Tierra Adentro
Benavente. Apuntes 2. Acuarela y tinta. 15 x 9 cm. 2009.

no es chicle lo que yo masco,

sino el dolor insepulto

José Agustín Ramírez

* * *

20 de noviembre de 2033.

2:35 PM.

* * *

Julián, el único cantante de ópera que terminó como montador de toros, se ajustó la correa del sombrero en la barbilla y tocó el lomo de aquella bestia. Pese a los guantes y al acústico cuero de sus chaparreras, sintió hervir al animal. Tal vez sea yo, se dijo.

Trepado en lo más alto del cajón de los sueños, flexionó sus rodillas una y otra vez, en espera del momento preciso para comenzar la monta.

Qué parecido es el ruedo a un escenario operístico, pensó. Ambos, el punto central de un anfiteatro. La diferencia: la ópera daba aplausos y el jaripeo, la gloria.

Las 5 mil almas que presenciaban la corrida de toros, disfrutaban el preludio de la monta de Julián. La banda sinfónica -una novedad en este espectáculo introducida por el montador cantante- ejecutaba el Corrido de Juan Martha. Lo tocaban de manera pulcra, pero con la dosis necesaria de empirismo, para que el respetable no se diera cuenta de la sustitución de la banda de chile frito, que había sido lo tradicional. El director de orquesta volteaba a ver a Julián, en espera del momento exacto en que el montador cayera al lomo vacuno, ahí tendría que interrumpir el corrido y ordenar el Son de la Rabia, como sentencian los cánones no escritos del jaripeo costeño.

Julián contuvo el resuello para frenar sus variaciones cardiacas. Se sentía como en los albores del momento central de La forza del destino. Burbujas estomacales, manos sudorosas y escalofríos en la nuca. Puso en práctica unos ejercicios de respiración: contuvo el aire uno, dos, tres segundos y lo sacó. Repitió la táctica. Necesitaba la cabeza serena y las manos orquestales para la monta de su vida, pues no estaba dispuesto a dejarse tumbar por aquel toro.

Se preguntó cómo diablos había aceptado una apuesta de ese tipo. Sí, de ganar, resolvería sus cuitas. Pero de perder, su honor como montador, su modesta fama operística, y su vida, se irían derecho a la Edad Media.

Como un adagio, una gota de sudor comenzó a bajar por su frente. Se deslizó por el cachete y de ahí enfiló a la barbilla. La gota se hizo más grande y se soltó hacia el vacío. Durante los instantes que la gota caía al suelo, Julián pensó:

-Qué diría el tío Sancho de este barroco enredo. Tal vez lloraría de orgullo.

Vino a su memoria el tío Sancho, un ganadero que lo ayudó desde muy pequeño en la polifonía de la vida campirana. Con los años, Julián se dio cuenta de que su tío, además de enseñarle los secretos del oficio (en los que iba incluida la monta), también evitó su ingreso al semitono de la orfandad, al que estaba sentenciado con la muerte de sus padres.

Luego de años con el tío Sancho, Julián se convirtió en un vaquero da capo. Lazaba con doble punto, herraba con cadencia y montaba toros que era unos auténticos bemoles dobles.

Pero una tarde de nubes atonales, tras mirar un concierto de orquesta sinfónica en la televisión, decidió dejar las vacas y buscar fortuna en la música.

El tío Sancho fingió una síncopa para confirmar si Julián realmente quería dedicarse a la música. No quería que su pariente fuera estribillo de muchos villancicos.

Si quieres ser músico, pos éntrale a la banda de la iglesia, le dijo.

No, tío, quiero estudiar música de verdad, respondió.

Como su sobrino no bajaba la guardia, el tío Sancho le dio la mano en señal de aprobación.

La música la traes en la sangre, chamaco, pensó el tío al recordar los antecedentes operísticos de su cuñado, quien moriría poco después de ver a su único hijo, a quien sólo le pudo heredar el nombre, apellido y también, la inquietud musical.

Cuatro años después, Julián Vitelli, se graduó en la Escuela Nacional de Música como pianista. Y dos años después, ya incursionaba en la ópera.

Un día antes de que ofreciera su primer recital como parte del Coro de la Ciudad, recibió la noticia: su tío agonizaba en cama tras un minuendo cardiaco. Apenas alcanzó a llegar al rancho. Ver postrado al tigre que había sido su segundo padre, le arrugó el tono.

¿Estás contento con la cantada?, le preguntó a bocajarro.

Mucho, tío, gracias por todo, respondió Julián.

No me agradezcas nada. Agradécemelo cuando ese oficio te enchine el cuero, te dé honor y te moje de gloria. Si no es así, entonces búscale por otro lado, sentenció.

El tío Sancho murió al amanecer. Luego del funeral, a Julián lo trabó la tristeza. Recordaba al tío Sancho, su ayuda, sus chistes y sus últimas palabras. Pasaron los días y una noche llamaron del Coro de la Ciudad para saber si regresaría. Vitelli no tenía ánimos de música, ni del canto. A sus 25 años se sentía seco de emociones. La pérdida del tío Sancho lo estaba convirtiendo en un acorde menor y desafinado.

Para distraerse, se refugió en las vacas. Se levantaba de madrugada a la ordeña. El aroma a estiércol fresco le enmendaba la partitura y lo transportaba a su niñez. La leche bronca le traía al tío de regreso y con ello, los tonos bullían como trinos de urracas. Luego del almuerzo, pasaba horas sabaneando toros, marcando fierros y atrancando corrales.

Hasta que el cambio ocurrió: el día iba in crescendo, cuando un grupo de peones lo llevó al corral a ver la monta de uno de los becerros. Al mirar al animal y jinete, volar en un solo allegro, le aplacó la nostalgia como por arte de magia. Vitelli decidió volver a montar, quizá a medio reparo se le enchinara el pellejo y quizá, también, escuchara al tío.

Julián Vitelli jamás fue el mismo tras aquella monta. Cada arsis no sólo le erizó la cáscara, sino que al bajar del toro y sentir los aplausos de los presentes, saboreó el honor. El honor que se le reconoce a alguien que ha vencido a un animal sin más armas que sus dos manos. Entonces un arpegio le vino a la mente: dejaría la ópera y sus hipócritas modos. Sería un montador.

No le costó trabajo emplearse como jinete, primero en la palomilla del pueblo y después, en una de las más afamadas del ejido. Su estilo suicida, le dio popularidad casi inmediata en los misteriosos rumbos del jaripeo. Año y medio le bastó para formar su propia palomilla.

La monta profesional le dio a Julián la certeza de que sólo en el lomo de un toro conseguiría la gloria. El tío Sancho tenía razón.

En todo el suroeste mexicano la monta de toros es un submundo que genera dinero y muerte, ambos atributos son suficientes para atraer multitudes. Eso terminó de animar a Vitelli.

Aunque este oficio no se trasmite por televisión, ni tiene cobertura mediática, su promoción se lleva a cabo de la manera más antigua, pero también, de la más precisa: de boca en boca. Julián destacó por sus montas a una mano o incluso, sin manos, es decir, sólo se aferraba con las piernas. Era común que a medio reparo, adoptara posturas de tenor en el primer acto de Orfeo y Eurídice. Lo apodaron El Divo.

Pero sus montas y su mote no habrían tenido mayor importancia (pese a la inclusión de rasgos operísticos que nadie apreciaba y pese a su temerario estilo) de no ser porque comenzó a desafiar a los toros más difíciles.

Como un empresario de bel canto, los propietarios de toros famosos cojean del mismo pie: el dinero. Los dueños de animales apostarán, pero apostarán a lo seguro. Así como Mozart sólo recibió la mitad del pago por su Misa de Réquiem en re menor, K. 626, así veían a Julián los dueños: la manera más fácil de ganar plata. Al montar sin manos, el toro siempre llevaría las de ganar. Con 900 o mil kilos de furia y pellejo, bastarían unos cuantos reparos del animal para desequilibrar al Divo. El triunfo de un montador sólo ocurre cuando se desmonta por decisión propia. Y eso ocurre muy pocas veces.

Aún así y pese a los pronósticos en contra, Julián venció al Tartamudo, al Rufián, al Teresito, al Poquilín y al Bubulubo. Nueve meses le bastaron para semejante logro y también, para destrozar su cadera. Una monta más y te quedarás en silla de ruedas, le dijo el doctor.

Julián decidió dejar la monta. Con su fama, administraría su palomilla de montadores y ganaría dinero sin poner en peligro sus botas. Se casaría con Valeria, tendría hijos, se dedicaría a criar toros de jaripeo y quizá, también daría clases de canto.

Pero los caminos de la vida son muy difícil de andarlos. Un día antes de que Julián se comprometiera con Valeria, llegó el dueño del Tartamudo con una nueva oferta que apestaba a revancha: la camioneta y el rancho si se le quedaba a su nuevo toro: el Cantante. Estoy retirado, dijo Julián con ganas de que no le creyera. Y así fue.

¿Prefieres que todo mundo sepa que el Julián el Divo Vitelli se le rajó al Cantante?

Vitelli pensó en Valeria, pero también en su honor. Quizá era el momento de aclarar todo: si ganaba, además de la apuesta, confirmaría que no había errado al cambiar de oficio. Si perdía, todo se iría al caño.

Hecho, dijo Julián, mientras extendía la mano en señal de garantía.

El Cantante no era cualquier animal. La palabra toro estaba hecha justo a su medida. Mil 200 kilos de poder bajo un pelaje tan hosco como las penas de amores. Cuajado de tronco, joroba discreta y cornamenta temible, el Cantante entraba al ruedo con andar tan manso como tortuga galápago. La capa roja sobre su lomo lo hacía más grande de lo que de por sí era y también, le daba un aire de gladiador romano.

Julián lo había visto en videos, pero al tenerlo enfrente se le apretó el gaznate y sintió escozor en los güevos. Un trago de mezcal tumbapelo (el ideal para antes de montar) le dio valor para ir al centro del ruedo y arrodillado, con sombrero entre sus manos, hizo la oración del montador.

La gota de sudor que iba en el aire se estrelló en la tierra suelta.

Julián el Divo Vitelli aspiró fuerte. Hizo una venia al cielo con el sombrero. Encorvó el tronco sobre las rodillas y se dejó caer sobre el Cantante. El cajón de los sueños abrió la compuerta y ambos salieron juntos en el primer reparo. Toro y montador se mantenían en el aire, cuando el cielo se puso rojo, luego blanco…

* * *

Los japoneses jamás se equivocan, dijo el señor con voz arenosa. El aroma a gasolina y aceite quemado se metía, picante, en las narices de todos los visitantes de ese inmenso expendio de autos usados. Como el hijo puso cara de huevo duro, el viejo justificó:

Sólo a eshos se les pudo ocurrir algo tan grande como el Shamato o el Sansui BA-3000. Sólo a eshos.

El señor, hay que explicarlo, se refería al buque de guerra más grande jamás construido, el Yamato. El BA-3000, por su parte, es el mejor amplificador de sonido que ha fabricado la mano del hombre. Ambas razones, también hay que aclararlo, al hijo le importaban una pura y dos con sal, lo cual se reflejó en su contestación:

Sí, pero este Accord no vale ni 2 mil pesos. Está muy baqueteado. Y vos debés entenderlo, padre.

Pero, Dieguito, es japonés, es un Honda. Carajo.

Será muy japonés, será muy Honda, pero dudo que shegués a casa con él.

Esto último no le gustó del todo al anciano porque era verdad. Aquel Accord 94, en efecto, poseía la línea más clásica del modelo, pero su estado era casi lamentable: salpicaderas picadas; mohosas vestiduras; motor remendado; cristales estrellados y cuarteaduras en el tablero. Levantar aquel montón de hojalata iba a costar dinero, dinero que el hijo no estaba dispuesto a gastar.

Sin embargo, como pocas cosas pueden con la voluntad de un viejo, unas horas después ambos tomaban la Ruta Nacional 9 con rumbo a Buenos Aires. El viejo Honda echaba humaredas como si fuera tren del viejo oeste, emitía un sonido parecido a una licuadora y avanzaba con muchos trabajos por aquellos lares argentinos. Diego rogaba que una patrulla los detuviera y les quitara el desvencijado armatoste.

No es que Diego no estimara a su padre. Pero le sacaba de quicio cuando afloraban sus ínfulas de coleccionista fracasado. Y lo consideraba fracasado porque durante sus 76 años, el viejo no había podido comprar más que una rocola, un par de JBL L-16, un Mcintosh MCLK12 y un disco de los Sex Pistols. También atesoraba decenas de artículos viejos que compraba por Internet o en tiendas de antigüedades del barrio de San Telmo.

En la rocola su padre invirtió mucho dinero, pues aseguraba que al venderla, haría un gran negocio. Pero no contaba con que al aparato le faltaba gran parte del mecanismo interno y por tanto, repararla, además de difícil, iba a ser carísimo. Fracaso. Con las JBL pasó algo similar, pues al intentar revenderlas, el comprador le dijo que los conos de los altavoces no eran los originales. Fracaso. Y al Mcintosh le faltaba un par de bulbos inconseguibles. Fracaso.

Con el disco de los Sex Pistols había tenido suerte de bobo. En aquellos años Diego todavía estudiaba la carrera de ingeniería civil. Esa tarde el hijo meditaba sobre cómo empezar un proyecto de concreto hidráulico para su tesis final, cuando llegó su padre con una cara que Diego no olvidaría jamás.

No sabés, pibe, lo que acabo de encontrar. No sabés.

Pero que boludez traes, viejo.

Pibe, pibe, mirá lo que compré a un porteño en San Telmo. Mirá, mirá.

Diego se imaginó un vejestorio que engrosaría el cuarto de trebejos. Abrió la bolsa y sacó un disco de vinil. Otra macana más, pensó Diego. Se trataba de un sencillo de los Sex Pistols. En su portada se podía medio ver una imagen de la reina Isabel, sobre un fondo difuminado de la bandera británica.

Este es el God save the Queen/No feelings. Fue editado en el 77 y sólo hay unas 300 copias. Vale como 10 mil dólares y lo compré en cinco.

¿No será un trucho?

No, no. Lo he revisado bien y no veo nada raro.

Días más tarde, cuando llevaron el disco con un experto, confirmó todo: el disco era original, estaba impecable y valía como 10 mil dólares. Finalmente el viejo hizo algo, pensó Diego. Pero la suerte le enseñó su otra cara: sí, el disco estaba valuado en 10 mil dólares y es uno de los más caros del mundo, pero jamás encontró un cliente que pagara semejante cantidad por un acetato. Incluso, aunque lo bajó a 5 mil dólares, nadie realizó la compra en Mercado Libre y demás páginas de ventas. Al final, el viejo lo guardó y desde entonces era el orgullo de sus conversaciones.

Cuando murió la madre de Diego, familiares y amigos de la familia, recomendaron atención para el viejo y al ser hijo único, Diego estaba obligado a atenderlo. Pero sus responsabilidades como alto ejecutivo de una empresa constructora le impedían verlo con frecuencia y sustituía sus visitas con dinero. No mucho, pero sí el suficiente para que su padre se entretuviera en su pasatiempo predilecto: cacharros viejos.

Meses después, el médico familiar informó a Diego que el corazón de su padre estaba cansado y le recomendó:

Dieguito, disfrutá del viejo antes de que te arrepientas.

Entonces a Diego le entró el remordimiento. Se sentía un tipo con suerte: dinero, autos, mujeres y un trabajo de ensueño. Sus viajes al extranjero eran frecuentes, sus cuentas bancarias eran copiosas y su padre se moría sin que pudiera evitarlo. Vino la época de acercamiento. De recorrer San Telmo junto al viejo para comprar tiliches, de ir a los partidos de futbol, de cenar choripanes juntos. Entonces vino la petición.

Dicen que en Bolivia se consiguen autos a buen precio.

¿Acaso te faltán algunos tornishos?, Bolivia está lejos y tu corazón puede que no aguante por la altura.

Pibe, al menos quiero eso antes de que me echés al pozo.

No era un sueño, una inquietud o un deseo. Era la última voluntad de su padre y a Diego no le quedó más que acompañarlo hasta La Quiaca, en la frontera con Bolivia, donde el viejo descubrió el Accord en un enorme lote de autos usados que provenían de Estados Unidos. Ante la negativa de Diego para comprar el vejestorio rodante, su padre usó el mismo as que siempre traía bajo la manga: ¿Acaso no recordás el disco de los Pistols? Diego entendió que pese a su realismo, no había otra salida que comprar el auto. En el camino de regreso a Buenos Aires, Diego ya iba resignado, aunque deseoso de alguna autoridad les quitara el coche.

La torreta de una patrulla lo sacó de sus cavilaciones. Le ordenaron orillarse. La suerte le había sonreído. Seguro les quitarían el Accord.

La concha de su madre, qué va a querer este macana. Tengo todo en regla. ¿O es que acaso no dejarán que este viejo se muera en paz? Masculló el anciano, cuando escuchó al policía por el altavoz.

Diego escuchó algo de tristeza en la voz del viejo. Pensó que no había sido buena idea desear una patrulla. Entonces decidió que nadie, ni una patrulla, les quitaría el Accord. Entonces escuchó el tronido en el cielo…

* * *

Plutarco Mendoza abrió los ojos por las punzadas de un dolor de cabeza. Había dormido más de lo debido. Necesitaba un analgésico para mitigar la inutilidad que le provocaba la resaca: sensibilidad a la luz, al ruido, al movimiento.

Reconoció la habitación: era de Celina Torres Gil, la mujer que dormía a su lado. Celina era su amante desde varios meses antes, a pesar de que era la esposa de un político de moda y a pesar de que olía a pólvora.

A Plutarco eso le importaba un plátano. Las nalgas de aquella mujer valían la pena. Al menos eso creía hasta ese momento. Aquella habitación era parte de una cabaña que el esposo de Celina tenía a las faldas del bosque de Toro Viejo. No es que al político le interesara la vista campestre. No. Pretendía, mediante algunas maniobras chapuceras, hacerse de la posesión de cientos de hectáreas de bosque, las cuales ya tenía apalabradas con empresarios que convertirían los árboles en dinero.

Los amantes solían usar la cabaña de manera frecuente, para pasar uno o dos días juntos y evitar los moteles de paso, donde el riesgo de ser sorprendidos, era mayor. La noche anterior, la ingesta de vino tinto había sido tanta, que la pareja se quedó dormida, antes de que intercambiaran las caricias lógicas para celebrar el medio año juntos en esa relación clandestina.

Plutarco se levantó de la cama y caminó entre el reguero de ropa y zapatos de ambos. Se dirigió al baño, donde ya sabía la ubicación del paracetamol: extremo derecho de la segunda repisa. Al parecer, al político también lo agobiaban los dolores de moyera.

Sacó un par de grageas y pensó en ir a la cocina para tomárselas con una cerveza helada que le abriera el apetito, lo suficiente, como para regresar a la birria de chivo en Ciudad Impune. Un festín de carne, consomé y salsas, capaz de sacarle a patadas la crudota que cargaba.

Pero en vez de eso, salió del baño y caminó hacia la terraza. La luz del sol era de intensidades atómicas. El paisaje lo cautivó una vez más. Al abrir el ventanal y llenarse los pulmones con aire de los pinos, pensó, una vez más, que el esposo de Celina era un soberano pendejo para preferir un manojo de billetes a cambio de esa vista, de esos cerros, de todo el bosque de Toro Viejo. Pinche pendejo, pensó.

Recordó que la noche anterior no se había cogido a Celina a causa de las ocho botellas de vino. Pero cómo se me ocurre beber vino, se dijo. La celebración había quedado en borrachera. Sí, se rieron de cómo se conocieron en esa tienda de autoservicio. Sí, reconocieron que su amasiato no tenía mucho futuro. Sí, lloraron de que un día dejarían de verse. Sí, ella le mamó la verga remojada en vino. Sí, él se sirvió licor en su panocha una y otra vez. Sí, se besaron en cada ángulo. Sí, se juraron deseo, amor, calentura. Pero no cogieron. El diler de Plutarco nunca llegó con la coca, con la cual tenía planeado amanecerse, bebiendo y culeando.

Ahorita le voy a hablar a ese cabrón. Que me la traiga. Recordó Plutarco. Entró al cuarto y sacó su teléfono celular del pantalón. Volvió a la terraza. Mientras marcaba, pensó en bajar a la cocina a tomarse las pastillas con una cerveza. Regreso a cogerme a Celina como Dios manda. Luego nos alivianamos con unos pases y nos vamos a la birria. Imaginó.

Su llamada entró.

¿Bueno? Respondieron del otro lado de la línea.

No pudo responder. Nunca podría volver a hacerlo. Porque un balazo entró por su mano derecha que sostenía el aparato. El tiro atravesó su mano, el celular y entró entre los cachetes. Debido a su calibre, tal vez 9 milímetros, tal vez, .44 o incluso .45, la bala se llevó una gran parte de los maxilares y casi toda la lengua de Plutarco. Por el impacto, varias muelas se quebraron como cristales. Algunos de esos fragmentos fueron aspirados por Plutarco, quien, inconsciente, se aferró a la vida.

El marido ofendido surgió de entre los árboles que admiraba Plutarco antes del disparo. Lo acompañaban dos pistoleros, uno de ellos, con un rifle de mira telescópica y cañón humeante. Entraron a la cabaña, subieron a la terraza, donde encontraron a Mendoza con la cabeza agujerada.

Todavía resuella ¿lo remato? Preguntó el del rifle.

Espérame tantito. Este pendejo debe morir poco a poco. Mientras me voy a encargar de esa puta. Respondió el político con pistola en mano.

Celina aún dormía, ebria, sin imaginar que jamás despertaría porque un tiro le iba a destapar las sienes. El político regresó a la terraza, tomó la pistola y la puso en la entrepierna de Plutarco, tirado a medio charco de sangre. Una explosión que venía desde atrás de las nubes paralizó su dedo sobre el gatillo. Todos voltearon hacia arriba…

* * *

Se llamaba John Pach, pero entre sus círculos más cercanos era conocido como el Marciano.

No creo que halla mejor apodo: Pach era de piel tan pálida que, pese a los cotidianos baños en su cama solar, tenía el aspecto de una salamanquesa; sus dedos eran largos (aun con las dos cirugías para disminuir su tamaño) como los de ET; el pelo tan ralo (siempre se opuso a los implantes) como Gollum y su rostro, una copia exacta de los aliens que aparecen en la película Encuentros cercanos del tercer tipo. Un cosa bien rara.

No pocas amistades jugaron bromas con su aspecto. En las redes sociales cercanas a él era frecuente el uso del término Pach como sinónimo de alien o marciano. A veces, para no hacerlo directamente usaban pachiano, para referirse a todo aquello con aires alienígenas.

Pero eso sí, tengo que reconocer que con Pach, la vida humana iba a cambiar para siempre.

Nacido en los barrios bajos de Manchester, Pach comenzó a destacar muy pronto en su vecindario. Primero fue la burla de todo aquel que se topara con ese niño de aspecto alienígena. Pasada la novedad del niño-alien, los padres de Pach (un matrimonio disfuncional, hay que decirlo) lo emplearon en programas televisivos de ciencia ficción (invasiones extraterrestres, contacto con otras civilizaciones y viajes por el espacio). Los padres obtuvieron medianas ganancias financieras, que invirtieron de manera religiosa en peleas de perros. No hay que ser experto para saber que perdieron todo y cuando ya no hubo programa, ni comerciales que contrataran a su pequeño hijo, lo enviaron a un internado judío, donde jamás volvieron a verlo.

En el internado, Pach volvió a pasar por lo mismo, con la diferencia de que ahí no fue contratado por nadie para las obras de teatro: los judíos odian los extraterrestres. Al ser el apestado de lugar, John se refugió en las bibliotecas, donde encontró la que había de ser su principal compañera: una vieja computadora IBM, polvosa y sin acceso a Internet.

Nadie, ni Nostradamus habría adivinado que, 10 años después, aquel chiquillo de cara intergaláctica iba a ser el siguiente eslabón tecnológico.

¿Cómo lo hizo? ¿quién le enseño? Eso nadie lo sabe y es probable que nadie lo sepa, pues Pach era muy hermético con su vida privada. No sabíamos si tenía esposa (nadie le conoció una sola mujer, motivo por el que se le relacionaba con el movimiento gay), tampoco si tenía hijos o familiares. De sus padres, como ya se dijo, nunca más se supo nada.

Pero nadie creyó en el proyecto de John Pach, al que bautizó como Neron. Todo aquel que escuchó su proyecto para descentralizar el mundo cibernético y mandar al museo la lap-top, el smartphone y cualquier artefacto de comunicación, creyó que se trataba de una broma.

El Marciano inventó, pero nunca patentó, la navegación mental. Gracias a ella, no necesitaríamos de una computadora para surfear en Internet: nuestro cerebro funcionaría como un disco duro portátil. En lugar de parasitar frente a una pantalla, Neron ofrecería la posibilidad de hacerlo mentalmente. En el momento en que lo deseáramos, nos conectaría a Internet (sin cables, sin módem, sin contraseñas y sin virus), elegiríamos qué escuchar, ver o leer. Todo ocurriría en la cabeza. Lo dicho, Pach era un genio. Pero nadie lo entendió.

Yo fui uno de los afortunados que recibió una prueba de Neron. La conseguí gracias a un amigo que se encontraba trabajando con Pach. Mis páginas de Internet (casi todas, de negocios ilegales) me proporcionaban ganancias suficientes y los amigos necesarios para enterarme de los últimos adelantos tecnológicos.

Como yo, muchos creyeron que Neron sólo era una fantasía. Incluso yo lo creí: después de instalarme Neron, recostado en mi cama, modifiqué por horas mi perfil de Facebook y mi página personal. Luego me dormí. Al día siguiente, no resistí la curiosidad y encendí mi lap para corroborar si los cambios en mi perfil realmente habían ocurrido. No era un fraude: mi perfil estaba tal y como lo había dejado en mi mente. Lo mismo pasó con el Tumblr.

Pach era como un Dios y siempre es preciso acercarse a Dios.

Ese día preparé un equipaje y tomé el primer avión a Iowa, donde estaban las oficinas (si se les puede llamar oficinas) de Pach. No me costó trabajo ingresar. Yo tenía amplios conocimientos en redes, en sistemas y en diseño virtual.

Las oficinas de Neron Co. eran una enorme granja de pinta antigua (por no decir, vieja), en la que había borregos, gallinas, caballos y porquerizas. Al prescindir de computadoras, cables y demás enseres hasta ese día, imprescindibles en cualquier despacho, en Neron Co. los aparatos eléctricos eran rarísimos: una cafetera, un refrigerador y un tocadiscos. Todo lo demás estaba dentro de los cráneos de sus 45 empleados, quienes trabajaban (diseño, pruebas, llamadas telefónicas, etcétera) en los lugares más inverosímiles: bajo la sombra de un árbol, montados a caballo, pescando en el lago o sentados en la vieja salita del edificio principal. Todo indicaba que la venta de computadoras se vendría abajo y Pach se convertiría en el hombre más rico del mundo. Sólo había que esperar el día del lanzamiento oficial.

Aunque ingresé a Neron y conocí de cerca a Pach, había un límite hacia su persona. Conversaba, compartía cosas y bromeaba sin reservas. Pero a la hora de salida, nunca se iba acompañado, nunca fue a una fiesta, nunca se interesó en nada que no fuera Nerón. A todos nos parecía lógico su comportamiento hiper nerd y que se preocupara por el proyecto de su vida.

En nuestras reuniones estimativas calculamos que Neron Co. crecería de forma exponencial (en la granja y en todo el mundo). Un 85 por ciento de la población mundial usaría Neron, cuando menos, para navegar por internet, llamar por teléfono, ver películas o escuchar música. Nos acercaríamos a presidentes, cantantes y empresarios de altos vuelos, para ofrecerles redes mentales de intercomunicación. Las ondas de radio vivían sus últimos días.

Conforme pasaban el tiempo, hubo unos cambios en el cubículo de Pach. Pasó de ser la biblioteca de la granja, a un cuarto de cristal con piso oscuro como de lente polarizado (muchos afirmaban que debajo había cámaras, pero no era así), un extraño sillón metálico y un escritorio de tamaño medio. Pero pocos pusimos atención en estas modificaciones, porque estábamos endiosados con el lanzamiento de Nerón, ya que para esos días, nos habíamos convertido en accionistas de la empresa.

Diez días antes del lanzamiento yo estaba en Neron Co. haciendo unos ajustes finales. Aquel día había terminado una actualización del navegador mental, sólo faltaba el visto bueno de Pach. Luego de comer un emparedado de jamón serrano y cebollines, me dirigí al despacho del Marciano. Según otros compañeros, últimamente Pach pasaba mucho tiempo en su cubículo. Algo raro en él, amante de caminar por la pradera, mientras atendía llamadas, entrevistas o convenios. Pero lo atribuíamos al estrés del lanzamiento.

Había otras dos personas antes que yo que hacían turno para entrar al despacho del Marciano, así que tomé asiento en los sillones de espera.

Todo ocurrió muy rápido. Mientras yo leía el diario en su versión electrónica al ritmo de Jaco Pastorius, se cimbró el piso. Supuse, primero, nuevos arreglos al edificio. Cuando enfoqué la vista en Pach, aquello era una visión escalofriante: todo el despacho cristalino de Pach emitía luz propia. El Marciano, sentado en aquel asiento rarísimo, tenía los párpados más abiertos que nunca y de sus ojos salían extrañas formas de luz. El movimiento del suelo se hizo más intenso. Algunas maderas del techo comenzaron a caer. Era hora de salir de ahí o acabaríamos mal, debajo de los escombros.

Lo último que vimos, fue cómo se elevaba el cubículo de Pach. El piso polarizado, las paredes de cristal y enmedio, el Marciano, con los ojos psicodélicos. Entre más alto estaba, más luminoso era. Hasta que ya no lo pudimos ver más y se perdió en el cielo de Iowa.

Entonces supimos que John Pach no era de este mundo. Entonces se activó la alerta contra impacto espacial, una aplicación instalada en el navegador cerebral de los empleados y que creímos inútil. Entonces vimos al cielo encenderse…

* * *

20 de noviembre de 2033.

2:35 PM

El asteroide Apophis, de 2500 metros de diámetro, entra a la atmósfera terrestre.


Autores
Ciudad Victoria, Tamaulipas. Feo, fuerte y formal. Ha publicado Dos Caminos (UNAM, 2010), Flor de Capomo (Tierra Adentro, 2011) y Noches de yerba (Tarántula Dormida, 2011).
Fotografía: Vanessa Téllez.

Ayer se llevaron a Genaro. Nadie, luego de 48 horas de desaparecido, ha hecho algo por buscarlo. Ni siquiera su familia precisa demasiado interés en recuperar al menor de los integrantes de la familia Expediente de Averiguación Previa 11.

Más vale esperar en sensato silencio y ecuánime actitud. Ser tolerante, minimizar  la rabia, y mirar en mutismo y discreción a la policía que ayer tuvo la delicadeza de ir a la casa de Genaro para preguntar si tenía enemigos o una vida algo deschabetada. Sí, ese fue el término que usaron los elementos de la autoridad cuando sugirieron que Genaro podría estar de fiesta con sus amigos, más específicamente en malas compañías, gente que pudiera haberle metido en líos. Algo de lógica había en aquella culposa teoría policíaca. Después de todo, la mayoría de los más recientes levantamientos, habían ocurrido en altas e inmorales horas de la noche, y sí, ese fue otro término usado por la policía.

Para el comandante Carlos Estévez, norteño afincado no hace más de medio año en el puerto, lo verdaderamente malo sucede en la frontera norte del país, no en un puerto como Acapulco en donde para él apenas acontecen infracciones menores, delitos sin importancia cuyo origen debe ser producto de algún inesperado desequilibrio en uno que otro poblador  y no el resultado de la elucubrada mente de criminales. Básicamente la educación sentimental de ‘Charly el cucho’, como pedía ser llamado el comandante Estévez, estaba conformada a base de corridos, carne asada, películas de los Hermanos Almada y miércoles de Tecates con los amigos. Era posible que para cualquier persona aquellos gustos significaran un catálogo de preferencias ciertamente raquítico, opciones de divertimento no el credo con el que conformaba su existencia y la de quienes sin ánimo de hacerlo cruzaran por su vida; para Charly el cucho, por el contrario, sus elecciones se etiquetaban bajo el marco justificado al que apelan quienes hacen de los ‘usos y costumbres’ una dignificante forma de vida.

Para Estévez, norte y sur no pueden ser polos más opuestos. Por más similitudes que pudieran derivarse a futuro, y por mucho que el sureño promedio acoja accidentalmente términos como: morra, troca o chulos, sólo existe un Coahuila. Era absolutamente lógico que bajo esa visión, la violencia que a fechas recientes aquejaba al puerto sureño, en opinión de Estévez fuera más bien una peripecia orquestada por pobladores cuya única finalidad era forjar en su sureña patria, un norte más cercano.

Como solía suceder, al término del interrogatorio y a veces sin necesidad de exponer la crudeza de su juicio final, para Estévez todo lo malo ocurre a partir de la ambigüedad, es decir: todos somos víctimas propiciatorias. Esa tarde, durante el interrogatorio en la casa de la familia Expediente de Averiguación Previa 11, el comandante Estévez aunque todavía reacio y ligeramente hostil, ofreció de buena gana algunas, vagas todas ellas, teorías de lo sucedido; incluso la abducción fue una de las posibles opciones. Más que el diálogo entre representantes de la seguridad estatal, aquello era la representación de un examen de opción múltiple. Se entiende el desorden, las pistas son confusas: la cartera de Genaro encontrada tirada justo debajo del auto con dinero todavía en su interior desecha la teoría de un asalto. Hasta el momento la única información obtenida fue gracias a los diarios locales que pronto reportaron la desaparición de un hombre y su auto abandonado sin aparente violencia de por medio.  Aun así, la sola especulación de una vida participativa en actos deshonestos e inmorales que mantiene Charly el cuche, no logra sustentarse en los familiares de Genaro. Nadie que lo conociera podría asegurar que lo suyo fuera la juerga espontánea o el súbito desliz, vaya que ni siquiera el más lacónico ánimo festivo.  En realidad, su existencia se ha movido pasivamente entre el patetismo y el conformismo más arraigado. Lo más temerario que había hecho, al menos la semana previa a su evanescencia fue pedirle a Luciérnaga,  nombre artístico que había elegido la última adquisición artística del bar “Puerto Navy”, una cita.

Si de algo podía culparse a Genaro, era el padecimiento insufrible por un proclive enamoramiento a figuras del más paupérrimo ambiente artístico. Fue un accidente, un hecho fortuito el que lo hizo conocer a Luciérnaga. Sucedió una tarde en la que Genaro confundió la calle que lo llevaría de regreso a casa después del trabajo, con un estrecho sendero por el que, apilados en expuesta presencia, se desglosaban diversos bares. La mayoría presentaba una fachada de similar textura: iluminación irritante producto del neón de las luces, el movimiento en las puertas principales de caderas ambivalentes y juguetonas, cadenciosas en el movimiento musical que surgía desde el interior del tugurio que antecedieran. Un olor común, fétido, similar al de la descomposición de la carne sobrevolaba la superficie más arriba de lo tolerable. A la par de los bares, una sustanciosa presencia de vagabundos, custodios en aparente derrota sobre el suelo. Más adelante, sobre la misma escena carnavalesca se observaba el amor de inmediato acceso, cuerpos de grotescas formas emulando restregones y besos precipitados e invasivos. Esa noche, luego de permanecer extraviado sin encontrar alguna calle familiar que le llevara de regreso al simplismo conocido, Genaro tropezó con el cuerpo estilizado y cobrizo de Luciérnaga, bastó mirarla cabeceando bajo la estrambótica estampa de aquella noche, para que localizara en la firmeza de su anatomía, en la torpe emulsión de sus movimientos, una fascinación irreconocible, se sintió perdido.

Se llama casualidad a la peculiaridad que tienen ciertos hechos, a los finales activos de participar en ciertos embrollos, a la inesperada actitud ante sucesos que, fuera del carácter ordinario, se anticipan necesarios por experimentar. Esa tarde, cuando Genaro encontró que su solitaria vida necesitaba algo más que la típica rutina clase mediera, algo, como el encendido del botón indicado en lo recóndito de su mente se activó; fue como si el motor del que están hechas las opciones incendiara su cuerpo y de improviso lo sacara de su aletargada existencia. Decidió, envalentonado más por la posibilidad quimérica que por la factibilidad física de los sucesos asegurados, acercarse a Luciérnaga.

De inmediato hubo una reacción. Aunque más callada de lo esperado, Genaro no encontró rechazo ni la intención de uno que debilitaran su intención. La felicidad de aquella aproximación se repitió en los días siguientes. Pasaron de las citas a una tierna custodia que incluía llevar a Luciérnaga hasta el bar en que trabajaba. La noche previa a su desaparición, Genaro acordó con Luciérnaga un encuentro un poco más tarde.  La cita sería ya no en el bar, sino en el malecón ubicado a cinco cuadras del bar donde trabajaba Luciérnaga.

El reloj de su muñeca marcaba casi las 11 y media de la noche, en algún punto entre que salió de casa y condujo por las calles, perdió media hora. Sabía que necesitaba recuperar el tiempo perdido, tuvo la idea de acortar el camino, conocía un atajo. Para llegar a él debía cambiar al carril de la izquierda y así tomar la avenida principal. Comprobó que no viniera ningún auto por la derecha, aceleró, y entró en la desviación que necesitaba. Genaro era hábil manejando. Recuperó la mitad del tiempo perdido. A pesar del esfuerzo empleado, llegó pasado las doce y media de la madrugada. Estacionó el vehículo, caminó una distancia de dos cuadras. Encontró a Luciérnaga en el malecón.

Mientras caminaba los últimos pasos hacia ella, atisbó que no muy distanciados de ella, se encontraba un grupo de adolescentes bastante alcoholizados. Cuando al fin llegó hasta donde Luciérnaga aguardaba, confirmó lo que sospechaba. La molestia de la joven era notoria. Como el enamorado que era, Genaro intentó que la amabilidad de sus palabras pudiera minimizar la irritación. Se acercó con delicado cuidado, su mano se estiró hasta alcanzar el hombro desnudo de la mujer, cuando hubo entre ambos contacto de pieles, sintió aunque sutil, un rechazo notorio. El brazo de Luciérnaga se endureció, separándose con cierto hastío del de Genaro. Lo supo, esa noche su retraso le iba a costar la cita. Se disculpó sabiendo que se iría sin que un beso, como en otras ocasiones lo había logrado, derrumbara la rabia con la que Luciérnaga ahora le miraba. Los minutos que el dedicó a llevarla de regreso a su auto, no alcanzaron para formar alguna tregua. Luciérnaga entró a su auto sin despedirse de Genaro.

Para escapar del daño que ocasionó en él la exasperación de Luciérnaga, Genaro se dirigió con extremada prisa hacia su auto; un hombre ligeramente despreciado es un hombre cuyos actos siguientes resultan desorganizados, confusos. Todavía se encontraba ofuscado cuando arrancó su auto y comenzó a manejar.  Desconcertado condujo por calles en las que rara vez había estado. Muchas de ellas, se encontraban saturadas de baches, con topes mal hechos: el deterioro era evidente. La molestia de su desencuentro con Luciérnaga le impidió atisbar lo que al fondo de la calle se encontraba.

Aunque todavía bastante alejado de la imagen, pudo distinguir la figura de dos hombres que aparentemente forcejeaban. No pudo reprimir la curiosidad de mirarlos. La luz del auto se reflejó sobre un par de botes de basura, el hecho hizo evidente la presencia de Genaro. La concentración que dedicó a ambos hombres fue interrumpida cuando uno de ellos cayó hasta el suelo.  Sólo cuando el extraño quedó abatido sobre la inmunda banqueta, Genaro tuvo conciencia de lo que sucedía. Una flor de sangre se abría del estómago del hombre provocando un vigoroso río. Era un homicidio, y él por una azarosa casualidad se había convertido testigo presencial del hecho. Se quedó estupefacto sin poder siquiera reprimir el espasmo que desde los pies subió hasta sus manos. El horror amplió su significado cuando Genaro se miró dentro de los ojos del hombre que todavía con el arma homicida en sus manos seguía de pie, frente al cuerpo del hombre que había derrotado. Se miraron unos segundos, los suficientes para armar una memoria. Genaro se sintió vulnerable, dedujo que su sentencia de muerte había sido firmada por el número de serie de sus placas. Tenía que tomar pronto una decisión. Sin pensarlo más, Genaro colocó la palanca en reversa, hundió el pie en el acelerador, el movimiento fue una línea en zigzag que golpeó todo lo que encontró en su camino. Aunque sin mucha coordinación y abollando la defensa trasera de cuanto objeto se atravesara, Genaro en lo único que pensaba era en concluir con éxito el escape.  El movimiento con el que finaliza la evasión, remata en una imperfecta escuadra, que lo deja de costado al callejón y casi frente al hombre del que aspira fugarse. Se vuelven a mirar; los ojos del extraño parecen los de un animal, desorbitados, el iris fragmentado. Genaro siente que la mirada del extraño se le mete bajo la piel. Vuelve el pie sobre el pedal, esta vez no se detiene,  pasa calle tras calle.

El auto se alejó a una velocidad de 120 kilómetros por hora. Para cuando se dió cuenta, había salido del centro de la ciudad.  Llegó sin notarlo hasta el extremo este del puerto, aunque sin ver el mar podía escuchar el sonido que producen las olas del mar al estrellarse entre los acantilados. El mar es un dialecto que hombres como Genaro pueden identificar. Aunque familiarizado con la jerga de elementos marítimos, no termina de reconocer el espacio en donde se encuentra

Detiene el auto, no quiere arriesgarse a manejar en oscuridad total y sobre un camino por el que no ha manejado.   Sólo hay tierra y piedras en su derredor, algo de fauna desperdigada en una distancia mayor a los cuarenta metros culmina el paisaje. Todavía siente los ojos del aquél hombre en su rostro, como si la mirada pudiera tener un peso y no soportara llevarla en sus pensamientos. Baja del auto. El recuerdo que lo ha hecho moverse bruscamente por las calles le hace tirar su propia cartera, uno de sus pies termina por empujarla bajo el auto, Genaro no se da cuenta de este sencillo hecho. Una cosa es presenciar muertes ficticias, encontrarlas visualmente atractivas en una película, o escuchar sin proponérselo el asesinato de algún pobre diablo, otra cosa es, mirar cómo un hombre cae hasta el piso inerte, dejando sus últimos suspiros sobre aquél que le robado la vida. La desgracia contemplada indica, con cierta resignación que ésta será capaz de alcanzarlo. Camina sobre el despeñadero. Sus pasos, como si se tratara de un hecho cíclico, le recuerdan a los que realizara Luciérnaga minutos antes sobre el malecón. No puede traer ni su inofensivo rostro ni la jocosidad de su comportamiento a la memoria, simplemente no puede recordar nada que no sea la muerte del hombre frente a su auto.

Sigue caminando. El panorama desértico no acoge la afectuosidad del mar,  sólo hay negritud. No muy lejos de donde se encuentra, se observa una camioneta con las luces encendidas. Frente al vehículo se localiza un pequeño grupo de jóvenes. Genaro se sorprende al darse cuenta que son los mismos que se encontraban con Luciérnaga en el malecón.  La distracción continúa cuando repara en los rostros de los jóvenes; sus edades deben oscilar entre los quince y dieciocho años.  Aunque no planea acercarse, no puede detener el empeño de sus pasos; son ellos quienes le colocan frente al grupo; la separación ahora es nimia. El tono alto de la conversación y lo desordenado de los diálogos que sostienen entre ellos refleja lo indiscutible de la juerga.

Uno de los chicos lo observa, de todos, parece ser el menos alcoholizado, todavía  estructura oraciones racionales, en un tono casi amigable pregunta a Genaro si tiene un encendedor que pueda facilitarle. La pregunta toma por sorpresa a Genaro. El mundo es un lugar irracional, diseccionado en fotografías que de algún modo se relacionan. Mira al joven, a él lo une la polaroid de Luciérnaga caminando irritada en el malecón. Indirectamente ella misma le ha llevado hasta él, de algún modo no suministrarle el encendedor podría romper el culebrón en que se encuentra. Escarba en el bolso de la camisa, luego, más despacio hurga en las bolsas de sus pantalones. Mientras insiste en encontrar el objeto solicitado, recuerda que tiene uno en la guantera del auto. Genaro le explica al joven dónde está el encendedor, en espontáneo acuerdo van juntos al vehículo. El joven aunque más consciente que el resto, camina dando ligeros tumbos.

Llegan al auto, Genaro abre la puerta  y revisa la guantera, el joven se coloca a un lado del automóvil, abre su bragueta y comienza a orinar en la defensa trasera del auto. Termina antes de que Genaro le muestre el encendedor; en un acto que busca corresponder la camaradería inesperada de un extraño, el joven le señala un golpe en la defensa del auto sobre la que ha orinado. Genaro sabe que ese impacto ha sido producto de la reversa que efectuó en aquella oscura calle. El joven se despide con una sonrisa que aleja a Genaro de la ilustración del miedo y de la muerte que se han impreso en su cabeza. Es un gesto de genuina gratitud, sincero, una acción que silencia el ruido que persigue a Genaro.

El risco se vacía. La luz de la camioneta se vuelve un punto lejano. La oscuridad puebla sus ojos; de nuevo el camino es una estancia desconocida. Regresa al confort que le provee un objeto que identifica: su auto. En efecto, en la parte trasera tiene una abolladura notoria. Como si intentara despedirse de la noche, mira por última vez el distante grupo, se detiene al escuchar un sonido, algo que parece ser un trueno en el cielo, posiblemente  de lluvia.  Mira consecutivamente el horizonte, espera encontrar la línea imperceptible donde el cielo se fusiona con el mar. Vuelve a escuchar el mismo sonido, no puede distinguir si son nubes los fragmentos de oscura consistencia sobre el cielo o sólo una imagen que se le ha extendido producto de los anteriores acontecimientos. Comienzan a caer algunas gotas de lluvia. Un relámpago brilla lejano en la profundidad del horizonte, más cercano otro trueno revienta furioso sobre su cabeza. El estruendo ilumina por segundos el espacio donde está parado. La brisa del mar salpica su rostro.

Es justo detrás de él donde el océano oscuro es cobijado por riscos y piedras de angustiosas formas.  Genaro voltea estrepitoso, una desesperación incomprensible vuelve a abrazarlo. El movimiento de su cuerpo  se torna torpe, carente de coordinación. En el instante en que voltea sobre su eje, atora un pie con el otro; el giro es rápido, una fuerza ignota parece controlarlo, algo lo obliga a tropezar. No atina a sujetarse con las piedras. Resbala. La densa consistencia de su cuerpo provoca que la caída entre las rocas, sea similar a la de un costal de papas que es azotado en forma rabiosa al suelo. Mientras se precipita  irreductible por la gravedad, las primeras gotas de la lluvia que caen, borran sus huellas. Mientras Genaro se precipita, su cabeza es golpeada una y otra vez dejando un breve pero firme consistente sesgo de sangre. Al legar al mar, su cuerpo crea una sombra que poco a poco se desvanece. Antes de naufragar intenta hablar, formar un grito. La frase más larga que repite, es inaudible, sin ninguna entonación.


Autores
(Guerrero, 1981) Fue locutora en radio estatal y beneficiaria del Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico con la novela Signos vitales, publicada en el Fondo Editorial Tierra Adentro.
Fotografía de Luis García

…He despegado con la lluvia…

…los rayos cruzan a mi lado

saludando al aeroplano,

…selector de frecuencias…

 Aviador Dro

Difícil escribir este post bloguero hoy. Difícil escribir para despedir a alguien que acaba de irse. Difícil y al mismo tiempo ruido y motor. Energía. Radiador. Propulsión a chorro. Rafa Saavedra personaje emblemático de la ciudad, ayer 17 de septiembre emprendió ruta nueva. Y va hacia todos los “Tomorrows posibles”. Así escribió desde su celular hacia su muro en FB. Nada extraño para un cibernauta de su linaje.

He de decir que este es un post donde -como he mencionado antes- voy a comentar y compartir algunas de mis observaciones, puntos de vista sobre las formas de producción cultural y sus participantes en esta zona izquierda norte. He de decir que este post es también muy personal.

Recién llegada a esta ciudad conocí a Rafa Saavedra a través de un texto suyo que un amigo en común me pasó. “¿No conoces a Rafa Saavedra? Pues léelo.” Tiempo después, en una de las muchas fiestas de la noche tijuánica, lo topé. Y fue como tenía qué ser: Entre muchos amigos y amigas, música, música, música, risas y cerveza. Esa noche, durante la conversación me felicitó por mi entonces recién estrenado blog. Esa charla sucedió una noche del mes de noviembre de 2002.

No son de mi predilección las notas de despedida donde los autores o autoras hablan de sí mismos en lugar de la persona a quien despiden. Pero en este caso, tengo que romper la norma y mencionar que escribí el párrafo anterior para dar contexto a unas líneas que aparecen en el manuscrito de mi tesis de maestría en Estudios Socioculturales (2010):

[…] Las referencias de la producción cultural en Tijuana, Mexicali, Nuevo Laredo, siempre han sido las más reconocidas en contraste con las otras ciudades de la región fronteriza. Durante los años 1999, 2000 y 2001 (propiamente la transición del s. XX al s. XXI), la ciudad de Tijuana fue reconocida como uno de los focos culturales –analizada desde diversas disciplinas– en el país. Desde que aconteciera este “boom” cultural, el auge de las artes –en todos sus géneros– ha ido en aumento. Si el reconocimiento de autores(as) y artistas en Baja California ya había dado frutos desde algunas décadas pasadas como se ha mencionado en los párrafos anteriores, no es sino hasta inicio del siglo XXI en que las artes de Baja California saltan a la escena internacional de manera mucho más notable y continua. (p.41)

[…] Dentro de este “boom” también una de las participaciones más activas e interesantes ha sido a través de la literatura, y más aún: la inscrita en las nuevas formas que demarcan la contemporaneidad: la literatura que se realiza a través de las nuevas tecnologías y medios. También en Tijuana, ha sido trascendente el caso del colectivo Tijuana Bloguita Front (TJBF) concentrado por el escritor tijuanense Rafael Saavedra en su anterior blog titulado: “La ciudad en movimiento” y ubicado directamente en la plataforma de Blogger en el sitio: www.rafadro.blogspot, hoy transformado al: http://crossfadernetwork.wordpress.com, que sin ser propiamente un colectivo organizado de manera tradicional, resultó una comunidad virtual muy activa y reconocida en la denominada “Blogósfera”; desde la ciudad de Tijuana, varios escritores y escritoras jóvenes –reconocidos y no– en el mainstream literario nacional, de manera independiente, dieron a conocer su trabajo literario a través de estas nuevas plataformas y herramientas alternativas con todas las características que les atañe. […]El uso de las nuevas tecnologías ha demarcado –y de alguna manera “corregido”– la falta de atención hacia la producción artística cultural en provincia. (p.42)

El objetivo de transcribir estas palabras es un agradecimiento. Un guiño de amistad hacia una persona que de múltiples maneras, desde sus ideas y sensibilidades participó cotidianamente en una comunidad cultural, en una ciudad tan ruda como amable y generosa: Tijuana. Esta ciudad o experiencia colectiva construida por muchas personas –tijuanenses o no– que desde sus posibilidades, contribuyen de manera directa e incidente en la transformación cultural de la que muchos somos partícipes.

Es aquí donde Rafa Saavedra, escritor, dj, tallerista, profesor, conductor de radio o melómano irreductible, tomaba las radiografías urbanas que luego compartía en sus textos y en sus fotos. La narrativa de Rafa Saavedra fue editada e impresa en sus libros  “Esto no es una salida. Postcards de ocio y odio” (1995), “Butten smileys” (1997) ambos reeditados recientemente, “Lejos del noise” (2002) y “Crossfader, B-sides, hidden tracks & remixes” (2009), así como en múltiples fanzines y revistas nacionales e internacionales. Es aquí, en esta ciudad, donde frases como “Tijuana makes me happy”, “lo de hoy”, o “Please don’t buther me (estoy cambiando de canal)”, o “Love you all, pals”, hicieron eco y loops, cruzando fronteras.

En el sitio online de Rafa Dro (su alias musical) se lee una descripción con la que se definía:

Rafa Saavedra: 1) Tijuanense. 2) Cronista snobground. 3) Fanzinero-revistero de luxe (Psychocandy, El Centro de la RabiaVelocetRadiante) . 4) CDJ en alza (style + songs + bagaje cultural). 5) Escritor beyondeado con tres libros de relatos: Esto no es una salida. Postcards de ocio y odio (La Espina Dorsal, 1996), Buten Smileys (Yoremito, 1997) y Lejos del Noise (Moho, 2003). 6) Productor de Selector de Frecuencias (a very cool radio show). 7) Fotógrafo de escenas y nimiedades. 8) Bloguero posteverything.

Mi trato con Rafa fue continuo y amable pero no muy frecuente. Mucha risa, mucha carrilla, pero mucha, de la buena. De la que “echan acá” en el norte. Con la que aprendí a jugar yo también luego de tanta algarabía, conversaciones, noches, fiesta. Fiestas donde invariablemente siempre acudía el Rafa como la antítesis de sus nocturnos, frenéticos personajes. Rafa Saavedra es un amigo entrañable para muchas personas en esta ciudad y en otras. Es raro hablar de ti en pasado, Rafa. Tengo el sonido de tu voz tan particular, con los tonitos que marcaban la ironía suspicaz, una de tus reconocidas características.

Me dio gusto saludarte las dos últimas veces en Playas de Tijuana, tu amada sede. Ahí junto al Pacífico. Me dio mucho gusto encontrarte y conversar largo en el Pasaje Rodríguez, donde me dijiste la palabra “Roma” como un sinónimo de tomorrow. Pero seguro que me dará más gusto encontrarte en donde tú escribiste: “en cualquier fiesta en cualquier sitio una noche cualquiera. Love and respect.”

 

Aviador dro-selector de frecuencia


Autores
(Guanajuato, 1973). Realizó estudios de licenciatura en Diseño Gráfico y la maestría en Estudios Socioculturales. Ha publicado los siguientes libros: Libro del Aire (Editorial De la Esquina, 2011), Okupas (Letras de Pasto Verde, 2009), Todas estas puertas (Tierra Adentro, 2008), Entre las líneas de las manos (en el libro Tres tristes tigras, Conaculta, 2005) y Bravísimas Bravérrimas. Aforismos (Editorial De la Esquina, 2005). Participó en el Laboratorio Fronterizo de Escritores/Writing Lab on the Border (2006), participó en el Festival de Poesía Latinoamericana LATINALE 2007 con sede en Berlín. Recibió la beca del FONCA para escritores en 2007. En Mayo de 2012, participó en las jornadas literarias “Los límites del lenguaje” con sede en Moscú. Su trabajo escrito y gráfico ha sido incluido en varias antologías así como en revistas nacionales e internacionales. Desde el año 2001 vive en Tijuana. Ama la música y ama dibujar.

A Rafa Saavedra,

por aquella tu Tijuana.

 

Recientemente el semanario Proceso publicó una nota en la que daba cuenta de la presentación de un libro de poesía en Chihuahua que, ante la “falta de apoyo oficial”, tuvo lugar ni más ni menos que en una carnicería.

El autor del libro en cuestión, Israel Gayosso, a quien el texto refiere como poeta decadente, se enfrentó a la crítica y señalamientos de autoridades de “un instituto de cultura del estado” quienes no consideraron su obra digna de publicación: “Fui a pedir apoyo en un instituto y me lo negaron, me dijeron: ‘eres un poeta maldito y no vas a tener apoyo’. Y aquí estoy, en una carnicería”, señaló.

Pese a toda reserva, el pasado 14 de septiembre se presentó Compendio de poesía negada, editado por Chipotle Colectivo, en voz de Martha Cecilia Soto Núñez y Mariela Castro.

Al explicar el porqué del lugar elegido para tal efecto, Gayosso señala que se trata de “un espectáculo urbano […] los dogmas no permiten darle su verdadero valor a las sociedades marginadas y el mismo sistema o capitalismo impone etiquetas”.

Mariela Castro habló en la presentación del libro sobre el eje que conduce este tipo de trabajo: “sin pretender hacer análisis político, hacer poesía decadente refleja la realidad, cómo vivimos y percibimos nuestras creencias y la falta de solidaridad”.

*

Al margen de la espectacularidad y de la poca o mucha calidad del material literario o artístico ubicado en el universo de lo que podría catalogarse como marginal, la curiosa nota antes referida suscita la reflexión en torno a dos temas centrales para la poesía actual.

En primer lugar, la inquietante respuesta oficial referida por el autor —a pesar de no dar las referencias necesarias para considerar o constatar el hecho en sí— refleja una realidad innegable: la preeminencia de un criterio que valora el trabajo artístico con parámetros subjetivos, definidos por una serie de prejuicios sujetos a consideraciones personales, de grupo, económicas y políticas que pocas veces rinden cuentas tanto a la comunidad cultural como a la sociedad en su conjunto y que priva no sólo en el sector estatal sino en la mayoría de los canales de distribución del arte y la cultura.

Ello no implica que deba publicarse cualquier obra al margen de su calidad; sino, por el contrario, hace evidente la necesidad de establecer principios claros para dictaminar el trabajo creativo, con base en consideraciones formales en las que prevalezca el rigor por encima de las afinidades personales, estéticas o ideológicas de quienes detentan la toma de decisiones en este ámbito.

Lo anterior conlleva la segunda reflexión: ¿todo texto dotado de un carácter o compromiso político es necesariamente fallido en términos estéticos? Bajo los criterios predominantes; sí.

En la actualidad, la crítica ha construido un sistema de valoración del trabajo literario —muchas veces implícito—, en el que se reconoce como meritorio sólo aquello que oscila entre la mera “innovación” o el experimento formal (específicamente en el terreno poético) subordinando su contenido a aspectos superficiales de la experiencia vital.

De acuerdo con este modelo, la poesía debe, entonces, estar cargada de temas cotidianos, estrictamente personales, aderezados con apropiaciones caprichosas, que permitan el regodeo de un conocimiento literario enciclopédico, por encima de la construcción de un discurso ligado a reflexiones sobre distintas realidades humanas, o la búsqueda de una verdad poética.

En dicho contexto, el trabajo de autores de primera línea como Efraín Huerta ha pasado a la historia literaria como una mera curiosidad. Así, hay quien llega a considerar el aspecto más sensible de su obra como falto de valor estético, debido al prejuicio de que escribir sobre política, ensayar sobre acontecimientos sociales o denunciar lo injusto, hace que un autor sea estigmatizado como panfletario o de poca calidad.

Desde el punto de vista de una lógica estricta, ningún tema humano le es ajeno a la poesía. La eficacia formal, retórica y sonora no es privilegio del solipsismo poético. Por el contrario, abundan muestras de autores interesados en la realidad social de su época, cuya calidad los ha convertido en clásicos en muchas de nuestras tradiciones: Antonio Machado, Miguel Hernández, Ernesto Cardenal, Yanko González, Gonzalo Rojas, Yevgueni Yevtushenko, Pedro Garfias, Nicanor Parra, Pablo Neruda, Manuel Maples Arce, Germán List Arzubide, Rafael Alberti, Blas de Otero, Federico García Lorca, Nicolás Guillén, José Martí, Aimé Césaire, Paul Éluard, Pier Paolo Pasolini, Constantitno Cavafis, Fray Luis de León, Dante Allighieri.

No obstante, la escena de la literatura mexicana actual parece carecer tanto de figuras destacables por su contundencia estética, como de voces que puedan articular atinadamente inquietudes sociales con acierto literario. Será difícil cambiar este panorama mientras siga siendo moda o ley publicar sólo textos autorreferenciales; mientras menos comprensibles, mejor y convenientemente ajenos a todo lo político. Lo demás, para la carnicería.


Autores
(ciudad de México, 1984). Poeta, narradora y editora. Ha publicado en diversas revistas literarias como Casa del TiempoDédaloSíncopeEste PaísPalestraMaldoror (Uruguay); la revista digital Valderrama y el suplemento cultural Guardagujas, de la Jornada Aguascalientes. Su primera obra poética Cosas que nunca dije antes de que estallaran las bombas fue publicada en 2012 por el sello editorial catalán Foc. Fue becaria en el área de narrativa por la Fundación para las Letras Mexicanas (2009-2010).

En la revista Tierra Adentro de junio-julio de 2008 apareció un texto del narrador Rafa Saavedra sobre Radioglobal, un colectivo de jóvenes de Tijuana que giraba en torno a una estación de radio por internet, y a una larga cadena de fiestas al más puro estilo tijuanense. Cuando apareció publicado, Mauricio Cuevas, uno de los miembros de Radioglobal, dijo: “leyendo este texto, yo también quiero esta colección de objetos de RG”. Eso era Rafa, un escritor intenso, cronista de la noche y la escena de su ciudad, amigo de todos los reventados y tranquilos, conciliador, carrilla, practicante de una narrativa innovadora, bloguero, fotógrafo, caminante, fan de la gastronomía bajacaliforniana, habitante emblemático de playas, y un gran conocedor de música. ¿Qué sería de decenas de personas, jóvenes y no tan jóvenes sin las conversaciones de este fanático de Aviador Dro? ¿Qué sería de la escena nocturna de la calle Sexta, de esa frontera que se pierde en el horizonte marino sin su registro cotidiano? En Tierra Adentro tuvimos la fortuna de contar con sus colaboraciones; alguna vez le preguntamos por sus diez narradores mexicanos contemporáneos favoritos. Rafa nos hizo un listado rápido, y nos llamó la atención un nombre desconocido: Javier Fernández. Al sentir que nuestra pregunta estaba en el aire, con rapidez añadió: “es como Carlos Fuentes, pero en ácido”.

Su siguiente colaboración fue una charla con el mismo Javier, que ilustró Efrén Miranda. Su último texto está dedicado al trabajo de Mónica Arreola, una de sus interlocutoras más cercanas. Desde nuestra página despedimos a este amigo generoso, colaborador entusiasta, escritor fundamental para entender la frontera.

—Redacción


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.

En 2010 el Colectivo Palabras de Arena, dirigido por Ana Laura Ramírez Vázquez, decidió organizar y llevar a cabo el proyecto de una biblioteca intependiente en Ciudad Juárez.

Ma’juana nace de la labor y el ímpetu de la misma Ana Laura Ramírez y de su otra co-fundadora Susana Báez, que en medio de un contexto de violencia y ruptura de la idea de comunidad, ha llevado a los jóvenes a perder centros o espacios para el desarollo social.

El objetivo principal de este proyecto es orientar, difundir y promover la lectura, para así dar herramientas a los niños y jóvenes, lo cuales han padecido la desarticulación de su entorno.

Ma’juana centra sus actividades en impartir no sólo un plan de lecturas, sino dar a conocer una idea de futuro para las nuevas generaciones de Ciudad Juárez. Reconstruir el tejido social y dar la noción de pertenencia a la comunidad. Esto ha resultado como un catalizador en colonias de alta insidencia delictiva.

La ola de violencia sufrida en regiones de todo el país ha dado como resultado una separación entre comunidades y entre miembros de una misma comunidad, lo cual ha propiciado la escasez de recursos sociales y culturales.

La propuesta de esta biblioteca es brindar un espacio libre, sólido y efectivo para el esparcimiento, la divulgación y la creación cultural.

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Biblioteca Independiente Ma´Juana

Lugar: Calle Ruanda # 114 Col. Virreyes. Ciudad Juárez, Chihuahua, México

Contacto: necro.ramirez@gmail.com

 


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.

Con el propósito de difundir el arte de la animación bajo esta técnica tradicional y así dar a conocer las obras más reciente de este género, el Instituto Mexicano de Cinematografía (IMCINE) ha dado a conocer la creación del nuevo festival Stop Motion México, en el Distrito Federal, en el que se presentarán  trabajos de animación de México  y el mundo en diversas sedes del Centro Nacional de las Artes (Cenart), del 10 al 12 de octubre de 2013.

De acuerdo con el comunicado dado a conocer recientemente por sus organizadores, el festival se propone “familiarizar a aquel público que cree que el stop motion está muerto, la primera edición del festival presentará una muestra de películas contemporáneas”.

stop motion cartel 2

El programa de actividades de Stop Motion México puede consultarse en su sitio web


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.

La obra poética del chileno Gonzalo Rojas (Lebu, Chile, 20 de diciembre de 1916- Santiago de Chile, 25 de abril de 2011), por fortuna, ha sido muy publicada y por lo tanto es bien conocida en el mundo de habla hispana. Las ediciones de sus libros y antologías han circulado con bastante éxito; pienso particularmente en Antología de aire (Fondo de Cultura Económica, 1995), publicada originalmente en Chile pero que llegó hasta nuestro país; y también en Del zumbido (Fondo de Cultura Económica, 2004), una bella edición en tres tomos que organiza su poesía temáticamente, y en Duotto. Canto a dos voces (Fondo de Cultura Económica, 2005). ¿Por qué, entonces, publicar su obra poética “íntegra”? ¿Cuál es el sentido de este nuevo libro?

Ahora bien, lo que se ha dicho entorno a su obra también ha sido abundante. Por ejemplo, el poeta uruguayo radicado en México, Eduardo Milán, dice: “la poesía de Gonzalo Rojas es un híbrido, un híbrido de hablas. Esto último tiene, por lo menos, dos aspectos. El primero es el aspecto del híbrido especial entre la mímesis del habla cotidiana y el lenguaje de la poesía de invención” (en Antología de aire). Por su parte, Adolfo Castañón en la ya mencionada Del zumbido, escribió: “En Gonzalo Rojas –ya se ha dicho– la oralidad no es gesto sino además imperativo e impulsivo del ahogado que busca el aire. Puede haber desde luego, en la raíz de este ademán –que no aspaviento–, una causa digamos clínica, pero más allá y más acá de esa motivación casi diríase superficial, corre una comprensión del combate que ha de sostener el poeta contra el idioma lapidario, contra la esclerosis, contra los despojos nauseabundos de la elocuencia que lo llevan desde muy temprano a cortarse la lengua y a decirla entrecortada”. ¿Qué más se puede decir? ¿La reunión de la poesía de Rojas cambiaría radicalmente la opinión que se tiene de su obra?

Para empezar con las respuestas, hay que decir que nunca es suficiente todo lo que se haga para difundir la obra de un poeta de la altura de Gonzalo Rojas, o lo que es lo mismo, siempre hay que volverla a poner en circulación, al alcance del mayor número de lectores. Su lectura les será deslumbrante, sorpresiva. Sin embargo, Bradu hace una atinada observación: “muy escasos son los lectores que tienen en su biblioteca la totalidad de los libros del chileno, y cantidad de sus poemas habían caído en desgracia o en la sombra del olvido”. Por esa razón se hacía necesaria la reunión de toda su poesía por mucho que fuera conocida. Después de leer Íntegra, la visión que tendrá el lector sobre la poesía de Rojas, entonces, será más amplia, más completa.

Por otra parte, Rojas, según dice Bradu en la presentación, “siempre sostuvo que escribiría un solo libro en su vida: éste, que es la suma de todos sus poemas y, al mismo tiempo, el único de su autoría que él no conoció”. Íntegra es, pues, un solo libro con todos sus poemas, los publicados en libros y, al final del tomo, los dispersos que nunca fueron recogidos en libro y los inéditos (por ejemplo, el poema con el que ganó los Juegos Florales de Iquique en 1935, que puede considerarse su primer poema publicado y que firmó con su nombre completo: Gonzalo Mario Rojas Pizarro). Al pie de cada uno de los poemas viene una nota de Bradu sobre el origen del poema (la mayoría de los papeles privados del poeta), dónde fue publicado (si en revista, en libro o no fue recogido o era inédito), un breve comentario gozoso de Rojas sobre el poema en cuestión o simplemente la fecha en que fue escrito.

Así, pues, más que cambiar la opinión que se tiene de la obra de Rojas, Íntegra confirma muchas de las que la han elogiado, como las de Milán y Castañón. A ellas y otras se une la de Bradu, quien dice con respecto al título general del libro pero ampara a toda la poesía del chileno: “La escogí sobre todo por ser una palabra esdrújula y porque, a mi juicio, su bisemia encierra las connotaciones apropiadas para sellar la obra de Gonzalo Rojas: una poesía honrada, recta, proba, que no transige con ningún otro ámbito ni compromiso ajeno a ella misma”. Desde luego, cada lector encontrará distintas virtudes en esta poesía rica en lenguaje, en temas, en imágenes. Una obra poética sólida que les será cercana, muy familiar, porque no pocas veces les parecerá que les habla algún amigo, un viejo juglar que les quiere contar una ingeniosa historia. Rojas era un poeta cercano a la gente, encantaba a sus oyentes y desechó el mito de que la poesía es un género elevado que pocos entienden y al que pocos tienen acceso.

Alguna vez, el propio Gonzalo Rojas tan sólo reconoció en su poesía como suyas “11 líneas, ¿no basta? Lo demás es pura oralidad en estado salvaje, pero –eso sí– no fárrago. Ni memorias, oyentes míos, ni para qué decir obras completas. No haya corrupción”.


Autores
(Ciudad de México, 1981) es autor de La síntesis rara de un siglo loco publicado por el FETA.