Los diarios personales son un género literario que nos hace cuestionarnos sobre nuestros motivos para leerlos: ¿Se trata de buscar a la persona detrás del artista? ¿O de encontrar los verdaderos orígenes de su obra? ¿O quizá de atisbar aquellas obras que quedaron para siempre sin terminar? ¿O simplemente de una curiosidad morbosa por ver al autor en tierra firme, lejos de su pedestal? Cuando el interés al escribir un libro, o un diario personal reside exclusivamente en retratar a un ser humano que goza de fama literaria, en este caso, el esposo de la autora del diario, es difícil para el lector encontrar algo de interesante en esas páginas. El libro de Jessie Conrad cae en esta categoría de diario en que la única razón para leerlo es el chismorreo literario, el deseo de enterarse de los pormenores de la vida cotidiana de Conrad, la cual no es para nada ni remotamente tan fascinante como los mundos creados por el escritor, el artista en el que se convertía al poner pluma en papel.
Que la biografía está bien escrita, no hay duda; la autora es, al parecer, de estas escritoras relegadas a la sombra por haber vivido exclusivamente para ser la esposa de un autor reconocido. Que su crónica de la vida cotidiana es fidedigna y un retrato por demás objetivo de una mujer que se casó con Joseph Conrad cuando apenas lo conocía, cierto. Que muestra el gran sentido del humor con el que esta joven manejaba el difícil temperamento de su marido, incuestionable. Es interesante la sinceridad con la que Jessie declara su condición “de esposa y madre del escritor aquel. Al depender tanto de mí, Joseph Conrad me despertaba el instinto maternal y hasta el fin de sus días me presté a ser el amortiguamiento que lo separaba del mundo externo.” Conrad es mostrado en su fragilidad de ser humano, “el hombre de los eternos cambios de humor”, lo llama su esposa. También ella se muestra como era vista por Conrad, quien odiaba su “hipertrofiado sentido del humor”, el cuál él consideraba un gran defecto de su timidez, pero Jessie consideraba una virtud que muchas veces aligeró las discusiones y los contratiempos en sus vidas. Las partes más humorísticas, quizás, para un lector ávido de detalles del mundo literario de ese entonces son aquellas en las que Jessie señala las mentiras y desviaciones en que cayó Ford Madox Ford una vez que su amigo falleció, y muestra cómo él era más abnegado que su esposa misma, cómo intentó borrarla por completo de sus recuerdos de Conrad y cómo pareciera que en cuanto él murió, se sintió dueño de su obra y declaró haberlo ayudado mucho más de lo real.
En este libro hay también breves resplandores de la inspiración de algunos de sus cuentos y obras, de un paseo, por ejemplo, en el cual vieron a los que se convertirían en Los idiotas; pero como Jessie misma lo dice, pocas veces Conrad escribía sobre lo que veía o vivía en ese momento, por lo tanto se vuelve un trabajo de ociosos descubrir estos instantes entre las páginas y páginas del diario donde se habla mucho más de las reflexiones de Jessie sobre cuánto gastar en muebles, qué casa alquilar para vivir, qué hacer para contenerse una vez más y no explotar ante la completa falta de empatía de su esposo, incluso en los momentos más precarios como dar a luz a su hijo, cuando Joseph Conrad se fue sin prisas en busca del doctor y se quedó con él a desayunar una segunda vez, asegurándole que no había prisa por volver al parto. Y si de lo que se trata es de sentir empatía por la situación de Jessie como mujer por completo sometida a los designios de su esposo, con unas veinte páginas sería suficiente: son innecesarias las más de cuatrocientas. El libro sólo puede ser apreciado y disfrutado por dos clases de lector, para quienes seguro sería de gran utilidad: uno interesado en la vida cotidiana de finales del siglo XIX y principios deL XX, o uno increíblemente obsesionado con Conrad, con saber los pormenores de su carácter y su salud, los ataques de mal humor en los que caía antes de que le viniera un ataque de gota, la cara de niño entusiasta que puso al recibir un libro de Henry James, los desplantes secretos de Ford Madox Ford contra su mujer y muchísimos detalles más, inservibles sin embargo si de lo que se trata es de entender sus grandes obras.
En su conocida “Advertencia al lector”, mediante la cual hace explícita la finalidad de sus Ensayos, Michel de Montaigne escribe: “Quiero que me vean en mi manera de ser simple, natural y común, sin estudio ni artificio. Porque me pinto a mí mismo. Mis defectos se leerán al natural, mis imperfecciones y mi forma genuina en la medida que la reverencia pública me lo ha permitido.” Él es la materia de su libro: sus páginas son el resultado de una profunda, desenfadada e irónica indagación sobre sí mismo; examen de aquello que comparte con la humanidad, sus virtudes y sus taras, sus ambiciones y sus fracasos. Sin embargo, los Ensayos no van más allá, en sus revelaciones personales, de lo que permite la “reverencia pública”. Pero hay escritores que descienden de la tradición ensayística de Montaigne, como Phillip Lopate (Nueva York, 1943), autor, entre otros libros, de una indispensable antología de ensayos personales, Retrato de mi cuerpo, que se proponen abiertamente tensar los límites de una conducta aceptable en primera persona. Quieren de veras pintarse a sí mismos al natural; autorretratarse o encontrarse mientras ensayan.
A esa estirpe de escritores pertenece Guillermo Espinosa Estrada, quien a través del ensayo ha logrado presentarse desnudo ante el mundo con una sonrisa desparpajada: la sonrisa de la desilusión, el escudo protector de quien nada tiene que perder. Por eso los doce ensayos reunidos en su primer libro La sonrisa de la desilusión, se desarrollan (porque ese es el propósito), a la manera de una stand-upcomedy routine, en la que el ejecutante desnuda su personalidad frente al público lector, revela aquello que otros dejarían oculto, y exhibe aquí y allá muchas de sus ilusiones perdidas, sus fracasos, sus manías, sus varias ineptitudes para la vida y su soledad. No obstante, en lugar de ceder al drama por las múltiples caídas, el autor elige la risa (o la risa lo elige a él), ese gesto de incivilidad, para relatar en cada ensayo momentos de plena felicidad y el anuncio del desengaño.
Los ensayos de La sonrisa de la desilusión parecen anclas lanzadaspor el autor al suelo de una vida y un pasado difícil de olvidar, cargado de expectativas y de fugaz felicidad. Acaso por ello los recuerdos de la infancia atraviesan las páginas del libro, porque son los niños quienes “corren apasionadamente detrás de los sueños y se despreocupan de toda realidad” (Robert Louis Stevenson). ¿Qué son las ilusiones si no sueños y estrellas en altamar? “Mi risa”, confiesa el narrador de estos ensayos que también son memorias, “es una máscara que oculta —primero— mis verdaderos sentimientos, pero casi al mismo tiempo revela —al observador— mi angustia.” También es una manera de resistir, de buscar la felicidad aun en las grietas de la tragedia. Fabular para impedir que la realidad, en muchos sentidos cruel, arrebate todo aquello que el narrador ha hecho suyo, como muchos de nosotros, a temprana edad: un viaje, un amor, los personajes entrañables de una Sitcom, la ingenuidad y la felicidad “siempre por venir” de la comedia romántica, la ligereza de la comedia musical, etcétera. “Me resisto a distanciarme de algo que ha terminado por ser tan íntimo”, escribe en uno de los ensayos, pero la afirmación puede extenderse al resto.
“La risa supone el examen libre de las inconstancias del mundo, sus imposturas, sus caprichos, su carácter inevitablemente ridículo […] La risa arrasa lo establecido y venerable; devasta lo habitual y lo reverenciable”, apunta Jesús Silva-Herzog Márquez en “Hobbes y la risa” (El Malpensante, núm. 109).
Guillermo Espinosa Estrada o William Thornway, personaje del que se vale el autor para contar una especie de autobiografía oculta entre los matorrales del ensayo, opone muecas de sonrisa frente a una realidad que se empeña en mostrar su cara trágica, derrotista, seria. No para ignorar el dolor, sino para sobrellevarlo, para impugnarlo. Aquí no caben los embaucadores de la autoayuda ni los “mercachifles del bienestar”, para quienes, incluso en la desventura más inefable, sólo existen la felicidad, los abrazos y las falsas sonrisas. Eso es una farsa; y sus promotores, farsantes. La felicidad no dura toda la vida: se refugia en instantes, en momentos, en apenas trozos de felicidad. Y son esos alientos de plenitud los que William Thornway quiere recuperar al relatar su historia; tablas a las que se aferra con humor descarado en medio del naufragio. Detesta a los optimistas, pero los envidia “en su espejismo”.
La solemnidad y la pedantería se cultivan y se reproducen entre los espíritus refrigerados, entre individuos doctos que aborrecen el aire libre, el movimiento, el paseo, la chacota. Nada más ajeno a William Thornway, cuya educación sentimental procede, en buena parte, de la comedia, la errancia y ¡la televisión! (exclamarían, poniendo el grito en el cielo, los escritores afectados, esos que disfrutan a escondidas de “la caja idiota”). No es extraño que a nuestro narrador le seduzca la comedia musical: “Hay algo en su banalidad que rezuma ludismo, ligereza”. Para el que carece de convicciones firmes, este tipo de comedia, con su baile, melodía e historia de amor, es lo contrario de la pesadez: agilidad, movimiento del cuerpo, danza, alegría, vuelo de pájaro, libertad, flotación, sonrisa. “La comedia musical no sólo logra suspendernos en el aire, también aplaza la ejecución de lo serio”. El espíritu de la pesadez no sólo lleva sobrecarga moral, también ha renunciado al magisterio de la risa y a cierta inocencia infantil (“Inocencia es el niño y olvido, un nuevo comienzo, un juego, una rueda que se mueve por sí misma, un primer movimiento, un santo decir sí”, afirma Friedrich Nietzsche en Así habló Zaratustra).
La sonrisa de la desilusión, a través del ensayo, la crónica, la memoria y la autobiografía (con una inteligencia, un humor y una voz muy particulares que abrevan de Montaigne, Jonathan Swift, Stevenson, Hazlitt, Laurence Sterne, Chesterton y Lopate, por mencionar unos cuantos), captura instantes de felicidad infantil y juvenil que han quedado en el pasado y al mismo tiempo muestra una lucha tenaz del narrador, ayudado por el martilleo de los recuerdos, por no separarse de aquello que algún día, antes de la desilusión, lo hizo feliz (la comedia romántica, una mujer, la televisión, una composición para piano…).
En el último párrafo del primer ensayo, “Burladero”, hay una frase que podría ser la “Advertencia al lector” de este libro: “Nada de lo que yo diga puede ser tomado en serio.” Comedian al fin. Disfruten la función.
Emboscadas de la lengua, pactos verbales rotos incontables veces, los textos reunidos bajo el irónico título Nunca cambies. Poemas 2000-2010 de Inti García Santamaría son un ejercicio constante de contradicción. El “ingenuo” llamado a la estabilidad que los preside pareciera tomado del álbum de un preparatoriano, que se despide de un amigo o de una amada (de un sí mismo, un ánima, da igual), cerrando una aventura “inolvidable” para abrir otra más. “Nunca cambies, corazoncito” es el espejismo inicial que se le presenta a quien abre estas páginas y, después de tropezar con una dedicatoria robotizada —“Para la 74 / Para la 86”— , se interna en el primer volumen de poemas aquí compilado: Corazoncito (2004). Dicción encontrada, candidez rayana voluntariamente en la cursilería, la lectura pronto se apoya en la rebeldía de lo inconcluso, manifiesta en un epígrafe de Witold Gombrowicz acerca de un escritor que descree del Arte (así, con mayúscula), del cual tomo un fragmento: “Y no escribirá porque ya está maduro y consiguió la forma, sino justamente porque es todavía inmaduro y sólo en la humillación, ridiculez y sudor se esfuerza por atraparla.” Inti es un escéptico y se lo agradecemos todos aquellos que miramos con recelo la Institución Poeta en México. “Estival”, el excelente poema que abre Corazoncito, lírico y narrativo, dibuja una historia que vertebra los ires y venires de un lenguaje en constante usurpación de cualquier fijeza, con trazas recurrentes de ironía: “porque ninguna carta guarda la voz que descubrimos”, “hoy comprendes nuestro canto nunca estuvo / en la cueva que inventamos en su honor / sino en la necesidad de retener”, “cuando hablo contigo estoy diciendo a todos / una frase interminable que tus labios me dieron / un estilo para hablar de nuestras horas perdidas”, “no es posible traducir tu lenguaje sin traición”. Ese tú invocado (reconstruido aquí con fragmentos de un discurso de por sí fragmentario) hará eco inmediatamente en la serie de cinco poemas con idéntico título, “Bonita”, una suerte de Pretty Woman enrarecida (que resuena también en el poema “diecinueveaños”¸ Trilce ix referido, y el eco de la prehistoria de Trilce como práctica de rarefacción): “blusa roja estilo oriental”, “una señorita batata frita”, “Una. Maniquí de porcelana la nena”, etc. A seguir, la sección “Glam” (de glamour, ¿glam-poetry?) repite ese gesto desorientador de la identidad: tres poemas, en caja tipográfica de prosa, titulados “2001”, que tienen inicialmente cara de diario, pero que no lo son, albergan moldes de frases coloquiales que se tensan al entrar en contacto con frases de otra naturaleza: “Negro lo que se dice negro: mi reloj de pared”, “No siempre hablo de ti. También filmo pornografía”, “Tengo unos amigos, pero cada vez ves menos”. Estos non sequiturs son ejemplos de varios otros juegos de lenguaje que Inti realiza. Los “2001” ‘s alternan con tres imágenes de tipos diferentes: el brevísimo “haikú” “Rockstar”: “El niño autista canta / con harapos en la garganta”; el caligrama “gubia”, donde / i es un niño pescador; y “La primera lámina de Rorschach”: “cierra los ojos / su visión es una isla / la mancha más larga de un dálmata en calma […]”. Otros poemas visuales complementan esta faceta imagética: “Palomas (Dj set)” en que varias “y” conforman una parvada; “Avenas locas”, con al parecer unas gráficas sonoras; y dos “Pabellones de niños bipolares”, montajes de fotos del poeta niño con frases adosadas como grafitis.
Nunca cambies rompe otras convenciones editoriales: el segundo “2001” cierra extrañamente con los datos “Ediciones Oxígeno, Caracas, 2004”, referencia desubicada y trunca pues, ¿a qué título corresponden? ¿No hay título o el título es todo el párrafo?; el texto “El consumo de atún y pez espada puede provocar autismo en fetos” es un listado de seis referencias de publicaciones anteriores de poemas incluidos (p. e. “‘Bonita’, ‘Bonita’, ‘Bonita’, ‘Bonita’. El poeta y su trabajo, 9 (2002): 81-85”); “Hasta siempre”, título creativo y no anodino, abraza tres comentarios sobre la poesía de Inti: de Eduardo Milán (“arsenal formal […] que si no seduce espanta”), Jorge Fernández Granados (generación del fragmento, nihilismo, saturación, multimedios, zapping) y Antonio José Ponte (cadáveres exquisitos, promesa de llegada de poemas, titubeos, descoyuntamientos): ¿Por qué no un título que indique que es discurso crítico?
Hasta aquí nada pudo / separarme del cielo (2010), segundo libro compilado, va seguido de unepígrafe idéntico que aclara que se trata de un textotomado de Héctor Viel Temperley: redundanciaextraña. Algunos poemas: “La playa” tiene imágenesfulgurantes: “Los brillos de sal / sobre nuestroscuerpos oscuros / son estrellas / fugaces”; “Cielitolindo” vuelve a jugar con frases fosilizadas; un apartadocon la silueta de un pájaro como título pareceintentar un lenguaje ideográfico y su contenidoson poemas en colaboración con Dolores Dorantesy Hugo García Manríquez, a través de correos electrónicos:descoyuntamientos, incompletudes. El últimovolumen, Cuaderno de los rombos que florecen (2010), no en balde es calificado como extraordinariopor Milán. Inti parece haber atravesado la tormentadel “desarreglo de todos los sentidos”, lospropios y los de los textos. Su gran capacidad parael juego lingüístico, el gesto tipográfico, la rupturade códigos, la ironía y la parodia se han depurado;es decir, no se escalan tan frecuentemente demanera exponencial, en una angustia por hacer alsigno significar más y más. Me explico. Las prosaspoemasde la sección “Cuaderno de los rombos queflorecen” van gradualmente contando una historiade un yo que se dirige a un tú haciendo retrospectivade una pasión que acabó. Los rombos son originalmentede un sofá de los años cuarenta pero unode ellos: “solicitó pedirte que me sedaras y cerramoslos ojos y dos lenguas de higo programaron esamanera de recordar tu rostro en panales dorados”.La voz que narra pide: “Que te metan en una maletacon destino a Lima, la ciudad de las ex novias, yaparezcas convertida en una foto con dos años deantigüedad cuatro años después. Es mi manera deaceptar que los rombos se han convertido en octágonos.No sé si será cierto la próxima vez que lodiga”. Magistral manera de dislocar hacia los objetosla tensión de una furia amorosa condenada alas palabras. “Adentro, hay veces, hay peces y haypasos” sigue en la armonía de esa digresión simbólicaque cierra el penúltimo texto: “Entonces imprimimosun cuaderno de rombos que florecieronen los años 40”. En el último texto, los rombos hanpasado a ser parte de una blusa bajo un techo de palma, pero ya no se sabe si la persona invocada es la misma pues “las mujeres reparten turnos para alejarse de mi camino”. ¿Es un delirio, un daydream o algo que realmente sucedió? La serie cierra con: “Pensé que no podría recordar tus facciones si no era bajo los efectos de una enredadera industrial, pero caminaste hacia mí de la mano de un correcaminos tóxico”. Es justo en ese “correcaminos tóxico”, donde siento aflorar el exceso, porque no es la “enredadera industrial”, ni el “payaso de plástico” de la página anterior, ni las “lenguas de higo” mencionadas. Es un esguince metafórico que quiso ser irónico desaforadamente. ¿Para librarse de un posible romanticismo? ¿Hay límites para la ironía? El segundo apartado, “Tristeza melancólica originada por el recuerdo de una dicha perdida”, conserva el equilibrio y la depuración. Hay genomas, edecanes, clonaciones, vectores animales, títulos como “Sesiones Quiñihual [Track 8]” y elegantes cortes de las últimas líneas de cada texto, como si se tratase de “prosas de pie quebrado”. Nunca cambies es un libro complejo pero armonioso. ¿Quién dice que no puede haber armonía poética en nuestra vertiginosa, fragmentaria, multidimensional y cuestionada ultramodernidad?
Odio a esos poetas jóvenes, ilusos, que abanderados por Mario Benedetti ladran versos sin sentido destinados a cambiar el mundo. Se les puede encontrar, con megáfono o sin él, sobre todo en los camiones, aunque los hay que de pronto resultan ubicuos e infestan plazas, cafeterías, monumentos y debajo de las piedras; porque ellos, a pesar de haber nacido al final de los años ochenta o durante los noventa, han descubierto el “arte acción”, y les parece muy contracultural y antisistema contaminar los espacios públicos con sus berridos. Es que están llevando la Poesía a quien no la tiene. Ah.
Se les puede encontrar también en las escuelas de letras, denostando a sus maestros, el programa de estudios y la burocracia escolar, pero incapaces de redactar una tarea sin faltas de ortografía. Son amantes de los puntos suspensivos porque piensan que llenan sus textos de misterio y sensibilidad, acusan al Estado de marginarlos por sus ideales y se autopublican en plaquettes y ediciones cartoneras con títulos como Las llamas de mi fuego, Micorazón se desmorona, o La poesía invade mi ser.
No les gusta leer para no contaminarse. Los únicos escritores que conocen son Sabines y Sabina. La trova los conmueve hasta las lágrimas y les incita a continuar con su labor. Todos se parecen. Los odio por igual.
Los peores son los poetas jóvenes que, además de conciencia social, tienen conciencia ecológica. Son los que escriben poesía verde dando voz a los lamentos de la pachamama. Los odio. Son los que poniendo el ejemplo sobre el cuidado del agua, pueden pasar mes y medio sin bañarse.
Odio a los poetas de mediana edad. Los odio. Esos que ganaron un certamen municipal o una beca estatal y llevan su libro de 1998 a todas partes. Esos que no se pierden ningún evento cultural porque son los únicos momentos en que pueden beber vino, aunque sea barato, y alardear acerca de su próxima obra maestra, esa que llevan escribiendo la mitad de su vida y que revolucionará el lenguaje y nuestra manera de ver a los árboles y las flores. Esos que son titulares en el taller de creación literaria de la universidad local, los editores de la revista de la universidad local; y que participan en toda presentación, conferencia, seminario, charla o debate de la universidad local donde haya café y surtido rico de Gamesa, así sea sobre las últimas investigaciones veterinarias acerca del moquillo en las razas mestizas.
Los odio.
Odio a las señoras ultrasensibles que visten huipil, rebozo y tacones de doce centímetros, esas que organizan los recitales para las glorias del pueblo y aprovechan los últimos minutos de la velada para leer sus sentidos pensamientos y reflexiones en rima sobre la importancia de la niñez, la fealdad de los pobres y el crimen del aborto. Las odio. Odio sus libros impresos con dinero de sus amigas, la Chiquis Corcuera, la Nena Vildosola, la Beba Videgaray y las otras chicas del bingo; esos libros cuya portada es una foto panorámica de la playa, con la autora en primer plano, alzando sus brazos al sol del amanecer.
Odio a los poetas. Los odio.
Odio a los poetas viejos, esos envilecidos por la vida literaria de provincia. Esos que creen que la credencial del Insen les otorga por default el paso a la gloria y posteridad. No importa que no tengan talento. No importa que no hayan publicado en los últimos veinte años. Esos que sobreviven impartiendo talleres por todo el país en donde les pagan por trabajar los textos de los participantes, pero que se dedican a vociferar contra la institución que los contrató, a maldecir a los funcionarios que firman sus cheques y a romper las ilusiones de los asistentes con frases del tipo: “¿Quién te dijo que esta cochinada es poesía?”, “Tú no sabes escribir, dedícate a la carpintería”, “¿Dónde esta mi dentadura?”, o “Esa de las tetas grandes, ¿cómo se llama?”.
Los odio.
Odio a los poetas hipsters, los que sueñan con publicar en La Tempestad y bailan sonidero. Esos que citan a Walser por lo que han leído en Wikiquotes.Los que en las cantinas de mala muerte conversan con los borrachosdel lugar para sentir la miseria humana de primera mano, y les pagan unaronda antes de arrancar su automóvil híbrido. Esos que llegan a sus lecturasen bicicleta, luciendo intencionalmente desaliñados, acompañados de una trophy girlfriend anoréxica y disléxica.
Los odio.
Los odio a todos.
Pero odio mucho más a los artistas multidisciplinarios.
Desde el punto más alto de la ciudadcontábamos las luces que se iban apagando,imaginábamos las manos apretándose en lo oscuro,las palabras pronunciadas en los oídos, la sensaciónde estar parados en el borde de un sueñoy contemplar el salto. Hablamos pocopero ese silencio nos bastó para entenderque incluso la ciudad era finita, con límites claros,y que algún díael desierto alrededor reclamaría los edificios, las calles, los autos,las banquetas. Sin decir nadaprometimos nuestros cuerposy la energía total de nuestro impulso, nos juramosnunca pensar en qué momentoterminaría la fiesta,sino acercarnos uno al otro lo más posibley bailaraunque del cielo cayeran los aviones.
Nunca creí en mi propia historiapero después de ese día dejé de inventarlay me abandoné a lo traslúcido, lo exacto y frágilcomo el rayo de luz que entraba a nuestra alcobapara alumbrar tus pies. Y fui como el polvo visible en ese rayo,ligero, flotando en la vocación de contemplarlas partes de tu cuerpo más parecidas al agua.
Te miraba dormir como quien mira su espalda por primera vezy quería encontrar palabras para despertartesin hacerte abandonar esa armonía. Cómo saber si al dormirno estabas mirando el principio de las cosas, una verdadimpronunciable.
Ya sabiendo cuántas pestañasy cuántas cicatrices teníamos los dos,el tiempo pasó más rápido.
Sólo tú me reconoces hoyaunque no te reconozcas a ti misma. Yo estoy felizde recordarte quién eresen la camay en otros lugares que la pielecha de menos. Como la lluvia
que también es un paíspara nosotros.
Interiores del libro José Guadalupe Carrillo García (1926-2009) de Paula I. Espinoza
Activo desde Guadalajara, el Taller de Ediciones Económicas (t-e-e) es un proyecto que explora las posibilidades del libro como formato. La clave está en el uso de una máquina Risograph cuya calidad de impresión es similar a la de un mimeógrafo. Con apenas dos años de historia, este taller tiene un importante número de títulos a cargo de artistas jaliscienses contemporáneos.
T-e-e comienza como un capricho en donde podemos explorar modelos contemporáneos de práctica editorial independiente. Funcionamos bajo un sistema de publicación de baja escala o small press que engloba toda la cadena productiva en una misma actividad: de la conceptualización a la edición, diseño, impresión y distribución del material: un modelo flexible y económico que permite una mayor capacidad de reacción en el contexto de la práctica editorial actual, lo cual se traduce en una mayor posibilidad de experimentación con contenidos y formatos. Este modelo, dados los procesos y materiales que utilizamos, permite obtener publicaciones de características que sólo son posibles en tiradas cortas. En contraste con las casas comerciales, una editorial pequeña y autónoma como la nuestra puede trabajar con mayor libertad y menos compromisos.
La duplicadora con la cual trabajamos es una Risograph GR 3750 que adquirimos en buenas condiciones con cuatro tambores de tinta: azul, verde, naranja y negro. Esta máquina está diseñada para reproducir ejemplares de un mismo original mediante un sistema heredado de los antiguos mimeógrafos; utiliza tintas directas y es capaz de imprimir sobre una gran variedad de papeles sin estuco. A diferencia de otros sistemas modernos de reproducción, Risograph no requiere de un proceso térmico para fijar las imágenes sobre el papel. Mediante una cama de escaneo, el sistema genera un original o máster que es transferido al cilindro de impresión, y que se descarta una vez se termina el trabajo. La única parte del proceso que no llevamos a cabo dentro del taller es la encuadernación, así que la confiamos a un colega impresor-encuadernador, que además es homeópata.
Debido al poder que se le ha dado a Internet como medio encargado de transmitir información y conocimiento, el libro impreso se ha liberado de la responsabilidad histórica de portador y se encuentra en un momento en el que comienza a cuestionarse a sí mismo como soporte, medio y objeto: punto fundamental en la práctica del Taller.
Inclinarnos a utilizar un sistema de impresión como Risograph no obedece al azar: nos interesa el hecho de que no esté diseñado específicamente para la reproducción de color, pues esto arroja resultados caprichosos en términos estéticos: con la variedad de sistemas digitales y análogos de que se dispone actualmente, la impresión de calidad se asume como un hecho; al momento de imprimir con un sistema con tantas limitantes cromáticas y técnicas, creemos que se recupera la atención en el objeto y su factura: el autor debe adaptar su forma de trabajo a una serie de condiciones tecnológicas que suelen llevarlo a cuestionar su práctica, con lo que obtenemos resultados particulares que en muchos casos representan una salida excepcional dentro de su universo estético. Por los mismos motivos, el destinatario final del libro suele acercarse con curiosidad a un objeto cuyas características distan significativamente de las de un libro desarrollado bajo procesos y convenciones industriales, lo cual vuelve a enfatizar la experiencia con el objeto que, de otro modo, suele asumirse como un portador invisible y protocolario del contenido: las características formales devienen parte fundamental del contenido de la obra.
El empleo de un sistema como el Risograph, que utiliza alternativas a los consumibles de origen fósil, implica trabajar con un modelo que pondera el ahorro de energía y materiales; esto lo vuelve un sistema económico que permite ofrecer ediciones limitadas a precios incluso inferiores a los de un libro comercial en rústica. Aunado a esto, procuramos seleccionar papeles nacionales baratos que en su producción empleen al menos un porcentaje de material postconsumo y eviten el uso de blanqueadores.
Durante el año 2011, el taller publicó tres títulos de la serie Seminario de Tesis I, para la cual invitamos a artistas visuales a utilizar el formato de libro como soporte de obra realizada ex profeso.
Nos interesa trabajar con artistas cuyo trabajo nos parezca honesto y tienda a evadir deliberadamente las convenciones a las que está sujeto el quehacer artístico en la actualidad, ponderando las estrategias marginales y caprichosas. Entre los títulos publicados a la fecha se encuentran libros de N. Samara Guzmán, una joven artista tapatía; Verónica Flores, arquitecta de formación y carpintera por vocación. El tercer título de la serie lo firma Fernando Palomar, uno de los fundadores de la Oficina para Proyectos de Arte (OPA). Los títulos que se encuentran en proceso y cierran el primer episodio de la serie corresponden a Pablo Rasgado, Jaime Martínez y Juan Núñez Lepe.
Historia General de Jalisco es la segunda serie publicada por el Taller y su interés primordial es la plasticidad de la Historia como ciencia humana y la especulación histórica desde una perspectiva empírica. José Guadalupe Carrillo García(1926-2009) es el título con el cual se inaugura esta serie y está conformado por transcripciones de diarios y conversaciones recabadas durante la búsqueda de rastros de un personaje fallecido en un remoto pueblo jalisciense. El documento, que registra la construcción de un personaje ficticio dentro de la memoria colectiva de una comunidad relativamente aislada, forma parte de un proyecto de la Asociación Estudiantil Independiente para la Observación Usufructuosa, un colectivo de artistas asentado en Guadalajara.
Recientemente, el Taller de Ediciones Económicas obtuvo el patrocinio de la Fundación Colección Jumex, gracias al cual se publicará durante 2012 la serie Seminario de Tesis II con títulos de Balam Bartolomé, Emilio Chapela y Miguel Fernández, así como tres títulos de la serie Artes Aplicadas I.
El modelo del Taller nos permite llevar a cabo ejercicios de publicación in situ, como fue el proyecto que desarrollamos durante la feria Cuarta Edición en diciembre de 2011, en el Museo de Arte Carrillo Gil de la ciudad de México, que llevamos a cabo con la colaboración de las editoriales presentes en la feria.
Interiores del libro José Guadalupe Carrillo García (1926-2009) de Paula I. Espinoza.
Portada del libro José Guadalupe Carrillo García (1926-2009) de Paula I. Espinoza.
Portada del libro El gallo de oro de Fernando Palomar. Foto: Taller de Ediciones Económicas.
Interiores del libro El gallo de oro de Fernando Palomar. Foto: Taller de Ediciones Económicas.
Interiores del libro Caja registradora de N. Samara Guzmán. Foto: N. Samara Guzmán.
Nicolás Pradilla y Gabriela Castañeda, editores de T-e-e. Foto: Paloma López.
El mini Jesucristo estaba ahí, como si nada, tirado afuera del Palacio Municipal de Rocasuave. Lo encontró Rufina Orellana o, como le decían los burócratas que compraban sus elotes, La Doña. La prensa, para esos tiempos harta de historias sobre alguien que había visto la cara de Jesús en su arroz con leche o las alas del Arcángel Gabriel en el acné de un adolescente, ignoró los rumores que decían que en Rocasuave una humilde cristiana guardaba en el bolsillo de su delantal a un Jesucristo, carne y hueso, de quince centímetros. Pero de cualquier manera, sin necesitar la ayuda de la prensa, pronto el pequeño puesto de elotes de La Doña tenía una fila de treinta, cuarenta, cincuenta personas adornándolo desde que el negocio abría hasta que La Doña empacaba sus cosas y regresaba a su hogar. Los hijos de La Doña, dos torres precolombinas de ojos diminutos y labios inmensos, dejaron sus empleos para ayudar a su madre a manejar el gentío que diario la visitaba. Cualquier Rocasuaveño podía ver al mini Jesucristo siempre y cuando antes comprara un elote.
El Día fue el primer diario de circulación nacional que presentó fotografías del mini Jesucristo, su pelito largo, su barbita, su abdomen huesudo, el taparrabos que le había hecho La Doña con un trozo de seda. A El Día lo siguió La Nación y luego los demás diarios y revistas. Endomira Ishisawa, reportera del Canal 8, viajó a Rocasuave, hasta la recámara de La Doña, para entrevistar a la propietaria del mini Jesucristo.
—¿Y sangra de vez en cuando su mini Jesucristo, señora Doña? —dijo Endomira con el mini Jesucristo acostado sobre una almohada, el camarógrafo sobre él, tomándolo de un ángulo, luego del otro.
—No. Fíjese que nunca lo he visto sangrar. Pero sí suda.
—¿Dijo que suda?
—Sí, fíjese. Suda. Cuando hace mucho calor y estamos afuera, suda.
La Doña tomó al mini Jesucristo con su índice y pulgar, y lo llevó al patio seguida por Endomira, el camarógrafo, el productor, el asistente de producción y las torres precolombinas. La Doña acostó al mini Jesucristo en el concreto y el pequeño comenzó a sudar y brillar casi de inmediato, los ojos se le cerraron un poco. El lente de la cámara se extendió como si todo esto lo estuviera excitando.
—Santa Madre —dijo Endomira—. ¿Lo puedo tocar?
—Sólo que con mucho cuidado.
Endomira deslizó el dorsal de un dedo por el cuerpo del mini Jesucristo.
—Está resbaloso —dijo riendo.
Cuando La Doña levantó al mini Jesucristo para regresarlo a la caja de puros en la que lo guardaba, el productor y el asistente de producción notaron que el sudor del mini Jesucristo había dejado una marca en la forma de un borrego en el concreto. Los dos se miraron y no dijeron nada.
El alcalde —quien rara vez leía un periódico, pero nunca se perdía el escote de Ishisawa en la tele— sacó un comunicado de prensa declarando al mini Jesucristo patrimonio de Rocasuave; el presidente, enemigo político del alcalde, interrumpió la telenovela de las seis para declarar al mini Jesucristo patrimonio de la nación; el obispo de la región de Monteverde declaró que esto no era cuestión de política: el mini Jesucristo pertenecía a la Iglesia Católica.
Un par de hombres trajeados irrumpieron en la casa de La Doña a la mañana siguiente, justo antes de que La Doña y sus hijos salieran para el Palacio Municipal. Uno de los trajeados tenía en sus manos una pequeña caja dorada y el otro le entregó un documento de aspecto oficial a las torres.
—¿Qué hacen aquí? —dijo una de las torres sin siquiera mirar el documento.
—Venimos por el mini Jesucristo.
Los hombres trajeados terminaron acostados en la banqueta, inconscientes, sus caras, corbatas y sacos cubiertos de sangre.
Asustada, La Doña metió al mini Jesucristo a la bolsa de su delantal, tomó algunas cosas de la cocina y subió a la azotea. —¡Que no entre nadie! —le dijo a sus hijos mientras subía las escaleras.
Para cuando llegaron las patrullas ya había una docena de personas afuera de casa de La Doña. —Está allí arriba —le dijo alguien a los policías, apuntando a La Doña sentada en una silla de plástico.
—Bájese de allí —gritó un policía. —Entréguenos al mini Jesucristo.
La Doña no respondió.
Llegaron hombres de la policía federal. Después llegó Endomira Ishisawa con su camarógrafo. A Endomira la siguieron el alcalde y su gente. Para el mediodía ya estaba todo Rocasuave afuera de la casa de La Doña, quien no miraba a nadie ni decía nada, sólo se quedaba sentada en su silla.
—¿Qué va a hacer? —le preguntó un maestro de escuela a uno de los hombres del alcalde.
—¿Yo qué voy a saber? —respondió el hombre.
—Señora Doña —gritó el alcalde— ¿me deja subir a la azotea con usted? Sólo quiero hablar.
—¡Nada! —dijo La Doña. Levantó un cuchillo con una mano y al mini Jesucristo con la otra—. Si alguien intenta subir le corto la cabeza al mini.
—Ándele —dijo un recogedor de basura.
—Es como lo de Salomón —le dijo Rogelio, el señor de las flores, a su prima Aurora.
—¿De qué hablas?
—¿Qué no era Salomón el del bebé con las dos madres?
—Calla, tú. ¿Qué no ves que van a matar al mini Jesucristo?
Todos los allí reunidos —rocasuaveños, políticos, policías, reporteros— rápido se dieron cuenta que no había nada que hacer. La Doña no negociaría. El alcalde le dijo a uno de sus escoltas que tal vez había que quedarse allí y esperar a que La Doña se durmiera o se desmayara.
—¿Y los hijos, señor licenciado? —preguntó la escolta.
—De esos te encargas tú, que para eso te pago.
Llegó el mediodía y con él, el terrible calor rocasuaveño. Vendedores de aguas y refrescos se llenaron los bolsillos gracias al espectáculo. Pero La Doña parecía no necesitar hidratación ni sombra. No se movía: sostenía el cuchillo con una mano y de la otra mano colgaba el sudoroso cuerpo del mini Jesucristo.
Para la una el calor se volvió insoportable. Algunos en la calle notaron que al mini Jesucristo se le habían cerrado los ojos, pero se le había también abierto la boca. No dejaba de sudar, y entre más sudaba más brillaba.
Brillaba y brillaba el mini Jesucristo. —Miren como brilla —dijo alguien.
Parecía que cada segundo que pasaba el mini Jesucristo brillaba más y más. Sudó tanto que se le cayó el taparrabos. Muchos tuvieron que cerrar los ojos o tapar la luz del mini Jesucristo con la mano. Un bebé lloró. Había perdido la vista a causa del brillo.
—¡Madre santa! —gritó un anciano, sus problemas de la vista se habían arreglado de repente. Y no importa qué pasó después. No importa porque ya había habido consecuencias. Todo tiene consecuencias. Las consecuencias tienen consecuencias.
Del díptico Árbol genealógico de una típica familia mexicana sacada de una lámina de primaria, 60 x 70 cm.
La obra de Agustín Santoyo (Zacatepec, Morelos, 1985) debería estar dispersa por todo Jodhpur, una de las ciudades más enigmáticas de Rajasthan en India; un pueblo alucinante cuyas casas pintadas de azul añil se iluminan a su vez con luces de neón azules, para acentuar su colorido. Leí que la razón del color azul se debe a que, por tradición, los únicos que habitan la zona son los brahmanes. También las pintan de ese color para protegerse de las termitas y otros insectos. Así, Santoyo viste y decora de este color a las mujeres de Rajasthan. Los pies descalzos, las plantas teñidas de rojo, los empeines dibujados con barroquismos lineales y arabescos florales, y los tobillos, brazos, manos, nariz, orejas y cuello cubiertos a su vez de anillos y brazaletes. Las ropas compiten en color, forma, diseño, capas alucinantes, gitanescos y explosivos.
Los vericuetos ornamentales de Santoyo, al igual que los de la gente de Rajasthan, no parecen tener orígenes únicos y claros, se deben a una multiplicidad de influencias y referencias que crean híbridos intraducibles pero permanentes, a la vez creadores de una identidad propia. En el caso de Santoyo podemos ver en sus obras toda la estética gitana, huichola, chola, africana, mola, mogul, nahua, psicodélica, así como una asimilación de la cultura visual de las últimas tres décadas en arte, diseño y cultura de masas.
En este proyecto específico de muebles y pinturas, Santoyo trabaja con imágenes suyas y de su familia: en las pinturas retrata a su padre con la cabeza bicéfala de un caballo, su madre tiene cabeza de conejo, su hermano de gallo y el artista de colibrí; el tratamiento decorativo y ornamental integra de manera exitosa a los personajes y los hace creíbles; yo veo un extraño tarot medieval con personajes míticos de cualidades diversas.
La mesa de comedor de madera dispone a los personajes de la familia en una actitud casi confrontacional, pero el artista declara: “no hay mal rollo y sólo buena onda”, añade que quiere que eso refleje toda su propuesta, será tal vez como una celebración de la vida y las relaciones humanas.
Se requiere valentía para enfrentar el ornamento y utilizar múltiples referencias sin caer en un potaje espeso y salado, Agustín Santoyo lo hace con habilidad y logra cocinar un caldo donde todo flota y se adereza sin que los ingredientes compitan, sino que conviven y crean un sabor completamente nuevo y distinto.
Del díptico Árbol genealógico de una típica familia mexicana sacada de una lámina de primaria, 60 x 70 cm.
Del díptico Árbol genealógico de una típica familia mexicana sacada de una lámina de primaria 60 x 70 cm.
Del díptico Árbol genealógico de una típica familia mexicana sacada de una lámina de primaria, 60 x 70 cm.
Danza ritual para el canario bicéfalo, 70 x 200 cm.