Alguna vez escuché que para leer por primera vez a un escritor es bueno empezar por sus cuentos. No sé si sea verdad, pero en el caso de la obra de Saul Bellow (1915-2005) habría que tomar por cierto este rumor. Aunque hay excepciones notables (Borges es una de ellas), cuando uno entra al universo de la obra de un autor entiende que su ambición estética se concentra en las novelas —más cuando la novela goza de un prestigio a nivel publicitario del que otros géneros todavía adolecen. Sin embargo (tal como sucede también con Borges), es en los cuentos donde se condensan las repercusiones literarias, culturales e históricas de escritores como Bellow, que con el tiempo se convirtió en un clásico de la literatura. Nacido en Quebec, pero criado en el peligroso y pobre Chicago de la Gran Depresión, Bellow da cuenta, acaso mejor que ningún otro, de la crisis económica de medio siglo de los Estados Unidos. La publicación en 1975 de El legado de Humboldt le mereció el Nobel un año después, y aunque tras el premio escribió novelas memorables como La verdadera (1997) o Ravelstein (2000) —esta última publicada cinco años antes de su muerte— han sido sus cuentos los que retratan el contexto de opresión que vivió de joven.
En oposición a sus novelas, los relatos de Bellow resumen sus obsesiones, a pesar de su extensión, muchas veces demasiado amplia que, no obstante, por ningún motivo debería hacernos creer que se trata de novelas breves, pues mantienen la tensión a lo largo de las treinta o cuarenta páginas que consta la mayor parte de sus cuentos. La introspección a la que se inclinan sus personajes desmenuza los temas que distinguen el resto de su obra: la pugna entre la modernidad del presente y el pasado tradicionalista (ortodoxo para muchos de ellos, judíos inmigrantes), la identidad religiosa como un problema que acompaña a distintas generaciones, las crisis existenciales de los protagonistas, el humor como un modo de envolver su vulnerabilidad. Sus cuentos pueden entenderse como alegorías de la crudeza del zeitgeist de posguerra que vivió Bellow, en la paupérrima Chicago de los treinta.
Por esta razón, la cuentística de Saul Bellow resulta reconfortante en la medida en que sus historias retratan con nitidez no solo su tiempo, sino también el nuestro, una época bisagra donde la literatura ayuda a resistir el sistema económico y político que nos amenaza a diario; bisagra porque vivimos un momento histórico sin precedentes: la humanidad frente a las máquinas, lo espiritual y lo artificial conviviendo a diario, la memoria como puente hacia una comunalidad oprimida por los valores egoístas del capitalismo más rapaz, salvaje, inhumano. Por esta razón, decidí enfocarme en algunos de los cuentos más importantes de Saul Bellow, los que representan a mi parecer ese momento de inflexión cultural en su obra. Y esta es mi manera de rendir un homenaje a uno de los escritores estadounidenses más prolíficos del siglo XX.
“Buscando al señor Green” (1951)
Escrito a mediados del siglo pasado, el protagonista de “Buscando al señor Green”, George Grebe, se parece tanto a un repartidor de Uber Eats que es difícil no solidarizarnos con su desventura. Tiene mucho de la desesperación que viven constantemente quienes trabajan en situaciones de precariedad y bajo el yugo de un sistema económico que jamás los voltearía a ver de otro modo que no sea como esclavos al servicio de esta clase de empresas. Grebe es contratado por el ayuntamiento de Chicago para llevar los cheques de beneficencia a los ciudadanos de los barrios más pobres de la ciudad.
Grebe es un don nadie de buen corazón, alguien que al igual que los hombres que busca, necesita el dinero que reparte. Es su primer día en ese trabajo, y aunque creía que sería fácil salir a la calle y entregar los sobres a cada ciudadano, su labor resulta tan cansada que por momentos decide declinar y volver a la oficina de su jefe. Pero su dignidad no se lo permite. Debe encontrar a un tal señor Tulliver Green, alguien que Grebe imagina como un viejo en silla de ruedas que necesita que le lleven su dinero hasta la puerta de su casa, porque no ha podido ir a cobrarlo por cuenta propia.
Bellow es consciente de los roces que hay entre negros y blancos, y el racismo sistemático en que se mueve Grebe hace que su presencia resulte amenazadora en los barrios pobres de Chicago. Ni el portero ni el tendero ni nadie le ha podido dar información sobre el señor Green, pero Grebe persiste a pesar de que sabe que a Raynor, su jefe, no le interesa en lo más mínimo entregar ese dinero. La sensación de agobio e impotencia que enfrenta Grebe recuerda mucho la burocracia kafkiana: la crudeza de un sistema corrupto que desdeña a los pobres. Es así que durante el trayecto que sigue el protagonista de Bellow, casi como si ocurriera una epifanía que le revela el status quo, Grebe se encuentra a Winston Field, un hombre que se siente obligado a demostrar su valía por medio de la documentación que el ayuntamiento pide a esta clase de personas. Field le muestra a Grebe que ese dinero que trae en el sobre es suyo, aunque el repartidor no se lo haya pedido por considerar su gesto como algo sin importancia, en medio de la podredumbre en que vive él y los demás ciudadanos negros. Antes de que se vaya, Grebe recibe de boca de Field un discurso que hace que el repartidor se replantee no solo su trabajo en el ayuntamiento, sino sobre todo su función dentro de los engranajes de un sistema injusto:
“Grebe permaneció sentado, la enrojecida frente emparejada con su pelo bien cortado y las mejillas metidas a los lados del cuello de la camisa. El fuego endurecido brillaba con fuerza dentro de los marcos de cola de pescado y de hierro, pero la habitación no era confortable. Se quedó allí sentado escuchando al viejo mientras le contaba su plan. El plan consistía en crear una vez al mes un millonario negro por suscripción popular. Un joven inteligente y de buen corazón que se eligiera cada mes firmaría un contrato en el que se comprometiese a hacer uso del dinero para iniciar un negocio en el que empleara a negros. Esto se anunciaría mediante cartas en cadena que irían convocando a todos los asalariados negros, los cuales contribuirían con un dólar al mes. En cinco años habría sesenta millonarios.
—Eso nos conseguirá respeto —dijo con un sonido entrecortado que le salió como algo dicho en extranjero—. Hay que tratar de organizar todo el dinero que se tira en la rueda de la política y en las carreras de caballos. Mientras te lo puedan quitar, no te van a respetar. El dinero, ¡ese es el sol de la raza humana!” (221)
El extraordinario plan del viejo Field despierta en Grebe cierta sensación de entereza y renueva su justificado objetivo: encontrar al señor Green. Las reflexiones entonces se hacen más intensas: Grebe no deja de pensar en el momento exacto en que se jodió la ciudad, qué hizo que se jodiera, qué obligaba a que esos hombres, con los que compartía únicamente la desdicha de la pobreza (pero jamás las consecuencias del racismo, esa otra violencia estructural), a permanecer desterrados del resto de la ciudad y no llevar a cabo el plan de Field. Porque para él, “casi no sirve de nada tener un nombre si no te pueden encontrar con él. No representa nada. Para eso igual le daría no tener nombre” (224). Grebe, contra viento y marea, va en busca ya no solo de un nombre, sino de un plan: la promesa de que el individuo importa, debe importar, aunque el sistema lo degrade a la calidad del fantasma.
Al final, George Grebe, el repartidor de cheques de beneficencia, encuentra el buzón de los Green. Una mujer sale por él, no es Tuliver, sino acaso su esposa, que baja las escaleras borracha. La señora Green recibe el sobre y Grebe, aunque sin cumplir plenamente su cometido, satisfecho pero no del todo, por fin entrega el sobre con el dinero prometido.
“El viejo sistema” (1967)
Samuel Braun, científico dedicado a la investigación genética y sus repercusiones en la herencia del carácter intrafamiliar, toma un café en la cocina de su casa mientras rememora los antecedentes de su infancia. Su devoción a la ciencia no deja de lado las cábalas judías de su familia, el pensamiento mágico de una religión a la que se siente unido menos por la práctica que por los problemas de sus primos. Para Braun, los procesos moleculares del ADN son la “única heráldica auténtica del ser” (147). Tras la muerte de su primo Isaac, Braun recibe la llamada de su esposa. A partir de entonces Braun se pone cómodo para recordar la problemática de los Braun, judíos de segunda generación que nacieron en los Estados Unidos. Esta forma en el relato –un narrador que interviene poco en las evocaciones que hace a partir de un hecho en concreto, en la mayoría de los casos situaciones familiares, rencores del pasado, problemas con los padres– es recurrente en los cuentos de Bellow.
Las peleas intestinas en la familia Braun se remontan a la infancia de Isaac y su hermana Tina. Tras la muerte de la tía Rose y el tío Braun, padres de los chicos, Isaac se esfuerza por aprovechar el dinero que le heredan sus padres, pero Tina no lo permite y se opone con rencor a la carrera como empresario e inversor de su hermano. El relato podría leerse como el lado b de “Buscando al señor Green”: Isaac es el “playboy capitalista” que construye edificios y arma una ciudad entera para gente que desconoce, pues sus verdaderos intereses están puestos en su ambición ligada a los preceptos judaicos. Es un tipo sumamente ortodoxo que, no obstante, lejos está de la frialdad de los hombres blancos que se hicieron millonarios de la noche a la mañana en el siglo pasado. Isaac cree fielmente en los preceptos de la ortodoxia judía, pero Tina, que pocos años después es diagnosticada con cáncer de hígado, lucha por tener el poder que cree que Isaac le arrebató a ella y a sus otros dos hermanos, quienes fungen como mandaderos en el conflicto.
Los Braun, incluido Samuel, encarnan la modernidad que siguió a la Gran Depresión en los Estados Unidos, aunada al judaísmo como contrapunto de ese incipiente acomodo económico. Marcados por las políticas del New Deal instaurado por Franklin D. Roosevelt en 1933, dentro de los Braun hay dos bandos: quienes confían, como Isaac, en la estabilidad del dinero sin dejar de lado los valores tradicionales de su religión, y quienes sufren el espíritu de los tiempos en carne viva, como Tina y su enfermedad. El doctor Samuel Braun, primo suyo, mira y narra los vericuetos de la familia como un observador atento y distanciado, con el asombro de quien estudia la especie, consciente de que es parte de ella. Bellow, por su parte, construye una narración donde lo económico, lo religioso y lo familiar son formas que conviven en una época difícil, donde el futuro se asoma peligroso en el desahuciado presente.
“La bandeja de plata” (1978)
En este cuento el protagonista, Woody Selbst, se enfrenta al duelo por la muerte de su padre. Consciente del maltrato que recibió de él cuando era chico, reconoce que su infancia cambió en buena medida gracias a las decisiones que tomó aquel antes de morir. Tras la pérdida, Woody, con sus sesenta años a cuestas, es el responsable de su madre, cristiana conversa y sus dos hermanas, que crecen aniñadas y un poco locas, alejadas del drama que experimenta Selbst. El relato da cuenta nuevamente de las tensiones familiares, la crisis de la identidad en un adulto sexagenario y de la religión y los valores fundamentalistas a los que se enfrentan los personajes de Bellow.
Woody Selbst no solo encara la responsabilidad de ser el único cuerdo de su familia, sino que, al igual que Samuel Braun en “El viejo sistema”, días después de enterrar a su padre, reflexiona acerca de las decisiones que tomaron los otros y cómo estas afectan su vida. Los protagonistas de Bellow meditan con pesar, aunque satisfechos de algún modo, sobre las desavenencias de sus respectivas familias. Mientras el padre de Woody reniega del cristianismo al que su primera esposa, madre del protagonista, se convirtió tan pronto llegó a los Estados Unidos, ella y sus dos hijas abrazan la nueva religión como un modo de encontrar un lugar en la sociedad. Woody, por tanto, no solo debe hacerse responsable de estas decisiones que terminan afectándolo, sino que es su condición de hijo en el que recae el deber de los afectos y cuidados hacia su familia lo que lo obliga a buscar él mismo un lugar en el país.
De allí que, tras el altercado que tuvo en su infancia con su padre –Woody, obligado por el cinismo de aquel, visita a una de las mujeres decentes que se acomide a sus cuidados para pedirle dinero–, decide que su rumbo como seminarista (una suerte de aprendiz de sacerdote, de monaguillo atento) no es el que espera de sí mismo. Esta crisis, que lo persigue hasta los sesenta años, es manejada con mucho humor por parte de Bellow, que trata la postura agnóstica de Woody (tanto en lo que toca a lo religioso como al desconcierto de lo social) como una forma de pensar la identidad ligada una vez más al contexto social y cultural de la posguerra. La escena final del cuento resulta conmovedora: el hijo que, pese a la ausencia intermitente de su padre, lo envuelve en un abrazo y cuida de él en sus últimas horas.
Para terminar, los cuentos de Saul Bellow, escritos todos en el siglo pasado, dan cuenta de una sensibilidad certera respecto al espíritu de su época, un momento de crisis que no ha terminado, sino que lo más probable es que haya evolucionado para llegar hasta nuestros días, un presente de crisis y especulación permanente.
Saul Bellow. Cuentos reunidos. Alfaguara, 2016.
Retrato de Giacomo Casanova (1725-1798), realizado por Francesco Casanova, circa 1750-1755. Obra de dominio público
A la medianoche del 31 de octubre de 1756, dos oscuras figuras se recortan por el firmamento que cae sobre los tejados de Venecia, iluminados tenuemente bajo la luz de la luna. Bajan por una cuerda hasta llegar al espeso canal, al cual entran para alejarse nadando, incrédulos ante su suerte. Uno de ellos es Balbi, un fraile extraviado de la fe; el otro es nada menos que Giacomo Casanova, aventurero, tahúr, escritor, alquimista, diplomático y, para muchas mujeres, el mejor amante del mundo.
Lo anterior no es obra de la ficción, sino un hecho histórico y documentado: la Inquisición había encerrado a Casanova, por sus deudas de juego y abierto libertinaje, en la prisión de los Plomos, una cárcel inexpugnable de la que nadie había podido escapar, y que gracias a su temeraria y heroica fuga, habría de acrecentar la celebridad de Giacomo en todos los salones de la vieja Europa.
Su huida no haría sino incrementar la leyenda en torno al Caballero de Seingalt, un personaje de carne y hueso del cual se han escrito ríos de tinta y cuya vida, de tan increíble y aventurada que fue, lo mismo ha ocupado tratados y biografías que historias de ficción, al grado que mucha gente piensa que semejante ser solo pudo haber existido en la fértil imaginación de escritores y cronistas del Siglo XVIII.
Y es que antes de hablar de Casanova, hay que situarlo en su contexto, la Ilustración: el llamado Siglo de las Luces, el germen de la Revolución Francesa y otros tantos cambios sociales que habrían de moldear la época y cuyas repercusiones y ventajas seguimos gozando en el presente. Esencialmente, fue un movimiento progresista intelectual y cultural en el cual se propugnaba el triunfo de la razón, el bienestar del individuo, la lógica de la ciencia y básicamente, la esperanza en las ideas como vehículo de avanzada para la humanidad.
La liberté, égalité y fraternité francesas fueron conceptos que se diseminaron por toda Europa, al igual que Casanova, que la recorrió toda a caballo, en carruaje y, muy contadas veces, a pie. ¿Pero quién fue el tal Casanova y por qué nos ocupamos de él? ¿No es acaso un rancio libertino que no tiene cabida en la moral de nuestro avanzadísimo siglo XXI?
Muchos mitos se han tejido en torno a su figura, así como vastas malinterpretaciones. La mayoría de los estudiosos y expertos casanovistas coinciden a este respecto. Es una desgracia que, al ilustrado italiano, que fue una figura seminal tanto en los cenáculos de la nobleza como en la literatura de su tiempo, se le haya hecho poca justicia debido a que el imaginario popular, más interesado en sus hazañas amatorias, lo haya convertido en adjetivo de seductor y en sinónimo de buen amante.
En esta conmemoración del 300 aniversario de su nacimiento, más que nunca resulta necesario ir allende al mito del seductor y reivindicar a Casanova como un hombre de las Luces, un sabio y viajero incansable, un diplomático sagaz y un narrador prodigioso que nos legó un testimonio invaluable de su tiempo. Dejando atrás los estereotipos que lo reducen a un maníaco sexual empedernido, Casanova encarna la esencia del vitalismo y del hedonismo, del joie de vivre, el arte de vivir sin remordimientos, como un sibarita ansioso y apasionado por el conocimiento, el estudio y la experiencia.
Nace una leyenda: el verdadero Giacomo Casanova
“Comienzo declarando al lector que, en todo cuanto he hecho en el curso de mi vida, bueno o malo, estoy seguro de haber merecido elogios y censuras, y que, por tanto, debo creerme libre”.
Estas palabras, escritas por el propio Giacomo Casanova en su monumental autobiografía Historia de mi vida, encapsulan la esencia de un personaje cuya existencia ha desafiado el tiempo y las moralidades cambiantes. En el tricentenario de su nacimiento, el autonombrado Chevalier de Seingalt sigue siendo una figura fascinante, no por sus hazañas amorosas, sino por su inquebrantable espíritu de aventura, erudición y libertad.
Giacomo Casanova nace el 2 de abril de 1725 en Venecia, en el seno de una familia de actores. Su padre, Gaetano Casanova, murió cuando él era niño, dejando a su madre, Zanetta Farussi, a cargo de la familia. Se dice que Zanetta era muy bella, y existía el rumor de que Giacomo era el hijo bastardo de Michele Grimani, un patricio veneto, es decir, de la nobleza veneciana, lo cual explicaría porqué siempre gozó de ciertos privilegios y protección de altos señores.
Asimismo, ese dato arroja pistas sobre su propia psicología, ya que Casanova siempre buscó fortuna y aspiró a ser parte de la aristocracia, tal vez deseando obtener la posición que le fue negada por derecho de nacimiento. No hay duda de que su madre era un personaje en toda regla, pues también se dice que años más tarde sostuvo un amorío con el príncipe de Gales, relación de la cual nació el hermano de Casanova, Francesco Giuseppe (Londres, 1727), quien fuera un afamado pintor de paisajes y escenas bélicas, casi tan célebre como su ilustre hermano mayor, aunque el tiempo le negó la posteridad, lo mismo que a su otro hermano menor, Giovanni Casanova, también pintor y grabador.
Durante sus primeros ocho años, a Giacomo se le consideró idiota, y sufría de numerosos sangrados nasales, hasta que su abuela logró curarlo gracias a los remedios aplicados por una hechicera de la cercana isla de Murano. A partir de su milagrosa sanación, el pequeño Casanova mostró una inteligencia prodigiosa y una inclinación por el estudio, lo que llevó a su abuela a enviarlo a Padua para su educación. A los doce años ya dominaba el latín y el griego (más tarde el francés y el alemán, aunque nunca aprendió el inglés), y a los diecisiete se doctoró en leyes por la Universidad de Padua. De ahí sería enviado a la Roma papal para convertirse en seminarista y ser ordenado sacerdote -aunque usted no lo crea, el mejor amante del mundo casi fue beato-. Sin embargo, su camino no estuvo destinado a la abogacía ni a la vida clerical que en un principio había considerado, en especial cuando conoció las mieles del mundo femenino.
Atraído por el placer y la aventura, abandonó sus estudios y se dedicó a viajar por Italia, comenzando una vida errante que lo llevaría a mezclarse lo mismo con nobles y filósofos, que con aventureros y cortesanas. Fue violinista en teatros de Venecia, secretario de un cardenal en Roma y, más tarde, comenzó a moverse en los círculos de la alta sociedad europea gracias a su carisma e inteligencia.
Diplomático, espía, duelista, alquimista, filósofo, escritor, violinista, políglota, inventor, bibliotecario, tahúr y escapista de prisiones, Casanova fue mucho más que un simple conquistador de mujeres. Su vida, siempre marcada por el exilio y la constante reinvención, lo llevó a conocer y codearse con monarcas, intelectuales y aristócratas de toda Europa. Sus relaciones con figuras como Voltaire, Mozart, el Príncipe de Ligne o Catalina la Grande lo colocan en el epicentro del Siglo de las Luces, una era que apostaba por la razón, la libertad y el saber.
En su obra Historia de mi vida, Casanova no se presenta como un conquistador insaciable, sino como un hombre de su tiempo que vive intensamente cada momento. “El placer es el objeto y el deber del hombre inteligente; quien se deja atrapar por la tristeza es un necio”. No busca imponer su voluntad sobre las mujeres, como el ficticio y misógino Don Juan, sino compartir con ellas la experiencia del deseo mutuo, anteponiendo el placer de la amada antes que el suyo propio, privilegiando el erotismo y la espiritualidad por encima de lo carnal. En este sentido, su sinceridad y elegancia lo convierten en una figura mucho más cercana al arquetipo del caballero cortesano que al del mero seductor.
Por otro lado, en cuanto escritor, Stefan Zweig en su ensayo “Casanova”, incluido en su libro Tres poetas de sus vidas, lo analiza con profundidad y lo reivindica como un narrador excepcional. Zweig lo distingue de otros libertinos de la literatura, destacando su autenticidad y su capacidad de narrarse a sí mismo sin censura ni hipocresía: “Casanova no es un cínico ni un conquistador vulgar. Es un artista del placer, un amante que entiende que el deseo es un juego entre iguales”. Desde su visión, Casanova es un artista de la vida, un hombre que se entrega sin reservas al placer y al conocimiento.
Casanova en la cultura popular
A partir de su muerte acaecida el 4 de junio en 1798, Casanova ha trascendido su propia historia para convertirse en un mito literario. Su vida ha inspirado a múltiples autores y cineastas, quienes han explorado su figura desde diferentes ópticas, a veces idealizándolo y otras demonizándolo.
En la literatura, su personaje ha aparecido en obras como El amante de Bolzano, de Sándor Márai, donde se ficcionaliza un episodio de su vida tras su fuga de Los Plomos de Venecia. En este relato, Casanova se enfrenta a su propia leyenda, viéndose obligado a confrontar su imagen pública con su realidad interior. También es personaje de otra famosa novela, El retorno de Casanova, de Arthur Schnitzler, en donde el otrora gran amante ya avejentado emprende la última de sus conquistas amorosas.
El cine tampoco ha sido ajeno a su historia. Directores como Federico Fellini (Il Casanova di Federico Fellini, 1976) han reinterpretado su figura, resaltando la decadencia y el aspecto más melancólico de sus últimos años. En esta versión, Casanova no es el seductor triunfante, sino un hombre atrapado por su propia fama, incapaz de encontrar un verdadero significado a su existencia.
Incluso en la cultura popular, su nombre ha pasado a ser sinónimo de conquistador, aunque con el tiempo esta imagen reduccionista ha desvirtuado su figura. Sin embargo, su legado literario y su testimonio histórico siguen ofreciendo una visión más rica y compleja de su personalidad. “Yo no soy lo que he hecho, sino lo que he escrito”. Con esta frase, Casanova reafirma su papel como cronista de sí mismo y narrador de su propia inmortalidad.
Los últimos años de Casanova
Después de décadas de aventuras, exilios y excesos, Casanova terminó sus días en el castillo de Dux, en Bohemia, donde se desempeñó como bibliotecario al servicio del conde de Waldstein. Allí, envejecido y nostálgico, escribió Historia de mi vida, dejando un testimonio invaluable sobre sus experiencias y la sociedad del siglo XVIII.
A pesar de su declive físico y la soledad de sus últimos años, Casanova nunca perdió su lucidez ni su sentido del humor. En sus cartas y escritos de la vejez, se puede leer la resignación de un hombre que lo había vivido todo y que comprendía que su tiempo había pasado. Murió en 1798 a los setenta y tres años, abandonado por la fortuna y la juventud, pero con la certeza de que su historia no sería olvidada. A tres siglos de su nacimiento, Giacomo Casanova sigue siendo un personaje inagotable. Su vida, plasmada en miles de páginas, es un retrato de una Europa en plena transformación, un testimonio invaluable de una época en la que el conocimiento y la experiencia eran los verdaderos motores del destino individual.
Más allá de su leyenda, Casanova nos deja una lección fundamental: la vida debe ser vivida con intensidad, sin miedo al juicio de la posteridad. Como bien señala Zweig, “la inmortalidad no sabe nada de moral o de lo inmoral, del bien y del mal; solo necesita obras y pujanza”. Y Casanova supo asegurarse un lugar entre los inmortales. “No me arrepiento de nada, porque cada paso que di fue el resultado de mi libertad”. Así, el Chevalier de Seingalt, el aventurero insaciable, el escritor prolífico, nos recuerda que la mayor conquista de todas es vivir sin cadenas, fiel a uno mismo.
Karol Wojtyla ha sido el papa más retratado de la historia, de quien se tienen más videos, el que más viajó por el mundo, el primer pontífice no italiano en cuatro siglos y medio, el primero polaco. Y así se podría seguir; desde el momento en el que el cardenal Pericle Felici pronunció el Habemus Papam y el nombre del arzobispo de Cracovia hasta el momento en el que millones acudieron a Roma a sus funerales, Wojtyla no dejó de aparecer en las pantallas de la televisión y en las portadas de los periódicos de todo el mundo, no solo en los países católicos.
No es de sorprender la reproducción masiva de su imagen. Para empezar, ninguno de sus predecesores había viajado tanto como él lo hizo, pero, sobre todo, porque se trató del segundo pontificado con mayor duración: 26 años, 5 meses y 18 días contra el papado de Pío IX (1792-1878) de 31 años, 7 meses y 22 días —según la propia Iglesia, sería el tercer reinado más largo, si se considera que el apóstol Pedro fue papa por al menos 34 años—, transcurrido durante un periodo de gran mediatización como lo fue la última parte del siglo XX. A lo anterior, hay que agregar que ninguno de sus predecesores se llegó a preocupar, como él, de mediatizar su imagen, cuestión evidente desde el momento en el que salió al balcón de la basílica de San Pedro, cuando se dirigió en italiano a la multitud reunida en la plaza, en un acto que no formaba parte del protocolo, y dijo: “No sé si pueda explicarme en su… nuestra lengua italiana. Si me equivoco me corrigen”. Aquellas palabras llenaron esperanza no solo a quienes aguardaban en la plaza de San Pedro, sino a todas las personas que lo vieron en televisión a lo ancho del globo. Sin embargo, su intención de corregirse si cometía errores no fue el sello de su reinado; lo fue, en cambio, hablar a las cámaras, dirigirse a las multitudes.
Wojtyla fue electo en el segundo cónclave de 1978, el año de los tres papas, el 16 de octubre, con ocho escrutinios. Su candidatura fue promovida por el arzobispo de Viena, Franz Köning, ya que los dos cardenales papables —el arzobispo de Génova, Giuseppe Siri, y el arzobispo de Florencia, Giovanni Benelli— no lograban obtener los votos requeridos y el arzobispo de Milán, Giovani Colombo, declaró, al ver que el apoyo que recibía aumentaba, que rechazaría el sitial de Pedro de ser elegido. El joven arzobispo de Cracovia —para los estándares cardenalicios, a sus 58 años era considerado joven—eligió el nombre que Albino Luciani había elegido en el cónclave de agosto: Juan Pablo.
Karol Jozef Wojtyla nació el 18 de mayo de 1920 en Wadowice, Polonia, un país que después de la Primera Guerra Mundial volvió a figurar como país independiente —que tuvo, junto a la lengua, en la fe católica una de las piedras de toque de su identidad, mientras estuvo divido entre Rusia, Austria y Prusia—. Quedó huérfano de madre a la edad de nueve años. Se trasladó a Cracovia, con su padre, a los diecisiete años para estudiar en la Universidad Jaguelónica. Sus estudios se vieron interrumpidos por la invasión de la Alemania nazi. En 1941 su padre también murió —sus hermanos mayores habían fallecido antes en la década de 1930—. Fue durante la ocupación que el joven Wojtyla decidió dejar el teatro y las letras para entrar a la Iglesia.
En 1946 fue ordenado sacerdote por el príncipe Sapieha (1867-1951) y en 1958 recibió la consagración episcopal de parte de Pio XII (Eugenio Pacelli, 1876-1958), quedando como obispo auxiliar del arzobispo Baziak (1890-1962) —Baziak, como Sapieha, fue arzobispo de Cracovia, puesto al que accedió Wojtyla cuando aquel murió en 1962—. El mismo año en el que accedió a la cátedra de Cracovia, dio inicio el Concilio Vaticano II, el 11 de octubre de 1962, convocado por el papa Juan XXIII (Angelo Giusepe Roncalli, 1881-1963), en el cual Wojtyla tuvo una participación activa. En el consistorio de 1967, Pablo VI (Giovani Battista Montini, 1897-1978) lo proclamó cardenal presbítero de San Cesareo in Palatio.
En el momento en el que fue elegido, Wojtyla era conocido por ser un intelectual que había enseñado Teología en la Universidad Jaguelónica, y que tenía una postura crítica hacia los regímenes socialistas, tanto de su natal Polonia como de la URSS. Dada su activa participación en el Concilio Vaticano II, se esperaba que continuara esta agenda, lo que aseguró en su primera reunión con los cardenales, tras su elección. Y se esperaba, también, que su reinado no fuera corto, ya que no había cumplido ni siquiera los sesenta años —objetivo que se hubiera visto truncado el 13 de mayo de 1981, cuando Mehmet Ali Agca le disparó varias veces—.
A la muerte de Wojtyla, el 2 de abril de 2005, se podría dar crédito a su biógrafo, George Weigel, y considerar su reinado como un gran hito, no solo para el catolicismo y el cristianismo, sino para el mundo. Canonizó y beatificó a más personas que sus antecesores juntos durante los cinco siglos previos. Parafraseando a Weigel, se dedicó a tender puentes mientras recorría el mundo —visitó 129 países a lo largo de su reinado—, al estrechar relaciones con otras fes, no solo con cristianos, sino con musulmanes y judíos —fue el primer papa en poner pie en una sinagoga; señalaba que la convivencia con judíos durante su infancia y juventud fue un factor clave en su interés por reconciliar ambas religiones: “Los judíos son nuestros amados hermanos y, en cierto sentido, son en verdad nuestros hermanos mayores [en la fe]”. A lo anterior, se suma el papel que se le adjudica en el fin de los regímenes socialistas, contra los cuales mantuvo una postura adversativa desde su coronación —de ahí que en el atentado de 1981 se manejara la hipótesis de que Agca hubiese actuado por órdenes del Kremlin.
A México hizo cinco visitas a lo largo de su pontificado (1979, 1990, 1993, 1999 y 2002). Comenzó como parte de su primera visita apostólica, el 26 de enero de 1979, después de visitar República Dominicana, donde no fue recibido como jefe de Estado. En la segunda, invitado por el presidente Carlos Salinas de Gortari (1948), México tampoco lo recibió en condición de tal —nuestro país y la Santa Sede rompieron relaciones diplomáticas en 1861, tras la promulgación de las Leyes de Reforma, a lo que se sumó el respaldo del Vaticano a los Cristeros, en la Guerra Cristera (1920), hasta 1992, cuando el gobierno de Salinas de Gortari restableció las relaciones diplomáticas con el Vaticano. Fue hasta su tercer viaje, en 1993, cuando fue recibido como jefe de Estado.
En estos cinco viajes, Wojtyla recorrió el país y beatificó y canonizó a algunas figuras, como San Juan Diego Cuauhtlatoatzin (1474-1548) o Pedro de Jesús Maldonado (1892-1937), sacerdote que participó en el levantamiento cristero. Pero, además de estos viajes y del restablecimiento de las relaciones diplomáticas, en nuestro país también es recordado por arropar al padre Marcial Maciel (1920-2008), fundador de una organización religiosa, acusado en numerosas ocasiones de abusar de menores en las instituciones educativas que dirigía.
Una crítica que se ha levantado sobre Wojtyla, tanto dentro como fuera de la Iglesia, es su alianza con grupos con mucho poder económico. Desconfiaba y llegó a oponerse a la Teología de la Liberación, movimiento que en América Latina surgió después del Concilio Vaticano II y que buscaba un acercamiento con los pobres y desheredados del mundo. Famosa es la escena del 4 de marzo de 1983, cuando el poeta y sacerdote nicaragüense, Ernesto Cardenal, recibió una reprimenda en la pista del aeropuerto de Managua, mientras arrodillado él esperaba la bendición.
En 2003 beatificó, en cambio, a Teresa de Calcuta (1910-1997), quien predicaba el consuelo y el conformismo. Creía que el sufrimiento de las personas las acercaba a Jesús, de ahí que se opusiera a la paliación del dolor. Asimismo, la religiosa de origen macedonio se opusó a los anticonceptivos, punto en el que coincidió por completo con Wojtyla. Sobre este punto Weigel hace hincapié en que Juan Pablo II, desde antes de ser papa, era un férreo defensor del sexo dentro del matrimonio, como una manifestación del amor entre los cónyuges. Sin embargo, se opuso abiertamente al uso de métodos anticonceptivos o la utilización del condón, al que clasificó como blasfemia de Dios —en plena crisis del VIH—, y ni qué decir de su postura sobre el derecho a decidir de las mujeres, del cual se expresó en estos términos:“el aborto es el principio que pone en peligro la paz en el mundo”.
Y a pesar de los viajes y de haberse declarado mexicano en una de sus visitas a nuestro país, el porcentaje de mexicanos que se declaraban católicos disminuyó durante su papado. Según datos del INEGI, pasó de 92.6 %, en 1980, a 82.7 %, en 2010. Este fenómeno también se presentó en Brasil, el país con mayor número de católicos del mundo. El Centro de Estudios Religiosos e Investigaciones Sociales (CERIS), de la Conferencia Nacional de Obispos de Brasil consideraba, al iniciar el 2005, que 75 % de brasileños eran católicos, contra 88 %, estimado en 1980. Los múltiples viajes de evangelización parecen no haber tenido un correlato en el aumento de fieles.
El 2 de abril de 2005 falleció en el Vaticano Wojtyla después de una larga enfermedad, de la cual millones fueron testigos: el deterioro a consecuencia de la enfermedad de Parkinson del santo padre fue televisado, como antes lo habían sido sus peregrinaciones. Las cámaras atestiguaron su vejez y senectud. Sus últimas palabras, de acuerdo con la Santa Sede, fueron en polaco: “Déjenme ir a la casa del Padre”. Veintiséis años del primer papa polaco, el papa viajero, llegaron a su fin, el mundo era muy distinto al de 1978, cuando fue electo, y puede decirse que algunos de esos cambios se debieron a él y su actuar. A sus funerales acudieron numerosos dirigentes de Estado y millones de peregrinos al Vaticano. Sus sucesores lo beatificaron y canonizaron, primero Benedicto XVI (Joseph Ratzinger, 1927-2022) lo elevó a beato, el 1 de mayo de 2011 y, después, Francisco (Jorge Mario Bergoglio, 1936) lo canonizó, el 27 de abril de 2014, junto con Juan XXIII, estableciendo su festividad el 22 de octubre, en conmemoración del día de inicio de su pontificado.
A veinte años de su fallecimiento, se puede juzgar su legado, plantearse qué hizo por la Iglesia y sus feligreses, y qué hizo también por aquellos que no eran parte de la institución a la que dirigió, pero cuyas decisiones también afectaron. Queda a cada quien analizar sus actos y en función de su propia conciencia establecer si fueron buenos o malos. Es evidente que para la Iglesia fueron buenos, puesto que fue elevado al santoral católico, pero ¿lo fue así para todos los católicos y para personas de otras denominaciones que se vieron afectadas por sus políticas y actos de una u otra manera?
Referencias
Weigel, George, Witness to Hope: The Biography of Pope John Paul II, Nueva York, Harper Perennial, 2020.
Martínez Pérez, Jorge, “México: disminuye población católica y aumenta población diferente a la católica, sin religión y opción no especificada”, International Journal of Progressive Sciences and Technologies, 42, (2023).
La literatura es un instrumento político, tanto de adoctrinamiento como de crítica. Esta aseveración, aunque obvia, no siempre se tiene en cuenta a la hora de analizar un texto o, incluso, de crearlo. Si bien en muchos círculos persiste la idea de “separar al autor de su obra” (cosa que, por cierto, es una exigencia para ciertas manifestaciones y no para otras), no podemos olvidar que un producto estético está dado por un entorno específico, es proferido por un cuerpo (o cuerpos) específicos y es recibido también por una comunidad integrada por cuerpos. Pensar que algo puede suceder fuera de la esfera que habitamos, como si el arte sucediera en el vacío, nos puede llevar por senderos muy peligrosos en los que el valor de algo reside únicamente en “su calidad” –que habría que ver con qué valores se determina– y su “universalidad”, que habría que pensar si es tal. La tradición occidental se ha empeñado en retirar la literatura de los cuerpos y, mediante este borramiento, intentar hacer una especie de escritura neutra, “objetiva”, que deja de lado su potencial emancipatorio.
El arte, en tanto dispositivo político, nos permite pensar nuestras formas de estar juntxs. Y, en el mejor de los casos, nos permite también inventar nuevas posibilidades de ese estar juntxs. El proceso de lectura permite tanto la identificación —este personaje se parece a mí, aquel personaje a mi mamá, etc.— como la construcción de una ventana o una puerta abierta a reconocer una subjetividad que no es la mía y tal vez ni siquiera se me parece. Por eso, y resulta quizá una obviedad a estas alturas, mientras más diverso sea el panorama, más posibilidades tenemos de encontrarnos con identidades y problemáticas que nos permitan entender de manera digna la diversidad y complejidad del mundo que habitamos. Lo mismo, por supuesto, sucede con la televisión, el cine, la música, la pintura, etc. Por supuesto, cuando pienso en esas maneras de estar juntxs, no afirmo que la literatura “deba ser” de tal o cual manera o “deba transmitir” tal o cual mensaje. No es en el adoctrinamiento ni en el establecimiento moral donde busco el potencial reinventivo, sino en las preguntas incómodas, en los personajes problemáticos, en las afirmaciones que no pueden ser contundentes: en esos lugares difíciles de habitar y difíciles de encasillar, ante los cuales el pensamiento binarista —que articula de manera tajante el bien y el mal, o la verdad y la mentira, o todas esas estructuras que rehúyen matices y complejidades y simplifican para que se vuelva demasiado fácil tener una postura— se queda inoperante. Ahí, en eso que no se cierra, en eso que no se puede interpretar de forma simple, es donde me interesa pensar.
Si recordamos que hace apenas treinta años ese señor que se llamaba Harold Bloom publicó su libro “El canon occidental”, en el cual en una lista de veintiséis autores, mencionaba solo a cuatro mujeres (Jane Austen, Emily Dickinson, George Eliot y Virginia Woolf) y a cinco autores que escribieron en una lengua romance (Dante Alighieri, Miguel de Cervantes, Jorge Luis Borges, Pablo Neruda y Fernando Pessoa); podemos agradecer lo mucho que las cosas han cambiado al tiempo que reconocemos también todo lo que nos falta. El occidente de Bloom no llegaba mucho más allá de sus narices y, amén de esa estrechez de miras (o de corazón, como cantarían Los Prisioneros en 1990), es importante recalcar lo mucho que un pensamiento como este es eco y resonancia de toda una tradición académica de lectura que invisibiliza, esconde, cancela y mutila las literaturas que no caben en esa idea misma de “occidente”. No podemos olvidar que, mientras Bloom defendía una postura y una visión que daba sus últimos estertores (ahora, como sabemos, vive en forma de zombie conservador: se murió pero hace como que sigue viva) teníamos a autoras como Judith Butler, Jean Franco, Gayatri Spivak o Beatriz Sarlo —por poner solo algunos ejemplos—, que estaban intentando ensanchar los espacios académicos para que cupieran voces distintas. Una oposición de fuerzas y discursos que sigue extendiendo sus influencias hacia nuestro caótico presente de posverdad, certezas difuminadas y todas esas cosas. En esa disputa por quién tiene posibilidades de hablar, de publicar, de aparecer en pantalla, el sistema se ha empeñado en disfrazarnos lo hegemónico como neutral, lo mismo que ha insistido en la existencia de una forma también “neutral” de aproximarnos a los fenómenos culturales.
Afirma Diana Fuss que:
No hay una forma «natural» de leer un texto: las formas de lectura son históricamente específicas y culturalmente variables y las posiciones de lectura están siempre construidas, asignadas u organizadas. […] El público lector, como los textos, están construidos; más que crear las prácticas de lectura ex nihilo, las ocupan. Finalmente, todos estos puntos sugieren que si leemos desde posiciones-sujeto múltiples, el mismo acto de lectura se convierte en una fuerza que trastorna nuestra creencia en sujetos estables y significados esenciales.
Es decir que todo acto de leer, en algún sentido, nos vuelve conscientes de nuestra permeabilidad, de nuestro carácter de personas inacabadas, móviles, que pueden cambiar de opinión. Una vez que se cuestiona la “naturalidad” de la lectura, como evidencia Fuss, aparece entonces la idea de una construcción que emplea prácticas de lectura. Gracias a los feminismos, al pensamiento decolonial, y a otras irrupciones que atentan contra el orden hegemónico, ha sido posible que veamos cuáles son las representaciones que subvierten, cuestionan o rebasan al poder, lo mismo que ver de manera mucho más nítida cuáles son los intentos del poder por reprimir esas representaciones.
Me parece importante recalcar que la movilidad de la tradición y el canon depende de la movilidad de nuestros modos de lectura, desnaturalizados mediante ejercicios reflexivos que permiten reconocer las estructuras sobre las que se sustentan nuestras aproximaciones. En ese sentido, mientras en las calles crece la lucha por los derechos humanos de cada vez más personas, desde distintos ejes, crece también un ejercicio de reconocimiento de quiénes han sido los sujetos históricamente oprimidos y vulnerados. En el ámbito literario, se ve reflejado en eso que se disfraza de “gusto”, pero está también mediado por un sinnúmero de dispositivos ideológicos y valores conscientes o inconscientes, más o menos anclados en una cierta idea de lo-que-debe-ser la literatura y lo que debe ser el mundo. Así pues, no es sólo el reconocimiento de la “calidad literaria” lo que lleva a determinada autora a los paneles, las mesas de novedades, las notas de periódico, las asambleas o las marchas, es también que su voz hace patente una presencia poco escuchada antes. Son esos desplazamientos de lectura –desplazamientos, al fin y al cabo, también políticos– los que generan el intersticio a través del cual es posible mirar lo no mirado antes, los fragmentos de historia que nos faltan y que abren, en palabras de Joan Scott, “la sensación de posibilidad política” (78) que habilita la aparición de sujetos que minan la idea de lo “universal” como categoría o, como dice Canclini: «las concepciones universalistas que han contrabandeado, bajo apariencias de objetividad, las perspectivas coloniales, occidentales, masculinas, blancas y de otros sectores».
En How to supress women’s writing, libro publicado en 1983 y traducido al español hasta 2018, Joanna Russ señala una serie de procedimientos, actitudes e inercias que contribuyen sistémica y sistemáticamente a la invisibilización del trabajo de las autoras. Ella identifica mecanismos como la exclusión de las mujeres en los programas académicos (encuentra, por ejemplo, que los porcentajes de autoras van del 5 al 16% en los planes de estudio); las etiquetas, la censura temática, el acceso al tiempo libre y a los recursos necesarios para escribir (que ya, desde hace tanto, identificaba Virgina Woolf en A room of one’s own); la ausencia de referentes y ejemplos femeninos, y un mecanismo bastante singular que consiste en insistir en la excepcionalidad de determinada autora, poniéndola por encima de sus contemporáneas y reforzando la noción de que no todas las mujeres están a la altura de la inteligencia masculina. De este modo, se nos hace pensar, y de manera patente funciona así, que para publicar si eres mujer o una persona disidente hace falta un talento excepcional, hay que “ganarse un sitio” que para los colegas masculinos suele estar dado de ante mano. Para Russ:
El truco reside en hacer que la libertad sea tan solo nominal y después —puesto que habrá quien aún así lo haga— desarrollar diferentes estrategias para ignorar, condenar o minusvalorar las obras artísticas resultantes. Si se hace bien, estas estrategias darán como resultado una situación social en la que la gente «inadecuada» tiene (supuestamente) la libertad de dedicarse a la literatura, al arte, a lo que sea, pero en la que muy poca lo hace, y aquella que se atreve lo hace (aparentemente) mal, así podemos dejar el tema de una vez por todas. (pos. 211)
Así, las dificultades de la creación funcionan para impedir que ciertas obras aparezcan. No obstante, superada esta barrera, existen otras limitaciones que surgen una vez publicada la obra y que obedecen a cuestiones de mercado, de acceso o de lectura. En ese sentido, quiero destacar aquí nuestro papel fundamental como consumidores de literatura (lectores, si queremos ponernos más románticxs, pero creo que en este mundo mercantilizado la primera posición es quizá mucho más cercana a las condiciones materiales de circulación de la literatura). Si bien pensar el arte como producto es sumamente reduccionista, no podemos olvidar que nada existe realmente fuera del sistema que integramos y habitamos y que, en ese sentido, los objetos culturales son objetos de consumo insertos en un contexto y un momento histórico. No quisiera que esto implicara, pues, que cayéramos en la trampa neoliberal de pensar la identidad como marca ni pensar en los feminismos o lo queer (ese término paraguas que nos sirve para agrupar una serie de experiencias a cual más de distintas que tienen en común la oposición a un régimen cisheteropatriarcal desde la subversión y el ejercicio de los cuerpos) como un objeto de consumo. Ni muy- muy, ni tan-tan.
Escribe Laura Arnés que “La literatura es un dispositivo político donde se modulan múltiples distribuciones de lo que afecta a nuestros mundos sensibles, un espacio privilegiado en el cual se ensayan formas posibles (probables o improbables) de la vida en común y en donde, como consecuencia, se estrenan constantemente nuevas relaciones entre los cuerpos” (9-10). No es, pues, una promesa de revolución total sino un gesto microrrevolucionario, de subversiones íntimas que, conectadas con el exterior, se convierten en algo más grande. Con el reconocimiento de lo problemático que resultan las nominaciones identitarias, en tanto sectarizan y tienden a hacer de la disidencia un atributo esencialista, he elegido, sin embargo, retomarlas como una herramienta reflexiva en tanto su potencial político se manifiesta con fuerza cada que una de estas escrituras logra colarse a espacios en donde no es esperada.
Afirmaba Roland Barthes en 1968 que el autor había muerto, que no importaba ya, que cuando el narrador habla en las novelas de Balzac es el narrador y no Balzac, porque “la escritura es ese lugar neutro, compuesto, oblicuo, al que va a parar nuestro sujeto, el blanco-y-negro en donde acaba por perderse toda identidad, comenzando por la propia identidad del cuerpo que escribe”. No sé si Roland Barthes seguiría estando de acuerdo con él mismo unos años más tarde, si pensar en la escritura antepuesta a quien la escribe no será privilegio de unos cuantos. “Sustituir por el propio lenguaje al que hasta entonces se suponía que era su propietario” dice más adelante; el texto es el lenguaje con que está escrito, pero enunciarlo así también abre la puerta a pensarlo con una autonomía que no tiene: el lenguaje y lo que se dice es, también sabemos ahora, un producto social con ciertas características marcadas por los contextos de producción y de recepción. Quien enuncia es un yo, es cierto, pero ejerciendo una propiedad colectiva, la de la lengua y todo lo que ella arrastra. La neutralidad es un disfraz que cobijó durante muchos tiempos al texto literario y su estudio formalista. Sin embargo, si se reconocen estas producciones hechas desde la primera persona del singular que florecen en el presente, que tienen como eje la experiencia propia y desde ahí articulan sus historias, ¿cómo hacemos para no caer en la trampa mercantilista de regresar al autor-persona comercializable, equiparable a su personaje de redes sociales? ¿Cómo pensamos a la voz que acontece en el texto? Si, como dijo el propio Barthes, el autor es una construcción moderna, ¿en qué sitio colocamos las escrituras que pasan por la primera persona y que sin embargo no se constituyen, ni pretenden constituirse, como voces autorizadas? Nattie Golubov ha pensado desde hace varios años a este respecto:
Para la crítica literaria feminista, la propuesta barthesiana ha tenido consecuencias ambivalentes que incluyen la ya mencionada “esquizofrenia intelectual”. Incluso cuando la autora no es más que una ficción de la lectora o una huella espectral, una ilusión textual o un avatar virtual, las mujeres que escriben nunca escapan a un cuerpo cuya materialidad es ineludible en la “práctica de la lectura y la escritura” (Miller, 1985: 291). Pero la propuesta de Barthes es radical también porque el autor es un significante trascendental, ese “ser unificado, sin costuras –a la vez individual y colectivo– que comúnmente denominamos ‘hombre’” (Moi, 1988: 22), el sujeto político, epistemológico, jurídico de la modernidad que por muy ilusoria que sea su solidez goza de gran poder discursivo, simbólico y cultural. Para las mujeres muy probablemente no sea deseable ocupar ese lugar masculino de enunciación y posición-sujeto en el orden simbólico dominante que las ubica “al margen” (Anonimato 38-39).
A partir de este comentario, queda evidenciada la problemática. Por un lado, reconocer las especificidades de un cuerpo que escribe implica insistir en aquello que ha sido una justificación para el menosprecio y la exclusión; por el otro, parece que ignorar esta condición invisibiliza precisamente las mismas circunstancias sociohistóricas que explicarían en muchos casos tal marginación.
El autor que murió es un autor “neutro”, lo cual equivaldría en este caso a decir que es blanco, heterosexual, europeo, hombre: uno que puede pasar una vida literaria entera sin cuestionarse el cuerpo porque su cuerpo no es un problema teórico como puede serlo para todo aquel/aquella que queda fuera de ese centro hegemónico. Olivia Sudjic es precisa cuando apunta que esta intención de separar el cuerpo de la obra aplica solo para ciertos sujetos, concretamente los masculinos, porque cuando es una mujer o alguien disidente quien enuncia, la crítica se apresura a tildar esa expresión como una forma de “autoficción”, que habla de la experiencia individual y nos lleva a la trampa de equiparar el relato con la vida. Como ejemplo de esto pienso en Camila Sosa Villada, a quien una y otra vez se le pregunta en entrevistas sobre lo “autobiográfico” en su literatura que habla de mujeres trans y travas, y afirma ya cansada: “yo diría que insistamos en la ficción, porque nos están pidiendo todo el tiempo que demos testimonio, que hablemos de nuestro sufrimiento, que hablemos de nuestro dolor y miserias. Y nosotras somos grandes mentirosas, nuestra inteligencia tiene que estar puesta al servicio de la ficción. Eso de dar testimonio no cambia nada nuestra realidad, en cambio la ficción sí”. Otras autoras, como Alana S. Portero, insisten en reivindicar esta posibilidad, y algunas más, como Gabriela Cabezón Cámara o mucho antes Reinaldo Arenas trabajan con esos personajes que alcanzaron a colarse apenas al margen de la historia y la tradición como material. Esos que vemos apenas de reojo, al fondo del encuadre de los mitos fundacionales en una suerte de reescritura del pasado que es también un hacer presente y también un apuntar hacia el futuro.
Aunque la historia masculina de la literatura nos dice que “un buen escritor puede escribir de cualquier tema”, sigue habiendo una exigencia implícita para mujeres y disidencias de hablar de “ciertos temas” con “ciertos enfoques”, estos temas son casi siempre aquellos que no se consideran masculinos. Es un camino sin salida, porque mientras por un lado siguen pesando estigmas sobre aquello que constituye un tema literario, por el otro esos “grandes temas literarios” siguen estando vedados para muchas subjetividades.
Ahora bien, ¿cómo sobrevive una voz en un relato si no es a partir de la persona? Si, como dice Sudjic, ese privilegio de desaparecer es específico de una autoría que no tiene que indagar por su corporalidad, podemos pensar en otras opciones que implican la aparición de un cuerpo como proceso, como estado no acabado, que antes que un Yo constituiría una subjetividad. O una serie de ellas.
En ese mismo sentido es que Butler señala una descorporización que implica una construcción racionalizada contra la que las formas y los relatos de la disidencia insisten:
Ésta es una figura de descorporización pero, sin embargo, es también una figura de un cuerpo, un cuerpo que tiene una racionalidad masculinizada, la figura de un cuerpo masculino que no es un cuerpo, una figura en crisis, una figura que representa una crisis que no puede controlar plenamente. Esta representación de la razón masculina como cuerpo descorporizado tiene una morfología imaginaria creada a través de la exclusión de otros cuerpos posibles. Es una materialización de la razón que opera mediante la desmaterializacián de otros cuerpos, porque lo femenino, estrictamente hablando, no tiene ninguna morphé, ninguna morfología, ningún perfil, porque es lo que contribuye a delimitar las cosas, pero es en sí mismo algo indiferenciado, sin un límite. El cuerpo que es la razón desmaterializa los cuerpos que no pueden representar adecuadamente a la razón o sus réplicas; sin embargo, ésta es una figura en crisis, porque este cuerpo de razón es en sí mismo la desmaterialización fantasmática de la masculinidad, que requiere que las mujeres, los esclavos, los niños y los animales sean el cuerpo, realicen las funciones corporales, lo que él no realizará.
Así, con las funciones plenamente corporales siendo atribuidas a todos los otros cuerpos que no son los masculinos, instala una hegemonía contra la cual ciertas escrituras se proponen. Monique Wittig va en esta misma dirección cuando señala que, en términos literarios, lo masculino constituye una suerte de universalidad falsa. “No hay dos géneros, sino uno: el femenino, el «masculino» no es un género. Porque lo masculino no es lo masculino sino lo general. Lo que hay es lo general y lo femenino, o más bien lo general y la marca del femenino.” Son entonces esas marcas las que me permitirán enfatizar el carácter singular y antihegemónico de las obras en las que reconozco un potencial transformativo del statu quo.
Dice Berta García Faet que “la poesía sucede cuando se tocan las vidas de quien escribe y de quien lee”. Hay mucho de mágico que se escapa en la creación y la recepción de lo artístico: por mucho que lo intentemos, seguimos sin lograr —afortunadamente— que los algoritmos nos digan qué nos puede o no gustar a la hora de abrir una plataforma de streaming o de lectura online. No hay una fórmula y no hay inteligencia artificial que alcance a predecir el gusto ni el éxito. Hay, en cambio, un destello de la ficción como resistencia, como instalación de esperanza, como promesa de futuro hacia lxs otrxs que han quedado sistemáticamente fuera del reparto de la felicidad y la vida vivible: por eso escribimos, por eso leemos.
Compró aquel libro de pasta dura y camisa de papel encerado en una tarde interrumpida por un chubasco repentino y escandaloso. Sandra y su hija acababan de salir de una función de La guerra de las galaxias en el cine Díaz Mirón cuando cayeron los primeros goterones. Se metieron a la Librería Científica y peinaron los pasillos sin entusiasmo, a la espera de que escampara. Un lomo sobresalió en un anaquel que acogía cualquier texto no educativo bajo la dudosa clasificación de “literatura”: Manual de experimentos parapsíquicos. Un anuncio en la parte inferior de la portada subrayaba la naturaleza del Manual:
Descubra sus poderes psíquicos mediante centenares de experimentos
que usted puede realizar en su propio hogar
CONTIENE COMUNICADOR TELEPÁTICO
Para ese entonces Sandra ya era una discreta aficionada a la simbología y al tarot, así como al poder presunto de los imanes y los cuarzos. Empezó sus lecturas con El retorno de los brujos, siguió con Los grandes mensajes, el Kybalión, El misterio de las catedrales y en medio leyó novelas de terror y cuentos fantásticos como si fueran testimonios de una realidad paralela, con frecuencia sombría, pero siempre más intensa que la propia, que algunos necios buscaban ignorar o, peor aún, esconder. No obstante, ninguna de estas lecturas, ni siquiera aquellas a las que acudió con cierto afán historiográfico, se había anunciado con la fuerza de un instructivo que prometía la irrupción de un mundo más profundo en esta rutina pendular: su vida transitaba, inexorablemente, de la angustia perpetua en el despacho portuario y el martirio doméstico al cansancio inseparable del aburrimiento, los domingos de misa y rayos catódicos, los sábados cuyo silencio aderezado con besuconas solo se interrumpía si pasaba frente a la casa un coche lleno de música fugaz y risas de muchachas que le recordaban a la suya. Solía carcajear en rápidos automóviles hasta que nació su hija; y Sandra irradió por un tiempo una felicidad evangélica que amainó a golpes de estrés y monotonía hasta convertirla en una mujer que se preguntaba en noches de sábado si el efecto Doppler podía ser ante todo un fenómeno emocional.
Leyó el Manual antes de dormir y en el consultorio del médico, leyó esperando a que su hija saliera de natación y también en la oficina, desde cuya ventana podía ver los barcos que entraban al puerto de Veracruz. Leyó párrafos que la hacían sentir en medio de una conjura:
“El descubrimiento de las energías relacionadas con los procesos psíquicos será tanto o más importante que el descubrimiento de la energía atómica”. Dicha afirmación fue hecha por el doctor Leonid L. Vasiliev, psicólogo ruso internacionalmente conocido, galardonado con el premio Lenin y padre de la parapsicología soviética. De algún modo resume la tónica de las investigaciones de países socialistas en torno a los fenómenos psi. En la actualidad, los soviéticos se hallan abocados a la investigación de la energía en los PK, la radiestesia, las fotos Kirlian, las curaciones psíquicas, la telepatía, la cosmobiología, el hipnotismo e incluso la piramidología, así como también a otras búsquedas menos divulgadas.
Leyó todos los caracteres entre las dos tapas del volumen impreso en Colombia; ni siquiera la página legal quedó intacta.
El momento de la praxis llegó acompañado de un proyector de diapositivas que nadie usaba en su oficina y que Sandra adaptó para que iluminara la pared de la sala, en un carrusel de imágenes intermitentes que variaban al ritmo de sesenta revoluciones por minuto. Según el Manual de experimentos parapsíquicos, el ingeniero soviético Vladimir Fidelman había empleado un proyector como detonante de la comunicación telepática durante sus experimentos:
Colocó una tarjeta con un número impreso –el 8, por ejemplo– bajo una lámpara y lo iluminó una y otra vez ante los ojos de un emisor telepático. “Cante”, ordenó. “Cante: ocho, ocho, ocho, rítmicamente según se enciende la luz”. Indicó al emisor que se sumergiese en el 8 hasta no ver sino el número 8 con vívida claridad en una pantalla imaginaria en su mente. Fidelman asegura haber ensayado con éxito esta técnica en la transmisión de 100 sobre 134 números a un receptor situado a más de un kilómetro de distancia.
Instaló en la mesa el proyector de diapositivas, al cual se refirió en adelante como Comunicador Telepático, acompañado de tarjetas parapsíquicas con los símbolos 4, 5, 6, 7, 8, B, A, Z, O y W que hizo con hojas de vinilo transparente que compró en la papelería. Solo entonces reparó en un detalle imprescindible: ella podría desarrollar el envío de mensajes con la mente, ¿pero quién los recibiría? Su catálogo de amistades era ajeno a esta afición bochornosa: Pilar se iba puntualmente después de recoger a la niña y darle de comer; las del círculo de lectura se creían demasiado inteligentes para todo lo que oliera a superchería; mucho menos podría considerar a sus hermanas, tan proclives al espanto avícola.
“Hija, ¿me ayudas con un experimento?”.
Elena no era una entusiasta, pero tampoco miedosa y admitió de buena gana sentarse sin distractores del otro lado de la pared, en la sala, mientras corría en el carrusel una misma tarjeta que su madre repetía para sí misma: “doble u, doble u, doble u”. Tras diez minutos de tímida simulación con una misma letra repitiéndose sobre la pared, ambas admitieron que no había ocurrido nada.
“Bueno, no”, corrigió Sandra. “No ocurrió nada… de lo que esperábamos: ¿tú dirías que un solo mal resultado arruina todo el experimento?”.
Modificó el tiempo de la sesión, las letras, la velocidad del carrusel, qué luces de la casa debían o no estar encendidas. Nada arrojaba la más mínima sorpresa, el asomo pequeñito, pero irrebatible de comunicación entre madre e hija a través de quince centímetros de capas concéntricas de pintura vinílica, yeso y ladrillo.
Cuando la ayuda inicial de Elena mutó en hartazgo, acordaron un último intento. La única luz de la casa era la proyección intermitente del número 8 sobre la pared, acompañado siempre por un clic plástico y agudo que adquiría propiedades hipnóticas con las repeticiones. Sandra desistió de repetir el símbolo como un mantra y prefirió que su mente divagara ante las curvas entrelazadas de la figura que aparecía y desaparecía y que terminó por abandonar la pared, como una calcomanía arrancada, para levitar ante ella bajo la forma de un fosfeno, blanco y fulgurante, con bordes de un color púrpura inestable y metalizado.
Cierra los ojos. Suena el siseo magnético de una radio mal sintonizada seguido de un acorde mayor de piano que antecede un solitario arpegio descendente: una canción: una balada de jazz con una voz femenina. Dentro de pocos compases, un golpe de batería anuncia la entrada de una orquesta pop y la intensidad del tema crece junto con la tierna furia de la cantante.
Abre otros ojos con los ojos aún cerrados:
está sentada en el sillón café de un cuarto pintado de color pistache junto con su hija. Elena se echa en sus brazos, se le aferra por el cuello mientras dice que lo siente, pero Sandra ni ahora ni entonces parece entender qué es lo que su hija lamenta. La abraza hasta que la música se detiene y espectros radiofónicos atraviesan las bocinas como si fuera un lugar de paso para almas en pena. Ahora es Sandra quien llora; sabe que debe irse.
“¿Lo escuchaste?”, dijo al abrir los ojos. El proyector se había apagado y la casa yacía en penumbras. Anticipos del norte pegaban contra la ventana, agitaban los almendros y las palmeras, ululaban por la calle jugando a los fantasmas.
“¿Qué, mamá?”.
“Había una canción. Como si hubieran prendido la radio”.
“¡¿Te quedaste dormida?!”.
“No para nada, es que…”
“No puedo creer que te dormiste”, reclamó Elena antes de subir a su cuarto. Su madre permaneció sentada en el comedor sin luz, con la certidumbre mística de quien ha recordado de súbito una pista crucial sobre su propia vida.
Desde que despertó hasta que volvió a casa, Sandra solo pudo preguntarse cuándo ocurrió aquel episodio con su hija. Ahora lo recordaba claramente, pero era incapaz de adjudicarle fecha o contexto. Lo más fácil hubiera sido preguntarle a Elena, pero si era un episodio importante tampoco quería parecer insensible u olvidadiza. ¿El recuerdo volvió gracias al aparato? ¿O lo hubiera recordado de cualquier forma? ¿Qué tal que el proyector no podía despertar en ella poderes psíquicos, pero sí podía hipnotizarla hasta regresarle memorias que había enterrado por completo? Estaba desconcertada, pero al menos la canción le había gustado lo suficiente para tararear todo el día, deseosa de llegar a una coincidencia mágica: prender la radio y encontrar esos acordes de nuevo.
“Tararará tarara…”, repetía para sí misma.
Por la noche preguntó a Elena, experta precoz en el pop radial, ya no sobre el episodio, pero sí sobre la canción.
“No, mami, ha de ser una canción de las tuyas”, respondió tras oír a su madre tararear y describir la balada: tararará tarara: ya no podía despegarse del gancho inicial de una canción que casi era su favorita, aun si no podía recordar a la artista ni mucho menos el título.
“De veras que es de ahora, de ahorita”.
“Y de veras que no la conozco”.
¿Acaso recordó una canción que no existía? ¿Era eso lo que realmente había pasado? ¿Soñó despierta en medio de un trance? En alguna ocasión, en un libro sobre premoniciones, leyó sobre poetas y músicos en cuyos sueños aparecían obras nonatas a la espera de ser escritas.
Apenas se durmió Elena, Sandra bajó al comedor presa de un silencio culpable y emprendió de nuevo el experimento: puso la tarjeta con el número 8 en el carrusel, apagó las luces, se sentó en la mesa viendo hacia la pared y encendió el proyector. Se concentró en las curvas proyectadas hasta despojarlas de significado: eran senderos, surcos sobre el terreno fértil, circuitos para competencias, marañas de cabello lacio empujadas por el agua caliente hacia la coladera. Cuando el fosfeno empezó a agitarse fuera de la pared como una bandera fantasmagórica, Sandra se dejó llevar por un adormecimiento insomne.
Abre otros párpados mientras aprieta los párpados.
Se descubre en la cocina, de frente al refrigerador abierto: un huevo desciende por el aire, a punto de estrellarse contra el piso. Elena pregunta si está lista la comida. La cáscara se quiebra. En la estufa hay frijoles con mole xiqueño, arroz blanco y plátano frito. La clara se extiende en el suelo bajo un frío resplandor, Sandra percibe pronto un olor a podrido.
Nuevamente, tenía una viva impresión de ese recuerdo, pero ignoraba cuándo ocurrió. Buscó una respuesta entre sus libros: no solo el Manual no decía nada que pudiera ayudarle, ningún volumen sobre sueños ni chakras ni vidas pasadas ni paralelas ofreció una respuesta que rozara la cordura. Estaba convencida de que estas ensoñaciones ocurridas durante el trance provocado por el Comunicador Telepático eran parte de un fenómeno legítimo, pero estaba lejos de poder explicarlo. La noche siguiente repitió la ceremonia: proyector, clic, una luz sobre la pared:
Reposa en el asiento trasero de una camioneta mientras mira hacia las nubes. El aire que pega contra su rostro enmascara un fuerte mareo. Quiere quitarse de encima un olor profundo y aceitoso que le produce arcadas solo de nombrarlo. Siente que va a vomitar.
Despertó con una certeza: guardaría el Comunicador en el clóset. Por lo demás, era una zombi desvelada que sabía poco del mundo, dispuesta a arrastrase a la cafetera sin prestar atención a nada más. Pasar la noche de viernes limpiando vómito del comedor no era lo que tenía en mente cuando compró el Manual durante una tarde lluviosa.
Cuando Sandra bajó a la cocina encontró a su madre cocinando.
“Pero qué cara. Te vi tan cansada cuando llegué que no quise despertarte. A mí me encanta visitarlas, pero si vas a estar dormida mejor me dices y me quedo en mi casa”.
“Lo siento, ma. Creo que tuve una pesadilla”, respondió Sandra.
“¿Es por el juego que compraste?”, soltó Elena.
“¿Cuál juego?”.
“Para leer la mente. Se pone en las noches en el comedor y se queda viendo la pared”, explicó Elena a su abuela.
“¿Pero qué clase de juego es ese, hija?”.
“Uno muy tonto que no volveré a jugar”, respondió Sandra al mismo tiempo que extendía el brazo dentro del refrigerador y sacaba el último huevo del cartón. Lo agitó en su oído para saber si estaba fresco y lo dejó caer, paralizada: ya había vivido esto.
Si alguien le preguntara a Sandra cómo se siente ver el futuro, primero diría que es como prender la tele y girar la perilla buscando un canal cuya existencia intuyes, aunque no conste en la lista impresa sobre el armazón de plástico. Los ojos cerrados se llenan de una ceniza brumosa y aleatoria, recorrida por eventuales siluetas fantasmales que poco a poco cobran definición por encima de las interferencias. Donde había una capa ebulliciente de puntos negros y blancos, de pronto aparecen un pantalón y una camisa yendo cuesta abajo por la calle, un rostro que gira la cabeza hacia la cámara. El soplo de estática que acompaña a la nieve sobre la pantalla se transforma en un sincopado golpeteo de bombos y timbales eléctricos, el inicio de una canción en un ritmo que aún no se inventa y que la perturba hasta abrir los ojos mientras agita la cabeza y se apaga la transmisión en su mente.
Acaso las imágenes llegan a Sandra como señales de televisión, la luz invisible que va de una antena a otra recorriendo el aire y la atmósfera, pero el acto de conocer los hechos que nos esperan más adelante tiene poco que ver con los presagios súbitos que tienen algunas ancianas o con señales de un cariz sobrenatural sujetas a interpretación, como el remolino en el cabello del hijo que anticipa el sexo del embarazo siguiente, o con las apariciones de animales que se tornan en un horóscopo salvaje: la mariposa nocturna en la habitación.
Esto es lo segundo que diría: el problema es la frase misma: no se ve el futuro, se ve hacia el futuro, de la misma forma en que no se aprecia la totalidad del pasado, sino únicamente la parte de él que nos corresponde. Si el tiempo es el paisaje, Sandra solo puede ver la porción que cabe por su ventana: el mar es visible desde el balcón, pero no todo el mar. Aun si cambiar de posición ofrece una vista distinta, sigue siendo la misma ventana, la misma porción inexorable del Golfo de México. Pasado y futuro eran puntos cardinales de un mismo terreno y ella había construido una brújula cuya aguja imantada flotaba en la oscuridad magnética y acuosa detrás de sus párpados.
Por lo mismo, Sandra no podría acceder al porvenir de todos los posibles convocados por sus facultades, sino solamente al suyo y, por añadidura, al de aquellos que coincidan con ella dentro de estas imágenes que llegan con la pátina difusa de lo ya vivido, inexactas, susceptibles acaso a borradura y variación: las noticias no llegaban bajo el hálito de la sorpresa: del futuro tenía recuerdos.
Desde esa noche empezó a escribir las memorias futuras que sintonizaba. Algunas eran nimiedades, algunas eran noticias, otras eran piezas incomprensibles. Vio a Jacobo Zabludovsky anunciar en el noticiario el descubrimiento de un monolito en honor a Coyolxauhqui; escuchó a su hija anunciar que estudiaría en México; “perdón, abuelita”, le dijo una niña que le disparó sin querer con una pistola de agua en medio de la refriega contra el hermano; vio pilas de cadáveres en un paso a desnivel; caminó descalza sobre un patio enorme y desconocido, mientras el césped le picaba las plantas; se vio en La Parroquia acompañada de sus nietos y su hija tintineando la cuchara en la taza como los turistas; vio féretros y todos eran iguales; vio un catálogo de lunas llenas y cada una fue distinta; vio que su hija nunca perdió los hoyuelos que emergen durante la sonrisa; vio a su nieto tropezar a medio vals durante un festival escolar; vio médanos convertidos en casas y casas convertidas en escombros; vio lanchas en el muelle de Boca del Río golpeándose entre ellas bajo el rigor del norte; escuchó canciones hechas por máquinas; vio paredes llenas de agujeros y coches llenos de agujeros y personas llenas de agujeros; vio un eclipse en una cubeta; vio la boda de su hija y vomitó al abrir los ojos convencida de estar ante lo inevitable.
Tras un par de meses de sesionar noche tras noche con el Comunicador Telepático, sus apuntes empezaron a adquirir un carácter redondo; en alguna ocasión llegó a verse a sí misma en el comedor en medio de sesiones futuras, hasta que los días mismos se tornaron circulares y reflexivos: espejos frente a espejos: eran inéditos, pero ya habían ocurrido, eran impredecibles, pero parecían vividos, eran nuevos, pero eran pasados.
Todo se detuvo una noche de tormenta eléctrica. Los rayos iluminaban la casa y segundos más tarde un rugido hizo vibrar los marcos de las ventanas; la tromba había hecho resonar una frecuencia compartida por las nubes y el cristal.
Para su hija es día de vestido, para el yerno de guayabera. Van de un lado al otro de la sala en medio de un enjambre cada vez mayor de desconocidos, algunos chamacos, otros viejos, mientras Sandra reposa sola n la silla del comedor, con un vaso de Zaraza con hielos al frente, viendo hacia la pared donde antes proyectaba tarjetas de vinilo y ahora cuelga un letrero de happy birthday. Son los quince años de la nieta, Sandra ídem. Tiene ojos miel y piel tostada, escucha distorsión, pero también es adepta a los tambores robotizados que su abuela anticipó en visiones. Se fue desde ayer con tres amigas y el hermano mayor, David, en el coche de este a Las Barrancas, donde los padres de su compañera tenían una casa. Pasado el nervio previo a la fiesta, el júbilo se suspende: no llega la cumpleañera. ¿Los habrá plantado? El padre sospecha una cruda adolescente, incluso imagina el regaño que dará en la noche. Pasada la hora de la comida, Elena ha marcado todos los números y
Sandra se interrumpió con una bocanada larga y profunda: volver del futuro se sentía como salir a la superficie de golpe tras pasar mucho tiempo bajo el agua. Para ese entonces ya sabía la historia y al mismo tiempo estaba por conocerla.
“¿Esto es mi culpa?”.
¿Era Sandra quien sellaba las premoniciones al hundirse en ellas? ¿Existía la oportunidad de que no ocurrieran las cosas siempre y cuando siguieran siendo desconocidas? ¿El futuro, al conocerlo, se vuelve inevitable? Pero nunca pudo hablar con nadie más que su almohada. Todas estas historias, estas señales de muy lejos solo habían pasado ante sus ojos, solo habían estado en su cabeza. Sandra sabía que era una colección temporal de átomos sentada en ese preciso momento en el comedor, sus pies descalzos tocaban la loseta fría, su cuerpo pisaba el mundo, pero al mismo tiempo estaba convencida de que el mundo era un fenómeno que ocurría en su cabeza.
Elena no ha dormido en tres días consecutivos desde la fiesta interrumpida por la desaparición. Nadie llama pidiendo un rescate, nadie llama para señalar una venganza, nadie llama para anunciar una huida imbécil, pero mil veces preferible a estos zopilotes de preguntas, estas sospechas que aumentan y descienden, que se asoman y se esconden como el sol detrás del mar y las montañas, este cable tensado en lágrimas que llaman angustia. “Mamá, ¿tú sabes lo que pasó?”. Pero qué podría saber Sandra, que ha pasado media vida detrás de muros color pistache y ha atestiguado los inventos y las revoluciones por televisión o, en su defecto, por la televisión que transmite en su mente. “¿Tú sabes, mamá?”. “Sé que llamarán esta tarde”.
“¿Es cierto lo que dice Elenita?”, reclamó la mamá de Sandra. “¿Es verdad que la despertaste para decirle no sé cuánta cosa? ¿Cómo puede ser que una niña me hable en la madrugada para contarme que su mamá la levantó y la agitó para decirle que sus hijos morirán descuartizados? ¿De verdad le rogaste a tu hija que no tuviera hijos?”.
No sabe por qué, en este momento se acuerda de una vez que era muy niña y fueron al rancho de un tío: los hombres desollaron un cerdo. Esta piel cubre una capa de grasa de blancura gelatinosa que antecede al músculo; y en el centro yace el húmero rebanado por la mitad con más convicción que con técnica. Pero reconoce este torso como el torso de su nieto y estas cuencas vacías como las cuencas vacías de su nieta y estas hebras de músculo y este escroto sin testículos y esta cabeza sin cabellera y este tabique sin nariz y esta suma de cortes de atribución precisa, pero sin motivo y reconoce también que nadie dará explicaciones, nadie aventurará respuestas, dirán que ellos fueron los culpables, los únicos responsables, por supuesto habrá quien diga la verdad, que todo fue una confusión, que creyeron que eran otros, que estas cosas nunca pasan o que nunca volverán a ocurrir, incluso dentro de muchos años algunos dirán que esto no pasó. Y el forense cree que esta señora es valiente al ingresar a esta sala para proteger a su hija, sin saber que en realidad Sandra se ofreció a entrar porque ya había entrado antes a reconocer estos cuerpos porque Sandra ya había entrado antes a reconocer estos cuerpos porque Sandra ya había entrado antes a reconocer estos cuerpos
Era la primera vez que veía a su hija desde su ingreso al ala psiquiátrica. Habían pasado dos meses. Cuando cruzó la puerta del sanatorio supo que no serían unos días, que ya ni siquiera necesitaría el Comunicador para proyectar mantras numéricos sobre sus párpados: de ahora en adelante los recuerdos los contaría siempre en presente y esta neblina que los demás llaman el ahora la contaría en riguroso copretérito porque ya nada fuera del recuerdo podría relatarse, si no es a través del tiempo verbal reservado a los sueños.
Sabía que esta sería la primera de varias estancias en el ala psiquiátrica. Nunca dejaría el trabajo, pero tampoco volvería a ser la misma. Su relación con el tiempo había cambiado y los momentos de mayor lucidez de ahora en adelante serían catalogados como periodos maníacos por los médicos.
Sentadas en el sillón verde, Elena intentaba platicar sobre el nuevo colegio, sobre los cambios ahora que vivía con la abuela, sobre los amigos a los que nunca sabría cómo explicar lo ocurrido; y es que Elena misma nunca tendría una explicación. Un paciente atrás de ellas inspeccionaba el espectro radiofónico sin decidirse por una señal.
“Ayer fuimos al cine, vimos una de James Bond y escuché la canción que decías, mamá. La escuché y supe de inmediato que era la misma que tarareabas y no entendí cómo podías saber si esta canción es nueva”.
Contuvo una carcajada porque, en rigor lineal, su hija conoció esos acordes antes que ella: Sandra estaba por escuchar su canción favorita por primera vez. Podría decirse que en toda la vida solo escuchó esa canción una sola vez: esta vez: ahora mismo en ese cuarto color pistache, desde la radio detrás suyo. Sandra cerraba los ojos e imaginaba unos créditos blancos subiendo por la negrura proyectada sobre sus párpados:
Nobody does it better,
makes me feel sad for the rest.
Nobody does it half as good as you.
Baby, you’re the best.
I wasn’t looking,
but somehow you found me.
I tried to hide from your love light.
But like heaven above me,
the spy who loved me
is keeping all my secrets safe tonight…
“Desnudo femenino visto de espaldas”, circa 1909. Pierre-Auguste Renoir. Óleo sobre lienzo. Dominio público.
No eran celos, amor, sino exigencia de tu plenitud, de tu totalidad. Ahora ya te he arado entera, te he sembrado entera, te he abierto y cerrado, ahora eres mía. Para Siempre! - Pablo Neruda, Cartas a Matilde Urrutia (1950-1973)
I want to conquer
every crevice
of your skin
Tu cuerpo
adorado
es mi reino
my hand slithers
empezando en la planta de tus pies
til I reach the tip of your little skull
terminando en el último pelo de tu pelo
my pulsing heart
your blue mouth
Lo recuerdo
I’ll haunt your bones,
Matilde.
50 años de amor
Tuyo,
tutuyo.
Note: The italicized words are taken from Pablo Neruda’s letters to Matilde.
Nota: Las palabras en itálicas son tomadas de las cartas de Pablo Neruda a Matilde.
Sedimento, 29 cm x 21 cm, tinta china con acuarela.
Autor: Alejandra Torres García