Hay muchas formas de explicarnos el pasado. Para los pueblos mesoamericanos era lo único que podíamos realmente llegar a conocer, se leía entonces, porque ahí se encontraban piezas claves del futuro inmediato. Si queremos ubicarlo espacialmente, todo pasado se encontraría hacia adelante, frente a nosotros, desplegado como un mapa complejo e infinito. El tiempo sería circular y repetitivo, una línea discontinua que siempre empieza. En Una novela que comienza (1941), Macedonio Fernández lanza prólogos de novelas que no escribe, y al final, esos prólogos construyen la Novela de la Eterna. Algo así hace Verónica Gerber en Conjunto vacío, sólo que la circularidad del tiempo aparece aquí más en los recursos de lo narrado que en su estructura, la cual resulta bastante convencional.
La editorial independiente oaxaqueña Almadía publicó hace poco Conjunto vacío, novela ganadora del Premio Internacional de Literatura Aura Estrada 2014. En una entrevista para Letras Libres, Verónica menciona que quería dejar este libro sin palabras, encontrar otro lenguaje para narrar, hacer alquimia entre elementos literarios y visuales. Quizás esta búsqueda provenga de su formación académica, Verónica estudió artes visuales, pero su interés por ambas disciplinas llevó sus exploraciones artísticas hacia arenas movedizas. Sus ensayos en Mudanza (2011) abordan un recorrido similar a partir de cinco escritores del siglo XX que abandonaron la literatura para dedicarse al arte conceptual, creando híbridos que dialogan transversalmente con su entorno.
Los conjuntos vacíos se utilizan en matemáticas para designar conjuntos que carecen de elementos, se representan con el símbolo Ø, mismo que en lingüística sirve para designar la desaparición de un fonema. Sin importar su naturaleza, los lenguajes son sistemas, intentan traducir el mundo. No lo logran, la realidad es ininteligible. La lectura es un proceso cognitivo aerodinámico. Puede que la realidad nos absorba a mí y al texto. Puede que la realidad y yo seamos parte del texto. Puede que en mí habiten la realidad y el texto y que de mí dependa cómo los leo.
Hemos visto que el arte apela a otro tipo de relaciones, la obra misma es un proceso, una serie de conjuntos que describen significados o vacíos. Sentido y vacío forman parte de la misma cadena evolutiva, sin uno no puede existir el otro. Interpretamos por medio de estructuras, tendemos puentes que nos permiten pasar de un lado a otro sin caernos; pero los puentes sólo son posibles porque a su vez existe aquel espacio indeterminado, abismo que Verónica dibuja ante la falta de palabras exactas para nombrarlo.
¿Qué sucede entre sus personajes?, ¿cómo se explica el olvido? En Conjunto vacío, Verónica dibuja diagramas de Venn, lenguaje proveniente de las matemáticas, para ilustrar los procesos del pasado y averiguar qué le ha sucedido a su protagonista. Para olvidar un amor que nos rechaza es necesario analizar la situación matemáticamente, aplicar una serie de reglas que nos reconfiguren, hacer alquimia con uno mismo. Los diagramas funcionan como deícticos, ubican a los personajes en el espacio y en algún momento se vuelven la narración misma, parecido a un poema visual. Estos recursos también remiten a otro pasado, recordemos los haikus de José Juan Tablada, la poesía concreta de Ulises Carrión y las moléculas amorosas de Gerado Deniz, y antes de eso, los caligramas de Apollinaire.
Algunos dibujos en Conjunto vacío son homenajes a Cy Twombly, Ulises Carrión, Alguiero Boetti, Jacques Calonne, Marcel Broodthaers, Carlfriederich Claus, Mirtha Dermisache, Roberto Altmann, Clemente Padín, Vicente Rojo y Carlos Amorales, como menciona Verónica en sus agradecimientos. Las continuas referencias a estos ejercicios visuales señalan la búsqueda de una manera distinta de narrar al otro, de entender al Ser a partir de sus distancias. Si en matemáticas los diagramas de Venn explican relaciones de intersección, inclusión y disyunción, en este libro describen la situación sentimental de su protagonista. ¿Cómo se explica que de repente uno ya no es quien pensaba ser y su lugar en el mundo ha sido cambiado porque un elemento del conjunto desapareció?
Conjunto vacío puede leerse de diferentes maneras, es más abierto que otros textos y por eso permite que el lector eche mano de sus herramientas, permitiéndose jugar con sus propios vacíos. Verónica, su protagonista, ha perdido un elemento de su conjunto, esa estructura que la mantenía anclada a la tierra, peor aún, se ha dado cuenta de que desde el principio ese conjunto había estado vacío y por ello no sabe más quién es ni a dónde pertenece. Esto es lo que he pensado sobre mi conjunto: cuando leo, ¿dónde quedo?
A pesar del vacío, las partes de un conjunto generan otro cuerpo. Es por el vacío que el conjunto existe. Los vacíos se unen para acompañarse/sentirse menos solos. El vacío cambia la posición de los cuerpos, reestructura. La humanidad es el vacío que compartimos, la parte doliente del mundo. Si nada empieza y nada termina, somos distancias, órbitas cuyos planetas se alinean sólo una vez cada cien años.
En el barrio de La Boca, en Buenos Aires, hay una librería. En esa librería venden unos cuadernos —quiero decir que sólo en esa librería venden ciertos cuadernos— con tapas de hule negro marca Congreso. En esos cuadernos Ricardo Piglia (Adrogué, Buenos Aires, 1941) ha registrado su vida durante más de medio siglo.
Todo comenzó la tarde del 3 de marzo de 1957. Ricardo Emilio Piglia Renzi tenía dieciséis años y su padre, un peronista perseguido, decidió que lo mejor sería trasladarse a otro lugar, tener la ilusión de un comienzo, así que embalaron sus pertenencias y su vida para mudarse a Mar del Plata. La primera entrada en su diario es de ese día: «3 de marzo de 1957: (Nos vamos pasado mañana.) Decidí no despedirme de nadie. Despedirse de la gente me parece ridículo […] Todo lo que hago me parece que lo hago por última vez». Aquella tarde, ya lejana, con esa página amarillenta en un cuaderno de tapas negras que inauguró su ya mítico diario, Piglia de algún modo se convirtió en escritor: «estoy convencido de que si no hubiera empezado una tarde a escribirlo jamás habría escrito otra cosa», señaló hace no mucho.
«Yo tengo una sensación muy fuerte de esos días —recuerda en una conversación que sostuvo con Leila Guerriero—, desde el momento en que tenemos la noticia de que nos vamos. El desarraigo fue terrible. Lo viví mal». ¿Se puede vivir mal una experiencia? ¿Hay una forma correcta de aceptar los acontecimientos, de experimentar la vida? Estas preguntas atraviesan la obra de Piglia de lado a lado, y habría que considerar a ese diario como parte fundamental de su obra; él mismo ha dicho, no sin ironía, que todo lo que ha publicado —tres libros de relatos, cinco de ensayos, cinco novelas, una nouvelle y, ahora, su Antología personal— es un modo de justificar la existencia de ese diario. Y es que ahí, como se afirma en «Modos de narrar», un discurso que se recoge por primera vez en esta antología, se conjugan los dos motores básicos de cualquier narración: el viaje y la investigación. Es una mudanza la que movió a ese muchacho a escribir en una casa vacía de Adrogué, y una duda: ¿es posible traducir la experiencia al lenguaje, fijar el fluir de la vida? Los libros de Ricardo Piglia son una larga indagación al respecto. Esos libros, ineludibles para cualquier escritor (debería decir lector) hispanoamericano, se han cuestionado incesantemente sobre cómo contar los hechos reales. Las palabras de T.S. Eliot que sirven de epígrafe a su primera novela, Respiración artificial, dan cuenta de ello: «Tuvimos la experiencia pero perdimos el sentido, una aproximación al sentido restaura la experiencia». Resolver esta disociación entre experiencia y sentido es para el autor de El camino de Ida la más ardua tarea de un escritor.
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La Antología personal de Ricardo Piglia es una síntesis heterogénea de formas breves escritas a lo largo de una vida. Los textos que la componen dan cuenta de los distintos estilos —que navegan todo el tiempo entre la ficción, el ensayo y la autobiografía— de uno de los escritores más prestigiosos de la lengua española, y «elaboran y componen imaginariamente experiencias vividas».
El libro está dividido en cuatro secciones (Cuentos morales, El laboratorio del escritor, Los casos de Croce y La forma inicial) que han sido ordenadas bajo un criterio que a primera vista puede parecer arbitrario pero que en realidad es crucial; antes de optar por el orden cronológico, Piglia reordenó los textos bajo ciertos ejes en busca de una forma que sólo se revela una vez que se ha concluido su lectura, como un mosaico conformado por partes que tienen un peso y una significación en sí mismas pero que al sumarlas adquieren un sentido nuevo, «buscando hacer coincidir las piezas individuales con un dibujo inicial que ya existía antes de empezar […] esa forma inicial —que se busca, afirma en el prólogo— es en realidad lo verdaderamente personal de la literatura».
Lo primero que llama la atención es la proliferación de relatos. En «Cuentos morales» se encuentran algunas de las mejores ficciones que ha dado la literatura argentina. Como «Un pez en el hielo», donde Emilio Renzi —ese personaje que se pasea de un libro a otro, con el segundo nombre y el segundo apellido de su autor— viaja a Italia para reconstruir los últimos días de Cesare Pavese y, a la vez, olvidar a una mujer. Lo que ocurre en los cuentos de Piglia es que siempre están ocurriendo dos tramas de manera simultánea, sus célebres tesis sobre el cuento se basan en la idea de que «un cuento siempre cuenta dos historias», de modo que uno cree estar leyendo una historia cuando en realidad le estaban contando otra. En este cuento Renzi es una suerte de réplica desfasada del poeta italiano (ambos tristes enamorados de mujeres que los han abandonado) y las anotaciones en el diario de Pavese se entreveran con la vida del joven Renzi. De pronto, el narrador parece olvidarse del relato que ha planteado y el texto adquiere un tono frontalmente ensayístico que se diluye hacia el final, cuando la acción vuelve en un encuentro ominoso y triste. Lo que ha hecho Piglia en este relato es contar dos historias y generar un paralelismo, de manera que una potencia a la otra. Por otra parte, ese aire ensayístico que sopla por sus ficciones, así como el ámbito ficcional de sus ensayos, es una marca de agua del estilo pigliano.
«Los casos de Croce» son una serie de cuentos, inéditos hasta ahora, que tienen como preámbulo una nota de Marx sobre la relación productiva entre la economía y el crimen (temas que se elaboran tangencialmente en cada una de las novelas de Piglia, especialmente en las tres más recientes: Plata quemada, Blanco nocturno y El camino de Ida). Estos relatos, de corte policial, son protagonizados por el comisario Croce, un personaje central de la novela Blanco nocturno (en la que pasa una temporada en el manicomio, lo cual quizás explique el tono un tanto exasperado de estas narraciones y el temperamento de Croce). Los textos que se recogen en esta sección son los de más reciente escritura, «El Astrólogo», por ejemplo, fue escrito en el 2014, y cuenta un encuentro posible con otro personaje de ficción, el Astrólogo, de Los siete locos de Roberto Arlt, un escritor central para Piglia.
Por su parte, «El laboratorio del escritor» está compuesto por textos de no ficción y, finalmente, «La forma inicial» mezcla los géneros: contiene cuentos (extraídos de novelas), ensayos, un discurso y «Notas en un diario (1987)», donde juega con la forma de la confesión y los recuerdos personales.
Otra peculiaridad de la antología es que no aparece ningún texto de Prisión perpetua ni de Formas breves, dos de los libros más personales de Piglia y, a su vez, cruciales para entender su poética. En el epílogo de Formas breves escribió que «la escritura de ficción cambia el modo de leer y la crítica que escribe un escritor es el espejo secreto de su obra». A eso apunta, en última instancia, esta antología, que nos recuerda la importancia de la literatura, de seguir contando historias. El lector es quien puede ver la figura secreta que se refleja en ese espejo.
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En «Kafka y sus precursores» Borges afirma que cada escritor inventa su tradición, «su labor modifica nuestra concepción del pasado, como ha de modificar el futuro». Es decir: las influencias se ejercen también hacia atrás; o mejor: la historia de la literatura se hace siempre desde el presente. En «Pierre Menard, autor del Quijote», el propio Borges puso en práctica su idea, dejando en claro que la labor del escritor contemporáneo es contextual: hay que cambiar los modos de leer. Los escritores que le interesan a Piglia han hecho eso: Macedonio Fernández, Witold Gombrowicz, Roberto Arlt, Borges otra vez. Hay una frase que se repite casi sin modificaciones en «El escritor como lector» y en «Teoría del complot»: «la práctica consiste en construir la mirada artística al mismo tiempo que la obra […] se trata entonces de actuar sobre las condiciones que van a generar la expectativa y a definir el valor de la obra». Piglia ha sabido leer esos gestos en sus precursores y, como ellos, ha trabajado con el contexto para que se lo lea como quiere ser leído. No en vano ha dirigido colecciones de relato policial y novela negra, no en vano ha intentado normalizar esas formas cristalizadas de la literatura: la intriga, el complot, el crimen, por eso en sus narraciones suele trabajar con series y versiones. Como escribió alguna vez: «Toda verdadera tradición es clandestina y se construye retrospectivamente y tiene la forma de un complot».
Eso es lo ocurre en su antología. Al reorganizar los textos, la lectura produce un efecto distinto al que produjeron en su contexto original. Por eso es interesante leer ahora como cuentos fragmentos que antes formaban parte de las novelas Respiración artificial y La ciudad ausente, que estaba ensamblada con retazos, esquirlas de historias perdidas. Además, este libro permite contrastar su idea de literatura con su puesta en página, y lo que se observa es que los textos se van comunicando entre sí a medida que se avanza en la lectura.
Quiero apuntar algo más sobre el efecto de lectura. La distancia de los textos como se nos presentan ahora, respecto a los «originales», cambia nuestra relación con ellos debido a que «se lee fuera de contexto […], se recorta, se fragmenta, se cita mal, se tergiversa, se plagia. En esa operación se pierde el original: está siempre ahí pero se lo ha olvidado (se hace de cuenta que se lo ha olvidado)». Puse ya el ejemplo de una oración que se repite en dos textos. Si leemos paralelamente «La ex-tradición» con dos textos de Formas breves: «El último cuento de Borges» y «La novela polaca», encontraremos fragmentos idénticos, oraciones trastocadas en la sintaxis que viajan de un texto a otro, una palabra que cambia. Es un procedimiento clásico de Walter Benjamin: trasladar instantes, líneas, jirones de sus propios escritos a otro texto, de modo que los textos nuevos se aparecen bajo la forma de recuerdos vagos. Beatriz Sarlo lo ha denominado como el método Benjamin, y Piglia suele hacer uso de él, acaso bajo la creencia de que «la memoria tiene la forma de una cita» y que «en literatura los robos son como los recuerdos: nunca del todo deliberados, nunca demasiado inocentes».
Por eso, si uno sabe leer en un orden nuevo el conjunto de los textos de un autor, hallará un secreto, afirma Piglia. El lector, entonces, es el investigador capaz de hallar «un oscuro rastro autobiográfico cifrado en la obra».
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Escribir, aun si se trata de un intento de autobiografía, siempre es escribir sobre otro porque al trasladar la vida a las letras ocurre una escisión, un desdoblamiento. Al referirse al diario de Gombrowicz, que Piglia considera su obra mayor, dice que sus anotaciones son «pequeños experimentos con la forma y la experiencia que van y vienen de su obra a su vida. El Diario es eso, una suerte de experimentación continua con la experiencia, con la forma, con la escritura».
Pero, en un mundo online, hipervinculado, en una sociedad que opera como panóptico ¿se pueden todavía narrar los hechos reales?, ¿se puede trasmitir la experiencia privada? «En ese mundo de vivencias virtuales, donde se ha perdido el sentido de la memoria privada, la utopía reside en construir artificialmente la experiencia y vivir como propias vivencias que nunca se han vivido», responde Piglia.
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Borges nos enseñó que el universo se encuentra, o se puede encontrar, concentrado, en el sótano de una casa cualquiera de la calle Garay, en el barrio Constitución de una ciudad al sur del continente.
La escritura es un aleph.
Piglia afirma que «podemos apropiarnos del universo desde un suburbio del mundo. Podemos porque estamos en un suburbio del mundo».
En un departamento en el piso diez de Barrio Norte, en la ciudad de Buenos Aires, un escritor de setenta y cuatro años escribe con tinta azul en un cuaderno de tapas negras. En una habitación de ese departamento hay varias cajas, dentro de esas cajas hay muchos cuadernos de la marca Congreso, dentro de esos cuadernos hay, a su modo, concentrada, una vida.
En un estante de una librería no muy lejos de aquí hay un libro, en ese libro está concentrado, en un sentido, un universo. Quiero decir: una forma de entender el mundo, de trabajar con la experiencia, un laboratorio que opera con el lenguaje y con una idea radical: «la literatura es una forma privada de la utopía»; una forma privada que, sin embargo, se puede compartir. El libro dice en la portada Antología personal y está firmado por Ricardo Piglia.
Sandra y Manu están sentados en una banca al pie de un árbol. La luz se filtra a través de las ramas que oscilan sobre sus cabezas; el viento las agita, el sol ilumina sucesivamente sus frentes. Detrás de ellos, el pasto se extiende hasta unas rejas. Comen un helado que sostienen en la mano derecha. Se lo llevan a la boca, lo saborean, repasan sus motivos. Ambos apoyan sus codos sobre las piernas. En el anular llevan su respectivo anillo de bodas. Manu da ánimos a su mujer. Sandra escucha a su esposo. Las palabras no le borran las ojeras, no la convencen de la fuerza de su voluntad. Manu toca la espalda de Sandra, ella se resiste y se hace a un lado. Se siente sola, sólo quiere irse a casa, meterse en su cama y no salir de ahí. En las ramas del árbol, fuera de cuadro, los pájaros cantan. Sandra los escucha, fija su mirada en ellos, observa: «me gustaría estar en su lugar», «¿el lugar de quién?», «ese pájaro que canta».
Dos días, una noche (2014), la película más reciente de los hermanos Luc y Jean-Pierre Dardenne, narra las peripecias a las que se enfrenta Sandra (Marion Cotillard) para preservar su empleo. Después de un tiempo sin trabajar debido a su depresión, Sandra está lista para regresar a su empleo en una fábrica de paneles solares, pero un viernes por la tarde se entera de que su jefe propuso a sus colegas un bono de mil euros si se comprometían a realizar su trabajo. Ahora Sandra cuenta con un fin de semana para visitar a la mayoría de sus compañeros y convencerlos de que renuncien a su bono para que pueda conservar su puesto; busca direcciones, se transporta por la ciudad, improvisa diálogos, lidia con problemas familiares propios y ajenos, todo en medio de los humores cambiantes y las lágrimas propias de quien sufre depresión. Manu (Fabrizio Rongione) la acompaña en todo momento.
¿Qué tiene más valor, la búsqueda del propio interés o la preocupación solidaria por el prójimo?, ¿qué haríamos en la situación de Sandra?, ¿quién de nosotros estaría dispuesto a renunciar al dinero que nos permite pagar el teléfono, la luz y el agua para ayudar a alguien en una situación semejante?
Uno de los méritos de la película consiste en ofrecer múltiples respuestas, sin caer en la monotonía, cada vez que Sandra interpela a uno de sus compañeros. Los Dardenne enfrentan diversos temperamentos, procederes, historias y biografías a una misma situación, todo se resume en un gesto, en una palabra. Ninguna cara, ninguna expresión, ninguna respuesta es igual a otra. Todos tienen sus motivos, cada uno posee una valoración diferente del problema, por ello las conversaciones y las reacciones a las opiniones de los interlocutores constituyen el componente básico de la trama.
A diferencia de otras películas de los Dardenne, el empleo de la cámara no es tan invasivo y cargado de un movimiento excesivo, pletórico, para el que algunos no tenemos estómago. La cámara sigue a los personajes y capta sus caras pero no tan intensamente como en otras entregas. En Le fils (2002), por ejemplo, todo el tiempo caminamos detrás del protagonista, lo seguimos en todas sus acciones, no hay paisajes y rara vez tenemos la visión de otros. La cámara lo espía por la espalda, se enfoca en sus manos, en sus herramientas y en su destreza. El movimiento es excesivo, la cámara baja las escaleras y gira dentro de una habitación. En Dos días, una noche no seguimos a la protagonista todo el tiempo, tomamos algo de distancia, de modo que no cruzamos una calle con ella, sino que la vemos cruzar, observamos el vecindario que la rodea, la luz, los colores del paisaje urbano. La cámara no se enfoca tanto en sus acciones, sino en sus reacciones; no vislumbramos sólo lo que ella ve y sus movimientos en primera persona, sino su cara, sus expresiones, el advenimiento o el abandono de sus fuerzas.
Como ejercicio colectivo, la votación no sólo pone en juego ganar un bono, sino el estado de uno de los integrantes de la fábrica. No votar por Sandra significa marginarla del colectivo; expulsarla es negar la dignidad de su persona, igualar su valor al del dinero. No son los compañeros los que han propuesto el teorema, pero son ellos los responsables de resolverlo. En este cine —mal llamado «social»— apreciamos a personajes de carne y hueso, los que abundan en las fábricas y en las oficinas, los comunes y los cotidianos, los que vemos todos los días, los que somos nosotros y con quienes podemos identificamos.
De nuevo los Dardenne eligen como protagonista a un personaje excluido del que nadie se ocupa. ¿Quién se preocuparía por una mujer depresiva que hace semanas no acude a trabajar? Los Dardenne la miran a los ojos y aceptan su presencia; contacto que prescinde de los diálogos, interpelación de las miradas. Sandra les sonríe con una risa franca, con un regocijo simple y auténtico. Los Dardenne votan por un acercamiento humano que brinda regocijo en la reconciliación.
Se dice, desde el Eclesiastés, que «Lo que fue, eso será. Y lo que se hizo, eso se hará; no hay nada nuevo bajo el sol». Alguna vez pensé que debíamos mirar nuevos soles pero, aunque consiguiéramos verlos, no sería posible conocer lo que anida debajo de su luz, explorar las nuevas formas, saber de las cosas inimaginadas. A falta de nuevos astros, volver a mirar lo mismo, bajo la misma luz, pero con otra mirada. Entender, quizá, que la ley de la conservación de la materia funciona para todo lo que viene de la mano del hombre: no hay nada que pueda salir de ninguna parte, todo necesita su fuente obligada. Así también la literatura. Escuché alguna vez que quien ha leído La Ilíada y La Odisea ya lo leyó todo; acaso sea una exageración pero esta hipérbole se enreda con la idea de lo ancestral, la noción de que Homero está en los cimientos de toda literatura de Occidente, antes que todos los autores, antes de que la literatura se separara de la mitología o que fuese pertinente la división entre géneros literarios. No estoy seguro de que todas las historias sean una derivación del mismo relato primigenio pero me gusta fantasear con los estudios que encuentran, en el más novel de los cuentos o los poemas, vestigios de Ulises intentado regresar a Ítaca.
Pienso que toda la literatura se yergue sobre las ruinas de las historias vencidas. «Historias» y no «literatura» porque la mitología, el cine y la palabra viva también son fuentes de las que se abreva al escribir lo «nuevo». A veces pienso que uno de los méritos mayores de Borges consistió en escarbar más a fondo entre los vestigios y no en «ser más original»; en ir más atrás que otros para volver a contar las mismas historias de otras maneras, con la consigna, quizá, de que todo relato es inagotable pues siempre puede narrarse de otra forma. Pensar las mismas narraciones pero encontrar otras ópticas, nuevos modos de presentarlas, otros escenarios donde los mismos personajes puedan resolver los mismos conflictos de otra manera. Ese es el móvil de Metástasis McFly. Volver sobre historias ya sabidas y narrarlas desde otros flancos, desde una luz renovada por el ojo que la mira. Es un libro de cuentos que no se conectan en la trama de sus historias sino en el modo de contarlas. ¿Cómo podrían convivir Buda, san Juan de la Cruz y Marty McFly en un mismo libro? De la misma manera en que, como el mismo Acuña sostiene, un ciclo cinematográfico agolpa películas que, de antemano, no podrían pensarse juntas: «el ciclo se refiere a la forma de ordenación: un cineclub no pasa películas “así nada más”, sino que las aglutina según las relaciones o ecos que hacen entre sí»; por esto, y por el otro elemento del cineclub que pondera Acuña, a saber, el cinedebate, «se puede exhibir Diez cosas que odio de ti al lado de Casablanca. Esto será posible sólo si la planeación es correcta. Por ejemplo, los dos casos anteriores podrían hilarse en un ciclo que tratase sobre la transformación del galán en el siglo xx». Metástasis McFly tiene, en este sentido, una planeación correcta. Hace convivir debajo de sus tapas a un iluminado de cantina: «“Te ves muy triste, mano. Pues calmado, que la vida ni nada es nada”. […] qué significa eso. “Que todo vale madres, ¿no?”»; a un monje atormentado por una voz que viene de una bola en su mano que recita La noche oscura: «El eco de los versos se posaba en sus orejas, en las paredes y, sobre todo, se concentraba y multiplicaba en ese punto que era la bola de su mano. Asemejaba un remolino acústico, donde las liras iban a morir en espiral para renacer una y otra vez. La repetición hacía que por momentos no se escuchara más que un coro de ruidos omnipresente y desesperante»; y al personaje de la película ochentera Volver al futuro, habitado por un cáncer que se desplaza de órgano en órgano, derivado del exceso del viaje en el tiempo porque «El hombre no vive eternamente […] Envejecemos porque el tiempo no es algo que nos suceda, es algo que somos»: «Los tumores en mi rostro se mueven, pulsan; están más vivos que yo». Historias que no se concatenan entre sí salvo por el artífice que las agolpa: la recontextualización de personajes y escenarios de otros relatos que viven en los cuentos que provienen de la misma voz.
Metástasis McFly es, en más de una manera, «decir de otro modo lo mismo», como quería Bonifaz Nuño. Un libro que encuentra el asombro en las mismas historias al narrarlas desde posibilidades invistas.
También el amor por las historias de asesinatos, como otras tendencias morales y religiosas, nos lleva de vuelta al hogar y a la vida sencilla.
G.K. Chesterton
Para Charles Jencks la arquitectura moderna firma su acta de defunción en un momento, lugar, fecha y hora muy precisos: la demolición del complejo urbano Pruitt-Igoe —obra del arquitecto Minoru Yamazaki, quien además tendría en sus manos el proyecto de las Torres Gemelas del World Trade Center neoyorquino—, el 16 de marzo de 1972 a las 3:00 pm en St. Louis Missouri. Bastión del movimiento moderno, desde su construcción entre 1954 y 1955, Pruitt-Igoe representaba las promesas de unificación que los países más desarrollados y los grandes corporativos pregonaban al finalizar la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, a mediados de la década de 1970 el complejo mostró la naturaleza del capitalismo vigente: los estrechos y fríos pasillos como galeras, el diseño perpendicular de los edificios libres de ornamentos y la facilidad que permitía el conglomerado para perderse entre un edificio y otro, hizo de Pruitt-Igoe una de las mayores zonas delictivas de Missouri. La única opción viable fue dinamitarlo.
Como miembro honorario del tercer mundo, México trató de implementar el mismo sistema de modernización en sus ciudades más importantes. José Luis Cuevas y Mario Pani proyectaron la, hoy deficiente, Ciudad Satélite en Naucalpan, Estado de México. Víctima de estos planes de urbanización y como una de las ciudades industrializadas más importantes del centro del país, se erige Toluca de Lerdo, lugar donde habita el dios Tölloh, tierra en otros tiempos de matlazincas, otomíes, mazahuas y malinalcas, zona de los Diablos Rojos cuyo centro de convenciones lleva por nombre La bombonera. Toluca, capital del estado y la ciudad con mayor índice de feminicidios de México, un valle que el dios Coltzin ha dejado desamparado, territorio del gordo Henry —asesino de niñas que se regocija en tomarles fotos y conservar sus huesos como pequeños trofeos que le permiten escapar del aburrimiento—, un espacio donde un jefe de policía decide sacrificar vírgenes para apaciguar la furia del dios de la montaña; un espacio para que el odio de DeerHunter (asesino serial) perpetre sus crímenes con la excusa del hartazgo y el rencor que le produce la gente:
Llegaron cajas de pollo frito a la comisaría. Un regalo de la regidora. Todos aplaudieron. En el fondo sabían que se lo merecían. El viejo matlatzinca, jefe de la policía dudó un poco y abrió un paquete familiar. Sí, fue verdad: manos, dedos, pies, ojos, testículos de policía eran el almuerzo. «Los odio», decía. Deerhunter, firmaba.
Este es el escenario que rodea el nuevo libro de Alonso Guzmán, Los geranios y la nieve. La ciudad ideal para Cervantes (acaso protagonista de la novela), un pasante de la maestría en periodismo que estudia la nota roja y la sangre que corre en las arterias de la ciudad, es incapaz de mantener una erección a menos que esté acompañada de un plato de carne y una escena grotesca:
Cervantes tuvo una erección mientras comía un par de albóndigas en chile de árbol; la sintió dura y constante al darse cuenta que la mesera de la fonda tenía, en lugar de un brazo, un muñón rosado y carnoso como las albóndigas. Mientras Cervantes masticaba la carne de res no podía quitar la vista del muñón.
Un espacio habitado por la violencia, pequeñas estampas sin forma aparente que transitan una ciudad fragmentada como los capítulos del libro; un no lugar donde, a fuerza del pastiche, la cultura pop (Holocausto caníbal, Eminem, Ivory Wave, entre otros, se dan cita en estas páginas) y la literatura, tanto los personajes como el lector, terminan por hacerse un lugar propio. No es una historia de narcos o la exaltación de una sociedad violentada por el sistema sociopolítico; nos encontramos, intuyo, ante una de las formas más terribles de la violencia: el aburrimiento.
Una lectura azarosa de los capítulos no afecta en ningún momento el tiempo, el discurso narrativo, ni mucho menos el juicio que el lector pueda hacerse de la novela. Nos encontramos ante un puzzle sin solución; un texto que por momentos parece desarticulado como los cuerpos desmembrados que hallamos a lo largo de sus páginas. Quizá esa es su mayor virtud: diseccionar la ruta de la narración y no volverla a zurcir. Como los cortes de tela dispersos que sólo presienten una prenda.
No existe misterio por resolver en este thriller. Sólo somos testigos pasivos: «Con los años la gente se cansa del recuerdo. Algunas madres buscan por su cuenta hasta morir de pena. Otras se callan, se rinden, esperan con el crispar de los nervios la llamada que les diga: “la hemos encontrado”».
«El momento actual —nos dice Guy Debord— es ya el de la autodestrucción del medio urbano». El chiste, como reflejo del filo de la navaja que de a poco se hunde en nuestra carne, se cuenta solo; la ciudad se consume a sí misma y nosotros, como el mismísimo Fingal O’Flahertie Willis Wilde (otro referente en el libro), nos comemos unos a otros. El escenario futurista punk de Blade Runner parece alcanzarnos de prisa, y de a poco y sin más remedio —porque tampoco debe o debería existir, como demuestra Guzmán en Los geranios y la nieve—, tras este espejo descarnado de la realidad, sólo podemos volver al hogar y nuestra vida sencilla.
Yo no entiendo de esas cosas sólo sé que aquí me vine porque si es que soy mujer ninguno lo verifique
(Sor Juana Inés de la Cruz, respondiendo a un caballero del Perú)
El tricolor tuvo una breve participación en la séptima edición del Mundial Femenil en Canadá: de los siete que se han celebrado, México sólo ha participado en tres y nunca ha podido ganar un partido. La selección quedó fuera de la copa el pasado miércoles 17 de junio, tras ser derrotada por el equipo galo. El marcador quedó 5 a 0 y los sueños de las mexicanas de llevarse al menos una victoria, se desvanecieron. Marie-Laure Delie mató a nuestra selección en el segundo 35 cuando cayó el primer gol, a partir de ese momento nuestras jugadoras no hicieron lo posible por sobrevivir a la tan temible —y previsible— goleada.
Las mexicanas tuvieron buenas oportunidades para quedarse durante una ronda más, pero desaprovecharon la ocasión ante Colombia y empataron el partido que las podría haber animado a prolongar su estancia en Canadá. Las malas decisiones del director técnico —por favor, que Cuéllar nos diga qué pensaba cuando hacía cambios en los últimos minutos de los partidos—, aunado a una deficiente preparación de las seleccionadas —sí, chicas, se esforzaron, eso no quiere decir que estuvieran preparadas—, dieron como resultado la eliminatoria del mundial.
Si bien es cierto que el DT Leonardo Cuéllar trabaja con lo que tiene, también es cierto que en todos los años que ha entrenado a la selección femenil —desde 1998— no ha podido avanzar casi nada. Años jugando de la misma manera, años de que no quiera confiar en los nuevos talentos —el caso de Fabiola Ibarra: jugó cuatro minutos en dos partidos y fue quien anotó el gol contra Inglaterra—, años de que el futbol femenil mexicano esté estancado porque no se le presta la atención adecuada. No todo es culpa de las jugadoras, existen diferentes razones por las cuales México no avanza en el campo del futbol femenil. En este país son escasos los espacios para que las mujeres se desarrollen como jugadoras profesionales de futbol. En el 2011 en entrevista para «Cancha» del periódico Reforma[1], la delantera Charlyn Corral mencionó algo en lo que la Federación Mexicana de Futbol (FMF) debería prestar más atención: las mujeres no tienen dónde comenzar a entrenar, ni cómo profesionalizarse. Charlyn Corral y Cecilia Santiago iniciaron jugando con niños, como lo hizo también «Marigol», Maribel Domínguez. A los hombres los forman muy jóvenes, desde los cuatro años ya aprenden aspectos técnicos. En cambio, si una joven decide que quiere jugar de manera profesional podrá comenzar sus entrenamientos siendo una niña, en clubes para varones y sin que se le dé mucha importancia. Luego llega un momento en el que deben dejar de entrenar con los niños, quizá después puedan acceder a alguno de los 24 equipos de la Liga Mexicana de Futbol Femenil.
Buena parte de las seleccionadas del tri nacieron en territorio estadounidense: algunas son de California, otras de Texas y una más de Idaho. Las goleadoras Mónica Ocampo y Charlyn Corral han jugado en Estados Unidos. La primera es delantera del Sky Blue FC, y la segunda formó parte del equipo de la universidad a la que asistió —en el 2014 fue fichada para el club finlandés Merilappi United—. En cambio, la mayor parte de las seleccionadas francesas juegan en clubes como Paris Saint-German (el caso de Delie, o el Olympique de Lyon (Le Sommer). Se trata de jugadoras con más técnica y experiencia: era difícil derrotar a un equipo tan bien cimentado como éste. La selección francesa es sólo un ejemplo de cómo, si se cuenta con las bases necesarias, puedes hacer que los resultados sean favorables. Por supuesto, no se puede comparar del todo: las situaciones de cada país son muy diferentes tanto económica como culturalmente. Stephane Mayor y Valeria Miranda juegan dentro de los equipos de la UNAM y de la UDLAP respectivamente, lo que quiere decir: no se dedican enteramente al futbol. Fabiola Ibarra, juega para el Club Tijuana. Como mujer, sólo queda migrar.
Espero que la Liga de Futbol Femenil Profesional que prometió la FMF, sea una realidad. Desarrollar las ligas del sector amateur es importante. Parece que la Federación se acuerda de que existen las seleccionadas cuando se trata de ganar dinero: ¿qué porcentaje de las ganancias del nuevo uniforme (que por cierto, es el primer uniforme de la selección mexicana en ser diseñado específicamente para mujeres) le dan a la selección? ¿Y por qué no se ven estos partidos en televisión abierta? Para apoyar a esta selección hay que pagar el servicio de cable. Entonces no hay cómo llamar la atención de las otras «Marigol» que juegan el llanero con los de la cuadra. No tenemos cómo decirles que no están solas, que hay otras ahí jugando, y que emigran para hacerlo de manera profesional.
Tantos años de desarrollar el juego varonil y creemos que ellos están mejor dotados para al balompié que nosotras: entre las mujeres existe el talento, pero hace falta fomentarlo. Desde mi punto de vista, formar a las jugadoras a edad temprana hará una diferencia, detectar muy temprano a las futuras estrellas y entrenarlas desde los cuatro o cinco años, ayudaría a cumplir con las expectativas de la FMF. Si pretenden que México llegue a cuartos de final en una copa mundial, necesitan proporcionarle las herramientas adecuadas a las jugadoras. De lo que la Federación no se percata: si nuestra selección mejora, aumenta el negocio.
México sigue siendo el país de la inequidad de género, un territorio peligroso para las mujeres. En diferentes ámbitos ellas tienen menos oportunidades, por ejemplo, el sueldo de las futbolistas es menor que el de muchos jugadores de clubes de primera división[2].
Cuando ellas están en la cancha, los comentaristas no siempre las toman en serio: en los partidos de juego varonil hurgan entre la tribuna para encontrar a la «chica sexy» y hacer comentarios sobre su cuerpo; si ellas participan dentro del juego, los narradores suplican que no le peguen en la cara a la más bonita, como si eso fuera lo interesante del partido. Predominan las narraciones de los encuentros, pero sobre todo predominan las notas y videos sobre las jugadoras más guapas; pocos hablan del juego. Los relatores esperan describir a las jugadoras así: «aunque enérgica, sigue siendo muy femenina». Lo bueno es que el futbol femenil se ha salvado de la súper-sexualización: no tenemos que verlas en uniformes ceñidos y ajustados estratégicamente para mostrar ciertas partes del cuerpo —gracias a Dios no es futbol americano en lencería—. Pero a la FIFA se le ocurrió hacer algo más humillante, como dudan que muchas de las jugadoras sean realmente mujeres porque, según ellos, son demasiado buenas para ser féminas, entonces las someten a otro tipo de violencia: la verificación de sexo. ¿Se imaginan una prueba como ésta pero para que te den una beca de creación? Sucede que no creen en el talento, entonces sospechan cuando una jugadora destaca, me pregunto, ¿necesariamente debemos tener algo de hombres para despuntar en el área que sea? Muchos creen que las mujeres no pueden y no podrán nunca jugar al futbol, pero lo que es peor: muchos aseguran que no podrán sobresalir en ninguna cosa, aunque los hechos los desmientan. Recuerdo que en los primeros años de la carrera en la Facultad de Filosofía y Letras, una joven me confesó que no le gustaba la literatura hecha por mujeres: para ella los hombres eran los verdaderos genios. Pues sí, descartó fácilmente a Safo, Sor Juana, Virginia Woolf, Marguerite Yourcenar, Josefina Vicens, Inés Arredondo, Clarice Lispector, Alejandra Pizarnik, entre muchas otras constructoras de genialidades.
¿Por qué tenemos que comparar a las jugadoras con los astros del futbol varonil y ponerles apodos? Marta la «Pelé con falda» o Mónica González la «Rafa Márquez» del tri femenil… Más recientemente, Megan Rapinoe, seleccionada de Estados Unidos, se comparó a sí misma con Lionel Messi:[3] porque las jugadoras no encuentran todavía su ídolo del futbol femenino (se olvidaron de Mia Hamm, Michel Akers, Sun Wen o Carolina Morace). Las chicas deben aprender a jugar como ellas, ya lo dijo la holandesa Viviane Miedema para FIFA.com cuando se le preguntó sobre qué piensa de ser comparada con Arjen Robben: «es un poco extraño ser comparada siempre con un hombre. Soy Viviane Miedema, y no juego como lo hacen los hombres».[4]
Sobre todas las cosas, hay que entender que hombres y mujeres —como si sólo existieran dos géneros, pero ya a estos terrenos no da tiempo de meterse— juegan diferente, porque ambos tipos de futbol se han desarrollado de otras maneras. Las mexicanas empezaron a jugar profesionalmente —sin la aceptación de la FMF— en 1970, mientras que los hombres lo hacían ya desde cincuenta años atrás. Así que todavía falta camino por recorrer.
La creación de la liga es un primer paso para formar y preparar mejor a las jugadoras, pero ¿funcionará? Ya que la Federación sólo entiende de montos estimados, espero que le vean futuro a este negocio. Con la inclusión del equipo mexicano femenil en el videojuego FIFA 16 y la creación del nuevo uniforme, deben de existir varios intereses para impulsar el futbol femenil en nuestro país.
Comienza el partido con mucha expectativa de los convidados, tensión, atención, emoción. En mí, sólo encuentro pesadumbre por la estúpida alegría en estos días de copas y hule-espuma.
Comienza el partido y su bagatela semanal: «Demos gracias que es domingo y hay futbol», «demos gracias que es martes y hay futbol», «demos gracias a que es cualquier día y siempre hay, siempre habrá futbo…» el deporte del hombre, la homilía de los noventa minutos, y nos la tendremos que tragar con gusto o disgusto hasta el fondo, hasta la última gota.
Comienza el partido y recuerdo aquella vez que alguien me dijo en un bar: «Ya no seas mamón. La gente necesita esto. Necesitan saber que por su equipo pueden ser campeones al menos una vez en sus vidas, levantar la cabeza, cantar, celebrarlo y seguir tirando la carreta el día siguiente». Dos jarras de cerveza después, senté de un cabezazo al muy demócrata. Debo aclarar que siempre me ha gustado la pertinencia del gesto zidanino en el 2006, o aquel otro cabezazo célebre de Rafa Márquez a Cobi Jones en el mundial del 2002. Hasta ahí.
Comienza el partido pero siento que no termina. Pasan los noventa minutos, los próximos ciento ochenta y los que le siguen, pero no veo más que a veintidós personas correteando una pelota, y a una nación que los mira atentos desde las pantallas de sus televisiones, y en ese instante sé que ¡Estamos malditos, estamos malditos! y veremos esta transmisión hasta el final, porque México juega, México pierde, y sólo los perros se asoman por las ventanas. Al demonio con los once Guerreros Aztecas que han viajado a Brasil, Francia o a Dallas en tierras extranjeras. La Selección Nacional, al igual que los diputados locales, no me representan. Y sí, tengo la certeza de que sí fue penal y sí «los» atoraron una vez más, en contraposición a «nos» atoraron una vez más.
Acaso pensaré que hay que matizar, que debo dejar en claro que los futbolistas son gente de bien, deportista y sanota que practica una disciplina. Que a diferencia de mí —que nomás estoy por ahí sentado todo el día— se esfuerzan en lo suyo y se les debe algo de respeto. No así los merluzos que van por la vida hablando como directores técnicos de banqueta, de café, de cantina y que son tantos, tan apasionados y tan críticos con su «tan tan» de Chucha Cuerera.
Comienza el partido y susurro una plegaria, que es más bien un exorcismo: «Señor, líbranos del futbol. Líbranos de la lepra y de todos estos comerciales de rasuradoras y bebidas energéticas. Líbranos de los que lloran cuando el América gana la Liguilla, y líbranos de aquellos con la sangre de Hispania fecunda que celebran en la Cibeles al Real Mandril o el Fuenteovejuna. Señor, líbranos del torneo de apertura y del torneo de clausura, de la Copa del Rey, de la Champions, Libertadores et caterva. Aleja de tus ovejos el Planeta Futbol; quita de sus manos el FIFA 2015, el 2016 y los que les han de seguir hasta el fin de los días. Señor, hazles ver que el culto a la Mano de Dios no es sino herejía, y borra de la faz de tu creación perfecta las rabietas chichas del Piojo Herrera, y por lo que más quieras, confina al bocabuzón del Perro Bermúdez ahí donde el diablo se agacha para cagar. Líbranos de las apariciones y reapariciones de José Saturnino Cardozo, Luis García, Jorge Campos y Cuauhtémoc Blanco. Señor, muéstrales que existen otros deportes como el curling, o el hockey o el pingpong, que es un deporte olímpico que tiene mucho que ofrecer y que sus practicantes y seguidores no son tan pitañosos. Por los siglos de los siglos, Amén».
Comienza el partido, pero siento que nunca terminará, y sé bien que siempre odiaré al futbol por sobre todas las cosas.
La hubiera volado. Es que en verdad la hubiera volado. O mejor aún: dársela al portero. Se gritó gol pero es el grito del gol holandés en los octavos de Brasil y el grito de gol de tantos penales inventados por los americanistas y también es el grito de gol de Maradona con su mano que de santa tiene poco. Ese grito obligado no sabe tan bien como el otro gol del argentino en ese mismo partido. «Se gana bien y bonito», dice mi papá. Nada sabe tan bien como ganar bien y bonito. Sólo los grandes equipos con sus grandes maestros cumplen esa idea. Más que una idea, en cada partido me parece un anhelo (perdonen la cursilería). Me queda lizaldianamente un motivo para que goles como esos últimos penales de Guardado callen para siempre: que tanto y tanto golse pudra, oh dioses. Goles así de baratos, sin hallazgo, falsos, en serio: que se pudran.
Los carnavales se sirven del disfraz y el desfile para permitir el descontrol. Un descontrol con uniformes es lo que se vivió en el México contra Panamá. Al minuto 24, Luis Tejada salió expulsado por una ingenuidad (insulto tan prostituido entre los escritores): manotazo al rostro del “Maza” Rodríguez. Juzgando de ese modo, minutos antes, Vela tenía que irse por un codazo en el pecho de Godoy y apenas vio la amarilla. Paul Aguilar tiene prohibido ir a un taller de poesía porque su umbral del dolor es muy sensible. Al roce de una yema, le partieron el pecho.
El carnaval apenas comenzaba. Entre vasos de cerveza que no dejaban de caer a la cancha y balones que volaban los panameños como pidiendo auxilio de allá arriba, la selección nacional presentó su parte más honesta: la causa perdida. Curiosamente no la esconde, es impúdica como su entrenador: se festejan goles como si se hubiera ganado el quinto partido. Y es que es tradición. Cuando en una reunión dije que el #NoEraPenal era un homenaje a la mediocridad parecía que mi malinchismo brillaba en mi cerveza. Un meme después del México/Costa Rica confirmaba mi teoría, una imagen de Robben con la leyenda: «Esos son mis muchachos, aprendieron bien». Así comprobé que el aficionado nacional es camaleónico (cortesía de nuestra madre la doble moral): en el bar se aplaudían las llegadas de los panameños pero se gritaron los dos penales de Guardado. El estado tradicional del aficionado ya no es la frustración o la ilusión: es el descaro, el descaro de la indignación. Otra causa perdida.
«Twitter está que arde», me dijo un amigo. #Noeraroja, #VamosPanamá, #Copadelrobo. Lo que en verdad ardía era la furia volcánica de los Panameños. Y si seguimos el dicho universal que repite mi papá en cada partido, había muchísimas razones para que los ardidos, con la copa en general, no sólo fueran los panameños. Un carnaval lleva como escudo la permisividad: se vale todo, menos quejarse. En esta versión de oro, se vale no ganar un solo partido y poder pelear por la final (caso de Panamá). También es válido inventar penales (caso de México en dos partidos).
«Pensé en fallarlo», dijo Andrés Guardado. Está consciente de que pudo tener problemas con su equipo (el PSV) si lo hacía; de que su capitanía –o su misma participación– correría riesgo; de que nuestra afición es tan tramposa que llegando al aeropuerto lo exilian y de que ha estado más veces del otro lado de la gloria. Eso del profesionalismo y la obligación de meterla es tan barato como un discurso oficial. Así se comprueba que el Fair Play, en momentos de verdadero juicio final, es la causa perdida más vasta del futbol. Recuerdo todavía el caso tan grosero de esa eliminatoria para Sudáfrica 2010. Era un Francia/Irlanda y Henry metió el balón con la mano. El Joker de Heath Ledger mantiene una frase ideal para el atacante francés: In their last moments, people show you who they really are. El capitán mexicano, a diferencia de Henry, meditó que un gol es algo más que un brillo entre las redes. Que fallar también puede ser gol, pero las consecuencias de la cursilería son catastróficas.
A nivel de equipos (y de empresas, política y religión), todo viene por órdenes de arriba. Andrés sabía que fallarla haría enojar a gente de traje. Henry ha de tener pesadillas en las que va con el árbitro y le dice que la metió con la mano. La FIFA, ya ni siquiera es un carnaval: es el Chapo riéndose de todos. CONCACAF es la prueba de que vale más llenar estadios que ver buen futbol. ¿Así ocurre a gran escala? Si en una copa tan dantesca como la Copa de Oro parece decisión de arriba que México esté en la final por las razones que sean, ¿en un Mundial sucede lo mismo?
Buscar triunfos como sea en la vida moderna trasciende a la mediocridad: es casi natural. El nepotismo hace que los jefes en varias ocasiones sepan menos que el subordinado. La jugada al pelotazo en cualquier partido en los últimos minutos con todos arriba esperando un remate es la postal de esa búsqueda. La mediocridad se esconde en los festejos. Se mide con enojo. ¿Quieres hacer enojar a alguien? Sácale sus mediocridades. El Piojo es el ejemplo más iluminado. Nadie está más feliz que él de pasar a una final que espero se pierda porque ganaríamos mucho: que se fuera y empezar de nuevo. Funcionó de maravilla como un suero para aliviar la cruda que nos causó la eliminatoria a Brasil. A decir verdad, lo hizo bastante bien. Martinoli lo llama «el populachero que es un gran motivador». Eso necesitaba México. Pero la verdadera prueba del Piojo era esto, este carnaval que es la Copa Oro. Una causa perdida del tamaño de un poema generacional. Es aquí donde se pone la mira en Rusia 2018 y donde se ha demostrado que nuestro color está más cerca del rojo panameño que del verde.
De niño pensaba que los árbitros eran la policía del futbol. Creo que ahora pienso lo mismo. Aunque la policía está más cercana a lo robótico que a la razón, finalmente el carnaval que se vio en el México/Panamá fue dirigido con fascinación por los árbitros como tremendos granaderos en defensa del juego mediocre. Sólo así los que a nada les importa el futbol verifican la verdad más cercana a nuestro juego: «siempre pierden». Siguen siendo los que más saben de esto.
Galeano condenó: «Durante más de un siglo, el árbitro vistió de luto. ¿Por quién? Por él». En la final de este carnaval de oro sólo espero que el cuarteto salga vestido de rojo. ¿Por quién? Por todos.