Tierra Adentro
Grafógrafo Ediciones.

La importancia del libro desde su creación. El juego del objeto, la plataforma. La organización comunal que implica gestar actividades y artefactos culturales incluyendo las características de una ciudad y sus habitantes. La participación desde lo privado. En relación al movimiento independiente editorial y librero en la ciudad, aquí la continuación y parte final de la conversación con René Castillo, gestor cultural y editor en la ciudad de Tijuana:

¿Cómo observas la transición de los libros en el soporte de papel a los libros virtuales?

El libro impreso se encuentra en un momento clave para su evolución, sin duda, y la importancia y beneficios que los soportes electrónicos tienen para la industria del libro son de gran magnitud. No obstante, considero que la transición de un formato a otro será más paulatina de lo que muchos creen, y que dependerá en mucho del contexto geográfico y social del que se hable, además, claro está, del factor económico. Si bien la imprenta revolucionó el destino del libro en cuanto a su distribución en las masas, el libro electrónico, que bien puede considerarse un medio mucho más rápido para compartir información ya sea gratuitamente o por paga, sigue estando fuera del alcance de muchos, por lo que los libros vuelven a ser algo para sólo unos cuantos hablando en términos de la población mundial y, para quienes cuentan en la actualidad no sólo con servicio a Internet, sino también con los dispositivos necesarios para una lectura en soporte digital.  Estamos hablando de que el libro impreso, así a la “antigua” como le dicen las nuevas generaciones, hace uso de grandes tecnologías que en su momento marcaron toda una revolución, y que al inicio fueron un objeto de élite, a disposición de pocos y bueno, ahora cualquiera puede conseguirlo si así lo desea; quizás en un futuro se repartan tabletas a cada habitante del mundo y se cuente con una señal abierta cuando caigan los imperios de las telecomunicaciones; mientras tanto yo seguiré leyendo mi edición conmemorativa de El Quijote, impresa, por supuesto.

Sin importar cuál es nuestro soporte “favorito”, ambos tienen beneficios y debilidades que los hacen ser complementarios, y no enemigos. Yo sería, como dicen, un “romántico” que prefiere el olor al papel viejo, sus texturas, el diseño de los cabezales, pero que puede viajar con una biblioteca de miles de títulos en una tablet (aunque en el viaje apenas alcance a leer uno o dos…), porque finalmente hay una practicidad; y viceversa, creo que las generaciones que crezcan en las bibliotecas virtuales serán seducidos por estos viejos objetos en el momento en que tengan la oportunidad de convivir con uno, porque  al final también hay practicidad y tecnología en el libro impreso. Hay pues una balanza, y finalmente se utilizará el soporte que convenga según la situación y el momento en que se encuentre.

¿Cuáles son tus preocupaciones como editor?

Crear libros que por sí solos tengan un valor, como objeto de arte, y que estén a la altura de nuestros autores y público a manera de mostrarles nuestro respeto y compromiso hacia lo que hacemos.

¿Cuál es tu interés principal con tus índices y autores/as?

Que tengan una propuesta y sepan lo que quieren decir. Como en cualquier obra, creo que debe haber un discurso, en nuestro caso buscamos que el discurso del autor y el de la editorial se complementen. El libro-objeto debe rendirle justicia al contenido que resguarda, y viceversa. Hablar de un control de calidad es algo subjetivo, finalmente la selección viene de un gusto personal, de si la obra despertó o no algo en nosotros. Hay obras que traen a tu mente un diseño específico, desde la lectura del título uno está ya maquetando el libro. Como editor tienes la responsabilidad de trabajar obra de “calidad”, pero a mí me gusta pensarlo como la posibilidad de compartir tu visión con otras personas, de sugerirles aquello que tú disfrutaste. Es como ir armando tu biblioteca personal y que otros puedan consultarla.

¿Cuánto tiempo crees que puede tener de vida un proyecto editorial independiente?

El tiempo que estén dispuestos a trabajarlo, como cualquier otro proyecto. El truco es disfrutarlo, hacerlo porque se ama. En el momento en que uno deja de amar lo que hace, todo se muere. Hay que vivir apasionado, es lo que te mueve. De pronto los proyectos se pierden por cuestiones de dinero, por ejemplo, pero el dinero es sólo un factor, y bien puede reemplazarse por otros, aunque parezca imposible. La cosa es tener cabeza para proyectar las ideas, las estrategias, desarrollar proyectos sustentables. Grande o pequeño, funciona igual, hay que tener una visión clara, trabajar y ponerle corazón.

¿Desde cuándo comenzó a generarse la idea de este proyecto?

Mi pasión por los libros ha estado desde niño, pero fue en mi adolescencia cuando empecé a interesarme en hacerlos, más que nada porque coleccionaba libretas –aún lo hago-, y de pronto ya no tenía dinero para seguirlas comprando. Desde chico mi padre me regalaba Moleskines y les agarré el gusto. Después las veía en los aparadores de la Borders y se me iban los ojos, ahorraba para comprarlas; nadie de mis amigos entendía por qué me gustaban tanto esas libretas “simples”. Para mí esa sencillez era un lujo. Desde chico renegaba de los precios de las cosas cuando creía que yo podía hacerlo y con menos dinero, así que fue la cuestión económica la que me llevó a buscar las formas de hacer mis propias libretas, y sólo comprar aquellas cuyos diseños me interesaran de sobremanera, para coleccionar o para deshacer y volver a hacer: cuestión de aprendizaje. Así empecé. Y después había un montón de libros en blanco en mi escritorio. Sigo teniendo terror de escribir algo en mis libretas favoritas, así que pensé que si había otros como yo, pero que en lugar de hacer libretas escribieran historias, podríamos tener objetos bellos. Yo tenía como 14 años y soñaba con tener una cafebrería. Supongo que ahí comenzó todo. Después organicé junto con algunos amigos la entrega panfletaria de historietas, pero nada formal, hasta años después, por el 2008, cuando por falta de presupuesto para pagarle a un diseñador, tuve que diseñar la imagen y carteles de la Feria del Libro Usado que organizamos, y comenzaron a contactarme para realizar más diseños, incluido el de un libro, que se publicaría años después, en el 2011.

¿Cómo y porqué pensaste principalmente en libros?

Los libros siempre han estado presentes en mi vida; yo no podía dormirme si mi padre no me leía o se inventaba una historia para contarme cada noche; después me tocó conocer a un librero de viejo que surtía su biblioteca, Don Ramón Nava y Nava, un señor de barbas blancas que alguna vez me tomó del hombro y me dijo: “¡Chamaco!, algún día tú tendrás la Librería Castillo, ya verás, ya verás”, y se reía. Todavía me sigue diciendo “chamaco” cuando me saluda, y sigue vendiendo libros, y me visita en la cafebrería. Entre él y mi padre me regalaron el gusto y el asombro por los libros, los de empastados y encuadernaciones hermosas, y pues, ¿qué más? yo quería hacer libros así algún día, y que la gente sintiera lo que yo sentí cuando vi esos libros. Es un oficio muy bello.

¿Cuáles son tus expectativas para la editorial?

Consolidar el proyecto en la ciudad y ser un punto de referencia en cuanto al quehacer editorial en Baja California; una de las cosas en las que estamos trabajando es en la proyección de nuestra colección en otras ciudades del país y fuera de él, no tanto por ganar “prestigio” y “reconocimiento”, sino por lograr compartir con más personas lo que nos gusta, y tener la oportunidad de mostrarle nuestro trabajo a otras editoriales independientes y autores con los que pudiéramos llegar a colaborar. Lo primordial es disfrutar lo que hacemos, aprender en el camino  y fortalecernos para estar listos para dar lo mejor en cualquier circunstancia.

¿Alguna idea particular en relación al contexto editorial regional?

Baja California siempre ha tenido un movimiento editorial muy rico, muchos escritores que ahora son publicados por las grandes casas editoriales empezaron autopublicándose en ediciones “caseras”,  estaban los fanzines, las revistas, aunque muchos eran underground. De unos años para acá muchos proyectos empezaron a decaer y de pronto había solamente uno o dos sellos reconocidos y el resto eran publicaciones de revistas. Actualmente comienzan a surgir sellos editoriales con propuestas muy específicas, y eso entre otras cosas, da la posibilidad de crear un grupo de editores que busque la profesionalización del campo, además de que se trabaje en crear públicos para los proyectos. Por otra parte, nos da la oportunidad de apoyar a más escritores de la región y de proyectar el trabajo que se realiza en Baja California a una mayor escala.

 


Autores
(Guanajuato, 1973). Realizó estudios de licenciatura en Diseño Gráfico y la maestría en Estudios Socioculturales. Ha publicado los siguientes libros: Libro del Aire (Editorial De la Esquina, 2011), Okupas (Letras de Pasto Verde, 2009), Todas estas puertas (Tierra Adentro, 2008), Entre las líneas de las manos (en el libro Tres tristes tigras, Conaculta, 2005) y Bravísimas Bravérrimas. Aforismos (Editorial De la Esquina, 2005). Participó en el Laboratorio Fronterizo de Escritores/Writing Lab on the Border (2006), participó en el Festival de Poesía Latinoamericana LATINALE 2007 con sede en Berlín. Recibió la beca del FONCA para escritores en 2007. En Mayo de 2012, participó en las jornadas literarias “Los límites del lenguaje” con sede en Moscú. Su trabajo escrito y gráfico ha sido incluido en varias antologías así como en revistas nacionales e internacionales. Desde el año 2001 vive en Tijuana. Ama la música y ama dibujar.

Se termina el año en que la industria del disco eligió a Daft Punk para que se convirtieran en sus redentores —en cierta medida lo lograron—, mismo periodo en que artistas adolescentes —mental o físicamente— colmaron de pataletas las secciones de espectáculos —mucho ruido, pocas nueces—. Una vez más las propuestas más atractivas y arriesgadas provinieron de ámbitos menos predecibles. En lo general, puede sentirse la acometida de un relevo generacional —consolidando sus figuras—, que alterna con la incursión de algún viejo héroe que decidió retomar un sitio de privilegio.

Arcade Fire

Reflektor

Merge Records

Los canadienses han dado un brusco viraje estilístico en vez de regodearse en un sonido conocido y aceptado; dejaron de lado a la épica para incursionar en la música de baile y la influencia de los ritmos haitianos. Nada de conformismo y mucho ánimo exploratorio para dar con un disco doble que tiene hasta pespuntes de kraut rock, punk primigenio y low-fi. Utilizaron una campaña viral que catapultó a un grupo encumbrado por su generación hasta convertirlos en un asunto de masas. Su capacidad de riesgo y madurez discursiva los llevan a la cumbre de la música contemporánea. Una obra llena de aristas inesperadas.

Disclosure

Settle

Interscope

Este es el mejor disco de música de baile de los últimos 12 meses. Difícilmente podrá ser superado. Un par de hermanos ingleses jovencísimos tienen el pulso de lo que se necesita de hedonismo para la pista. Han tomado el deep house noventero y lo combinaron con algo de UK garage y 2step. Tiene un punto pop que se agradece y un tufillo de R&B.  Por si fuera poco han colocado en las vocales a un puñado de buenos cantantes, de Aluna Gorge a Jessie Ware, de Jamie Woon a Eliza Doolitle. Consiguen dignificar a la electrónica y librarla de las malas artes de los Dj´s para el vulgo. Aquí hay buen gusto y sentido de una estética sonora del presente.

The Knife

Shaking the habitual

Mute

El periodista español Xavi Sancho define a este interesantísimo álbum como: un disco lleno de ruido, saturado de mensajes, agresivo, intelectual, combativo e intratable como un niño que ha dormido mal y tiene hambre”.  Y todo ello es cierto. He aquí una de las propuestas más arriesgadas –futurista y primitiva a la vez-. 6 años les tomó a los Hermanos Dreijer regresar con la inventiva más fresca que nunca. Experimentación sin límites en la que hay música de todo tipo; desde pop mutante, electrónica y minimalismo, y todavía nos quedamos cortos. Se trata de una experiencia alucinante.

 

 

James Blake

Overgrow

Universal

La experiencia de sentir este álbum es sobrecogedora. Este joven británico de apenas 25 años canta con tristeza y pesadumbre. La belleza de sus canciones es gélida, misteriosa y hasta un poco abstracta. Ha sabido actualizar al soul de un modo futurista. Este londinense combina melodías lánguidas con requiebros de bajos profundos y crepitantes. En él coexisten un altísimo nivel técnico con sensibilidad y elegancia. Se encarga de producir, tocar y grabar todo. Lo suyo cala hasta la médula.

Savages

Silence Yourself

Matador

Poseen uno de los directos más salvajes y potentes de la actualidad y su registro en disco no hace sino convertirse en una apología a los fundamentos del rock (batería, guitarra y bajo). En cuanto al concepto es una acometida del post-punk más duro y afilado, además que exhibe el enorme poderío de un grupo inglés formado íntegramente por mujeres. Son las más dignas herederas del arte de Patti Smith con un poco de Siouxie por momentos. En lo suyo hay una energía desbordante y verdadera.

 

Vampire weekend

Modern Vampires of the city

XL Recordings

El tercer disco ha sido un salto cualitativo hacia la madurez. Ya no son un hype de temporada sino un grupo mucho más ambicioso que no se olvida del africanismo que los inspiró en sus comienzos. Aun rebuscan en elementos de la música de aquel continente pero sus melodías son más pop. Ahora incluso muestran cierto gusto por el clasicismo que se expresa por el uso del clavecín. Además de profundizar en las estructuras y los arreglos, las canciones tienen mayor calado tem+atico. En plenitud de facultades.

 

David Bowie

The next day

Columbia

Tras tantas especulaciones acerca de su estado de salud y 10 años de ausencia discográfica, la vuelta de una de las figuras más icónicas de la música no puede pasar desapercibida y menos si no cae en la trampa de la nostalgia. Cierto es que no impone tendencias por venir, pero se trata de un clavado muy respetuoso a la década de los setenta y su propia obra. Arropado por grandes colegas se abocó a una reinterpretación de algunas de sus estéticas sonoras. ¿El resultado? El duque blanco jamás decepciona.

 

The national

Trouble will find me

4AD

¿Será una cuestión de edad o de sensibilidad? Como es característico en la banda asentada en Brooklyn entregan un puñado de grandes canciones tristes. Sólo que ahora no priva el desamor sino el paso del tiempo e incluso los avatares de la paternidad. Hay quien dice que el grupo tiende a repetirse, pero nadie puede negar que su capacidad para conmover permanece intacta. Son tremendos instrumentistas (el batería es excelente) y el cantante tiene gran personalidad y maneras de crooner. La edad adulta aportando sabiduría y oficio.

 

Arctic Monkeys

A.M.

Domino

Se volvieron unos veteranos siendo todavía muy jóvenes y su quinto Lp establece una especie de refundación. Aparcan las influencias del stoner rock para realizar un homenaje al soul norteamericano con sólidos argumentos. Han sabido lidiar con la fama y con la presencia de lo vintage en su música –lo que no les impide parecer unos teddy boys-. Lo suyo posee una fuerza desbordante y un peculiar instinto para atrapar grandes melodías y estribillos.

 

Darkside

Psychic

Other people/Matador

He aquí el maridaje perfecto entre electrónica y rock a través de las texturas y atmósferas que produce Nicolas Jaar y la guitarra espacial de Dave Harrington. Un proyecto colaborativo que nos hace viajar a través de temas largos y sinuosos mientras nos acordamos de Pink Floyd y Mike Oldfield. Entregan una sesión hipnótica y etérea llena de capas y crepitaciones. Material difícil de clasificar pero de gran intensidad.


Autores
De los años sesenta tomó la inconformidad recalcitrante; de los ochenta una pasión crónica por la música; de los noventa la pasión literaria. Durante la década de los dosmil buscó la manera de hacer eclosionar todas sus filias. Explorando la poesía ha publicado: Loop traicionero (2008), Suave como el peligro (2010) y Combustión espontánea (2011). Rutas para entrar y salir del Nirvana (2012) es su primera novela. Es colaborador de las revistas Marvin, La mosca, Variopinto e Indie-rocks y los diarios Milenio Hidalgo y Reforma, entre otras publicaciones.

No entiendo muy bien cómo funciona el gusto cinematográfico. De pronto surge una película que divide las aguas y te pone de un lado que no sabías que existía. Los gustos pueden fácilmente apestarte como crítico. Como bloguero o tuitero ni se diga, allí las osadías se pagan con el unfollow. Los gustos suelen meternos en envases y de pronto ya no es posible regresar, salir de tu pequeña jarrita de vidrio. Todos hemos envasado gente, nos encanta envasar gente. Yo tengo amigos que aún no perdonan algunos pecadillos de juventud, como que me gustara la música de Pearl Jam o que hablara bien de The Great Gatsby (Luhrman, 2013). Es más, tenemos palabras designadas para esto: se llaman “gustos culpables”.

El concepto se inventó en la sociedad puritana gringa, donde todo placer lo es. La culpa mezclada en el goce nos aprieta como individuos, nos asfixia, nos pone límites y al final nos hace seres más manejables. Yo sé que piensan que hay cosas reales y objetivamente horribles, como One Direction, Justin Beiber o el remake de Carrie con Chloë G. Moretz, un bodrio donde los haya, pero, cht, el mundo es tan grande…¿y si estamos equivocados?

Me pasó con cuatro películas recientes. La primera y más recalcitrante fue Gravedad, de Cuarón. Era extraño decir que no te gustaba, tan extraño que poco a poco fui perdiendo la capacidad de saber por qué no me gustaba. Esto aquí es lo importante: la sutil entrega de nuestro ser a cambio de no ingresar al envase incorrecto. Es decir, todos estamos envasados, pero mínimo queremos quedar en del lado de los que sí saben, de los ganadores. La volví a ver y entendí qué pasó: es UN diálogo fuera de tono. Uno solo. Cuando Sandra Bullock quiere meterse a la cápsula rusa dice algo así como “¡Cómo odio el espacio! (I hate space!)” Allí se acabó la película para mí. Empecé a ver una cinta de acción cualquiera con Sandra Bullock y ya no era dolor sino psicologización de un personaje plano y bobo al que le suceden cosas terribles. ¿Tenía yo derecho de decirlo? No realmente. Antes tenía que hablar de los otros logros de la cinta, pero cómo hubiera querido argumentar esto ante la corte crítica. ¿No es suficiente un sólo diálogo en una relación sentimental para terminarla? ¿Entonces por qué no en una película?

GRAVITY

En segundo lugar está Sólo Dios perdona, de Nicolas Winding Refn. Nunca entendí por qué la crítica la trató tan mal. Lo llaman “un guión escueto y raquítico”, “carente de sentido”. (Cito de memoria de algunas críticas que leí en la red). La cinta, desde mi punto de vista, es una obra maestra. Eso es lo que yo le pido al cine: sorpréndeme, enamórame. En mi caso es un poco como buscar amante cada vez. Si quisiera que me contaran lo mismo cada vez, que buscaran la seducción con una frase hecha −de esas que funcionan y están probadas− si quisiera eso, no saldría de mi casa. Quiero que, como Winding Refn, me coloquen detrás de los marcos de la puerta, por ejemplo, como una manera de decirme, “tú acá te quedas”. Quiero diálogos como los del protagonista con su madre, una Kristin Scott Thomas que no para de hipnotizar en esta cinta,  desde su andar barato con tacones caros hasta su boca que lapida a quien la escucha. Esto es cine. No podemos hacer juicios para todas las películas: un guión que le queda raboncito a otros directores es un mero pretexto para Refn. Con esa puesta en escena, los ambientes que logra con los tonos y los colores, las dos o tres líneas certeras con las que los personajes se hacen pedazos unos a otros ¿quién necesita guión?

En tercer lugar está 12 Years a Slave (McQueen, 2013), la favorita para los premios de la academia gringa. La favorita de todo, absolutamente todo el mundo. Mmm. Es devastadora, sí. Pero para ponerlo en términos masculinos, a mí no me logró levantar… ni una ceja. En cambio sufrí mucho. Odié a todos los personajes, a toda la humanidad, a toda la época, el sur de los Estados Unidos. Acabé por preguntarme cómo aquél pasado de esclavitud se relaciona hoy con el norte de los Estados Unidos Mexicanos −que ahora es toda la república−. No puede ser una coincidencia que estén tan juntos. Odié muchas cosas. Pero no es una película que uno desearía ver. En algún lugar de la dirección, tampoco es una cinta hecha con goce, amor o deseo. McQueen es un maestro, pero desde mi punto de vista, no hizo una película memorable. Le tiró más bien a hacer una “gran historia”. Y eso, para mí, es un espectáculo espantoso.

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En cuarto y más importante lugar está The Counselor, escrita por Cormac McCarthy y dirigida por Ridley Scott. A nadie le gustó. La pobre película llega al 5.8 en el IMDB y está incluida entre las 10 peores del año por la revista Time. ¿Quéeee? Yo la considero una de las mejores. (Ya sabemos que no hay que confiar mucho en mí). Pero les explico: algo me noqueó cuando salí de esta película: esas malditas palabras que recibe el abogado (Michael Fassbender) de Rubén Blades por teléfono: “la decisión que te conduce a lo que te está sucediendo ahora la tomaste hace muchos, muchos años”. Madre mía. Es una película “tira netas” y me encanta. Odio la maldita neutralidad. No me importa si como dicen “no queda clara la historia” ¿Eso qué? O si la película se constituye como un pinball narrativo sin pies ni cabeza. Está escrita como una novela, eso queda claro. ¿Y qué les asusta tanto? ¿Ese mashup narrativo es mucho para nuestras pobres cabecitas? Me da un poco de pena que estemos tan acostumbrados a diálogos vacíos, one-liners, efectivos para hacer avanzar la trama y fáciles de entender. Les dicen “diálogos de acción”. Y supongo que aquí no hay mucho porque la acción es poca y desordenada. Me sorprenden también las reacciones de los mexicanos: que es no es realista (dios, ¿qué pasa con la gente y lo real? ¿no es suficiente lo que les pasa a diario?), que nunca sabes realmente lo que pasa (ir al punto anterior) y que está demasiado wordy, un adjetivo para el que no encuentro traducción, pero que significa que tiene demasiados diálogos. ¿Palabrosa? ¿palabrienta? Esta película es así: una novela palabrienta con una gran puesta en escena −las hermosas carreteras en medio del desierto, el minucioso seguimiento a acciones que no son nodales para la trama y un largo etcétera−. El guión de McCarthy también se las arregla para contener imágenes espectaculares como aquella de Cameron Díaz masturbándose en/con el coche ante un embelesado y asustado Javier Bardem. Eso es un escritor y no pedazos.

Lo único que quiero decir aquí es que todo lo antes escrito puede ser nulificado y debatido por cualquiera. Ojalá fuera así. Conviene llegar a esa edad mental. No voy a pensar que alguien es un idiota por estar en desacuerdo con mis gustos (como, de hecho, ocurre casi siempre). Por mucho que esto nos duela el narciso, hay que saber que muchas de nuestras críticas hacen de este mundo algo más totalitario y jodido si van contra el fan y no contra el producto. Conviene recordarlo.


Autores
nació en un hospital público de Av. Toluca (ciudad de México, 1973) pero creció en la Calzada de Las Águilas, lo que supone una infancia feliz aunque cuesta arriba y llena de topes. Le da un poco de pena decir que estudió Comunicación (pero se la aguanta porque no hizo la tesis en balde). Ha escrito algunos guiones y dirigió un cortometraje premiado por IMCINE. Escribe en muchas revistas pero su comentario mensual sobre cine aparece en Chilango. Este año publicará su primera novela en una editorial catalana. En su cabeza revolotean cómics y canciones de los Flaming Lips todo el tiempo.
Sin título. Isidro R. Esquivel

3 de diciembre de 2001. Había una gotera en el techo. Surgió de la nada, sin lluvia, sin previo aviso. Entre un comercial y otro, plaf, la gota le había caído en un muslo. Juan José miró hacia arriba. Le hubiera sonado ingenuo decir qué raro. Así que mejor no lo dijo. Últimamente las goteras se formaban en los lugares más insólitos. En las repisas del librero. Bajo las sillas. En los abrigos que colgaban del clóset. En las lámparas. Desde esa perspectiva, que hubiera una gotera en el techo resultaba casi reconfortante. Que no estuviera lloviendo era lo de menos.

Juan José, luego de mirar hacia arriba durante un tiempo que consideró, dentro de los estándares comunes, más que suficiente para manifestar su indignación, se mudó al asiento contiguo. El sofá era grande, de tres piezas. Bien podían convivir, la gotera y él, en armonía. Apuntó al televisor con el control remoto y cambió de canal. Una telenovela. Volvió a cambiar de canal. Justo en ese momento sintió un golpe húmedo en la nariz. Antes de levantar la vista ya se imaginaba lo que iba a encontrar: una nueva gotera.

En esta ocasión tuvo que ponerse de pie. Le crujieron las rodillas. También le dolieron. Arrastró las pantuflas por el piso hasta alcanzar el otro extremo del sofá. Las rodillas le crujieron cuando volvió a sentarse. El dolor, sin embargo, amainó un poco. Cambió de canal. Un programa cultural.

Junto a él, una gota caía constantemente en el asiento vacío. Y más allá, en el otro asiento, la segunda gotera le hacía eco. Plaf, plaf.

Bostezó. Los programas culturales ya no eran como los de antes. No había acabado siquiera de cerrar la boca cuando una gota se estrelló en su cabeza y le escurrió por la frente. Juan José resistió la tentación de mirar hacia arriba. Se puso de pie. Trató de empujar el sofá para alejarlo de las goteras. Pero hubiera resultado más fácil mover un elefante narcoléptico tirado en medio de un camino. O eso le pareció.

—¡Sara!

Plaf, plaf, plaf. Las gotas estaban perfectamente coordinadas. Primero caía una, inmediatamente después la otra y al instante la tercera. Luego, la secuencia comenzaba de nuevo, plaf, plaf, plaf, inalterable.

—¡Fuensanta!

Juan José vio con desolación que no había nadie en la cocina. Ni en el pasillo. Ni media hora antes las voces revoloteaban por la casa.

—¡Claudia!

¿Adónde se habían ido? Resignado, caminó rumbo al comedor. Tomó una silla y la fue arrastrando tras de sí hasta dejarla junto al sofá. Acomodó las nalgas en ella. Relajó la espalda. Y cuando se estaba preguntando si tardaría mucho en aparecer la cuarta gotera, sonó el timbre.

Juan José dejó escapar un suspiro. La insistencia del timbre eclipsaba el plafeteo de las goteras.

Las rodillas le crujieron. Y dolieron. Con pasos cortos, llegó a la puerta. Abrió. Afuera había una mujer de overol blanco. Rumiaba un chicle con la tenacidad de un camello aprensivo. La mujer leyó algo en el sujetapapeles que traía en una mano.

—¿El señor Arreola, Juan José Arreola? —preguntó sin dejar de mascar el chicle.

Juan José parpadeó.

—Necesito que me firme aquí —agregó la mujer mientras señalaba con una pluma algo que había en el sujetapapeles.

Juan José parpadeó.

—Es un paquete. Tiene que firmarme de recibido —la mujer le ofreció la pluma.

Juan José trató de firmar, pero su mano no se estaba quieta.

—Oiga, ¿no es usted el escritor que salía en la tele? —la mujer hizo una bomba con el chicle.

Juan José trazó algo parecido a una firma. La mujer reventó la bomba con los dientes.

—Ese que usaba capas y sombrerotes como de mago. Sí es usted, ¿verdad?

Juan José le devolvió la pluma. La mujer le entregó una caja de cartón. Casi no pesaba.

—A ver, recíteme algo —pidió la mujer con una sonrisa.

Juan José parpadeó. Después, con todo y caja, dio un paso atrás y cerró la puerta.

Las goteras se habían multiplicado. No contentas con invadir el sofá, se extendieron por los otros muebles de la sala. De la parte trasera del televisor salían algunas chispas. El piso se empezaba a convertir en un pantano. Las goteras incluso habían alcanzado el comedor. Mojaron los platos. Los floreros. El mantel. La vitrina.

Juan José, aferrando la caja con ambas manos, miró de izquierda a derecha. No se atrevía a moverse de la entrada. Aunque el problema de las goteras había recrudecido en los últimos meses, era la primera vez que veía tantas juntas. Plaf plaf plaf plaf plaf. Agua por doquier. La hidromolestia. La hidroamenaza.

—La hidrocefalia —había dicho, con una expresión compungida, el médico, quien de plomería no sabía ni jota.

Entre el comedor y la sala había un espacio libre de goteras. Juan José caminó hacia allá. Acercó una silla. Tomó asiento y puso la caja frente a él, en el suelo. Era grande. Como de cincuenta centímetros de alto por cuarenta de ancho. Arrancó la nota que estaba pegada en uno de los costados. Leyó la información en busca del remitente.

Dios, decía.

Dios era quien había mandado la caja. Dirección del remitente: El Cielo. Juan José parpadeó.

Se levantó lo más rápido que pudo y se dirigió a la puerta. La abrió con brusquedad. Salió a la calle. El frío sol de invierno deslumbraba. Juan José se cubrió de la luz con una mano y miró de acá para allá. No había rastros de la mujer de overol. Pensativo, volvió a la casa.

Releyó la nota. Una gota de agua cayó en su mano, entre el pulgar y el índice. Tiró la nota a un lado y a fuerza de jalones y resoplidos abrió la caja. Despacio, como si temiera que en cualquier momento saltara de ahí una migala, asomó la cabeza: al fondo había algo envuelto en plástico burbuja. Juan José, controlando sus arrugas a voluntad, las hizo amontonarse en el entrecejo.

Una gota le cayó en la nuca.

Metió las manos a la caja. Le temblaban. Cosa de la edad, nada de nervios. Pensó, aunque no muy convencido. Sintió las burbujas amoldándose a la presión de sus manos. Y debajo, algo sólido y rectangular. A saber qué. Sacó el objeto con delicadeza. Lo dejó sobre sus piernas y quitó el plástico que lo envolvía.

Ya no había ningún espacio libre de goteras. Los encharcamientos crecían a una velocidad alarmante.

Los labios de Juan José se curvaron en una sonrisa. Cuando terminó de quitar el plástico, le había resultado muy evidente qué era aquello: un ajedrez de madera. Estaba cerrado, de ahí que lo hubiera sentido rectangular en un principio, como un estuche. Lo abrió por la mitad: adentro, las piezas se entremezclaban sin jerarquía alguna.

Conque Dios, ¿no? Juan José se frotó las manos, lleno de expectación. Iba a ser la partida más difícil de su vida. Aunque también la más peligrosa: ¿qué perdería si perdía? Tomó aire. Se tronó los dedos. Pero antes de acomodar las piezas, dejó el tablero en el piso: aún le quedaban dos cosas por hacer.

Se dirigió a un rincón de la sala. El agua le llegaba a los tobillos. Sus pantuflas tuvieron que abrirse paso por la inundación. Al llegar ahí, se quedó contemplando el jarrón donde estaban los paraguas. Tras unos momentos de vacilación, escogió uno negro: combinaba con las pantuflas. Lista la primera cosa.

La segunda era más complicada: necesitaba una mesa baja y pequeña en dónde jugar. Echó una mirada alrededor. Junto al sofá encontró lo que necesitaba. Tiró los adornos que había en la mesita auxiliar y la cargó hasta dejarla frente a la silla. Perfecto.

Tomó asiento. Abrió el paraguas. Y se dispuso a iniciar la partida.

Sin embargo, cuando las piezas estuvieron en sus respectivos lugares, Juan José tuvo un problema: intentó mover un peón blanco, pero no pudo separarlo ni un milímetro del tablero. Probó con otros peones: lo mismo, todos estaban pegados. ¿Qué clase de juego era ése? Trató de arrancar un peón blanco con ambas manos, aunque su esfuerzo resultó igual de inútil que los anteriores. Mientras se preguntaba si necesitaría un martillo, se le ocurrió otra pregunta: ¿y si Dios quería las blancas y por eso no le permitía moverlas?

—Tramposo —masculló Juan José. Estaba comprobado que el porcentaje de victorias favorecía a quienes salían primero en el ajedrez. Encima de que Dios tenía la ventaja de ser omnisciente, omnipotente y omnitodo, también quería salir primero.

Malhumorado, Juan José giró el tablero hasta dejar las piezas blancas del otro lado. No tuvo que esperar mucho: uno de los peones blancos se deslizó por el tablero. Avanzó dos casillas por sí solo, como si una mano invisible lo hubiera empujado. Era uno de los peones centrales.

1.e4.

Chess Board Editor

Juan José tuvo miedo. No porque el peón se hubiera movido solo, sino porque parecía que Dios iba a intentar la temible apertura Ruy Sánchez. Una apertura que había hecho estragos desde el siglo XVI. Una apertura que había coronado a muchos de los campeones del mundo.

Le vino a la mente aquella expresión popular de “meterse con Sansón a las patadas”. Ahora sabía muy bien a qué se refería esa frase. Podía intentar una Defensa Schliemann, pero estaría en el territorio de lo predecible: Dios seguramente se sabía todas las estrategias de memoria. Anticiparía cualquiera de sus defensas y lo aplastaría en unos cuantos turnos. Aquél era un enfrentamiento perdido de antemano.

Juan José contempló con tristeza el tablero. Las gotas que no alcanzaba a cubrir el paraguas explotaban en la superficie de madera. Las gotas eran impredecibles. Incluso para Dios. Tenían que serlo. La sonrisa volvió a sus labios: si a Sansón no se le podía ganar a patadas, entonces quizá con engaños, hasta obligarlo a usar su enorme fuerza contra sí mismo.

Juan José levantó una mano. La condujo hasta el extremo derecho del tablero, por encima de las piezas negras que esperaban con impaciencia su turno. Tomó el peón de la orilla. Y lo hizo avanzar solamente un cuadro.

1.e4 h3.

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La apertura Clemenz. El mayor de los disparates posibles en el ajedrez.

Dios tardó en mover la siguiente pieza, como si la tirada de su oponente lo hubiera desconcertado.

—No te esperabas el libre albedrío, eh —le dijo Juan José al espacio vacío que había del otro lado de la mesa. Su sonrisa creció aún más. También la inundación, que ya le llegaba hasta las rodillas.

Uno de los caballos blancos dio un gran salto y sobrepasó la hilera de peones que tenía enfrente.

1.e4 h3 2.Cf3.

Chess Board Editor-2

Confirmado: Dios estaba haciendo una apertura Ruy Sánchez. Juan José dejó de sonreír. Después del caballo, seguramente vendría el alfil a aterrorizar a los peones negros. Una de las virtudes de esa apertura era que facilitaba el control de la región central del tablero. Y quien controlara el centro, controlaba todo. La otra virtud era que facilitaba el juego agresivo: desde las primeras tiradas se obligaba al oponente a volverse defensivo y a perder la iniciativa. Pero no a Juan José, quien, con toda la calma del mundo, avanzó un solo cuadro el peón de la extrema izquierda.

1.e4 h3 2.Cf3 a3.

Chess Board Editor-3

A partir de esa tirada ya no había marcha atrás: Juan José, de sobra lo sabía, iba a tener que seguir con su estrategia disparatada hasta el fin.

Dicho y hecho: el alfil blanco avanzó tres casillas.

1.e4 h3 2.Cf3 a3. 3.Ac4.

Chess Board Editor-4

El cadáver de un toro pasó flotando junto a la mesa. Juan José lo contempló con admiración: negro listón, bragado meano, astifino paliabierto. Una hermosura de toro. Tenía el estoque bien guardado en las entrañas. Los ojos abiertos. La lengua de fuera.

—¡Sara, hay un toro muerto en el comedor!.. ¿Me oyes?

Sara no contestó. ¿Adónde se había ido?

El toro se alejó con lentitud, arrastrado por la corriente. El paraguas de Juan José apenas y se daba abasto para contener la tormenta. Además del sinfín de goteras que había en el techo, las paredes también contribuían con pequeñas cascadas.

El tablero se levantó de la mesita auxiliar. Juan José alcanzó a sostenerlo a tiempo. La corriente se llevó la mesa. Juan José tuvo que ponerse de pie: el nivel del agua ya no le permitía estar sentado. Soltó el paraguas. Apoyó el tablero en su antebrazo izquierdo y siguió con la partida.

Estaba perdiendo. Sus peones eran abatidos rápidamente. Incluso había perdido un caballo. El ejército de Dios avanzaba imparable por las casillas del centro. Había dividido la formación de Juan José como un cuchillo que parte una barra de mantequilla. El flanco de rey se encontraba vulnerable, a punto de caer en manos enemigas. Sin embargo, Juan José permanecía tranquilo: todo era parte de la estrategia. O eso se repetía mentalmente una y otra vez.

El paraguas naufragaba de cabeza como una balsa en mar abierto. Libros de todos tamaños flotaron por la sala y el comedor. Como peces con hambre, rodearon a Juan José. Flotaron fotografías de su familia, así como recuerdos de Zapotlán el Grande. Flotaron capas y sombreros, raquetas de tenis, hormigas y flores.

Jaque.

Había llegado el momento. El rey negro se encontraba sitiado. Toda la ayuda disponible había quedado del otro lado, separada por el ejército de piezas blancas. La partida parecía haber llegado a su fin. Juan José levantó la mirada en busca de su oponente invisible, tratando de prolongar ese instante. Si tan sólo pudiera ver la cara de sorpresa que haría Dios. Y entonces sacó el as bajo la manga: un enroque largo. El rey negro se transportó mágicamente hasta la otra mitad del tablero, en donde fue protegido de inmediato por las otras piezas. Dios, en su afán por terminar rápido la partida, había enviado la élite de su ejército tras el rey negro. Sí, había ganado la región central del campo de batalla. Sí, había presionado con una fuerza desmedida en el flanco de rey, diezmando casi por completo las piezas negras. Pero toda esa fuerza constituyó también su debilidad: al olvidarse del flanco de reina, había formado un corredor de punta a punta. Y justo hacia aquel corredor se habían dirigido, poco a poco, las piezas sobrevivientes de Juan José, fingiendo una huida vergonzosa. Ahora el rey estaba a salvo. Y lo que quedaba del ejército negro, listo para un contraataque suicida y fulminante. Juan José soltó una carcajada. El tablero vibró en sus manos.

—¿Qué? ¡Fue una jugada limpia! —protestó Juan José con el agua hasta el pecho.

Las piezas blancas retrocedieron a toda velocidad para proteger el flanco de reina, pero el daño ya estaba hecho: la reina negra, en compañía de un alfil y de dos de sus peones más valientes, había logrado llegar a territorio enemigo. En esta ocasión, el rey blanco era el que buscaba con desesperación dónde esconderse.

Juan José flotó. Se le zafaron las pantuflas y se sumergieron hasta el fondo. Con la mano izquierda sostenía el tablero para que no fuera arrastrado por la corriente, mientras que con la derecha daba manotazos bajo el agua tratando de mantenerse a flote. Sólo unos turnos más. Se decía para darse ánimos. Sólo unos turnos más.

Dios, al darse cuenta de que su ejército no volvería a tiempo, prosiguió con el ataque. La defensa en los dos bandos era prácticamente nula. El juego se había transformado en una carrera contra el tiempo: ganaría el primero en matar al rey del oponente. Los dos estaban en igualdad de circunstancias.

Juan José tragó agua. Tosió. Escupió. El techo ya le rozaba la cabeza. Probó a hundir el tablero. Por suerte las piezas no flotaron, sino que permanecieron ancladas en su sitio. En vista de ello, Juan José inspiró una bocanada de aire. Sumergió la cabeza y movió la reina. Sacó la cara para tomar otra bocanada de aire. Su nariz tocó el techo. La habitación quedaría completamente inundada en cuestión de segundos. Juan José se llenó los pulmones de aire todo lo que pudo. Luego volvió a concentrarse en el ajedrez submarino: en máximo tres turnos la partida iba a definirse.

Jaque mate.

Los periódicos del día siguiente informaron que Juan José Arreola había muerto de un paro respiratorio. Que llevaba años enfermo de hidrocefalia. Algunos incluso enlistaron los títulos de sus obras. Pero ninguno mencionó quién había ganado la partida.


Autores
Ha obtenido numerosos reconocimientos nacionales e internacionales. Es autor de los libros La Ciénaga de los Sueños (Instituto Mexiquense de Cultura, 2010) y El jardín de las cosas raras (Editorial Amarante, 2012), así como de diversos guiones cinematográficos que se han llevado a la pantalla grande. Actualmente imparte el Curso de Guión Cinematográfico I en el Instituto de Artes Cinematográficas La Cuarta Pared.

Mérida, Yucatán, 11 de diciembre de 2013. Hoy es miércoles, son las 9:30 a.m., y tengo frente a mí el libro landings que presentaste ayer en la librería Rosario Castellanos de la ciudad de México. Sí, me lo regalaste hace un mes, exactamente, y esperabas que lo abriera/revisara/leyera/devorara de inmediato, con el único fin de que lo comentáramos, aunque fuera por correo electrónico a pesar de que vivimos a muy pocas cuadras de distancia y de que nos conocemos y tenemos afinidades como para sentarnos a tomar un café sin prisa ni acaloramientos, pero no ha habido tal.

Ahora te confieso que no tuve ganas ni de abrir, ni revisar, ni leer ni devorar este objeto porque desde la primera ojeada el libro me movió demasiadas historias y me hizo enojar. Lo cerré furiosa y, además, confrontada con mi propia realidad. Y quizá por eso lo he tenido junto a mi cama todo este tiempo, en la mesita de noche, como un adorno mudo en su inmaculada perfección. Pero hoy amaneció nublado y, por lo tanto, lo volví a abrir. El clima influye. ¡Alégrate! La pausa obligada funcionó, el libro ya casi no me disgusta, ¡al contrario! Ahora lo encuentro emocionante, en el más alegre de los sentidos. Sí, no dudo que pienses que estoy mal de la cabeza porque, según tú, este libro es una joya editorial, un reflejo de nuestra historia, un objeto que arrebata la atención de cualquiera de manera instantánea, pero no es así, a pesar de que como cualquier otro libro tuyo ¡es una bomba!

Querrás saber por qué me causó aversión, y aquí te explico: para empezar, por el estuche blanco en el que viene y especialmente por el lomo firme en el que vemos una numeración del 001 al 010, simples numeritos que en sí mismos me intimidan, lo que significa que me causan miedo, miedo de saber que este ejemplar es el principio, el número 1 de una colección en la que vas a dejar la vida:

THE CONTAINER COLLECTION

La vida es para esto, evidentemente; tú eres uno de los más entusiastas promotores de que matemos o, mejor dicho, ganemos tiempo haciendo lo que nos gusta, pero haciéndolo con el alma, como héroes que dan la vida por la patria. No exagero. Tú eres vivo ejemplo de esta filosofía radical y la predicas a tambor batiente, como un oficial del Ejército, como un dictador marcial que influye temor y ansiedad, del que a veces dan ganas de huir corriendo.

Citaría un párrafo tuyo sobre este tema, pero siendo tan grande el libro, ahora mismo no tengo idea de dónde quedó esa frase loca que te avientas sobre la creación como única razón de vida, o algo así.

Llegamos a la médula, Joan, a la corteza fina de este volumen en el que documentas a fondo qué pasa en la contemporaneidad del arte que se produce en los territorios aledaños a Belize, el epicentro de tu vida.

Belize (con z), para quienes no lo sepan, es un país GRANDE ubicado en la frontera Sur de México. Grande, con mayúsculas. Al sur de la frontera, lo repito a propósito.

Aquí está la belleza de este libro apoteósico, el primero sobre la contundente fuerza de los países pobres de América Central y el Caribe, que principalmente documentará la vida de los artistas de Belize y de lo que tú llamas la Zona de los Huracanes, para asombro y sorpresa de quienes transitan en el mundo del arte sin mirar estas latitudes.

Landings nine, Belize City. Fotografía de Richard Holder.

Landings nine, Belize City. Fotografía de Richard Holder.

Pues sí, Joan, es verdad que estos países son pobres, ni modo, hay que decirlo así. Decirlo es necesario porque después viene la pregunta: ¿Cómo se puede ser pobre y producir una obra que trasciende con poder y fuerza cualquier limitante geográfica/espacial para dejar una impresión de plenitud en todos los continentes del mundo? El libro está repleto de las huellas que dejaron durante los diez años recientes en los 20 eventos/exposiciones con presencia en América –del norte, centro y sur–, en la Unión Europea y Asia.

Gracias a tu empeño, desde luego, y lo escribo para que otros entiendan la agitación que sentí cuando descubrí mi propio pasado contenido aquí, siendo tu cómplice en esta Odisea maravillosa que inventaste hace trece años, cuando aún vivíamos como marido y mujer.

Es la razón de esta carta, pues lo único importante para mí ahora es dejarte claro que te admiro como editor, curador, maestro y artista.

Y antes de seguir, por respeto y cariño (con lo mucho que significa esta palabra entre nosotros) solamente quiero hacer valer la seriedad de que a tus 66 años cumplidos este 12 de diciembre, emprendas el segundo volumen de esta serie inusitada… No habría forma de no celebrarte cuando vislumbras un proyecto magno de diez libros de arte cuidadosamente diseñados e ¡impresos en China! A eso me refería cuando digo que dejarás la vida en esta colección memorable. Muchos sabemos que de tu computadora pasas a la hamaca, y de la hamaca a la computadora, sin apenas darte tiempo para hacer/pensar/dilucidar otra cosa que no sea trabajo.

Evidentemente, muchísima gente puede sentirse orgullosa de ser parte de este gran libro llamado landings, ése es uno de tus grandes méritos: aquí desfilan cien autores, ya sea con textos o piezas de exhibición, y por eso mereces que se te quiera con todo el corazón, aunque esto de los sentimientos te resulte tan fuera de órbita y de contexto en el mundo real, cuando más bien lo que te inspira en el día a día es descargar ideas, frases, recuerdos, maldiciones, etcétera, a cualquiera que se cruce en tu camino, aun cuando no venga al caso nada de lo que dices o tú mismo empieces a hacer consciencia de que sería preferible hacer menos escándalo y, por ratos, guardar silencio para escuchar a los demás, ya no solo por medio de su obra, sino también de sus palabras.

Pero, qué digo, Joan, cuando por lo que muestras en este proyecto has provocado que se vea en el mundo el trabajo de los artistas jóvenes de los territorios vírgenes del arte contemporáneo. Digo el trabajo, simplemente, para evitar esos adjetivos temerarios que tanto te disgustan, y a mi también.

Joan Duran. Fotografía de Eugenia Montalván.

Joan Duran. Fotografía de Eugenia Montalván.

El punto es que quizá ningún calificativo embonaría con el contenido de este libro, indispensable en bibliotecas de toda clase, antojable al tacto.

El título completo nos dice más que la sola palabra landings que en castellano significa aterrizajes. En la portada leemos: landings. new art + ideas from the caribbean and central america 2000/2010.

El título encierra muy bien el amasijo que fuiste creando por años con paciencia tanto por el inmenso conjunto de obras que contiene como por la enorme cantidad de textos que despliega en múltiples idiomas o lenguas: catalán (tu lengua materna), inglés, mandarín, francés, papiamento, maya…

Lo mejor es que no solo publicas textos de escritores, críticos e investigadores, sino que valientemente publicas, incluso, esos correos en los que, en tus narices, la gente te trata como el maniaco/compulsivo que eres… En eso también eres original. Llenaste 464 páginas con maldiciones y extravagancias, obras de arte insospechadas y reivindicaciones morales, testimonios de amor y odio, alabanzas, fotos ingenuas, señales de decadencia, paisajes fantásticos, nubes, juguetes, gestos de hambre, monumentos, sombras… ¡mapas! Aquí todo confluye: desde un minúsculo mercado ambulante del pueblo más ramplón de Nuestra América hasta la excitante perfección de un dedo embarrado de labial dibujando un beso color cereza. Y así, tú que eres tan dado a provocar catarsis, ahora te ensalzas en la melcocha del intimismo, pues no puedo llamar de otra forma tu fascinación por exhibir tu lado más apacible en mil formas diferentes por medio de tus fotografías: en ellas estás tú, y tenía que ser así y no de otra forma.

Venga, pues, Joan, deja que la gente sepa más de ti, ¡aún es posible! Voy a dejarles tus coordenadas para que te encuentren fácil y rápidamente:

www.landingsproject.com y  joanduran@landingsproject.com

¡Feliz cumpleaños!


Autores
Es autora del libro Premio Casa de las Américas. 50 años – 11 entrevistas, investigación con la que se tituló como antropóloga con especialidad en lingüística y literatura por la Universidad Autónoma de Yucatán. Para 2014 prepara un libro testimonial sobre los contrastes culturales entre Yucatán y Durango, proyecto que surgió por iniciativa del programa Tierra Adentro.

El jurado, conformado por Geney Beltrán Félix, Luis Zapata y Jorge Fernández Granados otorgó el Premio Tlaxcala de Ensayo, convocado por el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes y el Instituto Tlaxcalteca de la Cultura, Gabriela Conde Moreno (Tlaxcala, 1979), por el trabajo Prosas sin prisa, en el cual ensaya a cerca de sus ficciones favoritas y la cultura pop.

El dictamen a favor de Conde se determinó “por tratarse de ensayos que  revelan una voz literaria inteligente con percepción y agudeza para acercarse a temas propios de la ficción en sus distintas vertientes contemporáneas”.

Gabriela Conde realizó estudios de derecho en Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla, UPAEP, y posteriormente de Literatura y Poder, en la Universidad Carlos III, de Madrid. Ganó el premio Tlaxcala de narrativa en el 2003. Publicó un libro de relatos intitulado Espejo sobre la Tierra, y ganó la primera mención del premio Internacional de cuento Melpómene, en Canarias España. Ha publicado en revistas nacionales e internacionales como Ordradrek, VICE  y  Documenta Magazine.

 

La redacción de Tierra Adentro felicita con entusiasmo a una de sus colaboradoras por este reconocimiento.

 


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
Héctor Quintanar. Fotografía: LUIS MÉNDEZ.

Desde mediados del siglo pasado, han existido intentos por organizar la historia y el desarrollo de distintas vertientes de la música mexicana, como la música electrónica, la electroacústica y el arte sonoro. El siguiente ensayo es un recuento crítico y comparativo de los textos e investigaciones relacionadas con la música electrónica desde los años treinta del siglo XX hasta la actualidad, y destaca los métodos, ángulos e intenciones adoptados por instituciones, escritores, investigadores y músicos, en correspondencia con las propias prácticas que han tenido lugar en nuestro país.

De la música electrónica, electroacústica y del arte sonoro mexicanos no podemos esperar una historia, un gran relato. No hay una corriente profunda y única que, como otras de la cultura nacional de la primera mitad del siglo XX, organice las obras, los autores y las experiencias de la música electroacústica y del tratamiento tecnológico del sonido con la coherencia que el abordaje cronológico parece ofrecer cada vez que se ha realizado en artículos, catálogos o diccionarios. Un recuento de nombres y fechas no dice nada, pero nos informa de la dispersión, del discontinuo brote de tentativas que han tenido lugar, cada una sujeta a un contexto social, político o institucional que lo condicionaba de algún modo. Así, de entrada, no hay una línea progresiva, continua, que nos permita aprehender la realidad de la experimentación electrónica en México en todo su heterogéneo e indeciso devenir en la historia cultural, o que nos deje sentir la presencia de una tradición, la aparición de estilos o escuelas que se sustituyen unas a otras, consolidándose. Consolidación de una estética electrónica no hay, sino implosiones sucesivas. Justo los precedentes de la electrónica y el arte sonoro en México que tenemos a la mano nos hacen patente un cultivo caótico de brotes, arbitrariedades, esfuerzos aislados, a veces interconectados, pero no hay una raíz ni una tradición; no hay filiaciones lineales. Hay puntos, hay madejas, hay indicios, obras y voces. Muchas de ellas desaparecen, se transforman en otra cosa al pasar de los años o simplemente no hay manera de comprobar su existencia, quedando a la deriva genealógica de una no-historia. La entrevista se presenta entonces como la herramienta de investigación privilegiada –casi la única–, frente al impasible silencio del corpus documental académico, que apenas y guarda registro de este quehacer, considerado en sus inicios como indigno, inhumano, pero ante todo desarraigado e incomprensible en sus métodos y en sus fines, pero al que se acercaron numerosos compositores, aunque sólo fuera para corroborar su asco hacia la máquina, o su indiferencia. Cuando se rastrea la documentación sobre el tema uno encuentra que estos testimonios, cuando los hay, son básicamente las notas al pie de ese gran relato de la música contemporánea mexicana; se asoman en los minúsculos créditos de sonido o de la musicalización para obras de ballet, teatro, danza o cine. Cuando no, vive este artífice y sus aventuras con la incipiente audio-tecnología en las anécdotas, muchas veces irrecuperables, de aquellos pioneros de los medios de comunicación y su improvisada operación durante las décadas de modernización del país.

Otra vía de acceso –no académica– a la creación con medios electrónicos la encontramos en los relatos subculturales de la música pop o en sus márgenes; músicas que apropiándose de los residuos de la modernidad que llegaba a México, dieron una versión del rock progresivo, del rock en oposición, del HI-NRGY o del tecno pop, desde mediados de la década de los setenta hasta inicios de los noventa, dotando de un rostro cosmopolita al país que no lograba superar su condición de atraso en materia de democracia o telecomunicaciones. Todo esto ocurrió antes del estallido tecno, a inicios de los años noventa, y con el que entran en escena nuevos actores sociales. Con ellos se vuelve a comenzar una historia, hecha de muchas voces, de muchos cuerpos, muy alejada de los fantasmagóricos espacios de la institución humanista, anclada a los sueños futuristas de la primera modernidad nacional; aquella radiante del dínamo industrial y aéreo narrado por los estridentistas, o cantada por los nacionalismos sinfónicos, afanada por reconciliar la magia ancestral indígena con los caballos de fuerza del ferrocarril. Ese futuro y sus imágenes se conserva en los museos y en las bibliotecas, y definitivamente ya pasó hace mucho. La cuestión es si los compositores electroacústicos y los distintos artistas electrónicos lo saben y cuál es su posición frente a él.

Esta memoria sobre la experimentación sonora es todavía un proyecto, y su objetivo no puede ser ni un catálogo ni un monumento, esas formas fastuosas y burocráticas del silencio, de instaurar la amnesia celebrando el recuerdo de algo sepultado o apenas enumerado. Entran en juego entonces otras posibilidades de organizar el cúmulo de antecedentes, la necesidad vital de conformar un archivo y de hacerlo productivo para los fines de aquellos que se internan en la insondable estructura del sonido en el presente. Un presente que parece acabado de llegar, que muchos creen estar inaugurando, convalidando así ideas prometeicas sobre la espontánea generación de estas prácticas artísticas ligadas a lo tecnológico, que en realidad vienen avanzando sincopadamente desde hace décadas hasta donde nos encontramos hoy.

La electrónica en el música y en el arte, de Raúl Pavón Sarrelangue

La electrónica en el música y en el arte, de Raúl Pavón Sarrelangue

Es natural esta actitud del tecnófilo: no se quiere reconocer el carácter histórico, socialmente construido, aceptar que también es producido por circunstancias anteriores, y que incluso en esta prestidigitación inaugural se corre el riesgo de ser anacrónico. Todos quieren ser los primeros, los fundadores. Sabemos que la emergencia cunde en el continente de la nación bien temperada desde los años veinte hasta el día de hoy, y el artista experimental en México, por lo general, se concentra en lo que hace y no en documentarlo reflexivamente, aunque hoy en día todo se grabe en video. Las instituciones tampoco lo han hecho (salvo por el aliento patrimonialista que sobrevive en algunas de ellas), y aunque lo intentan unas cuantas, la mayor parte de las veces lo hacen guiadas por un afán de crear una imagen ficticia de que México, en las artes, es un país adelantado e incluso innovador, y de que es posible hacer arqueología del futuro. Es el caso del titánico compendio triple en DVD que el Laboratorio de Arte Alameda publicó en 2004, (READY) MEDIA: Hacia una arqueología de los medios y la invención en México. Allí encontramos incluso proyectos que se documentaron pero que finalmente no se llevaron a cabo, o apresuradas y dispares curadurías de “arte sonoro”, que se encargaron sin un propósito claro de interpretación de todo ese material. Es en buena parte un catálogo de buenos deseos, ganas de ser globales y multimediáticos. Es más un ejercicio de imaginación arqueológica que un trabajo de genealogía crítica, tan necesario para poner en crisis un presente que sobrevivió a las fases penosas de la modernidad, y cuyos burócratas, hay que recordar, estaban fascinados con la catalogación patrimonial. México, colección de objetos sublimes para deleite internacional. ¿Qué podemos conocer de la circunstancia que nos conforma en esta experiencia del sentir sonoro, tan ampliamente promovida y practicada en las regiones de la transmodernidad cosmopolita? Habría que echar luz sobre estas prácticas tan extendidas y legitimadas, sumamente difundidas pero muchas veces sin un sentido ni una claridad sobre el lugar que estas ocupan y lo que significan en el momento actual. ¿Por qué su proliferación, hacia dónde, quién se beneficia con estas preguntas?

MAUSOLEO ELECTROACÚSTICO

De todas las artes de vanguardia en México, de las que menos se ha escrito es de las artes sonoras, y sabemos que no hay más que noticias sueltas, algunas de ellas dentro de la órbita académica, otras fuera, muchas generadas por los propios creadores. En esta desordenada constelación de materiales, la única mirada que presenta una cierta estabilidad es la cronológica, que se repite en distintos momentos, y de la que Manuel Rocha Iturbide realizó una magna summa en el 2002, comisionado por el festival Radar, y hasta hoy la más completa relación fechada de eventos relativos a la música electroacústica y electrónica mexicana, que años después dio lugar a una antología triple de discos compactos. Pero antes de avanzar en la lista de obras que intenta historiar la práctica musical electrónica y electroacústica, quiero destacar dos libros que surgen en momentos muy significativos de transición del país: Hacia una nueva música: Ensayo sobre Música y Electricidad, de Carlos Chávez de 1937; y La Electrónica en la música y en el arte, del ingeniero Raúl Pavón, publicado en 1980. Estos dos títulos elaboran con gran elocuencia unas ideas muy pertinentes frente a la realidad tecnológica y su choque con las artes y la creatividad, y sorprende que, salvo el musicólogo, el detective privado o el coleccionista excéntrico, nadie se acerque a ellos, justo en un momento de intensa actividad sónica, pero de muy poca discusión de ideas acerca de la misma, como es el actual. En ambos textos se aborda de manera más o menos sistemática la naturaleza de las tecnologías del sonido y su impacto en las maneras de hacer y disfrutar la música, y de sus vastas aplicaciones en el quehacer sonoro. El primero, de Chávez, es un texto formado por varios artículos, y fue celebrado por Edgar Varese por ser una de los primeras teorizaciones en el mundo de la música acerca de estos temas. Ahí, Chávez realiza una bella reflexión sobre las implicaciones estéticas y técnicas de la inscripción y la reproducción sonora mucho antes que Pierre Scheffer, y plantea varios retos al músico formado en el humanismo y sus jerarquías basadas en el autor y la idea musical, así como en la partitura y el concierto, e incorpora la figura del ingeniero como nuevo agente de creación. El libro, dos veces reeditado en Estados Unidos, se publicó en México hasta 1992, por el Colegio Nacional. Es como si el futuro nos enviara un mensaje desde el pasado, pero nadie tuviera tiempo de escucharlo. El de Pavón es un diccionario muy puntual de pretensiones exhaustivas que describe y enumera los componentes de las audio tecnologías. Una tarea notable para un país oficialmente “en vías de desarrollo” en ese momento, y con una mínima producción musical electrónica, con su laboratorio, que se había fundado en el conservatorio en 1971, ya desmantelado. En ninguno de los dos títulos se reflexiona verdaderamente sobre estos nuevos paradigmas en el contexto mexicano, ni tampoco, al menos en el caso del libro de Pavón, se mencionan los creadores que habían estado trabajando desde la perspectiva electrónica en el país y sus repercusiones. Luego están las tesis de estudios de doctorado de Manuel Rocha Iturbide, Pablo García Valenzuela o Rodrigo Sigal, a las que al día de hoy podemos sumar las de muchos otros estudiantes de doctorado interesados en la electroacústica, como Hugo Solís, por ejemplo. En todos ellos se indagan básicamente aspectos formales del sonido desde las perspectivas tecnológicas de la espacialización, la física cuántica o los medios electroacústicos o informáticos, pero no hay visos de situar o interpretar el hecho sonoro en tanto evento estético y sus posibles conexiones con un entorno más amplio de sentido.

Tal vez la única obra de este tipo que se orienta desde el interés por desentrañar la especificidad del quehacer electroacústico en México sea la del compositor Gonzalo Macías, sobre la historia de la música mixta mexicana, donde reflexiona sobre la estética que surge de las estrategias de compositores como Javier Álvarez, Manuel Enríquez o Conlon Nancarrow. Fragmentos de esta tesis de doctorado, realizada en Francia, fueron publicados en la revista Pauta, que junto a Heterofonía y actualmente también a Sonic Ideas, han sido los principales espacios de publicación para trabajos académicos o de divulgación de la música contemporánea, y en las que cada tanto es posible leer retazos de investigaciones, reseñas o artículos sobre la electroacústica, la electrónica o el arte sonoro. Aquí, sin embargo permanecemos en el mundo aséptico, sumergido y aislado de la academia, desbordada por todos lados por la incontenible creatividad que el acceso a la tecnología impulsó desde hace más de una década, y del que la musicología o el vocabulario exclusivo de la electroacústica no podrían dar cuenta. Existen cada vez más tentativas al respecto, como blogs de aficionados, artículos no especializados en revistas de cultura, pláticas y conferencias en el marco de los festivales que han logrado instalarse en el corazón de la cultura contemporánea en México, pero el abordaje mediante la escritura y la recreación documental es todavía una tarea, que además, como la misma electrónica y el arte sonoro plantearon, no tiene un campo limitado, ni obedece a clasificaciones estrictas o disciplinares, por lo que es muy abigarrado y extenso el horizonte de trabajo, por no decir abismal.

Portada de Electroacústica

Portada de Electroacústica

DE INVENTARIOS 

Al interesado en las numeralias y fichas técnicas le servirá consultar el Diccionario de compositores mexicanos de música de concierto (1996), de Eduardo Soto Millán. Y podrá obtener datos precisos en el Diccionario Enciclopédico de Música en México (2007), de Gabriel Pareyón; o leer opiniones compactas y editadas bajo criterios periodísticos en Visiones Sonoras, de Roberto García Bonilla, del 2001. Aunque este tipo de resúmenes clasificatorios no logran darnos elementos de interpretación, historiográficamente son muy correctos, y tal vez el texto de Pareyón arriesgue más que los otros en este sentido, por lo que puede ser más enriquecedora su consulta, pero siempre aséptica, como el objetivismo historiográfico impone.

Pero para el asunto que tratamos hay una explicación aún más profunda: no hay realmente, dentro de los cánones, casi ningún autor verdaderamente electrónico a quien incluir a lo largo de media década en estos compendios (salvo por Antonio Russek, Roberto Morales o Javier Álvarez). Incluso hay omisiones (sintomáticas para los trabajos realizados después de los años noventa) de creadores fundamentalmente electrónicos o electroacústicos (el caso de Guillermo Galindo, radicado en Berkeley, California, desde hace años), y que por el mismo hecho de que su repertorio es casi en su totalidad electrónico, ha pasado desapercibido para el radar del academicismo musical mexicano. Tal vez sea mejor opción consultar el catálogo de autores y obras electroacústicas que realizó Alejandra Odgers para graduarse como licenciada de la Escuela Nacional de Música en el 2000. Al menos se recogen con mucha más actualidad los nombres de aquellos mexicanos que se han dedicado al medio tecnológico en la creación de su música. Pero no es más que un catálogo de obras y nombres propios, casi un directorio. Hay un libro extraordinario de entrevistas de Leonora Saavedra, editado por la SEP en 1980, en donde, aunque todavía dentro de la música académica de vanguardia, casi toda instrumental, se abunda en las conversaciones sobre la inminencia de un cambio en la experiencia de la producción sonora, sus instituciones y los estilos y antecedentes de la tecnología en el terreno de la composición. Sin embargo, aún permanece la autoridad del creador, la partitura, la disciplina instrumental como paradigma de la práctica sonora en México. Digamos que se encuentran elementos complementarios para entender la mente del compositor en México en relación al futuro y sus múltiples caminos, apenas entrevistos. Entre ellos vienen Francisco Núñez, Mario Lavista, Rodolfo Halffter, Joaquín Gutiérrez Heras.

La prótesis sin historia

Otro hecho que salta a los ojos es que la música electrónica o electroacústica en realidad la encontramos –cuando se aborda más allá de la mera enumeración clasificatoria– casi siempre como un apéndice de las narraciones enciclopédicas de la historia de la música mexicana. Hay espléndidos e insuperables ejemplos, pero siempre nos encontraremos con la misma relación de hechos y con el carácter residual de la tecnología en el concierto de la música instrumental y acústica de la “nueva modernidad” en las artes sonoras de México, como la llama Yolanda Moreno Rivas, cuyo libro La composición en México en el siglo XX, de 1994, es uno de los mejores y más pormenorizados análisis, tanto histórico como estético, de los caminos que tomó la vanguardia musical desde sus orígenes en el nacionalismo, hasta el rechazo del mismo y sus diversas transiciones a través de los lenguajes y técnicas que llegaron de Europa y Estados Unidos. Otro caso muy anterior es la enciclopedia dirigida por Julio Estrada y editada por la UNAM, La música de México (I. Historia, tomo 5. Periodo Contemporáneo, 1984). En ella se tiene una descripción de los autores y de las obras, así como de las instituciones que impulsaron por un breve y frágil periodo de tiempo (el Conservatorio, el CENIDIM, Radio UNAM) la experimentación electrónica y electroacústica. Pero mantiene este carácter descriptivo, incluso rutinario, sin dejar de ser un antecedente documental útil al investigador, aunque casi exclusivamente en cuanto a la relación de datos que, en el conjunto de la colección, parecen mostrar una cierta progresión de lo prehispánico a la “nueva complejidad” moderna musical. Una narrativa que más que explicar quiere proponer una línea de tiempo evolutiva en los estilos del quehacer sonoro en México, y no una problematización.

Existen trabajos consagrados exclusivamente al hecho electroacústico, piezas menores de divulgación, pero significativos. Uno de ellos es el del compositor Manuel de Elías en la revista Heterofonía, recién fundada por Esperanza Pulido en 1968, cuyo título es “Sobre música electrónica”. En él aborda la llegada de la promesa de un timbre nuevo en el aparato generador de sonido sintético, pero no hay una noción de la situación cultural de estos adelantos en su relación con la música mexicana. Luego están las cuatro páginas que destina el sueco Dan Malmstrom al tema de la electrónica mexicana en su estudio sobre la “música de arte” en México, titulado “Introducción a la música mexicana del siglo XX”, de 1974. Nuevamente verificamos que la electrónica apenas es un apéndice de la música contemporánea orquestal, además de que no hay la distancia documental necesaria, y sus indagaciones llegan hasta 1973, apenas dos años después de que se abrió el primer laboratorio electrónico en el conservatorio por iniciativa de Héctor Quintanar y Raúl Pavón. En esas cuatro páginas lo único realmente importante para el interesado es la constatación de que la modernidad implicaba ciertas condiciones para que ésta se manifestara plenamente en la música, y que la electrónica, en el caso mexicano, mostraba contradicciones económicas y representaba una dudosa ruta para los músicos académicos. ¿Cómo expresar la contradicción de la modernidad mexicana en el sonar electrónico, sus inacabadas revoluciones, sus desigualdades respecto de un progreso material?

En su momento, Mario Lavista redactó un par de artículos sobre asuntos relativos al timbre nuevo de la tecnología, sobre electroacústica, y sobre la necesidad de aceptarla como parte de una corriente irremediablemente moderna y creciente en el mundo musical contemporáneo. En el disco independiente Música electroacústica mexicana, editado por Antonio Russek y Ángel Cosmos en 1984, se incluye uno de estos artículos breves y premonitorios de Lavista. Se tiene también el ensayo de Javier Álvarez, escrito en 1995, compositor que durante sus estudios en Inglaterra descubre inesperadamente el estudio electrónico y se convierte en un autor indispensable de la electroacústica mexicana a nivel internacional, así como de su teorización estética, pero cuya carrera realizó en el extranjero, permaneciendo allá una buena parte de su vida, hasta hace algunos años. Ahí, el creador nos habla de esta escasa pero única fuente de obras y autores que figuran en todas las historias oficiales de la electroacústica. Lo más rescatable del recuento que hace Álvarez son las afirmaciones que vienen hacia el final del texto, en donde habla de la necesidad de “inventar una tradición”, y del joven medio tecnológico como una posibilidad abierta para una generación de compositores en ciernes.

Durante los años setenta y ochenta hay una miscelánea de artículos, publicaciones y abordajes relámpago por parte de distintos personajes del medio, como Antonio Alcaraz y otros críticos y cronistas, pero la mirada y la función se circunscribían a la del periodismo cultural, la reseña o las notas de programa, sin duda un material noble para informarnos, pero la electrónica y la electroacústica son todavía una anomalía. Habrá que internarnos en los territorios la cultura popular para encontrar los subrelatos de ese otro encuentro de la imaginación con la tecnología en México, y las varias formas de significarlo musicalmente. Pero ese, es otro viaje.


Autores
(Ciudad de México, 1973) es crítico, curador y cofundador de OPE3RA, así como del proyecto editorial Ñ. Ha publicado Variación de Voltaje, entre otros libros.