de acceso a la tecnología como tal. En su búsqueda de profesionalización tienen que hacer viajes de más de tres horas para adquirir las cosas en Mérida, la capital yucateca, a donde deben ir para conseguir desde una consola, bocinas, un micrófono o programas de computadora, tan necesarios en un mundo en el que tantas cosas se gestionan a través del Internet.
Como muchos hiphoperos, los de la zona maya son autodidactas musicalmente hablando; gracias a la tecnología han descubierto posibilidades y herramientas para mejorar y profesionalizar sus canciones. La música que lo mismo abarca la realidad personal que la difícil realidad social de la zona en la que viven, porque estos músicos defienden su arte como una expresión multifacética, una mezcla de sonidos y géneros, que se mete en la política, en la cultura y, obviamente, en el amor y el desamor.
ESTEREOTIPOS
Patboy, “El Cima”, Dj Joe y Zamorajohbick no pueden evitar vestirse como hiphoperos de cualquier parte del mundo, usar cadenas enormes, gorras de béisbol, jerseys de futbol americano, tenis de marca (comprados en la zona libre de Belice) y jeans caídos y amplios; porque a pesar de las distancias, tienen una fuerte marca de los raperos norteamericanos. Admiran a 50 Cent y Eminem, como ídolos a emular.
A pesar del estereotipo obligado, respetan su cultura, no van en contra de ella. Aunque incorporan pocos elementos tradicionales musicales en su hip-hop, los tienen presentes de manera inevitable, porque han crecido con ellos, como el Mayapax, una categoría musical típica de la zona utilizada en las fiestas en los centros ceremoniales, música que en algunos casos han utilizado y mezclado de manera eficaz en sus ritmos y canciones.
En un municipio de poco más de setenta y cinco mil habitantes, cuya localidad más importante apenas rebasa los veinticinco mil, es fácil descubrir a los hiphoperos, reconocerlos en las calles terregosas de la zona maya, bailando en los portales de la casa de la cultura, haciendo piruetas y buscando la mejor rima en pequeñas batallas en el antiguo quiosco. Este movimiento musical/cultural, de reivindicación maya, cada día atrae a más jóvenes. De acuerdo con las autoridades de la dirección de cultura municipal, de un año a otro, la participación en eventos organizados en el municipio se ha incrementado. Actualmente se cuentan más de veinte grupos de hip-hop, de los cuales entre siete y diez hacen rap en maya. Aunque no haya un interés comercial, los hiphoperos de esta región afirman que hay una vida underground más allá de los sellos discográficos, en la que los artistas defienden su integridad musical “sin venderse”.
Para Patboy, “El Cima”, Dj Joe y Zamorajohbick no hay reglas sociales, saben que no transgreden su cultura, que no utilizan su lengua para denostar o agredir, tienen muy claro que sí es una visión diferente de su mundo, de su historia. Para ellos la lengua maya es la rima, la vida, la posibilidad y dentro de esta posibilidad hay de todo, desde el hip-hop hasta reggae. Todos con una concepción respetuosa de su entorno y de su cultura. Saben que su cultura y su lengua están vivas, porque como ellos, hay otros haciendo hiphop en otras comunidades y estados, incluso en algunos países centroamericanos, y aunque no se conocen, se saben hiphoperos y, lo más importante, se saben mayas.
Nacida en Tepalkan, Calkiní en el estado de Campeche, Briceida Cuevas es una de las voces principales de la literatura maya contemporánea. Su poesía se ha escuchado en Holanda, Colombia, Estados Unidos y Rusia, y ha sido traducida a varios idiomas. Aquí nos habla de su vocación y su compromiso con la lengua y con su pueblo.
“Que no la vea el ojo travieso del pozo. / El que se posesiona de las primeras palabras de los niños. / Que no la vea. / Su habla aún no se acostumbra a los labios. / Él busca voz nueva para triturar su silencio.” Y no pudo el pozo quedarse con su palabra, esclavizar la niña de su voz en su oscuro y profundo semblante. El pozo del olvido. El pozo de miedo. El pozo del facilismo, del lugar común y los ripios. Por eso brillan sus versos como pedernales blancos partidos en la plenitud del medio día.
Leo sus versos una y otra vez, como quien lee los trazos precisos de las luciérnagas bajo la selva, y le recuerdo. Recuerdo sus manos rayando uno de mis primeros poemas en el año 2001 en un curso de literatura realizado en la Casa internacional de Escritor en Bacalar. Sus manos como enredaderas colmadas de un Mayab de alas doradas pusieron borrones rojos sobre mis vocablos que tropezaban.
Wildernain Villegas: A través de tus poemas respiro los aromas y escucho los sonidos de tu pueblo, del patio de la casa. Hay mucho de tu infancia enestos paisajes.
Briceida Cuevas: Cada vez que escribimos acuden a nosotros los elementos de nuestro entorno, así como los recuerdos que fortalecen nuestro imaginario. Me veo escribiendo desde la nostalgia de lo que fue, de lo que ha sido y de lo que es ahora el pueblo con algunos cambios. Mi infancia fue común, como la de los compañeritos de aquel entonces. Recuerdo mucho los juegos. No era “matar el tiempo”; era matar mariposas, atrapar mariposas en los días lluviosos de mayo y junio. Amarrar de la colita a las atrapadas vivas y hacerlas volar mientras corríamos tras ellas; los gatos y los pollos relamiéndose hocico y pico también corrían tras ellas. Tiempos bellos (no para las mariposas, seguro que no) en los que parecía que la mirada multiplicaba estos insectos de alas de colores hermosos. Ahora ellas no vienen muy a menudo. No les gustan las aceras de cemento.
Osábamos, asimismo, capturar a las abejas aprisionándolas en el hueco de nuestras manos, que juntábamos para luego acercar el zumbido a los oídos. A la hora del recreo en la primaria, éramos como ese enjambre de abejas con nuestro lenguaje mientras corríamos.
En cada estación del año teníamos nuestra forma de entretenernos. En las mañanas de septiembre y octubre nos ocupábamos de la elaboración de cajetes, portavelas y canastas de barro, utensilios a usar en noviembre, en el día de niños muertos, en el Janal Pixan. Por supuesto que la maestra (la abuela) quería compañía y por eso consentía que hiciéramos un desastre con su material de trabajo. A ella no le importaba que nuestras canastas parecieran pequeñas cubetas, siempre nos hacía sentir “grandes artesanos”. Era una comunión con los elementos de la comunidad, de la naturaleza.
De niña tuve como tarea, antes del juego, llenar dos tinajas con agua del pozo. Yo siempre le tuve respeto al pozo, no sólo por el peligro que representa su profundidad, sino por la fuerza de su energía. Cuando jugaba “pesca-pesca” con los hermanos y las vecinitas, era normal llevar a horcajadas a un lado del vientre (jetsmeek’) al hermano menor que cada uno tenía bajo su cuidado, procuraba no acercarme mucho al pozo para que no le robe la voz y los pasos primeros a mi hermanito.
WV: ¿Qué circunstancias propiciaron que te encontraras con tu destino de poeta?
BC: El gusto por la música. La música y ritmo que se metieron hasta mis oídos y mi ser. En la primaria me encantaba declamar. Me gustaba repetir y oír lo sonoro de los versos rimados dedicados a los héroes nacionales lo que nos enseñan a repetir en los salones de clases. En la secundaria, de todas las asignaturas me gustaba la literatura. Oía con mucha atención a mis profesores cuando nos leían la Ilíada de Homero, que en ese entonces no entendí muy bien. Fue tiempo después cuando volví a repasar fragmentos de este libro que supe que mi nombre es griego: Briceida, la esclava raptada durante la guerra de Troya. La marcha triunfal: “ya viene el cortejo, ya se oyen los claros clarines, la espada se anuncia con vivo reflejo…”, “Canción de otoño en primavera”, “Los motivos del lobo” de Rubén Darío; “Volverán las oscuras golondrinas” de Gustavo Adolfo Bécquer; “En Paz” de Amado Nervo, fueron algunas de las lecturas que oí, que hicieron me enamora de las letras.
Con el paso del tiempo, reflexioné sobre lo que implica ser escritora maya, y luego de conocer un poco más de la historia, cavilo seriamente en que los acontecimientos nos van aclarando el gran enigma a la pregunta: ¿a qué hemos venido a esta tierra? Pienso que no es casualidad la fecha de mi nacimiento; éstas son muy importantes en la cultura maya. De acuerdo a la fecha se sabía el oficio o arte al que se dedicará el nacido. Yo nací un 12 de julio. Desde que soy una escritora consciente de mi origen y de mi historia, cada vez que cumplo años me invade un sentimiento de rebeldía y de coraje por lo ocurrido en esa fecha de mi nacimiento, pero del año de 1562: la quema de los códices mayas en el atrio de Maní, Yucatán. Y me veo en esta tarea de escribir, para volver a registrar cuando menos parte de nuestra historia en libros.
WV: ¿Hubo alguien importante que contribuyó con tu formación como escritora?
BC: Sí, Waldemar Noh Tzec, profesor y poeta originario de Calkiní, Campeche. Con él tomé talleres en sesiones sabatinas durante tres años. Él, como hasta ahora, radica en el estado de Chiapas y en ese entonces tenía que viajar a la ciudad de Calkiní. Fue primordial este proceso. En las sesiones la creación era en lengua maya, esto me permitió la reflexión en torno a la necesidad de distinguir la estructura del maya de la estructura de la lengua castellana. Fue novedosa para mí la extracción y análisis de las metáforas en la expresión cotidiana para luego hacer una serie de ejercicios para aprender a romper el lugar común. En esos primeros tiempos, me di cuenta que escribir en mi idioma me hacía sentir yo misma.
WV: ¿Cuál de tus libros consideras que es fundamental en tu obra, aquel en el que sientas que hayas alcanzado la mayor profundidad expresiva?
BC: U yok’ol awat peek’ (El quejido del perro). Un libro de poemas que compara la vida del perro de otras razas extranjeras con la de la raza común (malix), como una alegoría a la situación en que se hallan aún en la actualidad las agrupaciones indígenas. Aunque creo que lo más significativo es lo que este volumen señala en relación con la condición humana entre los seres. Cuando leo los versos en voz alta siento que realmente digo lo que quiero porque hablo de ese desgaste de la humanidad, del ser que está acabando consigo mismo, de la maldad que busca enraizarse en nosotros.
WV: ¿Qué opinas del hecho que un autor o autora maya traduzca su propia obra, enriquece el proceso creativo, demerita el texto primigenio o lo enaltece?
BC: Esta situación es individual, pero entiendo la preocupación de cada cual por procurar más su obra en la lengua castellana porque en esa lengua puente se dará a conocer. Sin embargo, pienso que tiene mucho que ver el proceso de formación que tiene que darse en nosotros como escritores bilingües, es decir, tenemos que ejercitar nuestra escritura en las dos lenguas: la original y la castellana.
En lo particular y ante esta necesidad de versionar mis textos como escritora en lengua maya peninsular, por falta de especialistas (hace veinte años que escribo) me da mucha confianza el ser yo misma quien haga la versión al castellano, pues algunas veces el proceso de revisión del texto en español me permite modificar también la versión original. Normalmente las traducciones se dan entre lenguas que son distantes hablando geográfica y culturalmente; en mi caso, la lengua española convive conmigo. Como autora, en las dos versiones me preocupa la presentación en las dos lenguas, por tanto, me interesa mucho que en la lengua puente también esté bien hecha. Será interesante hacer este ejercicio con los escritores mayas que han surgido en los últimos tiempos. Respecto a la traducción en lenguas extranjeras, me satisface trabajar con la francesa Valentina Vapnarsky, investigadora en antropología, porque conoce la cultura y es hablante de la lengua maya.
WV: ¿Qué significa para ti ser escritora maya?
BC: Significa un compromiso muy serio. No solamente como la escritora que manifiesta a través de las letras lo que le es agradable, lo que no le parece, sino que a través del oficio contribuya a la revaloración de la cultura y, al mismo tiempo propicie la reactivación de la lengua en los jóvenes y niños mayas.
WV: ¿Consideras indispensable la tradición oral maya para tu producción literaria?
BC: Sí, es fundamental. Mi creación se sostiene de la memoria histórica. En ella se erige y desde ahí se conserva la forma de vida y de pensar o se rechaza y se hace una nueva propuesta de acuerdo los cambios, claro, sin lesionar la identidad que nos sustenta como mayas.
WV: Con tu obra se enfatiza la belleza de la lengua maya, me atrevo a decir que aparte de los Cantares de Dzitbalché y el lenguaje suyua, tu obra es la que nos muestra la altitud estética de nuestra lengua ¿Cómo has logrado esto?
BC: Tuve la fortuna de los talleres literarios, de compartir mis textos con otros compañeros. Me gusta mucho la poesía y por eso cada vez me entrego más al oficio, lo que implica la disciplina.
WV: ¿De qué forma contribuiste a la creación de Escritores en Lenguas Indígenas A.C.?
BC: Desde 1992 empecé a asistir a las reuniones a nivel peninsular motivada por Waldemar Noh Tzec. En esas reuniones tratábamos temas como la situación de la lengua, nuestra materia prima, la falta de espacios dónde se difundiera nuestro trabajo literario. Abordábamos como preocupación la falta de lectores. Las reuniones se hicieron a nivel local, estatal, regional y luego a nivel nacional. Llevábamos propuestas para responder a estas necesidades. Siempre nos íbamos de los encuentros cargados de compromisos de trabajo, para desarrollar en nuestro pueblo a favor del idioma y las literaturas en lenguas indígenas, volvíamos a nuestros lugares cargados también de nuevos ánimos para continuar en la labor.
WV: ¿Qué satisfacciones te ha dado la literatura?
BC: Saber que ahora se habla de ella en varias partes de México y del extranjero, de la existencia y continuidad de la tradición literaria en maya y que se considera una literatura que va de lo particular a lo universal. Pero lo más importante es el hecho de que ha crecido el número de escritores jóvenes que se interesan en escribir en sus propias lenguas y que están figurando de manera significativa.
El poeta y ensayista guatemalteco Alan Mills propone leer la literatura latinoamericana como un entramado ciberespacial, al que las diversas comunidades indígenas acceden en calidad de hackers, apropiándose de los códigos de acceso y transformando sus contenidos interactivos.
LITERATURAS INDÍGENAS Y HACKERS DEL CIBERESPACIO LITERARIO
William Gibson, en su legendaria novela Neuromante, definió de la siguiente manera al ciberespacio:
Es una alucinación consensual experimentada diariamente por billones de legítimos operadores, en todas las naciones […]. Una representación gráfica de la información abstraída de los bancos de todos los ordenadores del sistema humano. Una complejidad inimaginable. Líneas de luz clasificadas en el no-espacio de la mente, conglomerados y constelaciones de información. Como las luces de una ciudad que se aleja […].”
Comienzo con esta cita, pues me parece importante dejar claro que cuando este texto se refiera al ciberespacio, no se habla sólo de las computadoras, de las bases de datos, o de la tecnología que permite el establecimiento de redes virtuales de información y comunicación: el ciberespacio va más allá, es una “alucinación consensual”, es la representación holográfica de una mente colectiva. Esta definición ayuda a imaginar la literatura desde un punto de vista singular. Pensaré aquí a la literatura latinoamericana como un estamento ciberespacial, como un muy particular delirio consensual: la interconectividad virtual de lecturas y acuerdos simbólicos alrededor de las múltiples obras que componen el mapa literario de los países que alcanzaron su independencia de la Corona Española, hace más o menos doscientos años.
Los legítimos operadores de este ciberespacio utilizan el idioma español como lenguaje de navegación, y se valen también, aunque subsidiariamente, de otras lenguas occidentales (principalmente el inglés y el francés), de donde se toman valores y orientaciones de lectura. Las lenguas indígenas del continente no aparecen como canales de mediación, o negociación, o difusión de las lecturas del ciberespacio literario latinoamericano. Y del mismo modo, la producción oral no es considerada parte del corpus simbólico de dicha literatura. Al mismo tiempo, es el código letrado el que se usa para configurar una jerarquía de la producción literaria que flota en este ciberespacio. Los libros impresos funcionan como el software privilegiado para la operatividad de este sistema. Las lenguas indígenas del continente no aparecen como canales de mediación, o negociación, o de difusión de las lecturas del ciberespacio literario latinoamericano. Y del mismo modo, la producción oral no es considerada como parte del corpus simbólico de dicha literatura.
En este contexto, un autor que no ha publicado un libro impreso en idioma español y cuyas principales referencias no se encuentran en las tradiciones hispánica, francesa, portuguesa o anglosajona, no sólo se encontraría por afuera del ciberespacio literario latinoamericano, sino que además se estaría enfrentado a un sistema de código cerrado. En informática un programa es de código cerrado cuando el código fuente no se encuentra disponible para cualquier usuario, es decir, cuando no se hace público. Se le llama así en contraposición al código abierto, o software libre.
Las calificaciones requeridas para navegar en el estamento ciberespacial de la literatura latinoamericana rebasan, por mucho, las condiciones socioeconómicas y culturales en las que las comunidades indígenas del continente subsisten. De esa cuenta, una de las estrategias que los autores indígenas usan para insertarse en este sistema de código cerrado, es la de convertirse en hackers.
¿HACKERS?
Esta intervención puede parecer atrevida, o exótica, pues la identidad indígena suele estar referida, dentro del binario semiótico, a representar lo premoderno, lo arcaico, lo primitivo. Hace un par de décadas, la antropóloga norteamericana Diane Nelson hizo su primera visita a Guatemala, donde quedó fascinada por el conocimiento de los filmes de ciencia ficción en las comunidades más apartadas del Triángulo Ixil. Según nos cuenta la antropóloga en su libro Man Ch’itil. El dedo enla llaga. Cuerpos políticos y políticas del cuerpo enla Guatemala del Quinto Centenario, su nombre, Diane, fue referido a Diana, protagonista de la serie televisiva V, Invasión Extraterrestre.
Los indígenas del Ixcán, con los que comenzaría una diversidad de pesquisas, le apodaron “Diana, La Reina de los Lagartos”, como un sutil homenaje a la serie con la se entretenían por las tardes, donde los alienígenas reptilianos intentaban infiltrarse en la humanidad para conquistarla. Esta implosión de lo hipermoderno en un ambiente considerado pre-moderno llevó a la antropóloga a la formulación de la categoría del “maya-hacker”: “una articulación destinada a sugerir la yuxtaposición incongruente entre la ciencia ficción y la ciencia social de la antropología.”
Diane propone a la ciencia ficción como un ingrediente cognitivo que altera de forma radical el estudio antropológico, ayudándole a dilucidar la brecha entre la certeza de la posibilidad inmanente y los reflejos de sus interpretaciones éticas, sociales y espirituales. Para Nelson, un “maya-hacker” es aquel sujeto miembro de una colectividad indígena que adopta una serie de estrategias para quebrar el código cerrado de la modernidad capitalista y de sus aparatos estatales, insertándose en el ciberespacio de la cultura, del mismo modo en que los hackers ponen en jaque la seguridad de los parajes de la web. Dice Nelson: “un hacker no controla el sistema en el cual trabaja, pero tiene un conocimiento profundo de sus tecnologías y códigos.”
El activista indígena de derechos culturales no es para Nelson un “indio negado”, un “indio ladinizado”, o un traidor a su grupo étnico (sea porque habla español, se tituló en la universidad y conoce los vericuetos de la cultura moderna global), sino un “maya-hacker”: alguien que navega una Nación-Estado-Ciberespacial, a través del conocimiento de códigos clave que le permiten obtener información valiosa (los derechos humanos, por ejemplo), para la subsistencia de sus comunidades.
Una forma muy simple de demostrar la existencia de una Nación-Estado-Ciberespacial, se ve en la constatación de que no es necesario leer el Código Penal para evitar salir a la calle y convertirse en un asesino en serie. La alucinación consensual opera en nuestros cuerpos, introduciéndose así la ley en nuestro propio flujo sanguíneo, controlándonos de un modo biopolítico, para decirlo con Foucault. Somos nuestro propio represor y nuestro propio juez. Vivimos desde siempre en una especie de fantasía orwelliana. Del mismo modo, no hace falta leer toda la literatura latinoamericana y su crítica, para asumir una serie de convenciones y acuerdos tácitos que la regulan. Estas convenciones son las que persiguen normativizar las lecturas, establecer las jerarquías y certificar las legitimaciones, creando ese holograma ciberespacial llamado “literatura latinoamericana”.
Un delirio consensual que nos empuja, por ejemplo, a no cuestionar el uso del español en cuanto lengua oficial de dicho sistema y a considerar a los pueblos indígenas como sujetos adyacentes al mismo. El indígena, o el sujeto perteneciente a cualquiera de los grupos étnicos que transitan la cultura en términos de subalternidad, no es considerado un lector destinatario del corpus literario. A nivel de la imaginación colectiva, los pueblos indígenas son considerados sujetos pre-literarios o, en el mejor de los casos, vestigios vivientes de una literatura que ya no existe.
Es por esto que también me permito usurpar un mecanismo de la ciencia ficción para transformar esa lectura represiva que opera sobre las culturas originarias del continente, la cual los obliga a aparecer en calidad de paisaje, vestigio, o ruina. Pretendo resquebrajar esa imposición que obliga a las culturas indígenas a representar un pasado del cual escapamos a toda velocidad, trasmutando su identidad hacia la representación de un futuro post-exótico, multilingüe, y con una literatura que se socializaría a través de los más diversos soportes (incluso rituales). Entenderemos esta transformación de los autores indígenas en “hackers literarios” si imaginamos el carácter cíclico del tiempo: se viajaría tanto hacia atrás (a través del estudio de textos ancestrales, por ejemplo), que se terminaría apareciendo en algún lugar del futuro. Digamos que así completaríamos el recorrido de un círculo temporal que nos haría dar un salto cuántico, pasando a otro nivel de conciencia.
LAS ESTRATEGIAS DEL PILLAJE
El viejo binomio “liberal-conservador” ha dejado casi por completo de representar un campo de contradicciones reales, para trasladarnos al escenario de la performatividad política. La guerra actual entre el código cerrado y el software libre aparece en nuestras pantallas como una contradicción en verdad operativa. Por un primer bando, Macintosh, Microsoft y todas las empresas que desean transformar la web en un territorio donde el acceso a los servicios sea de pago y donde la circulación de la información esté controlada por quienes detentan el código. En el otro están los commoners, los activistas de CreativeCommons, los hackers y todos aquellos que luchan por un ciberespacio cuyo software sea libre, gratuito, y que además permita la posibilidad de su alteración y reformulación. Estos son lenguajes en franco conflicto. Una guerra de guerrillas virtual.
Al pensar el ciberespacio de la literatura latinoamericana, tampoco se trataría entonces de abolir la tradición crítica, ni nuestra modernidad literaria, desdeñándola y asumiendo que se podría construir una nueva lectura a partir de cero. Según la óptica lacaniana del filósofo Slavoj Zizek, en la dinámica virtual “el sujeto/interactor necesita de un conjunto de reglas sin las cuales se sumergiría en una experiencia psicótica de un universo en el cual ‘hacemos lo que nos da la gana’ y somos, paradójicamente por esa misma razón, privados de nuestra libertad, atrapados en una compulsión demoníaca”. De acuerdo con el New Hackers Dictionary, un hacker es: “una persona que explora los detalles de los sistemas de programación y cómo extender y aumentar sus capacidades, alguien que disfruta el reto de vencer o burlar creativamente las limitaciones”. Diane Nelson afirma que “hackear” quiere decir “comprender y controlar la tecnología informática y, lo que es más importante, tener la capacidad de formar redes de comunicación y de intercambio de información.
Visto así, las personas de origen indígena que han tenido acceso a estudios literarios superiores, posgrados en literatura comparada, o en lingüística, o escritura creativa, se transforman, por una suerte de operación alquímica de lectura, en hackers del sistema literario occidental.
Los poetas y escritores en lenguas indígenas que publican sus libros, interviniendo el diálogo del ciberespacio latinoamericano, se convierten asimismo en “hackers literarios”. Sus redes de conocimiento literario, sus transacciones de información intertextual retornan al saber acumulado de sus comunidades, pero al mismo tiempo alteran y modifican el código matriz de lo que llamamos “literatura latinoamericana”. Pienso, por ejemplo, en Humberto Ak’abal y su autotraducción (¿se “autohackea”?) del quiché al español, creando una lírica tan minimalista como barroca y delirante. Un poeta que puede ser leído dentro de la categoría de lo “experimental” (por su exploración onomatopéyica y sus performances varias), pero que al mismo tiempo está recubierto del vapor de lo que interpretamos como “clásico”. Pienso en Jaime Luis Huenún creando una poética radicalmente nueva en la que se puede rastrear por igual a Georg Trakl y a sus antecesores mapuches. Pienso en la poeta mapuche Roxana Miranda Rupailaf, con su danza ritual posmoderna, y no puedo dejar de imaginar que el “hacker literario” será el tejedor del holograma intersticial de las redes por donde circulará la literatura del futuro. Aquí un poema Roxana Miranda Rupailaf:
Pareja
Un caballo vuela al sur en medio de la guerra.
Un caballo sin alas montado en una nube,
me llama a la puerta de mis sueños
donde soy una potra más rubia que el sol.
Indomable como un pensamiento,
relincho mis ilusiones con olor a hierbas.
Despierto.
El caballo se cae del cielo
y me deja preñada.
HACKEO EN MÚLTIPLES DIRECCIONES
La operación de “hackeo literario” carecería de sentido si fuese restringida a otro código cerrado: el de la etnicidad. El “hackeo literario” sólo alcanzará su plena operatividad como categoría de lectura, si propicia un flujo hiperdinámico de información en múltiples vías. Así, un escritor de origen hispánico, o mestizo, o europeo, o que se asimila a sí mismo dentro de la cultura occidental, pero que al mismo tiempo aprende a decodificar el saber literario de los pueblos originarios y/o consigue leer y expresarse en una de sus lenguas, será otro espécimen valioso de hacker.
Hojeando las primeras quinientas páginas del Borges de Bioy, me llama la atención que Borges y su gran amigo hayan leído el Popol Wuj. Dice Bioy que lo habrían comentado una noche con mucha admiración. Pero la entrada en el diario de Bioy Casares es muy escueta, como si no hubiese podido evitar mencionarlo. Ese mismo día, el 23 de abril de 1953 cuenta Bioy Casares, tradujeron el cuento “Los brahmanes y el león”, del Panchatantra. Quiero imaginar que más adelante en ese libro llamado Borges, Bioy comentará alguna cosa más detallada sobre el cuento “La escritura del dios”, el único relato de Jorge Luis Borges que fue ubicado en el mundo prehispánico mesoamericano. De esta pieza de ficción extraigo este bello fragmento relatado por la voz del personaje-narrador, Tzinacán, que ayudará a comprender la categoría de “literary hacker” desde un punto de vista peculiar:
¿Qué tipo de sentencia (me pregunté) construirá una mente absoluta? Consideré que aun en los lenguajes humanos no hay proposición que no implique el universo entero; decir el tigre es decir los tigres que lo engendraron, los ciervos y tortugas que devoró, el pasto de que se alimentaron los ciervos, la tierra que fue madre del pasto, el cielo que dio luz a la tierra. Consideré que en el lenguaje de un dios, toda palabra enunciaría esa infinita concatenación de los hechos, y no de un modo implícito, sino explícito, y no de un modo progresivo, sino inmediato. Con el tiempo, la noción de una sentencia divina parecióme pueril o blasfematoria. Un dios, reflexioné, sólo debe decir una palabra y en esa palabra la plenitud. Ninguna voz articulada por él puede ser inferior al universo o menos que la suma del tiempo. Sombras o simulacros de esa voz que equivale a un lenguaje y cuanto puede comprender un lenguaje, son las ambiciosas y pobres voces humanas, todo, mundo, universo.
La descripción borgiana parecería hacer referencia a la codificación de un estamento ciberespacial. El ciberespacio, entendido también como una especie de “Gran Otro” lacaniano aparece en la imaginación de Borges en calidad de “escritura del dios”: una palabra que articularía a todas las palabras. Un tigre refiere a todos los tigres, estableciendo el hyperlink desde el nombre del animal hacia el arquetipo de la fiera y luego hacia su materialidad. Borges también sugiere una interface extraordinaria para explicar el tejido de esta red virtual de saberes que atraviesan la mente del personaje-narrador: la escritura de todo el universo, es decir, la escritura del dios, es decir, el ciberespacio, puede leerse en las redes dibujadas por las manchas de la piel del jaguar. Borges entiende a la escritura como algo que está más allá de la representación de palabras en caracteres latinos y hace la referencia a catorce palabras mágicas, o palabras clave, passwords, que nos permitirían develar el misterio de la piel del jaguar. Veamos: en la cosmogonía prehispánica mesoamericana existen trece niveles de cielo. El número 13 aparece asociado al mundo superior, al mundo de las ideas platónicas, a eso que Jung llamó el “inconsciente colectivo”. Quizá por eso, cuando el escritor argentino nos propone la cifra 14, parecería querer indicarnos que existe todavía un nivel más allá del cielo, algo más allá del inconsciente colectivo, una palabra realmente mágica que estaría más allá del ciberespacio y nos llevaría al hiperespacio. Al infinito. “Tzinacán” es el nombre de ficción escogido por Borges para nombrar al príncipe cakchiquel que protagoniza su relato, quien aparece encerrado enfrente de un jaguar, también enjaulado por el Adelantado español. Este nombre, Tzinacán, me había sonado inicialmente como algo parecido a “perro + serpiente”, pero luego descubrí, leyendo a Balderston, que en realidad significa “murciélago”.
Resulta por lo menos “curioso” que Jorge Luis Borges haya estado al tanto de este detalle tan particular como decisivo: la comunidad cakchiquel se identifica a sí misma a través del murciélago, el cual es la representación arquetípica (o sea, el nahual) de la doble polaridad luz/ oscuridad, revelación, aurora, Ak’abal, en el calendario maya Tzolkin. Esto quizá se relaciona, de forma mística y trágica, con el rol de aliada de los españoles que la etnia cakchiquel desempeñó durante la conquista. Leo “La escritura del dios” varias veces, con admiración, y me resulta maravilloso percibir que esa idea de infinito también le haya sido sugerida por este príncipe maya-cakchiquel que contempla a un jaguar, mientras reflexiona en paralelo sobre la divinidad y la inminente muerte que le será donada por el conquistador Pedro de Alvarado.
También habla Tzinacán de una rueda infinita (hecha de agua y fuego), que podría relacionarse, pienso, con Gucumatz (Quetzalcóatl) y que, a un tiempo, dejaría sugerida una primera referencia al Aleph. ¿O no sería el Aleph, acaso, la representación borgiana de ese momento en que el Corazón del Cielo crea a los cuatro primeros hombre-jaguar, quienes son capaces de verlo todo, de penetrar las cosas, de ver lo oculto y registrar el pasado, presente y futuro entremezclándose? Me atrevo a decir que Borges hizo operativa una lectura del tipo hacker alrededor del saber de los pueblos indígenas de Guatemala. Decodificó no sólo el Popol Wuj, sino que también supo descifrar el contenido arquetípico de sus intrincada metáforas y elipsis. El relato de “La escritura del dios” también denota un profundo conocimiento del entorno histórico de la conquista del reino cakchiquel en Guatemala.
A diferencia de Miguel Ángel Asturias y otros indigenistas de la época, Borges no intenta copiar una prosodia, es decir, no hace playback. El argentino intenta desentrañar el código y “hackear” la cultura para trasladar ese conocimiento al software llamado El Aleph, el libro de cuentos que circulará en el ciberespacio de la literatura argentina, latinoamericana y finalmente universal, de forma transformadora.
EL NAHUAL DEL LECTOR
Afirman los quichés, que el amanecer es el propio acto de esparcir la simiente en el firmamento. La escritura podría ser, entonces, la agricultura del vacío o de los campos celestes, y cada letra sería una estrella, semilla de luz, generando imágenes, o metáforas-constelaciones, haces luminosos que tocan el cuerpo holográfico de la página. Una letra es una partícula de polvo estelar.
La lectura es un desafío al vacío: es la forma en que nos tocamos por dentro, creando un espejo convexo al interior de la mente y el corazón del Otro. Es la verdadera continuación de nuestra privada página espiritual: un documento eléctrico que se comparte, un attachment que alteramos desde que lo vamos descargando con los ojos. Este ensayo propone la imaginación de nuevos software de lectura. Pensando la literatura como “depósito interactivo del saber vivir” (Ottmar Ette), imagino libros de código abierto que permitan una navegación intersticial de nuestra diversidad. Mientras el mundo se maravilla con los nuevos dispositivos de hardware, mientras todos caemos seducidos por el iPad, buscando quizá convertirnos en escritores cosmopolitas (que en traducción castiza quiere decir escritores europeizantes y modernólatras), me gustaría proponer un desplazamiento. Hacer un viaje en otra dirección.
Usar el Tzolkin y el Popol Wuj en su función de software transhistórico, permite la sincronía entre el pasado y el futuro, creando el axis mundi del presente eterno. Algo parecido a cavar un agujero de gusano en el tiempo. Libros ancestrales usados como un software que permitirá comprender un mundo donde la virtualidad ha sustituido a su representación material. Libros que son compuertas que se abren al mismo futuro, experimentado ahora como la sensación de un ayer imaginario. Al código cerrado de la modernidad occidental, que integra los saberes milenarios bajo la etiqueta del folclor, del newage, o de la mera antropología, hay que oponerle un código open source, donde se liberaría el acceso al conocimiento por intermedio de una operación de des-jerarquización simbólica, permitiendo la manipulación recreativa de la riquísima tradición literaria occidental, inyectándole sustancias que la catalizarían hacia un ciberespacio literario en el cual la multiplicidad arquetípica del universo se verá más fielmente reflejada.
Otra operación hacker es la de imaginar a la lectura como la capacidad de ser guiado y transformado por el propio texto. Inspirado en los gemelos héroes del Popol Wuj, quienes triunfan por la autotransformación que hicieron, imagino a la obra literaria como la tecnología que será capaz de darnos la capacidad de la mutación perenne, renovando los ciclos de la vida y la muerte día con día.
La idea del fin del mundo ha generado toda una industria que incluye literatura, películas que aluden al tema e incluso parques de diversiones. El escritor Ignacio Padilla indaga en la pulsión consumista detrás de este escenario apocalíptico.
La Historia es bastante elocuente a la hora de explicarnos por qué no han prosperado los milenarismos luminosos y apacibles: la esperanza —menos aún la que implica a toda la humanidad—, no estimula la energía pánica, la cual incluye la ira, el deseo y la venganza. La riqueza y el éxito del pensamiento apocalíptico radica en el anuncio de violencias crepusculares y cataclismos sin cuenta, acaso también la sensación de que sólo unos cuantos podrán salvarse por la fe mientras contemplan desde un palco, con sonrisa vindicativa, cómo los otros sufren horrores indecibles y merecidos. En otros momentos he señalado cómo la industria del Fin del Mundo y la explotación indiscriminada del combustible apocalíptico han prosperado sobre las bases del terror morboso y sobre la esperanza de la selectividad en la pureza de la fe.
Los datos del 2012 según los mayas, sometidos a una cirugía que los ha esperpentizado, no están a salvo de estas tendencias. Llama sin embargo la atención que este nuevo milenarismo carezca del cariz político que hasta hace una década le acompañaba irremediablemente. El 2012 es hoy, todavía y más que nunca, un negocio y un espectáculo. Hasta ahora, ningún figurón beligerante ha recurrido, como suele suceder, al discurso apocalíptico para justificar atentados, decisiones financieras o guerras. Ni siquiera los indignados europeos, tampoco así los revolucionarios árabes ni las víctimas de la crisis económica mundial han acudido hasta ahora, como podría esperarse, al milenarismo maya. Lo han hecho, en cambio, los saltimbanquis, la gente común con ansias de dejar de serlo y los productores cinematográficos.
Con el Apocalipsis del 2012, el mundo entero compra boletos para asistir sin mojarse a la tormenta del Fin del Mundo antes como ficción esotérica que como acontecimiento real. Desde antiguo, la catástrofe apocalíptica ha cargado, entre muchas otras cosas, esta vocación de espectacularidad que ahora adquiere un papel central en un triquitraque ante todo imaginativo e indoloro. No es extraño que los estadios deportivos, escenario habitual de la abotargada épica posmoderna, hayan sido también asociados con dolorosas catástrofes colectivas. En un estadio congregó Camus a los fugitivos de la peste y Pinochet a las víctimas del golpe de estado de 1973; en otro estadio debieron ser acumulados y reconocidos los muertos del terremoto que en 1985 asoló a la ciudad de México; fue en el estadio deportivo de Nueva Orleans donde se refugiaron las víctimas del huracán Catrina; y es en un estadio donde se congregan los radiados y agonizantes sobrevivientes del Apocalipsis nuclear de The DayAfter, paradigma cinematográfico de los horrores de la Guerra Fría. Hoy, ese estadio es el mundo entero, un foro que nos recuerda que también el infierno, en opinión de Dante Alighieri, tiene la forma de un anfiteatro, y que sólo algunos elegidos, como el propio poeta florentino, podrán gozar el privilegio de contemplar el sufrimiento ajeno para salir después a mirar las estrellas.
El Efecto Barnum prospera en estos tiempos como consecuencia de una pulsión apocalíptica más bien lúdica, no por ello menos intensa y fructífera. En las década de los años noventa, ciertas agencias de viajes especializadas en peregrinajes hicieron su agosto con la venta de boletos sólo de ida al Valle de Armagedón, donde los Elegidos podrían esperar en primera fila su arrebatamiento, contemplar en su ascenso la Parusía en vivo y a todo color y, sobre todo, deleitarse desde lo Alto con las primicias de la Batalla Final. Lo mismo viene ocurriendo ahora con los viajes al sureste mexicano y a Mesoamérica, en eso que hoy se denomina Turismo Apocalíptico. Desde hace tiempo, el Valle de Megido se promueve también como un estadio, un estadio que ahora, en el 2012, se transforma en parque de diversiones: hoy, en un terreno de 125 acres junto al Mar de Galilea y el Valle de Armagedón, se construye un Parque de Atracciones del Apocalipsis. El proyecto ha costado cincuenta millones de dólares y se desarrolla bajo el auspicio conjunto del gobierno israelí con grupos evangélicos estadounidenses. De acuerdo con el vocero de estos últimos, el proyecto es apoyado nada menos que por treinta millones de adeptos. El Galilee World Heritage Park[1] no está nada lejos de la Iglesia de Armagedón, la más antigua de la cristiandad, que fue desenterrada hace un par de años. Desde luego, asistir a este circo del Fin del Mundo no está al alcance de cualquiera. Pero no nos preocupemos: aquellos que no gozamos de las bendiciones de fortuna tendremos nuestro propio Fin del Mundo en el espectáculo Paradise, un show itinerante de luz y sonido que recorre el planeta desde hace algunos meses con el patronazgo de algún vivo empresario avalado por cientos de miles de devotos del horror apocalíptico.
Que en esta ocasión hayan sido los novelistas y los productores de espectáculos los más beneficiados con el 2012, ilumina facetas notables del ser ultramoderno: el desencanto generacional ante la política y la pérdida radical de la fe en los cambios revolucionarios, la consagración del carnaval y la ficción como evasiones antes que como acicates de la actividad cotidiana, la edulcoración de lo terrible, la consagración de una espiritualidad móvil y líquida con su correspondiente impulso del saber inventado y su confusión entre lo real y lo ficticio. Los vaticinios, las imágenes y los llamados a la conversión y a la Guerra Santa que hasta hace poco escuchábamos en labios de los telepredicadores y los gobernantes, son ahora capitalizados por los constructores de ficciones más desaforadas. Nunca como ahora el Apocalipsis fue el Juego del Apocalipsis. Novelas como El resurgir dela Atlántida o la Última profecía maya conviven con nuevos títulos de viejos maestros que, como Stephen King, se suman al ocus pocus apocalíptico. Aun los libros de supuesta divulgación y los documentales científicos adquieren un carácter fantasioso y ocultista cuando se trata del 2012. El apocalipsis maya, enriquecido con tradiciones de todas las latitudes, se escribe como una novela; los autores y los testigos tienen siempre algo de personajes de ficción, y sus declaraciones no son menos rimbombantes. “Los mayas —explica Daniel Pinchbeck, autor de 2012: The Returnof Quetzalcoatl— eran algo así como científicos chamánicos y estaban obsesionados con la sincronía del tiempo y la conciencia. Durante unos mil años se remontaron a las civilizaciones anteriores para tratar de elaborar un modelo que indicase cuándo se producirían estas importantes transformaciones.”
No es menos frecuente en la parafernalia del espectáculo 2012 el efecto contrario, esto es, la incorporación de auténticos datos científicos al universo de la ficción. La película 2012, superproducción de 2009, imbrica la huida del héroe por espectaculares derrumbamientos e inundaciones con explicaciones científicas bastante rigurosas sobre la actividad solar y el cambio climático. Nada se dice en este filme sobre los mayas, pero los argumentos utilizados para explicar el Fin del Mundo —la turbulencia cósmica, la hiperactividad de Yellowstone, el calentamiento global, el agujero en la capa de ozono y la intensa actividad solar— son todos aspectos científicos que han sido catapultados por el descubrimiento del calendario maya, un huevo que tiene ya demasiada gente ocupada en empollarlo. El científico que en este filme representa y esgrime todos estos argumentos padece, desde luego, la maldición de Casandra, que es también la de Noé: nadie cree en sus profecías. O casi nadie. La película en cuestión tiene un añadido que es casi un matiz: como en la película Meteoro o en el delirio de los muertos de Heaven’s Gate, también aquí hay una nave, un arca de salvación. La presencia de este vehículo, así como de algunos otros sucedáneos suyos en la realidad, requieren comentario, pues alejan al 2012 del milenarismo cristiano clásico y lo aproximan a un milenarismo veterotestamentario alternativo y más esperanzador: el Arca de Noé, según la cual, por contraste con el Apocalipsis sanjuanista, las estirpes destinadas a mil años de soledad sí que podrían tener una segunda oportunidad sobre la tierra.
[1] La referencia al Galilee World Heritage Park proviene de los programas y registros textuales que History Channel dedicó hace años al tema apocalíptico. Curiosamente, no existe hoy ninguna referencia al progreso que este parque de atracciones habría tenido desde entonces.
Con este número, después de más de veinte años de periodicidad bimestral la revista se convierte en una publicación mensual, que busca ser más económica y alcanzar una mayor presencia. Queremos que Tierra Adentro propicie y multiplique el diálogo entre los jóvenes creadores y lectores del país. México es un país eminentemente joven, y Tierra Adentro es un reflejo de ese país.
¿Es la poesía entre nosotros un arte marginal? ¿Un género literario que sólo apela a una élite? ¿Refleja el país en el que vivimos? ¿Es solemne o juguetona? ¿Qué tanto de riesgo hay en ella? Con el propósito de pensar en el sitio que la poesía ocupa en el México de hoy, Tierra Adentro invitó a conversar a cuatro destacados poetas nacidos entre 1971 y 1982 (Maricela Guerrero, Hernán Bravo Varela, Roberto Cruz Arzabal y Julián Herbert, quien con el ánimo de participar viajó desde Saltillo, Coahuila), que se reunieron el pasado 8 de julio en torno de una mesa del bar “Las Hormigas”, en la Casa del Poeta Ramón López Velarde. El cuarteto ensayó un diálogo que, si bien suele considerarse necesario, no suele practicarse públicamente. Conducido por Hernán Bravo Varela, el coloquio partió de una pregunta y generó, explícita o tácitamente, muchas otras.
(ciudad de México, 1977). Estudió letras hispánicas en la UNAM y un taller de poesía con Ernesto Lumbreras. Ha escrito y publicado obras como Desde las ramas una guacamaya (Bonobos CONACULTA, 2006); Se llaman nebulosas (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2010) y Kilimanjaro (Mano Santa, 2011). Su trabajo ha sido antologado en Efectos secundarios (Anaya, Madrid, 2004); Divino tesoro (México: Casa Vecina, 2008) y Cuatro poetas recientes de México (Black & Vermelho, Buenos Aires, 2011). En 1998 y 2000 obtuvo el primer premio en el certamen “Después del Discuros” (dentro de la “Cátedra Extraordinaria Sor Juana Inés de la Cruz). En 2008 y 2010 obtuvo la beca para Jóvenes Creadores del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes.
(México, 1982), poeta y crítico literario. Es licenciado en letras hispánicas por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Fue becario PAPITT para conclusión de estudios de licenciatura de julio de 2005 a diciembre de 2006 y para realización de tesis de enero de 2006 a diciembre de 2006. En 2010 recibió el grado de maestro por la UNAM con su trabajo “Visión y posibilidad: aproximación a la obra de Jorge Esquinca y Coral Bracho desde las poéticas visuales”. Actualmente es doctorante por la misma institución. Forma parte de los seminarios de Investigación en poesía mexicana contemporánea y Nómada de crítica y literaturas. Tabajó como trabaja como secretario académico en el CEPE/UNAM Taxco. Actualmente es profesor de las asignaturas “Iniciación a la investigación” del Colegio de letras hispánicas; “Metodología de la investigación bibliográfica” del Colegio de letras hispánicas SUA y “Cuento mexicano entre el siglo XX y XXI” en el CEPE. Ha publicado ensayos y poemas en diversas revistas.
(ciudad de México, 1979). Egresado de la licenciatura en literatura y ciencias del lenguaje en la Universidad del Claustro de Sor Juana. Ha publicado poemas, traducciones y ensayos en diversos periódicos y revistas de circulación nacional y del extranjero. Junto con Ernesto Lumbreras realizó la muestra crítica El manantial latente. Poesía mexicana desde el ahora: (1986-2002), Fondo Editorial Tierra Adentro (2002). Fue becario del programa Jóvenes Creadores del FONCA, en el área de poesía (2004-2005) y también lo ha sido de la Fundación para las Letras Mexicanas, en el área de ensayo (2005-2007). Ha traducido poemas de T. S. Eliot, Wallace Stevens, Dylan Thomas. La balada de la cárcel de Reading, de Oscar Wilde (Ácrono Ediciones, México, 2000) y, con Marco Antonio Campos, El hombre redivivo, de Gastón Mirón (Poemas y ensayos, UNAM, México, 2001). Fue letrista de la banda sonora de la película Frida (2002), ganadora del Óscar, y es virtual vocalista de Acetona, una orquesta de jazz. Obtuvo el Premio Nacional de Poesía Joven Elías Nandino, 1999. Ha publicado el libro de poemas Oficios de ciega pertenencia, Fondo Editorial Tierra Adentro, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (1999); y Nueve poemas, cuaderno de Filodecaballos (2001).
(Acapulco, México, 1971) es poeta, ensayista, novelista, cuentista; además de promotor cultural, profesor y músico. Estudió literatura española en la Universidad Autónoma de Coahuila. Desde 1980 vive en Saltillo. Debutó como escritor con el libro Soldados muertos (1993). Es autor de los libros de poemas El nombre de esta casa (Tierra Adentro, 1999). La resistencia (filodecaballos, 2003), Autorretrato a los 27 (Eloísa Cartonera, Buenos Aires, 2003) y Kubla Khan (Era, 2005). Ha publicado también la novela Un mundo infiel (Joaquín Mortiz, 2004) y el libro de cuentos Cocaína (manual de usuario) (Almuzara, España, 2006). Compiló junto a Rocío Cerón y León Plascencia Ñol el volumen El decir y el vértigo. Panorama de la poesía hispanoamericana reciente (1965-1979) (filodecaballos, 2003). En 1999 obtuvo una mención honorífica en el Premio Nacional de Poesía Joven Elías Nandino por el libro El nombre de esta casa. En 2003 ganó elPremio Nacional de Literatura Gilberto Owen. Posteriormente ganó los premios Presea Manuel Acuña (2004); Premio Nacional de Cuento Juan José Arreola 2006; Premio Nacional de Cuento Agustín Yáñez 2008 (compartido con León Plascencia Ñol); Premio de Novela Elena Poniatowska 20127 y el Premio Jaén de Novela Inédita 2011 por Canción de tumba. Es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte. Como músico ha colaborado en las bandas de rock Los Tigres de Borges y Madrastras.
El siguiente es un mensaje de Rafael Tovar y de Teresa:
Con Tierra Adentro aprendimos una lección esencial: que la literatura mexicana no era, simple y sencillamente, la literatura que se escribía en la ciudad de México sino la literatura que se escribía (y se escribe) por todos los rumbos del país. Nos descubrimos, al leerla, como una comunidad que hablaba desde entornos diferentes, pero que vivía experiencias culturales similares que la conectaban a la vez a una red de afinidades y correspondencias, de vasos comunicantes que le daban una identidad generacional tanto por sus similitudes como por sus diferencias.” Estas palabras que el poeta bajacaliforniano Gabriel Trujillo escribió hace una década, recogidas en el libro Entrecruzamientos, describen en buena medida el ánimo con el que Tierra Adentro fue creada hace casi cuarenta años por Víctor Sandoval.
Ese es nuestro ánimo hoy. Y ese ánimo nos lleva, ahora, después de más de veinte años de periodicidad bimestral, a convertir la revista en una publicación mensual, que busca ser más económica y alcanzar una mayor presencia. Queremos que Tierra Adentro propicie y multiplique el diálogo entre los jóvenes creadores y lectores del país, y que dé proyección no sólo a disciplinas ligadas a la literatura —como lo ha hecho siempre— sino a todas las expresiones culturales. México es un país eminentemente joven, y Tierra Adentro es un reflejo de ese país. En lo sucesivo, para ser más dinámica, contará con una novedosa plataforma digital que permitirá ahondar y abundar en los contenidos de la versión impresa, y poner un acento mayor en las artes visuales y sonoras.
Sentido común, simulación y paranoia, libro publicado por laeditorial oaxaqueña Sur+, estáconformado por un ensayo largoy seis artículos dedicadosa la mofa de la sociedad mexicana contemporánea. Su autorFernando Lobo decidió sacar apasear un poco las teorías sociológicasmás importantes (Weber,Gramsci, Foucault, Lipovetsky,Baudrillard, Debord, McLuhan) yquitarles el polvo que se les junta con tanto lector aburrido en las bibliotecas. El ensayo homónimo al título del libro propone lo siguiente: “He aquí mi hipótesis: no es que mi tía Engracia sea entrometida, indiscreta, exagerada e intrigante porque imite conductas televisadas. Mi tía Engracia es así porque le da la gana, y las telenovelas le otorgan la magnífica oportunidad de que su conducta sea la correcta”. Así, a lo largo del ensayo, esta visión irónica sobre lo cotidiano se perpetúa y se vuelve esencial en el texto. Otro ejemplo, el tío Mauricio, esposo de la tía Engracia, se queja de la terrible situación actual “(con la autoridad intelectual que le otorga su noche libre): Todos están coludidos: políticos, mandos policíacos, empresarios.
Si el sistema de Administración Tributaria congelara todo el dinero que lavan las mafias en la economía formal…” y al momento siguiente le marca a su proveedor de cocaína. Los temas actuales de la agenda pública mexicana son la preocupación del libro: el monopolio televisivo, la guerra con contra el narco y el Bacardí. Y al leerlo parece que es cierto, el que anda perdido no es el país, sino nosotros.
Esa es la ventaja de leer, saber que muchos más piensan como tú, pero no sólo eso. Fernando Lobo apunta que para los alternativos que buscan legalizar las drogas, así como así; y esos que se apartan de la máquinas de rayos catódicos, les hace falta reflexionar sobre a dónde han ido a parar esas alternatividades, esos zombis ¿qué es lo que buscan poniendo oposición o dejándose llevar? ¿acaso quieren que un grupo de cadenas farmaceúticas monopolizantes, como cocodrilos hambrientos, se vuelvan las dueñas de nuestra mota? Porque el autor es marihuano y más bien es “un escritor coleccionista de adicciones”. Uno de esos farmacodependientes distraídos que andan pensando en algo cuando sus tías ven las novelas y sus tíos discuten sobre el tráfico. Esa gente que da igual, sea lo que sea, que sólo piensan un pequeño segundo lo que otros dicen y les queda como salida hacer un buen chiste, pues resulta que ellos mismos participan de ese mundo que es incorrecto. Son esos cocos y marihuanos en la “lucha antinarcóticos”. Les gusta, como a la tía Engra, que los hombres sean adúlteros para luego llorar con la sobrina la desgracia.
Probablemente el problema de este libro es que se burla de todo. Y no tiene ninguna verdad que ofrecer, más que sólo mostrar esa falta que hoy día se va presentando: la irónica verdad absoluta de que el capitalismo más avanzado sigue dominándonos y nadie, ni siquiera los teóricos tienen la oportunidad de explicarnos que sus pensamientos son baratijas intercambiables en el mundo de la ideología, la inteligencia y la cultura. Podemos decir que este libro es una oportunidad nueva que apesta. Fernando Lobo sólo hizo el trabajo de ubicarnos, porque andamos muy perdidos, pensando que tenemos todas las respuestas para un mundo tan discutido.
¿Será que el sentido común nos dirige a una sociedad de consciencia? ¿Será que la simulación, ser malos y buenos a la vez, nos justifica? ¿A poco la paranoia es una respuesta?