Escritoras para alimentar el #LeamosAutoras2014 #ReadWomen2014
Pedimos a los colaboradores del especial En reconstrucción: equidad de género que nos recomendaran obras, artistas de disciplinas distintas y heroínas varias para compartirlas con los lectores. El ejercicio entusiasmó a todos (se sumaron, además, algunos que otros voluntarios), porque en esta ocasión el placer es doble: referimos no sólo autoras y contenidos de muy buena calidad, sino también ideas, nuevos modelos y esfuerzos que contribuyen de forma gozosa a esta reconstrucción que propusimos con el especial, y que consideremos tan necesaria. Ojalá contagiemos el entusiasmo y ustedes también sumen las suyas a la conversación. Mientras tanto, ¡que disfruten las que aquí proponemos!
Magali Velasco Vargas: “Además de las autoras que se pasearon por el ensayo Por una política de ubicación. Canon femenino latinoamericano, ahora me son altamente significativas Annie Proulx (Estados Unidos, 1935) y Alice Munro (Canadá, 1931). Las novelas de Proulx, como Un as bajo la manga y Atando cabos, me impactaron por la selección de personajes y los paisajes donde ocurren estas historias de gente completamente común, despojados de magnificencia y a la vez iluminados por los instantes en los que la voz narrativa penetra y descubre lo bello y lo eterno. Proulx es de esta camada de narradores que se concentran en eso, narrar, contar historias que necesitamos seguir leyendo y que funcionan como espejos. Y Alice Munro es, oficialmente, mi maestra del cuento. Llegué recién a esta maravillosa canadiense que, dicho sea de paso, nació también el 10 de julio. Esta mujer de signo cáncer me tiene fascinada con el relato extendido, sostenido, interrumpido y retomado diez años después en la vida de sus personajes. Me interesa que esa gente de la que habla es contemporánea, vecina, sin grandilocuencias; me interesa de la prosa de Munro la continuidad en la narrativa, la sagacidad de su voz para comprender no ya el momento de un individuo y su situación, sino el tono de toda una vida. ¡Grandes ambas!”
Laura Lecuona:“La escritora británica Sarah Waters (Gales, 1926) es conocida sobre todo por su trilogía victoriana (Tipping the Velvet, Affinity, Fingersmith), novelas con algo de misterio, algo de humor y picaresca, situadas en la Inglaterra del siglo XIX y que, con una documentación histórica exhaustiva, giran alrededor de mujeres poco convencionales (en ellas desfilan desde una cantante y actriz de music-hall que se viste de hombre hasta una médium encarcelada). A éstas, convertidas las tres ya sea en miniserie de la BBC o en película, les han seguido The Nightwatch y The Little Stranger (de la primera ya hay adaptación televisiva y para la segunda hay planes). Son marca distintiva de Sarah Waters los giros absolutamente sorprendentes e inesperados de la trama. Sus seguidores más fieles llevamos cinco años esperando su siguiente novela, anunciada ya para el 4 de septiembre de 2014 con el título de The Paying Guests. Anagrama publica su obra en español”.
Verónica Murguía: “Mis gender benders favoritos son John Coetzee (Sudáfrica, 1940), por la creación de Elizabeth Costello, y Marguerite Yourcenar (Bélgica, 1903-Estados Unidos, 1987) por el emperador Adriano”.
Alejandra Espino:“Dorothy Parker (Estados Unidos, 1893-1967): Una autora que retrata con el humor más negro los dramas de los locos años veinte, Parker es capaz de capturar de manera deliciosa en sus cuentos pequeñas tragedias como la espera por la llamada telefónica de un romance o la ruptura de un liguero en plena fiesta. Una de las primeras escritoras con las que me identifiqué plenamente”.
Raquel Castro: “Elena Fortún, pseudónimo de Encarnación Aragoneses de Urquijo, (España, 1886 – 1952). Escritora especializada en literatura infantil y juvenil, en sus libros criticó sutilmente la asignación de los roles femeninos y masculinos, así como la manera en que se entendía la educación de los niños y niñas. Puede parecer poca cosa pero esta actitud “rebelde” escandalizó en su momento y, mejor aún, le sigue dando a sus libros un aire de frescura y actualidad que los vuelve indispensables todavía ahora, tanto tiempo después de su publicación inicial.
Poppy Z. Brite / Billy Martin (Estados Unidos, 1967). Narrador transgénero que explora en su obra diversas identidades sexogenéricas y preferencias sexuales sin caer en clichés o estereotipos”.
Brenda Navarro: “Elfriede Jelinek (Austria, 1946) escritora y feminista radical, Premio Nobel de Literatura 2004”.
Zazil Collins: “Mariana Bernárdez (México, 1964), poeta y ensayista. La primera poeta que leí a consciencia; su voz es cercana, en tanto su escritura va de la condición humana a lo oculto”.
Andrea López Estrada: “Kelly Link (Estados Unidos, 1969). Llegué a ella por recomendación de Verónica Murguía –lo cual ya dice mucho pues Verónica es maravillosa– y la amé. Me encantan los temas y las historias de Link y su lenguaje tan preciso. Para mí es, junto con Neil Gaiman, de los mejores escritores del género fantástico”.
Libia Brenda:“Ursula K. Le Guin (Estados Unidos, 1919), porque es escritora, humanista, feminista, muy inteligente, con un gran sentido del humor y un amor inmenso, y es también muy rigurosa, y le gustan los gatos. La llevo en mi corazón, muy profundamente”.
Alberto Chimal:“Aphra Behn (1640-1689), escritora británica, una de las primeras mujeres que se ganó la vida mediante la escritura. También se dedicó al espionaje para Carlos II de Inglaterra. Se sabe en realidad poco de su vida (aunque tiene una biografía apócrifa muy pintoresca, incluyendo viajes por mar y toda suerte de aventuras y vicisitudes), pero la obra que dejó prueba que fue, sin duda, una autora brillante. Escribió teatro, poesía y narrativa. Su novela El príncipe Oroonoko (1668), la historia de una pareja reducida a la esclavitud y llevada de África a América, es una maravilla.
Alice Sheldon (1915-1987), escritora estadounidense. Se dio a conocer con el seudónimo de James Tiptree, Jr., en revistas de ciencia ficción de su país en los años sesenta. Cuando sus cuentos comenzaron a volverse famosos, muchos, incluyendo varios colegas, insistieron en que no podían ser obra de una mujer (y se llevaron una gran sorpresa cuando ella reveló su identidad). Como Tiptree (y brevemente como Racoona Sheldon), escribió cuentos y novelas que introdujeron cuestiones de género en el mundo habitualmente machista de la narrativa especulativa.
Gabriela Rábago Palafox (1950-1995), escritora y periodista mexicana. Tuvo una muerte temprana pero alcanzó a publicar libros de cuentos, novelas, poesía y teatro. Entre ellos se destacan los cuentos de La voz de la sangre (1990) y Relatos de la ciudad sin dueño (1980), y las novelas Todo ángel es terrible (1981) y La muerte alquila un cuarto (1991). Es una figura de culto entre los interesados en la narrativa de imaginación y la policial, y en su obra se destaca, a la vez, una visión muy particular del mundo: lo extraño siempre revela los rasgos humanos más profundos”.
Óscar Luviano: “Creo que debe rescatarse la dolorosa narrativa de Katherine Mansfield, alias literario de Kathleen Beauchamp (Nueva Zelanda, 1888-1923), quien fue creadora en toda regla del cuento como lo entendemos en el Siglo XXI, del monólogo interior y de la saña con la que el siglo pasado castigó a las precursoras de la emancipación.
Verónica Murguía (Ciudad de México, 1960), ganadora del último premio SM España con su novela Loba, que reseñé en este mismo espacio, es una autora que ha hecho del amor por el lenguaje y la erudición minuciosa el centro de una propuesta sin igual en nuestras letras. Su narrativa es un continuo comentario sobre la nulidad de los roles de género, el rechazo a la violencia y el regreso al clasicismo como la única vanguardia que puede enfrentar estos tiempos de miseria y crueldad”.
Jazmina Barrera: “Recomiendo a Verónica Murguía, porque su narrativa histórica y fantástica es de un detalle y una dimensión emocional sorprendente. A Miranda July (Estados Unidos, 1974), por su sentido del humor y su prosa extraña. A Anne Carson (Canadá, 1950), porque es una verdadera orfebre del lenguaje y porque sabe traer mundos antiguos al presente con inteligencia y humor.”
Gabriela Damián: “Helen Oyeyemi (Reino Unido, 1984).Una narradora asombrosa, talentosa y sabia a pesar de su juventud (publicó su primera novela a los 18 años). Se ha caracterizado por reinventar su propia forma de narrar en cada libro, por superarse a sí misma. Es nómada incansable, tímida pero divertida, su narrativa es conmovedora, evocadora de los cuentos de hadas, pero muy moderna al mismo tiempo. Y se interesa por mantener una agenda anti sexista, novedosa y contundente, sobre todo con sus dos últimos libros: El Señor Fox y Boy, Snow, Bird”.
María José Gómez Castillo: “Selva Almada (Argentina, 1963), por su construcción de personajes en paisajes desolados, donde de pronto es posible el contacto. Inés Arredondo (México, 1928-1989), por su exploración de lo perverso, lo inaceptable, lo mórbido. Chimamanda Ngozi Adichie (Nigeria, 1977), por su sabiduría narrativa, capaz de lograr tanto la visión panorámica como el acento en lo minúsculo”.
Lilián López Camberos: “Josefina Vicens (Ciudad de México, 1911-1988). La descubrí recientemente y fue una revelación, no sólo por sus dos únicas y extrañas novelas, sino por lo que irradia sobre el oficio mismo de la escritura. Una escritora que entiende, que ilumina.
Katherine Anne Porter (Estados Unidos, 1890-1980). Una cuentista excepcional. Flowering Judas ha sido una de las experiencias más intensas que he vivido como lectora.
Nona Fernández (Chile, 1971). Nona es chilena y escribe ahora mismo, en esta época, pero su proceso de recuperación de la memoria histórica es admirable, punzante y de lo más pertinente. Además, es una de las escritoras más divertidas que hay”.
Erika Mergruen: “Mujeres queridas por ser grandes hacedoras de universos: Marguerite Yourcenar y Carson McCullers (Estados Unidos, 1917-1967)”
Miguel Lupián: “Haré trampa y daré no tres recomendaciones, sino tres clasificaciones donde quepan muchas más:
Las brujas: Inés Arredondo (1928-1989), Amparo Dávila (1928) y Guadalupe Dueñas (1920-2002) conforman un tridente obligatorio para todo aquél que quiera descubrir la literatura fantástica de nuestro país. Nunca lo terrible había sonado tan hermoso.
Las matrioskas: Liudmila Petrushévskaia (1938) y Anna Starobinets (1978) son dos autoras rusas que han transformado el cuento de hadas en algo más perturbador. Liudmila es considerada la madre de la literatura feminista rusa posmoderna por concederle voz y presencia a mujeres de diferentes ámbitos y estratos. Anna, por otro lado, es considerada “la Petrushévskaia de la nueva generación”, además de ser comparada con Stephen King, Neil Gaiman y Philip k. Dick.
Las autómatas: Muchas escritoras jóvenes mexicanas, incluidas en las antologías de Penumbria, me han sorprendido por su visión de lo fantástico y lo terrorífico. Iliana Vargas, Ana Martínez Casas, Nelly Geraldine García-Rosas, Paulina Monroy, Ana Paula Rumualdo, Mariana Esquivel, Alejandra Gámez, Libia Brenda, Gabriela Damián y muchas otras que mes con mes visitan la ciudad del otoño perpetuo”.
Historietistas
Alejandra Espino:“Powerpaola (Ecuador, 1977): La versión corta: esta historietista es una punk. La versión ligeramente más larga: esta actitud punk se traduce en un dibujo carente de complejos y en una honestidad abrumadora y envidiable. Virus Tropical, su novela gráfica, debería ser lectura necesaria”.
Laura Lecuona: “Feminista de la vieja guardia, humorista y dibujante sobresaliente, de 1986 a 2005 Alison Bechdel (Estados Unidos, 1960) documentó, a través de su divertidísimo cómic Dykes to Watch Out For, la vida (ficticia) de un grupo de amigas lesbianas en Estados Unidos, mucho antes de que nadie se atreviera a soñar con The L Word. Su gran salto a la fama, fuera de la cultura underground que la había admirado y celebrado desde un inicio, se debe a su multipremiada novela gráfica de memorias Fun Home. A Family Tragicomic (2006), dedicada a su padre, a la que siguió Are You My Mother?A Comic Drama (2012), centrada en su madre. En español se consiguen los libros de la tira cómica con el título Unas bollos de cuidado bajo el sello de Egales, y las novelas gráficas bajo el de Random House”.
Rafael Villegas: “Tres narradoras gráficas fundamentales en la actualidad. Las tres han abordado la memoria, la identidad y el discurso autobiográfico en al menos una de sus obras:
Alison Bechdel (Pensilvania, EUA, 1960) narra en Fun Home (2006) un doble descubrimiento: su homosexualidad y la de su padre. Vale la pena conocer el llamado Test de Bechdel para identificar historias machistas.
Marjane Satrapi (Rasht, Irán, 1969) irrumpió en el panorama de la historieta francófona con su afamada Persépolis (2000-2003), una autobiografía en la que cuenta su vida bajo el régimen fundamentalista de la república islámica de Irán.
Rutu Modan (Tel Aviv, Israel, 1966) publicó en 2007 seis memorias gráficas en el New York Times para un blog visual titulado Mixed Emotions. Modan narra en estas seis historias algunos episodios de su vida en relación con su familia”.
Raquel Castro: “Terry Moore (Estados Unidos, 1954) es un artista gráfico que, como muchos otros comiqueros, suele tener como protagonistas de sus historias a mujeres. Lo que lo hace especial es que sus personajes femeninos no sólo son protagonistas de las historias, sino que, además, son inteligentes, hábiles, rebeldes y, pese a ello, vulnerables”.
Andrea López Estrada: “Alejandra Espino. Que una mujer haga comics es notorio pues no hay muchas, pero el trabajo de Ale Espino es maravilloso por sus temas y sus trazos. Su estilo es ella totalmente: femenino, inteligente, estético y encantador”.
Conservacionistas
Verónica Murguía: “Las mujeres que son mi ejemplo de valor y generosidad son las tres primatólogas conocidas como Los ángeles de Leakey: Dian Fossey (Estados Unidos, 1932-1985), estudiosa de los gorilas africanos; Jane Goodall (Reino Unido, 1934), la protectora de los chimpancés y Biruté Galdikás (Alemania, 1946), la de los orangutanes. Tres vidas de trabajo en situaciones sumamente precarias: la selva y el aislamiento en países pobres y machistas. Una de ellas asesinada por su oposición a la caza furtiva (Fossey) y las tres con un legado científico y moral incuestionable”.
Crítica y medios
Laura Lecuona: “Anita Sarkeesian (Canadá, 1984) es una joven feminista que desde su videoblog, Feminist Frequency, se dedica a desmenuzar la cultura popular y denunciar la misoginia presente en el cine, los juguetes, la publicidad, los cómics, los videojuegos… Es famoso, por ejemplo, el video en el que muestra cómo Lego pasó de ser un juguete unisex a ser un juguete para niños (pero con una condescendiente y color de rosa versión para niñas). Por haber criticado la representación de las mujeres en los videojuegos, en 2012, Sarkeesian fue blanco de una violenta campaña de odio y acoso sexista por internet”.
Libia Brenda: “Maria Popova (Bulgaria, 1985), porque difunde y promueve contenidos que enriquecen la vida; porque entiende que lo colectivo es mejor que lo particular; porque es posmoderna, hace labor en internet y comparte sus pasiones”.
Alejandra Espino: “Janelle Monáe (Estados Unidos, 1985). La artífice de un universo afrofuturista que me tiene más que fascinada, Monáe es una de las artistas pop más interesantes que hay actualmente. Colaboraciones exquisitas, un sonido al mismo tiempo consciente de su linaje histórico musical y furiosamente contemporáneo, y una imagen que cuestiona los estereotipos de género, la Dama Eléctrica es alguien que tiene que escucharse. Muchas veces.”
Elssie Ansareo: “Recomiendo a Louise Bourgeois (Francia, 1911-2010) a través de algunas de sus ideas:
‘No es tanto de dónde proviene mi motivación sino cómo se las arregla para sobrevivir.’
‘Un artista puede mostrar cosas que otras personas están aterradas de expresar.’
‘Para ser un artista necesitas vivir en un mundo de silencio.’
Y también a Frida Kahlo (Ciudad de México, 1907-1954): ‘Qué haría yo sin lo absurdo y lo fugaz’.
Andrea López Estrada: “Liliana Ang (Ciudad de México, 1983). Una gran artista plástica cuya base es el mundo femenino, pero que también trabaja temas como la otredad a diferentes niveles (quizá porque su abuelo paterno emigró de China a México). En la obra de Liliana se pueden apreciar diversos aspectos de su vida, sus inquietudes, sus alegrías…”
Elizabeth Del Pino Otalora: “Annette Messager (Francia, 1943), artista visual. Los materiales que utiliza, telas, vestidos, juguetes, dotan de una mirada aguda el día a día. La infancia y el ser mujer se vuelven un viaje extraordinario e inquietante.
Sophie Calle (Francia, 1953), artista visual. A ella la admiro porque a través de sí misma construye todo su corpus artístico. Al exponer su vida la convierte en creación. Pone en relieve todos esos sentimientos humanos y al mostrarlos, yo sé que no estamos solos”.
Zazil Collins: “Anne Waldman (Estados Unidos, 1945), poeta beat. Su trabajo brota de la meditación, pero sobretodo de la oralidad popular, tan es así que fundó en Nueva York el sello discográfico Fast Speaking Music, donde experimenta con la electrónica, el noise y la voz, tanto en poética como con la de otros artistas. En los 80 fue un potencial ícono pop.
Mona Hatoum (Líbano, 1945), artista visual y plástica. Me impacta su trabajo con el cuerpo humano, sobre todo con el cabello y las fibras naturales, pues con ellos representa los indescriptibles desprendimientos vitales”.
Verónica Murguía “Mi artista plástica —pintora— viva favorita es Cecily Brown (Reino Unido, 1969)”.
Erika Mergruen: “Remedios Varo (España, 1908-1963), quien me mostró caminos nuevos por recorrer”.
Fotografía
Elssie Ansareo: “Cito a quienes han influido en mi trabajo:
‘Mucha gente cree que el arte de la fotografía es acerca de la manera cómo lucen las cosas, o sobre su superficie. No se trata de la forma. En realidad es acerca de relaciones y sentimientos… No es trata de un estilo, una mirada o la composición. Es acerca de la obsesión emoción y la empatía’. Nan Goldin (Estados Unidos, 1953)
‘¿Estoy en la foto? ¿Estoy saliendo o entrando en ella? ¿Podría ser un fantasma, un animal o un cadáver, y no sólo esta chica parada en la esquina?’ Francesca Woodman (Estados Unidos, 1958-1981)”.
Cine
Brenda Navarro: “Andrea Arnold (Reino Unido, 1961), directora de Fish Tank (2009), revisión sin concesiones del desarraigo adolescente”.
Ana Paula Rumualdo: “Marina de Van (directora francesa) y Claire Denis (cineasta francesa)”.
Ana Teresa Hernández: “La suerte de Emma (Sven Taddicken, Alemania, 2006) es una película acerca de la vida de una mujer de campo que vive sola en una granja porcina. Tiene un personaje principal femenino que muestra fuerza física y sensibilidad, es compasiva sin caer en los clichés de mujeres delicadas y tiernas”.
Dramaturgia
Elizabeth Del Pino: “Ximena Escalante (Ciudad de México, 1964). Quisiera oír más sobre dramaturgas mexicanas. La manera extraordinaria de Ximena Escalante de llevar un personaje a sus historias no dichas y tal vez aún no imaginadas. Abre mundos y percepciones nuevas. Para mí eso hace una artista, crear sensibilidades nuevas”.
Libros
Ana Teresa Hernández:“Kitchen, la famosa novela de la japonesa Banana Yoshimoto (Japón, 1964). En medio de una tragedia y del duelo que sigue a la muerte, Mikage Sakurai, la mujer central de la historia, logra desarrollar vínculos de amor con otras personas y consigo misma. Es una novela de la cotidianidad con personajes poco comunes dentro de la literatura más canónica.
The Group (El grupo), de Mary McCarthy (Estados Unidos, 1912-1989). La novela narra las vidas de ocho amigas recién graduadas de la universidad, en la década de 1930, poco después de la depresión en EEUU. Es interesantísimo ser testigo de sus procesos y conclusiones respecto a su transición hacia la vida adulta”.
Jorge Téllez:“Ensayos, deNatalia Ginzburg (Italia, 1916-1991), disponible en editorial Lumen; El baile, de Irène Némirovsky (Ucrania, 1903-1942), editorial Salamandra y Fiat Lux de Paula Abramo (Ciudad de México, 1980) publicado por Tierra Adentro”.
Óscar Luviano: “Neil Gaiman nos dio con su Un Juego de ti (quinto volumen de la monumental novela gráfica The Sandman) una de las apuestas más arriesgadas en el ámbito del cómic industrial sobre la identidad de género. Wanda es una de las heroínas que debe pervivir por los siglos de los siglos mientras exista carmín en el mundo”.
Heroínas varias
Libia Brenda: “Diana Kennedy (1957), porque es una excelente cocinera, a juzgar por sus recetarios; porque a pesar de ser de Inglaterra conoce México mejor de lo que cualquiera conoce su cuadra; porque promueve la gastronomía de verdad y tiene una vitalidad a toda prueba; porque defiende los ingredientes nativos y combate el consumismo la vacuidad en las cocinas profesionales. Porque guisa y la comida es, para mí, uno de los pilares del mundo”.
Ana Paula Rumualdo: “Pilar Pedraza (escritora española), Marjane Satrapi (historietista), Betty Friedan (feminista estadounidense)”.
Gabriela Damián: “Mary Beard (Reino Unido, 1955). Es una profesora de cultura clásica, erudita, divertida, amable, y toda una vieja sabia, y por lo tanto, una controversial figura mediática: no se pinta las canas, ni se esfuerza en aparentar que es más joven. Su perspectiva sobre el mundo antiguo, particularmente de la cultura griega y romana, es inédita, refrescante y cercana, interesada por encontrar un ángulo que involucre más en la Historia a las mujeres como parte de esa herencia universal”.
Andrea López Estrada: “Quiero y admiro el trabajo de Verónica Murguía y Jazmina Barrera como escritoras; Covadonga Bon en la locución; Renee Mooi, Elis Paprika y Mon Laferte en la música; a Cecilia Beaven, Camille Martin y Gimena Romero en la plástica; el trabajo de Paola Llanos como diseñadora y curadora; Cecilia Pego, ilustradora; Lucero Sáenz y Roxi como tatuadoras; Miss Pana como DJ… entre varias más”.
Paulina Rivero Weber : “Sor Juana Inés de la Cruz, Lou Andreas Salomé, Rosa Luxemburgo, Toni Morrison, Alfonsina Storni, Olga Chams (poeta colombiana)… entre muchas otras”.
El camino hacia el desamor está lleno de eternas promesas incumplidas entre dos personas que en algún momento pensaron que dichos castillos en el aire eran posibles. La culpa no es de uno, como pareja ambos se convierten en víctimas del ímpetu que provoca el enamoramiento y de la caída inevitable que se tiene cuando la única base de dicho embrujo es un plano inacabado de un futuro compartido.
De esto habla “De bestias, criaturas y perras”, obra de Luis Enrique Monasterio (LEGOM), quien con su característico humor negro abarca tres diferentes momentos de una relación que termina por disolverse. Si el texto es ya de por sí garantía de calidad teatral, la puesta en escena a cargo de “Le Mirror qui Fume” y “La bolita cie” es un deleite.
Se estrenó hace tres años en Francia y fue creada por artistas mexicanos residentes en dicho país, llegó hasta nosotros gracias al apoyo de CONACULTA y el FONCA, con una breve gira que incluyó a mediados de este mes a Yucatán, la semana pasada al Distrito Federal y culmina ―al menos en México― con dos presentaciones en Guadalajara, el día de hoy y mañana en el teatro Vivian Blumenthal, para continuar su camino hacia Portugal.
La dirección de Giovanni Ortega resulta, sin temor a exagerar, brillante: la elección correcta de la música en momentos decisivos del texto, la proyección en video de algunos instantes cotidianos de la vida en común y la imagen de La Sagrada Familia logran momentos verdaderamente emotivos. Pero sin duda las actuaciones de Paola Córdova y Manuel Ulloa Colonia destacan por la profundidad con la que logran adueñarse de los personajes, se convierten en un huracán que deja al público completamente conmovido ante lo que LEGOM describió como “…amor en sus términos originales, cuando todavía daba terror a un hombre sentir cómo el vientre se le volcaba ante la bestia amada…”
Es una lástima que tenga tan pocas funciones en nuestro país este tipo de teatro, comprometido, bello y capaz de revolver las entrañas, creado por personas talentosas y dignas representantes de nuestro quehacer escénico en Europa, a las que, me consta, les ha costado mucho trabajo abrirse camino en tierras tan lejanas. Un teatro que por cierto, no está de más señalar, ha sido acogido con éxito por los franceses, como Michel De Peyret, periodista del Nouvelle République, quien lo cataloga como lleno de elegancia, universal y entrañable.
Larga vida a esta puesta en escena es mi deseo, que llegue a muchos espectadores de México y Francia y que a todos toque.
Los boletos para las dos únicas funciones en Guadalajara están disponibles en taquilla.
$150 General, $120 descuento y $100 a grupos a partir de 5 personas.
Por otro lado, este año, por segunda ocasión, algunos dramaturgos, directores, investigadores y gente de teatro han recabado firmas para que se le otorgue a LEGOM el premio Juan Ruiz de Alarcón, reconocimiento que se da anualmente a un artista por su trayectoria en las letras y/o aportación a la dramaturgia mexicana. Para poder ser candidato es necesario que una escuela o institución postule al creador en cuestión y, claro, que tenga un trabajo de calidad que lo respalde.
De nueva cuenta, la polémica no se hizo esperar y surgieron posturas a favor y en contra de la iniciativa. ¿Por qué un sector del gremio teatral está tan interesado en que LEGOM reciba el premio?
La respuesta es muy sencilla: porque se lo merece, porque es un autor en toda la extensión de la palabra, traducido a más de tres idiomas, porque promueve arduamente a escritores jóvenes y porque es bien sabido que su salud es endeble y el monto que otorga el premio ayudaría a cubrir los gastos del trasplante de riñón que necesita para prolongar su vida.
Seamos honestos, LEGOM tarde o temprano será merecedor de tan importante reconocimiento, la cuestión aquí es que él no tiene tiempo para el “tarde” y sería un digno acto de compañerismo que todos ayudáramos para que se convirtiera en un “temprano”.
Aún sigo sin comprender cómo se puede caer en una discusión tan egoísta cuando la vida de un artista que ha aportado mucho al Teatro está en juego.
¿No se supone que todos tiramos del mismo lado de la cuerda?
Ojalá y en el mes de mayo cuando se publiquen los resultados tengamos una grata sorpresa.
La palabra contra el silencio. Elena Poniatowska ante la crítica
No son pocos, lamentablemente, quienes le escatiman méritos literarios a Elena Poniatowska (París, Francia, 19 de mayo de 1932). Varios salieron a relucir en cuanto se dio a conocer que ella había obtenido el Premio Cervantes y lo confirmaron la semana pasada cuando se le entregó en el paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares, al norte de Madrid. Me parece que esa actitud de menospreciar la obra de Poniatowska se debe a múltiples factores: para empezar, a que es mujer y el prejuicio de que una mujer escriba y gane premios aún es lastre en nuestro machista ambiente literario, pues no recuerdo tal magnitud de protestas cuando le concedieron el mismo premio a un escritor tan menor como Sergio Pitol. Y por otra parte, a que es periodista y no “escritora”, a que el género preponderante en que se desarrolla no es literario, de manera que con eso quieren anular también su narrativa (un poco como quienes diferencian “escritor” de “periodista” como si los periodistas no escribieran también).
Otra razón de peso entre quienes le regatean a Poniatowska su lugar en la literatura mexicana, es que sus opiniones políticas, su declarada militancia de izquierda, su activismo en contra de las desigualdades e injusticias que viven muchas minorías pesan más que su obra literaria. Es por eso que para responder a esas críticas extraliterarias, circunstanciales y viscerales, es fundamental leer este libro compilado por Nora Erro-Peralta y Magdalena Maiz-Peña, La palabra contra el silencio publicado dentro de la colección de escritores ante la crítica en la que también se han preparado tomos sobre José Emilio Pacheco, Augusto Monterroso, Juan Rulfo, Carlos Monsiváis, Octavio Paz y otros. En este, dedicado a compilar ensayos sobre la obra de Poniatowska, escriben José Joaquín Blanco, Gabriela Cano, Margo Glantz, Sara Poot, Marta Lamas, Héctor Manjárrez, José Emilio Pacheco, Octavio Paz, Sara Sefchovich y con textos muy escuetos Sergio Pitol y Juan Rulfo, entre otros.
De esa manera, todos juntos, echándonos montón, como decimos habitualmente, nos develan en estas páginas los aciertos y virtudes de la obra de Poniatowska. En total son treinta y ocho ensayos los que componen La palabra contra el silencio. Las compiladoras los han dividido en cuatro apartados y afirman que en ellos hay “una pluralidad de modelos críticos” que muestran “una atrevida interrogación socio-cultural, política y literaria de su obra [de Poniatowska]”. Así, Blanco y Manjárrez escriben los mejores ensayos, el primero sobre cómo desde sus primeras obras ya se veía la obra futura de la Poniatowska que admiramos en este fin y principio de siglo, dice; el segundo, asegura que es “una escritora de primera línea” y cómo muestra al lector hechos sociales invisibilizados por la historia oficial. Por su parte, Lamas y Cano se enfocan en la parte feminista, fundamental aunque no única en la obra de Poniatowska. Se ha consensuado que en su obra existen diversos registros y tonos, propios de una narradora tan versátil, pues Poniatwska ha registrado el habla popular, con sus coloquialismos y su sintaxis característica, pero aún así se reconoce más en Juan Rulfo y Juan José Arreola, y se niega en los casos de las mujeres, como Elena Garro y Poniatowska. Por si fuera poco, el reciente reconocimiento de la crónica como género literario en parte se debe gracias a la obra de Poniatowska, junto con la de Novo, Monsiváis y José Joaquín Blanco.
También se ha dicho que Poniatowska les ha dado un lugar privilegiado a las mujeres en su obra. Lo cierto es que, contrario a lo que su detractores han hecho, ella ha escrito libros sobre las vidas y obras lo mismo de hombres que de mujeres fundamentales para nuestra cultura: sobre la primera esposa de Diego Rivera, la pintora Angelina Beloff, escribió Querido Diego, te abraza Quiela (Era, 1978); a Tina Modotti dedicó Tinísima (Era, 1992); sus Siete cabritas (Era, 2000) son Nellie Campobello, María Izquierdo, Rosario Castellanos, Nahui Ollin, Frida Kahlo, Elena Garro y su tía, la poetisa Pita Amor; así como en años más recientes se ha dedicado a la fotógrafa Mariana Yampolsky, al caricaturista Miguel Covarrubias y a la pintora Leonora Carrington. Sin embargo, los más recordados han sido Juan Soriano, niño de mil años (Plaza y Janés, 1998) y Octavio Paz, las palabras del árbol (Plaza y Janés, 1998). Recientemente, Poniatowska publicó El universo o nada (Seix Barral, 2013), una biografía de quien fuera su esposo, el astrofísico Guillermo Haro, quien ya había aparecido como personaje en su novela La piel del cielo, con la que recibió el premio Alfaguara en 2001. Y actualmente escribe la biografía de Lupe Marín, la segunda esposa de Diego, luego de Jorge Cuesta y musa de Juan Soriano.
Seguramente se recordará el capítulo del Quijote en que le roban el burro a Sancho y que por artes inexplicables reaparece capítulos más adelante, pues hasta el mismísimo Cervantes se perdió en el laberinto de su novela. Pues bien, nosotros lectores del siglo XXI ahora sabemos quién se lo robó. En su discurso de aceptación del premio Cervantes, Poniatowska se llamó “la Sancho femenina” y por esas palabras el caricaturista Pedro Sol de El financiero le hizo este cartón.
El viernes veinticinco de abril el Kúndul Café, ubicado en la calle Matamoros a espaldas del Teatro de la Ciudad, en la zona conocida como Barrio Antiguo, en Monterrey, fue sede del primero de cinco ciclos de lectura que se llevarán a cabo en distintos espacios culturales de la ciudad. El motivo de estas lecturas es la presentación progresiva de las autoras publicadas en el primer número de la revista independiente Cosmonauta, proyecto trimestral a cargo de la diseñadora, editora y poeta Ingrid Bringas.
Para esta primera edición, cuyo tiraje contó con el apoyo de CONARTE, sólo se publicaron a mujeres creadoras, “porque hace falta leer a las autoras…”, dijo Bringas. El evento estaba programado, según Facebook, a las siete de la tarde pero aprovechando que andaba cerca llegué una hora antes. Kúndul Café ya bien conocido por su apertura como espacio cultural cuenta con un amplio espacio aún en desarrollo. Se entra por un pequeño pasillo principal que diverge a la derecha en un cuarto con cojines y muebles repletos con libros de distintos géneros a disposición de los comensales. A la izquierda hay un cuarto más amplio con mesas en donde por lo general se lleva a cabo la periódica Noche Roja, un evento de literatura erótica donde los participantes pueden exponer obra propia o de sus autores favoritos. Por este cuarto amplio o siguiendo derecho por el pasillo principal se llega al patio abierto, que por sus dimensiones es apto para presentaciones frente a un público. Donde, de hecho se llevó a cabo la lectura de Cosmonauta. Adjunto al patio está otro pequeño cuarto delimitado sólo por columnas desde donde también se podía apreciar a la perfección la tarima de madera donde se colocaron cinco sillas y micrófonos para las participantes. Frente a la tarima se colocaron unas cuantas sillas (veinticinco o treinta) que poco a poco se fueron llenando. Como en cualquier lugar de Monterrey, los precios son altos, una limonada con hierbabuena cuesta treinta pesos, pero el bueno sabor y el buen tiempo hicieron valer el antojo.
La lectura comenzó aproximadamente a las siete y cuarto, en lo que se acomodaban las exponentes y llegaba más público. Fluyó amena, sin más contratiempos que una paloma bombardera que afortunadamente no infringió demasiado daño. Abrió el evento Ingrid Bringas. Agradeció la asistencia, el apoyo de CONARTE y explicó la dinámica: cada participante tendría diez minutos para leer. Entonces dio pie a la primera autora, la doctora Lorena Martínez, que leyó un capítulo de su novela Polaris, recientemente publicada. De corte juvenil y fantástico, la lectura se centró en la función que distintos tipos de hadas desempeñan en el mágico universo literario; la historia se desarrolla en la lejana estrella Polaris. La siguiente fui yo, mi participación consistió en la lectura de un breve ensayo sobre el arte, algunos poemas y una canción. Posteriormente, tomó la palabra Isadora Montelongo con dos cuentos: Iluminada que habla sobre la enajenación que recae sobre los individuos que buscan la trascendencia y Soy robot. Ambos cuentos satirizan algunos de los clichés implicados con el ser creador y mujer, los cuales provocaron agradables risas del público y demás expositoras. Luego siguió Nora Lizet Castillo que compartió con nosotros algunos “poemas cursis”, como ella misma los llamó, y para terminar leyó Laura Fernández, coeditora de la Regia Cartonera, editorial artesanal, ecológica e independiente que de hecho pronto cumplirá cinco años de haber nacido en este valle. Laura compartió su cuento titulado Escarlata, que fue muy bien recibido, como los relatos de Isadora, por su bien logrado humor que tentó el decoro de varios por no soltar la carcajada.
A eso de las ocho y treinta, todavía con algo de luz, se dio por finalizada la presentación. Ingrid agradeció a las expositoras y a los asistentes, y después de la obligada foto para el recuerdo cada quién intercambió felicitaciones y saludó colegas que formaban, como en casi todos los eventos culturales en la ciudad, la inmensa mayoría (por no decir absoluta mayoría) del público. Había otros comensales, después de todo el evento únicamente ocupaba el patio, pero no parecían muy interesados.
Asistir a lecturas y presentaciones de libros es necesario, no por el apoyo moral a los colegas (que también es bien recibido) sino como parte del trabajo y del interés por la vocación. También es necesario acudir a éstas con el fin de crear vínculos de trabajo y difusión, fundamentales sobre todo para solucionar la ausencia de puentes de contacto con el público en general. Después de todo, la literatura debería ser una herramienta/placer/divertimento útil y necesaria para todos y al alcance de todos. Afortunadamente existe el Internet, que si bien es un territorio aún restringido para la mayoría a nivel nacional, es la herramienta de uso cotidiano de un inmenso público en potencia y de muchos productores culturales contemporáneos. Como suelo repetirme a mí misma cuando la cantidad de asistentes a un buen evento cultural resulta un tanto desalentadora: existen público y obra que, parafraseando a Julio Cortázar, andan sin buscarse pero andan para encontrarse.
Sólo me queda decir: ánimo en el fomento y construcción de esos puentes de unión entre el público y el arte y suerte a Ingrid con la revista Cosmonauta, ojalá tengan un largo viaje.
Aquí el cartel con información de las siguientes lecturas y el facebook de Cosmonauta:
Disfrutar de la música al grado de convertirse en una autoridad para elegir la ambientación de un concurrido bar o la programación de una estación de radio, e incluso profesionalizarse para escribir sobre ella fue una actividad considerada masculina hasta hace poco tiempo: internet ha cambiado el panorama. Brenda Navarro entrevista a dos talentosas melómanas que comparten su gusto por la música con una perspectiva refrescante, más concentrada en el gozo de la escucha compartida que en la parafernalia que rodea a la industria musical tradicional.[1] Ya era hora.
Andrea López Estrada y Zazil Alaíde Collins se mueven entre la literatura y la melomanía. Las letras y la música son un trabajo y un placer que conjugan con habilidad. Andrea, editora y selectora musical, creó junto con la fotógrafa Sofía Buitrón un espacio de difusión de bandas, artistas y DJs llamado Sonidos Cercanos, que se encarga de retratar la escena musical actual de la Ciudad de México. Zazil es programadora musical de la estación de radio en línea Código CDMX, además es poeta, ganadora del Premio Estatal de Poesía Ciudad de la Paz, 2011. Sus declaraciones engloban de manera fehaciente un contexto que va más allá de la música: el de las mujeres que abren espacios y que son capaces de cambiar una parte del mundo al democratizar el disfrute de la nueva música latinoamericana, aquella que cumple con dos condiciones: originalidad y talento.
Brenda Navarro: ¿Cuál creen que sea la situación actual del talento musical en México?
Zazil Collins: Hay mucho. A veces no me doy abasto con el material que llega a la estación, y en mis búsquedas en internet pasa lo mismo. Creo que sí es muy vasto lo que se produce y cada vez es más sencillo acceder a más contenidos, no sólo locales sino internacionales, y además cada vez más específicos. Por ejemplo, la otra vez vi un mapa conceptual de los nuevos géneros musicales y su evolución que abarcaba como del mil novecientos sesenta y tantos al dos mil nueve, y se ven líneas que se dividen en diversos géneros, como pasa con los libros, con la literatura.
Andrea López: Se tienen que meter a sonidoscercanos.com (risas). Justo la idea de la página surgió porque veíamos que la escena nacional no estaba explorada por ningún medio “indie mainstream”, entiéndase Life Boxset, o Sopitas.com, que son medios muy conocidos, aunque no institucionales. En Sonidos Cercanos decidimos explorar esto, Sofía Buitrón, la fotógrafa de la página, y yo. Pensamos que era buena idea concentrarnos en el D.F. y empezar a difundir lo que se realizaba aquí. Y es así como una cosa te lleva a otra y a otra… de modo que iniciamos haciendo una entrevista a una DJ que se llama Pana Li, y a partir de lo que ella nos dijo empezaron a salir más bandas, y fuimos con otros músicos que nos recomendaron a otros, y así sucesivamente.
Andrea y Zazil son nuevas exploradoras en la tierra ignota de la crítica musical en México. Si la búsqueda y revisión del talento musical es una parcela casi desierta en nuestro país (los nombres del canon indie se cuentan con los dedos, y rara vez bajan la mirada para reconocer a bandas emergentes), se suma el hecho de que hablamos de una especialidad que desde sus orígenes en la mítica revista Rolling Stone ha estado sumergida en un visión masculina, y que más bien se ha dedicado a repetir acríticamente las sentencias adolescentes de los ídolos del momento, muchas veces sexistas y misóginas.
Andrea y Zazil, como muchas otras críticas y difusoras musicales, se han apropiado de una herramienta que ha dado la vuelta al cerrado universo de las revistas y las radiodifusoras tradicionales: la Red de redes.
BN: ¿Para qué difundir música desde Sonidos Cercanos y Código CDMX? ¿Qué las motiva?
AL: La idea con Sonidos Cercanos es justamente demostrar que sí hay cosas buenas en la música, además de conectar gente. Ha sucedido que hay bandas que ya se conocían entre ellas, pero también hay otras que se han empezado a escuchar por medio de la página de Sonidos. De este modo se convierte en un espacio para difundir pero también para documentar lo que está pasando en la escena musical en México hoy en día.
Por ejemplo ahora en el Distrito Federal, está sucediendo lo que ya había pasado en Guadalajara o Monterrey cuando empezaron a surgir bandas que estaban pegando. Ahora veo una generación muy grande que está viniendo al Distrito Federal, y aunque algunas bandas se perderán en el camino, sí habrá algunas rescatables que van a prosperar. Mientras más bandas participen, mucho mejor. Lo que yo veo es que hay espacios para que se conozcan proyectos nuevos y más gente se interese y se quiera involucrar…
ZC: En Código es lo que yo trato de hacer desde las barras de programación. Por una parte comparto lo que me gusta, pero también hay veces que comparto material que yo no escucharía, pero que nos llega, tiene calidad y merece ser escuchado porque también la estación –y eso es importante decirlo– da un servicio público, tiene una función que no me gustaría llamarle institucional, sino pública. Es necesario abrir estos espacios porque, por ejemplo, hace rato iba cambiando la estación del radio a eso de las tres cuatro de la tarde y no había nada. Y yo pensé: “No, ¡no puede ser! Ahorita nosotros tenemos una barra musical súper chida y la banda que está escuchando radio en este momento se está chutando los éxitos de ayer…”
AL: La hora de los Beatles…
ZC: ¡Exacto! o Ricardo Montaner… y dices: “¿Por qué estas estaciones no muestran un poco de lo que se está haciendo actualmente en la música?” Ahí sí veo problemas, porque internet hasta cierto punto la democratiza pero sólo si tienes señal, no es accesible para todos.
A pesar de sus limitaciones, Internet es una plataforma esencial para el despegue del periodismo musical femenino. En otras latitudes, blogs como Wears The Trousers (que analiza la escena musical británica desde una óptica exclusivamente feminista) y el legendario sitio de Rhiannon Lucy Coslett y Holly Baxter: The Vagenda (una bitácora que analiza los avatares de la emergencia femenina en el periodismo musical) son dos ejemplos de la legión a la que Zazil y Andrea pertenecen y que avanza, paso a paso, hacia una visión de la música con identidad de género.
BN:¿Cuál es la importancia de letras en la nueva música? ¿Cuáles letristas les gustan más?
AL: En lo particular sí me gustan las letras de tal o cual banda, pero también puede ser que me guste una sola canción. Independientemente de mi construcción personal, yo le resto importancia a las letras porque ya tengo suficiente con el periódico o los libros, y en la música busco recrearme con los sonidos…
ZC: A mí al contrario, me preocupa lo que la audiencia va a escuchar porque me interesa que haya música con contenido. Lo que no quiere decir que no me gusten las rolas para que la gente baile o se relaje, pero siento que para eso hay horarios. A mí sí me gusta hacer mucho énfasis en las líricas. Y pensando en letristas podría mencionar a Natalia Arroyo y Citlalli Toledo… también me gustaría destacar que veo que muchas bandas están retomando la poesía o la tradición oral y las están actualizando. Me viene a la cabeza una banda que se llama Playa Magenta, que es la mezcla de música electrónica con son jarocho, y cuyo resultado es algo muy folk. Si escuchas las letras, te das cuenta que son soneros de Xalapa… También está Hello Seahorse, que está tocando letras de boleros y tradicionales oaxaqueñas.
Una constante en estas bandas citadas por Zazil es su presencia femenina, no sólo porque tengan una mujer al frente —Verónica Valerio en Playa Magenta y Denise Gutiérrez en Hello Seahorse—, sino porque sus letras evocan universos de este género, mucho más íntimos, alejados de la imagen canónica de la cantante sexy de la banda indie. Estas bandas recuperan tradiciones musicales (del rock y del pop) y las reconstruyen a partir de narrativas femeninas.
Esta evolución de perspectiva de género se queda atrás en el discurso de la prensa y de la crítica convencional. Los ejemplos abundan: Noisey nos dice que en Coachella se vieron “más nalgas que bandas”, y la prensa mainstream suele poner más énfasis en la ropa, el aspecto o la vida sentimental de las protagonistas de su canon musical. La crítica sobre figuras como Amanditita, Jessie Bulbo o Carla Morrison se centran en si tienen sobrepeso, si son atractivas o no.
Como se mencionó en un principio, la prensa musical tiene un referente obligado: Rolling Stone. El tabloide nacido en 1967 ha crecido hasta convertirse en una revista de alta gama sin perder del todo su fama de provocadora, algo que no se traduce en su visión de género: sus portadas[2] son muestra de que para esta publicación (y la prensa que de ella se nutre y toma modelo) los roles de género siguen imperturbables.
BN: ¿Cómo ven la presencia de las mujeres dentro de este medio?
ZC: Por ejemplo, en Código: hay 5 mujeres y el resto son hombres. Yo soy la única programadora, dos son productoras de contenidos culturales (no musicales) y una gerente, y fuera de eso, todos son chicos.
AL: En mi caso es raro. Como DJ es muy ambiguo, porque ya hay muchas chicas que se dedican a esto, incluso Panda nos decía que le funcionaba ser DJ porque en los lugares y/o eventos a los que va, cuando dicen que va una mujer que además está guapa, jala más gente. Y eso a ella le funcionaba bien. En el Black Horse soy la única DJ, pero yo sí veo mucha rotación de chicas. En el caso de Sonidos Cercanos, aunque hay gente que ya identifica la página, no tienen ni la menor idea de que somos dos mujeres quienes la hacemos y luego mandan mensajes que dicen “Carnales, valedores, ¡está bien chida la página!”. A mí me gusta que el portal sea neutro, aunque creo que si pueden identificar que somos mujeres trato de que en realidad no haya esa distinción. Pero a mucha gente sí le sorprende que siendo mujeres vayamos a festivales de metal o ciertos lugares que parecieran “rudos” y les saca de onda que estemos ahí, en medio de los madrazos. Sí se tiene esa creencia de que los portales de música están hechos por hombres.
ZC: Coincido totalmente porque, por ejemplo, en Código tenemos una cuenta de Facebook y de repente los mensajes que llegan también nos dicen “Carnal”, y yo digo: “¿Pero por qué creen que somos hombres?”
AL: Lo que yo he optado por hacer es firmar los correos. Así ya cambia totalmente el discurso. Pero también es un arma de dos filos, porque cuando saben que eres mujer te tratan con la onda: “Sí, morra… lo que quieras”, “Claro, ven a mi estudio…” Ha sucedido, algunas veces, que bandas son más accesibles porque somos mujeres, o que al contrario, se muestran más escépticas.
ZC: A mí me pasa que aunque ya hayan leído mi nombre –que, según yo, se entiende que es un nombre femenino– me siguen hablando como si fuera hombre, y tengo que aclarar que soy mujer. No sé si es por joder, o porque no entienden, o porque dan por hecho que soy hombre…
BN: ¿No creen que éstas sólo son muestras de que las relaciones de género siguen siendo dispares?
ZC: Habría que verlo muy a detalle. Pero, por ejemplo, estaba leyendo que en el ámbito de la música la pareja que más dinero produce es la de Beyoncé y Jay-Z, aunque no daban la cifra por separado, sino en conjunto. Tendríamos qué ver cuánto gana cada quién y cuántos hombres hay detrás de cada mujer…
AL: Pareciera que las mujeres sólo sorprenden cuando están en escena si son bateristas o están en bandas, por ejemplo, de metal.
ZC: Además, también en la música se categoriza, no se dice: “la banda de rock” sino “la banda de rock de chicas”.
AL: Es como cuando dicen: “escribe bien para ser mujer”. Se me ocurre el ejemplo de Marco Paul, vocalista de Sour Soul, grupo de música indie, progresiva, y quien tiene una tesitura muy peculiar. Cuando le pregunté sobre sus influencias musicales, me decía que lo había influido su papá, pero encima de su padre, estaba su abuela, una cantante de soul de Nueva Orleans. Yo lo he escuchado cantar en vivo: interpreta canciones de Aretha Franklin o de Etta James y las canta con una voz masculina que más bien tiene un lado femenino. Porque igual pasa que hay mujeres que tratan de encajar en este aspecto masculino, de manera inconsciente, pero en este caso, con Marco, él se apropia de un tono femenino y le da esa originalidad que conmueve.
ZC: Jeff Buckley se echó una interpretación de la ópera de Dido y Eneas, y él era Dido, tenía el papel femenino.
AL: Y no es andrógino, ni quiere jugar por otro lado con la feminidad, es una apropiación de algo que se es de manera inconsciente. No pretende ser más que una expresión y ya.
ZC: Por ejemplo, Ingrid Beaujean, una de las conductoras del programa de radio Ejazz, me dio una entrevista hace unas semanas. Empezamos a hablar de que una vez al aire, ella o su hermana, que también es músico y cantante, comentaron algo sobre las distintas formas de abordar el arte, y yo, considerando que en la literatura dicen que si lees a alguien puedes saber si es hombre o mujer (porque usa más comas, o puntea más y esas ondas) le pregunté si pasaba lo mismo con la música. Ella, que iba acompañada de un hombre, dudó, y más bien dijo que no lo creía. Pero su acompañante de inmediato dijo que sí, que puede saberse perfectamente cuando un guitarrista es negro o blanco, o que a veces las mujeres abordan las teclas en el piano de forma distinta a los hombres porque son más emotivas, cosas así. A mí me parece una discusión interesante.
BN: Las oportunidades de acceder a estudiar o aprender a hacer música, ¿creen que son las mismas para ambos géneros?
AL: Creo que se tiene más posibilidad de acceder cuando existe un apoyo económico, pero –y esto aplica tanto para hombres como para mujeres– si a alguien tiene un interés muy grande por algo lo hace. Yo me acuerdo que Javier, de la banda Vicente Gallo que si bien es una banda que ya está muy establecida en el medio independiente, me contaba que él llegó a tener de atril para el micrófono un bote de cemento y un palo de escoba. Son formas de buscar cómo potencializar sus herramientas y, como te digo, si la gente lo quiere hacer, lo hace.
Creo que la música es más accesible que, por ejemplo, la literatura, en donde sí necesitas más educación para adquirir el gusto o entender ciertas cosas, sin embargo, con la música hay algo más instintivo…
ZC: Habría que ver la plantilla académica de las escuelas de música.
Justo me acordé de Virginia Woolf, cuando se pregunta quiénes son las mujeres que escriben, y generalmente son las parejas de los hombres instruidos. Yo desde mi posición no tengo idea de los ingresos de la mayoría de las mujeres que tocan música… pienso que ahí está un poco más nivelado, cuando eres músico en general, no vives de eso, te cuesta mucho trabajo vivir de ello, entonces creo que casi todos los músicos se dedican además a otras cosas… A lo mejor (es algo que se me está ocurriendo ahorita y no estoy descubriendo nada nuevo) por eso hay más mujeres que cantan: porque no necesitan invertir en un instrumento y lo más intrínseco es la voz. Mejor preguntémosle a ellas.
AL: También está el asunto de que hay ciertas limitaciones culturales para que, por ejemplo, una mujer forme una banda. Ya no digamos de tener credibilidad o no, sino una situación tan básica que es, ya formada tu banda: tener que ir a tocar el jueves por la noche, como hombre te dicen: “Bueno, ve”, pero con las mujeres es distinto, “¿Cómo que por la noche?”. Incluso los compañeros del grupo te cuidan más. Como podemos ver no es limitante pero sí es un aspecto que influye.
ZC: Sí influye. Pienso en las disqueras comerciales, en las que suelen firmar artistas a las que les tienen que explotar su “feminidad”: tienen que estar guapas, usar pantalones entallados, escote… Y terminan invirtiendo más en la imagen que va a vender que en la música. Todo al final es un producto para ellos. Por eso es mejor voltear a ver lo independiente.
No hay estudios que analicen bajo que condiciones se encuentra el acceso de las mujeres mexicanas a una carrera musical. Si bien la ONU reconoce que hay avances en la paridad de que niños y niñas puedan ingresar a la educación básica[3] (en el 2010 había casi tantas mujeres como hombres en la educación media básica) el organismo también reconoce que obtener una educación escolarizada no se traduce necesariamente en puestos de trabajo. ¿Qué podemos decir de medios tradicionalmente masculinos, como las bandas indie o la prensa musical mexicana? Casi lo mismo que del mundo del flamenco: en una entrevista,[4] las más celebradas guitarristas flamencas Marta Robles (titulada en Guitarra Flamenca en la Escola Superior de Música de Catalunya) y Antonia Jiménez (quien aprendió su arte “de oído”) reconocen la misma dificultad para entrar en los espacios del estrecho mundo de la música tradicional española. La formación musical no parece hacer diferencia.
Los términos en que se plantea esta entrevista a las guitarristas es impensable en la prensa mainstream mexicana (¿será un eco del pacto de silencio que en otras disciplinas artísticas parece existir hacia las reivindicaciones de género?). A pesar de ello, los grupos que hacen música a partir de la experiencia femenina abundan y nutren una copiosa escena musical: Andrea y Zazil, a través de Sonidos Cercanos y Código CDMX, dan cuenta cada día de nuevas bandas, nuevas voces y hallazgos.
BN: ¿Hay un apogeo musical o sólo nos estamos dando cuenta de que hay más música a la que antes no podíamos acceder?
AL: Siempre se han hecho cosas, pero ahorita sí hay muchos proyectos. Porque, además de lo que decía Zazil respecto a que hay un redescubrimiento de las tradiciones, lo cierto es que se está haciendo lo que se tenía que haber hecho desde hace unos cincuenta años. Las de ahora ya no son bandas de covers. Aunque en la radio comercial sigue —el pop que está pegando está, literalmente, hecho a partir de todo lo que se tocaba en los años ochenta— ya hay toda una construcción musical propia, distinta. Lo que pasa en la esfera de lo no comercial es que exploran los sonidos en español, o componen en inglés, pero no tanto por nuestra cercanía con Estados Unidos, sino porque hay toda una construcción cultural al respecto.
ZC: Me acordé de un maestro musicólogo de la UNAM, López Cano, que decía que el inglés era el parlato universal y que ahora lo es el hip-hop sin importar el idioma. Y mira, si pensamos en el movimiento de hip-hop mexicano, creo que sí aplica, porque se han dado cuenta de que el español tiene más construcciones de lenguaje que el inglés y que se puede explorar bastante.
BN: ¿Cuáles son los parámetros que las hacen elegir entre escuchar tal o cual música?
AL: Que sea original. Y por original no me refiero a que sea un sonido “nuevo”, sino que tiene que ser honesto. Porque es casi imposible hacer algo totalmente original hoy en día. Yo me concentro en la honestidad, en lo que les sale de dentro, y que está hecho sin mayor pretensión que el compartirlo.
ZC: Originalidad y talento. Hay trayectorias que a veces a mí me dan mucho coraje porque digo: “¿Cómo es posible que no haya tenido la plataforma o la oportunidad?” Porque eso es lo único que necesitaban, tener más difusión. Hay materiales que valen mucho la pena.
AL: ¡Yo digo que ojalá Zazil se colocara y tomara la radio pública! (risas). Sí hace falta una visión menos institucional de la música para que sea más cercana a la gente.
ZC: Exacto, porque el problema de la radio pública es que su repertorio actual es muy pobre en comparación con lo que se necesita exponer. A mí no me gustaría “estar en la radio pública” porque no me atrae ser burócrata. Pero sí pretendo abrir espacios, que la audiencia misma siga creando otros y que continúen creciendo. Y así ha funcionado, porque ya hay varias estaciones digitales pequeñas, más bandas que hacen sus podcasts y los suben.
AL: Además, hay artistas a los que no les gusta salir en la radio pública porque la idea que se tiene de ella es que está o maleado o mal hecho, porque la programación es mala…
ZC: Hay muchas estaciones en las que existe un sistema en el que se mete la canción sin un programador que haga curaduría rola tras rola. Al hacer eso, las rolas se van de manera aleatoria. Creo que Código CDMX sí se dedica a hacer curaduría, es decir, sí decimos y pensamos qué se va a escuchar. En ese sentido tenemos la libertad para programar música y podemos entrarle un poco a analizar los planos de los movimientos musicales y emotivos, y ahí se pueden generar buenos sets musicales.
BN: ¿A quiénes nos recomiendan escuchar?
AL: Afortunadamente con Sonidos Cercanos hemos podido llegar a gente que hace muy buena música, como Renee Moi, quien hace las pistas en su computadora y luego se las lleva a sus músicos para que cada quien saque su parte, y aunque en ellas da una línea básica, sí permite que los músicos vayan enriqueciéndola. Ella me gusta porque conjuga muchas cosas que en México no están explotadas. Otro ejemplo, Ani DiFranco, o Kimbra, que aunque a ésta la conocen por el dueto con Gotye, ella anda por su parte y se presentó en el Vive Latino, que a mí me parece un buen lugar para exponer música. A la par está Mon Laferte, chilena, radicada en México, que tiene una onda mucho más rocker pero bien la puedes colocar en lo indie alternativo. Y mira, por alguna razón, hay muchas cantantes chilenas que se están viniendo para México, como Paz Quintana y Mariel Mariel… También Elis Paprika, que puede gustarle a la gente o no, pero ha batallado en muchos sentidos porque estuvo con una disquera grande y no le funcionó, luego se fue por el lado independiente, en donde se la puede escuchar ya con un proyecto más definido, más maduro. Hay que ponerle mucha atención a los artistas independientes, porque aunque tienen la desventaja de no contar con un apoyo económico conciso, sí pueden llegar a mucha más gente sin restricciones, tienen la libertad de distribuir su material en muchos lados.
ZC: Pensando en proyectos que destacaría —y que es porque los tengo frescos, tal vez seguro en otro momento diría otros más— volvería a mencionar a Natalia Arroyo. Ella está lanzando su proyecto solista. Ha sido violinista de Son de Madera por muchos años y ahora por su lado lanzó un disco, en octubre de 2013. Lo grabó con jazzistas mexicanos muy buenos y con músicos de son jarocho. Lo chido de Natalia es que ella fusiona tango, son, jazz, etcétera. Hay muchas cantantes ahorita, como Citlalli Toledo, que pertenece a la banda Xavier, la cual está combinando hip-hop con rock. También Regina Equihua, que toca blues. O, por ejemplo, rescataría a una cantante de soul de los setentas que se llama Sola… aunque no se sabe nada de ella. Yo me enteré por el libro de Sirenas al ataque, de Tere Estrada, que le dedica dos tres párrafos. Dice que en un momento de la vida se perdió, se fue a Acapulco y nadie supo de ella. Y es que su historia sí es muy triste porque firmó con una disquera de estas grandes, quien la puso a cantar covers de baladitas horrendas, estereotipadas… cantaba cosas como “La maldita primavera”. Ya murió, pero le sobreviven un par de rolas increíbles.
Andrea López Estrada (Ciudad de México, 1982). Estudió Literatura Inglesa en la UNAM pero terminó siendo nerd musical y entusiasta de la cultura pop. Editora, librera, cofundadora de la página web Sonidos Cercanos, selectora de música y amante de la cartografía. Actualmente está desarrollando una relación entre su gusto por caminar, el descubrimiento, el estudio de la ciudad a través de los espacios peatonales y la ciudad como personaje en la literatura.
Zazil Alaíde Collins (México, 1984). Ha realizado estudios de maestría en Letras (UNAM) y la especialidad en Ciencias Antropológicas (UAM). Ha publicado en antologías del FETA y los libros Junkie de nada (Lenguaraz, 2009), No todas las islas (ISC/Conaculta, 2012) Premio Estatal de Poesía Ciudad de La Paz en 2011, y El corazón, tan cerca de la boca (Abismos Editorial, junio 2014). Es DJ en una estación de radio digital, donde conduce un espacio sobre música de estilo global e influencias locales.
[1] Para saber más de este tema se pueden consultar los siguientes artículos que ofrecen un buen panorama: “Women in Music Journalism” que explora la necesidad de pluralidad de voces en el ámbito editorial al momento de reseñar música , “Sexism in Music Journalism” que evidencia el sesgo que existe al tratar a los artistas según el género en medios de prestigio como Rolling Stone o Pitchfork, con titulares como “Beyonce: What Makes the Shy Girl So Hot?” o “Housewife of the Year: Jessica Simpson”, y “33 Women Music Critics you Need to Read” que nos da una pista para seguir a algunas de las especialistas más notables en música que escriben en lengua inglesa.
Para Verónica y Frida, cómplices en el tiempo y el espacio
Antes de despegar, una puesta en común
No me es ajena la sensación agridulce que produce hablar mal de las otras: las desconocidas, las que no pertenecen a la órbita de una, las que no son como nosotras. En la secundaria participé de la maledicencia hacia chicas que me eran indiferentes, pero que mis compañeras del recreo odiaban; en la universidad, me burlé de las estudiantes “Mientras me caso”, y más adelante, critiqué a conocidas con una mezcla horrible de morbo y culpa. Al hacerlo sólo obtuve la mediocre y amarga satisfacción que deja arrancarse una costra.
Siempre tuve la sensación de que al decir: zorra, fea, gata, naca, vieja o mantenida, algo andaba mal, algo distinto al mero escozor por la “incorrección política”. ¿Por qué si en general se considera mezquino valorar a las personas por su vida sexual, apariencia física, clase social u ocupación, parecía aceptable encontrar placer en juzgar así a otras mujeres? Me negaba a asumir eso de que somos conflictivas, enemigas las unas de las otras por naturaleza. El hecho de tener buenas amigas, de contar con el apoyo sincero, el afecto y la complicidad de varias, era la evidencia de un error en el sistema que sólo se explicaba a través de la individualidad. Hasta que leí lo siguiente:
Yo, siempre ve en las otras el mal, y el bien en sí misma. Cualquier problema que enfrentan las demás es minimizado para inferiorizar a la otra, quien resulta no sólo responsable, sino culpable. Se desconoce que lo que acontece a la otra puede sucederle a cada una, y los tropiezos y las desgracias personales se justifican con interpretaciones circunstanciales y mágicas. Con saña, una mujer descalifica a otra por cosas que ella misma ha hecho o que le han ocurrido. Entre mujeres, ver la paja en el ojo ajeno y no ver la viga en el propio es, más que una forma lógica de pensamiento, una actitud de salvaguardia de la propia imagen ante la posible contaminación […] De ahí la competencia entre las mujeres para sobrevivir en un sistema cultural asimétrico y en el estricto orden jerárquico de la familia y las instituciones sociales”.[1]
El párrafo pertenece al libro Los cautiverios de las mujeres: madresposas, monjas, putas, presas y locas de Marcela Lagarde y de los Ríos (UNAM, 2005). Gracias a su lectura, pude comprender la desconfianza que me produjeron desde siempre los estereotipos, los acotados deber ser de las mujeres. También pude entender de dónde viene esa ligereza con que solemos juzgarnos unas a otras, me fue posible ver los mecanismos artificiales, externos, y no programados por la genética de esa enemistad histórica. Pero a pesar de que este libro lleva cuatro ediciones, más un buen número de reimpresiones y de que puede encontrarse en cualquier librería, para llegar a él hay que callejonear, explorar caminos inusuales del conocimiento si no se es estudiante de ciencias sociales o se está en contacto con el feminismo, ay, la palabra con F.
Las mujeres, pues, tememos que contaminarnos de aquello que representan las otras, eso que no queremos ser. Al decirlo, manifestamos: “Yo soy diferente. No soy como las demás: cursi, golfa, ñora, gorda, lagartona”, etcétera. Es más fácil señalar esa distancia que aventurarnos a definir lo que sí deseamos ser, sobre todo si las opciones en algunos contextos parecen limitadas, o si se tiene la creencia de que hay que correr de un lado a otro para construir la feminidad completa: “una dama en la calle, una sirvienta en la cocina, una puta en la cama”.
La figura de la feminista constituye uno de los “Yo no soy así” más comunes. “Uno se eleva rebajando lo otro”,[2] por lo tanto, quienes sienten la necesidad constante de aclarar que “están a favor de luchar por los derechos de las mujeres, pero no son feministas” desean comunicar que no han caído en la trampa de un discurso percibido como arcaico, violento, radical, y cuyo verdadero objetivo la mayoría desconoce. Desde luego, este deslinde tiene muchos matices: para empezar, hoy en día existen muchos feminismos, no uno sólo. Hay quienes se mantienen cerca de alguno de los feminismos, pero se desmarcan para evitar la carga socialmente negativa que implica el término; quienes lo rechazan en pos de otro que defina mejor su perspectiva, como sucede con el Womanism[3]; y, por supuesto, hay mujeres que no pueden estar física y socialmente seguras en sus comunidades si confrontan al patriarcado como proponen ciertas estrategias del feminismo mainstream. Resisto la tentación de tomar la lateral para hablar de ésta y otras alternativas, pero para efectos prácticos debo detenerme en la primera idea.
A pesar de rechazar la noción del feminismo “la concientización de la opresión les ocurre a todas las mujeres sin que se autodefinan como feministas. O dicho de otra manera, todas las mujeres desarrollan aspectos del feminismo por sí mismas. Lo hacen en la cotidianidad al confrontar el modelo de mujer que de acuerdo con su círculo particular deben ser, con las mujeres que realmente son”, dice también Marcela Lagarde.[4] Si cada una realizara este ejercicio personal de forma honesta, al menos cabría lugar para la duda de que quizá podríamos ser aliadas, no antagonistas.
Hoy, lo digo con franqueza, no tengo ningún interés en participar en una conversación que caiga cómodamente en ese tramposo lugar común: “Entre mujeres podremos despedazarnos, pero nunca nos haremos daño”.[5] Desde luego, esto no se debe a mi ñoñez de nacimiento o a la pureza de mi corazón, muy lejos estoy de ser Santa Catalina. Si algo me desagrada en la otra, ahora procuro confrontarlo con mis prejuicios de género, imaginar las posibilidades de lo que piensa o siente. Trato, en suma, de que me caiga mal por la falta de afinidades personales, no por lo que debería estar haciendo o dejando de hacer como mujer.
Desafiarse a una misma constantemente, buscar respuestas, vías para caminar hacia lo que deseamos después de establecer lo que no queremos, es una tarea ardua. Por eso es necesario el apoyo y la complicidad de quienes viven ese mismo proceso, “[…] buscar a las otras: hacer cosas con ellas, construirse con las otras, desaprender juntas e inventar nuevos lenguajes; encontrarse y colectivamente desestructurar la feminidad opresiva”.[6] Necesitamos acompañarnos en nuestra reconstrucción.
Más que convencer de usar la etiqueta feminista a quienes la rechazan, quiero recalcar la necesidad de revisar los elementos que una y otra postura tienen en común. Repetir sin cesar “No soy feminista” desde el prejuicio, ignorando sus búsquedas y esfuerzos actuales, implica desacreditar gratuitamente una causa justa (y más: es urgente, necesaria en países como el nuestro). Pero poner en común los propósitos feministas, no feministas, humanistas, igualitarios, etcétera, quizá ayudaría a retroalimentarnos de manera más significativa.
Parafraseando burdamente a Norbert Bilbeny y su magnífico mínimo común moral[7], propongo acordar un mínimo común de la equidad de géneropara encontrar en qué sí estamos de acuerdo. Es probable que en conjunto creamos que es necesario:
Reconocer que hay inequidad en el acceso de las mujeres a la educación, el empleo, la seguridad económica y social, el placer y el bienestar; en consecuencia, idear formas de eliminar esa disparidad, estrategias que garanticen posibilidades de vida justas para las mujeres de todas las edades, etnias y clases.
Esforzarse por garantizar una vida libre de violencia psicológica, física, estructural y simbólica para todas las personas, pero de forma urgente para las mujeres.[8]
Crear las condiciones necesarias para construir las identidades de forma libre y digna, tanto en comunidad como en la individualidad.
Con esta puesta en común, podríamos restarle importancia a la discusión de las etiquetas y evadir los tópicos de la condena hueca hacia la lucha por la equidad de género. Por ejemplo, una de las más frecuentes es calificar a estas demandas como “quejas”. Resulta irónico notar que son los opositores del feminismo quienes profieren, sobre todo, las quejas, pero (a diferencia del feminismo) sin ofrecer alternativas efectivas de cómo resolver, “sin lloriqueos”, estas cuestiones.
Si quienes leen estas líneas al final siguen creyendo que al defender lo anterior se adquiere la obligación de “odiar a los hombres” o “quemar brassieres” en las plazas públicas, necesitan desafiarse a sí mismos y a su capacidad de escucha. Porque las críticas a los feminismos son deseables y necesarias cuando son informadas, pero no cuando hacen perder el tiempo y energías valiosas al demandar las mismas respuestas una y otra vez: “No, los feminismos no odian a los hombres”; “No, los feminismos no apoyan ninguna clase de violencia”; “No, los feminismos no victimizan a las mujeres: les dan poder”. O bien: sí, la idea del feminismo es radical: Es la noción radical de que las mujeres son personas, como dijo Marie Shear. Sí, el panorama actual permite que convivan alegremente feministas de los más variados orígenes e intereses, desde los tacones hasta el ostentoso vello corporal… pero ojalá los quejosos del otro lado del espejo pusieran la misma atención a los otros temas que nos ocupan, porque la equidad de género no está nada más en la elección de rasurarse o no. Ojalá la discusión ya pueda moverse de lugar, porque hay mucho por resolver.
Desde luego, esta puesta en común es la posibilidad de regocijarnos, de sorprendernos en el encuentro, o de confirmar la distancia y expresar un abierto rechazo. No pasa nada: cada quién escogerá las batallas propias desde sus privilegios (o desde la falta de ellos).
Pero una amabilidad de su parte no caería mal: como decía mi abuela, si no ayuda, por favor no estorbe.
Esta petición va también para los genios bobos.
La estación de los genios bobos
En su prólogo al libro Lectoras, Juan Domingo Argüelles entrevista a poco más de una docena de escritoras como Margo Glantz, Mónica Lavín, Dolores Castro o Cristina Rivera Garza, nos da un paseo por una galería peculiar: la que exhibe una estupidez innegable que, con cierta frecuencia, invade a las personas más inteligentes. Por ejemplo, al aclamado filósofo alemán Arthur Schopenhauer cuando dijo: “Las mujeres no tienen el sentimiento ni la inteligencia de la música, así como tampoco de la poesía y las artes plásticas”.[9] Además de haber escrito El mundo como voluntad y como representación, también es autor de la famosa frase: “Cabellos largos, ideas cortas”. Aunque quizá lo malinterpretamos: es probable que se le haya ocurrido una tarde frente al espejo, mientras observaba la curiosa disposición de su calvicie.
Las galería del horror compilada por Argüelles se extiende a lo largo del tiempo y el espacio: desde los filósofos de la antigua Grecia y Roma hasta los días de Voltaire, Rousseau, Montesquieu, Napoleón, Lord Byron, Stendhal y Bioy Casares quien escribió: “Nada más concreto, más burgués, más limitado, que una mujer”.
¿Por qué, si estos grandes hombres han construido el pensamiento occidental, son capaces de enunciar este tipo de torpezas? Porque es causa de una prerrogativa que han gozado históricamente. “Será que tienen razón”, pensaron quienes confiaban en su sabia guía, los menos instruidos y poderosos que ellos, las mismas mujeres incluidas. Y así, sus dichos se repitieron hasta el infinito. Hasta el día de hoy.
Comparemos la idea de un genio bobo del siglo XIX con las declaraciones de otro en el siglo XXI:
Las mujeres únicamente han sido creadas para la propagación de la especie. Sólo el aspecto de la mujer revela que no está destinada ni a los grandes trabajos de la inteligencia ni a los grandes trabajos materiales.[10]
El problema viene de que hemos votado en asamblea mundial que hombres y mujeres son iguales. Y no lo son: los hombres somos competitivos en todas las áreas, sin excepción. Y lo somos porque asumimos las actividades más riesgosas, como la defensa contra otros machos, o la guerra en humanos. Y asumimos los riesgos porque los machos son sustituibles, las hembras no. Si un gallo se me muere, todas mis gallinas resultarán fecundadas por los restantes. La especie ahorra alimento si tiene más hembras que machos.[11]
Visto así, pareciera que muy poco tiempo ha pasado entre un párrafo y otro, salvo por la frase que indica que ya se ha votado por la igualdad de hombres y mujeres (aunque otra diferencia podría ser el desaliño de la prosa).
Las ideas de irracionalidad, animalidad, debilidad, así como la tarea reproductiva como fin último de las mujeres, pervive, aunque usted no lo crea. La argumentación “científica” de que la supremacía genética de los varones explica la disparidad entre un género y otro es popular en nuestros días, y no ha faltado quien y la cite a pie juntillas en la era del Me gusta–Compartir–Retuitear. Pero no es nada nuevo: Pablo Moebius ya lo había hecho al publicar La deficiencia mental fisiológica de la mujer, en 1900. No es extraño que aún las mujeres exitosas, que incluso hayan obtenido el reconocimiento de sus pares, sufran del Síndrome de la Impostora, un trastorno que las hace percibirse como estafadoras: en el fondo se sienten “fuera de lugar”, que no pertenecen a ese sitio, que no son merecedoras de la posición que ocupan, y temen el día en que los demás se den cuenta de que han engañado a todos[12].
Afortunadamente, Juan Domingo Argüelles no nos deja con la mera exhibición de la torpeza de estas ilustres figuras, sino que desmenuza la causa de su desliz intelectual: los inteligentes se permiten las estupideces “porque irracionalmente se consideran de una mayor valía intelectual y moral justamente por ser inteligentes. En su fuero interno, se comportan así por un convencimiento de la supremacía intelectual que, según su parecer y su sentir, les permite todo”.[13] Es decir, ni siquiera cuestionan si estas ideas se corresponden con la realidad. Moebius quiso demostrarlas científicamente, pero erró desde que se olvidó de revisar el fundamento de su hipótesis en primer lugar.
Al parecer, los genios bobos se sienten autorizados para hablar de misoginia, inequidad o feminismo aunque nunca se hayan ocupado en documentarse seriamente acerca de estos temas porque, al ser tan brillantes, están confiados en que podrán dar una opinión atinada, cuando en realidad lo único que hacen es repetir una convención social, un acuerdo que les favorece, y que, por lo tanto, no tienen la necesidad de cuestionar. Este mecanismo opera de la misma forma en otras desigualdades: las económicas, de clase, de etnia. Y es que es difícil estar dispuestos a reconocer que se tienen ventajas, porque al reconocerlo (en contextos donde el cinismo no es aplaudido, claro), estarían obligados a alguna clase de renuncia: ceder espacios, reconocer la valía de algo que no les gusta (esas cosas de mujeres), lavar los trastes…
Claro que es natural que seamos ignorantes de éste o cualquier otro tema en la vida cotidiana. No tenemos la obligación de saberlo todo. El problema es que la cuestión de la equidad de género involucra la construcción personal y colectiva de la identidad de las mujeres y de los hombres. Lo que sus palabras determinan influyen en el destino de media humanidad. Aunque los intelectuales no funcionen ya como esa brújula ideológica de las sociedades, por sus facultades para transmitir el conocimiento, su poder de decisión y visibilidad, los genios bobos “tienen una mayor capacidad para hacer daño, a diferencia de los simplemente tontos, que muchas veces causan perjuicios a otros, y a sí mismos, casi sin darse cuenta. A decir de [Carlo] Cipolla, ‘el potencial de una persona estúpida procede de la posición de poder o autoridad que ocupa en la sociedad”.[14]
Los genios bobos necesitan dejar de suponer de qué se tratan los libros, investigaciones, discusiones y hasta las leyes que abordan la equidad de género. Seguramente son expertos en muchas otras cosas, pero de este asunto necesitan leer más y escuchar con atención antes de repetir las opiniones de siempre. Hay frases hechas tan sobadas por unos y otros que me sugieren una analogía estrambótica: las visualizo como un chicle que quizá en el origen fue redondo, dulce, de algún color brillante, pero que se fue pasando sin empacho de boca en boca hasta convertirse en un cuajarón gris, insípido y viscoso al que nadie pone muchos reparos porque ya se han acostumbrado a masticarlo.[15]
Quizá está de más decirlo, pero desde luego no todos los genios son bobos, así como no todos los bobos son genios, por mucho que sus ocurrencias sean aplaudidas y, ay, viralizables. Este fragmento pertenece a un texto que se hizo muy popular en las redes:
Hubo una época en que no podías observar a ninguna muchacha caminar por un campus, viajar sentada en metro o en un tiempo muerto, sin un libro de Murakami en las manos. Entonces no es que sea fan de estas chicas, pero no puedes esperar a que aparezca la morrita con un Carver, un Cheever o un Updike, sería lo mismo que declararse célibe por convicción. […] Víctimas perfectas del mercado editorial, han confundido al japonés con la Beatlemanía.[16]
Es similar a esta otra idea:
“Las mujeres, en general, no aman ningún arte, no son inteligentes en ninguno y no tienen ningún genio. Basta observar, por ejemplo, lo que ocupa y atrae su atención en un concierto, en la ópera o en la comedia…”
Lo dijo Jean-Jaques Rousseau hará dos siglos y medio.
La razón por la que estas posturas se vuelven tan populares es porque la incorrección política es equiparable a ser “valiente”, “honesto”, atreverse a decir las cosas “como son”. Quienes no encuentran regocijo en el “me río porque es cierto”, son intolerantes y carentes de sentido del humor.
Pero esa no es la razón por la que no nos da risa. Las verdades a las que alude la generalidad de opiniones catalogadas como políticamente incorrectas son, con frecuencia, estereotipos, simplificaciones de la realidad que: 1) no reflejan la realidad, sino una experiencia muy limitada de ésta; 2) no cumplen con el objetivo principal del humor como herramienta de ruptura: no se oponen al discurso hegemónico, no confrontan al poder, más bien, lo refuerzan al reproducirlo en clave de chiste.
Por eso, para quienes nos gusta reír con una buena crítica, resulta un poco decepcionante que los espacios independientes donde se pone en evidencia la “estupidez de los inteligentes” que desglosa Juan Domingo Argüelles, pasen de largo e ignoren todas estas joyas de la soberbia y el sexismo. A mí, y seguramente a muchas otras personas, nos encantaría ver memes y GIFS que se burlen de los comentarios tipo: “Tu prosa es tan buena que no se nota que eres mujer”, y no sólo aquellos que presentan a las mujeres en términos de interlocutoras sexuales de los varones. Nos reconocernos ahí y nos reímos con ganas, claro, ¿pero dónde están esas otras experiencias? Hay mucho material… Es significativo que algunas de estas alternativas utilicen, para burlarse, las mismas fórmulas y estereotipos que usa el sistema que critican. ¿Qué tanto se rompen esquemas a través del humor si para burlarse de un autor es necesario decir que “logró hacer reír a diversos colectivos, entre los que puede mencionarse el de las amas de casa de la Colonia del Valle, en la capital del Reino”?[17]
Minimizar la experiencia femenina es tan normal que quien lo nota parece vivir en la paranoia: “Vieja el último”, “Debe andar en sus días”, “Lloras como mujer lo que no defiendes como hombre”…
A todo esto, ¿por qué las amas de casa son algo así como el enemigo público número uno de la cultura y las artes?
Sobre una escoba voladora
Me pregunto qué le hicieron las amas de casa a los escritores, editores y críticos para que las utilizaran como ejemplo del nivel más bajo de culturización y refinamiento del gusto. Lo evidencian comentarios muy naturales dentro de cualquier reflexión, por ejemplo, este fragmento sobre los géneros literarios: “De manera personal prefiero las novelas que están hechas de relatos […] Para mí los géneros son una mera convención editorial, o de mercado. Algo en lo que sólo se fijan los estudiantes de letras o las amas de casa”.[18]
También ha habido escritoras ansiosas por eliminar el lastre que provoca la identificación con el no tan deseable público femenino: “¿Por qué será que estas mujercitas ―doctorcitas― se interesan tanto por mí?” “Me adoran montones de mujercitas, amas de casa”, anota desolada. “También jóvenes de ambos sexos; eso es todo […] Tengo que decir aquello que se dice en momentos graves: ¡no es eso, no es eso!”.[19]
El caso de Rosa Chacel es trágico. Su desprecio hacia lo femenino viene de la imposición: “Los trabajos caseros me destruyen más que cualquier otra cosa […] infinitas porquerías de orden femenino”, que le impiden “ser quien soy, hacer lo que quiero hacer”. Como apunta Laura Freixas, Rosa Chacel es una representante de las escritoras que niegan su identidad femenina para ser aceptada entre los pares más valiosos: los escritores varones serios:
Convencidas de que lo femenino es inferior, intentan escapar a esa inferioridad negando su propia identidad de mujeres. Pero lo son, en un doble sentido: su condición femenina –no hablamos de identidad, de ser intrínseco, sino de circunstancia, de vivencia– se refleja en su obra, y en cualquier caso, son vistas como mujeres por quienes conceden –o no– poder y reconocimiento. El resultado es un sambenito, un pecado original que las persigue.[20]
Para muchos, el trabajo doméstico es una tarea natural de la condición femenina, un conjunto de labores menores que no tienen importancia, así como no la tiene el mundo ni los intereses de quienes las llevan a cabo, a pesar de que históricamente las amas de casa (las madresposas o las trabajadoras domésticas) no han hecho sino alimentar a estos paladines del arte, limpiar el lugar en que viven, lavar y planchar su ropa, cuidarlos durante las enfermedades, brindarles apoyo moral, desahogo sexual, e incluso asistencia laboral, desde llevarles la agenda hasta mecanografiar sus manuscritos, corregirles las faltas de ortografía o darles opiniones y buenas ideas para mejorar su trabajo. Independientemente de lo que han hecho para los otros, está la evidencia de lo que han conseguido para sí mismas además del orden de la casa y el bienestar de la familia (que ya es mucho decir): el premio Nobel, por ejemplo. Cuando Alice Munro lo ganó en 2013, algunos encabezados no incluyeron su nombre para que los internautas picaran el anzuelo de tan insólito hecho e hicieran clic para leer: “Ama de casa gana el Nobel a Murakami”.[21]
Pero volvamos a las amas de casa que no han escrito libros, ni ganado medallas. “El trabajo concreto de la mujer como madresposa se materializa en los otros y permite la satisfacción de necesidades básicas de primer orden, es decir, de aquellas necesidades que de no ser satisfechas llevan a la muerte”.[22] El cuidado, la escucha, la formación de los niños, la higiene del espacio, la compañía, es un trabajo invisible, amén de permanente, no remunerado, y apenas reconocido socialmente con tarjetas de felicitación o rebajas en los electrodomésticos el 10 de mayo.
Los que no tienen empacho en juzgar a las amas de casa como el peldaño más bajo de la escalera evolutiva del pensamiento deberían, por lo menos, reinventar sus ejemplos del mal lector. Aunque sabemos que en nuestro país las mujeres leen más, y en general están más interesadas en la literatura que los hombres,[23] son las primeras en ser juzgadas por el tipo de lecturas que escogen, como si los hábitos y las elecciones de los demás grupos no necesitaran mejorar también.
Si consideran que los libros para amas de casa y jovencitas son, sobre todo, productos de tan baja calidad, exitosos sólo por sus efectivas estrategias de mercadeo, ¿por qué no se ocupan de escribir mejores libros para ellas?
Por lo menos habrían de considerar qué tanto se benefician del cuidado prodigado por ellas, y cómo este cuestionamiento es un paso esencial para contribuir al desarrollo de las mujeres. Podrían dedicarse a cuidar más de sí mismos, o de otros, y así ampliar su experiencia vital.
Porque quizá “Si Aristóteles hubiera guisado, mucho más hubiera escrito”, como decía Sor Juana Inés de la Cruz, una de las primeras en desafiar el consejo para combatir a los trolls: le dio de comer a uno, y con excelentes resultados.
Las batallas en el planeta troll
Junto a la limitada pero relevante democratización del conocimiento impulsada por internet, las nuevas formas de ejercer la libertad de expresión, la expansión de saberes antes inalcanzables, el aprendizaje colaborativo y tantas otras bellezas que llegaron con los medios digitales, vino también la denominación para un personaje que siempre ha estado ahí, debajo del puente, dispuesto a arruinar la fiesta: el troll.
Aunque comparte rasgos iconográficos con el ser mugroso y huraño de la mitología nórdica, este troll es una criatura diferente: acecha detrás de la pantalla, con las manitas afiladas sobre el teclado, listas para irrumpir de forma violenta la dinámica de una conversación. Su objetivo es provocar una reacción negativa en quienes dialogan. Como todo concepto que se intenta analizar mientras se concreta su naturaleza, se presta a la designación subjetiva. Es decir, lo que para algunos puede ser un troll, para otros puede ser un participante más que hace una aportación polémica.
Pero, por lo general, quiere suscitar el enojo o indignación de los participantes. Y así como los de los cuentos tenían un olfato especial para la sangre de cristianos, ciertos trolls que hoy se dejan ver a la luz del sol tienen un gusto especial por el olor que despide una actitud desafiante hacia los roles tradicionales de género, sobre todo si es una mujer la que los pone a prueba. Esto abarca innumerables posibilidades, según el contexto, desde usar leggings aunque no se tenga el cuerpo de Kate Moss hasta manifestarse en contra de algún comentario misógino, pero a veces basta tener una opinión propia y hacerla pública. En este caso, el objetivo del troll también será provocar enojo e indignación, pero, sobre todo, el silencio de las desafiantes.
Quizá uno de estos trolls más antiguos del que queda constancia en la historia de las letras mexicanas sea Manuel Fernández de Santa Cruz, mejor conocido por su seudónimo, Sor Filotea, quien en una carta pública a Sor Juana Inés de la Cruz dijo lo siguiente:
No apruebo la vulgaridad de los que reprueban en las mujeres el uso de las letras, pues tantas se aplicaron a este estudio, no sin alabanza de San Jerónimo. […] Letras que engendran elación, no las quiere Dios en la mujer; pero no las reprueba el Apóstol cuando no sacan a la mujer del estado de obediente. […] No pretendo, según este dictamen, que V. md. mude el genio renunciando a los libros, sino que le mejore, leyendo alguna vez el de Jesucristo. […] Mucho tiempo ha gastado V. md. en el estudio de filósofos y poetas; ya será razón que se perfeccionen los empleos y que se mejoren los libros.
Imagino la carta publicada hoy en línea, y enseguida, las ideas del párrafo anterior como primer comentario. Así:
1 comentario a “Carta Atenagórica”
Publicado por Sor Filotea de la Cruz el 25 de noviembre de 1690 a las…
Con esto, claro, se ve que mi definición de troll es amplia. Pero es que Sor Filotea cumple con varias características: la Carta fue una reflexión teológica que Sor Juana escribió dentro de una misiva privada. Cuando Manuel Fernández la leyó, consideró que tenía que hacerse pública… aunque no tuviera el consentimiento de Juana Inés. Así que escribió unas líneas muy elogiosas para la autora (pero al mismo tiempo bastante regañonas), le cambió el título al escrito: en lugar del Crisis de un sermón original, la tituló Carta Atenagórica por ser una argumentación digna de la sabiduría de Atenea, y para colmo, la firmó con seudónimo.[24]
Volviendo al presente, los trolls no son una curiosidad de internet a la que no hay que alimentar: con cada vez mayor frecuencia, se están convirtiendo en una amenaza para la seguridad de las mujeres en general, las que destacan por sus ideas u ofrecen estrategias para mejorar la vida de sus congéneres. Basta ver el preocupante caso de Anita Sarkeesian o el descorazonador ataque a la genial Mary Beard,[25] para notar que aún falta mucho para que la voz de las mujeres sea verdaderamente escuchada y respetada.
Las comandantes de la nave
Como se sabe, la Respuesta a Sor Filotea de la Cruz pasó a la historia no sólo como documento autobiográfico, sino también como la brillante réplica de Juana Inés de Asbaje que dibujó en el panorama una conversación todavía necesaria: la defensa de que las mujeres no necesitan que se les diga en qué deben ocuparse o de qué no son capaces. Sor Juana tenía claro que podíamos hacer lo que nos viniera en gana, aunque estuviéramos encerradas en nuestras respectivas celdas. Ella, desde su claustro de monja, imaginó todo lo que su alma sin sexo experimentaría cuando escribió Primero Sueño, ese viaje por un tiempo y espacio delirantes, infinitos.
Me resulta muy conmovedor que algunos estudiosos de la ciencia ficción (no así los de la obra de Juana Inés) consideren a esos 975 versos como una obra de proto-cf,[26] porque ésta es un planeta que ha permitido muchas libertades a las mujeres. Alice Sheldon pudo regalarnos el fantástico mundo que tenía en la cabeza, aunque haya tenido que firmar como James Tiptree Jr., igual que Alice Mary Norton tuvo que convertirse en Andre Norton para publicar sus libros con cohetes a punto de despegar en la portada. Pero al imaginar Ursula K. LeGuin un mundo de seres hermafroditas con la magistral novela La mano izquierda de la oscuridad, o la divertidísima Connie Willis viajeras del tiempo incansables, una heroína entrañable tras otra, ya no han tenido que esconderse bajo unas iniciales, e incluso se han apropiado de ese discurso que, en apariencia, era sólo “de muchachos”. Reconstruirse fuera de las reglas, al margen del tiempo y el espacio, ha permitido que las mujeres se piensen a sí mismas sin límites. Como dice Catherynne M. Valente en su genial historia “13 maneras de observar el espacio tiempo”:
A veces siento que la parte de mí que es una escritora de ciencia ficción está viajando a una velocidad diferente que las otras partes. Que todo lo que escribo ya está escrito, y que la escritora de ciencia ficción me manda mensajes en el tiempo en alfabeto semáforo, a la velocidad que tecleo en mi máquina […] Al final del universo residual que es mi propia muerte, la escritora de ciencia ficción que soy yo y que será yo y que siempre fui yo y que nunca fui yo y que ni siquiera puede recordarme, mueve sus banderillas doradas y rojas hacia atrás, por siempre, hacia mis manos que teclean estas palabras, ahora, para ti, que quiere saber sobre ideas y conflictos y cómo un personaje empieza como una cosa y acaba como otra.[27]
Aunque Jean Franco, la indispensable académica y crítica, no haya abordado la posibilidad de que Sor Juana fuese una autora de proto-cf, me gusta que el título de uno de sus ensayos acerca de ella sugiera la idea: Sor Juana explores space (Sor Juana explora el espacio). En él, Franco analiza cómo echó mano de la alegoría para imaginarse a sí misma traspasando las rejas, lanzada hacia el conocimiento.
Curiosamente, Ursula LeGuin tiene otro ensayo cuyo título es una imagen aparentemente contradictoria, como el de Jean Franco: The Space Crone, algo así como La anciana espacial, pues no hay una traducción exacta para la palabra “crone” en castellano (bruja es la que se utiliza con más frecuencia, pero habría que acotarla sin su implicación peyorativa, más bien como “vieja sabia”).
En éste, LeGuin aluden al notorio silencio alrededor del proceso de envejecimiento de las mujeres: de la menopausia no se habla, es muy poco glamoroso. La misma Jean Franco aborda la cuestión a su vez en otro ensayo, Confesiones de una bruja: “Cuando hace unos años en una reunión del comité editorial de debate feminista propuse un número sobre la vejez, el rechazo fue unánime. No me sorprendió mucho. La vejez da asco, y el asco es una forma contundente de decir no”.[28]
De la misma forma, LeGuin menciona que lo más común es callarlos inconvenientes de esta etapa y tratar de permanecer con la apariencia más juvenil posible hasta la muerte, con lo que se pierde la oportunidad de convertirse en una crone: en la vieja sabia de los cuentos, la que tiene todas las respuestas, la que salva a los héroes y heroínas del infortunio con su poder y sabiduría. Entonces imagina que, de pronto, una nave espacial de otra galaxia nos pide que mandemos al mejor ejemplar de los nuestros, de la raza humana. Ursula supone que la mayoría acordaría mandar al astronauta ruso joven y masculino, en la plenitud de su vigor físico. Pero ella propone algo diferente: “Lo que yo haría sería ir al Woolworth más cercano, o al mercado local de la comunidad, y escogería a una mujer mayor de sesenta años que estuviera detrás del mostrador de joyería o del puesto de las nueces”, y hace un recuento de lo que, muy posiblemente, esa señora ha vivido: la niñez, el matrimonio, las veces que dio a luz, cómo crió a sus hijos, cómo los vio partir, cómo le duelen los pies al final del día y cómo ha visto morir a los que ama. Sobre todo cómo, a pesar de todo, conserva la necesidad de ser amable, de proteger a quien se le acerque. Concluye que las abuelas representan a la sabiduría humana de una forma en que los elegidos de siempre nunca podrían. El problema, dice LeGuin, es que probablemente no querría ir. “¿Yo? ¿Por qué yo, si no he hecho nada en la vida, si no sé nada?”.[29]
Pero vaya que sí saben. Las mujeres mayores contienen una sabiduría que ha quedado enterrada debajo de las toneladas de imágenes de lo que se supone debe ser una mujer, la imagen unificada de una muchacha no mayor de treinta, delgada, risueña y dispuesta a complacer con su cuerpo. La imagen opuesta a las reinas de belleza que contestan con torpeza las preguntas de los jurados para convertirse en la burla de todos (qué paradoja cruel contra estas chicas, contradicción para la que Sor Juana recomendó hace mucho: Queredlas cual las hacéis o hacedlas cual las buscáis), o al ama de casa o la abuela cuya opinión es de risa.
Creo que la vida de las mujeres sería muy diferente si perdiésemos el miedo a convertirnos en viejas sabias, a admitir que en nosotras vive esa posibilidad tripartita que antiguamente nos confería autoridad. Hemos sido y seremos la virgen, la mujer que gesta (no necesariamente a través de la maternidad: a través también del trabajo, de la creación artística, de las labores que sostienen la dinámica doméstica y social, es decir, la mujer productiva en sus distintos ámbitos) y la anciana sabia.[30]A decir de LeGuin:
Hay cosas que la mujer mayor puede hacer, decir y pensar que la mujer no puede hacer, decir o pensar (…) La mujer que está dispuesta a hacer ese cambio debe quedarse embarazada de sí misma. Ella debe cargar con la tercera versión de sí misma, con su vejez, a solas y con dolores de parto. No muchos la ayudarán con el alumbramiento. Ciertamente, ningún obstetra masculino tomará el tiempo de sus contracciones, le inyectará sedantes, preparará los fórceps, ni suturará bien las membranas desgarradas (…) Sólo una labor es más dura, y ésa es la última. Es el final, que también los hombres viven y sufren.[31]
Desde luego, el viaje de la heroína es una odisea personal; pero qué mejor sería “perder la vergüenza” a envejecer, como dice Jean Franco, y poner este tema a la vista. Hablar de este proceso las unas con las otras. Apoyarnos, aconsejarnos de una edad a otra. Dejar que las mayores sean las comandantes de la nave, colaborar con las jóvenes para que continúen aquello que las predecesoras comenzaron. Sor Juana tampoco se olvidó de esto, y sugirió la escuela de las viejas sabias: “¡Oh, cuántos daños se excusaran en nuestra república si las ancianas fueran doctas como Leta, y que supieran enseñar como manda San Pablo y mi padre San Jerónimo! Y no que por defecto de esto y la suma flojedad en que han dado en dejar a las pobres mujeres, si algunos padres desean doctrinar más de lo ordinario a sus hijas, les fuerza la necesidad y falta de ancianas sabias, a llevar maestros hombres a enseñar a leer…”[32]
De vuelta al presente, al planeta Tierra y a México, yo también me aventuro a imaginar posibilidades para salir de las celdas, los cautiverios de Marcela Lagarde que mencioné al inicio de esta reflexión.
Las madresposas podrían ser madres que no reproduzcan la obligación del servicio, sino el anhelo de ser quienes ellas quieran. Podrían ser esposas sin ser madres, mujeres que han redefinido el amor romántico y lo aprovechan para disfrutar la vida, para crecer en pareja sin angustias.
Las monjas podrían convertirse en otras Sor Juanas, en pastoras modernas como la pastora Marcela de Cervantes que Don Quijote no necesitó defender, la que sólo quería la quietud de los campos y la conversación de sus ovejas: “Fuego soy apartado, espada puesta lejos”. U otras Soledades, es decir, mujeres que, como la princesa Soledad de Loba, la novela de Verónica Murguía, busquen una vida apartada dedicada a desentrañar ciertos misterios, porque saben que si se distraen con otras cosas, no podrán alcanzarlos.
Las putas podrían convertirse en pornógrafas, dueñas de su cuerpo y de su placer, reconstructoras del placer colectivo y su industria.
Las presas, en mujeres que sean capaces de tomar decisiones que no las perjudiquen.
Las locas se convertirían en imaginantes productivas de nuevos mundos, nunca más condenadas por sus pares, dispuestos a seguirlas sin temer que su canto sea fatal, como el de las sirenas. Las locas convertidas en las reconstructoras:
El encuentro creativo solidario entre las mujeres significa una locura excesiva (…) la única locura de las mujeres que implica la desaparición de los cautiverios porque es la única que se ha propuesto desarticular la organización genérica que hace a mujeres y hombres y a las mujeres entre sí, contradictorios y enemigos.[33]
Y sí: las imagino a todas con despampanantes atuendos futuristas, persiguiendo árboles que flotan sobre minúsculos planetas para coger una manzana, leyendo historias escritas con luz en el aire ligero y tibio de una primavera futura. Están riendo a causa de algún chiste por el que yo, desde el aquí y el ahora, también me río, aunque ya no lo alcance a comprender del todo.
[1] Marcela Lagarde y de los Ríos, Los cautiverios de las mujeres: madresposas, monjas, putas, presas y locas, UNAM, 2005.
[2] Cita de Elías Canetti, en Masa y poder (1981), tomada de Los cautiverios… pp. 429.
[3] El Womanism, término acuñado por la escritora Alice Walker, busca eliminar todas las formas de opresión de género, de raza y de clase. Tiene sus orígenes en el pensamiento y las experiencias de las mujeres negras y, a diferencia del feminismo convencional de las mujeres blancas, no se ha favorecido de los privilegios de raza y clase. Esta perspectiva es compatible con el concepto de interseccionalidad adoptado por varias feministas. (No confundir womanism con el término en español mujerismo que tiene connotaciones muy distintas y más bien peyorativas).
[5] Frase de la obra teatral “Entre Mujeres”, de Santiago Moncada. En una reseña del estreno en el Teatro de los Héroes de Chihuahua, dice: “En la obra, todas las actrices lucieron radiantes a pesar de su edad. Margarita Gralia fue de las más aclamadas de la noche; con un vestido tres cuartos en rojo que acentuaba su estilizada figura…” (Omnia, 12 de junio de 2009)
[7] En el ensayo La revolución en la ética. Hábitos y creencias en la sociedad digital. Bilbeny, Norbert. Anagrama, 1997.
[8] ¿Por qué? La respuesta es que los alarmantes números de feminicidios, trata de menores, y la creciente impunidad de estos delitos son razones suficientes para declarar un estado de alerta de violencia de género en no pocas entidades del país.
[9] Juan Domingo Argüelles, Lectoras, Ediciones B, 2012, p. 18.
[10] Cita de Schopenhauer, en Argüelles, op. cit., p. 18.
[11] Luis González de Alba, ¿Cuotas por género? En la columna “La calle”, Milenio Diario, 4 de octubre de 2010.
[14] En Argüelles, op. cit., p. 18. Cabe aclarar que para Carlo Cipolla en Las leyes básicas de la estupidez humana (un fragmento está disponible en: http://biblioweb.sindominio.net/memetica/estupid.htm), el apodo de “genios bobos” sería incorrecto, pues la designación viene conforme a la magnitud del daño que se causa. Los tipos son: Desgraciado, Inteligente, Bandido y Estúpido; “genio bobo” se definiría como el “que ocasiona daño a otra persona, o a un grupo de gentes, sin conseguir ventajas para ella misma -o aun resultando dañada”.
[15] “Las cuotas son otra forma de sexismo”, “La corrección política es sólo censura”, “Las mujeres se victimizan solas”, “Hay asuntos más importantes, como la pobreza”, “Tipificar al feminicidio es discriminación, a los hombres también los asesinan”, “Yo no soy machista, soy un enamorado de la belleza y la inteligencia de las mujeres, es más, creo que son mejores que los hombres”… Basta darse una vuelta por los comentarios a los tuits o estados de Facebook que abren una discusión sobre la equidad de género y contar las veces que se repiten.
[24] Las circunstancias que rodean a este intercambio epistolar público son materia de minuciosos análisis y constantes discusiones entre quienes estudian la obra de Sor Juana Inés de la Cruz, sería irresponsable pretender “entrar en detalles”. Me apego a la reflexión que hace Octavio Paz en Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la Fe (FCE, 2004) y la de Diana Valencia en Sor Juana. Entre el dogma y la modernidad. (1998). Disponible, éste último, en: http://biblioteca.clacso.edu.ar/ar/libros/lasa98/DValencia.pdf
[26] Roberto Lépori, en “Sor Juana y la ciencia ficción o las consecuencias de una crítica paranoica”, menciona: “Nadie reclama a la Décima Musa, excepto los críticos mexicanos quienes, de todas formas, sólo la nombran. Miguel Ángel Fernández ubica al “Sueño” entre las primeras obras mexicanas en rondar la proto ciencia ficción. Gabriel Trujillo –interesado en la poesía de cf mexicana– también menciona como primera a Sor Juana. Ross Larson y Ramón López Castro demarcan el inicio de la cf en ese país con Sizigias y Cuadraturas lunares (1775) del franciscano Manuel Antonio de Rivas.” Es una discusión interesante para quienes gustan encontrar estas imágenes y rarezas en la literatura mexicana. El texto está disponible en:
[32] Patricia Rosas Lopátegui, “Sor Juana Inés de la Cruz”, en Óyeme con los ojos. 21 escritoras mexicanas revolucionarias, Universidad Autónoma de Nuevo León, 2010.
El triunfo de la muerte (1562), por Pieter Brueghel.
Como decía Borges, “morir es una costumbre que sabe tener la gente”; y en cuanto a costumbres, se tienen buenas y malas. Las enciclopedias registran, casi a su pesar, las que tienen algunos de morir mal. Las muertes inceremoniosas, injustas y hasta paradójicas que han padecido toda suerte de personas excepcionales a lo largo de la historia dan, por lo menos, para un comentario de ocasión.
De los antiguos tenemos muchos relatos pero pocas certezas. Por Diógenes Laercio conocemos la vida de muchos filósofos griegos: sus muchas biografías, algunas llenas de chismes, las escribió hasta trescientos años después de la muerte de éstos. Si hoy en día es de poco fiar una narración histórica del siglo XVIII, tanto más debemos sospechar de Diógenes. Con todo, tiene la ventaja de narrar destinos singulares. Según él, Tales de Mileto murió abrumado por una muchedumbre en una competencia gimnástica, a causa del calor, la deshidratación y la debilidad de ser viejo: “Las gimnásticas luchas observando / atento en el estadio el sabio Tales, / arrebatóle Júpiter Eleo.” De Heráclito dice que ya viejo se fue al monte a comer yerbas, se enfermó de hidropesía y para curarse se enterró “en el estiércol de una boyera”; no se pone de acuerdo si lo mató asolearse o si murió porque unos perros se lo comieron al no darse cuenta que se trataba de un ser humano embadurnado de estiércol. De Empédocles, el inventor de la retórica según Aristóteles, nos cuenta que después de una cena donde estuvo Pausanias desapareció, y que probablemente se arrojó al Etna.
En el Renacimiento se dieron muchas malas muertes. Tengo en la mente una conocida; otra no tanto. Fernando de Magallanes, quien estaba al servicio de España desde 1512, buscó cruzar el Nuevo Continente por el Sur, para conocer sus confines; en 1520 descubrió el estrecho que ahora lleva su nombre, es decir, lo que faltaba por descubrir. Para su desgracia, no se detuvo allí: siguiendo la lógica ya establecida, supuso que lo que seguía era otro océano, cuyo tamaño ignoraba, y una vez atravesado, llegaría a las verdaderas Indias. Navegó tres meses por un océano al que le pareció buena idea llamar Pacífico. ¿Para qué? Para ser asesinado, y probablemente devorado, por los habitantes de una de las islas Filipinas. Según la Enciclopedia Británica, murió en una famosa batalla contra una tribu cebuana encabezada por el gobernador tribal Lapu-Lapu, en la isla Mactán.
El desconocido Melchior Hoffman, luego de proponer una mística teoría anabaptista, se separó del luteranismo y del resto de los anabaptistas para predecir el fin del mundo, que tendría lugar en 1533. La predicción también decía que él mismo en compañía simbólica de Cristo entrarían triunfantes a Estrasburgo —of allplaces!— a fundar la Nueva Jerusalén. Tuvo como maestro a Hans Hut y a Agustin Bader: el primero predijo el fin del mundo para 1528; éste último para 1530. El mundo se acabó para unos cuantos; a él lo metieron a un calabozo.
La Ilustración no exentó a nadie de morir a la mala. Antoine Laurent de Lavoisier, miembro de la comisión del sistema métrico durante la Revolución francesa y quien elaboró la primera teoría de la composición del agua y otras minucias, fue enviado a prisión en noviembre de 1793 cuando la Convención ordenó el arresto de los recaudadores de impuestos. Ese fue su pecado. Y lo guillotinaron. Su casi contemporáneo, Johann Joachim Winckelmann, uno de los principales teóricos del arte griego y romano y a quien le debemos, quizá, las primeras bases de la arqueología, un día de 1768 en Trieste, fue asesinado por un ladrón, para robarle unos medallones que llevaba consigo.
El siglo XIX es rico en enfermedades venéreas como la sífilis, y también en suicidios vergonzantes. Sin embargo, es mejor dejar de lado esas formas de morir para concentrarnos en otras más insospechadas. Évariste Galois, el matemático francés que propuso la primera teoría de grupos, encarcelado por protestar abiertamente contra el advenimiento de la Restauración de la monarquía en Francia, salió de prisión en 1832; auspiciado por la desgracia, se cree que fue retado a duelo por un lío de faldas. Ante la fatalidad que significaba enfrentarse a un campeón de esgrima del ejército francés, dedicó la vigilia del duelo a elaborar sus postulados matemáticos, que antes habían sido rechazados por la Academia de Ciencias. Murió en un hospital a consecuencia de las heridas. Tenía 20 años.
Me gustaría hablar de Ambrose Bierce, pero es un lugar común, y siendo tan breve el espacio, no puedo darme ese lujo. Mejor vamos con una novedad. Este ejemplo es de un anónimo. No he averiguado cómo se llamaba. Charles F. Hockett habla de él en su Curso de lingüística moderna. Su grandeza, única y suficiente para mí, es que fue el último hablante del dálmata, “lengua románica que se habló en lo que hoy es Yugoslavia; murió en la explosión de una mina en 1898”.
En el siglo XX la mala muerte se dio con gran naturalidad. Podríamos pensar en todos los escritores, científicos y animadores sociales que fueron a campos de concentración, fueron traicionados, cayeron en desgracia o simplemente desaparecieron. No es pertinente mencionar aquí y llevar a desdicha estas anécdotas. Recuerdo más bien algunos accidentes lamentables. El compositor español Enrique Granados murió en 1916 a bordo del SS Sussex, hundido durante la Primera Guerra Mundial en el Canal de la Mancha por un submarino alemán; regresaba a España después del estreno de su ópera Goyescas en Estados Unidos. Albert Camus murió en un penoso choque en carretera. Ni la imaginación, ni el intelecto, ni la audacia han de salvarnos de ser atropellados. Roland Barthes fue atropellado en el Quartier Latin, frente a La Sorbona en 1980; murió a causa de las secuelas del accidente.
No hay ars moriendi. Morir, “esa costumbre que sabe tener la gente”, puede ser un vicio impuesto por el azar. Ahora me preguntarán, ¿a qué viene todo esto? ¿Cuál es la moraleja? Un simple y lacónico: no lo sé. Nadie lo sabe.
La casa donde supuestamente habitó Shakespeare en Stratford-upon-Avon. Fotografía: Wikimedia Commons
Dos vendedores de libros antiguos de Nueva York creen que han encontrado el diccionario que utilizó William Shakespeare para escribir sus obras. De ser cierta esta historia, el diccionario, una copia de An Alvearie or Quadruple Dictionarie de John Baret contendría anotaciones en los márgenes del propio Shakespeare, que George Koppelman y Daniel Wechsler compraron e-bay. No obstante, hay una buena cantidad de escepticismo entre la comunidad académica, sobre si el ejemplar sería auténtico o no. Se trate de un gran hallazgo o simplemente una treta muy bien armada, el diccionario puede ordenarse y adquirirse en línea.