Historias de cronopios y de famas es un libro tetrágono o tetrápodo y sus cuato caras o pies son “Manual de instrucciones”, “Ocupaciones raras”, “Material plástico” y la homónima “Historias de cronopios y de famas”. Aunque es la última parte la que da nombre al volumen, y es ahí donde tienen su residencia esos personajes que son como el buque insignia del bestiario de Cortázar, los textos mejor recordados se encuentran en la primera. Desde el hallazgo inicial con sus lectores, “Instrucciones” para llorar, para subir una escalera y para dar cuerda al reloj, se develaron como lo que realmente son: instrucciones para ver el mundo de otra forma; para vivir de otra forma. Cincuenta años después, quisimos repetir la experiencia de juego y reconfiguración donde siete jóvenes escritores y cuatro brillantes ilustradores —Juanjo Güitrón, Alejandro Magallanes, Nuria Meléndez y Yair Orozco— nos entregaran un texto-instrucción.
INSTRUCCIONES PARA BLANQUEARSE LOS DIENTES
Xitlalitl Rodríguez Mendoza
Queme una tortilla. Tire la tele desde la azotea, quiebre las sillas, embroque el refrigerador. Contra el portón. Nadie entra, nadie sale. Recolecte sus objetos favoritos, los distinguirá por ser esos que esconde en una caja o en el bolsillo de su memoria a corto plazo: un pasador sin cabezas de goma con un pajarito de hielo seco, un soldado de plástico (mordido) o una envoltura de chicle doblada ocho veces. Envuélvalos en un periódico y préndales fuego bajo la cama. Llore tanto y tan lastimeramente como le sea posible (lea “Instrucciones para llorar” de Julio Cortázar) y preste mayor atención a la hora de pensar en cosas tristísimas como en un crudo con tres pies o en la tumba de Tristan Tzara. Diríjase al cuarto de baño. Tome la tortilla carbonizada y métasela a la boca. Con un cepillo de dientes cuyo uso es restringido para limpiar zapatos, talle sus encías. Ahora los molares, los caninos y la lengua. Mire su boca frente al espejo. Ahogue la primera arcada. Talle de nuevo y diga AAAAHHHHHH. Piense en su madre muerta. Tírese al suelo y escupa. Enjuague si le es posible. Sonría para comprobar cuán blanca es su dentadura ahora.
INSTRUCCIONES PARA CALCINAR EL UNIVERSO
Rafael Toriz
Lo primero que debe desterrarse es la esperanza; suele ser reacia y perentoria, es cierto, pero para cortarla de tajo basta inspirarse en la variopinta gama de hijos de puta que señorean el mundo: insidiosos, asesinos, perdularios. Con un machetazo seco sobre la nuca será más que suficiente.
Acto seguido se recomienda lustrar las palabras de los amantes con betún para calzado, gasolina blanca o alcohol de curación. Es necesario tallarlas a conciencia y dejarlas brillantísimas, casi hasta la transparencia. El fuego arde mejor cuando deja pasar el aire.
Es importante ahogar la memoria en un pozo de rencores y luego rociarlo con chapopote, para que diluya la espesura de las alegrías verdaderas y ese vaho nostálgico tan característico del paso del tiempo, narcótico como el opio. No se ande con timideces y utilice el cucharón.
Escarche sobre el deseo, a la manera del orégano sobre el pozole, los dolores de parto, la banalidad de la traición y la sutileza del desprecio. Piense en la soledad de los cronopios y los niños tuertos.
Por último esculpa una guirnalda de fuego, de la forma de poema y no se lamente en absoluto: desde hace varios años nadie mira las estrellas.
INSTRUCCIONES PARA SOSTENER A UN GATO
Marina Azahua
Para sostener a un gato uno debe primero temerle y después atraparlo. No se recomienda aproximarse al gato de frente durante estos procedimientos. El gesto de captura debe trazar una trayectoria curva en el espacio. Desde el punto de vista del felino, la mano ceñidora deberá sorprender a la manera de un trascabo dirigido desde el cielo. Sostener a un gato tiene todo que ver con la parte delantera del gato, y nada que ver con la trasera, por lo que se recomienda desprender la parte posterior del gato una vez que se le haya atrapado.
Si se elige cargar al gato bajo el brazo se deberá aplicar la misma presión que se daría a una bolsa de papel de estraza llena de huevos, transportada de esta forma, mientras se viaja en motocicleta. Si se sostiene sobre las piernas, se le deberá asir como a un jarrón delicado, arropando su orilla más táctil con la curva oculta de los dedos. El gato debe ser una elongación del brazo que lo sostiene: sus bigotes moviéndose con el ritmo de nuestros dedos, sus orejas emulando el puente de la mano. Acariciando su barbilla se podrá descubrir la fijación particular del gato en cuestión, del mismo modo en que se descubre una moneda en el fondo de un sillón, al sumir la mano en el acojinado por accidente, mientras uno se masturba.
Ante todo, se deberá tratar al gato como a un igual. Es apropiado dirigirse a éste por su nombre y apellido, tanto mejor si comparte alias con algún filósofo perseguido. Mire al gato a los ojos y a la altura de los bigotes. Si se desea, se puede realizar este juego de miradas con una ventana de por medio. El gato así se sentirá superior, la más cómoda de sus posiciones, y nos podrá observar como a un pez en un globo de vidrio, conmiserándonos. Dado el instinto inquebrantable de los gatos por identificar a los imbéciles, se advierte que el encuentro puede resultar perjudicial para la autoestima.
INSTRUCCIONES PARA REVOLVER
Gabriela Jáuregui
Vuélvete baile. Baila hasta alterar el buen orden y la disposición de las cosas. Vuélvete baile puro. Sé un ventarrón que aviente las cenizas del cigarro desde el cenicero hasta el vaso de agua. Causa disturbios —en el orden establecido, en una relación, en la cocina, en la clase, en la leche condensada al fondo del vaso de tu café vietnamita bien cargado. Enreda los hilos, las agujetas de los zapatos del amigo que se quedó dormido, las palabras que salen de tu boca. Que se te revuelva el estómago hasta volver. Como la canción que pusisteen el estéreo para empezar este revoltijo, esa que se repite, mariachi mareador, con sus versos de volver, volver, volver. O sea: revolver, ¿no? O como aquella otra que revuelve todo, la disposición de los cuerpos en el espacio, y sobre todo la de los culos en relación a los cuerpos, que menea, y menea, pues: la batidora. A batirla, entonces. Regarla. Con ganas. O la otra, mucho más vieja y más argentina que da vuelta y vuelta (re vuelta, ché) en el tocadiscos, y cantando que “veinte años no es nada”: la de Gardel, quien vuelve una y otra vez con la frente marchita. Sigue: los pasos tangueros y los sentimientos enmarañados en un ocho o elipsis que parece imitar el recorrido de los astros. Esos astros que cuando logran su trascurso por el espacio revuelven a su lugar de origen que, sin embargo, no es el caos primigenio. Mezcla colores, para crear otros (una tinta indeleble no es insoluble, ¿o sí?); mezcla razas, para crear mestizos (matiza y mestiza). Mezclar música o tragos en una fiesta no es lo mismo que revolver. Eso nunca. Confunde. Regresa al enredo. Reanuda los hilos de la trama: espesa, que no es lo mismo que espera. A veces la espera inquieta, preocupa, mueve, angustia, obsesiona, intranquiliza, desvela y revela. Inquieta, entonces: si un astro revuelve pero por algo se sale micromilimétricamente de su eje, todo se inquieta. En la ciudad todos los animales están inquietos. Revolución: revuelto hasta el asco el estómago ante la situación. Levántate en armas (¿revólver?), que es lo opuesto a estarte quieto: movimiento, ruido, despierta. Pero las sábanas están revueltas. Nos envuelven.Como la ciudad. Disturba. Sé como las cenizas de todos nuestros muertos que revientan con revuelo contra la cara del orden público. Borrasca de basura y huesos, el tiempo está revuelto. Y, dale con que veinte años no es nada… Haz música contra las paredes de un vaso de vidrio. Despierta. Llama la atención. Interpela. Sacude. Agita. Para revolver, primero vuélvete cuchara.
INSTRUCCIONES PARA DESPERTAR
Fabián Gutiérrez
Para despertar no es necesario estar dormido, pues diversos eruditos han comprobado que todo ser vivo yace debajo, por lo menos, de diecisiete capas de sueño.
El primer paso consiste en ponerse lo más serio posible. Ya sea que uno esté en una pesadilla o que la esté pasando de maravilla, dejar la mirada fija en algún objeto decorativo y entrecerrar los ojos suele ayudar a este respecto. Ahora piense en algo terrible: el timbre del teléfono del trabajo, los pagos que no ha realizado, la revolución que alguien necesita comenzar, el monótono acto del diario, tan fingido como necesario. Estos pensamientos serán su compás, el hilo de su laberinto onírico, pues seguro alguno de ellos es la razón por la que debe despertar. Ahora, sacúdase mientras grita algo dramático: “¡jamás aceptaré tu imposición, canalla!”, funciona a la perfección. Inmediatamente haga un movimiento circular con brazos y piernas, como si pedaleara una bicicleta. Esto es de vital importancia, pues asustará a las palomillas de Santa Lázara, las responsables de introducir objetos azules a nuestros sueños. Alejadas éstas, se llevarán consigo su tela de sombras. Poco a poco verá cómo la luz quema su retina, su piel, y listo, usted ha despertado.
Limpie el sudor de su frente e incorpórese lo más rápido posible. El dolor corporal es normal y las náuseas suelen ser ocasionadas por aquello que desde un principio provocó el sueño.
Nota: Quedan bajo la responsabilidad del usuario las consecuencias que el hecho de despertar conlleve. Recuerde que el estado natural del ser humano es el sueño y cualquier desviación de este propósito primigenio es tan peligrosa como aberrante. Uno se despierta siempre con hambre, ganas de orinar, entumecimiento, resequedad. En esta etapa, lo mejor es tratar de no regresar más a dormir, sería ridículo siquiera intentarlo —como un bebé tratando de tocar el harpa o un gato mojado—. Lo recomendable para lidiar con este trauma es despertar soltando golpes y patadas a diestra y siniestra. Piense: si se vio obligado a despertar, muy probablemente se deba a que usted está en peligro, pues ¿qué otra razón podría ser válida para alejarnos del sueño? Si, por suerte, usted posee un cónyuge, es lícito pensar que sea ésta la razón de su desvelo. Discúlpese por los golpes, y saboréelos en silencio, mientras se dirige al baño a orinar los huevecillos de palomilla de Santa Lázara que tragó durante el sueño.
INSTRUCCIONES PARA SALUDAR A LA MUERTE
Brenda Lozano
Un coro de científicos dice que vivir en México ayuda. Un trío de palabras diario le canta al pie de su periódico: violencia, migrantes, feminicidios. Sesenta mil muertos en seis años. La regla de tres es inclusiva en México. Niños, jóvenes y adultos. Aquí siempre es temporada de papel picado. Un, dos, tres por mí. No tan rápido, no hay escapatoria. Hay poesía. Muerte-sinfin- la-historia-sin-fin. Y hay prosa muerta. Es uno de los géneros que fundó mi madre. Le regalé Pedro Páramo de cumpleaños. Mamá me llamó por teléfono y me dijo: “ay, mi amor, otra novela en la que hablan los muertos”. Los muertos no se callan, dicen los murmullos. Es por eso que abro las líneas. ¿Me oyes bien? Soy tu abuelo. No te conté esto. Cuando nació tu hermano, le dije a tus jóvenes padres ese niño está tan feo que sólo lo van a poder sacar de noche. “¿Te acuerdas lo que te dije en el velorio de tu abuela?” Yo no me voy a morir si una de mis nietas se presenta así de despeinada en Gayosso. Y fueron, tan bien peinaditos los dos, esa noche.
Las palabras nos recuerdan a dónde vamos.
Ensaye. Tírese de espaldas en la cama como en el pasto. Escuche con atención el zumbidodel refrigerador, dedíquele el mismo tiempo que a una noche estrellada. No se quede con ganas de hacer una maqueta del mar. No olvide nada en el vaso. No le tema jamás a una tormenta. Diga tres veces no hay nada como el paraguas. Que lo despierte la lluvia al menos treinta noches. Haga un pronóstico del tiempo de su departamento. Recuerde el árbol, al fondo del jardín, ese sonido que lo arrullaba cuando niño. La copa del árbol agitándose, el mismo ir y venir de las olas rompiendo. Cante la canción que cantaba, a los siete años, bajo el agua.
Ensaye.
Busque algo que represente a la muerte. Un hombre en una plaza es ideal. Un hombre disfrazado de la muerte es mejor. La muerte, más parecida a un travesti del 33 que a la muerte de Bergman. Vestida de negro. Envuelta en una capa negra de lentejuelas. Brillante. En zancos. Altísima. Recargada sobre un faro en el centro de la plaza. Un frasco a sus pies para las monedas. Ahora se ven de frente. Un esqueleto, la máscara de hule, los huesos blancos. En la mano tiene una copa llena de papelitos. Una copa chocomilkera. Tome unas monedas, diez pesos, échelos al frasco. La muerte ondea tres veces su capa de lentejuelas, le ofrece, la copa: un papelito. Tómelo. Le intriga la frase que, pacientemente, le ha esperado todo este tiempo. Agite la mano, los huesos de hule. Despídase como si saludara. Ensaye. ¿Qué le dice la muerte en este instante? Desdoble el papel ahora.
INSTRUCCIONES PARA ACERCARSE A LOS FANTASMAS
Majo Ramírez
Debes entender que a los aparecidos no se les habla, se les escucha. Ignora el consejo que recomienda pedirle amablemente a los fantasmas que se vayan, que no hay nada que tú puedas darles. Tienes todo lo que ellos quieren: el furor, la sed, las punzadas que durante la madrugada te hacen temer a la muerte, los labios de ella, esa mirada descuidada que te hace querer lamer la orilla de su cuerpo, la rabia, el hambre, la fatiga, la posible satisfacción de la venganza.
Dirígete a una construcción vieja, una hacienda, un edificio de gobierno, un museo, la casa de tus ancestros o a las cercanías de alguna plaza pública que en su historial cuente con derramamiento de sangre (todas sirven). En algunos casos, la casa en la que uno creció es suficiente. Es importante que lo hagas pasadas las seis de la tarde. Es fundamental la lluvia. Los fantasmas sienten fascinación por los relámpagos, consideran que su espontaneidad les devuelve un poco de todo aquello que han perdido, por eso cuando los rayos caen se les ve entre los muebles, cerca de columnas o ventanas. Después, cuando se escuchan los chasquidos y los truenos, prefieren esconderse, pues detestan el ruido. Los fantasmas son siempre sigilosos, la muerte les ha provocado una intensa devoción por el silencio. Por eso, cuando vienen, se escuchan leves estertores, crujidos de muebles, apenas algunas pisadas que se aproximan. Quieren acercarse sin hacer ruido, sin molestar, pero la invisibilidad constante de sus cuerpos los ha hecho torpes y vendrán tropezando con todo.
Como a los gatos, a los fantasmas les gusta ver llover. Cada gota, cada acumulación de agua que se escurre, atrapa su atención. La lluvia hace que los fantasmas tengan la intuición de que hay algo que han olvidado, no saben qué, por eso pueden pasarse horas bajo la tormenta tratando de recordar. Si eres paciente, sabrás esperar a que amaine el agua. Te irás a acostar con la luz apagada y fingirás un sueño profundo. También puedes hacerlo con los ojos abiertos, pero es necesario que permanezcas quieto y que el ritmo de tu respiración sea regular. Uno de ellos vendrá, se sentará cerca de ti e intentará contarte algo; te hablará en voz muy baja acerca de eso que parece un recuerdo desdibujado, una sensación para la que no existen adjetivos. Alguno que otro lo entenderá brevemente. Por un instante vendrán otra vez a él el temblor y la rabia, a algunos los invadirá de nuevo la locura que los devoró en vida. Será entonces que volverán sobre sus pasos en la oscuridad, con calma.
Así regresan los fantasmas al lugar donde el olvido es blanco. Tal vez alguno se detenga a mirarte un momento, con infinita compasión.
Ablandado el ladrillo, la mujer de ensueño desfila descaradamente frente a las esferas verdes del deseo más inocente, al filo de la sombra de los famas. Las polillas erizadas en la punta del lápiz impiden que el escritor común intente sellar el instante con definiciones precisas, aunque hay un eco de posible explicación en la punta de sus bigotes: Julio Cortázar, argonauta intemporal, se divertía con cada una de las letras que hilaba para convertirlas en palabras y, cuaderno tras cuaderno, parecía decirse en voz baja lo que hoy escuchamos a gritos; Julio Cortázar grita en medio del silencio multicolor que se vale jugar con la tipografía y con las sílabas, con todos los pliegues de la imaginación y con cada canal de eso que llaman literatura que no NO no no es la rígida cuadrícula inamovible de los viejos con corbata de moño y almidón en las pestañas, sino el delicioso reino de la mantequilla verde sobre el páramo intocable del papel que hoy se mueve en pantalla azul.
Agrego que tengo la misma edad de la primera publicación de la obra indispensable donde Cortázar presentó en tercera y cuarta dimensión las andanzas, sabores y salivas de esperanzas, famas y cronopios y tengo para mí que entiendo cada pliegue de sus formas hermosas por visualizar cada línea de su prosa con el exacto colorido del Submarino Amarillo, Blue Meanies en persecución de una inmensa nariz que forma las palabras que se necesitan para que palpite un corazón solitario… o para enrollarle las persianas al emperador que se avergüenza de sí mismo al no encontrar la llave de la casa donde mira su figura buscando la llave en el corazón de una panera y todo esto lo canta en el cotolengo de Santa Eduviges como si fuese el celestial jurado de un examen que quiso ser oral: hubo quienes vimos en persona al gigante Cortázar en la librería El Parnaso de Coyoacán un feliz ayer en que yo apenas le amilanaba el noema a una novia anónima que aún faltaban lustros para conocerla de piernas tan blancas que parecen hielo y constan en actas los nervios, los berros, las ansias y el ojo del ajo con el que hubimos quienes tuvimos el Baldor (y no valor) de acercarnos al hombre que parecía adolescente y declararle la deuda infinita de admiración y gratitud que hoy se vuelve ola de colores y palabras, todas las sílabas congeladas sobre las aceras de un París lluvioso que en realidad es el Buenos Aires que todos llevamos dentro… para que nadie olvide que no todos los cronopios son entrañables e infalibles, así como no todas las esperanzas fardan la limpieza estrecha del arquetipo ideal de su propia cucaracha, y finalmente o por lo mismo, no todos los famas son siniestros.
Sin conocer Italia procuro todos los atardeceres de octubre seguir las instrucciones para matar hormigas en Roma y, en silencio, transcurren las madrugadas sucesivas en que me deleito entendiendo al menos tres pinturas famosas. He seguido a pie juntillas las instrucciones para de veras tener miedo y el intento de bailar con famas; hago de cuenta que conozco la alegría del cronopio en general y sigo el camino amarillo de la relectura, incluso cuando la musa de pelo rojo y piernas blancas se ríe ante la música callada de la mejor literatura, la que escribe un tal Julio Cortázar todos los días que lo releo… y que lloro de vez en cuando la increíble mentira de su ausencia.
Mira que traer bajo el brazo Historias de cronopios y de famas alos cuarenta y dos años requiereuna sangre livianísima comode… cronopio, o que te hayanencargado en Tierra Adentro que cuentestu experiencia cuando leíste por primera vez eselibro descocado, lo cual te hace releerlo cuandoya las canas… Y entonces lo cargas sintiéndoteun poco fama, porque vas a cumplir con la tareaen lugar de confiar en el recuerdo de esa lecturaa los dieciséis pero también el miedo al desencantoporque están los que dicen que Cortázarcaduca pero esos no son ni famas ni esperanzas sino señores amargados que leen de Coetzeepara arriba. Y entonces en lugar de releerlo loque leen de verdad quieres hacer es regalárseloal policía de tránsito que está desquiciándolotodo en la Glorieta de los Insurgentes, para quelo desquicie de veras, con ganas de atestiguar labelleza de un nudo de coches provocado por él:mira qué escena memorable la del taxista insultandoa la señora de la camioneta Durango, yqué lindo que ya nadie pueda echarse en reversay los golpes estén a flor de asfalto. Y tú recuerdas,de otro libro del tocayo, aquel arranque en elque te asesinó para siempre porque descartaba degolpe a quienes apachurraban la pasta de dientesdesde abajo, con orden, exactamente como tú lohaces y entonces lo odiaste porque fue como site cerrara en la nariz la puerta de un club ya inaccesible,pero las canas te han enseñado que tuperseverancia en apretar el tubo de la pasta desdeabajo, en contra de lo prescrito por Cortázar, escomo acceder al club por la puerta de atrás porqueesa necedad contra la contranorma tambiénte define, “miren ustedes, yo aprieto la pasta asíy me importa un pepino lo que piensen”. Pero elrecuerdo principal y confirmado en la relecturade los cronopios es el del médico que te dice quetodo va a estar bien hasta que descubres, debajode la mesa, que el señor venerable trae unas mediasde mujer y entonces el miedo, las instruccionespara tener miedo o aquel pasaje célebre en elque dice que cuando te regalan un reloj te regalantambién la esclavitud de darle cuerda y luegolo mejor: no te regalan el reloj, tú eres el regaladoa la tiranía del tiempo. Y piensas que el verdaderoregalo fue una libertad que ese libro te dio:una libertad. Para ser y estar en el mundo perosobre todo para escribir porque tú querías escribiry el libro de Julio es como un manual pero alrevés, ¿me explico?, una predicación con el ejemplode que escribir es como andar encuerado y enlugar de angustiarse carcajearse sin olvidar jamásque el asunto es cosa seria, de vida o muerte, yjustamente por eso… Y el brinco de ese libro ala poesía es, claro, natural, por eso escribiste tuspeores y más gozados poemas porque eras comouno de esos elefantes que se escapan y hacen estragos en las ciudades y aunque escribieras pésimo ya estabas agitando tus grandes orejas como alas, las alas de esa bellísima imbecilidad de la que habló Baudelaire, que nos rozan a todos y a ver quién se pone el saco.
Lo primero que leí de Cortázar fue Rayuela. Me costó un ego y la mitad del otro porque no podía admitir frente a la que me la prestó que no le estaba entendiendo nada y emprender mi deshonrosa retirada de su ámbito afectivo. Eso nunca. Así es que me esforcé como no lo he hecho con ninguna otra lectura y tuve que investigar quién era Mondrian y por qué Oliveira en sus discusiones lo oponía a Klee… (¿klee kleé?).
Esa experiencia de investigación, de introspección y de afectividad, me dejó transformado. Peor tantito: me dejó transformable. Y vulnerable. Porque me hizo entender que yo pensaba con palabras y que las palabras eran cosas que se podían tocar y que te rozaban; que te podían llenar la boca y hacerte desembocar en otros lados. Esa experiencia de lectura fue luego reforzada con la de Historias de cronopios y de famas y definió por fin mi vocación: la de las letras. Me hizo virar de carrera cuando ya estaba yo perfilado en la pole position de la economía y entonces me torcí hacia las letras, que más que una carrera es un paso lento y paseante. Estoy hablando de 1970.
Así como todos los lectores hombres de ese tiempo se ponían a buscar a la Maga sin hacer citas con ella y esperando encontrarla por azar, si no en el Pont des arts a lo mejor en el puente de Río Churubusco, los lectores de Historias de cronopiosy de famas se autocalificaban de inmediato como cronopios. Es natural: nadie quiere ser Richelieu (excepto el arzobispo), sino D’Artagnan. Porque la simpatía hacia los personajes se ve y se siente. El propio Julio calificaba a sus amigos como cronopios, a Louis Armstrong como cronopio. Julito admitía sin pena: “Creo humildemente que los cronopios son también tontos, y que hay que dejarlos con sus absurdas aventuras entre flores y leones y cóndores” (en una carta de 1961 a Francisco Porrúa, su editor de Sudamericana). Porque el componente “menso” es parte de los cronopios, como el cursi, el sentimental y el distraído. Estoy bastantemente muy seguro de que ni Cortázar ni Aurora Bernárdez ni sus cuates sabían bien a bien qué eran los cronopios, y que de eso se trata. Porque la ambigüedad, la porosidad y la lateralidad son elementos tan integrantes de la poética de Cortázar como el hidrógeno y el oxígeno de la humedad del agua.
Lo que pasa es que en las dicotomías de aquella década, en los parados paradigmas cuando existía la lucha de clases, la lectura se fue, imperceptiblemente casi, a la oposición entre los cronopios (buenos) y los famas (malos). Fuera de paréntesis podría decirse que algo semejante pasa con el poema “Los amorosos” de (Jaime) Sabines: la mayoría de los lectores se identifica con los amorosos porque son bien locos, pero se le olvida, o sus lentes no leen, que a los amorosos “la muerte les fermenta detrás de los ojos” y que se ríen de los que creen “en el amor como en una lámpara de inagotable aceite”.
Hay que agregar que este libro cincuentenario se compone de un surtido: el “Manual de instrucciones”, las “Ocupaciones raras”, el “Material plástico” y las “Historias de cronopios y de famas”.
A mí, en lo personal, el texto que abre el libro, el que comienza “La tarea de ablandar el ladrillo todos los días”… me dejó periperplejo. Y así sigo. No hay velorio al que no vaya sin que recuerde “Conducta en los velorios”. Hasta en el mío voy a recordarlo. Hay que oír a Moisés Mendelewsky contarle a un auditorio el “Discurso del oso” y ver lo que provoca nada más para medirle el agua a las cañerías de la vigencia del texto.
Además: con Historias de cronopios y de famas Cortázar comenzó la resonancia pública de sustextos chiquitos y desclasificados.
Desde aquellas lecturas hasta las actuales los menos comentados han sido las esperanzas, porque cada quien guarda las suyas.
Este 2012 Historias de cronopios y de famas cumple cincuenta años de su publicación, y me cuesta un trabajo hercúleo creerlo o aceptarlo —como me cuesta creer que Cortázar naciera en 1914 (antes que mi abuela y antes incluso que su madre), que fuera el menos joven de los autores del boom, que el espacio sea infinito y que no baste con estar vivo para ser inmortal.
Me resulta difícil creer en la cifra de este aniversario porque yo he vivido apenas más de la mitad de esta cuenta (ni tan apenas), porque no hace mucho que leí este libro por primera vez y porque yo me siento insalvablemente más viejo, menos fresco y ágil, que su prosa como de caricia de leopardo. Pero es así y qué le vamos a hacer.
Es evidente que el grado de incredulidad, es decir, la apreciación de la vigencia y lozanía de estas Historias de cronopios y de famas variará en cada caso, dependerá de cada lector. Aunque existe un entusiasmo y un consenso más o menos generalizado en torno a su estatuto de clásico, a lo bien que se ha defendido del paso del tiempo, no faltan los críticos que, con cierto gusto o saña, le cuentan las canas y las arrugas a este libro, y lo tachan de naïf y cursi.
Algunos llegan a decir incluso que su propagada lectura ha hecho mucho daño (difundiendo estos vicios entre sus émulos, supongo) y después de dictar semejante sentencia veo cómo se relamen metafísicamente los bigotes, se acomodan los lentes de pasta y parten a escuchar música y leer autores que sólo ellos o muy pocos conocen y disfrutan. (Pero de los posibles motivos de este rechazo me ocuparé más adelante.)
Si Historias de cronopios y de famas ocupa un lugar importante dentro del conjunto y la cronología de la obra de Julio Cortázar es porque representa una especie de apertura: por un lado, inaugura una nueva forma de escritura en Cortázar, la de las prosas breves e inclasificables (y, en este sentido, constituye una especie de antecedente de sus dos almanaques, La vuelta al día enochenta mundos y Último round) y, por otro, funda un linaje, el de los cronopios, las famas y las esperanzas, que desde entonces serían criaturas habituales, no sólo de sus textos, sino de todo su contexto (o atmósfera o universo).
Por lo que se refiere a la nueva escritura o poética que se funda con este libro, recordemos que hasta ese año —1962— Cortázar era conocido principalmente como cuentista, aunque había practicado casi todos los géneros: poesía (su primer libro fue un poemario, Presencia, que publicó bajó el seudónimo de Julio Denis), teatro (Los reyes, Pieza en tres escenas, Tiempo de barrilete y Nada a Pehuajó), novela (Divertimento y Elexamen, ambas editadas póstumamente) y ensayo. Pero no hay duda de que, desde que Borges le publicara “Casa tomada” en 1946, en Los Anales deBuenos Aires, el género en el que más cómodo se sintió y el que mayor reconocimiento le trajo fue el cuento fantástico. En ese terreno, como tantas veces se ha dicho, Cortázar supo que había una sola salida: la victoria por nocaut —lo cual implicaba construir máquinas infalibles, destinadas “a cumplir su misión narrativa con la máxima economía de medios”. Y los tres libros de cuentos que había escrito hasta entonces (Bestiario, Finalde juego y Las armas secretas) eran justamente eso, colecciones de esferas implacables, de sistemas cerrados y autosuficientes. Escritura centrífuga, la llama Saúl Yurkievich, y está bien, porque en cado uno de estos relatos todo confluye hacia un solo vórtice. Por ello, los cuentos de Cortázar se leen como la puesta en marcha de una fatalidad, como el acatamiento a un orden sutilmente otro.
Pero los primeros lectores de las Historias de cronopios y de famas no encontraron esos pequeñosrelojes de argumento y misterio cuando abrieron las tapas del libro. La verdad es que hallaronalgo bien distinto: una especie de collageporoso y abierto. Encontraron “historias” dondela anécdota parecía pesar mucho menos que lavoluntad de juego y el instinto creativo; una prosaque avanzaba con la misma fluidez y consistenciade los cuentos, pero cuyo impulso no eraesta vez un destino o un mensaje, sino un ritmo,un pulso interno. No eran poemas en prosa ninada parecido; aquí el lenguaje brillaba con unavoz más sonora y que por momentos parecía inclinarsemás al polo significante que al polo significadode sí mismo. (Quizá por esto cada piezadel libro se siente más como textura que comotexto.) Si la de los cuentos es una poética centrífuga, esta es una poética centrípeta (tambiénnomenclatura Yurkieviech), pues en ella todo seexpande, todo apunta hacia un blanco plural yplurívoco.
Por ello, podemos decir que Historias de cronopios y de famas estrena la escritura jazz de Cortázar:la escritura que se guía por el swing, quehace contacto y construye sentido a base de takes (aún con lo que entraña de pérdida argumentalo racional sensible) y que aspira a cierta visióncaleidoscópica. Es decir, una forma de literaturaque tiende ostensiblemente a lo fragmentario,pero que no renuncia a la imagen de conjunto—imagen que sólo se puede entrever brusca yfugazmente, si el lector decide participar, y que es como una cristalización ubicua y total. En estesentido, también se puede decir que este libro representaun antecedente de Rayuela. Además, si“El perseguidor” había sido una especie de mini- Rayuela en lo que a atmósfera y a personajes serefería, Historias de cronopios y de famas la anticipabaen un nivel anímico y de principios, es decir,en su rechazo a la Gran Costumbre, al orden establecidoque esclerotiza y erosiona nuestro tratocon la realidad, con el lenguaje y con los demás.
Por lo que respecta al taxonómico linaje de esperanzas, famas y cronopios que por primera vez se presentaba en sociedad con este libro, sólo diré que me parece que ésta es una de las razones de la posible impopularidad que este libro padece actualmente. Apenas los conocimos, quedamos encantados (sin importar si el encuentro se daba en 1962, 1981 o 2009), y por supuesto todos nos sabíamos cronopios y veíamos a un fama en todo aquél que nos despertaba la menor antipatía. ¿Qué fue lo que pasó? Que el fabuloso juego de Cortázar pronto devino en sistema de delaciones: los famas siempre eran los otros. Y no había que ser poeta o funámbulo clandestino o Louis Armstrong para reconocernos cronopios: bastaba con dejar la cama sin tender una semana, con ver una que otra película “de autor” al mes y con hacer de la dispersión y la desidia una especie de credo o de bandera para poder bailar tregua y catala y espera impunemente. ¿Pero esto de quién era culpa? De nosotros, por supuesto, y quizás también un poco de Cortázar, que nos ofreció algo tan parecido a un esquema moral y dialéctico.
Otro de los motivos que blanden los fariseos de las famosas Historias cronopiescas, es el de su supuesta ingenuidad. Aunque me parece un prejuicio y un despropósito, creo que puedo rastrear los orígenes de ese glaucoma crítico. A este libro de Cortázar le pasa un poco lo que a la mayor parte de las obras de Mozart: la complejidad psicológica de esa música queda escondida debajo del entramado de convenciones del clasicismo y, sobre todo, de su propia belleza y amabilidad. Por su parte, la apariencia fabulesca y un tanto juglar de las Historias de cronopios y de famas puede hacernos pensar que se trata de textos inocentes e inofensivos, que su talante lúdico es signo o sinónimo de ligereza y candidez. En otras palabras, que se trata de simples juguetitos líricos o retóricos —mera pirotecnia verbal de bolsillo—, y que no tienen más objetivo que el de la distracción y el entretenimiento. Pero ésta sería una interpretación tan parcial como imprecisa. El lector atento nunca ha dejado de advertir que allá, en el fondo de todas esas prosas fractales e iridiscentes, late la muerte. No sólo en las “Instrucciones para dar cuerda al reloj”, que son una verdadera advertencia o carrera contra la muerte (o contra el salto que no damos). No sólo en “Las líneas de la mano”, texto que dibuja el recorrido de una línea desde una carta tirada sobre una mesa, que viaja por una habitación y una ciudad, hasta la palma de la mano derecha de un hombre triste que bebe coñac, en el instante en que “empieza a cerrarse sobre la culata de una pistola”. También en el resto de las piezas del libro, aun cuando el elemento melancólico o siniestro no sea tan preponderante, puede percibirse el rumor de una savia oscura fluyendo por lo bajo. Y es este contraste de humores —entre el más exterior y riente y el más secreto y sombrío (el que señala que sobre la mesa, al terminar el almuerzo, “quedaban solamente pedacitos sueltos de la muerte”)— el que le da toda su riqueza emocional a Historias de cronopios yde famas, pues la vuelve una obra ambigua.
Cada vez me parece menos extraño o azaroso que este libro comience con un “Manual de instrucciones”. Es un doble aviso: en primer lugar, de la naturaleza lúdica de los textos que siguen (y hay que recordar que para Cortázar el juego es una cosa muy seria, nunca solemne) y, sobre todo, de que se trata de una literatura no exclusivamente literaria. Es decir, de que lo importante para su autor es provocar extrañamientos en sus lectores, descolocarlos, obligarlos a ver las cosas de un modo distinto, y al mundo como una cosa no dada. Esa primera parte de Historias de cronopiosy de famas me da la pista o sensación o esperanza de que toda la obra de Cortázar es, en efecto, una serie de instrucciones para quitarnos un poco el mal gusto del vacío, para curarnos del fuego, para ir tejiendo desde los agujeros la red, para salir a lo abierto, para entender que nada está perdido si se tiene por fin el valor de proclamar que todo está perdido y que hay que empezar de nuevo.
A nombre de todo el equipo del Programa Cultural Tierra Adentro quiero darles la bienvenida al nuestro nuevo sitio, que hoy se lanza en fase de prueba. Buscamos dar una mayor presencia en línea a las publicaciones, actividades y eventos de Tierra Adentro y espero que este portal sea un camino en la dirección correcta. Hemos preparado algunos nuevos contenidos para ustedes.
Podrán encontrar el número Tierra Adentro de Septiembre de 2013, tanto en su versión en línea como en su versión impresa. Notarán que los contenidos de ambas versiones no son idénticos. En efecto, hemos adaptado algunos contenidos para la web y otros se mantienen solamente en la publicación impresa.
Además, estrenamos una nueva sección de Blogs, en la cual podrán leer contenidos periódicos de nuestros colaboradores. Junto con los blogs, encontrarán cada semana nuevas colaboraciones, escritas en exclusiva para el sitio web de Tierra Adentro. Encontrarán también una sección actualizada para consultar las próximas actividades de Tierra Adentro en todo el país.
Nos queda todavía mucho trabajo por hacer. Algunas secciones todavía no tienen contenidos definidos. También, es probable que algunas páginas tengan errores u omisiones, como suele suceder con los sitios en fase de pruebas. Si tienen algún problema mientras navegan por el portal, o mejor aún, tienen alguna sugerencia o comentario sobre como podemos mejorar, por favor no duden en enviarnos un mensaje.
Por el momento, no me queda más que invitarlos a disfrutar de los nuevos contenidos del sitio y ponerme a su servicio.
Profundo conocedor del boxeo, avezado en la historia, la técnica y la táctica, así como en las anécdotas y los secretos más escondidos del deporte de fistiana —según lo describiera el cronista Eduardo Camarena—, José Ramón Garmabella nunca dejó de extrañarse de que en México existiera muy poca literatura al respecto. Sobre todo “cuando el pugilismo rentado, a pesar de su crueldad intrínseca, o quizá por eso, resulta fascinante; esto, claro, sin dejar de tomar en cuenta que más de un centenar de boxeadores mexicanos han sido o son campeones mundiales”. De ahí que sea tan bienvenido Historias del ring. Una antología del boxeo, el libro a lo largo de cuyas poco más de 400 páginas, Alejandro Toledo y Mary Carmen Sánchez Ambriz recuperan cuentos, novelas, crónicas, reportajes, ensayos y hasta poemas a propósito de la dulce ciencia del aporreo y sus protagonistas, lo mismo en la vida real que en la ficción.
Hace mucho tiempo que el boxeo ha atraído a los escritores, escribe Joyce Carol Oates en el ensayo Del boxeo: “Al igual que todas las acciones humanas, extremas pero perecederas —continúa—, el boxeo excita no sólo la imaginación del escritor sino también su instinto de dejar testimonio.” Es la excitación de este instinto la que pare- ce mover a Toledo y Sánchez Ambriz a la hora de recopilar los textos que con- forman este volumen, entre los que se cuentan, por supuesto, fragmentos del ensayo de Oates que, queriendo o sin querer, plantean una serie de reflexiones acerca del noble arte que encuentran ilustración sin igual en algunas de las piezas narrativas y poéticas seleccionadas.
Por “oponente” se entiende, en el oficio del boxeo —explica Oates—, al hombre que pierde pero es fiable: “Frente a un boxeador más joven, prometedor y con apoyo financiero, ofrecerá un resultado decente, muy probablemente no caerá derribado en los primeros segundos del primer asalto y, sin lugar a dudas, no echará a perder el récord del otro boxeador.” Tal y como sucede con Tom King, el veterano boxeador que con resigna- da dignidad acepta su derrota ante el joven Sandel —en “Por un bistec” de Jack London—; sólo entonces, mientras llora en el vestidor, le es dado comprender por qué el viejo Stowsher Bill había hecho lo mismo aquella noche lejana cuando él, entonces muchacho, lo había dejado fuera de combate: “Porque la juventud era siempre joven; sólo envejecía la vejez.” La mayoría de los combates, como quiera que se libren —apunta nuevamente Oates—, terminan con un abrazo entre boxeadores una vez que ha sonado la última campana: es un gesto de respeto mutuo y aparente afecto que al observador se le antoja más que mecánico.
Quizá porque el respeto —observa FX Toole, pseudónimo de Jerry Boyd, autor del libro de historias cortas en el que se basa el guión de la película Million Dollar Baby—forma parte de la magia del boxeo: “La mayoría de los que son ajenos a este deporte espera que los vencedores humillen a los vencidos. Eso echaría a perder la magia (…) Mas aunque un púgil crea que le han robado el combate, y sean cuales sean las tonterías pronunciadas antes de la pelea, los boxeadores, con contadas excepciones, siempre se felicitarán al final, se dirán por lo menos ‘Bien peleado’”. Pero si el boxeo y el cuadrilátero pueden fomentar grandes virtudes, sólo un fanático negará que pueden igualmente alimentar vicios vergonzosos. El apunte en este caso no es de Joyce Carol Oates, sino del mismísimo Arthur Conan Doyle quien, en “El último combate del herrero”, fragmento de su novela Rodney Stone, abunda: “Si el boxeo ha caído tan bajo, no es por culpa de quienes pelean, sino de la canalla miserable de parásitos y malean- tes que hay alrededor y que están tan por debajo del honrado púgil.” Parásitos y maleantes con nombre y apellido, como Happy Steinfelt y Lou Morgan, el par de estafadores de “Cincuenta de los grandes”, de Ernest Hemingway. Jack Brennan tiene claro que no hay forma de que gane contra Jimmy Walcott. Por eso apuesta esos cincuenta de los grandes —y se paga dos a uno— por Walcott. No hay en ello ninguna trampa: ya no es tan fuerte como antes, pero puede aguantar, conjurar el nocaut, acabar de una manera que lo hiciera sentir bien… y ganar mucho dinero.
Cuando en el undécimo asalto Walcott le conecta por lo menos diez centímetros debajo del cinturón, a Brennan se le salen los ojos de las órbitas, abre la boca, trastabilla como si las entrañas fueran a salírsele… pero no se quiebra, niega el golpe bajo ante el réferi y re- gresa a la pelea. Aunque sólo sea para recibir más castigo antes de devolverle el golpe bajo a Walcott, forzar su propia derrota por descalificación y vol- ver a poner las cosas en orden. “Esos dos nos la han querido clavar por la espalda”, le dice John, su manager, a Brennan, ya en el vestidor. “Menudos amigos tienes”, responde Jack. Y ahí echado, con la terrible expresión de- macrada todavía en la cara, sentencia: “Es curioso lo rápido que piensas cuan- do hay en juego tanto dinero”.
Más allá de lo mucho que se ha hablado de la atracción de Hemingway por el boxeo, Joyce Carol Oates considera mucho más sagaz y documentado a Norman Mailer, presente en la antología con fragmentos de “El combate del siglo”, la pelea entre MuhammadAli y George Foreman en Zaire. Mailer, ese que —siempre en palabras de Oates— lo mismo se preocupó por el concepto de masculinidad ideal en el boxeo que por la condición del negro. Y es que el boxeo, lo mismo que el jazz, representó a lo largo del siglo anterior uno de esos ríos aún hostiles a la raza negra por donde lo mismo navegaron Jack Johnson, el primer afroamericano en conquistar el título de los pesados en Estados Unidos, que Miles Davis, el virtuoso trompetista que recibió el encargo de hacer la música de fondo para un documental sobre Jackson, según recuerdan los compiladores Alejandro Toledo y Mary Carmen Sánchez Ambriz en su prólogo.
En defensa apologética de la negritud, destacan los versos de la “Pequeña oda a un negro boxeador cubano”, de Nicolás Guillén: “Y ahora que Europa se desnuda / para tostar su carne al sol / y busca en Harlem y en La Habana / jazz y son, / lucirse negro mientras aplaude el bulevar, / y frente a la en- vidia de los blancos / hablar negro de verdad”. Negro de verdad, la lengua en que hablaba Sugar Ray Robinson, a quien el propio Muhammad Ali considerara el boxeador perfecto: “Quizás hasta yo aprendí algo de él viendo sus peleas por la televisión”, cuenta Ramón Márquez que le dijo, en entrevista previa a su primer combate contra Joe Frazier en 1971. Ali estaba frente a la oportunidad de recuperar el título de los pesados que había perdido al negarse a participar en la guerra de Vietnam. Decía que lo lograría —recuerda Márquez— por cuatro razones: “porque soy mejor boxeador, porque soy más guapo, porque soy más inteligente y porque canto mejor”. De ese tamaño era su ensoberbecimiento. El día de la pelea, Frazier le tumbaría el invicto a Ali por decisión unánime — no sin antes haberlo tumbado a él, por primera vez en su carrera, con un memorable gancho de izquierda— y retedría el campeonato.
Smokin’ Joe Frazier: aquel que de niño, en Beaufort, Carolina del Sur, trabajara en el campo para ganarse unos centavos y también le sirviera de brazo izquierdo a su padre, un mozo que había perdido el propio en un accidente de automovilístico. La gente pobre se prostituye de la manera que puede, y el boxeo —vuelve a la carga Oates—, en sus niveles más bajos, ofrece a los hombres una oportunidad de ganarse de algún modo la vida. O de aspirar a algo más que ganarse la vida engrasando máquinas en un taller, como el Young Sánchez, de Ignacio Aldecoa, el de la hermana acabada por su fealdad; el de la madre de mirada vuelta ya de la desesperación o de la rabia o del deseo de conseguir algo; el del padre de los elogios hasta la antipatía, movido por el deseo de estima, el anhelo de fama, la gana de que se le tuviera en cuenta: “Tengo que ganar este combate para mi padre y su orgullo, para mi hermana y su esperanza, para mi madre y su tranquilidad. Tengo que ganar.” Y así sale a enfrentar su destino cuando suena la campana, como en el caligrama de Apollinaire: “Terrible / boxeador / boxeando / con / sus recuerdos / y sus mil deseos”. Cuando suena la campana y llega la hora de la magia del ring, esa que es distinta a la del teatro —dice FX Toole—, porque el telón nunca cae y la sangre en el ring es de verdad, así como las narices y los corazones rotos, que a veces se rompen para siempre: “El boxeo es la magia de los hombres en combate, la magia de la voluntad, la habilidad y el dolor, y de arriesgarlo todo para poder respetarte a ti mismo durante el resto de tu vida. Se parece a escribir.”
Un cuento en el que Ana María Shua entremezcla la trágica historia de Carlos Monzón con la de un primo suyo con doble luxación de cadera y la extraña fe de una de sus conocidas en el poder de los ángeles; un ensayo en el que Enrique Jardiel Poncela concluye que en el boxeo los rounds son “descansos” y los “descansos” los verdaderos rounds. Perfiles conmovedores de dos de las máximas glorias del boxeo en Mé- xico: Rodolfo Chango Casanova y Raúl Ratón Macías, de la autoría de Héctor de Mauleón y el propio José Ramón Garmabella, respectivamente, además de dos textos clásicos de Julio Cortázar, como “Torito” y “El noble arte”. Esto y más forma parte de Historias del ring. Una antología del boxeo. Si el libro logra conectar un cross a la mandíbula —han declarado Alejandro Toledo y Mary Carmen Sánchez Ambriz—, es posible que los editores decidan publicar un segundo volumen con aquellos textos que fueron sacrificados. No serán pocos los aficionados —al boxeo, a la literatura o a los dos— que sigan de cerca la pelea, en espera de ese golpe providencial.
¿Quién ha puesto risas enlatadas en la escena de mi crucifixión? Charles Simic
¿Qué de nunca sentirse, creerse bueno? Conocí la poesía de Felipe Granados (1976-2009) unos pocos días después de su muerte. Las notas de periódicos, revistas electrónicas y blogs literarios lo recordaban como el gran poeta cartaginés de los últimos tiempos. En las reseñas del 27 y 28 de agosto de 2009, las descripciones minuciosas de su funeral o de las noches en un bar de San José buscando asilo en posadas para migrantes, donde bien sabía Felipe que por poco dinero dormir no era problema, eran desgarradoras. El loco al fondo del café que en recitales de poesía gritaba ¡otra!, ¡otra!
¿Qué de leer la poesía de un muerto fresco? Tenía 33 años. Un solo poemario publicado (Soundtrack, Ediciones Perro Azul, 2005), decenas de colaboraciones en revistas como Amigos de lo Ajeno, el suplemento Áncora del diario Nación de Costa Rica y abundantes reseñas en la revista Soho. El amigo inconstante, el padre fiel, el itinerante, el marginal, el enfermo.
La poesía de Felipe Granados va ligada de un aspecto personal, que en vez de demeritar su obra la fortalece, cuando en la mayoría de los casos dicha circunstancia suele producir el efecto opuesto, porque la poesía meramente autobiográfica suele no soportar el transcurso de los siglos.
Granados se vio forzado a llevar a cabo el trabajo de veinte años en pocos meses. Pasar de la irreverencia juvenil, a la confusión de la primera adultez y el desprendimiento de los bienes que para un veinteañero resultan un estandarte útil para quince años posteriores; luego, encontrarse solo, agotado, con esa leve luz de lo que pronto desaparecerá. Se vio forzado a crecer porque no tendría tiempo.
La acidez lúgubre de su trabajo está determinada por la contundencia del verso, la crestas en las estrofas cuando se piensa que quizá el poema está perdido, y el repunte inesperado de una línea que duele. Luego explota en una sonrisa porque su poesía no sólo provoca dolor, sino alegría profunda al descubrir la serie de reglas del adivino que la conforman.
Allí es donde habita su genialidad, no en la sorpresa ingenua de hablar por primera vez del amor o la soledad; porque la poesía de Granados no atiende la frivolidad de ser el único, el original, el elegido. No cuenta lo que todos sabemos de la vida. Él sabe que no existe mayor fragilidad que esa. Cuenta, con pesar, lo que viene después: la noche insomne con música de Nina Simone, la repetida imagen de la derrota, el consuelo al amigo doliente, los cariños de sus hijos que verá mañana, las palabras nuevas del Bukowski que ha leído cientos de veces.
Un poeta que sin afanes ególatras se apropia de su entorno, lo observa y con absoluta seriedad lo narra en unos cuantos versos sencillos y exactos. En su poética se resume el intento por ser claro, íntegro y honesto.
Su obra nos revela lo extraordinario de las cosas que hacemos diariamente, como llorar hasta quedarnos dormidos o agitar la ropa recién lavada. Es quien no tiene miedo de no saber. Miedo a no buscar algo.
Felipe Granados murió a consecuencia del VIH, el 26 de agosto de 2009. Su trabajo poético de algún modo representa y da pie a la poesía actual de autores jóvenes en Latinoamérica, como Luis Chaves (San José, 1969); Patricio Grinberg (Buenos Aires, 1970); Frank Báez (República Dominicana, 1978); Héctor Hernández Montecinos (Santiago, 1979) y Gladys González (Santiago, 1981), quienes comparten con él la certidumbre de una vida sin futuro, empeñada en redimirse a través de la belleza de las cosas más tangibles del universo inmediato.
KIND OF BLUES
Miles Davis
Estas palabras se escriben sin afecto. Deberían ser más fuertes pero también más tristes. Estas palabras están llenas de erratas, se rompen por el lado más largo de la página. No sirven para adormecer a ningún niño, no sirven para hacer caer algún amante joven. Estas palabras van huérfanas de dios porque fueron escritas para nadie.
Pero las digo con los puños y los dientes apretados.
VER UN AMIGO LLORAR
Mi amigo
Llora
Se quita los anteojos
Para llorar mejor
Se limpia una lágrima amarga
Que le brota
Como le salen las piedras
Al río
Me mira
Me llama por mi nombre
Y empieza…
PARTE MÉDICO
Dice el doctor Que podría quedar ciego
Que hay un monstruo Que podría instalarse en mi cerebro
Y tendríamos que sacarlo de allí A punta de patadas.
Yo pienso en cosas vanas A saber Quien vendrá a leerme Versos tristes.
Quien va arrullar al Monstruo
Con canciones Antiguas Cantadas al borde
De mi cama
I’M STILL IN LOVE
Cansado de lidiar Con todos esos rostros Que no sos
Regreso a casa
Pongo música triste (Nina, siempre, Nina) me gasto unos papeles para escribirte todo,