Ella, mi mamá, murió el 12 de octubre, Día de la Raza. Simpática ironía del destino, ya que era historiadora y había dedicado buena parte de su carrera a estudiar el así llamado descubrimiento de América, ocurrido, como quien dice, en tal fecha —como si fuera posible descubrir algo tan grande en un día—. Ella, mi mamá, vivía sola en un departamento de dos habitaciones en Coyoacán, con libreros que iban del piso al techo y en los que nunca encontré un solo libro que me interesara. Yo la visitaba los sábados, en general, aunque a veces pasaban rachas de dos o hasta tres meses en que ninguno de los dos hacía nada por ver al otro. Luego ella me llamaba un viernes en la noche para decirme que le habían regalado un pastel de zanahoria en la universidad y que podía ir a probarlo al día siguiente. Desde luego no era verdad: ella, mi mamá, compraba esos pasteles para atraerme cuando la culpa de nuestro distanciamiento la alcanzaba. Es decir, los pasteles de zanahoria eran la carnada, como quien dice.
Además de verla a ella, a mi mamá, no había mucha más gente a la que frecuentara por decisión propia. Llevaba una relación cordial y hasta podría decir que amistosa con dos compañeros de la oficina, pero me había alejado definitivamente del círculo estrecho de las amistades adolescentes y nunca me había preocupado por sustituirlas. Así que, cuando murió ella, mi mamá, me encontré repentinamente solo en el mundo, como quien dice, y en contra de lo que podría pensarse eso supuso para mí un alivio mayúsculo. De pronto me pareció inútil conservar mi trabajo —que había conseguido para complacerla a ella, a mi mamá— y renuncié inmediatamente para dedicarme, mejor, a poner en orden todos los papeles que había dejado ella —mi madre.
Vendí el departamento de Coyoacán a través de una inmobiliaria que se quedó un porcentaje muy alto de la operación, pero aun así me encontré con casi cuatro millones de pesos en el bolsillo, entre lo que me dieron por el departamento y lo que ella, mi mamá, había ahorrado a saber cómo. Uno de mis antiguos compañeros de oficina, al que seguía viendo, me dijo que podía ayudarme a invertir el dinero responsablemente, con un margen de ganancia pequeño pero constante. Le dije que no, pero para agradecer su oferta le regalé todas mis plantas antes de dejar mi propio departamento y mudarme, con una maleta de ropa, a Nueva York. También intenté regalarle todos los libros de ella, de mi mamá, pero mi compañero de oficina me dijo, como quien dice, que no.
Nunca había ido a Nueva York pero ella, mi mamá, me había contado una vez que ahí había sido concebido; es decir que ella, mi mamá, había estado en Nueva York al momento de quedar preñada, supongo que mediante el método tradicional de hacer el amor —eso no me lo dijo—. Por lo mismo, sentí que ir a Nueva York era un homenaje a ella, a mi mamá, y, a la vez, una forma de empezar de nuevo, de volver, como quien dice, al punto de partida.
Después de vivir una semana en un cuarto de hotel encontré finalmente un departamento para mí solo: una caja de zapatos, como quien dice, en un punto muy lejano del mapa, al final de una línea de metro. El barrio era sobre todo de dominicanos y el edificio era propiedad de un simpático griego. El edificio se estaba, como quien dice, cayendo a pedazos.
Primero dormí sobre una de mis chamarras, luego sobre un colchón inflable que me prestó el simpático griego, luego sobre un colchón desnudo que compré con descuento, luego sobre el colchón todavía desnudo pero con una base de madera que también compré con descuento, y finalmente sobre una cama como dios manda, como quien dice, es decir con sábanas y cobijas. Para entonces había llegado el invierno y yo había comprado, además de la cama, un montón de muebles de diseño nórdico que hacían de mi departamento un lugar parecido a mi antigua oficina, en México. Tal parecido me reconfortaba.
El griego simpático estaba muy solo porque se había muerto, como quien dice, el amor de su vida, así que pasaba cada poco a visitarme y me preguntaba qué hacía. Un día, como me había cansado de decirle que no hacía prácticamente nada, salvo comprar muebles de diseño nórdico, empecé a decirle que estaba escribiendo una novela. El griego, que movía mucho las manos, se quedó muy tranquilo.
En la tienda de los dominicanos donde compraba alimentos había una muchacha, de nombre Dísney, que hacía —como quien dice— bastante alboroto cuando yo entraba a su tienda. El mexicano, decía Dísney, El mexicano. Dísney también me preguntaba, cada vez que entraba, que qué había estado haciendo, y como me había cansado de decirle que no hacía prácticamente nada, salvo comprar muebles de diseño nórdico, empecé a decirle un buen día que estaba escribiendo una novela. Y Dísney se quedó muy contenta y empezó a hacer, como quien dice, bastante alboroto con lo de mi novela cada vez que entraba a su tienda: El novelista, decía Dísney, El novelista.
Debajo de mi departamento había un departamento más grande, en el primer piso, deshabitado. El simpático griego pegaba cartelitos por todo el barrio dominicano para ver si conseguía rentarlo, pero nunca le llamaba nadie. Un buen día, el griego me dijo que si no me quitaba, como quien dice, demasiado tiempo, yo podía anunciar el departamento por mi cuenta con mis propios cartelitos, enseñarlo a los posibles interesados y, si le conseguía un inquilino, él me descontaría cien dólares de mi propia renta. Yo no tenía, como quien dice, la necesidad de hacerlo, pues tenía el dinero de ella, de mi mamá, pero estaba cansado de no hacer prácticamente nada salvo no escribir una novela y le dije que estaba bien. El griego se quedó muy tranquilo y movió mucho las manos.
No hice cartelitos para pegar por el barrio dominicano porque hacía frío y no me gustaba salir, salvo para ir a la tienda de Dísney, que hacía siempre mucho alboroto, pero sí puse un anuncio en internet, en una página de internet, para rentar el departamento. Al segundo día alguien respondió mi anuncio diciendo que quería verlo. Era una mujer —o un hombre— que firmaba como Vanessa. Le dije que la vería en la tienda de Dísney porque pensé que a ella, a Dísney, le daría como quien dice mucha emoción verme con alguien desconocido, y haría un buen alboroto.
La mujer que firmaba como Vanessa —sí era mujer— llegó a la tienda de Dísney cuando yo ya llevaba un rato esperando. Y no llegó sola: venía con su hija que también se llamaba, me dijo, Vanessa, pero cuyo nombre, me dijo, se escribía distinto, con una sola s: Vanesa. Vanessa, con doble s, era una mujer de cuarenta y pico años, como quien dice, muy bien conservada, que hablaba sonriendo un poco, y Vanesa, con una sola s, era una adolescente —como quien dice— muy bonita, que nunca sonreía nada. Al verme con ellas, Dísney hizo un buen alboroto: El novelista y las gringas, dijo Dísney, El novelista y las gringas.
Cuando íbamos caminando rumbo al edificio del griego Vanessa me dijo, en inglés, que su esposo había fallecido, y yo le dije en inglés que ella, mi mamá, había fallecido, así que nos dimos el pésame. Vanesa no dijo nada pero noté que miraba furiosa a su madre, Vanessa.
El departamento les pareció aceptable, como quien dice, y al día siguiente volvieron para firmar el contrato de renta con el simpático griego. El griego se quedó muy tranquilo de que yo hubiera conseguido rentarlo tan pronto, me dijo que me descontaría los cien dólares de mi renta y movió mucho las manos. Yo fui a la tienda de Dísney a comprar cerveza (El novelista y la cerveza, dijo Dísney, El novelista y la cerveza) y brindamos en el departamento vacío Vanessa, el griego y yo. Vanesa quiso brindar también con cerveza pero Vanessa le dijo que no era posible y ella, Vanesa, la miró furiosa, a su mamá. Unos días después se mudaron.
Vanessa supo por Dísney que yo era novelista —no era novelista— y me dijo que un día le gustaría leer un fragmento de lo que estaba escribiendo. Su difunto marido, como quien dice, había sido profesor de literatura. Yo le dije que sí, que subiera un día y nos tomábamos una cerveza —por entonces comencé a tomar cerveza casi todos los días—. Vanesa empezó a ir al high school por allí cerca y ya sólo la veía por las tardes, a veces, caminando hacia el edificio del simpático griego con cara de estar furiosa por algo.
Un día, mientras Vanesa estaba en el high school, Vanessa subió a verme y pasó a mi departamento, invitada por mí, para tomarse conmigo, como quien dice, una cerveza. Y nos la tomamos. Y luego hicimos el amor, como quien dice, tradicionalmente.
Otro día Vanessa subió a mi departamento y, por suerte, no dijo ya nada de leer mi novela, sino que abrió una cerveza y nos la tomamos y luego hicimos, como quien dice, el amor, muy tradicionalmente. Y luego otro día igual. Ya éramos novios. A veces íbamos juntos a comprar cerveza a la tienda de Dísney y Dísney hacía bastante alboroto: Los novios, decía Dísney, Los novios. Yo ya casi ya no pensaba nunca en ella, en mi mamá, salvo cuando pensaba en qué iba a hacer al terminarme su dinero —de ella, de mi madre.
Un día Vanessa le dijo a Vanesa que ya éramos novios y Vanesa la miró furiosa, a su mamá.
Después de eso hubo muchos otros días en los que no pasó, como quien dice, nada.
El invierno se acabó y empezó, sorpresa, la primavera. Dísney estaba más contenta que nunca y hacía más alboroto que nunca: La primavera, decía Dísney, La primavera. El griego estaba más tranquilo que nunca y movía las manos más que nunca. Vanessa estaba contenta también porque ya casi nunca pensaba en él, en su difunto marido el profesor de literatura, y subía cada día a mi departamento para hacer el amor, como quien dice, tradicionalmente. Pero Vanesa no estaba contenta, sino furiosa. Miraba furiosa a Vanessa, a Dísney, al griego y a mí.
Un día yo había estado tomando mucha cerveza y considerando la idea de escribir una novela cuando tocó la policía a mi puerta. Hacían mucho alboroto: Policía, dijeron, Policía. Les abrí bebiendo cerveza y me tiraron al suelo. Entró un policía y luego otro policía y luego otro policía y luego Vanessa, que estaba llorando. ¿Es él, señora?, le preguntó un policía a Vanessa, en inglés, y luego otro policía le preguntó, también a Vanessa, también en inglés: ¿Es él? Y Vanessa dijo Sí, es él, y me llevaron, como quien dice, preso. En la calle, frente a su tienda, Dísney hacía bastante alboroto: Se lo llevan preso, decía Dísney, Se lo llevan preso.
Un policía y luego otro policía y luego un abogado me explicaron en la comisaría que Vanesa le había dicho a ella, a su mamá, que yo le había hecho, como quien dice, el amor —tradicionalmente—. Que yo estaba bebiendo cerveza y le había hecho como quien dice el amor, tradicionalmente. Hubo bastante alboroto.
En el juicio habló el griego, que movía mucho las manos y que afirmó que yo le había dicho, después de conocer a Vanessa y Vanesa, que Vanesa era, como quien dice, muy bonita. Hubo bastante alboroto.
En el juicio habló también Dísney y dijo que yo compraba mucha cerveza. Dísney lloró. Hubo bastante alboroto.
En el juicio habló Vanesa, que me miraba furiosa, y también Vanessa, que habló de su difunto esposo, el profesor de literatura. También habló, Vanessa, de cómo habíamos hecho, como quien dice, el amor, tradicionalmente. Yo también hablé en el juicio, pero me hice bolas explicando que sí estaba y no estaba escribiendo una novela, y que sí había hecho el amor con Vanessa —con doble s— pero no con Vanesa —con una sola s—. Hubo mucho alboroto.
Al final me declararon culpable y hubo mucho alboroto. El juez dio un discurso muy bonito sobre la enfermedad de hacerle, como quien dice, el amor a los niños, y me mandó, como quien dice, a la cárcel. Era 12 de octubre, Día de la Raza: simpática ironía del destino.
Los Ángeles produjo a los Beach Boys. Dusseldorf produjo a Kraftwerk. Nueva York produjo a Chic. Mánchester produjo a Joy Division.
Es difícil escribir sobre una banda con cuyas canciones has bailado durante tantos años. Porque New Order es algo que ha estado allí y allí seguirá cada vez que coloquemos un CD en un estéreo, le demos play a un iPod o pongamos a correr un playlist en una fiesta. Cada que en un antro se llegue al bloque ochentero, «Blue Monday» saldrá de las bocinas y todos nos vamos a parar a bailar, alguien se pondrá a cantar y todos repetiremos el coro.
Nunca fui fan de New Order, no como algunos de mis amigos.[*] Sin embargo, la euforia que siento cada que escucho «Bizarre Love Triangle» viene desde aquellos días en que mi hermana traía casettes de mezclas a la casa y sonaba la parte que a mí me gusta más:
«It’s no problem of mine
But it’s a problem I find
Living a life that I can’t leave behind…»
New Order, Joy Division y yo (Sexto Piso, 2016) de Bernard Sumner es un recuento de anécdotas necesarias para comprender el camino que se llevó a Joy Division de aquellos paisajes saturados por la neblina, al sonido electrónico y mucho más accesible y visionario de New Order —no por nada se menciona a Chic en la frase que utilizo aquí como epígrafe—. Sumner habla con gran entusiasmo del uso del sampler desde 1978 durante la grabación de Unknown pleasures de Joy Division. La innovación y la búsqueda de una escena mucho más abierta y propositiva que la de Mánchester, es la que forja el sonido con el que inundaron discotecas y clubs, un poco para pasar el trago amargo de la muerte de Ian Curtis. La música que sonaba en los clubs neoyorquinos, como la de Kurtis Blow o Sharon Redd, tuvo un gran impacto en el sonido de la banda.
Hay una anécdota en el libro que me gusta particularmente, y refleja justamente el desenfreno de vivir en una ciudad como Nueva York. En ella, Sumner y Johnny Marr, mientras están de gira en dicha ciudad con Electronic (la banda que ambos formaron en 1989) se encuentran con Seal, a quien sonsacan para irse de juerga. Al día siguiente, Sumner no puede de la borrachera que aún trae encima y manda al pobrecito Johnny a encarar la responsabilidad mientras él se queda vomitando en una limusina. Marr justifica la ausencia del guitarrista aduciendo un problema de salud. «—¿En serio? Qué extraño… Justo antes de venir tú tuvimos aquí a Seal y nos dijo que tú y Bernard seguíais de fiesta cuando él os dejó a las siete de la mañana…», le contesta el locutor.
En estas páginas, Sumner aprovecha la oportunidad para dejar en claro el origen del conflicto con Peter Hook, «Hooky», amigo suyo desde la infancia en Salford y a quien conoció por ser, como él, «parte del grupo de holgazanes de la parte trasera de la clase», y las consecuencias musicales y económicas que éste ha acarreado. Ese Hooky es un verdadero asshole, que lo mismo tomaba ventaja de las acciones que los demás tenían en el club The Hacienda que saboteaba las presentaciones en vivo, haciéndole la vida imposible a Sumner.
New Order, Joy Division y yo sirve, sobre todo, para darle una nueva dimensión al sonido, la personalidad y la lírica de esas dos bandas que fueron fundamentales para la historia de la música y cuyos integrantes lograron salir del bache emocional que representó la muerte de Ian Curtis, además de puentear la oscuridad atmosférica postpunk de Joy Division («que sonaba como Mánchester: frío, disperso y, a veces, sombrío» en palabras de Sumner) con el impulso dance que dominó la década de los ochentas, década que, por lo menos por NO, no se perdió para siempre.
Le pedí a Villarreal que me diera una lista de canciones fundamentales —para él— de New Order, y son éstas:
«Round and round» (Technique, 1989)
«Crystal» (Get ready, 2001)
«World» (Republic, 1993)
«Vanishing point» (Technique, 1989)
Por su parte, Wenceslao Bruciaga —quien posee una copia de Technique autografiada por Hooky y escribe una columna en Milenio a la que tituló El Nuevo Orden—, no me dio una lista sino la liga a un playlist que tiene armado en Spotify. Ambas recomendaciones vienen de conocedores de la música de NO, y sirven para no entrarle a la banda desde «Blue Monday».
Murallas de Gabriel Bernal Granados es un libro singular en la tradición literaria mexicana, y en los libros que se han publicado recientemente en México. Hemos tenido una enorme producción, de enorme calidad y también de enormes contrastes y diferencias, de corrientes, estilos y propuestas en los últimos años; desde el humor y el sarcasmo, hasta narrativas muy trágicas que tienen que ver con la violencia contemporánea. Pero justo en esta diversidad hay libros que destacan por su singularidad y porque llevan una propuesta propia, e insólita también, que traduce una formación intelectual específica en el caso de Bernal Granados. Por un lado, está el experimentado traductor capaz de compenetrarse a fondo con los textos que traduce, como en el caso de la obra de Guy Davenport, el gran escritor norteamericano ya fallecido; y por el otro el ensayista, el narrador vinculado a la posibilidad de traducir a la literatura la sensibilidad estética —las obras de arte, la tradición pictórica, las artes plásticas—. Esto tiene que ver con una orientación que va forjando Bernal Granados desde años atrás y que va siguiendo una línea no estrictamente dogmática ni ortodoxa, sino flexible dentro de estos lineamientos generales. Esto me parece meritorio en un gremio literario como el mexicano, demasiado sujeto a veleidades de interés de fama, de interés político, de grupos y de apoyos que van forjando prestigios, a veces muy valiosos, a veces muy discutibles; pero hay escritores que al margen de esta circunstancia van encontrando su propio camino en la tarea estrictamente intelectual, es decir, en la tarea de la lectura, en la tarea del estudio, en la tarea de la traducción. Por eso me parece importante rescatar esta sensibilidad de GBG, que recientemente ha entrado en un periodo que yo juzgaría de madurez. En 2015 se publicó un título suyo que me pareció estupendo, Detritos, un libro de una escritura fragmentaria, pero no la escritura fragmentaria de los islotes narrativos que van flotando hacia un mar inexplicable que se diluye en la propia escritura, sino fragmentos que van estructurando la propia postura del autor frente a la vida; Detritos tiene algo de aforístico, pero también hay en él una visión de crónica de la vida cotidiana; de pronto hay ensayo, apunte, impresiones y episodios vitales, y todo va articulándose de un modo coherente y consistente justo por el temperamento artístico que tiene el escritor; aquí, estamos frente a alguien que sabe modelar la materia literaria y sabe presentarla de una manera convincente a los lectores.
Murallas —un libro complementario de Detritos en más de un sentido— se lee como una novela de aprendizaje; pero esta novela de aprendizaje se sitúa en una tradición que en los últimos cuarenta años se ha dado en la literatura mexicana. Recuerdo por ejemplo libros que son trasunto de una autobiografía «personal», como Las batallas en el desierto de José Emilio Pacheco, Elsinore de Salvador Elizondo, Muchacho en llamas de Gustavo Sainz, novelas donde el lector entrevera una relación íntima, y muy conmovedora también, con el autor, porque en estas obras el lector inmediatamente se identifica con el contenido, se ve traducido en sus inquietudes, sobre todo porque se trata de historias de jóvenes o de niños o de momentos, momentos de aprendizaje hacia la vida adulta, y este es uno de los modos en que los escritores mejor se vinculan de un modo vivo con los lectores. Recuerdo también un libro extraordinario de Juan García Ponce, Unión, donde vemos esta mezcla de autobiografía con un relato literario. Unión es una novela que trata de un personaje que con el tiempo se va revelando como una imagen del propio escritor.
Esta tradición es muy viva, sobre todo porque en México los diarios, las autobiografías, las memorias, no son un género muy socorrido. A pesar de eso hemos tenido ejemplos extraordinarios; recuerdo a este propósito los libros de Emmanuel Carballo, tres volúmenes sobre su vida: Diario público, Ya nada es igual y el tercero, aparecido un poco antes de su muerte, Párrafos para un libro que no publicaré nunca. Estos son libros donde uno como lector entra en el valor de la literatura. Rescato este conjunto de datos aislados porque me parece que encuadran en esta tradición de Murallas de Gabriel Bernal Granados.
Detritos Gabriel Bernal Granados ERRR Books México, 2015
Murallas se compone de una serie de episodios fundamentales en la historia de un individuo, un niño en un principio, después un adolescente y por último un joven. En ellos, el personaje se sitúa frente al mundo, pero antes de que tenga una personalidad definida, antes de que el mundo irrumpa en su subjetividad con todas sus inconveniencias y bondades. El libro de Gabriel traduce sus inquietudes dentro del mundo del arte, que cuando uno lo lee advierte sobre todo una proclividad a la poesía; pero no la poesía en su sentido lírico, si reducimos lo lírico a la efusión emotiva, sino un sentido de la poesía cuyo horizonte o campo es sumamente vasto: no es sólo el afecto, los sentimientos, sino también la consideración más profunda de la propia existencia; un poco en ronda con la metafísica, con el sentido ontológico, con el sentido de la formación de un espíritu ante un mundo inextricable, presentado mediante un lenguaje flexible, dúctil y polivalente. Esto proviene de la formación de artes plásticas que tiene Gabriel. Y me parece importante porque de pronto los episodios pueden aludir a descripciones realistas, no en el sentido de realismo costumbrismo, sino en el sentido del arte pictórico realista, y de pronto esta precisión sobre la realidad y los registros perceptivos y sensibles del personaje se desplaza hacia una paleta expresionista, o bien impresionista. Cuando el escritor es capaz de oscilar en estos registros nosotros encontramos un enorme atractivo, y es ahí donde la lectura va creciendo. Hay pasajes especialmente contundentes donde a uno sólo le queda la admiración, la perplejidad, cuando el muchacho protagonista de Murallas, por ejemplo, está teniendo su primera experiencia amorosa, y esto está narrado con tal delicadeza y profundidad que el lector se siente de inmediato afectado.
En este libro la escritura, la prosa, se desplaza en registros diversos para causar efectos también diversos. Esto le otorga también una diversidad muy específica. Murallas es un libro donde a cada vuelco de página nos aguarda una sorpresa, una riqueza de lenguaje. Esta posibilidad de establecer un enlace, un diálogo con el lector a partir de considerar que el lector es el destinatario directo, quienquiera que sea, de lo que se está escribiendo, es un rasgo humanista, en una época donde el humanismo está desapareciendo. El humanismo se sustenta sobre todo en una afirmación del poeta Jean Paul Richter: escribir libros como se escriben cartas a un amigo, y esto que es el fundamento del humanismo tiende a desaparecer en nuestra época posthumanista. Cuando un escritor tiene la capacidad de recrear esta posibilidad de acercarse al lector escribiendo un libro que es como una carta, que es como un juego compartido, que no es estrictamente una confesión porque conlleva la malicia intelectual de recomponer el propio pasado, porque este no es un libro que transcriba los hechos acontecidos tal como fueron, no es un libro judicial en este sentido sino literario, un libro cuya narrativa va creciendo conforme el propio narrador va trayendo a la memoria episodios fundamentales para su formación; cuando esto ocurre, entonces nos convertimos en testigos y compartimos con el protagonista una misma emoción.
Murallas Gabriel Bernal Granados Dirección General de Publicaciones México, 2015
En Murallas está dado un programa literario que puede ser ampliado, puede ser explorado. Este tipo de libros no proliferan, por desgracia, como ya dije, en la literatura mexicana. La suya es una aproximación honesta, inteligente, a cómo se puede ejercer la literatura en tiempos aciagos como los que estamos viviendo; es decir, hay una compenetración con la literatura como una forma de comprender, de enfrentarse a la barbarie.
Murallas es un libro que a mi juicio ya está encontrando su propia tradición y desde luego con gura un momento importante en la madurez literaria de Gabriel Bernal Granados.
En Anomalisa (2015), colaboración en forma de largometraje en stop-motion entre el guionista Charlie Kaufman y el director Duke Johnson, el protagonista Michael Stone se enfrenta a un statu quo en el que se ve a las hormigas zumbadoras transformarse en humanos. Michael se presenta como un especialista en materia de atención al cliente; sin embargo, desde el comienzo de la película se comprende que su personalidad como consumidor es hostil y nunca recíproca ante cualquier trabajador que le brinde un servicio (el taxista, el recepcionista, el botones del hotel, la mesera). Esto es una contradicción, que perdurará durante el resto de la cinta.
Esta lucha se desenvuelve durante un viaje a la ciudad de Cincinnati, en la que Michael dará una conferencia sobre su libro de negocios, ¿Cómo lo puedo ayudar a ayudarlos?; no obstante, Michael cae en una crisis existencial que lo llevará a experimentar su aparente éxito como algo trivial: el hotel de lujo le parece vacío; las palabras que prepara para su discurso, insignificantes.
Aspectos que alguna vez creía relevantes en su vida cotidiana —como visitar las atracciones o comer la comida típica de las ciudades a las que va— se tornan desoladores; incluso el lugar donde se hospeda: el menú, la cama, los colores de las paredes, son idénticos a los de cualquier otro lugar que haya visto antes. Stone se aloja en el hotel Fregoli, nombrado así por el síndrome homónimo (en el que se padece la ilusión de que todos son la misma persona), ya que Stone ve idénticos a todos los individuos con los que interactúa: con el mismo rostro y la misma voz.
La adversa dicotomía entre ser una gura reconocida y su evidente infelicidad como esposo, padre, profesional y hasta exnovio, se ve disminuida cuando Stone conoce a Lisa, la única persona que logra ver como humana, con un rostro diferente y que, aunque con una anomalía, es sobresaliente al igual que su voz, que al reconocer como de «alguien más», ayuda a Stone a no hundirlo más en su soledad. Con Lisa, Michael recobra la esperanza de perforar la banalidad que lo hunde en una desesperación que ni su prescripción psiquiátrica parece aminorar; sin embargo, Lisa parece no ser tan perfecta como Michael la percibe en su paranoico mundo homogéneo.
Después de su noche juntos, con Stone subyugado por la voz de Lisa interpretando, a capella, «Girls Just Wanna Have Fun» de Cyndi Lauper, él comienza a urdir planes prematuros de su futuro juntos, mientras detecta los primeros defectos de Lisa: choca su tenedor contra los dientes, mastica con la boca abierta, controla sus decisiones. Después de todo sólo es humana, como él. Aquella voz armónica y angelical en un mundo estridente, comienza ahora a ser invadida por la voz monótona que escucha en los demás, hasta convertirse también en ese omnipresente rostro.
En su ejecución, en Anomalisa se utiliza una técnica de animación ya estandarizada en Hollywood, donde las marionetas son elaboradas en serie con rostros montados por partes, para el fácil reemplazo de expresiones, cuyas franjas evidentes se arreglan durante la posproducción. No obstante, Kaufman y Johnson descartaron la última parte del proceso y, en su lugar, conservaron los mellados rostros de las marionetas, con el argumento de que favorecen el concepto de la cinta, ya que reflejan la naturaleza de sus sentimientos frágiles y fragmentados. Luego de su noche juntos, vemos a la cámara panear hacia la ventana, donde un animado time lapse acelera el crepúsculo. Nos estamos adentrando en un sueño de Michael. Lo que es más, Kaufman y Johnson llevan el recurso de la fragmentación del rostro a sus últimas consecuencias durante una secuencia sobre el desvarío de Michael, en el que asegura que todos están conspirando contra él y su recién encontrado amor, violando de manera eficaz las convenciones de una marioneta.
Acaso el mayor hallazgo de Anomalisa es una escena de sexo que tomó más de cinco meses filmar paso por paso. En ella, retratan las sensibilidades y refrenos del sexo cotidiano con una delicadeza asombrosa por su representación de la incomodidad y el deseo. Una escena que, me atrevería a decir, logra más que otras escenas eróticas ya tan ubicuas con actores de carne y hueso.
Incómoda y devastadora —aunque con un humor cuidado y puntual—, Anomalisa entrega un discurso con un ritmo que nos lleva a preguntarnos acerca de lo que damos por sentado en nuestras ocupadas vidas. «¿Qué es ser humano?», «¿qué es el dolor?», expone un sedado Michael, quizá sobre el título de su próximo libro durante una de sus paranoicas tangentes en su conferencia. Quizá no. Acaso es sólo eso: una tangente.
Hagamos una película llamada Dinosaurios en el barrio.Jurassic Park mezclada con Fridays mezclada con The Pursuit of Happyness.Debe tener una escena donde un niñito negro esté jugandocon un dinosaurio de juguete en el autobús, luego mire por la ventana& vea a un Tiranosaurio Rex, porque tiene que haber un Tiranosaurio Rex.
No dejes que Tarantino dirija esto. En su versión, el niño jugueteacon un arma, la metáfora: los niños negros juegan con sus propias vidas,el presagio de su muerte, la viva imagen de su padre.A la verga eso, el niño tiene un Brontosaurio o un Triceratops de plástico& eso es su prueba de magia de Dios o de Santa. Quiero una escena
donde un Pterodáctilo cague sobre una patrulla, una escenadonde la tiendita de la esquina se convierta en un campo de batalla. No incluyasa los hermanos Wayans en esta película. No quiero ninguna mierda racistasobre la gente asiática o estereotipos latinos muy usados.Esta película es sobre un barrio de la realeza —
hijos de esclavos e inmigrantes & adictos & exiliados —salvando su ciudadde dinosaurios reales como la chingada. No quiero algo cursi ni progresistadel héroe tipo hmong sexy guapo un wey con una compinche graciosa mas fuerteniña negra secuaz del tipo de películas de parejas de policías. Esto no es un chance para Will Smith& Sofía Vergara. Quiero abuelas en el cobertizo ejecutando Velociraptorescon armas que escondieron en las paredes & bajo los colchones. Quiero a esos dinos pequeñitoschilloncitos y gritones. Quiero que Cicely Tyson haga un discurso, quizá dos.Quiero que Viola Davis salve la ciudad en la última escena con su puño negro y un peine para afrohasta que el ultimo dinosaurio quede en pie, y muera a sangre fría. Pero esto no puede seruna película de negros. Esto no puede ser una película de negros. Esta película no puede serdescartada
por su reparto o audiencia. Esta película no puede ser una metáforasobre gente negra & extinción. Esta película no puede ser sobre razas.Esta película no puede ser acerca del dolor de los negros o de la causa negra del dolor de su gente.Esta película no puede ser acerca de la larga historia de tener una larga historia con el dolor.Esta película no puede ser sobre razas. Nadie puede decir nigga en esta película
que no pueda decírmelo a la cara y en público. Nada de bromas de pollos fritos en esta película.Nada de balas en los héroes. & nadie mata al niño negro. & nadie mataal niño negro. & nadie mata al niño negro. Además, la única razónpor la que quiero hacer esto es por la primera escena: el niñito negroen el autobús con un dinosaurio de juguete, sus ojos muy abiertos & eternossus sueños posibles, palpitantes & ahí mismo.
Destrozada a golpes por los colores de la tormentaun pedazo de madera de junio emergey extiende sobre el aire húmedo sus islas volcánicasno quema este ancho mar, no quema la espuma que brota de la espalda, buscasin embargo el silbo el canto el olfato el atisbo y luego el incendiobajo las aguas: así es su amorcomo cuando niños descubrimos lo poderosos que son los sonidos del maramor que pesaen la nota que dejó hace días un ahogado y que ahora vuelvea su extraño país monocorde, amorla muchacha del muelle, preñadala boca de historias y cuentos sobre grandes peces y mandrágorasfue ella quien amó a todos extensamenteen el lento flotar de diferentes luces y profundidadesfue ella quien habló de las ballenasmanchas de petróleo que se hunden y ensanchanlas vocales del abismoen el océano, tierras sumergidas en una sola miradauna ballena, dijo mientrasse vestía, una ballena es todo el Marde los Sargazos, nadie sabe dónde habitan o qué lentitudgobierna el pesado canto que extiende el oído sobre la superficiepara quien la divisa, la ballena es una casaen medio del camino entre dos mares, la tierra y la lengua no son hogarnido de pájaro en el mástiles este oficio de hundirnos en el olor de la marea; ahoraque no escucho más, que no sueño los brazos de esa mujer de boca extensasé que no existen las ballenassé que esto que miro es sólo una enorme tabla del naufragio que es juniopero en cambio existe ella y sus muellesella y su cuerpoy su costa preñada en la que anclábamos por sus historias, las ballenasno son casas en mitad del mar, ella sí:arpones, pedazos de un coral madreperlamascarones de proa, maderas de raros barcos, collares, oscurasriquezas había en su voz y sus labios como un húmedo y abierto almacén.
Profundidades
Descenso al naufragio: la realidad apenas toca los pulmones del buzo, y los días del agua son más largos en la oscuridad de la madera. Allí abajo la luz pesa menos que el alma de los muebles sumergidos. Una mujer de ébano, desnuda, sin carne, es llama inmóvil, los peces se arremolinan en sus ojos, sólo de esta forma pueden cerrarlos. El buzo le habla de un país donde el aire es como el agua, y la luz resiste a la memoria; pero la mujer, eternamente sincera, no logra escuchar más que la respiración, el profundo oxígeno de los minutos.
Nada turba la quietud de este instante. Digamos que una mujer dormida es un vaso que contiene toda el agua del mar.
Armar el cuadro otra vez/ reconstruirlocomo si una fuerza extraña lo hubiera fracturadocomo los evacuados como los exiliadoscomo los que incendiaban sus propias casascomo después de las guerras y de los desastresy también como cosas más sutilescomo sobrevivirle al amor como despuésde esos finalescomo después de la muerte como despuésde los padresy después de los hijosy también como cosas más sutilescomo cuando amanece
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es enorme el hibisco de mi infanciay es rojo como yo fui rojatan enorme que se niega a que lo piensetan rojo como un parto, madre,yo me hubiera agarrado de tus piernasno tendría que vivir en este nombre tengoa la muerte acomodada/ quieta y ciega /adentro de mis libros/ ordenadapero es enorme el hibiscode mi infanciaquiébrate le digodóblate como se dobla la memoriaquédate en la grieta de mi manoyo corté raíces con tijeras de giganteenterré las plantas/el patio/ los huesos de mi madrehice un pozo para hijos que no tuvearrojé a mis hombres en silencioobstinado hibisco de la infanciacrece desde abajo/desde el centrose caen las paredes de mi casa
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No voy a hablarvoy a hablar de otra cosanunca es esono te voy a decirbastavoy a dibujarte este sutilparaíso de papelsin contarte los piojos ni los sueñosla mirada que se abre hacia una infancia brevede las hamacas voy a hablarde los rosariosserá que no rezásque no te hamacasteayermañananuncano voy a retomar la cuentamoretones que se van pero hacia adentropara volver a estallar en el gesto de los hijosde tus hijos y ad eternumme olvidaré después cuando esté hablandoa nadiede Picassoesodueleno tu mano firme comola rigidez de un locole diste vuelta la cara y volvió otrode un golpe tu hijo se hizo hombreno me vas a decir que ellos son niñoshombre de mil años canta Goyenechevoy a hablar de otra cosaaunque me vuelvoa este abecedarioque sólo habla de vos y de mi infancianada másno dice bastano se hizo para decir bastano voy a hablar del golpe y de la marcade la forma en que tu mano aplasta el gestode tu hijo como si fuera mosca de veranovoy a hablar de la forma en que tu manose levanta desde adentro del poemay lo deshace
Los primeros fueron textos delirantes: dibujos y garabatos, imprecaciones y balbuceos sin mucho sentido. Escupitajos en serie de mis residuos emocionales. Recostado sobre la cama de un cuarto tapizado con carteles de cuerpos femeninos, a veces tomaba los lápices de la infancia para trazar palabras sobre la piel impresa de las modelos. Todo salvajismo adolescente tiene debilidades. Más temprano que tarde, abandoné la lógicas familiares de sacrificio en la productividad, para seguir a un primer amor con edulcorada ceguera animal. Ella me ayudó a salir de ahí y, para matizar el juego absurdo que recién comenzaba, también me traicionó largándose con un danzante conchero de modales «impecables» y razones de perogrullo. Y yo, como en el amanecer de una fiesta; con una resaca del demonio, embadurnado de merengue y desnudo frente a la mañana del mundo y sus sandeces. Pero al menos ahí estaba, aunque loco, salvo: los últimos años de mi segunda década de vida habían transcurrido sin que nadie me violara o me enviara a una guerra. Sin embargo, fue ahí que perdí del todo la inocencia. Ahí, también, comencé a escribir.
Optar por una escritura que imagine honestidad puede representar la renuncia a un paraíso de moral tranquilizante fincada en las necedades que intentan explicarla. Es dudar con constancia y a la vez engañarse porque a uno le sabe bien. Toda levedad —necesaria para asumir los dispositivos de la literatura— tiene algo de angustioso. Y luego lo demás: odio o alegría, placidez o nerviosismo; la vida del equilibrista sobre cables tensados por las antípodas y sus mil contradicciones. Es decir, un desasosiego como resultado de haber perdido el contacto con la materia sensible de las cosas, la comprensión de su pulpa primitiva. De esa manera, quien escribe más allá de la denotación, como es el caso de la escritura poética, se acerca también a la soberbia del poder y al dolor provocado por la renuncia a una primera libertad en los actos.
Así, eso que llaman «ocio» comenzó a parecerme, por aquellas épocas iniciales, una sofisticada simulación para que quienes nunca deseamos nada con prudencia tuviéramos algo en qué ocupar las manos. A la vez un paliativo para no terminar delirando por las calles, bañados de ira ante la aridez de los días transcurridos en la ciudad. Navegar montado en dispositivos identitarios en el mar fantasmal del juicio lector. Porque de cualquier manera, a la larga comencé a disfrutar de aquel juego, gracias a que lo defendido ahí estaba hecho de ficciones abiertas, frente a la cerrazón de aquella otra ficción llamada pomposamente «verdad». Un presentimiento en el montaje regido por las leyes del arte, para la defensa de islas subjetivas dentro de las cuales se guardan cristales para observar el mundo. ¿Quién dice que las cuentas de vidrio no tienen su propio valor?
No puedo entonces hacer apologías reduccionistas: yo era un ser que abusaba de su mirada, desde una soberbia cuya raíz estaba en la creencia de una inteligibilidad propia. Nada más, pero nada menos. Luego, un onanista capaz de sentir placer particularizando el sufrimiento de los demás y el suyo propio. Pronto habría de planteármelo: el nacimiento de la escritura está en el fracaso de los cuerpos y en la imposibilidad del disfrute pleno de experiencias alternas e intransferibles. Ese esfuerzo de comunicación emocional que a duras penas da frutos en el amor.
Y aun así, aunque el amor sea una especie de animal medroso, escondido en quién sabe qué agujero del bosque, también se perfila en lo escrito. La poesía, similar a la masturbación y a sus instantes posteriores, es apenas su llamado. Dibujar barroquismos con los restos de líquido seminal, e imaginar que eso sirve al menos para sugerir el origen del mundo, su recomposición atómica como modelo. Semina rerum, decía Lucrecio: partículas materiales infinitas, indestructibles, indivisibles e invisibles que permiten paliar el temor a los dioses, en pleno orgi-reven mundano. Por ello, ya en el extremo, la poesía se me antojaba un acto de dolor minucioso hacia la paradoja del placer, reconstrucción de sentido en el extravío del sinsentido. Aquellos otros mundos, vaciados en el texto. Y el poeta: un personaje construido por el autor que los figura, fingiendo su realización en el entramado de vínculos significativos. Su disfraz es el de la política de la identidad, forjada mediante la comprensión de los detalles del discurso. Entonces el empleo de herramientas —también el video, la acción, la música, etc.— encuentra su sentido más allá de la tradición. Vehículos no al servicio de la conservación de una idea orgánica del mundo, sino útiles para transgredir los límites. ¿Cómo perderse de la diversión de un cierto desvarío frente a una «realidad» operativa cada vez menos eficaz para explicar la vida? Porque aquel yo que firma, sabe intuitivamente la diferencia entre lo fasto y lo nefasto cuando intenta convencer mediante su discurso (per fas y per nefas según la definición de Schopenhauer: medios lícitos y medios ilícitos). En eso se basa el principio del placer, regido por el deseo y la seducción de la diferencia. Entonces, un acompañamiento en el desatino que implica el pensamiento hasta sus consecuencias extremas.
Al respecto, siempre recordé una idea, extraída de la lectura de El Perfume de Süskind: si ya has contraído ántrax y has sobrevivido, tu cuerpo naturalmente será resistente. Decidir quedarse es aceptar la complejidad de las operaciones para subsistir; su lógica irremediable. Lo que no implica tragárselo todito —con albur incluido—. La literatura, la poesía, las múltiples hibridaciones que la exceden, funcionan más allá del deleite. Son fisuras capaces de reconfigurar el espacio en el que están insertos. Y el trabajo del poeta es mayor al que suele reconocérsele. Aquel que se concentre exclusivamente en escribir poemas desatiende lo más interesante: hacerlos posibles, hacerlos realidad, ser la realidad presente que, aunque sea por unos segundos, exorcice la neurosis de la verdad, la tome por asalto, la haga recular y la obligue a aceptar que también es aquello que creía no ser.