Tierra Adentro

Hay hombres que aman las islas, como dice el relato de D.H. Lawrence, y otros que parecen nacidos para contarlas, quizá porque las ínsulas son fronteras, posibilidades, distancias materializadas, mundos posibles y misteriosos por excelencia. Antonio Tabucchi (Vecchiano, 1943-Lisboa, 2012) pertenecía a ambas categorías. Novelista, cuentista, ensayista, profesor, experto en Fernando Pessoa, la vida de Tabucchi quedó unida a Portugal por el amor de una mujer y por las palabras de un hombre multiplicado en muchos seres que aguardaban nerviosos en los escritos de un baúl.

Aunque con estirpe viajera evidente, Dama de Porto Pim, obra brevísima del autor italiano publicada en 1983, no es un libro tradicional del género, como advierte Tabucchi desde su prólogo. El escritor lo trastorna desde varios puntos de vista. Primero, Dama de Porto Pim no es un texto de fidelidad ni memoria realista, sino un libro “inmune a la imaginación que la memoria produce”, una visión personal y con “disponibilidad a la mentira” de un paisaje tanto físico como emocional, desde un ángulo de apasionado asombro. Se trata de la historia mínima y entrañable de un “inútil faro de la noche” del alma, rescatando una evocadora frase de Tabucchi.

La temática de estos folios es tan sencilla como abarcadora. Las ballenas y los naufragios son los polos para narrar una impresión poética y tangencial del archipiélago de las Azores, esos “montes de fuego, viento y soledad” distantes a 1500 kilómetros de la costa portuguesa. Tabucchi no hará un Moby Dick ni una crónica decimonónica ni un documento antropológico que desentrañe las cualidades exóticas o las instituciones sociopolíticas de los lugareños. No se burlará con mordacidad o elegancia de los isleños, como lo hizo en el siglo XIX Mark Twain. Pero tampoco los deificará. Tabucchi se dedicará a contar ese espacio desde la crónica de sus ojos y los de los otros, a medio camino entre la sugerencia y el susurro. Fabricará su isla no con base en verdades económicas, políticas, sociales o científicas, sino guiándose por el delirio personal, el contacto cotidiano, los trozos de conversaciones –reales o imaginadas–, la vida ilustre de un poeta del pasado, la fisiología de las ballenas, las impresiones de una playa, las canciones de pesca y los dioses nativos; para compilar una radiografía anímica totalmente libre y heterogénea de un sitio tan real como fantástico, una Atlántida desperdigada, rocosa y lejana en pleno siglo XX.

El montaje fragmentario estructura la narrativa de Dama de Porto Pim y le da un aire de movilidad y contrastes que seduce al lector. El don de Tabucchi es recrear y maravillarnos con una tierra mágica, una isla de retazos de memoria personal y libresca desde una voz que no se asume erudita ni desdeña mezclarse con los otros, robar y abandonar una charla, tener un recuerdo o, mejor aún, crearlo, construirlo, fingir que está ahí y que es nuestro. Esa voz narrativa, llena de flexibilidad y de poesía, reveladora pero no pedantesca, presa en la sensación del viaje y después volando a otras memorias y personajes periféricos para asistirse en su relato, es una de los logros más impresionantes y disfrutables en el libro.

Como los puntos más brillantes de la obra de Tabucchi, signados por la brevedad y la creación de atmósferas y mundos engendrados por lecturas o duermevelas, Dama de Porto Pim vivirá en la frontera borrosa entre el delirio poético y la historia “objetiva”, esa riquísima parcela narrativa donde la realidad factual y la ficción imaginativa tienen límites más que borrosos, incluso sobrepuestos, felizmente mezclados. “Estilizado libro de frontera”, lo llamó Enrique Vila-Matas y luego describió en brillantes trazos la ficción de Tabucchi: “Elegancia, humor, melancolía. Y la agazapada idea de viajar para derrumbarse en el sueño”.

Esa cualidad soñada del texto permite que los límites impuestos por el realismo más documental y lisiado se quebranten. “Hespérides. Sueño en forma de carta”, texto que abre el volumen, presentará la isla con indudables referencias platónicas, en una descripción mítica donde los insulares se mezclan los dioses y la memoria es sueño, sortilegio, creación. Tabucchi recupera y rehace a su modo el motivo literario de la isla misteriosa, ese enclave donde se unen la crónica de viaje, el ensayo antropológico y la literatura fantástica. Pero lejos de idealizar el terreno, el narrador lo presenta revestido de la realidad más entrañable y limítrofe con el mito: esa que se narra desde los cetáceos como monstruos o apariciones tan maravillosas como cotidianas, desde las pasiones de sus lugareños, desde los naufragios y batallas de antaño, además de las miradas asombradas de sus visitantes.

La fidelidad de la memoria de Tabucchi no es la de una cámara objetiva, sino la de una conciencia literaria que se afinca temporalmente en un territorio abrupto y desconocido. Al sitio no lo unen lazos de sangre, pero sí afinidades secretas y narrativas: contar las Azores es la posibilidad de elegir un naufragio en la escritura, una estación insular que crea asidero, memorias y un mundo breve y condensado en una isla real del fin del mundo.

La facultad de ir libremente desde el cuento hasta el ensayo o la nota geográfica, esa escritura integradora –en continuo diálogo intertextual con fuentes clásicas o con los viajeros que lo precedieron– borra los géneros y crea la sensación de encontrarse con un pequeño manual de miradas oblicuas y voces múltiples. Tabucchi narra la llegada en barco a la isla mediante un cuento minimalista y fragmentario de deuda norteamericana en “Pequeñas ballenas azules que pasean por las Azores”, donde se adivina el fin de un idilio amoroso y la aparición inicial de las ballenas como leitmotiv del volumen; pero luego puede saltar a la vida imaginaria y vaporosa en la mejor tradición de Marcel Schwob en “Antero de Quental. Una Vida” y culminar con un cuento de crimen amoroso como “Dama de Porto Pim”.

Estos tres breves relatos serán las vértebras narrativas de la pequeña ballena de Tabucchi nadando en las Azores, pero su carne y sus músculos estarán en la extraordinaria capacidad del autor para yuxtaponer los fragmentos de otros libros y charlas durante la travesía. Ahí aparecerá el bricolaje narrativo del italiano con toda su capacidad sugerente y poética. En “Otros fragmentos”, el narrador seguirá el recorrido de dos ciudadanos británicos (Joseph y Henry Bullar) para trazar los puertos y poblados insulares y recordará los antiguos navegantes que circunnavegaron la tierra (Joshua Slocum) o la primera mujer ballenera de la que se tiene noticia en las Azores. Asimismo, el libro expondrá manuales y reglamentos de caza ballenera, textos de retórica legal, porciones ensayísticas de Jules Michelet o los escritos oceanográficos de Alberto I, príncipe de Mónaco, y obsequiará a los amantes de la cartografía mapas antiguos y notas geográficas. Luego de intercalar con sabiduría estos materiales, el narrador volverá a su propia voz y será un personaje más al que le cuentan una historia final de amor trágico, para cerrar el libro de manera brillante. Así veremos nacer un artefacto textual fragmentario y poliédrico, pero recorrido por una sutil unidad en su conjunto.

Uno no escoge muchas cosas en su vida, pero la literatura sirve para hacernos un linaje de elecciones, una sangre distinta, un vínculo profundo y simbólico con voces y personajes de otros tiempos y horizontes. Dama de Porto Pim es parte de esa familia oscura, misteriosa, en que se nos convierten algunos libros y sus palabras oraculares. Yo lo consulto o converso con él cada tanto tiempo, en periodos de oscuridad, en tiempos de bloqueo o temporadas de escritura. He leído y releído Dama de Porto Pim muchas veces y varios fragmentos de su prosa brevísima y potente se me han quedado en las telas del corazón, como diría Gelman:

Las morenas se pescan de noche, con luna creciente, y para llamarlas se usaba una canción sin palabras: era un canto, una melodía primero susurrante y luego lánguida y después aguda, jamás he oído un canto tan lastimero, parecía que viniese del fondo del mar o de ánimas perdidas en la noche, era un canto antiguo como nuestras islas, ahora ya nadie lo conoce, se ha perdido, y quizás más vale así porque llevaba en sí una maldición, un destino, como un sortilegio. (79)

Quizá por ello sé que el dios de la añoranza de los hombres del archipiélago es un niño con cara de viejo. Recuerdo los lamentos confusos, las letanías y los susurros de las almas de los náufragos en la isla de San Miguel sin haber estado ahí. He asumido como propio el periplo asombroso de Joshua Slocum, embarcado en el Spray, como el primer navegante que circunnavegó en soledad los océanos y he dejado mensajes en el dique del muelle de Horta con la certeza de viajar con el viento. Y cada cierto tiempo, también, tomo un arpón para vengar la afrenta de un amor perdido en Porto Pim. Toda esa música, ese delirio, esa furia, son tan reales como las Azores de Tabucchi en estas páginas. Bienvenidos a una breve enciclopedia para los navegantes solitarios.


Autores
Adán Medellín (Ciudad de México, 1982). Escritor y periodista, es Licenciado en Lengua y Literaturas Hispánicas por la UNAM. Ganó el Premio Nacional de Relato Sergio Pitol en 2007. Ha publicado los libros de cuentos Vértigos (Instituto Mexiquense de Cultura, 2010), Tiempos de Furia (Ediciones B, 2013), El canto circular (INBA/Instituto Literario de Veracruz, 2013) –ganador del Concurso Nacional de Cuento “Sueño de Asterión”– y Blues vagabundo (Lectorum/INBA, 2018) –con el que obtuvo el Premio Bellas Artes de Cuento San Luis Potosí 2017. Tradujo en conjunto el poemario Nierika. Cantos de visión de la Contramontaña (Conaculta/UNAM, 2013) de Serge Pey. Su ensayo El cielo trepanado. Sobre Hospital Británico de Héctor Viel Temperley ganó el Premio Bellas Artes de Ensayo Literario José Revueltas en 2019. Ese mismo año, su libro Acéldama obtuvo el Premio Nacional de Novela Élmer Mendoza, que se publica en 2020. Imparte talleres de narrativa y colabora en distintas publicaciones.
Imagen de La imaginación en México.

De la página en Facebook del escritor Alberto Chimal:

Estamos comenzando un nuevo proyecto. Lo verán en este sitio: http://imaginacionmx.tumblr.com
Se llama “La imaginación en México”, proviene de una idea de Raquel Castro y es un censo de autores y obras mexicanos que han recurrido a la imaginación fantástica: un muestrario de esto que no es en realidad un “género” (que es mucho más amplio que un género) y que algunos llamamos en estos días literatura de imaginación.
El proyecto está comenzando. En él habrá notas y enlaces, información sobre libros, y sobre todo semblanzas de autores vivos, cada una propuesta por ella o él mismo, con su bibliografía, una muestra de obra y recomendaciones de otros autores. El proyecto estará funcionando, esperamos, al menos durante todo el año 2014.
Para ver las semblanzas de autores incluidos hasta ahora (van tres solamente, las de los primeros que enviaron sus fichas, pero esperamos muchas más): http://imaginacionmx.tumblr.com/tagged/semblanzas
Para ver el archivo completo en versión compacta: http://imaginacionmx.tumblr.com/archive
Para ver las portadas de otro censo en marcha dentro del sitio: una colección de libros importantes: http://imaginacionmx.tumblr.com/tagged/libros
Para hacer contacto y preguntar cualquier cosa: http://imaginacionmx.tumblr.com/ask
Los invitamos a visitar el sitio, hacer contacto, opinar y proponer.


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
El árbol. 4. Isidro R. Esquivel

Para diseccionar lo innombrable, se necesita un escalpelo.

Michel Houellebecq

El sonido plañidero de una sirena se filtró por los resquicios de la habitación advirtiendo el inminente ataque aéreo, pero se encandiló por lo blanco de las paredes y se ahogó en el éter que flotaba en el ambiente.

El doctor Heimlich, ajeno a lo que ocurría afuera, ajustó el cubre-boca y se colocó los guantes quirúrgicos. La blancura inmaculada que irradiaba su cuerpo hacía pensar en un santo o en un fantasma, pero sus ojos negros encendidos delataban su origen terrenal. Eligió un escalpelo de la charola y se acercó a la camilla, donde una mujer se arqueaba.

—¡Eres hermoso! —exclamó con los ojos aun más encendidos— Pero serás perfecto  —murmuró mientras cortaba el cordón umbilical.

La mujer abrió los ojos y, al ver a su hijo en las manos de aquel extraño ser resplandeciente, sacudió brazos y piernas, tratando de librarse de los amarres de cuero que la tenían sujeta a la camilla.

—¡Monstruo! ¡Eres un monstruo!

Los gritos de la mujer se mezclaban con el llanto de la criatura.

Inmune al caos acústico en que se había convertido su quirófano, colocó al recién nacido sobre la fría mesa de disección y cogió una jeringa de la charola.

—Suficiente —ordenó mientras clavaba la jeringa en el pecho de la mujer.

Rimel corrido, uñas rojas descarapeladas.

A los pocos segundos la mujer dejó de retorcerse y el recién nacido, de llorar.

Se despojó de los guantes quirúrgicos y comenzó a escribir, con calma y caligrafía perfecta, en una bitácora. Cuando llevaba más de dos hojas, levantó la mirada, fijándola en la mesa de disección.

—Te llamarás Hans.

Después de escribir dos hojas más, cogió la cámara fotográfica y disparó varias veces, enfocando al pequeño Hans, quien intentaba chuparse el dedo gordo de su pie izquierdo.

Salió del quirófano empujando la camilla. La mujer yacía inmóvil, escurriéndole sangre de las comisuras de los labios.

—Al rato regreso, Hans.

La puerta se cerró y se escuchó una explosión que estremeció las paredes blancas del quirófano.

 

 

Las luces se encendieron iluminando la habitación, sin ventanas ni muebles, de paredes blancas. En un rincón había un escusado y una regadera a presión. Sobre la única puerta colgaba una bocina y dos tubos. En el centro, una incubadora. A lo lejos se escuchaba, aunque amortiguado, el llanto de la sirena.

El doctor Heimlich, ataviado con su resplandeciente bata blanca y su cubre-boca, que sólo permitía verle los ojos y el cabello del mismo color, entró a la habitación empujando un carrito que transportaba la charola de instrumental.

La irrupción provocó que Hans comenzara a llorar, pero el doctor, inmutable como siempre, cogió una mamila y se acercó lentamente a la incubadora.

Los bracitos rechonchos de Hans se estiraron, buscando aferrarse de la botella de cristal. El llanto fue sustituido por el sonido de la deglución. Al terminarse la leche tibia, el doctor Heimlich retiró la mamila y se colocó los guantes quirúrgicos. Hans balbuceaba alegremente hasta que el doctor lo inyectó en uno de sus bracitos. Mientras el contenido ámbar de la jeringa surtía efecto, aplicó yodo a todo el instrumental de la charola. Cuando Hans dejó de balbucear y descansaba lánguido a su lado, se acercó de nuevo sosteniendo escalpelo y tijeras.

Los movimientos del doctor eran firmes, pero suaves. Sólo se escuchaba el chasquido de las tijeras y el sonido inconfundible de la piel al rasgarse.

Colocó el intrumental ensangrentado sobre la charola y se retiró los guantes quirúrgicos. Luego cogió un trozo de venda y se acercó a la incubadora.

—Listo.

Salió de la habitación empujando el carrito. Al cerrarse la puerta, las luces se apagaron y, no tan lejos, se escucharon rágafas de armas de fuego y gente gritando.

 

 

Sí, padre, he recorrido mucho mundo; ¡gracias a Dios que respiro de nuevo aire fresco!

La voz suave y monótona del doctor Heimlich provenía de la bocina colgada sobre la puerta. La habitación estaba iluminada y lucía exactamente igual, salvo que en el centro ya no estaba la incubadora, sino una pequeña cama.

¿Por dónde has estado? ¡Ah!, padre, estuve en la madriguera de un ratón, en el estómago de una vaca y en la barriga de un lobo; ahora estoy con vosotros.

Hans balbuceaba, humedeciendo la venda que sólo dejaba al descubierto boca, nariz y ojos, y movía sus pequeños dedos, como si se tratasen del ratón, de la vaca y del lobo.

Y no te volveremos  a vender ni por todo el oro del mundo.

—Es hora de dormir —concluyó el doctor Heimlich mientras se apagaban las luces.

 

 

Los balbuceos de Hans y el sonido de las sirenas creaban una extraña melodía. Las luces de la habitación se encendieron cuando el doctor Heimlich entró empujando el carrito. De nueva cuenta lucía su bata blanca inmaculada y su cubre-boca, que dejaba escapar algunos mechones de su cabello negro. Se colocó los guantes quirúrgicos, inyectó a Hans, cogió el escalpelo y las tijeras. A los pocos minutos regresaron ensangrentados a la charola. Impregnó yodo en varias bolitas de algodón y las aplicó sobre el rostro de Hans, quien comenzó a llorar.

—Ya, ya —le dijo con voz tranquilizadora mientras se quitaba los guantes quirúrgicos para escribir en la bitácora y fotografiarlo. Al terminar, cortó un trozo de venda con el que cubrió el rostro de Hans y salió empujando el carrito.

Se apagaron las luces y la oscuridad llenó la habitación, sólo se colaba el sonido de los helicóperos sobrevolando la zona.

 

 

Colocó el disco de acetato en el gramófono y se sentó en el sillón mientras tarareaba la melodía de Claro de luna de Beethoven. En una mano sostenía un vaso con whisky y con la otra se mecía el cabello, que comenzaba a teñirse de gris.

 

 

El haz de luz atravesaba la habitación hasta chocar con una de las paredes blancas, donde se extendía proyectando la letra V.

—Ve —se escuchó la voz clara y firme del doctor Heimlich a través de la bocina.

—Ve —contestó Hans desde la cama. Estaba sentado, abrazándose las rodillas. Las vendas con manchas de sangre.

En la pared se proyectó la letra W.

—Doble ve.

—Droble ve.

—¡Doble ve! —el doctor repitió con voz enérgica.

—Doble ve.

El haz de luz desapareció al terminar el abecedario.

—Es hora de dormir.

—No… —murmuró Hans.

—¿Dijiste algo, Hans?

—No, señor.

 

 

Hans, visitiendo únicamente una camisola blanca y su inseparable venda sobre el rostro, corría por la habitación saltando la cama en cada vuelta.

—Ahora con la pelota —se escuchó la voz del doctor Heimlich a través de la bocina.

Cogió la pelota de cuero que estaba sobre la cama y la sostuvo entre sus brazos mientras hacía flexiones.

—Suficiente: a bañarse.

Soltó la pelota y caminó hacia el rincón. Se desnudó, dejando al descubierto una espalda aun más blanca que la camisola. Se despojó lentamente de la venda que cubría su rostro y jaló la cadena.

El agua fría a presión lo hizo titiritar.

 

 

… La respuesta de mi madre no me satisfizo y mi infantil imaginación adivinaba que ella había negado la existencia del Hombre de Arena para no asustarnos…

Hans recitaba a todo pulmón para poder escucharse ante el sonido ensordecedor de la sirena.

… Pregunté a una vieja criada, que cuidaba de la más pequeña de mis hermanas, quién era aquel personaje. ¡Ah, mi pequeño Nataniel!, me contestó, ¿No lo sabes? Es un hombre malo que viene a buscar a los niños cuando no quieren irse a la cama y les arroja un puñado de arena a los ojos haciéndolos llorar sangre…

Se llevó la mano al rostro para descubrir que sangraba a través de la venda.

… Luego los mete en un saco y se los lleva a la luna creciente para divertir a sus hijos, que esperan en el nido y tienen picos encorvados como las lechuzas para comerles los ojos a picotazos…

Se detuvo, mirando fijamente la lámpara que colgaba del techo.

—Hora de dormir.

—¡No quiero dormir! ¡Lo que quiero es salir de esta horrible habitación, ver la luna, conocer a mi madre! —contestó Hans, azotando el libro— ¡Y que me quites esta horrorosa venda! —concluyó con voz entrecortada, arrancándose violentamente la venda que cubría su rostro.

Un gas amarillento se liberó de uno de los tubos que colgaba encima de la puerta. Hans comenzó a toser y a frotarse los ojos. A los pocos segundos cayó inconsciente en el piso. El tubo dejó de expulsar el gas, que ya se había apoderado de la habitación, enturbiando la vista.

El doctor Heimlich entró empujando el carrito, pero esa vez portaba una máscara anti-gas. Cargó a Hans y lo colocó sobre la cama. Cortó la venda que cubría su rostro.

—Ya eres perfecto, Hans —murmuró, manos temblorosas, mirada encendida. Apuntó en la bitácora y fotografió su rostro, que limpió con bolitas de algodón impregandas con yodo, para luego cubrirlo con una venda nueva.

Cuando el doctor Heimlich se retiraba, una explosión sacudió el piso haciéndolo perder el equilibrio, pero logró mantenerse en pie. Se quedó inmóvil un par de minutos y salió de la habitación empujando el carrito. Al cerrarse la puerta, las luces se apagaron.

 

 

Escuchaba la triste melodía de un organillo. Percibía el olor a estiércol y aserrín. Dos rostros, que no eran los de sus padres, se asomaron a su cuna. Miradas encendidas, sonrisas dibujándose en su piel rosa y arrugada. Lo levantaron. Su madre lloraba. Su padre dijo unas cuantas palabras y lo cubrió con una cobija. El organillo, el olor a estiércol y aserrín, los rostros y las voces de sus padres se disolvieron hasta ser un simple punto de colores que se aparecía de vez en cuando en sus sueños.

 

 

Hans despertó exaltado: el sonido de pasos apresurados retumbaba en el techo de la habitación, que se encontraba en oscuridad total, salvo por un círculo de luz casi imperceptible encima de la cama. Estirándose al máximo, logró asomar un ojo por el agujero, pero sólo vio reflejado su propio ojo. Pegó el oído en la pared.

—¡No!

Hans cayó de la cama. La voz era tan fuerte y tan diferente de la del doctor Heimlich que lo hizo temblar. El miedo lo abrazó para que no se levantara, pero la curiosidad le tendió su mano. Volvió a pegar el oído en la pared.

—¡Que no!

La voz angustiosa puso nervioso a Hans. Caminó de un lado a otro de la habitación sin saber bien qué hacer. Urgencia cosquilleando en su pecho, en su mente. Se detuvo frente a la cama. Tanteó la estructura hasta dar con una de sus patas metálicas. Se tumbó en el piso y encontró el tornillo que la mantenía fija. Intentó desatornillarla utilizando la uña de su pulgar, pero a medio camino se le quebró. Aunque no podía verla, sintió la lengua cálida de la sangre besando su mano. Se llevó el pulgar a la boca y el sabor ferroso lo colmó de un entusiasmo inusitado. Sacudió la pata de la cama con toda su fuerza hasta que se desprendió de la estructura. Se subió a la cama y golpeó el pequeño agujero que, con cada golpe, se fue agrandando hasta lograr el espacio suficiente para que Hans metiera la mano. La pared falsa se cayó a trozos y Hans salió de la habitación.

 

 

Encontró a la mujer en el mismo lugar donde encontró a las otras. Silencio desgajándose de las paredes. Apenas sus pasos retumbaron en el callejón, sombras se desprendieron de los postes de luz, de los cubos de basura. Le enseñó un fajo de billetes a la primera que se acercó y se dio media vuelta.

 

 

El pasillo estaba ligeramente iluminado por la luz de la luna que se colaba por una ventana alta. Hans estiró la mano, fingiendo que la tocaba. Permaneció embelesado hasta que escuchó de nuevo los pasos y las voces. Tanteó las paredes hasta dar con un interruptor. El pasillo se iluminó de una luz blanca, estéril. En el piso yacía destrozado un proyector. Al fondo, una escalera de caracol lo llamaba.

Al pie de la escalera encontró un espejo de marco dorado. Miró su reflejo mientras se arrancaba la venda. Su rostro era hermoso, delicado, muy blanco; cicatrices casi imperceptibles en la frente y en el mentón; la cabeza rapada.

Se acarició el rostro una y otra vez con la mirada encendida.

—¡Suéltame!

Subió la escalera.

Comenzó a llover, primero unas cuantas gotas golpeteando las ventanas, luego un aguacero que se colaba por las goteras y que amenazaba con reblandecer los cimientos de la vieja construcción.

 

 

Dos sombras forcejeaban. La más grande llevaba una jeringa en la mano que intentaba encajar en la más pequeña, que cargaba una bolsa y escupía maldiciones. La más grande soltó la jeringa e impactó a las más pequeña con un puñetazo en el rostro, haciéndola caer. Diversos objetos del interior de la bolsa rodaron por el piso.

 

 

Hans encendió la luz.

Luz cálida, hogareña, que se se escurría por toda la habitación. Piso alfombrado, paredes llenas de libros. Una chimenea al fondo, donde el fuego crepitaba plácidamente. Un reloj cucú que marcaba las 5:45 y un gramófono reluciente en el rincón.

La sombra más grande se acercó. El corazón de Hans palpitaba con furia.

—Hans…

El doctor Heimlich se quitó el sombrero, dejando que la luz iluminara su rostro atiborrado de cicatrices, con trozos de piel de diferentes colores. Abrió la boca para decir algo, pero el sonido estridente de la sirena se lo impidió. Hans dio un paso hacia atrás, con el rostro desencajado, los ojos a punto de escapar de sus cuencas. El doctor comprendió la reacción y se llevó una mano al rostro y con la otra buscó desesperado el cubre-boca en la bolsa de la gabardina.

—¡Monstruo! ¡Eres un monstruo!

La mujer, desde el piso, disparó al doctor Heimlich. Hans se tiró detrás de un librero, cubriéndose los oídos. El doctor se quedó inmóvil, luego, al ver que la mujer volvía a jalar el gatillo, se acercó y pateó la pistola, que cayó cerca de un librero. Cogió un atizador de la chimenea y lo encajó varias veces en el vientre de la mujer.

Recuperando el aliento, miró a Hans, quien lo apuntaba con la pistola. Soltó el atizador y se acercó al niño con las manos extendidas.

Hans cayó al piso después de jalar el gatillo. El disparo reverberó en la habitación, alojándose en sus oídos. Se levantó. La pistola pegada a su mano, quemando la piel; olor a pólvora, que lo hizo restregarse la nariz. Debajo de los cuerpos del doctor Heimlich y de la mujer, un charco carmesí se extendía sobre la alfombra.

Evitando mirar los cuerpos, Hans recorrió la habitación, acariciando los lomos de los libros. Se detuvo frente a la chimenea, permitiendo que el calor de las llamas sofocara el temblor de su cuerpo. Encima, una pintura al óleo mostraba a una pareja de doctores, de rostros rosas y arrugados. DOCTORES HEIMLICH, leyó en una placa dorada incrustada en el marco de madera. Luego se acercó al gramófono. Manipuló todos los interruptores hasta que sonó la novena sinfonía de Beethoven. A su lado encontró un micrófono y un tubo, por el que miró el interior de su habitación.

Sobre una mesa baja encontró un maletín de cuero y dos bitácoras. Desdeñó el maletín al darse cuenta que guardaba instrumental quirúrgico y se concentró en las bitácoras. Una llevaba, en letra dorada y cursiva, por título HANS y la otra, FRIEDA. Cogió la de su nombre. Apuntes, dibujos, recortes de periódicos y fotografías.

Fotografías que mostraban a un bebé con el rostro deforme, invadido por tumores que, foto tras foto, iban desapareciendo y el bebé aumentando de tamaño, hasta llegar a la última, que mostraba a Hans como lucía actualmente.

Soltó la bitácora y caminó de nueva cuenta por la habitación, tratando de dilucidar lo que había pasado. Se detuvo al ver una fotografía enmarcada que colgaba de una de las paredes. El vidrio estaba roto y la foto agujerada. Mostraba a la misma pareja de doctores de la pintura cargando a un bebé de rostro deforme y mirada triste. Detrás de ellos, un hombre y una mujer de rostros también deformes. Al fondo, la carpa de un circo. Al descolgarla, se percató de un agujero en la pared. Acercó un ojo, pero se alejó instintivamente al ver que otro ojo lo observaba. Cuando se recuperó de la impresión, el otro ojo había desaparecido. Con el mango de la pistola golpeó la pared.

 

 

Detrás de la pared falsa encontró una habitación idéntica a la suya: paredes blancas, sin ventanas, con una bocina y dos tubos colgando encima de la puerta, una pequeña cama al fondo, donde un par de ojos azules se asomaron tímidamente.

—Sal, no te haré daño —dijo Hans con voz suave.

Una niña de tres años salió del escondite. Vestía una camisola blanca y su rostro estaba lleno de tumores, salvo la mejilla izquierda, que sólo mostraba una cicatriz.

—¿Cómo te llamas?

—Frieda —contestó la niña.

—Yo soy Hans, ven —dijo soltando la pistola y estirando la mano.

 

 

Hans metió las bitácoras en el maletín de cuero, cargó a Frieda con un brazo y abrió la puerta. Los rayos solares los encandilaron. Miraron hacia un lado, hacia el otro. Edificios en llamas, gente gritando.

Salieron de la casa.

Al cerrarse la puerta, el techo se derrumbó.

La novena sinfonía dejó de sonar.


Autores
(Ciudad de México, 1977) Ex alumno de la Universidad de Miskatonic. Sus cuentos han sido publicados en diversas antologías. Es autor de Efímera (Samsara, 2011), Mortinatos (Zona Literatura, 2012), Trilogía Cthulhu (Penumbria/KGB, 2013) y La muerte chiquita (Ediciones del Cruciforme, 2013) Esposo de Ana, padre de tres gatos y director de Penumbria, revista fantástica para leer en el ocaso.
Tierra Adentro 186. Diciembre de 2013.

Música, video, teatro y poesía es el ofrecimiento de este número de Tierra Adentro, el último del año.


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
Adair Vigil

Mi pollo abre la boca y no salen muchas cosas Porque Él es Muy Ocupado

Y él me gusta Y yo Lo llevo para arriba y para abajo Para el huesito Para Carlón Para Teatro del Parque

Y él se queda quietecito quietecito Sólo Esperando la hora de que yo libere mi pleigraund Y él

Juega y yo juego

Y después el tranca la boca y no sale mucha cosa NingunaGota Ni el humo

Ni un descuido, una tos, un asco, una barriga llena El grifo

Flojo

Él queda con la piel de quien tiene la piel como la piel de una persona que vive en el sertón Después Él me mira vuelto un joto Vuelto un perro Sudado

Que observa un pollo rostizado después de ver un pollo vivo Y yo lo miro y doy Gracias a Dios porque lo que no falta es comida Ni hambre Ni Poesía

Traducción de Sergio Ernesto Ríos


Autores
(Paulista, Brasil, 1985) es uno de los poetas más interesantes de la poesía brasileña reciente, brillan en su proyecto de la Decalogia ladrona, lo mismo su vocación de una escritura sucia, fracturada por el caló local y los giros del lenguaje.
(Toluca, 1981) Publicó Mi nombre de guerra es albión (2010), Muerte del dandysmo a quemarropa (2012), La czarigüeya escribe (2014), en coautoría con Diana Garza Islas, Obras Cumbres (2014), Brazuca (2015), Quienquiera que seas (2015), Máquina portadora de cabezas (edición digital, 2018). Tradujo del portugués Bruno Brum a ritmo de aventura de Bruno Brum (2017); Droguería de éter y de sombra (2014) de Luís Aranha; Voy a moler tu cerebro (2010), Paranoia (2013) y Oda a Fernando Pessoa (2017) de Roberto Piva; la antología de poetas brasileños nacidos en los ochenta Escuela Brasileña de Antropofagia (2011). Tradujo del inglés con Diana Garza Islas, Una noche, senté a Donald J. Trump en mis rodillas/Y otras teorías estéticas del siglo XXI (2017), a partir de un ejercicio de Chris Rodley. Imparte los talleres de poesía latinoamericana Periferia de Escribidores Forasteros en la Ciudad de México y Toluca. Trabaja en la librería Mi Primer Día en el Salón de la Fama.
Adair Vigil

Flavio Valerio Aurelio Constantino

Estaba naciendo en un momento preciso:

El astrágalo de una columna corintia se sacudía con los pasos del Restaurador del Este y las hojas de acanto soplaban con tanta,

Tantísima fuerza que se confundían con el aliento de un nabateo a punto de morir, ese que alzaba sus plegarias a un toro joven llamado Baal y no dejaba de mirar, con pena y amor, a su reina Zenobia y no dejaba de mirar tampoco, con pena y disgusto, a Vabalato, el joven desobediente que los llevó a la perdición.

El oro se caía de la columna corintia y Palmira se caía también mientras

Flavio Valerio Aurelio Constantino

Estaba naciendo sobre el río Nišava, una de esas pocas gotas saladas que se vierten en el Mar Negro, la abundancia de agua más apesadumbrada que hemos visto en nuestra vida, cautiva de los Dardanelos y del Bósforo.

Y él, con dolor y sus cadenas, no se alegraba de casi nada,

Casi nada más que con el desengaño de aquellos que vivían en Batumi, los que se sabían más débiles que él y no podían bañarse en el puerto de profundísimas aguas.

Eran ellos, los que nacieron para ahogarse, y era él, quien tenía cuatro nombres.

Por eso, por sus cuatro nombres, Flavio Valerio Aurelio Constantino era también una gota de agua salada que estaba naciendo a los casi tres siglos de nuestra era para gobernar sobre los que se ahogarían.

Flavio Valerio Aurelio Constantino

Estaba naciendo como hijo de Constancio Cloro, el que castigó a los pictos, y de Elena, heredera de la servidumbre, nacida también entre molinos de sal como su retoño.

–Salinas están todas las almas nacidas aquí desde los fenicios del Levante mediterráneo.

Y, hoy por hoy, Elena es una santa, cubierto su manto de albahaca en Andalucía y festejada en la Romería de las Cruces al conmemorarla el 21 de mayo o el 18 de agosto, cuando nos fuimos de aquí pensando que ese día,

Ese día caminamos con la cabeza gacha por una calle de Constantinopla como lo hicieron Zenobia y Vabalato en Roma mientras

Flavio Valerio Aurelio Constantino,

Estaba naciendo.


Este poema forma parte de Constantinopla, libro que será publicado en la colección Lágrima de Batavia de Posdata Editores.


Autores
(Tlaxcala, 1985) participo en 2015 en el Programa Internacional de Escritura de la University of Iowa. Ha obtenido becas y residencias de Open Society Foundations, The Ragdale Foundation y del Programa Jóvenes Creadores del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes.
Posiciones. Isidro R. Esquivel.

—Este lugar es siniestro. ¿Usted cree en fantasmas?

       —Yo no —respondió el otro—. ¿Y usted?

      —Yo sí —dijo el primero y desapareció.

George Loring Frost

Desde su nacimiento, la literatura mexicana testimonia una afortunada vitalidad mediante géneros, subgéneros, autores y obras, donde se evidencia la diversidad y la riqueza de sus propuestas estéticas. Muchos son los terrenos fértiles: la novela y el realismo ejemplifican dos de ellos. Sin embargo, existen otras áreas aparentemente infecundas: el subgénero fantástico ilustra esta opinión. El prejuicio no deja de sorprender y, por supuesto, requiere un análisis profundo. Sólo como una hipótesis lúdica, conjeturamos que lo fantástico, como la naturaleza de su discurso, se esconde entre páginas realistas y, a punto de asirlo, se nos va de la manos; sin embargo, basta revisar con mayor detenimiento la producción literaria mexicana para descubrir, semejante al fantasma del epígrafe, su persistencia en la aparente imposibilidad, lo cual examinaremos en las siguientes páginas, mediante el señalamiento de los principales autores, obras y estudios críticos en torno a lo fantástico, lo cual denota una sólida raigambre de este subgénero en nuestro país.

Lo fantástico desempeña un papel imprescindible en la literatura al representar su quintaesencia, pues escenifica “la naturaleza misma de la ficción[1]”. Esta facultad radica en el indisoluble vínculo originado en los correlatos realidad /ficción, natural / sobrenatural, posible / imposible, entre otros, los cuales ponen en juego a lo fantástico al, teóricamente, apelar a conceptos como mimesis, referente o verosimilitud, todos ellos preocupación de la literatura en general y de la fantástica en particular. Muchos teóricos han estudiado este subgénero y la bibliografía es amplia; sin embargo, no todos ahondan en su esencia; por ello, valoramos dos libros: el clásico, pero aún vigente y bien estructurado, estudio de Tzvetan Todorov[2], el cual examina los tres niveles de un texto fantástico: el verbal, el sintáctico y el semántico; asimismo, sobresale una propuesta contemporánea, la de Rosalba Campra[3], quien brinda un estudio profundo al analizar, semejante a Todorov, los niveles textuales, cuya articulación permite el surgimiento de lo fantástico. La obra de ambos autores determina dos ámbitos: el “real” y el insólito, el cual irrumpe fracturando al primero; en dicha ruptura o transgresión, el registro de la ambigüedad resulta definitorio e imprescindible; Todorov lo expone acertadamente: “Tanto la incredulidad total como la fe absoluta nos llevarían fuera de lo fantástico: lo que le da vida es la vacilación[4]”. Esta incertidumbre afecta los planos léxico, sintáctico y semántico de una obra; por ello, matiza, permea y erige las urdimbres de toda obra fantástica. En esa medida, la ambigüedad deviene necesario requisito para lo fantástico al fomentar lo inexplicable, ya sea en una parte o en todo el texto, sin ninguna posibilidad de solución satisfactoria, pues deja cabos sueltos, suposiciones y el sutil barrunto de otras desconocidas respuestas, en donde la finitud humana se enfrenta a lo insondable y sobrenatural del universo.

De este modo, la literatura fantástica en México, como un proyecto estético identificado plenamente, donde se expone la problemática en torno a una construcción mimética y su posterior transgresión, lo cual apela a lo anormal, sobrenatural o insólito, surge a partir de la segunda mitad del siglo XIX con cuentos como “Un estudiante” de Guillermo Prieto (1803-1862[5]), “La mulata de Córdoba” de José Bernardo Couto (1803-1862), “Lanchitas” de José María Roa Bárcena (1829-1908), “El matrimonio desigual” de Vicente Riva Palacio (1832-1896), “La fiebre amarilla” de Justo Sierra (1848-1912), “Rip-rip El aparecido” de Manuel Gutiérrez Nájera (1859-1895), “Raro” de Guillermo Vigil y Robles (1867-1939),  “La serpiente que se muerde la cola” y “La novia de Corinto” de Amado Nervo (1870-1919), “ De ultratumba” de José Juan Tablada” (1871-1945), “Homo duplex” de Ciro B. Ceballos (1873-1938), “El papagayo de Huichilobos” y “El amo viejo” de Manuel Romero de Terreros (1880-1968), “El fusilado” de José Vasconcelos (1881-1959) y “La cena” de Alfonso Reyes (1899-1959), por mencionar algunos de los principales cuentos y representantes de esta primera etapa y cuya importancia la indica Ana María Morales: “desde […] el origen del cuento moderno en el siglo XIX, la modalidad fantástica hace su aparición con fortuna y se asienta en las letras mexicanas con una fuerza y recurrencia que pocos estudiosos han aceptado[6]”.

Durante el siglo XX y, en especial, a partir de la década del cincuenta, lo fantástico en México aflora con un mayor ímpetu mediante un corpus definido, con registros particulares y cuya apuesta por cada uno de sus creadores es más precisa y contundente; de igual forma, Ana María Morales lo puntualiza: “Los principios de la segunda mitad del siglo XX son una época de cuentistas destacadísimos que no desdeñaron el acercarse al cuento fantástico. A partir de ese momento, que coincide con el considerado periodo dorado de la literatura fantástica hispanoamericana, hacer una revisión apenas detallada, ya no exhaustiva, sería imposible[7]”. De esta suerte, en los años cincuenta la Literatura Fantástica Mexicana se vio ampliamente impulsada con varias obras, hoy consideradas clásicos de nuestras letras, las cuales constituyen auténticos hitos en la historia de la literatura nacional al enriquecerla con sus propuestas temáticas y discursivas, me refiero a ¿Águila o sol? de Octavio Paz (1914-1998), publicada en 1951; Confabulario de Juan José Arreola (1918-2001) que salió a la luz en 1952; en ese mismo año, se dio a conocer Tapioca Inn. Mansión para fantasmas de Francisco Tario (1911-1977); en 1954 se edita Los días enmascarados de Carlos Fuentes (1929-2012); Alfonso Reyes publica en 1955 sus Quince presencias, libro donde se integra el magistral cuento “La mano del comandante Aranda”; un año después, en 1956, sale a la luz La noche alucinada de Juan Vicente Melo (1932-1996) ; dos años antes se publicaba Las ratas y otros cuentos, primera plaquette de Guadalupe Dueñas (1920-2002), constituida por cuatro textos después incluidos a Tiene la noche un árbol, dado a conocer en 1958; finalmente, en 1959 se publican tres importantes obras: La sangre de Medusa de José Emilio Pacheco (1939), las Obras completas (y otros cuentos) de Augusto Monterroso (1922) y Tiempo destrozado de Amparo Dávila (1928).

Gracias a este categórico hecho, en cuanto al relevante corpus fantástico surgido a partir de los años cincuenta en México, se observa cierto interés por parte de la crítica e investigación literaria en torno a este subgénero. Esto se advierte, en primera instancia, en las antologías de cuento fantástico mexicano, mismas que son antecedidas por la célebre de Emmanuel Carballo sobre El cuento mexicano del siglo XX (1964), en cuya sección destinada a los autores fantásticos consigna a Juan José Arreola, Carlos Fuentes y Elena Garro[8]. A ésta, se aúna la de Gabriela Rábago Palafox, Estancias nocturnas. Antología de cuentos mexicanos (1987), que abarca cuentos tanto realistas como fantásticos y cuyo denominador común es que “oscilan entre dos mundos[9]”, de este modo, contiene ocho relatos fantásticos de autores nacidos en la primera mitad del siglo XX.

Las antologías sobre el subgénero en el país comienzan propiamente con la clásica de María Elvira Bermúdez, Cuentos fantásticos mexicanos (1986), en cuyo prólogo la autora aborda a los numerosos cuentistas quienes, durante los siglos XVIII y XIX, incursionaron en el subgénero, a ello incorpora una amplia gama de motivos fantásticos, resultando un atractivo estudio aunque con limitado sustento teórico; este prólogo precede a los siete relatos antologados pertenecientes a autores del siglo XX[10]. En Agonía de un instante. Antología del cuento fantástico mexicano (1992), Frida Varinia reúne a 24 autores ordenados cronológicamente, desde José Justo Gómez (Conde la Cortina) nacido en 1799, hasta Humberto Guzmán, nacido en 1948[11]. La Antología del cuento siniestro mexicano (2002) de Rafael David Juárez Oñate integra cuentos decimonónicos, no todos fantásticos[12]. Fernando Tola de Habich y Ángel Muñoz Fernández realizan la antología Cuento fantástico mexicano. Siglo XIX donde, como lo anuncia el título, congregan 31 cuentos decimonónicos acompañados de un breve, pero significativo acercamiento a cada uno de ellos[13]. Ana María Morales colabora en este rubro con México fantástico. Antología del relato fantástico mexicano. El primer siglo (2008[14]) que, de igual forma, compila a 14 exponentes del siglo XIX y cuyo estudio introductorio deviene profundo y teóricamente esclarecedor. Finalmente, la antología más contemporánea es la de Luis Jorge Boone, quien publica Tierras insólitas. Antología de cuento fantástico (2013[15]) y cuyo mérito radica en recopilar a 17 cuentistas contemporáneos; lamentablemente, la colección carece de datos biobliográficos de tales autores[16].

En el caso de la crítica en torno a la literatura fantástica en México, hallamos acercamientos de dos tipos: estudios panorámicos generales o análisis muy específicos sobre algún autor u obra. Así, Luis Leal en su Breve historia del cuento mexicano le dedica, al periodo que va de 1940 a 1955, dos páginas a lo fantástico; entre los autores ahí consignados se hallan Francisco Tario, Octavio G. Barreda (1897-1964), Raúl Ortiz Ávila (1906), Fernando Benítez (1912-2000), Rafael Bernal (1915-1972) y Bernardo Jiménez Montellano (1922-1950[17]). Por otra parte, existe el breve panorama proporcionado por Augusto Monterroso en su ensayo “La literatura fantástica en México”, integrado a la edición crítica a cargo de María Enriqueta Morillas Ventura titulada El relato fantástico en España e Hispanoamérica[18], en donde el también cuentista enfatiza la labor de Francisco Tario, José Emilio Pacheco, Elena Garro (1920-1999), Amparo Dávila, Juan José Arreola, Carlos Fuentes, María Elvira Bermúdez (1916-1988), Juan Rulfo (1918-1986) e incorpora a esta lista a Emiliano González (1955). Posteriormente, en el 2004, sale a la luz el estudio de Rafael Olea Franco, En el reino fantástico de los aparecidos: Roa Bárcena, Fuentes y Pacheco, cuyo objetivo son los tres autores referidos en el título[19]. Magali Velasco publica en el 2007 El cuento: la casa de lo fantástico[20]; en dicho libro, la ensayista da cuenta de los autores ya enlistados, pero además incluye a Guadalupe Dueñas, Sergio Galindo (1926-1993), Sergio Pitol (1933), Brianda Domecq (1942), Adela Fernández (1942), Luis Arturo Ramos (1947), Álvaro Uribe (1953) y Mauricio Molina (1959). Por su parte, Cecilia Eudave publica en el 2008 el conjunto de ensayos Sobre lo Fantástico en México, donde analiza algunos cuentos de Francisco Tario y de Amparo Dávila, así como Pedro Páramo de Juan Rulfo y Aura de Carlos Fuentes[21].

En cuanto a la producción de revistas dedicadas a la crítica e investigación de lo fantástico en México, existen algunos casos monográficos y, ciertamente, excepcionales. Está Escritos 21, revista del Centro de Ciencias del lenguaje de la BUAP, publicada en el 2000 y cuyos artículos versan sobre diversos asuntos teóricos relacionados con lo fantástico, además de abordar a diversos autores hispanoamericanos, dedicando un solo estudio a una mexicana: Elena Garro[22]. También se encuentra la revista Semiosis 4, del Instituto de Investigaciones Lingüístico-Literarias de la Universidad Veracruzana, publicada en el 2006 y en donde se estudia a Vicente Riva Palacio, Manuel Payno (1820-1894), Amparo Dávila, Homero Aridjis (1940), Sergio Pitol y Carlos Fuentes[23]. En el 2007, se edita un dossier en la Revista Fuentes Humanísticas, de la Universidad Autónoma Metropolitana, cuyo tema es “Lo fantástico o la irrupción de lo sobrenatural”; no obstante, ningún trabajo versa sobre algún escritor mexicano[24]. Finalmente, ConNotas. Revista de Crítica y Teoría Literaria 11, de la Universidad de Sonora y publicada en el 2008, sólo dedica uno de sus doce artículos a una escritora mexicana: Amparo Dávila[25].

En este rubro, merecen una mención especial los Coloquios Internacionales de Literatura Fantástica, los cuales, a partir de 1999[26], le otorgan un sobresaliente impulso al estudio y a la crítica de lo fantástico, además de considerar terrenos contiguos como lo maravilloso. Uno de los parabienes de dichos Coloquios es la publicación de los trabajos presentados en cada evento. Hasta la fecha existen siete libros y/o revistas que concentran los trabajos expuestos en los seis primeros Coloquios[27]; los estudios reunidos en dichas publicaciones versan sobre teorías contemporáneas en torno a lo fantástico, géneros aledaños y autores y obras específicas de diversos países. De todos los estudios, nos es relevante el de Sara Poot Herrera, “Fantastic-hitos mexicanos. Breve apunte bibliográfico”, incluido en el libro Lo fantástico y sus fronteras, en donde la investigadora enuncia a los principales autores mexicanos, desde 1950 y hasta 1999, que han trabajado esta modalidad discursiva[28]. En general, los escritores mexicanos estudiados en dichas publicaciones son José Bernardo Couto, Ignacio Manuel Altamirano (1834-1893), Josefa Murillo (1860-1898), José Juan Tablada, Ma. Enriqueta Camarillo (1872-1968), Manuel Romero de Terreros, Alfonso Reyes, José María González de Mendoza (1893-1967), Nellie Campobello (1900-1986), Francisco Rojas González (1904-1951), Francisco Tario, Ma. Elvira Bermúdez, Juan José Arreola, Guadalupe Dueñas, Elena Garro, Augusto Monterroso, Amparo Dávila, Carlos Fuentes, Marcela del Río (1932), Salvador Elizondo (1932), Elena Poniatowska (1933), José Emilio Pacheco, Adela Fernández y Cristina Rivera Garza (1964).

Justamente, a partir de las antologías de cuento fantástico mexicano, así como de los estudios en torno a este discurso en el país, se colige un primer hecho: la crítica e investigación literaria ha dirigido sus esfuerzos a los autores nacidos en las primeras cuatro décadas del siglo XX, cuentistas a quienes se agregan René Avilés Fabila (1940), Agustín Monsreal (1941), Felipe Garrido (1942), José Agustín (1944), Ignacio Solares (1945), Martha Cerda (1945), Mónica Mansour (1946), Hernán Lara Zavala (1946), Bárbara Jacobs (1947), Guillermo Samperio (1948) y Óscar de la Borbolla (1949). Todos ellos nacidos en los años cuarenta y cuya obra ha recibido la mirada de investigadores y críticos, muchos de ellos de manera notable e incluso reiterada.

A partir de 1950, el número de escritores y obras en México con una propuesta estética decididamente fantástica es amplio; como lo señala la misma Sara Poot Herrera, “Todo parece indicar que quien se precie de escribir cuentos […] ha de incursionar en el cuento fantástico[29]”. Por ello, en México la literatura fantástica goza de una contundente vitalidad; muestra de ello se encuentra en las obras publicadas durante las últimas décadas del siglo XX y las primeras de éste, todas ellas con propuestas novedosas, de ineludible calidad y valor artístico, en donde sobresalen títulos como La linterna de los muertos (1988) de Álvaro Uribe; Informe negro (1987) y Memorias segadas de un hombre en el fondo bueno y otros cuentos hueros (1995) de Francisco Hinojosa (1954);  Los sueños de la bella durmiente (1978) y Casa de horror y de magia (1989) de Emiliano González; Mantis religiosa (1996) y Telaraña (2008) de Mauricio Molina; El imaginador (1996) y La confianza en los extraños (2002) de Ana García Bergua (1960); Cuentos para ciclistas y jinetes (1995) de Adriana González Mateos (1961); Ésta y otras ciudades (1991) de Patricia Laurent Kullick (1962); La perfecta espiral (1997) y Como nada en el mundo (2006) de Héctor de Mauléon (1963); Confesiones de Benito Souza, vendedor de muñecas (1994) e Historias de caza (2003) de Javier García-Galiano (1963); La materia del insomnio (1991), Nostalgia de la luz (1996) y El libro de las pasiones (1999) de Mario González Suárez (1964); Ningún reloj cuenta eso (2002) y La frontera más distante (2008) de Cristina Rivera Garza; Parábolas del silencio (2009) integrado a los cuentos reunidos, Sombras detrás de la ventana, de Eduardo Antonio Parra (1965); Los placeres del dolor (2002) de Pedro Ángel Palou (1966); Donde la piel es un tibio silencio (1992), Páginas para una siesta húmeda (1992) e Insomnios del otro lado (1994) de Mauricio Montiel Figueiras (1968); La reina baila hasta morir (2008) de Eve Gil (1968) y Técnicamente humanos (1996), Invenciones enfermas (1997), Registro de imposibles (2000) y Técnicamente humanos y otras historias extraviadas (2010) de Cecilia Eudave (1968). A dichos autores se suman otras voces como las de Francisco José Amparán (1957-2010), Jesús de León (1958), Jorge F. Hernández (1962), Adriana Díaz Enciso (1964), Gonzalo Lizardo (1965), José Abdón Flores (1967) e Isaí Moreno (1967), a cuyo quehacer se agregan autores más contemporáneos como Alberto Chimal (1970), Bernardo Fernández BEF (1972), Bernardo Esquinca (1972), Rodolfo J. M. (1973), Paola Tinoco (1974), César Silva Márquez (1974), Luis Jorge Boone (1977) y Omegar Martínez (1979).

Por supuesto, no toda la obra de los cuentistas mencionados es fantástica, lo innegable son sus excelentes ejemplos y su significativa inclinación a este subgénero; aunada a esta precisión, nos quedan en el tintero muchos autores y obras, tanto del pasado como del presente. Sin embargo, esta limitada selección demuestra el objetivo del texto: el cuento fantástico mexicano posee raigambre y tradición, vigencia y actualidad. Si acaso se nota una deficiencia, ésta surge en los estudios críticos y particularmente en la obra de los cuentistas nacidos a partir de los años cincuenta, configurando un período del cuento fantástico mexicano con un insuficiente aparato crítico y de investigación; por fortuna, esta extensa y fértil etapa representa un idóneo caldo de cultivo para investigadores y críticos, quienes tenemos la tarea de estudiar tales obras para enfatizar sus virtudes estéticas, en donde observamos variadas estrategias (la metaficción, la transtextualidad), motivos temáticos (el doble, el tiempo y el espacio) y personajes de afamada tradición (el fantasma, el vampiro) que resurgen con renovados y desafiantes ímpetus en esta cuentística contemporánea, donde se atestigua la persistencia de lo fantástico, pues definitivamente su creación, lectura y estudio resulta un fascinante embrujo, no sólo por las profundas reflexiones que motiva respecto a lo misterioso e inexplicable del mundo y de la naturaleza humana, sino también por su dócil e indómito discurso, por momentos translúcido, por instantes enigmático, pero siempre seductor e inquietante.


[1] Bravo, Víctor Antonio. La irrupción y el límite. México: Universidad Nacional Autónoma de México, 1988, p. 7.

[2] Todorov, Tzvetan. Introducción a la literatura fantástica. México, Ediciones Coyoacán, 1994.

[3] Campra, Rosalba. Territorios de la ficción. Lo fantástico. España, Editorial Renacimiento, 2008.

[4] Todorov, Tzvetan. Op. Cit., p. 28.

[5] De aquí en adelante, se integra el año de nacimiento y muerte de los autores referidos, lo cual se consigna la primera vez que se mencionan.

[6] Morales, Ana María.  México fantástico. Antología del relato fantástico mexicano. El primer siglo. México: Oro de la noche ediciones, Fondo Nacional para la Cultura y las Artes, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, Coloquios Internacionales de Literatura Fantástica, 2008, p. xviii.

[7] Morales, Ana María. Op. Cit. p. xxxii.

[8] Carballo, Emmanuel. El cuento mexicano del siglo XX, México, Empresas Editoriales, 1964.

[9] Rábago Palafox, Gabriela (recop). Estancias nocturnas. Antología de cuentos mexicanos. México, Instituto Politécnico Nacional, 1987, p. 4.

[10] Bermúdez, María Elvira (Pról. y selec.). Cuentos fantásticos mexicanos. México, Universidad Autónoma de Chapingo, 1986.

[11] Varinia, Frida. Agonía de un instante. Antología del cuento fantástico mexicano. México, Quadrivium editores, 1992.

[12] Juárez Oñate, Rafael David (Ant.). Antología del cuento siniestro mexicano. México, Editores Mexicanos Unidos, 2002.

[13] Tola de Habich, Fernando y Muñoz Fernández, Ángel. Cuento fantástico mexicano. Siglo XIX. México, Factoría ediciones, 2005.

[14] Morales, Ana María. Op. cit.

[15] Boone, Luis Jorge (Selección y nota). Tierras insólitas. Antología de cuento fantástico, México, Editorial Almadía, 2013.

[16] A estas antologías agregamos, de manera secundaria, las de literatura fantástica universal, entre las cuales sobresale, por supuesto, la de Jorge Luis Borges, Silvina Ocampo y Bioy Casares, es decir, la Antología de la literatura  fantástica (1965), la cual integra sólo a una autora mexicana, Elena Garro con su “Hogar sólido”. A ella sumamos la de Ilán Stavans, Antología de cuentos de misterio y terror (2000), donde se integran relatos de diversa índole, no todos fantásticos; entre los autores mexicanos seleccionados están Juan Rulfo con “Luvina”, Alfonso Reyes con “La cena” y Salvador Elizondo con “La historia según Pao Cheng”. Finalmente, entre las antologías de cuento fantástico hispanoamericano destacan las de Oscar Hahn, El cuento fantástico hispanoamericano en el siglo XIX (1982), cuyo único autor mexicano incluido es José María Roa Bárcena con su cuento “Lanchitas” y, posteriormente, la Antología del cuento fantástico hispanoamericano. Siglo XX (1990) que integra a Amado Nervo con “Mencía”, “El país en que la lluvia era luminosa” y “El ángel caído”; Alfonso Reyes con “La cena” y “La mano del comandante Aranda”; Juan Rulfo con “Luvina”; Carlos Fuentes con “Chac Mool”; Juan José Arreola con “El guardagujas” y “Parábola del trueque”; Augusto Monterroso con “El dinosaurio”; Elena Garro con “La culpa es de los tlaxcaltecas” y José Emilio Pacheco con “Cuando salí de la Habana, válgame Dios”.

[17] Leal, Luis. Breve historia del cuento mexicano. México: Universidad Autónoma de Tlaxcala, Universidad Autónoma de Puebla, 1990, pp. 120-121.

[18] Morillas Ventura, María Enriqueta (Ed.) El relato fantástico en España e Hispanoamérica. Madrid, Siruela, 1991.

[19] Olea Franco, Rafael. En el reino fantástico de los aparecidos: Roa Bárcena, Fuentes y Pacheco. México, El Colegio de México, Conarte Nuevo León, 2004.

[20] Velasco, Magali. El cuento la casa de lo fantástico. México, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, Fondo Editorial Tierra Adentro, 2007.

[21] Eudave, Cecilia. Sobre lo fantástico en México. Florida, Letra Roja Publisher, 2008.

[22] Lira Coronado, Sergio René y otros. Escritos 21. Literatura Fantástica. Revista del Centro de Ciencias del Lenguaje BUAP, Enero-junio, 2000.

[23] Eudave, Cecilia y otros. Semiosis 4. Instituto de Investigaciones Lingüístico-Literarias, Universidad Veracruzana, Julio-Diciembre, 2006.

[24] Ramírez Leyva, Edelmira y otros. Revista Fuentes Humanísticas 35, UAM (Dossier: lo fantástico o la irrupción de lo sobrenatural), 2007.

[25] Morales, Ana María y otros. ConNotas. Revista de crítica y teoría literaria 11, Universidad de Sonora, 2008.

[26] Promovidos por Ana María Morales y José Miguel Sardiñas.

[27] La literatura fantástica latinoamericana (2002); Lo fantástico y sus fronteras (2003); Odiseas de lo fantástico (2004); Lo fantástico en el espejo. De aventuras, sueños y fantasmas en las literaturas de España (2006); la revista del Instituto de Investigaciones Lingüístico-Literarias de la Universidad Veracruzana, Semiosis 3 (Enero-Junio de 2006); Rumbos de lo fantástico. Actualidad e historia (2007) y la revista de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, Amoxcalli 1. Teoría, análisis y crítica de la literatura hispanoamericana (2008).

[28] Morales, Ana María; Sardiñas, José Miguel y Zamudio, Luz Elena (Eds.). Lo fantástico y sus fronteras. México, BUAP, 2003, pp. 123-139.

[29] Ibíd., p.129.

 


Autores
Estudia el Doctorado en Humanidades, línea Teoría Literaria en la UAM. Catedrática de la Licenciatura en Lengua y Literatura Hispanoamericana en la UAT. Becaria en tres ocasiones del FOECAT. Ha publicado el libro Lenguas y Campanas (Relato oral de Chiautempan) y los poemarios Evocación oracular y Parpadeo de muerte, además de diversos escritos en libros académicos. Ponente en congresos nacionales e internacionales, entre ellos el VI Coloquio Internacional de Literatura Fantástica (Gotemburgo, 2007), el I Congreso Internacional de Literatura Fantástica y Ciencia Ficción (Madrid, 2008), el Coloquio Internacional Nuevas Narrativas Mexicanas (Lausane, 2010) y el X Coloquio Internacional de Literatura Fantástica (Lausana, 2013).

La poesía de Luis Felipe Fabre (Ciudad de México, 1974) fue un respiro, una bocanada de aire fresco en la rígida poesía mexicana, su ironía recordaba a la que en su momento, a finales de los años noventa, produjo José Eugenio Sánchez, de manera que resultó novedosa, ingeniosa, principalmente en sus libros anteriores: Vida quieta (ICCM, 2000), Una temporada en el Mictlán (Mantarraya ediciones, 2003) pero sobre todo en Cabaret Provenza (FCE, 2007) y La sodomía en la Nueva España (Pretextos, 2010).

Sin embargo, en su libro más reciente Poemas de terror y de misterio esos recursos que antes fueron afortunados ahora hacen un libro redondo, estable, circular, cuya homogeneidad lo hace un libro monótono: el mismo ritmo, el mismo tono, las mismas reiteraciones, las mismas ocurrencias predecibles, el mismo corte arbitrario de versos, el mismo abuso de los dos puntos como puntuación ya característica…

En Poemas de terror y de misterio, Fabre abusa de sus recursos y el poema queda como un chiste que ya no hace reír cuando lo cuentan por segunda vez. Hace pastiches y parodias lo mismo de la literatura de zombis y de vampiros (la poesía no podía dejar de entrar en la moda) que de las baladas pop, de las religiones con sus santos que representan a la muerte que de “todos los poetas mexicanos tienen su poemita sobre la muerte” o de películas gore (o las del Santo contra las mujeres vampiro, da igual) que de las ejecuciones del narco. Sí, todo con humor, como parodia, pero moda y carcajada fácil al fin y al cabo.

Además, en uno de los poemas de la serie sobre sor Juana hay un error: dice Fabre que “la divina Lysi de sus cálidos versos” (Nervo) era Marquesa de Paredes, lo cual es incorrecto pues María Luisa Gonzaga Manrique de Lara en realidad era condesa de Paredes y adquirió el título de marquesa de la Laguna cuando se casó con Tomás Antonio de la Cerda marqués de la Laguna y luego, juntos, fueron virreyes de la Nueva España (de 1680 a 1688).

Entonces el lector agradece que la noche de los zombis termine con cerrar el libro.


Autores
(Ciudad de México, 1981) es autor de La síntesis rara de un siglo loco publicado por el FETA.