Tierra Adentro

Recuperamos esta entrevista con el periodista y escritor Sergio González Rodríguez (Ciudad de México, 1950-2017), publicada en nuestro número 207 en la que, fiel a su costumbre, el autor de Huesos en el desierto logra arrojar luz sobre la oscuridad más densa.

En Campo de Guerra (Premio Anagrama de Ensayo) Sergio González Rodríguez sostiene que «en tiempos de guerra la ley guarda silencio». Dicha aseveración describe de manera global la situación del México contemporáneo. Un país en el que el Estado ha sido suplantado por el an-estado. Territorio donde impera lo a-legal. Nación que padece una resaca estratosférica: ciento veinte mil muertos y desaparecidos producto de la guerra contra el narco. Cifra a la que a diario se le suman más dígitos.

Por obras como Huesos en el desierto (investigación sobre los feminicidios en Ciudad Juárez) y El hombre sin cabeza (un análisis sobre la decapitación por parte de grupos criminales), no existe hoy figura con mayor autoridad para develar el México actual que González Rodríguez. Además, destaca como uno de los críticos literarios más reputados del país. Responsable en gran medida de la recepción crítica de la literatura norteña en el centro. Su conocimiento y su trabajo de campo (su indagación en el estado de Chihuahua durante la investigación para Huesos en el desierto) lo dotan de una credibilidad irreprochable. Tanto en lo literario como en lo periodístico. Pero su sensibilidad se ubica más allá del tema de la violencia. Cada año ofrece un puntual recuento de los mejores libros publicados en variedad de géneros, en los que no se ausenta la poesía. Lo que detenta una voracidad indómita. González Rodríguez reparte su tiempo entre lo bello y lo terrible que conforman el paisaje mexicano.

 

¿Consideras la guerra contra el narco la peor crisis en la historia del país?

La guerra contra el narcotráfico es una etapa de la historia del país inserta en el desplome del pacto Estado-nación de México a principios del siglo xxi. Su gravedad es enorme, ciento veinte mil muertos, ejecutados y desaparecidos, pero hay que recordar que en los últimos cien años pasaron la Revolución de 1910-1921 (un millón de muertos), la guerra cristera (1926-1929, con cerca de doscientas cincuenta mil víctimas) y otros episodios violentos, como la represión al movimiento estudiantil de 1968 y el levantamiento zapatista de 1994 en los Altos de Chiapas. La firma del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN, 1994) y el Acuerdo para la Seguridad y la Prosperidad de América del Norte (ASPAN, 2005) marcan una etapa distinta en la historia mexicana que a veces se denomina como posnacionalista o posmexicana, ya que la soberanía del país ha entrado en una dinámica de absorción por parte de Estados Unidos y Canadá.

Ante la ausencia de una soberanía nacional, donde el concepto de patria es inasible, ¿cuáles son las posibles mutaciones que experimentará el mexicano de la posnación?

El ataque a la soberanía nacional delata la bandera de algunos políticos, empresarios, comunidades y personas pro-estadounidenses, que repiten aquella doctrina tradicional de «América para los americanos» (James Monroe dixit), pero la soberanía está lejos de ser un concepto inasible y objeto de compraventa expedita: consta en las normas constitucionales de México (y de todos los países). El hecho de que los gobernantes mexicanos y sus socios rechacen cumplir tal precepto implica otro asunto. Por lo demás, resulta una falacia decir que los Estados-nación son cosa del pasado porque ahora se impone (o debe imponerse) el gobierno mundial dirigido por Estados Unidos. El Estado-nación continúa como el punto de ensamble necesario para el orden global. El concepto de soberanía no sólo es un mensaje sobre la extensión y autonomía territorial, sino que constituye el recipiente de la historia, la cultura, la memoria, el lenguaje específico de una nacionalidad. Si el nacionalismo arcaico está rebasado, la nacionalidad entendida como cosmopolitismo de la diferencia (Ulrich Beck dixit) determina los contenidos posmexicanos o posnacionales. Las nuevas generaciones que están al tanto de la cultura global y que, a la vez, viven en su entorno y bajo el legado familiar, local y comunitario.

Si la única solución para enderezar el rumbo es hacer que se cumpla el estado de derecho, ¿cómo podría conseguirse esto desde el an-Estado?

Restablecer el Estado de derecho (rule of law) es una tarea que atañe y debe encarar el propio Estado alegal o an-Estado que llegue a desarrollar una voluntad autocorrectiva, y que implica al poder ejecutivo, al poder legislativo y al poder judicial, a los partidos políticos, a la clase empresarial, a las iglesias y, sobre todo, a la sociedad, que tiene que rechazar el an-Estado: su funcionamiento anómalo de estar fuera y contra de la legalidad y, al mismo tiempo, simular el respeto por ella. Por ejemplo, ahí está pendiente el combate total a la corrupción institucional, la opacidad del gobierno, el autoritarismo en acciones y medidas. Desde luego, esto implica crear y practicar otra cultura política a nivel civil que sea capaz de trascender el mito de que la democracia comienza y termina con el voto y durante la jornada electoral, y queda en uso exclusivo de la clase política. La participación civil es una práctica que debe realizarse todos los días.

Si el gobierno y el narcotráfico siempre habían convivido, ¿qué detonó la guerra en México a principios del siglo XXI? ¿Fueron los Zetas los principales culpables de la desestabilización del país?

Entre otros puntos, el protocolo del aspan que firmó México con Estados Unidos indicó homologar los estándares de las fuerzas armadas y policías de México con los del norte. La estrategia de combatir al narcotráfico, ya equiparable con el terrorismo desde la doctrina militar y diplomática estadounidense, implicó a su vez generalizar la violencia en México e instaurar un mayor endurecimiento del Estado mexicano. Es uno de los efectos de la nueva geopolítica de Estados Unidos a partir del 11 de septiembre de 2001. Los Zetas, cuyos cuadros fundadores se beneficiaron del adiestramiento que recibieron en bases militares de Estados Unidos, introdujeron el modelo de guerra irregular (mercenario, guerrillero o paramilitar) en el trasiego de las drogas y las industrias criminales conexas en amplias regiones y trayectos del país. El resto de los grandes grupos criminales hicieron lo propio, y México se convirtió en un campo de guerra. En defensa de sus propios intereses, la desestabilización de países ha sido una práctica mundial de Estados Unidos a lo largo de la historia.

En el pasado existía el temor de que nuestro territorio se «colombianizara», ahora son otros países los que temen «mexicanizarse». ¿Nos hemos convertido en el mejor modelo de corrupción, de la falta de gobernabilidad y de crisis de inseguridad?

El riesgo de «mexicanización» de otros países por desgracia es real: se trataría de esa línea espectral donde lo legal y lo ilegal se entrelazan bajo una legalidad formal. Es decir: la simulación del Estado de derecho y el incumplimiento de las normas constitucionales. Si se pierde el Estado de derecho sustancial, material, concreto, los demás males vienen de inmediato: corrupción, ingobernabilidad, inseguridad, ineficacia, etcétera. Cada vez más las democracias contemporáneas, ha explicado Giorgio Agamben, recurren al «Estado de excepción», en otra palabras, a la ruptura de la legalidad constituida bajo el pretexto de imponer la ley. Sucedió en México, en Michoacán, cuando el gobierno federal impuso a un «comisionado» para «resolver» la inseguridad y la violencia allá y éste pasó por encima del orden constitucional al realizar, para colmo, sólo un ejercicio de «control de riesgos» temporal, cuyos efectos fueron fugaces, mínimos y propagandísticos. Mientras tanto, persistieron los problemas que lo convocaron.

México es muchos Méxicos. Pero primordialmente se advierten dos: el progresista y el represor. Un día legalizamos el matrimonio entre personas del mismo sexo y otro quemamos pruebas de nuestra corrupción, como ocurre con los documentos de la deuda de Coahuila. ¿Ontológicamente nos definen estos dos opuestos? ¿La permisividad y la impunidad?

Estoy de acuerdo con la idea de que México es muchos Méxicos, y también con la idea de un amplio terreno (real e imaginario) que se abre entre dos extremos, el progreso y el autoritarismo. Allí caben esos Méxicos y es donde, a mi parecer, se encuentran las causas históricas, culturales y sociopolíticas que determinan los contrastes y diferencias que caracterizan la sociedad mexicana en el presente. En lo personal, desconfío de las explicaciones metafísicas cuando existen factores tan evidentes como la pobreza, la desigualdad, la marginación, el desorden institucional, las carencias educativas, la impunidad completa de los delitos. En tales factores se origina la permisividad, el delito, la violencia, etcétera. Lo peor es cuando se generaliza la idea de fatalidad de lo mexicano, es decir, se atribuye a un componente esencial, racial, cultural o religioso una supuesta condición negativa, pues se niega la posibilidad de enfrentar causas concretas y se estigmatiza a un pueblo, o se forjan estereotipos de uno u otro rango.

Formalizamos el matrimonio por convivencia incluso antes que Estados Unidos. ¿Se trata de un avance en materia social o es un simple atenuante para distraernos del estrangulamiento que sufrimos por parte del Estado en cuanto a la pérdida de las garantías de los derechos humanos?

El logro de las libertades para las minorías tiende a ocultar la urgencia de otros contenidos modernizadores en todas las sociedades. Incluso para muchos basta con disponer de matrimonios por convivencia para permanecer indiferentes a otras necesidades de la vida cotidiana, por lo que se elogia y protege sin condiciones a gobernantes y funcionarios atentos a la agenda arcoiris y se soslayan los errores y corruptelas de éstos en otras áreas de la vida pública. Los gobiernos tienden a cultivar sectores, clientelas, grupos, redes, adherencias y apoyos, y suelen capitalizar la propaganda que garantice la continuidad en el poder. A veces, las políticas públicas que ejercen son simples usos oportunistas que dejan de lado el respeto a los derechos humanos, por ejemplo, en cuanto a la generalización de la tortura por las policías o fuerzas armadas.

En Campo de guerra aparece el concepto de «anamorfosis». México es una herida que parece no tener solución. Hemos pisado fondo. Un infierno más pronunciado se avecina. ¿Será la guerrilla urbana por la supervivencia su protagonista?

La anamorfosis de la víctima se refiere al momento en el que una persona que es víctima de un ataque, un abuso, un delito por parte de criminales o de policías, militares, marinos o funcionarios, se ve dentro de una perspectiva deformada respecto de lo que era antes su mundo de vida. Jamás las cosas volverán a ser las mismas. En México, con un índice de absoluta impunidad de los delitos, todos somos víctimas reales o potenciales. La lucidez ante tal hecho o riesgo es lo único que puede protegernos de que el síndrome de anamorfosis de víctima se convierta en «normalidad» aceptada sin rechazo alguno. El infierno más pronunciado se avecina, y sólo puede salvarnos nuestra profunda oposición a ello en el orden de la política, la moral, la ética. Asimismo, tengo la certeza de que la violencia sólo genera más violencia.

La efeméride era el vehículo del Estado para establecer identidad entre los mexicanos. En todo el territorio se celebra el 20 de noviembre. El bombazo en Michoacán durante el sexenio de Calderón socavó este instrumento de control. ¿Qué nos identifica ahora como mexicanos?

Los relatos históricos, la vida de los héroes, las celebraciones patrias, el discurso nacionalista fueron los contenidos privilegiados del Estado mexicano a lo largo del siglo XX. Desde finales del siglo pasado hasta la fecha, dichos contenidos han perdido vigencia, entre otras cosas, porque la alternancia de partidos en el poder confundió Estado con gobierno, y quiso imponer una legalidad partidaria que olvidó la Constitución de los Estados Unidos Mexicanos, su firmeza y tradición, la historia y la memoria del país, el pasado con su carga civilizadora: lo prehispánico, lo hispánico, lo colonial, el mestizaje (que incluye lo africano, lo asiático, lo árabe), lo moderno, la influencia europea y, sobre todo, francesa en el siglo XIX y XX. Hay que recordar que incluso se quiso modificar el escudo nacional para darle un tinte partidario. Esto no es anecdótico ni trivial, refleja por el contrario ignorancia y estupidez extremas con el pretexto del reformismo anglosajón. La historia de México merece no sólo respeto, sino inteligencia. En efecto, el 20 de noviembre se celebra el estallido de la Revolución mexicana de 1910, pero dicho estallido desató una guerra civil de diez años y, tiempo después, surgió la instauración del Estado posrevolucionario y siete décadas de estabilidad nacional. Sólo desde el olvido histórico podría pensarse que lo que los mexicanos requieren ahora es levantarse en armas, o que cada quien haga justicia por propia mano (como los  «autodefensas», que quieren constituir la autonomía en la criminalidad). Los bombazos o atentados en festejos patrios son parasitarios de situaciones en crisis.

Si en México las instituciones son una entelequia, ¿la institucionalización de la violencia es el máximo poder en el país?

Las instituciones en México son entelequias porque, o  son ineficaces e ineficientes o se limitan a cumplir formas pero incumplen lo sustancial: resultados tangibles. Todo Estado constituye violencia permitida y ejercida por el propio Estado, lo malo está cuando un Estado (como el mexicano) carece del monopolio de esa violencia (la delincuencia organizada se lo forcejea) y es incapaz de garantizar derechos o seguridad para los ciudadanos, y en cambio pretende encarnarse cada vez más en un Estado terrorista.

En CeroCeroCero Roberto Saviano declara de manera un tanto tardía que la cocaína es la principal responsable de la violencia en el mundo. Pero el crack sepultó a la cocaína en algunas regiones de México. Lo podemos ver en sitios como Tepito, por ejemplo. ¿Crees que la coca sea todavía la protagonista del conflicto?

La principal causa de la violencia en el mundo es la máquina de guerra implantada por Estados Unidos con el pretexto del combate al terrorismo, el cual subsume además el combate al tráfico de drogas a nivel planetario. La cocaína es uno de los protagonistas históricos, por cierto, menor: un pretexto para la política prohibicionista que encubre la maquinaria bélica y persecutoria en todos sentidos.

Los cárteles se disputan una plaza a muerte, con bajas de toda clase, incluidas civiles, sin embargo son capaces de pactar acuerdos para que en determinada plaza la cocaína que se venda sea de la peor calidad. ¿A qué obedece esta lógica?

El tráfico de drogas es una modalidad del capitalismo, y sus empresarios ilegales se desplazan bajo la lógica de éste: oferta-demanda, bajos costos, máxima rentabilidad, acuerdos o desacuerdos mercantiles con sus competidores, etcétera. Si en alguna plaza ofrecen pésimo producto a sus consumidores es para ganar más dinero a costa de éstos.

¿Agoniza la cultura mexicana? ¿Será suplantada por la narcocultura? ¿Se convertirá el narcotráfico en la cultura dominante?

La cultura mexicana está más viva que nunca, basta observar la calidad y diversidad a nivel internacional de los productos culturales en nuestra literatura, el arte, el pensamiento, el teatro, la música, el cine, el video, la fotografía, el periodismo, etcétera. La narcocultura, que prefiero llamar la subcultura del narcotráfico, ha tenido un auge que comenzó alrededor de tres décadas atrás y ya contempla su ocaso. Tuvo una primera etapa con las películas sobre el tráfico de drogas y el crimen de los años ochenta del siglo XX, por ejemplo, La banda del carro rojo de Rubén Galindo (1978), derivada del corrido homónimo del grupo Los Tigres del Norte, los cuales a lo largo de los años setenta comenzaron a triunfar con este tipo de temas de «Contrabando y traición». La potencia de los grupos criminales en México, que hacia la década de los noventa se explayara por completo, haría que entre 1994 y 2012 la subcultura del narcotráfico se volviera una corriente distintiva en el derrumbe del Estado-nación a través de relatos, canciones, películas y otras expresiones artísticas de índole más o menos apologética. Ahora que en 2015 el país vive una fuerte crisis económica y su política sufre cambios acelerados por la presión de Estados Unidos, se puede apreciar que, como tendencia, aquella va ya de salida. Por ejemplo, ya se registra el descenso de las ventas de libros dedicados a los antihéroes criminales y sus «hazañas» contra la ley. Hay que recordar siempre aquello que adelantó Susan Sontag: el gusto es el contexto histórico y el contexto cambia. La subcultura del narcotráfico jamás suplantará a la cultura mexicana (su historia, memoria, vigencia). El tráfico de drogas, su discurso y narrativas de autoafirmación, comienzan a ser pasado concluso sin viabilidad hacia el futuro: parodia de un tiempo perdido. En cambio, las miradas críticas al respecto mantienen su fuerza.

¿Es México un país de asesinos o de asesinados?

México es un país de asesinados, de asesinos y de una gran mayoría de personas que se niegan a ser ejecutados o convertirse en asesinos. Si no fuera por eso, desde hace mucho tiempo este país sería inexistente.

¿Es México un país de sobrevivientes?

Sobrevivir no sólo es el lema de México, sino que es el lema de la especie humana, por eso fue la especie que triunfó en la creación. El ser humano encarna la conciencia del mal-bien que ha buscado el amor de la verdad para salvarse.

 


Autores
(Torreón, 1978) es autor de los libros Cuco Sánchez blues (2004), La Biblia Vaquera (Fondo Editorial Tierra Adentro, FETA, 2009), La marrana negra de la literatura rosa (2010) y La efeba salvaje (2017), entre otros.
(Ciudad de México, 1983) estudió en la Escuela Activa de Fotografía de Echegaray, donde actualmente es profesora de técnicas antiguas. Colabora en la revista Time Out México
Ilustración de Jorge Calderón

México sufre de una enfermedad silenciosa que aqueja a gran parte de la población. La dificultad para costear alimentos saludables y las bondades del gobierno con la industria de la comida chatarra han hecho que nos acostumbremos al sobrepeso y la obesidad sin saber sobre los riesgos que corre nuestra salud. En este ensayo, Tania Ruvalcaba Valdés nos comparte los resultados de sus años de experiencia como trabajadora en una primaria, a la vez que expone las razones y motivos que empresarios y supervisores escolares tienen sobre la alimentación escolar de las nuevas promociones de mexicanos.

Las imágenes para el fin del siglo, según los ecologistas en la televisión regional durante mi infancia, apuntaban a un escenario a treinta años donde todo era desolación y más desierto. El fin parecía comenzar con una larga sequía donde la gente casi agonizaba de sed, por lo que debía salir de las casas con maletas atiborradas de ropa y colchones enlazados en los techos de los carros. La vida en la ciudad terminaba con la última gota de agua que negaba toda posibilidad de sobrevivencia.

Después de estas imágenes delirantes vino la violencia social, la disgregación de lo que antes llamábamos comunidad. Siguió la influenza aviar, la cual vino a transformar mi distopía. Ahora, virus letales penetraban las paredes de las casas, avanzaban por todo el territorio nacional atacando únicamente a nuestro desgraciado país hasta las fronteras norte y sur. Era necesario prepararnos para los últimos días de nuestra normalidad y el principio del caos: usar cubrebocas, permanecer en casa evitando el contacto humano y rezando para que los mexicanos no fuéramos a desaparecer en masa de este planeta. Mientras, otras muertes avanzaban silenciosamente en la vida nacional, lejos de los reflectores: las narco mantas y todo experimento de biopoder. Así, por más de una década, las nuevas causas de muerte se han llevado a millones de mexicanos, incluyendo a varios miembros de mi familia. Hipertensión y diabetes.

 

Maestra: No llevar una alimentación adecuada, una consecuencia, ¿cuál sería?
Karina: Las consecuencias pueden ser un infarto y … ah… y ah… los de diabetes.
Jaime: Ah, ya sé. Se les para el… este… el intestino grueso.
Maestra: No, el delgado.
Francisco: Que se te para el abdomen, o sea que se les para y ¡ay!, no funciona. A mi abuelita le pasó y la llevaron al hospital.

 

Estas enfermedades se han asociado a otra epidemia que no suscita el cierre de negocios o escuelas, ni ningún otro tipo de pánico mediático: el sobrepeso y la obesidad que afectan a uno de cada tres estudiantes del nivel básico. Ambos padecimientos han crecido sostenidamente desde los años ochenta y derivan de un universo placentero fomentado por la industria alimentaria y la típica dieta mexicana: excesivo hincapié en el azúcar, sal, harina refinada y grasas. Lo último lo podemos observar tanto en nuestras alacenas y refrigeradores como en lo que llevamos de refrigerio a nuestros trabajos o escuelas. Sin embargo, muchas otras personas decidieron hace años suplantar el recetario mexicano por comida hecha en una fábrica y más cercana a lo que algunos especialistas llaman la «dieta occidental». Para cocinarla, sociedades de científicos incansablemente desarrollan productos que puedan sorprender y cautivar nuestros paladares mediante la creación de aromas y sensaciones que afecten a todos los sentidos. El éxito de esta labor nos lleva a dejar como mera curiosidad algo que había sido un hábito con profundas raíces culturales. Así, rápidamente han ido cambiando nuestras percepciones de lo que es sabroso, necesario, deseable y saludable en materia alimenticia.

 

Maestra: ¿Con qué hacemos la sopa?
Alumnos: ¡Tomate!, ¡Consomate!, ¡consomé!, ¡jitomate!, ¡tortilla! Maestra: Ya hicimos la sopa. ¿Sólo eso vamos a comer? Alumnos. ¡Tortilla!, ¡refresco!
Maestra: ¿Vamos a cenar o no vamos a cenar?
Alumnos: ¡Leche!, ¡cereal!
Maestra: ¿Qué cereal? Hay de muchos tipos.
Osvaldo: De lo que sea pero que sea All Bran. (Risas).

 

Los miles de aditivos integrados a los nuevos alimentos han transformado no sólo la composición química de nuestros cuerpos, sino también del medio ambiente y la noción que tenemos de él. Por ello, la Secretaría de Educación Pública comenzó a intervenir en este tema. De esta manera, en 2006 hizo especial hincapié en varios aspectos involucrados con la nutrición y en secundaria buscó sentar las bases para que las nuevas generaciones fueran más conocedoras de todas las dimensiones que conlleva.

 

Judith: Maestra, ¿la leche es de origen animal?
Maestra: Sí.
Judith: La azúcar, ¿a qué pertenece?
Maestra: El azúcar la sacan de la caña de azúcar, es fruta.

 

Se trató, entonces, de formar un criterio más analítico de lo que es la alimentación, apelando a lograr una generación de consumidores más consciente y saludable. Sin embargo, toda esta reflexión se estaría dando en las escuelas, uno de los puntos de venta más exitosos de la industria alimentaria. La razón es simple: en cada una de ellas hay centenares o miles de compradores hambrientos y cautivos, que juntos suman 25’939,193 estudiantes y 1’201,517 docentes (INEE) dispuestos a gastar de uno a setenta pesos diarios en golosinas, frituras, refrescos, jugos, antojitos, panes, pasteles, helados, elotes y cualquier otra cosa que la imaginación de un vendedor pueda concebir. Haciendo un paréntesis, las cifras mencionadas no incluyen al personal administrativo de las 228,205 escuelas preescolares, primarias y secundarias del territorio nacional.

 

Maestra: Antes de venir, ¿comes en tu casa? Alumnos: ¡Sí!
Brianda: Me traen en el recreo.
Maestra: ¿Compras aquí?
Alumnos: ¡Nomás papitas! ¡Y Coca!
Maestra: ¿Y por qué no lo hacen?, traer fruta. Karina: Porque me da vergüenza.
Miriam: Es que vas a estar comiendo así. Dulce: Porque te critican cómo comes. Laura: No me gusta que me vean.

 

El tamaño potencial que representan los compradores de comida chatarra es millonario y nos dice por qué el blanco de la epidemia de la obesidad son los niños y las niñas de México. Ellos enfrentan las condiciones de salud que tenían nuestros abuelos y ahora nuestros padres: enfermedades cardiovasculares, diabetes mellitus, diferentes tipos de cáncer. Para ellos queda la culpa, el estigma de verse diferentes, de no caber en los pupitres y de no ser los favoritos en educación física; también la baja calidad de vida, la negación de una infancia y de una juventud plena. A cambio, las escuelas les ofrecen nuevos productos, alimentos convenientes, «más saludables», los cuales han cambiado de etiqueta o a un envase más pequeño y además, han sido adicionados con suplementos que los hacen parecer más benignos.

 

Supervisora escolar: Ya la misma refresquera está haciendo, aparte del agua natural que les vende, agua con sabor a frutas. Están sustituyendo una cosa por otra. Nada más es cuestión de que el alumno se acostumbre a consumirla, porque están acostumbrados a consumir lo negro. Sí, aunque esté negro, negro.

 

Durante décadas, algunas voces denunciaron en la prensa el visto bueno de las autoridades oficiales a la participación de la industria alimentaria en las instituciones educativas. Sin embargo, fue en el sexenio de Felipe Calderón Hinojosa cuando Pepsico, Bimbo y Coca Cola tuvieron el reconocimiento para ingresar a las escuelas mediante el programa Vive Saludable, en el que las trasnacionales se ocuparían de enseñar lo que es la nutrición en los planteles. Para 2010 los panistas, arrepentidos, anunciaron una nueva política de Estado que pretendía paliar la iniciativa anterior. Esto significó sentar nuevas reglas para exigir la reducción de raciones y de contenidos de grasa, azúcares y sales en los productos industriales, pero ¿por qué seguir permitiendo la participación de las multinacionales?, ¿qué no eran las culpables de la epidemia?

 

Supervisora escolar: Le dan una comisión en efectivo… Pero ahora con esto de que quitaron el refresco pus esa comisión disminuyó al 50%. O sea que le dan en la torre a la escuela otra vez en cuanto a beneficios económicos.

 

Antes de los lineamientos de 2000 era común que los grandes consorcios alimentarios negociaran con las escuelas una «concesión» o bien, un derecho de exclusividad para que no entrara la competencia en el lugar. A cambio, las escuelas recibían botes de basura, pintura, equipo deportivo y dinero en efectivo que financiaba la operación de la institución. En este sentido, la industria alimentaria se convirtió en un gran subsidiario de los centros educativos y, en ocasiones, el único.

Con Vicente Fox Quesada, se estableció en su momento que las escuelas públicas debían de competir entre ellas para que las ganadoras pudieran captar recursos económicos vía el programa Escuelas de Calidad. Un sexenio y medio después podemos tomar un paseo y confirmar que sin el patrocinio de las trasnacionales se aceleró el declive de los centros educativos en cuanto a su infraestructura, mobiliario y servicio. Ahora, si alguna escuela desea comprar una escoba, trapeador o fotocopiar algún documento tendrá que conseguir sus propios recursos para financiarlo. Aquí comienza la nostalgia por la era de oro entre las escuelas y las industrias de la comida chatarra.

 

Maestra: Ahora vamos a ver bulimia y anorexia, porque son enfermedades que derivan de la obesidad. A ver, la mayoría coincidió en que eran problemas ¿psicológicos o sociales?
Alumnos: ¡Psicológicos!, ¡sociales!
Óscar: Sociales porque pueden ir al Seguro Social.
Maestra: Son psicológicos.

 

Mientras tanto, los científicos de la salud debaten sobre cuáles son las causas profundas de la obesidad y del sobrepeso, en qué dimensiones abordarlas, a quién delegar el trabajo para girar el destino de millones de mexicanos. Décadas atrás, discutimos sobre la gula, la falta de amor propio, la percepción distorsionada de la realidad, pero frente a una epidemia se debe ir a fondo y en grande. Ante la falta de resultados, la Organización Mundial de la Salud debió poner la discusión en la mesa y presionar para ver cambios trascendentales en la acción gubernamental. De ahí derivan decisiones sobre la venta de comida en las escuelas e impuestos elevados en lo que se considera chatarra, pero aún queda más por hacer que pueda impactar a las familias y sus hábitos, a las formas sedentarias de vivir en este mundo.

 

Supervisora escolar: La mamá, saliendo de la escuela, le compra al alumno productos chatarra. Entonces tenemos una lucha constante. Tenemos niños de colonias de nivel medio y medio bajo donde madres y padres trabajan pero no se ocupan de la alimentación del niño.

 

En este sentido, es necesario recalcar la relación escuela-comunidad donde ambas se permean, en este caso en los patrones de conducta alimentaria. Además del factor cultural, las familias impactan en las escuelas mediante su situación económica, es decir, su posibilidad de acceder a refrigerios perecederos o más sofisticados, a distintas cantidades y calidades en la comida. Entonces, tendríamos que voltear a ver la pobreza alimentaria, la cual también tiene efectos en la salud de los menores y que se manifiesta en la baja talla infantil que todavía afecta aproximadamente al 10% de los infantes y jóvenes en edad escolar (ENSANUT, 2006).[1]

 

Supervisora escolar: A lo mejor un alumno de la secundaria 33 sí te puede consumir un yogur o una gelatina o un jugo natural, porque así lo tienen acostumbrado en su casa, pero un alumno de la 22, un alumno de la 44 que apenas tiene para los frijolitos, ¿a poco crees que van a preferir un jugo?

 

Esto complica aún más el tratamiento que se le pueda dar a la epidemia del sobrepeso y la obesidad. Así, sumando a la cifra anterior el 30% aproximado de los menores con sobrepeso y obesidad, tenemos que el 40% de los estudiantes del país no tiene las condiciones físicas necesarias para una vida plena. En esta situación, dentro de poco tomarán las riendas de un país enfermo. Hace cuarenta años nadie imaginó que estaríamos ante este escenario. Además, gozábamos de seguridad alimentaria pues los campesinos producían todo aquello que consumíamos, ¿a quién podía preocuparle nuestro futuro? Ahora, en cambio, enfrentamos grandes retos; las siguientes cuatro décadas son turbias y la prosperidad pareciera negada.

 

 

[1] En el caso del grupo de edad de 12 a 17 años sólo se tiene información de las mujeres para 2006.


Autores
(Torreón, 1977) es socióloga y candidata a maestra en Educación por la Universidad Pedagógica Nacional. Inició su vida laboral en la enseñanza pública y desde 2007 ha documentado la alimentación escolar. Ha presentado sus investigaciones en congresos a nivel nacional e internacional y ha colaborado con el diario Milenio.

En tiempos de la globalización, gracias a que internet borró la mayoría de las fronteras para conocer otras culturas, los cibernautas han decidido poner toda su vida en eso que Juan José Arreola predijo que podría convertirse en «el basurero de la humanidad». Así, José Jiménez Ortiz debate sobre lo que será de la humanidad una vez que sólo queden esos cementerios que ahora conocemos como Facebook y Twitter.

Lo relevante en la mentira no es nunca su contenido, sino la intencionalidad del que miente. La mentira no es algo que se oponga a la verdad, sino que se sitúa en su finalidad: en el vector que separa lo que alguien dice de lo que piensa en su acción discursiva referida a los otros. Lo decisivo es, por tanto, el perjuicio que ocasiona en el otro, sin el cual no existe la mentira.

Jacques Derrida

 

En el pasado, los símbolos y los rituales nos ayudaban a recordar; en la actualidad son los documentos digitales los que nos ayudan a hacerlo. Al introducir la estética de la información (info-aesthetics), Lev Manovich aborda el flujo de información que los internautas procesan y almacenan, ya sea en su vida laboral o bien en la personal.[1] En un sistema de redes, los nodos se mantienen activo en la medida en que permitan el ir y venir de datos a través de ellos, sin importar quién los opera. Pensemos en qué pasa con los bots: a pesar de estar programados para decir lo mismo que miles de cuentas similares, cumplen las funciones básicas de cualquier otro internauta.

¿Qué pasa con esos «trazos digitales de nuestra existencia» de los que habla Manovich cuando uno muere? Si el internet es un protocolo para la transferencia de datos entre nodos, sale a flote una serie de interrogantes en torno a cómo ocurre la muerte en un sistema de redes. ¿Pasa cuando un nodo deja de procesar datos o cuando el usuario que opera ese nodo pierde la vida?

Un usuario ¿es?, ¿está?, ¿existe?, ¿habita?, ¿transita? Ubicando nuestro objeto de reflexión en lo que podemos llamar genéricamente «realidad», chocamos con una cuestión presente a lo largo de la historia de la filosofía. Durante siglos, grandes pensadores han tratado de darle sentido a la cuestión, más que formular respuestas. Siempre ha sido un tema bastante trabado que peor se puso cuando Jürgen Habermas publicó en 1962 su obra The Structural Transformation of the Public Sphere: An Inquiry into a Category of Bourgeois Society,[2] generando con su noción del espacio público un apéndice gigante a la pregunta en cuestión: ¿de qué manera se sitúa el ser humano en la realidad, tanto en el espacio público como en el privado? Más complejo se ha puesto el asunto cuando nos ponemos a pensar que el concepto desarrollado por Habermas ha caducado en tiempos post social network.

Se trata de una ecuación sumamente compleja con variables en distintos postulados teóricos enfocados a cómo interpretar los conceptos de realidad, realidad virtual, espacio público, para con ello despejar las incógnitas relativas en torno a la función humana dentro de dichos lugares; llegamos a una pregunta que perturba al sujeto que forma parte del tejido social contemporáneo: ¿la realidad virtual, esa que las personas integran dentro de redes sociales, forma parte de la realidad misma? Si aún no decidimos si el ser humano es, está, existe, habita o transita la realidad propiamente dicha, ¿cómo saber cuál es su rol dentro del complejo sistema de redes en el cual interactúa con otros miles de usuarios? Si aún no definimos aquello que nos empeñamos en llamar realidad, ¿cómo explicar lo que estamos presenciando en un mundo tomado por empresas que ofrecen una vida detrás de un user name y una picture profile?

Pensemos en un escenario real, bello y siniestro: en el futuro, cuando todos sus billones de usuarios estén muertos, Facebook, WhatsApp, Instagram y Twitter serán cementerios. Es aquí donde no puedo dejar de pensar en Jaques Derrida y su obra Aporías,[3] donde el francés afirma que «vivir significa dejar huellas». A él le interesaba la idea de que vives al dejar una huella y luego la dejas atrás, por lo tanto vivir significa morir. Para él, cada trabajo de escritura es una pequeña muerte. Si trasladamos esa idea a cada tweet, cada post en Facebook, cada foto en Instagram o cada conversación en WhatsApp, se vuelven instantáneamente en huellas de nuestra muerte. Derrida escribió: «La huella que dejo significa simultáneamente mi muerte, mi muerte por venir y la esperanza de que me sobrevivirá. No es una ambición de inmortalidad; es fundamental. Dejo aquí un pedazo de papel, lo dejo, muero; es imposible salir de esta estructura; es la forma inmutable de mi vida. Cada vez que dejo ir algo, vivo mi muerte en la escritura».[4]

Ahora, ¿qué pasa con todo esto en un lugar como México, nación culturalmente diferente, desigual económicamente y desconectada tecnológicamente? La globalización en México es disímbola, diacrónica y segregada, entre los polarizados habitantes multimillonarios, pobres y miserables. Las huellas, entonces, son cosa exclusiva de aquellos que tienen acceso a la tecnología que nos permite vivir y trascender la existencia terrenal en el plano de las redes sociales. A pesar de la hiperpoblación de redes wifi, de la aparición de smartphones de bajo costo y de los programas académicos de la Secretaría de Educación Pública que incluyen inglés e internet, en nuestro país sólo 44.4% de la población tiene acceso a esta realidad.[5] Son cuatro de cada diez mexicanos los que pueden crear un perfil y ser alguien después de su muerte. En un ambiente multidocumentado en el que los medios de comunicación son parte de nuestra vida cotidiana, volvemos al tema de lo real. ¿Acaso las fotografías que tomé y que miro después pueden reemplazar mi memoria actual sobre un lugar, una persona o un hecho? De ser así, ¿quién controla mi pasado?, ¿quién lo que existe en mi memoria o mis registros sobre ella? ¿El 66.6% de la población no forma parte de la realidad? ¿A dónde van a dar sus huellas? ¿A quién le importa su acta de nacimiento o certificado de defunción?

Dentro del contexto hiperviolento en el cual vivimos los mexicanos, podríamos pensar un poco más en esas huellas de las que habla Derrida. La muerte está a la vuelta de cada esquina y sería bueno considerar cuál es nuestra última huella: ¿una marcada en la realidad concreta, o un estado de WhatsApp convertido en epitafio? Mientras los cibernautas se exponen al tema del secuestro de cuentas, la población desconectada se expone a un secuestro real. Mientras el habitante de las redes sociales traslada el problema filosófico de la existencia al terreno de la realidad virtual, el ser humano sin acceso a la tecnología sigue enfrentando la muerte en las mismas condiciones de miseria que lo hicieron sus antepasados: como un personaje anónimo sin derecho a escribir un epitafio, por no tener recursos para grabar una lápida. Ni siquiera en Facebook.

 

[1] Lev Manovich, The Language of New Media, Cambridge, MIT Press, 2001.

[2] Jürgen Habermas, The Structural Transformation of the Public Sphere: An Inquiry into a Category of Bourgeois Society, Cambridge, 1962 trans 1989.

[3]Jacques Derrida, Aporías: Morir-esperarse (en) Los límites de la verdad, Ed. Paidós, 1998.

[4] Idem.

[5] Encuesta sobre acceso a tecnología del año 2015 del Instituto Nacional de Estadística y Geografía.


Autores
es artista visual. Ha expuesto su obra en la Bienal de Mercosur en Brasil, el proyecto Space and Books en Alemania, y en el Museo de Arte Carrillo Gil, entre otras muestras. Beneficiario del Programa Bancomer MACG Arte Actual 2010.

El Rancho Ciencias Naturales se gesta como una asociación de personas con procesos afines y sinérgicos que buscan generar proyectos colectivos a partir de su interés por adoptar estilos de vida que tiendan hacia la autosuficiencia energética y material, así como al uso integral del cuerpo humano como herramienta de conocimiento y producción. Sin olvidar la identidad cultural urbana de sus miembros, pone de manifiesto la experimentación de lo rural como principio de investigación para explorar las posibilidades de nuevas identidades híbridas. Para ello, y basado en la filosofía del open-source, el proyecto será documentado desde su inicio y se compartirá abiertamente la información generada en forma de manuales, gacetas y artículos.

El espacio rural recientemente obtuvo el certificado parcelario para arrancar esta iniciativa y está localizado en una zona de lluvia que, aunque carece de servicios básicos, cuenta con las condiciones necesarias para ser cultivada y habitada por medio de la bioconstrucción. Se tiene planeada la realización de espacios para vivienda para un grupo limitado de personas, espacios de producción e investigación de campo, que alojen encuentros transdisciplinarios a manera de residencias, talleres y cursos, conferencias que estén relacionadas con algún tema sobre sustentabilidad y ecología, contemplando una proyección consciente y responsable hacia el futuro del espacio y su entorno.

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Autores
(Ciudad de México, 1980) estudió Arte y Diseño industrial en la UNAM. Ha expuesto su trabajo en México, Estados Unidos y Europa.

¿Recuerdan que un exvillista le regaló al General Cárdenas su rifle Winchester 30-30 como agradecimiento por la Reforma Agraria, que repartía en su mayoría las porciones de tierra estériles a diferencia de las que los generales tomaron al término de la matanza iniciada en 1910? ¿Lo recuerdan?

De esas tierras pedregosas a mi abuelo no le tocó ni el cascajo. Ha sido durante años un misterio para mí, ese no saber de qué lado de la revolución estuvo mi abuelo. El Atlas de México de Porrúa dice que por geografía fue zapatista; desgraciadamente, por mis deducciones he de decir que finalmente quedó en el lado oficialista con los sonorenses, aunque después, para beneplácito de mi lado socialista funcional, quedara del lado de Cárdenas por la misma lógica de los acontecimientos.

Como es lógico, por mi edad nunca lo conocí. Murió el mismo año en que fui concebido. Así que es muy difícil saber a ciencia cierta muchas cosas; lo que sí tengo claro es que tuvo varias esposas y después de enviudar en distintas ocasiones, a la última, mi abuela, le tocó enterrarlo.

Una de las múltiples anécdotas que escuché en torno a ese fantasma que es mi abuelo es que en los años sesenta conservaba consigo la única herencia defendida a punta de golpes en la Revolución: su Winchester 30-30.

Según mi abuela, que aún vive (ella tenía quince años cuando se casaron; él cincuenta), mi abuelo había completado una suma de dinero para comprar terrenos de labranza, pero necesitaba un poco más para poder adquirirlos, así que decidió venderlo por una cantidad respetable para, por fin, hacerse campesino, ya que nunca le dio por serlo plenamente —la revolución lo agarró a los diecisiete y no lo soltó hasta bien entrado el siglo XX—. Semanas después, el 30-30 cobraría su última víctima en un poblado vecino. Si compras un arma de fuego, seguramente es porque vas a usarla. El nuevo dueño lo tenía claro.

En mi afán por recuperar ese rifle, me aventuré en diversas direcciones. Aquí una de las esotéricas: en los mismos terrenos decidí colocar un señuelo para provocar la reiterada visita de un quebrantahuesos, así tendría una señalización clara de cómo puede existir un olor metafórico a muerto con los zopilotes rondando de forma cotidiana los terrenos. Al quinto día, después de convertirme en observador de aves de rapiña, dejé de luchar con los perros de los ranchos cercanos, me rendí ante un su renovada estrategia diaria por robarme las putrefactas tripas del señuelo; nunca vi a ningún animal regodearse con tanta gloria mientras traga.

Y aunque fui obligado cuando niño a cantar el corrido 30-30, enhuarachado, con bigote falso bajo el sol del mediodía, con una vergüenza titánica, aún sigo en la búsqueda de la carabina que fue lo único que mi familia obtuvo de entre un millón de muertos.


Autores
(Oaxaca, 1985) es artista visual. Ha participado en la III Trienal de Port Izmir, la VI y la III Bienal de Arte Joven de Moscú, la XII Bienal de Estambul y la VIII Bienal de Mercosur.

Un día de 1999 o 2000, mientras caminaba en las cercanías de Echo Park, área donde entonces vivían los mexicanos en Los Ángeles, me llamó la atención que, junto a las cloacas, había olotes tirados en las jardineras. Parte del paisaje urbano, como podrían serlo en algún parque del Distrito Federal o en cualquier pueblo de México. Nuestros compatriotas se habían llevado con ellos la costumbre de comer maíz con crema y chile en parques y festejos. Me pareció que esos olotes ensartados en un palo eran elocuentes marcadores de la presencia mexicana en esa área. Por mi interés en aquellos rastros de una cultura que no está codificada de un modo tan evidente en otro contexto, pensé que debía hacer una escultura con el tema. Le comenté esta idea a mi amigo Rubén Ortiz y decidimos hacer réplicas realistas de olotes mordidos. Esta cosecha sería un múltiple de edición ilimitada que se vendería por kilo, incluso logramos posicionar varios en la entonces naciente colección Jumex. Los olotes llegaron a ser parte de la controvertida muestra sobre la Ciudad de México en el P.S.1. (Nueva York, 2002) en donde se anunciaron como Elotes/Maíz transgénico.

Durante los últimos veinte años las compañías de biotecnología y el gobierno de Estados Unidos han considerado que la adopción de cultivos transgénicos es la mejor apuesta para el futuro de la alimentación mundial. El presidente que hoy tenemos en México también defiende su uso, incluso enfrentando las demandas que se han presentado para proteger la biodiversidad, la sustentabilidad y la soberanía alimentaria nacional. Una insistente campaña internacional en medios masivos acompaña la elección de estas tecnologías, como un artículo reciente en la revista National Geographic que incluyó el rechazo a los transgénicos en una lista de quienes tienen una «guerra contra la ciencia», equiparando esta toma de posición con la negación del cambio climático o el rechazo a las vacunas. El artículo menciona un consenso científico amplio sobre la seguridad de estos cultivos para los consumidores. La defensa de la causa de los transgénicos tiene de su lado a científicos célebres como Richard Dawkins, autor de El gen egoísta, y Neil deGrasse Tyson, el astrofísico conductor del remake de la serie Cosmos.

La historia es diferente en México, sobre todo porque la seguridad del consumidor no es la única razón para tener precaución con estas tecnologías. Hay una gran cantidad de científicos que secundan las preocupaciones del doctor Emilio Chapela, uno de los primeros en estudiar el tema. José Sarukhán, ex rector de la unam y especialista en ecología, además de otros muchos, han analizado a fondo la situación, concluyendo que en México la liberación de cultivos transgénicos sería catastrófica.

Queda claro, gracias al trabajo de grupos como la Unión de Científicos Comprometidos con la Sociedad o la campaña Sin maíz no hay país, que el maíz transgénico vulnera las prácticas agrícolas sustentables de los grupos de pequeños agricultores en México, quienes todavía generan la mayoría de la producción del grano en el país. La teoría más aceptada es que fueron los agricultores antiguos en el territorio que ahora es México quienes criaron la planta del maíz a partir del pequeño teocintle, hace aproximadamente ocho mil años. La gran variedad de razas de maíz en el país es testimonio de esta herencia biocultural que estas técnicas de agricultura industrial ponen en grave riesgo. La insistencia en un monocultivo destruye los suelos y hace probable la contaminación de las plantas nativas con rasgos transgénicos. La siembra de maíz transgénico es una actividad que pone en riesgo la producción agrícola nacional y la seguridad alimentaria no sólo de México, sino del mundo entero.


Autores
(Ciudad de México, 1968) es artista visual y escritor. Ha recibido varios reconocimientos. Entre sus exposiciones individuales más importantes se encuentran Stonehenge Sanitario y Bitácora Artística.

¿Cómo podemos reflexionar sobre la muerte desde las artes visuales? Carolina Alba traza las inquietudes de un grupo de artistas que relacionan su trabajo con la muerte del campo (territorio), la muerte del discurso (política), la muerte del maíz (alimento) y la muerte de la ciudad (hábitat), para dar sentido a un conjunto de propuestas que cuestionan nuestra realidad inmediata.

En una de sus publicaciones periódicas para la revista e-flux, Boris Groys (2013) nos recuerda que la finitud de la existencia humana previene a la humanidad de alcanzar la perfección e invita al artista a no volverse inmune ante el bacilo del cambio, la enfermedad y la muerte, sino por el contrario, que se deje permear por estas situaciones, que las explore y confronte. La escasez del tiempo y la energía es lo que determina la finitud humana, pero no sólo eso: estos mismos factores fueron lo que definieron en gran medida las bases para la evolución de la naturaleza. El ideal de la copia de una molécula dependió del tiempo que tuviera, ya fuera para replicarse con gran velocidad o para hacerlo de manera más lenta pero con mayor precisión. El que para ambos casos los recursos siempre fueran limitados, finitos, propició la competencia, y por ende, la ya conocida lucha por la existencia, la supervivencia.

Sin embargo, hay todavía dos variables importantes por considerar en este proceso evolutivo: la estabilidad (resistencia) de la copia del molde, y la gran posibilidad del error en alguna de las copias. El error se vuelve entonces un factor atractivo para retomar, ya que sin poderlo clasificar como mejor o peor, propiciará la evolución misma. De hecho Richard Dawkins, en su libro El gen egoísta (1993), nos aclara que nada en realidad desea evolucionar; por el contrario, la búsqueda por una estabilidad forzó a que dichos replicadores (genes, moldes) desarrollaran maneras de autodefensa, también llamadas máquinas de supervivencia. Dichos vehículos de subsistencia debieron irse perfeccionando en técnicas y artificios, y henos aquí. Pero el objetivo principal de Dawkins en su libro es examinar la biología del egoísmo y el altruismo, y defiende que estas máquinas de supervivencia están programadas para perpetuar las moléculas egoístas, también llamadas genes. De hecho, es irónico pensar que si fuera más fácil aprender a ser altruistas sería debido a un condicionamiento genético. Pero lo que nos interesa al hablar de la muerte, presente de diversas maneras a nuestro alrededor, son aquellas influencias que se han ido aprendiendo y transmitiendo de una generación a otra a través de la cultura.

Dawkins nos ofrece dos panoramas inmediatos, uno en donde reina el altruismo, y otro el egoísmo. En el escenario del altruismo, algunos deberán sacrificarse por el bienestar del grupo, también llamado «selección de grupos»; por el contrario, en el escenario de la «selección individual», algún rebelde no estará dispuesto a tal sacrificio, y esto mismo le dará mayores posibilidades de subsistir y reproducirse. Por consiguiente, la herencia serán estas cualidades egoístas y, tras varias generaciones, finalmente los que quedarán del grupo altruista se identificarán con el grupo egoísta.

Todo esto podría ser «aparente»; sin embargo, si se piensa en la muerte del campo (territorio), la muerte del discurso (política, bienestar común), la muerte del maíz (comida) o la muerte de la ciudad (hábitat) en México, vemos que la teoría de aquel zoólogo inglés heredero de Darwin cobra sentido.

Vivimos en el inicio de la era del info-capitalismo (Mason, 2015), donde la abundancia de la información del conocimiento y la inmediatez de la imagen no nos permiten «fiarnos de lo visible», y hemos tenido que regresar a uno de nuestros sentidos más básicos para distinguir el estado de las cosas: el olfato. En efecto, algo huele mal, a podrido. Distinguimos el olor común/ tradicional de los elotes con mayonesa y chile de nuestras calles llenas de comida pero tirados como basura en barrios extranjeros, herederos de una bio-cultura milenaria; el olor a muerte de las tierras estériles repartidas y millones de muertos por una revolución ficticia, el olor a pólvora de los trofeos de conflictos de años que no permitían trabajar pero que se conmemoran; el olor al dinero criminal normalizado como democracia que fluye a través de los discursos sordos y sin sentido, pero nos cuesta imaginarnos el olor de nuevos hábitos sustentables y una permacultura autosuficiente porque, quizá, hemos heredado el gen egoísta y despiadado. Sin embargo, es relevante reflexionar sobre las condiciones y el contexto donde este ser ha sobrevivido y prosperado.

Este dossier de arte invita a pensar, a través de una breve línea histórica, en la relevancia urgente de políticas alimentarias que reconozcan el pasado particular de una herencia milenaria de la biodiversidad del maíz con el proyecto de Eduardo Abaroa y Rubén Ortiz. Acto seguido, cuestionar la trascendencia del pasado inmediato de la reforma agraria tras la Revolución con la obra de Edgardo Aragón, para así reflexionar en el presente y la democracia que vivimos basados en la normalización del narcotráfico y, finalmente, repensar el futuro de la cultura que queremos heredar entendiendo nuestra historia, considerando un contexto urbano-rural en una era de la producción colaborativa que usa la tecnología de redes para producir bienes y servicios con el proyecto de Rancho Ciencias Naturales de Paulina Lasa. Porque si pensamos que, como Mason cita a Karl Marx, el conocimiento dentro de las máquinas debe ser social, el poder de la imaginación, el diseño y la información basado en un sistema de redes podría permitirnos, quizá, regresar a maneras más altruistas de subsistir por un bienestar de las especies, a partir de reflexionar sobre el riesgo de la estabilidad contra el error y de carecer de una memoria histórica colectiva que nos haga caer en la trampa de repetir patrones.

 


Autores
(Ciudad de México, 1982) hizo una maestría en Historia del Arte y del Diseño en Kingston University London, es académica en la uia Santa Fe y genera proyectos independientes entre la investigación y la práctica artística. Fue miembro del colectivo Nerivela y coordinadora el proyecto educativo Estudio Abierto del Museo de Arte Carrillo Gil.
Foto de Pedro Pardo

Quién, qué dios,

qué enloquecidas alas

podrán venir, amar

aquí.

Donde no hay nada.

Antonio Gamoneda

La muerte no es el descanso eterno para los familiares de los finados. En esta crónica, Paul Medrano escribe sobre dos casos comunes en nuestro país, una muerte a causa de la diabetes y un asesinato por grupos del narcotráfico, donde muestra que morir es sólo el primer paso de un largo y costoso pesar para los deudos, quienes deambulan entre el dolor, coronas de flores, corrupción y falsas funerarias.

Junior murió hace un año, poco antes de sus dieciocho. Encontraron su cadáver arrumbado en un lote baldío de Guadalajara. La policía relató en su informe que fue majado a golpes y luego torturado durante mucho tiempo. Después le metieron catorce balazos. Pasaron tres días para que su familia se enterara de la ejecución y necesitaron casi dos horas para reconocerlo.

El ombligo de Junior estaba más allá de Zapopan. Mucho más allá. Provenía de la región serrana de los límites entre Guerrero y Michoacán. Hijo de un profesor rural y un ama de casa, Junior creció en un ambiente hostil y violento que lo predispuso a tomar el camino más común entre los adolescentes sierreños: el narco.

Sus primeros logros fueron presumidos en Facebook. Junior fumando a través de un bong; Junior en un restaurante, rodeado de botellas de whisky JB y dos jovencitas de su edad; Junior en una selfie en un motel barato, en una cama detrás se ve un montón de billetes de cien y cincuenta pesos; Junior en una motocicleta Italika, quemando llanta; Junior con un traje camuflado en una zona inhóspita, rodeado de cerros inmensos y árboles hasta el infinito.

Cuando al profesor rural le informaron sobre los pasos en los que andaba Junior, fue tajante en su sentencia: «si él escogió ese camino, que lo ande. Pero andará solo. Ya está bastante grandecito para que yo lo cuide».

Nadie volvió a hacerle la observación. Nadie. Ni siquiera su esposa, cuando vio entrar el féretro de su hijo por la puerta de su casa.

Desde que se enteró de la muerte de Junior, su padre fue a ver a un amigo que incursionó en la política para que lo ayudara a conseguir un lote en el panteón municipal. Cada espacio de tierra en el camposanto, de 2 x 3 metros, cuesta novecientos pesos. No es mucho, pero hay que mover influencias para que no te toque en una ladera, junto al basurero o encerrado entre mausoleos.

El profesor buscaba un espacio digno para enterrar algo más que a su único varón; enterraría, también, su apellido, su estirpe. Y en un lote de panteón no cabe tanto. Tuvo suerte; su amigo político no sólo le consiguió un buen lugar, sino que usó sus contactos para que el lote de Junior no tuviera costo.

Pero no todo iba a ser tan fácil: cuando llegó a Guadalajara a reclamar el cadáver de su hijo, le informaron que para «entregarlo» debía aportar una cuota voluntariamente obligatoria al Ministerio Público por los trámites que exigió el caso. El motivo: las circunstancias de la muerte vinculadas a grupos delictivos. La cooperación fue impuesta en veinticinco mil pesos y no hubo poder humano que la redujera. De este trámite no queda prueba alguna, pues es un movimiento que se realiza bajo el agua. Lo mismo pasó en el Servicio Médico Forense (Semefo) y con el acta de defunción. Además, tuvo que someterse a un interrogatorio de rutina para responder algunas preguntas sobre el oficio de su hijo.

El padre de Junior creyó que por fin había acabado el viacrucis, pero faltaba lo mejor: el Semefo exige los servicios de una funeraria para entregar el cadáver. Por ley, los deudos no pueden llevarse el cadáver como si fuera un televisor de plasma. De modo que tuvo que contratar una agencia funeraria que de inmediato le informó que, para trasladarlo a su lugar de origen, los honorarios y trámites extras iban a duplicar el costo inicial: veintiocho mil pesos.

A todo eso tuvo que sumarle los seiscientos del costo de la misa, doscientos pesos para la rezadora que veló durante la noche, quinientos para elaboración del altar, dos mil quinientos a cada uno por las flores y los músicos, setecientos de veladoras, cuatro mil para alimentación de los dolientes, dos mil pesos para bebidas frías y calientes, trescientos cincuenta en platos, vasos y cucharas desechables; cien pesos de servilletas, cuatrocientos de pan dulce, ciento cincuenta de tortillas, ochocientos para la ropa fúnebre (sin zapatos), y casi cinco mil de bebidas alcohólicas.

Pero no todo fue negro. La novia de Junior está embarazada.

Aquí ni los muertos descansan.

Eso lo supo David cuando le avisaron que su madre había muerto y recordó que una de sus últimas voluntades era que cremaran su cuerpo. Cuando terminó la llamada en su celular, se limpió las manos del cemento aún fresco, se quitó la gorra en señal de luto y miró al cielo unos instantes. La pesadilla apenas empezaba.

«Acaba de hablarme mi hermana para avisar que mi madre ha muerto», le dijo al encargado de obra. Un entallado «lo siento» salió de su estricto jefe. «Ve a hacer lo que tengas que hacer, David». Eso significaba que tenía el día libre de trabajo, no de congojas.

Bajó por la improvisada escalinata que servía para toda la peonada de la obra. A su paso no apreció la sinfonía de sonidos que emanan de una construcción. Su mente estaba en el último deseo de su madre, pero también en el tercer parto de su mujer.

Al llegar a su casa, su esposa lo abrazó. Ya sabía la mala noticia.

Agotada por la diabetes, la madre de David pasó sus últimos dos años entre hemodiálisis, coma diabético, breves etapas de estabilidad y una férrea negativa al estricto régimen alimenticio.

La diabetes agotó primero la vista, luego los riñones. Era necesario cambiar de vida. Los siete hermanos organizaron un minucioso cronograma para repartirse el trabajo y los gastos. Como la albañilería es un oficio eventual y absorbente, David aportaba una cuota mensual para subsanar gastos y compensar su ausencia. Además, su mujer iba cuatro días al mes a cuidar a la suegra, ya fuera en el hospital o en la casa materna.

En algún momento de la enfermedad, la madre de David comenzó a cocinar la idea de la cremación. «Quiero acabar de raíz con este mal», justificaba. No hubo explicación que la convenciera de que la diabetes no es causada por un virus o bacteria, sino por una falla biológica. Con el tiempo, los hermanos se hicieron a la idea de que había de ser cremada, pero veían lejos el momento.

Cuando murió, venía de un periodo de relativa mejoría. Por eso el asunto de la cremación los tomó por sorpresa. En la cama de hospital, ante el cadáver, repartieron responsabilidades para el velorio y David fue el encargado de la cremación.

David no sabía nada de quemar carne. Su referente más cercano era el de los cuarenta y tres estudiantes supuestamente calcinados en el basurero de Cocula, entre el 26 y 27 de septiembre del 2014. Para él, tal cosa no pudo ocurrir. Ahora, lo que sí debía ocurrir era la de su madre, un último deseo que debía ser cumplido.

Antes de salir del hospital de Acapulco, preguntó a dos enfermeras sobre alguna empresa que se encargara de cremaciones. Ninguna le dio razón, pero le sugirieron que se dirigiera al cubículo de información, a la entrada del nosocomio. Cuando salió a la calle ya tenía los datos, tomó su teléfono celular y llamó al número proporcionado. Casi se fue de espaldas cuando le informaron del costo, veinticinco mil pesos. Era demasiado para un último deseo. Buscó otras opciones, hasta que la funeraria Manzanarez le pidió doce mil. Accedió.

Dos días después, luego del velorio, los familiares acompañaron a la vieja carroza fúnebre que trasladaba el cuerpo de la madre de David. De la zona de hospitales, donde velaron el cuerpo, el cortejo enfiló hacia La Cima. Luego de un prolongado descenso llegaron a la zona de Las Cruces, en la entrada de Acapulco, y tomaron la avenida hacia Puerto Marqués.

En unos minutos llegaron a Cremaciones del Pacífico. Cuando bajó del taxi colectivo, David miró aquel lugar con cierto asombro. Parecía una casa color beige, con techo a dos aguas y el volado pintado de verde. Un pequeño letrero rectangular blanco con la razón social en letras negras y una silueta de lo que parece ser un farol.

Por el frente sólo tenía una puerta blanca y una ventana, de la cual salía el equipo de aire acondicionado. A un costado sobresalía una bodega con un pequeño portón. En su parte superior, de nuevo la razón social en otro tipo de letra y un par de alas. A un costado de ese negocio, la miscelánea Alina, y del otro, una ferretería.

Una secretaria les dio la bienvenida. Los atendió de manera amable y les dijo que por órdenes de la Secretaría de Salud no podían presenciar el proceso crematorio. A David le pareció atinado el comentario. Asimismo, le informaron que el proceso duraría varias horas, por eso les recomendaron que fueran al día siguiente a recoger la urna con cenizas.

Al día siguiente, como acordaron, fueron a recoger la urna y el domingo, después de una misa, la familia se trasladó a Pie de la Cuesta, donde esparcieron las cenizas. Fue un momento emotivo, pues cada pariente tomó un puñado y lo lanzó al mar.

Dos meses después, las noticias revelaron un hecho espeluznante: descubrieron sesenta cadáveres en un crematorio abandonado. El parte oficial afirmó que era muy probable que se tratara de un fraude de servicios funerarios. El lugar era el mismo donde David dejó los restos de su madre.

Poco después David recibió la llamada de una sus hermanas. Aunque la sospecha los carcomía, confiaron en que no se tratara de su madre. Sin embargo, por la noche, cuando se difundieron las primeras imágenes del interior de ese lugar, David reconoció en uno de los cuerpos una mantilla aperlada con la que envolvieron a su madre durante el velorio, para ser trasladada al crematorio. La duda lo abofeteó. ¿Serían de ella los restos putrefactos debajo de aquella mantilla o simplemente alguien se la había quitado antes de cremarla?

Al día siguiente acudió a la Fiscalía General del Estado, donde un gran número de personas esperaban informes sobre los sesenta cuerpos. Platicando entre ellos, descubrieron que habían llegado de diferentes agencias funerarias. La exigencia de claridad calentó los ánimos. Todos los posibles defraudados se plantaron en la entrada de la Fiscalía en espera de datos fidedignos.

Horas después, la Fiscalía informó que, debido al estado de descomposición de los cuerpos, la identificación ocular era imposible, por lo que era necesario realizar pruebas biológicas. Entonces solicitó a los posibles afectados muestras para ser comparadas. Asimismo, advirtió que los resultados tardarían algunos días por el número de cuerpos.

Un mes después, David fue informado de que su madre sí estaba entre los cadáveres. Pensó que la cremación no había sido buena idea. Tampoco había sido buena idea ser el encargado familiar de este proceso. Maldijo su oficio de albañil y se recriminó por no haber terminado una carrera, como siempre le decía su madre. Ahora ya todo estaba hecho.

David y su familia despidieron a su madre por segunda vez en un panteón. David se encargó de elaborar la fosa, la gaveta y un pequeño mausoleo. Cada domingo la visita.


Autores
Ciudad Victoria, Tamaulipas. Feo, fuerte y formal. Ha publicado Dos Caminos (UNAM, 2010), Flor de Capomo (Tierra Adentro, 2011) y Noches de yerba (Tarántula Dormida, 2011).