El matón michoacano devenido en investigador policiaco encontró su recepción crítica años después de haber sido lanzado a los ojos de los lectores. Ese extraño personaje, llamado Filiberto García, fue invención del asombroso imaginario de Rafael Bernal (Ciudad de Mé- xico, 1915-Friburgo, Suiza, 1972), poeta, reportero durante la Segunda Guerra Mundial, viajero incansable, guionista para el cine hollywoodense, creyente indiscutible del «oro verde» (el plátano tabasqueño), diplomático y, a la par de Rodolfo Usigli, creador de la novela negra en nuestro país. Para visitar el trabajo del autor de El gran océano, en Tierra Adentro invitamos a cinco escritores a abordar diferentes aristas del quehacer de Bernal. Por si esto fuera poco, pedimos a los dibujantes Bef y Blumpi que trabajaran a partir de las novelas El complot mongol y De muerte natural, respectivamente, con adaptaciones de las obras al cómic.
Acompañan a esta edición una crónica en la que Froylán Enciso se acerca al primer robo de cocaína registrado en Mazatlán, Sinaloa, en la década de los años treinta; una charla entre el traductor japonés Fumiaki Noya y la narradora Cristina Rascón; un cuento de Eric Uribares, «Amputaciones en una noche estrellada», y un ensayo amplio de Pierre Herrera, próximo autor del Fondo Editorial Tierra Adentro, quien recupera la figura del poeta Ramón Martínez Ocaranza.
Agradecemos a Rafael Bernal hijo y a María Idalia Cocol Bernal por darnos las facilidades para revisar los documentos de su padre, y a Gabriel Nieto, de Grupo Planeta, por la autorización para la reproducción de los textos en las adaptaciones.
El término es de Juan Villoro, a quien conocí en el Taller Literario Regional de San Luis Potosí (que coordinaba Donoso), al cual concurríamos —entre los que recuerdo— Ignacio Betancourt, Alberto Huerta, José de Jesús Sampedro, Armando Adame, David Ojeda, Enrique Márquez, Alejandro García Ortega, Martínez Farfán, Lara Huerta y varios más a los que les ruego su comprensión si no me vienen ahora a la memoria (entre ellos, ocasionalmente, acudían algunos infrarrealistas). Miguel Donoso Pareja fue maestro de vida porque, más allá del rigor con que se analizaban los textos en las sesiones del taller literario, nos aconsejaba, nos orientaba en diversas cuestiones de la vida: la lealtad con los amigos, la congruencia literaria, la militancia política, nuestra incipiente sexualidad o la relación con las mujeres. En general, temas sobre los que las opiniones de un hombre experimentado hacían marca y dejaron huella en los jóvenes que éramos, los que ahora somos. De más está decir que las lecturas eran parte inexcusable de nuestras conversaciones. Fue un amigo, un maestro preocupado por nuestros devenires. A muchos nos ayudó a publicar el primer libro.
En aquellos años yo jugaba basquetbol con intensidad. Me tocó ir a un torneo en San Luis Potosí y, a las pocas semanas, a otro en Ciudad Universitaria en la Ciudad de México. En el primero, Ignacio Betancourt —con su voz estentórea de actor— no dejó de echarme porras (a la distancia, creo que inmerecidas). En el segundo, Villoro llegó a la sesión del taller literario que coordinada Donoso en la UNAM —en el cual participaba— para decirle que había que suspender la sesión y todos debían ir a ver el partido en el cual yo jugaba. Eso, por supuesto, no sucedió.
Lo que sí pasó es que en la siguiente sesión en San Luis Potosí, Donoso organizó una «cascarita» de básquet entre los aspirantes a escritores. Por supuesto que él jugó. Como lo hizo José de Jesús Sampedro, Armando Adame et al. Se realizó a las ocho de la mañana (me imagino que a más de uno se le dificultó estar a tiempo) en alguna cancha pública. Fue un entrañable y gozoso reconocimiento —y así es este recuerdo— a mis actividades ajenas a la literatura, que me dio la magnitud de lo que él valoraba en su cercanía con nosotros.
A punto de tomar un avión rumbo a Villahermosa, me encontré a dos escritores tan jóvenes como yo: Alejandro García, de Zacatecas, y Marco Antonio Jiménez, de Torreón. Íbamos al Encuentro Nacional de Talleres Literarios de 1980, era octubre. Fuimos a la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco a la inauguración del Encuentro y lo vi: iba a cumplir cincuenta años —yo tenía veintiuno— y tenía la determinación de un tren. Él llevaba toda la organización sobre sí. Por alguna razón me mantuvo junto a su silla. Así de cerca me confió su admiración por los cuatro coordinadores de talleres que estaban discutiendo desde la mesa, Ignacio Betancourt, Fernando Nieto Cadena, David Ojeda y José de Jesús Sampedro. Me dijo quién era su preferido: no diré más.
Sabido es que surgí del Taller Literario del Museo de Arte de Ciudad Juárez, fundado por Miguel Donoso Pareja y coordinado por David Ojeda. Quería conocer a Sampedro porque había leído Un (ejemplo) salto de gato pinto, un librazo. Pero la figura de Donoso, con su barba y su panza magnética, se llevaron la escena de Villahermosa. Meses después, en Tijuana, nos volvimos a encontrar entre poemas, cuentos, cervezas, barajas, chicanos y un trío argentino de tangos que con «Yira yira» rompió el corazón de Donoso, el del joven Saúl Juárez y el de David Ojeda.
Más de tres décadas después la figura del narrador, poeta y ensayista Miguel Donoso Pareja está sujeta al escrutinio de los lectores y de la crítica. Lo que importa para mí, y para otros veinte, es el hecho de que un ecuatoriano que llegó de un país del tamaño de Chihuahua haya tenido la visión de llevar la formación literaria a un país nueve veces más grande que el suyo, y colocar una piedra fundacional para que la literatura de los estados iniciaran su lento, constante y determinante diálogo con las letras iberoamericanas.
Conozco a muchos autores que se asumen como parte de esta literatura emanada del tallerismo de Donoso, caracterizado por la autocrítica, el rompimiento de los cánones, el cuestionamiento de los límites estéticos e ideológicos, el compromiso dinámico con eso que podemos llamar la perfección del trabajo del es-critor. Habrá otros que lo nieguen. En lo que concierne a autores como yo, Miguel Ángel Chávez Díaz de León, Joaquín Cosío, César Silva, Édgar Rincón y Luis Rico Carrillo, entre otros, estando en la orilla del mundo que es y fue Ciudad Juárez en 1980, Miguel Donoso Pareja inventó una luz distinta para ver la literatura mexicana y mundial desde la frontera norte de México.
Murió el 16 de marzo, debe estar satisfecho. Sé que el cielo de los poetas está lleno con las mujeres más bellas de la creación. Sé que él las mira pasar, sé que dice para sí: «chucha, hermano, qué soledad tan espantosa».
Los trasterrados de América Latina nos aportaron una conciencia continental que se incrustó en nuestra memoria y en nuestra formación, maestros sin los cuales el camino del aprendizaje habría sido más tropezado y distante de la tradición que nos nutrió. Miguel Donoso Pareja formó parte de esa diáspora que nos legó literatura, ediciones y maneras de comprender el mundo. Por aquellos años, algunos amigos buscamos en su taller la orientación para trabajar nuestros primeros textos; poco después la vida profesional me dio el placer de compartir tareas con él en la revista Tierra Adentro, de la que me correspondía la difusión. La revista se había creado en 1974 y a finales de esa década Miguel Donoso la dirigía; no tenía presupuesto definido pero aun así logró una colección editorial —también llamada Tierra Adentro— que publicó a Benedetti, al poeta estridentista Salvador Gallardo Dávalos, a Félix Dauajare y a jóvenes como David Ojeda, Armando Adame, Ignacio Betancourt, Enrique Márquez, Alberto Huerta y José de Jesús Sampedro. Donoso coordinaba además los premios nacionales y el programa de talleres literarios que inició en San Luis Potosí y Aguascalientes, y fue creciendo por el país. El insustituible maestro había llegado a México apenas rebasados sus treinta años y tenía cincuenta cuando decidió regresar al Ecuador. Durante esos años nos nutrimos de su lúcido conocimiento práctico de la literatura, de su fortaleza teórica y de la rigurosa intensidad de su trabajo creativo. Solía asegurar, como refirió a José Ángel Leyva en una entrevista, que «los jóvenes no son tontos por ser jóvenes, según creen los viejos tontos, y que los viejos no son inteligentes ni son sabios por ser viejos, como creen algunos jóvenes tontos». Siempre nos expresó que México había sido fundamental para el desarrollo de su persona y de su escritura. Pero él no lo fue menos para la vida cultural del país. Constantemente valoramos la profunda referencia latinoamericana que legó a nuestra generación.
Gabriel Rodríguez Liceaga, el Neb (o el Gaby, como algunos lo conocen), publicó hace unos días una columna sobre la nostalgia por la Cineteca antes de que fuera remodelada en 2012.
Su argumentación es que se tiene que huir de este recinto porque ahora, más que un espacio para ver cine distinto al de Cinépolis o Cinemex, es uno de moda conquistado por gente gustosa de un venue,, y que ver una película ahí es parte (mínima) de una experiencia.
Su conclusión: «Los desposeídos, los que no creemos que ver cine en blanco y negro es como hacer tarea, los abandonados del fin de semana, los que no buscamos una película que “nos cambie la vida”, nosotros, necesitamos un nuevo foro donde ir a pasar el rato y esperar nuestra función, libro en mano, en agradable compañía del silencio. Porque el cine se tiene que ver en pantallota y con la tribu, no hay de otra».
Los comentarios de los lectores en la página de Frente son de dos tipos: unos que comparten la nostalgia y otros que lo acusan de clasista.
Hay un poco de verdad en ambos porque comparten la raíz.
Lo mejor que ofrecía la Cineteca antes de ser remodelada y masiva, era la posibilidad de explorarla (tanto en sus rincones para el faje como en su oferta de pelis): se podía llegar sin un plan y aventurarse con algo de lo que no se sabía nada.
La nostalgia es «nos quitaron nuestro juguete». Y no está mal sentirla, no está mal querer que las cosas sean como cuando éramos felices. También extraño esa Cineteca en donde el cubo espacial era la única referencia. Sólo que esa nostalgia puede convertirse en exclusión: ¿qué culpa tiene un adolescente de quince años que hasta ahora va a la Cineteca? Algún nostálgico más antaño podría aducir que se si el cine no se ve en 35 o 16mm no vale la pena; si se quiere ser más radical, incluso el color o el sonido podrían estorbar a la experiencia primordial de ver cine.
Es positivo que la Cineteca se llene. Aunque la gente no considere que ver la película sea lo importante (un presupuesto que necesita demostrarse) o que esté de moda ir a un venue, la Cineteca es un buen espacio de exhibición cinematográfica. Antes y ahora. El corte es el mismo desde que aquella que se quemó: películas distintas a la oferta de cadenas comerciales, organización de festivales, la muestra internacional, el rescate del cine mexicano, etcétera. Lo único que ha cambiado es que ahora tiene más salas y que va más gente.
Desde esa perspectiva, sí, muchos «desamparados» perdieron su lugar, pero otros ganaron el suyo. Es decir, los públicos no se excluyen y si un adolescente de quince años va tres veces por semana a la Cineteca porque es cool reunirse con sus cuates ahí y si en esa «vuelta por la plaza» se revienta una que otra película de Marker, de Fassbinder o de Glauber Rocha, estará consumiendo otro tipo de cine; su mirada, por lo menos, se hará más amplia.
Que tampoco ésta es una apología de la Cineteca.
La Cineteca, como cualquier sala de exhibición, tiene la desventaja de la enajenación que ya muchos teóricos han notado: el formato es quedarse quieto y voltear siempre hacia la pantalla (en una versión menos extrema que la tortura de Alex DeLarge, pero esencialmente es la misma), diluirse en la identificación con los personajes y ser masa.
El poder ideológico del cine, por su puro formato de consumo, ha sido aprovechado políticamente por todos lados. Desde las improntas estético-soviéticas de Vertov con sus Kino-Pravda,hasta la normalización axiológica y política (con los gringos empresarios como salvadores del mundo) de John Favreu en Iron Man, el cine se muestra como la herramienta nulificadora por excelencia del capital: si no los puedes controlar, atáscalos en salas de cine, apaga la luz y que desaparezcan. Dale fantasías al público, hazlo creer que puede ser como los héroes de las películas y conquistar a las heroínas de la pantalla.
Como bien vio Benjamin, el cine es el arte de controlar imperceptiblemente al ser humano a través de la máquina pero, como es masivo, abre la posibilidad de hacer explícita esta dominación.
Antes de la remodelación de la Cineteca, esos asistentes desamparados y solitarios sufrían bajo este yugo, lo supieran o no. Si acaso hay que huir de la Cineteca, hay que hacerlo por mejores motivos que la nostalgia: se huye de la enajenación y eso sólo se logra si se piensa que no existe el cine inteligente sino inteligencia sobre el cine.
El espacio que perdieron puede (y debe) ser recuperado en otro aspecto: luchar contra la sujeción del cine a partir la crítica. Los espacios idóneos, entonces, no serán micro Cinetecas personales sino los cineclubes.
En la dinámica del cinedebate y de la proyección por ciclos, el espectador se vuelve activo, le responde al cine —que mientras dura la película es un discurso aplastante—. Si al final, junto con otros, se crea una mirada crítica (o por lo menos se intenta), el poder de dominación del cine se vuelve posibilidad de su cuestionamiento y, por lo tanto, de independencia.
La Cineteca, ni antes ni ahora, es un espacio de ese tipo.
Los desposeídos de Xoco (y todos, pues) deberíamos buscar esa forma crítica del cine.
Tal vez la nostalgia es por algo que nunca hemos tenido.
Hace algunos días, entre el 15 y el 17 de mayo, se realizó la cuarta edición de LéaLA, la feria del libro en español que desde el año 2011, se organiza en la ciudad de Los Ángeles. Sin duda, la mesa más interesante a la que asistí fue en la que participaron la lingüista mixe Yásnaya Elena Aguilar Gil y la poeta zapoteca Irma Pineda, moderada por la escritora fronteriza Cristina Rivera Garza. Este texto es, sobre todo, un «resumen» o, mejor dicho, una «selección» de las ideas expuestas aquella tarde.
1. «¿Qué es una lengua indígena?», fue la pregunta con que Yásnaya Elena Aguilar Gil, originaria de Ayutla en sierra mixe de Oaxaca, inició su participación en Léala.
En su presentación, la lingüista aseguró estar interesada en el acelerado proceso de extinción de muchas lenguas «indígenas» o no hegemónicas en el mundo, así como en la difusión de la diversad lingüística que existe en México. También dijo estar interesada en caracterizar eso que comúnmente, vagamente, llamamos lengua indígena.
Hace algunos años, apoyados en distintos cálculos matemáticos, la lingüista y otros investigadores estimaron la tasa de la pérdida de la lengua en determinado pueblo de la sierra mixe. No recuerdo de qué pueblo se trataba; sin embargo, los resultados no fueron alentadores: si continuara ese ritmo de pérdida, en 50 años ya no quedaría ningún hablante. Ni uno solo.
De acuerdo a Yásnaya, al finalizar la colonia, entre el 65 y el 70% de la población total de México hablaba una lengua indígena y ahora, 200 años más tarde, sólo el 6.5% lo hace. La reducción es importante. Especulando poco, podríamos decir que en 80 años sólo el 1% de la población total del país hablará alguna de esas lenguas. En México, existen 12 grupos lingüísticos; en Oaxaca existen seis de ellos. Hasta hace poco, sólo quedaban cinco hablantes de kiliwa, una lengua que se habla en el norte; y en Oaxaca, cinco de ixcateco. La muerte de una lengua está muy relacionada, sin duda, a la muerte o a la represión de sus hablantes.
Pero está acelerada reducción o extinción de las lenguas no sólo ocurre México. «Siempre han muerto lenguas, pero nunca como hasta ahora», dijo la lingüista. «El ritmo al que se están perdiendo es impresionante; mucho mayor al de la pérdida de la diversidad biológica, por ejemplo». Desde su perspectiva, eso está relacionado a «la creación del mundo como lo conocemos hoy, o sea, en países», con la constitución de Estados. En el mundo, aproximadamente conformado por 200 países, se hablan 7 mil lenguas; así, aquellas lenguas que no son oficiales o hegemónicas —6 mil 800 de acuerdo a esos cálculos— están en riesgo.
Pero, a todo esto, ¿qué es una lengua indígena? «Algunas personas dicen: es una lengua más poética». Pero no, «no es cierto: entonces negaríamos que lenguas como el español o el inglés lo fueran», asegura. Otras dicen: «Es una lengua que se hablaban antes de la llegada de Colón». Eso, parcialmente, es cierto pero podríamos decir, por ejemplo, «que el Bretón, que es una lengua que se habla en Francia, es indígena». Muchas otras personas utilizan la categoría «originaria» para referirse a estas lenguas, pero ésa, de acuerdo a la lingüista originaria de Ayutla, también es una palabra que puede rebatirse: «el japonés es una lengua originaria, pero no es una lengua indígena: siempre ha estado ahí, pero en ninguna legislación en el mundo, ni en ningún movimiento, se le conoce» de esa forma.
Sin embargo, la «clave» para definir una lengua indígena está en otra parte: «En Francia, se hablan 12 lenguas distintas al francés; en el 2008, los hablantes de estas lenguas pidieron que reconocieran su existencia; la academia francesa de la lengua dijo que no porque eso atentaba contra la identidad nacional, y para mí eso es una gran clave». Es bien sabido que el Estado, como totalidad endógena, buscaba, utilizando palabras de Sonia Lombardo de Ruiz, «aglutinar a la sociedad en su conjunto»; cercarla a través de varios elementos que incluían el mito de un origen común y compartido, es decir la historia y, sin duda, una sola y única lengua. El Estado tenía entre sus objetivos eliminar las diferencias y borrar los contornos de esa diversidad que, desde su perspectiva, sólo era problemática y compleja. En ese sentido, aseguró la lingüista, «una lengua indígena es una lengua precaria, distinta a la que utiliza el gobierno de determinado país». Así, es probable que esa precariedad compartida sea una de las pocas generalizaciones que podrían hacerse en este caso. «Fuera de eso, todo es diversidad». Entonces, «cualquier lengua cuya población y territorio no alcanzó a formar su propio país es una lengua indígena y por lo tanto siempre es precaria frente a cualquier lengua que utilice el Estado». En México no existe una lengua oficialmente; pero de facto es el español.
Una lengua indígena, por lo tanto, es «una lengua sin ejército, sin marina y sin gobierno que la respalde». Si confiamos en los números y en las estadísticas, la mejor «política lingüística que ha habido en México es la castellanización. Estuvo planeada, tuvo un presupuesto, José Vasconcelos lidereó esta tarea y lo hizo muy bien; lo que no consiguió la Colonia en 300 años [porque] sólo el 30% hablaba español», en 200 años fue posible: la población de lenguas indígenas se redujo del 65 al 6.5% «rápidamente». De alguna forma, para el Estado, se trató de un logró. Y fue con ese logró que se establecieron y sedimentaron distintos prejuicios: desde aquellos que insisten que las lenguas indígenas no tienen escritura y que, además, la palabra “correcta” para nombrarlas es dialecto. Habría que recordar, que«desde la lingüística, la palabra “dialecto” se refiere a una manera particular de hablar una lengua, y bajo esa definición, todos hablamos un dialecto específico de una lengua determinada. Un hablante de español, por ejemplo, no puede hablar el español de Madrid, el español de Chihuahua y el español de la Habana al mismo tiempo. Nadie que habla español habla todos los dialectos del español. No existe una manera neutra de hablar español; por fuerza, todos los hablantes de esta lengua hablamos un dialecto de ella». [1] Y habría que recordar que las culturas mesoamericanas fueron de las primeras en desarrollar la escritura pero con la colonia, se interrumpió el desarrollo de esa tecnología.
Así pues, la definición de lengua indígena que ofreció Yásnaya Aguilar fue una definición de una lengua en una relación inequitativa frente a otra dominante. En ese sentido, unos días más tarde, Cristina Rivera Garza hizo la siguiente pregunta: ¿el español en los Estados Unidos podría considerarse, así, una lengua sin ejército? Creo que responder sí o no es difícil, pero la pregunta es interesante: las lenguas no son hechos dados sino, sobre todo, procesos.
Por otro lado, la lingüista se detuvo en la distinción entre oralidad y tradición oral. Términos que, como dijo, «no son equivalentes». La «oralidad es una propiedad de todas las lenguas del mundo», y la tradición oral es una tecnología mucho más cercana a la escritura. «La tradición oral no reside en la oralidad, reside en la memoria de las personas. Cosa curiosa y por demás interesante: la diferencia, entonces, no es el sonido, es el soporte». Por lo tanto, la lingüista sugiere que esta tecnología podría ser llamada también, o mejor, tradición mnemónica. Y es que «todas las lenguas tienen el derecho a tantos tipos de transmisiones como sean posibles. Entonces, yo puedo enterarme del mito de creación del mundo en mixe que seguramente se decía hace centenas de años». La tradición oral «es un medio de conocimiento del mundo», que incluye textos de muy variada índole: desde textos científicos hasta literarios..
Entonces, «la oralidad no tiene una estructura planificada» y la tradición oral tiene una historia «base»: En ese sentido, la lingüista recordó El corrido de la Martina.
¿De quién es esa pistola,
de quién es ese reloj?
¿De quién es ese caballo
que en mi corral relincho?
Rastreándolo, este corrido puede encontrarse en la Edad Media. Desde entonces, hasta la Revolución Mexicana, sólo cambiaron algunas cosas. En su versión «original» en Castilla del siglo XIII, por ejemplo, decía: «¿De quién es esa espada, de quién es ese jubón?». Se trata «del mismo edificio, pero con algunos cambios». «¿Cómo pudo sobrevivir tanto tiempo? Por la tradición oral. Y esos canales están siendo destruidos. Esos canales, en lenguas como el español, existen en muy pocos espacios». «Escribir un libro de tradición oral no es recatarla es tomarle una foto a un río que siempre va cambiando. Lo que se necesita es reconstruir esos caminos, y esos caminos transitan a través de la memoria de muchísimas personas», concluyó la lingüista. [2]
Hace tiempo, en la segunda edición del Campamento Audiovisual Itinerante (CAI), en medio de una discusión sobre copyright, copyleft, originalidad y autoría, espero que mi memoria no falle, Yásnaya Aguilar dijo que le resultaba interesante que muchas de estas discusiones «contemporáneas» están muy vinculadas a tecnologías como la tradición oral, en la que el soporte es otro, y en la que no existen autorías reconocibles, sino un conjunto, por llamarlo de alguna forma, de edificios compartidos. Espacios habitables que se recorre como se recorre la casa misma.
2. «¿Por qué me parece importante la literatura en este contexto?», preguntó la poeta zapoteca Irma Pineda, originaria de Juchitán. Es decir, ¿por qué es importante hacerlo «en un contexto de dominación con distintos rostros: de la dominación ideológica a la dominación económica», de la represión y violencia a la creación y el fortalecimiento de un «sistema educativo con doble discurso»? «Por un lado, me parece que es importante porque pienso que desde la literatura podemos contribuir al desarrollo y difusión de las lenguas originarias». Es decir: «si yo no hiciera poesía en zapoteco, no estaría aquí contándoles esto. Por otro lado, a través de la literatura se garantiza la continuidad de la cultura, ya sea de una generación a otra, tanto al exterior como al interior» del pueblo. También es importante porque contribuye a la «restauración de la lengua». Quienes escriben en zapoteco, dijo la poeta, evitan utilizar los préstamos que vienen del español, en todo caso, prefieren investigar si existía el término y dejo de usarse o, si no es el caso, crearlo. «Antes no existía la palabra teléfono en zapoteco, y ya existe», recordó la escritora. «Estamos recuperando arcaísmos y estamos produciendo neologismos», dijo. Para ese proceso, aseguró Pineda, es vital la complicidad de las radios comunitarias.
En el caso del zapoteco que se habla en el Istmo, dijo la poeta, la retroalimentación entre la tradición oral y la escritura es evidente. Con caracteres latinos: «Los zapotecos producimos literatura escrita desde 1894», con un texto de Octavio G. Molina. A principios del siglo XX, escritores como Andrés Henestrosa registraron muchas de las historias que se contaban en la región. Pero a poco, por diversos motivos, dejaron de contarse. Actualmente, sin embargo, las están recuperando. «La oralidad ha nutrido a la escritura pero, ahora, también, la escritura a la oralidad.» Se trata de un proceso de ida y vuelta y, sin duda, de un proceso muy distinto al de otras lenguas, y a la del mismo zapoteco, en otras regiones del estado.
De acuerdo a Víctor de la Cruz, citado por Irma Pineda «la escritura, entre los zapotecos, existe desde el periodo preclásico». Y los géneros literarios que han sido identificados desde la colonia son 3: el género sagrado que incluye el mito o la escritura sagrada; el género didáctico, que incluye el proverbio o refrán y el discurso matrimonial; y los géneros recreativos, en los que se encuentran las canciones, poemas, narraciones, y palabras exageradas o mentiras. Y mucho más recientemente, 15 años por lo menos, la novela.
Sin embargo, aunque son numerosos los proyectos en zapoteco, existen, dice Pineda, algunas «contradicciones»: «por un lado, somos culturas con riqueza literaria: nuestras creaciones se difunden por red o por medios impresos, y en lecturas públicas pero, por otro lado, hay pocos lectores; ¿por qué?, porque no todas las personas están alfabetizadas en zapoteco; ¿por qué?, porque nos alfabetizaron en español». La lengua dominante. Al inicio de su charla, Pineda recordó que en la generación de sus padres, la enciclopedia de castigos para quienes decían alguna palabra en zapoteco era muy amplia: desde pagar determinada cantidad por palabra dicha hasta permanecer castigados bajo el sol, parados con los brazos extendidos, sosteniendo un ladrillo en cada mano. Y Juchitán es un lugar caluroso. Mucho.
En ese sentido, uno de los proyectos que adquiere gran relevancia es el de la «difusión oral» apoyada en los libros, pero también —y sobre todo— en «la radio y en las lecturas en voz alta: en escuelas, casas de cultura, parques y a través de medios audiovisuales. El objetivo de estos proyectos, dice la autora, es el «prestigiar» de nuevo la lengua, y trastocar aquellos prejuicios lingüísticos que se han construido poco a poco.
Por último, Pineda insistió en que una de las tareas en que debe insistirse es en la legislación local y nacional. Insistir en el uso de las lenguas que se hablan en los estados. Si en la currícula escolar hay inglés, que también se hablé zapoteco. No se trata de sustituir lenguas, sino de promover la diversidad lingüística e incrementar nuestro vocabulario para nombrar el mundo.
Epílogo
Resulta interesante que muchos de los proyectos que mencionaron las ponentes inician en los libros, no terminan en ellos. Habría que ver, por ejemplo, la antología (monolingüe) de literatura mexicana que recientemente publicó El Ermitaño en mixtecto, zapoteco y en dos variedades de mixe: el libro es un dispositivo que detona otros proyectos que fortalecen y crean relaciones con diversos tipos de lectores. Sin el ánimo de romantizar demasiado, en esos proyectos los lectores son lectores, y no consumidores pasivos y sin agencia. Esta distinción podría ser obvia pero, creo que en la práctica, no lo es tanto.
Al finalizar la conversación me quedaron dos preguntas: ¿cuáles, (parafraseando a Cristina Rivera Garza), son los retos éticos y estéticos de editar, publicar y distribuir libros en un país culturalmente muy diverso, en el que existen 12 grupos lingüísticos? O regresándome un poco, ¿es México, (parafraseando a Yásnaya Aguilar) realmente un país miltilingüe? ¿Es relevante discutir este tipo de preguntas entre las personas que, de alguna forma, nos dedicamos a producir, editar, corregir y distribuir libros?
Notas: En este enlace se encuentran algunas de las columnas que semanalmente escribe Yásnaya Elena Aguilar Gil para Este País: http://estepais.com/site/?s=yasnaya
Y en éste, se encuentra una breve selección de poemas de Irma Pineda: http://leecirce.com/irma-pineda-santiago-lenguaje-las-estrellas/
[1] Página del proyecto Todas se llaman lenguas: http://www.todas-lenguas.mx/#!preguntas/c19hw
[2] Aunque lo ha tratado varias veces, este texto, también de Yásnaya Aguilar, habla mucho más sobre este tema: ¿Oralidad y tradición oral?: http://estepais.com/site/2014/oralidad-y-tradicion-oral/
Mamá nunca me dijo que la vida estaba construida por pequeños secretos que ocultaban la verdad del mundo. Probablemente todos los lugares que me estaban negados tenían una razón de ser. Y por lugares, pienso más en temas, asuntos que «no eran para niños» y que yo, por condiciones de cronología, tenía negadas. En mi marco de pensamiento no existían y no debían ser nombradas porque eran prematuras. Experiencia de vida sesgada que tomaría otras dimensiones con la edad y que se sigue transformando con el paso del tiempo. No existe algo tal como la experiencia universal o el conocimiento de la verdad absoluta. Pero sí, los años van revelando más y más aspectos de la realidad.
Los adultos cumplen la función de censores durante un buen número de años. Los padres en casa y los maestros en la escuela, cada uno atendiendo los asuntos de su conveniencia. En Mamá no me contó,[1] libro álbum de Babette Cole, el protagonista de la historia, hace una lista de cosas que sus padres nunca le contaron pero que empezó a notar y que consideró dignas de preguntarse. ¿Para qué sirve el ombligo?, ¿por qué sus padres se encierran en su habitación por las noches?, ¿por qué puedes odiar a alguien y quererlo al mismo tiempo?, ¿por qué la gente es distinta entre sí? Y ¿por qué hay mujeres que se enamoran de otras mujeres? Preguntas cuyas respuestas no pueden esperar un momento ideal para ser resueltas. Interrogantes que plantea la vida cotidiana y cuyas respuestas modifican la forma de entender al mundo.
La LIJ contemporánea tiende a adelantarse a esas cuestiones y abordarlas como parte de los relatos. Es decir, tocar temas sensibles/complicados/perturbadores con la naturalidad de la ficción. Cuestionar los principios de censura para irse directo a estos asuntos. Rey y Rey[2] de Stern Nijland y Linda de Haan cuenta la historia de un príncipe que está en busca de una mujer para casarse con ella, convertirse en rey y ella en su reina. En su palacio lo visitan mujeres de todo el mundo pero a él ninguna le complace. Cuando está por darse por vencido, a lo lejos ve a alguien y sus ojos se iluminan. Se trata de un joven a quien no había visto nunca; quedan flechados. El príncipe encuentra a la persona que buscaba. Se casan, se convierten en rey y rey, son felices y comen perdices.
Esta obra se vuelve una referencia obligada cuando se cuestiona qué temas pueden tocarse en la LIJ y qué tratamiento se les debe dar. Sigue la estructura clásica de un relato de amor pero con un giro radical que cuestiona el modelo conservador alrededor de las relaciones de pareja en las que el amor es de un tipo y debe ceñirse a ciertas reglas. La pregunta y la polémica que siempre surge es si las condiciones en el mundo de lectores infantiles ya están dadas para que este relato funcione y no sea sólo un giro que deje al lector sin una explicación o lleno de dudas al respecto. Son lecturas que requieren un acercamiento previo al tema, intercambio de opiniones o momentos de reflexión.
Porque la censura no radica en los temas en sí. Se puede hablar de cualquier cosa, la diferencia está en cómo se aborda cada una. El trabajo del autor de LIJ está en ese punto: acercar un tema a cualquier lector, sin subestimarlo, más bien tomando en consideración sus experiencias de vida y los posibles acercamientos previos al tema.
Un escritor de literatura infantil que destaca es aquel que no carga con tabús, que tiene la capacidad de abordar un amplio espectro de temas y reflexionar junto con sus lectores. Poner luz sobre ciertos aspectos de la vida, intentar resolver o compartir aquellas dudas repetidas, dudas que van más allá de la edad y que deben resolverse poco a poco. La ficción, a través de una serie de elementos literarios, da perspectivas distintas sobre un mismo tema y le da una visión matizada al lector. Mismo que más tarde construirá un criterio y tomará una postura informada.
La tendencia actual es que la LIJ se desprenda de este peso moral y empiece a diversificarse. En los últimos años, cada vez es más común mirar libros que hablan de familias con dos padres, madres solteras, abusos, violencia y un largo etcétera. Hay esfuerzos mejor logrados que otros, por supuesto, pero es una realidad que influye a la ficción y le sugiere mirarse con más detalle.
[1] Cole, Babette, Mamá no me contó, Barcelona, Serres, 2004
[2] De Haan, Linda; Nijland, Stern, Rey y Rey, Barcelona, Serres, 2004.
Escribió Borges que «somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos». Quizá la memoria no sea otra cosa que una particular manera en la que recontamos las historias vividas o inventadas frente a los espejos rotos. Veo ahí a Miguel Donoso en los últimos años de los setenta, con su suéter de botones, su barba de León Trotsky y esa corpulencia de montaña al amanecer, haciendo gala de una generosidad cómplice ofrecida a cuanto joven con ganas de ser escritor que visitara el décimo piso de la Torre de Rectoría de la UNAM.
Creo que lo escuché por Radio Educación: Punto de Partida tenía un taller literario en Ciudad Universitaria. Miguel Donoso nos recibía sin demasiado trámite. Era el maestro ecuatoriano que todos los lunes de 6 a 10 nos obligaba a mirar de frente a las palabras, a festejarlas y respetarlas. Los sobrevivientes de la aventura se aferraban al barco. Miguel sorteaba o provocaba los oleajes. Si reconocía una verdadera condición de escritor o de lector, no dudaba en entregar su amistad. Poco a poco identificábamos que el conocimiento del oficio no sólo está en el encuentro con el acierto, sino también en el descubrimiento del error. Elogiaba sin aspavientos y tacañería, señalaba fallas sin contemplaciones. Era el guía, el amigo, el confidente; el maestro, desenfadado y mordaz, con una capacidad enorme para comer tacos al pastor, para la risa explosiva y la sonrisa discreta.
Miguel es uno de mis padres. Rosario Castellanos dijo que «el que se va se lleva su memoria, su modo de ser río, de ser aire, de ser adiós y nunca». Pero el maestro Donoso es tan sorprendente como un cuento redondito. Nosotros, sus alumnos, abandonamos la absurda creencia de que los héroes de Ecuador eran solamente Julio Jaramillo o Ítalo Estupiñán, el goleador del Toluca de aquellos años. Miguel era el héroe al que abrazábamos los lunes, el que vemos en los fragmentos del espejo todos los días.