Al salir de la reunión lo único que pude pensar fue: ¿para qué hablar de la casa de un poeta y no de su poesía? La incasable búsqueda por los detalles baladíes a los que nos aferramos con un compulsivo morbo de escudriñar en la vida de los otros, principalmente de aquellos famosos o casi famosos resulta una especie de compartir una vida ajena, casi vivirla, casi usurparla.
Así me habían encomendado la tarea de escribir acerca de la casa de Rafael López, el poeta modernista.
Inmediatamente me puse a buscar rastro de la casa. Vivo en la Ciudad de México y como tenía dos días para escribir la crónica me resultaba imposible trasladarme a la ciudad de Guanajuato. Hallé en una ilustrativa página web de tours quijotescos que en uno de sus recorridos turísticos se encuentra la casa del poeta. Paso siguiente llamé a la Secretaría de Turismo de Guanajuato y después de tres intentos fallidos y una relación estrecha con el conmutador y, la nula respuesta acerca del domicilio de la casa de López, emprendí otra búsqueda.
A lo sumo tres o cuatro sitios en internet hacen referencia del personaje Rafael López y su obra. Busqué en los catálogos de las bibliotecas universitarias de la ciudad y de otras bibliotecas públicas. Cuando casi me daba por vencida, más presa del hambre que de la desesperación de no hallar más datos concretos del poeta y su casa de nacimiento, encontré los registros de sus obras en la Biblioteca México.
La mañana siguiente: el mítico viaje a la biblioteca. Descubrí que hacía seis años que no pisaba ese edificio olvidado, frío y lúgubre que alberga a la México. El contraste entre la gente en los alrededores proveniente de muy distintos lugares y clases sociales, edades, oficios y que hacen una especie de paseo dominical entre semana y —al entrar a la biblioteca— el silencio rotundo; la limpieza de lo recién hecho y al mismo tiempo todo nuevo, todo efímero e inacabado: los letreros, las molduras de las puertas, las sillas, las mesas. Las salas de consulta parecen una cafetería, donde había estanterías con fichas de catálogo ahora hay mesas con monitores de computadora descomunales. En las orillas descansan las bibliotecas personales de José Luis Martínez y otros intelectuales, una especie de cementerio forzado con calzador; cada una resguardada por sendos policías como si quisieran evitar que los estudiantes de secundaria, que pueblan desinteresados las salas de lectura, atacaran vandálicamente la memoria de la indiferente historia literaria de México.
La sorpresa vino al recibir la respuesta azorada de los bibliotecarios cuando se percataron de que por mí misma había establecido la clasificación de un material prácticamente olvidado, y preguntaba por la letra correspondiente de la estantería que los resguardaba. ¿Pero ya sabe qué libro está buscando? Sí, tengo la clasificación, respondí. ¿La clasificación?, exclamó escéptico el amable bibliotecario. MX/861/L6/O2, respondí lacónicamente. Venga por acá, contestó aquél, cambiando la expresión de su rostro como si me hubiera sido aceptado como el nuevo miembro de una cerrada cofradía.
Finalmente en el estante dos libros enjutos flanqueados por otros de poetas casi desconocidos respondían a la autoría de Rafael López. Primero hojear en un ejercicio dadaísta las páginas del libro, después el trabajo serio: revisar el índice y dar paso al prólogo. Ninguno de los dos prometía mucho, a pesar de haber sido escritos por un tal Alfonso Reyes y por otro ilustre estudioso de nombre difícil (Serge I. Zaïtzeff ). Y digo un tal Alfonso Reyes, porque las tres sucintas páginas firmadas con este nombre no parecían dignas del célebre neoleonés sino de algún impresor de la burocracia contemporánea. En él, el elogio, la grandilocuencia, la superficialidad.
En el otro prólogo, del poemario La Venus de la Alameda, se enumera cronológicamente la vida del poeta. Hace un breve análisis de su poética y filias literarias; así como las razones (implícitas) del porqué ha sido olvidado y peor aún, el porqué de su autocensura y la falta de ganas para escribir que López padeció los últimos años de su vida. Se cuentan las glorias y los múltiples trabajos del poeta: publicó en todas las revistas literarias importantes de su época, fue miembro de Ateneo de la Juventud, profesor y prolijo cronista en diarios como El Universal; así como partidario de movimientos vanguardistas como el Estridentismo y el Agorismo, que como consecuencia lo llevaron a decidir no aceptar su curul en la Academia de la Lengua. Finalmente, el joven vate creció al aceptar la dirección del Archivo General y como pasa comúnmente (la burocracia y la poesía no se llevan de la mano) el poeta no escribió más.
Sin embargo, en ninguna de las líneas escritas a Rafael López aparece rastro alguno de su casa, sólo la fecha de su nacimiento (Guanajuato, 4 de diciembre de 1873). En mi rápida investigación no encontré imagen del lugar donde vivió y pasó sus primeros años. No puedo aseverar que ahora en ese sitio hay una casa de cultura, un cibercafé, una tienda de ropa femenina o un Oxxo. Fallé. Esa casa es para mí un lugar desconocido, un casi no lugar. No prometo regresar para montarme en un seudo tranvía y escuchar el guión impreciso del guía donde indique que de lado derecho se encuentra la casa del poeta guanajuatense Rafael López, no tiene caso ni sentido. Al regresar a la vieja Ítaca citadita que es la Biblioteca México entendí que la casa de un poeta son los libros que dejó; los versos, sus puertas y ventanas; las estrofas, la sala y el baño; las rimas y los temas, las lumbres, el agua de las tuberías: un hogar.
“Cumbia esquimal no está tan mal, ponte los guantes, ponte las botas, ponte orejeras, ponte manoplas; cumbia esquimal no está tan mal aunque no es tropical”. El sonido de una melódica que se prolonga a través del sampler, seguido por unos acordes de contrabajo. De fondo una secuencia percusiva hecha con un pad digital que se toca con una especie de lápiz. Y luego el canto de una mujer que nos envuelve con una anti-cumbia mutante y distintas arengas que se burlan de los clichés del reguetón. Hacia el final toca una flauta de pan que con ironía de por medio también cita a la cumbia andina.
Así se arma en directo “Cumbia villera de la ciudad armera”, una canción sorprendente por su desparpajo, por la buena técnica de su hechura, por llevar hasta ambientes presuntamente más intelectuales (como librerías y galerías de arte) el sonido de una música popular considerada de la más baja estofa.
En ningún momento Maite Arroitajauregi, conocida como Mursego, deja de lado su elegancia; una sobria presencia que se desdobla cuando canta que hasta parece ser otra mujer. Cumbia minimalista que niega ser cumbia y que además conlleva mucha inteligencia al momento de increpar a sus escuchas.
II
Durante años la revista española Rockdelux acompañó a su edición impresa con un disco compacto que siempre revestía puntos de interés, ya fuera por el artista elegido o bien por el sello discográfico que mostraba su catálogo. Además eran muy esperados sus recuentos anuales que se distribuían en tres entregas. La última de ellas, el recuento de las mejores canciones nacionales según su criterio.
Ahora que están celebrando su 30 aniversario, anuncian su sentir sobre este formato, sobre el cual piensan ha caducado, de modo que sólo conservarán algunas ediciones especiales. Afortunadamente el sondeo anual permanecerá. Es así como a esta compilación debo el hallazgo de Mursego, esta chica de origen vasco que incluyó su falsa cumbia villera en su último álbum, Hiru, considerado por la publicación catalana como parte de lo mejor que el 2013 entregó, y vaya si tienen razón.
III
Una vez que las diferentes versiones de la “Cumbia villera de la ciudad armera” conquistaron mi devoción completa, me entero que Maite, nacida en Eibar durante 1977, es una de las colaboradoras del nuevo disco de Nacho Vegas, Resituación (Marxophone, 2014).
Tuve la oportunidad de entrevistar al asturiano y preguntarle acerca de la participación de Musergo en este nuevo disco. El autor de “Actores poco memorables” me platica: “En algunas de las presentaciones en directo de la Fundación Robo tuve la suerte de compartir escenario con ella. Yo estrenaba “Ciudad Vampira”, que está inspirada en la misma canción de Daniel Johnston de la que ella había hecho una adaptación al euskera, y para este disco le pedí su versión para introducir mi canción. Y es un minuto de una belleza extraña y mágica, es una de mis partes favoritas del disco”.
IV
Hiru (Bidehuts, 2014) es el sucesor de Bi (2011) y en él ésta virtuosa multi-instrumentista dio con las canciones más redondas de su carrera, sin importar los ritmos por los que transite. Ella sabe ir del folk al pop sin problema; lo suyo es una gran diversidad en la que cabe: “hasta hardcore mezclado con electrónica. Es un poco tropical, africano y euskaldun“, como declaró a los medios del país vasco durante la gira de presentación del disco en pequeños locales de la región.
Porque además causo un pequeño cisma local al poner en evidencia a los hipsters del lugar a través de una canción muy incisiva, “Eusnob”, que no trascendió más allá por cuestiones del idioma pero que caló fuerte en la cultura vasca. Así dice un fragmento de su letra: “Tú, intelectual vasco, homo sapiens conceptual, abres la boca y enseguida caigo de que eres un snob”.
Debemos decir que en la parte de lo tecnológico se encuentra cerca de lo que hace Andrew Bird y especialmente de Tune Yards (otra chica que desparrama talento). Para crear su música es fundamental la pedalera que utiliza para samplear y crear capas de ritmos que se superponen; es un elemento que Mursego toma como parte de su identidad: “No me puedo enfadar con el loop, es mi arma“. Así es como logra hacer confluir a la música clásica, la vanguardia minimalista y el rock al estilo The Velvet Underground.
V
Para su tercer álbum (Hiru quiere decir tres en euskera), trabajó en los estudios Elektrika de Azpeitia, por vez primera al lado de un productor, Ibonrg, quien además canta y toca la trompeta en algunos de los 11 temas. En cuanto a la escritura de los temas participó Víctor Iriarte, principalmente, pero también hay textos de Louise Bourgeois, Mikel Ayerbe, Beñat Sarasola, Harkaitz Cano y la propia Maite. Tal confluencia de autores hace que se escuche idiomas como euskera, castellano y algún otro.
En realidad éste es un proyecto que refleja cuan sumergida en el contexto artístico se encuentra Musergo. Incluso contiene un microrrelato que hace las veces de introducción al disco, a cargo del escritor Iban Zaldua; además en la edición en vinilo se aprecia en todo su esplendor la portada hecha por el dibujante Ramon M. Zabalegi, cuya obra minimalista muestra a Maite y tres murciélagos ―uno por cada disco en su carrera―, los cuales también aluden al significado de su nombre artístico.
VI
En lo musical es generosa y vasta, pues podemos escuchar varios instrumentos: cello, piano, ukelele, autoharpa, xilófono y flauta. Musergo se ha arropado bien al momento de contar historias y se mueve con soltura entre la poesía lírica y cierto gusto cinematográfico; así es como puede llevar su aventura hasta la “Savana violenta” o bien ingresar hasta las mismísimas minas del Rey Salomón.
Hiru es un periplo ambicioso que nos permitirá descubrir de este lado del Atlántico a una artista virtuosa y valiente. La combatividad vasca está muy presente en una propuesta que apuesta por una forma de arte que al igual de inteligencia se encuentra atestada de sentido del humor. Más allá de los parámetros comerciales sigue existiendo el reino maravilloso de lo inesperado e inusual.
Donde hay una bicicleta existe también una historia humana, de búsqueda, lucha, fracaso; quizás de redención. No son las bicicletas explora las experiencias sobre ruedas y aborda las relaciones entre dicho medio de transporte y el mundo que les da existencia y sentido. Este documental es la primera incursión en el género para el Programa Cultural Tierra Adentro, mediante la cual buscamos sumar nuevas alternativas a su objetivo de dar a conocer el trabajo y expresiones de los jóvenes de toda la República Mexicana.
La producción completa estará disponible muy pronto a través del sitio del Programa Cultural Tierra Adentro y se planean proyecciones en diversas sedes a lo largo de la República Mexicana. Para nueva información visítanos próximamente en este sitio o síguenos a través de nuestros canales de redes sociales (los enlaces están en la esquina superior derecha).
No son las bicicletas
México, 2013.
Dur.: 42 min.
Dirección: Ricardo Poery
Guión: Ricardo Poery y Omar González Zamudio
Fotografía: José Alberto Rivera Bonilla
Producción: Ricardo Poery
Productora asociada: Avril Blanco
Producción ejecutiva: Conaculta-DGP-Programa Cultural Tierra Adentro
Director de producción: Omar González Zamudio
Asistente de dirección: Suani Bonilla Hernández
Productor de línea: César Augusto Ríos Morales
Iconografía y asistente de fotografía: Aura M. Medina Hernández
Investigación: Omar González Zamudio y Albert Weber
Hay diferentes formas de vivir un laberinto: mente, cuerpo, espacio. Como una obra, su complejidad depende del soporte del que está hecho. Las palabras crean laberintos donde transitan personas, bibliotecas borgeanas, por ejemplo. Un cuadro al óleo puede ser un laberinto, Piet Mondrian creía que el sujeto estaba dividido en tres estados que correspondían a un nivel teosófico y formaban así una unidad. Un cuerpo suele ser un lugar laberíntico, un objeto obsceno que ostenta infame sus cicatrices más profundas. Existen lugares abatidos por la premura con que fueron olvidados, el aire ahí se vuelve una grieta donde se avientan los restos de los náufragos, aquellos que perdieron el rumbo o lo olvidaron.
En todo caso, ser implica siempre emprender una trayectoria que sabemos de antemano inconclusa. Más aún, todo momento de encuentro es también de perdida de sí mismo. De adolescente quería experimentar qué tan distinta podía ser la realidad, qué tanto podía estirarse, hasta dónde finalmente era mía. Fui a la sierra y comí hongos alucinógenos, decidí entonces caminar, me perdí, un hombre vestido de blanco salió de entre los árboles y me hizo una propuesta: si quería saber tenía que ir, perderme un rato en aquella espesura, mimetizarme. Ese hombre era yo, por supuesto, diciéndome bajito, abre esa puerta; era demasiado pronto, tenía 17.
De eso trata Inmerso, exposición fotográfica de Roberto Camargo, del momento en que uno decide pararse en seco, detener la vorágine de las ocupaciones diarias, del trabajo y la vida citadina, para observar el entorno pero sobre todo para observarse a uno mismo. Inmerso es un viaje, el testimonio de una travesía interior reflejada en el afuera.
En el año 2011 Roberto comenzó este proyecto fotográfico mientras salía a caminar por las inmediaciones de su casa, en un bosque. De repente sentía que alguien lo observaba, tomaba entonces una fotografía. Con el tiempo empezó a percibirse como parte del entorno, una prolongación del espacio, esa amalgama.
Como suele pasar en esta ciudad, conocí a Roberto bailando. Su exposición tenía dos semanas de haberse inaugurado, a finales de marzo. Mientras bebemos le digo que no pude ir, él se ofrece a hacer el recorrido conmigo. No lo he dicho, pero su exposición es también un viaje, marca un itinerario. Las fotografías están distribuidas en tres espacios, en tres galerías de la ciudad de Oaxaca: Zegache, Tingladography y 411 Espacio fotográfico. Roberto quiso que los espectadores vivieran de esa forma sus imágenes, como lo hizo él, caminando.
La primera es la galería Zegache. Son las dos de la tarde y el sol cae metálico sobre mi espalda. Está a dos puertas del bar que solía visitar cuando estudiaba y visitaba Oaxaca los días feriados. El lugar era horrible pero la cerveza barata. Dentro de Zegache se expone un laberinto. Las fotografías son visiones casi circulares de unas ruinas, acercamientos. Mientras las observo me acuerdo de las mías, del monstruo que encontré en el centro. Roberto me explica que esas fotografías fueron reveladas por medio de cianotipia, son las diferentes formas de entrar al laberinto. Parecen dibujos, tinta que guía. ¿Y hay salida?, le pregunto.
La segunda galería es Tingladography. Hay un perro en la entrada, se llama Cumbia. Bonito nombre, le digo al dueño. Ahí sólo se exhiben tres fotografías. Empiezo a darme cuenta de que el tres es un número significativo en su obra. Roberto aparece en ellas, o mejor dicho, desaparece. Son autoretratos. En la primera se le van los ojos, luego se difumina su cuerpo, en la última termina por explotar y fundirse con el paisaje. Las ramas consumen lentamente su piel, lo abrazan. El uno es el todo. Revelación, páramo, visión del más allá que se encuentra aquí, cerca. Comunión de las ideas.
Lo mejor siempre está al final, me parece. La última galería es 411 Espacio fotográfico. Está ubicado frente a donde solía vivir cuando era niña. Al entrar nos topamos con un paisaje impreso en una lona que nos cierra el paso. Casi la atravesamos. El lugar al que Roberto iba a caminar cuando vivía en Puebla, me dice. En la siguiente sala entiendo mejor el recorrido, el encuentro, la libertad, esa entrega abierta. Es curioso pero mi tesis de licenciatura trata de algo parecido, de la mirada como trayectoria, como violento encuentro entre seres errantes.
Hay muchas formas para hablar de un sólo camino. Me dice que solemos llamar a personas o cosas con el pensamiento, atraemos mundos también. Pienso que sí, que cuando más he necesitado de alguien, esa persona, aunque sea un extraño, llega, y que cuando alguien más ha necesitado de mí, llego. A veces, sin embargo, simplemente coincidimos, nos encontramos. A veces, incluso, esto sucede en países ajenos. Percibo su mirada sobre las cosas en aquel bosque, esa mirada también es mía: desolación en la hierba seca, el sol doró los campos demasiado tiempo, piel metálica de serpiente, una hoja muerta, un cuerpo herido, la luz también se refleja en la piedra, el silencio puede fotografiarse. Un reflector dormido sobre la imagen, eso somos.
He despertado, por fin ha terminado mi propio laberinto. Me seducía, me pedía que no dejara de imaginar maneras de salir, escapatorias. Tenía que pararme en seco e intentar el silencio. Hubo un tiempo en que el silencio me caía como una manta helada. Ahora sé que es una respuesta, esa imagen donde simplemente me permito ser, y a la mierda lo demás, a la mierda el mundo y sus supuestos, sus presiones, sus pies en falso. Bebamos el silencio, seamos el aire que recorre los árboles, acaricia los cerros.
Roberto me dice que cuando tomaba las fotografías meditaba, atravesó así etapas de su propia psique, llegó a pequeñas iluminaciones. Le creo, cada vez encuentro más personas que han despertado a otra vida. Meteoros sobre la piel, llamadas de fuego. Yo soy han sido las palabras más dulces que he dicho, las más difíciles también. Veo por la calle que la gente va sedienta de sí misma, de un espacio cálido para recostarse en los días fríos, ese espacio donde uno pertenece, donde va a soñar todas las noches. Para poder vivir hay que tener sueños en los ojos, mares cristalizados, terrones de azúcar derretidos, placeres, carbones incandescentes, paisajes.
La exposición estará hasta mayo.
Ya lo dijo Walt Whitman en Song of Myself (Canto de mí mismo):
Me celebro y me canto a mí mismo. / Y lo que yo diga ahora de mí, lo digo de ti, / porque lo que yo tengo lo tienes tú y cada átomo de mi cuerpo es tuyo también. / Vago…… e invito a vagar a mi alma. / Vago y me tumbo a mi antojo sobre la tierra para ver cómo crece la hierba del estío. / Mi lengua y cada molécula de mi sangre nacieron aquí, de esta tierra y de estos vientos. / Me engendraron padres que nacieron aquí, de padres que engendraron otros padres que nacieron aquí, de padres hijos de esta tierra y de estos vientos también. / Tengo treinta y siete años. Mi salud es perfecta. / Y con mi aliento puro comienzo a cantar hoy / y no terminaré mi canto hasta que me muera.
La intermitencia del cursor se mostraba impaciente ante la duda. Había escrito en el espacio reducido de la ventana una sola línea contundente: “Me quiero fumar tu esencia de una sola calada”. La repasó con la mirada, deteniéndose un instante en las últimas palabras. Se decidió a leerla una vez más, ahora en voz alta. Sólo luego de escucharla se sintió tan satisfecho que resolvió presionar la tecla.
Enter.
No quedaba sino mirar la pantalla. Un teclazo más para refrescar —nada aún— y seguir a la espera.
Sus dedos, un viaje continuo de Enter a F5.
@Atrio —es decir, la persona detrás de aquel nombre de usuario— se había resistido durante algún tiempo a unirse a aquella popular red social que permitía publicar actualizaciones siempre que no superaran los ciento cuarenta caracteres. Microblogging, le llamaban. Uno de esos neologismos que a él le resultaban incomprensibles. ¿Por qué no le daba una oportunidad?, habían insistido algunas amistades. Pero no, él jamás se convertiría en uno de esos personajes grises que se pasaban la vida detrás de un ordenador. Qué manía la de algunos de escribir intimidades como si al mundo le importaran, como si a éste le fueran fundamentales. Millones de voces, todas reclamando un lugar protagónico en el mundo, indistinguibles la una de la otra. Voces ansiosas por hacerse escuchar, desesperadas por establecer contacto porque sabían, en el fondo, estaban solas.
Todos, recluidos en nuestras mentes, infranqueables para los otros, estábamos solos. Infinitamente.
Así que aquellos personajes escribían empujados por la urgencia de sentir que su paso por este mundo importaba, que eran únicos y tenían algo sustancial qué decir. Insoportable pensar que la existencia se sostenía de la lenta acumulación de momentos en su mayor parte intrascendentes. Lo suyo era una tácita resistencia contra la irrelevancia, lo cual resultaba un tanto cómico, si se tenía en cuenta que nadie, en aquella red, tenía un nombre propio, sino un frío y deshumanizado nombre de usuario. ¿No era acaso mejor salir al mundo, relacionarse con gente real? Realidad. Pensándolo mejor, aquel concepto le resultaba muy subjetivo. La única realidad era que la realidad no les bastaba. Por eso había quien se construía esas ficciones y prefería vivir en la virtualidad. Por eso existía la literatura, el cine: la realidad les parecía insuficiente. La realidad siempre decepcionaba.
Pero eso fue antes.
Entonces, @Atrio aún tenía un nombre y apellido.
El mensaje esperado llegó minutos más tarde.
Yo soy de esas a las que la poesía les completa el mundo y les rasga las venas. Esas que no son musas y lloran la ausencia. Esas.
@Dianisima. 8 minutes ago via Twitter for iPhone.
Aquel tuit le dibujó una sonrisa. @Atrio se ajustó las gafas y se inclinó un poco más hacia el monitor. Creyó reconocer en él una respuesta. Con toda certeza aquella joven había reconocido el lenguaje poético en el brevísimo texto y ahora sentía la necesidad de responder que, a ella, su poesía la completaba.
Se trataba de tuits en diálogo, comenzó a teorizar. Aquellos que se enviaban sin necesidad de dirigirlos porque no era preciso, pues el destinatario los leía y comprendía que le hablaba de manera directa. ¡Bien sabía él que tales conversaciones eran posibles! Aunque, por supuesto, la posibilidad de que otro usuario se sintiera aludido siempre estaba latente. En aquel mar de avatares no era poco frecuente que algún usuario escribiera un texto con alguien en mente y que, sin embargo, todos, a excepción del destinatario original, se sintieran aludidos. ¿Por qué no echar mano de los mensajes privados, entonces? No era lo mismo. No. Este —soltar palabras al aire en espera de que alguien más las atrapara al vuelo— era un acto poético. @Atrio quería hacerle saber a @Dianisima que había atrapado sus palabras. Y sabía.
Entonces apuntó el cursor sobre el icono en forma de estrella. Apareció una pequeña etiqueta que rezaba favorite. Clic y a seguir a la espera.
Sus dedos, un viaje continuo de Enter a F5.
Un artículo en el diario le había hecho reconsiderar su postura respecto a aquella red social. Hablaba sobre una convención en la que algunos escritores —serios, había que aclarar— promovían la tuiteratura. Otro neologismo. ¿Sería verdaderamente posible hacer literatura con la restricción de ciento cuarenta caracteres? “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”, recordó en voz alta. Luego tomó un bolígrafo y escribió al margen del periódico el brevísimo cuento de Monterroso. Contó cincuenta y un caracteres entre letras, espacios y signos de puntuación. ¡Cincuenta y un caracteres! ¿Entonces qué era lo que hacía cuento a un cuento? Evidentemente, no era una cuestión de extensión. Eso le quedaba claro. ¿Se trataba, luego, del medio? ¿Era “El dinosaurio” más cuento que las publicaciones cortas en aquella red social sólo por haber sido compilado, impreso y presentado en formato de libro? Qué idea tan arbitraria. Decidió que no podía hacerse una opinión a priori, así que debía conocer más los alcances de aquel sitio en la red. Esa tarde optó por crear su propia cuenta con la clara idea de que, cuando menos, adoptaría un nombre de usuario con cierta carga poética porque, en un medio mecánico, la poesía era lo único que le impedía distanciarse de su humanidad.
Con cinco golpes al teclado la ventana de diálogo anunciaba su nombre: Atrio.
Enter.
Había pasado la tarde revisando algunos poemas inconclusos cuando decidió tomarse un respiro, leer los mensajes del día. Allí, ante sus ojos.
Yo a veces río, a veces mar.
@Dianisima. 5 hours ago via Twitter for iPhone.
Aquel verso —¡sí, definitivamente aquello era un verso!— le resolvió sus dudas. Ahora entendía que a través del microblogging era posible experimentar y llevar a cabo un intercambio importante. Aún no decidía si debía llamársele tuiteratura o no, pero veía un gran potencial en aquello. @Atrio se levantó de la silla, a toda prisa, decidido a buscar su libreta. Esa línea debía ser preservada, había que rescatarla de ese universo efímero que suponía la internet, de ese palimpsesto posmoderno que era el Twitter.
¿Si hiciera, tal vez, el experimento de imprimirlo en un libro? Nadie cuestionaría su categoría de arte, entonces. Acaso fuera esa misma tarde a la biblioteca, con ese brevísimo verso impreso en un trozo de papel y un adhesivo en mano. Caminaría entre los largos pasillos de estanterías y luego, en la sección de poesía clásica, abriría un libro al azar, pegaría ese micropoema en sus hojas —en las guardas o, mejor aún, entre las páginas en blanco que separan un capítulo de otro—.
Terrorismo cultural, se escuchó decir. Se rio de sí mismo.
Sí, quizás lo haría pero por ahora sentía una necesidad irrefrenable de establecer contacto con @Dianisima y conversar con ella.
De modo que volvió al ordenador. Había decidido dirigirle un mensaje —una mención, en la jerga tuitera—, así que puso empeño en escoger bien sus palabras. No quería hacer que pareciera un acecho aquel avance, pero deseaba un encuentro más personal con ella. Se secó el sudor de las manos en el pantalón. ¿Estaba nervioso? Debía reconocerlo, uno no se enamoraba de una persona, sino del concepto, la imagen que se hacía de ella. Eso era, uno se enamoraba de la idea del otro.
Sin embargo, @Atrio no podía declarar que estaba enamorado de @Dianisima —al menos en un sentido estrictamente romántico—, pero sí parecía estarlo de su mente. Tenía que conversar con ella. Debían ser amigos.
Finalmente logró esbozar un escueto mensaje en el que elogiaba su capacidad poética, además de proponerle un intercambio de correos. Su dedo se posaba con suavidad sobre la tecla, la acariciaba unos segundos para después retirarse como para prevenir una quemadura. ¿Por qué le costaba tanto trabajo? Después de titubear un instante se decidió a golpearla y someterse nuevamente al calvario de la espera.
Sus dedos, un viaje continuo deEnter a F5.
Inbox (131 messages, 1 unread)
From:noreply@postmaster.twitter.com
Ella (@Dianisima) is now following your tweets (@Atrio) on Twitter.
En poco tiempo, @Atrio se había convertido en un usuario consistente de aquella red social. Algunas veces se sorprendía de cuánto había cambiado su opinión respecto a la gente que recurría a este tipo de medios. Por supuesto, había personajes oscuros, sin vida, ocultándose detrás de la pantalla para agredir o hablar de una vida de la que carecían. Esos que sustituían esa realidad de segundo orden por la verdadera. Sin embargo, había que decirlo, algunos tendrían que saber lo suficiente de la vida como para escribir algunos tuits. Escribir aquellas cosas exigía cierta experiencia, ¿no era cierto? ¿Qué era aquello que le había enganchado a él, que sólo meses atrás se había opuesto tajantemente a su uso debido al efecto deshumanizador de estas redes? Dedujo que esa especie de flujo constante de conciencias, reclamando todas su lugar en el mundo, que estas redes suponían, resultaba fascinante.
Con @Dianisima había estrechado lazos de amistad —acaso inusual— que habían conseguido trascender la barrera virtual. Hablaban constantemente por teléfono.
Los tuyos no son tuits, sino stanzas, le dijo una ocasión. Era algo que en verdad creía. Otras veces conversaban sobre las publicaciones de uno que inspiraban las del otro.
Los lunares. Esos pequeños puntos suspensivos de la piel.
@Dianisima. 15 minutes ago via Twitter for iPhone.
Aprender braille para leer tus lunares, descifrar tu piel.
@Atrio. 13 minutes ago via TweetDeck for Mac.
Se querían, no había duda. Sin embargo les quedaba claro, también, que aquello no era una relación amorosa. Era una relación basada en el arte. Un acto creativo en conjunto, pensaba @Atrio. ¿Era posible amar a quien aún no se había conocido? Ciertamente no habían tenido ocasión de coincidir en un espacio físico, pero habían conversado, a veces durante horas, en múltiples ocasiones. Entonces @Atrio amaba su voz y la idea de ella. Además, hacía tiempo que @Dianisima había dejado de ser otro nombre de usuario. Ella era más que eso, más que su voz y la idea que @Atrio se había formado de ella leyendo entre líneas —un acto de reescritura, pensó, creativo por cuenta propia—. Aun más, si el ser se manifestaba en la consciencia, puesto que iba más allá de lo tangible, del cuerpo con el que se vivía, entonces él la amaba y no, no le era necesario verla en persona para ello.
Entonces encendió el ordenador para leer las actualizaciones pendientes de la noche anterior.
Que no llegue el día en que tenga que matar pájaros de origami para poder tener pedazos de papel en donde escribir.
@Dianisima. 1 day ago via Twitter for iPhone.
Le conmovió. @Atrio notó que las publicaciones de @Dianisima eran más esporádicas y, de súbito, la extrañó. De cuándo en cuándo se llamaban por teléfono, estaba tomando clases de pintura, había dicho. También le habían aceptado un poema en una revista electrónica independiente. Parecía estar bien. Al menos uno de los dos estaba, finalmente, viviendo en la realidad.
Lo que fuera que eso significara.
A falta de nuevas actualizaciones, @Atrio volvía a releer las publicaciones anteriores de @Dianisima. Se sorprendía sonriendo de nuevo con tuits que hacía tiempo creía olvidados. Intentaba marcar favoritos que ya habían sido marcados con anterioridad. Entonces sintió la necesidad de hacer una declaración. Ubicó, con el dedo en el trackpad,el cursor sobre aquella estrecha ventana que exigía una sentencia.
Escribió de corrido y esta vez no dudó en oprimir el botón.
Clic. F5.
Mis libros no te perdonan que a veces prefiera leerte a ti.
@Atrio. 1 minute ago via TweetDeck for Mac.
La respuesta no llegó esa noche, ni la siguiente. Pasaron varios días sin noticias de @Dianisima. No la llamaría, decidió @Atrio, no quería imponerse. ¿Estaría acaso reconsiderando la propuesta que le había hecho tiempo atrás? ¿Le disgustaba acaso la idea de visitarla en su ciudad, conocerse —al fin— en persona? Claro, debía ser eso. Ella se habría planteado mil preguntas y ahora no atinaba una respuesta. ¿Si él no era quien ella creía? ¿Qué pasaría si resultaba que había idealizado a un personaje que no existía en realidad? Realidad. Otra vez esa palabra.
No era de sorprenderse, esas dudas también lo habían asaltado a él.
Pero claro, @Dianisima tenía miedo de echar a perder esa ilusión que ambos habían escrito, porque sabía que la realidad podría decepcionarla. Siempre lo hacía. Le resultaba más fácil continuar viviendo aquella urdimbre porque, a diferencia de la realidad, jamás sería insuficiente. Lo que ellos habían creado era perfecto.
Clic. F5.
Quiero recibir una carta escrita a mano, en papel. Que me la traiga un cartero. Que el sobre que rompa desesperadamente tenga un sello. Ya.
@Dianisima. 1 minute ago via iPhone.
Tenía la respuesta ante sus ojos. ¿Por qué le había tomado tanto tiempo darse cuenta? Nada revelaba tanto en una carta como la caligrafía. ¿Le escribiría una carta? @Atrio tuvo una mejor idea: revisó sus libretas hasta encontrarlo, entonces tomó aquel trozo de papel que hacía tiempo había guardado. Retiró uno de sus propios libros del armario y adhirió aquel primer verso de @Dianisima en una de las páginas centrales. Había encontrado algo interesante en aquella red pero ahora era tiempo de devolverlo al mundo: de salir y hacerlo tangible.
Entonces envolvió el libro con sumo cuidado y adjuntó una nota que le anunciaba, sin más, su visita tres días más tarde.
Sus dedos, un viaje continuo del timbre al rótulo del destinatario.
David Foster Wallace, fotografía de Flickr, por ChrisL_AK.
UNO.Son las 12:44 a.m. en el reloj de mi computadora cuando empiezo a escribir esto. 12 de septiembre del 2012. Hace exactamente cuatro años David Foster Wallace, después de varios meses de haber abandonado el Nardil, antidepresivo bajo cuyos efectos vivió una buena parte de su vida, le dijo a su esposa, la artista Karen Green, que fuera a su galería —a unos veinte minutos de su casa en Claremont, California— a dar los toques finales de su próxima exposición mientras él preparaba la cena; escribió una nota de dos páginas y salió al patio, se paró sobre una silla, metió su cabeza en el nudo que le había hecho a la cuerda y pateó la silla mientras, sobre el escritorio, en el garage donde trabajaba, una pila de papeles era iluminada por la tenue ráfaga de luz oblicua proveniente de una lámpara en medio de la oscuridad: eran las páginas de El rey pálido, la novela que dejó inacabada, su legado incompleto. Como sea, esto no es una efeméride, sino una minúscula nota al pie de su vasta obra. Son las 12:59. Escribo lento.
DOS. Antes de que Foster Wallace fuera Foster Wallace (quiero decir, el verdadero autor, el ser humano sosteniendo un lápiz, no una de esas abstractas personas narrativas), fue: tenista semiprofesional, conductor de autobús, vigilante y recepcionista. Se creía muy listo y, en efecto, lo era. Antes de que Foster Wallace fuera, sus papás solían leerse el uno al otro el Ulises sobre la cama, tomados de la mano, y por eso a menudo citaba esa novela de memoria, pero en su biblioteca personal había muchísima basura new age y de sus estantes brotaban los libros de superación personal. Anotados. Antes de que Foster Wallace fuera Foster Wallace, o tal vez cuando ya comenzaba a serlo, solía contar un chiste en el que un pez viejo le preguntaba a un par de peces jóvenes cómo estaba el agua ese día, y los peces jóvenes se preguntaban qué era el agua. Nosotros somos los peces que ignoran qué es el agua. Cuando Foster Wallace ya era Foster Wallace (quiero decir, el verdadero autor, etcétera), creía saber qué era el agua. Escribió algunos libros en los que dijo muchas cosas, pero sobre todo dijo: Esto es agua. Se creía muy listo, y tal vez lo era, pero una vez trató de matarse vaciando un frasco de pastillas en su garganta y fracasó; otra vez lo intentó amarrando —con su emblemático paliacate— una manguera al escape de su auto, tampoco lo logró; aunque más adelante, después de despedirse de Werner y Bella, que le ladraron largamente mientras se hacía de noche, se quedó suspendido en el aire para siempre, levitando con el cuello roto. Quiero decir que lo logró. ¿Quiero decir que lo logró?
TRES. ¿Pero quién era David Foster Wallace? Si alguien me lo preguntara así, a bocajarro, seguramente diría algo estúpido como: David Foster Wallace es el Bolaño de la literatura estadounidense. Un mito de escritor más o menos atormentado, más o menos problemático que transforma a quienes lo encarnan en superestrellas literarias cuya vida, lamentablemente, termina imponiéndose sobre la obra. Ambos, autores y leyendas póstumas. Escritores (pop y de culto al mismo tiempo) de largo aliento y de oraciones virtualmente eternas, de tres, cinco páginas, que parecen crecer del centro hacia fuera —como una vorágine o un tornado que va llevándose consigo todo lo que está alrededor, una tierra arrasada por el lenguaje—, subordinada tras subordinada; grandes usuarios de las comas y maestros de la digresión. Algo así diría, sin pensarlo mucho.
«Bolaño es el escritor latinoamericano muerto con más amigos vivos», dice la narradora de Los ingrávidos, la novela de Valeria Luiselli; podríamos adaptar la frase para Foster Wallace (Ithaca, Nueva York, 1962), aunque también se ha hecho de enemigos. A raíz de la reciente publicación de su biografía —escrita por el periodista del New Yorker D. T. Max, Every Love Story is a Ghost Story—, uno de sus contemporáneos y, al mismo tiempo, otra de las grandes voces de su generación, Bret Easton Ellis, perdió los estribos y despotricó contra la imaginería que se ha tejido alrededor de la figura del escritor deLa broma infinita, considerándolo un fraude, un escritor tedioso, conservador, necesitado de fans, sobrevalorado y pretencioso. Por otra parte, quien quizá fuera su amigo más cercano, Jonathan Franzen, sugirió en un ensayo reciente que su muerte había sido casi una traición personal y un acto calculado para convertirse en una leyenda pública. «Era difícil no sentirse herido por haber elegido la adulación de extraños sobre el amor de la gente más cercana a él», escribió en ese texto, donde formula la hipótesis de que su amigo murió de aburrimiento, el gran tema de su última novela. Después de un severo cuadro clínico de depresiones que había arrastrado durante más de veinte años, parecía ya no poder disfrutar nada, ni siquiera la escritura de ficción. Y la literatura se convirtió, entonces, en una cosa supuestamente divertida que nunca volvería a hacer.
CUATRO. Una noche David Foster Wallace se encerró en un motel y se tragó tantas pastillas como pudo. Despertó al día siguiente. En el hospital le dijo a su esposa que se alegraba de estar vivo. Desde joven había comenzado a tener ataques de pánico y a sudar profusamente, para ocultarlo usaba un paliacate —con el que tantas veces saldría retratado y con el que también intentaría matarse en su auto, quizá para emular a John Kennedy Toole, el narrador que se quitó la vida llenando sus pulmones de monóxido de carbono—. Pasó del alcohol a las drogas, a rehabilitación y luego al tabaco, que trató de abandonar porque, según dijo en una entrevista a The Believer, «prefería vivir más allá de los cincuenta». No lo hizo.
La trayectoria de su vida se va trazando a lo largo de su obra, como una suerte de itinerario en un mapa, como un espejo opaco que reflejara algunos rasgos de su personalidad. Sus personajes de ficción y los hombres sobre quienes escribió reportajes y perfiles suelen compartir elementos de su biografía: del tenista amateur al estudiante ejemplar, pasando por el conductor de autobús escolar, vigilante de una empresa de software o recepcionista de un club deportivo hasta llegar, finalmente, al profesor y escritor excepcional. Y a la persona depresiva.
Ya en el primer cuento que publicó, «The Planet Trillaphon» (1984), poco después de tener su primera depresión fuerte, relataba: «He estado tomando antidepresivos durante un año, más o menos, y supongo que siento que estoy calificado para decir cómo son. En realidad están bien, pero están bien del mismo modo que estaría bien, digamos, vivir en otro planeta que fuera cálido, cómodo, que tuviera comida y agua potable: estaría bien, pero no sería la Tierra». Por otro lado no deja de ser curioso que, tan extraño como era para él vivir de ese modo, únicamente se interesara por la literatura después de que la depresión le fue diagnosticada. Tal vez la escritura fuera un síntoma o, por el contrario, algo parecido a una terapia.
El padre de David Foster Wallace había dado clases de filosofía y su madre de inglés, así que decidió estudiar ambas cosas. En 1987, a sus veinticuatro años, debutó en el mercado editorial con The Broom of the System —todavía inédita en español—, que presentó como una de sus tesis. Se trata de una novela que retoma los juegos metaficcionales de los escritores posmodernistas que por entonces leía (en especial Don DeLillo y Thomas Pynchon), la protagonista es una chica preocupada por la posibilidad de que solamente exista como personaje de una obra. Algunos críticos notaron que la trama fue creada para darle un tono narrativo a las ideas de Wittgenstein. La realidad como una construcción del lenguaje.
Después de su segundo libro, la colección de cuentos La niña del pelo raro, que continuaba por los vericuetos de la ironía y los juegos posmo, Foster Wallace dio un giro a su proyecto narrativo. Notó que los escritores de su generación estaban retratando al mundo de una manera cínica: hacían libros superficiales y estúpidos acerca de un mundo superficial y estúpido. «La verdadera buena ficción —afirmó— puede tener una visión del mundo tan oscura como se desee, pero encontraría una manera de representar a ese mundo al mismo tiempo que iluminara las posibilidades de estar vivo en él».
Y es que Foster Wallace era un moralista que detestaba ser etiquetado de moralista. This is Water (por cierto, una de las frases que más se han tatuado sus fans), el discurso inaugural que dio a los estudiantes del Kenyon College y que después de su muerte se publicó en forma de libro, es el caso más notorio. Ese discurso puede ser leído casi como una traducción de Dostoievski al plano cotidiando. «Esto no es acerca de moral», dice Wallace más de una vez, mientras da una verdadera lección de estilo y de cómo estar vivos en el mundo de hoy.
Era tan conservador y moralista que, mientras estaba en rehabilitación «humillado y confundido», le dijo a su editor, alarmado: «todos aquí tienen un tatuaje o antecedentes penales. ¡O las dos cosas!». Sin embargo, estar ahí le ayudó no sólo con sus adicciones: ir a reuniones de aa, escuchar las historias de los ex adictos, leer libros de superación —que conformaban una parte no deleznable de su biblioteca— y comenzar a vivir bajo preceptos como «un día a la vez» o la idea de un «poder superior» son cosas que le ayudaron a desinflar su ego y a dejar de pensar, como solía ocurrirle, que no podía hablar con nadie porque él era la persona más inteligente en cualquier sitio. De esa experiencia también surgió gran parte de La broma infinita, su libro más célebre.
Finalmente, él también se hizo un tatuaje: Mary inscrito dentro de un corazón. (Cuando estaba en recuperación conoció a la poeta Mary Karr, de quien se enamoró tan locamente que estuvo a punto de conseguir una pistola para matar a su esposo.)
CINCO. La obra de Foster Wallace está atiborrada de copiosas notas al pie que obligan al lector a realizar una lectura más física, a moverse literalmente de un lado a otro. Tal vez una alusión a la fragmentariedad, a la forma parcial, entrecortada, en que accedemos a la realidad.
Cuando se casó con Karen Green, se hizo tachar el nombre de Mary de su brazo. Puso un pequeño asterisco sobre el corazón que tenía dibujado y, más abajo, otro asterisco junto al cual decía «Karen». Un llamado al pie, porque el amor también tiene erratas.
Él mismo había convertido su vida en una nota al pie de algo más vasto. Su obra puede ser leída como un comentario sobre la insondable profundidad del espíritu humano y el Zeitgeist: una historia radicalmente condensada de la vida posindustrial —como reza el título de su cuento más corto.
SEIS. Sus dos grandes obras son como las caras de una moneda muy contemporánea: el entretenimiento —la saturación y la adicción al entretenimiento— casi como un sedante en La broma infinita, y, por otro lado, el aburrimiento, el tedio asfixiante de la vida cotidiana en El rey pálido. Un camino que va de ser entretenido a muerte a morirse de aburrimiento.
Si en La broma infinita, una severa crítica a la cultura mediática, hay un grupo terrorista que intenta usar la cinta «La broma infinita» como un arma (porque todo aquél que la ve pierde el deseo de vivir), para El rey pálido Foster Wallace había escrito una nota: «La dicha —una alegría y gratitud permanentes por estar vivos y conscientes de ello— se encuentra del otro lado del aburrimiento aplastante. Presta mucha atención a la cosa más tediosa que puedas encontrar (declaraciones de impuestos, golf televisado) y serás arrollado por oleadas de un aburrimiento que nunca has conocido, casi al grado de matarte. Deshazte de eso y es como ir del blanco y negro al color. Como agua después de días en el desierto. Una dicha instantánea en cada átomo». El reto era lograr sobreponerse a ese tedio.
Tal vez ésa sea la broma infinita: David Foster Wallace se suicidó años después de escribir La broma infinita, donde James Incandenza —un cineasta— se suicida metiendo la cabeza en un horno de microondas después de haber realizado «La broma infinita»: un chiste que se sigue contando con demasiada seriedad hasta que te mata de risa o de aburrimiento.
SIETE. Las referencias al suicidio no escasean en su obra. Pienso ahora en un cuento con un final un tanto enigmático: «El suicidio como una especie de regalo». Éste es el último párrafo:
Y así fue durante toda su infancia y adolescencia, de modo que, cuando el niño tuvo la edad suficiente para solicitar licencias y permisos, la madre estaba casi totalmente llena de desprecio en su interior: desprecio por sí misma, por el niño delincuente e infeliz, por un mundo de expectativas imposibles de cumplir y juicios despiadados. Por supuesto que ella no podía expresar nada de esto. Así que el hijo —desesperado, como todos los hijos, por devolver el amor perfecto que sólo podemos esperar de las madres— lo expresó todo por ella.
De acuerdo con lo que relata Max en su biografía, poco antes de su muerte los padres de David Foster Wallace fueron a visitarlo durante algunos días. Sally Wallace, su madre, le preparaba la comida que más le gustaba cuando era niño y veían la televisión juntos. Era como estar de nuevo en casa. Al despedirse, David le agradeció por ser su madre.
Y, quizá, desesperado como todos los hijos, él también lo expresó todo por ella.
OCHO. Uno de los alumnos de David Foster Wallace cuenta que cuando se presentó con su clase dijo: «Va a tomarme como dos semanas aprenderme el nombre de cada uno de ustedes, pero cuando lo haga los voy a recordar el resto de mi vida. Ustedes van a olvidar quién soy antes de que yo los olvide». Afortunadamente dejó una decena de libros que hacen casi imposible que eso ocurra.
En una entrevista que le realizó Larry McCaffery en 1991, Wallace dijo algo clave para comprender el conjunto de sus creaciones, así como su vida: «Parece que la gran distinción entre buen arte y arte regular radica en estar dispuesto a morir para lograr conmover al lector». De algún modo lo logró.
Mantener un registro de las actividades, pensamientos y sensaciones diarias ha sido una actividad sostenida tanto por mujeres como por hombres a lo largo de la historia, pero han sido ellas quienes más se han apropiado de este discurso como hábito y forma expresiva que hasta el día de hoy transmiten a hijas, sobrinas o alumnas como un ritual. Gracias a los diarios que han sobrevivido al paso del tiempo (y a la censura de esposos, padres y tutores, o guardianes de “lo que se debe preservar”), ha sido posible saber cómo era su vida y qué era lo que pensaban realmente las mujeres de distintas épocas y latitudes, lo que ha enriquecido el discurso de estudiosos de la Historia como Georges Duby o Margo Culley. Con la autopublicación digital, muchos diarios se reconfiguraron en blogs, notas de Facebook o timelines de Twitter. Pese a ello, sobrevive la noción del diario íntimo, la relación cercana y afectiva con el papel, los colores y los souvenirs adheridos bajo las fechas. Elizabeth Del Pino mezcla en su diario las reflexiones sobre su propia obra o la de otros, la vida en el entorno doméstico y la reescritura de la infancia, convirtiendo, como muchas otras mujeres, el mero recuento de los días en un acto creativo. Para ella, esta escritura es análoga a la deglución, a los proceso gástricos. De ahí el título que lleva este vistazo a sus páginas.
Abril
En casa hay un ciervo exangüe. Me observa desde la pared.
“¿Qué miras?” “Sí, estoy corriendo casi desnuda, traigo las medias de collar, riego migajas, pero… Pero tú, cérvido de astas majestuosas… tú ni siquiera tienes cuerpo, fíjate.” Me causan fascinación los animales disecados: hay que inventarles un cuerpo. Cuando era niña pensaba que era incorpórea e intangible. Comía, tomaba agua, jugaba pero eso de tener cuerpo era cosa de otros. Los otros se raspaban, se rompían, se abrían o ganaban alguna competencia con su cuerpo. Yo simplemente me inventaba, quizá con más brazos que en la vida real, pero no quería pesar u ocupar espacios, no quería ganar o perder con el peso de mis huesos, de mi carne. Para mí no había nada que me posara sobre la tierra. Tal vez estaba fija en el mundo como lo está una mariposa en un alfiler. Me mecía en los árboles y en los columpios y siempre imaginé que lo que se mecía era el columpio o la rama, solos. Todo pendía, pero nunca yo. De hecho, eso de tener cuerpo me parecía muy salvaje, y sin embargo me llené de chocolate y de tierra todo lo que pude. Cuando cuento esta parte de mi vida genero desconcierto. Preguntan si tuve anorexia o bulimia, si mi madre no se dio cuenta, si funcionaba como una niña normal. Creo que siempre decepciono, porque mi fijación por mi no-cuerpo carece del melodrama y de la heroica lucha por convertirme un ser sano.
Agosto
1.
17:07Por favor, no quiero que los temblores del sur se lo traguen.15:05No me tragan. A veces el teatro sí, y Piel. ¿Come Piel últimamente?Ayer:Pues no. No como, y no va obligarme a comer. Soy un hilito de sangre ondulando por el mundo.
2.
“–¿Acepta por esposa a Margarita de Valois?” “–¿Acepta por esposo a Enrique de Borbón, rey de Navarra?” Él aceptó inmediatamente, pero ella… “–No, nadie va a obligarme a…” La corte se inquieta cuando el silencio se prolonga. Qué osadía oponerse a los deseos de Catalina, qué niña rebelde. La obligan a acceder. Imagino a Catalina, la madre de Margarita, esa mañana. Quiere sentir de nuevo las voluptuosidades de un cuerpo que jamás ha sido de verdad colmado. El rey apenas la tocaba. Se siente prisionera dentro de sus recuerdos y necesita conjurar los demonios que la acompañan. Tiene una pequeña daga escondida en el corset. La saca y comienza a hacerse un corte en el muslo izquierdo. Corre la sangre y junto con ella, la oscuridad de sus sentimientos. La piel oscura de aquel hermano bastardo que nació cruel para hacerla sufrir. La herida establece el adentro y el afuera. Salen los fantasmas y algunos mensajes de odio. Hoy fue el matrimonio de Margarita de Valois y el rey de Navarra. Se aproxima la noche de San Bartolomé.[1]
Febrero
1.
“Aquí, en esta mesa, hay 72 instrumentos. Algunos de ellos prodigan placer y otros generan dolor. Elija usted.”[2] Siempre he pensado en el gesto de la bella durmiente después de pincharse el dedo con el huso que la hará dormir durante cien años. Antes de que caiga dormida, tiene tiempo para meterse el dedo herido a la boca y es en la boca donde el hechizo comienza a surtir su efecto. Sobre la mesa hay una rueca con un espléndido huso y también hay sedas, flores, plumas y peines, entre otras cosas. Aquí, sobre esta mesa, el instrumento más importante es mi cuerpo. El mínimo pedazo de mi cuerpo puede representar más placer y dolor que cualquier objeto. ¿Qué elijo yo? No pasa un sólo día sin que me pregunte qué es mi cuerpo para mí y cuál es mi batalla. No hay un sólo día en que no le pregunte a mis dedos, a mi nariz o a mis pliegues si tienen algo para mí. Otras veces me da por preguntarles a los órganos de otros, me da por fantasear con que beso las partes internas de otros. Fantaseo con el amor del desollado. Tengo dos fantasías: Besar los órganos húmedos y palpitantes de un amado, y cubrir toda mi piel con medias de color rosa chillante. Quiero cubrir mis lunares, dormir debajo de hilos de spandex como la Bella Durmiente del bosque, pero también deseo encontrar la rueca después del sueño para poder romper las medias con el huso. Quiero devolver el hilo al hilo y la piel a la piel. En este mundo hay millones de seres humanos. Algunos prodigan placer y otros generan dolor.
2.
Dibujo, pero lo de menos es que sea dibujante. Dibujo cuando tengo la necesidad de apropiarme de algo. Parece que vivo en la luna, parece que no pongo atención, pero pequeños rasgos me atrapan. Una cicatriz, la punta de una nariz, la línea de un cuello. Logro comprender cosas cuando trazo algo. Por ejemplo, puedo asir la amargura de alguien, o diseccionar un desencanto. Soy muy sensible a las partes rígidas de un cuerpo, de una forma. También a las aristas. Me gusta traducir todo. Francés-español, cuerpo a escritura, escritura a cuerpo, pluma a pelo.
3.
Desde muy pequeña descubrí la magia del contacto con la piel. Descubrí que tocar da y transforma. Estaba en un aeropuerto. Un hombre enorme y negro se sentó junto a mí. Llevaba una corbata azul y yo traía en la mano una bola de plastilina, porque llevaba plastilina para jugar a donde quiera que fuera. Me encantaba: podía aplastarla, hacerla bolita, darle forma. Construía casas, animalitos y monstruos. Me gustaba colgarlos en tendederos en casa, pero como no eran lo suficientemente ligeros, se caían. Le sonreí a aquel hombre sin dejar de mirarlo. Jamás había visto a un negro. Él sonrió de vuelta. Tal vez por eso me atreví a tocarlo. Lo hice dos veces. La primera vez para ver si su color de piel era transferible, si podía pintarme. El gesto lo divirtió. La segunda vez fue para formar un capullo de plastilina con el que pudiera atraparlo. Encapsulé su dedo. Quería llevármelo conmigo. Fue entonces cuando él tomó la bolita de plastilina de mi mano y modeló una versión diminuta de sí mismo. Me la dio mientras decía palabras en un idioma extranjero. Y en ese momento se abrió un mundo: pieles distintas y palabras nuevas.
4.
¿Por qué me importa una cicatriz? ¿Por qué me obnubila una cicatriz? Un pedazo de piel me retiene ahí y no puedo irme. Al funcionar como testigo de su cuerpo, sé cosas de esa persona que no quiero saber. No estaba preparada para saber. A través de la cicatriz el mundo se fragmenta. El cristal se rompe. La capa más expuesta de la piel refleja las otras muchas capas que hay debajo, pero sólo es un reflejo. Un pedazo de vida no es la vida. Actriz, cicatriz, cicactriz.
Noviembre
1.
Hace unos días me di cuenta de que no soy buena, aunque era algo que sospechaba. Cayó un pajarito del cielo. Cayó antes de que yo saliera de casa, justo al lado de la puerta derecha de mi auto. Estaba vivo y sentí un gran alivio al notar que respiraba, de imaginarlo tibio, pero inmediatamente después mi alivio se transformó en horror cuando comprobé que toda su energía vital estaba puesta en escaparse porque el animal no sólo estaba herido, sino que se sentía aterrorizado por mi presencia. Levantó el vuelo pero chocó contra el ventanal de la casa. El golpe sonó seco y doloroso. Se quedó tirado y su corazón latía tan poderosamente que el cuerpecito saltaba. Éramos dos a punto de explotar. No había salida, estábamos atrapados. Si yo me movía un centímetro, el pájaro volvía a estrellarse para quedar cada vez más maltrecho. Traté de calcular la cantidad de movimientos que debía hacer para irme, para dejarlo tranquilo. Cómo abrir la reja, cómo volver al coche, cómo abrir la portezuela y luego cerrarla, ¿cómo? ¿Había que hacerlo muy rápido o muy lentamente? ¿Qué sería mejor para él, menos torturante? Hice tres intentos. Al final, lo hice lo más despacio que pude. Nada en mí podía convencerlo de que yo no era un peligro, que tal vez podría ayudarlo. El animal estaba desorientado, pero no dejaba de expresarse con violencia, se estrelló varias veces más. Logró quedar en una esquina. Ya dentro del auto no fui capaz de moverme con libertad ¿Cuántos pájaros cabían en mí? Manejé peor que nunca, estuve errática todo el día, sin embargo, por unas horas el círculo vicioso se había cortado. Me había ido, yo seguí con mi vida y el pájaro con su agonía. Cuando regresé y tuve que abrir la reja y meter el auto y cerrar la reja y entrar a casa, la danza de la muerte recomenzó. Golpe tras golpe, herida tras herida y el último golpe lo puso en un lugar lo suficientemente tranquilo para no tener que sufrir más mis interrupciones. Decidí dejarlo morir. Pensé que sería sencillo, que después de todo no tendría más fuerza, que la noche haría lo que las noches hacen con los débiles. Me hice la buena conciencia de que si ahora no había podido actuar “humanamente”, lo haría cuando llegara la muerte del animal. Preparé un funeral en mi mente: decidí que lo enterraría en el patio, que expiaría el dolor a través de un ritual. Pero el pájaro tardaba en morir y cada día me parecía más repugnante. Había perdido las plumas, había perdido las cualidades del primer pájaro cuya caída sentí. Incluso donde aún había plumas se había perdido un brillo. Se había transformado en otra cosa. Cuerpo aterrorizado del tamaño de mi palma que a su vez me transformaba. El primer síntoma de la descomposición de mi vínculo con él fue decirle: “¿Por qué no te mueres?” El segundo día: “¿Por qué me torturas?” El tercer día lo odié y el tercer día murió. Monstruos los dos, me dije.
2.
Pájaro como una estrella
Los auspicios señalan. Hay signos ornitológicos para entender el mundo. Los cuervos son señal de cambio, de metamorfosis. Los búhos y los halcones anuncian la apertura de puertas, la muerte o la sabiduría. Yo prefiero que la paloma proclame la visita del deseo más que la del Espíritu Santo. El pájaro tardó en morir. El cuerpo del animal del tamaño de mi palma, de esa palma que días atrás se había tocado el pecho conmovida, se había transformado. No puedo tocar al pájaro. No me atrevo a profanar la prohibición que me dictó en vida.
3.
Digestiones
Imágenes, impresiones. Tostar el pan. Mastico mantequilla que no necesita masticarse. Hago todo mal porque lo hago al revés, pero puedo inventar un espectáculo de mimos que mastican barras de mantequilla blanca. Hago todo al revés. Desayuno poco, como sopa y ensalada, pero la cena es un grandísimo festín de cinco tiempos. Debo recordar masticar y hacerlo lentamente. Proceso gástrico de absorción y transformación. Humedezco pan en el líquido ambarino del té, los olores a naranja se despliegan. El pan se embebe, se impregna y deja de ser sólido. Ahora todo es líquido y no necesito masticar, pero me paso la tristeza como un hilo de plata. Soy un sistema nervioso, un sistema tubular, un sistema retorcido.
Fotografía: David Flores Rubio
Fotografía: David Flores Rubio
Fotografía: David Flores Rubio
[1] Alude al matrimonio entre Enrique de Navarra y Margarita de Valois (la Reina Margot), ocurrido el 18 de agosto de 1572. La noche de San Bartolomé, conocida como la matanza de San Bartolomé, ocurrió el 23 de agosto del mismo año.
[2] Se refiere a la pieza de performance Ritmo 0, llevada a cabo por la artista Marina Abramovic en 1974. En ella, Abramovic colocó distintos objetos en una mesa y permitió que el público los usara de la forma en que quisieran sobre su cuerpo con el objetivo de explorar la frontera entre artista y espectador.
The act of killing (dir. Joshua Oppenheimer) es un documental que muestra la historia de los líderes de la matanza de más de un millón de personas en Indonesia durante la década de 1960. El director le pide a algunos de ellos que reactuen los asesinatos, y estos deciden hacerlo con esquemas genéricos: western, cine negro, musical…
Hoy, esos líderes se pasean por las calles y son celebrados como héroes. Como dice el filósofo Slavoj Žižek, el documental nos muestra un “vacío moral”, una zona en donde el asesino no se justifica en un esquema de interpretación del mundo (fascimo, racismo, religión) sino simplemente, según las palabras de uno de sus protagonistas, Adi Zulkadry: “Estaba permitido [asesinar comunistas]. Y la prueba es que nunca nos castigaron. No hay nada que hacer por las personas que matamos. Tienen que aceptarlo. Tal vez estoy tratando de hacerme sentir mejor, pero funciona. Nunca me sentí culpable ni deprimido. Nunca he tenido pesadillas”.
Sin embargo, The act of killing, como la naturaleza, aborrece el vacío. Otro de sus protagonistas y eje del documental, Anwar Congo, termina asqueado de sí mismo y pide perdón por todo lo que hizo. Cuando Congo ve una escena de un interrogatorio al estilo de una película hollywoodense de gángsters, pregunta si las personas que mató sintieron lo que él en ese momento de la filmación. Oppenheimer, voz en off, le dice que fue peor porque los torturados sabían que iban a morir.
Žižek, en su ensayo “The Act of Killing and the modern trend of ‘privatising public space’”, establece que los creadores de este “vacío moral” son los efectos disociadores del capitalismo que “le dieron al traste” a la eficacia simbólica de las estructuras éticas tradicionales. Es decir, la consigna de la ganancia sobre cualquier cosa de la expansión capitalista terminó por disolver los límites éticos, causando que el individuo (en este caso, los líderes de la matanza en Indonesia) deje de pensar en el otro (en su posibilidad de sufrimiento y dolor) para centrarse en fórmulas sin contenido como: “Estaba permitido”, “Somos hombres libres”, “Sólo queríamos divertirnos”.
The act of killing no soporta (igual que nosotros) este esquema, así que llena el “vacío moral” de la matanza con el arrepentimiento de Congo. Así, el núcleo del problema es algo, ya es posible acercarse a él.
El documental de Joshua Oppenheimer termina siendo una película moral, que nos consuela y nos deja saber que el mal es castigado por el remordimiento. Los crímenes de 1966 en Indonesia se convierten en una falta, un pecado que necesita ser expiado y pierde, pues, su característica de vacío; de ser nulidad, espacio en el que realmente es imposible moverse, nos posiciona, o mejor dicho, nos obliga a posicionarnos. ¿Qué pasaría si ese vacío moral nunca fuera llenado por el arrepentimiento? ¿Qué pasaría si lo que diera cierre a The act of killing no fueran las arcadas de Congo sino la frase de Zulkadry: “No tengo pesadillas”?
La película se centró en Anwar Congo porque estaba más dispuesto a hablar con el equipo de grabación que Adi Zulkadry. Pero sospecho que principalmente la película es sobre Congo porque él regresa al esquema moral que comprendemos: a la maldad le corresponde el castigo. El castigo más íntimo, más real y que debe ser, al final, el que sostiene la sociedad: el interior, el arrepentimiento.
Estoy parcialmente en desacuerdo con lo que dice el propio Oppenheimer en una carta abierta sobre The act of killing:
Si ustedes o yo hubiéramos matado, y tuviéramos aún la posibilidad de justificarnos a nosotros mismos, estoy seguro de que la mayoría lo haría. De lo contrario, cada mañana tendríamos que mirar en el espejo a un asesino. Los hombres en The Act… todavía pueden justificar lo que hicieron debido a que no creen en su propia justificación. Por ello se vuelven más estridentes y la justificación se transforma en desesperada celebración, no por falta de humanidad, sino porque saben que lo que hicieron estuvo mal, pero era su deber.
Esta es la interpretación más fácil de la película. Los líderes de estos death-squads son la muestra de lo inhumano que puede llegar a ser lo humano. El vacío moral es una posibilidad diaria. En este sentido, lo que sucede es que nos podemos identificar con Congo, pues responde al esquema moral de crimen-arrepentimiento que tenemos casi tatuado en nuestros genes. No podemos hacerlo con Zulkadry, no porque sea algo ajeno a nosotros sino porque expone (y esto estriba en lo obsceno) la parte de nosotros mismos con la que nunca podríamos estar en paz: la posibilidad de ser neutro. The act of killing roza justamente lo oscuro del individuo, lo que también nos constituye pero que es imposible humanizar.
Congo se arrepiente, se da asco a sí mismo (como nos lo da a nosotros). Congo se vuelve el espectador, permite la empatía. Sí lo condenamos, pero también, junto con su arrepentimiento, bajamos la cabeza en signo de comprensión. Con Zulkadry es imposible.
Si fuera una ficción, Congo sería un personaje bien construido, complejo. Zulkadry sería un carácter plano, unilateral, que no permite el paso por la emocionalidad del espectador.
El problema es que ambos son personas reales.
Aquí y aquí, dos ensayos sobre The act of killing. Por acá, Errol Morris y Herzog (productores ejecutivos) hablan de este documental.
PS.: En una coincidencia que haría las delicias de Jung, el director comparte apellido con el “padre de la bomba atómica”, signo rey del poder militar del siglo XX, Robert Oppenheimer.