Tierra Adentro

En 2009, José Homero compiló los textos que componen el libro Línea de sombra. Ensayos sobre Sergio Pitol, editado por el Fondo Editorial Tierra Adentro. Hoy, a manera de homenaje, decidimos agrupar aquí los ensayos de los autores más jóvenes de aquel libro, acompañados de esta breve introducción.

I

Joseph Conrad, marino acostumbrado a otear el horizonte, consideró que así como la infancia paradisíaca termina y debemos acceder a un jardín secreto, de igual modo la dorada cancela del jardín se cierra un día e ingresamos a esa etapa esplendorosa de la inconsciencia y la vitalidad pujante: «esa magnífica continuidad de esperanza que ignora toda pausa y toda introspección» (La línea de sombra). La esencia de la juventud es la capacidad de pensar que la vida depara acontecimientos; el mundo como escenario de prodigios. Y un día ese tiempo en que nada aún se ha desarrollado, ese tiempo en que todo permanece como una posibilidad, cesa. Se agota el tiempo, se advierte que el sol recorre a trancos la esfera de los cielos y la sombra aparece. La línea de sombra advirtiéndonos que «habrá de dejar tras de nosotros la región de nuestra primera juventud» (Conrad, ibid.).

La línea de sombra significa, también, el momento en que se encuentran la madurez de un escritor y la juventud de sus lectores.

Añadiría: nada más grato para un escritor, especialmente si es un autor colmado de todos los reconocimientos a que un escritor puede aspirar —premio Herralde de Novela, Premio Nacional de Lingüística y Literatura, Premio Cervantes—, cuya recepción crítica es unánime, cuya jovialidad y don de gentes destacan a un autor carismático, que encontrarse con sus lectores y descubrir que tales son jóvenes; jóvenes que encuentran en la voz de Sergio, en sus lecciones, una guía, una línea en la sombra.

Nada más grato para un escritor que descubrir que sus lectores son jóvenes. Hay una permanencia asegurada, demostración y asentimiento de la vitalidad de una narrativa que, como en el universo asimétrico, no envejece, sino que, al contrario, es cada día más joven. Éste es el testimonio con que un grupo de autores aborda a Sergio Pitol. Y al hacerlo nos confían un secreto: la indeclinable juventud del maestro. Para ellos Pitol es su contemporáneo. Y de ese modo descubrimos que una obra es también aquello que se potencia como promesa. Una obra es aquello por venir. Tiempo puro. La juventud recuperada a través de la alquimia de la Forma.

II

Señales. Sí, muchas señales y apropiaciones. Leer a Sergio Pitol es adictivo. Leer a Sergio Pitol puede provocar una influenza, que, como el docto ranchero de Guanajuato reveló, es el término específico para influencia. Hay en estos ensayos un cariz fragmentario que se antoja, al modo en que preconizaban los románticos, Moritz especialmente, una emulación de la forma estética objeto del comentario. ¿O acaso exhibiéndose declaran más allá de la deuda reconocida del discipulado en las frías aulas de la Facultad de Letras de Xalapa una confesión indeleble: la imitación como rito de paso para encontrar la voz propia? Alejandro García Abreu y Rafael Toriz eligen el mosaico como forma de composición. El uno para proponer en «Fragmentos de una realidad permeada por la niebla» cuyo hilo conductor es la memoria: «Su obra de madurez [de Sergio Pitol] constituye un monumento literario dedicado al trabajo de la memoria. El arte de la fuga, El viaje y El mago de Viena conforman una Trilogía de la Memoria».

El joven ensayista Toriz —alumno de Sergio—, por su parte, se apropia, con seductora malicia, no sólo de la estética fragmentada, sino de los apuntes del diario, de la autobiografía aleve, para ofrecernos una lectura que revela más del propio ensayista que del autor. Por momentos Toriz, con sus constantes guiños, casi tics nerviosos, pareciera querer personificar a Pitol y así nos cuenta que está en Barcelona, en Buenos Aires, en México, yendo a ninguna parte, como si a través del viaje y de la escritura histérica persiguiera apropiarse de la esencia de la obra a que rinde tribu-to. Homenaje y apropiación, en Pitol estos jóvenes encuentran un modelo desde el cual entonar, encontrar la propia canción.

Karla Olvera encarna, como fan de Enrique Vila-Matas y como bookjockey (bj), una citalibros, la denominaría yo, prójima del pinchadiscos (dj), que mezcla no melodías, ritmos o ruidos sino que acumula capas: una lasaña textual. Sin embargo, su crónica elige, en lugar del remix, el sampleo y los loops, imbricar una lectura personal, o mejor aún, una escucha solitaria, en una experiencia colectiva. Si la metalepsis es la figura retórica que signa, cifra y determina los climas de estos ensayos, en la crónica de Olvera, quien busca a Pitol a través del laberinto retórico de Vi-la-Matas —véase la apropiación del paragrama, recurso caro a Vila-Matas, usado en clave burlesca—, la ficción del relato termina contaminando, invadiendo la prosaica, grosera realidad de un viaje en metrobús convertido en el tranvía recuperado de aquella ilusión de Buñuel.

¿Por dónde abordamos a Pitol? ¿Tomamos esta dirección, por aquí, camino a Coatepec y nos desviamos hacia Briones para encontrarnos a Sergio, convertido en una suerte de Winnie Pooh con la mano metida en un tarro rebosante de galletas de animalitos? ¿O mejor paseamos entre los ordenados parterres de la bibliografía crítica de Ivy Compton Burnett aceptando que los escritores mexicanos suelen ejercer el cosmopolitismo apropiándose de figuras marginales? Uno se preguntaría: ¿tiene caso ensayar en torno a estos autores o basta con el tag? Lichtenberg apostrofó: quien pueda escribir aforismos no debería quebrarse la cabeza con ensayos. Enmendemos: quien sea capaz de etiquetar con tags, desista de desarrollar un entimema.

Si nos atenemos al tag configurado en remembranza de la nube —enjambre, diría yo, es la imagen que asemeja—, la palabra más frecuente es [memoria]: «Su obra de madurez constituye un monumento literario dedicado al trabajo de la memoria» (García Abreu); otro tema recurrente: la [mezcla], la [hibridez]. Agreguemos el [Mal], el [esperpento], la [excentricidad]; la [realidad]; los [límites]… Es claro que los tags sólo indican frecuencia; la estadística resalta el tamaño de un tema, no su importancia. La estadística, corrijo, señala que no hay tema, sólo lecturas, diseños de la frecuencia: habrá días en que un tema adquiera mayor rele-vancia que otro. Elijamos la descripción.

El ensayo más singular, en un conjunto de ensayos que ilustran ejemplarmente las posibilidades del ensayo contemporáneo, es «De perros que saben todo sobre viajes literarios». La ensayista laureada y compositora de lánguidas melodías, Elisa Corona, parte de una hipótesis: en ocasiones los perros son capaces de percibir cuándo regresarán sus amos. Siguiendo al presunto autor del libro, el biólogo Sheldrake, Corona refiere que los perros poseen una fa-cultad telepática que los une con su amo, regularmente una persona querida. Imposible no evocar a Sacho y de ahí que una circunstancia curiosa e insólita sirva de pretexto para iluminar una de las zonas más visibles y al mismo tiempo menos visitadas de la persona y obra de Sergio Pitol. Y señalo ambas instancias, ya que Sacho no sólo es el perro de un escritor sino un perro literario, convertido en personaje, inmortalizado por Pitol, su fiel amo.

Ambos parecen compartir sueños, en especial aquellos angustiosos; ambos parecen coincidir en esa zona de sombra donde los contrarios se entreveran y es posible soñar la realidad. Sacho deviene así un guardián mitológico, espíritu protector de su distraído amo: «Su actitud vigilante me hace pensar que es él quien cuida del escritor, a veces en el sueño, a veces en la vigilia, quien lo guía y protege de extraviarse en uno de sus juegos entre la realidad y la ficción» (Corona).

Tal se da vuelta a un tejido para revelar un cabo oculto y extraordinario, un hilo de oro de irisada verberación, Corona propone a Sacho como el verdadero guardián que protege las andanzas de Sergio Pitol. Testimonio extraordinario de una arista insospechada de la literatura —los perros y sus amos—, este ensayo es también un homenaje conmovedor a esa criatura mágica a la que todos los lectores y amigos de Sergio hemos querido.

III

Si la literatura se cumple como un desarraigo y como la escisión de la infancia, entendida aquí no como el Paraíso Perdido sino como el Edén subvertido que la Revolución revela infierno pleno, el libro último de Pitol es una recuperación de la libertad del creador. Lo que importa en las derivas de cada uno de estos jóvenes escritores es ahondar, penetrar en las capas del texto Pitol y proponer lecturas contextuales o lecturas en clave hermenéutica para definir cuál es la singularidad de una obra. Sea que se trasciendan los límites, que se anule el tiempo, que se conjure el Mal o que se acceda a un posmodernismo excéntrico, lo que resulta fehaciente para nuestros lectores de Sergio es la vitalidad de su obra, su contemporaneidad. La Forma permanece en el tiempo.


Autores
Poeta, ensayista y editor. Fundador y editor de varias revistas y publicaciones dedicadas a la literatura y la crítica del arte y la sociedad, la más conocida de ellas Graffiti (1989-2000). De su bibliografía mencionamos: La Construcción del Amor (ensayo; Tierra Adentro, FONCA, 1992; segunda edición, 2005); Vista envés de un cuerpo (poesía; Ficción, UV, 2000), Luz de viento (Fondo de Cultura Económica, Letras Mexicanas, 2006), Verano en la ciudad (Aldus/CNCA, La Torre Inclinada, 2006), La ciudad de los muertos (Fondo de Cultura Económica, Poesía, 2012). Dirige el periódico cultural Performance en Xalapa (segunda época).

La obra de Sergio Pitol nos ha enseñado que, como creían los alquimistas, todo está en todas las cosas. Sus libros funcionan como espejos que se reflejan mutuamente y hacen de la literatura y la vida una sola sustancia. Para dar cuenta de esto presentamos una serie de textos que dibujan las siluetas del cosmopolita escritor, desde la forma en que sus libros plasman la relación de Pitol con su perro (una crónica que, en el más puro estilo pitoliano, carnavaliza un viaje cuando la realidad entra en contacto con el Nocturno de Bujara) y la manera en que autobiografía y ficción se confunden en los libros que conforman la Trilogía de la Memoria, hasta un testimonio que deja en claro la influencia que la vida y los libros, escritos y traducidos por el «mago de Viena», tienen en los escritores jóvenes. Abrimos este dossier con una estampa de Enrique Vila-Matas en la que muestra que, para Pitol, la vida es una lección de estilo.

Es innegable que en los últimos años ha cambiado la manera de hacer y ver televisión, desde los canales de streaming y la descarga de torrents, hasta los servicios de grabación. Pedimos a Pedro J. Acuña y Pepe Rojo que intercambiaran ideas en torno a la televisión y sus posibles puntos de encuentro con la literatura. El resultado es «Leer la tele», nuestra Conversación abierta del mes. De la mano de lo anterior, presentamos un texto retrospectivo sobre los diez años del festival de cine documental Ambulante y una entrevista con el realizador Fernando Llanos, quien recientemente presentó su documental Matria. La crónica de Saúl Hernández-Vargas, a manera de enlace con el número de marzo, sobre literatura estadounidense, se centra en ese pedazo de tierra de Los Ángeles, en California, donde cientos de familias fueron arrancadas de sus hogares para construir el estadio de los Dodgers.

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DOSSIER

Siluetas de Sergio Pitol. Su estilo es contarlo todo

Por Enrique Vila-Matas

Línea de sombra: Sergio Pitol ante los jóvenes

Por José Homero

Fragmentos de una realidad permeada por la niebla

Por Alejandro García Abreu

Un puñado de imágenes para llegar a Sergio Pitol

Por Rafael Toriz

De perros que saben todo sobre viajes literarios

Por Elisa Corona Aguilar

Fantasía en Pitol genialoide sostenido

Por Karla Olvera

Sergio Pitol: la intimidad de una ficción

Por Jezreel Salazar

CONVERSACIÓN ABIERTA

Leer la tele. La dimensión desconocida y el nuevo guionismo

Por Pedro J. Acuña y Pepe Rojo

ENSAYO

No todos los yolo son iguales

Por Fausto Alzati Fernández

CRÓNICA

Chávez Ravine: Cielo despejado sobre el estadio de los Dodgers

Por Saúl Hernández-Vargas

EN PRIMERA PERSONA

Fernando Llanos: Historia y herencia

Por Carlos Kubli

CUENTO

Sombra nocturna

Por Meg Mundell

POESÍA

(If You Can’t Sing It) You’ll Have to Swing It

Por Miguel Gaona

Fragmento del diario de Luis

Por David Meza

Tres poemas

Por Clarisse Nicoïdski

Virginia y el viaje

Por Lauri García Dueñas

Posdata I. Rickey Laurentiis

Por Ana Laura Magis Weinberg

CRÍTICA LIBROS

De antologías y otros versos

Por Rodrigo Flores Sánchez

CRÍTICA ARTE

Arte público: entre el activismo y el espectácu

lo

Por Ileana Muñoz Rodríguez

CRÍTICA: MEDIOS

Diez años de ser Ambulante

Por Praxedis Razo

FORMAS

BREVES

Las composiciones

Por Roberto Abad


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.

En esta estampa, Vila-Matas, uno de los grandes amigos de Sergio Pitol, lo retrata como su maestro, y a partir de un par de anécdotas muestra cómo para el escritor, jalapeño por elección, la vida puede ser una lección de estilo.

Pienso en las calles recorridas, las que he podido caminar junto a él. Hay calles, callejuelas y callejones transitados en Asjabad, Ve-racruz, Caracas, París, Aix-en-Provence, Praga, Desvarié y Kabul. Y pienso especialmente en un día de lluvia en Aix-en-Provence, adonde acudimos para homenajear a Antonio Tabucchi. Fue un día que recuerdo por la agresiva lluvia y por la constante pérdida de sus gafas por parte de Sergio; algo esto último nada extraño, pues es ya legendaria su inclinación a perder y luego recuperar sus anteojos.

Para Juan Villoro, Pitol no busca aclarar sino distorsionar lo que mira. En El arte de la fuga, Pitol nos cuenta que, en su primer viaje a Venecia, allá hacia 1961, extravió los lentes a su llegada, los extravió mientras se preguntaba si hallaría la muerte en Venecia, la muerte en la ciudad de sus antepasados. Muerte y neblina, extravío de anteojos y la fusión compacta de vida con literatura lo encontramos también en otro día de lluvia, en este caso en Mérida, en los Andes venezolanos. Habíamos subido a cuatro mil metros de altura y, al descender a la ciudad, Sergio estaba aterrado porque creía tener la presión muy alta. Entramos en una farmacia y la presión se la tomó un niño de catorce años que ya se veía que no sabía tomarla. «Tiene usted cinco mil cuatrocientos veinte de presión», le dijo el niño. Sergio quedó pálido y sobrecogido. «Debería estar muerto», añadió el niño. «¡Ay!», gritó Sergio, y todavía hoy oigo el eco de algún grito desgarrado en medio de la ciudad andina. Le acompañé a una clínica cercana, donde —para ser fiel a su costumbre— olvidaría sus anteojos.

En estas anécdotas de días lluviosos del pasado está contenida la silueta de su vida cervantina, pues, como él dice, «todo es todas las cosas». Leyéndole, se tiene la impresión —que me ha perseguido siempre porque a fin de cuentas es mi maestro y lo es por motivos muy altos— de estar ante el mejor escritor en lengua española de nuestro tiempo. Y a quien ahora se pregunte por su estilo, le diré que consiste en huir de esas personas tan terribles que están llenas de certezas. Su estilo es contarlo todo, pero no resolver el misterio. (En esto Roberto Bolaño se le parece, especialmente por su tendencia a agotar todas las posibilidades de narrar). Pero es que, además, su estilo es distorsionar lo que mira. Su estilo consiste en viajar y perder países y en ellos perder siempre uno o dos anteojos, perderlos todos, perder los anteojos y perder los países y los días lluviosos, perderlo todo: no tener nada y ser mexicano y al mismo tiempo ser extranjero siempre.

Hasta sabe inyectarle humor al hecho de ser mi maestro. Cuando después de años de timidez confesé finalmente su pleno magisterio, y lo confesé en una entrevista con Raquel Garzón para El País, se produjo un posterior «tira y afloja» entre Pitol y yo, su cordial alumno. Y es que, por algún motivo que se me escapaba, parecía él preferir seguir instalado en esa gran falacia que era creer —así lo aseguraba a todos los amigos, dejándoles tan atónitos como a mí mismo— que el maestro no era él, sino yo. Finalmente, un día —lo recordaré siempre: fue en el Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México— se plegó a la verdad. El único maestro era él.

Se había programado en el Palacio un almuerzo al que debían asistir, por rigurosa invitación, el director del centro y las familias de Juan Villoro y Álvaro Enrigue, los dos amigos que habían participado en la presentación de la conferencia que había sido yo invitado a dar allí. La llegada no anunciada e inesperada de Sergio (que había viajado en coche desde Veracruz) hizo que automáticamente él quedara invitado a esa comida. Había otras personas que querían participar también en la comida. Un amigo escritor muy obcecado en lograr quedarse con nosotros y sentarse a nuestra mesa, por ejemplo. Escuché de refilón el diálogo y larga discusión que Sergio mantuvo con ese buen amigo que insistía e insistía en que si Sergio estaba invitado al almuerzo, él también podía estarlo, porque también era amigo mío. Pitol le enumeró con paciencia muchos motivos por los que no podía quedarse. Que estaba cerrada ya completamente la invitación oficial, por ejemplo. Ninguna de las explicaciones satisfacía al escritor obcecado.

—Pero dime exactamente por qué tú puedes quedarte con nuestro amigo y en cambio yo no, dame una explicación que sea convincente, con una sola me bastará, créeme, pero tiene que ser convincente —insistió el escritor obcecado.

Hubo un terrible y profundo silencio. Pitol miró a un lado y a otro, como si temiera algún tipo de no deseado espionaje.

—Te la voy a dar, es muy sencilla —dijo finalmente.

Hizo otra pausa y luego elevando mucho la voz dijo muy concluyente, supongo que para que pudieran oírlo hasta los más indeseados entrometidos:

—Porque soy su maestro. ¿Queda claro?


Autores
(Barcelona, 1948) es escritor. Su novela más reciente es Kassel no invita a la lógica (Seix Barral, 2014). Una versión previa de este texto fue publicada bajo el título «Viajar y escribir» con motivo de la concesión del Premio Cervantes a Sergio Pitol.

Hace siete años leí en internet la convocatoria de un concurso de foto-poesía. El tema de la pieza artística debía de estar relacionada con el medio ambiente. En ese entonces no sabía qué era Cinema Planeta, pero participé. Mi papá acababa de regresar de Veracruz, después de vivir allá por ocho o nueve años y le propuse que armáramos un equipo para entrar al concurso. Él tomaría la foto y yo escribiría el poema. Busqué algo que se relacionara con la naturaleza y hallé un texto viejo sobre los árboles. A partir de eso iniciamos una búsqueda por varios municipios de Morelos, fotografiamos muchos, de todos los tamaños y de muchísimas especies; llegábamos a los pueblos y preguntábamos si tenían árboles grandes y nos daban señas y direcciones. La imagen que queríamos la conseguimos en Jonacatepec: eran las ramas inmensas de un viejo amate. No ganamos pero fuimos seleccionados para una exposición itinerante.

En esos años yo trabajaba en la redacción de La Jornada Morelos y pedí que me enviaran a cubrir la inauguración de Cinema Planeta, que para ese entonces ya conocía un poco más. Se trataba de la primera edición de un festival internacional de cine y medio ambiente y la sede sería Cuernavaca. El día de la inauguración fui al zócalo esperando ver la exposición de foto-poesía. Cuando llegué estaban montando las piezas y me paré frente a la mía. Se acercó una mujer a donde yo estaba. Me sorprendió su amabilidad y su energía; me platicó sobre Cinema Planeta. Me dijo todo, en verdad «todo» lo que había que saber sobre el festival en ese entonces. Hablaba muchísimo y sus palabras me envolvían; me contó que la imagen que estaba viendo la emocionaba especialmente por la historia que estaba detrás: un señor fue a su oficina a entregar el material para el concurso y le narró la historia de cómo volvió a encontrarse con su hijo mientras viajaban por Morelos fotografiando árboles. Me conmovió. Ese fue mi primer contacto con Cinema Planeta. Una iniciativa ciudadana que buscaba —en ese entonces— convertirse en una empresa cultural. Esa mujer, era Eleonora Isunza, una de las directoras del festival (el otro es Gustavo Ballesté, a quien conocí un poco después). Y desde ese momento los admiré por su entusiasmo.

Con el paso de las ediciones, vi el festival crecer y colaboré de muchas formas. Primero como reportero: cubrí las inauguraciones, entrevisté a los directores, al jurado, a los cineastas. Luego como voluntario y más tarde (junto con mis colegas del Colectivo La Piedra) con la realización del encuentro Plumas Verdes, de literatura, nuevas tecnologías y tradición.

Como he visto crecer el festival también he visto la evolución de su propuesta, sus errores, sus aciertos y su lado humano, es decir, el trabajo de cientos de personas que está detrás de todas las actividades que oferta. También he visto cómo los mitos y la desinformación se enredan en torno a Cinema Planeta; el más grande es que es un festival organizando por el gobierno del estado o la Secretaría de Cultura. Si bien es cierto es que ninguna otra administración había apoyado tanto al festival como lo ha hecho la actual, también es cierto que esos recursos son sólo una parte de la inmensa colaboración que tiene Cinema Planeta con otras instituciones, empresas y asociaciones civiles, igual que lo hacen otros festivales en el estado y todo el país.

El año pasado durante su sexta edición, Cinema Planeta tuvo el acierto de sumar actividades y grandes producciones a su cartelera. Algunas de ellas fueron la plática que impartió Vandana Shiva en el Parque Ecológico Chapultepec sobre el rescate de las semillas y el boicot en contra de Monsanto, o el programa de huertos que Bill Pullman (sí, el actor de Lost Highway de David Lynch y uno de los protagonistas de Fruit Hunters) impulsó en escuelas públicas de Morelos.

Para los que no conozcan Cinema Planeta, es importante saber que tiene varias secciones dentro del festival. La más importante es la Selección Oficial, que son los filmes que están en competencia. El año pasado estaba compuesta por once películas documentales de doce países; otra sección es Tierra, dedicada a producciones mexicanas enfocadas a temas medioambientales; Palomitas es una selección de filmes infantiles; Mundos se conforma de producciones más grandes, con temas que se debaten actualmente a lo largo y ancho del mundo; Cortos, que pueden ser animados, ficticios o documentales; Ecos que usualmente replica contenido de algún otro importante festival de cine y medio ambiente de otras partes del mundo; y Focos, que explora el tema del festival que cambia cada año. Este 2015 el tema principal será energía.

La séptima edición se llevará a cabo en Cuernavaca del 14 al 19 de abril en distintas sedes como la Universidad Autónoma del Estado de Morelos, el Cine Morelos, Palacio de Cortés, Museo de Ciencias, entre otras. Posteriormente tendrá un recorrido por la Cineteca Nacional, que albergará a las cintas ganadoras del 8 al 17 de mayo. Entre las actividades más sobresalientes para este 2015 se encuentra la premiere mundial de la nueva película de Disneynature: El reino de los monos. También se proyectará por segunda ocasión Polen, alas de vida, producida también por Disneynature y musicalizada en vivo por la Orquesta Sinfónica Cinema Planeta bajo la dirección de Natalia Riazanova y, narrada en vivo por las actrices: Regina Orozco, Dolores Heredia y Tiaré Scanda.

Dentro de los contenidos cinematográficos del festival, la Selección Oficial en competencia está compuesta de nueve documentales largometrajes que se disputan el premio al Mejor Documental Internacional, premio al Tratamiento más original a un tema ambiental y el Premio del Público. La sección Mundos se conformará de una retrospectiva de Nicolás Vanier, afamado director francés, y Ecos replicará una selección del festival de Portugal CineEco. En alianza con el programa Connect4Climate se contará con los cortometrajes ganadores del concurso Action4Climate. Un concurso de vídeo que fue diseñado para dar a jóvenes cineastas de todo el mundo la oportunidad de retratar creativamente sus perspectivas sobre cuestiones ambientales.
El concurso fue lanzado a principios de 2014 por Connect4Climate, una asociación mundial dedicada a la comunicación sobre el cambio climático que recibió más de 230 inscripciones de 70 países; los cortos representan soluciones y acciones para hacer frente a uno de los mayores desafíos para esta generación. El director de cine italiano y guionista, Bernardo Bertolucci, presidió un jurado.

Cinema Planeta es un festival que afortunadamente no sacrifica ninguno de sus ejes primarios. Con el paso de los años el equipo se ha involucrado con numerosos proyectos o con la difusión de nuevas alternativas sustentables, pero también se han caracterizado por elegir material cinematográfico de calidad. Es un festival que busca las mejores propuestas del séptimo arte para promover el cambio.

 


Autores
Escritor, crítico de cine y co-director del Festival Grotesco. Forma parte del Grumo de Escritores de la Barba Naranja. Se interesa por las películas de terror, el vegetarianismo, las bicicletas, los perros, la música con guitarras distorsionadas, las mujeres que cantan, la literatura, la filosofía y el punto de encuentro entre todas esas cosas (véase: Hora de aventura).

La primera vez que Erick Vázquez me explicó el significado de un fanzine, me quedó la sensación de que hablábamos de un asunto lejano y clandestino. No entendí gran cosa: me habló de Inglaterra, los sesentas, el punk y de cumplir una función social. Pero fue hasta hace poco, en otra conversación con él, que comprendí el alcance de estas publicaciones. En la actualidad, en Monterrey, los fanzines de arte y literatura son creados con cariño y cuidado, circulan por aquí y por allá; pasan de mano en mano, traficados con el afán agitador de compartir arte e ideas.

El programa, dirigido por Erick Vázquez, es uno de ellos y aborda temáticas varias, pero con un objetivo claro en mente: «El programa nace de un curso que tomé sobre pensamiento crítico. Vinieron muchos maestros célebres como Brian Holmes y John Holloway, y trataba acerca de ser agitadores de ideas con una franca tendencia a la resistencia, nos invitaban todo el tiempo a hacer algo, por mínimo, contra el curso del mundo», explica el ensayista, autor de La naturaleza de la memoria.

A partir del curso brotó una amistad entre compañeros y también la idea de un fanzine. «El formato era ideal por barato y la estética poco empresarial, anti institucional». Sin embargo, como suele suceder con frecuencia en este tipo de empresas, después del primer número, todos menos Erick Vázquez saltaron al mar y dejaron el barco a su mando.

El programa reemplaza la primera A de la palabra con la A circulada de la anarquía. Desconozco a qué alude el nombre de la publicación, pero el símbolo anárquico parece congruente con la sustancia de los contenidos. Los textos e imágenes exudan libertad, caos, idealismo, razón, crítica, reflexión y extrañeza. En resumen, cualidades también asociadas al arte.

El fanzine no tiene una periodicidad establecida (respondiendo a la idea de ir en contra de lo establecido) y se arma de manera orgánica conforme van surgiendo ideas, temas y textos de colaboradores. El número más reciente, por ejemplo, no fue editado por Vázquez; su rol fue más bien de facilitador de la plataforma. La directora fue Carolina Márquez: «es algo que ofrezco, El programa como plataforma, pero que hasta ahora sólo Carolina ha tomado».

El penúltimo número, publicado en diciembre 2014, se titula «Los disparates, los caprichos, los desastres de la guerra» y, a partir de obras de Francisco de Goya, varios escritores reflexionan en torno a la situación actual de México. Participan el mismo Erick Vázquez, Denise Márquez, Gabriela Torres, Rolando Flores y Carmen Avendaño.

El texto de Vázquez, «La casa de lo incurable», es inquietante. Comienza narrando la situación particular de Goya como artista: la dualidad neoclásica y romántica que habita en su arte. Ejemplifica con dos excursiones realizadas por el artista a manicomios españoles y el resultado pictórico de ambos estudios. La relevancia de estos trabajos, señala Vázquez, es la libertad de Goya y la consecuente subjetividad: pues no son «el resultado de un contrato con ningún mecenas, noble, militar o religioso». Y concluye, más adelante, acerca de lo representado en estas obras: «La guerra de la que habla Goya es la del Poder contra los individuos, y por eso son tan chocantes los grabados, tan difíciles de ver, tan impopulares dentro de la misma tradición pictórica». Bum. En el mismo ensayo se realiza un paralelismo entre estas imágenes y las vistas en la actualidad por todos los mexicanos en los diarios y noticieros, con lo que se sugiere la repetición de la historia y nuestra incapacidad para reflexionar en torno a la documentación de la misma para no repetir las estupideces del pasado.

¿Qué sigue para El programa? Erick responde que unos amigos, editores de la Revista Cutter, le enseñaron a no depender de la copiadora o del gasto en una máquina offset: «ahorita estoy en eso, en la búsqueda de una imprentita casera, lo que daría un aire aún más insurgente a la publicación y que, además, es el sueño de este tipo de impulsos».

El programa como plataforma seguirá diversificándose y creciendo. Sobre todo porque es clara la apertura a escuchar a las voces fuera del canon. Siempre es saludable mirar la periferia para romper con los prejuicios. «El proyecto es muy necesario. Personalmente, me da la sensación de que hago algo que va más allá de mí. Me da libertad creativa y me siento menos lacra», dice entre risas, y agrega, consciente del extenso camino pendiente por recorrer: «es como querer quemar la ciudad con un encendedor». Después de escuchar a Erick Vázquez, cualquier objeto parece combustible.


Autores
(Monterrey, 1982) es autor de las novelas El polvo que se acumula en los objetos (Editorial Acero, 2012) y La ilusión del caos (edebé, 2015). En 2014 fue becario del PECDA Nuevo León. Actualmente es profesor de literatura en Prepa Tec y director de Resortera.mx, una iniciativa para impulsar la escritura de autores jóvenes.

Ella también quería ser súper flaca y hacerse una rinoplastia que le dejara la nariz bien chiquitita. Ella quería dejar su pueblo natal, Gualeguaychú, para irse a triunfar a Buenos Aires. Pero lo que ella más quería en el mundo era tener un hijo de Ricky Martin, su Adonis pop-latino de torso moreno y marcado, pantalones de cuero y camisa desprendida. Porque Ricky le hacía perder el control. Su voz le taladraba la cabeza y automáticamente le disparaba la imaginación «lo desvisto y lo pienso adentro y lo reproduzco entero intuyéndolo con todo el cuerpo, hasta sentir que voy a estallar».

Ella, Esperanza Hóberal, es la protagonista de la primera novela de Alejandro López, La asesina de Lady Di (2001). Allí, el autor nos sumerge en el vertiginoso periplo de esta adolescente entrerriana, gordita, rubia y muy cholula quien, luego de una violenta pelea con su madre, se lanza a la capital porteña a cumplir el mayor deseo de su vida. Esperanza over all, Esperanza por sobre todo y por sobre todos, el juego fonético del nombre del personaje nos adelanta su forma de encarar la vida. Porque esta chica de provincia está decidida a dejar atrás su vida en Entre Ríos y triunfar en la deslumbrante Buenos Aires, tal y como lo predijo su vidente española: un cambio de vida y de aires.

Esperanza cree en el horóscopo y está convencida de que está marcada a fuego por el destino, pero el destino no es lo único que la ha marcado a fuego. Esperanza lleva una marca y es la de la sociedad de consumo. Las telenovelas, las revistas de chismes de la farándula, la música pop-latina, los estereotipos de belleza imposibles, han moldeado su imaginario, su forma de desear y de sentir. Esperanza funciona así, imitando a sus actrices preferidas. Lleva el pelo como Catherine Fulop en Abigail (telenovela venezolana transmitida en Argentina allá por los noventas) y tiene un cuadernito donde anota sus frases telenovelescas preferidas, para usarlas según la ocasión. Esotérica y un poco desquiciada, Esperanza vive en un mundo tejido por la ficción. Como una suerte de Emma Bovary noventosa e híper maquillada, ésta chica de provincia ya no distingue el límite que separa la realidad de su ficción-pop farandulera. Pero, a diferencia de su par decimonónica, la ficción no es compensatoria de una cotidianidad monótona y aburrida. Por el contrario, esta ficción es su realidad y todo en su vida pasa por el filtro de los patrones impuestos por las industrias culturales. Es en ese límite difuso y casi inexistente, donde se funda la condición de posibilidad de la novela y el movimiento vertiginoso de su trama.

Hasta aquí, podríamos pensar que no hay nada nuevo. Un remake del clásico francés adaptada a los tiempos que corren, pero Alejandro López le da una vuelta de tuerca al bovarismo que conocemos y lleva la novela hacia el fantástico. Esperanza descubre que tiene una habilidad particular: puede lastimar a quien sea con sólo dañar su imagen. Una fotografía, un recorte de revista o un póster que caiga en sus manos, se convierte en un arma letal. Casi como si su desquiciada ficción-realidad le diera habilidades sobre naturales.

Para construir este personaje tan particular y el mundo que la rodea, Alejandro López se vale de los detalles. Es impactante leer La asesina de Lady Di y descubrir allí  —multiplicados y omnipresentes— todos los rasgos que caracterizaron la década de los noventa en Argentina. El consumo, la frivolidad, el auge de los patrones impuestos por la televisión, la ilusión del famoso «uno a uno», las marcas de ropa y de maquillaje, los personajes de la farándula, la idolatría a lo foráneo y su correlato práctico, el deslumbramiento por lo importado. Esperanza es la condensación y la hipérbole de una época y de un modo de ser argentino.

A pesar de su frivolidad, Esperanza lleva en sí el signo de lo trágico. Heroína de minifalda killer total y tacones altos, la entrerriana se convierte en víctima de sus propios deseos e ilusiones. Aquel mundo de consumo que la deslumbra, lleno de estímulos y en apariencia inofensivo, es también cruel y excluyente para esta chica gordita del interior que sólo quería tener un hijo de su ídolo, ser flaca y fantástica. Porque amar a Ricky de veras, con el cuerpo y el alma, no es tarea fácil, y el final feliz de la telenovela puede desvanecerse en el momento menos pensado.

El Programa Cultural Tierra Adentro lamenta profundamente el fallecimiento de la poeta Isabel Fraire (Ciudad de México, 1934), autora de Poemas en el regazo de la muerte y ganadora del Premio Xavier Villaurrutia en 1978. Además de poeta, Fraire también fue crítica literaria, traductora y ensayista.

Compartimos aquí una selección de su obra. Descanse en paz.


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.

Bordeado por el Coast Boulevard, el Ellen Browning Scripps Park es uno de los lugares más conocidos de San Diego. Éste debe su nombre a la periodista que nació en Londres en 1836, pero que muy pronto se mudó a Rushville, en el estado norteamericano de Illinois, y ya con  60 años, al caluroso sur de California.

En uno de sus extremos, el parque colinda con la Alberca para niños (Children´s pool): un área de 7 acres, delineada por el mar del norte, y un muro que protege y funda un lugar dedicado a la natación y al descanso. Frío, pero cierto en cada ola, el Pacífico choca frente a la construcción que la periodista encomendó a H.N. Savage, el ingeniero de la ciudad, en 1921. En el otro extremo, en el lado norte, el Ellen Browning Scripps Park colinda con La Jolla Cove —playa en donde actualmente conviven, y eso sólo entrecomillas, grupos de nadadores de mar abierto, (pacíficos) leones marinos e (invasivas) hordas de turistas.

En el lugar también se encuentran pelícanos, gaviotas y cormoranes.

Natural sólo a medias, el paisaje no es inerte pero tampoco definitivo.[*] Los adjetivos que utilizamos para describirlo sólo son útiles si entendemos que todo paisaje prefigura un conjunto de relaciones de poder. Ahí está, como ejemplo, el paisaje del Ellen Browning Scripps Park, con sus 6 acres de jardines y sus variedades botánicas. Altas, pero sobre todo icónicas, las palmeras que predominan en el sitio son producto de la ingeniería y de cierto gusto por los árboles de ornato. Bien dicen algunos medios locales[**] que sólo una especie de palmeras, la washingtonia filifera, es endémica; el resto que conocemos, y que imaginamos cuando pensamos en California, fue introducido por los frailes franciscanos en el siglo XVIII, y extendido por numeros proyectos de embellecimiento público en el siglo XX.

Las palmeras del parque que llevan el nombre de la generosa periodista fueron sembradas en esos años, entre la precariedad de la Gran Depresión y la sequía del Cuenco de Polvo. Walter Lieber fue el encargado de transplantarlas.

En las primeras páginas de Entre el mueble y el inmueble (Entre una roca y un lugar sólido), Jimmie Durham asegura que la arquitectura no es natural ni orgánica sino producto del Estado —esa entidad fantasmal y escurridiza que, entre otras cosas, inventó la silla y con la silla—, bancas como las que abundan en el parque. Estos objetos, de concreto casi todos, son útiles para marcar y nombrar los caminos, pero también para definir los lugares destinados a la contemplación del paisaje. Todas estas bancas fueron usadas para honrar a los muertos. Sus familiares las donan y establecen en los lugares que esas personas, en vida, disfrutaban. Las placas de metal, con la dedicatoria y los nombres, propios humanizan, el concreto, confiriéndole dignidad y cercanía.

Si le hacemos caso a Jimmie Durham, las bancas son espías no del Estado, pero sí de esos muertos que nos observan, nos invitan a sentarnos y detenernos, como asegura la AAA Magazine, en el lugar más fotografiado de San Diego.

Desde hace tiempo, quiero escribir una breve historia política de la banqueta y de otros espacios públicos dedicados a peatones y caminantes. En lugares como en el sur de California, la noción de espacio público es borrosa. Ciudades como San Diego, o como La Jolla misma, son ciudades construidas para máquinas, para automóviles privados que transportan a una o dos personas. Por lo tanto, las banquetas, si no son escasas, se utilizan poco. Casi nada. De vez en cuando. Apenas un montón de horas al día. En otros lugares, como en México, en donde la noción de espacio público es fuerte, la historia de las banquetas es otra. En San Cristobal de las Casas, por ejemplo, chamulas, tzotziles o tzeltales no tenían derecho a utilizarlas. Si un criollo los descubría haciéndolo, los empujaba y expulsaba hacia la asperza de la calle. A ras de suelo. Fue muy poco antes de la aparición (pública) del zapatismo que distintos pueblos indígenas comenzaron a caminar sobre esos espacios.[***] Ya no se bajaban, como lo hacían antes. Para entonces, los pueblos se reapropiaron del espacio público. En lugares como La Jolla, en el sur de California, esa reapropiación y repolitización del espacio podría iniciar, precisamente, con su uso: caminar por banquetas y los caminos del Ellen Browning Scripps, evitando la tentación de sentarse en las bancas y contemplar el paisaje tal como nos es dado. Caminando se funda otro. Caminando se va a una velocidad distinta a la del capital financiero, y exigimos respeto por nuestro cuerpo, y reclamamos una dimensión más humana de la velocidad y el tiempo que orienta nuestra pasos.

Ellen Browning Scripps —hija de James Mogg Scripps y de Ellen Mary Saunders— murió en 1932, el mismo año que se inauguraron los Juegos Olímpicos en medio de un paisaje recientemente embellecido pero, sobre todo, recientemente palmerizado.

 

 

 

 

 

[*]Estas cursivas provienen de un artículo de Cristina Rivera Garza

 

[**] www.kcet.org/updaily/socal_focus/history/la-as-subject/a-brief-history-of-palm-trees-in-southern-california.html

 

[***] La anécdota proviene de Sabines. Apuntes autobiográficos de Pilar Jiménez Trejo, publicado recientemente en Tusquets, México.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Autores
(Ciudad de México, 1982). Es artista visual y editor. También escribe. Actualmente trabaja en edicionespatito.org. Vive en la frontera norte.