Para quien quiera acercarse a la obra de Guy de Maupassant, ciertamente será de gran utilidad conocer cierto poema que publicó en una antología licenciosa en 1881.
Esta antología se convirtió en el número 190 del Enfer de la Bibliothèque Nationale: la sección de la biblioteca que clasificaba los libros prohibidos por su depravación. Se publicó en Bruselas con el título Nouveau Parnasse Satyrique du XIXème siècle, recueil de pièces facétieuses, scatologiques piquantes. Este «parnaso satírico» incluye tres poemas de Maupassant (junto a poemas de Victor Hugo, Mallarmé y Huysmans, entre otros). En la página 136 encontramos «69»; Maupassant tenía aproximadamente 31 años cuando escribió este poema. Probablemente lo escribió mientras trabajaba, paradójicamente, en el Ministerio de Instrucción Pública.
La publicación de antologías libertinas no era una novedad. El primer «parnaso satírico» se publicó en París en 1622, y honraba a las antologías lúdicas que se publicaron un siglo antes, conocidas como blasones (como el Blasón anatómico del cuerpo femenino, por ejemplo). Con esta publicación se consagró la buena costumbre de editar, de vez en cuando y reuniendo a las mejores plumas de cada época, los textos más licenciosos y libertinos de cada generación. Con la publicación del primer «parnaso satírico» se desató una polémica tan escandalosa que llevó al autor del primer poema, Théophile de Viau, a un juicio que perdió; a raíz de ello fue condenado a muerte y permaneció dos años en una mazmorra, hasta que la sentencia le fue permutada por el destierro. Théohile de Viau fue juzgado por elogiar la homosexualidad y la sodomía. Este primer «parnaso» del XVII fue censurado hasta el siglo XIX, de ahí que cuando se le levantó el veto algunos editores accedieron a él y decidieron volver a publicar «parnasos satíricos»: uno en 1861 y el otro, en el que participó Maupassant, en 1881.
Estas publicaciones pertenecen a una vieja tradición francesa del escarnio, el mal gusto y la sátira (en el sentido del vituperio). La obscenidad es el motor y el libertinaje su combustible. En 1867 Verlaine publicó, escondido tras el seudónimo de Pablo de Herlagnez, Las amigas, un plaquette de poemas clandestinos sobre la amistad lesbiana de dos jóvenes parisinas. El propio Baudelaire, quien contrajo la sífilis, fue multado por la publicación de Las flores del mal. En ese sentido, Maupassant representó muy bien a su generación.
En 1861 y 1881 el editor Henry Kistemaeckers volvió a revivir el nombre del parnaso y se encargó de recopilar y publicar dos obras que enrojecían a los depravados e intrigaban a las buenas conciencias. Por eso envió dos libros a los anales de L’Enfer. ¿Por qué incluir a Maupassant? Se sabía de su lado libertino. Maupassant contrajo también la sífilis, en 1877. Lo descubrió luego de que Turgueniev lo encontró enfermo de fiebre en su casa. Como se sabe, Flaubert, su mentor y amigo, también la había padecido; ambos por la curiosidad y por la mala costumbre de acostarse con prostitutas. En una carta, Flaubert se refiere a el «pequeño Guy», diciendo que éste le había confesado que había «disparado» 19 veces en tres días y que estaba preocupado de que se le acabara el esperma. Flaubert le dio un consejo: «demasiadas putas, mejor ponte a escribir: foutez-vous cela dans la boule [métete eso en la cabeza]».
Pero nunca sentó cabeza. Una depresión, propiciada por la sífilis de la que nunca sanaría, lo llevó a intentar suicidarse, al hospital y finalmente al cementerio. La última década de su vida la pasó escribiendo, con la comodidad económica que le aseguraba el éxito de sus primeras obras, pero insistiendo en sus malas costumbres.
Descubrí este poema al leer a la edición que tengo de L’Enfer de la Bibliothèque Nationale. Descargué la edición original de “Gallica.fr” y al ver el segundo de los tres poemas, sentí repugnancia y a la vez emoción. Esta colaboración al “parnaso satírico” es un poema de versos dodecasílabos (el alejandrino francés) y decasílabos, trenzados en rima, con rima femenina y masculina alternada (femenina se dice cuando lleva una e caduc, “e caduca”). Parece que Maupassant quiso darle al poema un tono avejentado y tradicional, pese a su discurso, por demás franco y prosaico. El poema, de suyo obsceno, alterna los registros más procaces con los más culteranos y narra, con inusitada claridad, la franca invitación al coito a una prostituta vieja. La forma no es sencilla y el tono es meramente vulgar. Cuando lo leí decidí traducirlo, pues consideré que ningún lector de Maupassant debería ignorarlo. Dejo aquí mi traducción, con el afán de que el lector acompañado se divierta a su manera y el solitario lo lea con una sola mano:
69
Salut, grosse Putain, dont les larges gargouillesOnt fait éjaculer trois générations,Et dont la vieille main tripota plus de couillesQu’il n’est d’étoiles d’or aux constellations !J’aime tes gros tétons, ton gros cul, ton gros ventre,Ton nombril au milieu, noir et creux comme un antreOù s’emmagasina la poussière des temps,Ta peau moite et gonflée, et qu’on dirait une outre,Que des troupeaux de vits injectèrent de foutreDont la viscosité suinte à travers tes flancs !
Ça, monte sur ton lit sans te laver la cuisse ;Je ne redoute pas le flux de ta matrice ;Nous allons, s’il te plaît, faire soixante-neuf !J’ai besoin de sentir, ainsi qu’on hume un œuf,Avec l’acre saveur des anciennes urines,Glisser en mon gosier les baves de ton con,Tandis que ton anus énorme et rubicondD’une vesse furtive égaye mes narines !Je ne descendrai point aux profondeurs des puits ;Mais je veux, étreignant ton ventre qui chantonne,Boire ta jouissance à son double pertuisComme boit un ivrogne au vagin d’une tonne !Les vins qui sont très vieux ont toujours plus de goût !En ta bouche à chicots, pareille aux trous d’égout,Prends mon braquemard dur et gros comme une poutre.Promène ta gencive autour du gland nerveux !Enfonce-moi deux doigts dans le cul si tu veux !Surtout ne crache pas quand partira le foutre !
69
Te saludo, gran puta de amplias atarjeasQue han hecho eyacular a tres generacionesY cuya vieja mano manoseó más huevosQue doradas estrellas hay en las constelaciones. Me gustan tus enormes tetas, tu culo gordo, tu vientre regordete. Al centro tu obligo, oscuro y sumido como un antroDonde el polvo del tiempo se ha acumulado. Tu piel sudorosa y repleta que se me antoja el odreQue una piara de pitos inyectara de semen,Semen que viscoso se escurre por las caderas.
Eso, súbete a tu cama sin lavarte la entrepierna;No me intimida de tu matriz el flujo;Vamos, si así te place, a hacer un sesenta y nueve.¡Necesito sentir, como quien huele un huevo,Con el agrio sabor de añejas orinasCómo se escabullen en mi boca las babas de tu pucha, Mientras tu ano, enorme y rubicundo,Con un pedo furtivo divierte mis narices!No pienso ir al fondo de tus pozosPero quiero, estrechando tu vientre que musita,Beber tu placer de su doble agujero;Como bebe un borracho de la vagina de una cántara.¡Los vinos por añejos siempre saben mejor!En tu boca cariada como alcantarillaMete mi verga gruesa y dura como leño,Y pasea tu encía por mi glande nervioso.Méteme dos dedos en el culo si quieresPero no vayas a escupir cuando salga la leche.
*Este texto se publicó por primera vez en la revista Frente.
Fuentes
Este texto le debe mucho a la Enciclopédie Universalis, a Wikipédia Francia y a la edición que tengo de L’Enfer de la Bibliothèque Nationale.
-Alain-Claude Gicquel, Maupassant, tel un météore, Le Castor Astral, 1993.
-Guy de Maupassant, en Nouveau Parnasse Satyrique du XIXème siécle, Kistemaeckers, Bruselas, 1881, p. 136.
-Anthologie de poésie érotique. Poèmes érotiques françaises du Moyen Âge au XXème siècle, selección y prefacio de Jean-Paul Goujeon, Fayard-Points, París, 2008, pp. 178-179.
Souvenir: objeto que sirve como recuerdo de la visita a algún lugar determinado.
■
Partir es un verbo hacia adelante. Se es inmigrante porque no se tiene otro remedio. Partir es un gerundio: los que parten, siempre están partiendo.
Tengo, por ejemplo, una tatarabuela italiana, de nombre Catalina Stramare, que fue obligada por su esposo, mi tatarabuelo, a viajar a México. Se cuenta que era una mujer de tierra y sabía que su cuerpo no podría soportar el destierro; como una planta arrancada de sus raíces, pronto moriría. Sin embargo, fue obligada por sus propios padres a subir junto a su esposo a un vapor de nombre Messico e internarse en las aguas del Atlántico, quién sabe por cuánto tiempo. Catalina Stramare —que en su nombre llevaba toda el agua que necesitaba— no quiso comer ni salir del camarote la primera semana en el barco. Pero un buen día, mi tatarabuelo, cansado de verla en ese estado, amenazó con que si no espabilaba se tiraría al mar. Más le hubiera valido a mi tatarabuela dejarlo hacer su voluntad, pero el amor o el miedo la hicieron salir de su encierro.
Al llegar a México se establecieron en Morelos donde les dieron tierras y tuvieron tres hijos. Ni bien el más pequeño había cumplido cuatro años, murió mi tatarabuelo de alguna enfermedad tropical. Contrario a todo pronóstico, la que sobrevivió fue ella y aunque pudo haberlo hecho, no regresó a Italia porque ya había comenzado a echar raíces aquí. Y porque nunca es lo mismo regresar a un lugar que se habita en los sueños. Añorar se vuelve un modo de vida: la nostalgia de los inmigrantes.
■
Sigmund Freud introdujo el término «fetichismo» en su «Ensayo sobre las aberraciones sexuales», publicado en 1905. Usó el concepto para describir una forma de parafilia. Como ejemplo se cita al pie, que junto con el zapato, es una de las desviaciones sexuales más comunes. En realidad, el origen de «fetiche» viene del portugués feitiço, «hechizo», en español. El término fue dado a conocer en Europa por el erudito francés Charles de Brosses en 1757, mucho antes que Freud. El fetichismo es una forma de creencia o práctica en la cual se considera que ciertos objetos poseen poderes mágicos o sobrenaturales. El fetichismo nos habla de la relación entre las personas y los objetos materiales, y el poder que se otorga a estos últimos.
Un souvenir también es un fetiche. Nos sitúa en el terreno de la nostalgia como metáfora de un momento vivido o una especie de túnel para transportarnos a esas experiencias. El objeto se convierte en protección, en un pedazo de tierra que evita que nos extraviemos por más lejos que vayamos. Además, el souvenir/fetiche tiene la particularidad de contener una impronta de nosotros mismos; no cualquier objeto puede suscitar esa suerte de hechizo a través del cual un espacio o un lugar nos habla.
■
El poeta español José Luis Panero, hijo del también poeta asturiano José María Panero, en el documental El desencanto, de Jaime Chavarri, narra una larga lista de fetiches con los que siempre viaja. Algunos de ellos:
—Un cuchillo automático, comprado en Ginebra en 1960, que le ha salvado el pellejo dos veces.
—Una postal de una mujer griega que amó como no ha amado a nadie en la vida.
—Cuatro fotos que adora. Cito:
Una es de Francis Scott Fitzgerald, alcohólico, as myself, y con una mujer horrorosa, as myself; otra es de Albert Camus, delante tiene un letrero que dice ¡España libre!; el otro es Luis Cernuda en México, que de cierta manera ha sido el poeta que más ha influido en mí, junto con este último, Constantin Kavafis. Ambos eran homosexuales, yo no.
■
Mi souvenir/fetiche es una postal. Un rectángulo de papel que en la parte posterior tiene varias marcas de diurex que le he puesto y quitado infinidad de veces porque suelo pegarla junto a la puerta de entrada de los lugares a los que me he mudado. La postal la compré en Lisboa, en el año 2002, en la casa-museo de Fernando Pessoa. La parte central tiene la ilustración a lápiz de una maleta o un baúl antiguo de viaje. La parte superior tiene unos versos de Pessoa en portugués, la inferior tiene los mismos versos traducidos al inglés.
■
La primera vez que fui a Lisboa llegué en tren. Fue un viaje absurdo, ya que tenía sólo un día para recorrer la ciudad. Salí de Madrid por la noche en el asiento de un tren que iba a tope. Viajé en un compartimento de cuatro, rodilla con rodilla con un hombre corpulento de Cabo Verde que, por las proporciones de su cuerpo, necesitaba más espacio que yo. Así que permanecí toda la noche casi sin moverme, sin dejar parpadear a mis articulaciones, mirando la oscuridad a través de la ventana hasta quedarme dormida.
■
Lisboa es la única ciudad que conozco que tiene la capacidad de hacer sentir que ya estuvimos ahí antes. Como haber encontrado un lugar que añoramos antes de irnos. Quizá tiene que ver con el puerto, con el olor salino de la nostalgia, con los espacios secretos, los interiores húmedos, como el cine de Pedro Costa. Lisboa tiene una relación extraña con el tiempo, como si en todo momento algo estuviera partiendo, y su ausencia se quedara en los muros de las casas, en las calles angostas y los tranvías. Por eso, al recorrerla, el cuerpo queda vibrando, pero de un modo recogido, íntimo, como un fado.
■
Cuatro años después regresé a Lisboa, esta vez con una amiga. Sentadas en la plaza central, presenciamos cómo una gaviota se comía a una paloma. En ese segundo viaje me compré la postal de Pessoa. Mi souvenir.
■
La postal casi se quema. Fue la noche de un día muy extraño en un pueblo al norte de lo que llaman la Mesopotamia argentina. Ese día había tenido un encuentro con una víbora yarará, parecida a la cascabel. La conocí desde el trinche del jardinero que atravesaba su cuerpo encrespado en una larga «S».
Por la noche un humo denso traspasó el sueño y nos despertó de golpe. El techo crujía y todo estaba envuelto en un masa blanca y densa que costaba trabajo respirar. Después descubrimos que lo causó un incienso que dejé prendido y que comenzaba a comerse una bolsa de tela, avanzando por la trama del tejido tan silencioso como la lengua de un reptil. La postal de Pessoa se encontraba pegada en la pared, arriba de la bolsa. Estaba por quemarse, pero la rescaté justo en el momento en que el papel comenzaba a oscurecerse.
A veces, los objetos son representaciones de nosotros mismos, materializando en el afuera algo que nos sucede dentro. Y las casas, con su estructura y la distribución de esos objetos, también son un reflejo de ese interior.
■
Hay una frase en la película Night Train to Lisbon que resume nuestra relación con los lugares:
Dejamos algo de nosotros mismos detrás al irnos de un lugar. Permanecemos ahí aunque nos hayamos ido. Por eso, hay cosas de nosotros que sólo podemos encontrar de nuevo volviendo a esos lugares. Viajamos a nosotros mismos cuando volvemos a un lugar que habitamos por un tiempo de nuestra vida; no importa qué tan corto haya sido, es un viaje hacia uno mismo.
■
La casa paterna es un mapa, con sus fronteras, miradores y escondites. Mi guarida, por ejemplo, era la azotea de la casa, en la que podía acostarme a respirar anchura sin encontrarme con algún límite. El refugio de mi hermana era el baño amarillo de su cuarto. Ahí pasaba largas horas fumando a escondidas. A veces me dejaba entrar y yo me sentaba en el lavabo a observarla mientras hablaba por teléfono.
■
El año pasado, mis padres decidieron hacer una remodelación a la casa que había permanecido intacta desde hacía más de veinticinco años, por lo que tuvieron que irse a vivir temporalmente a casa de mi abuela. Poco a poco cambiaron los objetos de lugar, una capa espesa de polvo fue cubriendo los plásticos sobre los muebles, las paredes cayeron a martillazos y los escondites quedaron derruidos. La geografía cambió y, por unos meses, el territorio se quedó sin mapa. La casa se transformó en un agujero negro que ya no contenía los caminos que conocíamos para llegar a ella.
En ese estado se encontraba, cuando una tarde de domingo mis padres fueron a la casa junto con mis sobrinos pequeños a revisar los avances de la construcción. Al llegar, se encontraron con una camioneta desconocida que salió a su encuentro con cuatro hombres armados que los obligaron a abrir la puerta de la casa. Metieron a mi mamá y a mis sobrinos al estudio de la planta baja y se llevaron a mi padre a la planta alta, pero encontraron todo derruido. Los ladrones le exigieron a mi padre que abriera las habitaciones que aún se encontraban en pie. Mi padre no llevaba las llaves, entonces lo golpearon. Imagino la decepción de los ladrones al descubrir que habían irrumpido en un territorio baldío, como la carcaza de un barco naufragado, sin nada que pudiera ser arrancado a sus dueños. Una tierra de nadie.
■
Como las ciudades con puerto, la casa paterna es un espacio que se habita en los sueños. Cuando uno vuelve nunca puede regresar del todo, por eso siempre se está de paso. En Historia(s), Godard arma que «viajar es rememorar y proyectar. El espíritu libre es el que se embarca y corta las amarras para donarse en la proyección de la memoria». Nos vemos eyectados de ese primer hogar, en una suerte de destierro voluntario: partir para buscar. La memoria va recreando ese lugar primigenio que se añora —como en la nostalgia de los inmigrantes—, y su búsqueda es un continuo recuperar pedazos de esa casa primera. Un lugar que ya no se encuentra en un mapa porque se ha diluido en el territorio imaginario o sensorial de la ausencia. Uno sale de ahí y siempre está buscando objetos que contengan atmósferas de ese espacio, souvenirs de ese origen, idealizado y cálido, de aquello que fuimos, y que en algún lugar, también, somos.
En su más reciente serie fotográfica, Ríos, Eniac Martínez revisa los contrastes ecológicos de los diferentes ríos de México, definidos como puntos de encuentro de la civilización. Compuesto por un total de noventa y tres fotografías y un video en el que se muestran los aspectos sociales, culturales, políticos, económicos y ecológicos de la relación de la humanidad con el agua, Ríos integra una cosmovisión del líquido azul a través de las cuencas del país. Presentamos aquí una breve muestra de su trabajo.
Actualmente el 70 por ciento de los ríos del país tienen algún grado de contaminación y tres de cada diez son extremadamente tóxicos. Cada año se vierten más de 13 mil 600 millones de metros cúbicos de residuos domiciliares e industriales en los ríos del país. Derivado de esto, los cauces de agua presentan, además de los químicos disueltos, bajas concentraciones de oxígeno, amplias fluctuaciones en el ph y un acelerado crecimiento de algas y bacterias que imposibilitan la supervivencia de las especies acuáticas originarias.
Las imágenes tomadas por Eniac Martínez en El Salto, plantean un paisaje surreal. La espuma densa generada por la caída del agua es levantada por el viento y dispersada alrededor. Martínez cuenta que encontró la manera de llegar a la parte baja de la cascada y que, después de una hora de estar tomando fotos en el lugar, empezó a sentirse mal; a este malestar siguieron tres días de fiebre derivados de la inhalación de metano que satura el aire en El Salto. Catalogado como uno de los ríos más contaminados del mundo, la cifra de decesos padecidos en sus aguas alcanza trescientas veinte personas en los últimos cinco años. Según datos de diversas organizaciones: el suelo, el aire, el agua y los alimentos constituyen las principales vías de exposición a sustancias tóxicas para los habitantes de las comunidades asentadas a menos de cinco kilómetros de distancia. En palabras del artista: «El Salto es la cascada que huele a muerte».
El agua del río Grande de Santiago tiene presencia de bario, cromo, cadmio, arsénico, plomo, cianuro, hierro, zinc, mercurio, aluminio y níquel, todos carcinogénicos que sobrepasan los límites máximos permitidos por la ley y por los cuales ya no hay registro de peces en el lugar. Otro ejemplo de altas concentraciones tóxicas se encuentra en la superficie de apariencia casi sólida y de color blanco verduzco que domina el río San Pedro en Aguascalientes, donde se observa el efecto visual de grandes rocas que parecen flotar en la densa superficie del agua. El río San Pedro es el principal afluente de la entidad, nace en la Sierra de San Pedro, en el estado de Zacatecas, posteriormente atraviesa el estado de Aguascalientes de norte a sur, recorriendo noventa kilómetros hasta volverse un afluente del Río Grande de Santiago en el estado de Jalisco. No sobra decir que sus aguas se encuentran saturadas de detergentes y coliformes fecales, también están disueltas altas concentraciones de aluminio, fierro, plomo, zinc, arsénico, cobre, manganeso y cromo, todos peligrosamente tóxicos.
El San Pedro es utilizado, como la mayoría de sus congéneres, como una extensión del sistema de drenaje. Hemos conectado la lluvia y los ríos con las aguas negras. El modelo imperante con el que diseñamos el entorno, determina el uso de los flujos naturales en la medida de su aprovechamiento, fragmentación e interrupción, siempre en pro del beneficio de algunas personas. Aunque existe un amplio contraste en el resultado final que tiene la implementación de este modelo de diseño, uno de los efectos comunes se traduce en un drástico cambio en el color del agua. Así, la humanidad eliminó una de sus más asombrosas cualidades: su transparencia.
En las imágenes del río Coatzacoalcos podemos ver que es necesario prohibir el paso para evitar el contacto con el agua a todo aquel que no cuente con una indumentaria que cubra de pies a cabeza. En el río Sabinal en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, no es posible ver el brillo en la superficie del agua por la espesa cobertura de basura plástica y espuma que en ella flota. La presa San José, sobre el río Santiago, al noreste de la ciudad de San Luis Potosí, fue construida a principios del siglo pasado con el fin de abastecer de agua a los habitantes de la ciudad, dadas las condiciones de escasez que prevalecen en la zona. En la actualidad, como se puede observar, el río Santiago apenas persiste reducido a un famélico hilo de agua. Es así que a lo largo y ancho del país el desarrollo de embalses ha asegurado, aunque sea de manera temporal, el suministro de agua y energía a la gran mayoría de las ciudades. Si bien, en cierta medida, los diques logran su propósito, también representan la muerte del río, destruyendo el sistema vivo que éste implica. Al interrumpir su corriente, también se imposibilita el flujo de nutrientes que lleva, ya que dichos flujos no sólo ocurren en la misma dirección que la corriente, sino que también existen los que movilizan nutrientes en dirección opuesta, de los cuales dependen los ecosistemas que se sitúan río arriba. De esta manera, con la construcción de una presa de grandes dimensiones se detiene el abastecimiento de nutrientes tanto para la parte alta, como para la parte baja de una cuenca.
Nos postramos ante una realidad difícil de entender que, querámoslo o no, es producto de las decisiones que como especie hemos tomado, cuyo resultado patente ha devenido en la exacerbación de los extremos: la profunda escasez o la incontrolable abundancia. Para tener la posibilidad de decidir de manera distinta necesitamos cambiar nuestra relación con el agua. Para ello, sólo hace falta la más difícil de las tareas: pensar de forma diferente.
Era la mañana de año nuevo. Todo permanecía en una quietud imperturbable cuando Lucía llegó a la casa de su padre. No se sorprendió cuando le avisaron lo del incendio de la noche anterior. Se detuvo ante el umbral y miró detenidamente hacia dentro; no quedaba más que una mezcla maloliente de ceniza y escombros carbonizados. Entonces trató de imaginar el fuego avanzando por cada rincón de la que había sido su casa durante más de treinta años. Casi todos los techos y varios muros habían caído y sin dar un paso dentro se podía mirar hasta el fondo; sólo quedaba un enorme cascarón. Hizo un recorrido imaginario y ese recorrido no era sino un recuento interminable de objetos acumulados. Y cada cosa recordada encerraba una larga historia de abandono y tristeza.
La casa de Pablo, su padre, había sido a la vez tantas casas distintas y siempre la misma. La casa de su infancia y la que acababa de arder en llamas. Cuando era niña había un sinfín de puertas y ventanas que se azotaban con el viento; vio los cristales rotos y a su madre en chancletas tratando de atrancarlas en vano con trozos de cartón. Lucía, ¿ya limpiaste los vidrios?, le gritaba su madre desde lejos. Años después el eco de muchas voces todavía habitaba ahí. Más y más cosas se iban añadiendo, se sobreponían unas a otras del mismo modo en que llegaron a la casa y la ocuparon hasta invadir el último rincón, y entonces reaparecieron una vez más los montones que un día antes sobrepoblaban la casa. Recorrerla se volvía interminable porque interminables eran las cosas que había dentro y que aún imaginadas le estorbaban el camino. Andaba a paso lento por los recuerdos.
Ahí estaba nuevamente la maleza seca que había crecido por todas partes el último verano. De los escondrijos surgió poco a poco el ruido de insectos invisibles y el trino de pájaros de distintos tamaños y colores que habían habitado el techo y los tejabanes. Todo se unía en un mismo rumor creciente.
Al fondo estaba su padre sentado en una silla medio desvencijada, en un cuarto humedecido por la lluvia de todos los veranos de su vida, donde alguna vez había sido la cocina y que ya no era nada porque ahí dentro las fronteras se habían desdibujado hacía mucho tiempo. Era un cuarto pequeño y de techo bajo, alumbrado por una bombilla que desde su centro pintaba las paredes de una tenue luz amarilla. Pablo, en su inmovilidad cotidiana, era uno de tantos bultos que vivían silenciosamente en la casa.
La finca de los Centeno fue construida por el abuelo con adobe muchos años atrás siguiendo un plan de necesidades simples.
En aquel tiempo los terrenos eran baratos y el abuelo compró uno enorme donde construía las habitaciones conforme nacían sus hijos. Cada cuarto era como un parche asimétrico. Pablo era el único hijo varón, el menor de nueve hermanos y el único que optó por una profesión no redituable: la escultura. Ejercía más extravagancias de las esperadas para su oficio. En su adolescencia también había pintado, y conservaba algunos cuadros y bocetos esparcidos por la casa sin ningún cuidado, expuestos sin piedad a los rayos del sol y albergando telarañas. Todas sus hermanas se casaron y sólo volvían los domingos a visitar a su padre, pero en cuanto él murió suspendieron las visitas permanentemente. Del paso de las mujeres conservaban una amplia galería de macetas que a los pocos años de ausencia femenina sucumbieron a los insectos, al descuido, a la sequía y, finalmente, a los juegos de los hijos de Pablo. Al fondo de la casa estaba el corral donde se criaban gallinas y un borrego que no sobrevivieron mucho después de la muerte del abuelo. Las gallinas murieron y el borrego fue vendido casi de inmediato. Lucía se acordaba vagamente de aquellos días; su memoria empezaba con los días que vinieron después.
Cuando Pablo supo que Ariana, su novia, estaba embarazada, la llevó a vivir a la casa de su padre después de una atropellada ceremonia. Nació una niña y el abuelo la llevó a bautizar.
Él decidió llamarla Lucía. El abuelo murió una mañana de marzo. Los hermanos menores de Lucía, Joaquín y Rodrigo, eran pequeños todavía y nunca sabrían de las gallinas, del borrego y de su andar doloroso.
Ariana nunca se adaptó a su nueva casa que, construida sin premeditación, se definía por una serie de incomodidades irreparables. Pablo, que viviría ahí toda su vida, no parecía percibirlo siquiera; ella, en cambio, trató de transformarla hasta el último día que la habitó, pero no importaban los remiendos y reparaciones, la casa parecía obedecer sólo a sus propios designios oscuros. Era como si ella misma se hubiera negado a pertenecerles.
Como muchas de la época, la casa estaba distribuida alrededor de un patio sin portales. Cuando hacía viento las puertas y ventanas temblaban y se azotaban, con la lluvia todo se inundaba, en verano no había freno para los mosquitos, todo estaba siempre lleno de polvo, en las noches entraban y salían alimañas y gatos a su antojo. No obstante, estaba llena de triques, como les decía Ariana, quien diario batallaba por sacarlos a la basura.
Los demás no comprendían su enojo; Lucía y sus hermanos no reparaban en las cajas desbordadas, la ropa que nadie usaba, los costales en cada rincón, el universo de cazuelas, muebles desvencijados y el sinfín de cosas que no tenían ni función ni dueño. Ariana separaba los triques a diario y los llevaba a la basura, pero siempre reaparecían porque Pablo los traía de regreso. De inmediato detectaba cuando algo faltaba, como si aun en su ausencia él supiera lo que sucedía en la casa.
Pablo volvía siempre con algún objeto del exterior tomado de sabe Dios dónde. Nadie entendió nunca ese tránsito de cosas ajenas. Quizá en un principio todo obedecía a un proyecto escultórico, pero nada llegó a su destino. Se trataba de objetos elegidos cuidadosamente: muñecas viejas, trozos de maniquíes, ropa de mujer, zapatos; más tarde no pudo conformarse con estos pequeños fetiches y llegaba a casa anunciándose con el estruendo de lo que traía cayéndosele de entre las manos y chocando con las puertas de la entrada.
Algunas cosas hacían suponer que aquella acumulación codiciosa se mezclaba con una evidente intención mercantil, porque las esculturas no daban para comer y con el sueldo de Ariana apenas sobrevivían. El aluminio de un sinfín de latas brillaba esparcido por el techo de la casa, el escondite que Pablo eligió y que nadie ignoraba, y aunque él nunca lo dijo parecía obvio que lo juntaba para después venderlo en algún depósito de chatarra; pero las latas aplastadas nunca salieron de la casa, tampoco las botellas de vidrio ni el cartón que se mojó y luego se secó para volverse a mojar con la lluvia de cada verano. Las latas perdieron sus colores y se dispersaron por todos los techos como un mosaico de espejos que se derretían interminablemente bajo el sol.
Para Lucía, de siete años, cada montón de telebrejos se volvía enigmático. Le gustaban las tardes en que se quedaba sola en casa porque podía entrar a la habitación de sus padres y hurgar entre esos baúles y objetos un poco mágicos y, después de ponerse los tacones de Ariana, demasiado grandes para ella, y de haber admirado las piedras de bisutería que su madre guardaba como verdaderas joyas, asomarse a la habitación donde Pablo tenía su taller, inundado de piezas sin terminar. Había ahí muchos volúmenes sin forma definida. Por entonces ganaba algún dinero restaurando estatuas de santos, vírgenes y cristos de los templos. Los resanaba y retocaba con óleo. Era un mundo de bultos informes y estatuas mutiladas, a los que el silencio y la penumbra proporcionaba un halo de santuario. En el umbral, Lucía observaba todo sin atreverse a entrar.
Al atardecer surgían sombras de cada bulto, de cada mueble y estatua que se confundían entre sí sobre el suelo y las paredes. Conforme iba cayendo la tarde parecían despertar y moverse. Todo danzaba con su sombra. El viento entraba libre por el patio y hacía crujir puertas y ventanas: la casa cobraba vida.
II
Durante años el bullicio fue parte esencial de la casa. Todas las tardes llegaban amigos de Pablo y algunos se quedaban por varios días. Entre ellos estaba un español cantante de ópera muy desafinado que no tenía casa y acampaba en su coche; un director de teatro retirado que vestía siempre de traje, a la moda de los veinte, fumaba pipa y tenía la cara sembrada de verrugas; un sacerdote desertor; una bailadora fracasada que gritaba mucho y siempre llevaba flores en el cabello; un buscador de tesoros que, según él, fueron enterrados por todas partes durante la Revolución y cargaba un detector de metales, por lo que dejó la casa de Pablo minada de hoyos; un torero viejo que conservaba la figura y el andar como escondiendo una espada en la espalda y tenía un ojo estrábico y la pierna derecha tiesa, producto de una cornada; un pintor famélico y callado; y el gitano, un guitarrista de flamenco eternamente ebrio que siempre se robaba algo y lo regresaba el sábado siguiente con toda naturalidad, mañas que Pablo le justificaba porque, decía, había vivido en un campamento de gitanos en España y ahí adquirió el hábito. Fugitivos todos.
Los fines de semana la casa era un verdadero fandango porque coincidían todos y de un momento a otro podía surgir un simulacro de tablao; alguno cavaba enardecido un agujero para hallar un tesoro; otro salía, borracho, a bañarse a la fuente de la plaza principal para recuperar la compostura. Jugaban ajedrez o dominó; fumaban, bebían y hablaban sin parar. Cuando llegaba el primero Lucía corría a esconderse detrás de la hoja de una puerta o de una cortina porque a pesar de que les temía le gustaba presenciar el espectáculo.
Bastaba su presencia para que la algarabía entrara en la casa y se instalara durante días. Ariana los atendía con resignación y miraba con incredulidad a Pablo. Entre ellos sufría una exaltación sobrenatural; de un momento a otro, como un muñeco al que le han dado cuerda, adquiría una alegría y energía sobrehu- manas. Definitivamente era otro hombre y no el escultor soli- tario el que presidía aquellas reuniones. Cuando se marchaban, Pablo se quedaba sentado, inmóvil. Una metamorfosis operaba en él y en la casa, que parecía obedecerlo.
A la mañana siguiente quedaban un montón de botellas vacías esparcidas por toda la casa; Ariana las recogía una a una, reprendiendo a su marido por algún nuevo destrozo que se sumaba a la larga lista de reparaciones que él prometía hacer pero nunca iniciaba.
Toda la semana había alguien en tertulia con Pablo. Se iban unos y llegaban otros; para el domingo se marchaban, como si hubieran cumplido una cuota. Cuando toda la pandilla se había ido el silencio ocupaba la casa dramáticamente.
Entonces el tiempo empezaba a transcurrir cada vez más lentamente, las tardes de domingo se volvían infinitas y el lunes no parecía anunciarse siquiera. Sin saberlo, los Centeno compartían el desasosiego ante el peligro de la eternidad. El descanso de Dios dejaba a todos en el desamparo.
Desde que tenía memoria, Lucía recordaba la extraña transformación que se llevaba a cabo en su padre cuando se quedaba solo. En verano recargaba una silla de madera en el patio y se quedaba ahí hasta la madrugada, solo, inmóvil, con la mirada fija en un mismo punto invisible, sumido en un silencio impenetrable. En invierno trasladaba la silla a la cocina y escuchaba las mismas arias de ópera una y otra vez, obsesivamente.
Con los años, poco a poco, en un lento éxodo fueron desapareciendo los amigos de Pablo, cada uno por sus razones o porque eran parte de una época que debía terminar. Primero dejaron de ir entre semana y hacían sus juergas casi exclusivamente los sábados en la noche; algunos iban a comer los domingos, cada vez menos, hasta que años después ya nadie lo visitaba.
Entonces siguieron otros abandonos. Ariana esperó a que sus hijos crecieran para irse, como si le hubiera puesto fecha de caducidad a su matrimonio. Ahí comenzó la acumulación desbordante.
La partida de Ariana marcó una época para los Centeno y su casa. Sin ella no hubo nadie que detuviera a Pablo, quien empezó a llegar a casa con más cosas del exterior, mientras sus hijos se preguntaban de dónde sacaba la fuerza para cargar semejantes objetos. En pocos meses los montones de telebrejos no se imitaban a las esquinas y a los cuartos del fondo, sino que salieron de sus rincones y se esparcieron por toda la casa; a ellos se unían los que Pablo continuaba trayendo y que inundaban todo estrepitosamente. Cada día Lucía y sus hermanos iban descubriendo lo que Pablo había guardado por años. Cuando uno encontraba algo compartía su hallazgo con los demás y entre los tres llevaban a cabo el reconocimiento. Compartirlo era la única manera de desahogar el asombro y la perturbación. Poco a poco emergieron como de un río subterráneo todos los juguetes rotos con los que jugaron de niños, la ropa vieja que llevaban a la basura, sus libros de la primaria mutilados por el tiempo, el cabello que él mismo se recortaba, los zapatos viejos, los frascos y botellas de todo lo que se había usado. Todo. Naturalmente, emprendieron la batalla que antes había sido de su madre, pero estaban destinados a perderla. Les llevó varios años de fracasos constantes entenderlo; cuando se dieron por vencidos hicieron trincheras en sus habitaciones, los únicos espacios que Pablo no podía llenar de sus telebrejos que ya ocupaban todo como un ejército enemigo.
Un mundo ajeno los invadía, un mundo formado por olas furiosas de objetos extraños que parecían observarlos perversamente desde su quietud. Sin importar cuánto tiempo hubieran estado ahí no les serían familiares nunca. Un mundo nuevo se formaba dentro de la casa, ese mundo que se protegía del de afuera con la ignorancia y la negación del exterior.
Nada podía salir de la casa. Sin importar el sigilo con que intentaran deshacerse de algún objeto, Pablo los descubría. Era el ogro guardián de su propia colección. Vigilaba vehementemente la puerta por el temor a que en su ausencia lo despojaran de algo. Cada vez permanecía más tiempo en la casa. En aquella época hacía dos paseos al día, uno por la mañana y otro por la noche para buscar curiosidades en los basureros y su zona de recolección se reducía cada vez más, hasta llegar el día en que sólo salía de la casa para hurgar en el contenedor de la esquina más próxima.
Lo primero que abarrotó hasta el tope fue su taller, que se volvió inaccesible incluso para él. Se quedaron ahí, sepultados, sus trabajos de escultura, todos sus materiales e instrumentos, muchos casetes, libros, las fotos familiares, una guitarra. Así continuó la ocupación. Perdió su propia habitación y con ella toda su ropa y zapatos. Tuvo que usar siempre el mismo traje, que con el tiempo se volvió andrajos y del que parecía enorgullecerse.
El mínimo trayecto dentro de la casa implicaba sortear una nueva emboscada que los objetos recién llegados les tendían para pasar de un lugar a otro. Los más difícil era entrar, porque Pablo dejaba sus nuevas adquisiciones en el zaguán y nadie sabía si él mismo les asignaba un lugar después o la misma marea de basura se agitaba mezclando todo azarosamente.
Pasaron años antes de que Pablo dejara de esperar que Ariana volviera. Un caluroso domingo por la tarde, sumido en una profunda cavilación, Pablo entendió que nadie más vendría y dejó de mirar la puerta, se quitó la llave que le colgaba del cuello para no volver a usarla. Esa tarde de domingo se extendió hasta reventar y el lunes no llegó nunca más. Ariana y los miembros de su pandilla de juventud se llevaron el tiempo con los rasgueos perdidos de la guitarra, con el humo extinto de los cigarros, con las botellas de vino agotadas, con las tazas vacías de café, con el bullicio que se apagaba. Ya nada volvería a moverse en la casa. Todo sucedía pesadamente ahí dentro, donde ya era sólo un mismo largo día en el que se fundían todas las tardes de domingo y todos los domingos del mundo.
III
Cada estación se instalaba poderosamente en la casa. En primavera el sol calentaba los techos y el piso del patio. Para Lucía el calor de mayo siempre sería el recuerdo de su madre en bata y sandalias, perturbada, mirando a todas partes como buscando una salida. El sol destiñó la casa: el rojo intenso del patio era un recuerdo lejano y de la pintura de las paredes quedaron sólo costras de la capa anterior.
El verano hubiera parecido una continuación de la primavera de no ser por las lluvias. La familia corría para poner cubetas abajo de las goteras que estaban por todas partes. El ruido de las gotas sonaba estridente contra el fondo de plástico. Lucía se angustiaba con aquel golpeteo, como si anunciara una inminente inundación.
Cada verano Lucía y sus hermanos veían morir y renacer las mismas plantas en la tierra del corral: lavanda, manto de la virgen, sávila y muchas otras cuyo nombre o clasificación ignoraban. Ahí seguían los cordones en los que años atrás Ariana colgaba la ropa, las enredaderas fueron trepando por ellos y rápidamente llegaron a los techos, luego tomaron cauce por las antenas hasta bajar al patio, pegándose a los muros, invadiendo todo a su antojo. Cuando pasaban las lluvias todas se secaban y el otoño era el color ámbar de la hierba seca al atardecer.
Quizá porque los canales estuvieron tapados mucho tiempo el muro de la fachada se humedeció. Un verano particularmente lluvioso salieron entre las grietas pequeñas ramas que tapizaban la pared; Joaquín fue el primero en descubrirlo y sus hermanos acudieron a mirar el extraño espectáculo, pero las ramas se secaron en pocos días y lo olvidaron. Con el tiempo, las grietas se separaban cada vez más pero la pared no caía: un encino crecía lenta y silenciosamente en el interior del muro, que fue cediendo paso al tronco como abriendo sus fauces, hasta que un día una enorme enramada salió triunfante por el techo, coronando la casa. La familia y los vecinos la contemplaron con estupor efímero. Arriba, entre las ramas anidaban pájaros y revoloteaban colibríes totalmente ajenos al mundo sórdido en el que vivían los Centeno.
El tiempo, las lluvias y el salitre iban dejando fuertes estragos en la casa. Nadie resanaba las paredes y en los huecos anidaron muchos insectos, salían arañas de todos los rincones. Los tres se esforzaban por matarlas sin aspavientos para mantener oculta su existencia ante los otros como una forma de protección, fabricando un equilibrio en el silencio. Como tantas otras cosas, con los años dejaron de intentar mantenerlas fuera. Era
el reino de los grillos, las arañas, los zancudos, las abejas, las avispas, los ratones; parecía que todos sabían qué caminos tomar para no toparse unos con otros: cohabitaban.
El invierno se llevaba todo eso y traía el viento frío que entraba y salía a voluntad por el patio, dejándolos a la intemperie. Se llevaba el zumbido de las abejas y el trino de los pájaros, y a cambio traía las estrellas cayendo a trozos en la densa oscuridad del patio.
IV
No era natural irse de la casa. Los diez años que habían pasado desde la partida de Ariana se manifestaban en cada uno de los bultos que Pablo traía cada día para sumarse a los obstáculos que impedían habitarla normalmente. Para Lucía y sus hermanos cada acto cotidiano se convertía en un pequeño triunfo que los encadenaba más a la casa. A pesar de todo, con pretextos inverosímiles, Joaquín y Rodrigo se fueron casi al mismo tiempo; tenían veinticuatro y veintiséis años. Cuando sus hijos dejaron sus habitaciones, Pablo no tardó en tomarlas también. Lucía se quedó acorralada en un espacio diminuto dentro de una casa enorme. La cantidad de cacharros aumentaba y parecía que la casa crecía con ellos, pero el espacio seguía reduciéndose.
En unos cuantos meses Pablo envejeció estrepitosamente. Se le notaban sus más de sesenta años. Dejaba que los gatos se comieran lo que Lucía le dejaba en la mesa, dormía poco y no se bañaba. Estaba demacrado y sus arrugas se acentuaron, andaba en andrajos y encorvado con varios suéteres cubiertos por un abrigo sucio a cuestas porque siempre tenía frío sin importar la estación del año. Se dejó crecer la barba, mal repartida por las mejillas y el mentón. Siempre sucio, callado y gruñón, se asemejaba cada vez más a un vagabundo.
Lucía evitaba mirar a su padre a la cara. Le producía una mezcla de dolor y furia, no le dejaba más salida que evitarlo. Se rehuían uno al otro. Hacía mucho que no era su objeto de estudio, había entendido que nunca podría interpretar sus actos; todo a su alrededor le producía el cansancio resignado de las cosas que no tienen explicación. Aceptó ser parte de un presagio que se iba cumpliendo y que involucraba todo, la casa, la partida de Ariana, sus hermanos y el fuego. Todo se acomodaba alrededor de Pablo y sus obsesiones.
Cada objeto que entraba en ese mundo fabricado por él contribuía a encerrarlo irreversiblemente. Dejó de arreglar estatuas para los templos, ya no salía a dar paseos rutinarios y hacía muchos años que tampoco fabricaba sus propias esculturas. Cuando se quedó solo con Lucía hacía años que ya no podía decirse escultor y no parecía importarle. Sobrevivía al día con pequeñas obsesiones, sacaba punta a todos sus lápices dándose tiempo de sentir el paso de la navaja cortando la madera. Antes de dormir daba cuerda ritualmente a todos sus relojes y casi todo el día se la pasaba en la búsqueda de un objeto perdido. Lucía no reparaba en las cosas por las que le preguntaba, respondía con el fastidio de lo repetido todos los días. Con cada cosa perdida el carácter de Pablo se extraviaba cada vez más dentro de aquel mundo de revoltijos. Esa obsesión por encontrar algo desconcertaba a Lucía, la desesperaba, porque en la búsqueda Pablo sembraba el caos a su paso, era Poseidón agitando las mareas de su casa. Pasaba días o semanas buscándolo incansablemente, hasta que gritaba desde lejos «¡Eureka!», y la paz regresaba por uno o dos días hasta que se le perdía otra cosa. En las tardes escuchaba siempre el mismo casete viejo y remendado porque la música le proporcionaba la sensación de regresar al mismo momento una y otra vez. Hacía años que escuchaba las mismas canciones y vivía el mismo día. Repetía la cinta y mientras giraba hacia atrás era como si regresara las manecillas de un reloj universal y así no dejaba avanzar al tiempo; pero sus rastros estaban en el polvo cada vez más espeso que sepultaba todas sus cosas.
No parecía posible un deterioro mayor de la casa; sin embargo, los focos se fundían y ni ella ni Pablo los cambiaban. Algunas partes de la casa quedaban a oscuras por la noche, pero ambos conocían los estrechos pasillos entre los cacharros y las cajas para andar a ciegas sin tropezarse y el resto quedaba en la penumbra. Todo estaba derruido.
Los niños del barrio inventaban historias sobre él y le temían. En ocasiones se subían a escondidas a su azotea para espiarlo y cuando Pablo los descubría les gritaba y los amenazaba furioso con un palo, exigiendo que se bajaran de su techo. En una ocasión Lucía lo encontró tirado en el patio, sangrando: uno de esos chiquillos le había tirado una piedra que le pegó en la frente. Desde entonces nunca volvieron a subir a su techo, temerosos de haberlo matado, pues Pablo no salió nunca más a la calle.
En ese patio y las habitaciones estaban muchas de las cosas que los vecinos habían desechado y ellos lo sabían, a veces se asomaban para mirar, en las pocas oportunidades en que se abría la puerta, cuando Joaquín o Rodrigo iban a ver a su padre para llevarle comida. Lucía resistió lo suficiente, pero finalmente se fue; ideó una elaborada estrategia y salió del país a estudiar por un tiempo y al regresar ya no volvió a vivir con su padre. Se quedó solo y rompió su último eslabón con el exterior cuando se descompuso la radio en la que de vez en cuando escuchaba las noticias. Durante la tarde subía a la azotea y miraba atentamente el ocaso. Al caer la noche bajaba al patio y se sentaba en su vieja silla. No hacía nada, no se movía, se sumía en una mudez impenetrable. Una soledad antigua y preservada, la soledad de todos los hombres dibujada en su silueta, apenas visible en la penumbra.
V
No era la primera vez que había fuego en la casa: Pablo poseía un instinto incendiario. A veces quemaba muebles en el corral para mirar las llamas. Empezó con cosas pequeñas y después muebles y cosas más grandes. Todos recordaban una calurosa noche de abril, poco después de que Ariana se fuera. Al llegar a casa, Lucía y sus hermanos encontraron a Pablo recogiendo escombros en la puerta, les costó trabajo descubrirlo en la oscuridad y entender lo que pasaba. Les contó lo del incendio: las primeras habitaciones habían ardido por completo mientras ellos se aburrían en una cena familiar. Sucedió en su ausencia, según dijo, aunque todos sospecharon. Cuando llegó, los bomberos ya lo habían sofocado; nadie lo vio, pero todos lo imaginaron. Era probable que el árbol en la pared hubiera contribuido a que el fuego se extendiera rápidamente. El olor a quemado duró varios días; Lucía y sus hermanos miraban sin ver. A la mañana siguiente Pablo emprendió el rescate de triques. Iba y venía con las manos manchadas de carbón y sus hijos lo miraban, ya inmunes al asombro. Se miraban sin hablar porque bastaban las miradas para hablar entre ellos, hasta que Joaquín comenzó a tararear una canción, Rodrigo se le unió y Lucía les siguió instintivamente. Cantando vencían al monstruo. Pronto renunciaron a esos espacios, muy dentro de ellos agradecían que el fuego hubiera consumido tantas cosas que ya nadie tenía la energía de sacar. Clausuraron esa parte con láminas clavadas a la pared y trazaron una nueva ruta dentro de la casa y con ella una nueva forma de habitarla. Lucía supo siempre que la casa terminaría calcinada y desde entonces el fuego vivía en todos ellos de distintas maneras.
Esa noche de fin de año Lucía visitó a su padre, respetuosa de las fechas y las ceremonias. Estuvo con él muy poco tiempo, se marchó antes de las campanadas. Rumbo a la puerta encendió un cigarro y dio varias bocanadas antes de salir, en el camino fue dejando rastros de cenizas, algunas se desprendieron todavía encendidas y cayeron al suelo, Lucía miró el recorrido breve de ese incendio diminuto y recordó las veces que había imaginado la casa de Pablo y todo lo que contenía ardiendo y consumiéndose.
Esa noche había un fuerte viento helado. Se acercaba la medianoche y Pablo estaba en su silla de siempre, escuchando el mismo casete cerca de la grabadora, tomando té caliente en un pocillo y alumbrado por una vela. Los fuegos artificiales estallaron en el cielo anunciando el año nuevo a la vez que el cantante llegaba a los agudos más dramáticos de la pieza. El cielo se encendía y parecía que el estruendo de la pólvora se estrellaba violento contra la puerta, tratando de entrar en su casa. Afuera, una familia encendía luces de bengala y las chispas saltaban juguetonas a su alrededor. Uno de ellos lanzó al aire su bengala todavía encendida, que se perdió a lo lejos. Esa noche Ariana soñó con un incendio, entre las imágenes veladas por el humo se levantaba una enorme llama y no lograba reconocer qué sitio se calcinaba en el centro de ese fósforo gigante. Las últimas chispas de pólvora desprendidas del alambre chamuscado bastaron: una se aferró a un bulto de cartones en el patio, el viento avivó las llamas y tomaron cauce entre la tela y la madera que empezaba a crujir. Siguió implacable con las puertas, las viguetas, las paredes… Era una bestia hambrienta y furiosa que crecía conforme se alimentaba de lo que encontraba a su paso. Pronto era una enorme flama incontrolable que se aproximaba con la lenta furia de un tigre de bengala caminando sereno antes de dar el salto definitivo hacia su presa. Pablo ya había rebobinado el casete una vez más y observaba el movimiento perenne de la flama de la vela, hipnotizado por las tonalidades cambiantes del amarillo y el rojo que se fundían en el oro con que ese fuego y el otro se unían y llegaban hasta Pablo, quien ni siquiera se levantó de la silla desde la que había contemplado todo.
La espantosa miseria que se cierne en esta región a consecuencia de la falta absoluta de trabajo y la carestía de los artículos de primera necesidad ha dado origen al éxodo de centenares de familias en caravanas de hombres, que engañados o no, van en busca del pedazo de tierra, único patrimonio del elemento campesino.
Comité Particular
Agrario Ejecutivo
Camarón, Nuevo León, 9 de noviembre de 1937
En la primavera de 1934, Estación Camarón, Nuevo León, vio el brote de una movilización agraria que empezaba a organizarse para exigir mejores condiciones de trabajo. En este texto, Cristina Rivera Garza indaga en telegramas y archivos para dar a conocer la historia de esa lucha y el impacto que tuvo en uno de sus participantes, un joven comunista de no más de veinte años que respondía al nombre de José Revueltas.
LA LUCHA AGRARIA NEOLONESA
José Revueltas tenía diecinueve años cuando se montó en un caballo para cabalgar desde Sabinas Hidalgo hasta Estación Camarón, un poblado en rápido crecimiento en el estado de Nuevo León, a unos cuantos kilómetros de la frontera con Estados Unidos. El viento loco, viento del norte, alrededor de su cabeza. Tan pronto como llegó tuvo que darse cuenta de que no estaba ahí para «organizar a las masas desorientadas», como había imaginado, sino para participar, aunque fuera brevemente, en una de las movilizaciones populares más aguerridas de los treinta en el norte del país. En efecto, en la primavera de 1934, un grupo de colonos, trabajadores agrícolas y maestros de escuelas regantes se organizaban ya para exigir el salario mínimo, la suspensión del pago de impuestos prediales para el estado y el banco, así como la continuación del proceso de distribución de tierras ejidales alrededor de la presa Don Martín, en el Distrito de Riego Número 4. «No bien nos enteramos de la situación», dicen que rememoró muchos años después José Revueltas para una audiencia cautiva mientras bebía pequeños sorbos de tequila en la casa de Arturo Cantú, donde trataba de evitar el acoso de la policía después de su participación en el movimiento del 68,
mandamos por telégrafo una denuncia de los hechos a El Machete, que era el periódico del Partido, con tan buena puntería que alcanzamos la edición del día siguiente y antes de que hubieran pasado tres días de nuestro contacto con la lucha agraria neolonesa, precursora de la lucha agraria mundial, ya circulaba de boca en boca nuestro texto y lo leían en las asambleas los que sabían leer para que oyeran los que no.[2]
La información que viajaba en ese telegrama y, muchos años después, el contenido de la conversación que dicen que compartió con devotos admiradores en su escondite en la ciudad de México, ha sido mencionada infinidad de veces para describir la etapa temprana de su vida como escritor y como activista.[3] Otros tantos han aludido a los vasos comunicantes que van de esa experiencia a las páginas de El luto humano, la novela que, publicada en 1943, le ganó a Revueltas el Premio Nacional de Literatura. Ningún estudio hasta ahora, sin embargo, ha explorado los documentos históricos en los que quedó el registro del involucramiento de José Revueltas en la lucha agraria neolonesa del 16 de marzo al 7 de abril de 1934, fecha en que fuerzas especiales de la policía de Monterrey, Nuevo León, lo secuestraron, junto con tres comunistas más, para llevarlo preso a las Islas Marías. Esos telegramas, esas cartas mecanografiadas a prisa en máquinas destartaladas, esas misivas entre distintas instancias del gobierno estatal y federal no sólo dan cuenta de lo que Revueltas vivió en el norte de México en Estación Camarón, sino también de la álgida situación que vivía el comunismo norteño mexicano en el inicio mismo de la posrevolución: una coalición tumultuosa, ardiente, con el «calor de pasos» juntos, entre asalariados de campo, maestros rurales a cargo de aplicar las disposiciones oficiales y de inspeccionar el cumplimiento de la ley del salario mínimo, así como colonos a quienes una tierra ensalitrada les había enseñado el tamaño de su fracaso.[4] En las huellas habitadas que son esos textos viaja, pues, el magma de un lenguaje que va con la misma vehemencia, a veces hasta con los mismos vocablos, de las peticiones de tierra y las exigencias de un salario mínimo a los párrafos de una de las novelas más paradigmáticas del siglo xx mexicano.
2. UN VIENTO LOCO, SIN FRENO; VIENTO DEL NORTE
El primero de enero de 1927 empezaron oficialmente los trabajos de construcción de la presa Don Martín en el municipio Juárez, al norte del estado de Coahuila, a unos cuantos kilómetros de la frontera con los Estados Unidos.[5] Ubicada en el cauce que une el Río Salado y el Río Sabinas, en un rancho que alguna vez le perteneció a un tal Martín Guajardo, su embalse tuvo una capacidad para albergar 1,396 hectómetros cúbicos de agua. El uso primordial de este líquido fue y ha sido el riego agrícola en las tierras comprendidas por el Distrito de Riego Número 4, un área que ha variado en extensión pero que, en sus buenas épocas, llegó a cubrir aproximadamente hasta 60 mil hectáreas entre los estados de Coahuila y Nuevo León. El proyecto hidráulico era de tal importancia que a su inauguración, ocurrida en octubre 6 de 1930, acudió en persona el general Plutarco Elías Calles, por entonces el poderoso expresidente de México, en representación de Pascual Ortiz Rubio, uno de los presidentes del así llamado Maximato.
Calles concedió entrevistas y posó para varias fotografías. En su momento se refirió a la presa como un proyecto personal propio que finalmente veía realizado ese día. Las fotografías dejaron huella de las poses consabidas: un conjunto de hombres con sombrero en mano y trajes de ciudad que, sudorosos y despeinados, veían de frente hacia la cámara, y hacia el futuro. Ese flash.
La repartición de tierras alrededor de la presa Don Martín se llevó a cabo desde 1930, respetando la Ley de Colonización de 1926. De acuerdo a los ideales de los grupos posrevolucionarios dirigidos por Calles, más que plantearse la existencia de ejidos —propiedad comunal de la tierra—, se propugnaba por utilizar el apoyo estatal para conformar una clase media de agricultores con base en la distribución de parcelas en forma de pequeña propiedad. Aunque las condiciones no eran fáciles —se pedía que los futuros colonos pudieran aportar el 5% del costo de tierra como una forma de enganche— la población en Estación Camarón —un campamento fundado hacia 1882 cuando dieron inicio los trabajos de construcción del ferrocarril México-Laredo— pronto se multiplicó, llenándose de colonos potenciales, ciertamente, pero también de trabajadores agrícolas o asalariados del campo con la esperanza de conseguir trabajo y el más loco afán de adquirir tierras propias. Y la esperanza, como se sabe, es un animal hambriento.
Las noticias de la repartición de tierras y el ofrecimiento de créditos por parte del Banco Agrícola atrajeron a muchos más.
A Estación Camarón llegaron desde jornaleros errantes hasta agricultores sin tierra del centro y sur de México, así como trabajadores repatriados de los Estados Unidos a causa de la Gran Depresión del 29, muchos de ellos con experiencia en la pizca de algodón. En efecto, aunque las primeras cosechas fueron de maíz y de frijol, pronto quedó claro que el algodón sería el más redituable de los cultivos. Para 1932, de hecho, las cosechas del así llamado oro blanco dominaron la región, augurando los buenos tiempos por venir. 1932 marcó un parteaguas en este sentido. Apenas un año más tarde, en medio de crecientes presiones por la distribución de más tierra por parte de los asalariados del campo —peones acasillados de acuerdo con las autoridades de agricultura de la zona— y en los terrenos que habían sido de la familia Ferrara pero que desde la fundación de la presa le pertenecían al Sistema de Riego No. 4, se fundó Anáhuac, Nuevo León, el 5 de mayo de 1933.[6] Diseñada por el ingeniero Jorge J. Pedrero, por mandato de Alfredo B. Colín, encargado del sistema de riego, Anáhuac se convirtió en uno de los pináculos de la estética urbana algodonera.[7] Una utopía de amplias calles en forma de círculos concéntricos a la vera de un río y una estación de tren: eso era Anáhuac. Una ciudad creada para satisfacer, o acallar, la creciente y cada vez más organizadas demandas de tierra en la región: eso era Anáhuac.
Un obelisco modernista con señalamientos equidistantes hacia los cuatro puntos cardinales. La descripción que un apasionado joven comunista mandó a su familia de la Ciudad de México mientras avanzaba entre montes y galopaba sobre caballos prestados entre Sabinas Hidalgo y Estación Camarón era bastante distinta:
El norte es tierra blancuzca e hiriente. Llanuras y desiertos todavía sin domar; ariscos, poblados de matojos y chaparros, de dolorosos cactus que martirizan, torturan la carne, casi símbolo de toda la tierra mexicana, india y dolida. El horizonte reverbera atravesado por los rayos de un sol impune, rojo como una bola de fuego. La tierra se quiebra al trotar de los caballos, reseca y sedienta. El viento es un viento loco, sin freno. Viento del norte.[8]
El Partido Comunista Mexicano había mandado al joven Revueltas al norte de México para participar en una movilización de colonos y agricultores que veía con visos de convertirse en una verdadera «insurrección popular obrera».[9] Juvenil e intenso, deseoso de participar en la transformación del país, este muchacho comunista llegó a orillas del río Santa Catarina, sin embargo, demasiado tarde. Pronto se dio cuenta de que el asunto parecía ya arreglado ahí, pero, pronto también, le llegaron noticias de que algo que «sí iba en serio» se estaba gestando no lejos de ahí. «No podíamos resignarnos al ridículo de volvernos sin haber orientado un movimiento de masas», contó José Revueltas antes de caer preso en 1968. «En eso estábamos cuando nos enteramos de que en un punto llamado Camarón, del mismo estado, había estallado una huelga de quince mil obreros agrícolas que exigían el pago de salario mínimo. Allá nos fuimos de inmediato a organizar a las masas desorientadas».[10]
En su momento, mientras iba dejando los días más bien pacíficos de Sabinas Hidalgo atrás, el joven Revueltas le confirmó a su familia en otra carta que «la noticia de una huelga en Camarón vino a sacarme de los idilios Sabinescos y salí volando para este lugar».[11] De muy buen ánimo, describiendo por igual sistemas de baile como la naturaleza circundante, además de la belleza de las lugareñas, Revueltas calificó como «inmejorable» al movimiento revolucionario en esta región. «No hay descanso. Se nos avecinan cosas soberbias. Todo esto me hace estar encantado de haber nacido. Pienso no regresar a México hasta después de que no hayamos hecho algo realmente de provecho en toda la región».[12]
El «pleito que sí iba en serio» en Estación Camarón y que tanto afectó a un joven comunista a punto de convertirse en escritor estaba conformado por un movimiento que exigía tanto el respeto al salario mínimo como la distribución de la tierra. Lejos de tratarse de «las masas desorientadas» que había imaginado mientras galopaba, se dice que Revueltas se encontró con que «estaban los compañeros huelguistas muy bien organizados, muchos de ellos armados y apoyados por la vaga simpatía del gobierno estatal, que los había dejado avanzar sin obstaculizarlos mucho».[13] En efecto, una sólida coalición de trabajadores agrícolas y maestros de escuelas regantes enfrentaba el abismo que en poco tiempo había surgido entre el colono poseedor de tierras y el asalariado del campo al que se mantenía en «una espantosa pobreza» y en condiciones «verdaderamente críticas».[14] Las demandas, mecanografiadas en la misma destartalada máquina de escribir, en un lenguaje que con facilidad conjuntaba la exhortación bíblica y la animadversión comunista contra la opresión del capital, iban y venían de las oficinas del Sindicato de Obreros Agrícolas de Camarón a las oficinas de gobierno, manteniendo a los campos de algodón en un estado de exaltación ya por bastante tiempo. Hacia 1934, la situación se recrudeció con la participación estratégica de células comunistas por toda la región.
El Bloque Obrero y Campesino de Camarón, Nuevo León, había quedado formado ya el 17 de diciembre de 1933, pero no fue sino hasta el 18 de enero de 1934 que sus miembros mandaron una carta a Gobernación en la cual se afiliaron a sus símiles en Monterrey y en la Ciudad de México, desmarcándose igualmente de cualquier «tutelaje de la burguesía y terratenientes, así como independiente de todo apoyo gubernamental».[15] Prudencio Salazar, el secretario general de la nueva organización, terminaba la misiva con un combativo: ¡Obreros y Campesinos, uníos! No sólo había sindicatos rojos en la capital empresarial que era Monterrey, sino también, acaso principalmente, entre los asalariados del campo que, además de tierra, buscaban también el cumplimiento de la promesa de un salario mínimo general de $1.50 en un área donde los salarios de 70 y 50 centavos al día eran la norma, no la excepción. Unos meses más tarde, entre correspondencia que indica la rápida formación de asociaciones populares de distinto tipo y persuasión ideológica en las zonas urbanas y rurales de todo Nuevo León, esta misma agrupación de Camarón reclamaría un nombre distinto: Sindicato de Trabajadores Agrícolas, así como el de Sindicato Único de Trabajadores Agrícolas y, más tarde, el Frente Único Obrero y Campesino.[16] La Asociación de Agricultores del Sistema Nacional de Riego No. 4, sin embargo, nunca los llamó de ninguna de esas maneras. Para la organización, que comprendía unos dos mil colonos y pequeños propietarios alrededor de la presa San Martín, nunca dejaron de ser «un grupo de explotadores y agitadores de oficio de las masas trabajadoras», unos «redentores falsos que sistemáticamente se preocupan por crear problemas», «grupos políticos con careta de sindicatos de trabajadores» y, en resumen, una serie de «malos elementos».[17] Las actividades de los sindicalistas afectaban, sin duda, el ciclo agrario en el Distrito de Riego, interrumpiendo
irremediablemente: épocas de siembra, oportunos cultivos, y recolecciones de cosechas y muchas labores urgentes colocándonos en muy seria situación para poder cumplir con los compromisos contraídos para con el gobierno y las distintas compañías que refaccionan nuestros trabajos.[18]
En efecto, hacia inicios de abril, la situación era ya tan grave para los colonos del lugar que no dudaron en «elevar un memorial» para delatar las huelgas organizadas por los provocadores contra el colono Otilio Gómez Rodríguez y, un poco más tarde, contra J. Américo Ferrara, ante quien los asalariados del campo habían presentado un pliego petitorio exigiendo el respeto al salario mínimo, declarándose en huelga incluso antes del tiempo marcado por la ley. Aunque Otilio Gómez Rodríguez y J. Américo Ferrara firmaban como colonos, en realidad eran los antiguos propietarios de las tierras que había expropiado del sistema de riego.[19] A Ferrara mismo lo denunciaban así, «se le negaron a continuar en las labores de su parcela después de haber convenido ante las autoridades civiles de Camarón, N.L. que suspenderían su movimiento de huelga».[20] Argumentaban, además, que ninguno de estos colonos los había contratado como sindicalistas o con las prestaciones de los sindicalistas y pedían una rápida intervención del estado para «ultimar la situación de huelga» con «la energía que el caso requiera».[21] Ultimar es un verbo con urgencia y en agonía a la vez. Sólo se ultima lo que está a punto de morir. Mejor dicho: sólo se ultima lo que a punto está, pero no muere de modo natural. Las autoridades, esta vez, no dudaron en ultimar a toda prisa la huelga Ferrara, que es como la movilización era llamada entre los sindicalistas. De hecho, bastó un día, sólo un día, para que Liborio García, un policía de las fuerzas especiales de Monterrey, Nuevo León, disolviera las protestas de los agremiados, arrestando de paso a los que identificó como los líderes del movimiento.[22] Cuatro hombres. La leyenda dice que José Revueltas lo rememoraba de esta manera en 1968:
De inmediato los terratenientes dijeron que la huelga se había desvirtuado y que estaba infiltrada por agitadores comunistas. El anticomunismo era el deporte favorito de los políticos callistas de la época. El senador McCarthy que vino después en Estados Unidos, hubiera parecido un pendejo, un tibio, comparado con el anticomunismo mexicano de los años treintas. Así que más tardaron los terratenientes en decir que había comunistas tras la huelga de Camarón, que las autoridades en ubicarnos a nosotros como los agitadores responsables, porque éramos las dos únicas personas de todo el lío que no eran del lugar y nadie nos conocía.[23]
Arnulfo Godoy utilizó la misma máquina de escribir, tal vez esa mítica Oliver en la que Natividad tecleaba sus oficios en El luto humano, para exigir la liberación de los camaradas detenidos. Con el lenguaje ardiente y combativo del asalariado del campo comunista, Godoy mecanografió en papel cebolla un mensaje para el gobernador de Nuevo León el 8 de abril de 1934. Sin el uso disciplinado de las mayúsculas y con letras que saltaban hacia arriba o hacia debajo del horizonte de cada frase, Godoy decía:
en estos momentos nos estamos dirijiendo a usted para protestar ante su govierno. exijir lalibertad de los camaradas siguientes. Secretario. General. del Sindicato de Obreros Agrícolas de este lugar. Francisco gGarsia. José Revueltas, José D. Arcos, Prudencio Salazar. y cesen ya la persecuciones de nuestros compañeros. estos no tienen mas delito que ser Organisados. pues en esto tenemos derecho. o solamente qu las leyes establesidas en Mexico. no nos den garantías. pues entonces qe se a echo la sangre derramada en las Reboluciones pasadas. Sor. GOBERNADOR. O vamos a seguir como en la Oproviosa Dictadura del nefasto. Porfirio Dias. protestamos. y exijimos la libertad de los compañeros antes mecionados. Contra la Oprecion Capitalista. El Frente Unico Obrero y Campesino.[24]
Aunque muchos han hablado de la experiencia de un muy joven José Revueltas en las movilizaciones comunistas de Estación Camarón, Nuevo León, éste es el primer documento histórico que lo comprueba.
Camarón, N.L. via Anáhuac NL 23 de Marzo de 1934
16w 60 pd a 17.25
C. Gobernador del Estado
Monterrey, N.L.
Conflicto huelga Ferrara procesados compañeros Libertad inmediata respecto a huelga conteste. Sindicato Obreros Agrícolas, Camarón N.L.
F. García.
[cítese a inspectores de trabajo para ver cual de ellos puede ir a Camarón][25]
@
TELEGRAMA OFICIAL
Mensaje número 1332
México, D.F. 9 de abril de 1934
C. Gobernador del Estado de Nuevo León,
Monterrey, N.L.
GERENTE SISTEMA RIEGO NÚMERO 4 INFORMA QUE INDIVIDUOS AJENOS A COLONIZACIÓN LLAMADOS P. SALAZAR R. FERNANDEZ R. JOSE V. DE ARCOS. F. REVUELTAS ESTAN HACIENDO LABOR AGITACIÓN HACIENDO INSTIGANDO A COLONOS CONTRA GERENTE Y BANCO NACIONAL DE CRÉDITO AGRÍCOLA PUNTO SUPLÍCOLE ATENTAMENTE ORDENE EXPULSIÓN DE SISTEMA DE RIEGO DICHOS INDIVIDUOS PARA EVITAR GRAVES PERJUICIOS TRATAN DE OCASIONAR AL GOBIERNO
6579.- PARA SU CONOCIMIENTO Y DEMAS FINES INSERTO CONTINUACION MENSAJE RECIIBIO ANTIER PRESIDENTE DE LA REPUBLICA DE NUEVO LAREDO TAMS: “MAGNA MANIFESTACION EXIGE RESPETO HUELGAS CAMARON SALARIO MINIMO. TERMINE TOTALMENTE REPRESION GOBIERNO NUEVO LEON PARA TRABJADORES PONIENDO INMEDIATA LIBERTAD JOSE ARCOS PRUDENCIO SALAZAR FRANCISCO GARCIA JOSE REVUELTAS. ORDENES HUELGA CAMARON TIENE MAS QUINCE DIAS RESUELVANSE LICITAS. SE RESPETO ORGANIZACIÓN Y EXPRESION LIBRE IDEAS. ALIANZA ORGANZACIONES OBRERAS Y CAMPESINAS. SRIO. GENERAL JOSE P. GONZALEZ”. ATENTAMENTE SRIO. PART.[27]
@
TELEGRAMA OFICIAL
CONFIRMACION
DE Monterrey NL A Mexico DF, el 10 de ABRIL de 1934
C. LIC. F. JAVIER GAXIOLA JR.
SRIO. PARTICULAR PRESIDENTE
REPUBLICA
PALACIO NACIONAL
SUYO 6579. FECHADO HOY PUNTO HUELGA REFIERESE TRATASE EN JUNTA CENTRAL CONCILIACION Y ARBITRAJE ESTADO EN TERMINOS FIJA LEY TRABAJO EN VIGOR PUNTO GOBIERNO MI CARGO NO HA DETERMINADO NINGUNA ACCION PERSONAS REFIERENSE PUNTO SIN EMBARGO, YA ORDENASE UNA INVESTIGACION
[tramitar a Junta Conciliación pidiendo refuerzos][30]
@
TELEGRAFOS NACIONALES ESTADOS UNIDOS MEXICANOS
TELEGRAMA
-43 Núm 11139/OFF PR
PALACIO NACIONAL MEXICO A 3 DE MAYO 1934 9.50
GOBERNADOR ESTADO, MONTERREY, N.L.
R843.- PARA SU DEBIDO CONOCIMIENTO INSERTO CONTINUACION PROTESTA TELEGRÁFICA RECIBIO ANTIER PRIMER MAGISTRADO, DE MATAMOROS, TAMPS: “TRABAJADORES HUELGISTAS DE CAMARON N L JOSE DE ARCOS, PRUDENCIO SALAZAR, FRANCISCO G. GARCIA Y JOSE REVUELTAS APREHENDIDOS POR JEFE DE POLICIA ESPECIAL MONTERREY LIBORIO GARCIA CON FECHA 7 CORRIENTE LLEVADOS A MONTERREY POSTERIORMENTE A SALTILLO Y LUEGO A CIUDAD VICTORIA TAMPS, DONDE PERMANECIERON INCOMUNICADOS Y ACTUALMENTE NO SE
CONTINUA
SABE SU PARADERO POR LO QUE CONSIDERAMOS DETENCION DICHOS TRABAJADORES CONSTITUYE VIOLACION FLAGRANTE GARANTIAS CONSTITUCIONALES TALES ATROPELLOS.- PEDIMOS NOMBRE ORGANIZACIONES OBRERAS Y CAMPESINAS MATAMOROS TAMPS CONFIANDO SU RECTITUD ORDENE MINUCIOSA INVESTIGACION SOBRE PARADERO DICHOS TRABAJADORES CUYO APREHENSOR LIBORIO GARCIA SEÑALAMOS PRINCIPAL RESPONSABLE, ESPERAMOS EJECUTIVO NO SE SOLIDARICE CON AUTORIDADES VENALES QUE VULNERAN CONSTITUCION Y PRINCIPIOS REVO—
CONTINUA
LUCIONARIOS DERECHOS HUELGA CONSAGRADOS CARTA MAGNA.- POR LA COMISION POR PRIMERO DE MAYO . JOSE GALVAN”. ATTE. SRIO. PART. JAVIER GAXIOLA JR[31]
Nos detuvieron un día por la noche, sin decir palabra, y nos subieron a un tren con custodia. Pasamos la noche pensando que nos aplicarían la ley fuga en cualquier momento, pero amanecimos en la ciudad de Querétaro, donde sin decir palabra nos treparon a otro tren rumbo al noroeste. Cuando llegamos a Mazatlán entendí, porque ya había hecho antes ese camino.[32]
—Pues mi general ya está cansado de lo que por aquí, en el Sistema —dijo el ayudante—. Primero la agitación sembrada por José de Arcos, Revueltas, Salazar, García y demás comunistas. Luego ese líder, Natividad… Y ahora, otra vez…[33]
En realidad el asunto de los comunistas no tuvo gran importancia, pues el papel de Adán se limitó a ponerlos presos y prestar su ayuda modesta para que fuesen enviados a las Islas Marías. Lo de Natividad, desde luego, fue más grave.[34]
4. ELEVAR UNA PROTESTA
Aunque en un giro salvajemente autoficcional José Revueltas disminuyó la importancia tanto de los comunistas en la huelga Ferrara como de la huelga en el contexto de la movilización agraria neoleonesa, los reclamos que surgieron a causa del encarcelamiento de los cuatro participantes de la huelga Ferrara en Camarón no se limitaron al ámbito de los telégrafos. Diversos sindicatos de distintas regiones del país, así como organismos internacionales de izquierda, insistieron en «elevar» sus protestas a lo largo del verano de 1934. Además de exigir la liberación de los camaradas, pocos de ellos olvidaban cerrar sus misivas demandando también el cumplimiento a la ley del salario mínimo en la región: 1.50 por jornada laboral de ocho horas. Otros no dudaban en pedir castigo al jefe de la Guarnición Federal, el coronel Villalobos, sobre quien recaía la responsabilidad de la represión contra los trabajadores agrícolas. Mientras los cuatro jóvenes comunistas eran llevados de prisión en prisión por el norte de México
—primero a Monterrey, de ahí a Saltillo y, luego, a Ciudad Victoria en el estado vecino de Tamaulipas, de donde pasaron por Linares para regresar a Monterrey, donde un policía indiscreto les hizo saber por equivocación que iban rumbo a Mazatlán y, luego entonces, a las temidas Islas Marías, donde José Revueltas había estado ya un par de años antes— el ambiente en la zona fronteriza de Nuevo León seguía caliente.[35]
El Frente Único Obrero y Campesino decidió seguir adelante con sus planes para el primero de mayo y, por lo mismo, envió una carta al gobernador del estado para dar aviso y pedir protección para la «manifestación-mítin» que saldrá de la plaza principal de Camarón, Nuevo León, con dirección a Anáhuac, Nuevo León, en la que harán uso de la palabra algunos «oradores».[36] Mientras tanto, Socorro Rojo Internacional le preguntaba a la Procuraduría General de la República si «las leyes del país son para cumplirse o son una mentira», denunciando el secuestro de los cuatro miembros del comité de huelga, cuyo paradero se desconocía. Socorro
Rojo Internacional no sólo exigía la liberación de sus compañeros, añadiendo las demandas por el respeto al salario mínimo, la jornada laboral de ocho horas, seguro médico y medicinas, sino que también pedía que se castigara a Liborio García, a quien reconocían como el individuo que «quemó en este estado el rancho El Sabinito por órdenes del exgobernador Cárdenas y Jacinto Villarreal uno de los asesinos del obrero desocupado Leónides López, en Monterrey el 26 de febrero de 1932».[37]
Apenas unos días más tarde, el 10 de mayo de 1934, el Sindicato de Filarmónicos de Ciudad Madero, Tamaulipas, elevaba
su más enérgica protesta porque lejos de respetar la libertad gremial y el respeto a la vida de los trabajadores, se les injuria y se les atropella por el simple hecho de estar ejerciendo un deber social, pedimos justicia para el obrero cualquiera que sea su gremio y respeto que todo ser humano merece. Protestando enérgicamente 1º. Por los encarcelamientos habidos en los comps. Prudencio Salazar, Srio. Gral. Francisco García Srio. Del Int. José Revueltas Apoderado del Sindicato y el comp. José Arcos haciendo constar que el comp. Revueltas fue aprehendido en Camarón secuestrado y llevado a Saltillo. Pedimos la libertad de ellos. Como también pedimos 2º.- Respeto al derecho de organización y huelga. 3º.- Respeto absoluto a los sindicatos de obreros. 3º.- Salario mínimo de 1.50 por jornada de 8 horas de trabajo. 4º.- Que se obligue a los patrones paguen el salario mínimo y que se les obligue a cumplan con las 8 horas de trabajo.[38]
Lo mismo hizo la Sección 19 del Sindicato de Ferrocarrileros de la República Mexicana desde Monterrey, primero el 4 de mayo y, otra vez, el 29 de junio de 1934, pidiendo al presidente de la República que interviniera para que los cuatro comunistas fueran consignados a las autoridades judiciales o fueran dejados en libertad.[39] Incluso el Bloque Obrero y Campesino de Morelia, Michoacán, hizo eco de las denuncias contra la represión obrera en Camarón, Nuevo León, añadiendo las demandas del caso el 4 de julio de 1934.[40]
La situación tampoco estaba en paz en Estación Camarón. Para finales de abril, el Frente Único Obrero Campesino había nombrado a un nuevo Comité Ejecutivo, el que, en lugar de demandar, pedía «permiso» para ejercer su derecho a la organización.[41] La Alianza de Agrupaciones Obreras y Campesinas de Nuevo Laredo denunciaba asimismo los esfuerzos de crear sindicatos blancos para perjudicar el derecho de los trabajadores agremiados en el Sindicato de Albañiles y Ayudantes del Sistema de Riego No. 4 de Ciudad Anáhuac, Nuevo León.[42] Y una nueva Unión de Pequeños Ganaderos de Sabinas Hidalgo, Nuevo León, se formaba para defenderse de los continuos robos de ganado en la región.[43]
Por si esto fuera poco, otro grupo de agricultores sin tierra se empezó a movilizar para hacer una petición de dotación ejidal hacia finales del verano del 34 en la misma área del conflicto. En efecto, el profesor Agustín Gutiérrez Villegas hizo girar su primer oficio como presidente del Comité Ejecutivo Agrario de Camarón, Nuevo León, un 25 de agosto, aunque el expediente 386 no quedaría formalmente abierto sino hasta octubre 9, 1934.[44] Seis meses más tarde, el 16 de abril de 1935, luego de encargar investigaciones y colectar información censal, la Comisión Agrícola Mixta llegó a la conclusión de que la petición, tal como había sido presentada, era improcedente en las tierras de Camarón, pero también anunciaba que los solicitantes
en su calidad de peones acasillados, tienen derecho a constituir un nuevo Centro de Población Agrícola y a adquirir por este concepto y de acuerdo con las prevenciones legales relativa, a la dotación de que solicitan, dentro de las tierras que comprende el Sistema Nacional de Riego No. 4. Ha de dotarse a los 463 individuos que comprende el censo agrario relativo y para la Escuela del lugar, con una extensión de 1858 hectáreas de tierra de riego de las que comprende el Sistema Nacional No. 4, con la localización que a dicha superficie fijen la Comisión Nacional de Irrigación y el H. Departamento Agrario.[45]
Incluso aquellos que habían recibido tierra como colonos estaban inquietos. Organizados en una Sociedad Cooperativa Agrícola de Agricultores en Pequeño de la Sección 13-A del Sistema de Riego No. 4, un grupo de colonos declaraba que no pagarían el impuesto al estado ya que «todavía no [contaban] con la promesa de venta con esta Gerencia» y, sobre todo, debido a que
1º.- Estamos viviendo a la intemperie con nuestras familias. 2º-. No tenemos cisterna donde guardar el agua higiénica para nuestro uso. 3º.- Nuestras cosechas se encuentran comprometidas con el Banco Nal. Ejidal de Cred. Agr., de este lugar. 4º.- Hemos fracasado mucho por la falta de semillas aclimatadas a esta región. 5º.- Las epidemias nos han azotado duramente nuestros algodones.[46]
Todavía en mayo de 1935, el gobierno estatal negociaba con el Banco Nacional de Crédito Agrícola para lograr disminuir los impuestos de los colonos afectados por las condiciones climáticas, las características del suelo y la calidad salitrosa del agua local.[47]
Después de un inicio promisorio, alentado por la ideología del progreso económico del México posrevolucionario, los ánimos populares se habían incendiado, arrasando con toda la región algodonera. ¿Qué había sucedido entre 1930, cuando la inmigración a Camarón fue tumultuosa, y 1934, la fecha en que se formó el Bloque Único Obrero Campesino, o el año 1937 cuando caravanas enteras empezaron a dejar atrás el Sistema de Riego No. 4? La respuesta va entretejida en las mismas descripciones de Revueltas: la sequía. La inundación primero y, luego, la sequía. ¿Una inundación en el desierto? En efecto.
TELEGRAMA URGENTE
MONTERREY, N.L. 14 de junio 1935
C. Gobernador constitucional del Estado
Palacio de Gobierno, CIUDAD
C. Comandante de la Sexta Zona Militar,
Ciudad Militar
PRESENTE
17h10m.- Hoy en la tarde nos telegrafió el Jefe de Estación como sigue: Según avisan de Villa Acuña ha seguido subiendo agua en Río Bravo y se cree que su caudal aumente a 33 pies de su nivel normal. Después daré más informes. Conviene estar preparados para salir a las lomas».- Comunico a ustedes lo anterior para los fines consiguientes. Atentamente.
Las aguas llegaron a Estación Camarón, Estación Rodríguez y Ciudad Anáhuac, y lo arrasaron todo en el norte de Nuevo León. Las demandas de justicia, las álgidas discusiones sobre salarios o impuestos locales, los reclamos y las negociaciones varias fueron pronto sustituidas por llamados de auxilio. Y los habitantes del lugar, los sindicatos y los particulares, e incluso el gobierno del estado, respondieron en dinero o en especie de manera casi inmediata.
En efecto, para el 20 de junio de 1935, un muy activo Comité Pro-Auxilio listaba las cantidades de efectivo y los kilos de productos que llegaban a la región para aliviar en algo las condiciones de vida de «algunos centenares de agricultores y jornaleros [que estaban] en la más completa indigencia».[49] El gobernador de Nuevo León erogó $250.00 pesos «como ayuda que el gobierno del Estado imparte a las víctimas de la inundación en el Sistema de Riego No. 4».[50]
José Revueltas no estaba en Camarón para entonces. Ya había salido de las Islas Marías, gracias a un perdón otorgado por el presidente Lázaro Cárdenas en febrero de 1935, pero se había ido a Moscú para asistir como delegado del Partido Comunista Mexicano al VI Congreso de la iic. La experiencia en el norte del país no abandonó, sin embargo, su memoria. En notas al margen escritas en 1955, Revueltas rememoró haber escrito las crónicas de su estancia norteña luego de su viaje a la urss, a inicios de 1936.[51] Estación Camarón no sólo marcó la vida de Revueltas en tanto militante comunista, sino también la obra del escritor en el que se estaba ya convirtiendo. Después de la publicación de Los muros de agua en 1941, Revueltas publicó El luto humano en 1943, una novela que escribió a mano, a lápiz, en una serie de pequeños cuadernos de la Secretaría de Educación Pública, cuyo primer borrador tuvo el título de Las huellas habitadas.[52] La palabra fin, apuntada un 13 de agosto de 1942, a la 1:00 de la madrugada, apareció en el dibujo de una pancarta sostenida por dos querubines traviesos y desnudos. Un año más tarde esa misma novela, ya titulada El luto humano, le mereció el Premio Nacional de Literatura. Ahí, en una geografía no especificada pero que corresponde a las condiciones del norte de México, Revueltas relató el éxodo de un grupo de agricultores ocasionado por las fallas de un presa.
La muerte lo impregna todo desde el inicio. La muerte lo observa todo desde una silla, lista para atacar. La muerte y la desesperanza y la animosidad. Una noche, después de presenciar la muerte de su hija, Úrsulo tiene que pedirle prestada una barca a su enemigo, Adán, para cruzar el río y traer así al cura de la región para que imparta los santos sacramentos. Es a través del diálogo con el cura que aparece, ya en el segundo apartado de la novela, el tema de la presa:
No ignoraba que viviese gente del otro lado del río, pero cuando hoy se lo recordaban, sentía pena y una especie de remordimiento. Él no era nadie ni nada junto a la gente aquella. Allá vivían como perros famélicos, después de que la presa se echó a perder y vino la sequía. Vivían obstinadamente, sin querer abandonar la tierra.[53]
A medida que arrecia el encono y la tormenta que terminará con todo, resulta claro que los agricultores planean salir en busca de otras tierras, tal vez otras oportunidades. Revueltas, que a lo largo de la novela ha utilizado con frecuencia y con pasión el mismo lenguaje religioso con que los maestros rurales y los asalariados del campo enunciaban sus demandas, elige nombrar a esta decisión social, tomada de manera colectiva, como éxodo:
Era incomprensible todo ese momento final en que se preparaban para la huida, para una emigración extraña, sin sentido. Se cree a veces que huir de la muerte es mudar de sitio, alejarse de la casa o no frecuentar el recuerdo; no puede comprenderse que la muerte es la sombra del cuerpo, el país, la patria, la sombra, adelante o atrás o debajo de los pasos… Preparábanse para el éxodo, para la palabra bíblica que expresa búsqueda de nuevas tierras. Palabra con esperanza, aunque remota, en los bárbaros y alentadores libros del Viejo Testamento pero fría, muerta, aquí, en este naufragio sin remedio de hoy.[54]
Fallas de cálculo y las inclemencias propias del clima norteño dieron al traste con los sueños progresistas de las elites posrevolucionarias del norte de México, y con los de cientos de familias migrantes que habían llegado del norte y del sur para trabajar ahí. Mientras que entre 1932 y 1936 la producción algodonera creció de manera estable, generando riqueza para los grandes y pequeños colonos, la falta de distribución justa golpeó principalmente a los trabajadores agrícolas —los principales integrantes de las movilizaciones sociales que tanto incendiaron los ánimos de Revueltas—.
La inundación primero y la sequía, después, no habían hecho más que subrayar una creciente animosidad entre los colonos y la gerencia del Sistema de Riego No. 4, entre los colonos y el Banco de Crédito Ejidal, así como acrecentar la desigualdad social entre los colonos y los aparceros, entre los colonos y los asalariados del campo en la región. Los especialistas, por lo demás, no detectaron a tiempo la calidad salitrosa de una buena parte de la tierra distribuida —el río Salado no se llamaba salado por mera casualidad— ni tampoco pudieron evitar los derrames de la presa que, sin control alguno, fueron desaprovechados. Así, cuando la sequía fulminante inició en 1937, se encontró a una región en crisis tanto de producción agrícola como de organización social.
De acuerdo con el narrador de El luto humano, el éxodo no fue sólo la consecuencia de la sequía sino también, acaso sobre todo, la razón misma del problema que enfrentaron los habitantes de las tierras aledañas a la presa.
No eran nada ni pertenecían a ninguna clase. La huelga fracasó porque sobrevino el terrible éxodo. Nadie quiso permanecer en una tierra seca, sin lluvias, junto a un río inútil, junto a una presa inservible, cuyas cuarteaduras dejaron escapar el agua.[55]
Ante esta situación y desesperado ya, «trepado sobre unas vigas, por aquel entonces del éxodo, Úrsulo instaba a los huelguistas emigrantes para que se quedaran, para que permanecieran». Cuando los campesinos le preguntaron si iban a alimentarse de la tierra,
«Úrsulo reunió todas las fuerzas de su alma y de su vida», y les dijo que sí. Entonces, «se bajó de la tribuna y tomando un puñado de la tierra de sus quince hectáreas se lo echó a la boca para tragarlo».[56]
Úrsulo se quedó a guardar luto; a padecerlo. Pero los huelguistas y los colonos fracasados emigraron. Ellos encontraron otro camino; o lo abrieron. En la mítica caravana de veinte guayines que salió de Anáhuac, Nuevo León, para fundar un 10 de diciembre de 1937 la colonia agrícola Anáhuac, Tamaulipas, en la esquina más septentrional del país, iban José María Rivera Doñes y Petra Peña Martínez, mis abuelos. Esta emigración extraña, que duraría unos cuarenta días por los caminos de la Ribereña, llevaba también a Antonio Rivera Peña, el niño de casi dos años que, tiempo después, se convertiría en mi padre.
[1] La investigación para este artículo se llevó a cabo gracias a una beca del Senado Académico de USDC, la beca del Sistema Nacional de Creadores Artísticos de México, así como una estancia artística en la Universidad de Auburn, Alabama. Agradezco la colaboración en el proceso de búsqueda de los documentos históricos en la ciudad de Monterrey, Nuevo León, a Claudia Sorais Castañeda. César Morado, director del Archivo Histórico de Estado de Nuevo Léon-Fundidora, y Hortensia Camacho, la cronista de Anáhuac, Nuevo León, ofrecieron dirección y datos de difícil localización. [2] Héctor Aguilar Camín, «El camarada Vadillo», Nexos, marzo de 1990. [3] Edith Negrín dedica a este tema gran parte de «La condición humana y la historia: conclusiones al análisis de la novela y apuntes hacia el contexto histórico», el capítulo 4 de Entre la paradoja y la dialéctica: una lectura de la narrativa de José Revueltas (México: Colegio de México/unam, 1995), pp. 115-134. Con base en entrevistas con el autor, así como en una bibliografía extensa de la historia del comunismo en el México de inicios de siglo XX, logra ubicar los acontecimientos que dieron pie a El luto humano alternativamente hacia 1937 o inicios de los 1930. Véase también Álvaro Ruiz Abreu, José Revueltas:Los muros de la utopía (México: Cal y Arena/UNAM, 1992); Ruiz Abreu, Revueltas en la hoguera (México: Cal y Arena, 2014); Edith Negrín (ed.), Nocturno en que todo se oye: José Revueltas ante la crítica (México: Era, 1999); Jorge Rufinelli, José Revueltas: Ficción, política y verdad (México: Universidad Veracruzana, 1977); Gerardo Gómez Michel, «Revolución y violencia fundacional en El luto humano de José Revueltas»; Francisco Ramírez Santacruz, «El drama de la voz en El luto humano de José Revueltas», Vanderbilt e-Journal of Luso-Hispanic Studies, Vol. 7, 2011. [4] Francisco P. Lazcano, «Sencilla reseña histórica de las escuelas en el Sistema Nacional de Riego No. 4», en José Ignacio Morales, Álbum gráfico del sistema nacional de riego no. 4, (Ciudad Anáhuac, Nuevo León, 1937), incluido en Martín Gerardo Silva (comp.), Publicaciones Históricas de Anáhuac, Nuevo León (Anáhuac, 1998), p. 12. [5] Ángel Anguiano Martínez, «El sistema de riego no. 4 Don Martín y su industria algodonera (1926-1946)», Tesis de Maestría, UANL, Facultad de Filosofía y Letras, 2000. [6] Hortensia Camacho, Anáhuac. Frontera Neoleonesa. La persistencia de la memoria (México: Folletos de Historia del Noreste No. 7, Centro de Información de Historia Regional, UANL, 1988); Anáhuac, Serie Patrimonio Intangible de Nuevo León. [7] Entrevista con Hortensia Camacho, cronista de Anáhuac, Nuevo León. Véase Luis Aboites Aguilar, «Formación de ciudades», en El norte entre algodones. Población, trabajo agrícola y optimismo en México 1930-1970 (México: El Colegio de México/ Centro de Estudio Históricos, 2013). [8] José Revueltas, «Sabinas Hidalgo», en Las evocaciones requeridas I, Obras Completas (México: Era, 1987), p. 63. [9] Aguilar Camín, «El camarada Vadillo», Nexos, marzo de 1990. [10]Idem. [11]Revueltas, «Carta desde Camarón», en Las evocaciones requeridas, p. 70. [12]Idem. [13] Aguilar Camín, op. cit. [14] «Comité Particular Ejecutivo Agrario, Estación Camarón, Noviembre 9, 1937», AHENL, Dotaciones ejidales, Camarón, Nuevo León, 1937. [15]«Bloque Obrero y Campesino de Camarón, N.L., Enero 18, 1934», AHENL, Trabajo, Asociaciones y Sindicatos, Exps. 6; Caja 12, 1934.
[16] «Sindicato de Obreros Agrícolas en Camarón, N.L., 7/8/34», AHENL, Trabajo, Asociaciones y Sindicatos, Exps. 6; caja 12, 1934. [17] «Asociación de Agricultores del Sistema Nacional de Riego No. 4, Abril 6, 1934», AHENL, Trabajo, Asociaciones y Sindicatos, Exps. 6; Caja 12, 1934. [18] «Asociación de Agricultores del Sistema Nacional de Riego No. 4, Abril 6, 1934», op. cit. [19] «Comisión Agraria Mixta, Estado de Nuevo León, Exp. 386, Poblado de Camarón, Municipio de Lampazos, Dotación Ejidal, octubre 9, 1934-octubre 15, 1934», AGENL, Dotaciones Ejidales, 1934. [20] «Asociación de Agricultores del Sistema Nacional de Riego No. 4, Abril 6, 1934», AHENL, Trabajo, Asociaciones y Sindicatos, Exps. 6, Caja 12, 1934. [21] Idem. [22] «Telegrama: El gerente del sistema nacional de riego no. 4», AHENL, Telegramas, 1934; Sección: Comunicaciones; Asunto: Telegramas; Caja No. 69, 1934-1935. [23] Aguilar Camín, «El camarada Vadillo», Nexos, marzo de 1990. [24] «Sindicato de Obreros Agrícolas Camarón, N.L., Abril 8, 1934», AHENL, Trabajo, Asociaciones y Sindicatos, Exps. 6; Caja 12, 1934. [25] «Telégrafos Nacionales, Marzo 23, 1934», AHENL, Comunicaciones, Telegramas, Caja 69, 1934-1935. [26] «Telegrama oficial, Abril 9, 1934», AHENL, Comunicaciones, Telegrama, Caja 69, 1934-1935. [27] «Telégrafos Nacionales, abril 10, 1934», AHENL, Comunicaciones, Telegramas, Caja 69, 1934-1935. [28] «Telegrama oficial, abril 10, 1934», AHENL, Comunicaciones, Telegramas, Caja 69, 1934-1935. [29] «Telégrafos nacionales, Abril 11, 1934», AHENL, Comunicaciones, Telegramas, Caja 69, 1934-1935. [30] «Telégrafos nacionales, abril 11, 1934», AHENL, Comunicaciones, Telegramas, Caja 69, 1934-1935. [31] «Telégrafos nacionales, mayo 3, 1934», AHENL, Comunicaciones, Telegramas, Caja 69, 1934-1935. [32] Aguilar Camín, «El camarada Vadillo», op. cit. [33] José Revueltas, El luto humano, p. 113. [34]Ibid. [35] José Revueltas, «En las cárceles del norte», en Las evocaciones requeridas (México: Era, 1987), pp. 71-96. [36] «Frente Unico Obrero y Campesino Anáhuac Nuevo León, se avisa manifestación mítin para primero de mayo», AHENL, Trabajo, Asociaciones y Sindicatos, Exps. 6, Caja 12, 1934. [37] «Procuraduría General de la República, Ministerio Público, Socorro Rojo, Mayo 14, 1934», AHENL, Trabajo, Asociaciones y Sindicatos, Exps. 6, Caja 12, 1934. [38] «Sindicato de Filarmónicos de Ciudad Madero, Tamaulipas, protesta, Mayo 10, 1934», AHENL, Trabajo, Asociaciones y Sindicatos, Exps. 6, Caja 12, 1934. [39] «Sindicato de Ferrocarrileros, Sección 19, Junio 29, 1934», AHENL, Trabajo, Asociaciones y Sindicatos, Exps. 6, Caja 12, 1934. [40] «Bloque Obrero Campesino, Morelia, Michoacán, Julio 4, 1934», AHENL, Trabajo, Asociaciones y Sindicatos, Exps. 6, Caja 12, 1934. [41] «Sindicato de Trabajadores Agrícolas de Camarón, Nuevo comité ejecutivo, Abril 25, 1934», AHENL, Trabajo, Asociaciones y Sindicatos, Exps. 6, Caja 12, 1934. [42] «Alianza de Agrupaciones Obreras y Campesinas de Nuevo Laredo, Mayo 27, 1934», AHENL, Trabajo, Asociaciones y Sindicatos, Exps. 6, Caja 12, 1934. [43] «Unión de Pequeños Ganaderos de Sabinas Hidalgo, Nuevo León, Abril 15, 1934», AHENL, Trabajo, Asociaciones y Sindicatos, Exps. 6, Caja 12, 1934. [44] «Acuse de recibo de instalación del comité; Septiembre 10, 1934», AGENL, Dotaciones Ejidales, Camarón, Nuevo León, 1934. [45] «Comisión Agraria Mixta, Visto en estudio el expediente de dotación de tierras ejidales, Camarón, Lampazos, Nuevo León, Abril 26, 1935», AGENL, Dotación de tierras ejidales, 1934. [46] «Sociedad Cooperativa Agrícola de Agricultores en Pequeño de la Sección 13-A del Sistema de Riego No. 4, Julio 14, 1933», AHENL, Correspondencia de Alcaldes, Anáhuac 1934. [47] «C. Gerente de la Sucursal del Banco Nacional de Crédito Agrícola, 29 mayo de 1935», AHENL, Correspondencia de Alcaldes, Aháhuac, 1935. [48] «Telegrama urgente, Junio 14, 1935», AHENL Comunicaciones, Telegramas, Caja 69, 1934-1935. [49] «Los habitantes de Rodríguez, Anáhuac y Camarón, Comité Pro-Auxilio, Junio 20, 1935», AHENL, Correspondencia de Alcaldes, Anáhuac 1935. [50] «Secretaría General de Gobierno, Egresos de la Tesorería General del Estado, Junio 25, 1935», AGENL, Correspondencia de Alcaldes, Anáhuac 1935. [51] En la nota de 1955, Revueltas dice que debió haber escrito sus crónicas de Sabinas Hidalgo y Camarón a inicios de 1935, pero entonces estaba en Islas Marías. Las evocaciones requeridas, p. 69. [52] «Las huellas habitadas», Box 47, Folders 1-3, Jose Revueltas Papers, 1906-2010, Benson Collection. University of Texas Libraries, the University of Texas at Austin. [53] José Revueltas, El luto humano, p. 26. [54] Ibid. [55] Revueltas, El luto humano, p. 185. [56]Ibid.
En el presente artículo, el investigador Gian Carlo Delgado Ramos reflexiona acerca de los problemas que afectan el futuro de la población general de México en torno al agua. Al mismo tiempo discute, verifica y propone soluciones que garantizan la calidad y acceso al liquido vital para los diferentes sectores sociales y económicos del país.
I
De los 1,400 millones de m3 de agua, el total en el planeta, sólo 2.5% es agua dulce y no toda está disponible para el consumo humano, pues poco más de dos terceras partes de esa agua está congelada en glaciares. Sólo cerca de 0.8% de toda el agua del planeta es potable, en su gran mayoría agua subterránea y, en mucho menor medida, agua superficial. La desalación de agua es muy costosa y, por tanto, sólo viable en un cierto grado en algunas zonas costeras.
La cuestión hídrica es compleja pues un tercio de la población mundial vive en regiones con escaso acceso al agua, situación que es tan socialmente construida como biofísicamente definida. Se reconoce así que cerca de 4,000 millones de personas, dos tercios de la población global, afronta severa escasez de agua durante al menos un mes del año, lo cual podría tener implicaciones importantes en la producción de alimentos, el consumo humano del líquido y la salud. La mitad de dicha población afectada vive en China e India, el resto se ubica principalmente en Bangladesh, Pakistán, Nigeria, México y algunas zonas del sur de Estados Unidos (California, Texas y Florida).[1]
No es casual que de las 424 principales cuencas fluviales del mundo, 223 transgreden los requerimientos de flujos ambientales (donde habitan 2,670 millones de personas), esto es, una escasez severa del líquido durante, al menos, un mes por año.[2]
Además, debido a los crecientes niveles de contaminación —donde los denominados contaminantes emergentes son de especial preocupación—, el agua es cada vez de menor calidad y su localización está variando debido a la alteración del ciclo hidrológico, entre otras cuestiones, por el cambio climático. Las tendencias históricas y las estimaciones para el 2050 consideran que hay razones suficientes para proyectar un aumento de la disponibilidad de agua en altas latitudes y zonas tropicales y un decremento en latitudes medias y regiones secas (Intergovernmental Planet of Climate Change, 2013),[3] escenario en el que claramente las comunidades más pobres serán las más vulnerables, en particular las mujeres y niños, los grupos más vulnerables hoy entre los aproximadamente 780 millones de personas que carecen de acceso a fuentes de agua limpia y de entre los 2.5 mil millones que carecen de servicio de saneamiento (UNICEF / OMS, 2008). Los impactos derivados de dicha situación son agudos: el consumo de agua contaminada, además de generar unos 4,000 millones de casos de diarrea al año, resulta en 2.2 millones de muertes anuales, sobre todo de niños menores de cinco años (muere un niño de ese rango de edad cada 20 segundos).[4] La cifra de muertes aumenta a 3.5 millones al año cuando se considera no sólo la calidad del agua, sino también cuestiones de higiene y falta de servicio de saneamiento, contexto en el que 98% de las muertes ocurren en países en desarrollo o pobres.[5]
En contraste, se estima que una quinta parte de la población mundial, la más rica, consume el 85% de todos los bienes y recursos naturales, incluyendo el agua, y en donde las proporciones promedio son del orden del 70% por parte del sector agroindustrial, 25% del industrial y sólo 10% por consumo doméstico. En México, las cifras son 77, 14 y 9% respectivamente. Un indicador que devela los perfiles de consumo de agua es la huella hídrica.
La huella hídrica (HH21
La huella hídrica es el indicador que cuantifica el volumen de agua demandada en un periodo de tiempo definido, directa e indirectamente, por la economía en su conjunto (mundial o nacional), a nivel sectorial o en la elaboración de un producto o servicio, estos últimos dando cuenta del agua requerida a lo largo de la cadena productiva o lo que también se conoce como «ciclo de vida». También puede medir el agua consumida por unidades territoriales subnacionales (regiones, municipios, ciudades), o por el ser humano a nivel individual, siendo las calculadoras en línea de las más populares (véase, por ejemplo, la de Water Footprint Network). Tres son las dimensiones que componen la HH: el agua superficial y subterránea o HH azul (HHA))[1]; agua de lluvia o hh verde (HHV); y el volumen de agua requerido para asimilar la carga de contaminantes o HH gris (HHG).
La HH global anual en el periodo de 1996 a 2005, el evaluado más recientemente, ha sido estimada en 9,087 millones de m3 (Gm3): 74% HHV, 11% hha y 15% HHG (Hoekstra y Mekonnen, 2012). La HH correspondiente a la producción agrícola representó 92% del total, de la cual 20% es producción para la exportación. El total de los flujos internacionales de agua virtual asociados a la producción agrícola e industrial fue de 2,320 Gm3 al año: 68% HHV, 13% HHA, y 19% HHG.[6]
A nivel individual, la HH promedio a nivel mundial para el mismo periodo fue de 1,385 m3/año pero las asimetrías entre países (y hacia adentro de cada uno de ellos) son importantes. Y es que por ejemplo, para el 2007, el promedio de la HH de un estadounidense se estimó en 2,842 m3/año, mientras que la de un chino se ubicó en 1,071 m3/año y la de un hindú en 1,089 m3/año (Mekonnen y Hoekstra, 2011).[7] Dicho de otro modo, la HH de Estados Unidos correspondía entonces al 60% y 69% del total de la HH de China e India respectivamente (la población total de Estados Unidos es sólo el 23% y 26% del total de población de esos países, respectivamente).
Considerando tales asimetrías, se precisa que un recién nacido en las economías más desarrolladas —o un recién nacido rico en los países pobres—, consume entre 40 y 70% más de agua (en promedio) que uno pobre y que, por tanto, tiene acceso restringido o no tiene acceso al agua, independientemente de su calidad. Los datos regionales a nivel global son esclarecedores: mientras los estadounidenses utilizan 1,280 m3 de agua al año por persona, los europeos usan 694 m3, los asiáticos 535 m3, los sudamericanos 311 m3 y los africanos 186 m3 per cápita/año (ello no incluye el agua indirecta consumida que sí mide la huella hídrica). A lo dicho se suma que, si bien la agricultura es el sector que utiliza mayor cantidad de agua, las industrias norteamericanas utilizan más agua que la agricultura en el sur y el doble de agua que las industrias en Europa.[8]
Estamos ante un panorama en el que la asimétrica extracción de agua ha ido en aumento en términos globales, ello en unos tres órdenes de magnitud en los últimos 50 años,[9] tendencia que se agudizaría en 2025 cuando se espera incremente el consumo de agua del 50% en los países desarrollados y del 18% en los países en desarrollo, estos últimos precisamente donde, como se ha dicho, se registraría el mayor aumento poblacional y los mayores impactos climáticos. En dicho sentido se espera que unos 1,800 millones de personas vivirán en países o regiones con escasez absoluta de agua y dos terceras partes de la población vivirá en condiciones de estrés hídrico.[10]
Dicha escasez y las eventuales disputas por el líquido se experimentarán a nivel local. Además, podría potenciarse el cambio hacia la explotación de fuentes ecológica y económicamente cada vez más costosas. Y es que conforme se explotan a mayor profundidad los acuíferos, se extrae agua que ha tomado mucho más tiempo en infiltrarse y almacenarse. Dado que la denominada «agua fósil» ha tenido mayor tiempo reaccionando con su entorno —lo que hace que contenga sales y diversas sustancias, incluyendo arsénico o materiales naturalmente radioactivos—, su explotación puede implicar riesgos mayores, no sólo a la salud (en su caso, se requiere un mayor tratamiento del agua) sino al equilibrio de las cuencas, en tanto que se trata de un recurso renovable en periodos largos. Sin embargo, algunas fuentes de agua subterránea son consideradas como «no renovables», en tanto que los periodos de circulación y acumulación del agua pueden ser de entre cientos a miles de años.[11] Parte de esta definición proviene de la idea de un «peak water» similar a la concepción del «peak oil», que en este caso hace referencia a que la relación entre la cantidad de agua demandada y la disponible puede llevar a la escasez de la misma en espacios-territoriales puntuales.[12] / [13]
II
La demanda de agua para consumo humano en México aumentó seis veces en el último siglo, lo que afectó la disponibilidad natural media anual por habitante. En 1955 era de 11,500 m3, para 2007 había llegado a 4,312 m3, una disminución de 64% en un periodo de sólo 50 años.[14]
Con el aumento poblacional estimado por el Consejo Nacional de Población, y de continuar con los mismos esquemas de consumo y desperdicio del agua, la disponibilidad natural media anual por habitante será menor: un volumen de 3,783 m3 para el 2030.[15] En tres de las trece regiones hidrológico administrativas del país (constituidas por 37 regiones hidrológicas) la disponibilidad media de agua podría alcanzar para entonces los 1,000 m3 per cápita al año; en la región I Península de Baja California se estiman 780 m3/habitante al año; en la VI Río Bravo 907 m3 y en la XIII Aguas del Valle de México 127 m3/habitante al año.[16]
Cabe subrayar que en el escenario actual, donde 38% del agua utilizada proviene de corrientes, cuerpos superficiales y el resto del subsuelo, ya se registran asimetrías importantes entre disponibilidad y demanda de agua porque las zonas del centro-norte captan 31% del agua en el país e involucran 3⁄4 partes de la población nacional, 90% de las regiones de agricultura de riego y 70% de la industria, lo que genera 87% del producto interno bruto (PIB); en cambio, en el sur sureste se ven datos opuestos con 23% de la población, 69% del agua y sólo 13% del PIB.[17] Y aunque la presión sobre el recurso hídrico es en promedio del orden del 17.5% a escala nacional, lo cual se considera como presión moderada (40% es considerada de presión alta), no es menor el hecho de que el grueso de las regiones hidrológicas administrativas ya están en condición de alta (o muy alta) presión debido a las asimetrías de disponibilidad y demanda de agua descritas.
De los 653 acuíferos nacionales, la cantidad de sobreexplotados se ha más que triplicado desde 1975, cuando había 32 acuíferos en esa condición, 80 para 1985 y 100 en 2011 (de los cuales 16 registraban intrusión marina y 32 estaban bajo el fenómeno de salinización de suelos y aguas subterráneas salobres).[18] Es de advertirse que de esos acuíferos sobreexplotados se extrae casi la mitad del agua subterránea para todos los usos.
Hay que agregar el aumento de las cargas contaminantes en los cuerpos de agua del país, al tiempo que sólo se trata el 36.7% del agua (14.6% de tipo primario; 18.3% secundario y 1.26% terciario; el resto no es especificado).[19] Denota también que, aunque se desinfecta el 97.6% del total del agua suministrada, sólo se potabilizan 85.7 m3/s de un total de 329.5 m3/s (llamativamente 69% de agua de origen superficial, cuando 62% del agua usada es de origen subterráneo, una buena parte de calidad es ciertamente cuestionable).
No debe sorprender que datos de 2009 corroboran que 21 cuencas ya estaban fuertemente contaminadas en al menos un indicador, siendo tales parámetros de medición la demanda bioquímica de oxígeno a cinco días (de 605 sitios de monitoreo a nivel nacional, 7.9% del total estaban contaminados y 4.6% fuertemente contaminados), la demanda química de oxígeno (de 646 sitios de monitoreo, 23.5% del total estaban contaminados y 7.5% fuertemente contaminados) y la cantidad de sólidos suspendidos totales (de 744 sitios de monitoreo, 5.9% del total estaban contaminados y 1.6% fuertemente contaminados).[20] Las entidades más afectadas, en términos de presencia de más de un contaminante, son Durango, Coahuila, Zacatecas y San Luis Potosí. Los contaminantes presentes incluyen desde arsénico, fluoruros, plaguicidas, hidrocarburos, metales pesados, sólidos disueltos totales, otros químicos y contaminantes emergentes (fármacos y antibióticos), y contaminación bacteriológica.
Por todo lo indicado no es extraño que en México, según datos de 2008, las enfermedades infecciosas intestinales son la primera causa de mortalidad en menores de uno a cuatro años (5,720 muertes en 2008), la onceava causa en niños de cinco a catorce años, y la vigésima causa de muerte con el 0.9% del total de muertes en el país.[21]
III
En la Ciudad de México la precipitación promedio anual es de 863 mm (con base en la media de 1971 al 2000); unos 215 m3/s se precipitan y 159 m3/s se evaporan. El Valle de México se apropia de unos 81 m3/s de agua. El agua se extrae de más de 600 pozos que extraen unos 59 m3/s de agua del acuífero del Valle de México, actualmente sobreexplotado a un ritmo de hasta un metro de caída anual en el nivel estático (déficit de unos ~28 m3/s), así como del sistema de las cuencas del Lerma (~5 m3/s) y Cutzamala (~15 m3/s), y de manantiales y ríos urbanos (~2 m3/s). En conjunto abastecen el grueso del agua que se distribuye en la Ciudad de México a través del Sistema de Aguas de la Ciudad (SACMEX) y en el Estado de México a través de la Comisión del Agua del Estado de México (CAEM), a lo que se suman sistemas de autoabastecimiento de la industria, servicio de pipas irregular (no dependiente de las entidades de gobierno antes indicadas) y pozos clandestinos.
En la Ciudad de México, el SACMEX articula las empresas privadas concesionarias del servicio desde 2004, cuando se instauró un proceso de privatización parcial, pues el gobierno de la ciudad continúa fijando la tarifa del servicio.[22] Para dicho fin, la Ciudad de México se dividió en cuatro zonas, cada una a cargo de un grupo empresarial: 1) Proactiva Media Ambiente SAPSA, de la mexicana ICA y la francesa Veolia; 2) Industrias del Agua de la Ciudad de México S.A. de C.V., de la mexicana Peñoles y la francesa Suez; 3) Tecnología y Servicios de Agua S.A. de C.V, también de Peñoles y Suez, y 4) Agua de México, S.A. de C.V., de capital mexicano. Tales empresas tienen entre sus responsabilidades la lectura de aparatos medidores, emisión y distribución de boletas, cobro de los derechos, atención al público, instalación, rehabilitación y mantenimiento de medidores.
Además de los flujos de agua antes descritos y que se soportan esencialmente en la infraestructura hidráulica a cargo de tales empresas, la Ciudad de México importa agua embotellada de diversos lugares, no sólo del grueso del país, también del extranjero. El consumo estimado para la Ciudad de México es del orden de 2.07 hm3/año, y el de los municipios del Estado de México e Hidalgo, parte de la Zona Metropolitana del Valle de México (ZMVM), de 3.1 hm3/año, esto es en conjunto unos ~0.16 m3/s; no obstante, se calcula que el total de agua embotellada demanda al año por la ZMVM, considerando el agua adicional necesaria para su producción, en 8.78 hm3/año. Cabe precisar que 76.94% de la población de la capital consume agua de garrafón o embotellada, mientras que sólo 10.84% la hierve, 4.37% la filtra o purifica por otros métodos y 4.58% la toma tal y como la recibe (Jiménez et al., 2011). Consumos similares se observan en los municipios conurbados de la ZMVM.
Sin considerar el agua embotellada, el consumo de agua en el centro, el área de la ZMVM con mayores problemas de disponibilidad del líquido, es de entre 300 y 327 litros diarios per cápita, y habría que restar una pérdida en fugas de 41% (además del 7% de las pérdidas comerciales). El dato no es menor en términos ambientales, sobre todo porque poco menos de la tercera parte del agua, que llega del complejo Lerma-Cutzamala, debe ser bombeada 1,100 m adicionales sobre el nivel del mar (la energía empleada para ello representa 80% de los costos de operación del sistema).[23] Y aún más, en el caso del Lerma, la capacidad instalada se ha reducido de 15m3/s a ~5m3/s debido a hundimientos registrados a lo largo del sistema derivados del sobrebombeo de acuíferos de la zona.
Con todo, la disponibilidad de agua es asimétrica, pues la distribución va de 177 litros en la delegación Tláhuac hasta los 525 litros en la delegación Cuajimalpa. Las delegaciones con los asentamientos de mayores ingresos se ubican en el rango de consumo de los 400 a 525 litros al día per cápita.[24] Además, se reconoce que 18% de la población está sujeta al tandeo, 10% tiene servicio tres días por semana, 5% dos veces por semana, 1% una vez por semana y 2% de vez en cuando. Sólo 82% recibe alguna cantidad del líquido diariamente.
A la cuestión de la cantidad de agua recibida también se suman las desigualdades en su calidad,[25] situación que refleja las limitaciones de capacidad real de potabilización por parte del SACMEX, entidad que cuenta con 38 plantas potabilizadoras en operación con una capacidad instalada de 5.1 m3/s y un caudal potabilizado de sólo unos 3.7 m3/s.[26] A tal capacidad se suman tres plantas más correspondientes a los municipios del Estado de México que corresponden a la ZMVM (dos en Chimalhuacán y una en Tlalmanalco), con una capacidad instalada de 0.8 m3/s y un caudal real de 0.68 m3/s.[27] El Plan Futuro de SACMEX estima que 12% del suministro de agua no es del todo potable y que 96% de las viviendas cuentan con algún sistema de almacenamiento que puede repercutir en la calidad del agua si no se la da un mantenimiento apropiado (28% tinaco; 28% tinaco y cisterna; 8% tinaco y pileta; 7% tinaco, cisterna y pileta; 6% tinaco y tambo; 5% cisterna).
La infraestructura de la ciudad es obsoleta y la presión promedio que tiene está por debajo del mínimo recomendado (lo cual afecta tanto al servicio como la calidad del líquido).[28] Las inversiones necesarias se estiman en el orden de los 4,500 millones de pesos, 3,000 millones en obra civil para los próximos 60 años y 1,500 millones en infraestructura y equipo.
IV
Frente a esquemas que apuestan por privatizar más el servicio de agua potable y alcantarillado, la «sostenibilidad financiera» del sector, debe subrayarse que existen alternativas que apuestan a ser social y ambientalmente más justas y armónicas. Es el caso de la Propuesta Ciudadana de Ley General de Aguas, que enuncia la necesidad de garantizar 1) agua de calidad y saneamiento a la población (acompañado de la propagación de prácticas de higiene y de infraestructura digna de baño), 2) agua para los ecosistemas, y 3) agua para la soberanía y la seguridad alimentaria, al tiempo que se llama a poner fin a la contaminación y la destrucción de los cuerpos de agua del país. Entre las medidas clave hay que mencionar la propuesta de creación de un Fondo Nacional por el Derecho Humano al Agua y Saneamiento, auditable y para el financiamiento directo de comunidades para proyectos autogestivos y descentralizados en zonas sin acceso; la conformación de una Contraloría Social del Agua desconcentrada del Consejo Nacional de Cuencas, de composición ciudadana, que procure erradicar la corrupción y la impunidad en el desempeño de la función pública del agua, con autonomía presupuestaria y capacidad vinculante en sus decisiones; la implementación de nuevos instrumentos de prevención, precaución y protección como el denominado «dictamen de impacto socio-hídrico»; así como la conformación de un sistema nuevo de concesiones que involucraría a los habitantes de cada cuenca en procesos técnicamente fundamentados para hacer recomendaciones vinculantes a la entidad federal del agua en cuanto al volumen total aprovechable y del cual sólo se concesionaría el volumen ecológicamente aprovechable considerando que el agua sería prioritariamente para la vida, garantizando el acceso equitativo y respetando la integridad de las tierras y aguas de los pueblos originarios; además, toda concesión estaría condicionada a la consulta previa, informada y culturalmente adaptada, así como a la eliminación de contaminantes, por lo que necesariamente tendrían que ser anualmente renovables. Para garantizar el funcionamiento del mencionado sistema, se proponen inspecciones oficiales regulares y monitoreo ciudadano con acceso público a los resultados.
El reto ciertamente no es menor, ni las soluciones simples o replicables a todo contexto. La seguridad hídrica, es decir, la capacidad de una determinada población para salvaguardar el acceso a cantidades adecuadas de agua de calidad aceptable, que permita sustentar la salud, las actividades humanas y los ecosistemas, así como garantizar la protección de la vida, el ambiente y la propiedad contra riesgos relacionados con el agua, es uno de los principales retos que enfrentaremos a lo largo del siglo XXI. Garantizar, de manera justa, la disponibilidad, calidad, accesibilidad física, asequibilidad y la no discriminación, es y será central para cumplir con el derecho humano al agua.
[1]Arjen Hoekstra y Mesfin Mekonnen, The water footprint of humanity, en Proceedings of the National Academy of Sciences of United States of America vol. 109, no. 9. pp. 3232-3237, 2012.
[2]PNUMA, Perspectivas del Medio Ambiente Mundial. GEO 5, Editora Novo Art, Panamá, 2012.
[3]Nelson et al., Food Security, Farming and Climate Change to 2050. International Food Policy Research Institute, Washington, D.C., EUA, 2010.
[7]M.M. Mekonnen y A.Y. Hoekstra, National Water Footprint Accounts: The green, blue and grey water footprint of production and consumption. Value of Water Research Report Series No. 50, unesco-ihe, Delft, Holanda, 2011.
[8]M. Barlow y T. Clarke, Blue gold. The fight to stop the Corporate theft of the world’s water, Nueva York, The New Press, 2004.
[9]PNUMA, Perspectivas del Medio Ambiente Mundial. GEO 5, Editora Novo Art, Panamá, 2012.
[11]Una fuente de agua subterránea no-renovable es definida por UNESCO como aquella disponible para la extracción por periodos de tiempo finitos y que resulta de reservas de un acuífero que tienen tasas anuales de recarga muy bajas pero una capacidad de almacenamiento enorme (Stephan, Aureli y Kemer., coord., 2006).
[12]Colin Cambell, The Coming Oil Crisis. Multi-Science and Petroconsultants, EUA, 1997.
[13]William Sarni, Corporate water strategies. Earthscan. Washington, Estados Unidos, 2011.
[15]De acuerdo con las estimaciones de conapo, entre 2007 y 2030 la población del país se incrementará en casi 14.9 millones de personas. Nótese que 1,700 m3 per cápita al año es situación de estrés hídrico, mientras que mil m3 es escasez.
[22]Ya desde 1993 el entonces Departamento del Distrito Federal había celebrado contratos generales con tales empresas. Al término de los contratos, en 2004, se otorgaron los títulos de concesión que desde entonces se han renovado.
[23]Nidya Olivia Aponte Hernández, «Metodología para evaluar la disponibilidad del agua para uso municipal y sus costos bajo los escenarios de cambio climático», Programa de Posgrado en Ingeniería Ambiental. Posgrado de Ingeniería, UNAM, México, 2013.
[24]El 38.4% de la población de la Ciudad de México recibe agua algunas horas al día, mientras que 61.5% la recibe todo el día. No obstante, en promedio el 52%-53% de la población más pobre y medianamente pobre recibe agua sólo algunas horas al día, porcentaje que en las zonas menos pobres se ubica en tal sólo el 18%-19%. Blanca Jiménez Cisneros, Rodrigo Gutiérrez Rivas, Boris Marañón Pimentel y Arsenio González Reynoso (coords.), Evaluación de la política de Acceso al agua potable en el Distrito Federal, PUEC-UNAM, México, 2011.
[25]Ibid. y María Guadalupe Díaz-Santos, Implicaciones sociales de los contratos al sector privado en el servicio de agua potable en la Ciudad de México, tesis de Licenciatura en Sociología. Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, unam, México, 2012.
[26]SEMARNAT/CONAGUA, Inventario Nacional de Plantas Municipales de Potabilización y de Tratamiento de Aguas Residuales en Operación, México, 2012, y en INEGI, Anuario estadístico y geográfico del Distrito Federal – 2013, México, 2014.
A lo largo de mi vida he soslayado algunos aprendizajes básicos. La natación entre ellos. Aunque un par de veces tuve los goggles, el gorro y la voluntad de tomar clases, ésta se diluyó entre la abulia. Sin embargo, disfruto estar inmersa en el agua, sentir el suave movimiento que acompaña al cuerpo en su avance o la quietud de la superficie, con sus reflejos platinados y cálidos destellos en los atardeceres. A veces, durante ciertos arrebatos, pienso que soy autodidacta y me zambullo. El chapoteo resultante de mis inmersiones e ineptitud para el braceo me ha obligado a beber de las aguas más diversas. Si no se puede evitar tragar un poco en la lluvia profusa o sorberla con las lágrimas, mucho menos al estar metida en ella.
Bebí los tragos más memorables hace varios años mientras boqueaba totalmente sumergida. Tenían un gusto a cloro parecido a los vasos que ofrecen algunos restaurantes, pero con la sutil nota de miedo. En ese momento hubiera deseado adoptar las formas sinuosas del nadador que se abre paso como serpiente de río o en una criatura como el axolotl que se desplaza en la transparencia y cuya inmovilidad produce un estado hipnótico. He probado las aguas de distintas albercas y supongo que he ingerido un poco de todos los bañistas. Sudor, células muertas, mucosidad, orina, saliva. Alguna vez visité una extremadamente concurrida que apenas permitía moverse, parecía un caldo de cultivo humano que favorecía el brote de más personas. Beber voluntariamente hubiera sido un acto repulsivo, hacerlo con descuido, una adaptación inconsciente al medio. Bastaba un chapuzón para tragar un poco. Semidesnudos, entre las pequeñas olas que engendrábamos, éramos cardumen de balneario. No me sorprendería que ingerir mucho de esa agua produjera alguna metamorfosis y resultáramos al fin, transfigurados en axolotl o tomáramos conciencia de haberlo sido siempre.
El agua más pura la probé en un río nacido entre los deshielos del Popocatépetl. Tenía cerca de nueve años, un traje heredado de mi hermana mayor, un chaleco salvavidas y el cuerpo entumecido. Esa primera experiencia no me pareció placentera, después de un chapuzón fugaz, regresé a las áreas verdes donde el sol pegaba de lleno, convencida de ser un animal terrestre. Pero las siguientes veces, a pesar de los accesos de frío, anduve por su cauce como si su sabor me llamara una y otra vez. Aguas dulces que corrían por mi interior así como yo discurría por ellas. Entendí que los mitos de hombres mitad pez eran, en realidad, un anhelo vital de pertenecer al flujo del mundo. Las albercas perdieron atractivo y sus aguas cloradas se volvieron desabridas, mi paladar exigía mejores degustaciones.
Mi naturaleza se aleja del nado experto y se acerca más a la de los chalecos salvavidas. Solía flotar por el río sin esfuerzo o técnica, en un ir desordenado y comodino en el que intercalaba estados de vigilia y sueño. Los salvavidas no brindan libertad al cuerpo pero lo hacen con la mente. Mantienen la cabeza erguida para mirar el entorno o cerrar los ojos y arrullarse con el sonido líquido. Recuerdan a la fisiología del ave acuática que se hunde y sale a flote sin problemas. La corriente me transportaba mientras mis infantiles reflexiones se dispersaban con somnolencia. Por instantes, me soñaba suspendida en un río. ¿Cómo saber que estaba dormida? Por el toque de absurdo que sólo era comprensible al despertar. Un enorme pez rojo a mitad del río dirigiéndose a mí, un ocaso repentino, nenúfares flotantes abriendo sus pétalos. El río era capaz de producir estados contemplativos, ensueños y presentarse como la entrada a otra realidad, una que traspasaba los momentos rutinarios y las manías citadinas hasta mostrarlos como verdaderos delirios.
Llegué al mar poco tiempo después, en las vacaciones de verano. La resaca, engañosa, parecía un juego infantil que me hizo caer un par de veces hasta batirme sobre la playa. Su sabor resultó escandaloso, un potente aguijón en la lengua al que le agarré gusto. Cada trago traía consigo furor, encendía un deseo por lanzarse al oleaje y luchar con él. No hallaría ahí el adormecimiento del salvavidas sino un estado de alerta, después de todo, se trataba del hábitat de los naufragios y los monstruos mitológicos que acechan en el fondo. Creo que el hombre no inventó la navegación para desplazarse sino en afán de dominio. Controlar un medio inaccesible. Pero como en otras materias, su conocimiento fue insubstancial. Entre los misterios de las masas oceánicas, los que se relacionan con el hombre son fácilmente descifrables; todos los vicios y desperfectos están vertidos en aquello que no pudo someter, rastros hediondos de su mezquindad.
En el agua podemos vislumbrar nuestros orígenes. La mano sobre la superficie, un insecto caminando encima o una hoja flotante dan la sensación efímera de un medio gelatinoso. Como si al lanzarse en ella, ésta pudiera sostenernos con suavidad mientras nos sumergimos lentamente. Un regreso al umbral, la sensación de estar en líquido amniótico. También es posible ver nuestra imagen a cierta hora clara, aunque el resto del tiempo parece que alguien más nos observa desde el fondo. Un doble que espera salir a flote cuando nosotros nos hundamos. Narciso encontró al amor en una fuente —preludio de los espejos— y ésta le devolvió una imagen que jamás pudo asir. Un ser cuyo tacto se adhería al suyo en el reflejo, incapaz de abandonar el agua y al que no encontraría buscándolo en el fondo. Narciso murió de tristeza de tanto amarse, sin saberlo siquiera. De hacerlo, se hubiera echado al agua con la satisfacción de la autosuficiencia, inmerso en su reflejo sin volcar la vista a él, pero sintiendo la dulzura del agua.
En la mitología griega, el inframundo es un territorio fluvial que arrastra, en cada cauce, congoja. El barquero Caronte conduce a las almas de los muertos por el Aqueronte, transición entre vida y muerte. En sus afluentes se encuentra el Leteo que permite a las sombras borrar las memorias de sus vidas pasadas. A él han recurrido algunos poetas como Baudelaire, Quevedo y la mexicana Gloria Gervitz para invocar el olvido del amor o transgredirlo tras la muerte, perder los orígenes para reencontrarse en el desamparo. Su sabor concentra el gusto picante del mar y la dulzura del manantial, el deseo de resistencia y entrega. Tras beber de ellas, sin punto de comparación, queda una cómoda neutralidad: agua destilada.
El cuerpo, en buena medida, contiene agua que pocas veces probamos. Un desbalance produce alteraciones. Agranda la cabeza cuando se acumula en ella, como si invadiera sueños y pensamientos adaptándolos a su naturaleza. El escritor inglés Thomas de Quincey encontró en su hermana, que padecía hidrocefalia, un aumento de sus capacidades mentales, una brillantez en las ideas y sensibilidad que, tras su muerte, creyó causante de la enfermedad y no al revés. En el inframundo, las almas que reencarnarán se sumergen en el Leteo, una inmersión como el ahogo que invade nariz, pulmones, mente. Pero el olvido no llegó a la hermana del autor. Su camino tal vez se desvió a Mnemósine, fuente que despierta la omnisciencia en quienes beben de ella. De Quincey bien pudo tener razón y la hidrocefalia era en realidad, exceso de sabiduría. Largos tragos del denso líquido de la memoria.
El agua simboliza estados mentales o anímicos. En Río subterráneo de Inés Arredondo, un mal afecta a una familia y condena a todos sus miembros al contagio. Su forma de lidiar con la fatalidad es la aparente calma. En el arduo afán por disimular la ansiedad, edifican una escalinata que inicia en su casa y desemboca en las márgenes del río. La construcción es un intento por mitigar el camino al delirio, pero sólo consigue crear bases firmes hacia él. Éste podría añadirse a la angustiante hidrografía del inframundo, como otra de sus entradas. Un cauce del que los personajes no pueden escapar. Las aguas más oscuras se derraman en la mente. Insondables para el que las posee, se lanza hacia ellas hasta ahogarse.
Algunos saberes en materia onírica dictan que el agua sucia o revuelta significa la inminente llegada de problemas, una ola que nos arrastra mar adentro. Si es cristalina y tranquila, augura felicidad. La vinculamos a nuestra vida en su forma nociva o salubre. Sin embargo, a pesar de su potencia destructiva, su carencia pesa más que el exceso. Al ser el último bastión de sobrevivencia, en ella subsiste un imaginario de vida y muerte. Jamás he tenido este tipo de imágenes proféticas, una vez que soñé con agua estando inmersa, me fue imposible hacerlo fuera de ella. En mis fantasías más lúcidas evoco la dulzura en el paladar, la sensación fría en el cuerpo y los pensamientos vagando a la deriva con infantil despreocupación. El agua de mis sueños siempre fue apacible.
El origen de la humanidad y de la vida está íntimamente ligada al agua, como demuestra Tania Tagle, quien, para dar bienvenida a este dossier, ensaya sobre la gestación y la muerte de los hombres en este líquido a través de un recorrido en la tradición literaria, religiosa y científica. Aquí, Tagle se adentra a ese fascinante mundo acuático que nos atrae por su heredada familiaridad: la humedad es, en comparación con la sequedad, la que conserva y llama nuestro lado más humano.
¿Quién ha pensado en la zozobra
imaginaria? ¿Ha habido algún
pensador que haya profundizado
en esta impotencia pánica
a sobrevivir solo, gritando,
naciendo, desembarcando de
pronto en la primera orilla?
PASCAL QUIGNARD
Los cabellos de Ofelia ondulan como amas bajo el agua. Antes de que el vestido, a cada instante más pesado, termine de empujarla hasta el fondo del río, sus manos, que habían permanecido sujetas sobre su pecho, se desenlazan y todo su cuerpo se anemona en un vaivén apacible. El agua no tiene prisa, su tiempo no pertenece a este mundo. Dicen que si no te resistes es casi como un abrazo, el cuerpo recupera lentamente su memoria anfibia, los pulmones ya no duelen, recuerdan que el verdadero medio hostil es el aire. Ofelia se deja mecer hasta quedarse dormida, como una niña sobre el regazo de su madre.
A-hogar-se, volverse al hogar.
Hace varias semanas que no puedo verme los pies, al bajar la vista mi vientre dibuja un horizonte curvo. Adentro me ha crecido un hijo en una pecera de sangre. No va a lograrse, me dijeron al principio, y yo le hablaba para pedirle que se resistiera al llamado acuático. Préndete a mí, le decía, no te (me) abandones. Antes de nacer, bajo el agua primigenia, ya hemos aprendido a morir.
A-hogar-se, volverse hoguera
A orillas del mar Egeo, las mujeres aqueas lloran la partida de sus padres y de sus esposos. Las velas de las embarcaciones se izan como enormes lagunas verticales. La mayoría no volverá. Muchos de ellos ni siquiera verán las playas de Troya. Serán reclamados por el mar y caerán por la borda sin comprender si perdieron el equilibrio o saltaron voluntariamente. Los pocos que regresen lo harán sólo en apariencia porque pasarán el resto de sus vidas anhelando volver a navegar. No existe una despedida más definitiva que la que se hace a la orilla del agua.
Pero tampoco una bienvenida.
He roto fuente. Me vacío y el líquido cálido me acaricia los muslos. Por un momento cesan las contracciones. Mi hijo avanza a la velocidad de las sombras. Colocan mantas encima y debajo de mi cuerpo para contener los derrames. Y una esponja sobre mi frente que me embarra el sudor pero deja intactas las lágrimas. Agua por todas partes. No se puede llegar al mundo de otro modo. Por eso el primer acto «civilizatorio», la primera imposición absurda, es la sequedad.
El verdadero medio hostil es el aire.
Hace cincuenta millones de años, el pakicetus, un cuadrúpedo terrestre muy similar al perro, se dio la vuelta y decidió volver al mar. Su cuerpo sufrió transformaciones increíbles: perdió las patas y el pelaje pero a cambio ganó peso y un gran tamaño. Hoy lo conocemos como ballena. Los pakicetus no se imaginan cuánto tiempo ha pasado desde su metamorfosis, por eso los vemos actuar como si acabaran de sumergirse por primera vez en el agua. Un día, los dioses que viven en el fondo del océano, confesarán que toda la creación no fue más que un pretexto para perfeccionar a los cetáceos.
El tiempo es una invención de las superficies.
Fuera del agua existen los minutos y los años para medir la vida. Llamamos «vida» al pequeño periodo de tiempo que tardamos en reincorporarnos al agua. El instante árido entre dos eternidades acuáticas. Solamente antes de nacer y después de morir somos viajeros. En el agua somos nautas; en la tierra, náufragos. Sobrevivientes arrojados a la orilla del tiempo. La vida es una isla, inmóvil, rodeada de agua como una cárcel, el verdadero naufragio.
De la muerte hemos aprendido a navegar.
Los vikingos fueron los primeros en explorar el Ártico, donde, según ellos, era posible cazar unicornios. En realidad, lo que cazaban eran narvales, una especie de cetáceo muy parecido a la beluga pero con la peculiaridad de tener un colmillo largo y helicoidal que los vikingos hacían pasar por cuerno de unicornio y que vendían hasta por su peso en oro. Estos mansos animales aún habitan en lo más recóndito del Polo Norte formando pequeñas manadas alrededor de los islotes de hielo. Enormes maravillas ignoradas, se comunican silbando en una frecuencia apenas audible para los humanos transformada en eco coral al rebotar entre los témpanos. Mitad unicornios y mitad sirenas, cargan sobre sus oscuros lomos el secreto de una parte primordial de nuestro imaginario mitológico.
Mythos: relato que irrumpe en representación de lo sagrado.
En su Mitología del Rhin, Saintine cuenta que los habitantes de los pueblos celtas que vivieron a la orilla del mar eran consagrados a un árbol al nacer. El espíritu de este árbol los protegía durante toda su vida y, cuando morían, para asegurarse de permanecer bajo su protección, el árbol era cortado y se les fabricaba con él un ataúd. Una vez colocado el cadáver en el corazón del árbol, se realizaba una ceremonia para «devolverlo» al mar. Durante siglos, antes de que la humanidad se atreviera a explorar las aguas, los únicos navegantes fueron los muertos liberados en estas ceremonias y las únicas embarcaciones los ataúdes hechos con sus árboles-tótem.
«El muerto es devuelto a la madre para que lo vuelva a parir», C.G. Jung.
Venimos del agua y de las sombras, necesitamos permanecer ocultos para germinar, no somos dados a luz, somos traídos a la luz. Descubiertos. Un parto es una revelación, en el sentido místico: abrir mediante una ceremonia iniciática lo que estaba cerrado; pero también es una revelación en el sentido fotográfico: hacer aparecer por medio de la luz. Por eso todo nacimiento es también una exposición. Sólo el agua puede guardar el secreto.
Al terminar de leer el Fedón de Platón, Teombroto se lanzó de un peñasco.
Algunas noches al año, por encima de los murmullos eléctricos de las ciudades, es posible escuchar el rumor del agua. Nos llama de vuelta como una madre que reclama a sus hijos arrebatados. La voz del agua es siniestra porque tiene algo familiar, como ver el propio rostro reflejado sobre su superficie. Una vez que la hemos escuchado, nuestro destino es ineluctable: saltar. Dicen que para evitar que los marineros sucumbieran a la tentación de tirarse por la borda fue que se inventaron los monstruos marinos
En los cuentos de mujeres perversas que ahogan a sus hijos, nunca se dice que ellas creen que los están salvando.
La ballena es, según se vea, o toda cuerpo o toda cabeza. Su figura en nuestro imaginario está ligada al castigo moral: la desobediencia de Jonás. Tópico que Melville supo explotar como nadie. Sin embargo, la ballena también canta. Algunos pueblos inuit creían que para encontrar el camino al lugar sagrado después de la muerte había que dejarse guiar por la canción de las ballenas. ¿Y si aquella balsa de Caronte que imaginaron los griegos fuera en realidad una ballena?
Como el feto dormido a la sombra del vientre, así el cuerpo de quienes saltan al mar.
Permanecer en silencio ante el estruendo de las olas, su repetición continua marcando pavorosamente la Historia, condenada a ser una y otra vez sobre la superficie. Dejarse mecer la mirada por la marea como dentro de una cuna. O de un sarcófago. A lo lejos, una barca desaparece sobre la línea curva, preñada de horizonte.
Si prestamos atención, la voz del agua es un eco de la nuestra.
A finales de los años noventa, dos biólogos marinos descubrieron a 52 Hertz, nombrada así por ser la única ballena conocida que cantaba en esa frecuencia. Viajaba sola por rutas nunca antes mapeadas, pues ningún otro cetáceo era capaz de escucharla. Es probable que se tratara de la sobreviviente de una especie ahora extinta que recorría el océano cantando en una lengua muerta. Su llamado no es perceptible para ningún oído, excepto para el de los seres humanos. 52 Hertz canta para ser escuchada en la superficie.
¿De qué naturaleza es el canto de las sirenas? ¿Es una canción de muerte o es una canción de amor?
Lady of Shalott vive recluida en una torre medieval, una extraña maldición le impide ver el mundo directamente y debe hacerlo siempre a través de un espejo. Una tarde, Sir Lancelot pasa bajo su ventana y ella, prendada, suelta el espejo y voltea a mirarlo. Al instante sabe que la maldición desconocida caerá sobre ella y baja a toda prisa de la torre. Desconsolada, toma una pequeña barca en la que graba su nombre y comienza a remar mar adentro. Antes de perderse por completo, algunos marineros la observan pasar a lo lejos. Juran haber escuchado que cantaba en una lengua desconocida.