Tierra Adentro

Todo comenzó como un encuentro de contracultura que se extendió a la edición de un fanzine, y de ahí a la creación de un tianguis cultural. Bajo el poderoso nombre de El Grito Colectivo se reúne la producción alternativa dirigida a los jóvenes sudcalifornianos.

Fue en junio de 2010 que el promotor cultural y músico sudaca Rolando Placier convocó a una reunión para planear un festival de contracultura que reuniera a algunos de los que trabajamos de manera independiente. Dicha convocatoria rebasó las expectativas y lo que sería un festival de un día terminó en un encuentro de cuatro Nos dimos cuenta que el público local necesitaba nuevas maneras de acercase a las actividades artísticas y culturales, diferentes a las que nos ofrecen las instituciones oficiales. Así nació El Grito Colectivo, un grupo multidisciplinario que se reúne cada martes: Víctor Higuera, diseñador y artista visual; Nelson Hage, periodista; Bernardo Valadez, músico y promotor cultural; Karla Rochín y Jorge Cobos, de turismo alternativo; quien esto firma, escritora, y Rolando Placier, con la colaboración de otros artistas y promotores que se suman a proyectos específicos.

Desde entonces no hemos parado de trabajar, en gran medida gracias a los apoyos de Conaculta en nuestro estado. En 2010 llevamos a cabo un programa de fomento a la creación literaria en jóvenes que incluía, entre otras cosas, un concurso de cuento de terror y minificción, además de un encuentro de escritores jóvenes. También logramos cristalizar dos sueños: uno de ellos, tener nuestra propia revista de divulgación cultural, el GritoZine, que, en sus cuatro números, ha incluido portafolios de artistas locales y de otros estados; textos de colaboradores de México, California y Buenos Aires; entrevistas, artículos que abordan otros proyectos culturales, recomendaciones de música, libros y revistas locales. Ahora, con el apoyo del Programa de Apoyo a las Culturas Municipales y Comunitarias (pacmyc), hemos podido lanzar cuatrimestralmente. El otro sueño cumplido es apoyar en la coordinación del Tianguis Alternativo “El Chopito”, que combina productos poco convencionales y rock, y que está a punto de cumplir su segundo aniversario.

En 2011 formamos una red de treinta y cinco promotores jóvenes que se capacitaron durante seis meses en gestión cultural, y ese mismo año se realizó la segunda emisión del Encuentro de Contracultura, con la presencia de Carlos Martínez Rentería, director de la revista Generación.

El III Encuentro de Contracultura, que realizamos del 20 al 23 de junio de 2012, lo dedicamos a Ciudad Juárez, una urbe golpeada por la violencia, pero generadora de movimientos artísticos en resistencia. Para este encuentro invitamos a Antonio Flores Schroeder, coordinador del Encuentro Internacional Escritores × Cd. Juárez, quien nos ofreció la oportunidad de organizar las actividades de dicho evento en nuestra ciudad, así llevamos las calles de Juárez a la galería más importarte del lugar, con la exposición Puro Borde, colectiva de artistas de Juárez y El Paso, con la presencia de David Flores, Jorge Pérez y Arón Venegas. Después del éxito, no nos queda más que continuar, ahora como Asociación Civil, en la búsqueda de recursos que nos permitan avanzar por el camino de la promoción cultural, en esta tierra que está aparentemente lejos de todo, pero que es fértil para las manifestaciones culturales más novedosas.


Autores
es narradora. Autora del libro Cuando todo esto acabe (2005). Su cuento “Mariana García” fue incluido en Novísimos cuentos de la República Mexicana (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2004).
Ilustración: Rodrigo Ponce.

La discusión creció hasta el punto en que a voces traspasan las paredes del departamento. Eugenia y Fausto se desvivían en hacerse reproches. En justificar sus obsesiones. Para ella era absurdo el esclarecimiento que él hacía de todo lo que ocurría a su alrededor. Para él, la mascota de ella se había vuelto un ente perturbador que lo orillaba a conductas psicóticas. —La fascinación que le profesas a ese animal no es más que el síntoma de una patología derivada de la inútil inversión de tu tiempo. Sus palabras, moduladas entre la sentencia y la recomendación, se dirigían oscilatoriamente hacia su esposa y la pecera ubicada en la mesa de centro de la sala.

—Al menos —continuó él mientras agitaba el legajo de papeles con fórmulas y teorías borroneadas que sostenía en la mano—, la aplicación de razonamientos deductivos en experiencias físicas comprueban los métodos científicos que posibilitan la formulación de nuevas teorías para entender la naturaleza del mundo y su veracidad.

A Eugenia se le descompuso el rostro de rabia. Si bien antes de casarse la conducta explicativa de Fausto le había parecido un rasgo atractivo, pues él no era precisamente guapo, de unos meses a la fecha, aquel encanto se convirtió en una total aversión.

Se conocieron tras un percance automovilístico. Eugenia conducía su Pointer buscando el número 64 en la calle Las Casas. Debía recoger algunos documentos para el municipio. Aunque pisó a fondo el pedal, los frenos no respondieron e impactó levemente a otro auto detenido con las intermitentes encendidas afuera de una Farmacia del Ahorro. Fausto escuchó el golpe y salió tan rápido como pudo del establecimiento, a donde había entrado por comprimidos para aliviar el dolor de cabeza. Enfureció tras observar el daño en su Civic. Por supuesto, sintió que el cráneo se le abría por la mitad en ese momento.

—¿Acaso estás ciega? —le gritó. —¡Frené, juro que frené! —sostuvo Eugenia, presa de un ataque de nervios que culminó en un llanto desesperado.

Más tarde sus respectivos ajustadores de seguros concluyeron que, efectivamente, al Pointer le habían fallado los frenos. Ambos obtuvieron citas con sus correspondientes agencias automotrices, para arreglar sus defensas. Intercambiaron números telefónicos por si era necesario comunicarse para aclarar alguna otra cosa con respecto a los seguros.

Sólo unos días después del incidente, Fausto entró en otra más de sus crisis. Esta vez provocada por un moscardón. Si bien el zumbido era molesto y le impedía trabajar, su preocupación se orientaba en torno a la existencia del insecto. Sobre todo porque no acostumbraba abrir las ventanas y mucho menos guardar basura en casa. Hizo conjeturas acerca de la biogénesis del animal antes de darse a la tarea de acabar con él. Su alergia a los insecticidas lo obligó a cazarlo utilizando primero una revista, luego un cojín y, finalmente, un muñeco de sololoy que compró en Guadalajara durante un congreso de Física.

El moscardón acabó hecho una masa viscosa sobre la carpeta de la aseguradora donde tenía anotado el número telefónico de Eugenia. Además de agotado por la cacería y la limpieza que hizo después para evitar la reproducción de más bichos, se sentía un tanto frustrado por no avanzar en sus investigaciones. Contempló un instante el número de Eugenia. Una hora más tarde le llamó para invitarla a tomar un café. Necesitaba distraerse un poco. A ella no le emocionó mucho la idea, pero ese día no tenía nada que hacer. Su auto aún se encontraba en reparación.

Se reunieron en un establecimiento frente al Exconvento de Santo Domingo.

—Discúlpame por haberte gritado, sufro de una terrible migraña que me vuelve irritable —confesó él mientras vertía cuatro sobrecitos de azúcar en su café descafeinado.

—Fue culpa mía —no pudo disimular la sorpresa de ver a Fausto poner tanta azúcar en su café—. El accidente.

—La culpa es de Pascal —corrigió—. Es decir, de una falla del Principio de Pascal —explicó tras un sorbo—. Al quedarse sin líquido los frenos, la fuerza de tu pie aplicada sobre el pedal no ejerció la presión en el cilindro para transmitir a los pistones la potencia equilibrada que detiene la aceleración del automóvil. Es un principio hidráulico basado en la multiplicación de la fuerza — movía las manos en un intento por ser gráfico—, las prensas, los elevadores e incluso los sillones de las peluquerías funcionan de este modo. La fórmula es simple —cogió una servilleta y sacó un bolígrafo para anotar—: P1= F/a = P2= f/A.

A Eugenia aquello le pareció fascinante, como casi cualquier cosa fuera de su trabajo en el municipio. Fausto de pronto se sintió cómodo por la avidez y el asombro con la que ella lo escuchaba. Ni siquiera en sus clases captaba la atención de sus alumnos de tal manera. De inmediato se sintió atraído por Eugenia.

Le contó que por las mañanas impartía clases de Física en la Universidad Autónoma de Oaxaca. Las tardes las dedicaba a exhaustivas pesquisas que a nadie importaban.

—Mis investigaciones oscilan en torno a la simplificación de algunas leyes establecidas para explicar el todo, la teoría del todo. Si bien Albert Einstein sentó algunas bases, dejó la tarea inconclusa—le dijo—. Mi línea de partida son las unificaciones de electromagnética y gravedad, combinadas libremente con la teoría general de la relatividad einsteniana, la cuántica de Planck, la de las cuerdas de Scherk y Schwuarz y la teoría M de Edward Witten. Pero al igual que todos los físicos del siglo pasado, me enfrento a la falta de resultados experimentales estables. De ahí esta maldita migraña.

A Eugenia no le costó trabajo simpatizar con quien más tarde sería su marido. Ella misma tenía sus propias obsesiones. Coleccionaba escarabajos. Durante años había comprado por Internet especies de todo el mundo. Los mantenía en pequeñas cajas de madera selladas con cristales y pasaba horas mirándolos. Incluso escribía poemas haciendo metáforas alusivas a los coleópteros, a su vuelo, color, alimentación, apareamiento, supervivencia, historia, ecosistema al que pertenecían. Según ella, el mundo de los seres humanos tenía correspondencias con el de estos insectos, sobre todo en la tendencia de ambos a acumular mierda.

—Los zapotecos los llaman Bidolaguí’, que quiere decir bolita de caca —le explicó a Fausto.

Para ella eran tan evidentes las similitudes que hasta usaba los nombres científicos de algunos bichos para referirse a la gente. A uno de sus clientes, un tipo pelirrojo y escuálido que siempre vestía trajes negros, lo bautizó Heliotaurus Ruficollis, una especie de escarabajo de cuerpo pequeño y negro con cabeza roja. Al tendero de la esquina lo llamaba Scarites Cyclops, por sus enormes bigotes parecidos a los palpos de las mandíbulas de esta especie. De su vecina, cuando usaba vestidos moteados, decía que parecía una Coccinella Septempunctata, un insecto de la familia de las catarinas cuya peculiaridad es tener manchas circulares en el exoesqueleto.

Pocos meses más tarde, Eugenia y Fausto se casaron por el civil en una ceremonia íntima a la que asistieron no más de veinte personas. Familiares y compañeros de trabajo de ambos. Compraron un pequeño departamento en la colonia Reforma. Su matrimonio transcurrió sin grandes acontecimientos durante poco más de un año. A Fausto le daba igual que su nuevo hogar se fuera plagando de cajitas con insectos disecados, siempre y cuando la invasiónno incluyera el pequeño estudio que había montado en la recámara libre. Nunca colgaba cuadros en su casa. Desde pequeño lo había asaltado la impresión de que las imágenes lo espiaban. Todas las fotografías o retratos de familia los tenía guardados bajo llave. Aborrecía las representaciones gráficas porque pensaba que estaban cargadas de una cualidad ajena a la realidad y sentía desconfianza hasta de ver su propio rostro atrapado por el azar del tiempo. A Eugenia le venía bien tener las paredes desocupadas. Tenía más espacio libre para su colección de insectos.

La inquietud de Fausto comenzó a manifestarse el día que Eugenia le mostró un escarabajo Goliathus. Era una especie exótica. Su color plateado con manchas negras en forma de azucenas, la enorme mandíbula y un tamaño superior a los diez centímetros, le infundían al animal un aire de respeto, incluso de nobleza. Lo sorprendente era que no se trataba de un animal disecado como todos los demás, sino de uno vivo, que comía con mucho apetito cualquier fruta que le pusieran enfrente. Por fortuna no podía volar. Su peso y el atrofio común en las alas de la gran mayoría de estos insectos se lo impedían. Eugenia lo compró ilegalmente mediante uno de sus contactos en Internet. El animal provenía del Congo y sólo había unos cuantos ejemplares fuera de África. La verdad es que ella misma sabía poco acerca de esa especie. Sin embargo, no tardó en encontrar datos reveladores. En un libro que también consiguió por vía electrónica, leyó que se trataba de un insecto muy importante para la tribu bakongo. Un animal objeto de veneración y culto. Decía el texto que el poseedor de uno de ellos sería favorecido por el dios Nzambi. Pero, al mismo tiempo, debía de estar al tanto del bienestar del escarabajo, pues ese mismo dios castigaría al culpable de la inquietud o, peor aún, de la muerte del bicho. Así que Eugenia ponía especial cuidado en la limpieza, alimentación y temperatura del Goliathus.

Muchas noches ella escuchaba a Fausto, sin saber cómo pasaba de un concepto a otro, sobre la tensión superficial de las gotas, hablar de la densidad relativa de éstas en comparación con otras sustancias, el Principio de Arquímedes, la flotación, la fuerza de gravedad, la presión atmosférica, el magnetismo y otras cosas de la Física, hasta que inevitablemente se quedaba dormida con el insecto entre las manos.

El paro de clases en la universidad fue el pretexto perfecto para que Fausto se entregara de lleno a la investigación. Pronto su aislamiento se hizo tan intenso como su migraña. Sin embargo, encerrado en su estudio, en vez de analizar y calcular matemáticamente sus hipótesis, pensaba en posibles maneras de acabar con el escarabajo sin que su esposa lo responsabilizara. Su animadversión se exacerbaba cuando Eugenia sacaba al animal de su pecera. Ahí permanecía la mayor parte del tiempo el bicho, devorando mangos o peras o manzanas o melones o papayas, llenándose los palpos de miel y moviéndolos sin control. En ocasiones, Fausto creía percibir el trabajo de sus grandes mandíbulas, como un efecto Doppler en oscilación constante dentro de su cabeza. Pensaba que la fuente, el Goliathus, registraba cambios de frecuencia ondulatoria y se dedicaba a analizarlos para conocer su alcance. Como hombre de ciencia, tenía dudas de que eso fuese posible, a pesar de que vivían en un condominio donde se escuchaban motores de aparatos domésticos, ladridos de perros, voces, ronquidos, gritos, gemidos y hasta flatulencias.

Leyó numerosos estudios sobre la actividad molecular, asociándolos con sus pesquisas. Por alguna razón que escapaba a su entendimiento, temía que el escarabajo pudiera alcanzar niveles de vibración atómica superiores y provocar la misma acción en otros cuerpos. Se atormentaba pensando que eso haría que el escarabajo fuera capaz de traspasar primero su caja de cristal, luego las paredes de la casa y, más tarde, inocularse en él. Tengo que hallar una solución, se repetía una y otra vez tan pronto se desembarazaba del triste destino kafkiano que patológicamente imaginaba para sí. Pero no podía hacer otra cosa que permanecer oculto, pidiendo a Eugenia que le llevara la comida a su estudio. Sostenía que estaba cerca de llegar a resultados válidos en su teoría del todo. Esto a ella no la inmutaba, se entretenía investigando más sobre el bicho al que había bautizado con el nombre de Nkoi.

Hurgando en los estantes de la Biblioteca Francisco de Burgoa, Eugenia encontró un libro donde se incluía un ensayo sobre el escarabajo Goliathus. Según el texto, era posible que el miedo exacerbado por la fe en el dios Nzambi hubiera provocado incontrolables estados maniacodepresivos en personas que habían matado, accidental o intencionalmente, a este tipo de insectos. Leyó el caso de un hombre de la tribu bakongo que se ahorcó con una rama de bejuco tras saber que había pisado sin querer a uno de estos escarabajos sagrados. El ensayista aseguraba que varias leyendas bakongo también hablaban de hombres y mujeres que, tras descuidar a alguno de estos escarabajos, se convertían en uno de ellos.

Sin embargo no había pruebas al respecto y las historias permanecían como parte de la memoria oral del grupo étnico. Fuera o no cierto, desde entonces Eugenia renunció a su trabajo y no hizo otra cosa que cuidar a Nkoi. Por esa razón discutían.

Los gritos en el departamento atrajeron la atención de algunos vecinos que poco a poco fueron saliendo a los pasillos del edificio.

—Pues yo ya estoy harta de tus investigaciones sin sentido. Toda esa mierda científica lo único que prueba es tu estupidez —sostuvo ella, enfurecida.

—¿Estupidez? Estupidez es tener un maldito parásito como mascota. Estoy hasta la madre del culto que le profesas. No dudo que hasta te comuniques con él —dijo tocándose las sienes con ambas manos.

—Cállate, imbécil, al menos me preocupo por algo vivo —sus ojos habían enrojecido—. Si quieres investigar algo con sentido deberías usar esta fórmula: dale un número al tiempo que has perdido investigando, multiplícalo por la masa de tu cuerpo, luego por la fuerza de tus frustraciones, el resultado será la constate de mediocridad que tendrá tu vida.

Encolerizado, Fausto cogió la pecera y salió corriendo del departamento. Mientras bajaba los tres pisos ante la mirada azorada de los vecinos, ella gritaba: — ¡Devuélvemelo, devuélvemelo, maldito científico desquiciado!

Cuando Eugenia alcanzó la puerta del edificio, su marido ya subía a su automóvil rugiendo que mataría al animal. Arrancó dejándola de rodillas sobre el pavimento.

—Nkoi, Nkoi —berreaba ella, sin fuerza suficiente para seguirlo.

Fausto condujo su Civic hasta tomar la carretera que va a la Ciudad de México. Luego de un par de horas se detuvo en un imponente mirador de la Sierra Mixteca. Bajó del auto. Desde ahí podía ver el gran valle rojizo apenas poblado por algunos cactus y mesquites. Sostenía entre sus manos la pecera con el escarabajo. La levantó y, dirigiéndose al bicho, dijo: —Seguramente este no es el mejor lugar para que vivas, desgraciado, aquí no podrás hallar tu frutita, y lo mejor de todo, yo no te escucharé comértela, ni sentir tu vibración —agitó el contendedor de cristal.

Luego retiró la tapa. Metió la mano y cogió con recelo al insecto, que movía desesperado sus seis patas en el aire. Fausto se colocó justo en la orilla del mirador. Miró hacia abajo y calculó la distancia que habría desde ahí hasta el fondo.

—Sesenta metros —dijo observando con asco al animal—, pesas cien gramos, grandísimo tragón, pero eso no importa, si te dejo caer la aceleración será constante porque la velocidad en caída libre aumenta en promedio diez metros por segundo al cuadrado, así que tardarás en tocar fondo unos tres segundos y medio.

Fausto estiró la mano en el aire y dejó caer el escarabajo. Lo observó descender por el peñasco hasta perderlo de vista. Sintiendo que se quitaba un peso de encima, respiró hondo y serenamente sentenció:

—He aquí la respuesta del todo: la desaparición de la realidad material para dar paso al libre tránsito del espíritu en el espacio.

Subió al auto con la certidumbre de su hallazgo anidada en la mente. Tomó la carretera de regreso a Oaxaca. Hablaría con Eugenia. Sabía que sus vidas retomarían su cauce ya sin el animal. Ella no tardaría en encontrar alguna otra cosa en qué invertir su tiempo, pensó. Un kilómetro adelante, observó un tráiler detenido a doscientos metros, con las intermitentes encendidas. Un impulso que escapó de su control y entendimiento lo llevó acelerar al máximo. Llevaba las manos aferradas al volante y la vista clavada en el acoplado del camión. Mientras avanzaba calculó el tiempo y la fuerza del impacto. Valoró la distancia, que su auto pesaba mil ochocientos kilos, él setenta y dos, y que se desplazaba a ciento noventa kilómetros por hora.

Esa noche Eugenia se enteró del fatal accidente. Desde entonces ha estado recluida en su departamento de la colonia Reforma, manteniéndose con el seguro de vida que cobró tras la muerte de Fausto. Por las tardes va al supermercado para comprar mangos, peras, manzanas, melones o papayas. El resto del tiempo lo pasa observando al Goliathus, que aún permanece en la mesa de centro de la sala. A veces, como un suspiro ahogado, repite el nombre de su marido mientras deposita algún trozo de fruta dentro de la pecera.


Autores
(Oaxaca, Oaxaca, 1975) es narrador. Su libro más reciente lleva por título: Cuarenta grados (2009).

sucede que me canso de ser hombre
yo también
sucede que
de alguna manera no quepo
en 140 letras y silencios
en el mundo dactilar
en las manos que amasan el espejo
yo también recorro Oxxos y jardines
y me sumerjo en el Facebook y en los parques
sucede que este narciso
fuma Delicados con filtro
y se bebe un café en Starbucks
ya nadie, casi nadie
cuelga ropa bajo el sol
el sol es un pescado encerrado en las secadoras
sucede que los cines ya son más reales que nosotros
que el olor de los Mc Donalds me hace llorar a gritos
yo también me canso de blandir la frente
sucede que mi camisa ya no llora
que no he aprendido a arar la tierra
sucede que el comunismo es una estafa
que el neoliberalismo no libera

yo paseo con calma
con mi laptop como un pan al hombro
paseo con sed, con furia, con cuatro ojos
sin un rincón donde conectar mi alma
no hay dios inalámbrico ni ascensores
ni enlace directo al cementerio
no hay paraguas para mojar la lluvia

yo también quiero un descanso de piedra
pero aquí ya sembraron cables en las piedras
por eso el día lunes arde como luz eléctrica
y
yo también me canso de ser hombre
por eso le doy refresh a mi ventana
y esc
y nada.


Autores
(Valle de Santiago, 1987) es poeta y narrador. Ha publicado Ciudad en blanco (2019), Rompecabezas (2015) y Cuaderno de ensayo (2017). En 2022 obtuvo el Premio Nacional de Ensayo Magdalena Mondragón.

Integrada por tres argentinos que dialogan de forma estratégica con su tiempo, Clase Turista es una máquina de proyectos: publicaciones que van del papel a la pared, o de lo digital a lo cinematográfico. Estos tres editores estuvieron a cargo de la Zona Futura de la Feria del Libro en Argentina y tienen en la mira a nuestro país como posible colaborador para un tiempo nada lejano.

Clase Turista fusiona la filoso punk del do it yourself con el planeamiento de guerrilla latinoamericana: síntesis conceptual, mínimos recursos, máximo impacto. Fue creada a fines del año 2005 por tres amigos: Iván Moiseeff, Esteban Castromán y Lorena Iglesias, quienes hicieron de la singularidad su marca. Comenzaron publicando libros raros, como: Breve Antología de Poesía Iraquí Contemporánea, cuya cubierta emula un sobre-bomba; una antología de poetas africanos con tapas forradas de piel sintética; y un manual de supervivencia para el Apocalipsis, con consejos que van desde cómo armar un refugio nuclear hasta técnicas para luchar contra un zombi, pasando por consejos sobre cómo enfrentar la idea de la propia muerte. En este último caso, el libro simula un cuadrado de césped.

MÁS ALLÁ DEL LIBRO

¿Por qué decidieron usar tapas tan curiosas? “Nos gusta que la ficción desborde el interior dellibro, que la lectura comience ya desde la misma tapa. Es una entrada distinta para construir sentidos”, explica Esteban Castromán. “La apuesta del sobre-bomba es que haya un sentido, más allá de lo estéticamente interesante”, opina Iglesias. “Así como en los reportajes de la CNN hay un discurso estandarizado sobre lo que es un árabe, jugamos con eso en la tapa desde un doble sentido: con el estereotipo y con el poder que tiene la poesía. Funciona como una puesta en abismo de nuestros prejuicios. Un libro que finge que va a explotar pero lo que estalla, al abrirlo, son las propias ideas que tiene uno del otro”.

Su nuevo libro, “editado” en mayo de este año, es una pared de quince metros de largo levantada durante un imaginario fin del mundo, cubierta por mensajes desesperados, hipótesis de aniquilaciones masivas, afiches gubernamentales y otras microficciones postapocalípticas. En su creación participaron artistas de diferentes países. Su primera presentación fue en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires 2012, donde el público colaboró con sus propios mensajes.

El libro Muro del fin del mundo, nombre de este volumen/instalación itinerante de literatura y artes visuales, fue realizado junto con el diseñador Ezequiel Black. En sus quince metros se acumulan hojas manuscritas, carteles impresos, fotos, fotocopias y dibujos con pedidos, pensamientos y advertencias. “Es como viajar en la máquina del tiempo y caer justo en el fin del mundo, frente a esta pared”, explica Iván Moiseeff. “Tienes carteles que simulan la comunicación gubernamental bajo catástrofes, ficciones de gente que pide consejos, advierte a los demás sobre lugares hostiles o diferentes eventos que ocurren durante la catástrofe. Superpusimos todas las hipótesis de aniquilación, hay carteles que advierten sobre alienígenas, otros sobre zombis, catástrofes naturales, mutantes y la lista es infinita, como el temor mismo.”

En su elaboración, trabajaron escritores y diseñadores de Argentina y España. Luego de su lanzamiento en Buenos Aires, el Muro del fin del mundo se presentará en Bélgica, España y México, sumando artistas en cada país y extendiendo su volumen.

PELÍCULAS FANTASMAS

Además de libros (y paredes), también tienen otras publicaciones que salen de lo ortodoxo, como su colección Mental Movies, un proyecto donde piden a distintos escritores que, en unos diez mil caracteres, relaten qué película filmarían si tuviesen un presupuesto ilimitado. Luego un artista visual diseña el cartel de esa película apócrifa y un grupo de rock se encarga de componer la canción de la banda de sonido. Cada ejemplar es un afiche. De un lado, el cuento; y del otro, la representación visual del guión, a modo de afiche cinematográfico.

Mental Movies es parte de una colección llamada “Millonarios por dentro”, que trabaja cierta idea de una riqueza ubicada en la imaginación en lugares donde el asedio económico es algo constante. Explica Lorena Iglesias: “Para nosotros, como latinoamericanos, las superproducciones suelen realizarse más en la mente que en la realidad pero como nos interesaban esas historias faraónicas que se construyen en conversaciones, algunas noches entre amigos, puede ser en una fiesta o en algún antro, cuando todos están estimulados. Queríamos encontrar un formato para que circularan esas ideas titánicas, costosas y delirantes, que uno cuando las escucha, piensa.”

Tras pasar por Argentina, el proyecto tuvo su primera edición en México el año pasado. Ahí, los directores Fernando Eimbcke, María Novaro, Nicolás Pereda y Luis Téllez escribieron qué películas filmarían si tuvieran un presupuesto millonario. Los carteles fueron diseñados por Alejandro Magallanes, Dr. Alderete, Fernanda Brunett y Javier Gutiérrez. Y las canciones fueron compuestas por Natalia Lafourcade, Alex Otaola, Songs for Eleonor y Torreblanca. El resultado fue una caja con los cuatro afichesrelatos más un cd con las canciones. El evento fue coproducido por la Cineteca Nacional de México, el Museo Carrillo Gil y la Fonoteca.

Además de la ciudad de México y Buenos Aires, el proyecto ya se presentó en Bélgica y España. Explica Esteban Castromán: “ Nos entusiasma esta idea de conocer qué súper-producciones realizarían los países que no hacen este tipo de películas. Estamos acostumbrados a ver los films de Estados Unidos, con su combo de disparos + grandes objetos que estallan + chicas con poca ropa. Bueno, ¿cómo sería una película colosal hecha en México, Brasil, Paraguay, Nigeria o Turquía? Bien, ya sabemos que no hay lana para realizarlas pero, mientras tanto, imaginémoslas, cerremos los ojos, contémonoslas unos a los otros.”

ZONA FUTURO: VIAJES AL MAÑANA

En cuanto a eventos, Clase Turista viene de lanzar la Zona Futuro, dentro de la Feria Internacional del Libro Buenos Aires 2012, el evento cultural más grande de la Argentina, por el que pasaron más de un millón trescientas mil personas durante veintiún días. Zona Futuro se diseñó como un espacio para conocer las nuevas escenas literarias, los ciclos de cultura más singulares de Buenos Aires, muestras sobre los cambios en la lectura en la era digital, una audioteca de poesía y micro-conferencias sobre cultura contemporánea. Por su escenario pasaron más de doscientos actores de la nueva literatura argentina. Pero no sólo escritores y editores, también músicos, cineastas, periodistas, actores y agitadores culturales para compartir sus proyectos, sus gustos y técnicas de producción.

Así, por ejemplo en el ciclo “7 Maravillas”, invitaron a escritores, directores de cine, diseñadores, fotógrafos, músicos, periodistas y otros agitadores a subirse al escenario para recomendar en doce minutos siete cosas que adoran: desde libros a páginas web, videoclips, ideas, personas, colectivos artísticos y otras experiencias. El formato viral llevado a escena. En “Próximos Estrenos” los escritores contaban-relataban los libros que estaban preparando mediante microconferencias audiovisuales. Una inmersión en las obras en construcción. En “Ciclos Embebidos”, invitaron a los ciclos de literatura, filosofía y cultura más singulares que circulan por Buenos Aires, desde ciclos donde se hacen covers literarios, hasta otro donde se catan vinos e ideas filosóficas o los invitados cuentan sueños y proyectos inconclusos en su vida. También hicieron varias charlas sobre los videojuegos como nuevo paradigma literario, talleres sobre novela gráfica.

La Zona Futuro tuvo un sector para que los visitantes experimenten los nuevos dispositivos que están revolucionando el mundo de la lectura: los libros digitales y las tabletas. Ahí, los participantes probaron ereaders y tablets, y despejaron dudas con asistentes que los ayudaban en su exploración de la lectura digital.

En palabras de Esteban Castromán: “Nuestra intención era armar un radar 3d de lo que estaba pasando con la cultura actual. Es una oportunidad para que un público más mainstream, como es el de la Feria a esa zona ligada al “margen”, “a lo alternativo”, a las canteras donde se construyen literatura y circulan los nuevos escritores que mañana serán conocidos. También, una zona para que el público se acerque a saber qué pasa con la lectura hoy, en plena revolución: los fenómenos de autoedición, los formatos digitales, las batallas por los derechos, etc. Una forma de darle visibilidad a muchos de los que están construyendo hoy el canon del futuro.”

“El próximo paso es crear plataformas de interacción entre Argentina y México, primero, y luego extenderla a otros países de la región. Impulsar cruces entre las distintas escenas literarias, estimular las lecturas de los autores, productores y artistas que están produciendo cultura en el continente”, explica Iván Moiseeff. Para acercar México a Argentina ya están trabajando en su primer libro digital (una breve antología de cuentos de autores mexicanos) y un evento en el que durante algunos días se “teletransportó” parte de la cultura actual de México en un festival en la calle, con escritores y editoriales independientes.

La presente selección incluye ocho poemas traducidos por Guillermo Fernández. Más que una toma microscópica de sus labores como traductor —las más importantes que jamás se hayan hecho de la literatura italiana a nuestra lengua—, esta muestra recoge algunos de sus poemas favoritos, los cuales solía compartir con amigos y alumnos, frecuentemente de memoria y en voz alta. Ésta es, por tanto, una selección sin ambiciones historicistas o canónicas; una serie de “Retratos de familia”, como Fernández mismo tituló el apartado final de su libro Bajo llave (1983), y que consiste en un puñado de versiones de seis poetas italianos modernos: Dino Campana, Umberto Saba, Giuseppe Ungaretti, Eugenio Montale, Salvatore Quasimodo y Mario Luzi. El criterio para dicha inclusión fue una selectiva, a menudo impensable consanguinidad entre ellos y su propia obra. El delirio melancólico de Campana, el tono crepuscular y reflexivo de Luzi, la rigurosa moral del desencanto en Montale, el silencio humanista de Ungaretti en pleno fragor de la guerra. Tales rasgos gravitan en torno a la poesía de Fernández: turbulenta y delicada, maledicente y salmódica a un tiempo, habitada por “sombras de esplendor sombrío”, de acuerdo con el verso de Carlos Pellicer.

Debemos a Fernández el descubrimiento de autores como Eros Alesi, Campana y Valerio Magrelli, así como la primera traducción íntegra de la poesía de Cesare Pavese, todo ello en versiones que hoy pueden considerarse definitivas. Así pretendemos honrar la memoria de un espléndido poeta y traductor que dio voz y cobijo a perfectos extraños durante cuatro décadas y que, gracias a su obstinada hospitalidad, se volvieron propios. Guillermo Fernández fue su retratista, pero también su revelador, el que transformó un baúl lleno de oscuros negativos en una galería de imágenes nítidas y sobrecogedoras.

A excepción de “Querido papá” de Eros Alesi, publicado en Mamá morfina (Bonobos, 2003), los poemas restantes provienen de Para el bautismo de nuestros fragmentos. Veintidós poetas italianos (UNAM, 2006), antología seleccionada, traducida y anotada por Guillermo Fernández.

Soy una criatura

Giuseppe Ungaretti (1888-1970)

Como esta piedra
del S. Michele
tan fría
tan dura
tan enjuta
tan refractaria
tan completamente
desanimada

Como esta piedra
es mi llanto
que no se ve

La muerte
se paga
viviendo

El sueño del prisionero

Eugenio Montale (1896-1981)

Aquí, ocasos y albas son casi lo mismo.

El zigzag de los estorninos sobre las almenas
en días de combate, mis únicas alas;
un filo de aire polar
el ojo del carcelero en la mirilla;
crac de nueces aplastadas, un aceitoso
chisporroteo desde las cavas, asados
reales o supuestos —pero la paja es oro,
la linterna rojiza es un hogar
si durmiendo me sueño a tus pies.

La purga dura desde siempre, sin un porqué.
Dicen que quien abjura y firma
puede salvarse de esta matanza de ocas;
que quien se acusa, traiciona
y vende carne ajena, se sirve con el cucharón
en vez de terminar en el paté
destinado a los dioses pestilenciales.

Tardo de entendimiento, llagado
por la punzante yacija, me he disuelto
en el vuelo de la polilla
que mi suela machaca en el pavimento,
con los kimonos cambiantes de las luces
que la aurora extiende desde los torreones.

He olfateado en el viento la chamusquina
de las rosquillas en el horno;
he observado en torno mío, he suscitado
lirios en horizontes de telarañas
y pétalos en el armazón de las rejas;
me he levantado y vuelto a caer
en el fondo, donde el siglo es un minuto…

Los pasos se repiten y los golpes
y aún ignoro si estaré en el festín
como embutidor o embutido. Larga es la espera
y mi sueño de ti no ha terminado.

Abril-amor

Mario Luzi (1914-2005)

La idea de la muerte me acompaña
entre los muros de esta calle que sube
y pena en cada recodo. El frío
primaveral irrita los colores,
ralea el pasto, las glicinas, casca
la piedra; bajo capas e impermeables
punza las manos secas, estremece.

Tiempo que sufre y hace sufrir, tiempo
que en claro torbellino trae flores
y apariciones crueles, y todas
—mientras indagas qué son— desaparecen
al instante en el polvo y el viento.

El camino va por lugares conocidos,
pero irreales ahora,
prefiguran el exilio y la muerte.
¡Tú, que eres; yo, que he devenido,
que merodeo en tan ventoso espacio,
hombre tras una huella fina y débil!

Es increíble que yo ande buscándote
en éste y otros lugares de la tierra
donde apenas podríamos reconocernos.
Pero la mía es una edad
que aún espera de los otros
eso que está en nosotros o no existe.

El amor ayuda a vivir, a durar;
el amor anula y da principio. Y cuando
el que sufre o languidece espera, si aún espera,
que un auxilio aparezca a lo lejos,
ya está en él, y basta un soplo para suscitarlo.

Lo he aprendido y olvidado mil veces,
por ti resulta hoy algo muy claro,
ahora adquiere viveza y verdad.

Mi pena es durar más allá de este instante.

Querido papá

Eros Alesi (1951-1971)

Tú que estás ahora en las pasturas celestes, en las pasturas terrenas, en las
pasturas marinas.
Tú que estás ahora en las pasturas humanas. Tú que vibras en el aire. Tú que
aún amas a tu hijo Alesi Eros.
Tú que has llorado por tu hijo. Tú que sigues su vida con tus vibraciones
pasadas y presentes.
Tú que eres amado por tu hijo. Tú el único que estaba con él. Tú a quien
llaman muerto, ceniza, inmundicia.
Tú que eres mi sombra protectora.
Tú a quien amo en este momento y siento más cercano que cualquier cosa.
Tú que eres y serás la fotocopia de mi vida.

Que tenía 6-7 años cuando te veía Hermoso-fuerte-orgulloso-seguroarrogante,
respetado y temido por los demás, que tenía 10-11 años
cuando te miraba violento, ausente, malo, que te veía como a un ogro,
que te consideraba un Bastardo porque golpeabas a mi mamá.
que tenía 13-14 años cuando yo veía que veías perder tu papel.
que yo veía que veías el surgimiento de mi nuevo papel, del nuevo papel de mi
madre.

que tenía 15 años y medio cuando yo veía que veías los litros de vino y las
botellas de coñac que aumentaban espantosamente.
que yo veía que veías que tus miradas ya no eran hermosas-fuertes-orgullosas,
fieras, respetadas y temidas por los demás.
que yo veía que veías alejarse a mi madre, que yo veía que veías el inicio de
un normal, dramático desmoronamiento.
que yo veía que veías los litros de vino y las botellas de coñac aumentando
considerablemente.
que tenía 15 años y medio viendo que veías que yo escapaba de casa, que mi
madre escapaba de casa.
que tú querías representar al Duro.

que no tuviste a ninguno.
que te quedaste solo en una casa con dos cuartos, más servicios.
que los litros de vino y las botellas de coñac siguieron aumentando.
que un día, que el día, en el cual viniste a sacarme de los separos secretos de
Milán, vi que te veías solo. que tú querías a tu mujer o a tu hijo o a los
dos en aquella casa con dos cuartos más servicios. que he visto que
veías que estabas dispuesto a todo, con tal de recuperarnos.
que he visto que has visto tu mano tendida en señal de paz, de armisticio.
que he visto que has visto sobre tu mano un esputo.
que he visto que has visto tus ojos lagrimeando soledad incrustada de sangre
masoquista, punitiva.

que he visto que tú has visto el deseo de querer castigar tu vida.
que he visto que veías el deseo de no sufrir. que he visto que veías los litros
de vino y las botellas de coñac aumentado continuamente.
que he visto que veías en aquel periodo tu futura vida.
que supe que sabías que tu hijo era un drogadicto, que tu mujer esperaba un
hijo de otro hombre (hijo que a ti no te quiso dar).
que vi que viste pasar tres años. que vi que viste que el día 9-XII-69 no viniste
a verme al manicomio porque estabas muerto.
que ahora ves que veo que el primero eres tú. que juegas baraja con el
descarte, haciéndote el descartado.
Pero jugando, igualmente. que ahora ves que veo que te adoro, que te amo
desde lo más profundo del ser.
que ahora ves que yo veo que mi madre se lamenta. ALESI FELICE PADRE
DEALESI EROS

que ves que yo veo que he huido una vez más hacia la soledad.
que tú ves que yo veo sólo una gran, grandísima negrura, la misma negrura
que yo veía que tú veías.
que seguirás mirando lo que veo.

Desde la ardiente loma…

Sandro Penna (1906-1977)

Desde la ardiente loma he bajado
al mingitorio fresco de la estación.
El polvo y el sudor sobre la piel
me embriagan. En mis ojos aún canta
el sol. Cuerpo y alma dejo ahora
en la lúcida y blanca porcelana.

Vendrá la muerte…

Cesare Pavese (1908-1950)

Vendrá la muerte y tendrá tus ojos
—esa muerte que nos acompaña
de la mañana a la noche, insomne,
sorda, como un antiguo remordimiento
o un vicio absurdo. Tus ojos
serán una palabra inútil,
un grito ahogado, un silencio.

Así los ves cada mañana
cuando a solas te acercas a ti
hacia el espejo. Oh querida esperanza,
ese día también sabremos
que eres la vida y la nada.

Para todos la muerte tiene una mirada.
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.
Será como dejar un vicio,
como mirar en el espejo
la resurrección de un rostro muerto,
como escuchar unos labios cerrados.
Nos hundiremos, mudos, en el remolino.

El ventanal

Dino Campana (1885-1932)

La humeante noche de verano
desde el alto ventanal escancia fulgores en la sombra
dejándome en el corazón un sello ardiente.
Pero ¿quién (en el terrado que da al río se enciende una lámpara), pero quién
le ha encendido la lámpara a la Virgencita del Puente? —hay
en el cuarto un olor a podredumbre; hay
en el cuarto una roja llaga desfalleciente.
Las estrellas son botones de madreperla y la noche se viste de terciopelo;
tiembla en la noche fatua, es fatua la noche y tiembla pero hay
en el corazón de la noche, hay
siempre una roja llama desfalleciente.

Habito mi cerebro…

Valerio Magrelli (1957)

Habito mi cerebro
como un sereno hacendado sus tierras.
Durante todo el día mi faena consiste
en hacerlas fructificar,
mi fruto el trabajarlas.
Y antes de dormir
me asomo a verlas
con el pudor del hombre
por su imagen.
En mí habita mi cerebro
como un sereno hacendado sus tierras.


Autores
(Ciudad de México, 1979) es poeta, ensayista y traductor. Autor de Hasta aquí, entre otros títulos.

“Es triste pensar que la naturaleza habla y que el género humano no escucha”, apuntó Victor Hugo en 1870 en sus Carnets Intimes. No es fácil aprender a escuchar cuando por siglos hemos creído que somos el centro del universo, las únicas criaturas dueñas de conciencia y sensibilidad, y que demás seres vivos son simplemente cosas que podemos sacrificar y consumir a nuestro antojo.

Con Pulsu(m) Plantae, Leslie García se aproxima a un desconocido territorio de la conciencia. El origen de esta investigación de García, que vincula arte y tecnología para crear un inventario de registros sonoros y lumínicos, se sustenta en la posibilidad de pensar en el presente y el futuro de nuestra comunicación con otras especies. Es a partir de esta inquietud que intenta captar empíricamente los modos en que las plantas se relacionan entre ellas y con su entorno.

Pulsu(m) Plantae: Leslie García

Cegado por la búsqueda de una verdad única, el pensamiento determinista ha generado un reduccionismo del mundo. En el terreno del arte, los procedimientos e intenciones de la búsqueda son diferentes, las posibilidades de interpretación y representación de la realidad que genera se expanden en múltiples direcciones. Pensar en la conciencia como un tema de investigación artística resulta complejo por la multiplicidad de connotaciones y acepciones que implica el término. La acepción general la define como el conocimiento que un ser tiene de sí mismo y de su entorno, esta definición implica un reconocimiento individual de los estímulos interiores y exteriores a los que un ser está expuesto, un diálogo de relaciones que se establece entre el interior y el exterior de un ser.

El término también significa “con conocimiento”, en este sentido se refiere al saber que se tiene de uno mismo en un espacio y temporalidad únicos. En teoría, cada individuo posee una conciencia particular de sí en relación con su contexto y al entorno que lo determina. Así hemos ampliado la definición de conciencia dividiéndola en dos niveles: la conciencia abstracta y la conciencia sensitiva. A partir de estas ideas creemos que nuestra especie es la única que tiene la capacidad cognitiva para desarrollar estos niveles y que algunas especies animales pueden tener conciencia de sí mismos, mientras que a otras les es imposible. Sin embargo, pese a las definiciones y diferencias
que podamos establecer sobre los grados y niveles de conciencia, cada individuo y cada organismo puede percibir el mundo de manera particular, generando vínculos y afecciones con su entorno. Estamos, por decirlo de alguna manera, conectados física, psíquica y emocionalmente con el mundo que nos rodea y aún así la conciencia que tenemos es limitada. ¿Cuánto conocemos de nuestra relación con el entorno y cuánto sabemos de las especies que en él habitan?

En su proceso de creación Pulsu(m) Plantae utiliza instrumentos que permiten obtener información sobre el funcionamiento y ciclos de sistemas vivos, basándose en el principio de biofeedback (técnica que se aplica en la obtención de datos sobre diversas funciones fisiológicas de un cuerpo orgánico), diseña espacios complejos de interacción y formas expandidas de conocimiento que se expresan a través del sonido. En este territorio de experimentación interdisciplinaria su obra adquiere sentido, no por la representación de su objeto de estudio, sino por la búsqueda de relaciones. Es la exploración de su relación con el mundo natural lo que rige su producción y sus piezas plantean más una manera diferente de relacionarnos con el entorno, que una explicación de los impulsos comunicacionales del mundo vegetal. La tecnología que implementa en su trabajo puede ser entendida como una prótesis, un aditamento que permite la extensión de los sentidos, no como un fin, sino como un medio para ampliar la interpretación del mundo; en su conjunto los distintos elementos que integran la obra unen de manera inseparable los niveles sensitivos y de abstracción, generando un puente comunicante que expande nuestra conciencia a través de la percepción del mundo natural.

(Texto: Eusebio Bañuelos)


Autores
desarrolla proyectos de arte electrónico y medios digitales. Ha sido becaria del FONCA en el área de multimedia (2009-2010).
(Distrito Federal) es artista visual y escritor. Ha sido curador y editor en diversos proyectos de arte contemporáneo.

Este 2 de octubre el poeta y traductor Guillermo Fernández cumpliría 80 años. En el mes de marzo fue cruelmente asesinado. A meses de este hecho que nos deja sin el traductor del italiano más importante en lengua castellana, Héctor Orestes Aguilar, Vicente Quirarte, Sergio Téllez-Pon, Amelia Suárez y Luis Armenta Malpica construyen un retrato colectivo del autor de Arca. Aquí, Hernán Bravo Varela nos ofrece una antología de poetas italianos traducidos por Fernández, sus autores admirados y queridos tanto como sus amigos que ahora lo recuerdan.

Joven entre los jóvenes 

Trazas de Guillermo Fernández

HÉCTOR ORESTES AGUILAR

Durante años, el poeta Guillermo Fernández encabezó una tertulia sabatina en un café de la Colonia Roma. Decenas de autores desfilaron por esa mesa. Héctor Orestes Aguilar fue uno de los muchos jóvenes que por ahí pasaron. Ahora nos comparte algunos recuerdos de esas conversaciones con Guillermo.

La amistad entre los escritores suele ser laboriosa. Puede darse cabal y desinteresada, pero con mucha frecuencia resulta una serie de componendas, reciprocidades calculadas y alianzas temporales. Con Guillermo Fernández esto era imposible. Él era solidaridad espontánea, lealtad a toda prueba; una generosidad desconocida.

A sus relaciones personales nunca antepuso, como casi todos los que se ven a sí mismos como autores, una coraza egocéntrica. Jamás trató a sus interlocutores con arrogancia, distancia o superioridad. Estaba curado de los complejos que nutren la pomposidad y el engolamiento de las divas literarias. Tal vez tenía otras extravagancias y zonas oscuras pero era incapaz de irradiar el mínimo aliento de mezquindad.

Fue mordaz, imprevisible y provocador. En parte porque no acostumbraba a decir las cosas a tres bandas, en parte porque cuando sí lo hacía su tino era infalible: daba en el centro del blanco y dejaba mudo a quien lo escuchaba. Espetarles a ciertos políticos “tolucenses”, como les decía, que se había mudado a la capital del Estado de México porque esa ciudad le recordaba a Florencia —“una es parejamente horrible, la otra parejamente bella”, explicaba para sus adentros y a sus íntimos Guillermo— es buen ejemplo de su puntería.

Italia pierde muchísimo con la desaparición física de Guillermo Fernández. Deberán pasar años para que alguien pueda ocupar su lugar como el gran multiplicador de la cultura literaria italiana en lengua española. Lo que nosotros perdemos es imposible de cuantificar. No poder volver a verlo es un sentimiento devastador. Provoca una sensación que te parte en pedazos. Sientes algo cercano a un cercenamiento, como si te hubieran despojado de algo que te pertenecía de forma entrañable. Él nos dio a todos una clase de afecto festivo, de respeto y cariño fraternal que no volveremos a encontrar.

En la primera imagen del libro de fotos Los conjurados (1990), que reúne retratos de cincuenta y un autores mexicanos por Alberto Tovalín, aparece un grupo de jóvenes nacidos en los años sesenta: Jorge Fernández Granados, Omar Ocampo, Ignacio Padilla, Pedro Guzmán, Roxana Elvridge-Thomas, Ernesto Lumbreras, Enzia Verduchi, Rosa Lira Saade y Mario González Suárez. Entre ellos está Guillermo.

Aunque para entonces tenía cincuenta y ocho años de edad, era un estricto contemporáneo de los demás. Algo en él (temperamento, actitud vital, espíritu de ligereza) lo empataba con quienes eran casi tres decenios menores. Todos los escritores de mi generación sabíamos que le debíamos el trato de un mayor, a mí me costó años dejarle de hablar de usted —cosa que públicamente me reclamaba pero que en el fondo siempre le gustó, yo era de los pocos que le mostraba esa “distancia reverencial”—, pero al tiempo que estábamos conscientes de su precedencia, de su magisterio diverso (gastronómico, futbolístico, traductológico, poético, publicitario y musical, en cualquier orden), era difícil sustraerse a la idea de que para todos nosotros era un cómplice por igual. El compinche que sabía entusiasmarse por los “versitos” de uno, por los hallazgos en la lectura de otro, por las audacias en la prosa de un tercero; el que tenía la admonición justa ante los excesos y los yerros de nuestra inmadurez. El poseedor para mí envidiable de la primera traducción de El barón Bagge de Alexander Lernet-Holenia, en una diminuta edición de la revista argentina Sur.

Guillermo Fernández es el joven que se queda dormido a cielo abierto en las ruinas de Pompeya hasta que los carabineros lo arrestan y el Embajador mexicano en Italia debe llamar para reclamar su liberación con el único argumento posible: déjenlo salir, es un poeta. Es el joven traductor que se atreve a corregirle, en italiano, el final de un célebre poema a Salvatore Quasimodo, ganándose la adusta y paternal aprobación del Premio Nobel. Es el copy de los cientos de slogans publicitarios para prensa, radio e incluso televisión. Es el poeta de culto capaz de ganarse la admiración salvaje de un pintor puro corazón como Vicente Gandía, quien navega una tarde de Cuernavaca a Metepec para asistir a un homenaje a Guillermo y regalarle su bufanda en prueba de hermandad y tributo intelectual. Es el escritor de edad madura y cierta fama que de repente, en una fiesta en casa de Gandía, por cierto, se topa con su Doppelgänger y después de escrutarlo de cerca sólo acierta a decirle: “Tú eres Cordera, ¿verdad?”, que bien es correspondido por Rolando con un: “Y tú eres Fernández, ¿no?”, (compárense fotos de ambos de hace quince años). Fernández es también el joven que huye de las represalias del 68 jalisciense para esconderse en Yucatán, donde entrenará a un equipo de futbol y nos enseñará todos los recursos en su haber (que no fueron pocos, era un verdadero costal de mañas para faulear); es el impulsor de la hermosa colección literaria La Canción de la Tierra, fraguada durante más de quince años; es el traductor de los aforismos de Francesco Guicciardini que una tarde, inopinadamente, recibe una larga llamada telefónica de Carlos Monsiváis felicitándolo por sus versiones a esas sentencias cruciales, comparables a los mejores momentos de Maquiavelo.

Sindudamente, Guillermo Fernández sobrevive para nosotros como todos esos episodios de su biografía real y su intensa leyenda. Es un puñado de libros de poesía que escoltarán nuestras noches y es cientos, miles de páginas de literatura italiana vertidas a nuestra lengua. Es un manantial de recuerdos y enseñanzas. Es el mejor amigo que me espera entre mis muertos.

Epitafio para Guillermo Fernández

VICENTE QUIRARTE

Vicente Quirarte leyó este texto en un homenaje dedicado a Guillermo Fernández. En él habla de la amistad, la generosidad y el dolor ante la pérdida de este poeta.

Pero recordadle cuando

tengáis puentes de concreto,

grandes turbinas,

tractores, plateados graneros,

buenos gobiernos.

“Epitafio por Joaquín Pasos”, Ernesto Cardenal

“¿Oyen los muertos lo que los vivos dicen de ellos? / Ojalá nada oigan: ha de ser un alivio ese silencio interminable / para aquellos que vivieron por la palabra y murieron por ella”, escribió Luis Cernuda. Guillermo fue la única persona que en 1963 veló toda la noche el cuerpo del poeta sevillano. Alguien de quienes acompañaron al de nuestro amigo la noche del 2 al 3 de abril de 2012 tuvo la afortunada idea de colocar ante su ataúd un ejemplar de La realidad y el deseo, muy deshojado, con huellas de múltiples combates. Hay en ese libro muchas palabras queridas, hechas suyas, por Guillermo. Porque era tan semejante a Cernuda en su feroz lealtad a sus principios, en su entrega incondicional a la palabra y su crítica al impostor o al mal enmascarado, es justo traer a la memoria algunos de sus versos. Por ejemplo, la estrofa final de “A un poeta futuro”:

Yo sé que sentirás mi voz llegarte,
No de la letra vieja, mas del fondo
Vivo en tu entraña, con un afán sin nombre
Que tú dominarás. Escúchame y comprende.
En sus limbos mi alma quizá recuerde algo,
Y entonces en ti mismo mis sueños y deseos
Tendrán razón al fin, y abren vivido.

Alguna vez Guillermo, Raúl Renán, Francisco Hernández y yo leímos los versos anteriores frente a la aburrida tumba de Cernuda en el Panteón Jardín. Y digo aburrida no porque la última casa de un poeta deba ser suntuosa sino porque la de Cernuda no parece la tumba de un poeta. Casi en ruinas a través de los años, sólo en fecha reciente ha sido restaurada, pero mantiene su aspecto hierático, uniforme. En descargo, siempre hay el homenaje de su ignorado devoto es que lleva una flor violeta. Qué decir de la infamia cometida con el cuerpo de Baudelaire, enterradojunto a su padrastro, que le arruinó la vida, en el cementerio de Montparnasse.

El 2 de octubre Guillermo Fernández cumple ochenta años. Cuando estas palabras aparezcan publicadas, si hemos sido fieles a lo que prometimos, estará colocada en su tumba en el cementerio de Toluca una lápida que contenga un epitafio, para que nuestro poeta tenga un sepulcro que lo identifique y nos permita seguir hablando con él. Ignacio Padilla lanzó un mensaje en Twitter que decía, como adiós y epitafio en el ciberespacio: “Porque tú fuiste Bruno Bianco y por ti fuimos Bruno Bianco”. Los iniciados en ese heterónimo fernandino que llegó a tener más vida que él, conocen los numerosos senderos latentes en las palabras de Padilla. Gracias a esa criatura nacida de la pasión de Guillermo y los cofrades que entendieron la necesidad de darle voz y cuerpo a un ser paradójicamente inaprehensible, Bruno Bianco le sobrevive y seguirá dando la batalla.

Alguien que dedicó uno de sus libros “A todos lo chimpancés pasados, presentes y futuros” y que se burlaba como nadie de la solemnidad, fue de los más fieles a la idea de que el poeta debe ser la mala conciencia de su tiempo. Cada uno de nosotros tiene su personal anécdota sobre ese ser juguetón y desacralizador que no tenía misericordia con nosotros precisamente porque era el más misericordioso de los seres. Tal vez por eso uno de sus posibles epitafios puede surgir, como sugirió Hernán Bravo Varela, de los propios versos de Guillermo:

Yo soy el niño más pequeño,
El polizón de la luz
En los jardines de tu casa.
El vecino sin nombre del mundo.

O este otro, que da final al bello prólogo de Jorge Esquinca que antecede a Arca, poesía reunida de Guillermo que en 2010 editó el gobierno de Jalisco:

Que nada cante más allá ni más acá de la vida.

Nunca quiso ser un ciudadano útil a la sociedad pero fue un trabajador incansable. Si, como él dijo al poeta Víctor Ortiz en una entrevista, al traducir encontró una tabla de salvación en su personal naufragio, en el silencio que parecía querer ahogarlo, trabajaba con disciplina y eficacia de obrero y no permitía que nada ni nadie lo interrumpiera. Sin embargo, en sus últimos años regresó a la poesía personal, cada vez más breve, antirretórica y seca. Cada vez más alta y diferente a lo que había escrito antes.

En 1985, el terremoto nos expulsó del bello edificio conocido como Casa de la Brujas en nuestra amada y castigada Colonia Roma. Cuando en esos días de confusión y dolor, de duelo colectivo, el ejército avisó que iba a acordonar la zona y que podíamos entrar a nuestras casas a recoger rápidamente lo que pudiéramos, Guillermo eligió un pequeño óleo del volcán Popocatépetl y una flor enmarcada recogida de la tumba de Rainer María Rilke. Emigró de la ciudad de México pero supo encontrar una nueva familia por elección en tierra mexiquense. Tal vez por eso el dolor de su despedida fue aliviado por la enorme cantidad de gente que ahí estuvo, por los espontáneos que leyeron poemas para despedirlo en su velorio previo, que tuvo lugar en el espacio donde impartía su taller. Él, que se decía misógino pero que una vez aceptada una mujer en sus afectos la amaba sin condiciones, tuvo en poetas y periodistas a sus más auténticas lloradoras. Sus huérfanos, los integrantes del taller de poesía, se organizaron para pagar su funeral.

Ante su tumba le prometieron que dentro de siete años, cuando sea posible exhumarlo, se cumplirá su voluntad: ser cremado y que sus cenizas sean dispersadas en el Nevado de Toluca, su espacio predilecto de peregrinación, el cual mostraba con orgullo a los visitantes como si fuera de su propiedad, porque era de su propiedad. Callado, blanco y flotante, el volcán fue testigo, al fondo del cementerio, del compromiso que la poeta Blanca Ocampo formuló en voz alta: “ya falta poco, Guillermo”.

Con su vehemencia habitual, Guillermo nos habló varias veces de su visita a la tumba de John Keats en el cementerio protestante de Roma. No se consigna en ella el nombre de autor de “Oda a una urna griega” pero sí estas palabras elocuentes con las que terminan las mías y que pueden darnos la pauta para el epitafio que hubiera deseado Guillermo Fernández: “Aquí yace todo cuanto fue mortal de un joven poeta inglés que, ante el malvado poder de sus enemigos, deseó que estas palabras se inscribieran en su lápida: Aquí yace uno cuyo nombre estuvo escrito en el agua”.

El corazón diabólico

SERGIO TÉLLEZ-PON

Guillermo Fernández siempre se refería a los poetas que admiraba como “el maestrín”; por ejemplo, decía: “san Juan de la Cruz… ¡el maestrín!” o “el maestrín Cernuda” o “el maestrín Luzi” o “Ah, el maestrín Gamoneda”. El eufemismo que heredó de Pellicer podía sonar despectivo a quien no conociera su puntilloso sentido del humor pero en realidad era una forma íntima y cariñosa de llamarles. Esto porque Guillermo no era muy dado a confesar sus pasiones, era más bien hosco, seco, directo: “Me gustan los norteños porque siempre te hablan de frente”, dijo una vez. En el uso de ese “maestrín” se escondía una profunda admiración.

Muchos domingos en la tarde le marqué por teléfono. Al principio se mostraba bastante parco, incluso huraño, como si lo hubiera interrumpido en algo (en medio de alguna película italiana, o viendo el futbol o escuchando música), pero pronto supe cuáles eran sus temas débiles para sacarle plática y hacer que la conversación durara horas. La charla iba y venía sobre poetas y libros y conforme los mencionábamos yo los iba sacando del librero. Una vez me espetó: “¿A poco vives en un cuartito de azotea o qué?” Me quedé mudo. Entonces me contó que él había vivido en un cuartito de azotea en Tlatelolco donde tenía el libro que quería con sólo extender la mano. O me contaba sobre el asombro que le dejó leer Los ríos profundos, de Arguedas, pues lo remitió a sus años de estudiante en un internado de Zamora. O me confiaba algunas claves, como la de su seudónimo Bruno Bianco: en italiano, Bruno es moreno y Bianco, claro, blanco; un genial oxímoron como en unos “versitos” suyos: “Aquí tu nombre bruno / es un claro en el bosque”.

La mayoría de las veces me hacía leer algún poema con detenimiento, por ejemplo, “Lázaro”, de Cernuda, uno de sus poemas favoritos del que tanto le gustaba ese principio sentencioso: “Era de madrugada”, más adelante: “Hubo un silencio largo”, ese silencio que pedía el propio verso al terminar de decirlo, y luego: “Así lo cuentan ellos que lo vieron”. En mi temprana juventud había leído a Cernuda y quedé deslumbrado, pero debo reconocer que gracias a Guillermo lo leí en serio, no sólo al rebelde y erótico si no sobre todo al visceral, al misántropo. Frecuentemente en nuestras largas pláticas mencionaba con mucho entusiasmo el Ernesto, de Saba: “A ti te encantaría, lástima que no está traducido”, y remataba con una de sus sonoras carcajadas, sabiendo que me había metido el gusanito.

Hasta que una vez le dije: “Si tú lo traduces yo lo publico”, y así fue como apareció en la editorial Quimera. Además, gracias a Guillermo leí la poesía del mismo Saba, de Penna, de Ungaretti, de Cardarelli, y la obra de Leopardi, Papini, Bufalino, Tomasi de Lampedusa (“Lighea” era uno de sus relatos predilectos). La deuda es enorme.

A su monumental labor de traducción ya conocida quedan pendientes la publicación de una antología de la poesía italiana del siglo xx en dos tomos que entregó al fce, además, la traducción completa del Zibaldone (¡casi 4 mil quinientas páginas!), de Leopardi, que dio a la Universidad Veracruzana, y la obra poética, también completa y a la que dedicó los últimos años de su vida, del “maestrín” Mario Luzi.

Hace unos años, Cristina Rivera Garza organizó algunas reuniones en su casa de Metepec, donde Guillermo se instalaba frente a una botella de tequila, siempre con un cigarro en la boca. Pasaba toda la noche bebiendo, bromeando, polemizando, totalmente lúcido, mientras los más jóvenes caíamos uno a uno al pasar de las horas, por eso Rivera Garza solía decir con gran tino que Guillermo era dos jóvenes de veinte años, a lo que él agregaba sardónico: “¡Pues ya voy siendo cuatro!” Así queremos recordarlo, jovial, entusiasta, vitalista, como un joven de veinte a sus casi ochenta años.

Cara, dolce, buona, umana, sociale mamma morfina

AMELIA SUÁREZ ARRIAGA

Bonobos Editores nació bajo los buenos auspicios del maestro Guillermo Fernández. Hace más de diez años, Santiago Matías y yo acudíamos al taller de poesía que daba los lunes en la Casa de Cultura de Toluca. Teníamos pensado abrir una pequeña editorial que diera espacio, sobre todo, a escrituras inusitadas y propositivas, pero no sabíamos por dónde empezar. Admirábamos el trabajo de la editorial Filodecaballos que dirigía León Plascencia Ñol en Guadalajara y deseábamos hacer algo parecido. Por supuesto, le pedimos consejo a Guillermo una noche al salir del taller, en la sala de su casa, mientras bebíamos el infaltable tequila que ofrecía a sus invitados.

Tras lanzarnos una mirada entre divertida y suspicaz, nos dijo: “Ah, con que ustedes también quieren publicar versitos, eh!, un trabajo heroico en estos tiempos”, y de inmediato abrazó el proyecto. Platicamos largo rato sobre el tema y de repente se levantó de su sofá favorito y nos trajo un manuscrito. Se trataba de Mamá morfina de Eros Alesi (un poeta italiano que se suicidó en Roma, a los veinte años de edad, y cuyos “escasos poemas que de él se conocen fueron publicados hasta 1973, dos años después de su muerte”, como menciona Guillermo en el prólogo a este breve título). Se lo entregó a Santiago y nos dijo: “Qué les parece si comienzan su editorial con esto”. Parte de Mamá morfina se había publicado con anterioridad en ediciones que no habían dejado satisfecho a Guillermo y nos prometió darnos la “obra completa” de Alesi, con unos poemas inéditos que había localizado no sé cómo y que justamente estaba traduciendo. Santiago y yo no podíamos ser más felices. Guillermo nos acompañó durante todo el proceso de edición, revisó y corrigió los viejos poemas, añadió los nuevos, leyó las galeras, escribió el prólogo y finalmente nos dio el visto bueno. Cuando le llevamos a su casa de la colonia Científicos la plaquette, financiada con el alquiler que dejamos de pagar ese mes a nuestros respectivos caseros, se puso a dar saltitos en su sofá y a aplaudir como un niño pequeño. “Bien, maestritos, ya dieron el primer paso, síganle”, nos dijo radiante.

Después vendrían más libros que le entregábamos puntualmente recién salidos del horno, los examinaba con cuidado, nos daba su opinión y hacía sugerencias sobre todo de autores que, consideraba, valdría mucho publicar. Hasta el momento llevamos más de treinta títulos de poesía que nos han llenado de orgullo y satisfacción. Sin embargo, le tenemos un cariño especial a ese breve volumen de Eros Alesi, sin isbn, engrapado a caballo, muestra de los pininos con que nos iniciábamos en el arduo trabajo de la edición. Santiago y yo estamos seguros de que sin la generosidad, sabiduría y agudo olfato de Guillermo Fernández no hubiéramos conducido este barco de Bonobos a buen puerto. Entre muchas otras cosas (en las que contamos su cariño, sus enseñanzas de vida, sus regaños, incluso), le debemos habernos entregado el mapa de navegación, la brújula, el timón e inclusive los chalecos salvavidas en la cuestión literaria y editorial.

El pasado 29 de marzo Guillermo Fernández murió asesinado en la sala de su casa, la misma donde compartíamos los integrantes del taller de poesía “Joel Piedra”, su plática, sus risas, sus consejos “desencaminadores de almas”. Con él se fue también una parte esencial de mi vida personal.

Ahora, mientras todos los que lo consideramos nuestro “padre literario” esperamos se haga justicia y se esclarezca su homicidio, quisiera recordarlo con los últimos versos del poema “Que te cuento, querido padre…” de Eros Alesi que tanto le gustaba: “Que el ser viajaba. Que el ser estaba reducido a andrajos de colores. Que las campanas tocaban. Que tocaban lentamente los doce tañidos. Que con gusto me bebería un vaso de leche fría”.

Nacht und Träume

LUIS ARMENTA MALPICA

Al niño que se llevó el Coco.

 

“Abandona toda esperanza” parece decir el repiquetear del teléfono por la mañana. En la mitad del sendero de la vida, Guillermo Fernández responde de inmediato. Después de los saludos, me cuenta sus últimos afanes con Valerio Magrelli y trabajamos juntos (por oído) su traducción de Ascoltami, Signore de Emilio Coco. Luego de chascarrillos y posibilidades, de incansables afanes que no cansan, nos ponemos más serios y charlamos de música: Guillermo sigue maravillado (se horroriza) por el registro altísimo de Mado Robin, pero lo que agradece es el dvd de la Norman que le diera Alejandro. Le comento que no debe perderse (como toda esperanza) el video con Karajan, en sus últimos años, con el aria de Isolda. Tristón, me dice que no entiende Internet, y prometo buscárselo en su próximo viaje.  Quedamos muy formales de repetir las veinte horas continuas de tequila y canciones, de confidencia pura y sin dolencias que tuvimos en casa hace ya algunos años. Le anticipo otros discos y paso del abrazo a la orfandad con un café en la mesa y, claro, Jessye Norman (“Premiers transports”) al fondo. Modifico las líneas en el libro de Emilio y voy directo al Arca más reciente de Guillermo. Siempre es reconfortante saber que a los amigos los tenemos tan próximos.

Un par de días más tarde, la línea está ocupada con su ausencia. Le robaron la infancia sin darnos cuenta apenas. Nos mataron la fe. Träume es el repiquetear en mis oídos. A Emilio lo sustituye el Coco. Y quién iba a pensar que llegaría la muerte y que tendría sus ojos. A Guillermo no hay forma de ponerle un video, de presumirle Roots. Se quedó sin raíces y nosotros sin árbol. Solo un amplio sendero de oscuridad y miedo. Escúchame, Señor, no son más que palabras y una rabia infinita. Escúchame, Señor, en un agudo extremo. Escúchame, Señor, cuando ni Dios contesta. Pero sigo al teléfono, porque la noche es larga.

Un par de días más tarde, la línea está ocupada con su ausencia. Le robaron la infancia sin darnos cuenta apenas. Nos mataron la fe. Träume es el repiquetear en mis oídos. A Emilio lo sustituye el Coco. Y quién iba a pensar que llegaría la muerte y que tendría sus ojos. A Guillermo no hay forma de ponerle un video, de presumirle Roots. Se quedó sin raíces y nosotros sin árbol. Solo un amplio sendero de oscuridad y miedo. Escúchame, Señor, no son más que palabras y una rabia infinita. Escúchame, Señor, en un agudo extremo. Escúchame, Señor, cuando ni Dios contesta. Pero sigo al teléfono, porque la noche es larga.


Autores
es narrador y ensayista. Autor de los libros Un disparo en la niebla (1997), Apuntes para una geografía del limbo (2000), La escritura sin sombra (2002), El asesino de la palabra vacía. Recorridos desde la otra Europa (2006 y 2008), entre otros.
es poeta y narrador, autor de La isla tiene forma de ballena, entre otros libros.
(Ciudad de México, 1981) es autor de La síntesis rara de un siglo loco publicado por el FETA.
es narradora y editora. Su libro más reciente se titula Medidas extremas (2010), con el cual obtuvo el Premio Nacional de Cuento Juan José Arreola.
es poeta, traductor y editor. Director de Mantis editores. Su trabajo como poeta ha sido recogido en el libro El agua recobrada. Antología poética (2012).
Ilustración: Arizbeth Chávez Chacón.

II

A veces un sueño nos caza y no nos deja volver. Le llamamos muerte.

A veces le arrancamos un pedazo al sueño y lo traemos en las manos aún vivo, aún latiendo.

Soñar es una cacería de instantes salvajes e indómitos.

IV

Ir a países a soñar en otro idioma a exportar nuestras narraciones íntimas.

Viajar con la nación bajo los ojos cerrados: Los sueños son patrias portátiles, naciones transitorias.


Autores
(Xalapa, 1988) es poeta y ensayista. Su obra aparece compilada en diversas antologías y ha publicado en revistas como Punto de Partida, eSpiral y Periódico de Poesía.