Tierra Adentro
El árbol. 2. Isidro R. Esquivel

A la casa-barco y sus habitantes del aire

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La tormenta regresaba con el frío que se incrustaba lento, asomando los colmillos por debajo de las puertas, las uñas azuladas y punzantes entre las vértebras de las ventanas. Circonio sabía que la luz se extinguiría en cualquier momento, pero sabía también que la premura sólo lo llevaría a cometer algún error al buscar las nuevas coordenadas en el mapa. Rodinia cotejaba los puntos marcados en el papel con el dibujo que había aparecido esa mañana en la ventana de la cocina. Más que coordenadas, se trataba de referencias con las que podrían guiarse para encontrar el Túnel, el único camino que conectaba con la autopista más cercana.

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Ya habían pasado seis días desde que se instalaran, un tanto apesadumbrados, en la cabaña. El plan había empezado a desintegrarse desde que abandonaron la camioneta en la entrada del pueblo. El chofer los bajó ahí, negándose a acercarlos al valle en que desembocaba la cascada pétrea que se extendía rodeando un claro donde, aseguraba la leyenda histórico-geográfica del sitio, había habido hace siglos un lago, y donde ahora se asentaban algunos moradores del Jardín a los que se les conocía como “los neblinizados” y con los que, aseguraba la vox populi encabezada por el chofer, era mejor no entablar conversación alguna, y de ser posible, no mirarlos siquiera.

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Aquella instrucción resultaría difícil de seguir para los viajantes, quienes acudían al Jardín de Monjas justamente porque habían recibido una invitación para celebrar el cumpleaños número 100 de Ulha, aquella muchacha que llegó a casa de sus padres una noche bastante inusual y espesa, aún latente en la memoria de algunos colonos a causa de la conmoción que la neblina provocaba al devorar luces y calles taladradas por la aguda tromba que desempolvaba cada resquicio de la ciudad. En los hermanos persistía el recuerdo nictálope de la aparición de Ulha, igual de intempestiva que el fenómeno meteorológico nunca antes atestiguado: de la muchacha se desprendía un aura de vapor –iluminada por el foco del portal– a causa de la intensa travesía entre las calles todavía gélidas; su voz, quebrantina, anunciaba que había encontrado la solicitud de cuidadora de infantes en un poste con que tropezó al entrar a la ciudad; sus manos hacían temblar el papel mientras explicaba que había dado con la casa después de haber seguido las indicaciones de cinco personas que insistían en que tenía que ir por donde había venido, hasta que una de ellas notó la especificación en el número del satélite colonial: Krampta bajo VI. Desde su llegada, y durante los 15 años que fungió como sustituto de madre y padre, Ulha desprendía ese olor a ololiuhqui recién abierto a la noche; buscaba, con la mirada inquieta, algún rasgo ajeno a la casa tras las ventanas; vibraba de hielo quebrado el vidrio, la madera en el piso y los muebles, como si a cada paso contagiara el constante temblor incomprensible de su cuerpo, que ella solía atribuir a la humedad friolenta de la tarde ida, y del que sólo lograba desprenderse jugando con sonidos que brotaban de lo más profundo de su tórax y se impulsaban regurgitando entre saliva y carne tráquea hasta saltar por la boca. Esa era Ulha en el recuerdo de Rodinia y Circonio, y la curiosidad alegre de volverla a ver después de su desaparición –todavía más inexplicable y azarosa que su llegada–, los había movido a recorrer carreteras en construcción, tramos de terracería y curvas abisales que se multiplicaban agudas y profundas hasta entroncar con la autopista que figuraba la extensa lengua al aire del Túnel, cuya oscuridad enfrentaron creyéndose valientes a bordo de la camioneta, sin vislumbrar la verdadera valentía que necesitarían para lograr atravesarlo de vuelta, por lo menos, a pie.

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La fiesta había empezado desde medio día, pero Ulha esperaba atenta, en el portal, la llegada de Circonio y Rodinia. Al verlos acercarse, uno de los antiguos temblores empezó a vibrar a lo largo de sus piernas, estremeciendo el cuerpo entero, pero luego de abrazarles y entregarle a cada uno una jaula con cinco colibríes a manera de bienvenida, la templanza cálida de los cien años de andanzas volvió a las delgadísimas y ancianas extremidades.

¡Ah!, si se hubieran ido aquella misma tarde… Pero la embriaguez derivada no sólo de las exultantes bebidas y alimentos ofrecidos desde que entraran a la casa, sino del agradable vapor que se desprendía de un pequeño árbol encendido a partir del ocaso para ser ofrecido en sacrificio durante la celebración del rito, junto con el alegre y cálido ambiente ajeno a la brizna gélida que afuera diera paso a la densidad neblinosa que lograba filtrarse a través de las ventanas, hizo bastante seductora la opción de continuar con el brío del festejo, cuya luminosidad alcanzó a confundirse con los tentáculos solares del desperezado día.

Al sentir la claridad traspasando sus párpados, Rodinia despertó reconociendo en su aliento el sabor de la carne medio cruda, aderezada con aquella bebida cuyo dejo amargo se endulzaba al degustarlo en el paladar rumbo a la garganta. Golosa y hambrienta, buscaba algún sobrante en las ollas desbordadas por  la cocina, cuando la voz desvelada y ronca de su hermano la sorprendió, preguntándole por los anfitriones. “Deben seguir durmiendo. Casi acabo de despertar y no he visto a nadie”. Circonio miraba el desorden de la cocina y los restos de comida en los platos regados por todas partes en el espacio que se había usado como pista de baile y que seguramente, de cotidiano, era la sala-comedor. “Exacto, Rodinia, no hay nadie. ¿No te parece raro? Hasta donde recuerdo, esto estaba repleto, y cuando nos fuimos a dormir, la mayoría seguía bebiendo y conversando, volteando a cada momento a las ventanas y a la puerta del dormitorio de Ulha, ¿te acuerdas?” Rodinia, que al fin había encontrado algo de carne y empanadas, comía y caminaba por los pasillos, asomándose a las habitaciones de puertas abiertas, por donde asomaban montones de colchonetas y cobijas sin doblar y sin durmientes. “Sí, parecía que tenían energía para rato… Y no me extraña, con tanta comida y bebida… Pero valió la pena, ¿no, hermano? Sobre todo, que nos atendieran como grandes invitados de honor, y que nos hayan dejado ser los únicos en entrar al círculo alrededor del árbol quemándose, cuando Ulha nos puso las coronas con las cabezas de colibrí y nos dijo aquella frase en su idioma nativo…” Circonio juntaba los restos de los platos en uno más grande y tiraba los usados a un bote. Ya se había puesto la chamarra y los zapatos, después de verificar, igual que su hermana, que en la casa no quedaba nadie. “Sí, eso fue muy emocionante, sobre todo porque fue lo único que dijo durante toda la fiesta, aunque con las miradas y breves gestos de alegría que nos dedicaba mientras comíamos, me hizo sentir cuidado y tranquilo, como cuando éramos niños… ¡Ja! Hubieras visto tu cara cuando notaste que la corona estaba hecha con las cabezas recién cortadas de los colibrís que nos regaló cuando llegamos… Yo también me estremecí un poco con ese ritual, no creas. Pero luego pensé que alcanzar cien años de vida y además tener el ánimo para celebrarlos, merece el sacrificio de cualquier animal.” Instintivamente, Rodinia había seguido el ejemplo de su hermano –que para algo era el mayor– y ya se había alistado para salir. También había recopilado lo que quedaba bueno para comer, incluyendo frutas y vegetales que encontró en la repisa junto al lavadero de la cocina. “Oye, ¿a dónde crees que se hayan ido tan temprano, y además llevándose a Ulha? Qué desconsiderados se vieron al no quedarse a ayudar a limpiar, ¿no?, hasta parece como si se hubieran escapado.” “Ay, Rodinia, nosotros no nos estamos viendo muy amables al llevarnos todo esto, ¿no crees? No sé, a lo mejor siguen con el ritual en otra parte, y no quisieron despertarnos, o a lo mejor, por ser extranjeros, no podemos estar ahí.” Circonio abrió la puerta y se quedó viendo el paisaje, intentando reconocer el camino por el que habían llegado la tarde anterior. “¡Cómo cambia todo con la luz del día! Ándale, vámonos, aprovechando que ya no hay neblina y que ya deben estar abiertas las tiendas.” “Pero si ya abrieron las tiendas, ¿para qué nos llevamos la comida?” “A ver, Rodinia, ¿hay algo de comer en la cabaña? Ni siquiera checamos si había gas. Si ya abrieron las tiendas, compramos algo de tomar y preguntamos si vamos por el rumbo correcto”, contestó Circonio, algo irritado y con ese tono irónico que delataba que ya tenía hambre. “Pero si es bien fácil”, dijo Rodinia mientras se asomaba al sendero y empezaba a caminar rumbo a una pendiente por la que asomaba una cúpula anaranjada. “Sólo tenemos que llegar adonde está la iglesia y ahí damos vuelta a la izquierda, por la calle que baja rumbo al caminito de terracería que da a la cabaña. ¿No te acuerdas que hasta le preguntamos al señor que nos acompañó cómo se llamaba ese sendero, y nos dijo, muy serio, que Monjas?” “Cierto”, dijo Circonio mientras seguía a Rodinia, “ese señor estaba serio desde que lo encontramos al entrar al pueblo; pero él mismo fue el que se ofreció a guiarnos, no entendí su molestia cada que le preguntábamos algo… Uy, qué bueno que todavía tienes esa memoria fotográfica, porque yo, la verdad, pensaba ir para el otro lado…”

Sin embargo, fue la última vez que coincidió el recuerdo de Rodinia con el camino andado. En efecto, las tiendas que encontraron a su paso ya estaban abiertas, y compraron lo suficiente para pasar el fin de semana y el trayecto de regreso a la Ciudad, que, bien sabían, sería largo. Disfrutaron los gorgoritos de aves hasta entonces desconocidas, y de los olores que emitían, a distintas horas del día y especialmente en la noche, las diversas especies de flores y plantas que les rodeaban. Vieron transformaciones cromáticas en el cielo que sólo conocían gracias a los documentales que habían heredado de su tío abuelo y que solían ver junto con Ulha, a la hora de la merienda. Se estremecieron, igual que la primera vez que debieron dormir en habitaciones separadas, con cada ruido proveniente de la floresta, con cada crujido del techo y la madera del piso o los marcos de las ventanas al ser removidos o entumecidos por el gélido aliento de la noche.

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El domingo por la tarde comenzaron a empacar y alistar sus cosas para salir a la mañana siguiente. Buscarían al mismo señor o a algún otro que quisiera acompañarlos hasta el Túnel, y ahí esperarían a que pasara algún camión o camioneta que se dirigiera a Lanski, donde comprarían turno para la primera cabina disponible del Teleférico que los elevaría de nuevo a la Ciudad.

Pensaron en ir a despedirse de Ulha y su familia, pero la neblina avanzaba rápidamente y parecía igual de densa que la que los envolvió la noche del rito. Temían perderse rumbo a la casa o tener que pasar la noche allá, pues con semejante frío nadie se atrevería a acompañarlos de regreso. Prefirieron pasar la tarde hojeando un pequeño cuaderno que Ulha les había regalado después de que terminara la ceremonia del árbol encendido. Los textos estaban acompañados de algunos dibujos que retrataban paisajes, escenas de otras ceremonias (algunas más escalofriantes que la que ellos habían experimentado), y un mapa del Jardín que se repetía en varias ocasiones sin ser nunca el mismo: las referencias principales cambiaban de lugar, y no había manera de especificar los rumbos cardinales en calles y senderos. Varios fragmentos de aquello que lindaba entre diario e historia del Jardín de Monjas estaban escritos en idioma nativo y otros en el de Rodinia y Circonio, lo que les hizo comprobar, orgullosos, que Ulha había pensado desde un principio en ellos como destinatarios de ese regalo.

Como niños, más ansiosos porque acabara la tarde-noche y llegara el día, se detenían en las imágenes, a veces violentas y descarnadas, y a veces de una ternura que les recordaba el cántico que emitía Ulha cuando los notaba temerosos, tristes o enfermos. Se entretuvieron bastante tratando de descifrar el sonido de los signos que no conocían, jugando con la pronunciación de párrafos enteros o palabras solas, cuyo misterio se notaba enraizado a cada una de sus letras. Pronto se instaló la noche, adivinada tras la capa insondable de agua que empezaba a estremecer la cabaña con su vaporosa humedad. El viento intensificaba su elástico murmullo, y, ¡horror!: la corriente eléctrica se detuvo. Ambos, paralizados por el instinto primitivo de temor que ejerce la oscuridad en las especies animales carentes de visión infrarroja, preguntaron al mismo tiempo: “¿Trajiste la lámpara?” Evidenciando su falta de previsión, empezaron a tantear cuidadosamente aquellos lugares de la cabaña donde podría haber, por lo menos, un cirio. Después de minutos angustiosos, durante los cuales se percataron de lo denso del silencio y de la neblina que avanzaba incrustándose voraz, Circonio encontró el tesoro en el fondo de un cajón de la alacena: “Parece que es normal que se corte la luz, Rodinia, porque aquí abajo hay hasta para armar una antorcha, pero nos quedamos con esta lamparita, mira…” Enseguida iluminó la sonrisa de su hermana, que empezaba a asociar la falta de luz con la baja temperatura que la hacía sacudirse de breves escalofríos. “Oye, ¿y si abrimos las ventanas y armamos una fogata? Se siente la falta de red calorífica…” “Mmmm, no sé, Rodinia, eso de las fogatas suena a expedición folklórica, como cuando nos llevaron a las Arenas del Solsticio para verificar la llegada del Aura Nocturna… Pero tienes razón, empieza a resentirse el frío, y el techo de la cabaña es bastante alto…”

Alrededor de su fogata liliputense –pues temían extender demasiado la flama– regresaron al descubrimiento de los apuntes de Ulha, y, saltándose los fragmentos en idioma nativo, empezaron a leer:

 

No he podido explicar a Rodinia y Circonio cuál es el origen del Jardín de Monjas. No quisiera asustarlos o causarles malos sueños. Yo me tardaba mucho en dormir después del ritual de cada viernes del mes Kartru, cuando los mayores preparaban la bebida del ocaso y cada uno contaba, siguiendo el orden cronológico de su propio nacimiento, un episodio correspondiente a la genealogía del Jardín. La noche más difícil para mí, era la dedicada a explicar lo siguiente: el Jardín de Monjas no fue siempre un valle rodeado de esas terribles formaciones rocosas. Antes hubo un lago cuya agua provenía de las cascadas sulfurosas del cráter del norte, hoy tan seco y nevado como cualquier otro pico montañoso que rodea al pueblo. Gracias a los altos niveles minerales y a la constante temperatura templada del agua, en ella vivían diversas especies de flora y fauna muy particulares, sobre todo porque la sedimentación del lago se nutría de la composta creada a partir de la desintegración cadavérica, ya fuera de alumeknnos o animales del pueblo, que entonces conservaba el nombre de Alumeknne, y significaba Cuevas de Agua. Pero no es que los muertos fueran arrojados al agua, sin más. No. Habían construido un cementerio submarino, al que se entraba desde una cueva erigida de manera natural entre las orillas del lago y el sur del pueblo. Los cuerpos se amortajaban con algas y líquenes y se les amarraban cinco piedras: una en cada extremidad y otra bajo el tórax para asegurar que el cuerpo se asentara y la descomposición fuera más lenta. Por otro lado, eran pocas las familias alrededor del  lago y la mayoría se moría casi siempre de vieja, así que el agua lograba cierto equilibrio en su densidad. No se supo si las cornípetas nacieron gracias a esta mezcolanza de organismos acuáticos, pero los alumeknnos sabían vivir con ellas y los dones curativos de las callosidades en cada una de las falanges ventosas de sus trompas. Hasta que, movido por la promesa de una fuerte ganancia mercantil, el jefe de intercambio de bienes aceptó la intervención de los rastreadores de oriente para que cazaran sin restricciones a estos preciados seres cuyo poder milagroso estaba cargado de una terrible contraparte. Ignorantes del método adecuado para atraerlas y solicitar la gracia de su servicio, los rastreadores se limitaron a espolvorear el sedante que acostumbraban usar en las cacerías, y que, una vez ingerido, aletargaba el organismo y después de cierto tiempo (que ellos aprovecharían para cortar las trompas), empezaba a envenenarlo. Al notar el desmayo de sus hermanas, las cornípetas aún no intoxicadas develaron un misterio más de su naturaleza fisiológica: escaparon del lago haciendo uso de diminutas patas que parecieron brotar de ciertos botones viscosos bajo su panza, y corrieron, con velocidad sorpresiva, a esconderse bajo tierra. Pero este acto, más que salvación, fue un sacrificio para resguardar sus trompas antes que otorgarlas a quien no sabía merecerlas. Así, conforme penetraban la tierra, su cuerpo iba petrificándose, dejando sólo la cabeza y la trompa afuera, de tal forma que su contorno recordaba a esas figuras encapuchadas que en las civilizaciones del Este eran conocidas como monjas. La sorpresa sobrevenía al mirarlas y escucharlas de cerca: era doloroso advertir los gestos y los gruñidos de horror de las cornípetas ante la desesperante asfixia ocasionada por la tierra al inundar sus entrañas, pues, como se sabe, respiraban a través de las microventosas que cubrían su cuerpo. Terribles en su furia por haber sido arrancadas de su hábitat nativo, las cornípetas condenaron a la neblinización a todo aquel que pisara estos lares. Si ellas debían quedarse enraizadas, los bípedos debían quedarse fuera de la tierra cada vez que hubiera una noche igual a esa: cubierta de neblina densa y gélida. Las voces determinaron: Durante las tres primeras noches de neblinización cambiará la geografía del entorno, haciéndoles sentirse atrapados y perdidos, pero siempre con la posibilidad de encontrar la ruta correcta hacia su destino inmediato. Después, la neblina se convertirá en umbral que los transportará a cualquier punto geográfico totalmente ajeno al de su naturaleza cotidiana. Ahí vivirán el tiempo suficiente para crear profundos lazos afectivos con cualquier congénere, a quien, mediante algún acto ritual, se le traspasará la neblinización. Esto sucederá después del tercer y último viaje a través del umbral neblinoso, cuando el neblinizado sea reclamado por su tierra de origen para cumplir los últimos designios antes de la transfiguración mortuoria, al cumplirse un centenario de vida terrestre. Si no logra traspasar la neblinización al término del ciclo asignado, el neblinizado se condenará a vivir eternamente petrificado, sin posibilidad de anular sus necesidades orgánicas y sin posibilidad de satisfacerlas. Así será, así sea, fueron los últimos sonidos de las cornípetas que, al unísono, habían dictado la sentencia antes de quedar completamente petrificadas.

Entonces la era de Alumeknne llegó a su fin y empezó la nuestra, maldita hasta la novena generación, pues la sangre de la montaña reverberará potente, y el Jardín será de nuevo lago, pero de fuego.

 

La lectura de los hermanos se vio interrumpida por el naciente llanto de Rodinia, y la intempestiva corriente eléctrica que se integraba de nuevo a la normalidad, alumbrando, con esa calidez de sol diminuto, el refulgente abrazo de ese organismo insondable que, tras la ventana, hacía vibrar la cabaña, como si la estuviera manteniendo en el aire.

Circonio abrazó a su hermana, quien acostumbraba llorar en silencio, pero con tremendas sacudidas corporales. “¿Qué vamos a hacer ahora, hermano?”, alcanzó a decir Rodinia, entre hipo e hipo de llanto. “No te preocupes, no hay mucho qué hacer. Mañana intentaremos llegar al Túnel antes de que regrese la neblina. En la carretera cambia la altura drásticamente, así que no nos volverá a alcanzar hasta dentro de mucho tiempo.”

Pero la neblina permaneció durante la noche, y el día, y la noche siguiente. Cuando el cielo amaneció limpio, ni siquiera intentaron salir. Se quedaron junto a la ventana mirando la profundidad del desfiladero ante el que habían sido llevados. “Hoy es la tercera noche”, se dijeron mutuamente, esperanzados. Después de mirar, anonadado, el vacío, Circonio sonrió para sí y le dijo a su hermana: “Por cierto, antes de salir de casa encontré la invitación para celebrar el encuentro de la tía Martha con su Golem. Si los cálculos salen bien, alcanzamos a llegar…” “¿Quién es la tía Martha? ¿Y cómo puedes estar de ánimo para otra fiestecita?” “Uy, ¡qué humor!… La tía Martha nos cuidaba antes de que apareciera Ulha… Y no sé, pensé que a lo mejor en su fiesta nos hacía entrar a algún ritual que anulara esto, o algo así, pero si no quieres…” Circonio cortó de tajo la ocurrencia que había nacido de su persistente humor negro cuando vio cómo la intensa luz del día era interrumpida de golpe por una inmensa capa blanca de agua condensada; sutil recordatorio de que su destino era sólo uno e irrefutable.

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