Tierra Adentro

Los músicos no se ahogarán con nosotros

El ginecólogo dijo escucho dos corazones dentro de su esposa y mi cerebro se iluminó al instante como una medusa. Imaginé tardes de futbol y Scrabble. Cachorros helados, vacaciones en Disne… No está embarazada aclaró el doctor-dinero tiene dos corazones completamente saludables

un milagro de la vida. Luego nos felicitó y nos fuimos a casa.

De camino la tristeza cuajó en mi pecho como grasa fría.

No nos iríamos juntos como la pareja de ancianos de Titanic. Cuando uno de sus corazones muriera dulce junto al mío ella seguiría viva pensando en los años futuros.

Disculpe, señor. ¿Tiene un momento para hablar sobre la escritura no-creativa?

Kenneth Goldsmith tocó hoy a mi puerta. Lo vi por la ventana y me quedé quieto sin hacer ningún ruido. «¡Sé que estás en casa!», gritó.

La última vez me había dado una explicación sobre el paraíso de los poetas conceptuales. «En realidad es un loft muy agradable tapizado con fotografías del cielo en alta resolución. Todas plagiadas».

Me aburre pero tuve que salir. «Hola, hoy vengo a hablarte sobre las bondades del reciclaje». Sí. «Y sobre Marcel Duchamp». Sí. «Y sobre el hermoso futuro de internet». Sí. «Quema tus fósiles». Sí. «Hay que besarnos». Sí.

Entonces corté mi yo y lo pegué en un escenario en donde Kenneth Goldsmith no había nacido nunca y la poesía era un montón de palitos de madera.

A través de los años, el Sónar Festival ha conservado un prestigio inapelable por presentar música visionaria y no sólo electrónica avanzada como es promovido. La progresión de géneros y estilos les ha permitido anticipar y perfilar tendencias que revitalizan, año con año, la cita de Barcelona. Si en algún evento la vanguardia se siente tan cómoda es en esta cumbre española con espíritu internacional.

En la edición 2015, impactó la presentación del espectáculo de Niño de Elche vs. Los Voluble, en el que unos expertos en montajes multimedia alternaron la propuesta del artista (que emparenta el flamenco con el spoken word) con bases que acuden al krautrock, al free jazz y la electrónica ruidista.

El sábado 20 de junio aparecieron en el Sónar presentando el espectáculo «RaVerdial», en el que se remontaban a las fiestas campesinas de la provincia de Málaga con motivo del día de Los Santos Inocentes y que ellos reinterpretan a partir del concepto de rave. A la presencia de Dj y Vj se sumó la del guitarrista flamenco Raúl Cantizano.

Los periodistas Luis Lles y Llorenc Roviras describen el show con precisión: «Mezcla de denuncia política sin pelos en la lengua, reflexión filosófica en torno a los raves, declamación daliniana y ritual derviche, el proyecto puede recordar a la sampladelia de los noventa, pero llevada a un territorio nuevo».

Cada miembro involucrado aporta algo importante, pero a fin de cuentas el eje central es Francisco Contreras, un cantaor y poeta que procede de una familia de andaluces, residente de Sevilla y con más de una década demostrando en público sus procesos de búsqueda. Su trabajo evidencia que las lindes entre disciplinas se desdibujan para interactuar gozosamente. Se trata de un renovador consciente de las aportaciones que en su momento realizaron Camarón de la Isla, Paco de Lucía y Enrique Morente para llevar al flamenco a un siguiente nivel. Lo mismo es conocedor de la tradición que de las incursiones de Lagartija Nick, Los Evangelistas, Silvia Pérez Cruz y otros visionarios. Acá lo importante es que el spoken word también es tangible con su aliento de poesía callejera, que por un lado abreva de las causas políticas y por otro del influjo de la cultura del hip hop.

Contreras es un explorador, un experimentalista que con el tiempo se ha ido haciendo más arriesgado. Como parte de sus comienzos está el disco Mis primeros llantos (2007), pero ha sido a partir del muy ambicioso Sí, a Miguel Hernández (2013) que la propuesta se robusteció de manera notable. En él se acercó a nueve poemas de un autor imprescindible, no sólo en la literatura hispanoamericana sino en el panorama internacional, por lo que no extraña que haya recibido invitaciones para presentarlo en París, Moscú, Costa Rica y Jordania.

Para su siguiente trabajo tomó el nombre de un encuentro que se celebra desde 1999 en Huelva, con la Fundación Juan Ramón Jiménez como sede, y que está orientado a mostrar a diversos exponentes de lo que, en general, se conoce como Poesía de la conciencia, y tiene como característica su fuerte carga de crítica social y un ácido alegato en contra del sistema económico y político (como se verá más adelante, no sólo tunden al liberalismo sino también hay sopapos para los comunistas aburguesados).

En Voces del extremo, editado por Telegrama Cultural y de descarga gratuita en la web, no se conforma con la obra de un solo autor, sino que se trata de una pieza coral. Aparecen textos musicalizados de Begoña Abad, José Luis Checa, Antonio Orihuela, Inma Luna, Francisco Fenoy Rodríguez, Bernardo Santos, Jorge Reichmann, Conrado Santamaría, Antidio Cabal y Enrique Falcón.

Contreras va decidiendo si ataca cada una por peteneras o si la lleva al fandango, pero aun así los palos tradicionales no permanecen inmutables. El álbum nos revela un trabajo certero del productor Daniel Alonso (miembro del grupo Pony Bravo) en colaboración con Raúl Pérez y Darío del Moral. Para enfatizar esa perspectiva global, el disco fue grabado y mezclado en Sevilla y masterizado en Berlín.

El tándem fue eligiendo en cuál momento enfilarse por el kraut rock, qué texto requería de unas texturas más ambient o cuándo hacer un poco de distorsión a la No wave. Por el estudio pasaron los músicos Raúl Cantizano, Fernando Junquera, y Javier Mora para registrar un sonido que en momentos parece el de una banda completa a toda ley y que no tiene reparo en incursionar por el Qawwali pakistaní e indio.

En total, una decena de temas que van desde el escarnio a los que suelen decirse de izquierda y cobran por la derecha –viajando hasta en convertible- en «El comunista», a una revisión del conflicto en Medio Oriente con la «Canción de corro para niño palestino» o un clavado al complejo mundo interior de una persona. En «Nadie» se da el momento para una sesión de diván hecho tema musical: «Nadie me conoce / Ni mi psiquiatra, ni la alcachofa de la ducha / Ni mi taza de café, ni mis pestañas / Nadie sabe nada de mí / Nadie me ha descubierto todavía».

Voces del extremo es un disco ardiente y urgente… necesario, no sólo por el atrevimiento en la parte compositiva sino por la profundidad de sus textos. Ahí están «Miénteme» y «Que os follen» como clavos ardientes que escarnecen las heridas que las desigualdades nos han hecho. Toda una revelación.


Autores
De los años sesenta tomó la inconformidad recalcitrante; de los ochenta una pasión crónica por la música; de los noventa la pasión literaria. Durante la década de los dosmil buscó la manera de hacer eclosionar todas sus filias. Explorando la poesía ha publicado: Loop traicionero (2008), Suave como el peligro (2010) y Combustión espontánea (2011). Rutas para entrar y salir del Nirvana (2012) es su primera novela. Es colaborador de las revistas Marvin, La mosca, Variopinto e Indie-rocks y los diarios Milenio Hidalgo y Reforma, entre otras publicaciones.

Es conocida la siguiente técnica para atrapar a cierto tipo de mono: el cazador cava en una piedra o en un árbol un hueco cuya abertura se ajuste al tamaño de la mano del animal y después coloca una golosina dentro. El mono llega y toma la golosina. Su mano —ahora empuñada— ya no cabe de vuelta en el hueco y no puede salir. Pero el simio no suelta su presa y los cazadores regresan después para atraparlo con toda calma.

El animal está desorientado, sin saber qué pasa ni qué debe hacer. Sabemos que nada le hará actuar de otra manera, que nada puede ayudarle a disertar que si abre la mano estará libre.

Si lo matan, su suerte será tema de una tragedia, y de una comedia si los cazadores sólo querían reírse de alguien.


Autores
(Pensilvania, 1962). Mexicano que escribe poesía y divulga ciencia a través de teatro, novela juvenil, televisión, video, publicidad, exposiciones y revistas. Entre sus obras están Crónica del alba y tres novelas de la serie didáctica Triptofanito.

La primera novela de Roque Larraquy (Buenos Aires, 1975), La comemadre (2010), no se trata exactamente de un tango ni de un lamento amatorio. Podría tratarse, en principio, de una cabeza. Literalmente. O, más bien, de lo que un grupo de médicos de un hospital perdido en medio del campo, en 1907, estaría dispuesto a hacer por algunas cabezas. Y por todo aquello que las cabezas deseadas les podrían revelar. También, La comemadre podría versar sobre el duelo latente y erótico entre dos artistas sin ningún parentesco familiar, pero muy similares físicamente, quienes, en 2009, se proponen deslumbrar al mundo del arte con una obra hecha de retazos de cuerpos.

Ciencia y arte, entonces, están aquí cruzados por un enigma y la obsesión de su resolución, que lleva a los personajes a realizar acciones insospechadamente delirantes. El enigma decimonónico: ¿qué hay del otro lado de la vida y cómo la ciencia —y sus métodos de observación empírica— puede revelarlo? El enigma actual: ¿cómo aprender las variables del mercado del arte para triunfar en él? La respuesta: el cuerpo y sus fragmentos que pueden atraer tanto voces del más allá como a la clave del ansiado éxito. Hay, aún, otro enigma que atraviesa la novela, sus dos temporalidades y sus personajes. Tal vez más complejo y desconcertante que la propia muerte y el deseo de triunfar. Se trata del amor y sus vicisitudes corporales y sentimentales.

En este juego de obsesiones y enigmas se desarrolla La Comemadre. En 1907, en Temperley, el doctor Quintana es el jefe de la guardia nocturna de un sanatorio perdido en las orillas que separan la civilidad de la amplia pampa y sus atardeceres rosados. Enamorado de la enfermera Menéndez —mujer secreta que fuma su cigarro en el marco de la ventana y lo abandona antes de terminarlo—, sus noches se suceden sin sobresaltos hasta que el dueño de la clínica, Mr. Allomby, le ordena al plantel de médicos una tarea extraña y perturbadora. Es necesario conseguir cabezas. De enfermos terminales, pobres, inmigrantes, que nadie extrañe ni reclame. La decapitación de estos cuerpos les dará nueve segundos de gracia en que la cabeza permanece consciente antes de morir, y les revelará lo que ve y siente en su contacto con la inminente muerte. Pronto, esta tarea moralmente réproba se convierte en una competencia entre colegas por ver quién consigue más cabezas, quién se queda con el premio monetario a cambio de su obtención y, también, quién conquista el difícil corazón de Menéndez. Porque el espacio de la clínica se revela como un mundo netamente masculino, en donde la rivalidad por la hembra y por el prestigio es subrepticia y constante.

En 2009, ya en Buenos Aires, nos adentramos en la historia de un ex niño genio y ex adolescente de bucles y ciento veinte kilos de peso devenido en prestigioso artista, cuya polémica obra ha trascendido las fronteras nacionales para llegar al público escandinavo. El artista nos cuenta su vida en las anotaciones que le hace a una tesis doctoral que Linda Carter —homónima de la mujer maravilla— hace sobre su trabajo y su persona. Aquí también aparece Lucio Lavat, su curioso doble: él y el artista son físicamente muy parecidos, aunque no guardan ningún parentesco familiar. En la primera exposición del artista sus destinos convergen para volverse una suerte de amor simbiótico y un duelo erótico en el que Lucio y él —él y Lucio— se ayudan para conquistar el mundillo del arte y «dejar salir el monstruo». El «monstruo» es una obra hecha con manos de cadáveres que simulan rezar y que aluden, a la vez, a las manos robadas de Perón y que, hacia el final de la muestra, incorpora el dedo mutilado del artista. Pero el esa pieza es, también, un mundo snob en que lo delirante y morboso se consume como arte y en donde los propios cuerpos de la extraña pareja se ponen a disposición de sus reglas, transformándose en obra viviente.

En definitiva, más allá de lo circunstancial de sus extravagantes imágenes de cabezas decapitadas, manos colgantes, amores y duelos, La comemadre nos habla de aquello a lo que no podemos rehuir aunque queramos. Todas las locuras: eso hacen sus personajes por una cabeza, por el amor, por el prestigio, por el conocimiento. La novela parece hacer de tales fijaciones el corazón de su trama y nos deja la certeza de que las obsesiones con que atravesamos la vida estarán allí esperándonos a que cometamos por ellas todas las locuras.

El estilo es también una idea o un conjunto de ideas; en el ejercicio del músculo formal se encuentra también una pugna tan interesante como la que suele asignársele al «fondo». Matt Zoller Seitz resume bien esta postura en una pieza titulada Please, critics, write about the filmmaking, [1] publicada irónicamente en el sitio de uno de los críticos que menos solían apuntar sobre el filmmaking, Roger Ebert:

Escribe sobre forma. Nomás tantito. No todo el tiempo. Solo cuando veas una puerta de entrada; cuando sea que pienses que tiene sentido; llama la atención sobre el hecho de que no sentimos cosas mágica y misteriosamente mientras vemos películas y programas de televisión, sino que es el artificio lo que nos hace sentir esas cosas.

No es el único argumento a favor de un análisis que se concentre en el estilo como un elemento al mismo nivel del argumento —o de lo que los pedestres llaman «el mensaje» de una película, dando a entender que para ellos toda cinta alberga una potencial moraleja[2]. «Dado que las películas pueden expresar muchas ideas y emociones simultáneamente, los espectadores son a veces sobrepasados por la absoluta densidad de la información con la que son bombardeados», apunta Louis Giannetti.[3] Este bombardeo a menudo genera que los espectadores (y, a veces, los críticos) se concentren en algunos pocos aspectos del cine; este aspecto suele ser el más obvio, la historia y sus interpretaciones. (No es extraña la postura que justifica una película deficiente diciendo que «es para verla con el cerebro apagado»).

Tampoco es raro que se diga de una película —hollywoodense por lo general— que «es predecible». Esto bien puede ser un elemento de juicio, pero limitarse a solamente eso denota estrechez de miras. «Denominar al estilo de Hollywood “estandarizado” a menudo implica que las normas se han convertido en recetas que repiten de forma rutinaria un producto estereotipado. Aun así la vanguardia no tiene el monopolio de la calidad, y la desobediencia de una norma no es el único modo de lograr el valor estético. Supongo que en cualquier arte, incluso en aquellos que funcionan dentro de un sistema de producción en serie, la obra de arte puede lograr valor modificando u obedeciendo con destreza las premisas de un estilo dominante», dice David Bordwell.

Escribir sobre una película hollywoodense con un ojo a su condición de producto y con otro a sus recursos estilísticos es, además de un camino honesto hacia la comprensión de un filme, una forma de enriquecer la experiencia. El cine hollywoodense, y aún más el blockbuster, está marcado por una serie de rasgos narrativos y estructurales que se repiten como una fórmula probada. La subversión y la innovación suelen llegar mediante el estilo. Cineastas contemporáneos como Edgar Wright, Matthew Vaughn, Brad Bird, Christopher Nolan o Michael Bay —por citar algunos pocos— han traído su propio sello al cine de altos presupuestos. Sus películas pueden gustar o no, pero el desarrollo de un estilo particular está allí para quien quiera verlo. Antes de ellos —y la lista podría ser larguísima—, gente como Michael Mann, Steven Spielberg, James Cameron, Paul Verhoeven o John Woo encontraron en el cine hollywoodense y en el blockbuster una veta narrativa no carente de riqueza, un territorio fértil que valía la pena ser explorado.

Pensémoslo así: no existe una sola película importante (o significativa, o memorable: elija término) que no valga la pena comentarse desde la perspectiva de su producción y sus recursos formales. Por supuesto, no todas las cintas presentan el mismo nivel de sofisticación formal, y quizá no todas valgan la pena desde esa óptica (así como no todas las películas son argumental o interpretativamente ricas), pero esa sería precisamente la labor de un crítico: separar la paja del proverbial trigo a fin de, a través de su análisis, enriquecer la experiencia de ver una película, hollywoodense o no.

 

PS. Cabría mencionar, también, que la forma y el fondo son probablemente indisolubles—o al menos íntimamente unidas— en una gran película. Pienso en el cuento «Experimentum Crucis»,[4] de Gerardo Deniz. Trata de un poeta y un crítico (un «perito», lo llama el narrador) que entran en una discusión sobre forma y fondo. Para demostrarle la indisolubilidad de ambas en un gran poema, el crítico toma el primer verso de la Divina comedia:

 

Nel mezzo del camin di nostra vita

lo sostiene con las puntas de los dedos y lo estira hasta que de pronto lo rompe. De un lado queda nel me y del otro zzo del camin di nostra vita. Luego, para demostrarle al poeta que su poesía no ha alcanzado ese nivel de maestría, le pide que le escriba un verso y procede a estirarlo hasta romperlo. De un lado quedan las letras nones, del otro las pares. Cada uno de los dos fragmentos de versos dice más por separado de lo que decían juntos. El poeta nomás agacha la cabeza. Algo parecido pasa, creo, con las grandes películas.

 

Notas:

[1] El texto original está disponible aquí.

[2] «Nuestra misión no consiste en percibir en una obra de arte la mayor cantidad posible de contenido, y menos aún en exprimir de la obra de arte un contenido mayor que el ya existente. Nuestra misión consiste en reducir el contenido de modo de poder ver en detalle el objeto», apunta Susan Sontag en Contra la interpretación. Acá el ensayo completo en español: clic.

[3] Louis Gianetti, Understanding Movies. Quizá el más práctico libro de texto para acercarse a la comprensión del cine y sus procesos (técnicos, históricos, artísticos). Hay más de doce reediciones, todas corregidas y aumentadas; la mía es la tercera, de 1982, editada por Prentice Hall. Gracias a Evelia Reyes por la copia en PDF, disponible aquí.

[4] El breve cuento apareció publicado en el tomo Alebrijes, Ediciones del Equilibrista, prácticamente inconseguible hoy en día, pero también en la revista Vuelta. Acá está completo.


Autores
(Coatzacoalcos, 1988) es crítico de cine y ensayista intermitente.

Nací con ojeras. Siempre fui un adulto prematuro. Pasé gran parte de mi infancia buscando la forma de crecer: ir a la escuela antes de tiempo y adelantarme en casi todo. Uno de mis recuerdos más tempranos es el de estar sentada en una carreola azul con puntos blancos mirando a la puerta, deseando ir a la escuela o salir pronto de ahí.

Cuando pasó tuve el firme deseo de retroceder el tiempo y volver a esos días en los que mi única obligación era dormir, comer y llorar. Ese sentimiento me ha acompañado casi el resto de la vida.  Crecer es cada vez es más complicado. El paso del tiempo adquiere dimensiones inconmensurables e intentar detenerlo es inútil. Una vez que el tiempo avanza, es imposible recuperarlo para volver a los días en los que todo era más sencillo. Crecí y conté los años que me faltaban para abandonar los salones de clases. Una parte de mí sentía que después vendría el regreso a la etapa de dormir, comer y llorar. Pasó, pero no exactamente como pensé. Trabajar para comer, dormir como se pueda, llorar porque el mundo es hostil y porque el amor no existe. Mismas acciones en distintos contextos, ahora con la vida entera y el pasado sobre los hombros. La responsabilidad de perfilar un futuro que probablemente sea doloroso.

La cultura pop y la literatura están llena de referencias a la adultez y a lo terrible que será. Peter Pan es el ejemplo clásico del deseo irrealizable de detener el tiempo, rogar por que esos días se retrasen o que jamás lleguen. Cuando Peter se entera de cómo será la vida adulta, decide huir de ella para refugiarse en el país de Nunca Jamás, un lugar donde casi nadie crece, donde el tiempo se detiene y todo es posible.

Un relato atemporal escrito por J. M. Barrie, un adulto que hubiera preferido quedarse en una pausa perpetua. Que reclama al mundo y busca una alternativa ante el paso del tiempo. Desde mucho puntos, cuestiona la idea de aprender a crecer y nunca a decrecer. Abre la posibilidad de repensar lo «infantil», más allá de un adjetivo peyorativo, cargado de sinsentido o caracterizado por la ausencia de reflexión y las respuestas inmediatas. Piensa en la infancia como la posibilidad de la felicidad eterna y no en el sentido contrario que la ve como una etapa que hay que dejar atrás para que las cosas cobren sentido.

La idea de crecer siempre se refleja en el cumplimiento de expectativas propias y ajenas. El triunfo y el fracaso se convierten en la unidad de medida para la vida. Son el resultado del trabajo que, se supone, debe darse a lo largo de los años. El entorno inmediato siempre se encargará de señalar si lo hiciste bien o si perdiste el tiempo y jamás maduraste. El reclamo se agravará con los años y los resultados nunca serán del todo satisfactorios.

Crecer lo complica todo. Las experiencias construyen a la vez que destruyen. El juicio se nubla cuando todo tiene una implicación mayor, cuando cada acción impacta en distintos planos. Las decisiones, a pesar de ser reversibles, adquieren cierta sensación de definitivas. La vida adulta privilegia la estabilidad y condena la incertidumbre. Todo lo no definido se entiende como un problema o un motivo de preocupación. No hay forma de que el proceso se revierta, el tiempo ya está corriendo.

Quisiera volver con mi yo del pasado para recomendarle que durmiera hasta tarde y que no se preocupara por su alrededor, pues llegaría un momento en el que no tendría otra opción. Que esperara porque algún día nadie lo resolvería por ella. El Nunca Jamás no existe, es un Siempre para siempre que no para, toma velocidad y tiende a ir cada vez más aprisa. A finales del siglo XX Peter Pan tomó la forma de un síndrome asociado con la neurosis y el aislamiento. La posibilidad de no crecer que supone un rezago, traducido en una vida problemática. No hay muchas alternativas.


Autores
(Ann Arbor, 1987) no sabe andar en bicicleta y estudió la Licenciatura en Historia. Le gustan los libros para niños, los ha leído y editado.

Más que erudito, hacer listas es superficial. A mi parecer, hacer listas es la forma más sencilla de ordenar el conocimiento de una disciplina.

Particularmente en la literatura, que de tan vasta parece infinita, se suele recurrir a las listas para suprimir la angustia de los tantos libros. Ante la inmensidad de los títulos, la variedad de las lenguas y la desigual longitud de los siglos, el pontificador quiere despejar un sendero por el cual transitar cómodamente. No es, por lo demás, una mala costumbre, sobre todo porque es sana: ante la inmensidad parece menos desquiciante trazar un camino. El gesto de fondo que se encuentra en el acto de elaborar una lista radica en paliar la desesperación.

Casi resulta innecesario que admita que he practicado gozosamente la manía de hacer listas, no sólo para los libros, sino casi para todo. He hecho casi todos los tipos de listas que existen. Hice una lista de los mejores zapatos que me había comprado. Tengo incluso una Lista de prepotentes, donde anoto a cada persona que me ha gritado por teléfono solicitando algo enfáticamente. Creo que a veces me gustaría tener clara la lista del súper que haré cuando tenga 55 años. Por supuesto, también busqué mantener la cordura haciendo listas de libros que me gustaría leer, o traducir, o editar.

Existen dos tipos de listas: las descriptivas y las volitivas. Debemos sospechar de quienes hacen listas de libros, especialmente debemos presentir que el método de selección fue inverso: no enumerando lo que se ha leído, sino desde lo que se quiere leer. Ahí que el hacedor de listas lo que busca es ordenar prioritariamente su ignorancia.

Lo malo de las listas descriptivas es que suelen ser pedantes. Lo malo de las volitivas es que tienden al capricho propio de quien no tiene idea. La lista de libros favoritos que hizo Borges es del primer tipo; las listas de todos nosotros, torpes lectores, son del tipo segundo. Hay otras listas honestas, y no por honestas menos superficiales, que valdría la pena hacer, como la lista de los mejores libros que no vamos a leer nunca. No una lista de 10, eso sería hipócrita; mejor que sea de todos los números que sean necesarios.

Se antoja que las listas sean formas veladas de la resignación, de tal suerte que toda lista sea a su manera una lista del mandado: ahí se confunde lo que necesitamos con aquello para lo que nos alcanza.


Autores
(Durango, 1988) es editor y traductor. Estudió Lengua y Literatura Francesas en la UNAM. Actualmente trabaja para el FCE.

Cuando escribo en serio me da risa, igual que a los lectores.

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El que un escritor no mencione jamás a otro en sus obras, puede ser indicio de gran independencia, pero también de gran ignorancia.

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¡Qué trabajo le costó a ese poeta lograr que su poema careciera de significado alguno!

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La modestia es la más incómoda de las virtudes, porque no se puede alardear de ella.

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En el oficio de escritor, la más grande de las vanidades —que es la pretensión de asombrar al prójimo— se doblega al más duro de los sacrificios —que es aguantar la opinión del prójimo.

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Apenas un literato despierta nuestra admiración, comenzamos a robarle ideas.

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El verdadero héroe de algunas obras literarias es el lector que las aguanta.

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Esa crítica sobre mi libro era tan elogiosa que parecía estar escrita por mí mismo.

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El placer que producen los propios aciertos sólo puede ser comparado con el que causan los errores ajenos.

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Todos escribimos buscando la aprobación de dos o tres admirables talentos, que no nos leen ni por casualidad.

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La envidiable tranquilidad espiritual de algunos seres se debe exclusivamente a su mala memoria.

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Nuestra más sincera declaración de amor fue la que una vez copiamos descaradamente de nuestro autor favorito.

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A cierta edad se descubre la poesía, más tarde se siente la poesía, y, por fin, se asombra uno de que exista la poesía.

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—Me iré a un pueblecito a escribir un libro…

—No veo la necesidad.

—¿De ir al pueblecito…?

—No; de escribir el libro.

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Hay algo tan inútil como escribir versos: no escribirlos.


Autores
(Ginebra, 1906-1974) fue violista profesional, ensayista y narrador. Los aforismos aquí publicados fueron seleccionados por Hiram Barrios y forman parte del libro, de reciente aparición, Gotas tóxicas. Aforismos y minificciones (Cuadrivio Ediciones, 2015).