Siempre me ha fascinado viajar, y lo he hecho desde que tengo veinte años. Una de las razones que me motivan a hacerlo es la búsqueda de diversas expresiones de arte y cultura. Lo fascinante de otras culturas son las distintas formas que tienen de hacer las cosas, no sólo hablo de comida o arte, hablo de cómo resuelven ciertos problemas técnicos de la vida cotidiana, cómo se organizan las ciudades, qué valores rigen y qué defectos son los que sobresalen. En este sentido, mi última experiencia fue la de viajar a Montreal para realizar una residencia de escritura. Montreal es una ciudad dividida en dos, por un lado está la parte anglófona, y del otro lado la parte francófona. El Consejo de Artes de Quebec —que tiene su sede en dicha ciudad— cuenta con un gran apoyo institucional para la creación de literatura y dramaturgia escrita en francés, pues están convencidos que la lengua es la forma de mantener en pie una cultura que es minoría en un país de habla inglesa, y en ese sentido, el apoyo es también político, pues muchos de los temas desarrollados en las obras hablan de la identidad.
La lucha de los ciudadanos que habitan Quebec y que tienen raíces francesas viene desde la época de conquista, y en muchos aspectos su cultura es un mestizaje de varias nacionalidades que se conglomeraron bajo la bandera del Reino Unido. Montreal tiene una mezcla de cultura campesina europea, de bohemia francesa de principios de siglo y desarrollo capitalista anglosajón que la convierte en una ciudad que dista mucho de lo que se imagina por «primer mundo».
Durante los meses que estuve ahí pude participar en las actividades de un teatro independiente (que es un decir) donde se hace teatro experimental (que es otro decir). Lo experimental en este caso se trató de la exploración del cuerpo y la figura del mimo hecha por una de las compañías fundadoras de Espace Libre. Mientras acudía a los ensayos y estrenos, intentaba compararlo con lo que sucede en las letras y el teatro en México, y en términos generales, una de las primeras cuestiones que concluí es que todo gobierno y Estado apoya el arte para crear una identidad específica. Es decir, los artistas que crean en México muchas veces son apoyados por las instituciones porque sus estéticas dan fuerza a la idea cultural sobre lo «mexicano», sobre lo «migrante» en el caso de Quebec, etc…
Los discursos disidentes o los que van en contra de esta idea de identidad, como lo que pasó con un espectáculo que vi de un joven dramaturgo que critica la cultura femenina de la cultura quebecuá, fue fuertemente criticado de soberbio, de fuera de lugar. Es decir, si alguien es capaz de ver algo distinto o tener un punto de vista que choca un poco con el ideal de lo que la cultura piensa de sí misma, la misma población —y con ello la crítica y la institución— irán en contra de ese discurso.
Otra de las cuestiones que llamó mi atención es la idea de qué es independiente. Independiente en Montreal es que el teatro tiene apoyo del Consejo de Artes y programa espectáculos (que también tienen el apoyo del Consejo). El único espectáculo que vi que no tenía apoyo institucional justamente de eso trataba, de la falta de dinero para hacer un espectáculo sin apoyo. Lo que quiere decir, que están igual o peor que los mexicanos cuando se trata de buscar financiamiento fuera de la institución; otra cuestión es que ellos tienen mucho más dinero para apoyar a muchos menos creadores escénicos. ¿Qué tanto influye esto en la producción estética, las temáticas y las formas de exponer el trabajo?
Los procesos de producción son cortos y eficientes. Programados con meses y años de antelación, se vuelve casi imposible hacer un evento que no esté programado meses antes, por ejemplo, eso pasó con mi residencia, yo quería mostrar el trabajo traducido al francés y presentarlo como semimontaje con algunos actores de la ciudad, pero había que pedir permiso y poner un dinero que no había, que no era posible gestionar pues estaba fuera de lo que espera producir durante el año.
Por otro lado, la profesionalización de los actores, directores y escenógrafos es muy superior a la que podemos vivir en Iberoamérica, donde los espectáculos se siguen montando con trapos viejos y sillas. Los teatros son altamente tecnologizados, no hay butacas vacías, la calidad actoral es impecable, las escuelas de actuación tienen todo lo necesario para desarrollar una técnica; los ensayos son pagados —todo es pagado—, las funciones se dan sólo por tres semanas, todos los días, 21 funciones. No hay ciclos que se repiten, no hay espectáculos que se remontan a menos que hayan sido un éxito y los compren entonces otros festivales nacionales e internacionales. La vara con la que se mide un espectáculo es muy alta, se debe primero pasar por un ciclo de lecturas dramatizadas que sirven de examen para ver si es factible el espectáculo, si resulta innovador, interesante, después lo programa un teatro, se busca un presupuesto, se estrena y se analiza.
Todo está dentro de una maquinaria que funciona a la perfección, no hay espacio para el error. (¿Qué pensaría Artaud de este tipo de procesos de creación?) Por otro lado mi experiencia en Buenos Aires es casi el opuesto. Las escuelas de teatro no tienen sillas donde uno pueda sentarse a tomar clases. Los cursos se van formando a partir de algún grupo de interesados en un tema, los espectáculos tardan muchos meses de exploración, no se busca ni vivir de eso, ni producirlo de forma rentable. Lo que sucede es que hay muchísimos creadores dispuestos a trabajar de esta forma. Quizás porque es más importante la temática, la exploración y la investigación que el resultado. Este tipo de trabajos generalmente es «calificado» por un público especializado y por un grupo de críticos que analizan y dan cierta calificación, pero sobre todo, tiene que ver con una cuestión del público que asiste al espectáculo, no importa si es realizado de forma independiente o de forma oficial, en un teatro o la sala de una casa (como el caso de Claudio Tolcachir y su compañía Timbre 4).
Muchos de estos creadores proyectan su trabajo hacia afuera, porque dentro es muy difícil poder sacar financiamiento, y esto ha posicionado la estética del teatro argentino en otras latitudes. Una obra puede estar por años en un mismo teatro si funciona, si la gente va y paga. Pero el tipo de espectáculos que tienen éxito no tiene que ver con la eficacia ni con el dinero invertido en él. Gran diferencia con lo que sucede en Montreal.
Así, en los últimos cinco años, he podido experimentar formas de producción contrastadas y opuestas de lo que se piensa es una buena forma de producir teatro y de crear públicos y narrativas. Mucho tiene que ver efectivamente con el papel que juega el Estado en la producción y apoyo a los creadores. En México, este año el recorte presupuestal a la cultura y las artes ha sido terrible, y parece que no hay límite tampoco en cuanto al cierre de teatros, pagos atrasados o presupuestos no otorgados pero sí prometidos. Todo este caos en el apoyo institucional a las artes, hace que los artistas de todos los rubros saquen las antenas; me parece que en México, a la mayoría de la población le da un poco igual lo que pasa con el arte y la cultura. Es decir, no la consume, pues piensa que la cultura y el arte están en la televisión y los artistas son pagados por ella.
Podríamos pensar que el teatro entonces debería dejar de tener apoyo, si de todas maneras la población que lo disfruta es muy poca. Para qué tener un equipo de natación olímpico, o un centro de investigación de biogenética si es utilizado o «sirve» para algunos pocos. (Nótese por favor la ironía de este último pensamiento, por favor). En el país no sólo se recorta el presupuesto al arte y la ciencia, sino que también se mata sistemáticamente a los que se rebelan. El gobierno en turno apoya a que el dinero que se destina a programas sociales —incluyendo salud y educación—, sea cada vez menos, yo apelo al sentido común de todos los que nos dedicamos a esto y a los que sí nos importa que exista el teatro, que exista la literatura, que existan foros y espacios de expresión artística, a pensar, a no dejar de hacer, no dejar de proponer, aunque sea con sillas y un buen texto lo que nos aqueja, lo que nos aprieta el alma y lo que nos hace seguir soñando. Por eso, viajar para mí es fundamental, viajar es abrir horizontes, es ver cómo se vive para poder saber cómo se quiere y se puede vivir.
Hace poco, conocí la ciudad de Los Ángeles, en los Estados Unidos. La conocí en un viaje breve, que inició en Tijuana y cuyo único objetivo era cumplir con una cita: conocer a Fernando —una persona de la que escuchamos, por primera vez, dos años antes.
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Una de las primeras noches del año, sonó el teléfono. Era Reyna, una mujer que conocimos en la iglesia de San Juan Luvina, en febrero de 2013. Reyna se encargaba de organizar las actividades religiosas y de llevar el censo del pueblo. San Juan Luvina es un lugar quieto y pedregoso, que se encuentra en la sierra norte del estado de Oaxaca. En éste, rodeados por colinas y maizales, viven 186 familias que en su mayoría se dedican al campo. Reyna llamó para saludarlos. Hablamos poco más de veinte minutos, no sin interferencias. El «ruido» restaba claridad a la conversación, pero la conversación adquirió otra relevancia. Su voz venía desde muy lejos. No había duda. Al finalizar la llamada, Reyna nos recordó que Fernando, uno de sus cuatro hijos, vivía en Los Ángeles. Muy cerca de nosotros. Prometimos visitarlo.
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El domingo próximo, mi pareja y yo nos dirigimos a su casa, ubicada en Santa Mónica, en la zona oeste de Los Ángeles. Fernando nos recibió afuera del complejo de departamentos, habitados mayoritariamente por norteamericanos y rusos. Combinación irónica, pero cierta. Cuidadosamente amueblado, su departamento se encontraba al fondo de un segundo piso. «Pulcro» es uno de los adjetivos con que podría describirlo. De inmediato, su hijo —quien jugaba en la habitación contigua— salió a saludarnos. Fernando le pidió que lo hiciera. Conocíamos a su abuelita, dijo, a quien él, de 6 o 7 años, sólo conocía por teléfono y por fotos. Esto me hizo recordar que en una de las líneas que inauguran Un séptimo hombre, John Berger asegura que toda fotografía es «un medio de transporte y la expresión de una ausencia». Pero en ese caso, me quedo con la primera definición que ofrece.
Gran parte de nuestra conversación fue sobre su experiencia migratoria: sobre el viaje que lo llevó desde San Juan Luvina hasta la interminable y asombrosa ciudad de Los Ángeles. Su experiencia no era muy distinta a la de otras personas. A su regreso, uno de sus primos le contó sobre «el otro lado» y le describió sus calles. Le contó que las diferencias entre ambos lugares no eran pocas. En la ciudad de Los Ángeles —la segunda ciudad más grande de los Estados Unidos— por ejemplo, se hablan poco más de 244 lenguas. En su pueblo, sólo se hablan dos (el español y el zapoteco), aunque cada vez más interactúan con otra (el inglés). En el sur de California predominan, por decir algo, eucaliptos y palmeras, y en ese fragmento de la sierra norte, encinos. Fernando aceptó, y al poco tiempo tenía todo listo. Cuando digo «todo» me refiero al boleto de avión a la ciudad de Tijuana y a las negociaciones con el coyote. Hasta ese punto, su historia me parecía familiar, cercana a alguna de las que había leído: Su viaje inició con un relato y con algunas promesas. Éste llegó a Los Ángeles, en donde ya lo esperaba su hermano junto con otras personas que conoció en su pueblo. Especulando un poco, podría decir que con muchas de ellas convivió en el carnaval que se celebra durante el mes de febrero. Especulando un poco más, podría decir que allí, junto a esas calles cubiertas de polvo, en la cancha con que se inaugura el pueblo conoció a la mujer con la que se «juntó» en Los Ángeles, y con quien actualmente tiene un niño —el mismo niño que salió a saludarnos y a preguntarnos por su abuela.
Hasta entonces, mi «conocimiento» sobre la migración provenía de libros y de los medios de comunicación habituales. Uno de ellos era el libro de John Berger. Para «explicar» la migración, el viejo ensayista recurre a una metáfora: «la migración es como un evento soñado por otro». Es decir: «la intencionalidad del migrante está permeada por necesidades históricas de cuya existencia no están conscientes ni él ni nadie a su alrededor». En efecto, es difícil reconocer esas necesidades, pero, tras un siglo de viajes forzados, éstas se han acumulado hasta tener la apariencia de un montón de piedras. De todas ellas desconocemos su procedencia pero las contemplamos y las reconocemos como parte del paisaje.
Cuando la conversación comenzó a decaer, Fernando propuso llevarnos a una tienda cercana. Se trataba de una tienda de abarrotes, cuyo nombre se leía desde lejos: El Edén: productos oaxaqueños. No hubo exageración alguna en esas palabras. Satisfecha nuestra curiosidad, ofreció presentarnos a otras personas, todas originarias de San Juan Luvina. Aceptamos de inmediato. De acuerdo a los censos que nos enseñó Reyna, hasta el año 2013, 322 personas, de las 870 que conformaban la «población total» del pueblo, se encontraban en Estados Unidos: en Los Ángeles, es cierto, pero también en Seattle. Las personas que conoceríamos aquella tarde pertenecían a ese grupo. La reunión a la que asistimos era una asamblea. Una importante. Ese día elegirían a las nuevas autoridades comunitarias. A las personas que, desde lejos, colaborarían con San Juan Luvina —la comunidad que se encuentra allá, en esa cordillera que separa el Golfo de México del centro del estado y que, al separar, crea y funda una de las zonas de mayor biodiversidad en Oaxaca: la Sierra Norte. Todas estas personas estaban allí, en Los Ángeles, pero también en su pueblo. Existiendo simultáneamente. La asamblea sucedería a unas cuadras del departamento en donde estábamos. Creo que Stoner Park era el nombre del sitio. Iríamos caminando; cosa rara en una ciudad construida para máquinas. En ciudades como ésa, caminar es una declaración de principios. Caminar significa reapropiarse del espacio público, preferir una velocidad distinta a la que nos impone el capital financiero y, por supuesto, recuperar nuestra autonomía. Caminamos. De lejos, reconocimos a un grupo de personas que ya ocupaban varias sillas. Un conjunto de lonas blancas las protegía de la intemperie y de una improbable amenaza de lluvia. En charolas cubiertas por bolas de plástico, había distintos tipos de panes. La mayoría prefería el pan de yema. También había champurrado y, junto a un anafre, empanadas de amarillo, según la tradición y la receta del pueblo. El menú era exquisito: serrano completamente. Sus ingredientes (chile de árbol, chile guajillo, orégano, ajo, cebolla, comino, y tomatillos verdes) tenían la capacidad de evocar aquel paisaje resguardado por el Cerro del Perico, y caracterizado por su sobreabundante agua. Aunque es una obviedad, es tópica y es histórica: en las dos regiones a las que esas personas pertenecen, la Sierra Norte del estado de Oaxaca y el sur de California, el agua ha sido fundamental en la constitución del paisaje. Los ríos que delimitan Luvina desembocan en la cuenca del Papaloapan —la segunda cuenca más importante en todo México— que es tan importante y «rica» que, durante el «milagro mexicano», protagonizó uno de los proyectos más violentos de explotación de recursos naturales que, en mucho, y sin azar de por medio, recuerda al proyecto en curso de San Felipe Usila. De realizarse, el pueblo entero quedará cubierto por agua. Todos sus pobladores serán «reubicados» y la tierra de otros, probablemente, será invadida. Quizá por eso Jaime Martínez Luna asegura que el agua es su «tendón de Aquiles». «Hay agua por todos lados», dice, y al decir abre muchas preguntas sobre sus usos recientes y futuros, enmarcados por las catástrofes ambientales, por la privatización de todo y por leyes que desconocen y violentan la «autonomía» y la libre determinación de los pueblos. Hay que recordar que existen acuerdos internacionales que establecen y exigen la consulta. El 169 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) es uno de ellos. México lo ratificó en 1990.
Durante la comida, Isaías, una de las autoridades que ese día dejaría su cargo, se sentó con nosotros. Nos contó sobre el motor y origen de esa «asamblea» que, por los objetivos que persigue, y el lugar en que se encuentra, es concebida como una «organización» sin fines de lucro. Como las personas que trabajan en ella, se trata de una asamblea con existencias múltiples. Ésta, creada en 1997 —tres años después de la firma del Tratado de Libre Comercio—, tiene como único objetivo ayudar al pueblo, no a los «individuos» que lo conforman. En sus orígenes, sólo se dedicaba a apoyar los eventos de basquetbol celebrados en Luvina, y en otras partes de la sierra. En esa cordillera, la popularidad del futbol es nula. Casi nada. Bien dice el fotógrafo Jorge Santiago que: «Un pueblo respetable tiene siempre una cancha de baloncesto frente a la iglesia». Regionalmente, este deporte se ha convertido en una actividad recreativa, y en una que fortalece y confirma lazos comunitarios. Prueba de ello es el torneo que se celebra cada 21 marzo, en Guelatao de Juárez, y la existencia de asambleas (¿organizaciones?) como ésta: Organización West Los Ángeles Luvina (OWLA). Sin embargo, si su fundación estuvo vinculada al deporte, su desarrollo estuvo mucho más ligado a la comunidad entera. En su desarrollo, los objetivos fueron reconfigurados; simplificándolos un poco, podrían definirse como apoyo económico. En una ocasión, por ejemplo, enviaron 70 mil dólares para la construcción del palacio municipal y, en otra, el año en que tuvieron problemas con la cosecha, 12 mil dólares. Todo ese dinero se envía junto, pues es gravado por el Estado norteamericano. Es decir, todas sus actividades cuentan con la legalidad que el país exige, y con la legitimidad del pueblo al que pertenecen. Por lo tanto, la elección de autoridades en Santa Mónica no coincide con la elección en San Juan Luvina, sino con el cierre del año fiscal en los Estados Unidos. Las autoridades elegidas entrarán cuando haya finalizado el corte de caja. Su trabajo será organizar actividades para la procuración de fondos (en esa lista están contempladas cenas y fiestas, similares a las que se realizan en la sierra). Todo eso exige procesos de organización y administración complejos. Apenas puedo imaginar la cantidad de trámites burocráticos para enviar 70 mil dólares. En mi experiencia, enviar 3 mil ya es problemático.
Aunque toda esa conversación fue anecdótica y sobre asuntos técnicos, lo más interesante fue la noción de «autoridad» que utilizaba Isaías. Evidentemente, cuando pronunciaba la palabra «autoridad» se refería a una noción muy distinta a cualquiera que imagináramos. Se parecía más a la que describió, desde Santa María Tlahuitoltepec, el antropólogo mixe Floribero Díaz: «Kutunk, en mixe, nada tiene que ver con el significado occidental de la palabra autoridad, significa literalmente ‘cabeza de trabajo’, ’jefe de trabajo’; en la práctica es quien con su ejemplo motiva que la comunidad realice las actividades necesarias para su propio desarrollo. Por ello —dice adelante—, a pesar de que todos nacemos signados para ser servidores, solamente aspiran a ser mëj kutunk (gran autoridad) aquellos que mediante el escalafón de servicios demuestran a la comunidad que tienen capacidad de ser cabezas». Las personas que desean ser autoridades trabajan desde abajo, para obtener reconocimiento y prestigio. No son ellos, ni depende de ellos que lleguen a ese puesto, sino de la comunidad en asamblea. Poniéndolo en otros términos, no es nada muy distinto a lo que sucede en otros ámbitos: en algunas universidades, para que alguien obtenga una plaza como profesor de tiempo completo necesita un doctorado que lo avale. Es decir: en lugares, como en Santa María Tlahuitoltepec, y por lo visto, en San Juan Luvina, para que alguien pueda ser autoridad necesita el respaldo material y simbólico de su anterior trabajo comunitario. Más o menos así podríamos leer los «sistemas normativos internos», esos que comúnmente, despectivamente, se conocen como «usos y costumbres». Una autoridad es una persona que, ante todo, y sobre todo, como dicen los zapatistas, «manda obedeciendo» o en todo caso «predicando con el ejemplo».
Al finalizar la conversación, regresamos a Tijuana. Ellos (OWLA) realizarían la votación y mucho más tarde comunicarían los resultados a las autoridades de San Juan Luvina (Oaxaca, México). Les darían la lista de nombres y cargos que desempañarían esas personas. Creo recordar que la duración de cada cargo es de dos años. En Luvina, anotarían esos datos y los incorporarían al cuerpo general de autoridades locales —como si en esa lista no existieran límites geográficos. Diciendo esto no intento decir que la ciudad de Los Ángeles es San Juan Luvina, o viceversa. No, para nada. Tampoco quiero romantizar el proceso migratorio pues, sin duda, es un proceso muy complejo del que sólo alcanzo a ver una pequeña parte. Tampoco quiero decir que la monetarización del trabajo comunitario sea la panacea. No, de hecho, me parece problemático: abierto a la especulación y a procesos de desregulación promovidos en el seno comunitario. De hecho, mi intención no ha sido escribir un texto sobre «migración», sino uno sobre una «comunidad» fuerte, que depende del territorio pero no desvinculado del trabajo colectivo. Sólo así podría explicarme porque ese día, algunas de las personas nacidas en los Estados Unidos se consideraban parte de la comunidad de San Juan Luvina. Sus padres lo eran. Conocían sus calles y las muy variadas especies de árboles que se encuentran en el sitio, pero no ellos. Y eso, no importaba. Ellos se consideraban parte, y el resto los reconocía. Quizá a eso se refería Floriberto Díaz cuando escribió que el trabajo colectivo, el tequio, es un «acto de recreación» comunitaria. El tequio puede ser el trabajo directo en obras públicas, la ayuda recíproca entre familias, o atender a los invitados en una fiesta; y el también puede ser aportar ideas y compartir lo aprendido. En uno de sus escritos, Floriberto Díaz advierte que si habla mucho de tequio es porque el éste les ha dado autonomía frente a la «exigencia de lealtad» y «sometimiento» de las instituciones estatales (occidentales) y, en ese sentido, el tequio es la «forma concreta y material» que ha procurado su supervivencia. Y no dudo que algo parecido suceda con Luvina: el tequio le ha permitido sobrevivir incluso a pesar de la distancia y de su propio nombre. La palabra Luvina, que deriva del zapoteco, significa: raíz de la miseria.
Es muy probable que en tiempos de precariedad compartida, resulte indispensable repensar la idea de «comunidad», partiendo, como quiere Jaime Martínez Luna, del reconocimiento de los lazos de dependencia que nos unen a los otros: reconocer, en palabras de Emmanuel Levinas, que yo sólo soy en tanto otro. Así, después de ese viaje, quiero pensar que una comunidad es un hogar o una casa. Cuando escribo la palabra hogar la escribo pensando en John Berger. Bien dice el dibujante y ensayista que un hogar es hogar por su capacidad para construir vínculos, no muros. Ya se sabe que, etimológicamente, en la palabra hogar se encuentra una fogata o un brasero; una fuente de calor y cobijo en el interior de la casa. Y muy la menudo las fogatas requieren del trabajo de los otros. Del tequio. De la energía de los cuerpos que la mantienen viva, soplándole y añadiendo leños secos; troncos que, en el caso de Luvina, son de cacho de venado, de chamizo negro, de pingüica, de ocotillo espinal y de güizache.
«Slugs need hugs» Ilustración de Mica Angel Hendricks en colaboración con su hija de 4 años.
Por razones casi aleatorias, he sido testigo de varios fallos en concursos de libros para niños. La primera vez, la persona propuesta como juez no pudo llegar a la revisión y yo me hice cargo. La siguiente tuve que relacionar todos los materiales recibidos, filtrarlos y acomodarlos por número de registro; ahí aproveché para echar un ojo. Otro par de veces me encargué de los filtros previos al envío a jueces. Cada una de estas experiencias fue útil para identificar la distancia que existe entre cómo percibe el mundo editorial a la LIJ y cómo lo hace el mundo amateur. Algunos ejemplos extremos me revelaron que existe un abismo entre éstos, a veces los elementos más básicos son dejados del lado para anteponer qué entiende el autor por «infantil». Por suerte, estas propuestas siempre conviven con otras de mayor calidad. Algunas circunstancias repetidas, tanto técnicas como de concepto, sirven para enunciar una lista de elementos que pueden tomarse en cuenta antes de enviar un manuscrito o maqueta a algún certamen:
1.- Antes de empezar a escribir una obra para niños es necesario que el autor reflexione sobre qué entiende por niño. Es decir, cómo percibe a su futuro lector y qué tipo de interlocutor tiene en mente. Sirve acercarse al mundo infantil o simplemente pensar en cómo se era a esa edad. Ver publicaciones infantiles puede ayudar a darse una idea más clara de esto.
2.- Hay muchos concursos de LIJ, los más comunes: libro-álbum, novela y poesía. Antes de preparar algún material, se sugiere investigar qué es cada uno de ellos. En el caso de la novela y la poesía, la referencia es relativamente inmediata, aunque sorprende ver que muchos de los proyectos que se reciben parecen jamás haberse hecho esa pregunta. En el caso del libro-álbum es más complicado, este formato se puede definir de manera somera como una obra en la que coexisten dos formas de narrar: la gráfica y la escrita. Ambas articulan un discurso que no funciona si éstos son separados, uno depende del otro, se completan. Un libro ilustrado no es un libro-álbum si no cumple esta función. El 70% de los autores parecen desconocer la diferencia entre uno y otro, es importante tenerla en cuenta.
3.- En el caso de envío de maquetas o manuscritos, debo decir que menos es más. Los engargolados excesivos, la brillantina y los encuadernados complicados le restan credibilidad a la obra y distraen la atención. No es necesario ponerle el logotipo de la editorial a la maqueta o encuadernarla exhaustivamente, no hay que adelantarse, cuando gane ellos se encargarán. Vale la pena preocuparse por una buena impresión donde los textos sean legibles y los colores se aproximen o se apeguen a las ilustraciones originales en caso de que existan.
4.-Si se manda la propuesta por correo postal, hay que asegurarse de pagar un envío completo, las editoriales no se encargan de pagar a contra entrega y quizá los materiales nunca lleguen a su destino. No hay prórrogas, vale la pena hacerlo con anticipación.
5.- En el caso de las propuestas ilustradas, el material gráfico debe ser de la autoría de quien o quienes lo envían. Incluir ilustraciones o fotos bajadas de internet o textos ajenos, no sólo constituye un delito, también lo hace ver mal y se opone a las bases de la mayoría de las convocatorias.
6.- Gran parte de los concursos buscan contenidos de ficción y es necesario saber que los manuales para evitar el consumo de drogas, los manifiestos contra el bullying y los tratados sobre educación sexual están fuera de lugar. La calidad no se pone en duda, pero su campo de acción es otro. Se sugiere revisar qué tipo de contenidos establece cada convocatoria y qué líneas temáticas es conveniente seguir.
7.- Merece la pena revisar el catálogo de la editorial a la que se envía la propuesta. Sirve saber qué tipo de materiales publican o qué línea editorial los define. Es importante no exagerar lo anterior e intentar fusilarse el estilo de sus autores ya publicados, hay que reconocer los límites entre inspiración y plagio. Copiar un estilo no asegura el triunfo, al contrario.
8.-Adjuntar una carta de motivos o explicación sobre la obra es contraproducente. Lo ideal es que la obra hable por sí misma y si no pasa, hay un problema. Llamar a la editorial y pedir que se ponga atención a la propuesta que enviada, viola las leyes de anonimato que se establecen previamente y no impulsa el triunfo de la obra. Se reciben tantas propuestas que es imposible darle seguimiento a todas, en estos casos insistir no es la mejor opción.
9.- En cuanto a temas y tratamiento de los mismos, conviene revisar la vigencia de éstos y pensar a qué público van dirigidos. Hay relatos y temas que se sienten arcaicos porque han perdido la referencia con el público, los niños contemporáneos tienen necesidades distintas a los niños de hace diez, veinte o treinta años. Cada editorial tiene en mente a un lector ideal, hay que darse a la tarea de rastrearlo en sus colecciones. Es parte del trabajo que debe hacerse previo a enviar una propuesta.
Los certámenes son importantes más allá de los ganadores y los premios, fungen como un termómetro en cuanto a tendencias, temas, tonos y elementos gráficos. Ilustran la visión generalizada de la LIJ y las indefiniciones a las que ésta se sujeta. Sirven para reconectar con el mundo «real», para notar que el pedestal en el que están las grandes colecciones es inaccesible para muchos. Hablan de la necesidad de vincular un extremo con el otro. Reflejan también un pensamiento común: cualquiera puede escribir literatura infantil (aunque se demuestre lo contrario). El resultado de esta incomprensión se traduce actualmente en concursos que se declaran desiertos o en ganadores que se repiten año con año.
Semana Santa es la celebración religiosa que se usa como pretexto ideal para salir de la cotidianidad y explorar nuevos lugares en compañía de otros o sencillamente reunirse con los amigos. Sin duda, durante las vacaciones se realizan actividades en las que los individuos se integran a un grupo (familiar o de amigos), con lo cual se amplían las posibilidades de momentos y objetos fotografiables dignos de ser inmortalizados. En la segunda semana de las vacaciones tuve la oportunidad de viajar al estado de Oaxaca y conocer algunas de sus playas, así como otros lugares turísticos y no tan turísticos. En las playas que visité casi no vi gente con cámaras fotográficas, incluso no vi familias fotografiándose. Lo más cercano a eso fue un extranjero que hacía fotografías (o videos) de él y de su grupo de amigos mientras se encontraban esquivando olas en San Agustinillo, en Mazunte. Sus herramientas: una Go Pro y un selfie stick con los cuales inmortalizó el momento en el que todos eran sacudidos por el mar. Días después vi a algunas familias retratándose en las cascadas Mágicas de Copalitilla, en San Miguel del Puerto, en Huatulco. Mientras el resto de mi grupo se dirigía a lo más alto de las cascadas y se aventuraban pisando las rocas resbalosas para llegar a la cima, yo me senté y observé primero a una familia que se encontraba frente a mí. Se trataba de una familia de unos cinco o seis integrantes que dedicaron bastante tiempo (unos 25 minutos) a tomarse fotos en las cascadas, primero frente a éstas y después debajo, de tal manera que en la fotografía las personas aparecieran como formando parte de la caída de agua. El hombre que tomaba las fotografías (con tres celulares distintos) dirigía a las personas que salían en las fotografías, esto es, no sólo tomaba la fotografía, sino también las hacía. La mayor parte de las fotografías que tomaba eran en cuadro vertical, el resto de la composición, por supuesto, es una interrogante. Él decía a sus familiares cómo y en dónde debían posar, el hombre y la niña que lo acompañaban hacían lo que él decía sin objeciones, mientras que las mujeres de edad más avanzada se mostraban miedosas un poco antes de tomarse la foto debajo de la cascada. Todos posaron en los mismos lugares, enfrente y debajo de la cascada y en una piedra que se encontrada a un costado. La pose era en general con los brazos a los costados, en el rostro una leve sonrisa y casi sin tocarse unos a otros. Otras familias hicieron lo mismo, posar en los mismos lugares, tomar la fotografía con un celular e incluso con tabletas. Un padre le pidió a su hija que se sentara sobre la piedra y que sonriera. La pose de la hija fue insuficiente, por lo que el padre le hizo señas desde lejos para que modificara su posición: las piernas debían ir cruzadas, el cuerpo de lado, un brazo reposando de manera horizontal sobre las piernas y el otro apoyándose sobre éste de tal manera que la mano quedara justo sobre la mejilla. Cuando todo estuvo listo el señor tomo la fotografía y se fueron.
Toda esta escena en las cascadas desencadenó varias preguntas en torno a la práctica fotográfica y su función social. Dentro del estudio de la fotografía existen múltiples vertientes y metodologías desde las cuales se puede analizar una imagen. En general, los estudios históricos que hay sobre fotografía giran en torno su función como documento social e histórico, o en torno a la función y al uso de la fotografía en distintos momentos de la historia. Asimismo, abundan los estudios y ensayos en los que se reflexiona en torno a la fotografía, al acto de fotografiar y de ser fotografiado.[1] Sin embargo, hacen falta estudios enfocados en la práctica fotográfica tanto en el pasado como en la actualidad, así como en otros países como en el nuestro. El análisis de la fotografía como resultado difiere mucho del estudio de la práctica fotográfica, pues en el primero se analiza la imagen sobre el papel, mientras que en la segunda se buscan las motivaciones de los individuos al momento de tomar o hacer fotografías. Por lo tanto, la práctica fotográfica sería más tratable desde un enfoque sociológico.
Tal fue el caso del estudio que realizara Pierre Bourdieu en los años sesenta del siglo XX con respecto a la práctica fotográfica de algunas familias al sur de Francia. En él, el sociólogo francés analiza el acto fotográfico en función no de las fotografías en papel, sino en función de las motivaciones y las reacciones de los individuos que están frente y detrás de la cámara. Además analiza la relación que hay entre la clase social y el consumo de cámaras y, por ende, la producción fotográfica, así como las variantes que hay entre la práctica fotográfica entre varones casados y varones solteros. A pesar de que el estudio de Bourdieu está enfocado en la sociedad francesa, pienso que partió de una premisa indispensable para poder analizar la practica fotográfica desde una perspectiva sociológica: se trata de encontrar «[…] el trasfondo social de un acto tan supuestamente intrascendente como sacar unas fotos».[2] Acercarse a entender la práctica fotográfica es, indiscutiblemente, apartarse del fotógrafo artista como objeto de estudio y acercarse a la gente anónima, es decir, a aquella que toma fotografías de los eventos familiares y de la vida cotidiana.
Tal como Pierre Bourdieu lo había confirmado, la fotografía practicada por ciertos sectores populares y por aficionados tiene poco de improvisada y de espontánea,[3] pues en ella están impregnados valores y prácticas sociales aceptadas. Pienso, por ejemplo, en el padre que dirigió la pose de su hija sentada en la roca junto a la cascada de Copalitilla y me vienen a la mente muchas preguntas: ¿en dónde aprendió este hombre cómo debe posar su pequeña hija para una fotografía?, ¿cómo compone la fotografía que está tomando?, ¿qué pretende al inmortalizar a su hija en ese lugar y en ese momento? La toma, tal como lo menciona Bourdieu, sigue dependiendo de una elección del individuo dotado de valores éticos y estéticos, y cada grupo selecciona una serie de sujetos y composiciones.[4] Entonces no es casualidad que las familias que se retrataban en las cascadas se tomen fotografías en los mismos lugares, con poses similares y que normalmente sea una figura masculina la que controla el dispositivo móvil con cámara y quien dirige y compone la fotografía.
Sin duda, es evidente que la lente de la cámara se dirige al grupo, lo que significa que la familia es el eje central del tema de las fotografías que se realizan durante las vacaciones de estas personas. Lo mismo sucedía con el extranjero que se usaba su Go Pro en San Agustinillo. La fotografía de las vacaciones permite que se observe a un grupo en convivencia, la integración familiar, en un momento de tiempo libre o de ocio. Al mismo tiempo, la pose es un indicador de un sistema de valores socialmente aceptados. Por ejemplo, resulta que los integrantes de las familias que se fotografiaban en las cascadas posaban y sonreían levente a la cámara como un comportamiento aceptado, necesario y digno de ser fotografiado. Bourdieu mencionaba que «Cuando uno se esfuerza porque los sujetos conserven una actitud “natural”, se provoca en ellas una incomodidad, porque no se consideran dignos de ser fotografiados […] y sólo se puede esperar una naturalidad simulada, es decir, una actitud teatral».[5]
El estudio de la práctica fotográfica desde una perspectiva sociológica, resulta enriquecedor a la hora de presenciar el acto y permite observar nuestras propias actitudes cuando estamos detrás o delante de la cámara. ¿Cómo actuamos cuando alguien nos retrata durante las vacaciones? ¿Dejamos que alguien nos fotografíe o lo hacemos nosotros mismos? Si traemos con nosotros una cámara o un teléfono celular con cámara integrada, ¿a qué o a quienes la dirigimos? ¿Fotografiamos objetos o personas? ¿Si fotografiamos personas les pedimos que posen o buscamos una actitud natural? Para poder entender una fotografía en su totalidad no hace falta sólo analizar el resultado sobre el soporte de papel y hacerlo desde una perspectiva histórica o social, sino también desde una perspectiva sociológica.
[1] Los más conocidos: Sobre la fotografía de Susan Sontag y La cámara lúcida de Roland Barthes.
[2] Antoni Estradé, “La fotografía retratada. Pierre Bourdieu y la captura de lo social” en Un arte medio. Ensayo sobre los usos sociales de la fotografía, pág. 27.
innata al ser humano y agudizada en la psicosis,
a percibir sentido en estímulos azarosos.
Diccionario de psicología
De repente fue como estar en la película The Number 23, dirigida por Joel Schumacher y protagonizada por Jim Carrey, donde el personaje sufre de apofenia aguda y cree que los principales eventos de su vida están conectados de forma misteriosa con el número 23. Algo así me pasó esta semana, pero con el número 27. Empecé a leer La extraña desaparición de Esme Lennox, de la norirlandesa Maggie O’Farrell, y en la primera sentada leí hasta la página 27. Escribí un cuento y el primer borrador quedó de 27 páginas. Sin explicación alguna, mi esposa me recordó que tiene 27 años. Y mientras escribo esto me doy cuenta de que, de acuerdo al calendario de Tierra Adentro, este texto será publicado el 27 de abril. Esta apofenia de reciente adquisición nace de mi investigación sobre la editorial regiomontana 27 Editores.
Pocos esfuerzos por promover la literatura en Monterrey parecen tan completos como el realizado por Orfa Alarcón, Antonio Ramos Revillas y Alicia Rosas. El concepto de 27 editores es versátil e integral. Su página web (27editores.com) define la iniciativa como «un proyecto de edición con perfil social», pues no sólo publican literatura, sino que promueven la lectura en distintos medios con propuestas creativas y originales.
El nombre de 27 Editores surge de las 27 letras del abecedario y el plan de la editorial es publicar 27 novelas cortas, una por cada letra hasta completar las 27. Hasta ahora van tres: Yerbabuena, de Felipe Montes; Vidrios Rotos, de Orlando Ortíz; y Esquirlas, de Luis Panini. Lo más reciente de la editorial es la colección Libros de Alicia, dirigida al público infantil.
Emprender una editorial independiente, en cualquier contexto, acarrea la desventaja de la distribución: ¿cómo llevar el libro a las manos del público? La respuesta de 27 editores fue abrir la librería Terraza 27, volviéndose así un eslabón en la cadena tradicional del libro. De paso se convirtieron en los mejores amigos de las editoriales independientes, pues el catálogo de las que surten a la Terraza 27 es amplio y está en crecimiento. Por otro lado, la librería es punto de referencia para eventos culturales y de promoción de lectura. Cada semana presenta eventos de distinta naturaleza y basta echar un ojo al Facebook para enterarse: lecturas de escritores, mesas de reflexión en torno al periodismo cultural y a la edición, círculos de lectura, entre otros. Propuestas no faltan. La Terraza es una suerte de segundo hogar para los escritores de Monterrey y también para lectores hardcore. Se me antoja como eslogan: «Siempre hay algo en La Terraza 27».
Entre otras de sus acciones, 27 lidera la avanzada de las editoriales independientes en Monterrey: si no fuera por Toño y Orfa, muchas brillarían por su ausencia en las ferias del libro de la ciudad. Otra de las iniciativas de 27 —mi favorita— es la del Laboratorio/Convocatoria de novela breve. Junto a la joven escritora Lorena Valdivieso, convocaron a universitarios para asistir a un taller en el que trabajarán su proyecto de novela, un sábado al mes, con destacados escritores locales. Inicia en mayo. La mejor novela escrita en este periodo será publicada por 27 editores y presentada el próximo año en la feria del libro UANLeer. Premiazo. El taller tiene el potencial para ser histórico en las letras de Monterrey.
El presente de 27 Editores es bello pero, ¿qué hay para el futuro? «Se vienen más novelas pero nada firme aún, el catálogo en la Terraza va creciendo y también sigue el trabajo para expandir Libros de Alicia junto a Alicia Rosas», me cuenta Antonio Ramos Revillas.
Yo veo un desarrollo paulatino y seguro del concepto. Toño y Orfa son chambeadores y generosos, en proporciones similares. Los demás sentimos sus esfuerzos en nuestras trincheras y estamos muy agradecidos con ellos.
Estoy sentado en la terraza de una cafetería de Coyoacán escribiendo esto. Lo hago a mano, en un cuaderno que suelo llevar conmigo para cuando me llega la inspiración y estoy en público, porque si escribo mis ideas en el teléfono parece que sólo estoy enviando mensajes de texto. La verdad es que no se me ocurrió nada, pero acabo de descubrir a una chica guapa que me observa desde la mesa contigua y necesito verme interesante. El viejo truco del cuaderno y la inspiración súbita nunca falla. Cuando termine de escribir esto levantaré la mirada con cara de artista y haré contacto visual.
Esto lo escribo a toda velocidad porque necesito fingir que estoy anotando otra gran idea. Después de sostenerle la mirada unos segundos la chica me sonrió, y yo respondí acariciándome la barba y clavando la vista de vuelta en mi cuaderno, como si verla me hubiera inspirado. Sigo escribiendo porque tiene que parecer que es una idea compleja, así que más vale que mi cara de concentrado sea creíble y que no se note que sólo estoy haciéndolo para rellenar hojas.
Carajo, me acabo de dar cuenta de que hay un pendejo sentado del otro lado del café que lleva un rato echándole ojo a mi musa. El muy cretino también está escribiendo algo a mano, en un cuaderno más bonito que el mío y para colmo, fuma cigarros liados por él mismo. Pediré un whisky aunque sean las once de la mañana.
El whisky con trabajos me está pasando, pero la chica parece definitivamente más interesada en mí que en el idiota del otro lado. Como no quiero interrumpir y mirarla tanto porque se supone que estoy muy concentrado escribiendo algo genial, procedo a transcribir una conversación que estoy escuchando en la mesa de atrás de mí:
—¿Está sabroso el calorcito no?
—¿De verdad vamos a hablar del clima?, ¿no podemos hablar de algo un poco más profundo?
—Pues de hecho estaba citando a Proust.
—¿No te refieres a Camus? Esa frase me suena como de El extranjero.
—Camus, Proust… franceses al final del día.
—Oye, ¿ya viste? Creo que el tipo de enfrente es escritor. Mira cómo escribe y escribe en su cuaderno de notas.
—¡Es cierto! Además está bebiendo whisky a las once de la mañana. Esa es señal inequívoca de que estamos frente a un verdadero artista.
—Mira cómo escribe ahora sobre una servilleta. Seguro es de esos tipos geniales a los que cuando están inspirados nunca les alcanza el papel.
Sí. Esto lo escribo sobre una servilleta. Tuve que fingir que mi cuaderno se había terminado y pedirle unas a la mesera porque el cretino del otro lado del café ahora está ojeando un ejemplar desgastado de Dublineses y ya me robó la atención de la susodicha. Escribir en servilletas es muy romántico y extravagante pero sumamente incómodo. Se rompen con demasiada facilidad y caben muy pocas palabras en ellas. Solamente en este último párrafo he utilizado cuatro y el resto están en condiciones lamentables porque para variar con la salsa del huevo la barba me quedó hecha un batidillo.
Lo de la servilleta no funcionó. La chica sigue haciéndole ojitos al pendejo de Dublineses y ahora me siento bastante estúpido. Se me terminaron las servilletas, se me están empezando a subir los whiskys y para acabarla de joder tengo la barba bañada de salsa verde. También tuve que empezar a escribir en mi teléfono, que es precisamente lo que quería evitar. Ahora es cuando me vendría bien ser un escritor famoso y que en este momento alguien se acercara a pedirme que le firmara un libro. Eso sin duda recuperaría la atención de la chica. Lo más que se me ocurre es sacar uno de los ejemplares del libro de poesía que publiqué hace unos años y que siempre traigo en la mochila (porque no se encuentran en tiendas), entregárselo al mesero y pedirle que me traiga la cuenta escondida dentro.
Ya está. El mesero me va a seguir la corriente. Tuve que agregarle un billete de doscientos pesos porque al parecer un libro gratis de poesía no es suficiente paga para él, pero con esto sin duda la chica es mía. Ahora sólo espero que la tarjeta pase.
¡Pero qué lugar más pinche caro! Logré llamar la atención de la chica pero me costó mucho trabajo fingir alegría y satisfacción cuando en lugar de mi libro lo que firmé fue una cuenta de casi 500 pesos. Esos cinco whiskys resultaron un auténtico atraco y ahora que lo pienso no me siento muy bien. Acaban de dar las doce y media del día y ya estoy un poco borracho.
La perdí. El cretino de enfrente se acaba de acercar a su mesa y le declamó un poema que supuestamente le acababa de escribir. No me ayuda la borrachera, que al parecer es muy evidente porque desde hace un rato el resto de los comensales me miran con cierto desprecio. Se nota que nunca han conocido a un verdadero artista. Por mí se pueden ir mucho a la mierda todos, incluida la chica guapa y el poeta maldito que me la robó.
Al parecer eso último lo grité en lugar de escribirlo porque ya amenazaron con llamar a una patrulla. Hora de emprender la retirada. Hasta la próxima, queridos lectores.
En año 2010, Fabiola Valdés, una de las integrantes del Colectivo La Piedra en Cuernavaca, propuso realizar un ciclo de lecturas que ofreciera una muestra amplia de la obra joven que se producía en Morelos y el centro del país de forma anual. La propuesta era simple: lecturas de obra, mesas de venta editorial y diálogo con el público asistente Se eligieron cuatro “géneros” literarios: cuento, poesía, minificción y varia invención (performance, medios alternativos, improvisación), posteriormente se pidió apoyo a cuatro cafés culturales o centros alternativos de cultura en la capital de Morelos, para llevar acabo las lecturas. La primera se llevó a cabo ese mismo 2010. Participaron en cuento Lorena Aguilar, Ana Martínez Casas, Luis Marín, Irsa Morrigan; en poesía: Sergio D. Lara, Jerónimo E. Gómez, Natalia Correa, Edgar Artaud, Leonardo de Ononvide y yo; y en varia invención y minificción: Montserrat Ocampo, Sergio Leal, Bárbara Durán, Edith Esquivel, Yeni Rueda, entre otros.
La primera edición fue local, salvo por la participación de un autor de Taxco. Esa edición recibió mucha visibilidad ya que los asistentes deseaban conocer la obra de jóvenes autores que comenzaban a publicar en revistas como La Piedra o Moria, y que planteaban un acercamiento más lúdico y divertido al mundo de la literatura. Desde un inicio se decidió que las lecturas estuvieran libres de solemnidad y fomentar la convivencia con el público. A veces esto significa cercanía, diálogo, y otras veces un cambio en el rol creativo. Al final de cada lectura se realizó una actividad en la que el público debía escribir, crear algo, o se dejaba el micrófono abierto para aquellos que desearan salir del clóset literario. También se apostó por las nuevas formas de difundir y de compartir la literatura: performance, música, slams de poesía, medios electrónicos, lecturas vía skype, pastiches literarios, colaboraciones, homenajes a otros autores como Fito Páez o Arduro Suaves (un representante del género conocido como periquete).
Se llevaron a cabo tres ediciones más. En las siguientes, quizá por la visibilidad del Colectivo La Piedra y la colaboración que tuvo con otros colectivos del país como La red de los poetas salvajes, Poesía y Trayecto o Los Intransigentes de Tijuana, la plantilla de autores se nutrió de un humus más diverso y se abrió el panorama local a nuevas posibilidades tanto literarias como explorativas del lenguaje, además de que cada tertulia era la oportunidad perfecta para conocer el trabajo de los colegas y de ponerse al corriente con las publicaciones de las editoriales independientes, alternativas, cartoneras o artesanales.
Entre los autores que formaron parte de las Tertulias Literarias: 4 letras estaban: Gerardo Grande, Alma Karla Sandoval, Citlali Ferrer, Efraím Blanco, Óscar Zapata, Eduardo Islas, Gustavo de Paredes, Aurelio Meza, José Quezada, el colectivo Poesía y Trayecto, Josué García, Alina Etchegaray, Daniel Zetina, Alfonso Pedraza, Amaury Colmenares, Eric Uribares, Leonardo Ortega, Mónica Puyhol, Ricardo Árce, Marina Ruíz, Edmeé García, Karloz Atl, Mir Ponce, Ana Velarde, Lauri García Dueñas, Ibán de León, Ángel Cuevas, entre muchos otros. Además, durante la tercera edición se abrió una fecha más para dedicar una lectura a un autor con mayor trayectoria. Y en esa ocasión se invitó al poeta, León Guillermo Gutiérrez.
Muchos centros culturales apoyaron las Tertulias Literarias, y muchos de ellos desaparecieron con el tiempo, como también algunos autores jóvenes emprendieron otra búsqueda fuera de las letras. La gran mayoría de los participantes aún producen obra y algunos se posicionan como autores imprescindibles de la geografía nacional.
Este 2015, tras la muerte y desaparición del Colectivo La Piedra, la misma fundadora del proyecto de las Tertulias Literarias: 4 Letras, decidió regenerar el proyecto y organizarlo de nuevo, todo esto tras una intensa sequía de presentaciones literarias y pese a que los autores morelenses publican con mayor frecuencia en medios nacionales, o que los proyectos editoriales han captado la atención de las ferias más importantes del país.
Las Tertulias Literarias: 4 letras en su edición 2015 comienzan este jueves 23 de abril con la lectura de Minificción en Café del Paraíso, participan: Roberto Abad, Daniel Zetina, Eduardo Oyervides y Jan Olvera. Continúa el 30 de abril en Talabot con las lecturas de Sergio D. Lara, Cuauhtémoc Camilo Delgado, Mir Ponce, Edgar Artaud y conmigo. El 7 de mayo en Pepe el Toro se llevará a cabo la tertulia de cuento corto con la presencia de Diego Gallardo, Amaury Colmenares, Efraím Blanco y Yoko Ñim, para Varia Invención en sie7eocho se convocó a Mariana Rodríguez, Marina Ruiz, Jerónimo E. Gómez Cuadra y. finalmente, la lectura magistral de este año está dedicada a la poeta, pintora y ganadora del Premio Iberoamericano de Poesía Carlos Pellicer, Kenia Cano, esto ocurrirá el 21 de mayo en L´Arrosoir d´Arthur. Todas las lecturas son por cooperación voluntaria e inician a las 19 horas. Así que los jueves de abril y mayo están dedicados a las letras morelenses, además de apoyar a los cafés, centros culturales y espacios de arte que se suman a este proyecto independiente, nacido de la pasión de jóvenes por llevar la literatura a sitios poco comunes.
Todavía no sé si atribuir al destino o al azar haber conocido en México a Roicki, mientras ambos, tipos distantes, cursábamos una maestría en la Universidad Nacional. Él, de Cracovia, era un rubio afectado, poco varonil y, como yo, devoto de Kafka (debo confesar que pertenezco a esa secta que defiende a aquel autor como a un padre o a un hijo).
Roicki estaba empecinado en investigar temas de pobreza y burocracia. Relacionaba sus estudios de la crisis mexicana con la situación checa y la polaca debido a algún afán sociológico. Kafka salía a relucir siempre en nuestras charlas y ejemplificaba sus apuntes. Era buen bebedor y en un antrillo cercano a Ciudad Universitaria prometimos que un día nos reencontraríamos en Praga. Él la conocía bien e incluso era asiduo de los santuarios kafkianos, eso puso en tela de juicio mi convicción, no sé si infundada, de que los polacos detestan a los checos.
Cuando volvió a Polonia, un par de años más tarde, seguimos en contacto mediante correo electrónico. Desde la distancia me compartía los avances de su investigación que, lejos de la sociología, cada vez se convertía más en una antropología literaria enfocada en el autor de La metamorfosis. Me decía que le parecía extraordinario cómo el burócrata que escribió ese libro, hombre plomizo y mecánico por fuerza, hubiera podido plasmar esa especie de sabiduría universal en sus textos. Vamos, decía, «no es que un hombre común no sea capaz de hacerlo: Cervantes, Dostoievski, tantos más, lo han sido, sin embargo Kafka despierta sospechas de una iniciación en algo que no me deja creer del todo en su genialidad, sino en sus ganas de comunicar mucho más que su angustia, desde una erudición inocultable», reflexionaba.
En esos tiempos, con el fin de documentar sus sospechas, Roicki ansiaba conocer el contenido de la maleta que Max Brod, el mejor amigo de Kafka, había librado del destino de cenizas al que la había condenado la inseguridad de Franz. Brod, me decía Roicki, era un tipo genial, frío, atrevido: había desobedecido a Kafka en cuanto a destruir su legado. Por desgracia, la obra aún era conocida de manera parcial y lo que restaba en el fondo de aquella valija no era público: había ido a parar a las manos de la hija de la secretaria de Brod. Ahí, decía Roicki, debía estar la clave para explicar muchas de sus ideas.
En esas especificidades se diluían nuestras diarias y largas conversaciones en chat o correo electrónico, hasta que Roicki empezó a espaciar los encuentros, luego del episodio del ensayo.
Lo había publicado en una revista inglesa comparando la obra de Brod, siempre considerado un escritor correcto pero no genial, y la de Kafka. En el perfil del segundo hallaba incongruencias interesantes y dignas de recordarse, aunque más fascinante era leer lo que argumentaba en cuanto a la colaboración que detectaba en el trabajo de ambos escritores y cuánto de uno había en la obra del otro. Cuando me hizo saber el repudio que produjo su publicación, me dijo, muy contrariado, que el ensayo había sido descalificado de forma unánime, no obstante, eso no lo atribulaba demasiado sino el accidente de su hermano, terrible: frente a Roicki fue arrollado por un auto, cerca de Kielce. El ánimo, como puede esperarse, hizo que mi amigo adquiriera un fuerte recelo hacia los demás. Poco quedó del generoso Roicki que me compartía sus indagaciones y estaba dispuesto a charlar en todo momento.
Tiempo después, a petición mía, me envió el borrador de un segundo ensayo, continuación del que había publicado. Estaba escrito en polaco y mi amigo olvidó (acaso el verbo no sea preciso) mandar también la traducción. Conozco poco de ese idioma y me esforcé en conseguir ayuda. En el escrito ponía en duda que las ideas de Kafka hubiesen surgido de un personaje tan desdibujado como lo era el ahora célebre checo. Terminé de leerlo, con la ayuda de una colega de la Universidad, el día que anunciaron el fallo judicial que arrebataba la maleta de Kafka a la hija de la secretaria de Brod y se la otorgaba a la Biblioteca Nacional de Israel, donde podría consultarse. Apenas me enteré del hecho, traté de localizar al polaco, pensando que estaría rebosante, loco de alegría, mas sucedió lo contrario. Se escondió. Tardó varios días en responder mis mensajes y sólo mandó un correo electrónico vacío cuyo subject sostenía: «Nie mogę. Nie widzę, nie wytrzyman» [Ya no puedo. No veo, no aguanto].
Ilustración de Adriana Degetau.
Mi trabajo en la Universidad Nacional me obligó, un mes después, a viajar a Praga de una manera muy oportuna para rescatar del ostracismo a Roicki. Así lo pensé y así se lo dije: le escribí anunciándole mi viaje y pidiéndole que nos encontráramos en el café del que tanto me había hablado. Como no me respondió el correo, cuando lo vi entrar al lugar, a la hora fijada, me sorprendió que atendiera a mi llamado. Apenas lo reconocí. Era otro Roicki, uno enfermo, con aire desahuciado. Sus ojos turquesa se habían enturbiado, no exagero si digo que me recordaron un cielo en temporal, quizá contaminados por la sombra de las cuencas voraces que casi tragaban esa mirada tan atractiva a las mujeres de mi país. Sus largos dedos se habían agarrotado y todo él olía mal.
Al saludarlo creí que había iniciado el proceso hacia la metamorfosis. No se lo dije: la broma habría caído muy mal, como todas las que evidencian algo muy cercano a la realidad.
Entró dubitante, asustado. Había pocos parroquianos, era un local pequeño, un café de barrio, y su presencia fue advertida con facilidad. Me contó que se sentía acosado desde la publicación de sus ensayos por cierto tipo de fanáticos de Kafka. Había sido amenazado y temía que alguien lo matara. «¿Ves a esos de allá?, me siguen», dijo. «Alucinas», respondí. No miré a quienes me señalaba. «¿Qué podría haber de malo en tus trabajos como para que alguien quisiera hacerte daño, quiénes?», traté de tranquilizarlo con esa cuestión básica.
El hombre me sostuvo la mirada varios segundos. Percibí un leve tremor en sus labios entornados.
Sacó un legajo de recortes y apuntes de entre su abrigo raído. Trazó un mapa fantástico de relaciones, fechas, escritos e interpretaciones de la obra de Brod, entrecruzada con la de Kafka (la complejidad de lo expuesto y mi asombro al conocerlo me impiden repetir de forma ordenada lo que trató de expresarme), cuya columna vertebral era su convicción de que Max Brod había sido el verdadero autor de la obra que le imputó al otro, a su amigo, a ese escritor menor que, muerto ya, jamás podría desmentir su autoría de El Proceso, de El Castillo, obras que a un escritor vivo, lejos de la celebridad, le habrían acarreado otro tipo de distracciones; así, la minuciosa mente de Brod pudo llevar a cumplimiento su plan genial, anunciado una y otra vez en las transfiguraciones y la lucha por la libertad que tanto inquietaban a Kafka, el supuesto autor. La treta del trabajo no quemado, añadió Roicki, fue un buen golpe que le permitió a Brod ser el mejor promotor de su propia obra. Cuando concluyó, me miró y, al ver mi impasibilidad, empezó a temblar.
Guardé silencio. El mozo nos trajo dos infusiones humeantes y preguntó algo que no entendí. Negué con un ademán. Roicki me miraba, ya muy nervioso, y alternaba sus ojos entre mi lugar y el par de hombres que antes me había señalado. Estábamos flanqueados por ellos, desde mesas cercanas.
Traté de calmarlo. Con la mayor sutileza de la que fui dueño en ese instante, le deslicé que no sabía en qué medida le había afectado la muerte del hermano, le pedí que se aquietara y no repitiera ante nadie lo que me había relatado. Yo podría olvidarme de todo; era un fútil argumento que lo dañaría.
«Por eso vine, por lo que le hicieron a mi hermano; entendí el mensaje. Sé que van a matarme», gruñó, enfadado.
Traté de enfriar la situación con un poco de silencio. Comenzó a llorar. Dejé que se desahogara durante algunos minutos y, cuando empezó a serenarse, le ofrecí acudir a la policía, con la prensa, al lugar donde se sintiera más seguro, pero que tratara de calmarse: «Te acompañaré a tu casa, a que te duches, que comas algo y después iremos a donde quieras. En ese estado desconfiarán de ti, pensarán que estás trastornado», sugerí. Al escuchar mi última palabra me miró con desprecio.
«Únicamente dime una cosa: ¿estás seguro de lo que dices, puedes acusar a alguien?», pregunté. Bajó la mirada. Respondió que eso sería inútil: «Tú mejor que nadie sabes de qué se trata», dijo. No sólo sospechaba, sino que estaba seguro de la existencia de una especie de logia que defendía el secreto del verdadero Kafka. Explicó, ya con resignación, que durante su estancia en México, mi interés y mi conducta hacia el autor checo lo habían hecho dudar, al principio, acerca de la amplitud de esa presunta red. Mi presencia en Praga confirmaba sus sospechas: había entendido a qué se debió el accidente de su hermano y no sería tan estúpido, enfatizó, para publicar un ensayo más: «Puedo probar todo lo que digo, mas no lo haré, no quiero que me maten», indicó y me entregó lo que, dijo, eran «las pruebas» mientras sacaba más y más papeles de su abrigo pestilente. Añadió que, si quería, podía ya mismo correr a dárselas a los míos.
No me inmuté. Le dije que debía irme y llamé al mozo con la intención de pagar el par de bebidas, intactas.
«¿Te vas sin darme una respuesta? Acudí a tu llamado con la esperanza de que esto terminara de una vez, pero veo que ya han decidido mi destino», me espetó entre gimoteos y aventó contra un muro cercano una de las tazas que no habían sido tocadas sobre la mesa. Todos lo miraron. Me petrifiqué. Ante mi inmovilidad, jugó su última carta: empuñó un cuchillo que guardaba en su cintura. Me dio lástima. No quise fingir que me había asustado, ni siquiera cuando blandió el arma y se me echó encima. Los hombres a los que él temía lo contuvieron con rapidez, lo sujetaron y me miraron expectantes. No intentó zafarse, parecía un animal sin noción de libertad. Su rostro era una pálida máscara carente de expresión, daba lástima verlo así, abandonado, como si hubiese empezado a morir. Yo recordé y recité el inicio de El proceso: «Alguien tenía que haber calumniado a Josef K, pues fue detenido una mañana sin haber hecho nada malo». Los hombres se llevaron al polaco aduciendo que eran policías y estaban siguiendo la pista de este «terrorista». Los parroquianos apenas se inmutaron y pronto volvieron a hablar de sus asuntos. Roicki se convirtió, así, en nada. Nunca volví a verlo y no conozco a otro que se haya atrevido a sostener (ni a divulgar) su absurda tesis, fue como una purificación para quienes adoramos a Kafka, al único, al de siempre.