Los poetas, puestos a elegir su propia obra, son implacables. Podan a destajo, son demasiado exigentes con su poesía y sólo dejan a los lectores futuros una muestra muy exigua. En 1980, dos años antes de morir, Efraín Huerta (Silao, Guanajuato, 1914- Ciudad de México, 1982) publicó su antología personal Transa poética, en la que incluyó poemas fundamentales como “La muchacha ebria”, “Buenos días a Diana Cazadora”, “Juárez-Loreto”, “El Tajín” o “Borrador para un testamento”. Sin embargo, en esa transa, el lector sale desfalcado no sólo porque los poemas aparecen sin la referencia al libro al que pertenecen sino porque en tan mínima antología se extrañan muchísimos buenos poemas y, sobre todo, los memorables poemínimos. El problema se soluciona, por fortuna, en el tomo de su Poesía completa.
En esta Transa poética, Huerta no incluyó un altísimo poema como “Declaración de odio”, ni ninguno de sus poemínimos que aunque pueden leerse en la Poesía completa allí aparecen distribuidos en tres apartados, de manera que la mejor edición para leerlos y disfrutarlos realmente es los dos pequeños tomos de Poemínimos completos (Verdehalago/ BUAP, 1999), edición que conocí gracias a que hace unos años me la regaló su hija Andrea. Sin embargo, en la nota de presentación a Transa poética el propio Huerta habla de los poemínimos:
Un poemínimo es un mundo, sí, pero a veces advierto que he descubierto una galaxia y que los años luz no cuentan sino como referencia, muy vaga referencia, porque el poemínimo está a la vuelta de la esquina o en la siguiente parada del Metro. Un poemínimo es una mariposa loca, capturada a tiempo y a tiempo sometida al rigor de la camisa de fuerza. Y no lo toques ya más, que así es la cosa. La cosa loca, lo imprevisible, lo que te cae encima o tan sólo te roza la estrecha entendedera –y ya se te hizo.
En los poemínimos se cumple cabalmente aquello de “lo breve si bueno, dos veces bueno” pues gracias a su contención hay un giro con sentido del humor al lugar común, al refrán, algunos son afortunados retruécanos y otros ingeniosos silogismos, tienen algo de aforismos y greguerías así como guiños irónicos a otras obras y, sobre todo, en ellos Huerta es sarcástico hasta consigo mismo. Pero, tal vez, quien mejor definió a los poemínimos fue el cubano José Lezama Lima, quien en una carta desde La Habana le escribió a Huerta en mayo de 1974:
Sus epigramas tienen la buena chispa y la mejor abeja. Son inteligentes y rápidos y se apoderan del instante sin esforzarse casi, con una ligera presión del pulso. Tuerce la fuerza milenaria del refrán y lo pone a pasear a nuestro lado, hasta que entramos en un cafetín que crece o se reduce según el ritmo de su respiración.
A lo largo de sus casi cincuenta años de productiva labor poética, Huerta fue muchos poetas como puede notarse claramente en su Poesía completa: primero el de los sórdidos amaneceres en Los hombres del alba, su primer libro importante, y sobre el cual José Joaquín Blanco dice en su Crónica de la poesía mexicana: “Una poesía dura, con algo de comisaría política, engolosinada en su capacidad permanente de cólera, que encuentra en la sordidez de la ciudad el espacio poético efectivo”; después, el activo militante político, cardenista y antiimperialista que escribió poesía social en “¡Stalingrado en pie!”, “¡Mi país, oh mi país!”, “Cantata para el Che Guevara”, entre otros; el intenso poeta que cantaba el amor a la mujer y que no pocas veces me recuerda al chileno Gonzalo Rojas y, finalmente, el desparpajado que escribe deslumbrantes poemas con bastante humor.
Huerta perteneció a la generación literaria conocida como Taller, nombre de la revista que publicó junto con Octavio Paz, Rafael Solana y Alberto Quintero Álvarez entre 1938 y 1941, aunque la amistad más fructífera, su verdadero cómplice fue José Revueltas, con quien incursionó en el cine durante la Época de Oro del cine mexicano y de quien en noviembre próximo también se conmemorará el centenario de su nacimiento. Al final de su vida, Huerta fue el poeta tutelar del grupo “La espiga amotinada” (Lizalde, González Rojo, Bañuelos y Labastida) y de los Infrarrealistas (en Los detectives salvajes, Bolaño lo retrata como Amadeo Salvatierra, el poeta con el que los muchachos pasan largas noches de conversación mientras beben el tan recordado mezcal “Los suicidas”). “El Cocodrilo” Huerta vuelve en este mes, como todos los junios que aparecen a lo largo de obra poética, para refrendar el lugar que ocupa en la poesía mexicana del siglo XX:
Cuando yo vuelva, en junio,
a la hora de siempre,
en tus manos doradas dejaré una paloma.
Efraín Huerta, Transa poética, Era, México, 2014.
Efraín Huerta, Poesía completa, edición de Martí Soler, Fondo de Cultura Económica, México, 2014.
Vardiente, armagro, marcialiento, deshonradocuello de embudo, hemorragia divina,raíz de páramo y selva, raíz y racimo:país-infierno, infierno enraizado,cruel río de asfalto, acre hierba llorosa.Raíz mía y nuestra, my bunch, bunch me,please!, como el desliz de tu patria perdida.Odio el refulgente rayo del cristal del edificioy la ceguera en el paso del campesino.Véanseles correr de noche y morir de día, xilemas,agonizar en tren o en la andada, floemas,morir de sed como se muere de angustia la lejanía.¿Por qué corre aún la sangre en los versos caídos presos?Do you know what I mean? Mina de sombras,cofias que se hallan en la raíz y en el racimo, en el desliz.¡Oh mi raíz! Hay miedo en tus caliptrasy nadie escribe y nadie quiere saber nada de nada,si acaso las palabras serpentean huertas.Siñor, sí, Siñor, hermano mío,huero en la savia que solía llegar hasta los huesos.Sabía llegar sin GPS, sin Google Maps.Viva la mexicana fanfarronería mía, viva Mex-ínico,Viva su clorofila, su blanca memoria, y su roja poesía,que de a ratos se racima o se enraízabajo la premisa de ser malditos: manzanas—vardientes, armagras, marcialientas— caídasno lejos del árbol.
Descenderá al sepulcro vuestra soberbia. Y echados seréis de él como troncos abominables, vestidos de muertos pasados a cuchillo, que descendieron al fondo de la sepultura. Y no seréis contados con ellos en la sepultura: porque destruisteis vuestra tierra, y arrasasteis vuestro pueblo. No será nombrada para siempre la simiente de los malignos.
Libro del profeta Isaías
Ardiente, amado, hambriento, desolado,bello como la dura, la sagrada blasfemia;país de oro y limosna, país y paraíso,país-infierno, país de policías.Largo río de llanto, ancha mar dolorosa,república de ángeles, patria perdida.País mío, nuestro, de todos y de nadie.Adoro tu miseria de templo demolidoy la montaña de silencio que te mata.Veo correr noches, morir los días, agonizar las tardes.Morirse todo de terror y de angustia.Porque ha vuelto a correr la sangre de los buenosy las cárceles y las prisiones militares son para ellos.Porque la sombra de los malignos es espesa y amargay hay miedo en los ojos y nadie hablay nadie escribe y nadie quiere saber nada de nada,porque el plomo de la mentira cae, hirviendo,sobre el cuerpo del pueblo perseguido.Porque hay engaño y miseriay el territorio es un áspero edén de muerte cuartelaria.Porque al granadero lo vistende azul de funeraria y lo arrojanlleno de asco y alcoholcontra el maestro, el petrolero, el ferroviario,y así mutilan la esperanzay le cortan el corazón y la palabra al hombre—y la voz oficial, agria de hipocresía,proclama que primero es el ordeny la sucia consigna la repitenlos micos de la Prensa,los perros voz-de-su-amo de la televisión,el asno en su curul,el león y el rotario,las secretarias y ujieres del Procuradory el poeta callado en su muro de adobe,mientras la dulce patria temblorosacae vencida en la calle y en la fábrica.Éste es el panorama:Botas, culatas, bayonetas, gases…¡Viva la libertad!
Buenavista, Nonoalco, Pantaco, Veracruz…todo el país amortajado, todo,todo el país envilecido,todo eso, hermanos míos,¿no vale mil millones de dólares en préstamo?¡Gracias, Becerro de Oro! ¡Gracias, FBI!¡Gracias, mil gracias, Dear Mister President!Gracias, honorables banqueros, honestos industriales,generosos monopolistas, dulces especuladores;gracias, laboriosos latifundistas,mil veces gracias, gloriosos vendepatrias,gracias, gente de orden.Demos gracias a todosy rompamoscon un coro solemne de gracia y gratitudel silencio espectral que todo lo mancilla.¡Oh país mexicano, país mío y de nadie!Pobre país de pobres. Pobre país de ricos.¡Siempre más y más pobres!¡Siempre menos, es cierto,pero siempre más ricos!Amoroso, anhelado, miserable, opulento,país que no contesta, país de duelo.Un niño que interroga parece un niño muerto.Luego la madre pregunta por su hijoy la respuesta es un mandato de aprehensión.En los periódicos vemos bellas fotografíasde mujeres apaleadas y hombres nacidos en Méxicoque sangran y su sangrees la sangre de nuestra maldita concienciay de nuestra cobardía.Y no hay respuesta nunca para nadieporque todo se ha hundido en un dorado mar de dólaresy la patria deja de serloy la gente sueña en conjuras y conspiracionesy la verdad es un sepulcro.La verdad la detentan los secuestradores,la verdad es el fantasma podrido de MacCarthyy la jauría de turbios, torpes y mariguanos inquisidores de huaraches;la verdad está en los asquerosos hocicos de los cazadores de brujas.¡La grande y pura verdad patria la poseen,oh país, país mío, los esbirros,los soldadones, los delatores y los espías!No, no, no. La verdad no es la dulce espigasino el nauseabundo coctel de barras y de estrellas.La verdad, entonces, es una democracia nazien la que todo sufre, suda y se avergüenza.Porque mañana, hoy mismo,el padre denunciará al hijoy el hijo denunciará a su padre y a sus hermanos.Porque pensar que algo no es ciertoo que un boletín del gobiernopuede ser falsoquerrá decir que uno es comunistay entonces vendrán las botas de la Gestapo criolla,vendrán los gases, los insultos,las vejaciones y las calumniasy todos dejaremos de ser menos que polvo,mucho menos que aire o que ceniza,porque todos habremos descendidoal fondo de la nada,muertos sin ataúd,soñando el sueño inmensode una patria sin crímenes,y arderemos, impíos y despiadados,tal vez rodeados de banderas y laureles,tal vez, lo más seguro,bajo la negra nieblade las más negras maldiciones…
4 de abril de 1959
Tomado de Poesía completa, 2ª edición, Fondo de Cultura Económica, México, 1995, pp. 226-229.
Agradecemos al Fondo de Cultura Económica las facilidades para la reproducción de este texto.
Ante la escalada de violencia en México, el exilio (obligado o autoinducido) no siempre ha sido la respuesta más factible, o incluso posible. La movilidad, específicamente la capacidad de acceder a ella, se ha vuelto cada vez más un factor de diferenciación entre los que pueden irse y los que no pueden hacerlo. Para estos últimos está reservada la opción de un encierro poco voluntario.
Tijuana tuvo su peor momento de inseguridad en el periodo 2008-2009, cuando los cárteles de Sinaloa y los Arellano Félix disputaron la plaza, con episodios tan dramáticos como el de la Balacera de la Cúpula, donde sicarios del caf se enfrentaron durante varias horas con soldados y policías, e incluso los retaban por la radio, en un episodio que pudo ser parte de la novela Plata quemada, de Ricardo Piglia.
La reacción de algunos escritores fue salir a las calles; sucedió con Rafa Saavedra (1967-2013) en “Confesiones de un adicto a la noche”, uno de los textos que conforman Border Pop:
En la nocturnidad, nuestra aparente frivolidad se convierte casi en una postura política […] Salir hoy es no dejar de vivir, no dejarse vencer por el crimen y la impunidad, tratar de enfrentar sonriendo a ese social disease del que hablaba Warhol, vencer la tendencia individualista y formar parte, por lo menos en algún instante, de una comunidad en llamas.
Por supuesto, su “postura política” nunca tuvo que enfrentarse a una situación de violencia prolongada y visible. En Tijuana la plaza se había “enfriado” para 2010. Esto fue suficiente para que el tejido social no se fracturara de manera tan evidente como en Ciudad Juárez, Monterrey, Torreón y otras ciudades del norte. Y nunca se metieron demasiado con los poderes municipales, los establecimientos o incluso el estadio de futbol; basta recordar el episodio de la balacera en el Estadio Corona.
En Tijuana tampoco se volvieron “cotidianos” los tiroteos, parecidos a los que vio Carlos Velázquez en Torreón y que describe en su primer libro de no ficción, El karma de vivir al norte:
Al primer disparo todos nos tiramos al piso. El clavado colectivo fue tan sincronizado que parecía una competencia de nado olímpico. Estábamos tan condicionados por el sonido de un arma de fuego como lo está Michael Phelps.
Los torreonenses han sufrido la violencia del crimen organizado prácticamente desde el principio del cambio de régimen gubernamental, una década negra para esta ciudad. Ante tal situación, dice Velázquez, la sociedad en general se encerró en lugar de escapar:
Deberían cambiarle el nombre a la entidad, que en lugar de Torreón se llamara Ciudad Retén. Conforme las calles se militarizaban, la gente prefería quedarse en sus casas. El aislamiento se volvió tan dramático, que la única forma en que el lagunero podía interactuar con la gente era a través de las redes sociales.
Este fenómeno de desintegración social, donde la medicina (el “apoyo” militar y policial mediante tácticas de restricción de la movilidad, como los retenes) resulta tan perjudicial como la enfermedad misma, hace pensar a Velázquez en una especie de “juarización” de su ciudad: “Pensábamos que Ciudad Juárez se quedaría para siempre junto al Río Bravo. Petrificada. Jamás imaginamos que se desplegaría. Que reptaría por el territorio. Durante años, los torreonenses emprendieron un éxodo a Juaritos. Luego los papeles se invirtieron. Juárez vino a nosotros”.
Esta “juarización”, por así llamarla, constituye un argumento central en Ciudad futuro,sobreviviendo juaritos de El Alas Blissett, otra obra testimonial que constituye una especie de presagio para otras ciudades mexicanas. Las casas deshabitadas de Juárez, rapiñadas primero por malandros y después por hombres de traje que compran terrenos a precios ridículos, evocan para Blissett el saqueo sistemático de la ciudad. Una de las caracterizaciones que hace es justamente la de una “ciudad sitiada”:
Juárez es un ghetto […]. Los expulsados por la crisis del campo y la falta de empleo en el país acampando en la frontera. Convertidos en damnificados de la guerra, de Guatemala a Guatepeor. La imagen en mi cabeza me sitúa en Palestina, su frontera, sus check points. El hostigamiento policiaco-militar. La petición constante de identificación. Ser extraño en tu propia tierra. Padecer a la policía toda tu vida.
No sólo en la narrativa de no ficción se ofrecen casos de autoreclusión como estrategia de supervivencia en tales circunstancias. En La transmigración de los cuerpos, de Yuri Herrera, la noción de lo incontrolable se confunde con la de lo inevitable: todos los confinamientos se terminan alguna vez, los secretos mejor guardados encuentran la forma de salir a la luz. El lugar de los hechos recuerda al Distrito Federal durante la aparición del virus de influenza h1n1, sólo que en su historia el virus es provocado por una especie de mosquito. A Herrera le interesa y sorprende la facilidad de los ciudadanos al aceptar la reclusión. El aislamiento no sólo opera a nivel social (cada quien parapetado en su propia casa; afuera retenes y brotes de delincuencia), sino también a nivel individual, al prohibir el contacto directo con otras personas, obligarlas a traer tapabocas todo el tiempo y asumir reflejos que antes no estaban ahí, como el de estornudar en la parte interna del brazo.
Dentro de la reclusión generalizada, algunos seres se rebelan y circulan por calles fantasma, habitadas únicamente por retenes militares y grupos delictivos. Uno de esos seres es El Alfaqueque, cuyo oficio es “ayudar” a la gente a salir de situaciones indeseables; es, a grandes rasgos, un mediador legal y empleado ocasional de grupos delictivos. Al principio tiene la oportunidad de enredarse con La Tres Veces Rubia, la vecina de sus sueños eróticos. Pese a las restricciones oficiales para el contacto, El Alfaqueque logra cogérsela, aunque para hacerlo ella tenga que salir de su reclusión.
En un escenario donde las muertes por la epidemia pululan, El Alfaqueque debe intercambiar los cuerpos de la Muñe y Romeo, hijos de familias en conflicto. El intercambio de los cuerpos se desarrolla al exterior, justo afuera de la Casota, donde viven juntos el protagonista y La Tres Veces Rubia. Durante un toque de queda de tales magnitudes, el lugar más solitario y aislado es la calle misma.
También La fila india, de Antonio Ortuño, hace un doble trabajo de desmitificación de la migración latinoamericana a Estados Unidos que pasa por México. Por un lado, echa por la borda la generalización estereotípica que norteamericanos y europeos hacen de Centro y Sudamérica, así como la falta de identificación de muchos mexicanos con ambos gentilicios. Por otro, toma por los cuernos al toro del “velado” racismo en México, el maltrato y el silenciamiento de los centroamericanos durante su tránsito por el país (“los centroamericanos interesan ligeramente menos que las mascotas de los futbolistas y mil veces menos que los muertos verdaderos, los muertos nacionales”, dice el “biempensante”, uno de los personajes), así como la participación en las redes criminales de personas que deberían salvaguardar a los migrantes, la explotación de la muerte por los ricos y poderosos de la época: redes criminales y políticos.
Esta novela pone de manifiesto el grado de elasticidad que tiene la frontera para alcanzar a quienes la cruzan ilegalmente, e incluso a quienes apenas intentan hacerlo. Lynn Stephen habla de la elasticidad de la frontera para referirse al estigma que pesa sobre el migrante ilegal una vez que cruza a Estados Unidos. Siempre a la expectativa de ser atrapado, renuncia poco a poco a la movilidad hasta llegar a una especie de autoexilio. Sin embargo, la novela de Ortuño muestra un panorama en el que todo el territorio mexicano es una frontera, la antesala a Estados Unidos, estratificada en “los siete círculos del infierno mexicano”. Uno de los personajes de La fila india, el periodista Joel Luna, describe así el último círculo:
Incluso si consigues escapar de todos los depredadores y no mueres de hambre o sed, incluso si nadie te viola o golpea o amenaza o secuestra, tortura, tirotea y arroja a una zanja, aún debes planear la manera en la que entrarás a Estados Unidos, porque los mismos mexicanos que han sembrado de espantos tu camino controlan todas las rutas de acceso. Una vez allá, felicidades. Respira hondo: el horror ya corre por cuenta de los gringos.
Ortuño utiliza el periodismo para arrojar luz a sus historias. Las bandas traficantes de personas coludidas con los agentes de migración y la policía. Los migrantes son descritos como insectos, moscas a las que hay que encerrar y atrapar. Y las acciones más importantes de la novela suceden en lugares siempre cerrados, claustrofóbicos, en ocasiones infernales (como la quema o la tortura de migrantes). Cuando Yein resuelve escapar, se encuentra de pronto cazada por los sabuesos del integrante de una banda de trata, a quien el miembro de una banda rival acribilla con perros. Yein está más insegura afuera que adentro: cojeando y como puede, mejor regresa al pueblo de Santa Rita. Eso es lo que la obliga a convertirse de cazada en cazadora.
Al otro lado de esta novela, el “biempensante” somete a una migrante centroamericana como su esclava sexual. Con ello reproduce a nivel doméstico la violencia que ejercen los mexicanos sobre los centroamericanos migrantes: la deja limpiar su casa, le permite ver la televisión y comer lo que hay en el refri, pero la tiene encerrada bajo llave (no le vaya a robar nada), así como sus pertenencias más valiosas, y la asalta sexualmente con una regularidad que ella resiste pasivamente. En gran medida, los mexicanos replicamos con los centroamericanos, durante su tránsito hacia el país vecino, la discriminación que los estadounidenses ejercen sobre los latinoamericanos en su territorio. Como en el estudio de Stephen, la frontera está interiorizada en los migrantes ilegales, aquellos a los que no se les permite la movilidad y aun así insisten en buscarla.
Los comunes denominadores que presentan casi todas las obras aquí analizadas (el retén como factor exponencial del aislamiento al interior de las ciudades, el recrudecimiento de la “guerra contra el narco”, el rol del Estado en el autoconfinamiento de la sociedad en general) ofrecen un pronóstico pesimista en el que cada vez se atomizará más a la sociedad sin importar el nivel económico o la condición social. Una distopía que no comenzó hace poco. Es una de esas épocas en que la realidad no sólo sobrepasa, sino atropella y acribilla a la ficción.
“Workers Leaving the Factory in Eleven Decades” (Harun Farocki, 2006), trabajo en una sola toma, MUAC, febrero-junio 2014.
Es difícil pensar en un artista contemporáneo sin considerar la legitimación de un museo o una galería, su inclusión en una colección privada o su presencia internacional. Sin embargo, al margen de la fiebre del consumo en el arte, se mantiene vigente una tendencia que desde las décadas de los setenta y ochenta ha venido gestándose a nivel mundial, lo que Hal Foster denominó el “artista como etnógrafo”: artistas cuya materia prima de trabajo es lo social, que no hacen obras sino proyectos, y cuyos productos finales podrían no ser susceptibles al intercambio comercial. Existe una enorme cantidad de ejemplos; se les piensa bajo la categoría de arte público, comunitario, relacional e incluso activista. Pero más allá de las etiquetas, lo que apunta este “giro etnográfico” es a un nuevo rol en el que el creador opta por abandonar parcialmente el “hacer” para ubicarse como mediador entre actores sociales, instituciones y el medio artístico.
En México, la irrupción de formas artísticas —como el performance en los sesenta y setenta— ha hecho que el acento de una obra no sólo se ubique en sus cualidades estéticas, sino también en su función como herramienta para dar visibilidad a problemáticas sociales. En los ochenta, el colectivo feminista Polvo de Gallina Negra llevaba a cabo acciones en espacios públicos y medios de comunicación; así buscaba poner en juego el modo en el que el género era entendido. Más recientemente, Lorena Wolffer ha impartido talleres de performance con mujeres trabajadoras del Centro Histórico, con el fin de brindarles herramientas de reflexión y reconocimiento. También está el trabajo de José Antonio Vega Macotela, quien realizó una serie de intercambios con presos, que da lugar y escucha a los deseos e inquietudes de este grupo. O las fotografías de Federico Gama, que mostraban a tribus urbanas como los punks, skatos o cholos en el Distrito Federal.
Estos ejemplos son una mínima parte del enorme abanico de prácticas artísticas que han adoptado el rol de mediador o “activista” social. Si bien no escapan en muchos casos al mercado del arte, tienen en común la inquietud de hablar del otro, ya sea desde una interpretación propia —plasmada en soportes como la fotografía, el video y el cuerpo—, o desde una visión más horizontal en la que el rol del artista se difumina y da paso a una obra cuyo sentido está en el proceso y cuyo carácter se vuelve colectivo.
Dentro de esta tendencia, en el 2004 el Centro Cultural de España en México, en colaboración con el Laboratorio de Arte Alameda, auspició megafone.net, del artista español Antoni Abad. Megafone.net, que tuvo su primera edición en el Distrito Federal, consistía en hacer uso de la entonces nueva tecnología celular y del internet para dar voz a grupos con cierto estigma negativo. Los elegidos fueron taxistas, quienes mediante teléfonos celulares, proporcionados por el artista, registraban eventos de su vida cotidiana en videos, fotografías y textos. El registro muestra imágenes de su vida familiar después del trabajo, accidentes automovilísticos, festejos con amigos y asaltos, los cuales eran subidos de forma instantánea a una página de internet de acceso libre que continúa en línea (megafone.net). También se llevaron a cabo talleres y reuniones periódicas en las que los taxistas y el artista discutían el rumbo del proyecto, lo que acontecía en sus vidas y lo que se había registrado, de modo que además de la página de internet, se buscó crear vínculos de empatía entre los participantes. Se intentó dar rostro a un grupo estigmatizado, pero no mediante la voz e interpretación del artista, sino a partir de lo que los propios taxistas consideraban relevante en su día a día. La página de internet, archivo de todas las historias, era (y es) difundida por las mismas instituciones que apoyaron el proyecto.
La exposición, que se exhibió durante el periodo de primavera, cuenta con algunos de los videos y fotografías que muestran el trabajo realizado durante esta década en países como México, Brasil, Costa Rica, Colombia, España y Estados Unidos, entre otros. Sin embargo es evidente que como muestra no tiene mucho sentido. Un par de fotografías, textos académicos y una mesa de discusión no hablan del verdadero objetivo artístico: la experiencia social y subjetiva de los taxistas que colaboraron en esa primera edición, o las prostitutas y migrantes que siguieron con el proyecto en España y Costa Rica, respectivamente. De manera que una vez más se pone en juego el estatuto del arte como producto. Abadi da testimonio del sitio en que se llevaban a cabo los talleres, lo único susceptible a ser mostrado una vez que termina el proyecto. La página de internet y el museo fungen como archivos que guardan la memoria de una experiencia; sin embargo, la falta de un producto museable por sí mismo pone en juego la noción de coleccionismo y obra de arte.
Un caso similar es la exposición Trabajo en una sola toma, de Antje Ehmann y Harun Farocki, expuesta actualmente en el Museo Universitario de Arte Contemporáneo. En este caso también se trata de un proyecto a largo plazo iniciado en 2011. El objetivo, a raíz de una serie de talleres desarrollados en distintas partes del mundo (Buenos Aires, Ginebra, Lisboa, Río de Janeiro, Cairo y Tel Aviv), era producir una serie de grabaciones en un plano secuencial con una duración aproximada de un minuto, documentando distintas rutinas de trabajo en diversos contextos. Desde el encargado de un crematorio para animales hasta el custodio de un museo o una bailarina exótica, los videos buscan profundizar sobre la noción de trabajo y la forma en que la repetición puede ser capturada a través de la cámara. Farocki hace uso de herramientas fílmicas como el encuadre, la secuencia y la perspectiva, lo que otorga un toque estético al resultado. De esta manera, Trabajo en una sola toma no sólo da prioridad al contenido, sino también a la forma misma como elemento fundamental que influencia la percepción. Este proyecto tuvo su taller en el Distrito Federal del 17 de febrero al 1 de marzo de 2014. Todo se exhibe en una sala pequeña con televisores que transmiten una selección de las cintas, de modo que los productos de los talleres están a la vista de todos.
Estos trabajos no solamente ponen en juego la noción tradicional del museo como meca del arte (donde se exhibe una selección de piezas descontextualizadas y valiosas por sí mismas), sino que reflexionan sobre el papel del público en el arte contemporáneo y la inevitable distancia que el museo establece entre aquél y la obra. El campo del arte, a través de estos proyectos de corte social y activista, ha buscado abandonar la delimitación espacial y elitista que le daba el museo y la galería, y ahora se define por una serie de prácticas y vínculos que van más allá del espacio en sí mismo. El museo puede ser un medio y un soporte, un espacio donde se proyecta y potencia lo realizado en un taller, pero no necesariamente su fin último. ¿Cuál es, entonces, el rol del espectador? Del mismo modo que el museo no define la naturaleza de la obra, el receptor no debe asistir a un espacio determinado para ser partícipe de la obra o para mirarla. Haciendo uso de las nuevas tecnologías, los trabajos de Antoni Abad y el del dúo Ehmann-Farocki pueden consultarse en línea. En ellos hay una mirada al trabajo del otro, hacia su vida y sus costumbres. Quizás el único problema del “artista como etnógrafo” de Hal Foster es que, a pesar de sus nobles fines, éste continúa con las mismas paradojas que tendría cualquier investigador desde la antropología o la etnología: ¿de qué manera se puede observar sin ser invasivo? ¿Cómo es que mis prejuicios afectan mi lectura de la situación?
La exposición de estos proyectos en un museo acentúa esta problemática. Si lo verdaderamente importante de estas obras basadas en lo comunitario son los vínculos generados en el proceso, ¿qué queda en el registro y para quién se expone? Ante la pregunta distingo que, en un contexto del arte que es impersonal y cosificante, el encuentro con proyectos de esta índole logra despertar aspectos que un trabajo académico difícilmente lograría: la empatía y la sensibilización ante la vida y las experiencias del otro, que está a nuestro lado pero al que pocas veces miramos en sus propios términos.
Megafone.net, por Antoni Abad, Centro Cultural España en México, 20014-2014.
Te hubiese abierto la puertaalguna vez. No,habrías sido bienvenidoa mi puertaalguna vez.
mas la verdad no es más queun perro con riata amarrado,una canción que en flauta suena,que podría alzar la copa llena a los labios.
Pero estos versos pulidos no son míos siquiera:—fueron producto de las generaciones tristesde nueva gente eléctricaperdidasmientras buscaban entre la negra niebla y el agua.
Y ahora que ves el engaño,—el negro enojo cual bestia atorada en la garganta,¿será suficiente estrellar la copaque alzamos en bodas de sangre?
Traducción de Andrea Carranza Paredes.
Oh Poet, My Poet
I would have opened the door to you once upon a time. No I would have welcomed you at my door once upon a time.
But the truth is no more than a dog on a string a song played on a flute that may tip the brimful cup to lip.
Yet these polished lines aren’t even mine —they were laid by the sad generations of new electric peoplewho were lost while looking out through smoke and rose water.
So now that you see the hoax –the black anger a beast in your throat will it be enough to shatter the glass we raise at blood weddings?
Huerta en las oficinas de El Nacional en 1937. Archivo personal de Eugenia Huerta.
Una conversación entre Óscar de Pablo y Avril Blanco
La noche del 28 de marzo de 1959, después de que el ejército mexicano tomara por asalto las oficinas del Sindicato Ferrocarrilero del Distrito Federal, fueron arrestados cientos de ferrocarrileros en todo el país. Días después, Efraín Huerta fechó los versos de “¡Mi país, oh mi país!”, un poema que recorre Buenavista, Nonoalco, Pantaco y Veracruz: puntos unidos por las vías del tren.
¿Acaso la técnica poética debe subyugarse al servicio de la poesía comprometida? ¿Existe una posición formal que sirva mejor a la literatura militante en nuestra época? En tono ardiente, amado, hambriento y desolado, los poetas Óscar de Pablo y Avril Blanco conversan entorno a “¡Mi país, oh mi país”, uno de los textos centrales para entender la poética de Huerta (social, lírica, desgarradora) y un capítulo oscuro de la historia mexicana.
El tal poema, por razones
explicables para cualquier
mexicano, continúa teniendo
una total vigencia.
Efraín Huerta
Para Mario González García
Óscar de Pablo: El triple centenario de este año (el nacimiento de Paz, Huerta y Revueltas) llega en un momento trágicamente oportuno. Al examinar hoy las obras de estos autores podemos apropiarnos literariamente de nuestro siglo XX y hacernos cargo de una era geológica que parecía perdida pero que hace poco mostró su vigencia, una era geológica llamada PRI.
Articular históricamente el pasado, decía Benjamin, significa “apropiarse de un recuerdo como relampaguea en un momento de peligro”. Pues bien, el primero de diciembre de 2012 significó para muchos un innegable “momento de peligro” y la apropiación del pasado adquirió verdadera urgencia. Pocos documentos del pasado relampaguean con la intensidad del poema “¡Mi país, oh mi país!”, de Efraín Huerta.
Más allá de su belleza literaria intrínseca —¿existe semejante cosa?—, el poema es hoy el rastro de una de las coyunturas decisivas del siglo: el auge y represión del movimiento obrero y popular de 1958-1960 nació consagrado en cuerpo y alma —en forma y fondo— a la sinceridad de su indignación ética y su profunda veracidad política. Más que ofrecerse al presente como un libro de historia, el poema se le enfrenta como un espejo implacable.
“¡Mi país, oh mi país!” es mucho más que un panfleto. Más que una guía, ofrece un impulso visceral para la acción. Su aparente didactismo revolucionario se desploma por la ausencia de un elemento clave: la esperanza. El poeta no niega que exista un camino hacia delante, pero nos deja suspendidos en la condena de sus versos finales: “y arderemos, impíos y despiadados, / tal vez rodeados de banderas y laureles, / tal vez, lo más seguro, / bajo la negra niebla / de las más negras maldiciones […]”. Es un poema fechado en la derrota.
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El 28 de marzo de 1959, el ejército mexicano tomó por asalto las oficinas del Sindicato Ferrocarrilero del Distrito Federal, que dirigía una huelga del gremio. A su secretario general y líder emblemático, Demetrio Vallejo, lo arrestaron los soldados. Pasaría preso los próximos once años.
Esa noche, y las siguientes, cientos de ferrocarrileros fueron arrestados en todo el país. En las colonias obreras de la capital se impuso un estado de sitio en el que cualquier reunión de más de tres personas podía ser disuelta por la policía. Los “micos de la prensa” y “los perros voz-de-amo de la televisión” no tardaron en sumarse a la lapidación pública. El 2 de abril, los medios revelaron que todo el movimiento había sido orquestado por la embajada de la URSS. Sin ocultar su coordinación con la prensa, ese día el gobierno detuvo a dos diplomáticos soviéticos y los expulsó del país. Los ferrocarrileros, habiendo perdido a sus líderes y a sus compañeros más activos, se vieron obligados a levantar la huelga y volver al trabajo. Diez mil trabajadores fueron despedidos. El fin de aquella huelga marcó el punto de inflexión de todo el movimiento social del país.
Un verso del poema de Huerta revela una geografía de la violencia represiva (“Buenavista, Nonoalco, Pantaco, Veracruz…”). Lo que une esos puntos es la vía del tren. Sin embargo, el ascenso de la movilización popular, que había iniciado en 1958, no abarcó solamente a los trabajadores del riel. Los maestros, los petroleros, los telefonistas e incluso los estudiantes universitarios habían estado compartiendo el peso de la lucha y pronto compartirían el de la represión. En palabras del periodista Mario Gill: “La ciudad de México, durante ese año dramático de 1958, parecía vivir una pequeña guerra civil. Las calles eran campos de batalla de todas las policías y el ejército contra los trabajadores ferrocarrileros, petroleros, telegrafistas, maestros, estudiantes, etc.” Al día siguiente de que se levantara la última gran huelga ferrocarrilera, jueves el 4 de abril de 1959, Efraín Huerta fechó “¡Mi país, oh mi país!”. La contundente fecha es el verdadero final del poema.
Además de Vallejo, el movimiento tenía otro líder visible, el regiomontano Valentín Campa, veterano del movimiento comunista desde los años veinte. Tras el allanamiento del local sindical, Campa se ocultó en una casa amiga y organizó desde la clandestinidad un organismo llamado Consejo Nacional Ferrocarrilero. Una de sus actividades era la publicación del periódico El Rielero. Fue ahí, en un periodiquito radical, pobre y clandestino, donde se publicó por primera vez ese poema central en la obra de Huerta, poeta cuyo nombre resplandece hoy en letras de oro en el hipócrita senado.
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Cuando se escribió “¡Mi país, oh mi país!”, el estado de cosas profundamente represivo que describe recién empezaba. Es como si el poema, en virtud de su lucidez y su penetración del momento político, contemplara no sólo los hechos que lo precedieron, sino también los del futuro próximo. El poeta se contamina simultáneamente del periodista y del profeta. Así, a finales de agosto de 1959, el ferrocarrilero comunista Román Guerra Montemayor fue arrestado en Monterrey y torturado hasta la muerte. Dionisio Encina, entonces secretario general del Partido Comunista, fue arrestado en Torreón el 2 de septiembre. Pasaría seis años preso. En octubre, Vallejo sufrió una serie de golpizas en la prisión. Miguel Aroche Parra, Hugo Ponce de León, Fernando Granados Cortés y Máximo Correa fueron sólo algunos de los cientos de izquierdistas que ese año iniciaron largas condenas de cárcel. Mientras tanto, la represión se extendía también a los demás gremios: en abril de 1960 el ejército allanó el local del sindicato magisterial del Distrito Federal. El propio Valentín Campa fue arrestado el 16 de mayo de 1960 para iniciar una condena que duraría diez años.
Ese 4 de agosto los granaderos dispersaron a golpes una marcha magisterial, y una más el día 9. Dos estudiantes resultaron muertos, y David Alfaro Siqueiros, que para entonces tenía sesenta años y era ya una personalidad artística internacional, fue arrestado e inició condena de cuatro años por haber hablado mal del presidente en el extranjero. La culminación de la ola represiva llegó el 30 de diciembre de 1960, cuando la supresión de una marcha estudiantil en Chilpancingo, Guerrero, dejó un saldo de al menos diez manifestantes muertos.
No es casual que un tema recurrente en el poema de Huerta sea el orgullo nacional herido por la injerencia imperialista, retratado con una ironía amarga (“Gracias, mil gracias, Dear Mr.President”). La CIA había hecho su debut internacional apenas cinco años antes, orquestando el golpe de estado de Guatemala que derrocó a Jacobo Arbenz. Por esos días otro escritor de izquierda, Renato Leduc, denunciaba en un artículo de la revista Siempre! la presencia en México de un agente de la CIA llamado Dean Stephansky, asesor especializado en la represión obrera.
Mi repaso hemerográfico de esa coyuntura me obliga a reparar en un elemento que completa la imagen del modo de gobernar del PRI. El mismo hombre que ordenó los arrestos, los allanamientos y quizá incluso las muertes, el presidente Adolfo López Mateos, se hacía llamar “amigo de los obreros” y afirmaba ubicarse “a la extrema izquierda de la Constitución”. Si su gobierno destruía con la mano derecha al ala disidente del movimiento obrero, con la mano izquierda le concedía al ala disciplinada las mayores conquistas: el 27 de septiembre de 1960 López Mateos nacionalizó la industria eléctrica con el apoyo de los grandes sindicatos de electricistas (uno de los pocos gremios ausentes en las movilizaciones de 1958-1960), la concesión económica y política más importante que hiciera el gobierno mexicano a los obreros desde la expropiación petrolera de 1937.
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Aunque el foco del poema era el garrote, Huerta quiso incluir un comentario sobre las condiciones sociales específicas que ese garrote defiende y perpetúa: “Pobre país de pobres. Pobre país de ricos. / ¡Siempre más y más pobres! / ¡Siempre menos, es cierto, / pero siempre más ricos!” El juego de palabras, como antes la ironía, no atenúa la amargura de la realidad sino que la subraya. En efecto, la desigualdad social había venido ampliándose de manera vertiginosa desde el final del cardenismo. ¿Y qué decir que aquellos ricos, “siempre menos, es cierto, pero siempre más ricos”? Pese a sus abusos y sus bien documentadas colusiones con el mal llamado “poder público”, especialmente desde el periodo de Miguel Alemán, los Pasquel y los Sánchez Navarro no hubieran figurado jamás en una lista internacional de multimillonarios. Comparados con Slim o Azcárraga, aquellos pobres ricos parecerían mendigos.
El hecho es que en 1959 la sensibilidad ética de Efraín Huerta hallaba intolerable una realidad social mucho menos dramática que la actual. Si los fragmentos de “¡Mi país, oh mi país!” relativos a la violencia represiva recuperan vigencia en forma intermitente, el amargo juego de palabras sobre los pobres y los ricos aumenta constantemente su validez. Ahí, el poema deja de ser documento de una coyuntura para convertirse en espejo y en oráculo.
La coyuntura de 1958-1960 no tuvo un episodio de sangre comparable al 2 de octubre de 1968, pero su extensión fue mucho mayor a la del movimiento estudiantil y su saldo total de energía popular y movilización, por un lado, y de violencia represiva, por otro, puede haber sido equivalente y acaso superior.
A partir de su primera publicación en El Rielero, “¡Mi país, oh mi país!” se reprodujo en diversas publicaciones y antologías, muchas de las cuales lo asociaban con el movimiento del 68 o lo consignaban como texto anónimo. La primera vez que el poema figuró en un libro de Huerta, Poemas prohibidos y de amor, en 1973, la experiencia del 10 de junio del año anterior seguía fresca en la memoria de todos. En esa época el autor consideraba una verdad casi axiomática “la total vigencia” de su poema.
Una vez más, la violencia y los encarcelamientos, la resistencia y las huelgas de hambre en las crujías, el 2 de octubre y el 10 de junio (no del 68 y el 71, sino del 2013) ocupan el primer plano de nuestra memoria. Hace unos días, una valla azul montaba guardia en torno a Televisa Chapultepec. En estas circunstancias, el amargo ingenio y la indignación de Efraín Huerta no sólo aportan profundidad histórica a nuestra mirada, también nos hacen sentir íntimamente acompañados.
Rugía impuramente como
deben rugir
todos los poetas que mueren
Efraín Huerta
Avril Blanco: Una lectura atenta a los periódicos de hoy revela la notoria actualidad de “¡Mi país, oh mi país!” como referente de una realidad nacional que ha cambiado poco. Con ese mismo asombro lo redescubrieron los jóvenes poetas de la generación anterior, cuando en 1968, bajo el sello Joaquín Mortiz, se publicara la antología de Efraín Huerta:Poesía, 1935 1968. Sin embargo, la mera coincidencia con la realidad limita su lectura.
En tu ensayo apuntas una frase que da pie a plantearse si sólo es la contingencia política y social de México la única arista para retomar el poema de Huerta. Mencionas: “Más allá de su belleza literaria intrínseca […] el poema es hoy un rastro arqueológico de una de las coyunturas decisivas del siglo […]”. Esto constata la potencia social y la actualidad de la obra, pero omite la dimensión de lo poético y formal, que es lo que menos se destaca en épocas recientes al hablar de la obra de Efraín.
Sería interesante retomar la esencia de Huerta —la clarividencia, la agudeza de su lectura sobre acontecimientos históricos, y su compromiso ético y social con el arte— y complementarla con el análisis estético del poema. Era un poeta sumido en el afán de no parecerse a otro (ni a él mismo), así que sus registros son diversos, pero destacar la “belleza intrínseca” de “¡Mi país, oh mi país!” es fundamental.
Afirma Carlos Montemayor en sus “Notas sobre la poesía de Efraín Huerta”: “un poema sólo puede entenderse en función de criterios poéticos (lenguaje, imágenes, conceptos, ritmo, pasión, emoción, profundidad, música […] )”. A pesar de su aparente obviedad, ése es el camino obligado para entender la poesía del vate de Silao. ¿El poema de Huerta contiene esas características? Sí. Aunque el carácter político y estético son inseparables en la poética huertiana.
Pero ¿cuál es su vigencia estética? Si bien el poema de Huerta puede servir como pretexto para hablar de temas sociales y políticos coyunturales de nuestro país, y del mundo, su lectura puede ayudar a repensar el lugar que ocupa en la literatura, ya que su obra trasciende lo circunstancial para hablar de lo humano. Ambos análisis no son enemigos: la unión de lo estético y lo político en función de la sociedad.
No basta retomar “¡Mi país, oh, mi país!” como un retrato de México, un texto documental sobresaliente sólo por la veracidad de los sucesos históricos que retrata. Al contrario, esto abre otras vías de discusión. ¿Cómo unir el discurso poético con el político? ¿Sirve hoy en día el escritor comprometido? ¿La función de la poesía y el discurso poético deben ser sociales? ¿Cómo retomar el poema como partícula literaria y no sólo como ente testimonial?
Desde tu punto de vista el poema nos acompaña en la soledad. Sí, la violencia impera hoy en día, las revoluciones fracasaron y el aparato democrático actual está absolutamente pervertido, pero qué sigue. Haces una lectura contradictoria: la falta de esperanza y el impulso visceral para la acción, pero con la desesperanza se llega a la inacción.
Propongo continuar la reflexión en otro sentido: cómo sentar las bases de un nuevo motor crítico que, asumiendo la validez estética de la literatura política o comprometida, se dote de elementos rigurosos y formales para acercar voces marginadas de nuestra literatura, como la de Efraín, y trascender las premisas conservadoras que dominan nuestra escena intelectual y moldean el gusto literario de las nuevas generaciones. ¿Cómo enseñarle a las juventudes que hubo un poeta mexicano en el cercano siglo XX que escribió contra el poder y a favor de la justicia social desde una palestra que no era en absoluto descuidada en términos estéticos?
Ó.P.: Planteas una pregunta que considero clave, tanto en la lectura de la tradición poética como en mi propia práctica como autor; una pregunta que, sin embargo, decidí no tratar al discutir el poema de Efraín Huerta. ¿Debe la literatura políticamente comprometida preocuparse por la cuestión, específicamente literaria, de la técnica? De tu texto se desprende una respuesta afirmativa que comparto totalmente.
Señalas que Huerta escribió “desde una palestra que no era en absoluto descuidada”. La poesía como género exige, por definición, una atención concentrada en las palabras, en todas sus dimensiones. Por tanto, podemos descartar que un poeta de la talla de Huerta fuera descuidado “en términos estéticos”. Pero más que reconocer que el autor fue cuidadoso, habría que preguntarse en qué sentido lo fue.
Una segunda pregunta se desprende de la primera: Si la literatura militante debe preocuparse por la técnica, ¿existe una posición técnica —estilística o formal— que sirva mejor que otras a los fines específicos de la literatura militante en nuestra época? ¿Puede una literatura ser en sí misma afín a las necesidades de la clase trabajadora, por algo más que una alianza explícita con su política?
Naturalmente, cada autor (o cada obra) responde a su modo a estas preguntas. La izquierda mexicana “oficial” del siglo XX (formada en la órbita del estalinismo) tenía una respuesta muy clara: los rasgos de estilo que encontraba adecuados a sus fines políticos eran la claridad más categórica, el nacionalismo y la virilidad. El sentido del humor y la caricaturización eran bienvenidos, aunque sólo para la denuncia del enemigo. Así, cuando, en 1949 José Revueltas osó proponer una literatura de izquierda diferente (compleja, moralmente ambigua, autocrítica y más bien pesimista) con su novela Los días terrenales, un escándalo considerable se abatió sobre él, al punto de obligarlo a retirar la novela de circulación. Incluso Pablo Neruda —que entonces se encontraba en México— se sumó al linchamiento. Notablemente, de los escritores socialistas, sólo su viejo amigo Efraín Huerta se pronunció públicamente en defensa de Revueltas.
Volviendo a “¡Mi país, oh mi país!”, creo que el rasgo estilístico que lo separa de la poesía mexicana convencional es la brutal literalidad de sus alusiones mundanas y la desfachatez con la que mezcla esos elementos “sucios” con elementos retóricos típicamente “poéticos”. Su principal acierto es la decisión de combinar los dictados de la musa poética con los de “la musa plebeya del periodismo”, para usar la expresión de Trotsky. Como dice el propio Huerta en el epígrafe que elegiste, él “rugía impuramente” y ese es el mayor mérito literario de su obra.
Incluso en un texto tan políticamente radical como “¡Mi país, oh mi país!” subsiste un núcleo que, a nivel de la técnica literaria, lo emparenta con la poesía mexicana convencional: la exigencia de identificación afectiva. El lector debe olvidar que lo que está leyendo es una construcción literaria para sumergirse totalmente en la historia que se le cuenta. El efecto emotivo que dicha historia debe producirle es uno solo —en este caso, la indignación cívica—, y viene predeterminado por el tono. Al igual que en la poesía mexicana más canónica, en la poesía política “seria” de Huerta rara vez hallamos algún mecanismo de ruptura que nos arroje fuera de la pieza literaria y nos permita verla como eso, como una pieza literaria, para reflexionar fríamente sobre nuestras propias condiciones y extraer así posibles corolarios prácticos.
El poema es admirablemente lúcido en cuanto a la comprensión de su momento, pues elige sólo los rasgos más profundos (la desigualdad social y el papel del Estado en mantenerla a toda costa). Sin embargo, “¡Mi país, oh mi país!” está lejos de ser un modelo revolucionario “en términos retóricos y estéticos”. A ese nivel, no es distinto de aquel “Ilumínate más, ciudad maldita” con que un siglo antes Altamirano fustigaba al Distrito Federal por haberse entregado al ejército conservador. Juarista como soy, encuentro los versos de Altamirano meritorios y emocionantes, pero no son aún el arte rebelde adecuado a la era del capitalismo en decadencia. A nivel técnico, el poema de Huerta tampoco lo es. Como escribió Bertolt Brecht (quizá quien más seriamente reflexionó sobre la relación entre técnica literaria y tendencia política): “No basta con organizar la identificación afectiva con el proletario en vez de hacerlo con el burgués: es toda la técnica de la identificación afectiva la que ha entrado en crisis”. Quizá por eso estamos ante un poema condenado a apagarse en tiempos de quietud para volver a encenderse como un volcán cada vez que la coyuntura de lucha y represión resurge para convocarlo. ¡Y resurge puntualmente!
Esa capacidad volcánica de reactivarse cada vez que se le necesita —que depende más de la lucidez con que captó su realidad que de la estrategia formal que eligió para representarla— basta y sobra para hacer de éste un poema digno de nuestro estudio crítico y nuestra admiración.
A.B.: Descubro que en el cruce de textos y cuestionamientos hemos construido un mapa que describe una geografía más bien apartada, pues más que confrontar puntos de vista divergentes sobre un mismo aspecto, se han planteado inquietudes distintas que coinciden en la pertinencia de acercarse a una obra cuya relevancia ambos damos por cierta.
Apelas a los postulados brechtianos sobre el carácter revolucionario del arte, bajo los cuales la obra de Huerta no encaja, puesto que mantiene la exigencia de “una identificación afectiva” en la que “el lector debe olvidar que lo que está leyendo es una construcción literaria para sumergirse totalmente en la historia que se le cuenta”. Esta lectura escapa de toda polémica.
Juarista como eres, consideras los versos huertianos, a los que igualas con Altamirano, “meritorios” y “emocionantes” pese a todo. Aunque no es para ti “aún el arte rebelde adecuado a la era del capitalismo en decadencia”. Marxista como soy, retomo la discusión sobre estética y política derivada del pensamiento brechtiano. Desde una perspectiva materialista, toda producción de arte está determinada por sus condiciones sociales de producción, que se ven reflejadas en la propia materia sensible de las obras en cuestión y en su dimensión formal. Ello ocurre, a veces, de manera implícita y otras de manera evidente, como en el caso del arte revolucionario propuesto bajo los términos que refieres. Vale tener en consideración esta perspectiva, extenderla, ya no sólo al ámbito de la creación, sino al de la crítica y el análisis literarios; es decir al aparato mediático que define (o por lo menos orienta) las prácticas del consumo artístico en una sociedad específica.
Así, las diversas formas de valorar un objeto artístico pueden adquirir rasgos particulares de acuerdo con el momento histórico en el que ocurren, del mismo modo que presentan sesgos de acuerdo con las coordenadas ideológicas desde las que se ejercen. Por ello, aparecen en el panorama formas tan diversas que oscilan desde la preceptiva de un canon burgués que desdeña toda forma de compromiso político, pasando por la teoría marxista aplicada desde las más variopintas aristas, hasta la del pensamiento posmoderno que hoy se corona como la más hegemónica forma de lectura del objeto artístico, dotada de un relativismo ad absurdum que evade toda interpretación sociohistórica y nos condena a un neoplatonismo en el que la razón nos estorba para llegar a lo nuclear.
Poco hay que discutir sobre la falta de mecanismos de ruptura en la poética huertiana. Sin embargo, considero que lejos de ser un “poema condenado a apagarse en tiempos de quietud para volver a encenderse como un volcán cada vez que la coyuntura de lucha y represión resurge para convocarlo”, “¡Mi país, oh mi país!” es una obra llamada a permanecer como un volcán en continua actividad, en tanto que las condiciones sociales e históricas en las que se produce, y de las que da cuenta, no son coyunturas sino la esencia misma del sistema basado en la explotación.
Valdría la pena acercar la obra de este poeta a las nuevas generaciones, que seguramente habrán de encontrar cobijo y regocijo no sólo en sus luchas sino en sus más profundas inquietudes humanas, y en “¡Mi país, oh mi país!” que —coincido— merece nuestro estudio crítico y nuestra admiración.
René Girard asegura en su libro Mensonge romantique et vérité romanesque[1] que los seres humanos somos incapaces de desear espontáneamente, que necesitamos forzosamente de otra persona que medie nuestro deseo. Girard llama a esta incapacidad “deseo mimético”. Las implicaciones que puede tener esta afirmación van más allá de lo antropológico; o más aún, por ser una noción antropológica puede relacionarse con todas las actividades del hombre, incluidas, claro está, las actividades artísticas.
Luego Fernando Pessoa se pregunta en cierto escrito si ser poeta es una idea suya, si él hubiera sido poeta de no haber existido otros poetas.[2] Es una pregunta retórica que se basta en su sola enunciación. De alguna manera afirma, a la vez que propone la negación de dicha afirmación, que ser poeta es haber leído a otros poetas. Lo que es preguntarse: de no haber existido otros poetas ¿el poeta habría deseado ser poeta? No resulta pues infundada la pregunta siguiente: en el deseo del poeta ¿acaso no se esconde el deseo de ser como otros poetas?
Una vez formulada esta pregunta, a quién no se le antoja pensar en la extraña manera en que actitudes, ideas, maneras y formas de hacer poesía se van heredando no sólo por la figura superficial de la influencia, sino por la mediación del deseo de ser como otro. No podríamos especular más como al hablar de “imitación” en literatura; tanto más que se trata de la imitación de la forma de ser de un poeta a otro. Sin embargo, biografías bien conocidas y estudiadas de algunos poetas nos podrían ayudar a que dicha especulación se vea atenuada y se parezca más a un análisis riguroso. Uno de los casos más estudiados que yo conozca, en este sentido, es la personalidad poética de Gérard de Nerval.
Se sabe poco del Nerval adolescente, pero tan pronto como se inició en la poesía las cartas, documentos y anécdotas se vuelven comunes. En su juventud sintió algo que podríamos llamar “entusiasmo pesimista” por la figura de Napoleón. Pero no fue un entusiasmo como el de la generación de sus mayores, la de Lamartine y Victor Hugo; para Nerval se trató de un entusiasmo nostálgico, desgastado y puramente literario: Gérard de Nerval tenía 22 años cuando Luis Felipe tomó el trono en la Revolución de 1830. Era el asentamiento de una monarquía burguesa, lo que representó para él una verdadera humillación. La respuesta, en cuanto a la función social de la poesía, no fue la del optimismo, sino la del desencanto. No es lo mismo que un poeta se convenza del papel que desempeña en la sociedad como “legislador”, como quería Victor Hugo; o que un poeta esté seguro de que construye un Ideal y que él es la fibra vinculante instaurada en una suerte de Demiurgia; o que un poeta se llame a sí mismo Mago o Profeta; no es lo mismo todo esto a que un poeta como Gérard de Nerval y algunos de sus contemporáneos, en especial Charles Nodier, afirmen que el “hombre no es perfectible”, o coqueteen con la posibilidad de un arte sin vínculo ni ataduras con compromisos, o entregarse a un infortunio que no se sabe remediar más que glorificándolo.
En la poesía de Nerval acaso podremos encontrar un panteísmo singular que luego influiría en los temas simbolistas de la siguiente generación, pero, luego de sus primeros escritos donde se dejaba ver su carácter de republicano liberar, se hizo notar una alteración del papel y de los poderes, o impotencias, que se solía atribuir al poeta. Durante los años de la Revolución de 1830, Gérard de Nerval tradujo poesía alemana, antologías y a Goethe, y participó en la batalla de Hernani de Victor Hugo. Esa década de la obra de Nerval no es conocida por su poca relevancia. El Nerval admirado y conocido por sus escritos llega hasta 1840.
Paul Bénichou cuando estudia a Nerval se pregunta si éste fue precursor de sí mismo. ¿A qué conclusión llega? A que sus traducciones de Bürguer y de Jean-Paul Richter, aunadas al desencanto de su grupo de poetas, lo llevaron a crear una “personae”, una personalidad literaria que no tiene por qué coincidir con la personalidad real que hubiera tenido el escritor de no habérselo propuesto. Un poema cuya autoridad puede atribuírsele, no sin polémica, a Nerval aunque éste diga que es una traducción de Richter, escrito en 1831, nos muestra claramente el cambio en el temperamento y en los temas de la poética de Nerval:
Cualquiera que haya visto el sol fijamente
ha creído ver, frente a sus ojos, volar obstinadamente,
alrededor suyo, una lívida mancha.
También yo, aún demasiado joven y todavía más osado,
me atreví a fijar la mirada en la gloria por un instante:
un punto negro se estableció en mi ávida vista.
Desde entonces, aunándose a todo como marca de duelo,
donde quiera que ponga los ojos,
también se establece la mancha negra.
¿Siempre? ¡Siempre entre yo y la dicha!
¡Ah, es que sólo el águila, —¡desgraciados seamos!—
Luego, en poemas claramente suyos escritos posteriormente, la tragedia toma el lugar de todos sus motivos. Las mujeres muertas de Les Cydalises, por ejemplo; el rechazo o la imposibilidad de la reciprocidad amorosa se vuelven un tema recurrente. Sin embargo, hay un par de anécdotas que suelen darle la razón a quienes afirman que Nerval se formó una idea de sí mismo que jamás abandonó; una suerte de “yo poético” que terminó identificando con su propia vida. Estuvo enamorado durante muchos años de Jenny Colon. No hay información suficiente para saber si alguna vez hubo algo físico entre ellos; ni siquiera si Nerval le declaró su amor. Sin embargo, se sabe que poco antes de su acceso de locura de 1841 había vuelto a verla, ya casada, en París. También se sabe que la divinizó en Aurélia. La abundancia de borradores y cartas que no le mandó, son tan esclarecedoras que se puede deducir que se trataban de ejercicios literarios. Y este no es el único caso: es posible que Las hijas del fuego hayan sido dedicadas a diferentes mujeres en su vida, en relaciones de romanticismo parecidas a la que tuvo con Jenny Colon. Esto es otra manera de decir que Gérard de Nerval se enamoraba de una idea; más específicamente, de una idea literaria.
Conocida es la tragedia de Nerval, que terminó por suicidarse. La influencia que tendría en la siguiente generación supera por mucho la influencia formal. Así como Victor Hugo promovió el ministerio poético y la dignidad del poeta en la sociedad y muchos fueron quienes siguieron su ejemplo; así, muchos vieron en Nerval un carácter y una manera deseable de ser poeta. Jean Starobinki sugiere en L’Œiel vivant la posibilidad de una exigencia crítica de la psicología del escritor que lo hace “querer ser” algo que se ha propuesto; eso que podríamos llamar, no sin injusticia, el “superyó literario”. Luego podríamos agregar con algo de mala intención lo que algún escritor dijo de su autor favorito: “a su desgracia personal debemos su genio literario”.
Antes de que Freud se decidiera por fijar el nombre de su Über-ich lo había llamado, en algunos de sus escritos de juventud,[4]Ichkritik, “crítica del yo”, que sin duda era una nomenclatura, sí, menos psicoanalítica, pero también más explícita. ¿Por qué? Porque como él mismo dice el Ichkritik busca una suerte de perfección, de apego a lo que se quiere de sí mismo. Entonces habría que preguntarnos, con la única intención de analizar, si Gérard de Nerval hubiera conseguido escribir lo que escribió sin haber identificado la idea que tenía de sí mismo con el personaje que los escribió. Quizá no. No podemos saberlo, de hecho.
De cualquier manera, el interés que pueda tener algún aprendiz de poeta en la forma en que otros lo han sido, debe sernos de gran importancia, pues ese “deseo mimético” tarde o temprano tendrá una gran influencia en la manera en que ese poeta se percibe a sí mismo: desde comportarse como cree que lo hizo un tal Paul Valéry hasta imitar el tono críptico de un T. S. Eliot; desde condicionar su felicidad o desfachatez hasta seguir el ejemplo que representa para muchos (más que la simpatía) la obra del indecente Charles Bukowski.
Terminaré con esto. Gérard de Nerval, según relata Théophile Gautier, estaba enamorado de una cantante de ópera rubia. Nunca le habló, pero meses después de haber ido a verla a una de sus presentaciones, Gautier se enteró de que Nerval había escrito algunos textos que contaban algo muy distinto a lo realmente ocurrido: lo que Nerval quería que literariamente hubiera ocurrido.
La pregunta de Pessoa quizá sea más radical de lo que parece: ¿Cómo podría ser poeta si no hubiera otros poetas que me dijeran cómo serlo?
[1] La edición en español está en la editorial Anagrama con un título idéntico: Mentira romántica y verdad novelesca.
[2] Cito de memoria. Por más que busqué no logré encontrar la referencia. De existir, existe; si no existe, no le viene mal, parece ser algo que hubiera dicho Pessoa.