Tierra Adentro
Fotos tomadas de las páginas de cada banda

A través de los años se ha tratado de minimizar a las comunidades originarias de nuestro país. A pesar de esto, varias agrupaciones han logrado crear un espacio de resistencia donde muestran que sus lenguas existen y no hay razón para apartarlas del panorama musical mexicano. Aarón Enríquez da cuenta de algunas bandas que decidieron cantar en su lengua materna.

 

Un pueblo que no encuentra su voz es un pueblo que no existe. La falta de arraigo e identidad es un tema que han padecido las distintas culturas indígenas a lo largo del país: pueblos que han sido invisibilizados por la cultura occidental, cuyos habitantes se han visto invadidos por una lengua, unas costumbres y una cos­movisión que no son suyas. Sin embargo, la cultura no se crea de forma espontánea. La cultura no sólo es la tierra y las raíces, tam­bién es la gente que vive y cohabita con las distintas expresiones a las que es expuesta, que se mueve dentro de ellas, las mastica, las reinterpreta y, posteriormente, las escupe; pero no como una forma de rechazo, sino como apropiación.

Desde 2010 se ha impulsado el programa De Tradición y Nuevas Rolas, a través del Conaculta, que ha contado con la participación de gente como Roco de la Maldita Vecindad, Guillermo Briseño y Juan Gregorio Regino, director de Desarrollo Intercultural de la Dirección General de Culturas Populares, quienes se preocu­pan por vincular el rock y otros ritmos con el rescate de las len­guas indígenas. Esta iniciativa se ha dado a la tarea de difundir a distintas bandas de pueblos como el wirrárika, maya, mixteco, náhuatl, purépecha, tlapaneco, yokot’an, zapoteco y zoque. El pro­grama ha realizado conciertos a lo largo del país para impulsar el movimiento.

Gracias a esto, se consiguió una apertura importante para agru­paciones indígenas de música contemporánea provenientes de distintos estados; algunos, incluso, participaron en el Vive Latino 2014 dentro del Foro Raíces, un espacio dedicado específicamente para ellos. En él estuvieron presentes grupos como Sak Tzevul y Yibel Jmetik Banamil, Noesis, Pat Boy, Lumaltok, Soma-Skanker, El Rapero de Tlapa, Xaam Xuxp y Hektal (reggae tsotsil).

Chiapas es el estado en el que más se ha explorado el movi­miento musical contemporáneo de raíces indígenas. De ahí, en 1996, surgió Sak Tzevul, una de las primeras agrupaciones que asumieron su identidad y su lengua a través de música apegada a las raíces del blues, el rock y ritmos que consumieron desde su adolescencia. El líder de la agrupación, Damián Martínez, ha ex­plicado lo complicado que ha sido para ellos hacer rock en tsotsil, su lengua materna, principalmente porque la gente mayor piensa que una expresión artística en su idioma pero con influencias de culturas ajenas a la suya es una invasión a su cultura. Esta apro­piación ha servido para que Sak Tzebul no solamente haya tras­cendido las fronteras de su propia tierra y dado a conocer parte de su cultura en otras latitudes, sino también para reivindicar su identidad. Damián Martínez, además, mantiene una relación con la violinista y orquestista japonesa Rie Watanabe, quien for­ma parte de la agrupación desde 2007 y que le da una personali­dad más global a la banda, al tiempo que refuerza la idea de que es posible crear música contemporánea sin dejar de respetar la raíz tsotsil. Sak Tzebul también funciona como una escuela de música que brinda herramientas a jóvenes y niños interesados en desarrollar sus habilidades como músicos con la ideología y las tradiciones de su propia cultura.

Fotos tomadas de las páginas de cada banda

Fotos tomadas de las páginas de cada banda

De San Juan Chamula proviene una de las bandas que mayor reconocimiento ha logrado como exponente del rock en lengua in­dígena. Vayijel, cuyo nombre significa «espíritu animal guardián», logró participar en el festival Cumbre Tajín 2014, compartiendo cartel con bandas como Puscifer, Primus y Tool, aunque recibió burlas e incluso rechazo de algunos habitantes que veían en ellos un esfuerzo infructuoso e incluso risible por tocar rock. Vayijel empezó a ganar visibilidad gracias a un video que subieron a You­Tube de la canción «Kux-Kux». Con una influencia dark, el clip hace alusión a la aparición de las lechuzas como premonición de algo negativo. Recientemente estrenaron el video para la canción «J-ilol», de mucho mejor manufactura y con un sonido distinto, que remite más a Austin TV o a Sigur Rós.

Algo característico de los grupos de rock indígenas es que ge­neran su música de forma intuitiva, aunque quizá exista cierto debate sobre la falta de academia que presentan la mayoría de las agrupaciones. Ellos hablan francamente al afirmar que su acer­camiento al rock se dio de forma muy natural, sin mayor pre­tensión que tocar lo que ellos sienten y de la manera en que les gusta. Aunque en la cultura musical occidental existe una ten­dencia a profesionalizar a los músicos en aspectos como la téc­nica, la producción o la ingeniería de audio, la realidad es que el rock siempre es de espíritu libre en el sentido de hacer las cosas sin más pretensión que el «hazlo tú mismo». La actitud indie de producir su propia música e incluso encontrar sus propios cana­les de distribución es lo que atrae del rock indígena actual y de fenómenos como el de Vayijel, pues habla de la forma en que las comunidades viven la modernidad y han incorporado a su vida ciertos elementos de la cultura de Occidente para alzar la voz y hacerse escuchar en la aldea global. Aunque en su entorno nada parece cambiar demasiado, la realidad es que al exterior hay miles de personas que los voltean a ver.

EL ROCK MEXICANO

Para los exponentes del rock nacional de habla hispana, el tema de las lenguas, los ritmos y la cultura indígenas ha sido explora­do recurrentemente. Diversas agrupaciones han experimentado más allá de darle cierto sello de mexicanidad a su sonido: desde Café Tacvba y Caifanes, hasta agrupaciones más recientes como Centavrvus, que ha llevado un paso más allá la incorporación de elementos de música tradicional para lograr un sonido moderno o contemporáneo. También ha habido quienes, en su búsqueda por dar visibilidad a los pueblos indígenas, han realizado proyectos como el Sonidero Mestizo de Roco Pachukote, Moyenei Valdés y Yoku Arellano; o el A+C (Arreola + Carballo) que conforman los hermanos Chema y Alonso Arreola con el poeta Mardonio Car­ballo, quien retoma poemas hablados en náhuatl para hacer este ensamble experimental de jazz y sonidos electrónicos —un pro­yecto de calidad superior que flota entre los demás sonidos que retoman la lengua y culturas indígenas.

La reinterpretación de la cultura contemporánea en los pueblos indígenas no es algo que haya surgido de forma espontánea, pues el choque intercultural que generan las condiciones geográficas y socioeconómicas, tanto del país como del mundo, provoca que los jóvenes mantengan un contacto permanente con ciertas ex­presiones musicales que para el mundo occidental son muy co­munes (como el rock, el rap, el reggae o el hip-hop) desde hace décadas. El uso de internet, el sentido global que ha adquirido la cultura popular y la migración masiva que se vive en distintas zonas indígenas del país generan esta coalición de culturas que, con el tiempo, tendría que traer consigo híbridos impensables quizá hace cincuenta años.

HIP-HOP DE LA MONTAÑA

En este intercambio cultural detonado por la migración se ha generado el brote del rap y el hip-hop de origen indígena. Entre los exponentes más reconocidos está el colectivo guerrerense El Rapero de Tlapa, encabezado por Gonzalo Candia Moreno. Como el propio Gonzalo ha mencionado en entrevistas, su gusto por el rap surgió después de haber escuchado a MC Hammer en la gra­badora de un amigo que regresaba a Tlapa tras una temporada en «el gabacho». Cuando llegó su oportunidad de cruzar la frontera para buscar mejor suerte, El Rapero de Tlapa regresó convencido de que el estilo gangsta era lo mejor para él. Aunque las cancio­nes de su proyecto musical, además de retomar su lengua, hablan sobre la cultura y las problemáticas de su pueblo con un mensaje de paz, es innegable la influencia del gangsta rap, del g-funk y el rap chicano en su propuesta. El dj que lo acompaña, sin estudios sobre producción musical, simplemente se dedica a soltar el beat que considere adecuado, siempre que sea del agrado de los demás miembros del colectivo.

Existen otros colectivos, como los Slajem K’op, originarios, tam­bién, de San Juan Chamula, quienes ya preparan una colaboración con el grupo Centavrvs, en la que se incluirá su rap tsotsil. En otras latitudes, como Ixmiquilpan, Hidalgo, también surgen propues­tas: un par de ejemplos son Domingo Acosta y dj Héctor Beat, quienes fusionan algunos sonidos propios de la zona con música electrónica, rapeados en lengua hñahñú, influidos también por el intercambio cultural derivado de la alta migración en la zona. Esta situación se replica en estados como Oaxaca o Michoacán.

Fotos tomadas de las páginas de cada banda

Fotos tomadas de las páginas de cada banda

REIVINDICACIÓN DE LA LENGUA

Es innegable la apertura que tiene la música contemporánea que reivindica las lenguas autóctonas en la escena musical. Venimos de presenciar una actuación excepcional por parte de Sak Tzevul en el Festival Cumbre Tajín 2015; incluso el cineasta hidalguense Benjamín Romero prepara un documental sobre la misma banda, que se titulará Esta no es una película de rockstars, algo impensable hace no mucho tiempo. Por fortuna, el espacio no alcanza para mencionar a todos los exponentes y movimientos que surgen en distintas zonas del país, provenientes de cada una de las regio­nes con población indígena y representantes de las lenguas que se hablan actualmente en México.

Aunque el camino para una banda de música contemporánea en lengua indígena es sinuoso, habrá que apelar a la resistencia de los pueblos y sus artistas, y a la sensibilidad de quienes esta­mos ávidos de nuevas propuestas. Así no se desvanecerá su voz.

 


Autores
(Ciudad de México, 1983) colabora en Marvin y Rayuela, suplemento cultural de El Sol de Hidalgo. Escribe y edita en Planisferiomx.

La introducción de la fotografía a las galerías ha permitido observar cómo es que los artistas hacen uso de este medio para expresar una serie de ideas con respecto a un tema en específico. También responde a su búsqueda por difundir su obra (con ello su forma de entender y de apropiarse del mundo), para posicionarla en el mercado del arte y abrirse lugar dentro del mundo artístico- cultural. La interpretación que el público hace de la obra de un fotógrafo queda a cargo de éste en su función de artista y del equipo que conforma la galería en la que se expone. Ésta, al igual que un museo, tiene como función enseñar y educar el ojo del público a través del discurso que sustenta cada exposición. De ser así, ¿qué lugar ocupa la lectura de una imagen en función de la recepción emotiva que cause a primera vista? ¿Es necesario que los expertos en arte y los artistas guíen la interpretación del espectador al plantarse de cara a la obra?

La fotografía, menciona Serge Tisseron, antes de ser una imagen es una forma de participación empática con el mundo. Es decir, el fotógrafo —más que fijar y eternizar el mundo— se encarga de ir con él en una especie de acompañamiento a modo de testigo. Tisseron también afirma que aquel que piensa que la fotografía es un objeto a «descifrar» no puede más que sentirse irremediablemente excluido por la distancia que se crea entre la fotografía y el observador,[1] pensando sobre todo en la brecha ideológica que existe entre ambos. Se trata de una exclusión a nivel discursivo, una cuestión comunicativa, ya que los modos de apropiación de la fotografía serán distintos en función de cómo el espectador observa la obra, puede ser desde una experiencia sensible o desde una experiencia más bien intelectual y analítica. Para estos últimos será indispensable la mediación de un experto que guie la interpretación del discurso que hay detrás de las fotografías de autor. El discurso que los expertos generen, moldea y limita las apropiaciones del público, pero a su vez permite crear un diálogo más directo entre el fotógrafo, la obra y el espectador.

Muchas veces los fotógrafos-artistas mencionan que el público debe interpretar su obra de manera libre, teniendo en mente la idea de que la imagen por sí misma es un mensaje que puede tener varias lecturas. Incluso dejan de lado la idea de que su obra deba ser explicada con un texto curatorial, o con un título que acompañe sus imágenes de manera individual o en una serie. Sin embargo, me parece que esto genera espectadores pasivos, en el sentido de que no dialogan con el autor a través de las fotografías. Sin una explicación que establezca un puente a nivel conceptual entre el artista y el espectador, la obra queda reducida a su recepción a través de la experiencia emotiva.

Las imágenes pueden necesitar de una o de varias voces. «La imagen no es nada por fuera de su lectura y no existe la mirada naif. […] toda imagen fotográfica propuesta por un fotógrafo es una reconstrucción de lo real, y esta misma imagen vista por un espectador ya es otra imagen».[2] Las fotografías dicen lo que el fotógrafo quiso decir de la forma en la que pretendió que el espectador lo entendiera, para generar otra interpretación para el espectador, además de la subjetiva. «El análisis de toda imagen puede entonces desplegarse en dos direcciones complementarias: hacia su producción, de un lado, y hacia sus efectos, del otro».[3] Así, la fotografía puede establecer un dialogo en el que el fotógrafo y el espectador forman parte activa de la conversación (aunque esto signifique que exista cierta normalización de la lectura).

Un artista que usa la fotografía para crear arte debe tener en mente la recepción que tendrá su obra. Un claro ejemplo de ello fueron los retratos que realizara el fotógrafo alemán Thomas Ruff entre 1981 y 1985 para su proyecto Portraits. Un año después de que finalizara el proyecto, Ruff comenzó a experimentar con fotografías en gran formato, creando cierta conciencia entre los espectadores de que lo que miraban no era un fragmento de realidad, sino una fotografía. Ruff comenta lo siguiente sobre su experiencia en el cambio que hubo en la recepción de su obra gracias al cambio de formato:

La gente señalaba las fotografías diciendo «esa es una buena foto de Peter. Oh, ese es Heinz. Ese es Pier», y siempre tenía que decirles: «No, ese no es Peter, ese no es Heinz, ese no es Pier. Esa es una fotografía de ellos». Me di cuenta de que la gente mira a través de la fotografía y no entendía que estaba viendo una fotografía […]. Ignoran el medio […]. No fue exactamente por eso, pero en 1986 decidí hacer los retratos muy grandes y eso ayudó mucho porque ya la gente no decía «ah, ese es Peter», sino que decía «ah, esa es una fotografía grande de Peter». Así que fue la primera vez que se dieron cuenta de que estaban viendo una fotografía.[4]

Se puede observar cómo la recepción de la obra por parte del público va a estar influida por el trabajo del fotógrafo, de los museógrafos y curadores que se encarguen de concebir la exposición dentro de la galería. La fotografía y el sentido discursivo del fotógrafo, al ser un medio por el cual se conciben proyectos de arte, es inherente del discurso museístico, que en palabras del crítico de fotografía Joan Fontcuberta, disciplina y entretiene al público participando activamente en la transmisión de ideologías dominantes.[5] A pesar del trabajo de curaduría en mancuerna con la obra del fotógrafo-artista, la transmisión-recepción de ideas no puede ser controlada completamente, y las reacciones emocionales y psicológicas que se desprendan de la lectura de cada espectador favorecerán la apropiación y la lectura más variada y rica de las imágenes.

 

 


[1] Serge Tisseron, “Los imaginarios de la fotografía”, Trad. Rodrigo Zúñiga, en Le mystere de la chambre claire. Photographie et inconscient, pág. 9.

[2] Ibid.

[3] Ibid.

[4] Lisa Blackmore, conferencia “La fotografía contemporánea como discurso artístico”.

[5]> Joan Fontcuberta en entrevista con Paula Achiaga para El cultural http://www.elcultural.com/noticias/arte/Joan-Fontcuberta-Hacen-falta-nacimientos-y-muertes-tambien-en-la-fotografia/7415


Autores
(Distrito Federal, 1991) estudió Historia en la Universidad Autónoma del Estado de Morelos. Durante su carrera enfocó sus investigaciones a la fotografía del México decimonónico. Ha tomado cursos de retrato y fotografía digital en la Escuela Activa de fotografía y en la Facultad de Artes de la UAEM.
Ilustraciones de Dr. Alderete

¿Existe mercado para el rock mexicano en la era del streaming? Alejandro González Castillo visita a Rafael González, Sal Toache y Hugo Coyote Millanes, los tres músicos y productores, para responder a la interrogante en un recorrido por los sellos discográficos, los visionarios y las bandas que han moldeado la escena musical independiente de los últimos años.

 

Grabar un disco, colocarlo en los estantes de las tiendas especializadas y conseguir promoción en estaciones de radio, revistas y televisión lucía como una hazaña sobrenatural digna de ser contada en un libro de aventuras cósmicas. Así de árido fue el rock mexicano durante décadas. Mucho tuvo que ver la crimina­lización del rock que hizo el gobierno a lo largo de los años seten­ta y al hecho de vivir en un país tropical, salsero y amante de la cumbia que, para infortunio de los fundamentalistas del rock, se encuentra alejado de la niebla londinense y del olor a gasolina de las carreteras de Estados Unidos. Sin embargo, la democrati­zación tecnológica que arrancó con el internet permitió que mu­chos músicos evadieran a los grandes medios de comunicación, los altos costos de los estudios de grabación y los tratos mañosos que ofrecían los sellos discográficos para que la escenografía cambiara de facha.

Actualmente, hay artistas que graban sus discos encerrados en sus habitaciones, suben su obra a la red —con frecuencia para ser descargada gratuitamente— y en poco tiempo ésta puede escu­charse en cualquier parte del mundo para ser reseñada y reco­mendada por expertos en el tema. Esta es una de las múltiples formas de trabajo que conoce la escena independiente (indie, di­rían los avezados), donde los creadores, argumentan ellos mismos, llevan la batuta de todos los movimientos que generan alrede­dor de su música, desde la edición de playeras alusivas y la elaboración de contratos para presentarse en directo, hasta la produc­ción de discos, esos platos que los aferrados siguen haciendo gi­rar porque todavía existen sujetos que prefieren hacer las cosas a la antigua, recurrir a los viejos modelos, visitar un estudio de grabación para editar discos físicamente que los escuchas pue­dan presumir en las repisas de su hogar.

Varias preguntas saltan a la vista: ¿es complicado que un músi­co de rock independiente consiga la firma de un sello disquero?, ¿cuánto cuesta grabar un disco?, ¿qué lugar ocupan los sellos discográficos en la era del streaming?

Discos Intolerancia tiene más de veinte años de historia y su catálogo rebasa los trescientos títulos. La disquera ha proyecta­do a grupos como La Gusana Ciega, Yokozuna, San Pascualito Rey, Los Esquizitos, Carla Morrison y Lost Acapulco, entre otros. Sal Toache, uno de los artífices del sello, considera que el rock mexicano está relacionado con géneros musicales distantes del que popularizó Elvis, de modo que prefiere definir dicho género independiente «como una actitud ante la industria y los medios de comunicación; una alternativa». Con eso como fundamento, explica que la disquera busca firmar «proyectos que más allá de la clase de música que hagan, ofrezcan muestras claras de que creen en su arte para así comprometerse con el desarrollo de su música. Porque no nos interesa sólo poner discos a la venta, sino crecer con las bandas. Si estos objetivos se cumplen, nosotros felices».

Pero, ¿con talento y honestidad se está del otro lado, se puede hablar de que se pisa el primer peldaño hacia el éxito, tanto para el artista como para el empresario? Porque es común que los se­llos firmen a creadores que prometen y que, al final, sólo traen pérdidas económicas. Rafael González Villegas, además de ser miembro de la HH Botellita de Jerez y contar con un proyecto so­lista bajo el apelativo de Sr. González, fue fundador de AntíDOTO, un sello discográfico que editó álbumes de Monocordio, Fratta y Dildo (hoy DLD), aunque también trabajó con otros grupos que, según el propio Rafael, «fueron un fracaso total». Y es que suce­de que no basta con el talento y la honestidad. Para aclarar el punto, González desenmaraña los movimientos de billetes que tienen lugar en una operación disquera: «Tú produces un disco que te sale en X cantidad de dinero, luego lo mandas maquilar para dirigirte con un distribuidor que te compra el producto, por ejemplo, a treinta y cinco pesos; este distribuidor, a su vez, vende el disco a las tiendas al doble del precio, es decir, como a seten­ta pesos; finalmente, la tienda termina ofreciéndolo al público a ciento cuarenta pesos. Así que el precio se va duplicando confor­me avanza la cadena».

Ilustraciones de Dr. Alderete

Ilustraciones de Dr. Alderete

Con datos así de contundentes queda claro que vender dis­cos de rock está lejos de ser un negocio redondo, sino un asunto riesgoso, un acto de fe. Rafael apunta que el caso de Ensamble Galileo (un proyecto alterno de Rita Guerrero que ejecutaba mú­sica medieval) fue «curioso, porque se trató de uno de los discos que más vendieron y mejores ganancias generaron en AntíDOTO debido a sus características, ya que dicho grupo hizo álbumes de música antigua que no pagan regalías autorales y, por otro lado, se asoman como productos alejados de cualquier moda, discos que con el paso del tiempo pueden seguir vendiéndose». El ejem­plo es medular si se apunta lo que ocurre con Intolerancia y Juan Cirerol y Carla Morrison, quienes, pese a no tocar rock, cuentan con seguidores que simpatizan con dicho género. Ambos son exponentes que venden, aunque su excepcional ejemplo no ha significado que disqueras trasnacionales como Universal o Sony Music hayan bajado los brazos para cambiar de estrategia. «Los sellos grandes siguen firmando a grupos de rock en el sentido clásico del término (guitarras y bajo eléctricos, batería y distor­sión), tantos como antes. Recientemente los hemos visto jalando a bandas que vienen de la independencia», advierte Sal. Ahí están Los Daniels y Comisario Pantera para certificarlo.

Para Toache, el tema de la venta de discos tiene pros y contras. Se trata de «un formato que, pese a los problemas de la piratería, está vigente y sigue siendo un modelo de negocio que eventual­mente ofrece utilidades». Para ciertas empresas, vender discos es redituable gracias a la relación que los artistas sostienen con sus seguidores. Intolerancia lo pone así: «Hay artistas que tienen una relación muy fuerte con sus fans y esto permite que los for­matos físicos sigan siendo importantes. Quienes no alcanzan tal grado de conexión con sus seguidores, no retribuyen la misma cantidad de utilidades en cuanto a venta de discos». González, por otro lado, advierte que las circunstancias están cambiando, pues «los músicos que acuden a las grandes trasnacionales a la caza de una firma buscan esquemas de trabajo que van más allá de sólo editar un disco, sino trabajar con la disquera a nivel de agencia de booking o como oficina de prensa. Actualmente, la mú­sica grabada forma parte de una gran campaña de promoción, ya es como un videoclip, un elemento más de venta entre muchos otros. Estamos viviendo una transición: aunque la industria desee a como dé lugar seguir ganando dinero con mecánicas de venta en la red, ese mundo, el del internet, está fuera de control y el futuro es muy claro: la música circulará de manera libre».

Entre la serie de dificultades que editar rock en México trae consigo, la piratería no se advierte amenazante, al menos en la escena independiente. Comenta Sal: «Hay pocos discos piratas del sello Intolerancia; de hecho, cuando vimos un disco de San Pascualito Rey pirata nos sorprendimos mucho, pensamos “wow, tenemos un grupo que sí le importa a la gente”. Porque la piratería va a la segura, jamás fabrica discos que no resulten lucrativos».

La realidad es que, con o sin piratería, los discos cada vez se ven­den menos, aunque «en México esa parte del mercado se resista a desaparecer, cada vez funciona menos como negocio. Lo que viene es la venta digital. Cada vez recibo más dinero de parte del mercado virtual, de ventas en sitios como Spotify», explica Gon­zález. Desafortunadamente, el mundo virtual ofrece ganancias apenas perceptibles, pero, dice Rafael, «no es nuevo, no es algo que ocurra últimamente en internet, desde siempre las grandes empresas se han agandallado bastante. El artista ha ganado po­quito en este mercado toda la vida, no importa si hablamos de discos o descargas digitales».

¿Cómo se puede sobrevivir en un campo de trabajo tan hostil? Hugo Coyote Millanes suele presentarse en diversos foros bajo el seudónimo de Postwar Reich; tiene un disco editado en vinil (Postwar 1919), álbum autofinanciado que le permitió reciente­mente viajar a París para presentarse en directo. Hugo invirtió alrededor de sesenta mil pesos en producir su obra, recurrió a un estudio de grabación profesional y decidió editar sus copias con un cuidado trabajo gráfico. Dice que hizo «trescientos viniles que están cerca de acabarse, pues se han vendido bien. Yo mismo en­trego los discos que vendo, hago el contacto vía Facebook y me quedo de ver con el comprador en alguna estación del metro o éste viene a mi casa». Paralelamente, el disco de Postwar Reich puede encontrarse en diversas tiendas de discos de la capital del país, en pequeños locales que son visitados por sujetos que, como dice Hugo, «se atreven a comprar un formato como el del vinil porque están comprometidos con el hecho de escuchar música». En sitios como estos, Hugo se queda con 60% del costo de cada disco mientras la tienda gana el resto, de modo que las posibilidades de recuperar la inversión monetaria se encuentran muy lejos de ser palpables. «Sé que hacer un vinil es un capricho, afortunadamente tengo un trabajo que no tiene que ver con la música y gracias a esto pude darme mi lujo. Suena pretencioso, pero me gusta el concepto del amor al arte, así que jamás pensé en la posibilidad de recuperar el dinero que invertí en la graba­ción; para mí siempre se trató de dinero perdido».

Ilustraciones de Dr. Alderete

Ilustraciones de Dr. Alderete

Caifanes, Maná y Café Tacvba pertenecen al mainstream y han conseguido vivir dignamente de hacer su música, pero en la escena independiente funciona distinto. Sal explica que «quienes esta­mos dentro de la industria debemos apostar más por el desarro­llo de los artistas. Creo que a los grupos importantes de la escena ya todos los conocemos, son los que tienen presencia en todo el país, e incluso fuera de éste, y van a seguir ahí; pero a nosotros nos toca generar mecanismos que ayuden a la proliferación de artistas nuevos independientes». González, desde su perspecti­va como creador y empresario, acepta que desde que empezó a hacer su música a nivel independiente notó que «obtenía más dinero del que había cuando estaba con Botellita de Jerez en un sello trasnacional. Ahora descubro que quizá mi música no lle­ga a tanta gente, pero sí gano más dinero, y esto ha ocurrido en buena medida gracias al patrocinio de diversos negocios que, sin ser las grandes empresas trasnacionales, obtienen algún benefi­cio al aparecer como mecenas en el arte de mis discos». Hugo remata: «Nunca he andado detrás de las disqueras porque luego te ponen cláusulas extrañas o te meten a la congeladora. Alguna vez hablé con el guitarrista de Zoé y me contó que eso le pasó a su grupo con una disquera trasnacional. Pero seré sincero: si al­guien llegara a ofrecerme un buen contrato no le haría el fuchi».

Toache considera que lo que hace falta para fortalecer el mercado discográfico independiente es alcanzar «un consenso general de la industria que no sólo involucre a sellos disqueros, sino a medios de comunicación, promotores y empresarios». Desde su perspectiva, el público es quien tiene la palabra final, pues éste decide «si abarrota o no los lugares donde se presentan los grupos. Yo pienso que siempre habrá gente que estará ahí, pendiente de nuevos sonidos, sólo se requiere un consenso bien planteado de hacia dónde queremos mover esta industria para así fortalecernos todos». Para González, lo importante es que los músicos afiancen sus raíces para desenvolverse eficientemente en el medio independiente, «porque uno le apuesta a la permanencia como artista, hacerse de una base de seguidores fiel, lejos de las campañas de promoción que antes existían, las cuales generaban una moda que provocaba que muchos escuchas, a la larga, no fueran fieles a sus artistas».

Es un trabajo duro el de los sellos disqueros; una tarea ardua la de lo escuchas; un oficio incierto a nivel monetario el de los músicos. Una carrera de largo aliento que no garantiza medallas a nadie, como bien sentencia González: «En realidad, apostarle a un futuro en la independencia, al menos grabando discos, signifi­ca llevar a cabo un trabajo diario cuyos dividendos se notan poco a poco, con el paso del tiempo y tras mucho esfuerzo. Es éste un trabajo de hormiguita. Y aunque es cierto que el disco dejó de ser un negocio, la música grabada no va a desaparecer porque opera como una fotografía, como un documento cuya forma, bien o mal, vive un proceso de cambio».


Autores
(Ciudad de México, 1975) ha escrito en las principales revistas especializadas en música del país. Con David Cortés coordinó el libro 100 discos esenciales del rock mexicano. Antes de que nos olviden.

¿Leer sirve para algo? Parece una condena pensar que si los niños no leen se convierten en adultos que no leen, y que leer de joven te hace ser un mejor adulto. ¿Los niños que leen son mejores niños o serán mejores adultos? No hay una respuesta para esta pregunta. Es difícil, por no decir imposible, comprobarlo.

La idea romántica en torno a la lectura nos ha hecho más daño del que creemos. Los libros aparecen como promesas, como artículos potencialmente mágicos que necesitan ser abiertos para activarse. Las campañas de «fomento a la lectura» navegan con esta bandera y nunca especifican de qué tipo de libros están hablando, simplemente se hace alusión al acto de leer como algo revelador. Así, sin más detalles.

¿Da lo mismo leer tratados de física cuántica, manuales de procedimientos, instructivos, novelas decimonónicas o poesía contemporánea? ¿El poder lo tiene el objeto en sí o la materia de la que hablan los libros? ¿A qué tipo de libros se le atribuyen estas virtudes? Temo que muchas veces, sin saberlo, se está hablando de literatura. Porque lectura en esta acepción se relaciona con ficción, a ésta se le vincula con un acto de goce, de cambio de paradigmas y transporte a otras dimensiones. Mientras que la no-ficción aparece como un asunto relacionado con la escuela, el aprendizaje y el tedio del mundo material, la literatura parece un universo al que todos podemos entrar, basta con decodificar caracteres y seguir el hilo narrativo para que funcione. Se entiende que no se necesita algún conocimiento previo y que uno vive experiencias estéticas sólo porque sí, pero es más complicado que eso. La ficción cumple con una serie de características de estilo, forma y fondo que no pueden obviarse para aspirar a una experiencia universal de la comprensión lectora.

Los clásicos son el mejor ejemplo de lo anterior. No son para todos ni para cualquier momento, se necesitan experiencias previas de lectura o intermediación para completar y complementar dichas experiencias. De ahí los múltiples fracasos que se dan en los programas educativos cuando, a través de lecturas obligatorias, pretenden que niños y jóvenes vivan experiencias completas sin tener herramientas suficientes para aprehenderlas ni total ni parcialmente.

Las atribuciones que se le dan a la cultura escrita están rebasadas en todos los sentidos. Los libros no hacen maravillas, en sí mismos no tienen el poder de modificar algo ni encierran todas las respuestas del mundo.  Sin embargo existe la necesidad de seguir revisitando libros para plantear dilemas y repensar la condición humana. La diferencia sustancial radica en el uso que se les dan a estas obras y en cómo se pueden exprimir para hacer que sirvan para la vida. La ficción, igual que un manual o un instructivo, resuelven problemas vinculados con la realidad. A veces inmediatos y otros a largo plazo. Todos estos ejercicios implican una disposición y una toma de conciencia. La voluntad de mirar e interpretar por parte del lector no es un acto sobrenatural, es un esfuerzo que implica un trabajo ante los textos, no una asimilación inmediata de los mundos posibles.

Es necesario recordarles a las campañas de fomento a la lectura que no por leer veinte minutos al día la vida de un niño cambiará; quizá se construyan hábitos, así como se puede construir el hábito de despertar temprano, escuchar el radio por la mañanas u otras de las peores repeticiones cotidianas. Leer no nos vuelve mejores personas, no nos transporta a otros universos ni nos unen a nuestras familias. No hay forma de que eso suceda con el simple acto de leer. Tampoco se le puede comprobar a alguien que su vida cambiará si se acerca a los libros. Pero los libros sirven para escribir textos que hablen de ellos, para llenar libreros, para discutir sobre si modifican nuestra vida, para sobrevivir a ella o para sostener las patas flojas de las mesas.


Autores
(Ann Arbor, 1987) no sabe andar en bicicleta y estudió la Licenciatura en Historia. Le gustan los libros para niños, los ha leído y editado.
Ilustracione de Dr. Alderete

Al comienzo de sus Diez (posibles) razones para la tristeza del pensamiento, George Steiner, retomando a Schiller, escribió que la existencia humana tiene una tristeza fundamental, ineludible. Tenía razón, lo que no es raro en Steiner. La aflicción del pensamiento recorre cualquier manifestación surgida de éste, y eso, desde luego, incluye a la música. A manera de guiño, este texto pretende aplicar el esqueleto estructural del crítico de la cultura a una cuestión igualmente triste: los malestares que afectan a la música rock y sus derivados en nuestro país.

 

1.-La centralización 

Me parece un error confinar las música generada en nuestro país a la Ciudad de México; esa idea es más una aproximación que una realidad. Aunque nuestra música pueda escucharse y difundirse con mayor facilidad en la Ciudad de México, está claro que Monterrey, Tijuana y, sobre todo, Guadalajara cuentan con sus propias escenas. De hecho, me atrevería a sugerir que no son las manifestaciones musicales las que están centralizadas, sino los oídos y medios que atienden a ellas. Esto se puede resolver, pero es importante considerarlo.

2.-La curaduría de los productores

Hace dos años, el sello Audition lanzó una compilación de tres volúmenes titulada The Other Mexico. Beyond the Pyramid 2005- 2013. La antología incluyó a artistas nacionales que, bajo un sello independiente o la genuina intuición de su libertad, crearon al­gunas de las piezas musicales mejor pensadas en nuestro país. Lamentablemente estos artistas suelen aparecer tan sólo de forma aislada (a veces como tracks dispersos en las inmedia­ciones de SoundCloud, otras como actos en vivo condenados a un puñado de escuchas). Aunque hablamos de un mercado de nicho, que permite la radicalización de las visiones artísticas y musicales, un hecho es contundente: la relevancia de estos actos continúa siendo mínima. Las apologías emprendidas en revistas especializadas, sitios de autor y esfuerzos como NR­MAL, Static Discos o la notable Umor Rex, aún no consiguen ser completamente influyentes. La incapacidad de apostar por una propuesta y permitirle evolucionar en la complejidad de un estudio y un público es una de las problemáticas internas más evidentes de la música nacional.

3.-LA CURADURÍA DE LOS MEDIOS

Aunque no es posible juz­gar a los medios como una totalidad, lo cierto es que gran parte de ellos respon­den a estímulos similares: buscan la tendencia, el es­tilo divergente, el acto des­conocido. Sin embargo, el ejercicio suele asumirse con pobreza reflexiva y desidia. Como resultado tenemos una gran canti­dad ideas y ejecuciones editoriales extrañamente similares, carentes de profun­didad analítica. A pesar de medios con una constancia suficiente como para adaptarse a la vertiginosa era de la inmediatez, como Marvin (en su versión impresa) o Ibero 90.9, no es posible asegurar que hemos llegado a una buena intercesión de propuestas. El papel de los medios no debe­ría consistir en perseguir las tendencias, sino en curar las manifestaciones que las crean para dar al escucha un pun­to de apoyo. La imposibilidad de quebrar esta dinámica y sedimentar una postura con claridad es un obstáculo casi insalvable de nuestro entendimiento musical.

4.-LA CURADURÍA DE LA AUDIENCIA

Una verdad: el público está sometido al flujo informático de pro­yectos musicales. Otra: lo peor es que ha respondido a esta so­brecarga de información con una presunción innecesaria por asimilarlo todo. Como consecuencia, sus gustos y atención a cada propuesta recibida se diluyen. Esto, sin embargo, podría resolverse con un ejercicio simple: no formar parte de la audiencia, hacerse a un lado, escuchar y no seguir. La necesidad del público por estar en la tendencia, sumarse al ruido de los medios —e incluso repro­ducirlo— es una de las principales dificultades que enfrentamos.

5.-LA ACUMULACIÓN DE PROPUESTAS

Bastaría con retarnos a escuchar lo que blogs, revistas, cuentas de Twitter y estaciones de radio proponen en sólo un día. La ta­rea es virtualmente imposible. Tenemos casi tantos artistas como productos manufacturados en serie. Aunque plataformas como SoundCloud y Bandcamp nos han permitido conocer pro­yectos a los que no podríamos llegar de otra manera, su número termina por aniquilar cualquier perspectiva de mediación que pretenda cubrirlos.

6.-LA FALTA DE CRÍTICOS Y LA SOBREPOBLACIÓN DE PERIODISTAS

La atención es un bien escaso. Las notas y reseñas de álbumes en nues­tro país tienen un ritmo de publicación digno de la neurosis más severa. Puestos a clasificar, los periodistas añaden un adjetivo, lo que les permite discriminar fácilmente álbumes, artistas y canciones, encajonándolos en el trazo borroso de estilos musicales que surgen y desaparecen con facili­dad. Esta clasificación es algo que los críticos deberían evitar. La falta de escuchas cuya atención e inteligencia se disponga ante la facultad de me­diar propuestas, escuchas que asuman la posibilidad de realizar un crítica y no tanto una opinión —casos aislados como los de Marcos Hassan, Julian Woodside, Erika Arroyo y Juan Carlos Hidalgo—, es uno de los principales problemas de la escena nacional.

7.-EL MITO DEL ROCKSTAR

En un rechazo de cualquier perspectiva autocrí­tica, los rockstars nacionales afianzan su popula­ridad en un circuito cerrado, rara vez sometido al desencanto de la escucha atenta. En cambio, se limitan a hablar de su obra como si se tratara de la piedra más preciosa del indie nacional. Los nu­merosos conciertos que ofrecen en recintos de la Roma-Condesa terminan por justificar su caren­te sentido de la creación musical. En pocos casos hablamos de un trabajo genial que pueda justi­ficar la estupidez y forma de vida del rockstar. Una problemática más de la escena nacional es la creación de estos personajes, que emulan todo lo que es bueno del rock, pero olvidan todo lo que musicalmente lo hace relevante.

8.-LA POBRE LECTURA DEL ROCK CREADO EN NUESTRO IDIOMA

Más allá de las listas o la consagración en libros como 100 discos esenciales del rock mexicano, actualmente no poseemos un canon de álbumes nacionales suscepti­ble de revisión. Discos como Revés/Yo Soy, El silencio y Leche son clásicos, pero los asumimos como piezas inamovibles de una tradición mexicana; por lo mismo, rara vez tienen cabida en tradiciones mayores. Ni pensar que puedan competir con los álbumes consagrados del canon occidental. Café Tacvba (por mucho la banda con carrera más sólida y creativa de nuestro país) se desdibuja ante The Smiths o Inter­pol, aun cuando su música es tan —o más— rica que la de los artistas menciona­dos. En realidad, lo que la lectura de estos álbumes debería crear es la posibilidad de discutir cada nuevo lanzamiento que corre bajo la bandera de su influencia. El hecho de que esta discusión rara vez suceda es otro asunto pendiente de nuestro panorama musical.

9.-LA IMITACIÓN

Si bien es cierto que todo existe en rela­ción a prácticas y sucesos musicales del pasado, la imitación y, en casos severos, el plagio circundan la escena musical de nuestro país —no sólo a nivel artístico sino también comunicacional—. Nuestro arte, como cada aspecto de nuestra cul­tura, en lugar de copiar, habría de enten­der que la originalidad y la autenticidad son dos conceptos que siempre termi­nan por difuminarse. Atarlos en una percepción estética y formarlos como ma­nifestación artística parece, hasta ahora, una tarea que pocos asumen.

10.-LA INMEDIATEZ Y LA INCONSTANCIA AL ESCUCHAR

No creo que exista un problema con mayor número de capas y matices que la inmediatez inhe­rente a nuestra época. La música ha comenzado a escucharse de una forma trepidante, siem­pre inmediata y superficial. Los artistas que verdaderamente tienen algo que decir enfrentan su trabajo desde firmes posturas estéticas y políticas, pero el tiempo que vivimos está más relacionado con la aceleración que con el pensamiento firme. La verdadera tristeza es que apenas con­tamos con espacios para pensar con detenimiento y esta problemática es, entre todas, la que ma­yores dificultades presenta y, también, la única que parece completamente irresoluble.


Autores
(Ciudad de México, 1989) es escritor y publicista.

El acero es un emblema de Monterrey. A finales del siglo XIX, empresarios locales y extranjeros vieron una oportunidad para convertir a la ciudad en una potencia en la producción nacional de acero. Así, en el año de 1900 surgió la Compañía Fundidora de Fierro y Acero de Monterrey. Ochenta y seis años duró la empresa; en 1986 cayó el titán industrial debido a una bancarrota épica por la que más de quince mil personas perdieron su empleo.

Cada regiomontano tiene en su historia la marca de Fundidora. La ciudad se construyó alrededor del símbolo y la población creció a la par de las millones de toneladas producidas en ochenta y seis años. A finales de la década pasada Xitlally Rivero y Rodrigo Navarro fundaron Editorial Acero, un esfuerzo que también está dejando su estampa en la historia de Monterrey.

Acero se especializa en novela contemporánea, «novelas poéticas, humanas e inteligentes que desafían al lector», de acuerdo a la página web de la editorial. Acero nació con la intención de publicar a escritores que, tras años de asistir a talleres y de acumular textos que permanecían inéditos, estaban listos para publicar una novela de propuesta valiente y novedosa. Por otro lado, Rivero y Navarro también querían llevar a las manos de los lectores novelas que consideraban importantes, pero que por diversos motivos estaban agotadas en las librerías. Después de siete años las buenas intenciones ahora son realidades muy concretas: el catálogo incluye a siete autores y un total de diez novelas.

Con frecuencia aparecen nuevas propuestas editoriales que resultan efímeras. Con el tiempo se convierten en oscuras anécdotas de bar o en chistes crueles. Acero se ha mantenido constante y fiel a su premisa. El nombre de la editorial es hoy un referente de las editoriales independientes de la ciudad. Y a Xitlally Rivero le ha costado. No hace mucho nos juntamos a tomar un café y me di cuenta que para Xitlally hablar de Editorial Acero es sinónimo de desvelos, decepciones, jarras de café, éxitos y fracasos, críticas y elogios. De resiliencia.

Xitlally además se ha mantenido activa en su proyecto de escritura personal. Es autora de Matilda, De mareas y otros versos y Hormiguero. Ella se inscribe a la idea de que la literatura sigue siendo literatura sin importar el empaque: su novela es tan poema como sus cuentos. «Todo es poesía», me dijo cuando le pregunté si se consideraba poeta o narradora. Matilda es una novela híbrida, fragmentaria, poética, intertextual, de exploración, que se arriesga a perder en caracterización de personajes para ganar en expresión, polifonía y juegos lingüísticos. Su obra poética es narrativa, como el poema Minas, incluido en la antología Carne pa’ llevar (2010, rojo3es editores):

No sé si recuerdo su nombre, ni su cara.

            No recuerdo tampoco cómo llegue a esta historia.

            Ella salía por las mañanas, muy temprano, y se

detenía a cada momento para averiguar a qué jugaban

los niños, a unirse a su juego, a preparar guisos extraños

en tazas y platos diminutos y a correr y a recolectar

las historias de los ancianos…

(Fragmento)

Editorial Acero publicó mi primera novela en 2012. Tenía algo de aprensión o recelo antes de empezar a escribir este texto porque tres años después, todavía me siento como parte de una familia. Pero la experiencia me permite hablar como infiltrado, como poseedor de información privilegiada. Otros autores me habían contado que tras publicar una obra con alguna editorial, la sensación de abandono era casi inmediata. La obra era distribuida a unas cuantas librerías, se organizaba una presentación o dos y eso era todo, buenas noches, gracias por participar. Lo que yo viví fue lo opuesto. Incluso me sorprendía porque de pronto tenía entrevistas telefónicas, invitaciones a programas de radio y presentaciones por aquí y por allá en la ciudad y fuera de ella. Una de las recompensas más grandes fue que en una preparatoria se leyó la novela como parte de una clase y los alumnos hasta escribieron ensayos. Si acaso, siento que faltó mandar la novela a más revistas y periódicos para que la reseñaran. Hablo de mi novela porque es el ejemplo que más conozco, pero sé que con las otras publicaciones se tuvieron alcances similares. Nada mal para una editorial independiente con apenas un puñado de staff (aunque decir un puñado es mucho).

Los otros autores publicados por Acero son Felipe Montes, Manuel Luaces, Ramón Martínez, Vanessa Garza, Yolanda Cortez y Moisés Pacheco. Además de las novelas, la editorial ha abierto un espacio para los autores, que funciona como una suerte de blog para hablar sobre la novela contemporánea y la creación literaria.

El símbolo del acero para Monterrey es polivalente: representa la fuerza, el emprendimiento, el ingenio, el valor, la creación de un imaginario moderno y, también, la caída, la ruina, la decepción, el capitalismo tiránico. Hoy el acero regiomontano está hecho de lenguaje y arroja una luz poética sobre nuestra ciudad.


Autores
(Monterrey, 1982) es autor de las novelas El polvo que se acumula en los objetos (Editorial Acero, 2012) y La ilusión del caos (edebé, 2015). En 2014 fue becario del PECDA Nuevo León. Actualmente es profesor de literatura en Prepa Tec y director de Resortera.mx, una iniciativa para impulsar la escritura de autores jóvenes.

A partir de una serie de preguntas que funcionan como guía, Juan Carlos Hidalgo dirige esta conversación entre músicos y periodistas en la materia que intenta abarcar el estado actual del rock en nuestro país. El estilo, las influencias, el idioma y los cambios generacionales son algunos de los temas aquí desarrollados.

 

 

JUAN CARLOS HIDALGO

[EN ADELANTE EN AZUL]

No podría resultar más simbólica y significativa la frase con la que Juan Villoro respondió a la ovación de sus seguidores, cuando en diciembre pasado se presentara con el espectáculo Mientras nos dure el veinte, junto a los Caifanes Diego Herrera y Alfonso André, Federico Fong de La Barranca y el guitarrista Javier Calderón. A manera de conclusión de las dos noches en El Museo del Chopo musicando sus cuentos —principalmente del libro Tiempo transcurrido—, el también crítico de rock expresó: «No estábamos preparados para el éxito, sólo para el fracaso».

Y es que el rock mexicano parece siempre ir en contra, imponiéndose a detractores que también proceden de su propio feudo. En nuestro país se editan más discos de los que se cree, pero es difícil encontrar cifras fidedignas. El rock es al mismo tiempo una obra de arte y un producto comercial —su naturaleza es ambivalente—. Con el tiempo se ha multiplicado exponencialmente, no sólo en calidad y cantidad sino en el contacto con otros subgéneros con los que se relaciona (de lo experimental a la cumbia).

Al rock mexicano se le acusa de machista y le salpica la misoginia de cierta parte del rap; acusa tensiones entre las clases sociales y —como el resto del país— es en parte discriminatorio; evidencia una separación ideológica entre las nuevas generaciones

y las viejas figuras. Sólo aquí un grupo punk marginal puede rechazar la atención mediática; el rock mexicano pretende proyectarse al futuro prestando poca atención a la tradición local y a la revisión de la historia, y aun así es una oportunidad de negocio y un espacio de identidad ideológica. A veces ignora que es importante su relación con otras disciplinas artísticas —como la literatura— y se preocupa poco por el manejo del léxico y la sintaxis. Pero, se ha afianzado como una de las escenas más atrayentes no sólo para el resto del continente sino para todos los hispanoparlantes.

Siguiendo el dicho de Andrés Calamaro: «Es casi tan lindo hablar de música que hacer música», un grupo de periodistas confluyen para disertar acerca de diferentes tópicos que marcan nuestra actualidad roquera. El grupo pretende reunir distintas generaciones y perfiles, además de evadir al centralismo y sumar voces del interior del país. La conversación es una práctica en la que la civilización se opone explícitamente a la barbarie. Iniciamos:

Hace no mucho Juan Villoro declaró que al rock mexicano le hace falta un cambio generacional; esto causó fuertes polémicas en foros, blogs y otros espacios. ¿A qué se deberá que provocara tanta molestia? ¿Acaso no es una necesidad evidente de la escena nacional?

ENRIQUE BLANC: El malestar ocasionado por Villoro puede obedecer a su desconocimiento de lo que realmente está sucediendo en el país en lo que al rock respecta. Sí creo que hay un cambio generacional entre, digamos, Maldita Vecindad y Ampersan. De hecho, veo con mucha claridad que el advenimiento de internet generó una ruptura conceptual entre los roqueros de la generación surgida con «Rock en tu idioma» y subsellos como Culebra y Manicomio, y los que llegaron después. Fue la generación MySpace, en principio, la que volvió a considerar hacer letras en inglés —cuando eso ya estaba superado años atrás— y a pensar que podían conseguir atención fuera del país. Pocos lo lograron (Le Butcherettes y Lorelle Meets The Obsolete). Posteriormente ha surgido una generación que aprendió las ventajas que ofrece la web, así como de la aventura que significa ser independiente, y está dando frutos.

A esta generación pertenecen Pumcayó, Belafonte Sensacional, Los Mundos, Troker, Centavrvs, entre muchas otras agrupaciones que aportan a una oferta que ha crecido de manera impresionante. Por eso es cada vez más complicado destacar. Sin embargo, me parece que hay frutos importantes ya en esta generación, que han aprendido a asumir su quehacer artístico y a transformarse, de un proyecto musical, en una empresa que los empuje y los saque adelante, cosa que no existía en el pasado.

BELAFONTE RAMÍREZ: No sólo es una necesidad, es algo que sucede todo el tiempo y está sucediendo ahora. A veces se nos olvida que el rock es más que música; es un espíritu juvenil cuya naturaleza lo obliga a cambiar constantemente y a renegar del pasado. Habría que ponerle atención a eso y dejar de escuchar lo mismo una y otra vez, dejar de escuchar la radio y ponerse a escuchar al vecino, ir a los toquines: ahí está la grasa.

La molestia, supongo, tiene su origen en el desconocimiento de Juan Villoro de una nueva generación que está haciendo el rock and roll del siglo xxi en la Ciudad de México. Podría decirle a Villoro que lo que hace falta es un cambio generacional en la literatura mexicana, pero también ya está sucediendo en las editoriales independientes y en jóvenes escritores que todavía no han sido descubiertos por Alfaguara o una de esos sellos.

VICENTE JÁUREGUI: Convendría poner en contexto la declaración de Villoro, pues él habló de bandas como Café Tacvba y Molotov, es decir, bandas consagradas, y la respuesta del gremio periodístico replicó mal. El argumento general de los periodistas estaba basado en bandas con indudable propuesta pero con muy poca popularidad. En ese sentido creo que Villoro tiene razón, pues es indudable que hay muchas bandas y escenas sucediendo al mismo tiempo, pero dentro de ese semillero no hay ninguna que se pueda considerar verdadera representante de una generación como tal, al menos no al nivel de las bandas a las que Villoro aludió. El Vive Latino es un ejemplo claro: después de Zoé, no existe ninguna banda mexicana que pueda ser headliner del festival y tener a sesenta mil personas esperando a las once de la noche. Todas las bandas encargadas de cerrar los escenarios principales son de la vieja guardia y, en ese sentido, es preocupante la falta de bandas grandes, con un nivel de convocatoria más amplio y un repertorio que rebase el éxito efímero del sencillo afortunado. Muchas bandas están virando hacia lugares sonoros inéditos en la escena nacional, pero carecen de canciones que perduren y que realmente impliquen ese relevo generacional que, honestamente, urge.

Y así es notorio que la edad de los miembros de muchos de los grupos emergentes está por debajo de los treinta años. ¿Será que conocen y respetan la tradición de la que proceden, o de plano la ignoran? ¿Harán lo mismo con la historia del rock en general?

ALEJANDRO MANCILLA: Con la llegada de internet, las influencias se multiplicaron, pero eso las hace más obvias e, irónicamente, más homogéneas. Es más difícil ser original en un tiempo en que la tendencia es el reciclaje. Apelar al pasado es lo más fácil, pero no todas las bandas tienen ese respeto y se quedan en la superficie. Aunque, a propósito de eso, creo que no necesariamente se tiene que estar en deuda con los antecesores: a las bandas nuevas les tocó un contexto más globalizado y el concepto de escena local está desapareciendo junto con las fronteras. La utopía de un rock mexicano con elementos folclóricos, que a veces resultaban en experimentos con cierta identidad, se ha ido diluyendo entre las nuevas generaciones. Quizás algún grupo se atreva a recuperar el México perdido como lo hicieron tantas bandas del pasado reciente, pero por lo pronto abundan los anglicismos hasta en el modo de bautizar a sus grupos.

BR: La nueva generación está más informada y tie­ne más recursos; reconoce su historia y valora lo que en su tiempo no se tomó en cuenta. La nueva generación está haciendo una música propia, ingeniosa, rebelde, violenta y honesta.

VJ: En mi experiencia, al entrevistar bandas emer­gentes, una constante es que su atención está dirigida hacia lo que pasa en otros países. Cuan­do hablan de bandas nacionales siempre se refieren a las mismas vacas sagradas, jamás citan a bandas que hayan existido antes de los noventa. A la mayoría lo que precedió a MTV Latino les resul­ta tedioso y, por lo tanto, indiferente. No ocurre lo mismo con la historia del rock anglosajón, de la que su música trata de abrevar. Hay una idea mucho más amplia y de interés genuino por parte de las bandas con miembros menores de treinta años.

EB: No hay que ser un intelectual para hacer buenas canciones de rock. En su mayoría, los músicos que han destacado en el rock no tienen un grado de estudios que pueda presumirse. La magia del rock es que ha permitido a mentes muy desarrolladas y creati­vas, y obviamente distantes de la academia, demostrar su genio y originalidad para decir las cosas. Allí están, entre otros, Bob Dylan, Ray Davies, Tom Waits. Creo que todo músico de rock abreva del pasado y que en su interés particular estará la justificación de sus predilecciones. No tienes que mirar necesariamente a tu propia tradición para estimular tu creatividad. Claro, hay un sentido de pertenencia y reconocimiento en el hecho de que Café Tacvba rinda homenaje a Jaime López, por ejemplo, o incluso a Los Tres. Lo mismo puede decirse del relevo que Belafonte Sensacional ha tomado del rock rupestre. Pero me parece suficiente que a un gru­po como Troker lo inspire la obra de Medeski o Martin & Wood para hacer música propia y original. Querer intelectualizar al rock es negar el aporte que grupos como Ramones o Sex Pistols le han dado al género.

A finales del año pasado el periodista Alejandro González contactó al grupo de punk Mujercitos con la intención de en­trevistarlos; los músicos declinaron la oferta y, entonces, Gon­zález decidió escribir un artículo. Una vez publicado, la banda contactó al autor para expresar su molestia porque habló de ellos. Una vez más, el sainete en las redes sociales no se hizo esperar. ¿Será tal actitud algo sintomático de ciertos sectores radicales que existen en el país? ¿En el rock sigue existiendo un problema de clases sociales?

EB: Más que rivalidades o distanciamientos entre clases sociales, yo hablaría de las ri­validades y distanciamientos que hay en­tre las tribus que veneran tal o cual estilo musical y la apertura que han aprendido a tener hacia lo ajeno. Nadie va a negar que el metal y el hip-hop son mundos aparte, con sus reglas propias, que cohabitan a distancia; casi no se tocan y sus seguidores fie­les son incluso reconocibles a los ojos de los demás por su ves­timenta y hábitos. Si analizamos la actitud de Mujercitos, muy ligada a los principios punk de la subsistencia en la marginali­dad, ésta puede justificarse. Yo diría que eso ya está muy rebasa­do, aunque respeto y entiendo su militancia. No olvidemos que el grupo emblemático del género, los Sex Pistols, detonó la carrera del documentalista musical por excelencia, Julien Temple. Los estilos musicales también evolucionan y tienden a intercambiar señas de identidad con el fin de transformarse y adaptarse a los nuevos tiempos. Recuerdo la época en que aquellos que tenía­mos a la guitarra eléctrica como el símbolo inequívoco del rock renegábamos del uso de tecnologías electrónicas. Hoy en día na­die se acuerda de aquella polaridad prejuiciosa.

BR: El problema de las clases sociales existe en el rock y en el mundo, pero a mí me emociona que una banda diga «no», que tenga esa conciencia y esa coherencia: otro síntoma de que ya hay un cambio en la forma de hacer y de decir en la escena nacional.

AM: Creo que en este caso fue una cuestión más de pose que de auténtica radicalidad. Me pa­rece válido cuando se obedece a una postura real de marginalidad: si ellos no quieren estar en ciertos medios, es parte de su propuesta o anti-propuesta. Y claro, el rock sigue siendo clasista, de influencias y de amigos, pero eso ocurre en todo el mundo. En México el elitismo se nota hasta en la distri­bución de los géneros; por ejemplo, el metal abunda en la perife­ria, lo mismo que el llamado género urbano. Hace años salió un libro fotográfico, Sonidos Urbanos, que delimitaba a las bandas por zonas geográficas. Los datos que arrojó fueron interesantes, así como las influencias de los grupos defeños y los estilos musi­cales por colonia.

En una sociedad globalizada, y tomando en consideración a la diversidad cultural, pareciera que a fin de cuentas lo que importa es la calidad en la propuesta de un grupo por encima del idioma en que cante; ¿debería ser éste un asunto para se­guir discutiendo? ¿Hay que restarle méritos a los grupos que no cantan en español cuando no aplicamos el mismo criterio a los grupos instrumentales, a los de lenguas originarias o a los que incluso inventan la suya?

VJ: Es una discusión que parece importarle más a los agentes externos que a las mismas bandas, aun­que en realidad se trata de una pregunta para las bandas porque, en definitiva, si se busca cierto flujo de capital, el inglés resulta un obstáculo en nuestro país. Son contadas las bandas que han logrado internacionalizarse cantando en inglés, y casi nulas aquellas que han trascendido o rebasado la categoría de nicho en México. No es cuestión de restarles méritos, aunque en ocasiones muchas bandas confiesan que cantan en inglés por­que es más fácil y resulta más conveniente abrir su discurso en un idioma ajeno.

AM: Todo está en función de la calidad de la pro­puesta y hasta del género. A una banda que haga música bailable o irónica, se le perdona (si es que hubiera algo que perdonar) que lo haga en inglés; por ejemplo, nadie se lo reprocha a Plastilina Mosh ni a Quiero Club, pero su música es más bien festiva. Si una banda quiere ser to­mada en serio y decir algo más allá de la música y el beat, creo que sí debe tener un discurso en español. De lo contrario, no pasará de ser una banda divertida que no dice nada. Y sí, creo que el asunto amerita más discusión. En Argentina, durante la prohibición de escuchar música con letras en inglés (en medio de la Guerra de las Malvinas), floreció un movimiento de ban­das brillantes que demostraron que se podían hacer buenas le­tras en español. En México me pareció loable la iniciativa de que sólo grupos hispanoparlantes pudieran tocar en el Rockotitlán en los años ochenta. Creo que, más que nacionalismo, es pura congruencia. Los grupos mexicanos que hacen letras en inglés se defienden diciendo que lo que ellos escuchan es en ese idioma y que es más fácil hacer letras en inglés. Pero es cuestión de ver más allá, de identificarse con su contexto, de leer, de tener refe­rencias culturales con su entorno. Ya hay muchas bandas que, trascendiendo el pastiche del «Rock en tu idioma», han logrado hacer grandes letras en español, así que no hay pretextos.

BR: Cada quien es libre de cantar en el idioma que se le pegue la gana, ¿para qué limitar el canto?

EB: Al ser subjetivo, el tema de la calidad mu­sical es interminable. Para mí, una de las bandas más virtuosas son Los Lobos, quienes lo mismo interpretan estilos del folclor mexicano que rock de raíz, e incluso se atreven a entrecruzar ambos mundos. Si cantan «La Bamba» me parecen estupendos, del mismo modo que cuando interpretan «Cumbia raza» o cualquiera de sus te­mas más roqueros. En lo suyo no hay límites, pero sí me parece interesante que su obra parte de la doble realidad que experi­mentan al ser hijos de mexicanos viviendo en Estados Unidos. Pareciera que más que ver con la calidad, el argumento a dis­cutir está ligado al principio de honestidad y pertenencia, así como al de la inventiva; valores que se aplican a todas las artes. La belleza de una propuesta arranca en el sentido de pertenen­cia que desarrolla dadas las condiciones en las que surge, por eso es que los roqueros mexicanos que cantan en inglés me resultan menos interesantes que los que lo hacen en el idioma en que se comunican cotidianamente. Pero nadie puede negar que hay casos excepcionales. ¿Por qué veneramos a Björk si no canta en islandés o a Air si no lo hacen en francés? En días recientes, por ejemplo, me ha llamado mucho la atención la propuesta de Ibe­yi, esas gemelas radicadas en París, de ascendencia cubana, que han decidido cantar en inglés. No obstante, si bien en algunos momentos uno podría imaginar que más bien radican en Nueva York, el componente cubano que tiene su música no sólo les da identidad, también habla a favor de su creatividad. Que canten en inglés y no en castellano o francés, en su caso, no me provoca comezón alguna.

A propósito de la globalización, ¿continúa siendo deter­minante el contexto donde surgen las bandas para su de­sarrollo, concepto y estilo musical? Es decir, ¿todavía hay diferencias estrictas entre grupos surgidos en distintas zo­nas socioculturales? ¿Dejó de ser relevante el concepto de escena regional?

AM: Internet está matando la escena regional debi­do a que las bandas toman sus influencias de lo que ven y escuchan en la red. Antes dependía de cuántas tiendas de discos hubiera en tu ciudad, de la escuela a la que ibas, de que un amigo viajara, o de cierto círculo social. Hoy todo es un poco más promiscuo; sin embargo, hay grupos interesantes que retoman muchos elementos de la zona donde crecieron y los reflejan en su música, tanto como hay otros que pretenden hablar como si hubieran crecido en Manchester aun­que no hayan salido de la Ciudad de México.

VJ: Con internet se comenzó a diluir ese concepto, pues una banda de Uruapan puede escuchar lo mismo que un chilango. Así surgen proyectos con influencia de britpop o de math rock en cualquier parte de la Re­pública. Sin embargo, hay personajes como Juan Cirerol, colec­tivos como Nortec, bandas como Sonex, que aún deben mucho a su geografía.

EB: A veces, incluso, la pertenencia a una geo­grafía particular condiciona las formas de expresión de sus nativos y, entonces, po­dríamos aventurarnos a decir que: ¡no hay manera en que un mexicano pueda sonar como un inglés aunque ambos abracen la misma guitarra! Algo así se contaba sobre Javier Bátiz, quien, por más que se esforzara por cantar como John Lee Hooker, ter­minaba sonando como Tin Tán. Para su generación quizás eso fue percibido como una desventaja, pero a través del tiempo se convirtió en un signo de identidad. Como ellos mismos lo han ma­nifestado, los Tinariwen han querido ser los bluesmen africanos, pero su manera de entender el género les ha dado un sello muy particular que, aunque nos evoquen a cualquiera de los músicos de blues americanos, hace que suenen a ellos mismos y eso es lo que les ha dado un lugar propio en el universo musical. En otras palabras, el contexto en el que surge un artista lo influye por más que éste desee esconderlo. Es ahí donde surgen las contradiccio­nes y donde es evidente quién pretende ser el Mick Jagger de su región y quién es simplemente él mismo.

¿Habrá algo inherente a la música que complique que las ban­das nacionales se escuchen fuera de México? El talento de exportación es contado, pero ¿será que esperamos que se co­loquen en países muy importantes y no tomamos en cuenta que tal vez penetren en escenas emergentes de Centroamérica y otras partes del continente?

AM: Sí, para que un grupo pegue en un escenario invadido de clones debe ser muy original y re­flejar sus raíces. Por más bueno que seas, el público siempre va a querer escuchar algo diferente a lo que se hace en su país. ¿Qué sentido tiene sonar como los grupos que Pitchfork ensalza diariamente, cuando hay miles de bandas lo­cales que suenan así y que tienen la ventaja de componer letras que dicen más que las de unos extranjeros que quieren ser como ellos? El rock mexicano debe mirar hacia dentro antes de querer ser portada de NME. Hay un público inmenso en Latinoamérica y España como para pretender ser la última novedad en Londres o tocar en un festival y desaparecer. Creo que es más trascenden­te un grupo que deja huella en su escena local, que se forja con su gente, que salir en un blog como la recomendación del mes.

VJ: Las bandas que más posibilidad tienen de trascender en países «importantes» son aquellas cuyo sonido muestra alguna influencia de folclor. Quizá a un francés no le in­teresaría Zurdok, pero sí Café Tacvba o Nortec. Caifanes resulta desconocido en Rusia pero no Molotov, y su manera tan peculiar de ser los Beastie Boys en espanglish. Zoé puede ir varias veces a Europa, pero su sonido es tan ordinario allá que Sonido Gallo Negro en menos de dos años logra un mayor impacto. El merca­do latinoamericano es muy amplio y varias bandas lo han sabido aprovechar. Tiene que ver con la disposición y el presupuesto de las bandas, pues en un primer momento son inversiones sin nin­gún tipo de garantía. Lo que no creo es que las bandas desdeñen una u otra área de oportunidad. Para una banda (cuerda) resulta igual de importante tocar en Chile que en España, me parece.

EB: No puede negarse la existencia de merca­dos musicales alrededor del orbe. Los mú­sicos de hoy deben estar informados sobre ello con el propósito de medir, con base en las características de su propuesta, las posibilidades de éxito que pueden tener. Así se explica por qué es más fácil ver en Coachella a grupos mexicanos como Kinky o Porter que a españoles como Los Planetas, que son parte de festivales europeos celebrados en España con gran inte­rés de audiencias británicas. Cada mercado ofrece características propias y oportunidades a ciertos tipos de proyectos musicales. ¿Cómo puede explicarse que Troker sea una de las escasas agru­paciones latinoamericanas que han repetido consecutivamente en el afamado Glastonbury? Quizá mucho tiene que ver con que su apuesta no contenga letras, así como, obviamente, porque hay calidad y originalidad en su propuesta. Claro, en ocasiones tam­bién surgen casos inexplicables, como el hecho de que El Guincho ganara tanta popularidad en el ámbito electrónico internacional.

Un error muy común de las propuestas musicales mexicanas es que suelen mirar hacia el mercado musical anglosajón, en lugar de hacerlo hacia Latinoamérica. La nueva generación de talentos chilenos es un caso interesante porque, aunque en su país toda­vía no tienen un mercado que pueda considerarse desarrollado, han conseguido llamar la atención tanto en México como en Es­paña, lo cual les ha permitido internacionalizarse en cierta me­dida. Hablo de Gepe, Astro, Javiera Mena, Francisca Valenzuela, etc. Lo curioso es que ahora hay mucho interés, tanto por sellos independientes —el mexicano Intolerancia es uno de ellos—, fes­tivales e incluso periodistas, por trazar redes de comunicación e intercambio a lo largo de un territorio que une a los latinos de Estados Unidos con los mexicanos, los colombianos, los argenti­nos, y el resto de Iberoamérica. Esto, en cierto sentido, significa volver a la idea bolivariana que en otros días hizo coincidir en festivales a Fito Páez con Café Tacvba, Aterciopelados, Los Ami­gos Invisibles, Rubén Blades, Paralamas y Seguridad Social. Hay un gran mercado por desarrollar en Hispanoamérica, y es un reto intentar equilibrar la balanza a favor de una música hecha con dignidad y búsqueda artística en contra de aquella sustentada en maquiavélicos intereses económicos.

BR: El mundo entero necesita saber que el rock mexi­cano no es Maná.


Autores
De los años sesenta tomó la inconformidad recalcitrante; de los ochenta una pasión crónica por la música; de los noventa la pasión literaria. Durante la década de los dosmil buscó la manera de hacer eclosionar todas sus filias. Explorando la poesía ha publicado: Loop traicionero (2008), Suave como el peligro (2010) y Combustión espontánea (2011). Rutas para entrar y salir del Nirvana (2012) es su primera novela. Es colaborador de las revistas Marvin, La mosca, Variopinto e Indie-rocks y los diarios Milenio Hidalgo y Reforma, entre otras publicaciones.
es periodista musical, locutor y productor. Ha colaborado en diversas revistas y periódicos de México y Estados Unidos.
(Ciudad de México, 1982) escribe canciones en una banda emergente llamada Belafonte Sensacional. Han editado dos discos: Le petit riot y Gazapo. Actualmente está grabando una tercera producción titulada Gabinete Maravilla.
(Uruapan, 1978) guarda una duplicidad entre la música y el periodismo. Fue editor de la revista Marvin y es guitarrista de Capo.
es músico, guionista y periodista. Actualmente jefe de redacción de la revista Círculo MixUp y colaborador de diversas publicaciones.
Fotografía por Mike Katzif

 

A veces no se ve nada en la superficie, pero por debajo de ella todo está ardiendo.

Y. B. Mangunwijaya

 

 

En Hear Me Talkin’ to Ya: The Story of Jazz As Told by the Men Who Made It, publicado en 1966, Nat Shapiro y Nat Hentoff hacen ha­blar a los protagonistas de los años dorados del jazz. Ahí, el direc­tor de orquesta Stan Kenton apunta: «Creo que tal vez hoy la raza humana esté pasando por cosas que nunca había experimentado, tipos de frustración nerviosa y desarrollo emocional truncado que la música tradicional es absolutamente incapaz no sólo de satisfacer, sino de expresar». No se trataría de la primera ni últi­ma revuelta artística juvenil, el rock and roll también traería lo suyo al momento de hacer frente a la insatisfacción individual y al poner en tela de juicio el estado imperante de las cosas. En Mé­xico no tardamos en sumarnos al estallido de ese ritmo que anda en una 4×4, incluso se han hecho versiones románticas (algunas ingenuas) de los grandes éxitos de esos «años locos del rock and roll», que arrancaron al finalizar los cincuenta y se prolongaron poco más de un década.

Pero su estela no sería efímera, en el Tercer Encuentro Interna­cional de Escritores en Salvatierra, Guanajuato, José Agustín dio a conocer el texto «Jóvenes, literatura y contracultura», donde resume varios aspectos en los que el rock ha impactado a la so­ciedad mexicana, tomando en cuenta que produjo:

Una redefinición de aspectos básicos de la vida, una revolución cultural cuyo aspecto más visible era la rebelión juvenil en distintos campos políticos, pero que abarcaba la conciencia ecológica, la liberación sexual, un nuevo concepto de familia, la desmitificación de las instituciones; antisolemnidad, antiformalidad y una actitud contestataria ante el sistema, a través del len­guaje, atuendo, comportamiento, gustos y modos de interrelación.

Hoy vivimos con una sensación de vértigo permanente en la que la sociedad se mueve a una gran velocidad y con una multi­tud de fenómenos que ocurren simultáneamente. No se alcanza a distinguir el traslape entre generaciones. Pocos recuerdan que tras el festival de Avándaro, en 1971, se instrumentó una campa­ña oficial de persecución contra el género y sus seguidores que logró mandarlo a los hoyos funky y a la periferia de las ciudades. Sobrevivieron casi a salto de mata.

En los años ochenta, el rock nacional volvió a ganar impulso, visibilidad e importancia mediática, potenciada por la campaña «Rock en tu idioma». (El público joven es un segmento importante para la industria del espectáculo y la mercadotecnia, a la par que el rock es un vehículo identitario, proveedor de ética y estética para sus seguidores). Luego llegó la llamada Generación Zoé, o Rock and Lover, acostumbrada a convivir con mejor infraestructu­ra, tecnología y alternativas de profesionalización. Algunos grupos incluso retomaron el uso del inglés en sus canciones e impulsaron otras variantes instrumentales. Sus figuras comienzan a entrar en la madurez y ya son considerados veteranos.

Actualmente se siente una acometida generacional en la que aflora un conocimiento puntual de las propuestas mundiales y el hecho vital de no estar concentrados en las capitales. Internet provee herramientas para que los artistas se promuevan desde un territorio virtual y tiendan puentes multinacionales.

Sin embargo, a finales del año pasado, Juan Villoro desató una polémica cuando dijo que el rock mexicano requería un nuevo relevo. De ahí nace este informe sobre la actualidad del rock en nuestro país. Para obtener instantáneas fidedignas fue necesario modelar un mapa sonoro en el que cada estado de la República estuviera representado por una agrupación o músico; además, a manera de posdata, integramos a la ciudad de Los Ángeles, Ca­lifornia, y a Nueva York. Así se refleja la diversidad del talento emergente y las diferentes vertientes estilísticas a las que se re­curre en todo el país y en la segunda ciudad del mundo con más mexicanos.

No todo es auditivo, también apostamos por la conversación. Propiciamos un encuentro entre periodistas y músicos de dis­tintas generaciones, una carambola a cinco bandas en la que se abordan diferentes aspectos que complican el desarrollo a nivel grupal y colectivo de la escena. Vicente Jáuregui, Enrique Blanc, Alejandro Mancilla y Belafonte Ramírez disertan sobre un fenó­meno polimorfo y cambiante.

Por su parte, Luis Arce habla de los problemas del rock mexica­no; Alejandro González hace una pesquisa y se pregunta cómo se maneja un músico que apuesta por la independencia; y finalmen­te, Aarón Enríquez ofrece un panorama del rock indígena, cuyo sondeo combina tradición y modernidad al tiempo que exalta y aprovecha nuestra riqueza lingüística.

Este es un reporte amplio que muestra los vínculos del rock con otros géneros, como el hip-hop y la electrónica, a lo largo y ancho de la República. Las propuestas aquí presentadas son ex­presiones culturales jóvenes que hacen suyos, sin prejuicios, los mecanismos de los tiempos que corren. No hay que tener miedo a señalarlo: el rock nacional se proyecta al futuro con arrojo y atrevimiento.


Autores
De los años sesenta tomó la inconformidad recalcitrante; de los ochenta una pasión crónica por la música; de los noventa la pasión literaria. Durante la década de los dosmil buscó la manera de hacer eclosionar todas sus filias. Explorando la poesía ha publicado: Loop traicionero (2008), Suave como el peligro (2010) y Combustión espontánea (2011). Rutas para entrar y salir del Nirvana (2012) es su primera novela. Es colaborador de las revistas Marvin, La mosca, Variopinto e Indie-rocks y los diarios Milenio Hidalgo y Reforma, entre otras publicaciones.