Tierra Adentro
“Refugio”, de Espacios suspendidos, por Patrick López Jaimes. Inicio: ca. 2000, conclusión: desconocido, Huejotzingo, Puebla

El Consejo Nacional de Población estima que de cada diez mil jaliscienses, cincuenta y seis se mudaron a otra entidad federativa en 2013. El trayecto de Lorena y Beto con su banda, recuerda al de los trashumantes. En cada ciudad, su estadía e interacción han estado regidas por la búsqueda de una comunidad afín. Aunque su base actual es Ensenada, desde su arribo a la frontera han dado aproximadamente cien conciertos en bares, bodegas y foros independientes de Estados Unidos y Europa.

 

Nos fuimos de Guadalajara por causa del desempleo, del hastío de vivir demasiados años en un mismo lugar y del deseo por colaborar con personas que nos inspiraban. Teníamos amigos, bandas con las que nos identificábamos, pero no un verdadero compromiso con el fortalecimiento de una estructura que beneficiara a nuestro entorno. Para nosotros el Garage y el MtyMx (foro independiente y festival de Monterrey, respectivamente, gestionados por Ricardo Ramírez y Leila Ibarra) actuaron como verdaderos gestores e impulsores culturales: propiciaron el intercambio dentro y fuera del país y crearon redes de cooperación. Quisimos mudarnos a Monterrey por estas buenas experiencias y la cercanía con la frontera, lo que facilitaría los tours. Mientras afinábamos detalles de la mudanza, el problema del narcotráfico se agravó: el Garage estaba por cerrar y el quehacer musical, como lo conocíamos, se desvanecía. Un par de días después decidimos mudarnos al Distrito Federal.

La transición fue complicada porque la capital opera sobre vestigios del rockstarismo de la era del Rock en tu idioma. La ilusión de la independencia hace evidente a una escena en pañales que es ordeñada por sus actores y refleja que la música es lo que menos importa. Decidimos aislarnos y trabajar con personas con las que compartíamos formas de pensar.

Nuestros gastos eran altos, el panorama musical local no nos inspiraba, nuestros trabajos no nos gustaban del todo y sólo nos ataban a la ciudad nuestras amistades y redes de cooperación que estaban integradas, en su mayoría, por gente de otros estados del país. Un día Lorena tuvo la idea de mudarnos a Ensenada: nos dimos cuenta de que tenía mucho sentido por la cercanía con la frontera y porque así nuestros gastos serían menores. Decidimos vender todo e irnos.

Vivimos como ermitaños. Nuestra conexión con la escena musical de Ensenada no es muy activa y conocemos a pocas bandas, algunos promotores muy entusiastas y un par de foros. Sin embargo, con las herramientas a nuestro alcance, logramos crear lazos a lo largo de la República y en otros países: tenemos información, muchos amigos y esto nos da la posibilidad de devolver el apoyo que recibimos. Es como contribuir a una gran red. Si debemos mudarnos de ciudad, país o continente para mantener estas redes, lo haremos porque, aunque suene complicado, estar rodeado de las personas correctas facilita lo que hacemos. Ganamos muchísimo: actúas en el ambiente que quieres, eliminas mitos y experimentas de primera mano diferentes modelos de vida.

 


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
(Jalisco, 1986) integrante de Lorelle Meets the Obsolete, dúo de rock sicodélico formado en Guadalajara. Ha colaborado con miembros de Soho Riots, Los Mundos, Has a Shadow y Robota. Recién regresó de una gira que incluyó conciertos en Génova, Madrid, Zúrich, París, Dresde y Bristol. Su último LP es Chambers (2014), editado por Captcha Records.
(Jalisco, 1984) integrante de Lorelle Meets the Obsolete, dúo de rock sicodélico formado en Guadalajara. Ha colaborado con miembros de Soho Riots, Los Mundos, Has a Shadow y Robota. Recién regresó de una gira que incluyó conciertos en Génova, Madrid, Zúrich, París, Dresde y Bristol. Su último LP es Chambers (2014), editado por Captcha Records.
Sin título, de Acapulco, por Patrick López Jaimes, 2010.

Guerrero es uno de los estados más golpeados por el desplazamiento forzado: la situación de la violencia (que provoca desplazamientos de comunidades enteras, aún no cuantificados en su totalidad) y las terribles secuelas de los huracanes Ingrid y Manuel suman treinta mil guerrerenses que cada año se mudan a otro estado. Vanessa Téllez forma parte del éxodo. Pero su desplazamiento va más allá: su apuesta por lo literario es un compromiso con la aventura y la aniquilación de la zona de confort que representa quedarse en un solo lugar.

 

Irme fue parte imprescindible de la escaleta imaginaria que seguía. Fuera de las historias que me guiaban, había una especie de voluntad por sopesar estaciones territoriales en cuyo piso me sintiera arrojada a la aventura. De quedarme en Guerrero no sólo habría habido cierta repetición sino, además, un descarado conformismo.

Cuando años atrás estalló la violencia en Acapulco, esas razones debatieron con la necesidad de evitar la diaria confrontación. Trabajé como reportera durante tres años, lo que me permitió corroborar el daño gradual en mi estado y en Acapulco; no es fácil ignorar que una tarde aparezca un hombre muerto a una cuadra de tu casa y tu calle esté llena de patrullas y periodistas. No desestimo la violencia y la necesidad de repensar su importancia para debatir sus causas y buscar herramientas que la contrarresten, pero fue evidente que hablar sobre lo que sucedía en Acapulco y otros municipios volvió monotemática la literatura. No deseaba que esta preocupación legítima homogeneizara mis otras búsquedas. Hoy me interesa cimentar lo que presencié, las conversaciones en las que compartíamos noticias sobre la degradación de Acapulco. Lo que estaba mal se puso irrevocablemente peor. La violencia no transformó a Guerrero en general, sino que evidenció lo que ya se encontraba en estado de descomposición. No me mudé al Distrito Federal, escapé.

Los lazos con esta ciudad se han forjado por filias y obsesiones bastante obvias, la escritura ha sido siempre el mejor combustible para afianzarme a ella desde el total desconocimiento. Pienso que la estadía defeña sí es necesaria, pero no obligatoria. Me interesa mucho alimentarme geográficamente, apropiarme de estos nuevos territorios y continuar mi camino. Mi obligación, si existe una, es no dejar de escribir.

Más que ubicar al Distrito Federal como la meca literaria o un lugar para expandirse creativamente en cualquier disciplina, me pregunto, ¿cuántas ciudades independientes al D.F., con su propio centro cultural, podemos mencionar? Constatamos la violencia como un organismo y no nos acercamos siquiera a imaginar sus alcances; acaso especulamos los caminos que tomará o cómo se va a degenerar. Es temprano para saber qué sucederá con la ciudad que adoptemos o con la que debimos abandonar.

 

 


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
(Guerrero, 1981) Fue locutora en radio estatal y beneficiaria del Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico con la novela Signos vitales, publicada en el Fondo Editorial Tierra Adentro.
“Caminos y Puentes Federales (capufe) no. 2”, de Espacios suspendidos, por Patrick López Jaimes, 2011. Puebla, Puebla. Inicio ca. 2000, demolido en 2011.

Según datos del Consejo Nacional de Población (CONAPO) se estima que en 2013, 5.8 de cada mil oaxaqueños cambiaron su residencia a otro estado. La historia de Ibán de León es la más cercana a la tradición migrante: abandonar el entorno rural y sus sosegadas dinámicas socioeconómicas en búsqueda de las plataformas de desarrollo propias de la urbe: formación académica, profesionalización y empleo. Pero tampoco se apega a ella: en su camino la escritura es la brújula, y las complejidades propias de este oficio, las condicionantes.

 

Soy de un pueblo de la costa de Oaxaca en el que apenas hay una librería y una biblioteca que casi nadie visita. Si a un sujeto se le ocurre que quiere ser escritor, la tiene difícil. Debe mudarse a un lugar que le ofrezca eso que su pueblo no: formación. Alguien podría decir que se puede ser autodidacta, pero pienso que el sitio y la interacción determinan el crecimiento de un individuo, cualquiera que sea el oficio que desempeñe. A menos, claro, que se dedique a otra cosa (pescador, campesino) y regrese a su pueblo: esto último lo digo porque he soñado con volver para realizar alguna de esas actividades.

Estudiaba arquitectura por error. Escribía poemas y sentía algo vivo en ellos que me hacía sentirme bien conmigo mismo. En Oaxaca no había carrera de Letras, pero averigüé que en la Universidad Autónoma del Estado de Morelos existía una Facultad de Humanidades con una especialidad en Letras Hispánicas. Tengo una hermana que vive en Alpuyeca, un pueblo de Morelos. Hice el examen de admisión y me mudé. En Cuernavaca descubrí que mi educación era deficiente, pero hallé buenos maestros, académicos que desde el principio pusieron en claro que la institución no era para escritores sino para futuros investigadores.

Creo que es una las cosas que deben agradecerse en ciertas ciudades de provincia: la presencia de autores importantes que forman generaciones completas de escritores. En Cuernavaca asistí a talleres, publiqué en revistas y periódicos locales, trabajé como editor y corrector. Ahí habría seguido de no ser porque me otorgaron una beca en la Fundación para las Letras Mexicanas. Me iban a pagar durante un año por dedicarme a escribir. Ni siquiera tenía que pensarlo. El D.F. nunca me ha gustado, pero era una oportunidad única. Me renovaron la beca y me quedé un año más. Y regresé a Morelos sólo porque no tenía muchas expectativas de empleo, y ya había decidido no establecerme en el Distrito Federal; estuve ahí porque sabía que mi crecimiento estaba de por medio. Y así fue, en esos dos años aprendí a asumirme como escritor.

De haberme quedado en Oaxaca no habría estudiado una licenciatura en Letras, y no habría aprendido de poetas como Javier Sicilia o Antonio Deltoro. Lo que es cierto es que mis elecciones, en su mayoría, las tomé sobre la marcha, pensando que eran las mejores: la literatura, desde que la visualicé como vocación, es mi prioridad.


Autores
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Poeta. Autor del libro Oscuridad del agua (ISC, 2012). Licenciado en Letras por la Universidad Autónoma del Estado de Morelos. Fue becario del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Morelos (2004) y de la Fundación para las Letras Mexicanas (2009- 2011). Actualmente es becario del Programa de Estímulo a la Creación y al Desarrollo Artístico–Oaxaca.

Los invitamos a las actividades que organiza el Fondo de Cultura Económica en conmemoración de los cien años del nacimiento de Efraín Huerta, que se llevarán a cabo en el Centro Cultural Bella Época.

El miércoles 11 de junio, se presentarán los libros Poesía completa; Efraín Huerta. Iconografía; El otro Efraín. Antología; ediciones de Martí Soler, Emiliano Delgadillo y Carlos Ulises Mata, respectivamente, y El Gran Cocodrilo en treinta poemínimos, con ilustraciones del Dr. Alderete. La presentación contará con la participación de Emiliano Delgadillo, David Huerta, Julio Trujillo y Eduardo Vázquez Martín, modera Tomás Granados.

Asimismo, está programada una lectura en voz alta de la poesía del guanajuatense el viernes 6 de junio a las 19:00 hrs. El 7 y 8 de junio, en el mismo recinto, se llevará a cabo el ciclo de cine “Luneta de cuatro pesos”, con películas reseñadas por Efraín Huerta. Para más información consulte la Agenda en línea del FCE.

El Centro Cultural Bella Época se ubica en Tamaulipas 202, esquina con Benjamín Hill, colonia Condesa. La entrada será libre.

 


Autores
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Fotografía por Nidia Rosales Moreno.

Reconozco en mí la misma condición de los ciegos. La diferencia está quizás en que esta ceguera viene de un acuerdo que firmé sabiendo de antemano que incluirme en un determinado espacio implicaba renunciar, dejar extraviada alguna parte elemental al interior de una casa inhabitada. Con el tiempo he ido aceptando esa condición que por momentos me obliga a pasar por alto la luminosidad de todas las cosas, a retraerme como las tenazas de un cangrejo sobre la piedra helada. El silencio es el lenguaje de los ciegos, pero de aquellos que se rehúsan a ver que nos envuelve una ligereza acuífera, un manto cálido que podemos llamar lenguaje.

Clarice Lispector, una escritora brasileña sumamente perturbadora, hizo un libro de cuentos que indagan en la fragilidad de los vínculos entre quien mira y lo otro, le llamó Lazos de familia, una historia de reconocimientos fallidos, de puentes extendidos hacia la nada. En “Amor”, una mujer descubre su propia ceguera al observar a un ciego que mastica chicle sobre la acera. Aquel hombre despreocupado refleja el instante en que uno sabe que ha construido su vida sobre falsas apreciaciones, que se ha contado una misma historia hasta creerla. Lo que acompaña a estos momentos de desesperación y angustia es el sonido, como si los objetos sonaran de forma distinta de acuerdo con las emociones de quien mira.

Sonoplastia es una exposición de arte sonoro que se inauguró hace poco en el Museo de Arte Contemporáneo de Oaxaca. Su nombre hace referencia a la sinestesia, esa figura retórica donde se mezclan distintas vías para percibir el entorno. Desde esta perspectiva, el sonido puede ser manipulado y esculpido, de tal manera que pueda traducirse en un objeto de naturaleza distinta a la original. En México, el arte sonoro ha explorado nuevos territorios metafóricos desde hace 40 años; como en otras latitudes, tiene vínculos con la poesía surrealista, dadaísta, futurista y concreta, donde el significado de las palabras se retrae frente a su sonoridad y las posibilidades de su composición visual. Ese juego semántico constituye la raíz de su propuesta estética, me parece.

Sonoplastia alude directamente a esta experiencia lúdica al presentar obras de 24 artistas que trabajan desde plataformas y enfoques distintos: Marcela Armas, Tania Candiani, Gustavo Atigas, Guillermo Santamarina, Iván Abreu, entre otros. Los curadores fueron Roberto Arcaute Rodríguez y Manuel Rocha Iturbide. El objetivo de esta primera exposición era trabajar el terreno para futuras muestras, más monocromáticas quizás. Al final de esta serie de exposiciones el museo incluso planea publicar un libro.

Manuel Rocha Iturbide se ha dedicado a indagar en los orígenes y manifestaciones del arte sonoro en México. Si bien resulta arriesgada cualquier definición, como sucede finalmente con el arte en general, la particularidad de este tipo de arte radica en la experimentación entre el sonido y otros soportes. Se trata de un nuevo lenguaje que codifica el entorno y abre al mismo tiempo nuevas significaciones en torno a la realidad y nuestro papel en ella. Para Rocha estas nuevas formas de trabajar con sonidos se traducen en poesía sonora, radioarte, música electroacústica y electrónica, música experimental, paisaje sonoro, escultura sonora, instalación sonora, acciones sonoras, intermedia, etc.

Algo cae en los instantes de revelación o éxtasis. Cuando en “Amor” la protagonista se sienta consternada en la banca de un jardín botánico, una sonoridad distinta se apodera de los árboles, de los escarabajos que habitan bajo sus cortezas, de la tierra a sus pies y las abejas que vuelan alrededor de su cabeza. Los sentimientos son bestias dulces y maravillosas, caballos alados por el tiempo, instantes que nos halan hacia los objetos para recordarnos nuestra propia corporeidad, para crear tal vez otra clase de cuerpo, uno menos pesado y concluso. La ciencia ha probado que todas las cosas tienen una vibración particular, emiten ciertas frecuencias, ¿a qué sonará nuestro cuerpo en momentos de tristeza, de felicidad o placer más allá de lo que la voz nos permite comunicar?, ¿suenan los retratos de nuestros antepasados, las paredes de una casa sin techo y a punto de caer?

A eso también alude Sonoplastia. Hay un trasfondo intelectual, por supuesto, pero más allá de aquellos puentes a veces intraducibles para el espectador común están las impresiones igualmente valiosas que nos hacen percibir estas obras como un juego. Creo que los autores también lo ven así, como una vuelta de tuerca, una serie de ejercicios infantiles para quienes suelen aburrirse en el trabajo. En la inauguración la gente parecía divertida, no trataban de pensar demasiado por qué alguien había colocado decenas de cajas de discos sobre el piso justo en la entrada de una sala, justo para ser pisadas y sentir ese crack bajo los pies. En cambio, paseaban una y otra vez por el mismo lugar sin poder ocultar su evidente consternación, igual que niños haciendo algo prohibido.

El juego puede también consternar, violentar la realidad inmediata. A través del juego desaprendemos, nos ganamos un lugar propio en este mundo. Jugar con los significados de los objetos es también violentarlos, deconstruir una realidad percibida erróneamente como plana y totalizadora. ¿De qué sirve colocar de otra forma las piezas de un rompecabezas armado y colocado en la pared de cualquier sala? Cuando uno se molesta por las cosas comienza a preguntarse por ellas, a apreciarlas por separado. Lo descolocado, eso es lo político, lo que se vuelve a pensar una y otra vez porque sabemos que algo salió mal en esa superficie aparentemente uniforme.

La finalidad política del arte se hace evidente también en Sonoplastia. Detrás de una bonita composición de megáfonos sobre una pared blanca se escuchan reportes sobre balaceras en el norte del país, con cada bala que surca el aire hay una posible muerte, una historia que contar: migración, pobreza, injusticias sobre el cuerpo y la mente. En otra sala hay un telar tradicional hecho de pequeñas tarjetas cuyo movimiento genera sonidos que han sido traducidos para contar lo que se vive en las maquiladores: esclavitud disfrazada, violencia de género, amordazamientos. Decenas de pequeñas jaulas cuelgan del techo, cada una emite voces de idiomas lejanos: un solo espacio, diferentes lenguas enjauladas, separadas entre sí por el peso que lo otro imprime en este sistema atroz.

¿Puede ser el cuerpo un territorio político? Cuando ya no estemos, ¿qué podrá decir esa periferia, qué podrá rescatar de aquella vida que ya no es? Un megáfono de plástico cuelga de una esquina, adentro un par de cuerdas vocales vibran ante el aire, respiran sumergidas en esa suerte de probeta: un experimento perturbador, un donador que sigue cantando desde lejos para recriminarnos tal vez ese desprecio por la vida que a veces se funde en las almas solitarias y sensibles.

Somos ciegos hasta de las cosas más elementales. El arte como territorio político nos da la oportunidad de volver a ver, pero esta vez desde un lugar menos subjetivo, más descentralizado. Por lo menos se trata de una apuesta, pues vivir sin apostar es relegarse al plano hipotético del sueño, silenciar los objetos, inmolarnos en ficciones.

Esta exposición se exhibirá todo el mes de junio en el Museo de Arte Contemporáneo de Oaxaca.

Horarios: miércoles a lunes de 10:30 a 20:00 hrs, domingos entrada libre.

Entrada general $20.

Estudiantes con credencial y personas de la tercera edad $10.

 

Fotografías de Sonoplastia.


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
Es licenciada en Lengua y Literaturas Hispánicas, por la UNAM. Junto al artista plástico Pavel Acevedo, dirige Espacio Centro, un lugar independiente de exhibición y producción artística ubicado en la periferia de Oaxaca. Trabaja lentamente en su ficción y en un pequeño huerto.

En la más reciente novela del español Agustín Fernández Mallo, una pareja viaja de la Ciudad de México a Nueva York con la intención de rentar un auto y cruzar el país vecino hasta Los Ángeles. Fiel a sus obsesiones, el creador de la trilogía Nocilla Project ensayó un fragmento de road novel en el que un par de excéntricos se mueve a la deriva y pasa muchísimas horas entre moteles y carreteras.

Él toma apuntes y ella maneja al límite de la velocidad permitida. Esa parte de Limbo (Alfaguara, 2014) nos lleva hasta pueblecitos que parecen fantasmas, nos coloca en el asiento trasero de un automóvil que atraviesa parajes en los que la naturaleza arroja su belleza al parabrisas. Pasan de estar cerca de lagos y arboledas a colocarse en busca del corazón del desierto Mojave.

El lector es el acompañante deseado que bien puede conformarse con la manía de la protagonista de apagar la radio o bien empeñarse en encontrar la banda sonora ideal para realizar tal periplo. En lo personal, me dejé llevar por la portada de un disco que funciona como una naturaleza muerta: una mariposa negra alterna con el cráneo de una res y ambos posan sobre un suelo polvoso y probablemente desértico.

La máquina del azar hizo que Eons fuera la banda sonora precisa para leer la novela. No sabía nada de la banda y mientras pasaba de hoja a hoja me negaba a llevar a cabo cualquier pesquisa complementaria. Era suficiente con la portada y una música que reivindica la mejor tradición del folk rock; canciones llenas de misterios, de cuerdas de guitarra que evocan tiempos idos. Melodías cinemáticas para historias apenas entrevistas.

Ejecutantes que tocan en busca de la variación de intensidades y de pasar de la añoranza a la ensoñación. Eons (Glacial Pace, 2014) es un espléndido descubrimiento, aunque después me enterara de que no se trata de un disco debut, pero sí del proyecto extendido de un guitarrista que comenzó componiendo sus temas en el interior de su recámara.

El también cantante Nate Lacy, residente de Portland, Oregón (uno de los centros neurálgicos del indie), recibió el apoyo de Isaac Brock, líder de Modest Mouse, quien apreció el alto nivel de sus composiciones y le propuso convertir a la banda en su proyecto paralelo. Para la primera grabación epónima del 2010 la alineación se amplió hasta quinteto, aunque ahora funcionan como trío que se completa con el bajista Adam Trachsel y el baterista Aaron Hanson, que ha cosechado todo tipo de elogios.

A las diez piezas que conforman el disco hay quien les encuentra un ligero toque psicodélico que les permite elevar el rango emocional. Ellos forman parte de una Norteamérica distinta; una que reside en los márgenes, en la periferia de los grandes centros urbanos y no la que abandera el capitalismo salvaje. Una cofradía invisible en la que también se puede incluir a bandas como Fleet Foxes, Menomena, Phosphorescent, The Tallest Man on Earth y Okkervil River. Creadores huidizos a los que se considera parte de esa New Weird America.

Eons fue grabado —como su antecesor— en el estudio Glacial Pace Recordings y conserva algo del sello de aquel material: su fragilidad, melancolía y letras un tanto surrealistas. Partieron de ponderar sus hallazgos y desde allí se explayaron, porque esta entrega significa un notabilísimo paso adelante en todos los sentidos.

Arranca “Memorabilia” y hay un sonido análogo que nos remonta a cuando los aparatos eran de bulbos. Parece el eco de un tiempo evocador atravesando por los cuerpos de un grupo de músicos que se entienden perfectamente. Ellos respetan la tradición pero en el presente hacen que confluyan cosas que vienen del country con la fuerza del rock.

Para “Acting your age” van ganando en matices y alcanzan cuotas altas de belleza musical que nos hacen recordar a ese genio llamado Justin Vernon, ya sea tocando con Bon Iver o con Volcano Choir. Aparece esa forma de cantar en un suave y agudo falsete, que en “Owl hoots” los muestra en plenitud (ese fue uno de los temas de adelanto).

¿Por qué seducen los Mimicking Birds? Bueno, allí están esas guitarras arpegiadas y esa técnica del fingerpicking, formas sinuosas en las bases rítmicas, y lo mejor, una masa de rock and roll que va aumentando paulatinamente en las piezas, casi con un sentido progresivo, que una vez más resuenan al señor Vernon, pero también de algunos grandes momentos de Sufjan Stevens.

Muchas cosas fueron puestas en su sitio durante estos cuatro años de ausencia entre disco y disco, se percibe una total seguridad en el rumbo de la búsqueda. Uno de los agregados novedosos pasa por el trabajo de teclados en “Bloodlines” —otro de los anticipos—, un corte lleno de magia y magnificencia que amplía las perspectivas del folk rock contemporáneo (que además cierra con un pasaje un poco experimental).

Así, mientras las partículas de Eons se esparcen cada vez que le damos play al disco, los personajes de Limbo salen una y otra vez de New Jersey y se internan en la provincia profunda. Se mueven en un vehículo anodino y cruzan Kansas, duermen en Denver y comen camarones antes de enfilar rumbo a la planicie del Mojave. Uno de ellos busca obsesivamente El sonido del fin. Yo no puedo saber a qué se refiera o como es que suena aquello. En sentido contrario, me convenzo de que la música de Mimicking Birds sólo conoce de vastedad y plenitud –que no son cosas menores-.

Tal vez en algún lugar se escuche El sonido del fin, pero en las distancias cortas tengo delante una decena de canciones que proponen un nuevo comienzo, uno en que notas y sonidos se repitan en un bucle infinito.

 

 


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
De los años sesenta tomó la inconformidad recalcitrante; de los ochenta una pasión crónica por la música; de los noventa la pasión literaria. Durante la década de los dosmil buscó la manera de hacer eclosionar todas sus filias. Explorando la poesía ha publicado: Loop traicionero (2008), Suave como el peligro (2010) y Combustión espontánea (2011). Rutas para entrar y salir del Nirvana (2012) es su primera novela. Es colaborador de las revistas Marvin, La mosca, Variopinto e Indie-rocks y los diarios Milenio Hidalgo y Reforma, entre otras publicaciones.