Mira que traer bajo el brazo Historias de cronopios y de famas alos cuarenta y dos años requiereuna sangre livianísima comode… cronopio, o que te hayanencargado en Tierra Adentro que cuentestu experiencia cuando leíste por primera vez eselibro descocado, lo cual te hace releerlo cuandoya las canas… Y entonces lo cargas sintiéndoteun poco fama, porque vas a cumplir con la tareaen lugar de confiar en el recuerdo de esa lecturaa los dieciséis pero también el miedo al desencantoporque están los que dicen que Cortázarcaduca pero esos no son ni famas ni esperanzas sino señores amargados que leen de Coetzeepara arriba. Y entonces en lugar de releerlo loque leen de verdad quieres hacer es regalárseloal policía de tránsito que está desquiciándolotodo en la Glorieta de los Insurgentes, para quelo desquicie de veras, con ganas de atestiguar labelleza de un nudo de coches provocado por él:mira qué escena memorable la del taxista insultandoa la señora de la camioneta Durango, yqué lindo que ya nadie pueda echarse en reversay los golpes estén a flor de asfalto. Y tú recuerdas,de otro libro del tocayo, aquel arranque en elque te asesinó para siempre porque descartaba degolpe a quienes apachurraban la pasta de dientesdesde abajo, con orden, exactamente como tú lohaces y entonces lo odiaste porque fue como site cerrara en la nariz la puerta de un club ya inaccesible,pero las canas te han enseñado que tuperseverancia en apretar el tubo de la pasta desdeabajo, en contra de lo prescrito por Cortázar, escomo acceder al club por la puerta de atrás porqueesa necedad contra la contranorma tambiénte define, “miren ustedes, yo aprieto la pasta asíy me importa un pepino lo que piensen”. Pero elrecuerdo principal y confirmado en la relecturade los cronopios es el del médico que te dice quetodo va a estar bien hasta que descubres, debajode la mesa, que el señor venerable trae unas mediasde mujer y entonces el miedo, las instruccionespara tener miedo o aquel pasaje célebre en elque dice que cuando te regalan un reloj te regalantambién la esclavitud de darle cuerda y luegolo mejor: no te regalan el reloj, tú eres el regaladoa la tiranía del tiempo. Y piensas que el verdaderoregalo fue una libertad que ese libro te dio:una libertad. Para ser y estar en el mundo perosobre todo para escribir porque tú querías escribiry el libro de Julio es como un manual pero alrevés, ¿me explico?, una predicación con el ejemplode que escribir es como andar encuerado y enlugar de angustiarse carcajearse sin olvidar jamásque el asunto es cosa seria, de vida o muerte, yjustamente por eso… Y el brinco de ese libro ala poesía es, claro, natural, por eso escribiste tuspeores y más gozados poemas porque eras comouno de esos elefantes que se escapan y hacen estragos en las ciudades y aunque escribieras pésimo ya estabas agitando tus grandes orejas como alas, las alas de esa bellísima imbecilidad de la que habló Baudelaire, que nos rozan a todos y a ver quién se pone el saco.
Lo primero que leí de Cortázar fue Rayuela. Me costó un ego y la mitad del otro porque no podía admitir frente a la que me la prestó que no le estaba entendiendo nada y emprender mi deshonrosa retirada de su ámbito afectivo. Eso nunca. Así es que me esforcé como no lo he hecho con ninguna otra lectura y tuve que investigar quién era Mondrian y por qué Oliveira en sus discusiones lo oponía a Klee… (¿klee kleé?).
Esa experiencia de investigación, de introspección y de afectividad, me dejó transformado. Peor tantito: me dejó transformable. Y vulnerable. Porque me hizo entender que yo pensaba con palabras y que las palabras eran cosas que se podían tocar y que te rozaban; que te podían llenar la boca y hacerte desembocar en otros lados. Esa experiencia de lectura fue luego reforzada con la de Historias de cronopios y de famas y definió por fin mi vocación: la de las letras. Me hizo virar de carrera cuando ya estaba yo perfilado en la pole position de la economía y entonces me torcí hacia las letras, que más que una carrera es un paso lento y paseante. Estoy hablando de 1970.
Así como todos los lectores hombres de ese tiempo se ponían a buscar a la Maga sin hacer citas con ella y esperando encontrarla por azar, si no en el Pont des arts a lo mejor en el puente de Río Churubusco, los lectores de Historias de cronopiosy de famas se autocalificaban de inmediato como cronopios. Es natural: nadie quiere ser Richelieu (excepto el arzobispo), sino D’Artagnan. Porque la simpatía hacia los personajes se ve y se siente. El propio Julio calificaba a sus amigos como cronopios, a Louis Armstrong como cronopio. Julito admitía sin pena: “Creo humildemente que los cronopios son también tontos, y que hay que dejarlos con sus absurdas aventuras entre flores y leones y cóndores” (en una carta de 1961 a Francisco Porrúa, su editor de Sudamericana). Porque el componente “menso” es parte de los cronopios, como el cursi, el sentimental y el distraído. Estoy bastantemente muy seguro de que ni Cortázar ni Aurora Bernárdez ni sus cuates sabían bien a bien qué eran los cronopios, y que de eso se trata. Porque la ambigüedad, la porosidad y la lateralidad son elementos tan integrantes de la poética de Cortázar como el hidrógeno y el oxígeno de la humedad del agua.
Lo que pasa es que en las dicotomías de aquella década, en los parados paradigmas cuando existía la lucha de clases, la lectura se fue, imperceptiblemente casi, a la oposición entre los cronopios (buenos) y los famas (malos). Fuera de paréntesis podría decirse que algo semejante pasa con el poema “Los amorosos” de (Jaime) Sabines: la mayoría de los lectores se identifica con los amorosos porque son bien locos, pero se le olvida, o sus lentes no leen, que a los amorosos “la muerte les fermenta detrás de los ojos” y que se ríen de los que creen “en el amor como en una lámpara de inagotable aceite”.
Hay que agregar que este libro cincuentenario se compone de un surtido: el “Manual de instrucciones”, las “Ocupaciones raras”, el “Material plástico” y las “Historias de cronopios y de famas”.
A mí, en lo personal, el texto que abre el libro, el que comienza “La tarea de ablandar el ladrillo todos los días”… me dejó periperplejo. Y así sigo. No hay velorio al que no vaya sin que recuerde “Conducta en los velorios”. Hasta en el mío voy a recordarlo. Hay que oír a Moisés Mendelewsky contarle a un auditorio el “Discurso del oso” y ver lo que provoca nada más para medirle el agua a las cañerías de la vigencia del texto.
Además: con Historias de cronopios y de famas Cortázar comenzó la resonancia pública de sustextos chiquitos y desclasificados.
Desde aquellas lecturas hasta las actuales los menos comentados han sido las esperanzas, porque cada quien guarda las suyas.
Este 2012 Historias de cronopios y de famas cumple cincuenta años de su publicación, y me cuesta un trabajo hercúleo creerlo o aceptarlo —como me cuesta creer que Cortázar naciera en 1914 (antes que mi abuela y antes incluso que su madre), que fuera el menos joven de los autores del boom, que el espacio sea infinito y que no baste con estar vivo para ser inmortal.
Me resulta difícil creer en la cifra de este aniversario porque yo he vivido apenas más de la mitad de esta cuenta (ni tan apenas), porque no hace mucho que leí este libro por primera vez y porque yo me siento insalvablemente más viejo, menos fresco y ágil, que su prosa como de caricia de leopardo. Pero es así y qué le vamos a hacer.
Es evidente que el grado de incredulidad, es decir, la apreciación de la vigencia y lozanía de estas Historias de cronopios y de famas variará en cada caso, dependerá de cada lector. Aunque existe un entusiasmo y un consenso más o menos generalizado en torno a su estatuto de clásico, a lo bien que se ha defendido del paso del tiempo, no faltan los críticos que, con cierto gusto o saña, le cuentan las canas y las arrugas a este libro, y lo tachan de naïf y cursi.
Algunos llegan a decir incluso que su propagada lectura ha hecho mucho daño (difundiendo estos vicios entre sus émulos, supongo) y después de dictar semejante sentencia veo cómo se relamen metafísicamente los bigotes, se acomodan los lentes de pasta y parten a escuchar música y leer autores que sólo ellos o muy pocos conocen y disfrutan. (Pero de los posibles motivos de este rechazo me ocuparé más adelante.)
Si Historias de cronopios y de famas ocupa un lugar importante dentro del conjunto y la cronología de la obra de Julio Cortázar es porque representa una especie de apertura: por un lado, inaugura una nueva forma de escritura en Cortázar, la de las prosas breves e inclasificables (y, en este sentido, constituye una especie de antecedente de sus dos almanaques, La vuelta al día enochenta mundos y Último round) y, por otro, funda un linaje, el de los cronopios, las famas y las esperanzas, que desde entonces serían criaturas habituales, no sólo de sus textos, sino de todo su contexto (o atmósfera o universo).
Por lo que se refiere a la nueva escritura o poética que se funda con este libro, recordemos que hasta ese año —1962— Cortázar era conocido principalmente como cuentista, aunque había practicado casi todos los géneros: poesía (su primer libro fue un poemario, Presencia, que publicó bajó el seudónimo de Julio Denis), teatro (Los reyes, Pieza en tres escenas, Tiempo de barrilete y Nada a Pehuajó), novela (Divertimento y Elexamen, ambas editadas póstumamente) y ensayo. Pero no hay duda de que, desde que Borges le publicara “Casa tomada” en 1946, en Los Anales deBuenos Aires, el género en el que más cómodo se sintió y el que mayor reconocimiento le trajo fue el cuento fantástico. En ese terreno, como tantas veces se ha dicho, Cortázar supo que había una sola salida: la victoria por nocaut —lo cual implicaba construir máquinas infalibles, destinadas “a cumplir su misión narrativa con la máxima economía de medios”. Y los tres libros de cuentos que había escrito hasta entonces (Bestiario, Finalde juego y Las armas secretas) eran justamente eso, colecciones de esferas implacables, de sistemas cerrados y autosuficientes. Escritura centrífuga, la llama Saúl Yurkievich, y está bien, porque en cado uno de estos relatos todo confluye hacia un solo vórtice. Por ello, los cuentos de Cortázar se leen como la puesta en marcha de una fatalidad, como el acatamiento a un orden sutilmente otro.
Pero los primeros lectores de las Historias de cronopios y de famas no encontraron esos pequeñosrelojes de argumento y misterio cuando abrieron las tapas del libro. La verdad es que hallaronalgo bien distinto: una especie de collageporoso y abierto. Encontraron “historias” dondela anécdota parecía pesar mucho menos que lavoluntad de juego y el instinto creativo; una prosaque avanzaba con la misma fluidez y consistenciade los cuentos, pero cuyo impulso no eraesta vez un destino o un mensaje, sino un ritmo,un pulso interno. No eran poemas en prosa ninada parecido; aquí el lenguaje brillaba con unavoz más sonora y que por momentos parecía inclinarsemás al polo significante que al polo significadode sí mismo. (Quizá por esto cada piezadel libro se siente más como textura que comotexto.) Si la de los cuentos es una poética centrífuga, esta es una poética centrípeta (tambiénnomenclatura Yurkieviech), pues en ella todo seexpande, todo apunta hacia un blanco plural yplurívoco.
Por ello, podemos decir que Historias de cronopios y de famas estrena la escritura jazz de Cortázar:la escritura que se guía por el swing, quehace contacto y construye sentido a base de takes (aún con lo que entraña de pérdida argumentalo racional sensible) y que aspira a cierta visióncaleidoscópica. Es decir, una forma de literaturaque tiende ostensiblemente a lo fragmentario,pero que no renuncia a la imagen de conjunto—imagen que sólo se puede entrever brusca yfugazmente, si el lector decide participar, y que es como una cristalización ubicua y total. En estesentido, también se puede decir que este libro representaun antecedente de Rayuela. Además, si“El perseguidor” había sido una especie de mini- Rayuela en lo que a atmósfera y a personajes serefería, Historias de cronopios y de famas la anticipabaen un nivel anímico y de principios, es decir,en su rechazo a la Gran Costumbre, al orden establecidoque esclerotiza y erosiona nuestro tratocon la realidad, con el lenguaje y con los demás.
Por lo que respecta al taxonómico linaje de esperanzas, famas y cronopios que por primera vez se presentaba en sociedad con este libro, sólo diré que me parece que ésta es una de las razones de la posible impopularidad que este libro padece actualmente. Apenas los conocimos, quedamos encantados (sin importar si el encuentro se daba en 1962, 1981 o 2009), y por supuesto todos nos sabíamos cronopios y veíamos a un fama en todo aquél que nos despertaba la menor antipatía. ¿Qué fue lo que pasó? Que el fabuloso juego de Cortázar pronto devino en sistema de delaciones: los famas siempre eran los otros. Y no había que ser poeta o funámbulo clandestino o Louis Armstrong para reconocernos cronopios: bastaba con dejar la cama sin tender una semana, con ver una que otra película “de autor” al mes y con hacer de la dispersión y la desidia una especie de credo o de bandera para poder bailar tregua y catala y espera impunemente. ¿Pero esto de quién era culpa? De nosotros, por supuesto, y quizás también un poco de Cortázar, que nos ofreció algo tan parecido a un esquema moral y dialéctico.
Otro de los motivos que blanden los fariseos de las famosas Historias cronopiescas, es el de su supuesta ingenuidad. Aunque me parece un prejuicio y un despropósito, creo que puedo rastrear los orígenes de ese glaucoma crítico. A este libro de Cortázar le pasa un poco lo que a la mayor parte de las obras de Mozart: la complejidad psicológica de esa música queda escondida debajo del entramado de convenciones del clasicismo y, sobre todo, de su propia belleza y amabilidad. Por su parte, la apariencia fabulesca y un tanto juglar de las Historias de cronopios y de famas puede hacernos pensar que se trata de textos inocentes e inofensivos, que su talante lúdico es signo o sinónimo de ligereza y candidez. En otras palabras, que se trata de simples juguetitos líricos o retóricos —mera pirotecnia verbal de bolsillo—, y que no tienen más objetivo que el de la distracción y el entretenimiento. Pero ésta sería una interpretación tan parcial como imprecisa. El lector atento nunca ha dejado de advertir que allá, en el fondo de todas esas prosas fractales e iridiscentes, late la muerte. No sólo en las “Instrucciones para dar cuerda al reloj”, que son una verdadera advertencia o carrera contra la muerte (o contra el salto que no damos). No sólo en “Las líneas de la mano”, texto que dibuja el recorrido de una línea desde una carta tirada sobre una mesa, que viaja por una habitación y una ciudad, hasta la palma de la mano derecha de un hombre triste que bebe coñac, en el instante en que “empieza a cerrarse sobre la culata de una pistola”. También en el resto de las piezas del libro, aun cuando el elemento melancólico o siniestro no sea tan preponderante, puede percibirse el rumor de una savia oscura fluyendo por lo bajo. Y es este contraste de humores —entre el más exterior y riente y el más secreto y sombrío (el que señala que sobre la mesa, al terminar el almuerzo, “quedaban solamente pedacitos sueltos de la muerte”)— el que le da toda su riqueza emocional a Historias de cronopios yde famas, pues la vuelve una obra ambigua.
Cada vez me parece menos extraño o azaroso que este libro comience con un “Manual de instrucciones”. Es un doble aviso: en primer lugar, de la naturaleza lúdica de los textos que siguen (y hay que recordar que para Cortázar el juego es una cosa muy seria, nunca solemne) y, sobre todo, de que se trata de una literatura no exclusivamente literaria. Es decir, de que lo importante para su autor es provocar extrañamientos en sus lectores, descolocarlos, obligarlos a ver las cosas de un modo distinto, y al mundo como una cosa no dada. Esa primera parte de Historias de cronopiosy de famas me da la pista o sensación o esperanza de que toda la obra de Cortázar es, en efecto, una serie de instrucciones para quitarnos un poco el mal gusto del vacío, para curarnos del fuego, para ir tejiendo desde los agujeros la red, para salir a lo abierto, para entender que nada está perdido si se tiene por fin el valor de proclamar que todo está perdido y que hay que empezar de nuevo.
A nombre de todo el equipo del Programa Cultural Tierra Adentro quiero darles la bienvenida al nuestro nuevo sitio, que hoy se lanza en fase de prueba. Buscamos dar una mayor presencia en línea a las publicaciones, actividades y eventos de Tierra Adentro y espero que este portal sea un camino en la dirección correcta. Hemos preparado algunos nuevos contenidos para ustedes.
Podrán encontrar el número Tierra Adentro de Septiembre de 2013, tanto en su versión en línea como en su versión impresa. Notarán que los contenidos de ambas versiones no son idénticos. En efecto, hemos adaptado algunos contenidos para la web y otros se mantienen solamente en la publicación impresa.
Además, estrenamos una nueva sección de Blogs, en la cual podrán leer contenidos periódicos de nuestros colaboradores. Junto con los blogs, encontrarán cada semana nuevas colaboraciones, escritas en exclusiva para el sitio web de Tierra Adentro. Encontrarán también una sección actualizada para consultar las próximas actividades de Tierra Adentro en todo el país.
Nos queda todavía mucho trabajo por hacer. Algunas secciones todavía no tienen contenidos definidos. También, es probable que algunas páginas tengan errores u omisiones, como suele suceder con los sitios en fase de pruebas. Si tienen algún problema mientras navegan por el portal, o mejor aún, tienen alguna sugerencia o comentario sobre como podemos mejorar, por favor no duden en enviarnos un mensaje.
Por el momento, no me queda más que invitarlos a disfrutar de los nuevos contenidos del sitio y ponerme a su servicio.
Profundo conocedor del boxeo, avezado en la historia, la técnica y la táctica, así como en las anécdotas y los secretos más escondidos del deporte de fistiana —según lo describiera el cronista Eduardo Camarena—, José Ramón Garmabella nunca dejó de extrañarse de que en México existiera muy poca literatura al respecto. Sobre todo “cuando el pugilismo rentado, a pesar de su crueldad intrínseca, o quizá por eso, resulta fascinante; esto, claro, sin dejar de tomar en cuenta que más de un centenar de boxeadores mexicanos han sido o son campeones mundiales”. De ahí que sea tan bienvenido Historias del ring. Una antología del boxeo, el libro a lo largo de cuyas poco más de 400 páginas, Alejandro Toledo y Mary Carmen Sánchez Ambriz recuperan cuentos, novelas, crónicas, reportajes, ensayos y hasta poemas a propósito de la dulce ciencia del aporreo y sus protagonistas, lo mismo en la vida real que en la ficción.
Hace mucho tiempo que el boxeo ha atraído a los escritores, escribe Joyce Carol Oates en el ensayo Del boxeo: “Al igual que todas las acciones humanas, extremas pero perecederas —continúa—, el boxeo excita no sólo la imaginación del escritor sino también su instinto de dejar testimonio.” Es la excitación de este instinto la que pare- ce mover a Toledo y Sánchez Ambriz a la hora de recopilar los textos que con- forman este volumen, entre los que se cuentan, por supuesto, fragmentos del ensayo de Oates que, queriendo o sin querer, plantean una serie de reflexiones acerca del noble arte que encuentran ilustración sin igual en algunas de las piezas narrativas y poéticas seleccionadas.
Por “oponente” se entiende, en el oficio del boxeo —explica Oates—, al hombre que pierde pero es fiable: “Frente a un boxeador más joven, prometedor y con apoyo financiero, ofrecerá un resultado decente, muy probablemente no caerá derribado en los primeros segundos del primer asalto y, sin lugar a dudas, no echará a perder el récord del otro boxeador.” Tal y como sucede con Tom King, el veterano boxeador que con resigna- da dignidad acepta su derrota ante el joven Sandel —en “Por un bistec” de Jack London—; sólo entonces, mientras llora en el vestidor, le es dado comprender por qué el viejo Stowsher Bill había hecho lo mismo aquella noche lejana cuando él, entonces muchacho, lo había dejado fuera de combate: “Porque la juventud era siempre joven; sólo envejecía la vejez.” La mayoría de los combates, como quiera que se libren —apunta nuevamente Oates—, terminan con un abrazo entre boxeadores una vez que ha sonado la última campana: es un gesto de respeto mutuo y aparente afecto que al observador se le antoja más que mecánico.
Quizá porque el respeto —observa FX Toole, pseudónimo de Jerry Boyd, autor del libro de historias cortas en el que se basa el guión de la película Million Dollar Baby—forma parte de la magia del boxeo: “La mayoría de los que son ajenos a este deporte espera que los vencedores humillen a los vencidos. Eso echaría a perder la magia (…) Mas aunque un púgil crea que le han robado el combate, y sean cuales sean las tonterías pronunciadas antes de la pelea, los boxeadores, con contadas excepciones, siempre se felicitarán al final, se dirán por lo menos ‘Bien peleado’”. Pero si el boxeo y el cuadrilátero pueden fomentar grandes virtudes, sólo un fanático negará que pueden igualmente alimentar vicios vergonzosos. El apunte en este caso no es de Joyce Carol Oates, sino del mismísimo Arthur Conan Doyle quien, en “El último combate del herrero”, fragmento de su novela Rodney Stone, abunda: “Si el boxeo ha caído tan bajo, no es por culpa de quienes pelean, sino de la canalla miserable de parásitos y malean- tes que hay alrededor y que están tan por debajo del honrado púgil.” Parásitos y maleantes con nombre y apellido, como Happy Steinfelt y Lou Morgan, el par de estafadores de “Cincuenta de los grandes”, de Ernest Hemingway. Jack Brennan tiene claro que no hay forma de que gane contra Jimmy Walcott. Por eso apuesta esos cincuenta de los grandes —y se paga dos a uno— por Walcott. No hay en ello ninguna trampa: ya no es tan fuerte como antes, pero puede aguantar, conjurar el nocaut, acabar de una manera que lo hiciera sentir bien… y ganar mucho dinero.
Cuando en el undécimo asalto Walcott le conecta por lo menos diez centímetros debajo del cinturón, a Brennan se le salen los ojos de las órbitas, abre la boca, trastabilla como si las entrañas fueran a salírsele… pero no se quiebra, niega el golpe bajo ante el réferi y re- gresa a la pelea. Aunque sólo sea para recibir más castigo antes de devolverle el golpe bajo a Walcott, forzar su propia derrota por descalificación y vol- ver a poner las cosas en orden. “Esos dos nos la han querido clavar por la espalda”, le dice John, su manager, a Brennan, ya en el vestidor. “Menudos amigos tienes”, responde Jack. Y ahí echado, con la terrible expresión de- macrada todavía en la cara, sentencia: “Es curioso lo rápido que piensas cuan- do hay en juego tanto dinero”.
Más allá de lo mucho que se ha hablado de la atracción de Hemingway por el boxeo, Joyce Carol Oates considera mucho más sagaz y documentado a Norman Mailer, presente en la antología con fragmentos de “El combate del siglo”, la pelea entre MuhammadAli y George Foreman en Zaire. Mailer, ese que —siempre en palabras de Oates— lo mismo se preocupó por el concepto de masculinidad ideal en el boxeo que por la condición del negro. Y es que el boxeo, lo mismo que el jazz, representó a lo largo del siglo anterior uno de esos ríos aún hostiles a la raza negra por donde lo mismo navegaron Jack Johnson, el primer afroamericano en conquistar el título de los pesados en Estados Unidos, que Miles Davis, el virtuoso trompetista que recibió el encargo de hacer la música de fondo para un documental sobre Jackson, según recuerdan los compiladores Alejandro Toledo y Mary Carmen Sánchez Ambriz en su prólogo.
En defensa apologética de la negritud, destacan los versos de la “Pequeña oda a un negro boxeador cubano”, de Nicolás Guillén: “Y ahora que Europa se desnuda / para tostar su carne al sol / y busca en Harlem y en La Habana / jazz y son, / lucirse negro mientras aplaude el bulevar, / y frente a la en- vidia de los blancos / hablar negro de verdad”. Negro de verdad, la lengua en que hablaba Sugar Ray Robinson, a quien el propio Muhammad Ali considerara el boxeador perfecto: “Quizás hasta yo aprendí algo de él viendo sus peleas por la televisión”, cuenta Ramón Márquez que le dijo, en entrevista previa a su primer combate contra Joe Frazier en 1971. Ali estaba frente a la oportunidad de recuperar el título de los pesados que había perdido al negarse a participar en la guerra de Vietnam. Decía que lo lograría —recuerda Márquez— por cuatro razones: “porque soy mejor boxeador, porque soy más guapo, porque soy más inteligente y porque canto mejor”. De ese tamaño era su ensoberbecimiento. El día de la pelea, Frazier le tumbaría el invicto a Ali por decisión unánime — no sin antes haberlo tumbado a él, por primera vez en su carrera, con un memorable gancho de izquierda— y retedría el campeonato.
Smokin’ Joe Frazier: aquel que de niño, en Beaufort, Carolina del Sur, trabajara en el campo para ganarse unos centavos y también le sirviera de brazo izquierdo a su padre, un mozo que había perdido el propio en un accidente de automovilístico. La gente pobre se prostituye de la manera que puede, y el boxeo —vuelve a la carga Oates—, en sus niveles más bajos, ofrece a los hombres una oportunidad de ganarse de algún modo la vida. O de aspirar a algo más que ganarse la vida engrasando máquinas en un taller, como el Young Sánchez, de Ignacio Aldecoa, el de la hermana acabada por su fealdad; el de la madre de mirada vuelta ya de la desesperación o de la rabia o del deseo de conseguir algo; el del padre de los elogios hasta la antipatía, movido por el deseo de estima, el anhelo de fama, la gana de que se le tuviera en cuenta: “Tengo que ganar este combate para mi padre y su orgullo, para mi hermana y su esperanza, para mi madre y su tranquilidad. Tengo que ganar.” Y así sale a enfrentar su destino cuando suena la campana, como en el caligrama de Apollinaire: “Terrible / boxeador / boxeando / con / sus recuerdos / y sus mil deseos”. Cuando suena la campana y llega la hora de la magia del ring, esa que es distinta a la del teatro —dice FX Toole—, porque el telón nunca cae y la sangre en el ring es de verdad, así como las narices y los corazones rotos, que a veces se rompen para siempre: “El boxeo es la magia de los hombres en combate, la magia de la voluntad, la habilidad y el dolor, y de arriesgarlo todo para poder respetarte a ti mismo durante el resto de tu vida. Se parece a escribir.”
Un cuento en el que Ana María Shua entremezcla la trágica historia de Carlos Monzón con la de un primo suyo con doble luxación de cadera y la extraña fe de una de sus conocidas en el poder de los ángeles; un ensayo en el que Enrique Jardiel Poncela concluye que en el boxeo los rounds son “descansos” y los “descansos” los verdaderos rounds. Perfiles conmovedores de dos de las máximas glorias del boxeo en Mé- xico: Rodolfo Chango Casanova y Raúl Ratón Macías, de la autoría de Héctor de Mauleón y el propio José Ramón Garmabella, respectivamente, además de dos textos clásicos de Julio Cortázar, como “Torito” y “El noble arte”. Esto y más forma parte de Historias del ring. Una antología del boxeo. Si el libro logra conectar un cross a la mandíbula —han declarado Alejandro Toledo y Mary Carmen Sánchez Ambriz—, es posible que los editores decidan publicar un segundo volumen con aquellos textos que fueron sacrificados. No serán pocos los aficionados —al boxeo, a la literatura o a los dos— que sigan de cerca la pelea, en espera de ese golpe providencial.
¿Quién ha puesto risas enlatadas en la escena de mi crucifixión? Charles Simic
¿Qué de nunca sentirse, creerse bueno? Conocí la poesía de Felipe Granados (1976-2009) unos pocos días después de su muerte. Las notas de periódicos, revistas electrónicas y blogs literarios lo recordaban como el gran poeta cartaginés de los últimos tiempos. En las reseñas del 27 y 28 de agosto de 2009, las descripciones minuciosas de su funeral o de las noches en un bar de San José buscando asilo en posadas para migrantes, donde bien sabía Felipe que por poco dinero dormir no era problema, eran desgarradoras. El loco al fondo del café que en recitales de poesía gritaba ¡otra!, ¡otra!
¿Qué de leer la poesía de un muerto fresco? Tenía 33 años. Un solo poemario publicado (Soundtrack, Ediciones Perro Azul, 2005), decenas de colaboraciones en revistas como Amigos de lo Ajeno, el suplemento Áncora del diario Nación de Costa Rica y abundantes reseñas en la revista Soho. El amigo inconstante, el padre fiel, el itinerante, el marginal, el enfermo.
La poesía de Felipe Granados va ligada de un aspecto personal, que en vez de demeritar su obra la fortalece, cuando en la mayoría de los casos dicha circunstancia suele producir el efecto opuesto, porque la poesía meramente autobiográfica suele no soportar el transcurso de los siglos.
Granados se vio forzado a llevar a cabo el trabajo de veinte años en pocos meses. Pasar de la irreverencia juvenil, a la confusión de la primera adultez y el desprendimiento de los bienes que para un veinteañero resultan un estandarte útil para quince años posteriores; luego, encontrarse solo, agotado, con esa leve luz de lo que pronto desaparecerá. Se vio forzado a crecer porque no tendría tiempo.
La acidez lúgubre de su trabajo está determinada por la contundencia del verso, la crestas en las estrofas cuando se piensa que quizá el poema está perdido, y el repunte inesperado de una línea que duele. Luego explota en una sonrisa porque su poesía no sólo provoca dolor, sino alegría profunda al descubrir la serie de reglas del adivino que la conforman.
Allí es donde habita su genialidad, no en la sorpresa ingenua de hablar por primera vez del amor o la soledad; porque la poesía de Granados no atiende la frivolidad de ser el único, el original, el elegido. No cuenta lo que todos sabemos de la vida. Él sabe que no existe mayor fragilidad que esa. Cuenta, con pesar, lo que viene después: la noche insomne con música de Nina Simone, la repetida imagen de la derrota, el consuelo al amigo doliente, los cariños de sus hijos que verá mañana, las palabras nuevas del Bukowski que ha leído cientos de veces.
Un poeta que sin afanes ególatras se apropia de su entorno, lo observa y con absoluta seriedad lo narra en unos cuantos versos sencillos y exactos. En su poética se resume el intento por ser claro, íntegro y honesto.
Su obra nos revela lo extraordinario de las cosas que hacemos diariamente, como llorar hasta quedarnos dormidos o agitar la ropa recién lavada. Es quien no tiene miedo de no saber. Miedo a no buscar algo.
Felipe Granados murió a consecuencia del VIH, el 26 de agosto de 2009. Su trabajo poético de algún modo representa y da pie a la poesía actual de autores jóvenes en Latinoamérica, como Luis Chaves (San José, 1969); Patricio Grinberg (Buenos Aires, 1970); Frank Báez (República Dominicana, 1978); Héctor Hernández Montecinos (Santiago, 1979) y Gladys González (Santiago, 1981), quienes comparten con él la certidumbre de una vida sin futuro, empeñada en redimirse a través de la belleza de las cosas más tangibles del universo inmediato.
KIND OF BLUES
Miles Davis
Estas palabras se escriben sin afecto. Deberían ser más fuertes pero también más tristes. Estas palabras están llenas de erratas, se rompen por el lado más largo de la página. No sirven para adormecer a ningún niño, no sirven para hacer caer algún amante joven. Estas palabras van huérfanas de dios porque fueron escritas para nadie.
Pero las digo con los puños y los dientes apretados.
VER UN AMIGO LLORAR
Mi amigo
Llora
Se quita los anteojos
Para llorar mejor
Se limpia una lágrima amarga
Que le brota
Como le salen las piedras
Al río
Me mira
Me llama por mi nombre
Y empieza…
PARTE MÉDICO
Dice el doctor Que podría quedar ciego
Que hay un monstruo Que podría instalarse en mi cerebro
Y tendríamos que sacarlo de allí A punta de patadas.
Yo pienso en cosas vanas A saber Quien vendrá a leerme Versos tristes.
Quien va arrullar al Monstruo
Con canciones Antiguas Cantadas al borde
De mi cama
I’M STILL IN LOVE
Cansado de lidiar Con todos esos rostros Que no sos
Regreso a casa
Pongo música triste (Nina, siempre, Nina) me gasto unos papeles para escribirte todo,
Quizá si les digo que Durango está revolucionado culturalmente piensen que exagero, y que sigo apantallada por el deslumbramiento que me provocó la ciudad en mi primer viaje después de cinco años en los que no vine para nada, salvo unas brevísimas vacaciones de Navidad en las que no salí de casa con tal de aprovechar el calorcito de la cocina, la plática y los ponches; era el 2008 y esa vez regresé pronto a Mérida; me esperaba una cirugía menor que reposé hasta entrado el año nuevo.
El hecho es que a Durango volví hasta marzo de este 2013 alrededor del día de San José, y confieso que quedé impactada incluso por el Café Cucurumbé (sucursal 20 de noviembre). Este café tiene aires cosmopolitas. No es el típico café de provincia, deja ver cierto grado de sofisticación de la ciudad tanto por el mobiliario y la atención como por la gente que aquí se reúne. Diario, con mi computadora enfrente, pasaba mañanas enteras observando el ambiente. No asiste la crema y nata de la intelectualidad, pero sí llegan hombres de negocios y políticos con actitud decente, principalmente en las mañanas (las paredes de cristal dejan que pase la luz, y todo es muy evidente). Por las tardes, he divisado grupos de señoras amantes de los frappés. Los escritores, lo sé ahora, no son tanto de andar en los cafés; se reúnen en su revista: Cordillera. Son muchos, y la mayoría pertenecen a la Sociedad de Escritores de Durango, A.C. Escriben de lo que viven, voy aprendiendo eso. También escriben de lo que oyen o les cuentan, de lo que inventan o analizan, de sus recuerdos y delirios, y realmente se les nota entusiastas. A su reunión de ayer, con el pretexto de leerse entre sí, llegaron más de 60 autores de todos los géneros, quienes a simple vista dejan ver cohesión, solidaridad y respeto entre ellos.
Nací en Durango, Durango en agosto, casi el mismo día que escribo esta breve semblanza. Mi vida dio un giro radical un poco antes de que cumpliera 18 años, pues me fui a vivir a Mérida, Yucatán. Soy antropóloga de profesión, graduada tardíamente porque desde el año 94 me dedico al periodismo cultural, y escribiendo, escribiendo se me fue pasando el tiempo… Mi otro oficio es el de promotora cultural, y abarca la edición de libros bajo el sello unasletras. He dedicado una gran parte de mi vida a observar casas antiguas, mi fascinación, tanto así que decidí restaurar una casa en el Centro Histórico de Mérida antes del boom que vivió la ciudad años después. Esa casa fue uno de los primeros espacios culturales independientes del Sureste; ahora es uno de los bares de moda. Luego, por azares del destino, emprendí otra restauración, ésta mucho más demandante porque reviví un edificio colonial prácticamente abandonado para convertirlo en foro cultural y espacio para recibir turistas y artistas en residencia: Ule, en el histórico barrio de La Ermita. Últimamente, hacer cine documental es mi mayor deseo, y luego de haber estrenado mi primer largometraje: “Don Mammie Blue”, en febrero de 2013, viajé a Durango de vacaciones, donde de pronto decidí volver a vivir porque siento que es aquí debo estar. Confieso que regresé con la avidez de una chamaca inquieta, impresionada con los paisajes, el clima, la calidez de la gente y la evolución evidente de la ciudad. Esta tierra es fértil y culturalmente muy activa, además, aquí se produce uno de los mezcales más ricos de nuestro país, y éste es el tema de mi nuevo proyecto: “Desde que Dios amanece”, un documental que seguro mostrará al mundo una cara de México poco conocida, eso es lo que me entusiasma, seguir contando cosas, en cine y por escrito, así que este blog en Tierra Adentro que empieza a gestarse en agosto crecerá a sus anchas con noticias, vivencias, entrevistas y mucha información. En esencia, unasletras.