Tierra Adentro

El hombre sentado al piano tocaba con deleite apresurado. Sólo hacía falta escuchar un par de fraseos para figurarse sus finos modales en la mesa o la forma de sostener la pluma al escribir. El plácido bienestar burgués a menudo hacía que el tempo del arpegio de la mano izquierda sonara más alegre de lo que debía. Lo corregía, con más simulación que arte, para dejar sonar una melancolía polaca.

Le llamaba el cuarto rosa. Todas las paredes padecían de un ligero toque salmón que sosegaba las pasiones y entumecía la mirada. Además de exquisitos nichos de mármol y dinteles de caoba, había un biombo adornado con motivos orientalistas, dos puertas y un par de gabinetes de escritura.

La ventana, con molduras de madera clara y broches de hierro forjado, dejaba entrar, junto con una brisa estival y enrarecida, retazos del limonar en flor. Entre las hojas y frutos amarillentos descarados, el crepúsculo atraía a las moscas a beber la nectarina de azahar.

La diminuta sala a la izquierda estaba compuesta de una mesa central de café, sólida, de tres piezas y dos taburetes color melocotón. Dispuestos entre la mesa central, cómodas y gavetas de teca, un concierto de objetos: ceniceros, cortapuros, pipas, fieltros para juegos de mesa, bomboneras de cristal. Además, sobre el tresillo y taburetes, cojines en seda blanca con encajes y acabados de crochet.

Un juego de té de plata platinada conservaba el calor del brebaje ya en la tetera. La charola de madera forrada de terciopelo rojo estaba ricamente repujada con motivos primaverales: mariposas, madreselvas, jilguerillos y picogrodos. Las porcelanas con delicadas redes de flores pintadas a mano por algún diestro artesano de la China continental, eran de asa tan estrecha y frágil que sólo un dedo hábil podía beber de ella de forma cómoda.

El hombre sentado al piano miró el reloj de roble a su derecha. No lo hizo para averiguar la hora sino para percibir el tic tac. Utilizó como un metrónomo el péndulo dorado. Nada mejor que el tiempo para medir el desánimo eslavo de Chopin. El fraseo en clave de sol se desliza ligero y firme. La mano ondeaba sobre el blanco y negro como un remanso cristalino.

A la mujer sentada en la pieza de gemelos le relajaba el arrullo del piano. Pensó, aunque nunca lo dijo, que el piano es el instrumento perfecto para medir el tiempo. Se recargó con discreción en el respaldo del sofá y plantó sus pies —muy, muy juntos— de lleno sobre el tapete persa que encerraba la salita en un mandala. El piano es a la vez arpa y percusión. El tiempo se le desleía en los ojos grises, paseando la mirada entre las copias de Gallen-Kallela. Varios cuerpecillos desnudos y amarillentos, casi tuberculosos. Odaliscas fumadoras, finlandeses sombríos, pequeñas niñas pelirrojas mostrando sus curvas y pechos de marfil, una pobreza de bodegón. Además de los cuadros había una vitrina diminuta con una colección de numismática orquestada con espejos, etiquetas, números de catálogos y cajones de conservación. Había un ligero predominio de los marcos prusianos y flores de cuño de bronces del imperio napoleónico.

La mujer traía un vestido de algodón blanco que terminaba en la frontera de sus rodillas. Su bronceado era melancólico. Sin mangas, sus hombros estaban adornados con encajes que fracasaban en dar un toque infantil a su madurez. El rostro, redondo, sin ninguna particularidad más que una salpicadura de pecas perceptibles en la cercanía de un beso. Esbozaba una sonrisa que parecía haber estado allí desde siempre. Se divertía a ratos con el gato holgazán entre los muebles, dejándose acariciar por Chopin y la luz morena.

El nocturno terminó con un resoplido y el crujido del pedal al soltarse pareció aliviado, lacónico, exhausto de exhalar tristeza. El hombre dejó que el silencio se mezclara con el olor a limones, las moscas y los quietos suspiros de la mujer. Después de esta pausa de efecto, todavía con los dedos sobre las teclas del último compás, con una lánguida articulación, reinició la pieza. La misma. Nunca tocaba otra. Sólo el Nocturno No. 1 en Si bemol menor, Op. 9. A ella no le apetecía nunca escuchar ninguna otra.

Ella sonrió. El hombre no se percató de ello, luchando contra la suavidad de los piano fortes y pianissimos. Sólo cuando, con un aplomo descorazonador, el reloj de roble hizo sonar la campana, interrumpió la pieza. Eran las seis de la tarde, la hora apropiada para el té.

La mujer alargó la mano para coger una de las dos tazas y la tetera, mientras el hombre en el piano suspirando masajeó las manos en sus muslos. Con el solo movimiento de la mujer emanó el aroma, dulce y tibio, de sus axilas y pelo. Sirvió el té en la taza y la colocó en la bandejas, esperando a que el pianista decidiera acercarse. La bebida aromática dejaba flotar, entre su superficie ámbar oscuro, algunas zurrapas de hojillas resecas. Un té darjeeling del Himalaya que pedía, a pesar de su cuerpo frutal, una rodaja de naranja.

Él, con parsimonia y largura, se acomodó los puños de la chaqueta, cuidando su simetría y la altura respecto a su camisa. Se puso de pie. Caminó suavemente hasta ella que lo miró con la taza ante sus rodillas bronceadas —muy, muy juntas.

—Acompáñeme —le dijo con tono oficioso.

La mujer se molestó, pero cuando él la tomó de la mano y tiró de ella para que se pusiera en pie, lo hizo discretamente —alisando su vestido rojo con su mano libre—, obsequiando muecas de pasmo. Siguió al pianista en silencio.

La llevó hasta la puerta del armario —junto al biombo— con el pomo de bronce, grueso como un puño, florecido en lo liso del muro. La abrió e invitó a la mujer a entrar. Se despidió de ella con un murmullo, mientras cogía una sábana y le cubría la cabeza como a una lámpara. Ella murmuró una protesta. Después, una despedida. Con suavidad y cuidado cerró la puerta, echó la llave y la guardó discretamente en el bolsillo de su chaqueta.

Al acabar esto anunció a su esposa, con un toque de un timbre de mesa, que ya podía subir a tomar el té. El hombre se sentó en el sillón color melocotón, posó sus pies con delicadeza sobre uno de los taburetes mientras el lejano olor del limonar pudriéndose le llenaba la nariz y la taza de té humeaba bajo el sonido grave de las manecillas del reloj.

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