Tierra Adentro
Rojo. Isidro R. Esquivel

Hubiese sido sencillo detener la descomunal puerta giratoria del banco en el momento preciso: machucarse una mano en el incesante torbellino de cristales limpísimos y primarios, atizar la prisa y, en un chispazo de feliz suerte de ésos que pasan a los libros como un pilar de proporciones faraónicas, cambiar el flujo del mundo. Mejor: atajar al mínimo hombrecito simiesco que corría intempestivo por la acera arrastrando el portafolios titánico y meneando las carpetas como taparrabos, arrojarlo al suelo y quitárselo todo antes de que siquiera tocase la puerta. Arrancarle las gafas a fuste en la esquina previa al banco, hincarlo por el bigote, bufarle el peluquín a una hoguera, crucificarle el saco en un poste, meterle el pie justo cuando bajaba del taxi, arrollarlo con un autobús escolar. Hubiese sido tan sencillo y sin embargo nadie lo hizo. Nadie impidió que Jasón Estavillo cambiara para siempre la historia y su corriente. Y ahora todo está hecho.

Es comprensible. En un banco cualquiera, a las doce de un día de quincena, la capacidad de pensar en la trascendencia es inversamente proporcional a la cantidad de operaciones urgentes. De tal forma que nadie notó siquiera al hombrecito de grandísimos pantalones formándose en la fila de trámites para personas físicas; resulta tan abrumador el peso de las cuentas del teléfono y la luz frente a la inminente catástrofe. Durante nada menos que dos horas el hombrecito de bigote espantado y pesadísimas gafas estuvo tranquilamente de pie en medio de la turba formada para expedir y cobrar cheques, exenta de lo que sucedería al final (esto es un decir, lo tenemos claro) de todo. Perdió su turno tres veces: primero por cederle involuntariamente el lugar a una anciana; luego cuando sus múltiples cargamentos se derramaron en el suelo; finalmente porque la ejecutiva del banco a la que le hubiese correspondido atenderlo salió a comer antes de tiempo (una muletilla, disculpen). Hasta el cuarto intento nuestro hombrecito se apresuró, cargando como dolmen su portafolio y sus escrituras dudosas, al escritorio del ejecutivo más joven del banco.

Jasón Estavillo lo arruinaría todo para todos y para siempre. Pero con tantas tarjetas de crédito e hipotecas nadie lo sabía. Sólo yo.

El joven ejecutivo había tenido una mañana holocáustica. Con apenas tres meses en el empleo, su jefe amenazó correrlo tras descubrirlo dormitando en la bóveda. Los regaños por las larguísimas horas de comida y contemplaciones somnolientas habían llegado a una crisis bélica y, a menos que lograra cerrar un trato con un cliente lo suficientemente jugoso o estúpido, tendría que liberar el escritorio que mantenía inexplicablemente lleno de una tremenda cantidad de papeles cuya utilidad nadie en el banco lograba descifrar. Cuando vio al torpe hombrecito acercársele pazguato, no pudo más que aupar los ojos, como rezándole sin mucha fe a los dioses de todas las eras para que la evidente falta de jugo se compensara con alguna estupidez.

—Buenas tardes, joven—dijo apurándose las gafas y jadeando, mientras acomodaba el portafolios con paciencia de amanuense medieval—. Vengo a pedir un préstamo. Digo, a abrir una cuenta. Y a pedir un préstamo, si me hace favor.

El ejecutivo suspiró sin disimulo, alejando de su rostro el polvo pardo que el hombrecito había hecho tolvanera a la hora de sentarse. Otro pobre diablo que tenía que pagar la hipoteca en otro banco y pensaba girar el mundo al revés para reptar por el sistema financiero sin ser visto; otro que había prometido una bacanal de quince años a su hija. Ni siquiera hizo las preguntas de rigor o indagó el historial crediticio. Supo que ese hombrecito sería el último cliente que jamás atendería y que ante esa catástrofe el único protocolo era el absoluto cinismo.

—Dígame, señor, ¿de cuánto dinero estamos hablando?

—¿En el préstamo?

—No, en la cueva de Alí Babá…

—Quiero un millón doscientos treinta y dos mil un pesos—dijo el hombrecito sin el menor temblor–; además de eso tengo tres millones setecientos sesenta y siete mil novecientos noventa y nueve pesos —y le mostró al ejecutivo un estado de cuenta con un saldo astronómico–. Así que en realidad quiero una cuenta. De cinco millones, ni más ni menos.

El ejecutivo soltó una carcajada que por un momento detuvo todas las transacciones del banco y, de algún modo, el tiempo.

—Señor –dijo el ejecutivo aún secándose una lágrima–, usted sabe que el banco no puede prestarle dinero para pagarle a los apostadores que lo persiguen, ¿cierto? Tampoco vamos a ayudarle a rescatar su empresa fraudulenta. Vaya, no podemos ni siquiera ayudarlo si su mujer está secuestrada: esto es un banco, no el Caballo de Troya…

El hombrecito se petrificó por primera vez en un mes: desde la mañana en que apareció la clarísima idea que finalmente lo llevó al banco esa tarde había estado tan seguro de todo, tan homéricamente determinado, que nunca consideró que quizá a otros les resultaría medianamente complicado entender lo que traía entre manos.

En realidad no tenía por qué preocuparse: Jasón Estavillo estaba a punto de terminarlo todo para él y para su interlocutor y para todos. Como dicen: alea jacta est. Totus perfectus.

—Disculpe, joven, me parece que no entiende. Me he adelantado; permítame…

Se zambulló en el portafolio y extrajo una borrosa fotografía en blanco y negro. La acercó al joven ejecutivo, que apenas pudo distinguir la escena: al fondo había un puerto y un barco, ya fantasmas; en primer plano un hombre saludaba por lo alto con un sombrero y una mujer se detenía las enaguas de lo que parecía un vendaval imparable. Entre ellos y el barco una multitud gris y turbia se compactaba en una serie de largas filas o en una sola, infinita y nebulosa hilera. El hombrecito señaló frenético un punto de la foto.

—¿Lo ve? Esta foto es del día que mis abuelos llegaron a México, en 1909. Lleva muchas décadas en mi casa. Mire bien, mire aquí. ¿Lo ve?

El ejecutivo hizo un esfuerzo que casi pareció honesto por ver lo que el hombrecito señalaba: en medio de la gente un rostro, no menos vaporoso que el resto: un bombín ocultando parcialmente unas pesadas gafas dispuestas sobre un bigote espantado.

—No me va a decir que quiere el préstamo para comprar un barco…

—Mírelo bien, joven: ese hombre está mirando directamente a la cámara.

—Sí, bueno… no puede saberse qué está mirando… Casi no alcanza a…

—¡Por favor! Mírelo bien, imagine que está frente a él; mire esa sonrisa, para nada espontánea. Es como si llevara mucho esperando ese momento, ¿no le parece? Como si supiera que en ese instante justo se haría una foto. Mejor: como si supiera que en ese instante justo se haría una foto que quedaría en una familia por varias generaciones. Mire: incluso se toca el sombrero, como saludando. Ya le digo: es algo que yo haría, tocarme el sombrero, no para saludar, sino para dejar un mensaje de algún tipo. ¿No lo haría usted? Sé que yo lo haría…

El ejecutivo arqueó los ojos y se acercó la foto, ya de mal humor: para notar lo que el hombrecito decía había que ser condescendiente, inventar esa sonrisa y ese gesto, darlo por bueno como si fuera un hecho histórico.

—Y se parece a mí ese hombre, un poco más viejo, quizá. Pero podría ser yo, ¿no cree?

—Lo que creo es que me está haciendo perder el tiempo.

—Verá: un día limpiando el clóset de las cosas inútiles me encontré la foto y entonces lo supe.

—¿Supo que tenía demasiado tiempo libre y que quería defraudar al banco?

—Supe que tenía que pedir este préstamo. Y abrir una cuenta. Fue la última evidencia.

—¿La última evidencia de qué, viejo terco? ¿De que necesita cinco millones de pesos para internarse en el manicomio?

El hombrecito le arrebató la foto al ejecutivo y le encajó un reojo punzante. Del alud de carpetas y papeles desenterró un libro de lomo desnudo e impresiones de colores precámbricos, y lo hojeó con rabia hasta una página cuya orografía evidenciaba demasiadas consultas. Azotó el enorme tomo sobre el escritorio y algunos de los que esperaban en la larguísima fila del banco se sobresaltaron; yo miré a Jasón Estavillo con la ternura de quien mira a un presidente o un tirano abordar el auto que lo llevará a la muerte, y recordé aquel pasaje con claridad escolar: en la fotografía de una ruina romana largamente tendida sobre la enciclopedia, el hombrecito golpeó con el dedo volcánico un muro que todavía conservaba un recubrimiento de estuco en el que aún se multiplicaban unas letras deslavadas, escritas allí antes de que las cenizas derribaran ciudades por la ira de cualquier dios. Se aseguró de que el ejecutivo las viera tan claro como puede permitir el desgaste.

—¿Ya? Ahora mire esto:

En una de las hojas desordenadas que el ejecutivo guardaba celosamente sin que nadie en el banco entendiera por qué, el hombrecito se puso a escribir.

—¿No le parece que la caligrafía del muro en la foto es idéntica a la mía? Mire, mire bien.

—¿Eso qué tiene que…?

—¡Además! ¿Sabe qué dice allí? Dice: “meum tempus, qui tot taedia tenet”. ¡Y mire cuántas veces está repetido! ¿Y sabe eso qué significa? Mire la enciclopedia, aquí: “Mi tiempo, que tantos tedios soporta”. Debí sospecharlo desde que encontré esto, pero usted sabe…

—¿Sospechar qué, viejo loco? ¿De qué está hablando?

—Mire, dadas las circunstancias, escribir veinte mil veces esa frase en los muros de una ciudad antigua tiene mucho sentido, ¿no cree? Un hombre solitario como yo, que siempre he tenido un trabajo horrible, lograr eso… ¡Lograr esto, caramba!

—Señor, esto no es un consultorio psiquiátrico. Le voy a pedir que…

—¡Es que siempre fue evidente! Mire…

Desenrolló un grabado alemán del siglo XVI (según él, original; yo sé que no era más que una copia barata) que en la parte de abajo mencionaba el nombre del hombrecito, tan inusual. Luego expuso la postal que un amigo largamente perdido le mandó una vez hace mucho desde un templo egipcio, donde se veía que uno de los jeroglíficos era casi idéntico a la firma del hombrecito, como podía demostrarse allí mismo, bastaba firmar el contrato para el préstamo. Después, en un tabloide en cuya portada figuraba un plato volador, la foto aérea de unas extensísimas líneas de roca dispuestas sobre algún desierto mostraban la figura rupestre de un cazador arcaico, sí, pero con bigote y lentes. Con cada evidencia que el hombrecito blandía para asegurarse el préstamo, el ejecutivo iba deseando más que lo corrieran de inmediato, que todo quedara en el pasado, que no se repitiera nunca más.

—¿Ha escuchado usted de esas maquinarias sofisticadísimas que llevan miles de años  inexplicablemente engarzadas en una roca china o de esos retablos prehispánicos en los que parece estar dibujado un teléfono móvil? Pregúntele a mi ex esposa: soy experto en dejar las llaves en el refrigerador. Olvidar el coche en la primera Antiquitera o la cámara en el esplendor de Palenque suena a algo que seguramente yo haría, sobre todo dentro de unos años…

—Señor —el ejecutivo apretó los puños, dispuesto a renunciar por sí mismo—, dígame de una buena vez qué quiere decir o me veré en la penosa necesidad de romperle la cara.

—¿No lo ve, joven? Es evidente. Yo soy el primer viajero del tiempo de la historia. O lo seré, si usted me concede un préstamo por un millón doscientos treinta y dos mil un pesos. Y si me abre una cuenta, por favor.

El ejecutivo arrugó sus papeles y como queriendo matar a un mamut miró al hombrecito, que lo contempló como quien encuentra una revelación en los astros. La historia posterior (o anterior) dirá que en ese vértigo Jasón Estavillo terminó de comprender: que repasó con la mirada el banco y no pudo ver el final ni el principio de la fila que, serpenteando entre las paredes enmarmoladas para depositar la nómina o cobrar un adeudo, parecía provenir de la quincena pasada y desembocar en una procesión medieval o en la hilera del cohete que nos llevará un día a devorar otro planeta. Que supo que su plan era inevitable porque en la fila infinita que es el tiempo incluso está previsto el hombre que terminará colándose. Que miró a su interlocutor, a quien el tiempo y sus caprichos le habían concedido el lugar que llega un minuto después del cierre de la ventanilla. Que Jasón Estavillo vio a una mujer arrebatándole su sitio en la fila a un anciano distraído y sintió que eso llevaba muchísimo tiempo previsto. La historia dirá, pues, que tanto Jasón Estavillo como su interlocutor entendieron que hay algo más allá de la muerte o un nirvana o una fuerza o un gran becerro de oro.

Quisiera corregir esa noción popular. Se miraron, sí, pero como los primeros cavernícolas que se hallaron a la misma distancia de un fuego sorpresivo: como simios asustados.

—Señor –esta vez el ejecutivo utilizó un tono mucho más amable–, todos saben que viajar en el tiempo es imposible.

El hombrecito soltó una carcajada que por un momento detuvo todas las transacciones del banco y, de algún modo, el tiempo.

—Joven, por favor. ¿Qué es más lógico? ¿Que toda la historia del universo se haya sucedido para que un hombre idéntico a mí estuviera precisamente en la única foto que conservo de mis abuelos, o que yo haya viajado hasta allá para anunciarme que hay grandes cosas por venir? ¿Que un romano se haya puesto frenéticamente filosófico o que yo haya dejado evidencia en la única pared que, ahora lo sé, sobrevive entera de esa ruina y esa era? ¿Usted cree que el universo y el tiempo son una comedia de situaciones? No me va a decir que usted, tan entero, tan banquero, tan sarcástico, cree en las coincidencias…

—Tiene razón: no creo en las coincidencias… —confesó el ejecutivo, apretando su montón de desordenados papeles contra el pecho, con la vista clavada más allá del suelo, en algún fósil aún por descubrir.

—Bien. Entonces extiéndame un préstamo por un millón doscientos treinta y dos mil un pesos. Y ábrame una cuenta. Si me hace favor.

—Con gusto, señor… Sólo… bueno, si me lo permite… quisiera preguntarle, mera curiosidad: ¿cómo piensa viajar en el tiempo? ¿Utilizará una máquina cuyo secreto mecanismo le fue revelado en sueños? ¿Encontró un agujero de gusano en algún punto insospechado de su casa? ¿Descubrió un método subatómico para viajar a la velocidad de la luz?

El hombrecito miró al ejecutivo con curiosidad reptil.

—No tengo idea.

—Pero…

—Verá, joven: en el último mes vendí todo. Exigí una jugosa liquidación de la empresa que me despidió por fantasear en el trabajo. Dentro de menos de tres soles horas tendré cinco millones de pesos esperando para que los utilice en el descubrimiento del método correcto. Sé lo importante: estaré en la fila larguísima detrás de mis abuelos, hace varias generaciones, mandándome una señal; escribiré hace siglos en una ciudad romana todavía bullendo; conoceré a un artista alemán largamente muerto y firmaré en los inicios de esta civilización un templo prohibido. ¿No le parece que conocer el modo en que lo haré fue irrelevante? ¿No le parece que todo está hecho?

Ahí estaba: mi línea de entrada. Las palabras que nos han dado patria: “Todo está hecho”; “Totus perfectus” (que algunos fascistas han querido confundir con “Totus perfectum”); las palabras que nos permitieron abandonar la fila consecutiva y liberarnos del yugo del caprichoso tiempo. Las que inauguraron una era de absoluta claridad, donde todos los motivos y causas son ciertos como la fe primera del dios sol. Donde estamos presos en certezas absolutas, repeticiones ineludibles: una hilera donde incluso los disidentes tenemos un sitio probado que vendrá a encontrarnos como el leproso al santo. Fila de fotografías fantasmagóricas que se vuelven profecía inevitable. Como ésta.

Como estaba designado, me puse la capucha y corté cartucho. Grité lo que he gritado desde siempre. Disparé al aire varias veces; disparé a una cabeza particular y volaron el peluquín y las pesadas gafas ensangrentadas. Se hizo el caos; alcancé a ver al ejecutivo tomar sus papeles y arrastrarse hacia la puerta; como estaba previsto, lo permití. Tomé la bolsa y huí. Podría decirse que huí en procesión.

Di vuelta en la callejuela que marcan los libros. Al fondo, recargado contra un muro rayado con una sentencia escrita por otro como yo, el ejecutivo jadeaba. Me acerqué y le extendí la bolsa:

—¿Jasón Estavillo? Esto es suyo. Es un regalo de quienes le debemos la patria sin tiempo —y luego repetí mecánicamente lo que estaba pronosticado—: todo está hecho.

Media hora después, Jasón Estavillo el Grande oteó sus papeles desordenados y completó, con una palabra que alcanzó a recordar de la conversación con el hombrecito, los planos finales. En un futuro mítico utilizó aquel asalto como pretexto para instalar su régimen de libertades impuestas. Pero todo a su tiempo: por ahora bastará saber que los libros de historia dirán que, mientras me alejaba rumbo a Antiquitera o Palenque, Jasón Estavillo pensaba en lo fácil que debe ser conseguir un bigote postizo y espantado, unas pesadísimas gafas, una eterna fila de consecuencias, un lema como himno que garabateó aún temblando: todo está hecho.


Autores
(ciudad de México, 1982) pretende reencarnar en burbupack; en esta vida es un vikingo bonsái. Cursó la licenciatura de Comunicación en la Universidad Iberoamericana de México. Su primer proyecto de microficciones, Cancerbero fue publicado a través de Internet entre de 2009 y 2010. Ha publicado cuentos en Guardagujas (suplemento literario de La Jornada Aguascalientes), la revista literaria Parteaguas y es parte de la antología ¡Sensacional de grumetes! El agua, de Editorial Nostromo. Ha participado como exponente diversos ciclos literarios. Vórtices viles, su primer libro, obtuvo el Premio Nacional de Cuento Joven Comala 2012. En promedio tiene 3.5 clones por colonia en el Distrito Federal.
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