El Conaculta, a través del Programa Cultural Tierra Adentro y la Dirección de Literatura de la Secretaria de Cultura deJalisco y el H. Ayuntamiento Constitucional de Cocula, Jalisco hacen del conocimiento público que el
Premio Nacional de PoesÍa Elías NandIno 2013
Ha sido otorgado a:
Karen Villeda
Por la obra Dodo
El jurado estuvo integrado por Carmen Villoro, José Javier Villareal y Alejandro Tarrab
30 de junio de 2013, Ciudad de México
Este programa es público, ajeno a cualquier partido político.
Queda prohibido el uso para fines distintos a los establecidos en el programa.
Entrevistado, Rafael Varagas Escalante, Director General del Programa Cultural Tierra Adentro, habló sobre el número de septiembre, con el cual la revista se vuelve mensual:
Ningún tema de orden social, político, económico y científico será ajeno en la nueva etapa de la revista Tierra Adentro, ni los deportes, ni el comercio informal, ni los problemas urbanísticos, pues todo forma parte del universo al que quiere llegar la publicación del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta), señaló en entrevista Rafael Vargas Escalante.
[…] comentó que además de hacerla accesible en cuanto a costo (20 pesos), la publicación será enriquecida en su contenido. “En vez de tener una edición bimestral de aproximadamente 80 ó 96 páginas, tendremos una edición mensual de 64 ó 72 páginas, que quizá aumentemos, porque vemos que por fortuna tenemos mucho material al cual darle salida”.
Ya está disponible en línea el nuevo número de Luvina, revista literaria de la Universidad de Guadalajara. Este nuevo número, dedicadao a la risa, cuenta con colaboraciones de Ida Vitale, Ermanno Cavazzoni, Antonio Colinas, Juan Pedro Aparicio, Piedad Bonnett, Guillermo Espinosa Estrada, Mario Szichman, Eduardo Huchín Sosa, Enrique Fierro, Santiago Kovadloff, Julio Estrada, Agustín Goenaga y Maurizio Cattelan.
Los próximos viernes 6 y 13 de septiembre, en la Explanada de la Cineteca del Centro de las Artes Parque Fundidora, en Monterrey, Nuevo León, se llevará a cabo la Jornada de nuevos lectores fílmicos 2013, como explica su propio sitio: “Este 2013 tendremos una nueva selección de invitados que serán narradores en voz en off para reinterpretar películas del cine universal, mediante la yuxtaposición de nuevos textos y sonidos creados para cada una de las funciones con programación completamente distinta. ”
En cada una de sus ediciones, Escrituras ha aumentado considerablemente: en 1999 apareció la primera publicada por la UNAM y contenía 99 documentos, en su mayoría memorabilia; la segunda, de 2004 y ya aparecida en un sello del grupo Random House, Plaza y Janés, reúne 151 papeles diversos y, finalmente, 164 en la edición conmemorativa del centenario del nacimiento de Frida Kahlo (6 de julio de 1907-13 de julio de 1954).
Desde la primera edición, Tibol ha insistido en llamarles Escrituras, lo cual remite más a textos en los que la pintora pudo haber puesto en papel teorías que tuviera sobre su quehacer artístico (podría decirse que un poco a la manera de Leopardi en el Zibaldone), lo cual, ciertamente, no son. En su calidad de papeles privados dicen más de sus padecimientos, de sus iras, de su pasión y celos por Diego Rivera, de su soledad durante su estadía en Estados Unidos y la repulsión que le provocaban “los gringotes”, y una infinidad más de asuntos personales: en casi ninguno habla de su pintura, de lo que ella pensaba sobre su obra o sobre la de otros ya sea para profesarles una abierta admiración o una punzante crítica. ¿Por qué entonces insistir en llamarles Escrituras? Cartas, notas, recados, protopoemas y hasta corridos se encuentran aquí para hablar de ella sin intermediarios, como dice Tibol, ella desmitificada por ella misma.
Luego del accidente de 1925 que la postró para siempre, Kahlo recurrió a la palabra escrita y las cartas fueron un vehículo indispensable para comunicarse con el mundo exterior, con sus amigos, amantes y familiares. Algunas de ellas están reunidas en este tomo. A diferencia del conocidísimo Diario, que escribe, me parece, ya convertida en un mito viviente, en sus papeles privados Kahlo es severa y honesta consigo misma porque no podía ser otra frente a aquel amigo, amante o familiar que la leía.
La fridomanía está basada en la banalización de la figura de la pintora a la que ella misma contribuyó que empezó con la creación de ese personaje fácilmente distinguible. Por eso, me parece, este libro debe ser leído, y con detenimiento, para entrar realmente a su vida íntima, alejada de la compra-venta de sus obras y de la mitificación de su vida a través de sus pinturas. Y esto, a su vez, empieza por el riquísimo y lúdico lenguaje con el que están escritos absolutamente todos y cada uno de estos documentos: predomina el lenguaje hablado y tiene un gusto especial por neologismos, muchas veces combinando el español con el inglés, por eso no sería exagerado decir que Kahlo sea una de las primeras en hablar en spanglish. “Ya ve que ni poseo la lengua de Cervantes, ni la aptitud o genio poético o descriptivo, pero usted es un hacha para entender mi lenguaje un tanto cuanto relajiento”, le dice a Eduardo Morillo luego de intentar describirle un cuadro que está pintando. Es sobre este punto que abunda lúcidamente el filólogo Antonio Alatorre en su excelente prólogo.
Un libro indispensable para que los fridomaniacos tengan argumentos sólidos bajo los cuales sostener su obra, de una fuente autorisadísima como lo es la de la propia mano de la pintora para con ello darle otro valor a su vida y a su obra, un valor más cercano a los humanos que a los mitos.
La anticipación que genera el lanzamiento de un libro sólo es antesala de su verdadero valor. Podemos hablar de la gran expectativa generada por el lanzamiento de Purga, la tercera novela de Sofi Oksanen, que consiguió colocar al mundo editorial europeo en una batalla descarnada por conseguir los derechos para su publicación; pero no nos serviría de nada. Purga surge de la inmediata necesidad por corresponder los lazos quebrantados entre diversas generaciones, de otorgarle un significado a esos vacíos temporales donde la historia de una nación se corresponde. Oksanen se vale de los versos del poeta Paul-Eerik Rummo, cuyas palabras apuntalan no sólo el comienzo de la historia, sino su desarrollo y desborde hacia el final de la novela.
Zara, una joven rusa, víctima de la trata de personas, consigue escapar de sus secuestradores para refugiarse en la casa de una anciana amable pero sumamente precavida. El motivo de la anécdota es lo que subyace al relato. La degradación, los resquicios de la lejana supervivencia humana reflejados en una trama que no busca sorprender, pues nunca sobrepasa la anécdota, sino que busca acoger dentro de sus características las emociones de sus lectores; llevándolos, en ocasiones, al asco. De ahí que la historia contenga siempre el aliento grácil de paisaje nevado, incluso cuando tiene que relatar actos como la humillación o la violencia. Después de todo se trata de la historia de un lugar donde “las paredes tienen orejas, y de las orejas cuelgan unos bonitos aretes.”
Compilado a partir de un “espíritu generacional”, como asegura en el prólogo Diego Trelles Paz (Perú, 1977), también a cargo de la selección, los veintitrés autores latinoamericanos reunidos aquí escriben sin una estética ni ideología compartida, pero sí con el trasfondo histórico que definió el rumbo finisecular del siglo XX y el comienzo deL XXI. El embarazo durante la adolescencia, la pérdida de la virginidad, el ligue en una ciudad extranjera, el descubrimiento de los gozos del cuerpo, el amor, la búsqueda del padre, la locura y enfermedad son los temas de estos veintitrés cuentos, narrados, la mayoría, a través de voces en primera persona que tejen una rica polifonía de idiolectos del terruño.
Debido a su organismo narrativo hermoso, a su sensibilidad poética o porque retrata la asfixia de su país, tres relatos sobresalen del resto: “Hojas de afeitar” de Lina Meruane (Chile, 1970); “Náufraga de Naxos” de Ariadna Vásquez (República Dominicana, 1977) y “Huracán” de Ena Lucía Portela (Cuba, 1975). También hay otro cuya inteligente confección podría convertirlo en el favorito de muchos: “Variación sobre temas de Murakami y Tsao Hsueh-Kin” de Tryno Maldonado (México, 1977).
¿Quién de estos escritores se quedará en la historia? Imposible saberlo. Quizá la única forma de alcanzar la eternidad, ya lo decía Sábato, es ahondando en el instante… y aquí vive una intensa fugacidad.
Cartas ajenas es el cuarto libro del ensayista y narrador Geney Beltrán Félix (Culiacán, Sinaloa, 1976) y su primera novela. Antes, Beltrán Félix publicó los ensayos El biógrafo de su lector (2003), Elsueño no es un refugio sino un arma (2009) y un libro de relatos. Señalo la bibliografía porque creo que, justamente, Cartas ajenas reelabora elementos de estos dos géneros. Los incorpora, los re-ubica. Dividida en dos partes y un epílogo, con una prosa concisa, violenta, casi impecable, articulada en capítulos breves como cuentos, la novela se sitúa en una populosa —y a veces sórdida— ciudad latinoamericana, para narrar el recorrido de una serie de personajes que, deslindados en apariencia, se vinculan a partir de una ruptura en la cotidianidad. Me explico mejor: un hombre (Marioralio) regresa a su trabajo en la oficina de correos, ha perdido una mano, se ha ido de viaje. Ya se nos ha anticipado sobre su “necesidad existencial” de abrir cartas ajenas. Y esta especie de parquedad del personaje —desencantado, contenido, sobre todo eso, contenido— lo hará enredarse con las historias que lee. Buscará a las personas de los remitentes, se involucrará en las situaciones, e irá formando, de esta manera, su propia identidad.
Este es el detonador de la trama. Que en un primer momento, entiendo, puede resultar un disparate. Sin embargo, precisamente a fuerza de estas coordenadas un tanto inverosímiles, la prosa va forjando un mundo donde lo real nunca es estable, donde lo real siempre se moviliza: se torna huidizo, se quiebra. Para decirlo de una vez: estos corrimientos que crean las palabras construyen a lo largo del relato una suerte de realismo extrañado. Que habilita el hecho de que los personajes puedan estar mintiendo, o estén locos, o que en la superficie tersa de su cotidianidad irrumpa, fatalmente, lo fantástico. De esta manera, todos los niveles operan en simultáneo dentro de la narración, la ahondan, la complejizan. En tanto la escritura (las cartas) van conformando el primer vínculo por el cual Marioralio se acerca a la vida de los otros: a un hombre que se suicida luego de la muerte de su amante; a unas gemelas desesperadas; a un viejo brutal que busca impiadosamente a su hijo. Cada personaje es también la propia historia del empleado de correos, él se cifra y se organiza de acuerdo a lo que sucede con los demás. Pero, en contrapunto, casi toda la novela es sostenida por la oralidad. Se apoya en diálogos y monólogos internos, habilita la duda, la ironía, el sarcasmo, mostrando así una dinámica verbal intensa y, por momentos, conmovedora. Por eso, haciendo pie en este entrecruzamiento de claves, creo que la conocidísima frase de Paul Eluard calza en Cartas ajenas: “Hay otros mundos pero están en este.” Lo fantástico, en este caso, se vuelve “posible”, realidad palpable, es uno de los modos de la interpretación. Este es el caso de las gemelas, cuya historia inquietante parece desarrollarse fuera de los límites de nuestro universo euclidiano. O el de la empleada de correos, quien “dice imponer” la muerte próxima a cualquiera que se enfrente a ella, con sólo mirar a los ojos.
La segunda parte se articula como el envés de la parte anterior: es más discursiva, más ensayística, tiene una interioridad marcada, que resitúa al personaje principal en un protagonismo más nítido y enfático. Ahora, por fin, Marioralio habla. Claro que lo había hecho antes, pero, precisamente en este sector del libro, es la palabra de él la que va a desatarse con ferocidad: leemos, entonces, la historia de la pérdida de su mano y de su viaje; el enredo con los demás trabajadores en la oficina de correos, su “desencanto furioso” con la sociedad. Una perspectiva apocalíptica que exige cambio y renovación. Un monólogo esculpido dentro de una atmósfera brumosa, irreal, necesaria para hablar, justamente, de la realidad. Y aunque quizá la transición que va de la primera a la segunda parte exigía una gradualidad más marcada, un desarrollo más extenso, lo cierto es que en esta novela de Beltrán Félix la palabra siempre “cuenta”. Y me refiero a las acepciones posibles del término contar: la que remite a la narración clásica de un relato; y sobre todo, la que implica darle peso a las palabras, “apreciarlas”, “proponer” una mirada que busque movilizar la realidad del lector. Y esto último no es un rasgo menor. Para nada menor. Es una de las piedras madres por la cual se torna valioso este libro.