Tierra Adentro
Fotografía: David Flores Rubio.

Mantener un registro de las actividades, pensamientos y sensaciones diarias ha sido una actividad sostenida tanto por mujeres como por hombres a lo largo de la historia, pero han sido ellas quienes más se han apropiado de este discurso como hábito y forma expresiva que hasta el día de hoy transmiten a hijas, sobrinas o alumnas como un ritual. Gracias a los diarios que han sobrevivido al paso del tiempo (y a la censura de esposos, padres y tutores, o guardianes de “lo que se debe preservar”), ha sido posible saber cómo era su vida y qué era lo que pensaban realmente las mujeres de distintas épocas y latitudes, lo que ha enriquecido el discurso de estudiosos de la Historia como Georges Duby o Margo Culley. Con la autopublicación digital, muchos diarios se reconfiguraron en blogs, notas de Facebook o timelines de Twitter. Pese a ello, sobrevive la noción del diario íntimo, la relación cercana y afectiva con el papel, los colores y los souvenirs adheridos bajo las fechas. Elizabeth Del Pino mezcla en su diario las reflexiones sobre su propia obra o la de otros, la vida en el entorno doméstico y la reescritura de la infancia, convirtiendo, como muchas otras mujeres, el mero recuento de los días en un acto creativo. Para ella, esta escritura es análoga a la deglución, a los proceso gástricos. De ahí el título que lleva este vistazo a sus páginas.

Abril

En casa hay un ciervo exangüe. Me observa desde la pared.

  “¿Qué miras?” “Sí, estoy corriendo casi desnuda, traigo las medias de collar, riego migajas, pero… Pero tú, cérvido de astas majestuosas… tú ni siquiera tienes cuerpo, fíjate.” Me causan fascinación los animales disecados: hay que inventarles un cuerpo. Cuando era niña pensaba que era incorpórea e intangible. Comía, tomaba agua, jugaba pero eso de tener cuerpo era cosa de otros. Los otros se raspaban, se rompían, se abrían o ganaban alguna competencia con su cuerpo. Yo simplemente me inventaba, quizá con más brazos que en la vida real, pero no quería pesar u ocupar espacios, no quería ganar o perder con el peso de mis huesos, de mi carne. Para mí no había nada que me posara sobre la tierra. Tal vez estaba fija en el mundo como lo está una mariposa en un alfiler. Me mecía en los árboles y en los columpios y siempre imaginé que lo que se mecía era el columpio o la rama, solos. Todo pendía, pero nunca yo. De hecho, eso de tener cuerpo me parecía muy salvaje, y sin embargo me llené de chocolate y de tierra todo lo que pude. Cuando cuento esta parte de mi vida genero desconcierto. Preguntan si tuve anorexia o bulimia, si mi madre no se dio cuenta, si funcionaba como una niña normal. Creo que siempre decepciono, porque mi fijación por mi no-cuerpo carece del melodrama y de la heroica lucha por convertirme un ser sano.

Agosto

1.

17:07 Por favor, no quiero que los temblores del sur se lo traguen. 15:05 No me tragan. A veces el teatro sí, y Piel. ¿Come Piel últimamente? Ayer: Pues no. No como, y no va obligarme a comer. Soy un hilito de sangre ondulando por el mundo.

2.

“–¿Acepta por esposa a Margarita de Valois?” “–¿Acepta por esposo a Enrique de Borbón, rey de Navarra?” Él aceptó inmediatamente, pero ella… “–No, nadie va a obligarme a…” La corte se inquieta cuando el silencio se prolonga. Qué osadía oponerse a los deseos de Catalina, qué niña rebelde. La obligan a acceder. Imagino a Catalina, la madre de Margarita, esa mañana. Quiere sentir de nuevo las voluptuosidades de un cuerpo que jamás ha sido de verdad colmado. El rey apenas la tocaba. Se siente prisionera dentro de sus recuerdos y necesita conjurar los demonios que la acompañan. Tiene una pequeña daga escondida en el corset. La saca y comienza a hacerse un corte en el muslo izquierdo. Corre la sangre y junto con ella, la oscuridad de sus sentimientos. La piel oscura de aquel hermano bastardo que nació cruel para hacerla sufrir. La herida establece el adentro y el afuera. Salen los fantasmas y algunos mensajes de odio. Hoy fue el matrimonio de Margarita de Valois y el rey de Navarra. Se aproxima la noche de San Bartolomé.[1]

Febrero

 1.

“Aquí, en esta mesa,  hay 72 instrumentos. Algunos de ellos prodigan placer y otros generan dolor. Elija usted.”[2] Siempre he pensado en el gesto de la bella durmiente después de pincharse el dedo con el huso que la hará dormir durante cien años. Antes de que caiga dormida, tiene tiempo para meterse el dedo herido a la boca y es en la boca donde el hechizo comienza a surtir su efecto. Sobre la mesa hay una rueca con un espléndido huso y también hay sedas, flores, plumas y peines, entre otras cosas. Aquí, sobre esta mesa, el instrumento más importante es mi cuerpo. El mínimo pedazo de mi cuerpo puede representar más placer y dolor que cualquier objeto. ¿Qué elijo yo? No pasa un sólo día sin que me pregunte qué es mi cuerpo para mí y cuál es mi batalla. No hay un sólo día en que no le pregunte a mis dedos, a mi nariz o a mis pliegues si tienen algo para mí. Otras veces me da por preguntarles a los órganos de otros, me da por fantasear con  que beso las partes internas de otros. Fantaseo con el amor del desollado. Tengo dos fantasías: Besar los órganos húmedos y palpitantes de un amado, y cubrir toda mi piel con medias de color rosa chillante. Quiero cubrir mis lunares, dormir debajo de hilos de spandex como la Bella Durmiente del bosque, pero también deseo encontrar la rueca después del sueño para poder romper las medias con el huso. Quiero devolver el hilo al hilo y la piel a la piel. En este mundo hay millones de seres humanos. Algunos prodigan placer y otros generan dolor.

2.

Dibujo, pero lo de menos es que sea dibujante. Dibujo cuando tengo la necesidad de apropiarme de algo. Parece que vivo en la luna, parece que no pongo atención, pero pequeños rasgos me atrapan. Una cicatriz, la punta de una nariz, la línea de un cuello. Logro comprender cosas cuando trazo algo. Por ejemplo, puedo asir la amargura de alguien, o diseccionar un desencanto. Soy muy sensible a las partes rígidas de un cuerpo, de una forma. También a las aristas. Me gusta traducir todo. Francés-español,  cuerpo a escritura, escritura a cuerpo, pluma a pelo.

3.

Desde muy pequeña descubrí  la magia del contacto con la piel. Descubrí que tocar da y transforma. Estaba en un aeropuerto. Un hombre enorme y negro se sentó junto a mí. Llevaba una corbata azul y yo traía en la mano una bola de plastilina, porque llevaba plastilina para jugar a donde quiera que fuera. Me encantaba: podía aplastarla, hacerla bolita, darle forma. Construía casas, animalitos y monstruos. Me gustaba colgarlos en tendederos en casa, pero como no eran lo suficientemente ligeros, se caían. Le sonreí a aquel hombre sin dejar de mirarlo. Jamás había visto a un negro. Él sonrió de vuelta. Tal vez por eso me atreví a tocarlo. Lo hice dos veces. La primera vez para ver si su color de piel era transferible, si podía pintarme. El gesto lo divirtió. La segunda vez fue para formar un capullo de plastilina con el que pudiera atraparlo. Encapsulé su dedo. Quería llevármelo conmigo. Fue entonces cuando él tomó la bolita de plastilina de mi mano y modeló una versión diminuta de sí mismo. Me la dio mientras decía palabras en un idioma extranjero. Y en ese momento se abrió un mundo: pieles distintas y palabras nuevas.

4.

¿Por qué me importa una cicatriz? ¿Por qué me obnubila una cicatriz? Un pedazo de piel me retiene ahí y no puedo irme. Al funcionar como testigo de su cuerpo, sé cosas de esa persona que no quiero saber. No estaba preparada para saber. A través de la cicatriz el mundo se fragmenta. El cristal se rompe. La capa más expuesta de la piel refleja las otras muchas capas que hay debajo, pero sólo es un reflejo. Un pedazo de vida no es la vida. Actriz, cicatriz, cicactriz.

Noviembre

1.

Hace unos días me di cuenta de que no soy buena, aunque era algo que sospechaba. Cayó un pajarito del cielo. Cayó antes de que yo saliera de casa, justo al lado de la puerta derecha de mi auto. Estaba vivo y sentí un gran alivio al notar que respiraba, de imaginarlo tibio, pero inmediatamente después mi alivio se transformó en horror cuando comprobé que toda su energía vital estaba puesta en escaparse porque el animal no sólo estaba herido, sino que se sentía aterrorizado por mi presencia. Levantó el vuelo pero chocó contra el ventanal de la casa. El golpe sonó seco y doloroso. Se quedó tirado y su corazón latía tan poderosamente que el cuerpecito saltaba. Éramos dos a punto de explotar. No había salida, estábamos atrapados. Si yo me movía un centímetro, el pájaro volvía a estrellarse para quedar cada vez más maltrecho. Traté de calcular la cantidad de movimientos que debía hacer para irme, para dejarlo tranquilo.  Cómo abrir la reja, cómo volver al coche, cómo abrir la portezuela y luego cerrarla, ¿cómo? ¿Había que hacerlo muy rápido o muy lentamente? ¿Qué sería mejor para él, menos torturante? Hice tres intentos. Al final, lo hice lo más despacio que pude. Nada en mí podía convencerlo de que yo no era un peligro, que tal vez podría ayudarlo. El animal estaba desorientado, pero no dejaba de expresarse con violencia, se estrelló  varias veces más. Logró quedar en una esquina. Ya dentro del auto no fui capaz de moverme con libertad ¿Cuántos pájaros cabían en mí? Manejé peor que nunca, estuve errática todo el día, sin embargo, por unas horas el círculo vicioso se había cortado. Me había ido, yo seguí con mi vida y el pájaro con su agonía. Cuando regresé y tuve que abrir la reja y meter el auto y cerrar la reja y entrar a casa, la danza de la muerte recomenzó. Golpe tras golpe, herida tras herida y el último golpe lo puso en un lugar lo suficientemente tranquilo para no tener que sufrir más mis interrupciones. Decidí dejarlo morir. Pensé que sería sencillo, que después de todo no tendría más fuerza, que la noche haría lo que las noches hacen con los débiles. Me hice la buena conciencia de que si ahora no había podido actuar “humanamente”, lo haría cuando llegara la muerte del animal. Preparé un funeral en mi mente: decidí que lo enterraría en el patio, que expiaría el dolor a través de un ritual. Pero el pájaro tardaba en morir y cada día me parecía más repugnante. Había perdido las plumas, había perdido las cualidades del primer pájaro cuya caída sentí. Incluso donde aún había plumas se había perdido un brillo. Se había transformado en otra cosa. Cuerpo aterrorizado del tamaño de mi palma que a su vez me transformaba. El primer síntoma de la descomposición de mi vínculo con él fue decirle: “¿Por qué no te mueres?” El segundo día: “¿Por qué me torturas?” El tercer día lo odié y el tercer día murió. Monstruos los dos, me dije.

2.

Pájaro como una estrella

Los auspicios señalan.  Hay signos ornitológicos para entender el mundo. Los cuervos son señal de cambio, de metamorfosis. Los búhos y los halcones anuncian la apertura de puertas, la muerte o la sabiduría. Yo prefiero que la paloma proclame la visita del deseo más que la del Espíritu Santo. El pájaro tardó en morir. El cuerpo del animal del tamaño de mi palma, de esa palma que días atrás se había tocado el pecho conmovida, se había transformado. No puedo tocar al pájaro. No me atrevo a profanar la prohibición que me dictó en vida.

3.

Digestiones

Imágenes, impresiones. Tostar el pan. Mastico mantequilla que no necesita masticarse. Hago todo mal porque lo hago al revés, pero puedo inventar un espectáculo de mimos que mastican barras de mantequilla blanca. Hago todo al revés. Desayuno poco, como sopa y ensalada, pero la cena es un grandísimo festín de cinco tiempos. Debo recordar masticar y hacerlo lentamente. Proceso gástrico de absorción y transformación. Humedezco pan en el líquido ambarino del té, los olores a naranja se despliegan. El pan se embebe, se impregna y deja de ser sólido. Ahora todo es líquido y no necesito masticar, pero me paso la tristeza como un hilo de plata. Soy un sistema nervioso, un sistema tubular, un sistema retorcido.


[1] Alude al matrimonio entre Enrique de Navarra y Margarita de Valois (la Reina Margot), ocurrido el 18 de agosto de 1572. La noche de San Bartolomé, conocida como la matanza de San Bartolomé, ocurrió el 23 de agosto del mismo año.
[2] Se refiere a la pieza de performance Ritmo 0, llevada a cabo por la artista Marina Abramovic en 1974. En ella, Abramovic colocó distintos objetos en una mesa y permitió que el público los usara de la forma en que quisieran sobre su cuerpo con el objetivo de explorar la frontera entre artista y espectador.
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