Quizá si les digo que Durango está revolucionado culturalmente piensen que exagero, y que sigo apantallada por el deslumbramiento que me provocó la ciudad en mi primer viaje después de cinco años en los que no vine para nada, salvo unas brevísimas vacaciones de Navidad en las que no salí de casa con tal de aprovechar el calorcito de la cocina, la plática y los ponches; era el 2008 y esa vez regresé pronto a Mérida; me esperaba una cirugía menor que reposé hasta entrado el año nuevo.
El hecho es que a Durango volví hasta marzo de este 2013 alrededor del día de San José, y confieso que quedé impactada incluso por el Café Cucurumbé (sucursal 20 de noviembre). Este café tiene aires cosmopolitas. No es el típico café de provincia, deja ver cierto grado de sofisticación de la ciudad tanto por el mobiliario y la atención como por la gente que aquí se reúne. Diario, con mi computadora enfrente, pasaba mañanas enteras observando el ambiente. No asiste la crema y nata de la intelectualidad, pero sí llegan hombres de negocios y políticos con actitud decente, principalmente en las mañanas (las paredes de cristal dejan que pase la luz, y todo es muy evidente). Por las tardes, he divisado grupos de señoras amantes de los frappés. Los escritores, lo sé ahora, no son tanto de andar en los cafés; se reúnen en su revista: Cordillera. Son muchos, y la mayoría pertenecen a la Sociedad de Escritores de Durango, A.C. Escriben de lo que viven, voy aprendiendo eso. También escriben de lo que oyen o les cuentan, de lo que inventan o analizan, de sus recuerdos y delirios, y realmente se les nota entusiastas. A su reunión de ayer, con el pretexto de leerse entre sí, llegaron más de 60 autores de todos los géneros, quienes a simple vista dejan ver cohesión, solidaridad y respeto entre ellos.
Nací en Durango, Durango en agosto, casi el mismo día que escribo esta breve semblanza. Mi vida dio un giro radical un poco antes de que cumpliera 18 años, pues me fui a vivir a Mérida, Yucatán. Soy antropóloga de profesión, graduada tardíamente porque desde el año 94 me dedico al periodismo cultural, y escribiendo, escribiendo se me fue pasando el tiempo… Mi otro oficio es el de promotora cultural, y abarca la edición de libros bajo el sello unasletras. He dedicado una gran parte de mi vida a observar casas antiguas, mi fascinación, tanto así que decidí restaurar una casa en el Centro Histórico de Mérida antes del boom que vivió la ciudad años después. Esa casa fue uno de los primeros espacios culturales independientes del Sureste; ahora es uno de los bares de moda. Luego, por azares del destino, emprendí otra restauración, ésta mucho más demandante porque reviví un edificio colonial prácticamente abandonado para convertirlo en foro cultural y espacio para recibir turistas y artistas en residencia: Ule, en el histórico barrio de La Ermita. Últimamente, hacer cine documental es mi mayor deseo, y luego de haber estrenado mi primer largometraje: “Don Mammie Blue”, en febrero de 2013, viajé a Durango de vacaciones, donde de pronto decidí volver a vivir porque siento que es aquí debo estar. Confieso que regresé con la avidez de una chamaca inquieta, impresionada con los paisajes, el clima, la calidez de la gente y la evolución evidente de la ciudad. Esta tierra es fértil y culturalmente muy activa, además, aquí se produce uno de los mezcales más ricos de nuestro país, y éste es el tema de mi nuevo proyecto: “Desde que Dios amanece”, un documental que seguro mostrará al mundo una cara de México poco conocida, eso es lo que me entusiasma, seguir contando cosas, en cine y por escrito, así que este blog en Tierra Adentro que empieza a gestarse en agosto crecerá a sus anchas con noticias, vivencias, entrevistas y mucha información. En esencia, unasletras.
Vine a Tijuana porque me dijeron que acá “me encontraría”. Eso sucedió un nueve de febrero de 2001 y eso respondo -cada vez- a la ya tradicional pregunta en algunas de sus variantes: ¿Por qué viniste a Tijuana? o ¿Por qué te fuiste a Tijuana? Si bien, la respuesta parafraseando la línea de Juan Rulfo me ayuda en el momento a resolver, la reflexión continúa en proceso luego de doce años de llegar a vivir “mis fronteras”. Conocer, indagar, buscar, respirar, hablar, habitar esta ciudad, es aún una combinación desproporcionada entre incredulidad, belleza y asombro. Digamos que implica incluso una dosis de electricidad y siempre, siempre: el movimiento.
Todas las ciudades se transforman, cambian, permutan. Quizá la diferencia particular en las ciudades de la frontera norte de México en cuanto a la forma de la experiencia vital, posiblemente responde a la velocidad con la que estos cambios pueden observarse. La velocidad en sus procesos de identidad/es. La velocidad en las dinámicas de un contexto social en el cual problemáticas altamente conflictivas: hacinamientos urbanos, feminicidios, tráfico de drogas, violencia, problemas migratorios, prostitución, maquiladoras, muerte, comunidades indígenas desplazadas o en vías de extinción, van de la mano a un escenario donde es fácil observar el nacimiento y desarrollo de una cultura intensa, energética y rica en sus diferentes manifestaciones: literaria, musical, cinematográfica, performática, gráfica, dancística, gastronómica y tecnológica.
Es preciso entonces hacerse preguntas específicas, por ejemplo: ¿Cómo entender y explorar la producción cultural en un contexto de esta naturaleza? ¿Cuáles voces, textos, artefactos culturales se deben analizar, reflexionar, cuestionar? ¿Cómo se puede intervenir críticamente en las formas de conocimiento y construcción del mismo? ¿ Cuál es la frontera entre un contexto social y el arte? ¿Existe esa frontera? y en caso de que exista, ¿Cuáles son sus límites? ¿Cómo abordar el borde y sus formas creativas? Analizar los diversos campos para entender el punto de convergencia -o no- hace del discurso, en este sentido, un medio para entender la cultura transfronteriza, la cultura en la frontera norte de México y todas sus posibles variantes, ensamblajes, modificaciones. Un nuevo entorno que se desarrolla en un espacio y tiempo, en un particular sitio crítico distinto.
Considero importante mencionar a Clifford Geertz (1994:133), y lo que dice acerca de la cultura: “La capacidad, tan variable entre pueblos como individuos, para percibir el significado de las pinturas (o de poemas, melodías, edificios, cerámicas, dramas y estatuas) es, como todas las restantes capacidades humanas, un producto de la experiencia colectiva que la trasciende ampliamente, y donde lo verdaderamente extraño sería concebirla como si fuese previa a esa experiencia. A partir de la participación en el sistema general de las formas simbólicas que llamamos cultura es posible la participación en el sistema particular que llamamos arte, el cual no es de hecho sino un sector de ésta.”
De esta manera, desde este sitio, en este blog, voy a comentar y compartir algunas de mis observaciones y puntos de vista sobre las formas de producción cultural y sus participantes, en esta zona izquierda norte. Y desde esta esquina también comentaré los ecos-engranajes de otras latitudes cercanas no menos interesantes y activas. Bienvenidas pues personas lectoras, the show must go on.
Finibusterre, confín, borde, frontera, límite. Esquina izquierda norte. Lugar donde tierra y mar convergen. Espacio delimitado. Ciudad horizontal, bordo, valla, ¡vaya! Desapropiación. Contraste. Inicio. Fin. Comienzo. Montajes. Desmontajes. Ensambles. Desplazamiento. Exactitud topográfica. Identidades. Rizoma. Lenguajes, idiomas. Trámites, triángulo: trinos. Huella digital en movimiento: parvada de pájaros. (Transfronteriza). Un lugar donde todo o nada pasa. Aquí es Tijuana.
La antropología literaria suele encerrarse en fechas, nombres, colecciones, revistas, antologías; éxitos. Al margen, habita un universo en el que se esconden voces igualmente inaugurales; no obstante, ajenas a las devociones de aquella tradición configurada en torno a temáticas, afinidades y diligencias de quienes le han dado forma. Pero sin esos registros —aparentemente periféricos— no puede completarse la imagen de nuestra historia poética:
El año es 1888. Rubén Darío publicó Azul. Al pie del siglo moderno, la poesía recuperaba su andar y su idioma. Ahora viajaba con más libertad desde el viejo continente, con tumbos y virtudes. La industria, en una lancha de remos; penosa aún, se trasladó a América y después la modernidad nos reveló, todavía más; el mundo.
Ha pasado más de un siglo desde el estallido de la locura y los ismos. En Europa, Apollinaire, Marinetti, Kavafis. En Iberoamérica, un puñado de autores como Lorca, Neruda, Vallejo, Huidobro, Parra, Huerta en fila apuntaban con un gran cañón.
La gana de reunirse y fundar revistas se hizo a lo grande. El prestigio literario se construía a partir de si se publicaba en tal o cual revista. En México, las decimonónicas El Renacimiento, Revista Azul y Revista Moderna; y las muy entradas en el siglo XX: el Ateneo de la Juventud, Revista Mexicana de Literatura. Posteriormente Plural y Vuelta se convirtieron en emblemas de la “distribución poética”. Más contemporáneas como la edición mexicana de Letras Libres, La Tempestad y un largo etcétera han traído a la luz nuevas creaciones.
Así como en México, hay ejemplos de trabajos similares en Argentina, con Sur; Brasil con Joaquim; Uruguay con Número. En España, ejemplos como Ínsula y Litoral fueron hogar de poetas. Más cercana a nuestros días, la pulcra Eñe sirve de refugio aristocrático para noveles autores.
¿Pero la poesía “valiosa” sólo navega en esa hemeroteca? ¿Son todas esas publicaciones literarias las casas de misericordia de la creación poética? ¿O el siglo de esplendor poético nunca resurgirá y sólo habita en un texto monográfico, panorámico y enciclopédico?
¿Será verdad la sentencia posmoderna de haberlo matado todo? ¿Han muerto los poetas? ¿Qué valoramos como “El poema”, “El poeta”, “La revista de poesía”?
Es cierto que la poesía tuvo su siglo de las luces, o mejor dicho, sus siglos de luz. ¿Ahora nos dedicaremos a contemplar simple ruido blanco?
Este blog se propone llevar a cabo una especie de antropología poética (sui generis) del joven siglo XXI, al ocuparse de autores en lengua castellana. Propiciaremos la poesía de pecho desnudo, la que desdeñan los que se creen santos, profetas o poderosos.
Si tuviera que describir con una imagen —o mejor dicho con una metáfora explicativa— la poética que Jorge Ortega emplea en Devoción por la piedra propondría la de un hombre que camina con una cámara portátil por diversos lugares tomando registro de cuanto la realidad le ofrece. Su cámara explora con fidelidad los itinerarios de un trayecto lo mismo azaroso que cotidiano y el hombre tras la cámara observa con devoción lo registrado. No es una serie de imágenes particularmente preestablecidas ni se ciñe a un guión cinematográfico: es la cámara al hombro de un viajero, un agudo observador y un testigo. Es por tanto la bitácora de un lector del alfabeto del mundo que reconoció Eugenio Montejo; o bien aquel explorador involuntario de lo visible y su reverso, como la cámara que se cuelga a la espalda el protagonista de la película Historia de Lisboa de Wim Wenders para recorrer y mirar desde otro punto de vista una ciudad. En todo caso Jorge Ortega propone que desde una imagen puede perseguirse y hasta descifrarse aquello que está más allá de tal imagen. La imagen es sólo una puerta de entrada a la realidad. Un vitral, por ejemplo, no es sólo la figura que el plomo y el cristal fijan allí, sino también la luz y la retina que los captan en un instante perdurable:
El vitral
seguirá ahí, pero el fulgor no siempre
volverá de igual suerte a atravesarlo
para imprimir en la retina
un firmamento de nuevos esmaltes
que no podrás nombrar.
(“Vitral”)
Los poemas de este libro surgen sin duda de un fino observador que se detiene, con admiración, ante los detalles irradiantes de un paisaje mediterráneo o ante una pequeña ruina a orillas de la ruta habitual; poemas que, al mismo tiempo, apelan el diálogo con aquello que mira tras la mirada, con aquello sin lo cual una imagen es sólo un hexagrama sin interpretación. Si el primer elemento en este trayecto poético es la imagen, el segundo es la reflexión. Las imágenes de las que parten los poemas son a su vez meditaciones.
Así, el hombre que observa tras la cámara portátil es también un incansable intelecto que advierte lo que a la cámara se oculta o bien lo que se ha desvanecido de sus impresiones. El ojo que mira es también una mente que sueña o que recuerda:
La casa es uno mismo
y en la fisura de sus oquedades
anida la palabra milagrosa
que sólo a ti te sirve.
(“Secreto seguro”)
Devoción por la piedra, la obra que mereció el Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines 2010, es en cierta forma una larga meditación contemplativa en la cual todo lo in-animado circundante es, bajo la luz y el momento propicio, un secreto revelado. Creo particularmente certero el enunciado que, en la contraportada del libro, la describe como un “humanismo que alumbra los misterios de la materia”.
En efecto, es la materia la que toma la voz en este libro. La materia que se rebela a su silencio ordinario y toma la palabra desde una dimensión distinta, desde una alteridad pensante, en resumen, desde otro reino de la naturaleza. Quizá por ello no hay personajes humanos —o los hay sólo sugeridos, oblicuamente entrevistos—, en esta obra. Los verdaderos protagonistas en la mayor parte de estos poemas son objetos, lugares y percepciones; son protagonistas las calles, los templos, los jardines, un jarrón, viejas diapositivas, olvidadas canciones… Pero todo tiene su lugar y su argumento en la marea de la memoria y en la última cuenta de la realidad.
Citar esa inmediata realidad y dar voz a la materia que la edifica es entonces —en los dos principales sentidos de la palabra— una emergencia. A este respecto hay un poema en particular, titulado “Primera llamada”, que bien podría anunciar por entero el arte poética del libro, o de una buena parte de él. Lo cito, por tanto, íntegramente:
Urge contar lo que sucede
no arriba en el lenguaje
y su costra de espuma
sino abajo, donde
la llama se doblega
o tiembla la raíz.
Urge invertir el cono
y denunciar su fondo,
atraer el clamor de las arenas
que la corriente submarina
ondula.
Respira y sumérgete.
Asciende y recupera lo que has visto
para alivio de quienes esperamos
en el espejo de la superficie.
Mucha tinta ha corrido
y seguimos en ascuas.
Alumbra un poco más tu circunstancia,
acerca la linterna a los abismos
para buscar la llave entre las rocas.
El spleen de la melancolía conduce las cavilaciones de la conciencia tras estos poemas. Una melancolía que nunca deja de ser elegante y que se afirma a cada paso, no como un impositivo anfitrión que pretende demostrar la ancestralidad de sus fundos, sino como un huésped amable y discreto que nos saluda desde el umbral del vestíbulo o bien al coincidir por la calle. Quizás incluso llamarla melancolía sea demasiado determinante. Se trata más bien de un espesor de la propia conciencia al contemplar el mundo, acaso la sombra de la sabiduría que se ha alargado tempranamente en las palabras del poeta. Se trata también de una atmósfera digamos otoñal, de un juego de tonalidades donde predominan los azules, los ocres y los grises. Una atmósfera tan sutil que dialoga incluso con el agua:
Dulce dicción del agua que no cesa
de transcurrir detrás de los postigos
como una serenata primitiva.
Danos, oh numen, el punto de apoyo
para sobrellevar este prodigio
aunque no comprendamos su lenguaje.
(“Nocturno del Albaicín”)
Lo interesante a este respecto es que Jorge Ortega somete a sus diferentes temas a esta misma atmósfera otoñal o crepuscular logrando la unidad de tono que distingue a las obras maduras de un autor. Devoción por la piedra, qué duda cabe, es un libro de joven madurez en el cual ya la voz del poeta tiene su hondura y su medida. Lo que detiene su atención, en consecuencia, es alumbrado por la cámara y la luz de un inteligente testigo, por un viajero que ya nunca volverá a ser inocente:
No renuncies al margen
de azar que te convida el desacierto:
detrás del promontorio de la duda
aguarda la ganancia
de la revelación o el desengaño.
Anclado en la escasez y su llanura
no habrá ya laberinto en el cual extraviarse.
Elige, pues, el más largo trayecto
para volver a casa.
Desmesurado, sucede en mi escritorio el grueso volumen de poesía de Max Rojas titulado Cuerpos. Meses atrás, antes de empezar su lectura, el sólo aspecto del libro llamaba mi atención sobre su naturaleza: más de seiscientas páginas son inusuales no solamente para un poeta mexicano sino para un poeta cualquiera, y todavía más si pertenecen a la misma obra, al mismo poema.
La tradición poética mexicana, amante del poema largo desde su inicio (pensemos, a lo largo de su historia, en Grandeza Mexicana, el Primero sueño, Suavepatria, Muerte sin fin, Piedra de sol, Tarumba…) no ha tenido nunca uno de las dimensiones del poema de Rojas. El caso, también excepcional, de David Huerta y su Incurable (1987) es lo más cercano, en cuanto a extensión, que podemos mencionar, pero Cuerpos es mucho más largo y su estirpe literaria es otra, su tono es diferente y uno debe, si quiere hacerlo, buscar fuera de la poesía nacional para poder encontrar voces que compartan cierto aire de familia con ese raro ejemplar, llegado a imprentas luego del largo silencio que siguió a la publicación de El turno del aullante (1983) y de Ser en la sombra (1986), dos únicos libros anteriores de Max Rojas, que fueron suficientes para convertirlo en un poeta central de ciertos sectores de la poesía mexicana.
Tal vez toda la poesía contenida en los años que separan este libro de los otros es la causa del larguísimo aliento de Cuerpos. Personalmente, luego de intentar la hazaña de leerlo de principio a fin, creo que no es un libro de poemas terminados, cerrados, sino un libro de escritura poética realizándose frente a los ojos del lector que se encuentra con un largo, extenso, poema que va desenvolviéndose para el asombro de quien lee y —esto es importante— de quien lo escribe: es poesía sucediendo.
El libro, que es la suma de una serie de textos que en realidad son un mismo poema, abre con una nota preliminar en la que su autor declara: “Cuerpos se comenzó a escribir en junio de 2003 y muy pronto amenazó en convertirse en un poema interminable. Para mediados del 2009 el libro terminó por hartarme, así que lo abandoné, lo que no quiere decir que esté terminado”.
Cito este fragmento porque creo que, a pesar de que es un lugar común afirmar que un poema se escribe a sí mismo, decir que se ha llegado al extremo de trabajarlo durante seis años, hasta tener que abandonarlo sin cerrarlo, sin concluirlo —calcando casi letra por letra aquella frase de Valéry de que un poema no se termina, sino que se abandona— porque su cauce parece ser inagotable, no es un asunto menor: es la declaración de un modo de escribir y concebir la poesía. Un modo nada nuevo pero poco frecuentado, o pocas veces declarado abiertamente, en la poesía mexicana, tan gustosa de expresar su arquitectura, su factura premeditada, para el lucimiento de la ‘técnica’ de sus autores.
No se trata de escritura automática, pero sí de una poesía de raigambre surrealista (no en su resultado concreto, sino en su sistema de escritura y en su idea de poesía como acto cercano al inconsciente) que, en Latinoamérica, puede encontrarse en poetas como el guatemalteco Luis Cardoza y Aragón, los chilenos Braulio Arenas y Rosamel del Valle, o el venezolano Juan Sánchez Peláez, por mencionar algunos, que confesaban ese impulso creador que tiene una lógica interna, y un método escritural basado en la libertad entera del poeta, entendida como una completa servidumbre a la poesía: el poema, para ellos, es una suerte de revelación de la realidad que de algún modo toma al poeta y lo usa para escribirse. El poema se escribe. El poeta es un amanuense. Dice Max Rojas, en esa misma nota preliminar: “A partir de Cuerpos tres el poema me hizo a un lado y me tomó como un mero escribiente. De ahora en adelante, cada libro ni empieza ni termina, y sólo tiene como hilo conductor las obsesiones del poeta y una “lógica poética” que le da unidad y ruptura a todo el libro”.
Pero, ¿de qué se puede hablar por tantas páginas? De todo. Max Rojas habla de la poesía misma, de la propia escritura del poema y de los cuerpos que se aman y desean y se habitan. Los cuerpos que se dejan, los cuerpos olvidados. El libro habla de lujuria y deseo, de la muerte y el amor, del abandono. En suma, es un libro de intensa experiencia vital:
La lujuria, Cuerpos, la espléndida lujuria,
el desenfreno en plenitud,
la vida airada vista como vida beata,
como contemplación de lo esferoide,
senda de salvación,
camino hospitalario
la mala suerte que acompaña en sus andadas al amnésico
que quiere no olvidar el nombre de cada uno de los cuerpos
que adoró en su vida
y dejar bien claro que esa ha sido la única causal de fe que
ha encontrado digna de seguirse, punto y firma
del suscrito que se sienta a redactar un poema interminable
que pudiera ser, al mismo tiempo,
una especie de Manual para náufragos sin salvación posible
historia de los cuerpos como relato de abandonos,
de nostalgias que fomentan la invención de otras nostalgias,
otro olvido que no acaba de creer
que su función es olvidarlo todo
y no dejar indemne ningún rastro
La verdadera hazaña verbal de Max Rojas no ha sido escribir un poema de estas dimensiones, sino lograr que el poema no decaiga jamás. Frente a esa intensidad sostenida el lector, por supuesto, termina siendo abatido, como quien anda un hermoso camino larguísimo. Porque es claro: salvo alguna excepción improbable, Cuerpos es mucho más extenso que el aliento de quien lo ande. Por suerte, es un camino que no tiene fin ni principio y que no busca un efecto, un destino, final: el libro puede ser abierto al azar con la seguridad de que en cualquier página hay verdadera y alta poesía.
No es de extrañar que una obra como ésta llame la atención de los jóvenes: su intensidad es actual. Dudo que exista, en poco tiempo al menos, otro poema cuyo aliento sea comparable a lo que ha conseguido Max Rojas. Dudo también que exista, en corto o mediano plazo, una lectura satisfactoria de este hermoso y desmesurado espécimen que ilumina zonas ignoradas de nuestra propia poesía.
¿Cómo utilizar estos contrafuertes de silencio, con sus gárgolas de costillar estrafalario, para decir aquí cosas de lo sagrado.
¿Cómo lograr que sus aliterados rosetones soporten a esta lengua adicta a la perdición, que cesa sin cesar… y ahora aquí, así, cesando, lo comprobamos.
¿Cómo seguir escribiendo así: diestro y de lado, impasibles, a la espera de que el Viernes Santo ese Cristo de allá:ese:ahí: sentado,
haga lo que Lázaro y se levante y ande, y luego se deje caer al vacío como cualquier villano.
¿Cómo hoy, así, aquí, poder celebrar lo sagrado, si apenas si tenemos a la mano un millar de piedrasen gravidez de luz,y acasoy en el corazón,un continuo llanto…