Este 2 de octubre el poeta y traductor Guillermo Fernández cumpliría 80 años. En el mes de marzo fue cruelmente asesinado. A meses de este hecho que nos deja sin el traductor del italiano más importante en lengua castellana, Héctor Orestes Aguilar, Vicente Quirarte, Sergio Téllez-Pon, Amelia Suárez y Luis Armenta Malpica construyen un retrato colectivo del autor de Arca. Aquí, Hernán Bravo Varela nos ofrece una antología de poetas italianos traducidos por Fernández, sus autores admirados y queridos tanto como sus amigos que ahora lo recuerdan.
Joven entre los jóvenes
Trazas de Guillermo Fernández
HÉCTOR ORESTES AGUILAR
Durante años, el poeta Guillermo Fernández encabezó una tertulia sabatina en un café de la Colonia Roma. Decenas de autores desfilaron por esa mesa. Héctor Orestes Aguilar fue uno de los muchos jóvenes que por ahí pasaron. Ahora nos comparte algunos recuerdos de esas conversaciones con Guillermo.
La amistad entre los escritores suele ser laboriosa. Puede darse cabal y desinteresada, pero con mucha frecuencia resulta una serie de componendas, reciprocidades calculadas y alianzas temporales. Con Guillermo Fernández esto era imposible. Él era solidaridad espontánea, lealtad a toda prueba; una generosidad desconocida.
A sus relaciones personales nunca antepuso, como casi todos los que se ven a sí mismos como autores, una coraza egocéntrica. Jamás trató a sus interlocutores con arrogancia, distancia o superioridad. Estaba curado de los complejos que nutren la pomposidad y el engolamiento de las divas literarias. Tal vez tenía otras extravagancias y zonas oscuras pero era incapaz de irradiar el mínimo aliento de mezquindad.
Fue mordaz, imprevisible y provocador. En parte porque no acostumbraba a decir las cosas a tres bandas, en parte porque cuando sí lo hacía su tino era infalible: daba en el centro del blanco y dejaba mudo a quien lo escuchaba. Espetarles a ciertos políticos “tolucenses”, como les decía, que se había mudado a la capital del Estado de México porque esa ciudad le recordaba a Florencia —“una es parejamente horrible, la otra parejamente bella”, explicaba para sus adentros y a sus íntimos Guillermo— es buen ejemplo de su puntería.
Italia pierde muchísimo con la desaparición física de Guillermo Fernández. Deberán pasar años para que alguien pueda ocupar su lugar como el gran multiplicador de la cultura literaria italiana en lengua española. Lo que nosotros perdemos es imposible de cuantificar. No poder volver a verlo es un sentimiento devastador. Provoca una sensación que te parte en pedazos. Sientes algo cercano a un cercenamiento, como si te hubieran despojado de algo que te pertenecía de forma entrañable. Él nos dio a todos una clase de afecto festivo, de respeto y cariño fraternal que no volveremos a encontrar.
En la primera imagen del libro de fotos Los conjurados (1990), que reúne retratos de cincuenta y un autores mexicanos por Alberto Tovalín, aparece un grupo de jóvenes nacidos en los años sesenta: Jorge Fernández Granados, Omar Ocampo, Ignacio Padilla, Pedro Guzmán, Roxana Elvridge-Thomas, Ernesto Lumbreras, Enzia Verduchi, Rosa Lira Saade y Mario González Suárez. Entre ellos está Guillermo.
Aunque para entonces tenía cincuenta y ocho años de edad, era un estricto contemporáneo de los demás. Algo en él (temperamento, actitud vital, espíritu de ligereza) lo empataba con quienes eran casi tres decenios menores. Todos los escritores de mi generación sabíamos que le debíamos el trato de un mayor, a mí me costó años dejarle de hablar de usted —cosa que públicamente me reclamaba pero que en el fondo siempre le gustó, yo era de los pocos que le mostraba esa “distancia reverencial”—, pero al tiempo que estábamos conscientes de su precedencia, de su magisterio diverso (gastronómico, futbolístico, traductológico, poético, publicitario y musical, en cualquier orden), era difícil sustraerse a la idea de que para todos nosotros era un cómplice por igual. El compinche que sabía entusiasmarse por los “versitos” de uno, por los hallazgos en la lectura de otro, por las audacias en la prosa de un tercero; el que tenía la admonición justa ante los excesos y los yerros de nuestra inmadurez. El poseedor para mí envidiable de la primera traducción de El barón Bagge de Alexander Lernet-Holenia, en una diminuta edición de la revista argentina Sur.
Guillermo Fernández es el joven que se queda dormido a cielo abierto en las ruinas de Pompeya hasta que los carabineros lo arrestan y el Embajador mexicano en Italia debe llamar para reclamar su liberación con el único argumento posible: déjenlo salir, es un poeta. Es el joven traductor que se atreve a corregirle, en italiano, el final de un célebre poema a Salvatore Quasimodo, ganándose la adusta y paternal aprobación del Premio Nobel. Es el copy de los cientos de slogans publicitarios para prensa, radio e incluso televisión. Es el poeta de culto capaz de ganarse la admiración salvaje de un pintor puro corazón como Vicente Gandía, quien navega una tarde de Cuernavaca a Metepec para asistir a un homenaje a Guillermo y regalarle su bufanda en prueba de hermandad y tributo intelectual. Es el escritor de edad madura y cierta fama que de repente, en una fiesta en casa de Gandía, por cierto, se topa con su Doppelgänger y después de escrutarlo de cerca sólo acierta a decirle: “Tú eres Cordera, ¿verdad?”, que bien es correspondido por Rolando con un: “Y tú eres Fernández, ¿no?”, (compárense fotos de ambos de hace quince años). Fernández es también el joven que huye de las represalias del 68 jalisciense para esconderse en Yucatán, donde entrenará a un equipo de futbol y nos enseñará todos los recursos en su haber (que no fueron pocos, era un verdadero costal de mañas para faulear); es el impulsor de la hermosa colección literaria La Canción de la Tierra, fraguada durante más de quince años; es el traductor de los aforismos de Francesco Guicciardini que una tarde, inopinadamente, recibe una larga llamada telefónica de Carlos Monsiváis felicitándolo por sus versiones a esas sentencias cruciales, comparables a los mejores momentos de Maquiavelo.
Sindudamente, Guillermo Fernández sobrevive para nosotros como todos esos episodios de su biografía real y su intensa leyenda. Es un puñado de libros de poesía que escoltarán nuestras noches y es cientos, miles de páginas de literatura italiana vertidas a nuestra lengua. Es un manantial de recuerdos y enseñanzas. Es el mejor amigo que me espera entre mis muertos.
Epitafio para Guillermo Fernández
VICENTE QUIRARTE
Vicente Quirarte leyó este texto en un homenaje dedicado a Guillermo Fernández. En él habla de la amistad, la generosidad y el dolor ante la pérdida de este poeta.
Pero recordadle cuando
tengáis puentes de concreto,
grandes turbinas,
tractores, plateados graneros,
buenos gobiernos.
“Epitafio por Joaquín Pasos”, Ernesto Cardenal
“¿Oyen los muertos lo que los vivos dicen de ellos? / Ojalá nada oigan: ha de ser un alivio ese silencio interminable / para aquellos que vivieron por la palabra y murieron por ella”, escribió Luis Cernuda. Guillermo fue la única persona que en 1963 veló toda la noche el cuerpo del poeta sevillano. Alguien de quienes acompañaron al de nuestro amigo la noche del 2 al 3 de abril de 2012 tuvo la afortunada idea de colocar ante su ataúd un ejemplar de La realidad y el deseo, muy deshojado, con huellas de múltiples combates. Hay en ese libro muchas palabras queridas, hechas suyas, por Guillermo. Porque era tan semejante a Cernuda en su feroz lealtad a sus principios, en su entrega incondicional a la palabra y su crítica al impostor o al mal enmascarado, es justo traer a la memoria algunos de sus versos. Por ejemplo, la estrofa final de “A un poeta futuro”:
Yo sé que sentirás mi voz llegarte,
No de la letra vieja, mas del fondo
Vivo en tu entraña, con un afán sin nombre
Que tú dominarás. Escúchame y comprende.
En sus limbos mi alma quizá recuerde algo,
Y entonces en ti mismo mis sueños y deseos
Tendrán razón al fin, y abren vivido.
Alguna vez Guillermo, Raúl Renán, Francisco Hernández y yo leímos los versos anteriores frente a la aburrida tumba de Cernuda en el Panteón Jardín. Y digo aburrida no porque la última casa de un poeta deba ser suntuosa sino porque la de Cernuda no parece la tumba de un poeta. Casi en ruinas a través de los años, sólo en fecha reciente ha sido restaurada, pero mantiene su aspecto hierático, uniforme. En descargo, siempre hay el homenaje de su ignorado devoto es que lleva una flor violeta. Qué decir de la infamia cometida con el cuerpo de Baudelaire, enterradojunto a su padrastro, que le arruinó la vida, en el cementerio de Montparnasse.
El 2 de octubre Guillermo Fernández cumple ochenta años. Cuando estas palabras aparezcan publicadas, si hemos sido fieles a lo que prometimos, estará colocada en su tumba en el cementerio de Toluca una lápida que contenga un epitafio, para que nuestro poeta tenga un sepulcro que lo identifique y nos permita seguir hablando con él. Ignacio Padilla lanzó un mensaje en Twitter que decía, como adiós y epitafio en el ciberespacio: “Porque tú fuiste Bruno Bianco y por ti fuimos Bruno Bianco”. Los iniciados en ese heterónimo fernandino que llegó a tener más vida que él, conocen los numerosos senderos latentes en las palabras de Padilla. Gracias a esa criatura nacida de la pasión de Guillermo y los cofrades que entendieron la necesidad de darle voz y cuerpo a un ser paradójicamente inaprehensible, Bruno Bianco le sobrevive y seguirá dando la batalla.
Alguien que dedicó uno de sus libros “A todos lo chimpancés pasados, presentes y futuros” y que se burlaba como nadie de la solemnidad, fue de los más fieles a la idea de que el poeta debe ser la mala conciencia de su tiempo. Cada uno de nosotros tiene su personal anécdota sobre ese ser juguetón y desacralizador que no tenía misericordia con nosotros precisamente porque era el más misericordioso de los seres. Tal vez por eso uno de sus posibles epitafios puede surgir, como sugirió Hernán Bravo Varela, de los propios versos de Guillermo:
Yo soy el niño más pequeño,
El polizón de la luz
En los jardines de tu casa.
El vecino sin nombre del mundo.
O este otro, que da final al bello prólogo de Jorge Esquinca que antecede a Arca, poesía reunida de Guillermo que en 2010 editó el gobierno de Jalisco:
Que nada cante más allá ni más acá de la vida.
Nunca quiso ser un ciudadano útil a la sociedad pero fue un trabajador incansable. Si, como él dijo al poeta Víctor Ortiz en una entrevista, al traducir encontró una tabla de salvación en su personal naufragio, en el silencio que parecía querer ahogarlo, trabajaba con disciplina y eficacia de obrero y no permitía que nada ni nadie lo interrumpiera. Sin embargo, en sus últimos años regresó a la poesía personal, cada vez más breve, antirretórica y seca. Cada vez más alta y diferente a lo que había escrito antes.
En 1985, el terremoto nos expulsó del bello edificio conocido como Casa de la Brujas en nuestra amada y castigada Colonia Roma. Cuando en esos días de confusión y dolor, de duelo colectivo, el ejército avisó que iba a acordonar la zona y que podíamos entrar a nuestras casas a recoger rápidamente lo que pudiéramos, Guillermo eligió un pequeño óleo del volcán Popocatépetl y una flor enmarcada recogida de la tumba de Rainer María Rilke. Emigró de la ciudad de México pero supo encontrar una nueva familia por elección en tierra mexiquense. Tal vez por eso el dolor de su despedida fue aliviado por la enorme cantidad de gente que ahí estuvo, por los espontáneos que leyeron poemas para despedirlo en su velorio previo, que tuvo lugar en el espacio donde impartía su taller. Él, que se decía misógino pero que una vez aceptada una mujer en sus afectos la amaba sin condiciones, tuvo en poetas y periodistas a sus más auténticas lloradoras. Sus huérfanos, los integrantes del taller de poesía, se organizaron para pagar su funeral.
Ante su tumba le prometieron que dentro de siete años, cuando sea posible exhumarlo, se cumplirá su voluntad: ser cremado y que sus cenizas sean dispersadas en el Nevado de Toluca, su espacio predilecto de peregrinación, el cual mostraba con orgullo a los visitantes como si fuera de su propiedad, porque era de su propiedad. Callado, blanco y flotante, el volcán fue testigo, al fondo del cementerio, del compromiso que la poeta Blanca Ocampo formuló en voz alta: “ya falta poco, Guillermo”.
Con su vehemencia habitual, Guillermo nos habló varias veces de su visita a la tumba de John Keats en el cementerio protestante de Roma. No se consigna en ella el nombre de autor de “Oda a una urna griega” pero sí estas palabras elocuentes con las que terminan las mías y que pueden darnos la pauta para el epitafio que hubiera deseado Guillermo Fernández: “Aquí yace todo cuanto fue mortal de un joven poeta inglés que, ante el malvado poder de sus enemigos, deseó que estas palabras se inscribieran en su lápida: Aquí yace uno cuyo nombre estuvo escrito en el agua”.
El corazón diabólico
SERGIO TÉLLEZ-PON
Guillermo Fernández siempre se refería a los poetas que admiraba como “el maestrín”; por ejemplo, decía: “san Juan de la Cruz… ¡el maestrín!” o “el maestrín Cernuda” o “el maestrín Luzi” o “Ah, el maestrín Gamoneda”. El eufemismo que heredó de Pellicer podía sonar despectivo a quien no conociera su puntilloso sentido del humor pero en realidad era una forma íntima y cariñosa de llamarles. Esto porque Guillermo no era muy dado a confesar sus pasiones, era más bien hosco, seco, directo: “Me gustan los norteños porque siempre te hablan de frente”, dijo una vez. En el uso de ese “maestrín” se escondía una profunda admiración.
Muchos domingos en la tarde le marqué por teléfono. Al principio se mostraba bastante parco, incluso huraño, como si lo hubiera interrumpido en algo (en medio de alguna película italiana, o viendo el futbol o escuchando música), pero pronto supe cuáles eran sus temas débiles para sacarle plática y hacer que la conversación durara horas. La charla iba y venía sobre poetas y libros y conforme los mencionábamos yo los iba sacando del librero. Una vez me espetó: “¿A poco vives en un cuartito de azotea o qué?” Me quedé mudo. Entonces me contó que él había vivido en un cuartito de azotea en Tlatelolco donde tenía el libro que quería con sólo extender la mano. O me contaba sobre el asombro que le dejó leer Los ríos profundos, de Arguedas, pues lo remitió a sus años de estudiante en un internado de Zamora. O me confiaba algunas claves, como la de su seudónimo Bruno Bianco: en italiano, Bruno es moreno y Bianco, claro, blanco; un genial oxímoron como en unos “versitos” suyos: “Aquí tu nombre bruno / es un claro en el bosque”.
La mayoría de las veces me hacía leer algún poema con detenimiento, por ejemplo, “Lázaro”, de Cernuda, uno de sus poemas favoritos del que tanto le gustaba ese principio sentencioso: “Era de madrugada”, más adelante: “Hubo un silencio largo”, ese silencio que pedía el propio verso al terminar de decirlo, y luego: “Así lo cuentan ellos que lo vieron”. En mi temprana juventud había leído a Cernuda y quedé deslumbrado, pero debo reconocer que gracias a Guillermo lo leí en serio, no sólo al rebelde y erótico si no sobre todo al visceral, al misántropo. Frecuentemente en nuestras largas pláticas mencionaba con mucho entusiasmo el Ernesto, de Saba: “A ti te encantaría, lástima que no está traducido”, y remataba con una de sus sonoras carcajadas, sabiendo que me había metido el gusanito.
Hasta que una vez le dije: “Si tú lo traduces yo lo publico”, y así fue como apareció en la editorial Quimera. Además, gracias a Guillermo leí la poesía del mismo Saba, de Penna, de Ungaretti, de Cardarelli, y la obra de Leopardi, Papini, Bufalino, Tomasi de Lampedusa (“Lighea” era uno de sus relatos predilectos). La deuda es enorme.
A su monumental labor de traducción ya conocida quedan pendientes la publicación de una antología de la poesía italiana del siglo xx en dos tomos que entregó al fce, además, la traducción completa del Zibaldone (¡casi 4 mil quinientas páginas!), de Leopardi, que dio a la Universidad Veracruzana, y la obra poética, también completa y a la que dedicó los últimos años de su vida, del “maestrín” Mario Luzi.
Hace unos años, Cristina Rivera Garza organizó algunas reuniones en su casa de Metepec, donde Guillermo se instalaba frente a una botella de tequila, siempre con un cigarro en la boca. Pasaba toda la noche bebiendo, bromeando, polemizando, totalmente lúcido, mientras los más jóvenes caíamos uno a uno al pasar de las horas, por eso Rivera Garza solía decir con gran tino que Guillermo era dos jóvenes de veinte años, a lo que él agregaba sardónico: “¡Pues ya voy siendo cuatro!” Así queremos recordarlo, jovial, entusiasta, vitalista, como un joven de veinte a sus casi ochenta años.
Cara, dolce, buona, umana, sociale mamma morfina
AMELIA SUÁREZ ARRIAGA
Bonobos Editores nació bajo los buenos auspicios del maestro Guillermo Fernández. Hace más de diez años, Santiago Matías y yo acudíamos al taller de poesía que daba los lunes en la Casa de Cultura de Toluca. Teníamos pensado abrir una pequeña editorial que diera espacio, sobre todo, a escrituras inusitadas y propositivas, pero no sabíamos por dónde empezar. Admirábamos el trabajo de la editorial Filodecaballos que dirigía León Plascencia Ñol en Guadalajara y deseábamos hacer algo parecido. Por supuesto, le pedimos consejo a Guillermo una noche al salir del taller, en la sala de su casa, mientras bebíamos el infaltable tequila que ofrecía a sus invitados.
Tras lanzarnos una mirada entre divertida y suspicaz, nos dijo: “Ah, con que ustedes también quieren publicar versitos, eh!, un trabajo heroico en estos tiempos”, y de inmediato abrazó el proyecto. Platicamos largo rato sobre el tema y de repente se levantó de su sofá favorito y nos trajo un manuscrito. Se trataba de Mamá morfina de Eros Alesi (un poeta italiano que se suicidó en Roma, a los veinte años de edad, y cuyos “escasos poemas que de él se conocen fueron publicados hasta 1973, dos años después de su muerte”, como menciona Guillermo en el prólogo a este breve título). Se lo entregó a Santiago y nos dijo: “Qué les parece si comienzan su editorial con esto”. Parte de Mamá morfina se había publicado con anterioridad en ediciones que no habían dejado satisfecho a Guillermo y nos prometió darnos la “obra completa” de Alesi, con unos poemas inéditos que había localizado no sé cómo y que justamente estaba traduciendo. Santiago y yo no podíamos ser más felices. Guillermo nos acompañó durante todo el proceso de edición, revisó y corrigió los viejos poemas, añadió los nuevos, leyó las galeras, escribió el prólogo y finalmente nos dio el visto bueno. Cuando le llevamos a su casa de la colonia Científicos la plaquette, financiada con el alquiler que dejamos de pagar ese mes a nuestros respectivos caseros, se puso a dar saltitos en su sofá y a aplaudir como un niño pequeño. “Bien, maestritos, ya dieron el primer paso, síganle”, nos dijo radiante.
Después vendrían más libros que le entregábamos puntualmente recién salidos del horno, los examinaba con cuidado, nos daba su opinión y hacía sugerencias sobre todo de autores que, consideraba, valdría mucho publicar. Hasta el momento llevamos más de treinta títulos de poesía que nos han llenado de orgullo y satisfacción. Sin embargo, le tenemos un cariño especial a ese breve volumen de Eros Alesi, sin isbn, engrapado a caballo, muestra de los pininos con que nos iniciábamos en el arduo trabajo de la edición. Santiago y yo estamos seguros de que sin la generosidad, sabiduría y agudo olfato de Guillermo Fernández no hubiéramos conducido este barco de Bonobos a buen puerto. Entre muchas otras cosas (en las que contamos su cariño, sus enseñanzas de vida, sus regaños, incluso), le debemos habernos entregado el mapa de navegación, la brújula, el timón e inclusive los chalecos salvavidas en la cuestión literaria y editorial.
El pasado 29 de marzo Guillermo Fernández murió asesinado en la sala de su casa, la misma donde compartíamos los integrantes del taller de poesía “Joel Piedra”, su plática, sus risas, sus consejos “desencaminadores de almas”. Con él se fue también una parte esencial de mi vida personal.
Ahora, mientras todos los que lo consideramos nuestro “padre literario” esperamos se haga justicia y se esclarezca su homicidio, quisiera recordarlo con los últimos versos del poema “Que te cuento, querido padre…” de Eros Alesi que tanto le gustaba: “Que el ser viajaba. Que el ser estaba reducido a andrajos de colores. Que las campanas tocaban. Que tocaban lentamente los doce tañidos. Que con gusto me bebería un vaso de leche fría”.
Nacht und Träume
LUIS ARMENTA MALPICA
Al niño que se llevó el Coco.
“Abandona toda esperanza” parece decir el repiquetear del teléfono por la mañana. En la mitad del sendero de la vida, Guillermo Fernández responde de inmediato. Después de los saludos, me cuenta sus últimos afanes con Valerio Magrelli y trabajamos juntos (por oído) su traducción de Ascoltami, Signore de Emilio Coco. Luego de chascarrillos y posibilidades, de incansables afanes que no cansan, nos ponemos más serios y charlamos de música: Guillermo sigue maravillado (se horroriza) por el registro altísimo de Mado Robin, pero lo que agradece es el dvd de la Norman que le diera Alejandro. Le comento que no debe perderse (como toda esperanza) el video con Karajan, en sus últimos años, con el aria de Isolda. Tristón, me dice que no entiende Internet, y prometo buscárselo en su próximo viaje. Quedamos muy formales de repetir las veinte horas continuas de tequila y canciones, de confidencia pura y sin dolencias que tuvimos en casa hace ya algunos años. Le anticipo otros discos y paso del abrazo a la orfandad con un café en la mesa y, claro, Jessye Norman (“Premiers transports”) al fondo. Modifico las líneas en el libro de Emilio y voy directo al Arca más reciente de Guillermo. Siempre es reconfortante saber que a los amigos los tenemos tan próximos.
Un par de días más tarde, la línea está ocupada con su ausencia. Le robaron la infancia sin darnos cuenta apenas. Nos mataron la fe. Träume es el repiquetear en mis oídos. A Emilio lo sustituye el Coco. Y quién iba a pensar que llegaría la muerte y que tendría sus ojos. A Guillermo no hay forma de ponerle un video, de presumirle Roots. Se quedó sin raíces y nosotros sin árbol. Solo un amplio sendero de oscuridad y miedo. Escúchame, Señor, no son más que palabras y una rabia infinita. Escúchame,Señor, en un agudo extremo. Escúchame,Señor, cuando ni Dios contesta. Pero sigo al teléfono, porque la noche es larga.
Un par de días más tarde, la línea está ocupada con su ausencia. Le robaron la infancia sin darnos cuenta apenas. Nos mataron la fe. Träume es el repiquetear en mis oídos. A Emilio lo sustituye el Coco. Y quién iba a pensar que llegaría la muerte y que tendría sus ojos. A Guillermo no hay forma de ponerle un video, de presumirle Roots. Se quedó sin raíces y nosotros sin árbol. Solo un amplio sendero de oscuridad y miedo. Escúchame, Señor, no son más que palabras y una rabia infinita. Escúchame,Señor, en un agudo extremo. Escúchame,Señor, cuando ni Dios contesta. Pero sigo al teléfono, porque la noche es larga.
Favear, Hashtag, TrendingTopic, Twitstar, Política de privacidad, Plagio, Spam… bajo esta terminología se rigen nuestros usos y costumbres cibernéticos, pero: ¿Qué quieren decir realmente? A los no familiarizados podría parecerles una serie de palabras casi arcanas. Para quienes practican el arte de los 140 caracteres es todo un universo. En este glosario ofrecemos un viaje por la terminología twittera a cargo de escritores usuarios de la red.
FAVEAR
Óscar de Pablo
Favear: Verbo reflexivo que se ejecuta irreflexivamente. Acción o efecto de dispensar, con un rápido movimiento del dedo, un fav al tuit de nuestro agrado.
En las principales culturas mesoamericanas, donde no existe otra forma de crítica literaria, la institución del fav reviste la mayor importancia cultural. Su antecedente más directo es la estrellita plateada que la maestra del jardín de niños pegaba en la frente de los alumnos favorecidos. El fav se distingue de este procedimiento en un solo aspecto: no requiere que el afortunado someta la frente a ningún tipo de saliva, sea propia o ajena, lo cual representa una evidente ventaja en cuanto a higiene. Gracias a la introducción del fav, el intercambio de éste y otros fluidos corporales se volvió totalmente opcional.
En la jerarquía del aplauso tuitero, el fav es la unidad básica y ocupa un lugar inmediatamente inferior al “retuit”, que a su vez ocupa un lugar inferior al plagio, máxima muestra de aprobación en Twitter. (Desde luego, estas formas de aplauso pueden combinarse y potenciarse mutuamente, siendo posible dispensar un fav-con-retuit, un fav-con-plagio y hasta un fav-con-retuit-y-plagio. Adicionalmente existe el “jajaja”, opción que los puristas consideran inadmisible.)
Aunque para aplicarlo basta un mero clic en la intimidad del hogar, el fav es un dato público que puede tener las más graves consecuencias sociales. Por ejemplo, una reputación de rudeza cultivada a lo largo de años puede arruinarse con sólo favear un palíndromo. Se ha sabido de gente que por error ha llegado al lamentable extremo de favear un poetuit.
El botón de fav es la zona erógena del narcisista de Twitter cuya capacidad de abstracción es superior al del narcisista de Facebook. Este último busca, con el “like”, el aprecio concreto de sus conocidos, mientras que el narcisista de Twitter encuentra estímulo sólo en la admiración masiva de desconocidos.
Para casos desesperados de narcisismo tuitero, existe una institución psiquiátrica llamada Favstar. Ahí la sensación de inteligencia se logra acumulando el aplauso del mayor número posible de tontos. Al igual que otros títulos académicos, el sitio de honor en Favstar no implica remuneración material alguna, cosa que los tuiteros aparentemente ignoran.
HASHTAG
Geraldine Juárez
¿Qué es la sociedad? Yo he contestado:
La sociedad es imitación.
Gabriel Tarde, Las leyes de la imitación.
Repetir. Imitar. Copiar. Verbos que amenazan la economía antipolítica que domina a las sociedades para reducirlas a mercados donde el valor significa dinero. La visión del mercado ha dado paso a La Quoltura; una cultura en la que repetir, imitar, copiar y compartir es condenada a generar riqueza cotidiana. Común. La Quoltura encierra el conocimiento e innovación generados por la repetición de múltiples diferencias en una quotidianeidad, una realidad donde prevalece el poder y no la creatividad; la soledad y no los encuentros; lo quomún por encima de los comunes.
Gracias al lenguaje, la cultura ha encontrado formas de existir y circular en los bordes de la quotidianeidad. En tanto la necesidad de comunicarnos es natural, nuestras expresiones dependen de la capacidad generalizada de imitación. Del intercambio de reflexiones, de nuestras diferencias. Repetir. Diferenciar. Imitar. Copiar. Procesos distintos. Verbos infinitos que de acuerdo a la demagogia quoltural no sólo no producen valor sino que lo reducen. Este entendimiento quoantitativo se debe a un error histórico donde el poder optó por la medición uniforme y racional de la sociedad de Émile Durkheim, y no la de tipo fractal del sociólogo francés Gabriel Tarde.
Un siglo antes de que Twitter se convirtiera en la plataforma masiva predilecta para recombinar y propagar información contagiosamente, Gabriel Tarde escribió sus Leyes de la imitación, que determinanel surgimiento de una innovación:
Repetición: recombinación de invenciones, de diferencias existentes.
Oposición: tensión creada por la competencia entre repeticiones.
Adaptación: propagación de la diferencia que superó la oposición y da lugar a nuevas repeticiones.
Aunque siempre debemos buscar nuevas zonas fronterizas, Internet es una que exploramos constantemente, específicamente su puerto número 80 de 65 mil 535, que es donde reside la web; donde escribimos, leemos, reproducimos — y copiamos— montones de diferencias. Las funciones técnicas de repetición de Twitter utilizadas a diario para intercambiar desde memes hasta reflexiones condensadas en 140 caracteres son, antes que nada, innovaciones del lenguaje.
El #hashtag es el símbolo utilizado en Internet Relay Chat (IRC), un protocolo de comunicación vía texto creado a finales de los años ochenta, para identificar temas y grupos, así como para diferenciarlos.
En 2007, Chris Mesinas copió esta función para aplicarla a Twitter: “¿Qué les parece si usamos # (gato) para los grupos. Como #barcamp [MSG].” El rt también comenzó a utilizarse entre algunos usuarios para “citar” los mensajes de otros y hacer explícita la repetición del mensaje. Durante la llamada Revolución Twitter en 2009,en Irán la repetición de diferencias a través de la plataforma consolidaron el uso del rt y, finalmente, en 2010 Twitter adoptó esta innovación al integrar a su código la función de imitación. Grises explicaciones quoltorales que miden el valor de los replicadores (como lo es un enlace o un RT) como *moneda* que *construye* una marca y da *autoridad*. (Jeff Jarvis, Wired, http://buzzmachine.com/2005/08/13/wired.)
Gabriel Tarde simplemente diría que hay plantas que se reproducen sin la necesidad de cotiledones, pero éstos a veces son muy útiles. Twitter es una tecnología útil, atractiva, pero no indispensable para la comunicación, para repetir las diferencias y las pasiones cotidianas. En el mundo tardiano no hay valor que no involucre el conocimiento, como la acumulación constante, social y colectiva de innovación, que genera la imitación.
Via @gabrieltarde: Diferir es existir #Memebrije
PLAGIO
Alberto Chimal
En el siglo XXI y sobre todo en Internet, da la impresión de que el plagio es imposible de definir a satisfacción de todo el mundo.
Desde hace años, a cada acusación de que alguien se ha puesto a “copiar en lo sustancial obras ajenas, dándolas como propias” (así dice el diccionario de la RAE), no sólo aparece el ruido de fondo habitual: las respuestas dadas sin leer, los chistes fallidos, los mensajes viscerales, sino también palabras como apropiación, intertextualidad, homenaje y muchas otras que intentan negar de entrada la existencia del plagio, que siempre sería otra cosa más digna o más cool.
La más defendible de esas palabras debe ser apropiación: el uso de un texto ajeno en el propio dando al menos claves para reconocer o sospechar la inserción y sugerir un diálogo (otra de esas palabras) entre el texto anterior y el posterior. La práctica viene de la antigüedad y llega hasta “The Ecstasy of Influence: a Plagiarism”, aquel artículo de Jonathan Lethem que no tiene una palabra de Jonathan Lethem. Pero como tantos utilizan la misma estrategia, los términos se han desgastado, y siempre hay algún inconforme que los rechaza y vuelve la fea palabra que empieza con p.
Una ruta distinta para el (presunto) plagiario podría ser la cínica: en vez de negar o reinterpretar los hechos, aceptar que el texto viene de otra parte, argüir que la autoría no es tan importante y concluir que plagia sólo quien no tiene el poder —estético, político, económico— necesario para transformar no el acto en sí, sino sus consecuencias. Este proceder infrecuente tendría de precursor en México, entre otros, a Octavio Paz, a quien se atribuye esta frase como respuesta a acusaciones de plagio en su contra: “No estoy en contra del plagio cuando la víctima desaparece. Ya se sabe que ‘el león se alimenta de corderos’”. (Cómo desaparece la víctima —desde luego— queda sin precisar.)
Por otra parte, si existe interés en detectar un posible plagio, se puede considerar lo siguiente: al menos una porción de los acusados de plagio actúa, en efecto, como si copiara en lo sustancial obras ajenas dándolas como propias, es decir más de un plagiario cree que está plagiando. De hecho da la impresión de que no puede eludir esa conciencia, que se manifiesta de manera inconsciente, y si se le acusa, y si se empieza a ver que no todos aceptan sus argumentos para defenderse, su comportamiento se vuelve predecible y se ajusta a la lista siguiente: las Estaciones del Comportamiento Plagiario.
1. Hacer como que no pasa nada: el acusado ignora las acusaciones. Puede hacerlo durante años. Pero si no se deja de acusarlo, y si las acusaciones llaman la atención de comunidades o individuos influyentes, pasa a
2. Negarlo todo: desde luego, decir que nada es cierto. Esto no suele durar mucho y da paso en cambio a
3. Complicar las explicaciones: aquí entran las palabras desgastadas que mencioné y también toda clase de argumentos extraños: “cito sin comillas”, “hubo un error informático”, “un colaborador me falló”, etcétera. Cuando esto no convence a todo el mundo, sigue
4. Minimizar el hecho o a la víctima: ésta es la fase más pintoresca pues, perdida la confianza en poder salir del problema indemne, comienzan a funcionar en el plagiario los mecanismos de defensa más irracionales, que de un modo rarísimo intentan dar la vuelta a los hechos y transformar la realidad. “No es para tanto tomar un renglón, un párrafo, unas pocas (decenas [o cientos] de) páginas.” “Lo que se publica (en Twitter, en la red, en el mundo) es del dominio público.” “Eso que publicó él y luego publiqué yo era, en realidad, una porquería.” Después de esto sólo queda
5. Convertirse en víctima: el error informático del paso anterior resulta ser daño deliberado, el colaborador copió de otro lado expresamente para perjudicar, las consecuencias desagradables del caso (cuando las hay) redimen al plagiario de toda responsabilidad y equilibran su karma.
Entonces el interés general en el caso se va apagando y el acusado lo deja atrás, aunque a veces se queda con él —o con ella— cierta animadversión de otros: cierto aire fétido o ridículo.
POLÍTICA DE PRIVACIDAD
Jaime Mesa
La Política de privacidad* es un documento que aparece en las páginas de Internet (generalmente en la parte inferior) en la que se informa a los usuarios qué datos recoge, para qué los recoge, cómo los conserva y con qué finalidades los usa.
*Política de privacidad. Al leer esta Definición el Lector entiende que:
1. Usará su memoria humana para cotejar en una fracción de segundo esta información con otros datos recabados en revistas culturales, científicas, así como páginas de Internet relacionadas con el tema. Se excluyen todos los libros publicados de 2008 a la fecha. A esta acción y a sus resultados se les llamará: Ideas, Lista de Obras Afines, Conceptos, Imágenes (excluye las oníricas) y otros Derivados Intelectuales™.
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SPAM
Javier Raya
En el cuento “Carta a una señorita en París”, Julio Cortázar hace decir al contrariado huésped de una dama ausente que vomitar un conejito no está mal. No está mal de vez en cuando, en intervalos más o menos regulares que dejen tiempo para que el personaje reciba a los conejitos en el seno de una costumbre ya asumida; el problema viene cuando ese intervalo y esa costumbre se modifican, y de pronto el taciturno traductor que protagoniza el cuento debe modificar su vida cotidiana (esa alucinación, esa fantasía de normalidad) en función de los conejitos que son en un punto hasta diez, pero “no ya con once, porque decir once es seguramente doce, Andrée, doce que serán trece”. Etcétera.
En el contexto mucho menos elegante del universo 2.0 (mucho menos elegante, vaya, que el apartamento que una señorita que suponemos bella dejó para hacer un viaje a París), digo, también nos acostumbramos a un recibimiento, a un buzón de correo que se habitúa a los correos personales, los arrebatos pasionales, alguna burocracia laboral, alguna actualización a un sitio que seguimos, en fin, la administración editorial de nuestra vida en la red. Pero el ritmo de una bandeja de entrada, como simulacro de organismo, también enfrenta su cuota de desecho, de saldo y exceso. Uno de pronto se advierte heredero de la millonaria fortuna que un jeque árabe en apuros necesita sacar de un desconocido emirato; un billete de lotería inglesa nos ha favorecido a pesar de que nunca lo compramos; un nuevo milagro de la ciencia promete mayor vigor sexual, más pelo, antidepresivos a bajo costo. ¿De dónde vienen esas solicitaciones que, como conejitos, nos sorprenden primero, nos perturban después, y eventualmente se hacen con el control de nuestra cuenta de correo electrónico si nuestros hábitos en línea son desastrosos?
Spam, como se sabe, refiere a una marca de jamón especiado comercializado en lata durante la década de los años cuarenta (spiced hAM), el cuál llenó los anaqueles de las tiendas comerciales de la posguerra y se convirtió en el equivalente a una solución alimentaria poco deseable pero efectiva, barata, sin fecha de caducidad y de fácil almacenamiento (las tropas estadunidenses en los frentes europeos habrán conocido aún otras ventajas del spam enlatado, pero ciertamente no sus dudosas propiedades nutritivas.) El alimento —por llamarlo de algún modo— se convirtió en una presencia frecuente en las alacenas y, con el auge económico de posguerra, este tipo de productos enlatados sustituyó a las conservas y otras formas de almacenamiento de comida en el espacio doméstico.
Pero el sentido más familiar de la palabra spam se refiere al contenido publicitario que recibimossin nuestra autorización en la bandeja de entradade email. En un rápido inventario entro a mi carpetade spam: encuentro un mensaje privado deSudie Neef, una voluptuosa chica que, cito, hará“todos mis sueños realidad”; una revolucionariapíldora para aumentar el tamaño de mi pene; unmensaje de “Kate”, ama de casa que no sale delasombro al haber logrado ganar €1,274 en 17 horastrabajando desde su casa en una compañía a laque me invita a unirme; descuentos para Viagra yCialis de una farmacia canadiense; otra señorita,“Alyssa Collins”, que seguramente no está en Paríspero que responde amorosamente a un mensajeque yo nunca le envié; réplicas a bajo costode lujosos relojes; incontables sitios de revistas y editoriales fantasma que piden dinero a cambiode publicaciones en copiosas antologías literariasen América y España.
Como estrategia publicitaria el spam funciona enviando un contenido “relevante” para un target definido a una base de datos de direcciones de email conformada para tal efecto, con el fin de recabar clics y vender publicidad. El spam que uno recibe puede contener líneas de código que instalan scripts en nuestro equipo sin autorización, que sirven para medir nuestros hábitos de compra en línea, los programas que tenemos instalados y las palabras clave que utilizamos en Internet, para después, adivinaron, enviar aún más correo basura. Esta estrategia también opera en Twitter a través de replies con links a sitios de tarjetas postales o páginas de solteros; en Facebook, como videos “picantes” o soeces que no creeríamos que pudieran interesar a nuestros profesores universitarios (hola, maestro Bátiz), así como ventanas emergentes que ofrecen tonos de celular, fondos de pantalla o más pornografía. No lo dude: si usted, improbable lector, ha compartido su dirección de correo electrónico en algún sitio de suscripción, si ha llenado alguna encuesta, si tiene un par de años con su misma dirección de email, eventualmente recibirá el conejito mullido, estorboso, inofensivo y eventualmente detestable.
Su carpeta de spam es como el armario del personaje de “Carta a una señorita en París”: lleno de huéspedes indeseables, pero a su modo, inevitables.
TRENDING TOPICS
Javier Moreno
Los temas de moda (también conocidos como trending topics o TT) son una creación colectiva, una lista de expresiones capturadas en el flujo digital mediante cálculos de frecuencia y algo de intervención manual depuradora que reflejan las líneas de conversación activas en la red social. La actualidad misma condensada gracias al procesamiento del lenguaje natural en una lista de “ene” cómodas palabras.
Suena a ciencia ficción porque es ficción.
En esta ficción, los temas de moda son una herramienta simplificadora semiautomática que permite al usuario estar al tanto de lo que importa en el entorno demográfico de su preferencia (su ciudad, su país, el mundo). Así los venden, como una suerte de reloj de bolsillo que filtra el ruido para atrapar las tendencias de la masa a cada instante.
En realidad, los temas de moda son imposiciones. El colectivo no los crea tanto como los canaliza y refuerza: provienen de medios masivos establecidos (asociados con conglomerados financieros) que tienen la capacidad de impacto necesaria para dirigir la atención de suficientes usuarios en direcciones precisas elegidas de acuerdo a criterios comerciales y políticos. Los usuarios son apenas una caja de resonancia que aprueba pasivamente el mensaje, sea el que sea. La estructura de poder no cambia.
El propósito de los temas de moda, como el de casi cualquier otra herramienta que enriquece una red social, es maximizar el tiempo de atención (¿o distracción?) que el usuario dedica a la misma.
El efecto es recursivo: la inversión de atención genera contribuciones que a su vez generan respuestas que finalmente ofrecen nuevas razones para sostener al usuario ante el caudal vacío de opiniones, exhibicionismo, indignaciones y activismo espurio con intermedios publicitarios distribuidos densamente.
Los temas de moda permiten que el usuario se integre rápidamente al ciclo. El sistema necesita su servicio. Un mejor término para describir al llamado usuario sería, tal vez, operario.
Las redes sociales exigen un sentido aumentado de actualidad que nos convierte en sirvientes y adictos de lo inmediato. Los temas de moda solucionan el problema falso de cómo estar enterado de todo sin esfuerzo. Nos dicen que estar activo en la red es suficiente. Nos guían al corral.
El secreto es minimizar el todo y redefinir lo esencial. Someter las voluntades individuales a las prioridades impuestas por el entretenimiento.
El rebaño debe ser uno y manso.
TWITSTAR
Olga Chagoyán
Twitstar. n. Animal, persona o bot que tiene miles de seguidores en Twitter. El blog “Academia de la Lengua de Twitter” alega ciertas delimitaciones morales que, según la opinión de su administrador, mejillonsuicida, conforman una única personalidad de estos seres: “Dícese de aquel/aquella usuario o usuaria con multitud de followers, que suele tener un comportamiento propio de una persona consentida y sin escrúpulos”.
Para Urban Dictionary, la postura de quienes roban cámara y horas nalga en redes sociales es un poco más solipsista: “Usuario de Twitter que piensa que es gracioso, listo y amado. Cuando, de hecho, sólo se trata de un patético forever alone gastando su noche de sábado en comer Cheetos enfrente de su computadora”. Además advierte que si se trata de una mujer, puede ser mucho más triste. (Los redactores de esta entrada imaginamos lo repulsivo que debe ser escribir en una publicación que tiene veintitrés definiciones para cameltoe, ¡ew!, mujeres, qué asco).
Afortunadamente en Twitter hay cuentas de gatos, gente muerta, famosos y Don Nadies, pero, por más que quieran, no podemos ver los genitales de las personas que teclean compulsivamente tandas de 140 caracteres durante todo el día. Bueno, por ahí el comentarista deportivo Enrique Garay nos puso difícil la disculpa para esta sentencia al permitir que el hacker que enseña pitos en la red haya flanqueado su cuenta con la sugerente frase “¿Te la comes?”.
Volvamos a lo que nos ocupa. Muchos twitstars son considerados líderes de opinión o artistas de vanguardia: los invitan a periódicos, noticiarios, revistas literarias y medios electrónicos para escribir sobre política, arte y todas las rayitas temáticas que hay en medio de eso, y son gente en verdad famosa. Entrevistan a los candidatos presidenciales, se les cita compulsivamente en las sobremesas familiares y de trabajo, y muchos de ellos reciben dinero para hacer campañas políticas o publicitarias.
@diamandina, una de nuestras twitstars favoritas, afirma en su cuenta: “De lo digital aprendimos a ganarnos la vida perdiendo el tiempo”. Nadie puede tener más razón al respecto. A lo mejor perder el tiempo es nuestro nuevo tesoro, y estos campeones encontraron el Santo Grial del éxito.
Aunque no se ha comprobado, existe la teoría de que estos personajes fueron los bullies, desmadrosos y populares de las instituciones educativas a las que asistieron en su edad escolar. Sin embargo también hay indicios de que muchos de ellos fueron ñoños cuyos rostros eran inevitables receptáculos de cuantos balones botaban en la escuela y ahora usan Twitter como una posibilidad de venganza contra los demás, donde humillarán de la manera más porcina a cuantos se crucen en su camino.
Como una medida de seguridad, esta entrada recomienda a los usuarios dar unfollow a los twitstars que les provoquen úlceras y evocaciones inmediatas de odio. Esto es muy sano. No se han registrado casos en los que el nuevo desprovisto de seguidores haya muerto por dicha razón.
Cuentan las leyendas que a México, el cambio verdadero se le presentó en forma de virus. Desde luego no me refiero a la batalla campal tan desafortunada que ha estado ocurriendo (y cada vez con más intensidad) en las llamadas redes sociales de Internet, sino a la viruela, gran arma biológica que ayudó al imperio invasor a reproducirse en su huésped hasta apoderarse de él, utilizando todos los medios posibles: la violación y el mestizaje, el poder inmaterial de la religión católica, la re-educación, las espadas y todas esas armas coloniales que como buenos católicos hemos aprendido a adorar. Desde luego el virus no buscaba matar al huésped, sino alterarlo de tal modo que sirviera para sus En la tierra antes conocida como Ciberespacio todo mundo sueña con ser un meme y tener sus 15 minutos de net.star. Y como buen lugar común, se vale cualquier forma para que esto ocurra, mientras ese momento permita a la persona en cuestión ser un nodo importante en las gráficas de Facebook, Google, Twitter y las demás colmenas del maoísmo digital, donde los usuarios que hace 10-15 años eran idealizados como interactores que habían acabado con el autor, hoy no son más que 2-en-1 (productores y consumidores de contenido), y en el mayor de los casos no se enteran que el producto que está siendo negociado por las corporaciones son ellos mismos y sus amigos. Y desde luego, la gran mayoría se van a dormir sin llevarse un penny, y al contrario, con el paso de los meses, habiendo gastado cientos de dólares en producir contenido mediante la compra de gadgets y demás. Lo que antes parecía ser acceso libre a la información, ahora está claro que se paga a través de conexiones a internet, hardware, consumibles y en algunos casos mediante software, haciendo de lado la contratación o compra de contenido y servicios en internet. Es decir, que incluso en páginas de internet que parecen gratis las cosas no son gratis, alguien más las está pagando. Los usuarios son el producto, las corporaciones los clientes: ¿no suena demasiado al modelo de negocios de la televisión abierta? Excepto, claro, que ahora las empresas no pierden su tiempo en producir contenido, ahora la colmena puede cambiar el mundo creativamente en nombre de las formas inmateriales de generación de riqueza.
Hemos vivido muchas aventuras en Internet, desde esa con el celular Sony Ericsson multimedia que costó unos $1,000 dólares en Sanborns y con el que alguna chica de la Condesa decidió comenzar su archivo personal de cine porno donde ella sería la estrella, y que tiempo después como boomerang cayó en las manos de su prometido, quien presa de la pasión, decidió cometer el acto supremo de venganza: publicarlo en Internet, pero no en un sitio corporativo al que se le pudiera rogar que lo borrara, sino en manos de las masas en las redes p2P, donde rápidamente se diseminó, haciendo realidad el sueño de esta chica dorada. Pero además de todo con un potente efecto secundario provocado por un archivo anexo que incluía su nombre y correo electrónico (no recuerdo si teléfono celular) para que los fans pudieran contactarla e invitarla de viaje a sus respectivas ciudades. Y sobre todo, para que Google le otorgara a estos archivos el primer lugar cada que la buscamos. Una campaña barata y efectiva, sin duda, lástima que un error en la estrategia no la catapultó al paraíso de las Kardashian, y que nos haya costado una familia de mexicanos. Y por más que quisiéramos decir que las cosas pasan por algo, la nos podemos apuntar a culpables certeros: el mundo es un caos sin sentido, nos dice la moral posmoderna que siempre reafirma de una u otra manera a la lógica neoliberal.
Lo que queda claro, es que a pesar de que en teoría todos podemos, no cualquiera tiene madera de meme. Las conexiones del social network de cada persona son en muchos casos la totalidad del mercado de atención de esta persona. Cruzar hacia los social networks de otros casi equivale a convertirse en un productor con capacidad de exportación, y sin embargo, arriba, hay una corporación que se alimenta de la producción de todos los usuarios, distinguiendo esos nodos donde intersectan mayores relaciones y más clicks. Y si bien la mayor parte de estos intercambios ocurren en computadoras que a pesar de que lleguen a tener IP’s regados por el mundo, funcionan dentro de networks centralizados que responden a intereses organizados bajo la tradicional jerarquía corporativa. Y claro, hay quien juega bastante bien y aunque no pueda controlar el mensaje, sabe que la ganancia está en la relación, en el click al contenido, en los milisegundos de atención, que como el High-frequency trading van generando el spread y las turbulencias que permiten a los pescadores, que no a los cazadores, ni a los agricultores, ni a los shamanes cuenta-cuentos llevarse la ganancia. Un gran proyecto es el Google Will Eat Itself, de Ubermorgen, Paulo Cirio y Alessandro Ludovico, quienes programaron una serie de bots que visitaban los anuncios de Google Adsense en sus propias páginas, de manera que este robot trabajaba para que Google les pagara el dinero que alguna corporación o incauto les compró, y estos a su vez utilizaban el dinero de Google para comprar acciones de Google e irse apoderando poco a poco de él. Nunca oí de un negocio más redondo.
fines, y lo hizo tan bien que 5 siglos después los bancos españoles están colocados de forma casi invisible en todas las calles del país, sin que a nadie le salte la intrusión, ¿Por qué habría de hacerlo? Las transacciones e información ocurren en “nuestro idioma español” y el sistema electrónico es tan eficiente que nos permite retirar dinero las 24 horas del día, tanto como de forma asimétrica a los bancos les permite intervenir en la economía del país, al fijar los intereses en préstamos y decidir en qué va a invertir el dinero de sus depositarios. Pero claro, lo interesante de esto no es asignar culpas, sino lo efectiva que fue la viralidad de la ficción jesuita, independientemente de si lo que hicieron al sintetizar a la Virgen de Guadalupe utilizando a la Tonántzin fuera impedir la liberación de los indígenas o el exterminio de estos a manos de los conquistadores. Es más, quien tenga dudas sobre para cuál de los equipos jugaban los jesuitas, puede continuar investigando el sistema universitario que tienen en la actualidad: ¿imparten educación humanista a las clases económicamente privilegiadas de las ex-colonias para sensibilizarlas o por qué estas son los únicos que pueden pagar el precio? La pregunta tiene muchas respuestas posibles, pero la intervención jesuita está ahí, tanto como la cruz católica que estos llevan por delante en su pecho. Pero independientemente de eso, el virus fue tan genial, que aunque la iglesia haya utilizado al nombre de Jesús para organizar verdaderos genocidios como las cruzadas, la inquisición y la conquista de América, hoy en día si los Nazis o una pandilla de neo-nazis “humanistas” intentara abrir un sistema educativo -ya sea de posgrado o para estudiantes de kindergarten- el virus anti-nazi hollywoodense nos provocaría un shock en el cuerpo que incendiaría a la sociedad de formas que más allá de la violencia física y los estallidos sociales que provocaran, no podrían ser racionalizados tan simplemente como hacemos en la vida real con la educación proveniente de la iglesia colonial, a la cual ya ni siquiera cuestionamos, sino que al contrario, consideramos casi que la gran medida de la piedad. He ahí la virgen como el gran virus cultural, el caballo de Troya de los auto-goles, el estandarte con el que irónicamente unos criollos declararan la guerra de independencia a España. Tantos años después y la gran Catedral que se construyó con las piedras del Templo Mayor Azteca sigue manteniendo al catolicismo en el centro del país. ¿Quién ha pensado en privatizarla? ¿Hacerla un strip club, shopping mall, o museo al holocausto americano?
A pesar de los intentos de muchos historiadores de generar una gran narrativa para combatir al pensamiento colonial, el virus sigue aquí, ‘invisible’ sería decir mucho, pero se apoderó del huésped a tal grado que lo mutó hasta convertirlo en otro ser, en otra raza, con otros intereses, conceptos y modos de socializar. Algo así como lo que está haciendo Internet con sus usuarios: re-acomodando el mundo a través de ellos y a veces en su propia contra. ¿Qué hubiera pasado a partir del siglo 16 si la España siempre-en-crisis, no hubiera encontrado en América un manantial inagotable de recursos que le permitiera mantener su lifestyle? Internet está extendiendo el mercado global por todo el mundo, entrando a las conciencias y vidas de los conectados, como en el siglo 20 hiciera Hollywood al establecer exitosamente el régimen del llamado military-entertainment complex, trabajando para fortalecer el imperio del dólar y al Marshall plan para la reconstrucción (e invasión cultural) de Europa. Pero esta vez están redirigiendo la economía del planeta hacia nuevas operaciones que a pesar de parecer multi-nodales, en cierto modo todas ellas confluyen simbólicamente en Wall Street. Y desde luego tenemos el llamado maoísmo digital, que irónicamente nace del pasional amorío entre la ideología californiana y la barata manufactura china. El escritor Bruce Sterling dice que no es poco común que: “se avancen operaciones militares a través de formas de entretenimiento, por ejemplo llevando las relaciones internacionales como marketing, el periodismo de guerra como una telenovela de reality TV (por ejemplo las redes como Fox muestran las historias personales de soldados en Afghanistan, Iraq y mas allá́ en formatos de sitcom y directamente desde el frente de batalla).” ¿Y Qué decía el personaje central de 1984?: “El Partido dice que Oceanía nunca había tenido una alianza con Eurasia. Pero él, Winston Smith recordaba que Oceanía había tenido una alianza con Eurasia hacía apenas 4 años.” Durante la segunda guerra mundial los aliados peleaban contra el eje: los aliados eran Estados Unidos, Francia y Reino Unido. El Eje eran Alemania, Italia y Japón: hoy esos mismos se repartieron el mundo: y en 1975 fundaron lo que hoy es el G8 y que inicialmente era el G6 (el G7 fue cuando incluyeron a Canadá y el G8 cuando aceptaron a Rusia).
Pero bueno, so much for viruses. Va un fragmento de La revolución electrónica de William S. Burroughs, tomada de la traducción al español que hizo la editorial del Departamento de Ficción):
Es dudoso que el lenguaje hablado pudiera haber evolucionado más allá́ de la etapa animal sin la palabra escrita. La palabra escrita se deduce del lenguaje humano. No se le ocurriría a nuestra vieja rata sabia reunir a las jóvenes ratas y transmitir su conocimiento dentro de la tradición oral porque todo el concepto de hilar el tiempo no puede ocurrir sin la palabra escrita. La palabra escrita es, claro, un símbolo para algo y en el caso de un lenguaje jeroglífico como el egipcio puede ser un símbolo de sí mismo que es una imagen de lo que representa. Esto no sucede en un lenguaje alfabético como el inglés. La palabra pierna no tiene ningún parecido pictórico con una pierna. Por eso podemos olvidar que una palabra escrita es una imagen y que las palabras escritas son imágenes en secuencia, es decir imágenes en movimiento. Así́ que cualquier secuencia jeroglífica nos da una definición funcional inmediata de palabras habladas. Las palabras habladas son unidades verbales que se refieren a esta secuencia pictórica. Y entonces, ¿qué es la palabra escrita? Mi base teórica es que la palabra escrita fue literalmente un virus que hizo que la palabra hablada fuera posible. La palabra no ha sido reconocida como un virus porque ha logrado un estado simbiótico estable con el huésped…
Así que si el lenguaje es un virus, nosotros estamos enfermos en particular del español, que es esa lengua colonial con la que un reino/país pudo acelerar el proceso de extracción de recursos de un continente. Una lengua que construyó un gran mercado e introdujo conceptos extraños: ¿Cuál es la solución? ¿Liberarnos de ese idioma y modo de pensar? ¿Rendirle culto a la academia real, hackearlo desde el interior, o ver cómo los avanzados neologismos y el spanglish migrante carcomen, destruyen y corrompen al poder del imperio con sus modos y formas, nuevas estructuras y sintaxis en el lenguaje, el diálogo, las formas de socialización, sus valores, etcétera?
Eso no es menos complejo que lo que está haciendo Internet, que tiene la capacidad de ser y re-producir ideología desde su estructura y geografía misma, que si bien simula operar a través de supuestas redes abiertas y democráticas, en realidad lo que están construyendo son nuevas formas de concentración de poder y riqueza en información y tecnología, que logran cruzar casi cualquier frontera y que están re-configurando las relaciones de poder y producción en el mundo. Es verdad que por ejemplo existen murallas en internet, como The Great Firewall en China, que el ejército invasor ataca mediante estrategia de guerra viral, mientras el huésped intenta defenderse utilizando grandes narrativas que desde fuera en ocasiones parecen obsoletas, y que sin embargo al interior aún funcionan (la nación es el enemigo número uno del network); en un complejo proceso que podría explicarse simplemente como el deseo de expansión de las corporaciones extranjeras hacia el interior del territorio chino, como dicta el dogma del libre mercado, pero que por razones de eficacia se opta por pelear en el campo de la libertad de expresión y los llamados derechos humanos, entre otros por el país que gestiona vacaciones forzadas a Guantanamo Bay. Ahora que regresando a Burroughs:
Si el ataque falla, el virus no gana nuevos huéspedes. Claro que hay mutaciones virales y en esto el virus de la gripe ha probado su versatilidad. Generalmente es la simple repetición del mismo método de acceso y si ese método es bloqueado por otro cuerpo u otra agencia como el interferón, el ataque falla. Por mucho, nuestro virus es un organismo estúpido. Pero nosotros podemos pensar por el virus, diseñar un número de métodos alternos de acceso. Por ejemplo, el huésped es atacado simultáneamente por un virus aliado que le dice que todo está́ bien y por un virus de dolor y miedo. Entonces el virus está usando un viejo método de acceso, básicamente, el policía malo y el policía bueno.
Y me gustaría delinear aquello que dijo Douglas Ruskhkoff en los 90s a propósito de las drogas de diseño como el MDMA, que llegaron hasta el mainstream, ayudadas porque eran unas pastillitas cool, inofensivas en apariencia y que proveían de gratificación instantánea, a una subcultura que se veía a si misma como global, y que si hubieran requerido de jeringa para usarse, altamente probable que la generación las hubiera rechazado. Lo mismo ocurrió con internet que requirió del world wide web, el Moisac y Netscape Navigator, para abrirse al mundo. Irónicamente en su caso, fue necesario privatizar a internet para que el público accediera. Fue justo cuando las compañías de teléfonos, Namespace, los internet service providers, y las primeras punto coms comenzaron a invertir, en que este dejó de ser el universo para geeks incomprendidos y comenzó la transición hacia el ciberespacio mainstream de hoy.
¿Ha producido Internet algún virus tan grande como él mismo? Esa es quizá la cuestión que está por encima de todo, el internet y la democracia global tan horizontal a la que supuestamente nos acerca. Lo que resulta curioso es que a pesar de que esté muy a la vista que la industria de las Tecnologías de la Información esté construida sobre la ecología, y la salud y vida de millones de explotados en África, Asia y América Latina, que forman parte de la unidad de producción de los aparatos de los que se compone internet (desde el rare earth, a las maquiladoras, a los intendentes y por qué no, a los programadores explotados), sigamos considerando que estas son armas y armas de liberación, nuevas herramientas de socialización capaces de emanciparnos, cuando la única evidencia cuantificable es que han logrado expandir el mercado neoliberal de formas antes imposibles: la educación misma está en crisis y no sólo gracias a la Wikipedia. Al respecto de la supuesta horizontalidad, que estamos construyendo en la superficie de esa meseta ubicada en la cúspide de producción de la verticalidad neoliberal, vale la pena preguntarse si tiene esperanzas de sostenerse. O si como Occupy Wall Street (el meme del verano pasado) estamos condenados a creer que nuestro reflejo en la media es real y representa lo que estamos logrando, a pesar de que este sirva para convertirse en un suceso espectacular que ayude a vender más publicidad a las corporaciones de siempre. Hay que tener claro que los sacerdotes de los network states son como los sacerdotes mayas, pueden predecir sucesos inesperados como los eclipses y los cometas, y generar grandes escenarios y narrativas, que movilizan al mercado y los ánimos del general public hacia la dirección conveniente.
El dogma del terciopelo primaveral nos dice que ya no es época de déspotas simplones, sino del poder del network, pero este está distribuido entre verdaderos magos de Oz que producen las herramientas con las que socializamos electrónicamente, a pesar de los intentos más honestos de la comunidad global Open Source. Y es aquí donde veo una esperanza, en la capacidad de crear nuevas formas de socialización y producción, así como monedas y divisas producto de pactos sociales alternativos, complementarios, experimentales o paralelos, que busquen generar intercambios que no dependan de subsidios o de la competencia desleal de la que pueden ser objeto disciplinas como la literatura o la industria editorial, sino que al contrario, floten y puedan existir autónoma y autogestivamente en los fríos océanos plagados de inteligencia artificial siempre lista para tirar a matar y aprendernos lo suficientemente bien a través de nuestros hábitos de consumo como para adelantarse siempre y ofrecernos alternativas como las que buscamos y queremos, pero administradas por el poder central.
Hace unos días escuchaba en Radiolab de WNYC una historia fatal, un profesionista de California, con estudios de posgrado, de esos que trabajan de más y a los que el amor sincero les ha dado la espalda, por lo que se ven orillados a inscribirse en un dating service, donde un buen día encuentran a la mujer de sus sueños, que en este caso fue una guapa rusa. Él pensó, claro, tengo raíces rusas, ¿por qué no? Y siguió intercambiando correspondencia con ella durante meses, y sugiriendo llamadas telefónicas o conferencias por Skype que no sucedían, hasta que un día compró su vuelo a Moscú. Lo que le esperaba no tiene comparación, yo como cualquier otra persona de estos días, esperaba encontrarse con que la razón por la que ella no le mandaba su teléfono ni se comunicaba con él, era porque en el momento justo iba a aparecer un Pimp de la mafia siberiana a cobrarle su comisión, pero no…. lo que le pasó fue mucho peor y más decepcionante. Ella no existía, todos esos meses él estuvo manteniendo una relación amorosa con un pedazo de software medianamente simple, y había sido víctima de la prueba de Turing. No existía tal chica, tendría que comenzar desde cero. Lo más curioso del caso es que uno como constructor de ficciones podría vivir bailando al ritmo que le toca la industria (si en verdad se pudiera). Es muy difícil escapar de las nuevas exigencias del mercado, no deslumbrarse por los nuevos trends, pero sobre todo hallar un rincón dónde poder desenvolverse. Sobrevivir es quizá, una de las principales preocupaciones narrativas: pienso en las deudas de Dostoievski, en los escritores del México de hoy, pero seguramente tampoco fue sencillo para los antepasados que contaban historias alrededor del fuego. Seguro tuvieron que contar historias donde pudieran inspirar el temor más primordial como les fuera posible, para ir moldeando a la tribu y hacerse necesarios (de esa forma tenían asegurada su comida, porque no eran buenos cazadores), tejían poco a poco (no sin feedbacks) una moral que tuviera sentido para definir los intereses de la tribu, el clan, la clase de los guerreros, los cazadores, los recolectores. Y al mismo tiempo moldeando los mitos del mundo desde la geografía, contando historias sobre “el valle de la Muerte”, o cosas así. ¿Qué destino les habrá esperado a los malos narradores? Uno más inmediato que el limbo que sigue a los ‘elevator pitches’ en los que tenemos sólo 30 segundos para cautivar a los productores dentro de un ascensor que no les permita forma alguna de escapar de nosotros, que no sea conectándose a su iPhone de forma brusca y grosera. Momentos que comúnmente no nos dejan más cosas que la experiencia de haberlo hecho y una poca de confusión y una vida entera esperando que el productor olvide el momento, nuestro nerviosismo y mal tacto, y el deseo de convencerlos con algo que no funciona lo suficiente como para que apuesten su dinero… pues su forma de socialización es a través de un dinero que mantiene al sistema con los valores más o menos uniformes: hay que reproducir el famoso status quo. Porque digo, todo mundo sabe que el dinero no existe, es una abstracción, pero una virus muy potente que tiene infectado a casi toda la humanidad: pocos intercambios ocurren sin él, las mismas relaciones amorosas están ocupadas por conceptos como el costo de la oportunidad. E internet no está exento, ¿cuál es esa moneda en internet? Está claro que el linden dollar de Second Life no. ¿Entonces: el USD o el Bitcoin? Dicen algunos cypherpunks que comenzaron a trabajar monedas digitales basadas en criptografía y respaldas por oro como e-gold, que a Gaddafi le dieron kill porque había estado acumulando cantidades asquerosas de oro: toneladas métricas para establecer el sistema monetario del Gold Dinar, y que sería una moneda pan-arábica para las transacciones de petróleo, que ya no pasarían por el dólar. La verdad no la sabremos nunca, lo que sí es que empresas como e-gold o monedas alternativas como el liberty dollar han sido perseguidas brutalmente, del mismo modo que sistemas financieros como el Hawala Network, a pesar de que se dediquen básicamente al arbitraje y al envío de divisas afuera del sistema financiero institucional. Todo esto, pensado fríamente cabe dentro de la narrativa del choque de las civilizaciones de Hungtington, pero más allá del encanto de las teorías de conspiración, nada.
Lo que sí puedo contar, resumidamente, es que en 2005, mi sitio de internet fue expulsado de Bluehost, quienes dijeron que había clientes que no querían compartir IP’s con él, por lo que me regresaron el pago completo de un año que ya iba a más de la mitad. También había pagado caro el error de un cajero automático de BBVA. Y quizá por eso, y por la coincidencia de que apareciera el llamado a la Sexta Declaración de la Selva Lacandona del EZLN, decidí comenzar a trabajar un proyecto que buscaba la autogestión y la autonomía, y que incluye un servidor y un banco: atarantado como estaba por los medios narrativos y la posibilidad de nuevas formas de contar historias (las mismas de siempre quizá, porque pasan pocas cosas nuevas bajo el sol), pero planteando formas para que fueran sustentables, cosa complicada pues en este negocio normalmente se necesita de patrocinadores, para que pague el consumo de un público que normalmente no pagaría un quinto por este tipo de producción. Así que adelantándonos al invierno ciberespacial que se dejaba venir (y que todo el mundo pudo constatar años después cuando Amazon expulsó de su nube a Wikileaks), comenzamos la operación que un día se convertiría en el conglomerado mediático cooperativo Diego de la Vega, y que daría luz al Digital Material Sunflower (DMS), una moneda digital diseñada teniendo en mente una relación entre la agricultura solidaria, la narrativa y el trabajo digital, y que fue incluida en el widget convertidor de divisas de Apple, donde flota junto a las moneda globales. La primera vez que anuncié la intención de hacer este acto de IMF (Internet Monetary Fiction) fue en Hybrid Storyspaces, un encuentro literario en Cornell. De entonces a la fecha el experimento social se ha desarrollado, ha tenido sus crisis y hoy balancea una economía que medida y pesada en dólares no suena nada mal. Pero la ideología net.existencialista del Partido CyberPunk lo tiene claro: El tiempo no es oro. La vida es literatura. Otro Mundo Es Posible.
Para más info: http://diegodelavega.net http://possibleworlds.org http:///spacebank.org http://ficcion.de
¿Qué significaba escribir sobre papel y a máquina? ¿La igualdad formal que se supone nos otorgan las nuevas tecnologías no es en realidad una forma de revisitar el origen? Cristina Rivera Garza precisa lo que los cambios tecnológicos han logrado modificar, un presente donde la escritura en la web es plural y multicultural.
No lo sabíamos, por supuesto, pero todos aquellos que escribimos alguna vez a máquina, colocando el papel cuidadosamente en un rodillo y presionando las ruidosas teclas con una fuerza que no pocas veces dejaba adoloridas las yemas de los dedos, fuimos también artistas visuales.
La máquina en cuestión, la que era de escribir, parecía un animal antediluviano. Ya no era en efecto la mole aquella en color negro creada a inicios del siglo XX debido al aumento de trabajos de oficina que, una vez colocada en su sitio, resultaba imposible mover, pero comparada con nociones de peso contemporáneas, incluso los modelos que se anunciaban como más ligeros, aquellos diseñados con efectos de movilidad, eran en realidad bastante pesados. Poco importaba eso, sin embargo. Si a uno le gustaba escribir y había que entregar algún manuscrito, allá iba uno con su Lettera 33 de un lado para otro: de los salones de clase a los parques, de la casa de algún amigo a la cabina del tren (había trenes entonces, y cabinas dentro de ellos). El proceso en general recibía el nombre de “pasar a máquina”, suponiendo, como solía ser el caso, que toda escritura era primero realizada a mano —en sucio— para luego sujetarse a varias revisiones antes de llegar a la limpieza del aparato mecánico. Mecanografiar: pasar en limpio. Borrar. Tachar. Volver a empezar. Escribir era, pues, escribir demasiado. Escribir era estar escribiendo todo el tiempo. Escribir era corregir.
Hasta aquí el efecto dramático de la nostalgia. Todo eso cambió, se sabe.
Un buen día las pesadas, inamovibles computadoras de escritorio fueron reemplazadas por las ágiles y ligeras laptops. Cuando las laptops lograron estar conectadas inalámbricamente las veinticuatro horas del día, fue entonces que todo empezó otra vez.
La escritura lo notó primero. Los largos procesos de corrección y revisión no desaparecieron, pero sí se transformaron en ese parpadeo inmediato, este pálpito continuo que sucede cada que se aprieta la tecla delete. Más un órgano que un aditamento, a decir verdad. Una manera de respirar. Tal vez no utilice ninguna otra tecla tan frecuentemente como ésta, eso lo sé de cierto. Indicación, por lo demás, de que escribir sigue siendo re-escribir, pero que el proceso de revisión se ha vuelto algo sináptico y nervioso, algo inmediato también. Un gesto automático. Avanzar es retroceder, y viceversa.
Escribir con las ventanas abiertas supuso, también, cambios en la atención y en la definición misma de lo que es la famosa concentración de la escritura. Las ventanas de la pantalla, se entiende. Por mucho tiempo creí que sólo podría escribir en absoluto silencio y sin ninguna clase de interrupción —una visión que heredé de autores de siglo XIX. Lo que los cambios tecnológicos de nuestra época me han enseñado es que hay distintos tipos de atención y todos ellos pueden rendir frutos, distintos, ciertamente, pero frutos al fin y al cabo. “La distracción siempre me ha llevado a lugares más interesantes que la atracción”, dije alguna vez eso, pero nunca como ahora fue tan cierto. Mirar de lado o de reojo o de soslayo es lo de hoy. Mirar como quien casi no mira, pero con el fin de ver todavía más.
Las tecnologías digitales no han inventado una escritura a la deriva, en disenso, interactiva, pero sí han tenido una influencia determinante en imaginar y poner en práctica procesos creativos que en mucho cuestionan los estereotipos básicos del XIX: el escritor como el genio solitario y atormentado, cuando no francamente elitista, en contacto con fuerzas acaso supernaturales pero con pocas ligas con su entorno.
Lo que hacemos los que participamos en plataformas horizontales 2.0, tales como Twitter, es escribir con otros, es decir, escribir en comunidad. Las voces que escuchaban los escritores del pasado ya no están dentro de sus cabezas sino en la pantalla. Y tienen, además, vida propia. Decía Kathy Acker al inicio de la revolución digital que había que recuperar la energía del que, habiendo empezado a escribir en Internet ya sea a través del correo electrónico o el blog, cree que es posible eso, escribir, escribir siempre, escribirle al otro y con el otro. Mucho de lo que acontezca en el futuro de la escritura en el contexto digital dependerá de esa energía alterada, lúdica, comunal que marca lo que hacemos hoy.
Hubo, alguna vez, eso es cierto, un homo psychologicus. Se trataba de ese ser humano de las sociedades industriales que construyó gruesos muros para separar lo privado de lo público y proteger así una noción silenciosa y profunda, individual y estable, del yo. Porque tenía un secreto, el homo psychologicus inventó el psicoanálisis, por ejemplo. Tener un rico “mundo interior” y una “historia propia” fueron, en esa época, cosas de suyo importantes. Pero el homo psychologicus, como se sabe, ya fue. En su lugar se ha ido formando, no del lento quehacer de la ruina romana, sino del imperioso instante de Pompeya, el homo technologicus: un ser post-humano que habita los espacios físicos y virtuales de las sociedades informáticas para quien el yo no es ni secreto ni una hondura ni mucho menos uno interioridad, sino, por el contrario, una forma de visibilidad. Conectado siempre a digitalidades diversas, el technologicus escribe dentro de habitaciones transparentes bordeadas de pantallas y, de hecho, acompañado con frecuencia de gente. Ahí, pues, escribe esa vida que sólo existe para que aparezca inscrita en fragmentos de circulación constaten esa exterioridad —para usar un término vintage— conocida como soporte web 2.0.
Asegura Paula Sibilia en La intimidad como espectáculo (2008) que, para los habitantes de lassociedades industriales, la lectura de los gruesosvolúmenes del yo era importante no sólo debidoal qué (la anécdota) sino sobre todo por el cómo (“las bellas artes de la narración tornabanextraordinario lo que se narraba”). “Ahora”, asegura,“tampoco es un requisito imprescindibleque esté bien narrada, como exigían los ímpetusrománticos y las tradiciones burguesas. Porqueen este nuevo contexto cabe a la pantalla, o ala mera visibilidad, la capacidad de conceder unbrillo extraordinario a la vida común recreada enel rutilante espacio mediático”.
Leo eso, tomo un trago de café, me meso, como se decía antes, la barba que no tengo, y como ando en ánimo reconciliatorio digo: “ahí yo sólo le añadiría la palabrita más”. Aparecer en la pantalla es, en efecto, lo que cuenta más. Me explico.
Porque soy una migrante digital, he llegado al Twitter con algunos años de atraso. Eso no le resta, sin embargo, ni intensidad ni placer a mi nueva twitadicción. De mis alebrestadas exploraciones por esta Pompeya mexicana del siglo XXI rescato la diseminación horizontal de la información, el ejercicio crítico del periodismo ciudadano y, sobre todo, las formas de escritura que responden con creces a la pregunta/abracadabra de todo twitt: ¿Qué le está pasando (al lenguaje)?
Solía mudarme con mucha frecuencia cuando era niña. Si algo comprendí en esos largos trayectos por carretera fue que, lo que se quedaba detrás, se perdía para siempre. Y si eso no es la muerte, entonces, ¿qué es? Los teléfonos eran artefactos privilegiados entonces y el servicio de correos lento y, como siempre, imperfecto. Mantenerse en contacto era cosa más bien difícil. La fluidez de la comunicación contemporánea ha reducido en mucho esa ansiedad de la separación. Sigo mudándome con tanta o más frecuencia que años atrás, pero a diferencia de la niña que aprendió a establecer sólo relaciones tentativas debido a la inminencia de la despedida, las pantallas y sus múltiples ventanas —email, Skype, Twitter, Facebook— han hecho posible imaginar y vivir en un mundo hecho de lazos. Pocos hubieran predicho que una tecnología basada en una noción fluida y cambiante de identidad produjera, acaso paradójicamente, el establecimiento de conexiones largas y estimulantes y, contra toda predicción, estables (si no “verdaderas”). No es la panacea, ciertamente, pero qué bien se siente saber que un adiós es sólo un hasta luego. Qué bueno preguntar, a veces, ¿llega hasta allá la sal que nos devela lo que somos o cómo? Y estas aves que van de la página de un libro hasta tu ventana, ¿cantan con la misma insistencia ahora mismo allá? Importa, pues, este momento. Nuestro aquí y nuestro ahora. Esta letra que aparece ahora mismo sobre esta pantalla que es, a su manera, de este modo abruptamente vertical, el cielo del nosotros. Del todos nosotros. El cielo de nuestra post-humanidad.
Uno de los poemas más importantes de Xavier Villaurrutia (Ciudad de México, 1903-1950) es “Nocturna rosa”, incluido en su libro Nostalgia de la muerte (1938; 1946). En ese poema, cita el investigador del Colmex Anthony Stanton a Octavio Paz, Villaurrutia alcanzó “la madurez, el momento más alto de su poesía”. Después de su incursión en el surrealismo, escribe Stanton, el célebre poeta de los Nocturnos se distanció del versolibrismo vanguardista de los años veinte y retomó las formas métricas y estróficas más tradicionales, “con ecos claros de la tradición barroca” (seguramente cuando empezó a estudiar y editar a sor Juana Inés de la Cruz).
“Nocturna rosa” apareció en 1937 en una edición limitadísima de 11 ejemplares, que ilustró su amigo el pintor Agustín Lazo, y que seguramente Villaurrutia sólo distribuyó entre sus amigos más cercanos (el ejemplar que se usó para esta edición está dedicado al dramaturgo Celestino Gorostiza y le fue regalado por Miguel Capistrán a Stanton). Antes había publicado también en plaquettes bajo el sello de Hipocampo “Nocturno de los Ángeles”, dedicado a Agustín J. Fink (el de la verga tan grande como lata de salmón, según recordó Salvador Novo en La estatua de sal) y “Nocturno mar”, dedicado a Novo. “Hipocampo” era la librería-galería que Villaurrutia y Lazo tenían en el Pasaje Iturbide del Centro, a la que después se incorporó el poeta surrealista César Moro cuando llegó a vivir a México en 1938.
Si bien la rosa ha estado presente desde tiempos inmemoriales, en el latín con el “rosa, rosae, rosam…” que tanto se usa como ejemplo, también ha sido, dice Stanton, el “símbolo más común, más estereotipado y más trillado de toda la poesía occidental” (véase, por ejemplo, la antología de Francisco Hernández: La rosa escrita. Breve antología poética de la rosa en lengua castellana publicada por Aldus en 1996); en plenas vanguardias, Gertrude Stein lanzó su memorable juego “a rose is a rose is a rose…” y Huidobro pidió a los poetas que no cantaran la rosa, si no que la hicieran florecer en el poema. A partir de la negación: no es la rosa de De Rioja o de Cocteau, Villaurrutia creó su rosa en el poema, pero era la suya “la rosa increada” que “no ocupa lugar en el espacio”.
Dice Stanton en su epílogo que con este poema, Villaurrutia quiso dialogar con todos esos poetas que han hablado de la rosa, desde el verso inicial “Yo también hablo de la rosa…” quiso sumarse a esa tradición. Es muy probable que así haya sido, pero sobre todo quiso entablar un diálogo con José Gorostiza, a quien está dedicado. Así lo entendió el investigador Arturo Cantú al hacer su propia exégesis de este poema villaurrutiano en la revista (paréntesis) (Núm., 17, junio de 2002). Cantú encuentra algunas correspondencias entre ese poema de Villaurrutia y Muerte sin fin (1939). Sin embargo, Stanton cree que no es posible que Villaurrutia conociera el borrador en proceso de Muerte sin fin o que haya presenciado una lectura del poema antes de su publicación, además de que primero se publicó “Nocturna rosa” y dos años y medio después Muerte sin fin. Y agrega: “Me parece más lógico explicar la dedicatoria como señal de amistad y de admiración y no como indicio de una deuda intertextual explícita que no es comprobable”.
Las dedicatorias en los Nocturnos no sólo eran señales de amistad o admiración: a Lazo le dedica el nocturno más plástico, el más surrealista, el que remite a las pinturas de Giorgio de Chirico, tan apreciado por ambos, “Nocturno de la estatua”; a Novo le dedica uno en el que establece un diálogo secreto, un entendido entre ellos; a Agustín J. Fink el que escribe en la ciudad en la que fue su anfitrión; así es como hace lo mismo con este que homenajea a Gorostiza. Y desde luego que esa hermandad entre los dos poemas es comprobable porque el propio Gorostiza les dijo en entrevistas por separado a Capistrán y a Poniatowska que en Muerte sin fin hay retratos en clave de sus amigos (por ejemplo, Cuesta es la “inteligencia, soledad en llamas/ que todo lo concibe sin crearlo”).
Villaurrutia es en Muerte sin fin una más de las inteligencias en llamas, pero la de un “páramo de espejos”, como una “helada emanación de rosas pétreas/ en la cumbre de un tiempo paralítico”. Así que el verso “Yo también hablo de la rosa”, además de relacionarse con los poemas de esa tradición, quiere entablar un diálogo con esos versos del poema de Gorostiza. Otro guiño que relaciona “Nocturna rosa” con Muerte sin fin es el verso que dice: “ni la rosa que gira/ tan lentamente que su movimiento/ es una misteriosa forma de la quietud” y que en el poema de Gorostiza se menciona como “en la cumbre de un tiempo paralítico”.
Salvo por ese punto, la disección que hace Stanton del poema es muy iluminadora para entender mejor el distanciamiento de Villaurrutia del surrealismo y su vuelta al barroco y sus poetas místicos, del sueño no como lo entendían los surrealistas si no de la lucidez en él (“el sueño vigilante” de Góngora), sobre su empeño por participar en el homenaje a esa flor a la vez que marca la particularidad de su rosa. Es probable, y deseable, que otros vengan con su propia interpretación del “Nocturna rosa”.
El ejercicio de la crítica literaria se ha banalizado. La mayoría de los medios cumplen con el requisito de ceder el espacio para que a personas que no tienen la preparación reseñen los libros que desesperadamente piden a las editoriales. Lectores improvisados que dan como resultado reseñistas fallidos. Además, generalmente lo que acaban por reseñar son libros de ocasión que no tendrán mayor trascendencia en el futuro cercano. En el mejor de los casos, esas reseñas son sólo eso: glosas, resúmenes, comentarios, impresiones.
Desde luego, cualquiera puede compartir las impresiones que le dejó su lectura (“Me gustó por esto” o “No me gustó por esto otro”), o glosar el libro en cuestión, pero eso no es precisamente hacer crítica literaria. Leer mucho pero desordenadamente no da una visión precisa de la obra o de su autor o de su corriente literaria.
Uno de nuestros máximos críticos literarios, Antonio Alatorre, la define como “la tarea elementalísima de distinguir entre lo que ‘sirve’ y lo que ‘no sirve’”. En otras palabras, lo que don Alfonso Reyes consideraba “el deslinde”: separar lo que es literatura de lo que no es literatura. Pero para hacer esa labor, en apariencia sencilla, la exégesis demanda de algo más: hay que tener criterio, hacer crítica literaria es, pues, tener el criterio de determinar el valor literario de una obra, o no. Así, el crítico, agrega Alatorre, “es una especie de creador”.
La misión del crítico es poner la obra literaria en su justa dimensión, ayudar con su lectura a la lectura de los demás, compartir la interpretación de lo que el autor quiso decir, sí, pero sin excederse en la interpretación de la metáfora que el poeta propone. “La función exegética, sin honduras ‘filosóficas’, podrá ser una de las más elementales de la crítica, pero esa modesta función puede resultar indispensable”, dice Alatorre en uno de sus Ensayos sobre crítica literaria (Conaculta, 2001).
Si, como nos solía decir el poeta Guillermo Fernández a sus cercanos, la poesía mexicana es priista, la crítica literaria no está muy lejana de esa descripción: “Si me elogias, te elogio”, “Si desdeño tu libro, tienes derecho a destrozar el mío pero en público seguimos dándonos sonoros abrazos de compadres”… La dinámica además es sectarea, de grupo: todos sus integrantes se toman el agravio como propio. “¡Ay de aquel que ose arremeter contra uno de los nuestros!” Y en esa dinámica, los amigos se elogian los unos a los otros.
Esto, además, se ha exacerbado, he podido comprobarlo, gracias a las redes sociales: “Si me favoriteas todos mis estados te favoriteo los tuyos”, etcétera… Las redes sociales como la agencia de relaciones públicas al alcance de la mano. Así no puede funcionar la crítica literaria. Elogiar las obras por amiguismo tal vez sirva en el limitadísimo ambiente literario pero el lector, tarde o temprano, se dará cuenta de la estafa en la que cayó. La crítica literaria necesita libertad e independencia.
Me gusta, sobre todo, pensar en la crítica literaria como la pensaba Lezama Lima: “la crítica se puede trocar en creación, no en capricho, apegarse a invisibles orígenes sin olvidar la corrección, sus ajustes”. Eso se propondrá este espacio.
Ser usuario de Internet orilló a Néstor García Canclini a ampliar su manera de relacionarse con otros. Al principio, esos diálogos sin presencia y con alta dosis de distancia lo llevaron a desconfiar. Sin embargo, poco a poco, fue sumergiéndose en el mundo cibernético. García Canclini habla de cómo fue este proceso, y revisa algunos movimientos ciudadanos marcados por las redes sociales.
A cualquier antropólogo le puede ocurrir que lo pongan en situación de primitivo. Mi modo de pertenecer a una cultura rara, resistirme a cambiar o desconcertarme ante la atracción de lo diferente no me sucede en ninguna escena de manera tan penosa como en Internet.
No me lo contó Stuart Hall cuando nos conocimos en aquella reunión de Stirling, sino uno de sus amigos, tan íntimo que estaba entre los únicos diez a los cuales Stuart había dado su correo electrónico. Como esa restricción me pareció exagerada, yo decidí que mi lista se extendería a veinte y abrí mi cuenta en una ONG confidencial llamada laneta. En el grupo de mis interlocutores digitales no había ninguno de la ciudad de México: si querían comunicarse que me llamaran por teléfono. Entendí que no podía seguir pidiendo a amigos de otros países que esperaran quince días para que su carta arribara a mi casa y les llegase mi respuesta. Los que tuvieran urgencia y quedaran fuera de esa cuenta podían usar el fax. No estoy seguro si ese coloquio de Stirling fue en 1999 o en el año 2000, pero supongamos que fue en el 99 para que parezcan ideas del siglo pasado.
La presión de los internautas crecía y los letrados no podíamos eludir las miradas compasivas. Se produjo la catástrofe cuando dos años después, invitado a un congreso mundial en Rio de Janeiro, confié a los organizadores mi email (con la advertencia de que no lo agregaran a la documentación general). Dos semanas después comencé a recibir invitaciones para otros simposios, publicidad de hoteles cariocas y de Europa del este, avisos de que había heredado en países asiáticos.
Me di cuenta que me había exiliado sin moverme de mi casa. ¿Era posible, como en los destierros geográficos, atenuar la pérdida disfrutando el nuevo paisaje y sus gentes? Este nuevo territorio ampliado o circuito difuso no estaba habitado sólo por “maileros” sino por usuarios de dispositivos que desconocía y se habían vuelto indispensables para escribir, editar o hacer en red lo que hasta entonces requería ir al banco, llenar a mano solicitudes para lo cercano y lo distante. Hasta había quienes proponían mudarse de la realidad a Second Life: que eso haya durado poco me hace creer que el mercado de intercambios virtuales de vez en cuando aterriza en algún tipo de sensatez (¿qué querrá decir sensatez?).
Un poema de juventud que nunca publiqué contenía estos versos: Esperar cada día / como seespera una carta. Cada vez que abro el correo en la mañana siento que esa sensación se multiplica. Pero mientras recorro los mensajes, también encuentro que no puedo delegar ni a los procedimientos más refinados de clasificación la tarea de distinguir entre deseados e invasores.
No me explico cómo los especialistas en política internacional podían imaginar lo que sucedía en otros países dependiendo sólo de sus viajes tres o cuatro veces al año y de las noticias que (sabían) eran versiones manipuladas por las agencias. La visión diaria del mundo se amplió desde que podemos recibir en nuestra casa de la ciudad de México cada mañana El País o el New York Times Pero ese acceso dejó de ser novedoso desde que muchos sitios gratuitos dejan consultar varias veces al día medios españoles, franceses, ingleses y latinoamericanos, al viajar por YouTube, Facebook, revistas virtuales académicas, artísticas y de actualidad y los blogs que las comentan.
Me pregunto si esta apertura del horizonte me ha hecho modificar opiniones más que en otros periodos de cambio (cuando hice el doctorado y viví en París, cuando me exilié en México). Como sucede en las mudanzas de país, ser internautas es más que una expansión de conocimiento: aumenta nuestras dudas y llena de matices lo lejano y también lo local. Ambas cosas se mezclan en la red, como cuando me enteré en la compu del escrache a Peña Nieto en la Ibero, desde donde estaba ese día: en Buenos Aires. La web me hace sentir menos extranjero de Argentina cuando estoy en México y menos extranjero de México cuando estoy en cualquier otro país. A ver en las redes a los jóvenes manifestarse contra la indignidad de los políticos y reclamar otros programas nacionales para un país que saben distinto del que cuenta la televisión, percibimos que van dejando en el pasado los estereotipos de las nuevas generaciones: ya no son simples “estadounidenses nacidos en México” o educados para emplearse en los monopolios.
Veo Facebook sin estar afiliado, cuando me lo prestan. Sé que me pierdo, a veces, de participación en las hablas e imágenes cotidianas, pero es el costo elegido de poder cumplir con un porcentaje razonable de los intercambios que llueven en el mail, en mi página web y en los encuentros personales que me siguen importando. No oculto que, además del desenfado coloquial que me gusta en Facebook, sus anotaciones suelen evocarme una frase que Borges escribió en 1930 para referirse al uso indigente de la lengua en vanguardias literarias de aquellos años: “charlatanería de la brevedad”. El hecho de que esa fórmula, aplicable a Facebook y también a comentarios que al final de artículos periodísticos simulan la participación ciudadana, tenga un origen tan antiguo evidencia que la verborrea fértil u ociosa no es invento de la web.
Tengo en estos días 1672 contactos en el correo. A los veinte originales se acercan ahora el número de los seleccionados para conversar asiduamente por Skype (aunque temo que también esta vía de comunicación se vaya congestionando desde que hace seis años comencé a participar en exámenes por Skype y un profesor junto a mí cuestionaba a la alumna su trabajo de campo en el nordeste brasileño, donde él no había estado, con los datos que veía en Google Earth). Si bien consulto más el Google académico, en el Google generalista me dan curiosidad las mezclas extravagantes de artículos razonados con videítos de fin de curso, rencores erráticos, libros inesperadamente subidos a la red y anónimas noticias de autoelogio de escritores o promotores de mercado. Se sabe que esa proliferación desordenada proviene de la expansión transnacional de los saberes y también de que algunos buscan mantenerse al comienzo de la página pagando a trabajadores virtuales para que multipliquen las consultas. Como sucede con los ejércitos de twitteros contratados para inflar el volumen de seguidores de candidatos electorales o músicos antes de un espectáculo.
Todo puede ser burdo o hipermejorado en la red: la filmación improvisada o photoshopeada de museos que recorremos sin haber estado; los análisis sociales redactados en minutos gracias al corte y pegue de lo que escribieron otros, pero también las investigaciones nutridas en archivos multinacionales cuya amplitud jamás imaginamos; sufrir bullying digital o encontrar ahí solidaridad para defender derechos. propósito de sufrimientos y derechos, también hemos descubierto que todo puede tener eco en la web, pero no todo es virtual: hay cuerpos donde se ama o se tortura, espacios físicos urbanos donde las interacciones tienen otra densidad.
Uno de los motivos para reconocer las ambigüedades de Internet es los distintos modos en que intensifica la interculturalidad. Ni siquiera con el aumento de las migraciones y la expansión de las industrias comunicacionales se había vuelto tan desafiante la confrontación entre mundos. Sentí experiencias movilizadoras al estudiarcomo argenmex las artesanías purépechas y a sus creadores, los vértigos fronterizos entre Tijuana y San Diego. Pero ninguna de estas formas de extrañamiento es tan radicalmente intercultural como las que proponen Internet y su torrente de mutaciones veloces: información textual-visual sonora cada vez más extendida y combinable, disponibilidad “libre” de contenidos, transparencia y nuevas formas de opacidad en las operaciones financieras y políticas, vigilancia junto a incertidumbres.
Conocer es ir deshaciendo ilusiones. Pocas son tan incitadoras para renovar el pensamiento, como las de quienes descubrimos en estos breves años el desatino de querer limitar a diez o veinte los contactos. Este aprendizaje no va en una sola dirección y hoy cabe pensar si es posible contar con 3200 amigos, como los nombra Facebook. Si la distancia y la alteridad son ahora otras cosas, con más beneficios que trastornos, también es momento de averiguar si queremos que nuestra amistad tenga una acústica tan ruidosa.
En todo caso, lo más significativo es que emerjan preguntas inéditas en medio de movimientos sociales que vuelven anacrónicas respuestas anteriores. Cuando en el actual derrumbe europeo la discusión es “¿austeridad o crecimiento?”, las palabras que quedan fuera de esa opción las reponen los indignados en las redes: igualdad, participación, bienestar. A quienes reducen el debate sobre propiedad intelectual a la opción “legalidad vs. piratería”, las prácticas de los internautas les cambian la conversación: ¿y el acceso? ¿cómo ampliar los derechos comunicacionales?
Estas preguntas —necesarias— están hechas todavía con palabras del siglo pasado. Hay otras: ¿si no hubiera hackers y malestar social mejor informado habría mejoras en la transparencia política, económica e informativa? ¿Hubo algún programa de educación activa que volviera tan rápidamente desechable el autoritarismo escolar —y los otros— como la llegada de computadoras y celulares a las aulas, las casas y los espacios públicos?
La conmoción que produjo en el cine la aparición del video en la década de los años ochenta no redujo la hegemonía de Hollywood ni de las majors; la desplazó de las grandes salas al consumo a domicilio. Son las descargas libres y en red las que cambiaron el modelo de negocio, obligaron a las grandes marcas a bajar precios de videos de películas y música, abrieron el mercado a iniciativas multiculturales más diversas en el norte y en el sur. ¿Es sustentable esta redistribución mundial de la creatividad y el acceso o las nuevas concentraciones de redes, como Google, restablecerán el control de lo que podemos conocer y disfrutar?
Hasta ahora encuentro que estas preguntas no se contestan sólo en las redes. Los movimientos de jóvenes árabes, chilenos, españoles y mexicanos liberándose gracias a Facebook y Twitter de las agendas modeladas por los políticos y los medios pueden sugerir que entramos en una época postelevisiva. En realidad, en la política y en las vidas cotidianas Internet viene a modificar una escena que ya era multimedia. Y, como vemos en el cambio de recorrido de los más de 132 en México —que empezaron en las redes, luego llegaron a la prensa escrita y a la televisión, y al final a las asambleas— seguimos necesitando los encuentros cara a cara. Comunicación y presencia.