Tierra Adentro

El libro de poemas Mi nunca jamás de David Meza (Ciudad de México, 1990) es un síntoma de que, cuando al lenguaje se le deja chocar consigo mismo, esplende causando figuras de belleza repentina o sucumbe devorándose. O ambas.

Hay desazón, preguntas por la existencia, desgarramiento y canto:

«El teatro de los sueños estaba roto» (p. 60).

«Dios duerme, esta noche, en una caja» (p. 62).

«Venimos del chaparral y tú lo sabes» (p. 65).

«Desde muy temprano en su edad había aprendido a odiar la vida» (p. 68).

«Terribles fueron los sueños del hombre para el hombre» (p. 74).

«La existencia en esos momentos no era otra cosa que las ideas de unas hormigas» (p. 74).

Meza abunda en una serie de significantes que se repiten hasta la saciedad: niños, ángeles, pájaros, mariposas, rosas, pétalos, sueños, estambre, colores morados, azules, cielo, firmamento, nubes, arcoíris, universo, meteoritos, cometas, astros, estrellas, nieve, planetas. Recurrente alusión al caos y lo celeste, en clara herencia de Altazor de Vicente Huidobro.

El abuso de estos campos semánticos puede resultar cansino para el lector pero, si se le tiene paciencia a este entrechocar de vocablos, aparece una serie de versos de una belleza inusitada:

«He transformado mi horario escolar en una placenta de pétalos» (p. 13).

«Sobre tu demencia sensual manifestada en árbol» (p. 19).

«Que tu galope es un nudo muscular de tendones, nervios y tristezas» (p. 20).

«Estrellas de carne. Clavículas de polvo» (p. 62).

En Mi nunca jamás encontramos un tratamiento de la figura amorosa, niña o madre, realmente perturbador y anómalo, pero no por ello menos esplendoroso:

Todo el pueblo del chaparral estaba enamorado de una niña con nueve años recién cumplidos. La niña se llamaba Lía y era bella. Y aunque sus senos no eran más grandes que una mano cuando entra a hacer relieve bajo las telas, la idea de besarlos era tan imponente en todos los hombres del chaparral que fue necesario borrar a esa niña para siempre (p. 73).

La figura de esa niña-madre que fluye desde el inconsciente lírico del poeta, transversal, encaramada y aleteante en su símbolo, es uno de los temas del libro que más gocé y destaco:

«Mi madre me cogió entre sus brazos y me bañó el cuerpo con leche. Mi madre usaba una corona de cruces» (p. 16).

«Madre es una niña con la panza grande» (p. 56).

«Los caballos comieron los huesos de mi madre. Una mañana empecé a caminar por los campos de martillos. No me detuve hasta que los ojos me comenzaron a llorar clavos» (p. 58).

«Madre se limpia la sangre del rostro. Una culebrita de sangre le nace de la nariz, como una niña que se asoma, tímida» (p. 60).

El cambio de persona en medio de los versos es recurrente y bien logrado; como un mago que sabe aparecer el conejo en el momento preciso, la voz poética se trasviste de sujeto a objeto, de hombre a mujer, con presteza:

«Mi niña, mi niña, me decían. Y mi novio se les puso enfrente […]

El cuarto era oscuro y mis palabras ya no consolaban a mi chica» (p. 37).

El autor se sitúa frente al «mundo» y el ser; Meza aclara qué es y no, para él, la poesía, el poema y el poeta:

«Me di cuenta de que, pese a todos los nombres, la única forma de encontrar el mío era explorando más allá de los niños que andan en mi cabeza, encarnar las voces de aquellos poetas que, como yo, miraron el mismo cielo» (p. 9).

«Que la poesía es una parvada de golondrinas despedazándote el cuerpo de adentro hacia fuera; que la poesía es platicar con las palomas en el techo de las catedrales» (p. 13).

«Es jueves, el día en que mueren todos los poetas. Y aunque yo no sea poeta, ni tampoco pretenda serlo, estoy muriendo» (p. 51).

«Y los bufones dijeron que la escritura se escribe con palabras» (p. 60).

El libro tiene dos momentos clave; por una parte, el manifiesto a las nuevas generaciones:

«Quiero ser llamado universitario no por estar en la universidad sino por estar en el uni-verso» (pp. 31, 32 y 33).

Y, por la otra, la reescritura de Canto de los ríos que se aman de Raúl Zurita; clímax, el mejor texto, estética y éticamente, de todo el libro:

«Pero mi amor quedó intacto, como una enciclopedia que de tan grande se volvió el mismo firmamento. Te lo heredo, entonces. El cielo, mi niña, te lo heredo. Lamento todos los golpes que tras mi partida te tocaron. A la orilla de mi vértebra, un niño jugaba con las aguas» (p. 42).

El «discurso» con que termina el libro tiene tropiezos pero espero que en sus próximos libros Meza tenga más agudizados esos recursos narrativos que ahora está probando. Mi nunca jamás está lleno de metáforas insospechadas y repentinas; en él se afinca una honda vocación poética, no sólo en ciernes sino en acto.

No sabemos hacia dónde irá la mancha de la escritura de David Meza, por ahora, furibunda y punzante. El autor tendrá mucho que chaponar de su obra y lenguaje, trozar y afinar; mientras tanto, sus lectores somos embestidos por el canto y la belleza de su libro.

 


Autores
(San Salvador, El Salvador, 1980) es autora de La primavera se amotina, Sucias palabras de amor, Del mar es el ahogo y El tiempo es un texto indescifrable.

Como todo lo bueno de este mundo, Desmemoria del rey sonámbulo comienza con un perro. Metáfora o reverso de su autor, teoría sobre el origen de la escritura, resistencia feroz —aunque inútil— frente a la saudade, esta figura inaugural condensa las obsesiones que el lector encontrará a lo largo del libro. Pero si aquel «bardo solo entre las calles» rumia las inquietudes que articulan el resto de la obra, no anticipa las respuestas con que los versos de Balam Rodrigo, a la manera de un caleidoscopio, nos desconciertan página tras página.

El libro está compuesto por cuatro apartados, cuatro caminos que convergen sin cruzarse. El primero recoge el panorama de una ciudad desposeída, especialmente sus aspectos atroces, descarnados. Más que el mendigo en ayunas, el faquir o incluso los perros, son las cosas las que hablan; las alcantarillas, los autobuses, las banquetas… Elementos obvios del paisaje urbano que el chiapaneco sabe hilvanar con escenas y campos semánticos tan divergentes que lo familiar se disuelve en esa avalancha de sentido y forma que constituye su marca personal.

Algo similar ocurre en la siguiente sección, donde el océano habita lo mismo en el interior de un coco que en el pavimento o en los ojos de un gato. La liquidez del entorno se nutre de versos y asociaciones flexibles, que no edifican un mar en calma, sino una turbulencia, el sentimiento de asfixia al contemplar esas aguas que reflejan con crueldad nuestras oscuridades.

Las siguientes partes se caracterizan por un tono experimental y profundamente irónico. La saudade ya no se evoca a partir del dolor o la impotencia; por el contrario, nace de las contradicciones y los absurdos inherentes al devenir cotidiano. Así, en el tercer segmento, el idioma provisional de la ciencia se compagina con alusiones bíblicas para desvelar cuán plagada de derrotas y sometimientos está la condición humana.

«Los trabajos del neólogo», el último apartado de la obra, es un largo desafío a los contornos del lenguaje. Cada poema inventa su propio vocabulario, su sintaxis particular, sus referencias. Incluso los términos habituales están revestidos de extrañeza. Y es ahí, en la perplejidad iluminada, donde anida el acto creador. Se trata, en suma, de una poética que enseña, con el ejemplo, a «reescribirlo todo / una y mil veces con la lengua».

Aunque el libro en su conjunto se interesa por afrontar las convenciones del idioma —y específicamente del discurso lírico—, es en la segunda mitad donde este afán alcanza sus últimas consecuencias. Acaso por eso, en ocasiones se abusa de las bromas y los guiños, teniendo por resultado algunos versos inacabados o sordos, donde el autor parece relajar el dominio de su oficio. Tampoco terminan de convencer las grafías juguetonas («El poeta (h)ojea…», «Libéluna» o el más bien burdo «gen-y-tal»); creo que son artificios demasiado transparentes.

No puedo sino lamentar las erratas en una edición por demás elegante y de cómoda lectura: el descuido con las tildes diacríticas («aquél hombre», «ésta líquida hora»), el uso inconsistente de las cursivas, los tropiezos con la puntuación y ese infortunado «¿Porqué chillaban sus muy palabras»…. Pero son asuntos menores. Todo se perdona al leer contundentes maravillas como «Job padece gastritis o doble epifanía por un plato de mole», «La hora del animal» o «Escritura».

Balam Rodrigo es un poeta exigente pero no oscuro, prolijo sin ser pretencioso. Sus textos no llevan al lector de la mano y a veces uno se extravía antes de reconocer el hallazgo. Leerlo es como andar sin rumbo por una ciudad desconocida y llegar, luego de muchos recovecos, a un lugar que se parece al punto de partida, pero que es otro sitio, algo más limpio y más hondo.

De esta manera, Desmemoria del rey sonámbulo da testimonio de un escritor que reconoce y apuntala su destreza, su voz, su forma siempre inesperada de resolver los versos. La exuberancia lingüística es instrumento de una reflexión, nunca definitiva, sobre los hallazgos y los límites (¿no es eso Dios?) que nos dibujan. En este caso, la saudade.

¿Qué añora, qué echa en falta, el saudoso de este libro? Lo que hay antes del lenguaje, lo que se rompe con el verbo. Es eso a lo que quiere regresar el neólogo: el momento seminal en el que, por obra y gracia del silencio, el mundo es nuevo y sin palabras. Saudade, pues, por la infinitud del pensamiento primigenio, que parece amenazada por los conceptos que cercan, por las estructuras que atenazan.

La poesía surge para hacer frente a esta pérdida. Como nos señala Balam Rodrigo, el escritor
hurga en lo profundo de su verdura
y aparece desnudando las palabras
segando los dolores
y no hay otro que le siga el paso
cuando enfermo está de la saudade.

Saudade, en fin, germinal y redentora. Ya lo había insinuado Teixeira de Pascoaes: «Árbol de la tristeza con las ramas/ Florecientes de alegría».


Autores
(Ciudad de México, 1992) ha colaborado en revistas como Círculo de Poesía, Cuadrivio, Punto de Partida, La Cigarra y Pliego 16. Aparece antologado en el libro Telescopio. Antología de escritores nacidos en los noventa.

Cine a la intemperie es un proyecto impulsado por la necesidad de llevar cine a los lugares más recónditos del continente americano. Sus realizadoras, Viviana García y Griselda Moreno, se aventuraron durante dos años y medio a viajar a bordo de una camioneta, «la Juana», recorriendo cientos de comunidades, con la finalidad de proyectar cine argentino y desempolvar cortometrajes y documentales que permanecían guardados.
El pasado 9 de abril llegaron a tierras mexicanas, en donde inauguraron el Festival Contra el Silencio Todas las Voces con la proyección de su documental y la presentación de su libro. Posteriormente formaron parte del Primer Encuentro de Circuitos Alternativos de Exhibición Cinematográfica del Valle de México, organizado por el mismo festival.
Platiqué con ellas acerca de
Cine a la intemperie, me hablaron de sus experiencias como mujeres viajeras, sus aprendizajes, el panorama del cine documental en Argentina y cómo sobrevivieron desde la autogestión.

VG: Salimos de Córdoba el 24 de junio del 2008 con la idea de recorrer el continente por el Pacífico y bajar por el Atlántico. Pasamos por el norte de Argentina, Bolivia, Chile, Ecuador, Perú, Colombia, Centroamérica, hasta México, llegamos hasta Tijuana, a la última calle latinoamericana en donde uno puede circular libremente, y de ahí regresamos por el Atlántico, subimos a Cuba, después Venezuela, Brasil, Paraguay, Uruguay y Argentina. Nos llevó dos años y medio de recorrido, fueron 19 países, cincuenta y dos mil kilómetros, 143 proyecciones y quinientos audiovisuales difundidos.
Hubo público diferente, desde niños de cuatro años, hasta personas muy longevas. Grupos de mujeres, comunidades campesinas, gente de la misma ciudad o de un barrio periférico en una ciudad dormitorio. Esa era la idea, llevar el cine a donde no había cine. Tengo un recuerdo de ir con Griselda subiendo doscientos escalones cargando los equipos para llegar a un comedor popular en Cusco y proyectarle a un grupo de diez personas; ese era el objetivo.

Orígenes del proyecto

GM: Se origina con una idea de Viviana García, licenciada en Cine y T.V., y su anhelo de hacer algo con su profesión en América Latina.
Cuando la conocí en medio de las montañas durante una de mis expediciones, me contó de ese anhelo suyo, y yo le dije: «bueno, te puedo apoyar dentro de mis conocimientos de viaje para discernir lo que se puede hacer y lo que no». Pasó el tiempo, seguimos en contacto y posteriormente ella me invitó a ser parte de este proyecto.
Viviana, como cineasta, podía ver que existían muchos filmes independientes que no se mostraban al público precisamente por falta de espacios. Las salas de cinematografía comercial no proyectan películas que tienen que ver con denuncias sociales, con cosas que nos pasan como sociedad y que a muchos, sobre todo a los Estados, no les conviene mostrar. Cuando hablo de esto, hablo de trabajo infantil, de avasallamiento de las tierras de los pueblos originarios; de la cuestión de género, de la trata y de otros temas que tienen que ver con la realidad latinoamericana
¿Qué otros espacios alternativos para mostrar este tipo de cine hay? Muy pocos, quizá Cine a la Intemperie podría ser una nueva alternativa de difusión porque puede apropiarse de espacios públicos como plazas, paredes, iglesias, espacios abiertos en las cárceles y un montón de lugares en donde quizás, con un poco de imaginación, creación y apoyo por parte de los municipios, se pueden difundir documentales que jamás serían proyectados. Por supuesto, también nos interesa acercar el cine a la gente que no tiene dinero para pagar una cuota en un establecimiento comercial. Nosotras creemos fervientemente que el cine es un medio que necesita ser público, porque es una herramienta de transmisión de conocimiento y que nos ayuda a construir nuestra identidad.

Vivi y Gri

Vivi y Gri.

 

El encuentro

GM: Cuando finalice la licenciatura en Comunicaciones Sociales en la Universidad Nacional de Córdoba, uno de los lugares más emblemáticos de estudio en el país, decidí viajar por el mundo los años que siguieron de mi vida. Me convertí en una periodista y reportera de viajes profesional pero al mismo tiempo descubrí un mundo de aventuras inmenso, así que terminé haciendo reportajes al respecto, que han sido publicados en las revistas más importantes del mundo.
Llevo 16 años viajando, me quedan cuatro aún, he estado viviendo en muchas partes del mundo, entre ellos India, Rusia, Venezuela y he conocido cerca de cien países más. He hecho lo que pensé que haría de mi vida: contar historias. Y dentro de ese contar historias, conocí a Viviana García en el 2005 o 2006 y me contó de esta gran aventura que tres años después se convirtió en Cine a la Intemperie.

Gri y Vivi en una ruta peruana camino a Lima con la Segunda camioneta llamada Macacha

Gri y Vivi en una ruta peruana camino a Lima.

Autogestión

GM: Parte del proyecto estuvo financiado por una indemnización que cobró Viviana, porque ella es hija de desaparecidos durante el periodo de la dictadura militar en Argentina (durante este periodo desaparecieron treinta mil intelectuales, entre ellos partidistas, y profesores).Quizá utilizó así su indemnización con la ilusión de continuar con los sueños de aquella generación socavada, enterrada, que tal vez pensaba en un mundo socialmente mejor.
La otra parte se gestionó a medida que íbamos andando en el camino, haciendo convenios con los municipios, con los líderes comunales y en donde, obviamente, para continuar necesitábamos tres cosas: gasolina, donde dormir y comida. Si lo conseguíamos, el viaje podía seguir. Así que fue una verdadera autogestión y muchísima gente nos ayudó con su solidaridad al entender y creer en el proyecto.

Experiencias

GM: Latinoamérica fue una gran geografía, fue hermoso poder ser parte del referéndum de Evo en el 2008; fue hermoso estar en el trigésimo aniversario de la revolución sandinista en Nicaragua, poder vivir un nuevo aniversario de la revolución cubana (el quincuagésimo segundo); fue tremendo poder asistir a las cuestiones de feminicidio en México durante el 2010. Cuando íbamos de Chihuahua a Tijuana, las mujeres nos alertaron a tener cuidado porque éramos un prototipo de secuestro.

Aunque más allá de eso, lo que me dejó el viaje y que realmente creo que es maravilloso, es haber podido compartir esto con mi compañera y haber podido ganarme una hermana, una amiga. Un proyecto se construye a partir de la edificación de relaciones y creo que eso también fue Cine a la intemperie, un proyecto que se basó en el amor, en el respeto y en las ganas de cumplir los objetivos.

VG: Los abrazos que distintas personas nos daban después de cada proyección, las miradas cómplices, los distintos rostros de Latinoamérica, porque si bien somos un gran pueblo latinoamericano, también hay diferencias. Eso es lo que se me viene a la mente en imágenes, la solidaridad de la gente.

En Colombia fuimos a pedir un contacto que nos ayudara a cruzar la camioneta a Panamá en un contenedor porque es un viaje muy costoso (al menos cinco mil o siete mil dólares) y el coronel de un campo militar que estaba cerca, nos preguntó qué era lo que transportabamos, cuando se lo aclaramos nos pidió hacer una proyección en su cuartel.Yo miré a mi compañera y le dije «no, ¿qué vamos a hacer ahí?, no tenemos nada que ver», pero estuvimos un día pensándolo y dijimos ¿por qué no llegar a ese público con cortos que hablan sobre derechos humanos, sobre la trata?Lo hicimos. Había proyecciones insospechadas que nunca nos pasaban por la cabeza.

Coveñas, Colombia

Coveñas, Colombia.

Aprendizaje

GM: Cuando uno se pone ante situaciones donde existe miedo, peligro, o demasiada alegría, termina por conocerse mejor. Cuando uno viaja con un amigo puede desnudarse, ser realmente como es, porque estás viendo al otro en el día a día, en un montón de situaciones. Ese amigo termina siendo casi pareja, no hay mayor espejo que esa persona; al mismo tiempo otros espejos fueron la cantidad de espectadores que tuvimos, fueran niños, personas mayores en un asilo y en una cárcel, o fueran adolescentes en reformatorios, lo que nos devolvían fue quizá el mejor aprendizaje que tuvimos. La motivación que generamos con nuestro proyecto —y que seguimos generando— termina llenándote espiritualmente sin importar cuánto esfuerzo económico, físico y emocional requiera el proyecto.

VG: Sabemos que hay cosas difíciles de llevar a cabo pero se logran. Poder adaptarse a distintas realidades, climas, comunidades, distintas formas de ser, distintos tiempos, porque no es lo mismo cómo se gestiona en Argentina, que en Panamá, que en Cuba, que en México.

También aprendimos mucho del lenguaje corporal porque teníamos que ver qué nos decía la mirada de algunas personas y así saber si estaban diciendo la verdad o no, si podíamos confiar o no; fue como desarrollar otra faceta de nuestro cuerpo, de nuestros seres y sorprendernos por distintas cosas que nos iban sucediendo.

Escuela de Tipitapa, Nicaragua

Escuela de Tipitapa, Nicaragua.

El panorama del documental en Argentina y en Latinoamérica

VG: Estábamos en un muy buen momento en donde teníamos —o tenemos— apoyo del estado en Argentina, la gente también está yendo a las salas de cine a ver documental. De hecho el año pasado se batió el record con un documental que se llama Seré millones, estuvo ocho semanas en cartelera. Hasta ahora tenemos una buena perspectiva, vamos a ver qué pasa con el nuevo gobierno.

GM: Está creciendo muchísimo, desde hace unos años Argentina está teniendo un gran cine —en parte— gracias a la inversión del estado para poder generar buenas producciones audiovisuales. Yo lo veo en crecimiento y se nota en las estadísticas de cuántas películas se hacen por año, o en los subsidios y apoyos que el estado está dando con diferentes programas, becas, o concursos. Si bien todavía cuesta, hay que pecharle, conseguir el auspicio. Actualmente desde la formación universitaria o desde los institutos que enseñan cine, también se está dando mucha calidad.
Aunque lo importante es cómo vamos a difundir ese cine documental, porque una cosa es que tengas una gran producción, pero si no somos capaces de tener suficientes espacios para exhibir, e incluso suficientes métodos de distribución, de nada sirve tener mil películas al año.

GM: Existen actualmente las redes de distribución, las redes de exhibición y los circuitos alternativos de exhibición y distribución.

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

Invitadas al Festival Contra el silencio todas las voces

GM: Como país, México es interesante por todo lo que sucede, hay mucha diversidad, ya hemos tenido la oportunidad de estar aquí antes. La invitación de Contra el silencio todas la voces fue muy linda porque, precisamente, tiene que ver con lo que hacemos, y por supuesto, con el esfuerzo de llevar adelante un festival o un encuentro en forma independiente, nos sentimos muy identificadas. ¿Por qué no colaborar? y ¿por qué no apoyar? Por supuesto que venimos a eso, a seguir apoyando estos espacios de encuentro y que tienen que ver con el esfuerzo que el realizador y el organizador hacen para llevar adelante su proyecto y que llegue a la gente de la manera más prolija que sea posible.

VG: La verdad yo estoy muy sorprendida de lo que implica el festival porque tienen un montón de sedes, de espacios, la biblioteca, los préstamos de los documentales, el circuito de exhibición alternativa. Me parece increíble todo lo que hacen, me parece genial que está en préstamo y que las entradas también sean gratuitas, eso lo compartimos también con Cine a la Intemperie, poder exhibir de forma gratuita para que todo el mundo tenga acceso a un buen documental.

Aprestando los equipos en la playa de Cancún, Mexico

Aprestando los equipos en la playa de Cancún, México.

¿Por qué hacer cine documental?

GM: Porque es necesario que los realizadores se comprometan con la realidad social en la cual están insertos, está todo bien en la ficción, pero al fin y al cabo el cine documental habla sobre lo que nos pasa desde una manera más visceral. A veces es tanto lo que se involucra el realizador, que termina afectado, eso significa que de alguna forma se sensibilizó con la causa, con la situación y quiso capturarlo y mostrarlo.

Es importante el cine documental porque es la única forma de que nosotros podemos mantener una memoria activa de lo que realmente nos pasa como sociedad, y podemos compartirlo desde los puntos de vista de varios países.

Mensaje para los jóvenes documentalistas

GM: Yo diría que aquel que quiere hacer documental primero tiene que tener en claro por qué lo quiere hacer. No tiene que ver con un hobby, con «qué lindo estar dentro de un cuerpo de filme», no tiene nada que ver con eso. Aquella persona que se va a involucrar, sobre todo en la dirección o en el guión de un documental, tiene que estar muy comprometida con el tema que va a elegir.
Mi primer paso, y sobre todo desde mi profesión que está ligada a las comunicaciones y al periodismo, es recortar realmente qué es lo que quiero contar y por supuesto, abrir un camino, tocar las puertas. Quizá te van a decir muchas veces que no, pero alguien te va a decir que sí, siempre y cuando tengas en claro qué quieres contar.

VG: El ser sensible, el estar comprometido con una realidad, el transformar esa realidad. Yo estudié cine para poder contar diferentes historias que contribuyan a un cambio social.

El que quiere hacer documental que lo haga, no hay nadie que pueda decirte la fórmula, no hay una fórmula, hay muchas maneras de hacerlo y están todas permitidas, pero creo que es importante contar las historias como uno las siente, desde esa realidad.

Niñas originarias de Chihuahua, México.

Niñas originarias de Chihuahua, México.


Autores
(Ciudad de México 1990) Licenciado en Comunicación Social por la Universidad Autónoma Metropolitana. Cinéfilo y amante de la fotografía.

Soñar, soñar la noche, la calle, la escalera

y el grito de la estatua desdoblando la esquina.

Correr hacia la estatua y encontrar sólo el grito,

querer tocar el grito y sólo hallar el eco,

querer asir el eco y encontrar sólo el muro

y correr hacia el muro y tocar un espejo.

Xavier Villaurrutia 

*

Esa mañana Cristina llegó tarde al trabajo y se excusó con el gerente diciéndole que se había metido en un agujero de gusano.

– ¿De qué estás hablando, Cris? ¿Vienes bien?

– Creo que sí.

– Estás algo pálida.

– Debe ser por el viaje. Todo ha sido muy raro; hoy me levanté antes de lo acostumbrado, me bañé, ni siquiera desayuné y salí con más tiempo del habitual. Antes de subir al taxi vi el reloj, todavía no daban ni las siete. Hasta pensé que llegaría con bastante anticipación. El taxista traía el radio a todo volumen y le pedí que, por favor, le bajara, ya que me dolía la cabeza. Pasaron unas tres canciones, no más de diez minutos. Cuando llegamos, vi que todos estaban aquí y me pareció muy extraño; vi la hora y ya eran las once. No sé cómo explicarlo.

– ¿En serio quieres que te crea? Mejor dime que te quedaste dormida.

– Estoy hablando en serio, Gerardo, no sé qué pasó. Tomé el coche antes de las 7:00 de la mañana. La única explicación que le encuentro es esa, el otro día lo leí en una revista. El agujero de gusano es algo así como un puente en el tiempo y el espacio. El taxi en el que venía se debió meter en uno de ellos. Te juro que no estoy mintiendo. Si quieres llama a la casa y pregúntale a mi mamá a qué hora salí.

– Para qué, seguro ya se habrán puesto de acuerdo. Crees que no sé cómo es tu mamá. Además no tengo ganas de hablar con ella.

– Ayer estuvieron hablando hasta muy tarde ¿no? Por su culpa no pude dormir bien. No sé qué tanto pelean si supuestamente son sólo amigos.

– Ya, ya, ya, no es momento ni lugar para hablar de esas cosas. Aquí soy tu jefe, y no es necesario que me digas mentiras, ni trates de utilizar mi relación con Laura para justificar tu retraso.

– Lo que tú digas, Gerardo. ¿Puedo pasar o no?

– Tranquila, estás muy sensible. No se te olvide que aquí el que dispone soy yo.

– Lo tengo claro, Ger. Sólo pregunto, no me siento muy bien, ha sido una mañana difícil. No puedo hilvanar muy bien las cosas…

– Ándale pues, pásale, ponte el uniforme y a ver qué se me ocurre para que repongas las tres horas que me debes.

– ¿Por qué no las tomas del tiempo que me hiciste quedar el sábado?

– Porque ya sabes que los sábados hay una hora de entrada, pero no de salida, Corazón. Ya pásale que me comienzan a dar ganas de regresarte.

– Está bien. Gracias.

Cuando entró la siguió con la mirada, posó la vista en sus nalgas y sonrió.

– Maldita escuincla, ahora sí ya se chingó. Me la ha estado haciendo cansada, pero hoy sí me la agarro, quiera o no.

– Pinche, Ger. Pensé que ya, ¿qué?, ¿el sábado no se armó?

– Nel, no se pudo. Ves que la puse a ordenar las botellas del almacén, y justo cuando iba a ver qué onda llegó el señor Enríquez y ya no pude moverme del salón.

– Ni pedo dijo Alfredo, pero hoy te desquitas.

– Así es, de menos que pague el favor que les estoy haciendo a ella y a su jefa. Si no es por mí, no estuviera trabajando aquí. La morra, legalmente, ni puede chambear. Si ya gana como mujercita, vamos a tratarla como tal.

– A huevo, que desquite el sueldo. Y, ¿por qué llegó tan tarde?

– Ah, ya ni me digas. Además anda queriendo verme la cara de pendejo. Inventó que se metió en un gusano del tiempo, una mamada así ¿cómo la ves? Que había salido bien temprano de su casa.

– ¿Qué? ¿En serio? No mames…

– Sí, y además se pone rejega porque no le creo. Gusano el que le voy a meter al rato; el mismo que trae loquita a su mamá.

– A huevo. Pinche morra, se pone al tiro porque la tienes muy consentida. Todos los días la dejas pedir de la carta, la mandas al almacén para que se haga pendeja, mientras todos están aquí sacándole la chamba y, por si fuera poco, la dejas descansar los domingos.

– Eso se llama trabajar a una mujer, compadre, y hoy, óyelo bien, es día de paga.

– A huevo, que al menos valga la pena nuestro esfuerzo, y que tú quedes contento. Bien lo tienes merecido.

– Vaya que si no, si vieras la sonrisota de Laura los domingos por la noche; bien satisfecha y con dinero para la semana, todo gracias a mí; aunque a veces también se pone rejega. A veces no las entiendo, uno les da lo que puede, de corazón; así que deben entender que uno necesita administrarse y ser valorado por su esfuerzo, no soy de palo. Esa niña también debería estar agradecida conmigo, gracias a mí tiene para comprarse sus garritas y su mamá no ha terminado de matarse. Hoy me cobro a la china y con intereses.

– Tienes toda la razón, jefazo. ¿Y me vas a permitir ver?

– Pinche Riki, no cambias. Te encanta andar de voyerista. Ya sabía que me ibas a pedir algo. No lo sé ¿de cuánto estamos hablando?

– Te doy la mitad de mis propinas del fin de semana.

– Ay cabrón, pero en serio estás muy animado.

– La verdad sí, la morrita está bien sabrosa. Se me antoja un chingo.  

– Vamos a ver, deja lo pienso.

– Ah qué Gerencio, le encanta hacerla de emoción.

– Si no hay emoción las cosas no saben, compadre.

– Oye, como que ya se tardó la Cris.

– Tienes razón. Déjame ir a ver cómo va nuestra viajera del tiempo, no se haya encontrado con otro gusanito.

– Aquí está el mío por si hace falta.

– Cállate pendejo, se vale ver, pero no tocar. Esa damita es mía.

– No se diga más, mi capitán.

*

Esa mañana no querías salir de casa, no habías podido dormir bien. Toda la noche te estuviste levantando, fuiste a beber agua a la cocina, te sentaste un rato a leer, caminaste descalza porque leíste en una revista que eso ayuda, para que el cuerpo se relaje, en caso de insomnio. Tu mamá tampoco podía dormir, lo sabías por el humo del cigarro que se paseaba nocturno e interminable por la casa.

Desde que entraste a trabajar los días eran muy agotadores, tenías que levantarte temprano, presentarte antes de las 8:00 de la mañana, sonreír a todos, obedecer a lo que te pidiera el gerente (tu mamá había puesto especial énfasis en esto cuando le pidió de favor a Gerardo que te ayudara a entrar al restaurante), por la tarde dirigirte a la escuela a la que llegabas sin ganas de nada,  y por la noche cuando volvías a casa, pasadas las nueve, apenas cenabas, leías un poco y después te acostabas.

Esa mañana no querías salir, con pocos meses en el trabajo ya estabas cansada del constante acoso por parte de algunos compañeros y del mismo gerente. Sabías que el supuesto buen trato de Gerardo tenía intenciones que iban más allá de la buena relación que sostenían él y tu madre; de hecho, eso era algo que te inquietaba sobremanera. Sabías que entre ellos había algo más que una simple amistad, hasta podrías asegurar que ella lo quería y confiaba en él. Veías cómo le brillaban los ojos cuando recibía sus llamadas, el temblor de su voz al hablarle, sus desapariciones el domingo por la tarde, el auto de Gerardo estacionado afuera del hotel de paso en la esquina de tu casa, y su regreso, en el que se mostraba incomprensiblemente contenta por la noche. No podías entender cómo se podía sentir tan plena después de haber estado en las manos de un tipo como él.

Esa mañana te levantaste muy nerviosa. Durante el baño recordaste que antes de acostarte la escuchaste discutir por teléfono, sabías que estaba hablando con él, con quién más. Entonces decidiste ahorrarte el desayuno, sabías que llegaría a contarte sobre el altercado de anoche y no querías escucharla por miedo a que se te escapara la verdad y ella volviera a su depresión, a sus ganas de hacerse daño. Lo único bueno que representaba Gerardo es que, desde su llegada, Laura había vuelto a sonreír.

Preferiste vestirte rápido, obviar el café, tratar de hacer el menor ruido posible y salir a la calle antes de la hora acostumbrada. Preferiste caminar, pues si tomabas un taxi llegarías muy temprano, aun así, a pie, llegarías muy temprano. La calle estaba solitaria, la luna ya se despedía, una que otra alma se veía peinar el silencio, entonces escuchaste aquel ruido.

Lo primero que te sorprendió fue el alto volumen de la música acercándose. Debe ser un coche, pensaste; y así era. Viste como la máquina te rebasó y unos metros después se detuvo, era un taxi. Tuviste un presentimiento y dudaste en seguir caminando hacia adelante. La puerta se abrió, de golpe creció el estruendo, dos sujetos bajaron, cerraron la puerta, te miraron. Te paraste en seco, pensaste en correr mientras el auto se echó en reversa. El sonido iba y venía. Decidiste emprender la carrera al ver a los tipos acercarse. Al voltear, el auto ya estaba en la esquina anterior, se abrieron las puertas, se alargó el escándalo, bajaron otros dos. Trataste de escapar, fue inútil. Estabas atrapada y todo era muy rápido. Sentiste como te cargaron (no fue difícil, pues eres muy pequeña) y te metieron al coche.

El estrépito llegó a lo más alto, se enredaba con las voces, con sus manos. Sentiste algo caer sobre tu cabeza y el universo cerrarse. Entonces recordaste aquel artículo que habías leído hace unos días, no es fácil saber por qué, por qué justo en ese momento, pero lo recordaste; aquel artículo que habías leído en una revista y que hablaba sobre una extraña cosa llamada el fenómeno de los agujeros de gusano.

*

– ¿Qué pasa mi Gerencio? ¿Por qué traes esa cara?

– ¿Viste salir a Cristina?

– Por aquí no ha pasado, cálmate. ¿Qué ocurre?

– No la encuentro y acaba de llamar su mamá, dice que le hablaron del SEMEFO.


Autores
(Ciudad de México, 1978). Estudió Letras Clásicas en la UNAM. Ha ganado algunos concursos literarios. Desde 2007, ha publicado en varios medios impresos y electrónicos. Entre sus obras se encuentran plaquette Poco más, múltiples formas, Alud en el sombrero de tu palma, Mitología de Héroes Profanos II, Autopsia del instante. Actualmente forma parte de la agrupación de poesía y arte sonoro Nos falta el Loco. Imparte talleres de Creación Literaria en diversos centros culturales de la Ciudad de México.

Ruritania: un reino imaginario inventado por el escritor Anthony Hope a finales del siglo XIX para usarlo como telón de fondo en sus novelas sobre aventuras medievales. Ruritania: una región imaginaria de la Europa cercana a los Cárpatos que han utilizado autores diversos, desde la ciencia ficción hasta la comedia inglesa, para ejemplificar territorios que colindan al mismo tiempo con lo melancólico y con lo absurdo. Ruritania: la extinta república socialista donde nació el protagonista de Memorias de un hombre nuevo, la novela más reciente de Daniel Espartaco Sánchez.

A medio camino entre sus dos libros anteriores, los cuentos de Cosmonauta y la novela Autos usados, Daniel Espartaco Sánchez reconstruye la historia de un treiteañero subempleado radicado en la Ciudad de México. Nunca duda en subrayar que el país donde nació por accidente ya no figura en los mapas. El constante recordatorio no es para menos: desde sus catástrofes amorosas, la conflictiva relación que lleva con sus padres, hasta la atribulada vida profesional que en algún momento lo orilla a ser un mal pagado redactor en el agónico proyecto de una enciclopedia, puede explicarse como un síntoma más de una pérdida temprana. El hecho geográfico, por supuesto, tiene una implicación ideológica: haber nacido en un país que ya no existe es haber crecido en el seno de una ideología arrinconada: el socialismo. En Memorias de un hombre nuevo, haber sido criado por partidarios del socialismo representa, ante todo, haber heredado una nostalgia por un proyecto en apariencia fracasado.

Si algo aprendimos quienes fuimos a la primaria en el siglo XX es que las clases de geografía pueden otorgar conocimientos indispensables para aprobar un examen, pero inexactos para recorrer el planeta: basta recordar la disolución de Yugoslavia o la partición de Checoslovaquia para admitir que la nomenclatura del mundo puede ser tan escurridiza como trivial. Y, sin embargo, algunos recordamos, con una precisión anómala, los mundiales de futbol o lo juegos olímpicos a los cuales asistieron países que ya no existen. De la misma forma, los personajes de Memorias de un hombre nuevo (una estudiante de posgrado en el extranjero, una joven activista mexicana radicada en un país socialista) admiten la geografía, con gusto o reticencia, como una categoría transitoria más de la vida.

De ahí el acierto de Espartaco Sánchez para ubicar una ideología específica en los terrenos movedizos de la fantasía: si el protagonista hubiera nacido en Checoslovaquia o Yugoslavia, Memorias de un hombre nuevo habría gozado de precisión histórica, pero, también, de miopía literaria. En cambio, Ruritania es capaz de acomodar en un mismo nombre la nostalgia por una lucha perdida y el terror por un presente alarmante, las tragedias de algunas naciones y nuestras absurdas comedias personales: ¿Qué era el hombre nuevo sino el que nacía dentro del sueño socialista? La procedencia geográfica marca la identidad de formas insospechadas; no en balde el poeta ruso Yevgueni Yevtushenko alguna vez escribió que «al principio los hombres inventaron las fronteras y más tarde las fronteras comenzaron  a inventar a los hombres».

A partir de la lectura de Memorias de un hombre nuevo, es fácil discernir que nuestra educación política y sentimental tiene raíces precisas en territorios escurridizos: como el protagonista de la novela, expatriado eterno que extiende su condición de turista a cada esquina de la realidad circundante, nuestros ideales suelen tener bases sólidas en los terrenos de la imprecisión. Ejercicio de pulcritud, Memorias de un hombre nuevo resalta por su brevedad cimentada en mecanismos narrativos más bien propios del cuento breve: escasas cien páginas donde la tensión argumental está regida por la intensidad en la atmósfera. Como muchos otros integrantes de su generación, pareciera que el autor desconfía de los tomos innecesariamente obesos. ¿En qué momento los narradores mexicanos empezaron a evitar las novelas de quinientas páginas? ¿Se deberá a la perdurable huella de Rulfo, la influencia de Bellatin? La pregunta es llamativa ante todo por una cuestión extraliteraria. Bien que mal, hasta la fecha se mantiene saludable el mito de que tanto editores como lectores prefieren novelas abultadas, mientras que algunos escritores se afanan en entregar obras cuya ambición no está relacionada con su longitud.

En este caso, Daniel Espartaco Sánchez dialoga, desde una brevedad sensata y vehemente, con una amplia generación que por momentos parece extraviada: cuenta con una cartografía precisa de búsquedas y deseos que a veces coinciden más con la fantástica Ruritania que con la realidad. Una generación que tiene en la mano el mapa, pero carece del territorio.

 


Autores
(nació en la ciudad de México, en 1988) es autor de los poemarios Singles (RDLPS, 2008) y La radio en el pecho (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2010). Ha colaborado en revistas como Luvina, Punto de Partida y Literal, entre otras. Estudia Lengua y Literaturas Hispánicas en la UNAM. En 2013 fue acreedor del Premio Punto de Partida de Poesía. Ha sido becario del FONCA.

–Sin control.

–Hermoso.

–¿Carroñ…

–Replantea el concepto de meridiano.

–Una tarea para las siguientes generaciones.

–¿Un g…

 

Como si no bastara con la vergonzosa sudoración, el ridículo nos puede llegar a partir la lengua en dos pedales. Por un lado, el acelerador se presiona a fondo cuando enunciamos una mentira con la intención de salvar cierto vacío, pero ésta termina desencadenando una avalancha de falsedades que escupimos sin control. Mientras tanto, a su lado figura el pedal responsable del frenado, mejor conocido por amarrar nuestras cuerdas vocales en forma de un prudente silencio. Sea como sea, mi frustrada participación en el diálogo que referí al principio se asemeja más a la combinación de ambos mecanismos; algo parecido a los jaloneos de un auto cuando el conductor se está iniciando en la tarea. Y si bien no se trata de una humillación en extremo dolorosa, tampoco me siento con el valor suficiente para tratarla en un párrafo tan prematuro.

La conversación en cuestión se desarrolló como un inesperado pasaje de sobremesa. Había estado disfrutando de la tertulia hasta que repentinamente mis camaradas empezaron a discutir sobre un atardecer que yo aún no había vivido. Horrorizado por la idea de ser descubierto, aunque más molesto por no poder participar en la charla, comencé entonces a pasar un mal rato de transpiración y descontrol de las palancas del habla.

Con todo y su «ocaso delirante» el sábado veintitrés de marzo parecía haber marcado un antes y un después. Imparables eran los recitales de agradecimiento hacia la naturaleza y su paleta de colores, además de las agitadas conversaciones acerca de los múltiples matices que escondía nuestro sistema solar. Eventualmente la acumulación de reseñas sobre aquella tarde empezaba a abrumarme y, a medida que se aproximaba su fecha, comencé a considerar que tal vez no sólo valdría la pena presenciarla, como el resto ya lo había hecho, sino que además debería estar preparado.

Exploré el catálogo de la Biblioteca Vasconcelos con la esperanza de encontrar algún noble instructivo que enunciara las bases para lograr un examen provechoso de las nubes. Pero luego de comprobar la inexistencia de títulos como Atardeceres en occidente, Manual de la contemplación vespertina, o Tardes mexicanas: retrospectiva de un pueblo adormilado, resolví que tendría que recurrir a otra obra técnica.

Después de merodear lo suficiente, cualquiera puede comprobar que la colección de tomos dedicados al estudio de los mares establece el pasillo más azulado de las bibliotecas. Detrás de este tobogán encontré la Meteorología de Günther D. Roth. A juzgar por la leyenda que en la portada anuncia «Formaciones nubosas y otros fenómenos meteorológicos», la simpleza de semejante oración hace sospechar que la información de la carátula no sólo pretende dar un adelanto del contenido, sino que, en todo caso, aspira a convencernos de que se trata de una publicación útil y, sobre todo, al alcance para quien se enfrenta a la tarea de observar una tarde sin saber lo que ello significa.

Después de unas páginas, en el acertado capítulo «Sugerencias para observar el tiempo atmosférico por nuestra cuenta», el señor Roth despliega un invaluable compendio de fenómenos naturales, así como la descripción que amerita cada caso. En esta lógica se extiende, por ejemplo, el delicioso relato que corresponde al avistamiento de los relámpagos:

A menudo se ven caprichosas estelas de luz de diversa longitud. Los relámpagos forman líneas simples, pero también muestran ramificaciones hacia arriba y hacia abajo. Algunos sólo se manifiestan como un resplandor entre la capa nubosa. El relámpago de rosario permite ver durante varias décimas de segundo una especie de collar de perlas luminoso. En ocasiones se han observado rayos en bola con forma de globo de fuego sobre la superficie terrestre. Con frecuencia las descargas eléctricas intensas van seguidas de precipitaciones bastante fuertes. (Roth, 2003)

Tal parece que la intención de párrafos de este tipo, una vez compilados, apunta a la formación de lectores seguros de sí mismos y de su percepción. Seres empoderados, dueños de una confianza indoblegable gracias a este práctico catálogo que nos permite mirar hacia cualquier dirección con la seguridad de que existe un diagnóstico para todo lo que acontece.

Para Noam Chomsky, los humanos pensamos en términos de «árboles, perros y ríos». Pero «¿qué son esos términos?» se pregunta el autor. El ejercicio se vuelve literal, casi poético cuando la meteorología responde: pues bien, en el caso del relámpago rosario, no se trata sino de «un collar de perlas luminoso». Gran respuesta, sí. Pero Chomsky no desea conocer qué pueden significar, sino realmente qué son los términos. Es decir, agotar la última barrera conceptual, desenmascarar por fin la distancia entre pensamiento y mundo.

No obstante, desde luego que sería indigesto emprender aquí una disertación sobre la fragilidad implícita que conlleva el asumir que el término atardecer proviene de un verdadero atardecer que sucede allá afuera. Sería como tratar de derrumbar ese tono tan arrogante con el que muchos se refieren a la tarde, especialmente cuando dan a entender que la puesta del Sol siempre ha sido evidente y que no hay nada más que agregar, o en todo caso, los únicos comentarios pertinentes son los elogios que suelen arrojar en la sobremesa, mientras que yo me siento como un idiota por no saber de lo que están hablando.

Además, si uno se excede en la cavilación de estas ideas corre el riesgo de perpetrar la negligente destrucción de la ciencia meteorológica, pulverizando el generoso y dedicado trabajo de autores como el señor Roth y su bondadoso ejemplar. Es recomendable entonces volver a sus páginas y entender la obra en su dimensión de herramienta. Sobresale también que en su compromiso con el entendimiento, esta antología de auroras polares, bajas presiones y tintes crepusculares incluye las respectivas ilustraciones (considerado gesto que se adelanta a una posible carencia de nitidez en las descripciones o bien, al caso de que nuestra capacidad imaginativa atraviese por una mala racha, o a ambas opciones).

Ahora bien, si alguien estuviera interesado en resolver el desfase de días, sobra decir que no hallaría la solución en un libro de meteorología. Primero tendría que controlar el mareo que produce esta demora, vencer las ganas de regurgitar sobre el mantel con el deseo de que la sobremesa aún no llegue para alcanzar a vomitar sobre los platillos de los demás, en plena degustación, anticipándome, advirtiéndoles que no se atrevan a hablar de una tarde o de un desequilibrio estomacal que acaba de arruinar la ocasión pero que aún yo no he vivido. Aclarando que ni toda una biblioteca es suficiente para ponerme al corriente con la fecha que todos vociferan. Que las mentiras que pretenden esconder un vacío en verdad existen para disimular una distancia en el calendario. Para maquillar las secuelas de vivir en otro mes. Expulsando el contenido de mi estómago para decirles que tal vez no estoy con ellos en esta mesa y en este momento, porque estoy hurgando en la sección de la biblioteca dedicada a los sistemas neumáticos, con la esperanza de encontrar un generoso manual para controlar los pedales de mi lengua, pues no quiero fallar cuando suceda la conversación del principio.

 

Referencias bibliográficas

Roth, Günther Dietmar, Meteorología, Dulcinea Otero-Piñeiro, trad., Barcelona, Omega, 2003.


Autores
(Michoacán, 1992). Sus investigaciones están centradas en sistemas alternos o experimentales de comunicación. Desde el 2017 forma parte del Lhabloratorio de Colectivo, proyecto de investigación artística que recrea ambientes donde comunidades distintas practican sistemas alternativos de habla y lectoescritura. Ha sido publicado en revistas como Tierra Adentro, Mula Blanca, Luvina, Pliego 16, entre otras. Fue becario de PECDA CDMX en el periodo 2017.

Para Rita y Paulina

Vine a la Ciudad de México porque me dijeron que acá podía practicarme un aborto legal y seguro. La semana pasada celebré mi cumpleaños con tan poco dinero en la cartera que lo único que pude comprarme fue una crepa de cajeta con durazno, a la que el bueno para nada de mi novio le encajó un cerillo para que hiciera de velita; mientras lo apagaba de un soplido me sentí patética: llevaba más de medio año sin trabajo, sobreviviendo con lo poco que tenía en el banco, cortesía de la neurosis de mi señora madre, que un año atrás sintió la vejez demasiado cerca y nos entregó a mi hermano y a mí una modesta cantidad de efectivo para que «empezáramos un negocito y fuéramos nuestros propios jefes». No nos veía futuro: mi hermano sostenía a su tropa de hijos con un salario miserable y no podía acceder a un trabajo mejor porque sólo había estudiado la secundaria. Yo había terminado una carrera con sobresalientes, pero seguía sin titularme. Esto, sumado a mi empeño por convertirme en actriz profesional de teatro alternativo, me alejaba cada vez más del sueño de mi madre de que siguiera sus pasos: convertirme en maestra de primaria pública, tener servicio médico y cotizar para comprar mi propia casa.

Por aquellas fechas yo tenía unas ocho semanas de embarazo. Lo había descubierto a mediados de febrero, mientras mi novio dañaba de forma permanente sus riñones atascándose de anfetas en un rave en Guadalajara, al que se fue sin siquiera avisarme. Había estado sintiendo mareos de forma continua, pero se lo atribuí a mi mala circulación sanguínea, causante de las várices en mis muslos desde temprana edad. He visto reality shows en los que mujeres dan testimonio de cómo no tenían idea de que estaban embarazadas hasta el mismo momento de dar a luz, en medio de las circunstancias más ridículas: mientras toman una ducha o compran en el supermercado. Se supone que al tratarse de mujeres con problemas de obesidad, el ciclo menstrual se altera, de ahí que no les extrañe la ausencia del mismo; a menudo toman por una enfermedad gastrointestinal el proceso de gestación. No les creo nada.

Aunque estaba segura, fuimos a un laboratorio del centro para hacerme un análisis sanguíneo. Mientras esperábamos, Benito comenzó a discutir conmigo. Para evitar las miradas indiscretas de los laboratoristas, trasladamos nuestra escenita a la vía pública. Junto a un poste de luz, tras cuatro meses juntos, Benito rompió conmigo. Quince minutos después nos habíamos reconciliado a regañadientes. Abrimos el sobre en una banca de la plaza. Ahí estaba el funesto mensaje de las Parcas: positivo. Mi querido novio esperó los cinco segundos que dicta el decoro para luego dejar en claro que no estaba interesado en tener hijos por el momento, aunque sí quería seguir conmigo. Nos auguré lo peor. Mi noción de la fatalidad enfadó a Benito sobremanera, me reprochó con amargura que mi negatividad le estaba echando a perder el viaje: había fumado marihuana antes de desayunar, como siempre. Guardé silencio. Como le dio hambre compramos dos tortas de chorizo y una malteada de fresa. El olor de la grasa, en combinación con el gusto de la leche, hizo que me dieran ganas de vomitar. Yo pagué la cuenta.

Captura de pantalla 2016-05-16 a las 4.09.35 p.m.

Pasé el mes tratando de decidir qué sería lo más prudente en mi situación. Por un lado, me preocupaban las cuestiones puramente mundanas: estaba desempleada, no podía regresar a la casa materna con la cola entre las patas y un hijo en brazos. Benito, lejos de ser un apoyo, era una carga emocional y, peor aun, económica: el tipo de hombre capaz de organizar una fiesta de proporciones épicas en menos de una hora, pero que jamás devuelve el dinero prestado. A todo lo anterior había que agregarle la cantidad de drogas y alcohol que circulaba por las venas de mi incipiente bebé: la intoxicación por placer era el modus vivendide Benito y, por una casualidad desgraciada, yo había escogido el mes anterior para comenzar a experimentar con las puertas de la percepción. Me daba miedo imaginarme dando a luz a un niño mutante, con un pie saliéndole de la frente.

Por otro lado, estaba la cuestión moral: mi hermano y yo somos adoptados, lo cual me ponía en un predicamento, ¿acaso era justo abortar si yo misma soy producto de la compasión materna? Me avergonzaba el solo hecho de considerar esa opción. Sin embargo, me avergonzaba más salir con mi domingo siete. Yo, una mujer con estudios, autosuficiente. Yo, la esperanza de mi familia. Yo, ese espíritu libre y elevado. Me convencí de que era mi deber afrontar las consecuencias de mis actos, asumir que no estaba lista para semejante responsabilidad y, de paso, hacer feliz a una pareja gay o de estériles, dando al bebé en adopción. Pero en el fondo sentía que no iba a poder. Imaginé la cara de consternación de mi madre, su enojo, la negativa a renunciar al niño, el sermón ultracatólico de mi hermano, y supe que era imposible. Encima, Benito, que no quería ser padre pero se creía con derecho a opinar, fue tajante: «No, te vas a encariñar y luego no vamos a querer regalarlo. Hay que abortar». En un arranque de dignidad, lo corrí del departamento.

Tras una noche de perros, decidí que no necesitaba de nadie.

A la mañana siguiente fui al súper por detergente y, en un acceso de ternura insospechada, compré un par de zapatos para bebé con una vaquita estampada en el empeine. El contacto me lo pasó María, bailarina de una compañía de danza contemporánea para la que yo fungía como costurera de cuando en cuando. Nos encontramos en los camerinos improvisados en una galería de arte. Yo había ido a ver el espectáculo con la esperanza de que la directora tuviera algunos vestuarios que necesitaran reparaciones. No hubo trabajo en esa ocasión: treinta pesos del boleto tirados directo a la basura.

Frente al espejo de los lavabos, le solté a María mi oscuro secreto. Me turbó la rapidez y seca determinación de su respuesta: «Aborta. Tengo una amiga que fue a México, ya ves que allá es legal». Le dije que no tenía dinero ni para el pasaje. María me miró con cara de no-pongas-pretextos y me explicó que su amiga había contactado a una asociación defensora de los derechos femeninos, o algo así, que se había hecho cargo de todos los gastos. Prometió conseguirme los datos.

A los tres días, con un par de llamadas de por medio, todo estaba resuelto: me agendaron una cita el 15 de marzo, a mediodía, en la Clínica de la Mujer de Azcapotzalco. Resistí la siguiente semana comiendo fruta picada y agua, el resto de los alimentos me daba asco. El perfume de Benito también me provocaba náuseas. Él recogió el dinero para mi boleto de autobús, pues yo sufría de periodos alternados de jaqueca y sueños pesados e inquietos.

La noche anterior a mi partida Benito fue a beber con sus viejos amigos del bachillerato. Me despertó a las cuatro de la madrugada, aventando piedritas contra el vidrio de la ventana de mi cuarto: quería dormir en mi departamento porque no podía llegar a su casa apestando a marihuana y alcohol. Sus ronquidos —cortesía de una desviación en el tabique nasal por una pelea callejera— impidieron que volviera a conciliar el sueño. Por la tarde empaqué lo indispensable en una mochila. Tuve que bañarme en casa de un amigo porque la bomba de la cisterna se había quemado de nuevo: el edificio entero llevaba casi una semana sin agua potable y yo no estaba de humor para cargar cubetas tres pisos. Benito y mi amigo me acompañaron a la central camionera. Yo pagué el taxi.

A las seis y media de la mañana llegué a la central norte. Lucía, una voluntaria de la asociación, me esperaba junto a la efigie de la virgen de Guadalupe. Estudiaba letras, pero su verdadera pasión era la lucha libre, todavía estaba buscando la forma de escribir su tesis sobre el tema. —Puedes decirme Lucha —dijo, orgullosa del juego de palabras. Su lesbianismo la había llevado a convertirse en activista de los derechos sexuales femeninos.

Era morena, sonriente y bajita. Tomamos el metro, luego un pesero y al final una combi, hubo tiempo de sobra para charlar. Entre otras cosas, Lucha me explicó que la asociación había tenido que implementar un servicio de escoltas para proteger a las mujeres del vituperio y agresiones de los fanáticos Pro-Vida, quienes a últimas fechas habían dado en instalar módulos de «concientización» afuera de las clínicas, a fin de atemorizar con grotescas imágenes de bebés destazados y epitafios sensibleros. Como siempre, la violencia visual dio resultado y lograron disuadir a más de una.

En la sala de espera había mujeres de todas las edades y estratos sociales: desde jefas de familia que no podían mantener otro hijo hasta muchachas de vestimenta vulgar que iban por su tercer aborto. En una especie de conciliábulo, la señora a mi derecha contaba con evidente tristeza que estaba esperando gemelos, llevaba tres meses sin conseguir empleo, su familia se estaba muriendo de hambre.

—¡Ay, pero son gemelitos! —exclamó una de las muchachas vulgares, sin dejar de masticar su chicle—, había de tenerlos. Los gemelos son bien bonitos. Con gemelos yo sí me animaba. La miré, horrorizada. Lucha, a su vez, procedió a hacerles un par de comentarios a propósito de los múltiples métodos de anticoncepción disponibles en la actualidad. Luego, en un susurro, me dijo al oído: «Hay que evitar a toda costa que esta clase de viejas se reproduzca». Me dio un retortijón. Sonreí a medias.

Captura de pantalla 2016-05-16 a las 4.07.30 p.m.

La recepcionista me llamó a su escritorio, pretendía reprogramar mi cita, era un día ocupado. Lucha intervino con claridad y aplomo: veníamos de parte de la asociación, se trataba de un caso foráneo, yo sólo podía permanecer un día en la capital, mi boleto de regreso ya estaba comprado; esto último no era verdad, pero ayudó. La recepcionista suspiró, revisó algunos expedientes, tachó un par de citas de la agenda. Luego leyó en voz alta una lista de nombres y despidió a algunas mujeres que se marcharon inconformes. A las cinco restantes nos hizo pasar al interior de la clínica.

Todo estaba limpio, reluciente y en tan buen estado que daba la impresión de ser un edificio inaugurado apenas unos días atrás. Las enfermeras eran amables, parecían comprensivas. Yo tenía miedo de que fueran a regañarme y sacaran a relucir lo terrible del acto que estaba a punto de cometer. No sucedió.

Nos tomaron datos e hicieron las preguntas necesarias para elaborar un breve historial médico. Por separado, nos hicieron un ultrasonido. El frío viscoso del gel en mi bajo vientre y el latir ahogado del feto me desconcertaron. Tenía nueve semanas y media de embarazo, me dijeron que el aborto debía practicarse entre la décima y la doceava, pero iban a hacer una excepción conmigo por ser foránea, esperando que no hubiera complicaciones graves. Luego nos reunieron en la otra ala de la clínica para sacarnos sangre. Mientras esperábamos en fila, una mujer de figura esbelta y largo cabello rizado me platicó su caso:

—Yo usaba el DIU, el que también secreta hormonas, se supone que tiene 99% de eficacia. Fui al doctor porque llevaba más o menos un mes con cólicos muy fuertes, me dijo que tenía un embarazo ectópico, o sea que el feto estaba mal implantado, el aborto era la única opción. Me enojé mucho, le dije que cómo era posible, si él mismo me había asegurado que era 99% efectivo. ¿Sabes qué me contestó? Que yo era esa única mujer de cada cien a la que no le funcionaba.

Cuando acabó de contarme, me preguntó cómo había quedado embarazada, le dije que el condón había fallado. Era mentira, pero me sentí incapaz de reconocer mi estupidez.

Nos separaron en parejas y nos llevaron a una sala preoperatoria con sillones iguales a los que usan los dentistas. Al fondo había un armario metálico con batas para quirófano, al final de un pequeño pasillo estaban dos baños, donde nos quitamos la ropa. Me pusieron suero intravenoso y luego la anestesia, sentí un fuerte ardor en el antebrazo izquierdo. Una enfermera de trato dulce me dio una pastilla y me indicó que la mantuviera debajo de la lengua hasta que se desintegrara por completo. Para pasar el rato puso en un DVD Arráncame la vida. Aunque yo temblaba de nervios, noté que la historia era cursi y la protagonista actuaba muy mal. Pasé al quirófano cuando se me terminó el suero. Me ordenaron recostarme en una mesa de acero, subí las piernas a esas cosas que los ginecólogos usan para mantenerlas abiertas (no sé cómo se llaman). Estaba tan asustada que la doctora llamó a otra enfermera para que me diera la mano. A pesar de la anestesia, el dolor que me provocaba el aspirado era tan insoportable que me hizo delirar. Se me subió la presión, lo cual complicó el proceso, estuve a punto de desmayarme. Recuerdo que gritaba, pero no sé qué. La enfermera trataba de tranquilizarme y me pedía que le soltara la mano porque la lastimaba. Por un momento no supe dónde estaba. Una punzada de fuego tasajeó mi cuerpo. Sentí un vacío horroroso en el útero. Todo había terminado.

Apoyada en la enfermera regresé a la sala preoperatoria. Me dieron una toalla sanitaria gigantesca especial para esos casos, me mandaron al baño a ponérmela. Con el poco pudor que me restaba, oculté mis pantaletas entre mi ropa. En el sanitario me dio otro retortijón y defequé copiosamente. Rompí a llorar cuando vi que sangraba. Estaba mareada, adolorida como si me hubieran golpeado de pies a cabeza, el cuerpo me temblaba de tal modo que no podía ponerme el pants. Permanecí inmóvil no sé cuánto tiempo. Cerré los ojos y, como cuando era niña, deseé que nada de eso estuviera pasando. La enfermera tocó a la puerta, preguntó si me encontraba bien. No recuerdo qué le contesté. Cuando por fin abrí los párpados me embargó una sensación de irrealidad asfixiante.

Regresé al sillón, la película había avanzado tanto que ya no la entendí. La enfermera vertió una lata de jugo de durazno en un vaso de vidrio y me lo ofreció. Sacudí la cabeza en una negativa. Aunque el hambre me atenazaba el estómago, no quería comer nada. Me avergonzaba el asedio de un impulso tan banal en medio de ese momento trágico. La enfermera insistió: necesitaba beber algo o me pondría mal. Colocó otra bolsa de suero en el poste a mi lado, mis venas lo absorbieron con descarada voracidad. Debía permanecer sentada hasta que se estabilizara mi presión. Una trabajadora social habló conmigo mientras tanto. Volví a mentir sobre la falla del preservativo. No me creyó. Me preguntó mis motivos para abortar. Le dije que no tenía empleo y que mi novio era un junkie, suspiró, me aconsejó dejarlo. No lo hice.

Lucha me esperaba afuera con mis cosas. Caminamos lentamente hasta la parada de la combi. Los pasajeros me saludaron con amabilidad al subir, me pregunté para mis adentros si habrían reaccionado igual de saber lo que acababa de hacer. Saqué una manzana de la mochila y la mordí con desgano. Lucha me platicó algo que tampoco recuerdo. Antes de subir al metro compramos vasos de mango picado, ella pagó. Un par de estaciones antes del punto donde debíamos bajar, me preguntó cómo me sentía, le respondí que bien. Mentí. Luego dudó un poco antes de consultarme si me molestaría que no me acompañara el resto del trayecto: tenía que asistir a una feria de la reproducción sexual razonada y desde ahí le quedaba cerca. De nuevo mentí. Le dije que no había ningún problema. Nos despedimos con un abrazo. Seguí mi camino.

 

 


Autores
(Durango, 1984) es narradora y autora de Ecos, publicado por el FETA (2017).


► UNO

Si fuera José García —el desgarbado protagonista de El libro vacío—, preferiría reunir mis anotaciones diarias en un documento de Word. Tal vez parezca pretencioso si afirmo que mi vida y la de José García, en su simpleza, comparten semejanzas, pero es clara la diferencia entre los dos: en rigor, él escribe en un cuaderno y corrige a mano. Reescribe partiendo del error, no importa si en el camino arruina varias hojas con minucias. Todo esto para conseguir, al menos, algo decente a lo que pueda llamar libro. En cambio, yo sencillamente oprimo unas cuantas teclas si quiero eliminar párrafos enteros, modificar palabras, reemplazar una frase por otra o comenzar de nuevo la idea, sin ninguna complicación más que la de ser fuerte cuando decida cerrar para siempre ese incómodo «Documento 1», sin guardar los cambios. Sin embargo, aun cuando me sienta satisfecho, al poco rato mis palabras me parecerán ociosas, sin importancia, como a García sus propias confesiones. Me pregunto si mientras él escribía era consciente de que al dejar en blanco su cuaderno número dos, su afán de concebir un libro estrictamente escrito sería rebasado. Temo que lo que García ignoraba era que, después de todo, su cuaderno vacío eclipsaría esos meses de trabajo delante de la mesa, escribiendo hasta sacarse ámpulas.

Aunque parezca fácil tirar al fuego un cuaderno o simplemente deshojarlo, resulta más sencillo no guardar los cambios en una hoja de Word bajo el pretexto de creer que algo le falta. Desde un inicio comencé a escribir en computadora porque supuse que en cualquier momento podría apagarla y decir que todo fue un pasatiempo que no se debería tomar mucho en cuenta. Me considero un cobarde al que —sospecho— le dará miedo leer después lo que escribió cuando tenía veintitantos años. Tal vez por eso escribo en computadora y no a mano. Hasta ahora todo lo que he escrito no me parece otra cosa más que el contenido adecuado para un cuaderno «número uno». José García, por su parte, escribe en cuadernos porque sus agallas lo han formado para soportar cualquier relectura propia.

Después de todo, creo que a José García le faltó soltar una carcajada, una estridente y espeluznante carcajada al final de la novela. «La angustia que genera el absurdo se resuelve siempre en risa», escribe Jazmina Barrera con respecto a la zozobra de Alicia (la de Carroll) al no poder hallar una salida en medio de la espesura del bosque. El cuaderno número uno de José García es, ante todo, su diario de la desesperación. En él reside la espesura de un bosque de donde su dueño saldrá, paradójicamente, si planta más arbustos, cuenta más secretos, escribe más palabras. García tiene bien claro que debe seguir escribiendo para alejarse de esa zanja que es la escritura. Su empresa, sin embargo, es inútil. Cuando escribe, José García se parece a aquel comiquísimo sujeto nervioso que en un desesperado intento por tomar la decisión correcta, no hace más que dar vueltas en un mismo lugar hasta que, llegado el punto, sus pasos abren un enorme hoyo en el piso, una fosa inconmensurable que termina por tragárselo.

 

►UNO

¿Cómo será el inconsciente de

alguien que aprehende

lo natural sólo a través de la técnica?

Mario Bellatin

Me parece una exigencia absurda la de escribir nuevamente con pluma y papel. Será porque cuando comencé a escribir pocas veces me acerqué a un cuaderno con la esperanza de que mis poemas (porque yo también inicié escribiendo poemas) mejoraran. Ni siquiera lo tenía en cuenta. Digamos que mi pasado literario comenzó el día que supe que la computadora no sólo servía para ver porno o curiosear en Encarta. A propósito, me cuesta trabajo comprobar la edad a la que alguien comenzó a escribir y que, según varios, se advierte en sus textos.

Se me dificulta, por ejemplo, darme cuenta de que Dobleú comenzó a leer a los dos años y a escribir inmediatamente después de terminar de nutrirse con la leche materna, o si los pininos de Igriega en la literatura se dieron a la par de su aprendizaje del abecedario. En otras palabras, no puedo percibir en un texto la edad en que su autor garabateó por primera vez con ambiciones literarias. Por más que Jota me reclame que es evidente, que por la calidad de su prosa, que si no me doy cuenta de que en los poemas de Eñe se nota que desde chavita comenzó a imitar a los clásicos. Ignoro si se puede llevar a cabo un experimento como este. Y si llegara a hacerse realidad, me importa poco que en algún momento alguien lo haga con mis textos. Por eso mejor soy franco desde ahora: yo no comencé a escribir hasta los diecinueve años, cuando algunos ya tenían libros publicados.

Mi problema con la escritura es que siento que le debo algo. Supongo que esta sensación de deuda es una de las causas del rechazo hacia la escritura a mano como primer peldaño de una carrera literaria profesional. De hecho, hasta hoy me pregunto por qué desde un principio no me hice de dos cuadernos como José García. O al menos me gustaría saber qué rumbo seguiría mi escritura si en la secundaria hubiese elegido el taller de mecanografía en vez del taller de música. Ahora que lo pienso, creo que hubo dos razones por las que tomé esta última decisión: 1) a esa edad consideraba que era inútil utilizar una máquina de escribir, pues la mayoría nos dábamos abasto con la computadora para hacer tareas y 2) según yo, a ese taller únicamente podían inscribirse mujeres; ¿qué haría ahí, con el tecleo incesante producido por los deditos de uñas mordisqueadas de quinceañeras aspirantes a secretarias? Tal vez coquetear, pero no más. Reconozco que el uso de cuadernos a la José García, al igual que las máquinas de escribir, me resultan todavía utensilios arcanos de un pasado en el que con o sin mí se escribía, y mucho. Aun así, sufro cuando pienso en ello: algo me dice que la «verdadera» literatura se escribe a mano. Escribir con lápiz y papel, parece, es acceder a un pasado en el que hasta esa forma tan rudimentaria de hacerlo era mejor.

Varias veces he sentido que por más que me esfuerce en corregir y borrar, corregir y borrar, comenzar de nuevo sin guardar ningún cambio, lo único que conseguiré será tanto como una hoja en blanco, pero cuyo silencio no forme parte de metáfora alguna. Desde que comencé a escribir he pensado más en la derrota que en el éxito. No me refiero, desde luego, a los concursos o la fama; sino a no conseguir nada más que llenar páginas, para luego cerrarlas sin guardar los cambios (el eterno cliché de la escritura). Es común que me deshaga de todo lo que hasta ese momento llevaba escrito. Me incomoda hallar errores, me agota corregirlos, pero si no lo hago y días después encuentro uno me siento indefenso, como si alguien fuese a burlarse de mí si lo notara. Por eso prefiero cerrar el documento y comenzar de nuevo en uno limpio. Gracias a esto me he dado cuenta de que me equivoco más de lo que pienso. Yerro porque no pongo la suficiente atención. Necesito una segunda, a veces una tercera oportunidad para no sentirme mal, pues al fallar inmediatamente tiendo a dar explicaciones de por qué no pude hacerlo a la primera. Ensayar me libera de asumirme tal cual soy: un enfermo de perfeccionismo.

Portada 1

 

►UNO

Una noche, durante su borrachera, una amiga me aseguró que el ensayo para ella no era más que un juego de vaivenes. Que lo que ella escribía en ese momento de su vida, dentro de cinco o diez años podría parecerle tan ingenuo que tendría la oportunidad de destruirlo y comenzar de nuevo. «Algo así como decir lo mismo toda la vida pero con otras palabras; ¿no?», le pregunté. Movió la cabeza. Yo también estaba borracho.

Pese al grado de alcohol que los dos transpirábamos (o por eso mismo), su idea me pareció tan lúcida que bien podía pasar por la definición más exacta que he escuchado de ensayo. Me atrajo enseguida la idea de vacilación, el grado de duda que existe a la hora de escribir. Ella, vale decir, bebía, como hacen muchos, para atenuar las penas del amor. Esa noche se emborrachaba, recuerdo que aclaró, «para olvidar a un bato al que quiero pero que a la vez no y con el que tengo problemas pero es que sí me gusta un chingo pero casi no nos vemos y luego está este otro que me manda y manda mensajes y yo no sé qué hacer porque al otro lo quiero pero con este duré mucho tiempo y también lo quiero pero al otro lo quiero más Diego mucho más si supieras si tú supieras…». Después vino esa definición suya acerca del ensayo. Al lado de mí había otra amiga en común que sólo se dedicaba a asentir y tomar en serio las palabras de la inestable ensayista borracha.

Pienso que sólo hasta este momento de la historia el ensayo encontró por fin su molde original (quizá el más radical pero también el más sensato): una hoja de Word. Si se toma en cuenta que el cuaderno de anotaciones de José García tiene mucho de ensayo (esto no es exclusivo de su contenido: la acción de comprar un cuaderno y hacerlo un borrador permanente es en sí la quintaesencia del ensayo), él tiene un punto a su favor: posee un cuaderno donde guarda todo lo que no querrá decir en el libro, ese otro cuaderno que se llena de silencio conforme su escritura va siendo aplazada. Tal vez el cuaderno de práctica de García resulte una objeción para un ensayista «de verdad», que debe conformarse con una hoja blanca. Esta hará las veces de borrador y obra, boceto y resultado, ejercicio y presentación al mismo tiempo.

Me pregunto qué hubiera hecho García si en vez de un cuaderno hubiera tenido una computadora. ¿Acaso sería igual que con sus cuadernos? ¿Ostentaría el mismo grado de importancia una hoja blanca virtual que una de papel? ¿A dónde irían a parar todas esas palabras que durante meses escribió pero no guardó? ¿Y lo que no dijo? ¿Será que el ensayista puede darse el lujo de tener, además de su hoja de ensayo, un borrador para guardar aquello que no se atreve a presentar como algo acabado? Cuenta Paola Velasco que Alfonso Reyes reprobaba el uso de borradores y anotaciones preliminares a la elaboración de un ensayo; para él resultaban innecesarios, cuando de lo que se trataba era justamente de improvisar. Concuerdo con Reyes, pero ¿y esas notas que no mostramos, no por ineficiencia sino por vergüenza? ¿Qué sucede con los cientos de párrafos sobrantes, que bien pueden tomarse por el negativo de nuestro ensayo definitivo? Un borrador incuba el origen de toda obsesión. Tanto así que sin el cuaderno uno de García jamás nos hubiéramos enterado de su empeño en escribir eso que sabía que se encontraba en otro lugar, lejos de él, en la periferia de sus palabras.

Los borradores siempre quedarán en una zona oscura, negativos del proceso de escritura que, por su franqueza, conforman esa vida que no vemos, que imaginamos, o que sencillamente sospechamos entre líneas.


 


Autores
Diego Casas Fernández (Puebla, 1992), docente y ensayista. Maestro en Literatura Aplicada por la Universidad Iberoamericana. Es autor del libro de ensayos Punto ciego (2016).