Tierra Adentro

Si quieres ser alguien en el mundo del boxeo debes de tener hambre, y yo nunca supe de alguien tan hambriento hasta aquella noche en que me enteré de la derrota de el Escocés Estrada. Sé de lo que hablo: me llamo Máximo Bruguera de Llaca, entreno muchachos en el puerto de Veracruz desde que perdí mi ojo izquierdo y te puedo enseñar a despedazar a tu rival como si en vez de puños tuvieras colmillos.

Por aquel año llevaba tres meses entrenando al Escocés, el feroz hijo del barrio de La Huaca, un mulatón de treinta años salido directamente del Bronx veracruzano. Según la prensa deportiva del puerto, su estilo de pelea era el de un “contundente fajador suicida”. A mí me cayó bien en cuanto lo conocí porque era capaz de desayunar, comer y cenar puñetazos no sólo como boxeador sino durante el resto de sus días. Me buscó como entrenador porque aspiraba a su primer título, el de la División Estatal del Boxeo Veracruzano; para eso tenía que ascender un sitio en la tabla de clasificación y después retar al campeón. Nuestra primera tarea, entonces, consistía en derrotar al peleador que estuviera situado por encima de él en la escala y, después, disputar la pelea de la División, la piedra de toque para que mi muchacho comenzara a aparecer en el mapa del boxeo nacional: pan comido.

La Malta Martínez, así se llamaba el chico que superaba a mi púgil en la tabla. Vivía en Xalapa, la capital de provincia con el peor nivel de boxeo del país. No fue difícil conseguir el teléfono de su mánager y coach, un tal Roberto. A la mañana siguiente lo llamé. Buenos días, contestó. Pronunciaba las palabras despacio y su voz sonaba ronca, como si atravesara por una resaca. Enseguida escuché un largo bostezo y supuse que mi llamada funcionó a modo de despertador.

Cuando llegamos al asunto principal le dije que estábamos interesados en pelear lo más pronto posible, por decir, dentro de dos semanas. Roberto se excusó por un momento y, sin cubrir el auricular, comentó con otra persona algo que no entendí y se rió de manera socarrona hasta toser. Que así sea, dijo en cuanto retomó la conversación. Agregué, de paso, que nos interesaba saber si La Malta podía soportar al menos unos ocho asaltos. A modo de respuesta eructó sobre el auricular y, en tono ofendido, dijo que su muchacho podía aguantar eso y más. Colgó de golpe y así di por arreglado el asunto. Esa misma noche le di la noticia al Escocés y se vio animado, se pasó la lengua sobre los labios como si saboreara la sangre de su oponente y sonrió. Enseguida comenzamos a entrenar. Por la emoción disparaba sus jabs y sus ganchos más rápidos y fuertes que de costumbre y los acomodaba con gracia en combinaciones cada vez más mortíferas. Hizo una broma sobre destrozar el riñón y el hígado de su oponente y después servírselos asados para la cena.

Al escucharlo le ordené que se concentrara. Pasamos a la báscula y nos dimos cuenta que pesaba 96 kg, es decir, cinco kilogramos de grasa pura por encima del límite establecido para los pesos completos. Frunció el ceño y antes de que se saliera de control como de costumbre y azotara algún locker del vestidor, lo sujeté por los hombros y le expliqué que dos semanas eran suficientes para perder peso.

Le pedí que me hiciera una lista con sus hábitos de alimentación de los últimos tres meses y sólo entonces me di cuenta en qué diablos nos habíamos metido.

Cuidar la dieta del Escocés implicó llamar a su madre al día siguiente, por la mañana, y suplicarle que, al menos durante los próximos 14 días, vaciara el refrigerador de la casa para que su hijo no tomara sus acostumbrados refrigerios, como él los llamaba: sándwiches triples atiborrados de pollo y jamón junto con botellas enteras de cerveza St. Peter’s, Bombardier o Raven, malteadas de chocolate acompañadas de conchas de fina mantequilla untadas con mermelada de maracuyá y frambuesa, medio kilo de rebanadas de jamón de pierna envinada junto con otro medio kilo de queso manchego servido en gruesas lajas, tacos de roast beef, rib eye, arrache y chorizo argentino, entre otras cosas. Pasé media hora explicándole paso a paso que, de ninguna manera, el Escocés terminaría como un enclenque ni antes ni después de la pelea. Otra de las medidas que tomé fue pasar la mayor parte del día con él. Por ejemplo, en cuanto terminaba de correr sus ocho kilómetros diarios lo acompañaba a su casa para vigilar que no comiera picaditas, empanadas, enmoladas, tortas, tacos, gorditas, tamales, taquitos de canasta, garnachas, tostadas, esquites, huaraches, tacos dorados, chicharrón, tlalitos, carnitas, papas fritas, helados, refrescos, hamburguesas o cualquier otra porquería de esas que se encuentra uno por la calle.

Pasando la primera semana, regresamos a la báscula. El reloj marcaba las cinco de la tarde del sábado y el Escocés tenía una cara de hastío porque, si no fuera por el peso que necesitaba perder, habría estado en la barra de cualquier bar bebiendo unos tragos con sus amigos. De cualquier modo, la semana de cuidados rindió sus frutos: el muchacho había perdido dos kilogramos y medio y cuando se bajó de la báscula le di unas palmaditas sobre las mejillas y lo felicité. Nos encontrábamos a mitad del camino para calificar el pesaje y le dije que en cuanto lo hiciéramos podría atiborrarse de cuanta chatarra y alcohol se le antojara. Me sentía tan seguro de la inminente derrota de nuestro rival que por un momento escuché los vítores de la Arena Rebolledo y vi a La Malta apoyándose en su entrenador para recuperarse del contundente nocaut que acababa de sufrir. Un hilo de sangre manaba de su nariz y le recorría los labios. Todo sucedía en cámara lenta y los reflectores nos iluminaban el rostro. En eso estaba cuando escuché un gruñido que provenía del estómago de mi pupilo. Tenía una mueca como de bulldog y me miraba por el rabillo del ojo como adivinando mi fantasía. Le volví a palmear las mejillas y le recordé que esa noche sólo le tocaba cenar jugo de arándano.

Una hora después lo acompañé hasta su casa y me estacioné a unos metros de la entrada. Había un carrito de tacos a una cuadra de ahí. Como no quise arriesgarme a que el chico cediera en su dieta y tampoco iba a pasar la noche como centinela tomé otras medidas.

Bajé del auto y me acerqué al taquero. Di las buenas noches y me ofrecí para pagar la cuenta de las tres personas que cenaban en ese momento. Uno de los clientes, una señora gorda y con bozo, me guiñó un ojo y la ignoré. Después le pedí a Juanito (así llamaban al taquero) que se largara, al menos, esa noche y la semana siguiente. Me miró como si no hablara español y, acto seguido, siguió picando carne y echándola al aceite. La gorda aprovechó para pedirle otra orden de tacos de bistec. Le repetí que se largara y sólo se rió.

No tuve otra opción que fajarme muy bien el pants y tomar mi posición de defensa. Esperé un momento a que captara que lo estaba retando pero cuando me di cuenta me lanzó una tajada por el perfil izquierdo y casi me abre e  vientre. Cambié la posición de mis piernas al instante. Faltaba mucho más que un ataque dirigido hacia el flanco de mi ojo tuerto para intimidarme (cuando peleaba me apodaban el Kamikaze Bruguera y de esos tiempos me quedan mis treinta y dos dientes de resina y el aire que entra por un solo poro de mi nariz). Comencé a bailar un poco en la banqueta, calculando la distancia de mi oponente y sopesando cuál sería el mejor golpe o combinación para dejarlo fuera de combate. Vi la hoja del cuchillo restañar dos veces más cerca de mi rostro. Unas gotitas de grasa o de aceite me salpicaron la nariz. Juanito se desesperó y comenzó a lanzar más tajadas como si apuñalara un cuerpo invisible entre ambos. Los clientes seguían comiendo y viendo la pelea desde sus lugares. Ninguna patrulla de policía pasaba por la calle en ese momento. El ruido del aceite friendo la carne se parecía al de la lluvia cuando cae sobre largos techos de lámina. Alguien gritó “acábalo” y, como si se tratara de una orden, lancé dos jabs con la izquierda y rematé con un gancho de mi mano derecha. A continuación oí la hoja del cuchillo chocando contra el pavimento y, enseguida, un hurra de la gorda que, supe, fue quien me alentó. La sangre me zumbaba en los oídos como si hubiera disputado una pelea oficial o ganado una puesta o salvado a alguien. Entonces me acerqué al carrito de tacos, me serví uno de tripa y me fui.

 

Durante la semana previa al combate seguí al pendiente de la dieta del Escocés y el jueves antes de la pelea lo volví a pesar. Para nuestra sorpresa el muchacho bajó, en tan solo cinco días, dos kilos y setecientos gramos. Esos doscientos gramos bajo el límite de peso me hicieron sentir más seguro de tener aquella pelea en la bolsa. Tanto así, que decidí celebrarlo comprándole unos guantes nuevos al chico, pero no cualquier tipo de guantes, sino unos caros, unos para que se pudiera lucir, unos Missouri Claws, los mismos que utilizó Jake LaMotta durante las últimas peleas que ganó.

Nos montamos en mi auto y recorrimos el boulevard hasta Scartin’s, la tienda de deportes más grande y mejor equipada del puerto de Veracruz. Anochecía y el Escocés tenía la mirada clavada en el mar que para esa hora se asemejaba a una gigantesca y arrugada hoja de papel carbón. Volví a escuchar el gruñido de su estómago como unos días atrás: no miraba el mar, sino los carritos de comida que se agolpaban a lo largo del boulevard.

Nos estacionamos cerca de un McDonald’s y se quedó plantado en la acera viendo a través del gran ventanal. Varias familias devoraban sus grasosas hamburguesas. Cerca de la entrada, un par de niños lo veían lamiendo sendos MacFlurrys y señalándolo. Lo tomé de un hombro y le dije “después, después, concéntrate”.

Entramos juntos en la tienda de deportes. Pedí que me mostraran todos los modelos de Missouri Claws que tuvieran en ese momento. Mi muchacho observaba los guantes con indiferencia. Entonces nos mostraron unos de un sólido color cereza y comencé a pensar nuevamente en los vítores y los hurras y hasta en la gorda que había visto hacía una semana cuando derroté a Juanito, el taquero. No sé qué tanto tiempo pasó pero cuando salí de mi ensoñación y quise que el Escocés se probara los guantes me di cuenta que ya no estaba junto a mí.

Lo encontré parado en la acera, a tan sólo unos metros de Scartin’s. Sostenía entre sus manos un papel encerado sobre el que había un hato de, más o menos, 15 tacos. Lo vi justo en el momento en que estaba por engullir el primero. Me acerqué dando unas grandes zancadas y le di un manotazo para que lo soltara. Arrojé el resto al suelo y él me miró como nunca antes había visto que mirara a alguien. Pensé en esos ojos negros como en un par de alacranes redondos y sumidos dentro de su cabeza. Su estómago volvió a gruñir.

Le di unas palmadas en las mejillas para que entendiera que no era para tanto pero permaneció impasible. El dependiente que me atendía en Scartin’s salió para buscarme y me preguntó si todo estaba bien. Enseguida, un grupo de muchachos que pasaban por ahí se detuvieron al escuchar al dependiente. El Escocés, con su 1.89 de estatura, parecía un poste más de la calle. No despegaba la mirada de mi rostro y, justo antes de que me volviera para abandonarlo a su capricho, vi cómo alzó los puños y situaba sus piernas una delante de la otra. Lo miré con asombro y me dije: esto no puede ser en serio…

Decidí terminar con esa especie de broma cuando comenzó a desplazarse lateralmente en la acera y a hacer más sonora su respiración. El Kamikaze Bruguera, pensé y, al mismo tiempo, vi el puño del Escocés acercándose a mi rostro. Lo esquivé agachándome y la gente alrededor de nosotros, que ya para entonces eran más de veinte personas, exclamó sorprendida. Niños, niñas, hombres y mujeres se acercaron para ver la pelea y ya no podía ver más allá de la barda de cuerpos que nos cercaba.

Mi muchacho arremetió con un par de jabs y un gancho que detuve con las costillas. Apenas calentaba y podía derribarme en cualquier momento. El Kamikaze Bruguera, me repetí, y lancé un jab que encajó enseguida en su pómulo derecho. Sentí que la sangre me volvía a zumbar en los oídos.

El Escocés contraatacó con dos jabs diestros que recibí entre la frente y las orejas y después con un swing directo a mi pómulo izquierdo. Me di cuenta de que el muy maldito buscaba mi ojo tuerto. Ese último golpe hizo que la piel me ardiera y comencé a sentirlo, comencé a bailar por la acera y a respirar sonoramente. Por un momento dejé de ver a el Escocés Estrada y dejé que el Kamikaze Bruguera se apoderara de mí. Tuve que medir con un crochet la distancia de mi oponente y la gente notó lo agresivo de mi estilo. Entonces comenzaron a silbar y a hacer ruido para alentarme. La luz blanca de las farolas se derramaba sobre nosotros y proyectaba nuestras sombras contra lo gris y sucio del suelo. La mía se veía gigante. De pronto sentí que una ola de calor me envolvió y mis músculos se tensaron. Lancé una combinación que terminaba con un gancho derecho. Creí escuchar el grito de “Vamos, Kamikaze” y apreté los dientes y la resina emitió un chirrido que sólo yo escuché. Ya no me importaba que el muchacho peleara dentro de dos días, no me importaba perder o ganar ese título por el que habíamos trabajado, no me importaba la Comisión del Boxeo. Quería ganar.

Desperté a la mañana siguiente en una celda de la Capitanía del Puerto. Dicen que todo se detuvo hasta que dos policías me aporrearon con sus cachas.

El sábado escuché la pelea por la radio, desde la cárcel. Al guardia en turno también le gustaba el boxeo.

El Escocés se lució en los primeros cuatro asaltos. Tenía todo a su favor, aprendió bien las lecciones. Pero al pasar al quinto round el locutor interrumpió sus comentarios sobre la pelea y dijo que, durante el minuto de descanso, Roberto, el entrenador de La Malta, le propinó un tremendo zape a su púgil para que espabilara. Entonces, éste se levantó de su esquina y, como si le hubieran inyectado adrenalina por la nuca, se acercó sin defensa hasta mi alumno y lo derribó de un puñetazo. El locutor agregó que era increíble, que nunca había visto la muela de un boxeador volar por los aires.

También agregó que Roberto, en cuanto vio la victoria de su pupilo, extrajo una cerveza que llevaba escondida en su botiquín y se la bebió de un trago. Maldita sea, me dije, aquel muchacho sí que tenía hambre.

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