Tierra Adentro
Teatro Inverso

Hay proyectos colectivos que arrancan su historia en espacios inusitados. Casa Inverso comenzó cuando sus integrantes se conocieron en un diplomado de actuación en 2004. Tres años después harían su primera presentación pública. Con un trabajo cifrado en la adaptación de obras de teatro y narrativa de creadores mexicanos y extranjeros en diversos contextos y espacios, también han hecho representaciones públicas con contenidos propios. Nada ha escapado a sus preocupaciones: desde la crítica social y cultural del país a los temas más íntimos del espacio doméstico; de las expresiones líricas a los asuntos de bicicleta; del formato clásico a la experimentación mediante el trabajo colectivo y autogestivo desde Guadalajara, y de Guadalajara a otros puntos del país y del extranjero, llevando algo nuevo que contar, como un colectivo siempre en movimiento. El siguiente es un repaso a la semblanza de este colectivo jalisciense de amantes del teatro que, trabajando en coordinación con otros colectivos e instancias, a casi una década de su fundación, ha hecho del arte de actuar parte de la vida.

Fue el circo. Las carpas gastadas, deslavadas por el sol, por la tierra de los pueblos en los que se estacionan desde hace décadas en este polvoriento país. Fue el trapecista que ascendió de su mundano oficio de taquillero a volar bajo esa desgastada lona como si fuera un súper héroe. El elefante con su ajada piel de riscos, los caballos cansados. Realidad y ficción bajo un mismo techo. “Eran muchas emociones. El circo cumple una función importantísima en el país: lleva la ficción, la representación y también la realidad con los animales. Es un mundo decadente que te ayuda a generar poética”, recuerda de su infancia Manuel Parra, actor y director de contenidos de Casa Inverso, proyecto afincado en Guadalajara que desde hace años apuesta por una nueva forma de hacer teatro en la ciudad: de contenidos propios, autogestiva, un puente entre la realidad del país y los espectadores. “Aprendí mucho de esa parte del circo, quieres entender el mundo a través de la representación. Empiezas a vincular tu trabajo a la vida, y cuando lo haces te quitas de muchos problemas como estar aspirando a llegar a un lugar. Hay que vivir, todo es experiencia.”

Casa Inverso nació a partir de un diplomado de actuación en 2004, donde un grupo de jóvenes de diversas universidades de la ciudad se conocieron y empezaron a trabajar en su idea de hacer teatro. Los primeros ensayos fueron en “el cuartito de uno de los integrantes” y se presentaron en cafés. Luego surgió la propuesta de abrir un espacio para ensayar y hacer presentaciones. Sus primeros montajes fueron adaptaciones de textos de dramaturgos nacionales y extranjeros. “Nos interesaba adaptar cuentos o montar textos de autores con los cuales nos identificáramos, que tuvieran contenido y nos dijeran algo como jóvenes.”

Como un organismo vivo, la estructura de Casa Inverso ha ido tomando vida propia a partir de las necesidades de los proyectos que han planteado. “Nuestra estructura se va moviendo de acuerdo a cada proyecto. Nunca está nada fijo”, enfatiza Parra sobre el equipo que integra Inverso. Existe, sin embargo, un núcleo central conformado por Sofía Olmos, actriz y promotora de CAIN (festival de teatro de pequeño formato); Mónica Camacho, actriz y fotógrafa; Erik Pérez, responsable de comunicación visual y contenidos; Violeta Parra, encargada de medios, e Isabel Rodríguez, asistente y jefe de foro de Casa Inverso. “Es un organismo evolutivo, y después de este proceso de trabajo evolucionará en otra cosa, lo importante es meternos a trabajar y estar aquí.”

Teatro Inverso

Teatro Inverso

Dakota, de Jordi Galcerán, fue el montaje inaugural en 2007 y llegó a los escenarios con apoyo de la Universidad de Guadalajara lo que, como apunta Parra, “les abrió las puertas al teatro profesional de la ciudad”. El segundo proyecto fue Matadero (2008), una creación colectiva para la que contaron con apoyo del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA), y a partir del tercer montaje, El diablito de Benjamín (2009) –adaptación colectiva del cuento de Rebeca Orozco Mora–, el ángulo giró hacia una nueva manera de abordar tanto los textos como la producción y se conformó un equipo ex profeso para la obra. “Creemos que al ser creadores de nuestros propios textos tenemos más libertad en las áreas de producción, dirección y distribución. Una voz que hable desde lo que somos, de nuestras preocupaciones, nuestras filias y fobias, desde Guadalajara.”

Casa Inverso tomó entonces otro rumbo y se embarcó en la generación de contenidos propios, particularmente en la conceptualización y producción de una trilogía que conectara el discurso de tres integrantes del grupo. El resultado fue Tónic, El pulgar levantado en señal de triunfo y Rebel Box. “Nos dimos cuenta de que se podía hacer teatro con muy poco dinero, ser autogestivos, encargarnos nosotros mismos de nuestra producción, invitar a la gente. Todo. Necesitábamos autogestión, no ir a buscar dinero.”

El giro de timón no estuvo exento de conflictos. La libertad creativa y de discurso pasa factura. “Creo que eso ha generado otro problema de Inverso con las instituciones de la ciudad, porque la institución dice que no reconocemos que la Universidad de Guadalajara apoyó a Inverso, pero no es así, nosotros agradecemos el apoyo pero Cultura UdeG también se vio beneficiada con el nuestro trabajo.” Este cambio ha significado además la ruptura de límites en cuanto a los temas y contenidos a tratar en los textos y proyectos de Inverso: desde hablar de las mafias culturales y políticas de la ciudad hasta la familia, las bicicletas, los Juegos Panamericanos, los artistas de la ciudad, “podemos hablar del PRI, de los problemas que realmente están pasando, hablar de todo eso porque es nuestro espacio, pagamos la renta. No tener apoyo institucional te hace más responsable. Tienes que trabajar, hacerte consciente de a qué espectador le estás hablando, en qué espacio estás trabajando. Te enfocas más.”

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Otros de sus trabajos han sido Perros hinchados a la orilla de la carretera (2010) y De bestias, criaturas y perras (2011), de Legom; Un tutú muy apretado (2011), adaptación del cuento de Sherryl Clark, y actualmente están trabajando en talleres sabatinos –a los que asisten desde una señora de 50 años hasta un joven de 18– y en otros montajes que aspiran a presentar en foros del extranjero y que representen la realidad mexicana. “Ahora en Casa Inverso reflexionamos sobre cuál es la finalidad de nuestro arte, de nuestro oficio, y llegamos a la conclusión de que es pasar información sobre todo lo que estamos viviendo en nuestra ciudad, en nuestro país.”

En la historia de Inverso, las colaboraciones con otros grupos de teatro, universidades y festivales ha sido una constante. Entre las más destacadas se cuenta su trabajo permanente con Microscopía Teatro, de Barcelona; con la Universidad de Artes de California (CalArts), a través de Cultura UdeG; con el Laboratorio de Artes y Variedades (LARVA); Estudio 323, Laboratorio puntoD, y A la deriva teatro, estos últimos de Guadalajara. Manuel es también parte del grupo Lagartijas Tiradas al Sol, de la ciudad de México; ha participado en el Kunstenfestivaldesarts en Bruselas, Bélgica, y estará presente en el Festival de Otoño a Primavera de Madrid. Sus montajes se han presentado también en la Feria del Libro de Los Ángeles, La Feria Internacional del Libro de Guadalajara y en el Festival Otras Latitudes que organiza el Instituto Nacional de Bellas Artes.

La dinámica para el actual proceso creativo detona de la pregunta: ¿tú qué tienes qué contar? A partir de eso se plantean proyectos en los que el resto del equipo se involucra en tareas tan diversas como el diseño de vestuario y la escenografía, la corrección de estilo, la iluminación, entre otros. “Cada integrante tiene su propio proyecto y así también generamos cartelera, contenido y todos los trabajos se contaminan y logras un estilo.”

De boca en boca. El público que asiste a las funciones de Casa Inverso va desde la familia de los integrantes y sus amigos, hasta universitarios, funcionarios y público diverso que llega a la enorme puerta de madera en la calle Santa Mónica, entre discos pirata, librerías y cálidas cafeterías. En Guadalajara, enfatiza Parra, sí hay público interesado en consumir otro tipo de contenidos. “El teatro es una cajita donde uno pone a jugar información, personas, y a partir de eso se construye un mundo de posibilidades. Casa Inverso se ha convertido en el espacio de creación y operación del grupo desde 2007, pero además ha sido depositario de nuestros proyectos hacia el espectador. Hoy trabajamos desde nuestra casa hacia el exterior, creyendo en lo que somos y confiando en que alguien pueda escucharnos y así entablar un diálogo. Creo que si cuentas algo honesto, que venga de una investigación seria, de una cosa más elaborada, el espectador te lo agradece. Puede que les guste o no el montaje, pero la gente ya dice gracias por la información, gracias por contar esta historia”.

Teatro Inverso

Teatro Inverso


Autores
reportera, y hoy asistente de contenidos en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. Bañuelos ha colaborado en Filias, con el portal de Vice México, radio Universidad de Guadalajara y W Radio. Becaria de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano y del programa Prensa y Democracia de la Universidad Iberoamericana.
Still Breer, de Christiane Burkhard.

En los últimos dos años, la documentalista e investigadora alemana Christiane Burkhard ha desarrollado un proyecto de documental expandido que tiende un puente entre el cine y la literatura y explora una perspectiva del viaje desde la mirada de un excavador. En camino. Taan U Xiimbal. Una videoexcavación es un proyecto que se despliega como instalación cuyo itinerario puede seguirse en línea, del mismo modo en que alguien podría seguirle los pasos a un arqueólogo (www.taanuximbal.com).

Después de varias funciones en Tijuana, Cuernavaca y Mérida, la obra interactiva de Burkhard se estrenó en el marco del Festival Internacional de Cine Documental de la Ciudad de México (DocsDF) en la Universidad del Claustro de Sor Juana, como una experiencia viva con lectura y videoproyección, así como con una instalación en una de las celdas del mismo Claustro. También se espera que En camino… se proyecte durante enero de 2014 en foros de la Ciudad de México. 

¿Qué pauta conecta el códice a la piedra,

la pirámide a la estrella y todo ello a una cineasta?

Christiane Burkhard nació un 22 de junio de 1967 en Alemania bajo “una media noche de luna llena entre los signos géminis y cáncer”. La cineasta, en cambio, hace su primera aparición en los videos caseros realizados por su madre; Christiane, de seis años, coloca sus manos en forma de lente sobre su ojo izquierdo y enfoca; gesto especular de la pequeña directora filmando mientras es filmada. Imagen simbólica de una vocación futura que habrá de concretarse en su primer documental, donde se incluye este video. Los padres de Christiane murieron en un accidente de avión en 1979, veinte años después ella organizará su recuerdo y evocará su presencia en Vuela, Angelito (2001). Junto a su hermana Susanne acude al reencuentro con los lugares de la infancia, donde el testimonio de la familia se suma al descubrimiento de una memoria soterrada compuesta de película Super 8 y remembranzas. Con este trabajo dan inicio los ejercicios de excavación de la cineasta, aquí el celuloide doméstico, legado por su madre, se convierte en el vestigio audiovisual que eterniza la amorosa compañía de los padres ausentes.

Christiane llegó a México hace más de dos décadas, las relaciones México-Alemania, que podrían evocarnos su propia historia, están presentes en La emperatriz de México: retrato de una cosmopolita (2006), codirigido con Anne Huffschmid. Este documental constituye un homenaje a la vida y obra de la escritora alemana, de origen judío sefardí, Marianne Frenk-Westheim, quien emigró con su familia a México en los años treinta ante los embates del nazismo; en esta biografía Marianne relata su experiencia íntima e intelectual en el país, reflejada en sus grandes contribuciones a la crítica de arte, la literatura y la traducción. Me gusta pensar que la historia de Marianne y su aportación a la cultura mexicana podría ser una proyección del mismo destino intelectual y artístico de Christiane, como si su presencia en México formara parte de una centenaria y fructífera historia de relaciones que la anteceden. Ambas unidas por el bilingüismo, por la experiencia de un origen geográfico común y por la adopción de la misma patria donde se gestó su quehacer.

El trayecto de alguien en permanente búsqueda, que evoca el pasado y horada los archivos, los recortes periodísticos, las fotografías intentando hacer justicia a una pérdida es el eje de Trazando Aleida (2007). Aleida y su hermano Lucio Antonio fueron separados y adoptados por familias distintas luego del arresto y desaparición de sus padres durante la guerra sucia mexicana de 1975. Aleida descubre su verdadero origen y emprende la búsqueda de su hermano, su periplo la lleva a encontrarlo en Washington. “Aquí nadie pierde”, dice “Juan Manuel”, que ha ganado una hermana y con ello la evidencia de lo irrecuperable: unos padres biológicos que nunca conocerá y el arrebato de las certezas que poseía. Trazando Aleida muestra el arduo proceso de reconfiguración de la identidad a partir de un hallazgo documental.

Es innegable la singularidad de cada uno de estos trabajos cuyo vínculo principal está anclado en el nombre que los ampara: Christiane Burkhard, la cineasta que nace y se reconstruye en su propia obra. Hay, además, cierta actitud arqueológica que los hermana, Christiane se comporta aquí, como lo pide Walter Benjamin, como una mujer que excava, su guión es su mapa y su cámara la azada.

La propuesta de Christiane sobre el proceso de excavación como “metáfora de la búsqueda interior” cobrará cuerpo explícitamente en En camino. Taan U Xiimbal. Una videoexcavación (2012), proyecto que tiene lugar en el territorio maya de Campeche y Yucatán: espacio de seducción arqueológica, de polémica esotérica, de riqueza natural y olvido social.

 

Taan  U Xiimbal o la pauta que conecta

En camino es un video-diario que inicia en diciembre de 2010 y concluye dos años después, se presenta a modo de instalación interactiva donde video y texto se yuxtaponen. El recurso del diario literario, renovado en el empleo del video registro, permite observar la cotidiana construcción de un método de trabajo que intenta conducir a la obra artística, al tiempo en que reivindica el papel de la subjetividad como principio organizador de la búsqueda.

La manifestación material de este diario me sugiere la idea de un códice contemporáneo donde grafía e imagen van desplegando un universo a descifrar. A estos documentos alude la primera video anotación, que tiene lugar en agosto de 2010 en la Biblioteca del Estado de Dresden, en Alemania, donde se encuentra el códice maya; el manuscrito americano más antiguo conocido hasta ahora, acéticamente protegido en una vitrina y sobre el que mexicanos y guatemaltecos, a decir de la bibliotecaria, derraman lágrimas al contemplar. Algo me hace pensar que esta escena teje dos historias: no sólo la de esa escritura precolombina y su azaroso destino en un museo alemán, sino el propio intercambio de Christiane. Esa remota grafía albergada en Dresden es el simbólico testimonio de la comunión y seducción de dos culturas, que haría eco mucho tiempo después en las labores del epigrafista alemán Nikolai Gruber,  cuyo proyecto de excavación arqueológica en Uxul, la ciudad maya perdida “en fin del mundo”, sería también otro de los motivos de inspiración de este trabajo.

En camino es un muestrario de las interrelaciones geográficas y culturales que rodean el redescubrimiento y apropiación de la ciudad maya; documenta el tránsito íntimo y cotidiano que envuelve un proyecto arqueológico y cinematográfico. Es un álbum de múltiples encuentros y experiencias: la convivencia en el campamento de Uxul con el quipo de Nikolai Gruber, las visitas al sacerdote maya Don Bartolomé y su jardín botánico, el recuento de objetos perdidos y viejas cintas en Super 8, el paseo por las ruinas de Xkalumkin donde vigila una Xnuk de piedra, el paseo por el rancho Komchen de los Pájaros, la charla con el astrónomo Arcadio Poveda sobre el cráter de Chicxulub, el cementerio Marbles de Nueva York , el cementerio de Pomuch y la costumbre vigente de limpiar los huesos de los muertos, los relatos de jóvenes lingüistas mayas, la visita a la ceramoteca de Mérida, la filmación del equinoccio de primavera en Dzibilchaltún, Chichen Itzá y Tulum, el buceo y reflexiones del arqueólogo Guillermo de Anda en el cenote San Eduardo, el museo geológico de Heidelberg, la caminata en la playa de mar Progreso…

Desde que Christiane emprende el proyecto, todos los elementos parecen articularse en un sentido que legitima su quehacer como destino, como si se tratase de una especie de profecía estelar: En febrero de 2011 organiza su primera residencia de cuatro meses en Yucatán. El cuarto en el que se aloja, en el centro cultural ULE, era casualmente una antigua garita de vigilancia del siglo xvii a mitad del Camino Real que conducía de Campeche a Mérida, situación que le reitera su propia posición como observadora. Otros motivos abonan en esta comunión: su parentesco lejano con la bibliotecaria que alberga el códice Dresden o las similitudes fonéticas que descubre entre el maya y el alemán. Como lectores, nos convertimos en los epigrafistas de este microcosmos, al tiempo en que nos asimilamos a la misma experiencia de la autora, quien al mirar el material descubre que se “construyen nuevas constelaciones y asociaciones”. Tal posibilidad se potencia gracias a la maleabilidad del espacio hipermedia en que se asienta esta bitácora, cuya lectura ordenada o azarosa multiplica la comprensión de cada pieza, que permite ser entendida por sí misma, o bajo las diversas relaciones que abre el conjunto. La pantalla es un mapa virtual donde el lector-espectador tiene la libertad de elegir cronológicamente o al azar alrededor de 110 entradas escritas, que despliegan su fecha en numeración arábiga y maya, y entre las que se intercalan veintisiete videos, nutridos también por la reflexión diarística que los explica. La página interactiva, semejante a un trabajo de curaduría en una instalación de museo, modifica nuestras maneras de ver y de leer, transforma nuestra idea del orden, y en cada reacomodo sugiere un sentido nuevo e infinito para cada fragmento.

Sólo quien conoce el oficio de llevar un diario bajo verdadera disciplina, traducida en una gran cantidad de cuadernillos, puede hacer del suyo una verdadera obra. El diario de Christiane pertenece a esta estirpe, la prueba de sus registros adolescentes aparece fugazmente en Vuela Angelito, cuando relee las anotaciones de un diario que llevaba a los doce años, en la fecha de la muerte de sus padres. La pasión por esta escritura será reiterada en En camino:

 

¿Orígenes?…quizás aquellos álbumes de poesía que solíamos llevar de niñas, con recortes florales, dibujos, algún pensamiento filosófico o una cita del repertorio popular. Más tarde irrumpe la muerte y el silencio, y el diario se vuelve oráculo y confesionario existencial. A partir de este momento, la que escribe ya no es niña y se traduce la vida a la vida.

 

En el diario, el ejercicio escriturario se transforma en un acto de definición y comprensión de la vida. El diario es para Christiane un estadio “anterior” a la poesía, pero pleno de ella, de anotaciones triviales tanto como de auténticas máximas que definen su estética: “el arte como gesto cotidiano, como abrazo y paréntesis”, o su entendida reflexión expresada en breves metáforas: “Cuando escarbas en la profundidad el agua se vuelve turbia”. El diario de Christiane revela su propia evolución, que se desplaza de la mera exposición autobiográfica hasta reconocerse como un modo de aproximación a la obra artística: “un método transparente que muestra su propio método y proceso como parte del discurso”.

El diario anuncia una obra, un deseo. En diciembre de 2010 se piensa en una película formalmente capitulada:

Idea / hallazgo: la película podría empezar con una invocación y los saludos a los cuatro rumbos: Norte, Sur, Poniente y Oriente, representados por los cuatro guardianes, los bakabes. Escribir la película en cuatro capítulos, y en el centro, el árbol de la vida, la Ceiba.

En camino se convertirá a lo largo de múltiples entradas en el esbozo y reflexión de la película imaginada que poco a poco se transforma, por la narración de su búsqueda, en un signo concreto; la constante enunciación del proyecto y la suma de los fragmentos visuales y narrativos que la conformarían hacen del diario la verdadera obra. Una  obra en estado de fragmentario y en perpetua oscilación, compuesta de “tepalcates” visuales y escritos que poseen la misma trascendencia del hallazgo arqueológico: vestigios de una resistencia que hacen posible la reconstrucción de un imperio y su memoria.

Taan U Xiimbal es un rizoma por excelencia, emite brotes y raíces a partir de múltiples referencias que buscan congregar el universo intelectual que anima el proyecto. Christiane nos da señales de su propia filiación cinematográfica, literaria y musical, desde la estética fragmentaria de los años sesenta que cobró cuerpo en un documental como Mediterranée (1963) de Jean Daniel Pollet hasta los trabajos de Darren Aronofsky, Patricio Guzmán, Agnes Varda o Tomas Heise; escuchamos la música de Jorge Reyes o los paisajes digitales y sonoros de Aphex Twin; la poesía de Seamus Heney y Roberto Juarroz o comentarios sobre la prosa de Juan Villoro y Peter Handke, entre muchas otras alusiones contextuales que poco a poco van entrando en la armonía de las uniones posibles a través de la mirada de su autora. Al conocer las fuentes de la obra, comprendemos la línea en que el trabajo se inscribe y gracias a ese repertorio virtual asistimos a un debate en el que se asoman reflexiones históricas, artísticas e incluso éticas y políticas.

En En camino la generosidad teórica es una brújula para el lector, constituye una enseñanza sobre el complejo método de composición de la obra, lo que deriva en la configuración de un espectador apto para comprenderla y establecer un diálogo verdadero.

El proyecto nos ofrece la posibilidad de desplazarnos por una experiencia tanto intelectual como estética, esta correlación puede ser constatada en los videos donde el maremágnum reflexivo va cobrando forma. Los videos siguen la misma directriz de la escritura: escenas compactas que ofrecen en su brevedad una penetración intensa; momentos en que el ejercicio fílmico tiene una actitud cercana a la del paseante que registra detalles sin imponer un orden a su experiencia, más que la determinada por el trayecto. El disperso escenario está allí para ser reconocido, en él la azarosa disposición crea armonía y en la intimidad de la mirada todo se revela pleno de sentido: como una Christiane-niña que devuelve la tierra a la tierra, nunca a modo de travesura, aunque lo parezca, ella sabe que lanza “polvito mágico”. Toda escena, en apariencia realista, nos descubre un secreto simbolismo, nos ayuda a reconocer el entorno, a apropiárnoslo con los sentidos renovados y atentos, a imaginar la historia latente de cada piedra, del ignorado sol al que otros sí saludan, de la memoria que duerme en el agua de las grutas, o en los huesos que nadie limpiará. La cámara no sólo visibiliza una realidad o una práctica, horada en nuestra comprensión de aquello que nos muestra. Las preguntas que generamos al observar se convierten en la formulación legítima de otro modo de respuesta: una sacudida a toda preconcepción, una respuesta sólo nuestra. Así nos sentimos llamados a excavar en el fondo de todas las significaciones de este diario, a revolverlo y volver una y otra vez sobre sus capas. Así cobra sentido la excavación de una ciudad perdida como Uxul,  que en unos años volverá a cubrirse de hierba y de olvido y, sin embargo, cada exploración y hallazgo reinterpreta la historia de un pasado que aún nos afecta.

Al aproximarse a este universo de símbolos Christiane no busca descifrarlos ni desentrañarlos por sí misma, los hace notables para que sean otros los que articulen en su contemplación su propio pensamiento. La aventura puede ser ardua, pues nuestra observación no se ejerce desde un momento orgánico, nos asimos a la cronología como al resquicio de una unidad remota, podemos también perdernos, navegar en círculos, pero a medida que desbrozamos el camino, reconocemos las marcas que nos ubican y nos sumamos con placer al viaje.

La obra anhelada de Christiane se disemina en la singularidad de cada fragmento visual, es una búsqueda constante que nos hace transitar por todos los estadios, desde el trazo originario de un plan hasta atisbar su consecución ideal, reflejada en la consumación de fragmentos plenos de poesía visual y sonora como “Despegue” y “El fin del mundo”. En estos videos, el trabajo de edición permite ver cristalizada la experiencia de la travesía, donde ya no sólo se convoca al entendimiento sino a los sentidos. Aquí la videoasta mira desde los intersticios y su actitud ya no es la del entrevistador, su discreta presencia es la de los gestos y las sombras, la de los asentimientos silenciosos, la que permite descubrir al otro en la profundidad de su habla.

En estos videos las ramas de la ceiba tocan por fin el cielo; la raíz, constancia del camino transitado, señala el anclaje a una tierra que sólo es pista de impulso hacia la plena libertad del vuelo: expresión nostálgica de danza de gaviotas bajo el crepúsculo como  promesa de extender el viaje al infinito.

Al hacer concordar una realidad con un ritmo, Christiane nos permite construir un nuevo puente de intimidad con lo mirado donde cada imagen se recubre discretamente con el sentimiento de su primigenia contemplación.

Christiane no necesita inventar, nos basta su pasión por lo que mira. Su creación radica en esa personalísima mirada que nos ayuda a descubrir y descubrirla. Ella graba con su pequeña cámara “a la altura del corazón”, con el cuerpo y el alma. Nos sabemos en sus recorridos por los ritmos de su pulso y su respiración. El movimiento de su mano sosteniendo la cámara nos lleva a reconocer no la fijeza de una mirada sino la totalidad de un cuerpo vivo, ese ligero temblor nos señala la transparencia de sus registros, nos recuerda que hay un ser detrás de la cámara, involucrando todos sus sentidos y acompañando nuestro propio camino.


Autores
a unos días de haber festejado su cumpleaños número 31, dice que ya es tiempo de terminar el doctorado en Letras que cursa en la UCLA y conseguir un trabajo serio, así como dejar de vivir de la nostalgia de dos viejas novelas: La casa al fin de los días (2007) y Cosecha de verano (2013).
Grafógrafo Ediciones. Fotografía de Amaranta Caballero.

En la nota anterior comenté sobre el auge que he notado en relación a las editoriales independientes en esta ciudad y en sus alrededores. Esta vez, he tenido la oportunidad de conversar con René Castillo, ejemplo contundente no sólo de editor o de “hacedor de libros”, sino de gestor cultural por y a través del libro. ¿Qué quiero decir con esto?

René Castillo (Tijuana, 1985) egresado de la licenciatura en Lengua y Literatura en Hispanoamérica (UABC), –casi en silencio y casi de manera individual–, a manera de caballero andante emprendió la odisea de diseñar, organizar y dirigir la Feria del Libro Usado (Felius) en 2007. A partir de ese año, llueva, truene o relampaguée René Castillo ha trabajado para fomentar la lectura en la ciudad desde diversas aristas pero todas unidas a Felius; feria donde se reúnen libreros, escritores, artistas del libro, poetas y  editores.  Como todo caballero andante, ha tenido que pelear contra monstruos enormes, resolver injusticias, concretar objetivos, provocar desafíos y proteger un ideal que más allá del factor económico, a pocos les importa: la vida de los libros.

Para ello, y a manera de respaldo, decidió realizar una inversión que le permitiera ganar recursos: en 2010 abrió la cafebrería El Grafógrafo. Así, a través de la venta de café, libros usados y libretas artesanales, ha generado un  proyecto autosustentable que le permite más libertad y mayor eje de acción para la realización de Felius, denominación que ha cambiado precisamente este año a la de “Festival Artes del Libro”. No está demás decir que a veces la proeza ha costado responder a amenazas, o enfrentar situaciones por demás injustas e ilógicas. Y que no son precisamente los bien conocidos “gajes del oficio”.

La conversación con René, como siempre amable y amplia, me permite señalar aquí un momento entusiasta de la charla: algunos de los nombres de los escritores y artistas convocados a la Felius, desde su primera edición: Javier Perucho, Cristina Rivera Garza, Eduardo Antonio Parra, Rocío Cerón, Alberto Blanco, Eve Gil, Raquel Huerta-Nava, Rosina Conde, Sergio Ríos, Madame Ur, La ballena de Jonás, Grupo de danza Minerva Tapia, Carla Morrison, Cáñamo, etc. Personas que han contribuido de buena gana, participando activamente para la continuidad de un proyecto independiente que fortalece una parte cultural muy importante y no tan socorrida de la ciudad: el fomento a la lectura.

Podría explayar pero mejor ir directamente a la primera parte de las respuestas con este coleccionista de libretas:

1.     ¿Cuál es el motor inicial para montar una editorial independiente?

Creo que motivos para iniciar una editorial, independiente o no, hay muchos. En mi caso fue el gusto por el libro como un objeto cuyas partes me parecen fascinantes y la posibilidad de compartirlo. Es, desde donde se mire, un objeto bondadoso, lleno de posibilidades. Cuando uno encuentra algo así tiene dos opciones, guardarlo para sí o compartirlo con el mundo; yo opté por lo segundo.  Más allá de la publicación de  ¨textos¨, está la dicha de compartir con otros lo maravilloso de las distintas disciplinas que intervienen en los procesos de elaboración del objeto-libro, y de promoverlas como parte importante si no fundamental del contenido de una obra impresa. Si bien la selección del material a publicar es importante, también lo es el darle reconocimiento y valor al diseño y elaboración del soporte que lo contiene. El objeto-libro es un cuerpo que ha de ser leído por quien lo tiene entre sus manos, por quien lo mira desde la distancia.  Creo que fue eso, realmente, lo que me animó a lanzar la editorial; fue como tener un buen pretexto para hacer algo que me apasiona al tiempo en que puedo invitar a otros a que lo disfruten conmigo. Mostrarles un poco la visión que tiene uno sobre un objeto que muchas veces es erróneamente tachado de aburrido y obsoleto. El libro es una pieza de arte, es una especie de exposición colectiva en la que se exhibe el trabajo de distintos artistas. Hay que mostrarle esa exposición al mundo.

2.     ¿Qué aporte tiene al mundo editorial la artesanía de un libro?

El oficio de hacer libros es muy valioso, creo que muchos lo subestiman al pensar que un libro es únicamente el trabajo de un autor que decide publicar su obra, la lleva a que la impriman, sale y listo. La mayoría de las personas no se detiene a pensar en todos los procesos y personas que participaron para que uno pueda tener finalmente ese libro entre sus manos; y es una pena. Yo diría que el aporte que un libro artesanal tiene no es sólo hacia el ámbito editorial, es una cuestión social que refleja las culturas y las artes de una determinada región; que habla de nuestro linaje y nuestra evolución. Así tenemos libros de distintas características, con papeles hechos en tal o cual lugar, con el sello personal de quien lo elabora y quien está dejando algo de su propio bagaje socio-cultural en esa pieza que ha de compartir con otros. El libro artesanal es un objeto personalizado; a mi me gusta decir que lleva un corazón, el libro latente. Uno puede ir a una gran feria y toparse con un libro cuya leyenda dice “hecho a mano”, “edición artesanal”, y de entrada, piensas en la persona que lo hizo, en el lugar, las condiciones. Es un plus. El libro tiene Alma.

Ante un panorama en el que la economía tiende a reducir al libro (¿a quién le importa leer el colofón, quién entiende las hojas de respeto?, quítenlas que nadie va a notarlo…); en el que se quiere generar lectores, pero no hay interés por  que éstos conozcan y por ende, valoren el libro, lo artesanal se vuelve un medio para rescatar el propio libro del mundo editorial.  Lo artesanal reivindica al libro a través de la exaltación de cada una de las partes que lo conforman.

3.     ¿Qué opinas del libro como objeto orgánico: extensión del cuerpo?

Creo que uno se deja a sí mismo en el libro, ya sea que lo escriba, que lo diseñe, que lo haga. Uno es el libro: el cuerpo en el que sucede el lenguaje.

4.     ¿Cuáles son los objetivos primordiales en el proyecto editorial Grafógrafo Ediciones?

Nuestro objetivo es elaborar libros de calidad respaldados por el respeto de cada una de sus partes; esto nos ayuda a promover la valoración del libro como un objeto de arte y a difundir los oficios que intervienen en su elaboración. Son las piezas fundamentales, promover y difundir estás líneas de trabajo permitirá que nuevas generaciones aprendan los oficios y se continúen aplicando al campo editorial.

(Continuará)

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Autores
(Guanajuato, 1973). Realizó estudios de licenciatura en Diseño Gráfico y la maestría en Estudios Socioculturales. Ha publicado los siguientes libros: Libro del Aire (Editorial De la Esquina, 2011), Okupas (Letras de Pasto Verde, 2009), Todas estas puertas (Tierra Adentro, 2008), Entre las líneas de las manos (en el libro Tres tristes tigras, Conaculta, 2005) y Bravísimas Bravérrimas. Aforismos (Editorial De la Esquina, 2005). Participó en el Laboratorio Fronterizo de Escritores/Writing Lab on the Border (2006), participó en el Festival de Poesía Latinoamericana LATINALE 2007 con sede en Berlín. Recibió la beca del FONCA para escritores en 2007. En Mayo de 2012, participó en las jornadas literarias “Los límites del lenguaje” con sede en Moscú. Su trabajo escrito y gráfico ha sido incluido en varias antologías así como en revistas nacionales e internacionales. Desde el año 2001 vive en Tijuana. Ama la música y ama dibujar.
Adair Vigil

La termita no come cemento. Esto es una bendición en el país del cemento.

Fue concedida por dios gran benefactor de los cementerios.

En los velorios de las termitas no hay café ni galletas. La madera escasea en los velorios de las termitas.

Las fosas comunes de las termitas son lugares de fiesta donde el humor nunca falta.

Una termita boca arriba ha visto Una termita fantasma y mueve sus seis piernas Como si nadara la nadada.

La tortura colectiva de la termita aparece en todos los libros de historia. Esto no es normal (tratándose de la termita).

La termita torturada sobrevive antes todas las cosas, no importa para qué.

Para regalo de cumpleaños una caja llena de termitas del país del cemento.


Autores
nació en Morovis, Puerto Rico, en 1976, y vive en Estados Unidos desde 1990. Es profesor del Departamento de Lenguas Romances en la Universidad de Michigan, Ann Arbor.
La última guarida. Isidro R. Esquivel

—Tira al caballo de la avioneta —repitió de memoria—. En un principio girará desconcertado y sus belfos se colmarán de saliva. Al poco tiempo aprenderá a galopar el aire y se perderá como pegaso en la curva perfecta del mundo.

Lorena guardó bajo la almohada la postal de su padre y apagó la luz. El pegaso volando a la par de un aeroplano no había cambiado, sólo los bordes despostillados de su cartulina. Las paredes en la habitación se coloreaban de verde musgo, los libreros almacenaban juguetes; Roboraptor, Buzz Lightyear, un par de Transformers, el peluche de Chewbacca y las otras figurillas de acción miraban hacia todas partes con sus pupilas de plástico. Ahora Lorena compartía la cama cuando le permitían visitar a su madre. Apagaba la luz temprano para olvidar que ese cuarto solía ser fucsia y que los estantes sirvieron en algún momento para colocar sus libros de la escuela, que ahora se humedecían en las cajas amontonadas del closet.

Miguel no podía dormir.

—¿Tienes muchas postales?

—Algunas. Esta es mi favorita.

Lorena lo arropó con la cobija y le frotó la cabeza. Ambos intentaron cerrar los ojos sin éxito; los distraía el caminar nocturno de mamá.

—¿Cuántas cosas se volverían pegasos si las lanzaras de una avioneta?

—Estás en mi lado de la cama.

—¿Cuántas?

—Todos los caballos. Y los lobos también.

—Los otros animales que parecen caballos.

—Los venados. Los antílopes. Las llamas…

El cielo estaba poblado de equinos y caninos. Las cebras asustaban a los helicópteros cuando por instantes se confundían con las nubes. Los coyotes perseguían la estela de los aviones ruidosos: una ráfaga de efes y erres azules, grises, blancas.

—¿Qué pasaría si aventaras personas de la avioneta? —Miguel estiró las piernas arremolinando las sábanas de franela.

—Caerían como en las caricaturas. Un puntito cada vez más diminuto, y luego, una nubecita de polvo —Lorena jaló la cobija, tenía descubiertos los dedos de los pies—. Somos la única especie que necesita paracaídas.

—Es trampa.

—La gente es tramposa.

—Quiero ser un caballo.

Un alazán galopaba, rebasaba a todos los demás en la carretera celeste.

—En unos años, seguramente habrá una operación para eso.

—Quiero un establo y alfalfa interminable. Y una avioneta.

—Los caballos no manejan avionetas.

—¿Qué pasaría si aventamos a mamá sin paracaídas?

Lorena giró un par de veces en su lado equivocado del colchón.

Mamá caía, un silbido atravesaba el mutismo del cielo. Y en su onomatopeya mamá se volvía cada vez más pequeña. La brisa urgente dilataba su cabello, estiraba sus rizos en líneas perfectas; surcos rojos interminables. Su piel pecosa se dilataba en muecas. Caía. Abría las piernas y los brazos. Se estrellaba en el desierto.

—Mamá volaría —se respondió el pequeño de mechones pardos.

—Mamá caería, nos encontraría y nos regañaría. Te diría que eres un caballo tonto.

—¿De qué lugares podríamos tirar a mamá?

—Ya duérmete. Mañana no te vas a querer levantar.

—De una montaña, de un edificio, de su oficina…

La habitación negra se iluminaba ocasionalmente. Por la ranura bajo la puerta se colaba el brillo de un ahorrador blanco. Escuchaban a mamá caminar del pasillo, a la cocina, al pasillo, a su habitación. El departamento de cincuenta y tantos metros cuadrados almacenaba el sonido de las pisadas estrechas.

El apagador pestañeaba como un metrónomo.

—…podríamos tirarla por la ventana.

Mamá se rompía la nariz al estrellarse con la tierra del jardín.

—Podríamos.

Lleno de saliva y lodo su camisón verde menta.

—Si mamá volara seríamos pegasos.

—Mamá está imaginando que tramamos lanzarla por la ventana y por eso llora en su cuarto.

—No está llorando.

—Quédate calladito y la vas a escuchar. Ahora imagínate que es el mar.

El mar sollozó al otro lado de la puerta.

—¿Qué cosas imagina mamá?

—Está imaginando que la aventamos al mar.

—Por la ventana.

—Perfecto. Ya estás entendiendo.

—Y se ahoga.

—No, no se ahoga. Pero se desespera porque no sabe nadar.

—Sí sabe nadar.

La marea se elevó gigantesca. Miguel y su madre surfearon como en Reyes de las olas, la película de los pingüinos que vieron la semana pasada. Lorena había pedido ver la de los niños españoles quemados en el orfanato. Mamá lloró en el cine y los medios hermanos sospecharon que había imaginado algo de su vida en la pantalla gigante.

—Mamá es tonta, ¿cuándo la has visto sin su llanta salvavidas? No hace más que tragar agua en las albercas.

—No es cierto.

—Ni siquiera conoces el mar. Es tan profundo como el aire, por eso hay caballos de mar. Y estrellas de mar.

Miguel no respondió. Los ruidos de la noche lo inquietaban a veces. Su papá le dijo que la madera en su recámara crujía por la humedad. Le repitió que no había nadie en los libreros ni dentro de las cajas en el closet.

La pantera desterrada al rincón del estante miraba fijamente a Lorena. Se recordaba negra, afelpada; la miraba como diciéndole yo fui tuya, quítame a estos animalejos de encima.

Lorena giró los ojos hacia la ranura de la puerta.

—¿Conoces las mantarrayas? Los biólogos dicen que son ángeles.

—Mamá sería una mantarraya.

—Mamá no sabe respirar bajo el agua. Tampoco sabe respirar aire. ¿Has escuchado cómo se le atora en la garganta?

Mamá tragó agua salada e intentó respirar profundo. Su paladar le sabía a cloro de alberca.

—Pues mamá está imaginando que es una mantarraya. Por eso llora.

—Podría ser.

Quizá un tiburón le arrancó la pierna. Quizá la tronó por las costillas.

—¿Cuándo conociste el mar?

—Todavía no nacías. Mi papá nos llevó a Cancún de vacaciones. Buceamos con un snorkel.

—¿Por qué mi papá no nos lleva a Cancún?

—Porque no la quiere.

—Sí la quiere. Le regaló una bufanda.

—No la quiere.

—Sí la quiere.

—Está bien. Sí la quiere. ¿Entonces por qué la hace llorar?

—Papá dice que mamá imagina cosas últimamente.

Miguel apretó los ojos y organizó el pasillo del departamento para agarrar el sueño. Su fotografía con papá y mamá. El bigote grueso de papá, la playera amarilla de Pikachu que le regalaron de cumpleaños. El bosque de Tlalpan. Los ojos redondos de mamá, con las ojeras verdes que nunca se le quitan.

Junto a su fotografía, una más pequeña, casi nueva: Lorena en su graduación de la primaria, sola en el fondo azul marino. Media cola anudándole el cabello negro.

—Mamá está imaginando que se ahorca con la bufanda que le dio tu papá.

—Mi mamá no se va a ahorcar —Miguel intentó hacerse taquito en la cobija, Lorena la jaló de regreso—. La bufanda tendría que estar viva, ella no se ahorcaría solita.

—Me gusta. Sería una serpiente. ¿Qué serpientes pueden volverse bufandas? Anaconda, cascabel…

—Dime que mi mamá no se va a ahorcar.

—Boas, cobras, pitones, coralillos —un serpentario suicida se les enredó en la garganta—. Mamá está imaginando que sabemos mucho sobre serpientes. Mira: Jabalina, Haitiana, Ratonera, Escarlata, Zorro.

Mamá aterrada en la selva, con los ojos enrojecidos y los brazos rasguñados. Serpientes se enredaron en su cuerpo, se le metieron por todas partes. Ella lloraba no por favor, pero la víbora los mantenía a todos despiertos.

—¿Cómo conoce sus nombres?

—Ve mucha tele. No deja de ver tele porque tu papá no le hace caso.

—Eres una envidiosa. Estás envidiosa porque no tienes papá.

—¿De dónde sacas eso?

El funeral hacía dos meses era blanco y negro. El padre de Lorena descendía, adentro de la Tierra, adentro del ataúd, más adentro hasta las costillas de la infancia. Mamá era un retrato nublado como los de casa de la abuela. Fría y estática. ¿Por qué Lorena tenía que vivir con la abuela? ¿Por qué en su cama dormía ahora un niño impertinente? ¿En qué momento nos volvimos los invitados de nuestra vida?

—Mi papá dice que tu papá se murió y le quema la cabeza a mamá.

—¿Eso te dice?

—Dice que por eso no duerme con ella.

—¿Y no te da miedo?

—¿Qué cosa?

—Que venga a quemarte la boca por chismoso.

—No, porque yo no estoy loco.

—Mamá está loca.

—Mi papá dice que mamá imagina cosas y que la loca eres tú, que te quieres suicidar como tu papá. Por eso te mandaron con la abuela.

—No sabes lo que es un suicidio. A ver, ¿qué quiere decir la palabra?

Los hermanos jalonearon la cobija. Era muy pequeña para los dos. La sábana de franela se había enredado en sus pies.

—Que fumas y tomas para morirte pronto. Por eso hueles feo.

—Huelo feo porque estoy poseída por el fantasma. Este es el olor del inframundo, mira, huele mi playera.

—Qué mentirosa eres.

El inframundo se vestía de humo, azufre, muchos muertos que olían a muerto y hablaban graves, con voces polvosas. Uñas ahumadas y cuencas huecas. Esqueletos y los tantos insectos merodeándoles las costillas. Lenguas de gusanas ciegas. Lenguas largas. En el inframundo había un cuarto fucsia.

—Soy el fantasma del papá de Lorena —dijo la media hermana con la voz negra —. Vengo por el niño chismoso, lo voy a quemar con este encendedor.

Lorena se echó el cabello sobre la cara pálida. La madera en la recámara crujía.

—Mamá te va a regañar por fumar en el cuarto.

—No estoy fumando, es el humo del fantasma.

Era el humo del fantasma. Era el crujido del fantasma.

—Apestosa.

—¿Sabes por qué está llorando Mamá? Porque estoy tan loca que hablo sola. Porque su hijo chiquito se murió y yo hablo sola por las noches.

—No es cierto.

—Mamá está imaginando que hablo con mi hermanito fantasma.

—Que no.

—¿Recuerdas esa caja en el closet? Te dijeron que eran mis libros para que no la abrieras, pero adentro está el cadáver de un niño chiquito. Pobrecita de mamá. Ya te estás tardando, órale, orínate, como cada fin de semana.

Una pequeña calavera leía historias dentro de la caja. Los libros Abracadabra de inglés con el conejo saliendo del sombrero, los cuadernos de matemáticas y las conversaciones privadas de Lorena y Adriana, su amiga del colegio; que si Pepe, el que les gustaba en quinto de primaria; que si se volaban deportes; que si se iban a fumar atrás de los baños; que si la mamá de Lorena se había vuelto a casar. Las postales de su padre amarradas con una agujeta para no perderse o arrugarse; las historias de animales dibujadas con lápiz y acuarela que recordaba de memoria.

¿De quién era la calavera dentro de la caja?

—Miados Miguelito, mamá se lo imagina ahogado en su pipí.

Un río ambarino lleno de angustia.

—No está imaginando eso.

—Estoy hablando sola, sola, sola. Me gusta hablar sola. Y fumar en la cara de mi hermanito fantasma.

Mamá chorreaba un río de angustia entre las cobijas.

—Si fuera un fantasma, no podría patearte la panza —Miguel se meneó debajo de la cobija y enterró su tobillito en el vientre de Lorena—. ¿Sabes qué más dijo mi papá?

—No me patees. Tienes piecitos de lombriz.

—…que tu papá hace soñar pesadillas a mamá. Que eres tan mentirosa como él.

Lorena abrió la boca grande y del cráneo de su padre brotó una lengua larga de gusana ciega. Le acarició la cara y jugueteó con sus labios. Un beso profundo; los otros insectos se adentraron en su garganta, se ensalivaron hasta llegarle al estómago. Qué lengua tan larga; gruesa. Blanca. La lengua dijo estás poseída por mi fantasma.

—Soy mi papá y voy a infestar la casa.

—Mamá está imaginando que imaginas otra cosa.

—¿Escuchas eso?

—¿Los crujidos?

—Son las cucarachas trepando las paredes.

La cocina de mamá se plagó de escarabajos, cucarachas, moscas, hormigas rojas. Mamá encendía y apagaba la luz, y en su metrónomo estas cosas no se iban ni se ocultaban.

Los niños se detuvieron a escuchar las cientos de patas trepándole el camisón a su madre.

—Mamá imaginó que fumigaba la casa —Lorena apagó su cigarro en la alfombra y le dio la espalda a Miguel—. Tú papá está dormido en el sillón, ¿verdad?

—Mi papá no es un bicho.

El padre de Miguel respiró el vapor verde fluorescente del exterminio.

—Mamá me mandó con la abuela para que no me haga daño el insecticida. Cuando se acabe la plaga me regresará mi cuarto.

Miguel se cubrió la cabeza con la cobija.

—No le hagas caso a tu papá—continuó la media hermana—. Te voy a decir la verdad. Mi papá era un pegaso. Y mi mamá está enojada porque se aventó de una avioneta.

—Mi papá no es un bicho.

Su padre intentaba alejarse de la Muerte con sus seis patas. Panza arriba, como un artrópodo indefenso.

—¿Quieres ir al baño, o ya te orinaste? —Lorena palpó el colchón—. No vayas a ponerte a llorar, ¿eh?, si lloras va a venir mi papá a quemarte la cara, como le hace a mamá.

—Los pegasos no queman caras.

—No, los pegasos muerden, y a los niños chiquitos les arrancan los deditos de los pies.

Los cascos del pegaso bloquearon el brillo bajo de la puerta. La caja con la calavera en su interior comenzó a temblar. Mamá imaginó que los pegasos comían mantarrayas cuando bajaban al mar. Y la casa se plagó de insectos, de serpientes imposibles de fumigar.

La marea se retraía en los bordes de la puerta.

El clamor de las olas devoraba al metrónomo.

Mamá lloraba porque a su hijito le iban a morder los dedos de los pies.


Autores
(Ciudad de México, 1986) es narradora y conductora de radio. Se le puede escuchar en el noticiero Primer Movimiento de Radio UNAM.
El último anfitrión. Isidro R. Esquivel

1987

Los libros prohibidos se guardaban en los estantes de hasta arriba. Mis padres pensaron que una altura de casi dos metros era suficiente para borrarlos de mi curiosidad, para conjurar su tentación. A los nueve o diez años rompí el cerco: escalé un sillón, una suerte de cornisa que tenía el librero, y llegué al nivel maldito. Había pocas cosas en realidad. Colecciones de chistes para adultos, de los que no entendí casi nada, y que abandoné luego de un par de rápidas incursiones. También encontré algunos tomos que no se fijaron en mi memoria. ¿Qué serían? ¿Novelones, cosas de política? Lo cierto es que ya le había dado diez y veinte vueltas a las colecciones de cuentos infantiles que me eran permitidas, y mi incipiente avidez lectora me exigía algo más. Instalado en las alturas, alguna vez que me quedé solo en casa, encontré un diamante negro: se trataba de la novela Dragón rojo, de Thomas Harris. En pasta dura, impreso por Edivisión en 1983, el tomo estaba protegido por una camisa amarillo oscuro, que reproducía lo que al principio me pareció una especie de ser acuático —piel que sugería tersura y humedad, negra y con brillos plateados— mezcla de tritón, murciélago y feto humano. En ese momento rompí una barrera: la de los libros adultos, esos que tenían capas y capas de misterio acumuladas; uno debía presionar para romperlas, concentrarse para avanzar, penetrar en otro mundo. No leí la novela completa, ni en esas escaladas ni en los años siguientes. Estaba lo suficientemente aterrado y fascinado —por la otredad que se me abría y por los nervios propios del infractor primerizo— como para echar sólo rápidas hojeadas y captar, siempre a medias, si bien me iba, la urgencia, la oscuridad y la trasgresión que electrizaban la escritura. Tenía miedo, eso sí, de presenciar el corazón de la oscuridad. Mi primera lectura adulta[1] se ubica en una página intermedia de esa novela, una escena donde el asesino Francis Dolarhyde escucha la voz que habita su cabeza, la del Dragón, el artífice de sus crímenes, su amo. Asustado o sólo inquieto, cerré el libro, seguro de que aquella singularidad no podía durar mucho. No debía. Lo acomodé de nuevo y lo recuperé años después, para leerlo a trancos, desbarrancándome, recuperando el hilo cada tanto. Lateralmente, sentía que honraba la tradición impuesta por mi abuela paterna —el suyo fue un apostolado solitario: casi nadie en la familia resultó lector, y menos del género negro—, mientras buceaba en las lagunas más oscuras del alma humana. En la locura. Porque eso fue lo que me fascinó del pasaje. Dolarhyde habla con el Dragón Rojo; el Dragón lo manda y Dolarhyde obedece; el Dragón no existe; ambos son un mismo ente; el poder del Dragón consiste en guiar a Dolarhyde por el camino de la Realización; entonces, se trata de dos conciencias; pero son una. Una vez, David Toscana me dijo que su interés central es narrar desde la locura; gracias a ello, sus  narraciones poseen una perspectiva tan radicalmente personal. No hay dos locuras iguales. En cambio, la normalidad aspira a, se apoya en, lo semejante. A los diez años me atropelló la ficción, con sus posibilidades descabelladas, su traición debida a lo común. Las voces en la cabeza que moldean y resignifican el mundo. Sus diálogos imposibles. Las huellas con que horadan el siempre agónico edificio de lo real.

1990

La piedra angular de mi biblioteca no es el Quijote ni tampoco Pedro Páramo. El primer libro de mi absoluta propiedad —el resto llegaba para uso común de los menores de la casa— fue un tomo que se ofertaba como material de consulta: La enciclopedia de los monstruos. Su autor era un gringo bastante nebuloso, pues el libro no consignaba ficha ni datos suyos, aparte de que se trataba de un pionero en la difusión de la criptozoología, ciencia apócrifa de las formas de vida fantásticas y extrañas. El título fue publicado por Edivisión, en 1989 —empiezo a preguntarme si la editorial me tenía tomada la medida, o si yo entraba de lleno en su nicho de mercado—. Lo encontré en la reducida área de libros y revistas de una tienda de autoservicio, no me desprendí de él y conseguí que me lo compraran. El autor, Daniel Edward Cohen, nació en Chicago, en 1936. En la University of Illinois abandonó sus estudios de biología para graduarse en periodismo en 1958. Fue editor y articulista de la revista Science Digest. Publicó su primer libro, Myths of the Space Age, en 1967, sobre el tema de los monstruos y fenómenos paranormales. Se mudó junto con su esposa a una granja, en Forestburgh, New York, con la intención de dedicar todo su tiempo a escribir libros de divulgación científica, pero la demanda del mercado lo orilló a escribir sobre fantasmas, ovnis y poderes síquicos. Su obra abarca biografías, libros de historia, ciencia y tecnología, y temas populares. Todo esto lo sé ahora. Durante más de veinte años, Cohen fue para mí un enigma. Un enciclopedista que recopiló y escribió las entradas de un tomo que dominó mis sueños durante años. Lo que más me atrajo fue esto: que asuntos tan volátiles como las leyendas y el folclor fueran material para una taxonomía donde cabían todas las pesadillas del mundo. Iba y venía a todos lados con mi Enciclopedia de los monstruos; la imaginación y sus criaturas se habían vuelto portátiles. Los extremos se tocaron. El caos de la imaginación y el orden de la biblioteca. (Parece que Borges ya lo soñó todo. O, al menos, ordenó los sueños de tal forma que se convirtieran en paradigmas de lo imposible, modelos a seguir y resúmenes de la quimera. La biblioteca absoluta, y aún más, su versión portátil, el tomo absoluto, se prefiguran en un cuento suyo.) Años después fui seguidor de la serie Expedientes secretos X, y me pareció que encontraba también en ella ese afán de recopilación, de ser una especie de pararrayos sobrenatural que atrae las descargas de la época. Para crear la serie, Chris Carter se inspiró en el hecho estadístico de que, a principios de la década de los noventa, casi cuatro millones de estadounidenses afirmaban haber sido sujetos de una abducción extraterrestre. Los capítulos protagonizados por el creyente Mulder y la escéptica Scully peinaban prácticamente toda la zona sobrenatural: mitos urbanos, leyendas locales, seres fantásticos, brujería, criptozoología, etcétera. En su formación (y no hablo de la escuela), uno encuentra a veces estas suertes de nudos de donde surgen —y seguirán haciéndolo— sus claves culturales, sus referencias. Ritornelos en la partitura de la vida. Sean libros, devedés, cómics o novelas gráficas, álbumes musicales, éstas piedras de toque van cambiando con nosotros, pero se mantienen como puentes, como centros de la telaraña de relatos que a nuestro alrededor se teje. La imaginación fantástica es tan noble y tan rara que nos tienta a ordenarla: pronto me fui haciendo de recopilaciones, diccionarios, antologías, que recogían misterios por orden alfabético. De aquellos productos culturales aprendí una estrategia que altera e inspira: hacer colindar el caos y el orden, formar lo incontable.

1994

En el pantano literario, el primer gurú que tuve fue Howard Phillips Lovecraft, maestro indiscutible del horror cósmico. El “Prisionero de Providence” renovó el género al agregar a la usual historia de aparecidos un “elemento cósmico”: en sus narraciones encontramos monstruosas razas prehumanas interestelares, así como dioses venidos de dimensiones alternas, oscuras. “Era, verdaderamente, un sembrador de espanto. Su presencia daba un color fantástico a las cosas más sencillas; cuando su mano tocaba algún objeto, parecía que éste ingresara al mundo de los sueños.” El narrador del cuento “La última visita del caballero enfermo”, de Giovanni Papini, describe así a su extraño protagonista. Pero parece que detallara a Lovecraft. Autor de sesenta relatos de diversa extensión y una ingente cantidad de textos ensayísticos, periodísticos, poéticos y epistolares, el escritor, en su ciclo “Los mitos de Cthulhu” establece una mitología de seres demoníacos que habitan dimensiones alternas, razas espaciales venidas de oscuros universos, poderosos monstruos que duermen en las profundidades del mar. En suma: se trataba de un loco. Un loco fascinante y terrible, a la manera de Poe. Aunque su imaginario ha permeado en prácticamente todas las expresiones de la cultura contemporánea, Lovecraft nunca pretendió renovar nada, simplemente escribió un arte acorde a sus preferencias y su carácter: “[Los cuentos fantásticos] me producen una satisfacción personal y me acercan a la vaga, escurridiza, fragmentaria sensación de lo maravilloso, de lo bello”. Escribió para exaltar “la emoción más antigua y más intensa de la humanidad”: el miedo. La parte irracional que nos define. La primera vez que escuché de él, yo tendría algunos 16 años, y fue por boca de un amigo —mayor por varios años que todos en el grupo de amigos de la cuadra— que confundió la novela En las montañas de la locura con un testimonio enloquecido pero verídico. Tiempo después me volví a topar con la ficción lovecraftiana, en un par de ocasiones, al grado de pensar que, puesto que podía encontrar sus libros en Monclova, debían de consistir en una especie de enfermedad viral. Pasé años contagiado a tope por la estética lovecraftiana de lo bello y lo terrible. Cuando pocos años después llegué al caserío minero de Esmeralda, en Coahuila, no pude menos que pensar que había encontrado mi Providence desértica: un pueblo aislado, de escasos habitantes y casas clausuradas, rodeado por montañas que la encajonaban, y en las que a cierta hora del atardecer, parecía dibujarse la silueta de sombras de un rostro con cuernos. Lovecraft, lo mismo que Poe, reconocieron la raíz de la creación en la soledad, el delirio y la imaginación. Lección que un joven, tarde o temprano, debe confrontar.

1997

Los orígenes de la narración fantástica se internan en la prehistoria de la especie. Oral y multiautoral era la naturaleza de los relatos que se acuñaban para explicar lo visible y lo invisible. Pero las cosas cambiaron. “Debo a la conjunción de un espejo y de una enciclopedia el descubrimiento de Uqbar”: así empieza el cuento “Tlön, Uqbar, Orbis tertius”, y pareciera que tal frase no sólo es uno de los sólidos y sencillos arranques ficcionales de Borges, sino que determina el cariz que adopta con el correr de los siglos la narración fantástica. Debemos a los libros, lectores contemporáneos (y con esta palabra abarco, displicente y temeroso, a quienes leyeron en el siglo XVIII y de ahí hasta que la humanidad colapse), el murmullo de tinta que sustituyó en nuestras vidas adultas a los cuentos de apariciones y fantasmas que eran narrados por la voz familiar más antigua, abuelo o abuela la mayoría de las veces. Hoy, es en los libros donde está el reducto de lo fantástico. Pero también en el cine, en las series de televisión que se alimentan de la tradición literaria. Nuestro bibliotecario ciego escribió: “Los libros son ocasiones para la poesía”; la afirmación opera lo mimso en el caso de lo fantástico. Todo relato fantástico tiene como destino la pagina. La circulación. Volver a contarse. Ahora bien, la literatura no evoluciona, ni tampoco progresa (emplear estos vocablos me parece confiar excesivamente en la linealidad, en la quema de etapas de un diagrama de flujo empresarial). Más bien, la literatura es un mutante. La mutación es impredecible, puede dar un salto, ser sutil, inútil, o terrible. Borges lo entendió así, y por ello no hizo distinciones entre los géneros: en él, ensayo, cuento y poesía se confunden. Borges no estableció líneas divisorias inquebrantables entre sus temáticas y estrategias. Se trataba de escribir. De contar, de producir emoción, provocar vida. Sus poemas narran lo insólito, sus cuentos reflexionan la inhumana dimensión científica, sus ensayos se dejan seducir por el azar y sus misterios. Es una realidad que alcanzamos a reconocer sólo lo que ya está en nuestra experiencia: cuentan que los pueblos mesoamericanos que presenciaron la llegada de los españoles no pudieron describir los barcos y los hombres montados a caballos. Para ellos viajaban en nubes flotantes (las velas hinchadas del barco) y eran mitad hombre mitad ciervo sin astas. Ante una imagen retadora, la mente busca establecer lazos con lo que conoce y empieza por aplanar lo inaudito, descartar lo extraño, borrar lo nuevo; lo sustituye con conceptos e imágenes familiares, forma con ellos un collage que lo ayude a manejar la situación (se enfrenta a la realidad desde lo que sabe, desconociendo lo nuevo). La frase “Lo que hoy es evidente, un día fue imaginario”, de William Blake, evidencia el estatuto de avanzada que impulsa a la mente abierta a la creación: aquellos seres fabulosos hoy son piezas de la Historia. La ficción nos previene: el mundo puede ser así de amplio. La ficción fantástica —oral o escrita— va más allá: el mundo es un mutante que no termina de asombrarnos.

2009

Escribí los cuentos de La noche caníbal entre 2002 y 2005. Después de un debido peregrinaje en el limbo, se publicó en 2008. Llevaban más o menos un año en librerías, cuando Álvaro Enrigue escribió un breve comentario a propósito: “siete cuentos cuya voluntad es resucitar a los géneros en los que nos formamos: hay un relato gótico, otro de terror, alguno policiaco. Entre todos anuncian a un narrador desinteresado por la moda y repleto de memoria literaria.” Cuando lo leí, me sentí (ardores de un fan) Lovecraft: desinteresado por la moda, claro; repleto de memoria literaria, desde luego; o por lo menos esas eran y siguen siendo mis aspiraciones. La noche caníbal significó para mí no sólo la aparición del diálogo con la crítica, sino la identificación pública con autores de mi generación que iba descubriendo, o bien, a quienes llevaba años leyendo. Con uno de ellos tuve un diálogo casual que dejaría la impronta de una declaración de principios o confesión debida. Estábamos en la Feria Internacional del Libro Oaxaca, y yo buscaba hacer llegar a mejor puerto una botella de mezcal que tenía en mi hotel. Terminé regalándosela a Bernardo Esquinca, y le dije que podíamos pasar por ella de una vez. Esa ocasión, la organización de la Feria me había hospedado en una suite que estaba en la planta alta de una boutique. El local cerraba temprano por la tarde, y aunque mi esposa y mi hija me habían acompañado durante algunos días, ellas emprendieron el regreso antes, y me quedé solo en la suite casi una semana. Hacia allá íbamos para cambiar de manos el mezcal. La escalera y el pasillo que rodeaban un patio interior me parecían tétricas e infranqueables luego de que, la noche de nuestra llegada, mi hija hiciera una pregunta inocente: ¿quién es el viejito que nos miraba por la puerta de uno de los cuartos allá atrás? Desde un principio supimos que estaríamos solos en el edificio después de las seis de la tarde. En realidad, nunca vi nada por mí mismo, pero no pude deshacerme de la sensación de estar en extraña compañía. Se lo conté a Bernardo. Él me pregunto, con la certeza de que llegábamos a un punto nodal en la amistad y el oficio: ¿Y tú crees en esas cosas? Le respondí con el convencimiento de un cruzado o de un alma influenciable: “Pienso que para escribir lo que escribimos, hay que creer, en alguna medida.”

2011

Los relatos fantásticos son altamente antologables. No se trata de reunir temáticas y completar nóminas: cuentos de amor, de sexo, de Navidad, ni generaciones o grupos. Las antologías de cuento fantástico son distintas porque reúnen singularidades. Son una mirada en busca de lo insólito, no un procedimiento o una fórmula, sino lo único. Hallazgos, como se les llama en la lírica. El cuento siempre me ha parecido que tiene más que ver con la poesía que con la novela. Con la mecánica misteriosa de la poesía: desvelar, no cuestionar ni acumular, sino embriagar. Inventar. Cuando quise perpetrar una antología, pensé en un título que la distinguiera y fuera irrepetible, casi imprudente: Lantánidos. O en su caso, un deslizamiento de éste: Los actínidos. Por lo extraño de las tierras raras de la tabla periódica (esa subfamilia de átomos inquietos que rompen con el orden primario, ubicados hasta abajo de la tabla). Entonces, lo que se cartografía es una región de la imaginación: la que está en el borde, la que debe inventar el siguiente paso y ganar así hectáreas a la nada. Un editor (quien quería publicarla pero por diversas razones no tuvo oportunidad) me convenció de no hacerlo. Los lectores no van a saber qué esperar del libro, me dijo. Yo accedí. Todavía no sé si doblé las manos por la mercadotecnia o por la razón (a fin de cuentas: dos caras de la lógica, una más amarga que la otra). En el prólogo a la decana Antología de la literatura fantástica, Adolfo Bioy Casares señala: “Pedimos leyes para el cuento fantástico: pero ya veremos que no hay un tipo, sino muchos, de cuentos fantásticos.” Tal revelación nos quita un peso de encima. No hay, en este paisaje, un solo camino, sino muchos para atravesarlo. Fuera de aquí los dogmas, las listas de los cuarenta principales, los “deber ser”, los “no te lo pongas”. Es cierto que el asunto de la terminología es delicado, y algunas veces tratado con exageración, pero a veces sucede que enfocamos tan abajo que las cercas no nos dejan ver el bosque. Las clasificaciones sirven para ordenar libreros, para orientarnos, no para crear. La primera vez que leí la frase “cuento fantástico”, pensé que se trataba de un adjetivo: un elogio rendido o una recomendación inapelable, no de una categoría menor. O bien, “terror cósmico”; bueno, pensé, si el terror no se siente hasta los huesos y cuestiona la vida, no es terror de veras. Vuelvo a Bioy, ahora en su posdata, donde de verdad se deja ir en la defensa del género: “Tampoco peligra el cuento fantástico, por el desdén de quienes reclaman una literatura más grave, que traiga alguna respuesta a las perplejidades del hombre —no se detenga aquí mi pluma, estampe la prestigiosa palabra—: moderno. […] A un anhelo del hombre, menos obsesivo [que la política y la economía], más permanente a lo largo de la historia, corresponde al cuento fantástico: al inmarcesible anhelo de oír cuentos: lo satisface mejor que ninguno, porque es el cuento de cuentos, el de las colecciones orientales y antiguas y, como decía Palmerín de Inglaterra, el fruto de oro de la imaginación.” En el párrafo final, el argentino se disculpa: “Perdone el amable lector las efusiones personales”. No es necesario. Lo compartimos o no. Y nada hay que perdonar en la lectura y el amor por las historias. En la afición incurable a esta literatura menor que pone en entredicho a los gigantes.

2013

Sergio Pitol escribió en un ensayo una frase que es declaración de principios mística de una genealogía: “Soy hijo de todo lo visto y lo soñado, de lo que amo y aborrezco, pero aún más ampliamente de la lectura, desde la más prestigiosa a la casi deleznable.” Es claro, real, inevitable. ¿De quién soy hijo, entonces? ¿Qué oscuros padres me forjaron, me dieron alma, en la noche sin tiempo de la más oscura estación de la nada? A los libros les ponemos separadores, los rayamos, los anotamos: esos tomos son marcadores a su vez en nuestras vidas. Cuando pisan fuerte, dejan huella. Cuentan en sus páginas historias de lectura, y vidas. La mía, me percato en el recuento, es un ir y venir entre cuentos fantásticos, sueños, pesadillas. Formas en que la imaginación extrema descubre las venas secretas del mundo.


Nota

[1] Uso el adjetivo “adulto” sin el menor demérito para la noción de lectura infantil. Más bien, como una suerte de marcador. Un límite sobrepasado: esto te está permitido y esto otro no. Por primera vez en mi vida me interné en el territorio del No. Salí del redil. Lo cierto es que una vez afuera, no regresas, no del todo. Algo de ti se queda del otro lado. Creo que a eso se refería Dorothy cuando dijo: We’re not in Kansas anymore.


Autores
(Monclova, 1977) Ha sido becario del Programa de Jóvenes Creadores del Fonca en tres ocasiones, y de la Fundación para las Letras Mexicanas durante dos periodos. Ha recibido siete premios nacionales, entre ellos el de Poesía Joven Elías Nandino 2007, el de Ensayo Carlos Echánove Trujillo 2009 y el de Poesía Ramón López Velarde 2009. Es autor de Las afueras, entre otros libros.

Cuando uno se enfrenta a la obra de Carlos Monsiváis, la primera reacción es de incertidumbre y extravío. Uno no sabe por dónde comenzar. Es lo que ocurre ante todo polígrafo: internarnos en sus extensos territorios requiere de mapas. Concibo este libro como una suerte de croquis iniciático. Para quien desea comenzar a explorar esa región llamada Monsiváis, resulta una excelente puerta de entrada a su pensamiento crítico. También para el lector especializado el libro es fructífero: permite tener en un sólo volumen muchos de los textos que Monsiváis publicó sobre temas literarios en La cultura en México.

La decisión de Carlos Mapes de compilar estos escritos resulta acertada por otra razón: contribuye a evitar la edición de sus obras completas. Comparto la opinión de que es preferible tener antologías temáticas de Monsiváis, que la recopilación absoluta de sus textos. Estaba en el carácter iconoclasta de Monsiváis el afán de no dejar una obra acabada; dar cuenta de la contemporaneidad a través de una escritura fragmentaria, fugaz y siempre modificable fue uno de sus preceptos. Si algún día se editan sus “Obras completas”, traicionaremos el espíritu heterodoxo que animó a Monsiváis.

Otra virtud. Aproximaciones y reintegros es un libro que nos permite volver a Monsiváis antes de Monsiváis. Al estar en contacto con textos que escribió desde los años sesenta, podemos recuperar la imagen de quien aún no aparecía a los ojos de los lectores como uno de los grandes forjadores de la cultura mexicana contemporánea. Esto resulta fundamental pues la recepción actual de Monsiváis está plagada de prejuicios creados y aceptados de manera acrítica. En el México de hoy, Monsiváis es un referente incómodo. Tenemos una relación conflictiva y contradictoria con su figura. Cuando el personaje público se volvió avasallador, las valoraciones sobre su obra se evadieron y fueron sustituidas por ataques a su omnipresencia cultural. Un libro como éste puede contribuir a que esto deje de ocurrir.

La evolución intelectual de Monsiváis está también sobre la mesa. Al leer este libro uno se percata de cómo el pensamiento monsivaíta nunca se volvió especulación inmóvil. Por el contrario, fue renovando conceptos, afinando ideas, remarcando ciertas posturas y distanciándose de valoraciones previas. Además de ponernos en contacto con textos que darían origen a muchos de sus ensayos más lúcidos, Aproximaciones nos permite observar el diálogo que Monsiváis estableció con distintas formas del pensamiento crítico. Entre líneas es perceptible su acercamiento al feminismo y al psicoanálisis, su discusión con la izquierda marxista y el estructuralismo, las lecturas que hizo de la teoría crítica y del ensayismo latinoamericano, sus vínculos con el liberalismo y el pensamiento poscolonial. Como se ve, la traducción cultural fue uno de los ejercicios intelectuales que lo caracterizó.

Por supuesto, el universo crítico de Monsiváis es amplísimo: lo mismo analiza a Fernández de Lizardi que a Sergio Pitol, los Contemporáneos conviven con Rafael Bernal, Alfonso Reyes con Elena Poniatowska, y el estridentismo con Salvador Novo. Resalta la manera en que propuso nuevas interpretaciones de ciertos autores a los que su mirada permitió revalorar y al final canonizar, como el caso de Julio Torri, Monterroso o Jorge Cuesta. Estamos ante los ojos privilegiados de un lector que hace exégesis instantáneas no sólo de ciertos libros, sino del país que los produjo.

Monsiváis, como crítico literario, es también un historiador de las mentalidades. Y es que al leer novelas, cuentos o poemas, nuestro autor rastrea tradiciones, símbolos y comportamientos que expresan, de distintos modos, el nivel de modernización cultural que existe en el país. En otras palabras, a Monsiváis le interesa, de los textos literarios, no sólo su efectividad estética, sino sobre todo la síntesis cultural y la propuesta política y cívica que las obras detentan. George Steiner escribió que el ejercicio de la crítica literaria consiste no sólo en valorar los avances técnicos de las obras, sino en dilucidar cuáles contribuyen a incrementar la inteligencia moral de la época. Monsiváis cumple con este dictum; para él la lectura constituía un modo de acción. De ahí el recurso constante de la ironía, que le sirve para entretener y para lidiar con una realidad adversa, pero también como un mecanismo desacralizador a través del cual devela prácticas autoritarias o tradiciones retrógradas, y establece desquites simbólicos que concientizan y ciudadanizan. Detrás de las lecturas de Monsiváis hay un proyecto de nación: su crítica busca poner en contacto a los lectores con valores modernos y democráticos, denunciar la demagogia de los lenguajes y hacer de la literatura un asunto de interés público más allá del purismo y del elitismo estéticos.

Por ello, lo que tenemos en las manos es un tipo de escritura crítica que va contra el conservadurismo cultural reinante en el país. Al reflexionar sobre los vínculos entre escritura y vocación cívica, rompe con los usuales análisis estructuralistas, estilísticos o intertextuales que se publican en revistas y universidades. Las reflexiones que Monsiváis hace sobre la novela de la revolución, el humor, el thriller, el antiintelectualismo, el realismo o el nacionalismo cultural, siempre buscan trazar la relación que existe entre ciertos géneros literarios y el subdesarrollo cultural, entre modelos estéticos y experiencias de vida, entre formas de representación y prácticas culturales. Lo mismo ocurre cuando confronta a la literatura con otras formas discursivas como la nota roja, la retórica oficial, el machismo o el melodrama (reconociendo así otras autoridades narrativas distintas a las de la ciudad letrada). Al develar los símbolos, criticar las tradiciones y descifrar los imaginarios sociales que están detrás de ciertos estereotipos literarios, Monsiváis concibe la creación literaria como entramado político.

Por lo demás, su acercamiento es polisémico y su modo de expresarlo siempre intenta rebasar fronteras. De ahí que Aproximaciones trascienda el falso debate entre ensayo literario y ensayo académico, la oposición que parecería irreconciliable entre dimensión crítica y dimensión estética. Por donde se vea, un libro indispensable.


Autores
está muy preocupado por el creciente conservadurismo cultural del país. Ahora trabaja en un libro de aforismos y otro de crónicas, este último problematizando los vínculos entre afectividad, urbe y cuerpos. Su libro más reciente es Sentido de fuga, con el cual obtuvo el Premio Nacional de Crónica Urbana Manuel Gutiérrez Nájera. Compiló el libro La conciencia imprescindible. Ensayos sobre Carlos Monsiváis (FETA, 2009).

Si a la modernidad llegamos cuando las luces estaban apagadas, en una función de cine, según Octavio Paz, entramos en el salón a oscuras del momento histórico en el que vivimos sin darnos cuenta de que estamos al final de una orgía (Baudrillard). Los cuerpos y los discursos se confunden, la vista y la mente se nublan en una amalgama sensorial que no sólo ocupa nuestra piel sino que satura los pensamientos al punto del frenesí o el pasmo. La consecuencia del exceso. La civilización contemporánea disuelve las ilusiones al hacer evidente lo obvio y exhibir lo íntimo: ¿vivimos en un estado pornocultural?

Leí a Naief Yehya (Ciudad de México, 1963) hace dos décadas: relatos en revistas. La pornografía, los cuerpos trastocados y la creación de otras identidades a partir de la tecnología son sus temas. Sus libros recientes profundizan en estos tópicos tanto en ensayos –Pornografía. Obsesión sexual y tecnología (Tusquets, 2012) y Pornocultura. El espectro de la violencia sexualizada en los medios (Tusquets, 2013)– como en los relatos de Rebanadas (Conaculta, 2012).

Pero es en Pornocultura donde el autor comparte una visión más profunda sobre este fenómeno poco estudiado en Latinoamérica y donde argumenta que socialmente vivimos un momento en el que, además de las imágenes hipererotizadas de la pornografía y de la ejecución de personas, de guerras que han ocupado espacios en medios de comunicación del mundo, también han permeado hacia otras esferas sociales y culturales acelerando la narrativa propia del género, las maneras de mostrar lo antes oculto y cierta insensibilidad provocada por la exposición permanente a imágenes que por grotescas parecieran superar lo real, pero son lo irreal y lo cotidiano. No se aventura a conclusiones sobre un fenómeno social que sucede ni avizora un futuro, ni propone alivios o recomendaciones, lo cual se agradece. En cambio, expone metódica, ordenada y documentadamente, con una estructura advertible en la sucesión de capítulos, lo que considera una característica de las sociedades actuales.

Sin pretensiones filosóficas o académicas, las reflexiones reunidas en Pornocultura coinciden con las de pensadores como Paul Virilio, Zygmunt Bauman y Jean Baudrillard, quienes argumentan que vivimos tiempos de reordenamientos sociales, económicos y políticos que alteran la vida privada de las personas. Amores líquidos, sexualidades trastocadas, maneras voraces de producir, consumir y destruir identidades son algunas de la características en las que coinciden estos autores.

Un argumento al que Yehya dedica varias páginas es la incapacidad catártica que las imágenes pornográficas comunes a principios del siglo XX (y hasta antes del surgimiento de internet) tienen en los consumidores actuales. Ya no es la pornografía el territorio de la transgresión. Toman su lugar “las representaciones de la muerte”: ejecuciones de cárteles, torturas a presos de guerra o el porno cada vez más extremado en el sadismo, ocupan virulentamente el espacio de la red en una mixtura macabra.

Si bien destaca el orden del libro, la premisa, basada en el registro descriptivo de una serie de videos o películas pornográficas que exhiben distintos grados de violencia, sometimiento y humillación para mostrar el paisaje del porno al lector, se extiende casi hasta el tedio. No lo grotesco sino la repetición del porno pesa durante las primeras casi 200 páginas. Las descripciones de las películas construyen un gran políptico de lo mismo. Quizá a partir del capítulo siete, La gran estafa del snuff, el ritmo de argumentación se acelera hasta el cierre.

El autor advierte al lector sobre Un final sin propuestas, sin embargo, varias de sus aseveraciones, si bien no son conclusiones, arrojan luz sobre las formas de consumo actuales. Sin embargo, si el argumento principal para la instauración de un estado pornocultural es la mezcla de los discursos y la extensión de un determinado dominio cultural hacia otras esferas de la vida, podríamos decir que la sociedad está politizada o estetizada, siguiendo a Baudrillard en La transparencia del mal: “Se nos ha impuesto la ley de la confusión de los géneros. Todo es sexual. Todo es político. Todo es estético. A la vez. Todo ha adquirido un sentido político, sobre todo a partir de 1968 […]. Al mismo tiempo, todo se ha vuelto sexual, todo es objeto de deseo […]. Al mismo tiempo, todo se estetiza: la política se estetiza en el espectáculo, el sexo en la publicidad y el porno, el conjunto de las actividades en lo que se ha dado en llamar la cultura, especie de semiologización mediática y publicitaria que lo invade todo. —el grado Xerox de la cultura” (pp. 15,16).

¿Vivimos en una pornocultura? Tal vez, más bien, en un tiempo de disolución de las ilusiones en el que la pornografía es una parte más del discurso que obnubila y a la vez refleja nuestra sociedad contemporánea.