Tierra Adentro

A partir de una serie de preguntas que funcionan como guía, Juan Carlos Hidalgo dirige esta conversación entre músicos y periodistas en la materia que intenta abarcar el estado actual del rock en nuestro país. El estilo, las influencias, el idioma y los cambios generacionales son algunos de los temas aquí desarrollados.

 

 

JUAN CARLOS HIDALGO

[EN ADELANTE EN AZUL]

No podría resultar más simbólica y significativa la frase con la que Juan Villoro respondió a la ovación de sus seguidores, cuando en diciembre pasado se presentara con el espectáculo Mientras nos dure el veinte, junto a los Caifanes Diego Herrera y Alfonso André, Federico Fong de La Barranca y el guitarrista Javier Calderón. A manera de conclusión de las dos noches en El Museo del Chopo musicando sus cuentos —principalmente del libro Tiempo transcurrido—, el también crítico de rock expresó: «No estábamos preparados para el éxito, sólo para el fracaso».

Y es que el rock mexicano parece siempre ir en contra, imponiéndose a detractores que también proceden de su propio feudo. En nuestro país se editan más discos de los que se cree, pero es difícil encontrar cifras fidedignas. El rock es al mismo tiempo una obra de arte y un producto comercial —su naturaleza es ambivalente—. Con el tiempo se ha multiplicado exponencialmente, no sólo en calidad y cantidad sino en el contacto con otros subgéneros con los que se relaciona (de lo experimental a la cumbia).

Al rock mexicano se le acusa de machista y le salpica la misoginia de cierta parte del rap; acusa tensiones entre las clases sociales y —como el resto del país— es en parte discriminatorio; evidencia una separación ideológica entre las nuevas generaciones

y las viejas figuras. Sólo aquí un grupo punk marginal puede rechazar la atención mediática; el rock mexicano pretende proyectarse al futuro prestando poca atención a la tradición local y a la revisión de la historia, y aun así es una oportunidad de negocio y un espacio de identidad ideológica. A veces ignora que es importante su relación con otras disciplinas artísticas —como la literatura— y se preocupa poco por el manejo del léxico y la sintaxis. Pero, se ha afianzado como una de las escenas más atrayentes no sólo para el resto del continente sino para todos los hispanoparlantes.

Siguiendo el dicho de Andrés Calamaro: «Es casi tan lindo hablar de música que hacer música», un grupo de periodistas confluyen para disertar acerca de diferentes tópicos que marcan nuestra actualidad roquera. El grupo pretende reunir distintas generaciones y perfiles, además de evadir al centralismo y sumar voces del interior del país. La conversación es una práctica en la que la civilización se opone explícitamente a la barbarie. Iniciamos:

Hace no mucho Juan Villoro declaró que al rock mexicano le hace falta un cambio generacional; esto causó fuertes polémicas en foros, blogs y otros espacios. ¿A qué se deberá que provocara tanta molestia? ¿Acaso no es una necesidad evidente de la escena nacional?

ENRIQUE BLANC: El malestar ocasionado por Villoro puede obedecer a su desconocimiento de lo que realmente está sucediendo en el país en lo que al rock respecta. Sí creo que hay un cambio generacional entre, digamos, Maldita Vecindad y Ampersan. De hecho, veo con mucha claridad que el advenimiento de internet generó una ruptura conceptual entre los roqueros de la generación surgida con «Rock en tu idioma» y subsellos como Culebra y Manicomio, y los que llegaron después. Fue la generación MySpace, en principio, la que volvió a considerar hacer letras en inglés —cuando eso ya estaba superado años atrás— y a pensar que podían conseguir atención fuera del país. Pocos lo lograron (Le Butcherettes y Lorelle Meets The Obsolete). Posteriormente ha surgido una generación que aprendió las ventajas que ofrece la web, así como de la aventura que significa ser independiente, y está dando frutos.

A esta generación pertenecen Pumcayó, Belafonte Sensacional, Los Mundos, Troker, Centavrvs, entre muchas otras agrupaciones que aportan a una oferta que ha crecido de manera impresionante. Por eso es cada vez más complicado destacar. Sin embargo, me parece que hay frutos importantes ya en esta generación, que han aprendido a asumir su quehacer artístico y a transformarse, de un proyecto musical, en una empresa que los empuje y los saque adelante, cosa que no existía en el pasado.

BELAFONTE RAMÍREZ: No sólo es una necesidad, es algo que sucede todo el tiempo y está sucediendo ahora. A veces se nos olvida que el rock es más que música; es un espíritu juvenil cuya naturaleza lo obliga a cambiar constantemente y a renegar del pasado. Habría que ponerle atención a eso y dejar de escuchar lo mismo una y otra vez, dejar de escuchar la radio y ponerse a escuchar al vecino, ir a los toquines: ahí está la grasa.

La molestia, supongo, tiene su origen en el desconocimiento de Juan Villoro de una nueva generación que está haciendo el rock and roll del siglo xxi en la Ciudad de México. Podría decirle a Villoro que lo que hace falta es un cambio generacional en la literatura mexicana, pero también ya está sucediendo en las editoriales independientes y en jóvenes escritores que todavía no han sido descubiertos por Alfaguara o una de esos sellos.

VICENTE JÁUREGUI: Convendría poner en contexto la declaración de Villoro, pues él habló de bandas como Café Tacvba y Molotov, es decir, bandas consagradas, y la respuesta del gremio periodístico replicó mal. El argumento general de los periodistas estaba basado en bandas con indudable propuesta pero con muy poca popularidad. En ese sentido creo que Villoro tiene razón, pues es indudable que hay muchas bandas y escenas sucediendo al mismo tiempo, pero dentro de ese semillero no hay ninguna que se pueda considerar verdadera representante de una generación como tal, al menos no al nivel de las bandas a las que Villoro aludió. El Vive Latino es un ejemplo claro: después de Zoé, no existe ninguna banda mexicana que pueda ser headliner del festival y tener a sesenta mil personas esperando a las once de la noche. Todas las bandas encargadas de cerrar los escenarios principales son de la vieja guardia y, en ese sentido, es preocupante la falta de bandas grandes, con un nivel de convocatoria más amplio y un repertorio que rebase el éxito efímero del sencillo afortunado. Muchas bandas están virando hacia lugares sonoros inéditos en la escena nacional, pero carecen de canciones que perduren y que realmente impliquen ese relevo generacional que, honestamente, urge.

Y así es notorio que la edad de los miembros de muchos de los grupos emergentes está por debajo de los treinta años. ¿Será que conocen y respetan la tradición de la que proceden, o de plano la ignoran? ¿Harán lo mismo con la historia del rock en general?

ALEJANDRO MANCILLA: Con la llegada de internet, las influencias se multiplicaron, pero eso las hace más obvias e, irónicamente, más homogéneas. Es más difícil ser original en un tiempo en que la tendencia es el reciclaje. Apelar al pasado es lo más fácil, pero no todas las bandas tienen ese respeto y se quedan en la superficie. Aunque, a propósito de eso, creo que no necesariamente se tiene que estar en deuda con los antecesores: a las bandas nuevas les tocó un contexto más globalizado y el concepto de escena local está desapareciendo junto con las fronteras. La utopía de un rock mexicano con elementos folclóricos, que a veces resultaban en experimentos con cierta identidad, se ha ido diluyendo entre las nuevas generaciones. Quizás algún grupo se atreva a recuperar el México perdido como lo hicieron tantas bandas del pasado reciente, pero por lo pronto abundan los anglicismos hasta en el modo de bautizar a sus grupos.

BR: La nueva generación está más informada y tie­ne más recursos; reconoce su historia y valora lo que en su tiempo no se tomó en cuenta. La nueva generación está haciendo una música propia, ingeniosa, rebelde, violenta y honesta.

VJ: En mi experiencia, al entrevistar bandas emer­gentes, una constante es que su atención está dirigida hacia lo que pasa en otros países. Cuan­do hablan de bandas nacionales siempre se refieren a las mismas vacas sagradas, jamás citan a bandas que hayan existido antes de los noventa. A la mayoría lo que precedió a MTV Latino les resul­ta tedioso y, por lo tanto, indiferente. No ocurre lo mismo con la historia del rock anglosajón, de la que su música trata de abrevar. Hay una idea mucho más amplia y de interés genuino por parte de las bandas con miembros menores de treinta años.

EB: No hay que ser un intelectual para hacer buenas canciones de rock. En su mayoría, los músicos que han destacado en el rock no tienen un grado de estudios que pueda presumirse. La magia del rock es que ha permitido a mentes muy desarrolladas y creati­vas, y obviamente distantes de la academia, demostrar su genio y originalidad para decir las cosas. Allí están, entre otros, Bob Dylan, Ray Davies, Tom Waits. Creo que todo músico de rock abreva del pasado y que en su interés particular estará la justificación de sus predilecciones. No tienes que mirar necesariamente a tu propia tradición para estimular tu creatividad. Claro, hay un sentido de pertenencia y reconocimiento en el hecho de que Café Tacvba rinda homenaje a Jaime López, por ejemplo, o incluso a Los Tres. Lo mismo puede decirse del relevo que Belafonte Sensacional ha tomado del rock rupestre. Pero me parece suficiente que a un gru­po como Troker lo inspire la obra de Medeski o Martin & Wood para hacer música propia y original. Querer intelectualizar al rock es negar el aporte que grupos como Ramones o Sex Pistols le han dado al género.

A finales del año pasado el periodista Alejandro González contactó al grupo de punk Mujercitos con la intención de en­trevistarlos; los músicos declinaron la oferta y, entonces, Gon­zález decidió escribir un artículo. Una vez publicado, la banda contactó al autor para expresar su molestia porque habló de ellos. Una vez más, el sainete en las redes sociales no se hizo esperar. ¿Será tal actitud algo sintomático de ciertos sectores radicales que existen en el país? ¿En el rock sigue existiendo un problema de clases sociales?

EB: Más que rivalidades o distanciamientos entre clases sociales, yo hablaría de las ri­validades y distanciamientos que hay en­tre las tribus que veneran tal o cual estilo musical y la apertura que han aprendido a tener hacia lo ajeno. Nadie va a negar que el metal y el hip-hop son mundos aparte, con sus reglas propias, que cohabitan a distancia; casi no se tocan y sus seguidores fie­les son incluso reconocibles a los ojos de los demás por su ves­timenta y hábitos. Si analizamos la actitud de Mujercitos, muy ligada a los principios punk de la subsistencia en la marginali­dad, ésta puede justificarse. Yo diría que eso ya está muy rebasa­do, aunque respeto y entiendo su militancia. No olvidemos que el grupo emblemático del género, los Sex Pistols, detonó la carrera del documentalista musical por excelencia, Julien Temple. Los estilos musicales también evolucionan y tienden a intercambiar señas de identidad con el fin de transformarse y adaptarse a los nuevos tiempos. Recuerdo la época en que aquellos que tenía­mos a la guitarra eléctrica como el símbolo inequívoco del rock renegábamos del uso de tecnologías electrónicas. Hoy en día na­die se acuerda de aquella polaridad prejuiciosa.

BR: El problema de las clases sociales existe en el rock y en el mundo, pero a mí me emociona que una banda diga «no», que tenga esa conciencia y esa coherencia: otro síntoma de que ya hay un cambio en la forma de hacer y de decir en la escena nacional.

AM: Creo que en este caso fue una cuestión más de pose que de auténtica radicalidad. Me pa­rece válido cuando se obedece a una postura real de marginalidad: si ellos no quieren estar en ciertos medios, es parte de su propuesta o anti-propuesta. Y claro, el rock sigue siendo clasista, de influencias y de amigos, pero eso ocurre en todo el mundo. En México el elitismo se nota hasta en la distri­bución de los géneros; por ejemplo, el metal abunda en la perife­ria, lo mismo que el llamado género urbano. Hace años salió un libro fotográfico, Sonidos Urbanos, que delimitaba a las bandas por zonas geográficas. Los datos que arrojó fueron interesantes, así como las influencias de los grupos defeños y los estilos musi­cales por colonia.

En una sociedad globalizada, y tomando en consideración a la diversidad cultural, pareciera que a fin de cuentas lo que importa es la calidad en la propuesta de un grupo por encima del idioma en que cante; ¿debería ser éste un asunto para se­guir discutiendo? ¿Hay que restarle méritos a los grupos que no cantan en español cuando no aplicamos el mismo criterio a los grupos instrumentales, a los de lenguas originarias o a los que incluso inventan la suya?

VJ: Es una discusión que parece importarle más a los agentes externos que a las mismas bandas, aun­que en realidad se trata de una pregunta para las bandas porque, en definitiva, si se busca cierto flujo de capital, el inglés resulta un obstáculo en nuestro país. Son contadas las bandas que han logrado internacionalizarse cantando en inglés, y casi nulas aquellas que han trascendido o rebasado la categoría de nicho en México. No es cuestión de restarles méritos, aunque en ocasiones muchas bandas confiesan que cantan en inglés por­que es más fácil y resulta más conveniente abrir su discurso en un idioma ajeno.

AM: Todo está en función de la calidad de la pro­puesta y hasta del género. A una banda que haga música bailable o irónica, se le perdona (si es que hubiera algo que perdonar) que lo haga en inglés; por ejemplo, nadie se lo reprocha a Plastilina Mosh ni a Quiero Club, pero su música es más bien festiva. Si una banda quiere ser to­mada en serio y decir algo más allá de la música y el beat, creo que sí debe tener un discurso en español. De lo contrario, no pasará de ser una banda divertida que no dice nada. Y sí, creo que el asunto amerita más discusión. En Argentina, durante la prohibición de escuchar música con letras en inglés (en medio de la Guerra de las Malvinas), floreció un movimiento de ban­das brillantes que demostraron que se podían hacer buenas le­tras en español. En México me pareció loable la iniciativa de que sólo grupos hispanoparlantes pudieran tocar en el Rockotitlán en los años ochenta. Creo que, más que nacionalismo, es pura congruencia. Los grupos mexicanos que hacen letras en inglés se defienden diciendo que lo que ellos escuchan es en ese idioma y que es más fácil hacer letras en inglés. Pero es cuestión de ver más allá, de identificarse con su contexto, de leer, de tener refe­rencias culturales con su entorno. Ya hay muchas bandas que, trascendiendo el pastiche del «Rock en tu idioma», han logrado hacer grandes letras en español, así que no hay pretextos.

BR: Cada quien es libre de cantar en el idioma que se le pegue la gana, ¿para qué limitar el canto?

EB: Al ser subjetivo, el tema de la calidad mu­sical es interminable. Para mí, una de las bandas más virtuosas son Los Lobos, quienes lo mismo interpretan estilos del folclor mexicano que rock de raíz, e incluso se atreven a entrecruzar ambos mundos. Si cantan «La Bamba» me parecen estupendos, del mismo modo que cuando interpretan «Cumbia raza» o cualquiera de sus te­mas más roqueros. En lo suyo no hay límites, pero sí me parece interesante que su obra parte de la doble realidad que experi­mentan al ser hijos de mexicanos viviendo en Estados Unidos. Pareciera que más que ver con la calidad, el argumento a dis­cutir está ligado al principio de honestidad y pertenencia, así como al de la inventiva; valores que se aplican a todas las artes. La belleza de una propuesta arranca en el sentido de pertenen­cia que desarrolla dadas las condiciones en las que surge, por eso es que los roqueros mexicanos que cantan en inglés me resultan menos interesantes que los que lo hacen en el idioma en que se comunican cotidianamente. Pero nadie puede negar que hay casos excepcionales. ¿Por qué veneramos a Björk si no canta en islandés o a Air si no lo hacen en francés? En días recientes, por ejemplo, me ha llamado mucho la atención la propuesta de Ibe­yi, esas gemelas radicadas en París, de ascendencia cubana, que han decidido cantar en inglés. No obstante, si bien en algunos momentos uno podría imaginar que más bien radican en Nueva York, el componente cubano que tiene su música no sólo les da identidad, también habla a favor de su creatividad. Que canten en inglés y no en castellano o francés, en su caso, no me provoca comezón alguna.

A propósito de la globalización, ¿continúa siendo deter­minante el contexto donde surgen las bandas para su de­sarrollo, concepto y estilo musical? Es decir, ¿todavía hay diferencias estrictas entre grupos surgidos en distintas zo­nas socioculturales? ¿Dejó de ser relevante el concepto de escena regional?

AM: Internet está matando la escena regional debi­do a que las bandas toman sus influencias de lo que ven y escuchan en la red. Antes dependía de cuántas tiendas de discos hubiera en tu ciudad, de la escuela a la que ibas, de que un amigo viajara, o de cierto círculo social. Hoy todo es un poco más promiscuo; sin embargo, hay grupos interesantes que retoman muchos elementos de la zona donde crecieron y los reflejan en su música, tanto como hay otros que pretenden hablar como si hubieran crecido en Manchester aun­que no hayan salido de la Ciudad de México.

VJ: Con internet se comenzó a diluir ese concepto, pues una banda de Uruapan puede escuchar lo mismo que un chilango. Así surgen proyectos con influencia de britpop o de math rock en cualquier parte de la Re­pública. Sin embargo, hay personajes como Juan Cirerol, colec­tivos como Nortec, bandas como Sonex, que aún deben mucho a su geografía.

EB: A veces, incluso, la pertenencia a una geo­grafía particular condiciona las formas de expresión de sus nativos y, entonces, po­dríamos aventurarnos a decir que: ¡no hay manera en que un mexicano pueda sonar como un inglés aunque ambos abracen la misma guitarra! Algo así se contaba sobre Javier Bátiz, quien, por más que se esforzara por cantar como John Lee Hooker, ter­minaba sonando como Tin Tán. Para su generación quizás eso fue percibido como una desventaja, pero a través del tiempo se convirtió en un signo de identidad. Como ellos mismos lo han ma­nifestado, los Tinariwen han querido ser los bluesmen africanos, pero su manera de entender el género les ha dado un sello muy particular que, aunque nos evoquen a cualquiera de los músicos de blues americanos, hace que suenen a ellos mismos y eso es lo que les ha dado un lugar propio en el universo musical. En otras palabras, el contexto en el que surge un artista lo influye por más que éste desee esconderlo. Es ahí donde surgen las contradiccio­nes y donde es evidente quién pretende ser el Mick Jagger de su región y quién es simplemente él mismo.

¿Habrá algo inherente a la música que complique que las ban­das nacionales se escuchen fuera de México? El talento de exportación es contado, pero ¿será que esperamos que se co­loquen en países muy importantes y no tomamos en cuenta que tal vez penetren en escenas emergentes de Centroamérica y otras partes del continente?

AM: Sí, para que un grupo pegue en un escenario invadido de clones debe ser muy original y re­flejar sus raíces. Por más bueno que seas, el público siempre va a querer escuchar algo diferente a lo que se hace en su país. ¿Qué sentido tiene sonar como los grupos que Pitchfork ensalza diariamente, cuando hay miles de bandas lo­cales que suenan así y que tienen la ventaja de componer letras que dicen más que las de unos extranjeros que quieren ser como ellos? El rock mexicano debe mirar hacia dentro antes de querer ser portada de NME. Hay un público inmenso en Latinoamérica y España como para pretender ser la última novedad en Londres o tocar en un festival y desaparecer. Creo que es más trascenden­te un grupo que deja huella en su escena local, que se forja con su gente, que salir en un blog como la recomendación del mes.

VJ: Las bandas que más posibilidad tienen de trascender en países «importantes» son aquellas cuyo sonido muestra alguna influencia de folclor. Quizá a un francés no le in­teresaría Zurdok, pero sí Café Tacvba o Nortec. Caifanes resulta desconocido en Rusia pero no Molotov, y su manera tan peculiar de ser los Beastie Boys en espanglish. Zoé puede ir varias veces a Europa, pero su sonido es tan ordinario allá que Sonido Gallo Negro en menos de dos años logra un mayor impacto. El merca­do latinoamericano es muy amplio y varias bandas lo han sabido aprovechar. Tiene que ver con la disposición y el presupuesto de las bandas, pues en un primer momento son inversiones sin nin­gún tipo de garantía. Lo que no creo es que las bandas desdeñen una u otra área de oportunidad. Para una banda (cuerda) resulta igual de importante tocar en Chile que en España, me parece.

EB: No puede negarse la existencia de merca­dos musicales alrededor del orbe. Los mú­sicos de hoy deben estar informados sobre ello con el propósito de medir, con base en las características de su propuesta, las posibilidades de éxito que pueden tener. Así se explica por qué es más fácil ver en Coachella a grupos mexicanos como Kinky o Porter que a españoles como Los Planetas, que son parte de festivales europeos celebrados en España con gran inte­rés de audiencias británicas. Cada mercado ofrece características propias y oportunidades a ciertos tipos de proyectos musicales. ¿Cómo puede explicarse que Troker sea una de las escasas agru­paciones latinoamericanas que han repetido consecutivamente en el afamado Glastonbury? Quizá mucho tiene que ver con que su apuesta no contenga letras, así como, obviamente, porque hay calidad y originalidad en su propuesta. Claro, en ocasiones tam­bién surgen casos inexplicables, como el hecho de que El Guincho ganara tanta popularidad en el ámbito electrónico internacional.

Un error muy común de las propuestas musicales mexicanas es que suelen mirar hacia el mercado musical anglosajón, en lugar de hacerlo hacia Latinoamérica. La nueva generación de talentos chilenos es un caso interesante porque, aunque en su país toda­vía no tienen un mercado que pueda considerarse desarrollado, han conseguido llamar la atención tanto en México como en Es­paña, lo cual les ha permitido internacionalizarse en cierta me­dida. Hablo de Gepe, Astro, Javiera Mena, Francisca Valenzuela, etc. Lo curioso es que ahora hay mucho interés, tanto por sellos independientes —el mexicano Intolerancia es uno de ellos—, fes­tivales e incluso periodistas, por trazar redes de comunicación e intercambio a lo largo de un territorio que une a los latinos de Estados Unidos con los mexicanos, los colombianos, los argenti­nos, y el resto de Iberoamérica. Esto, en cierto sentido, significa volver a la idea bolivariana que en otros días hizo coincidir en festivales a Fito Páez con Café Tacvba, Aterciopelados, Los Ami­gos Invisibles, Rubén Blades, Paralamas y Seguridad Social. Hay un gran mercado por desarrollar en Hispanoamérica, y es un reto intentar equilibrar la balanza a favor de una música hecha con dignidad y búsqueda artística en contra de aquella sustentada en maquiavélicos intereses económicos.

BR: El mundo entero necesita saber que el rock mexi­cano no es Maná.


Autores
De los años sesenta tomó la inconformidad recalcitrante; de los ochenta una pasión crónica por la música; de los noventa la pasión literaria. Durante la década de los dosmil buscó la manera de hacer eclosionar todas sus filias. Explorando la poesía ha publicado: Loop traicionero (2008), Suave como el peligro (2010) y Combustión espontánea (2011). Rutas para entrar y salir del Nirvana (2012) es su primera novela. Es colaborador de las revistas Marvin, La mosca, Variopinto e Indie-rocks y los diarios Milenio Hidalgo y Reforma, entre otras publicaciones.
es periodista musical, locutor y productor. Ha colaborado en diversas revistas y periódicos de México y Estados Unidos.
(Ciudad de México, 1982) escribe canciones en una banda emergente llamada Belafonte Sensacional. Han editado dos discos: Le petit riot y Gazapo. Actualmente está grabando una tercera producción titulada Gabinete Maravilla.
(Uruapan, 1978) guarda una duplicidad entre la música y el periodismo. Fue editor de la revista Marvin y es guitarrista de Capo.
es músico, guionista y periodista. Actualmente jefe de redacción de la revista Círculo MixUp y colaborador de diversas publicaciones.