El sexenio de Felipe Calderon Hinojosa marcó uno de los periodos más violentos en nuestro país. El grupo Teatro Ojo, en recíproca correspondencia con el presente, a partir de diferentes ediciones del periódico La Jornada, exploró una forma nueva de vincular la escena con la realidad mexicana a través de la pregunta ¿cómo se vivieron, o se viven, los días de ese sexenio signado por la muerte? Aquí, Patricio Villarreal Ávila nos cuenta acerca del proyecto Lo que viene.
Ese tiempo que no es exactamente el pasado tiene un nombre: es la memoria.
G. Didi-Huberman
18 de octubre 2012.
Apenas unos minutos después del mediodía, un hombre de casi noventa años realizó desde la ciudad de Pachuca, Hidalgo, la primera llamada para el proyecto Lo que viene, que consistió en el relato inaugural de un ejercicio artístico que repasaba —desde un lugar subjetivo— el último sexenio mexicano de un gobierno fuertemente marcado por la extrema violencia causada por una interminable guerra entre el Estado y distintos grupos armados vinculados al negocio del narcotráfico, y que a su paso ha cobrado un altísimo número de muertos, desaparecidos, lesionados y desplazados (sin incluir a los sobrevivientes que, de una u otra manera, han sido víctimas de esa confrontación). Así, en medio de este panorama nacional, el hombre habló de su recuerdo más importante y del acontecimiento más significativo vivido en los últimos seis años y que —aparentemente— nada tenía que ver con la situación de violencia general: la manera en que el reciente fallecimiento de su esposa afectaba a su familia, y la forma en que él la recordaba y soñaba. Con este relato inició una emotiva y sorprendente experiencia de encuentros y escucha, de reflexión y reconocimiento, de acción y de espera, donde afortunadamente se abrían dimensiones impensadas e insospechadas de lo teatral y de la escena, de lo grupal y de lo político, de las palabras dichas y de las presencias silenciosas, para repensar y reubicar el lugar y el trabajo de Teatro Ojo como grupo artístico, y de uno mismo como sujeto del arte.
Durante diez días transformamos el Teatro Galeón de la Ciudad de México en un escenario/instalación para recordar y despedir los últimos seis años de un mandato presidencial que terminaba sus días dejando tras de sí —pero todavía presente sin duda alguna— un doloroso recuento de sucesos violentos. Del 18 de octubre al 9 de noviembre del año 2012, desde mediodía hasta las once de la noche, acompañados de casi todos los ejemplares impresos durante el sexenio de Felipe Calderón de La Jornada (único diario que aceptó vendernos en papel todos esos números), buscábamos dinamizar nuestras propias memorias con el constante repaso de notas periodísticas, de artículos, de imágenes, de anuncios, y que en su propia forma anacrónica nos desafiaba en el intento mismo de hurgar en los sucesos ocurridos para ubicar algo de una realidad difícil de ver de frente; un presente casi imposible de comprender. Una primera confrontación entre el tiempo gráfico narrado —vuelto verídico— de la información impresa, con el tiempo de nuestras propias reconstrucciones delimitadas por el alcance de nuestros recuerdos. Día a día íbamos añadiendo el diario correspondiente, como contando los días para que terminara de una vez ese oscuro periodo para la vida nacional y personal; ahí mismo, una mesa con un rollo de papel albanene para calcar o dibujar aquellas imágenes o frases que uno quisiera sacar del papel prensa; como paisaje sonoro, una mezcla entre un continuo recordatorio con preguntas que Teatro Ojo hacía a los espectadores ahí presentes, por un lado, y por el otro, la urdimbre de relatos por algunos de aquellos espectadores: sueños, premoniciones, recuerdos, opiniones, preocupaciones, deseos, miedos, odios, etcétera. Y, entre todo esto, cinco micrófonos que invitaban a la gente a hablar, a ser escuchada en vivo, grabada y constantemente retransmitida, dentro y fuera del teatro.
Ilustraciones de Raúl Hurtado
La serie de preguntas lanzadas por Teatro Ojo iban en torno a cómo se habían vivido —o se vivían— los días de ese sexenio; preguntas que buscaban en principio dirigirse a la figura de la persona presente, pero pretendían también ser contestadas —en un afán por pensar lo colectivo— por los mismos habitantes del país. Contestadas desde lo singular, queríamos que los diálogos se entrecruzaran con nosotros mismos, con los demás espectadores, con quienes estuvieran cerca del Galeón, y lograran contaminar con sus palabras más allá del teatro, como en una caja de resonancia. Lejos de historias oficiales y de información legitimada por los medios de comunicación, la intención fue abrir el espacio teatral como posible foro público (ágora) donde pudiera dibujarse otra historia narrada desde la voz y la presencia de quienes participaran in situ en aquella experiencia a través del simple hecho de acompañarnos, de hablarnos, de compartirnos algo suyo, enunciándolo. Se buscaba una pausa, un paréntesis en el continuo quehacer de la producción teatral como producto y mercancía cultural, para así extender el escenario hacia un ejercicio de conversación que nos confrontara, aunque de forma efímera, con nuestro contexto. Como eco narrador de aquellas reflexiones de Walter Benjamin en torno a nuestra crisis moderna —y contemporánea— para producir y compartir experiencias comunicables, nuestro deseo pasaba por permitir/nos encuentros donde tuviera lugar aquello vivido por otros, aquello visto, escuchado, padecido, pensado, deseado, imaginado o soñado por otros.[1] Atrevernos a reinventar la necesidad del habla y de la escucha, del relato que pasa de «boca en boca», de la presencia que aparece en el decir, de la experiencia que se produce cuando uno «presta oídos», de la memoria y transmisión posibles de acontecer en medio de este ejercicio. Que el artificio de aquel espacio y de aquella disposición lograra de esos relatos una otra posibilidad al lado de aquella «gente (que) volvía enmudecida del campo de batalla».[2]
Una dramaturgia otra donde podíamos imaginar, ensayar y provocar nuevos encuentros y otras formas de contar el fragmento de historia que nos atravesaba. Quizás el mismo fragmento que aún nos sigue produciendo heridas que seguirán sin cicatrizar en mucho tiempo. Así, sugerido por una periodista llamada Charlotte Beradt, sobreviviente de la etapa más violenta en la Europa de los años treinta,[3] quien llevó a cabo la «poco razonable tarea» de reunir una gran cantidad de sueños de habitantes anónimos en aquella época de terror totalitario para «ofrecer algo así como un documento psíquico» capaz de dar cuenta de la «sismografía íntima» subyaciendo debajo de un cuerpo social amenazado,[4] Teatro Ojo imaginó este tejido de presencias y voces, de dibujos y escucha para intentar registrar el pulso de nuestro propio decir y de nuestros propios relatos, así como de nuestras imágenes y de cómo éstas toman forma en el momento en que las dibujamos, liberándolas. Temblores vivos dando luz a nuestros propios y más íntimos fantasmas. Aquel efímero encuentro devenía en un ensayo para pensar una posible política nocturna —para decirlo con las palabras de López Petit—,[5] donde deseábamos poner entre paréntesis esa realidad hecha una con el panorama de violencia que todavía nos enferma y nos ahoga hasta el día de hoy; donde desahogar el miedo o el odio, la alegría o la euforia, la tristeza o la desesperación, equivaldrían a vernos, escucharnos y reconocernos en la mirada, en la atención del otro, a la espera siempre de estar con ese otro, ser ese otro.
La pregunta en torno a qué decimos cuando pronunciamos la palabra «comunidad» nos acechaba. ¿Qué queda de «común» cuando decimos «México» después de estos últimos años de desastres violentos?, ¿qué fantasmas emergen cuando nombramos estados como Chihuahua (Lote de Bravo, Villas de Salvárcar), Tamaulipas (San Fernando), Nuevo León (Casino Royale) o Veracruz (Zongolica), por nombrar sólo algunos?, ¿qué panoramas podíamos barruntar de aquellos destellos visuales que aparecían uno a uno en las distintas y muy personales narraciones formando un tejido de écfrasis reveladoras de lo que aún llamamos «nación»? En lo efímero de aquella experiencia, Lo que viene era también una disposición de imágenes singulares compartidas según quien hablara; un tener-lugar, un surgimiento, «una manera manantial» como lo expresa Giorgio Agamben,[6] que se iba dando en nuestro afán de pensar y trabajar con cualquiera. Así, repartidos en diez días, aparecieron mundos distintos, emergentes, en mujeres y varones, en más jóvenes o más viejos, para pensar la familia, soñar con olas, lamentar la frontera norte, imaginar el Popocatépetl, recordar Zacatecas, presentir el fin del mundo, gritar el odio a los dos presidentes de la República (el que se va y el que llega) o echar de menos un barranco habitado por luciérnagas.
A tres años de aquella experiencia, mientras el panorama se vuelve cada vez más enrarecido y la verdad va perdiendo terreno, donde nuevos nombres como Ayotzinapa, Iguala, Apatzingán o Tlatlaya se siguen sumando al paisaje bélico desatado durante la década pasada, y cuando la palabra «común» va mejor con la palabra «fosa» que con la idea de un bien colectivo, pienso en lo corto de aquella experiencia y en lo largo de este suplicio. Me pregunto si habría que insistir hasta el cansancio volviendo a los teatros para convertirlos en resonadores de voces y presencias que hoy siguen vivas y que quieren vivir. Me pregunto —parafraseando a la artista visual Hito Steyerl— si el teatro es también un campo de batalla.[7] Si habría que desmantelar una a una sus formas de producción para convertirlo en una posible trinchera desde donde se disparen nuevos caminos potenciales para imaginar este país, y devolverle al Estado el reflejo de su falla. Tal vez es ese saber-luciérnaga pensado por Didi-Huberman —esos brillos efímeros condicionados por su muerte y desaparición, pero capaz de producir distintos encuentros— lo que haga de nuestros relatos y nuestras presencias una fuerza para organizar el pesimismo creado por nuestras propias premoniciones.[8] Por ahora quedan el placer y la emoción de haber estado ahí entonces, acompañándolos y escuchándolos, pero también la urgencia de volver a reunirnos para hablar, decir o gritar como posible memoria en construcción, como otra posible resistencia.
[1]Walter Benjamin, El narrador (Pablo Oyarzún R., trad.), Santiago de Chile, Edi¬ciones/metales pesados, 2008. [2]Ibíd. [3]Charlotte Beradt, Rêver sous le IIIe Reich (Pierre Saint-Germain, trad.), París, Éditions Payot & Rivage, 2004. [4]Georges Didi-Huberman, Supervivencia de las luciérnagas ( Juan Calatrava, trad.), Madrid, Abada Editores, 2012. [5]Santiago López Petit, Breve tratado para atacar la realidad, Buenos Aires, Tinta Limón Ediciones, 2009. [6]Giorgio Agamben, La comunidad que viene (J. L. Villacañas y C. La Rocca, trads.), Valencia, Pre-Textos, 2006. [7]Hito Steyerl, Is a museum a battlefield? 40 minutos, Amsterdam, Stedelijk Museum, 2013. [8]Georges Didi-Huberman, op. cit.
Algunos días empiezan libres de expectativas. Despertar porque tienes que hacerlo y porque la vida que te has construido lo exige. Estar ahí, sin saber si ese día será uno importante, si contará como uno más en la lista o si es completamente prescindible. De momento, cada uno se construye a sí mismo y esto cobra relevancia cuando los miramos desde una perspectiva más amplia, a la distancia. Hay días en los que el resto parece no tener sentido, en los que todo puede estar en contra, esos sólo pintan para ponerse peor. Otros en los que el cuadro es más prometedor y el rumbo está definido.
Durante algunos años escribí diarios cada noche, los peores días ocupaban siempre más líneas que los buenos. Las descripciones de peleas, sentimientos encontrados, expectativas y reclamos requerían más páginas que la descripción de un día ordinario. En cuanto los días mejoraron, abandoné las noches de escritura.
El día y la noche, el primero como posibilidad y el segundo como conclusión del primero, son la metáfora esencial del inicio y el fin. En la infancia, estos elementos son la noción de tiempo más inmediata. Al no tener una percepción precisa del paso de los años y los meses, despertar y dormir se convierten en el ritual de medición por excelencia.
A partir de lo anterior, busqué algunos libros que se vincularan con esta idea. Que en sí mismos plantearan un sentido propio de principio y final. Todas las formas narrativas llevan implícita esta noción, sin embargo hay obras que detallan el paso del tiempo como un proceso interno en los personajes. Que recorren el día como un camino que los transforma y salen de él convertidos en alguien distinto. En Los días raros,[1] obra ganadora del XVIII Concurso de Álbum Ilustrado A la Orilla del Viento, el narrador declara que hay algunos días raros que se hacen pasar por normales pero a los que en definitiva les falta algo o se siente que algo ha cambiado. Una sensación de tristeza irracional, una pesadumbre que, algunas veces, termina con el día y otras se aloja por una temporada larga. El ánimo es el filtro a través del que se mira al entorno de un niño que se consuela cuando recuerda que, eventualmente, esos días raros se aburren y se van para dejar que lleguen otros más felices. El mismo sentimiento que me invade cada navidad, el alivio de saber que falta un largo año para que vuelva a llegar.
En El árbol rojo[2] de Shaun Tan, un relato aparentemente similar, se narra el día de una niña solitaria en una vida sombría en donde nadie la escucha ni la entiende y en el que todo parece improbable. Un mundo en el que no encuentra su lugar y del que espera algo pero éste sólo la abruma. Sin embargo, después de un viaje interior vuelve al lugar donde inició el día y ahí mismo encuentra todo lo que buscó por largo tiempo.
El mundo infantil tiene pocas certezas, lo articula un desconocimiento del mundo que se refleja en las situaciones cotidianas.
Ambos libros entienden el día como una cruzada que debe librarse para llegar a la noche, así al día siguiente, una y otra vez. Los dos presentan al mundo exterior como una amenaza, un campo de batalla, un recorrido tortuoso que una vez atravesado ofrece posibilidades. El peligro de enfrentarnos a nuestras propias vidas. Noches de las que lo mínimo que se espera es una sensación de certeza o la esperanza de un futuro mejor. De conseguir la vida que queremos, despertar y que los días malos sean los menos a pesar de que para reconocer uno bueno es necesario haber vivido algunos terribles. Vivir en la noche para reconocer al día.
[1] Ycaza Roger y Heredia, María Fernanda, Los días raros, México, FCE, 2015 [2] Tan, Shaun, El árbol rojo, Barcelona, Barbara Fiore Editora, 2005.
El hombre sentado al piano tocaba con deleite apresurado. Sólo hacía falta escuchar un par de fraseos para figurarse sus finos modales en la mesa o la forma de sostener la pluma al escribir. El plácido bienestar burgués a menudo hacía que el tempo del arpegio de la mano izquierda sonara más alegre de lo que debía. Lo corregía, con más simulación que arte, para dejar sonar una melancolía polaca.
Le llamaba el cuarto rosa. Todas las paredes padecían de un ligero toque salmón que sosegaba las pasiones y entumecía la mirada. Además de exquisitos nichos de mármol y dinteles de caoba, había un biombo adornado con motivos orientalistas, dos puertas y un par de gabinetes de escritura.
La ventana, con molduras de madera clara y broches de hierro forjado, dejaba entrar, junto con una brisa estival y enrarecida, retazos del limonar en flor. Entre las hojas y frutos amarillentos descarados, el crepúsculo atraía a las moscas a beber la nectarina de azahar.
La diminuta sala a la izquierda estaba compuesta de una mesa central de café, sólida, de tres piezas y dos taburetes color melocotón. Dispuestos entre la mesa central, cómodas y gavetas de teca, un concierto de objetos: ceniceros, cortapuros, pipas, fieltros para juegos de mesa, bomboneras de cristal. Además, sobre el tresillo y taburetes, cojines en seda blanca con encajes y acabados de crochet.
Un juego de té de plata platinada conservaba el calor del brebaje ya en la tetera. La charola de madera forrada de terciopelo rojo estaba ricamente repujada con motivos primaverales: mariposas, madreselvas, jilguerillos y picogrodos. Las porcelanas con delicadas redes de flores pintadas a mano por algún diestro artesano de la China continental, eran de asa tan estrecha y frágil que sólo un dedo hábil podía beber de ella de forma cómoda.
El hombre sentado al piano miró el reloj de roble a su derecha. No lo hizo para averiguar la hora sino para percibir el tic tac. Utilizó como un metrónomo el péndulo dorado. Nada mejor que el tiempo para medir el desánimo eslavo de Chopin. El fraseo en clave de sol se desliza ligero y firme. La mano ondeaba sobre el blanco y negro como un remanso cristalino.
A la mujer sentada en la pieza de gemelos le relajaba el arrullo del piano. Pensó, aunque nunca lo dijo, que el piano es el instrumento perfecto para medir el tiempo. Se recargó con discreción en el respaldo del sofá y plantó sus pies —muy, muy juntos— de lleno sobre el tapete persa que encerraba la salita en un mandala. El piano es a la vez arpa y percusión. El tiempo se le desleía en los ojos grises, paseando la mirada entre las copias de Gallen-Kallela. Varios cuerpecillos desnudos y amarillentos, casi tuberculosos. Odaliscas fumadoras, finlandeses sombríos, pequeñas niñas pelirrojas mostrando sus curvas y pechos de marfil, una pobreza de bodegón. Además de los cuadros había una vitrina diminuta con una colección de numismática orquestada con espejos, etiquetas, números de catálogos y cajones de conservación. Había un ligero predominio de los marcos prusianos y flores de cuño de bronces del imperio napoleónico.
La mujer traía un vestido de algodón blanco que terminaba en la frontera de sus rodillas. Su bronceado era melancólico. Sin mangas, sus hombros estaban adornados con encajes que fracasaban en dar un toque infantil a su madurez. El rostro, redondo, sin ninguna particularidad más que una salpicadura de pecas perceptibles en la cercanía de un beso. Esbozaba una sonrisa que parecía haber estado allí desde siempre. Se divertía a ratos con el gato holgazán entre los muebles, dejándose acariciar por Chopin y la luz morena.
El nocturno terminó con un resoplido y el crujido del pedal al soltarse pareció aliviado, lacónico, exhausto de exhalar tristeza. El hombre dejó que el silencio se mezclara con el olor a limones, las moscas y los quietos suspiros de la mujer. Después de esta pausa de efecto, todavía con los dedos sobre las teclas del último compás, con una lánguida articulación, reinició la pieza. La misma. Nunca tocaba otra. Sólo el Nocturno No. 1 en Si bemol menor, Op. 9. A ella no le apetecía nunca escuchar ninguna otra.
Ella sonrió. El hombre no se percató de ello, luchando contra la suavidad de los piano fortes y pianissimos. Sólo cuando, con un aplomo descorazonador, el reloj de roble hizo sonar la campana, interrumpió la pieza. Eran las seis de la tarde, la hora apropiada para el té.
La mujer alargó la mano para coger una de las dos tazas y la tetera, mientras el hombre en el piano suspirando masajeó las manos en sus muslos. Con el solo movimiento de la mujer emanó el aroma, dulce y tibio, de sus axilas y pelo. Sirvió el té en la taza y la colocó en la bandejas, esperando a que el pianista decidiera acercarse. La bebida aromática dejaba flotar, entre su superficie ámbar oscuro, algunas zurrapas de hojillas resecas. Un té darjeeling del Himalaya que pedía, a pesar de su cuerpo frutal, una rodaja de naranja.
Él, con parsimonia y largura, se acomodó los puños de la chaqueta, cuidando su simetría y la altura respecto a su camisa. Se puso de pie. Caminó suavemente hasta ella que lo miró con la taza ante sus rodillas bronceadas —muy, muy juntas.
—Acompáñeme —le dijo con tono oficioso.
La mujer se molestó, pero cuando él la tomó de la mano y tiró de ella para que se pusiera en pie, lo hizo discretamente —alisando su vestido rojo con su mano libre—, obsequiando muecas de pasmo. Siguió al pianista en silencio.
La llevó hasta la puerta del armario —junto al biombo— con el pomo de bronce, grueso como un puño, florecido en lo liso del muro. La abrió e invitó a la mujer a entrar. Se despidió de ella con un murmullo, mientras cogía una sábana y le cubría la cabeza como a una lámpara. Ella murmuró una protesta. Después, una despedida. Con suavidad y cuidado cerró la puerta, echó la llave y la guardó discretamente en el bolsillo de su chaqueta.
Al acabar esto anunció a su esposa, con un toque de un timbre de mesa, que ya podía subir a tomar el té. El hombre se sentó en el sillón color melocotón, posó sus pies con delicadeza sobre uno de los taburetes mientras el lejano olor del limonar pudriéndose le llenaba la nariz y la taza de té humeaba bajo el sonido grave de las manecillas del reloj.
A partir de la reciente publicación en español de Nuevos territorios del drama, Édgar Chías entabla un diálogo con el dramaturgo Jean-Pierre Ryngaert para hablar de la escena teatral en México, los vicios de las instituciones centralistas y los mismos escritores. En este ensayo, el autor pone en escena las fallas del teatro contemporáneo nacional y aporta algunas ideas para crear vínculos continentales e internacionales.
De entrada, como debe ser, la ambición desmedida: es verdad que no puedo hablar de un campo tan amplio, desconozco la extensión total y la particularidad de cada caso —en América, la latina, cada país es un mundo, y cada teatralidad incrustada en el tejido geo-político-temporal, en los gestos culturales propios, produce sensibilidades y respuestas, si no radicalmente distintas, cuando menos divergentes. Voy a hablar de México, un país que, por cierto, está cambiando, pero que lo hace para conservar sus viejas formas —perversión de perversiones.
Quise usar la expresión para sugerir una imagen o, más precisamente, la sensación de solitud que nos embarga cuando son los presupuestos —seguramente malentendidos, sin duda alguna mal traducidos— de un viejo drama realista —al más puro estilo del siglo xix— los que nos arrojan a la periferia de lo no teatral, de lo no dramático, de lo sin derecho a existir en los escenarios institucionales del país. Voilà los gestos culturales de centralidad en la nación azteca.
Para que se entienda la soledad en —esta porción de— América y el sentido del diálogo con Nuevos territorios del diálogo, importante compendio de gestos de la textualidad (¿teatralidad?) contemporánea en México, se impone la presentación, bien que escueta, de algunos antecedentes.
La escena mexicana contemporánea ha sido refractaria a las transformaciones del drama y de la escena contemporánea mundial. Me gustaría decir que tal hermetismo obedeció a fuertes gestos, profundamente autónomos, de la teatralidad o del drama, pero no. Algunas conductas institucionales podrían expresar de forma sintética el estado general y las tendencias dominantes del drama y la teatralidad en México:
⇒La persistencia, en los centros nacionales de formación actoral, de las lecturas a veces distantes, generalmente fidelísimas del «método» stanislavskiano, con su implicación profunda: teatralidad de matriz verista decimonónica, escenarios figurativos y práctica actoral enmarcada en la presunta complejidad subtextual, las altas intensidades emotivas y el registro casi exclusivamente psicológico en la construcción de personajes que tienen una vida tan vasta y tan detallada como el actor mismo.
⇒La centralidad cultural emanada de la centralidad económica —modernidad dictatorial—, que ubica en los entornos urbanos, específicamente de la Ciudad de México, el epicentro teatral. La única compañía de representación «nacional», dependiente del Instituto Nacional de Bellas Artes, reside en la capital y su campo de influencia no excede, regularmente, los límites de Coyoacán. El repertorio enfatiza que somos periferia, pues en general es una revisión del repertorio mundial del que son centro Shakespeare, Chéjov y Brecht —sólo recientemente, como un afortunado descuido, algún autor nacional.
⇒La formación de numerosas generaciones de autores en el seno de talleres presididos por gurús que procuraron a ultranza la perpetuación de su estilo en la pluma de sus alumnos: clonación de modos y perspectivas dramatúrgicas ancladas en el cuadrante aristotélico-hegeliano, en la teoría genérica (había que escribir las obras, para que éstas fueran aprobadas por los maestros, ¡según la preceptiva que indica cómo es un melodrama o una tragedia o una tragicomedia!). Obvio, rigurosamente ceñidos a los componentes dramáticos tradicionales: fabulación, personaje y dialoguismo. Las instituciones desconocían (hasta hace poco) cualquier práctica divergente.[1]
⇒La ausencia de una crítica teatral lúcida, capaz de lanzar la mirada más allá del realismo corto de ambición nacionalista y de los presupuestos poéticos emanados de las dudosas lecturas de Aristóteles y la teoría genérica.[2] Más que críticos, la escena mexicana contemporánea ha negociado con un grupo de opinadores variopintos nada proclives a los lances teóricos organizados, ya no digamos científicos, capaces de dialogar y ponerse al día.
⇒La poca investigación teatral y de procesos académicos científicos capaces de dialogar con las creaciones actuales.[3] Hasta hace poco, toda investigación teatral estuvo dedicada a levantamientos históricos parciales y lejanos. No concebían utilidad alguna en estudiar dramaturgia o espectáculos que no hubieran sobrevivido al menos cincuenta años con éxito, según las escasas y estrábicas críticas periodísticas.
Ilustraciones de José Pichardo
¿Qué quedaba ante un panorama tan yermo? Pascal Quignard al rescate: ser Butes, no atarse, exponerse al canto de las sirenas para tirarse de cabeza a las aguas embravecidas. Dis-sedeo: des sentarse, moverse, ponerse en pie y saltar para llegar a donde pudimos no haber ido.[4] Y luego lo aberrante, lo híbrido, lo contaminado-contaminante. Lo que no se puede nombrar, lo que excede la realidad descrita y estable. Los desbordamientos negados, las prácticas anómalas que no pueden —según criterios estables de las instituciones— exhibirse en los escenarios del país porque no abrazan los usos tradicionales.
Luego la ruptura; luego, la escuela de la desobediencia.
A finales de la década de los noventa y principios de los dosmiles, se registró un numeroso grupo de autores que tenían en común la formación heteróclita, prácticas divergentes, anómalas, que pulverizaban los presupuestos estables del drama y de la composición dramática. Un puñado de locos furiosos —que tenía su equivalente sajón con el grupo al que malamente llamaron In Yer Face—. La sexta generación —también llamada injustamente la generación cerda—[5] de autores dramáticos presenta una serie de características que marcan un hito respecto a las camadas y generaciones anteriores:
⇒No se formaron bajo la tutela de los grandes maestros del realismo mexicano de cepa nacionalista, ni de los autores de la quinta generación —que se preocuparon por apartarse del eje temático dominante (la identidad mexicana) y por diversificar las estructuras fabulares, por reliteraturizar al diálogo (David Olguín); por introducir recursos del audiovisual en sus historias (Luis Mario Moncada); por inscribir los relatos históricos en fábulas que renunciaban a la linealidad trágico-narrativa (Jaime Chabaud); por recuperar a los clásicos desde una perspectiva actual, ágil y aparentemente despojada de densidad (Ximena Escalante).
⇒Dejaron de preocuparse por responder qué es lo mexicano, simplemente lo fueron.
⇒No abrazaron una poética homogénea y legitimadora ante las instituciones culturales y se agruparon en células periféricas de autopromoción y lanzamiento directo ante el público.
⇒Problematizaron sistemáticamente las estructuras narrativas de su tradición dramatúrgica mediata e inmediata; los sistemas de actuación; la puesta en escena como una puesta en pie de textualidades coherentes, institucionalizadas —realistas, figurativas, políticamente correctas— e incluso a la textualidad misma. Pusieron en jaque la forma de escribir y los objetos escritos llamados drama.
⇒Organizaron aislados pero cada vez más consistentes foros de reflexión y formación de un saber que aceptaron como inestable, en movimiento, en desarrollo y en diálogo natural con las teatralidades del mundo.
⇒ Llegaron de forma intuitiva —casi ninguno había tenido contacto directo con la escena y la dramaturgia internacional—, de forma contundente y afortunada, a desarrollos experimentales que se habían efectuado ya en etapas históricas anteriores y a aquellas que se desarrollan por contagio o por simultaneidad en las dramaturgias actuales (anunciadas y extraordinariamente descritas en Nouveaux territoires du dialogue).
Incluso algunos espectáculos de importantes compañías mexicanas con presencia en notables festivales internacionales (Teatro de Ciertos Habitantes, Teatro Línea de Sombra, Lagartijas Tiradas al sol) padecieron la incomprensión, la descalificación a priori, el anatema lancinante de los protectores del drama y del teatro idéntico a sí mismo: «no producir teatro, proponer erráticos balbuceos en los que la actuación —y por extensión el personaje— está(n) ausente(s); en los que no se cuenta claramente una historia y en los que los diálogos revientan la forma tradicionalmente aceptada». Más soledad, periferia, resistencia obligada. Tristemente irónico ha sido el hecho de poder establecer diálogos productivos y notoriedad fuera del imperio azteca. Pero sí: nadie es profeta en su tierra.
Y he aquí que aparece, en el horizonte de algunos disidentes mexicanos, el consuelo de no estar completamente solos en América.
Lire le théâtre contemporáin ( 1993), aún inédito en nuestra región, nos ofreció la posibilidad de vislumbrar otra perspectiva en los estudios teatrales al extender hasta el presente la lectura de los fenómenos escénicos y dramáticos. Cuando Ryngaert establece vínculos entre la tradición inmediata y las prácticas recientes, sin que medie entre ambos la idea de lo canónico —lo establecido, lo paradigmático que debe imitarse de forma dogmática para siempre jamás—, tuvimos un respiro. Sentimos la enorme necesidad de leerlo en voz alta, de llevarlo a los recintos universitarios para darlo a conocer, para pensar con él el teatro contemporáneo mundial y, por extensión, el nacional.
Abrir la mirada hacia otras teatralidades, sensibilizar a críticos, creadores y estudiantes teatrales que abrazan con fuerza sus certidumbres estables, no ha sido sencillo. ¿Cómo ampliar el marco de la discusión, incluso a nivel universitario, cuando un lector espectador «entrenado» simplifica su percepción diciendo que todo lo que no es realista es teatro del absurdo?
En ese libro, Ryngaert señala que la historia del drama no se ha consumado, que se trata de una historia en movimiento, y que si bien los autores de hoy no pueden dejar de pensar que deben encontrar su lugar en esa estrecha zona signada por el «después de Beckett» o el «después de Brecht», ese después es posible.
Ilustraciones de José Pichardo
Con Nouveaux territoires du dialogue (2005) y Le personnage théâtral contemporain: décompositión, recomposition (2006), M. Ryngaert nos ofrece como lectores distantes, pero profundamente interesados, un material valioso para las enardecidas discusiones en torno a la estabilidad y permanencia del diálogo y del personaje en la ficción literaria dramática mexicana. La amplia exposición, la precisión con que se nombran, explican y organizan en un breve pero certero inventario, fenómenos y prácticas, posibilita un acercamiento más claro a algunos autores europeos de la tradición inmediata, tanto como a algunos de ellos en continua producción, pero aún más. Estos esfuerzos sistematizados han de ser referente obligado para los estudiosos de estas tierras, quienes ahora pueden nombrar las estrategias escriturales de Legom (repetición-variación en Odio a los putos mexicanos); Alejandro Ricaño (diálogo conversacional en Más pequeños que el Guggenheim); Hugo Wirth (désemboatîment et tuilage en El día de la intolerancia); Alejandro Román (diálogo didascálico en La misa del gallo), etcétera.
Pero el alcance es mayor. Para efectos de la pedagogía dramatúrgica, los aspirantes pueden reconocer ciertos procedimientos descritos en las obras de Ryngaert para estudiarlos en relieve y en un ejercicio lector de dramaturgia comparada (en las obras originales tanto en aquellas de nuestra región lingüística en las que, a manera de eco, reaparecen los antiguos hallazgos).
La aportación del pensamiento de Ryngaert a los estudiosos y creadores mexicanos actuales es incuantificable. Ha de pasar un poco de tiempo para llegar a entender la amplitud de su influencia, pero ésta ya es un hecho; es real en tanto que los fenómenos que nombra y estudia están en el ambiente, en nuestros escenarios y libros de dramaturgia. También porque de forma oral se le ha citado para explicar, en una suerte de repetición-variación, un espectáculo a partir de sus estudios. Y porque hasta hoy se cita su pensamiento en los salones universitarios de avanzada, también en una especie de extraña coralidad, sólo mientras llegan, primero a nuestra lengua y luego a las manos de los ávidos lectores, los libros del maestro.
Ahora nuestra soledad americana se siente un poco acompañada por M. Ryngaert. Ahora, nuestros monólogos dislocados, aberrantes, ecolálicos, han cobrado sentido porque existe, aunque remoto, un generoso interlocutor.
[1]Es curioso cómo la forma de entender el teatro desde la institución se extiende a las conductas sociales de un gremio. Para prodigar estímulos económicos y espacios de representación, las instituciones solicitan a las compañías la garantía de un texto dramatúrgico-literario. Lo grave no es que no acepten como un hecho frecuentemente asentado que hay experiencias escénicas —muy logradas— que no partieron ni llegaron necesariamente a un texto (única palabra válida, la fija, la reconocida por la tradición) porque construyeron a partir de otra escritura, o escribieron en otro soporte; lo alarmante es que cuando se ofrece un texto que no está notado ni se adhiere a los códigos establecidos —que sueñan únicos y permanentes—, nuestros hábitos lectores no colapsan, no los entendemos y, por eso mismo, no los consideramos útiles o válidos. Algo parecido sucede en los premios nacionales de dramaturgia, que suelen otorgarse a conductas textuales estables, reconocibles, cómodas. [2]Aquella que emana de las lecturas místicas sobre los esfuerzos que van, en nuestra genealogía académica, de Rodolfo Usigli a Luisa Josefina Hernández, y de ésta a sus alumnos. Esta lectura genérica se ha detenido en siete marbetes permanentes que permiten cierto número de combinaciones que se desean suficientemente amplias como para no tener que anclarse a la realidad concreta de una geografía y de una época. La perspectiva genérica no se ha ampliado, diversificado ni actualizado, como si llegado un momento, nada pudiera aportarse a ese saber autónomo y completo en sí mismo. [3]Sería impreciso e injusto decir que la investigación teatral en México se ocupa toda de reconstrucciones arqueológicas, pero lo cierto es que aquella que se dedica a dialogar con la creación contemporánea es la menos y la más reciente en el panorama de los estudios de fondo. Sin embargo, cabe mencionar el excepcional trabajo que realizan Rodolfo Obregón, Rocío Galicia, Ileana Diéguez, Elvira Popova, Maricarmen Torroella, José Ramón Alcántara, Óscar Armando García, Josefina Alcazar, Hilda Saray, entre otros. [4]Mi francesismo es manifiesto. Butes, de Quignard (Sexto Piso, México, 2010), también llegó tarde, pero fue certero y valioso y era necesario. ¿Qué sería de nosotros sin literatura, sin filosofía, sin diálogos provechosos, aunque indirectos? [5]Generación cerda porque, según Fernando de Ita, crítico decano de la escena mexicana contemporánea, la Sexta generación —también marbete suyo, a partir del autor moderno al que considera el padre de la dramaturgia mexicana del siglo xx, Rodolfo Usigli— compartía la afición por la violencia como eje temático de producción. Una mirada atenta sobre la producción de los autores más notables de la Sexta generación (Legom, Bárbara Colio, Daniel Serrano, Conchi León, Mario Cantú, Édgar Álvarez, Carlos Nohpal, Hugo Wirth, Alejandro Ricaño y el autor de estas líneas) desmentiría fácilmente esa afirmación, arriesgada por su intención generalizadora. Véase La profesionalización de la dramaturgia mexicana actual, de Maricarmen Torroella.
El estilo no es irradiar belleza, sino tener algo que decir. Saber que el atributo principal no se sostiene por vanidad, sino por sinceridad y valentía. El estilo es un discurso bien armado en donde el vehículo es igual de importante. En ilustración se conforma en igual medida por la idea y por la solución técnica, por el contenido y no sólo por la forma.
En ilustración, cuya cercanía con el arte y con la comunicación es un arma de doble filo, el dibujante tiene en sus manos la responsabilidad de tomar postura y elaborar un discurso. El estilo es importante porque mediante su construcción consciente se pone en orden el mundo, se da a conocer la mirada del autor y se tienden puentes con otras formas de ver. Y el estilo es sensible, porque se basa en la experimentación de técnicas y metodologías creativas, que siempre están en movimiento. Por eso resulta imposible que existan dos imágenes idénticas; incluso aquellas que son plagiadas no quieren decir lo mismo.
Como muchos sólo buscan la belleza o la maestría en la técnica, las imágenes pueden resultar vacías y no mover al pensamiento. O estar tan pensadas que no conmuevan. El estilo se malentiende como algo formal, pero atraviesa forma y contenido, es la danza perfecta entre ambos. De ahí que haga falta valor para encontrar el contenido, pues éste se encuentra en uno mismo; y disciplina, pues sólo así el artista se apropia de la técnica, que es el vehículo del discurso. Es más fácil copiar que inventar, plagiar que encontrar qué decir. Por un lado por comodidad, pero también para no exponer nuestro punto de vista del mundo.
Los consejos que da Iris Apfel refiriéndose a la moda bien pueden aplicarse a quien busca un estilo en ilustración: es mejor ser feliz que ir bien vestido, no seas borrego y explota tu personalidad, educa tu mirada y no te aferres a tus pertenencias, huye de las reglas e improvisa, la belleza eres tú.[1]
En este sentido, el estilo es también identidad. Una vez, el ilustrador español Javier Zabala dijo en una conferencia que el estilo de Gabriel Pacheco le parecía muy europeo, que le llamaba la atención el uso de una paleta tan sobria cuando en México sobran los colores, las texturas, los vestigios arqueológicos y la vida natural. Pacheco, con quien compartía micrófono, le respondió que, aunque había nacido y crecido en México, su ventana de la infancia no daba a paisajes naturales ni a unas pirámides, sino a construcciones grises a medio acabar, a patios traseros de concreto.
En su respuesta, Pacheco se distanció de la mirada de Zabala y la completó; demostró cómo cada quien suele interpretar desde su propia experiencia pero que ésta se enriquece si se conoce el contexto de la obra. Me parece natural que Zabala interpretara la obra de Pacheco así, pues su contacto con la ilustración mexicana era nuevo. Al final, lo que se ve desde fuera no necesariamente corresponde con la realidad. Por otro lado, sugiere que un artista mire hacia adentro con la misma profundidad que hacia afuera. Y este rebote de interpretaciones pone sobre la mesa dos elementos que son materia prima para la ilustración: las influencias y referencias (el punto de partida de lo que hemos visto y nos ha nutrido) y la identidad y memoria (nuestros orígenes e historia personal).
Ambos ilustradores han despertado interés no sólo en el público general, sino en los ilustradores nóveles, quienes en principio se nutren de sus técnicas y visión, pero pueden acabar imitándolos. Al admirar a alguien, se busca parecerse a él en la elección de cierta técnica, soluciones gráficas y de composición, en temas y formatos. Se puede tomar a quien se admira como fuente de inspiración o como atajo para generar una imagen que, de convertirse en plagio, al final no diga nada. Pero lo mismo se puede imitar a quien se admira como terminar por imitarse a uno mismo. Este último caso no es tan distinto del primero. Una vez que se ha tenido un encuentro fortuito con una técnica, una manera de componer, una paleta que funciona, una forma de crear a los personajes, se puede caer en el punto de no retarse y repetirse. En ambos casos, se deja de pensar y por ende esas imágenes difícilmente conmueven a un espectador o comunican un discurso. Es la decisión personal de guardar silencio.
Hoy en día muchos están en busca de un estilo porque dicen que de esta forma es más fácil conseguir trabajo, ser identificados en el mercado. Entendido así, es posible producir sin experimentar demasiado ni cada vez que se empieza un nuevo proyecto. Tener un estilo ahorra tiempo. De ahí que el término de estilo sea visto como una fórmula resuelta que basta luego aplicar al infinito para vivir del oficio.
No es rara la proliferación de imitadores de Elena Odriozola, Gabriel Pacheco, Rébecca Dautremer o Javier Zabala, por citar sólo algunos. Lo que encanta a los ojos parece que es la forma, pero por eso cuando se replica una y mil veces no consigue provocar el mismo efecto. ¿En qué radica la emoción que causa una imagen? Por eso el estilo no sólo es forma ni habita únicamente en ella.
Si bien la ilustración es definida por muchos como un arte decorativo, los límites entre la ilustración y el arte, entre la ilustración y el diseño, se difuminan. Y el estilo no es otra cosa que la conjunción de ambos aspectos: una buena técnica que comunica un mensaje y que a la vez conmueve como pieza artística. Cuando un ilustrador ha encontrado algo que funciona, puede decidir dejar de buscar. Pero si deja de colocarse en ese espacio vacío que siente cada que se enfrenta a una hoja en blanco (a un nuevo proyecto, a un nuevo problema, a una forma nueva de solución), no habrá un encuentro consigo ni la creación de un discurso. Porque justo en ese momento amargo de vencer la incomodidad al vacío, aparece él a flor de piel.
Una vez Cecilia Varela me dijo que el trabajo de un ilustrador consiste en encontrar esos espacios de indeterminación en el texto que ilustra y hacer visible lo que es invisible pero está sugerido. No hacer literal una metáfora, porque la imagen ya está puesta en palabras, sino llevarla al extremo. Esa pieza añadida es la visión del ilustrador, su interpretación del texto pero también del mundo, que sólo puede construirse con su propio bagaje cultural y personal, con sus influencias pasadas y su identidad y con un discurso sincero.
Cuando Miren Asiain ganó el VI Catálogo Iberoamericano de Ilustración, confesó haber estado dudosa de concursar con esa serie, porque las imágenes no son lo que (en su mente) el mercado considera una ilustración, sino que se acercan más a la pintura. Cada imagen muestra un paisaje imponente con personajes diminutos. La originalidad y la sinceridad fueron premiadas. Miren Asiain, tomó un riesgo y fue capaz de hacer ver un recuerdo suyo y comunicar un sentir inefable. La serie con la que ganó viene de su nostalgia. Ella nació en el País Vasco y un viaje que duraría un año a Argentina terminó por convertirse en su hogar. Al extrañar su lugar de origen, evocó sus viajes a la montaña y creó las imágenes de memoria. Es ella misma, un pequeño ser inmerso en la naturaleza en una imagen renovada de Caspar Friedrich traída al siglo xxi.
Muchos aspiran a la originalidad, a tener un estilo propio, pero pierden de vista en qué consiste esa originalidad. El estilo es el discurso sumado a la forma en un sutil equilibrio. El origen es uno mismo, ser sincero con lo se quiere decir, de otra forma no queda más que un hueco con lindas formas y agradables colores, un adorno. Y un ilustrador siempre aspira a conseguir esa imagen que pueda envolver el alma, como lo consigue el patio trasero de la infancia de Gabriel Pacheco y a los campos anhelados de Miren Asiain. [1] Noelia Ramírez, «5 lecciones vitales que todos deberíamos interiorizar, según Iris Apfel», sección SModa, El País, 6 de julio de 2015. [Recuperado el 1º de agosto de 2015 de: http://smoda.elpais.com/articulos/iris-apfel-lecciones-de-vida-documental/6528]
Una obra de teatro no está completa hasta que logra escenificarse para los espectadores, lo que crea un vínculo comunitario que pocas disciplinas artísticas logran. Con esta premisa, Luis Mario Moncada decide preguntarse y documentar por qué La virgen loca, un exitoso monólogo, ha tenido tan buena recepción por parte del público y los actores, a la vez que entrelaza la importancia de producir y escribir biodramas.
La primera exigencia de la biografía, la veracidad, atributo pretendidamente científico, no es otra cosa que el supuesto retórico de un género literario, no menos convencional que las tres unidades de la tragedia clásica, o el desenmascaramiento del asesino en las últimas páginas de la novela policial.
Juan José Saer
Cuando me invitaron a dirigir a la Compañía Titular de la Universidad Veracruzana (UV) desconocía la historia de La virgen loca, un monólogo que estaba por cumplir cuarenta años, arropado por la mítica sentencia: «si no has visto La virgen loca no eres xalapeño». Hosmé Israel es su autor e intérprete, un hombre discreto perteneciente a la Compañía, quien no ha fallado ni un año realizando al menos una temporada o gira de la obra, siempre bajo la supervisión de Enrique Pineda, quien por esta puesta en escena fue consagrado con un récord Guinness como el director con más años al frente de una misma producción teatral. Con tales antecedentes era necesario organizar un homenaje que, a la vez, fuese una revisión sobre las repercusiones de un montaje que se ha mantenido vivo por tanto tiempo. Hay que decir que en cuatro décadas no ha decaído el interés del público, que la sigue con devoción. Aunque se le asignen pocas funciones al año, La virgen loca es la obra teatral más taquillera de Xalapa y su recaudación resulta siempre un alivio para las precarias finanzas de la Compañía.
Dado que un punto central del proyecto de trabajo que presenté a la UV consideraba abordar escénicamente la microhistoria y el biodrama, aprovechando como material de exploración el largo historial de la Compañía (una línea ya vislumbrada por David Gaitán en Béisbol), propuse que el resultado final del homenaje fuese un documental cinematográfico que atestiguara la relación que obra y público han tejido a lo largo de los años. Para ello armaríamos una temporada en Xalapa y una gira por diversas ciudades de Veracruz en donde la obra ya se hubiese presentado, entonces registraríamos en video las incidencias y los testimonios tanto de los creadores como del público.
El problema inicial que enfrentamos el realizador, Ricardo Braojos, y yo —que hacía de coproductor y coguionista—, fue que no conocíamos la obra y aún faltaban meses para que ésta volviera a escena, así que para darnos una idea decidimos verla en una grabación del año 2009. La experiencia fue, al menos en principio, decepcionante: el video desnudaba los aspectos más grotescos de una puesta protagonizada por una solterona que de la mañana a la noche ruega a San Antonio le consiga un hombre para aliviar su locura. Esa es, en bruto, la trama que durante ochenta minutos se desdobla en diversos estados de ánimo hasta bordar una locura que hace recordar los maullidos de una gata en celo. Refiero con la mayor honestidad mi primera impresión, compartida por Braojos, quien se preguntaba qué historia podríamos contar a partir de ese material. Como ninguno de los dos tenía una respuesta aproximada, quedó claro que una de las preguntas que el documental debía responder era qué fue lo que determinó que esta obra se haya convertido en un fenómeno perdurable.
Refiero este primer contacto con la obra como un momento crucial pues puso en evidencia el prejuicio chilango que nos impedía identificar, de entrada, los valores y virtudes de la representación o, dicho de otra manera, nos advirtió que ajustaramos las varas con las que acostumbramos medir a las obras contemporáneas.
Tratando de proponer otras lecturas, arriesgué una hipótesis que vinculaba el travestismo del actor que hace a La virgen —tácitamente aceptado por decenas y cientos de espectadores que asisten al teatro en compañía de sus familiares—, con una tradición de cambio de roles cuyos antecedentes se remontan al antiguo Totonacapan. Si logramos establecer este vínculo de aceptación —afirmaba—, comprenderemos por qué una obra transgresora, que surgió como burla de la doble moral y el conservadurismo xalapeño, se ha transformado en una comedia de costumbres. ¿Tendría la misma longevidad La virgen… si hubiera sido interpretada por una actriz? Para abordar estos tema entrevistaríamos a una antropóloga social especializada en estudios de género, cuyos trabajos están vinculados con la historia de Veracruz. Sin embargo, apenas iniciado el rodaje comprendimos que por ese camino no llegaríamos lejos. Prácticamente nadie entre los espectadores, ni siquiera el propio Hosmé, reparaban en esta hipótesis como un asunto relevante; algunos afirmaban categóricos que el travestismo no era tema en la obra y, en cambio, valoraban como una perfecta «convención teatral» que un hombre interpretase a una mujer under the influence. Hipótesis fallida o indicio de que el tema se aloja en el inconsciente colectivo (y requeriría otras formas de acercamiento), tuvimos que abandonar esa línea pese a la evidencia física de un hecho singular.
Para colmo, a medio rodaje quedó en entredicho la continuidad de la gira cuando no llegaron los apoyos solicitados. Es cierto que podíamos continuar por nuestros medios, pero después de recabar horas de entrevistas y funciones grabadas seguíamos preguntándonos de qué serviría acumular más gigas de lo mismo si no había un hilo conductor. Lo evidente era que no encontrábamos la narración oculta detrás de una noticia que, por sí misma, apenas daba para un reportaje.
A punto de tirar la toalla, encontramos el hilo durante una bochornosa tarde después de dar función en el puerto; mientras el actor expresaba su molestia por la intromisión del camarógrafo en plena representación —el barco ya hacía agua por todos lados—, el público jarocho comenzó a explayarse en las entrevistas repitiendo que el tema era la soledad del personaje, situación que les conmovía y les hacía recordar a personas muy cercanas. Hermanas, primas y tías solteras surgieron en el imaginario de los entrevistados, súbitamente sensibilizados por la tremenda soledad que, a su juicio, experimentan algunos de sus parientes. Por la forma en que se expresaban del personaje ficticio resultaba claro el reconocimiento de una identidad de la que nuestra virgen era símbolo. Después de revisar más tarde los testimonios, concluimos que la virgen representa a todas las señoritas a las que se les ha ido el último tren y en secreto esperan que se consume un milagro de amor o de lujuria.
Ilustraciones de Anotonio Muñoz, Porkus
En reuniones maratónicas redefinimos la ruta del documental y alcanzamos algunos acuerdos prioritarios para el seguimiento del proyecto: el primero —y quizás el más importante—, fue que mediante los testimonios fundamentaríamos que La virgen es vista y reconocida como un personaje eminentemente xalapeño; cuarenta años no pasan en balde y refuerzan la idea de que ella siempre ha estado aquí; es una persona a quien se menciona de vez en cuando y hasta se le ve los días de desfile. Para nuestra sorpresa, La virgen se convirtió de pronto en un ser de carne y hueso, con opinión propia. De ahí a tomar la determinación de entrevistarla fue sólo un paso. Lo hicimos en su propia casa, que no es otra que la escenografía que ella misma ha decorado por años. Sólo nos autorizó una entrevista, pero en ella nos contó muchas cosas de sí misma que Hosmé Israel no incluyó en la representación; en primer lugar, su nombre. Durante años Hosmé aseguró a cuantos le preguntaron que La virgen no tenía nombre o que si lo tenía nadie lo sabía. Por eso nuestro primer objetivo fue despejar la duda:
—Eduviges Altagracia —respondió sin chistar.
No fue Hosmé, sino La virgen, quien habló. Nos recibió en su habitual vestido blanco y con el mismo maquillaje recargado que le vimos en el primer video. Maquillaje teatral, hay que comprender, el único que tiene en casa. Durante la entrevista nos habló de la Xalapa vieja y sus costumbres religiosas; del año en que se inauguraron la Rampa y el Estadio, aunque nunca permitió que le preguntáramos su edad. Habló mucho sobre los caudales de su familia y la docena de ahijados que le cuelgan. También tuvo palabras para el actor: ese «muchacho que hace años vino a entrevistarme para una investigación de la escuela», según dijo.
De la película no podemos decir más porque no se ha exhibido. Pero del procedimiento sí porque ahí radica el interés de este artículo: problematizar el concepto de biodrama.
Eduviges Altagracia, mejor conocida como La virgen loca, es un personaje de ficción abordado en forma documental. En sentido estricto es el desprendimiento materializado de una experiencia real en la vida del actor Hosmé Israel. A partir de la noción saeriana que concibe «la ficción como una antropología especulativa»,[1] ponemos a examen la vida del actor y a través suyo llegamos a La virgen. Es casi un acto de espiritismo en el que Hosmé hace de médium para que La virgen salga a escena y nos hable desde su propia conciencia. De este ejercicio pueden surgir muchas especulaciones, pero una que particularmente nos interesa sugiere que, después de cuarenta años, en el mismo cuerpo habitan dos personas, dos conciencias antagónicas y complementarias. Ambas conforman una dualidad que va de lo masculino a lo femenino y de la luz a la oscuridad. El camerino es el portal en el que uno desaparece para dar lugar al otro. Maquillarse y desmaquillarse son la terapia de despresurización y adaptación a una realidad distinta.
Dicho de otra manera, durante cuatro décadas, un personaje al que todos conocen como La virgen ha soñado con encontrar a un hombre —el suyo, el que le ha sido reservado por San Antonio—, y cada noche el hombre que se muestra (sin mostrarse) es el propio Hosmé. De forma epidérmica y sutil, cada noche, durante una hora, La virgen se deja poseer por un hombre sin perder un ápice de su virtud. La obra, entonces, sería un ritual de vida y posesión para un ser ficticio. ¿Un acto de expiación?, ¿una provocación sensual? ¿Estará ahí la respuesta a la premisa sobre el fenómeno perdurable de esta obra?
Independientemente de los resultados de nuestra exploración —que tarde o temprano se verán—, diremos que el procedimiento ha sido estrictamente documental; nada ha sido instruido ni ensayado y sólo se le ha pedido al actor y al personaje ser ellos mismos y responder desde su propia conciencia.
Y a pesar de lo dicho, no ha dejado de sorprendernos la afición que tanto él como ella tienen hacia los pájaros finos y las aves canoras.
Si el biodrama es un género escénico que consiste en representar a «una persona real, viva, que habita en nuestra comunidad»,[2] nosotros damos por un hecho que este personaje que lleva tantos años residiendo entre nosotros cabe en las tres categorías.
«El rechazo escrupuloso de todo elemento ficticio no es un criterio de verdad»,[3] sentencia Juan José Saer en nuestra defensa.
[1]Juan José Saer, El concepto de ficción, Buenos Aires, Seix Barral, 2004, p. 16. [2]Arturo Roig y Hugo E. Biagini (directores), Diccionario del pensamiento alternativo, Buenos Aires, Biblos, 2008, pp. 69-70.
El teatro mexicano parece seguir modas relacionadas con la violencia, el sexismo y familias disfuncionales, a causa de la situación social y política de nuestro presente inmediato. Resulta inevitable preguntarnos, entonces, cómo y desde dónde escribir teatro ¿Quiénes son las nuevas voces de la dramaturgia mexicana y qué papel interpretan en el contexto actual?
Todo arte está relacionado con su contexto. Se dice que el arte siempre es político, sin embargo muchas veces busca huir de lo político para encontrar esferas más apacibles desde donde reinventarse. Esta búsqueda se puede ver en algunos montajes de las nuevas generaciones, pero hay dos cuestiones que llaman la atención: en primer lugar, cómo se instalan los temas de violencia, sexismo y familia disfuncional como parte del statu quo; en segundo lugar, la visualización del individuo como único ser en contraste con la idea del individuo como ser social.
Nuestro país es un espacio escindido en el que no existe homogeneidad cultural, ideológica, social ni política. Mientras en unas regiones del país se vive en apacible calma, en un territorio no tan lejano se viven apocalipsis que pocos escritores de fantasía podrían haber imaginado. El terror, la ira, la incertidumbre que viven unos, es la opulencia y consumismo de otros; de ahí que la relación de estos grupos sociales con la cultura y el arte varíe: muy cercana en algunos sitios, casi nula en otros. Si no establecemos estas diferencias no podemos crear un mapa claro de la realidad de nuestro país y por lo tanto del desarrollo de las escrituras teatrales, de las diversas teatralidades y de las formas de producción de cada región.
I. ESCRITURA PARA EL CONTEXTO, O CONTEXTO PARA LA ESCRITURA
En su Pequeño organon para el teatro, Bertolt Brecht escribió sobre la importancia de crear un teatro que genere diversión, pero marca una diferencia entre la diversión para una sociedad simple y otra para una sociedad compleja y científica. Además, argüía que no era posible seguir haciendo teatro clásico o de otros tiempos porque lo que se podía admirar de las obras antiguas era lo que las volvía modernas. Al igual que Antonin Artaud, creía en un teatro contemporáneo que le hablara al público de ese momento. Esta idea de vanguardia, de vivir en el presente para crear, es la misma que muchos creadores hoy aportan a la escena mexicana, un teatro actual.
Vivimos en un país en shock donde es fácil olvidar el día a día. Los problemas sociales, que hoy son civilizatorios y pertenecen tanto a un ciudadano japonés como a uno mexicano, están relacionados con las formas de producción del capitalismo, con los valores de éxito y con la profesionalización que poco tienen que ver con aquella idea romántica del arte de compartir.
La mayoría de los escritores teatrales y actores se ven como en ninguna otra época, impelidos a buscar soluciones económicas a su oficio, a vender su trabajo como un producto y a consumir arte en vez de contemplarlo.
Este contexto se contrapone a una pobreza histórica donde el arte teatral no es tomado en cuenta pues no surge desde la comunidad. La idea de que la dramaturgia viene de otro lado porque es traída hacia una comunidad o población específica siempre ha sido un problema para el teatro mexicano, pues no se trata de un arte que surja de la comunidad; es decir, tal vez otras expresiones teatrales como los carnavales, las fiestas, las pastorelas y las fiestas patronales y eclesiásticas mantienen lo teatral y buscan la representación de lo sacro y lo mundano, pero las expresiones que están relacionadas con la caja italiana, con la butaca, con el público, no pertenecen históricamente a este país, donde alrededor de setenta millones de personas viven para sobrevivir. Eso no quiere decir que no tengan gusto por el teatro, sino que no tienen acceso a él y, cuando lo ven, la repercusión del espectáculo en su comunidad es muy poca. Por esto es que el teatro en México se sigue preguntando cuál es su verdadera función, no sólo social, sino estética; no sólo política, sino ética.
Ilustraciones de David Fallow
Como primer intento de delimitar algunas esferas de creación de la dramaturgia joven mexicana, podríamos decir que ya no se trata de hablar de la creación de una generación, como se ha hecho en la historia de nuestro teatro, ya que la diversidad de temáticas y poéticas es tan amplia que parece difícil crear alguna generalización, pues lo que hay es una especie de escrituras y temáticas contrastadas, opuestas en muchos sentidos, donde, por un lado, encontramos la idea de identidad nacional en crisis, y, por otro, la contextualización de relatos periféricos que van siempre hacia la creación de los microuniversos o universos íntimos, que podrían generar una nueva especie de identidad, ya no nacional, sino individual.
En los últimos años, ante la lectura de cientos de obras teatrales, me he percatado que el tema de la familia y las relaciones de pareja cruza la mayoría de ellas. El amor y la violencia parecen ser un matrimonio disfuncional que, paradójicamente, funciona bien ¿Cómo lograr que los escritores abran el foco hacia otro tipo de relaciones, que pongan la mirada en otros lugares, lejos de la familia o las relaciones de pareja?
Sucede algo que es característico de los artistas que no logran separarse de la sociedad para poder mirar lo que realmente une a estos humanos. No se trata de mirar lo oscuro y perverso de los humanos per se, tampoco de buscar lo que es conflicto por naturaleza, pero la escritura teatral, al ser el texto la semilla generadora de un montaje, tiene la importante tarea de plantear la perspectiva, el punto de vista desde donde se observa cierto pedazo de realidad. Parece que los escritores teatrales —insisto, no sólo los jóvenes, sino también los de otras generaciones— están anclados en su realidad conyugal. No es que en otras latitudes no se hable también de la familia y del amor o el desamor; sin embargo, habría que preguntarse si esa tarea no la están ejerciendo de mejor manera la televisión y el cine.
Llama la atención que la referencia para los escritores no sea la realidad concreta de su día a día, sino la televisión y los arquetipos y roles que ésta propone, donde, generalmente, las mujeres y los hombres pertenecen a ámbitos distintos: el hombre es el proveedor y la mujer está en la casa. ¿No tenemos otros temas que tratar? ¿Realmente así vive la mayoría de las familias de este país?
En contraste, vemos obras focalizadas en los bajos mundos, los lugares marginales, burdeles, travestis y mucha violencia; una sociedad separada por roles, donde los hombres tienen amantes a quienes golpean y en las que la violencia no es tema, sino escenografía.
Estas formas de escritura teatral sólo son visibles a través de un velo ético. No pueden no ponerse en tela de juicio, ¿qué tanto suma la dramaturgia nacional al dispositivo hegemónico que marca el sistema social patriarcal e hipercapitalista que tiene poco que ver con la realidad social? ¿Dónde está la crítica del escritor que, como observador, no se deja imbuir por las reglas de doble moral de la sociedad a la que pertenece?
Lo cierto es que entre todos estos textos encontramos quién es capaz de mostrar algo más auténtico. No hablamos de innovación u originalidad, sino de una escritura cercana al autor que, con una visión crítica, con un punto de vista particular, nos muestra un pedazo de realidad, un trozo de universo que refleja y que nos hace viajar a lugares inexplorados por lectores o espectadores. Estas son las historias, estos son los textos que impactan en el inconsciente colectivo teatral, estas son las obras que trascienden y marcan tendencia. En esta línea, ha habido dramaturgos que tratan, sí, las relaciones familiares y el amor desde una riqueza de universo e imágenes mucho más complejas, como pueden ser Bárbara Colio y Alejandro Ricaño.
Estos autores han encontrado la fórmula para crear historias donde los universos y las relaciones se cruzan desde el realismo, pero con mucho de humor cinematográfico, lo que ha abierto las puertas a que sus textos sean montados con éxito en otros países.
Por otro lado, encontramos la escritura de otros autores que me parecen fundamentales por la profundidad con la que tratan los conflictos humanos: Édgar Chías y Ximena Escalante. El primero muestra esos lugares oscuros de los hombres y mujeres para exponer sus miserias a través de una escritura inteligente y ambigua, mientras Escalante hace lo propio en sus textos llenos de referencias al teatro clásico y de contextualizaciones bien logradas.
Gracias a festivales como el de la Joven Dramaturgia y las Semanas de Dramaturgia, la escritura teatral en México ha dado un impulso sin precedentes a los jóvenes creadores. La participación de escritores sub-35 en los Premios Nacionales de Dramaturgia, así como la representación de sus textos a lo largo del país, nos dan un panorama alentador en cuanto a la manifestación artística que surge a partir de nuevas licenciaturas en universidades de todos los estados de la República; sin embargo, el nivel de escritura y el rigor con el que se escribe, quizá porque la finalidad no es publicar la obra sino producirla escénicamente, hace que muchos de los textos parezcan inacabados, sin la complicidad de un editor.
De las licenciaturas de estas universidades sólo algunas de ellas tienen una rama en dramaturgia, además de que en muchos estados del país se carece de laboratorios de escritura dramática y de dramaturgos profesionales. La falta de constancia en la escritura dramática de muchos autores, o de actores y directores que se adentran en la creación de textos para la escena, hace que no se logre un mejor nivel en cuanto a los textos que acompañan las puestas en escena en distintos territorios, aunado a la rebeldía de muchos jóvenes de no tomar textos clásicos o de autores reconocidos a nivel nacional e internacional. Se percibe la falta de lectura en los mismos autores, lo que imposibilita su maduración.
En cada época, pensar en el arte como un oficio es indispensable. Las nuevas generaciones están encontrando caminos para convertir el oficio de la escritura teatral en su modo de vida, no sólo como parte del proceso escénico al que se enfrentan sino como escritores.
Ilustraciones de David Fallow
II. NUEVAS TEATRALIDADES Y PROCESOS DE PRODUCCIÓN INDEPENDIENTE
El texto dramático no sólo se escribe a priori a la puesta en escena, muchos surgen de la escena, del trabajo en laboratorios o de procesos de escenificación de un material previo. La investigación en este campo es cada vez más aliciente en el territorio nacional, pues en los últimos diez años han surgido grupos que se han consolidado a nivel internacional, referentes de la teatralidad contemporánea, que si bien no trabajan con un texto, si lo hacen con textualidades y dramaturgia.
La dramaturgia hoy significa también escritura escénica, escritura para la escena que se lleva a cabo, indispensable para crear una estructura coherente de una puesta en escena que explore otras zonas del teatro como el performance, el documento, el biodrama, el teatro testimonial o los trabajos que intervienen la realidad con dispositivos escénicos para cambiar las variables de cierto contexto.
Dichas exploraciones escénicas buscan cambiar modos de operación de cierta sociedad; utilizan las bases de la representación para crear nuevos modelos teatrales que utilizan la tecnología y la idea de representación, ficción y presentación para provocar algo en los espectadores, que muchas veces son partícipes de la creación, que ya no es piramidal, sino colectiva, donde la idea de dramaturgia, entonces, pasa también a formar parte del espectador, como hoy es denominado en algunas ocasiones lo que en un teatro cerrado se le llama público o audiencia.
En este sentido, el trabajo de Teatro Ojo ha detonado otras experiencias teatrales como Lagartijas tiradas al sol, Vaca 35 o Murmurante Teatro, en Mérida, que han repercutido en la comunidad y también generan proyectos escénicos a partir de la exploración que convierte al trabajo teatral y la investigación dramatúrgica en elementos fundamentales de la puesta en escena.
Parece que la relación directa con la escena provoca que la escritura se convierta en motor de búsqueda, una semilla generadora que se despoje de su tradición literaria para realmente volver a la escena, lejos ya del oficio de escritorio, con más fuerza y certeza.
Jóvenes dramaturgos como Diego Álvarez, David Gaitán, Gabriela Ochoa, Laura Uribe, Ángel Hernández o Mariana Gándara se abocan a la escena para generar textos insertos en la realidad poética de la escena que también dirigen, que no se entienden sin el trabajo precedente de Alberto Villarreal. Los procesos independientes o apoyados oficialmente de estos creadores abren puertas para los más jóvenes, pues podemos comprobar que las formas de producción, las escenificaciones y la forma de colaboración entre ellos y otras compañías crean colectividad. La nueva generación de creadores escénicos en México es menos jerárquica que las anteriores, necesitan más de la colaboración y del trabajo en conjunto. Vemos cada vez más compañías y menos actores en solitario en busca de un director, además de la creación de colectivos, y más espacios y grupos que buscan tener un discurso propio
Los retos para los jóvenes que salen de las carreras de actuación, dirección y dramaturgia son grandes, el panorama es esperanzador, ya que ante la crisis de las instituciones, que muchas veces limita la creatividad y el discurso político e ideológico de los artistas en México, la búsqueda de espacios independientes y producciones colectivas está logrando profesionalizar el trabajo de muchos artistas teatrales, los está acercando a la realidad que los rodea, a insertarse en sus comunidades para hacer un teatro más apegado a lo que se vive. La escritura dramática tendría que hacer lo mismo, aunque siempre exista esa idea del escritor como artista individual que genera literatura para después ser llevada a escena. Seguramente la escritura que se generará a partir de ahora será distinta a la de sus predecesores, porque la realidad es más contundente.
Con la llegada de los teléfonos inteligentes y las tabletas a nuestra cotidianidad, también han llegado un sinfín de aplicaciones, unas pueden resultar muy útiles mientras otras sólo son para pasar las horas de ocio mientras esperamos al amigo que siempre llega tarde. Muchas de estas apps son juegos que pueden consumir nuestro tiempo, siempre exigiendo un pago para hacer más placentera nuestra experiencia, pero también hay otras que tratan de innovar y dar un giro a las tecnologías. Concretoons Cartuchera, proyecto que busca crear videojuegos con base en textos literarios, trajo al mundo digital Mammut, de Minerva Reynosa y Benjamín Moreno.
Partiendo de la idea de llevar el poema a otra plataforma, este proyecto transporta la poesía al videojuego. Mammut está hecho en 8 bits, lo que nos recuerda la época cuando debíamos soplar un cartucho de Nintendo para continuar la hazaña de salvar, con la ayuda de un hongo, a una princesa eternamente secuestrada. El objetivo del juego es montar un pequeño mamut mientras que con un arma que dispara burbujas, intentaremos atrapar toda clase de objetos que aparezcan en la pantalla para poder obtener, con cada uno, un pequeño fragmento del poema-nivel. Mientras avanzamos por cada misión, un poema se irá construyendo en el fondo, pero no será tan simple, pues unos trozos blancos intentarán evitar que el poema completo se devele ante nuestros ojos. Cada nivel terminará cuando el poema se complete.
Mammut se podrá descargar a partir de este 7 de agosto desde App Store y estará disponible para iPhone y iPad.