Tierra Adentro

Recuerdo que a las fiestas de la universidad (esas que tenían lugar en departamentos o en casas de amigos, donde se bebía cerveza caliente y que terminaban a las 5am porque a esa hora volvían a abrir el metro) asistía un misterioso compañero, desaliñado y torpe, que no sabíamos realmente por qué iba. Llegaba sin saludar, no platicaba con nadie, hurgaba todas las conversaciones de la fiesta y finalmente se iba, sin más.

Después de haber comenzado a escribir en este blog de Tierra Adentro como quien llega a una fiesta en la que no se divierte, y haber escrito casi cincuenta textos en un año y medio, creo que es hora de irme sin más. Ni siquiera quiero que esto parezca un texto de despedida: es, en todo caso, el sonido del portazo que escuchamos cuando alguien ya se fue.
Me invitaron a colaborar en Tierra Adentro porque, además de tener dos cualidades —ser menor de 35 años y no ser de la Ciudad de México—, presentaba la ventaja de estar muy dispuesto a escribir por ser un editor de casa. Agradezco mucho el espacio y agradezco a todos los lectores que me leyeron en el blog. Agradezco especialmente a aquellos que se burlaron de mi prosa, que cuestionaron radicalmente mis argumentos y que incluso me llamaron idiota a secas.
He decidido dejar de escribir en el blog porque considero que, al ocupar un cargo público —es decir, al ser un funcionario— no debería ocupar los espacios, tan pocos que son, destinados a los escritores. Mi opinión sobre muchos temas —y no lo digo decorativamente— importa menos que la de otras personas. Si se trata de traducción, de literatura francesa, de historia literaria, puede ser que tenga algo que decir y algo digno de ser tomado en cuenta, pero ha de ser en otro espacio donde lo publique.
Por último sólo quisiera dar una explicación que nadie me pidió. Elegí los temas sobre los que escribí porque los conocía. En fin, porque sabía de eso más que de otras cosas. Sé que tengo una especialidad, la literatura francesa del siglo XIX, porque eso estudié y porque traduzco, escribo y edito mejor este tema que otros. Sin embargo, también debo decir que muchos textos los escribí desde el cansancio y otros más desde la ansiedad, por lo que no estaría mal dosificar las dosis de verborrea de vez en cuando y ahorrarme la fatiga de escribir por compromiso.
Después de todos estos meses, creo que lo más cómodo para mí hubiera sido pensar que el lector es un conformista. Yo prefiero pensar, y espero que se note, que el lector es la persona más inteligente que conozco. Por eso tengo la certeza de que sabe que, al dirigirme a él con estas palabras, me estoy mordiendo la lengua.


Autores
(Durango, 1988) es editor y traductor. Estudió Lengua y Literatura Francesas en la UNAM. Actualmente trabaja para el FCE.

1) Afuera del cuadro: Necesitas un mirador para pintar un cuadro de la naturaleza. Siglo XIX, Edo. Mex.:

Se paró en medio del camino. Bajó del caballo sin decir algo al niño que lo acompañaba. El niño, que caminaba desde hacía horas detrás de él, no preguntó tampoco nada. En realidad no iban juntos. Es decir, estaban juntos en ese viaje, pero no se conocían. Al salir de Temascalcingo, el hombre volteó hacia atrás y se percató de que lo seguía. Vio al niño ahí, andando con huaraches rotos y suciedad en la piel. No le dijo nada que lo invitara a seguir; no hizo nada tampoco por dejarlo atrás.

Y ahí estaban ahora, en medio del camino. El valle hacia abajo, la bruma en la distancia con rieles e indios construyendo el nuevo tren. Eligió un lugar donde el pasto estuviera suficientemente mullido. Abrió el ánfora y sacó sus materiales. Una hoja, pequeña, amarillenta, y un carbón; una libreta fina y una pluma de ave, tinta. Vio las líneas que el paisaje pintaba en el aire. Iba a estar toda la tarde ahí. El niño, parado a unos metros, lo veía fijamente sin emitir sonido alguno.
Comenzó por la pluma. Cerró un momento los ojos y de un respiro profundo inhaló el aire del monte. Describió capas, describió hojas y peces, aunque ahí no había ninguno. Describió también algunos pájaros que vio en sus sueños. Un bestiario crecía en cada viaje. Una obra genial, un tributo a la imaginación refinada de la época, a las posibilidades. Su mente se exaltaba ante los elogios por venir. Y a su espalda, el niño lo veía. Se habría olvidado ya de él, de no ser por un olor a sudor que le parecía detectar cuando un refilón de viento le tocaba la nariz. Ligero, agrio.

Después de un par de horas de delinear cimas y animales hermosos, el hombre tomó un pedazo de pan y bebió vino hasta sonrojarse. Comió queso y jamón y, para terminar, una magdalena: «una malena», como le decía la nana ya viejísima que rondaba aún por la hacienda. Satisfecho y feliz, comenzó a reclinar la espalda para tomar una siesta cuando una visión desagradable turbó su paz. El niño seguía parado en el mismo lugar, en silencio. Ni siquiera su respiración fuera perceptible. La imagen alejó la modorra e incluso le revolvió un poco el estómago. El hombre no le dijo nada, para qué.

Un poco turbado aún, tomó la pluma y comenzó a describir un ajolote. Un ajolote en primera fase en un río. Los caminos de la pluma siguieron su propio rumbo y, además de una historia hermosa, dibujó con detalle cada parte del animal. Una disección científica hecha sólo con la memoria. Recordó entonces a un muy querido amigo que alabó, tan solo un día antes, su multiforme ingenio. Con el pecho henchido, miró hacia el valle.
El sol comenzaba a tomar la dirección de sus ojos y tuvo que voltearse para evadir su luz. Allí estaba de nuevo la figura pero, ¿por qué no se movía? Llevaban horas en el lugar. Tenía que sentir algo: cansancio, hambre, algo. El hombre se encolerizó. No podía entender por qué lo miraba. Le dedicó un segundo: no, no lo reconocía. El niño lo veía sudando, ahí mismo, sin acercarse, sin decir nada. Más cólera: por qué no se sentaba, por qué no limpiaba el sudor de su sien y, de paso, cómo podía recorrer los caminos con los huaraches rotos, tan rotos que no eran más que jirones de cuero.

No tenía intención, ni finalidad. La luz disminuía pero quedaba tiempo aún para un cuadro más. Quiso volver a uno de sus elementos favoritos: el Iztaccíhuatl. Tomó la pluma y comenzó a detallar con voz exaltada la elegancia de las capas de aire acariciando la suave piel del volcán. El carbón bailaba a la par de las palabras con trazos lentos y rotundos. El vals del arte, la luz crepuscular, el aire puro… No, el aire no era puro. Ahí estaba el olor. Ahí seguía la figura.

Se levantó de un brinco, esta vez determinado a acabar con la situación. Ya enfrente del niño, sin decir palabra alguna, lo tomó de las axilas y lo alzó con asco. Estaba a punto de lanzarlo, cuando lo vio de frente, a los ojos. Algo en su memoria se activó. Algo lejano y difuso. Su estómago se agitó violentamente y el cuerpo se le arqueó hacia adelante, autónomo. El niño cayó al suelo con un sonido sordo, como de bulto. El contexto empezaba a teñirse con un cariz de irrealidad. Ante el recuerdo, cada vez más claro, el tono rojizo del valle se difuminaba rápidamente.

Despertó. No sabía cuánto tiempo había pasado. Posiblemente poco, a juzgar por la luz. Se irguió con dificultad y constató que sus preciados objetos aún estaban ahí. Tenía un poco de sangre en una mejilla, pero aparte de eso, todo parecía estar bien. El aire recuperaba su fragancia a hierba y polvo. Montó su caballo y miró por última vez el valle. Entre penumbras se percibía poco, pero el artista notaba aún la belleza. Sensible como era, cada poro se exaltó pensando las líneas por crear. Su ánimo se llenó de felicidad renovada y comenzó el camino a casa, dispuesto a seguir creando obras maestras.

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2) Primer plano. También hay detalles que resaltan, por ejemplo, las serpientes. Principio del siglo XX. Edo. Mex.:

El día está lleno de furia. Sol furioso y tierra volando en el aire, en torbellinos. «No se puede confiar en las mujeres. No se puede. Un minuto y ya estaba hablando con él. Vi en sus ojos rastreros el brillo. Lo negó todo pero yo sé que el maldito brillo estaba ahí».

Con la rodilla en el suelo, Tifón tiembla en medio de un camino de piedra y hierbajos. Ya la tiene. Toma la serpiente por debajo de la cabeza, aprieta con la otra mano la cola. Oprime, la estrangula con todas sus fuerzas. «El tintineo en su voz y su coquetería de puta». Lleva la cabeza de la serpiente a una roca. Con la mano libre coge una piedra y pega con fuerza. Luego remata triturando los sesos. El cuerpo acéfalo se sigue moviendo en el suelo y el polvo dibuja curvas bajo la línea zigzagueante.

Tifón recuerda en sus movimientos a la mujer, cada vez más débil bajo sus manos. Ve sus ojos inyectados de sangre. El cadáver deja de moverse. «Yo te vi, puta, te vi. A mí no me haces pendejo». Tifón transpira por cada poro, el cabello se le pega a la cabeza en líneas saladas. Entre sus temblores cree ver el cadáver que empieza a perder densidad. Escalofríos. La recuerda de nuevo ya con el cuerpo como de víbora, suelto y extendido sobre el suelo. La cabeza le palpita y los ojos se opacan con manchas de luz. Hace un esfuerzo por abrirlos y entrevé entonces plumas, plumas blancas, plumas que flotan y se desprenden. Zonas de claroscuro, dolor intenso en la cabeza y luces. Ve el cuerpo manchado: ahora se desintegra y se dispersa en el aire. Luego, el aire mismo desaparece. El paisaje se extingue bajo sus ojos cerrados. No queda nada más sobre el suelo que las huellas que la muerte ha dejado detrás, y Tifón, recostado en forma de ovillo, respirando cada vez más suave.

velasco 23) Segundo plano. Y en medio el vacío.

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4) Tercer plano. Atrás, los volcanes: La mujer dormida. Siglo XXI. Edo. Mex.

Lerma hierve a esta hora. Lázaro toca la pierna con sus manos callosas. Los últimos años le ha dado por acariciar algunos lugares en especial. Le encantan las axilas y las piernas, pero lo que más le gusta es el ombligo. No sabe por qué, pero no se puede resistir al ombligo chiquito y redondo de una mujer. Para allá suben sus dedos cuando escucha el grito. «Ándale, cabrón, échala ya al río. Viene el jefe de regreso y todavía faltan tres más».

 

 

 


Autores
(Ciudad de México, 1988) Escribe narrativa y ensayo, y es traductora. Ha colaborado en revistas y en proyectos de investigación sobre literatura clásica y medieval. Fue becaria del FONCA y la Fundación para las Letras Mexicanas. Su primera novela, “Anticitera, artefacto dentado” fue publicada en 2019 por el Fondo Editorial Tierra Adentro.

La buena improvisación siempre ha sido un tema nuestro. Aunque veces se nos olvida que carecemos de grandes jazzistas y estamos saturados de seudoactivistas, en las actividades nacionales siempre hemos podido componer bien a la hora de la hora: un cuchillo en el pasto para que no llueva, una cartulina a unos minutos de la clase, una pastilla azul para callar lloriqueos prematuros. Tristemente, nuestras improvisaciones de última hora, si resultan, es porque no estaban planeadas. Eso no lo supo Juan Carlos Osorio a la hora de presentar una alineación sin sentido: una improvisación planeada.

En el mismo estadio donde México enfrentó a Uruguay dando una muestra muy aceptable de lo que venía a futuro y donde los Broncos ganaron el Super Bowl, el sábado los chilenos perpetuaron el arte poética de su mejor poeta: Neruda. Alexis Sánchez, Eduardo Vargas y Edson Puch acumularon goles como Neruda acumulaba imágenes poderosas. Enumeraron goles y goles como Neruda versos y versos. Mientras los seleccionados mexicanos obedecían a su programación casi sanguínea del «así es aquí»; los chilenos aprovechaban una distracción perfectamente evitable.

Osorio nos había convencido por una elegancia y una cierta discreción a la hora de enfrentar a la prensa. Si José María Jiménez hubiera enfrentado al Piojo después del Uruguay/México estaríamos hablando de una golpiza segura o al menos de una enumeración de insultos tan amplia como el repertorio en verso del Canto General. Pero nuestro técnico cafetalero nos había convencido por sus normatividades a la hora de jugar en lo extra cancha. No abundan los comerciales, no hay polémicas con periodistas, no hay escenas de hijas endemoniadas. Ya en el campo, vimos actuaciones sorpresivas y muy eficaces de sus seleccionados. Jesús Corona traía un ritmo de juego tan bello como la musicalidad de Residencia en la tierra; Héctor Herrera recibía el balón, salía jugando y daba pases como si hubiera plagiado a un Iniesta despistado. La media y el ataque comenzaban a florecer como nunca. Canadá/México, creo, es la mejor muestra de los nuestros en este tránsito del colombiano. Un 3-0 potente, donde Hernández logró liberarse de sus propias trampas y Lozano funcionó mejor: de revulsivo. Las redes rivales brillaron ese día y también contra Uruguay. ¿Por qué? Porque teníamos un diseño de plataforma y jugamos bien. Nos faltaba evolucionar ese diseño y concretarlo para las competiciones posteriores (Olimpiadas y Mundial). Para ello, necesitábamos al mejor Layún, al mejor Héctor Moreno, al mejor Guardado y por supuesto: al mejor portero.

El México/Chile me recordó mucho el cuento del guardagujas de Arreola. En esta narración, un viajero llega a una estación donde existen los rieles pero no los trenes. Algo así nos pasó: teníamos once jugadores pero nada de futbol. Osorio quiso hacer rotaciones de porteros durante la copa sabiendo que uno de ellos es mejor que los otros dos por el liderazgo y la continuidad en su equipo. Banquearlo fue inaceptable y novato. Ninguna selección rota porteros como la nuestra y lo han hecho varios directores no por inseguridad, sino por otro mal mexicano tan desnudo en el ambiente empresarial: la soberbia. «Los tres son tan buenos que cualquiera puede», han dicho algunos técnicos. Los amantes saben que sólo esa persona es quien mejor sabe hacerlo. ¿Por qué no aplicarlo con los porteros? Ochoa no tuvo la culpa de la goliza nerudiana: fue quien escogió a Ochoa. Fue quien improvisó una alineación en la que Guardado, Layún, Aguilar, Herrera, Lozano y Dueñas involucionaron terriblemente. El peor Guardado es el que defiende; el peor Layún es el que es culpable de su imagen y su torpeza en la banda y no de su juego; el peor Herrera es el que tocó el balón como 5 minutos en todo el partido sin concretar sus pases; el peor Aguilar es el que sigue haciendo apología de la teatralidad dejando un pasillo amplísimo para 3 goles chilenos y el peor técnico es el que cree que un portero que sólo jugó 11 de 49 partidos en toda la temporada va a responder como Neuer. Corona venía de sufrir la depresión casi obligada que es pertenecer a Cruz Azul y de dar partidos muy por debajo de su mismo nivel; necesitábamos a ese Corona olímpico que ya no está, que sólo va a regresar cuando su equipo regrese a ser imponente. Mientras tanto, Talavera, guardián de infiernos dantescos, venía de ser un buen líder en su equipo y de dar una actuación tremenda contra Uruguay. Incluso Cavani se acercó a rumorearle algo después de esa atajada: Talavera funcionó como el gran cancerbero de Dante. Si vienes de dar tu mejor partido contra una potencia futbolística, ¿para qué la necedad de las rotaciones? Contra Venezuela, Corona no funcionó como debería y Ochoa contra Jamaica… Bueno, ¡es Jamaica!

Encuestas facebookeras y demás lo dejaban como el mejor para el partido contra Chile. Mucha afición funciona mejor a partir de lo que la mayoría rumora: así pasó con Fox para el 2000 y con Mancera para el DF. Nuestra democracia es así: empeoramos mejor en grupo sabiendo que la tragedia puede evitarse. Igual con el amor o con la alineación de la selección. Planeamos decisiones sabiendo a qué estación van a llegar. La estación a la que tiene que llegar el viajero del cuento de Arreola es «T.», pero, como le dice el guardagujas, «podría darse el caso de que creíste haber llegado y sólo fue una ilusión». Democracia y éxito futbolístico: la llama doble que nunca prende de verdad. Nuestra afición cae en ese espejismo: aunque veíamos que el paisaje iba quedando atrás y que el tren llevaba moviéndose semanas, siempre estuvo detenido.

La cruda siempre dura más que la fiesta. En la zona donde la felicidad está lejos y el dolor nos invade como una hiedra por todos lados, hacemos el intento por tomarnos en serio el acto de la reflexión aunque después acabemos en las mismas. Los amantes y los que cedieron por la ebriedad nunca han dejado de ser «el peor es nada». Nuestra afición funciona de una forma casi gemela: después de un 7-0 frente a una selección mal dirigida (sí, Chile venía de ser mucho más mal dirigido que México), la afición nacional celebrará en unos meses un 3-0 molero contra cualquier selección caribeña o el equipo B de una europea. Engañada por sí misma, la afición también tiene su «ya no voy a tomar», «ya no le voy a escribir».

La selección funciona como la empresa ferrocarrilera del cuento: «una empresa que sólo es fama, taquillas, boletos y publicidad, pues en realidad nadie sabe cuándo pasa el tren, a dónde va, dónde se detendrá o si avanzará». Los seleccionados nos pidieron perdón como los peores enamorados: después del engaño. Por más que se responsabilicen el daño permanece. La guía metafórica de usar el medallero y las selecciones de futbol como termómetro social, político y económico sigue siendo bastante fiel. Ahí está Brasil y ahí está Alemania; ahí está Estados Unidos y ahí andamos nosotros.

Hemos guardado miserias durante años, ya no sólo en nuestro futbol: como ciudadanos, como amantes, como amigos, como enamorados y como individuos.

Esa misma noche, se preparaba una goleada trágica de México hacia México en la ondulada tierra oaxaqueña.

 


Autores
(Toluca, 1991) estudió Comunicación Social y escribe crónica. Fue becario en el área de poesía de la Fundación para las Letras Mexicanas

No son cactáceas sino cajas los objetos que salpican un desierto claustrofóbico y desolador durante el arranque de Los gatos de Schrödinger (LGDS de aquí en adelante), segundo libro, pero primera novela (al menos publicada) del autor sonorense Franco Félix (1981). En este volumen Franco favorece una prosa profundamente filosófica e hipnótica, pero también jocosa y lenguaraz. El lector queda advertido: la brevedad de sus 93 páginas esconde una amplitud donde tienen cabida una serie de inquietudes metafísicas que a todos conciernen.
Leí la novela hace un par de semanas a más de 30,000 pies de altura, en un vuelo de la ciudad de Los Ángeles a Bogotá, es decir, en un no-espacio, justo el tipo de contexto donde inicia LGDS y hasta, pudiera decirse, en un no-tiempo, porque todo ahí existe de manera suspendida, la delicada tela del espacio-tiempo se vuelve irrelevante.

Luis Panini: Franco, jamás había leído un inicio similar, pero no puedo decir que tal detalle me sorprendió, porque eres uno de los autores más originales que he leído en los últimos años (no me importa si los halagos te incomodan). La historia comienza justo antes del amanecer. Todo permanece inmóvil, excepto un pequeño reptil que desvía la ruta porque una caja obstaculiza su trayectoria. Una de tantas cajas que de inmediato establecen una atmósfera «ionescana» y que, de alguna manera, pueden ser asimiladas como huevos, porque enseguida sus frágiles cascarones se resquebrajan para permitirle a la vida asomarse en la anchura desértica. Es, en cierto modo, el nacimiento filosófico de un Nuevo Hombre. Una nueva forma de vida o, siguiendo la cháchara de Schrödinger, de una no-vida. Elabora sobre este alumbramiento geométrico. ¿Por qué una caja? ¿Por qué el desierto? ¿Por qué una caja en el desierto?

Franco Félix: Querido Luis, me agrada bastante que hayas reparado en el reptil. Casi nadie me ha preguntado por esa alimaña. Me parece que ese animalejo es como el primer latido en el progresivo avance del amanecer. La aparición del reptil es la primera pista sobre el futuro del texto, ya que su destino es desgarrador (es devorado por otro animal mucho más grande). La sangre en la arena es como un despertar, un tambor fúnebre que retumba y se mezcla con la primera palpitación de la vida emergiendo, o a punto de emerger. Son como pequeñas señales de lo que viene: una bestia más amenazante nos tragará más adelante. Porque, pienso, hermano, que hay un darwinismo brutal que no claudica a pesar de la profunda mediatización del mito del progreso en nuestros días. Se supone que alcanzamos un ápice de civilización, pero diariamente debemos, como en cualquier entorno salvaje, estar con los ojos abiertos, cuidándonos de que el sujeto frente a nosotros no nos secuestre, no nos viole, no nos asalte, no nos liquide. El hombre nuevo es el Homo Paranoide que ha sido aislado en su propio espacio personal (una caja, digamos) y que sólo se siente cómodo en ese pequeño recinto de privacidad, porque el exterior es demasiado peligroso. Y es el nuevo hombre, el que teme de la exterioridad, del espacio abierto, el mismo gran arquitecto, el que contribuye al engranaje. Porque cada paso que damos como civilización renovada, se corresponde con dos o tres hacia atrás. Cada propuesta de prosperidad social es retribuida con otros vicios y otros defectos colectivos. Por ejemplo: Cada vez hay más mujeres que adoptan el feminismo y parece que esto agrava las cosas, despierta un instinto más visceral en la cuota del género opuesto: hay más noticias de brutalidad contra las chicas, hay muchos más listillos opinando, hay más misoginia descarada, mayor número de comentarios antagónicos y un sinnúmero de grupos de oposición. No hay consenso. Somos una especie horrible, Luis. Si avanzamos o no, siempre habrá un detractor. No importa que se trata de proteger los derechos más básicos del ser humano. Por eso, Rábano y Doc están convencidos de que están moviéndose, aunque aquello parezca una ilusión. ¿Nos quedamos o seguimos? No hay nada claro y conforme van avanzando en la historia, tienen que ir armando una mitología que soporte la irracionalidad de estar vivos o estar muertos. Esta confusión me domina a mí también. Diariamente. Y voy por ahí, con mi caja, con la esperanza de que nadie se siente sobre ella o que nadie destroce sus costados. El desierto, sin abundar en que me parece que la Naturaleza es perversa, como al buen Lars von Trier, creo que es el espacio más abierto que hay. Es un contraste sobre lo que menciono atrás: Persona/Asilamiento vs. Espacio/Apertura total.

LP: Uno de los elementos más seductores de la novela es la facilidad que tienes para el diálogo postizo, aquel que no necesariamente emula la forma de hablar del personaje común y corriente favorecido hasta el cansancio en tantas obras de ficción. Tú y yo hemos tenido a un maestro excepcional: Thomas Pynchon. Nadie escribe mejores diálogos que Pynchon. ¿Cómo abordas la escritura de los diálogos, ese mecanismo narrativo ampliamente descuidado en la prosa?

FF: Es verdad, Luis. Papá Pynchon. Siempre veo en las redes sociales, a los amigos escritores que lanzan frases categóricas de este vuelo: “Raymond Carver, el papá de todos ustedes”. Y yo, la verdad, es que no me siento identificado con su literatura ni con su familiaridad. Si acaso es tío de un primo del mejor amigo de mi papá. Pero hasta ahí. Me apena muchísimo, además, decir que no soy su mejor lector, apenas he leído un libro suyo. Lo mismo pasa con otros autores. Siempre me acusan de, sin prueba de ADN en mano, ser hijo de todos ellos. Supongo que tiene que ver con una enseñanza muy apropiada de la Literatura. Creo que la mayoría de mis amigos escritores han tenido una gran educación literaria, bastante apropiada, han leído a los grandes maestros y coinciden en nombres y libros que a mí, por otra parte, no me vuelan la cabeza. Yo no sé cómo es que caí con Pynchon. Fue accidental. Pero de ese hoyo negro no puedo salir y no podré salir jamás. Creo, hermano, que la literatura de este tipo es simplemente magistral, porque no ofrece ningún mensaje directo, a diferencia de muchos otros escritores que en sus libros capturan el reflejo de una sociedad, de un pensamiento imperante, de una época, etcétera. Los libros de Pynchon giran sobre sí mismos y no hay una anécdota final. Sin embargo, este vacío sí produce un diagnóstico en El arco iris de gravedad: las decenas y decenas de tramas que se extienden a lo largo de las mil páginas conforman un puzzle que derrama la histeria de una cabeza enorme que piensa como una hidra, disparos narrativos y personajes sin piedad para contarnos la absurda historia de Slothrop, un soldado que experimenta erecciones con la activación de misiles alemanes. Nadie había exigido tanto a su lector. Pynchon modifica las reglas de la escritura, como lo hiciera más adelante, Foster Wallace con La broma infinita. Así, como a Pynchon no le interesa acariciar una trama reveladora para la humanidad, se concentra en el registro de sus personajes y sus narradores. Yo he aprendido eso de nuestro maestro, Luis. No soy un tipo muy listo. Soy más bien idiota y no creo que mis libros puedan brindar al lector una experiencia reveladora o que puedan escanear la grieta de nuestra sociedad, o emular la naturaleza del hombre. Jamás le apuesto al contenido, sino al proceso de la realización. No hay nada que deteste más que la famosa “psicología del personaje”. Ese bobo precepto académico. Como bien has dicho tú antes, ¿por qué un panadero no puede hablar como un caballero del siglo XIX? Esa desarticulación de axiomas son los que me interesan. Me vuela la cabeza desmontar los paradigmas lingüísticos y las personalidades estamentarias. Porque yo mismo he visto panaderos hablarme con mayor iluminación sobre el marxismo que cualquier activista o maestro de economía. Esta mierda es real, aunque parezca una fantasía o ciencia ficción. Hay soldados mesmerizados que si bien no se empalman con la activación de un misil, seguro que los hay quienes sufren excitación con imágenes o palabras. Yo he visto esa mierda con mis propios ojos. Nada es lo que parece hasta que ocurre y lo normalizamos. Un oso saluda a la cámara en YouTube y nos sorprende y nos dobla de la risa. El siguiente oso capturado en cámara saludando nos aburre. Nos parece un oso predecible. Mis diálogos buscan atrapar eso, ese asombro sobre el mundo. Me interesa que el lector se pregunte y se cuestione sobre un personaje, para bien o para mal de la novela. ¿Por qué un sicario habla tan correctamente en Los gatos de Schrödinger? Si el lector se hace esa pregunta, ya iniciamos un diálogo entre él y yo. Y ésa es una gran ventaja.

LP: Todo el tiempo lidiamos con circuitos invisibles que transportan códigos entre dos personas. Así es como tratamos de averiguar el contenido cerebral de nuestras contrapartes, por medio de figuras mentales y lingüísticas. Y creo que ahí radica la gran tensión de LGDS, en ese constante vaivén entre Doctor Existencialista y Rábano, sus protagonistas, aunque interrumpidos por una tercera voz que pudiera, o no, tener cuerpo, una voz que hace las veces de globo ocular gigantesco flotando encima de los personajes, que cuestiona, reprende, opina y que junto con los dos protagonistas, forma una especie de Santísima Trinidad. ¿Cómo defines los dogmas que gobiernan a los personajes, cuál es tu proceso para crearlos? ¿Eres el Doctor Existencialista y Rábano, o son cien por ciento artificio?

FF: Al Doctor Existencialista lo diseñé basado en mi propio doctor de cabecera. Así lo llamo yo: “Doctor de cabecera”, sólo para no sentirme tan alejado del mundo y de la salud. En realidad es un amigo que es médico y que suelo consultar en mensajes de texto. Él, muy amablemente, siempre me dice qué es lo que tengo y qué debo tomar para aliviarme. Habitualmente está fuera de la ciudad, trabaja en otra parte, pero cuando llegamos a coincidir, pues nos juntamos para tomar algo. En una ocasión, yo estaba experimentando un dolor intenso en el pecho, del lado izquierdo. Uno es imbécil, y lo primero que piensa es que se trata del corazón. Me encargó que me hiciera unas radiografías. Obedecí. Cuando me visitó para echar un vistazo a las placas se sorprendió porque había algo en ellas que lo desconcertaban. Así que me dijo que le preguntaría a un maestro suyo, especialista en esos casos. “Pero será mañana”, me comentó, “ahora vamos a tomarnos unas cervezas”. Yo me escandalicé: “¡Pero cómo! ¡Puede ser que mañana sea demasiado tarde! ¡¿Y si me muero?!” El tipo, destapando una cerveza me responde: “Todos nos vamos a morir”. Esto aparece en LGDS. No sabía si esta frialdad la había adoptado en su escuela de Medicina o si era simplemente un pesimismo generalizado por ser mexicano. Y es cierto. Todos nos vamos a morir. Cuando empecé a escribir este texto necesitaba contrastar el desaliento y concebí al buen Rábano para que dialogara y marcara mucho más la decepción humana. Me imagino que los dos tienen algo de mí. Soy igual de pesimista que el Doc y también un ingenuo como Rábano. Al final, soy yo tratando de comprender algo sobre todo esto, la muerte, la soledad, el abandono, la crisis existencial de radicar en un país donde pueden volarte la cabeza sólo por caminar en la calle, donde pueden secuestrarte por cinco mil pesos, desaparecerte por manifestarte en contra de una administración. Quería pensar los límites de todo esto, la última fase de la violencia, sin caer en las posturas mesiánicas de nuestros jóvenes escritores, ni andar cargando con banderines ni camisetas grupusculares que hablan más del selfie social que de una preocupación real. Hemos agotado nuestras certidumbres en este país. El Homo Paranoide se levanta todos los días y espera que no sea su último día sobre la Tierra. Dice Georges Perec: “Todo está ya preparado para tu muerte: la bala que acabará contigo se fundió hace mucho, las plañideras ya han sido designadas para tu ataúd”.

LP: En la novela aparecen “zombis”. Debo confesarte que los zombis nunca me han provocado gran interés. Prefiero a los vampiros. Los zombis son, en mi opinión, la entidad sobrenatural menos interesante del imaginario colectivo. Sin embargo, en LGDS resultan una elección muy acertada porque representan un eco perfectamente audible de Erwin Schrödinger. Un zombi es un muerto viviente, el único posible habitante de su famosa caja. ¿Qué piensas?

FF: Sí, la elección de los zombis me preocupaba mucho porque se pusieron de moda y además podría pensarse que me interesaba instalar la novela en un mundo postapocalíptico en el que los personajes debían sobrevivir al ataque de seres monstruosos que desean comer cerebros. En la novela esto sólo es un mito de fundación. Doc trata de inventarle un mundo a Rábano. En realidad los zombis son el Otro. Esa bestia que canibaliza todo y que sólo desea devorar y devorar para saciar un apetito insaciable. Porque los zombis, los verdaderos zombis de ficción, se reconocen por eso, por su intensa y absoluta entrega al deseo. No hay más. Su focalización es perfecta, no hay nada que interrumpa su apetito. Son máquinas de satisfacción, están programadas para intentar saldar el antojo. Esa naturaleza se reconoce en los hipsters, por ejemplo, que quieren descubrir un asesinato para consolidar sus sueños de detective, o los amantes, que quieren fornicar sobre las cajas. Esto es una analogía. El deseo del Otro que termina por lesionar nuestro espacio de privacidad que, por otro lado, está constituido por un deseo. Y aciertas totalmente, Luis. El tratamiento de los zombis encaja, finalmente, con la teoría de Schrödinger. Los programas de televisión tocan este asunto, desde otra perspectiva más bien religiosa o ética. ¿Los zombis son personas? ¿Deben ser eliminados? Ahí hay un Ethos. Mientras que en LGDS hay un Pathos muy evidente: Todos deseamos algo y en algún momento las órbitas del deseo puede colisionar ocasionando una experiencia terrible. Amor, amistad, compañerismo, llámalo como quieras. Siempre alguien saldrá lastimado.

LP: Creo que nuestra cultura tiende a patrocinar, cada vez más, la presencia sobre la ausencia. Respondemos de manera muy favorable a todo aquello que nos ofrece gratificación instantánea. Dedicamos muy poco tiempo a reflexionar sobre cada una de nuestras decisiones. Preferimos resolverlo todo en cinco minutos porque de otra forma nuestro sagrado “tiempo libre” sería transgredido. Hay una ausencia muy especial en los personajes que desfilan en LGDS. Están ahí, pero a medias, y eso me parece destacable. Tu novela transmite una visión de la realidad que fácilmente podría estimarse como corrupta porque coquetea con el absurdo y eso me hizo pensar en algo que dijo Picasso, cuya obra encuentro la mar de irrelevante, pero en fin, el viejo pronunció algo que me estremece. Dijo que no pintaba lo que veía, sino lo que sabía que estaba ahí. Y para mí, eso es, precisamente, LGDS. No estás narrando lo que se presenta ahí, sino lo que sabes que está ahí. El simbolismo que impera en la novela es constante, nos estás diciendo tantas cosas, aunque sin obviarlas, desde una ausencia. ¿Cómo armas un proyecto de novela tan compacto y ambicioso?

FF: ¡Qué observación, hermano! Déjame confesar que tu lectura me ha hecho pensar la respuesta. Creo que sí, que hemos privilegiado la presencia, sin lugar a dudas. Hay una sustancia en todo, como la materia negra, que sostiene el mundo, el universo entero. Es eso, sobre lo que no hablamos lo que termina por ser, a veces, más importante. Somos hijos también de Foster Wallace, Luis y aquí hay una convergencia en “Esto es agua”. Lo verdaderamente fundamental e importante se desdice no porque no tenga valor (dile a un físico que la materia negra no importa porque no puede verse), sino porque hemos absorbido todo de manera automática. Todos los fenómenos a nuestro alrededor los familiarizamos y apagamos una posible dialéctica con ellos porque aceptamos su naturaleza. El tema de fondo de LGDS es la violencia. Me he permitido desarrollar un espacio absurdo en el que dos cuerpos asesinados tienen derecho a darse una última oportunidad para experimentar el delirio de vivir, la profunda y eterna incertidumbre de la realidad. Quería escribir sobre todo esto, sobre el miedo y el momento desafortunado que nos ha tocado, sin obviar, precisamente el origen de la violencia, el edificio de la violencia. Si hay un cuerpo abandonado en el desierto, podemos intuir su periplo. ¿Pero qué hay más allá de eso? ¿Por qué no se le permite a un desaparecido, a una víctima del podrido narco-estado, al menos en el plano de la ficción, una última brevedad? La muerte es un viaje bastante oscuro y el libro busca conversar con este punto final. La presencia es todo aquello que vemos en las noticias. Un cadáver, un número, un cuerpo engusanado. La ausencia es ésta: no sabemos nada sobre la muerte y sobre el dolor que han experimentado quienes son asesinados y depositados en el desierto, pero podemos darles un nombre a todos ellos, podemos modificar su itinerario hacia la nada. Unos eligen una luz que cae sobre los muertos y los aspira hacia el cielo. Yo elijo su permanencia infinita y su reanimación cada que un lector pone sus ojos sobre ellos.

LP: Ambos somos escritores del norte del país, pero no somos escritores del Norte. El Norte no es una geografía relevante en nuestra escritura. Desierto Limítrofe, donde transcurre tu novela, no es el desierto al que el Norte nos tiene acostumbrados. Sabes que el espacio me obsesiona, ya sea íntimo, arquitectónico, urbano o geográfico. ¿Qué representa para ti situar la historia en un lugar que fácilmente puede vincularse con cierto tipo de literatura y cierto tipo de autores? Es una apuesta arriesgadísima, pero funcionó.

FF: Yo siempre detesté las novelas que tenían el desierto como escenario, porque vivo en el desierto. Siempre me dije que jamás caería en eso. Y mira, terminé escribiendo una novela así. Pero intenté desvincular toda imagen santificada del desierto de mi escritura. Por el contrario, me gusta la idea del desierto como una dimensión diseñada para el mal. Me inclino por la contaminación de la ciudad que por la falsa idealización de la naturaleza. Soy un ser odioso y despreciable, odio la playa y me encantaría darle un puñetazo en la cara a la famosa Madre Naturaleza. Aunque eso, me podría costar el linchamiento mediático en las redes sociales. Bueno, me gustaría darle un puñetazo al Padre Naturalezo. Aborrezco todo tipo de evangelización. No me gusta que me quieran convencer de comer mariscos o de adoptar un amor por la vida que no corresponde con mi personalidad. Al situar LGDS en el desierto quería modificar ese paradigma del personaje que mira al saguaro como si fuera su hermano y que se alimenta de flores y frutos silvestres y que mantiene una conexión mística con la atmósfera. Quería edificar un escenario beckettiano en el desierto, que se desarrollara en él una historia incoherente. No sé si lo he logrado, pero la intención era ésa, matar esa idea hippie y regionalista sobre el ecosistema norteño. Sé que hay una preponderancia por resignificar la Literatura del Norte como una república propia de las Letras, donde la identidad del ranchero aventurero, o el cholo romanticón o el señor interesante de cantina o el asesino meditabundo o el joven marxista de provincia, se localizan como un punto trascendente en la narrativa y tiene sus propios códigos. Sé que hay muchos autores que apuestan por nutrir esta idea de la identidad y la sustancia del Norte como un espacio que puede competir contra el centro o el sur del país (aunque en el sur sólo hay poetas). Constantemente, veo que hay discusiones sobre generaciones o sobre espacios literarios en México, pero nunca me han interesado estos temas. Y tampoco me ha importado coincidir en coyunturas literarias, si es que las hay. Somos, hermano, como autistas en pleno debate literario. Si es literatura lo que estamos haciendo, no tiene nada que ver con el Norte porque no tiene nada que ver con nada, ni con el país. Hace unos meses le comentaba a mi queridísimo Jaime Mesa, en una charla en Zacatecas, que era posible que autores como tú o como yo, que estamos lejos del centro, pero a la vez, lejos del Norte, sufriéramos del mismo nomadismo porque no tuvimos un tutor literario, un escritor que nos diera un taller y nos encaminara por temas o cuestiones menos arbitrarias como las que nos gobiernan. Somos huérfanos, silvestres con monóculo. En el centro somos unos bárbaros y en el Norte unos desarraigados. Somos apestados, hermano. Ni hablar. De cualquier forma, desde el purgatorio seguiremos tecleando obsesionados con la forma, tratando de imitar a nuestros grandes maestros, los autores que no dicen nada en mil páginas, nuestros verdaderos padres.


Autores
(Nuevo León, 1978) es escritor y arquitecto. Autor de Mala fe sensacional (FETA, 2010). Fue incluido en Cuentos desde el Cerro de la Silla. Antología de narradores regiomontanos (Anagrama/UANL, 2010) y Lados B. Narrativa de alto riesgo (Nitro/Press, 2012).

ARTE NUESTRO

Nos odiamos. Con canciones folk tristes y golpes duros con piedras de sonido, nos damos. Toques bajos, en la cara. Nos gusta lo que hacemos. Estamos aquí para odiarnos, para escupirnos y sacarnos por la cara. Con agujas en el pecho, corazón. Centro, cetro. Bailamos. Juntamos de tal manera las cabezas, que podemos oírnos: arte nuestro. Construimos un refugio, un altar con retratos: nosotros hablando sinsentido, bailando a empellones, recio. Después vemos las fotos daguerrotípicas, quemadas y amarillas, y lloramos casi. Juntos. Con agujas en los ojos, corazón, construimos lo nuestro: canciones tristes, golpes duros que proyectan y pueden leerse, un polvo fino posándose apenas en la piel. En esas fotos hay niños en formol. Engendros diluyéndose en la imagen. Aberraciones de dos cabezas diciéndose al oído arte. Las vemos e imploramos por nosotros, por los hijos de los hijos y así. Acabamos pronto riendo. Es conmovedor. ¿De qué manera una cosa lleva a otra?, ¿de qué manera un extremo queda atrás y nos arrastra hacia otro extremo? Reírse de lo que somos, con las agujas ya cediendo. Sedación. Contracciones de alegría. Empellones de alegría juntos. Entonces, sentimos un nuevo impulso por crear. Algo que llamamos nuestro, que no es tuyo ni mío. Algo heredado, fundamentado, ligado a una historia, pero que no es historia. Algo ajeno no-original, que nos quema y debemos decirlo. Algo flagrante sin su autor. Una performance que acierte en el no-centro de lo creado. Tu cabeza junto a la mía (percusiones, casi no puedo oírte). En secreto me cautivas hay que bailar. Algo efímero, aciago y fraccionado. Azaroso. Led, golpes duros contra la piedra. Estamos aquí para odiarnos. Hay una canción cuya letra dice (no soy bueno traduciendo): nos quitaremos la ropa en la oscuridad y con los dedos, ellos repasarán los huecos de tu columna.

GRANADAS

Los árboles estaban peligrosamente
entremezclados con la imagen del hombre

Hay un campo. Como en un sueño bucólico, las granadas se inclinan hacia mí. Extiendo un brazo y las tomo. A veces escucho sus cuerpos estallar contra las losas, en mi patio. La gravedad no tiene que ver con ese estallido. Lo seco del golpe, lo sordo. Hay erizos, cabezas contrahechas, contra el suelo. Campos. Me inclino para verles el rocío sobre la piel, en la mirada: labios, esferas pequeñas a punto de estallar. Algunas granadas arrojan una leche densa y azul. Leche de almendras por las bordas del corazón. Olor a muerte en los hilos de la savia, olor a muerte, aire cargado de carne. Zumbidos sobre el tejido de la sábana, debajo de mis párpados. Insectos, frutos calcinados. En un mensaje lento parecen decir: Tienes el nombre de un pastor. Tu nombre corto para repetirlo en la muerte. En otro sueño, las granadas jamás caen. Se abren y desfloran en las ramas. Sus granos se pudren. Los picos de las aves penetran. Delirio: su mirada ensangrentada. Por las noches yo estoy mudo. Veo la fuerza de la sangre, bebo la leche. A veces extiendo un brazo para tomar una granada intacta. La siento arder entre las manos. A punto de volar, su centro. Cetro, savia oscura.

Estos poemas fueron publicados en el libro Maremágnum. Figura de dos cabezas : 3 de Alejandro Tarrab, bajo el sello editorial Stomias•Boa.


Autores
(Ciudad de México, 1972). Es autor de los libros: Siete Cantáridas (2001); Centauros (2001); Litane (2006); Degenerativa (Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen, 2009); Caída del búfalo sin nombre. Ensayo sobre el suicidio (20015), y Ensayos malogrados. Resabios sobre la muerte voluntaria (2016). Parte de su obra ha sido traducida al inglés, portugués, checo, francés y serbio.

A la hora de comer, mientras cuchareamos la sopa, sus ojos nos contemplan hambrientos y aunque mamá agregue pimienta, limón o salsa, el plato que le fue servido permanece intacto. Su vestimenta me da mala espina. Mamá dice «el negro es un color elegante. Hay que respetar los gustos ajenos», sin embargo, ella hace lo opuesto con los señores que llegan de visita a escondidas. Aprovecha el viaje a la escuela para exigirnos que seamos diferentes «hombres, no saben ni amarrarse las agujetas». Cuando se hace de noche, el zopilote irrumpe en nuestro cuarto y nos acaricia con un brusco aleteo. Pablo resiste mudo. No logro entender cómo le hace para evitar el llanto o ir en busca de mamá, hasta he pensado que lo disfruta o por lo menos le adormece. Pero el zopilote nunca canta, no como lo hacía mamá antes de apagar la luz. Él más bien tose, en lugar de hablar raspa, sacudiéndose de un ronquido enfermo. Pablo solía ser parlanchín, travieso, inventaba historias: desde el día del accidente no dice ni pío, se orina en la cama. Para mí que el zopilote lo tiene amenazado. Conmigo trató en el velorio: esa tarde me siguió hasta la casa. Desde que llegó a nuestras vidas escuchamos el llanto de mamá por todas partes; incluso, en algunas ocasiones, Pablo y yo jugamos a pegar nuestras orejas sobre la puerta nueva de su recámara —la puerta anterior la rompieron los vecinos cuando intentó colgarse del armario. Será cuestión de unos días para que nos adiestremos a las prácticas oscuras del zopilote. Su abrazo seco nos arrulla en la sala, donde se encuentran, desde hace tres meses, las cenizas de papá.


Autores
(1991. Mérida, Yucatán.) Estudiante de la Licenciatura en Literatura Latinoamericana en la UADY. Colaborador de la revista Mérida: Ciudad de los Museos. Becario del PECDA 2015-2016 en la categoría de cuento. Algunos de sus textos se han publicado en antologías impresas y digitales.

Para Álvaro García

La familia se enfureció conmigo el día que invité a Verónica para jugar después de la escuela. No pedí permiso y avisé 10 minutos antes de su llegada. No sabía que estaba mal. Ningún compañero de la primaria me había visitado antes. Ella vivía en la calle 523 y yo en la 517, pertenecíamos a la misma colonia, pero nos separaba un camellón al que llamábamos «el bordo» —un corredor de árboles secos y pedazos de pasto que conducía a todas las primarias de la zona. Le pusieron ese nombre porque los vecinos aventaban su basura y, como nadie la recogía, se hacían charquitos de cochinada por toda su extensión. Cada mañana teníamos que caminar por el bordo para llegar a la escuela y no había niño que no entrara al salón de clases con el estómago revuelto. Lo más importante era que el bordo delimitaba a los amigos de la calle y precisamente Verónica pertenecía al otro lado.

Mi abuela era la dueña de la casa, dentro daba alojo a hermanos suyos, hijos y nietos, éramos más de 14 personas en un espacio construido originalmente para cinco y, aunque los vecinos vivían igual, daba pena reconocer que compartíamos, apretados, cada centímetro. Las casas de la colonia tenían falsas aspiraciones de clase media. Las fachadas estaban bien, pero los salarios no estaban al nivel de su inicial arquitectura y dentro de cada casa había un mundo.

Tampoco sabía qué tan importante era dar una buena impresión cuando llegaban las visitas, por más pequeñas que éstas sean. La organización para limpiar fue rápida. Las mujeres empujaron la basura debajo de los muebles, edificaron una única pila de trastos sucios, limpiaron la mesa con una pelusa gigante, redecoraron la pila de papel higiénico que se desbordaba en el bote del baño y tallaron las costras de mugre en el patio mientras refunfuñaban, furiosas, la llegada de mi amiga. Los niños, incluso las moscas, desaparecimos de su vista en un segundo.

Quedé de ver a Verónica en la panadería que me quedaba a unos pasos. Llegó puntual a nuestro encuentro. Estaba nerviosa de llevarla a la casa. Pensé que la familia a veces era un par de calcetas blancas, bastante percudidas y resbaladizas que llaman la atención de todos, y no sabes dónde esconder porque la falda de tu uniforme no es lo suficientemente larga.

Entramos por el portón negro del patio y daba la impresión de que alguien había sacudido la casa fuertemente. El desorden habitual había regresado: los materiales de limpieza estaban regados en el suelo y la familia gritaba histérica. La tía Mari volteó hacía nosotras y chilló: «Todo por tu pinche culpa». Tardé unos segundos en entender que el mensaje era para mí. Por un momento creí que le gritó a mi amiga, porque en casa no se usaban groserías con los niños, pero Verónica no sabía nada de eso. Mi tía volvió los ojos a la abuela que estaba tendida sobre el suelo y emitía un runrún de robot que no paraba. Mi tía Mari la sacudió por los hombros, pero la abuela no se inmutó, estaba trabada.

La abuela, además, era muy gorda. Los primos calculamos que pesaba más de 1,000 kilos. Entre los tíos la cargaron, la echaron en la camioneta y se la llevaron de emergencia al Hospital de la Raza. Desde que la camioneta arrancó tocaban el claxon más histéricos que nunca para que nadie se interpusiera en el camino, aunque la calle estaba vacía. En teoría el tío Diego se quedaría para cuidarnos, pero aprovecho la ausencia de mi tía Mari para irse con una muchacha a quién sabe dónde.

Cuando las cosas se calmaron, los primos nos reunimos en el lugar del accidente: el lodazal del patio donde la abuela se había resbalado. No hay sangre, no más se pegó en la cabeza, dijo uno. Nos dejaron solos, dijo otro, y uno de los bebés comenzó a llorar por su mamá. Éramos siete niños y por primera vez nos encontrábamos sin un adulto que nos cuidara. Tú la mataste, ¡por tu culpa se cayó!, dijo Omar, el más grande de los primos, y yo también me puse a llorar. Estuve a punto de echarme a correr por la calle pero Verónica me tranquilizó y dijo que mi crimen no era tan grave. Una vez en mi casa se pelearon porque sólo había una cebolla para comer entre todos, me contó.

Sara y Omar, que eran los primos más grandes, nos gritaron como si fuéramos soldados y nos pusieron en fila india, incluyendo a Verónica. Puntualizaron que ellos, como cabos al mando, tenían el cometido de dividir la herencia de la abuela, aunque todavía no sabíamos si seguiría viva.

Marchamos a su habitación mirando todo como por primera vez. La abuela era la única persona en la casa que no compartía la cama con nadie y cuando accedíamos sin permiso nos daba catorrazos. El cuarto guardaba cierta armonía en tonos amarillos, tenía cierto olor a medicinas, humedad y frutas fermentadas.  Sacamos todas sus cosas y las extendimos en el patio, aún mojado, para clasificarlas. Se repartieron las joyas, el dinero y los perfumes entre los grandes. A los más pequeños les dejaron las boletas endeudadas del Nacional Monte de Piedad, una bacinica metálica que todavía era útil para un par de bebés y fotografías viejas para recortar. A Verónica le heredaron una maleta negra de rueditas para el regreso a su casa que, si bien estaba a quince minutos, estaba más allá del bordo. A mí, que era la asesina, me dejaron las estampitas de santos, el retrato gigante de la virgen que estaba en la pared y las veladoras, para que Dios me perdonara.

Empezó a oscurecer y teníamos hambre. Los primos grandes cocinaron quesadillas y vasos de chocomilk para ellos, y a nosotros nos dieron las sobras de lo que prepararon en la estufa. Si queríamos más comida teníamos que ser sus esclavos. Y teníamos prohibido sentarnos. Permanecimos hambrientos y de pie varias horas. Como los bebés no dejaban de llorar se les permitió el biberón. El tío Juan llamó a la casa para preguntar cómo estábamos y Sara dijo que bien, que todo en orden. Mientras Sara seguía en el teléfono, Verónica y yo nos escapamos de su vista y subimos al cuarto de la abuela. Colocamos las veladoras encendidas en cada esquina para que mi salvación diera inicio. Dios me tenía que perdonar por el probable asesinato de mi abuela y porque Verónica y yo estábamos planeando una venganza contra mis primos por tratarnos tan mal esa tarde.

Llamamos a la Paquita, la hermana menor de Omar y Sara, y le dijimos que daríamos un paseo. La metimos en la maleta negra y la arrastramos por la calle. Pensamos que la maleta le quedaba grande, pudimos haber metido al otro nene. En pocos minutos llegamos al bordo y ahí la dejamos. Cuando regresamos a la casa, el cuarto de la abuela estaba en llamas. Mis primos estaban llorando, pensaron que nos habíamos quemado. Una vecina llamó a los bomberos. Otros vecinos llevaron cubetas de agua y las aventaron a la habitación. Parecía Sábado de Gloria. Ese fuego, que nos ardía en las mejillas, estaba limpiando, tal vez por primera vez, el cuarto de la abuela.

Más tardaron en llegar los bomberos que mi familia, incluyendo a mi mamá que había estado trabajando fuera todo el día. Les dijeron que todos estaban a salvo en el patio, excepto la pobre Paquita, que se había quedado en el closet del cuarto de la abuela, según la versión de los niños. Mi tía Mari entró aún con el fuego, buscando a mi prima entre madera encendida. Verónica y yo corrimos al bordo por la Paquita pero la maleta y su contenido ya no estaban donde las dejamos.

Cuando cesó el fuego no encontraron rastros del cuerpo de la niña. Mi tía se había quemado en balde. ¿Y dónde está? Fue la pregunta que duró por meses. Los adultos se culparon por dejarnos solos. Sentí pena de ver cómo se desgarraban de dolor por la Paquita y la impotencia que les provocó saber que la policía no fue de ayuda. Me pregunté si una persona de apenas un año, con la que convivimos muy poco, podría causar tanto dolor, como se veía en la cara de los adultos. Les recomendaron, me enteré después, que no movieran las cosas o se pondría peor.

Ninguno de los niños supo responder dónde quedó la nena, si salió, si se la llevó el roba chicos, etc. Las entrevistas que los adultos nos hacían eran largas, tediosas, repetitivas. La tía Mari insistía en hacerme preguntas todos los días, pero mis tíos le pedían que me dejara en paz. Sentía cómo sus pesados ojos de águila me seguían por la casa.

Con los años, todos estaban muy desganados por el asunto de mi prima. Yo también llegué a extrañarla aunque, como ya lo dije aquí, nos conocimos muy poco. Nos dimos cuenta que es más fuerte la ausencia de un desaparecido que la pena por un muerto y en familia decidimos hacer un funeral sin cuerpo. El féretro era diminuto y muy bonito. Sentí lástima de ver cómo enterraban ese cajoncito rosa con flores blancas, cuando yo podría haberlo usado para guardar mis juguetes. La abuela no dejaba de gritar, «por qué no me llevaste a mí, Dios mío», y así se lamentó hasta que murió. Pensé en contarles a todos la verdad, pero nunca supe cómo hacerlo y preferí dejar el asunto de la Paquita así como estaba.

A veces yo también me lamentaba y tampoco dormía: imaginaba que ayudé a Paquita a salir de este infierno, que vivía feliz lejos de aquí; pero no podía tener tanta suerte, no más que yo; se me olvidaba decir que entre tanta basura, la población más numerosa, allá en el bordo, eran las ratas.


Autores
(Ciudad de México, 1990). Es escritora, ilustradora y feminista. Ha publicado su obra escrita en diversas antologías, revistas y semanarios. En 2017-2018 fue becaria del Fonca en la categoría de cuento. De manera autogestiva, y en compañía de otras artistas, pinta murales y hace intervenciones en la calle con mensaje de género en diferentes partes de la Ciudad de México y el Estado de México.