¿Qué significa hacer música alternativa en México? Los escenarios contemporáneos de Veracruz, Coahuila, Oaxaca, Tijuana y Distrito Federal tienen ya algunos años forjando un panorama lleno de propuestas. Alejandro Mancilla, guionista y crítico musical, reúne cinco visiones que van del folk, pop, tribal y shoegaze al indie, death metal y hip-hop.
Generan sonidos de norte a sur con escala en el centro de la república, la tierra prometida para muchos de los que se dedican al ingrato oficio de hacer música contracultural en un país que aún carga con el lastre histórico de Siempre en domingo. Algunos luchan por tocar en festivales masivos, ser reconocidos en la calle e invitados a las fiestas; vivir el sueño glam del rock and roll. Otros más sensibles sólo quieren expresarse a través de guitarras distorsionadas, sintetizadores o letras contestatarias; algunos son simples noctámbulos solitarios, coleccionistas y hacedores de ruido que se juntan con otros admirables perdedores para intentar ser los nuevos héroes de la música nacional. Todos nacieron unidos por el mismo cordón umbilical: son mexicanos y hacen música que no es precisamente la que sus padres escuchaban en frecuencia AM.
Previo a que la comunicación automática y las redes sociales llegaran a instaurar su mandato, los grupos de rock creaban fanzines, grababan casetes y se movían en una escena que buscaba ingresar al canal artístico de la ciudad de México. Gracias a esas cadenas predigitales, muchas bandas salieron del anonimato y se integraron a una escena que no contaba con recursos ni infraestructura para conseguir adeptos que financiaran un posible ascenso.
Hoy las cosas han cambiado. Ahora se puede tener una banda en el pueblo más recóndito de Quintana Roo, y con un poco de suerte y actitud, hacer que mucha gente la escuche. El problema es que esas formas de comunicación fortalecieron también la sobresaturación, provocando una oferta mucho mayor a la demanda.
Si bien no hay un lazo que determine qué estilos predominan en cada una de las regiones del país, es evidente que el medio ambiente y las costumbres de cada localidad influyen a la hora de crear un proyecto y lanzar la moneda al aire: ¿cara o cruz? ¿new wave o heavy metal? ¿urbano o jazz rock? La música folclórica de cada ciudad, delegación o municipio, por ejemplo, rara vez influye en el proceso de creación de una banda y en cómo ésta quiere sonar. Los atisbos de nacionalismo han quedado atrás; ahora un grupo de la parte más marginada de Colima puede sonar exactamente igual a uno de la zona más elitista de Monterrey porque ambos grupos escuchan prácticamente lo mismo. La pequeña diferencia estriba en que a la hora de adquirir equipo de sonido, los recursos económicos determinan si se compran un costoso sampler y hacen música electrónica o se decantan por hacer rock rupestre con una guitarra acústica y una armónica.
En el la ciudad de México encontramos un clima más diverso; desde el círculo que comienza en las colonias como La Condesa y termina en el estudio de algún tipo con muchos seguidores en Twitter. También continúa imparable el surgimiento de sellos independientes o colectivos que hacen noise convocando con ello un considerable número de fans. Igualmente existe una escena urbana, un movimiento punk, e incluso una escena black metal. Por lo general, las bandas comienzan a contactar a integrantes de cada una de esas escenas buscando encajar, llegar a la capital y sumarse a estas efímeras corrientes artísticas. Mientras tanto, en algunas ciudades como Guadalajara, Cuernavaca, Puebla y Monterrey, florecen históricamente “movidas” y sellos autónomos que se mantienen dentro de su propio circuito generando cosas interesantes. Caso concreto el de la compilación del sello Soc-Sub, Antojitos Mexicanos, proyecto fundado en Cuernavaca por el músico Aletz Franco, que lleva varios volúmenes dedicados a difundir proyectos independientes extraídos de todo el país.
Platicamos y analizamos este inexorable proceso de hacer música alternativa en México con algunas bandas y proyectos surgidos en diferentes rincones del país: de Veracruz a Coahuila, pasando por Oaxaca, Tijuana y la ciudad de México. Algunos son nuevos en el camino, otros llevan varios años forjando escena desde sus respectivas trincheras. Todos tienen el común denominador de entender desde su óptica individual la problemática de hacer arte y música carente de prejuicios.
ADVERTENCIA LIRIKA: LA CALLE GRITA
Mare y Luna son dos chicas oaxaqueñas que llevan varios años haciendo hip-hop. “Todo comenzó en el año 2003 cuando descubrimos que ningún otro medio funcionaba para comunicar esas ideas tan fuera de lo establecido que traíamos”, comenta Mare, “para mostrar una realidad que no es como muchos quieren ver.”
Para ellas, en cualquier parte de la república es complicado hacer música alternativa y más si se trata de hip-hop, ya que la gente no está acostumbrada a darle valor a ese tipo de cosas, “piensan que hacer música es un hobby, pero es una profesión como cualquier otra.” En las letras de Advertencia Lirika se enarbola un feminismo latente del que ellas reniegan: “Nunca hemos usado esa bandera; el feminismo no deja de ser sexismo”, afirma Mare, “todos los ismos son malos”. Dice Luna: “la igualdad de género y el respeto son la base de todo.”
Vivencias de su comunidad, tensión social, migración e igualdad de género, son los temas que se entrelazan en sus rimas y esas coordenadas que definen su sonido, fueron registradas exitosamente en el documental Xip-Xop Oaxaca, realizado por el videasta y defensor de los derechos humanos Simon Sedillo, en complicidad con el colectivo Manovuelta. El trabajo audiovisual retrata de manera visceral y efectiva la problemática actual de su estado y coloca a las chicas en la posición de activistas musicales: “No simpatizamos con el pop, solo tomamos sampleos y algunos aspectos de éste”, enfatiza Luna.
Con respecto al nacionalismo que muchas bandas han pretendido tomar como estandarte, las chicas comentan: “Hemos tratado de adaptar canciones y estilos de la música popular a lo nuestro, sin embargo nuestras letras abordan varias problemáticas sociales; el nacionalismo está totalmente ligado a lo social, así que creemos que a nuestra música en particular no le hace falta ese toque de folclor”, continúa Luna. A veces alguien les dice que son “raperas”, Mare aclara: “Hacemos xip-xop o hip-hop, lo cual es una cultura que envuelve al mismo rap, el djing y el grafiti en su conjunto, por lo tanto no somos simples raperas.” Sobre sus gustos e influencias prefieren mencionar proyectos a los que se sienten afines, como Rabia Rivera de Torreón, Coahuila; Padre Anderson, originario de Mérida, Yucatán; o Caballeros del Plan G, afincados en Gómez Palacio, Durango.
Actualmente, Luna vive en la ciudad de México. No nos dijo si era permanente su estancia, pero Mare, quien vive en Oaxaca, habla sobre el tema de emigrar a la capital: “Tiene sus ventajas y desventajas, como cualquier lugar; para mí es más una cuestión de actitud y esfuerzo; quien quiera hacer las cosas las hará donde sea.” Luna está de acuerdo y explica que no necesitaron venir antes a la capital para que las conocieran en sus inicios: “Después de todo, el centralismo es algo que todos nosotros impulsamos.”
El grupo cuenta con un cd independiente titulado 3 Reinas (llamado así cuando la agrupación se conformaba de tres integrantes) y además, tienen un material publicado para su libre descarga en Internet (soundcloud.com/advertencialirika).
EL MARÍA Y JOSÉ: BAILE PARA LA TRIBU JUVENIL
Hace tiempo las bandas se juntaban en un garaje, un cuarto de azotea o una habitación improvisada. Hoy, el entorno es lo de menos, “lo único que importa es que te sientas cómodo”, nos dice Tony Gallardo a.k.a El María y José. Seguramente estaba en ese momento recluido en su habitación en Tijuana, donde nos lo imaginamos apretando botones y programando cajas de ritmos virtuales. Sin duda, el joven artista tiene mucho qué decir, tanto musical como estilísticamente hablando: “Ya no necesitas ser un prodigio de la guitarra o un baterista extraordinario, sólo usa tu imaginación y tu computadora y saldrá la magia”, explica.
En su sonido se puede captar tanto la elegancia electrónica de unos Hot Chip o Capri, como cierta nostalgia en clave folk, muchas tendencias posmodernas kitsch y hasta eso que llaman tribal: “Mi música proviene de distintos lugares; de lo que escuchaban mis papás en su pueblo, de mi hermano que era fan a morir de Caifanes y de mi descubrimiento de la música electrónica con el disco de Mighty Dub Catz en 1997.” Sobre ese rescate de una identidad nacionalista en el rock del que se hablaba tanto y que ahora parece estar en estado de incubación, comenta: “A mí me ayuda mucho el tener ese toque mexicano en la música y las letras, es un pequeño tributo a mi país, claro que tengo influencias externas, sobre todo del acidhouse de finales de los años ochenta y principios de los noventa.”
Otro de los aspectos que llaman la atención de este proyecto es el nombre, que nos remite a una imagen religiosa: “Creo que los jóvenes de hoy ya no tenemos el mismo fervor que nuestros antecesores, a mí me gustan mucho esas imágenes, no las ataco”, comenta; pero apostamos a que se persigna cuando viaja al interior de la república a presentaciones: “Distrito Federal, Toluca y Monterrey son mis lugares favoritos para tocar, la vibra que la gente emana en esos lugares es espectacular y son muy entregados.” ¿Y de la escena de su ciudad? Le preguntamos al respecto, ya que hace menos de cinco años había cosas interesantes como la desaparecida Valeria Leyva
y su proyecto Faca: “No me identifico con nadie, yo siempre he sido un rebelde, en mis primeros shows nada más gritaba y me quitaba la ropa, todos me veían feo por eso, yo me la pasaba genial. Aparte nunca he tenido una banda, entonces para mucha gente está mal visto no usar instrumentos.”
Con seguridad pronto estaremos escuchando más sobre este proyecto fronterizo concebido tanto para la pista de baile, como para los entendidos del pop vernáculo. Vale la pena escuchar sus remixes oficiales a El Columpio Asesino o Jóvenes y Sexys, y su material desperdigado por la red bajo títulos como Líder Juvenil E.P. o TonyGallardo II. En la red: elmariayjose.tumblr.com.
LOS MUNDOS: MÉXICO DESCUBRE EL SHOEGAZE
Hace poco más de un año asistí al Centro Cultural España de la ciudad de México a ver en vivo por segunda vez a Piyama Party, proyecto de Luís Ángel Martínez, con quien había coincidido alguna vez en el Festival Taladro de Ciudad Victoria. “Tengo una banda alterna”, me comentó. Se llaman Los mundos y hacen shoegaze y rock con influencias de bandas como My Bloody Valentine o Dinosaur Jr. “Fue natural, nunca pensamos en hacer un proyecto de este género, todo fue porque llevamos años escuchando bandas así”, comenta Ángel. Lo curioso de la banda es que ambos viven en ciudades separadas y si bien ahora se ven para tocar en vivo, al principio hacían música muy en el formato del proyecto estadounidense The Postal Service. “Intercambiamos archivos de audio a través de Mediafire y usábamos el correo electrónico o los mensajes en Facebook para platicar de las grabaciones.”
Sobre las diferencias de hacer música en provincia o en la capital, Ángel piensa que: “el Distrito Federal tiene ventajas para el rock & roll. Su escena se apoya en muchas revistas, blogs, tiendas, antros, etc. Además, en la actualidad es muy seguro comparado con todas las ciudades del norte.
Esto facilita que haya más actividad. Si no fuera por la inseguridad la escena de Monterrey hubiera mantenido su rumbo hasta el 2007 o 2008.”
Sobre el ambiente musical en su lejana Monclova, él mismo comenta: “No pasa absolutamente nada. En Monclova no hay una cultura del rock, y es que estamos hablando de un lugar entre urbano y rural con actividad mayormente industrial. Sus pocas bandas terminan yéndose a tocar a Monterrey o Saltillo.” Tal vez por este aislamiento ambiental, las letras de la agrupación tienen: “una tendencia a ciertos temas como la música, las guitarras y las chicas. Es shoegaze con la estructura básica del pop.” Sin duda, una banda que alegra los oídos de los amantes del las guitarras con distorsionador y las capas de sonido sobrepuesta en tonadas pegajosas como chicle.
La banda siente afinidad por grupos como Sr. Amable, Los Negretes, Pipe Llorens, Uvilov, Matilda Manzana, La Ola Que Quería Ser Chau y The Mueres. Recientemente lanzaron el ep Mipropia banda quiero ver a través del sello argentino Fuego Amigo. También están preparando su próximo lp, que saldrá a principios del año 2013. Su página: soundcloud.com/los-mundos
LA NUNK MUERTA REBELIÓN
Muy cerca de la sierra de Zongolica, en las altas montañas de Veracruz, surgió hace ya casi veinte años Nunk Muerta Rebelión, con el compromiso de hurgar introspectivamente en su anarquista interior, utilizando punk y gothic rock como acompañamiento. “En un principio nos gustaban cosas como The Cure, La Polla Records, Eskorbuto y Sex Pistols, pero la banda siempre ha estado en constante experimentación”, comenta Rafael Gálvez, vocalista y compositor del grupo, quien junto con su hermano Marcelo en el bajo, son la base de la banda: “ha habido muchos cambios, es un aprendizaje, parte del recorrido. Son jarocho, música clásica; ya no escuchamos solo punk”, comenta Marcelo, “de hecho ha habido propuestas para trabajar con algunos jaraneros.”
Si bien el nombre de la banda evoca anarquía, sus integrantes siempre se han encargado de aclarar que se trata de una insurgencia existencial: “el estar en una banda implica la suma de muchas ideologías y a veces no todo mundo las comparte.” Coherentes con su espíritu de búsqueda, el grupo grabó hace un par de años algunas de sus canciones en un dialecto náhuatl. “La cosmogonía propia del náhuatl hace que no haya por qué traducir las canciones al español, es una lengua viva”, comenta Rafael sobre la experiencia.
El grupo emigró a la ciudad de México durante casi un año, buscando proyección nacional; sin embargo la falta de continuidad impidió que en ese momento crecieran como agrupación. Tres discos después, la banda se encuentra más activa y en plena grabación de nuevo material, el cuarto en su trayectoria. Además de estar planeando una gira en el interior del país. Actualmente, el grupo está integrado por Max Hernández en la guitarra, Carlos Rodríguez en la batería y Sarahí Huerta en el violín, además de los hermanos Gálvez. Su trabajo se puede escuchar en: myspace. com/lanunk.
COYOLI: RUIDO DE DISEÑO
Coyoli es un proyecto de folk-noise melancólico con influencias de Radiohead y del folk más obscuro. La banda nació fuera del círculo de la música, ya que su creador, Óscar Coyoli estudió diseño gráfico y justo por eso, la primera dificultad fue poder entrar a esa escena alternativa un tanto ajena. “Uno de los problemas de la escena musical es el elitismo, pero me he topado con gente como la banda Torreblanca que me han jalado al circuito y han colaborado con el proyecto.”
Su primer ep titulado Una tarde de domingo en la isla de la Grande Jarre está basado justamenteen obras pictóricas, y cada uno de los tracks queconforman el material tiene nombre alusivo a unapintura. “No puedo imaginar música sin esa partevisual, ahora ambas partes se retroalimentan.
Si no tengo una base visual no puedo hacer una canción.” El hecho de que el sonido del grupo sea tan personal, a veces da la idea de una especie de dictadura, a lo que Óscar responde: “Sí, tengo un gran problema con que alguien modifique mis ideas. Como crecí queriendo ser pintor, no me gusta que me digan qué ponerle o no ponerle, por eso igual hay tantos cambios de integrantes.” Es casi una constante que en la niñez o la adolescencia se exacerbe ese impulso de hacer música; en el caso de Óscar Coyoli la influencia vino por el lado de su familia, ya que vivieron un tiempo en Francia y ahí lo que escuchaban que sus padres era derivado de la chanson française, con excepción de Serge Gainsbourg: “me decían que quitara a ese borracho-drogadicto”, comenta el músico.
Acerca de las influencias líricas del grupo, Óscar confiesa que compra libros al azar, y hasta ahora no se ha topado con nada que no le haya gustado de esa selección arbitraria; esa parte incidental de buscar inspiración también tiene que ver con lo que se topan en los medios tradicionales: “Nuestra influencia pop más marcada es Mecano”, confiesa Pilar.
Sobre la saturación musical que ha provocado la democratización de los medios, Pilar Hernández, también integrante de Coyoli, comenta: “Ahora hay millones de propuestas y eso te hace querer resaltar y ser mejor que la mayoría, por eso tiene sus pros y contras. Hace falta una identidad y que empecemos a hacer cosas con una fuerte carga nacionalista, no me refiero a que todo lo que se produzca lleve un toque folclórico. Lo que no debería pasar es que las bandas canten en inglés, es una grosería.” Se puede descargar parte de su trabajo aquí.
Luna y Mare de Advertencia Lirika. Foto: Édgar Olguín.
María y José. Portada de álbum. Archivo personal.
Tony Gallardo a.k.a El María y José. Archivo personal.
La Nunk Muerta Rebelión. Rafael Gálvez, vocalista, acompañado de Marcelo Gálvez en el bajo acústico. Foto: Archivo personal.
Oscar Coyoli y los integrantes de la agrupación: Pablo Aguirre, Natalie Reyes, Israel Pompa y Pilar Hernández. Fotos: Jerónimo Orozco e Isabel Hernández.
Alejandro Elizondo y Luis Ángel Martínez, integrantes de Los Mundos. Archivo personal.
En los últimos años la música ha sufrido poderosas transformaciones a raíz de los avances tecnológicos: desde la amplia posibilidad de producción, hasta nuevas plataformas de difusión. La cultura contemporánea es ampliamente musical y este aspecto está ligado a las generaciones jóvenes. En este dossier abordamos el fenómeno musical, cómo enfrenta la crítica este momento de la producción y también algunas propuestas de diversos géneros latentes.
RADIOGRAFÍA DEL PERIODISTA MUSICAL
¿Qué es exactamente un crítico de rock? ¿Un antiguo aspirante a músico, un fanático de los conciertos, un eterno joven dispuesto a pasar horas con los audífonos puestos, un comentarista de radio que escribe notas de repente? Enrique Blanc hace un recuento de la crítica musical en nuestro país, de las publicaciones en papel al comentario en sitios web, así como las vicisitudes que debe sortear quien se dedica a este oficio.
Construir la nada, el abismo del puro instante presente, como lo verdaderamente esencial, ocultando de ese modo la temporalidad y lo real, tal es la titánica obra del crítico y del periodista.
Félix de Azúa
Diré a manera de chispa arranque de esta reflexión que el término “crítica musical” me resulta incómodo. Aquellos que hemos escrito sobre música de algunos años a la fecha, nos hemos dado cuenta que quizás el ser crítico es lo que menos importa, siempre y cuando uno escriba y pueda comunicar con sus textos la pasión que experimenta tras escuchar tal o cual creación musical. Dicho de otro modo, confieso que me he vuelto un hedonista, y que más que verme en la apretada situación de argumentar a favor o en contra de un disco en particular o un concierto al que he asistido, quiero celebrar a través de la escritura la emoción de la que he sido presa. No sé si traicione en cierta medida mi oficio, pero por ello desmiento a menudo a todo aquel que me mira con un dejo de seriedad y me adjudica el terminajo, desarmándolo con un simple: “Mejor dime periodista. Periodista musical.” Claro, admito que he jugado la parte en algún momento y que, tras la insatisfacción que experimenté luego de acercar el oído a tal o cual sonido, a tal o cual racimo de canciones, cavilé lo suficiente hasta conseguir ese tono dramático y sentencioso que se requiere a la hora de descalificar, con argumentos lo más válido posibles, la obra de un tercero. Y quizás es algo que debería retomar y hacer de vez en cuando, pensando sobre todo en la gran cantidad de música pop banal y frívola que suena en México y Latinoamérica, y lo poco que se aborda con rigor crítico. Pero enseguida resuelvo que “artistas” —como suele llamárseles— de la calaña de Arjona, por mencionar uno que considero denigrante y ruin, Gloria Trevi o Juanes (menciono los primeros que me vienen a la cabeza), no merecen que uno pierda más tiempo en condenarlos del que se invierte en redactar 140 caracteres, que para eso, entre otras cosas, debe haberse inventado Twitter.
PASADO Y PRESENTE
En el mundo que habitamos, en el que la producción de canciones se ha multiplicado de forma exponencial debido al acceso que tiene cualquiera a tecnologías como la laptop y los softwares de creación musical y edición de audio, la crítica empieza a hacerse desde el momento que uno elige qué quiere reseñar; es decir, en qué obra va a invertir su tiempo. Reconozco que a menudo mi ansiedad por no abarcar todo lo que quisiera agudiza, por no poder escuchar todos los discos que deseo y tampoco poder hacerlo las veces que me gustaría, como acostumbraba décadas atrás cuando podía concentrarme en un título a capricho y, en lugar de escuchar veinte discos una sola vez, escuchar uno solo pero veinte veces. Lejos he quedado de aquel amplificador de bulbos y la tornamesa Garrard en la que solía embriagarme de las voces que iban dando forma a la telaraña de sonidos con la que intento contextualizar todo aquello que desafía a mi oído. Ahora me veo, en pleno siglo XXI, con la cabeza sumida en la pantalla de la computadora, ligado a ella por unos audífonos como si fuesen una especie de cordón umbilical, navegando a través de Internet en busca de sonidos, vía YouTube, portales oficiales de grupos y solistas que me interesan, revisitando interfaces en SoundCloud, descargando (legalmente) a diestra y siniestra y, por si todo ello no fuese suficiente, mirando de reojo la montaña de discos compactos que reclama mi atención. Porque, obvio, si tienes años escribiendo sobre música, valoras todavía el cd y lo privilegias sobre el mp3. Te gusta el objeto, la imagen de la portada asociada a una idea que archivas en tu memoria, el referente visual tras el cual clasificas la obra y su contenido. Y el envoltorio, las réplicas de cartoncillo que se hacen en la actualidad para recordar la emoción que era tener en las manos un lp, abrirlo y, si era importado, aspirar el aroma a ginebra que brotaba inexplicablemente de su interior. Así, repetir ese ritual previo al hecho de encarar la escritura, justo después de que uno ha detenido el tiempo y el girar del mundo para dedicarse a beber el elixir mágico que brota de las bocinas y acicata la inspiración.
TRADICIÓN
Periodista musical. El término me parece mucho más completo. Porque uno, lo que hace al cabo de cada ejercicio de reflexión, no es otra cosa que poner en juego los géneros de dicha disciplina: la reseña, la crónica, la semblanza, la entrevista, el reportaje y la opinión, en los cuales no siempre hay lugar para la crítica. En los días en que Internet ha democratizado los medios de expresión, cualquiera se aventura a montar un blog y desde ahí afirmar lo que se le viene en gana, aunque por lo general siempre desde el formato de la reseña, sin duda el arte menor del quehacer que algunos hemos entendido como una profesión tan seria y digna como la del guionista de cine, el poeta o el ensayista. Y si alguien sostiene que estoy exagerando, ahí están para constatarlo una serie de experimentos que desde la crónica, la autobiografía, el ensayo o el cruce de todos estos plantean un novedoso camino al periodismo musical. Desayuno con John Lennon y otras crónicaspara la historia del rock del estadounidense Robert Hillburn, es uno de ellos. 31 canciones del británico Nick Hornby, es otro. Like a Rolling Stone.Bob Dylan en la encrucijada o de Greil Marcus, uno más. Libros todos ellos que arrojan textos únicos y originales con innegable lustre literario.
En ese sentido, puede afirmarse que si la crítica musical es pan de todos los días en la vastedad de la web, el periodismo musical resulta un arte mucho más sofisticado y complejo, que si bien tiene en Internet un territorio virgen para seguir desarrollándose, parece todavía estar más anclado a los espacios impresos en los que nació. Bien afirma el periodista catalán Jordi Turtós —en un texto que gravita por la red con el título “La función de la crítica musical”— que el periodismo musical “es un oficio que tiene sus raíces en un mundo analógico y que no acaba de encontrar su lugar en el mundo digital en el que el consumo musical tiende a la simplificación, a la canción de usar y tirar.” Aquí, Turtós avizora un problema que atañe a quienes han seguido de cerca el hilo de la historia de la música, al entender el desarrollo de un autor específico a través de las obras completas que crea, de cada disco que simboliza un momento con ciertas preocupaciones y prioridades artísticas, y que abona a una discografía que finalmente evaluará su trascendencia y su contribución en tal o cual estilo. Esto a diferencia de la producción aislada de canciones que en la actualidad acostumbran ciertos músicos, y que no consiguen aportar información alguna acerca de las ideas que las sustentan.
Fotografía: Pánico del Edén.
DESARROLLO
Tres son las fechas que ilustran la evolución que el periodismo musical ha tenido a través del tiempo, entendido éste como aquél que se asocia a la música popular y a los estilos que en menor o mayor medida se vinculan con él: rock, jazz, música pop, hip hop, electrónica y las fusiones que se practican a lo largo y ancho del orbe. La primera está vinculada a la fundación de la revista Billboard: 1 de noviembre de 1854. Créase o no, desde entonces se tiene el interés de clasificar las canciones de un mercado específico de acuerdo al impacto que tienen en los consumidores del mismo. La segunda tiene que ver con la aparición del semanario inglés New MusicalExpress, en el cual comienzan ya a ejercitarse géneros periodísticos: 7 de marzo de 1952. Sucesora de Accordeon Times and Musical Express, que se publicaba desde 1946, quiso ser la tardía respuesta británica a Billboard, pero muy pronto se distanció del concepto de la anterior, interesándose más por los aspectos cualitativos de la música y su industria que por los meramente cuantitativos. Y la tercera, podría apostar por ello, está vinculada al lanzamiento de la que es hoy la revista musical virtual por excelencia, la también estadounidense Pitchfork: 1995. Cada una de estas publicaciones marca un momento con características determinadas en el desarrollo del periodismo aplicado a la música. Sobre todo es interesante la era que inicia en los años cincuenta con la explosión del rock and roll, y en la que surgieron tanto las publicaciones como las firmas de quienes han ido elaborando su libro de estilo. Revistas clásicas, algunas de ellas ya extintas, como Rolling Stone, Creem, Hit Parader, Musician, Spin, Mojo, así como alternativas recientes y consolidadas: Uncut, Filter, Paste, XLR8R, Wire, entre otras, a la par de los diarios más importantes: The New York Times, Chicago Tribune, Los Angeles Times, han servido de escaparate al trabajo de plumas reconocidas: Lester Bangs, Bill Flanagan, David Fricke, Greil Marcus, Kurt Loder, Jay Cocks, Cameron Crowe, Dave Marsh, Robert Hillburn, Simon Reynolds, Jann S. Wenner, Rob Tannenbaum, entre muchos más que influyeron a quienes decidieron emularlos fuera de los países anglosajones. Escritores que trazaron las fronteras del periodismo musical con el mismo rigor que sus colegas dedicados a los asuntos políticos, sociales o económicos.
Una era, la que va de los años cincuenta a los noventa, en la que el trabajo del fotógrafo ha sido asimismo medular para la conformación de los impresos más prestigiosos, destacando a profesionales de la cámara como Annie Leibovitz, Lynn Goldsmith, David Wedgury, Anton Corbijn, Mark Seliger, por sólo mencionar algunos de reconocida fama.
IBEROAMÉRICA
No puede negarse que en América Latina y España existe una tradición de periodistas musicales en activo que se reinventa y se adapta a los nuevos tiempos. Si aludimos al caso español, hay que reconocer el rol que por años ha jugado Diego A. Manrique desde distintas trincheras, muy asociado al diario El País, que también ha abierto la puerta a talentos más jóvenes como Iker Seisdedos. Lo mismo el equipo de colaboradores que ha mantenido a flote una de las publicaciones más representativas escritas en castellano en Europa y hecha en Barcelona: Rock De Lux, en la que destacan las plumas de Juan Cervera, Kiko Amat, Jordi Bianciotto, Quim Casas, Nando Cruz y Eduardo Guillot, entre una lista verdaderamente abundante.
En México, el también músico Federico Arana puso en claro su interés en el tema tras la publicación de los cuatro tomos de Guaraches deAnte Azul, obra que recuenta los inicios del rock nacional y su continuidad a través de los años sesenta y setenta, y que es única en su especie. Asimismo, las aportaciones hechas por los escritores de “la onda”, José Agustín y Parménides García Saldaña, son aleccionadoras, sobre todo en la mítica y efímera revista Rock Mi. Junto a ellos, Víctor Roura y Las Horas Extras, Ricardo Bravo y Nuestro Rock, Chava Rock y Mezcalito, a la par de Óscar Sarquiz, Walter Schmidt, José Luis Pluma, José Xavier Návar, David Cortés, por citar los nombres de algunos que han publicado con constancia en revistas y periódicos del país.
En Argentina, el desarrollo del periodismo viene de la mano de una larga lista de plumas, muchas de ellas partícipes del suplemento S! del diario Clarín, referente puntual de su ajetreada escena musical. O bien de publicaciones que tienen una presencia fuerte, como ahora lo hace La Mano. Nombres como los de Alfredo Rosso, Pipo Lernoud, Marcelo Fernández Bitar, Sergio Marchi y Roque Casciero son algunos de sus referentes más reconocidos.
Fotografía: Pánico del Edén.
¿CRISIS?
Incuestionable. Los avances tecnológicos, especialmente la irrupción de la Internet han facilitado las cosas para quienes escriben sobre música en la actualidad. En el pasado, era imprescindible hacerse de alguna de aquellas enciclopedias en las que podían consultarse los datos duros de cada uno de los músicos sobre los que se investigaba, de Harry Belafonte a Frank Zappa a Ry Cooder a Damon Albarn. La seminal The Harmony Illustrated Enciclopedia of Rock, avalada por diarios como Los Angeles Times y BostonHerald. La anual y de vocación indie: The TrouserPress Record Guide, compilada por el visionario Ira A. Robbins. Y las novedosas en su momento: The Rough Guide, impresas en el Reino Unido en la segunda mitad de los años noventa, minutos antes del irreversible estallido mundial de la web, quizá los tomos referenciales más completos realizados sobre rock, jazz, música country y músicas tradicionales de mundo. En la actualidad portales como All Music, Discogs e incluso Wikipedia almacenan cantidades desbordantes de información que facilitan cualquier indagación documental. No obstante las ventajas que garantiza Internet surgen de una serie de conductas puestas en acción la mayoría de las veces por improvisados, que distancian al periodismo musical, a la crítica musical, de su esencia. La compulsión por querer etiquetar rebuscadamente cualquier sonido que parezca exhibir algo de originalidad; la preferencia por la reseña y la entrevista ante la riqueza de otros géneros como el reportaje, la crónica y el ensayo; la compresión de la información que se produce, a imagen y semejanza de la compresión de sonido que caracteriza a los archivos mp3; el abuso del cut &paste para apropiarse de una información ajena. Ello aunado al desdén con el que los diarios miran al periodismo musical en contraste con los contenidos insustanciales de aquello que llaman “entretenimiento”, plantean un escenario un tanto sombrío, tal como lo afirma Turtós: “La crítica musical ante tal panorama, parece estar condenada a convertirse en un anacronismo, parece estar abocada a un proceso de desaparición que muy difícilmente podrá evitarse.” Sea como sea, queda la certidumbre de que la música seguirá contagiándonos su magia y encendiendo nuestra pasión de tal modo que no podremos evadirnos de querer describirla, contarla y compartirla por medio de la palabra escrita, sin importar que con ello hagamos crítica o literatura o periodismo musical.
En la revista Crítica, Alejandro Badillo reseña Liquidaciones de Eduardo Sabugal:
Una visión general del libro nos muestra que el autor privilegió un lenguaje funcional que acompaña la trama en lugar de ser el protagonista. Esto no quiere decir que estemos ante una prosa aséptica que abandona cualquier voluntad de estilo sino que su camino va en otra dirección.
Un antiguo submarino petrolero abandonado en la Isleta Pérez, en Tampico, es rescatado del óxido y el olvido por tres entusiastas teatreros. Convertir esta nave en un espacio escénico que refleje los mitos y las historias alrededor del mar es la fuerza que impulsa estas Ficciones submarinas.
Después de la visita del ciclón Hilda en 1955, la vieja zona industrialde Tampico quedó inundada, parcialmentedestruida y sin opcionesviables de reconstrucción. Susfábricas, talleres y bodegas de almacenaje sontestimonio de la fuerza de la catástrofe y de losrelatos de la ruina. La llamada Isleta Pérez es hoyun contenedor de arquitecturas espectrales dondese reconoce la fuga involuntaria de la industriamercantil; sin embargo, pese a la desaparición de la manufactura en la zona, se abre una posibilidadpara la llegada de la industria teatral emergente:los intereses originales de la plaza roja dela corrosión se revierten a favor de una mecánicade la intervención escénica para hacer proliferarla alternativa de los espacios.
En una búsqueda en el inventario del desastre, apareció ante nuestros ojos una vieja nave de salvamento que alguna vez perteneció a una planta de Petróleos Mexicanos. La vislumbramos como un laboratorio para hacer ficciones. Comenzamos con la primera traslación de la mirada y afirmamos en ella más que una sola nave de salvamento. Así fue que decidimos adueñarnos de la nave y la concebimos como un submarino para itinerar entre ficciones híbridas: con Ficcionessubmarinas proyectamos convertir la nave en un observatorio, en un almacén de testimonios de los eventos verídicos que se silencian en determinadas cartografías sociales.
Comenzamos a trabajar en su acondicionamiento con la colaboración del artista visual Iván Puig para transformar “el submarino” en un escenario poético, documental, interdisciplinario y en una residencia artística en la que se piensa la incorporación del paisaje inmediato por el que surje, como mirador perceptible e interactivo de lo que las jerarquías de poder invisibilizan. Ficciones Submarinas está en vías de constituirse como una fundación sin fines de lucro que lejos de contextualizarse de forma exclusiva en un paisaje marino, propone explorar cualquier espacio en el que esté involucrada la idea de sobrevivencia. Para la nave visualizamos un traslado constante; una itinerancia terrestre en un trayecto configurado por zonas de conflicto. Estos espacios podrán ser referidos a barrios periféricos y marginales, puntos de anclaje en comunidades y microsociedades en las que se registre algún tópico de exclusión social relacionado con la violación de los derechos humanos, así como territorios que padecen la afectación de una catástrofe social o natural.
Principalmente, la ocupación de la nave está pensada para creadores escénicos. Con esto buscamos se consolide como una residencia; permanencia que se rige por una reglamentación que busca apoyar y conducir el proceso y el resultado de un trabajo artístico según las ideas que genere el residente y su equipo de trabajo. El proyecto pretende dar a conocer su convocatoria y características esenciales a la comunidad escénica internacional con el objeto de promover un movimiento incluyente que depare en diversas latitudes interpretativas de la sobrevivencia en el panorama mundial contemporáneo.
La primera prueba-instalación de trabajo en la nave será presentada este mes de agosto en el Festival de Teatro para el Fin del Mundo, organizado por el centro de experimentación escénica La Guarda, Teatro de las Sombras, que dirige Ángel Hernández en Tampico, y apoyado por el programa Iberescena. Un festival pensado para la ocupación de casas, ferias, cementerios de autobuses, oficinas, sótanos, hospitales y hoteles golpeados por la violencia en esa entidad, y en el que el “cuerpo manufacturado para remover la inmensidad” (nuestra nave-ficción submarina) será un recinto de estrategas para dibujar topografías de la devastación y constituirse como una posible máquina de huída.
Nos elevamos con la gracia de una bailarina de ballet. Nos elevamos con la furia de cien mil mongoles en toque a degüello. Nos elevamos con la determinación de un alpinista que acaricia las nubes dispuestas para foto. Tú, el hombre del dorsal en la espalda. Yo, el hombre que cada mañana, al despertar, tiembla como un niño. En la imagen que aparecerá en los periódicos, podremos verte una vez más en pleno vuelo, la mano extendida como la de un pordiosero, los dedos que rozan el cuero. Podrán adivinarme una vez más: la sombra que planea a tu lado, la sombra que se arrastra, la sombra que se humilla: todo lo que sube cae y se enfanga en un domingo lluvioso, una tarde de aguacero, un minuto antes del final. Un final que ruge, un final que pega alaridos desquiciados, que es el principio de todo una vez más. Un final que no garantiza nada, menos el descanso, mucho menos el verdadero final.
Nos elevamos con la flexibilidad de un sauce ante el asombro de cronistas y charlatanes que hablarán de tu magia un minuto entero. Nunca de la sombra que soy, un lastre en tu vuelo de gloria del que no puedes caer. La caída es mi especialidad. La caída en el barro de una tarde lluviosa de domingo, una tarde en que la épica nos pertenece. Bueno, te pertenece. Yo soy el experto en desmoronamientos. El peso infame cuando planeas como un hombre pájaro. Soy el hombre gusano. Pero aunque nadie pueda creerlo, los dos nos elevamos para rozar la leyenda y salvar una vez más a este equipo de mierda del descenso.
Escucha la ovación. La noche tiene un sol artificial que tarda en esconderse. Mientras haya luz, podrás insultar al defensa que permitió al hijo puta de la estrella del equipo rival, que anuncia lociones y desodorantes, golpear el cuero como los dioses. Y mientras te duchas en el vestidor rodeado del respeto de todos, yo, en el rincón de los uniformes sucios, sabré que fue suerte, que nos lanzamos desesperados para detener esa otra caída.
La noche tiene un sol artificial que poco a poco se diluye. Yo vivo en esa oscuridad: nuestra casa vacía. La mujer vacía que nos mira con desprecio cuando traspasamos el umbral y dejamos los cánticos de los obreros y desempleados en el Ferrari que exigiste en el contrato. Irás apagándote para darme mi lugar, en medio del silencio de una casa y una mujer que sólo yo conozco.
Tú no tienes tiempo para el silencio.
Mi reino es el del día siguiente. El de las sábanas revueltas y ella con su cuerpo de bisturí enredado en la cobija después de una noche de leprosos. Mi reino es el de los ojos abiertos que observan el techo después de una noche en la que no pudiste dormir. El de esta caída constante. El del miedo a levantarme y encarar la licuadora, la tostadora, la cafetera. Ella entreabre los ojos y me ve como si no estuviera ahí. Luego entierra el rostro en la almohada. Es otro de tus trofeos. La peor de mis jueces. Su frivolidad se ensaña con mi desamparo, mi terror al reloj que anuncia un Ferrari en una cochera. Un Ferrari en una calle suburbial. Un Ferrari entrando a un complejo deportivo, rodeado de cámaras, micrófonos y grabadoras. Siempre me ha parecido que hablas como un verdadero imbécil. Pero a los obreros y empleados de gobierno y profesores y empresarios y desempleados y asesinos y ladrones y secuestradores eso, eso, puta madre, les importa un carajo.
Pero aún nos encontramos en mi reino. En el reino del silencio. En el del desayuno equilibrado con la sección de deportes a un lado. Te tragas la crónica empalagosa y retórica. Dejo de tener hambre. Ella le pide a una indígena zapoteca una ensalada de frutas. Ella tiene una sesión de fotos en alguna parte. Ella tiene una sesión de gimnasio en alguna parte. Ella tiene una prueba de vestuario en alguna parte. Ella se irá a coger con algún modelo a alguna parte. Ella tiene que meterse coca para no comer en alguna parte. La observo desde ninguna parte. Porque mi reino no está en ninguna parte. Te quejas de las escasas menciones de tu nombre en la crónica. Ella responde al celular sin escucharte. Ella dice cosas como: adorado, cariño, I love you, chau. Tú la ves cansado de verla. ¿Te acuerdas de la boda? La viví como un sueño, tú, como la cima de algo. No supe de qué. No sé de qué. Te escucho asqueado de la forma en que te aferras a una posibilidad inexistente. Ella te ve con conmiseración. Ella piensa cosas como: patético, loser, perdedor. Yo no existo. Mi reino no existe. Mi miedo no existe. Para ella.
Ella se levanta de la mesa. La observo y creo recordar cuando estuve a punto de enamorarme. Pero te eligió, siempre te eligen, y empataron sus escaparates. Ella se aleja como si nunca fuera a regresar. Siempre tengo la sensación de que no va a regresar de ninguna parte. Le dedicas una mirada de soslayo mientras envidias el elogio a todo color que nunca es para ti. Mucho menos para mí. Tampoco existo para ellos.
Tomamos una ducha. Me arrastras a tomar una ducha que no quiero. Me gustaría regresar a la cama, a las sábanas de lino perfumadas, a la soledad de la cama. Y aspirar el calor que su cuerpo ha dejado, el aroma que su cuerpo ha dejado, el recuerdo tibio. Porque hay una memoria que has cancelado con tu vigor de atleta. Frente al espejo, sopesas una figura que ya anuncia ciertas fatalidades: un pellejo flácido, algo de grasa en la cintura, unas piernas menos flexibles. Sólo nosotros lo notamos. Sólo nosotros, en la intimidad del baño, lo sabemos. Es nuestro secreto. Pero yo quisiera regresar a la cama y volverme feto un rato. Arropado por la soledad sin un secreto entristecido. Arropado por la negación de lo que somos. Yo quisiera volver al lecho y que ella no sea una sombra resentida, sino unos brazos y unas piernas. No esas piernas torneadas e infinitas, vitrina de zapatos o vestidos en revistas que no leemos. Unas piernas con celulitis, con várices, de muslos abruptos, temblorosas, cómplices, modestas, de camisones largos, más gemelas de nuestras piernas que han perdido ese resorte poderoso: un aliento de dragón, una fanfarria inagotable. Volábamos hacia los álbumes, los diarios, los patrocinadores. Pero comencé a sentir esa noche indeleble en el alma. Este frío. ¿No los sientes? Vamos a la cama para dejar de temblar un rato. Para ser un oficinista gordo celebrando su cumpleaños en un teibol con un grupo de compañeros que se masturba fantaseando con mujeres como la nuestra. Vámonos al bar con un primo y un hermano y un sobrino, a ver cómo nuestro equipo lucha para salvarse del descenso. A verlo perder con la fidelidad de los resignados, a verlo ganar con la esperanza de mierda que nos distraiga de esta vida tan así. Vámonos a no tomarnos tan en serio a cualquier parte, carajo.
Ilustración: Rodrigo Ponce.
Pero me arrastras a la ducha. Me arrastras al Ferrari. Me arrastras a las calles que nos ven pasar envidiosas. Metes las marchas con violencia, como si quisieras arrancarle al asfalto la tibieza de la primavera que nos abandona. Ha habido otras ciudades. Hemos perdido la cuenta. Todas nos vieron pasar en un Ferrari. Atravesamos cientos de ciudades en un Ferrari y nunca nos detuvimos en ninguna.
Todas las ciudades son el mismo estadio y el mismo departamento de lujo. Al principio ella te pidió… luego te dijo que también tenía una carrera. Luego dejaron de decirse cualquier cosa. Dejó de hablarme y comenzó a verte desde ninguna parte. Los tres comenzamos a observarnos desde ninguna parte y nació esa sensación de estafa. Ella dejó de tener amigas y comenzó a tener esposas de desconocidos. Tú dejaste de tener amigos y comenzaste a tener mercenarios que a la siguiente temporada estaban en otra ciudad. ¿Y yo? Me hice sombra. Una sombra que planea esperando el momento de caer. Mientras tanto me arrastras por esta ciudad de panaderos y cantineros y contadores e ingenieros que cada dos semanas llenan el estadio. ¿Valdrá la pena un momento tan efímero? Tal vez fuera de él no hay nada.
También están los micrófonos agolpados en la entrada al pequeño estadio de esta ciudad sin maquillaje ni tacones, chata. Asomamos la cabeza por la ventanilla y sin dejar de rodar contestamos las preguntas con las mismas palabras de hace años. Pero siempre hay un listillo, un buscador de desgracias, un husmeador de miserias. Aceleras y desapareces tras el portón del estadio. No me engañas. Sé muy bien que la respuesta a esa pregunta la has aplazado. Que la respuesta a esa pregunta nació antes de que naciera la pregunta misma. Ahora sólo se trata de formulismo y carroña. No me engañas. No hay defensa. Nuestra casa es una pecera habitada por tres anguilas multicolores. La caída tampoco es pretexto. Empezó el mismo día en que apuntamos hacia la cumbre. Apenas un esbozo.
Ilustración: Rodrigo Ponce.
En los vestidores nos embozamos en el traje de faena. Son pocos los que bromean contigo: lo más parecido a una estrella en un equipo de jugadores rutilantes, de obreros del taquete. A ellos tampoco puedes engañarlos. No se engaña a la gente ante la que te desnudas dos veces al día. La mayoría son buenos muchachos, agradecidos de estar en ese equipo. Si los salvas del descenso (comentaristas, analistas y diletantes aumentan la presión), y si no los traspasan para capitalizar el club, endeudado en parte a causa de nuestra ficha, se sentirán felices de permanecer un año más en primera.
Al día siguiente del juego solemos distender los músculos, trotar con desgana, un punto intermedio entre dos intenciones, una indefinición deliciosa. Tocamos la pelota, visitamos al médico para el recuento de daños, al masajista, al fisioterapeuta que trata viejas lesiones. De vez en cuando, observo las gradas vacías y evoco el rugido. ¿No sientes el frío del clamor? ¿En qué piensas? Cuando abrazas el cuero y lo regresas con un movimiento ensayado, de jugador de boliche, a los pies del segundo entrenador. Cuando te recuestas a la derecha, a la izquierda, a la derecha, a la izquierda. ¿En qué piensas? Yo no puedo dejar de pensar en el rugido. El rugido que encierra veinte mil palabras inconexas que forman una sola. Una sola palabra que nunca hemos podido descifrar. Como si todos estos años hubiéramos perseguido falazmente su significado. ¿En qué piensas? ¿En la pregunta que te hizo el reportero? ¿En la respuesta? Una respuesta que no puede simplificarse. Tu vocabulario de rueda de prensa no alcanza a desentrañar el silencio que te abruma, al que aplazas con cada salida a alguna ciudad con un estadio que te insulta enardecido. Yo no puedo concentrarme en otra cosa que no sea alejar el miedo, mantenerlo a raya. ¿Te confieso algo ahora que la charla del entrenador señala las torpezas de este equipo comparsa? Tu incapacidad para responder es mi pequeño triunfo. El triunfo de mi silencio sobre el barullo de los dos o tres chiflados que esperan a la salida del entrenamiento para pedirte un autógrafo. Yo no he olvidado la primera foto que nos tomamos con un admirador. Demasiado rápido llegó esta obsesión de no poder llenar una foto y una firma malbaratada. Salimos desencajados, movidos, estábamos ahí pero no estábamos. Como si al momento de sacarla, algo nos distrajera, algo que estaba en ninguna parte.
El entrenamiento ha terminado.
Ella todavía no regresa a casa. La indígena zapoteca se marcha en cuanto llegamos. Una sombra sin lugar ni fecha de nacimiento. ¿A dónde se irá cada tarde, cuando el sol se oculta tras los cerros? Unos cerros artificiales en los que viven las sirvientas. Desde la ventana observo su cuerpo encogido caminar a la parada del camión. El crepúsculo lo baña de penumbra, parece un garabato. En la parada, ausculta la lejanía. Es una parada para sirvientas porque en este fraccionamiento todos tienen un coche o dos coches o tres coches. Dejo la ventana. Quieres revisar tu Twitter. Basura de admiradores. Insultos de fanáticos. Amenazas. Publicidad. Tu representante, que se encuentra en otra ciudad, te anuncia el interés de un equipo de Catar. ¿Es un país?, te preguntas. ¿Existe? Tu representante puede inventar geografías de ser necesario. Ponemos música. Vamos a la sala. Tomamos el mando del Xbox. Jugamos StarTrek, jugamos Marvel Ultimate Alliance, jugamos Borderlands. Matamos muchos zombies. Con saña. Cientos de zombies. Tienes un mensaje en el celular. Es ella. El mensaje dice: “Terminará tarde la sesión, cena sin mí. Besos”.
Abrimos el refrigerador. No tengo hambre. Nos quedamos parados en medio de la cocina. Todas las cocinas de los últimos años se parecen. Tienen esos tonos metálicos que invitan a no usarlas. Extraes el celular de tu bolsillo. No lo hagas. No marques esta vez. Vayamos a la cama, pongamos una película de acción y durmámonos a la mitad. Sé que no quieres estar en casa cuando regrese. Te contesta. Se ponen de acuerdo. Cenaremos en su casa. Nos detendremos en el restaurante de sushi y pediremos para llevar. Nos reconocerá el mesero. Nos solicitará un autógrafo. Tal vez, puede que no. Puede que te desee suerte para el sábado. Puede que no. Llegaremos al departamento lujoso a las afueras de la ciudad. Te recibirá en un camisón vaporoso, con encajes, transparente. Te tenderás en la cama. Te dará un masaje mientras te miente sobre el partido de ayer. No lo vio. Igual dirá que estuviste fabuloso. Luego te mamará la verga. Mientras la montas, te mirarás en el espejo y encontrarás mis ojos. Te dará vértigo. Sentirás apenas el frío, la oscuridad como una ola devastadora que quiere romper el cristal. Dejarás de observarte en el espejo y te concentrarás en tu miembro entrando y saliendo de la mujer. Eyacularás. Te tomará unos segundos recuperar el aliento. Cruzarán algunas palabras. Nos preguntará sobre el partido del sábado. Crucial. De reojo, volverás a mirar al espejo y en mis pupilas reconocerás la ola creciente. Querré decirle a la mujer que aún no descifro la palabra que pronuncia el rugido. Pero no le pagas para eso. Dirás que vamos a ganar. Te dirá que contigo de portero no podemos perder. Sabrás que es hora de llenar el cheque y abandonar el departamento precioso, de peluches y lladrós y retratos pop art. En el celular descubriremos una llamada perdida de ella. No sentiremos culpa. Sólo un atisbo de tristeza, una punzada que podrás confundir con el hambre que ahora sí tenemos.
Ilustración: Rodrigo Ponce.
Ella apaga la tele de la habitación en cuanto entramos a la casa. Luego el silencio. Vamos al cuarto. Su cuerpo es un bulto delicado, apenas una estela, un enigma vacío sobre la cama. Me acerco a su lado. El derecho. De entre la maraña de cabellos surge su nariz rectilínea, un poco más larga que la mayoría de las narices. Tiene los ojos cerrados con esa tensión de quien no duerme. Intento besarla. Tal vez encuentre ahí la palabra, perdida en su comisura perfecta. Ella esquiva mis labios simulando un movimiento del sueño que no es sueño: una extrañeza. Con el movimiento se desprende de su piel un olor que se confunde con el olor de la puta de lujo que acabamos de tirarnos. Te diriges al baño, orinas, te limpias el pene que huele a coño y a Channel. Te lavas los dientes. Enfrentas de nuevo el espejo, idéntico al del departamento de la mujer cuyo coño huele a Channel. Idéntico al del hotel donde nos hospedaremos dentro de unos días. Detrás de esos ojos cafés se agazapan innumerables palabras que hemos pronunciado a lo largo de estos años. Y reconoces, después de mucho rato, cuando la espuma de la pasta de dientes ha pintado tu boca como la de un payaso, que jamás podrás entender esa otra palabra, la que pronuncia el rugido. Y cedes al miedo, que no huele a Channel. Su olor es el de la tierra húmeda y profunda.
Apareces tras el brazo tuyo tatuadoUna calavera en un corazón en tu brazoA rape oculta lacabeza rodeada por el brazo (antebrazo) (caracol)(codo) La construcciónde tu identidadtapa tu rostroy prescindes de nombre estás (eres)afuera (saliste) bañado de luz para revelar porosassombras (no han sido fáciles estos años) (nosencillas estas tus cicatrices) Tu posede lagartija en la grieta del muro ocultase manifiesta (por la luz sale)cubierto de referentes
Historias de cronopios y de famas es un libro tetrágono o tetrápodo y sus cuato caras o pies son “Manual de instrucciones”, “Ocupaciones raras”, “Material plástico” y la homónima “Historias de cronopios y de famas”. Aunque es la última parte la que da nombre al volumen, y es ahí donde tienen su residencia esos personajes que son como el buque insignia del bestiario de Cortázar, los textos mejor recordados se encuentran en la primera. Desde el hallazgo inicial con sus lectores, “Instrucciones” para llorar, para subir una escalera y para dar cuerda al reloj, se develaron como lo que realmente son: instrucciones para ver el mundo de otra forma; para vivir de otra forma. Cincuenta años después, quisimos repetir la experiencia de juego y reconfiguración donde siete jóvenes escritores y cuatro brillantes ilustradores —Juanjo Güitrón, Alejandro Magallanes, Nuria Meléndez y Yair Orozco— nos entregaran un texto-instrucción.
INSTRUCCIONES PARA BLANQUEARSE LOS DIENTES
Xitlalitl Rodríguez Mendoza
Queme una tortilla. Tire la tele desde la azotea, quiebre las sillas, embroque el refrigerador. Contra el portón. Nadie entra, nadie sale. Recolecte sus objetos favoritos, los distinguirá por ser esos que esconde en una caja o en el bolsillo de su memoria a corto plazo: un pasador sin cabezas de goma con un pajarito de hielo seco, un soldado de plástico (mordido) o una envoltura de chicle doblada ocho veces. Envuélvalos en un periódico y préndales fuego bajo la cama. Llore tanto y tan lastimeramente como le sea posible (lea “Instrucciones para llorar” de Julio Cortázar) y preste mayor atención a la hora de pensar en cosas tristísimas como en un crudo con tres pies o en la tumba de Tristan Tzara. Diríjase al cuarto de baño. Tome la tortilla carbonizada y métasela a la boca. Con un cepillo de dientes cuyo uso es restringido para limpiar zapatos, talle sus encías. Ahora los molares, los caninos y la lengua. Mire su boca frente al espejo. Ahogue la primera arcada. Talle de nuevo y diga AAAAHHHHHH. Piense en su madre muerta. Tírese al suelo y escupa. Enjuague si le es posible. Sonría para comprobar cuán blanca es su dentadura ahora.
INSTRUCCIONES PARA CALCINAR EL UNIVERSO
Rafael Toriz
Lo primero que debe desterrarse es la esperanza; suele ser reacia y perentoria, es cierto, pero para cortarla de tajo basta inspirarse en la variopinta gama de hijos de puta que señorean el mundo: insidiosos, asesinos, perdularios. Con un machetazo seco sobre la nuca será más que suficiente.
Acto seguido se recomienda lustrar las palabras de los amantes con betún para calzado, gasolina blanca o alcohol de curación. Es necesario tallarlas a conciencia y dejarlas brillantísimas, casi hasta la transparencia. El fuego arde mejor cuando deja pasar el aire.
Es importante ahogar la memoria en un pozo de rencores y luego rociarlo con chapopote, para que diluya la espesura de las alegrías verdaderas y ese vaho nostálgico tan característico del paso del tiempo, narcótico como el opio. No se ande con timideces y utilice el cucharón.
Escarche sobre el deseo, a la manera del orégano sobre el pozole, los dolores de parto, la banalidad de la traición y la sutileza del desprecio. Piense en la soledad de los cronopios y los niños tuertos.
Por último esculpa una guirnalda de fuego, de la forma de poema y no se lamente en absoluto: desde hace varios años nadie mira las estrellas.
INSTRUCCIONES PARA SOSTENER A UN GATO
Marina Azahua
Para sostener a un gato uno debe primero temerle y después atraparlo. No se recomienda aproximarse al gato de frente durante estos procedimientos. El gesto de captura debe trazar una trayectoria curva en el espacio. Desde el punto de vista del felino, la mano ceñidora deberá sorprender a la manera de un trascabo dirigido desde el cielo. Sostener a un gato tiene todo que ver con la parte delantera del gato, y nada que ver con la trasera, por lo que se recomienda desprender la parte posterior del gato una vez que se le haya atrapado.
Si se elige cargar al gato bajo el brazo se deberá aplicar la misma presión que se daría a una bolsa de papel de estraza llena de huevos, transportada de esta forma, mientras se viaja en motocicleta. Si se sostiene sobre las piernas, se le deberá asir como a un jarrón delicado, arropando su orilla más táctil con la curva oculta de los dedos. El gato debe ser una elongación del brazo que lo sostiene: sus bigotes moviéndose con el ritmo de nuestros dedos, sus orejas emulando el puente de la mano. Acariciando su barbilla se podrá descubrir la fijación particular del gato en cuestión, del mismo modo en que se descubre una moneda en el fondo de un sillón, al sumir la mano en el acojinado por accidente, mientras uno se masturba.
Ante todo, se deberá tratar al gato como a un igual. Es apropiado dirigirse a éste por su nombre y apellido, tanto mejor si comparte alias con algún filósofo perseguido. Mire al gato a los ojos y a la altura de los bigotes. Si se desea, se puede realizar este juego de miradas con una ventana de por medio. El gato así se sentirá superior, la más cómoda de sus posiciones, y nos podrá observar como a un pez en un globo de vidrio, conmiserándonos. Dado el instinto inquebrantable de los gatos por identificar a los imbéciles, se advierte que el encuentro puede resultar perjudicial para la autoestima.
INSTRUCCIONES PARA REVOLVER
Gabriela Jáuregui
Vuélvete baile. Baila hasta alterar el buen orden y la disposición de las cosas. Vuélvete baile puro. Sé un ventarrón que aviente las cenizas del cigarro desde el cenicero hasta el vaso de agua. Causa disturbios —en el orden establecido, en una relación, en la cocina, en la clase, en la leche condensada al fondo del vaso de tu café vietnamita bien cargado. Enreda los hilos, las agujetas de los zapatos del amigo que se quedó dormido, las palabras que salen de tu boca. Que se te revuelva el estómago hasta volver. Como la canción que pusisteen el estéreo para empezar este revoltijo, esa que se repite, mariachi mareador, con sus versos de volver, volver, volver. O sea: revolver, ¿no? O como aquella otra que revuelve todo, la disposición de los cuerpos en el espacio, y sobre todo la de los culos en relación a los cuerpos, que menea, y menea, pues: la batidora. A batirla, entonces. Regarla. Con ganas. O la otra, mucho más vieja y más argentina que da vuelta y vuelta (re vuelta, ché) en el tocadiscos, y cantando que “veinte años no es nada”: la de Gardel, quien vuelve una y otra vez con la frente marchita. Sigue: los pasos tangueros y los sentimientos enmarañados en un ocho o elipsis que parece imitar el recorrido de los astros. Esos astros que cuando logran su trascurso por el espacio revuelven a su lugar de origen que, sin embargo, no es el caos primigenio. Mezcla colores, para crear otros (una tinta indeleble no es insoluble, ¿o sí?); mezcla razas, para crear mestizos (matiza y mestiza). Mezclar música o tragos en una fiesta no es lo mismo que revolver. Eso nunca. Confunde. Regresa al enredo. Reanuda los hilos de la trama: espesa, que no es lo mismo que espera. A veces la espera inquieta, preocupa, mueve, angustia, obsesiona, intranquiliza, desvela y revela. Inquieta, entonces: si un astro revuelve pero por algo se sale micromilimétricamente de su eje, todo se inquieta. En la ciudad todos los animales están inquietos. Revolución: revuelto hasta el asco el estómago ante la situación. Levántate en armas (¿revólver?), que es lo opuesto a estarte quieto: movimiento, ruido, despierta. Pero las sábanas están revueltas. Nos envuelven.Como la ciudad. Disturba. Sé como las cenizas de todos nuestros muertos que revientan con revuelo contra la cara del orden público. Borrasca de basura y huesos, el tiempo está revuelto. Y, dale con que veinte años no es nada… Haz música contra las paredes de un vaso de vidrio. Despierta. Llama la atención. Interpela. Sacude. Agita. Para revolver, primero vuélvete cuchara.
INSTRUCCIONES PARA DESPERTAR
Fabián Gutiérrez
Para despertar no es necesario estar dormido, pues diversos eruditos han comprobado que todo ser vivo yace debajo, por lo menos, de diecisiete capas de sueño.
El primer paso consiste en ponerse lo más serio posible. Ya sea que uno esté en una pesadilla o que la esté pasando de maravilla, dejar la mirada fija en algún objeto decorativo y entrecerrar los ojos suele ayudar a este respecto. Ahora piense en algo terrible: el timbre del teléfono del trabajo, los pagos que no ha realizado, la revolución que alguien necesita comenzar, el monótono acto del diario, tan fingido como necesario. Estos pensamientos serán su compás, el hilo de su laberinto onírico, pues seguro alguno de ellos es la razón por la que debe despertar. Ahora, sacúdase mientras grita algo dramático: “¡jamás aceptaré tu imposición, canalla!”, funciona a la perfección. Inmediatamente haga un movimiento circular con brazos y piernas, como si pedaleara una bicicleta. Esto es de vital importancia, pues asustará a las palomillas de Santa Lázara, las responsables de introducir objetos azules a nuestros sueños. Alejadas éstas, se llevarán consigo su tela de sombras. Poco a poco verá cómo la luz quema su retina, su piel, y listo, usted ha despertado.
Limpie el sudor de su frente e incorpórese lo más rápido posible. El dolor corporal es normal y las náuseas suelen ser ocasionadas por aquello que desde un principio provocó el sueño.
Nota: Quedan bajo la responsabilidad del usuario las consecuencias que el hecho de despertar conlleve. Recuerde que el estado natural del ser humano es el sueño y cualquier desviación de este propósito primigenio es tan peligrosa como aberrante. Uno se despierta siempre con hambre, ganas de orinar, entumecimiento, resequedad. En esta etapa, lo mejor es tratar de no regresar más a dormir, sería ridículo siquiera intentarlo —como un bebé tratando de tocar el harpa o un gato mojado—. Lo recomendable para lidiar con este trauma es despertar soltando golpes y patadas a diestra y siniestra. Piense: si se vio obligado a despertar, muy probablemente se deba a que usted está en peligro, pues ¿qué otra razón podría ser válida para alejarnos del sueño? Si, por suerte, usted posee un cónyuge, es lícito pensar que sea ésta la razón de su desvelo. Discúlpese por los golpes, y saboréelos en silencio, mientras se dirige al baño a orinar los huevecillos de palomilla de Santa Lázara que tragó durante el sueño.
INSTRUCCIONES PARA SALUDAR A LA MUERTE
Brenda Lozano
Un coro de científicos dice que vivir en México ayuda. Un trío de palabras diario le canta al pie de su periódico: violencia, migrantes, feminicidios. Sesenta mil muertos en seis años. La regla de tres es inclusiva en México. Niños, jóvenes y adultos. Aquí siempre es temporada de papel picado. Un, dos, tres por mí. No tan rápido, no hay escapatoria. Hay poesía. Muerte-sinfin- la-historia-sin-fin. Y hay prosa muerta. Es uno de los géneros que fundó mi madre. Le regalé Pedro Páramo de cumpleaños. Mamá me llamó por teléfono y me dijo: “ay, mi amor, otra novela en la que hablan los muertos”. Los muertos no se callan, dicen los murmullos. Es por eso que abro las líneas. ¿Me oyes bien? Soy tu abuelo. No te conté esto. Cuando nació tu hermano, le dije a tus jóvenes padres ese niño está tan feo que sólo lo van a poder sacar de noche. “¿Te acuerdas lo que te dije en el velorio de tu abuela?” Yo no me voy a morir si una de mis nietas se presenta así de despeinada en Gayosso. Y fueron, tan bien peinaditos los dos, esa noche.
Las palabras nos recuerdan a dónde vamos.
Ensaye. Tírese de espaldas en la cama como en el pasto. Escuche con atención el zumbidodel refrigerador, dedíquele el mismo tiempo que a una noche estrellada. No se quede con ganas de hacer una maqueta del mar. No olvide nada en el vaso. No le tema jamás a una tormenta. Diga tres veces no hay nada como el paraguas. Que lo despierte la lluvia al menos treinta noches. Haga un pronóstico del tiempo de su departamento. Recuerde el árbol, al fondo del jardín, ese sonido que lo arrullaba cuando niño. La copa del árbol agitándose, el mismo ir y venir de las olas rompiendo. Cante la canción que cantaba, a los siete años, bajo el agua.
Ensaye.
Busque algo que represente a la muerte. Un hombre en una plaza es ideal. Un hombre disfrazado de la muerte es mejor. La muerte, más parecida a un travesti del 33 que a la muerte de Bergman. Vestida de negro. Envuelta en una capa negra de lentejuelas. Brillante. En zancos. Altísima. Recargada sobre un faro en el centro de la plaza. Un frasco a sus pies para las monedas. Ahora se ven de frente. Un esqueleto, la máscara de hule, los huesos blancos. En la mano tiene una copa llena de papelitos. Una copa chocomilkera. Tome unas monedas, diez pesos, échelos al frasco. La muerte ondea tres veces su capa de lentejuelas, le ofrece, la copa: un papelito. Tómelo. Le intriga la frase que, pacientemente, le ha esperado todo este tiempo. Agite la mano, los huesos de hule. Despídase como si saludara. Ensaye. ¿Qué le dice la muerte en este instante? Desdoble el papel ahora.
INSTRUCCIONES PARA ACERCARSE A LOS FANTASMAS
Majo Ramírez
Debes entender que a los aparecidos no se les habla, se les escucha. Ignora el consejo que recomienda pedirle amablemente a los fantasmas que se vayan, que no hay nada que tú puedas darles. Tienes todo lo que ellos quieren: el furor, la sed, las punzadas que durante la madrugada te hacen temer a la muerte, los labios de ella, esa mirada descuidada que te hace querer lamer la orilla de su cuerpo, la rabia, el hambre, la fatiga, la posible satisfacción de la venganza.
Dirígete a una construcción vieja, una hacienda, un edificio de gobierno, un museo, la casa de tus ancestros o a las cercanías de alguna plaza pública que en su historial cuente con derramamiento de sangre (todas sirven). En algunos casos, la casa en la que uno creció es suficiente. Es importante que lo hagas pasadas las seis de la tarde. Es fundamental la lluvia. Los fantasmas sienten fascinación por los relámpagos, consideran que su espontaneidad les devuelve un poco de todo aquello que han perdido, por eso cuando los rayos caen se les ve entre los muebles, cerca de columnas o ventanas. Después, cuando se escuchan los chasquidos y los truenos, prefieren esconderse, pues detestan el ruido. Los fantasmas son siempre sigilosos, la muerte les ha provocado una intensa devoción por el silencio. Por eso, cuando vienen, se escuchan leves estertores, crujidos de muebles, apenas algunas pisadas que se aproximan. Quieren acercarse sin hacer ruido, sin molestar, pero la invisibilidad constante de sus cuerpos los ha hecho torpes y vendrán tropezando con todo.
Como a los gatos, a los fantasmas les gusta ver llover. Cada gota, cada acumulación de agua que se escurre, atrapa su atención. La lluvia hace que los fantasmas tengan la intuición de que hay algo que han olvidado, no saben qué, por eso pueden pasarse horas bajo la tormenta tratando de recordar. Si eres paciente, sabrás esperar a que amaine el agua. Te irás a acostar con la luz apagada y fingirás un sueño profundo. También puedes hacerlo con los ojos abiertos, pero es necesario que permanezcas quieto y que el ritmo de tu respiración sea regular. Uno de ellos vendrá, se sentará cerca de ti e intentará contarte algo; te hablará en voz muy baja acerca de eso que parece un recuerdo desdibujado, una sensación para la que no existen adjetivos. Alguno que otro lo entenderá brevemente. Por un instante vendrán otra vez a él el temblor y la rabia, a algunos los invadirá de nuevo la locura que los devoró en vida. Será entonces que volverán sobre sus pasos en la oscuridad, con calma.
Así regresan los fantasmas al lugar donde el olvido es blanco. Tal vez alguno se detenga a mirarte un momento, con infinita compasión.
Ablandado el ladrillo, la mujer de ensueño desfila descaradamente frente a las esferas verdes del deseo más inocente, al filo de la sombra de los famas. Las polillas erizadas en la punta del lápiz impiden que el escritor común intente sellar el instante con definiciones precisas, aunque hay un eco de posible explicación en la punta de sus bigotes: Julio Cortázar, argonauta intemporal, se divertía con cada una de las letras que hilaba para convertirlas en palabras y, cuaderno tras cuaderno, parecía decirse en voz baja lo que hoy escuchamos a gritos; Julio Cortázar grita en medio del silencio multicolor que se vale jugar con la tipografía y con las sílabas, con todos los pliegues de la imaginación y con cada canal de eso que llaman literatura que no NO no no es la rígida cuadrícula inamovible de los viejos con corbata de moño y almidón en las pestañas, sino el delicioso reino de la mantequilla verde sobre el páramo intocable del papel que hoy se mueve en pantalla azul.
Agrego que tengo la misma edad de la primera publicación de la obra indispensable donde Cortázar presentó en tercera y cuarta dimensión las andanzas, sabores y salivas de esperanzas, famas y cronopios y tengo para mí que entiendo cada pliegue de sus formas hermosas por visualizar cada línea de su prosa con el exacto colorido del Submarino Amarillo, Blue Meanies en persecución de una inmensa nariz que forma las palabras que se necesitan para que palpite un corazón solitario… o para enrollarle las persianas al emperador que se avergüenza de sí mismo al no encontrar la llave de la casa donde mira su figura buscando la llave en el corazón de una panera y todo esto lo canta en el cotolengo de Santa Eduviges como si fuese el celestial jurado de un examen que quiso ser oral: hubo quienes vimos en persona al gigante Cortázar en la librería El Parnaso de Coyoacán un feliz ayer en que yo apenas le amilanaba el noema a una novia anónima que aún faltaban lustros para conocerla de piernas tan blancas que parecen hielo y constan en actas los nervios, los berros, las ansias y el ojo del ajo con el que hubimos quienes tuvimos el Baldor (y no valor) de acercarnos al hombre que parecía adolescente y declararle la deuda infinita de admiración y gratitud que hoy se vuelve ola de colores y palabras, todas las sílabas congeladas sobre las aceras de un París lluvioso que en realidad es el Buenos Aires que todos llevamos dentro… para que nadie olvide que no todos los cronopios son entrañables e infalibles, así como no todas las esperanzas fardan la limpieza estrecha del arquetipo ideal de su propia cucaracha, y finalmente o por lo mismo, no todos los famas son siniestros.
Sin conocer Italia procuro todos los atardeceres de octubre seguir las instrucciones para matar hormigas en Roma y, en silencio, transcurren las madrugadas sucesivas en que me deleito entendiendo al menos tres pinturas famosas. He seguido a pie juntillas las instrucciones para de veras tener miedo y el intento de bailar con famas; hago de cuenta que conozco la alegría del cronopio en general y sigo el camino amarillo de la relectura, incluso cuando la musa de pelo rojo y piernas blancas se ríe ante la música callada de la mejor literatura, la que escribe un tal Julio Cortázar todos los días que lo releo… y que lloro de vez en cuando la increíble mentira de su ausencia.