Tierra Adentro

El año pasado durante la edición XXXV de la Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería, Morelos fue el estado invitado. Durante los 13 días que duró la fiesta de libros, Morelos contó con un pabellón especial que reunió la oferta editorial que se produce en nuestro estado de forma independiente y de manera institucional. Desde pequeñas empresas privadas e instituciones, hasta colectivos y editores alternativos, todos se dieron cita en el mítico Palacio de Minería, del centro de la ciudad de México para mostrar el trabajo literario, social, historiográfico y por supuesto, el oficio editorial que crece cada vez con más interés en el estado. La elección de Morelos como estado invitado, —creo— sólo demuestra el creciente interés a nivel nacional por los colectivos y los escritores morelenses porque poco a poco se han ganado un lugar en la escena actual. Ejemplo de ello son escritores como Ángel Cuevas y Kenia Cano, ambos poetas merecedores del Premio Iberoaméricano de Poesía Carlos Pellicer; Efraím Blanco, ganador del Concurso Nacional de Cuento Juan José Arreola, o el Colectivo La Piedra, dos veces becado con la Edmundo Valadés, al Estímulo de Revistas Independientes del FONCA-CONACULTA.

De manera sorpresiva, luego de la intensa actividad editorial y de los buenos resultados que se obtuvieron en Minería, la Secretaría de Cultura decidió cancelar su participación en Guadalajara del año pasado y en Minería de este año. Sin embargo, a través de la gestión de algunos funcionarios entusiastas de la literatura y sobre todo del trabajo de los editores morelenses se logró conseguir un espacio durante toda la feria y creo que es de celebrar el esfuerzo y el trabajo profesional de cada uno de ellos.

Este 2015, Morelos será el estado invitado de la Feria del Libro del Zócalo de la ciudad de México. Será una oportunidad importante para revisar las novedades, para diagnosticar qué proyectos se han mantenido y qué tipo de literatura se produce en el estado. Por eso presento esta nueva lista de editoriales alternativas que respiran con buena salud y que ofrecen literatura de calidad desde sus muy distintas propuestas.

Mis criterios para elegir a estas las editoriales son: que estén activas actualmente, que editen obra con periodicidad y regularidad, que tengan libros nuevos (al menos en lo que va de 2015), o que hayan tenido presencia en Minería el año pasado.

 

La Cartonera

La Cartonera es una mítica editorial artística y artesanal que nació en 2008. Con siete años de existencia, se trata del primer proyecto cartonero de México. A ellos debemos el boom actual de cartoneras a lo largo y ancho del país. Desde un inicio ha publicado sin apoyo institucional. La conforman Nayeli Sánchez, Dany Hurpin y Rocato, todos ellos fundadores (junto a Raúl Silva, quien más tarde emprendería proyectos alternos) y editores de proyecto. La Cartonera recolecta cartón en las calles de Cuernavaca y con eso crean, construyen y arman libros de poesía, crónica, ensayo, narrativa, obra gráfica y catálogos como el de Cinema Planeta. Sus libros se distinguen por sus propuestas gráficas de portadas originales y únicas, pintadas sobre el cartón, y por la utilización de papel reciclado en los interiores. Artistas como Cisco Jiménez, Jorge Garibaldi, René Díaz, Armando Brito, Gilda Cruz Revueltas, entre muchos otros, han aportado su granito de arena en el diseño de las portadas. Cada portada es distinta, de colección. Su catálogo incluye cinco ediciones bilingües y una edición doble español-francés; abarca géneros como poesía, literatura infantil,novela, canción, ensayo, cuento y gráfica. Entre sus autores se encuentra el poeta infrarealista, Edgar Artaud, el cantautor, Kristos Lezama, Pedro Granados, Mario Bellatin y proyectos como las Poetas del megáfono.

Blog: http://edicioneslacartonera.blogspot.mx/

Facebook: https://www.facebook.com/LaCartonera/

 

La Ratona Cartonera

Raúl Silva, entre sus múltiples proyectos, edita, también desde Cuernavaca a la Ratona Cartonera, una editorial que desde lo subterráneo ha capturado historias en el cartón de comunidades indígenas, poetas infrarrealistas y de jóvenes escritores. En su primer año de vida en Zihuateutla, Puebla, ofreció un taller de edición cartonera a 120 maestros indígenas Tutunakú. La experiencia se repitió en Xalapa, Veracruz, en agosto y después en octubre, cuando impartió un nuevo taller a 180 maestros hablantes del náhuatl en la Sierra de Guerrero. La Ratona Cartonera ha publicado a varios poetas infrarrealistas como Mario Santiago Papasquiaro o Pedro Damián; también han trabajado con Juan Villoro y recientemente con Luis Zapata. De la Ratona celebro su apertura a la colaboración y la presencia multidisciplinaria en sus presentaciones. La música casi siempre está presente en sus alumbramientos editoriales y artistas como Rafael Catana o Joan Sibila han formado parte de esta modalidad de poesía y música tan disfrutable. Recientemente, La Ratona Cartonera, junto con otros proyectos de la misma línea (como 2.0.1.3. de Yaxkin Melchy y Kodama Cartonera de Tijuana), emprendieron la titánica tarea de publicar Splendor de Enrique Verástegui. El proyecto actualmente vive una reforma importante ya que nuevos miembros han llegado para apoderarse de este proyecto y pronto se tendrán noticias de sus nuevos títulos. Raúl Silva también formó parte de Nomeedites, una revista pionera que se editó en formato de CD y luego como DVD.

Blog:http://laratonacartonera.blogspot.mx/

Facebook: https://www.facebook.com/laratona.cartonera

 

Astrolabio

La Cartonera, La Ratona y Astrolabio comparten la característica de ser proyectos que no sólo se nutren de la escena local, sino que tienen ojos para autores nacionales e internacionales, especialmente  autores latinoamericanos. Más de una vez se ha dicho que para entender lo que pasa en la poesía actual uno tiene que sumergirse en los proyectos artesanales, más que a las editoriales institucionales. Astrolabio ha publicado por ejemplo a Kreit Vargas, uno de los poetas jóvenes más importantes de Perú. Astrolabio es artesanal (que no necesariamente es cartón), siempre explora con nuevos materiales y técnicas distintas. Influenciada por Ulisés Carrión y el Taller de Leñateros, Marina Ruiz se ha rodeado de un equipo itinerante y diverso que han dejado su huella en cada título. Los participantes están interesados en aprender cómo se puede armar un libro como objeto. La editorial también promueve los actos poéticos, ya sea en papel o en otros formatos. Lo que me gusta de Astrolabio es el sentido comunitario que cada edición lleva consigo. Marina busca ayuda de los autores, los incluye. Cada libro es especial porque cada edición está trabajada con amor y entrega. Los títulos más recientes de Astrolabio son Sal de magnesio de Mara Pastor y La morsa de Muir Beach de Ximena de Tavira. Destaco también el trabajo que Marina realiza con mujeres en distintas prisiones y que pueden consultar en su otro proyecto: Colectiva Editorial Hermanas de la sombra.

Blog:http://astrolabioeditorial.blogspot.mx/

Facebook: https://www.facebook.com/astrolabio.editorial

Lengua de Diablo

Interesado en el diálogo constante que la literatura entabla con los medios digitales, Efraím Blanco funda esta editorial que fluctúa entre lo impreso y lo electrónico. Consciente de que uno no elimina o menosprecia al otro, Blanco ha logrado en poco tiempo conformar un catálogo de autores locales que no habían tenido la oportunidad de publicar y que merecían ser leídos. Egresado de la Escuela de Escritores Ricardo Garibay, Efra ha publicado a varios de sus compañeros como Mir Ponce, Beto Monroy o Mónica Puyhol, Félix Vergara y próximamente a Andrea Ciria. Lengua de Diablo es una editorial fresca que ha impulsado concursos en línea y que ofrece libros que no sólo dan muestra de lo que se hace en el estado, sino que acerca a los lectores a una nueva forma de concebir la literatura. No como algo inalcanzable y exclusivo de una esfera culta sino como algo cotidiano y lúdico. Recientemente nació su proyecto hermano, la revista Guardaletras con su primer número dedicado a la ciencia ficción. Entre sus títulos más recientes se encuentran dos antologías de autores que participan en el famoso taller de escritura de Francisco Rebolledo, Seis flores inmundas de la narradora Ana Martínez Casas, Los hijos de Arkham de Miguel Antonio Lupián y Esos malditos zombies del mismo Blanco, esos tres últimos libros constituyen tres de las propuestas más interesantes de lo grotesco en México.

Pagina: http://www.lenguadediablo.com/

Facebook: https://www.facebook.com/lenguadediablo

 

Simiente

Desde que conocí a Sergio David Lara, editor de Simiente, descubrí que él tenía ideas muy claras y concretas sobre cómo quería convertirse en editor. Poco a poco y con mucha constancia ha logrado posicionarse no sólo a nivel local, sino con miras a lo grande. Simiente sobresale de otras editoriales por su estética única y sus títulos de calidad indiscutible. Todos sus procesos están muy bien cuidados, desde la concepción de sus colecciones, hasta la elección de sus autores. Cada libro es sencillo y bello, tal y como Sergio David Lara se lo ha propuesto. Su ideología es clara: el libro no ha muerto. Tanto Simiente como Astrolabio han tenido una importante participación en la Feria de Editoriales Independientes de la Rosario Castellanos, ya que ambos tienen títulos que fueron elegidos como «Mejor Edición del Año» por los usuarios de Facebook. Entre los autores que Simiente tiene en su cartera se encuentran Luis Vicente de Aguinaga, Mario Bellatin, León Guillermo Gutiérrez, Alfredo Espinosa Quintero y recientemente Amaury Colmenares. También han publicado a jóvenes promesa como Ana Velarde, Carlos Desales, Lucero García Flores y Yeni Rueda.

Pagina: http://edicionesimiente.weebly.com/

Facebook: https://www.facebook.com/edicionesimiente

 

Ediciones y Punto

Lucero García Flores y Mikel Lecumberri son los editores detrás de este proyecto. Al igual que Simiente buscan rescatar el valor del libro como objeto.  Al mismo tiempo proponen de manera lúdica y profesional revalorizar la relación editor-escritor y el amor por la labor manual de los libros. Ediciones y Punto replantea la forma en cómo concebimos los libros. Sus títulos se salen de los convencional en términos de formato y ofrecen una atractivo visual con las ilustraciones (obras del también escritor, Mikel Lecumberri). En poco tiempo se han nutrido de una importante plantilla de escritores, destacan entre ellos, Francisco Rebolledo, Iliana Vargas y Miguel Izquierdo.

Facebook: https://www.facebook.com/edicionesypunto

 

Clandestino y Cascarón Artesanal

Rocat es una figura imprescindible en el mundo cultural de Morelos. Clandestino es un proyecto que nace casi a la par que La Cartonera y es una evolución de otro proyecto, la revista de corte erótico 5sentidos. Además de promover la literatura y la fotografía erótica, Clandestino ha sido importante en el proceso de registro del Movimiento por la Paz. Rocato editó y reunió dos libros sobre lo que se vivió en torno a las movilizaciones que Javier Sicilia y otros activistas impulsaron hastiados por la guerra contra el narco. En dichos libros se reúnen textos, poemas, crónicas, noticias, fotografías, carteles y demás testimonios históricos de todo lo que aconteció. Con el tiempo, el interés de esta editorial por la fotografía, mutó a un nuevo proyecto que lleva el nombre de Cascarón Artesanal y que hasta la fecha ha editado dos libros que reúnen poesía e imagen. El primero sobre mujeres fotógrafas del mundo y el segundo sobre animales. Vale la pena mencionar que Clandestino funciona por cooperación de aliados solidarios. Uno de sus títulos más importantes es Las revueltas de Pepé, un homenaje al escritor José Revueltas en su centenario.

Blog: http://edicionesclandestino.blogspot.mx/

 

Eternos Malabares

Es una editorial independiente que fue fundada en 1995 por Ricardo Venegas, con el fin de difundir la literatura en el estado de Morelos. Recientemente ha recibido múltiples apoyos institucionales. En 1995 comenzó a publicar la revista Mala Vida. Ha publicado a autores de la talla de Rodolfo Hinostroza, Hugo Gutiérrez Vega, Alí Chumacero, Javier Sicilia, Ricardo Garibay y Sergio Mondragón. Cuenta con cuatro colecciones: Cofrades (antologías), Mester de Junglaría (poesía), Saeta de cíclope (ensayo) y El perseguidor (narrativa). El año ante pasado editó obras de Armando Alonso, Ricardo Ariza, Itzela Sosa, Kenia Cano, Jair Cortés, entre muchos otros.

Blog: http://eternosmalabares.blogspot.mx/

 

Quadrivium

Es una editorial con una larga trayectoria en Morelos. Existe desde 1992 y publica cuento y poesía —sobre todo poesía— pero también cuenta con una importante colección de textos especializados en  investigación de ciencias sociales y humanidades. Entre sus autores se encuentran Raúl Moncada y Frida Varinia. Además de editar libros, ofrecen servicios de asesoría y talleres de escritura y de difusión de la lectura.

Estas son algunas de las editoriales que más presencia tienen actualmente en el centro de Morelos, por ahí empiezan a posicionarse editoriales como Proyecto Diorama, del escritor Félix Vegara y algunos libros de egresados de la maestría en Producción Editorial de la Universidad Autónoma del Estado. Falta por revisar la producción editorial de municipios en la periferia.

Si alguien quiere conocer alguna de estas propuestas pueden visitar La Rana de la Casona. Esta librería cuenta desde hace muchos años con un espacio dedicado especialmente a los proyectos independientes. También pueden encontrarlos en la nueva tienda El Amate al interior del Parque Ecológico Chapultepec y en ¿Qué es?, una tienda vintage de ropa, libros y objetos, se encuentra en el Pasaje Florencia, sobre Rayón y tiene el catálogo de casi todos estos proyectos morelenses.


Autores
Escritor, crítico de cine y co-director del Festival Grotesco. Forma parte del Grumo de Escritores de la Barba Naranja. Se interesa por las películas de terror, el vegetarianismo, las bicicletas, los perros, la música con guitarras distorsionadas, las mujeres que cantan, la literatura, la filosofía y el punto de encuentro entre todas esas cosas (véase: Hora de aventura).

El pasado abril del 2014, Cuauhtémoc Gutiérrez de la Torre fue se­parado de su cargo como dirigente del PRI en el Distrito Federal. Su renuncia fue obligada por un escándalo mediático de índole, digamos, sexual. Alegando que la reportera que lo exhibió lo hizo de manera engañosa y encubierta, CGT denunció a MVS. Con esto, y apoyado en la red de contactos pudientes que ha dedicado parte de su vida a tejer, no fue procesado penalmente por sus crímenes, únicamente perdió su puesto.

ACGT se le conoce también como el Príncipe de la Basura (por ser hijo de Rafael Gutiérrez, el Rey de la Basura). Mientras imagino un caso clínico de Freud que llevase tal título, no puedo evitar con­siderar cómo afectará a un ser humano ser simbólicamente atrave­sado por tal apodo. ¿Generará una suerte de desprecio vengativo por la humanidad, alimentado de un temor a ser el desecho de alguien más? No lo sé. Lo que sí es de conocimiento público es que presuntamente CGT regenteaba una red de prostitución a través del Partido Revolucionario Institucional (énfasis en Institucional). Su secretaria, Sandra Esther Vaca Cortés, sería quien reclutaba chicas, en un elaborado y teatral proceso de contratación, para establecerlas en la nómina del partido como edecanes. Aunque más que pararse en algún evento con una cinta del partido al hombro, su labor consistía en estar a la disposición de los impul­sos libidinales de CGT y de sus colaboradores.

Quizá me parece despreciable. Quizá ése es el chiste. Quizá de­bería parecérmelo más. Quizá parte de mí tiene ganas de regen­tear una red de prostitución desde las instalaciones de un partido político. Quizá me cause pereza toda la maniobra. Quizá me pare­ce patético. Pero no completamente. Sobre todo, tales sucesos (es decir, su relato mediático) resultan entretenidos, y su decadencia más que indignar produce angustia.

¿Por qué motivo CGT no se fue de putas simplemente? ¿Por qué no se aventó el catálogo enterito de divas.com en room service de algún hotel cinco estrellas en Polanco? Digo, también lo pudo haber facturado como viáticos directos a las arcas del partido. Es decir, pudo haber fornicado, a gusto, con la misma frecuencia, con la misma cantidad y variedad de mujeres (atractivas, digamos), sin necesidad de tenerlas en la nómina del partido y de todas formas proteger sus ahorros.

Pero coger rara vez se trata de coger. El sexo y la sexualidad no son la misma cosa. Uno es un acto y la otra es un rito, una atmós­fera, un modo de estar en el mundo. Tal división categórica es lo que genera angustia en esta historia. Digamos que CGT no busca­ba el placer de empaparse en las mieles de una mujer bonita. De ser el caso, lo más probable es que no estuviésemos ni enterados de su sexualidad. Quizá sólo buscaba sentirse superior (o dejar de percibirse como inferior) a los demás hombres.

La sexualidad es, por necesidad, perversión. Sin ello, el sexo se reduce a la fricción genital en la supuesta misión instintiva de reproducir a la especie. Pero para nosotros, que hablamos y somos a su vez hablados, «el instinto» es también una idea que configura nuestra relación con el mundo e incluso la estructura de nuestro cerebro. Pero que todos seamos partícipes de aquella perversión que es la sexualidad no implica que todos somos per­versos. Pareciera que CGT sí. Pareciera que buscaba, sobre todo, burlarse, burlarse de la ley. Estar por encima de la ley. Ser la ley. Eso es lo que define a un perverso, y no sólo la creatividad in­consciente que condimenta la sexualidad humana. Así, de paso, CGT quería burlarse del Estado y de los contribuyentes y de un proyecto de nación. Y así, en la fantasía, vivir creyendo que esos millones de contribuyentes no aportan sus esfuerzos al sustento del país y su futuro, sino a la inmediatez de los genitales de CGT, o dondequiera que enfoque su placer.

No lo culpo por desearlo. Además, a diferencia de la mayoría, fue consecuente con sus deseos. En sintonía con la «filoso­fía» yolo (You Only Live Once, tendencia semireflexiva sobre la mentalidad, derivada de una pista del hiphopero Drake y un hashtag ocurrente en redes sociales), CGT tuvo la osadía de pro­curar los medios para intentar cumplir sus deseos. No sé si termi­nó de lograrlo, pero se esmeró en pos de su fantasía de burlarse de una nación, haciendo de sus instituciones su putero personal, negociando las zonas erógenas de chicas desesperadas/vanido­sas/confundidas, quienes también jugaron el juego. Digo, también son adultas, con probables desventajas sociales e históricas, pero no les pusieron un arma en la sien, y seguramente muchas otras dijeron «no, gracias». Y ni por un instante pensamos que este fe­nómeno es exclusivo del PRI. Baste mencionar a los diputados panistas en el mundial de Brasil, a Escamilla (PRD) en Iztacalco, los tantos sacerdotes católicos romanos apostólicos pederastas, y un extendido y múltiple etcétera.

El yolo de CGT evidencia una insatisfacción crónica y su propia desesperación. Es un yolo torpe, al servicio de sus carencias. Tanto así que perdió su puesto. Pero para comprender cuán tam­baleante y erizo es el yolo de CGT, basta compararlo con el yolo del maestro del yolo. Aunque, siendo justos, sería como comparar al Necaxa con el Real Madrid; comoquiera hay que hacerlo. Me refiero al magnate grecoamericano Aristóteles Onassis.

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Mientras CGT se volvió parodia de su propia burla, esclavo de una compulsión, AO creó una genuina obra de arte. Durante el verano de 1959, AO abordó su monumental yate privado en com­pañía, nada más y nada menos, que de María Callas, la mega ultra diva de la ópera mundial. Y si no entiendes cómo se exaltarían los sentidos, a media noche, en altamar, con la inmensidad del cosmos: reflejada en las crispadas y saladas aguas, la voz de mc, sin regulación o impedimento alguno, derrochada ante la infi­nitud, mientras agarrada del barandal del barco la penetras… Si no entiendes eso, entonces mereces seguir mendigando migajas libidinales, esas que caen de la mesa de la inercia de la historia.

Ayn Rand (quien, admitamos, no fue original pero sí contun­dente, y cuyos adeptos son insoportables en su estupidez de creer que la inteligencia se imita, mas no se ejerce) atinadamente su­girió que toda época de la humanidad regida por las ideas de Platón ha llevado al oscurantismo, mientras que aquellas impul­sadas por el pensamiento aristotélico han conducido al progreso. CGT, por más pragmático y gandalla que parezca, es realmente un platonista, en cuanto a los abstractos ideales metafísicos que rigen sus deseos, que no sus sentidos, y el ejercicio de los mismos a través de la razón. Mientras que AO, para empezar, también se llama Aristóteles.

Así sucede con esto del yolo: suele ser una excusa para un su­puesto hedonismo que resulta un frenesí en busca de atascar los sentidos hasta el entumecimiento. No busca saborear atentamen­te un solo instante de la experiencia viviente. yolo es también una frasesita para ironizar la vida temerosa y resguardada, donde por no perder o joderse esa única y preciada vida se evitan los riesgos a toda costa. Ambos usos fallidos son, de hecho, lo mismo. Son muestras del temor a la vulnerabilidad y, por ende, de cualquier forma de plenitud. Pero el fallo es de origen y es un fallo lógico. La idea de que sólo se vive una vez brota en contraste a un imaginario donde se conciben múltiples vidas. Es decir que detrás del halo de «realismo duro» de esa frase se resguarda una abstracción y no una cognición directa. Aunque CGT seguramente se rige por su versión de yolo, seamos precisos: AO probablemente no diría que le hace al yolo; supongamos que diría otra cosa, algo más al estilo de dic: Death Is Certain. Es cierto, y lo reitero con frecuen­cia: la vida no es un milagro, es un hecho. Y como dicta el lema de aquel restaurante parisiense (al que aún no he ido) Tour d’Argent: en esta vida no hay nada más serio que el placer. Provecho.

 

 


Autores
Fernández (Ciudad de México, 1979) es ensayista y poeta. Su libro más reciente es Buda, drogas y pop (Textofilia, 2013).

Según la RAE, la palabra «plagio» o el verbo «plagiar» en su primera acepción, significan «copiar lo sustancial de obras ajenas dándolas como propias», y no citar de forma explícita que se está haciendo uso de ideas o palabras de otra persona.

Las reglas para la investigación son rigurosas en ese sentido: se debe sí o sí, citar explícitamente las fuentes con que se construye el marco teórico, para entonces cimentar un nuevo concepto, idea o discurso. La academia tiene muy regulados estos motores y la forma en que se utilizan las fuentes, al igual que las patentes o las obras literarias.

El Instituto Nacional del Derecho de Autor y el Instituto Mexicano de la Propiedad Industrial, son las estancias gubernamentales que funcionan como depositarios y otorgan derechos de autor para resguardar la propiedad intelectual de sus trabajos, conceptos, textos, inventos, procesos, productos, etc…

He escuchado en los últimos meses —a través de redes sociales—acusaciones por plagio de textos, coreografías, escenografías. Estrictamente el plagio existe sólo si la autoría existe, es decir, si muchas de las obras de teatro utilizan mesas y sillas, no es que se estén copiando, simplemente son elementos que se usan tanto, que se puede aludir a la falta de creatividad por parte de los creadores, pero no al plagio.

Utilizar la citación de otras obras o de parlamentos de obras clásicas, tampoco es plagio pues se utiliza lo que hoy día es una de las «formas» del teatro contemporáneo. El desconocimiento de los procesos teatrales puede llevar a malentender la intención de un autor al hacer referencia, por ejemplo, al árbol de Beckett en Esperando a Godot como referente de un autor, o cuando se usa la estructura del teatro dentro del teatro, o metateatro, en donde las referencias a lo teatral y a otros autores y creaciones se vuelven parte de la obra. En este caso, lo que puede suceder es que la idea se desgaste, pero de ninguna manera es un plagio si se está construyendo otra obra. El problema está cuando la puesta planteada no construye nada y la idea motor es más fuerte al mantener su autonomía frente a la nueva, entonces, efectivamente parece más una copia.

En estos casos lo que sí puede ser un problema —ahí comienzan las sutilezas del plagio— es cuando no se hace referencia explícita del autor o a la obra de la que estamos tomando el referente, es decir, supongamos que hago una obra donde una mujer acostada en una especie de cama, mueve la mano de la misma forma en la que la artista Marina Abramovic lo hace para despedirse al mismo tiempo que dice: «bye,bye» , en The Life and Death of Marina Abramovic (dirigida por Bob Wilson), entonces la escena tendría que explicarse y ser parte de la estética de la obra, no podría estar sólo como copia, sino que tendría que poseer un sentido dentro del nuevo discurso.

Por otro lado, el arte siempre se ha construido a partir de su historia. En la plástica, la utilización de los mismos iconos en la historia del arte pictórico es común y nadie piensa que se esté copiando a Miguel Ángel si alguien hace una Piedad. Esta figura fue durante siglos una de las formas de crear un estilo personal sobre una misma escena. Después llegó el arte moderno intentando crear nuevas formas y dialécticas, pero en la era del posmodernismo la idea de tomar iconos para trabajar sobre ellos se volvió una práctica común dentro del arte conceptual y plástico.

En el teatro contemporáneo esta idea de copia —o de trabajo— sobre los referentes también ha sido utilizada siempre, pero no de forma tan común o como parte de un discurso estético tan fuerte. El teatro en sí, se vuelve parte de los temas de las obras hoy en día, como en otras épocas podríamos hablar de las vicisitudes de algunos personajes que intentaban crear historias «nuevas» o con anécdotas novedosas, algo que, efectivamente, se sigue buscando hoy, pero en las últimas décadas la referencia a la fuente se ha hecho explícita y forma parte de la conceptualización del arte contemporáneo y también del teatro. Esta vuelta a la idea de trabajar sobre los referentes me lleva a la necesidad de exponer algunas de ellas.

Entre las formas de referencia encontramos el hipertexto, la citación y la autorreferencia: para Kerstin Hausbei, cuando las citas están puestas en boca de los personajes, su fuerza de epicización resulta aún bastante disimulada puesto que el origen de la repetición se localiza en el interior del universo dramático. Y luego sigue: la cita convoca de ese modo la actividad interpretativa del espectador, quien deviene «tercero de la relación dual, negociador y no hermeneuta» (Compagnon). En una primera fase, la cita del intercepto eterno aporta antes que nada un efecto de realidad, pero sirve con frecuencia igualmente a sobredeterminar, en la interpelación al espectador las réplicas de aquellos personajes incapaces de verbalizarlo todo.[1]

De esta manera, la cita, ya sea al interior, al exterior del texto o refiriéndose al espacio escénico, se vuelve parte fundamental de un distanciamiento con respecto al espectador que muestra los mecanismos de la ficción y que lo dota de herramientas para crear un significado distinto o en diferentes niveles de lo que está presenciando. Lo cierto es que estas referencias pueden generar problemas de plagio al no ser utilizados de manera correcta o cuando el referente plantea la estructura de la obra expuesta.

Hay otras formas en las que el plagio queda evidenciado, hemos visto casos de escritores y coreógrafos que en los últimos años han sido demandados por hacerlo de forma explícita. Esto es distinto a cuando el artista tiene miedo de escribir o crear algo muy similar a la obra de otro autor —lo cual no es poco común—, pero los temas, las formas de expresión y los vasos comunicantes existen, y se palpan en la estética y el estilo de una generación de escritores o dramaturgos.

Me gustaría añadir que el metateatro tampoco es plagio y que es una forma estética muy interesante de profundizar sobre las transformaciones  que ha sufrido el teatro a través del tiempo.

(Por cierto, esta columna en general utiliza ideas de la teoría del teatro, que efectivamente son mi bagaje académico, pero el análisis es responsabilidad completa y de mi autoría, por lo mismo puede ser que no esté diciendo nada nuevo, pero a veces repetir lo que ya se dijo en otros foros permite a muchos lectores adentrarse a temas que de otra manera no tendrían a la mano. Mi objetivo es acercar a más lectoras a los gajes del oficio del teatro y la dramaturgia).

 


[1] Sarracac, Jean-Pierre, (dir). Léxico del drama moderno y contemporáneo. Paso de Gato. 2013. p. 51.


Autores
(Ciudad de México, 1978) es dramaturga, escritora de narrativa y ensayo, directora teatral e investigadora. Sus textos se han llevado a escena y se han presentado en festivales de dramaturgia en Canadá, España, Argentina y México. Recibió el Premio Airel de Teatro Latinoamericano, Toronto, 2013 por su obra Palabras Escurridas y el Premio Internacional de Ensayo Teatral 2013 por Territorios textuales. Sus relatos se editan tanto en México como en España. Actualmente prepara dos nuevos montajes con su compañía Mazuca Teatro e imparte el seminario El teatro como territorio de la palabra en 17, en el Instituto de Estudios Críticos.

En «¿Qué es la poesía menor?», T.S. Eliot dice que una de la fun­ciones más significativas de la poesía, lo mismo que de las anto­logías que la recogen, es «dar placer». También señala distintos tipos de recopilaciones, entre las que se encuentran las canóni­cas, cuyo propósito puede ser «el interés de la comparación, de acceder, en un espacio breve, a una sinopsis del recorrido de la poesía»; y las de los jóvenes poetas, cuyas obras no son muy cono­cidas pero que desean darse a conocer por medio de un volumen conjunto. El Ómnibus de poesía mexicana (1971), de Gabriel Zaid, itinerario razonado que va de las obras de las culturas prehispáni­cas hasta la generación más reciente de poetas mexicanos en ese entonces, es un ejemplo del primer caso. En cuanto al segundo, está Divino tesoro (2008), de Luis Felipe Fabre, que recoge las obras de autores jóvenes que fueron invitados a participar en un festival.

Las antologías difieren según sus intenciones, temáticas, pro­gramas y alcances. Es tan elevada la proliferación de compendios poéticos que el lector interesado tiene nimias oportunidades de seguir su paso. Uno lee una o dos por año y se da por bien servido. En México, confeccionar antologías y muestras de poesía reciente se ha convertido en un deporte típico, como el futbol o el billar; y más aún elaborar compilaciones de la Lírica Nacional. Todas son diferentes, aunque comparten una «dialéctica de la distin­ción», siguiendo a Pierre Bordieu en Las reglas del arte; es decir, cada antólogo busca arrogarse una especie de verdad al declarar tácitamente que su libro es «el bueno»; señala, con disimulo y vanidad, que los poemas que reúne son los verdaderos (para algu­nos la poesía aún posee esa aura de autenticidad insoslayable). El terreno que pisa el antólogo, en el caso de las muestras de poetas vivos es, con frecuencia, resbaloso, por dos razones: las antolo­gías poéticas casi siempre las compila un vate y no existe una distancia temporal que permita un discernimiento crítico. Así, no resulta ocioso preguntarse si la poesía escrita en México es un producto redituable. ¿Es tan excelsa la poesía actual de este país como para merecer la cantidad de antologías que la representan?

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La respuesta de Juan Domingo Argüelles a ambas preguntas es afirmativa. En el prólogo al segundo tomo de la Antología general de la poesía mexicana (Océano, 2014) señala:

La poesía mexicana de la segunda mitad del siglo xx a nuestros días […] es moderna y contemporánea, actual […], pero sobre todo es diversa en una multitud de voces que algunos quisieran uniforme (para, precisa­mente, poder «caracterizarla»), y sobre todo asume sus riesgos que no pocas veces parece suicida: apela a la atención de los lectores que cree merecer o que merece, más allá de prestigios y desprestigios, más allá de cánones y monumentos, más allá de lápidas y panteones.

Para mostrar esta «diversidad», Argüelles seleccionó poemas de autores nacidos entre 1951 y 1987 de distintas regiones del país con, al menos, un libro publicado. La propuesta fue aprehender los poemas más representativos de la historia de un país. En el primer tomo de la Antología general de la poesía mexicana se seleccionaron poemas de los siglos XIV hasta la primera mitad del siglo XX; la se­gunda parte se circunscribe a ciento sesenta y siete autores nacidos después. La disparidad es evidente y una de las lecturas que se despren­den de este desequilibrio es que la poesía actual —Argüelles la llama «presente poético»— tiene el mismo peso que seiscientos cincuenta años de tradición.

Se ha dicho, pero no suficientemente, que el marco de referencia de una antología se define por lo que contiene pero también por lo que margina. En este caso, lo ausente, por tratarse de una antología que se pretende exhaustiva, es demasiado, y no porque falten poe­tas que sumar al abultado número de autores,[1] sino por la visión restringida de lo que se considera poesía. Un ejemplo: el antólogo puede o no gustar de soportes discursivos que no sean los poemas en verso y prosa, pero lo cues­tionable es que no exista mención, ni siquiera en el prólogo, de obras performáticas o en pla­taformas audiovisuales, sonoras, gráficas o elec­trónicas de artistas y escritores mexicanos. Esto resulta llamativo siendo que en México se cele­braron, a partir de 1985, varias bienales de poesía visual y experimentales, que junto con el Festival Poesía en Voz Alta, en sus distintas épocas, han ampliado, discutido y cuestionado las nociones de lo poético. Aun más, obras fundamentales de dos poetas canónicos en la tradición mexica-na, José Juan Tablada y Octavio Paz, son precisamente poemas que, explícitamente, buscan expandir los límites de lo textual. Otras ausencias notables en esta antología son las de la poesía en otras lenguas que no sea el español (sólo hay textos en zapo­teco de la poeta Natalia Toledo), movimientos como el hip-hop y aproximaciones estéticas desde ángulos como el arte-objeto y las escrituras colaborativas, que han tenido una impronta con­siderable en la poesía reciente. Con esto quiero decir que si la selección no responde únicamente a un «gusto personal» no es claro cuáles fueron las consideraciones pertinentes en el proceso de elaborar una antología general de la poesía mexicana de las últimas cuatro décadas.

Necesariamente una antología así de vasta tiene buenos mo­mentos —hay textos y autores que descubrí y de los que me con­vertí en perdurable lector instantáneo; otros que ya conocía y que me dio gusto volver a leer—; sin embargo, confieso que leer este libro de corrido fue aburrido. Una de las desventajas de es­tas compilaciones es que revisar cuatro o cinco páginas resulta insuficiente para obtener una visión representativa de algunos autores, aunque en otros casos diez versos son excesivos. Tras mi lectura, lo poco caracterizable, y la presunta heterogeneidad y diversidad y pluralidad y variedad de la poesía mexicana —su salud— resultan inverificables. Es cierto que a lo largo del libro ingresan y desaparecen distintas presencias, espectros indigesta­dos de la filosofía francesa que repiten rizoma como un mantra, boleristas trasnochados, feministas paradójicas del erotismo cur­si, aficionados autistas del bossa nova, gramáticos chabacanos, turistas de lo grecolatino que pretenden abolir la fealdad de sus terruños, místicos que quieren alcanzar a dios lanzando latinajos, cirujanos plásticos del lugar común, humoristas epigramáticos e involuntarios, paisajistas irredentos, coloquialistas doctrinales, onanistas frívolos, subversivos triviales y trivializadores, versifica­dores ortodoxos y asimétricos, posmodernos anacrónicos, mer­caderes de la verborrea, profesionales del neologismo, chistositos, sabihondos, patriotas, declamadores caducos, los demasiadísimo inspirados, etcétera. La variedad de especímenes no es suficiente como para deducir la vitalidad de la poesía nacional —si es que estas páginas verdaderamente la representan—, pero sí su endo­gamia crónica, el virus de la gran familia mexicana.

Finalmente, el antólogo señala en la introducción que su «se­lección considera el gusto personal, pero no se reduce a él», y añade que también se consideraron otros factores como libros publicados y su recepción crítica, premios recibidos y la voca­ción. Esta parca información ofrece escasísimo conocimiento sobre cómo se escogieron a ciento sesenta y siete poetas de un universo diez veces mayor. A diferencia de otras antologías de alcances similares, como el ya mencionado Ómnibus de la poesía mexicana o la extraordinaria The School Bag, de Seamus Heaney y Ted Hughes, Argüelles no agrupa a los autores y tampoco propo­ne rutas de lectura (a lo más que llega es a separar a los incluidos por la década en que nacieron, como si éstas fueran comparti­mentos ideológicos). A pesar de estas omisiones, el gusto del an­tólogo (que no está descrito pero que, salvo algunas concesiones, privilegia la poesía poética escrita por poetas) puede rastrearse a partir de las inclusiones y exclusiones, y la discursividad presente en sus páginas.

Una antología muy diferente es Poetas parricidas (Cuadrivio Ediciones, 2014). Si el primer libro reseñado es más próximo al primer caso identificado por Eliot, esta segunda antología per­tenece al segundo. En este libro se compilan poemas de treinta autores de distintas regiones de México. Comparten la caracterís­tica de ser jovencísimos (nacieron entre 1989 y 1998) y, según «los editores» (así está firmado el prólogo), «están inconformes con el mundo que se disuelve» (sic). De inmediato llama la atención lo estentóreo del título. No se sabe si responde a una voluntad corro­siva por parte de los poetas antologados o a un truco publicitario de los editores; me inclino por lo segundo, sobre todo porque al principio de la introducción se explica que los autores fueron se­leccionados por Luigi Amara, María Baranda, Armando González Torres y Armando Oviedo (los tres primeros incluidos en la An­tología general). Después de todo, el que los jóvenes hayan sido seleccionados por poetas con una trayectoria reconocida hace de esta supuesta ruptura un elemento confuso y contradictorio, que más que estimular la lectura, estorba.

Mientras el lector avanza podrá percatarse de que la mayoría de los autores reunidos en el libro no posee un discurso indivi­dual, lo que es muy comprensible en una antología que reúne autores de veintiséis años o menos. También son patentes algu­nas debilidades propias de quienes comienzan a escribir, como el arrebato lírico, el vocabulario pretendidamente poético y el mal­ditismo anémico. Quedan en entredicho las hiperbólicas frases de la introducción: «La rebelión no es sólo de la forma, sino de la estructura, del lenguaje, la gramática, la sintaxis, las metáforas y, en general, de todas aquellas estructuras que han surgido de su insurrecta travesía». Otra vez viene a cuento Eliot, quien escribió: «Un poema totalmente original sería totalmente malo; en un mal sentido, sería “subjetivo”, sin relación alguna con el mundo al que apela». Una condición de la poesía es su estar a medio camino entre tradición y presente: no podría ser posible sin lenguaje. A pesar de estas deficiencias discursivas, en Poetas parricidas apa­recen algunos poemas notables que poseen ímpetu, imaginación y originalidad, como los de Andrea Alzati, Luis Angulo, Marisol Jiménez, Kevin Martínez, Andrés Paniagua, Adelmar Ramírez o Martha Rodríguez Mega, que hacen de este libro un acertijo y una lectura placentera.

En El placer del texto, Roland Barthes reflexiona sobre el gozo de la lectura: «Si leo con placer esta frase, esta historia o esta pa­labra es porque han sido escritas en el placer». En las antologías, esa complicidad compartida entre autor y lector incluye, también, al compilador. Quien reúne poemas tendría considerar el placer que el lector hallará en toparse con ellos, sean de autores jóvenes o con trayectoria, vivos o muertos, menores o mayores, como su­braya Eliot en su ensayo. Antologar no es una tarea simple que signifique ordenar un grupo disímbolo de escritos en orden cro­nológico o apiñarlos arbitrariamente. La labor de quien recoge textos implica, fundamentalmente, respetar el placer de la lectura, es decir, agrupar, explicar, ordenar, proponer rutas y trazar nue­vos itinerarios. Y eso es lo que en ocasiones se echa de menos.

 

 

[1]Cabe mencionar que Argüelles menciona en el prólogo que no recibió respuesta del tres por ciento de los autores a los que solicitó autorización para publicar sus poemas. No obstante, existen ausencias notables que dan cuenta del carácter ne­cesariamente subjetivo y parcial de la obra. Desde mi punto de vista, la inclusión de textos de Víctor Hugo Piña Williams, Alfonso D’Aquino, Laura Solórzano, Ángel Ortuño, Eugenio Tisselli, Pedro Guzmán, Luis Felipe Fabre, Dolores Dorantes, Eduardo Padilla, Maricela Guerrero, Efraín Velasco, Hugo García Manríquez, Óscar David López, Feli Dávalos e Inti García Santamaría habrían dado un carácter más “general” al libro.


Autores
(Ciudad de México, 1977) fue fundador y editor de la revista Oráculo. Su libro más reciente es Tianguis. En 2008 y 2013 fue becario en el programa de Jóvenes Creadores del Fonca.

El balcón de la Central de Abastos es un dispositivo parasitario que busca indagar en las relaciones de poder que operan en el mercado más grande y problemático de la ciudad de Oaxaca de Juárez. Así lo define su creador, Saúl López Velarde, artista de teatro y performance. Desde el año 2011, comenzó a promover un programa de actividades artísticas y recreativas en diferentes zonas del mercado, involucrando principalmente a niños de una escuela aledaña y a sus padres. La idea de crear El Balcón y generar público nuevo entre comerciantes, diableros, cargadores, artesanos, boleros, despachadores, cocineras, y sus respectivas familias (quienes vienen desde distintos puntos de los Valles Centrales a trabajar entre los pasillos de este monstruo laberíntico), surgió después de representar en sus inmediaciones la obra homónima de Jean Genet y tener una respuesta positiva por parte de los espectadores.

En una ciudad que se enorgullece de su diversidad cultural, de ser Patrimonio de la Humanidad y conservar tradiciones ricas en mestizaje, lo que se encuentra en la periferia y no atiende directamente las necesidades del turista, queda relegado, pasa a formar parte de una realidad distinta a la ofrecida entre el empedrado histórico y la cantera verde. El centro de Oaxaca es un sitio hermoso y bien cuidado donde se llevan a cabo casi todas las actividades culturales y recreativas del municipio. Al centro se va a pasear y disfrutar, a hacer trámites burocráticos, a saldar cuentas o comprar artículos de primera necesidad, pero también a protestar y hacer mítines políticos, bloqueos o marchas. Ahí se concentra el poder en sus múltiples facetas y se hacen visibles las brechas socioeconómicas que nos separan. La periferia siempre ha nutrido al centro. La ciudad se define a partir de esta trayectoria, según lo que se acepte o rechace de ella. La riqueza cultural que se representa en la Guelaguetza[1], por ejemplo, viene de comunidades a lo largo y ancho del estado y se puede encontrar en los pasillos del mercado de Abastos, pero sólo se valida cuando es ofrecido a la mirada del otro como espectáculo, cuando se convierte en representación. En los sesentas, las autoridades quisieron poner orden en los mercados de la capital y lidiar con su sobrepoblación, decidieron transferir provisionalmente a los locatarios al casco de una ex hacienda ubicada a orillas del río Atoyac. El resultado fue este mercado, una galera construida con lo que se tenía a la mano y ensanchada por locales que serpentean irregulares; espacio también de intercambio y convivencia de múltiples etnias y lenguas, y al mismo tiempo, un foco rojo donde abundan robos, delitos de toda índole y hasta prostitución infantil. Esta forma de acercarse a la comunidad del mercado no es nueva. Hace tiempo se llevaron pequeñas dosis de actividades artísticas como conciertos de la Filarmónica del Estado y talleres de pintura, dibujo y literatura. La diferencia con el dispositivo parasitario de El Balcón radica en la continuidad que Saúl y sus colaboradores le han dado durante más de tres años y la gran cantidad de actividades que han desarrollado: obras de teatro, performance, danza, conciertos, murales, talleres de música, literatura, artes plásticas, y fotografía, visitas a museos, talleres de cerámica y fábricas, incluso abrieron una estación de radio de corto alcance para que locatarios compartieran sus experiencias dentro del mercado, y convirtieron un diablito en biblioteca móvil que se pasea por los pasillos y en las calles circundantes. El Balcón se ha impuesto una tarea difícil que sus integrantes desempeñan sin colgarse medallitas de superioridad o salvación. Compartir conocimiento es quizás la clave para entender cómo actúa, entre locales y puestos, este dispositivo parasitario. Saúl me dice que El balcón no se propone enseñar en un sentido catedrático, sino compartir y aprender de quienes se involucran en sus actividades. La parte más difícil es —quizás— entender dónde radica su utilidad, el vínculo que se establece con ese universo y que a fin de cuentas se traduce en un vínculo hacia el otro. Este es un problema magnificado por dinámicas posmodernas como el individualismo, la falta de empatía y la soledad. A lo largo del tiempo, las esferas entro lo público y lo privado fueron separándose, opacando espacios donde la convivencia quedaba restringida a operaciones mercantiles, a tránsitos hacia destinos específicos. El mercado, no obstante, sigue siendo un sitio donde se combina infinidad de dinámicas sociales, constituyendo una comunidad viva que además alimenta a la ciudad, se trata de una forma (no tan) impersonal de consumir. En los lugares donde las fantasías heredadas de la vida corporativa no llegaron completamente, o fueron transformadas generando versiones híbridas (donde no sólo se trabaja sino que se convive), la comunidad no desapareció. Ése es el caso del mercado. Pero la comunidad y sus múltiples problemáticas, y la búsqueda del ser humano por tratar de vivir en paz apelando a prácticas de convivencia no son, sin embargo, asuntos que debamos idealizar, como también hacemos con los pueblos originarios donde igualmente existen jerarquías, discriminación y violencia. No hay un modelo de comunidad, todo se va generando en la marcha. Tal vez quienes más necesitan de ese sentido de igualdad y empatía sean quienes se hen alejado del otro para, paradójicamente, hablar de él. El balcón hace evidente esta necesidad mutua, la noción de que el arte no pertenece a una esfera superior e inalcanzable, sino que narra —con otro lenguaje— las vicisitudes de lo cotidiano, y que la comunidad no representa un ideal sino una práctica que por su naturaleza genera errores y promueve dinámicas que deben desaparecer. Dejo aquí imágenes de su archivo y la entrada a su blog: http://elbalconcentralabastosoaxaca.blogspot.mx/


[1] La Guelaguetza se ha consolidado como la máxima fiesta de los oaxaqueños. Forma parte de las Festividades de los Lunes del Cerro, un conjunto de actividades llevadas a cabo a finales de julio y algunos piensan que pueden rastrearse hasta la época prehispánica. Comenzó como homenaje racial en 1928, ante la necesidad de integrar la enorme diversidad lingüística y cultural del estado, y porque una serie de sismos habían sembrado horror y angustia en los habitantes de la capital, quienes debido a las réplicas llegaron a dormir en los atrios de las iglesias y en las calles.


Autores
Es licenciada en Lengua y Literaturas Hispánicas, por la UNAM. Junto al artista plástico Pavel Acevedo, dirige Espacio Centro, un lugar independiente de exhibición y producción artística ubicado en la periferia de Oaxaca. Trabaja lentamente en su ficción y en un pequeño huerto.
Fotografías de Alejandro Carbajal

En el Festival Internacional de Cine de Morelia 2014, Matria se erigió como el mejor documental mexicano, gracias a la investigación histórica y personal que realizó Fernando Llanos a partir de la figura de su abuelo. Llanos se enfoca en mostrar al espectador su pasado, no sólo el de México, sino el familiar. Matria es un regreso a la patria, la tierra, la familia.

Matria, el nuevo documental de Fernando Lla­nos, se antoja como una ópera prima fácil de asimilar pero compleja de abordar; nos relata la reconstrucción que hace el cineasta de la figura de su abuelo (Antolín), con sus mitos y sus equívocos. Este filme revela a un persona­je patriarcal que evoluciona en su destacada vida personal, en paralelo histórico a la nación mexicana. Los matices y claroscuros son am- plios; «la realidad», el mito y la invención se mezclan sin distingos; descubrir el devenir sombrío se vuelve una reinterpretación de la identidad y la pertenencia. Desde esta pers­pectiva, el sentir se vuelve un clamor por el derecho a la herencia, la obligación moral de saber con certeza de dónde y cómo son nues­tras raíces para sabernos en nuestra historia particular y colectiva, parte de nuestra actua­lidad. Fernando Llanos nos da la oportunidad de reencontrarnos y reedificarnos en una sana imperfección que abre las puertas para bus­car un camino honesto de reconciliación en las historias que nos componen. De correcta factura, con un notable trabajo de posproduc­ción y arte, Matria es un fresco referente en la evolución del documental contemporáneo mexicano.

¿Por qué el nombre de Matria, siendo que muestra sistemas tan marcadamente paterna­listas en México, a nivel familiar y en el sistema político? ¿Tendría que ver con un punto de vis­ta femenino a este respecto? 

Me gusta la idea de replantear. La historia de mi abuelo está enfocada en él, en el ma­chismo de la política mexicana, en el patriarcado, pero precisamente por eso me gus­ta Matria. Hay que replantear la manera en que hemos forjado nuestras instituciones, la historia, la falocracia. Creo que la abuela aparece por ahí, pero siempre está el hue­co donde ella debería ser la heroína porque soporta al abuelo. Ella es el eje de la fami­lia, mientras el abuelo iba y venía a placer. Se vuelve una invitación a repensar el esta­do de las cosas, cómo nos hemos desarro­llado, porque podríamos pensar el cariño  a la tierra, en femenino, desde lo político, lo ecológico, lo social, lo familiar. Me apropié de la palabra cuando investigué sobre cha­rrería, cuentan que los charros usan la pala­bra «matria». Dicen que de ahí surgió, y me la apropié con la idea de replantear el concep­to. En Matria hay una referencia a mi madre, quien también es el personaje que más apa­rece, aunque sea por teléfono. Es su historia, una historia materna. Por ahí va el nombre.

Es curioso que, dentro de una estructura de familia nuclear, tu madre sería la última en el escalón, pues es la menor de todos.

Es muy chistoso porque, a la fecha, mis tíos no quieren ver la película, están muy reacios, me cuelgan el teléfono. Mis primos, en cambio, quedaron muy sorprendidos porque es justo lo que se nos ocultó. Considero que es una herencia de la que fuimos privados, por eso el cartel dice «Tu historia es tu mejor herencia». Lo extrapolo a nivel nacional.

¿Qué te provoca el hablarnos de tu abuelo? Te refieres a él como Antolín, siendo que práctica­mente no lo conociste.

Él murió unos meses después de que yo nací. Ahora creo que soy una de las personas que más lo conoce. Tengo todos los datos, toda la información, leí todos sus papeles, vi todas sus fotos, conozco las versiones de ambas familias. Agarré esa confianza porque ya no es un personaje lejano. Cuando empecé la investigación sí era «el abuelo». No sabía del conflicto familiar, pensé que estaba por hacer una película tributo a un personaje que hizo muchas cosas. Como a mí me gusta hacer mu­chas cosas, quería echarle la culpa a la gené­tica. Pero después el personaje se vuelve más humano, no sólo ves los datos de las medallas que se colgó, sino que también se llevó a gente entre las patas. Me han criticado porque di­cen que no debería ser tan duro con mi abue­lo, que ese señor hizo lo que pudo para esas épocas; o sea, no es una mala persona porque no se separó de la primera esposa, pero sí sé que le dio los apellidos a mis tíos y después se casó con mi abuela. Obró de la mejor manera que pudo, y eso no es fácil, como en cualquier historia de amor. Creo que le tengo cierta em­patía. Estoy seguro de que la generación de mi abuelo se sirvió con la cuchara grande, pero tenía otras intenciones. El problema es que hay gente que llega al poder y no ha hecho un carajo, pero se sirven igual. La historia se dio en el tono que merecía ser contada, la del nie­to que busca a su abuelo. No es que me refiera a Antolín Jiménez todo el tiempo.

Creo que la historia tiene tres protagonistas: tu abuelo, la familia y tú. Aparece un cuarto per­sonaje que los incomoda y los pone en un nudo que sólo desenredas tú, que resuelves un con­flicto personal. ¿Sentiste Matria como una es­pecie de redención personal?

Trato de tomar mis proyectos como reden­ción personal, pero creo que me complico la vida al salirme de mi zona de confort porque eso implica cierto crecimiento. También me impuso el país: era absurdamente ambicioso tratar de hablar de la historia del país en cien años, y por ello no llegaba a ningún lado. No usamos el ochenta y cinco por ciento del ma­terial, pero asimilé la información. No nada más fue entender quién fue mi familia. Ahora entiendo ese lado desconocido: por qué mi abuela era tan seca, tan poco expresiva con sus sentimientos; por qué tenía esta adapta­ción por las formas y los protocolos. También aprendí muchísimo de la historia de México. Tardé dos años en consultar libros de historia, en ver documentales, para tratar de entender cuál era el mundo donde mi abuelo se desa­rrolló. Eso fue lo más bonito del proyecto. Al final queda como en tercer o cuarto plano. Yo voy hablando del nieto que va a tratar de entender al abuelo, por lo que sacamos todo lo que no tenía que ver directamente con él. La historia del país se construye a través de lo que hace el abuelo, pero no es la trama princi­pal: queremos enfocarnos y no perder de vista al personaje. La gran fortuna fue haber encon­trado a este gran personaje, que resultó ser mi abuelo, con un gran archivo por descubrir.

 

Fotografías de Alejandro Carbajal

Fotografías de Alejandro Carbajal

La historia de Antolín parece ser parte del sue­ño mexicano. Empezó por ser uno de los Do­rados de Villa, digamos que «le hizo justicia la revolución». Escaló política y socialmente, llegó a altos niveles en esa estructura política que ha dominado a México por tanto tiempo. Sin embargo, hay cosas que no son política­mente correctas en su actuar: no son extraor­dinarias, sino comunes e inherentes a todos los niveles en la cultura mexicana. Una se alaba y reconoce, la otra se quiere ocultar y negar, am­bas tienen muchos matices, pero desafortuna­damente pilares de nuestra idiosincrasia. ¿Qué piensas de que hubiera un reconocimiento, una reconciliación en este juego donde nos volvié­ramos más críticos, al reconocernos imperfec­tos con nuestra idolatría y nuestro panteón de héroes, al darnos un juicio propio que ponga en la balanza las virtudes y los vicios de nuestra construcción histórica, desterrando la visión de la monografía?

Que sería muy sano; en este caso mi familia siempre me decía: «tu abuelo fue un chingón, y no preguntes por qué, ni cómo ni cuándo», y por todos lados estaba tapizada la casa con sus fotos. Era el culto a lo desconocido, y así muchas veces fueron los héroes naciona­les. Siempre son así, muy planos, y no cues­tionamos y no sabemos por qué hicieron o no hicieron. Matria se inserta en ese tipo de producciones que van dimensionando de otra manera a los personajes, como en El General (Natalia Almada, 2009) que hizo la bisnieta del presidente [Plutarco Elías Calles], y que hace que todo adquiera otra dimensión. Creo que los historiadores de hoy están mucho más por esta línea, donde no todo es blanco y ne­gro. Ahora que estoy haciendo la película de ciencia ficción, me estoy basando mucho en especulaciones futuristas, pero sobre todo también en las noticias que vemos hoy en día sobre personajes que no sabes si hacen el bien o el mal. Estamos viendo ahora to-do el conflicto de Medio Oriente, donde están ejecutando gente, haciendo terrorismo, pero como decía Chomsky: «¿cuántos años lleva nuestro sistema ejerciendo terrorismo sobre ellos?», y entonces ¿cuáles son los buenos?, ¿quiénes los malos? No es tan sencillo encon­trar salida a esta situación porque esto se va a seguir polarizando; pensando a futuro, no es tan fácil porque vienen intereses externos de recursos, de manipulaciones y de gandallis­mos que hemos padecido toda la vida en la población. Ahí está Michoacán, por ejemplo: imponen a un virrey que llega y hace nego­cios, le da siete millones de dólares La Tuta, y con eso ya se hace pendejo, se para el cuello ante los medios; y la gente y amigos de to­dos los que vivimos y conocemos Michoacán sabemos que es una porquería lo que están haciendo, todo mundo sabe la verdad, pero nadie la puede ver reflejada en los medios tal cual. Entonces, me parece que ahora es más complejo hacer el perfil de los personajes, de las personalidades, de cualquier persona a la que alguien le quiera aplaudir, siempre le van a sacar trapitos al sol. Yo soy súper fan de Mireles, pero no sabes la cantidad de cosas que me han dicho, y hay tantas versiones so­bre la verdad que uno tiene que saber qué es lo que va aplaudir de cierto personaje y en qué momento, y en qué contexto. Yo trato de abordar a mi abuelo de esa manera, porque le voy aplaudiendo o le vamos siguiendo sus éxitos, pero van intercalados con todas estas cuestiones familiares atoradas. Al final, mi abuelo ni siquiera está en los registros de la Revolución, tiene un papel donde dice que es de los fundadores del pnr, antecesor del pri, pero tampoco es que esté firmada el acta con su nombre.

En versión paródica o como homenaje, y eso me gustaría que me lo aclararas, te caracteri­zas vestido de charro; por lo que podemos ver en tu producción documental, para tu abuelo fue orgullo lucir finos trajes, haber fundado y dirigido la Asociación Nacional de Charros, in­cluso formar un ejército con la misma. ¿Qué opinión te merece esta estigmatización?

Me parece que el hecho de que yo salga con el traje de mi abuelo —me lo mandé a hacer igualito— subraya el concepto de la herencia. Toda la vida me dijeron que mi abuelo era un charro. Entonces el señor de noventa y dos años que sale en entrevista dice que era un charro de banqueta; me cae el veinte, cuatro años de investigación después, de que mi abuelo nunca sale haciendo una suerte cha­rra. Hay verdades que tú das por hecho, pero de repente encuentras un dato que te hace cuestionar todos esos detalles, treinta y ocho años de información, y dices: «es cierto, mi abuelo no era charro», pero llegó a ser presi­dente de la Asociación Nacional de Charros. Era charro de banqueta, entonces yo también digo: bueno, pues yo también soy charro de banqueta, porque tampoco he hecho ningu­na suerte, no tengo el caballo ni nada, pero por eso el logotipo de la peli es el logotipo de mi abuelo, al que le cambié el charro por la bicicleta. Como salgo en el desfile del 20 de noviembre con los charros pedaleando en bicicleta y no con el caballo, es una manera de tomarme muy en serio el uniforme pero darle la vuelta. Es un poco de lo que habla Lila Downs en la película, sobre cuáles son las he­rencias. Pero también tiene que haber un ele­mento que lo integre en el aquí y en el ahora. Quizá sea eso, abrazar mi pasado como un he­redero de charrería de banqueta. Por otra par­te, me parecen fascinantes los trajes de charro y la charrería, me encantan, y es una manera de llevar la herencia de mi abuelo. Para bien o para mal es mi abuelo, lo camino y lo porto como este nieto que está buscando al abuelo; trata de entenderlo, de ponerse sus zapatos, de calzar sus prendas. En algún punto pensa­mos: si a mí no me queda nos quitamos al final el traje charro, pero es como quitarse al abuelo y no, no te lo puedes quitar; llevas la sangre, es lo que eres, es lo que heredaste, es lo que tienes que abrazar.


Autores
(Ciudad de México, 1971) es crítico de cine y promotor cultural. Dirige el espacio sie7eocho en Cuernavaca.
Ilustración de Mr. Poper

Este ensayo indaga en los mecanismos con los que está construida la obra autobiográfica de Pitol; una obra sustentada en la memoria, pero que entiende que nuestros recuerdos siempre son inestables, y en esa inestabilidad a menudo se confunden literatura y vida. «La memoria en Pitol —afirma Jezreel Salazar— adquiere la forma de una serie de juegos con la identidad».

¿Existe algo menos estable, o más incierto, que la forma que le otorga Sergio Pitol a la memoria? Tal vez sea posible averiguar­lo. En Formas breves, Ricardo Piglia escribió que «la crítica es la forma moderna de la autobiografía», y agregó que «el crítico es aquel que encuentra su vida en el interior de los textos que lee». La obra reciente de Pitol, cercana a la escritura autobiográfica y al relato del yo, pareciera estar diseñada para demostrar tal postu­lado. Desde El arte de la fuga hasta Una autobiografía soterrada, el narrador mexicano reconstruye su memoria, refiriendo recuerdos, pero sobre todo realizando un recuento de lecturas, comentan­do obras y autores, reflexionando sobre la escritura literaria y el arte de la novela. De ahí que algunos lo hayan calificado como un «autobiógrafo reticente», cuyo objetivo sería escamotear su pro­pia vida y borronearse a través de sus lecturas. Como si se tratase de falsa autobiografía, cuando Pitol narra hechos concretos éstos sólo parecen tener importancia si se encuentran asociados a algún tipo de experiencia literaria. Sin duda, él está consciente de ello. Ya desde su autobiografía temprana, escrita en 1966, afirmaba:

Hasta hace poco me inclinaba a pensar que una buena biografía debía recoger sólo los datos verdaderamente fundamentales de todos los periodos anteriores al contacto de quien la escribe con la creación; la auténtica biografía empezaría en el momento en que alguien se convierte en aspirante a escritor…

En la reedición de este precoz ejercicio de autonarración, esto se vuelve aún más evidente. Cuando en 2011 Pitol publicó Memoria 1933-1966, decidió reescribir su autobiografía juvenil suprimiendo detalles, nombres y datos específicos que tenían que ver con su intimidad, dándole mayor peso a su relación con libros y autores, a su formación intelectual como narrador. En otro de los libros que conforman su Trilogía de la Memoria, recuerda a Henry James y de paso justifica el modo en que se retrata a sí mismo:

Al final de su vida escribió una autobiografía en tres volúmenes donde se propuso hacer ignorar al lector todo dato de carácter privado. Al igual que Juliana, la protagonista de Los papeles de Aspern, debió considerar que la vida de un escritor, como la de cualquier otra persona, era sagrada, y que lo único que debía suscitar el interés del público era la obra.

Pitol se proyecta en sus escritos estrictamente como literato. Cada vez que narra su evolución creativa (y esto lo hace en mul­titud de ocasiones), remarca cómo la lectura de novelas definió su recorrido vital: «aquello que da unidad a mi existencia es la literatura; todo lo vivido, pensado, añorado, imaginado está con­tenido en ella. Más que un espejo es una radiografía: es el sueño de lo real». La literatura no como una vivencia más, sino como la experiencia fundamental, como el espacio efectivo al interior del cual desarrolló toda su vida. En Una autobiografía soterrada lo constata: «En esa época vivía yo en Varsovia y en la literatura polaca». En Pitol el mundo de los libros equivale al mundo real.

El autor xalapeño va más allá. Una y otra vez invierte la relación entre realidad fabulada y mundo fáctico. Lo hace remarcando la carga de ficción que hay en toda vida y otorgándole un poder de veracidad mayor a lo que construye en sus obras de ficción. Dice en su Memoria: «me permito omitir y pasar por alto muchos pun­tos cuyas claves y aun explicaciones el lector encontrará en mis cuentos. Por ellos sabrá más de mí que a través de estas páginas, que a pesar de mis esfuerzos en contrario, como todas las de su género, están viciadas de una esencial insinceridad». Desde sus primeros cuentos el vínculo poroso entre existencia y arte, entre experiencia y creatividad, aparece como temática constante. En su obra la ausencia de líneas divisorias prevalece: «En todo lo que he escrito: cuentos, novelas, crónicas, hasta en ensayos, me pre­sento por todas partes […]. No hay nada allí que no esté extraído de los archivos de mi vida». De igual modo, Pitol afirma que al abandonar el mundo diplomático y regresar a México perdió a los personajes que poblaban sus novelas, por lo que comenzó a escribir otro tipo de textos en donde él mismo se volvió personaje.

Proyectarse como héroe de novela y usar la realidad como pre­texto para contar tramas transgrede no sólo la división entre tex­tos ficcionales y de no ficción, sino la definición que suele dársele al concepto de intimidad. Según Pitol, hablar de obras literarias no sólo supone narrar la propia vida; también implica pensar lo privado como espacio en donde tiene cabida la voz de otros. Si lo más íntimo se produce en el contacto con los libros es porque a través del acto de leer se genera un ámbito donde lo privado y lo público se enlazan y dialogan. Así, en Pitol la intimidad toma la forma de un libro inacabable, que es necesario leer una y otra vez.

La dimensión confesional e íntima no sólo está presente en las autobiografías intelectuales de Pitol (¿ensayos autobiográficos?); se encuentra vinculada a lo que podríamos considerar una teo­ría de la lectura, diseminada a lo largo de su obra. Hay en ella un elogio a la exclusiva forma de leer de cada sujeto («Nadie lee de la misma manera»), una conciencia sobre la naturaleza irrepetible de las lecturas («Un libro leído en distintas épocas se transfor­ma en varios libros»), además de una reflexión sobre la densidad interpretativa de los textos («la auténtica lectura es la relectu­ra») vinculada a una apuesta por hacer de los relatos de otros la materia prima para narrar la historia de la propia personalidad.

Pitol hace de la escritura del yo un espacio en donde intimidad y vida pública conviven. Esto lo logra desplazando constantemen­te su identidad. Al hablar de otros autores, valora aquellas expe­riencias que le parecen comunes o aquellas formas estéticas que también practica. Sobre la escritura de Gao Xingjian, por ejemplo, afirma lo que un lector podría decir sobre cualquier novela de Pi­tol: «La trama es un intrincado tejido de discursos, un laberinto que yace bajo una superficie en apariencia confusa». Hablar de otros le permite conformar su propio autorretrato, gracias a un ejercicio de identificación y contraste. Una y otra vez encuentra en los autores y las obras que comenta modos de la autodescripción. El desplazamiento hacia el otro como ejercicio autobiográfico. Es como si sólo distanciándose, Pitol pudiera hablar de su propia vida. ¿Qué lo lleva a evadir la primera persona: pudor, miedo a la autocomplacencia, incertidumbre frente a lo vivido? En su «Diario de la pradera» el narrador habla de su primera estancia en Cuba, cuando era joven, pero decide hacerlo en tercera persona. Así lo justifica: «Me pasma el joven que he sido. Me es casi imposible creer que aquel joven fuese el anciano que con esfuerzo recuer­da un capítulo tan lejano de su vida. Me es más fácil establecer una distancia para contar sus hazañas en La Habana; utilizaré la tercera persona como si yo fuera otro». He ahí el hallazgo funda­mental: «como si yo fuera otro». El relato autobiográfico a partir de una identidad no unívoca, ni fija, ni propia. La personalidad como el resultado de metamorfosis que pondrían en crisis el pac­to de confianza que la concepción tradicional de la autobiografía carga consigo. De nuevo Piglia: «La lectura es el arte de construir una memoria personal a partir de experiencias y recuerdos aje­nos». Para Pitol, la persona lo es en su sentido etimológico: una máscara, de modo que tanto la idea de sujeto como de sinceridad no resultan simplificadas, sino que implican un proceso complejo que es celebrado a través de la mutación y el antifaz. Máscaras autobiográficas, podríamos decir. El propio Pitol se caracteriza así: «En mis narraciones soy más bien un personaje enmascara­do, que se mueve en los corredores, un observador de las tramas para despejar las oscuridades de la obra, o encapotarlas más».

Pitol es un maestro del disfraz, pero también del autoescarnio. Si el yo es verosímil, su veracidad suele ponerse en duda: «De la única influencia de la que uno debe defenderse es la de uno mis­mo», escribe en El arte de la fuga. En ciertos momentos este ejer­cicio de autodescalificación se plasma a través de una escritura plenamente ficticia. En «Hasta llegar a Hamlet» la exposición de experiencias a través de una memoria ajena y ficticia corre a cargo de un narrador bajo sospecha y sugiere la imposibilidad de todo proyecto autobiográfico en su sentido tradicional.

Me explico. Se ha dicho que en los relatos y novelas de Pitol siempre hay un enigma que no se resuelve, pero del que depende toda la estructura de la obra y el futuro de los personajes. En Una autobiografía soterrada lo afirma de este modo:

En el centro de todas mis tramas establezco una oquedad, un enigma, en cuyo torno se mueven los personajes. El vacío al que reiteradamente me refiero y del que depende el destino de los protagonistas jamás se aclara; lo menciono una y otra vez, sí, pero de modo oblicuo, elusivo yrecatado. Instalo en el relato una ambigüedad y una que otra pista, casi siempre falsa. Necesito crear una realidad permeada por la niebla; para lograrlo debo armar una estructura lo más firme de que sea yo capaz.

Ocurre lo mismo en sus escritos autobiográficos. Sergio Pi­tol es un escritor elíptico. Lo tácito y los sobreentendidos son lo suyo. En su postura estética, la realidad tiene un sustrato inaccesible; se trata de una dimensión que se halla fuera del alcance de la percepción:

Cuando escribo algo cercano a la autobiografía […] me queda la sospecha de que mi ángulo de visión nunca ha sido el adecuado, que el entorno es anormal, a veces por una merma de realidad, otras por un peso abrumador de detalles, casi siempre intrascendentes. Soy entonces consciente de que al tratarme como sujeto o como objeto mi escritura queda infectada por una plaga de imprecisiones, equívocos, desmesuras u omisiones… De esas páginas se desprende una voluntad de visibilidad, un corpúsculo de realidad logrado por efectos plásticos, pero rodeado de neblina.

Si lo real (y en última instancia, la verdad) resulta inasequible, la tentativa de escribir un texto autobiográfico siempre tendrá como destino la desilusión o el fracaso. En Pitol los principios sobre los que se basa la escritura de lo autobiográfico están descartados. La intención (en muchos sentidos positivista) de reconstruir una vida a través de la escritura, confiando en la sin­ceridad y precisión de un autor que logra, gracias a ellas, la ar­ticulación coherente entre yo, mundo y texto, es puesta aquí de cabeza. Pitol supone lo contrario: si se trata de ser honestos, hay que decir que la inexactitud debe ser el eje de la memoria, en buena medida por­que a la realidad, rodeada «de neblina», nunca podremos aprehenderla en su totali­dad y de manera uniforme e inmóvil. La referen­cialidad, propia del género, es imposible. Pitol apuesta a lo contrario: la ficción como resultado de la vida privada. La intimidad como modo de la ficción.

En un breve fragmento titulado «No saber nada», el narrador de El mago de Viena reproduce unas frases halladas en el diario argentino de Gombrowicz que le resultan de interés porque pare­ciera como si él mismo las hubiese escrito: «Todo lo que sabemos del mundo es incompleto, es inexacto. Cada día se nos presentan mayores datos que anulan un conocimiento previo, lo mutilan o lo ensanchan. Al ser incompleto ese conocimiento es como si no supiéramos nada». Lo que defiende Pitol es una epistemología de la incompletud que adquiere forma en sus textos autobiográficos a través de su secuencia fragmentada. Pero sobre todo mediante una serie de supresiones y saltos temporales que impiden que la vida que relata tenga una textura homogénea y cronológica. Este quiebre de la linealidad narrativa explica el porqué cada una de sus obras no busca dar cuenta de la totalidad de la vida de su na­rrador; en su lugar, refieren sólo episodios aislados que se enlazan gracias a la lógica del azar y la libre asociación.

Si Pitol trabaja con lo suprimido es porque busca demostrar que todo ejercicio de autoexégesis resulta imposible. O mejor aún: indeseable. El autoconocimiento no debe ni puede ser el resul­tado de las escrituras del yo. En Pitol la inestabilidad del sujeto, del género textual y de la memoria, están acompañadas de la multiplicación de voces personales. El yo se escinde, trastocado por experiencias ajenas, pero también en la multiplicación de registros autobiográficos. Los distintos volúmenes en donde Pi­tol narra fragmentos de su vida implican tanto una ruptura en la unidad del yo, como una diversificación de sus perspectivas y re­presentaciones. Y es que, para Pitol, la interpretación del mundo es siempre cambiante, lo cual se comprueba lo mismo al leer un libro muchas veces que al intentar asir la identidad de los suje­tos: nuestro carácter móvil e inestable impide que podamos co­nocernos de manera plena. Por eso, la memoria en Pitol adquiere la forma de una serie de juegos con la identidad, en donde varios yos ex­presan sus múltiples posibilidades vitales, lo cual deja ver el artificio constitutivo de todo relato de la subjetividad. La identidad como mutación y artificio narrativo. Para Pitol, más que esencia estable, toda identidad es el proceso (complejo, múltiple, itinerante) de bús­queda que un sujeto realiza para consti­tuirse a través del lenguaje.

Si para Pitol el yo es de por sí un disfraz, esto se potencia cuando el contexto de su enun­ciación está plagado de simulaciones. Al hablar sobre El desfile del amor, Juan Villoro afirma la «carga política» de la no­vela: «Aunque posee tensión de thriller, no podría tener un desen­lace. Metáfora de México, retrata una sociedad donde la verdad es impronunciable y toda explicación pública, un simulacro». Este planteamiento le otorga otra explicación a la escritura autobio­gráfica de Pitol: si el país funciona por una moral de hipocresías y simulaciones, la vida personal no puede ser sino un fingimien­to más. La memoria de Pitol puede sintetizarse, acaso, en esa in­eludible certeza: la ficción nos defiende de aquello que acecha a la intimidad. Una forma de decir, después de todo, que rastrear recuerdos inventados ofrece un mejor retrato que los rumores en torno a la vida privada de un autor.

 


Autores
está muy preocupado por el creciente conservadurismo cultural del país. Ahora trabaja en un libro de aforismos y otro de crónicas, este último problematizando los vínculos entre afectividad, urbe y cuerpos. Su libro más reciente es Sentido de fuga, con el cual obtuvo el Premio Nacional de Crónica Urbana Manuel Gutiérrez Nájera. Compiló el libro La conciencia imprescindible. Ensayos sobre Carlos Monsiváis (FETA, 2009).

La danza contemporánea, como otras artes, sufre a causa de la distancia que la abstracción provoca entre la obra y la experiencia del público. Para un espectador promedio, esta manifestación artística se asemeja a estar frente a la Composición en amarillo, rojo, azul y negro de Piet Mondrian; la reacción inicial es pensar «eso no tiene chiste» o «eso no es arte». El mensaje se pierde en una nube de música, humo, utilería, iluminación y movimientos que rompen con las convenciones clásicas de la danza y, por lo mismo, las expectativas del público.

Mi primera experiencia con la danza contemporánea fue un fracaso. Mi esposa me arrastró un domingo a una suerte de collage dancístico en el Teatro de la Ciudad, en Monterrey. Al menos es entrada gratis, pensé. Se presentaban algunas escuelas del área metropolitana. El evento era serio, incluso se otorgaron premios al final. Sin embargo, a mí me pareció una broma. No sabía a lo que iba. Un par de ejemplos. El escenario oscuro, música tecno, un solo reflector sobre un tipo semidesnudo que bailaba un vals con un osito de peluche. De pronto se detenía a llorar y a recitar con voz de niño chiflado unos versos acerca de un doloroso recuerdo de la infancia. En otro número, el apocalipsis zombi transformaba a la humanidad en seres recubiertos de spandex verde limón. Los cuerpos se arrastraban por el suelo como gusanos. Salí de ahí convencido de que en ninguna de las escuelas enseñaban técnica.

Es triste voltear atrás y reconocer la arrogancia. Han pasado años y ahora entiendo mejor. Incluso me convertí en asiduo de presentaciones y concursos. La danza contemporánea cuenta historias íntimas, abiertas a la interpretación; transmite sentimientos, representa la vida moderna, tanto el orden como el caos, y lo hace con su técnica particular, al tiempo que rechaza la estética de lo convencional.

La Escuela Superior de Música y Danza de Monterrey —o La Superior— prepara profesionales en esta disciplina. En los eventos a los que he asistido, el director actual Jaime Javier Sierra Garza y el equipo de maestros, se dirigen a los asistentes con un tono de desesperanza y ansiedad, aunque también con un entusiasmo velado. Luego se deshacen en agradecimientos y nos ruegan explícitamente que compartamos nuestro entusiasmo por la danza contemporánea para volverla más relevante.

Los pies firmes en el escenario

A sus 23 años, Endie Rodríguez entiende la danza como una carrera de lucha y perseverancia. Le guarda un respeto que no conocía al iniciar la Licenciatura en Danza Contemporánea. Como muchos de los alumnos de primer ingreso, sus expectativas se mezclaban con los sueños. Y la realidad, bien, gracias. «No nos dábamos cuenta de que la carrera no es un festival más en la escuelita de baile de la colonia», comenta Endie, «el enfoque cambia y se vuelve necesario entender que la carrera es una decisión de vida, que a esto nos vamos a dedicar».

Endie Rodríguez ganó el premio a la mejor interpretación femenina en el V Concurso Internacional Ernestina Quintana, que se llevó a cabo en la Habana, Cuba, del 23 al 29 de marzo de 2015. El reconocimiento se otorgó sólo a una ejecutante de todas las categorías del certamen. Endie y otros compañeros de La Superior participaron con la obra Partiendo de una derrota, una coreografía sobre la resaca emocional tras una pérdida significativa. «Fue un proceso muy difícil. Cuando empezamos los ensayos yo no había vivido ninguna pérdida fuerte. Aunque perdí a mis abuelos hace un tiempo, en mi casa se trató de una manera sana». Sin embargo, luego de meses de entrenamiento y desvelos, Endie logró conectar sus experiencias de vida con el tema. «En el escenario me sentí transparente y creo que logré transmitir un sentimiento real que conectó con los jueces».

Endie se nota satisfecha con el triunfo; me dice que con el reconocimiento llega una revaloración del trabajo realizado en la carrera. La lucha de la que me habló al principio regresa; es el leitmotiv de la conversación. En sus palabras percibo la búsqueda constante de la artista y la incertidumbre del futuro. Pero Endie tiene un plan B: está por terminar la carrera de psicología, dejada trunca hace unos años. «El sueño es ir a Broadway, audicionar junto a los mejores bailarines del mundo, pero la carrera es muy celosa, una lesión basta para terminarla». En el segundo año de la licenciatura, Endie estuvo inhabilitada, sin poder caminar un mes entero. A su regreso refrendó el compromiso con la danza y vivió un proceso de maduración crucial para alcanzar el alto nivel al que aspiraba.

Entonces le pregunto sobre la desconexión entre el espectador y la danza contemporánea: ¿cómo lo ve ella desde adentro? «En gran medida es culpa de nosotros. Desde hace unos años he notado la transición: ahora se dice que el baile es para los bailarines, no para el público. Se busca crear coreografías complejas y abstractas que terminan por no comunicar nada». Sugiero que eso no es tan malo, pues se necesitan ese tipo de obras. Endie está de acuerdo, pero me explica que en La Superior las presentaciones de ballet y de folclor siempre se llenan pero con las de danza contemporánea nunca se sabe. En otros escenarios y contextos la situación se repite, de ahí la relevancia de reconquistar a la audiencia.

Platicamos un rato más sobre el miedo a salir y compararse con el talento extranjero de las chicas de dieciocho años que ya terminaron la licenciatura, de la técnica Graham que causa tantos dolores de cabeza en los primeros semestres, y también de la idea de abrir en el futuro un centro holístico con danzaterapia. Suena bien, aunque ambos sabemos que el futuro es tan incierto como una coreografía abstracta, con un significado difícil de dilucidar.


Autores
(Monterrey, 1982) es autor de las novelas El polvo que se acumula en los objetos (Editorial Acero, 2012) y La ilusión del caos (edebé, 2015). En 2014 fue becario del PECDA Nuevo León. Actualmente es profesor de literatura en Prepa Tec y director de Resortera.mx, una iniciativa para impulsar la escritura de autores jóvenes.