No me debería meter demasiado en temas psicoanalíticos porque hay cosas que prefiero no saber, por un lado, porque es mejor no estar extremadamente consiente en situaciones angustiantes (como cuando viajo en avión), y por el otro, porque me gusta creer en la magia (como cuando viajo en tren).
En psicoanálisis, le llaman impasse al momento en que uno deja de avanzar en la terapia y es normal que todo paciente se tope con uno. Puede ser provocado por la ansiedad que genera la hoja en blanco, un auditorio real o potencial, o el miedo al vacío. Es parecido al estreñimiento mental, ¿cómo encontrar fibra para la imaginación?, ¿cómo darle un empujón al miedo a decir lo que se prefiere callar?
El impasse es un estancamiento que puede venir en momentos clave y se acompaña de angustia; en el fondo, es un acto en donde el paciente se niega a dar nada al analista. De ahí su similitud con mi previa metáfora escatológica.
En los procesos creativos pasa lo mismo. Aunque la escatología funciona, más bien imagino este proceso mental como un juego de azar. Como cuando en un grupo de personas, se tiene que decidir quién va a la tienda (por ejemplo), entonces se disponen, en un puño cerrado, varios palitos del mismo tamaño y sólo uno más pequeño; a quien le toque este último tendrá que hacer aquello que nadie más quiere hacer. El palito más corto es una sorpresa porque cuando uno tira de él esperando revelar más, este se queda corto y el impulso se sesga en un instante. Son intentos de vuelo que fallan, experimentos que no funcionan, pasos de baile que salen mal, ideas que se desinflan antes de sentirse completas y que no llevan a ningún lugar. Ese palito indeseable es fango.
Por el contrario, existe también el encuentro de un camino que nunca deja de extenderse, como esa frase que dice que uno empieza a escribir cuando su vaso se desborda. Nuestra mente es una presa de agua que abre y cierra para dejar —o no— pasar las experiencias. El impasse es no encontrar cómo abrir la presa o más bien saber que si se abre quizá se salga de control y la ciudad quede en ruinas. No todo desbordamiento es bueno o constructivo, tanto en terapias mentales como en procesos creativos.
Pero las ideas e impulsos también son como hilos que uno intenta jalar para siempre: descosernos como hilo de media. Hace unos días fui a una fiesta infantil chilena y sacaron una piñata adentro de un departamento. Me asusté pensando que todas las posesiones de esa familia podrían quedar destrozadas con los golpes fallidos del palo, pero me dijeron que allá la piñata tiene un hilo puesto en la parte inferior que el cumpleañero jala a ciegas para dejar caer todo el contenido, que no son dulces ni frutas, sino juguetes de fayuca. Encontrar ese hilo a ciegas no es tan distinto de encontrar una idea, salir del impasse que es la venda en los ojos.
El hilo en cuestión se parece a los trucos de magia en los que el mago saca de abajo de su manga (o de una cajita, según las variaciones) un listón infinito pero para ello necesita que el público aplauda o grite o lo nutra con sus voces. Ese listón me remite a la teoría del caos y al recuerdo de una maestra de fonología que aseguró que el secreto para entender el caos estaba en encontrar uno de sus cabos. Es el mismo secreto para desamarrar un nudo. ¿Pero será que todo tiene un principio y un fin?
Una idea no se gesta en un principio de algo, sino que viene calentándose desde quién sabe cuándo hasta que bulle y el vaso se derrama. ¿De dónde vienen las ideas? Aunque cada obra hable por sí misma, no está de más dejar un rastro de pan o guijarros por si en algún impasse se quiere reandar un camino creativo.
Tuve una maestra de escultura en la escuela de arte que nos dejaba hacer ejercicios con detonantes aleatorios y que, al presentar nuestro proyecto, nos pedía recrear el trayecto que habíamos seguido. Tocaba hacer un ejercicio de memoria para entender cómo habíamos dado con cierta solución y cuál había sido el punto de partida: una canción, la calle donde vivimos, un sueño, un personaje de una caricatura, una noticia en el periódico, un viejo amor, un color. Aunque después de eso venía la línea del tiempo trazada desde ese precedente hasta la pieza final, luego nos hacía irnos más atrás: ¿por qué ese color?, ¿por qué la calle donde vives?, ¿por qué ese personaje, esa noticia, ese sueño? Ahí empezaban a aparecer las asociaciones, las obsesiones, las fijaciones de cada quien. Entonces, por más abstracto que hubiera sido el punto de partida, aparecíamos nosotros, cada uno, frente a un espejo inesperado. Nos hacía confrontarnos con la materia prima, no con un afán psicoanalítico, sino para presentarnos con una vasta y sustancial materia a la que podríamos acceder cuando nos llegara un impasse o cuando conscientemente quisiéramos explorar, escarbar, experimentar y profundizar sobre temas pasados y presentes.
Todos tenemos una colección de temas y obsesiones guardados que aspiramos a encontrar cuando trabajamos para tirar de un listón infinito. Y aunque a veces, sin querer, saquemos el palo más pequeño, basta con volver intentar una y otra vez para que ese palo se convierta en listón, en agua derramada, en guijarros en una noche de luna llena.
A principios de siglo, Torreón, la ciudad más importante de La Laguna, fue escenario de uno de los sucesos más vergonzosos del país: la matanza de chinos, un genocidio casi olvidado por la historia nacional y por los mismos laguneros. En este texto, Daniel Herrera indaga por archivos fotográficos, periodísticos y literarios para hablar del contexto social en que se dio esta masacre y sobre los primeros indicios de sinofobia en México. Está versión complementa la publicada en nuestra edición impresa 207.
El escenario es el siguiente. Torreón, 1911, una ciudad que se había desarrollado en menos de veinte años como casi ninguna. Creación y orgullo de Porfirio Díaz, representaba la multiculturalidad y el apogeo económico de la modernidad que el dictador intentaba introducir al país. Sobre lo primero, a pesar de los mitos laguneros, apenas había un 5% de habitantes extranjeros en la ciudad; respecto a lo segundo, a pesar de la afluencia de dinero, la ciudad estaba inmersa en un polvo que parecía talco, tan ligera que se levantaba con apenas el paso de los caballos.
Era una ciudad en crecimiento pero con muchos pobres que observaban a los ricos comerciantes y clasemedieros contonearse por las calles.
En una de ellas, el 15 de mayo, un soldado maderista tomó a un muchacho chino de doce años por las piernas, lo levantó y lo estrelló contra un poste de luz. La cabeza hecha pedazos y el cuerpo lacio. Después fue aventado con los otros muertos.
La historia de Torreón está salpicada de escenas sangrientas. A pesar de que recibió atención durante los últimos años del sexenio de Felipe Calderón, por las masacres en distintos bares y una quinta, no son estos los únicos momentos en que la violencia y muerte han visitado las avenidas de esta joven ciudad industrial.
Además de las cuatro tomas realizadas durante la Revolución, tres de ellas protagonizadas por Francisco Villa y cada una más violenta y sanguinaria que la anterior, en marzo de 1929 Torreón posee el vergonzoso récord de ser la primera ciudad del país bombardeada desde el aire.
También existe otro récord, más vergonzoso que el de 1929: en 1911, de forma sistemática y organizada, la boyante comunidad china que vivía en Torreón fue exterminada. Es quizá, como dice Julián Herbert, autor de La casa del dolor ajeno, libro que aborda ampliamente el acontecimiento, la matanza «más cuantiosa y cruel en la historia de todo el continente americano. Fue, en el sentido cabal de la palabra, un genocidio».
La caída de Torreón es parte fundamental del triunfo de Madero; aun así, el genocidio que sucedió ha sido casi ignorado tanto por la historia nacional como por los laguneros. A excepción de varios esfuerzos que consisten en múltiples textos, la curaduría fotográfica que realizaron Adriana Gallegos y Carlos Castañón en la exposición 303 La matanza de chinos en Torreón, y el libro más completo sobre el tema, Entre el río Perla y el Nazas, de Juan Puig.
Generalmente atribuida a Villa, y sin buscar quitarle al bandolero su gusto por el asesinato y el robo, este pequeño genocidio tiene otros protagonistas y, además, demuestra una característica escondida dentro de la idiosincrasia lagunera que algunos todavía niegan.
Tres días de muerte
Antes de 1911 ya existían expresiones antichinas tanto en La Laguna como en el país. Julián Herbert, por ejemplo, rescata el informe de la Comisión Romero creada por Porfirio Díaz para investigar si la inmigración china afectaba de alguna manera al país. Con un claro ánimo sinófobo, los resultados de la comisión explicaron que esa inmigración no era conveniente para México. Ricardo Flores Magón llegó a la misma conclusión, cuando en 1906, palabras más, palabras menos, se preocupó por la pérdida de empleos mexicanos a manos de los chinos. Durante los festejos de los cien años de la Independencia en Torreón, casi como presagio, algunos negocios chinos fueron apedreados. La xenofobia se respiraba tanto en el aire que el representante de los súbditos del imperio chino en la ciudad, Woo Lam Po, después de reunirse con los dirigentes del área, mandó imprimir un volante en chino donde les advertía a sus compatriotas no sólo de no participar en las acciones militares, sino, incluso, de no oponer resistencia en caso de saqueos.
Cuando los revolucionarios maderistas, por llamarles de alguna manera, se encontraban a las puertas de la ciudad, los chinos se habían encerrado a cal y canto con la esperanza de que la revolución pasara sin tocarlos.
El 9 de mayo, Gómez Palacio y Lerdo, dos de las tres ciudades más importantes de La Laguna, estaban tomadas por los maderistas. La batalla por Torreón era irreversible y ambos bandos, federales y revolucionarios, se prepararon para librarla hasta la derrota.
Las acciones comenzaron la mañana del sábado 13 de mayo. Grupos de soldados mal organizados, la mayoría pobres sin nada que perder, se apostaron alrededor de la ciudad. Entre los dirigentes se puede nombrar a Benjamín Argumedo, un campesino de Matamoros, Coahuila, quien atacaría por el oriente, por El Pajonal; Sixto Ugalde y Orestes Pereyra, también laguneros, uno herrero y el otro peluquero, entrarían por el suroeste, específicamente por el río Nazas; Juan Ramírez atacaría por San Joaquín; finalmente, José Agustín Castro, héroe de Gómez Palacio, herrero de profesión, ingresaría por el panteón que se encontraba a las afueras de la ciudad. Este último era el jefe militar de la región junto a Emilio Madero, hermano de Francisco I. Madero y quien tenía la mayor responsabilidad sobre las tropas que atacarían la ciudad y su relación con los residentes.
Dentro de la ciudad, el general Emiliano Lojero organizaba a sus soldados para defender la plaza. Zanjas, trincheras, análisis de la zona, apostamiento de vigilantes y soldados en áreas estratégicas fueron las órdenes del veterano general. En todos los textos que se pueden encontrar sobre esta matanza se hace referencia a un grupo de soldados federales llamados Los Amarillos, cuyo nombre oficial era los Voluntarios de Nuevo León. El apodo proviene del color caqui de su uniforme y, por su desempeño durante la batalla, se podría afirmar que estaban bien entrenados. Estos hombres se desperdigaron por el oriente de la ciudad, a lo largo del ferrocarril Coahuila-Pacífico y también sobre el techo de la huerta Do Sing Yuen, propiedad de un rico inversionista chino llamado Woon Foon-chuck. Cuando se retiraron de la zona esa misma noche, dejaron indefensos a los hortelanos chinos y éstos sufrieron la rabia sembrada en los rebeldes por las dificultades para tomar El Pajonal.
Éste no fue el único lugar donde los francotiradores federales se apostaron; Herbert indica que también lo hicieron sobre los edificios más altos de la ciudad: «el Casino de la Laguna, el Banco Chino, la Sociedad Reformista, los almacenes Lack y Buchenau y La Prueba, la Lavandería de Vapor Oriental».
Desde el ras de suelo o edificios bajos, los soldados federales recibieron fuego de parte de los simpatizantes maderistas que vivían en la ciudad. El ejército del gobierno la tenía complicada, apenas setecientos hombres contra una masa semiordenada de más de dos mil personas.
El ataque inició a las diez de la mañana. Los primeros en caer, al parecer, fueron civiles. Después los muertos comenzaron a contarse por decenas en ambos bandos, pero mucho más nutrido del lado rebelde.
Los federales, aunque estaban bien instalados, sufrieron varios descalabros. Su mayor problema era la escasez de parque, y esto terminaría obligándolos a retirarse de la ciudad.
La batalla fue encarnizada y durante ese día pueden contarse los primeros muertos del imperio oriental. Herbert afirma que tal vez algunos murieron intentando escapar del nutrido fuego al desplazarse de las hortalizas rumbo a la ciudad. De lo que se tiene mayor seguridad es de que los aterrados campesinos cantoneses se refugiaron en sus, probablemente, pobres casas. Dice Herbert que fueron asaltados tres veces: «llegaba una cuadrilla revolucionaria de Lerdo y les quitaba legumbres y herramientas, luego otra de Gómez Palacio y los despojaba de ropas y centavos, y al final venía una tercera columna procedente de Matamoros o Viesca o Mapimí y los encueraba, azotaba o apuñalaba porque ya no tenían nada que dar». Es factible que la reacción de estas primeras víctimas fuera por completo pasiva, y entregaran todo sin defenderse. Quizá los primeros muertos decidieron resistir los asaltos. Los sobrevivientes fueron encerrados en establos y caballerizas, sin agua ni alimento.
Esa noche cayó una tormenta. Aunque la zona es desértica, a veces llueve como si las nubes de todo el país llegaran a descargarse sobre la ciudad. Los chinos que corrieron buscando salvar su vida quedaron ahí, entre las acequias, desangrándose en el lodo. Varias decenas fueron asesinados y así comenzó la matanza.
El domingo 14 de mayo recomenzó la batalla temprano por la mañana, aunque atenuada por la inmensa cantidad de muertos en ambos bandos. También la noticia de los chinos asesinados corrió por la tropa. Herbert afirma que es poco creíble suponer que los líderes, Jesús Agustín Castro y Sixto Ugalde, no hubieran escuchado sobre los asesinatos que ocurrían en El Pajonal, al oriente de la ciudad.
Justo ese lugar fue el que vivió más intensamente el segundo día. Los Amarillos intentaron retomar sus posiciones pero de nuevo retrocedieron a la Alameda. La batalla duró hasta la tarde. Por la noche, más soldados que llegaron de Gómez Palacio decidieron divertirse con los campesinos chinos que habían sobrevivido encerrados desde la noche anterior. Los juntaron en un descampado y, entre carcajadas, comenzaron a dispararles. Algunos cayeron heridos, pero ninguno quedaría vivo. No sólo les dispararon en el pecho o en la cabeza, también, ya muertos, los desmembraron. No sé si es posible partir a un hombre a la mitad amarrándolo a dos caballos que caminan en direcciones contrarias. Pero los testimonios recogidos por investigadores de la época y por distintos historiadores contemporáneos indican que los rebeldes lo hicieron. Lo que sabemos es que esos hombres tuvieron a su disposición otros seres humanos y los torturaron hasta la muerte. Porque sí, porque los chinos eran pobres y eran extraños y serios y alejados de la virgen y de dios y de la iglesia, porque era fácil y estaban aburridos. Incluso mataron a un ranchero llamado Francisco Almaraz, quien les reclamó por la brutalidad y ellos decidieron que acompañaría a los chinos en su destino. Su cuerpo inerte fue aventado con el de las víctimas que intentó proteger. Herbert, en entrevista, menciona que fueron apenas cinco los mexicanos asesinados por intentar defender a los chinos, incluido el ranchero Almaraz.
Los historiadores y sus fuentes indican que ahí hubo ochenta y cuatro campesinos asesinados. Probablemente fueron enterrados en una fosa común cercana al panteón. De ellos no hay nombres, pero de los muchos otros chinos muertos al día siguiente sí los hay. Aun así, tal vez por la lejanía dialéctica, no nos dicen nada. De la misma forma en que a aquellos hombres no les significaba nada descargar su furia y resentimiento contra los individuos más débiles de la ciudad.
A las tres de la mañana del 15, los soldados federales ya habían dejado Torreón. Comenzaron a retirarse a partir de la medianoche; la falta de armamento y la cantidad abrumadora de rebeldes maderistas que se encontraban en toda la ciudad hacían imposible la defensa. La salida fue sigilosa al principio, pero en algún momento, a las afueras, tuvieron que abrirse camino frente a las fuerzas rebeldes. Habría que imaginar la tierra lodosa, irregular, el enemigo disparando y, en medio de la oscuridad, correr al mismo tiempo que se rechaza el fuego contrario. Pues bien, eso fue nada frente al infierno que estaban a punto de vivir trescientos tres chinos.
Al día siguiente, los primeros en enterarse de la retirada federal fueron el expresidente municipal, Francisco A. Villanueva, quien en ese momento era recaudador de renta, y el cónsul estadounidense George C. Carothers. En lugar de negociar con los maderistas, los dos decidieron encerrarse, algo comprensible para ellos, quienes temían que los primeros rebeldes llegaran a la ciudad. Eran las cuatro de la mañana.
Una hora después, algunos hombres a caballo entraban a toda velocidad, disparando al aire y dando gritos, recorrían deprisa un par de cuadras y salían lo más rápido posible. Esperaban una emboscada. Todavía no sabían que la plaza estaba indefensa.
Cuando descubrieron que lo único que recibían eran vivas de los maderistas dentro de la ciudad, el grueso de los hombres que estuvieron combatiendo los dos días anteriores se internó rumbo a la plaza principal. Nadie los recibió a balazos, no había ya enemigos. Entre ellos seguro estaba Benjamín Argumedo.
Lo primero que hicieron los vencedores fue incendiar el Palacio Municipal, liberar a los presos y emborracharse con vino adulterado que estaba almacenado en el edificio gubernamental y que esperaba una resolución: tirarlo o devolverlo a quien lo había enviado a la ciudad. Después, los soldados y los pobres se internaron en todas las cantinas o bares que estaban a su disposición. Apenas salía el sol y la turba ya estaba borracha. Los primeros que bebieron el vino adulterado cayeron enfermos en la misma calle. Las acusaciones brotaron: los chinos habían envenenado el vino, el agua y la comida.
Algunos locales también ayudaron con la rabia antichina. El único personaje que fue arrestado ese mismo día por incitar a la matanza, el yerbero y comerciante José María Grajeda, fue visto con una bandera mexicana en la mano izquierda, montado en su caballo y gritando «¡A matar chinos, muchachos!».
A las seis de la mañana se festejaba la victoria en la plaza principal con el saqueo. Los maderistas habían prometido todas las riquezas de la clase alta de Torreón a los rebeldes.
Herbert afirma que los primeros negocios en ser saqueados fueron La Prueba, de Tomás Zertuche Treviño, y La Suiza, de Guillermo Peters. Pero pronto los olvidaron para volcarse contra la comunidad china: «no fueron asaltados “algunos de sus negocios”, sino todos. Y no solamente sufrieron pérdidas materiales: la turba y los maderistas asesinaron a sangre fría a todos y cada uno de los cantoneses que encontraron».
Benjamín Argumedo se acercó a los pobres que estaban saqueando los negocios y les preguntó desde cuáles azoteas habían estado disparando los federales. Todos los edificios a los que apuntaron eran dirigidos o propiedad de chinos. Así, frente al Banco Chino, Argumedo ordenó a sus hombres matar a todos los cantoneses que encontraran.
Es claro que los chinos no dispararon, pero el rumor se esparció rápidamente.
La turba arrasó con todo edificio que tuviera alguna característica oriental: la Compañía Shanghai, ubicada en el primer piso del banco, trece chinos asesinados con cuchillos y hachas en la calle; tercer piso, muerte a balazos de todos los empleados, a dos los cortaron en pedazos; Club Reformista Chino, todos los residentes del club, quince o dieciséis, asesinados; otros negocios pasaron por lo mismo, Herbert y Puig enumeran: las tiendas de Yee Hop, la de Wing Hing Lung, la de Quong Shin, la de King Chaw, El 2 de Abril, La Ciudad de Pekín, la Zaragoza, El Nuevo 5 de Mayo, El Vencedor, El Quince Letras Chinas, el restaurante Park Jan Long, El Puerto de Ho Nam, El Pabellón Mexicano, la lavandería El Vapor Oriental y otros negocios ubicados en el mercado local El Parián.
De casi todos ellos sacaron cadáveres u hombres vivos para lincharlos en la calle. Morían con balazos en el corazón o en la sien, con machetazos o sablazos en medio de la cabeza. Esto demuestra la falsedad de las acusaciones maderistas, ninguno de ellos murió de forma distinta. La posición de las heridas señala que estaban de pie y a poca distancia de sus verdugos. Si acaso alguno de ellos disparó un tiro fue en defensa propia.
En medio de la matanza, unos niños patearon las cabezas de dos cadáveres. A algunos cadáveres los amarraban a los caballos y eran arrastrados por las calles. Cuando se descubrió que algunas de las víctimas llevaban sus ahorros en los calcetines, cada vez que algún cadáver era arrojado a la calle, la turba se amontonaba desnudándolos en busca de la riqueza. El éxtasis asesino llegó cuando, de pronto, desde una ventana del edificio Wah Yick un hombre, probablemente un lagunero, aventó a la calle la cabeza de un chino.
La matanza fue amainando porque ya no quedaban chinos por matar ni negocios orientales por desvalijar. Los jefes maderistas, Emilio Madero, Orestes Pereyra, Sixto Ugalde y Jesús Agustín Castro seguían sin aparecer. Es muy probable que alguno de ellos estuviera enterado de la matanza. No fue hasta las diez de la mañana, más o menos, cuando Emilio Madero, junto a Orestes Pereyra y Jesús Agustín Castro, entraron a la ciudad y prohibieron la matanza. Pero, como escribe, Puig: «Los últimos soldados revolucionarios que entraron en la ciudad […] empezaron entonces a tratar de contener la matanza y el saqueo. […] No empleaban otro método que el de la persuasión, el cual por muy enérgica que la quisieran hacer, tardaba mucho en surtir efecto entre sus interlocutores».
La matanza no terminó hasta las cuatro de la tarde, ya con ejecuciones aisladas. El saqueo consistió en cincuenta y nueve casas y trescientos tres muertos. Se sospecha que el más chico de ellos tenía doce años. Ninguno participó en la batalla.
Quedaron doscientos setenta y ocho sobrevivientes, quienes tuvieron que sufrir distintas vejaciones al ser llevados a la maderería Arce en Gómez Palacio, en donde fueron tratados como presos en campo de concentración. Después de la matanza, la comunidad china prácticamente desapareció de Torreón, la mayoría huyó a Chihuahua o a Estados Unidos.
Todos contra todos
Converso a la distancia con Julián Herbert. Él vive en Saltillo. Investigó múltiples fuentes, platicó con distintos historiadores, se zambulló en la historia local para escribir un libro sobre este genocidio. Afirma que puede entender la idiosincrasia lagunera de forma crítica pero no alcanza a observar todas sus orillas.
Su libro tiene una perspectiva clara: demostrar que la clase dirigente de la ciudad intenta manipular la historia de Torreón. Ellos, explica, son los primeros en sostener «la historia de bronce», esa donde se dice que los asesinos no eran de aquí, sino un grupo de salvajes que seguían a la tropa. Un fragmento de sus pruebas es una entrevista que hizo a Silvia Castro, directora del Museo de la Revolución de Torreón.
Tampoco deja atrás al resto de la población. Ellos también crearon un mito: «La cultura popular se ha lavado las manos de otra manera, concretamente, culpando a Francisco Villa, quien, como sabes, no tuvo ninguna vela en ese entierro».
El asunto, desde mi perspectiva, se pierde por otros prejuicios. Por un lado, si a la clase alta lagunera le interesa esconder cadáveres en el clóset, dudo que sean de chinos. Algunos historiadores locales, como la directora del museo, tal vez expliquen la matanza como una acción aislada perpetrada por una «troupe de pícaros», como dice Silvia Castro a Herbert. Pero he visto que la versión más aceptada es que los asesinos fueron laguneros pobres y algunos clasemedieros, mezclados con personas de otros lugares. Es improbable pensar que la matanza y el saqueo, por sus dimensiones y minuciosidad, provenga de personas ajenas a la región.
Por otro lado, la versión popular apenas circula. Para la mayoría de los laguneros, al igual que para el resto del país, este genocidio jamás existió. Tal vez esta ignorancia viene de cierto racismo velado.
Esta perspectiva también la comparte Herbert. Queda claro que el pueblo mató a los cantoneses, pero no fue espontáneo, «sino tras la construcción de un imaginario xenófobo que llevaba décadas de existir y cuya primera articulación documentada proviene del gobierno de Porfirio Díaz y de los prejuicios raciales de la burguesía mexicana en general y particularmente de la lagunera».
Y aunque los pobres podían tener sus razones, como seguir las tesis magonistas citadas arriba, para Herbert esta visión no está peleada con la ideología dominante, «tratarlas como si fuesen dos entidades sin posibilidad alguna de mutua contaminación es, por decir lo menos, una ilusión. Y, por decir lo más, una manipulación de la historia».
Pero quizá lo más inquietante es que esta violencia de laguneros contra laguneros, que viene a romper con el feliz mito de que somos amables e incluyentes, tiene su punto más álgido y terrible en eventos recientes. La Laguna vivió uno de sus peores momentos por varios años gracias a la lucha del narco impulsada por Calderón. Las balaceras, ejecuciones y persecuciones eran comunes de día y de noche. Durante el 2010 vimos con horror distintas masacres. Los muertos oficiales eran pocos, pero los testigos siempre contaban más de los que aparecían en los periódicos.
Meses después nos enteramos de que los sicarios eran presos del Cereso de Gómez Palacio, quienes eran liberados por la noche para perpetrar las matanzas y regresaban a la prisión al amanecer. Eran hombres de la región, como los sicarios del otro bando, quienes vivían en los cerros del poniente, mudos testigos de las distintas batallas que ha vivido Torreón. Aquí es donde, me parece, Herbert no descubre ningún hilo negro. Ya sabíamos que somos autodestructivos, que entre nosotros nos hemos asesinado desde hace tiempo. El autor logró leer de cerca a los laguneros, pero no terminó de medirnos por completo.
Como epílogo a este genocidio existe una disculpa que tampoco terminó bien. Lo cuenta Herbert . En el 2011 el doctor Sergio Corona Páez, cronista oficial de Torreón, impulsó a través del ayuntamiento un acto de desagravio: redactó una disculpa histórica que entregó públicamente a una misión diplomática china invitada a la ciudad. En el mismo acto, una placa luctuosa fue colocada en un muro del edificio conocido como Banco Chino y la efigie en bronce de un hortelano cantonés fue instalada en el bosque Venustiano Carranza.
Al parecer el encargado de la misión diplomática no sabía nada sobre la matanza, pero recibió la disculpa de todas maneras. En otoño del mismo año, la placa desapareció del edificio y la escultura fue removida de su base. La explicación más clara es que durante esa época, mientras las balaceras y ejecuciones arreciaron en la región, los ladrones de placas, monumentos y tapas de coladeras lograron robarse casi todo para venderlo «al kilo». Casi todas las esculturas, bustos y placas eran de bronce, y pocas salieron indemnes. Una consecuencia más de enfrentar al narco.
Tal vez la escultura del campesino cantonés fue demasiado pesada para sacarla del bosque; las puertas giratorias complicaron el hurto. Al parecer fue regalada por el alcalde de entonces, Eduardo Olmos, al representante de la comunidad china local, Manuel Lee Soriano.
Mientras la ciudad parecía derrumbarse y poco después, tambaleante, comenzó a resurgir de donde se había escondido, los locales de comida china cuyos dueños son inmigrantes de aquel país comienzan a multiplicarse, uno tras otro, lenta y silenciosamente.
Bibliografía.
Corona Páez, Sergio Antonio, 99 años del genocidio, junio 2010, http://cronicadetorreon.blogspot.mx/2010/06/99-anos-del-genocidio.html
De Mora, Juan Miguel, Gatuperio. Omisiones, mitos y mentiras de la historia oficial, México, Siglo Veintiuno Editores, 1993.
Herbert, Julián, La casa del dolor ajeno. Crónica de un pequeño genocidio en La Laguna, México, Random House, 2015.
Pérez Jiménez, Marco Antonio, El relato de la matanza de chinos en Torreón, Coahuila (mayo de 1911) y el antichinismo en el México revolucionario; tesis de maestría en Historia de México, UNAM.
Puig, Juan, Entre el río Perla y el Nazas. La china decimonónica y sus braceros emigrantes, la colonia china en Torreón y la matanza de 1911, México, CONACULTA, 2012.
Como cada primavera, regresaron las pesadillas. Habían pasado tres años desde que se lo llevaron y, puntualmente, como un reloj, Ulises regresaba en sueños a visitar a su madre acongojada:
Mamá, en el viento hace un calor de peces dorados.
Los mensajes nocturnos que recibía Rosa María de boca de su hijo desaparecido no tenían sentido:
Mamá, Dios es un juguete de la necesidad.
Eran apenas diálogos parecidos a esto, tenebrosos por poseer algún tipo de lógica torcida, pero lógica al fin. Inaprensibles, simbólicos, no tenían un significado exacto y eso la atormentaba.
Durante mucho tiempo ella se esmeró en buscar una señal, una pista en estas frases desperdigadas que iba anotando en una libreta, al despertar. Alguien le había dicho que una madre y su hijo comparten un lazo inquebrantable, telepático, que incluso trasciende a la muerte.
¿Muerte? No. Ulises estaba en algún lado que no era la muerte, un reino o limbo entre ambos mundos. Incluso en los sueños de Rosa María el rostro de su hijo era diferente, había cambiado y una sombra le empañaba los ojos. Vestía la misma ropa que llevaba la última vez que lo vio, una camisa azul de trabajo y unos pantalones de mezclilla. Los gestos de sus manos de dedos largos, nerviosas y ágiles, la postura de sus hombros adolescentes, el bozo sobre el labio. Todo era idéntico a como lo había visto por última vez, todo excepto esa sombra, ese velo sobre la mirada.
Como en el mito de Perséfone, raptada por un dios infernal, Ulises había comido de los frutos del Hades: seis semillas de granada que lo encadenaban a la tierra. Ahora aparecía cada primavera en el sueño de su madre, con esta vida incompleta y extraña, tan sólo para volver al abismo.
2
Mamá, es el dragón del invierno quien devora nuestra casa. Lo he visto caminar tranquilo por el desierto y las ciudades. Lo he visto llamar a los niños por su nombre. Tiene una casa en lo profundo del mar.
Y el problema de Rosa María es que no sabía dónde buscar pues nunca supo quién se lo había llevado o si él mismo se escondía de algún destino fatal. Tres años atrás, Rosa María cruzó la frontera para cuidar a un anciano enfermo en Laredo. Los gringos viejos preferían una enfermera mexicana, eficiente y barata, y ella era la mejor. Gracias a ese tipo de trabajos que hacía cada tanto, la familia había sobrevivido durante años y sus tres hijos tenían educación, comida, techo. Tenía que dejar a los niños solos varios días, pero valía la pena a la hora de cobrar en dólares. Sin embargo, esa última vez, cuando regresó a Tamaulipas, Ulises, el hijo mayor, ya no estaba.
Uno de los días de esa semana llegaron los Zetas y se llevaron a muchos adolescentes de entre quince y veinte años. El segundo día llegó el ejército y se llevó a los que quedaban. Tiempo después, cuando encontraron las fosas comunes, la misma Policía Federal la amenazó para que no se presentara a identificar los cuerpos. Sus otros dos hijos no supieron decirle nada, ni siquiera describir a los hombres que habían sacado a rastras a Ulises de la casa.
Rosa María no abrigaba ninguna esperanza concreta, pero no podía completar el duelo sin la certeza absoluta de la muerte de su hijo mayor. Mientras siguió trabajando. Se especializó en pacientes con cáncer, consiguió una plaza en un hospital y aún atraviesa de vez en cuando la frontera. Ahora gana más dinero que antes, pero siempre llega la primavera.
3
Mamá, no llores.
Rosa María despertó sobresaltada, por instinto cogió la libreta donde apuntaba las frases de sus sueños, pero no anotó nada. Era la primera vez que algo de lo dicho por la aparición de Ulises tenía pleno sentido.
Eran tal vez las dos de la madrugada cuando llamaron a la puerta. Golpeaban con fuerza con la mano abierta, con lo que parecía ser desesperación, como quien viene a cobrar una deuda de mucho tiempo atrás.
En un principio tuvo miedo, luego pensó que si vinieran por ella, a secuestrarla o asaltarla, ya hubieran roto la puerta. Se puso el batín y se dirigió a la entrada de la casa. En el portal se encontraba un muchacho de edad indeterminada. Tenía el rostro ensangrentado, se veía desnutrido y enfermo, con los ojos hundidos. Recordaba su mirada a la de su hijo en sus sueños, una mirada de alguien que habita entre el mundo de los vivos y los muertos:
—Señora, vengo por Ulises, no tengo mucho tiempo.
—¿Está bien mi hijo?
—A Ulises lo mataron al tercer día que nos llevaron, junto con otros cinco. No sufrieron, les dispararon y ya. A otros les fue mucho peor. Escuché que habían deshecho todos los cuerpos con ácido. A mí me llevaron a San Carlos a empaquetar marihuana y hielo. Pero me acabo de escapar y Ulises era mi amigo y no podía dejar esto así, no podía no decirle y vine hasta acá. Vine a decirle que ya no lo busque más.
Rosa María sintió la noticia como algo leve o poco profundo, como si aún estuviera soñando. Pensó que el impacto iba a ser mayor, pero el tiempo había erosionado lentamente las superficies de su corazón. Miró al muchacho y algún instinto antiguo se despertó en ella:
—Pero pásale, mira cómo vienes. De seguro no has comido en días.
El muchacho se arrodilló en el umbral y comenzó a llorar, arañándose las mejillas de la desesperación. Estuvo así un rato y después se incorporó y entró. Ya en la cocina, se sentaron a la mesa sin hablar, mientras él comía un plato de frijoles graneados con pan.
—Me tengo que ir, no puedo estar aquí más tiempo.
El muchacho se incorporó y salió a la noche, un poco recompuesto al parecer, alimentado por la comida del mundo de los vivos. Rosa María quedó un momento en el umbral mientras lo miraba alejarse por la calle sin pavimentar. Regresó a la cama y durmió. Durmió sin soñar absolutamente nada, sin visiones ni profecías: sólo la negrura de una noche interior y la vaga bruma gris del futuro.
Terribles para Valerio los tiempos en que en las noches de verano todos gritaban «Valerio».
IOLE
Después de una vida dedicada a timar a la gente por medio de la magia, terminó creyendo también en ella.
MARIA
«… Pero esta gente, será honesta o no?».
(no)
JACOB
Estuvo con los poetas: con los poetas.
NERINA
Jamás explicar el gesto.
FRANCESCO
Cenotaph88: hey
Cenotaph88: tas?
x3ngar: sip
Cenotaph88: cm vas?
x3ngar: los ojos serenos / y las estrelladas pestañas / la bella boca, angélica, de perlas / llena de rosas y de dulces palabras / que hacen a los demás temblar de asombro
Cenotaph88: …
Cenotaph88: vs a estar ms tarde?
x3ngar: sip
Cenotaph88: va nos vemos x3ngar : va
GIUSEPPE
Piensa que sería bello tener unos recuerdos tipo viaje de pesca en Yugoslavia.
SIRIO
Sirio escribió «Te amo» en docenas de tarjetas. Cada día coloca un par de ellas en el parabrisas de algún coche estacionado, esperando arrojar un poco de luz sobre una existencia tétrica, o bien, desencadenar espantosos dramas de celos.
LORENZO
Una chamarra a veces hace milagros.
ROBERTA
Se incorporó a una secta que le exprime el dinero y la pone en contra de sus familiares. Nunca ha sido tan feliz.
EDOARDO
Seduce a una mujer colosal esperando en su corazón generar un hijo enorme que, al llegar a la adolescencia, lo estrangule.
AMETISTA
Ese constante subrayar lo evidente.
ELMO
—¿Hacemos el amor como cuando teníamos veinte años?
—Esto es imposible, querida, no sólo porque tenemos cincuenta y ocho, sino también porque en la época de nuestro primer ayuntamiento teníamos veintidós años y no veinte. Lo recuerdo bien, ya que a los veinte años salía con una preciosa chica de Lucca.
ELISA
La práctica constante de la gimnasia; el problema del significado.
Por fortuna existe un folk brumoso, oscuro e ideal para los momentos de trasnoche, ese folk raruno y fugitivo posibilita la huida de la cotidianidad. Con diversas formas para tratar de estandarizar nuestro modo de vida, pasando por la comida, la ropa, y hasta llegar al arte y la música, parece que todos debemos andar por los mismos caminos, por las mismas grandes autopistas, es por ello que las carreteras secundarias fascinan, pues siempre traen consigo algo de misterio y tensión.
La tentación por desmarcarse es mucha y a veces se encuentra la complicidad de otros libertinos en la música. Pienso en Mazzy Star, en los Cowboy Junkies y en la inefable presencia de Elliot Smith, gente que prefiere las tabernas pequeñas a los enormes salones de lujo e hipocresía, o bien, extraviarse en lejanos páramos ajenos a la mayoría de las personas.
El asunto es mantenerse en la pesquisa de músicos que abren caminos a través de canciones genuinas y que no fueron concebidas como un encargo de algún productor de relumbrón. Hoy más que nunca la autogestión es una forma de vida y no una pose pasajera. La tecnología lo ha facilitado y la golpeada industria lo ha exigido.
En tal escenario se ha movido Rey Villalobos, el hombre tras el proyecto House of Wolves, cuyo primer disco Fold in the Wind, traía tal carga emocional que vio la luz como un trabajo autoeditado en 2011; luego fue acogido por el sello discográfico Moonpalace Records y al año siguiente fue relanzado por Fargo. Ya no es usual que un álbum vaya saltando de disquera en disquera y sea trabajado durante tanto tiempo, eso sólo evidencia la calidad del material.
Para su siguiente incursión se propuso nuevos retos creativos; se trasladó de Los Ángeles (su lugar de residencia) hasta la costa de Irlanda para grabar temas acumulados durante años. Eligió al productor Darragh Nolan para crear Daughter Of The Sea, que ha sido cobijado por el sello minúsculo Dusk, Dais, Dawn, quienes lanzarán un tiraje artesanal de doscientas copias con obras de arte.
En las ocho canciones que lo conforman se sienten los vientos tremendos del océano de aquellos lares, un sabor salitroso y el tufo de gente que sabe y ama beber mucho. Se trata de un disco que parece dedicado a los protagonistas de un viejo dicho a la hora de brindar: «por los hombres que vienen del mar… y se marchan al amanecer». Todos los temas tienen una hermosa pátina de sonidos análogos, nada de pulcritud digital; en ellos hay susurros de bosque, sensación de lluvia, ánimo de ir y venir del bar al puerto, del hostal a un risco para contemplar el horizonte. Hay momentos en los que nos acordamos de lo más sombrío de Lambchop o de los lamentos eléctricos de Micah P. Hinson.
Esta Hija del mar —álbum y canción— hurga en las entrañas, es desafiante a lo largo y ancho, al igual que «Take Me to the Others», puede dejarse llevar por el eco de unas palabras casi austeras o la compañía de un añejo melotrón. Es un disco que no tiene la necesidad de ser extenso para capturar lo bello. Es íntimo, es discreto y hasta un poco sabio.
Todo es presencia, todos los siglos son este presente.
Octavio Paz
I
Semilla de sol, de Santiago Robles, es la conjugación del enfrentamiento. Si se considera la construcción semántica de este enunciado se observará que, como en la mitología, cuenta una historia con doble propósito. Por una parte presenta la yuxtaposición de dos figuras ancestrales relacionadas con lo femenino y lo masculino en tanto que evidencia la condición cultural, política y ontológica del hombre contemporáneo. Es un hecho documentado que las imágenes de la semilla y el sol se identifican con múltiples significados sobre el origen de la vida y el ideal de la civilización. En el caso de los pueblos mesoamericanos, el sol y la semilla son iconos de una presencia compleja y profusa en la historia que, paradójicamente, permiten sintetizar una cosmogonía con repercusiones trascendentales en la sociedad actual. Es de tal la relevancia de este suceso, nos advierte Robles, que nosotros aún, ciudadanos del siglo XXI, sobrevivientes del TLC, testigos del capitalismo y protagonistas del posmodernismo, pertenecemos al legado de Tepeu, Qukumatz, Kauil e Ixmucane.[1]
La obra de Robles inicia con una remembranza sobre el origen del tiempo, lo cual implica un repaso de la historia del hombre: «Y dijeron los progenitores, los creadores y formadores», y concluye con una parodia de la célebre frase de Porky Pig, personaje de Looney Tunes: «That’s alley folks!».[2] Puesto de otro modo, Semilla de sol es un diorama en el cual es posible apreciar el pensamiento mágico-mitológico prehispánico y la intervención directa y abrumadora de la cultura estadounidense en la sociedad y el imaginario latinoamericanos desde finales de los ochenta. Es decir, entre la aparición de Tepeu en la literatura oral y la de Porky en la televisión a color se dibuja un arco de más de tres mil años que incluye la historia innumerable del mestizaje que signa el presente.
El paisaje de esta historia tiene como escenario principal la tierra, representación alegórica de la mujer. La imagen es rematada por un cielo d onde mora el sol, emblema recurrente del hombre; de la unión de dichas figuras germina la posibilidad de vencer al tiempo. Al igual que el agua se asocia a la tierra, el viento se relaciona con el sol; he ahí la permanencia de la vida; la cópula, la agricultura y el mestizaje; la fecundación de un pueblo y el cultivo de un destino: hombre agua, hombre tierra, hombre viento, hombre fuego, hombre maíz, semilla de sol.
II
Concebido como libro de artista, Semilla de sol se adhiere a la postura estética y política de Ulises Carrión al asumir el libro como «una forma autónoma y autosuficiente», lo cual se enlaza con la búsqueda del artista autoexiliado en Ámsterdam: «Hacer un libro es actualizar su propio ideal secuencia espacio-tiempo por medio de la creación de una secuencia paralela de signos, ya sean verbales u otros».
En este sentido, el ejercicio de Robles hace posible la existencia de un espacio físico y narrativo en el que presenciamos, a través de saltos temporales en la historia de México, el desdoblamiento de una metáfora (semilla de sol) por medio del enfrentamiento de imágenes y textos provenientes de diversas e inesperadas fuentes (códices, caricaturas, documentos libres en la red) expresado a su vez por la lucha formal entre la tinta de grana cochinilla (pigmento prehispánico, manufacturado) y la pintura acrílica (polímero representativo de una cultura industrial). Más cercano a un palimpsesto que a una historiografía, Semilla de sol aporta una diferencia significativa en el campo del libro de artista, dado que el riesgo que asume no radica en su materialidad, de por sí inusual, ni en la unicidad de su entidad, sino en concebirse como un espacio abierto, una plataforma donde puedan converger y originarse otros procesos, investigaciones y tentativas certezas.
III
En sólo tres versos, hace casi un siglo, Ramón López Velarde dejó al descubierto la condición histórica y paradigmática de México, y no sólo del México moderno descrito en La suave patria (24 de abril, 1921). Dice López Velarde: «Como la sota moza, Patria mía, / en piso de metal, vives al día, / de milagro, como la lotería». No me parece arriesgado leer el libro de Santiago Robles bajo la luz oblicua de este poema desencantado de su tiempo. Lo considero así porque Robles no hace ni elogio ni apología del maíz, como tampoco lo hace el poeta zacatecano del subsuelo nacional rico en plata, sino, por el contrario, recurriendo a la parodia y a la ironía, acomete una crítica mordaz sobre este momento. Mientras que en La suave patria el estado y la sociedad mexicana del siglo XX se vislumbran como una mujer insolente, servidumbre de sí misma, en Semilla de sol México aparece como una colectividad ambigua, contradictoria y amorfa, sin un rostro ni voz legibles, y el maíz se presenta travestido en Virgen María, Granda de Guerra, Útero Cósmico, Maquinaria Transgénica, Mano Vidente, Ixcamacuane y Muerte.
Quizá en unas crepas de huitlacoche o unos totopos rebozados de queso amarillo radique una de las mayores concreciones del mestizaje posterior a la firma del TLC. Es posible, también, que aquí se encuentre el acierto de este libro y de este ejercicio híbrido entre la escritura y la imagen: no negar el pasado ni abstraerse del presente, sino identificar, analizar y reconocerlos como un mismo proceso. El tú y el yo transfigurados; el ellos diluido en un nosotros a su vez proyectado en el avatar de sí mismos.
Fue a partir del año 2000 que empezaron a circular en el país un par de monedas de veinte pesos, ahora devueltas a la circulación; en una de éstas se rinde un homenaje a Octavio Paz, en ella se lee el siguiente díptico, no sin un viso de revelación para esta circunstancia: «Todo es presencia, todos los siglos son este Presente». O como canturreaba Porky, that’s all.
[1]Dioses mayas que, siguiendo la narración mitológica, son los actores primordiales en la fundación del universo, creadores del hombre a partir de maíz, después de dos intentos fallidos con barro y madera. [2]La frase original, aparecida al final de cada capítulo de la caricatura, reza «That’s all folks», que en el doblaje al español sonaba a «¡Esto es todo, amigos!».
Si me despierto en la noche aún siento que él respira en la habitación de al lado. Desde mi cama veo la luz de la lámpara que cae dulce sobre su cuna.
Ya no vives aquí, ya nunca están cerradas las puertas de la casa.
Ya no temo que Gabriel, gateando, llegue a la cocina y tome algo que pueda lastimarlo. Ya no temo al oír el motor de la Lobo al estacionarse enfrente.
Ya ni tú ni él viven en esta mierdera colonia de Infonavit.
¿Qué se siente haberse llevado a un hijo que ni era tuyo?
Me lo quitaste por joder. La única temporada en la que tuvimos una relación cordial y pacífica fue la del divorcio. Pensaste que reaccionaría, que pelearía como madre leona, que usaría todo lo que no me habías matado del carácter. Reclamaste a Gabriel pensando que no lo obtendrías. Sólo pedí la Lobo. La casa no es más que un contrato de renta. Me quedé con la camioneta, también, por joder.
Ya no corras, Gabriel.
¿Quién nombra a un hijo como propio, sin estar seguro de que lo sea? Sólo aquellos que buscan algo de qué asirse en el mundo. Tú andabas sobre la tierra en tu camioneta que parecía volar sobre las dunas.
Ya no corras, Gabriel.
Y girabas en tu desierto, sobrevolabas tu situación de clase media pobre, aparentabas ser otro en esa camioneta que valía más de lo que teníamos o hubiéramos llegado a tener nunca.
Nunca, Gabriel.
Si me despierto en la noche ya no temo tu rabia.
No es seguro ni para un pelado andar en esa troca. Andabas por la noche como quien no teme al despojo, a la tortura, a las desapariciones, al frío del metal sobre los ojos, al ruido de las balas, a ser uno contra doce, a las sospechas, a la policía, a las falsas acusaciones, al rumor de ser de «los otros», al ejército, a la sangre que chorrea de las cajuelas de otros vehículos, a la envidia hacia tu camioneta negra.
Andabas por la noche como quien busca la muerte.
Ya no corras, Gabriel.
Y yo te esperaba angustiada para encerrarme en cuanto te oía llegar. Al niño lo dejaba en su cuarto, en la cuna, porque él te tranquilizaba, te recordaba que sí, la vida es frágil, la vida es mierda, pero también puede ser bella. Y yo en la recámara sabía que no debía abrir la puerta hasta saber que no venías de madrearte con cuanto se te hubiera puesto delante.
Ya no corras, mi amor.
Te enfrentabas a la existencia como quien la odia. Sólo la inocencia del niño te tranquilizaba.
Ya no llores, Gabriel, no hagas enojar a tu papá.
Pero tú y yo sabíamos que el niño no era tuyo.
A veces venías de buen humor.
Por la camioneta, unos clientes creyeron que yo era el contratista.
Quitarle a un albañil su Lobo es tan cruel como quitarle el hijo a una madre. ¿Cuántos años trabajaste por ella, cabrón?, ¿cuánto tiempo no hubo para ti descanso, no hubo familia que te importara? Yo me encargué del hambre del niño. Estabas empelotado con esa troca porque siempre te gustó aparentar, lucir como quien no serías nunca. Por eso ahora tienes un hijo a quien no reconoces como ajeno.
Me lo contaste desde la primera vez que me invitaste a salir: habías comenzado a trabajar para tener la camioneta desde los once años. Fue cuando supiste de las resolanas de esta tierra seca, del viento hielo que en invierno corta como navajas. Apenas eras un niño cuando ya estabas solo. Un niño que quería jugar a los carritos.
Ya no temo a la oscuridad ni a la dureza de tus puños. Ya no temo la fiereza de la noche. Me pierdo en ella protegida por el metal de tu Lobo. Yo también he tomado una vida que no me pertenece. Tus amigos ya son los míos. Al Flaco es al que veo más seguido.
Ya no corras, Gabriel.
Ahora entiendo que tenías prisa por destruirte.
¿Cómo se continúa viviendo después de destruir las fotos de boda? ¿Cómo se sigue habitando una casa con una cuna vacía?
Ya no corra, ¿para dónde va?
Ya van dos veces que me detienen en la noche. La primera vez fueron «los malos». La segunda fueron «los buenos». Quien vive en una casa vacía no teme ni a unos ni a otros.
Salía de la casa del Flaco a las cuatro de la mañana. No sé cómo un hombre tan hosco y recio puede tener un ronquido tan delicado, como de gatita, apenas perceptible. El Flaco duerme junto a mí como quien se aferra a su madre. Yo ya no lo soy. Hice madre a tu nueva mujer cuando le cedí a mi hijo.
Dicen que la tercera es la vencida. La primera vez «los malos» me dijeron que andaba de suerte, que nada más no querían volver a verme por ahí. Era la noche de Apodaca y sus silencios.
Aunque es de mi edad, en el Flaco no puedo ver a un hombre porque duerme junto a mí como si le tuviera miedo a la oscuridad. Quiero al Flaco como quien quiere a un hermano porque así lo querías tú.
Lo dejo en medio de la noche porque debe aprender a no temerle a nada.
¿Sí sabe que por aquí están matando mujeres?
También están matando hombres, oficial.
La segunda vez me detuvieron «los buenos», y yo no llevaba dinero conmigo.
Me pidieron los papeles, me preguntaron de quién era la camioneta. Llevaban dos kilómetros parándome y dejándome ir. Hacían que me orillara y luego se iban. Después de jugar un rato uno de ellos se bajó a hablarme. Yo no olía ni a alcohol ni a mota. El cuerpo del Flaco era mi único aroma.
¿Sí sabe que no son horas para andar por aquí?, ¿viene de la fiesta, o qué?, me dijo acercándose para olerme el aliento.
Fue otra vez sentir la fragilidad de mi cuerpo, esa certeza de que tu puño ya no se retraería.
Me sube la ventanilla, y ya no corra.
Del ejército uno puede librarse sólo por lástima. O misericordia.
No subo las ventanillas porque me gusta que entre a la Lobo toda la oscuridad y toda la noche.
Nunca lastimarías a Gabriel, lo vi en tu mirada cuando te lo entregué. Cuando ni titubeaste al entregarme las llaves de la camioneta.
Eres una perra.
¿Quién cambia un hijo por una troca? Ni siquiera me sentí insultada.
Ya no temo a la noche, ni a la casa ni a los caminos vacíos.
La tercera es la vencida.
Hay una casa de un piso con dos recámaras diminutas donde ya no viven mis hombres.
¿Gabriel llora todavía si despierta y ve que está completamente a oscuras?
Debe aprender que en la oscuridad es donde está el descanso. Enséñale eso cuando crezca.
¿Me extraña?
La tercera es la vencida, pero si ni buenos ni malos se encargan de mí, la noche es una Lobo que sabrá devorarme, meterme en su boca, engullirme.
En este diálogo, Israel Martínez y Gerardo Montes de Oca observan, con distancia geográfica y crítica, el oscuro panorama en el que está sumido México y reflexionan en torno a la violencia desde el mundo del arte.
ISRAEL MARTÍNEZ
Ejercías como psicólogo en Guadalajara, pero siempre estabas alerta de manifestaciones artísticas; incursionaste en la fotografía cuando te conocí. Después me enteré de que estabas haciendo una maestría en arte en Finlandia, y la terminaste en Viena. Han pasado tres años desde que dejaste Guadalajara; yo también la dejé como mi base principal. Hace aproximadamente cinco años arremetió radicalmente la delincuencia organizada en nuestra ciudad y ésta comenzó a modificarse. Ahora recibes noticias cada día sobre asesinatos, violaciones, asaltos, corrupción, modificación de leyes a favor de unos cuantos, impunidad. Si bien tu ritmo de vida ha sido acelerado los últimos años para poder vivir y estudiar en Europa, también es vertiginosa la información que recibes desde México. ¿Qué pasa por tu mente y tus emociones? ¿Qué piensas sobre tu familia, tus amigos? ¿Cómo se vive esto desde Viena?
GERARDO MONTES DE OCA
Sí, hace tres años me fui a estudiar la maestría en cultura visual a Finlandia, ciertamente muy experimental tanto teórica como prácticamente. Esto me trajo a Viena, que curiosamente era una de las pocas opciones que contemplé antes de elegir Finlandia para entrarle más de lleno a mi formación en artes.
Finlandia, fría, pero honesta y equitativa, es una democracia que —si bien el concepto es debatible— se encuentra a otros niveles. La confianza social e institucional es increíble, los índices de corrupción son los más bajos del mundo. Y créeme, siempre mantengo una actitud abierta y crítica, no idealizo Escandinavia.
Una amiga finlandesa me hizo «la pregunta» necesaria, clave, evidente a los ojos de esa otra cultura: «¿Por qué en México no valoran la vida?»
Después de lo ocurrido con los normalistas en Guerrero, las noticias me han venido lastimando mucho. Pienso que es el evento que penosamente nos ha levantado y comenzado a articular de otras maneras. Y no parece que esto se vaya a detener. He llorado muchas veces, la mayoría de ellas frente a la pantalla (al informarme en línea), pero también en la ducha, o en mi habitación. En la segunda manifestación que organizamos los mexicanos con apoyo internacional (que ha sido sólido por parte de los latinoamericanos) me tuve que contener durante casi todo el recorrido. Y ocurre con los demás. Nos afecta mucho, nos desespera, nos deprime. Afortunadamente la historia está cambiando. La movilización ha sido enorme y constante, dentro y fuera de México. Ha habido muestras de una creciente solidaridad y una manera diferente de confrontar al poder criminal y represor. Tal solidaridad y empoderamiento fortalece la esperanza y nos permite afrontar el miedo juntos. Esto me ha ido levantando los ánimos. Al mismo tiempo, he notado que la forma y contenido de las noticias de medios alternativos también está cambiando. Cada día salen más y más cosas a la luz.
Fue un placer enorme tenerte por acá en tu residencia y en el MuseumsQuartier. La pieza que exhibiste era totalmente necesaria, pertinente. Los trágicos eventos lo corroboraron inmediatamente, si es que no era evidente ya. ¿Qué me puedes decir de esta pieza, así como de la investigación detrás de la obra? ¿Por qué elegiste ese formato tan peculiar para la exhibición Post-Colonial Flagship Store?
ISRAEL MARTÍNEZ
Georg Klein y Sven Kalden, curadores de la exposición y también artistas, me invitaron a este proyecto que, desde un punto de vista muy irónico, se interna en el poscolonialismo; el formato es el de una tienda de lujo. El título de la obra (en colaboración con mi hermano Diego) es South of Heaven, tan cerca de la potencia neocolonizadora y las ilusiones que esto representa para muchos (incluyendo al Estado que cada vez entrega más al país), y tan lejos de una mínima salud social y política.
Hicimos un puesto de venta similar a los de los tianguis en México, que, por cierto, ofrecen en su mayoría artículos piratas, que conforman una parte importante de la economía del país. El «producto» que ofrecimos fue un CD-R titulado Sounds of Mexican Drug War, que incluye una pieza auditiva de casi sesenta minutos con sonidos extraídos de videos publicados en internet durante el sexenio de Calderón: sus discursos de lanzamiento o defensa de su proyecto, balaceras grabadas por los mismos sicarios, decapitaciones, manifestaciones, llanto, interferencia de charlas por radio entre miembros de cárteles; en fin, sonidos de terror, de vergüenza, de tristeza y barbarie. Estos sonidos no se reproducen en bocinas, hay que colocarse audífonos para escucharlos. El sonido que sí es audible a través de dos bocinas se conforma del registro de inhalaciones de cocaína, como si fuera la música que acompaña a este puesto de venta, su «música de ambientación» es el consumo de una droga vital para México como exportador —como señala el periodista italiano Roberto Saviano, quien incluso se atreve a decir que México es el centro de una nueva configuración del mundo en torno al negocio de la cocaína.
En el mismo puesto hay un monitor en el que se muestra una transcripción textual de experiencias personales en torno a la droga y el narcotráfico, como un testimonio —entre millones que hay en el país— de cómo nos relacionamos con estos temas de forma natural, muchas veces sin decidirlo; por ejemplo, al tener un vecino inmiscuido en dicho negocio. También usamos una lona, pero en lugar de promocionar nuestro «producto», en ella explicamos ciertos puntos que nos parecen importantes para entender una parte de la relación político-económica entre México y Estados Unidos. Este flujo de información está basado en el libro de Sergio González Rodríguez, Campo de guerra, en el que señala el poder que ejerce Estados Unidos sobre México a partir del negocio de la droga, y las políticas de una supuesta asistencia en torno a la seguridad.
Inauguramos el 2 de octubre, fecha importante para México, y tan sólo un poco después de la desaparición de los cuarenta y tres estudiantes. Empezó un proceso doloroso para todos. En mi caso, no pasó un solo día durante la residencia en el MuseumsQuartier, y cada vez que visitaba la exposición, en el que no platicara con personas sobre la incomprensible situación de México. Como mencionas, la pregunta recurrente es por qué la vida vale tan poco en nuestro país. ¿Por qué se mata, se viola, se roba, se violenta tan fácilmente en México? Mucha gente no tiene idea de las gigantescas dimensiones del narcotráfico, su única relación con el tema son los dealers locales, que venden bajas cantidades. No saben que los grupos delincuenciales mexicanos están en gran parte del mundo, que la droga es un soporte económico ilegal muy importante, incluso en la Unión Europea, y mucho menos que algunos gobernantes de nuestro país son cómplices del proceso y, por supuesto, de los dividendos económicos.
Ahora que estoy de vuelta en México es inspirador ver a tanta gente movilizándose en todo el país, pues en muchos lugares tardó muchísimo tiempo para que se valorara la importancia de manifestarse, de marchar, de las acciones políticas. Es fundamental sentirnos en comunidad, sentir al vecino, sentir al transeúnte, sentirnos todos, respetarnos, buscar las coincidencias más que acentuar nuestras diferencias.
En este sentido, como mencionas, ha sido también inspirador sentir la unión fuera de México. En el caso de Viena, va creciendo, y hay estudiantes, artistas y activistas como tú trabajando fuerte en ello, estableciendo lazos con cualquier ciudadano interesado en el tema, difundiendo información. Es curioso porque a veces tengo la impresión de que parte de la escena artística contemporánea en México se avergüenza de su práctica en momentos como éste, asumen que el circuito del arte es banal. Para mí, por el contrario, es uno de los espacios que incitan a la conciencia sociopolítica, aunque en momentos tan radicales también muestra algunos puntos absurdos, autocomplacientes o, simplemente, fuera de cualquier posible conexión con la sociedad en general. Ya que tu interés principal es un arte más frontal en torno a lo político —además de que Viena es un punto interesante donde política y arte confluyen totalmente—, ¿cuál es tu visión sobre esto?
GERARDO MONTES DE OCA
Me parece que tu pieza articula múltiples elementos involucrados en el tema del narcotráfico (cuyas relaciones se complican al momento de su análisis), al mismo tiempo que hace comentarios interesantes sobre un neocolonialismo en el interior del mundo del arte. Es interesante que coloques el sonido como eje e intersección de procesos de producción y consumo cultural: sus industrias, el mercado informal en México y formas de comercio fuera de la ley. Con el formato de puesto callejero se crea una relación mercantil entre el espectador, la obra y el artista. La instalación vuelve al espectador un consumidor y a la obra un producto de consumo, pero un producto al margen de la ley: pirata. El mercado informal cuestiona y confronta al Estado y a la ley. Y no sólo simbólicamente. Es decir, utilizas sonidos y discursos producidos por otros agentes o «autores» para apropiarte de ellos y reconfigurar sus relaciones y sentidos. He aquí su clandestinidad. Coqueteas incluso con una acción delictiva. La definición que da la unesco de la piratería me parece muy pertinente para lo que percibo en la pieza:
El término «piratería» abarca la reproducción y distribución de copias de obras protegidas por el derecho de autor, así como su transmisión al público o su puesta a disposición en redes de comunicación en línea, sin la autorización de los propietarios legítimos, cuando ésta resulte necesaria legalmente.
Considerando que tomas y alteras material sonoro en línea de agentes/autores como el Estado (en los discursos presidenciales), los criminales o testigos que documentan actos criminales o confrontaciones armadas y suben los videos a internet, emergen nuevas preguntas sobre el narcotráfico: ¿Quién o quiénes son los autores? ¿Cuáles son los derechos de esos «autores»? ¿Cómo se protegen sus productos? ¿Quién autoriza la disposición de tales producciones y por qué motivos? ¿Qué y quiénes definen y autorizan a un agente como su propietario legítimo?
Con tales preguntas se dirige de manera directa a las formas de dominio neocolonial intrínsecas en las relaciones entre Estado, crimen y ciudadanía en México, así como en la relación entre nuestro país y Estados Unidos. De esta manera se señala, cuestiona y confronta al Estado mismo y a los discursos institucionales. La lona traduce esto de manera visual y el texto en la pantalla inserta la experiencia personal a la compleja trama. Mientras tanto, el espectador es invitado a consumir (o «adquirir») tal producto, por medio de uno de los tantos sonidos del mundo del crimen, corrupción e impunidad en México.
Muchas veces me preguntan por qué dejé la psicología para estudiar y hacer arte. Lo que pasa es que en el arte encuentro otras formas de reflexionar, investigar, experimentar e incidir en múltiples realidades. Creo que todos debemos preguntarnos qué podemos hacer ante tal realidad en México. Esto me lleva a decir que el arte contemporáneo tiene una relación directa con la experiencia humana. Al trabajar con el arte, trabajamos directamente con múltiples subjetividades, lo cual nos permite probar y confrontar límites establecidos, formas de relaciones sociales y subjetividades dominantes. El arte trabaja tanto con los terrenos simbólicos y culturales como materiales y relacionales, y por eso es imprescindible que se asuma una posición política. Al mismo tiempo, las artes producen nuevos espacios de enunciación, relación y acción. Claro que es un terreno limitado, no puede cambiar la realidad de tajo.
Pero nada lo puede hacer de ese modo, así es que entre más espacios subversivos creemos, más posibilidades de cambio e inclusión tendremos.
El arte, como la psicología y las ciencias sociales, requiere un alto grado de reflexividad. Digo esto porque pienso que es de extrema importancia mantener un constante grado de autocrítica al momento de reflexionar, cuestionar, organizarnos y actuar. Necesitamos cambiar el orden dominante cuidando de no hacerlo en formas de organización jerárquicas. Es crucial poder distinguir las más sutiles formas de exclusión y violencia en nuestra vida cotidiana y organización ciudadana.
ISRAEL MARTÍNEZ
Los mexicanos estamos en un gran momento para detonar todo aquello que por años hemos pretendido transformar. Cuauhtémoc Medina comentaba en la charla que dio Bifo en el MUAC que éste será un proceso largo y no exento de incongruencias. Este punto me parece muy importante, porque de esas incongruencias suelen producirse escisiones; es decir, ataques ante cualquier posible diferencia entre nosotros en lugar de fortalecer nuestra comunidad.
Nuestros problemas son tan similares como las mismas líneas de cocaína que se inhalan alrededor del planeta.
GERARDO MONTES DE OCA
Sin duda la historia no es un continuum estable y coherente. Cuando las personas me preguntan aspectos sociales, culturales o políticos de México siempre digo que es un espacio donde convergen muchas capas históricas y culturales de maneras muy complejas. Sin embargo, nos cuesta asumir tales diferencias, ¿acaso tenemos un ideal colectivo identitario que nos duele confrontar?
No me queda duda de que encuentros como el que hemos tenido desde tu visita a Viena y el diálogo, que aún continúa, son formas de relación que necesitamos buscar, provocar y sostener. Dentro y fuera de México.