Tierra Adentro

En 1604, el éxito del anónimo Lazarillo de Tormes y del Guzmán de Alfarache, de Mateo Alemán, provoca un auge de narraciones construidas bajo la misma fórmula. Relatos a los que se añadirá otro que Francisco de Quevedo comienza en este mismo año: La vida del Buscón. Es prematuro hablar de novela moderna, pues falta un año para que se publique la primera parte del Quijote. No obstante, podemos hablar de la aparición de públicos que gustan leer o escuchar historias que recrean el habla de vagabundos, estafadores, prostitutas y ladrones. Porque uno de los ingredientes que distinguen a estos relatos –agrupados bajo la etiqueta picaresca– es aquello que llamamos “realismo”, es decir, la recreación artística de tiempos y lugares existentes, en su mayoría oscuros escenarios de los bajos fondos. Empujados por la necesidad, los protagonistas intentan sacar provecho de quienes les rodean. A menudo huyen de la casa materna, opresivo entorno donde el engaño y la estafa son el pan de cada día. Comienzan así un duro aprendizaje que los obliga a mantenerse en movimiento, en constante viaje, y a desarrollar su instinto de supervivencia. “Parece como si Quevedo hubiera querido ofrecernos un panorama contracultural, un mundo en libertad, recreado (…) con lo más elemental y libre de aquella época de enormes constricciones sociales”, señala el hispanista Pablo Jauralde en su prólogo al Buscón.

He recordado esto mientras leía Falsa liebre, primera novela de Fernanda Melchor, pues hay en sus páginas un regusto a realismo sucio, esa picaresca del siglo XX. Desde la cuarta de forros, una voz nos advierte: “Algo se pudre en el trópico. En esa esquina del mundo disfrazada de paraíso, junto al mar, cuatro vidas están a punto de coincidir en la fatalidad de un engañoso día de verano”. Esas cuatro vidas son las de Andrik, adolescente que escapa de un amante celoso, Zahir, su regordete compañero que lo busca por todos los rincones del puerto, Pachi, un mensajero frustrado que no soporta la convivencia con su esposa, y Vinicio, un aspirante a pintor atormentado porque no conoce la identidad de su verdadero padre. Los primeros tres son jóvenes cuya única consigna es el placer inmediato: alcohol, sexo, drogas. Es Vinicio quien introduce la nota discordante, pues desarrolla una sensibilidad especial debido a sus inclinaciones artísticas.

Como en los relatos de la picaresca, los personajes de Falsa liebre se ven obligados al movimiento continuo, a huir “como una liebre perseguida por perros”. La razón es la misma que movía a los del siglo de oro: los padres y las figuras de autoridad son retratados como personajes mezquinos y sin escrúpulos. A lo largo de ocho capítulos, atestiguamos los excesos de una tía que obliga a sus sobrinos a mamar la leche de una perra cuando piden de cenar, de una madre trastornada y pirómana cuyo baño está lleno de cucarachas muertas, de un amante que libra de la calle a un adolescente para convertirlo en su esclavo sexual, de un padre enfermo de celos a quien su hija miente para salir de casa. El relato revienta así la noción tradicional de familia: desfilan hermanos que no lo son, relaciones incestuosas, tías pervertidas, jóvenes cuyo mejor intento de amistad es hacer un trío con una bailarina adicta. Las relaciones de pareja aparecen como un juego de sometimiento donde lo más placentero es zafarse del control del amante.

Falsa liebre está construida sobre líneas narrativas que se entrecruzan y nos permiten conocer la historia en su mayor parte, nunca completa. Como ocurre en la vida real, quedan cabos sueltos y hay hechos que tienen varias interpretaciones.

A diferencia de la picaresca ancestral y de muchas obras del realismo sucio, ésta del golfo nos llega narrada en tercera persona. No es que la autora busque tomar distancia de sus personajes, sino lo contrario. Como señala James Wood, tan pronto uno comienza a narrar, la prosa tiende a curvarse alrededor del protagonista: la voz del narrador se amalgama con la forma de hablar y de pensar del personaje al que seguimos. Pero resultaría muy pobre un relato armado con las voces de protagonistas que están intoxicados casi todo el tiempo. Utilizar narradores en tercera persona habilita a Fernanda para entrar y salir de la consciencia de sus personajes. La mejor parte de la novela es, a mi gusto, la que consigna las reflexiones de Vinicio acerca del quehacer artístico, pues en esos pensamientos están cifradas las búsquedas de esta novela. Del mismo modo que la autora afina su relato, el muchacho emborrona zanates y perfecciona los bocetos de sus decrépitos amigos que se disputan el alimento sin saber que sus peleas son el detonador de una obra artística. Al retratarlos, escritora y dibujante intentan atrapar lo que Vinicio identifica como “la esquiva chispa de la vida”.


Autores
es narrador. Ha sido becario de la Fundación para las Letras Mexicanas. Con Partitura para mujer muerta (2008) obtuvo el Premio Nacional de Novela Policíaca.

Existen libros que poseen la facultad de impregnarse en el lector de manera permanente. Se le meten a uno bajo la piel y siguen retumbando en la mente tiempo después de haberlos cerrado. Del color de la leche, de Nell Leyshon, es uno de ellos: un libro eco. Vuelve, y obstinadamente nos dejamos lastimar de nuevo por su potencia, pues sabemos que el dolor que nos cause revelará algo distinto en cada ocasión.

Lo fundamental se encuentra ya en la primera línea, y resuena a lo largo del texto: “éste es mi libro y estoy escribiéndolo con mi propia mano… me llamo mary y he aprendido a deletrear mi nombre”. Pero en el principio de su propia historia, Mary no sabe escribir. Es el año 1830, y ella es una granjerita inglesa de quince años que padece los abusos de un padre violento y la indiferencia de una madre acostumbrada al hastío. Es la última de cuatro hermanas, y su único consuelo es su abuelo paralítico. Se entienden porque ella misma es también “una suerte de desperdicio”: nació con el cabello “del color de la leche”, un defecto en una pierna y “cubierta de pelo como si fuera un animal”. En su mundo el estado de las cosas no es cuestionable, “la felicidad nunca ha hecho bien a nadie”, y la censura y la restricción abundan. Pero un día, sin opción para negarse –como todo en la novela– Mary es enviada a la casa del vicario para ayudar a su esposa enferma. Pareciera que en ese nuevo mundo las cosas cambiarán: ahí aprende a leer hasta dejar de ver sólo “un montón de rayas y marcas negras” en el interior de los libros; pero la voz de Mary no deja al lector olvidarse de que está ahí involuntariamente –aunque le hayan comprado botas nuevas–; sencillamente trabaja para que alguien más reciba el pago por sus servicios.

Dos conceptos resuenan, insistentes, a través del texto: la libertad y la verdad. La libertad explorada a través de su antítesis: la restricción, la censura, el poder impuesto sobre los silenciados. La preocupación por la verdad se revela en la resistencia verbal de Mary, quien a través del sarcasmo denuncia su circunstancia, aún si le resulta imposible cambiarla. Se gana así una reputación: no tiene pelos en la lengua, es de lengua afilada, “mi lengua es rápida como la lengua de un gato”. A través del habla, la narradora se rebela sutilmente ante la desolación de lo cotidiano, el hastío, el odio mutuo; pero la verdadera prueba sobre el poder del lenguaje llegará cuando haya aprendido a leer y escribir las veintisiete letras del alfabeto, cuando ante la amenaza del silenciamiento definitivo, sea el poder de la pluma en la mano quien continúe su resistencia lingüística. Ella sabe que su tenacidad le costará, lo sabe cuando se escapa a ver el amanecer y desobedece al padre y termina recibiendo una paliza que la deja sin poderse mover, y lo único que le queda es balbucear: ha valido la pena.

Afiladas también, como la lengua de Mary, son las estrategias narrativas de Leishon. La construcción del personaje a través de la primera persona, utilizando el tono y el estilo de la oralidad –repeticiones, cadencia, ritmo– se logra nítidamente. Pocos personajes pueden transmitir su ser tan sinceramente a través de la primera persona. Un factor fundamental para lograrlo es que la intención de la narradora es dejar testimonio de su versión de los hechos, y se dirige, aferrada con asentar la verdad, a un interlocutor con quien siente un profundo compromiso. El libro gira en torno al poder del acto de contar –y en particular escribir– la versión propia de lo sucedido.

La prosa de la dramaturga y narradora inglesa insiste en elementos sensoriales –colores, temperatura, olores y texturas, la presencia de la luz– para construir la estructura temporal y ambiental sobre la que descansa la anécdota: el tránsito de las estaciones a la par de la evolución de la anécdota. La energía interna de la protagonista se transforma en paralelo a los cambios en la naturaleza, al ir y venir de las aves. Los dos espacios clave de la narración, la granja de la familia de Mary y la casa del vicario, se contrastan por medio de lo táctil: la limpieza y el orden en oposición a la suciedad orgánica. Se trata de un engranaje preciso de sensaciones donde Leishon parece dibujar más que escribir. Las imágenes se plasman tangibles en la memoria, como acuarela sobre papel, logrando superar la función descriptiva. Pienso en cómo William Faulkner en Mientras agonizo, o John Steinbeck en Viñas de ira, construyen escenas plásticas que destacan sobre la función anecdótica. Pienso también en el efecto emotivo que un autor busca generar en el lector. Al testimonio de Mary sé que regresaré muchas veces para sentir de nuevo la certeza de que, detrás de la punzada que provoca la injusticia, existe también una modesta esperanza alojada en la fuerza liberadora de la palabra escrita.


Autores
(Ciudad de México, 1983) es ensayista, historiadora y traductora; autora de Retrato involuntario. El acto fotográfico como forma de violencia.
Adair Vigil

Luego de encontrar las botas de metal pero antes de ubicar el terrón de mugre, el padre de Joshua fue a Wal-Mart a comprar papel cuadriculado. Al desplegarlo y clavarlo en la pared, donde las fotos familiares de su madre habían estado antes, cubría un espacio de poco más de un metro y medio de alto por dos de ancho. Colgó el papel en tres filas, y la hoja en cada fila contenía miles de pequeños cuadros grises. Cuando Joshua hacía bizcos, parecía que los cuadros se levantaban de la hoja. Cruzaba los ojos y luego los descruzaba. Veía cómo los cuadros ascendían y bajaban. “Ya era hora de hacer un mapa”, le había dicho su padre. “Si no, nunca vamos a terminar este juego”.

Ésta fue la culminación lógica de la teoría que tenía su padre sobre El Navegante. En los videojuegos, donde solía ser muy fácil perder la perspectiva, pero también en la vida. Cuando Joshua jugaba, su padre se encargaba de vigilar, de advertirle si estaba volviendo sobre sus pasos, de recordarle a dónde quería llegar y cómo. Cuando el padre de Joshua tomaba el control, esto se volvía trabajo de Joshua.

Su juego era La Leyenda del Silencio, o LdS. LdS no era como sus otros videojuegos. Mientras que en Metroid o Zelda el personaje del jugador se volvía cada vez más poderoso a medida que exploraba, cada artefacto que iba encontrando la heroína de LdS la mermaba. El manual todavía los llamaba Potenciadores, lo cual, padre e hijo coincidieron, era engañoso: deberían llamarse Debilitadores, o Nerfs, o Tormentos, porque eso era lo que hacían. El objetivo del juego era perder todo para que uno pudiera entrar al nirvana, donde el último jefe estaba al acecho, disfrutando de todos los frutos mal habidos del no ser y del no saber. Era su juego favorito, tanto que solían platicar de lo que harían cuando se acabara. Lo que querían decir era lo que se podría hacer. Les era imposible imaginarse el Después.

El padre de Joshua no había vuelvo a jugar ninguno de sus otros juegos desde que empezaron con LdS. Ni siquiera Contra, el que antes había sido su juego preferido, porque tenía un modo de dos jugadores y porque nunca lograron derrotarlo: cuando uno se moría, el otro le seguía pronto. Incluso había tratado de platicar con otros padres al respecto, en asados de los scouts y en acampadas nocturnas, pero jamás le hacían caso.

Cuando el padre de Joshua alisó el papel cuadriculado para fijarlo bien en la pared, la hoja exhaló delicadamente y se despegó, combándose. Agarró sus respectivas cajas de lápices de la pila de casetes VHS clasificación C que quedaban amontonados sobre el mueble del televisor. Adentro había marcadores, plumones y lápices de colores, lápices de acuarelas y gomas color rosa, y también bolígrafos y portaminas No. 2.

“Vamos a usar sesenta y cuatro cuadros para cada pantalla”, le dijo su padre. “O sea ocho por ocho. Empezamos aquí, en el centro. Aquí”. Con un marcador rojo y un portaminas No. 2, esbozó la primera sala del laberinto: su trono de oro y terciopelo, sus varios candiles de cristal, sus candelabros. En la esquina derecha de la sala dibujó una almohada púrpura sobre un pedestal blanco, donde la heroína dejaría su corona si oprimías el botón B. Esto abriría la salida, que daba al siguiente cuarto. El padre de Joshua dibujó esta parte de memoria porque para volverla a ver había que reiniciar el juego. En cuanto salías de la sala del trono, los guardias ya no te dejaban volver. No reconocían a su reina sin la corona.

“Si mapeamos el mundo entero”, le dijo su padre, “ podremos dejar de perdernos. Y ahí es cuando empieza lo bueno. Lo terminaremos dentro de un mes”. Había mapas que se podían comprar, le había dicho su padre. Pero eso era estropear el propósito, que es la travesía.

No importaba hasta dónde llegaras explorando, siempre había que empezar afuera de la sala del trono. El pasillo de afuera era como un palacio decadente, con estandartes podridos, paredes al borde del derrumbe, partes de armaduras dispersas por todo el piso, pardas por el óxido. A los severos guardias en la puerta de la sala del trono les correspondía impedir que lo putrefacto entrara, además de impedirte entrar a ti. Desde luego, mucho de esto quedaba abierto a la interpretación, representado en sencillos conjuntos de cuadros. A veces Joshua pensaba que este pasillo parecía más un palacio a punto de nacer que uno moribundo. Estaba abarrotado de pequeños monstruos: roedores verdes, murciélagos amarillos. La primera vez que Joshua recorrió este pasillo, cuando su heroína estaba en la cumbre de sus poderes, era fácil matar a tales enemigos. Un único tiro con la pistola, un espadazo. Ahora, cada recorrido del pasillo se volvía más difícil a medida que la heroína se marchitaba. Servía como indicio de su avance hacia el no ser, el no saber. A veces, últimamente, padre e hijo ni siquiera lograban atravesarlo.

Joshua hizo a la heroína cruzar el pasillo con dificultad. Su padre le robaba mordidas a su sándwich de crema de cacahuate y mermelada y bebía de su Big Gulp, sosteniendo el vaso con una sola mano mientras dibujaba con la otra lo que iban viendo. Sesenta y cuatro cuadros por cada pantalla. Joshua hizo un gran esfuerzo para no decirle que traía polvo de frituras sabor a queso en la barba.

Los martes siempre cenaban sándwiches de queso a la plancha, pero cuando Joshua llegó a casa, el gas estaba cerrado de nuevo. Se pueden hacer sándwiches de queso en el microondas, pero el pan saldría mal, primero blando y caliente y luego demasiado duro. Sacó el queso americano del refrigerador y se sentó frente a la televisión, que todavía servía. A veces jugaba sin que estuviera su padre. Hoy se sentía suficientemente afectado por lo de los sándwiches como para no querer jugar solo. Estaba viendo el canal de caricaturas. El mapa había crecido otra vez. En el rabillo de su ojo, parecía amenazador, devorando lentamente la pared con sus zarcillos color rojo, morado, verde bosque. Brotaban puertas por todas partes como manchas de dálmata, perillas como ojos sin párpados. También su padre jugaba sin él. Joshua desenvolvió una rebanada de queso y se lo comió tira por tira. Borró todos los mensajes, incluso los nuevos, sin escucharlos. Desenvolvió otra rebanada.

Llegó su padre con un sobre sin abrir en el puño. “Cortaron el gas”, dijo con los dientes apretados.

“Lo siento”, dijo Joshua.

“Podemos hacer sándwiches de queso en el micro”.

“No”, dijo Joshua. “Eso no funciona”.

La electricidad estaba pagada hasta el viernes. Podían seguir con su videojuego. El padre de Joshua se cambió y se puso su pantalonera de casa.

El nombre de ella era Alicia. Ése era, según Joshua, el segundo nombre más bonito en el mundo. El primer nombre más bonito era Trudy. En tercer lugar estaba su propio nombre. Luego el de su padre, Dustin. Al principio, Alicia no era sólo una reina sino también una muchacha-pájaro. Tenía grandes alas color café que estaban salpicadas de motitas blancas y plateadas. Después de su corona y la sala del trono, éstas fueron las siguientes cosas a las que renunció. Voló hasta el techo de una sala muy alta (ocho cuadrados por cincuenta y cinco en el mapa) y encontró una puerta que daba a una sala más pequeña, una sola pantalla, la cual alojaba las botas de metal y por lo demás estaba vacía. Las botas reposaban sobre un pedestal blanco como el que habían designado para su corona. A estas alturas del juego, padre e hijo no comprendían por completo sus principios –pensaban que la sala del trono era una chiripa interesante–. El padre de Joshua había hecho que Alicia se pusiera las botas. No lograron adivinar qué se suponía que harían. El padre de Joshua condujo a Alicia fuera de la sala y la hizo brincar hacia el vacío de la sala con el techo muy alto. Se cayó al piso, batiendo sus alas sin efecto alguno. Las botas le pesaban demasiado. Se le doblaron y deformaron las alas con el esfuerzo mientras caía a través de siete pantallas. Después se quedó desplomada en el suelo, medio muerta, y los enemigos la empujaron con el hocico, la dentellaron, y le seguían quitando puntos de vida. Lentamente, sus alas se atrofiarían por el desuso: se encogerían, se enroscarían hacia adentro, soltando pellas de plumas durante el resto del juego, hasta que no quedara nada. Estas plumas eran pixeles, por supuesto –dos cada una–, y se iban torciendo y oblicuando hacia acá y hacia allá, para que el espectador pudiese ver qué se suponía que eran. Luego padre e hijo entendieron el juego. “Éste es un juego real”, dijo el padre de Joshua.

Pasó un buen rato antes de que encontraran el Elíxir del Hielo. Era un poción azul que se derramó de la boca de una gárgola que se parecía a Alicia, sólo que con cuernos y alas sanas. El Elíxir del Hielo le generó cristales en la sangre y otros fluidos corporales para que no pudiera correr tan rápido como antes, ni balancear tan bien su espada, ni sacar su pistola con tanta agilidad. Joshua podía moverse de la misma manera cuando tensaba todos los músculos hasta el dolor.

Una vez jugaron hasta las dos de la madrugada y exploraron las cuevas oscuras en la esquina inferior derecha del mapa, que estaban infestadas de hombres-topo color morado y estalactitas de cera que derramaban enormes gotas de agua tóxica. El jefe de esta zona era un gusano de piel pegajosa, la cual atraía a diversos enemigos y peligros: pinchos, hombres-topos. Joshua no podía matar el gusano porque, sin las alas de Alicia, era difícil saltar los numerosos obstáculos multiformes que se pegaban a él. Su padre sentó a Joshua en su regazo, le quitó el control de la mano, y terminó la pelea con la espada de Alicia. En el cuarto adyacente sólo había tinieblas y una gran piedra azul. Pensaron que tendrían que dejar su espada ahí como un regalo para el rey Arturo. Cuando el padre de Joshua presionó B, Alicia golpeó la piedra: la espada se hizo añicos y quedó sólo una pequeña parte de la hoja y la empuñadura. Los fragmentos explotados quedaron flotando y torciéndose en el aire como estrellas o una escultura móvil hecha de chatarra.

“¿Cómo vamos a matar a los enemigos?”, preguntó Joshua.

“Aún tenemos la pistola”, le contestó su padre. Su pecho zumbó contra la espalda de Joshua, y su voz le sonó baja y seca en el oído.

“También la vamos a perder”, dijo Joshua.

“Entonces huimos”, dijo su padre. Joshua vio que se le estaba cayendo el cabello. Tenía la piel cerosa como las estalactitas.

Intentaron cocinar juntos. Hicieron un pastel de carne con carne de res de tercera y galletas saladas Great Value. Revolvieron la carne cruda y lo demás con las manos y luego se limpiaron con servitoallas para quitarse el pegajoso residuo rosa, mientras Joshua se sentía como el gusano. La catsup y el glaseado de azúcar mascabado se chamuscaron, formando una cáscara negra y quebradiza sobre el pastel de carne.

Hicieron un revuelto de verduras con trocitos de huevo y demasiada salsa de soya, demasiada sal. Hicieron una cacerola de macarrones y se forzaron a comer las costras de queso cheddar. Hicieron pizzas con bagels: marinara, queso mozzarella, rodajas de pepperoni. Cenaron sándwiches de crema de cacahuate y mermelada durante tres días seguidos. Joshua tomó la costumbre de dormirse en el sofá mientras su padre trazaba el juego en el mapa. Estaban buscando el terrón de mugre.

“¿Qué crees que va a hacer con él?”, dijo Joshua.

“No sé”, dijo su padre. “Podría comérselo”.

“Si se lo comiera, ¿qué importancia tendría?”

“¿Alguna vez has comido tierra, Joshie?”

Joshua negó con la cabeza.

“Por una parte, se podría enfermar”, dijo su padre. “Para empezar”.

“Yo creo que lo va a usar para cubrirse los ojos”, dijo Joshua. “O a lo mejor se lo va a meter en la boca, pero para tenerlo ahí, y se va a tapar la nariz con él, para que no pueda gritar y sienta su sabor todo el tiempo.” Se imaginó la sensación de tener la boca atiborrada.

“Como estar enterrado vivo”, dijo su padre. Le dio una palmadita en la cabeza a Joshua. “¿Todo bien, compadre?”

“Claro”, dijo Joshua. “¿Quieres que dibuje esta sala en el mapa?”

Su padre dijo que sí.

Su padre dijo, “Ya tenemos un sesenta por ciento del juego en el mapa, pero ni la mitad de los artefactos”.

Su padre se durmió en el sofá. La pantalla del televisor se reflejaba en sus lentes, y los movimientos del juego lo hacían parecer despierto. Joshua se sentó en sus piernas y tomó el control. Encontró el terrón bajo un piso falso en la Cámara de Comercio, donde dólares y monedas asaltaron a Alicia por todas partes y se le pegaron al cuerpo. Por un instante, reconstruyeron sus alas en color verde. “Despiértate”, le dijo Joshua a su padre. Su padre abrió los ojos.

“Lo encontraste”.

Esto es lo que hizo Alicia con el terrón:

Se ensució, manchó y ennegreció su ropa, quitándole el lustre. Nubes de inmundicia flotaban en torno a ella.

“Oooh”, dijo su padre. Se volvió a dormir.

Joshua estudió su ropa: la de su padre, la suya. Tenía costras de polvo de frituras sabor a queso y manchas de jugo de arándano. Había pasado casi un mes desde la última vez que lavaron. A Joshua no le gustaba doblar la ropa, pero tampoco le gustaba cuando la gente se le quedaba viendo, en la escuela o en donde fuera. Por el desgaste, sus pantalones de mezclilla se estaban adelgazando en las rodillas y en las ingles, y el dobladillo ya estaba deshilachado. Pausó el juego y fue a la cocina a buscar algo de comer.

El fregadero estaba lleno de trastes grasientos. Había latas de refresco amontonadas sobre la mesa, algunas vacías y otras medio llenas. En la mesa también había cupones para el Gimnasio Gold y LA Fitness, acomodados en abanico, como una baraja. Lo único que había en la alacena eran macarrones y relleno para pay de calabaza.

Sonó el teléfono dos veces antes de que Joshua llegara a él. Tuvo la impresión de que había sabido que sonaría antes de que sonara, y fue por eso, pensó él, que había mirado el teléfono en ese mismo momento.

“¿Bueno?”, dijo Joshua.

“Disculpe”, contestó una voz de mujer. “Me equivoqué de número”.

“¿Quién era?”, dijo su padre, nuevamente despierto.

“Una señora”, dijo Joshua. “Número equivocado”.

“Vieja loca”, dijo su padre. Cerró los ojos.

Joshua se quedaría despierto durante una hora más, tratando de encontrar el viejo casete del contestador, o cualquier otra cosa con la voz de su madre, para ver si sonaba igual.

A la mañana siguiente desayunaron cereales genéricos tipo Cap’n Crunch. El padre de Joshua derramó gotitas de leche en los cupones del gimnasio. Se arrugaron y pusieron grises. Se pegaban a la mesa como pegamento. Se abrían hoyitos en el papel. Su padre dijo: “Vamos a cambiarnos a un depa más chico”.

Joshua asintió con la cabeza.

Dijo su padre, “Una renta más baja”.

Joshua asintió con la cabeza.

Dijo su padre, “Más dinero a nuestra disposición”.

En la sala de conciertos, en la parte superior izquierda del mapa, encontraron los tapones rezumantes adentro del podio del director. Los abrieron rompiéndolos después de matar a la orquesta. Cuando Alicia se puso los tapones, el juego se calló. Sus pasos y los pasos de los enemigos no hacían sonido alguno. La música era no-música. Joshua disparó la pistola de Alicia. Los tiros no borbotearon como antes.

“¿Tú crees que se va a quedar así?”, dijo Joshua.

“Sí”, dijo su padre.

Se cambiaron al nuevo departamento. Ninguno de los amigos de su padre lograron llegar a ayudarlos. Compartieron una botella de Gatorade azul en lo que descargaron la camioneta prestada. Lo primero que hizo el padre de Joshua fue pegar su mapa sobre la puerta corrediza de cristal que formaba su muro oeste, o la mayor parte del mismo. El mapa estaba creciendo. Daba una sombra oscura y un tono tenue sobre la alfombra desnuda, como un moretón. Luego empezó a cubrir el sofá, entonces empujaron éste contra el muro sur. Puso el televisor directamente enfrente y cargó el refrigerador con todo lo que restaba del anterior. Un frasco de mayonesa. Pepinillos. Té Lipton con los saquitos todavía en remojo. Una bolsa de papas. Pan blanco. Dijo su padre, “¿Quieres el sofá o el cuarto?”

Joshua buscó la respuesta en el rostro de su padre. No estaba ahí. Era posible que no hubiera respuesta. Era posible que pudiera decir lo que quería. Dijo, “El sofá”.

Dijo su padre, “Ok”.

Movieron las pesas de su padre al cuarto, junto con su rodillo abdominal todavía empaquetado, su ropa y varias cajas de zapatos, todas cerradas con cinta adhesiva.

Conectaron su juego mientras caía la tarde. El sol brillaba a través del mapa y proyectaba una cuadrícula sobre la cocina y sus caras, y en esa cuadrícula se generó un moretón más radiante, o una niebla, como crayolas derretidas. El rostro del padre de Joshua estaba azul y amarillo por el agua y el ácido venenoso. Las manos de Joshua estaban manchadas de verde y marrón por la zona de plantas. La sala de trono se proyectaba sobre el costado del refrigerador.

Guiaron a Alicia desde la salida de la sala del trono, bajando por una de las puertas que abrió ante el lodo que manchaba su ropa, y luego otras puertas que abrieron otras dolencias. Joshua quiso abrir una bolsa de papas, pero su padre dijo que las deberían guardar para más al rato. En breve encontraron la cámara del corcho de color naranja. El padre de Joshua presionó B y Alicia agarró el corcho. Sacó su pistola tan solemnemente como se puede en píxeles. Embonó el corcho en la pistola y lo empujó fuerte hasta que sólo sobresaliera un poco: una bengala al final.

“¿Ya no dispara?” dijo Joshua.

Su padre negó con la cabeza.

“Está indefensa”.

Su padre asintió con la cabeza.

Su juego llegó a ser un juego de evasión. Alicia aún podía agacharse, brincar. Pasaron el resto de la noche huyendo de enemigos y buscando rutas alternativas: subieron escaleras que antes habían obviado, se escondieron detrás de rocas. Cuando no podían esquivar los monstruos, chocaban directamente con ellos y utilizaron la invulnerabilidad momentánea que esta táctica les dio para escaparse a la siguiente sala, donde lo repetían todo. El padre de Joshua hizo muchas pausas. Le ofrecía el control a su hijo, que siempre rehusaba tomarlo. Ambos sudaban.

Joshua se despertó unas horas después. Sintió su propia baba en la rodilla de la pantalonera de casa de su papá y la limpió.

“Ya te levantaste”, dijo su padre. “Mira lo que encontré”.

“Alicia está en el piso”, dijo Joshua.

“Encontré el cinto de plomo. ¿Ves?”. Era una banda angosta de píxeles en la cintura de Alicia. Se sostenía en sus codos y con las piernas flexionadas. La hebilla del cinto (que no se veía, pero Joshua lo sabía por el manual y por la modalidad de atracción) la empujaba firmemente contra el piso. Éste era el peso que la mantenía abajo. “Esto es lo único que pasa cuando intento atacar”, dijo su padre, y levantó débilmente el brazo de Alicia, gesto que extendía el remanente desafilado de su espada. Parecía ser más un ofrecimiento que una agresión. “Y puede gatear”. La hizo gatear.

“Ya valimos”, dijo Joshua. “Papá, así no vamos a llegar a ningún lado, y todavía necesitamos los lentes de sol”.

“A lo mejor no podemos ganar”, dijo su padre. “Así es la vida también, supongo”.

No les quedó claro cómo podían salir de la cámara.

Después de gatear un rato, descubrieron que había ladrillos en la pared, ladrillos bajos que se podían destruir con la espada desafilada de Alicia. El mundo de su juego estaba agujereado y minado de túneles que eran apenas suficientemente grandes como para atravesarlos gateando. A veces estos túneles eran visibles para los jugadores, pero muchas veces no. Muchas veces los escondían rocas o raíces de árboles, o flujos de lava o agua. La única manera de saber que ella seguía moviéndose era el lento desplazarse de la pantalla. Joshua dijo, “¿De dónde crees que salieron los túneles?”

“Seguro que los hizo el gusano pegajoso”, dijo su padre.

Árboles y sus troncos pasaban de largo. Velas eternamente prendidas. Cavernas y formaciones rocosas. Vieron desde nuevos ángulos lo que ya habían visto. Joshua dibujó los túneles en el mapa, que ya llenaba la mayor parte del papel cuadriculado. Eran líneas negras que hacían espirales hacia el centro del mapa mientras su padre abría paso. Pero había muchos callejones sin salida adentro de los túneles. Padre e hijo supieron que habían chocado contra uno cuando la pantalla dejaba de desplazarse. Y luego volvían sobre sus pasos.

Cuando Joshua se despertó de nuevo, estaba solo en el sofá. Tenía las piernas enredadas en su cobija San Marcos impresa con un lobo solitario y ya no llevaba puestos sus zapatos ni sus calcetines. Se limpió la baba de nariz y mentón. El brazo del sofá estaba encostrado de sus mocos. Entró al baño. El inquilino anterior había dejado una foto enmarcada de Greta Garbo, fumando, en la pared. Había una pequeña pluma de pavorreal en su sombrerito. Se veía feliz.

El padre de Joshua hablaba de los lugares a los que podrían ir de vacaciones. El pueblo de Santa Claus, Indiana, era de los mejores contendientes. Ahí estaba Holiday World, que ahora era un parque acuático también. “La montaña rusa de madera más grande del mundo”, dijo su padre.

“Qué chido”, dijo Joshua.

Resultó que tener “más dinero a nuestra disposición” quería decir pagar los servicios a tiempo.

Padre e hijo experimentaron con una dieta principalmente vegetariana. Los sándwiches de crema de cacahuate y mermelada seguían igual, y también las papas, pero quedaron eliminadas hamburguesas y palitos de pescado, excepto en viernes, noche de ir a Hardee’s. Les alcanzaba para rentar dos videos por semana en Blockbuster. Una siempre era una Película de Papá, clasificación C. Una era una Película de Joshua, clasificación B o menos. Por lo general, la Película de Papá era nueva y venía de las repisas que cubrían las paredes y circundaban las demás. La Película de Joshua venía de las repisas interiores.

A veces el padre de Joshua hablaba con familiares y platicaba sobre la madre de Joshua, aunque fingía que no. Pensaba estar hablando en código. “La reina”, le decía. “La duquesa”. Joshua escuchaba minuciosamente a ver si salía alguna pista sobre dónde estaba, qué andaba haciendo. “(Algo algo) teléfonos públicos”, dijo su padre. “(Algo algo) Atlanta”.

Atlanta era la capital del estado de Georgia. Era una ciudad grande. Esto de ninguna manera era suficiente. Joshua ni siquiera encontraba la forma de salir de La Leyenda del Silencio.

El mapa ya casi estaba terminado. El sol lo proyectaba sobre la mesa de la sala, sobre sus zapatos y sobre la ropa que dejaban desparramada en el piso. Pronto acabarían su juego. Su padre conectó el NES a través del VCR y compró una cinta en blanco para poder grabar el final.

Su padre solía ofrecer sabiduría en momentos extraños. Joshua estaba sentado en el inodoro cuando su padre tocó a la puerta. “Está ocupado”, dijo.

Su padre dijo, “Nunca te resignes a menos de lo que mereces. Pero consigas lo que consigas, entiende que algún día tendrás que renunciar a todo. Prepárate para eso tanto como puedas”.

“Ok”, dijo Joshua.

“Ok”, dijo su padre. “¿Crees que deberías tener una mesada?”

“No creo que te alcance para darme una”.

“Ok”.

Se encontraban cerca del centro del mapa, justo arriba de la sala del trono, cuando encontraron los lentes de sol. Era lo último que necesitaban. El padre de Joshua lo sentó en sus piernas. Puso el control en las manos de Joshua. Joshua presionó B. Alicia se puso los lentes. La pantalla se atenuó. Alicia se acercó gateando al centro del mapa. Mientras gateaba, los colores se disolvieron en negro. Atravesó una puerta, que abrió con la tanta nada que era ya, con su tanto silencio, con todo su gateo. Se cayó por una trampilla hasta lo que antes había sido la sala del trono. Ya no era la sala del trono.

“Está cambiada”, dijo su padre. “Tendré que cambiar el mapa”.

Usaría el marcador permanente negro. La pantalla ya estaba negra.

Apareció un cursor blanco e intermitente en el centro de la pantalla, como en un procesador de textos. Luego de un instante de vacilación, generó un texto blanco y cuadrado.

Estás en el nirvana, dijo. No estás en el nirvana.

Has venido aquí para destruir a tu enemigo. Tu enemigo ha estado esperándote en el nirvana. ¿Está tu enemigo en el nirvana? Sí o no.

“No”, dijo el padre de Joshua. Joshua escogió “No”.

No, dijo el juego. Tu enemigo no está en el nirvana, ni tú tampoco. No hay un tú.

“¿Qué está pasando?” dijo Joshua.

Su padre lo agarró fuerte. Sobó la pancita de Joshua a través de su playera de las Tortugas Ninja.

Podrías perseguir a tu enemigo, dijo el juego. ¿Quieres perseguir a tu enemigo? Sí o no.

“¿Qué opinas?” dijo el padre de Joshua.

“No”, dijo Joshua. “No deberíamos de perseguir a nuestro enemigo”.

“Bien”, dijo el padre de Joshua. Joshua escogió “No”.

No, dijo el juego. No tienes ningún enemigo. No tienes un tú. Ha desaparecido el laberinto. El peso se cae de tu cuerpo. Tu cuerpo se cae de tu alma. Tu alma se cae de tu ausencia. La ausencia no es tuya. ¿Temes? Sí o no.

“¿Tenemos miedo?”, dijo su padre.

“Sí”, dijo Joshua.

Olvidarás el miedo. ¿Amas?”

“Sí”, dijo su padre.

“Sí”, dijo Joshua.

Olvidarás el amor.

Felicidades. Ganaste”.

“¿Final del juego?”, dijo Joshua.

“Eso parece”.

Su padre lo abrazó fuerte. Joshua se preguntó qué harían ahora. La necesidad que sintió era como esas veces que pisaba una astilla de cristal, y su madre le jalaba la piel con sus pinzas, y las presionaba hacia adentro hasta encontrar el cristal. Era como cuando le dijo a Joshua que se alistara, que sujetara la mano de su padre. Apretando los dientes, cerrando los ojos, esperaba.

—Traducido por Robin Myers


Autores
es escritor. Colabora para Noemi Press editando relatos de ficción. Coedita la revista Uncanny Valley. Su cuento “Navigators”, incluido en este número, apareció en The Best American Short Stories 2012 . Vive y trabaja en Iowa City, con su esposa y una gata llamada Molly. Su novela Fat Man and Little Boy, aparecerá en Black Balloon Publishing en 2014.
(Nueva York, 1987) poeta y traductora, vino a México por primera vez a los nueve años, luego volvió para vivir en Oaxaca en 2005 y 2008. Licenciada en Letras Inglesas por parte del Swarthmore College (Pennsylvania), Robin dedica gran parte de su tiempo a la traducción de poesía hispanoamericana. Publicó por vez primera un poema suyo en The Kenyon Review. Ahora vive y trabaja en la Ciudad de México.
Adair Vigil

somos la misma planta

y no se tocan

sino nuestras raíces.

Pablo Neruda, en Serenata de México

Hace tiempo que disfruto enormemente de las búsquedas que se plantean algunos artistas visuales en sus límites disciplinarios. En este camino me he encontrado con el trabajo de Adair Vigil quien, con ojo muy cuidado, captura una idea y busca expandirla hacia otro rumbo, distinto al convencional, para la gráfica. Este joven artista saltillense con pensamientos firmes ha hilvanado metáfora y concepto en su disciplina a fuerza de ir cortando.

Vigil se formó como chef y después como artista visual atraído por el grabado. Inició su proceso de apertura gráfica en el principio de cavar (un eco de “atacar”) la placa con dibujo; llevar la marca-herida-hendidura, presente en la matriz, como principio, a otro sentido. Con ello deja atrás el ortodoxo entendimiento de que la gráfica es únicamente impresión sobre papel. Con su serie Herbarios comienza esa expansión. Su punto de partida son los libros ilustrados que emplearon la gráfica para extender sus alcances; recogieron y divulgaron, desde el siglo XV, información crítica sobre el lugar de recolección, nombres de especies, usos y todo el corpus de estudio y enseñanza de la botánica. De esta manera transgrede la usanza de la gráfica y la expande hacia fuera de sí misma: reúne libretas, cuadernos, libros, blocks de papel antiguos y los interviene: recorta en ellos formas vegetales y perfila variedades de su localidad que se prodigan en aceras, camellones o terrenos baldíos, y las desdobla hacia fuera de su propio soporte.

Visualmente el trabajo de Adair tiene una resonancia con la técnica francesa del découpage en la que la habilidad manual en la destreza de recorte o sobreposición de papeles, para crear decoraciones o manualidades, es muy valorada. Mas la serie de Herbarios es notable por su atractiva destreza retiniana y su giro conceptual en el territorio de la gráfica. En palabras del artista: “La conexión de este trabajo a la escena del papel recortado es más por la línea del popular papel picado, tradición mexicana, que tiene un doble origen, desde Mesoamérica con el amate recortado y desde la colonia, en deriva transcultural de la técnica japonesa del kirigami (papel recortado sin dibujo previo).

Otro ejercicio que emplea Vigil, a veces, es el juego entre la apariencia y la esencia en el espacio público, entrevera plantas recortadas en papel con plantas vivas, como propiciando el encuentro vegetal cara a cara de la celulosa, en forma procesada (las hojas de los cuadernos) y en forma natural (las hojas de las plantas). Así, plantea en el concepto de cédula de identificación o des-identidad, lo que nos distingue o desacredita ante los sistemas institucionalizados donde todos damos lo mismo. Las hojas naturales o manufacturadas pueden ser principio y estrategia de camuflaje para que, de otro modo, seamos semejantes y entonces escalemos más allá de la apariencia.

Lo anterior es el principio de las intervenciones sobre pasaportes. Adair deja que el azar le proponga nuevas rutas, porque los pasaportes llegaron a su estudio sin plan previo, como donaciones de un amigo que supo de su interés por libretas “especiales” y le acercó una treintena de documentos ya vencidos y sin usar –curiosa encarnación humana de la legalidad de nuestra identidad con vigencia– y acometió con la navaja: cortando formas de plantas, distintas en cada documento. Aquí la filigrana del corte extiende su intención inicial y explora otras maneras de expander el proceso inherente de la gráfica, de repetición, multiplicidad, incisión, huella y memoria. Casi a manera de homenaje, cada hoja del cuadernillo se extiende hacia fuera de sus bordes, cual doble metáfora. Como ese viaje que los ahora carentes de los documentos, nunca pudieron realizar y como la posibilidad de crecer, del florecimiento que se da con cada experiencia y travesía, que en estos objetos son una forma evidente de la negación de su principio de ser: un fin nunca cumplido.

En el andar de estos trabajos se traza otra ruta expresiva, y en el rubro de la gráfica en acción, se inscribe la obra Línea en la línea: en su reciente viaje a Tijuana, Adair marca la materialización del espacio emblemático de la frontera entre el territorio mexicano y el estadounidense. Hace el registro de la vegetación endémica que emerge sobre la reja, registra la sombra de las ramas, troncos y hojas de las plantas que crecen ahí, que tienen sus frondas y raíces fuera de la construcción geopolítica que divide una versión del mundo, siguiendo el dictado de la naturaleza. Cesura de Neruda, la obra de Vigil nos reconecta con el espacio del origen, rizoma que nos hace pensar sobre la pertenencia y la expansión de nuestros límites y nos conduce a la única raíz comunitaria: el pulso de nuestras acciones en sintonía con el universo que nos contiene en su infinito follaje.

Guadalajara, noviembre 2013.

Águila o sol

Recuerdo que cierta forma del arte me interesó desde la infancia. Tiene que ver con el ejercicio del frottage, cuando frotaba con un crayón el papel sobre una moneda y aparecía una imagen. Eso me impresionó mucho.

Alumno libre

En el año dos mil me acerqué a la escuela de artes plásticas como alumno libre en los talleres de gráfica y serigrafía (antes que al grabado en cobre o xilografía). Tenía diecisiete años. Me gustaba experimentar, comprar la madera, buscar químicos que no eran los que se utilizaban convencionalmente, imprimir sobre distintos tipos de papel: de algodón, papeles reciclados, revistas, folletos, lo que tenía a la mano. Luego de mi etapa de oyente entré a la carrera de diseño gráfico en la Escuela de Artes Plásticas de la Universidad Autónoma de Coahuila, donde uno salía como maestro o instructor. Estuve sólo dos años y después me fui a Monterrey, donde estudié gastronomía.

El cuchillo es un puente

No sabría decir si hay relación entre la gastronomía y mi trabajo artístico. Es la creatividad como ejercicio: inventar un platillo es lo mismo que crear una escultura, una pintura, una obra; hay una serie de elementos a partir de los cuales uno debe componer. Más allá de la relación que existe entre ambas cosas, las concibo conectadas desde el corte, las herramientas afiladas que inciden. Lo mismo si es en cobre o en madera, con la incisión surgieron las primeras xilografías, atacadas por el cuchillo antes de que existieran los buriles.

Ciclo de celulosa

Busco la conexión entre el contenido y el contenedor de la obra. El papel ha sido un elemento fundamental de la gráfica y es de celulosa, a su vez la celulosa viene de las plantas y así se cierra el círculo. Como serigrafista, buscando algunas técnicas en la gráfica, me di cuenta de que podía hacer bloqueos a partir de cortes: dibujar sobre el vinil y recortar para obtener un esténcil.

Explorar las aceras

Mi obra es un diálogo interdisciplinario que me remonta a mi infancia. Crecí en una familia de médicos herbolarios y desde que tenía cinco años aprendí a recoger muestras de plantas para diversos tratamientos. Es una forma entrañable de regresar a esa época cuestionándome desde mi propia disciplina y sus principios: visión, matriz, reproductibilidad. Es una investigación personal en la que busco contenidos coherentes con lo que hemos tenido siempre a la mano. Voltear y ver que todo eso está ahí afuera, en el jardín, en la flora urbana de la calle. Especies con rasgos característicos, condiciones de humedad, de sol, de vida. Tomo muestras, fotografías, las clasifico, las determino. Tengo una amplia librería de esos hallazgos. Hay esa estética de la botánica en la que juego a que voy de expedición. Pienso mi trabajo en series, en especies qué catalogar agrupadamente. Mi idea siempre es de conjunto.

Acervo herbario

Me interesa la historia de la gráfica en los herbarios que se hicieron desde el siglo XV; la cartografía, la gráfica que generan, por ejemplo, los electrocardiogramas. Entre los libros clásicos sobre el tema están el Dioscórides de Andrés Laguna y la Historia del herbario impreso de Agnes Arber, que me gustan mucho. Mis investigaciones me han llevado a diversas bibliotecas y acervos donde seguir ampliando el conocimiento. En Coahuila está la Universidad Autónoma Agraria y me parece curioso que precisamente ahí, luego de tantas vueltas, me haya encontrado con un ejemplar del Agnes.

Cuando viajas, floreces

He estado en diversas exposiciones colectivas, pero tuve mi primera individual en febrero de 2012 en la Escuela de Artes de Saltillo. En marzo de 2014 tengo una exposición individual en la Casa de Cultura de Tlalpan –que tiene unos jardines enormes–; en mayo tendré otra en Tijuana y en octubre una más en Oaxaca. Participé en el Festival Entijuanarte, una gran exposición de trabajos colectivos en un stand abierto donde la gente preguntaba qué significa la obra y hay lecturas diversas ante la serie de pasaportes recortados. Una de las lecturas que más me llamó la atención fue la de una persona que anotó “claro, se trata del viaje: cuando viajas creces y si creces, floreces”.

 

Intersticio y destino

Curso en Saltillo el Diplomado para la Profesionalización en Prácticas de Arte Contemporáneo. Mi estudio es un departamento en un edificio de despachos. Es un espacio para el dibujo, no muy amplio pero iluminado, con vista al poniente, donde tengo lo necesario para trabajar todas las tardes de lunes a sábado. No sé si hay relación entre mi obra y mi vida cotidiana. Pienso en las especies que llamamos maleza: crecen en los intersticios urbanos, se abren paso a pesar de las condiciones adversas o poco favorables para la vida. Crecen, sin embargo crecen, a veces de forma desmesurada. Imagino eso como una condición social o humana.~

 

Palabras recogidas por LMA


Autores
nacido en agosto de 1985 en Saltillo, Coahuila. Egresó de la Escuela de Artes Plásticas Rubén Herrera de la Universidad Autónoma de Coahuila. Partiendo de los principios de la gráfica: línea, multiplicidad, reproducción, matriz y soporte, Adair trabaja en la búsqueda de formas de expansión de dicha disciplina como cuerpo de un statement.
es artista, curadora, docente y escritora de arte y procesos culturales. También es arquitecta, licenciada en Historia del Arte y maestra en Educación. Ha realizado la curaduría de más de 80 exhibiciones en México, EUA, Argentina y España. Actualmente es curadora de la Fundación Benjamín Serrano A.C. y del programa “Prosapias y Genealogías, Arte Contemporáneo Textil”, en el Museo Textil de Oaxaca; la exposición que prepara actualmente, “Yo soy el Otro, fibras y coloraciones”, se exhibirá en diciembre de este año.

Águila o sol

Recuerdo que cierta forma del arte me interesó desde la infancia. Tiene que ver con el ejercicio del frottage, cuando frotaba con un crayón el papel sobre una moneda y aparecía una imagen. Eso me impresionó mucho.

Alumno libre

En el año dos mil me acerqué a la escuela de artes plásticas como alumno libre en los talleres de gráfica y serigrafía (antes que al grabado en cobre o xilografía). Tenía diecisiete años. Me gustaba experimentar, comprar la madera, buscar químicos que no eran los que se utilizaban convencionalmente, imprimir sobre distintos tipos de papel: de algodón, papeles reciclados, revistas, folletos, lo que tenía a la mano. Luego de mi etapa de oyente entré a la carrera de diseño gráfico en la Escuela de Artes Plásticas de la Universidad Autónoma de Coahuila, donde uno salía como maestro o instructor. Estuve sólo dos años y después me fui a Monterrey, donde estudié gastronomía.

El cuchillo es un puente

No sabría decir si hay relación entre la gastronomía y mi trabajo artístico. Es la creatividad como ejercicio: inventar un platillo es lo mismo que crear una escultura, una pintura, una obra; hay una serie de elementos a partir de los cuales uno debe componer. Más allá de la relación que existe entre ambas cosas, las concibo conectadas desde el corte, las herramientas afiladas que inciden. Lo mismo si es en cobre o en madera, con la incisión surgieron las primeras xilografías, atacadas por el cuchillo antes de que existieran los buriles.

Ciclo de celulosa

Busco la conexión entre el contenido y el contenedor de la obra. El papel ha sido un elemento fundamental de la gráfica y es de celulosa, a su vez la celulosa viene de las plantas y así se cierra el círculo. Como serigrafista, buscando algunas técnicas en la gráfica, me di cuenta de que podía hacer bloqueos a partir de cortes: dibujar sobre el vinil y recortar para obtener un esténcil.

Explorar las aceras

Mi obra es un diálogo interdisciplinario que me remonta a mi infancia. Crecí en una familia de médicos herbolarios y desde que tenía cinco años aprendí a recoger muestras de plantas para diversos tratamientos. Es una forma entrañable de regresar a esa época cuestionándome desde mi propia disciplina y sus principios: visión, matriz, reproductibilidad. Es una investigación personal en la que busco contenidos coherentes con lo que hemos tenido siempre a la mano. Voltear y ver que todo eso está ahí afuera, en el jardín, en la flora urbana de la calle. Especies con rasgos característicos, condiciones de humedad, de sol, de vida. Tomo muestras, fotografías, las clasifico, las determino. Tengo una amplia librería de esos hallazgos. Hay esa estética de la botánica en la que juego a que voy de expedición. Pienso mi trabajo en series, en especies qué catalogar agrupadamente. Mi idea siempre es de conjunto.

Acervo herbario

Me interesa la historia de la gráfica en los herbarios que se hicieron desde el siglo XV; la cartografía, la gráfica que generan, por ejemplo, los electrocardiogramas. Entre los libros clásicos sobre el tema están el Dioscórides de Andrés Laguna y la Historia del herbario impreso de Agnes Arber, que me gustan mucho. Mis investigaciones me han llevado a diversas bibliotecas y acervos donde seguir ampliando el conocimiento. En Coahuila está la Universidad Autónoma Agraria y me parece curioso que precisamente ahí, luego de tantas vueltas, me haya encontrado con un ejemplar del Agnes.

Cuando viajas, floreces

He estado en diversas exposiciones colectivas, pero tuve mi primera individual en febrero de 2012 en la Escuela de Artes de Saltillo. En marzo de 2014 tengo una exposición individual en la Casa de Cultura de Tlalpan –que tiene unos jardines enormes–; en mayo tendré otra en Tijuana y en octubre una más en Oaxaca. Participé en el Festival Entijuanarte, una gran exposición de trabajos colectivos en un stand abierto donde la gente preguntaba qué significa la obra y hay lecturas diversas ante la serie de pasaportes recortados. Una de las lecturas que más me llamó la atención fue la de una persona que anotó “claro, se trata del viaje: cuando viajas creces y si creces, floreces”.

 

Intersticio y destino

Curso en Saltillo el Diplomado para la Profesionalización en Prácticas de Arte Contemporáneo. Mi estudio es un departamento en un edificio de despachos. Es un espacio para el dibujo, no muy amplio pero iluminado, con vista al poniente, donde tengo lo necesario para trabajar todas las tardes de lunes a sábado. No sé si hay relación entre mi obra y mi vida cotidiana. Pienso en las especies que llamamos maleza: crecen en los intersticios urbanos, se abren paso a pesar de las condiciones adversas o poco favorables para la vida. Crecen, sin embargo crecen, a veces de forma desmesurada. Imagino eso como una condición social o humana.~

 

Palabras recogidas por LMA


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.

De los grandes narradores israelitas contemporáneos, Yoram Kaniuk es uno de los menos conocidos en México. Es lógico. Es raro encontrar en español traducciones de su obra directas del hebreo. Sólo en años recientes han aparecido a nuestra lengua algunos de sus libros —El buen árabe (Ediciones Versal, 2004); El hombre perro (Libros del Asteroide, 2007); Wasserman: historia de un perro (Siruela/Fondo de Cultura Económica, 2008); 1948 (Libros del Asteroide, 2012)— y sólo uno de ellos ha tenido una circulación más o menos amplia entre nosotros. Pero su obra es vasta —conformada por más de treinta libros, e innumerables artículos dispersos en periódicos de Israel— y su renombre en otros países —en especial los de lengua inglesa— es grande.[1] (Gracias, digámoslo entre paréntesis, a la fortuna de contar con traductores como la políglota norteamericana Barbara Harshav, espléndida recreadora de poesía y de prosa.) La noticia de su muerte, ocurrida el 8 de junio de este año, tuvo gran resonancia en la prensa de ese idioma, y contribuyó a que la de lengua española se ocupara, así fuera de rebote, en hablar un poco de su obra y esbozar un retrato suyo. Empezaremos a conocerlo al final de su vida.

Yoram Kaniuk nació el 2 de mayo de 1930 en Tel Aviv, en el seno de una familia de origen ruso que emigró a Palestina en 1909, justo el año en que Tel Aviv se fundó, y su vida está entrañablemente ligada a la historia moderna de Israel. A los 17 años de edad se integró a un grupo militar de élite, y en 1948 luchó por la independencia de su país, así como en la guerra árabe-isarelí que tuvo lugar inmediatamente después. En ésta fue herido y pudo haber muerto, pero, misteriosamente, el hombre que le acribilló las piernas, teniéndolo a tiro a sólo unos metros de distancia, le perdonó la vida.

La vida de Kaniuk tiene tintes de leyenda que él mismo se encarga de acentuar en Life on Sandpaper, su autobiografía, publicada en 2003.

Kaniuk sabe muy bien que la memoria es una invención, que describe el pasado no como fue sino como quisiéramos que hubiese sido. “Es como el alcohol”, ha dicho, “nos embriaga y nos engaña”. Sabe que sólo el historiador intenta ser fidedigno. Y que lo consigue sólo hasta cierto punto. Como él mismo supo verlo, escribió sus memorias no para decir quién fue, sino para tratar de saber quién era al momento de redactarlas.

En Life on Sandpaper vemos a Kaniuk, recuperado de sus heridas, emigrar a París, y luego a Nueva York para tratar de hacerse de un nombre como pintor expresionista en la década de los 50, cuando la mayoría de los pintores norteamericanos cultiva el arte abstracto. Allí se asienta en Greenwich Village y hace migas con numerosos artistas, entre ellos dos figuras totémicas del jazz: Charlie Parker y Billie Holiday, a la que presume haber besado. Y narra, también un improbable (por alucinante) viaje a México, en cuyo transcurso vio murales de Rivera y de Siqueiros y supuestamente comió hongos y peyote y un puñado de campesinos quiso comprarle a la blanca mujer que lo acompañaba pagándole con una cabeza de cerdo y otras menudencias animales.

Quizá lo más interesante es que Kaniuk volvió a Israel en 1961 y se convirtió en un acérrimo crítico del estado que él contribuyó a fundar. Fue así como lo capturó Susan Sontag en Promised Lands, el notable documental que ella realizó en 1974 a propósito del conflicto árabe-isaraelí tras la guerra del Yom Kippur.

Ya entonces Kaniuk era tal como habría de definirlo la prensa internacional por el resto de su vida: un hombre de izquierda, laicista convencido en un estado cuya identidad emana de su religión, alerta y crítico siempre, un defensor de los derechos de los palestinos frente a una Israel que —como él solía decir— abandona sus raíces socialistas por una cultura consumista a la usanza norteamericana.

Pero crítica no quiere decir desamor. Pocos autores tan fervientemente enamorados de su patria como Yoram Kaniuk, quien a pesar de su acendrado pesimismo y de la alternativa de vivir en muchas otras partes nunca quiso residir en ningún otro país más que Israel.

La roca fundacional, como siempre lo supo —lo explica en el breve ensayo que ahora presentamos— fue el hebreo. Como muy pocos, Kaniuk contribuyó a cultivarlo.

 


[1] Hay que mencionar que uno de los mayores reconocimientos que Kaniuk tuvo en vida fue la celebración del simposio internacional “El mundo y la obra de Yoram Kaniuk”, realizado entre el 29 y el 41 de marzo de 2006 en el Magdalene College de Cambridge.

 

 

 

 


Autores
escribe narrativa, poesía y teatro. Su publicación más reciente es Estación Faulkner (AUIEO/CONACULTA: 2013). Actualmente imparte talleres de escritura creativa y es profesor de asignatura del ITESM Campus ciudad de México.
Rojo. Isidro R. Esquivel

Hubiese sido sencillo detener la descomunal puerta giratoria del banco en el momento preciso: machucarse una mano en el incesante torbellino de cristales limpísimos y primarios, atizar la prisa y, en un chispazo de feliz suerte de ésos que pasan a los libros como un pilar de proporciones faraónicas, cambiar el flujo del mundo. Mejor: atajar al mínimo hombrecito simiesco que corría intempestivo por la acera arrastrando el portafolios titánico y meneando las carpetas como taparrabos, arrojarlo al suelo y quitárselo todo antes de que siquiera tocase la puerta. Arrancarle las gafas a fuste en la esquina previa al banco, hincarlo por el bigote, bufarle el peluquín a una hoguera, crucificarle el saco en un poste, meterle el pie justo cuando bajaba del taxi, arrollarlo con un autobús escolar. Hubiese sido tan sencillo y sin embargo nadie lo hizo. Nadie impidió que Jasón Estavillo cambiara para siempre la historia y su corriente. Y ahora todo está hecho.

Es comprensible. En un banco cualquiera, a las doce de un día de quincena, la capacidad de pensar en la trascendencia es inversamente proporcional a la cantidad de operaciones urgentes. De tal forma que nadie notó siquiera al hombrecito de grandísimos pantalones formándose en la fila de trámites para personas físicas; resulta tan abrumador el peso de las cuentas del teléfono y la luz frente a la inminente catástrofe. Durante nada menos que dos horas el hombrecito de bigote espantado y pesadísimas gafas estuvo tranquilamente de pie en medio de la turba formada para expedir y cobrar cheques, exenta de lo que sucedería al final (esto es un decir, lo tenemos claro) de todo. Perdió su turno tres veces: primero por cederle involuntariamente el lugar a una anciana; luego cuando sus múltiples cargamentos se derramaron en el suelo; finalmente porque la ejecutiva del banco a la que le hubiese correspondido atenderlo salió a comer antes de tiempo (una muletilla, disculpen). Hasta el cuarto intento nuestro hombrecito se apresuró, cargando como dolmen su portafolio y sus escrituras dudosas, al escritorio del ejecutivo más joven del banco.

Jasón Estavillo lo arruinaría todo para todos y para siempre. Pero con tantas tarjetas de crédito e hipotecas nadie lo sabía. Sólo yo.

El joven ejecutivo había tenido una mañana holocáustica. Con apenas tres meses en el empleo, su jefe amenazó correrlo tras descubrirlo dormitando en la bóveda. Los regaños por las larguísimas horas de comida y contemplaciones somnolientas habían llegado a una crisis bélica y, a menos que lograra cerrar un trato con un cliente lo suficientemente jugoso o estúpido, tendría que liberar el escritorio que mantenía inexplicablemente lleno de una tremenda cantidad de papeles cuya utilidad nadie en el banco lograba descifrar. Cuando vio al torpe hombrecito acercársele pazguato, no pudo más que aupar los ojos, como rezándole sin mucha fe a los dioses de todas las eras para que la evidente falta de jugo se compensara con alguna estupidez.

—Buenas tardes, joven—dijo apurándose las gafas y jadeando, mientras acomodaba el portafolios con paciencia de amanuense medieval—. Vengo a pedir un préstamo. Digo, a abrir una cuenta. Y a pedir un préstamo, si me hace favor.

El ejecutivo suspiró sin disimulo, alejando de su rostro el polvo pardo que el hombrecito había hecho tolvanera a la hora de sentarse. Otro pobre diablo que tenía que pagar la hipoteca en otro banco y pensaba girar el mundo al revés para reptar por el sistema financiero sin ser visto; otro que había prometido una bacanal de quince años a su hija. Ni siquiera hizo las preguntas de rigor o indagó el historial crediticio. Supo que ese hombrecito sería el último cliente que jamás atendería y que ante esa catástrofe el único protocolo era el absoluto cinismo.

—Dígame, señor, ¿de cuánto dinero estamos hablando?

—¿En el préstamo?

—No, en la cueva de Alí Babá…

—Quiero un millón doscientos treinta y dos mil un pesos—dijo el hombrecito sin el menor temblor–; además de eso tengo tres millones setecientos sesenta y siete mil novecientos noventa y nueve pesos —y le mostró al ejecutivo un estado de cuenta con un saldo astronómico–. Así que en realidad quiero una cuenta. De cinco millones, ni más ni menos.

El ejecutivo soltó una carcajada que por un momento detuvo todas las transacciones del banco y, de algún modo, el tiempo.

—Señor –dijo el ejecutivo aún secándose una lágrima–, usted sabe que el banco no puede prestarle dinero para pagarle a los apostadores que lo persiguen, ¿cierto? Tampoco vamos a ayudarle a rescatar su empresa fraudulenta. Vaya, no podemos ni siquiera ayudarlo si su mujer está secuestrada: esto es un banco, no el Caballo de Troya…

El hombrecito se petrificó por primera vez en un mes: desde la mañana en que apareció la clarísima idea que finalmente lo llevó al banco esa tarde había estado tan seguro de todo, tan homéricamente determinado, que nunca consideró que quizá a otros les resultaría medianamente complicado entender lo que traía entre manos.

En realidad no tenía por qué preocuparse: Jasón Estavillo estaba a punto de terminarlo todo para él y para su interlocutor y para todos. Como dicen: alea jacta est. Totus perfectus.

—Disculpe, joven, me parece que no entiende. Me he adelantado; permítame…

Se zambulló en el portafolio y extrajo una borrosa fotografía en blanco y negro. La acercó al joven ejecutivo, que apenas pudo distinguir la escena: al fondo había un puerto y un barco, ya fantasmas; en primer plano un hombre saludaba por lo alto con un sombrero y una mujer se detenía las enaguas de lo que parecía un vendaval imparable. Entre ellos y el barco una multitud gris y turbia se compactaba en una serie de largas filas o en una sola, infinita y nebulosa hilera. El hombrecito señaló frenético un punto de la foto.

—¿Lo ve? Esta foto es del día que mis abuelos llegaron a México, en 1909. Lleva muchas décadas en mi casa. Mire bien, mire aquí. ¿Lo ve?

El ejecutivo hizo un esfuerzo que casi pareció honesto por ver lo que el hombrecito señalaba: en medio de la gente un rostro, no menos vaporoso que el resto: un bombín ocultando parcialmente unas pesadas gafas dispuestas sobre un bigote espantado.

—No me va a decir que quiere el préstamo para comprar un barco…

—Mírelo bien, joven: ese hombre está mirando directamente a la cámara.

—Sí, bueno… no puede saberse qué está mirando… Casi no alcanza a…

—¡Por favor! Mírelo bien, imagine que está frente a él; mire esa sonrisa, para nada espontánea. Es como si llevara mucho esperando ese momento, ¿no le parece? Como si supiera que en ese instante justo se haría una foto. Mejor: como si supiera que en ese instante justo se haría una foto que quedaría en una familia por varias generaciones. Mire: incluso se toca el sombrero, como saludando. Ya le digo: es algo que yo haría, tocarme el sombrero, no para saludar, sino para dejar un mensaje de algún tipo. ¿No lo haría usted? Sé que yo lo haría…

El ejecutivo arqueó los ojos y se acercó la foto, ya de mal humor: para notar lo que el hombrecito decía había que ser condescendiente, inventar esa sonrisa y ese gesto, darlo por bueno como si fuera un hecho histórico.

—Y se parece a mí ese hombre, un poco más viejo, quizá. Pero podría ser yo, ¿no cree?

—Lo que creo es que me está haciendo perder el tiempo.

—Verá: un día limpiando el clóset de las cosas inútiles me encontré la foto y entonces lo supe.

—¿Supo que tenía demasiado tiempo libre y que quería defraudar al banco?

—Supe que tenía que pedir este préstamo. Y abrir una cuenta. Fue la última evidencia.

—¿La última evidencia de qué, viejo terco? ¿De que necesita cinco millones de pesos para internarse en el manicomio?

El hombrecito le arrebató la foto al ejecutivo y le encajó un reojo punzante. Del alud de carpetas y papeles desenterró un libro de lomo desnudo e impresiones de colores precámbricos, y lo hojeó con rabia hasta una página cuya orografía evidenciaba demasiadas consultas. Azotó el enorme tomo sobre el escritorio y algunos de los que esperaban en la larguísima fila del banco se sobresaltaron; yo miré a Jasón Estavillo con la ternura de quien mira a un presidente o un tirano abordar el auto que lo llevará a la muerte, y recordé aquel pasaje con claridad escolar: en la fotografía de una ruina romana largamente tendida sobre la enciclopedia, el hombrecito golpeó con el dedo volcánico un muro que todavía conservaba un recubrimiento de estuco en el que aún se multiplicaban unas letras deslavadas, escritas allí antes de que las cenizas derribaran ciudades por la ira de cualquier dios. Se aseguró de que el ejecutivo las viera tan claro como puede permitir el desgaste.

—¿Ya? Ahora mire esto:

En una de las hojas desordenadas que el ejecutivo guardaba celosamente sin que nadie en el banco entendiera por qué, el hombrecito se puso a escribir.

—¿No le parece que la caligrafía del muro en la foto es idéntica a la mía? Mire, mire bien.

—¿Eso qué tiene que…?

—¡Además! ¿Sabe qué dice allí? Dice: “meum tempus, qui tot taedia tenet”. ¡Y mire cuántas veces está repetido! ¿Y sabe eso qué significa? Mire la enciclopedia, aquí: “Mi tiempo, que tantos tedios soporta”. Debí sospecharlo desde que encontré esto, pero usted sabe…

—¿Sospechar qué, viejo loco? ¿De qué está hablando?

—Mire, dadas las circunstancias, escribir veinte mil veces esa frase en los muros de una ciudad antigua tiene mucho sentido, ¿no cree? Un hombre solitario como yo, que siempre he tenido un trabajo horrible, lograr eso… ¡Lograr esto, caramba!

—Señor, esto no es un consultorio psiquiátrico. Le voy a pedir que…

—¡Es que siempre fue evidente! Mire…

Desenrolló un grabado alemán del siglo XVI (según él, original; yo sé que no era más que una copia barata) que en la parte de abajo mencionaba el nombre del hombrecito, tan inusual. Luego expuso la postal que un amigo largamente perdido le mandó una vez hace mucho desde un templo egipcio, donde se veía que uno de los jeroglíficos era casi idéntico a la firma del hombrecito, como podía demostrarse allí mismo, bastaba firmar el contrato para el préstamo. Después, en un tabloide en cuya portada figuraba un plato volador, la foto aérea de unas extensísimas líneas de roca dispuestas sobre algún desierto mostraban la figura rupestre de un cazador arcaico, sí, pero con bigote y lentes. Con cada evidencia que el hombrecito blandía para asegurarse el préstamo, el ejecutivo iba deseando más que lo corrieran de inmediato, que todo quedara en el pasado, que no se repitiera nunca más.

—¿Ha escuchado usted de esas maquinarias sofisticadísimas que llevan miles de años  inexplicablemente engarzadas en una roca china o de esos retablos prehispánicos en los que parece estar dibujado un teléfono móvil? Pregúntele a mi ex esposa: soy experto en dejar las llaves en el refrigerador. Olvidar el coche en la primera Antiquitera o la cámara en el esplendor de Palenque suena a algo que seguramente yo haría, sobre todo dentro de unos años…

—Señor —el ejecutivo apretó los puños, dispuesto a renunciar por sí mismo—, dígame de una buena vez qué quiere decir o me veré en la penosa necesidad de romperle la cara.

—¿No lo ve, joven? Es evidente. Yo soy el primer viajero del tiempo de la historia. O lo seré, si usted me concede un préstamo por un millón doscientos treinta y dos mil un pesos. Y si me abre una cuenta, por favor.

El ejecutivo arrugó sus papeles y como queriendo matar a un mamut miró al hombrecito, que lo contempló como quien encuentra una revelación en los astros. La historia posterior (o anterior) dirá que en ese vértigo Jasón Estavillo terminó de comprender: que repasó con la mirada el banco y no pudo ver el final ni el principio de la fila que, serpenteando entre las paredes enmarmoladas para depositar la nómina o cobrar un adeudo, parecía provenir de la quincena pasada y desembocar en una procesión medieval o en la hilera del cohete que nos llevará un día a devorar otro planeta. Que supo que su plan era inevitable porque en la fila infinita que es el tiempo incluso está previsto el hombre que terminará colándose. Que miró a su interlocutor, a quien el tiempo y sus caprichos le habían concedido el lugar que llega un minuto después del cierre de la ventanilla. Que Jasón Estavillo vio a una mujer arrebatándole su sitio en la fila a un anciano distraído y sintió que eso llevaba muchísimo tiempo previsto. La historia dirá, pues, que tanto Jasón Estavillo como su interlocutor entendieron que hay algo más allá de la muerte o un nirvana o una fuerza o un gran becerro de oro.

Quisiera corregir esa noción popular. Se miraron, sí, pero como los primeros cavernícolas que se hallaron a la misma distancia de un fuego sorpresivo: como simios asustados.

—Señor –esta vez el ejecutivo utilizó un tono mucho más amable–, todos saben que viajar en el tiempo es imposible.

El hombrecito soltó una carcajada que por un momento detuvo todas las transacciones del banco y, de algún modo, el tiempo.

—Joven, por favor. ¿Qué es más lógico? ¿Que toda la historia del universo se haya sucedido para que un hombre idéntico a mí estuviera precisamente en la única foto que conservo de mis abuelos, o que yo haya viajado hasta allá para anunciarme que hay grandes cosas por venir? ¿Que un romano se haya puesto frenéticamente filosófico o que yo haya dejado evidencia en la única pared que, ahora lo sé, sobrevive entera de esa ruina y esa era? ¿Usted cree que el universo y el tiempo son una comedia de situaciones? No me va a decir que usted, tan entero, tan banquero, tan sarcástico, cree en las coincidencias…

—Tiene razón: no creo en las coincidencias… —confesó el ejecutivo, apretando su montón de desordenados papeles contra el pecho, con la vista clavada más allá del suelo, en algún fósil aún por descubrir.

—Bien. Entonces extiéndame un préstamo por un millón doscientos treinta y dos mil un pesos. Y ábrame una cuenta. Si me hace favor.

—Con gusto, señor… Sólo… bueno, si me lo permite… quisiera preguntarle, mera curiosidad: ¿cómo piensa viajar en el tiempo? ¿Utilizará una máquina cuyo secreto mecanismo le fue revelado en sueños? ¿Encontró un agujero de gusano en algún punto insospechado de su casa? ¿Descubrió un método subatómico para viajar a la velocidad de la luz?

El hombrecito miró al ejecutivo con curiosidad reptil.

—No tengo idea.

—Pero…

—Verá, joven: en el último mes vendí todo. Exigí una jugosa liquidación de la empresa que me despidió por fantasear en el trabajo. Dentro de menos de tres soles horas tendré cinco millones de pesos esperando para que los utilice en el descubrimiento del método correcto. Sé lo importante: estaré en la fila larguísima detrás de mis abuelos, hace varias generaciones, mandándome una señal; escribiré hace siglos en una ciudad romana todavía bullendo; conoceré a un artista alemán largamente muerto y firmaré en los inicios de esta civilización un templo prohibido. ¿No le parece que conocer el modo en que lo haré fue irrelevante? ¿No le parece que todo está hecho?

Ahí estaba: mi línea de entrada. Las palabras que nos han dado patria: “Todo está hecho”; “Totus perfectus” (que algunos fascistas han querido confundir con “Totus perfectum”); las palabras que nos permitieron abandonar la fila consecutiva y liberarnos del yugo del caprichoso tiempo. Las que inauguraron una era de absoluta claridad, donde todos los motivos y causas son ciertos como la fe primera del dios sol. Donde estamos presos en certezas absolutas, repeticiones ineludibles: una hilera donde incluso los disidentes tenemos un sitio probado que vendrá a encontrarnos como el leproso al santo. Fila de fotografías fantasmagóricas que se vuelven profecía inevitable. Como ésta.

Como estaba designado, me puse la capucha y corté cartucho. Grité lo que he gritado desde siempre. Disparé al aire varias veces; disparé a una cabeza particular y volaron el peluquín y las pesadas gafas ensangrentadas. Se hizo el caos; alcancé a ver al ejecutivo tomar sus papeles y arrastrarse hacia la puerta; como estaba previsto, lo permití. Tomé la bolsa y huí. Podría decirse que huí en procesión.

Di vuelta en la callejuela que marcan los libros. Al fondo, recargado contra un muro rayado con una sentencia escrita por otro como yo, el ejecutivo jadeaba. Me acerqué y le extendí la bolsa:

—¿Jasón Estavillo? Esto es suyo. Es un regalo de quienes le debemos la patria sin tiempo —y luego repetí mecánicamente lo que estaba pronosticado—: todo está hecho.

Media hora después, Jasón Estavillo el Grande oteó sus papeles desordenados y completó, con una palabra que alcanzó a recordar de la conversación con el hombrecito, los planos finales. En un futuro mítico utilizó aquel asalto como pretexto para instalar su régimen de libertades impuestas. Pero todo a su tiempo: por ahora bastará saber que los libros de historia dirán que, mientras me alejaba rumbo a Antiquitera o Palenque, Jasón Estavillo pensaba en lo fácil que debe ser conseguir un bigote postizo y espantado, unas pesadísimas gafas, una eterna fila de consecuencias, un lema como himno que garabateó aún temblando: todo está hecho.


Autores
(ciudad de México, 1982) pretende reencarnar en burbupack; en esta vida es un vikingo bonsái. Cursó la licenciatura de Comunicación en la Universidad Iberoamericana de México. Su primer proyecto de microficciones, Cancerbero fue publicado a través de Internet entre de 2009 y 2010. Ha publicado cuentos en Guardagujas (suplemento literario de La Jornada Aguascalientes), la revista literaria Parteaguas y es parte de la antología ¡Sensacional de grumetes! El agua, de Editorial Nostromo. Ha participado como exponente diversos ciclos literarios. Vórtices viles, su primer libro, obtuvo el Premio Nacional de Cuento Joven Comala 2012. En promedio tiene 3.5 clones por colonia en el Distrito Federal.
Parvada. Isidro R. Esquivel

Mi tesis es esta: quiero que usted crea.

Profesor Van Helsing

Si fuera personaje de una película de zombis virulentos, vampiros hambrientos o monstruos tipo Kaijus de Guillermo del Toro, estoy completamente segura de que no sobreviviría al minuto dos de la filmación. Me imagino corriendo, sudando a mares, con los pies destrozados, sin poder pensar claramente, muy probablemente con ganas de hacer pipi, con sed, con, mínimo, taquicardia. No, no creo sobrevivir porque no sé de mecánica básica ni de nanotecnología.

Pero quién lo puede saber, quizá sea lo contrario y me suceda como a ciertas personas muy ancianas que no se sueltan de la vida a pesar de que están postradas en una cama usando pañales para adultos, comiendo papillas, pero, aparentemente lúcidos. Tengo una tía de 101 años y esa es su condición. Hace unos días, su hija de 79 años nos llamó pidiendo ayuda. Por suerte que mi hermano estaba en la ciudad, porque de lo contrario habría sido muy difícil levantar a la tía Paz que yacía en el piso, a un costado de su cama. Cuando logramos acomodarla, su mandíbula temblaba, se aferraba con sus trémulas y heladas manos a mis brazos, trataba de articular palabras pero resultaban quejidos, sus ojos grises se sumían en los míos, mi tía parecía estar muriendo y yo le acariciaba la mejilla, le decía que todo estaba bien, que descansara, la invitaba a la muerte y deseaba que ocurriera y que su cuerpo flotara y no se estremeciera más.

No pasó. La hija, junto con una enfermera, nos expulsó de la habitación a mi hermano y a mí, y luego se concentró en gritarle a la tía Paz, a regañarla por haberse caído, por no dejarse cambiar el pañal. Escuchábamos desde el pasillo y en ese instante deseé que mi tía abuela se marchara a ese otro tiempo en el que su hermoso cuerpo de piel blanquísima nadaba a las seis de la mañana en la laguna de Orizaba.

¿Qué nos hace aferrarnos al filo, al borde del precipicio? Supongo que la misma fuerza contraria que a otros los avienta al abismo.

Eros y thánatos en un ataque de pánico.

En este texto trataré de explicar el extraño sentimiento de ansiedad que me provocaron, por ejemplo, lecturas como Drácula de Bram Stoker, It de Stephen King, cuentos magistrales como “La granja blanca” de Clemente Palma, los de muerte y locura de Horacio Quiroga, los fantásticos de Julio Cortázar, y los relatos psicológicos y de lo extraño de Amparo Dávila, Inés Arredondo y Guadalupe Dueñas.

La ansiedad, definida desde la psiquiatría, “es una emoción cuya finalidad es adaptativa. Constituye un sistema de alarma biológica que prepara al individuo para la acción y contribuye tanto a su supervivencia como a su crecimiento personal. Pero la ansiedad se torna patológica cuando su intensidad es excesiva, si se presenta en forma persistente y, en general, cuando ya no es una señal de alarma útil[1]”. La raíz de la ansiedad es el miedo preciso a morir o a perder el control de la razón, de este estado se disparan síntomas cardiovasculares, respiratorios, gastrointestinales, cognitivos que pueden provocar que la persona sienta que ya no es ella misma (desdoblamiento) ni su entorno es su realidad. Y toda esta maravilla se fabrica en el lóbulo temporal del cerebro, en la amígdala, tan pequeña como una almendra pero poderosísima para excitar el miedo y sus consecuentes reacciones.

Sin hablar de uno o varios autores específicos, me interesa revisar a partir de la perspectiva de las emociones, cómo se construye el gusto social y cultural por las narrativas fantásticas, de terror, horror y distópicas. El miedo es cultural y cada sociedad define sus propios códigos y prácticas y representa uno de los discursos, retóricamente hablando, más poderosos.

La literatura, desde el paradigma de lo fantástico, advierte la diferencia entre angustia / terror / horror / miedo, categorías que la psicología y la psiquiatría clínicamente han matizado.

Anne Radcliffe, autora de Los misterios de Udolf, desde su estética gótica y su contexto histórico de entre siglos (XVIII-XIX) contrapone sustancialmente la idea del terror y del horror: el primero dilata el alma y suscita una intensa actividad física y mental; mientras que el segundo estado, petrifica, nulifica el alma y la voluntad. Ambas situaciones son la tesis perfecta para incidir en las estructuras profundas de la psicología de los personajes y sus lectores.

La literatura, ya lo decía Jorge Luis Borges en ensayos como “El arte narrativo y la magia”, desde su forma oral, siempre ha sido fantástica, mientras que el realismo es un género reciente que surge con la picaresca y se fortalece en el siglo XIX. La literatura realista construye mundos únicos en correspondencia con la idea de verosimilitud, y la literatura fantástica, que también trabaja con los códigos de lo real / verosímil, abre sus fronteras para permitir el convivio de varios registros narrativos. Estas narrativas son las que me seducen y creo que en gran medida porque soy yo y el espectro de otros mundos. De facto, la unilateralidad de elementos y etapas de la vida me incomodan, me encrespa. La literatura fantástica tiene la dosis de rebeldía, de protesta social y política necesaria para mí.

Rebasada queda ya la idea de que este género es escapista o no comprometido con la realidad social. Nada más lejos.

A varios siglos de distancia con Anne Radcliffe, el polémico Stephen King apuesta por el terror como una de las más fuertes emociones del ser y lo metaforiza con la puerta como símbolo: qué hay detrás de la puerta o qué es lo que a través de ella va a entrar. El terror creciente de los padres en La pata de mono de W.W. Jacobs; la puerta trasera de la casa del Dr. Jekyll, frontera líquida que permite la transmutación anónima de Hyde; la puerta cerrada en la novela de Norma Lazo, El dolor es un triangulo equilátero, y la cerradura a través de la cual un niño se vuelve voyerista del sadomasoquismo de sus padres. Precisamente en otra de sus novelas, Norma Lazo ahonda en el tema del miedo con un historia de marco fantástica (la saga de un linaje de brujas, las Berenguer, en México) cruzada con un tópico contemporáneo, como lo es la desaparición / secuestro de niños. En El mecanismo del miedo (2010) María José será iniciada a las tradiciones y al inmutable destino de un particular gineceo cuyo cometido es mantener en funcionamiento la compleja maquinaria que se alimenta de las emociones infantiles. Cada que es relatada o leída una historia de terror, el mecanismo se echa a andar y permite alimentar sombras en los rincones, seres tras los espejos y otras quimeras que mantienen la balanza del bien y del mal en equilibrio, porque el día en que dejamos de creer en lo fantástico, la balanza se inclina hacia la crueldad y la inclemencia, los verdaderos demonios del ser. Las Berenguer salvaguardan por siglos la imaginación, la pureza del miedo, la necesidad de creer en lo desconocido. La narradora, María José y su madre regresan a Ciudad Albazán, a la casa de la abuela, y son testigas de la desaparición de varios niños, sin ellos, el mecanismo deja de funcionar; desaparecer a los niños trae como consecuencia el silencio de una sociedad sin futuro, María José debe descubrir qué están haciendo con ellos.

El miedo, según la abuela Ediviges, no necesariamente es malo, se refiere a aquel que es necesario para sobrevivir, el instinto de alerta frente al peligro, entonces, frente a la pregunta de la nieta de si el miedo es bueno, la abuela contesta:

Depende. Debes saber que hay diferentes tipos de miedo. Hay uno inservible: el que teme todo aquello que no entiende porque es diferente, que empuja a la crueldad y la violencia. Y hay otro muy distinto, aleccionador, que nos enseña a ponernos los zapatos de otros sin perder la cordura. Que no te dé vergüenza sentir miedo, y que tampoco te dé miedo sentir miedo, sólo debes aprender a diferenciar entre ambos[2]. (91)

Norma Lazo justamente era de esas niñas que leían bajo las sábanas con una linterna. Que se aterrorizaban de las sombras proyectadas en la pared; usurpar del librero El Dr. Jekyll y Mr. Hyde para luego de puntitas encerrarse en su cuarto, era ya una película de horror. Desde muy temprana edad entendió que el miedo no lo inspiraba aquello que creía la seguía, observaba o acechaba como ente tangible, sino lo que su mente proyectaba, lo que ella poderosamente imaginaba. Su interés literario se limitó a la búsqueda del miedo. De Stephen King o Peter Straub y otros autores de género fantástico de terror, sintió la necesidad de conocer diversos pasajes de la historia bélica. Las lecturas sobre las Cruzadas, la Santa Inquisición, las Guerras Mundiales, las dictaduras latinoamericanas le revelaron la vacuidad del horror literario: “El verdadero horror provenía del hombre y las sociedades que inventaba. Abandoné mis lecturas de horror sobrenatural por algún tiempo porque me pareció tonto. Busqué otro hobby[3]”. 

Durante la adolescencia, Lazo confiesa haberse obsesionado con la literatura de Stephen King, y es que a pesar de que mantuvo por un tiempo “en el clóset” su gusto, en El horror en el cine y la literatura apuesta por King como un maestro del terror a pesar de que: “Los verdaderos defectos de este escritor pueden resumirse en tres: efectivamente, es moralista; su producción literaria es tan vasta que es imposible que no haya un detrimento en su calidad, y nunca verifica datos, lo cual resta veracidad a sus historias[4]”.

Harold Bloom desprecia, qué digo, vomita la literatura de Sthepen King y no pierde oportunidad de enjuiciarlo y quemarlo en la hoguera junto con otra escritora que debió suprimir su nombre de pila para evitar que la marca genérica limitara la compra y aceptación de lectores masculinos. 

J.K. Rowling es al parecer la escritora más rica en la historia, con más lectores que la mítica española Corin Tellado. Para el canónico Bloom, 35 millones de lectores de Harry Potter no significa que estemos frente a una obra maestra que fascinantemente cautiva la mente de un lector. No, para el crítico norteamericano los 35 millones de compradores de Harry Potter  significa el sacrilegio mayor a la buena literatura: 

How to read “Harry Potter and the Sorcerer’s Stone”? Why, very quickly, to begin with, perhaps also to make an end. Why read it? Presumably, if you cannot be persuaded to read anything better, Rowling will have to do. Is there any redeeming education use to Rowling? Is there any to Stephen King? Why read, if what you read will not enrich mind or spirit or personality? For all I know, the actual wizards and witches of Britain, or America, may provide an alternative culture for more people than is commonly realized[5].

Hay una distancia en tiempo y estilos entre J.K. Rowling y Stephen King, entre los clichés y metáforas muertas que Bloom señala en los libros de la primera, y el terrorífico atentado contra la “alta cultura” al galardonar con el National Book Award al autor de El resplandor[6]. 

No he leído ni un libro de Rowling. 

Esnobismo o prejuicio literario, el caso es que sí visité a Lovecraft —con desairado interés, influencia de Julio Cortázar— pero jamás me acerqué a Stephen King, a excepción de su novela The body (1982), que a los 14 años encontré en la biblioteca de la secundaria en inglés original y la leí en inglés original para cumplir con una calificación y porque había visto la película Stand by me. 

Entonces el horror arquetípico[7] lo visualizaba únicamente en Edgar Allan Poe, en Bram Stoker, Maupassant, Wild y con mayor arraigo, en Julio Cortázar. Al inicio de este texto admitía mi escasez darwineana para sobrevivir a una situación extrema y creo que esa serie de imágenes distópicas fueron consolidándose en las varias pantallas de cine, más que en las páginas de una novela, hasta que leí It (1986) y La niebla (1985), de Stephen King.

En La niebla, un grupo de humanos quedan atrapados en un supermercado en Long Lake. Una espesa e inexplicable niebla rodea todo y aquellos que se atrevieron a traspasarla perecieron en el intento. El protagonista David Drayton y su pequeño hijo tendrán que sobrevivir no ya a la niebla y los tentáculos y patas peludas que emergen de ella, sino a los demás pueblerinos. En medio de la conmoción, los atrapados en el súper, en menos de 24 horas enloquecerán: primero un nutrido grupo se instala alrededor de la licorería y del refri de cervezas con el objetivo de emborracharse en lo que se disipa la niebla o alguien llega a rescatarlos; otro grupo —en el que ubicamos al héroe— busca cómo resolver la situación, qué hacer, cómo coordinarse para sobrevivir a cuesta de lo que sea; el tercer grupo de gente se transformará en devotos de la reaccionaria señora Carmody, quien había siempre augurado que el apocalipsis estaba por llegar y que la niebla era prueba de que la muerte estaba afuera del supermercado y era hora de expiar pecados: “¡La expiación disipará la niebla! ¡Ella conjugará los monstruos y los engendros! ¡Ella nos quitará de los ojos las escamas de las nieblas y nos dejará ver[8]!”. Tal como la ceguera blanca en la novela de José Saramago, la pesadilla en el relato de King no es lo que afuera existe, sino las dinámicas que rápidamente se establecen entre los seres humanos. El niño, como en otras novelas de King, será un símbolo latente de vulnerabilidad frente al desamparo de los adultos. Encarna el miedo arquetípico del abandono. Billy transitará entre el ansia de ver a su madre, no entender el encierro y menos a los otros humanos borrachos y agresivos, a una rápida y forzada adaptación a la nueva situación en la que debe desapegarse y afrontar el miedo, a pesar de: “Billy se había echado a llorar. —Vamos, vamos, Billy —susurré, estrechándole la cabeza contra el pecho. Pero continuó llorando. Era la clase de llanto que solo las madres saben remediar[9]”. 

It, una novela de amplio aliento y escrita también en la década de los 80, es para mí, un ensayo extraordinario sobre el miedo. No importa encarnado en qué, en las mil quinientas páginas “el coco” se metamorfoseará en alcantarilla, en sangre en paredes de un baño, en un payaso que atemorizará a una generación de personajes desde su infancia hasta la adultez. En Derry, cada 27 años aproximadamente, acaece un suceso violento: “En Texas hay una ciudad de medianas dimensiones donde la tasa de crímenes violentos está muy por debajo de lo que cabría esperar en una población de ese tamaño. Se ha atribuido la extraordinaria placidez de la gente que la habita a un elemento del agua, una especie de sedante natural. Aquí ocurre exactamente lo contrario. Derry es un lugar violento en cualquier época[10]”.

De la amplia producción de Stephen King que no tengo interés de cubrir, me son altamente significativas las novelas Carrie, El resplandor e It. Creo, amén de que cualquier otro lector de King insista, un autor tan prolífero como él, trasciende como otros autores, no por cantidad sino por el impacto de muy particulares obras tanto en particulares épocas como en generaciones posteriores de lectores.

It y La niebla, por ejemplo, son novelas escritas en los ochentas, justo en la época en la que el trastorno de ansiedad generalizada aparece por vez primera en la nosología psiquiátrica. A partir de 1980 los estudios apuntan a que este tipo de trastorno es frecuente en la población general, tiene un curso crónico y limita las capacidades psicosociales de la persona. Los principales síntomas son la ansiedad, la preocupación excesiva y la aprensión. De tal suerte que por sus manifestaciones físicas, es más común que nos revise un médico que un psiquiatra cuando el origen de la dermatitis atópica, el síndrome de colon irritable, la migraña, etc., pueden ser secuelas del fin de siglo y sus sobrevivientes. 

De acuerdo con el Departamento de Psiquiatría y Salud Mental, en 2013 cerca del 30% de la población en México tiene riesgo a desarrollar algún trastorno mental a lo largo de su vida: 

Los trastornos de ansiedad son los más frecuentes (14.3%), incluso más que por los trastornos por uso de sustancias (9.2%) y del estado de ánimo (9.1%). El trastorno de ansiedad más prevalente en la población mexicana es la fobia específica (7.1%) seguido de la fobia social (4.7%), del trastorno por estrés postraumático (2.65), la agorafobia (2.5%) y el trastorno de angustia (2.1%); el menos prevalente entre los mexicanos es el trastorno de ansiedad generalizada (1.2[11]%).

Drácula (1897) de Bram Stoker es un poderoso discurso del miedo. El paisaje gótico de los Cárpatos, sus habitantes hablantes de lenguas raras ataviados de cruces y ajos, la ominosa presencia del Conde, Lucy, con su boca sangrante que de inocente virginal exacerbará su voluptuosidad con niños secuestrados en brazos, Renfield y sus moscas y arañas, los discursos de Van Helsing… Drácula, además de ser una novela vanguardista por su arquitectura (jamás hay una voz directriz, todos los personajes son directrices, la epístola, el diario, la nota periodística, la bitácora de viaje, la transcripción del fonógrafo) es una novela de dimensiones polifónicas: nunca desde un solo ángulo, siempre desde la subjetividad. 

La última vez que la leí (después de dar a la luz a mi hijo que hoy tiene casi cuatro años de edad) me provocó pesadillas. Soñaba inquietantes escenas y al final, la imagen se reducía a un específico cuadro en la novela en el que una madre desquiciadamente se postra frente al palacio del monstruo para gritarle y exigirle que le devuelvan a su hijo, nada más posmo y transmoderno: 

Mientras estaba sentado escuché un ruido afuera, en el patio: el agonizante grito de una mujer. Corrí a la ventana y subiéndola de golpe, espié entre los barrotes. De hecho, ahí afuera había una mujer con el pelo desgreñado, agarrándose las manos sobre su corazón como víctima de un gran infortunio. Estaba reclinada contra la esquina del zaguán. Cuando vio mi cara en la ventana se lanzó hacia adelante, y grito en una voz cargada con amenaza: —¡Monstruo, devuélveme a mi hijo! Cayó de rodillas, y alzando los brazos gritó algunas palabras en tonos que atormentaron mi corazón. Luego se arrancó el pelo y se golpeó el pecho, y se abandonó a todas las violencias de emoción extravagante. Finalmente, corrió, y, aunque yo no podía verla, podía escuchar como golpeaba con sus desnudas manos la puerta[12].

Esa madre podría ser cualquiera reclamando justicia en el marco de lo jurídico, ético, social y moral; esa madre pudiera ser yo y es uno de mis mayores terrores.

Quizá la única razón para mantenerme en pie luego de que a la humanidad se la lleve la chingada, los aliens o una epidemia, es mi hijo. Por eso no puedo alcanzar ni la mitad de la novela La carretera de Cormac McCarthy, y es que primero llegó a mí la versión fílmica que en 2009 estrenó el director John Hillcoat y sé que leer y discutir la secuencia en la que una madre dispone sólo de dos balas, no comida y no esperanza, y decide matar a su propio hijo para salvarlo de ser violado y luego devorado por los subhumanos que tras la hecatombe gobiernan, me somete a un fuerte nivel de angustia. Creo que yo también sería esa madre abogando por una bala de plata. La vuelta de tuerca (que sin ella no hay plot) es el padre que se opone y decide marchar hacia el sur para sobrevivir al invierno con la única fe encarnada en el niño: 

¿Nos vamos a morir? [pregunta el niño]

Algún día. Pero no ahora [contesta el padre]

Y todavía vamos hacia el sur.

Sí.

Para no pasar frío.

Así es.

Vale.

¿Vale qué?

Nada. Sólo vale.

Duérmete.

Vale.

Voy a apagar la luz. ¿De acuerdo?

De acuerdo.

Y luego, ya a oscuras: ¿Puedo preguntarte algo?

Naturalmente.

¿Qué harías si yo muriera?

Si tú murieras yo también querría morirme.

¿Para poder estar conmigo?

Sí. Para poder estar contigo.

Vale[13].

El hijo, dice el narrador, es la única prueba de la existencia de Dios.

Tres veces he intentado leer La carretera, pero aproximadamente en la página 40 que son las que puedo leer más o menos en media hora, la tristeza es tal que me oprime el pecho, se me dificulta respirar, estoy, obvio, completamente ansiosa, no puedo no ver el rostro de mi hijo, no puedo no proyectarme en ese imaginario de soledad y orfandad. Cierro el libro (las tres veces porque en ellas he tenido que empezar de cero) y, simplemente me dejo llorar.

Un día voy a terminar La carretera.


Notas

[1] De la Fuente, Juan Ramón y Heinze, Gerhard, Salud mental y medicina psicológica, México, UNAM, 2013, p. 137.

[2] Lazo, Norma, El mecanismo del miedo, México, Montena, 2010, p. 91.

[3] Lazo, Norma, El horror en el cine y en la literatura, acompañado de una crónica sobre un monstruo en el armario, México, Paidós, 2004, 59.

[4] Ibid, p. 150.

[5] Bloom, Harold, “Can 35 Million Book Buyers Be Wrong? Yes”, Wall Street Journal, 7-11-2000. http://www.fanpop.com/clubs/harry-potter-vs-twilight/articles/96481/title/can-35-million-book-buyers-wron

[6]“La decisión de otorgar a Stephen King el premio anual de la Fundación Nacional del Libro por su “contribución distinguida a la literatura norteamericana” es otro hito del indignante proceso de entumecimiento de nuestra vida cultural. En el pasado describí a King como un escritor de novelas baratas, pero tal vez eso sea demasiado amable. No tiene nada en común con Edgar Allan Poe. Es un escritor terriblemente malo, cosa que puede comprobarse frase a frase, libro a libro”. Bloom, Harold, “Un honor inmerecido”,  http://edant.clarin.com/suplementos/cultura/2003/10/11/u-638727.htm

[7] De especial interés resulta el libro de Norma Lazo: El horror en el cine y en la literatura: acompañado de una crónica sobre el monstruo en el armario, México, Paidós, 2004. Lazo recupera la teoría de C. Jung para interpretar el concepto de horror arquetípico y horror cósmico: “El horro arquetípico pertenece a los temores del inconsciente colectivo […] hay un horror original, algo que está grabado en nuestra memoria y que todos poseemos, aún los más pragmáticos […] La creencia de que algo malo habita en los espacios oscuros es un clásico del horror arquetípico. La esencia del temor no cambia con e tiempo, sólo se va adaptando a las nuevas creencias populares. Quién no sabe que en los drenajes de Nueva York hay cocodrilos, y ratas gigantes en los andenes del metro de la ciudad de México”. (pp. 18-20).

[8] King, Stephen, La niebla, México, Debolsillo, 2002, p. 203.

[9] Ibid., p. 132.

[10] King, Stephen, It, España, Plaza y Janés, 1998, p. 664.

[11] De la Fuente Juan Ramón y Heinze Gerhard, Salud mental y medicina psicológica, op. cit., p. 137.

[12] Stoker, Bram, Drácula (anotado), Madrid, Ediciones Akal, 2012, p. 96.

[13] McCarthy, C., La carretera, Barcelona, Mondadori, 2007, p. 14.


Autores
Narradora y ensayista. Recibió en 2003 el Premio Internacional Jóvenes Americanistas (Santiago, Chile) por ensayo y el Premio Nacional de Cuento Juan José Arreola en 2004 (UDG). Es autora de los libros de cuentos Vientos machos (UDG, 2004) y Tordos sobre lilas (Editorial de la U.V., 2009) y del ensayo El cuento: la casa de lo fantástico. Cartografía del cuento fantástico mexicano (Tierra Adentro, 2007). Vivió cinco años en Ciudad Juárez desarrollándose como profesora-investigadora de la UACJ. Actualmente es docente-investigadora en la Facultad de Letras de la Universidad Veracruzana e investigadora en el Sistema Nacional de Investigadores (nivel I).