Tierra Adentro
Ilustración: Rodrigo Ponce.

La discusión creció hasta el punto en que a voces traspasan las paredes del departamento. Eugenia y Fausto se desvivían en hacerse reproches. En justificar sus obsesiones. Para ella era absurdo el esclarecimiento que él hacía de todo lo que ocurría a su alrededor. Para él, la mascota de ella se había vuelto un ente perturbador que lo orillaba a conductas psicóticas. —La fascinación que le profesas a ese animal no es más que el síntoma de una patología derivada de la inútil inversión de tu tiempo. Sus palabras, moduladas entre la sentencia y la recomendación, se dirigían oscilatoriamente hacia su esposa y la pecera ubicada en la mesa de centro de la sala.

—Al menos —continuó él mientras agitaba el legajo de papeles con fórmulas y teorías borroneadas que sostenía en la mano—, la aplicación de razonamientos deductivos en experiencias físicas comprueban los métodos científicos que posibilitan la formulación de nuevas teorías para entender la naturaleza del mundo y su veracidad.

A Eugenia se le descompuso el rostro de rabia. Si bien antes de casarse la conducta explicativa de Fausto le había parecido un rasgo atractivo, pues él no era precisamente guapo, de unos meses a la fecha, aquel encanto se convirtió en una total aversión.

Se conocieron tras un percance automovilístico. Eugenia conducía su Pointer buscando el número 64 en la calle Las Casas. Debía recoger algunos documentos para el municipio. Aunque pisó a fondo el pedal, los frenos no respondieron e impactó levemente a otro auto detenido con las intermitentes encendidas afuera de una Farmacia del Ahorro. Fausto escuchó el golpe y salió tan rápido como pudo del establecimiento, a donde había entrado por comprimidos para aliviar el dolor de cabeza. Enfureció tras observar el daño en su Civic. Por supuesto, sintió que el cráneo se le abría por la mitad en ese momento.

—¿Acaso estás ciega? —le gritó. —¡Frené, juro que frené! —sostuvo Eugenia, presa de un ataque de nervios que culminó en un llanto desesperado.

Más tarde sus respectivos ajustadores de seguros concluyeron que, efectivamente, al Pointer le habían fallado los frenos. Ambos obtuvieron citas con sus correspondientes agencias automotrices, para arreglar sus defensas. Intercambiaron números telefónicos por si era necesario comunicarse para aclarar alguna otra cosa con respecto a los seguros.

Sólo unos días después del incidente, Fausto entró en otra más de sus crisis. Esta vez provocada por un moscardón. Si bien el zumbido era molesto y le impedía trabajar, su preocupación se orientaba en torno a la existencia del insecto. Sobre todo porque no acostumbraba abrir las ventanas y mucho menos guardar basura en casa. Hizo conjeturas acerca de la biogénesis del animal antes de darse a la tarea de acabar con él. Su alergia a los insecticidas lo obligó a cazarlo utilizando primero una revista, luego un cojín y, finalmente, un muñeco de sololoy que compró en Guadalajara durante un congreso de Física.

El moscardón acabó hecho una masa viscosa sobre la carpeta de la aseguradora donde tenía anotado el número telefónico de Eugenia. Además de agotado por la cacería y la limpieza que hizo después para evitar la reproducción de más bichos, se sentía un tanto frustrado por no avanzar en sus investigaciones. Contempló un instante el número de Eugenia. Una hora más tarde le llamó para invitarla a tomar un café. Necesitaba distraerse un poco. A ella no le emocionó mucho la idea, pero ese día no tenía nada que hacer. Su auto aún se encontraba en reparación.

Se reunieron en un establecimiento frente al Exconvento de Santo Domingo.

—Discúlpame por haberte gritado, sufro de una terrible migraña que me vuelve irritable —confesó él mientras vertía cuatro sobrecitos de azúcar en su café descafeinado.

—Fue culpa mía —no pudo disimular la sorpresa de ver a Fausto poner tanta azúcar en su café—. El accidente.

—La culpa es de Pascal —corrigió—. Es decir, de una falla del Principio de Pascal —explicó tras un sorbo—. Al quedarse sin líquido los frenos, la fuerza de tu pie aplicada sobre el pedal no ejerció la presión en el cilindro para transmitir a los pistones la potencia equilibrada que detiene la aceleración del automóvil. Es un principio hidráulico basado en la multiplicación de la fuerza — movía las manos en un intento por ser gráfico—, las prensas, los elevadores e incluso los sillones de las peluquerías funcionan de este modo. La fórmula es simple —cogió una servilleta y sacó un bolígrafo para anotar—: P1= F/a = P2= f/A.

A Eugenia aquello le pareció fascinante, como casi cualquier cosa fuera de su trabajo en el municipio. Fausto de pronto se sintió cómodo por la avidez y el asombro con la que ella lo escuchaba. Ni siquiera en sus clases captaba la atención de sus alumnos de tal manera. De inmediato se sintió atraído por Eugenia.

Le contó que por las mañanas impartía clases de Física en la Universidad Autónoma de Oaxaca. Las tardes las dedicaba a exhaustivas pesquisas que a nadie importaban.

—Mis investigaciones oscilan en torno a la simplificación de algunas leyes establecidas para explicar el todo, la teoría del todo. Si bien Albert Einstein sentó algunas bases, dejó la tarea inconclusa—le dijo—. Mi línea de partida son las unificaciones de electromagnética y gravedad, combinadas libremente con la teoría general de la relatividad einsteniana, la cuántica de Planck, la de las cuerdas de Scherk y Schwuarz y la teoría M de Edward Witten. Pero al igual que todos los físicos del siglo pasado, me enfrento a la falta de resultados experimentales estables. De ahí esta maldita migraña.

A Eugenia no le costó trabajo simpatizar con quien más tarde sería su marido. Ella misma tenía sus propias obsesiones. Coleccionaba escarabajos. Durante años había comprado por Internet especies de todo el mundo. Los mantenía en pequeñas cajas de madera selladas con cristales y pasaba horas mirándolos. Incluso escribía poemas haciendo metáforas alusivas a los coleópteros, a su vuelo, color, alimentación, apareamiento, supervivencia, historia, ecosistema al que pertenecían. Según ella, el mundo de los seres humanos tenía correspondencias con el de estos insectos, sobre todo en la tendencia de ambos a acumular mierda.

—Los zapotecos los llaman Bidolaguí’, que quiere decir bolita de caca —le explicó a Fausto.

Para ella eran tan evidentes las similitudes que hasta usaba los nombres científicos de algunos bichos para referirse a la gente. A uno de sus clientes, un tipo pelirrojo y escuálido que siempre vestía trajes negros, lo bautizó Heliotaurus Ruficollis, una especie de escarabajo de cuerpo pequeño y negro con cabeza roja. Al tendero de la esquina lo llamaba Scarites Cyclops, por sus enormes bigotes parecidos a los palpos de las mandíbulas de esta especie. De su vecina, cuando usaba vestidos moteados, decía que parecía una Coccinella Septempunctata, un insecto de la familia de las catarinas cuya peculiaridad es tener manchas circulares en el exoesqueleto.

Pocos meses más tarde, Eugenia y Fausto se casaron por el civil en una ceremonia íntima a la que asistieron no más de veinte personas. Familiares y compañeros de trabajo de ambos. Compraron un pequeño departamento en la colonia Reforma. Su matrimonio transcurrió sin grandes acontecimientos durante poco más de un año. A Fausto le daba igual que su nuevo hogar se fuera plagando de cajitas con insectos disecados, siempre y cuando la invasiónno incluyera el pequeño estudio que había montado en la recámara libre. Nunca colgaba cuadros en su casa. Desde pequeño lo había asaltado la impresión de que las imágenes lo espiaban. Todas las fotografías o retratos de familia los tenía guardados bajo llave. Aborrecía las representaciones gráficas porque pensaba que estaban cargadas de una cualidad ajena a la realidad y sentía desconfianza hasta de ver su propio rostro atrapado por el azar del tiempo. A Eugenia le venía bien tener las paredes desocupadas. Tenía más espacio libre para su colección de insectos.

La inquietud de Fausto comenzó a manifestarse el día que Eugenia le mostró un escarabajo Goliathus. Era una especie exótica. Su color plateado con manchas negras en forma de azucenas, la enorme mandíbula y un tamaño superior a los diez centímetros, le infundían al animal un aire de respeto, incluso de nobleza. Lo sorprendente era que no se trataba de un animal disecado como todos los demás, sino de uno vivo, que comía con mucho apetito cualquier fruta que le pusieran enfrente. Por fortuna no podía volar. Su peso y el atrofio común en las alas de la gran mayoría de estos insectos se lo impedían. Eugenia lo compró ilegalmente mediante uno de sus contactos en Internet. El animal provenía del Congo y sólo había unos cuantos ejemplares fuera de África. La verdad es que ella misma sabía poco acerca de esa especie. Sin embargo, no tardó en encontrar datos reveladores. En un libro que también consiguió por vía electrónica, leyó que se trataba de un insecto muy importante para la tribu bakongo. Un animal objeto de veneración y culto. Decía el texto que el poseedor de uno de ellos sería favorecido por el dios Nzambi. Pero, al mismo tiempo, debía de estar al tanto del bienestar del escarabajo, pues ese mismo dios castigaría al culpable de la inquietud o, peor aún, de la muerte del bicho. Así que Eugenia ponía especial cuidado en la limpieza, alimentación y temperatura del Goliathus.

Muchas noches ella escuchaba a Fausto, sin saber cómo pasaba de un concepto a otro, sobre la tensión superficial de las gotas, hablar de la densidad relativa de éstas en comparación con otras sustancias, el Principio de Arquímedes, la flotación, la fuerza de gravedad, la presión atmosférica, el magnetismo y otras cosas de la Física, hasta que inevitablemente se quedaba dormida con el insecto entre las manos.

El paro de clases en la universidad fue el pretexto perfecto para que Fausto se entregara de lleno a la investigación. Pronto su aislamiento se hizo tan intenso como su migraña. Sin embargo, encerrado en su estudio, en vez de analizar y calcular matemáticamente sus hipótesis, pensaba en posibles maneras de acabar con el escarabajo sin que su esposa lo responsabilizara. Su animadversión se exacerbaba cuando Eugenia sacaba al animal de su pecera. Ahí permanecía la mayor parte del tiempo el bicho, devorando mangos o peras o manzanas o melones o papayas, llenándose los palpos de miel y moviéndolos sin control. En ocasiones, Fausto creía percibir el trabajo de sus grandes mandíbulas, como un efecto Doppler en oscilación constante dentro de su cabeza. Pensaba que la fuente, el Goliathus, registraba cambios de frecuencia ondulatoria y se dedicaba a analizarlos para conocer su alcance. Como hombre de ciencia, tenía dudas de que eso fuese posible, a pesar de que vivían en un condominio donde se escuchaban motores de aparatos domésticos, ladridos de perros, voces, ronquidos, gritos, gemidos y hasta flatulencias.

Leyó numerosos estudios sobre la actividad molecular, asociándolos con sus pesquisas. Por alguna razón que escapaba a su entendimiento, temía que el escarabajo pudiera alcanzar niveles de vibración atómica superiores y provocar la misma acción en otros cuerpos. Se atormentaba pensando que eso haría que el escarabajo fuera capaz de traspasar primero su caja de cristal, luego las paredes de la casa y, más tarde, inocularse en él. Tengo que hallar una solución, se repetía una y otra vez tan pronto se desembarazaba del triste destino kafkiano que patológicamente imaginaba para sí. Pero no podía hacer otra cosa que permanecer oculto, pidiendo a Eugenia que le llevara la comida a su estudio. Sostenía que estaba cerca de llegar a resultados válidos en su teoría del todo. Esto a ella no la inmutaba, se entretenía investigando más sobre el bicho al que había bautizado con el nombre de Nkoi.

Hurgando en los estantes de la Biblioteca Francisco de Burgoa, Eugenia encontró un libro donde se incluía un ensayo sobre el escarabajo Goliathus. Según el texto, era posible que el miedo exacerbado por la fe en el dios Nzambi hubiera provocado incontrolables estados maniacodepresivos en personas que habían matado, accidental o intencionalmente, a este tipo de insectos. Leyó el caso de un hombre de la tribu bakongo que se ahorcó con una rama de bejuco tras saber que había pisado sin querer a uno de estos escarabajos sagrados. El ensayista aseguraba que varias leyendas bakongo también hablaban de hombres y mujeres que, tras descuidar a alguno de estos escarabajos, se convertían en uno de ellos.

Sin embargo no había pruebas al respecto y las historias permanecían como parte de la memoria oral del grupo étnico. Fuera o no cierto, desde entonces Eugenia renunció a su trabajo y no hizo otra cosa que cuidar a Nkoi. Por esa razón discutían.

Los gritos en el departamento atrajeron la atención de algunos vecinos que poco a poco fueron saliendo a los pasillos del edificio.

—Pues yo ya estoy harta de tus investigaciones sin sentido. Toda esa mierda científica lo único que prueba es tu estupidez —sostuvo ella, enfurecida.

—¿Estupidez? Estupidez es tener un maldito parásito como mascota. Estoy hasta la madre del culto que le profesas. No dudo que hasta te comuniques con él —dijo tocándose las sienes con ambas manos.

—Cállate, imbécil, al menos me preocupo por algo vivo —sus ojos habían enrojecido—. Si quieres investigar algo con sentido deberías usar esta fórmula: dale un número al tiempo que has perdido investigando, multiplícalo por la masa de tu cuerpo, luego por la fuerza de tus frustraciones, el resultado será la constate de mediocridad que tendrá tu vida.

Encolerizado, Fausto cogió la pecera y salió corriendo del departamento. Mientras bajaba los tres pisos ante la mirada azorada de los vecinos, ella gritaba: — ¡Devuélvemelo, devuélvemelo, maldito científico desquiciado!

Cuando Eugenia alcanzó la puerta del edificio, su marido ya subía a su automóvil rugiendo que mataría al animal. Arrancó dejándola de rodillas sobre el pavimento.

—Nkoi, Nkoi —berreaba ella, sin fuerza suficiente para seguirlo.

Fausto condujo su Civic hasta tomar la carretera que va a la Ciudad de México. Luego de un par de horas se detuvo en un imponente mirador de la Sierra Mixteca. Bajó del auto. Desde ahí podía ver el gran valle rojizo apenas poblado por algunos cactus y mesquites. Sostenía entre sus manos la pecera con el escarabajo. La levantó y, dirigiéndose al bicho, dijo: —Seguramente este no es el mejor lugar para que vivas, desgraciado, aquí no podrás hallar tu frutita, y lo mejor de todo, yo no te escucharé comértela, ni sentir tu vibración —agitó el contendedor de cristal.

Luego retiró la tapa. Metió la mano y cogió con recelo al insecto, que movía desesperado sus seis patas en el aire. Fausto se colocó justo en la orilla del mirador. Miró hacia abajo y calculó la distancia que habría desde ahí hasta el fondo.

—Sesenta metros —dijo observando con asco al animal—, pesas cien gramos, grandísimo tragón, pero eso no importa, si te dejo caer la aceleración será constante porque la velocidad en caída libre aumenta en promedio diez metros por segundo al cuadrado, así que tardarás en tocar fondo unos tres segundos y medio.

Fausto estiró la mano en el aire y dejó caer el escarabajo. Lo observó descender por el peñasco hasta perderlo de vista. Sintiendo que se quitaba un peso de encima, respiró hondo y serenamente sentenció:

—He aquí la respuesta del todo: la desaparición de la realidad material para dar paso al libre tránsito del espíritu en el espacio.

Subió al auto con la certidumbre de su hallazgo anidada en la mente. Tomó la carretera de regreso a Oaxaca. Hablaría con Eugenia. Sabía que sus vidas retomarían su cauce ya sin el animal. Ella no tardaría en encontrar alguna otra cosa en qué invertir su tiempo, pensó. Un kilómetro adelante, observó un tráiler detenido a doscientos metros, con las intermitentes encendidas. Un impulso que escapó de su control y entendimiento lo llevó acelerar al máximo. Llevaba las manos aferradas al volante y la vista clavada en el acoplado del camión. Mientras avanzaba calculó el tiempo y la fuerza del impacto. Valoró la distancia, que su auto pesaba mil ochocientos kilos, él setenta y dos, y que se desplazaba a ciento noventa kilómetros por hora.

Esa noche Eugenia se enteró del fatal accidente. Desde entonces ha estado recluida en su departamento de la colonia Reforma, manteniéndose con el seguro de vida que cobró tras la muerte de Fausto. Por las tardes va al supermercado para comprar mangos, peras, manzanas, melones o papayas. El resto del tiempo lo pasa observando al Goliathus, que aún permanece en la mesa de centro de la sala. A veces, como un suspiro ahogado, repite el nombre de su marido mientras deposita algún trozo de fruta dentro de la pecera.

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