“Poesía es la recreación de todos los sucesos diarios, es abrir un camino neuronal, es llegar a la nada que es todo. Poesía es estar en el presente de todos los tiempos.” Así define la poesía Yohanna Jaramillo, poeta tijuanense y organizadora del Festival Internacional de Poesía Caracol, que se llevará a cabo a partir del jueves 26 hasta el domingo 29 de septiembre entre Tijuana y Tecate. Se realizarán algunas actividades en las dos ciudades: Lecturas de poesía, presentaciones de editoriales, conferencias, tocadas musicales, y también el famoso slam poético.
Envié un breve cuestionario a la poeta, y ahora comparto por aquí los comentarios al respecto:
¿Cuál fue el objetivo inicial para realizar un Festival de Poesía de manera independiente?
El objetivo principal fue llevar la poesía a las comunidades, escuelas públicas y privadas, sacarla de la Institución. No existía en Tijuana festividad poética directa. Nos interesaba mucho como grupo (Poeta No Lugar) traer a la ciudad puntos de vista distintos sobre el género, lograr intercambios de cultura, aprovechando así que la obra del autor con o sin editorial llegara al lector de esta ciudad, así como que la de nuestros autores de Baja California se fueran a otras ciudades, a otros países.
¿Por qué consideras que es importante realizar actividades de esta naturaleza?
Porque así como existen los Low Rider, los ciclistas o los científicos que hacen sus encuentros cada año por poner un ejemplo, es importante por dos cosas: 1) Desde el primer encuentro de Poesía Caracol, me di cuenta del vacío en el que se tenía a la poesía, la tenían catalogada como aburrida, versada, para sólo pocos. Cuando fuimos a las escuelas secundarias, el asombro fue ver a la cantidad de jóvenes que escriben “a escondidas”, se logró que cada uno de ellos nos/se leyeran, así como se logró que hicieran sus propios libros cartoneros, con el apoyo de Margarita González. Hace unos meses me enteré que ya algunos jóvenes están en la Universidad, la literatura me cuentan ellos, les abrió otro mundo, otra puerta. 2) En nuestro oficio, intercambiar ideas con otros escritores que radican en otro punto del planeta amplía la percepción global de cada uno, se arman los rompecabezas y nacen los proyectos.
¿Durante estos ocho años de actividades qué experiencias consideras importantes para continuar –o no- la realización del Festival?
La anterior que comentaba: que los jóvenes año tras año hayan estado al tanto del festival, siguiendo a los escritores. Llegar a las comunidades. En el año 2010 realizamos “Lectura a domicilio” donde en la comunidad de Camino Verde fuimos a cada hogar a leer; también realizamos un taller de escritura a cargo de Lauri García-Dueñas y Javier Norambuena con señoras de la comunidad, fue mágico. Existe un amor-temor a las letras, pero cuando llegan a ellas sonríen, así como cuando se baja uno de un juego mecánico extremo.
¿Cuál es la diferencia entre organizar un Festival y una serie de lecturas entre amigos?
Las actividades, ya que durante cuatro días se logran tres lecturas diarias. No se realizan sólo lecturas, también talleres, presentaciones de revistas o libros y performance. La responsabilidad de los veinte poetas foráneos que nos visitan cada año, así como lo administrativo, conseguir apoyos, etcétera.
¿Cuáles son los criterios más importantes para organizar tu programa de invitados?
Por lo regular, se lee los doce meses a distintos autores, de ahí se trata de invitar a personas que no hayan venido, buscar nuevas culturas poéticas, poetas igual con un recorrido amplio para poder lograr mesas de charla, como este año que nos visitarán José Vicente Anaya, Olga Gutiérrez, así como Roberto Castillo para dialogar en torno al oficio del traductor. El festival es abierto, no hay convocatoria (ni de género, ni edades), el poeta que pueda venir es bienvenido.
Esta octava emisión, el Festival está dedicado como homenaje al poeta tijuanense Roberto Castillo Udiarte. Mejor conocido como “El Johnny Tecate”. Castillo realizará una lectura de su obra y presentará el video El blues del cuervo, realizado bajo la dirección de Sergio Brown, Gidi Loza y Pável Valenzuela. La tradicional lectura en el faro de Playas el sábado 28 de septiembre se dedicará al escritor Rafa Saavedra, en colaboración también con las personas participantes en “Escritores por Juárez”, lectura poética coordinada en esta ocasión por Eugenia Elizondo.
Una de las dinámicas nuevas esta vez, ha sido la participación y apoyo en la coordinación del Festival, del poeta chileno Javier Norambuena quien desde el mes de marzo llegó a Tijuana, para colaborar directamente con la organización.
Cartel Festival Internacional de Poesía Caracol Tijuana
El programa en esta ocasión congrega a poetas de varias latitudes. Se reunirán en Tijuana durante esta emisión: Rocío Cerón, José Vicente Anaya, Roberto Castillo Udiarte, Olga Gutiérrez, Xavier Valcárcel, Abraham Vázquez, Víctor Calavera, Víctor Cabrera, Francisco Muñoz, Anthony Seidman, Martin Camps, Ánuar Zúñiga, Nicole Delgado, Víctor Rosas, Jorge Posada, Daniel Rojas Pachas, René Morales Hernández, Michelle Rodríguez, Ingrid Valencia, María Eugenia López, Jehú Coronado, Serguei Vassallo, Luis Eduardo García, Tania Carrera, Dillon Scalzo, Esther Galindo, Gidi Loza, Patricia Blake, Jocelyn Pantoja, Eugenia Elizondo, Alberto Paz, Jhonnatan Curiel, Bárbara Willem, Iliki Aguirre, Loida Haro, Nancy Bonilla, Mavi Robles-Castillo, Javier Norambuena, Hilda Servín, Patricia Villegas, Jesús García Mora, Félix Eduardo Márquez y Yohanna Jaramillo.
El domingo 22 de septiembre de 2013, falleció en la ciudad de México el poeta y narrador colombiano Álvaro Mutis, a la edad de 90 años.
“Álvaro Mutis ha fallecido. Mi pésame a Carmen y sus hijos. Y a Gabriel García Márquez por la muerte de su amigo más entrañable”, escribió en su cuenta de Twitter el presidente del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta), Rafael Tovar y de Teresa.
Mutis nació el 25 de agosto de 1923 en Bogotá.
A mediados de la década de 1950 se estableció en México. La llegada del escritor se dio en mitad de un escándalo, ya que había escapado de una presunta acusación de fraude, por malos manejos monetarios como trabajador de la empresa Esso.
Ya como residente en México, tres años después de su llegada fue detenido por la Interpol y llevado a la cárcel preventiva de Lecumberri, dónde pasó un año y tres meses recluido.
En 1960 cambió de género creativo y escribió la prosa Diario de Lecumberri. Se casó con Carmen Miracle Feliú en 1966.
La fama llegó en 1986 cuando publicó la primera novela de Maqroll el Gaviero, La nieve del Almirante.
En 1988 fue reconocido con las distinciones de Comendador de la Orden del Águila Azteca México; Premio Xavier Villaurrutia México, 1988 por Ilona llega con la lluvia; Premio Juchimán de Plata. Doctor Honoris Causa por la Universidad del Valle, en Colombia. Los años posteriores fue ampliamente premiado en Francia, España e Italia. En 2001 recibió el Premio Cervantes de España.
Entre sus obras más emblemáticas se encuentran Los trabajos perdidos (1965); La nieve del Almirante (1986); Un bel morir (1989); La muerte del estratega (1990); Tríptico de mar y tierra (1993), entre otros.
Julián Herbert nos envía el siguiente poema como Ayuda a Guerrero:
Tengo una banda de rock llamada Madrastras, y con ella compuse y grabé hace tiempo una canción titulada “Huracán”. Creo que viene muy a cuento con lo que está pasando. Puedes escucharla y descargarla aquí:
La letra de la rola forma parte de mi libro de poemas Álbum Iscariote, que está por salir bajo el sello de Era.
Huracán
es negro este huracánnegra destrezade sumarviento y ruinasnegra la tierra firme la oscuridaddevoró las cosasclarasnegras las bodasnegro el arroznegras las velas encendidascarbón y tiznela voz más dulce y Noche Oscuratu mano en la mía
Poesía Visual Mexicana y Ediciones del Lirio convocan, a través de su dirección editorial y en el marco del “Beneficio a los Proyectos de Inversión en la Producción de Obras Literarias Nacionales”, (EPRO) del Consejo Nacuonal para la Cultura y las Artes (CONACULTA) y el Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA), a participar en la colección mexicana LA PALABRA TRANSFIGURADA.
BASES DE PARTICIPACIÓN
1) Podrán concursar poetas, artistas visuales, creadores gráficos, diseñadores, fotógrafos…, mexicanos por nacimiento o naturalizados, con un máximo de tres poemas visuales (caligramático, concreto, visivo, letrista, collage…) realizados del año 2000 en adelante. Sobre este género pueden consultar: http://www.poesiavisualmexicana.com.mx
2) El material digitalizado debe ser enviado a poesiavisualmexicana@gmail.com No podrá tener una dimensión mayor al tamaño carta (21 por 27.5 cms. ). En el caso del poema – objeto o instalación deberá de fotografiarse. La obra va firmada con el nombre del postulante, no pseudónimo, excepto en el caso de que sea su nombre artístico. Se adjuntará una breve semblanza artística en .doc o .docx. De ser seleccionado deberá entregar el archivo en alta definición y firmar una carta de sesión de derechos por la edición.
3) La obra no necesariamente debe ser inédita. Dado el caso, debe adjuntarse la ficha bibliográfica de su publicación, así como una carta de consentimiento del editor donde se autorice su reproducción si detenta los derechos de reproducción.
4) Las obras seleccionadas se publicarán en el volumen V de la colección POESÍA VISUAL MEXICANA. LA PALABRA TRANSFIGURADA el cual se presentará en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara en 2013 y en el Palacio de Bellas Artes en 2014. Los artistas seleccionados recibirán una colección y reconocimiento. En su momento se gestionará la exposición de dichas obras.
6) Los ganadores serán definidos por un jurado cuyas decisiones son inapelables. Cualquier caso no contemplado en esta convocatoria será resuelto por el jurado. Al participar en este concurso el artista acepta estar de acuerdo con las presentes bases de participación.
7) FECHA LÍMITE DE RECEPCIÓN: 7 DE OCTUBRE DE 2013
El siguiente es un fragmento del libro Ojos que no ven, corazón desierto, publicado en 2009 en el Fondo Editorial Tierra Adentro.
Él azota la puerta. Es su única forma de liberar la ira. Ella no lo comprende. Ni siquiera tiene ya la paciencia de escucharlo. No debió hacer su esposa a una mujer que nunca lo ha querido. Cualquiera de las otras a las que abandonó cuando ella dijo “estoy embarazada” lo hubiera amado más. Han tenido tres hijos. Ha sido una buena madre, pero él necesitaba una mejor amante. Se ha dado cuenta tarde. Está viejo, muy viejo para empezar de nuevo. Aun así tiene ganas de salir a la calle, tomar un autobús a cualquier parte y no regresar nunca, olvidar para siempre que tuvo esposa e hijos, que pagó una hipoteca por treinta años, que odiaba su trabajo, que visitó a sus padres los domingos. No puede. Mañana tiene cita con el médico —de seguro se le subió el azúcar por el coraje—; debe llegar temprano a la oficina —hay trabajo pendiente antes de que lo auditen—. Lo único que le queda es tirarse en la cama y esperar que el sueño lo rescate del mundo.
Ella se arrepiente. El silencio pudo haberlo evitado.
Pero no, lo dijo:
—¡Ya vas a empezar!
No sabía, de verdad no sabía lo que él iba a decirle.
Algo tenía que ver con las costumbres raras de su gato. Pero estaba tan harta. Se sentía, se siente tan cansada. Las palabras brotaron de su boca, azuzadas por el deseo inconsciente de crear un escudo contra la costumbre de escucharlo quejarse por todo y por cualquier cosa antes de dormir, amargando de más los últimos momentos del día. Está triste. La tristeza le oprime los pulmones y abre un hueco en la boca del estómago. Da grandes bocanadas. Quisiera echarse en el suelo como un perro, y quedarse dormida para siempre. Ahora no es posible. Aún debe lavar platos de la cena.
La hija, la menor, escucha desde su recámara la puerta que se azota. Escudriña el silencio que le sigue. Siente curiosidad, pero sólo un instante. Las discusiones son algo cotidiano. Su madre sólo llora, su padre sólo gruñe. Promete no casarse con nadie que no sea capaz de provocarle una sonrisa siempre. Quizá deba salir y ver qué pasa afuera. Decide que no importa. Mañana tiene examen. No debe distraerse, sino memorizar una definición que aún no comprende. Poliedros conjugados: el número de caras de uno es igual al número de vértices de otro y viceversa. Es simple: uno pone una cara, el otro da una esquina.
Él da vueltas en la cama y procura hacer ruido. Resopla. Espera que ella note su respiración agitada, el coraje que tanto daño le hace después de dos infartos. Tal vez no le interese. Tal vez lo que ella quiere es que él se muera. A pesar de la edad, es una mujer bella. A él, desde hace mucho, la obesidad y la calvicie le impiden considerarse un hombre guapo. No tiene ya memoria de hace cuánto dejó de tocarla; corrige, de hace cuánto no permite que la toque. Ella tiene un amante. No hay otra explicación. Sus vísceras se enroscan. No puede respirar. Tose fuerte, muy fuerte, un poco para aliviar el malestar y otro tanto para hacerle saber a ella que es su culpa.
Ella se mete al baño. Se desnuda. Mira en el espejo su cuerpo desgastado. Trata de recrear la imagen que un día tuvo de sí misma. Recuerda que los conductores disminuían la velocidad para poder mirarla. Luego, después del embarazo, un traje de grasa ocultó aquella imagen. Por eso él es infiel. Ya sólo la tocaba alguna madrugada por equivocación, quizá medio dormido, mientras pensaba en otra, y al darse cuenta de que era ella, apartaba su cuerpo casi sin haberla penetrado. Un día ella decidió que era bastante.
Abre la regadera. Es el único sitio para llorar a gusto. Nadie pregunta nunca por qué los ojos se le han enrojecido. “Una especie de alergia”, les diría. Pero a nadie le importa, no ha tenido ocasión de estrenar esa excusa.
Alguna vez se amaron. De eso no cabe duda. Sus hijos mayores los recuerdan tomados de la mano, prolongando los besos de adiós y bienvenida. Después fue la distancia, la crisis de los ochenta. Él tuvo que emigrar al otro lado para encontrar trabajo. Llamaba en Navidad y a veces, muy de vez en cuando, un fin de semana. Tenía que ahorrarlo todo para regresar pronto, se decía. Extrañaba a su esposa y a sus hijos. Ella se quedó en casa, haciéndose cargo de los niños, cosiendo ropa ajena para ganar dinero. Él los había olvidado, pensaba, o al menos olvidó que los niños comían, que iban a la escuela. También se sentía sola, pero se conformó con mecer las ansias, adelante y atrás, frente a una máquina de coser. Colocaba sus piernas rígidas sobre los pedales, las apretaba fuerte. No conciliaba el sueño por las noches.
Él volvió una mañana de noviembre, después de cuatro años, y no creyó jamás en la versión posmoderna de Penélope, quizá porque no supo encontrar una forma de calmarse las ganas que no tuviera cuerpo de mujer. Buscó quien la supliera por un tiempo. Y cuando regresó, cada vez que trepaba el cuerpo de su esposa, buscaba en cada gesto nuevo para él un indicio que la delatara. La ira le apagaba el deseo. Frustrado se hacía a un lado y leía en el gesto de frustración de ella la señal inequívoca de la infidelidad. Un día que intentó tocarla ella le dijo:
—Es que ya estamos viejos.
Bastó. Ya no se aman. De eso no cabe duda.
Él repasa con la mano su barriga abultada. Mira sus piernas flacas, más flacas con el paso del tiempo. Su cuerpo es un despojo: las coyunturas duelen, se sofoca con sólo dar dos pasos, las heridas no cierran. Debe tomar pastillas todo el tiempo. Ahora sus ojos lloran, no él, porque él es fuerte. Sus ojos fallan como el resto del cuerpo. Aprieta sobre ellos las yemas de sus dedos como quien busca contener una fuga. Es inútil, como el medicamento y las caminatas matutinas, como la comida sin sal y los postres sin dulce, como todo lo que hace para evitar morirse de un infarto. Deja de resistirse. La luz está apagada y ella no notará que está llorando. Ser fuerte es muy cansado.
Ella cierra la llave de la regadera. Se da cuenta de que olvidó la toalla. No trajo ropa limpia, pero no quiere molestar a nadie. Volverá desnuda al cuarto conyugal. No importa. Ya no hay pudor posible. Ni deseo. Hace tanto tiempo que hay dos camas. Está cansada. Quizá por eso piensa en la muerte. Morir debe de ser igual que descansar: dejar de ir al mercado y no preparar más el almuerzo, y no volver a lavar los trastes ni la ropa, no barrer ni trapear, no volver a preparar la comida ni lavar nuevamente los trastes, no tener que escucharlos a todos sin derecho a sentirse agotada o sin estar de humor, sin derecho a quejarse, a decir que le duelen la espalda, la cintura, la cabeza, los pies. Pensar en el cansancio también cansa.
—“Según el teorema de Euler, los poliedros conjugados deben tener el mismo número de aristas” —repite la hija, tratando de aprenderse de memoria la posible pregunta del examen.
No entiende que es arista. Busca en el diccionario:
En geometría, el segmento de recta donde se interceptan dos planos. Por extensión se conoce con este nombre al segmento común que tienen dos caras vecinas de un poliedro y que se forman al estar en contacto. También se dice del filamento áspero del cascabillo del trigo.
No sabe que es cascabillo. Pero le queda claro: las aristas lastiman; se producen al estar en contacto.
Él no encuentra acomodo. Respira con dificultad. Toca entre sus piernas el colgajo oscuro que sirve para orinar de pie y para nada más. Es un hombre inservible, al menos inservible como hombre desde hace mucho tiempo. No entiende por qué ella no decidió dejarlo. Por qué aún se levanta cada día para tenerle listo el desayuno; le recuerda el horario de sus medicamentos, le pregunta qué quiere de comer. Quizá porque aún le queda algo de aquel cariño de los primero años. Se le ocurre que cuando ella entre al cuarto se acostará a su lado. Le preguntará cómo se siente. La escuchará en silencio. Después le contará que se siente cansado, que se ha sentido viejo, que necesita que lo abrace fuerte.
Ella pone un pie fuera del baño. Resbala. El dolor es líquido y caliente; se agolpa en la nuca empapando sus cabellos canosos. Piensa en gritar para que alguien la ayude, pero no sabe cómo. Tiene la costumbre de callar lo que siente. Y ahora ya no importa. Está en el piso y tiene mucho sueño. Piensa en sus hijos: ya no la necesitan, incluso la más chica estará bien sin ella. Piensa en su esposo. Él es quien no sabe valerse por sí mismo. Ya no habrá quien lo escuche por las noches quejándose de todo. ¿Quién le hará de comer si ella le falta? La quiere. Aún la quiere. Por eso, en cada aniversario, él lee un poema que escribió mientras estuvo lejos. Los dos lloran. Ella lleva el papel, pequeño y arrugado, guardado en la cartera. Y cada vez que está a punto de rendirse va a la recámara, saca aquel escrito y vuelve a sentir fuerzas. Ahora mismo, sólo por acordarse, se siente con más ánimo, aunque a su alrededor el mundo se oscurece.
Él ahora no lo sabe, pero en un momento la encontrará inconsciente, la cabeza sangrando después de haberse golpeado con el filo del escalón del baño. Gritará su nombre muchas veces sin obtener respuesta. Escuchará la voz de su hija pequeña preguntando qué pasa. Le ordenará llamar a una ambulancia, avisar a sus hermanos, traer una bata limpia. Vestirá a su mujer repitiendo “Dios mío, Dios mío” con el miedo atravesado en la garganta. Entonces sí las lágrimas brotarán sin pudor. Y se sentirá débil cuando vea al paramédicorevisando los signos vitales de su esposa, la mujer con la que ha compartido treinta años de su vida, la madre de sus hijos. Tomará entre las suyas la mano de su cónyuge, se acercará a su rostro y le dirá:
—No te mueras.
Ella ahora no lo sabe, pero en algunos días despertará en un cuarto de hospital, preguntará por él y nadie le dirá nada. Tiempo después le contarán que llegando a la clínica, los hijos empezaron a correr de un lado a otro para que la atendieran. Él dijo:
—Tengo sed, háganse cargo —y encaminó sus pasos a la cafetería.
Un médico internista la llevó a terapia intensiva, sus hijos permanecieron en la puerta. Cuando el doctor salió a decirles que todo estaba bien buscaron a su padre. Lo encontraron dormido en la sala de espera. Quisieron despertarlo. Fue imposible. Había muerto de infarto. Nadie se dio cuenta, porque no dijo nada. No se quejó al primer malestar, como hacía siempre. Ella dirá “Dios mío, Dios mío” y llorará por él, también por ella misma, porque entonces conocerá de verdad lo que es sentirse sola.
La hija, ahora no lo sabe, pero en algunos años, cuando firme el divorcio, recordará a sus padres y les envidiará aquella voluntad de permanencia. Entenderá por fin que las aristas no son más que una forma de mantener el contacto entre los lados. Los lados forman el poliedro, y que dos se conjuguen es casi poco menos que un milagro.
Rafa es una referencia obligada de la Tijuana actual, con sus programas de radio sobre música (era un ferviente melómano, siempre descubriendo nuevas bandas, compartiendo esa música en su blog), con los fanzines que publicó a lo largo de varios años, presente en todas las fiestas y toquines que se hacían allá en los que a veces se presentaba como DJ: Rafa Dro, con sus libros de cuentos, unos cuentos posmodernos, divertidos, radicales con su mescolanza de inglés y español y sarcasmo: Esto no es una salida. Postcards de ocio y odio (La Espina Dorsal, 1996; Nitro press, 2012), Buten Smileys (Yoremito, 1997; Libros Malaletra, 2011), Lejos del Noise (Moho, 2003) y Crossfader 2.0. B-sides, hidden tracks & remixes (Nortestación, 2011). Tal vez sin él no se entendería mucho de lo que hoy se hace y se vive en Tijuana.
Rafa siempre estuvo al día en asuntos de la tecnología: fue uno de los primeros mexicanos en tener un blog (allá por 1999, si mal no recuerdo), cuando pocos conocían esa plataforma digital de autopublicación. Además, fue el creador de la célebre frase “Tijuana makes me happy”, que después musicalizaron los de Nortec: “The happiest place on earth”. Y todo, siempre, desde esa esquina noroeste del país donde, según reza el lema, “inicia la patria”. Porque Rafa, a pesar del potencial que tenía, nunca se fue de allí e hizo de Tijuana su centro de operaciones: recientemente estudiaba una maestría en el Colef cuyo proyecto era, justamente, sobre fanzines.
Al saber de su prematura muerte trato de recordar cómo nos conocimos. No lo recuerdo con precisión, pero debió ser hace casi 10 años en Tijuana, en uno de los bares que frecuentaba: el “Turístico” en la plaza Santa Cecilia o el “Dandy del sur” en la calle Sexta, donde una vez coincidimos y ante mi ridiculez de tomar sólo una “cheve” él insistió en pagarla. Y seguramente fue por los amigos en común: Heriberto, Mayra, Juan Carlos Reyna, Eduardo, Amaranta (recuerdo una vez que amanecieron juntos en la playa después de una fiesta), Abril, Omar, Lorena y Louie, Haydé (con quien siempre se quedaba cuando venía al DF), Karla y recientemente con nuestra querida Gaby Torres. Algunos de ellos se han enemistado con el tiempo, pero Rafa siempre fue amigo de todos ellos. En nuestro caso, fueron pocas veces las que coincidimos después pero Rafa siempre fue muy amable, era de esas personas con las que te encariñas desde la primera.
En Radiante, uno de los fanzines que publicó junto con su amigo Checo Brown, me invitó a colaborar y le envié algo que él, sin reticencias, incluyó. Después se me ocurrió hacer una antología de cuento en la que, desde luego, lo quería incluir y él me envió a los pocos días una selección de ellos para escoger alguno. Una vez lo vi caminar por el camellón de la avenida Álvaro Obregón, aquí en el DF, y yo lancé un twitt para decírselo, cosa que le hizo mucha gracia. Tal vez la última vez que nos vimos fue en un lugar de la calle Sexta al que fuimos con Lorena y Louie, Juan Carlos Bautista y Víctor Jaramillo después de presentar un libro en la Feria de Tijuana. El contacto se mantuvo cordial con el intercambio de algunos twitts o algunos favs en Instagram, a donde siempre subía fotos de sus clases, sus amigos y, sobre todo, las playas de la Tijuana que lo hacía feliz.
Los siguientes poemas aparecieron en el libro Serial, publicado en 2011 en el Fondo Editorial Tierra Adentro.
Al filo de la navaja, V
Un día antes de perder a mi gato tuve una pesadilla. Venía yo de la playacon varios peces aún moviéndose,un auto se paró delante,la calle me pareció conocida,no ascendía desde la playa:había un cementerio al lado de la casa.eso fue en un sueñoporque cuando perdí de verdad a mi gatoya tenía claro el grito intempestivo, el sitio anticipado, el tufo de muerte que perfumó esa tarde la ciudad. de allí que mi voz sea fruta amarga,sonido que no se oye
Sitiado, V
sin temor a equivocarmecuando acabe de escribir estas líneasni tan líneas porque la vida a cado rato se interrumpe, iré a tomar un trago.regresar y sabe dios qué pase después.estoy vivo porque mi ánimo lo diceo porque de plano mi pensamiento es neciocomo el alba.
Vista de la ciudad desde el Cerro de los Remedios. Fotografía de Eugenia Montalván
Un amigo escritor del D.F., establecido en una aburrida provincia mexicana, cuando le mandé un correo electrónico contándole que estoy viviendo en Durango, me respondió: “Yo no conozco ese estado, siempre me lo he imaginado repleto de pistoleros, alacranes güeros y con tormentas de viento en el desierto”. No, no, no… ¿Por qué? ¿Quién se encargó de crear esta imagen? No me ofendo si me dicen que lo de “pueblo pistolero” se lo debemos a Jhon Wayne, protagonista de siete películas filmadas aquí en una época memorable para las producciones duranguenses, de mediados de los sesenta a principios de los setenta, cuando empezó a correr como pólvora para el estado el mote de “Tierra del Cine”, entre otras cosas porque en las montañas, a quince minutos de la ciudad, se asoleaba el guapo actor norteamericano haciendo una película tras otra: Los hijos de Katie Elder, Lucha de gigantes, Los invencibles, Chisum rey del Oeste, Gigante entre los hombres, Los chacales de Oeste y De su propia sangre. Y puedo mencionarlas de corridito porque tengo frente a mí un libro aparentemente bien documentado que circula como coffe table book desde hace casi dos semanas: Durango 450 años (producido por el gobierno en conjunto con Banamex e Índice Editores).
También es cierto que en esos años llegaron a rodar aquí algunas películas mexicanas, ¡con pistoleros valientes en primera línea! Soy testigo de la filmación de algunas a la vuelta de mi casa y en el bar de mi papá, con Mario Almada, Julio Alemán y Valentín Trujillo, entre otros señores mal encarados dispuestos a dejarse morir o a desenvainar su arma a la primera provocación.
Y de los alacranes, ¿qué decir? El libro en cuestión rehúsa ahondar en ese escabroso tema; solamente hace alusión a ellos brevemente; primero vemos al temido animal reproducido casi a tamaño natural, pero esculpido en plata, y páginas más adelante aparece como la especie venenosa que es, y que estudiaron a fondo dos científicos cuyos nombres se rememoran en dos calles importantes: Carlos León de la Peña e Isauro Venzor, quienes a principios del siglo pasado desarrollaron el antídoto contra la picadura, “logrando con ello salvar muchas vidas a muy bajo costo”.
Lo cierto es que los alacranes son el souvenir más popular y económico: “en los mercados [especialmente el Gómez Palacio] pueden hallarse en forma de dulces, en llaveros, en ceniceros y postales”, aunque también se consiguen vivos y muertos, a cinco pesos el ejemplar. Pero de ahí a que la gente que no conoce Durango se imagine que son tan comunes como los mosquitos en Yucatán, no es justo. Diversos repelentes inhiben su aparición, y ya es realmente remota la posibilidad de escuchar que alguien muere por un piquete de alacrán.
Fotografía de Christian Saucedo
Javier Guerrero Romero y Miguel Vallebueno Garcinava, autores de esta obra, documentan con datos y fotos de Federico Gil la geografía privilegiada que tenemos repartida en 123,420 kilómetros cuadrados, “donde confluyen dos de los accidentes más notables del país: la Altiplanicie mexicana y la Sierra Madre Occidental”. Desde luego, acepto que conozco poco la variedad de paisajes que transportan ríos y conectan zonas áridas con cadenas montañosas, pero para eso estoy aquí, para empezar a entender qué pasa más allá de la ciudad que, gracias al libro, ahora vuelve a agarrar vuelo para continuar en su celebración de 450 años de fundada. Y, por cierto, otro gran suceso para animar esta fiesta fue el Concierto “Septiembre mexicano 450” de la Orquesta Filarmónica de Durango, bajo la dirección de Juan Manuel Arpero: ¡de lujo! Válgame Dios, Arpero hizo unos arreglos muy buenos a algunas piezas clásicas del cancionero mexicano y se lució, sobre todo con la famosa “Negra consentida” de Joaquín Pardavé, en la que cada sección de la orquesta se desdobló en un conjunto musical por sí mismo, como si se tratara de una revancha; es decir, como si nos hubiéramos transportado a un bar de jazz, especialmente por el deslumbrante soliloquio del saxofón y la vibrante intervención de las percusiones. En efecto, la gente sintió correr entre las butacas cierto aire “pro”, y los que empezaron a marcar el ritmo con las palmas, después movían los hombros y terminaron cantando. No exagero si digo que la figura del director creció al doble de su proyección real, y aunque puedo sonar extrema, me gustó verlo enérgico, incluso sobreactuado, exigiéndoles más a sus cantantes, conmovido con ciertos deslices de patriotismo sonoro en ejecuciones impecables.
Orquesta Filarmónica de Durango. Fotografía de Eugenia Montalván.
La Orquesta Filarmónica de Durango es un logro del músico Enrique Escajeda González, ex funcionario cultural que ahora trabaja de manera independiente en una Asociación Civil capaz de generar todo un movimiento artístico para hacer venir desde cualquier otra provincia, e incluso de la ciudad de México, a los músicos que, de manera fija o esporádica, sustentan los programas de orquestación clásica para los melómanos duranguenses.
Esa noche, además, me gustó porque la primera parte del concierto la escuché en primera fila, y después me cambié a un palco, por el puro gusto de tomar fotos desde otra perspectiva. Es así, en este Teatro majestuoso llamado “Ricardo Castro”, en honor al gran compositor nacido en esta tierra, no hay edecanes incómodos que te hagan la vida difícil. Obviamente no fui la única que cambió de lugar.
Fotografía de Christian Saucedo
Con este aperitivo, era imposible volver a casa tranquilamente. Se me antojó un mezcal. Caminé unas cuadras hacia el histórico barrio de El Calvario y llegué a “La Fonda de la Tía Chona”, un lugar excepcional en el Centro Histórico. Cada veladora, cada flor, cada mueble y cada artesanía hacen que se te abra el apetito visual, y aun en medio del asombro de la decoración, el sentido del gusto se estimula deliciosamente al paladear un chile rojo relleno de queso añejo servido en salsa de piña. Confieso que esa noche brindé sola; el día del Grito, en cambio, cubierta con mi rebozo rojo de seda, cené en casa de Christian Saucedo. Ahí, en la mesa de la sala, descubrí el libro que hoy reseño; así es como todo confluye en un sabor de boca exquisito: Descubrí una mención de Christian Saucedo en la página 167. Se refieren a él como un escultor “con una trayectoria diferente”; los autores quisieron decir que hace instalación, obra pública, video, arquitectura, fotografía, últimamente especializado en vistas aéreas y celestes, etcétera. Esa noche, sin embargo, con su camisa y moño de charro, Christian cocinó unos ricos y hermosos chiles en nogada.
Volviendo al libro di el grito, pero de sorpresa, cuando descubrí, en fotografías, el recetario de “La Fonda de la Tía Chona”, propiedad de Ángel de los Ríos y Jesús Ibarra. Su cocina es la imagen de la gastronomía duranguense, la cual rebasa, por su buen gusto, los límites del desierto, los cielos rojos de fuego encendido, las cascadas, el puente tirante más grande de Latinoamérica, las cuevas rebosantes de alacranes güeros y los westerns de pistoleros.