Charles Simic visitó México a propósito de los festejos por el centenario del nacimiento de Octavio Paz. El poeta, autor de El mundo no se acaba, recibió al equipo de Tierra Adentro en el cuarto de un hotel del centro del Distrito Federal. Sobre el escritorio yacía un ejemplar de Desarmando el silencio, libro con el que Xitlalitl Rodríguez Mendoza conoció la obra de Simic.
Charles Simic nació en Belgrado en 1938 y emigró a Estados Unidos en 1954. Tras algunos años en Chicago, comenzó a escribir poesía en inglés. Cincuenta años después, Simic es uno de los poetas estadounidenses más reconocidos. En México se han traducido El sueño del alquimista,Una boda en el infierno, Desarmando el silencio,El flautista en el pozo y Alquimia de Tendajón.
Su poesía se caracteriza por una aparente simplicidad, una brevedad con la que nos hace montar en sus textos y luego nos derriba como un poni que repara.
Con la edad he adquirido una destreza: al leer una obra me hago idea de ciertos modos del autor. Con Simic me equivoqué. Temí que fuera un poquito cascarrabias. Después de todo pasó su infancia entre cráteres de bombas, calles destruidas y cascos de soldados alemanes llenos de piojos. Fui la más feliz al descubrir lo equivocada que estaba. Charles Simic es amable, brillante, paciente y escandalosamente divertido. Debería ser presidente del mundo.
He leído pasajes muy difíciles de su niñez durante la guerra. Si tuviera la oportunidad de elegir entre haber tenido una infancia más tranquila y sin tanto sufrimiento para su familia, a cambio de no haber escrito poesía, ¿la tomaría?
Me siento perfectamente bien con mi infancia. No se la recomendaría a nadie más, pero fui muy feliz durante la guerra. El mundo se estaba yendo al infierno, los aliados estaban invadiendo a los alemanes y había una guerra civil en curso, pero para un niño en una gran ciudad cuyos padres estaban siempre ocupados —como ocurre en una guerra, los padres se van lejos y las madres tienen que trabajar—, yo tenía mucho tiempo para jugar con los otros niños del vecindario. Nadie me vigilaba. Era maravilloso. Cuando la guerra terminó (yo no recuerdo, me lo contaron) yo estaba jugando en la calle. Vivíamos en el centro de la ciudad, en un cuarto piso, y el único momento en que subía a casa era para tomar agua; corría por las escaleras y los pasillos hasta la cocina, bebía agua y volvía de inmediato a la calle. Así que en aquella ocasión subí a tomar agua y cuando iba a regresar a jugar (insisto, yo no me acuerdo, pero es lo que me han contado) me dijeron: “¡Espera, espera! No te vayas. Terminó la guerra… ¡Terminó la guerra!”, y me cuentan que me quedé estático y al cabo de un rato dije: “Bueno, parece que ya se acabó la diversión”. Me tomó bastante tiempo entender por qué dije eso y no lo hice por mí mismo. Una vez, en una fiesta, conversaba con una mujer de mi misma edad que había estado en Varsovia durante la guerra, en situaciones mucho más terribles que en Belgrado. Mientras le hablaba de estas cosas, ella me dijo: “Es perfectamente normal que te sientas así: no tenías que ir a la escuela. De hecho yo tuve mucha suerte porque mi escuela había quedado destruida”. Así entendí por qué tuve esa sensación de tristeza por el fin de la guerra.
Desde Dismantling the Silence, donde escribe “Viajar dentro de una piedra / ése sería mi camino”, hasta New and Selected Poems(1962-2012), donde aparece el poema “Las cosas me necesitan”, se ha interesado en escribir sobre pequeños objetos, que a primera vista podrían carecer de importancia poética. ¿Cómo elige cuáles son los objetos indicados para escribir? ¿Por qué elige una piedra y no otra cosa?
Primero habría que considerar cómo empezó todo esto, porque no fui el primero. Los poetas modernistas franceses lo hicieron mucho antes. Al principio esto ocurrió como algo “antipoético”; escribir sobre algo que no parece poético. William Carlos Williams tiene un poema muy famoso, “La carretilla roja”, que también es un ejemplo. Mi poema “La piedra” fue el primero que escribí de este tipo. Siempre me han gustado las rocas. Las piedras pequeñas estimulaban mi imaginación. Si encontraba en la playa una piedra que me gustara, me la llevaba a casa y la ponía al lado de mi cama. Después, cuando comencé a escribir sobre el tenedor, el cuchillo, la cuchara, etcétera, ocurrió sin planearlo. Una noche en que estaba en mi casa, vivía solo y no encontraba nada que hacer, me puse a observar mis cubiertos. Los tenedores y la cuchara que tenía eran muy diferentes porque los había tomado de restaurantes; no combinaban. En eso tomé la cuchara y me pareció un objeto maravilloso, y pensé que nadie había escrito un poema acerca de una cuchara. Luego escribí acerca del tenedor, un cuchillo y otros objetos.
Con respecto a la otra parte de tu pregunta, por qué elegir un objeto y no otro, un amigo me dijo, después de que había publicado en algunas revistas una serie de poemas sobre objetos, que debía escribir un libro de poemas de este estilo. Me pareció una excelente idea y seguí escribiendo sobre objetos pequeños; entonces decidí escribir un poema sobre un palillo, porque me encantan los palillos, pero me di cuenta, sorpresivamente, de que no tenía nada interesante que decir sobre ellos. Tenía toda una constelación de cosas que decir sobre otros objetos, pero no sobre los palillos. Tienes que encontrar aquellos objetos que provocan una reacción en ti.
Pienso en su poema “Mis zapatos”. Se trata de un objeto muy humilde, como pueden ser los zapatos de un niño en una guerra.
Ese poema tiene una bonita historia. Mucha gente creía que lo había escrito a partir del famoso cuadro de Van Gogh, Un par de botas (hay dos o tres versiones de ese cuadro), pero no es así, es uno de mis primeros poemas y trata acerca de mis zapatos. Una mañana en Nueva York, cuando era joven, en que no me podía levantar —cada noche me acostaba a las dos o tres de la mañana y me tenía que levantar a las ocho porque entraba a trabajar a las nueve— se me ocurrió este poema. Estaba sentado en el borde de la cama, mirando el suelo, aún tratando de despertar, y de pronto observé mis zapatos, el único par que tenía. Recordé a mi madre cuando me decía: “Ponte los zapatos inmediatamente”. Los vi y de pronto surgió esta imagen hasta cierto punto religiosa. Esta es la historia de ese poema.
¿Piensa que es necesario escribir poesía?
No creo que sea necesario. Hace mucho tiempo me di cuenta de que la poesía era una obsesión por hacer algo que nunca lograba hacer bien. Decidí que no iba a rendirme. Cuando era joven solía jugar ajedrez. Cualquier buen jugador te dirá que hay juegos que te persiguen durante mucho tiempo y no necesariamente porque hayas cometido un error, sino porque en la profundidad de esos juegos hay un comentario acerca de tu propio carácter, ya sea sobre algo psicológico, sobre tu propia impaciencia o esa necesidad de mostrar bravuconadas de vez en cuando. Del mismo modo, ningún poema que haya escrito me satisface del todo y por eso sigo trabajando y corrigiendo. Siento que no tengo otra opción.
¿Cuál es su definición de poema?
Un poema es algo que lees y que vuelves a leer inmediatamente. Hace mucho solía trabajar en librerías. En una ocasión vi a una persona que estaba esperando a alguien, parecía molesto por la espera; tomaba un libro, lo hojeaba, lo dejaba en su lugar. Hizo lo mismo con unos siete u ocho hasta que de pronto leyó algo que lo cautivó instantáneamente y ya no pudo soltar el libro. Un poema es una especie de vía que cada lector recorre y desgasta, pero también es algo accesible. Entre todas las cosas que un poema puede ser, hay algo en él que lo hace gratificante de inmediato. De hecho puedes ver a una persona que tiene un libro entre las manos y te das cuenta si es poesía por la manera en que lo lee. En un poema tienes una recepción a corto plazo y de inmediato puedes hacer algunas conjeturas sobre la forma, estar muy seguro de lo que va a ocurrir, y al final, lo que esté en el poema, saldrá por completo. Aunque también debe haber cierto misterio, algo que te das cuenta de que al leerlo de nuevo habrá de abrirse. No está muy claro, pero se trata de una confusión de carácter expresivo, algo que te invita a pasar más tiempo en su ambigüedad. Si tiene todos estos elementos, el poema es bueno.
Pienso en su poema “Tía lechuga, quiero mirar bajo tu falda”. ¿Qué función tiene el humor en su trabajo?
Más que una función en la poesía, una visión humorística ocupa una parte en el mundo tanto como una visión trágica. Siempre le digo a las personas que durante la guerra, a pesar de los bombardeos y demás, la gente no se la pasa llorando. También hay bromas y la gente se ríe. Algunos me preguntan de qué nos reíamos en la guerra, y yo respondo que es parte de nuestra condición: uno ríe. Podría decir que casi siempre mi primera reacción ante algo es de carácter cómico. De ahí el querer ver debajo de la falda de la tía lechuga. Como se ven las lechugas en el mercado (hace la mímica de estar deshojando una, se ríe); es como para preguntar: “¡¿Por qué está vendiendo pornografía?!”
La memoria es parte esencial en su trabajo, pero ahora, en New and Selected, está “El futuro”, donde afirma: “sé que la mayoría le tenemos miedo”. ¿Qué es a lo que más le teme ahora Charles Simic?
Cuando llegas a mi edad —tengo setenta y seis años— la mitad de tus amigos están muertos. No tengo miedo a la muerte, pero este mundo que tenemos… Han pasado años desde la última vez que conocí a alguien optimista. Tengo un gran miedo por el futuro en cada aspecto de nuestra sociedad. Hay que ver lo que ha pasado con los libros, con el aprendizaje.
¿Cuáles son sus hábitos de escritura?
No tengo hábitos para escribir. Trato de escribir a diario. Es algo que cambia con los años. Antes escribía por las noches, antes de ir a acostarme, y ahora escribo por las mañanas, y aun así cambia mucho cada día.
Como profesor del programa de escritura creativa de la Universidad de Nueva York, ¿cuál es la lección más difícil para los jóvenes empeñados en ser poetas?
Ahora recuerdo que entre mis alumnos tuve a dos mexicanos —uno murió— que tenían una gran influencia de Octavio Paz. Yo les decía: “Por qué de todos los poetas mexicanos que los podían haber influenciado…”, pero bueno, lo que debes hacer como maestro es ayudarlos a que encuentren su propia voz y eso al principio sólo se hace imitando a otros. Yo solía imitar a Neruda cuando era joven, luego me di cuenta de que sonaba como a un mal Neruda y dejé de hacerlo.
Ahora bien, hay personas que desde el principio muestran un talento. Sin embargo, me parece que alguien que aspira a ser poeta debe tener una relación particular con el lenguaje; un buen oído y un gusto por el lenguaje, por usar las palabras de cierta manera. Debe ser capaz de escuchar varios tipos de dicciones y combinarlas. Ese es el trabajo más interesante y difícil con la mayoría de los estudiantes. Hay otros estudiantes, más raros, que no tienen esta relación con el lenguaje, pero tienen una gran imaginación. Lo extraño es que ocho de cada diez de los más talentosos casi nunca se vuelven poetas. Con frecuencia, los que se hacen poetas son aquellos que parecen no poder evitarlo. De alguna manera todas estas cosas que he mencionado se manifiestan en su trabajo. No es algo inmediato; esto no es nada nuevo. En todas las tradiciones —la mexicana incluida— cuando lees las obras completas de cualquier poeta —clásico o no— sus primeras obras son malísimas. La gente más talentosa no sabe lo que tiene, no lo entiende. Y los otros estudiantes, cuando leen algo de los talentosos, exclaman cosas como: “Michael, eso es maravilloso”, y si uno sugiere que quite la segunda estrofa, porque la segunda y tercera estrofas son lo mismo, Michael quita la estrofa buena. La gente talentosa no entiende lo que hace.
Traducción de la entrevista por Gerardo Piña.
Última parada de la
ruta de autobús y
banca instalada. Fotografía: IDENSITAT.
A 40 kilómetros del Distrito Federal existe una comunidad que vive entre el basurero municipal de Tultitlán, hoy clausurado, y la Sierra de Guadalupe. En esta región la principal actividad económica fue la separación y venta de residuos, e IDENSITAT, la iniciativa que se dedicó a transformar los espacios comunitarios mediante estrategias artísticas.
IDENSITAT es un proyecto artístico (iniciado en Calaf, España, 1999) que trabaja como casa gestora y de vinculación con proyectos de espacios públicos, por lo que ha sabido encontrar distintas formas de transformar lugares comunitarios mediante estrategias artísticas. Esta iniciativa pone el dedo en un tema espinoso: las trabas para desarrollar proyectos culturales que penetren el espacio social; sin embargo, al proyecto paulatinamente se añadieron nuevas conexiones y estrategias, lo que dio como resultado una red de colaboración entre instituciones, investigadores y artistas. Con el tiempo incorporaron una estrategia educativa que liga las actividades entre la producción de proyectos y la población de la localidad, además de un formato continuo de incidencia barrial, en donde se generan trabajos más longevos que involucran estrategias cooperativas y de coproducción con la comunidad. Un ejemplo fue una pista de patinaje en Arbucias, iniciativa de los jóvenes de la zona que demandaban un espacio así. IDENSITAT colaboró como motor de gestión para incluir la participación del patinador y constructor Sergi Arenas, además del diseño y construcción de forma colaborativa del parque.
Elena Muñoz (Distrito Federal, 1984), miembro de IDENSITAT desde el 2012, es asesora de proyectos de espacio público y acreedora del Premio de Arte Público SITEUR en 2010. Elena cuenta que “la mayoría de los proyectos son a largo plazo, porque buscan incidir en espacios sociales (más que en espacios públicos); esta esfera que llamamos el espacio social tiene que ver con el espacio físico, con el espacio político y también con el ciberespacio”. Así, IDENSITAT crea dos ramas de trabajo principales: una basada en la colaboración directa con el artista, y otra que se enfoca en el trabajo específico con un barrio o colonia. Sobre esta segunda línea de trabajo, Elena explica: “intentamos siempre experimentar con diferentes intervenciones e innovar en la manera en la que lo hacemos. Pero no elegimos al azar una zona simplemente por el hecho de que nos guste o no, sino porque algo interesante está pasando en ese lugar”. Es en este formato que IDENSITAT se exporta a México con ID*Barrio Mex, coordinado por la misma Elena, con el que se plantea la posibilidad de crear un observatorio en la zona de Tultitlán en el Estado de México, lugar periférico con características bastante peculiares: su comunidad alberga sólo a ciento cuarenta y siete habitantes, y es receptora del basurero municipal (colindante con la reserva de la Sierra de Guadalupe). “Comenzamos a trabajar con Tultitlán a partir de las inquietudes de una A.C. que había trabajado con la comunidad de pepenadores anteriormente, pero que por alguna razón les era imposible abordar la problemática desde el marco artístico”, dice Muñoz.
En este contexto, una vez que se elige el sitio, el plan de trabajo y los objetivos de la intervención son propensos al cambio. Elena habla de que la metodología de trabajo se adapta: “En general intentamos que los procesos de trabajo giren en torno a una fórmula, IDENSITAT: [LUGAR] + [TALLER] + [PRODUCCIÓN + DISPOSITIVO MÓVIL] + [SEMINARIO]”. En esta lógica, Tultitlán ha cambiado el plan de trabajo. En un principio se pensó hacer una investigación y talleres de materiales constructivos reciclados, pero el basurero cerró y una parte de la comunidad de pepenadores tuvo que emigrar a otros basureros. El equipo de trabajo tuvo que adaptarse: “Hemos enfocado el proyecto hacia cómo podemos incidir nosotros en un contexto de periferia. Lo que hicimos fue construir una máquina para soldar, que trabaja a base de agua y de sal, en colaboración con el colectivo de arquitectos SomosMexas. Lo que buscamos es construir un modelo replicable para que todo el que quiera pueda hacer una máquina de soldar con pocos recursos. Con esta máquina, y la participación de los habitantes de Tultitlán, se construyó una banca que sirve para dos usos: parada de autobús y banca de futbol”, comenta Elena.
Pese a que es relativamente joven, ID*Barrio Mex ha comenzado a formar una red de trabajo y colaboración en la que el colectivo sustenta su trabajo como vinculante: “En IDENSITAT quien sube al barco es bienvenido”, comparte Muñoz; y asimismo, se puede bajar cuando quiera. Se han organizado otras actividades en el Distrito Federal, como el caso de un seminario en el Centro Cultural de España en México a partir de la exposición Esto no es un museo, y una residencia en SOMA, donde se realizaron proyectos de intervención con los alumnos. Actualmente continúa el trabajo en la zona de Tultitlán, mientras mantiene la red de colaboraciones, con el Faro de Oriente, por ejemplo. También realiza un trabajo documental, otra investigación que consiste en entrevistar a artistas e investigadores que centran su trabajo en la intersección de la temática de espacio público, arquitectura y basura. Para el documental se ha entrevistado a Ilana Boltvinik, artista que recientemente colaboró con Chicle y pega, en Casa Vecina; al arquitecto Arturo Ortiz Struck; Eduardo Abaroa y Yoshua Okón de SOMA México, y Tania Ragasol y Christian del Castillo, de Casa Vecina, entre otros. Este material audiovisual servirá como archivo de recopilación e investigación para las acciones y coyunturas futuras que ID*Barrio Mex realizará a nivel nacional.
Equipo de INDENSITAT cubriendo de lonas la banca construida.
Laia Sole trabaja la placa que servirá como insignia del proyecto en Tultitlán.
La parada de autobús que también sirve de banca de futbol. Soldada con un soldador a base de sal y agua.
¿Qué nos dicen los muertos desde sus fotografías? ¿Por qué existen las fotos de cadáveres? ¿Cuál es su función? Marina Azahua arroja luz sobre estas cuestiones en una versión alterna del capítulo final de su libro Retrato involuntario. El acto fotográfico como forma de violencia (Tusquets, 2014).
La fotografía es un adiós. Pertenece a la vida después de la muerte del retratado.
Eduardo Cadava
¿Cómo se postra uno frente a un cadáver? Si el calor del cuerpo sigue presente, ¿se trata de un ser humano? Si ya enfrió la piel, ¿es entonces un objeto? Si los muertos son objetos, ¿importa qué nombres habrán tenido? ¿Qué pasa con los cuerpos tirados en la calle que ni cartera traían? ¿Cuál habrá sido su sabor de helado favorito? En qué momento se convierte el muerto en objeto y ya no en ser humano con gustos y predilecciones, ¿al instante de la muerte?, ¿al instante de convertirse en fotografía? La marca de la muerte acompaña al cadáver fotografiado hasta su nueva vida como materia plana, bidimensional. En cualquier fotografía de difuntos persiste una llaga que llora, una pústula que emana. No observamos la muerte de alguien, sino el hecho mismo de que ya no es alguien. Ya no es ser. Es algo nuevo.
El asombro ante el retrato de la muerte es posiblemente universal. La manera como se congela el fin de una vida tiende a reproducirse de modo casi alquímico en la plata de la fotografía; graba cada detalle, guarda cada arruga y mancha, a veces incluso guarda la verdad de los últimos instantes. Por eso es importante aprender a mirar a los muertos, reconocerles aunque sea con la mirada, evitar replegarnos para verlos verdaderamente, aunque nos duela y nos recuerde a la maldad humana, porque el rostro de los muertos posee la sinceridad de lo neutro. No tienen otra opción más que ser lo que son. Poseen una calma imprevisible. En ocasiones también inspiran terror. Pero resulta más desconcertante la tranquilidad contradictoria que se aloja en algunos. Hay una muerta en particular, cuya quietud persigue; su nombre era Evelyn McHale.
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A las diez cuarenta de una mañana de medio siglo XX, un policía de nombre John Morrissey notó una mascada blanca que caía flotando desde las alturas del Empire State. Unos segundos después, escuchó un golpe seco. Cuando uno salta al vacío puede caer elegantemente y aterrizar con los pies cruzados. Pero esto no es común. Al saltar desde el piso ochenta y seis del edificio Empire State se corre el riesgo de perder los zapatos. Siempre son lo primero en irse. Lo mismo sucede en los choques: la gente inexplicablemente pierde los zapatos. Se dice que es tal la contracción de los músculos, tan innatural el movimiento corporal causado por el impacto, que se le salen a uno, existan agujetas, hebillas o nada. Al saltar del edificio se perderán zapatos, incluso hasta se romperán las medias, pero pueden conservarse los guantes intocados. Se puede caer los más de trescientos metros de altura, llegar al fondo, caer sobre una limusina y destruirla, pero seguir con la mano aferrada al collar de perlas que con tanto cuidado se colocaron sobre el cuello esa misma mañana. Se pierden los zapatos; y la vida, por supuesto, sin duda se pierde.
El 2 de mayo de 1947 el New York Times informó en un breve artículo que Evelyn McHale, tras haber realizado una visita a su novio, subió hasta la plataforma de observación del piso ochenta y seis del Empire State y se convirtió en la décimosegunda persona en saltar desde aquella altura. Los que deciden lanzarse al aire no suelen llegar a su fin como una visión tolerable ante la mirada ajena. Sus cuerpos normalmente terminan destrozados, con huesos alojándose en sitios donde no corresponden. Pero Evelyn no. Ella sólo perdió los zapatos. Robert Wiles, un estudiante de fotografía, la escuchó incrustarse contra la limusina de las Naciones Unidas. Corrió y miró la escena. De inmediato produjo la única foto que publicaría en su vida. La imagen resultante se conoce popularmente como “el suicidio más bello”. En la fotografía, el rostro y el cuerpo de Evelyn McHale se encuentran en reposo absoluto. Nada en su compostura indica que haya saltado desde una altura mortal, excepto su falta de zapatos y el hecho de que está acurrucada entre el metal corrugado del techo de una limusina destruida. Seis mil quinientas ventanas más arriba, en la plataforma de observación, la policía encontraría una nota que decía: “No quiero que nadie dentro o fuera de mi familia vea ninguna parte de mí. ¿Podrían, por favor, destruir mi cuerpo por cremación? Les ruego a ustedes y a mi familia —no hagan un funeral ni remembranza alguna para mí. Díganle a mi padre que tengo demasiadas de las tendencias de mi madre”. Atravesadas por una línea de tinta, en la misma nota, se podían leer las siguientes palabras: “Él está mucho mejor sin mí […] yo no sería una buena esposa para nadie“.
Lo único que quería era desaparecer, pero el cuerpo de McHale se convirtió en un nuevo cuerpo que es la imagen fotográfica. Pasó a formar parte del imaginario colectivo en el instante en que Wiles vendió su foto a la revista Life, y dos semanas después se publicó a página completa. Quince años más tarde, la imagen del cadáver de Evelyn se integró a la serie Death and Disaster de Andy Warhol. Una serigrafía con el título Suicide (Fallen Body) reprodujo mecánicamente el epicentro de su caída.
Un segundo antes Evelyn estaba ahí, en el borde, observando el horizonte como todos los demás turistas. Pero de pronto dejó de estarlo. Nadie, nada, ni la barandilla ni las múltiples barreras la detuvieron. Ya no está. Ha desaparecido. Se ha lanzado. No quiero que nadie dentro o fuera de mi familia vea ninguna parte de mí. El deseo de desaparecer súbitamente: ahí radica el impulso básico del suicidio. Esfumarse. Disappear into thin air, dicen los angloparlantes. Desaparecer por completo y convertirse en aire. No cualquier aire. Aire delgado, viento. ¿Podrían, por favor, destruir mi cuerpo? Y sin embargo, su imagen final robó su último deseo. Esa misma caída con la que Evelyn buscaba desaparecer del mundo para siempre la fijó en la posteridad.
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Lo último que nos dejan los muertos es su cuerpo. Y sin embargo, casi siempre tenemos el impulso de cubrirlos. Pero no los cubrimos a ellos, sino a su muerte. Cuando su abuela agonizaba, mi madre se escondió tras una cortina y por eso la pudo ver morir. Asomada entre la tela, para que no la vieran doctores y enfermeras que entraron corriendo a intentar salvar a la moribunda, mi madre pudo ver cómo en el instante de la muerte los ojos se cubren de nube y, lechosos, dejan de ser humanos. El aspecto físico de la muerte nos obliga a entablar una nueva relación con ella a nivel material. Entender que observamos un cadáver, y no un cuerpo vivo, es el primer paso hacia la construcción del cadáver como objeto. Intentamos resistir, hacemos lo posible por presentar a los difuntos como si aún estuvieran vivos. Les cerramos los ojos en un impulso por imaginarlos dormidos. Pero pronto la muerte vence, y el rigor mortis abre de nuevo los ojos, las bocas se convierten en abismos expuestos y los miembros se fijan. Entonces no nos queda más remedio que aferrarnos a otra cosa, algo que no sea el cuerpo que comienza ya a desintegrarse. Así, buscamos otras formas que vengan a representar al ser, ahora cadáver, que vive ya la soledad más profunda: la de la muerte.
Cuando la pareja del artista Barton Lidicé Beneš murió de SIDA, en el instante de su fallecimiento emanó de su nariz un fluido que su amante limpió con una bolita de algodón. Tras las formalidades del velorio y el sepelio, el artista regresó a su casa, donde sus amigos habían retirado la cama hospitalaria del difunto y algunos otros artículos médicos. Lo único que quedaba en el lugar donde había muerto su pareja era esa bolita de algodón en el piso. Beneš de inmediato la recogió y la agregó a su profusa colección de objetos. Este impulso, que a muchos parecerá desagradable, responde al instinto natural de los vivos de quedarse con un trocito —alguna memoria física, no importa cuán ínfima sea— de quien los ha dejado.
Hace poco llevé a restaurar una silla que perteneció a mi madre. En el local de composturas la esposa del tapicero me dijo que entendía perfectamente mi apego hacia la silla, pues ella también guardaba algo que le recordaba a su padre muerto: el catéter que estaba inserto en su brazo al momento de morir. Años después de la pérdida, los ojos de la señora aún se nublaban al describir cuánto atesora ese tubito de plástico, con sangre adentro, recordatorio tanto del fallecimiento de su padre como del hecho mismo de que existió. Esa sangre, en ese tubito, fue de alguien, alguna vez. Ese alguien fue mi padre.
Tomar una fotografía de nuestros difuntos no es tan diferente a guardar un pedazo de ellos. Se trata de una muestra de cómo nos aferramos a nuestros muertos y la necesidad de asegurar la presencia última de quien no volverá a estar presente entre nosotros. ¿Pero qué hay de los muertos ajenos? ¿Por qué los fotografiamos a ellos? ¿En dónde radica la moralidad o no de fotografiar a los muertos en el instante de su vulnerabilidad más extrema, cuando definitivamente ya no se pueden defender? ¿Qué elección tienen los cadáveres que se vuelven símbolo?
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Me pregunto si la lámpara de noche que acompañó la muerte de Stefan Zweig y su pareja, Lotte Altmann, estaba encendida o apagada cuando los encontraron muertos. El buró de la habitación en Petrópolis, Brasil, está poblado de todo lo que uno espera encontrar al lado de la cama de quien duerme. Aparte de la lámpara, hay tres monedas y una caja de cerillos; a través de estos objetos uno imagina el gesto del hombre que mete la mano al pantalón para sacarlos y depositarlos ahí, antes de meterse a la cama. Un vaso de agua parece un objeto igual de inocente hasta que uno imagina que contuvo el agua con la que los amantes suicidas se tragaron las pastillas que les darían muerte. Protegiendo la superficie del buró, una carpetita con flores. Encima, una botella, quizás de cerveza, se acomoda al lado de un pañuelo lánguido al pie de la lámpara. ¿La habrán apagado antes de dormir por última vez juntos?
Se siente extraño este acto de escudriñar los instantes finales de la vida de una pareja por medio de los últimos objetos que tocaron. La fotografía engaña, y uno podría creer que Stefan y Lotte duermen en la acojinada cama, pero no. Sus manos están fijadas una a la otra, la cabeza de ella se acomoda en el hueco del hombro de él. Reconstruir el suicidio de la pareja sólo es posible gracias a la fotografía que se produjo de ellos, quizá por motivos de investigación policiaca o por un impulso noticioso de nota roja. Sin la fotografía no existiría el registro de sus últimos momentos, vistos a través de los últimos objetos que tocaron. La fotografía es la invasora que nos permite entrar, una y mil veces, a esta escena de muerte en 1942. ¿Tenemos derecho, o no, a entrar al espacio de estos muertos, analizar las posturas de sus cuerpos y esculcar sus cajones? ¿Acaso por estar muertos dejan de ser sus pertenencias privadas? ¿Acaso ya son nuestras para ser tomadas y utilizadas de esa manera? Diane Arbus le escribió a su amigo Marvin Israel afirmando que “esto de la fotografía es verdaderamente el negocio del robo […] me siento endeudada con todo por habérmelo llevado o estar a punto de hacerlo”.
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La fotografía “no dice (forzosamente) lo que ya no es, sino tan solo y sin duda alguna lo que ha sido”, dice Roland Barthes, “la esencia de la Fotografía consiste en ratificar lo que ella misma representa”. La fotografía para él es testimonio de que aquello que es posible observar, ha sido. Un espejo depositado en el trayecto del tiempo. Sin embargo, el planteamiento del autor, puesto de cabeza, resulta igualmente certero: si la fotografía es testimonio de lo que ha sido, también es confirmación de lo que ya no es. En el caso de las fotografías de cadáveres, la idea crece. Estas imágenes se vuelven evidencia de un proceso donde se afirma no sólo el “haber sido”, sino también el hecho de que esa persona, tras haber muerto, ya “no es”. La fotografía se convierte aquí en un proceso, y no en una rebanada de tiempo que atestigua lo que fue: registra lo que está sucediendo. Dentro de la imagen, aquello que sucedió, seguirá sucediendo para siempre. La fotografía de muertos registra el proceso mismo del des-ser, del dejar de ser, el proceso de construcción de la soledad del cadáver, el testimonio de su aniquilamiento, de su abandono del mundo.
La vida de un cadáver es corta. El tiempo que pasa entre que la persona muere y su cuerpo comienza a desintegrarse es sustancialmente breve. A las pocas horas el cadáver inicia su proceso de autodestrucción. La fotografía de difuntos registra ese breve espacio de tiempo, esa corta vida del cadáver y, sin embargo, fija y alarga el proceso para que podamos atestiguarlo una y otra vez.
Las imágenes sirven a quienes las consumen y no a quien retratan. En pocas instancias se vuelve este fenómeno tan evidente como en el caso de la fotografía de cadáveres. Ahí el retratado es sometido a un proceso que lo convierte en objeto de devoción o testimonio; su presencia en el mundo se transforma en un cuadro de papel y se convierte en cosa, tanto por el uso de la cámara como por el hecho de haber muerto y haber pasado a ser un objeto. La muerte convierte primero a la persona en objeto, y la fotografía extiende ese proceso.
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La muerte de los otros es prueba y ensayo de nuestra propia muerte. La foto congela un instante como prueba de que existió y murió la persona, de la pena de quienes lo rodean y del hecho de que ellos también han de morir. La prueba de vida de quien ya no existe es consuelo para aquellos que aún respiran. De ahí que la fotografía de difuntos jugara un papel tan fundamental como recurso social de rememoración.
Por más de un siglo fue socialmente aceptado producir y poseer una fotografía del cadáver de un ser querido. A través de este acto, que ahora nos parece tan extraño e incomprensible, se construía un objeto de duelo que ayudaba a canalizar simbólicamente la pérdida. Mi abuela es fotógrafa y se ha arrepentido siempre de no haber retratado a su hija muerta. No sé qué haría yo con una foto de mi madre difunta. No sé bien qué sentimientos me causaría. Quizás alabaría esa foto como hago con el resto de las imágenes que la retratan, los únicos espacios a través de los cuales la puedo mirar. Quizá la imagen de su cadáver me causaría pavor, o me evocaría el mismo hundimiento en el estómago que me provoca el último retrato que le tomó mi abuela a escasos días de morir. Sigue bellísima, pero ya tiene la sombra oscura de la muerte apeñuscada en los dientes de su sonrisa débil, le rodea los ojos, habita en sus labios retraídos de cansancio. Me llama la atención el arrepentimiento de mi abuela, el hecho de que años después me diga que hubiera querido registrar ese instante que es, probablemente también, el que más quisiera olvidar. Ella insiste siempre en lo bella que se veía mi madre muerta, en lo hermosa que la había vestido mi padre tras horas de encerrarse con ella en el cuarto, sólo dejando pasar al resto de la familia cuando ya la había acomodado, vestido y peinado. La imagen del cadáver de mi madre pervive en la mente de mi abuela. Entonces caigo en cuenta de que las imágenes más poderosas de nuestros muertos no se pueden retratar, se quedan plasmadas en la memoria, con materiales que no tienen equivalencia en el mundo físico, son experiencias imposibles de concentrar sobre un trozo de papel y plata.
Quizá la fotografía que mi abuela hubiera querido tomar le hubiera servido de consuelo. Así lo fue para muchos otros antes que ella. Fotografiar a los muertos solía formar parte fundamental del proceso de luto, era una extensión misma de éste. Hasta hace pocas décadas, las fotografías post mórtem eran objetos altamente simbólicos que contenían un lenguaje propio y un uso social particular.
En una imagen japonesa, probablemente de 1875, producida en Yokohama, se muestra a una familia que baña al padre muerto. El cuerpo pálido del difunto se acomoda dentro de una tina de madera donde es lavado con cuidado por dos jóvenes, uno de los cuales lo mantiene postrado. Una mujer ayuda vertiendo agua sobre el difunto con un cucharón. En el extremo derecho de la escena se encuentra una joven arrodillada, doblada completamente hacia adelante en gesto de llanto y cubriéndose la cara con un pañuelo. Un bonsái y un biombo de bambú constituyen el único fondo. La imagen es significativa porque muestra cómo la fotografía post mórtem solía formar parte (y siguió formando parte, entrado el siglo xx, en ciertas comunidades) de los rituales básicos que acompañaban la muerte de un ser querido. También exhibe la cercanía corporal que solía existir entre vivos y muertos. La producción de esta imagen, casi teatralmente escenificada, fue una extensión de las actividades del duelo que incluían bañar el cadáver, vestirlo y prepararlo para su cremación o entierro. La imagen también muestra que la muerte se pensaba como un evento comunal, vivido por la familia entera, con sus varios miembros auxiliándose en las diferentes etapas del luto.
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La experiencia de ver un cadáver es tan singular como único es el evento de cada muerte. Uno observa un cadáver por primera vez, dos veces; quizás a la tercera vez le siga atormentando, pero después uno ya no lo ve, sabe que verá muchos más y la costumbre avasalla. El paso del tiempo lo asegurará, veremos otro aún. Unos en vivo, otros en imágenes. Cuando el asombro amenaza con cesar, la fotografía del cadáver suple la experiencia directa de mirar al muerto. Nos estremecemos ante la portada de la nota roja casi del mismo modo en que lo haríamos frente al cuerpo inerte. Lo que nos tortura no es tanto el cuerpo, sino el hecho que se esconde tras su recién adquirido estado. A través de la imagen se mantiene el vínculo entre las experiencias. Entre lo vivido y lo visto se mantiene una constante: la certeza de que aquel está muerto, y yo, que lo miro, todavía no.
Nada es gratis, y el precio que se paga por mirar a los muertos es que se les roba el espacio privado de su propia muerte. Se les impone y niega su soledad en el mismo gesto. Como la chica que caía del Empire State, que no quería ser vista nunca más, y sucedió todo lo contrario. La distancia entre su cuerpo y el público que la mira, en vivo o en la fotografía, es insuperable. Aunque estemos ahí, mirando, al lado de su cuerpo, éste ha quedado ya inevitablemente abandonado, solitario. La fotografía de muertos rompe la distancia segura entre observador y observado, roba la intimidad de la partida y traiciona a la muerte misma al perpetuarla. Y sin embargo, no podemos evitar mirar.
Nuestros muertos anónimos, que no son nuestros pero los hacemos propios, revelan que la atrocidad puede ser hermosa a pesar de que nos desconcierte y aterre esta idea. Existe algo cautivante que emana de la violencia: texturas y efectos físicos que le otorgan un nuevo nombre al muerto. Le dan una segunda vida, ya no como ser, sino como cadáver. Pero hay otros muertos que no gozan del mismo destino: los muertos sin nombre, los que nadie hace suyos, éstos son los que más nos aterran. Basta con entrar a la página del Servicio Médico Forense para encontrarlos. No creo que sea su naturaleza mortuoria, evidentemente desagradable, lo que más nos impacte de ellos, sino su anonimato —el hecho de que estén naturalmente abandonados, sin reclamar, sin quién los vele. Siempre queda, latente, por encima de la víscera retorcida, la idea de que podríamos haber sido nosotros los abandonados, los atropellados, los electrocutados, los suicidas… y que si fuéramos estos, los que ahora vemos en el Alarma!, no tendríamos nombre porque nadie nos reclamó.
Se habla mucho del daño moral que genera el morbo en la sociedad. Se reprueba, especialmente hoy en día, a los mirones, esa masa reunida que se detiene para observar al cadáver caído, al coche chocado, al niño baleado. Ante esto yo respondería: que lance la primera piedra aquel que no haya pecado de morbo. Y continuaría con una proposición: ¿qué sucedería si el morbo que reúne a los mirones en todo crimen público surgiera más bien del mismo impulso de memorialización que se expresa en las fotografías post mórtem utilizadas ritualmente como objetos de duelo y remembranza pública? Lo que me parece verdaderamente escalofriante no es el muerto, sino que tras descubrirlo, nadie se detenga para enterarse de qué fue lo que le sucedió. ¿Qué ocurre si entendemos al morbo más bien como un rito social, una catarsis a través de la cual resulta posible procesar la muerte de un individuo en un nivel colectivo? Mucho se critica al que se detiene a mirar a los muertos. Peor, considero yo, sería que nadie los mirara. Sería entonces como si nunca hubieran muerto y, por tanto, como si nunca hubieran vivido.
Como sucede con el arte popular y las “bellas artes” o “artes liberales”, la distinción entre música popular y música clásica es estrecha, aristocrática y reduccionista. Resultaría una distinción aceptable si se ciñera a un ámbito genérico, si señalara con neutralidad distintas maneras de hacer arte, música. No obstante, se trata de una distinción preceptiva y no descriptiva, que con su sola enunciación hace notar la superioridad (no sabemos si moral o estética) de lo clásico por encima de lo popular.
Como no se trata de hacer polémica y enfrascarme en una discusión bizantina con el lector, doy por concluida mi aseveración diciendo que quienes desdeñan los géneros vernáculos se pierden de mucho. Se pierden no sólo de la música de la gente, sino también de la música desesperada, la música de cabaret, la música de poetas elementales. Sobre todo, se pierden de Léo Ferré.
Por alguna razón, supongo que por contagio, en el periodo de entreguerras en Francia, al menos, una generación de músicos franceses se empeñó en escribir bien. Esto quiere decir que aprovecharon la cualidad de un arte mixto para expresarse tanto con música como con palabras; muy al contrario de como es costumbre, con un coro pegajoso, ellos prefirieron la expresión fina y la melodía compleja.
Por lo general, desde hace no pocos años, lo que se vuelve célebre al exterior de cualquier país es lo que tiene éxito en Estados Unidos. El éxito de Edith Piaf y Jacques Brel, cantantes de esa generación, por encima de otros como Aristide Bruant (el precursor), Charles Trenet y el propio Léo Ferré, y quizá también George Brassens, se explica por esa circunstancia afortunada de gustar a un público caprichoso. Curiosamente, tal vez por su frecuente carga política, Léo Ferré fue poco conocido fuera de Francia, y sólo por una canción, la más sensiblera y quejica: “Avec le temps”.
Por supuesto —díganmelo a mí— la popularidad depende en buena medida de ser comprendido, de ser inteligible. Léo Ferré, aun cuando hubiera nacido en Inglaterra, habría escrito en francés. Por eso su música suele ser un gusto propio de franceses avejentados y deleite de despechados francófilos. En este punto no entiendo a las personas que escuchan música con letra, es decir, versificada, y que no saben la lengua en la que está escrita. Supongo que sienten algo; pero no puede ser una sensación completa. En fin, para nosotros que estamos en una época posterior a la de Léo Ferré, además de la letra, la música puede parecernos ajena: tiene un poco de swing, de “chanson”, de big band y hasta algo de balada-cabaret. Pero es cuestión de ser pacientes y sentarse a sospechar la calidad de todos sus discos.
Una de las primeras canciones que llamó mi atención fue “Pauvre Rutebeauf”. No muchos cantantes a los que estaba acostumbrado sabían de poesía, mucho menos iban a saber de un poeta del siglo XIII. La canción es una elegía, esto es, un lamento escrito en tercetos, de rima seguida, en forma de lai, forma francesa que combina octosílabos y tetrasílabos. La conclusión que se puede tomar de una canción como ésta resulta muy evidente: Léo Ferré es un cantante que sabe de poesía, que sabe versificar y que idolatra la tradición francesa de poetas aciagos:
Le mal ne sait pas seul venirtout ce qui m’était à venirm’est avenu
[Los males no saben llegar solostodo lo que me podía pasar me sucedió].
Así lo dice Rutebeuf en boca de Ferré. Nuestro cantante, autonombrado anarquista, establecería una relación histórica con los poetas de la estirpe desgraciada: sentiría afinidad y deseo de hacerles una apología. De cualquier manera, pese a una intención a menudo intelectualizante, en sus canciones jamás dio pie a que se dudara que la poesía, en un principio, es un arte oral, que imita la música y se deja acompañar. Del mismo modo, jamás perdió la oportunidad de poner en práctica su sentido del humor (en canciones como “Thank you Satan”, donde dice “Por el anarquista al que diste / los dos colores de tu patria / el rojo para nacer en Barcelona / y el negro, para morir en París. / Gracias, Satán”.
A la par de su prolífica carrera como compositor de canciones completamente originales, interpretó y musicalizó la poesía de muchos poetas del siglo XIX y del XX. Para aquel que quiera acercarse a Arthur Rimbaud, no es está de más escuchar el disco de Ferré Une Saison dans l’enfer, donde recita, con ayuda de un tímido piano, todos los poemas del libro. La sonoridad, la musicalidad y hasta la dramatización pueden ser importantes para que el lector deje de ser lector por un momento y pueda disfrutar de la poesía de otra manera. También musicalizó poemas de Baudelaire, de Verlaine, de Apollinaire y de Aragon; es más, cierto poema de este último me gusta mucho menos sin la interpretación de Ferré: “Je chante pour passer le temps” es una cantinela propia de aquellos que escogimos una vida de esteta como única forma de no aburrirnos mientras llega la ineludible muerte:
Je chante pour passer le tempspetit qu’il me reste de vivrecomme on dessine sur le givrecomme on se fait le cœur contentà lancer cailloux sur l’étang
Je chante pour passer le temps
[Canto para matar el tiempobreve, que me queda de vida,como quien dibuja en escarchacomo quien se alegra tan sólode aventar piedras al agua
Canto para matar el tiempo].
De cualquier manera, pese a que me fascina escucharlo cantar esos poemas, creo que lo que más puede conmover es la extraña solidaridad que manifiesta en sus canciones por la pasión de los artistas, por la pasión de cualquier personas, en cualquier ámbito. Me conmueve escucharlo renegar, quejarse, pelearse con el presente, amén de defender a los románticos, aquellos “perros del azar”, según sus palabras, que caminaban buscando el Ideal por un París lleno de lodo, hoy visitado por turistas, un París de músicos que “no tienen nada en la voz, nada en el corazón”. Me conmueve su empeño por incitar a los jóvenes a frecuentar una bohemia absurda, a formar vanguardias, a escribir poemas en servilletas para personas que no los aprecian. Me conmueve escuchar en sus canciones insultos a poetas o políticos que no le agradaban: sus diatribas y escarnios contra los impuros, los vanos, los hipócritas. Me conmueve, sobre todo, porque en cualquier otro músico de ocasión, en cualquier otro cantante de cabaret, ese tono hubiera resultado pretencioso e inmerecido, pero no en Léo Ferré.
Luego, no está demás citar a propósito unas cuantas líneas de “Zone” de Apollinaire, que musicalizó en un disco dedicado a él:
Tu as fait de douloureux et de joyeux voyagesavant de t’apercevoir du mensonge et de l’âgetu as souffert de l’amour à vingt et à trente ansj’ai vécu comme un fou et j’ai perdu mon temps
[Emprendiste felices y dolorosos viajesantes de conocer la mentira y el paso del tiemposufriste por amor a los veinte y a los treintayo también viví como loco y perdí mi tiempo].
Léo Ferré también es un pesimista, pero lleno de esperanza: es uno de esos pesimistas comprometidos que lloran en los tranvías y que dialogan históricamente con algún poeta miserable, desaparecido entre la muchedumbre de la Edad Media. Yo no conozco a otro cantante que pueda sentirse aludido en aquella célebre frase de Arthur Rimbaud: “Yo soy de la raza que cantaba en el suplicio”.
Estamos en el Ártico, año 63 después de Cristo. La aurora boreal es hermosa.
Camino de la mano con Jennifer. Mientras miramos el infinito blanco del polo, me siento ligero; el Ártico me relaja y me permite pensar. El Doc está probando su nuevo invento: una caña de pescar automática. Dice que revolucionará la forma en que entendemos la pesca deportiva; ya atrapó ocho salmones en cinco minutos. Encontramos figuras en la nieve. Es imposible que sean formaciones naturales; parecen hechas con una cubeta o un vaso, como los castillos de arena. Son cilindros de diferentes tamaños. A Jennifer le encantan, cree que son un regalo para ella. Le pregunto al Doc sobre la estructura y me contesta igual que siempre: “¡Oh, Marty! El mundo es misterioso y el hombre lo es aún más. Sólo disfrútalo”. Tiene razón. Una y otra vez encontramos misterios así. Al principio quise investigarlos: el gigante de Atacama, los círculos en las cosechas, el proyecto harp, el área 51… Tal vez mi interés por las teorías de conspiración me orilló a buscar explicaciones. El Doc, una mente analítica, me convenció del sinsentido de mi búsqueda. El tiempo ya no nos interesa; si no dejamos que el mundo tenga un misterio, tampoco tendrá atractivo para nosotros.
Decidimos que nuestro punto cero, entre el infinito pasado y el infinito futuro, sería el 15 de agosto de 1985 a las 7:30 de la noche. Es una puesta de sol eterna. Vivimos en la casa del Doc y aquí tenemos nuestra ropa, comida, las películas en dvd (los nuevos formatos no me gustan, se ven demasiado reales), la dirección para el seguro médico. Aquí es donde Einstein se siente más cómodo, aunque le encanta acompañarnos en nuestros viajes. Imagina lo que sentirá un perro al correr en África antes de la existencia del hombre; pierde siglos y siglos de domesticación. Einstein no se vuelve agresivo o salvaje, sino libre. Nunca he visto un perro tan alegre, dócil e inteligente.
Londres en el siglo XIX me aburre. El aire apesta y los ojos arden con tanto humo. El Doc parece disfrutarlo (o se obliga a hacerlo); con sombrero de copa y traje marrón, finge, de manera terrible, el acento inglés: saca un reloj de faltriquera y anuncia: “¡Hora del té, gentlemen!” En el saloon, unos señores con barbas pelirrojas le preguntan si somos norteamericanos; él dice que no, que venimos de Bristol. Se enfrascan en una conversación sobre física; los caballeros, “interesados de medio tiempo en la ciencia”, según lo que oí, escuchan fascinados la teoría del Doc sobre el tiempo y su relación con el espacio. En una cronología lineal, él se adelanta a la teoría de la relatividad especial, aunque haya estudiado en la universidad en 1940. Ésa es una paradoja del tiempo que me encanta: uno puede ser el pionero de un género musical con el que creció o ser el primero en resolver un problema científico o político. Tratamos de no modificar mucho el pasado, no sabemos hasta dónde podemos afectar el futuro, así que una de nuestras reglas es no intervenir con nosotros mismos; por eso nunca viajamos a nuestras vidas. Se creería que esa es la utilidad del viaje en el tiempo, para vivir, una y otra vez, los momentos de felicidad. Ingenuidad pura. La vida de todos y cada uno de los seres humanos es también la nuestra: la emoción de ganar una guerra de independencia o la tristeza de perder una mujer en la antigua Roma forman parte de nosotros tanto como el primer orgasmo, el primer diente de leche. Es cuestión de perspectivas, y la del viajero temporal es, por mucho, la más panorámica.
Einstein se siente mal. Ha dejado de comer y no quiere moverse. El diagnóstico del Doc me deprime: tiene cáncer en todo el cuerpo, no durará más de tres meses. Decidimos estar con él y acompañarlo hasta que muera. Algunas veces me acuesto en su cojín y lo abrazo; le digo, aunque no me entienda, que su muerte es falsa: él sigue vivo y el cáncer sólo es un fotograma de la película inacabable de su existencia perruna. Einstein es como nosotros: está más allá de las contingencias del tiempo. Él chilla, insatisfecho con mi explicación. Inquieto todavía, Einstein cierra los ojos. Lo veo dormir.
Estos meses de inmovilidad (no hemos viajado ni una sola vez por cuidar a Einstein) me dan claustrofobia. No puedo respirar bien al ver que el mundo y yo nos movemos en la misma dirección y a la misma velocidad. La calma chicha de los viajeros temporales. Quiero que Einstein muera pronto, para que él y nosotros dejemos de sufrir. Lo he visto dormir otra vez. Culpo al cansancio, pero hoy vi cómo el tumor de su ojo se hacía pequeño, casi hasta desaparecer.
El Doc está preocupado. La muerte de Einstein lo perturba demasiado. Siento que me oculta algo.
Lo confronto. Empieza a hablar del límite de Hayflick, telómeros, programación para la muerte.
—El hombre no vive eternamente, Marty. Envejecemos porque el tiempo no es algo que nos suceda, es algo que somos. Las células se reproducen dividiéndose. Una célula produce dos; esas dos, cuatro; esas cuatro, dieciséis. De una célula, que es el óvulo fecundado, viene el hombre a través de una división y multiplicación. Pero esa primera célula tiene un conteo regresivo que transmitió a las siguientes dos con un número menos en el reloj. Ese óvulo fecundado ha dicho cuántas veces nuestras células se reproducirán. La muerte ocurre cuando el conteo llega a cero. Tú, Jennifer y yo olvidamos que envejecemos. Mírame. Estoy más arrugado que cuando inventé la máquina. Me duelen los huesos con el frío.
—¿Qué tiene que ver eso con Einstein? —respondo—. Sí, murió de viejo o por cáncer o por lo que fuera. Sus células llegaron a cero y no nos pasará a nosotros. Einstein murió porque nos distrajimos. Lo único que necesitamos hacer es viajar a un punto en donde la ciencia pueda reestablecer el conteo de células a su número original. Usted mismo lo ha dicho: no hay espera ni problema que no se resuelva. Vayamos a una época en que se haya vencido la vejez. El progreso nunca se detiene.
—Lo que me preocupa es que mi tesis principal sea errónea.
—¿Cuál?
—Que el tiempo sea una ilusión. Nunca había visto un cáncer como el de Einstein. Al principio, el hígado estaba comprometido, pero los pulmones estaban bien; días después, los pulmones casi colapsaron, pero el hígado no estaba afectado. A la siguiente semana eran los huesos y, adivinaste, los pulmones limpios. Tú lo viste, Marty, Einstein parecía un muñeco de plastilina: un día con un tumor en la pierna, al siguiente ya no. Quedó ciego y luego sordo. Después, su vista y oído estaban perfectos, pero no podía orinar. ¿Cómo explicas que el daño en el cuerpo de Einstein fuera tan errático y que no tuviera una secuencia natural, que lo que estaba dejó de estar, que los tumores aparecían y desaparecían?
—Supongo que…
—Los tumores de Einstein eran iguales a nosotros: no estaban regidos por la causalidad normal. Para ellos, el tiempo era una laguna. Podían estar hoy, mañana no, anteayer sí, anteayer no. Einstein murió por la máquina. Ese cáncer atemporal fue causado por el viaje en el tiempo. Nuestras células se volvieron locas. Al movernos irreflexivamente en el tiempo, las confundimos. El conteo no empieza ni termina, no tiene una dirección. Un día está completo; a la siguiente hora está en cero. Estamos yendo y viniendo de nuestro lecho de muerte.
—Se equivoca, Doc. Yo y Jennifer, usted, nos sentimos bien. No hay nada malo con nuestros cuerpos.
—Marty, hace dos semanas me detectaron cáncer de estómago. Es terminal. La semana pasada, el estómago estaba limpio. Ahora, el tumor está en el cerebro.
El Doc y yo hablamos con Jennifer. Ella reacciona alegre.
—Pobre Einstein. No se preocupe, doctor Brown. Sólo tenemos que ir por la cura a la farmacia de, digamos, 10000 después de Cristo. Tal vez ya existan pastillas para el aumento de senos. ¿No me vería bien con una copa C, Marty?
—Tú también estás enferma —le contesto.
—¿Se les olvidó? —el sarcasmo se desvanece de su voz—. Estamos fuera de eso. Ninguna enfermedad es mortal. La cura siempre existe. Los que se mueren, se mueren esperando.
—Jenn, no es tan fácil. No sabemos cuándo descubrirán la cura. Tampoco podemos viajar entre tiempos tan espaciados. Tenemos que ser pacientes. De cien en cien años, quizá menos. Si viajáramos diez mil años, tal vez la cura exista, pero no lo sabríamos. ¿Hablarán algún idioma conocido por nosotros? ¿Habrá doctores? Sólo imagina si un faraón viajara hasta el día hoy. No podría comunicarse con nadie, no entendería nada. Sería inútil. Tenemos que ir lento.
—Eso no es lo peor —dice el Doc—. El tiempo que tenemos es indeterminado. No sé cuánto tarden nuestros cuerpos en colapsarse. Podrían ser los tres meses que tardó Einstein en morir, podrían ser quince años. Estamos en una carrera que no sé si ganemos.
Los tres nos quedamos callados. No tenemos nada más que decir.
Nos está tomando más tiempo del que esperábamos y el cáncer avanza agresivamente. Nuestras caras se modifican con una rapidez incómoda; somos monstruos diferentes a diario. Jennifer parece ser la más afectada. En la mañana es hermosa, pero no puede moverse por el dolor en sus huesos; en la tarde, los tumores la desfiguran; en la noche, orina sangre. Ha roto los espejos de la casa e insiste en llevar una máscara para quemados. No baja del DeLorean cuando viajamos. Soporto su desprecio y su mal humor. Si no estuviera, ya nada me importaría; todo lo hago por ella, mantengo la esperanza por los dos. El Doc nos alienta a seguir; dice, con una sonrisa maltrecha y llena de dolor, que lo lograremos, que lo único que necesitamos es la cura un segundo antes de morir, sólo un momento antes y todo estará bien.
Me despierto con sangre seca en la nariz. Jennifer está sedada; el dolor en el estómago no la dejaba descansar. Me levanto al baño y, aunque sé que no me hará bien, me miro en el espejo. Es un desastre el cáncer de hoy. La mitad derecha de mi cara la reconozco: el mismo pómulo y los labios delgados, el ojo con mirada alegre, tal vez un poco cansado y ojeroso, pero humano; la mitad izquierda es otra historia: tumores, dislocación de la mandíbula, el ojo está opaco, sin vida, no se mueve, la frente es un abultamiento obsceno. En conjunto, la normalidad derecha y el monstruo izquierdo, mi cara me asusta, me hace sentir un fenómeno de circo. Los tumores en mi rostro se mueven, pulsan; están más vivos que yo.
El Doc no se levantó, le costaba trabajo respirar. Hoy tiene cáncer de pulmón. Jennifer se encerró en el baño para que no la viera llorar. Estoy en la sala. Me acuerdo de Einstein. Él me podría hacer compañía.
Jennifer murió. Me dejó una nota con sus últimas fuerzas: “Por favor, Marty, alcanza la cura. Confío en ti”. Noto que ella escribió “alcanza”. Tenía la seguridad de que la cura estaba sólo a unos cuantos pasos de nosotros. El Doc piensa igual. Yo, para evitar la locura, también lo creo.
Estamos en el siglo XXIV. Aprendimos la lengua franca de esta sociedad, una derivación del chino, pero no entiendo cómo piensan. Todo es preventivo, no hay conciencia de la medicina, por lo menos no de la manera en que el Doc y yo la entendemos. En estos países llenos de pieles neutras y gobiernos inexistentes no está la cura.
—Ya no aguanto. Regresemos y destruyamos el condensador de flujo, saboteemos el DeLorean. Seamos felices como lo son los demás. Vivamos en un solo tiempo. Tenemos la máquina, podemos arreglar el error de haberla creado.
—Recuerda, Marty, la paradoja principal: viajar en el tiempo para evitar el viaje en el tiempo implica que existirá siempre el viaje en el tiempo.
En ese momento, odio al Doc por decir en voz alta lo que yo también pensaba.
Tuvimos que regresar algunas décadas, no tenía sentido continuar si no entendíamos. El Doc se esfuerza en sus estudios y me enseña el funcionamiento de la sociedad a la cual vamos a llegar. En apariencia, el Doc es optimista, pero puedo ver cómo con cada viaje se frustra, se desilusiona de que no hayamos llegado todavía a la cura. Se le nota cuando baja la cabeza y aprieta el acelerador del DeLorean. No pienso decírselo. Lo noto cansado, con pocas fuerzas para seguir esta carrera inútil. Además este cáncer atemporal está haciendo más y más estragos tanto en el ánimo como en los cuerpos. Pero eso es algo que no hablamos. Tengo un ojo reventado y el Doc sólo puede caminar con muletas. Los daños están marcándose, tardan mucho en desaparecer y algunas cicatrices permanecen.
—Tienes que seguir los estudios. Tienes que seguir buscando.
—No se preocupe, Doc, estamos a punto de encontrarla. Resista.
Ni yo me creo eso.
Amanezco en el DeLorean. Me invade una debilidad monótona; cada vez estamos más cerca del suelo, caminamos encorvados. Me veo en el retrovisor, sólo me quedan un par de dientes. Trato de despertar al Doc; después de tres sacudidas sé lo que ha pasado. El aire me corta la garganta como si fuera vidrio molido. Enciendo la radio. Suena algo parecido a un swing, aunque con theremins y moogs.
—Hey, Doc, escuche esto: descubrí que un relojero israelí inventó la cura en el siglo XXXII. Diseñó una pastilla. Los nanorobots que contiene se matan dentro de las células y, con el titanio de los cuerpos destrozados, refuerzan el ADN. Después, es posible seguir viajando, hasta que el cuerpo se vuelva a salir de tempo; hora de otra pastilla.
Me río y golpeo amistosamente con el hombro el cuerpo del Doc; sus ojos opacos no responden. Pienso que no hay nada peor que mentirle a un cadáver. Salgo de la máquina. El sol me ciega; cojeo sin rumbo: mi pie derecho y yo somos una masa necrosada.
Regreso para ver a Jennifer, al Doc, a Einstein, a mí. Nos veo en tiempos mejores. Es como revisar viejos videos familiares. No puedo hablarnos, sería un error, arruinaría nuestra felicidad con esta cara monstruosa y este cuerpo deshecho. Recuerdo el día de hoy: estamos celebrando porque sí, celebramos la vida. Le pusimos a Einstein un gorro de fiesta y le damos pastel. Mañana amaneceremos enfermos del estómago, pero qué importa, estamos contentos. Termina la cena y nos vamos a dormir. Regreso al inicio, nos vuelvo a ver una y otra vez. Regreso, nos observo desde distintos ángulos. ¿Qué estoy viendo? ¿Un momento vivo o una escena congelada, estéril?
Amo a Jennifer. El punto de todo, del viaje en el tiempo, de la vida, del mundo, es Jennifer. Me da miedo verla a los trece años, cuando todavía no nos conocíamos. ¿Y si cambio el pasado y no se enamora de mí? La veo, tan niña, tan hermosa. La he amado desde siempre, la conozco desde que nació. Quiero regresar y verla desde el inicio. Ver su vida entera otra vez, cada vez más lento, cada vez con mayor atención. Otra idea se me ocurre: ir con esa Jennifer de trece años y confesarle que la amo. Se sorprenderá, claro, pero le diré que no se preocupe, que ella y yo ya nos conocemos, que siempre lo hemos hecho. Probablemente gritará y su padre saldrá a defenderla de este viejo enfermo. Es una adicción venir a verla, un acto de egoísmo; quiero arrancar a Jennifer de sus padres, de su pasado, incluso de mí, quiero quedármela así, a los trece, mucho más pura e inocente que en cualquier otra época. Me ve. Se acerca, estoy seguro de que me reconoce. Me asusta lo que pueda pasar. Huyo.
Debo contener mis impulsos. Por más que me esté destrozando, no puedo hablarnos, no puedo romper la alegría con la que estamos en esta playa. Einstein juega con las olas, las trata de morder. Es un juego inútil, como el mío, pero él lo disfruta. Einstein entiende la vida.
No hay más Jennifer que esta imagen, no existo para ella. No existo tampoco para mí. Soy un cáncer que viaja en el tiempo. El frío del Ártico duele. Aun así, me tranquilizan las planicies frías e inhabitadas. Veo que el Doc abre la cajuela del DeLorean y arma su caña de pescar automática. Jennifer y yo nos tomamos de la mano. La beso. Sé exactamente por dónde caminaremos. Paradojas temporales: hago un jardín, unos cilindros de nieve. Los encontraremos y Jennifer sabrá que es un regalo para ella. No sospechará que yo se lo di. Escucho al Doc: “¡Oh, Marty! El hombre es misterioso y el mundo lo es aún más. Sólo disfrútalo”. Einstein apoya con un ladrido.
Es inútil. Lo que pasará ya ha pasado siempre. Yo, mil veces repetido, observándome. Incontables, nos miramos desde la resignación. Jennifer y yo jugamos en el jardín de nieve que nos hice, Einstein ladra, el Doc calibra su caña de pescar automática. Resisto las lágrimas. Siempre lo supe y sólo ahora me permito pensarlo con claridad: si la cura existiera, ya habría regresado para dármela.
Ilustraciones por Ixchel Estrada (Distrito Federal, 1977). Su trabajo fue elegido para representar a México en la 24 Bienal de Ilustraciones en Bratislava. Las ilustraciones pertenecen a la serie De viaje, collage, 2014.
(Sigue el enlace en la imagen para ver el cartel en tamaño completo).
El jurado del Premio Nacional de Cuento Joven Comala 2014 otorgó mención honorífica a la obra En el pabellón de las dieciséis cuerdas, de Josué Sánchez Hernández.
El Festival Coachella 2012 pasará a la historia como la edición en la que el rapero Tupac Shakur, icono del rap norteamericano y quien fuera asesinado a tiros en Estados Unidos, en 1996, apareció de nuevo en un escenario a través de la recreación mediante hologramas generados a computadora. Coincidió además con el día de promoción mundial de fumar marihuana y Snoop Dog sacó un porro gigante durante su actuación junto a Dr. Dree. Los adelantos tecnológicos permitieron que un artista asesinado hace 18 años actuara antes miles de espectadores.
De ello dará cuenta la macrohistoria, pero muchísimas veces en las distancias cortas ocurren descubrimientos que nos maravillan. En el segundo escenario al aire libre, tuve la suerte de presenciar el concierto de una chica rubia que utilizaba botellas de refresco como percusiones y recurría a una pedalera de loops para samplear los fragmentos que ella misma producía con diferentes instrumentos. Apenas con la discreta alineación de un trío producían una música de altísima intensidad y gran capacidad creativa: bases rítmicas quebradizas, un saxofón disonante trazando formas sinuosas. Algunos instrumentos de cuerda chirriaban y la propia ejecutante cantaba como si estuviera poseída por un demonio o fuera la protagonista de un ritual vudú.
Merrill Garbus es la mujer detrás de TuneYards, un proyecto lleno de inventiva que se inserta en una franja intermedia entre el free folk y el pop africanista. Nativa de Connecticut ha viajado mucho —principalmente al llamado continente negro— y ha cambiado su residencia a Oakland, en donde ha llegado a ser considerada una artista emblemática de la escena de la bahía.
Se trata de una egresada de la carrera de teatro; marionetista e investigadora musical que desde el seno familiar creció rodeada de artistas. Su búsqueda está encaminada a producir una música impredecible que también brinde nuevas posibilidades a un instrumento que la caracteriza: el ukelele.
Transitando entre la mitad de los treinta pero sin llegar a los cuarenta, no sabe anclarse en un solo sitio ni quedarse quieta. Hace poco participó en el movimiento Occupy Wall Street al tiempo que preparaba un nuevo disco que representa un salto cualitativo notable en su trayectoria. Cierta parte de la prensa especializada insistía en ubicarla en el low-fi, pero ahora ha hecho crecer su sonido de tal manera que nadie pueda ubicarla en ese enfoque musical.
Si algo caracteriza a Nikki Nack (4AD, 2014) es la potencia y calidad de los sonidos que crea, así como la fortaleza de la estructura de las canciones, que aun así no pierden sus formas poco comunes y la instrumentación vasta. Es un disco que sorprende, que va un paso adelante, que marca tendencia. Tras un par de vez que lo escuché, no tenía duda de que estará en muchos de los recuentos de lo mejor del año en los medios más influyentes. En Cabaret de Galaxias dedicamos la mayoría de nuestras apuestas a desvelar maravillas poco conocidas, pero un disco de tal calibre no podía pasar desapercibido. Aunque tampoco podemos decir que sea una propuesta cobijada por las masas. Lo que si es viable es recomendarla como algo de lo más delicatessen musicalmente por seguir en el Festival Corona Capital del octubre venidero en el Foro Sol.
No podemos saber si ella se sintiera cómoda sabiéndose continuadora de Bjork, pero es innegable su influencia, como también lo son sus conocimientos del folklore africano, la manera en que puede retorcer y llevar un paso adelante lo que han hecho David Byrne y Paul Simon, e incluso, relacionarse con ese tribalismo que también subyace en Animal Collective, Dirty Projectors y Gang Gang Dance.
Nikki Nack es el sucesor del exitoso w h o k i l l (2011), que para el mundo indie fue un acontecimiento importante. La chica llamó poderosamente la atención al revelar que sus percusiones eran sus pisadas, que también podía usar un viejo dictáfono o un software tan criticado como el GarageBand de Apple. No conoce de limitaciones, ni tecnológicas ni conceptuales, lo que no quiere decir que no enfrentara cierto tipo de crisis creativa que la llevó a viajar a Haití (como Arcade Fire) para buscar otras formas utilizables en su música, que complementó con clases de canto. A la postre ha declarado —no sin mucha sorna—, que incluso llego a leer Cómo escribir una canción de éxito para hallar la fórmula deseada.
Es un hecho que buscaba dar un fuerte golpe de timón y por vez primera eligió trabajar con dos productores de ligas mayores: Malay, colaborador de Frank Ocean; Alicia Keys y Big Boi; John Hill, encargado de trabajos de M.I.A.; Rihanna y Shakira. En el resultado se nota que Garbus siempre ha tenido claro lo que busca; no le faltaba personalidad sino que la pretensión era potenciar las dimensiones del sonido a partir del registro en el estudio y la masterización.
A la postre, Merrill dio con el álbum de mayor accesibilidad en lo que lleva de carrera, pero sin ceder un ápice a esa esquizofrenia musical que construye su personalidad. Puede decirse que contiene canciones que podrían filtrarse en la industria pero conservando su parte bizarra.
Ahora que le ha dado por una especie de R&B enloquecido, como lo demuestra en “The real thing” y en la pieza clave de esta entrega, “Water Fountain”, en la que se lap asa vociferando: “escucha las palabras que digo”, en lo que es una alegato acerca del problema mundial del agua y su escasez.
Basta escuchar el poderoso contrabajo de “Sink O” para dejarnos llevar por un torrente de sorpresas y elementos impredecibles. Y todavía hay otros diez cortes. TuneYards ha producido una andanada sonora que se nos viene encima con una catarata. Una avalancha caliente e incendiaria que se esparce infecciosamente. No es de los discos que entren a la primera, pero una vez que estas dentro todo se vuelve intenso y luminoso.