Tierra Adentro

Yo estaba muy dispuesto a realizar toda suerte de trabajos físicos hasta que descubrí la literatura. Luego me lo pensé dos veces.

El primer trabajo que tuve en mi vida fue como mensajero en la caseta telefónica del pueblo. Sólo era necesario tener una bicicleta y saber dónde vivía la gente. Quizá también una memoria lo suficientemente desarrollada como para retener más de quince minutos un recado, porque a la señora de la tienda, que era mi tía Adelina, no le gustaba escribir papelitos. El pago del mensajero eran las propinas. Había personas que eran pródigas y otras que practicaban sutiles maneras de la tacañería. Recuerdo haberle llevado mensajes a unos cuantos señores crudos y fanfarrones que para impresionar a sus amigos me llegaron a dar billetes de veinte pesos (les recuerdo que en 1994 el dólar estaba en cuatro pesos). Recuerdo muy bien a doña Ruperta, una viejita de finas facciones que siempre usaba un chal negro por el luto que guardaba su esposo, y a la que a veces le hablaba uno de sus hijos que vivía en Chicago. Ella siempre me daba una naranja. Lo más que llegué a ganar en un día, haciendo mensajes, fue ochenta pesos, que para un niño de unos seis u ocho años era una fortuna.

Alguna vez a los doce años me gané seiscientos pesos por cargar rejas de manzanas seis días, en Canatlán, Durango. Nunca volví a trabajar en eso. Pizcar nunca fue lo mío. Durante todo ese tiempo, incluso cuando subarrendaba las herramientas de mi abuelo o mi habilidad con el esmeril, nunca vi ningún inconveniente en trabajar. Bien podría haberme dedicado también a cargar costales, sembrar avena y frijol, a darle de comer a las vacas por la tarde y la mañana y ordeñarles como es debido. Creo, es más, que hasta tenía talento en las faenas campesinas. Pero resultó que no, de un momento para otro trabajar se volvió para mí una distracción del trabajo verdadero, que era leer.

Recuerdo que mi primer trabajo realmente remunerado lo tuve ya en la adolescencia. Un tío me invitó a trabajar todas las vacaciones que tuve en la prepa a una empresa de servicios postales en Huntley, Illinois, un pueblo no muy lejano a los suburbios de Chicago. Tenía quince años y cualquier momento que tenía libre, en la mañana antes de entrar a trabajar, en los descansos o después del trabajo, lo usaba para leer, porque no trabajaba por trabajar, sino para tener dinero que me permitiría tener tiempo suficiente para leer.

Entraba a las ocho de la mañana y me instalaba en una máquina que imprimía y seriaba cartas de publicidad destinadas a todos los recónditos lugares de Estados Unidos. Empaquetábamos la correspondencia, organizábamos las charolas y a las 5 pm en punto pasaba el personal del correo para llevarse todo el material. Como quería ahorrar, acepté todas las horas extras que pude. Incluso durante 21 días trabajé el doble turno, es decir dieciséis horas diarias, de 6 am a 10 pm, incluidos los fines de semana. Esos días, lo recuerdo bien, en lo único que pensaba era en tener pronto unos momentos de calma para leer algo porque en mi mente se estaba instalando una forma de ser relacionada directamente con lo que hacían mis manos, que era básicamente manipular una máquina de plástico que retractilaba catálogos de artículos de lujo dirigidos a millonarios domicilios de Maine y Connecticut.

¿Por qué me hacía eso? No lo sabía. De hecho, cuando ya estaba en la universidad estudiando una licenciatura en Letras, regresé a trabajar a aquella empresa de servicios postales. Además, creo que aprendí a usar todas las máquinas y sí, me da la sensación de que también pude tener talento para ese negocio.

Pienso en estos trabajos ahora que debo estar sentado continuamente frente a una computadora, frente a documentos o frente a libros o pruebas de imprenta y que precisamente mi trabajo ahora es leer. Es muy extraño para mí poder vivir de leer, porque siempre había leído para ser feliz, leyendo en un rincón apartado del trabajo físico o maquinal. Repentinamente veo la ventana de mi oficina y veo a los obreros del edificio que construyen frente a mí; los veo colocar andamios y cristales, soldar estructuras metálicas que sostienen grúas, manipular batidoras de cemento y abrazar, en las horas de descanso, una tortilla con las manos sucias y comerla con un apetito laboral del que hoy yo carezco. Como antes añoraba leer, hoy añoro cargar unos costales, echarlos a la sembradora y emparejarme el sombrero.


Autores
(Durango, 1988) es editor y traductor. Estudió Lengua y Literatura Francesas en la UNAM. Actualmente trabaja para el FCE.

El sábado 4 de julio la selección chilena de futbol dio una demostración de temperamento y de creencia total en su propuesta alimentada del trabajo colectivo, la suma de esfuerzos y un espíritu guerrero indomable. Chile es ahora campeón de América gracias a la copa que se jugó en su país. Mientras tanto, en la ciudad de México se llevó a cabo la primera edición del Festival Neutral, una propuesta dedicada a revisar la actividad cultural chilena y que incluyó en su elenco a Gepe, Prehistóricos y Pedropiedra, entre otros.

Hace tiempo que se sigue con puntualidad el excelente momento de producción cultural y musical chilena; hasta hoy, el tremendo envión no para. Aprovecho la celebración que congrega al pueblo de Víctor Jara, Violeta Parra y Jorge González para encontrarme con el nuevo disco de Mariel Mariel, un trabajo titulado Foto pa ti del que prácticamente carezco de información previa —salvo la escucha apresurada de algún adelanto a través de un programa de radio—, pero que se llama igual que un pasado EP y que editará Intolerancia.
Los primeros segundos de escucha traen consigo una grata sorpresa; «Talento animal» abre con un chirriante pasaje de acentos árabes que nos conducen a unas Mil y una noches del siglo XXI. El canto es sensual, cargado de misterio y magnetismo… cachondez absoluta que nos deja entrever a una artista dispuesta a probar con distintas afluentes y siempre desde una perspectiva global. Este corte inicial me remite de inmediato a la rutilante figura del etno-tecno Natacha Atlas, una árabe ciudadana del mundo.


Luego viene el tema titular que es mucho más percusivo; una especie de candombe destinado a colarse a las salas de baile del planeta entero: «Foto pa´ti», una vez más carnalidad pura, fragor corporal; un hip hop tropicalizado atascado de fuego y calentura. ¡Hasta La Mala Rodríguez debe parar oído! Porque «La mercancía» también es candela que acepta en su interior a una inesperada guitarra eléctrica para acompañar a otros punteos muy caribeños. ¿Será que es viable ese reguetón del futuro? ¡Atentos Nguzunguzu y Future Brown! Latinoamérica aporta cadencias canallas que revolucionan a ritmos antes impensados desde las distintas escenas urbanas.
Y vaya que Mariel Villagra conoce del folklore prácticamente desde la cuna; su padre Pedro Villagra, tiene un grupo llamado Pedroband y también formó Santiago del Nuevo Extremo. El hombre toca el saxofón y compone . Se dice que en algún momento hizo espacio para que su hija tocara la flauta e hiciera coros en su proyecto de fusión y grabaran el disco Otredad (2004).

Prácticamente quedan en la prehistoria sus primeros escarceos dentro del pop, también probó acentos de indie-rock para su debut en 2007 con No me despierten. Aunque también incursionó con un proyecto de drum and bass conocido como Ultrafat Soundsystem. Queda pues en evidencia su tendencia para amalgamar elementos disímbolos y elaborar música que no sea sencilla de clasificar; basta decir que en su debut de la guitarra se ocupó el cantautor Javier Barría, en la batería tenía al jazzista Andy Baeza y de la producción se encargó Luis Tata Bigorra (Los Tetas, Funk Attack). Le gusta propiciar ese tipo de choque de trenes musicales.

En 2012 presentó La música es buena, con mayor vocación electrónica pero en el que también participaron figuras del pop como Natalia Lafourcade (el sencillo a dúo «Nos llevamos tan bien» funcionó a la perfección) y Leonel García (de Sin Bandera). Los conceptos de Mariel son elásticos y suelen atender a mucha música diferente. Es por ello —y ya que desde 2008 pasa largas en temporadas en México— que no extraña que la invitaran a sumarse al disco tributo a Chavela Vargas; en La chamana (2012) hizo una imaginativa versión hip-hop de «Macorina».

Foto pa ti es un álbum generoso e inquietante; hay momentos en que se acerca a lo que hace Bomba Estéreo; hay pasajes en la línea de Anita Tijoux y La Mala Rodríguez y en sus chispazos de electro-pop danza junto a Javiera Mena. Incluso hay conexiones con La Yegros, quien desde argentina redefine la cumbia y el chamamé. Recordemos la teoría de los vasos comunicantes, en su fundamento muchas buenas cosas están interconectadas. Mariel va detallando su propia personalidad, pero en su búsqueda también cabe una versión de «Toque y rol», original de Juan Cirerol, en total clave rap.

Creo que hasta disfruta de la provocación, en alguna entrevista leo que apunta que los mexicanos no valoramos lo suficiente a Luis Miguel (¡sic!), lo que no obsta en modo alguno para que nos entregue un tema tan poderoso como «Demonios y ángeles»; exuberancia latinoamericana, exploración valiente y en la que destaca la participación del también chileno Andrés Landon, encargado de tocar muchos instrumentos, hacer programaciones y arreglos. Su aportación es crucial pues le da un rumbo seguro al disco.

Foto pa ti se grabó básicamente en la ciudad de México en su propio estudio, con algunas tomas complementarias en Ixtapa y en el estudio de Carla Morrison, quien desde hace tiempo apoya decididamente a Mariel y que en está ocasión aparece en «Desahogar». Ella no es la única invitada, Juan Manuel Torreblanca toca e hizo arreglos en Foto pa ti y se encargó de la dirección vocal en «Noche Noche».

Es curioso que está música urbana del tercer milenio tenga tantas influencias rítmicas de la tradición afroantillana y que el pop mutante ofrezca posibilidades para asimilar la cultura hip hop o la electrónica pistera. Mariel Mariel entrega una oncena de canciones robustas, bien conceptualizadas y logradas —incluso toca alguna flauta transversa y un acordeón—. Música completamente contemporánea que no teme correr riesgos. Como ella dice: «Los bajos vibran en mi pecho».

En Foto pa ti no existen limitantes, la creatividad es pródiga. Se trata de una obra de arte que no sólo se alimenta de México y Chile, sus miras son más amplias y eso se agradece. Mariel Mariel no carece de ambición y recursos. Su perspectiva es global y ello engrandece su álbum. Ella levanta la mano para visualizarla como protagonista de un movimiento frenético que representa a todo un continente. América Latina no es la misma de antes. El futuro está tocando delante nuestro con total intensidad.


Autores
De los años sesenta tomó la inconformidad recalcitrante; de los ochenta una pasión crónica por la música; de los noventa la pasión literaria. Durante la década de los dosmil buscó la manera de hacer eclosionar todas sus filias. Explorando la poesía ha publicado: Loop traicionero (2008), Suave como el peligro (2010) y Combustión espontánea (2011). Rutas para entrar y salir del Nirvana (2012) es su primera novela. Es colaborador de las revistas Marvin, La mosca, Variopinto e Indie-rocks y los diarios Milenio Hidalgo y Reforma, entre otras publicaciones.

Una cosa que a menudo se olvida: Hollywood es un sistema de producción. Su producto son las películas, y el objetivo final de ese producto —por encima de sensibilidades artísticas, necesidades emocionales o expresivas y cualquier otro rasgo que los románticos le adjudiquen al Arte con mayúscula— es uno solo: vender a través de la narración de una historia —esta última, su preocupación formal básica. Vender boletos de cine, recuperar inversión y volver a echar a andar el motor para preparar otra película y pagar los sueldos de todos los involucrados.

En el camino, artesanos y artistas cinematográficos han encontrado su nicho en ese sistema —o no, y eligen otros rumbos, como las diversas corrientes dentro del cine independiente norteamericano— y han producido obras memorables, significativas (elíjase adjetivo). Para vender una película hay que llevar gente a las salas, y si para llevar gente a las salas hay que elaborar «buenas» películas, pues así será. No obstante, hay que mantener esto en mente: el dinero no corrompe la esencia del cine hollywoodense, al contrario, es su esencia: su motor vital. A diferencia de lo que se piensa a menudo de otras artes, como la literatura, en las que la voracidad del mercado es vista como un problema que achata los elementos más valiosos del lenguaje y su plasticidad, el cine hollywoodense nació como un producto listo para comercializarse.

(Walter Benjamin apuntaba en La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica que «En las obras cinematográficas la posibilidad de reproducir técnicamente el producto no es, como por ejemplo en las obras literarias o pictóricas, una condición extrínseca de su difusión masiva. La reproductibilidad técnica de las obras cinematográficas no sólo hace posible del modo más inmediato la difusión masiva de las películas, sino que más bien la impone, sin más». A Benjamin le parecía, hay que recordar, que esa reproductibilidad técnica propiciaba la pérdida del «aura» de las obras de arte. Benjamin, quien murió en 1940, no pudo ver muchas de las cimas del cine hollywoodense —Ciudadano Kane estrenó un año después, en 1941—, pero citas como «El cine es la obra de arte con mayor capacidad de ser mejorada. Y esta capacidad suya de ser mejorada está en conexión con su renuncia radical a perseguir un valor eterno. […] En la época de la obra de arte producida por montaje, la decadencia de la plástica es inevitable» dejan claro que no se habría entusiasmado mucho).

John Ford, Alfred Hitchcock, Charles Chaplin, Buster Keaton y Orson Welles, entre muchos otros maestros del arte cinematográfico hollywoodense, sabían bien esto: hay que vender. (Existe una frase comúnmente atribuida a Hitchcock que podría relacionarse con esto: «La longitud de una película debe estar directamente relacionada a la resistencia de la vejiga humana». Esa filosofía sería impensable en los cineastas de, por ejemplo, el circuito de festivales). No sólo ellos: la memorable Hammer británica, con el gran Terence Fisher como estandarte, funcionaba también como una maquiladora de producción cinematográfica: Fisher llegó a estrenar cuatro o cinco películas al año, todas realizadas con oficio y técnica. En Japón, cineastas como Takashi Miike o Sion Sono combinan taquilla saludable, voz autoral —en algunas producciones: en otras saben prácticamente desaparecer— y una abultada producción: tan solo en 2015, Sono estrenará tres películas y una miniserie, mientras que Miike ha estrenado ya dos películas y se encuentra filmando una tercera. En estos casos, como en el cine hollywoodense, arte y técnica están a la par de la recaudación monetaria.

Y dentro del cine hollywoodense, se sabe, no hay ningún tipo de película más interesada en vender que el blockbuster. Una chick-flick de mediano presupuesto podrá recuperar su inversión y un poco más para salir tablas o tener un pequeño margen de ganancia y todos estarán más o menos satisfechos, pero una cinta de 200 millones de dólares está obligada a vender, digamos, 500 o 600 millones para que los ejecutivos estén contentos y nadie tamborilee los dedos excesivamente en las juntas de los grandes estudios. Las herramientas para vender un blockbuster son muchas y son todas (o casi todas) un volado: desde adaptar un libro exitoso en película protagonizada por una tanda de actores desconocidos —Harry Potter, Los juegos del hambrehasta filmar la enésima secuela de una franquicia ya zombificada —Terminator, Jurassic World— o, menos visto en estos años, aventarse un llamado high concept original. Esto último suele ser el refugio de las películas con aspiraciones de recaudación pero relativo poco presupuesto: aquí suele entrar el cine de horror, como en Actividad Paranormal, Insidious y Oculus, pero también la ciencia ficción, como Oblivion o Looper, y un terreno más escabroso que todo lo mencionado hasta ahora —al que inevitablemente dedicaré una entrega: el mockbuster.

Todas esas películas suelen apegarse al modelo narrativo del cine hollywoodense, que incluye como algunas de sus normas el «realismo» en la trama, entendido como «un desarrollo minucioso y lógico de las leyes de causa y efecto», según un manual de Frances Patterson de los años 20 para aspirantes a guionistas, el desarrollo en tres (o cuatro) actos, la ausencia de coincidencias hacia el final de las tramas (rasgo entre otros que, según David Bordwell, denota la influencia de la piece bien faite, género dramático del teatro francés decimonónico) y «la apelación a las nociones aristotélicas de verosimilitud y probabilidad» (Bordwell, de nuevo, en El cine clásico de Hollywood). La forma de narrar del cine de Hollywood es la del perfeccionamiento y puesta en práctica de fórmulas ya probadas. Cuando alguien dice que una película «es predecible» respecto a una cinta hollywoodense, en realidad está intuyendo ya la existencia de un clasicismo hollywoodense, de una tradición.

Aquí entra otra cuestión: el cine hollywoodense quiere ser entendido. Esto puede sonar a priori como una obviedad, pero no sobra recalcarlo: no todas las películas ni todos los cineastas quieren ser entendidos. Directores como Joss Whedon y Steven Spielberg buscan la claridad y la inteligibilidad, mientras que gente como David Lynch o Alejandro Jodorowsky persiguen una codificación más compleja, a veces inaccesible; más allá de ese espectro, Andy Warhol o Micheal Snow (y casi todo el videoarte) sirven como un buen ejemplo de cineastas a los que no les interesa ser entendidos. Las reglas de guion y dirección (establecidas por cineastas clásicos sin educación formal en el cine, es decir, artesanos, y después sistematizada por los manuales de guion y las escuelas de cine que formarían a las siguientes generaciones de cineastas) buscan maximizar la comprensión de la historia, atenuando la ambigüedad al tiempo que se narra de la forma más fluida posible. «Este mismo amo ha estado pidiendo la misma película durante cincuenta años», dicen en Vent d’ Est, de Jean Luc-Godard, al referirse al trabajo cinematográfico de estudios.

Hay entre las películas una categoría que nace a finales del siglo XIX y principios del XX, con los hermanos Lumière y George Méliès en cada uno de los lados: realismo y expresionismo. El realismo busca, según Louis Gianetti en Understanding Movies, «capturar el flujo y la espontaneidad de los eventos tal y como eran vistos en la vida real», refiriéndose a lo que hicieron los Lumière en películas como La llegada de un tren. El expresionismo, por su lado, «es la mezcla típica de narrativa caprichosa y fotografía truqueada», «filmes fantásticos que enfatizaban eventos puramente imaginarios», describiendo así el cine de George Méliès. Si imaginamos al realismo y el expresionismo como los extremos de una línea recta, el cine clásico hollywoodense se encontraría en la franja media de esa recta, tomando elementos prestados de ambas tendencias, manteniéndose siempre en una tensión entre esas dos direcciones. Esto ha derivado en la existencia de un realismo hollywoodense, entendido como el seguimiento de las reglas lógicas arriba mencionadas con ocasionales desplantes técnicos o argumentales cercanos al expresionismo. Un ejemplo reciente de esto último está en Paddington, una película a todas luces «realista hollywoodense». Paddington el oso llega a casa y ve cómo una pintura cobra vida en la pared frente a sus ojos. Es un momento lleno de calma belleza, muy inusual en el cine comercial.

Entonces, ¿cómo es posible que en el cine hollywoodense —más aún: en el blockbuster, que por sus condiciones quizá debería ser el más árido de todos los terrenos de Hollywoodse encuentren voces personales, capaces de sacar adelante proyectos inusuales, innovadores y de altos presupuestos? ¿De qué forma Hollywood, entendido como el sistema de producción que busca maximizar ganancias y audiencias, permite que la innovación y la búsqueda estilística se filtre incluso en producciones tan costosas como la recientemente estrenada Ant-Man? Dejemos la respuesta como un cliffhanger, en un necio afán por capturar lectores para la siguiente entrega.

 

Notas:

1) Walter Benjamin, La obra de arte en la era de su reproductibilidad técnica; uso la edición de Pre-Textos de Sobre la fotografía, pero acá hay un .pdf con el ensayo completo por separado.

2) David Bordwell, Jane Staiger, Kristin Thompson, El cine clásico de Hollywood. Un libro esencial en el entendimiento de los procesos económicos e institucionales y su injerencia en la creatividad de las películas hollywoodenses. Hay una copia completa de la edición en español de Paidós en Scribd.

3) Louis Gianetti, Understanding Movies. Quizá el más práctico libro de texto para acercarse a la comprensión del cine y sus procesos (técnicos, históricos, artísticos). Hay más de doce reediciones, todas corregidas y aumentadas; la mía es la tercera, de 1982, editada por Prentice Hall. No hay copia en internet, hasta donde sé.

4) El manual de guion que menciono es Cinema Craftmanship. A book for photoplaywrights, de Frances Taylor Patterson —una de las primeras académicas norteamericanas en especializarse en cine. Aquí, el perfil de Frances en Women Film Pioneers Project, y acá, el libro completo, escaneado.


Autores
(Coatzacoalcos, 1988) es crítico de cine y ensayista intermitente.

Uno de los aspectos más curiosos de la pintura holandesa es que en su mayoría parece no estar interesada en los acontecimientos bélicos que dieron origen a su patria. Si los artistas holandeses pintaban la guerra, era la de luz contra la oscuridad. Escribió Zbigniew Herbert. No hay batallas, no hay guerreros, las luchas contra España, Inglaterra o Francia no aparecen reflejadas bajo ninguna paleta de colores. La Holanda épica, si existe, está lejos de los lienzos. Es casi como si los holandeses hubiesen rechazado mostrar ese perfil de su historia. El fenómeno es comprensible si tomamos en cuenta que Holanda llegó a tener un mercado de arte tan grande y dinámico como puede ser un mercado de flores o ropa. Los precios de las obras eran relativamente bajos; lo mismo zapateros que nobles podían adquirir una pieza, en general un retrato o un paisaje, para tenerla en casa.

La apariencia de una nación es demarcada en gran medida por el perfil que desea mostrar al mundo.  Con las personas sucede lo mismo. Apegados a la etimología de la palabra, el perfil no es más que un simple dobladillo, pero visto bajo un espectro más amplio puede definirse como la vista de costado de un objeto o persona. Perspectiva que por incompleta tiende a la falsificación, al pastiche o la mentira. Desconozco cuándo fue que las páginas en internet destinadas a sintetizar las características de una persona —su fotografía, su nombre, su edad, sus gustos, etcétera— adquirieron el nombre de perfil, pero la nomenclatura me parece de lo más atinada. La vista de una persona, es decir, la pintura incompleta, el costado elegante carente de profundidad, la simplificación y reducción de una entidad a un par de trazos.

Plano superficial o autorretrato de una personalidad regulada por la voluntad del individuo, el perfil contiene, en su límite, fuera de las líneas de su trazo, un panorama más amplio. No sólo la perspectiva desde la cual se construye una persona, sino también todos los puntos ciegos, la multiplicación de lo que es obviado, el efecto de buscar en un mapa lo que el mapa ha dejado fuera. Quizá lo más interesante de los perfiles es que pueden contener todo lo que una persona está dispuesta a mostrar, pero al mismo tiempo evocan las minucias que jamás entran en el trazado. Es como mirar al interior de una casa sólo desde la ventana e imaginar las cosas que suceden a puerta cerrada. Actitud psicótica, desde luego, pero coherente con la frenética paranoia de nuestros tiempos.

Obviando Google + —ya que jamás dediqué tiempo a crearme dentro de esa plataforma— visito Twitter a la espera de encontrarme con alguien similar a mí. No lo hallo. En cambio, hay alguien a quien sin duda conozco, un tipo que podría llegar a ser agradable de no resultar tan aburrido. Ahora que lo pienso, me parece un invitado extraño. Alguien de quien no se espera nada, al que se le mira pararse varias veces para ir al baño, dar un sorbo a su bebida y fumar junto a la ventana sin entablar la mínima conversación. No se sabe su nombre o su edad, de hecho, no se sabe quién lo invitó en primer lugar. Aún así tiene algunos rasgos que lo podrían caracterizar: habla de literatura como si realmente supiera algo al respecto, suele compartir música que, pienso, le gusta, y tiene dos o tres interacciones con otros perfiles que, al igual que el suyo, parecen regulados por una siempre impostada individualidad.

Al tratarse de la transcripción y borradura de un personaje, crear un perfil puede entenderse como un ejercicio de escritura. En él hay más que una férrea idiosincracia, más que una pretensión insostenible. Hay un personaje borrado y tachado, un relato revisado continuamente por su autor, quien, si tiene suerte, podrá estar contento con el resultado, pero en general seguirá construyéndolo. Quizá todo perfil deba asumirse bajo esa percepción: reconocer que nuestra persona no revela nada, por lo tanto ha de seguirse contando.

Del mío sobra decir que no tiene mérito alguno. De los otros, los amigos, los ajenos, los extraños, puede decirse que al igual que la pintura holandesa no son dignos de ninguna épica, y su historia está llena de omisiones y hechos cotidianos; nada sorprendente, nada que pueda hacer las veces del recuerdo. Sin embargo, estos hechos se cuentan, más todavía, estos hechos han sido escritos. Me recuerdan siempre a ese magnífico cuento de Julio Ramón Ribeyro protagonizado por un tal Roberto. Nunca ocurrió vida más insípida y mediocre que la suya. «La vida gris», es el título del relato.


Autores
(Ciudad de México, 1989) es escritor y publicista.

De este desierto hermoso, que no me aparten. De este bosque disperso de cactos lozanos. Aquí, todo cuarzo brilla espontáneo. Aquí, la luna en cualquier fase arrebata el sueño. La noche es siempre azul y luminosa como a las tres de la tarde. Los animales pequeños se refugian en el camuflaje. Cada ave de rapiña sube por la corriente ascendente. Y pronto llegará la estación del Monzón, por una vez al año, la tormenta recia. El agua lamerá suave la arena con su lengua minúscula y dentro del agua, en la punta de la corriente, la arena girará. Entonces, Julia, dejémonos caer. Por un instante mojemos nuestros cuerpos en el fluir incipiente del lodo. Tú y yo, de la mano, tumbémonos boca abajo. Nuestras camisas se pegan en la piel. Nuestros cabellos negros se pegan en la frente y en la nuca, como una herida.

«Vamos, escapemos» —decía mi padre cada madrugada y saltábamos a una bicicleta con imán y armónica de equipaje. Las cuatro bicicletas al oeste, cruzando el silencio del amanecer, porque sólo podíamos vivir en la región de la oscuridad, donde las letras desaparecen y justo antes, con sus siluetas, apenas pude construir mi corazón, pieza a pieza. Para mi familia, tribu minimalista, había que viajar sin carga. Poseer libros fue una paradoja, más bien, alta traición. Renunciamos a palabras largas y frases elaboradas, hicimos todo canción. Juramos transformar lo abandonado, los bienes y el corazón, y retener todo aquello en palabra y melodía. En una canción que hasta un burro pueda aprender. En una canción que hasta una ballena pueda cantar. En una canción cuyo olvido (a) nadie deba avergonzar. Una canción que sea imagen y reverberación del hogar y la tierra que no volverán.

«Aun si tu idioma es más que una sola lengua busca indagar el camino más allá de su límite: ahí comienza el multilingüismo»— Esa fue tu enseñanza. Esto es, lo que nombramos como único idioma, ¿con cuántas otras lenguas ajenas se entreteje?, ¿qué tantas descoseduras, qué tantos nudos hay en su contorno? Atento a ello, percibir con el oído la resonancia y la vibración entre tu idioma y esas otras lenguas. Al conocer otra tierra, otro país, el idioma crece en vocabulario y expresiones, toma un protocolo nuevo para la vida, adquiere nuevos paisajes y teje cada vez más nudos. La lengua del imperio se expone a un riesgo cada vez mayor. Multitud de almas llegan y se instalan. Migrar la lengua no es distinto de la rebelión.

La de mayor potencial como cantante fue la cactácea de dos siglos de edad. Una Señora atisba el diente azul cuando la luna cruza el meridiano. Construyó un altar de muertos con 32 bloques de Lego. El traje es tan holgado y tan de gángster que un sacerdote arruga las cejas calcinadas. Fue necesaria una frontera nacional y un nubarrón para liberar al grupo del rebaño. Las hormigas anhelan teología y negocian con abejas ciertas condiciones. Al comparar el deseo y la leche, siempre cayó el reloj de sol. Con domar al trueno, inocente, trata de alimentar a un trébol. Para estudiar de nuevo la teoría económica, el pastor salió del país en secreto. Los cerros oscilantes pasean por el mercado nocturno, la economía colapsa. Fui tras las rocas en busca de peces y sólo vi delfines calcinados. A veces, al percibir el mar, el ahorro de sal se convierte en materia de discusión. Al quemar con un cerillo la página de un libro, las letras se tornaron fluorescentes. El huevo duro expresa libertad con la rotación del trompo terráqueo. Un volcán presumió a un girasol: «yo soy más duradero que tú». El girasol en un instante se multiplica por un millón y cerca la falda del volcán.

 

*Versión de Cristina Rascón y Eiko Minami


Autores
(Ehime, 1958) es poeta, ensayista y traductor. Es autor de la serie Agend’Ars, compuesta por cuatro volúmenes de poesía, libro que aparecerá en español a finales del 2015, editado por Cuadrivio Ediciones. Entre otros, recibió el Premio Literario Yomiuri, dedicado a la crónica y a los ensayos y relatos de viaje, por el libro Shasen no tabi ( Viajes transversales).

1. El mundo es la suma de hechos y pájaros.
2. Toda proposición tiene una forma (o sintaxis: el perfil de un jilguero siberiano) y un contenido (o semántica: el vientre de un jilguero siberiano).
2.1. El contenido de un vaso de leche, que podría ser un cuerpo humano que emite canciones sobre pájaros, es la letra de las canciones que emiten los pájaros.
2.2. La forma depende de la forma del vuelo.
2.2.1. Supongamos que pensar es volar y viceversa. Entonces, la forma depende de las categorías mentales; es decir, la forma depende de la estructura —sin palabras— del pensamiento y del vuelo.
2.2.1.1. Las niñas sordomudas se visten de palabras o, en las palabras, de colores, para decir. Manejan delicadamente estas estructuras, con palabras.
2.2.1.2. Estructura y categoría son sinónimos de piel.
2.2.1.3. La piel del lagarto delimita al lagarto que, en mi imaginación, existe y carraspea.
2.2.1.4. Lo que concreta al pájaro no se llama piel, pero lo que concreta al pájaro que estoy imaginando sí se llama piel.
2.2.1.5. En los misteriosos bosques de lo que hoy es China, en el Cretácico, existió y carraspeó un pájaro-lagarto que no logro imaginar.
2.2.2. Una palabra es una gota de lluvia.
2.2.2.1. Las gotas de lluvia —que son palabras— se precipitan diagonalmente sobre los objetos —reales, ficticios, híbridos o azules—. Su existencia comienza, no en el cielo (tesis platónica) ni en el objeto real o ficticio (tesis platónica), sino en la tierna cabeza rapada de un bebé.
2.2.2.2. Toda palabra está de más.
2.2.2.2.1. Estar de más duele.
2.2.2.3. Todo lenguaje es lengua franca.
2.2.2.3.1. Todo tanteo es tanteo a ciegas.
3. En todos los poemas sale un pájaro.
3.1. En todos los poemas, o bien sale un pájaro, o bien se sugiere la presencia de un pájaro, que está más allá del punto de fuga de la imagen (siempre hay una imagen de un cisne agazapado) y del marco nativo del poema (todo poema, normalmente, trata sobre lirios).
3.2. Si detenemos el video del pájaro que pía en el segundo 32, justo cuando el pico está totalmente abierto, reconoceremos en su pico totalmente abierto un trapecio trisolátero.
4. Un milagro es un hecho no explicable por las leyes naturales.
4.1. Las leyes naturales, que permiten que con la mezcla de fibras vegetales, tela de araña y saliva de colibrí se fabrique un nido de colibrí, son un milagro.
4.1.1. Las leyes naturales no están en el mundo, sino en las categorías mentales desde las que miramos el mundo. Aunque es un milagro que todo, tal vez, se sostenga.
4.1.2. Categoría y estructura son sinónimos de ojo.
4.1.3. El ojo no está cubierto por la gasa.
4.1.3.1. El ojo es la gasa.
4.1.4. El mundo se mira de 2 maneras: o bien panorámicamente, desde el lomo de un pájaro, o bien íntimamente, desde el regazo de un pájaro.
4.2. Todas las preposiciones son mentira.
4.2.1. Todas las conjunciones adversativas son una exageración ruin.
4.2.2. Coincidir es un milagro.
4.2.3. El amor es coincidir.
4.2.3.1. Yo, que podría haber sido un dinosaurio terópodo, hace 100 millones de años antes de María Magdalena, por ejemplo una hembra eoraptor, o una golondrina común, emparentada remotamente con el dinosaurio terópodo, o un esclavo negro que muere de asfixia en un barco inglés dieciochesco, acurrucado como una golondrina, o una flor feliz en algún campo pálido de agotamiento en Castilla, tierra de esclavos de la tierra, o la madre de Adolf Hitler, que cultivaba flores, o una cría de tortuga que, en su aventura desde la arena hasta la orilla, es secuestrada por una garza hambrienta como Hitler, yo, que podría haber sido un bonsái, una medusa, un ferrocarril, una diadema, un copo de aguanieve, un charco de agua o nieve, soy yo, aquí, ahora, y te acaricio el pelo con los labios.
5. El miedo a la muerte es un cuervo.
5.1. El miedo a la muerte deriva de haber sido feliz.
5.2. La felicidad es un pájaro a la deriva.
5.3. Para Aristóteles, hay que domesticar a ese pájaro (que es un cuervo). Para Kant, hay que subordinar a ese pájaro (que es un cuervo). Para mí, hay que alimentar a ese pájaro (que es un cuervo).
5.4. Un cuervo es una mota de sombra.
6. La aliteración es el ruido de pensar y volar.
7. Los hombres que nacen sin cristalino son los hombres más guapos del mundo.
7.1. La tórtola apuñalada no es una víctima, es un tipo de tórtola.
8. Nuestro deseo de ráfagas de aguanieve y de trozos de tarta salvajemente cortados no tiene límite ni textura.
9. Cuando enfermé, adelgacé 25 gorriones.
9.1. Ser reducida a un muslo o a un idioma duele.
9.1.1. Los pájaros no tienen ni género ni nación.
9.1.2. Una niña sordomuda que no tiene nación, a la que un profesor insulta esparciendo sobre sus mejillas los restos pringosos de la palabra pájaro en género femenino, es una niña sordomuda que escribirá 2 o 3 poemas.
9.1.3. Todo poema proviene de un insulto.
9.1.4. Sugar Kane Kowalczyk es un pájaro enjaulado. La actriz que interpreta a Sugar Kane Kowalczyk pertenece a una indescifrable especie de pájaros enjaulados que imitan a los dígitos de las operaciones financieras.
9.1.4.1. Nadie conoce a la actriz que interpreta a Sugar Kane Kowalczyk.
9.1.4.1.1. Nadie conoce a nadie en verdad: con ecuanimidad y exactitud, como Gustave Flaubert conoció a su hija, Emma Bovary, nadie conoce a nadie en verdad.
10. El mirlo era blanco hasta que hallé un mirlo.
10.1. El sustantivo no es un resumen y no se llega a él por inducción. El sustantivo es una canción (sobre pájaros o sobre estrellas fugaces) y proviene del sueño.
11. El sentido de una proposición es su acuerdo o desacuerdo con las posibilidades de existencia e inexistencia de los pájaros.
11.1. Sin embargo, toda proposición corre el riesgo de no conservar su sentido, si se dice demasiadas veces.
11.2. No obstante, decir poco duele.
11.2.1. La contradicción es el tejido nórdico y precolombino de la vida.
11.3. Agbogbloshie, barrio de la ciudad de Acra, capital de Ghana, es el vertedero de la basura electrónica proveniente de Norteamérica y Europa. Inmensos pájaros sobrevuelan las cordilleras de basura. Inmensos pájaros, envueltos en inmensas nubes de veneno transparente, sobrevuelan las siluetas de las personas negras y transparentes que rebuscan canciones y pájaros en las cordilleras de basura, en las aristas del río Densu.
11.4. Un ramillete de cobre y cables y plástico no es un ramillete de orquídeas.
11.4.1. ¿De qué son símbolo las orquídeas? ¿Cuál es su relación con la virtud de la virtud?
11.4.2. La voluntad de ser bueno es un águila extremadamente pequeña.
12. La biografía pesa 25 gorriones, pero el pensamiento de ausencia —de biografía o de amante— pesa un millón de gorriones.
12. 1. Visualizar el pellizco es escribir un poema.
12.2. El helado derretido que se seca en el suelo adopta la forma de un animal muerto (cualquier animal muerto menos un pájaro). Y cuando anochece, he visto que, despacio, se mueve.
12.3. El papel higiénico empapado de vino no remite a los poemas de Omar Jayyam: remite al dolor de transformarme en pájaro.
12.4. El poema no termina nunca.
12.4.1. El poema no termina nunca porque ninguna palabra o proposición puede rebañar la referencia.
12.4.2. Cuando se trata de apresar la famosa eternidad del instante (la acrobacia del pájaro que no termina nunca o la trágica muerte de Margarita Gautier), la música es un medio superior: la melodía no esparce en el mundo categorías o estructuras que éste no posee cuando no es observado (por las niñas sordomudas o, tal vez, por los pájaros), pero sí esparce —y de ahí su ventaja relativa— chispas de picor y sed.
12.4.3. La melodía es profiláctica como un cazamariposas.
12.5. Todos tenemos frío.
12.5.1. Yo también.
13. Tú, por favor, no me trocees por no caerte (del cielo azul, que sí es cielo y sí es azul); agárrate.
13.1. Agárrate del cielo azul o, en su defecto, de un pájaro. Acuérdate de hablarle vocalizando. Ten paciencia y sé cordial; agárrate.


Autores
Berta García Faet (Valencia, 1988) es poeta y traductora. Es autora de Fresa y herida, Introducción a todo, Nightclub para alumnas aplicadas y Manojo de abominaciones. Este poema pertenece a su libro más reciente, La edad de merecer (La Bella Varsovia, 2015).

A la mitad del rosario de los días me detengo apenas para entrar de lleno en el pozo diario: se parecen tanto las mañanas antes de despertarlas que me quedo más tiempo en la bruma, no recuerdo en dónde quedó el hilo y me prendo al vuelo de alguna señal, no sé todavía si es miércoles (los lunes son brote temprano y los domingos sin nubes no tienen raíz) y no me parece que ningún canto sobresalga de entre el verde que por ahora sólo es monocromía.

En algún lugar las orillas del agua rozan las orillas del estanque.

¿Qué sigue?

Abrir la puerta, cerrar con llave. Pongo un pie afuera sin salir de mi cuerpo: buenos días, manchas multicolor que me rebasan a prisa y sin convicción como yo: un pie después del otro, las gotas acompasadas, el murmullo va trenzando la cadena.

¿Qué sigue?

Cruzar los umbrales, en cada uno dejar dentro, enredar algo en los goznes y vivir con lo que queda, pasar siempre a otro lado: hay puertas que cruzamos menos, a las que no regresamos ya, hay letras mayúsculas que ya no leemos en el libro de horas, hay horas en blanco que pasan, enjambre de salmos, sin interrupción.

La ciudad recita sus calles de memoria sin descanso en el incendio del mediodía y todo en el asfalto, túrbidos pedazos de agua y vidrio maderos podridos, piedras opacas, todo es la misma materia: la repetición pule las cosas: apila los días, deja limpio el pizarrón para empezar la cuenta de nuevo pero siempre hay una ventana que queda abierta, un hueco desesperado por el que se cuela un aire frío.


Autores

El mundo de las artes marciales mixtas en México tiene dos tipos de practicantes. Unos intentan convertirse en los reyes del ring octogonal, para después ser profesionales de las peleas; los otros son personas que, al más puro estilo de El club de la pelea, buscan en los golpes y patadas una válvula para escapar de la rutina de su vida diaria. En esta crónica, Diego Salas, desde Xalapa, presenta los rostros de estos gladiadores anónimos.

El primer jab casi nunca duele. Primero se duerme la piel en la zona del impacto. Si el golpe es preciso, aparece el vértigo. Después, todo es oscuridad. No es lo mismo con las luxaciones y los estrangulamientos. El dolor se presenta nítido en el lugar exacto del castigo y no hará más que crecer hasta llegar al límite que puedes soportar. Si no te rindes, algo se romperá o, simplemente, el corazón no podrá irrigar al cerebro la sangre necesaria para mantenerte consciente.

Estoy debajo de mi oponente. Apenas puedo respirar por los resquicios que aparecen entre su cuerpo y mi rostro. Él no debe rebasar los veinte años y pesa veinte kilos menos que yo; aun así, la prensa que logra con sus piernas y brazos es poderosa, y no me queda más remedio que buscar aire en algún lugar. La inmovilización es tan firme que me provoca angustia. Pienso que eso es lo que deben sentir al principio quienes mueren ahogados en los naufragios, aunque lo suyo debe ser peor porque se hunden sin esperanza hasta tocar un fondo cada vez más frío. De todas formas, me parece una simulación fiel a su agonía. El chico, encima de mí, no puede ver mi rostro pero sabe por mi respiración que estoy cada vez más débil. Lalito, como le dicen, trabaja de mecánico, vive en una panadería con su familia, donde su padre es el panadero estelar. Es un negocio que montaron en sociedad con Edwin, un nutriólogo y psicólogo que era maestro antes de ser empresario, y que ahora nos mira combatir, tranquilo, desde un costado del tatami, con sus casi ciento treinta kilos reposando sobre un cubo de madera. Lalito se cansa de mis tibios esfuerzos por sobreponerme a su dominio y rodea mi cuello con su antebrazo, gira su cadera, aprieta, se modifica el flujo de mi sangre, mis ojos se hinchan por la presión. Me estrangula. Me rindo.

crónicammma

Fotografía de Carlos M. Storch de Gracia.

Lalito y Edwin entrenan en Bujutsu, una de las pocas escuelas de artes marciales mixtas que hay en Xalapa, situada en el segundo piso de un viejo gimnasio llamado Hércules, sin ventanas ni salidas de emergencia. En el primer piso, un puñado de jóvenes empeñan su pubertad practicando lucha libre con la esperanza de figurar tras una máscara, por lo menos en los escenarios locales, como ídolos de una multitud anónima ávida de sillazos, trampas planeadas en contubernio con los réferis y vuelos acrobáticos desde la tercera cuerda. Por otro lado, los de arriba no piensan enfundarse una máscara en el rostro y, a decir verdad, ni siquiera sueñan con volverse celebridades locales del octágono. La mayoría de los practicantes tienen una profesión: odontólogos, músicos, abogados, nutriólogos, mecánicos, arquitectos y empresarios. Ellos, ciudadanos sujetos a las más convencionales formas de supervivencia de la época moderna, han construido una fraternidad envidiable durante los entrenamientos. En un país tan desigual como éste, logran lo que no han hecho jamás las religiones: unir a los hombres en espíritu, acción y pensamiento.

Somos una constante reminiscencia de algún esplendor pasado. Creo que si Carl Jung hubiera vivido hasta nuestros días, le hubieran gustado las peleas del octágono. Convencido de que, así como el adn determina nuestra genética individual, el mito participa también de la colectiva, hubiera visto con regocijo cómo las peleas de Caín Velázquez, Anderson Silva o Alexis Davis reproducen, con mayor o menor fidelidad, la mítica pelea de Teseo y el Minotauro, ocasión en la que, según los presocráticos, tuvo origen el pancracio, el más antiguo antecedente de las artes marciales mixtas en Occidente.

A sabiendas de que la mayoría de los peleadores de Mixed Martial Arts (MMA, por sus siglas en inglés) suelen decir que ellos mismos son el rival más fuerte al que se han enfrentado, le lanzo aquella manoseada pregunta a Eric Ruiz, un exmarine que, después de combatir en Irak, vino a México a tomar unas vacaciones pero terminó formando una familia y nacionalizándose. Ahora es el profesor líder de Bujutsu Xalapa y, también, uno de los maestros de artes marciales más afables que conozco. Estamos sentados en una esquina del dojo mientras sus estudiantes practican el combate cuerpo a cuerpo en cuatro rounds de cinco minutos. Él viste su gi habitual, cabeza rapada a navaja y parcialmente afeitado; yo, saco, camisa y jeans. Desentono con el ambiente. Mientras hablamos, mantiene su atención en todos los peleadores, especialmente en los niños, que tienen un espacio aparte.

—La lucha más grande que he librado es conmigo. Tratar de ser buen padre, buen esposo; tratar de sacar a mi familia adelante, hacer mi vida sin descuidar todo lo demás —dice mientras mira a su hijo de cuatro años correr por el tatami—. De verdad es una chamba. Y más ahora que están chicos. Como quiera, Mariana, mi hijastra, ya está más grande y, en caso de una emergencia, nos puede apoyar. Bueno, ya nos ayuda, pero Dieguito todavía está muy chico.

—¿Sientes que todavía estás de vacaciones? Eric lo piensa un momento, pero no duda a la hora de responder:

—De alguna manera, sí, porque estoy haciendo lo que me gusta. No sólo es mi pasión, también es mi terapia. Estuve en dos tours en la guerra, después de eso me recomendaron que tomara unas vacaciones largas. Y aquí sigo. Es que en la guerra hay que ver y hacer cosas… uno tiene que disociarse, si no, no la haces.

—Es curioso que un arte de combate te sirva para encontrar paz.

—Pues es un complemento. También se necesita lo psicológico, pero eso me lo hago yo mismo.

crónicamma2

Fotografía de Carlos M. Storch de Gracia.

Además de su formación militar, Eric estudió psicología en la marina. Eso explica, creo, la paciencia con la que sigue el proceso de sus alumnos. El tiempo que dedica a conocerlos y establecer una empatía con los subordinados es poco frecuente en las artes marciales, tan propensas a las relaciones verticales basadas en la obediencia y el sometimiento. Es el exmilitar más alejado de su estereotipo que conozco, tal vez porque ha enfrentado una y otra vez al monstruo de su laberinto. Cuando entrena en su tatami de ciento veinte metros cuadrados, o cuando pelea en la jaula, es otra vez Teseo y el Minotauro. Y, en todo caso, el rival es un catalizador, la sustancia que le da corporalidad a ese animal furioso y lacerado que lucha por devorar nuestro interior: el miedo al arrepentimiento, al fracaso, a la inferioridad, la obsesión por el éxito, por el trabajo estable o por la rentabilidad de nuestro prestigio. Creo que Eric habla tranquilo, libre de esa pretensión de líder sectario que suelen tener muchos maestros de artes marciales con sus alumnos porque ya conoce la sombra del hijo proscrito de Minos; ha tocado su pelaje y sentido su fuerza, ahora conoce el aspecto de su verdadero monstruo, otro tipo de preocupaciones le debe parecer ocioso.

Hace dos mil cuatrocientos años, durante los Juegos de Nemeos, los campeones de Epidamnos y Siracusa, y Cruegas y Damoxenos, protagonizaron uno de los combates más sangrientos registrados en la historia del pancracio. Ambos contendientes eran tan resistentes que el combate duró hasta el ocaso del sol, lo que obligó a suspender el encuentro por falta de luz. Sin embargo, la regla no permitía empates técnicos, había que decidir un ganador. Entonces recurrieron a lo que en futbol suelen llamar «muerte súbita», ya en penaltis: situados frente a frente, cada peleador debía lanzar sólo un golpe al contrincante. Quien recibiera el impacto tenía que adoptar la posición que el verdugo dispusiera. El ejecutado no podía hacer nada para defenderse. Perdía el primero en caer. Cruegas comenzó con un volado izquierdo contra el rostro de Damoxenos. Damoxenos logró soportarlo y le pidió a Cruegas que levantara los brazos exponiendo su costillar. El campeón de Siracusa se acercó a Cruegas para dejarlo admirar la hinchazón que el golpe provocó en su quijada; luego se alejó, giró el torso e inclinó su cuerpo hacia atrás, a la manera de un espadachín medieval, y con la mano abierta y los dedos extendidos, lanzó un golpe recto que penetró la piel de Cruegas por debajo de su caja torácica, agarró sus intestinos y se los sacó. Se trata de la historia más sangrienta y famosa, en la que además no hubo ganador, pues seguramente descalificaron a Damoxenos porque ese golpe era ilegal.

Pero la gloria de aquel combate no residió en la corona de laureles, sino en el combate mismo. No fue el gesto de pasar sobre el otro, sino de haber librado la batalla lo que mitificó a ambos peleadores. Eso explicaría por qué, más de dos mil años después, los nombres que constituyen el gran cuerpo de combatientes de MMA no figuran en los programas estelares de la ufc o Strikeforce, sino en las bases de datos de Hacienda y los directorios telefónicos. Son empresarios, obreros, estudiantes, artistas y maestros que no entrenan para vencer al otro, sino para soportar cualquier combate. Para ellos, comprender que la supervivencia no necesariamente es exterminio significa la victoria verdadera.

—¿Alguna vez has matado? —le pregunto a Eric lo que todos quieren saber sobre su pasado en Irak.

—La verdad es que eso nunca me pasó, ni conocí a nadie a quien le hubiera pasado. Matar era parte del trabajo en una guerra, pero lo que de verdad me pesaba era no poder proteger a los míos. Me preocupaba más que no se me murieran.

crónicamma3

Fotografía de Carlos M. Storch de Gracia.

Ahí está Minos otra vez, cantando el otro nombre de su hijo: impotencia. De ahí que no sea gratuito que el sistema de combate base de Eric, su especialidad, se haya vuelto el jiu-jitsu brasileño, un arte marcial confeccionado en los albores del siglo xx. Su filosofía reside en conseguir la entereza física y psicológica para someter al oponente, aun cuando éste sea más fuerte y más pesado. Con luxaciones, estrangulamientos y candados, el suelo se vuelve el escenario predilecto de los peleadores, y la actitud agresiva del oponente, la condición más favorable para quien domina este sistema de combate. La familia Gracie fue su principal promotora. Acostumbrados a mantener el alto perfil propio del mundo circense, se valió de todos los medios posibles para lograr su objetivo. Entre ellos, predominó el desafío constante contra toda clase de combatientes de otras disciplinas con el afán de demostrar su efectividad en una pelea sin restricciones. Así, poco a poco, esta variante de jiu-jitsu ganó fama a lo largo y ancho de todo Brasil, pero no fue hasta la década de los noventa cuando el nieto de aquella estirpe de pioneros le dio relevancia mundial al ganar en tres ocasiones, casi siempre desde una posición de desventaja para otras disciplinas, el campeonato de la liga ufc en Estados Unidos. Entonces quedó patente una particularidad que popularizaría este sistema por todo el mundo: se trataba de un arte marcial que servía, ante todo, para enfrentar a la impotencia. Cuando el jiu-jitsu brasileño se complementa con el dominio de patadas a través sistemas de combate como el muay thai, y de puños a través del boxeo, se forma un peleador integral, capaz de neutralizar a un civil promedio sin preparación en poco tiempo. Luis, estudiante de Bujutsu, es cinta azul. Durante el entrenamiento intento combatir con él, pero más bien parece que Luis practica todos sus movimientos sobre mi cuerpo. En menos de cinco minutos cuento doce rendiciones, todas mías. Si esto hubiera sido un combate callejero y yo hubiera representado una verdadera amenaza para él, tendría unos diez huesos rotos y hubiera muerto estrangulado un par de veces más. ¿Qué impide a un mercenario prepararse físicamente en lugares como éste para capitalizar la renta de su mano de obra? ¿Cuántos habrá en las filas de las escuelas de artes marciales mixtas?

Hace años, la revista Proceso sacó un reportaje sobre escuadrones de la muerte; desde los Matazetas hasta los guardaespaldas de élite, había una amplia variedad de servicios y necesidades presentes en el mercado mexicano.1 En medio de todo, los comandos Krav Magá destacaban por su eficiencia y disponibilidad. Se trata de pequeños ejércitos preparados en un sistema de combate israelí que lleva el mismo nombre. Durante cinco semanas reciben una capacitación intensiva al interior de un cuartel ubicado en Tlalnepantla, donde aprenden técnicas de ataque y contraataque cuerpo a cuerpo, pero también la utilización e identificación de distintos tipos de armas, tácticas de contrainsurgencia, espionaje y neutralización de vehículos blindados. Entrenan, según cuenta la publicación, recreando escenarios de atentados probables, parecidos al que sufrió el entonces candidato a la gubernatura de Tamaulipas, Rodolfo Torre Cantú, donde perdió la vida. Es cierto, en escuelas como Bujutsu no se aprende nada que tenga que ver con armamento, pero alguien dispuesto a desempeñarse en este ámbito se las podría arreglar para aprender aquello en otra parte.

—¿Conoces a todos los que entrenan aquí?

—Sí, la verdad es que los primeros días trato de averiguar lo más posible sobre los que vienen a entrenar. Cuando percibimos que hay algo raro, como que llegan en camionetones con guaruras, o llegan armados y esas cosas, pues mejor cortamos la relación. Alguna vez nos pasó que llegó uno que luego, luego, comenzó a preguntar por cosas internas de la escuela, ¿cuántos había?, ¿qué hacían?, ¿a qué se dedicaban?, y la neta, después de eso, mejor le

dijimos que ahí muere.

—¿Nunca te han llamado para peleas clandestinas o para brindar otro tipo de servicios?

—Por fortuna, no. Hasta ahora la hemos llevado tranquila. Sólo una vez sí nos tocó ir a pelear a un cuadrilátero que estaba instalado en el patio de una casa en obra negra en las afueras de Xalapa. Estaba todo el barrio ahí. Es lo más cercano.

II

Aproveché una visita a la Ciudad de México para comer en una tortería donde transmiten peleas de MMA todo el día. El dueño es aficionado y colecciona videos que reproduce en los viejos televisores del establecimiento. Junto a mí, sobre la barra donde se cocina la carne, hay un tipo muy rubio que también mira con atención aquellos viejos combates. No puedo decir que conversamos, pero intercambiamos comentarios esporádicos sobre algunos momentos específicos.

—Hay que tener paciencia. Si atacas de inmediato, te cansas, y luego te dominan. Lo primero es cansar al otro, y para eso se necesita control. Contrólate tú mismo y controlarás al otro —me dice Sylvain, un peleador francés que anda de paseo por la Ciudad de México.

Tiene razón. El jiu-jitsu no sólo reside en el control del cuerpo, sino del tiempo y energía del combate. Entre la forma de cazar que tiene la boa y el jiu-jitsu brasileño hay una similitud formidable; los combatientes se deslizan por el suelo y, una vez prensados cuerpo a cuerpo, cada milimétrico movimiento de las piernas, cada roce de brazos, representa una vuelta de tuerca orientada al sometimiento del adversario. Ambos cuerpos se baten en una paulatina contracción de piernas, tórax y brazos hasta mezclarse con la lentitud de la serpiente que conoce la abrumadora paciencia de la muerte.

Ahora estoy situado sobre una mujer. Sus piernas rodean mi torso y lo sujetan con fuerza por la espalda, uno de mis brazos está atrapado entre su costilla y su bíceps izquierdo. En cualquier otro escenario de combate, la situación parecería estar a mi favor. Peso, por lo menos, el doble que ella, soy más alto y debo tener quince años más. Lo que sigue es lograr sujetarle un brazo, para poder hacerle una palanca o estrangularla. Con mi brazo libre, hago presión para sacar el otro y apresarla. Nada. No piensa soltarme tan fácilmente. Vuelvo a empujar, esta vez con más fuerza. Comienza a ceder, siento cómo se desliza mi mano entre la tela de su gi hacia fuera. Entonces me suelta para sujetarme del otro brazo. Lo engancha a su pierna derecha, se levanta de un salto, gira y usa el peso de su cuerpo para desplazar el mío hacia abajo. Ahora soy yo el que está en problemas; no puedo ver nada, pero la siento jalar mi brazo prensado con toda su potencia. Uso mi otro brazo a manera de seguro, y me resisto, pero ya no tengo manera de salirme. Por fin, su técnica vence a toda mi corporalidad, y me hace una palanca sobre el codo. Me rindo. Ella me pregunta si estoy bien, y yo le digo que sí, que no se preocupe. Tienes fuerza, me dice. Le dicen Marianita, pero pelea como Mariana. Tiene catorce años y pesa cuarenta y cinco kilos. La boa constrictor volvió a devorar al cordero.

crónicamma4

Fotografía de Carlos M. Storch de Gracia.

III

No existe la zona de confort en las artes marciales mixtas. Querer encontrarla e instalarse en ella significa la derrota. Cuando descubras que los puños responden bien para el ataque frontal, un especialista en muay thai estará ahí para patearte. Si te acostumbras al combate de suelo, habrá taekwondoínes, karatecas o capoeiristas siempre listos para llevar el combate a los senderos del aire y la velocidad. Se llaman artes marciales mixtas, pero sería más atinado decirles artes marciales camaleónicas. La mutación es un principio de subsistencia, no se puede pelear siempre igual porque los oponentes nunca tienen las mismas bases ni las mismas habilidades. Para que el espíritu resista, para que el atleta salga a flote ante el adversario, su entereza mental debe ser nómada, debe estar dispuesto a deshabitar la certeza que toma por guarida y explorar, reconocer las posibilidades que deja el contrincante.

Como si fuera el árbol que recibe una tormenta, aunque la raíz sea profunda e inamovible, la superficie tiene que ser flexible para que no se rompa, para que no lo arranque la ráfaga de viento que implacablemente se aproxima. Librar un combate de esta clase pone a prueba tu voluntad de cambio y la capacidad de transformar cuanto conoces sin olvidar el rumbo. Nada extraordinario, en realidad. Nada que no te exija la vida de vez en cuando.

Por fuera, la panadería de Los abus da la impresión de ser un lugar pequeño, apenas un largo pasillo donde se exhiben los productos, luego unas escaleras que conducen al segundo piso y, arriba, el horno. Pero adentro, las intrincadas divisiones que la habitan revelan lo contrario. Es amplia, lo suficiente como para albergar a una familia sin que se note su presencia. Hay un cuarto en la planta baja y otro arriba. No alcanzo a mirar adentro, pero supongo que es donde viven los padres de Lalito, el panadero y su esposa. Arriba duerme él, pero salió a trabajar. El lugar es un proyecto que lanzaron en conjunto la familia de Edwin y el padre de Lalito. La familia pone y administra el capital; el padre produce el pan con ayuda de su esposa. Aunque es el primer negocio para todos, están convencidos de que funcionará. Para Edwin, lo que no sepan, lo aprenderán, como siempre ha sido. Antes de entrenar en Bujutsu, fue jugador de basquetbol y karateca cinta café en la escuela de su padre. Ahí practicó los primeros golpes que más tarde se encargó de repartir con justicia desde la primaria a la preparatoria. Luego entró a nutrición y se enamoró de la psicología. Terminó las carreras y siguió con los combates involuntarios. Fue maestro, comisionado para selección de personal en una empresa telefónica y ahora es administrador de una panadería.

—Siempre me gustaron las artes marciales de contacto, pero el jiu-jitsu es otra cosa. No sé, a lo mejor es la edad, pero es otra cosa. Ya no soy tan impulsivo como antes. A veces sí te enciendes y dices «va», pero tardas un segundo en darte cuenta de que no vale la pena.

—¿Para qué? —dice cuando le pregunto si continúa ajusticiando desvalidos como lo hacía en la primaria—. Sólo dos veces noqueé a alguien. Una vez fue en la secundaria, ahí casi me expulsan, no sólo del dojo sino también de la escuela.

La madre de Edwin atiende la caja mientras conversamos. Ella también es maestra, ya está jubilada. Su amabilidad me resulta inédita, por eso me sorprende que el padre de Edwin tenga el perfil que él y ella describen: «Amante de las artes marciales». Desde la década de los setenta entrenó con chakos y estrellas ninja, lo mismo practicó kung-fu que karate o judo, daba clases en una escuela pública y convirtió a esos mismos alumnos en sus primeros aprendices formales en las artes del combate. Esa capacidad de cambiar de perfil como si girara una moneda parece haberla heredado Edwin, quien pese a ejercer la psicología y tener una panadería, no deja de pensar en lanzar un gimnasio y de paso un local de «comida saludable».

—Pero bueno, ahorita hay que darle a la panadería. El papá de Lalito es buenísimo y, además, rápido. Vente, vamos a subir para que veas lo que hace.

Subimos las escaleras para ver al papá. Hay poco espacio para maniobrar. Imagino las contorsiones que deben hacer para llevar el pan a la planta baja. Al subir, la estampa es un horno de piedra todavía frío. En el fondo hay dos cuartos; en uno trabaja el panadero y en el otro vive Lalito. Aunque la sala de horneado es pequeña, el panadero no muestra señales de fatiga. Platica y hace pan con la eficiencia de una máquina.

—¿Ya probaron las donas? ¿No quieren una? —nos pregunta a los tres que conformamos el equipo de trabajo.

¿Cuál será el minotauro con el que lucha Edwin? ¿La incertidumbre de su vocación? ¿El vaivén del esplendor profesional? ¿El misterio del mundo agazapado detrás de cada cambio de vida? Las donas aún brillan con el chocolate apenas derretido. Son consistentes, con la cantidad de azúcar necesaria. ¿Eric también las habrá probado? Me la acabo con las esperanza de que si Edwin llega a poner su gimnasio y transmuta su vida como siempre, estas donas permanecerán.

 


Autores
(Xalapa, Veracruz, 1984) es poeta. En 2005 obtuvo la beca del Programa de Intercambio de Residencias Artísticas para Québec, del Fonca. Escribió Andar (UV, 2010) y La caja para encender (La Ceibita, FETA, 2012). Toca la guitarra y es amante del jazz.