Tierra Adentro

En la estepa una gacela huye de sus perseguidores, la tonalidad de su piel se confunde con la tierra amarillenta. Un grupo de soldados a bordo de una camioneta la persigue sin poder seguirle el paso; le disparan a la distancia pero las numerosas balas pasan sin rozarla. Polvareda con estruendos de kalashnikov entre pequeñas figuras talladas en madera que sirven como tiro al blanco y caen por su propio peso. Música de Amina Bouhafa que recorre los restos en astillas y que enmudece la mutilación; tambores y cuerdas que afligen cual azotes. Primera secuencia del cuarto largometraje del realizador mauritano Abderrahmane Sissako, Timbuktu, que no sólo plantea inicialmente el impulso destructor de mantener el miedo para conservar el orden, sino una abstracción sutil de protesta.

Tras la ocupación de Tombuctú por yihadistas, Kidane (Ibrahim Ahmed) —un ganadero humilde que vive con su esposa Satima (Toulou Kiki) y su hija de doce años Toya (Layla Walet)— decide permanecer en su hogar, a pesar de que sus vecinos se han ido en busca de un mejor escenario para su supervivencia, aun con el riesgo de someterse a los mandatos más que absurdos de los extremistas religiosos. El único bien material próspero que le resta a Kidane son ocho vacas que, en busca de agua, se meten a un lago colmado de redes de un pescador quien, al ver ocupado su espacio, mata a GPS, la vaca predilecta de la familia. Este acontecimiento desata el trágico porvenir de Kidane: tras enterarse de la muerte del animal, encuentra la solución a su indignación en una vieja pistola.

Las ramificaciones narrativas permiten dibujar los atropellos hipócritas por parte de los ocupantes hacia los nativos, entre la prohibición del consumo de cigarros, de hacer y escuchar música, así como la implementación del uso de calcetines y guantes para las mujeres fuera de casa: ofensas castigadas con numerosos latigazos para lo menos grave y con la lapidación pública para las faltas más severas. Sin ser prohibiciones propias para los verdugos, que a placer pueden o no seguir tales condiciones.

En el guión de Sissako y Kessen Tall, escrito entre árabe, francés, bambara y songhay, se desarrolla una serie de contextos que coadyuvan a colorear la localidad. Una proveedora de pescado se entrega a los militares que le piden usar guantes en la vía pú- blica, sin importar que el uso de éstos implique no poder vender. Sin más, ella les suplica que entonces le corten las manos.

Entretanto, la negativa de una mujer a la petición de los ocupantes yihadistas de querer casar a su joven hija con uno de sus miembros desata la ofensa grupal y propicia un castigo a latigazos para la madre, quien acompaña con cantos el dolor de los azotes. En medio de la intolerancia y el absurdo, la búsqueda nocturna de música, aceptada solamente si la dedicación es religiosa y digna de tal divinidad, lleva a los guardias a custodiar las azoteas de los habitantes; algunos despreocupados no rehúyen asistir a una velada bohemia que terminará en castigo.

Aunque Timbuktu sugiere una línea argumental entre la humanización de los personajes, valiéndose de referentes asibles en el cercano fundamentalismo islámico y el ambiente musulmán, la cinta, en contraste, no deja de proyectar una intrepidez visual lírica, que sumerge en algo más que realismo; las prohibiciones le abren el paso glorioso a la imaginación —Nadie sabe nada de gatos persas (Ghobadi, 2009)— que en una absoluta secuencia recrea un partido de futbol que es también un acuerdo de complicidad: equipo completo y adversarios se disputan a ras de suelo un balón imaginario. Construcción espacial afortunada con cada cambio de ángulo en manos del tunecino Sofian El Fani —La vida de Adèle, Kechiche (2013).

La película se sustenta en la dinámica de dirección, en el trabajo pulcro de edición (a cargo de Nadia Ben Rachid) y en las afortunadas tomas, por ejemplo durante la búsqueda de dignidad de Kidane. Desde la lejanía, el hombre se desplaza entre las aguas durante un ocaso que recuerda el paisaje y conclusión virtuosa de A través de los olivos (Kiarostami, 1994). Sin embargo, los recursos visuales confluyen en una última secuencia, cuando vemos a Satima al borde del desespero y a Toya en una carrera interminable por alcanzar a su padre; paralelismo con la imagen-motivo inicial de la gacela, entre un desfile de emociones que encarnan el desasosiego con un halo de expectación cuando la pantalla ennegrecida está por venir. Timbuktu es una reflexión sobre un espacio y un tiempo no tan lejano ni tan ajeno, que más que victimizar, bosqueja para luego dejar dolor en la huella.


Autores
(Ciudad de México, 1993) estudia Periodismo en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Ha colaborado en F.I.L.M.E., El Fanzine y El Soma Mx.

PRIMER ACTO

Un adolescente se sienta en el sillón, toma el control y cambia de canal casi sin detenerse en ningún lado. Como en la casa hay cable, empieza a buscar el canal de videos. Cuando da con MTV se acomoda para escuchar la siguiente canción. Empieza a sonar la introducción de «Girls and Boys». Lo único que atina a hacer es pararse a brincar, mover las manos, medio cantar y sonreír. Todo al mismo tiempo. Era la primera vez que veía el video de la canción que siempre había escuchado por el radio y, ahora, conoce la alegría más alta. Del baño sale su padre, recién rasurado, lo ve y se le une. Por curiosidad o porque lo vio feliz o porque no quiso dejarlo hacer el ridículo solo.

SEGUNDO ACTO

Si las cosas salen de acuerdo al plan, Blur llega para quedarse un ratito más. Para seguir tocando y para seguir haciendo canciones. El escenario es propicio: el regreso a la música con elenco entero y con un disco de larga duración que tardó doce años en abrir los ojos.

The Magic Whip fue pensado durante su última gira cuando un festival en Japón se canceló. Tenían cinco días libres por lo que decidieron irse a un estudio pequeño en Hong Kong y ser espontáneos. No había prensa, no había presión, así que decidieron tocar sus sesiones libremente. Era una obviedad que, para tener periodos dorados, la banda debe pensar como unidad. Think Tank es la mejor prueba. Por eso recurrieron nuevamente a la mano del productor Stephen Street.

La forma en que se presenta Blur se vuelve cautivadora. Demuestran que no hay finales, sino pausas largas. El disco inicia con «Lonesome Street», melodías bonitas y guitarras fuertes, de la que se pueden decir muchas cosas, pero lo más acertado es lo que comentó Liam Gallagher cuando la llamó la canción del año. «Go Out» es el otro sencillo del disco que está diseñado para el tarareo inmediato. El hit gusta porque nos lleva por ese sonido conocido y característico de la banda que le dará el aplauso de la crítica y los fans. No hay que confundirse: no se copian, no es lo mismo, no es el terreno ya dominado; es la esencia.

En una gira promocional de su disco The Good, The Bad and The Queen, Damon Albarn, vocalista de Blur, dijo que lo único que trataba de crear era música que rebasara la medida del futuro. De ahí que todo lo que hace es una invitación a alejarse de la zona de seguridad. La influencia de Albarn se nota en las decisiones nada conservadoras que separan a Blur de otras bandas contemporáneas y sus desaciertos: carencia en el deseo de experimentar y dependencia en extremo de su catálogo para no perder su condición de headliners. Por eso, para empezar, el inicio juguetón de «Ice Cream Man», con su combinación de elementos análogos con digitales. Por eso, para acabar, la creación de un nuevo trabajo vigente, activo, fresco y duradero.

Ya no hay más «When the days they seem to fall through you, well just let them go» o «I’m a professional cynic» o «Nothing is wasted, only reproduced, get nasty blisters», porque dieron paso a «And if you have nobody left to rely on I’ll hold you in my arms and let you drift», a «I’m getting sad alone, Dancing with myself», a «And live in tiny houses/ Of the same mistakes we make» y a «Till I ever hold you back there again Will you be mine».

«Thought I was A Spaceman» no es canción para este tiempo de rutinas trepidantes. El aislamiento, la angustia y el miedo se utilizan para hacer vuelcos rítmicos amigables con texturas, ambientes y arreglos para el escucha moderno de bocinas flacas en computadoras o audífonos. Son melodías que no hartan.

En el 2005, Albarn decía en una entrevista sobre Graham: «Extraño tocar con alguien con quien crecí y me avergüenza que no hayamos podido estar juntos». Más de diez años después, de extrañarse, de perdonarse, de «My Terracotta Heart», de un disco, de giras, del miedo y emoción que da estar al lado del otro, por fin la amistad fue el deseo más grande.

TERCER ACTO

Blur sigue con la fórmula para desarmarnos con canciones. El resultado se muestra en «Pyongyang», «Ong Ong», «Ghost Ship», «Mirrorball». El resultado es, en fin, The Magic Whip. Todavía tienen buena mano: crean universos pequeños que nos regalan para que los hagamos parte de nuestra existencia. Todavía nos siguen llevando a otros lados, a Corea del Norte o a Hong Kong como metáfora.

Dice Rodrigo Fresán que cuand Bob Dylan se equivoca, el tiempo acaba enseñándonos que él siempre tuvo la razón. En el caso de Blur no será así; se han equivocado. Para The Magic Whip es casi seguro que el tiempo seguirá de su lado ahora y en el futuro. Por si acaso, le dejamos a él, al tiempo, que es despiadado, la respuesta.


Autores
(Estado de México,1991) estudió Comunicación en la UNAM y ha colaborado en Tierra Adentro.

Alberto Villarreal y yo tenemos una pasión en común: el teatro. El teatro en México, el teatro en todos lados y también la vida. Cuando lo entrevisté, lo primero que surgió fue el hablar de cómo tomó el camino en el que lleva ya casi veinte años andando. Al igual que otros creadores que he podido entrevistar en las últimas semanas, a sus treinta y ocho años, Alberto es jovial, desenfadado y disfruta tanto lo que hace que sonríe cuando me platica cómo pudo encontrar un discurso propio sin ir por el camino institucional.

Para él no hay duda, fue en el año 2003 cuando se creó el espacio La madriguera. Lo fundó un grupo de creadores escénicos que encontraron un lugar donde trabajar, una casa que no era necesariamente un foro independiente (con todas las credenciales que hoy podemos ver en el surgimiento de las salas y espacios alternativos), sino un lugar en donde hacer y ver teatro.

Con el interés común de compartir, el espacio se prestó para producir sus propios trabajos, fundó Artillería producciones, buscó financiamientos por otras vías (privadas y públicas), colaboró con el Festival Internacional de la Ciudad de México, apoyó producciones como las de Lagartijas Tiradas al sol; invitó a otros artistas a trabajar (entre ellos Emilio García Wehbi) y también atrajo a su propio público.

Alberto trabajaba en conjunto con Patricia Rozitchner y más tarde con Diego Brun, una mancuerna fundamental que los llevó por muchos años a crear las obras más representativas de su discurso joven. Él está consciente de la necesidad de los productores pues sus opiniones anticipan la viabilidad de un proyecto, son un cable a tierra. La importancia de La madriguera radicaba en que era un trabajo cerrado, era ir a la casa a probar, a trabajar, a crear, no había una necesidad de salir y mostrarlo todo de inmediato; trabajaban con actores, lograban pagarles algunos ensayos para que pudieran estar con ellos y así experimentaban.

¿Qué vino después, por qué acabó ese proyecto?, pregunté. Fueron muchas las respuestas, la charla se fue por miles de lugares, ¿por qué se acaban las cosas? ¿Por qué nuestra generación tiene la necesidad de volver a empezar, de no creer tanto en lo construido por otros?

—Por viajar, me dijo. —Por salir, ver y hacer otras cosas, para ser anónimo, para poder mezclarme.

Estos viajes lo llevaron de 2008 a 2011 por Brasil, Argentina, España, Cuba, su trabajo se mezcló con el trabajo de otros. En Cuba le preguntaban por qué dejó todo lo que tenía. Así Alberto siguió creando y viajando, encontrando nuevos discursos. Cuando volvió a México realizó trabajos con la Compañía Nacional de Teatro, con Teatro UNAM, con Alejandro Luna y muchos otros creadores en el CUT. Estos trabajos contrastan completamente a lo hecho anteriormente aunque para él han sido un nuevo paso en la colaboración.

Trabajar con instituciones teatrales como éstas, dijo, lo llevaron a nuevos territorios, algunas veces con resultados muy positivos, otras no tanto. Colaborar con actores o grupos ya conformados no es igual que cuando tienes un grupo de gente con la que llevas trabajando mucho tiempo y que comprende lo que buscas. Interactuar con escenógrafos y productores distintos aporta más visiones a lo que uno suele hacer. Esta etapa que concluyó —quizás el año pasado— abrió una nueva puerta para, de nuevo, replegarse a la intimidad. ¿Volver a la madriguera? pregunto.

—Algo así, dice riendo.

Pero ese trayecto es sólo una línea de lo que se puede hablar con Alberto, porque hay tanto que ahondar que entonces ya no me enfoco en el movimiento del artista por el espacio, sino en lo que se mueve por dentro.

¿Cuáles son tus temas, tus obsesiones?

—El intento. Intentar lo imposible.

Para él, el teatro es fracaso per se. Intenta algo que fracasará porque no busca la perfección, o una estética completa, simplemente ensaya la realidad. Sus obras más importantes llevan en el título esta palabra que lo define: el ensayo.

¿Qué es el ensayo para ti?, le pregunto.

—Es hablar de algo que ya está construido.

En ese sentido, es hablar de lo que ha estado aquí hace mucho tiempo. Cuando le preguntan que si su teatro es vanguardista, en realidad piensa que lo que él hace es algo que está más relacionado con lo viejo, con lo antiguo.

Ensayar quiere decir experimentar sobre alguna materia. Yo añadiría que algo siempre prevalente en su trabajo es la idea de que el cuerpo produce sin definición, lo que la palabra produce no tiene definición. Su trabajo textual y escénico están relacionados con las formas no dramáticas.

El ensayo entonces, se vuelve una forma estética a partir de la cual explora y Villarreal se vuelve un explorador que no intenta (o quizá sí) inventar algo nuevo, sino relatar desde una punto de vista personal lo pasado y lo presente. Al igual que se ensaya el teatro para poder comunicar algo, también se ensaya la vida; Alberto busca que el teatro se vea reflejado en sus tránsitos espaciales, en las colaboraciones que realiza.

Es un artista contemporáneo si pensamos que su trabajo se basa en la investigación, en la exploración, en el intentar y en la imperfección. Pero no sólo escribe ensayo para teatro, también es un pensador del quehacer escenográfico mexicano además de haber ganado varios premios nacionales de ensayo teatral la década pasada. La editorial Teatro Sin Paredes ha publicado Siete años de ensayos, una compilación de textos que aborda muchos temas y que es una lectura fundamental para entender su trabajo escénico.

Recientemente escribió un texto para el Royal Court de Londres en el que habla sobre lo religioso, lo barroco, lo guadalupano; una escritura quizá más alejada de sus temas o de sus formas primordiales, pero que evidentemente saca a la luz algo que a cualquier mexicano que va a fuera le pasa.

¿Qué es México? —Hablar sobre México. ¿Qué significa eso? Comentó que México tiene que ver con lo monumental, con la construcción sobre capas y capas de sociedades, ciudades e instituciones. Pero la generación a la que pertenecemos no tiene la necesidad de construir una capa más; dan ganas de quitar todo pero sólo queda seguir intentando, escribir lo que queda, la capa menos visible.

Alberto Villareal es, sin duda, un ensayista escénico que desarrolla su teatro dentro y fuera de nuestro país.


Autores
(Ciudad de México, 1978) es dramaturga, escritora de narrativa y ensayo, directora teatral e investigadora. Sus textos se han llevado a escena y se han presentado en festivales de dramaturgia en Canadá, España, Argentina y México. Recibió el Premio Airel de Teatro Latinoamericano, Toronto, 2013 por su obra Palabras Escurridas y el Premio Internacional de Ensayo Teatral 2013 por Territorios textuales. Sus relatos se editan tanto en México como en España. Actualmente prepara dos nuevos montajes con su compañía Mazuca Teatro e imparte el seminario El teatro como territorio de la palabra en 17, en el Instituto de Estudios Críticos.

Los dramas consanguíneos se resumen en historias de venganza o redención —dos extremos del Antiguo Testamento: Caín y el José de Egipto—. Apuntalada en el segundo arquetipo, Lionel Shriver plantea en su reciente novela, Big Brother, el escenario de una mujer capaz de sacrificarlo todo para que su hermano, al que siempre admiró y que ahora se ha convertido en una bola de sebo, adelgace.

La trama comienza con Pandora, protagonista y narradora, recibiendo a Edison en el aeropuerto después de no haberlo visto por cuatro años.

Miré la cara redonda, esos rasgos tensos y como pintados en un globo. Mientras buscaba sus ojos marrones, casi negros ahora de tan caídos que tenía los párpados, creo que lo que hice fue tratar de no reconocerlo. […] En algún lugar debajo de toda aquella grasa se ocultaba el sentido del humor de mi hermano.

Por las páginas previas sabemos que Pandora vive en el tranquilo Iowa. Dueña de un negocio exitoso, vive una vida sin emoción al lado de un esposo que, por momentos, la saca de quicio. No hay mucho que decir del resto. La presencia de Edison actúa como catalizador, rompe el status quo y provee una alternativa al aburrido transcurso de los días.

Al salir del aeropuerto, la cena en casa se convierte en un cliché: el gordo, como es de esperarse, arrasa con toda la comida de la mesa. La silla no lo soporta y van a buscarle un sillón. El rostro del esposo de Pandora exuda repulsión.

Los días pasan y el continuo contacto de Edison con la ordenada realidad de Iowa genera rechazos, burlas y crujidos. La cocina siempre está sucia. Una silla se rompe. Su esposo está de mal humor. Acongojada, Pandora trata de diseccionar su relación con Edison: un sentimiento de carencia al interior del hogar —la disputa constante por el amor o el reconocimiento— los empujó a ambos hacia la competencia neurótica contra el padre y su familia ficticia en la televisión.

Crecí entre una serie de paralelos que expresaban diversos grados de distorsión y caricatura. No sólo tenía un padre que se llamaba Hugh Halfdanarson, sino uno con el ridículo nombre de Travis Appaloosa y que, a su vez, interpretaba a otro padre llamado Emory Fields, un personaje de ficción que era un paterfamilias al que las cosas le iban mucho mejor que al monomaniaco ensimismado a quien sólo veía en casa muy de vez en cuando.

Edison, en un gesto neurótico, abandonó la casa y adoptó el apellido artístico del padre para buscar fama como músico de jazz. Pandora, en una venganza inconsciente, se volvió más famosa que ambos.

La culpabilidad es la emoción detrás de toda la novela. Pandora, según expresa, tiene una oportunidad para lograr algo importante, algo que valga la pena: ayudar a su hermano a adelgazar o, lo que es lo mismo, a recuperar su vida.

A tumbos, la novela avanza y produce la metamorfosis: los kilos desaparecen y poco a poco se desarrolla una sutil tesis.

Y propongo: la comida es, por naturaleza, difícil de aprehender. Más concepto que sustancia, la comida es la idea de la satisfacción, mucho más poderosa que la satisfacción misma, y por eso una dieta puede tener la misma influencia que la religión o el fanatismo político. No es lo apetitoso, ni un sabor irresistible, lo que nos lleva a comer más, sino la imposibilidad misma de que la comida satisfaga.

Pese a los problemas de verosimilitud, la redención está cerca. Claro, la vuelta de tuerca es necesaria: el gordo, que ahora es delgado, es en realidad un junkie de la comida que pronto regresa a ser la mole que era antes.

¿Cuál es la moraleja?

Lo decepcionante no es la aburrida moralidad planteada —el gordo como un vicioso incontrolable—, sino el simulacro creado: el universo narrado no es más que un gran arrepentimiento.

La obra tiene un fuerte componente autobiográfico: Lionel Shriver compartió en una entrevista cómo su hermano «comió hasta la muerte» y cómo «nunca superará la culpa». No es a partir de esto que se debe juzgar la obra. Si la novela no funciona como catarsis para la autora, menos funciona como obra de ficción: nada pasó realmente y al lector se le ha contado una gran mentira. Al igual que Travis —el padre de Pandora, quien eligió la ficción del celuloide como su realidad más cercana—, la novela comete el error de representar una pantomima ante lo plano de la anécdota inicial.


Autores
nació en Tampico, Tamaulipas, en octubre de 1982. A los dieciocho años se mudó a la Ciudad de México, donde estudió Ciencias de la Comunicación. Empezó su gusto por la ficción a partir de los comics. Convertido en un entusiasta de la literatura, mantiene ahora una bitácora de sus lecturas en El anaquel. Actualmente vive en San Francisco, California.

Se acabó. Ese día le florearon la cara a puros golpes, le molieron cada pedazo de masa y músculo. Se lo llevaron inconsciente, con la machaca de carne escurriéndole como baba; litros y litros emanando casi con el mismo ritmo de una lámpara de lava. El trabajo debía ser limpio. No se podían permitir dejar en el camino ni un pelo ni una uña ni una mancha de sangre. Cero rastro de existencia. Por eso lo quemaron. Lo bañaron en thinner. Los sonidos que se alzaban desde las brasas eran pequeños truenos que chillaban y resonaban en el vacío. Chillidos en el aire, impregnados con humo y olor corporal. Pero se terminó. Las indagaciones policiales no dieron con la ubicación de los homicidas. Caso cerrado.

Después del final, ¿qué pasa? ¿Después de que la pantalla se fue a negros y el suplicio de la víctima quedó como materia de documental? El regreso del muerto, cuya filmación llevó poco más de tres años, se presenta como los restos de una historia que no terminó cuando debía, como el relato que suele no contarse.

Don Rosendo fue sicario, asesino, secuestrador. Lo acostumbrado sería tomar al hombre en la cima de su vida; independientemente de si en esa cima se cometen ultrajes y violaciones. Pero no. La cinta comienza justo donde usualmente se termina: cuando la vida concluye. La de don Rosendo, muerte fingida a cuestas, no es la búsqueda de un nuevo comienzo. Es la espera, la continuación de los días, el caminar directo y sin prisas hacia la meta que sabe está pronto a alcanzar: «yo sí he sido una alimaña, pero quiero morir libre». La ciudad fronteriza de Tijuana es el escenario del rechazo constante. Ni trabajo, ni mujeres, ni tranquilidad mental para el hombre de bigote cano y panza que no le cabe en el pantalón.

El regreso del muerto, tercer trabajo cinematográfico dirigido por el uruguayo Gustavo Gamou, es el relato de la culpa, la muerte y la redención. Rosendo se presenta a través de primeros planos. Su testimonio es dado en cachitos, la franqueza de sus palabras frente a la lente —cuya virtud es mantenerse exenta de todo juicio valorativo— involucra en la intimidad de sus confesiones a quien lo observa hablar. Ese testimonio fragmentado, más allá de pretender conseguir el perdón público, la admiración o el desprecio, es una puerta abierta al interior del personaje que permite configurar las piezas de su historia: quién era, qué hacía, qué tenía.

Don Rosendo es el retrato visual del despojo, material, espiritual y sentimental. Donde está él, está su ausencia como agujero permanente, disimulada con grava y tiempo. La continuidad de aquello que desapareció pero que permanece en forma de culpa; sin embargo, la cinta no persigue una cuestión de identidad: es la resignación de quien asume las ausencias (ajenas y propias), de quien se sabe dueño de la nada y piensa que la merece. No es un despojo totalmente merecido. Un ratón borracho, un adicto al cristal y la muerte de una chica que a duras penas acumulaba dieciséis años son los recursos que muestran un entorno donde la pobreza y la violencia monopolizan, donde el narcotráfico resulta un oficio fértil. La necesidad, el hambre, la falta de empleo, la marginación son factores condensados en un foco que sirve de pipa. Factores inhalados y exhalados en forma de humo, que en ocasiones sirven como catalizadores de más violencia, de más crímenes y, en el caso de Rosendo, de más insomnio y plegarias.

La culpa y el remordimiento se expresan en insomnio. Sin embargo, es el desamparo quien presume inmensidad visual e inmensidad narrativa. Quizá por eso la cámara siempre desemboca en el mar: en el horizonte que hay al fondo, en ese vacío lleno de agua, tan abrumador. Así se siente el desamparo, como el atronador vacío henchido de nada. El regreso a un lugar conocido, pero irreconocible; los amigos se fueron y ahora sólo le queda enfrentar la soledad impuesta.

El planteamiento es verdaderamente aterrador: el desamparo y no la muerte. La muerte que Gamou significa como alivio, salida, escape y perdón. La muerte, adornada con una lápida y un corazón, que le permitió a don Rosendo ganar una segunda vida fuera del narcotráfico; la muerte que permitió resignificar al mar, esparcir las cenizas de un buen amigo que sólo necesitaba un descanso sereno.

Y el mar se mece, hipnótico. Es observado por una pareja de viejos que encuentran en sus movimientos placer y encanto. Personajes —tan accidentados y bruscos como los movimientos de cámara y la edición— que dotan a la propuesta de Gustavo Gamou de las dosis de gracia necesarias para equilibrar el insomnio, la muerte y la pérdida: guiños sarcásticos, situaciones absurdas, ridículos involuntarios —y fortuitos—, incluso circunstancias tiernas en lo grotesco.

El regreso del muerto no es el retrato de un sicario, del narcotráfico o la violencia. Es la transición de quien espera perdón en la playa para, finalmente, poder adentrarse en el mar.


Autores
(Villahermosa, 1990) estudió Ciencias de la Comunicación en la UNAM. Obtuvo Mención Honorífica en el 5° Concurso de Crítica Cinematográfica Fósforo, Alfonso Reyes, en el marco del ficunam 2015.

Todos tenemos una historia particular e íntima que sentimos lejos de los grandes cambios sociales e históricos. ¿Por qué debería ser de otra forma? «Claro que, por mucho y por muy alto que gritara ¡muerte al fascismo!, el Orejas no tenía que levantarse a las seis de la mañana para poner el cocido en el fuego, ni despertar a Isabel para dejarla encargada de los pequeños, ni abrir el almacén de la calle Hortaleza a las ocho en punto, ni cerrarlo a la una y media para volver a casa corriendo a recoger tres tarteras, ni llevarle una a su padre y otra a su hermano a sus respectivos cuarteles para liquidar la suya de pie, en la trastienda, tres minutos antes de abrir otra vez, ni llegar a su casa a media tarde para encontrárselo fumando con sus amigos en el cuarto de estar», ésta era la vida tan ocupada de Manolita que Almudena Grandes describe en su más reciente libro: Las tres bodas de Manolita y que parece preguntar: ¿qué me puede importar lo demás (manifestaciones, desaparecidos, muertos y más manifestaciones) si tengo mucho trabajo y a quién mantener?

Este libro es el tercero de un proyecto de seis que pertenece a la obra Episodios de una guerra interminable, una serie de novelas que nos habla de las vicisitudes cotidianas de una España subyugada por el franquismo, una dictadura. Respecto a la tercera parte, Las tres bodas de Manolita, se puede leer de varias maneras, ya sea como un manual para la formación de cuadras juveniles anarquistas o socialistas, la historia del ascenso de un soplón o como una respuesta a aquellas personas que piensan que su vida cotidiana no se verá trastocada por las dictaduras, el mal gobierno o las conspiraciones de la cúpula política. Ésta última forma es la más interesante.

Cuando hablamos de eventos sociales, como sucede en México con Ayotzinapa, por ejemplo, y vemos trastocada nuestra vida cotidiana por las consecuencias de estos (la angustia por las manifestaciones que nos impiden llegar temprano a nuestro trabajo, el miedo que provoca el granadero listo para golpear a lo que se mueva, la confusión por la desinformación por parte de los medios entre otras secuelas de la lucha social), pareciera que nosotros estamos inmersos en un juego en el cual no participamos: ¿realmente podremos hacer algo en una situación que nos supera? La historia de Manolita parece decirnos que sí.

Su hermano Antonio, un líder de las Juventudes Socialistas Unidas, encuentra tiempo en la vida tan apretada de Manolita para «casarla» con un amigo que se encuentra en la cárcel. Este amigo, que se llama Silverio, a quien apodan el Manitas por su capacidad para componer máquinas con una horquilla y una liga, es el único que podría decirles cómo funcionan dos multicopistas, para imprimir propaganda antifranquista, que llegan de contrabando desde América. Ponerlas a funcionar es esencial para combatir una campaña de desprestigio que el gobierno franquista realiza contra la lucha social de los ya vencidos, en la guerra de las armas: los republicanos. La violencia armada ya no es opción pero sí la guerra ideológica.

En una presentación de este libro que Almudena Grandes realizó ante cientos de profesores oaxaqueños de educación pública, dijo: «La violencia no podemos ejercerla nosotros, la violencia está monopolizada por el Estado». En un sistema que tiene las herramientas militares, policiales y jurídicas a su favor, ¿cómo se puede luchar de forma vandálica si existen leyes a favor de unos, si se puede catalogar lo que es violento y lo que no? La obra de Grandes analiza, a través de las historias individuales de sus personajes que la autora desarrolla de forma íntegra, las características y consecuencias del fascismo en individuos que sólo desean sobrevivir. Al leer el libro, se abre un mundo, que si bien es España, podría ser México visto desde los ojos de una señorita, que al igual que la mayoría de la población mexicana, no tiene tiempo para manifestaciones, que al igual que todos nosotros sabe que ha «llegado la hora de los miserables […] la hora de los pobres, de los humillados, de los que nunca [han] tenido suerte», la hora de un cambio, de curar los venenos de la corrupción, la traición, la indiferencia en que nos sumerge nuestra vida cotidiana y nos impide actuar ante la injusticia.


Autores
(Oaxaca, 1985) es un amante de la literatura que vive en Oaxaca, físico de profesión, egresado de la UNAM. Realiza labores de difusión de la ciencia y el arte. Forma parte del consejo editorial de la revista El Avispero y Coordina el proyecto Café de las Ciencias en esa misma ciudad.

«Resistir en escena» es el título de la «Conversación abierta» de esta edición, y en particular, es la columna vertebral del número presente. Resistir y persistir. Quisimos reflexionar sobre el teatro nacional reciente sin dejar de pensar en los autores que, veinticinco años atrás, dieron un impulso excep­cional al teatro en nuestro país, y son quienes continúan hoy apostando con innovación, con propuestas experimentales y formales apoyadas en la tecnología. En este número com­partimos un diálogo con creadores escénicos de diferentes generaciones para debatir sobre los retos, los vicios de la escena, las divergencias y convergencias entre lo propiamen­te escrito para el montaje y lo estrictamente formalizado que busca velar por una comunidad teatral sin aportaciones estatales o federales. Fernanda del Monte, coordinadora del dossier, conversa con Diego Álvarez, Ángel Hernández, Luis Mario Moncada, Édgar Chías y Patricio Villarreal Ávila, con la intención de dar respuesta a los entresijos de la dramaturgia mexicana actual.

Incluimos una entrevista con el artista veracruzano Da­niel Guzmán a propósito de la exposición Death Never Takes a Vacation, que nos permite ver una nueva faceta en su obra; un ensayo de Phillip Lopate sobre la importancia de ejercer la duda a manera de método para la escritura, y una crónica de Diego Olavarría, del libro que obtuvo el primer Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay, que habla acer­ca de un viaje a Adís Abeba, una de las ciudades política­mente más importantes del continente africano.

206

CRÓNICA

Fantasmas de Adís Abeba

Por Diego Olavarría

EN PRIMERA PERSONA

Daniel Guzmán

Por Rodrigo Campuzano Guilmant

DOSSIER

Apuesta en escena

Lo ético, lo político, lo estético: un teatro actual

por Fernanda del Monte

La virgen loca y el biodrama

por Luis Mario Moncada

Solos en América

por Édgar Chías

Después de Lo que viene

por Patricio Villareal Ávila

NARRATIVA

Chiquita linda

Por Constanza Gutiérrez

ENSAYO

El ensayo: ejercitar la duda

Por Phillip Lopate

POESÍA

Dos poemas

Por Luis Eduardo García

Cuatro poemas

Por Juan Carreño

Piezas de rompecabezas -v3 240512 (270612)[030812]

Por Kasper Salonen

CONVERSACIÓN ABIERTA

Resistir en escena

Por Fernanda del Monte, Diego Álvarezy Ángel Hernández

CRÍTICA: LIBROS

El esquinista de Laia Jufresa

Por Fabio Morábito

Una bestia nunca estudiada

Por José R. Pulido

CRÍTICA: ARTE

That’s All: tres apostillas sobre Semilla de sol

Por Christian Barragán

CRÍTICA: MEDIOS

El voto de los hermanos Dardenne

Por Salvador Ponce

FORMAS BREVES

Gotas tóxicas

Por Sergio Golwarz


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.

¿Qué valor le daría usted al hecho de que el Sol y la Luna parezcan del mismo tamaño? Es muy probable que ninguno, pues qué tiene de especial esa coincidencia. La familiaridad siempre nos ha dicho que se trata de algo inevitable, como que el sol salga de día y la luna de noche.

Si a pesar de todo le pido a usted que formule una explicación, quizás dirá que no es más que un fenómeno óptico común o conjeture, intentando ir más a fondo, que existe una necesaria proporción entre las fuerzas que crearon la Tierra a partir del Sol y las que crearon la Luna a partir de la Tierra.

Se sorprenderá al saber que ni estas explicaciones ni ninguna que podamos dar —por el momento— son ciertas, y que todo se debe a que un azar cósmico (o un divino misterio)  dio a la Luna un diámetro 389 veces menor al del Sol y la colocó 400 veces más cerca de nosotros. Hasta donde sabemos esta coincidencia (que hace que cuando ambos astros están en posición propicia podamos ver eclipses perfectos) se da probablemente en unos cuantos planetas del universo o quizás, sólo en la Tierra.

Nuestro asombro no acaba aquí. Consideremos ahora que tal coincidencia fue quizás decisiva para que los primeros grupos humanos gestaran cosmogonías completas en torno a la imagen de una pareja divina creadora y de una dualidad día/noche─luz/oscuridad asociada con lo masculino y femenino como semejantes.

Nuestro planeta no sólo sería escenario de las extraordinarias casualidades que propiciaron la aparición de la vida en general y de la vida consciente humana en él, sino también de un fortuito evento cósmico que contribuyó a que esa vida consciente se estructurara en culturas como las nuestras.


Autores
(Pensilvania, 1962). Mexicano que escribe poesía y divulga ciencia a través de teatro, novela juvenil, televisión, video, publicidad, exposiciones y revistas. Entre sus obras están Crónica del alba y tres novelas de la serie didáctica Triptofanito.