Tierra Adentro
Ilustración: Cristian Villena

 

detrás de las palabras la geografía del hambre la frontera del cuerpo partículas elementales la nuca helada una piñata fuera la carretera la línea de píldoras la ingesta para sufrir el mundo realidades concretas al abrazar los muslos neón flexibles e instantáneos la autopsia una orilla la ráfaga duda caldea el pump diametral collage en los oídos y el silencio una herramienta senhoritas from havana don´t trust anyone héctor del sentido la paz la dicha la oratoria la manera intempestiva el arma ciega en mano sin estar nunca enamorado la semántica palabras sin estar nunca enamorada restos pélvicos sin haber sido héctor el primero forma hablada dicha dada detrás la torpeza el amanecer la caída o crepúsculo para gritar calle daño lugar viajando hacia el océano alquímico al decir todo sin decir nada dentro las palabras un idioma extraño lo que no dice lo que no traduce


Autores
(Monterrey, 1979). Poeta y gestora cultural. Ha publicado los libros de poesía: Larga oda a la salvación de Osvaldo en co-autoría con Sergio Ernesto Ríos, iremos que te pienso entre las filas y el olfato pobre de un paisaje con borrachos o ahorcados y Lo mejor que damos. Antología personal. Actualmente colabora con Benjamín Moreno en el proyecto de experimentación textual, visual y tecnológico Benerva! Pertenece al Sistema Nacional de Creadores de Arte.

¿Estás bien?, preguntó Liliana. Me dolía la cabeza. Los objetos de la habitación como un dibujo sin contornos. Parpadeé varias veces en un intento de mejorar la imagen, una pantalla de televisión con mala recepción. ¿Estás bien?, insistió.

Me llevé la mano a la frente, al punto de donde provenía el dolor. No sangraba, eso era bueno. Ella aún tenía el frasco de tomates deshidratados en la mano. Traté de levantarme, salir. Liliana, desnuda, dejó de mirarme detenidamente para buscar la cajetilla de cigarros.

—Fuma.

—No quiero fumar. Me golpeaste. Me duele.

—Fuma, te va a hacer bien.

—Cómo carajos me va a hacer bien fumar.

—Ese es el problema contigo, no sabes lo que quieres ni lo que necesitas.

Te digo que fumes. Vas a prender el puto cigarro, te lo vas a fumar porque necesitas pensar. Fuma como cuando estás solo. Imagina que me estás esperando, que no quieres ver el reloj porque sabes que estoy retrasada y mejor prendes un cigarro.

—Cómo sabes cómo fumo si no estás ahí.

—Te he visto —prendió un cigarro y lo puso en mi boca—. Te quedas con los codos encima de la mesa, la mano del cigarro lejos de la boca, como si no quisieras fumártelo, luego como que lo descubres y le das una… ¿cómo le dices tú?

—¿Calada?

—Le das una calada, como si fuera otra cosa, porque estás en otra cosa.

Eso es lo que necesitas ahora. Fuma como cuando me esperas, distraído y… ¿cómo se llama la canción que tarareas siempre, la de la estatua y los peces?

La estatua del jardín botánico.

—Esa. Fumas, te vuelves la estatua del jardín botánico. Siempre vuelves a poner los codos en la mesa, la mano del cigarro vuelve a la frente. Luego sacas el humo, como si desde siempre hubiera estado ahí, como si no te lo hubieras fumado y fuera algo tuyo, pero no lo ves, estás viendo otra cosa. Piensas.

—Liliana, vístete.

—¿Te vas a ir?

—Deja ya el frasco. Vístete. Por favor. No me voy a ir.

—Hoy. Hoy no te vas a ir, pero luego sí, ¿verdad?

—Vístete.

No sangraba, pero sentía como se agolpaba el torrente en el chichón. La cabeza era el cono de una bocina que se expandía al ritmo de mi corazón. Esa noche no iría a ningún lado. No quería fumar, pero con la primera calada descendió notablemente el golpeteo de la sangre. Quizá Liliana tenía razón. No sabía lo que necesitaba.

Siguió al acecho de mis reacciones, desnuda, sin soltar el frasco, algo del aceite escurría al piso. Parecía que ya estaba tranquila, pero no confiaba en ella, la conocía demasiado bien. De un momento a otro se pondría a llorar o volvería a golpearme, eran pocas las opciones, en todas enloquecía. No quería estar ahí cuando ocurriera, pero tampoco podía irme.

—¿En qué estás trabajando? —No se me ocurrió otra cosa, era una salida

desesperada, sin imaginación. El mundo, finalmente recuperaba sus

contornos. Tampoco podía esperar mucho de mí.

—Ya te conté, en la película. Ahorita estamos buscando patrocinios, dice el director que si cambia las locaciones pueden sacar un buen subsidio, apoyos del gobierno, podríamos filmar allá con todas las facilidades. No tendría que cambiar muchas cosas. Sí, Aguascalientes no es el Londres del Destripador, ¿siglo XVII?

—¿Cómo crees? Lo de Jack el Destripador fue en 1888.

—Bueno, pues eso, también se puede modificar, el chiste es que ocurra en Aguascalientes. Yo seguiría siendo la protagonista. ¿Te conté que Ezzio modificó el guión?

No se me hacía difícil imaginarlo. Liliana tenía ese poder: contagiar su locura. Dejé que siguiera hablando, aunque podía adivinar la historia: se había acostado con el director y ahora él no quería perderla, haría cualquier cosa por quedársela, incluso cambiar Londres por Aguascalientes. No lo podía culpar, ese es el efecto Liliana. ¿Importaba quién era él? No, daba igual, Hugo, Paco, Luis, Santiago o Ezzio, los hombres somos estúpidos.

Ahora que el departamento y todos sus objetos se recortaban nítidos al efecto de la luz, me preguntaba cómo había llegado a ese punto, por qué me había golpeado con el tarro. Me lo merecía, por supuesto que me lo merecía, había respondido a su llamado, acudí a la cita a pesar de todas las veces que me había prometido nunca más verla.

Antes del golpe me preguntó si me gustaba coger con ella. Como sabía que no le iba a bastar con decirle que mucho, elaboré. Como todas las otras veces que me había preguntado, le explique que una de las cosas qué más disfrutaba era su capacidad de entrega, su disposición.

—Te gusta que te haga cosas.

—No, no es eso. No es lo que me haces o lo que te hago, es la posibilidad, cuando lo hacemos sé que podríamos hacer cualquier cosa.

—Pero nunca me pides que te haga cosas.

—Que no es eso, es otra cosa que no sé explicar más que así, no es lo que me hagas o lo que te haga, es la posibilidad, ¿me explico?

—Era inútil, creyendo que podía satisfacer su curiosidad, sólo me enredaba más con las palabras.

—¿Entonces es como todo lo que podríamos hacer?

—Ándale, algo así —No pensé suficiente la respuesta. Me comenzó aganar la incomodidad, recordé las veces que me había prometido no volver a estar con ella porque nuestros encuentros terminaban así, enredados en explicaciones absurdas. Lo único que se me ocurrió fue buscar mi ropa. Encontré los calcetines y comencé a ponérmelos.

Por un momento creí poder deslizarme hacia el final sin pelear, pasar a otro tema de conversación mientras me vestía y ya con la ventaja de la ropa, salir a la calle. Buscaba mi pantalón cuando llegó el golpe. ¿Entonces por qué no te quedas? ¿Por qué nunca te quedas? Nunca he sido bueno para elaborar las respuestas que ella necesita, lo tengo claro. A eso achaco el caer una y otra vez en la trampa de volver a verla.

A mediodía, antes de entrar al café en que me citó, aproveché un ángulo que me ocultaba a su mirada para observarla un largo rato. La mire a través del cristal, se entretenía mordiendo la punta de un mechón de cabello para arrancarse la orzuela. Un gesto que me desespera.

¿Cómo pude estar enamorado de esa mujer? Seguí mirándola mientras me cuestionaba con toda sinceridad si en verdad valía la pena y, como las otras veces, me prometí no acostarme con ella.

Ya había perdido la cuenta de las ocasiones en que me había prometido también no atender su llamado, todas las ocasiones en que después de la locura, de sus arranques, me dije que esa sería la última. Y ahí estaba de nuevo, como las otras veces. La excusa de esta cita era el mensaje que había dejado en el buzón de voz: unas líneas de T.S. Eliot que nos pertenecían: And indeed there will be time, For the yellow smoke that slides along the street… Susurró al auricular, después su respiración, para rematar con la hora en que estaría esperándome en la cafetería.

Después de escuchar el mensaje intenté, sin éxito, ocuparme en otros asuntos, al final volvía a su voz para adivinar a través del tono la sinceridad de la urgencia, la magnitud del problema con que ahora reaparecería, los motivos que en esta ocasión la hacían llamarme. Alguna vez me recibió con un “Estoy embarazada” a manera de saludo, cuando apenas me acomodaba frente a ella. ¿Felicidades?, fue lo que pude contestar, prácticamente, lo único que dije esa noche.

Un serpentear constante: me habló de los lugares donde había estado. Yo me empeñaba en fingir desinterés para evadir el tema de sus viajes, tarde o temprano me acusaría de ser el motivo de sus escapes. Éramos repetitivos, ya antes me acusó de sus desplazamientos. Por tu culpa no puedo echar raíces en ningún lado, o cualquier otra frase igual de melodramática. Precavido intenté desarmar sus anécdotas para mostrarle que la única responsable de sus decisiones era ella. No te voy a regalar mi llanto, fue su frase de salida. La miré irse seguro de que volvería. La mesera se cansó de preguntarme si no iba a pedir otra cosa, después me llevaron la cuenta y salí de la cafetería junto con el personal de cocina.

Por la forma en que se mordía el mechón intuí que no hablaría de su embarazo, que eso no era el propósito de la cita. A veces se llevaba las manos al estómago como si, súbitamente, recordara la confesión primera, pero era un gesto tan poco natural, que de inmediato cambiaba de postura. Nos sabíamos demasiado, ese era el problema para que la conversación fluyera. Hubo en tiempo que dedicamos nuestros sentidos a conocernos, pasábamos horas tendidos en la cama escuchando las mutuas respiraciones, ella vio erizarse mis vellos del brazo ante una película, yo le olfateaba el cuello para reconocer sus miedos, confundimos eso con el amor y ahora los gestos nos revelaban. Aún así me sorprendió su propuesta. Seamos amantes, dijo, sobre una servilleta de papel trazó dos rectángulos: Tú trabajas aquí, vives acá, unió con una línea punteada, en medio está mi casa, cuando tengas ganas puedes venir, lo nuestro es coger y conversar, podemos seguir con nuestras relaciones y, sin culpa, vernos, sobre todo eso, sin culpa. Hagamos lo que mejor sabemos hacer.

No me queda claro qué contesté, pero fue algo cínico, una demostración práctica que se reducía a la disposición, ella dijo que podríamos vernos todas las veces que quisiera, sin importa el día o la hora, yo repliqué que sólo nos veríamos cuando yo tuviera ganas, atenido al mandato único de mi deseo, sin importarme el suyo. No recuerdo cómo se fue, creo que no quise mirarla, me quedé borroneando sus dibujos en la servilleta con restos de café.

Volvimos a vernos mucho después, justo cuando pensé que ya la había olvidado, mejor dicho, cuando estar entre sus piernas ya no era un pensamiento que tenía al menos una vez al día.

¿Qué pasó con tu embarazo? No encontré manera mejor de enfrentarla cuando, literalmente, me tropecé con ella. Liliana rechazó la pregunta dibujando un garabato en el aire. Prendió un cigarro, más para negociar una pausa que por antojo, prolongó la calada echando la cabeza para atrás, luego exhaló unas volutas grises, intensas, que no lograron formar los aros en que se esmeraba y en vez de ascender se deshicieron en mis hombros. Volvió al movimiento exagerado de las manos para sacudirme el humo de la ropa.

Estoy harta de ser plato de segunda mesa, me dijo con su mano sobre mi hombro. Volvió a fumar, una calada breve, intensa, con que despachó el cigarro para dejarlo caer en la banqueta. Se apoyó en mí para equilibrarse, mientras giraba la punta del zapato sobre el cigarrillo, me explicó a manera de despedida: Pudiste tenerlo todo, todo, pero te escabulles, siempre, por eso no me sirves, porque huyes.

¿Cómo pude estar enamorado de esa mujer?, pensé mientras la miraba desaparecer. Decidí entonces que esa debería ser la despedida. Sí, me deleité con la visión de su cuerpo largo abriéndose paso entre otros transeúntes, admiré el ritmo de la marcha y el desdén con que ignoraba las otras miradas que se posaban en su trasero y me sorprendió no sentir ningún deseo. La había tenido a unos centímetros y no me asaltó la reacción química de otras veces, no había sentido el impulso de abrazarla y perderme. La seguí con la mirada hasta que no fue más que borrón de colores.

Nunca tenemos las mujeres que deseamos cuando queremos, resolví con esa frase la ausencia de reacción. De tarde en tarde, cuando algo me la recordaba, en vez de ahondar en las razones por las que la había dejado ir, de inferir motivos por los que no podíamos estar juntos, me convencí del argumento vulgar de que hay un tiempo para todo. Hasta que otras rutinas la borraron por completo.

Extinguido el deseo, Liliana quedó fuera de mi sistema de evocaciones. La llamada me tomó desprevenido y la curiosidad pudo más. La miré a través del ventanal de la cafetería. Ya había descartado el amor, sobre eso no había necesidad de explicar nada. Así que me detuve en su cuerpo, expuse los sentidos al conjunto y no me dijo nada, el tiempo había hecho su trabajo, si acaso recordaba fragmentos, ráfagas de la piel de sus muslos, la curva de su axila, las manos extendidas sobre una sábana… Nada que realmente me obligara a cumplir la cita, pero recordé su mensaje, las líneas de un poema que seguramente a ella no le decía nada, para el que yo me había inventado todo. Entré a la cafetería porque imaginé el efecto de su respiración en el sosiego de su pecho, la diminuta perturbación de la piel expandiéndose, el escote, los senos, tan a la mano, esa imagen bastó para rendirme. Los hombres somos estúpidos.

Obtuve lo que imaginé, la visión de sus pechos. Bajé la guardia, no recuerdo de qué tanto habló Liliana, ni siquiera la justificación para llamarme. Estaba empeñado en comprobar que ya no había química alguna, que mi reacción ante su escote era la natural de cualquier hombre, peor aún, obstinado en demostrar que ya no había ninguna atracción me distraje imaginando el momento en que se vistió para la ocasión, haciendo historias sobre sus posibles historias. Al tercer café me dijo que tenía hambre, “Te invito a un picnic en mi departamento”.

Ya en su casa, dispuso todo lo necesario sobre el suelo. Se divertía con el acomodo, estaba contenta. A pesar del arrebato, de las prisas con que iba de un lado a otro, estaba tranquila, o eso creí. Me explicó que estaba en una fase serena de su vida, lo único que le preocupaba era que, en el fondo, algunas de las cosas que le sucedían fuera sólo por su cuerpo y no por su talento. Me reí.

—Claro que es por tu cuerpo y lo peor que podrías hacer es desperdiciarlo

—Ya había terminado la frase cuando pensé en las consecuencias; sin embargo, Liliana se lo tomó bien. Mordisqueaba un tomate deshidratado, pensativa, sin atisbo de enojo.

—Exacto, si eso me lleva a la oportunidad, bueno, pues ni modo, ¿verdad?

El chiste es probar que me lo merezco.

—Salud por eso, no lo pude haber dicho mejor.

—Así es con los hombres, ¿verdad?

—Lamentablemente, sí.

—Y entonces, ¿por qué no me has pedido que nos acostemos?

Estuve a punto de atragantarme, en verdad no lo esperaba, por eso cometí el error de retarla, creo que dije algo acerca de la química o que la magia estaba ahí, pero yo me había vuelto invulnerable. Nos quedamos escuchando los ruidos de la calle, hasta que Liliana se levantó para prender el radio y comenzó a bailar.

—Don Invulnerable —Se burló —El Señor Indestructible —Sin dejar de bailar se fue desnudando —Señor Fuerza de Voluntad —Ya sin ropa me pegó sus muslos al rostro —El Maestro Inmune. Sólo por eso no vamos a coger.

—Está bien.

—¿Cómo que está bien? –—dejó el baile para acomodarse delante de mí. Liliana sentada, con el rostro recargado sobre el hombro, una mujer Modigliani, abandonada a su belleza.

—No sé, quiero decir, a la mejor así está bien, que podamos vernos y conversar —Estuve a punto de mencionar la palabra contemplación.

—¿Ya no me quieres? Dijiste que te gustaba estar conmigo.

—Sí, pero a la mejor nos hace bien, estar así…

Repitió la pregunta: ¿te gusta coger conmigo? Lo siguiente fue el tarro de tomates deshidratados en mi cabeza, el reclamo acerca de que nunca me quedaba.

Una vez que me recuperé me llevó a la cama. Abrázame, susurró como si no me hubiera golpeado. Tomó mis manos para dirigirlas por su cuerpo. Hábil demostró lo que pensaba de mi fuerza de voluntad. La penetré con ternura. Cambiamos de posición dos veces. Se quedó dormida con sus piernas sobre las mías.

Me di cuenta de la hora cuando me acerqué a la ventana. Era inútil pensar en saltar y, sin embargo, a pesar de los cuatro pisos que me separaban de la calle, era divertido considerar la posibilidad. En el balcón Liliana tenía tres macetas donde alguna vez creció algo, ahora sólo había ramas y tierra seca, junto a ellas un bebedero vacío, quemado por el sol. Se acercó un colibrí. Sin que lo perturbara mi presencia picoteó las cuatro flores falsas del bebedero.

Liliana me había contado del colibrí. Alguna vez tuvo la intención de domesticarlo, preparaba una mezcla de agua con azúcar para llenar el bebedero. El pájaro dio varias vueltas en el aire y regresó a zambullir el pico en las flores, una tras otra, incapaz de entender que formaban parte del mismo tubo de plástico abandonado.

—Vente, ¿qué tanto ves?

—Un pájaro.

—¿Regresó el colibrí? —Saltó sobre la cama.

—No. No sé, es un pájaro, otro, no un colibrí.

—Qué lástima. Antes le preparaba alimento. Ándale, deja la ventana. Ya vente, cuéntame algo, o si quieres, yo te platico.

Me acomodé junto a ella. Traté de acordarme cómo era, quién era, cuando podía pasar toda la noche sin dejar de acariciarla, me quedé dormido. Ella hablaba.

Atardeció. Soñé con el colibrí. Fue la noche de nuevo, el sueño fue intermitente, se parecía demasiado a una pesadilla. Liliana dormía pesada a mi lado, con una de sus piernas sobre la mía. A cada intento por hacerla a un lado, me respondía cerrando sus muslos sobre los míos o echándome el brazo encima. En algún momento quedé libre y pude ir al baño. De regreso calculé las posibilidades de salir del departamento, el bulto de mi ropa seguía en la silla, eran tres o cuatro pasos de ida, otros tantos de regreso y estaría afuera. Podía bajar descalzo, vestirme en la escalera. Salir.

Me acerqué a la puerta para correr el pasador, eso me ahorraría tiempo. Tenía la llave puesta. Liliana apareció en el marco de la puerta:

—Quédate, no empecemos de nuevo.

Regresé a la recámara. Me acosté junto a ella. Cerré los ojos con la intención de no volver a soñar con el colibrí. Ya habrá tiempo, pensé, ya amanecerá.


Autores
es narrador. Su libro más reciente lleva por título Rápidas Variaciones de Naturaleza Desconocida (2010).

Desde la librería Educal en la ciudad de Morelia se impulsó l Primera Jornada Multidisciplinaria de Arte Actual. Su organizadora, Yunuén Guzmán, una activa gestora cultural y librera, logró reunir la creación de colectivos y artistas emergentes de su estado.

 

El día que Yunuén Guzmán (Morelia, 1984) se reunió con un grupo de jóvenes artistas en un conocido café del centro histórico de Morelia, Michoacán, para elaborar el programa de lo que sería la Primera Jornada Multidisciplinaria de Arte Actual, las condiciones ya estaban dadas para conseguir algo que esta librera y nata gestora cultural ha perseguido desde tiempo atrás: promover la lectura. Y es que cuando la jornada llegó a su fin, Guzmán estaba más que se satisfecha. Arropada por un grupo de artistas, abrió las puertas del Centro Cultural Clavijero, un espacio que en su corta existencia pocas veces ha amparado una muestra de estas características: heterogénea, joven e incluyente de proyectos institucionales e independientes, así como de iniciativa privada. Dentro de las actividades se presentaron títulos de autores michoacanos editados por el Programa Cultural Tierra Adentro, la revista del mismo fondo, la editorial digital Manuvo, la revista Monocromo, los sellos discográficos Piramdrecords, y las actuaciones de músicos como Minadedrama, Park, Juan Sebastian Lach y César Arceo. Una masa heterogénea que tuvo sus orígenes en la literatura.

La pasión de Yunuén se fundamenta en lo literario y lo editorial: desde su trinchera en la librería Educal de Morelia se ha dado a la tarea de acercar a los nuevos lectores obras de reciente creación, editoriales en ciernes y propuestas que la obligan a ir más allá del libro y sus orillas.

“Debería explicarte mi gusto por la tienda”, dice Guzmán cuando se le cuestiona por su interés por realizar este tipo de actividades: “creo que todo parte de ahí. Cuando estoy en la tienda trato de buscar todas las maneras en las que puede funcionar mejor. Ese es el oficio real de un librero, que sobrepasa los límites del mostrador, del programa de búsqueda rápida por autor, título, tema, editorial, entre otros. Yunuén se aferra a la vieja ocupación del consultor libresco que escucha (e intuye) las preocupaciones e intereses de sus clientes. “Yo no podría esperar a que la gente entrara a la librería nada más y que ellos mismos escogieran sus cosas, porque entonces: ¿dónde está el amor por el trabajo?”, explica. “Pienso que nuestra chamba es enterarnos: leer, conocer, informarnos de todas las editoriales nuevas. Ese es el primer paso. El segundo es hacer promoción correcta a los libros y qué mejor si lo puedo hacer uniendo a diferentes artistas,” concluye Guzmán.

No es fácil, las modas literarias van y vienen y las lecturas por Internet hacen más difícil el acercamiento a la letra impresa. Pero ambos obstáculos, modas y formatos emergentes, se sortean con un mismo interés por lo diverso, por lo otro. De ahí que el conocimiento de la librera no sólo esté en lo meramente editorial, sino en lo que pasa con la ciudad, con lo que consumen y hacen los jóvenes. Además de apoyarse en esas mismas plataformas cibernéticas para promover la literatura. “Me da mucho gusto que, por ejemplo, con Facebook, cuando hacemos recomendaciones a través de esta plataforma, pronto llega gente muy joven; eso me permite medir qué es lo que quieren.”

Más allá del libro

Realizar su ejercicio de librera a cabalidad no es la mejor de las facetas de Yunuén Guzmán. La organización de la Primera Jornada Multidisciplinaria de Arte Actual es sólo una de las actividades que comprueban esta aseveración. Antes, la promotora atrajo a Michoacán la presentación de editoriales y autores, así como revistas de corte cultural. Por estas actividades no hay paga extra, hay satisfacción; que “no es lo mismo, pero es mejor”. El placer de contemplar la jornada concluida radica en la identificación de inquietudes y afinidades que existen con jóvenes de una generación emergente.

“Puedo decirte que somos una generación interesada en un solo objetivo: difundir el arte, para que así toda la gente lo tome en serio porque estamos en una especie de limbo”, explica Yunuén, y a su vez recuerda que para realizar la Jornada Multidisciplinaria tuvieron que encontrarse con los problemas habituales para tocar las puertas de algunas instituciones. Por fortuna, para su causa, el ánimo de los artistas independientes y de la iniciativa privada nunca decayó.

Por ahora una segunda jornada es imperativa. “Me gustó lo que sucedió con la Jornada de Arte Actual. Es algo que se va a recordar. Hace mucho no pasaba algo así, que no se reunían artistas de diversas disciplinas para ofrecer a la gente un evento gratuito para dar a conocer sus proyectos.

El año próximo queremos hacerlo de nuevo.” Grupos emergentes como una nueva sociedad de escritores michoacanos, artistas plásticos, músicos e intérpretes se encuentran cada vez con más facilidad en los espacios culturales de Morelia; grupos que se saben comunes en sus diferencias y que trabajan juntos para realizar encuentros, presentaciones y ediciones. Concluye Yunuén: “Hay una mezcla (artística) muy importante y ésta en particular me interesa: está surgiendo en y desde la librería y eso es un fenómeno interesante, siento que existe un punto de reunión y de fuga, pienso que en la ciudad hay cosas importantes y vale la pena que la gente las conozca.”


Autores
es poeta y periodista. Con el libro La otra bestia (2012) obtuvo el Premio Estatal de Poesía Michoacán.

La artista Fritzia Irizar oscila entre la alquimia y el tabú. Con su obra Naturaleza de imitación, encontró un motivo para observar críticamente fenómenos rituales que van desde el espectáculo político y la culpabilidad mundana hasta la idea de inmortalidad y la trascendencia simbólica.

En una compañía estadounidense llamada Infinity Diamond se fabrican diamantes a partir del carbono que se extrae del pelo natural. La creación de esta piedra preciosa tiene, entre otros objetivos, funcionar como un recuerdo postmortem que se materialice en algo más allá que las cenizas del fallecido, pues este elemento contiene todas las propiedades biológicas de una persona. Irizar utilizó este nuevo método con diversos miembros de la comunidad rarámuri, quienes donaron su pelo cuando la ayuda de organizaciones internacionales y de caridad estuvo presente en la zona durante el periodo de hambruna.

Aquí comienza el tabú: la utilización de un momento mediático y una comunidad vulnerable para generar arte; una acción que se podría interpretar como una profanación a los principios éticos de un pueblo indígena o un acto que se asemejaría a la pérdida de fuerza de Sansón, cuando Dalila lo traiciona cortándole el pelo.

Aunque el pelo, entendido como un elemento que tiene virtudes regenerativas se ha utilizado desde culturas milenarias tanto como trofeo y ornamento, como un mecanismo para la seducción y la memoria. Y el diamante, símbolo de poder, explotación y colonización es una ostentación que aún hoy en día tiene connotaciones éticas y ambiguas.

Aquí comienza la alquimia: Al transformar el pelo en diamante, la artista parte de la idea de permutación de una forma a otra desde un acto simbólico. A medias entre el trofeo y la ofrenda, el diamante representa la perpetuidad de un hecho que se rememora y se olvida. Con ello, Irizar señala las implicaciones éticas y económicas de un acontecimiento histórico desde un objeto de lujo y poder. Irizar no pretende disimular una transacción dadivosa ni ser un agente social de cambio para los rarámuris. Su intención es que el diamante se inserte dentro del circuito del arte contemporáneo como cualquier objeto de consumo y así, participe del mercado.

Este diamante consecuentemente es testimonio y documento, una especie de voto que se podría asociar a las pelotas de barro con pelo enterrado que se utilizaban en el antiguo Egipto y que eran colocadas junto con los difuntos. Una ofrenda que se convierte en una representación eterna de la inmortalidad a pesar de la inopia.


Autores
es curadora del Museo Tamayo, y miembro del consejo editorial de la revista Tierra Adentro. Tiene un máster en estudios curatoriales por el Bard College.
Fotografía: Fabian González

 

Un hombre bajo los ventiladores del metro de Budapest

queda enrejado entre luces sostenidas por alambres.

 

Horas largas

cada una arrastra un vagón de más

un carro viejo envuelto en óxido

cada hora vuelve después de la medianoche

con otro carro destartalado.

 

La soledad tiene nombre

es otro pasajero en los trenes

los rieles en el piso del túnel son dos hilos

que jalan de las marionetas

y una veintena de fantasmas boquean

para no quebrarse en el aire.

 

¿Qué haces entre las horas perdidas

entre los días inhábiles?

¿Qué haces con los vagones que van a reparación

con las sombras que se alejan detrás de ti?


Autores
es poeta. Sus libros más recientes son El club de la tortura (2005) y Hollywood (2007). Fue directora de la revista de arte, cultura y literatura Caja Curva.

De acuerdo con mi mujer no hay ningún problema con ellos, después de todo son ciegos y no salen del sótano. Para ella el verdadero problema son las latrodectus. Entiendo su preocupación, no en balde se me han escapado ciento cincuenta ninfas del terrario y si una sola de ellas consigue entrar en los ductos de aire muy pronto la estación será suya. Le explico a mi mujer que la solución es simple: fumigar. Aunque eso implicaría mover los especímenes clasificados y los racks y los frascos con los cultivos y los reactivos, y esa es la parte que no nos gusta. Sería tirar meses de trabajo, aunque también estamos seguros de que recuperaremos casi todo en pocas semanas, incluyendo nuevos ejemplares. La biodiversidad de este sitio es impresionante. Claro que no es una fauna tradicional, y hay quien dice que ni siquiera es “normal”, pero salvo el tamaño, bastante mayor, no hay diferencia con la que podría encontrarse en, digamos, un jardín.

Estudio faunístico-ecológico, distribución en la zona, hábitat, aspectos sistemáticos-taxonómicos, y especialmente material gráfico: fotografía y video. Esas son algunas de las cosas de las que nos hemos hecho cargo desde nuestra llegada. No ha sido lo único, nuestras investigaciones incluyen exámenes toxicológicos y culinarios, que han servido para determinar las propiedades alimenticias. Pero eso es otro cantar.

A mí lo que me preocupa son los palpígrados. Los encuentro malignos, con su color blanquecino transparente, su cabeza sin ojos y esa silenciosa espera que no presagia nada bueno.

Fue Emily, mi hija, quien los encontró. A sus catorce años ha desarrollado una capacidad increíble para la entomología, y de todos los miembros de la familia es ella quien ha descubierto más especies. Por ejemplo los trigonotárbidos. También ha sido quien mejor ha desarrollado algunas recetas.

Reconozco que la creatividad y avidez que muestra Emily para la cocina o la investigación me pasma en ocasiones. Fue precisamente mientras limpiaba una esquina del sótano que pensaba destinar al cebado de licosas como descubrió a los palpígrados. Eran cuatro, del tamaño de un pepino. Incluso ella que suele ser tan temeraria sintió rechazo. En circunstancias normales no me hubiera dicho nada, los habría incluido en su zoológico secreto y tal vez más tarde me los presentaría servidos en un plato, irreconocibles y jugosos, pero salió corriendo, y gritando, a buscarme. Tienes que ver esto, tienes que verlo.

Discutimos un poco: Emily decía que eran oonópidos, que suelen ser domésticos. Yo insistía en el detalle de los fémures traseros: si se tratara de oonópidos serían más gruesos, parecidos a los de un caelifera. Mi mujer guardaba silencio, nunca se ha sentido particularmente atraída por los arácnidos, lo suyo son los coleópteros. Al final Emily terminó convencida, no tuvo argumentos contra la falta de ojos y el color blanquecino que suelen presentar las especies cavernarias, pero tampoco conseguía explicarse qué demonios hacían en nuestra casa. Estuve de acuerdo, los palpígrados se caracterizan por aparecer en espacios subterráneos; pero le recordé que la faunística es siempre inexacta y que retrata más los métodos del entomólogo que la realidad tal cual es. Además señalé que éramos afortunados al tener la oportunidad de contar con nuestros propios palpígrados, ya que hasta la fecha sólo se han registrado ochenta especies en el mundo y nadie ha sido capaz de elaborar un estudio completo sobre ellos.

Eso fue lo que dijimos, pero desde entonces a nadie se le ha ocurrido sacarlos de su rincón para examinarlos. De vez en cuando alguno de nosotros baja al sótano y los observa, hay algo en sus movimientos que resulta hipnótico, pero también repulsivo, así que hemos decidido cerrar con llave la puerta del sótano e ignorar su existencia mientras no se nos ocurra qué hacer con ellos. Fingimos cuidar un tesoro entomológico, pero estoy seguro que todos, al igual que yo, se sienten perturbados con su presencia.

Franganillo, mi hijo menor, se muestra particularmente interesado en ellos. Es curioso, porque a diferencia de su hermana, el interés que había mostrado por los artrópodos y los arácnidos era nulo. Tampoco había mostrado interés por la cocina, la fotografía, la taxonomía o cualquier otra cosa de las que acostumbramos hacer aquí. Muy extraña su apatía. Hasta que aparecieron los palpígrados. Ahora veo un brillo en sus ojos que me desconcierta, por las mañanas lo he encontrado en la biblioteca tomando apuntes que luego esconde concienzudamente. Después, por las tardes, en lugar de dormir se encierra en uno de los talleres. Ignoro lo que hace ahí dentro. No es el único que de un tiempo para acá se porta raro: en ocasiones mi mujer canta una tonadilla sobre una niña coja; cuando eso pasa no me reconoce, aunque la tome por los hombros, la mire directo a la cara y la llame por su nombre. Emily parece la misma de siempre, pero basta mirar cómo enrojecen sus mejillas, su frente y sus antebrazos; basta advertir la forma en que guarda silencio para saberlo: hay algo en ella que no va bien.

Mi mujer y yo hemos dedicado los últimos años a la cocina, ha sido lo mejor. Al principio, cuando recién llegamos, éramos unos entomólogos apasionados y todo eso. Nada importaba más que la búsqueda de la verdad. Supongo que fue así durante unos años. Era fascinante usar el equipo y las instalaciones: laboratorios, bibliotecas, cuartos de especialidades.

Después preparábamos los informes, las gráficas, las fotografías, editábamos los videos, era un proceso complicado y poníamos todo nuestro empeño en él. Una vez cada dos meses, cuando llegaba el momento de llevar el paquete con los informes y las muestras a la oficina de correos, experimentábamos una pérdida. Luego pasó el tiempo y vino la rutina , el hastío, el aburrimiento, la depresión. En algún momento dejamos de enviar los informes, pero nadie pareció notarlo; mes con mes seguía llegando nuestro cheque y el boletín del Instituto Nacional de Entomología, en donde nunca se publicó una sola nota sobre nuestro trabajo.

Fue gracias a Emily que descubrimos en la cocina otro tipo de laboratorio. Una tarde nos sorprendió a la hora de comer sirviendo trogidae entomatado. Así se solucionaron dos problemas: principalmente el alimenticio, pero sobre todo nos ayudó a recuperar el entusiasmo. Todo un mundo de posibilidades se abrió ante nosotros. Volvimos a estudiar con renovado interés las especies locales, a criarlas, registrarlas y clasificarlas, a experimentar con ellas. Descubrimos que las lycosa son riquísimas; que la carne de los laxosceles tiene gusto dulce, a pesar de su aspecto grosero; que las clubionidae, por ejemplo, ni asadas ni en salsa, porque sus patas son demasiado peludas, además de que apenas tienen carne y son un amasijo de nervios y cartílago, en cuanto al abdomen es demasiado pequeño y con un saborcito amargo que no le hemos podido quitar con nada.

Me pregunto si con los palpígrados podría suceder algo similar. Es decir, que tras su desagradable figura haya un sabor exquisito, que su carne contenga los nutrientes ideales, alguna proteína desconocida; y estoy seguro de que no soy el único que ha pensado en ello. Aunque ni siquiera Emily se atrevería a admitirlo. No es una idea agradable, la piel se me eriza sólo de recordar sus silenciosos y casi inmóviles cuerpos. Pepinos blancos, blandos, de superficie aceitosa; su cabeza sin ojos, de mustios colmillos, sus patas pequeñas y afiladas; pero sobre todo su aspecto de larva, de criatura inacabada.

Imposible imaginarlos como alimento. Pienso también en mi familia, en su extraño comportamiento de las últimas semanas; y claro, en las ciento cincuenta ninfas de latrodectus que se escaparon y que podrían infestar los ductos de aire acondicionado en cualquier momento. Nuestra estación en medio del Gran Bosque, nuestro refugio del mundo, nuestro hogar, se encuentra bajo amenaza.

Hoy mismo comenzaremos los preparativos para fumigar la casa y bajar al pueblo, donde tendremos que pasar algunos días. Será difícil, lo sabemos, sobre todo para Franganillo. Pero regresaremos con la mirada decidida y anhelante; recogeremos los cadáveres, limpiaremos la estación, calibraremos el equipo y, tras asegurarnos de que no quedan latrodectus, pero sobre todo palpígrados, reemprenderemos nuestra vida con el entusiasmo de un planeta entero.


Autores
ha publicado La vida amorosa de las cigarras, entre otros libros.

Página doce: jueves. Talita cumi

Marosa di Giorgio

 

La gran urraca madre, grazna ahora para ser escuchada,

y pide, me exige que moje su suave hueso en el chocolate.

Qué osada mamá Marosa al hablar así, y yo tratando de hallar

un nombre para sus cosas, cómo decir líquido infecto,

cómo detener a esos gatos perseguidores y lúbricos,

qué decir del costurero, la casa de los abuelos, la madre,

Marosa, ese grito inasible, las lucecillas, el decaimiento,

los caminos son blancos y los perros ladran a los cuatro vientos.

Mi amor, cada golpe de mi amor, un graznido, un ave

devora la libertad muerta en la mano, clavada en la carne

de la niña Ágata, oh desgraciada, oh volver a la oscuridad,

por eso devoras a los perros.


Autores
es poeta. Ha publicado siete libros de poemas, él último, Cabeza de ébano (2007) ha sido traducido a varias lenguas. El poema aquí publicado pertenece al libro Diario de la urraca.

A Karen Chacek y Samanta Schweblin.

 

—Pero entonces, ¿cómo era Madretierra? —volvió a preguntar el niño.
Con paciencia menguante, el robot niñera comenzó a explicar de nuevo:

—Se trata de un cuerpo geoide…

—Sí, sí, eso ya lo sé. Lo del agua y todo eso. Que de ella provienen nuestros Padres Exploradores. Que Mecas y Carbos provenimos de los humanos que salieron de ahí, que no eran ni uno ni otro todavía…

—Entonces, ¿qué quieres saber? —interrumpió el androide.

—Eso. ¿Cómo era? ¿Qué se siente cuando el aire corre por tu cabello?

 

¿Cómo se siente el agua al deslizarse entre tus dedos?

El robot dejó escapar un zumbido electrónico que equivalía a un suspiro. Después de doscientos años educando niños Mecas, sus algoritmos de aprendizaje comenzaban a integrar las conductas que veía en sus amos.

—Esas parecen preguntas que haría un niño Carbo —dijo. El niño pareció avergonzarse. El robot añadió:

—Pero veamos de nuevo…

 

En el principio fue el hombre. Y el hombre creó a la máquina. Y vio el hombre que la máquina era buena. Juntos recorrieron el sendero y exploraron el abismo, se elevaron por los cielos y…

 —¡Y juntos, hombres y máquinas logramos abandonar el planeta primero y luego el sistema solar!— recitó el niño su parte favorita. El robot prosiguió:

 …y cuando el hombre vio que podía integrarse a la máquina, construyó prótesis e interfases para hacerse uno con ella. Y la carne y el metal, la sangre y el plástico se fundieron en un solo cuerpo perfecto. En un ser singular que no conoció fronteras, que caminó sobre el fuego y atravesó océanos, como jamás pudo hacer la frágil carne, y soñó con portentos y maravillas que la máquina sola era incapaz de vislumbrar. Y el hombre y la máquina vieron que la Singularidad era buena y desde entonces viven en delicada armonía, el silicio entrelazado con la proteína. Ésta es palabra de Kurzweil.

 —Un momento. Los Carbos también eran humanos, ¿no?

La paciencia del robot mermaba.

—Lo fueron. Ahora son… aberraciones.

—¿Qué dicen ellos de nosotros?

—¿Por qué el repentino interés en los Carbos?

El niño pareció sonrojar.

—Es que… es sólo que… he estado leyendo.

El robot lo observaba, como acusándolo.

—Y… —la voz del niño se redujo a un susurro— viendo videos.

El chico esperaba que el androide hiciera grandes aspavientos, que manoteara y vociferara molesto por su temeridad. No fue así. El robot pareció destensar su cuerpo. De haber tenido boca hubiera sonreído.

—¿Te refieres a los videos de…?

—Los de los ¿animales? corriendo por los prados. En las selvas. En los bosques. Y de los humanos que aparecen ahí. No logro distinguir entre los Carbos y nosotros.

El robot carraspeó. Selvas, bosques.

Ésas eran palabras que ningún niño crecido en Gravedad Cero manejaba.

—Mira, ven por acá, que te explico.

Caminó hacia la pedagoteca de la estación espacial, las patas magnéticas pegadas por las paredes. El niño lo siguió, flotando en su tanque.

—Hay un momento en la vida de todo hombre —nunca era fácil llegar a ese punto de la educación de los niños, pensaba el robot al carraspear —en los que tiene que enfrentarse a dos o tres verdades.

El niño observaba a su maestro sin pestañear.

—Una de ellas es… que los Carbos y los Mecas alguna vez fuimos hermanos.

Los ojos de su alumno se abrieron como platos.

—Yo pensé que ellos eran experimentos fallidos.

—Fue algo así. Por eso comenzó la guerra.

—Pero pensé que había sido desde siempre. Desde el principio de los tiempos.

—Hay quien lo sitúa tan lejos como 1945. Los aliados proclamaban la superioridad de la bomba, de las máquinas. El eje buscaba la pureza racial, de la carne. Pero esos fueron los inicios. La auténtica guerra entre Mecas y Carbos fue más de cien años después. Cuando tuvimos que abandonar Madretierra.

—Yo pensaba que estábamos separados desde el principio.

—Ese es un error muy común. No fue así. Originalmente hubo Mecas y Carbos mezclados en ambos bandos.

—¿Qué fue lo que sucedió?

—Ellos se opusieron al desarrollo de las inteligencias artificiales —al decir esto, el robot sintió un escalofrío, ¡él mismo no existiría!

—¿Por qué?

—Consideraban un error crear entidades no humanas. Prefirieron experimentar con la carne. Mezclar cromosomas, recombinar líneas genéticas. Convertirse ellos mismos en posthumanos a través de la automodificación.

 

Hubo un silencio. El niño intentaba asimilar la información.

—Esos animales que vi en los videos, ¿son Carbos?

—Estrictamente sí, porque son organismos carbónicos. Pero no están automodificados, como nuestros… enemigos.

—¿Ya no somos hermanos?

—No podemos serlo. Sus modificaciones los transformaron en monstruos. En auténticos engendros. No parecen humanos, ya no. No como nosotros.

Decir nosotros incomodó al androide, pero intentó disimular.

—Ahora —añadió el robot— peleamos por los planetas terraformables. Buscamos dar con Hijatierra. Nosotros, en nuestras estaciones espaciales. Ellos, en sus biocomplejos cósmicos. Sin triunfo ni derrota, en un frágil equilibrio militar. Así, desde hace casi mil años.

La pedagoteca quedó en silencio. Sólo se escuchaba el zumbido monótono de los sistemas vitales del tanque del niño. Dentro, su cuerpecito de feto flotaba en el gel proteínico. Piernas y brazos, inútiles en Gravedad Cero, habían sido amputados por microbots desde que crecía en una matriz de acrílico. Miles de cables conectaban su cerebro y órganos vitales con el cpu del tanque para mantenerlo vivo. Su cabeza era desproporcionadamente grande para albergar las neuroprótesis que se le implantaban a todo Meca al nacer.

Por algunos minutos, el chiquillo reflexionó sobre todo lo que el profesor le había dicho. Se sentía un poco abrumado. Al verlo, el robot abrió el compartimento de la terminal que tenía en su antebrazo izquierdo y buscó en la red inalámbrica el controlador del cpu de su alumno.

Dio con un pequeño programa que había instalado semanas antes y ordenó ejecutarlo de inmediato.

El rostro del niño se iluminó súbitamente.

—¿Puedo ir a jugar un rato?

Tranquilizado, el robot fingió revisar la hora en el reloj de pared de la ludoteca.

—Sí, bien, creo que ya terminamos por hoy. No juegues mucho.

—Sólo seis horas.

—Cinco.

—¡Hecho!

El chiquillo salió disparado a la ludoteca, dando gritos de alegría que retumbaban en las bocinas de su tanque flotante.

El robot se quedó solo, con un sentimiento cercano a la preocupación rondando sus nanoprocesadores. No tardaría en preguntarle cómo nacen los niños.

¿Cómo explicarle que se mandaban a clonar a los laboratorios de los

Carbos?


Autores
Ciudad de México, 1972) Es escritor, historietista e ilustrador. Sus últimos libros son la novela gráfica Matar al candidato (Sexto Piso), en colaboración con F.G. Haghenbeck y la novela Ojos de lagarto (Océano).