Tierra Adentro
Alessandro Baricco

El escritor italiano Alessandro Baricco, autor de Oceano Mar y 1900, presentó a la prensa mexicana la Scuola Holden, (por Holden Caufield, por supuesto) de la cual es director. La Scuola Holden es una escuela de Storytelling. Un lugar único donde se enseñan las técnicas con las que los objetos de nar- ración están producidos, en el presente. En 19 años de experiencia se ha especializado hasta convertirse en un auténtico laboratorio: quien tiene la urgencia de una historia aquí aprende a contarla con lenguajes y herramientas diferentes.
Pero la Scuola Holden es también otra cosa, un centro de producción cultural: eventos, encuentros, proyectos, contenidos. Un lugar abierto donde hacer nacer y crecer las ideas.

Frente a la pregunta de por qué es mejor una escuela de escritura que aprender por cuenta propia, Baricco aclaró que si bien es cierto que muchos grandes escritores nunca pusieron un pie en una escuela, demasiada soledad es mala. La sociedad actual encierra la creatividad, y una escuela especializada puede volver a abrir la creatividad de los alumnos.


Autores
El árbol. 2. Isidro R. Esquivel

A la casa-barco y sus habitantes del aire

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La tormenta regresaba con el frío que se incrustaba lento, asomando los colmillos por debajo de las puertas, las uñas azuladas y punzantes entre las vértebras de las ventanas. Circonio sabía que la luz se extinguiría en cualquier momento, pero sabía también que la premura sólo lo llevaría a cometer algún error al buscar las nuevas coordenadas en el mapa. Rodinia cotejaba los puntos marcados en el papel con el dibujo que había aparecido esa mañana en la ventana de la cocina. Más que coordenadas, se trataba de referencias con las que podrían guiarse para encontrar el Túnel, el único camino que conectaba con la autopista más cercana.

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Ya habían pasado seis días desde que se instalaran, un tanto apesadumbrados, en la cabaña. El plan había empezado a desintegrarse desde que abandonaron la camioneta en la entrada del pueblo. El chofer los bajó ahí, negándose a acercarlos al valle en que desembocaba la cascada pétrea que se extendía rodeando un claro donde, aseguraba la leyenda histórico-geográfica del sitio, había habido hace siglos un lago, y donde ahora se asentaban algunos moradores del Jardín a los que se les conocía como “los neblinizados” y con los que, aseguraba la vox populi encabezada por el chofer, era mejor no entablar conversación alguna, y de ser posible, no mirarlos siquiera.

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Aquella instrucción resultaría difícil de seguir para los viajantes, quienes acudían al Jardín de Monjas justamente porque habían recibido una invitación para celebrar el cumpleaños número 100 de Ulha, aquella muchacha que llegó a casa de sus padres una noche bastante inusual y espesa, aún latente en la memoria de algunos colonos a causa de la conmoción que la neblina provocaba al devorar luces y calles taladradas por la aguda tromba que desempolvaba cada resquicio de la ciudad. En los hermanos persistía el recuerdo nictálope de la aparición de Ulha, igual de intempestiva que el fenómeno meteorológico nunca antes atestiguado: de la muchacha se desprendía un aura de vapor –iluminada por el foco del portal– a causa de la intensa travesía entre las calles todavía gélidas; su voz, quebrantina, anunciaba que había encontrado la solicitud de cuidadora de infantes en un poste con que tropezó al entrar a la ciudad; sus manos hacían temblar el papel mientras explicaba que había dado con la casa después de haber seguido las indicaciones de cinco personas que insistían en que tenía que ir por donde había venido, hasta que una de ellas notó la especificación en el número del satélite colonial: Krampta bajo VI. Desde su llegada, y durante los 15 años que fungió como sustituto de madre y padre, Ulha desprendía ese olor a ololiuhqui recién abierto a la noche; buscaba, con la mirada inquieta, algún rasgo ajeno a la casa tras las ventanas; vibraba de hielo quebrado el vidrio, la madera en el piso y los muebles, como si a cada paso contagiara el constante temblor incomprensible de su cuerpo, que ella solía atribuir a la humedad friolenta de la tarde ida, y del que sólo lograba desprenderse jugando con sonidos que brotaban de lo más profundo de su tórax y se impulsaban regurgitando entre saliva y carne tráquea hasta saltar por la boca. Esa era Ulha en el recuerdo de Rodinia y Circonio, y la curiosidad alegre de volverla a ver después de su desaparición –todavía más inexplicable y azarosa que su llegada–, los había movido a recorrer carreteras en construcción, tramos de terracería y curvas abisales que se multiplicaban agudas y profundas hasta entroncar con la autopista que figuraba la extensa lengua al aire del Túnel, cuya oscuridad enfrentaron creyéndose valientes a bordo de la camioneta, sin vislumbrar la verdadera valentía que necesitarían para lograr atravesarlo de vuelta, por lo menos, a pie.

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La fiesta había empezado desde medio día, pero Ulha esperaba atenta, en el portal, la llegada de Circonio y Rodinia. Al verlos acercarse, uno de los antiguos temblores empezó a vibrar a lo largo de sus piernas, estremeciendo el cuerpo entero, pero luego de abrazarles y entregarle a cada uno una jaula con cinco colibríes a manera de bienvenida, la templanza cálida de los cien años de andanzas volvió a las delgadísimas y ancianas extremidades.

¡Ah!, si se hubieran ido aquella misma tarde… Pero la embriaguez derivada no sólo de las exultantes bebidas y alimentos ofrecidos desde que entraran a la casa, sino del agradable vapor que se desprendía de un pequeño árbol encendido a partir del ocaso para ser ofrecido en sacrificio durante la celebración del rito, junto con el alegre y cálido ambiente ajeno a la brizna gélida que afuera diera paso a la densidad neblinosa que lograba filtrarse a través de las ventanas, hizo bastante seductora la opción de continuar con el brío del festejo, cuya luminosidad alcanzó a confundirse con los tentáculos solares del desperezado día.

Al sentir la claridad traspasando sus párpados, Rodinia despertó reconociendo en su aliento el sabor de la carne medio cruda, aderezada con aquella bebida cuyo dejo amargo se endulzaba al degustarlo en el paladar rumbo a la garganta. Golosa y hambrienta, buscaba algún sobrante en las ollas desbordadas por  la cocina, cuando la voz desvelada y ronca de su hermano la sorprendió, preguntándole por los anfitriones. “Deben seguir durmiendo. Casi acabo de despertar y no he visto a nadie”. Circonio miraba el desorden de la cocina y los restos de comida en los platos regados por todas partes en el espacio que se había usado como pista de baile y que seguramente, de cotidiano, era la sala-comedor. “Exacto, Rodinia, no hay nadie. ¿No te parece raro? Hasta donde recuerdo, esto estaba repleto, y cuando nos fuimos a dormir, la mayoría seguía bebiendo y conversando, volteando a cada momento a las ventanas y a la puerta del dormitorio de Ulha, ¿te acuerdas?” Rodinia, que al fin había encontrado algo de carne y empanadas, comía y caminaba por los pasillos, asomándose a las habitaciones de puertas abiertas, por donde asomaban montones de colchonetas y cobijas sin doblar y sin durmientes. “Sí, parecía que tenían energía para rato… Y no me extraña, con tanta comida y bebida… Pero valió la pena, ¿no, hermano? Sobre todo, que nos atendieran como grandes invitados de honor, y que nos hayan dejado ser los únicos en entrar al círculo alrededor del árbol quemándose, cuando Ulha nos puso las coronas con las cabezas de colibrí y nos dijo aquella frase en su idioma nativo…” Circonio juntaba los restos de los platos en uno más grande y tiraba los usados a un bote. Ya se había puesto la chamarra y los zapatos, después de verificar, igual que su hermana, que en la casa no quedaba nadie. “Sí, eso fue muy emocionante, sobre todo porque fue lo único que dijo durante toda la fiesta, aunque con las miradas y breves gestos de alegría que nos dedicaba mientras comíamos, me hizo sentir cuidado y tranquilo, como cuando éramos niños… ¡Ja! Hubieras visto tu cara cuando notaste que la corona estaba hecha con las cabezas recién cortadas de los colibrís que nos regaló cuando llegamos… Yo también me estremecí un poco con ese ritual, no creas. Pero luego pensé que alcanzar cien años de vida y además tener el ánimo para celebrarlos, merece el sacrificio de cualquier animal.” Instintivamente, Rodinia había seguido el ejemplo de su hermano –que para algo era el mayor– y ya se había alistado para salir. También había recopilado lo que quedaba bueno para comer, incluyendo frutas y vegetales que encontró en la repisa junto al lavadero de la cocina. “Oye, ¿a dónde crees que se hayan ido tan temprano, y además llevándose a Ulha? Qué desconsiderados se vieron al no quedarse a ayudar a limpiar, ¿no?, hasta parece como si se hubieran escapado.” “Ay, Rodinia, nosotros no nos estamos viendo muy amables al llevarnos todo esto, ¿no crees? No sé, a lo mejor siguen con el ritual en otra parte, y no quisieron despertarnos, o a lo mejor, por ser extranjeros, no podemos estar ahí.” Circonio abrió la puerta y se quedó viendo el paisaje, intentando reconocer el camino por el que habían llegado la tarde anterior. “¡Cómo cambia todo con la luz del día! Ándale, vámonos, aprovechando que ya no hay neblina y que ya deben estar abiertas las tiendas.” “Pero si ya abrieron las tiendas, ¿para qué nos llevamos la comida?” “A ver, Rodinia, ¿hay algo de comer en la cabaña? Ni siquiera checamos si había gas. Si ya abrieron las tiendas, compramos algo de tomar y preguntamos si vamos por el rumbo correcto”, contestó Circonio, algo irritado y con ese tono irónico que delataba que ya tenía hambre. “Pero si es bien fácil”, dijo Rodinia mientras se asomaba al sendero y empezaba a caminar rumbo a una pendiente por la que asomaba una cúpula anaranjada. “Sólo tenemos que llegar adonde está la iglesia y ahí damos vuelta a la izquierda, por la calle que baja rumbo al caminito de terracería que da a la cabaña. ¿No te acuerdas que hasta le preguntamos al señor que nos acompañó cómo se llamaba ese sendero, y nos dijo, muy serio, que Monjas?” “Cierto”, dijo Circonio mientras seguía a Rodinia, “ese señor estaba serio desde que lo encontramos al entrar al pueblo; pero él mismo fue el que se ofreció a guiarnos, no entendí su molestia cada que le preguntábamos algo… Uy, qué bueno que todavía tienes esa memoria fotográfica, porque yo, la verdad, pensaba ir para el otro lado…”

Sin embargo, fue la última vez que coincidió el recuerdo de Rodinia con el camino andado. En efecto, las tiendas que encontraron a su paso ya estaban abiertas, y compraron lo suficiente para pasar el fin de semana y el trayecto de regreso a la Ciudad, que, bien sabían, sería largo. Disfrutaron los gorgoritos de aves hasta entonces desconocidas, y de los olores que emitían, a distintas horas del día y especialmente en la noche, las diversas especies de flores y plantas que les rodeaban. Vieron transformaciones cromáticas en el cielo que sólo conocían gracias a los documentales que habían heredado de su tío abuelo y que solían ver junto con Ulha, a la hora de la merienda. Se estremecieron, igual que la primera vez que debieron dormir en habitaciones separadas, con cada ruido proveniente de la floresta, con cada crujido del techo y la madera del piso o los marcos de las ventanas al ser removidos o entumecidos por el gélido aliento de la noche.

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El domingo por la tarde comenzaron a empacar y alistar sus cosas para salir a la mañana siguiente. Buscarían al mismo señor o a algún otro que quisiera acompañarlos hasta el Túnel, y ahí esperarían a que pasara algún camión o camioneta que se dirigiera a Lanski, donde comprarían turno para la primera cabina disponible del Teleférico que los elevaría de nuevo a la Ciudad.

Pensaron en ir a despedirse de Ulha y su familia, pero la neblina avanzaba rápidamente y parecía igual de densa que la que los envolvió la noche del rito. Temían perderse rumbo a la casa o tener que pasar la noche allá, pues con semejante frío nadie se atrevería a acompañarlos de regreso. Prefirieron pasar la tarde hojeando un pequeño cuaderno que Ulha les había regalado después de que terminara la ceremonia del árbol encendido. Los textos estaban acompañados de algunos dibujos que retrataban paisajes, escenas de otras ceremonias (algunas más escalofriantes que la que ellos habían experimentado), y un mapa del Jardín que se repetía en varias ocasiones sin ser nunca el mismo: las referencias principales cambiaban de lugar, y no había manera de especificar los rumbos cardinales en calles y senderos. Varios fragmentos de aquello que lindaba entre diario e historia del Jardín de Monjas estaban escritos en idioma nativo y otros en el de Rodinia y Circonio, lo que les hizo comprobar, orgullosos, que Ulha había pensado desde un principio en ellos como destinatarios de ese regalo.

Como niños, más ansiosos porque acabara la tarde-noche y llegara el día, se detenían en las imágenes, a veces violentas y descarnadas, y a veces de una ternura que les recordaba el cántico que emitía Ulha cuando los notaba temerosos, tristes o enfermos. Se entretuvieron bastante tratando de descifrar el sonido de los signos que no conocían, jugando con la pronunciación de párrafos enteros o palabras solas, cuyo misterio se notaba enraizado a cada una de sus letras. Pronto se instaló la noche, adivinada tras la capa insondable de agua que empezaba a estremecer la cabaña con su vaporosa humedad. El viento intensificaba su elástico murmullo, y, ¡horror!: la corriente eléctrica se detuvo. Ambos, paralizados por el instinto primitivo de temor que ejerce la oscuridad en las especies animales carentes de visión infrarroja, preguntaron al mismo tiempo: “¿Trajiste la lámpara?” Evidenciando su falta de previsión, empezaron a tantear cuidadosamente aquellos lugares de la cabaña donde podría haber, por lo menos, un cirio. Después de minutos angustiosos, durante los cuales se percataron de lo denso del silencio y de la neblina que avanzaba incrustándose voraz, Circonio encontró el tesoro en el fondo de un cajón de la alacena: “Parece que es normal que se corte la luz, Rodinia, porque aquí abajo hay hasta para armar una antorcha, pero nos quedamos con esta lamparita, mira…” Enseguida iluminó la sonrisa de su hermana, que empezaba a asociar la falta de luz con la baja temperatura que la hacía sacudirse de breves escalofríos. “Oye, ¿y si abrimos las ventanas y armamos una fogata? Se siente la falta de red calorífica…” “Mmmm, no sé, Rodinia, eso de las fogatas suena a expedición folklórica, como cuando nos llevaron a las Arenas del Solsticio para verificar la llegada del Aura Nocturna… Pero tienes razón, empieza a resentirse el frío, y el techo de la cabaña es bastante alto…”

Alrededor de su fogata liliputense –pues temían extender demasiado la flama– regresaron al descubrimiento de los apuntes de Ulha, y, saltándose los fragmentos en idioma nativo, empezaron a leer:

 

No he podido explicar a Rodinia y Circonio cuál es el origen del Jardín de Monjas. No quisiera asustarlos o causarles malos sueños. Yo me tardaba mucho en dormir después del ritual de cada viernes del mes Kartru, cuando los mayores preparaban la bebida del ocaso y cada uno contaba, siguiendo el orden cronológico de su propio nacimiento, un episodio correspondiente a la genealogía del Jardín. La noche más difícil para mí, era la dedicada a explicar lo siguiente: el Jardín de Monjas no fue siempre un valle rodeado de esas terribles formaciones rocosas. Antes hubo un lago cuya agua provenía de las cascadas sulfurosas del cráter del norte, hoy tan seco y nevado como cualquier otro pico montañoso que rodea al pueblo. Gracias a los altos niveles minerales y a la constante temperatura templada del agua, en ella vivían diversas especies de flora y fauna muy particulares, sobre todo porque la sedimentación del lago se nutría de la composta creada a partir de la desintegración cadavérica, ya fuera de alumeknnos o animales del pueblo, que entonces conservaba el nombre de Alumeknne, y significaba Cuevas de Agua. Pero no es que los muertos fueran arrojados al agua, sin más. No. Habían construido un cementerio submarino, al que se entraba desde una cueva erigida de manera natural entre las orillas del lago y el sur del pueblo. Los cuerpos se amortajaban con algas y líquenes y se les amarraban cinco piedras: una en cada extremidad y otra bajo el tórax para asegurar que el cuerpo se asentara y la descomposición fuera más lenta. Por otro lado, eran pocas las familias alrededor del  lago y la mayoría se moría casi siempre de vieja, así que el agua lograba cierto equilibrio en su densidad. No se supo si las cornípetas nacieron gracias a esta mezcolanza de organismos acuáticos, pero los alumeknnos sabían vivir con ellas y los dones curativos de las callosidades en cada una de las falanges ventosas de sus trompas. Hasta que, movido por la promesa de una fuerte ganancia mercantil, el jefe de intercambio de bienes aceptó la intervención de los rastreadores de oriente para que cazaran sin restricciones a estos preciados seres cuyo poder milagroso estaba cargado de una terrible contraparte. Ignorantes del método adecuado para atraerlas y solicitar la gracia de su servicio, los rastreadores se limitaron a espolvorear el sedante que acostumbraban usar en las cacerías, y que, una vez ingerido, aletargaba el organismo y después de cierto tiempo (que ellos aprovecharían para cortar las trompas), empezaba a envenenarlo. Al notar el desmayo de sus hermanas, las cornípetas aún no intoxicadas develaron un misterio más de su naturaleza fisiológica: escaparon del lago haciendo uso de diminutas patas que parecieron brotar de ciertos botones viscosos bajo su panza, y corrieron, con velocidad sorpresiva, a esconderse bajo tierra. Pero este acto, más que salvación, fue un sacrificio para resguardar sus trompas antes que otorgarlas a quien no sabía merecerlas. Así, conforme penetraban la tierra, su cuerpo iba petrificándose, dejando sólo la cabeza y la trompa afuera, de tal forma que su contorno recordaba a esas figuras encapuchadas que en las civilizaciones del Este eran conocidas como monjas. La sorpresa sobrevenía al mirarlas y escucharlas de cerca: era doloroso advertir los gestos y los gruñidos de horror de las cornípetas ante la desesperante asfixia ocasionada por la tierra al inundar sus entrañas, pues, como se sabe, respiraban a través de las microventosas que cubrían su cuerpo. Terribles en su furia por haber sido arrancadas de su hábitat nativo, las cornípetas condenaron a la neblinización a todo aquel que pisara estos lares. Si ellas debían quedarse enraizadas, los bípedos debían quedarse fuera de la tierra cada vez que hubiera una noche igual a esa: cubierta de neblina densa y gélida. Las voces determinaron: Durante las tres primeras noches de neblinización cambiará la geografía del entorno, haciéndoles sentirse atrapados y perdidos, pero siempre con la posibilidad de encontrar la ruta correcta hacia su destino inmediato. Después, la neblina se convertirá en umbral que los transportará a cualquier punto geográfico totalmente ajeno al de su naturaleza cotidiana. Ahí vivirán el tiempo suficiente para crear profundos lazos afectivos con cualquier congénere, a quien, mediante algún acto ritual, se le traspasará la neblinización. Esto sucederá después del tercer y último viaje a través del umbral neblinoso, cuando el neblinizado sea reclamado por su tierra de origen para cumplir los últimos designios antes de la transfiguración mortuoria, al cumplirse un centenario de vida terrestre. Si no logra traspasar la neblinización al término del ciclo asignado, el neblinizado se condenará a vivir eternamente petrificado, sin posibilidad de anular sus necesidades orgánicas y sin posibilidad de satisfacerlas. Así será, así sea, fueron los últimos sonidos de las cornípetas que, al unísono, habían dictado la sentencia antes de quedar completamente petrificadas.

Entonces la era de Alumeknne llegó a su fin y empezó la nuestra, maldita hasta la novena generación, pues la sangre de la montaña reverberará potente, y el Jardín será de nuevo lago, pero de fuego.

 

La lectura de los hermanos se vio interrumpida por el naciente llanto de Rodinia, y la intempestiva corriente eléctrica que se integraba de nuevo a la normalidad, alumbrando, con esa calidez de sol diminuto, el refulgente abrazo de ese organismo insondable que, tras la ventana, hacía vibrar la cabaña, como si la estuviera manteniendo en el aire.

Circonio abrazó a su hermana, quien acostumbraba llorar en silencio, pero con tremendas sacudidas corporales. “¿Qué vamos a hacer ahora, hermano?”, alcanzó a decir Rodinia, entre hipo e hipo de llanto. “No te preocupes, no hay mucho qué hacer. Mañana intentaremos llegar al Túnel antes de que regrese la neblina. En la carretera cambia la altura drásticamente, así que no nos volverá a alcanzar hasta dentro de mucho tiempo.”

Pero la neblina permaneció durante la noche, y el día, y la noche siguiente. Cuando el cielo amaneció limpio, ni siquiera intentaron salir. Se quedaron junto a la ventana mirando la profundidad del desfiladero ante el que habían sido llevados. “Hoy es la tercera noche”, se dijeron mutuamente, esperanzados. Después de mirar, anonadado, el vacío, Circonio sonrió para sí y le dijo a su hermana: “Por cierto, antes de salir de casa encontré la invitación para celebrar el encuentro de la tía Martha con su Golem. Si los cálculos salen bien, alcanzamos a llegar…” “¿Quién es la tía Martha? ¿Y cómo puedes estar de ánimo para otra fiestecita?” “Uy, ¡qué humor!… La tía Martha nos cuidaba antes de que apareciera Ulha… Y no sé, pensé que a lo mejor en su fiesta nos hacía entrar a algún ritual que anulara esto, o algo así, pero si no quieres…” Circonio cortó de tajo la ocurrencia que había nacido de su persistente humor negro cuando vio cómo la intensa luz del día era interrumpida de golpe por una inmensa capa blanca de agua condensada; sutil recordatorio de que su destino era sólo uno e irrefutable.


Autores
Ciudad de México, 1978) es autora de Joni Munn y otras alteraciones del psicosoma, entre otros libros.
Claudio López, Javier Cercas y Rafael Perez Gay

Les compartimos un par de frases de Javier Cercas en la presentación de Las leyes de la frontera:

La novela es un cocido. Un monstruo omnívoro que se lo come todo. Así va evolucionando.

Cuando veo una frase bonita, la tacho. Detesto la literatura ornamental, es decir, la literatura que suena a literatura.


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
Someck, Castillero y Grossman

Ante un auditorio atiborrado, y con la presencia de David Grossman y Ronny Someck, Silvia Eugenia Castillero fue la encargada de presentar el número 73 de la revista Luvina, dedicada a la literatura israelí: “la literatura más lejana, geográfica y gramaticalmente hablando, que hemos glosado”. Este número reúne a 46 autores de varios géneros y generaciones, entre ellos David Grossman, Ronny Someck, Amos Oz, Yoram Kaniuk y Etgar Keret. Grossman leyó en hebreo un fragmento de su novela La vida entera, sobre una madre que trata de explicarle la situación de Israel a su hijo. Por su parte, Someck causó lágrimas con la lectura de sus poemas entre el público asistente y se llevó una fuerte ovación al final de la misma, también en hebreo.


Autores
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Cayuela, Oviedo y Taibo.

En breve y amena charla para presentar al público la nueva colección de clásicos literarios de la Dirección General de Publicaciones se dieron cita en la sala Agustín Yáñez Ricardo Cayuela, Director General de la DGP, José Miguel Oviedo, uno de los más grandes críticos literarios de nuestra lengua, y el novelista y periodista Benito Taibo.

Ricardo Cayuela expuso que las razones para crear esta nueva colección es que el gobierno mexicano ha tenido una gran labor editorial, pero que con el tiempo se han ido desvirtuando, al tomar el papel de un editor privado. Ahora el Estado debe apuntar más hacia el fomento a la lectura y no hacer una competencia desleal a la industria editorial.

“La palabra clásicos suele sugerir un libro largo y aburrido”, comenzó José Miguel Oviedo, parafraseando a Borges. “Esa es una idea falsa y peligrosa, releer esos libros nos confirma que están vivos, no son momias”. Los clásicos son los autores de los cuales provenimos y que para cada época significan cosas muy diferentes, explicó.

Por su parte Benito Taibo dijo estar convencido de que si estos textos clásicos que generan una educación sentimental llegan a manos de los jóvenes, esto permitirá que generen una relación con la otredad que los aleje de la violencia. “Los libros salvan”, concluyó.


Autores
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David Grossman y Mario Vargas LLosa abrieron ayer por la mañana el Salón literario “Carlos Fuentes” de la FIL Guadalajara:

No escribo para escaparme de la pena o enfrentarme a ella de una manera más concreta. No soy un escritor ‘escapista’. El escribir, en cada condición, en cada cosa que me ha sucedido en la vida, es una forma de Estar en la situación: hay muchas distracciones tan sofisticadas, tanta manipulación que no nos permite enfrentarnos a la dureza y la tragedia de la vida. Vivimos de una manera tan corta, que la forma de estar en la vida es enfrentarme a ella y mi forma de enfrentarla es con la escritura, con dar los nombres privados a la realidad.

—David Grossman


Autores
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Calila y Dimna. Isidro R. Esquivel

Los buenos libros se dejan leer; los grandes, no se dejan olvidar, y los libros necesarios crean sus lectores. Loba de Verónica Murguía (SM, 2013) pertenece a esta última categoría. Podría parecer una exageración al hablar de una novela que incluye una princesa, un dragón y un unicornio, pero lo cierto es que estamos ante algo más que un libro merecedor de un premio de literatura juvenil: estamos ante una novela que es todo un alegato contra la sumisión al mercado y a la violencia.

Loba es una novela (en apariencia) de caballería en la acepción más pura del término: narra un periplo de iniciación y transformación. El de Soledad, princesa del medieval reino de Moriana, un estado esclavista en guerra perpetua con una nación de magos, Alosna. Ello es sólo la superficie de una obra que rebasa sus límites autoimpuestos (literatura iniciática, de género, ¡para jóvenes!) gracias a la dimensión de su lenguaje y su militancia humanista.

Moriana y Alosna viven en un tenso impasse: los magos evitan la violencia en todas sus formas e impiden con un sortilegio que los de Moriana pisen su territorio: algo necesario ante la costumbre de las huestes del rey Lobo de secuestrar aldeanos para reducirlos a la esclavitud y cobrar infames tributos. El tablero se sacude cuando un joven mago, Cuervo, harto de la pasividad de los magos contra el tirano, rompe con las prohibiciones de su estirpe y usa sus artes para despertar al dragón Tengri, con la idea de que termine de una vez por todas con el reino de Moriana, sin saber que la bestia tiene sus propias querencias (devastar todo a su paso con una cruel apatía) y que este derroche de artes mágicas atrae a otra criatura tan temible como Tengri: el unicornio.

En este punto del argumento, más de uno de los lectores no habituados a este tipo de ejercicios rechinará los dientes y endilgará los sabidos epítetos de “escapismo”, “fantasía” y “Juego de tronos”. Algo que se debe al consumo al que le han habituado nuestras editoriales.

 

Loba contra Juego de tronos: el español de imprenta

Sería una lástima que ese lector habituado a lectura de lo inmediato no pasase de la portada bestselleriana de Loba, pues la de Verónica Murguía es una propuesta arriesgada y rigurosa como ya no se acostumbran en eso que llamamos literatura mexicana.

Esa misma escuela de lectores no ha tardado en comparar Loba con Juego de tronos (no tanto la saga de Canción de hielo y fuego, si no la serie de HBO, que también tiene dragones y princesas) como una forma de colocar a esta novela en el estante que le corresponde y que nada tiene que ver con la Gran Literatura.

Hay que decir que ahí no les ha faltado cierta razón: al igual que en la encumbrada saga de George R. R. Martin, Verónica Murguía sigue la máxima de Lovecraft (descubierta por Michel Houellebecq): la fantasía requiere de la minuciosa argamasa de lo real para crear mundos que no existen, pero que son verdaderos.

El medioevo de Loba (al igual que los Siete Reinos) abunda en rigurosos detalles históricos que van de los rudimentos para curar a un halcón herido en el vientre a la doma de caballos mongoles, pasando por las nanas que se cantaban a las princesas del siglo VIII. Y es esta última dimensión (la del uso de un lenguaje de tipos de imprenta) lo que separa a Soledad de Arya Stark.

A la muerte de su madre al darle a luz, Soledad es ignorada por su padre. Atendida amorosamente por caballeros y ciervos, la princesa crece con la obsesión de no ser suficiente para su rey y la necesidad de hacerse visible ante él. Entrena en las armas y la cetrería, y renuncia a las delicadezas que se esperan de una princesa. En un rapto de nostalgia por la dulce niña que ya no es, Edurne, su nodriza le recuerda la nana que le cantaba para hacerla dormir:

 

Bebe mi caballo bebe,

Dios te me libre del mal

De los vientos de la tierra

Y de la furia del mar.

 

Los versos están tomados del tradicional Romance del Conde Olinos, y es uno de los muchos préstamos que la prosa de Murguía se permite con asombrosa soltura: el deslumbrante español de Loba es el de una narradora moderna, dueña de todos sus recursos, que se atiene a las formas y fuentes clásicas del castellano. Esta dimensión del lenguaje separa a Loba de la creación de Martin y de buena parte de la nueva literatura mexicana, tan usuaria de un español de close caption.

Mientras que para su kilométrica saga, Martin elige un inglés moderno (incluso entre sus personajes se permiten nombre como Rob o Jamie, y los espías se aconsejan mantener a low profile en un universo de pergaminos que no conoce el archivero), Verónica Murguía endurece su poética con un español proveniente de las mismas fuentes que El Romance del Conde Olinos: su medioevo alternativo se erige al contarse con un lenguaje preciso que amplifica su efectividad y belleza al fusionarse con el español más clásico.

Esta es la primera apuesta de riesgo de Loba, y algo que ennoblece a SM (España) por reconocer su valía. Nuestros editores nacionales buscan el próximo fenómeno literario en Twitter: se impone la caja con mucho aire para no abrumar al lector con demasiada letras. Las etiquetas “español neutro” y “sin uso de florituras literarias” parecen ser la fórmula para permanecer en las mesas de novedades del Sanborns. A contrapelo de un mercado copado por el utilitario español de los guionistas, Verónica Murguía asume que en los lectores cabe la suficiente inteligencia para aceptar los rigores y paladear las bondades de un lenguaje que les recompensa con un pasaje a otro mundo en el que se reconoce, apenas oculto, México, el violento México del narco.

 

Nanas para princesas y sicarios

La paráfrasis del Conde Olinos reaparece en otro momento dentro de Loba, y señala la segunda y valiente dimensión de esta novela, acaso la más importante.

Los testimonios que desde la frontera con Alosna llegan a la corte de Moriana acerca de pueblos calcinados, apuntan a que los magos han comenzado una guerra, y obligan al rey Lobo al envío de una delegación que someta o negocie con el enemigo. Soledad se une ante la posibilidad de convertirse en la Loba del título: demostrar al rey que es digna hija de su padre, guerrera y princesa. Soledad, al fin y al cabo, quiere hacer lo mismo que su padre: imponer su privilegio de cuna y su espada sobre los demás. Ser la Loba, en efecto: hija de un rey esclavista. Y de paso demostrar que esas tonterías sobre dragones y magos son una mentira. Para tal empresa, en una breve ceremonia iniciática, uno de los caballeros de su padre le entrega una espada.

Cuando Soledad se muestra orgullosa del arma y de la travesía bélica que se avecina, su nana Edurme reconoce la total derrota de la ternura, y le confiesa a la princesa que cuando le cantaba de pequeña, omitía la segunda parte de la nana, en un intento por alejarla de los horrores y la violencia sobre la que se había construido su reino:

Oh, mi espada, espada mía, 

de oro y buen metal. 

Si de muchas me libraste, 

hoy no me quieras faltar, 

que si de esta me libraras, 

te vuelvo a sobredorar.

 

Al leer esta segunda parte de la nana, no pude evitar el recuerdo de los rezos con los que los sicarios bendicen sus armas en los altares de la Santa Muerte, los revólveres bañado en oro, los chalecos antibalas con la Virgen de Guadalupe al frente… Con estos versos, la nodriza Edurne da a Soledad la bienvenida al reino de la violencia que ha elegido de manera voluntaria.

Mientras tanto, una nueva fuerza ha entrado en la novela: ante el dragón desatado, los tungros (equivalentes a los crueles mongoles), reconocen el regreso de un dios y se lanzan a la guerra contra Moriana y contra todo aquel que se encuentren en el camino. Soledad ve la oportunidad de hacer la guerra contra un viejo enemigo, terrible pero concreto, que encarna lo más nocivo para un estado esclavista: los guerreros irreductibles y los esclavos inalcanzables.

Aunque el dragón (imponente encarnación de la ambición que se confecciona una coraza fundiendo el oro que ha depredado) y el unicornio (soberano del bosque y de todo principio vital, caprichoso y puritano), perfilan un combate por el alma de Soledad, el destino de la Loba se decide hacia la mitad de la novela con el encuentro de la comitiva de Moriana con los tungros: entonces la princesa tiene, al fin, su oportunidad de medirse como caballero. Podrá matar.

En México, el canon se define desde la industria editorial antes que desde la academia (o desde una academia que cree que la publicación en un gran sello es la única validación que cuenta). Las editoriales han definido ya los tres grandes panteones a los que todo narrador (sí, narrador hombre) puede aspirar: el Código Da Vinci porfiriano, la narcoliteratura o la narración mimética de la vida del escritor/divorciado/exitoso pero nostálgico de los hot cakes de su ex.

Para las escritoras, por supuesto, está el siempre rentable género de la novela de alcoba.

Ante la emergencia de la violencia desatada por el simulacro de la guerra contra el narco, las parcelas del éxito literario de la nueva literatura mexicana han adoptado una de dos posturas: o ignorar esta violencia o describirla desde una óptica satírica/gozosa (cunden simpáticos cochilocos o buenérrimas reinas del sur). Loba, muy en cambio, se escribió y puede y debe ser leída como una obra sobre la violencia escrita en clave de novela de caballería.

 

El aterrador espectáculo de la compasión

Cuando Soledad y su espada al fin tienen enfrente a un tungro, las cosas no ocurren como ella esperaba: todo el peso que implica matar a otro ser humano la derrumba (ese peso que hemos olvidado). Es en este momento donde Soledad es ordenada caballero y adquiere su cualidad sobrenatural, su contradicción vital: deberá seguir el resto de su hazaña y ser una guerrera bajo un juramento terrible e inviolable: No matar.

No es la magia la que la hace fantástica, ni la cercanía del unicornio que la ronda para convertirla en su dama ni la ponzoña del dragón que envenena ríos y almas: es su incapacidad de encarnar al sicario.

En esta imposibilidad Soledad se une a los protagonistas de Soldados de Salamina de Javier Cercas y En la frontera de Corman McCarthy (dos de las novelas más notables contra la crueldad de las últimas décadas). Al igual que el cabo cantarín que en un rapto de alegría perdona la vida al fugitivo franquista y de la misma manera que el niño que atraviesa el norte mexicano con una loba preñada para alejarla de los cazadores, Loba se encuentra encerrada en un universo en el que la compasión es un prodigio, un espectáculo peligroso para la sociedad: la más costosa de las posturas ante la violencia que nos devora.

“La guerra huele a mierda”, dice Soledad entre los cuerpos de enemigos y aliados, y regresa a Moriana, con la esperanza de llegar antes que el dragón y de que el unicornio la alcance, enferma de compasión.

 

El lector esclavo, el lector liberado

En este punto de la novela, la situación del lector no es sencilla. No sólo se encuentra en medio de una novela fantástica plena de rigor historiográfico y en una novela para jóvenes escrita con lenguaje exquisito; además está en un relato sobre una guerra donde la protagonista tiene el asesinato como tabú. Para sorpresa de los editores mexicanos que exigieron a la autora más sexo y romance (¡en una novela con un unicornio celoso de la virginidad!), el lector (los lectores de todas las edades y preferencias) deciden liberarse a la par que Soledad, y siguen leyendo hacia la batalla definitiva contra el dragón y el unicornio: la ambición y la tradición que nos impelen a la violencia. Continúan con este libro necesario en el que (lo saben) habrá un espejo.

Aunque su protagonista es una mujer en armadura, Loba rebasa el endeble discurso del empoderamiento femenino a través de la supuesta igualdad de la guerrera. Soledad no reniega de su condición ni reivindica algún tipo de derecho de género. De hecho es un personaje chocante durante un buen tramo de la novela, pues no olvida su rango y derecho divino, y demanda ejercerlos cada vez que puede. Antes que mujer, es princesa.

Loba (también) es una novela sobre el privilegio: como el Ingenioso Hidalgo, como el joven príncipe Gautama, Soledad abandona el aislamiento de su clase y sale del castillo para enfrentar el mundo y ser sacudida por la impiedad con que azota a sus criaturas. En ese proceso reconoce la valía y necesidad del otro, de cualquier otro…

Aunque las últimas cien páginas de la novela son un vertiginoso deleite que premian cualquier rigor por el que haya atravesado el lector (y créanme que de existir los cruzará sin esfuerzo), hay una tercera escena que resume la propuesta vital de Loba, y que resulta decisiva para comprender en qué se transforma Soledad y qué nos está narrando Verónica Murguía.

En una última parada antes de regresar a Moriana, la princesa y su comitiva se detienen en Rodosto, un pueblo en el que se celebra una venta de esclavos. Soledad decide presenciar el comercio, y disfrazada de gentil se mezcla con los aldeanos reunidos en el mercado: ya no podrá evadirse del cada uno que hay en la masa.

La narración se detiene para describir los preparativos, el embellecimiento de los cuerpos hambrientos y abusados de niños y adultos, las crueldades y humillaciones con que se ofrece su carne y su trabajo. Son páginas duras y compasivas, en las que no campea la fantasía: es el mismo espectáculo que se presencia en Oaxaca o Chiapas, donde una niña se puede comprar por tres rejillas de refresco.

La literatura del privilegio que se escribe en México evade mirar de frente a las víctimas de la violencia reciente y de la precariedad en que el corporativismo impone como única calidad de vida. Loba propone que abandonemos la distancia y devolvamos a la vida humana su carácter sagrado aquí, en este lado del lenguaje en donde no hay unicornios que liberen a los esclavos.


Autores
Ciudad de México, 1968) Narrador y poeta. Cuentos suyos se incluyen en Nuevas voces de la narrativa mexicana (Planeta, 2003) y en Así se acaba el mundo (SM, 2012). Colabora en diversos medios y publicaciones, incluyendo El Fanzine y Noisey.

En la presentación de algunas de las novedades editoriales de la DGP, “(Sobre)vivir del cuento”, Ricardo Cayuela habló del nuevo plan editorial de la Dirección, que dejará de intentar comportarse como una editorial independiente para seguir una estrategia que fortalezca a la industria editorial y a toda la cadena del libro en México. Por ello, el plan editorial ahora atiende áreas que el Estado mexicano debe reforzar, como la reedición de clásicos literarios; así como el cuento y el ensayo literario, elementos poco atendidos por la industria editorial. Tal es el caso de los tres libros de cuentos que se presentaron en esta ocasión, unidos por la ironía y la irreverencia.

Rodolfo JM presentó La vida amorosa de las cigarras, de la que dijo, “más que escribir literatura fantástica, escribo literatura con efectos especiales”. Este libro de cuentos narra un México alternativo en donde la pornografía tuvo un gran auge y luego una gran caída. Resaltó la influencia de Naief Yehya en su formación como escritor.

Yehya, a su vez, resaltó como aunque no conocía a sus compañeros se seguían los unos a los otros a través de las redes sociales. “El cuento en las editoriales grandes es despreciado”, dijo. “Les parece que no te presenta, que no les das calidad como autor”. De Rebanadas, su libro, dijo que sus cuentos estaban firmemente anclados en su trabajo ensayístico.

Carlos Miranda dijo que Siempre es peor en noches de paz dijo que “todos los cuentos pueden ser cuerpos vivos si están bien construidos”. “Me gustan hacer juegos de guiños literarios”, agregó.

Sobre el por qué de los problemas para editar cuentos Ricardo Cayuela dijo que “Los cuentistas pasan de la marginalidad al canon”, pensando en Borges, Cortázar y Monterroso, entre otros. “Los cuentos son los que plantean más retos al escritor”, enfatizó Miranda. “Hay una percepción de que los autores escribimos cuento para prepararnos para escribir una novela”, dijo Rodolfo JM. Yehya concluyó que los cuentistas como Rulfo le fueron muy importantes, pero que le parecían muy difíciles de conseguir. Descubrir que el editor de Carver (Gordon Lish) era quien editaba y adelgazaba sus cuentos, le provocó una revolución en su manera de pensar en el cuento.


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.